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jueves, 30 de diciembre de 2010

Testigo Ocular - Alfredo Martín Del Arroyo Soriano

Testigo Ocular
Alfredo Martín Del Arroyo Soriano




Las gotas de suero bajaban lentamente por el cordón conectado a la vena de mi brazo derecho. No sabía porqué estaba allí. Tenía conciencia de lo que me rodeaba. Mis ojos entreabiertos me lo decían. No podía moverme, ni pronunciar palabra. En una esquina, sobre un sillón verde oscuro, como el color de mi antiguo uniforme, ví una silueta. Era mi esposa que dormía acurrucada en posición fetal. Se puso muy contenta cuando hace unos años, con el cambio de gobierno, me ascendieron a Mayor de la Policía Nacional. Dejé de patrullar las calles y colgé el uniforme. Trabajaría vestido de civil y detrás de un escritorio. Al menos eso es lo que ella pensó. Cuán equivocada estaba.
Con la caída de Abimael Guzmán y el fin del terrorismo, me sentía más seguro. El peligro ha pasado. Ya hasta había olvidado los días de la obediencia debida. Cuando tuve que acatar la órden de disparar contra esa gente indefensa que luego supe que solo celebraba una fiesta en el centro de Lima. Pero eso quedó atrás. Ahora sólo me encargaba de proteger al “asesor”. Era tarea fácil. Siempre andaba bien resguardado en el Pentagonito o en su búnker de la playa. Nadie se atrevería a hacerle daño.
Tocaron a la puerta. Mi esposa despertó. Era el neurocirujano. Pude ver por la puerta entreabierta a dos uniformados. ¿Estarían ahí para protegerme? El doctor le explicó a mi mujer:
-La bala penetró el cráneo a la altura del lóbulo parietal izquierdo, con orificio de salida a la altura del lóbulo frontal derecho, en sentido diagonal.
-¿Se recuperará?- preguntó Silvia, mi esposa.
- Aún es muy pronto para saberlo-dijo el doctor-. Lo peor ya pasó-agregó-. Pero todavía es cuestión de tiempo. Puede haber secuelas. Pérdida del habla y la memoria. Dificultad en el sistema nervioso y motríz. Su recuperación será lenta y requerirá de muchos cuidados, pero sobrevivirá.
Postrado en la cama del Hospital de Policía y en estado de coma. Poco a poco caía en cuenta de mi situación. Trataba de recordar. No podía moverme. No podía darle una señal a Silvia, una señal que aliviara su dolor, el dolor de verme postrado en ésta cama con la cabeza vendada. Se acercó, me besó la mejilla y me dijo lo mucho que me amaba. Silvia había estudiado un curso de control mental años atrás y sabía que la música era una buena terapia en casos de pacientes comatosos como yo.
-He traído música para que te relajes-. Me dijo Silvia con cariño.
Colocó un disco compacto en un tocadiscos portátil. Suaves melodias de pajaritos cantando y hojas rebotando entre sí al paso del viento, y finos punteos de guitarra, me transportaron mentalmente a imágenes de bosques con árboles gigantescos atravezados por rayos de sol. Acariciándome la mano, Silvia anunció que iría a la cafetería del hospital a buscar algo de comer. No podía ver sufrir así a la mujer que amaba, la que me había apoyado siempre, la que me alentaba cuando me sentía desmoralizado, la madre de mis hijos, mi fiel compañera. Parpadeé los ojos y moví levemente el dedo índice de la mano derecha. Pero no se dió cuenta. Besó mi mano izquierda y salió de la habitación. Al abrir la puerta noté que los guardias que me custodiaban ya no estaban. Quizás fueron a almorzar, pensé.
La siguiente canción traía melodias de gaviotas volando al murmullo de las olas del mar, lo cual me transportó a las playas de nuestro litoral. A La Punta para ser exacto. Entonces recordé. Los videos habían empezado a aparecer uno tras otro en la televisión. El presidente inició una cacería para encontrar y apresar a su “acesor”. El mar, la playa, las olas, las gaviotas, el Yatch Club. Yo estaba a cargo de protejer al “Doc”. Con la venia del señor presidente habiamos conseguido el yate Carisma para que el “Doc” pudiera escapar. No podía haber testigos. Salvo unos cuantos de absoluta confianza, entre los que me encontraba yo. O al menos eso creí hasta que escuché el disparo retumbar en mis oídos detrás de mi cabeza. Maldito traidor. Yo que lo había protegido tantas veces. Hubiera dado hasta la vida por él, y me pagaba de ésta manera. Para mi suerte unos pescadores me encontraron aún con vida.
Escuché unos pasos acercarse hasta la puerta. Pensé que sería Silvia y me sentí aliviado. La perilla de la puerta se movía lenta, sigilosamente. No podía moverme. No podía gritar. Me asusté. La enfermera que entró era bonita. Diminuta y de baja estatura. Su fino rostro de tez trigueña denotaba algunos rasgos indígenas. El uniforme blanco de enfermera moldeaba su hermosa figura. Tendría unos veintitantos años pero parecía de dieciséis. Me hizo recordar a una sexo servidora que contraté tiempo atrás e hice que se disfrazara de colegiala para satisfacer una de mis fantasías sexuales. Se me acercó. Pude sentir el olor de su perfume barato. Sentí también una leve erección. Cogió mi mano para tomarme el pulso y el roce de su piel hizo que éste se acelerara, o al menos eso creí. Con su estetoscopio escuchó los latidos de mi corazón, luego me tomó la presión. Levantó las sábanas que cubrían mi cuerpo. A lo mejor se cumple mi fantasía, pensé. Me levantó la bata y chequeó el pañal que traía puesto dejando mi sexo al descubierto. Lo miró con desgano, imagino que notó la erección. El pañal estaba seco. Me volvió a cubrir. Dió vueltas a la manecilla de la cama de modo que quedé más erguido, casi medio sentado. Quitó una de mis almohadas. Gracias, pensé, ahora me siento más cómodo. Caminó hacia la puerta y con tristeza creí que ya se iría. Miró para ambos lados del pasillo. Volvió y cerró la puerta con seguro para que nadie entrara. De un salto se avalanzó sobre mí como si me fuera a violar. Ahora sí, pensé, se va a cumplir mi fantasía, creí. Colocó violentamente la almohada sobre mi cara. Sentí una fuerte presión. El bip de los latidos de mi corazón se iba haciendo cada vez más lento. La música del disco compacto se detuvo y la radio se encendió automáticamente. El locutor anunció que el presidente acababa de renunciar por fax desde Japón.

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