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domingo, 26 de mayo de 2013

Las aventuras de Sherlock Holmes


Arthur Conan Doyle

Las aventuras de Sherlock Holmes



I.        Escándalo en Bohemia

Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez le oí mencionarla de otro modo. A sus ojos, ella eclipsa y do­mina a todo su sexo. Y no es que sintiera por Irene Adler nada parecido al amor. Todas las emociones, y en especial ésa, resultaban abominables para su inteligencia fría y pre­cisa pero admirablemente equilibrada. Siempre lo he teni­do por la máquina de observar y razonar más perfecta que ha conocido el mundo; pero como amante no habría sabido qué hacer. Jamás hablaba de las pasiones más tiernas, si no era con desprecio y sarcasmo. Eran cosas admirables para el observador, excelentes para levantar el velo que cubre los motivos y los actos de la gente. Pero para un razonador ex­perto, admitir tales intrusiones en su delicado y bien ajus­tado temperamento equivalía a introducir un factor de dis­tracción capaz de sembrar de dudas todos los resultados de su mente. Para un carácter como el suyo, una emoción fuer­te resultaba tan perturbadora como la presencia de arena en un instrumento de precisión o la rotura de una de sus po­tentes lupas. Y sin embargo, existió para él una mujer, y esta mujer fue la difunta Irene Adler, de dudoso y cuestionable recuerdo.
Últimamente, yo había visto poco a Holmes. Mi matri­monio nos había apartado al uno del otro. Mi completa feli­cidad y los intereses hogareños que se despiertan en el hom­bre que por primera vez pone casa propia bastaban para absorber toda mi atención; mientras tanto, Holmes, que odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de su alma bohemia, permaneció en nuestros aposentos de Ba­ker Street, sepultado entre sus viejos libros y alternando una semana de cocaína con otra de ambición, entre la modorra de la droga y la fiera energía de su intensa personalidad. Como siempre, le seguía atrayendo el estudio del crimen, y dedicaba sus inmensas facultades y extraordinarios poderes de observación a seguir pistas y aclarar misterios que la poli­cía había abandonado por imposibles. De vez en cuando, me llegaba alguna vaga noticia de sus andanzas: su viaje a Odesa para intervenir en el caso del asesinato de Trepoff, el esclare­cimiento de la extraña tragedia de los hermanos Atkinson en Trincomalee y, por último, la misión que tan discreta y eficazmente había llevado a cabo para la familia real de Ho­landa. Sin embargo, aparte de estas señales de actividad, que yo me limitaba a compartir con todos los lectores de la pren­sa diaria, apenas sabía nada de mi antiguo amigo y compa­ñero.
Una noche ––la del 20 de marzo de 1888–– volvía yo de visi­tar a un paciente (pues de nuevo estaba ejerciendo la medici­na), cuando el camino me llevó por Baker Street. Al pasar frente a la puerta que tan bien recordaba, y que siempre es­tará asociada en mi mente con mi noviazgo y con los sinies­tros incidentes del Estudio en escarlata, se apoderó de mí un fuerte deseo de volver a ver a Holmes y saber en qué emplea­ba sus extraordinarios poderes. Sus habitaciones estaban completamente iluminadas, y al mirar hacia arriba vi pasar dos veces su figura alta y delgada, una oscura silueta en los visillos. Daba rápidas zancadas por la habitación, con aire ansioso, la cabeza hundida sobre el pecho y las manos juntas en la espalda. A mí, que conocía perfectamente sus hábitos y sus humores, su actitud y comportamiento me contaron toda una historia. Estaba trabajando otra vez. Había salido de los sueños inducidos por la droga y seguía de cerca el ras­tro de algún nuevo problema. Tiré de la campanilla y me condujeron a la habitación que, en parte, había sido mía.
No estuvo muy efusivo; rara vez lo estaba, pero creo que se alegró de verme. Sin apenas pronunciar palabra, pero con una mirada cariñosa, me indicó una butaca, me arrojó su caja de cigarros, y señaló una botella de licor y un sifón que había en la esquina. Luego se plantó delante del fuego y me miró de aquella manera suya tan ensimismada.
––El matrimonio le sienta bien ––comentó––. Yo diría, Wat­son, que ha engordado usted siete libras y media desde la úl­tima vez que le vi.
––Siete ––respondí.
––La verdad, yo diría que algo más. Sólo un poquito más, me parece a mí, Watson. Y veo que está ejerciendo de nuevo. No me dijo que se proponía volver a su profesión. ––Entonces, ¿cómo lo sabe?
––Lo veo, lo deduzco. ¿Cómo sé que hace poco sufrió usted un remojón y que tiene una sirvienta de lo más torpe y des­cuidada?
––Mi querido Holmes ––dije––, esto es demasiado. No me cabe duda de que si hubiera vivido usted hace unos siglos le habrían quemado en la hoguera. Es cierto que el jueves di un paseo por el campo y volví a casa hecho una sopa; pero, dado que me he cambiado de ropa, no logro imaginarme cómo ha podido adivinarlo. Y respecto a Mary Jane, es incorregible y mi mujer la ha despedido; pero tampoco me explico cómo lo ha averiguado.
Se rió para sus adentros y se frotó las largas y nerviosas manos.
––Es lo más sencillo del mundo ––dijo––. Mis ojos me dicen que en la parte interior de su zapato izquierdo, donde da la luz de la chimenea, la suela está rayada con seis marcas casi paralelas. Evidentemente, las ha producido alguien que ha raspado sin ningún cuidado los bordes de la suela para des­prender el barro adherido. Así que ya ve: de ahí mi doble de­ducción de que ha salido usted con mal tiempo y de que po­see un ejemplar particularmente maligno y rompebotas de fregona londinense. En cuanto a su actividad profesional, si un caballero penetra en mi habitación apestando a yodofor­mo, con una mancha negra de nitrato de plata en el dedo ín­dice derecho, y con un bulto en el costado de su sombrero de copa, que indica dónde lleva escondido el estetoscopio, ten­dría que ser completamente idiota para no identificarlo como un miembro activo de la profesión médica.
No pude evitar reírme de la facilidad con la que había ex­plicado su proceso de deducción.
––Cuando le escucho explicar sus razonamientos ––comen­té––, todo me parece tan ridículamente simple que yo mismo podría haberlo hecho con facilidad. Y sin embargo, siempre que le veo razonar me quedo perplejo hasta que me explica usted el proceso. A pesar de que considero que mis ojos ven tanto como los suyos.
––Desde luego ––respondió, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en una butaca––. Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación.
––Muchas veces.
––¿Cuántas veces?
––Bueno, cientos de veces.
––¿Y cuántos escalones hay?
––¿Cuántos? No lo sé.
––¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, por­que no sólo he visto, sino que he observado. A propósito, puesto que está usted interesado en estos pequeños proble­mas, y dado que ha tenido la amabilidad de poner por es­crito una o dos de mis insignificantes experiencias, quizá le interese esto ––me alargó una carta escrita en papel grueso de color rosa, que había estado abierta sobre la mesa––. Esto llegó en el último reparto del correo ––dijo––. Léala en voz alta.
La carta no llevaba fecha, firma, ni dirección.

«Esta noche pasará a visitarle, a las ocho menos cuarto, un caballero que desea consultarle sobre un asunto de la máxi­ma importancia. Sus recientes servicios a una de las familias reales de Europa han demostrado que es usted persona a quien se pueden confiar asuntos cuya trascendencia no es posible exagerar. Estas referencias de todas partes nos han llegado. Esté en su cuarto, pues, a la hora dicha y no se tome a ofensa que el visitante lleve una máscara.»

––Esto sí que es un misterio ––comenté––. ¿Qué cree usted que significa?
––Aún no dispongo de datos. Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a defor­mar los hechos para que se ajusten a las teorías, en lugar de ajustar las teorías a los hechos. Pero en cuanto a la carta en sí, ¿qué deduce usted de ella?
Examiné atentamente la escritura y el papel en el que es­taba escrita.
––El hombre que la ha escrito es, probablemente, una per­sona acomodada ––comenté, esforzándome por imitar los procedimientos de mi compañero––. Esta clase de papel no se compra por menos de media corona el paquete. Es especial­mente fuerte y rígido.
––Especial, ésa es la palabra ––dijo Holmes––. No es en abso­luto un papel inglés. Mírelo contra la luz.
Así lo hice, y vi una E grande con una g pequeña, y una P y una G grandes con una t pequeña, marcadas en la fibra mis­ma del papel.
––¿Qué le dice esto? ––preguntó Holmes.
––El nombre del fabricante, sin duda; o más bien, su mo­nograma.
––Ni mucho menos. La G grande con la t pequeña signifi­can Gesellschaft, que en alemán quiere decir «compañía»; una contracción habitual, como cuando nosotros ponemos «Co.». La P, por supuesto, significa papier. Vamos ahora con lo de Eg. Echemos un vistazo a nuestra Geografía del Conti­nente ––sacó de una estantería un pesado volumen de color pardo––. Eglow, Eglonitz..., aquí está: Egria. Está en un país de habla alemana... en Bohemia, no muy lejos de Carlsbad. «Lugar conocido por haber sido escenario de la muerte de Wallenstein, y por sus numerosas fábricas de cristal y pa­pel.» ¡Ajá, muchacho! ¿Qué saca usted de esto?
Le brillaban los ojos y dejó escapar de su cigarrillo una nube triunfante de humo azul.
––El papel fue fabricado en Bohemia ––dije yo.
––Exactamente. Y el hombre que escribió la nota es ale­mán. ¿Se ha fijado usted en la curiosa construcción de la fra­se «Estas referencias de todas partes nos han llegado»? Un francés o un ruso no habría escrito tal cosa. Sólo los alema­nes son tan desconsiderados con los verbos. Por tanto, sólo falta descubrir qué es lo que quiere este alemán que escribe en papel de Bohemia y prefiere ponerse una máscara a que se le vea la cara. Y aquí llega, si no me equivoco, para resol­ver todas nuestras dudas.
Mientras hablaba, se oyó claramente el sonido de cascos de caballos y de ruedas que rozaban contra el bordillo de la acera, seguido de un brusco campanillazo. Holmes soltó un silbido.
––Un gran señor, por lo que oigo ––dijo––. Sí ––continuó, aso­mándose a la ventana––, un precioso carruaje y un par de pu­rasangres. Ciento cincuenta guineas cada uno. Si no hay otra cosa, al menos hay dinero en este caso, Watson.
––Creo que lo mejor será que me vaya, Holmes.
––Nada de eso, doctor. Quédese donde está. Estoy perdido sin mi Boswell. Y esto promete ser interesante. Sería una pena perdérselo.
––Pero su cliente...
––No se preocupe por él. Puedo necesitar su ayuda, y tam­bién puede necesitarla él. Aquí llega. Siéntese en esa butaca, doctor, y no se pierda detalle.
Unos pasos lentos y pesados, que se habían oído en la es­calera y en el pasillo, se detuvieron justo al otro lado de la puerta. A continuación, sonó un golpe fuerte y autoritario.
––¡Adelante! ––dijo Holmes.
Entró un hombre que no mediría menos de dos metros de altura, con el torso y los brazos de un Hércules. Su vestimenta era lujosa, con un lujo que en Inglaterra se habría considera­do rayano en el mal gusto. Gruesas tiras de astracán adorna­ban las mangas y el delantero de su casaca cruzada, y la capa de color azul oscuro que llevaba sobre los hombros tenía un forro de seda roja como el fuego y se sujetaba al cuello con un broche que consistía en un único y resplandeciente beri­lo. Un par de botas que le llegaban hasta media pantorrilla, y con el borde superior orlado de lujosa piel de color pardo, completaba la impresión de bárbara opulencia que inspiraba toda su figura. Llevaba en la mano un sombrero de ala ancha, y la parte superior de su rostro, hasta más abajo de los pómu­los, estaba cubierta por un antifaz negro, que al parecer aca­baba de ponerse, ya que aún se lo sujetaba con la mano en el momento de entrar. A juzgar por la parte inferior del rostro, parecía un hombre de carácter fuerte, con labios gruesos, un poco caídos, y un mentón largo y recto, que indicaba un ca­rácter resuelto, llevado hasta los límites de la obstinación.
––¿Recibió usted mi nota? ––preguntó con voz grave y ronca y un fuerte acento alemán––. Le dije que vendría a verle ––nos miraba a uno y a otro, como si no estuviera seguro de a quién dirigirse.
––Por favor, tome asiento ––dijo Holmes––. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Watson, que de vez en cuando tiene la amabilidad de ayudarme en mis casos. ¿A quién tengo el honor de dirigirme?
––Puede usted dirigirse a mí como conde von Kramm, no­ble de Bohemia. He de suponer que este caballero, su amigo, es hombre de honor y discreción, en quien puedo confiar para un asunto de la máxima importancia. De no ser así, preferiría muy mucho comunicarme con usted solo.
Me levanté para marcharme, pero Holmes me cogió por la muñeca y me obligó a sentarme de nuevo.
––O los dos o ninguno ––dijo––. Todo lo que desee decirme a mí puede decirlo delante de este caballero.
El conde encogió sus anchos hombros.
––Entonces debo comenzar ––dijo–– por pedirles a los dos que se comprometan a guardar el más absoluto secreto du­rante dos años, al cabo de los cuales el asunto ya no tendrá importancia. Por el momento, no exagero al decirles que se trata de un asunto de tal peso que podría afectar a la historia de Europa.
––Se lo prometo ––dijo Holmes.
––Y yo.
––Tendrán que perdonar esta máscara ––continuó nuestro extraño visitante––. La augusta persona a quien represento no desea que se conozca a su agente, y debo confesar desde este momento que el título que acabo de atribuirme no es exactamente el mío.
––Ya me había dado cuenta de ello ––dijo Holmes seca­mente.
––Las circunstancias son muy delicadas, y es preciso tomar toda clase de precauciones para sofocar lo que podría llegar a convertirse en un escándalo inmenso, que comprometiera gravemente a una de las familias reinantes de Europa. Ha­blando claramente, el asunto concierne a la Gran Casa de Ormstein, reyes hereditarios de Bohemia.
––También me había dado cuenta de eso ––dijo Holmes, acomodándose en su butaca y cerrando los ojos.
Nuestro visitante se quedó mirando con visible sorpresa la lánguida figura recostada del hombre que, sin duda, le ha­bía sido descrito como el razonador más incisivo y el agente más energético de Europa. Holmes abrió lentamente los ojos y miró con impaciencia a su gigantesco cliente.
––Si su majestad condescendiese a exponer su caso ––dijo––, estaría en mejores condiciones de ayudarle.
El hombre se puso en pie de un salto y empezó a recorrer la habitación de un lado a otro, presa de incontenible agita­ción. Luego, con un gesto de desesperación, se arrancó la máscara de la cara y la tiró al suelo.
––Tiene usted razón ––exclamó––. Soy el rey. ¿Por qué habría de ocultarlo?
––¿Por qué, en efecto? ––murmuró Holmes––. Antes de que vuestra majestad pronunciara una palabra, yo ya sabía que me dirigía a Guillermo Gottsreich Segismundo von Ormstein, gran duque de Cassel-Falstein y rey hereditario de Bohemia.
––Pero usted comprenderá ––dijo nuestro extraño visitan­te, sentándose de nuevo y pasándose la mano por la frente blanca y despejada––, usted comprenderá que no estoy acos­tumbrado a realizar personalmente esta clase de gestiones. Sin embargo, el asunto era tan delicado que no podía con­fiárselo a un agente sin ponerme en su poder. He venido de incógnito desde Praga con el fin de consultarle.
––Entonces, consúlteme, por favor ––dijo Holmes cerrando una vez más los ojos.
––Los hechos, en pocas palabras, son estos: hace unos cin­co años, durante una prolongada estancia en Varsovia, trabé relación con la famosa aventurera Irene Adler. Sin duda, el nombre le resultará familiar.
––Haga el favor de buscarla en mi índice, doctor ––murmu­ró Holmes, sin abrir los ojos.
Durante muchos años había seguido el sistema de colec­cionar extractos de noticias sobre toda clase de personas y cosas, de manera que era difícil nombrar un tema o una per­sona sobre los que no pudiera aportar información al ins­tante. En este caso, encontré la biografía de la mujer entre la de un rabino hebreo y la de un comandante de estado mayor que había escrito una monografía sobre los peces de las grandes profundidades.
––Veamos ––dijo Holmes––. ¡Hum! Nacida en Nueva Jersey en 1858. Contralto... ¡Hum! La Scala... ¡Hum! Prima donna de la ópera Imperial de Varsovia... ¡Ya! Retirada de los esce­narios de ópera... ¡Ajá! Vive en Londres... ¡Vaya! Según creo entender, vuestra majestad tuvo un enredo con esta joven, le escribió algunas cartas comprometedoras y ahora desea re­cuperar dichas cartas.
––Exactamente. Pero ¿cómo...?
––¿Hubo un matrimonio secreto?
––No.
––¿Algún certificado o documento legal?
––Ninguno.
––Entonces no comprendo a vuestra majestad. Si esta jo­ven sacara a relucir las cartas, con propósitos de chantaje o de cualquier otro tipo, ¿cómo iba a demostrar su autentici­dad?
––Está mi letra.
––¡Bah! Falsificada.
––Mi papel de cartas personal.
––Robado.
––Mi propio sello.
––Imitado.
––Mi fotografia.
––Comprada.
––Estábamos los dos en la fotografía.
––¡Válgame Dios! Eso está muy mal. Verdaderamente, vuestra majestad ha cometido una indiscreción.
––Estaba loco... trastornado.
––Os habéis comprometido gravemente.
––Entonces era sólo príncipe heredero. Era joven. Ahora mismo sólo tengo treinta años.
––Hay que recuperarla.
––Lo hemos intentado en vano.
––Vuestra majestad tendrá que pagar. Hay que comprarla.
––No quiere venderla.
––Entonces, robarla.
––Se ha intentado cinco veces. En dos ocasiones, ladrones pagados por mí registraron su casa. Una vez extraviamos su equipaje durante un viaje. Dos veces ha sido asaltada. Nunca hemos obtenido resultados.
––¿No se ha encontrado ni rastro de la foto?
––Absolutamente ninguno.
Holmes se echó a reír.
––Sí que es un bonito problema ––dijo.
––Pero para mí es muy serio ––replicó el rey en tono de re­proche.
––Mucho, es verdad. ¿Y qué se propone ella hacer con la fo­tografia?
––Arruinar mi vida.
––Pero ¿cómo?
––Estoy a punto de casarme.
––Eso he oído.
––Con Clotilde Lothman von Saxe-Meningen, segunda hija del rey de Escandinavia. Quizá conozca usted los estric­tos principios de su familia. Ella misma es el colmo de la de­licadeza. Cualquier sombra de duda sobre mi conducta pon­dría fin al compromiso.
––¿Y qué dice Irene Adler?
––Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará. Sé que lo hará. Usted no la conoce, pero tiene un carácter de acero. Posee el rostro de la más bella de las mujeres yla mentalidad del más decidido de los hombres. No hay nada que no esté dispuesta a hacer con tal de evitar que yo me case con otra mujer... nada.
––¿Estáis seguro de que no la ha enviado aún?
––Estoy seguro.
––¿Por qué?
––Porque ha dicho que la enviará el día en que se haga pú­blico el compromiso. Lo cual será el lunes próximo.
––Oh, entonces aún nos quedan tres días ––dijo Holmes, bostezando––. Es una gran suerte, ya que de momento tengo que ocuparme de uno o dos asuntos de importancia. Por su­puesto, vuestra majestad se quedará en Londres por ahora...
––Desde luego. Me encontrará usted en el Langham, bajo el nombre de conde von Kramm.
––Entonces os mandaré unas líneas para poneros al co­rriente de nuestros progresos.
––Hágalo, por favor. Aguardaré con impaciencia.
––¿Y en cuanto al dinero?
––Tiene usted carta blanca.
––¿Absolutamente?
––Le digo que daría una de las provincias de mi reino por recuperar esa fotografía.
––¿Y para los gastos del momento?
El rey sacó de debajo de su capa una pesada bolsa de piel de gamuza y la depositó sobre la mesa.
––Aquí hay trescientas libras en oro y setecientas en bille­tes de banco ––dijo.
Holmes escribió un recibo en una hoja de su cuaderno de notas y se lo entregó.
––¿Y la dirección de mademoiselle? ––preguntó.
––Residencia Briony, Serpentine Avenue, St. John's Wood. Holmes tomó nota.
––Una pregunta más ––añadió––. ¿La fotografia era de for­mato corriente?
––Sí lo era.
––Entonces, buenas noches, majestad, espero que pronto podamos darle buenas noticias. Y buenas noches, Watson ––añadió cuando se oyeron las ruedas del carricoche real ro­dando calle abajo––. Si tiene usted la amabilidad de pasarse por aquí mañana a las tres de la tarde, me encantará charlar con usted de este asuntillo.

2

A las tres en punto yo estaba en Baker Street, pero Holmes aún no había regresado. La casera me dijo que había salido de casa poco después de las ocho de la mañana. A pesar de ello, me senté junto al fuego, con la intención de esperarle, tardara lo que tardara. Sentía ya un profundo interés por el caso, pues aunque no presentara ninguno de los aspectos ex­traños y macabros que caracterizaban a los dos crímenes que ya he relatado en otro lugar, la naturaleza del caso y la elevada posición del cliente le daban un carácter propio. La verdad es que, independientemente de la clase de investiga­ción que mi amigo tuviera entre manos, había algo en su manera magistral de captar las situaciones y en sus agudos e incisivos razonamientos, que hacía que para mí fuera un placer estudiar su sistema de trabajo y seguir los métodos rápidos y sutiles con los que desentrañaba los misterios más enrevesados. Tan acostumbrado estaba yo a sus invariables éxitos que ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad de que fracasara.
Eran ya cerca de las cuatro cuando se abrió la puerta y en­tró en la habitación un mozo con pinta de borracho, desas­trado y con patillas, con la cara enrojecida e impresentable­mente vestido. A pesar de lo acostumbrado que estaba a las asombrosas facultades de mi amigo en el uso de disfraces, tuve que mirarlo tres veces para convencerme de que, efectivamente, se trataba de él. Con un gesto de saludo desapare­ció en el dormitorio, de donde salió a los cinco minutos ves­tido con un traje de tweed y tan respetable como siempre. Se metió las manos en los bolsillos, estiró las piernas frente a la chimenea y se echó a reír a carcajadas durante un buen rato.
––¡Caramba, caramba! ––exclamó, atragantándose y vol­viendo a reír hasta quedar fláccido y derrengado, tumbado sobre la silla.
––¿Qué pasa?
––Es demasiado gracioso. Estoy seguro de que jamás adi­vinaría usted en qué he empleado la mañana y lo que he aca­bado haciendo.
––Ni me lo imagino. Supongo que habrá estado observan­do los hábitos, y quizá la casa, de la señorita Irene Adler.
––Desde luego, pero lo raro fue lo que ocurrió a continua­ción. Pero voy a contárselo. Salí de casa poco después de las ocho de la mañana, disfrazado de mozo de cuadra sin traba­jo. Entre la gente que trabaja en las caballerizas hay mucha camaradería, una verdadera hermandad; si eres uno de ellos, pronto te enterarás de todo lo que desees saber. No tar­dé en encontrar la residencia Briony. Es una villa de lujo, con un jardín en la parte de atrás pero que por delante llega justo hasta la carretera; de dos pisos. Cerradura Chubbs en la puerta. Una gran sala de estar a la derecha, bien amueblada, con ventanales casi hasta el suelo y esos ridículos pestillos ingleses en las ventanas, que hasta un niño podría abrir. Más allá no había nada de interés, excepto que desde el tejado de la cochera se puede llegar a la ventana del pasillo. Di la vuelta a la casa y la examiné atentamente desde todos los puntos de vista, pero no vi nada interesante.
»Me dediqué entonces a rondar por la calle y, tal como había esperado, encontré unas caballerizas en un callejón pegado a una de las tapias del jardín. Eché una mano a los mozos que limpiaban los caballos y recibí a cambio dos pe­niques, un vaso de cerveza, dos cargas de tabaco para la pipa y toda la información que quise sobre la señorita Adler, por no mencionar a otra media docena de personas del vecinda­rio que no me interesaban lo más mínimo, pero cuyas bio­grafías no tuve más remedio que escuchar.
––¿Y qué hay de Irene Adler? ––pregunté.
––Bueno, trae de cabeza a todos los hombres de la zona. Es la cosa más bonita que se ha visto bajo un sombrero en este planeta. Eso aseguran los caballerizos del Serpentine, hasta el último hombre. Lleva una vida tranquila, canta en con­ciertos, sale todos los días a las cinco y regresa a cenar a las siete en punto. Es raro que salga a otras horas, excepto cuan­do canta. Sólo tiene un visitante masculino, pero lo ve mu­cho. Es moreno, bien parecido y elegante. Un tal Godfrey Norton, del Inner Temple. Ya ve las ventajas de tener por confidente a un cochero. Le han llevado una docena de veces desde el Serpentine y lo saben todo acerca de él. Después de escuchar todo lo que tenían que contarme, me puse otra vez a recorrer los alrededores de la residencia Briony, tramando mi plan de ataque.
»Evidentemente, este Godfrey Norton era un factor im­portante en el asunto. Es abogado; esto me sonó mal. ¿Qué relación había entre ellos y cuál era el motivo de sus repeti­das visitas? ¿Era ella su cliente, su amiga o su amante? De ser lo primero, probablemente habría puesto la fotografía bajo su custodia. De ser lo último, no era tan probable que lo hu­biera hecho. De esta cuestión dependía el que yo continuara mi trabajo en Briony o dirigiera mi atención a los aposentos del caballero en el Temple. Se trataba de un aspecto delicado, que ampliaba el campo de mis investigaciones. Temo abu­rrirle con estos detalles, pero tengo que hacerle partícipe de mis pequeñas dificultades para que pueda usted compren­der la situación.
––Le sigo atentamente ––respondí.
––Estaba todavía dándole vueltas al asunto cuando llegó a Briony un coche muy elegante, del que se apeó un caballero. Se trataba de un hombre muy bien parecido, moreno, de na­riz aguileña y con bigote. Evidentemente, el mismo hombre del que había oído hablar. Parecía tener mucha prisa, le gritó al cochero que esperara y pasó como una exhalación junto a la doncella, que le abrió la puerta, con el aire de quien se en­cuentra en su propia casa.
»Permaneció en la casa una media hora, y pude verle un par de veces a través de las ventanas de la sala de estar, an­dando de un lado a otro, hablando con agitación y movien­do mucho los brazos. A ella no la vi. Por fin, el hombre salió, más excitado aún que cuando entró. Al subir al coche, sacó del bolsillo un reloj de oro y lo miró con preocupación. "¡Corra como un diablo! ––ordenó––. Primero a Gross & Han­key, en Regent Street, y luego a la iglesia de Santa Mónica, en Edgware Road. ¡Media guinea si lo hace en veinte minutos!"
»Allá se fueron, y yo me preguntaba si no convendría se­guirlos, cuando por el callejón apareció un pequeño y boni­to landó, cuyo cochero llevaba la levita a medio abrochar, la corbata debajo de la oreja y todas las correas del aparejo sali­das de las hebillas. Todavía no se había parado cuando ella salió disparada por la puerta y se metió en el coche. Sólo pude echarle un vistazo, pero se trata de una mujer delicio­sa, con una cara por la que un hombre se dejaría matar.
»––A la iglesia de Santa Mónica, John ––ordenó––. Y medio soberano si llegas en veinte minutos.
»Aquello era demasiado bueno para perdérselo, Watson. Estaba dudando si hacer el camino corriendo o agarrarme a la trasera del landó, cuando apareció un coche por la calle. El cochero no parecía muy interesado en un pasajero tan an­drajoso, pero yo me metí dentro antes de que pudiera poner objeciones. "A la iglesia de Santa Mónica ––dije––, y medio so­berano si llega en veinte minutos." Eran las doce menos veinticinco y, desde luego, estaba clarísimo lo que se estaba cociendo.
»Mi cochero se dio bastante prisa. No creo haber ido tan rápido en la vida, pero los otros habían llegado antes. El co­che y el landó, con los caballos sudorosos, se encontraban ya delante de la puerta cuando nosotros llegamos. Pagué al co­chero y me metí corriendo en la iglesia. No había ni un alma, con excepción de las dos personas que yo había seguido y de un clérigo con sobrepelliz que parecía estar amonestándo­los. Los tres se encontraban de pie, formando un grupito de­lante del altar. Avancé despacio por el pasillo lateral, como cualquier desocupado que entra en una iglesia. De pronto, para mi sorpresa, los tres del altar se volvieron a mirarme y Godfrey Norton vino corriendo hacia mí, tan rápido como pudo.
»––¡Gracias a Dios! ––exclamó––. ¡Usted servirá! ¡Venga, venga!
»––¿Qué pasa? ––pregunté yo.
»––¡Venga, hombre, venga, tres minutos más y no será le­gal!
»Prácticamente me arrastraron al altar, y antes de darme cuenta de dónde estaba me encontré murmurando respues­tas que alguien me susurraba al oído, dando fe de cosas de las que no sabía nada y, en general, ayudando al enlace ma­trimonial de Irene Adler, soltera, con Godfrey Norton, sol­tero. Todo se hizo en un instante, y allí estaban el caballero dándome las gracias por un lado y la dama por el otro, mien­tras el clérigo me miraba resplandeciente por delante. Es la situación más ridícula en que me he encontrado en la vida, y pensar en ello es lo que me hacía reír hace un momento. Pa­rece que había alguna irregularidad en su licencia, que el cura se negaba rotundamente a casarlos sin que hubiera al­gún testigo, y que mi feliz aparición libró al novio de tener que salir a la calle en busca de un padrino. La novia me dio un soberano, y pienso llevarlo en la cadena del reloj como recuerdo de esta ocasión.
––Es un giro bastante inesperado de los acontecimientos ––dije––. ¿Y qué pasó luego?
––Bueno, me di cuenta de que mis planes estaban a punto de venirse abajo. Daba la impresión de que la parejita podía largarse inmediatamente, lo cual exigiría medidas instantá­neas y enérgicas por mi parte. Sin embargo, en la puerta de la iglesia se separaron: él volvió al Temple y ella a su casa. «Saldré a pasear por el parque a las cinco, como de costum­bre», dijo ella al despedirse. No pude oír más. Se marcharon en diferentes direcciones, y yo fui a ocuparme de unos asun­tillos propios.
––¿Que eran...?
––Un poco de carne fría y un vaso de cerveza ––respondió, haciendo sonar la campanilla––. He estado demasiado ocu­pado para pensar en comer, y probablemente estaré aún más ocupado esta noche. Por cierto, doctor, voy a necesitar su cooperación.
––Estaré encantado.
––¿No le importa infringir la ley?
––Ni lo más mínimo.
––¿Y exponerse a ser detenido?
––No, si es por una buena causa.
––¡Oh, la causa es excelente!
––Entonces, soy su hombre.
––Estaba seguro de que podía contar con usted.
––Pero ¿qué es lo que se propone?
––Cuando la señora Turner haya traído la bandeja se lo ex­plicaré claramente. Veamos ––dijo, mientras se lanzaba vo­razmente sobre el sencillo almuerzo que nuestra casera ha­bía traído––. Tengo que explicárselo mientras como, porque no tenemos mucho tiempo. Ahora son casi las cinco. Dentro de dos horas tenemos que estar en el escenario de la acción. La señorita Irene, o mejor dicho, la señora, vuelve de su pa­seo a las siete. Tenemos que estar en villa Briony cuando lle­gue.
––Y entonces, ¿qué?
––Déjeme eso a mí. Ya he arreglado lo que tiene que ocu­rrir. Hay una sola cosa en la que debo insistir. Usted no debe interferir, pase lo que pase. ¿Entendido?
––¿He de permanecer al margen?
––No debe hacer nada en absoluto. Probablemente se pro­ducirá algún pequeño alboroto. No intervenga. El resultado será que me harán entrar en la casa. Cuatro o cinco minutos después se abrirá la ventana de la sala de estar. Usted se si­tuará cerca de esa ventana abierta.
––Sí.
––Tiene usted que fijarse en mí, que estaré al alcance de su vista.
––Sí.
––Y cuando yo levante la mano, así, arrojará usted al inte­rior de la habitación una cosa que le voy a dar, y al mismo tiempo lanzará el grito de «¡Fuego!». ¿Me sigue?
––Perfectamente.
––No es nada especialmente terrible ––dijo, sacando del bolsillo un cilindro en forma de cigarro––. Es un cohete de humo corriente de los que usan los fontaneros, con una tapa en cada extremo para que se encienda solo. Su tarea se redu­ce a eso. Cuando empiece a gritar ¡fuego!, mucha gente lo re­petirá. Entonces, usted se dirigirá al extremo de la calle, donde yo me reuniré con usted al cabo de diez minutos. Es­pero haberme explicado bien.
––Tengo que mantenerme al margen, acercarme a la venta­na, fijarme en usted, aguardar la señal y arrojar este objeto, gritar «¡Fuego!», y esperarle en la esquina de la calle.
––Exactamente.
––Entonces, puede usted confiar plenamente en mí.
––Excelente. Creo que ya va siendo hora de que me prepare para el nuevo papel que he de representar.
Desapareció en su dormitorio, para regresar a los cinco minutos con la apariencia de un afable y sencillo sacerdote disidente. Su sombrero negro de ala ancha, sus pantalones con rodilleras, su chalina blanca, su sonrisa simpática y su aire general de curiosidad inquisitiva y benévola, no podrían haber sido igualados más que por el mismísimo John Hare. Holmes no se limitaba a cambiarse de ropa; su expresión, su forma de actuar, su misma alma, parecían cambiar con cada nuevo papel que asumía. El teatro perdió un magnífico actor y la ciencia un agudo pensador cuando Holmes decidió espe­cializarse en el delito.
Eran las seis y cuarto cuando salimos de Baker Street, y todavía faltaban diez minutos para las siete cuando llegamos a Serpentine Avenue. Ya oscurecía, y las farolas se iban en­cendiendo mientras nosotros andábamos calle arriba y calle abajo frente a la villa Briony, aguardando la llegada de su in­quilina. La casa era tal como yo la había imaginado por la su­cinta descripción de Sherlock Holmes, pero el vecindario parecía menos solitario de lo que había esperado. Por el con­trario, para tratarse de una calle pequeña en un barrio tran­quilo, se encontraba de lo más animada. Había un grupo de hombres mal vestidos fumando y riendo en una esquina, un afilador con su rueda, dos guardias reales galanteando a una niñera, y varios jóvenes bien vestidos que paseaban de un lado a otro con cigarros en la boca.
––¿Sabe? ––comentó Holmes mientras deambulábamos frente a la casa––. Este matrimonio simplifica bastante las co­sas. Ahora la fotografía se ha convertido en un arma de do­ble filo. Lo más probable es que ella tenga tan pocas ganas de que la vea el señor Godfrey Norton, como nuestro cliente de que llegue a ojos de su princesa. Ahora la cuestión es: ¿dónde vamos a encontrar la fotografia?
––Eso. ¿Dónde?
––Es muy improbable que ella la lleve encima. El formato es demasiado grande como para que se pueda ocultar bien en un vestido de mujer. Sabe que el rey es capaz de hacer que la asalten y registren. Ya se ha intentado algo parecido dos veces. Debemos suponer, pues, que no la lleva encima.
––Entonces, ¿dónde?
––Su banquero o su abogado. Existe esa doble posibilidad. Pero me inclino a pensar que ninguno de los dos la tiene. Las mujeres son por naturaleza muy dadas a los secretos, y les gusta encargarse de sus propias intrigas. ¿Por qué habría de ponerla en manos de otra persona? Puede fiarse de sí misma, pero no sabe qué presiones indirectas o políticas pueden ejercerse sobre un hombre de negocios. Además, recuerde que tiene pensado utilizarla dentro de unos días. Tiene que tenerla al alcance de la mano. Tiene que estar en la casa.
––Pero la han registrado dos veces.
––¡Bah! No sabían buscar.
––¿Y cómo buscará usted?
––Yo no buscaré.
––¿Entonces...?
––Haré que ella me lo indique.
––Pero se negará.
––No podrá hacerlo. Pero oigo un ruido de ruedas. Es su coche. Ahora, cumpla mis órdenes al pie de la letra.
Mientras hablaba, el fulgor de las luces laterales de un co­che asomó por la curva de la avenida. Era un pequeño y ele­gante landó que avanzó traqueteando hasta la puerta de la villa Briony. En cuanto se detuvo, uno de los desocupados de la esquina se lanzó como un rayo a abrir la puerta, con la es­peranza de ganarse un penique, pero fue desplazado de un codazo por otro desocupado que se había precipitado con la misma intención. Se entabló una feroz disputa, a la que se unieron los dos guardias reales, que se pusieron de parte de uno de los desocupados, y el afilador, que defendía con igual vehemencia al bando contrario. Alguien recibió un golpe y, en un instante, la dama, que se había apeado del carruaje, se encontró en el centro de un pequeño grupo de acalorados combatientes, que se golpeaban ferozmente con puños y bastones. Holmes se abalanzó entre ellos para proteger a la dama pero, justo cuando llegaba a su lado, soltó un grito y cayó al suelo, con la sangre corriéndole abundantemente por el rostro. Al verlo caer, los guardias salieron corriendo en una dirección y los desocupados en otra, mientras unas cuantas personas bien vestidas, que habían presenciado la reyerta sin tomar parte en ella, se agolpaban para ayudar a la señora y atender al herido. Irene Adler, como pienso seguir llamándola, había subido a toda prisa los escalones; pero en lo alto se detuvo, con su espléndida figura recortada contra las luces de la sala, volviéndose a mirar hacia la calle.
––¿Está malherido ese pobre caballero? ––preguntó.
––Está muerto ––exclamaron varias voces.
––No, no, todavía le queda algo de vida ––gritó otra––. Pero habrá muerto antes de poder llevarlo al hospital.
––Es un valiente ––dijo una mujer––. De no ser por él le ha­brían quitado el bolso y el reloj a esta señora. Son una ban­da, y de las peores. ¡Ah, ahora respira!
––No puede quedarse tirado en la calle. ¿Podemos meterlo en la casa, señora?
––Claro. Tráiganlo a la sala de estar. Hay un sofá muy có­modo. Por aquí, por favor.
Lenta y solemnemente fue introducido en la residencia Briony y acostado en el salón principal, mientras yo seguía observando el curso de los acontecimientos desde mi puesto junto a la ventana. Habían encendido las lámparas, pero sin correr las cortinas, de manera que podía ver a Holmes ten­dido en el sofá. Ignoro si en aquel momento él sentía algún tipo de remordimiento por el papel que estaba representan­do, pero sí sé que yo nunca me sentí tan avergonzado de mí mismo como entonces, al ver a la hermosa criatura contra la que estaba conspirando, y la gracia y amabilidad con que atendía al herido. Y sin embargo, abandonar en aquel punto la tarea que Holmes me había confiado habría sido una trai­ción de lo más abyecto. Así pues, hice de tripas corazón y sa­qué el cohete de humo de debajo de mi impermeable. Al fin y al cabo, pensé, no vamos a hacerle ningún daño. Sólo vamos a impedirle que haga daño a otro.
Holmes se había sentado en el diván, y le vi moverse como si le faltara aire. Una doncella se apresuró a abrir la ventana. En aquel preciso instante le vi levantar la mano y, obedecien­do su señal, arrojé el cohete dentro de la habitación mientras gritaba: «¡Fuego!». Apenas había salido la palabra de mis la­bios cuando toda la multitud de espectadores, bien y mal vestidos ––caballeros, mozos de cuadra y criadas––, se unió en un clamor general de «¡Fuego!». Espesas nubes de humo se extendieron por la habitación y salieron por la ventana abierta. Pude entrever figuras que corrían, y un momento después oí la voz de Holmes dentro de la casa, asegurando que se trataba de una falsa alarma. Deslizándome entre la vociferante multitud, llegué hasta la esquina de la calle y a los diez minutos tuve la alegría de sentir el brazo de mi ami­go sobre el mío y de alejarme de la escena del tumulto. Hol­mes caminó de prisa y en silencio durante unos pocos minu­tos, hasta que nos metimos por una de las calles tranquilas que llevan hacia Edgware Road.
––Lo hizo usted muy bien, doctor ––dijo––. Las cosas no po­drían haber salido mejor. Todo va bien.
––¿Tiene usted la fotografia?
––Sé dónde está.
––¿Y cómo lo averiguó?
––Ella me lo indicó, como yo le dije que haría.
––Sigo a oscuras.
––No quiero hacer un misterio de ello ––dijo, echándose a reír––. Todo fue muy sencillo. Naturalmente, usted se daría cuenta de que todos los que había en la calle eran cómplices. Estaban contratados para esta tarde.
––Me lo había figurado.
––Cuando empezó la pelea, yo tenía un poco de pintura roja, fresca, en la palma de la mano. Eché a correr, caí, me llevé las manos a la cara y me convertí en un espectáculo pa­tético. Un viejo truco.
––Eso también pude figurármelo.
––Entonces me llevaron adentro. Ella tenía que dejarme entrar. ¿Cómo habría podido negarse? Y a la sala de estar, que era la habitación de la que yo sospechaba. Tenía que ser ésa o el dormitorio, y yo estaba decidido a averiguar cuál. Me tendieron en el sofá, hice como que me faltaba el aire, se vieron obligados a abrir la ventana y usted tuvo su oportuni­dad.
––¿Y de qué le sirvió eso?
––Era importantísimo. Cuando una mujer cree que se in­cendia su casa, su instinto le hace correr inmediatamente hacia lo que tiene en más estima. Se trata de un impulso completamente insuperable, y más de una vez le he sacado partido. En el caso del escándalo de la suplantación de Dar­lington me resultó muy útil, y también en el asunto del casti­llo de Arnsworth. Una madre corre en busca de su bebé, una mujer soltera echa mano a su joyero. Ahora bien, yo tenía muy claro que para la dama que nos ocupa no existía en la casa nada tan valioso como lo que nosotros andamos bus­cando, y que correría a ponerlo a salvo. La alarma de fuego salió de maravilla. El humo y los gritos eran como para tras­tornar unos nervios de acero. Ella respondió a la perfección. La fotografía está en un hueco detrás de un panel corredizo, encima mismo del cordón de la campanilla de la derecha. Se plantó allí en un segundo, y vi de reojo que empezaba a sa­carla. Al gritar yo que se trataba de una falsa alarma, la vol­vió a meter, miró el cohete, salió corriendo de la habitación y no la volví a ver. Me levanté, presenté mis excusas y salí de la casa. Pensé en intentar apoderarme de la fotografía en aquel mismo momento; pero el cochero había entrado y me obser­vaba de cerca, así que me pareció más seguro esperar. Un ex­ceso de precipitación podría echarlo todo a perder.
––¿Y ahora? ––pregunté.
––Nuestra búsqueda prácticamente ha concluido. Mañana iré a visitarla con el rey, y con usted, si es que quiere acompa­ñarnos. Nos harán pasar a la sala de estar a esperar a la seño­ra, pero es probable que cuando llegue no nos encuentre ni a nosotros ni la fotografía. Será una satisfacción para su ma­jestad recuperarla con sus propias manos.
––¿Y cuándo piensa ir?
––A las ocho de la mañana. Aún no se habrá levantado, de manera que tendremos el campo libre. Además, tenemos que darnos prisa, porque este matrimonio puede significar un cambio completo en su vida y costumbres. Tengo que te­legrafiar al rey sin perder tiempo.
Habíamos llegado a Baker Street y nos detuvimos en la puerta. Holmes estaba buscando la llave en sus bolsillos cuando alguien que pasaba dijo:
––Buenas noches, señor Holmes.
Había en aquel momento varias personas en la acera, pero el saludo parecía proceder de un joven delgado con imper­meable que había pasado de prisa a nuestro lado.
––Esa voz la he oído antes ––dijo Holmes, mirando fijamen­te la calle mal iluminada––. Me pregunto quién demonios po­drá ser.

3

Aquella noche dormí en Baker Street, y estábamos dando cuenta de nuestro café con tostadas cuando el rey de Bohe­mia se precipitó en la habitación.
––¿Es verdad que la tiene? ––exclamó, agarrando a Sherlock Holmes por los hombros y mirándolo ansiosamente a los ojos.
––Aún no.
––Pero ¿tiene esperanzas?
––Tengo esperanzas.
––Entonces, vamos. No puedo contener mi impaciencia.
––Tenemos que conseguir un coche.
––No, mi carruaje está esperando.
––Bien, eso simplifica las cosas.
Bajamos y nos pusimos otra vez en marcha hacia la villa Briony.
––Irene Adler se ha casado ––comentó Holmes.
––¿Se ha casado? ¿Cuándo?
––Ayer.
––Pero ¿con quién?
––Con un abogado inglés apellidado Norton.
––¡Pero no es posible que le ame!
––Espero que sí le ame.
––¿Por qué espera tal cosa?
––Porque eso libraría a vuestra majestad de todo temor a futuras molestias. Si ama a su marido, no ama a vuestra ma­jestad. Si no ama a vuestra majestad, no hay razón para que interfiera en los planes de vuestra majestad.
––Es verdad. Y sin embargo... ¡En fin!... ¡Ojalá ella hubiera sido de mi condición! ¡Qué reina habría sido!
Y con esto se hundió en un silencio taciturno que no se rompió hasta que nos detuvimos en Serpentine Avenue. La puerta de la villa Briony estaba abierta, y había una mujer mayor de pie en los escalones de la entrada. Nos miró con ojos sardónicos mientras bajábamos del carricoche. ––El señor Sherlock Holmes, supongo ––dijo.
––Yo soy el señor Holmes ––respondió mi compañero, diri­giéndole una mirada interrogante y algo sorprendida.
––En efecto. Mi señora me dijo que era muy probable que viniera usted. Se marchó esta mañana con su marido, en el tren de las cinco y cuarto de Charing Cross, rumbo al conti­nente.
––¿Cómo? ––Sherlock Holmes retrocedió tambaleándose, poniéndose blanco de sorpresa y consternación––. ¿Quiere decir que se ha marchado de Inglaterra?
––Para no volver.
––¿Y los papeles? ––preguntó el rey con voz ronca––. ¡Todo se ha perdido!
––Veremos.
Holmes pasó junto a la sirvienta y se precipitó en la sala, seguido por el rey y por mí. El mobiliario estaba esparcido en todas direcciones, con estanterías desmontadas y cajones abiertos, como si la señora los hubiera vaciado a toda prisa antes de escapar. Holmes corrió hacia el cordón de la cam­panilla, arrancó una tablilla corrediza y, metiendo la mano, sacó una fotografía y una carta. La fotografía era de la pro­pia Irene Adler en traje de noche; la carta estaba dirigida a «Sherlock Holmes, Esq. Para dejar hasta que la recojan». Mi amigo la abrió y los tres la leímos juntos. Estaba fechada la medianoche anterior, y decía lo siguiente:

«Mi querido señor Sherlock Holmes: La verdad es que lo hizo usted muy bien. Me tomó completamente por sorpresa. Hasta después de la alarma de fuego, no sentí la menor sos­pecha. Pero después, cuando comprendí que me había trai­cionado a mí misma, me puse a pensar. Hace meses que me habían advertido contra usted. Me dijeron que si el rey con­trataba a un agente, ése sería sin duda usted. Hasta me habían dado su dirección. Y a pesar de todo, usted me hizo revelarle lo que quería saber. Aun después de entrar en sospechas, se me hacía dificil pensar mal de un viejo clérigo tan simpático y amable. Pero, como sabe, también yo tengo experiencia como actriz. Las ropas de hombre no son nada nuevo para mí. Con frecuencia me aprovecho de la libertad que ofrecen. Ordené a John, el cochero, que le vigilara, corrí al piso de arriba, me puse mi ropa de paseo, como yo la llamo, y bajé justo cuando usted salía.
»Bien; le seguí hasta su puerta y así me aseguré de que, en efecto, yo era objeto de interés para el célebre Sherlock Hol­mes. Entonces, un tanto imprudentemente, le deseé buenas noches y me dirigí al Temple para ver a mi marido.
»Los dos estuvimos de acuerdo en que, cuando te persi­gue un antagonista tan formidable, el mejor recurso es la huida. Así pues, cuando llegue usted mañana se encontrará el nido vacío. En cuanto a la fotografia, su cliente puede que­dar tranquilo. Amo y soy amada por un hombre mejor que él. El rey puede hacer lo que quiera, sin encontrar obstácu­los por parte de alguien a quien él ha tratado injusta y cruel­mente. La conservo sólo para protegerme y para disponer de un arma que me mantendrá a salvo de cualquier medida que él pueda adoptar en el futuro. Dejo una fotografía que tal vez le interese poseer. Y quedo, querido señor Sherlock Holmes, suya afectísima.

Irene NORTON, née ADLER.»

––¡Qué mujer! ¡Pero qué mujer! ––exclamó el rey de Bohe­mia cuando los tres hubimos leído la epístola––. ¿No le dije lo despierta y decidida que era? ¿Acaso no habría sido una rei­na admirable? ¿No es una pena que no sea de mi clase?
––Por lo que he visto de la dama, parece, verdaderamente, pertenecer a una clase muy diferente a la de vuestra majes­tad ––dijo Holmes fríamente––. Lamento no haber sido capaz de llevar el asunto de vuestra majestad a una conclusión más feliz.
––¡Al contrario, querido señor! ––exclamó el rey––. No po­dría haber terminado mejor. Me consta que su palabra es in­violable. La fotografia es ahora tan inofensiva como si la hu­biesen quemado.
––Me alegra que vuestra majestad diga eso.
––He contraído con usted una deuda inmensa. Dígame, por favor, de qué manera puedo recompensarle. Este anillo... ––se sacó del dedo un anillo de esmeraldas en forma de ser­piente y se lo extendió en la palma de la mano.
––Vuestra majestad posee algo que para mí tiene mucho más valor ––dijo Holmes.
––No tiene más que decirlo. ––Esta fotografia.
El rey se le quedó mirando, asombrado.
––¡La fotografía de Irene! ––exclamó––. Desde luego, si es lo que desea.
––Gracias, majestad. Entonces, no hay más que hacer en este asunto. Tengo el honor de desearos un buen día.
Hizo una inclinación, se dio la vuelta sin prestar atención a la mano que el rey le tendía, y se marchó conmigo a sus aposentos.
Y así fue como se evitó un gran escándalo que pudo haber afectado al reino de Bohemia, y cómo los planes más perfec­tos de Sherlock Holmes se vieron derrotados por el ingenio de una mujer. Él solía hacer bromas acerca de la inteligencia de las mujeres, pero últimamente no le he oído hacerlo. Y cuando habla de Irene Adler o menciona su fotografía, es siempre con el honroso título de la mujer.

2. La Liga de los Pelirrojos

Un día de otoño del año pasado, me acerqué a visitar a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, y lo encontré enfrascado en una conversación con un caballero de edad madura, muy corpulento, de rostro encarnado y cabellos rojos como el fuego. Pidiendo disculpas por mi intromisión, me disponía a retirarme cuando Holmes me hizo entrar bruscamente de un tirón y cerró la puerta a mis espaldas.
––No podría haber llegado en mejor momento, querido Watson ––dijo cordialmente.
––Temí que estuviera usted ocupado. ––Lo estoy, y mucho.
––Entonces, puedo esperar en la habitación de al lado.
––Nada de eso. Señor Wilson, este caballero ha sido mi compañero y colaborador en muchos de mis casos más afor­tunados, y no me cabe duda de que también me será de la mayor ayuda en el suyo.
El corpulento caballero se medio levantó de su asiento y emitió un gruñido de salutación, acompañado de una rápi­da mirada interrogadora de sus ojillos rodeados de grasa.
––Siéntese en el canapé ––dijo Holmes, dejándose caer de nuevo en su butaca y juntando las puntas de los dedos, como solía hacer siempre que se sentía reflexivo––. Me consta, que­rido Watson, que comparte usted mi afición a todo lo que sea raro y se salga de los convencionalismos y la monótona rutina de la vida cotidiana. Ha dado usted muestras de sus gustos con el entusiasmo que le ha impelido a narrar y, si me permite decirlo, embellecer en cierto modo tantas de mis pequeñas aventuras.
––La verdad es que sus casos me han parecido de lo más in­teresante ––respondí.
––Recordará usted que el otro día, justo antes de que nos metiéramos en el sencillísimo problema planteado por la se­ñorita Mary Sutherland, le comenté que si queremos efectos extraños y combinaciones extraordinarias, debemos bus­carlos en la vida misma, que siempre llega mucho más lejos que cualquier esfuerzo de la imaginación.
––Un argumento que yo me tomé la libertad de poner en duda.
––Así fue, doctor, pero aun así tendrá usted que aceptar mi punto de vista, pues de lo contrario empezaré a amontonar sobre usted datos y más datos, hasta que sus argumentos se hundan bajo el peso y se vea obligado a darme la razón. Pues bien, el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha tenido la ama­bilidad de venir a visitarme esta mañana, y ha empezado a contarme una historia que promete ser una de las más curio­sas que he escuchado en mucho tiempo. Ya me ha oído usted comentar que las cosas más extrañas e insólitas no suelen presentarse relacionadas con los crímenes importantes, sino con delitos pequeños e incluso con casos en los que podría dudarse de que se haya cometido delito alguno. Por lo que he oído hasta ahora, me resulta imposible saber si en este caso hay delito o no, pero desde luego el desarrollo de los hechos es uno de los más extraños que he oído en la vida. Quizá, se­ñor Wilson, tenga usted la bondad de empezar de nuevo su relato. No se lo pido sólo porque mi amigo el doctor Watson no ha oído el principio, sino también porque el carácter insólito de la historia me tiene ansioso por escuchar de sus la­bios hasta el último detalle. Como regla general, en cuanto percibo la más ligera indicación del curso de los aconteci­mientos, suelo ser capaz de guiarme por los miles de casos semejantes que acuden a mi memoria. En el caso presente, me veo en la obligación de reconocer que los hechos son, hasta donde alcanza mi conocimiento, algo nunca visto.
El corpulento cliente hinchó el pecho con algo parecido a un ligero orgullo, y sacó del bolsillo interior de su gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras recorría con la vista la columna de anuncios, con la cabeza inclinada hacia adelan­te, yo le eché un buen vistazo, esforzándome por interpretar, como hacía mi compañero, cualquier indicio que ofrecieran sus ropas o su aspecto.
Sin embargo, mi inspección no me dijo gran cosa. Nues­tro visitante tenía todas las trazas del típico comerciante bri­tánico: obeso, pomposo y algo torpe. Llevaba pantalones grises a cuadros con enormes rodilleras, una levita negra y no demasiado limpia, desabrochada por delante, y un chale­co gris-amarillento con una gruesa cadena de latón y una pieza de metal con un agujero cuadrado que colgaba a modo de adorno. Junto a él, en una silla, había un raído sombrero de copa y un abrigo marrón descolorido con cuello de ter­ciopelo bastante arrugado. En conjunto, y por mucho que lo mirase, no había nada notable en aquel hombre, con excep­ción de su cabellera pelirroja y de la expresión de inmenso pesar y disgusto que se leía en sus facciones.
Mis esfuerzos no pasaron desapercibidos para los atentos ojos de Sherlock Holmes, que movió la cabeza, sonriendo, al adivinar mis inquisitivas miradas.
––Aparte de los hechos evidentes de que en alguna época ha realizado trabajos manuales, que toma rapé, que es ma­són, que ha estado en China y que últimamente ha escrito muchísimo, soy incapaz de deducir nada más ––dijo.
El señor Jabez Wilson dio un salto en su silla, mantenien­do el dedo índice sobre el periódico, pero con los ojos clava­dos en mi compañero.
––¡En nombre de todo lo santo! ¿Cómo sabe usted todo eso, señor Holmes? ––preguntó––. ¿Cómo ha sabido, por ejemplo, que he trabajado con las manos? Es tan cierto como el Evangelio que empecé siendo carpintero de barcos.
––Sus manos, señor mío. Su mano derecha es bastante más grande que la izquierda. Ha trabajado usted con ella y los músculos se han desarrollado más.
––Está bien, pero ¿y lo del rapé y la masonería?
––No pienso ofender su inteligencia explicándole cómo he sabido eso, especialmente teniendo en cuenta que, contravi­niendo las estrictas normas de su orden, lleva usted un alfi­ler de corbata con un arco y un compás.
––¡Ah, claro! Lo había olvidado. ¿Y lo de escribir?
––¿Qué otra cosa podría significar el que el puño de su manga derecha se vea tan lustroso en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el de la izquierda está rozado cerca del codo, por donde se apoya en la mesa?
––Bien. ¿Y lo de China?
––El pez que lleva usted tatuado justo encima de la muñeca derecha sólo se ha podido hacer en China. Tengo realizado un pequeño estudio sobre los tatuajes e incluso he contri­buido a la literatura sobre el tema. Ese truco de teñir las es­camas con una delicada tonalidad rosa es completamente exclusivo de los chinos. Y si, además, veo una moneda china colgando de la cadena de su reloj, la cuestión resulta todavía más sencilla.
El señor Jabez Wilson se echó a reír sonoramente. ––¡Quién lo iba a decir! ––exclamó––. Al principio me pareció que había hecho usted algo muy inteligente, pero ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito. ––Empiezo a pensar, Watson ––dijo Holmes––, que cometo un error al dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico, como usted sabe, y mi pobre reputación, en lo poco que vale, se vendrá abajo si sigo siendo tan ingenuo. ¿Encuentra usted el anuncio, señor Wilson?
––Sí, ya lo tengo ––respondió Wilson, con su dedo grueso y colorado plantado a mitad de la columna––. Aquí está. Todo empezó por aquí. Léalo usted mismo, señor.
Tomé el periódico de sus manos y leí lo siguiente:

«A LA LIGA DE LOS PELIRROJOS.––Con cargo al legado del difunto Ezekiah Hopkins, de Lebanon, Pennsylvania, EE.UU., se ha producido otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a percibir un salario de cuatro libras a la semana por servicios puramente nominales. Pueden optar al puesto todos los varones pelirrojos, sanos de cuerpo y de mente, y mayores de veintiún años. Presentarse en persona el lunes a las once a Duncan Ross, en las oficinas de la Liga, 7 Pope's Court, Fleet Street.»
––¿Qué diablos significa esto? ––exclamé después de haber leído dos veces el extravagante anuncio.
Holmes se rió por lo bajo y se removió en su asiento, como solía hacer cuando estaba de buen humor.
––Se sale un poco del camino trillado, ¿no es verdad? ––dijo––. Y ahora, señor Wilson, empiece por el principio y cuéntenoslo todo acerca de usted, su familia y el efecto que este anuncio tuvo sobre su vida. Pero primero, doctor, tome nota del periódico y la fecha.
––Es el Morning Chronicle del 27 de abril de 1890. De hace exactamente dos meses.
––Muy bien. Vamos, señor Wilson.
––Bueno, como ya le he dicho, señor Holmes ––dijo Jabez Wilson secándose la frente––, poseo una pequeña casa de préstamos en Coburg Square, cerca de la City. No es un ne­gocio importante, y en los últimos años me daba lo justo para vivir. Antes podía permitirme tener dos empleados, pero ahora sólo tengo uno; y tendría dificultades para pa­garle si no fuera porque está dispuesto a trabajar por media paga, mientras aprende el oficio.
––¿Cómo se llama ese joven de tan buen conformar? ––pre­guntó Sherlock Holmes.
––Se llama Vincent Spaulding, y no es tan joven. Resulta dificil calcular su edad. No podría haber encontrado un ayu­dante más eficaz, señor Holmes, y estoy convencido de que podría mejorar de posición y ganar el doble de lo que yo puedo pagarle. Pero, al fin y al cabo, si él está satisfecho, ¿por qué habría yo de meterle ideas en la cabeza?
––Desde luego, ¿por qué iba a hacerlo? Creo que ha tenido usted mucha suerte al encontrar un empleado más barato que los precios del mercado. No todos los patrones pueden decir lo mismo en estos tiempos. No sé qué es más extraor­dinario, si su ayudante o su anuncio.
––Bueno, también tiene sus defectos ––dijo el señor Wil­son––. Jamás he visto a nadie tan aficionado a la fotografía. Siempre está sacando instantáneas cuando debería estar cultivando la mente, y luego zambulléndose en el sótano como un conejo en su madriguera para revelar las fotos. Ese es su principal defecto; pero en conjunto es un buen trabaja­dor. Y no tiene vicios.
––Todavía sigue con usted, supongo.
––Sí, señor. Él y una chica de catorce años, que cocina un poco y se encarga de la limpieza. Eso es todo lo que tengo en casa, ya que soy viudo y no tengo más familia. Los tres lleva­mos una vida muy tranquila, sí señor, y nos dábamos por sa­tisfechos con tener un techo bajo el que cobijarnos y pagar nuestras deudas. Fue el anuncio lo que nos sacó de nuestras casillas. Hace justo ocho semanas, Spaulding bajó a la ofici­na con este mismo periódico en la mano diciendo:
»––¡Ay, señor Wilson, ojalá fuera yo pelirrojo!
»––¿Y eso porqué? ––pregunté yo.
»––Mire ––dijo––: hay otra plaza vacante en la Liga de los Pe­lirrojos. Eso significa una pequeña fortuna para el que pueda conseguirla, y tengo entendido que hay más plazas vacantes que personas para ocuparlas, de manera que los albaceas an­dan como locos sin saber qué hacer con el dinero. Si mi pelo cambiara de color, este puestecillo me vendría a la medida.
»––Pero ¿de qué se trata? ––pregunté––. Verá usted, señor Spaulding, yo soy un hombre muy casero y como mi nego­cio viene a mí, en lugar de tener que ir yo a él, muchas veces pasan semanas sin que ponga los pies más allá del felpudo de la puerta. Por eso no estoy muy enterado de lo que ocurre por ahí fuera y siempre me agrada recibir noticias.
»––¿Es que nunca ha oído hablar de la Liga de los Pelirro­jos? ––preguntó Spaulding, abriendo mucho los ojos.
»––Nunca.
»––¡Caramba, me sorprende mucho, ya que usted podría optar perfectamente a una de las plazas!
»––¿Y qué sacaría con ello?
»––Bueno, nada más que un par de cientos al año, pero el trabajo es mínimo y apenas interfiere con las demás ocupa­ciones que uno tenga.
»Como podrá imaginar, aquello me hizo estirar las orejas, pues el negocio no marchaba demasiado bien en los últimos años, y doscientas libras de más me habrían venido muy bien.
»––Cuénteme todo lo que sepa ––le dije.
»––Bueno ––dijo, enseñándome el anuncio––, como puede ver, existe una vacante en la Liga y aquí está la dirección en la que deben presentarse los aspirantes. Por lo que yo sé, la Liga fue fundada por un millonario americano, Ezekiah Hop­kins, un tipo bastante excéntrico. Era pelirrojo y sentía una gran simpatía por todos los pelirrojos, de manera que cuan­do murió se supo que había dejado toda su enorme fortuna en manos de unos albaceas, con instrucciones de que invir­tieran los intereses en proporcionar empleos cómodos a personas con dicho color de pelo. Según he oído, la paga es espléndida y apenas hay que hacer nada.
»––Pero tiene que haber millones de pelirrojos que solici­ten un puesto de esos ––dije yo.
»––Menos de los que usted cree ––respondió––. Verá, la ofer­ta está limitada a los londinenses mayores de edad. Este americano procedía de Londres, de donde salió siendo jo­ven, y quiso hacer algo por su vieja ciudad. Además, he oído que es inútil presentarse si uno tiene el pelo rojo claro o rojo oscuro, o de cualquier otro tono que no sea rojo intenso y brillante como el fuego. Pero si usted se presentara, señor Wilson, le aceptarían de inmediato. Aunque quizá no valga la pena que se tome esa molestia sólo por unos pocos cientos de libras.
»Ahora bien, es un hecho, como pueden ver por sí mis­mos, que mi cabello es de un tono rojo muy intenso, de ma­nera que me pareció que, por mucha competencia que hu­biera, yo tenía tantas posibilidades como el que más. Vincent Spaulding parecía estar tan informado del asunto que pensé que podría serme útil, de modo que le dije que echara el cierre por lo que quedaba de jornada y me acom­pañara. Se alegró mucho de poder hacer fiesta, así que cerra­mos el negocio y partimos hacia la dirección que indicaba el anuncio.
»No creo que vuelva a ver en mi vida un espectáculo se­mejante, señor Holmes. Del norte, del sur, del este y del oes­te, todos los hombres cuyo cabello presentara alguna tonali­dad rojiza se habían plantado en la City en respuesta al anuncio. Fleet Street se encontraba abarrotada de pelirrojos, y Pope's Court parecía el carro de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que hubiera en el país tantos pelirrojos como los que habían acudido atraídos por aquel solo anuncio. Los había de todos los matices: rojo pajizo, limón, naranja, la­drillo, de perro setter, rojo hígado, rojo arcilla... pero, como había dicho Spaulding, no había muchos que presentaran la auténtica tonalidad rojo-fuego. Cuando vi que eran tantos, me desanimé y estuve a punto de echarme atrás; pero Spaulding no lo consintió. No me explico cómo se las arregló, pero a base de empujar, tirar y embestir, consiguió hacerme atravesar la multitud y llegar hasta la escalera que llevaba a la oficina. En la escalera había una doble hilera de personas: unas que subían esperanzadas y otras que bajaban rechaza­das; pero también allí nos abrimos paso como pudimos y pronto nos encontramos en la oficina.
––Una experiencia de lo más divertido ––comentó Holmes, mientras su cliente hacía una pausa y se refrescaba la memo­ria con una buena dosis de rapé––. Le ruego que continúe con la interesantísima exposición.
––En la oficina no había nada más que un par de sillas de madera y una mesita, detrás de la cual se sentaba un hombre menudo, con una cabellera aún más roja que la mía. Cam­biaba un par de palabras con cada candidato que se presen­taba y luego siempre les encontraba algún defecto que los descalificaba. Por lo visto, conseguir la plaza no era tan sen­cillo como parecía. Sin embargo, cuando nos llegó el turno, el hombrecillo se mostró más inclinado por mí que por nin­gún otro, y cerró la puerta en cuanto entramos, para poder hablar con nosotros en privado.
»––Éste es el señor Jabez Wilson ––dijo mi empleado––, y as­pira a ocupar la plaza vacante en la Liga.
»––Y parece admirablemente dotado para ello ––respondió el otro––. Cumple todos los requisitos. No recuerdo haber visto nada tan perfecto.
»Retrocedió un paso, torció la cabeza hacia un lado y me miró el pelo hasta hacerme ruborizar. De pronto, se abalan­zó hacia mí, me estrechó la mano y me felicitó calurosamen­te por mi éxito.
»––Sería una injusticia dudar de usted ––dijo––, pero estoy seguro de que me perdonará usted por tomar una precau­ción obvia ––y diciendo esto, me agarró del pelo con las dos manos y tiró hasta hacerme chillar de dolor––. Veo lágrimas en sus ojos ––dijo al soltarme––, lo cual indica que todo está como es debido. Tenemos que ser muy cuidadosos, porque ya nos han engañado dos veces con pelucas y una con tinte. Podría contarle historias sobre tintes para zapatos que le ha­rían sentirse asqueado de la condición humana ––se acercó a la ventana y gritó por ella, con toda la fuerza de sus pulmo­nes, que la plaza estaba cubierta. Desde abajo nos llegó un gemido de desilusión, y la multitud se desbandó en distintas direcciones hasta que no quedó una cabeza pelirroja a la vis­ta, exceptuando la mía y la del gerente.
»––Me llamo Duncan Ross ––dijo éste––, y soy uno de los pensionistas del fondo legado por nuestro noble benefactor. ¿Está usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted familia?
»Le respondí que no. Al instante se le demudó el rostro.
»––¡Válgame Dios! ––exclamó muy serio––. Esto es muy gra­ve, de verdad. Lamento oírle decir eso. El legado, natural­mente, tiene como objetivo la propagación y expansión de los pelirrojos, y no sólo su mantenimiento. Es un terrible in­conveniente que sea usted soltero.
»Al oír aquello, puse una cara muy larga, señor Holmes, pensando que después de todo no iba a conseguir la plaza; pero después de pensárselo unos minutos, el gerente dijo que no importaba.
»––De tratarse de otro ––dijo––, la objeción habría podido ser fatal, pero creo que debemos ser un poco flexibles a favor de un hombre con un pelo como el suyo. ¿Cuándo podrá ha­cerse cargo de sus nuevas obligaciones?
»––Bueno, hay un pequeño problema, ya que tengo un ne­gocio propio ––dije.
»––¡Oh, no se preocupe de eso, señor Wilson! ––dijo Vin­cent Spaulding––. Yo puedo ocuparme de ello por usted. »––¿Cuál sería el horario? ––pregunté.
»––De diez a dos.
»Ahora bien, el negocio del prestamista se hace principal­mente por las noches, señor Holmes, sobre todo las noches del jueves y el viernes, justo antes del día de paga; de manera que me vendría muy bien ganar algún dinerillo por las ma­ñanas. Además, me constaba que mi empleado era un buen hombre y que se encargaría de lo que pudiera presentarse.
»––Me viene muy bien ––dije––. ¿Y la paga?
»––Cuatro libras a la semana.
»––¿Y el trabajo?
»––Es puramente nominal.
»––¿Qué entiende usted por puramente nominal?
»––Bueno, tiene usted que estar en la oficina, o al menos en el edificio, todo el tiempo. Si se ausenta, pierde para siempre el puesto. El testamento es muy claro en este aspecto. Si se ausenta de la oficina durante esas horas, falta usted al com­promiso.
»––No son más que cuatro horas al día, y no pienso ausen­tarme ––dije.
»––No se acepta ninguna excusa ––insistió el señor Duncan Ross––. Ni enfermedad, ni negocios, ni nada de nada. Tiene usted que estar aquí o pierde el empleo.
»––¿Y el trabajo?
»––Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En ese es­tante tiene el primer volumen. Tendrá usted que poner la tinta, las plumas y el papel secante; nosotros le proporciona­mos esta mesa y esta silla. ¿Podrá empezar mañana?
»––Desde luego.
»––Entonces, adiós, señor Jabez Wilson, y permítame feli­citarle una vez más por el importante puesto que ha tenido la suerte de conseguir.
»Se despidió de mí con una reverencia y yo me volví a casa con mi empleado, sin apenas saber qué decir ni qué hacer, tan satisfecho me sentía de mi buena suerte.
»Me pasé todo el día pensando en el asunto y por la noche volvía a sentirme deprimido, pues había logrado convencer­me de que todo aquello tenía que ser una gigantesca estafa o un fraude, aunque no podía imaginar qué se proponían con ello. Parecía absolutamente increíble que alguien dejara un testamento semejante, y que se pagara semejante suma por hacer algo tan sencillo como copiar la Enciclopedia Británi­ca. Vincent Spaulding hizo todo lo que pudo por animarme, pero a la hora de acostarme yo ya había decidido desenten­derme del asunto. Sin embargo, a la mañana siguiente pensé que valla la pena probar, así que compré un tintero de un pe­nique, me hice con una pluma y siete pliegos de papel, y me encaminé a Pope's Court.
»Para mi sorpresa y satisfacción, todo salió a pedir de boca. Encontré la mesa ya preparada para mí, y al señor Duncan Ross esperando a ver si me presentaba puntual­mente al trabajo. Me dijo que empezara por la letra A y me dejó solo; pero se dejaba caer de vez en cuando para com­probar que todo iba bien. A las dos me deseó buenas tardes, me felicitó por lo mucho que había escrito y cerró la puerta de la oficina cuando yo salí.
»Todo siguió igual un día tras otro, señor Holmes, y el sá­bado se presentó el gerente y me abonó cuatro soberanos por el trabajo de la semana. Lo mismo ocurrió a la semana siguiente, y a la otra. Yo llegaba cada mañana a las diez y me marchaba a las dos de la tarde. Poco a poco, el señor Duncan Ross se limitó a aparecer una vez cada mañana y, con el tiempo, dejó de presentarse. Aun así, como es natural, yo no me atrevía a ausentarme de la habitación ni un instante, pues no estaba seguro de cuándo podría aparecer, y el em­pleo era tan bueno y me venía tan bien que no quería arries­garme a perderlo.
»De este modo transcurrieron ocho semanas, durante las cuales escribí sobre Abades, Armaduras, Arquerías, Arqui­tectura y Ática, y esperaba llegar muy pronto a la B si me aplicaba. Tuve que gastar algo en papel, y ya tenía un estante casi lleno de hojas escritas. Y de pronto, todo se acabó.
––¿Que se acabó?
––Sí, señor. Esta misma mañana. Como de costumbre, acudí al trabajo a las diez en punto, pero encontré la puerta cerrada con llave y una pequeña cartulina clavada en la ma­dera con una chincheta. Aquí la tiene, puede leerla usted mismo.
Extendió un trozo de cartulina blanca, del tamaño apro­ximado de una cuartilla. En ella estaba escrito lo siguiente:

«HA QUEDADO DISUELTA LA LIGA DE LOS PELIRROJOS.
9 de octubre de 1890»

Sherlock Holmes y yo examinamos aquel conciso anun­cio y la cara afligida que había detrás, hasta que el aspecto cómico del asunto dominó tan completamente las demás consideraciones que ambos nos echamos a reír a carcajadas.
––No sé qué les hace tanta gracia ––exclamó nuestro cliente, sonrojándose hasta las raíces de su llameante cabello––. Si lo mejor que saben hacer es reírse de mí, más vale que recurra a otros.
––No, no ––exclamó Holmes, empujándolo de nuevo hacia la silla de la que casi se había levantado––. Le aseguro que no dejaría escapar su caso por nada del mundo. Resulta recon­fortantemente insólito. Pero, si me perdona que se lo diga, el asunto presenta algunos aspectos bastante graciosos. Díga­me, por favor: ¿qué pasos dio usted después de encontrar esta tarjeta en la puerta?
––Me quedé de una pieza, señor. No sabía qué hacer. En­tonces entré en las oficinas de al lado, pero en ninguna de ellas parecían saber nada del asunto. Por último, me dirigí al administrador, un contable que vive en la planta baja, y le pregunté si sabía qué había pasado con la Liga de los Pelirro­jos. Me respondió que jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross. Me dijo que era la primera vez que oía ese nombre.
»––Bueno ––dije yo––, me refiero al caballero del número 4.
»––Cómo, ¿el pelirrojo?
»––Sí.
»––¡Oh! ––dijo––. Se llama William Morris. Es abogado y es­taba utilizando el local como despacho provisional mientras acondicionaba sus nuevas oficinas. Se marchó ayer.
»––¿Dónde puedo encontrarlo?
»––Pues en sus nuevas oficinas. Me dio la dirección. Sí, eso es, King Edward Street, número 17, cerca de San Pablo. »Salí disparado, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales y que allí nadie había oído hablar del señor William Morris ni del señor Duncan Ross.
––¿Y qué hizo entonces? ––preguntó Holmes.
––Volví a mi casa en Saxe-Coburg Square y pedí consejo a mi empleado. Pero no pudo darme ninguna solución, aparte de decirme que, si esperaba, acabaría por recibir no­ticias por carta. Pero aquello no me bastaba, señor Holmes. No estaba dispuesto a perder un puesto tan bueno sin lu­char, y como había oído que usted tenía la amabilidad de aconsejar a la pobre gente necesitada, me vine directamen­te a verle.
––E hizo usted muy bien ––dijo Holmes––. Su caso es de lo más notable y me encantará echarle un vistazo. Por lo que me ha contado, me parece muy posible que estén en juego cosas más graves que lo que parece a simple vista.
––¡Ya lo creo que son graves! ––dijo el señor Jabez Wilson––. ¡Como que me he quedado sin cuatro libras a la semana!
––Por lo que a usted respecta ––le hizo notar Holmes––, no veo que tenga motivos para quejarse de esta extraordinaria Liga. Por el contrario, tal como yo lo veo, ha salido usted ga­nando unas treinta libras, y eso sin mencionar los detallados conocimientos que ha adquirido sobre todos los temas que empiezan por la letra A. Usted no ha perdido nada.
––No, señor. Pero quiero averiguar algo sobre ellos, saber quiénes son y qué se proponían al hacerme esta jugarreta... si es que se trata de una jugarreta. La broma les ha salido bastante cara, ya que les ha costado treinta y dos libras.
––Procuraremos poner en claro esos puntos para usted. Pero antes, una o dos preguntas, señor Wilson. Ese emplea­do suyo, que fue quien le hizo fijarse en el anuncio..., ¿cuánto tiempo llevaba con usted?
––Entonces llevaba como un mes más o menos.
––¿Cómo llegó hasta usted?
––En respuesta a un anuncio.
––¿Fue el único aspirante?
––No, recibí una docena.
––¿Y por qué lo eligió a él?
––Porque parecía listo y se ofrecía barato.
––A mitad de salario, ¿no es así?
––Eso es.
––¿Cómo es este Vincent Spaulding?
––Bajo, corpulento, de movimientos rápidos, barbilampi­ño, aunque no tendrá menos de treinta años. Tiene una mancha blanca de ácido en la frente.
Holmes se incorporó en su asiento muy excitado.
––Me lo había figurado ––dijo––. ¿Se ha fijado usted en si tie­ne las orejas perforadas, como para llevar pendientes?
––Sí, señor. Me dijo que se las había agujereado una gitana cuando era muchacho.
––¡Hum! ––exclamó Holmes, sumiéndose en profundas re­flexiones––. ¿Sigue aún con usted?
––¡Oh, sí, señor! Acabo de dejarle.
––¿Y el negocio ha estado bien atendido durante su ausen­cia?
––No tengo ninguna queja, señor. Nunca hay mucho tra­bajo por las mañanas.
––Con eso bastará, señor Wilson. Tendré el gusto de darle una opinión sobre el asunto dentro de uno o dos días. Hoy es sábado; espero que para el lunes hayamos llegado a una con­clusión.
––Bien, Watson ––dijo Holmes en cuanto nuestro visitante se hubo marchado––. ¿Qué saca usted de todo esto?
––No saco nada ––respondí con franqueza––. Es un asunto de lo más misterioso.
––Como regla general ––dijo Holmes––, cuanto más extrava­gante es una cosa, menos misteriosa suele resultar. Son los delitos corrientes, sin ningún rasgo notable, los que resultan verdaderamente desconcertantes, del mismo modo que un rostro vulgar resulta más difícil de identificar. Tengo que po­nerme inmediatamente en acción.
––¿Y qué va usted a hacer? ––pregunté.
––Fumar ––respondió––. Es un problema de tres pipas, así que le ruego que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos.
Se acurrucó en su sillón con sus flacas rodillas alzadas hasta la nariz de halcón, y allí se quedó, con los ojos cerrados y la pipa de arcilla negra sobresaliendo como el pico de al­gún pájaro raro. Yo había llegado ya a la conclusión de que se había quedado dormido, y de hecho yo mismo empezaba a dar cabezadas, cuando de pronto saltó de su asiento con el gesto de quien acaba de tomar una resolución, y dejó la pipa sobre la repisa de la chimenea.
––Esta noche toca Sarasate en el St. James Hall ––comentó––. ¿Qué le parece, Watson? ¿Podrán sus pacientes prescindir de usted durante unas pocas horas?
––No tengo nada que hacer hoy. Mi trabajo nunca es muy absorbente.
––Entonces, póngase el sombrero y venga. Antes tengo que pasar por la City, y podemos comer algo por el camino. He visto que hay en el programa mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana o la francesa. Es in­trospectiva yyo quiero reflexionar. ¡En marcha!
Viajamos en el Metro hasta Aldersgate, y una corta cami­nata nos llevó a Saxe––Coburg Square, escenario de la singu­lar historia que habíamos escuchado por la mañana. Era una placita insignificante, pobre pero de aspecto digno, con cua­tro hileras de desvencijadas casas de ladrillo, de dos pisos, rodeando un jardincito vallado, donde un montón de hier­bas sin cuidar y unas pocas matas de laurel ajado mantenían una dura lucha contra la atmósfera hostil y cargada de humo. En la esquina de una casa, tres bolas doradas y un ró­tulo marrón con las palabras «JABEZ WILSON» en letras de oro anunciaban el local donde nuestro pelirrojo cliente tenía su negocio. Sherlock Holmes se detuvo ante la casa, con la cabeza ladeada, y la examinó atentamente, con los ojos bri­llándole bajo los párpados fruncidos. A continuación, cami­nó despacio calle arriba y calle abajo, sin dejar de examinar las casas. Por último, regresó frente a la tienda del prestamis­ta y, después de dar dos o tres fuertes golpes en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió al instante un jo­ven con cara de listo y bien afeitado, que le invitó a entrar.
––Gracias ––dijo Holmes––. Sólo quería preguntar por dón­de se va desde aquí al Strand.
––La tercera a la derecha y la cuarta a la izquierda ––respon­dió sin vacilar el empleado, cerrando a continuación la puerta.
––Un tipo listo ––comentó Holmes mientras nos alejába­mos––. En mi opinión, es el cuarto hombre más inteligente de Londres; y en cuanto a audacia, creo que podría aspirar al tercer puesto. Ya he tenido noticias suyas anteriormente.
––Es evidente ––dije yo––que el empleado del señor Wilson desempeña un importante papel en este misterio de la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le ha pregunta­do el camino sólo para poder echarle un vistazo.
––No a él.
––Entonces, ¿a qué?
––A las rodilleras de sus pantalones.
––¿Y qué es lo que vio?
––Lo que esperaba ver.
––¿Para qué golpeó el pavimento?
––Mi querido doctor, lo que hay que hacer ahora es obser­var, no hablar. Somos espías en territorio enemigo. Ya sabe­mos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las ca­lles que hay detrás.
La calle en la que nos metimos al dar la vuelta a la esquina de la recóndita Saxe––Coburg Square presentaba con ésta tan­to contraste como el derecho de un cuadro con el revés. Se trataba de una de las principales arterias por donde discurre el tráfico de la City hacia el norte y hacia el oeste. La calzada estaba bloqueada por el inmenso río de tráfico comercial que fluía en ambas direcciones, y las aceras no daban abasto al presuroso enjambre de peatones. Al contemplar la hilera de tiendas elegantes y oficinas lujosas, nadie habría pensado que su parte trasera estuviera pegada a la de la solitaria y des­colorida plaza que acabábamos de abandonar.
––Veamos ––dijo Holmes, parándose en la esquina y miran­do la hilera de edificios––. Me gustaría recordar el orden de las casas. Una de mis aficiones es conocer Londres al detalle. Aquí está Mortimer's, la tienda de tabacos, la tiendecita de periódicos, la sucursal de Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetariano y las cocheras McFarlane. Con esto llegamos a la siguiente manzana. Y ahora, doctor, nuestro trabajo está hecho yya es hora de que tengamos algo de diversión. Un bocadillo, una taza de café y derechos a la tierra del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armo­nía, y donde no hay clientes pelirrojos que nos fastidien con sus rompecabezas.
Mi amigo era un entusiasta de la música, no sólo un intér­prete muy dotado, sino también un compositor de méritos fuera de lo común. Se pasó toda la velada sentado en su bu­taca, sumido en la más absoluta felicidad, marcando suave­mente el ritmo de la música con sus largos y afilados dedos, con una sonrisa apacible y unos ojos lánguidos y soñadores que se parecían muy poco a los de Holmes el sabueso, Hol­mes el implacable, Holmes el astuto e infalible azote de cri­minales. La curiosa dualidad de la naturaleza de su carácter se manifestaba alternativamente, y muchas veces he pensado que su exagerada exactitud y su gran astucia representa­ban una reacción contra el humor poético y contemplativo que de vez en cuando predominaba en él. Estas oscilaciones de su carácter lo llevaban de la languidez extrema a la ener­gía devoradora y, como yo bien sabía, jamás se mostraba tan formidable como después de pasar días enteros repantigado en su sillón, sumido en sus improvisaciones y en sus libros antiguos. Entonces le venía de golpe el instinto cazador, y sus brillantes dotes de razonador se elevaban hasta el nivel de la intuición, hasta que aquellos que no estaban familiarizados con sus métodos se le quedaban mirando asombrados, como se mira a un hombre que posee un conocimiento su­perior al de los demás mortales. Cuando le vi aquella tarde, tan absorto en la música del St. James Hall, sentí que nada bueno les esperaba a los que se había propuesto cazar.
––Sin duda querrá usted ir a su casa, doctor ––dijo en cuan­to salimos.
––Sí, ya va siendo hora.
––Y yo tengo que hacer algo que me llevará unas horas. Este asunto de Coburg Square es grave.
––¿Por qué es grave?
––Se está preparando un delito importante. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo de im­pedirlo. Pero el hecho de que hoy sea sábado complica las cosas. Necesitaré su ayuda esta noche.
––¿A qué hora?
––A las diez estará bien.
––Estaré en Baker Street a las diez.
––Muy bien. ¡Y oiga, doctor! Puede que haya algo de peli­gro, así que haga el favor de echarse al bolsillo su revólver del ejército.
Se despidió con un gesto de la mano, dio media vuelta y en un instante desapareció entre la multitud.
No creo ser más torpe que cualquier hijo de vecino, y sin embargo, siempre que trataba con Sherlock Holmes me sen­tía como agobiado por mi propia estupidez. En este caso ha­bía oído lo mismo que él, había visto lo mismo que él, y sin embargo, a juzgar por sus palabras, era evidente que él veía con claridad no sólo lo que había sucedido, sino incluso lo que iba a suceder, mientras que para mí todo el asunto se­guía igual de confuso y grotesco. Mientras me dirigía a mi casa en Kensington estuve pensando en todo ello, desde la extraordinaria historia del pelirrojo copiador de enciclope­dias hasta la visita a Saxe––Coburg Square y las ominosas pa­labras con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué era aquella expedición nocturna, y por qué tenía que ir armado? ¿Dónde íbamos a ir y qué íbamos a hacer? Holmes había dado a entender que aquel imberbe empleado del prestamis­ta era un tipo de cuidado, un hombre empeñado en un juego importante. Traté de descifrar el embrollo, pero acabé por darme por vencido, y decidí dejar de pensar en ello hasta que la noche aportase alguna explicación.
A las nueve y cuarto salí de casa, atravesé el parque y reco­rrí Oxford Street hasta llegar a Baker Street. Había dos co­ches aguardando en la puerta, y al entrar en el vestíbulo oí voces arriba. Al penetrar en la habitación encontré a Holmes en animada conversación con dos hombres, a uno de los cua­les identifiqué como Peter Jones, agente de policía; el otro era un hombre larguirucho, de cara triste, con un sombrero muy lustroso y una levita abrumadoramente respetable.
––¡Ajá! Nuestro equipo está completo ––dijo Holmes, abo­tonándose su chaquetón marinero y cogiendo del perchero su pesado látigo de caza––. Watson, creo que ya conoce al se­ñor Jones, de Scotland Yard. Permítame que le presente al se­ñor Merryweather, que nos acompañará en nuestra aventu­ra nocturna.
––Como ve, doctor, otra vez vamos de caza por parejas ––dijo Jones con su retintín habitual––. Aquí nuestro amigo es único organizando cacerías. Sólo necesita un perro viejo que le ayude a correr la pieza.
––Espero que al final no resulte que hemos cazado fantas­mas ––comentó el señor Merryweather en tono sombrío.
––Puede usted depositar una considerable confianza en el señor Holmes, caballero ––dijo el policía con aire petulante––. Tiene sus métodos particulares, que son, si me permite de­cirlo, un poco demasiado teóricos y fantasiosos, pero tiene madera de detective. No exagero al decir que en una o dos ocasiones, como en aquel caso del crimen de los Sholto y el tesoro de Agra, ha llegado a acercarse más a la verdad que el cuerpo de policía.
––Bien, si usted lo dice, señor Jones, por mí de acuerdo ––dijo el desconocido con deferencia––. Aun así, confieso que echo de menos mi partida de cartas. Es la primera noche de sábado en veintisiete años que no juego mi partida.
––Creo que pronto comprobará ––dijo Sherlock Holmes­que esta noche se juega usted mucho más de lo que se ha ju­gado en su vida, y que la partida será mucho más apasionan­te. Para usted, señor Merryweather, la apuesta es de unas treinta mil libras; y para usted, Jones, el hombre al que tanto desea echar el guante.
––John Clay, asesino, ladrón, estafador y falsificador. Es un hombre joven, señor Merryweather, pero se encuentra ya en la cumbre de su profesión, y tengo más ganas de ponerle las esposas a él que a ningún otro criminal de Londres. Un indi­viduo notable, este joven John Clay. Es nieto de un duque de sangre real, y ha estudiado en Eton y en Oxford. Su cerebro es tan ágil como sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a cada paso, nunca sabemos dónde encontrarlo a él. Esta semana puede reventar una casa en Escocia, y a la si­guiente puede estar recaudando fondos para construir un orfanato en Cornualles. Llevo años siguiéndole la pista y ja­más he logrado ponerle los ojos encima.
––Espero tener el placer de presentárselo esta noche. Yo también he tenido un par de pequeños roces con el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que se encuentra en la cumbre de su profesión. No obstante, son ya más de las diez, y va siendo hora de que nos pongamos en marcha. Si cogen ustedes el primer coche, Watson y yo los seguiremos en el segundo.
Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo duran­te el largo trayecto, y permaneció arrellanado, tarareando las melodías que había escuchado por la tarde. Avanzamos traqueteando a través de un interminable laberinto de calles iluminadas por farolas de gas, hasta que salimos a Farring­don Street.
––Ya nos vamos acercando ––comentó mi amigo––. Este Merryweather es director de banco, y el asunto le interesa de manera personal. Y me pareció conveniente que también nos acompañase Jones. No es mal tipo, aunque profesional­mente sea un completo imbécil. Pero posee una virtud posi­tiva: es valiente como un bulldog y tan tenaz como una lan­gosta cuando cierra sus garras sobre alguien. Ya hemos llegado, y nos están esperando.
Nos encontrábamos en la misma calle concurrida en la que habíamos estado por la mañana. Despedimos a nues­tros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos meti­mos por un estrecho pasadizo y penetramos por una puerta lateral que Merryweather nos abrió. Recorrimos un peque­ño pasillo que terminaba en una puerta de hierro muy pesa­da. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una escalera de piedra que terminaba en otra puerta formidable. El señor Merryweather se detuvo para encender una linterna y luego nos siguió por un oscuro corredor que olía a tierra, hasta lle­varnos, tras abrir una tercera puerta, a una enorme bóveda o sótano, en el que se amontonaban por todas partes grandes cajas y cajones.
––No es usted muy vulnerable por arriba ––comentó Hol­mes, levantando la linterna y mirando a su alrededor.
––Ni por abajo ––respondió el señor Merryweather, gol­peando con su bastón las losas que pavimentaban el suelo––. Pero... ¡válgame Dios! ¡Esto suena a hueco! ––exclamó, alzan­do sorprendido la mirada.
––Debo rogarle que no haga tanto ruido ––dijo Holmes con tono severo––. Acaba de poner en peligro el éxito de nuestra expedición. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de sentarse en uno de esos cajones y no interferir?
El solemne señor Merryweather se instaló sobre un cajón, con cara de sentirse muy ofendido, mientras Holmes se arro­dillaba en el suelo y, con ayuda de la linterna y de una lupa, empezaba a examinar atentamente las rendijas que había en­tre las losas. A los pocos segundos se dio por satisfecho, se puso de nuevo en pie y se guardó la lupa en el bolsillo.
––Disponemos por lo menos de una hora ––dijo––, porque no pueden hacer nada hasta que el bueno del prestamista se haya ido a la cama. Entonces no perderán ni un minuto, pues cuanto antes hagan su trabajo, más tiempo tendrán para es­capar. Como sin duda habrá adivinado, doctor, nos encon­tramos en el sótano de la sucursal en la City de uno de los principales bancos de Londres. El señor Merryweather es el presidente del consejo de dirección y le explicará qué razo­nes existen para que los delincuentes más atrevidos de Lon­dres se interesen tanto en su sótano estos días.
––Es nuestro oro francés ––susurró el director––. Ya hemos tenido varios avisos de que pueden intentar robarlo.
––¿Su oro francés?
––Sí. Hace unos meses creímos conveniente reforzar nues­tras reservas y, por este motivo, solicitamos al Banco de Francia un préstamo de treinta mil napoleones de oro. Se ha filtrado la noticia de que no hemos tenido tiempo de desem­balar el dinero y que éste se encuentra aún en nuestro sóta­no. El cajón sobre el que estoy sentado contiene dos mil na­poleones empaquetados en hojas de plomo. En estos momentos, nuestras reservas de oro son mucho mayores que lo que se suele guardar en una sola sucursal, y los direc­tores se sienten intranquilos al respecto.
––Y no les falta razón para ello ––comentó Holmes––. Y aho­ra, es el momento de poner en orden nuestros planes. Calcu­lo que el movimiento empezará dentro de una hora. Mien­tras tanto, señor Merryweather, conviene que tapemos la luz de esa linterna.
––¿Y quedarnos a oscuras?
––Me temo que sí. Traía en el bolsillo una baraja y había pensado que, puesto que somos cuatro, podría usted jugar su partidita después de todo. Pero, por lo que he visto, los pre­parativos del enemigo están tan avanzados que no podemos arriesgarnos a tener una luz encendida. Antes que nada, te­nemos que tomar posiciones. Esta gente es muy osada y, aun­que los cojamos por sorpresa, podrían hacernos daño si no andamos con cuidado. Yo me pondré detrás de este cajón, y ustedes escóndanse detrás de aquéllos. Cuando yo los ilumi­ne con la linterna, rodéenlos inmediatamente. Y si disparan, Watson, no tenga reparos en tumbarlos a tiros.
Coloqué el revólver, amartillado, encima de la caja de ma­dera detrás de la que me había agazapado. Holmes corrió la pantalla de la linterna sorda y nos dejó en la más negra oscu­ridad, la oscuridad más absoluta que yo jamás había experi­mentado. Sólo el olor del metal caliente nos recordaba que la luz seguía ahí, preparada para brillar en el instante preciso. Para mí, que tenía los nervios de punta a causa de la expecta­ción, había algo de deprimente y ominoso en aquellas súbi­tas tinieblas y en el aire frío y húmedo de la bóveda.
––Sólo tienen una vía de retirada ––susurró Holmes––, que consiste en volver a la casa y salir a Saxe––Coburg Square. Es­pero que habrá hecho lo que le pedí, Jones.
––Tengo un inspector y dos agentes esperando delante de la puerta.
––Entonces, hemos tapado todos los agujeros. Y ahora, a callar y esperar.
¡Qué larga me pareció la espera! Comparando notas más tarde, resultó que sólo había durado una hora y cuarto, pero a mí me parecía que ya tenía que haber transcurrido casi toda la noche y que por encima de nosotros debía estar ama­neciendo ya. Tenía los miembros doloridos y agarrotados, porque no me atrevía a cambiar de postura, pero mis ner­vios habían alcanzado el límite máximo de tensión, y mi oído se había vuelto tan agudo que no sólo podía oír la suave respiración de mis compañeros, sino que distinguía el tono grave y pesado de las inspiraciones del corpulento Jones, de las notas suspirantes del director de banco. Desde mi posi­ción podía mirar por encima del cajón el piso de la bóveda. De pronto, mis ojos captaron un destello de luz.
Al principio no fue más que una chispita brillando sobre el pavimento de piedra. Luego se fue alargando hasta con­vertirse en una línea amarilla; y entonces, sin previo aviso ni sonido, pareció abrirse una grieta y apareció una mano, una mano blanca, casi de mujer, que tanteó a su alrededor en el centro de la pequeña zona de luz. Durante un minuto, o qui­zá más, la mano de dedos inquietos siguió sobresaliendo del suelo. Luego se retiró tan de golpe como había aparecido, y todo volvió a oscuras, excepto por el débil resplandor que indicaba una rendija entre las piedras.
Sin embargo, la desaparición fue momentánea. Con un fuerte chasquido, una de las grandes losas blancas giró sobre uno de sus lados y dejó un hueco cuadrado del que salía pro­yectada la luz de una linterna. Por la abertura asomó un ros­tro juvenil y atractivo, que miró atentamente a su alrededor y luego, con una mano a cada lado del hueco, se fue izando, primero hasta los hombros y luego hasta la cintura, hasta apoyar una rodilla en el borde. Un instante después estaba de pie junto al agujero, ayudando a subir a un compañero, pequeño y ágil como él, con cara pálida y una mata de pelo de color rojo intenso.
––No hay moros en la costa ––susurró––. ¿Tienes el formón y los sacos? ¡Rayos y truenos! ¡Salta, Archie, salta, que me cuelguen sólo a mí!
Sherlock Holmes había saltado sobre el intruso, agarrán­dolo por el cuello de la chaqueta. El otro se zambulló de ca­beza en el agujero y pude oír el sonido de la tela rasgada al agarrarlo Jones por los faldones. Brilló a la luz el cañón de un revólver, pero el látigo de Holmes se abatió sobre la mu­ñeca del hombre, y el revólver rebotó con ruido metálico so­bre el suelo de piedra.
––Es inútil, John Clay ––dijo Holmes suavemente––. No tie­ne usted ninguna posibilidad.
––Ya veo ––respondió el otro con absoluta sangre fría––. Confío en que mi colega esté a salvo, aunque veo que se han quedado ustedes con los faldones de su chaqueta.
––Hay tres hombres esperándolo en la puerta ––dijo Hol­mes.
––¡Ah, vaya! Parece que no se le escapa ningún detalle. Tengo que felicitarle.
––Y yo a usted ––respondió Holmes––. Esa idea de los peli­rrojos ha sido de lo más original y astuto.
––Pronto volverá usted a ver a su amigo ––dijo Jones––. Es más rápido que yo saltando por agujeros. Extienda las ma­nos para que le ponga las esposas.
––Le ruego que no me toque con sus sucias manos ––dijo el prisionero mientras las esposas se cerraban en torno a sus muñecas––. Quizá ignore usted que por mis venas corre san­gre real. Y cuando se dirija a mí tenga la bondad de decir siempre «señor» y «por favor».
––Perfectamente ––dijo Jones, mirándolo fijamente y con una risita contenida––. ¿Tendría el señor la bondad de subir por la escalera para que podamos tomar un coche en el que llevar a vuestra alteza a la comisaría?
––Así está mejor ––dijo John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una inclinación de cabeza y salió tranquila­mente, custodiado por el policía.
––La verdad, señor Holmes ––dijo el señor Merryweather mientras salíamos del sótano tras ellos––, no sé cómo podrá el banco agradecerle y recompensarle por esto. No cabe duda de que ha descubierto y frustrado de la manera más completa uno de los intentos de robo a un banco más auda­ces que ha conocido mi experiencia.
––Tenía un par de cuentas pendientes con el señor John Clay ––dijo Holmes––. El asunto me ha ocasionado algunos pequeños gastos, que espero que el banco me reembolse, pero aparte de eso me considero pagado de sobra con haber tenido una experiencia tan extraordinaria en tantos aspec­tos, y con haber oído la increíble historia de la Liga de los Pe­lirrojos.
––Como ve, Watson ––explicó Holmes a primeras horas de la mañana, mientras tomábamos un vaso de whisky con soda en Baker Street––, desde un principio estaba perfecta­mente claro que el único objeto posible de esta fantástica ma­quinación del anuncio de la Liga y el copiar la Enciclopedia era quitar de enmedio durante unas cuantas horas al día a nuestro no demasiado brillante prestamista. Para conseguir­lo, recurrieron a un procedimiento bastante extravagante, pero la verdad es que sería difícil encontrar otro mejor. Sin duda, fue el color del pelo de su cómplice lo que inspiró la idea al ingenioso cerebro de Clay. Las cuatro libras a la sema­na eran un cebo que no podía dejar de atraerlo, ¿y qué signi­ficaba esa cantidad para ellos, que andaban metidos en una jugada de varios miles? Ponen el anuncio; uno de los granu­jas alquila temporalmente la oficina, el otro incita al presta­mista a que se presente, y juntos se las arreglan para que esté ausente todas las mañanas. Desde el momento en que oí que ese empleado trabajaba por medio salario, comprendí que te­nía algún motivo muy poderoso para ocupar aquel puesto. ––Pero ¿cómo pudo adivinar cuál era ese motivo?
––De haber habido mujeres en la casa, habría sospechado una intriga más vulgar. Sin embargo, eso quedaba descarta­do. El negocio del prestamista era modesto, y en su casa no había nada que pudiera justificar unos preparativos tan complicados y unos gastos como los que estaban haciendo. Por tanto, tenía que tratarse de algo que estaba fuera de la casa. ¿Qué podía ser? Pensé en la afición del empleado a la fotografia, y en su manía de desaparecer en el sótano. ¡El só­tano! Allí estaba el extremo de este enmarañado ovillo. En­tonces hice algunas averiguaciones acerca de este misterio­so empleado, y descubrí que tenía que habérmelas con uno de los delincuentes más calculadores y audaces de Londres. Algo estaba haciendo en el sótano... algo que le ocupaba va­rias horas al día durante meses y meses. ¿Qué podía ser?, re­pito. Lo único que se me ocurrió es que estaba excavando un túnel hacia algún otro edificio.
»Hasta aquí había llegado cuando fuimos a visitar el es­cenario de los hechos. A usted le sorprendió el que yo gol­peara el pavimento con el bastón. Estaba comprobando si el sótano se extendía hacia delante o hacia detrás de la casa. No estaba por delante. Entonces llamé a la puerta y, tal como había esperado, abrió el empleado. Habíamos teni­do alguna que otra escaramuza, pero nunca nos habíamos visto el uno al otro. Yo apenas le miré la cara; lo que me in­teresaba eran sus rodillas. Hasta usted se habrá fijado en lo sucias, arrugadas y gastadas que estaban. Eso demostraba las muchas horas que había pasado excavando. Sólo que­daba por averiguar para qué excavaban. Al doblar la esqui­na y ver el edificio del City and Suburban Bank pegado es­palda con espalda al local de nuestro amigo, consideré resuelto el problema. Mientras usted volvía a su casa des­pués del concierto, yo hice una visita a Scodand Yard y otra al director del banco, con el resultado que ha podido usted ver.
––¿Y cómo pudo saber que intentarían dar el golpe esta no­che? ––pregunté.
––Bueno, el que clausuraran la Liga era señal de que ya no les preocupaba la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras, tenían ya terminado el túnel. Pero era esencial que lo utilizaran en seguida, antes de que lo descubrieran o de que trasladaran el oro a otra parte. El sábado era el día más adecuado, puesto que les dejaría dos días para escapar. Por todas estas razones, esperaba que vinieran esta noche.
––Lo ha razonado todo maravillosamente ––exclamé sin di­simular mi admiración––. Una cadena tan larga y, sin embar­go, cada uno de sus eslabones suena a verdad.
––Me salvó del aburrimiento ––respondió, bostezando––. ¡Ay, ya lo siento abatirse de nuevo sobre mí! Mi vida se con­sume en un prolongado esfuerzo por escapar de las vulgari­dades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayu­dan a conseguirlo.
––Y además, en beneficio de la raza humana ––añadí yo. Holmes se encogió de hombros.
––Bueno, es posible que, a fin de cuentas, tenga alguna pe­queña utilidad ––comentó––. L'homme c'est ríen, l'oeuvre c'est tout, como le escribió Gustave Flaubert a George Sand.

3. Un caso de identidad

––Querido amigo ––dijo Sherlock Holmes mientras nos senta amos a uno y otro lado de la chimenea en sus aposen­tos de Baker Street––. La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, cogidos de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas ra­ras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas, los en­gaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban con­duciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido.
––Pues yo no estoy convencido de eso ––repliqué––. Los ca­sos que salen a la luz en los periódicos son, como regla gene­ral, bastante prosaicos y vulgares. En los informes de la poli­cía podemos ver el realismo llevado a sus últimos límites y, sin embargo, debemos confesar que el resultado no tiene nada de fascinante ni de artístico.
––Para lograr un efecto realista es preciso ejercer una cier­ta selección y discreción ––contestó Holmes––. Esto se echa de menos en los informes policiales, donde se tiende a poner más énfasis en las perogrulladas del magistrado que en los detalles, que para una persona observadora encierran toda la esencia vital del caso. Puede creerme, no existe nada tan antinatural como lo absolutamente vulgar.
Sonreí y negué con la cabeza.
––Entiendo perfectamente que piense usted así ––dije––. Por supuesto, dada su posición de asesor extraoficial, que presta ayuda a todo el que se encuentre absolutamente des­concertado, en toda la extensión de tres continentes, entra usted en contacto con todo lo extraño y fantástico. Pero veamos ––recogí del suelo el periódico de la mañana––, va­mos a hacer un experimento práctico. El primer titular con el que me encuentro es: «Crueldad de un marido con su mujer». Hay media columna de texto, pero sin necesidad de leerlo ya sé que todo me va a resultar familiar. Tenemos, naturalmente, a la otra mujer, la bebida, el insulto, la bofe­tada, las lesiones, la hermana o casera comprensiva. Ni el más ramplón de los escritores podría haber inventado algo tan ramplón.
––Pues resulta que ha escogido un ejemplo que no favorece nada a su argumentación ––dijo Holmes, tomando el perió­dico y echándole un vistazo––. Se trata del proceso de separa­ción de los Dundas, y da la casualidad de que yo intervine en el esclarecimiento de algunos pequeños detalles relaciona­dos con el caso. El marido era abstemio, no existía otra mu­jer, y el comportamiento del que se quejaba la esposa consis­tía en que el marido había adquirido la costumbre de rematar todas las comidas quitándose la dentadura postiza y arrojándosela a su esposa, lo cual, estará usted de acuerdo, no es la clase de acto que se le suele ocurrir a un novelista co­rriente. Tome una pizca de rapé, doctor, y reconozca que me he apuntado un tanto con este ejemplo suyo.
Me alargó una cajita de rapé de oro viejo, con una gran amatista en el centro de la tapa. Su esplendor contrastaba de tal modo con las costumbres hogareñas y la vida sencilla de Holmes que no pude evitar un comentario.
––¡Ah! ––dijo––. Olvidaba que llevamos varias semanas sin vernos. Es un pequeño recuerdo del rey de Bohemia, como pago por mi ayuda en el caso de los documentos de Irene Adler.
––¿Y el anillo? ––pregunté, mirando un precioso brillante que refulgía sobre su dedo.
––Es de la familia real de Holanda, pero el asunto en el que presté mis servicios era tan delicado que no puedo confiár­selo ni siquiera a usted, benévolo cronista de uno o dos de mis pequeños misterios.
––¿Y ahora tiene entre manos algún caso? ––pregunté inte­resado.
––Diez o doce, pero ninguno presenta aspectos de interés. Ya me entiende, son importantes, pero sin ser interesantes. Precisamente he descubierto que, por lo general, en los asuntos menos importantes hay mucho más campo para la observación y para el rápido análisis de causas y efectos, que es lo que da su encanto a las investigaciones. Los delitos más importantes suelen tender a ser sencillos, porque cuanto más grande es el crimen, más evidentes son, como regla ge­neral, los motivos. En estos casos, y exceptuando un asunto bastante enrevesado que me han mandado de Marsella, no hay nada que presente interés alguno. Sin embargo, es posi­ble que me llegue algo mejor antes de que pasen muchos mi­nutos porque, o mucho me equivoco, o ésa es una cliente.
Se había levantado de su asiento y estaba de pie entre las cortinas separadas, observando la gris y monótona calle londinense. Mirando por encima de su hombro, vi en la ace­ra de enfrente a una mujer grandota, con una gruesa boa de piel alrededor del cuello, y una gran pluma roja ondulada en un sombrero de ala ancha que llevaba inclinado sobre la oreja, a la manera coquetona de la duquesa de Devonshire. Bajo esta especie de palio, la mujer miraba hacia nuestra ventana, con aire de nerviosismo y de duda, mientras su cuerpo osci­laba de delante a atrás y sus dedos jugueteaban con los boto­nes de sus guantes. De pronto, con un arranque parecido al del nadador que se tira al agua, cruzó presurosa la calle y oí­mos el fuerte repicar de la campanilla.
––Conozco bien esos síntomas ––dijo Holmes, tirando su ci­garrillo a la chimenea––. La oscilación en la acera significa siempre un affaire du coeur. Necesita consejo, pero no está se­gura de que el asunto no sea demasiado delicado como para confiárselo a otro. No obstante, hasta en esto podemos hacer distinciones. Cuando una mujer ha sido gravemente perjudi­cada por un hombre, ya no oscila, y el síntoma habitual es un cordón de campanilla roto. En este caso, podemos dar por supuesto que se trata de un asunto de amor, pero la doncella no está verdaderamente indignada, sino más bien perpleja o dolida. Pero aquí llega en persona para sacarnos de dudas.
No había acabado de hablar cuando sonó un golpe en la puerta y entró un botones anunciando a la señorita Mary Sutherland, mientras la dama mencionada se cernía sobre su pequeña figura negra como un barco mercante, con todas sus velas desplegadas, detrás de una barquichuela. Sherlock Holmes la acogió con la espontánea cortesía que le caracteri­zaba y, después de cerrar la puerta e indicarle con un gesto que se sentara en una butaca, la examinó de aquella manera minuciosa y a la vez abstraída, tan peculiar en él.
––¿No le parece ––dijo–– que siendo corta de vista es un poco molesto escribir tanto a máquina?
––Al principio, sí ––respondió ella––, pero ahora ya sé dón­de están las letras sin necesidad de mirar.
Entonces, dándose cuenta de pronto de todo el alcance de las palabras de Holmes, se estremeció violentamente y le­vantó la mirada, con el miedo y el asombro pintados en su rostro amplio y amigable.
––¡Usted ha oído hablar de mí, señor Holmes! ––exclamó––. ¿Cómo, si no, podría usted saber eso?
––No le dé importancia ––dijo Holmes, echándose a reír­Saber cosas es mi oficio. Es muy posible que me haya entre­nado para ver cosas que los demás pasan por alto. De no ser así, ¿por qué iba usted a venir a consultarme?
––He acudido a usted, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, a cuyo marido localizó usted con tanta fa­cilidad cuando la policía y todo el mundo le habían dado ya por muerto. ¡Oh, señor Holmes, ojalá pueda usted hacer lo mismo por mí! No soy rica, pero dispongo de una renta de cien libras al año, más lo poco que saco con la máquina, y lo daría todo por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel.
––¿Por qué ha venido a consultarme con tantas prisas? ––preguntó Sherlock Holmes, juntando las puntas de los de­dos y con los ojos fijos en el techo.
De nuevo, una expresión de sobresalto cubrió el rostro algo inexpresivo de la señorita Mary Sutherland.
––Sí, salí de casa disparada ––dijo–– porque me puso furiosa ver con qué tranquilidad se lo tomaba todo el señor Windi­bank, es decir, mi padre. No quiso acudir a la policía, no qui­so acudir a usted, y por fin, en vista de que no quería hacer nada y seguía diciendo que no había pasado nada, me enfu­recí y me vine derecha a verle con lo que tenía puesto en aquel momento.
––¿Su padre? ––dijo Holmes––. Sin duda, querrá usted decir su padrastro, puesto que el apellido es diferente.
––Sí, mi padrastro. Le llamo padre, aunque la verdad es que suena raro, porque sólo tiene cinco años y dos meses más que yo.
––¿Vive su madre?
––Oh, sí, mamá está perfectamente. Verá, señor Holmes, no me hizo demasiada gracia que se volviera a casar tan pronto, después de morir papá, y con un hombre casi quince años más joven que ella. Papá era fontanero en Tottenham
Court Road, y al morir dejó un negocio muy próspero, que mi madre siguió manejando con ayuda del señor Hardy, el capataz; pero cuando apareció el señor Windibank, la con­venció de que vendiera el negocio, pues el suyo era mucho mejor: tratante de vinos.
»Sacaron cuatro mil setecientas libras por el traspaso y los intereses, mucho menos de lo que habría conseguido sacar papá de haber estado vivo.
Yo había esperado que Sherlock Holmes diera muestras de impaciencia ante aquel relato intrascendente e incohe­rente, pero vi que, por el contrario, escuchaba con absoluta concentración.
––Esos pequeños ingresos suyos ––preguntó––, ¿proceden del negocio en cuestión?
––Oh, no señor, es algo aparte, un legado de mi tío Ned, el de Auckland. Son valores neozelandeses que rinden un cua­tro y medio por ciento. El capital es de dos mil quinientas li­bras, pero yo sólo puedo cobrar los intereses.
––Eso es sumamente interesante ––dijo Holmes––. Dispo­niendo de una suma tan elevada como son cien libras al año, más el pico que usted gana, no me cabe duda de que viajará usted mucho y se concederá toda clase de caprichos. En mi opinión, una mujer soltera puede darse la gran vida con unos ingresos de sesenta libras.
––Yo podría vivir con muchísimo menos, señor Holmes, pero comprenderá usted que mientras siga en casa no quiero ser una carga para ellos, así que mientras vivamos juntos son ellos los que administran el dinero. Por supuesto, eso es sólo por el momento. El señor Windibank cobra mis intereses cada trimestre, le da el dinero a mi madre, y yo me las apaño bastante bien con lo que gano escribiendo a máquina. Saco dos peniques por folio, y hay muchos días en que escribo quince o veinte folios.
––Ha expuesto usted su situación con toda claridad ––dijo Holmes––. Le presento a mi amigo el doctor Watson, ante el cual puede usted hablar con tanta libertad como ante mí mismo. Ahora, le ruego que nos explique todo lo referente a su relación con el señor Hosmer Angel.
El rubor se apoderó del rostro de la señorita Sutherland, que empezó a pellizcar nerviosamente el borde de su cha­queta.
––Le conocí en el baile de los instaladores del gas ––dijo––. Cuando vivía papá, siempre le enviaban invitaciones, y des­pués se siguieron acordando de nosotros y se las mandaron a mamá. El señor Windibank no quería que fuéramos. Nun­ca ha querido que vayamos a ninguna parte. Se ponía como loco con que yo quisiera ir a una fiesta de la escuela domini­cal. Pero esta vez yo estaba decidida a ir, y nada me lo iba a impedir. ¿Qué derecho tenía él a impedírmelo? Dijo que aquella gente no era adecuada para nosotras, cuando iban a estar presentes todos los amigos de mi padre. Y dijo que yo no tenía un vestido adecuado, cuando tenía uno violeta pre­cioso, que prácticamente no había sacado del armario. Al fi­nal, viendo que todo era en vano, se marchó a Francia por asuntos de su negocio, pero mamá y yo fuimos al baile con el señor Hardy, nuestro antiguo capataz, y allí fue donde cono­cí al señor Hosmer Angel.
––Supongo ––dijo Holmes–– que cuando el señor Windi­bank regresó de Francia, se tomaría muy a mal que ustedes dos hubieran ido al baile.
––Bueno, pues se lo tomó bastante bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió de hombros y dijo que era inútil ne­garle algo a una mujer, porque ésta siempre se sale con la suya.
––Ya veo. Y en el baile de los instaladores del gas conoció usted a un caballero llamado Hosmer Angel, según tengo entendido.
––Así es. Le conocí aquella noche y al día siguiente nos vi­sitó para preguntar si habíamos regresado a casa sin contra­tiempos, y después le vimos... es decir, señor Holmes, le vi yo dos veces, que salimos de paseo, pero luego volvió mi padre y el señor Hosmer Angel ya no vino más por casa.
––¿No?
––Bueno, ya sabe, a mi padre no le gustan nada esas cosas. Si de él dependiera, no recibiría ninguna visita, y siempre dice que una mujer debe sentirse feliz en su propio círculo familiar. Pero por otra parte, como le decía yo a mi madre, para eso se necesita tener un círculo propio, y yo todavía no tenía el mío.
––¿Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo ningún in­tento de verla?
––Bueno, mi padre tenía que volver a Francia una semana después y Hosmer escribió diciendo que sería mejor y más seguro que no nos viéramos hasta que se hubiera marchado. Mientras tanto, podíamos escribirnos, y de hecho me escri­bía todos los días. Yo recogía las cartas por la mañana, y así mi padre no se enteraba.
––¿Para entonces ya se había comprometido usted con ese caballero?
––Oh, sí, señor Holmes. Nos prometimos después del pri­mer paseo que dimos juntos. Hosmer.. el señor Angel... era cajero en una oficina de Leadenhall Street... y...
––¿Qué oficina?
––Eso es lo peor, señor Holmes, que no lo sé.
––¿Y dónde vivía?
––Dormía en el mismo local de las oficinas.
––¿Y no conoce la dirección?
––No... sólo que estaban en Leadenhall Street.
––Entonces, ¿adónde le dirigía las cartas?
––A la oficina de correos de Leadenhall Street, donde él las recogía. Decía que si las mandaba a la oficina, todos los de­más empleados le gastarían bromas por cartearse con una dama, así que me ofrecí a escribirlas a máquina, como hacía él con las suyas, pero se negó, diciendo que si yo las escribía se notaba que venían de mí, pero si estaban escritas a máqui­na siempre sentía que la máquina se interponía entre noso­tros. Esto le demostrará lo mucho que me quería, señor Hol­mes, y cómo se fijaba en los pequeños detalles.
––Resulta de lo más sugerente ––dijo Holmes––. Siempre he sostenido el axioma de que los pequeños detalles son, con mucho, lo más importante. ¿Podría recordar algún otro pe­queño detalle acerca del señor Hosmer Angel?
––Era un hombre muy tímido, señor Holmes. Prefería salir a pasear conmigo de noche y no a la luz del día, porque de­cía que no le gustaba llamar la atención. Era muy retraído y caballeroso. Hasta su voz era suave. De joven, según me dijo, había sufrido anginas e inflamación de las amígdalas, y eso le había dejado la garganta débil y una forma de hablar vaci­lante y como susurrante. Siempre iba bien vestido, muy pul­cro y discreto, pero padecía de la vista, lo mismo que yo, y usaba gafas oscuras para protegerse de la luz fuerte.
––Bien, ¿y qué sucedió cuando su padrastro, el señor Win­dibank, volvió a marcharse a Francia?
––El señor Hosmer Angel vino otra vez a casa y propuso que nos casáramos antes de que regresara mi padre. Se mos­tró muy ansioso y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios, que, ocurriera lo que ocurriera, siempre le sería fiel. Mi madre dijo que tenía derecho a pedirme aquel jura­mento, y que aquello era una muestra de su pasión. Desde un principio, mi madre estuvo de su parte e incluso parecía apreciarle más que yo misma. Cuando se pusieron a hablar de casarnos aquella misma semana, yo pregunté qué opina­ría mi padre, pero ellos me dijeron que no me preocupara por mi padre, que ya se lo diríamos luego, y mamá dijo que ella lo arreglaría todo. Aquello no me gustó mucho, señor Holmes. Resultaba algo raro tener que pedir su autorización, no siendo más que unos pocos años mayor que yo, pero no quería hacer nada a escondidas, así que escribí a mi padre a Burdeos, donde su empresa tenía sus oficinas en Francia, pero la carta me fue devuelta la mañana misma de la boda.
––¿Así que él no la recibió?
––Así es, porque había partido para Inglaterra justo antes de que llegara la carta.
––¡Ajá! ¡Una verdadera lástima! De manera que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a ser en la iglesia?
––Sí, señor, pero en privado. Nos casaríamos en San Salva­dor, cerca de King's Cross, y luego desayunaríamos en el ho­tel St. Pancras. Hosmer vino a buscarnos en un coche, pero como sólo había sitio para dos, nos metió a nosotras y él co­gió otro cerrado, que parecía ser el único coche de alquiler en toda la calle. Llegamos las primeras a la iglesia, y cuando se detuvo su coche esperamos verle bajar, pero no bajó. Y cuando el cochero se bajó del pescante y miró al interior, allí no había nadie. El cochero dijo que no tenía la menor idea de lo que había sido de él, habiéndolo visto con sus propios ojos subir al coche. Esto sucedió el viernes pasado, señor Hol­mes, y desde entonces no he visto ni oído nada que arroje al­guna luz sobre su paradero.
––Me parece que la han tratado a usted de un modo ver­gonzoso ––dijo Holmes.
––¡Oh, no señor! Era demasiado bueno y considerado como para abandonarme así. Durante toda la mañana no paró de insistir en que, pasara lo que pasara, yo tenía que serle fiel, y que si algún imprevisto nos separaba, yo tenía que recordar siempre que estaba comprometida con él, y que tarde o temprano él vendría a reclamar sus derechos. Parece raro hablar de estas cosas en la mañana de tu boda, pero lo que después ocurrió hace que cobre sentido.
––Desde luego que sí. Según eso, usted opina que le ha ocu­rrido alguna catástrofe imprevista.
––Sí, señor. Creo que él temía algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado así. Y creo que lo que él temía sucedió.
––Pero no tiene idea de lo que puede haber sido.
––Ni la menor idea.
––Una pregunta más: ¿Cómo se lo tomó su madre?
––Se puso furiosa y dijo que yo no debía volver a hablar ja­más del asunto.
––¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?
––Sí, y parecía pensar, lo mismo que yo, que algo había ocurrido y que volvería a tener noticias de Hosmer. Según él, ¿para qué iba nadie a llevarme hasta la puerta de la iglesia y luego abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado o si se hubiera casado conmigo y hubiera puesto mi dinero a su nombre, podría existir un motivo; pero Hosmer era muy independiente en cuestiones de dinero y jamás tocaría un solo chelín mío. Pero entonces, ¿qué había ocurrido? ¿Y por qué no escribía? ¡Oh, me vuelve loca pensar en ello! No pego ojo por las noches.
Sacó de su manguito un pañuelo y empezó a sollozar rui­dosamente en él.
––Examinaré el caso por usted ––dijo Holmes, levantándo­se––, y estoy seguro de que llegaremos a algún resultado con­creto. Deje en mis manos el asunto y no se siga devanando la mente con él. Y por encima de todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, como se ha desvanecido de su vida.
––Entonces, ¿cree usted que no lo volveré a ver?
––Me temo que no.
––Pero ¿qué le ha ocurrido, entonces?
––Deje el asunto en mis manos. Me gustaría disponer de una buena descripción de él, así como de cuantas cartas su­yas pueda usted proporcionarme.
––Puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle del sábado pasado ––dijo ella––. Aquí está el recorte, y aquí tie­ne cuatro cartas suyas.
––Gracias. ¿Y la dirección de usted?
––Lyon Place 31, Camberwell.
––Por lo que he oído, la dirección del señor Angel no la supo nunca. ¿Dónde está la empresa de su padre?
––Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes im­portadores de clarete de Fenchurch Street.
––Gracias. Ha expuesto usted el caso con mucha claridad. Deje aquí los papeles, y acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado y no deje que afecte a su vida.
––Es usted muy amable, señor Holmes, pero no puedo ha­cer eso. Seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando vuelva.
A pesar de su ridículo sombrero y de su rostro inexpresi­vo, había un algo de nobleza que imponía respeto en la sen­cilla fe de nuestra visitante. Dejó sobre la mesa su montonci­to de papeles y se marchó prometiendo acudir en cuanto la llamáramos.
Sherlock Holmes permaneció sentado y en silencio du­rante unos cuantos minutos, con las puntas de los dedos jun­tas, las piernas estiradas hacia adelante y la mirada fija en el techo. Luego tomó del estante la vieja y grasienta pipa que le servía de consejera y, después de encenderla, se recostó en su butaca, emitiendo densas espirales de humo azulado, con una expresión de infinita languidez en el rostro.
––Interesante personaje, esa muchacha ––comentó––. Me ha parecido más interesante ella que su pequeño problema que, dicho sea de paso, es de lo más vulgar. Si consulta usted mi índice, encontrará casos similares en Andover, año 77, y otro bastante parecido en La Haya el año pasado.
––Parece que ha visto en ella muchas cosas que para mí eran invisibles ––le hice notar.
––Invisibles no, Watson, inadvertidas. No sabía usted dón­de mirar y se le pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo sugeren­tes que son las uñas de los pulgares, de los graves asuntos que penden de un cordón de zapato. Veamos, ¿qué dedujo usted del aspecto de esa mujer? Descríbala.
––Pues bien, llevaba un sombrero de paja de ala ancha y de color pizarra, con una pluma rojo ladrillo. Chaqueta negra, con abalorios negros y una orla de cuentas de azabache. Ves­tido marrón, bastante más oscuro que el café, con terciopelo morado en el cuello y los puños. Guantes tirando a grises, con el dedo índice de la mano derecha muy desgastado. En los zapatos no me fijé. Llevaba pendientes de oro, pequeños y redondos, y en general tenía aspecto de persona bastante bien acomodada, con un estilo de vida vulgar, cómodo y sin preocupaciones.
Sherlock Holmes aplaudió suavemente y emitió una risita.
––¡Por mi vida, Watson, está usted haciendo maravillosos progresos! Lo ha hecho muy bien, de verdad. Claro que se le ha escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buena vista para los colores. No se fie nunca de las impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre, probablemente, es mejor fijarse an­tes en las rodilleras de los pantalones. Como bien ha dicho usted, esta mujer tenía terciopelo en las mangas, un material sumamente útil para descubrir rastros. La doble línea justo por encima de las muñecas, donde la mecanógrafa se apoya en la mesa, estaba perfectamente definida. Una máquina de coser del tipo manual deja una marca semejante, pero sólo en la manga izquierda y en el lado más alejado del pulgar, en vez de cruzar la manga de parte a parte, como en este caso. Luego le miré la cara y, advirtiendo las marcas de unas gafas a ambos lados de su nariz, aventuré aquel comentario acerca de escribir a máquina siendo corta de vista, que tanto pare­ció sorprenderla.
––También me sorprendió a mí.
––Pues resultaba bien evidente. A continuación, miré ha­cia abajo y quedé muy sorprendido e interesado al observar que, aunque sus zapatos se parecían mucho, en realidad es­taban desparejados: uno tenía un pequeño adorno en la punta y el otro era de punta lisa. Y de los cinco botones de cada zapato, uno tenía abrochados sólo los dos de abajo, y el otro el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, cuando ve usted que una joven, por lo demás impecablemente vestida, ha salido de su casa con los zapatos desparejados y a medio abotonar, no tiene nada de extraordinario deducir que salió a toda prisa.
––¿Y qué más? ––pregunté vivamente interesado, como siempre, por los incisivos razonamientos de mi amigo.
––Advertí, de pasada, que antes de salir de casa, pero des­pués de haberse vestido del todo, había escrito una nota. Usted ha observado que el guante derecho tenía roto el de­do índice, pero no se fijó en que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con prisas y metió demasiado la pluma en el tintero. Ha tenido que ser esta mañana, pues de no ser así la mancha no estaría tan clara en el dedo. Todo esto resulta entretenido, aunque bastante elemental, pero hay que ponerse a la faena, Watson. ¿Le importaría leerme la descripción del señor Hosmer An­gel que se da en el anuncio?
Levanté a la luz el pequeño recorte impreso. «Desaparecido, en la mañana del día 14, un caballero llama­do Hosmer Angel. Estatura, unos cinco pies y siete pulgadas; complexión fuerte, piel atezada, cabello negro con una pe­queña calva en el centro, patillas largas y bigote negro; gafas oscuras, ligero defecto en el habla. La última vez que se le vio vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro con una cadena de oro y pantalones grises de paño, con polainas marrones sobre botines de elástico. Se sabe que ha trabaja­do en una oficina de Leadenhall Street. Quien pueda aportar noticias, etc., etc.»
––Con eso basta ––dijo Holmes––. En cuanto a las cartas... ––continuó, echándolas un vistazo–– son de lo más vulgar. No hay en ellas ninguna pista del señor Angel, salvo que cita una vez a Balzac. Sin embargo, presentan un aspecto muy nota­ble, que sin duda le llamará la atención.
––Que están escritas a máquina ––dije yo.
––No sólo eso, hasta la firma está a máquina. Fíjese en el pequeño y pulcro «Hosmer Angel» escrito al pie. Y, como verá, hay fecha pero no dirección completa, sólo «Leaden­hall Street», que es algo muy inconcreto. Lo de la firma resul­ta muy sugerente... casi podría decirse que concluyente.
––¿De qué?
––Querido amigo, ¿es posible que no vea la importancia que esto tiene en el caso?
––Mentiría si dijera que la veo, a no ser que lo hiciera para poder negar que la firma era suya, en caso de que se le de­mandara por ruptura de compromiso.
––No, no se trata de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que dejarán zanjado el asunto. Una, para una firma de la City; y la otra, al padrastro de la joven, el señor Windi­bank, pidiéndole que venga a visitarnos mañana a las seis de la tarde. Ya es hora de que tratemos con los varones de la fa­milia. Y ahora, doctor, no hay nada que hacer hasta que lle­guen las respuestas a las cartas, así que podemos desenten­dernos del problemilla por el momento.
Tenía tantas razones para confiar en las penetrantes dotes deductivas y en la extraordinaria energía de mi amigo, que supuse que debía existir una base sólida para la tranquila y segura desenvoltura con que trataba el singular misterio que se le había llamado a sondear. Sólo una vez le había visto fra­casar, en el caso del rey de Bohemia y la fotografía de Irene Adler, pero si me ponía a pensar en el misterioso enredo de El signo de los Cuatro o en las extraordinarias circunstancias que concurrían en el Estudio en escarlata, me sentía conven­cido de que no había misterio tan complicado que él no pu­diera resolver.
Lo dejé, pues, todavía chupando su pipa de arcilla negra, con el convencimiento de que, cuando volviera por allí al día siguiente, encontraría ya en sus manos todas las pistas que conducirían a la identificación del desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.
Un caso profesional de extrema gravedad ocupaba por entonces mi atención, y pasé todo el día siguiente a la cabe­cera del enfermo. Eran ya casi las seis cuando quedé libre y pude saltar a un coche que me llevara a Baker Street, con cierto miedo de llegar demasiado tarde para asistir al desen­lace del pequeño misterio. Sin embargo, encontré a Sherlock Holmes solo, medio dormido, con su larga y delgada figura enroscada en los recovecos de su sillón. Un formidable des­pliegue de frascos y tubos de ensayo, más el olor picante e in­confundible del ácido clorhídrico, me indicaban que había pasado el día entregado a los experimentos químicos que tanto le gustaban.
––Qué, ¿lo resolvió usted? ––pregunté al entrar.
––Sí, era el bisulfato de bario.
––¡No, no! ¡El misterio! ––exclamé.
––¡Ah, eso! Creía que se refería a la sal con la que he estado trabajando. No hay misterio alguno en este asunto, como ya le dije ayer, aunque tiene algunos detalles interesantes. El único inconveniente es que me temo que no existe ninguna ley que pueda castigar a este granuja.
––Pues, ¿de quién se trata? ¿Y qué se proponía al abando­nar a la señorita Sutherland?
Apenas había salido la pregunta de mi boca y Holmes aún no había abierto los labios para responder, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos golpes en la puerta.
––Aquí está el padrastro de la chica, el señor James Windi­bank ––dijo Holmes––. Me escribió diciéndome que vendría a las seis. ¡Adelante!
El hombre que entró era corpulento, de estatura media, de unos treinta años de edad, bien afeitado y de piel cetrina, con modales melosos e insinuantes y un par de ojos grises extraordinariamente agudos y penetrantes. Dirigió una mi­rada inquisitiva a cada uno de nosotros, depositó su relu­ciente chistera sobre un aparador y, con una ligera inclina­ción, se sentó en la silla más próxima.
––Buenas tardes, señor James Windibank ––dijo Holmes––. Creo que es usted quien me ha enviado esta carta mecano­grafiada, citándose conmigo a las seis.
––Sí, señor. Me temo que llego un poco tarde, pero no soy dueño de mi tiempo, como usted comprenderá. Lamento mucho que la señorita Sutherland le haya molestado con este asunto, porque creo que es mucho mejor no lavar en pú­blico los trapos sucios. Vino en contra de mis deseos, pero es que se trata de una muchacha muy excitable e impulsiva, como ya habrá notado, y no es fácil controlarla cuando se le ha metido algo en la cabeza. Naturalmente, no me importa tanto tratándose de usted, que no tiene nada que ver con la policía oficial, pero no es agradable que se comente fuera de casa una desgracia familiar como ésta. Además, se trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo iba usted a poder encontrar a ese Hosmer Angel?
––Por el contrario ––dijo Holmes tranquilamente––, tengo toda clase de razones para creer que lograré encontrar al se­ñor Hosmer Angel.
El señor Windibank tuvo un violento sobresalto y se le ca­yeron los guantes.
––Me alegra mucho oír eso ––dijo.
––Es muy curioso ––comentó Holmes–– que una máquina de escribir tenga tanta individualidad como lo que se escribe a mano. A menos que sean completamente nuevas, no hay dos máquinas que escriban igual. Algunas letras se gastan más que otras, y algunas se gastan sólo por un lado. Por ejemplo, señor Windibank, como puede ver en esta nota suya, la «e» siempre queda borrosa y hay un pequeño defecto en el rabi­llo de la «r». Existen otras catorce características, pero éstas son las más evidentes.
––Con esta máquina escribimos toda la correspondencia
en la oficina, y es lógico que esté un poco gastada ––dijo nues­tro visitante, mirando fijamente a Holmes con sus ojillos brillantes.
––Y ahora le voy a enseñar algo que constituye un estudio verdaderamente interesante, señor Windibank ––continuó Holmes––. Uno de estos días pienso escribir otra pequeña monografía acerca de la máquina de escribir y su relación con el crimen. Es un tema al que he dedicado cierta aten­ción. Aquí tengo cuatro cartas presuntamente remitidas por el desaparecido. Todas están escritas a máquina. En todos los casos, no sólo las «es» están borrosas y las «erres» no tie­nen rabillo, sino que podrá usted observar, si mira con mi lupa, que también aparecen las otras catorce características de las que le hablaba antes.
El señor Windibank saltó de su silla y recogió su sombre­ro.
––No puedo perder el tiempo hablando de fantasías, señor Holmes ––dijo––. Si puede coger al hombre, cójalo, y hágame­lo saber cuando lo tenga.
––Desde luego ––dijo Holmes, poniéndose en pie y cerran­do la puerta con llave––. En tal caso, le hago saber que ya lo he cogido.
––¿Cómo? ¿Dónde? ––exclamó el señor Windibank, palide­ciendo hasta los labios y mirando a su alrededor como una rata cogida en una trampa.
––Vamos, eso no le servirá de nada, de verdad que no ––dijo Holmes con suavidad––. No podrá librarse de ésta, señor Windibank. Es todo demasiado transparente y no me hizo usted ningún cumplido al decir que me resultaría imposible resolver un asunto tan sencillo. Eso es, siéntese y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una silla, con el rostro lívido y un brillo de sudor en la frente.
––No ... no constituye delito ––balbuceó.
––Mucho me temo que no. Pero, entre nosotros, Windi­bank, ha sido una jugarreta cruel, egoísta y despiadada, lle­vada a cabo del modo más ruin que jamás he visto. Ahora, permítame exponer el curso de los acontecimientos y con­tradígame si me equivoco.
El hombre se encogió en su asiento, con la cabeza hundida sobre el pecho, como quien se siente completamente aplas­tado. Holmes levantó los pies, apoyándolos en una esquina de la repisa de la chimenea, se echó hacia atrás con las manos en los bolsillos y comenzó a hablar, con aire de hacerlo más para sí mismo que para nosotros.
––Un hombre se casó con una mujer mucho mayor que él, por su dinero ––dijo––, y también se beneficiaba del dinero de la hija mientras ésta viviera con ellos. Se trataba de una suma considerable para gente de su posición y perderla habría re­presentado una fuerte diferencia. Valía la pena hacer un es­fuerzo por conservarla. La hija tenía un carácter alegre y co­municativo, y además era cariñosa y sensible, de manera que resultaba evidente que, con sus buenas dotes personales y su pequeña renta, no duraría mucho tiempo soltera. Ahora bien, su matrimonio significaba, sin lugar a dudas, perder cien li­bras al año. ¿Qué hace entonces el padrastro para impedirlo? Adopta la postura más obvia: retenerla en casa y prohibirle que frecuente la compañía de gente de su edad. Pero pronto se da cuenta de que eso no le servirá durante mucho tiempo. Ella se rebela, reclama sus derechos y por fin anuncia su firme in­tención de asistir a cierto baile. ¿Qué hace entonces el astuto padrastro? Se le ocurre una idea que honra más a su cerebro que a su corazón. Con la complicidad y ayuda de su esposa, se disfraza, ocultando con gafas oscuras esos ojos penetrantes, enmascarando su rostro con un bigote y un par de pobladas patillas, disimulando el timbre claro de su voz con un susurro insinuante... Y, doblemente seguro a causa de la miopía de la chica, se presenta como el señor Hosmer Angel y ahuyenta a los posibles enamorados cortejándola él mismo.
––Al principio era sólo una broma ––gimió nuestro visitan­te––. Nunca creímos que se lo tomara tan en serio.
––Probablemente, no. Fuese como fuese, lo cierto es que la muchacha se lo tomó muy en serio; y, puesto que estaba con­vencida de que su padrastro se encontraba en Francia, ni por un instante se le pasó por la cabeza la sospecha de una trai­ción. Se sentía halagada por las atenciones del caballero, y la impresión se veía aumentada por la admiración que la ma­dre manifestaba a viva voz. Entonces el señor Angel empezó a visitarla, pues era evidente que, si se querían obtener resul­tados, había que llevar el asunto tan lejos como fuera posi­ble. Hubo encuentros y un compromiso que evitaría defini­tivamente que la muchacha dirigiera su afecto hacia ningún otro. Pero el engaño no se podía mantener indefinidamente. Los supuestos viajes a Francia resultaban bastante embara­zosos. Evidentemente, lo que había que hacer era llevar el asunto a una conclusión tan dramática que dejara una im­presión permanente en la mente de la joven, impidiéndole mirar a ningún otro pretendiente durante bastante tiempo. De ahí esos juramentos de fidelidad pronunciados sobre el Evangelio, y de ahí las alusiones a la posibilidad de que ocu­rriera algo la misma mañana de la boda. James Windibank quería que la señorita Sutherland quedara tan atada a Hos­mer Angel y tan insegura de lo sucedido, que durante diez años, por lo menos, no prestara atención a ningún otro hombre. La llevó hasta las puertas mismas de la iglesia y lue­go, como ya no podía seguir más adelante, desapareció oportunamente, mediante el viejo truco de entrar en un co­che por una puerta y salir por la otra. Creo que éste fue el en­cadenamiento de los hechos, señor Windibank.
Mientras Holmes hablaba, nuestro visitante había recu­perado parte de su aplomo, y al llegar a este punto se levantó de la silla con una fría expresión de burla en su pálido rostro.
––Puede que sí y puede que no, señor Holmes ––dijo––. Pero si es usted tan listo, debería saber que ahora mismo es usted y no yo quien está infringiendo la ley. Desde el principio, yo no he hecho nada punible, pero mientras mantenga usted esa puerta cerrada se expone a una demanda por agresión y retención ilegal.
––Como bien ha dicho, la ley no puede tocarle ––dijo Hol­mes, girando la llave y abriendo la puerta de par en par––. Sin embargo, nadie ha merecido jamás un castigo tanto como lo merece usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, le cruzaría la espalda a latigazos. ¡Por Júpiter! ––exclamó acalo­rándose al ver el gesto de burla en la cara del otro––. Esto no forma parte de mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de caza y creo que me voy a dar el gustazo de...
Dio dos rápidas zancadas hacia el látigo, pero antes de que pudiera cogerlo se oyó un estrépito de pasos en la esca­lera, la puerta de la entrada se cerró de golpe y pudimos ver por la ventana al señor Windibank corriendo calle abajo a toda la velocidad de que era capaz.
––¡Ahí va un canalla con verdadera sangre fría! ––dijo Hol­mes, echándose a reír mientras se dejaba caer de nuevo en su sillón––. Ese tipo irá subiendo de delito en delito hasta que haga algo muy grave y termine en el patíbulo. En ciertos as­pectos, el caso no carecía por completo de interés.
––Todavía no veo muy claros todos los pasos de su razona­miento ––dije yo.
––Pues, desde luego, en un principio era evidente que este señor Hosmer Angel tenía que tener alguna buena razón para su curioso comportamiento, y estaba igualmente claro que el único hombre que salía beneficiado del incidente, hasta donde nosotros sabíamos, era el padrastro. Luego es­taba el hecho, muy sugerente, de que nunca se hubiera visto juntos a los dos hombres, sino que el uno aparecía siempre cuando el otro estaba fuera. Igualmente sospechosas eran las gafas oscuras y la voz susurrante, factores ambos que su­gerían un disfraz, lo mismo que las pobladas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por ese detalle tan curioso de firmar a máquina, que por supuesto indicaba que la letra era tan familiar para la joven que ésta reconocería cualquier minúscula muestra de la misma. Como ve, todos estos he­chos aislados, junto con otros muchos de menor importan­cia, señalaban en la misma dirección.
––¿Y cómo se las arregló para comprobarlo?
––Habiendo identificado a mi hombre, resultaba fácil con­seguir la corroboración. Sabía en qué empresa trabajaba este hombre. Cogí la descripción publicada, eliminé todo lo que se pudiera achacar a un disfraz ––las patillas, las gafas, la voz­y se la envié a la empresa en cuestión, solicitando que me in­formaran de si alguno de sus viajantes respondía a la des­cripción. Me había fijado ya en las peculiaridades de la má­quina, y escribí al propio sospechoso a su oficina, rogándole que acudiera aquí. Tal como había esperado, su respuesta me llegó escrita a máquina, y mostraba los mismos defectos triviales pero característicos. En el mismo correo me llegó una carta de Westhouse & Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la descripción coincidía en todos sus aspectos con la de su empleado James Windibank. Voílá tout!
––¿Y la señorita Shutherland?
––Si se lo cuento, no me creerá. Recuerde el antiguo pro­verbio persa: «Tan peligroso es quitarle su cachorro a un ti­gre como arrebatarle a una mujer una ilusión.» Hay tanta sa­biduría y tanto conocimiento del mundo en Hafiz como en Horacio.

4. El misterio de Boscombe Valley

Estábamos una mañana sentados mi esposa y yo cuando la doncella trajo un telegrama. Era de Sherlock Holmes y de­cía lo siguiente:

«¿Tiene un par de días libres? Me han telegrafiado desde el oeste de Inglaterra a propósito de la tragedia de Boscombe Valley. Me alegraría que usted me acompañase. Atmósfera y paisaje maravillosos. Salgo de Paddington en el tren de las 11.15».

––¿Qué dices a esto, querido? ––preguntó mi esposa, mirán­dome directamente––. ¿Vas a ir?
––No sé qué decir. En estos momentos tengo una lista de pacientes bastante larga.
––¡Bah! Anstruther se encargará de ellos. Últimamente se te ve un poco pálido. El cambio te sentará bien, y siempre te han interesado mucho los casos del señor Sherlock Holmes.
––Sería un desagradecido si no me interesaran, en vista de lo que he ganado con uno solo de ellos ––respondí––. Pero si voy a ir, tendré que hacer el equipaje ahora mismo, porque sólo me queda media hora.
Mi experiencia en la campaña de Afganistán me había convertido, por lo menos, en un viajero rápido y dispuesto. Mis necesidades eran pocas y sencillas, de modo que, en me­nos de la mitad del tiempo mencionado, ya estaba en un co­che de alquiler con mi maleta, rodando en dirección a la es­tación de Paddington. Sherlock Holmes paseaba andén arriba y andén abajo, y su alta y sombría figura parecía aún más alta y sombría a causa de su largo capote gris de viaje y su ajustada gorra de paño.
––Ha sido usted verdaderamente amable al venir, Watson ––dijo––. Para mí es considerablemente mejor tener al lado a alguien de quien fiarme por completo. La ayuda que se en­cuentra en el lugar de los hechos, o no vale para nada o está influida. Coja usted los dos asientos del rincón y yo sacaré los billetes.
Teníamos todo el compartimento para nosotros, si no contamos un inmenso montón de papeles que Holmes había traído consigo. Estuvo hojeándolos y leyéndolos, con inter­valos dedicados a tomar notas y a meditar, hasta que deja­mos atrás Reading. Entonces hizo de pronto con todos ellos una bola gigantesca y la tiró a la rejilla de los equipajes.
––¿Ha leído algo acerca del caso? ––preguntó.
––Ni una palabra. No he leído un periódico en varios días. ––La prensa de Londres no ha publicado relatos muy com­pletos. Acabo de repasar todos los periódicos recientes a fin de hacerme con los detalles. Por lo que he visto, parece tra­tarse de uno de esos casos sencillos que resultan extraordi­nariamente difíciles.
––Eso suena un poco a paradoja.
––Pero es una gran verdad. Lo que se sale de lo corriente constituye, casi invariablemente, una pista. Cuanto más anodino y vulgar es un crimen, más difícil resulta resolver­lo. Sin embargo, en este caso parece haber pruebas de peso contra el hijo del asesinado.
––Entonces, ¿se trata de un asesinato?
––Bueno, eso se supone. Yo no aceptaré nada como seguro hasta que haya tenido ocasión de echar un vistazo en perso­na. Voy a explicarle en pocas palabras la situación, tal y como yo la he entendido.
»Boscombe Valley es un distrito rural de Herefordshire, situado no muy lejos de Ross. El mayor terrateniente de la zona es un tal John Turner, que hizo fortuna en Australia y regresó a su país natal hace algunos años. Una de las granjas de su propiedad, la de Hatherley, la tenía arrendada al señor Charles McCarthy, otro ex australiano. Los dos se habían co­nocido en las colonias, por lo que no tiene nada de raro que cuando vinieron a establecerse aquí procuraran estar lo más cerca posible uno del otro. Según parece, Turner era el más rico de los dos, así que McCarthy se convirtió en arren­datario suyo, pero al parecer seguían tratándose en térmi­nos de absoluta igualdad y se los veía mucho juntos. Mc­Carthy tenía un hijo, un muchacho de dieciocho años, y Turner tenía una hija única de la misma edad, pero a ningu­no de los dos les vivía la esposa. Parece que evitaban el trato con las familias inglesas de los alrededores y que llevaban una vida retirada, aunque los dos McCarthy eran aficiona­dos al deporte y se los veía con frecuencia en las carreras de la zona. McCarthy tenía dos sirvientes: un hombre y una muchacha. Turner disponía de una servidumbre considera­ble, por lo menos media docena. Esto es todo lo que he po­dido averiguar sobre las familias. Pasemos ahora a los he­chos.
»E13 de junio ––es decir, el lunes pasado––, McCarthy salió de su casa de Hatherley a eso de la tres de la tarde, y fue ca­minando hasta el estanque de Boscombe, una especie de la­guito formado por un ensanchamiento del arroyo que corre por el valle de Boscombe. Por la mañana había estado con su criado en Ross y le había dicho que tenía que darse prisa porque a las tres tenía una cita importante. Una cita de la que no regresó vivo.
»Desde la casa de Hatherley hasta el estanque de Boscom­be hay como un cuarto de milla, y dos personas le vieron pa­sar por ese terreno. Una fue una anciana, cuyo nombre no se menciona, y la otra fue William Crowder, un guarda de caza que está al servicio del señor Turner. Los dos testigos asegu­ran que el señor McCarthy iba caminando solo. El guarda añade que a los pocos minutos de haber visto pasar al señor McCarthyvio pasar a su hijo en la misma dirección, con una escopeta bajo el brazo. En su opinión, el padre todavía esta­ba al alcance de la vista y el hijo iba siguiéndolo. No volvió a pensar en el asunto hasta que por la tarde se enteró de la tra­gedia que había ocurrido.
»Hubo alguien más que vio a los dos McCarthy después de que William Crowder, el guarda, los perdiera de vista. El estanque de Boscombe está rodeado de espesos bosques, con sólo un pequeño reborde de hierba y juncos alrededor. Una muchacha de catorce años, Patience Moran, hija del guardés del pabellón de Boscombe Valley, se encontraba en uno de los bosques cogiendo flores. Ha declarado que, mientras es­taba allí, vio en el borde del bosque y cerca del estanque al se­ñor McCarthy y su hijo, que parecían estar discutiendo aca­loradamente. Oyó al mayor de los McCarthy dirigirle a su hijo palabras muy fuertes, y vio a éste levantar la mano como para pegar a su padre. La violencia de la escena la asustó tan­to que echó a correr, y cuando llegó a su casa le contó a su madre que había visto a los dos McCarthy discutiendo junto al estanque de Boscombe y que tenía miedo de que fueran a pelearse. Apenas había terminado de hablar cuando el joven McCarthy llegó corriendo al pabellón, diciendo que había encontrado a su padre muerto en el bosque y pidiendo ayuda al guardés. Venía muy excitado, sin escopeta ni sombrero, y vieron que traía la mano y la manga derechas manchadas de sangre fresca. Fueron con él y encontraron el cadáver del pa­dre, tendido sobre la hierba junto al estanque. Le habían aplastado la cabeza a golpes con algún arma pesada y roma. Eran heridas que podrían perfectamente haberse infligido con la culata de la escopeta del hijo, que se encontró tirada en la hierba a pocos pasos del cuerpo. Dadas las circunstancias, el joven fue detenido inmediatamente, el martes la investiga­ción dio como resultado un veredicto de «homicidio inten­cionado», y el miércoles compareció ante los magistrados de Ross, que han remitido el caso a la próxima sesión del tribu­nal. Éstos son los hechos principales del caso, según se des­prende de la investigación judicial y el informe policial.
––El caso no podría presentarse peor para el joven ––co­menté––. Pocas veces se han dado tantas pruebas circunstan­ciales que acusasen con tanta insistencia al criminal.
––Las pruebas circunstanciales son muy engañosas ––res­pondió Holmes, pensativo––. Puede parecer que indican cla­ramente una cosa, pero si cambias un poquito tu punto de vista, puedes encontrarte con que indican, con igual clari­dad, algo completamente diferente. Sin embargo, hay que confesar que el caso se presenta muy mal para el joven, y es muy posible que verdaderamente sea culpable. Sin embargo, existen varias personas en la zona, y entre ellas la señorita Turner, la hija del terrateniente, que creen en su inocencia y que han contratado a Lestrade, al que usted recordará de cuando intervino en el Estudio en escarlata, para que inves­tigue el caso en beneficio suyo. Lestrade se encuentra perdi­do y me ha pasado el caso a mí, y ésta es la razón de que dos caballeros de edad mediana vuelen en este momento hacia el oeste, a cincuenta millas por hora, en lugar de digerir tran­quilamente su desayuno en casa.
––Me temo ––dije–– que los hechos son tan evidentes que este caso le reportará muy poco mérito.
––No hay nada tan engañoso como un hecho evidente ––respondió riendo––. Además, bien podemos tropezar con algún otro hecho evidente que no le resultara tan evidente al señor Lestrade. Me conoce usted lo suficientemente bien como para saber que no fanfarroneo al decir que soy capaz de confirmar o echar por tierra su teoría valiéndome de me­dios que él es totalmente incapaz de emplear e incluso de comprender. Por usar el ejemplo más a mano, puedo adver­tir con toda claridad que la ventana de su cuarto está situada a la derecha, y dudo mucho que el señor Lestrade se hubiera fijado en un detalle tan evidente como ése.
––¿Cómo demonios...?
––Mi querido amigo, le conozco bien. Conozco la pulcritud militar que le caracteriza. Se afeita usted todas las mañanas, y en esta época del año se afeita a la luz del sol, pero como su afeitado va siendo cada vez menos perfecto a medida que avanzamos hacia la izquierda, hasta hacerse positivamente chapucero a la altura del ángulo de la mandíbula, no puede caber duda de que ese lado está peor iluminado que el otro. No puedo concebir que un hombre como usted se diera por satisfecho con ese resultado si pudiera verse ambos lados con la misma luz. Esto lo digo sólo a manera de ejemplo trivial de observación y deducción. En eso consiste mi oficio, y es bas­tante posible que pueda resultar de alguna utilidad en el caso que nos ocupa. Hay uno o dos detalles menores que salieron a relucir en la investigación y que vale la pena considerar. ––¿Como qué?
––Parece que la detención no se produjo en el acto, sino después de que el joven regresara a la granja Hatherley. Cuando el inspector de policía le comunicó que estaba dete­nido, repuso que no le sorprendía y que no se merecía otra cosa. Este comentario contribuyó a disipar todo rastro de duda que pudiera quedar en las mentes del jurado encarga­do de la instrucción.
––Como que es una confesión ––exclamé.
––Nada de eso, porque a continuación se declaró inocente.
––Viniendo después de una serie de hechos tan condenato­ria fue, por lo menos, un comentario de lo más sospechoso.
––Por el contrario ––dijo Holmes––. Por el momento ésa es la rendija más luminosa que puedo ver entre los nubarrones. Por muy inocente que sea, no puede ser tan rematadamente imbécil que no se dé cuenta de que las circunstancias son fa­tales para él. Si se hubiera mostrado sorprendido de su de­tención o hubiera fingido indignarse, me habría parecido sumamente sospechoso, porque tal sorpresa o indignación no habrían sido naturales, dadas las circunstancias, aunque a un hombre calculador podrían parecerle la mejor táctica a seguir. Su franca aceptación de la situación le señala o bien como a un inocente, o bien como a un hombre con mucha firmeza y dominio de sí mismo. En cuanto a su comentario de que se lo merecía, no resulta tan extraño si se piensa que estaba junto al cadáver de su padre y que no cabe duda de que aquel mismo día había olvidado su respeto filial hasta el punto de reñir con él e incluso, según la muchacha cuyo tes­timonio es tan importante, de levantarle la mano como para pegarle. El remordimiento y el arrepentimiento que se refle­jan en sus palabras me parecen señales de una mentalidad sana y no de una mente culpable.
––A muchos los han ahorcado con pruebas bastante me­nos sólidas ––comenté, meneando la cabeza.
––Así es. Y a muchos los han ahorcado injustamente.
––¿Cuál es la versión de los hechos según el propio joven?
––Me temo que no muy alentadora para sus partidarios, aunque tiene un par de detalles interesantes. Aquí la tiene, puede leerla usted mismo.
Sacó de entre el montón de papeles un ejemplar del perió­dico de Herefordshire, encontró la página y me señaló el pá­rrafo en el que el desdichado joven daba su propia versión de lo ocurrido. Me instalé en un rincón del compartimento y lo leí con mucha atención. Decía así:

«Compareció a continuación el señor James McCarthy, hijo único del fallecido, que declaró lo siguiente: “Había es­tado fuera de casa tres días, que pasé en Bristol, y acababa de regresar la mañana del pasado lunes, día 3. Cuando llegué, mi padre no estaba en casa y la doncella me dijo que había ido a Ross con John Cobb, el caballerizo. Poco después de llegar, oí en el patio las ruedas de su coche; miré por la ven­tana y le vi bajarse y salir a toda prisa del patio, aunque no me fijé en qué dirección se fue. Cogí entonces mi escopeta y eché a andar en dirección al estanque de Boscombe, con la intención de visitar las conejeras que hay al otro lado. Por el camino vi a William Crowder, el guarda, tal como él ha de­clarado; pero se equivocó al pensar que yo iba siguiendo a mi padre. No tenía ni idea de que él iba delante de mí. A unas cien yardas del estanque oí el grito de ¡cui!, que mi padre y yo utilizábamos normalmente como señal. Al oírlo, eché a correr y lo encontré de pie junto al estanque. Pareció muy sorprendido de verme y me preguntó con bastante mal hu­mor qué estaba haciendo allí. Nos enzarzamos en una dis­cusión que degeneró en voces, y casi en golpes, pues mi pa­dre era un hombre de temperamento muy violento. En vista de que su irritación se hacía incontrolable, lo dejé, y em­prendí el camino de regreso a Hatherley. Pero no me había alejado ni ciento cincuenta yardas cuando oí a mis espaldas un grito espantoso, que me hizo volver corriendo. Encontré a mi padre agonizando en el suelo, con terribles heridas en la cabeza. Dejé caer mi escopeta y lo tomé en mis brazos, pero expiró casi en el acto. Permanecí unos minutos arrodi­llado a su lado y luego fui a pedir ayuda a la casa del guardés del señor Turner, que era la más cercana. Cuando volví junto a mi padre no vi a nadie cerca, y no tengo ni idea de cómo se causaron sus heridas. No era una persona muy apreciada, a causa de su carácter frío y reservado; pero, por lo que yo sé, tampoco tenía enemigos declarados. No sé nada más del asunto:”
»El juez instructor: ¿Le dijo su padre algo antes de morir? »El testigo: Murmuró algunas palabras, pero lo único que entendí fue algo sobre una rata.
»El juez: ¿Cómo interpretó usted aquello?
»El testigo: No significaba nada para mí. Creí que estaba delirando.
»El juez: ¿Cuál fue el motivo de que usted y su padre sos­tuvieran aquella última discusión?
»El testigo: Preferiría no responder.
»El juez: Me temo que debo insistir.
»El testigo: De verdad que me resulta imposible decírselo. Puedo asegurarle que no tenía nada que ver con la terrible tragedia que ocurrió a continuación.
»El juez: El tribunal es quien debe decidir eso. No es nece­sario advertirle que su negativa a responder puede perjudi­car considerablemente su situación en cualquier futuro pro­ceso a que pueda haber lugar.
»El testigo: Aun así, tengo que negarme.
»El juez: Según tengo entendido, el grito de culi era una señal habitual entre usted y su padre.
»El testigo: Así es.
»El juez: En tal caso, ¿cómo es que dio el grito antes de verle a usted, cuando ni siquiera sabía que había regresado usted de Bristol?
»El testigo (bastante desconcertado): No lo sé.
»Un jurado: ¿Novio usted nada que despertara sus sospe­chas cuando regresó al oír gritar a su padre y lo encontró he­rido de muerte?
»El testigo: Nada concreto.
»El juez: ¿Qué quiere decir con eso?
»El testigo: Al salir corriendo al claro iba tan trastornado y excitado que no podía pensar más que en mi padre. Sin embargo, tengo la vaga impresión de que al correr vi algo ti­rado en el suelo a mi izquierda. Me pareció que era algo de color gris, una especie de capote o tal vez una manta escoce­sa. Cuando me levanté al dejar a mi padre miré a mi alrede­dor para fijarme, pero ya no estaba.
»––¿Quiere decir que desapareció antes de que usted fuera a buscar ayuda?
»––Eso es, desapareció.
»––¿No puede precisar lo que era?
»––No, sólo me dio la sensación de que había algo allí.
»––¿A qué distancia del cuerpo?
»––A unas doce yardas.
»––¿Y a qué distancia del lindero del bosque?
»––Más o menos a la misma.
»––Entonces, si alguien se lo llevó, fue mientras usted se encontraba a unas doce yardas de distancia.
»––Sí, pero vuelto de espaldas.
»Con esto concluyó el interrogatorio del testigo.»

––Por lo que veo ––dije echando un vistazo al resto de la co­lumna––, el juez instructor se ha mostrado bastante duro con el joven McCarthy en sus conclusiones. Llama la atención, y con toda la razón, sobre la discrepancia de que el padre lan­zara la llamada antes de verlo, hacia su negativa a dar deta­lles de la conversación con el padre y sobre su extraño relato de las últimas palabras del moribundo. Tal como él dice, todo eso apunta contra el hijo.
Holmes se rió suavemente para sus adentros y se estiró sobre el mullido asiento.
––Tanto usted como el juez instructor se han esforzado a fondo ––dijo–– en destacar precisamente los aspectos más fa­vorables para el muchacho. ¿No se da usted cuenta de que tan pronto le atribuyen demasiada imaginación como de­masiado poca? Demasiado poca, si no es capaz de inventarse un motivo para la disputa que le haga ganarse las simpatías del jurado; demasiada, si es capaz de sacarse de la mollera una cosa tan outré como la alusión del moribundo a una rata y el incidente de la prenda desaparecida. No señor, yo enfo­caré este caso partiendo de que el joven ha dicho la verdad, y veremos adónde nos lleva esta hipótesis. Y ahora, aquí ten­go mi Petrarca de bolsillo, y no pienso decir ni una palabra más sobre el caso hasta que lleguemos al lugar de los hechos.
Comeremos en Swindon, y creo que llegaremos dentro de veinte minutos.
Eran casi las cuatro cuando nos encontramos por fin en el bonito pueblecito campesino de Ross, tras haber atravesado el hermoso valle del Stroud y cruzado el ancho y reluciente Severn. Un hombre delgado, con cara de hurón y mirada furtiva y astuta, nos esperaba en el andén. A pesar del guar­dapolvo marrón claro y de las polainas de cuero que llevaba como concesión al ambiente campesino, no tuve dificultad en reconocer a Lestrade, de Scodand Yard. Fuimos con él en coche hasta «El Escudo de Hereford», donde ya se nos había reservado una habitación.
––He pedido un coche ––dijo Lestrade, mientras nos sentá­bamos a tomar una taza de té––.,Conozco su carácter enérgi­co y sé que no estará a gusto hasta que haya visitado la esce­na del crimen.
––Es usted muy amable y halagador ––respondió Holmes––. Pero todo depende de la presión barométrica.
Lestrade pareció sorprendido.
––No comprendo muy bien––dijo.
––¿Qué marca el barómetro? Veintinueve, por lo que veo. No hay viento, ni se ve una nube en el cielo. Tengo aquí una caja de cigarrillos que piden ser fumados, y el sofá es muy superior a las habituales abominaciones que suelen encon­trarse en los hoteles rurales. No creo probable que utilice el coche esta noche.
Lestrade dejó escapar una risa indulgente.
––Sin duda, ya ha sacado usted conclusiones de los periódi­cos ––dijo––. El caso es tan vulgar como un palo de escoba, y cuanto más profundiza uno en él, más vulgar se vuelve. Pero, por supuesto, no se le puede decir que no a una dama, sobre todo a una tan voluntariosa. Había oído hablar de usted e insis­tió en conocer su opinión, a pesar de que yo le repetí un mon­tón de veces que usted no podría hacer nada que yo no hubie­ra hecho ya. Pero, ¡caramba! ¡Ahí está su coche en la puerta!
Apenas había terminado de hablar cuando irrumpió en la habitación una de las jóvenes más encantadoras que he visto en mi vida. Brillantes ojos color violeta, labios entreabiertos, un toque de rubor en sus mejillas, habiendo perdido toda noción de su recato natural ante el ímpetu arrollador de su agitación y preocupación.
––¡Oh, señor Sherlock Holmes! ––exclamó, pasando la mi­rada de uno a otro, hasta que, con rápida intuición femeni­na, la fijó en mi compañero––. Estoy muy contenta de que haya venido. He venido a decírselo. Sé que James no lo hizo. Lo sé, y quiero que usted empiece a trabajar sabiéndolo tam­bién. No deje que le asalten dudas al respecto. Nos conoce­mos el uno al otro desde que éramos niños, y conozco sus defectos mejor que nadie; pero tiene el corazón demasiado blando como para hacer daño ni a una mosca. La acusación es absurda para cualquiera que lo conozca de verdad.
––Espero que podamos demostrar su inocencia, señorita Turner ––dijo Sherlock Holmes––. Puede usted confiar en que haré todo lo que pueda.
––Pero usted ha leído las declaraciones. ¿Ha sacado alguna conclusión? ¿No ve alguna salida, algún punto débil? ¿No cree usted que es inocente?
––Creo que es muy probable.
––¡Ya lo ve usted! ––exclamó ella, echando atrás la cabeza y mirando desafiante a Lestrade––. ¡Ya lo oye! ¡Él me da espe­ranzas!
Lestrade se encogió de hombros.
––Me temo que mi colega se ha precipitado un poco al sa­car conclusiones ––dijo.
––¡Pero tiene razón! ¡Sé que tiene razón! James no lo hizo. Y en cuanto a esa disputa con su padre, estoy segura de que la razón de que no quisiera hablar de ella al juez fue que dis­cutieron acerca de mí.
––¿Y por qué motivo?
––No es momento de ocultar nada. James y su padre te­nían muchas desavenencias por mi causa. El señor Mc­Carthy estaba muy interesado en que nos casáramos. James y yo siempre nos hemos querido como hermanos, pero, cla­ro, él es muy joven y aún ha visto muy poco de la vida, y... y... bueno, naturalmente, todavía no estaba preparado para me­terse en algo así. De ahí que tuvieran discusiones, y ésta, es­toy segura, fue una más.
––¿Y el padre de usted? ––preguntó Holmes––. ¿También era partidario de ese enlace?
––No, él también se oponía. El único que estaba a favor era McCarthy.
Un súbito rubor cubrió sus lozanas y juveniles facciones cuando Holmes le dirigió una de sus penetrantes miradas inquisitivas.
––Gracias por esta información ––dijo––. ¿Podría ver a su padre si le visito mañana?
––Me temo que el médico no lo va a permitir.
––¿El médico?
––Sí, ¿no lo sabía usted? El pobre papá no andaba bien de salud desde hace años, pero esto le ha acabado de hundir. Tiene que guardar cama, y el doctor Willows dice que está hecho polvo y que tiene el sistema nervioso destrozado. El señor McCarthy era el único que había conocido a papá en los viejos tiempos de Victoria.
––¡Ajá! ¡Así que en Victoria! Eso es importante.
––Sí, en las minas.
––Exacto; en las minas de oro, donde, según tengo enten­dido, hizo su fortuna el señor Turner.
––Eso es.
––Gracias, señorita Turner. Ha sido usted una ayuda muy útil.
––Si mañana hay alguna novedad, no deje de comunicár­mela. Sin duda, irá usted a la cárcel a ver a James. Oh, señor Holmes, si lo hace dígale que yo sé que es inocente.
––Así lo haré, señorita Turner.
––Ahora tengo que irme porque papá está muy mal y me echa de menos si lo dejo solo. Adiós, y que el Señor le ayude en su empresa.
Salió de la habitación tan impulsivamente como había en­trado y oímos las ruedas de su carruaje traqueteando calle abajo.
––Estoy avergonzado de usted, Holmes ––dijo Lestrade con gran dignidad, tras unos momentos de silencio––. ¿Por qué despierta esperanzas que luego tendrá que defraudar? No soy precisamente un sentimental, pero a eso lo llamo crueldad.
––Creo que encontraré la manera de demostrar la inocen­cia de James McCarthy ––dijo Holmes––. ¿Tiene usted autori­zación para visitarlo en la cárcel?
––Sí, pero sólo para usted y para mí.
––En tal caso, reconsideraré mi decisión de no salir. ¿Ten­dremos todavía tiempo para tomar un tren a Hereford y ver­lo esta noche?
––De sobra.
––Entonces, en marcha. Watson, me temo que se va a abu­rrir, pero sólo estaré ausente un par de horas.
Los acompañé andando hasta la estación, y luego vaga­bundeé por las calles.del pueblecito, acabando por regresar al hotel, donde me tumbé en el sofá y procuré interesarme en una novela policiaca. Pero la trama de la historia era tan en­deble en comparación con el profundo misterio en el que es­tábamos sumidos, que mi atención se desviaba constante­mente de la ficción a los hechos, y acabé por tirarla al otro extremo de la habitación y entregarme por completo a reca­pacitar sobre los acontecimientos del día. Suponiendo que la historia del desdichado joven fuera absolutamente cierta, ¿qué cosa diabólica, qué calamidad absolutamente impre­vista y extraordinaria podía haber ocurrido entre el mo­mento en que se separó de su padre y el instante en que, atraí­do por sus gritos, volvió corriendo al claro? Había sido algo terrible y mortal, pero ¿qué? ¿Podrían mis instintos médicos deducir algo de la índole de las heridas? Tiré de la campani­lla y pedí que me trajeran el periódico semanal del condado, que contenía una crónica textual de la investigación. En la declaración del forense se afirmaba que el tercio posterior del parietal izquierdo y la mitad izquierda del occipital ha­bían sido fracturados por un fuerte golpe asestado con un objeto romo. Señalé el lugar en mi propia cabeza. Evidente­mente, aquel golpe tenía que haberse asestado por detrás. Hasta cierto punto, aquello favorecía al acusado, ya que cuando se le vio discutiendo con su padre ambos estaban frente a frente. Aun así, no significaba gran cosa, ya que el padre podía haberse vuelto de espaldas antes de recibir el golpe. De todas maneras, quizá valiera la pena llamar la atención de Holmes sobre el detalle. Luego teníamos la cu­riosa alusión del moribundo a una rata. ¿Qué podía signifi­car aquello? No podía tratarse de un delirio. Un hombre que ha recibido un golpe mortal no suele delirar. No, lo más pro­bable era que estuviera intentando explicar lo que le había ocurrido. Pero ¿qué podía querer decir? Me devané los sesos en busca de una posible explicación. Y luego estaba también el asunto de la prenda gris que había visto el joven Mc­Carthy. De ser cierto aquello, el asesino debía haber perdido al huir alguna prenda de vestir, probablemente su gabán, y había tenido la sangre fría de volver a recuperarla en el mis­mo instante en que el hijo se arrodillaba, vuelto de espaldas, a menos de doce pasos. ¡Qué maraña de misterios e impro­babilidades era todo el asunto! No me extrañaba la opinión de Lestrade, a pesar de lo cual tenía tanta fe en la perspicacia de Sherlock Holmes que no perdía las esperanzas, en vista de que todos los nuevos datos parecían reforzar su conven­cimiento de la inocencia del joven McCarthy.
Era ya tarde cuando regresó Sherlock Holmes. Venía solo, ya que Lestrade se alojaba en el pueblo.
––El barómetro continúa muy alto ––comentó mientras se sentaba––. Es importante que no llueva hasta que hayamos podido examinar el lugar de los hechos. Por otra parte, para un trabajito como ése uno tiene que estar en plena forma y bien despierto, y no quiero hacerlo estando fatigado por un largo viaje. He visto al joven McCarthy.
––¿Y qué ha sacado de él?
––Nada.
––¿No pudo arrojar ninguna luz?
––Absolutamente ninguna. En algún momento me sentí inclinado a pensar que él sabía quién lo había hecho y esta­ba encubriéndolo o encubriéndola, pero ahora estoy con­vencido de que está tan a oscuras como todos los demás. No es un muchacho demasiado perspicaz, aunque sí bien pare­cido y yo diría que de corazón noble.
––No puedo admirar sus gustos ––comenté––, si es verdad eso de que se negaba a casarse con una joven tan encantado­ra como esta señorita Turner.
––Ah, en eso hay una historia bastante triste. El tipo la quiere con locura, con desesperación, pero hace unos años, cuando no era más que un mozalbete, y antes de conocerla bien a ella, porque la chica había pasado cinco años en un internado, ¿no va el muy idiota y se deja atrapar por una ca­marera de Bristol, y se casa con ella en el juzgado? Nadie sabe una palabra del asunto, pero puede usted imaginar lo enloquecedor que tenía que ser para él que le recriminaran por no hacer algo que daría los ojos por poder hacer, pero que sabe que es absolutamente imposible. Fue uno de esos arrebatos de locura lo que le hizo levantar las manos cuan­do su padre, en su última conversación, le seguía insistien­do en que le propusiera matrimonio a la señorita Turner. Por otra parte, carece de medios económicos propios y su padre, que era en todos los aspectos un hombre muy duro, le habría repudiado por completo si se hubiera enterado de la verdad. Con esta esposa camarera es con la que pasó los últimos tres días en Bristol, sin que su padre supiera dónde estaba. Acuérdese de este detalle. Es importante. Sin em­bargo, no hay mal que por bien no venga, ya que la camare­ra, al enterarse por los periódicos de que el chico se ha meti­do en un grave aprieto y es posible que lo ahorquen, ha roto con él y le ha escrito comunicándole que ya tiene un mari­do en los astilleros Bermudas, de modo que no existe un verdadero vínculo entre ellos. Creo que esta noticia ha bas­tado para consolar al joven McCarthy de todo lo que ha su­frido.
––Pero si él es inocente, entonces, ¿quién lo hizo?
––Eso: ¿Quién? Quiero llamar su atención muy concreta­mente hacia dos detalles. El primero, que el hombre asesina­do tenía una cita con alguien en el estanque, y que este al­guien no podía ser su hijo, porque el hijo estaba fuera y él no sabía cuándo iba a regresar. El segundo, que a la víctima se le oyó gritar culi, aunque aún no sabía que su hijo había regre­sado. Éstos son los puntos cruciales de los que depende el caso. Y ahora, si no le importa, hablemos de George Mere­dith, y dejemos los detalles secundarios para mañana.
Tal como Holmes había previsto, no llovió, y el día ama­neció despejado y sin nubes. A las nueve en punto, Lestrade pasó a recogernos con el coche y nos dirigimos a la granja Hatherley y al estanque de Boscombe.
––Hay malas noticias esta mañana ––comentó Lestrade––. Dicen que el señor Turner, el propietario, está tan enfermo que no hay esperanzas de que viva.
––Supongo que será ya bastante mayor ––dijo Holmes.
––Unos sesenta años; pero la vida en las colonias le destro­zó el organismo, y llevaba bastante tiempo muy flojo de sa­lud. Este suceso le ha afectado de muy mala manera. Era vie­jo amigo de McCarthy, y podríamos añadir que su gran benefactor, pues me he enterado de que no le cobraba renta por la granja Hatherley.
––¿De veras? Esto es interesante ––dijo Holmes.
––Pues, sí. Y le ha ayudado de otras cien maneras. Por aquí todo el mundo habla de lo bien que se portaba con él.
––¡Vaya! ¿Y no le parece a usted un poco curioso que este McCarthy, que parece no poseer casi nada y deber tantos fa­vores a Turner, hable, a pesar de todo, de casar a su hijo con la hija de Turner, presumible heredera de su fortuna, y, ade­más, lo diga con tanta seguridad como si bastara con propo­nerlo para que todo lo demás viniera por sí solo? Y aún re­sulta más extraño sabiendo, como sabemos, que el propio Turner se oponía a la idea. Nos lo dijo la hija. ¿No deduce us­ted nada de eso?
––Ya llegamos a las deducciones y las inferencias ––dijo Les­trade, guiñándome un ojo––. Holmes, ya me resulta bastante difícil bregar con los hechos, sin tener que volar persiguien­do teorías y fantasías.
––Tiene usted razón ––dijo Holmes con fingida humildad––. Le resulta a usted muy difícil bregar con los hechos.
––Pues al menos he captado un hecho que a usted parece costarle mucho aprehender ––replicó Lestrade, algo acalo­rado.
––¿Y cuál es?
––Que el señor McCarthy, padre, halló la muerte a manos del señor McCarthy, hijo, y que todas las teorías en contra no son más que puras pamplinas, cosa de lunáticos.
––Bueno, a la luz de la luna se ve más que en la niebla ––dijo Holmes, echándose a reír––. Pero, o mucho me equivoco o eso de la izquierda es la granja Hatherley.
––En efecto.
Era una construcción amplia, de aspecto confortable, de dos plantas, con tejado de pizarra y grandes manchas ama­rillas de liquen en sus muros grises. Sin embargo, las persia­nas bajadas y las chimeneas sin humo le daban un aspecto desolado, como si aún se sintiera en el edificio el peso de la tragedia. Llamamos a la puerta y la doncella, a petición de Holmes, nos enseñó las botas que su señor llevaba en el mo­mento de su muerte, y también un par de botas del hijo, aun­que no las que llevaba puestas entonces. Después de haber­las medido cuidadosamente por siete u ocho puntos diferen­tes, Holmes pidió que le condujeran al patio, desde donde todos seguimos el tortuoso sendero que llevaba al estanque de Boscombe.
Cuando seguía un rastro como aquél, Sherlock Holmes se transformaba. Los que sólo conocían al tranquilo pensador y lógico de Baker Street habrían tenido dificultades para re­conocerlo. Su rostro se acaloraba y se ensombrecía. Sus cejas se convertían en dos líneas negras y marcadas, bajo las cua­les relucían sus ojos con brillo de acero. Llevaba la cabeza in­clinada hacia abajo, los hombros encorvados, los labios apre­tados y las venas de su cuello largo y fibroso sobresalían como cuerdas de látigo. Los orificios de la nariz parecían di­latarse con un ansia de caza puramente animal, y su mente estaba tan concentrada en lo que tenía delante que toda pre­gunta o comentario caía en oídos sordos o, como máximo, provocaba un rápido e impaciente gruñido de respuesta. Fue avanzando rápida y silenciosamente a lo largo del camino que atravesaba los prados y luego conducía a través del bosque hasta el estanque de Boscombe. El terreno era húme­do y pantanoso, lo mismo que en todo el distrito, y se veían huellas de muchos pies, tanto en el sendero como sobre la hierba corta que lo bordeaba por ambos lados. A veces, Hol­mes apretaba el paso; otras veces, se paraba en seco; y en una ocasión dio un pequeño rodeo, metiéndose por el prado. Lestrade y yo caminábamos detrás de él: el policía, con aire indiferente y despectivo, mientras que yo observaba a mi amigo con un interés que nacía de la convicción de que todas y cada una de sus acciones tenían una finalidad concreta.
El estanque de Boscombe, que es una pequeña extensión de agua de unas cincuenta yardas de diámetro, bordeada de juncos, está situado en el límite entre los terrenos de la gran­ja Hatherley y el parque privado del opulento señor Turner. Por encima del bosque que se extendía al otro lado podía­mos ver los rojos y enhiestos pináculos que señalaban el emplazamiento de la residencia del rico terrateniente. En el lado del estanque correspondiente a Hatherley el bosque era muy espeso, y había un estrecho cinturón de hierba saturada de agua, de unos veinte pasos de anchura, entre el lindero del bosque y los juncos de la orilla. Lestrade nos indicó el sitio exacto donde se había encontrado el cadáver, y la verdad es que el suelo estaba tan húmedo que se podían apreciar con claridad las huellas dejadas por el cuerpo caído. A juzgar por su rostro ansioso y sus ojos inquisitivos, Holmes leía otras muchas cosas en la hierba pisoteada. Corrió de un lado a otro, como un perro de caza que sigue una pista, y luego se dirigió a nuestro acompañante.
––¿Para qué se metió usted en el estanque? ––preguntó. ––Estuve de pesca con un rastrillo. Pensé que tal vez podía encontrar un arma o algún otro indicio. Pero ¿cómo demo­nios...?
––Tch, tch. No tengo tiempo. Ese pie izquierdo suyo, torci­do hacia dentro, aparece por todas partes. Hasta un topo po­dría seguir sus pasos, y aquí se meten entre los juncos. ¡Ay, qué sencillo habría sido todo si yo hubiera estado aquí antes de que llegaran todos, como una manada de búfalos, chapo­teando por todas partes! Por aquí llegó el grupito del guar­dés, borrando todas las huellas en más de dos metros alrede­dor del cadáver. Pero aquí hay tres pistas distintas de los mismos pies ––sacó una lupa y se tendió sobre el impermea­ble para ver mejor, sin dejar de hablar, más para sí mismo que para nosotros––. Son los pies del joven McCarthy. Dos veces andando y una corriendo tan aprisa que las puntas es­tán marcadas y los tacones apenas se ven. Esto concuerda con su relato. Echó a correr al ver a su padre en el suelo. Y aquí tenemos las pisadas del padre cuando andaba de un lado a otro. ¿Y esto qué es? Ah, la culata de la escopeta del hijo, que se apoyaba en ella mientras escuchaba. ¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí? ¡Pasos de puntillas, pasos de puntillas! ¡Y, además, de unas botas bastante raras, de puntera cuadrada!
Vienen, van, vuelven a venir... por supuesto, a recoger el abrigo. Ahora bien, ¿de dónde venían?
Corrió de un lado a otro, perdiendo a veces la pista y vol­viéndola a encontrar, hasta que nos adentramos bastante en el bosque y llegamos a la sombra de una enorme haya, el ár­bol más grande de los alrededores. Holmes siguió la pista hasta detrás del árbol y se volvió a tumbar boca abajo, con un gritito de satisfacción. Se quedó allí durante un buen rato, levantando las hojas y las ramitas secas, recogiendo en un sobre algo que a mí me pareció polvo y examinando con la lupa no sólo el suelo sino también la corteza del árbol has­ta donde pudo alcanzar. Tirada entre el musgo había una piedra de forma irregular, que también examinó atentamen­te, guardándosela luego. A continuación siguió un sendero que atravesaba el bosque hasta salir a la carretera, donde se perdían todas las huellas.
––Ha sido un caso sumamente interesante ––comentó, vol­viendo a su forma de ser habitual––. Imagino que esa casa gris de la derecha debe ser el pabellón del guarda. Creo que voy a entrar a cambiar unas palabras con Moran, y tal vez es­cribir una notita. Una vez hecho eso, podemos volver para comer. Ustedes pueden ir andando hasta el coche, que yo me reuniré con ustedes en seguida.
Tardamos unos diez minutos en llegar hasta el coche y emprender el regreso a Ross. Holmes seguía llevando la pie­dra que había recogido en el bosque.
––Puede que esto le interese, Lestrade ––comentó, enseñán­dosela––. Con esto se cometió el asesinato.
––No veo ninguna señal.
––No las hay.
––Y entonces, ¿cómo lo sabe?
––Debajo de ella, la hierba estaba crecida. Sólo llevaba unos días tirada allí. No se veía que hubiera sido arrancada de ningún sitio próximo. Su forma corresponde a las heri­das. No hay rastro de ninguna otra arma.
––¿Y el asesino?
––Es un hombre alto, zurdo, que cojea un poco de la pier­na derecha, lleva botas de caza con suela gruesa y un capote gris, fuma cigarros indios con boquilla y lleva una navaja mellada en el bolsillo. Hay otros varios indicios, pero éstos deberían ser suficientes para avanzar en nuestra investiga­ción.
Lestrade se echó a reír.
––Me temo que continúo siendo escéptico ––dijo––. Las teo­rías están muy bien, pero nosotros tendremos que vérnoslas con un tozudo jurado británico.
––Nous verrons ––respondió Holmes muy tranquilo––. Usted siga su método, que yo seguiré el mío. Estaré ocupado esta tarde y probablemente regresaré a Londres en el tren de la noche.
––¿Dejando el caso sin terminar?
––No, terminado.
––¿Pero el misterio...?
––Está resuelto.
––¿Quién es, pues, el asesino?
––El caballero que le he descrito.
––Pero ¿quién es?
––No creo que resulte tan difícil averiguarlo. Esta zona no es tan populosa.
Lestrade se encogió de hombros.
––Soy un hombre práctico ––dijo––, y la verdad es que no puedo ponerme a recorrer los campos en busca de un caba­llero zurdo con una pata coja. Sería el hazmerreír de Sco­tland Yard.
––Muy bien ––dijo Holmes, tranquilamente––. Ya le he dado su oportunidad. Aquí están sus aposentos. Adiós. Le dejaré una nota antes de marcharme.
Tras dejar a Lestrade en sus habitaciones, regresamos a nuestro hotel, donde encontramos la comida ya servida. Holmes estuvo callado y sumido en reflexiones, con una ex­presión de pesar en el rostro, como quien se encuentra en una situación desconcertante.
––Vamos a ver, Watson ––dijo cuando retiraron los platos––. Siéntese aquí, en esta silla, y deje que le predique un poco. No sé qué hacer y agradecería sus consejos. Encienda un ci­garro y deje que me explique.
––Hágalo, por favor.
––Pues bien, al estudiar este caso hubo dos detalles de la declaración del joven McCarthy que nos llamaron la aten­ción al instante, aunque a mí me predispusieron a favor y a usted en contra del joven. Uno, el hecho de que el padre, se­gún la declaración, lanzara el grito de cuü antes de ver a su hijo. El otro, la extraña mención de una rata por parte del moribundo. Dése cuenta de que murmuró varias palabras, pero esto fue lo único que captaron los oídos del hijo. Ahora bien, nuestra investigación debe partir de estos dos puntos, y comenzaremos por suponer que lo que declaró el mucha­cho es la pura verdad.
––¿Y qué sacamos del cuii?
––Bueno, evidentemente, no era para llamar al hijo, porque él creía que su hijo estaba en Bristol. Fue pura casualidad que se encontrara por allí cerca. El cuü pretendía llamar la aten­ción de la persona con la que se había citado, quienquiera que fuera. Pero ese cuíi es un grito típico australiano, que se usa entre australianos. Hay buenas razones para suponer que la persona con la que McCarthy esperaba encontrarse en el estanque de Boscombe había vivido en Australia.
––¿Y qué hay de la rata?
Sherlock Holmes sacó del bolsillo un papel doblado y lo desplegó sobre la mesa.
––Aquí tenemos un mapa de la colonia de Victoria ––dijo––. Anoche telegrafié a Bristol pidiéndolo.
Puso la mano sobre una parte del mapa y preguntó:
––¿Qué lee usted aquí?
––ARAT ––leí.
––¿Y ahora? ––levantó la mano.
––BALLARAT.
––Exacto. Eso es lo que dijo el moribundo, pero su hijo sólo entendió las dos últimas sílabas: a rat, una rata. Estaba intentando decir el nombre de su asesino. Fulano de Tal, de Ballarat.
––¡Asombroso! ––exclamé.
––Evidente. Con eso, como ve, quedaba considerablemen­te reducido el campo. La posesión de una prenda gris era un tercer punto seguro, siempre suponiendo que la declaración del hijo fuera cierta. Ya hemos pasado de la pura incerti­dumbre a la idea concreta de un australiano de Ballarat con un capote gris.
––Desde luego.
––Y que, además, andaba por la zona como por su casa, porque al estanque sólo se puede llegar a través de la granja o de la finca, por donde no es fácil que pase gente extraña.
––Muy cierto.
––Pasemos ahora a nuestra expedición de hoy. El examen del terreno me reveló los insignificantes detalles que ofrecí a ese imbécil de Lestrade acerca de la persona del asesino.
––¿Pero cómo averiguó todo aquello?
––Ya conoce usted mi método. Se basa en la observación de minucias.
––Ya sé que es capaz de calcular la estatura aproximada por la longitud de los pasos. Y lo de las botas también se podría deducir de las pisadas.
––Sí, eran botas poco corrientes.
––Pero ¿lo de la cojera?
––La huella de su pie derecho estaba siempre menos mar­cada que la del izquierdo. Cargaba menos peso sobre él. ¿Por qué? Porque renqueaba... era cojo.
––¿Y cómo sabe que es zurdo?
––A usted mismo le llamó la atención la índole de la heri­da, tal como la describió el forense en la investigación. El golpe se asestó de cerca y por detrás, y sin embargo estaba en el lado izquierdo. ¿Cómo puede explicarse esto, a menos que lo asestara un zurdo? Había permanecido detrás del ár­bol durante la conversación entre el padre y el hijo. Hasta se fumó un cigarro allí. Encontré la ceniza de un cigarro, que mis amplios conocimientos sobre cenizas de tabaco me per­mitieron identificar como un cigarro indio. Como usted sabe, he dedicado cierta atención al tema, y he escrito una pequeña monografía sobre las cenizas de ciento cuarenta variedades diferentes de tabaco de pipa, cigarros y cigarri­llos. En cuanto encontré la ceniza, eché un vistazo por los al­rededores y descubrí la colilla entre el musgo, donde la ha­bían tirado. Era un cigarro indio de los que se lían en Rotterdam.
––¿Y la boquilla?
––Se notaba que el extremo no había estado en la boca. Por lo tanto, había usado boquilla. La punta estaba cortada, no arrancada de un mordisco, pero el corte no era limpio, de lo que deduje la existencia de una navaja mellada.
––Holmes ––dije––, ha tendido usted una red en torno a ese hombre, de la que no podrá escapar, y ha salvado usted una vida inocente, tan seguro como si hubiera cortado la cuerda que le ahorcaba. Ya veo en qué dirección apunta todo esto. El culpable es...
––¡El señor John Turner! ––exclamó el camarero del hotel, abriendo la puerta de nuestra sala de estar y haciendo pasar a un visitante.
El hombre que entró presentaba una figura extraña e im­presionante. Su paso lento y renqueante y sus hombros car­gados le daban aspecto de decrepitud, pero sus facciones du­ras, marcadas y arrugadas, así como sus enormes miembros, indicaban que poseía una extraordinaria energía de cuerpo y carácter. Su barba enmarañada, su cabellera gris y sus ce­jas prominentes y lacias contribuían a dar a su apariencia un aire de dignidad y poderío, pero su rostro era blanco ceniciento, y sus labios y las esquinas de los orificios nasales pre­sentaban un tono azulado. Con sólo mirarlo, pude darme cuenta de que era presa de alguna enfermedad crónica y mortal.
––Por favor, siéntese en el sofá ––dijo Holmes educadamen­te––. ¿Recibió usted mi nota?
––Sí, el guarda me la trajo. Decía usted que quería verme aquí para evitar el escándalo.
––Me pareció que si yo iba a su residencia podría dar que hablar.
––¿Y por qué quería usted verme? ––miró fijamente a mi compañero, con la desesperación pintada en sus cansados ojos, como si su pregunta ya estuviera contestada.
––Sí, eso es ––dijo Holmes, respondiendo más a la mirada que a las palabras––. Sé todo lo referente a McCarthy.
El anciano se hundió la cara entre las manos.
––¡Que Dios se apiade de mí! ––exclamó––. Pero yo no habría permitido que le ocurriese ningún daño al muchacho. Le doy mi palabra de que habría confesado si las cosas se le hu­bieran puesto feas en el juicio.
––Me alegra oírle decir eso ––dijo Holmes muy serio.
––Ya habría confesado de no ser por mi hija. Esto le rompe­ría el corazón... y se lo romperá cuando se entere de que me han detenido.
––Puede que no se llegue a eso ––dijo Holmes.
––¿Cómo dice?
––Yo no soy un agente de la policía. Tengo entendido que fue su hija la que solicitó mi presencia aquí, y actúo en nom­bre suyo. No obstante, el joven McCarthy debe quedar libre.
––Soy un moribundo ––dijo el viejo Turner––. Hace años que padezco diabetes. Mi médico dice que podría no durar ni un mes. Pero preferiría morir bajo mi propio techo, y no en la cárcel.
Holmes se levantó y se sentó a la mesa con la pluma en la mano y un legajo de papeles delante.
––Limítese a contarnos la verdad ––dijo––. Yo tomaré nota de los hechos. Usted lo firmará y Watson puede servir de tes­tigo. Así podré, en último extremo, presentar su confesión para salvar al joven McCarthy. Le prometo que no la utiliza­ré a menos que sea absolutamente necesario.
––Perfectamente ––dijo el anciano––. Es muy dudoso que yo viva hasta el juicio, así que me importa bien poco, pero qui­siera evitarle a Alice ese golpe. Y ahora, le voy a explicar todo el asunto. La acción abarca mucho tiempo, pero tardaré muy poco en contarlo.
»Usted no conocía al muerto, a ese McCarthy. Era el dia­blo en forma humana. Se lo aseguro. Que Dios le libre de caer en las garras de un hombre así. Me ha tenido en sus ma­nos durante estos veinte años, y ha arruinado mi vida. Pero primero le explicaré cómo caí en su poder.
»A principios de los sesenta, yo estaba en las minas. Era entonces un muchacho impulsivo y temerario, dispuesto a cualquier cosa; me enredé con malas compañías, me aficio­né a la bebida, no tuve suerte con mi mina, me eché al monte y, en una palabra, me convertí en lo que aquí llaman un sal­teador de caminos. Éramos seis, y llevábamos una vida de lo más salvaje, robando de vez en cuando algún rancho, o asal­tando las carretas que se dirigían a las excavaciones. Me ha­cía llamar Black Jack de Ballarat, y aún se acuerdan en la co­lonia de nuestra cuadrilla, la Banda de Ballarat.
»Un día partió un cargamento de oro de Ballarat a Mel­bourne, y nosotros lo emboscamos y lo asaltamos. Había seis soldados de escolta contra nosotros seis, de manera que la cosa estaba igualada, pero a la primera descarga vaciamos cuatro monturas. Aun así, tres de los nuestros murieron an­tes de que nos apoderáramos del botín. Apunté con mi pis­tola a la cabeza del conductor del carro, que era el mismísi­mo McCarthy. Ojalá le hubiese matado entonces, pero le perdoné aunque vi sus malvados ojillos clavados en mi ros­tro, como si intentara retener todos mis rasgos. Nos largamos con el oro, nos convertimos en hombres ricos, y nos vi­nimos a Inglaterra sin despertar sospechas. Aquí me despe­dí de mis antiguos compañeros, decidido a establecerme y llevar una vida tranquila y respetable. Compré esta finca, que casualmente estaba a la venta, y me propuse hacer algún bien con mi dinero, para compensar el modo en que lo había adquirido. Me casé, y aunque mi esposa murió joven, me dejó a mi querida Alice. Aunque no era más que un bebé, su minúscula manita parecía guiarme por el buen camino como no lo había hecho nadie. En una palabra, pasé una pá­gina de mi vida y me esforcé por reparar el pasado. Todo iba bien, hasta que McCarthy me echó las zarpas encima.
»Había ido a Londres para tratar de una inversión, y me lo encontré en Regent Street, prácticamente sin nada que po­nerse encima.
»––Aquí estamos, Jack ––me dijo, tocándome el brazo––. Va­mos a ser como una familia para ti. Somos dos, mi hijo y yo, y tendrás que ocuparte de nosotros. Si no lo haces... bueno... Inglaterra es un gran país, respetuoso de la ley, y siempre hay un policía al alcance de la voz.
»Así que se vinieron al oeste, sin que hubiera forma de quitármelos de encima, y aquí han vivido desde entonces, en mis mejores tierras, sin pagar renta. Ya no hubo para mí re­poso, paz ni posibilidad de olvidar; allá donde me volviera, veía a mi lado su cara astuta y sonriente. Y la cosa empeoró al crecer Alice, porque él en seguida se dio cuenta de que yo tenía más miedo a que ella se enterara de mi pasado que de que lo supiera la policía. Me pedía todo lo que se le antojaba, y yo se lo daba todo sin discutir: tierra, dinero, casas, hasta que por fin me pidió algo que yo no le podía dar: me pidió a Alice.
»Resulta que su hijo se había hecho mayor, igual que mi hija, y como era bien sabido que yo no andaba bien de salud, se le ocurrió la gran idea de que su hijo se quedara con todas mis propiedades. Pero aquí me planté. No estaba dispuesto a que su maldita estirpe se mezclara con la mía. No es que me disgustara el muchacho, pero llevaba la sangre de su pa­dre y con eso me bastaba. Me mantuve firme. McCarthy me amenazó. Yo le desafié a que hiciera lo peor que se le ocurrie­ra. Quedamos citados en el estanque, a mitad de camino de nuestras dos casas, para hablar del asunto.
»Cuando llegué allí, lo encontré hablando con su hijo, de modo que encendí un cigarro y esperé detrás de un árbol a que se quedara solo. Pero, según le oía hablar, iba saliendo a flote todo el odio y el rencor que yo llevaba dentro. Estaba instando a su hijo a que se casara con mi hija, con tan poca consideración por lo que ella pudiera opinar como si se tra­tara de una buscona de la calle. Me volvía loco al pensar que yo y todo lo que yo más quería estábamos en poder de un hombre semejante. ¿No había forma de romper las ataduras? Me quedaba poco de vida y estaba desesperado. Aunque conservaba las facultades mentales y la fuerza de mis miem­bros, sabía que mi destino estaba sellado. Pero ¿qué recuer­do dejaría y qué sería de mi hija? Las dos cosas podían sal­varse si conseguía hacer callar aquella maldita lengua. Lo hice, señor Holmes, y volvería a hacerlo. Aunque mis peca­dos han sido muy graves, he vivido un martirio para purgar­los. Pero que mi hija cayera en las mismas redes que a mí me esclavizaron era más de lo que podía soportar. No sentí más remordimientos al golpearlo que si se hubiera tratado de una alimaña repugnante y venenosa. Sus gritos hicieron vol­ver al hijo, pero yo ya me había refugiado en el bosque, aun­que tuve que regresar a por el capote que había dejado caer al huir. Ésta es, caballeros, la verdad de todo lo que ocurrió.
––Bien, no me corresponde a mí juzgarle ––dijo Holmes, mientras el anciano firmaba la declaración escrita que aca­baba de realizar––. Y ruego a Dios que nunca nos veamos ex­puestos a semejante tentación.
––Espero que no, señor. ¿Y qué se propone usted hacer ahora?
––En vista de su estado de salud, nada. Usted mismo se da cuenta de que pronto tendrá que responder de sus acciones ante un tribunal mucho más alto que el de lo penal. Conser­varé su confesión y, si McCarthy resulta condenado, me veré obligado a utilizarla. De no ser así, jamás la verán ojos hu­manos; y su secreto, tanto si vive usted como si muere, estará a salvo con nosotros.
––Adiós, pues ––dijo el anciano solemnemente––. Cuando les llegue la hora, su lecho de muerte se les hará más llevade­ro al pensar en la paz que han aportado al mío ––y salió de la habitación tambaleándose, con toda su gigantesca figura sa­cudida por temblores.
––¡Que Dios nos asista! ––exclamó Sherlock Holmes des­pués de un largo silencio––. ¿Por qué el Destino les gasta tales jugarretas a los pobres gusanos indefensos? Siempre que me encuentro con un caso así, no puedo evitar acordarme de las palabras de Baxter y decir: «Allá va Sherlock Holmes, por la gracia de Dios».
James McCarthy resultó absuelto en el juicio, gracias a una serie de alegaciones que Holmes preparó y sugirió al abogado defensor. El viejo Turner aún vivió siete meses des­pués de nuestra entrevista, pero ya falleció; y todo parece in­dicar que el hijo y la hija vivirán felices y juntos, ignorantes del negro nubarrón que envuelve su pasado.

5. Las cinco semillas de naranja

Cuando repaso mis notas y apuntes de los casos de Sher­lock Holmes entre los años 1882 y 1890, son tantos los que presentan aspectos extraños e interesantes que no resulta fá­cil decidir cuáles escoger y cuáles descartar. No obstante, al­gunos de ellos ya han recibido publicidad en la prensa y otros no ofrecían campo para las peculiares facultades que mi amigo poseía en tan alto grado, y que estos escritos tie­nen por objeto ilustrar. Hay también algunos que escaparon a su capacidad analítica y que, como narraciones, serían principios sin final; y otros sólo quedaron resueltos en parte, y su explicación se basa más en conjeturas y suposiciones que en la evidencia lógica absoluta a la que era tan aficiona­do. Sin embargo, hay uno de estos últimos tan notable en sus detalles y tan sorprendente en sus resultados que me siento tentado de hacer una breve exposición del mismo, a pesar de que algunos de sus detalles nunca han estado muy claros y, probablemente, nunca lo estarán.
El año 87 nos proporcionó una larga serie de casos de ma­yor o menor interés, de los cuales conservo notas. Entre los archivados en estos doce meses, he encontrado una crónica de la aventura de la Sala Paradol, de la Sociedad de Mendigos Aficionados, que mantenía un club de lujo en la bóveda subterránea de un almacén de muebles; los hechos relacio­nados con la desaparición del velero británico Sophy Ander­son; la curiosa aventura de la familia Grice Patersons en la isla de Uffa; y, por último, el caso del envenenamiento de Camberwell. Como se recordará, en este último caso Sher­lock Holmes consiguió, dando toda la cuerda al reloj del muerto, demostrar que le habían dado cuerda dos horas an­tes y que, por lo tanto, el difunto se había ido a la cama du­rante ese intervalo... una deducción que resultó fundamen­tal para resolver el caso. Es posible que en el futuro acabe de dar forma a todos estos, pero ninguno de ellos presenta ca­racterísticas tan sorprendentes como el extraño encadena­miento de circunstancias que me propongo describir a con­tinuación.
Nos encontrábamos en los últimos días de septiembre, y las tormentas equinocciales se nos habían echado encima con excepcional violencia. Durante todo el día, el viento ha­bía aullado y la lluvia había azotado las ventanas, de manera que hasta en el corazón del inmenso y artificial Londres nos veíamos obligados a elevar nuestros pensamientos, desvián­dolos por un instante de las rutinas de la vida, y aceptar la presencia de las grandes fuerzas elementales que rugen al género humano por entre los barrotes de su civilización, como fieras enjauladas. Según avanzaba la tarde, la tormen­ta se iba haciendo más ruidosa, y el viento aullaba y gemía en la chimenea como un niño. Sherlock Holmes estaba sentado melancólicamente a un lado de la chimenea, repasando sus archivos criminales, mientras yo me sentaba al otro lado, en­frascado en uno de los hermosos relatos marineros de Clark Russell, hasta que el fragor de la tormenta de fuera pareció fundirse con el texto, y el salpicar de la lluvia se transformó en el batir de las olas. Mi esposa había ido a visitar a una tía suya, y yo volvía a hospedarme durante unos días en mis an­tiguos aposentos de Baker Street.
––Caramba ––dije, levantando la mirada hacia mi compa­ñero––. ¿Eso ha sido el timbre de la puerta? ¿Quién podrá ve­nir a estas horas? ¿Algún amigo suyo?
––Exceptuándole a usted, no tengo ninguno ––respondió––. No soy aficionado a recibir visitas.
––¿Un cliente, entonces?
––Si lo es, se trata de un caso grave. Nadie saldría en un día como éste y a estas horas por algo sin importancia. Pero me parece más probable que se trate de una amiga de la casera.
Sin embargo, Sherlock Holmes se equivocaba en esta con­jetura, porque se oyeron pasos en el pasillo y unos golpes en la puerta. Holmes estiró su largo brazo para apartar de su lado la lámpara y acercarla a la silla vacía en la que se senta­ría el recién llegado.
––Adelante ––dijo.
El hombre que entró era joven, de unos veintidós años a juzgar por su fachada, bien arreglado y elegantemente ves­tido, con cierto aire de refinamiento y delicadeza. El cho­rreante paraguas que sostenía en la mano y su largo y relu­ciente impermeable hablaban bien a las claras de la furia temporal que había tenido que afrontar. Miró ansiosamen­te a su alrededor a la luz de la lámpara, y pude observar su rostro pálido y sus ojos abatidos, como los de quien se sien­te abrumado por una gran inquietud.
––Le debo una disculpa ––dijo, alzándose hasta los ojos sus gafas––. Espero no interrumpir. Me temo que he traído algu­nos rastros de la tormenta y la lluvia a su acogedora habita­ción.
––Déme su impermeable y su paraguas ––dijo Holmes––. Pueden quedarse aquí en el perchero hasta que se sequen. Veo que viene usted del suroeste.
––Sí, de Horsham.
––Esa mezcla de arcilla y yeso que veo en sus punteras es de lo más característico.
––He venido en busca de consejo.
––Eso se consigue fácilmente.
––Y de ayuda.
––Eso no siempre es tan fácil.
––He oído hablar de usted, señor Holmes. El mayor Pren­dergast me contó cómo le salvó usted en el escándalo del club Tankerville.
––¡Ah, sí! Se le acusó injustamente de hacer trampas con las cartas.
––Me dijo que usted es capaz de resolver cualquier proble­ma.
––Eso es decir demasiado.
––Que jamás le han vencido.
––Me han vencido cuatro veces: tres hombres y una mujer.
––¿Pero qué es eso en comparación con el número de sus éxitos?
––Es cierto que por lo general he sido afortunado.
––Entonces, lo mismo puede suceder en mi caso.
––Le ruego que acerque su silla al fuego y me adelante algu­nos detalles del mismo.
––No se trata de un caso corriente.
––Ninguno de los que me llegan lo es. Soy como el último tribunal de apelación.
––Aun así, me permito dudar, señor, de que en todo el cur­so de su experiencia haya oído una cadena de sucesos más misteriosa e inexplicable que la que se ha forjado en mi fa­milia.
––Me llena usted de interés ––dijo Holmes––. Le ruego que nos comunique para empezarlos hechos principales y luego ya le preguntaré acerca de los detalles que me parezcan más importantes.
El joven arrimó la silla y estiró los empapados pies hacia el fuego.
––Me llamo John Openshaw ––dijo––, pero por lo que yo puedo entender, mis propios asuntos tienen poco que ver con este terrible enredo. Se trata de una cuestión hereditaria, así que, para que se haga usted una idea de los hechos, tengo que remontarme al principio de la historia.
»Debe usted saber que mi abuelo tuvo dos hijos: mi tío Elías y mi padre Joseph. Mi padre tenía una pequeña indus­tria en Coventry, que amplió cuando se inventó la bicicleta. Patentó la llanta irrompible Openshaw, y su negocio tuvo tanto éxito que pudo venderlo y retirarse con una posición francamente saneada.
»Mi tío Elías emigró a América siendo joven, y se esta­bleció como plantador en Florida, donde parece que le fue muy bien. Durante la guerra sirvió con las tropas de Jack­son, y más tarde con las de Hood, donde alcanzó el grado de coronel. Cuando Lee depuso las armas, mi tío regresó a su plantación, donde permaneció tres o cuatro años. Hacia mil ochocientos sesenta y nueve o mil ochocientos setenta, regresó a Europa y adquirió una pequeña propiedad en Sussex, cerca de Horsham. Había amasado una considera­ble fortuna en los Estados Unidos, y si se marchó de allí fue por su aversión a los negros y su disgusto por la política re­publicana de concederles la emancipación y el voto. Era un hombre muy particular, violento e irritable, muy malha­blado cuando se enfurecía, y de carácter muy reservado. Durante todos los años que vivió en Horsham, no creo que jamás viniera a la ciudad. Tenía un huerto y dos o tres cam­pos alrededor de su casa, y allí solía hacer ejercicio, aunque muchas veces no salía de su habitación en semanas enteras. Bebía mucho brandy y fumaba sin parar, pero no se trataba con nadie y no quería amigos; ni siquiera quería ver a su hermano.
»No le importaba verme a mí, y de hecho llegó a cogerme gusto, porque la primera vez que me vio era un chaval de doce años. Esto debió ser hacia mil ochocientos setenta y ocho, cuando ya llevaba ocho o nueve años en Inglaterra. Le pidió a mi padre que me permitiera ir a vivir con él, y se por­tó muy bien conmigo, a su manera. Cuando estaba sobrio, le gustaba jugar al backgammon y a las damas, y me nombró representante suyo ante la servidumbre y los proveedores, de manera que para cuando cumplí dieciséis años yo ya era el amo de la casa. Controlaba todas las llaves y podía ir don­de quisiera y hacer lo que me diera la gana, siempre que no invadiera su intimidad. Había, sin embargo, una curiosa ex­cepción, porque tenía un cuartito, una especie de trastero en el ático, que siempre estaba cerrado y en el que no permitía que entrara yo ni ningún otro. Con la curiosidad propia de los chicos, yo había mirado más de una vez por la cerradura, pero nunca pude ver nada, aparte de la obligada colección de baúles y bultos viejos que es de esperar en una habita­ción así.
»Un día... esto fue en marzo de mil ochocientos ochenta y tres... depositaron una carta con sello extranjero sobre la mesa del coronel. Era muy raro que recibiera cartas, porque todas sus facturas las pagaba al contado y no tenía amigos de ninguna clase. "¡De la India! ––dijo al cogerla––. ¡Matasellos de Pondicherry! ¿Qué puede ser esto?" La abrió apresurada­mente y del sobre cayeron cinco semillas de naranja secas, que tintinearon sobre la bandeja. Casi me eché a reír, pero la risa se me borró de los labios al ver la cara de mi tío. Tenía la boca abierta, los ojos saltones, la piel del color de la cera, y miraba fijamente el sobre que aún sostenía en su mano tem­blorosa. "K. K. K.", gimió, añadiendo luego: "¡Dios mío, Dios mío, mis pecados me han alcanzado al fin!"
»––¿Qué es eso, tío? ––exclamé.
»––¡La muerte! ––dijo él, y levantándose de la mesa se retiró a su habitación, dejándome estremecido de horror. Recogí el sobre y vi, garabateada en tinta roja sobre la solapa interior, encima mismo del engomado, la letra K repetida tres veces. No había nada más, a excepción de las cinco semillas secas. ¿Cuál podía ser la razón de su incontenible espanto? Dejé la mesa del desayuno y, al subir las escaleras, me lo encontré bajando con una llave vieja y oxidada, que debía ser la del ático, en una mano, y una cajita de latón, como de caudales, en la otra.
»––¡Pueden hacer lo que quieran, que aún los ganaré por la mano! ––dijo con un juramento––. Dile a Mary que encienda hoy la chimenea de mi habitación y haz llamar a Fordham, el abogado de Horsham.
»Hice lo que me ordenaba, y cuando llegó el abogado me pidieron que subiera a la habitación. El fuego ardía viva­mente, y en la rejilla había una masa de cenizas negras y al­godonosas, como de papel quemado; a un lado, abierta y va­cía, estaba tirada la caja de latón. Al mirar la caja, advertí con sobresalto que en la tapa estaba grabada la triple K que ha­bía leído en el sobre por la mañana.
»––Quiero, John, que seas testigo de mi testamento ––dijo mi tío––. Dejo mi propiedad, con todas sus ventajas e incon­venientes, a mi hermano, tu padre, de quien, sin duda, la he­redarás tú. Si puedes disfrutarla en paz, mejor para ti. Si ves que no puedes, sigue mi consejo, hijo mío, y déjasela a tu peor enemigo. Lamento dejaros un arma de dos filos como ésta, pero no sé qué giro tomarán los acontecimientos. Haz el favor de firmar el documento donde el señor Fordham te indique.
»Firmé el papel como se me indicó, y el abogado se lo lle­vó. Como puede usted suponer, este curioso incidente me causó una profunda impresión, y no hacía más que darle vueltas en la cabeza, sin conseguir sacar nada en limpio. No conseguía librarme de una vaga sensación de miedo que dejó a su paso, aunque la sensación se fue debilitando con el paso de las semanas, y no sucedió nada que perturbara la ru­tina habitual de nuestras vidas. Sin embargo, pude observar un cambio en mi tío. Bebía más que nunca y estaba más in­sociable que de costumbre. Pasaba la mayor parte del tiem­po en su habitación, con la puerta cerrada por dentro, pero a veces salía en una especie de frenesí alcohólico, y se lanzaba fuera de la casa para recorrer el jardín con un revólver en la mano, gritando que él no tenía miedo a nadie y que no se de­jaría acorralar, como oveja en el redil, ni por hombres ni por diablos, Sin embargo, cuando se le pasaban los ataques, co­rría precipitadamente a la puerta, cerrándola y atrancándo­la, como quien ya no puede hacer frente a un terror que sur­ge de las raíces mismas de su alma. En tales ocasiones he visto su rostro, incluso en días fríos, tan cubierto de sudor como si acabara de sacarlo del agua.
»Pues bien, para acabar con esto, señor Holmes, y no abu­sar de su paciencia, llegó una noche en la que hizo una de aquellas salidas de borracho y no regresó. Cuando salimos a buscarlo, lo encontramos tendido boca abajo en un peque­ño estanque cubierto de espuma verde que hay al extremo del jardín. No presentaba señales de violencia, y el agua sólo tenía dos palmos de profundidad, de manera que el jurado, teniendo en cuenta su fama de excéntrico, emitió un vere­dicto de suicidio. Pero yo, que sabía cómo se rebelaba ante el mero pensamiento de la muerte, tuve muchas dificultades para convencerme de que había salido deliberadamente a buscarla. No obstante, el asunto quedó definitivamente zan­jado, y mi padre entró en posesión de la finca y de unas ca­torce mil libras que mi tío tenía en el banco.
––Un momento ––le interrumpió Holmes––. Ya puedo anti­cipar que su declaración va a ser una de las más notables que jamás he escuchado. Déjeme anotar la fecha en que su tío re­cibió la carta y la fecha de su supuesto suicidio.
––La carta llegó el diez de marzo de mil ochocientos ochenta y tres. La muerte ocurrió siete semanas después, la noche del dos de mayo.
––Gracias. Continúe, por favor.
––Cuando mi padre se hizo cargo de la finca de Horsham, por indicación mía, llevó a cabo una minuciosa inspección del ático que siempre había permanecido cerrado. Encontra­mos allí la caja de latón, aunque su contenido había sido des­truido. En el interior de la tapa había una etiqueta de papel, con las iniciales K. K. K., repetidas una vez más, y las palabras «Cartas, informes, recibos y registro» escritas debajo. Supo­nemos que esto indicaba la naturaleza de los papeles que ha­bía destruido el coronel Openshaw. Por lo demás, no había en el ático nada de mayor importancia, aparte de muchísimos papeles revueltos y cuadernos con anotaciones de la vida de mi tío en América. Algunos eran de la época de la guerra, y demostraban que había cumplido bien con su deber, y que había ganado fama de soldado valeroso. Otros llevaban fecha del período de reconstrucción de los estados del sur, y trata­ban principalmente de política, resultando evidente que ha­bía participado de manera destacada en la oposición a los políticos especuladores que habían llegado del norte.
»Pues bien, a principios del ochenta y cuatro mi padre se trasladó a vivir a Horsham, y todo fue muy bien hasta enero del ochenta y cinco. Cuatro días después de Año Nuevo, oí a mi padre lanzar un fuerte grito de sorpresa cuando nos dis­poníamos a desayunar. Allí estaba sentado, con un sobre re­cién abierto en una mano y cinco semillas de naranja secas en la palma extendida de la otra. Siempre se había reído de lo que él llamaba mi disparatada historia sobre el coronel, pero ahora que a él le sucedía lo mismo se le veía muy asusta­do y desconcertado.
»––Caramba, ¿qué demonios quiere decir esto, John? ––tar­tamudeó.
»A mí se me había vuelto de plomo el corazón.
»––¡Es el K. K. K.! ––dije.
»Mi padre miró el interior del sobre.
»––¡Eso mismo! ––exclamó––. Aquí están las letras. Pero ¿qué es lo que hay escrito encima?
»––«Deja los papeles en el reloj de sol» ––leí, mirando por encima de su hombro.
»––¿Qué papeles? ¿Qué reloj de sol?
»—El reloj de sol del jardín. No hay otro ––dije yo––. Pero los papeles deben ser los que el tío destruyó.
»––¡Bah! ––dijo él, echando mano a todo su valor––. Aquí es­tamos en un país civilizado, y no aceptamos esta clase de es­tupideces. ¿De dónde viene este sobre?
»––De Dundee ––respondí, mirando el matasellos.
»––Una broma de mal gusto ––dijo él––. ¿Qué tengo yo que ver con relojes de sol y papeles? No pienso hacer caso de esta tontería.
»––Yo, desde luego, hablaría con la policía ––dije.
»––Para que se rían de mí por haberme asustado. De eso, nada.
»––Pues deja que lo haga yo.
»––No, te lo prohilfo. No pienso armar un alboroto por se­mejante idiotez.
»De nada me valió discutir con él, pues siempre fue muy obstinado. Sin embargo, a mí se me llenó el corazón de ma­los presagios.
»El tercer día después de la llegada de la carta, mi padre se marchó de casa para visitar a un viejo amigo suyo, el mayor Freebody, que está al mando de uno de los cuarteles de Portsdown Hill. Me alegré de que se fuera, porque me pare­cía que cuanto más se alejara de la casa, más se alejaría del peligro. Pero en esto me equivoqué. Al segundo día de su au­sencia, recibí un telegrama del mayor, rogándome que acu­diera cuanto antes. Mi padre había caído en uno de los pro­fundos pozos de cal que abundan en la zona, y se encontraba en coma, con el cráneo roto. Acudí a toda prisa, pero expiró sin recuperar el conocimiento. Según parece, regresaba de Fareham al atardecer, y como no conocía la región y el pozo estaba sin vallar, el jurado no vaciló en emitir un veredicto de «muerte por causas accidentales». Por muy cuidadosa­mente que examiné todos los hechos relacionados con su muerte, fui incapaz de encontrar nada que sugiriera la idea de asesinato. No había señales de violencia, ni huellas de pi­sadas, ni robo, ni se habían visto desconocidos por los cami­nos. Y sin embargo, no necesito decirles que no me quedé tranquilo, ni mucho menos, y que estaba casi convencido de que había sido víctima de algún siniestro complot.
»De esta manera tan macabra entré en posesión de mi he­rencia. Se preguntará usted por qué no me deshice de ella. La respuesta es que estaba convencido de que nuestros apuros se derivaban de algún episodio de la vida de mi tío, y que el peligro sería tan apremiante en una casa como en otra.
»Mi pobre padre halló su fin en enero del ochenta y cinco, y desde entonces han transcurrido dos años y ocho meses. Durante este tiempo, he vivido feliz en Horsham y había co­menzado a albergar esperanzas de que la maldición se hu­biera alejado de la familia, habiéndose extinguido con la an­terior generación. Sin embargo, había empezado a sentirme tranquilo demasiado pronto. Ayer por la mañana cayó el golpe, exactamente de la misma forma en que cayó sobre mi padre.
El joven sacó de su chaleco un sobre arrugado y, volcán­dolo sobre la mesa, dejó caer cinco pequeñas semillas de na­ranja secas.
––Éste es el sobre ––prosiguió––. El matasellos es de Londres, sector Este. Dentro están las mismas palabras que aparecían en el mensaje que recibió mi padre: «K. K. K.», y luego «Deja los papeles en el reloj de sol».
––¿Y qué ha hecho usted? ––preguntó Holmes.
––Nada.
––¿Nada?
––A decir verdad ––hundió la cabeza entre sus blancas y del­gadas manos––, me sentí indefenso. Me sentí como uno de esos pobres conejos cuando la serpiente avanza reptando ha­cia él. Me parece estar en las garras de algún mal irresistible e inexorable, del que ninguna precaución puede salvarme.
––Tch, tch ––exclamó Sherlock Holmes––. Tiene usted que actuar, hombre, o está perdido. Sólo la energía le puede sal­var. No es momento para entregarse a la desesperación.
––He acudido a la policía.
––¿Ah, sí?
––Pero escucharon mi relato con una sonrisa. Estoy con­vencido de que el inspector ha llegado a la conclusión de que lo de las cartas es una broma, y que las muertes de mis pa­rientes fueron simples accidentes, como dictaminó el jura­do, y no guardan relación con los mensajes.
Holmes agitó en el aire los puños cerrados.
––¡Qué increíble imbecilidad! ––exclamó.
––Sin embargo, me han asignado un agente, que puede permanecer en la casa conmigo.
––¿Ha venido con usted esta noche?
––No, sus órdenes son permanecer en la casa. Holmes volvió a gesticular en el aire.
––¿Por qué ha acudido usted a mí? ––preguntó––. Y sobre todo: ¿por qué no vino inmediatamente?
––No sabía nada de usted. Hasta hoy, que le hablé al mayor Prendergast de mi problema, y él me aconsejó que acudiera a usted.
––Lo cierto es que han pasado dos días desde que recibió usted la carta. Deberíamos habernos puesto en acción antes. Supongo que no tiene usted más datos que los que ha ex­puesto... ningún detalle sugerente que pudiera sernos de uti­lidad.
––Hay una cosa ––dijo John Openshaw. Rebuscó en el bolsi­llo de la chaqueta y sacó un trozo de papel azulado y desco­lorido, que extendió sobre la mesa, diciendo––: Creo recordar vagamente que el día en que mi tío quemó los papeles, me pareció observar que los bordes sin quemar que quedaban entre las cenizas eran de este mismo color. Encontré esta hoja en el suelo de su habitación, y me inclino a pensar que puede tratarse de uno de aquellos papeles, que posiblemente se cayó de entre los otros y de este modo escapó de la destruc­ción. Aparte de que en él se mencionan las semillas, no creo que nos ayude mucho. Yo opino que se trata de una página de un diario privado. La letra es, sin lugar a dudas, de mi tío.
Holmes cambió de sitio la lámpara y los dos nos inclina­mos sobre la hoja de papel, cuyo borde rasgado indicaba que, efectivamente, había sido arrancada de un cuaderno. El encabezamiento decía «Marzo de 1869», y debajo se leían las siguientes y enigmáticas anotaciones:

«4. Vino Hudson. Lo mismo de siempre.
7. Enviadas semillas a McCauley, Paramore y Swain de St. Augustine.
9. McCauley se largó.
10. John Swain se largó.
11. Visita a Paramore. Todo va bien.»

––Gracias ––dijo Holmes, doblando el papel y devolviéndo­selo a nuestro visitante––. Y ahora, no debe usted perder un instante, por nada del mundo. No podemos perder tiempo ni para discutir lo que me acaba de contar. Tiene que volver a casa inmediatamente y ponerse en acción.
––¿Y qué debo hacer?
––Sólo puede hacer una cosa. Y tiene que hacerla de inme­diato. Tiene que meter esta hoja de papel que nos ha enseña­do en la caja de latón que antes ha descrito. Debe incluir una nota explicando que todos los demás papeles los quemó su tío, y que éste es el único que queda. Debe expresarlo de una forma que resulte convincente. Una vez hecho esto, ponga la caja encima del reloj de sol, tal como le han indicado. ¿Ha comprendido?
––Perfectamente.
––Por el momento, no piense en venganzas ni en nada por el estilo. Creo que eso podremos lograrlo por medio de la ley; pero antes tenemos que tejer nuestra red, mientras que la de ellos ya está tejida. Lo primero en lo que hay que pen­sar es en alejar el peligro inminente que le amenaza. Lo se­gundo, en resolver el misterio y castigar a los culpables.
––Muchas gracias ––dijo el joven, levantándose y poniéndose el impermeable––. Me ha dado usted nueva vida y espe­ranza. Le aseguro que haré lo que usted dice.
––No pierda un instante. Y sobre todo, tenga cuidado mientras tanto, porque no me cabe ninguna duda de que corre usted un peligro real e inminente. ¿Cómo piensa vol­ver?
––En tren, desde Waterloo.
––Aún no son las nueve. Las calles estarán llenas de gente, así que confío en que estará usted a salvo. Sin embargo, toda precaución es poca.
––Voy armado.
––Eso está muy bien. Mañana me pondré a trabajar en su caso.
––Entonces, ¿le veré en Horsham?
––No, su secreto se oculta en Londres. Es aquí donde lo buscaré.
––Entonces vendré yo a verle dentro de uno o dos días y le traeré noticias de la caja y los papeles. Seguiré su consejo al pie de la letra.
Nos estrechó las manos y se marchó. Fuera, el viento se­guía rugiendo y la lluvia golpeaba y salpicaba en las venta­nas. Aquella extraña y disparatada historia parecía haber­nos llegado arrastrada por los elementos enfurecidos, como si la tempestad nos hubiera arrojado a la cara un manojo de algas. Y ahora parecía que los elementos se la habían tragado de nuevo.
Sherlock Holmes permaneció un buen rato sentado en si­lencio, con la cabeza inclinada hacia adelante y los ojos cla­vados en el rojo resplandor del fuego. Luego encendió su pipa y, echándose hacia atrás en su asiento, se quedó con­templando los anillos de humo azulado que se perseguían unos a otros hasta el techo.
––Creo, Watson, que entre todos nuestros casos no ha ha­bido ninguno más fantástico que éste ––dijo por fin. ––Exceptuando, tal vez, el del Signo de los Cuatro.
––Bueno, sí. Exceptuando, tal vez, ése. Aun así, me parece que este John Openshaw se enfrenta a mayores peligros que los Sholto.
––¿Pero es que ya ha sacado una conclusión concreta acer­ca de la naturaleza de dichos peligros? ––pregunté.
––No existe duda alguna sobre su naturaleza ––respondió.
––¿Cuáles son, pues? ¿Quién es este K. K. K., y por qué per­sigue a esta desdichada familia?
Sherlock Holmes cerró los ojos y colocó los codos sobre los brazos de su butaca, juntando las puntas de los dedos.
––El razonador ideal ––comentó––, cuando se le ha mostrado un solo hecho en todas sus implicaciones, debería deducir de él no sólo toda la cadena de acontecimientos que condujeron al hecho, sino también todos los resultados que se derivan del mismo. Así como Cuvier podía describir correctamente un animal con sólo examinar un único hueso, el observador que ha comprendido a la perfección un eslabón de una serie de in­cidentes debería ser capaz de enumerar correctamente todos los demás, tanto anteriores como posteriores. Aún no tene­mos conciencia de los resultados que se pueden obtener tan sólo mediante la razón. Se pueden resolver en el estudio pro­blemas que han derrotado a todos los que han buscado la so­lución con la ayuda de los sentidos. Sin embargo, para llevar este arte a sus niveles más altos, es necesario que el razonador sepa utilizar todos los datos que han llegado a su conocimien­to, y esto implica, como fácilmente comprenderá usted, po­seer un conocimiento total, cosa muy poco corriente, aun en estos tiempos de libertad educativa y enciclopedias. Sin em­bargo, no es imposible que un hombre posea todos los cono­cimientos que pueden resultarles útiles en su trabajo, y esto es lo que yo he procurado hacer en mi caso. Si no recuerdo mal, en los primeros tiempos de nuestra amistad, usted definió en una ocasión mis límites de un modo muy preciso.
––Sí ––respondí, echándome a reír––. Era un documento muy curioso. Recuerdo que en filosofía, astronomía y política, le puse un cero. En botánica, irregular; en geología, co­nocimientos profundos en lo que respecta a manchas de ba­rro de cualquier zona en cincuenta millas a la redonda de Londres. En química, excéntrico; en anatomía, poco siste­mático; en literatura, sensacionalista, y en historia del cri­men, único. Violinista, boxeador, esgrimista, abogado y au­toenvenenador a base de cocaína y tabaco. Creo que ésos eran los aspectos principales de mi análisis.
Holmes sonrió al escuchar el último apartado.
––Muy bien ––dijo––. Digo ahora, como dije entonces, que uno debe amueblar el pequeño ático de su cerebro con todo lo que es probable que vaya a utilizar, y que el resto puede dejarlo guardado en el desván de la biblioteca, de donde puede sacarlo si lo necesita. Ahora bien, para un caso como el que nos han planteado esta noche es evidente que tene­mos que poner en juego todos nuestros recursos. Haga el fa­vor de pasarme la letra K de la Enciclopedia americana que hay en ese estante junto a usted. Gracias. Ahora, considere­mos la situación y veamos lo que se puede deducir de ella. En primer lugar, podemos comenzar por la suposición de que el coronel Openshaw tenía muy buenas razones para marcharse de América. Los hombres de su edad no cambian de golpe todas sus costumbres, ni abandonan de buena gana el clima delicioso de Florida por una vida solitaria en un pueblecito inglés. Una vez en Inglaterra, su extremado ape­go a la soledad sugiere la idea de que tenía miedo de alguien o de algo, así que podemos adoptar como hipótesis de tra­bajo que fue el miedo a alguien o a algo lo que le hizo salir de América. ¿Qué era lo que temía? Eso sólo podemos dedu­cirlo de las misteriosas cartas que recibieron él y sus herede­ros. ¿Recuerda usted de dónde eran los matasellos de esas cartas?
––El primero era de Pondicherry, el segundo de Dundee, y el tercero de Londres.
––Del este de Londres. ¿Qué deduce usted de eso?
––Todos son puertos de mar. El que escribió las cartas es­taba a bordo de un barco.
––Excelente. Ya tenemos una pista. No cabe duda de que es probable, muy probable, que el remitente se encontrara a bordo de un barco. Y ahora, consideremos otro aspecto. En el caso de Pondicherry, transcurrieron siete semanas entre la amenaza y su ejecución; en el de Dundee, sólo tres o cuatro días. ¿Qué le sugiere eso?
––La distancia a recorrer era mayor.
––Pero también la carta venía de más lejos.
––Entonces, no lo entiendo.
––Existe, por lo menos, una posibilidad de que el barco en el que va nuestro hombre, u hombres, sea un barco de vela. Parece como si siempre enviaran su curioso aviso o prenda por delante de ellos, cuando salían a cumplir su misión. Ya ve el poco tiempo transcurrido entre el crimen y la adver­tencia cuando ésta vino de Dundee. Si hubieran venido de Pondicherry en un vapor, habrían llegado al mismo tiempo que la carta. Y sin embargo, transcurrieron siete semanas. Creo que esas siete semanas representan la diferencia entre el vapor que trajo la carta y el velero que trajo al remitente.
––Es posible.
––Más que eso: es probable. Y ahora comprenderá usted la urgencia mortal de este nuevo caso y por qué insistí en que el joven Openshaw tomara precauciones. El golpe siempre se ha producido al cabo del tiempo necesario para que los re­mitentes recorran la distancia. Pero esta vez la carta viene de Londres, y por lo tanto no podemos contar con ningún re­traso.
––¡Dios mío! ––exclamé––. ¿Qué puede significar esta impla­cable persecución?
––Es evidente que los papeles que Openshaw conservaba tienen una importancia vital para la persona o personas que viajan en el velero. Creo que está muy claro que deben ser más de uno. Un hombre solo no habría podido cometer dos asesinatos de manera que engañasen a un jurado de instruc­ción. Deben ser varios, y tienen que ser gente decidida y de muchos recursos. Están dispuestos a hacerse con esos pape­les, sea quien sea el que los tenga en su poder. Así que, como ve, K. K. K. ya no son las iniciales de un individuo, sino las siglas de una organización.
––¿Pero de qué organización?
––¿Nunca ha oído usted... ––Sherlock Holmes se echó hacia adelante y bajó la voz–– ...nunca ha oído usted hablar del Ku Klux Klan?
––Nunca.
Holmes pasó las hojas del libro que tenía sobre las rodi­llas.
––Aquí está ––dijo por fin––. «Ku Klux Klan: Palabra que se deriva del sonido producido al amartillar un rifle. Esta terri­ble sociedad secreta fue fundada en los estados del sur por excombatientes del ejército confederado después de la gue­rra civil, y rápidamente fueron surgiendo agrupaciones lo­cales en diferentes partes del país, en especial en Tennessee, Louisiana, las Carolinas, Georgia y Florida. Empleaba la fuerza con fines políticos, sobre todo para aterrorizar a los votantes negros y para asesinar o expulsar del país a los que se oponían a sus ideas. Sus ataques solían ir precedidos de una advertencia que se enviaba ala víctima, bajo alguna for­ma extravagante pero reconocible: en algunas partes, un ra­mito de hojas de roble; en otras, semillas de melón o de na­ranja. Al recibir aviso, la víctima podía elegir entre abjurar públicamente de su postura anterior o huir del país. Si se atrevía a hacer frente a la amenaza, encontraba indefectible­mente la muerte, por lo general de alguna manera extraña e imprevista. La organización de la sociedad era tan perfecta, y sus métodos tan sistemáticos, que prácticamente no se co­noce ningún caso de que alguien se enfrentara a ella y que­dara impune, ni de que se llegara a identificar a los autores de ninguna de las agresiones. La organización funcionó ac­tivamente durante algunos años, a pesar de los esfuerzos del gobierno de los Estados Unidos y de amplios sectores de la comunidad sureña. Pero en el año 1869 el movimiento se ex­tinguió de golpe, aunque desde entonces se han producido algunos resurgimientos esporádicos de prácticas similares.»
––Se habrá dado cuenta ––dijo Holmes, dejando el libro–– de que la repentina disolución de la sociedad coincidió con la desaparición de Openshaw, que se marchó de América con sus papeles. Podría existir una relación de causa y efecto. No es de extrañar que él y su familia se vean acosados por agen­tes implacables. Como comprenderá, esos registros y diarios podrían implicar a algunos de los personajes más destaca­dos del sur, y puede que muchos de ellos no duerman tran­quilos hasta que sean recuperados.
––Entonces, la página que hemos visto...
––Es lo que parecía. Si no recuerdo mal, decía: «Enviadas semillas a A, B y C». Es decir, la sociedad les envió su aviso. Luego, en sucesivas anotaciones se dice que A y B se larga­ron, supongo que de la región, y por último que C recibió una visita, me temo que con consecuencias funestas para el tal C. Bien, doctor, creo que podemos arrojar un poco de luz sobre estas tinieblas, y creo que la única oportunidad que tiene el joven Openshaw mientras tanto es hacer lo que le he dicho. Por esta noche, no podemos hacer ni decir más, así que páseme mi violín y procuremos olvidar durante media hora el mal tiempo y las acciones, aun peores, de nuestros semejantes.
La mañana amaneció despejada, y el sol brillaba con una luminosidad atenuada por la neblina que envuelve la gran ciudad. Sherlock Holmes ya estaba desayunando cuando yo bajé.
––Perdone que no le haya esperado ––dijo––. Presiento que hoy voy a estar muy atareado con este asunto del joven Openshaw.
––¿Qué pasos piensa dar? ––pregunté.
––Dependerá más que nada del resultado de mis primeras averiguaciones. Puede que, después de todo, tenga que ir a Horsham.
––¿Es que no piensa empezar por allí?
––No, empezaré por la City. Toque la campanilla y la don­cella le traerá el café.
Mientras aguardaba, cogí de la mesa el periódico, aún sin abrir, y le eché una ojeada. Mi mirada se clavó en unos titula­res que me helaron el corazón.
––Holmes ––exclamé––. Ya es demasiado tarde.
––¡Vaya! ––dijo él, dejando su taza en la mesa––. Me lo temía. ¿Cómo ha sido? ––hablaba con tranquilidad, pero pude dar­me cuenta de que estaba profundamente afectado.
––Acabo de tropezarme con el nombre de Openshaw y el titular «Tragedia junto al puente de Waterloo». Aquí está la crónica: «Entre las nueve y las diez de la pasada noche, el agente de policía Cook, de la división H, de servicio en las proximidades del puente de Waterloo, oyó un grito que pe­día socorro y un chapoteo en el agua. Sin embargo, la noche era sumamente oscura y tormentosa, por lo que, a pesar de la ayuda de varios transeúntes, resultó imposible efectuar el rescate. No obstante, se dio la alarma y, con la ayuda de la policía fluvial, se consiguió por fin recuperar el cuerpo, que resultó ser el de un joven caballero cuyo nombre, según se deduce de un sobre que llevaba en el bolsillo, era John Openshaw, y que residía cerca de Horsham. Se supone que debía ir corriendo para tomar el último tren de la estación de Waterloo, y que debido a las prisas y la oscuridad reinan­te, se salió del camino y cayó por el borde de uno de los pe­queños embarcaderos para los barcos fluviales. El cuerpo no presenta señales de violencia, y parece fuera de dudas que el fallecido fue víctima de un desdichado accidente, que debe­ría servir para llamar la atención de nuestras autoridades acerca del estado en que se encuentran los embarcaderos del río.»
Permanecimos sentados en silencio durante unos minu­tos, y jamás había visto a Holmes tan alterado y deprimido como entonces.
––Esto hiere mi orgullo, Watson ––dijo por fin––. Ya sé que es un sentimiento mezquino, pero hiere mi orgullo. Esto se ha convertido en un asunto personal y, si Dios me da salud, le echaré el guante a esa cuadrilla. ¡Pensar que acudió a mí en busca de ayuda y que yo lo envié a la muerte! ––se levantó de un salto y empezó a dar zancadas por la habitación, presa de una agitación incontrolable, con sus enjutas mejillas cu­biertas de rubor y sin dejar de abrir y cerrar nerviosamente sus largas y delgadas manos––. Tienen que ser astutos como demonios ––exclamó al fin–– ¿Cómo se las arreglaron para desviarle hasta allí? El embarcadero no está en el camino di­recto a la estación. No cabe duda de que el puente, a pesar de la noche que hacía, debía estar demasiado lleno de gente para sus propósitos. Bueno, Watson, ya veremos quién ven­ce a la larga. ¡Voy a salir!
––¿A ver a la policía?
––No, yo seré mi propia policía. Cuando yo haya tendido mi red, podrán hacerse cargo de las moscas, pero no antes. Pasé todo el día dedicado a mis tareas profesionales, y no regresé a Baker Street hasta bien entrada la noche. Sherlock Holmes no había vuelto aún. Eran casi las diez cuando llegó, con aspecto pálido y agotado. Se acercó al aparador, arran­có un trozo de pan de la hogaza y lo devoró ávidamente, ayudándolo a pasar con un gran trago de agua.
––Viene usted hambriento ––comenté.
––Muerto de hambre. Se me olvidó comer. No había toma­do nada desde el desayuno.
––¿Nada?
––Ni un bocado. No he tenido tiempo de pensar en ello.
––¿Y qué tal le ha ido?
––Bien.
––¿Tiene usted una pista?
––Los tengo en la palma de la mano. La muerte del joven Openshaw no quedará sin venganza. Escuche, Watson, va­mos a marcarlos con su propia marca diabólica. ¿Qué le pa­rece laidea?
––¿A qué se refiere?
Tomó del aparador una naranja, la hizo pedazos y expri­mió las semillas sobre la mesa. Cogió cinco de ellas y las me­tió en un sobre. En la parte interior de la solapa escribió «De S. H. a J. C.». Luego lo cerró y escribió la dirección: «Capitán Calhoun, Barco Lone Star, Savannah, Georgia».
––Le estará esperando cuando llegue a puerto ––dijo riendo por lo bajo––. Eso le quitará el sueño por la noche. Será un anuncio de lo que le espera, tan seguro como lo fue para Openshaw.
––¿Y quién es este capitán Calhoun?
––El jefe de la banda. Cogeré a los otros, pero primero él.
––¿Cómo lo ha localizado?
Sacó de su bolsillo un gran pliego de papel, completa­mente cubierto de fechas y nombres.
––He pasado todo el día ––explicó–– en los registros de Lloyd's examinando periódicos atrasados, y siguiendo las andanzas de todos los barcos que atracaron en Pondicherry en enero y febrero del ochenta y tres. Había treinta y seis bar­cos de buen tonelaje que pasaron por allí durante esos me­ses. Uno de ellos, el Lone Star, me llamó inmediatamente la atención, porque, aunque figuraba como procedente de Londres, el nombre, «Estrella Solitaria», es el mismo que se aplica a uno de los estados de la Unión.
––Texas, creo.
––No sé muy bien cuál; pero estaba seguro de que el barco era de origen norteamericano.
––Y después, ¿qué?
––Busqué en los registros de Dundee, y cuando comprobé que el Lone Star había estado allí en enero del ochenta y cin­co, mi sospecha se convirtió en certeza. Pregunté entonces qué barcos estaban atracados ahora mismo en el puerto de Londres.
––¿Y...?
––El Lone Star había llegado la semana pasada. Me fui has­ta el muelle Albert y descubrí que había zarpado con la ma­rea de esta mañana, rumbo a su puerto de origen, Savannah. Telegrafié a Gravesend y me dijeron que había pasado por allí hacía un buen rato. Como sopla viento del este, no me cabe duda de que ahora debe haber dejado atrás los Good­wins y no andará lejos de la isla de Wight.
––¿Y qué va a hacer ahora?
––Oh, ya les tengo puesta la mano encima. Me he enterado de que él y los dos contramaestres son los únicos norteame­ricanos que hay a bordo. Los demás son finlandeses y alema­nes.
También he sabido que los tres pasaron la noche fuera del barco. Me lo contó el estibador que estuvo subiendo su car­gamento. Para cuando el velero llegue a Savannah, el vapor correo habrá llevado esta carta, y el telégrafo habrá informa­do a la policía de Savannah de que esos tres caballeros son reclamados aquí para responder de una acusación de asesi­nato.
Sin embargo, siempre existe una grieta hasta en el mejor trazado de los planes humanos, y los asesinos de John Openshaw no recibirían nunca las semillas de naranja que les habrían anunciado que otra persona, tan astuta y decidi­da como ellos, les iba siguiendo la pista. Las tormentas equi­nocciales de aquel año fueron muy prolongadas y violentas. Durante semanas, esperamos noticias del Lone Star de Sa­vannah, pero no nos llegó ninguna. Por fin nos enteramos de que en algún punto del Atlántico se había avistado el codaste destrozado de una lancha, zarandeado por las olas, que llevaba grabadas las letras «L. S.», y eso es todo lo más que llegaremos nunca a saber acerca del destino final del Lone Star.

6. El hombre del labio retorcido

Isa Whitney, hermano del difunto Elías Whitney, D. D., di­rector del Colegio de Teología de San Jorge, era adicto perdi­do al opio. Según tengo entendido, adquirió el hábito a causa de una típica extravagancia de estudiante: habiendo leído en la universidad la descripción que hacía De Quincey de sus ensueños y sensaciones, había empapado su tabaco en láu­dano con la intención de experimentar los mismos efectos. Descubrió, como han hecho tantos otros, que resulta más fá­cil adquirir el hábito que librarse de él, y durante muchos años vivió esclavo de la droga, inspirando una mezcla de ho­rror y compasión a sus amigos y familiares. Todavía me pa­rece que lo estoy viendo, con la cara amarillenta y fofa, los párpados caídos y las pupilas reducidas a un puntito, enco­gido en una butaca y convertido en la ruina y los despojos de un buen hombre.
Una noche de junio de 1889 sonó el timbre de mi puerta, aproximadamente a la hora en que uno da el primer bostezo y echa una mirada al reloj. Me incorporé en mi asiento, y mi esposa dejó su labor sobre el regazo y puso una ligera expre­sión de desencanto.
––¡Un paciente! ––dijo––. Vas a tener que salir.
Solté un gemido, porque acababa de regresar a casa des­pués de un día muy fatigoso.
Oímos la puerta que se abría, unas pocas frases presuro­sas, y después unos pasos rápidos sobre el linóleo. Se abrió de par en par la puerta de nuestro cuarto, y una dama vesti­da de oscuro y con un velo negro entró en la habitación.
––Perdonen ustedes que venga tan tarde ––empezó a decir; y en ese mismo momento, perdiendo de repente el dominio de sí misma, se abalanzó corriendo sobre mi esposa, le echó los brazos al cuello y rompió a llorar sobre su hombro––. ¡Ay, tengo un problema tan grande! ––sollozó––. ¡Necesito tanto que alguien me ayude!
––¡Pero si es Kate Whitney! ––dijo mi esposa, alzándole el velo––. ¡Qué susto me has dado, Kate! Cuando entraste no te­nía ni idea de quién eras.
––No sabía qué hacer, así que me vine derecho a verte. Siempre pasaba lo mismo. La gente que tenía dificultades acudía a mi mujer como los pájaros a la luz de un faro. ––Has sido muy amable viniendo. Ahora, tómate un poco de vino con agua, siéntate cómodamente y cuéntanoslo todo. ¿0 prefieres que mande a james a la cama?
––Oh, no, no. Necesito también el consejo y la ayuda del doctor. Se trata de Isa. No ha venido a casa en dos días. ¡Es­toy tan preocupada por él!
No era la primera vez que nos hablaba del problema de su marido, a mí como doctor, a mi esposa como vieja amiga y compañera del colegio. La consolamos y reconfortamos lo mejor que pudimos. ¿Sabía dónde podía estar su marido? ¿Era posible que pudiéramos hacerle volver con ella?
Por lo visto, sí que era posible. Sabía de muy buena fuente que últimamente, cuando le daba el ataque, solía acudir a un fumadero de opio situado en el extremo oriental de la City. Hasta entonces, sus orgías no habían pasado de un día, y siempre había vuelto a casa, quebrantado y tembloroso, al caer la noche. Pero esta vez el maleficio llevaba durándole cuarenta y ocho horas, y sin duda allí seguía tumbado, entre la escoria de los muelles, aspirando el veneno o durmiendo bajo sus efectos. Su mujer estaba segura de que se le podía encontrar en «El Lingote de Oro», en Upper Swandam Lane. Pero ¿qué podía hacer ella? ¿Cómo iba ella, una mujer joven y tímida, a meterse en semejante sitio y sacar a su marido de entre los rufianes que le rodeaban?
Así estaban las cosas y, desde luego, no había más que un modo de resolverlas. ¿No podía yo acompañarla hasta allí? Sin embargo, pensándolo bien, ¿para qué había de venir ella? Yo era el consejero médico de Isa Whitney y, como tal, tenía cierta influencia sobre él. Podía apañármelas mejor si iba solo. Le di mi palabra de que antes de dos horas se lo enviaría a casa en un coche si de verdad se encontraba en la dirección que me había dado.
Y así, al cabo de diez minutos, había abandonado mi bu­taca y mi acogedor cuarto de estar, y viajaba a toda velocidad en un coche de alquiler rumbo al este, con lo que entonces me parecía una extraña misión, aunque sólo el futuro me iba a demostrar lo extraña que era en realidad.
Sin embargo, no encontré grandes dificultades en la pri­mera etapa de mi aventura. Upper Swandam Lane es una ca­llejuela miserable, oculta detrás de los altos muelles que se extienden en la orilla norte del río, al este del puente de Lon­dres. Entre una tienda de ropa usada y un establecimiento de ginebra encontré el antro que iba buscando, al que se llegaba por una empinada escalera que descendía hasta un agujero negro como la boca de una caverna. Ordené al cochero que aguardara y bajé los escalones, desgastados en el centro por el paso incesante de pies de borrachos. A la luz vacilante de una lámpara de aceite colocada encima de la puerta, encon­tré el picaporte y penetré en una habitación larga y de techo bajo, con la atmósfera espesa y cargada del humo pardo del opio, y equipada con una serie de literas de madera, como el castillo de proa de un barco de emigrantes.
A través de la penumbra se podían distinguir a duras pe­nas numerosos cuerpos, tumbados en posturas extrañas y fantásticas, con los hombros encorvados, las rodillas dobla­das, las cabezas echadas hacia atrás y el mentón apuntando hacia arriba; de vez en cuando, un ojo oscuro y sin brillo se fijaba en el recién llegado. Entre las sombras negras brilla­ban circulitos de luz, encendiéndose y apagándose, según que el veneno ardiera o se apagara en las cazoletas de las pi­pas metálicas. La mayoría permanecía tendida en silencio, pero algunos murmuraban para sí mismos, y otros conver­saban con voz extraña, apagada y monótona; su conversa­ción surgía en ráfagas y luego se desvanecía de pronto en el silencio, mientras cada uno seguía mascullando sus propios pensamientos, sin prestar atención a las palabras de su veci­no. En el extremo más apartado había un pequeño brasero de carbón, y a su lado un taburete de madera de tres patas, en el que se sentaba un anciano alto y delgado, con la barbilla apoyada en los puños y los codos en las rodillas, mirando fi­jamente el fuego.
Al verme entrar, un malayo de piel cetrina se me acercó rápidamente con una pipa y una porción de droga, indicán­dome una litera libre.
––Gracias, no he venido a quedarme ––dije––. Hay aquí un amigo mío, el señor Isa Whitney, y quiero hablar con él. Hubo un movimiento y una exclamación a mi derecha y, atisbando entre las tinieblas, distinguí a Whitney, pálido, ojeroso y desaliñado, con la mirada fija en mí.
––¡Dios mío! ¡Es Watson! ––exclamó. Se encontraba en un estado lamentable, con todos sus nervios presa de temblo­res––. Oiga, Watson, ¿qué hora es?
––Casi las once.
––¿De qué día?
––Del viernes, diecinueve de junio.
––¡Cielo santo! ¡Creía que era miércoles! ¡Y es miércoles! ¿Qué se propone usted asustando a un amigo? ––sepultó la cara entre los brazos y comenzó a sollozar en tono muy agudo.
––Le digo que es viernes, hombre. Su esposa lleva dos días esperándole. ¡Debería estar avergonzado de sí mismo!
––Y lo estoy. Pero usted se equivoca, Watson, sólo llevo aquí unas horas... tres pipas, cuatro pipas... ya no sé cuántas. Pero iré a casa con usted. ¿Ha traído usted un coche?
––Sí, tengo uno esperando.
––Entonces iré en él. Pero seguramente debo algo. Averi­güe cuánto debo, Watson. Me encuentro incapaz. No puedo hacer nada por mí mismo.
Recorrí el estrecho pasadizo entre la doble hilera de dur­mientes, conteniendo la respiración para no inhalar el humo infecto y estupefaciente de la droga, y busqué al encargado. Al pasar al lado del hombre alto que se sentaba junto al brasero, sentí un súbito tirón en los faldones de mi chaqueta y una voz muy baja susurró: «Siga adelante yluego vuélvase a mirarme». Las palabras sonaron con absoluta claridad en mis oídos. Miré hacia abajo. Sólo podía haberlas pronunciado el ancia­no que tenía a mi lado, y sin embargo continuaba sentado tan absorto como antes, muy flaco, muy arrugado, encorvado por la edad, con una pipa de opio caída entre sus rodillas, como si sus dedos la hubieran dejado caer de puro relaja­miento. Avancé dos pasos y me volvía mirar. Necesité todo el dominio de mí mismo para no soltar un grito de asombro. El anciano se había vuelto de modo que nadie pudiera verlo más que yo. Su figura se había agrandado, sus arrugas habían de­saparecido, los ojos apagados habían recuperado su fuego, y allí, sentado junto al brasero y sonriendo ante mi sorpresa, estaba ni más ni menos que Sherlock Holmes. Me indicó con un ligero gesto que me aproximara y, al instante, en cuanto volvió de nuevo su rostro hacia la concurrencia, se hundió una vez más en una senilidad decrépita y babeante.
––¡Holmes! ––susurré––. ¿Qué demonios está usted hacien­do en este antro?
––Hable lo más bajo que pueda ––respondió––. Tengo un oído excelente. Si tuviera usted la inmensa amabilidad de li­brarse de ese degenerado amigo suyo, me alegraría muchísi­mo tener una pequeña conversación con usted.
––Tengo un coche fuera.
––Entonces, por favor, mándelo a casa en él. Puede fiarse de él, porque parece demasiado hecho polvo como para me­terse en ningún lío. Le recomiendo también que, por medio del cochero, le envíe una nota a su esposa diciéndole que ha unido su suerte a la mía. Si me espera fuera, estaré con usted en cinco minutos.
Resultaba dificil negarse a las peticiones de Sherlock Hol­mes, porque siempre eran extraordinariamente concretas y las exponía con un tono de lo más señorial. De todas mane­ras, me parecía que una vez metido Whitney en el coche, mi misión había quedado prácticamente cumplida; y, por otra parte, no podía desear nada mejor que acompañar a mi ami­go en una de aquellas insólitas aventuras que constituían su modo normal de vida. Me bastaron unos minutos para es­cribir la nota, pagar la cuenta de Whitney, llevarlo hasta el coche y verle partir a través de la noche. Muy poco después, una decrépita figura salía del fumadero de opio yyo camina­ba calle abajo en compañía de Sherlock Holmes. Avanzó por un par de calles arrastrando los pies, con la espalda encorva­da y el paso inseguro; y de pronto, tras echar una rápida mi­rada a su alrededor, enderezó el cuerpo y estalló en una ale­gre carcajada.
––Supongo, Watson ––dijo––, que está usted pensando que he añadido el fumar opio a las inyecciones de cocaína y de­más pequeñas debilidades sobre las que usted ha tenido la bondad de emitir su opinión facultativa.
––Desde luego, me sorprendió encontrarlo allí.
––No más de lo que me sorprendió a mí verle a usted.
––Yo vine en busca de un amigo.
––Y yo, en busca de un enemigo.
––¿Un enemigo?
––Sí, uno de mis enemigos naturales o, si se me permite de­cirlo, de mis presas naturales. En pocas palabras, Watson, estoy metido en una interesantísima investigación, y tenía la esperanza de descubrir alguna pista entre las divagaciones incoherentes de estos adictos, como me ha sucedido otras veces. Si me hubieran reconocido en aquel antro, mi vida no habría valido ni la tarifa de una hora, porque ya lo he utiliza­do antes para mis propios fines, y el bandido del dueño, un antiguo marinero de las Indias Orientales, ha jurado ven­garse de mí. Hay una trampilla en la parte trasera del edifi­cio, cerca de la esquina del muelle de San Pablo, que podría contar historias muy extrañas sobre lo que pasa a través de ella las noches sin luna.
––¡Cómo! ¡No querrá usted decir cadáveres!
––Sí, Watson, cadáveres. Seríamos ricos si nos dieran mil libras por cada pobre diablo que ha encontrado la muerte en ese antro. Es la trampa mortal más perversa de toda la ribera del río, y me temo que Neville St. Clair ha entrado en ella para no volver a salir. Pero nuestro coche debería estar aquí ––se metió los dos dedos índices en la boca y lanzó un pene­trante silbido, una señal que fue respondida por un silbido similar a lo lejos, seguido inmediatamente por el traqueteo de unas ruedas y las pisadas de cascos de caballo.
––Y ahora, Watson ––dijo Holmes, mientras un coche alto, de un caballo, salía de la oscuridad arrojando dos chorros dorados de luz amarilla por sus faroles laterales––, ¿viene us­ted conmigo o no?
––Si puedo ser de alguna utilidad...
––Oh, un camarada de confianza siempre resulta útil. Y un cronista, más aún. Mi habitación de Los Cedros tiene dos camas.
––¿Los Cedros?
––Sí, así se llama la casa del señor St. Clair. Me estoy alojan­do allí mientras llevo a cabo la investigación.
––¿Y dónde está?
––En Kent, cerca de Lee. Tenemos por delante un trayecto de siete millas.
––Pero estoy completamente a oscuras.
––Naturalmente. Pero en seguida va a enterarse de todo. ¡Suba aquí! Muy bien, John, ya no le necesitaremos. Aquí tie­ne media corona. Venga a buscarme mañana a eso de las once. Suelte las riendas y hasta mañana.
Tocó al caballo con el látigo y salimos disparados a través de la interminable sucesión de calles sombrías y desiertas, que poco a poco se fueron ensanchando hasta que cruzamos a toda velocidad un amplio puente con balaustrada, mien­tras las turbias aguas del río se deslizaban perezosamente por debajo. Al otro lado nos encontramos otra extensa deso­lación de ladrillo y cemento envuelta en un completo silen­cio, roto tan sólo por las pisadas fuertes y acompasadas de un policía o por los gritos y canciones de algún grupillo re­zagado de juerguistas. Una oscura cortina se deslizaba len­tamente a través del cielo, y una o dos estrellas brillaban dé­bilmente entre las rendijas de las nubes. Holmes conducía en silencio, con la cabeza caída sobre el pecho y toda la aparien­cia de encontrarse sumido en sus pensamientos, mientras yo, sentado a su lado, me consumía de curiosidad por saber en qué consistía esta nueva investigación que parecía estar poniendo a prueba sus poderes, a pesar de lo cual no me atrevía a entrometerme en el curso de sus reflexiones. Llevá­bamos recorridas varias millas, y empezábamos a entrar en el cinturón de residencias suburbanas, cuando Holmes se desperezó, se encogió de hombros y encendió su pipa con el aire de un hombre satisfecho por estar haciéndolo lo mejor posible.
––Watson, posee usted el don inapreciable de saber guar­dar silencio ––dijo––. Eso le convierte en un compañero de va­lor incalculable. Le aseguro que me viene muy bien tener al­guien con quien hablar, pues mis pensamientos no son demasiado agradables. Me estaba preguntando qué le voy a decir a esta pobre mujer cuando salga esta noche a recibirme a la puerta.
––Olvida usted que no sé nada del asunto.
––Tengo el tiempo justo de contarle los hechos antes de lle­gar a Lee. Parece un caso ridículamente sencillo y, sin em­bargo, no sé por qué, no consigo avanzar nada. Hay mucha madeja, ya lo creo, pero no doy con el extremo del hilo. Bien, Watson, voy a exponerle el caso clara y concisamente, y tal vez usted pueda ver una chispa de luz donde para mí todo son tinieblas.
––Adelante, pues.
––Hace unos años... concretamente, en mayo de mil ocho­cientos ochenta y cuatro, llegó a Lee un caballero llamado Neville St. Clair, que parecía tener dinero en abundancia. Adquirió una gran residencia, arregló los terrenos con muy buen gusto y, en general, vivía a lo grande. Poco a poco, fue haciendo amistades entre el vecindario, y en mil ochocien­tos ochenta y siete se casó con la hija de un cervecero de la zona, con la que tiene ya dos hijos. No trabajaba en nada concreto, pero tenía intereses en varias empresas y venía to­dos los días a Londres por la mañana, regresando por la tar­de en el tren de las cinco catorce desde Cannon Street. El se­ñor St. Clair tiene ahora treinta y siete años de edad, es hombre de costumbres moderadas, buen esposo, padre ca­riñoso, y apreciado por todos los que le conocen. Podríamos añadir que sus deudas actuales, hasta donde hemos podido averiguar, suman un total de ochenta y ocho libras y diez chelines, y que su cuenta en el banco, el Capital & Counties Bank, arroja un saldo favorable de doscientas veinte libras. Por tanto, no hay razón para suponer que sean problemas de dinero los que le atormentan.
»El lunes pasado, el señor Neville St. Clair vino a Londres bastante más temprano que de costumbre, comentando an­tes de salir que tenía que realizar dos importantes gestiones, y que al volver le traería al niño pequeño un juego de cons­trucciones. Ahora bien, por pura casualidad, su esposa reci­bió un telegrama ese mismo lunes, muy poco después de marcharse él, comunicándole que había llegado un paqueti­to muy valioso que ella estaba esperando, y que podía reco­gerlo en las oficinas de la Compañía Naviera Aberdeen. Pues bien, si conoce usted Londres, sabrá que las oficinas de esta compañía están en Fresno Street, que hace esquina con Up­per Swandam Lane, donde me ha encontrado usted esta no­che. La señora St. Clair almorzó, se fue a Londres, hizo algu­nas compras, pasó por la oficina de la compañía, recogió su paquete, y exactamente a las cuatro treinta y cinco iba cami­nando por Swandam Lane camino de la estación. ¿Me sigue hasta ahora?
––Está muy claro.
––Quizá recuerde usted que el lunes hizo muchísimo calor, y la señora St. Clair iba andando despacio, mirando por to­das partes con la esperanza de ver un coche de alquiler, por­que no le gustaba el barrio en el que se encontraba. Mientras bajaba de esta manera por Swandam Lane, oyó de repente un grito o una exclamación y se quedó helada de espanto al ver a su marido mirándola desde la ventana de un segundo piso y, según le pareció a ella, llamándola con gestos. La ven­tana estaba abierta y pudo verle perfectamente la cara, que según ella parecía terriblemente agitada. Le hizo gestos fre­néticos con las manos y después desapareció de la ventana tan repentinamente que a la mujer le pareció que alguna fuerza irresistible había tirado de él por detrás. Un detalle curioso que llamó su femenina atención fue que, aunque lle­vaba puesta una especie de chaqueta oscura, como la que vestía al salir de casa, no tenía cuello ni corbata.
»Convencida de que algo malo le sucedía, bajó corriendo los escalones ––pues la casa no era otra que el fumadero de opio en el que usted me ha encontrado–– y tras atravesar a toda velocidad la sala delantera, intentó subir por las escaleras que llevan al primer piso. Pero al pie de las escaleras le sa­lió al paso ese granuja de marinero del que le he hablado, que la obligó a retroceder y, con la ayuda de un danés que le sirve de asistente, la echó a la calle a empujones. Presa de los temores y dudas más enloquecedores, corrió calle abajo y, por una rara y afortunada casualidad, se encontró en Fresno Street con varios policías y un inspector que se dirigían a sus puestos de servicio. El inspector y dos hombres la acompa­ñaron de vuelta al fumadero y, a pesar de la pertinaz resis­tencia del propietario, se abrieron paso hasta la habitación en la que St. Clair fue visto por última vez. No había ni ras­tro de él. De hecho, no encontraron a nadie en todo el piso, con excepción de un inválido decrépito de aspecto repug­nante. Tanto él como el propietario juraron insistentemente que en toda la tarde no había entrado nadie en aquella habi­tación. Su negativa era tan firme que el inspector empezó a tener dudas, y casi había llegado a creer que la señora St. Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó con un grito sobre una cajita de madera que había en la mesa y le­vantó la tapa violentamente, dejando caer una cascada de la­drillos de juguete. Era el regalo que él había prometido lle­varle a suhijo.
»Este descubrimiento, y la evidente confusión que de­mostró el inválido, convencieron al inspector de que se tra­taba de un asunto grave. Se registraron minuciosamente las habitaciones, y todos los resultados parecían indicar un cri­men abominable. La habitación delantera estaba amueblada con sencillez como sala de estar, y comunicaba con un pe­queño dormitorio que da a la parte posterior de uno de los muelles. Entre el muelle y el dormitorio hay una estrecha franja que queda en seco durante la marea baja, pero que du­rante la marea alta queda cubierta por metro y medio de agua, por lo menos. La ventana del dormitorio es bastante ancha y se abre desde abajo. Al inspeccionarla, se encontra­ron manchas de sangre en el alféizar, y también en el suelo de madera se veían varias gotas dispersas. Tiradas detrás de una cortina en la habitación delantera, se encontraron todas las ropas del señor Neville St. Clair, a excepción de su cha­queta: sus zapatos, sus calcetines, su sombrero y su reloj... todo estaba allí. No se veían señales de violencia en ninguna de las prendas, ni se encontró ningún otro rastro del señor St. Clair. Al parecer, tenían que haberlo sacado por la venta­na, ya que no se pudo encontrar otra salida, y las ominosas manchas de sangre en la ventana daban pocas esperanzas de que hubiera podido salvarse a nado, porque la marea estaba en su punto más alto en el momento de la tragedia.
»Y ahora, hablemos de los maleantes que parecen directa­mente implicados en el asunto. Sabemos que el marinero es un tipo de pésimos antecedentes, pero, según el relato de la señora St. Clair, se encontraba al pie de la escalera a los po­cos segundos de la desaparición de su marido, por lo que di­ficilmente puede haber desempeñado más que un papel se­cundario en el crimen. Se defendió alegando absoluta ignorancia, insistiendo en que él no sabía nada de las activi­dades de Hugh Boone, su inquilino, y que no podía explicar de ningún modo la presencia de las ropas del caballero desa­parecido.
»Esto es lo que hay respecto al marinero. Pasemos ahora al siniestro inválido que vive en la segunda planta del fuma­dero de opio y que, sin duda, fue el último ser humano que puso sus ojos en el señor St. Clair. Se llama Hugh Boone, y todo el que va mucho por la City conoce su repugnante cara. Es mendigo profesional, aunque para burlar los reglamentos policiales finge vender cerillas. Puede que se haya fijado us­ted en que, bajando un poco por Threadneedle Street, en la acera izquierda, hay un pequeño recodo en la pared. Allí es donde se instala cada día ese engendro, con las piernas cru­zadas y su pequeño surtido de cerillas en el regazo. Ofrece un espectáculo tan lamentable que provoca una pequeña lluvia de caridad sobre la grasienta gorra de cuero que coloca en la acera delante de él. Más de una vez lo he estado ob­servando, sin tener ni idea de que llegaría a relacionarme profesionalmente con él, y me ha sorprendido lo mucho que recoge en poco tiempo. Tenga en cuenta que su aspecto es tan llamativo que nadie puede pasar a su lado sin fijarse en él. Una mata de cabello anaranjado, un rostro pálido y des­figurado por una horrible cicatriz que, al contraerse, ha re­torcido el borde de su labio superior, una barbilla de bulldog y un par de ojos oscuros y muy penetrantes, que contrastan extraordinariamente con el color de su pelo, todo ello le hace destacar de entre la masa vulgar de pedigüeños: También destaca por su ingenio, pues siempre tiene a mano una res­puesta para cualquier pulla que puedan dirigirle los tran­seúntes. Éste es el hombre que, según acabamos de saber, vive en lo alto del fumadero de opio y fue la última persona que vio al caballero que andamos buscando.
––¡Pero es un inválido! ––dije––. ¿Qué podría haber hecho él solo contra un hombre en la flor de la vida?
––Es inválido en el sentido de que cojea al andar; pero en otros aspectos, parece tratarse de un hombre fuerte y bien alimentado. Sin duda, Watson, su experiencia médica le ha­brá enseñado que la debilidad en un miembro se compensa a menudo con una fortaleza excepcional en los demás.
––Por favor, continúe con su relato.
––La señora St. Clair se había desmayado al ver la sangre en la ventana, y la policía la llevó en coche a su casa, ya que su presencia no podía ayudarles en las investigaciones. El inspector Barton, que estaba a cargo del caso, examinó muy detenidamente el local, sin encontrar nada que arrojara al­guna luz sobre el misterio. Se cometió un error al no detener inmediatamente a Boone, ya que así dispuso de unos minu­tos para comunicarse con su compinche el marinero, pero pronto se puso remedio a esta equivocación y Boone fue de­tenido y registrado, sin que se encontrara nada que pudiera incriminarle. Es cierto que había manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero enseñó su dedo índice, que tenía un corte cerca de la uña, y explicó que la sangre procedía de allí, añadiendo que poco antes había estado aso­mado a la ventana y que las manchas observadas allí proce­dían, sin duda, de la misma fuente. Negó hasta la saciedad haber visto en su vida al señor Neville St. Clair, y juró que la presencia de las ropas en su habitación resultaba tan miste­riosa para él como para la policía. En cuanto a la declaración de la señora St. Clair, que afirmaba haber visto a su marido en la ventana, alegó que estaría loca o lo habría soñado. Se lo llevaron a comisaría entre ruidosas protestas, mientras el inspector se quedaba en la casa, con la esperanza de que la bajamar aportara alguna nueva pista.
Y así fue, aunque lo que encontraron en el fango no era lo que temían encontrar. Lo que apareció al retirarse la marea fue la chaqueta de Neville St. Clair, y no el propio Neville St. Clair. ¿Y qué cree que encontraron en los bolsillos?
––No tengo ni idea.
––No creo que pueda adivinarlo. Todos los bolsillos esta­ban repletos de peniques y medios peniques: en total, cua­trocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios peniques. No es de extrañar que la marea no se la llevara. Pero un cuerpo humano es algo muy diferente. Hay un fuer­te remolino entre el muelle y la casa. Parece bastante proba­ble que la chaqueta se quedara allí debido al peso, mientras el cuerpo desnudo era arrastrado hacia el río.
––Pero, según tengo entendido, todas sus demás ropas se encontraron en la habitación. ¿Es que el cadáver iba vestido sólo con la chaqueta?
––No, señor, los datos pueden ser muy engañosos. Supon­ga que este tipo, Boone, ha tirado a Neville St. Clair por la ventana, sin que le haya visto nadie. ¿Qué hace a continua­ción? Por supuesto, pensará inmediatamente en librarse de las ropas delatoras. Coge la chaqueta, y está a punto de tirar­la cuando se le ocurre que flotará en vez de hundirse. Tiene poco tiempo, porque ha oído el alboroto al pie de la escale­ra, cuando la esposa intenta subir, y puede que su compin­che el marinero le haya avisado ya de que la policía viene co­rriendo calle arriba. No hay un instante que perder. Corre hacia algún escondrijo secreto, donde ha ido acumulando los frutos de su mendicidad, y mete en los bolsillos de la cha­queta todas las monedas que puede, para asegurarse de que se hunda. La tira, y habría hecho lo mismo con las demás prendas de no haber oído pasos apresurados en la planta baja, de manera que sólo le queda tiempo para cerrar la ven­tana antes de que la policía aparezca.
––Desde luego, parece factible.
––Bien, lo tomaremos como hipótesis de trabajo, a falta de otra mejor. Como ya le he dicho, detuvieron a Boone ylo lle­varon a comisaría, pero no se le pudo encontrar ningún an­tecedente delictivo. Se sabía desde hacía muchos años que era mendigo profesional, pero parece que llevaba una vida bastante tranquila e inocente. Así están las cosas por el mo­mento, y nos hallamos tan lejos como al principio de la solu­ción de las cuestiones pendientes: qué hacía Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le sucedió allí, dónde está ahora y qué tiene que ver Hugh Boone con su desaparición. Con­fieso que no recuerdo en toda mi experiencia un caso que pareciera tan sencillo a primera vista y que, sin embargo, presentara tantas dificultades.
Mientras Sherlock Holmes iba exponiendo los detalles de esta singular serie de acontecimientos, rodábamos a toda velocidad por las afueras de la gran ciudad, hasta que dejamos atrás las últimas casas desperdigadas y seguimos avanzando con un seto rural a cada lado del camino. Pero cuando terminó, pasábamos entre dos pueblecitos de casas dispersas, en cuyas ventanas aún brillaban unas cuantas luces.
––Estamos a las afueras de Lee ––dijo mi compañero––. En esta breve carrera hemos pisado tres condados ingleses, par­tiendo de Middlesex, pasando de refilón por Surreyytermi­nando en Kent. ¿Ve aquella luz entre los árboles? Es Los Ce­dros, y detrás de la lámpara está sentada una mujer cuyos ansiosos oídos han captado ya, sin duda alguna, el ruido de los cascos de nuestro caballo.
––Pero ¿por qué no lleva usted el caso desde Baker Street?
––Porque hay mucho que investigar aquí. La señora St. Clair ha tenido la amabilidad de poner dos habitaciones a mi disposición, y puede usted tener la seguridad de que dará la bienvenida a mi amigo y compañero. Me espanta tener que verla, Watson, sin traer noticias de su marido. En fin, aquí estamos. ¡So, caballo, soo!
Nos habíamos detenido frente a una gran mansión con te­rreno propio. Un mozo de cuadras había corrido a hacerse cargo del caballo y, tras descender del coche, seguí a Holmes por un estrecho y ondulante sendero de grava que llevaba a la casa. Cuando ya estábamos cerca, se abrió la puerta y una mujer menuda y rubia apareció en el marco, vestida con una especie de mousseline––de––soie, con apliques de gasa rosa y esponjosa en el cuello y los puños. Permaneció inmóvil, con su silueta recortada contra la luz, una mano apoyada en la puerta, la otra a medio alzar en un gesto de ansiedad, el cuerpo ligeramente inclinado, adelantando la cabeza y la cara, con ojos impacientes y labios entreabiertos. Era la es­tampa viviente misma de la incertidumbre.
––¿Y bien? ––gimió––. ¿Qué hay?
Y entonces, viendo que éramos dos, soltó un grito de es­peranza que se transformó en un gemido al ver que mi com­pañero meneaba la cabeza y se encogía de hombros.
––¿No hay buenas noticias?
––No hay ninguna noticia.
––¿Tampoco malas?
––Tampoco.
––Demos gracias a Dios por eso. Pero entren. Estará usted cansado después de tan larga jornada.
––Le presento a mi amigo el doctor Watson. Su ayuda ha resultado fundamental en varios de mis casos y, por una afortunada casualidad, he podido traérmelo e incorporarlo a esta investigación.
––Encantada de conocerlo ––dijo ella, estrechándome calu­rosamente la mano––. Estoy segura que sabrá disculpar las deficiencias que encuentre, teniendo en cuenta la desgracia tan repentina que nos ha ocurrido.
––Querida señora ––dije––. Soy un viejo soldado y, aunque no lo fuera, me doy perfecta cuenta de que huelgan las dis­culpas. Me sentiré muy satisfecho si puedo resultar de algu­na ayuda para usted o para mi compañero aquí presente.
––Y ahora, señor Sherlock Holmes ––dijo la señora mien­tras entrábamos en un comedor bien iluminado, en cuya mesa estaba servida una comida fría––, me gustaría hacerle un par de preguntas francas, y le ruego que las respuestas sean igualmente francas.
––Desde luego, señora.
––No se preocupe por mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los desmayos. Simplemente, quiero conocer su auténtica opinión.
––¿Sobre qué punto?
––En el fondo de su corazón, ¿cree usted que Neville está vivo?
Sherlock Holmes pareció incómodo ante la pregunta. ––¡Francamente! ––repitió ella, de pie sobre la alfombra y mirándolo fijamente desde lo alto, mientras Holmes se re­trepaba en un sillón de mimbre.
––Pues, francamente, señora: no.
––¿Cree usted que ha muerto?
––Sí.
––¿Asesinado?
––No puedo asegurarlo. Es posible.
––¿Y qué día murió?
––El lunes.
––Entonces, señor Holmes, ¿tendría usted la bondad de ex­plicar cómo es posible que haya recibido hoy esta carta suya? Sherlock Holmes se levantó de un salto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
––¿Qué? ––rugió.
––Sí, hoy mismo ––dijo ella, sonriendo y sosteniendo en alto una hojita de papel.
––¿Puedo verla?
––Desde luego.
Se la arrebató impulsivamente y, extendiendo la carta so­bre la mesa, acercó una lámpara y la examinó con deteni­miento. Yo me había levantado de mi silla y miraba por en­cima de su hombro. El sobre era muy ordinario, y traía matasellos de Gravesend y fecha de aquel mismo día, o más bien del día anterior, pues ya era mucho más de mediano­che.
––¡Qué mal escrito! ––murmuró Holmes––. No creo que esta sea la letra de su marido, señora.
––No, pero la de la carta sí que lo es.
––Observo, además, que la persona que escribió el sobre tuvo que ir a preguntar la dirección.
––¿Cómo puede saber eso?
––El nombre, como ve, está en tinta perfectamente negra, que se ha secado sola. El resto es de un color grisáceo, que demuestra que se ha utilizado papel secante. Si lo hubieran escrito todo seguido y lo hubieran secado con secante, no habría ninguna letra tan negra. Esta persona ha escrito el nombre y luego ha hecho una pausa antes de escribir la di­rección, lo cual sólo puede significar que no le resultaba fa­miliar. Por supuesto, se trata tan sólo de un detalle trivial, pero no hay nada tan importante como los detalles triviales. Veamos ahora la carta. ¡Ajá! ¡Aquí dentro había algo más!
––Sí, había un anillo. El anillo con su sello.
––¿Y está usted segura de que ésta es la letra de su marido?
––Una de sus letras.
––¿Una?
––Su letra de cuando escribe con prisas. Es muy diferente de su letra habitual, a pesar de lo cual la conozco bien. ––«Querida, no te asustes. Todo saldrá bien. Se ha cometi­do un terrible error, que quizá tarde algún tiempo en rectifi­car. Ten paciencia, Neville.» Escrito a lápiz en la guarda de un libro, formato octavo, sin marca de agua. Echado al co­rreo hoy en Gravesend, por un hombre con el pulgar sucio. ¡Ajá! Y la solapa la ha pegado, si no me equivoco, una perso­na que ha estado mascando tabaco. ¿Y usted no tiene ningu­na duda de que se trata de la letra de su esposo, señora? ––Ninguna. Esto lo escribió Neville.
––Y lo han echado al correo hoy en Gravesend. Bien, seño­ra St. Clair, las nubes se despejan, aunque no me atrevería a decir que ha pasado el peligro.
––Pero tiene que estar vivo, señor Holmes.
––A menos que se trate de una hábil falsificación para po­nernos sobre una pista falsa. Al fin y al cabo, el anillo no de­muestra nada. Se lo pueden haber quitado.
––¡No, no, es su letra, lo es, lo es, lo es!
––Muy bien. Sin embargo, puede haberse escrito el lunes y no haberse echado al correo hasta hoy.
––Eso es posible.
––De ser así, han podido ocurrir muchas cosas entre tanto. ––Ay, no me desanime usted, señor Holmes. Estoy segura de que se encuentra bien. Existe entre nosotros una comu­nicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo sabría. El mismo día en que le vi por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba en el comedor, subí co­rriendo al instante, con la plena seguridad de que algo ha­bía ocurrido. ¿Cree usted que puedo responder a semejante trivialidad y, sin embargo, no darme cuenta de que ha muerto?
––He visto demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede resultar más útil que las conclusiones de un razonador analítico. Y, desde luego, en esta carta tiene usted una prueba bien palpable que corrobora su punto de vista. Pero si su marido está vivo y puede escribirle cartas, ¿por qué no se pone en contacto con usted?
––No tengo ni idea. Es incomprensible.
––¿No comentó nada el lunes antes de marcharse?
––No.
––Y a usted le sorprendió verlo en Swandan Lane.
––Mucho.
––¿Estaba abierta la ventana?
––Sí.
––Entonces, él podía haberla llamado.
––Podía, sí.
––Pero, según tengo entendido, sólo lanzó un grito inarti­culado.
––En efecto.
––Que a usted le pareció una llamada de auxilio.
––Sí, porque agitaba las manos.
––Pero podría haberse tratado de un grito de sorpresa. El asombro, al verla de pronto a usted, podría haberle hecho le­vantar las manos.
––Es posible.
––Y a usted le pareció que tiraban de él desde atrás.
––Como desapareció tan bruscamente...
––Pudo haber saltado hacia atrás. Usted no vio a nadie más en la habitación.
––No, pero aquel hombre confesó que había estado allí, y el marinero se encontraba al pie de la escalera.
––En efecto. Su esposo, por lo que usted pudo ver, ¿llevaba puestas sus ropas habituales?
––Pero sin cuello. Vi perfectamente su cuello desnudo.
––¿Había mencionado alguna vez Swandam Lane?
––Nunca.
––¿Alguna vez dio señales de haber tomado opio?
––Nunca.
––Gracias, señora St. Clair. Estos son los principales deta­lles que quería tener absolutamente claros. Ahora comere­mos un poco y después nos retiraremos, pues mañana es po­sible que tengamos una jornada muy atareada.
Teníamos a nuestra disposición una habitación amplia y confortable, con dos camas, y no tardé en meterme entre las sábanas, pues me encontraba fatigado por la noche de aven­turas. Sin embargo, Sherlock Holmes era un hombre que cuando tenía en la cabeza un problema sin resolver, podía pasar días, y hasta una semana, sin dormir, dándole vueltas, reordenando los datos, considerándolos desde todos los puntos de vista, hasta que lograba resolverlo o se convencía de que los datos eran insuficientes. Pronto me resultó evi­dente que se estaba preparando para pasar la noche en vela. Se quitó la chaqueta y el chaleco, se puso una amplia bata azul y empezó a vagar por la habitación, recogiendo almo­hadas de la cama y cojines del sofá y las butacas. Con ellos construyó una especie de diván oriental, en el que se instaló con las piernas cruzadas, colocando delante de él una onza de tabaco fuerte y una caja de cerillas. Pude verlo allí sentado a la luz mortecina de la lámpara, con una vieja pipa de brezo entre los labios, los ojos ausentes, fijos en un ángulo del te­cho, desprendiendo volutas de humo azulado, callado, in­móvil, con la luz cayendo sobre sus marcadas y aguileñas facciones. Así se encontraba cuando me fui a dormir, y así continuaba cuando una súbita exclamación suya me desper­tó, y vi que la luz del sol ya entraba en el cuarto. La pipa se­guía entre sus labios, el humo seguía elevándose en volutas, y una espesa niebla de tabaco llenaba la habitación, pero no quedaba nada del paquete de tabaco que yo había visto la noche anterior.
––¿Está despierto, Watson? ––preguntó.
––Sí.
––¿Listo para una excursión matutina?
––Desde luego.
––Entonces, vístase. Aún no se ha levantado nadie, pero sé dónde duerme el mozo de cuadras, y pronto tendremos pre­parado el coche.
Al hablar, se reía para sus adentros, le centelleaban los ojos y parecía un hombre diferente del sombrío pensador de la noche anterior.
Mientras me vestía, eché un vistazo al reloj. No era de ex­trañar que nadie se hubiera levantado aún. Eran las cuatro y veinticinco. Apenas había terminado cuando Holmes re­gresó para anunciar que el mozo estaba enganchando el ca­ballo.
––Quiero poner a prueba una pequeña hipótesis mía ––dijo, mientras se ponía las botas––. Creo, Watson, que tiene usted delante a uno de los más completos idiotas de toda Europa. Merezco que me lleven a patadas desde aquí a Charing Cross. Pero me parece que ya tengo la clave del asunto.
––¿Y dónde está? ––pregunté, sonriendo.
––En el cuarto de baño ––respondió––. No, no estoy bromean­do ––continuó, al ver mi gesto de incredulidad––. Acabo de es­tar allí, la he cogido y la tengo dentro de esta maleta Glads­tone. Venga, compañero, y veremos si encaja o no en la cerradura.
Bajamos lo más rápidamente posible y salimos al sol de la mañana. El coche y el caballo ya estaban en la carretera, con el mozo de cuadras a medio vestir aguardando delante. Su­bimos al vehículo y salimos disparados por la carretera de Londres. Rodaban por ella algunos carros que llevaban ver­duras a la capital, pero las hileras de casas de los lados esta­ban tan silenciosas e inertes como una ciudad de ensueño.
––En ciertos aspectos, ha sido un caso muy curioso ––dijo Holmes, azuzando al caballo para ponerlo al galope––. Con­fieso que he estado más ciego que un topo, pero más vale aprender tarde que no aprender nunca.
En la ciudad, los más madrugadores apenas empezaban a asomarse medio dormidos a la ventana cuando nosotros penetramos por las calles del lado de Surrey. Bajamos por Wa­terloo Bridge Road, cruzamos el río y subimos a toda veloci­dad por Wellington Street, para allí torcer bruscamente a la derecha y llegar a Bow Street. Sherlock Holmes era bien co­nocido por el cuerpo de policía, y los dos agentes de la puer­ta le saludaron. Uno de ellos sujetó las riendas del caballo, mientras el otro nos hacía entrar.
––¿Quién está de guardia? ––preguntó Holmes.
––El inspector Bradstreet, señor.
––Ah, Bradstreet, ¿cómo está usted? ––un hombre alto y corpulento había surgido por el corredor embaldosado, con una gorra de visera y chaqueta con alamares––. Me gustaría hablar unas palabras con usted, Bradstreet.
––Desde luego, señor Holmes. Pase a mi despacho.
Era un despachito pequeño, con un libro enorme encima de la mesa y un teléfono de pared. El inspector se sentó ante el escritorio.
––¿Qué puedo hacer por usted, señor Holmes?
––Se trata de ese mendigo, el que está acusado de partici­par en la desaparición del señor Neville St. Clair, de Lee.
 ––Sí. Está detenido mientras prosiguen las investigaciones.
––Eso he oído. ¿Lo tienen aquí?
––En los calabozos.
––¿Está tranquilo?
––No causa problemas. Pero cuidado que es guarro.
––¿Guarro?
––Sí, lo más que hemos conseguido es que se lave las ma­nos, pero la cara la tiene tan negra como un fogonero. En fin, en cuanto se decida su caso tendrá que bañarse periódica­mente en la cárcel, y si usted lo viera, creo que estaría de acuerdo conmigo en que lo necesita.
––Me gustaría muchísimo verlo.
––¿De veras? Pues eso es fácil. Venga por aquí. Puede dejar la maleta.
––No, prefiero llevarla.
––Como quiera. Vengan por aquí, por favor ––nos guió por un pasillo, abrió una puerta con barrotes, bajó una escalera de caracol, y nos introdujo en una galería encalada con una hilera de puertas a cada lado.
––La tercera de la derecha es la suya ––dijo el inspector––. ¡Aquí está! ––abrió sin hacer ruido un ventanuco en la parte superior de la puerta y miró al interior––. Está dormido ––dijo––. Podrán verle perfectamente.
Los dos aplicamos nuestros ojos a la rejilla. El detenido estaba tumbado con el rostro vuelto hacia nosotros, sumido en un profundo sueño, respirando lenta y ruidosamente. Era un hombre de estatura mediana, vestido toscamente, como correspondía a su oficio, con una camisa de colores que aso­maba por los rotos de su andrajosa chaqueta. Tal como el inspector había dicho, estaba sucísimo, pero la porquería que cubría su rostro no lograba ocultar su repulsiva fealdad. El ancho costurón de una vieja cicatriz le recorría la cara desde el ojo a la barbilla, y al contraerse había tirado del la­bio superior dejando al descubierto tres dientes en una per­petua mueca. Unas greñas de cabello rojo muy vivo le caían sobre los ojos yla frente.
––Una preciosidad, ¿no les parece? ––dijo el inspector.
––Desde luego, necesita un lavado ––contestó Holmes––. Se me ocurrió que podría necesitarlo y me tomé la libertad de traer el instrumental necesario ––mientras hablaba, abrió la maleta Gladstone y, ante mi asombro, sacó de ella una enor­me esponja de baño.
––¡Ja, ja! Es usted un tipo divertido ––rió el inspector.
––Ahora, si tiene usted la inmensa bondad de abrir con mucho cuidado esta puerta, no tardaremos en hacerle adop­tar un aspecto mucho más respetable.
––Caramba, ¿por qué no? ––dijo el inspector––. Es un des­crédito para los calabozos de Bow Street, ¿no les parece?
Introdujo la llave en la cerradura y todos entramos sin ha­cer ruido en la celda. El durmiente se dio media vuelta y volvió a hundirse en un profundo sueño. Holmes se inclinó ha­cia el jarro de agua, mojó su esponja y la frotó con fuerza dos veces sobre el rostro del preso.
––Permítame que les presente ––exclamó–– al señor Neville St. Clair, de Lee, condado de Kent.
Jamás en mi vida he presenciado un espectáculo semejan­te. El rostro del hombre se desprendió bajo la esponja como la corteza de un árbol. Desapareció su repugnante color par­dusco. Desapareció también la horrible cicatriz que lo cru­zaba, y lo mismo el labio retorcido que formaba aquella mueca repulsiva. Los desgreñados pelos rojos se despren­dieron de un tirón, y ante nosotros quedó, sentado en el ca­mastro, un hombre pálido, de expresión triste y aspecto refi­nado, pelo negro y piel suave, frotándose los ojos y mirando a su alrededor con asombro soñoliento. De pronto, dándose cuenta de que le habían descubierto, lanzó un alarido y se dejó caer, hundiendo el rostro en la almohada.
––¡Por todos los santos! ––exclamó el inspector––. ¡Pero si es el desaparecido! ¡Lo reconozco por las fotografías!
El preso se volvió con el aire indiferente de quien se aban­dona en manos del destino.
––De acuerdo ––dijo––. Y ahora, por favor, ¿de qué se me acusa?
––De la desaparición del señor Neville St.... ¡Oh, vamos, no se le puede acusar de eso, a menos que lo presente como un intento de suicidio! ––dijo el inspector, sonriendo––. Ca­ramba, llevo veintisiete años en el cuerpo, pero esto se lleva la palma.
––Si yo soy Neville St. Clair, resulta evidente que no se ha cometido ningún delito y, por lo tanto, mi detención aquí es ilegal.
––No se ha cometido delito alguno, pero sí un tremen­do error ––dijo Holmes––. Más le habría valido confiar en su mujer.
––No era por ella, era por los niños ––gimió el detenido––. ¡Dios mío, no quería que se avergonzaran de su padre! ¡Dios santo, qué vergüenza! ¿Qué voy a hacer ahora?
Sherlock Holmes se sentó junto a él en la litera y le dio unas palmaditas en el hombro.
––Si deja usted que los tribunales esclarezcan el caso ––dijo––, es evidente que no podrá evitar la publicidad. Por otra parte, si puede convencer a las autoridades policiales de que no hay motivos para proceder contra usted, no veo ra­zón para que los detalles de lo ocurrido lleguen a los perió­dicos. Estoy seguro de que el inspector Bradstreet tomará nota de todo lo que quiera usted declarar para ponerlo en conocimiento de las autoridades competentes. En tal caso, el asunto no tiene por qué llegar a los tribunales.
––¡Que Dios le bendiga! ––exclamó el preso con fervor––. Habría soportado la cárcel, e incluso la ejecución, antes que permitir que mi miserable secreto cayera como un baldón sobre mis hijos.
»Son ustedes los primeros que escuchan mi historia. Mi padre era maestro de escuela en Chesterfield, donde recibí una excelente educación. De joven viajé por el mundo, tra­bajé en el teatro y por último me hice reportero en un perió­dico vespertino de Londres. Un día, el director quería que se hiciera una serie de artículos sobre la mendicidad en la capi­tal, y yo me ofrecí voluntario para hacerlo. Éste fue el punto de partida de mis aventuras. La única manera de obtener da­tos para mis artículos era practicando como mendigo afi­cionado. Naturalmente, cuando trabajé como actor había aprendido todos los trucos del maquillaje, y tenía fama en los camerinos por mi habilidad en la materia. Así que decidí sacar partido de mis conocimientos. Me pinté la cara y, para ofrecer un aspecto lo más penoso posible, me hice una bue­na cicatriz y me retorcí un lado del labio con ayuda de una tira de esparadrapo color carne. Y después, con una peluca roja y vestido adecuadamente, ocupé mi puesto en la zona más concurrida de la City, aparentando vender cerillas, pero en realidad pidiendo. Desempeñé mi papel durante siete ho­ras y cuando volví a casa por la noche descubrí, con gran sorpresa, que había recogido nada menos que veintiséis che­lines y cuatro peniques.
»Escribí mis artículos y no volví a pensar en el asunto has­ta que, algún tiempo después, avalé una letra de un amigo y de pronto me encontré con una orden de pago por valor de veinticinco libras. Me volví loco intentando reunir el dinero y de repente se me ocurrió una idea. Solicité al acreedor una prórroga de quince días, pedí vacaciones a mis jefes y me de­diqué a pedir limosna en la City, disfrazado. En diez días ha­bía reunido el dinero y pagado la deuda.
»Pues bien, se imaginarán lo dificil que me resultó some­terme de nuevo a un trabajo fatigoso por dos libras a la se­mana, sabiendo que podía ganar esa cantidad en un día con sólo pintarme la cara, dejar la gorra en el suelo y esperar sen­tado. Hubo una larga lucha entre mi orgullo y el dinero, pero al final ganó el dinero, dejé el periodismo y me fui a sentar, un día tras otro, en el mismo rincón del principio, inspiran­do lástima con mi espantosa cara y llenándome los bolsillos de monedas. Sólo un hombre conocía mi secreto: el propie­tario de un tugurio de Swandam Lane donde tenía alquilada una habitación. De allí salía cada mañana como un mendi­go mugriento, y por la tarde me transformaba en un caballe­ro elegante, vestido a la última. Este individuo, un antiguo marinero, recibía una magnífica paga por sus habitaciones, y yo sabía que mi secreto estaba seguro en sus manos.
»Muy pronto me encontré con que estaba ahorrando su­mas considerables de dinero. No pretendo decir que cual­quier mendigo que ande por las calles de Londres pueda ga­nar setecientas libras al año ––que es menos de lo que yo ganaba por término medio––, pero yo contaba con impor­tantes ventajas en mi habilidad para la caracterización y también en mi facilidad para las réplicas ingeniosas, que fui perfeccionando con la práctica hasta convertirme en un per­sonaje bastante conocido en la City. Todos los días caía sobre mí una lluvia de peniques, con alguna que otra moneda de plata intercalada, y muy mal se me tenía que dar para no sa­car por lo menos dos libras.
»A medida que me iba haciendo rico, me fui volviendo más ambicioso: adquirí una casa en el campo y me casé, sin que nadie llegara a sospechar a qué me dedicaba en realidad. Mi querida esposa sabía que tenía algún negocio en la City. Poco se imaginaba en qué consistía.
»El lunes pasado, había terminado mi jornada y me esta­ba vistiendo en mi habitación, encima del fumadero de opio, cuando me asomé a la ventana y vi, con gran sorpresa y cons­ternación, a mi esposa parada en mitad de la calle, con los ojos clavados en mí. Solté un grito de sorpresa, levanté los brazos para taparme la cara y corrí en busca de mi confiden­te, el marinero, instándole a que no permitiese a nadie subir a donde yo estaba. Oí la voz de mi mujer en la planta baja, pero sabía que no la dejarían subir. Rápidamente me quité mis ropas, me puse las de mendigo y me apliqué el maquilla­je y la peluca. Ni siquiera los ojos de una esposa podrían pe­netrar un disfraz tan perfecto. Pero entonces se me ocurrió que podrían registrar la habitación y las ropas me delatarían. Abrí la ventana con tal violencia que se me volvió a abrir un corte que me había hecho por la mañana en mi casa. Cogí la chaqueta con todas las monedas que acababa de transferir de la bolsa de cuero en la que guardaba mis ganancias. La tiré por la ventana y desapareció en las aguas del Támesis. Ha­bría hecho lo mismo con las demás prendas, pero en aquel momento llegaron los policías corriendo por la escalera y a los pocos minutos descubrí, debo confesar que con gran ali­vio por mi parte, que en lugar de identificarme como el señor Neville St. Clair, se me detenía por su asesinato.
»Creo que no queda nada por explicar. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo el tiempo que me fuera posible, y de ahí mi insistencia en no lavarme la cara. Sabiendo que mi esposa estaría terriblemente preocupada, me quité el anillo y se lo pasé al marinero en un momento en que ningún poli­cía me miraba, junto con una notita apresurada, diciéndole que no debía temer nada.
––La nota no llegó a sus manos hasta ayer ––dijo Holmes.
––¡Santo Dios! ¡Qué semana debe de haber pasado!
––La policía ha estado vigilando a ese marinero ––dijo el inspector Bradstreet––, y no me extraña que le haya resulta­do difícil echar la carta sin que le vieran. Probablemente, se la entregaría a algún marinero cliente de su casa, que no se acordó del encargo en varios días.
––Así debió de ser, no me cabe duda ––dijo Holmes, asin­tiendo––. Pero ¿nunca le han detenido por pedir limosna?
––Muchas veces; pero ¿qué significaba para mí una multa?
––Sin embargo, esto tiene que terminar aquí ––dijo Brads­treet––. Si quiere que la policía eche tierra al asunto, Hugh Boone debe dejar de existir.
––Lo he jurado con el más solemne de los juramentos que puede hacer un hombre.
––En tal caso, creo que es probable que el asunto no siga adelante. Pero si volvemos a toparnos con usted, todo saldrá a relucir. Verdaderamente, señor Holmes, estamos en deuda con usted por haber esclarecido el caso. Me gustaría saber cómo obtiene esos resultados.
––Éste lo obtuve ––dijo mi amigo–– sentándome sobre cinco almohadas y consumiendo una onza de tabaco. Creo, Wat­son, que, si nos ponemos en marcha hacia Baker Street, lle­garemos a tiempo para el desayuno.

7. El carbunclo azul

Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi ami­go Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las fe­licitaciones propias de la época. Lo encontré tumbado en el sofá, con una bata morada, el colgador de las pipas a su derecha y un montón de periódicos arrugados, que evi­dentemente acababa de estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sofá había una silla de madera, y de una esquina de su respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mu­griento, gastadísimo por el uso y roto por varias partes. Una lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin de exami­narlo.
––Veo que está usted ocupado ––dije––. ¿Le interrumpo?
––Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que po­der comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolu­tamente trivial ––señaló con el pulgar el viejo sombrero––, pero algunos detalles relacionados con él no carecen por completo de interés, e incluso resultan instructivos.
Me senté en su butaca y me calenté las manos en la chime­nea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales es­taban cubiertos de placas de hielo.
––Supongo ––comenté–– que, a pesar de su aspecto inocen­te, ese objeto tendrá una historia terrible... o tal vez es la pis­ta que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.
––No, qué va. Nada de crímenes ––dijo Sherlock Holmes, echándose a reír––. Tan sólo uno de esos incidentes capricho­sos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delicti­vo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.
––Ya lo creo ––comenté––. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos, hay tres com­pletamente libres de delito, en el aspecto legal.
––Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los pa­peles de Irene Adler, al curioso caso de la señorita Mary Sut­herland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el re­cadero?
––Sí.
––Este trofeo le pertenece.
––¿Es su sombrero?
––No, no, lo encontró. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó aquí. Llegó la mañana de Navidad, en compañía de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se está asando en la cocina de Peterson. Los hechos son los siguien­tes. A eso de las cuatro de la mañana del día de Navidad, Pe­terson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, re­gresaba de alguna pequeña celebración y se dirigía a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que caminaba delante de él, tamba­leándose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de éstos le quitó el sombrero de un golpe; el desconocido levantó su bastón para defenderse y, al enarbolarlo sobre su cabeza, rompió el escaparate de la tienda que tenía detrás. Peterson había echado a correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el es­caparate y viendo una persona de uniforme que corría hacia él, dejó caer el ganso, puso pies en polvorosa y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road. También los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que quedó dueño del campo de batalla y también del botín de guerra, formado por este destartalado sombre­ro y un impecable ejemplar de ganso de Navidad.
––¿Cómo es que no se los devolvió a su dueño?
––Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cier­to que en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave decía «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad nuestra existen varios miles de Ba­kers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.
––¿Y qué hizo entonces Peterson?
––La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a mí me interesan hasta los problemas más insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta mañana, cuando empezó a dar señales de que, a pesar de la helada, más valía comérselo sin retrasos innecesarios. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido caballero que se quedó sin su cena de Navidad.
––¿No puso ningún anuncio?
––No.
––¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?
––Sólo lo que podemos deducir.
––¿De su sombrero?
––Exactamente.
––Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?
––Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?
Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa re­donda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elásti­ca, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que ha­bían intentado disimular las partes descoloridas pintándo­las con tinta.
––No veo nada ––dije, devolviéndoselo a mi amigo.
––Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.
––Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.
Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire intros­pectivo tan característico.
––Quizás podría haber resultado más sugerente ––dijo––, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de proba­bilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atra­viesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que so­bre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la be­bida. Esto podría explicar también el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.
––¡Pero... Holmes, por favor!
––Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio ––continuó, sin hacer caso de mis protestas––. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuen­tra en muy mala forma física, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalación de gas en su casa.
––Se burla usted de mí, Holmes.
––Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver cómo los he obtenido?
––No cabe duda de que soy un estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de dónde saca que el hombre es inteligente?
A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apo­yado en el puente de la nariz.
––Cuestión de capacidad cúbica ––dijo––. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.
––¿Y su declive económico?
––Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.
––Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral?
Sherlock Holmes se echó a reír.
––Aquí está la precisión ––dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma suj etasombreros––. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hi­ciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra cla­ramente que su carácter se debilita. Por otra parte, ha pro­curado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por completo su amor propio.
––Desde luego, es un razonamiento plausible.
––Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinan­do con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado den­tro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de su­dor del interior son una prueba palpable de que el propieta­rio transpira abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.
––Pero lo de su mujer... dice usted que ha dejado de amarle.
––Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acu­mulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.
––Pero podría tratarse de un soltero.
––No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mu­jer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.
––Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su casa?
––Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por ca­sualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escale­ras cada noche con el sombrero en una mano y un candil go­teante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?
––Bueno, es muy ingenioso ––dije, echándome a reír––. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito, como antes de­cíamos, y no se ha producido ningún daño, a excepción del extravío de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energía.
Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de par en par y Peterson el recade­ro entró en la habitación con el rostro enrojecido y una ex­presión de asombro sin límites.
––¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! ––decía ja­deante.
––¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? ––Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.
––¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! ––extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pe­queña que una alubia, pero tan pura y radiante que cente­lleaba como una luz eléctrica en el hueco oscuro de la mano.
Sherlock Holmes se incorporó lanzando un silbido.
––¡Por Júpiter, Peterson! ––exclamó––. ¡A eso le llamo yo en­contrar un tesoro! Supongo que sabe lo que tiene en la mano.
––¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!
––Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.
––¿No se referirá al carbunclo azul de la condesa de Mor­car? ––exclamé yo.
––Precisamente. No podría dejar de reconocer su tamaño y forma, después de haber estado leyendo el anuncio en el Times tantos días seguidos. Es una piedra absolutamente única, y sobre su valor sólo se pueden hacer conjeturas, pero la recompensa que se ofrece, mil libras esterlinas, no llega ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.
––¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! ––el recadero se desplomó sobre una silla, mirándonos alternativamente a uno y a otro.
––Ésa es la recompensa, y tengo razones para creer que existen consideraciones sentimentales en la historia de esa piedra que harían que la condesa se desprendiera de la mi­tad de su fortuna con tal de recuperarla.
––Si no recuerdo mal, desapareció en el hotel Cosmopoli­tan ––comenté.
––Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del jo­yero de la señora. Las pruebas en su contra eran tan sólidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aquí un informe ––rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que seleccionó uno, lo dobló y leyó el si­guiente párrafo:

«Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de ha­ber sustraído, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como "el carbunclo azul". James Ryder, jefe de servicio del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al gabinete de la con­desa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a Horner, pero al cabo de algún tiempo tuvo que au­sentarse. Al regresar comprobó que Horner había desapare­cido, que el escritorio había sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, según se supo luego, la condesa acos­tumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vacío, sobre el to­cador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de angustia que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró con la situación ya descrita por el ante­rior testigo. El inspector Bradstreet, de la División B, confir­mó la detención de Horner, que se resistió violentamente y declaró su inocencia en los términos más enérgicos. Al exis­tir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se negó a tratar sumaria­mente el caso, remitiéndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoción durante las diligen­cias, se desmayó al oír la decisión y tuvo que ser sacado de la sala.»
––¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía ––dijo Holmes, pensativo––. Ahora, la cuestión es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. Aquí está la piedra; la piedra vino del gan­so y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determi­nar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódi­cos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros métodos.
––¿Qué va usted a decir?
––Déme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encon­trados un ganso y un sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperar­los presentándose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.
––Mucho. Pero ¿lo verá él?
––Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de una pérdida importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no pensó más que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero además, al incluir su nombre nos asegura­mos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo ha­rán notar. Aquí tiene, Peterson, corra a la agencia y que in­serten este anuncio en los periódicos de la tarde.
––¿En cuáles, señor?
––Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St. James Ga­zette, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.
––Muy bien, señor. ¿Y la piedra?
––Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y tráigalo aquí, por­que tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se está comiendo su familia.
Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.
––¡Qué maravilla! ––dijo––. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un imán para el crimen, lo mis­mo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favo­rito del diablo. En las piedras más grandes y más antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangrien­to. Esta piedra aún no tiene ni veinte años de edad. La en­contraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y pre­senta la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce kilates de car­bón cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el patíbulo y la cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le escribiré unas líneas a la con­desa, avisándole de que lo tenemos.
––¿Cree usted que ese Horner es inocente?
––No lo puedo saber.
––Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?
––Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tenía ni idea de que el ave que llevaba valla mucho más que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.
––¿Y hasta entonces no puede hacer nada?
––Nada.
––En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volve­ré esta tarde a la hora indicada, porque me gustaría presen­ciar la solución a un asunto tan embrollado.
––Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay be­cada. Por cierto que, en vista de los recientes acontecimien­tos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine cui­dadosamente el buche.
Me entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al acercar­me a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y cha­queta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el bri­llante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.
––El señor Henry Baker, supongo ––dijo Holmes, levantán­dose de su butaca y saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba adoptar––. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y veo que su circulación se adapta mejor al vera­no que al invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?
––Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna.
Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso. Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. Su levita, negra y raída, estaba aboto­nada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas sin que se advirtieran indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impre­sión de un hombre culto e instruido, maltratado por la for­tuna.
––Hemos guardado estas cosas durante varios días ––dijo Holmes–– porque esperábamos ver un anuncio suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted el anuncio. Nuestro visitante emitió una risa avergonzada.
––No ando tan abundante de chelines como en otros tiem­pos ––dijo––. Estaba convencido de que la pandilla de malean­tes que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso. No tenía intención de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.
––Es muy natural. A propósito del ave... nos vimos obliga­dos a comérnosla.
––¡Se la comieron! ––nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la silla.
––Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fres­co, servirá igual de bien para sus propósitos.
––¡Oh, desde luego, desde luego! ––respondió el señor Ba­ker con un suspiro de alivio.
––Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el bu­che y demás restos de su ganso, así que si usted quiere...
El hombre se echó a reír de buena gana.
––Podrían servirme como recuerdo de la aventura ––dijo––, pero aparte de eso, no veo de qué utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.
Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un encogimiento de hombros.
––Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave ––dijo––. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor criada.
––Desde luego, señor ––dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida propiedad bajo el brazo––. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del mu­seo... Durante el día, sabe usted, nos encontramos en el mu­seo mismo. Este año, el patrón, que se llama Windigate, es­tableció un Club del Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una boina esco­cesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carác­ter discreto.
Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reve­rencia y se marchó por su camino.
––Con esto queda liquidado el señor Henry Baker ––dijo Holmes, después de cerrar la puerta tras él––. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?
––No demasiada.
––Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté fresca.
––Con mucho gusto.
Hacía una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fría en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes despedía tanto humo como un pistoletazo. Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruzábamos el barrio de los médi­cos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontrábamos en Bloomsbury, frente al mesón Alpha, que es un pequeño establecimiento público situado en la es­quina de una de las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abrió la puerta del bar y pidió dos vasos de cerveza al dueño, un hombre de cara colorada y delantal blanco.
––Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos ––dijo.
––¡Mis gansos! ––el hombre parecía sorprendido.
––Sí. Hace tan sólo media hora, he estado hablando con el señor Henry Baker, que es miembro de su Club del Ganso.
––¡Ah, ya comprendo! Pero, verá usted, señor, los gansos no son míos.
––¿Ah, no? ¿De quién son, entonces?
––Bueno, le compré las dos docenas a un vendedor de Co­vent Garden.
––¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cuál fue?
––Se llama Breckinridge.
––¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patrón, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.
––Y ahora, vamos a por el señor Breckinridge ––continuó, abotonándose el gabán mientras salíamos al aire helado de la calle––. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a un ex­tremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un hombre que se va a pasar siete años de tra­bajos forzados, a menos que podamos demostrar su inocen­cia. Es posible que nuestra investigación confirme su culpa­bilidad; pero, en cualquier caso, tenemos una linea de inves­tigación que la policía no ha encontrado y que una increíble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta su último extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!
Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, yzigza­gueamos por una serie de callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes tenía en­cima el rótulo de Breckinridge, y el dueño, un hombre con aspecto de caballo, de cara astuta y patillas recortadas, esta­ba ayudando a un muchacho a echar el cierre.
––Buenas noches, y fresquitas ––dijo Holmes.
El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.
––Por lo que veo, se le han terminado los gansos ––continuó Holmes, señalando los estantes de mármol vacíos.
––Mañana por la mañana podré venderle quinientos.
––Eso no me sirve.
––Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.
––Oiga, que vengo recomendado.
––¿Por quién?
––Por el dueño del Alpha.
––Ah, sí. Le envié un par de docenas.
––Y de muy buena calidad. ¿De dónde los sacó usted? Ante mi sorpresa, la pregunta provocó un estallido de có­lera en el vendedor.
––Oiga usted, señor ––dijo con la cabeza erguida y los bra­zos en jarras––. ¿Adónde quiere llegar? Me gustan la cosas claritas.
––He sido bastante claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que suministró al Alpha.
––Y yo no quiero decírselo. ¿Qué pasa?
––Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no sé por qué se pone usted así por una nimiedad.
––¡Me pongo como quiero! ¡Y usted también se pondría así si le fastidiasen tanto como a mí! Cuando pago buen dinero por un buen artículo, ahí debe terminar la cosa. ¿A qué viene tanto «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién le ha vendido los gansos?» y «¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Cual­quiera diría que no hay otros gansos en el mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.
––Le aseguro que no tengo relación alguna con los que le han estado interrogando ––dijo Holmes con tono indiferen­te––. Si no nos lo quiere decir, la apuesta se queda en nada. Pero me considero un entendido en aves de corral y he apos­tado cinco libras a que el ave que me comí es de campo.
––Pues ha perdido usted sus cinco libras, porque fue criada en Londres ––atajó el vendedor.
––De eso, nada.
––Le digo yo que sí.
––No le creo.
––¿Se cree que sabe de aves más que yo, que vengo mane­jándolas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vendí al Alpha eran de Londres.
––No conseguirá convencerme.
––¿Quiere apostar algo?
––Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, sólo para que aprenda a no ser tan terco.
El vendedor se rió por lo bajo y dijo:
––Tráeme los libros, Bill.
El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y los colocó juntos bajo la lámpara.
––Y ahora, señor Sabelotodo ––dijo el vendedor––, creía que no me quedaban gansos, pero ya verá cómo aún me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?
––Sí, ¿y qué?
––Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta página están los del campo, y detrás de cada nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, fijese en el tercer nombre. Léamelo.
––Señora Oakshott,117 Brixton Road... 249 ––leyó Holmes.
––Exacto. Ahora, busque esa página en el libro mayor. Holmes buscó la página indicada.
––Aquí está: señora Oakshott, 117 Brixton Road, provee­dores de huevos y pollería.
––Muy bien. ¿Cuáles la última entrada?
––Veintidós de diciembre. Veinticuatro gansos a siete che­lines y seis peniques.
––Exacto. Ahí lo tiene. ¿Qué pone debajo?
––Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.
––¿Qué me dice usted ahora?
Sherlock Holmes parecía profundamente disgustado. Sacó un soberano del bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador, retirándose con el aire de quien está tan fastidiado que inclu­so le faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y silencioso tan característico en él.
––Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink `Un» asomándole del bolsillo, puede es­tar seguro de que siempre se le podrá sonsacar mediante una apuesta ––dijo––. Me atrevería a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habría dado una informa­ción tan completa como la que le saqué haciéndole creer que me ganaba una apuesta. Bien, Watson, me parece que nos vamos acercando al foral de nuestra investigación, y lo único que queda por determinar es si debemos visitar a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, está claro que hay otras personas interesadas en el asunto, aparte de nosotros, y yo creo...
Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocerío procedente del puesto que acabábamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto pequeño y con cara de rata, de pie en el centro del círculo de luz pro­yectado por la lámpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agi­taba ferozmente sus puños en dirección a la figura encogida del otro.
––¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! ––gritaba––. ¡Vá­yanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus ton­terías, les soltaré el perro. Que venga aquí la señora Oaks­hott y le contestaré, pero ¿a usted qué le importa? ¿Acaso le compré a usted los gansos?
––No, pero uno de ellos era mío ––gimió el hombrecillo. ––Pues pídaselo a la señora Oakshott.
––Ella me dijo que se lo pidiera a usted.
––Pues, por mí, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto más. ¡Largo de aquí!
Dio unos pasos hacia delante con gesto feroz y el pregun­tón se esfumó entre las tinieblas.
––Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road ––susurró Holmes––. Venga conmigo y veremos qué podemos sacarle a ese tipo.
Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupi­llos de gente que aún rondaban en torno a los puestos ilumi­nados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó con la mano en el hombro. El individuo se volvió bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara había desaparecido todo rastro de color.
––¿Quién es usted? ¿Qué quiere? ––preguntó con voz tem­blorosa.
––Perdone usted ––dijo Holmes en tono suave––, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un momento al tendero, y creo que yo podría ayudarle.
––¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?
––Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en sa­ber lo que otros no saben.
––Pero usted no puede saber nada de esto.
––Perdone, pero lo sé todo. Anda usted buscando unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road, vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que éste a su vez vendió al señor Windigate, del Alpha, y éste a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.
––Ah, señor, es usted el hombre que yo necesito ––exclamó el hombrecillo, con las manos extendidas y los dedos tem­blorosos––. Me sería dificil explicarle el interés que tengo en este asunto.
Sherlock Holmes hizo señas a un coche que pasaba.
––En tal caso, lo mejor sería hablar de ello en una habita­ción confortable, y no en este mercado azotado por el viento ––dijo––. Pero antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar.
El hombre vaciló un instante.
––Me llamo John Robinson ––respondió, con una mirada de soslayo.
––No, no, el nombre verdadero ––dijo Holmes en tono ama­ble––. Siempre resulta incómodo tratar de negocios con un alias.
Un súbito rubor cubrió las blancas mejillas del descono­cido.
––Está bien, mi verdadero nombre es James Ryder.
––Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por fa­vor, suba al coche y pronto podré informarle de todo lo que desea saber.
El hombrecillo se nos quedó mirando con ojos medio asustados y medio esperanzados, como quien no está seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin al coche, y al cabo de media hora nos encontrábamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. No se había pro­nunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro nuevo acompañante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensión nerviosa que le dominaba.
––¡Henos aquí! ––dijo Holmes alegremente cuando pene­tramos en la habitación––. Un buen fuego es lo más adecua­do para este tiempo. Parece que tiene usted frío, señor Ry­der. Por favor, siéntese en el sillón de mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya está! ¿Así que quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?
––Sí, señor.
––O más bien, deberíamos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta... blanca, con una franja negra en la cola.
Ryder se estremeció de emoción.
––¡Oh, señor! ––exclamó––. ¿Puede usted decirme dónde fue a parar?
––Aquí.
––¿Aquí?
––Sí, y resultó ser un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Como que puso un huevo después de muerta... el huevo azul más pequeño, precioso y brillante que jamás se ha visto. Lo tengo aquí en mi museo.
Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se aga­rró con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abrió su caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un resplandor frío que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con las faccio­nes contraídas, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.
––Se acabó el juego, Ryder ––dijo Holmes muy tranquilo––. Sosténgase, hombre, que se va a caer al fuego. Ayúdele a sen­tarse, Watson. Le falta sangre fría para meterse en robos im­punemente. Déle un trago de brandy. Así. Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo!
Durante un momento había estado a punto de desplo­marse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus me­jillas, y permaneció sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.
––Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podría necesitar, así que es poco lo que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Había usted oído hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?
––Fue Catherine Cusack quien me habló de ella ––dijo el hombre con voz cascada.
––Ya veo. La doncella de la señora. Bien, la tentación de ha­cerse rico de golpe y con facilidad fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los métodos em­pleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de bellaco miserable. Sabía que ese pobre fontanero, Horner, había esta­do complicado hace tiempo en un asunto semejante, y que eso le convertiría en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qué hizo entonces? Usted y su cómplice Cusack hicieron un pe­queño estropicio en el cuarto de la señora y se las arreglaron para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, después de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuación...
De pronto, Ryder se dejó caer sobre la alfombra y se aga­rró a las rodillas de mi compañero.
––¡Por amor de Dios, tenga compasión! ––chillaba––. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les rompería el corazón. Ja­más hice nada malo antes, y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!
––¡Vuelva a sentarse en la silla! ––dijo Holmes rudamente––. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora, pero bien poco pensó usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.
––Huiré, señor Holmes. Saldré del país. Así tendrán que retirar los cargos contra él.
––¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la autén­tica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la piedra al bu­che del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado público? Dí­ganos la verdad, porque en ello reside su única esperanza de salvación.
Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.
––Le diré lo que sucedió, señor ––dijo––. Una vez detenido Horner, me pareció que lo mejor sería esconder la piedra cuanto antes, porque no sabía en qué momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí y mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. Salí como si fuera a hacer un recado y me fui a casa de mi hermana, que está ca­sada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. Duran­te todo el camino, cada hombre que veía se me antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. Mi hermana me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me con­venía hacer.
»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pen­tonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y cómo se deshacían de lo ro­bado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará cómo conver­tir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar hasta él sin contra­tiempos? Pensé en la angustia que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían de­tener y registrar, y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pa­red, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.
»Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. Lo sujeté, le abrí el pico y le metí la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los de­dos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué ocurría. Cuando me volví para ha­blarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre sus compañeros.
»––¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? ––preguntó mi hermana.
»––Bueno ––dije––, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo.
»––Oh, ya hemos apartado uno para ti ––dijo ella––. Lo lla­mamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.
»––Gracias, Maggie ––dije yo––. Pero, si te da lo mismo, pre­fiero ese otro que estaba examinando.
»––El otro pesa por lo menos tres libras más ––dijo ella––, y lo hemos engordado expresamente para ti.
»––No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora ––dije.
»—Bueno, como quieras ––dijo ella, un poco mosqueada––. ¿Cuál es el que dices que quieres?
»––Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio.
»––De acuerdo. Mátalo y te lo llevas.
»Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ave hasta Kil­burn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro de la piedra, y comprendí que había cometi­do una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista.
»––¿Dónde están todos, Maggie? ––exclamé.
»––Se los llevaron a la tienda.
»––¿A qué tienda?
»––A la de Breckinridge, en Covent Garden.
»––¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? ––pregunté.
»––Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude dis­tinguirlos.
»Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinrid­ge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las ve­ces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora... ahora soy un la­drón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!
Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.
Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sher­lock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.
––¡Váyase! ––dijo.
––¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!
––Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!
Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera preci­pitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.
––Al fin y al cabo, Watson ––dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla––, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. Supongo que estoy indultan­do a un delincuente, pero también es posible que esté sal­vando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está de­masiado asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, estamos en época de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabili­dad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra inves­tigación, cuyo tema principal será también un ave de corral.

8. La banda de lunares

Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los ocho últimos años, he estudiado los mé­todos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos, un buen número de ellos que eran simplemente extraños, pero ninguno vulgar; porque, trabajando como él trabajaba, más por amor a su arte que por afán de riquezas, se negaba a intervenir en ninguna in­vestigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantás­tico. Sin embargo, entre todos estos casos tan variados, no recuerdo ninguno que presentara características más extra­ordinarias que el que afectó a una conocida familia de Su­rrey, los Roylott de Stoke Moran. Los acontecimientos en cuestión tuvieron lugar en los primeros tiempos de mi aso­ciación con Holmes, cuando ambos compartíamos un apar­tamento de solteros en Baker Street. Podría haberlo dado a conocer antes, pero en su momento se hizo una promesa de silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, debido a la prematura muerte de la dama a quien se hizo la promesa. Quizás convenga sacar los hechos a la luz ahora, pues tengo motivos para creer que corren rumores sobre la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer que el asunto parezca aún más terrible que lo que fue en rea­lidad.
Una mañana de principios de abril de 1883, me desperté y vi a Sherlock Holmes completamente vestido, de pie junto a mi cama. Por lo general, se levantaba tarde, y en vista de que el reloj de la repisa sólo marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con una cierta sorpresa, y tal vez algo de resentimiento, porque yo era persona de hábitos muy regu­lares.
––Lamento despertarle, Watson ––dijo––, pero esta mañana nos ha tocado a todos. A la señora Hudson la han desperta­do, ella se desquitó conmigo, y yo con usted.
––¿Qué es lo que pasa? ¿Un incendio?
––No, un cliente. Parece que ha llegado una señorita en es­tado de gran excitación, que insiste en verme. Está aguar­dando en la sala de estar. Ahora bien, cuando las jovencitas vagan por la metrópoli a estas horas de la mañana, desper­tando a la gente dormida y sacándola de la cama, hay que su­poner que tienen que comunicar algo muy apremiante. Si resultara ser un caso interesante, estoy seguro de que le gus­taría seguirlo desde el principio. En cualquier caso, me pare­ció que debía llamarle y darle la oportunidad.
––Querido amigo, no me lo perdería por nada del mundo. No existía para mí mayor placer que seguir a Holmes en todas sus investigaciones y admirar las rápidas deducciones, tan veloces como si fueran intuiciones, pero siempre funda­das en una base lógica, con las que desentrañaba los proble­mas que se le planteaban.
Me vestí a toda prisa, y a los pocos minutos estaba listo para acompañar a mi amigo a la sala de estar. Una dama ves­tida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo es­taba sentada junto a la ventana y se levantó al entrar noso­tros.
––Buenos días, señora ––dijo Holmes animadamente––. Me llamo Sherlock Holmes. Éste es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta li­bertad como ante mí mismo. Ajá, me alegro de comprobar que la señora Hudson ha tenido el buen sentido de encender el fuego. Por favor, acérquese a él y pediré que le traigan una taza de chocolate, pues veo que está usted temblando.
––No es el frío lo que me hace temblar ––dijo la mujer en voz baja, cambiando de asiento como se le sugería.
––¿Qué es, entonces?
––El miedo, señor Holmes. El terror ––al hablar, alzó su velo y pudimos ver que efectivamente se encontraba en un la­mentable estado de agitación, con la cara gris y desencajada, los ojos inquietos y asustados, como los de un animal acosa­do. Sus rasgos y su figura correspondían a una mujer de treinta años, pero su cabello presentaba prematuras mechas grises, y su expresión denotaba fatiga y agobio. Sherlock Holmes la examinó de arriba a abajo con una de sus miradas rápidas que lo veían todo.
––No debe usted tener miedo ––dijo en tono consolador, in­clinándose hacia delante y palmeándole el antebrazo––. Pronto lo arreglaremos todo, no le quepa duda. Veo que ha venido usted en tren esta mañana.
––¿Es que me conoce usted?
––No, pero estoy viendo la mitad de un billete de vuelta en la palma de su guante izquierdo. Ha salido usted muy tem­prano, y todavía ha tenido que hacer un largo trayecto en co­che descubierto, por caminos accidentados, antes de llegar a la estación.
La dama se estremeció violentamente y se quedó miran­do con asombro a mi compañero.
––No hay misterio alguno, querida señora ––explicó Hol­mes sonriendo––. La manga izquierda de su chaqueta tiene salpicaduras de barro nada menos que en siete sitios. Las manchas aún están frescas. Sólo en un coche descubierto podría haberse salpicado así, y eso sólo si venía sentada a la izquierda del cochero.
––Sean cuales sean sus razones, ha acertado usted en todo ––dijo ella––. Salí de casa antes de las seis, llegué a Leatherhead a las seis y veinte y cogí el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo aguantar más esta tensión, me volveré loca de se­guir así. No tengo a nadie a quien recurrir... sólo hay una persona que me aprecia, y el pobre no sería una gran ayuda. He oído hablar de usted, señor Holmes; me habló de usted la señora Farintosh, a la que usted ayudó cuando se encontra­ba en un grave apuro. Ella me dio su dirección. ¡Oh, señor! ¿No cree que podría ayudarme a mí también, y al menos arrojar un poco de luz sobre las densas tinieblas que me ro­dean? Por el momento, me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero dentro de uno o dos meses me voy a ca­sar, podré disponer de mi renta y entonces verá usted que no soy desagradecida.
Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió y sacó un pe­queño fichero que consultó a continuación.
––Farintosh ––dijo––. Ah, sí, ya me acuerdo del caso; giraba en torno a una tiara de ópalo. Creo que fue antes de cono­cernos, Watson. Lo único que puedo decir, señora, es que tendré un gran placer en dedicar a su caso la misma aten­ción que dediqué al de su amiga. En cuanto a la retribución, mi profesión lleva en sí misma la recompensa; pero es usted libre de sufragar los gastos en los que yo pueda incurrir, cuando le resulte más conveniente. Y ahora, le ruego que nos exponga todo lo que pueda servirnos de ayuda para for­marnos una opinión sobre el asunto.
––¡Ay! ––replicó nuestra visitante––. El mayor horror de mi situación consiste en que mis temores son tan inconcretos, y mis sospechas se basan por completo en detalles tan peque­ños y que a otra persona le parecerían triviales, que hasta el hombre a quien, entre todos los demás, tengo derecho a pe­dir ayuda y consejo, considera todo lo que le digo como fan­tasías de una mujer nerviosa. No lo dice así, pero puedo dar­me cuenta por sus respuestas consoladoras y sus ojos esquivos. Pero he oído decir, señor Holmes, que usted es ca­paz de penetrar en las múltiples maldades del corazón hu­mano. Usted podrá indicarme cómo caminar entre los peli­gros que me amenazan.
––Soy todo oídos, señora.
––Me llamo Helen Stoner, y vivo con mi padrastro, último superviviente de una de las familias sajonas más antiguas de Inglaterra, los Roylott de Stoke Moran, en el límite occiden­tal de Surrey.
Holmes asintió con la cabeza.
––El nombre me resulta familiar ––dijo.
––En otro tiempo, la familia era una de las más ricas de In­glaterra, y sus propiedades se extendían más allá de los lími­tes del condado, entrando por el norte en Berkshire y por el oeste en Hampshire. Sin embargo, en el siglo pasado hubo cuatro herederos seguidos de carácter disoluto y derrocha­dor, y un jugador completó, en tiempos de la Regencia, la ruina de la familia. No se salvó nada, con excepción de unas pocas hectáreas de tierra y la casa, de doscientos años de edad, sobre la que pesa una fuerte hipoteca. Allí arrastró su existencia el último señor, viviendo la vida miserable de un mendigo aristócrata; pero su único hijo, mi padrastro, com­prendiendo que debía adaptarse a las nuevas condiciones, consiguió un préstamo de un pariente, que le permitió es­tudiar medicina, y emigró a Calcuta, donde, gracias a su ta­lento profesional y a su fuerza de carácter, consiguió una nu­merosa clientela. Sin embargo, en un arrebato de cólera, provocado por una serie de robos cometidos en su casa, azo­tó hasta matarlo a un mayordomo indígena, y se libró por muy poco de la pena de muerte. Tuvo que cumplir una larga condena, al cabo de la cual regresó a Inglaterra, convertido en un hombre huraño y desengañado.
»Durante su estancia en la India, el doctor Roylott se casó con mi madre, la señora Stoner, joven viuda del general de división Stoner, de la artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas, y sólo teníamos dos años cuando nuestra madre se volvió a casar. Mi madre disponía de un capital considerable, con una renta que no bajaba de las mil libras al año, y se lo confió por entero al doctor Roylott mientras viviésemos con él, estipulando que cada una de nosotras debía recibir cierta suma anual en caso de contraer matrimonio. Mi madre falleció poco después de nuestra lle­gada a Inglaterra... hace ocho años, en un accidente ferrovia­rio cerca de Crewe. A su muerte, el doctor Roylott abandonó sus intentos de establecerse como médico en Londres, y nos llevó a vivir con él en la mansión ancestral de Stoke Moran. El dinero que dejó mi madre bastaba para cubrir todas nues­tras necesidades, y no parecía existir obstáculo a nuestra fe­licidad.
»Pero, aproximadamente por aquella época, nuestro pa­drastro experimentó un cambio terrible. En lugar de hacer amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al principio se alegraron muchísimo de ver a un Roylott de Stoke Moran instalado de nuevo en la vieja mansión fami­liar, se encerró en la casa sin salir casi nunca, a no ser para enzarzarse en furiosas disputas con cualquiera que se cruza­se en su camino. El temperamento violento, rayano con la manía, parece ser hereditario en los varones de la familia, y en el caso de mi padrastro creo que se intensificó a conse­cuencia de su larga estancia en el trópico. Provocó varios in­cidentes bochornosos, dos de los cuales terminaron en el juzgado, y acabó por convertirse en el terror del pueblo, de quien todos huían al verlo acercarse, pues tiene una fuerza extraordinaria y es absolutamente incontrolable cuando se enfurece.
»La semana pasada tiró al herrero del pueblo al río, por encima del pretil, y sólo a base de pagar todo el dinero que pude reunir conseguí evitar una nueva vergüenza pública. No tiene ningún amigo, a excepción de los gitanos errantes, y a estos vagabundos les da permiso para acampar en las pocas hectáreas de tierra cubierta de zarzas que componen la finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad de sus tiendas y marchándose a veces con ellos durante semanas enteras. También le apasionan los animales indios, que le envía un contacto en las colonias, y en la actualidad tiene un guepardo y un babuino que se pasean en libertad por sus tie­rras, y que los aldeanos temen casi tanto como a su dueño.
»Con esto que le digo podrá usted imaginar que mi pobre hermana Julia y yo no llevábamos una vida de placeres. Nin­gún criado quería servir en nuestra casa, y durante mucho tiempo hicimos nosotras todas las labores domésticas. Cuando murió no tenía más que treinta años y, sin embargo, su cabello ya empezaba a blanquear, igual que el mío.
––Entonces, su hermana ha muerto.
––Murió hace dos años, y es de su muerte de lo que vengo a hablarle. Comprenderá usted que, llevando la vida que he descrito, teníamos pocas posibilidades de conocer a gente de nuestra misma edad y posición. Sin embargo, teníamos una tía soltera, hermana de mi madre, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, y de vez en cuando se nos permitía hacerle breves visitas. Julia fue a su casa por Na­vidad, hace dos años, y allí conoció a un comandante de In­fantería de Marina retirado, al que se prometió en matrimo­nio. Mi padrastro se enteró del compromiso cuando regresó mi hermana, y no puso objeciones a la boda. Pero menos de quince días antes de la fecha fijada para la ceremonia, ocurrió el terrible suceso que me privó de mi única compañera.
Sherlock Holmes había permanecido recostado en su bu­taca con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en un cojín, pero al oír esto entreabrió los párpados y miró de frente a su interlocutora.
––Le ruego que sea precisa en los detalles ––dijo.
––Me resultará muy fácil, porque tengo grabados a fuego en la memoria todos los acontecimientos de aquel espantoso período. Como ya le he dicho, la mansión familiar es muy vieja, y en la actualidad sólo un ala está habitada. Los dormi­torios de esta ala se encuentran en la planta baja, y las salas en el bloque central del edificio. El primero de los dormito­rios es el del doctor Roylott, el segundo el de mi hermana, y el tercero el mío. No están comunicados, pero todos dan al mismo pasillo. ¿Me explico con claridad?
––Perfectamente.
––Las ventanas de los tres cuartos dan al jardín. La noche fatídica, el doctor Roylott se había retirado pronto, aunque sabíamos que no se había acostado porque a mi hermana le molestaba el fuerte olor de los cigarros indios que solía fu­mar. Por eso dejó su habitación y vino a la mía, donde se quedó bastante rato, hablando sobre su inminente boda. A las once se levantó para marcharse, pero en la puerta se de­tuvo y se volvió a mirarme.
»––Dime, Helen ––dijo––. ¿Has oído a alguien silbar en me­dio de la noche?
»––Nunca ––respondí.
»––¿No podrías ser tú, que silbas mientras duermes?
»––Desde luego que no. ¿Por qué?
»––Porque las últimas noches he oído claramente un silbi­do bajo, a eso de las tres de la madrugada. Tengo el sueño muy ligero, y siempre me despierta. No podría decir de dón­de procede, quizás del cuarto de al lado, tal vez del jardín. Se me ocurrió preguntarte por si tú también lo habías oído.
»––No, no lo he oído. Deben ser esos horribles gitanos que hay en la huerta.
»––Probablemente. Sin embargo, si suena en el jardín, me extraña que tú no lo hayas oído también.
»—Es que yo tengo el sueño más pesado que tú.
»––Bueno, en cualquier caso, no tiene gran importancia ––me dirigió una sonrisa, cerró la puerta y pocos segundos después oí su llave girar en la cerradura.
––Caramba ––dijo Holmes––. ¿Tenían la costumbre de cerrar siempre su puerta con llave por la noche?
––Siempre.
––¿Y por qué?
––Creo haber mencionado que el doctor tenía sueltos un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras sin la puerta cerrada.
––Es natural. Por favor, prosiga con su relato.
––Aquella noche no pude dormir. Sentía la vaga sensación de que nos amenazaba una desgracia. Como recordará, mi hermana y yo éramos gemelas, y ya sabe lo sutiles que son los lazos que atan a dos almas tan estrechamente unidas. Fue una noche terrible. El viento aullaba en el exterior, y la lluvia caía con fuerza sobre las ventanas. De pronto, entre el es­truendo de la tormenta, se oyó el grito desgarrado de una mujer aterrorizada. Supe que era la voz de mi hermana. Salté de la cama, me envolví en un chal y salí corriendo al pasillo. Al abrir la puerta, me pareció oír un silbido, como el que ha­bía descrito mi hermana, y pocos segundos después un gol­pe metálico, como si se hubiese caído un objeto de metal. Mientras yo corría por el pasillo se abrió la cerradura del cuarto de mi hermana y la puerta giró lentamente sobre sus goznes. Me quedé mirando horrorizada, sin saber lo que iría a salir por ella. A la luz de la lámpara del pasillo, vi que mi hermana aparecía en el hueco, con la cara lívida de espanto y las manos extendidas en petición de socorro, toda su figura oscilando de un lado a otro, como la de un borracho. Corrí hacia ella y la rodeé con mis brazos, pero en aquel momento parecieron ceder sus rodillas y cayó al suelo. Se estremecía como si sufriera horribles dolores, agitando convulsiva­mente los miembros. Al principio creí que no me había reco­nocido, pero cuando me incliné sobre ella gritó de pronto, con una voz que no olvidaré jamás: «¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares!» Quiso decir algo más, y señaló con el dedo en dirección al cuarto del doctor, pero una nueva convulsión se apoderó de ella y ahogó sus pala­bras. Corrí llamando a gritos a nuestro padrastro, y me tro­pecé con él, que salía en bata de su habitación. Cuando llega­mos junto a mi hermana, ésta ya había perdido el conoci­miento, y aunque él le vertió brandy por la garganta y man­dó llamar al médico del pueblo, todos los esfuerzos fueron en vano, porque poco a poco se fue apagando y murió sin re­cuperar la conciencia. Éste fue el espantoso final de mi que­rida hermana.
––Un momento ––dijo Holmes––. ¿Está usted segura de lo del silbido y el sonido metálico? ¿Podría jurarlo?
––Eso mismo me preguntó el juez de instrucción del con­dado durante la investigación. Estoy convencida de que lo oí, a pesar de lo cual, entre el fragor de la tormenta y los cru­jidos de una casa vieja, podría haberme equivocado.
––¿Estaba vestida su hermana?
––No, estaba en camisón. En la mano derecha se encontró el extremo chamuscado de una cerilla, y en la izquierda una caja de fósforos.
––Lo cual demuestra que encendió una cerilla y miró a su alrededor cuando se produjo la alarma. Eso es importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez de instrucción?
––Investigó el caso minuciosamente, porque la conducta del doctor Roylott llevaba mucho tiempo dando que hablar en el condado, pero no pudo descubrir la causa de la muerte. Mi testimonio indicaba que su puerta estaba cerrada por dentro, y las ventanas tenían postigos antiguos, con barras de hierro que se cerraban cada noche. Se examinaron cuida­dosamente las paredes, comprobando que eran bien maci­zas por todas partes, y lo mismo se hizo con el suelo, con idéntico resultado. La chimenea es bastante amplia, pero está enrejada con cuatro gruesos barrotes. Así pues, no cabe duda de que mi hermana se encontraba sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señales de violencia.
––¿Qué me dice del veneno?
––Los médicos investigaron esa posibilidad, sin resul­tados.
––¿De qué cree usted, entonces, que murió la desdichada señorita?
––Estoy convencida de que murió de puro y simple miedo o de trauma nervioso, aunque no logro explicarme qué fue lo que la asustó.
––¿Había gitanos en la finca en aquel momento?
––Sí, casi siempre hay algunos.
––Ya. ¿Y qué le sugirió a usted su alusión a una banda... una banda de lunares?
––A veces he pensado que se trataba de un delirio sin senti­do; otras veces, que debía referirse a una banda de gente, tal vez a los mismos gitanos de la finca. No sé si los pañuelos de lunares que muchos de ellos llevan en la cabeza le podrían haber inspirado aquel extraño término.
Holmes meneó la cabeza como quien no se da por satis­fecho.
––Nos movemos en aguas muy profundas ––dijo––. Por fa­vor, continúe con su narración.
––Desde entonces han transcurrido dos años, y mi vida ha sido más solitaria que nunca, hasta hace muy poco. Hace un mes, un amigo muy querido, al que conozco desde hace mu­chos años, me hizo el honor de pedir mi mano. Se llama Ar­mitage, Percy Armitage, segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no ha pues­to inconvenientes al matrimonio, y pensamos casarnos en primavera. Hace dos días se iniciaron unas reparaciones en el ala oeste del edificio, y hubo que agujerear la pared de mi cuarto, por lo que me tuve que instalar en la habitación don­de murió mi hermana y dormir en la misma cama en la que ella dormía. Imagínese mi escalofrío de terror cuando ano­che, estando yo acostada pero despierta, pensando en su te­rrible final, oí de pronto en el silencio de la noche el suave silbido que había anunciado su propia muerte. Salté de la cama y encendí la lámpara, pero no vi nada anormal en la habitación. Estaba demasiado nerviosa como para volver a acostarme, así que me vestí y, en cuando salió el sol, me eché a la calle, cogí un coche en la posada Crown, que está enfren­te de casa, y me planté en Leatherhead, de donde he llegado esta mañana, con el único objeto de venir a verle y pedirle consejo.
––Ha hecho usted muy bien ––dijo mi amigo––. Pero ¿me lo ha contado todo?
––Sí, todo.
––Señorita Stoner, no me lo ha dicho todo. Está usted en­cubriendo a su padrastro.
––¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
Por toda respuesta, Holmes levantó el puño de encaje ne­gro que adornaba la mano que nuestra visitante apoyaba en la rodilla. Impresos en la blanca muñeca se veían cinco pe­queños moratones, las marcas de cuatro dedos y un pulgar. ––La han tratado con brutalidad ––dijo Holmes.
La dama se ruborizó intensamente y se cubrió la lastima­da muñeca.
––Es un hombre duro ––dijo––, y seguramente no se da cuenta de su propia fuerza.
Se produjo un largo silencio, durante el cual Holmes apo­yó el mentón en las manos y permaneció con la mirada fija en el fuego crepitante.
––Es un asunto muy complicado ––dijo por fin––. Hay mil detalles que me gustaría conocer antes de decidir nuestro plan de acción, pero no podemos perder un solo instante. Si nos desplazáramos hoy mismo a Stoke Moran, ¿nos sería posible ver esas habitaciones sin que se enterase su padras­tro?
––Precisamente dijo que hoy tenía que venir a Londres para algún asunto importante. Es probable que esté ausente todo el día y que pueda usted actuar sin estorbos. Tenemos una sirvienta, pero es vieja y estúpida, y no me será difícil quitarla de enmedio.
––Excelente. ¿Tiene algo en contra de este viaje, Watson?
––Nada en absoluto.
––Entonces, iremos los dos. Y usted, ¿qué va a hacer?
––Ya que estoy en Londres, hay un par de cosillas que me gustaría hacer. Pero pienso volver en el tren de las doce, para estar allí cuando ustedes lleguen.
––Puede esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo un par de asuntillos que atender. ¿No quiere quedarse a desayunar?
––No, tengo que irme. Me siento ya más aliviada desde que le he'confiado mi problema. Espero volverle a ver esta tarde ––dejó caer el tupido velo negro sobre su rostro y se deslizó fuera de la habitación.
––¿Qué le parece todo esto, Watson? ––preguntó Sherlock Holmes recostándose en su butaca.
––Me parece un asunto de lo más turbio y siniestro.
––Turbio y siniestro a no poder más.
––Sin embargo, si la señorita tiene razón al afirmar que las paredes y el suelo son sólidos, y que la puerta, ventanas y chimenea son infranqueables, no cabe duda de que la her­mana tenía que encontrarse sola cuando encontró la muerte de manera tan misteriosa.
––¿Y qué me dice entonces de los silbidos nocturnos y de las intrigantes palabras de la mujer moribunda?
––No se me ocurre nada.
––Si combinamos los silbidos en la noche, la presencia de una banda de gitanos que cuentan con la amistad del viejo doctor, el hecho de que tenemos razones de sobra para creer que el doctor está muy interesado en impedir la boda de su hijastra, la alusión a una banda por parte de la moribunda, el hecho de que la señorita Helen Stoner oyera un golpe me­tálico, que pudo haber sido producido por una de esas ba­rras de metal que cierran los postigos al caer de nuevo en su sitio, me parece que hay una buena base para pensar que po demos aclarar el misterio siguiendo esas líneas.
––Pero ¿qué es lo que han hecho los gitanos?
––No tengo ni idea.
––Encuentro muchas objeciones a esa teoría.
––También yo. Precisamente por esa razón vamos a ir hoy a Stoke Moran. Quiero comprobar si las objeciones son de­finitivas o se les puede encontrar una explicación. Pero... ¿qué demonio?...
Lo que había provocado semejante exclamación de mi compañero fue el hecho de que nuestra puerta se abriera de golpe y un hombre gigantesco apareciera en el marco. Sus ropas eran una curiosa mezcla de lo profesional y lo agríco­la: llevaba un sombrero negro de copa, una levita con faldo­nes largos y un par de polainas altas, y hacía oscilar en la mano un látigo de caza. Era tan alto que su sombrero rozaba el montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil arrugas, tostado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento y marcado por to­das las malas pasiones, se volvía alternativamente de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos, hundidos y biliosos, y su nariz alta y huesuda, le daban cierto parecido grotesco con un ave de presa, vieja y feroz.
––¿Quién de ustedes es Holmes? ––preguntó la aparición. ––Ése es mi nombre, señor, pero me lleva usted ventaja ––respondió mi compañero muy tranquilo.
––Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.
––Ah, ya ––dijo Holmes suavemente––. Por favor, tome asiento, doctor.
––No me da la gana. Mi hijastra ha estado aquí. La he se­guido. ¿Qué le ha estado contando?
––Hace algo de frío para esta época del año ––dijo Holmes.
––¿Qué le ha contado? ––gritó el viejo, enfurecido.
––Sin embargo, he oído que la cosecha de azafrán se pre­senta muy prometedora ––continuó mi compañero, imper­turbable.
––¡Ja! Conque se desentiende de mí, ¿eh? ––dijo nuestra nueva visita, dando un paso adelante y esgrimiendo su látigo de caza––. Ya le conozco, granuja. He oído hablar de usted. Usted es Holmes, el entrometido.
Mi amigo sonrió.
––¡Holmes el metomentodo!
La sonrisa se ensanchó.
––¡Holmes, el correveidile de Scofand Yard! Holmes soltó una risita cordial.
––Su conversación es de lo más amena ––dijo––. Cuando se vaya, cierre la puerta, porque hay una cierta corriente. ––Me iré cuando haya dicho lo que tengo que decir. No se atreva a meterse en mis asuntos. Me consta que la señorita Stoner ha estado aquí. La he seguido. Soy un hombre peli­groso para quien me fastidia. ¡Fíjese!
Dio un rápido paso adelante, cogió el atizafuego y lo cur­vó con sus enormes manazas morenas.
––¡Procure mantenerse fuera de mi alcance! ––rugió. Y arrojando el hierro doblado a la chimenea, salió de la habi­tación a grandes zancadas.
––Parece una persona muy simpática ––dijo Holmes, echándose a reír––. Yo no tengo su corpulencia, pero si se hubiera quedado le habría podido demostrar que mis ma­nos no son mucho más débiles que las suyas ––y diciendo esto, recogió el atizador de hierro y con un súbito esfuerzo volvió a enderezarlo––. ¡Pensar que ha tenido la insolencia de confundirme con el cuerpo oficial de policía! No obs­tante, este incidente añade interés personal a la investiga­ción, y sólo espero que nuestra amiga no sufra las conse­cuencias de su imprudencia al dejar que esa bestia le siguiera los pasos. Y ahora, Watson, pediremos el desayu­no y después daré un paseo hasta Doctors' Commons, don­de espero obtener algunos datos que nos ayuden en nuestra tarea.
Era casi la una cuando Sherlock Holmes regresó de su ex­cursión. Traía en la mano una hoja de papel azul, repleta de cifras y anotaciones.
––He visto el testamento de la esposa fallecida ––dijo––. Para determinar el valor exacto, me he visto obligado a averiguar los precios actuales de las inversiones que en él figuran. La renta total, que en la época en que murió la esposa era casi de 1.100 libras, en la actualidad, debido al descenso de los pre­cios agrícolas, no pasa de las 750. En caso de contraer matri­monio, cada hija puede reclamar una renta de 250. Es evi­dente, por lo tanto, que si las dos chicas se hubieran casado, este payaso se quedaría a dos velas; y con que sólo se casara una, ya notaría un bajón importante. El trabajo de esta ma­ñana no ha sido en vano, ya que ha quedado demostrado que el tipo tiene motivos de los más fuertes para tratar de impedir que tal cosa ocurra. Y ahora, Watson, la cosa es de­masiado grave como para andar perdiendo el tiempo, espe­cialmente si tenemos en cuenta que el viejo ya sabe que nos interesamos por sus asuntos, así que, si está usted dispuesto, llamaremos a un coche para que nos lleve a Waterloo. Le agradecería mucho que se metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley n.° 2 es un excelente argumento para tratar con ca­balleros que pueden hacer nudos con un atizador de hierro. Eso y un cepillo de dientes, creo yo, es todo lo que necesita­mos.
En Waterloo tuvimos la suerte de coger un tren a Leather­head, y una vez allí alquilamos un coche en la posada de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los encanta­dores caminos de Surrey. Era un día verdaderamente es­pléndido, con un sol resplandeciente y unas cuantas nubes algodonosas en el cielo. Los árboles y los setos de los lados empezaban a echar los primeros brotes, y el aire olía agrada­blemente a tierra mojada. Para mí, al menos, existía un ex­traño contraste entre la dulce promesa de la primavera y la siniestra intriga en la que nos habíamos implicado. Mi com­pañero iba sentado en la parte delantera, con los brazos cru­zados, el sombrero caído sobre los ojos y la barbilla hundida en el pecho, sumido aparentemente en los más profundos pensamientos. Pero de pronto se incorporó, me dio un gol­pecito en el hombro y señaló hacia los prados.
––¡Mire allá! ––dijo.
Un parque con abundantes árboles se extendía en suave pendiente, hasta convertirse en bosque cerrado en su punto más alto. Entre las ramas sobresalían los frontones grises y el alto tejado de una mansión muy antigua.
––¿Stoke Moran? ––preguntó.
––Sí, señor; ésa es la casa del doctor Grimesby Roylott ––confirmó el cochero.
––Veo que están haciendo obras ––dijo Holmes––. Es allí donde vamos.
––El pueblo está allí ––dijo el cochero, señalando un grupo de tejados que se veía a cierta distancia a la izquierda––. Pero si quieren ustedes ir a la casa, les resultará más corto por esa escalerilla de la cerca y luego por el sendero que atraviesa el campo. Allí, por donde está paseando la señora.
––Y me imagino que dicha señora es la señorita Stoner ––comentó Holmes, haciendo visera con la mano sobre los ojos––. Sí, creo que lo mejor es que hagamos lo que usted dice.
Nos apeamos, pagamos el trayecto y el coche regresó tra­queteando a Leatherhead.
––Me pareció conveniente ––dijo Holmes mientras subía­mos la escalerilla–– que el cochero creyera que venimos aquí como arquitectos, o para algún otro asunto concreto. Puede que eso evite chismorreos. Buenas tardes, señorita Stoner. Ya ve que hemos cumplido nuestra palabra.
Nuestra cliente de por la mañana había corrido a nuestro encuentro con la alegría pintada en el rostro.
––Les he estado esperando ansiosamente ––exclamó, estre­chándonos afectuosamente las manos––. Todo ha salido de maravilla. El doctor Roylott se ha marchado a Londres, y no es probable que vuelva antes del anochecer.
––Hemos tenido el placer de conocer al doctor ––dijo Hol­mes, y en pocas palabras le resumió lo ocurrido. La señorita Stoner palideció hasta los labios al oírlo.
––¡Cielo santo! ––exclamó––. ¡Me ha seguido!
––Eso parece.
––Es tan astuto que nunca sé cuándo estoy a salvo de él. ¿Qué dirá cuando vuelva?
––Más vale que se cuide, porque puede encontrarse con que alguien más astuto que él le sigue la pista. Usted tie­ne que protegerse encerrándose con llave esta noche. Si se pone violento, la llevaremos a casa de su tía de Harrow. Y ahora, hay que aprovechar lo mejor posible el tiempo, así que, por favor, llévenos cuanto antes a las habitaciones que tenemos que examinar.
El edificio era de piedra gris manchada de liquen, con un bloque central más alto y dos alas curvadas, como las pinzas de un cangrejo, una a cada lado. En una de dichas alas, las ventanas estaban rotas y tapadas con tablas de madera, y parte del tejado se había hundido, dándole un aspecto rui­noso. El bloque central estaba algo mejor conservado, pero el ala derecha era relativamente moderna, y las cortinas de las ventanas, junto con las volutas de humo azulado que sa­lan de las chimeneas, demostraban que en ella residía la fa­milia. En un extremo se habían levantado andamios y abier­to algunos agujeros en el muro, pero en aquel momento no se veía ni rastro de los obreros. Holmes caminó lentamente de un lado a otro del césped mal cortado, examinando con gran atención la parte exterior de las ventanas.
––Supongo que ésta corresponde a la habitación en la que usted dormía, la del centro a la de su difunta hermana, y la que se halla pegada al edificio principal a la habitación del doctor Roylott.
––Exactamente. Pero ahora duermo en la del centro.
––Mientras duren las reformas, según tengo entendido. Por cierto, no parece que haya una necesidad urgente de re­paraciones en ese extremo del muro.
––No había ninguna necesidad. Yo creo que fue una excusa para sacarme de mi habitación.
––¡Ah, esto es muy sugerente! Ahora, veamos: por la parte de atrás de este ala está el pasillo al que dan estas tres habita­ciones. Supongo que tendrá ventanas.
––Sí, pero muy pequeñas. Demasiado estrechas para que pueda pasar nadie por ellas.
––Puesto que ustedes dos cerraban sus puertas con llave por la noche, el acceso a sus habitaciones por ese lado es im­posible. Ahora, ¿tendrá usted la bondad de entrar en su ha­bitación y cerrar los postigos de la ventana?
La señorita Stoner hizo lo que le pedían, y Holmes, tras haber examinado atentamente la ventana abierta, intentó por todos los medios abrir los postigos cerrados, pero sin éxito. No existía ninguna rendija por la que pasar una navaja para levantar la barra de hierro. A continuación, examinó con la lupa las bisagras, pero éstas eran de hierro macizo, fir­memente empotrado en la recia pared.
––¡Hum! ––dijo, rascándose la barbilla y algo perplejo––. Desde luego, mi teoría presenta ciertas dificultades. Nadie podría pasar con estos postigos cerrados. Bueno, veamos si el interior arroja alguna luz sobre el asunto.
Entramos por una puertecita lateral al pasillo encalado al que se abrían los tres dormitorios. Holmes se negó a exa­minar la tercera habitación y pasamos directamente a la se­gunda, en la que dormía la señorita Stoner y en la que su hermana había encontrado la muerte. Era un cuartito muy acogedor, de techo bajo y con una amplia chimenea de esti­lo rural. En una esquina había una cómoda de color casta­ño, en otra una cama estrecha con colcha blanca, y a la iz­quierda de la ventana una mesa de tocador. Estos artículos, más dos sillitas de mimbre, constituían todo el mobiliario de la habitación, aparte de una alfombra cuadrada de Wil­ton que había en el centro. El suelo y las paredes eran de madera de roble, oscura y carcomida, tan vieja y descolori­da que debía remontarse a la construcción original de la casa. Holmes arrimó una de las sillas a un rincón y se sentó en silencio, mientras sus ojos se desplazaban de un lado a otro, arriba y abajo, asimilando cada detalle de la habita­ción.
––¿Con qué comunica esta campanilla? ––preguntó por fin, señalando un grueso cordón de campanilla que colgaba jun­to a la cama, y cuya borla llegaba a apoyarse en la almohada.
––Con la habitación de la sirvienta.
––Parece más nueva que el resto de las cosas.
––Sí, la instalaron hace sólo dos años.
––Supongo que a petición de su hermana.
––No; que yo sepa, nunca la utilizó. Si necesitábamos algo, íbamos a buscarlo nosotras mismas.
––La verdad, me parece innecesario instalar aquí un llama­dor tan bonito. Excúseme unos minutos, mientras examino el suelo.
Se tumbó boca abajo en el suelo, con la lupa en la mano, y se arrastró velozmente de un lado a otro, inspeccionando atentamente las rendijas del entarimado. A continuación hizo lo mismo con las tablas de madera que cubrían las pa­redes. Por ultimo, se acercó a la cama y permaneció algún tiempo mirándola fijamente y examinando la pared de arri­ba a abajo. Para terminar, agarró el cordón de la campanilla y dio un fuerte tirón.
––¡Caramba, es simulado! ––exclamó.
––¿Cómo? ¿No suena?
––No, ni siquiera está conectado a un cable. Esto es muy in­teresante. Fíjese en que está conectado a un gancho justo por encima del orificio de ventilación.
––¡Qué absurdo! ¡Jamás me había fijado!
––Es muy extraño ––murmuró Holmes, tirando del cor­dón––. Esta habitación tiene uno o dos detalles muy curiosos. Por ejemplo, el constructor tenía que ser un estúpido para abrir un orificio de ventilación que da a otra habitación, cuando, con el mismo esfuerzo, podría haberlo hecho co­municar con el aire libre.
––Eso también es bastante moderno ––dijo la señorita.
––Más o menos, de la misma época que el llamador ––aven­turó Holmes.
––Sí, por entonces se hicieron varias pequeñas reformas. ––Y todas parecen de lo más interesante... cordones de campanilla sin campanilla y orificios de ventilación que no ventilan. Con su permiso, señorita Stoner, proseguiremos nuestras investigaciones en la habitación de más adentro. La alcoba del doctor Grimesby Roylott era más grande que la de su hijastra, pero su mobiliario era igual de escueto. Una cama turca, una pequeña estantería de madera llena de libros, en su mayoría de carácter técnico, una butaca junto a la cama, una vulgar silla de madera arrimada a la pared, una mesa camilla y una gran caja fuerte de hierro, eran los prin­cipales objetos que saltaban a la vista. Holmes recorrió des­pacio la habitación, examinándolos todos con el más vivo interés.
––¿Qué hay aquí? ––preguntó, golpeando con los nudillos la caja fuerte.
––Papeles de negocios de mi padrastro.
––Entonces es que ha mirado usted dentro.
––Sólo una vez, hace años. Recuerdo que estaba llena de papeles.
––¿Y no podría haber, por ejemplo, un gato?
––No. ¡Qué idea tan extraña!
––Pues fíjese en esto ––y mostró un platillo de leche que ha­bía encima de la caja.
––No, gato no tenemos, pero sí que hay un guepardo y un babuino.
––¡Ah, sí, claro! Al fin y al cabo, un guepardo no es más que un gato grandote, pero me atrevería a decir que con un plati­to de leche no bastaría, ni mucho menos, para safisfacer sus necesidades. Hay una cosa que quiero comprobar.
Se agachó ante la silla de madera y examinó el asiento con la mayor atención.
––Gracias. Esto queda claro ––dijo levantándose y metién­dose la lupa en el bolsillo––. ¡Vaya! ¡Aquí hay algo muy intere­sante!
El objeto que le había llamado la atención era un pequeño látigo para perros que colgaba de una esquina de la cama. Su extremo estaba atado formando un lazo corredizo.
––¿Qué le sugiere a usted esto, Watson?
––Es un látigo común y corriente. Aunque no sé por qué tiene este nudo.
––Eso no es tan corriente, ¿eh? ¡Ay, Watson! Vivimos en un mundo malvado, y cuando un hombre inteligente dedica su talento al crimen, se vuelve aún peor. Creo que ya he visto suficiente, señorita Stoner, y, con su permiso, daremos un paseo por el jardín.
Jamás había visto a mi amigo con un rostro tan sombrío y un ceño tan fruncido como cuando nos retiramos del esce­nario de la investigación. Habíamos recorrido el jardín va­rias veces de arriba abajo, sin que ni la señorita Stoner ni yo nos atreviéramos a interrumpir el curso de sus pensamien­tos, cuando al fin Holmes salió de su ensimismamiento.
––Es absolutamente esencial, señorita Stoner ––dijo––, que siga usted mis instrucciones al pie de la letra en todos los as­pectos.
––Le aseguro que así lo haré.
––La situación es demasiado grave como para andarse con vacilaciones. Su vida depende de que haga lo que le digo.
––Vuelvo a decirle que estoy en sus manos.
––Para empezar, mi amigo y yo tendremos que pasar la no­che en su habitación.
Tanto la señorita Stoner como yo le miramos asombra­dos.
––Sí, es preciso. Deje que le explique. Aquello de allá creo que es la posada del pueblo, ¿no?
––Sí, el «Crown».
––Muy bien. ¿Se verán desde allí sus ventanas?
––Desde luego.
––En cuanto regrese su padrastro, usted se retirará a su ha­bitación, pretextando un dolor de cabeza. Y cuando oiga que él también se retira a la suya, tiene usted que abrir la ventana, alzar el cierre, colocar un candil que nos sirva de señal y, a continuación, trasladarse con todo lo que vaya a necesitar a la habitación que ocupaba antes. Estoy seguro de que, a pesar de las reparaciones, podrá arreglárselas para pasar allí una noche.
––Oh, sí, sin problemas.
––El resto, déjelo en nuestras manos.
––Pero ¿qué van ustedes a hacer?
––Vamos a pasar la noche en su habitación e investigar la causa de ese sonido que la ha estado molestando.
––Me parece, señor Holmes, que ya ha llegado usted a una conclusión ––dijo la señorita Stoner, posando su mano sobre el brazo de mi compañero.
––Es posible.
––Entonces, por compasión, dígame qué ocasionó la muerte de mi hermana.
––Prefiero tener pruebas más terminantes antes de hablar.
––Al menos, podrá decirme si mi opinión es acertada, y murió de un susto.
––No, no lo creo. Creo que es probable que existiera una causa más tangible. Y ahora, señorita Stoner, tenemos que dejarla, porque si regresara el doctor Roylott y nos viera, nuestro viaje habría sido en vano. Adiós, y sea valiente, por­que si hace lo que le he dicho puede estar segura de que no tardaremos en librarla de los peligros que la amenazan.
Sherlock Holmes y yo no tuvimos dificultades para alqui­lar una alcoba con sala de estar en el «Crown». Las habitacio­nes se encontraban en la planta superior, y desde nuestra ventana gozábamos de una espléndida vista de la entrada a la avenida y del ala deshabitada de la mansión de Stoke Moran. Al atardecer vimos pasar en un coche al doctor Grimesby Roylott, con su gigantesca figura sobresaliendo junto a la menuda figurilla del muchacho que guiaba el coche. El co­chero tuvo alguna dificultad para abrir las pesadas puertas de hierro, y pudimos oír el áspero rugido del doctor y ver la furia con que agitaba los puños cerrados, amenazándolo. El vehículo siguió adelante y, pocos minutos más tarde, vimos una luz que brillaba de pronto entre los árboles, indicando que se había encendido una lámpara en uno de los salones.
––¿Sabe usted, Watson? ––dijo Holmes mientras permane­cíamos sentados en la oscuridad––. Siento ciertos escrúpulos de llevarle conmigo esta noche. Hay un elemento de peligro indudable.
––¿Puedo servir de alguna ayuda?
––Su presencia puede resultar decisiva.
––Entonces iré, sin duda alguna.
––Es usted muy amable.
––Dice usted que hay peligro. Evidentemente, ha visto us­ted en esas habitaciones más de lo que pude ver yo.
––Eso no, pero supongo que yo habré deducido unas pocas cosas más que usted. Imagino, sin embargo, que vería usted lo mismo que yo.
––Yo no vi nada destacable, a excepción del cordón de la campanilla, cuya finalidad confieso que se me escapa por completo.
––¿Vio usted el orificio de ventilación?
––Sí, pero no me parece que sea tan insólito que exista una pequeña abertura entre dos habitaciones. Era tan pequeña que no podría pasar por ella ni una rata.
––Yo sabía que encontraríamos un orificio así antes de ve­nir a Stoke Moran.
––¡Pero Holmes, por favor!
––Le digo que lo sabía. Recuerde usted que la chica dijo que su hermana podía oler el cigarro del doctor Roylott. Eso quería decir, sin lugar a dudas, que tenía que existir una co­municación entre las dos habitaciones. Y tenía que ser pe­queña, o alguien se habría fijado en ella durante la investiga­ción judicial. Deduje, pues, que se trataba de un orificio de ventilación.
––Pero, ¿qué tiene eso de malo?
––Bueno, por lo menos existe una curiosa coincidencia de fecha. Se abre un orificio, se instala un cordón y muere una señorita que dormía en la cama. ¿No le resulta llamativo? ––Hasta ahora no veo ninguna relación.
––¿No observó un detalle muy curioso en la cama?
––No.
––Estaba clavada al suelo. ¿Ha visto usted antes alguna cama sujeta de ese modo?
––No puedo decir que sí.
––La señorita no podía mover su cama. Tenía que estar siempre en la misma posición con respecto a la abertura y al cordón... podemos llamarlo así, porque, evidentemente, ja­más se pensó en dotarlo de campanilla.
––Holmes, creo que empiezo a entrever adónde quiere us­ted ir a parar ––exclamé––. Tenemos el tiempo justo para im­pedir algún crimen artero y horrible.
––De lo más artero y horrible. Cuando un médico se tuer­ce, es peor que ningún criminal. Tiene sangre fría y tiene co­nocimientos. Palmer y Pritchard estaban en la cumbre de su profesión. Este hombre aún va más lejos, pero creo, Watson, que podremos llegar más lejos que él. Pero ya tendremos ho­rrores de sobra antes de que termine la noche; ahora, por amor de Dios, fumemos una pipa en paz, y dediquemos el cerebro a ocupaciones más agradables durante unas horas.
A eso de las nueve, se apagó la luz que brillaba entre los ár­boles y todo quedó a oscuras en dirección a la mansión. Transcurrieron lentamente dos horas y, de pronto, justo al sonar las once, se encendió exactamente frente a nosotros una luz aislada y brillante.
––Ésa es nuestra señal ––dijo Holmes, poniéndose en pie de un salto––. Viene de la ventana del centro.
Al salir, Holmes intercambió algunas frases con el posa­dero, explicándole que íbamos a hacer una visita de última hora a un conocido y que era posible que pasáramos la no­che en su casa. Un momento después avanzábamos por el oscuro camino, con el viento helado soplándonos en la cara y una lucecita amarilla parpadeando frente a nosotros en medio de las tinieblas para guiarnos en nuestra tétrica in­cursión.
No tuvimos dificultades para entrar en la finca porque la vieja tapia del parque estaba derruida por varios sitios. Nos abrimos camino entre los árboles, llegamos al jardín, lo cru­zamos, y nos disponíamos a entrar por la ventana cuando de un macizo de laureles salió disparado algo que parecía un niño deforme y repugnante, que se tiró sobre la hierba retor­ciendo los miembros y luego corrió a toda velocidad por el jardín hasta perderse en la oscuridad.
––¡Dios mío! ––susurré––. ¿Ha visto eso?
Por un momento, Holmes se quedó tan sorprendido como yo, y su mano se cerró como una presa sobre mi mu­ñeca. Luego, se echó a reír en voz baja y acercó los labios a mi oído.
––Es una familia encantadora ––murmuró––. Eso era el ha­buino.
Me había olvidado de los extravagantes animalitos de compañía del doctor. Había también un guepardo, que po­día caer sobre nuestros hombros en cualquier momento. Confieso que me sentí más tranquilo cuando, tras seguir el ejemplo de Holmes y quitarme los zapatos, me encontré dentro de la habitación. Mi compañero cerró los postigos sin hacer ruido, colocó la lámpara encima de la mesa y reco­rrió con la mirada la habitación. Todo seguía igual que como lo habíamos visto durante el día. Luego se arrastró hacia mí y, haciendo bocina con la mano, volvió a susurrarme al oído, en voz tan baja que a duras penas conseguí entender las pa­labras.
––El más ligero ruido sería fatal para nuestros planes.
Asentí para dar a entender que lo había oído.
––Tenemos que apagar la luz, o se vería por la abertura.
Asentí de nuevo.
––No se duerma. Su vida puede depender de ello. Tenga preparada la pistola por si acaso la necesitamos. Yo me sen­taré junto a la cama, y usted en esa silla.
Saqué mi revólver y lo puse en una esquina de la mesa.
Holmes había traído un bastón largo y delgado que colo­có en la cama a su lado. Junto a él puso la caja de cerillas y un cabo de vela. Luego apagó la lámpara y quedamos sumidos en las tinieblas.
¿Cómo podría olvidar aquella angustiosa vigilia? No se oía ni un sonido, ni siquiera el de una respiración, pero yo sabía que a pocos pasos de mí se encontraba mi compañero, sentado con los ojos abiertos y en el mismo estado de excita­ción que yo. Los postigos no dejaban pasar ni un rayito de luz, y esperábamos en la oscuridad más absoluta. De vez en cuando nos llegaba del exterior el grito de algún ave noctur­na, y en una ocasión oímos, al lado mismo de nuestra venta­na, un prolongado gemido gatuno, que indicaba que, efecti­vamente, el guepardo andaba suelto. Cada cuarto de hora oíamos a lo lejos las graves campanadas del reloj de la igle­sia. ¡Qué largos parecían aquellos cuartos de hora! Dieron las doce, la una, las dos, las tres, y nosotros seguíamos sen­tados en silencio, aguardando lo que pudiera suceder.
De pronto se produjo un momentáneo resplandor en lo alto, en la dirección del orificio de ventilación, que se apagó inmediatamente; le siguió un fuerte olor a aceite quemado y metal recalentado. Alguien había encendido una linterna sorda en la habitación contigua. Oí un suave rumor de mo­vimiento, y luego todo volvió a quedar en silencio, aunque el olor se hizo más fuerte. Permanecí media hora más con los oídos en tensión. De repente se oyó otro sonido... un sonido muy suave y acariciador, como el de un chorrito de vapor al salir de una tetera. En el instante mismo en que lo oímos, Holmes saltó de la cama, encendió una cerilla y golpeó fu­riosamente con su bastón el cordón de la campanilla.
––¿Lo ve, Watson? ––gritaba––. ¿Lo ve?
Pero yo no veía nada. En el mismo momento en que Hol­mes encendió la luz, oí un silbido suave y muy claro, pero el repentino resplandor ante mis ojos hizo que me resultara imposible distinguir qué era lo que mi amigo golpeaba con tanta ferocidad. Pude percibir, no obstante, que su rostro es­taba pálido como la muerte, con una expresión de horror y repugnancia.
Había dejado de dar golpes y levantaba la mirada hacia el orificio de ventilación, cuando, de pronto, el silencio de la noche se rompió con el alarido más espantoso que jamás he oído. Un grito cuya intensidad iba en aumento, un ronco au­llido de dolor, miedo y furia, todo mezclado en un solo chi­llido aterrador. Dicen que abajo, en el pueblo, e incluso en la lejana casa parroquial, aquel grito levantó a los durmientes de sus camas. A nosotros nos heló el corazón; yo me quedé mirando a Holmes, y él a mí, hasta que los últimos ecos se extinguieron en el silencio del que habían surgido.
––¿Qué puede significar eso? ––jadeé.
––Significa que todo ha terminado ––respondió Holmes––. Y quizás, a fin de cuentas, sea lo mejor que habría podido ocu­rrir. Coja su pistola y vamos a entrar en la habitación del doctor Roylott.
Encendió la lámpara con expresión muy seria y salió al pasillo. Llamó dos veces a la puerta de la habitación sin que respondieran desde dentro. Entonces hizo girar el picaporte y entró, conmigo pegado a sus talones, con la pistola amarti­llada en la mano.
Una escena extraordinaria se ofrecía a nuestros ojos. So­bre la mesa había una linterna sorda con la pantalla a medio abrir, arrojando un brillante rayo de luz sobre la caja fuerte, cuya puerta estaba entreabierta. Junto a esta mesa, en la silla de madera, estaba sentado el doctor Grimesby Roylott, ves­tido con una larga bata gris, bajo la cual asomaban sus tobi­llos desnudos, con los pies enfundados en unas babuchas ro­jas. Sobre su regazo descansaba el corto mango del largo látigo que habíamos visto el día anterior, el curioso látigo con el lazo en la punta. Tenía la barbilla apuntando hacia arriba y los ojos fijos, con una mirada terriblemente rígida, en una esquina del techo. Alrededor de la frente llevaba una curiosa banda amarilla con lunares pardos que parecía ata­da con fuerza a la cabeza. Al entrar nosotros, no se movió ni hizo sonido alguno.
––¡La banda! ¡La banda de lunares! ––susurró Holmes.
Di un paso adelante. Al instante, el extraño tocado empe­zó a moverse y se desenroscó, apareciendo entre los cabellos la cabeza achatada en forma de rombo y el cuello hinchado de una horrenda serpiente.
––¡Una víbora de los pantanos! ––exclamó Holmes––. La ser­piente más mortífera de la India. Este hombre ha muerto a los diez segundos de ser mordido. ¡Qué gran verdad es que la violencia se vuelve contra el violento y que el intrigante acaba por caer en la fosa que cava para otro! Volvamos a en­cerrar a este bicho en su cubil y luego podremos llevar a la señorita Stoner a algún sitio más seguro e informar a la poli­cía del condado de lo que ha sucedido.
Mientras hablaba cogió rápidamente el látigo del regazo del muerto, pasó el lazo por el cuello del reptil, lo despren­dió de su macabra percha y, llevándolo con el brazo bien ex­tendido, lo arrojó a la caja fuerte, que cerró a continuación.
Éstos son los hechos verdaderos de la muerte del doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran. No es necesario que alargue un relato que ya es bastante extenso, explicando cómo comunicamos la triste noticia a la aterrorizada joven, cómo la llevamos en el tren de la mañana a casa de su tía de Harrow, o cómo el lento proceso de la investigación judicial llegó a la conclusión de que el doctor había encontrado la muerte mientras jugaba imprudentemente con una de sus peligrosas mascotas. Lo poco que aún me quedaba por saber del caso me lo contó Sherlock Holmes al día siguiente, du­rante el viaje de regreso.
––Yo había llegado a una conclusión absolutamente equi­vocada ––dijo––, lo cual demuestra, querido Watson, que siempre es peligroso sacar deducciones a partir de datos in­suficientes. La presencia de los gitanos y el empleo de la pa­labra «banda», que la pobre muchacha utilizó sin duda para describir el aspecto de lo que había entrevisto fugazmente a la luz de la cerilla, bastaron para lanzarme tras una pista completamente falsa. El único mérito que puedo atribuirme es el de haber reconsiderado inmediatamente mi postura cuando, pese a todo, se hizo evidente que el peligro que ame­nazaba al ocupante de la habitación, fuera el que fuera, no podía venir por la ventana ni por la puerta. Como ya le he comentado, en seguida me llamaron la atención el orificio de ventilación y el cordón que colgaba sobre la cama. Al des­cubrir que no tenía campanilla, y que la cama estaba clavada al suelo, empecé a sospechar que el cordón pudiera servir de puente para que algo entrara por el agujero y llegara a la cama. Al instante se me ocurrió la idea de una serpiente y, sabiendo que el doctor disponía de un buen surtido de ani­males de la India, sentí que probablemente me encontraba sobre una buena pista. La idea de utilizar una clase de vene­no que los análisis químicos no pudieran descubrir parecía digna de un hombre inteligente y despiadado, con experien­cia en Oriente. Muy sagaz tendría que ser el juez de guardia capaz de descubrir los dos pinchacitos que indicaban el lu­gar donde habían actuado los colmillos venenosos.
»A continuación pensé en el silbido. Por supuesto, tenía que hacer volver a la serpiente antes de que la víctima pudie­ra verla a la luz del día. Probablemente, la tenía adiestrada, por medio de la leche que vimos, para que acudiera cuando él la llamaba. La hacía pasar por el orificio cuando le parecía más conveniente, seguro de que bajaría por la cuerda y llega­ría a la cama. Podía morder a la durmiente o no; es posible que ésta se librase todas las noches durante una semana, pero tarde o temprano tenía que caer.
»Había llegado ya a estas conclusiones antes de entrar en la habitación del doctor. Al examinar su silla comprobé que tenía la costumbre de ponerse en pie sobre ella: evidente­mente, tenía que hacerlo para llegar al respiradero. La visión de la caja fuerte, el plato de leche y el látigo con lazo, bastó para disipar las pocas dudas que pudieran quedarme. El gol­pe metálico que oyó la señorita Stoner lo produjo sin duda el padrastro al cerrar apresuradamente la puerta de la caja fuerte, tras meter dentro a su terrible ocupante. Una vez for­mada mi opinión, ya conoce usted las medidas que adopté para ponerla a prueba. Oí el silbido del animal, como sin duda lo oyó usted también, y al momento encendí la luz y lo ataqué.
––Con el resultado de que volvió a meterse por el respira­dero.
––Y también con el resultado de que, una vez al otro lado, se revolvió contra su amo. Algunos golpes de mi bastón ha­bían dado en el blanco, y la serpiente debía estar de muy mal humor, así que atacó a la primera persona que vio. No cabe duda de que soy responsable indirecto de la muerte del doc­tor Grimesby Roylott, pero confieso que es poco probable que mi conciencia se sienta abrumada por ello.

9. El dedo pulgar del ingeniero

Entre todos los problemas que se sometieron al criterio de mi amigo Sherlock Holmes durante los años que duró nues­tra asociación, sólo hubo dos que llegaran a su conocimien­to por mediación mía, el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. Es posible que este últi­mo ofreciera más campo para un observador agudo y origi­nal, pero el otro tuvo un principio tan extraño y unos deta­lles tan dramáticos que quizás merezca más ser publicado, aunque ofreciera a mi amigo menos oportunidades para aplicar los métodos de razonamiento deductivo con los que obtenía tan espectaculares resultados. La historia, según tengo entendido, se ha contado más de una vez en los perió­dicos, pero, como sucede siempre con estas narraciones, su efecto es mucho menos intenso cuando se exponen en blo­que, en media columna de letra impresa, que cuando los he­chos evolucionan poco a poco ante tus propios ojos y el mis­terio se va aclarando progresivamente, a medida que cada nuevo descubrimiento permite avanzar un paso hacia la ver­dad completa. En su momento, las circunstancias del caso me impresionaron profundamente, y el efecto apenas ha dis­minuido a pesar de los dos años transcurridos.
Los hechos que me dispongo a resumir ocurrieron en el verano del 89, poco después de mi matrimonio. Yo había vuelto a ejercer la medicina y había abandonado por fin a Sherlock Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aun­que le visitaba con frecuencia y a veces hasta lograba con­vencerle de que renunciase a sus costumbres bohemias hasta el punto de venir a visitarnos. Mi clientela aumentaba cons­tantemente y, dado que no vivía muy lejos de la estación de Paddington, tenía algunos pacientes entre los ferroviarios. Uno de éstos, al que había curado de una larga y dolorosa enfermedad, no se cansaba de alabar mis virtudes, y tenía como norma enviarme a todo sufriente sobre el que tuviera la más mínima influencia.
Una mañana, poco antes de las siete, me despertó la don­cella, que llamó a mi puerta para anunciar que dos hombres habían venido a Paddington y aguardaban en la sala de con­sulta. Me vestí a toda prisa, porque sabía por experiencia que los accidentes de ferrocarril casi nunca son leves, y bajé corriendo las escaleras.
Al llegar abajo, mi viejo aliado el guarda salió de la con­sulta y cerró con cuidado la puerta tras él.
––Lo tengo ahí. Está bien ––susurró, señalando con el pul­gar por encima del hombro.
––¿De qué se trata? ––pregunté, pues su comportamiento parecía dar a entender que había encerrado en mi consulta a alguna extraña criatura.
––Es un nuevo paciente ––siguió susurrando––. Me pareció conveniente traerlo yo mismo; así no se escaparía. Ahí lo tie­ne, sano y salvo. Ahora tengo que irme, doctor. Tengo mis obligaciones, lo mismo que usted ––y el leal intermediario se largó sin darme ni tiempo para agradecerle sus servicios.
Entré en mi consultorio y encontré un caballero sentado junto a la mesa. Iba discretamente vestido, con un traje de tweed y una gorra de paño que había dejado encima de mis libros. Llevaba una mano envuelta en un pañuelo, todo manchado de sangre. Era joven, yo diría que no pasaría de veinticinco, con un rostro muy varonil, pero estaba suma­mente pálido y me dio la impresión de que sufría una terri­ble agitación, que sólo podía controlar aplicando toda su fuerza de voluntad.
––Lamento molestarle tan temprano, doctor ––dijo––, pero he sufrido un grave accidente durante la noche. He llegado en tren esta mañana y, al preguntar en Paddington dónde podría encontrar un médico, este tipo tan amable me acom­pañó hasta aquí. Le di una tarjeta a la doncella, pero veo que se la ha dejado aquí en esta mesa.
Cogí la tarjeta y leí: «Victor Hatherley, ingeniero hidráu­lico, 16A Victoria Street (3.er piso) ». Aquéllos eran el nom­bre, profesión y domicilio de mi visitante matutino.
––Siento haberle hecho esperar ––dije, sentándome en mi sillón de despacho––. Supongo que acaba de terminar un ser­vicio nocturno, que ya de por sí es una ocupación monó­tona.
––Oh, esta noche no ha tenido nada de monótona ––dijo, rompiendo a reír. Se reía con toda el alma, en tono estriden­te, echándose hacia atrás en su asiento y agitando los costa­dos. Todos mis instintos médicos se alzaron contra aquella risa.
––¡Pare! ––grité––. ¡Contrólese! ––y le escancié un poco de agua de una garrafa.
No sirvió de nada. Era víctima de uno de esos ataques his­téricos que sufren las personas de carácter fuerte después de haber pasado una grave crisis. Por fin consiguió serenarse, quedando exhausto y sonrojadísimo.
––Estoy haciendo el ridículo ––jadeó.
––Nada de eso. Beba esto ––añadí al agua un poco de brandyy el color empezó a regresar a sus mejillas.
––Ya me siento mejor ––dijo––. Y ahora, doctor, quizás pue­da usted mirar mi dedo pulgar, o más bien el sitio donde an­tes estaba mi pulgar.
Desenrolló el pañuelo y extendió la mano. Incluso mis nervios endurecidos se estremecieron al mirarla. Tenía cua­tro dedos extendidos y una horrible superficie roja y espon­josa donde debería haber estado el pulgar. Se lo habían cor­tado o arrancado de cuajo.
––¡Cielo santo! ––exclamé––. Es una herida espantosa. Tiene que haber sangrado mucho.
––Ya lo creo. En el primer momento me desmayé, y creo que debí permanecer mucho tiempo sin sentido. Cuando re­cuperé el conocimiento, todavía estaba sangrando, así que me até un extremo del pañuelo a la muñeca y lo apreté por medio de un palito.
––¡Excelente! Usted debería haber sido médico.
––Verá usted, es una cuestión de hidráulica, así que entra­ba dentro de mi especialidad.
––Esto se ha hecho con un instrumento muy pesado y cor­tante ––dije, examinando la herida.
––Algo así como una cuchilla de carnicero ––dijo él. ––Supongo que fue un accidente.
––Nada de eso.
––¡Cómo! ¿Un ataque criminal?
––Ya lo creo que fue criminal.
––Me horroriza usted.
Pasé una esponja por la herida, la limpié, la curé y, por úl­timo, la envolví en algodón y vendajes carbolizados. Él se dejó hacer sin pestañear, aunque se mordía el labio de vez en cuando.
––¿Qué tal? ––pregunté cuando hube terminado.
––¡Fenomenal! ¡Entre el brandy y el vendaje, me siento un hombre nuevo! Estaba muy débil, pero es que lo he pasado muy mal.
––Quizás sea mejor que no hable del asunto. Es evidente que le altera los nervios.
––Oh, no; ahora ya no. Tendré que contárselo todo a la policía; pero, entre nosotros, si no fuera por la convincente evidencia de esta herida mía, me sorprendería que creye­ran mi declaración, pues se trata de una historia extraordi­naria y no dispongo de gran cosa que sirva de prueba para respaldarla. E, incluso si me creyeran, las pistas que puedo darles son tan imprecisas que difícilmente podrá hacerse justicia.
––¡Vaya! ––exclamé––. Si tiene usted algo parecido a un pro­blema que desea ver resuelto, le recomiendo encarecida­mente que acuda a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, an­tes de recurrir a la policía.
––Ya he oído hablar de ese tipo ––respondió mi visitante––, y me gustaría mucho que se ocupase del asunto, aunque des­de luego tendré que ir también a la policía. ¿Podría usted darme una nota de presentación?
––Haré algo mejor. Le acompañaré yo mismo a verle.
––Le estaré inmensamente agradecido.
––Llamaré a un coche e iremos juntos. Llegaremos a tiem­po de tomar un pequeño desayuno con él. ¿Se siente usted en condiciones?
––Sí. No estaré tranquilo hasta que haya contado mi his­toria.
––Entonces, mi doncella irá a buscar un coche y yo estaré con usted en un momento ––corrí escaleras arriba, le expli­qué el asunto en pocas palabras a mi esposa, y en menos de cinco minutos estaba dentro de un coche con mi nuevo co­nocido, rumbo a Baker Street.
Tal como yo había esperado, Sherlock Holmes estaba ha­raganeando en su sala de estar, cubierto con un batín, leyen­do la columna de sucesos del Times y fumando su pipa de antes del desayuno, compuesta por todos los residuos que habían quedado de las pipas del día anterior, cuidadosa­mente secados y reunidos en una esquina de la repisa de la chimenea. Nos recibió con su habitual amabilidad tranqui­la, pidió más tocino y más huevos y compartimos un sustan­cioso desayuno. Al terminar instaló a nuestro nuevo conocimiento en el sofá, y puso al alcance de su mano una copa de brandy con agua.
––Se ve con facilidad que ha pasado por una experiencia poco corriente, señor Hatherley––dijo––. Por favor, recuéstese ahí y considérese por completo en su casa. Cuéntenos lo que pueda, pero párese cuando se fatigue, y recupere fuerzas con un poco de estimulante.
––Gracias ––dijo mi paciente––, pero me siento otro hombre desde que el doctor me vendó, y creo que su desayuno ha completado la cura. Procuraré abusar lo menos posible de su valioso tiempo, así que empezaré inmediatamente a na­rrar mi extraordinaria experiencia.
Holmes se sentó en su butacón, con la expresión fatigada y somnolienta que enmascaraba su temperamento agudo y despierto, mientras yo me sentaba enfrente de él, y ambos escuchamos en silencio el extraño relato que nuestro visi­tante nos fue contando.
––Deben ustedes saber ––dijo–– que soy huérfano y soltero, y vivo solo en un apartamento de Londres. Mi profesión es la de ingeniero hidráulico, y adquirí una considerable ex­periencia de la misma durante los siete años de aprendizaje que pasé en Venner & Matheson, la conocida empresa de Greenwich. Hace dos años, habiendo cumplido mi contra­to, y disponiendo además de una buena suma de dinero que heredé a la muerte de mi pobre padre, decidí estable­cerme por mi cuenta y alquilé un despacho en Victoria Street.
»Supongo que, al principio, emprender un negocio inde­pendiente es una experiencia terrible para todo el mundo. Para mí fue excepcionalmente duro. Durante dos años no he tenido más que tres consultas y un trabajo de poca monta, y eso es absolutamente todo lo que mi profesión me ha pro­porcionado. Mis ingresos brutos ascienden a veintisiete li­bras y diez chelines. Todos los días, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, aguardaba en mi pequeño cubil, hasta que por fin empecé a desanimarme y llegué a creer que nunca encontraría clientes.
»Sin embargo, ayer, justo cuando yo estaba pensando en dejar la oficina, mi secretario entró a decir que había un ca­ballero esperando para verme por una cuestión de negocios. Traía además una tarjeta con el nombre "Coronel Lysander Stark" grabado. Pisándole los talones entró el coronel mis­mo, un hombre de estatura muy superior a la media, pero extraordinariamente flaco. No creo haber visto nunca un hombre tan delgado. Su cara estaba afilada hasta quedar re­ducida a la nariz y la barbilla, y la piel de sus mejillas estaba completamente tensa sobre sus huesos salientes. Sin embar­go, esta escualidez parecía natural en él, no debida a una en­fermedad, porque su mirada era brillante, su paso vivo y su porte firme. Iba vestido con sencillez pero con pulcritud, y su edad me pareció más cercana a los cuarenta que a los treinta.
»––¿El señor Hatherley? ––preguntó con un ligero acento alemán––. Me ha sido usted recomendado, señor Hatherley, como persona que no sólo es competente en su profesión, sino también discreta y capaz de guardar un secreto.
»Hice una inclinación, sintiéndome tan halagado como se sentiría cualquier joven ante semejante introducción. »––¿Puedo preguntar quién ha dado esa imagen tan favo­rable de mí? ––pregunté.
»––Bueno, quizás sea mejor que no se lo diga por el mo­mento. He sabido, por la misma fuente, que es usted huérfa­no y soltero, y que vive solo en Londres.
»––Eso es completamente cierto ––dije––, pero perdone que le diga que no entiendo qué relación puede tener eso con mi competencia profesional. Tengo entendido que quería usted verme por un asunto profesional.
»––En efecto. Pero ya verá usted que todo lo que digo guar­da relación con ello. Tengo un encargo profesional para us­ted, pero el secreto absoluto es completamente esencial. Secreto ab-so-lu-to, ¿comprende usted? Y, por supuesto, es más fácil conseguirlo de un hombre que viva solo que de otro que viva en el seno de una familia.
»––Si yo prometo guardar un secreto ––dije––, puede estar absolutamente seguro de que así lo haré.
»Mientras yo hablaba, él me miraba muy fijamente, y me pareció que jamás había visto una mirada tan inquisitiva y recelosa como la suya.
»––Entonces, ¿lo promete?
»––Sí, lo prometo.
»––¿Silencio completo y absoluto, antes, durante y des­pués? ¿Ningún comentario sobre el asunto, ni de palabra ni por escrito?
»––Ya le he dado mi palabra.
»––Muy bien ––de pronto se levantó, atravesó la habitación como un rayo y abrió la puerta de par en par. El pasillo esta­ba vacío.
»––Todo va bien ––dijo, mientras volvía a sentarse––. Sé que a veces los empleados sienten curiosidad por los asuntos de sus jefes. Ahora podemos hablar con tranquilidad ––arrimó su silla a la mía y comenzó a escudriñarme con la misma mi­rada inquisitiva y dudosa.
»Yo empezaba a experimentar una sensación de repulsión y de algo parecido al miedo ante las extrañas manías de aquel hombre esquelético. Ni siquiera el temor a perder un cliente impedía que diera muestras de impaciencia.
»––Le ruego que exponga su asunto, señor ––dije––. Mi tiem­po es valioso.
»––Que Dios me perdone esta última frase, pero las palabras salieron solas de mis labios.
»––¿Qué le parecerían cincuenta guineas por una noche de trabajo? ––preguntó.
»––De maravilla.
»––He dicho una noche de trabajo, pero una hora sería más aproximado. Simplemente, quiero su opinión acerca de una prensa hidráulica que se ha estropeado. Si nos dice en qué consiste la avería, nosotros mismos la arreglaremos. ¿Qué le parece el encargo?
»––El trabajo parece ligero, y la paga generosa.
»––Exacto. Nos gustaría que viniera esta noche, en el últi­mo tren.
»––¿Adónde?
»––A Eyford, en Berkshire. Es un pueblecito cerca de los lí­mites de Oxfordshire y a menos de siete millas de Reading. Hay un tren desde Paddington que le dejará allí a las once y cuarto aproximadamente.
»––Muy bien.
»––Yo iré a esperarle con un coche.
»––Entonces, ¿hay que ir más lejos?
»––Sí, nuestra pequeña empresa está fuera del pueblo, a más de siete millas de la estación de Eyford.
»––Entonces, no creo que podamos llegar antes de la me­dianoche. Supongo que no habrá posibilidad de regresar en tren y que tendré que pasar allí la noche.
»––Sí, no tendremos problema alguno para prepararle una cama.
»––Resulta bastante incómodo. ¿No podría ir a otra hora más conveniente?
»––Nos ha parecido mejor que venga usted de noche. Para compensarle por la incomodidad es por lo que le estamos pagando a usted, una persona joven y desconocida, unos honorarios con los que podríamos obtener el dictamen de las figuras más prestigiosas de su profesión. No obstante, si usted prefiere desentenderse del asunto, aún tiene tiempo de sobra para hacerlo.
»Pensé en las cincuenta guineas y en lo bien que me ven­drían.
»––Nada de eso ––dije––. Tendré mucho gusto en acomodar­me a sus deseos. Sin embargo, me gustaría tener una idea más clara de lo que ustedes quieren que haga.
»––Desde luego. Es muy natural que la promesa de secreto que le hemos exigido despierte su curiosidad. No tengo in­tención de comprometerle en nada sin antes habérselo expli­cado todo. Supongo que estamos completamente a salvo de oídos indiscretos.
»––Por completo.
»––Entonces, el asunto es el siguiente: probablemente está usted enterado de que la tierra de batán es un producto va­lioso, que sólo se encuentra en uno o dos lugares de Ingla­terra.
»––Eso he oído.
»––Hace algún tiempo adquirí una pequeña propiedad, muy pequeña, a diez millas de Reading, y tuve la suerte de descubrir que en uno de mis campos había un yacimiento de tierra de batán. Sin embargo, al examinarlo comprobé que se trataba de un yacimiento relativamente pequeño, pero que formaba como un puente entre otros dos, mucho mayores, situados en terrenos de mis vecinos. Esta buena gente ignoraba por completo que su tierra contuviera algo prácticamente tan valioso como una mina de oro. Natural­mente, me interesaba comprar sus tierras antes de que des­cubrieran su auténtico valor; pero, por desgracia, carecía de capital para hacerlo. Confié el secreto a unos pocos amigos y éstos propusieron explotar, sin que nadie se enterara, nuestro pequeño yacimiento, y de ese modo reunir el dinero que nos permitiría comprar los campos vecinos. Así lo he­mos venido haciendo desde hace algún tiempo, y para ayu­darnos en nuestro trabajo instalamos una prensa hidráulica. Esta prensa, como ya le he explicado, se ha estropeado, y de­seamos que usted nos aconseje al respecto. Sin embargo, guardamos nuestro secreto celosamente, y si se llegara a sa­ber que a nuestra casa vienen ingenieros hidráulicos, al­guien podría sentirse curioso; y si salieran a relucir los he­chos, adiós a la posibilidad de hacernos con los campos y llevar a cabo nuestros planes. Por eso le he hecho prometer que no le dirá a nadie que esta noche va a ir a Eyford. Espero haberme explicado con claridad.
»––He comprendido perfectamente ––dije––. Lo único que no acabo de entender es para qué les sirve una prensa hi­dráulica en la extracción de la tierra, que, según tengo en­tendido, se extrae como grava de un pozo.
»––¡Ah! ––dijo como sin darle importancia––. Es que tene­mos métodos propios. Comprimimos la tierra en forma de ladrillos para así poder sacarlos sin que se sepa qué son. Pero ésos son detalles sin importancia. Ahora ya se lo he re­velado todo, señor Hatherley, demostrándole que confio en usted ––se levantó mientras hablaba––. Así pues, le espero en Eyford a las once y cuarto.
» ––Estaré allí sin falta.
»––Y no le diga una palabra a nadie ––me dirigió una última mirada, larga e inquisitiva, y después, estrechándome la mano con un apretón frío y húmedo, salió con prisas del despacho.
»Pues bien, cuando me puse a pensar en todo aquello con la cabeza fría, me sorprendió mucho, como podrán ustedes comprender, este repentino trabajo que se me había enco­mendado. Por una parte, como es natural, estaba contento, porque los honorarios eran, como mínimo, diez veces supe­riores a lo que yo habría pedido de haber tenido que poner precio a mis propios servicios, y era posible que a conse­cuencia de este encargo me surgieran otros. Pero por otra parte, el aspecto y los modales de mi cliente me habían cau­sado una desagradable impresión, y no acababa de conven­cerme de que su explicación sobre el asunto de la tierra bas­tara para justificar el hacerme ir a medianoche, y su machacona insistencia en que no le hablara a nadie del tra­bajo. Sin embargo, acabé por disipar todos mis temores, me tomé una buena cena, cogí un coche para Paddington y em­prendí el viaje, habiendo obedecido al pie de la letra la orden de contener la lengua.
»En Reading tuve que cambiar no sólo de tren, sino tam­bién de estación, pero llegué a tiempo de coger el último tren a Eyford, a cuya estación, mal iluminada, llegamos pasadas las once. Fui el único pasajero que se apeó allí, y en el andén no había nadie, a excepción de un mozo medio dormido con un farol. Sin embargo, al salir por la puerta vi a mi conocido de por la mañana, que me esperaba entre las sombras al otro lado de la calle. Sin decir una palabra, me cogió del brazo y me hizo entrar a toda prisa en un coche que aguardaba con la puerta abierta. Levantó la ventanilla del otro lado, dio unos golpecitos en la madera y salimos a toda la velocidad de que era capaz el caballo.
––¿Un solo caballo? ––interrumpió Holmes.
––Sí, sólo uno.
––¿Se fijó usted en el color?
––Lo vi a la luz de los faroles cuando subía al coche. Era castaño.
––¿Parecía cansado o estaba fresco?
––Oh, fresco y reluciente.
––Gracias. Lamento haberle interrumpido. Por favor, con­tinúe su interesantísima exposición.
––Como le decía, salimos disparados y rodamos durante una hora por lo menos. El coronel Lysander Stark había di­cho que estaba a sólo siete millas, pero a juzgar por la veloci­dad que parecíamos llevar y por el tiempo que duró el tra­yecto, yo diría que más bien eran doce. Permaneció durante todo el tiempo sentado a mi lado sin decir palabra; y más de una vez, al mirar en su dirección, me di cuenta de que él me miraba con gran intensidad. Las carreteras rurales no pare­cían encontrarse en muy buen estado en esa parte del mun­do, porque dábamos terribles botes y bandazos. Intenté mi­rar por las ventanillas para ver por dónde íbamos, pero eran de cristal esmerilado y no se veía nada, excepto alguna luz borrosa y fugaz de vez en cuando. En un par de ocasiones, aventuré algún comentario para romper la monotonía del viaje, pero el coronel me respondió sólo con monosfiabos, y pronto decaía la conversación. Por fin, el traqueteo del cami­no fue sustituido por la lisa uniformidad de un sendero de grava, y el carruaje se detuvo. El coronel Lysander Stark saltó del coche y cuando yo me apeé tras él, me arrastró rápida­mente hacia un porche que se abría ante nosotros. Podría decirse que pasamos directamente del coche al vestíbulo, de modo que no pude echar ni un vistazo a la fachada de la casa. En cuanto crucé el umbral, la puerta se cerró de golpe a nuestras espaldas, y oí el lejano traqueteo de las ruedas del coche que se alejaba.
»El interior de la casa estaba oscuro como boca de lobo, y el coronel buscó a tientas unas cerillas, murmurando en voz baja. De pronto se abrió una puerta al otro extremo del pa­sillo y un largo rayo de luz dorada se proyectó hacia noso­tros. Se hizo más ancho y apareció una mujer con un farol en la mano, levantándolo por encima de la cabeza y adelantan­do la cara para mirarnos. Pude observar que era bonita y por el brillo que provocaba la luz en su vestido negro, com­prendí que la tela era de calidad. Dijo unas pocas palabras en un idioma extranjero, que por el tono parecían una pregun­ta, y cuando mi acompañante respondió con un ronco mo­nosílabo, se llevó tal sobresalto que casi se le cae el farol de la mano. El coronel Stark corrió hacia ella, le susurró algo al oído y luego, tras empujarla a la habitación de donde había salido, volvió hacia mí con el farol en la mano.
»––¿Tendría usted la amabilidad de aguardar en esta habi­tación unos minutos? ––dijo, abriendo otra puerta. Era una habitación pequeña y recogida, amueblada con sencillez, con una mesa redonda en el centro, sobre la cual había unos cuantos libros en alemán. El coronel Stark colocó el farol en­cima de un armonio situado junto a la puerta––. No le haré esperar casi nada ––dijo, desapareciendo en la oscuridad.
»Eché una ojeada a los libros que había sobre la mesa y, a pesar de mi desconocimiento del alemán, pude darme cuenta de que dos de ellos eran tratados científicos, y que los de­más eran de poesía. Me acerqué a la ventana con la esperanza de ver algo del campo, pero estaba cerrada con postigos de roble y barras de hierro. Reinaba en la casa un silencio sepul­cral. En algún lugar del pasillo se oía el sonoro tic tac de un viejo reloj, pero por lo demás el silencio era de muerte. Em­pezó a apoderarse de mí una vaga sensación de inquietud. ¿Quiénes eran aquellos alemanes y qué estaban haciendo, vi­viendo en aquel lugar extraño y apartado? ¿Y dónde estába­mos? A unas millas de Eyford, eso era todo lo que sabía, pero ignoraba si al norte, al sur, al este o al oeste. Por otra parte, Reading y posiblemente otras poblaciones de cierto tamaño, se encontraban dentro de aquel radio, por lo que cabía la po­sibilidad de que la casa no estuviera tan aislada, después de todo. Sin embargo, el absoluto silencio no dejaba lugar a du­das de que nos encontrábamos en el campo. Me paseé de un lado a otro de la habitación, tarareando una canción entre dientes para elevar los ánimos, y sintiendo que me estaba ga­nando a fondo mis honorarios de cincuenta guineas.
»De pronto, sin ningún sonido preliminar en medio del silencio absoluto, la puerta de mi habitación se abrió lenta­mente. La mujer apareció en el hueco, con la oscuridad del vestíbulo a sus espaldas y la luz amarilla de mi farol cayendo sobre su hermoso y angustiado rostro. Se notaba a primera vista que estaba enferma de miedo, y el advertirlo me provo­có escalofríos. Levantó un dedo tembloroso para advertir­me que guardara silencio y me susurró algunas palabras en inglés defectuoso, mientras sus ojos miraban como los de un caballo asustado a la oscuridad que tenía detrás.
»––Yo que usted me iría ––dijo, me pareció que haciendo un gran esfuerzo por hablar con calma––. Yo me iría. No me que­daría aquí. No es bueno para usted.
»––Pero, señora ––dije––, aún no he hecho lo que vine a ha­cer. No puedo marcharme en modo alguno hasta haber visto la máquina.
»––No vale la pena que espere ––continuó––. Puede salir por la puerta; nadie se lo impedirá ––y entonces, viendo que yo sonreía y negaba con la cabeza, abandonó de pronto toda re­serva y avanzó un paso con las manos entrelazadas––. ¡Por amor de Dios! ––susurró––. ¡Salga de aquí antes de que sea de­masiado tarde!
»Pero yo soy algo testarudo por naturaleza, y basta que un asunto presente algún obstáculo para que sienta más ganas de meterme en él. Pensé en mis cincuenta guineas, en el fati­goso viaje y en la desagradable noche que parecía esperar­me. ¿Y todo aquello por nada? ¿Por qué habría de escaparme sin haber realizado mi trabajo y sin la paga que me corres­pondía? Aquella mujer, por lo que yo sabía, bien podía estar loca. Así que, con una expresión firme, aunque su compor­tamiento me había afectado más de lo que estaba dispuesto a confesar, volví a negar con la cabeza y declaré mi intención de quedarme donde estaba. Ella estaba a punto de insistir en sus súplicas cuando sonó un portazo en el piso de arriba y se oyó ruido de pasos en las escaleras. La mujer escuchó un instante, levantó las manos en un gesto de desesperación y se esfumó tan súbita y silenciosamente como había venido.
»Los que venían eran el coronel Lysander Stark y un hom­bre bajo y rechoncho, con una barba que parecía una piel de chinchilla creciendo entre los pliegues de su papada, que me fue presentado como el señor Ferguson.
»––Éste es mi secretario y administrador ––dijo el coronel––. Por cierto, tenía la impresión de haber dejado esta puerta ce­rrada. Le habrá entrado frío.
»––Al contrario ––dije yo––. La abrí yo, porque me sentía un poco agobiado.
»Me dirigió una de sus miradas recelosas.
»––En tal caso ––dijo––, quizás lo mejor sea poner manos a la obra. El señor Ferguson y yo le acompañaremos a ver la má­quina.
»––Tendré que ponerme el sombrero.
»––Oh, no hace falta, está en la casa.
»––¿Cómo? ¿Extraen ustedes la tierra en la casa?
»––No, no, aquí sólo la comprimimos. Pero no se preocu­pe de eso. Lo único que queremos es que examine la máqui­na y nos diga lo que anda mal.
»Subimos juntos al piso de arriba, primero el coronel con la lámpara, después el obeso administrador, y yo cerrando la marcha. La casa era un verdadero laberinto, con pasillos, co­rredores, estrechas escaleras de caracol y puertecillas bajas, con los umbrales desgastados por las generaciones que ha­bían pasado por ellas. Por encima de la planta baja no había alfombras ni rastro de muebles, el revoco se desprendía de las paredes y la humedad producía manchones verdes y mal­sanos. Procuré adoptar un aire tan despreocupado como me fue posible, pero no había olvidado las advertencias de la mujer, a pesar de no haber hecho caso de ellas, y no les quita­ba el ojo de encima a mis dos acompañantes. Ferguson pare­cía un hombre huraño y callado, pero, por lo poco que había dicho, pude notar que por lo menos era un compatriota.
»Por fin, el coronel Lysander Stark se detuvo ante una puerta baja y abrió el cierre. Daba a un cuartito cuadrado en el que apenas había sitio para los tres. Ferguson se quedó fuera y el coronel me hizo entrar.
»––Ahora ––dijo–– estamos dentro de la prensa hidráulica, y sería bastante desagradable que alguien la pusiera en funcio­namiento. El techo de este cuartito es, en realidad, el extremo del émbolo, que desciende sobre este suelo metálico con una fuerza de muchas toneladas. Ahí fuera hay pequeñas colum­nas hidráulicas laterales, que reciben la fuerza y la transmi­ten y multiplican de la manera que usted sabe. La verdad es que la máquina funciona, pero con cierta rigidez, y ha perdi­do un poco de fuerza. ¿Tendrá usted la amabilidad de echarle un vistazo y explicarnos cómo podemos arreglarla?
»Cogí la lámpara de su mano y examiné a conciencia la máquina. Era verdaderamente gigantesca y capaz de ejercer una presión enorme. Sin embargo, cuando salí y accioné las palancas de control, supe al instante, por el siseo que produ­cía, que existía una pequeña fuga de agua por uno de los cilin­dros laterales. Un nuevo examen reveló que una de las bandas de caucho que rodeaban la cabeza de un eje se había encogido y no llenaba del todo el tubo por el que se deslizaba. Aquélla, evidentemente, era la causa de la pérdida de potencia y así se lo hice ver a mis acompañantes, que escucharon con gran atención mis palabras e hicieron varias preguntas de tipo práctico sobre el modo de corregir la avería. Después de ex­plicárselo con toda claridad, volví a entrar en la cámara de la máquina y le eché un buen vistazo para satisfacer mi propia curiosidad. Se notaba a primera vista que la historia de la tie­rra de batán era pura fábula, porque sería absurdo utilizar una máquina tan potente para unos fines tan inadecuados. Las paredes eran de madera, pero el suelo era una gran plan­cha de hierro, y cuando me agaché a examinarlo pude adver­tir una capa de sedimento metálico por toda su superficie. Es­taba en cuclillas, rascándolo para ver qué era exactamente, cuando oí mascullar una exclamación en alemán y vi el ros­tro cadavérico del coronel que me miraba desde arriba.
»––¿Qué está usted haciendo? ––preguntó.
»Yo estaba irritado por haber sido engañado con una his­toria tan descabellada como la que me había contado, y con­testé:
»––Estaba admirando su tierra de batán. Creo que podría aconsejarle mejor acerca de su máquina si conociera el pro­pósito exacto para el que la utiliza.
»En el mismo instante de pronunciar aquellas palabras, lamenté haber hablado con tanto atrevimiento. Su expresión se endureció y en sus ojos se encendió una luz siniestra.
»––Muy bien ––dijo––. Va usted a saberlo todo acerca de la máquina.
»Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecilla e hizo gi­rar la llave en la cerradura. Yo me lancé sobre la puerta y tiré del picaporte, pero estaba bien trabado y la puerta resistió todas mis patadas y empujones.
»––¡Oiga! ––grité––. ¡Eh, coronel! ¡Déjeme salir!
»Y entonces, en el silencio de la noche, oí de pronto un so­nido que me puso el corazón en la boca. Era el chasquido de las palancas y el siseo del cilindro defectuoso. Habían puesto en funcionamiento la máquina. La lámpara seguía en el sue­lo, donde yo la había dejado para examinar el piso. A su luz pude ver que el techo negro descendía sobre mí, despacio y con sacudidas, pero, como yo sabía mejor que nadie, con una fuerza que en menos de un minuto me reduciría a una pulpa informe. Me arrojé contra la puerta gritando y ataqué la cerradura con las uñas. Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable chasquido de las palancas ahogó mis gritos. El techo ya sólo estaba a uno o dos palmos por encima de mi cabeza, y levantando la mano podía palpar su dura y rugosa superficie. Entonces se me ocurrió de pronto que mi muerte sería más o menos dolorosa según la posi­ción en que me encontrara. Si me tumbaba boca abajo, el peso caería sobre mi columna vertebral, y me estremecí al pensar en el terrible crujido. Tal vez fuera mejor ponerse al revés, pero ¿tendría la suficiente sangre fría para quedarme tumbado, viendo descender sobre mí aquella mortífera sombra negra? Ya me resultaba imposible permanecer de pie, cuando mis ojos captaron algo que inyectó en mi cora­zón un chorro de esperanza.
»Ya he dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hie­rro, las paredes eran de madera. Al echar una última y ur­gente mirada a mi alrededor, descubrí una fina línea de luz amarillenta entre dos de las tablas, que se iba ensanchando cada vez más al retirarse hacia atrás un pequeño panel. Du­rante un instante, casi no pude creer que allí se abría una puerta por la que podría escapar de la muerte. Pero al ins­tante siguiente me lancé a través de ella y caí, casi desmaya­do, al otro lado. El panel se había vuelto a cerrar detrás de mí, pero el crujillo de la lámpara y, unos instantes después, el choque de las dos planchas de metal, me hicieron com­prender por qué poco había escapado.
»Un frenético tirón de la muñeca me hizo volver en mí, y me encontré caído en el suelo de piedra de un estrecho pasi­llo. Una mujer se inclinaba sobre mí y tiraba de mi brazo con la mano izquierda, mientras sostenía una vela en la derecha. Era la misma buena amiga cuyas advertencias había recha­zado tan estúpidamente.
»––¡Vamos! ¡Vamos! ––me gritaba sin aliento––. ¡Estarán aquí dentro de un momento! ¡Verán que no está usted ahí! ¡No pierda un tiempo tan precioso! ¡Venga!
Al menos esta vez no me burlé de sus consejos. Me puse en pie, un poco tambaleante, y corrí con ella por el pasillo, bajando luego por una escalera de caracol que conducía a otro corredor más ancho. Justo cuando llegábamos a éste, oímos ruido de pies que corrían y gritos de dos voces, una de ellas respondiendo a la otra, en el piso en el que estábamos y en el de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor como sin saber qué hacer. Entonces abrió una puerta que daba a un dormitorio, a través de cuya ventana se veía brillar la luna.
»––¡Es su única oportunidad! ––dijo––. Está bastante alto, pero quizás pueda saltar.
»Mientras ella hablaba, apareció una luz en el extremo opuesto del corredor y vi la flaca figura del coronel Lysander Stark corriendo hacia nosotros con un farol en una mano y un arma parecida a una cuchilla de carnicero en la otra. Atravesé corriendo la habitación, abrí la ventana y miré al exterior. ¡Qué tranquilo, acogedor y saludable se veía el jar­dín a la luz de la luna! Y no podía estar a más de diez metros de distancia hacia abajo. Me encaramé al antepecho, pero no me decidí a saltar hasta haber oído lo que sucedía entre mi salvadora y el rufián que me perseguía. Si intentaba maltra­tarla, estaba decidido a volver en su ayuda, costara lo que costara. Apenas había tenido tiempo de pensar esto cuando él llegó a la puerta, apartando de un empujón a la mujer; pero ella le echó los brazos al cuello e intentó detenerlo.
»––¡Fritz! ¡Fritz! ––gritaba en inglés––. Recuerda lo que me prometiste después de la última vez. Dijiste que no volvería a ocurrir. ¡No dirá nada! ¡De verdad que no dirá nada!
»––¡Estás loca, Elisa! ––grito él, forcejeando para desemba­razarse de ella––. ¡Será nuestra ruina! Este hombre ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!
»La arrojó a un lado y, corriendo a la ventana, me atacó con su pesada arma. Yo me había descolgado y estaba aga­rrado con los dedos a la ranura de la ventana, con las manos sobre el alféizar, cuando cayó el golpe. Sentí un dolor apaga­do, mi mano se soltó y caí al jardín.
»La caída fue violenta, pero no sufrí ningún daño. Me in­corporé, pues, y corrí entre los arbustos tan deprisa como pude, pues me daba cuenta de que aún no estaba fuera de pe­ligro, ni mucho menos. Pero de pronto, mientras corría, se apoderó de mí un terrible mareo y casi me desmayé. Me miré la mano, que palpitaba dolorosamente, y entonces vi por vez primera que me habían cortado el dedo pulgar y que la san­gre brotaba a chorros de la herida. Intenté vendármela con un pañuelo, pero entonces sentí un repentino zumbido en los oídos y al instante siguiente caí desvanecido entre los rosales.
»No podría decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Tuvo que ser bastante tiempo, porque cuando recuperé el sentido la luna se había ocultado y empezaba a despuntar la mañana. Tenía las ropas empapadas de rocío y la manga de la chaqueta toda manchada de sangre de la herida. El dolor de la misma me hizo recordar en un instante todos los deta­lles de mi aventura nocturna, y me puse en pie de un salto, con la sensación de que aún no me encontraba a salvo de mis perseguidores. Pero me llevé una gran sorpresa al mirar a mi alrededor y comprobar que no había ni rastro de la casa ni del jardín. Había estado tumbado en un rincón del seto, al lado de la carretera, y un poco más abajo había un edificio largo, que al acercarme a él resultó ser la misma estación a la que había llegado la noche antes. De no ser por la fea herida de mi mano, habría pensado que todo lo ocurrido durante aquellas terribles horas había sido una pesadilla.
»Medio atontado, llegué a la estación y pregunté por el tren de la mañana. Salía uno para Reading en menos de una hora. Vi que estaba de servicio el mismo mozo que había visto al llegar. Le pregunté si había oído alguna vez hablar del coronel Lysander Stark. El nombre no le decía nada. ¿Se había fijado, la noche anterior, en el coche que me esperaba? No, no se había fijado. ¿Había una comisaría de policía cerca de la estación? Había una, a unas tres millas.
»Era demasiado lejos para mí, con lo débil y maltrecho que estaba. Decidí esperar hasta llegar a Londres para con­tarle mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuan­do llegué, fui antes que nada a que me curaran la herida, y luego el doctor tuvo la amabilidad de traerme aquí. Pongo el caso en sus manos, y haré exactamente lo que usted me aconseje.
Ambos guardamos silencio durante unos momentos des­pués de escuchar este extraordinario relato. Entonces Sher­lock Holmes cogió de un estante uno de los voluminosos li­bros en los que guardaba sus recortes.
––Aquí hay un anuncio que puede interesarle ––dijo––. Apa­reció en todos los periódicos hace aproximadamente un año. Escuche: «Desaparecido el 9 del corriente, el señor Jere­miah Hayling, ingeniero hidráulico de 26 años. Salió de su domicilio a las diez de la noche y no se le ha vuelto a ver. Ves­tía, etc.». ¡Ajá! Imagino que ésta fue la última vez que el co­ronel tuvo necesidad de reparar su máquina.
––¡Cielo santo! ––exclamó mi paciente––. ¡Eso explica lo que dijo la mujer!
––Sin duda alguna. Es evidente que el coronel es un hom­bre frío y temerario, absolutamente decidido a que nada se interponga en su juego, como aquellos piratas desalmados que no dejaban supervivientes en los barcos que abordaban. Bueno, no hay tiempo que perder, así que, si se siente usted capaz, nos pasaremos ahora mismo por Scotland Yard, como paso previo a nuestra visita a Eyford.
Unas tres horas después, nos encontrábamos todos en el tren que salla de Reading con destino al pueblecito de Berks­hire. «Todos» éramos Sherlock Holmes, el ingeniero hidráu­lico, el inspector Bradstreet de Scodand Yard, un policía de paisano y yo. Bradstreet había desplegado sobre el asiento un mapa militar de la región y estaba muy ocupado con sus compases, trazando un círculo con Eyford como centro.
––Aquí lo tienen ––dijo––. Este círculo tiene un radio de diez millas a partir del pueblo. El sitio que buscamos tiene que estar en algún punto cercano a esta línea. Dijo usted diez mi­llas, ¿no es así, señor?
––Fue un trayecto de una hora, a buena velocidad.
––¿Y piensa usted que lo trajeron de vuelta mientras se en­contraba inconsciente?
––Tuvo que ser así. Conservo un vago recuerdo de haber sido levantado y llevado a alguna parte.
––Lo que no acabo de entender ––dije yo–– es por qué no lo mataron cuando lo encontraron sin sentido en el jardín. Puede que el asesino se ablandara ante las súplicas de la mujer.
––No me parece probable. Jamás en mi vida vi un rostro tan implacable.
––Bueno, pronto aclararemos eso ––dijo Bradstreet––. Y ahora, una vez trazado el círculo, me gustaría saber en qué punto del mismo podremos encontrar a la gente que anda­mos buscando.
––Creo que podría señalarlo con el dedo ––dijo Holmes tranquilamente.
––¡Válgame Dios! ––exclamó el inspector––. ¡Ya se ha forma­do una opinión! Está bien, veamos quién está de acuerdo. Yo digo que está al sur, porque la región está menos poblada por esa parte.
––Y yo digo que al este ––dijo mi paciente.
––Yo voto por el oeste ––apuntó el policía de paisano––. Por esa parte hay varios pueblecitos muy tranquilos.
––Y yo voto por el norte ––dije yo––, porque por ahí no hay colinas, y nuestro amigo ha dicho que no observó que el co­che pasara por ninguna.
––Bueno ––dijo el inspector echándose a reír––. No puede haber más diversidad de opiniones. Hemos recorrido toda la brújula. ¿A quién apoya usted con el voto decisivo?
––Todos se equivocan.
––Pero no es posible que nos equivoquemos todos.
––Oh, sí que lo es. Yo voto por este punto ––colocó el dedo en el centro del círculo––. Aquí es donde los encontraremos.
––¿Y el recorrido de doce millas? ––alegó Hatherley.
––Seis de ida y seis de vuelta. No puede ser más sencillo. Usted mismo dijo que el caballo se encontraba fresco y relu­ciente cuando usted subió al coche. ¿Cómo podía ser eso si había recorrido doce millas por caminos accidentados?
––Desde luego, es un truco bastante verosímil ––comentó Bradstreet, pensativo––. Y, por supuesto, no hay dudas sobre a qué se dedica esa banda.
––Absolutamente ninguna ––corroboró Holmes––. Son fal­sificadores de moneda a gran escala, y utilizan la máquina para hacer la amalgama con la que sustituyen a la plata.
––Hace bastante tiempo que sabemos de la existencia de una banda muy hábil ––dijo el inspector––. Están poniendo en circulación monedas de media corona a millares. Les hemos seguido la pista hasta Reading, pero no pudimos pasar de ahí; han borrado sus huellas de una manera que indica que se trata de verdaderos expertos. Pero ahora, gracias a este golpe de suerte, creo que les echaremos el guante.
Pero el inspector se equivocaba, porque aquellos crimina­les no estaban destinados a caer en manos de la justicia.
Cuando entrábamos en la estación de Eyford vimos una gi­gantesca columna de humo que ascendía desde detrás de una pequeña arboleda cercana, cerniéndose sobre el paisaje como una inmensa pluma de avestruz.
––¿Un incendio en una casa? ––preguntó Bradstreet, mien­tras el tren arrancaba de nuevo para seguir su camino.
––Sí, señor ––dijo el jefe de estación.
––¿A qué hora se inició?
––He oído que durante la noche, señor, pero ha ido empeo­rando y ahora toda la casa está en llamas.
––¿De quién es la casa?
––Del doctor Becher.
––Dígame ––interrumpió el ingeniero––, ¿este doctor Becher es alemán, muy flaco y con la nariz larga y afilada?
El jefe de estación se echó a reír de buena gana.
––No, señor; el doctor Becher es inglés, y no hay en toda la parroquia un hombre con el chaleco mejor forrado. Pero en su casa vive un caballero, creo que un paciente, que sí que es extranjero y al que, por su aspecto, no le vendría mal un buen filete de Berkshire.
Aún no había terminado de hablar el jefe de estación, y ya todos corríamos en dirección al incendio. La carretera re­montaba una pequeña colina, y desde lo alto pudimos ver frente a nosotros un gran edificio encalado que vomitaba llamas por todas sus ventanas y aberturas, mientras en el jardín tres bombas de incendios se esforzaban en vano por dominar el fuego.
––¡Ésa es! ––gritó Hatherley, tremendamente excitado––. ¡Ahí está el sendero de grava, y ésos son los rosales donde me caí. Aquella ventana del segundo piso es desde donde salté.
––Bueno, por lo menos ha conseguido usted vengarse ––dijo Holmes––. No cabe duda de que fue su lámpara de acei­te, al ser aplastada por la prensa, la que prendió fuego a las paredes de madera; pero ellos estaban tan ocupados persi­guiéndole que no se dieron cuenta a tiempo. Ahora abra bien los ojos, por si puede reconocer entre toda esa gente a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que a estas horas se encuentran por lo menos a cien millas de aquí.
Los temores de Holmes se vieron confirmados, porque hasta la fecha no se ha vuelto a saber ni una palabra de la hermosa mujer, el siniestro alemán y el sombrío inglés. A primera hora de aquella mañana, un campesino se había cruzado con un coche que rodaba apresuradamente en di­rección a Reading, cargado con varias personas y varias cajas muy voluminosas, pero allí se perdió la pista de los fugitivos, y ni siquiera el ingenio de Holmes fue capaz de descubrir el menor indicio de su paradero.
Los bomberos se sorprendieron mucho ante los extraños dispositivos que encontraron en la casa, y aún más al descu­brir un pulgar humano recién cortado en el alféizar de una ventana del segundo piso. Hacia el atardecer sus esfuerzos dieron por fin resultados y lograron dominar el fuego, pero no sin que antes se desplomara el tejado y la casa entera que­dara tan absolutamente reducida a ruinas que, exceptuando algunos cilindros retorcidos y algunas tuberías de hierro, no quedaba ni rastro de la maquinaria que tan cara había cos­tado a nuestro desdichado ingeniero. En un cobertizo adya­cente se encontraron grandes cantidades de níquel y estaño, pero ni una sola moneda, lo cual podría explicar aquellas ca­jas tan abultadas que ya hemos mencionado.
La manera en que nuestro ingeniero hidráulico fue trasla­dado desde el jardín hasta el punto donde recuperó el cono­cimiento habría quedado en el misterio, de no ser por el mantillo del jardín, que nos reveló una sencilla historia. Era evidente que había sido transportado por dos personas, una de ellas con los pies muy pequeños y la otra con pies extraor­dinariamente grandes. En conjunto, parecía bastante proba­ble que el silencioso inglés, menos audaz o menos asesino que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a trasladar al hombre inconsciente fuera del peligro.
––¡Bonito negocio he hecho! ––dijo nuestro ingeniero en tono de queja mientras ocupábamos nuestros asientos para regresar a Londres––. He perdido un dedo, he perdido unos honorarios de cincuenta guineas... Zy qué es lo que he ganado?
––Experiencia ––dijo Holmes, echándose a reír––. En cierto modo, puede resultarle muy valiosa. No tiene más que po­nerla en forma de palabras para ganarse una reputación de persona interesante para el resto de su vida.

10. El aristócrata solterón

Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Si­mon y la curiosa manera en que terminó dejaron de ser te­mas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuracio­nes, desviándolas de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. No obstante, como tengo razones para creer que los hechos completos no se han revelado nunca al públi­co en general, y dado que mi amigo Sherlock Holmes de­sempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna biografía suya estaría com­pleta sin un breve resumen de este notable episodio.
Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había queda­do en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persisten­cia. Tumbado en una poltrona con una pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias, los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome pere­zosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.
––Tiene una carta de lo más elegante ––comenté al entrar él––. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.
––Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad ––respondió él, sonriendo––. Y, por lo general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.
Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido.
––¡Ah, caramba! ¡Después de todo, puede que resulte inte­resante!
––¿No es un acto social, entonces?
––No; estrictamente profesional.
––¿Y de un cliente noble?
––Uno de los grandes de Inglaterra.
––Querido amigo, le felicito.
––Le aseguro, Watson, sin falsa modestia, que la categoría de mi cliente me importa mucho menos que el interés que ofrezca su caso. Sin embargo, es posible que esta nueva in­vestigación no carezca de interés. Ha leído usted con aten­ción los últimos periódicos, ¿no es cierto?
––Eso parece ––dije melancólicamente, señalando un enor­me montón que había en un rincón––. No tenía otra cosa que hacer.
––Es una suerte, porque así quizás pueda ponerme al co­rriente. Yo no leo más que los sucesos y los anuncios perso­nales. Estos últimos son siempre instructivos. Pero si usted ha seguido de cerca los últimos acontecimientos, habrá leí­do acerca de lord St. Simon y su boda.
––Oh, sí, y con el mayor interés.
––Estupendo. La carta que tengo en la mano es de lord St. Simon. Se la voy a leer y, a cambio, usted repasará esos pe­riódicos y me enseñará todo lo que tenga que ver con el asunto. Esto es lo que dice:

«Querido señor Sherlock Holmes: Lord Backwater me ase­gura que puedo confiar plenamente en su juicio y discre­ción. Así pues, he decidido hacerle una visita para consultar­le con respecto al dolorosísimo suceso acaecido en relación con mi boda. El señor Lestrade, de Scotland Yard, se encuen­tra ya trabajando en el asunto, pero me ha asegurado que no hay inconveniente alguno en que usted coopere, e incluso cree que podría resultar de alguna ayuda. Pasaré a verle a las cuatro de la tarde, y le agradecería que aplazara cualquier otro compromiso que pudiera tener a esa hora, ya que el asunto es de trascendental importancia. Suyo afectísimo, ROBERT ST. SIMON.»

––Está fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la parte de fuera de su meñique derecho ––comentó Holmes, volviendo a doblar la carta.
––Dice que a las cuatro, y ahora son las tres. Falta una hora para que venga.
––Entonces, tengo el tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente del tema. Repase esos periódicos y ordene los artículos por orden de fechas, mientras yo miro quién es nuestro cliente ––sacó un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la chimenea––. Aquí está ––dijo, sentándose y abriéndolo sobre las rodillas––. «Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»... ¡Hum! Escudo: Campo de azur, con tres abrojos en jefe sobre banda de sa­ble. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años, que es una edad madura para casarse. Fue subsecretario de las colonias en una administración anterior. El duque, su padre, fue durante algún tiempo ministro de Asuntos Exteriores. Han heredado sangre de los Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bueno, en todo esto no hay nada que resulte muy instructivo. Creo que dependo de us­ted, Watson, para obtener datos más sólidos.
––Me resultará muy fácil encontrar lo que busco ––dije yo––, porque los hechos son bastante recientes y el asunto me lla­mó bastante la atención. Sin embargo, no me atrevía a ha­blarle del tema, porque sabía que tenía una investigación en­tre manos y que no le gusta que se entrometan otras cosas.
––Ah, se refiere usted al insignificante problema del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ya está aclarado de so­bra... aunque la verdad es que era evidente desde un princi­pio. Por favor, deme los resultados de su selección de prensa.
––Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Está en la columna personal del MorningPost y, como ve, lle­va fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado una boda», dice, «que, si los rumores son ciertos, tendrá lugar dentro de muy poco, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California, EE.UU.» Eso es todo.
––Escueto y al grano ––comentó Holmes, extendiendo ha­cia el fuego sus largas y delgadas piernas.
––En la sección de sociedad de la misma semana apareció un párrafo ampliando lo anterior. ¡Ah, aquí está!: «Pronto será necesario imponer medidas de protección sobre el mer­cado matrimonial, en vista de que el principio de libre co­mercio parece actuar decididamente en contra de nuestro producto nacional. Una tras otra, las grandes casas nobilia­rias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras be­llas primas del otro lado del Atlántico. Durante la última se­mana se ha producido una importante incorporación a la lista de premios obtenidos por estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso dios, ha anuncia­do de manera oficial su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario california­no. La señorita Doran, cuya atractiva figura y bello rostro atrajeron mucha atención en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote está muy por encima de las seis cifras, y que aún podría aumentar en el futuro. Te­niendo en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender su colección de pin­tura en los últimos años, y que lord St. Simon carece de pro­piedades, si exceptuamos la pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale ganando con una alianza que le permitirá realizar la fácil y habitual transición de dama republicana a aristócrata británica».
––¿Algo más? ––preguntó Holmes, bostezando.
––Oh, sí, mucho. Hay otro párrafo en el Morning Post di­ciendo que la boda sería un acto absolutamente privado, que se celebraría en San Jorge, en Hanover Square, que sólo se invitaría a media docena de amigos íntimos, y que luego to­dos se reunirían en una casa amueblada de Lancaster Gate, alquilada por el señor Aloysius Doran. Dos días después... es decir, el miércoles pasado... hay una breve noticia de que la boda se ha celebrado y que los novios pasarían la luna de miel en casa de lord Backwater, cerca de Petersfield. Éstas son todas las noticias que se publicaron antes de la desapari­ción de la novia.
––¿Antes de qué? ––preguntó Holmes con sobresalto.
––De la desaparición de la dama.
––¿Y cuándo desapareció?
––Durante el almuerzo de boda.
––Caramba. Esto es más interesante de lo que yo pensaba; y de lo más dramático.
––Sí, a mí me pareció un poco fuera de lo corriente.
––Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y al­guna que otra durante la luna de miel; pero no recuerdo nada tan súbito como esto. Por favor, déme detalles.
––Le advierto que son muy incompletos.
––Quizás podamos hacer que lo sean menos.
––Lo poco que se sabe viene todo seguido en un solo artí­culo publicado ayer por la mañana, que voy a leerle. Se titula «Extraño incidente en una boda de alta sociedad».
«La familia de lord Robert St. Simon ha quedado sumida en la mayor consternación por los extraños y dolorosos su­cesos ocurridos en relación con su boda. La ceremonia, tal como se anunciaba brevemente en la prensa de ayer, se cele­bró anteayer por la mañana, pero hasta hoy no había sido posible confirmar los extraños rumores que circulaban de manera insistente. A pesar de los esfuerzos de los amigos por silenciar el asunto, éste ha atraído de tal modo la aten­ción del público que de nada serviría fingir desconocimien­to de un tema que está en todas las conversaciones.
»La ceremonia, que se celebró en la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, tuvo lugar en privado, asistiendo tan sólo el padre de la novia, señor Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara St. Si­mon (hermano menor y hermana del novio), y lady Alicia Whittington. A continuación, el cortejo se dirigió a la casa del señor Aloysius Doran, en Lancaster Gate, donde se había preparado un almuerzo. Parece que allí se produjo un pe­queño incidente, provocado por una mujer cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó penetrar por la fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando ciertas reclama­ciones que tenía que hacerle a lord St. Simon. Tras una larga y bochornosa escena, el mayordomo y un lacayo consiguie­ron expulsarla. La novia, que afortunadamente había entra­do en la casa antes de esta desagradable interrupción, se ha­bía sentado a almorzar con los demás cuando se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su habitación.
Como su prolongada ausencia empezaba a provocar comen­tarios, su padre fue a buscarla; pero la doncella le dijo que sólo había entrado un momento en su habitación para coger un abrigo y un sombrero, y que luego había salido a toda pri­sa por el pasillo. Uno de los lacayos declaró haber visto salir de la casa a una señora cuya vestimenta respondía a la des­cripción, pero se negaba a creer que fuera la novia, por estar convencido de que ésta se encontraba con los invitados. Al comprobar que su hija había desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañado por el novio, se puso en contacto con la policía sin pérdida de tiempo, y en la actualidad se están lle­vando a cabo intensas investigaciones, que probablemente no tardarán en esclarecer este misterioso asunto. Sin embar­go, a últimas horas de esta noche todavía no se sabía nada del paradero de la dama desaparecida. Los rumores se han desatado, y se dice que la policía ha detenido a la mujer que provocó el incidente, en la creencia de que, por celos o algún otro motivo, pueda estar relacionada con la misteriosa desa­parición de la novia.»
––¿Y eso es todo?
––Sólo hay una notita en otro de los periódicos, pero bas­tante sugerente.
––¿Qué dice?
––Que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el in­cidente, había sido detenida. Parece que es una antigua bai­larina del Allegro, y que conocía al novio desde hace varios años. No hay más detalles, y el caso queda ahora en sus ma­nos... Al menos, tal como lo ha expuesto la prensa.
––Y parece tratarse de un caso sumamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero creo que llaman a la puerta, Watson, y dado que el reloj marca poco más de las cuatro, no me cabe duda de que aquí llega nuestro aristocrá­tico cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque me interesa mucho tener un testigo, aunque sólo sea para con­firmar mi propia memoria.
––El señor Robert St. Simon ––anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a un ca­ballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser obedecido. Aunque sus movi­mientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea im­presión de edad, porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la coronilla. En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afecta­ción: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes ama­rillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró des­pacio en la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que colgaban sus gafas con montura de oro.
––Buenos días, lord St. Simon ––dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia––. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Wat­son. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto.
––Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más hon­do. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.
––En efecto, voy descendiendo.
––¿Cómo dice?
––Mi último cliente de este tipo fue un rey.
––¡Caramba! No tenían¡ idea. ¿Y qué rey?
 ––El rey de Escandinavia.
––¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?
––Como usted comprenderá ––dijo Holmes suavemente––, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.
––¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto a proporcio­narle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión.
––Gracias. Sé todo lo que ha aparecido en la prensa, pero nada más. Supongo que puedo considerarlo correcto... Por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.
El señor St. Simon le echó un vistazo.
––Sí, es más o menos correcto en lo que dice.
––Pero hace falta mucha información complementaria para que alguien pueda adelantar una opinión. Creo que el modo más directo de conocer los hechos sería preguntarle a usted.
––Adelante.
––¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?
––Hace un año, en San Francisco.
––¿Estaba usted de viaje por los Estados Unidos?
––Sí.
––¿Fue entonces cuando se prometieron?
––No.
––¿Pero su relación era amistosa?
––A mí me divertía estar con ella, y ella se daba cuenta de que yo me divertía.
––¿Es muy rico su padre?
––Dicen que es el hombre más rico de la Costa Oeste.
––¿Y cómo adquirió su fortuna?
––Con las minas. Hace unos pocos años no tenía nada. En­tonces, encontró oro, invirtió y subió como un cohete.
––Veamos: ¿qué impresión tiene usted sobre el carácter de la señorita... es decir, de su esposa?
El noble aceleró el balanceo de sus gafas y se quedó mi­rando al fuego.
––Verá usted, señor Holmes ––dijo––. Mi esposa tenía ya veinte años cuando su padre se hizo rico. Se había pasado la vida correteando por un campamento minero y vagando por bosques y montañas, de manera que su educación debe más a la naturaleza que a los maestros de escuela. Es lo que en Inglaterra llamaríamos una buena pieza, con un carácter fuerte, impetuoso y libre, no sujeto a tradiciones de ningún tipo. Es impetuosa... hasta diría que volcánica. Toma deci­siones con rapidez y no vacila en llevarlas a la práctica. Por otra parte, yo no le habría dado el apellido que tengo el ho­nor de llevar ––soltó una tosecilla solemne–– si no pensara que tiene un fondo de nobleza. Creo que es capaz de sacrificios heroicos y que cualquier acto deshonroso la repugnaría.
––¿Tiene una fotografía suya?
––He traído esto.
Abrió un medallón y nos mostró el retrato de una mujer muy hermosa. No se trataba de una fotografía, sino de una miniatura sobre marfil, y el artista había sacado el máximo partido al lustroso cabello negro, los ojos grandes y oscuros y la exquisita boca. Holmes lo miró con gran atención du­rante un buen rato. Luego cerró el medallón y se lo devolvió a lord St. Simon.
––Así pues, la joven vino a Londres y aquí reanudaron sus relaciones.
––Sí, su padre la trajo a pasar la última temporada en Lon­dres. Nos vimos varias veces, nos prometimos y por fin nos casamos.
––Tengo entendido que la novia aportó una dote conside­rable.
––Una buena dote. Pero no mayor de lo habitual en mi fa­milia.
––Y, por supuesto, la dote es ahora suya, puesto que el ma­trimonio es un hecho consumado.
––La verdad, no he hecho averiguaciones al respecto.
––Es muy natural. ¿Vio usted a la señorita Doran el día an­tes de la boda?
––Sí.
––¿Estaba ella de buen humor?
––Mejor que nunca. No paraba de hablar de la vida que lle­varíamos en el futuro.
––Vaya, vaya. Eso es muy interesante. ¿Y la mañana de la boda?
––Estaba animadísima... Por lo menos, hasta después de la ceremonia.
––¿Y después observó usted algún cambio en ella? ––Bueno, a decir verdad, fue entonces cuando advertí las primeras señales de que su temperamento es un poquitín violento. Pero el incidente fue demasiado trivial como para mencionarlo, y no puede tener ninguna relación con el caso.
––A pesar de todo, le ruego que nos lo cuente.
––Oh, es una niñería. Cuando íbamos hacia la sacristía se le cayó el ramo. Pasaba en aquel momento por la primera fila de reclinatorios, y se le cayó en uno de ellos. Hubo un instan­te de demora, pero el caballero del reclinatorio se lo devolvió y no parecía que se hubiera estropeado con la caída. Aun así, cuando le mencioné el asunto, me contestó bruscamente; y luego, en el coche, camino de casa, parecía absurdamente agitada por aquella insignificancia.
––Vaya, vaya. Dice usted que había un caballero en el recli­natorio. Según eso, había algo de público en la boda, ¿no?
––Oh, sí. Es imposible evitarlo cuando la iglesia está abierta.
––El caballero en cuestión, ¿no sería amigo de su esposa?
––No, no; le he llamado caballero por cortesía, pero era una persona bastante vulgar. Apenas me fijé en su aspecto. Pero creo que nos estamos desviando del tema.
––Así pues, la señora St. Simon regresó dula boda en un es­tado de ánimo menos jubiloso que el que tenía al ir. ¿Qué hizo al entrar de nuevo en casa de su padre?
––La vi mantener una conversación con su doncella.
––¿Y quién es esta doncella?
––Se llama Alice. Es norteamericana y vino de California con ella.
––¿Una doncella de confianza?
––Quizás demasiado. A mí me parecía que su señora le permitía excesivas libertades. Aunque, por supuesto, en América estas cosas se ven de un modo diferente.
––¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esta Alice?
––Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.
––¿No oyó usted lo que decían?
––La señora St. Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la licencia». Solía utilizar esa jerga de los mineros para hablar. No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.
––A veces, la jerga norteamericana resulta muy expresiva. ¿Qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con la donce­lla?
––Entró en el comedor.
––¿Del brazo de usted?
––No, sola. Era muy independiente en cuestiones de poca monta como ésa. Y luego, cuando llevábamos unos diez mi­nutos sentados, se levantó con prisas, murmuró unas pala­bras de disculpa y salió de la habitación. Ya no la volvimos a ver.
––Pero, según tengo entendido, esta doncella, Alice, ha de­clarado que su esposa fue a su habitación, se puso un abrigo largo para tapar el vestido de novia, se caló un sombrero y salió de la casa.
––Exactamente. Y más tarde la vieron entrando en Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que ahora está detenida y que ya había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma mañana.
––Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta dama y sus relaciones con usted.
Lord St. Simon se encogió de hombros y levantó las cejas.
––Durante algunos años hemos mantenido relaciones amistosas... podría decirse que muy amistosas. Ella trabaja­ba en el Allegro. La he tratado con generosidad, y no tiene ningún motivo razonable de queja contra mí, pero ya sabe usted cómo son las mujeres, señor Holmes. Flora era encan­tadora, pero demasiado atolondrada, y sentía devoción por mí. Cuando se enteró de que me iba a casar, me escribió unas cartas terribles; y, a decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que diese un es­cándalo en la iglesia. Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran cuando nosotros acabábamos de volver, e in­tentó abrirse paso a empujones, pronunciando frases muy injuriosas contra mi esposa, e incluso amenazándola, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo seme­jante, y había dado instrucciones al servicio, que no tardó en expulsarla. Se tranquilizó en cuanto vio que no sacaría nada con armar alboroto.
––¿Su esposa oyó todo esto?
––No, gracias a Dios, no lo oyó.
––¿Pero más tarde la vieron paseando con esta misma mujer?
––Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, eso le parece muy grave. Cree que Flora atrajo con engaños a mi esposa hacia alguna terrible trampa.
––Bueno, es una suposición que entra dentro de lo posible.
––¿También usted lo cree?
––No dije que fuera probable. ¿Le parece probable a usted?
––Yo no creo que Flora sea capaz de hacer daño a una mosca.
––No obstante, los celos pueden provocar extraños cam­bios en el carácter. ¿Podría decirme cuál es su propia teoría acerca de lo sucedido?
––Bueno, en realidad he venido aquí en busca de una teo­ría, no a exponer la mía. Le he dado todos los datos. Sin em­bargo, ya que lo pregunta, puedo decirle que se me ha pasa­do por la cabeza la posibilidad de que la emoción de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso le hayan provocado a mi esposa algún pequeño trastorno ner­vioso de naturaleza transitoria.
––En pocas palabras, que sufrió un arrebato de locura.
––Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espal­da... no digo a mí, sino a algo a lo que tantas otras han aspi­rado sin éxito... me resulta difícil hallar otra explicación.
––Bien, desde luego, también es una hipótesis concebible ––dijo Holmes sonriendo––. Y ahora, lord St. Simon, creo que ya dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo preguntar si en la mesa estaban ustedes sentados de modo que pudieran ver por la ventana?
––Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque. ––Perfecto. En tal caso, creo que no necesito entretenerlo más tiempo. Ya me pondré en comunicación con usted.
––Si es que tiene la suerte de resolver el problema ––dijo nuestro cliente, levantándose de su asiento.
––Ya lo he resuelto.
––¿Eh? ¿Cómo dice?
––Digo que ya lo he resuelto.
––Entonces, ¿dónde está mi esposa?
––Ése es un detalle que no tardaré en proporcionarle. Lord St. Simon meneó la cabeza.
––Me temo que esto exija cabezas más inteligentes que la suya o la mía ––comentó, y tras una pomposa inclinación, al estilo antiguo, salió de la habitación.
––El bueno de lord St. Simon me hace un gran honor al co­locar mi cabeza al mismo nivel que la suya ––dijo Sherlock Holmes, echándose a reír––. Después de tanto interrogatorio, no me vendrá mal un poco de whisky con soda. Ya había sa­cado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente entrara en la habitación.
––¡Pero Holmes!
––Tengo en mi archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el interro­gatorio sirvió únicamente para convertir mis conjeturas en certeza. En ocasiones, la evidencia circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una tru­cha en la leche, por citar el ejemplo de Thoreau.
––Pero yo he oído todo lo que ha oído usted.
––Pero sin disponer del conocimiento de otros casos an­teriores, que a mí me ha sido muy útil. Hace años se dio un caso muy semejante en Aberdeen, y en Munich, al año siguiente de la guerra franco––prusiana, ocurrió algo muy parecido. Es uno de esos casos... Pero ¡caramba, aquí vie­ne Lestrade! Buenas tardes, Lestrade. Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí en la caja tiene ciga­rros.
El inspector de policía vestía chaqueta y corbata marine­ras, que le daban un aspecto decididamente náutico, y lleva­ba en la mano una bolsa de lona negra. Con un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que le ofrecían.
––¿Qué le trae por aquí? ––preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos––. Parece usted descontento.
––Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al asunto.
––¿De verdad? Me sorprende usted.
––¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo el día traba­jando en ello.
––Y parece que ha salido mojadísimo del empeño ––dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta marinera.
––Sí, es que he estado dragando el Serpentine.
––¿Y para qué, en nombre de todos los santos?
––En busca del cuerpo de lady St. Simon.
Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rom­pió en carcajadas.
––¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Tra­falgar Square?
––¿Por qué? ¿Qué quiere decir?
––Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.
Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.
––Supongo que usted ya lo sabe todo ––se burló.
––Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he lle­gado a una conclusión.
––¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.
––Lo considero muy improbable.
––Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él ––y diciendo esto, abrió la bol­sa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empa­pado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo––. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.
––Vaya, vaya ––dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado––. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?
––No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.
––Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?
––Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desa­parición.
––Me temo que le va a resultar dificil.
––¿Conque eso se teme, eh? ––exclamó Lestrade, algo pica­do––. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.
––¿Y de qué manera?
––En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarje­tero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la nota ––la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él––. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en se­guida. F H. M.». Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.
––Muy bien, Lestrade ––dijo Holmes, riendo––. Es usted fan­tástico. Déjeme verlo ––cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.
––¡Esto sí que es importante! ––dijo.
––¡Vaya! ¿Le parece a usted?
––Ya lo creo. Le felicito calurosamente.
Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.
––¡Pero...! ––exclamó––. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!
––Al contrario, éste es el lado bueno.
––¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!
––Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y mucho.
––Eso no significa nada. Ya me había fijado ––dijo Lestra­de––. «4 de octubre, habitación 8 chelines, desayuno 2 cheli­nes y 6 peniques, cóctel l chelín, comida 2 chelines y 6 peni­ques, vaso de jerez 8 peniques.» Yo no veo nada ahí.
––Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son las inicia­les, así que le felicito de nuevo.
––Ya he perdido bastante tiempo ––dijo Lestrade, ponién­dose en pie––. Yo creo en el trabajo duro, y no en sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, se­ñor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo del asunto ––recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.
––Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade ––dijo Holmes lentamente––. Voy a decirle la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca seme­jante persona.
Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se vol­vió a mí, se dio tres golpecitos en la frente, meneó solemne­mente la cabeza y se marchó con prisas.
Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sher­lock Holmes se levantó y se puso su abrigo.
––Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice so­bre el trabajo de campo ––comentó––. Así pues, Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódi­cos.
Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se mar­chó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver con ayuda de un mucha­cho que le acompañaba. Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre nuestra modesta mesa de caoba se des­plegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos de becada fría, un faisán, un pastel de foie––gras y va­rias botellas añejas, cubiertas de telarañas. Tras extender to­das aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado llevarlas a nuestra dirección.
Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rá­pido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un bri­llo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.
––Veo que han traído la cena ––dijo, frotándose las manos.
––Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.
––Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí algu­na visita ––dijo––. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.
Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que en­tró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuer­za que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.
––Veo que mi mensajero dio con usted ––dijo Holmes.
––Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?
––El mejor que se podría tener.
Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.
––¿Qué dirá el duque ––murmuró–– cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante hu­millación?
––Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna hu­millación.
––Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.
––Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de ma­dre, no tenía a nadie que la aconsejara en esa crisis.
––Ha sido un desaire, señor, un desaire público ––dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.
––Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, co­locada en una situación tan sin precedentes.
––Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indigna­do, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.
––Creo que ha sonado el timbre ––dijo Holmes––. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traí­do un abogado que quizás tenga más éxito.
Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.
––Lord St. Simon ––dijo––: permítame que le presente al se­ñor Francis Hay Moulton y señora. A la señora creo que ya la conocía.
Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada ga­cha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él si­guió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayu­dó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era dificil de resistir.
––Estás enfadado, Robert ––dijo ella––. Bueno, supongo que te sobran motivos.
––Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas ––dijo lord St. Simon en tono amargado.
––Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería ha­ber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.
––¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salga­mos de la habitación mientras usted se explica?
––Si se me permite dar una opinión ––intervino el caballero desconocido––, ya ha habido demasiado secreto en este asun­to. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.
Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles. ––Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo ––dijo la señora––. Frank y yo nos conocimos en el 81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina. Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. Cuanto más rico se hacia papá, más pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió has­ta allí; nos vimos sin que papá supiera nada. De haberlo sa­bido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos. Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con ningún otro. En­tonces, él dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte». En fin, discutimos el asunto y resultó que él ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.
»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Monta­na; después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apa­reció en los periódicos un largo reportaje sobre un campa­mento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. Caí desmayada y es­tuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba tí­sica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. Entonces apareció en San Francisco lord St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.
»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le ha­bría sido leal. No tenemos control sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. Al principio, lo tomé por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. Al pasar junto a su reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al devol­verme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.
»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy dificil hacerlo de­lante de su madre y de todos aquellos grandes personajes. Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abri­go y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John... Por lo poco que en­tendí, me pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda... Pero conseguí librarme de ella y pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espe­ra. Frank había caído prisionero de los apaches, había esca­pado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.
––Lo leí en un periódico ––explicó el norteamericano––. Ve­nía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.
––Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba tanta ver­güenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de la nobleza, sentados a la mesa y espe­rando mi regreso. Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia, hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me siguieran la pis­ta por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo es­taba equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no ha­cía sino empeorar nuestra situación. Entonces nos ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte he­cho daño y espero que no pienses muy mal de mí.
Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.
––Perdonen ––dijo––, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una manera tan pública.
––Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?
––Oh, desde luego, si eso le causa algún placer ––extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.
––Tenía la esperanza ––surgió Holmes–– de que me acompa­ñaran en una cena amistosa.
––Creo que eso ya es pedir demasiado ––respondió su seño­ría––. Quizás no me quede más remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso, creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos ––hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y salió a grandes zancadas de la habitación.
––Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía ––dijo Sherlock Holmes––. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hi­jos sean algún día ciudadanos de una única nación que abar­cará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los co­lores de la Union Jack con las Barras y Estrellas.

––Ha sido un caso interesante ––comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado––, porque demues­tra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. Y no encon­traríamos una explicación más natural que la serie de acon­tecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland Yard.
––Así pues, no se equivocaba usted.
––Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepenti­do a los pocos minutos de regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión. ¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que ha­ber sido alguien procedente de América, porque llevaba de­masiado poco tiempo en nuestro país como para que al­guien hubiera podido adquirir tal influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclu­sión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta in­fluencia sobre ella? Podía tratarse de un amante; o podía tra­tarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y en condiciones poco normales. Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando éste nos habló de un hombre en un recli­natorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolu­tamente clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior; lo más probable parecía lo último.
––¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?
––Podría haber resultado dificil, pero el amigo Lestrade te­nía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.
––¿De dónde sacó lo de selecto?
––Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos precios. En el segundo que visi­té, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, caballero norteameri­cano, se había marchado el día anterior; y al examinar su factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. Había dejado dicho que se le enviara ?a co­rrespondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me en­caminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de enamorados yme atrevía ofrecerles algunos consejos pater­nales, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los as­pectos, que aclararan un poco su situación, tanto al público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y, como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.
––Pero con resultados no demasiado buenos ––comenté yo––. Desde luego, la conducta del caballero no ha sido muy elegante.
––¡Ah, Watson! ––dijo Holmes sonriendo––. Puede que tam­poco usted se comportara muy elegantemente si, después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se en­contrara privado en un instante de esposa y de fortuna. Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación. Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño.

11. La corona de berilos

–– Holmes ––dije una mañana, mientras contemplaba la ca­lle desde nuestro mirador––, por ahí viene un loco. ¡Qué ver­güenza que su familia le deje salir solo!
Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi hombro, con las manos metidas en los bolsillos de su bata. Era una mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del día anterior aún permanecía acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba bajo el sol invernal. En el centro de la calzada de Baker Street, el tráfico la había surcado formando una franja terrosa y parda, pero a ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguía tan blanca como cuando cayó. El pavimento gris estaba lim­pio y barrido, pero aún resultaba peligrosamente resbaladi­zo, por lo que se veían menos peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la estación del Metro no venía nadie, a excepción del solitario caballero cuya excén­trica conducta me había llamado la atención.
Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento y de aspecto imponente, con un rostro enorme, de rasgos muy marcados, y una figura impresionante. Iba vestido con estilo serio, pero lujoso: levita negra, sombrero reluciente, polainas impecables de color pardo y pantalones gris perla de muy buen corte. Sin embargo, su manera de actuar ofrecía un absurdo contraste con la dignidad de su atuendo y su porte, porque venía a todo correr, dando salti­tos de vez en cuando, como los que da un hombre cansado y poco acostumbrado a someter a un esfuerzo a sus piernas. Y mientras corría, alzaba ybajaba las manos, movía de un lado a otro la cabeza y deformaba su cara con las más extraordi­narias contorsiones.
––¿Qué demonios puede pasarle? ––pregunté––. Está miran­do los números de las casas.
––Me parece que viene aquí ––dijo Holmes, frotándose las manos.
––¿Aquí?
––Sí, y yo diría que viene a consultarme profesionalmente. Creo reconocer los síntomas. ¡Ajá! ¿No se lo dije? ––mientras Holmes hablaba, el hombre, jadeando y resoplando, llegó corriendo a nuestra puerta y tiró de la campanilla hasta que las llamadas resonaron en toda la casa.
Unos instantes después estaba ya en nuestra habitación, todavía resoplando y gesticulando, pero con una expresión tan intensa de dolor y desesperación en los ojos que nuestras sonrisas se trasformaron al instante en espanto y compasión. Durante un rato fue incapaz de articular una palabra, y si­guió oscilando de un lado a otro y tirándose de los cabellos como una persona arrastrada más allá de los límites de la ra­zón. De pronto, se puso en pie de un salto y se golpeó la cabe­za contra la pared con tal fuerza que tuvimos que correr en su ayuda y arrastrarlo al centro de la habitación. Sherlock Hol­mes le empujó hacia una butaca y se sentó a su lado, dándole palmaditas en la mano y procurando tranquilizarlo con la charla suave y acariciadora que tan bien sabía emplear y que tan excelentes resultados le había dado en otras ocasiones.
––Ha venido usted a contarme su historia, ¿no es así? ––de­cía––. Ha venido con tanta prisa que está fatigado. Por favor, aguarde hasta haberse recuperado y entonces tendré mucho gusto en considerar cualquier pequeño problema que tenga a bien plantearme.
El hombre permaneció sentado algo más de un minuto con el pecho agitado, luchando contra sus emociones. Por fin, se pasó un pañuelo por la frente, apretó los labios y vol­vió el rostro hacia nosotros.
––¿Verdad que me han tomado por un loco? ––dijo.
––Se nota que tiene usted algún gran apuro ––respondió Holmes.
––¡No lo sabe usted bien! ¡Un apuro que me tiene total­mente trastornada la razón, una desgracia inesperada y te­rrible! Podría haber soportado la deshonra pública, aunque mi reputación ha sido siempre intachable. Y una desgracia privada puede ocurrirle a cualquiera. Pero las dos cosas jun­tas, y de una manera tan espantosa, han conseguido destro­zarme hasta el alma. Y además no soy yo solo. Esto afectará a los más altos personajes del país, a menos que se le encuen­tre una salida a este horrible asunto.
––Serénese, por favor ––dijo Holmes––, y explíqueme con claridad quién es usted y qué le ha ocurrido.
––Es posible que mi nombre les resulte familiar ––respon­dió nuestro visitante––. Soy Alexander Holder, de la firma bancaria Holder & Stevenson, de Threadneedle Street.
Efectivamente, conocíamos bien aquel nombre, pertene­ciente al socio más antiguo del segundo banco más impor­tante de la City de Londres. ¿Qué podía haber ocurrido para que uno de los ciudadanos más prominentes de Londres quedara reducido a aquella patética condición? Aguarda­mos llenos de curiosidad hasta que, con un nuevo esfuerzo, reunió fuerzas para contar su historia.
––Opino que el tiempo es oro ––dijo––, y por eso vine co­rriendo en cuanto el inspector de policía sugirió que procu­rara obtener su cooperación. He venido en Metro hasta Ba­ker Street, y he tenido que correr desde la estación porque los coches van muy despacio con esta nieve. Por eso me he quedado sin aliento, ya que no estoy acostumbrado a hacer ejercicio. Ahora ya me siento mejor y le expondré los hechos del modo más breve y más claro que me sea posible.
»Naturalmente, ustedes ya saben que para la buena mar­cha de una empresa bancaria, tan importante es saber inver­tir provechosamente nuestros fondos como ampliar nuestra clientela y el número de depositarios. Uno de los sistemas más lucrativos de invertir dinero es en forma de préstamos, cuando la garantía no ofrece dudas. En los últimos años he­mos hecho muchas operaciones de esta clase, y son muchas las familias de la aristocracia a las que hemos adelantado grandes sumas de dinero, con la garantía de sus cuadros, bi­bliotecas o vajillas de plata.
»Ayer por la mañana, me encontraba en mi despacho del banco cuando uno de los empleados me trajo una tarjeta. Di un respingo al leer el nombre, que era nada menos que... bueno, quizá sea mejor que no diga más, ni siquiera a us­ted... Baste con decir que se trata de un nombre conocido en todo el mundo... uno de los nombres más importantes, más nobles, más ilustres de Inglaterra. Me sentí abrumado por el honor e intenté decírselo cuando entró, pero él fue directa­mente al grano del negocio, con el aire de quien quiere des­pachar cuanto antes una tarea desagradable.
»––Señor Holder ––dijo––, se me ha informado de que presta usted dinero.
»––La firma lo hace cuando la garantía es buena ––respondí yo.
»––Me es absolutamente imprescindible ––dijo él–– disponer al momento de cincuenta mil libras. Por supuesto, podría obtener una suma diez veces superior a esa insignificancia pidiendo prestado a mis amigos, pero prefiero llevarlo como una operación comercial y ocuparme del asunto personal­mente. Como comprenderá usted, en mi posición no con­viene contraer ciertas obligaciones.
»––¿Puedo preguntar durante cuánto tiempo necesitará usted esa suma? ––pregunté.
»––El lunes que viene cobraré una cantidad importante, y entonces podré, con toda seguridad, devolverle lo que usted me adelante, más los intereses que considere adecuados. Pero me resulta imprescindible disponer del dinero en el acto.
»––Tendría mucho gusto en prestárselo yo mismo, de mi propio bolsillo y sin más trámites, pero la cantidad excede un poco a mis posibilidades. Por otra parte, si lo hago en nombre de la firma, entonces, en consideración a mi socio, tendría que insistir en que, aun tratándose de usted, se to­maran todas las garantías pertinentes.
»––Lo prefiero así, y con mucho ––dijo él, alzando una caja de tafilete negro que había dejado junto a su silla––. Supongo que habrá oído hablar de la corona de berilos.
»––Una de las más preciadas posesiones públicas del Impe­rio ––respondí yo.
»––En efecto ––abrió la caja y allí, embutida en blando ter­ciopelo de color carne, apareció la magnífica joya que aca­baba de nombrar––. Son treinta y nueve berilos enormes ––dijo––, y el precio de la montura de oro es incalculable. La tasación más baja fijará el precio de la corona en más del do­ble de la suma que le pido. Estoy dispuesto a dejársela como garantía.
»Tomé en las manos el precioso estuche y miré con cierta perplejidad a mi ilustre cliente.
»––¿Duda usted de su valor? ––preguntó. »––En absoluto. Sólo dudo...
»––... de que yo obre correctamente al dejarla aquí. Puede usted estar tranquilo. Ni en sueños se me ocurriría hacerlo si no estuviese absolutamente seguro de poder recuperarla en cuatro días. Es una mera formalidad. ¿Le parece suficiente garantía?
»––Más que suficiente.
»––Se dará usted cuenta, señor Holder, de que con esto le doy una enorme prueba de la confianza que tengo en usted, basada en las referencias que me han dado. Confio en que no sólo será discreto y se abstendrá de todo comentario sobre el asunto, sino que además, y por encima de todo, cuidará de esta corona con toda clase de precauciones, porque no hace falta que le diga que se organizaría un escándalo tremendo si sufriera el menor daño. Cualquier desperfecto sería casi tan grave como perderla por completo, ya que no existen en el mundo berilos como éstos, y sería imposible reemplazarlos. No obstante, se la dejo con absoluta confianza, yvendré a re­cuperarla personalmente el lunes por la mañana.
»Viendo que mi cliente estaba deseoso de marcharse, no dije nada más; llamé al cajero y le di orden de que pagara cincuenta mil libras en billetes. Sin embargo, cuando me quedé solo con el precioso estuche encima de la mesa, delan­te de mí, no pude evitar pensar con cierta inquietud en la in­mensa responsabilidad que había contraído. No cabía duda de que, por tratarse de una propiedad de la nación, el escán­dalo sería terrible si le ocurriera alguna desgracia. Empecé a lamentar el haber aceptado quedarme con ella, pero ya era demasiado tarde para cambiar las cosas, así que la guardé en mi caja de seguridad privada, y volví a mi trabajo.
»Al llegar la noche, me pareció que sería una impruden­cia dejar un objeto tan valioso en el despacho. No sería la primera vez que se fuerza la caja de un banquero. ¿Por qué no habría de pasarle a la mía? Así pues, decidí que durante los días siguientes llevaría siempre la corona conmigo, para que nunca estuviera fuera de mi alcance. Con esta intención, llamé a un coche y me hice conducir a mi casa de Streatham, llevándome la joya. No respiré tranquilo hasta que la hube subido al piso de arriba y guardado bajo llave en el escrito­rio de mi gabinete.
»Y ahora, unas palabras acerca del personal de mi casa, señor Holmes, porque quiero que comprenda perfectamen­te la situación. Mi mayordomo y mi lacayo duermen fuera de casa, y se les puede descartar por completo. Tengo tres doncellas, que llevan bastantes años conmigo, y cuya honra­dez está por encima de toda sospecha. Una cuarta doncella, Lucy Parr, lleva sólo unos meses a mi servicio. Sin embargo, traía excelentes referencias y siempre ha cumplido a la per­fección. Es una muchacha muy bonita, y de vez en cuando atrae a admiradores que rondan por la casa. Es el único in­conveniente que le hemos encontrado, pero por lo demás consideramos que es una chica excelente en todos los as­pectos.
»Eso en cuanto al servicio. Mi familia es tan pequeña que no tardaré mucho en describirla. Soy viudo y tengo un solo hijo, Arthur, que ha sido una decepción para mí, señor Hol­mes, una terrible decepción. Sin duda, toda la culpa es mía. Todos dicen que le he mimado demasiado, y es muy proba­ble que así sea. Cuando falleció mi querida esposa, todo mi amor se centró en él. No podía soportar que la sonrisa se bo­rrara de su rostro ni por un instante. Jamás le negué ningún capricho. Tal vez habría sido mejor para los dos que yo me hubiera mostrado más severo, pero lo hice con la mejor in­tención.
»Naturalmente, yo tenía la intención de que él me suce­diera en el negocio, pero no tenía madera de financiero. Era alocado, indisciplinado y, para ser sincero, no se le podían confiar sumas importantes de dinero. Cuando era joven se hizo miembro de un club aristocrático, y allí, gracias a su ca­rácter simpático, no tardó en hacer amistades con gente de bolsa bien repleta y costumbres caras. Se aficionó a jugar a las cartas y apostar en las carreras, y continuamente acudía a mí, suplicando que le diese un adelanto de su asignación para poder saldar sus deudas de honor. Más de una vez in­tentó romper con aquellas peligrosas compañías, pero la in­fluencia de su amigo sir George Burnwell le hizo volver en todas las ocasiones.
»A decir verdad, a mí no me extrañaba que un hombre como sir George Burnwell tuviera tanta influencia sobre él, porque lo trajo muchas veces a casa e incluso a mí me resul­taba difícil resistirme a la fascinación de su trato. Es mayor que Arthur, un hombre de mundo de pies a cabeza, que ha estado en todas partes y lo ha visto todo, conversador bri­llante y con un gran atractivo personal. Sin embargo, cuan­do pienso en él fríamente, lejos del encanto de su presencia, estoy convencido, por su manera cínica de hablar y por la mirada que he advertido en sus ojos, de que no se puede confiar en él. Eso es lo que pienso, y así piensa también mi pequeña Mary, que posee una gran intuición femenina para la cuestión del carácter.
»Y ya sólo queda ella por describir. Mary es mi sobrina; pero cuando falleció mi hermano hace cinco años, dejándo­la sola, yo la adopté y desde entonces la he considerado como una hija. Es el sol de la casa..., dulce, cariñosa, guapí­sima, excelente administradora y ama de casa, y al mismo tiempo tan tierna, discreta y gentil como puede ser una mu­jer. Es mi mano derecha. No sé lo que haría sin ella. Sólo en una cosa se ha opuesto a mis deseos. Mi hijo le ha pedido dos veces que se case con él, porque la ama apasionadamen­te, pero ella le ha rechazado las dos veces. Creo que si al­guien puede volverlo al buen camino es ella; y ese matrimo­nio podría haber cambiado por completo la vida de mi hijo. Pero, ¡ay!, ya es demasiado tarde. ¡Demasiado tarde, sin re­medio!
»Y ahora que ya conoce usted a la gente que vive bajo mi techo, señor Holmes, proseguiré con mi doloroso relato. »Aquella noche, después de cenar, mientras tomábamos café en la sala de estar, les conté a Arthur y Mary lo sucedido y les hablé del precioso tesoro que teníamos en casa, omi­tiendo únicamente el nombre de mi cliente. Estoy seguro de que Lucy Parr, que nos había servido el café, había salido ya de la habitación; pero no puedo asegurar que la puerta estu­viera cerrada. Mary y Arthur se mostraron muy interesados y quisieron ver la famosa corona, pero a mí me pareció me­jor dejarla en paz.
»––¿Dónde la has guardado? ––preguntó Arthur.
 »––En mi escritorio.
»––Bueno, Dios quiera que no entren ladrones en casa esta noche ––dijo.
»––Está cerrado con llave ––indiqué.
––Bah, ese escritorio se abre con cualquier llave vieja. Cuando era pequeño, yo la abría con la llave del armario del trastero.
»Ésa era su manera normal de hablar, así que no presté mucha atención a lo que decía. Sin embargo, aquella noche me siguió a mi habitación con una expresión muy seria.
»––Escucha, papá ––dijo con una mirada baja––. ¿Puedes de­jarme doscientas libras?
»––¡No, no puedo! ––respondí irritado––. ¡Ya he sido dema­siado generoso contigo en cuestiones de dinero!
»––Has sido muy amable ––dijo él––, pero necesito ese dine­ro, o jamás podré volver a asomar la cara por el club.
»––¡Pues me parece estupendo! ––exclamé yo.
»––Sí, papá, pero no querrás que quede deshonrado ––dijo––. No podría soportar la deshonra. Tengo que reunir ese dinero como sea, y si tú no me lo das, tendré que recurrir a otros me­dios.
»Yo me sentía indignado, porque era la tercera vez que me pedía dinero en un mes.
»––¡No recibirás de mí ni medio penique! ––grité, y él me hizo una reverencia y salió de mi cuarto sin decir una pala­bra más.
»Después de que se fuera, abrí mi escritorio, comprobé que el tesoro seguía a salvo y lo volví a cerrar con llave. Luego hice una ronda por la casa para verificar que todo estaba se­guro. Es una tarea que suelo delegar en Mary, pero aquella noche me pareció mejor realizarla yo mismo. Al bajar las escaleras encontré a Mary junto a la ventana del vestíbulo, que cerró y aseguró al acercarme yo.
»––Dime, papá ––dijo algo preocupada, o así me lo pare­ció––. ¿Le has dado permiso a Lucy, la doncella, para salir esta noche?
»––Desde luego que no.
»––Acaba de entrar por la puerta de atrás. Estoy segura de que sólo ha ido hasta la puerta lateral para ver a alguien, pero no me parece nada prudente y habría que prohibírselo.
»––Tendrás que hablar con ella por la mañana. O, si lo pre­fieres, le hablaré yo. ¿Estás segura de que todo está cerrado?
»––Segurísima, papá.
»––Entonces, buenas noches ––le di un beso y volví a mi ha­bitación, donde no tardé en dormirme.
»Señor Holmes, estoy esforzándome por contarle todo lo que pueda tener alguna relación con el caso, pero le ruego que no vacile en preguntar si hay algún detalle que no queda claro.
––Al contrario, su exposición está siendo extraordinaria­mente lúcida.
––Llego ahora a una parte de mi historia que quiero que lo sea especialmente. Yo no tengo el sueño pesado y, sin duda, la ansiedad que sentía hizo que aquella noche fuera aún más ligero que de costumbre. A eso de las dos de la mañana, me despertó un ruido en la casa. Cuando me desperté del todo ya no se oía, pero me había dado la impresión de una venta­na que se cerrara con cuidado. Escuché con toda mi alma. De pronto, con gran espanto por mi parte, oí el sonido in­confundible de unos pasos sigilosos en la habitación de al lado. Me deslicé fuera de la cama, temblando de miedo, y miré por la esquina de la puerta del gabinete.
»––¡Arthur! ––grité––. ¡Miserable ladrón! ¿Cómo te atreves a tocar esa corona?
»La luz de gas estaba a media potencia, como yo la había dejado, y mi desdichado hijo, vestido sólo con camisa y pan­talones, estaba de pie junto a la luz, con la corona en las ma­nos. Parecía estar torciéndola o aplastándola con todas sus fuerzas. Al oír mi grito la dejó caer y se puso tan pálido como un muerto. La recogí y la examiné. Le faltaba uno de los extremos de oro, con tres de los berilos.
»––¡Canalla! ––grité, enloquecido de rabia––. ¡La has roto! ¡Me has deshonrado para siempre! ¿Dónde están las joyas que has robado?
»––¡Robado! ––exclamó.
»––¡Sí, ladrón! ––rugí yo, sacudiéndolo por los hombros.
»––No falta ninguna. No puede faltar ninguna.
»––¡Faltan tres! ¡Y tú sabes qué ha sido de ellas! ¿Tengo que llamarte mentiroso, además de ladrón? ¿Acaso no te acabo de ver intentando arrancar otro trozo?
»––Ya he recibido suficientes insultos ––dijo él––. No pienso aguantarlo más. Puesto que prefieres insultarme, no diré una palabra más del asunto. Me iré de tu casa por la mañana y me abriré camino por mis propios medios.
»––¡Saldrás de casa en manos de la policía! ––grité yo, me­dio loco de dolor y de ira––. ¡Haré que el asunto se investigue a fondo!
»––Pues por mi parte no averiguarás nada ––dijo él, con una pasión de la que no le habría creído capaz––. Si decides llamar a la policía, que averigüen ellos lo que puedan.
»Para entonces, toda la casa estaba alborotada, porque yo, llevado por la cólera, había alzado mucho la voz. Mary fue la primera en entrar corriendo en la habitación y, al ver la co­rona y la cara de Arthur, comprendió todo lo sucedido y, dando un grito, cayó sin sentido al suelo. Hice que la donce­lla avisara a la policía y puse inmediatamente la investiga­ción en sus manos. Cuando el inspector y un agente de uni­forme entraron en la casa, Arthur, que había permanecido todo el tiempo taciturno y con los brazos cruzados, me pre­guntó si tenía la intención de acusarle de robo. Le respondí que había dejado de ser un asunto privado para convertirse en público, puesto que la corona destrozada era propiedad de la nación. Yo estaba decidido a que la ley se cumpliera hasta el final.
»––Al menos ––dijo––, no me hagas detener ahora mismo. Te conviene tanto como a mí dejarme salir de casa cinco mi­nutos.
»––Sí, para que puedas escaparte, o tal vez para poder es­conder lo que has robado ––respondí yo.
»Y a continuación, dándome cuenta de la terrible situa­ción en la que se encontraba, le imploré que recordara que no sólo estaba en juego mi honor, sino también el de alguien mucho más importante que yo; y que su conducta podía provocar un escándalo capaz de conmocionar a la nación entera. Podía evitar todo aquello con sólo decirme qué había hecho con las tres piedras que faltaban.
»––Más vale que afrontes la situación ––le dije––. Te han co­gido con las manos en la masa, y confesar no agravará tu cul­pa. Si procuras repararla en la medida de lo posible, dicién­donos dónde están los berilos, todo quedará perdonado y olvidado.
»––Guárdate tu perdón para el que te lo pida ––respondió, apartándose de mí con un gesto de desprecio.
»Me di cuenta de que estaba demasiado maleado como para que mis palabras le influyeran. Sólo podía hacer una cosa. Llamé al inspector y lo puse en sus manos. Se llevó a cabo un registro inmediato, no sólo de su persona, sino tam­bién de su habitación y de todo rincón de la casa donde pu­diera haber escondido las gemas. Pero no se encontró ni ras­tro de ellas, y el miserable de mi hijo se negó a abrir la boca, a pesar de todas nuestras súplicas y amenazas. Esta mañana lo han encerrado en una celda, y yo, tras pasar por todas las formalidades de la policía, he venido corriendo a verle a us­ted, para rogarle que aplique su talento a la resolución del misterio. La policía ha confesado sin reparos que por ahora no sabe qué hacer. Puede usted incurrir en los gastos que le parezcan necesarios. Ya he recibido una recompensa de mil libras. ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? He perdido mi honor, mis joyas y mi hijo en una sola noche. ¡Oh, qué puedo hacer!
Se llevó las manos ala cabeza y empezó a oscilar de delan­te a atrás, parloteando consigo mismo, como un niño que no encuentra palabras para expresar su dolor.
Sherlock Holmes permaneció callado unos minutos, con el ceño fruncido y los ojos clavados en el fuego de la chimenea.
––¿Recibe usted muchas visitas? ––preguntó por fin.
––Ninguna, exceptuando a mi socio con su familia y, de vez en cuando, algún amigo de Arthur. Sir George Burnwell ha estado varias veces en casa últimamente. Y me parece que nadie más.
––¿Sale usted mucho?
––Arthur sale. Mary y yo nos quedamos en casa. A ningu­no de los dos nos gustan las reuniones sociales.
––Eso es poco corriente en una joven.
––Es una chica muy tranquila. Además, ya no es tan joven. Tiene ya veinticuatro años.
––Por lo que usted ha dicho, este suceso la ha afectado mu­cho.
––¡De un modo terrible! ¡Está más afectada aun que yo!
––¿Ninguno de ustedes dos duda de la culpabilidad de su hijo?
––¿Cómo podríamos dudar, si yo mismo le vi con mis pro­pios ojos con la corona en la mano?
––Eso no puede considerarse una prueba concluyente. ¿Es­taba estropeado también el resto de la corona?
––Sí, estaba toda retorcida.
––¿Y no cree usted que es posible que estuviera intentando enderezarla?
––¡Dios le bendiga! Está usted haciendo todo lo que puede por él y por mí. Pero es una tarea desmesurada. Al fin y al cabo, ¿qué estaba haciendo allí? Y si sus intenciones eran honradas, ¿por qué no lo dijo?
––Exactamente. Y si era culpable, ¿por qué no inventó una mentira? Su silencio me parece un arma de dos filos. El caso presenta varios detalles muy curiosos. ¿Qué opinó la policía del ruido que le despertó a usted?
––Opinan que pudo haberlo provocado Arthur al cerrar la puerta de su alcoba.
––¡Bonita explicación! Como si un hombre que se propone cometer un robo fuera dando portazos para despertar a toda la casa. ¿Y qué han dicho de la desaparición de las pie­dras?
––Todavía están sondeando las tablas del suelo y aguje­reando muebles con la esperanza de encontrarlas.
––¿No se les ha ocurrido buscar fuera de la casa?
––Oh, sí, se han mostrado extraordinariamente diligentes. Han examinado el jardín pulgada a pulgada.
––Dígame, querido señor ––dijo Holmes––, ¿no le empieza a parecer evidente que este asunto tiene mucha más miga que la que usted o la policía pensaron en un principio? A usted le parecía un caso muy sencillo; a mí me parece enormemente complicado. Considere usted todo lo que implica su teoría: usted supone que su hijo se levantó de la cama, se arriesgó a ir a su gabinete, forzó el escritorio, sacó la corona, rompió un trocito de la misma, se fue a algún otro sitio donde escondió tres de las treinta y nueve gemas, tan hábilmente que nadie ha sido capaz de encontrarlas, y luego regresó con las treinta y seis restantes al gabinete, donde se exponía con toda segu­ridad a ser descubierto. Ahora yo le pregunto: ¿se sostiene en pie esa teoría?
––Pero ¿qué otra puede haber? ––exclamó el banquero con un gesto de desesperación––. Si sus motivos eran honrados, ¿por qué no los explica?
––En averiguarlo consiste nuestra tarea ––replicó Holmes––. Así pues, señor Holder, si le parece bien iremos a Streatham juntos y dedicaremos una hora a examinar más de cerca los detalles.
Mi amigo insistió en que yo los acompañara en la expedi­ción, a lo cual accedí de buena gana, pues la historia que aca­baba de escuchar había despertado mi curiosidad y mi sim­patía. Confieso que la culpabilidad del hijo del banquero me parecía tan evidente como se lo parecía a su infeliz padre, pero aun así, era tal la fe que tenía en el buen criterio de Hol­mes que me parecía que, mientras él no se mostrara satisfe­cho con la explicación oficial, aún existía base para concebir esperanzas. Durante todo el trayecto al suburbio del sur, Holmes apenas pronunció palabra, y permaneció todo el tiempo con la barbilla sobre el pecho, sumido en profundas reflexiones. Nuestro cliente parecía haber cobrado nuevos ánimos con el leve destello de esperanza que se le había ofre­cido, e incluso se enfrascó en una inconexa charla conmigo acerca de sus asuntos comerciales. Un rápido trayecto en fe­rrocarril y una corta caminata nos llevaron a Fairbank, la modesta residencia del gran financiero.
Fairbank era una mansión cuadrada de buen tamaño, construida en piedra blanca y un poco retirada de la carrete­ra. Atravesando un césped cubierto de nieve, un camino de dos pistas para carruajes conducía a las dos grandes puertas de hierro que cerraban la entrada. A la derecha había un bosquecillo del que salía un estrecho sendero con dos setos bien cuidados a los lados, que llevaba desde la carretera has­ta la puerta de la cocina, y servía como entrada de servicio. A la izquierda salía un sendero que conducía a los establos, y que no formaba parte de la finca, sino que se trataba de un camino público, aunque poco transitado. Holmes nos aban­donó ante la puerta y empezó a caminar muy despacio: dio la vuelta a la casa, volvió a la parte delantera, recorrió el sen­dero de los proveedores y dio la vuelta al jardín por detrás, hasta llegar al sendero que llevaba a los establos. Tardó tanto tiempo que el señor Holder y yo entramos al comedor y es­peramos junto a la chimenea a que regresara. Allí nos en­contrábamos, sentados en silencio, cuando se abrió una puerta y entró una joven. Era de estatura bastante superiora la media, delgada, con el cabello y los ojos oscuros, que pa­recían aún más oscuros por el contraste con la absoluta pa­lidez de su piel. No creo haber visto nunca una palidez tan mortal en el rostro de una mujer. También sus labios pare­cían desprovistos de sangre, pero sus ojos estaban enrojeci­dos de tanto llorar. Al avanzar en silencio por la habitación, daba una sensación de sufrimiento que me impresionó mu­cho más que la descripción que había hecho el banquero por la mañana, y que resultaba especialmente sorprendente en ella, porque se veía claramente que era una mujer de carác­ter fuerte, con inmensa capacidad para dominarse. Sin ha­cer caso de mi presencia, se dirigió directamente a su tío y le pasó la mano por la cabeza, en una dulce caricia femenina.
––Habrás dado orden de que dejen libre a Arthur, ¿verdad, papá? ––preguntó.
––No, hija mía, no. El asunto debe investigarse a fondo.
––Pero estoy segura de que es inocente. Ya sabes cómo es la intuición femenina. Sé que no ha hecho nada malo.
––¿Y por qué calla, si es inocente?
––¿Quién sabe? Tal vez porque le indignó que sospecharas de él.
––¿Cómo no iba a sospechar, si yo mismo le vi con la coro­na en las manos?
––¡Pero si sólo la había cogido para mirarla! ¡Oh, papá, créeme, por favor, es inocente! Da por terminado el asunto y no digas más. ¡Es tan terrible pensar que nuestro querido Arthur está en la cárcel!
––No daré por terminado el asunto hasta que aparezcan las piedras. ¡No lo haré, Mary! Tu cariño por Arthur te ciega, y no te deja ver las terribles consecuencias que esto tendrá para mí. Lejos de silenciar el asunto, he traído de Londres a un caballero para que lo investigue más a fondo.
––¿Este caballero? ––preguntó ella, dándose la vuelta para mirarme.
––No, su amigo. Ha querido que le dejáramos solo. Ahora anda por el sendero del establo.
––¿El sendero del establo? ––la muchacha enarcó las cejas––. ¿Qué espera encontrar ahí? Ah, supongo que es este señor. Confío, caballero, en que logre usted demostrar lo que ten­go por seguro que es la verdad: que mi primo Arthur es ino­cente de este robo.
––Comparto plenamente su opinión, señorita, y, lo mismo que usted, yo también confío en que lograremos demostrar­lo ––respondió Holmes, retrocediendo hasta el felpudo para quitarse la nieve de los zapatos––. Creo que tengo el honor de dirigirme a la señorita Mary Holder. ¿Puedo hacerle una o dos preguntas?
––Por favor, hágalas, si con ello ayudamos a aclarar este horrible embrollo.
––¿No oyó usted nada anoche?
––Nada, hasta que mi tío empezó a hablar a gritos. Al oír eso, acudí corriendo.
––Usted se encargó de cerrar las puertas y ventanas. ¿Ase­guró todas las ventanas?
––Sí.
––¿Seguían bien cerradas esta mañana?
––Sí.
––¿Una de sus doncellas tiene novio? Creo que usted le co­mentó a su tío que anoche había salido para verse con él. ––Sí, y es la misma chica que sirvió en la sala de estar, y pudo oír los comentarios de mi tío acerca de la corona.
––Ya veo. Usted supone que ella salió para contárselo a su novio, y que entre los dos planearon el robo.
––¿Pero de qué sirven todas esas vagas teorías? ––exclamó el banquero con impaciencia––. ¿No le he dicho que vi a Arthur con la corona en las manos?
––Aguarde un momento, señor Holder. Ya llegaremos a eso. Volvamos a esa muchacha, señorita Holder. Me imagi­no que la vio usted volver por la puerta de la cocina.
––Sí; cuando fui a ver si la puerta estaba cerrada, me trope­cé con ella que entraba. También vi al hombre en la oscuri­dad.
––¿Le conoce usted?
––Oh, sí; es el verdulero que nos trae las verduras. Se llama Francis Prosper.
––¿Estaba a la izquierda de la puerta... es decir, en el sende­ro y un poco alejado de la puerta?
––En efecto.
––¿Y tiene una pata de palo?
Algo parecido al miedo asomó en los negros y expresivos ojos de la muchacha.
––Caramba, ni que fuera usted un mago ––dijo––. ¿Cómo sabe eso?
La muchacha sonreía, pero en el rostro enjuto y preocu­pado de Holmes no apareció sonrisa alguna.
––Ahora me gustaría mucho subir al piso de arriba ––dijo––. Probablemente tendré que volver a examinar la casa por fue­ra. Quizá sea mejor que, antes de subir, eche un vistazo a las ventanas de abajo.
Caminó rápidamente de una ventana a otra, deteniéndo­se sólo en la más grande, que se abría en el vestíbulo y daba al sendero de los establos. La abrió y examinó atentamente el alféizar con su potente lupa.
––Ahora vamos arriba ––dijo por fin.
El gabinete del banquero era un cuartito amueblado con sencillez, con una alfombra gris, un gran escritorio y un es­pejo alargado. Holmes se dirigió en primer lugar al escrito­rio y examinó la cerradura.
––¿Qué llave se utilizó para abrirlo? ––preguntó.
––La misma que dijo mi hijo: la del armario del trastero.
––¿La tiene usted aquí?
––Es esa que hay encima de la mesita.
Sherlock Holmes cogió la llave y abrió el escritorio.
––Es un cierre silencioso ––dijo––. No me extraña que no le despertara. Supongo que éste es el estuche de la corona. Ten­dremos que echarle un vistazo.
Abrió la caja, sacó la diadema y la colocó sobre la mesa. Era un magnífico ejemplar del arte de la joyería, y sus treinta y seis piedras eran las más hermosas que yo había visto. Uno de sus lados tenía el borde torcido y roto, y le faltaba una es­quina con tres piedras.
––Ahora, señor Holder ––dijo Holmes––, aquí tiene la esqui­na simétrica a la que se ha perdido tan lamentablemente. Haga usted el favor de arrancarla.
El banquero retrocedió horrorizado.
––Ni en sueños me atrevería a intentarlo ––dijo.
––Entonces, lo haré yo ––con un gesto repentino, Holmes tiró de la esquina con todas sus fuerzas, pero sin resultado––. Creo que la siento ceder un poco ––dijo––, pero, aunque tengo una fuerza extraordinaria en los dedos, tardaría muchísimo tiempo en romperla. Un hombre de fuerza normal sería in­capaz de hacerlo. ¿Y qué cree usted que sucedería si la rom­piera, señor Holder? Sonaría como un pistoletazo. ¿Quiere usted hacerme creer que todo esto sucedió a pocos metros de su cama, y que usted no oyó nada?
––No sé qué pensar. Me siento a oscuras.
––Puede que se vaya iluminando a medida que avanzamos. ¿Qué piensa usted, señorita Holder?
––Confieso que sigo compartiendo la perplejidad de mi tío.
––Cuando vio usted a su hijo, ¿llevaba éste puestos zapatos o zapatillas?
––No llevaba más que los pantalones y la camisa.
––Gracias. No cabe duda de que hemos tenido una suerte extraordinaria en esta investigación, y si no logramos acla­rar el asunto será exclusivamente por culpa nuestra. Con su permiso, señor Holder, ahora continuaré mis investigacio­nes en el exterior.
Insistió en salir solo, explicando que toda pisada innece­saria haría más dificil su tarea. Estuvo ocupado durante más de una hora, y cuando por fin regresó traía los pies cargados de nieve y la expresión tan inescrutable como siempre.
––Creo que ya he visto todo lo que había que ver, señor Holder ––dijo––. Le resultaré más útil si regreso a mis habita­ciones.
––Pero las piedras, señor Holmes, ¿dónde están?
––No puedo decírselo.
El banquero se retorció las manos.
––¡No las volveré a ver! ––gimió––. ¿Y mi hijo? ¿Me da usted esperanzas?
––Mi opinión no se ha alterado en nada.
––Entonces, por amor de Dios, ¿qué siniestro manejo ha tenido lugar en mi casa esta noche?
––Si se pasa usted por mi domicilio de Baker Street maña­na por la mañana, entre las nueve y las diez, tendré mucho gusto en hacer lo posible por aclararlo. Doy por supuesto que me concede usted carta blanca para actuar en su nom­bre, con tal de que recupere las gemas, sin poner limites a los gastos que yo le haga pagar.
––Daría toda mi fortuna por recuperarlas.
––Muy bien. Seguiré estudiando el asunto mientras tanto. Adiós. Es posible que tenga que volver aquí antes de que anochezca.
Para mí, era evidente que mi compañero se había forma­do ya una opinión sobre el caso, aunque ni remotamente conseguía imaginar a qué conclusiones habría llegado. Du­rante nuestro viaje de regreso a casa, intenté varias veces sondearle al respecto, pero él siempre desvió la conversación hacia otros temas, hasta que por fin me di por vencido. To­davía no eran las tres cuando llegamos de vuelta a nuestras habitaciones. Holmes se metió corriendo en la suya y salió a los pocos minutos, vestido como un vulgar holgazán. Con una chaqueta astrosa y llena de brillos, el cuello levantado, corbata roja y botas muy gastadas, era un ejemplar perfecto de la especie.
––Creo que esto servirá ––dijo mirándose en el espejo que había sobre la chimenea––. Me gustaría que viniera usted conmigo, Watson, pero me temo que no puede ser. Puede que esté sobre la buena pista, y puede que esté siguiendo un fuego fatuo, pero pronto saldremos de dudas. Espero volver en pocas horas.
Cortó una rodaja de carne de una pieza que había sobre el aparador, la metió entre dos rebanadas de pan y, guardán­dose la improvisada comida en el bolsillo, emprendió su ex­pedición.
Yo estaba terminando de tomar el té cuando regresó; se notaba que venía de un humor excelente, y traía en la mano una vieja bota de elástico. La tiró a un rincón y se sirvió una taza de té.
––Sólo vengo de pasada ––dijo––. Tengo que marcharme en seguida.
––¿Adónde?
––Oh, al otro lado del West End. Puede que tarde algo en volver. No me espere si se hace muy tarde.
––¿Qué tal le ha ido hasta ahora?
––Así, así. No tengo motivos de queja. He vuelto a estar en Streatham, pero no llamé a la casa. Es un problema precio­so, y no me lo habría perdido por nada del mundo. Pero no puedo quedarme aquí chismorreando; tengo que quitarme estas deplorables ropas y recuperar mi respetable persona­lidad.
Por su manera de comportarse, se notaba que tenía más motivos de satisfacción que lo que daban a entender sus me­ras palabras. Le brillaban los ojos e incluso tenía un toque de color en sus pálidas mejillas. Subió corriendo al piso de arri­ba, y a los pocos minutos oí un portazo en el vestíbulo que me indicó que había reemprendido su apasionante cacería.
Esperé hasta la medianoche, pero como no daba señales de regresar me retiré a mi habitación. No era nada raro que, cuando seguía una pista, estuviera ausente durante días enteros, así que su tardanza no me extrañó. No sé a qué hora llegó, pero cuando bajé a desayunar, allí estaba Holmes con una taza de café en una mano y el periódico en la otra, tan flamante y acicalado como el que más.
––Perdone que haya empezado a desayunar sin usted, Wat­son ––dijo––, pero ya recordará que estamos citados con nues­tro cliente a primera hora.
––Pues son ya más de las nueve ––respondí––. No me extra­ñaría que el que llega fuera él. Me ha parecido oír la campa­nilla.
Era, en efecto, nuestro amigo el financiero. Me impresio­nó el cambio que había experimentado, pues su rostro, nor­malmente amplio y macizo, se veía ahora deshinchado y fláccido, y sus cabellos parecían un poco más blancos. Entró con un aire fatigado y letárgico, que resultaba aún más pe­noso que la violenta entrada del día anterior, y se dejó caer pesadamente en la butaca que acerqué para él.
––No sé qué habré hecho para merecer este castigo ––dijo––. Hace tan sólo dos días, yo era un hombre feliz y próspero, sin una sola preocupación en el mundo. Ahora me espera una vejez solitaria y deshonrosa. Las desgracias vienen una tras otra. Mi sobrina Mary me ha abandonado.
––¿Que le ha abandonado?
––Sí. Esta mañana vimos que no había dormido en su cama; su habitación estaba vacía, y en la mesita del vestíbulo había una nota para mí. Anoche, movido por la pena y no en tono de enfado, le dije que si se hubiera casado con mi hijo, éste no se habría descarriado. Posiblemente fue una insensa­tez decir tal cosa. En la nota que me dejó hace alusión a este comentario mío: «Queridísimo tío: Me doy cuenta de que yo he sido la causa de que sufras este disgusto y de que, si hubie­ra obrado de diferente manera, esta terrible desgracia po­dría no haber ocurrido. Con este pensamiento en la cabeza, ya no podré ser feliz viviendo bajo tu techo, y considero que debo dejarte para siempre. No te preocupes por mi futuro, que eso ya está arreglado. Y, sobre todo, no me busques, pues sería tarea inútil y no me favorecería en nada. En la vida o en la muerte, te quiere siempre MARY». ¿Qué quiere decir esta nota, señor Holmes? ¿Cree usted que se propone suici­darse?
––No, no, nada de eso. Quizá sea ésta la mejor solución. Me parece, señor Holder, que sus dificultades están a punto de terminar.
––¿Cómo puede decir eso? ¡Señor Holmes! ¡Usted ha averi­guado algo, usted sabe algo! ¿Dónde están las piedras?
––¿Le parecería excesivo pagar mil libras por cada una?
––Pagaría diez mil.
––No será necesario. Con tres mil bastará. Y supongo que habrá que añadir una pequeña recompensa. ¿Ha traído us­ted su talonario? Aquí tiene una pluma. Lo mejor será que extienda un cheque por cuatro mil libras.
Con expresión atónita, el banquero extendió el cheque solicitado. Holmes se acercó a su escritorio, sacó un trozo triangular de oro con tres piedras preciosas, y lo arrojó so­bre la mesa.
Nuestro cliente se apoderó de él con un alarido de júbilo.
––¡Lo tiene! ––jadeó––. ¡Estoy salvado! ¡Estoy salvado!
La reacción de alegría era tan apasionada como lo había sido su desconsuelo anterior, y apretaba contra el pecho las gemas recuperadas.
––Todavía debe usted algo, señor Holder ––dijo Sherlock Holmes en tono más bien severo.
––¿Qué debo? ––cogió la pluma––. Diga la cantidad y la pa­garé.
––No, su deuda no es conmigo. Le debe usted las más hu­mildes disculpas a ese noble muchacho, su hijo, que se ha comportado en todo este asunto de un modo que a mí me enorgullecería en mi propio hijo, si es que alguna vez llego a tener uno.
––Entonces, ¿no fue Arthur quien las robó?
––Se lo dije ayer y se lo repito hoy: no fue él.
––¡Con qué seguridad lo dice! En tal caso, ¡vayamos ahora mismo a decirle que ya se ha descubierto la verdad!
––Él ya lo sabe. Después de haberlo resuelto todo, tuve una entrevista con él y, al comprobar que no estaba dispuesto a explicarme lo sucedido, se lo expliqué yo a él, ante lo cual no tuvo más remedio que reconocer que yo tenía razón, y aña­dir los poquísimos detalles que yo aún no veía muy claros. Sin embargo, cuando le vea a usted esta mañana quizá rom­pa su silencio.
––¡Por amor del cielo, explíqueme todo este extraordinario misterio!
––Voy a hacerlo, explicándole además los pasos por los que llegué a la solución. Y permítame empezar por lo que a mí me resulta más duro decirle y a usted le resultará más duro escuchar: sir George Burnwell y su sobrina Mary se enten­dían, y se han fugado juntos.
––¿Mi Mary? ¡Imposible!
––Por desgracia, es más que posible; es seguro. Ni usted ni su hijo conocían la verdadera personalidad de este hombre cuando lo admitieron en su círculo familiar. Es uno de los hombres más peligrosos de Inglaterra... un jugador arruina­do, un canalla sin ningún escrúpulo, un hombre sin corazón ni conciencia. Su sobrina no sabía nada sobre esta clase de hombres. Cuando él le susurró al oído sus promesas de amor, como había hecho con otras cien antes que con ella, ella se sintió halagada, pensando que había sido la única en llegar a su corazón. El diablo sabe lo que le diría, pero acabó convirtiéndola en su instrumento, y se veían casi todas las noches.
––¡No puedo creerlo, y me niego a creerlo! ––exclamó el banquero con el rostro ceniciento.
––Entonces, le explicaré lo que sucedió en su casa aquella noche. Cuando pensó que usted se había retirado a dormir, su sobrina bajó a hurtadillas y habló con su amante a través de la ventana que da al sendero de los establos. El hombre es­tuvo allí tanto tiempo que dejó pisadas que atravesaban toda la capa de nieve. Ella le habló de la corona. Su maligno afán de oro se encendió al oír la noticia, y sometió a la muchacha a su voluntad. Estoy seguro de que ella le quería a usted, pero hay mujeres en las que el amor de un amante apaga todos los demás amores, y me parece que su sobrina es de esta clase. Apenas había acabado de oír las órdenes de sir George, vio que usted bajaba por las escaleras, y cerró apresuradamente la ventana; a continuación, le habló de la escapada de una de las doncellas con su novio el de la pata de palo, que era abso­lutamente cierta.
»En cuanto a su hijo Arthur, se fue a la cama después de hablar con usted, pero no pudo dormir a causa de la inquie­tud que le producía su deuda en el club. A mitad de la noche, oyó unos pasos furtivos junto a su puerta; se levantó a aso­marse y quedó muy sorprendido al ver a su prima avanzan­do con gran sigilo por el pasillo, hasta desaparecer en el ga­binete. Petrificado de asombro, el muchacho se puso encima algunas ropas y aguardó en la oscuridad para ver dónde iba a parar aquel extraño asunto. Al poco rato, ella salió de la ha­bitación y, a la luz de la lámpara del pasillo, su hijo vio que llevaba en las manos la preciosa corona. La muchacha bajó a la planta baja, y su hijo, temblando de horror, corrió a escon­derse detrás de la cortina que hay junto a la puerta de la ha­bitación de usted, desde donde podía ver lo que ocurría en el vestíbulo. Así vio cómo ella abría sin hacer ruido la ventana, le entregaba la corona a alguien que aguardaba en la oscuri­dad y, tras volver a cerrar la ventana, regresaba a toda prisa a su habitación, pasando muy cerca de donde él estaba escon­dido detrás de la cortina.
»Mientras ella estuvo a la vista, él no se atrevió a hacer nada, pues ello comprometería de un modo terrible a la mu­jer que amaba. Pero en el instante en que ella desapareció, comprendió la tremenda desgracia que aquello representaba para usted y se propuso remediarlo a toda costa. Descalzo como estaba, echó a correr escaleras abajo, abrió la ventana, saltó a la nieve y corrió por el sendero, donde distinguió una figura oscura que se alejaba a la luz de la luna. Sir George Burnwell intentó escapar, pero Arthur le alcanzó y se enta­bló un forcejeo entre ellos, su hijo tirando de un lado de la corona y su oponente del otro. En la pelea, su hijo golpeó a sir George y le hizo una herida encima del ojo. Entonces, se oyó un fuerte chasquido y su hijo, viendo que tenía la corona en las manos, corrió de vuelta a la casa, cerró la ventana, su­bió al gabinete y allí advirtió que la corona se había torcido durante el forcejeo. Estaba intentando enderezarla cuando usted apareció en escena.
––¿Es posible? ––dijo el banquero, sin aliento.
––Entonces, usted le irritó con sus insultos, precisamente cuando él opinaba que merecía su más encendida gratitud. No podía explicar la verdad de lo ocurrido sin delatar a una persona que, desde luego, no merecía tanta consideración por su parte. A pesar de todo, adoptó la postura más caballe­rosa y guardó el secreto para protegerla.
––¡Y por eso ella dio un grito y se desmayó al ver la corona! ––exclamó el señor Holder~. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego y es­túpido he sido! ¡Y él pidiéndome que le dejara salir cinco mi­nutos! ¡Lo que quería el pobre muchacho era ver si el trozo que faltaba había quedado en el lugar de la lucha! ¡De qué modo tan cruel le he malinterpretado!
––Cuando yo llegué a la casa ––continuó Holmes––, lo pri­mero que hice fue examinar atentamente los alrededores, por si había huellas en la nieve que pudieran ayudarme. Sa­bía que no había nevado desde la noche anterior, y que la fuerte helada habría conservado las huellas. Miré el sendero de los proveedores, pero lo encontré todo pisoteado e indes­cifrable. Sin embargo, un poco más allá, al otro lado de la puerta de la cocina, había estado una mujer hablando con un hombre, una de cuyas pisadas indicaba que tenía una pata de palo. Se notaba incluso que los habían interrumpido, porque la mujer había vuelto corriendo a la puerta, como demostraban las pisadas con la punta del pie muy marcada y el talón muy poco, mientras Patapalo se quedaba esperan­do un poco, para después marcharse. Pensé que podía tra­tarse de la doncella de la que usted me había hablado y su novio, y un par de preguntas me lo confirmaron. Inspeccio­né el jardín sin encontrar nada más que pisadas sin rumbo fijo, que debían ser de la policía; pero cuando llegué al sen­dero de los establos, encontré escrita en la nieve una larga y complicada historia.
»Había una doble línea de pisadas de un hombre con bo­tas, y una segunda línea, también doble, que, como compro­bé con satisfacción, correspondían a un hombre con los pies descalzos. Por lo que usted me había contado, quedé con­vencido de que pertenecían a su hijo. El primer hombre ha­bía andado a la ida y a la venida, pero el segundo había corri­do a gran velocidad, y sus huellas, superpuestas a las de las botas, demostraban que corría detrás del otro. Las seguí en una dirección y comprobé que llegaban hasta la ventana del vestíbulo, donde el de las botas había permanecido tanto tiempo que dejó la nieve completamente pisada. Luego las seguí en la otra dirección, hasta unos cien metros sendero adelante. Allí, el de las botas se había dado la vuelta, y las huellas en la nieve parecían indicar que se había producido una pelea. Incluso habían caído unas gotas de sangre, que confirmaban mi teoría. Después, el de las botas había segui­do corriendo por el sendero; una pequeña mancha de sangre indicaba que era él el que había resultado herido. Su pista se perdía al llegar a la carretera, donde habían limpiado la nie­ve del pavimento.
»Sin embargo, al entrar en la casa, recordará usted que examiné con la lupa el alféizar y el marco de la ventana del vestíbulo, y pude advertir al instante que alguien había pasa­do por ella. Se notaba la huella dejada por un pie mojado al entrar. Ya podía empezar a formarme una opinión de lo ocu­rrido. Un hombre había aguardado fuera de la casa junto a la ventana. Alguien le había entregado la joya; su hijo había sido testigo de la fechoría, había salido en persecución del ladrón, había luchado con él, los dos habían tirado de la co­rona y la combinación de sus esfuerzos provocó daños que ninguno de ellos habría podido causar por sí solo. Su hijo había regresado con la corona, pero dejando un fragmento en manos de su adversario. Hasta ahí, estaba claro. Ahora la cuestión era: ¿quién era el hombre de las botas y quién le en­tregó la corona?
»Una vieja máxima mía dice que, cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parez­ca, tiene que ser la verdad. Ahora bien, yo sabía que no fue usted quien entregó la corona, así que sólo quedaban su so­brina y las doncellas. Pero si hubieran sido las doncellas, ¿por qué iba su hijo a permitir que lo acusaran a él en su lu­gar? No tenía ninguna razón posible. Sin embargo, sabíamos que amaba a su prima, y allí teníamos una excelente explica­ción de por qué guardaba silencio, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un secreto deshonroso. Cuando re­cordé que usted la había visto junto a aquella misma venta­na, y que se había desmayado al ver la corona, mis conjetu­ras se convirtieron en certidumbre.
»¿Y quién podía ser su cómplice? Evidentemente, un amante, porque ¿quién otro podría hacerle renegar del amor y gratitud que sentía por usted? Yo sabía que ustedes salían poco, y que su círculo de amistades era reducido; pero entre ellas figuraba sir George Burnwell. Yo ya había oído hablar de él, como hombre de mala reputación entre las mujeres. Tenía que haber sido él el que llevaba aquellas botas y el que se había quedado con las piedras perdidas. Aun sabiendo que Arthur le había descubierto, se consideraba a salvo por­que el muchacho no podía decir una palabra sin comprome­ter a su propia familia.
»En fin, ya se imaginará usted las medidas que adopté a continuación. Me dirigí, disfrazado de vago, a la casa de sir George, me las arreglé para entablar conversación con su la­cayo, me enteré de que su señor se había hecho una herida en la cabeza la noche anterior y, por último, al precio de seis chelines, conseguí la prueba definitiva comprándole un par de zapatos viejos de su amo. Me fui con ellos a Streatham y comprobé que coincidían exactamente con las huellas.
––Ayer por la tarde vi un vagabundo harapiento por el sen­dero ––dijo el señor Holder.
––Precisamente. Ése era yo. Ya tenía a mi hombre, así que volví a casa y me cambié de ropa. Tenía que actuar con mu­cha delicadeza, porque estaba claro que había que prescindir de denuncias para evitar el escándalo, y sabía que un canalla tan astuto como él se daría cuenta de que teníamos las ma­nos atadas por ese lado. Fui a verlo. Al principio, como era de esperar, lo negó todo. Pero luego, cuando le di todos los detalles de lo que había ocurrido, se puso gallito y cogió una cachiporra de la pared. Sin embargo, yo conocía a mi hom­bre y le apliqué una pistola a la sien antes de que pudiera gol­pear. Entonces se volvió un poco más razonable. Le dije que le pagaríamos un rescate por las piedras que tenía en su po­der: mil libras por cada una. Aquello provocó en él las pri­meras señales de pesar. «¡Maldita sea! ––dijo––. ¡Y yo que he vendido las tres por seiscientas!» No tardé en arrancarle la dirección del comprador, prometiéndole que no presenta­ríamos ninguna denuncia. Me fui a buscarlo y, tras mucho regateo, le saqué las piedras a mil libras cada una. Luego fui a visitar a su hijo, le dije que todo había quedado aclarado, y por fin me acosté a eso de las dos, después de lo que bien puedo llamar una dura jornada.
––¡Una jornada que ha salvado a Inglaterra de un gran es­cándalo público! ––dijo el banquero, poniéndose en pie––. Se­ñor, no encuentro palabras para darle las gracias, pero ya comprobará usted que no soy desagradecido. Su habilidad ha superado con creces todo lo que me habían contado de usted. Y ahora, debo volver al lado de mi querido hijo para pedirle perdón por lo mal que lo he tratado. En cuanto a mi pobre Mary, lo que usted me ha contado me ha llegado al alma. Supongo que ni siquiera usted, con todo su talento, puede informarme de dónde se encuentra ahora.
––Creo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos ––replicó Holmes ––que está allí donde se encuentre sir Geor­ge Burnwell. Y es igualmente seguro que, por graves que sean sus pecados, pronto recibirán un castigo más que sufi­ciente.


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