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jueves, 30 de diciembre de 2010

Desafiar al destino Abraham Saúl

Desafiar al destino
Abraham Saúl



Quien cree en el destino, rara vez hace una saludable autocrítica de sus decisiones o mejor dicho de cómo sus decisiones van forjando un camino o más bien forzándolo. Particularmente, creía que el destino era una fuerza tangible que, por nuestras acciones, nos arrastra en un único sentido, de tal manera que, será y debería haber sido, se convierte en la misma cosa. Yo siempre creí fervientemente en el destino. Hasta que decidí ponerlo a prueba. Confrontarlo. Desafiarlo a que, algo suceda como yo quería y no como, suponía, ya estaba escrito.
Hasta ese momento en cuestión, se podría considerar a mi vida como un intrascendente transcurrir. Pasaba de etapa a etapa, de día en día, sin hacer mella en el aquí y ahora; sin dejar una huella que demuestre mi paso por este lugar.
Todos mis días comenzaban de la misma manera. Me levantaba exactamente a las seis y cuarto. Cinco minutos después del sonido de la alarma del despertador; caminaba descalzo los diecisiete pasos que separan mi habitación del cuarto de baño para lavarme la cara y los dientes. Afortunadamente, soy calvo y para evitar demoras innecesarias llevo la cabeza rapada hace varios años. Por eso, en total, no me lleva más de cinco minutos asearme por la mañana.
Todavía descalzo, encendía la cafetera que siempre quedaba preparada de la noche anterior y mientras se hacía el café, regresaba al dormitorio para terminar de cambiarme. Al regresar a la cocina, el aroma a café recién hecho, me terminaba de despertar.
Desayunaba de parado, comiendo cualquier galleta o pedazo de pan que andaba dando vuelta por la mesa y exactamente a las seis y cuarenta, salía hacia la empresa donde trabajo, siguiendo el mismo camino desde hace casi 17 años. Cinco cuadras caminando hasta la estación de subtes, luego por metro hasta la plaza principal y finalmente tres cuadras más de caminata, hasta el edificio, donde la empresa donde trabajo, ocupaba la totalidad del quinto piso.
Un día de aquellos en los que me solía replantear toda mi existencia, decidí que debía dar un cambio radical en mi vida. Tentar al destino. Retarlo.
Es por eso, que elaboré un cuidadoso plan, modelando minuciosamente como un verdadero artesano, a punta de cincel, los contornos de un nuevo destino.
Con premeditación, atrasé la alarma de mi reloj despertador, a las siete. Pensé que para cambiar mi destino, bien podría comenzar por llegar tarde al trabajo. Si bien ese cambio no representaría demasiado en cuestión de tiempo, todas las cosas que hice luego de levantarme, me llevaron a salir de mi casa casi a las ocho de la mañana.
Al salir, enfilé como siempre hacia la estación de subtes, pero a diferencia de lo habitual, lo hice por el camino más largo. Caminaría alrededor de ocho cuadras en lugar de cinco.
Caminaba a paso lento, como disfrutando del nuevo panorama, cuando de repente, la imagen de una bella dama me hizo despojar de todos mis pensamientos y me hipnotizó por completo. Sentada en un bar, en una mesa ubicada al lado de la ventana; me llamó la atención su increíble falta de decoro para hacer lo que estaba haciendo. Con mucho cuidado, y mirando en todas las direcciones, para asegurarse de que nadie la veía; introducía su dedo meñique en uno de los orificios de la nariz y rascando con la uña, arrastraba un asqueroso contenido que luego, sin demasiadas parsimonias, lo llevaba a la boca. Con una mezcla de asco y repulsión, apuré el paso, pero no pude dejar de mirarla. Para mi asombro, lo hizo una vez más. Era tal el grado de atención que tenía en ella que no reparé en la cantidad de peatones que venían hacía mi y se iban haciendo a un lado, para no chocarme. En cuestión de segundos había recorrido todo el ancho de la vereda y a punto estuve de bajarme a la calle, si no hubiera sido por un fuerte bocinazo, que, si bien me hizo volver en sí, no fue suficiente para evitar el mal mayor.
Sin darme cuenta del error que estaba por cometer, continué caminando sin mirar hacia el frente, hasta que un estallido me hizo caer pesadamente en el lugar donde estaba. Me había reventado la cabeza contra un cartel de publicidad que exponía la tapa de una revista de actualidad, donde aparecía una de las modelitos de turno mostrando algo más que una cálida sonrisa. Casi no pude reaccionar por el golpe. Sentía que todo me daba vueltas, y me descomponía el dolor de cabeza.
Una de las personas que me había esquivado y había presenciado el accidente, me ayudó a incorporarme lentamente. Me hizo algunas preguntas un tanto incómodas (supongo que para evaluar mi estado confusional), y luego de averiguar mis datos, se ofreció a llamar a mi trabajo para avisar lo acontecido. Después de todo, era en el único lugar donde me echarían de menos, en ese momento.
Lo siguiente que recuerdo, fue que la luz del sol me pareció de pronto, demasiado intensa y luego de un fuerte ataque de náuseas me desmayé. Apenas si pude percibir una borrosa imagen de alguien que se acercaba y decía muy resueltamente:
- Yo lo conozco, vivo en este edificio, en el cuarto piso. Ayúdenme a subirlo. Lo cuidaré hasta que despierte y esperaremos la ambulancia en un lugar más cómodo.

Desperté con un terrible dolor de cabeza y una sensación muy similar a una resaca después de una fea borrachera. Me molestaba la claridad de la habitación. Como si estuviera en un sueño, me costó calcular el tiempo que estuve dormido. A pesar del fuerte dolor en las extremidades, intenté moverme. Fue bueno descubrir que podía hacerlo. De alguna manera, no se porqué, me dio mucho alivio. A tientas comprobé si tenía todas mis pertenencias encima. La billetera, el celular, la agenda electrónica. Todo estaba en su bolsillo correspondiente. Haciendo foco con el ojo derecho, entrecerrando el izquierdo, pude divisar no sin dificultad, mis pantalones y mi mochila sobre una silla frente a la cómoda y más abajo alineados a la junta del cerámico, uno al lado del otro; mis zapatos. Me encontraba en un dormitorio un tanto amplio, con una inmensa cama matrimonial, sobre la cual me hallaba ahora. Una mesa de luz a cada lado del inmenso lecho y una cómoda enfrentada a la cama que, llamativamente, nada tenía que ver con el estilo del resto del mobiliario. Un extraño mueble de doble puerta y con solo dos cajones en la parte inferior completaba la decoración y obraba de placard. Tampoco hacía juego. Daba la sensación de que quien había decorado la habitación, no tenía muy desarrollado el sentido del buen gusto. Un poco más sereno y con relativa lentitud, comencé a incorporarme. No quería provocar ningún mareo innecesario por levantarme bruscamente.
En ese instante apareció ella, en el vano de la puerta. Con el mismo tic que le había visto en el bar, entró refregando la uña de su dedo índice en los dientes inferiores. Con una nueva oleada de asco y nauseas que intente disimular, sin mucho éxito, me dí cuenta de donde había estado ese dedo, tan solo segundos antes. Me dedicó una sonrisa y se volvió como yendo a buscar algo a la sala.
El desagrado que me produjo aquella situación, me hizo saltar de la cama. Me incorporé, me vestí lo más rápido que pude y cuando enfilaba hacia la puerta principal, me volví a topar con ella:
-¿Estás seguro de que quieres irte?-me preguntó-Creó que te convendría quedarte, ¿o no deseas saber un poco más?
Sin dudarlo, crucé el umbral procurando no mirar atrás. ¿A qué se refería con saber más?. Todo me parecía tan raro. Volví a comprobar que tenía el celular en el bolsillo de mi camisa y una vez en la calle lo saqué para llamar a la empresa y dar aviso de mi tardanza. Cuando miré la hora no lo podía creer. Eran casi la una de la tarde. Llamé igualmente y dejé el aviso en la recepción. Mentí que estaba enfermo e informé que al día siguiente llevaría un certificado para justificar la falta. Sin intención de demorarme más llamé un taxi y volví a mi casa.


Luego de un reparador sueño de casi cinco horas en la comodidad de mi cama, me desperté realmente renovado. No había signos del dolor de cabeza y al lavarme la cara y mirarme al espejo, noté que tampoco había quedado marca alguna del golpe. De solo pensar en como debería justificar una lesión así, me invadía un claro sentimiento de vergüenza. Todo había sido demasiado embarazoso. Luego de darme un buen baño, me cambié y me acomodé en el sillón a mirar televisión. Después de todo, debía hacer valer el día libre haciendo lo que nunca podía; disfrutar de mis momentos de ocio. Eran casi las veinte. Movido por la insistencia del parpadeo, me di cuenta que la luz del contestador automático titilaba sin cesar. Me extrañó no haber oído el teléfono mientras dormía, ya que ciertamente, la luz no estaba encendida cuando regresé a casa. Aunque dado mi estado de conmoción esto no puedo aseverarlo con seguridad. El primer mensaje era de la oficina. Mi amigo, el jefe de personal, me daba las gracias por comunicar mi ausencia y con una voz que deliberadamente no disimulaba su enojo, me regañaba por no haber llamado para comunicar mi situación y, por enésima vez, me amenazaba con ir a hablar con el gerente. Si bien me sorprendió la llamada (sobre todo porque no solo había comunicado la inasistencia sino que lo había hecho dos veces. Según tenía entendido, una vez lo había hecho el peatón que me ayudó en la calle y más tarde había llamado yo, personalmente); la segunda fue todavía más desconcertante. Un tal, inspector subcomisario Alcina, quería ponerse en contacto conmigo para discutir los avances de una investigación. A esa altura del día, ya nada me resultaba extraño. Lo que sí tenía claro, es que si quería jugar con el destino, seguro que lo había hecho, puesto que nada de eso habría pasado, o eso supongo ahora con lo hechos consumados, si no hubiera cambiado mi recorrido habitual al trabajo aquella mañana.
Mientras terminaba de escuchar los mensajes, me llamó la atención la imagen que devolvía el televisor. Como había silenciado el sonido, para poder atender el contestador, no había oído a los conductores presentar la información.
En la pantalla, había algo que me resultaba bastante familiar y aunque no lograba darme cuenta, sentía que conocía ese lugar. Levanté el volumen y agucé el oído justo cuando el periodista informaba que la policía había dado con la guarida de quienes supuestamente habían cometido el “robo del siglo” hacía casi dos años atrás en el Banco Provincia. Ahí caí en la cuenta de porque me resultaba familiar el lugar. De fondo se veía la misma confitería donde había visto a la muchacha rubia esa mañana. Cuando dijeron que tenían identificado al líder de la banda, pero que aún no daban con su paradero, manifesté cierta curiosidad que se transformó en absoluto terror cuando apareció, en un cuadradito a la derecha de la cabeza del conductor, una fotografía mía. La misma que adornaba la tarjeta de identificación de la empresa donde trabajo.
Me refregué varias veces los ojos, creyendo ingenuamente que así borraría esa ridícula foto de la pantalla del televisor, pero lamentablemente seguía ahí. Me planteé por un momento, si no estaría sufriendo algún trastorno de múltiple personalidad y que, dominado por “mi otro yo” había sido posible que cometiera ese robo.
Intenté, pensando lo más rápido que me daba mi aturdida cabeza, cual sería el mejor camino a tomar. Todavía pasmado, llamé al asesor letrado de la empresa. Suponía que si alguien me podía ayudar, era él. Demoró casi un siglo en responder. O eso me pareció, dado lo crispados que tenía mis nervios. Le comenté brevemente la situación y le pedí ayuda y asesoramiento.
- Flaco –me dijo con voz serena y pausada - ¿Existe alguna prueba fehaciente, que demuestre que vos vivís o viviste en aquel departamento?
- ¡Por supuesto que no! – le contesté encolerizado.
- Quedáte tranqui entonces – me dijo con la misma voz – nadie te va a tocar. Espérame en tu casa sin hacer nada, que ya voy para allá.
Como si fuera posible que me quedara tranqui en esa situación. Para él era muy fácil decirlo. Me quedé parado con la mirada fija en el televisor, mientras buscaba la noticia en otros canales. Estaba absorto, haciendo zapping, cuando tocaron el portero eléctrico. Pensando que era el abogado, instintivamente abrí la puerta del Palier y corrí a esperarlo a la salida del ascensor. Casi se me sale el corazón del pecho, cuando al abrirse la puerta del aparato, aparecieron ante mi, cuatro fornidos policías armados hasta los dientes como si los hubieran sacado de algún capitulo de la vieja serie SWAT. En cuestión de segundos, me enceguecieron con una linterna, me empujaron hacia adentro y de un soplido me tiraron en el sillón, me redujeron y me ataron. En el aturdimiento, solo alcance a oír en el crepitar de un walkie talkie:
-Tenemos al líder, estamos bajando.
Me llevaron encapuchado como si estuvieran tratando con el criminal más peligroso de la historia de la humanidad. Entre aturdido y adolorido, por la extraña contorsión que me hicieron hacer para colocarme las esposas, ya no tenía fuerzas para resistirme. Encima, al mínimo quejido, un grandote con cara de gorila, me descargaba, casi de forma sistemática, un codazo en las costillas. No podía moverme. Transité todo el trayecto desde mi departamento hasta el juzgado, todo acalambrado, apoyando una mejilla contra la ventanilla fría de la camioneta.
No entendía nada. Me bajaron a los tumbos y me trasladaron por una suerte de pasillo subterráneo hasta un despacho muy iluminado, con un inmenso mesón rodeado de 15 sillas.
Me quitaron las esposas, solo para volvérmelas a colocar por detrás de la silla donde me sentaron. Al cabo de unos eternos cinco minutos, se abrió una gran puerta ubicada en unos de los laterales de la sala, por donde entraron tres personas.
El primero, era un sujeto alto, distinguido, con un corte de cabello estilo militar y prolijo bigote que no disimulaba para nada sus abundantes canas. Se acercó hoscamente y sin dirigirme la mirada, se presentó como el juez Cenci. Se sentó al frente y abrió delante de él una fina carpeta negra que contenía 3 o 4 papeles cuidadosamente dispuestos.
Detrás apareció, con andar elegante el asesor letrado de la empresa, quien se presentó como mi abogado y con una seña trató de apaciguarme. Si bien me tranquilizó un poco su presencia, me resultó un tanto inquietante que apareciera tan rápidamente. Me indicó que sería sometido a un breve interrogatorio, luego del cual el juez decidiría que medida cautelar tomaría conmigo.
Un instante más tarde, ingresó una muchacha pelirroja, muy joven. Vestía un trajecito color caramelo que, ridículamente, hacía juego con su cabellera. No se quitó los anteojos oscuros que llevaba, ni saludó al aproximarse a la mesa. Se sentó al lado del abogado.
El Juez Cenci, comenzó haciéndome una serie de preguntas personales. Nombre, edad, trabajo, Nro. de documento, dirección. Me miró por primera vez, cuando le dije mi domicilio, que obviamente no concordaba con la residencia que me querían endilgar en aquel departamento. Luego continuó con una serie de preguntas un poco más específicas.
-¿Dónde se encontraba usted entre las 22.30 y las 0.40 del día 18 de Mayo de 2008?
Atontado como estaba no podía ni pensar. Le contesté bruscamente:
-Escuchemé. Como puedo acordarme donde me encontraba específicamente en ese momento hace 2 años atrás. ¿Está usted loco?
Mi abogado, me miraba pálido, haciendo millones de gestos tan solo con movimientos imperceptibles de los ojos y las cejas. Intentaba decirme que no hablara. Que me quedase callado. Pero el juez insistía:
-¿No tiene coartada posible, que lo sitúe en un lugar diferente al del hecho, en la noche del 18 de Mayo de 2008?
Otra vez el gesto imperceptible que me hacía permanecer en silencio.
-¿Que relación lo une con Lautaro Morales, alias “Cachimba”? - continuaba preguntando el magistrado.
-¿Conocía usted a “Loro negro”?
Impávido, mantenía mi postura de silenzio stampa, ante cada pregunta del juez. Hasta que el gesto, en principio, indiferente y relajado, se trocó casi simultáneamente en una mueca de furia y disgusto:
-Miré joven – gritó descolocado – demasiado me rompe las pelotas, tener que venir a hacer un interrogatorio a estas horas de la noche y más aún si no obtengo nada de colaboración por parte del imputado.
Me corrió un sudor frío por la espalda cuando escuche esa palabra y más todavía, por la forma y el grado de indignación con que la dijo.
Mi abogado, continuaba haciendo gestos, por lo que supuse que quería que continuara guardando silencio. Al cabo de unos eternos minutos, el Juez, lanzó un exagerado suspiro de impaciencia y vociferó mirando a todos los presentes:
-Bueno, señores, viendo que solamente se ha tratado de hacerme venir a perder el tiempo, determino que el imputado quede detenido hasta tanto se resuelvan las cuestiones administrativas y los avances de la investigación. Se fija una fianza de 1 millón de pesos.
Literalmente se me congeló la sangre cuando escuche la cifra. ¿De donde sacaría ese dinero? ¿Como podía ser posible que esto me estuviera pasando a mi? Mi abogado seguía taladrándome con sus tics, y yo no sabía como iba a librarme de semejante situación.
Dicho eso, el Juez se incorporó y salió con la misma premura con que había llegado.
Mi abogado se le acercó, le susurró algo al oído y luego vino a sentarse a mi lado.
-Bien, tenemos unos 20 minutos - me dijo acelerado - Estamos un poco complicados. Según las pruebas periciales no queda lugar a dudas de que ese departamento es tuyo.
-¿¡Como!? - mi asombro era pavoroso.
-Mirá -me dijo, al tiempo que sostenía a la altura de mi vista, una docena de fotografías en blanco y negro. Las imágenes hablaban por si solas. Me veía sentado en el sofá del living, sosteniendo una copa de champagne, rodeado de un grupo de personas con los ojos tapados con un rectángulo negro. En la cocina, al lado de un par de chicas un tanto ligeras de ropa, sacando algo de la heladera. En el dormitorio, cambiándome los zapatos. Colgando un cuadro en la pared del living. Obviamente se trataba de un montaje muy bien hecho con algún programa de computadora.
-Lamentablemente se movieron muy rápido, así que estás hasta las manos -me informó sin ningún tacto, el abogado.
-Estas fotos no valdrían nada, sin una prueba pericial más completa. Se secuestraron todos los items que salen en las fotos y en todos se hallaron tus huellas dactilares, por lo que, no solo se confirma que las fotos son auténticas, sino que te posicionan a vos, como morador permanente de ese departamento.
-¿Morador permanente? -pregunté atónito- Si solamente estuve ahí esta mañana y por un accidente. ¡No pase más de 2 horas en ese lugar!
-No es lo que puede apreciarse por las pruebas presentadas.
-¡¿Cómo que no?! -No podía entender el cariz que estaba tomando la conversación ¿Con solo un par de fotos van a demostrar que el departamento es mío?
-No. Es un poco más delicado el tema. El departamento está a nombre tuyo. Hay una escritura y todos los impuestos vienen también a tu nombre.
Metió la mano en el sobre y escarbó mirando en su interior hasta que sacó otra fotografía y me la enseñó. Se veía un cajón a medio abrir, donde sobresalían una cédula de identidad, un DNI, un pasaporte, un registro de conductor, un carnet de gimnasio, varias tarjetas de crédito. Todas las credenciales tenían en común mi nombre y fotografía.
-Esto se encontró en un cajón de la mesa de luz del dormitorio – me dijo lacónicamente- y cuando te capturaron corroboraron que no llevabas ninguna identificación encima.
Dentro del aturdimiento que tenía, se me ocurrió una idea, una luz de esperanza, algo mínimo, pero que, a mi entender, podría salvarme.
-Explicame lo siguiente. - le dije nervioso al abogado - Si prueban que ese es mi departamento, por 4 fotos de mierda, como pueden comprobar que yo estuve relacionado con el supuesto robo del siglo.
Volvió a meter la mano en el sobre y extrajo otra foto.
-Eso es tan solo el diez por ciento. El resto sigue desaparecido.
Al verla me terminé de hundir en el sillón. Era como una broma macabra, la peor pesadilla hecha realidad. Se veían varios fajos de billetes, guardados en las placas de durlock entre el living y la cocina. Era una camionada de plata, más de 100 fajos de billetes de 100 dólares. Millones.
En ese momento supe que estaba acabado. En cuestión de horas, mi vida se había derrumbado increíblemente. El abogado continúo hablando, pero yo no podía escucharlo. Me costaba respirar. El sudor frío que recorría mi cuerpo me había anestesiado las articulaciones y casi no podía moverme.
-Lo mejor es que te declares culpable, que devuelvas la plata que encontraron y rogar que no encuentren la otra.
No podía creer que este pelotudo, realmente considerara la posibilidad de que yo tenga algo que ver con semejante robo. No dejaba de preguntarme como podría estar pasándome esto a mí.
-Deberías entregarte, y esperar un juicio beneficioso con algún arreglo de por medio, por ahí conseguimos 12 o 15 años y con buena conducta salís en 6 o 7.
No lo escuchaba. Estaba nadando en una nube de espuma de cerveza, sostenido solamente por la fuerza que hacía para mantener los ojos abiertos.
-Quedate tranquilo, que con mi asistente vamos a apelar para que te reduzcan la fianza.
Su asistente. Recordaba haberlo visto entrar acompañado por la pelirroja, pero luego la había ignorado por completo. Recién ahora, reparaba en ella. La miraba fijamente. Había algo que me resultaba tremendamente familiar. No podía decirlo con certeza, pero hubiera jurado que la conocía de otro lado.
-Disculpen Dres. - dijo con brusquedad el oficial que se encontraba detrás mío- Se ha cumplido el plazo estipulado por el juez. Por favor, no lo hagan más difícil para nosotros. El imputado debe acompañarnos ahora.

Me ayudaron a incorporarme, al tiempo que mi abogado y su asistente juntaban las fotos, y una serie de papeles que habían dispersado sobre la mesa.
-Quedate tranquilo-me dijo palmeándome la espalda- Vas a ver que esta es la mejor estrategia. Va a salir todo según lo planeado. Confía en mi.
Pidiéndole permiso un pie al otro, intenté caminar, con la poca dignidad que me quedaba, hacia la salida. Me sentía abatido. Como si me hubieran tirado con un tractor encima. Casi al llegar a la doble puerta, volví la cabeza para mirar por última vez a quienes tenían mi libertad en sus manos. Quería refrendar mi confianza en ellos. Sentir que podía confiar, realmente, en esas dos personas.
Giré la cabeza y los miré por última vez. Entonces todo se aclaró. Paralizado por el miedo, observé como la asistente, se metía el dedo meñique en la nariz y seguidamente se lo llevaba a la boca.
No quise seguir mirando. No tuve necesidad. Me dejé llevar sin oponer la mínima resistencia. En ese mismo momento, lo comprendí todo. Como había sido víctima de una trampa fabulosa. De un plan urdido milímetro por milímetro. No tuve que atar demasiados cabos, ni resolver ecuaciones incomprensibles para saber que iba a estar adentro por mucho tiempo.
Sin embargo, no me lamento por nada de lo sucedido. Después de todo, esa fue mi intención aquella mañana: Desafiar al destino ¿verdad?. Todavía pienso que si no hubiera cambiado de ruta para ir al trabajo, nada hubiera sucedido. Pero todo es relativo. Al fin y al cabo, nunca podré aseverar con certeza, que esto que pasó, no fue más que el desquite del destino por haber querido jugar con él.

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