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jueves, 30 de diciembre de 2010

El inspector --- Luis Angel Vicente Carnicero

El inspector
Luis Angel Vicente Carnicero



-Un vino excepcional-, apuntó el inspector mientras dejaba el catavinos encima de la mesa.

-Efectivamente, he de reconocer que el enólogo este año se ha superado-, asintió Martín mientras servía otra generosa copa a su interlocutor.

-¡¡Basta, basta!!-, indicó gesticulando el inspector, -que aunque el vino me guste, el asunto que me ha traído hasta aquí es otro bien distinto-.

-ya supongo que es lo que le trae por nuestra bodega…..si no me equivoco vendrá por el asunto de la desaparición de Andrés, el encargado de las cubas, ¿no?-, indicó mientras alargaba la copa rellena al inspector. Este, aunque hizo un ligero amago de declinar la invitación, al final tomó la copa y la apuró de un solo trago. Después y con el pensamiento más centrado en el regusto del caldo ingerido que en la conversación, asintió lentamente con la cabeza:

-exacto-.

A continuación volvió a dejar la copa encima de la mesa de caoba del despacho y se inclinó hacia delante en el sillón, con objeto de acercarse más a su interlocutor.

-¿podría hablar con alguna persona que trabajase con Andrés?..

-No hay problema-, indicó Martín levantándose del sillón e invitando al inspector a que le acompañara hacia la puerta. –Hablaremos con su compañero Antonio. Es la persona que trabaja con él- aclaró.

-¿Qué le ha sucedido en la cara?-, preguntó el inspector al observar de cerca de Martín.

-¿Cuál, esto?-, respondió señalándose su ojo derecho, que presentaba un pequeño moratón. –El otro día, que me di un golpe con la puerta del tractor….pero no es nada grave-, respondió.

Mientras andaban por el pasillo en dirección a la bodega el inspector comenzó un sutil interrogatorio:

-¿Cuándo echaron en falta a Andrés?.

Martín levantó la mirada hacia el techo, tratando de recordar: -veamos…yo marché a Madrid el martes y cuando regresé el miércoles por la tarde me comentaron su ausencia…-, indicó.

-¿Y en qué consiste el trabajo de Andrés?

-Pues que quiere que le diga inspector, depende de la época del año pero ahora en septiembre es cuando mas se intensifica la labor: hay que recibir la uva, descargar los remolques, preparar los contenedores de fermentación, limpiar las barricas ,etc…..¡total! un follón…..y este hombre nos ha dejado tirados precisamente ahora….-, se lamentó; -como no aparezca antes de mañana voy a tener que sustituirle….y mire que lo siento porque el muchacho trabaja bien, pero….-.

-¿sabe si tenía problemas o gente que le quisiera mal?-, siguió inquiriendo el inspector

-¿quién Andrés?-, respondió Martín sorprendido, -pero si es un trozo de pan…..no creo que tenga enemigos-, confirmó mientras abría, no sin esfuerzo, el portón de la bodega.

Se trataba de una gran sala, con mas aspecto de aséptica nave industrial que de romántica y añeja bodega. El suelo era de baldosa rústica, al que se quedaban adheridas las suelas de los zapatos debido a los restos de mosto derramado. Distribuida regularmente se situaba una hilera de diez inmensos contenedores de aluminio de los que emanaba un olor dulzón propio de los vapores de la fermentación. Al fondo de la sala aparecía una cristalera a través de la cual se distinguían las siluetas de dos personas que cacharreaban entre frascos y tubos de ensayo.

Martín entró primero en el laboratorio y procedió a las presentaciones. Juan, el enólogo de la bodega, que parecía muy ocupado con una probeta, saludó brevemente con la cabeza y se excusó por no poderles atender en ese instante ya que tenía que marcharse, indicando que a la hora de la comida hablarían tranquilamente. La otra persona era Antonio, un muchacho joven, tímido y aparentemente con un ligero retraso (al menos en el habla, según pudo comprobar el inspector).

- A ver Antonio-, le dijo Martín pasándole un brazo por encima del hombro cariñosamente; -el inspector quiere hacerte algunas preguntas acerca de Andrés….

El muchacho asintió con la cabeza mientras su mirada se centraba en una pequeña uva aplastada del suelo.

-Veamos-, comenzó el inspector, -¿tú eres compañero de Andres, no?-. El muchacho volvió a asentir levantando la cabeza, aunque mantenía la misma expresión de mirada perdida.

-¿Desde cuándo le conoces?-, prosiguió el inspector.

-Desde chicos-, respondió,-nuestros padres son vecinos en el pueblo.

-¿notaste algo raro en Andrés estos últimos días?, ¿algo que no fuera habitual, fuera de lo común?......

-no señor-, respondió el muchacho encogiéndose de hombros, -toda esta semana hemos estado juntos limpiando las barricas,…la de los grandes reservas, -aclaró mirando a Martín quien le dio la razón, -y no me dijo nada…

-¿cuándo fue la última vez que le viste?

-¿a Andrés?,…..creo que…a última hora del martes, cuando me iba a casa; estaba rellenando las cubas-, dijo dirigiéndose a Martín

-¿…las cubas?-, preguntó el inspector.

-Se refiere a las cubas de fermentación-, aclaró Martín señalando con el dedo los contenedores metálicos.

-¿y no te extrañó ver su coche parado a la puerta de la bodega toda la semana?-, siguió preguntando el inspector.

-pues no señor; muchas veces marcha a casa andando, sobre todo a final de mes cuando suele andar justo de dinero…

-es cierto-, corroboró Martín, -aunque es muy buen muchacho tiene un pequeño vicio con las tragaperras, pero nada serio…. unas caminatas a casa para ahorrar en gasoil y punto-, añadió quitando hierro al detalle.

En ese momento se acercó el enólogo solicitándole a Martín que le acompañase.

-Adelante, vaya-, le indicó el inspector, -yo me quedo aquí charlando con Antonio-.

Cuando quedaron solos el inspector cambió de registro:

-¡Menuda bodega tenéis aquí!-, exclamó mientras miraba a su alrededor

-si, señor-, respondió Antonio siguiéndole con la mirada.

El inspector se acercó a uno de los contenedores metálicos y, ajustándose las gafas, observó la lectura de uno de los relojes.

-Es un termómetro-, aclaró Antonio,-lo usamos para controlar que la temperatura no varíe durante la fermentación.

El inspector siguió caminando por la bodega seguido de cerca por Antonio. Al llegar a la última de las cubas se acercó al termómetro y después de darle unos golpecitos con el dedo índice para verificar la lectura continuó paseando mientras proseguía con el interrogatorio:

-¿…y tú no tienes problemas con el sueldo?-,

-yo es que vivo con mis padres-, respondió Antonio.

-ya., respondió el inspector mientras revisaba unas cajas de botellas apiladas…..¿pero nunca le habéis pedido a Martín que os suba el sueldo?-, insistió.

Antonio se encogió de hombros: -yo no, pero Andrés si que ha tenido varias peloteras con el jefe-, dijo sonriendo divertido.

-¿bueno, pero la cosa no habrá llegado a las manos?-, siguió insistiendo el inspector aunque continuaba dándole la espalda y andando entre las cubas aparentemente distraido.

-¡qué va!-, contestó Antonio agitando su mano derecha; -precisamente el martes tuvieron una bronca aquí mismo y Juan y yo tuvimos que separarles….-.

-¡Ah sí!-.

-Si señor-, asintió Antonio, -Andrés incluso llegó a golpear al señor Martín-.

El inspector se volvió súbitamente: -¿Y qué hizo Martín?-.

-El señor Martín se encaró con él y gritó: “Si no fuera por tu padre, hace tiempo que estarías en la calle”-, respondió Antonio, -…luego se marchó-.

-¿Qué quería decir con esa frase?-, siguió preguntando el inspector, cada vez mas interesado.

Antonio bajó el tono de su voz y se acercó al inspector: -Al parecer el padre de Andrés y el señor Martín se criaron juntos aquí en la finca y desde entonces son muy buenos amigos; por eso aceptó contratar a Andrés a pesar de sus vicios…-, concluyó Antonio.

En ese momento apareció Martín por la puerta:

-espero que pueda acompañarnos en la comida inspector, porque he avisado que seríamos dos mas a comer-.

-Se lo agradezco-, respondió éste, -ya es un poco tarde para bajar a comer al pueblo-.

-Además Juan me ha dicho que tiene lista la primera prueba de vino del año y que nos llevará una jarra para catarlo durante la comida-, puntualizó Martín.



Efectivamente el enólogo acudió a la mesa portando un par de jarras de vino recién fermentado. La comida transcurrió en un ambiente agradable y todos dieron buena cuenta de las viandas y los caldos.

-un vino excepcional, Juan-, señaló Martín

-Es cierto-, corroboró el inspector sirviéndose otra copa. –No es que yo entienda mucho de vinos, pero éste tiene un sabor muy agradable, ¿no?.

-si, si,…..-, asintió el enólogo gesticulando con los brazos, -me recuerda a cuando era pequeño; mi padre hacía vino y para que le diera sabor lo que hacía era sumergir un jamón dentro de la barrica-.

-¿cómo?-, preguntó extrañado el inspector ante tal ocurrencia.

-sí-, aclaró Martín dirigiéndose al inspector, -hay gente que mete jamones enteros en las cubas durante el proceso de fermentación; el jamón se disuelve por completo y algunos creen que el sabor se transmite al vino…pero eso no son mas que sandeces-, finalizó sonriendo.

Entonces el inspector abrió unos ojos como platos, pareció estar meditando durante unos segundos y a continuación se volvió hacia Juan:

-¿Dime que no es cierto que cuando sumerges un jamón aumenta la temperatura de la cuba?.

Juan miró extrañado a Martín y a continuación se volvió hacia el inspector para responder: -pues si, aumenta unos cuantos grados la fermentación, ¿por qué?-.

El inspector palideció. Se levantó enérgicamente de la silla y apoyando ambas manos en la mesa, le preguntó:

-¿este vino es de la última cuba?-.

El enólogo aún mas extrañado asintió mientras se encogía de hombros. En ese instante el inspector notó un vuelco en el estómago que hubo de contener; a continuación se sirvió compulsivamente dos grandes vasos de agua, derramando gran parte del contenido por el mantel y bajo la mirada incrédula del resto de comensales que lo miraban extrañados. Pasados unos minutos se tranquilizó y volviéndose a Martín le preguntó:

-¿Puede usted demostrar que estuvo fuera de la bodega entre el martes y el miércoles?-.

Martín arqueó las cejas extrañado; no obstante extrajo la cartera del bolsillo del pantalón y depositó sobre la mesa los albaranes firmados de la partida de vinos que había ido a vender a Madrid.

-Gracias-, contestó el inspector verificando los papeles. –Perdone Martín pero tenía que comprobar la coartada-, se disculpó. Entonces relató a los presentes que ya conocía el paradero de Andrés y que por favor no bebieran más vino de las jarras.

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