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martes, 4 de junio de 2013

Ambrose Bierce - Al otro lado de la pared


Ambrose Bierce






Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo aquel periodo mis negocios en Oriente habían prosperado más de lo que esperaba. Como era rico, podía permitirme volver a mi país para restablecer la amistad con los compañeros de juventud que aún vivían y me recordaban con afecto. El más importante para mí era Mohum Dampier, un antiguo amigo del colegio con quien había mantenido correspondencia irregular hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre hombres. Es fácil darse cuenta de que la escasa disposición a redactar una sencilla carta de tono social está en razón del cuadrado de la distancia entre el destinatario y el remitente. Se trata, simple y llana­mente, de una ley.
Recordaba a Dampier como un compañero, fuerte y bien parecido, con gustos semejantes a los míos, que odiaba trabajar y mostraba una señalada indiferencia hacia muchas de las cuestiones que suelen preocupar a la gente; entre ellas la riqueza, de la que, sin embargo, disponía por herencia en cantidad suficiente como para no echar nada en falta. En su familia, una de las más aristocráticas y conocidas del país, se consideraba un orgullo que ninguno de sus miembros se hubiera dedicado al comercio o a la política, o hubiera recibido distinción alguna. Mohum era un poco sentimental y su carácter supersticioso le hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el ocultismo. Afortunada­mente gozaba de una buena salud mental que le protegía contra creencias extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en el campo de lo sobrenatural se mantenían dentro de la región conocida y considerada como certeza.
La noche que le visité había tormenta. El invierno californiano estaba en su apogeo: una lluvia incesante regaba las calles desiertas y, al ser empujada por irre­gulares ráfagas de viento, se precipitaba contra las casas con una fuerza increíble. El cochero encontró el lugar, una zona residencial escasamente poblada cerca de la playa, con dificultad. La casa, bastante fea, se elevaba en el centro de un terreno en el que, según pude distinguir en la oscuridad, no había ni flores ni hierba. Tres o cuatro árboles, que se combaban y crujían a causa del temporal, parecían intentar huir de su tétrico entorno en busca de mejor fortuna, lejos, en el mar. La vivienda era una estructura de dos pisos, hecha de ladrillo, que tenía una torre en una esquina, un piso más arriba. Era la única zona iluminada. La apariencia del lugar me produjo cierto estremecimiento, sensa­ción que se vio aumentada por el chorro de agua que sentía caer por la espalda mientras corría a buscar refugio en el portal.
Dampier, en respuesta a mi misiva informándole de mi deseo de visitarle, había contestado: «No llames, abre la puerta y sube.» Así lo hice. La escalera estaba pobremente iluminada por una luz de gas que había al final del segundo tramo. Conseguí llegar al descan­sillo sin destrozar nada y atravesé una puerta que daba a la iluminada estancia cuadrada de la torre. Dampier, en bata y zapatillas, se acercó, tal y como yo esperaba, a saludarme, y aunque en un principio pensé que me podría haber recibido más adecuadamente en el vestí­bulo, después de verle, la idea de su posible inhospita­lidad desapareció.
No parecía el mismo. A pesar de ser de mediana edad, tenía canas y andaba bastante encorvado. Le encontré muy delgado; sus facciones eran angulosas, y su piel, arrugada y pálida como la muerte, no tenía un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente gran­des, centelleaban de un modo misterioso.
Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó con sinceridad obvia y solemne que estaba encantado de verme. Después tuvimos una conversa­ción trivial durante la cual me sentí dominado por una profunda tristeza al ver el gran cambio que había sufrido. Debió captar mis sentimientos porque inme­diatamente dijo, con una gran sonrisa:
-Te he desilusionado: non sum qualis eram.
Aunque no sabía qué decir, al final señalé:
-No, que va, bueno, no sé: tu latín sigue igual que siempre.
Sonrió de nuevo.
-No -dijo-, al ser una lengua muerta, esta particu­laridad va aumentando. Pero, por favor, ten paciencia y espera: existe un lenguaje mejor en el lugar al que me dirijo. ¿Tendrías algún inconveniente en recibir un mensaje en dicha lengua?
Mientras hablaba su sonrisa iba desapareciendo, y cuando terminó, me miró a los ojos con una seriedad que me produjo angustia. Sin embargo no estaba dispuesto a dejarme llevar por su actitud ni a permitirle que descubriera lo profundamente afectado que me encontraba por su presagio de muerte.
-Supongo que pasará mucho tiempo antes de que el lenguaje humano deje de sernos útil -observé-, y para entonces su necesidad y utilidad habrán desapa­recido.
Mi amigo no dijo nada y, como la conversación había tomado un giro desalentador y no sabía qué decir para darle un tono más agradable, también yo permanecí en silencio. De repente, en un momento en que la tormenta amainó y el silencio mortal contras­taba de un modo sobrecogedor con el estruendo ante­rior, oí un suave golpeteo que provenía del muro que tenía a mis espaldas. El sonido parecía haber sido producido por una mano, pero no como cuando se llama a una puerta para poder entrar, sino más bien como una señal acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación contigua; creo que la mayoría de nosotros ha tenido más experiencias de este tipo de comunicación de las que nos gustaría contar. Miré a Dampier. Si había algo divertido en mi mirada no debió captarlo. Parecía haberme olvidado y observaba la pared con una expresión que no soy capaz de definir, aunque la recuerdo como si la estu­viera viendo. La situación era desconcertante. Me levanté con intención de marcharme; entonces reac­cionó.
-Por favor, vuelve a sentarte -dijo-, no ocurre nada, no hay nadie ahí.
El golpeteo se repitió con la misma insistencia lenta y suave que la primera vez.
-Lo siento -dije-, es tarde. ¿Quieres que vuelva mañana?
Volvió a sonreír, esta vez un poco mecánicamente.
-Es muy gentil por tu parte, pero completamente innecesario. Te aseguro que ésta es la única habitación de la torre y no hay nadie ahí. Al menos...
Dejó la frase sin terminar, se levantó y abrió una ventana, única abertura que había en la pared de la que provenía el ruido.
-Mira.
Sin saber qué otra cosa podía hacer, le seguí hasta la ventana y me asomé. La luz de una farola cercana permitía ver claramente, a través de la oscura cortina de agua que volvía a caer a raudales, que «no había nadie». Ciertamente, no había otra cosa que la pared totalmente desnuda de la torre.
Dampier cerró la ventana, señaló mi asiento y volvió a tomar posesión del suyo.
El incidente no resultaba en sí especialmente mis­terioso; había una docena de explicaciones posibles (ninguna de las cuales se me ha ocurrido todavía). Sin embargo me impresionó vivamente el hecho de que mi amigo se esforzara por tranquilizarme, pues ello daba al suceso una cierta importancia y significación. Había demostrado que no había nadie, pero precisa­mente eso era lo interesante. Y no lo había explicado todavía. Su silencio resultaba irritante y ofensivo.
-Querido amigo -dije, me temo que con cierta ironía-, no estoy dispuesto a poner en cuestión tu derecho a hospedar a todos los espectros que desees de acuerdo con tus ideas de compañerismo; no es de mi incumbencia. Pero como sólo soy un simple hombre de negocios, fundamentalmente terrenales, no tengo necesidad alguna de espectros para sentirme cómodo y tranquilo. Por ello, me marcho a mi hotel, donde los huéspedes aún son de carne y hueso.
No fue una alocución muy cortes, lo sé, pero mi amigo no manifestó ninguna reacción especial hacia ella.
-Te ruego que no te vayas -observó-. Agradezco mucho tu presencia. Admito haber escuchado un par de veces con anterioridad lo que tú acabas de oír esta noche. Ahora sé que no eran ilusiones mías y esto es verdaderamente importante para mí; más de lo que te imaginas. Enciende un buen cigarro y ármate de pa­ciencia mientras te cuento toda la historia.
La lluvia volvía a arreciar, produciendo un rumor monótono, que era interrumpido de vez en cuando por el repentino azote de las ramas agitadas por el viento. Era bastante tarde, pero la compasión y la curiosidad me hicieron seguir con atención el monó­logo de Dampier, a quien no interrumpí ni una sola vez desde que empezó a hablar.
-Hace diez años -comenzó-, estuve viviendo en un apartamento, en la planta baja de una de las casas adosadas que hay al otro lado de la ciudad, en Rincon Hill. Esa zona había sido una de las mejores de San Francisco, pero había caído en desgracia, en parte por el carácter primitivo de su arquitectura, no apropiada para el gusto de nuestros ricos ciudadanos, y en parte porque ciertas mejoras públicas la habían afeado. La hilera de casas, en una de las cuales yo habitaba, estaba un poco apartada de la calle; cada vivienda tenía un diminuto jardín, separado del de los vecinos por unas cercas de hierro y dividido con precisión matemática por un paseo de gravilla bordeado de bojes, que iba desde la verja a la puerta.
» Una mañana, cuando salía, vi a una chica joven entrar en el jardín de la casa izquierda. Era un caluroso día de junio y llevaba un ligero vestido blanco. Un ancho sombrero de paja decorado al estilo de la época, con flores y cintas, colgaba de sus hombros. Mi aten­ción no estuvo mucho tiempo centrada en la exquisita sencillez de sus ropas, pues resultaba imposible mirarla a la cara sin advertir algo sobrenatural. Pero no, no temas; no voy a deslucir su imagen describiéndola. Era sumamente bella. Toda la hermosura que yo había visto o soñado con anterioridad encontraba su expre­sión en aquella inigualable imagen viviente, creada por la mano del Artista Divino. Me impresionó tan pro­fundamente que, sin pensar en lo impropio del acto, descubrí mi cabeza, igual que haría un católico devoto o un protestante de buena familia ante la imagen de la Virgen. A la doncella no parecía disgustarle mi gesto; me dedicó una mirada con sus gloriosos ojos oscuros que me dejó sin aliento, y, sin más, entró en la casa. Permanecí inmóvil por un momento, con el sombrero en la mano, consciente de mi rudeza y tan dominado por la emoción que la visión de aquella belleza incom­parable me inspiraba, que mi penitencia resultó menos dolorosa de lo que debería haber sido. Entonces reanu­dé mi camino, pero dejé el corazón en aquel lugar. Cualquier otro día habría permanecido fuera de casa hasta la caída de la noche, pero aquél, a eso de la media tarde, ya estaba de vuelta en el jardín, interesado por aquellas pocas flores sin importancia que nunca antes me había detenido a observar. Mi espera fue en vano; la chica no apareció.
» A aquella noche de inquietud le siguió un día de expectación y desilusión. Pero al día siguiente, mien­tras caminaba por el barrio sin rumbo, me la encontré. Desde luego no volví a hacer la tontería de descubrir­me; ni siquiera me atreví a dedicarle una mirada demasiado larga para expresar mi interés. Sin embargo mi corazón latía aceleradamente. Tenía temblores y, cuando me dedicó con sus grandes ojos negros una mirada de evidente reconocimiento, totalmente des­provista de descaro o coquetería, me sonrojé.
» No te cansaré con más detalles; sólo añadiré que volví a encontrármela muchas veces, aunque nunca le dirigí la palabra ni intenté llamar su atención. Tam­poco hice nada por conocerla. Tal vez mi autocontrol, que requería un sacrificio tan abnegado, no resulte claramente comprensible. Es cierto que estaba loca­mente enamorado, pero, ¿cómo puede uno cambiar su forma de pensar o transformar el propio carácter?
» Yo era lo que algunos estúpidos llaman, y otros más tontos aún gustan ser llamados, un aristócrata; y, a pesar de su belleza, de sus encantos y elegancia, aquella chica no pertenecía a mi clase. Me enteré de su nombre (no tiene sentido citarlo aquí) y supe algo acerca de su familia. Era huérfana y vivía en la casa de huéspedes de su tía, una gruesa señora de edad, ina­guantable, de la que dependía. Mis ingresos eran escasos y no tenía talento suficiente como para casar­me; debe de ser una cualidad que nunca he tenido. La unión con aquella familia habría significado llevar su forma de vida, alejarme de mis libros y estudios y, en el aspecto social, descender al nivel de la gente de la calle. Sé que este tipo de consideraciones son fácilmen­te censurables y no me encuentro preparado para defenderlas. Acepto que se me juzgue, pero, en estricta justicia, todos mis antepasados, a lo largo de genera­ciones, deberían ser mis codefensores y debería permi­tírseme invocar como atenuante el mandato imperioso de la sangre. Cada glóbulo de ella está en contra de un enlace de este tipo. En resumen, mis gustos, costum­bres, instinto e incluso la sensatez que pueda quedarme después de haberme enamorado, se vuelven contra él. Además, como soy un romántico incorregible, encon­traba un encanto exquisito en una relación impersonal y espiritual que el conocimiento podría convertir en vulgar, y el matrimonio con toda seguridad disiparía. Ninguna criatura, argüía yo, podría ser más encanta­dora que esta mujer. El amor es un sueño delicioso; entonces, ¿por qué razón iba yo a procurar mi propio despertar?
» El comportamiento que se deducía de toda esta apreciación y parecer era obvio. Mi honor, orgullo y prudencia, así como la conservación de mis ideales me ordenaban huir, pero me sentía demasiado débil para ello. Lo más que podía hacer-y con gran esfuerzo- era dejar de ver a la chica, y eso fue lo que hice. Evité incluso los encuentros fortuitos en el jardín. Abando­naba la casa sólo cuando sabía que ella ya se había marchado a sus clases de música, y volvía después de la caída de la noche. Sin embargo era como si estuviera en trance; daba rienda suelta a las imaginaciones más fascinantes y toda mi vida intelectual estaba relaciona­da con ellas. ¡Ah, querido amigo! Tus acciones tienen una relación tan clara con la razón que no puedes imaginarte el paraíso de locura en el que viví.
» Una tarde, el diablo me hizo ver que era un idiota redomado. A través de una conversación desordenada, y sin buscarlo, me enteré por la cotilla de mi casera que la habitación de la joven estaba al lado de la mía, separada por una pared medianera. Llevado por un impulso torpe y repentino, di unos golpecitos suaves en la pared. Evidentemente, no hubo respuesta, pero no tuve humor suficiente para aceptar un rechazo. Perdí la cordura y repetí esa tontería, esa infracción, que de nuevo resultó inútil, por lo que tuve el decoro de desistir.
» Una hora más tarde, mientras estaba concentrado en algunos de mis estudios sobre el infierno, oí, o al menos creí oír, que alguien contestaba a mi llamada. Dejé caer los libros y de un salto me acerqué a la pared donde, con toda la firmeza que mi corazón me permi­tía, di tres golpes. La respuesta fue clara y contundente: uno, dos, tres, una exacta repetición de mis toques. Eso fue todo lo que pude conseguir, pero fue suficien­te; demasiado, diría yo.
» Aquella locura continuó a la tarde siguiente, y en adelante durante muchas tardes, y siempre era yo quien tenía la última palabra. Durante todo aquel tiempo me sentí completamente feliz, pero, con la terquedad que me caracteriza, me mantuve en la deci­sión de no ver a la chica. Un día, tal y como era de esperar, sus contestaciones cesaron. «Está enfadada -me dije- porque cree que soy tímido y no me atrevo a llegar más lejos»; entonces decidí buscarla y conocer­la y... Bueno, ni supe entonces ni sé ahora lo que podría haber resultado de todo aquello. Sólo sé que pasé días intentando encontrarme con ella, pero todo fue en vano. Resultaba imposible verla u oírla. Recorrí in­fructuosamente las calles en las que antes nos había­mos cruzado; vigilé el jardín de su casa desde mi ventana, pero no la vi entrar ni salir. Profundamente abatido, pensé que se había marchado; pero no intenté aclarar mi duda preguntándole a la casera, a la que tenía una tremenda ojeriza desde que me habló de la chica con menos respeto del que yo consideraba apro­piado.
» Y llegó la noche fatídica. Rendido por la emoción, la indecisión y el desaliento, me acosté temprano y conseguí conciliar un poco el sueño. A media noche hubo algo, un poder maligno empeñado en acabar con mi paz para siempre, que me despertó y me hizo incorporarme para prestar atención a no sé muy bien qué. Me pareció oír unos ligeros golpes en la pared: el fantasma de una señal conocida. Un momento des­pués se repitieron: uno, dos, tres, con la misma inten­sidad que la primera vez, pero ahora un sentido alerta y en tensión los recibía. Estaba a punto de contestar cuando el Enemigo de la Paz intervino de nuevo en mis asuntos con una pícara sugerencia de venganza. Como ella me había ignorado cruelmente durante mucho tiempo, yo le pagaría con la misma moneda. ¡Qué tontería! ¡Que Dios sepa perdonármela! Duran­te el resto de la noche permanecí despierto, escuchan­do y reforzando mi obstinación con cínicas justifica­ciones.
» A la mañana siguiente, tarde, al salir de casa me encontré con la casera, que entraba:
» -Buenos días, señor Dampier -dijo-; ¿se ha ente­rado usted de lo que ha pasado?
Le dije que no, de palabra, pero le di a entender con el gesto que me daba igual lo que fuera. No debió captarlo porque continuó:
-A la chica enferma de al lado. ¿Cómo? ¿No ha oído nada? Llevaba semanas enferma y ahora...
Casi salto sobre ella.
» -Y ahora... -grité-, y ahora ¿qué?
» -Está muerta.
» Pero aún hay algo más. A mitad de la noche, según supe más tarde, la chica se había despertado de un largo estupor, tras una semana de delirio, y había pedido -éste fue su último deseo- que llevaran su cama al extremo opuesto de la habitación. Los que la cuidaban consideraron la petición un desvarío más de su delirio, pero accedieron a ella. Y en ese lugar aquella pobre alma agonizante había realizado la débil aspiración de intentar restaurar una comunicación rota, un dorado hilo de sentimiento entre su inocencia y mi vil mons­truosidad, que se empeñaba en profesar una lealtad brutal y ciega a la ley del Ego.
» ¿Cómo podía reparar mi error? ¿Se pueden decir misas. por el descanso de almas que, en noches como ésta, están lejos, «por espíritus que son llevados de acá para allá por vientos caprichosos», y que aparecen en la tormenta y la oscuridad con signos y presagios que sugieren recuerdos y augurios de condenación?
» Esta ha sido su tercera visita. La primera vez fui escéptico y verifiqué por métodos naturales el carácter del incidente; la segunda, respondí a los golpes, varias veces repetidas, pero sin resultado alguno. Esta noche se completa la «tríada fatal» de la que habla Parapelius Necromantius. Es todo lo que puedo decir.
Cuando hubo terminado su relato no encontré nada importante que decir, y preguntar habría sido una impertinencia terrible. Me levanté y le di las buenas noches de tal forma que pudiera captar la compasión que sentía por él; en señal de agradecimien­to me dio un silencioso apretón de manos. Aquella noche, en la soledad de su tristeza y remordimiento, entró en el reino de lo Desconocido.



sábado, 30 de octubre de 2010

Ambrose Bierce CHICKAMAUGA





Ambrose Bierce

CHICKAMAUGA

(1891)


 EN una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.
 Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
 Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él, como el más grande de todos, no podía

 ni refrenar su sed de guerra,
 ni comprender que el más afortunado
 no puede tentar al Destino.

 De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban alegremente; las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero; y en alguna parte, muy lejos, gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
 Pasaron las horas, y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no conociendo nada en su descrédito, había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las orejas largas, amenazadoras, del conejo. Quizá su espíritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
 Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. De uno en uno, de dos en dos, en pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos, entonces, reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
 El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo, se arrastraban como niñitos. Eran hombres; nada tenían pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos, mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes grotescas, le recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer» que los tomaba por caballos. Y entonces, se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franqueado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. El saliente monstruoso de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto.
 En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel resplandor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de vez en cuando para verificar si sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante séquito.
 Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna asociación de ideas significativas en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores. En todos lados, junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores». Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como los caídos que allí habían muerto para hacerla gloriosa.
 Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro, que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed, aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo, señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extraño éxodo.
 Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles, la franqueó fácilmente a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un campo, volviéndose de riempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
 Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!
 Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata ‑la obra de un obús.
 El niño hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma ‑maldito lenguaje del demonio‑. El niño era sordomudo.
 Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

***

viernes, 15 de octubre de 2010

UNA CONFLAGRACION IMPERFECTA - AMBROSE BIERCE

 UNA CONFLAGRACION IMPERFECTA

 -

AMBROSE BIERCE


Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me
impresionó vivamente en esa época. Esto ocurrió antes de mi casamiento, cuando
vivía con mis padres en Wisconsin. Mi padre y yo estabamos en la biblioteca de
nuestra casa, dividiendo el producto de un robo que habíamos cometido esa noche.
Consistía, en su mayor parte, en enseres domésticos, y la tarea de una división
equitativa era dificultosa. Nos pusimos de acuerdo sobre las servilletas,
toallas y cosas parecidas, y la platería se repartió casi perfectamente, pero
ustedes pueden imaginar que cuando se trata de dividir una única caja de música
en dos, sin que sobre nada, comienzan las dificultades. Fue esa caja musical la
que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado,
mi padre podría estar vivo ahora.
Era una exquisita y hermosa obra de artesanía, incrustada de costosas maderas,
curiosamente tallada. No solo podía tocar gran variedad de temas sino que
también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como el gallo
todas las mañanas, se le diera cuerda o no, y recitaba los Diez Mandamientos.
Fue esta última maravilla la que ganó el corazón de mi padre y lo llevó a
cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque posiblemente hubiera
cometido otros si le hubiera perdonado ese: trató de ocultarme la caja aunque yo
sabía muy bien que en lo que le concernía, el robo había sido llevado a cabo
principalmente para conseguirla.
Mi padre tenía la caja de música escondida bajo la capa; habíamos usado capas
como disfraz. Me había asegurado solemnemente que no la había tomado. Yo sabía
que si, y sabía algo que, evidentemente, él ignoraba: O sea, que la caja
cantaría con la luz del día y lo traicionaría si me era posible prolongar la
división de bienes hasta esa hora. Todo ocurrió como yo lo deseaba: Cuando la
luz de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de las ventanas se vio
oscuramente tras las cortinas, un largo cocorocó salió de abajo de la capa del
caballero, seguido de algunos compases del área de Tannhauser y finalizando con
un sonoro click. Sobre la mesa, entre nosotros, había una pequeña hacha de mano
que habíamos usado para penetrar en la infortunada casa; la tome. El anciano,
viendo que ya de nada servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música
de entre su capa y la puso sobre la mesa.
- Córtala en dos si así la prefieres -dijo-. He tratado de salvarla de la
destrucción.
Era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con expresión y
sentimiento.
Dije:
- No discuto la pureza de sus motivos: sería presunción de mi parte querer
juzgar a mi padre. Pero los negocios son los negocios; voy a efectuar la
disolución de nuestra sociedad a menos que usted consienta en usar en futuros
robos un cascabel.
- No -dijo después de reflexionar un momento- no, no podría hacerlo, parecería
una confesión de deshonestidad. La gente diría que desconfías de mi.
No pude dejar de admirar su temple y su sensibilidad; por un momento me sentí
orgulloso de él y dispuesto a disimular su falta, pero un vistazo a la enjoyada
caja de música me decidió, y, como ya lo dije, saqué al anciano de este valle de
lágrimas. Una vez hecho sentí una pizca de desasosiego. No solo era mi padre -el
autor de mis días- sino que sin duda el cadáver sería descubierto. Era ya pleno
día y en cualquier momento mi madre podía entrar a la biblioteca. Bajo tales
circunstancias consideré que lo prudente era suprimirla también, cosa que hice.
Pagué luego a todos los sirvientes y los despedí.
Esa tarde fui a ver al Jefe de Policía, le conté lo que había hecho y le pedí
consejo. Me hubiera resultado muy penoso que los acontecimientos tomaran estado
público. Mi conducta hubiera sido unánimemente condenada y los periódicos la
usarían en mi contra si alguna vez obtenía un cargo de gobierno. El Jefe
comprendió la fuerza de estos razonamientos; él era también un asesino de amplia
experiencia. Después de consultar con el Juez que presidía la Corte de
Jurisdicción Variable me aconsejó esconder los cadáveres en una de las
bibliotecas, tomar un fuerte seguro sobre la casa y quemarla. Cosa que procedí a
hacer.
En la biblioteca había una estantería que mi padre comprara recientemente a un
inventor chiflado y que no había llenado de libros. El mueble tenía la forma y
el tamaño parecidos a esos antiguos roperos que se ven en los dormitorios que no
tienen placards, pero se abría de arriba abajo como un camisón de señora. Tenía
puertas de vidrio. Había amortajado a mis padres y ya estaban bastante rígidos
como para mantenerse erectos de modo que los puse en la biblioteca que la que
había sacado los estantes. Cerré la puerta con llave y pinche unas cortinitas en
las puertecitas de vidrio. El inspector de la compañía de seguros pasó media
docena de veces frente al mueble sin sospechar nada.
Esa noche, después de obtener mi póliza, prendí fuego a la casa y, a través de
los bosques me dirigí a la ciudad, que distaba dos millas, en donde me las
arreglé para encontrarme en el momento en que la alegría estaba en su punto más
alto. Con gritos de aprehensión por la suerte de mis padres me uní a la multitud
y llegué con ellos al lugar del incendio unas dos horas después de haberlo
provocado. La ciudad entera estaba allí cuando llegué precipitadamente. La casa
estaba completamente consumida, pero en el extremo del lecho de encendidas
ascuas, enhiesta e incólume se veía esa biblioteca. El fuego había quemado las
cortinas, dejando a la vista las puertas de vidrio, a través de las cuales la
fiera luz roja iluminaba el interior. Allí estaba mi querido padre, "igualito a
cuando vivía" y a su lado la compañera de pesares y alegrías. No tenían ni un
pelo chamuscado y las vestimentas estaban intactas. Conspicuas eran las heridas
de su cabezas y gargantas, que en la prosecución de mis designios me había visto
obligado a infligirles. La gente guardaba silencio como en presencia de un
milagro. El espanto y el terror habían atado todas las lenguas. Yo mismo me
sentía muy afectado.
Unos tres años después, cuando los acontecimientos aquí relatados habíanse
borrado casi de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar algunos bonos
americanos falsos. Cierto día, mirando distraídamente una mueblería, vi la
réplica exacta de mi biblioteca.
- La compré por una bicoca a un inventor que abandonó el oficio -me explicó el
vendedor-. Decía que era a prueba de fuego porque los poros de la madera fueron
rellenados a presión hidráulica con alumbre y el vidrio está hecho de asbesto.
No creo que sea realmente a prueba de fuego... se la puedo dar al precio de una
biblioteca común.
- No -le dije- si usted no puede garantizar que es a prueba de fuego, no la
llevaré. Y le di los buenos días.
No la hubiera llevado a ningún precio, me despertaba recuerdos sumamente
desagradables.

miércoles, 30 de junio de 2010

Ambrose Bierce - El golpe de gracia



Ambrose Bierce - El golpe de gracia


-

La batalla había sido violenta y continuada; todos los sentidos lo
confirmaban. El sabor mismo del combate estaba en el aire. Ahora todo
había acabado; sólo quedaba socorrer a los heridos y enterrar a los
muertos; «asearlo un poco», como dijo el bromista de un pelotón de
enterramiento. Hacía falta una buena cantidad de «aseo». Hasta donde
alcanzaba la vista, entre los bosques y bajo los árboles astillados, se
extendían restos de hombres y caballos. Por entre ellos se movían los
camilleros recogiendo y llevándose a los pocos que mostraban señales de
vida. La mayoría de los heridos habían muerto por abandono mientras se
discutía su derecho a ser asistidos. Las reglas del ejército establecen
que los heridos deben esperar: la mejor manera de atenderlos es ganar la
batalla. Hay que reconocer que la victoria es una importante ventaja para
un hombre que necesita cuidados, pero muchos no viven lo bastante para
sacarle provecho.
Los muertos se recogieron en grupos de doce a veinte y se situaron uno
junto a otro en hileras, mientras se cavaban las fosas que iban a
recibirlos. Algunos, encontrados a demasiada distancia de los puntos de
recogida, se enterraban allí donde yacían. No se hacían muchos intentos de
identificarlos, pero en la mayoría de los casos, como los pelotones de
enterramiento estaban destacados para rasurar el mismo terreno que habían
ayudado a sembrar, los nombres de los victoriosos muertos se conocían y se
relacionaban en la lista. Los caídos enemigos tenían que contentarse con
cifras. Pero de estos tuvieron bastantes: muchos fueron contados varias
veces y el recuento total, como se señaló más adelante en el informe
oficial del comandante victorioso, semejaba más una esperanza que un
resultado.
A poca distancia del lugar donde uno de los pelotones de enterramiento
había establecido su «vivaque de la muerte», un hombre con el uniforme de
oficial del ejército federal se apoyaba, de pie, contra un árbol. De los
pies a la barbilla, su actitud revelaba un cansancio agotador; pero volvía
la cabeza de un lado a otro con inquietud; al parecer, su mente no
descansaba. Quizá dudaba sobre qué dirección tomar; seguramente no
permanecería mucho más donde se encontraba, pues ya los rayos horizontales
del sol poniente se esparcían, rojizos, por las aberturas del bosque y los
fatigados soldados empezaban a abandonar sus tareas del día. Por supuesto,
no iba a hacer noche allí, solo, entre los muertos. Nueve de cada diez
hombres que uno se encuentra tras una batalla preguntan por el camino que
ha tomado determinada fracción del ejército; como si todos lo supieran.
Sin duda, aquel oficial se encontraba perdido. Después de darse un momento
de reposo, seguiría presumiblemente a alguno de los pelotones de
enterramiento en retirada.
Sin embargo, cuando todos se marcharon, se dirigió directamente al
interior del bosque, hacia el oeste purpúreo, cuya luz le coloreaba el
rostro como sangre. Andaba a zancadas, con un aire de seguridad que
indicaba que se hallaba en un terreno familiar; había recuperado la
orientación. No miraba a los muertos que encontraba a su paso, a derecha e
izquierda. Tampoco prestaba atención a los gemidos sordos de algún herido
grave a quien no habían llegado los camilleros y que pasaría una noche
penosa bajo las estrellas, acompañado sólo por su sed. ¿Qué podía hacer,
en realidad, el oficial, que no era médico y tampoco llevaba agua?
En el extremo de un barranco poco profundo, una mera depresión del suelo,
yacían unos cadáveres agrupados. Los vio, se desvió súbitamente de su
trayecto y caminó rápidamente hacia ellos. Los examinó con atención, a
medida que pasaba, y se detuvo por último junto a uno que yacía a cierta
distancia de los otros, cerca de un grupo de árboles bajos. Lo observó
atentamente. Parecía moverse. Se agachó y le puso la mano en la cara. El
hombre gritó.

El oficial era el capitán Downing Madwell, del Regimiento de Infantería de
Massachusetts, un valeroso e inteligente soldado y un hombre honorable. Al
regimiento pertenecían también dos hermanos apellidados Halcrow: Caffal y
Creede Halcrow. Caffal Halcrow era sargento de la compañía del capitán
Madwell y los dos hombres, el sargento y el capitán, eran incondicionales
amigos. En la medida en que la desigualdad de rango y la diferencia en los
deberes y consideraciones de la disciplina militar lo permitían,
procuraban estar siempre juntos. En realidad se habían criado juntos desde
la primera infancia, y una costumbre de cariño no se rompe fácilmente.
Caffal Halcrow no experimentaba ningún gusto ni disposición hacia lo
militar, pero la idea de la separación de su amigo le resultaba
extremadamente penosa y se alistó en la compañía en la que Madwell servía
como subteniente. Ambos ascendieron dos veces de rango, pero entre el
subalterno de más alta graduación y el oficial más bajo media un abismo
profundo y amplio, y la antigua relación se mantuvo con dificultades y de
un modo diferente.
Creede Halcrow, el hermano de Caffal, era el mayor del regimiento, un
hombre cínico y taciturno. Entre el capitán Madwell y él existía una
natural antipatía que las circunstancias habían alimentado y aumentado
hasta una franca animosidad. De no ser por la influencia disuasoria que su
mutua relación con Caffal les imponía, cada uno de estos dos patriotas
habría, sin duda, puesto todo su empeño en privar a su país de los
servicios del otro.
Al inicio del combate de aquella mañana, el regimiento cumplía su función
en un puesto de avanzada, a un kilómetro de distancia del grueso del
ejército. El grupo fue atacado y prácticamente sitiado en el bosque, pero
se mantuvo tenazmente en sus posiciones. Durante una tregua de la lucha,
el mayor Halcrow se acercó al capitán Madwell. Tras intercambiar el saludo
reglamentario, el mayor dijo:
-Capitán, el coronel ordena que conduzca usted a su compañía hasta la
cabeza de ese barranco y mantenga allí su posición hasta nueva orden. No
hace falta que le informe del peligro que implica esta maniobra, pero si
lo desea, supongo que puede usted delegar el mando de su compañía en su
teniente. No he recibido ninguna orden que autorice esa sustitución; es
una mera sugerencia mía de carácter no oficial.
Ante este mortal insulto, el capitán Madwell replicó con frialdad:
-Señor, lo invito a acompañarnos en la maniobra. Un oficial a caballo
constituiría un excelente blanco, y desde hace largo tiempo mantengo la
opinión de que sería una gran ventaja que se hallara usted muerto.
El arte de la réplica se cultivaba en los círculos militares ya en la
temprana fecha de 1862.
Media hora más tarde, la compañía del capitán Madwell fue expulsada de su
posición en la cabeza del barranco, tras haber perdido a un tercio de sus
hombres. Entre los caídos figuraba el sargento Halcrow. El regimiento fue
poco después obligado a retroceder hasta la primera línea de batalla, y al
final del combate, se encontraba a kilómetros de distancia. Ahora, de pie,
el capitán estaba al lado de su subordinado y amigo.
El sargento Halcrow había sido herido mortalmente. Su uniforme
desarreglado parecía haber sido rasgado violentamente y dejaba ver el
vientre al aire. Algunos botones de su chaqueta habían sido arrancados y
estaban en el suelo, a su lado, junto a otros jirones de sus ropas,
desparramados por todas partes. El cinturón de cuero estaba roto y parecía
haber sido arrastrado por debajo del cuerpo, una vez caído. No había mucha
efusión de sangre. La única herida visible era un agujero ancho e
irregular en el vientre. Estaba sucio de tierra y hojas secas. De él
sobresalía un pedazo del intestino delgado. El capitán Madwell no había
visto una herida así en toda su experiencia de la guerra. No conseguía
imaginar cómo se la habían hecho, ni explicar las otras circunstancias
concurrentes: el extraño desgarro del uniforme, el cinturón partido, la
piel blanca manchada con la tierra. Se arrodilló y lo examinó más
cuidadosamente. Cuando se incorporó, volvió los ojos en diferentes
direcciones como si buscara un enemigo. A cincuenta metros, en la cima de
una colina baja cubierta por unos pocos árboles, observó varias formas
oscuras moviéndose entre los cadáveres; era una piara de cerdos salvajes.
Uno estaba de espaldas, con el lomo muy alzado. Tenía las patas delanteras
sobre un cuerpo humano y la cabeza, inclinada, era invisible. El borde
cerdoso del espinazo se recortaba negro sobre el poniente rojo. El capitán
Madwell apartó los ojos y los fijó nuevamente sobre la cosa que antes
había sido su amigo.
El hombre que había padecido aquellas monstruosas mutilaciones se
encontraba vivo. A intervalos movía las piernas; gemía en cada
respiración. Miraba fijamente, sin expresión, el rostro de su amigo, y
gritaba si este lo tocaba. En su tremenda agonía había arañado el suelo
sobre el que yacía y entre los puños apretados tenía hojas, ramas y
tierra. No podía articular el habla, y resultaba imposible saber si era
sensible a otra cosa excepto su dolor. La expresión de su rostro era una
súplica. La de sus ojos, un profundo ruego. ¿De qué?

No había posible mala interpretación de aquella mirada. El capitán la
había visto demasiado a menudo en los ojos de aquellos cuyos labios
conservaban todavía la fuerza necesaria para formular la súplica de la
muerte. Consciente o inconscientemente, aquel retorcido resto de
humanidad, aquella representación suprema del más agudo dolor, aquel
híbrido de hombre y animal, aquel humilde, antiheroico Prometeo, imploraba
cualquier cosa, todo, el absoluto no ser, para el regalo del abandono, del
olvido. Aquella encarnación del sufrimiento dirigía su silente plegaria a
la tierra y al cielo, a los árboles, al hombre, a todo lo que alguna vez
tuvo forma en los sentidos o la consciencia.
¿Qué imploraba, entonces? Lo que concedemos incluso a la criatura más
miserable sin conciencia suficiente para pedirlo, y negamos sólo a los
desgraciados de nuestra propia raza: la bendición de la liberación, el
rito de la suprema compasión, el coup de grâce.
El capitán Madwell pronunció el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra
vez, sin ningún efecto, hasta que la emoción le bloqueó el habla. Las
lágrimas le cegaron y salpicaron el lívido rostro situado bajo el suyo. No
veía nada más que una silueta desdibujada y móvil, pero los gemidos eran
cada vez más nítidos y a intervalos más breves los interrumpían agudos
gritos.
Se dio la vuelta, se golpeó la frente con el puño y se alejó a grandes
pasos. Los cerdos lo vieron, alzaron sus hocicos enrojecidos, lo miraron
un instante con desconfianza y con un malhumorado gruñido colectivo
echaron a correr y desaparecieron. Un caballo con una pata delantera
astillada por un obús levantó la cabeza del suelo y relinchó
lastimosamente. Madwell avanzó unos pasos, sacó su revólver y disparó
entre los dos ojos al pobre animal. Observó con interés su lucha con la
muerte, que contrariamente a lo que había supuesto, fue violenta y
prolongada; pero al final cayó inmóvil. Los tensos músculos de los belfos,
que habían descubierto los dientes en un horrible rictus, se relajaron; el
definido y nítido perfil adquirió una expresión de profunda paz y reposo.
Hacia el oeste, sobre la distante colina de escasa arboleda, la franja de
fuego del crepúsculo se consumía ya casi a sí misma. La luz palidecía
sobre los troncos de los árboles, tomando un gris débil; las sombras
cubrían sus copas como grandes pájaros oscuros allí posados. La noche se
acercaba y entre el capitán Madwell y el campamento se extendían
kilómetros y kilómetros de bosque hechizado. Sin embargo, todavía
permanecía allí, de pie junto al animal muerto, en apariencia fuera del
sentido de todo lo que le rodeaba. Tenía los ojos fijos en el suelo, a sus
pies; la mano izquierda le colgaba al costado y con la derecha todavía
sujetaba la pistola. Bruscamente levantó la cabeza, la volvió hacia su
amigo moribundo y se acercó rápidamente a él. Puso una rodilla en el
suelo, armó el revólver, colocó la boca del cañón sobre la frente del
hombre, apretó el gatillo. No hubo estampido. Había gastado su último
cartucho con el caballo.
El moribundo gimió y sus labios se movieron convulsivamente. De ellos
brotó una espuma con un tinte de sangre.
El capitán Madwell se puso en pie y sacó su espada de la vaina. Repasó su
filo con los dedos de la mano izquierda desde la empuñadura hasta la
punta. Luego la sustuvo en línea recta delante de él, como para probar sus
nervios. No hubo ningún temblor en la hoja de la espada; reflejaba un rayo
de luz desolada, firme y certero. Se inclinó y arrancó con la mano
izquierda la camisa del agonizante. Se levantó y colocó la punta de la
espada exactamente sobre su corazón. Esta vez no apartó los ojos. Agarró
la empuñadura de la espada con las dos manos y la empujó hacia dentro con
toda su fuerza y todo su peso. La hoja se hundió en el cuerpo del hombre y
después en la tierra a través de su cuerpo. El capitán Madwell estuvo a
punto de caer hacia delante, sobre el propio trabajo que acababa de hacer.
El moribundo alzó las rodillas, se llevó el brazo al pecho y aferró el
acero tan fuertemente que le blanquearon los nudillos de la mano. La
herida se ensanchó por el violento pero inútil esfuerzo de arrancar la
espada y un riachuelo de sangre brotó y corrió sinuosamente, deslizándose
sobre las ropas desordenadas. En aquel momento, tres hombres avanzaron en
silencio desde detrás del grupo de árboles bajos que habían ocultado su
llegada. Dos eran enfermeros y llevaban una camilla.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.

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