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martes, 25 de agosto de 2009

LA CALAVERA QUE GRITABA


LA CALAVERA QUE GRITABA
por F.M. Crawford

La he oído gritar a menudo. No, no estoy nervioso, no; no me dejo llevar por la imaginación,
y sigo sin creer en fantasmas, a menos que esto sea uno. Sea lo que sea, me odia casi
tanto como odiaba a Luke Pratt, y sus gritos me están destinados.
Yo, en lugar de usted, no explicaría nunca una historia referente a los métodos de
asesinato más ingeniosos; nunca se puede saber si alguien, sentado en su misma mesa,
no siente cierto cansancio de su cónyugue. Me he reprochado a menudo, enérgicamente,
la muerte de la señora Pratt, y supongo que tengo alguna responsabilidad en su defunción,
si bien, el cielo es testigo, nunca le desee nada que no fuera una larga y feliz existencia. Si
yo no hubiera explicado aquella historia, quizás la señora Pratt continuaría con vida. Me
parece que es por esto que esa cosa me grita sus amenazas.
La señora Pratt era una buena mujer; tenía, bien mirado, un temperamento agradable y una
bella voz. Pero recuerdo haberla oído chillar, un día, al imaginarse que su hijo había
fallecido a causa de un disparo; el revolver se había disparado solo, cuando nadie lo creía
cargado. Aquel chillido era el mismo, exactamente el mismo, con una especie de trino
agudo al final; ¿entiende lo que quiero decir? Claro que sí.
En verdad, yo no había comprendido que el doctor y su mujer no congeniaban. Discutían
de tanto en tanto, delante mío, y había observado a menudo que la delicada señora Pratt
se enrojecía y se mordía los labios con violencia para conservar la calma, mientras Luke
palidecía y la atacaba con palabras arrogantes. Acostumbraba a portarse así cuando iba a
párvulos, y también más adelante en las diversas escuelas. Era primo mío, ¿sabe? Por eso
he venido. Después de su muerte y de la de su hijo Charlie, en Africa del Sur, la familia
entera quedó extinguida. Sí, el lugar es muy agradable, de lo más conveniente para un
viejo marino que ha decidido, como yo, pasar el resto de sus días practicando la jardinería.
Se recuerdan siempre los errores con mayor intensidad que las acciones inteligentes, ¿no
es cierto? Lo he observado a menudo. Cenaba con los Pratt, cierto atardecer, cuando les
expliqué aquella historia destinada a generar tan grandes cambios. Era una de aquellas
húmedas noches de noviembre, y la mar gemía. ¡Silencio! Si calla podría oírla...
¿Oye la marea? Su sonido es lúgubre, ¿no? A veces, en esta época del año... ¿eh?
¡Escuche! ¡No tenga miedo, amigo! No será comido. Al fin y al cabo, sólo es un ruido. Pero
estoy contento que lo haya escuchado, porque siempre hay quien habla del viento, de mi
imaginación, o de cualquier otra cosa. Esta noche ya no volverá a escucharlo, me parece;
habitualmente, grita una sola vez. Sí, ¡muy bien! Ponga más leña en chimenea y añada un
poco de tabaco a esa mezcla que le gusta. ¿Recuerda el viejo Blauklot, el carpintero de
aquel bajel alemán que nos recogió cuando el Clontarf naufragó? Nos batíamos en medio
de la tempestad aquella noche, tan cómodos como en un salón, claro, y no había tierra en
un radio de quinientas millas. Y, después, llegó aquel navío, que se alzaba y caía con la
regularidad del tic-tac de un péndulo. El viejo Blauklot cantaba mientras entraba de guardia
en el velero. He pensado a menudo en aquel suceso ahora que me he quedado en tierra
para siempre.
Sí, era una noche como aquella; estaba pasando una temporada en casa, a la espera de
tomar el mando del Olympia, en la que sería su primera travesía. Transcurría el año 1892,
a principios de noviembre.
El tiempo era detestable. Pratt estaba con un humor de perros, y la cena, que era infame,
verdaderamente infame, y además estaba fría, para acabar de redondearlo, no contribuía a
mejorar el ambiente. La pobre señora estaba realmente desolada por todo aquello, e
insistió en prepararnos un pastel de queso que redimiera los nabos demasiado crudos y el
cordero poco hecho. Pratt, seguramente, había tenido un mal día. Quizás se le había
muerto algún paciente. Fuera como fuese, su comportamiento era bastante antipático.
-Mi mujer intenta envenenarme, ¿sabe? -dijo-. Un día u otro lo conseguirá.
Noté que esta observación había ofendido a la señora Pratt, e hice ver que reía diciendo
que la señora era demasiado inteligente para deshacerse del marido con un procedimiento
tan elemental; y entonces me puse a hablar de los métodos japoneses: vidrio picado, pelos
desmenuzados de caballo, y yo que sé más.
Pratt, siendo su profesión la medicina, conocía el tema, seguramente, mucho mejor que yo,
pero aquella superioridad suya me provocó. Les expliqué entonces una historia, la de una
irlandesa que había sido capaz de asesinar tres maridos antes que sospecharan nada de
ella.
¿Ya ha oído hablar de esta historia? El cuarto marido se las compuso para permanecer
despierto y cogerla por sospresa. Fue colgada. ¿Cómo se las ingeniaba aquella mujer?
Hacía tragar un somnífero al marido de turno y, cuando éste dormía profundamente, le
derramaba plomo fundido en las orejas con la ayuda de un pequeño embudo de cuerno...
No, esto es solo el viento que silba. Nuevamente sopla viento del sur. Lo sé por la calidad
del sonido. Y, además, el otro sonido nunca se produce más de una sola vez en el
transcurso una misma noche, incluso en esta época del año... ¡si llega a producirse! Era
también noviembre. La pobre señora Pratt murió, súbitamente, en su cama, poco después
de aquella velada. No puedo precisar la fecha, porque la noticia me llegó, en Nueva York,
en el navío que siguió al Olympia tras su primer viaje conmigo como capitán. Así, ¿usted
mandaba el Leofric aquel mismo año? Sí, lo recuerdo. ¡Qué par de tipos, usted y yo! Ya
casi se cumplen cincuenta años desde que éramos grumetes a bordo del Clontarf. ¿Será
posible olvidar algún día al viejo Blauklot y su canción? ¡Ja!, ¡ja! ¡Pero sírvase, haga el
favor! Éste es el viejo Hulstkamp que hallé en la bodega cuando tomé posesión de la
casa..., el mismo que traje de Amsterdam para Luke veinticinco años atrás. Nunca llegó a
beber una sola gota. Quizás ahora le sepa mal, ¡pobre chico!
¿Por dónde iba? Ah, sí: le explicaba que la señora Pratt murió súbitamente. Luke debió
sentirse muy solo, aquí, tras aquella pérdida. Yo lo visitaba de tanto en tanto. Daba la
impresión de estar preocupado, nervioso; me explicaba que su clientela era demasiado
numerosa para atenderla él solo, pero se negaba a contratar un ayudante. Pasaron los
años. Su hijo encontró la muerte en Africa del Sur, y entonces Luke se convirtió en una
persona extraña. No sé qué había en él que lo hacía distinto a los demás. Me parece que
continuó en sus cabales hasta su muerte; no hubo quejas contra él por su labor, pero
corrieron rumores...
De joven Luke era rubicundo, más bien pálido, y tras la muerte de su hijo comenzó a
adelgazar, a adelgazarse cada vez más, hasta el punto que su cabeza asemejó una
calavera cubierta de pergamino; los ojos le ardían con un brillo tan extraño que
incomodaban a quien los observara.
Luke poseía un perro viejo, que la señora Pratt había querido mucho y que la seguía a
todas partes. Aquel magnífico bull-dog era la bestia con mejor carácter del mundo, aunque
encogía el labio superior de una forma muy poco tranquilizadora. A veces, durante la
velada, Pratt y Bumble (así llamaban al perro) se sentaban y se miraban horas y horas,
recordando, sin duda, los buenos viejos tiempos, los tiempos, supongo, cuando la mujer de
Luke se instalaba en esta silla de brazos que usted ocupa. Éste fue siempre su lugar,
mientras que el doctor se sentaba en la silla de brazos donde estoy yo ahora, Bumble se
encaramaba ayudándose con las patas de la silla; se había vuelto viejo y gordo, no podía
saltar gran cosa, y los dientes le bailaban cada vez más. Miraba a Luke, directamente a los
ojos, mientras éste miraba al perro... Y el rostro de Luke parecía cada vez más un cráneo
en cuyo centro brillaran dos brasas con destellos rojizos; a los cinco minutos, a veces
menos, el viejo Bumble comenzaba a temblar de un extremo a otro, y, de pronto, dejaba ir
un aullido espantoso, como si acabaran de golpearlo, se dejaba caer de la silla y corría a
esconderse bajo el bufete, y, allí, gemía de una manera extraña.
El comportamiento del perro no tiene nada de particular para quien recuerde la mirada de
Pratt en los últimos meses. No soy nervioso, ni poseo demasiada imaginación, pero creo
que podría haber puesto histérica a una mujer demasiado sensible... ¡se parecía tanto a
una calavera envuelta de pergamino!
Lo visité el día de Navidad, al atardecer, mientras mi barco se encontraba en dique seco, lo
que me dejaba tres semanas de vacaciones. Bumble no estaba, y, durante la conversación,
comenté que quizás hubiera muerto.
- Sí -contestó Pratt.
Encontré algo extraño en su voz, no sé qué; lo observé incluso antes que prosiguiera.
- Lo maté; ya no lo soportaba.
Le pregunté por los detalles, aunque ya, más o menos, había entendido.
-¡Tenia una manera de sentarse en la silla y de mirarme, antes de aullar...! -dijo,
tembloroso-. No sufrió más, el pobre Bumble -prosiguió, inmediatamente, como si yo
pudiera sospechar que había dado pruebas de crueldad-. Le drogué la bebida, para dejarlo
profundamente dormido, y después lo cloroformicé poco a poco para que no se sintiera
morir. Desde entonces, todo va mejor.
Me pregunté qué había querido decir, ya que las palabras se le habían escapado de los
labios como si no hubiera podido contenerlas. Más tarde comprendí. Quería decir que ya
no escuchaba el grito con tanta frecuencia, tras la muerte del perro. Quizás creyó, de
principio, que se trataba del viejo Bumble, que aullaba a la luna, en el patio..., pero no es el
mismo tipo de grito, ¿verdad? Por otra parte, sé lo que es, aunque Luke quizás no lo
supiera. Es solo un ruido, al fin y al cabo, y nunca un ruido ha matado a nadie. Pero Luke
era más imaginativo que yo. Estoy convencido que este lugar oculta algo que no puedo
comprender, pero, cuando no comprendo algo, me digo que se trata de un «fenómeno» y
no comienzo a imaginar que me matará, como pensó Luke. No lo entiendo todo, realmente,
y usted tampoco; no más que cualquier otro hombre que haya pasado largo tiempo en la
mar. Se hablaba de las trombas, pongamos por caso, y no nos poníamos de acuerdo sobre
su naturaleza; ahora se habla de «terremotos submarinos» y se exponen cincuenta teorías,
que podrían explicar los terremotos si supiéramos qué son. Sufrí uno, un día, y el escritorio
pegó contra la mampara de mi cabina. Esto mismo pasó al capitán Lecky; supongo que
usted debe haber leído esta historia en su libro Reflexiones. Muy bien. Si este tipo de
fenómenos se produjeran en tierra, en esta habitación, por ejemplo, un tipo nervioso
hablaría de espíritus, de levitación y de otras tonterías que nada quieren decir, en lugar de
clasificar este misterio, sencillamente, dentro la categoría de los «fenómenos» aún
pendientes de explicación. Esta es mi opinión, ¿me sigue?
Por otro lado, ¿qué cosa puede demostrar que Luke mató a su mujer? No me atrevería
nunca a sugerir una monstruosidad tal a nadie que no fuera usted. Solo una cosa inquieta:
la coincidencia de que la pobre señora Pratt muriera en la cama al poco tiempo de la cena
donde expliqué aquella historia. No es la única mujer que ha muerto de esta manera. Luke
fue a buscar al médico de la parroquia vecina; los dos concluyeron que había muerto a
consecuencia de un paro cardíaco. ¿Por qué no? Es un mal muy frecuente.
Había aquello de la cuchara, claro. No he hablado nunca de ello a nadie, y confieso que me
sobresalté cuando la hallé en el armario del dormitorio. Era una cuchara nueva, un tanto
estropeada aunque no había sido puesta entre las llamas más de un par de veces. Tenía
aún, en su fondo, restos de plomo derretido. Era una cuchara gris, manchada de
impurezas. Pero esto no demuestra nada. Un médico rural suele ser un individuo avispado
que realiza toda suerte de trabajos manuales, y Luke podía haber tenido veinte motivos
diferentes para fundir un poco de plomo en una cuchara. Le gustaba pescar en la mar, por
ejemplo, y tal vez necesitó un pedazo de plomo para fabricarse una caña; o quizás
necesitara un peso para el reloj del salón, o cualquier otra cosa por el estilo. De todas
formas, al descubrir la cuchara, sentí en mi interior algo extraño, porque me acordaba de
aquello que había descrito al explicar mi historia de asesinatos. ¿Me entiende? La cuchara
me impresionó, y de manera negativa. La tiré. Ahora se encuentra en el fondo de la mar, a
una milla del Spit y, si algún día la marea la sacara, estaría tan oxidada que nadie la podría
reconocer.
Mire, Luke debió haberla comprado en el pueblo, años ha..., y aún hoy, el comerciante que
se la vendió no vende de otra clase. Supongo que las utilizan para cocinar. De cualquier
manera, no era conveniente que una camarera demasiado fisgona descubriera aquel
utensilio manchado de plomo: se habría preguntado de qué iba la cosa, y quizás lo habría
contado, en la hora del servicio, que me oyó explicar la historia durante la cena; aquella
chica se casó con el hijo del fontanero del pueblo, y podría recordar no pocos detalles.
Usted me entiende, ¿verdad? Ahora que Luke Pratt está muerto y enterrado junto a su
esposa, en una tumba de hombre honesto, no me gustaría nada que ciertos
acontecimientos ensuciaran su memoria. Los dos están muertos, y también lo está su hijo.
Por otro lado, la muerte de Luke está rodeada de un misterio considerable.
¿Qué misterio? Una mañana lo hallaron muerto en la playa. El juez de instrucción abrió una
encuesta. El veredicto estableció que había muerto «a manos o entre los dientes de alguna
persona o animal desconocidos». La mitad del jurado consideró que, con probabilidad,
algún perro le había mordido la arteria traqueal tras lanzarse sobre él; pero no había
orificios en la piel del cuello. Nadie sabía a que hora había salido Luke, ni dónde había ido.
Lo encontraron tendido de espaldas, sobre las señales de la marea alta; bajo su mano
había, abierta por completo, una vieja caja de sombreros, hecha de cartón, que había sido
propiedad de su mujer. La tapa había caído. Parecía como si Luke hubiera intentado
transportar, en su interior, una calavera... Los médicos suelen aficionarse a coleccionar
este tipo de objetos. La calavera había rodado por la arena, y se había detenido junto la
cabeza de Luke. Era una calavera bastante bonita, más bien pequeña, admirablemente
proporcionada y de un perfecto blanco..., tan perfecto como la dentadura. Más
exactamente, la hilera superior era perfecta, ya que, cuando la vi por primera vez, le faltaba
la mandíbula inferior.
Sí, encontré aquí aquella calavera, cuando regresé. Era blanca y pulida, como lo son las
calaveras que se conservan bajo cristal. La gente, aquí, no sabía de donde procedía, ni qué
debían hacer con ella; de nuevo la habían metido dentro de la caja de cartón, y la habían
guardado en el armario del mejor dormitorio. Naturalmente, me la enseñaron cuando tomé
posesión de la casa. También me llevaron a la playa, para mostrarme el lugar exacto donde
habían encontrado el cadáver de Luke; un viejo pescador me describió la posición del
cuerpo, como yacía tendido junto a la calavera. Solo un detalle no conseguía explicarse:
¿por qué el cráneo había rodado sobre un terreno fangoso hasta la cabeza de Luke, y no,
siguiendo la pendiente, hacia sus pies? En aquel instante el detalle no me llamó en
absoluto la atención, pero luego he pensado con frecuencia, porque aquel lugar es
considerablente escarpado. Mañana ya le acompañaré, si usted quiere..., allí mismo he
alzado un túmulo de piedras.
Cuando Luke cayó, o cuando lo hicieron caer, la caja golpeó contra la arena y su tapa saltó.
Su contenido cayó, y debería haber rodado hacia abajo. Pero no. Se encontraba cerca de
la cabeza de Luke, casi tocándolo, y parecía mirarlo de frente. Ya he dicho que aquel
detalle no me preocupó al principio, pero después no he podido dejar de pensar en ello,
cada vez con mayor frecuencia, hasta el punto de imaginarme la escena con tan sólo cerrar
los ojos. Comencé a preguntarme por qué aquel maldito objeto había rodado hacia arriba y
no al contrario, y por qué se había detenido cerca de la cabeza de Luke y no en cualquier
otro lugar, un paso más allá, pongamos por caso.
Naturalmente, usted querrá conocer a qué conclusión he llegado, ¿no es así? Mis
conclusiones no explican para nada el fenómeno, no lo explican más que cualquiera de las
muchas ideas que he tenido. Pero, al poco, me rondó por la cabeza otra cosa que me
inquietó sobremanera.
Oh, ¡no hago intervenir elementos sobrenaturales! Quizás los fantasmas existan, o quizás
no. Si existieran, no creo que pudiesen provocar daño alguno a los vivos, como no sea
asustándolos; por lo que a mí respecta, preferiría habérmelas con un fantasma, de la
manera que fuese, antes que con una niebla en el canal de la Mancha en un día de
abundante navegación. No. Aquello que me preocupó fue una idea estúpida, nada más; no
sabría decirle cómo nació, ni cómo creció hasta convertirse en una certeza.
Pensaba en Luke y en su pobre mujer, una noche, fumando una pipa, y con un grueso libro
entre las manos, cuando me dije que aquella calavera podía ser la de la señora Pratt, y
desde entonces nunca he podido quitarme esa idea de la mente. Usted, claro, me dirá que
esto no tiene ni pies ni cabeza, que la señora Pratt fue enterrada como buena cristiana, y
que descansa en el cementerio de la parroquia; incluso me dirá que es monstruoso
suponer que su marido quisiese conservar aquella calavera dentro de una caja de
sombrero, justo en medio del dormitorio. Ya lo sé; esto lo dictan la razón, el sentido común
y las más elementales probabilidades. Pero estoy convencido de que Luke hizo aquella
locura. Los médicos cometen, a veces, extraños actos que pondrían la piel de gallina a
personas como usted o como yo, y que no nos parecen ni probables, ni lógicos, ni tan solo
humanos.
Y, luego..., ¿no lo entiende? Si aquella calavera era la de la señora Pratt, pobre mujer, la
única manera de explicar la actitud de Luke está muy clara: verdaderamente asesinó a su
esposa, de la misma manera que aquella mujer de la historia que yo les había explicado, y
temía que algún análisis acabara acusándolo. Yo también había explicado este último
detalle, ¿sabe usted?, y me parece que todo sucedió de la misma manera que hace
cincuenta o sesenta años. Los investigadores exhumaron las calaveras y encontraron un
pequeño pedazo de plomo que rebotava en el interior de cada una. Fue por esto que
colgaron a aquella mujer. Luke lo recordó, estoy seguro de ello. No quiero saber qué
pretendía hacer cuando tuvo aquellos pensamientos; mis inclinaciones no me llevan hacia
las historias horripilantes, y no creo que a usted le gusten en especial, ¿no es así? No. Si le
gustan, no le costará imaginar lo que falta a mi relato.
Aquello debió ser siniestro, ¿no cree? Me gustaría dejar de ver aquella escena de manera
tan clara, dejar de imaginar con tanta precisión lo que sucedió. Pratt ccgió la calavera la
noche anterior al entierro, estoy seguro, tras cerrarse el fénetro, cuando la criada se
durmió. Apostaría que, tras separar la cabeza del cuerpo, algo puso en el fénetro para
substituirla. ¿Qué cree usted que puso bajo la ropa que cubría al cadáver?
¡No me sorprende en absoluto que me interrumpa! Primero le confieso que no deseo saber
lo que sucedió, y que odio pensar en historias horripilantes, y comienzo, inmediatamente
después, a describirle aquella escena como si yo la hubiese presenciado. Incluso estoy
seguro de que Pratt remplazó la cabeza con la bolsa de costura de su esposa. Recuerdo
muy bien aquella bolsa que la señora Pratt usaba cada atardecer; era de felpa marrón y
cuando estaba bien llena podía llegar al tamaño de..., ¿verdad que me entiende? Pues
bien, sí, ¡así sigo! Ríase si quiere, pero usted no vive aquí solo, en el lugar donde todo
sucedió, y usted tampocó explicó a Luke aquella historia del plomo fundido. No soy
nervioso, lo repito, pero en ocasiones comienzo a entender por qué lo son algunas
personas. Pienso en todo esto cuando estoy solo; por la noche sueño con ello y, cuando
esa cosa chilla, le seré franco, su grito no me gusta más que a usted, aunque debería estar
acostumbrado tras tanto tiempo...
No debería estar nervioso. Navegué en un barco maldito, que tenía un activísimo fantasma,
¡se lo juro! Dos tercios de la tripulación murieron por causa de una fibre maligna antes de
haber transcurrido diez días de levar anclas; yo siempre he tenido suerte. No habré visto
pocas cosas espantosas; tantas como usted, sin duda, y tantas como cualquier otro
marinero. Pero nunca nada me ha obsesionado tanto como esta historia.
¿Sabe?, he intentado librarme de ello, librarme de ese objeto. Pero no se deja. Quiere estar
aquí, en su lugar, dentro de la sombrerera de la señora Pratt, en el armario del mejor
dormitorio. No está contento en ningún otro lugar. ¿Cómo lo sé? Porque lo he intentado.
¿No pensará usted que nunca lo he intentado? Mientras permanece aquí se conforma con
gritar de tanto en tanto, por lo general durante esta época del año, pero si la sacara fuera
de la casa, chillaría toda la noche... Ningún criado permanecería aquí más de veinticuatro
horas. Incluso con las actuales condiciones, con frecuencia he tenido que depender de mí
mismo y arreglármelas solo durante un par o más de semanas. Ya no queda nadie en el
pueblo dispuesto a pasar una noche entera bajo este techo; además, resulta impensable
vender la propiedad, incluso alquilarla. Las viejas murmuran que, si me quedo aquí,
conoceré espantosas desgracias antes no transcurra demasiado tiempo.
Esto no me da miedo. Usted sonríe con la idea misma de que alguien sea capaz de
conceder algún credito a estas habladurías. De acuerdo. Tiene razón. Es una estupidez
evidente. ¿No le he dicho que tan sólo era un sonido? Pero parece nervioso; mira a su
alrededor, como si esperara encontrar un fantasma detrás de su silla.
Quizás me equivoco por completo respecto a la calavera... y me gustaría creer que quizás
estoy equivocado... cuando me lo puedo creer. Quizás sea sólo un bello espécimen que
Luke recogiera quién sabe dónde, hace mucho tiempo... Y, respecto al objeto que rebota
dentro de la calavera al menearla, quizás sólo se trate de una piedrecilla, o un pedazo de
tierra endurecida, o alguna otra cosa por el estilo. Las calaveras que han permanecido
enterradas por largo tiempo suelen contener algo que hace ruido, ¿no es así? No, nunca he
intentado sacar el objeto del interior de la calavera, sea lo que sea. Temo descubrir un
trozo de plomo, ¿me comprende? Y, de ser éste el caso, no quisiera conocer la historia...
porque deseo no poseer la certidumbre. Si en verdad se tratara de plomo, yo habría
asesinado a aquella mujer, como si yo mismo hubiera cometido el acto. Todo el mundo lo
entendería así, me parece. Mientras no me halle ante la certidumbre, puedo decirme para
mi consuelo que la señora Pratt murió de muerte natural, y que esa magnífica calavera
pertenecía a Luke desde sus tiempos de estudiante en Londres. La certeza, creo, me
obligaría a abandonar la casa y, cuanto más pienso en ello, más veces me digo que
debería abandonarla. Al menos, he abandonado la idea de dormir en el mejor de los
dormitorios, aquel donde se encuentra el armario.
Usted me pregunta por qué no he tirado la calavera al estanque; se lo contestaré, pero,
hágame el favor, deje de llamarla «espantajo»..., no le gusta nada que le pongan nombres.
¡Escuche! ¡Dios mío, qué chillido! ¡Ya se lo había dicho! Querido amigo, le veo muy pálido.
Llénese la pipa, acérquese al fuego, y tome algo más de alcohol. Las bebidas holandesas
nunca han hecho daño a nadie. En Java vi como un alemán se bebía medio barril de
Hulstkamp, en una sola mañana y sin parpadear. Yo no bebo demasiado, porque con mis
resfriados la bebida no me sienta demasiado bien, pero usted no está resfriado y el licor no
le causará daño alguno. Además, de noche, allí fuera, está demasiado húmedo. Vuelve a
soplar el viento, y pronto girará a sudoeste; ¿oye el golpeteo de las ventanas? La marea
debe haber cambiado, si juzgamos por el gemido de la mar.
No habríamos vuelto a oír nada si usted no hubiera dicho aquello. Estoy seguro. Si usted
quiere explicar el fenómeno mediante una coincidencia, yo estaré, naturalmente, muy
contento, pero desearía que, si no le importa, dejara de poner motes a esa cosa. Quizás la
pobre señora Pratt lo oye y los epítetos la entristecen, ¿no cree? ¿Fantasmas? ¡No! No
podemos llamar fantasma a un objeto que se puede coger entre las manos y mirar a plena
luz del día, y que suena cuando es meneado, ¿no es así? Pero es algo capaz de oír y de
comprender. No le quepa la menor duda.
Al instalarme aquí intenté dormir en el mejor dormitorio, porque, sencillamente, aquella
habitación era la más cómoda. Pero me vi obligado a abandonar mi idea. Era el dormitorio
de los Pratt, allí estaba el lecho donde ella murió, y también, cerca de la cabecera de la
cama, a la izquierda, el armario empotrado. Es allí donde la calavera quiere ser guardada,
dentro de su caja de sombreros. Solo dormí en aquella habitación durante los primeros
quince días tras mi llegada, tuve que dejarla y ocupar el pequeño dormitorio de la planta
baja, junto al gabinete de consulta, donde Luke solía pasar la noche cuando preveía que
algún paciente lo enviaría a buscar a altas horas de la noche.
En tierra siempre he dormido bien. Ocho horas son mi dosis, desde las once de la noche
hasta las siete de la mañana cuando estoy solo, y desde media noche hasta las ocho
cuando tengo visita. Pero en aquella habitación no pude conciliar el sueño hasta las tres de
la madrugada..., desde las tres y cuarto para ser preciso..., como pude comprobar con mi
viejo cronómetro de bolsillo, que aún funcionaba con exactitud; me despertaba a las tres y
diecisiete minutos, exactamente. Me pregunto si no será la hora en que ella murió.
En aquel tiempo, el grito aún no era lo que usted ha oído. Con un chillido así no habría
permanecido dos noches seguidas en la habitación. Tan sólo era un comienzo de grito,
como un gemido, como una respiración acelerada durante algunos segundos, en el
armario; era un ruido sordo que, en circunstancias normales, no me habría despertado,
estoy seguro. Supongo que en esto usted se me parece, y que, por otra parte, esta
peculiaridad es compartida por todos aquellos que hemos navegado por la mar: no existe
sonido natural que nos moleste, ni siquiera el estruendo de un velero encarado a una
tormenta cuando se escora para luchar mejor contra el viento. Pero si un vulgar lápiz, en un
cajon de nuestra cabina, comenzara a rebotar contra la madera, nos despertaríamos al
instante, ¿no está de acuerdo?... Usted siempre me entiende. Pues bien, dentro del
armario el ruido no era más fuerte que el de un lápiz a la deriva en un cajón..., pero me
quitaba el sueño de inmediato.
Ya he dicho que se trataba de una especie de «inicio» de grito. Sé lo que quiero decir, pero
es difícil explicárselo sin que crea que desvarío. Naturalmente, usted nunca podrá
«escuchar» a nadie «comenzar» a gritar; como mucho escuchará un aliento acelerado
entre los labios abiertos, entre los dientes prietos, escuchará un sonido casi inaudible que
sale de manera tan súbita como discreta. Pues era así.
Usted ya sabe que, en alta mar, cuando uno está en la barra del timón puede saber cómo
reaccionará el bajel con dos o tres segundos de antelación. Los jinetes afirman lo mismo de
sus monturas, pero su caso me parece menos extraño porque los caballos son seres vivos
y poseen sentimientos, mientras que sólo los poetas y la gente de tierra se atreven a hablar
de los barcos como de seres vivos. Pero yo siempre he notado, de una manera o de otra,
que un barco, al margen de su valor como máquina que transporta determinadas cargas,
es un instrumento sensible y un medio de comunicación entre la naturaleza y el hombre, y
entre, más particularmente, la naturaleza y el hombre que se halla en la barra del timón, si
la nave es gobernada manualmente. El navío obtiene sus impresiones directamente del
viento y la mar, de la marea y las corrientes, y las transmite a la mano del piloto, de la
misma manera como, en lo alto del mástil, el telégrafo sin hilos recoge las ondas y las
transmite hacia abajo en forma de mensaje.
Puede ver donde quiero ir a parar; percibí que dentro del armario «comenzaba» algo, y con
tanta viveza lo percibí que logré escucharlo, aunque quizás no hubiera nada a escuchar y
sólo había sido despertado por un ruido nacido de mi mente. Pero el otro sonido sí logré
oírlo. Se podría decir que aquel ruido estaba envuelto por una caja, y que sonaba lejano
como si llegara en forma de una comunicación telefónica a larga distancia. Sabía que nacía
en el armario, cerca de la cabecera de la cama. Los pelos no se me pusieron de punta, ni
se me heló la sangre. Sencillamente, me sentía aturdido al ser despertado por algo que no
poseía necesidad alguna de sonar, de la misma manera que, a bordo de un navío, un lápiz
no tiene necesidad de rebotar en el cajón de la cabina. Por otro lado, no entendía nada.
Supuse que el armario comunicaba con el exterior y que el viento, sólo el viento, gemía por
la abertura, y había emitido aquella especie de débil chillido. Encendí una cerilla para mirar
el reloj. Eran las tres y diecisiete minutos. Después me giré para poder dormirme sobre la
oreja derecha. Es la que me funciona. Casi no oigo nada por la otra, desde el día en que,
de pequeño, me choqué contra el agua al lanzarme desde lo alto del palo de mesana. El
proceso quizás es discutible, lo acepto, pero el resultado es bastante cómodo cuando
quiero dormir rodeado de ruidos inoportunos.
Así transcurrió la primera noche; en la siguiente el fenómeno volvió a repetirse, y también
las otras noches, no cada noche, pero sí en el mismo instante, segundo más segundo
menos. Algunas noches dormía sobre mi oreja sana, otras no. Examiné con detalle el
armario sin encontrar fisura alguna por donde el viento pudiera filtrarse: el viento o
cualquier otra cosa, ya que las puertas cerraban con precisión, con toda probabilidad para
no dejar entrar polillas. Con toda seguridad, la señora Pratt guardaba su ropa de invierno
en aquel armario, porque siempre olía a naftalina y alcanfor.
A las dos semanas, ya tuve suficiente de aquellos sonidos; y eso que me había dicho que
sería una estupidez dejarme impresionar por tales fenómenos y que sacaría la calavera de
la habitación. ¿Verdad que todo parece distinto a la luz del día? Pero aquella voz iba
cogiendo fuerza..., supongo que puede hablarse de una voz..., e incluso una noche
consiguió llegar a mí por el oído sordo. Lo entendí cuando estuve despierto del todo,
porque mi oreja sana, en aquel momento, se hundía en la almohada, y en aquella posición
no debería haber sido capaz de oír ni siquiera una sirena. Pero sí escuché aquel grito, y me
hizo perder la sangre fría..., o quizás me asustó, porque estos dos estados del alma se
presentan juntos a menudo. Encendí la luz, me levanté, abrí el armario, cogí la sombrerera
y, con todas mis fuerzas, la lancé por la ventana.
Entonces se me erizaron los pelos. La cosa chilló al volar, como una bala de cañón del
calibre noventa. Cayó al otro lado del camino. La noche era muy oscura y pude verla caer,
pero sabía que había aterrizado mucho más allá del camino. La ventana se abre justo
sobre la puerta de entrada, a quince pasos de la estacada, y el camino tiene una anchura
de diez pasos. Un poco más allá hay una gruesa valla vegetal que bordea las tierras
pertenecientes al presbiterio.
Ya no pude dormir más aquella noche. Quizás a la media hora de haber lanzado la
sombrerera, casi seguro no más tarde, escuché un grito, allí fuera, un grito parecido a los
que hemos oído esta noche, pero peor, más desesperado diría. Puede que mi imaginación
me la jugara, pero habría jurado que los chillidos se acercaban, se acercaban cada vez
más. Me fumé una pipa paseando un buen rato de un lado a otro, luego cogí un libro y
comencé a leerlo; pero que me cuelguen si recuerdo lo que leí, ni siquiera el título del libro,
porque sonaba, a intervalos regulares, un grito que habría removido un cadáver en su
ataud.
Poco antes del alba, alguien llamó a la puerta principal. No había ningún tipo de confusión.
Abrí la ventana y miré abajo; esperaba encontrar algún cliente que buscara al doctor,
porque la gente, sin duda, creía que el nuevo médico debía vivir en la casa de Luke. Me
sentí casi aliviado al escuchar un sonido humano, tras aquellos odiosos chillidos.
Resulta imposible ver la puerta desde arriba, porque la cubre un pequeño porche. Volvieron
a llamar, y pregunté quien había. Nadie contestó, aunque el sonido volvió a repetirse. Grité
de nuevo, aclarando que el doctor ya no vivía allí. No hubo respuesta, pero me dije que tal
vez se tratara de algún viejo campesino que era sordo. Así que cogí la vela y bajé a abrir la
puerta. Ya no pensaba en aquella cosa, palabra, y casi había olvidado los otros sonidos.
Bajé con la seguridad de encontrar allí fuera, delante de la puerta, alguien que trajera un
mensaje. Puse la vela sobre la mesa del recibidor, de manera que el viento no pudiera
apagarla al abrir la puerta. Mientras manejaba la cerradura, volvieron a llamar. El sonido no
era ya imperioso; parecía, al contrario, vacío y extraño ahora que ya no lo tenía tan lejos.
Recuerdo muy bien aquellas sensaciones, pero quiero convencerme de que aquellos
sonidos procedían de algún cliente impaciente por entrar.
¡Pues bien, no! Allí fuera no había nadie; pero al abrir la puerta, manteniéndome a un lado
para mejor ver al visitante, algo rodó por el suelo y se detuvo tocando mi pie.
Al sentir aquello, volví a cerrar la puerta; sabía lo que era incluso antes de mirarlo. No
puedo decirle cómo lo sabía, y aquella seguridad podía parecer irracional, ya que estaba
seguro, lo recordaba, de haber lanzado el objeto al otro lado del camino. El dormitorio tiene
una ventana con dos postigos que se abren de par en par, y había cogido un buen empuje,
bien calculado, cuando lo lancé. Además, al salir, al día siguiente encontré la caja al otro
lado de la valla vegetal.
Me dirá usted que quizás la caja se abrió cuando la lancé y que tal vez cayó la calavera. Es
imposible, porque nadie puede lanzar una caja vacía a tanta distancia. Esto es indiscutible.
Es como intentar lanzar una bolita de papel, o una cáscara de huevo a veinticinco pasos.
Cerré de nuevo la puerta, afiancé la del recibidor, recogí el objeto con mucho cuidado y lo
coloqué sobre la mesa, al lado de la vela. Realicé todo esto de forma mecánica, de la
misma manera que una persona en peligro logra, sin percatarse de ello, ejecutar los gestos
que la conducen a su salvación..., a menos que haga aquello que no conviene hacer.
Puede parecer extraño, pero creo que mi primer pensamiento fue si alguien podía llegar en
aquel instante, y encontrarme allí, en la entrada, mientras aquella cosa me tocaba el pie, un
tanto ladeada, fijándome con uno de sus ojos cavernosos, como si me acusara. Y la luz
mezclada con sombras que la vela introducía en sus órbitas las hacía parecer, a la vez,
abiertas y cerradas. Después, la vela se apagó inexplicblemente, ya que la puerta volvía a
estar cerrada y yo no notaba el más mínimo soplo del viento. Sacrifiqué, con toda
seguridad, al menos media docena de cerillas para volver de nuevo a encenderla.
Me senté con brusquedad, sin saber la razón. Había experimentado un intenso miedo, y
usted admitirá que no es vergonzoso el estar asustado. La cosa había regresado a su casa
y quería subir y volver a meterse dentro del armario. Me quedé sentado en silencio,
mirando la calavera, hasta que sentí con intensidad el frío. Después cogí el objeto, lo
trasladé al armario y lo coloqué allí dentro; recuerdo, incluso, haberle hablado,
prometiéndole devolverlo a su caja a la mañana siguiente.
¿Quiere saber si permanecí en aquella habitación hasta el alba? Sí, pero con una luz
encendida a mi lado, mientras fumaba y leía, para protegerme, sin duda, del miedo..., un
miedo cierto, innegable, que puede calificarse como cobardía, porque la cobardía nada
tiene que ver con lo que yo sentía. No podría haberme quedado allí solo con aquella cosa
en el armario..., me habría muerto de miedo, aunque no soy más pusilánime que los
demás. Pero piense, amigo mío: sin ninguna ayuda la cosa había atravesado el camino,
había subido los escalones de la entrada y había llamado a la puerta.
Al llegar el alba, me calcé las botas y salí a por la sombrerera. Me vi obligado a buscar un
buen rato por los alrededores, cerca de la carretera. Por fin, encontré la caja, abierta;
colgaba al otro lado de la estacada. El cordel que la rodeaba tenía adheridos algunas
briznas de hierba, y la tapa, que se había desprendido, yacía en el suelo. Esto demuestra
que la caja no se abrió en el momento de lanzarla, sino más tarde; y, si no se abrió en el
mismo instante de salir de mi mano, aquello que contenía debería haber caído al otro lado
del camino. ¿Se da cuenta?
Subí la caja al dormitorio, volví a meter la calavera en su interior, y la cerré. Cuando mi
joven criada me trajo el desayuno, me pidió disculpas: tenía que marcharse, y tanto le daba
si perdía un mes de su paga. La miré; su cara estaba pálida, con matices desagradables.
Fingí sorpresa al preguntar qué le iba mal; mi esfuerzo fue inútil, porque ella, sencillamnete,
se giró hacia mí y me preguntó si tenía intención de quedarme en una casa maldita y, en
caso afirmativo, por cuanto tiempo pensaba continuar viviendo, ya que, aunque ella había
observado que yo era en ocasiones duro de oído, no conseguía creer que un sordo pudiera
dormir con aquellos chillidos; y si yo podía ¿por qué me había paseado por la casa, y
abierto y vuelto a cerrar la puerta principal, entre las tres y las cuatro de la madrugada? No
había nada a contestar, pues me había oído. Me dejó librado a mi suerte. En el pueblo,
aquella mañana, encontré una mujer que aceptó venir aquí, para poner un poco de orden
en la casa y hacerme la comida, con la condición de volver a su casa cada noche.
Abandoné el dormitorio aquel mismo día, me instalé en la planta baja y, desde entonces, no
he vuelto a intentar dormir en la mejor habitación. A los pocos días, contraté los servicios
de dos hermanas de mediana edad, dos criadas escocesas procedentes de Londres; y por
algún tiempo gozaron de tranquilidad. Les expliqué que aquel lugar era muy expuesto, que
el viento soplaba con violencia durante buena parte del otoño y del invierno, y que aquellas
circunstancias habían dado una mala reputación a la casa, porque los campesinos tienden
a creerse las supersticiones y las historias de fantasmas. Las dos hermanas, de rasgos
duros y negrísimos cabellos, casi sonrieron y me contestaron, despectivamente, que no les
preocupaban los fantasmas meridionales, que habían trabajado en dos casas malditas, en
Inglaterra, y que sólo habían visto al Chico Gris, una aparición que era relativamente banal
en Forfashire.
Se quedaron aquí algunos meses y, durante todo el tiempo que vivieron en la casa,
disfrutamos de paz y silencio. Una de ellas aún vive por aquí, pero antes de final de año se
marchará con su hermana. Era la cocinera. Se casó con el sepulturero, quien trabaja en mi
jardín. Esto no tiene nada de extraño. El pueblo es pequeño, y el sepulturero no tiene
demasiado trabajo. Entiende bastante de flores, suficiente como para ayudarme de manera
adecuada, y para, sobre todo, realizar los trabajos más duros de jardinería; aunque me
gusta el ejercicio, mis articulaciones se vuelven cada vez más rígidas. Es un individuo
sobrio, silencioso, que no se mete en asuntos que no son de su incumbencia; había
enviudado cuando llegó aquí... Su nombre es Trehearn, James Trehearn. Las dos
escocesas nunca quisieron admitir que la casa estaba maldita, pero cuando volvió a soplar
el viento de noviembre vinieron a avisarme de su marcha; arguyeron que la capilla, que se
hallaba en la parroquia vecina, les hacía caminar demasiado, y que no podían oír misa en
nuestra iglesia. La más joven regresó por la primavera y, en cuanto se publicaron las
amonestaciones, se casó con James Trehearn delante del cura... Por otro lado, ya no
parece tener escrúpulos, desde entonces, para escuchar su prédica. Si ella está contenta,
¡yo también! La pareja vive en una pequeña granja que da al presbiterio.
Usted se pregunta, sin duda, qué relación tiene todo esto con la historia que le explicaba.
Me encuentro tan solo que, cuando me visita algún viejo amigo, me lanzó a hablar, a veces,
sólo por el placer de oír mi propia voz. Pero hay algo más que simple palabrería en esto
que acabo de explicar. Fue James Trehearn quien enterró a la pobre señora Pratt, y
después a su marido, que se le unió en la misma tumba no muy lejos de su granja. Ésta es
la relación, en mi mente, ¿lo entiende? Está claro. James Trehearn sabe algo. Estoy
seguro de que sabe algo, aunque es muy reticente.
Sí, por la noche vuelvo a estar solo, aquí, porque la señora Trehearn duerme en su casa;
cuando me visita algún amigo, la sobrina del sepulturero viene para ocuparse de la mesa.
Él se lleva su mujer a casa cada atardecer, durante el invierno, pero en el verano, cuando
en el campo clarea hasta tarde, vuelve sola. No es una mujer nerviosa, pero, desde hace
algún tiempo, parece estar menos segura de que los fantasmas ingleses sean indignos de
la atención de una escocesa. ¿No es divertida esta idea de que Escocia tenga el monopolio
de lo sobrenatural? Yo lo llamaría una extraña manifestación del orgullo nacional; ¿no le
parece?
Cuando la madera a la deriva prende bien, no existe mejor. Sí, encontramos bastante,
porque, lamento decirlo, hay muchos naufragios en esta zona. Vive poca gente en esta
costa; uno puede llevarse toda la madera que quiera solo tomándose la molestia de ir a
buscarla. De tanto en tanto, Trehearn y yo cogemos una carro prestado y cargamos, entre
el Spit y el pueblo. No quiero saber nada de las hogueras de carbón, mientras pueda
conseguir leña de cualquier clase. Un leño acompaña, aunque solo sea un pedazo de
tablón de cubierta o de madera aserrada... Además, la sal que lo recubre estalla en chispas
bonitas; mire como saltan..., son auténticos petardos japoneses. Palabra que un viejo
compañero, un buen fuego y una pipa son suficientes para olvidar aquella cosa, allí arriba,
sobre todo ahora que el viento se ha calmado. Pero sólo es una pausa, porque soplará una
tempestad antes de amanecer.
¿Le gustaría ver la calavera? ¿Le parece? No veo inconveniente alguno. No hay razón
alguna para que no pueda echarle una mirada, y seguro que no ha visto en su vida ninguna
tan perfecta, excepto por un detalle: le faltan los dos primeros incisivos de la mandíbula
inferior.
Es cierto; aún no le he hablado de esa mandíbula. Trehearn la encontró en el jardín, el
último verano, mientras cavaba un hoyo para plantar un aspálato. ¿Sabe?, aquí los
aspálatos se plantan en hoyos de seis a ocho pies de profundidad. Sí, sí, claro, había
olvidado explicarle esto. Trehearn cavaba el suelo con energía, como cuando abre una
tumba; si usted quiere que su aspálato quede bien plantado, le aconsejo contrate a un
sepulturero: ¡estos individuos saben como debe hacerse, esto de plantar flores y arbustos!
Trehearn había llegado hasta los tres pies de profundidad, cuando halló una masa blanca
de cal junto a la excavación. Observó que en aquel lugar la tierra era algo más húmeda,
aunque, según decía, no había sido removida en años. Creyó, supongo, que la cal no
convenía a los aspálatos, de manera que comenzó a romperla y a sacarla a la superficie.
Estaba muy dura, me explicó; estaba formada por fragmentos bastante grandes; movido
por la fuerza de la costumbre, fue rompiendo los pedazos grandes a picotazos tras sacarlos
del agujero. De uno de los trozos rotos salió una mandíbula. El sepulturero dice que él
mismo rompió de un golpe de pico los dos incisivos, pero la verdad es que no los encontró
por ningún lado. Es un entendido en la materia, ya se lo puede imaginar; afirmó de un
modo inmediato que aquella mandíbula correspondía probablemente a una mujer joven que
conservaba todos sus dientes en el momento de fallecer. Me trajo el objeto y me preguntó
si deseaba conservarlo; si yo no lo quería, el lo arrojaría a la primera tumba que abriera en
el cementerio; se trataba sin duda de una mandíbula cristiana que merecía una sepultura
decente. Le expliqué que los médicos, con harto frecuencia, tiraban huesos en la cal viva
para darles un bello color blanco, y que suponía que el doctor se había fabricado una
especie de pozo de cal con ese fin. Y son seguridad había olvidado aquella mandíbula allí
dentro. Trehearn me miró, muy tranquilo.
-Tal vez irá bien con la calavera del armario de allí arriba, señor -me dijo-. Quizás el doctor
Pratt tiró la calavera dentro de la cal para blanquearla y, al sacarla, se dejó la mandíbula
inferior. Dentro de la cal aún hay cabellos humanos, señor.
En efecto, allí estaban; Trehearn tenía razón. Si Trehearn no sospechaba nada, ¿por que
demonios había sugerido que la mandíbula encajaba con la calavera? Y así fue. Esto
demuestra que Trehearn sabe más de lo que está dispuesto a admitir. ¿Usted cree que no
echó un vistazo al cadáver antes de enterrarlo? O, quizás, cuando enterró a Luke en la
misma tumba...
Muy bien, muy bien, es inútil extenderse en este tema, ¿verdad? Le contesté que deseaba
quedarme con la mandíbula. La llevé a la habitación, y la coloqué en la calavera. No había
duda posible: las dos piezas formaban un todo, como ahora.
Trehearn sabe muchas cosas. Hace algún tiempo, hablábamos de volver a blanquear la
cocina, y él recordó, casualmente, que aquel trabajo no había vuelto a hacerse desde la
semana en que la señora Pratt murió. No dijo que el albañil, en aquella ocasión debía
haberse dejado un poco de cal, ni que ésta fuera la misma que había encontrado en el
hoyo abierto para el aspálato, pero lo pensó. Sabe muchas cosas. Trehearn es de aquellas
personas taciturnas que saben muy bien cómo sumar dos más dos. La tumba no está
demasiado lejos de su granja, ya lo he dicho, y el tipo es increiblemente rápido cuando
trabaja con el pico. Si hubiera deseado conocer la verdad, habría podido arreglárselas para
descubrirla, y nadie habría sabido nunca nada, a menos que él decidiera contarlo. En un
pueblecito tranquilo como el nuestro, la gente no se va a pasar la noche al cementerio para
saber si el sepulturero trabaja o no por su cuenta entre las diez de la noche y el alba.
Es horrible, cuando uno lo piensa, la determinación reflexiva de Luke, si en verdad
cometió..., su fría certidumbre de gozar de impunidad. Pero, por encima de todo, es
necesario admirar la resistencia de sus nervios, porque aquel asesinato debió ser
extraordinario. A veces, pienso que es horrible vivir en el mismo lugar donde sucedió todo
aquello, si verdaderamente... Siempre acabo por establecer esta condición: «si
verdaderamente...», ¿sabe?, por bien de su memoria, y también, un poco, por mi propio
bien.
Subiré a buscar la caja de aquí a un minuto. Déjeme encender la pipa. ¡No hay prisa!
Hemos cenado muy temprano, y ahora sólo son las once y media. No he permitido nunca
que un amigo se fuera a dormir antes de media noche, o con menos de tres vasos en el
estómago... Beba todo lo que quiera, pero no beba menos que esto, en memoria de los
buenos viejos tiempos.
El viento vuelve a soplar, ¿lo oye? Era solo una pausa, hasta ahora, y tendremos una mala
noche.
Sucedió algo, cuando descubrí que la mandíbula encajaba perfectamente..., algo que me
sobresaltó. No me asusto con facilidad, pero a menudo he visto gente espantada, con la
respiración cortada, cuando, creyendo estar solos, descubrían, al girarse de golpe, la
presencia de alguien a quien no esperaban. A esto no se lo puede llamar miedo. Usted no
lo llamaría, ¿verdad? Pues bien, en el preciso momento que acababa de poner la
mandíbula en el lugar correspondiente de la calavera, los dientes se cerraron de golpe
sobre mi dedo; uno podría haber dicho que quería morderme, y debo admitir que me
sobresalté, antes no comprendí que, con la otra mano, había presionado la parte superior
de la calavera contra la mandíbula. Le aseguro que no estaba nervioso en absoluto. Era en
pleno día, un día hermoso, y el sol lucía dentro del dormitorio, que era la mejor habitación
de la casa. Era absurdo ponerse nervioso de aquella manera..., sólo era una sensación
errónea, aunque me hizo sentir incómodo. Era una tontería, pero aquello me hizo pensar en
el extraño veredicto del jurado sobre la muerte de Luke: «...de la mano o entre los dientes
de una persona o de un animal desconocidos». Desde entoces a menudo he deseado
poder examinar aquellas señales en el cuello de Luke, aunque, anteriormente, hubiera
faltado la mandíbula inferior.
A menudo he visto a un hombre llevar a cabo, con sus propias manos, actos insensatos
que él mismo no entendía. Un día, vi un tipo colgado de un gancho, con una sola mano, en
la parte exterior de la borda, mientras, con la otra mano, se dedicaba a cortar un nudo con
su navaja; lo cogí en aquel momento. Navegábamos en medio del océano, avanzando a
veinte nudos. El hombre no tenía la más mínima idea de lo que hacía. Yo me hallé en el
mismo caso cuando aquella cosa me mordió los dedos. Ahora lo entiendo. Uno habría
jurado que aquello estaba vivo, y que pretendía morderme. Lo habría hecho de haber
podido, porque debe odiarme mucho, ¡pobre cosa! ¿En verdad cree usted que aquello que
suena en su interior es un pedazo de plomo? Bien, ahora traeré la caja, y si algo, sea lo
que sea, le cae entre las manos, ¡será problema suyo! Si sólo es una piedrecita o un trozo
endurecido de tierra, todo este asunto se desvanecerá, y me parece que no volveré a
pensar nunca más en esta calavera; pero, a veces, no soy capaz de hacerme el propósito
de sacar yo mismo este pedazo de algo. La sola idea de pensar que podría tratarse de
plomo me incomoda, y estoy convencido que lo sabré pronto. También estoy convencido
de que Trehearn sabe algo; pero es un tipo que nunca dice nada.
Subiré a buscarla. ¿Cómo? ¿Dice que sería mejor acompañarme? ¡Ja! ¡Ja! ¿Cree usted
que me dan miedo una caja de sombreros y un ruidito?
¡Al diablo esta vela! ¡No se encenderá! Parece como si esta ridícula cosa entendiera que la
necesitamos. Mire esto: la tercera cerilla. Se encienden bien cuando es mi pipa. ¿Lo ve? Es
una caja nueva de cerillas, y la guardo en este pote de latón, donde protejo las cosas a las
que no conviene la humedad. ¡Ah! ¿Piensa que la mecha de la vela está demasiado
húmeda? Bien, encenderé esta porquería en el fuego. Allí, al menos, no se apagará.
Crepita un poco, cierto, pero quedará encendida. ¿No quema ahora como una vela normal?
Es un hecho que, aquí, las velas no son de calidad. Desconozco de dónde las traen, pero a
veces se portan de forma extraña: no dan tanta luz, la llama es verdosa y echan chispas;
incluso a veces se apagan solas, y esto es, al mismo tiempo, enervante y molesto. Debe
aceptarse, porque aún queda para rato antes no instalen la electricidad en nuestro pueblo.
Es un brillo muy triste, ¿no cree?
¿Piensa usted que haría bien si le dejara la vela y tomara el quinqué? La verdad, no me
gusta llevar quinqué. Nunca se me ha caido ninguno, pero siempre me han atemorizado...,
son peligrosos si lo pensamos. Además, con el tiempo me he acostumbrado a estas
asquerosas velas.
Puede apurar el vaso mientras subo. No quiero que se vaya a dormir sin, al menos, tres
vasos en el estómago. Ni tan solo tendrá que habérselas con la escalera, pues dormirá
aquí abajo, junto al gabinete de consulta que, por ahora, es mi domicilio. Así está la cosa:
no permito que un amigo duerma en el dormitorio de arriba. El último que allí durmió fue el
viejo Crackenthorpe, que pasó, según cuenta, toda la noche despierto. ¿Recuerda al viejo
Crack? Se aferra a la Armada, y acaban de ascenderlo a almirante. Sí, ya voy, a menos
que se apague la vela. No he podido evitar el preguntarle si se acordaba del viejo
Crackenthorpe. Si alguien nos hubiera predicho que, de todos nosotros, aquel enclenque
bobalicón haría la carrera más brillante, todos nos habriamos echado a reír. A usted y a mí
no nos ha ido tan mal las cosas, claro... Pero ya voy, ahora mismo. No quiero que piense
que, con la charla, deseo retrasar el momento de ir. ¡Cómo si existiera algo de lo que
asustarse! De tener miedo, se lo confesaría sin rodeos, y le pediría que me acompañara
arriba.
* * *
¡Hela aquí! La he trasladado con muchísimo cuidado, por miedo a molestarla, pobre cosa.
Mire, si sacudieramos la caja, quizás la mandíbula volvería a separarse de la calavera, y de
seguro esto no le gustaría nada. Sí, la vela se ha apagado mientras bajaba por la escalera,
pero ha sido por culpa de una corriente de aire que ha entrado por la ventana del rellano.
¿Ha oído eso? Sí, ha sido otro grito. ¿Dice que estoy pálido? No es nada. El corazón me
juega malas pasadas, a veces, y he bajado demasiado deprisa. De hecho, ésta es una de
las razones por las que prefiero vivir en la planta baja.
Este grito, venga de donde venga, no ha salido de la calavera, por que tenía la caja en la
mano cuando he oído el chillido..., y aquí la tenemos, ahora. Hemos demostrado, pues,
irrefutablemente, que es otra cosa quien profiere los gritos; nunca dudé, que un día u otro
conocería la causa exacta. Alguna grieta en la pared, sin duda, o alguna fisura de la
chimenea, o tal vez alguna rotura en la madera de una ventana. Todas las historias de
fantasmas terminan así. Mire, me alegro de haber ido arriba y traerle el objeto, porque este
último grito resuelve definitivamente la cuestión. ¡Y pensar que he tenido la debilidad de
creer que esta pobre calavera podía gritar como un ser vivo!
Ahora abriré la caja, sacaré el objeto, y lo examinaremos bajo la luz. Resulta espantoso
recordar que la pobre mujer tenía la costumbre de sentarse ahí, en la silla donde ahora
está usted, una tarde tras otra, con una luz como esta. Pero..., acabo de convencerme que
todo esto sólo han sido tonterías, de comienzo a fin... Nada más es una vieja calavera que
Luke conservaba de su época de estudiante y que, tal vez, sumergió en la cal para
blanquearla, sin poder encontrar después la mandíbula.
Sellé el cordel, ¿lo ve?, tras colocar en su lugar la mandíbula inferior, y escribí algo sobre el
papel. Vea..., la vieja etiqueta continua ahí, la etiqueta de la modista con la dirección de la
señora Pratt, puesta el día que le enviaron el sombrerero; había espacio, y escribí:
«Calavera que perteneció al señor Luke Pratt, ahora difunto». No sé por qué razón escribí
esto... Quizás para explicar cómo había ido a parar a mis manos. A veces, no puedo dejar
de preguntarme qué tipo de sombrero guardaba la caja. ¿De qué color le parece que podría
ser? ¿Sería un simpático sombrero primaveral, con plumas delicadas y caprichosas cintas?
¡Es extraño pensar que la misma caja contiene la cabeza que, quizá, llevaba aquellos
fantasiosos ornamentos! Pero no: acabamos de convencernos de que esta calavera
proviene del hospital de Londres, donde Luke realizó sus prácticas. ¿No es mucho mejor
verlo bajo este prisma? No hay más relación entre esta calavera y la pobre señora Pratt
que la existente entre mi historia del asesinato con plomo y...
¡Dios mio! Coja el quinqué... no deje que se apague; cerraré la ventana en un segundo...
¡Vaya! ¡Qué soplido del viento! ¡Ahora se ha apagado! ¡Ya se lo había dicho! Carece de
importancia; aún queda el resplandor del fuego. ¡Vea, ya he cerrado la ventana! El pestillo
estaba medio descorrido. ¿Y las cerillas? ¿Las ha hecho caer de la mesa el viento?
¿Dónde diablos están? ¡Ah, aquí! La ventana no volverá a abrirse, porque he puesto la
barra, una barra como las que antes se fabricaban..., es insustituible. Ahora, busque la
sombrerera, mientras yo vuelvo a encender el quinqué. ¡Demonio de cerillas! Un sencillo
encendedor de mecha funcionaría mucho mejor..., deberé encenderlo en el fuego..., no lo
había pensado..., muchas gracias... Vaya, ¡por fin! ¿Pero donde está la caja? Sí, vuélvala a
poner sobre la mesa, que la abriremos.
Es la primera vez que el viento hace crujir la ventana de esta manera pero es porque no la
he cerrado bien. Sí, claro, he oído el grito. Ha parecido como si diera la vuelta a toda la
casa antes de precipitarse por la ventana. Esto demuestra que el viento es el único
culpable..., el único culpable de toda esta historia, ¿no es verdad? Y, si el viento no lo es, lo
será mi imaginación. Siempre he sido imaginativo, aunque no lo sabía, sin duda. Es al
envejecer cuando nos conocemos y entendemos mejor, ¿no cree?
Tomaré unos tragos de este Hulstkamp excepcional, aprovechando que usted se llena el
vaso. La humedad de esta borrasca me ha dejado helado y, con mi propensión a los
resfriados... Me dan miedo los resfriados, porque el frío, a veces, parece clavarse en todas
mis articulaciones cuando me atrapa en invierno.
¡Caramba! ¡Esto es casualidad! Encenderé otra pipa, ahora que todo parece calmado
alrededor, y luego abriremos la caja. Estoy muy contento de haber escuchado, los dos, ese
último grito mientras la calavera permanecía sobre la mesa, entre usted y yo, porque una
cosa no puede hallarse en dos sitios diferentes al mismo tiempo, y el grito venía, con toda
seguridad, del exterior, como es el caso de todos los sonidos del viento. A usted le parece
haber oído un grito atravesar la habitación al abrirse la ventana con tanta violencia. Sí, a mí
también, pero era natural, ¿no?, porque todo estaba abierto. No hemos oído nada más que
el viento, claro. ¿Qué más podíamos esperar?
Eche una ojeada aquí, haga el favor, antes no abramos la caja quiero que compruebe que
el sello está intacto. ¿Necesita mis gafas? Ah, ya tiene las suyas. Muy bien. El sello está
intacto, y debe poderse leer con facilidad las palabras grabadas en la cera: «Suave,
lentamente»; es una alusión al poema El viento del mar occidental, que ruega al viento
«que me lo vuelva a traer» y cosas parecidas. Aquí tengo el sello original, en la cadena del
reloj, donde lo llevo desde hace cuarenta años. Me lo regaló mi esposa, pobrecilla, antes
de casarnos, y nunca he llevado otro. Esto era muy propio de ella, que le gustaran estas
palabras..., siempre le gustó Tennyson.
Es inútil cortar el cordel, porque está fijado a la caja; me conformaré con romper la cera y
desatar el nudo, y luego volveremos a sellarlo. Mire, me gustará saber que esta cosa está
intacta, en su lugar, y que nadie puede cogerla. No se trata que sospeche que Trehearnn
se meta en todo esto, pero siempre me ha parecido que sabe más de lo que dice.
Mire, he logrado desatarlo todo sin romper el cordel, aunque cuando lo sellé no creí que la
volvería a abrir. Mire, la tapa sale ella sola. ¡Mire, ahora!
¿Qué? ¿Nada? ¿Vacía? ¡Se ha esfumado! ¡La calavera se ha esfumado!
No, no me pasa nada grave. Sólo intento centrar mis ideas. Todo esto es muy extraño.
Estoy seguro de que la calavera se encontraba dentro de la caja cuando la sellé la
primavera pasada. No lo puedo haber imaginado; no es posible. Si de tanto en tanto me
emborrachara con los amigos, podría aceptar haberme equivocado alguna vez, tras beber
en exceso. Pero no bebo, ni he bebido nunca. Una pinta de cerveza durante la cena, un
poco de ron antes de acostarme, esto es todo lo que bebía en mis mejores tiempos. ¡Me
parece que siempre somos los pobres individuos constantemente sobrios quienes
acaparamos las crisis reumáticas y de gota! Sí, mi sello estaba intacto, y la caja está vacía.
Es muy extraño.
¡Pero esto no puede ser! No es lógico. Mi opinión es que hay algo de sospechoso en este
asunto. Y no me hable de manifestaciones sobrenaturales, por que no creo en ellas...,
nada, en absoluto. Alguien debe haber tocado el sello y robado la calavera. A veces,
cuando en el verano salgo a trabajar al jardín, dejo el reloj y la cadena sobre la mesa.
Trehearn ha tenido ocasión de coger el sello durante cualquiera de estos momentos y
utilizarlo sin miedo: él sabe que yo no suelo llegar antes de una hora, como mínimo.
Si no fuera Trehearn..., oh, ¡no insinúe usted que aquella cosa ha sido capaz de salir sola
de la caja! Si ha sido capaz debe hallarse en algún lugar de la casa, emboscada, al acecho,
en algún rincón oscuro. Podemos dar con ella en cualquier instante..., porque nos espera,
nos espera en las tinieblas. Y, cuando me vea, me lanzará su grito..., me lanzará su grito
en medio de la oscuridad, porque me odia, ¡se lo digo!
La caja está vacía. No estamos soñando, ni usted, ni yo. Mire, la vuelvo del revés...
¿Qué ha sido eso? Algo ha caido de la caja cuando la he girado. Aquí, en el suelo, a sus
pies... Sé que está aquí, debemos encontrarlo. Ayúdeme a encontrarlo, amigo. ¿Ya lo
tiene? ¡Por amor de Dios, démelo, deprisa!
¡Plomo! Lo sabía, desde el instante que lo he oído caer. Aquel ruido sordo sobre la
alfombra, sabía que no podía ser nada más. Así pues, era plomo en definitiva, y Luke...
Me he turbado... No estoy nervioso, se lo aseguro, solo algo turbado, eso es todo.
Cualquiera lo estaría. Al fin y al cabo, usted no podrá decir que me dé miedo esa cosa, ya
que he subido a buscarla y la he traido hasta aquí... Vaya, creía que la llevaba aquí, lo que
es lo mismo, y ¡demonios!, antes de permitir que una tontería así me trastorne, prefiero
llevar la caja arriba y guardarla en su sitio. Estoy convencido de que la pobre mujer murió
de aquella manera por mi culpa, porque les había explicado aquella historia. Es esto lo que
me entristece y me inquieta. A veces esperaba que nunca tendría la certidumbre, pero
ahora ya no puedo dudar. ¡Vea esto!
¡Vea! Un trozo de plomo, sin forma particular. ¡Piense lo que hizo este pedazo de plomo!
¿No se horroriza? Luke administró a su mujer alguna droga para que se durmiera, pero,
con todo, ella debió padecer un momento de dolor abominable. ¡Piense! ¡Plomo hirviente
que entra en el cerebro! ¡Piense! Antes de poder gritar ya estaba muerta, pero piense
sólo..., ¡oh!... ¡oh!... ¡Otra vez!... Esto viene de fuera..., sé que viene de fuera... ¡No puedo
quitarme este chillido de la cabeza!... ¡oh!... ¡oh!...
* * *
¿Cree usted que me he desmayado? No. Me hubiera gustado, porque así todo se habría
parado. Está muy bien el decir que esto es tan sólo un ruido, y que un ruido nunca ha
dañado a nadie. ¡Pero también usted está blanco como una sábana! Sólo podemos hacer
una cosa, si queremos conciliar el sueño esta noche. Debemos encontrarla, volverla a
meter dentro la caja y encerrarla en el armario que parece gustarle tanto. No sé como salió,
pero desea volver a su lugar. Por eso chilla de esta manera tan espantosa esta noche.
Nunca había gritado así, nunca... Excepto la primera vez que...
¿Enterrarla? Sí, si logramos encontrarla, la enterraremos, aunque nos lleve toda la noche.
La hundiremos seis pies bajo tierra, y compactaremos bien la tierra encima... Nunca saldrá
y, aunque continúe chillando, difícilmente la oiremos si está tan profunda. ¡De prisa! ¡La
linterna, y busquémosla! ¡No debe estar demasiado lejos! Seguro que está allí afuera...
Estaba a punto de entrar cuando he cerrado la ventana, lo sé.
Sí, tiene razón: estoy perdiendo el tiempo y debo volver a controlarme. No me diga nada en
un par de minutos; me sentaré tranquilo, cerraré los ojos y repetiré algo que me sea
familiar. Es lo mejor que puedo hacer.
«Es menester sumar la longitud, la latitud y la distancia polar, dividir por tres y restar la
longitud a esta media; después es necesario añadirle el logaritmo de la secante de la
longitud, la cosecante de la distancia polar y su seno menos la longitud...» ¿Qué le parece?
No me dirá que he perdido los estribos, pues mi memoria continua intacta, ¿no?
Usted objetará, claro, que esto es un recitar mecánico, y que lo aprendido en la infancia y
que hemos usado casi cada día de nuestra existencia, nunca lo olvidamos. ¡Pero es al
contrario! Cuando un hombre enloquece, la parte mecánica de su espíritu es la primera en
deteriorarse y dejar de funcionar; uno recuerda entonces acontecimientos que nunca se
han producido, o contempla falsas realidades..., o escucha ruidos donde sólo hay silencio.
Ahora bien, no es este el caso, ni para usted ni para mí, ¿no es cierto?
Venga, recojamos la linterna y registremos los alrededores. No llueve. El viento sopla como
mil demonios. La linterna está en el armario, bajo la escalera, en el salón. Siempre la he
guardado a punto de funcionar, en previsión del mal tiempo.
¿Dice que es inútil buscarla? No entiendo cómo puede decir algo parecido. Pero es
insensato el pensar enterrarla, claro..., por que no quiere ser enterrada. Quiere volver a su
sombrerera, y a su armario, allí arriba, ¡pobrecilla! Trahearn la sacó de la caja, ahora lo sé,
y rehizo luego el sello. Tal vez la llevó al cementerio, sin otra intención que proceder con
corrección. Debió pensar que dejaría de gritar cuando se hallara yaciendo, en reposo, en la
tierra consagrada a la que pertenece. Pero ha regresado. Trehearn no es mala persona y lo
supongo algo beato. ¿No es natural y razonable todo esto, incluso agradable? Trehearn se
dijo que la calavera gritaba porque no estaba enterrada de manera decente..., con el resto
del cuerpo. Pero se equivocaba. ¿Cómo podía adivinar Trehearn que la calavera me
gritaba su odio porque me detesta y porque soy responsable del trocito de plomo que
sonaba en su interior?
¿Sostiene entonces que es inútil buscarla? ¡Absurdo! Ya le he dicho que desea ser
encontrada... ¡Ah! ¿Qué ha sido ese golpe en la puerta? ¿Lo oye? Toc... toc... toc..., tres
veces, luego una pausa, luego otras tres veces. ¿No lo encuentra un sonido grave?
Ha regresado. Antes ya había oido este sonido. Quiere entrar, quiere subir al piso de arriba,
quiere su caja. Ahora está delante de la puerta principal.
¿Me acompaña? La entraremos. Sí, debo admitir que no me gustaría nada ir yo solo a abrir
la puerta. La cosa rodará ella sola por el suelo y se detendrá tocando mi pie, como la última
vez, y la luz se apagará. Me he amedrentado al descubrir el pedazo de plomo y, además, el
corazón me juega malas pasadas... Quizás abuso de un tabaco demasiado fuerte. Y
además admito que estoy un tanto nervioso esta noche, más nervioso de lo que he estado
nunca en mi vida.
¡Muy bien! ¡Venga! Vayamos con la caja, así no nos hará falta volver. ¿Oye esos golpes?
No se parecen a nada. Si usted mantiene abierta esta puerta, yo podría encontrar la
linterna, bajo la escalera, sólo con la iluminación de la estancia, sin necesidad de llevar una
luz al salón, allí se apagaría.
La cosa sabe que vamos... ¡Ah! Está impaciente por entrar. Pase lo que pase, no cierre la
puerta hasta que la linterna esté preparada. Supongo que volveremos a tener problemas
con las cerillas. ¡Vaya! La primera ha fallado, ¡demonio! Ya se lo he dicho: quiere volver a
entrar... No existe ningún otro problema. Por lo que respecta la puerta, todo está bien
ahora; ciérrela, haga el favor. Venga a sujetar la linterna, que el viento sopla fuerte allí
fuera, tanto que necesitaré las dos manos. Así, muy bien: manténgala muy baja. ¿Aún oye
aquellas cosas? Ya estamos. Abriré muy poco la puerta y la retendré con el pie. ¡Adelante!
¡Cójala! Sólo es el viento que sopla contra la puerta, nada más... ¡Casi parece un huracán,
aquí afuera! ¿Ya la tiene? La caja está sobre la mesa. Un momento, déjeme volver a poner
la barra. ¡Ya está!
¿Por qué la ha lanzado dentro de la caja con tanta violencia? Eso no le gusta nada, ¿sabe?
¿Qué me dice? ¿Qué le ha mordido la mano? ¡Tonterías! A usted le ha pasado lo mismo
que a mí. Con la otra mano ha cerrado la mandíbula..., se ha herido usted mismo sin
quererlo. Déjeme ver. ¿No me dirá que le sale sangre? ¡Se ha golpeado en todos los
dedos! Tiene toda la piel levantada. Le pondré una solución de fenol antes no se vaya a
dormir; dicen que un rasguño hecho por el diente de un cadáver puede traer
complicaciones.
Volvamos dentro y déjeme mirar la herida a la luz. Llevaré la caja; ólvide la linterna, no
importa si continua encendida en el salón; además, la necesitaré para subir. Sí, cierre la
puerta si lo desea; la habitación estará más alegre, tendra más claridad. ¿Le continúa
saliendo sangre del dedo? Le traeré el fenol ahora mismo; pero déjeme ver la calavera.
¡Eh! Tiene una gota de sangre en la mandíbula superior. En el colmillo. ¿No es espantoso?
Cuando la he visto rodar por el suelo, en el salón, me ha parecido que mis manos casi se
quedaban sin energía; me han fallado las rodillas; luego he comprendido que era la
borrasca quien la hacía resbalar sobre los tablones lisos. ¿No me echará la culpa? No, me
parece que no. Hemos crecido juntos, y juntos hemos visto cosas de toda índole; ambos
somos capaces de reconocer que hemos sentido pánico cuando la calavera ha resbalado
por el suelo hacia usted. No es nada extraño que tras esto se haya pellizcado el dedo; a mí
me pasó lo mismo de tan nervioso como estaba, y a plena luz del día, iluminado por los
rayos de sol.
¿No es sorprendente que estas mandíbulas encajen con tanta perfección? Debe ser,
supongo, por la humedad, porque cierran como tijeras. Ya he limpiado la mancha de
sangre, no era nada agradable de ver. No tema, que no intentaré abrir estas mandíbulas.
No volveré a jugar jamás con esta pobre cosa... Sencillamente, volveré a sellar la caja; a
continuación la llevaremos al piso de arriba y la dejareemos allí donde quiere estar. La cera
está en el bufete, cerca de la ventana. Gracias. Pasará tiempo antes de que vuelva a dejar
solo mi sello, no sea que Trehearn... ¿Explicar? Yo no explico los fenómenos naturales,
pero si usted prefiere creer que Trehearn había escondido la calavera entre la maleza, que
la tormenta la ha empujado hasta dejarla delante de la casa, en la puerta principal, y la ha
hecho llamar a la pared como si deseara entrar, no estará suponiendo nada que no sea
posible, y le daré la razón.
¿Lo ve? Podrá jurar haber visto colocar el sello en esta ocasión, en el caso de que la
historia volviera a repetirse. La cera une tan bien el cordel a la tapa, que ya no puede pasar
un dedo entre aquel y el cartón. ¿Está convencido? Sí, además cerraré la puerta y
guardaré la llave en mi bolsillo, para siempre.
Ahora podemos recojer la linterna y subir. Poseo cierta inclinación a compartir su teoría,
según la cual ha sido el viento quien ha llevado la calavera ante la puerta. Como me
conozco la escalera, iré delante. Aguante la linterna a la altura de mis pies y subamos.
¡Cómo gime el viento, cómo sopla! ¿Ha oído como crujía en el suelo la arena bajo los pies
cuando hemos atravesado el salón?
Sí, ya estamos ante la puerta del mejor dormitorio. Levante la linterna, hágame el favor. Por
este lado, a la cabecera de la cama. He dejado la puerta del armario abierta, cuando he
cogido la caja. ¿No le parece extraño sentir aún, tras tanto tiempo, este olor peculiar de
ropa de mujer? Aquí tenemos el estante. Usted ha visto cómo he dejado la caja, y ahora
me ve girar la llave en la cerradura, y guardármela en el bolsillo. ¡Ya está!
Buenas noches. ¿Está seguro de que no necesita nada? El dormitorio nada tiene de
extraordinario, pero creo que esta noche le gustará dormir más aquí que no arriba. Si
necesitara algo, llámeme. Solo nos separará un débil tabique de madera y cal. Y aquí el
viento sopla con mucha menos intensidad. Si quiere tomarse un último trago antes de
dormir, encontrará un frasco de Hulstkamp sobre la mesa. Por segunda vez, buenas
noches y, si puede, no sueñe con aquella cosa.
* * *
La siguiente noticia apareció publicada en el Penraddon News, el 23 de noviembre de
1906:
«MUERTE MISTERIOSA
DE UN CAPITAN RETIRADO»
«La extraña muerte del capitán Charles Braddock ha conmocionado el pueblecito de
Tredcombe. Corren historias inverosímiles en relación con las circunstancias del asesinato,
unas circunstancias que continuan siendo difíciles de explicar. El capitán retirado, que
había mandado con buena fortuna los más rápidos e importantes navíos de una de las
principales compañías marítimas transatlánticas, fue hallado muerto en la cama el pasado
martes por la mañana, en su propio caserón, a un cuarto de milla del pueblo. El médico
local le practicó una autopsia y reveló que el infortunado había sido mordido en el cuello
por un agresor humano, con una violencia tal que la arteria traqueal quedó literalmente
destrozada, siendo ésta la causa del óbito. Las señales dejadas por los dientes de las dos
mandíbulas eran tan claras que se pudo contar y comprobar que al agresor le faltaban dos
incisivos inferiores. Se espera que esta particularidad permitirá identificar al asesino, que
sólo puede tratarse de un loco peligroso fugado. La víctima, a pesar de contar con sesenta
y cinco años, estaba considerado un hombre enérgico que había conservado sin problemas
su vitalidad física. Es sorprendente, en consecuencia, no haber hallado en la habitación
señal alguna de lucha; tampoco se ha podido descubrir de qué manera el asesino se
introdujo en el edificio. Se han remitido anuncios a todos los centros psiquiátricos del Reino
Unido, pero aún no se han recibido noticias de la fuga de algún paciente.
»El jurado ha emitido un veredicto que se pude clasificar de singular; según el jurado: "el
capitán Braddock halló la muerte a manos o entre los dientes de una persona
desconocida". El médico local, por lo que parece, ha aventurado la hipótesis que el loco
pudiera ser una mujer, conclusión a la que ha llegado por la pequeñez de las mandíbulas
revelada por las marcas dejadas por los dientes. Todo el asunto está rodeado de misterio.
»El capitán Braddock era viudo y vivía solo. No dejó hijos».

NOTA DEL AUTOR:
Quien se interese por las casa malditas y los fantasmas, encontrará
las fuentes de esta historia en una leyenda referida a una calavera; la leyenda se conserva
en un caserón llamado Bettiscombe Manor, sitio, según creo, en la costa de Dorsetshire.

T.O.: The Screaming Skull

jueves, 25 de junio de 2009

LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE -- Edgar Allan Poe

LOS CRÍMENES DE LA
RUE MORGUE
EDGAR ALLAN POE




.
*LOS CRÍMENES DE LA RUE MORGUE*
*Edgar Allan Poe*



-
Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son,
en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus
efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las
posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos
goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física,
deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista
goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar.
Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en
juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada
una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una
penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la
esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición.
Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los
estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos
que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido
llamada par excellence análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente
analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, lleva a cabo lo uno sin esforzarse
en lo otro. De esto se deduce que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el
carácter mental, no está lo suficientemente comprendido. Yo no voy ahora a
escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con
observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para
asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan
con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa
frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos
y bizarres movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es
complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La
atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante,
se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como
quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino
complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez
casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más
perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son
únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y
como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada
una de las partes se logran por una perspicacia superior. Para ser menos
abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han
reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en
este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones—
puede decidirse en virtud de un movimiento recherche resultante de un
determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el
analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica
con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en
realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un
cálculo equivocado.
Desde hace largo tiempo se conoce el whist por su influencia sobre la
facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un
goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una
frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga
trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo
puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el
whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes
empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo
habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una
comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja.
Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan
frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero
inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar
distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de
intensa concentración jugará muy bien al whist, puesto que las reglas de Hoyle,
basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general,
comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con
«el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar
excelentemente. Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura
regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una
porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán
otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se
basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación.
Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se
reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá
de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos
extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara
cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de
distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y
tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da
cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el
juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las
distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera
de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue.
Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una
palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una
carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que
sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la
duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva
percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado
las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno,
y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos
como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él.
El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque
mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con
frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o
de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los
frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte,
suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en
individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la
atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud
analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la
imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se
observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras
que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico.
El relato que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector
para ilustrarle en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.
Encontrándome en París durante la primavera y parte del verano de 18...,
conocí allí a Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una
excelente, o, mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos
se había quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su
carácter y renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el
restablecimiento de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó
todavía en posesión de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que
éste le producía encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de
subvenir a las necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más
superfluo. En realidad, su único lujo eran los libros, y en París éstos son fáciles
de adquirir.
Nuestro conocimiento tuvo efecto en una oscura biblioteca de la rue
Montmartre, donde nos puso en estrecha intimidad la coincidencia de buscar los
dos un muy raro y al mismo tiempo notable volumen. Nos vimos con frecuencia.
Yo me había interesado vivamente por la sencilla historia de su familia, que me
contó detalladamente con toda la ingenuidad con que un francés se explaya en
sus confidencias cuando habla de sí mismo. Por otra parte, me admiraba el
número de sus lecturas, y, sobre todo, me llegaba al alma el vehemente afán y
la viva frescura de su imaginación. La índole de las investigaciones que me
ocupaban entonces en París me hicieron comprender que la amistad de un
hombre semejante era para mí un inapreciable tesoro. Con esta idea, me confié
francamente a él. Por último, convinimos en que viviríamos juntos todo el tiempo
que durase mi permanencia en la ciudad, y como mis asuntos económicos se
desenvolvían menos embarazosamente que los suyos, me fue permitido
participar en los gastos de alquiler, y amueblar, de acuerdo con el carácter algo
fantástico y melancólico de nuestro común temperamento, una vieja y grotesca
casa abandonada hacía ya mucho tiempo, en virtud de ciertas supersticiones
que no quisimos averiguar. Lo cierto es que la casa se estremecía como si fuera
a hundirse en un retirado y desolado rincón del faubourg Saint-Germain.
Si hubiera sido conocida por la gente la rutina de nuestra vida en aquel
lugar, nos hubieran tomado por locos, aunque de especie inofensiva. Nuestra
reclusión era completa. No recibíamos visita alguna. En realidad, el lugar de
nuestro retiro era un secreto guardado cuidadosamente para mis antiguos
camaradas, y ya hacía mucho tiempo que Dupin había cesado de frecuentar o
hacerse visible en París. Vivíamos sólo para nosotros.
Una rareza del carácter de mi amigo —no sé cómo calificarla de otro
modo— consistía en estar enamorado de la noche. Pero con esta bizarrerie,
como con todas las demás suyas, condescendía yo tranquilamente, y me
entregaba a sus singulares caprichos con un perfecto abandon. No siempre
podía estar con nosotros la negra divinidad, pero sí podíamos falsear su
presencia. En cuanto la mañana alboreaba, cerrábamos inmediatamente los
macizos postigos de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías
intensamente perfumadas y que sólo daban un lívido y débil resplandor, bajo el
cual entregábamos nuestras almas a sus ensueños, leíamos, escribíamos o
conversábamos, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera
oscuridad. Salíamos entonces cogidos del brazo a pasear por las calles,
continuando la conversación del día y rondando por doquier hasta muy tarde,
buscando a través de las estrafalarias luces y sombras de la populosa ciudad
esas innumerables excitaciones mentales que no puede procurar la tranquila
observación.
En circunstancias tales, yo no podía menos de notar y admirar en Dupin
(aunque ya, por la rica imaginación de que estaba dotado, me sentía preparado
a esperarlo) un talento particularmente analítico. Por otra parte, parecía
deleitarse intensamente en ejercerlo (si no exactamente en desplegarlo), y no
vacilaba en confesar el placer que ello le producía. Se vanagloriaba ante mí
burlonamente de que muchos hombres, para él, llevaban ventanas en el pecho,
y acostumbraba a apoyar tales afirmaciones usando de pruebas muy
sorprendentes y directas de su íntimo conocimiento de mí. En tales momentos,
sus maneras eran glaciales y abstraídas. Se quedaban sus ojos sin expresión,
mientras su voz, por lo general ricamente atenorada, se elevaba hasta un timbre
atiplado, que hubiera parecido petulante de no ser por la ponderada y completa
claridad de su pronunciación. A menudo, viéndolo en tales disposiciones de
ánimo, meditaba yo acerca de la antigua filosofía del Alma Doble, y me divertía
la idea de un doble Dupin: el creador y el analítico.
Por cuanto acabo de decir, no hay que creer que estoy contando algún
misterio o escribiendo una novela. Mis observaciones a propósito de este
francés no son más que el resultado de una inteligencia hiperestesiada o tal vez
enferma. Un ejemplo dará mejor idea de la naturaleza de sus observaciones
durante la época a que aludo.
Íbamos una noche paseando por una calle larga y sucia, cercana al Palais
Royal. Al parecer, cada uno de nosotros se había sumido en sus propios
pensamientos, y por lo menos durante quince minutos ninguno pronunció una
sola sílaba. De pronto, Dupin rompió el silencio con estas palabras:
—En realidad, ese muchacho es demasiado pequeño y estaría mejor en
el Théâtre des Varietés.
—No cabe duda —repliqué, sin fijarme en lo que decía y sin observar en
aquel momento, tan absorto había estado en mis reflexiones, el modo
extraordinario con que mi interlocutor había hecho coincidir sus palabras con mis
meditaciones.
Un momento después me repuse y experimenté un profundo asombro.
—Dupin —dije gravemente—, lo que ha sucedido excede mi
comprensión. No vacilo en manifestar que estoy asombrado y que apenas puedo
dar crédito a lo que he oído. ¿Cómo es posible que haya usted podido adivinar
que estaba pensando en... ?
Diciendo esto, me interrumpí para asegurarme, ya sin ninguna dada, de
que él sabía realmente en quién pensaba.
—¿En Chantilly? —preguntó—. ¿Por qué se ha interrumpido? Usted
pensaba que su escasa estatura no era la apropiada para dedicarse a la
tragedia.
Esto era precisamente lo que había constituido el tema de mis reflexiones.
Chantilly era un ex zapatero remendón de la rue Saint Denis que, apasionado
por el teatro, había representado el papel de Jeries en la tragedia de Crebillon
de este título. Pero sus esfuerzos habían provocado la burla del público.
—Dígame usted, por Dios —exclamé—, por qué método, si es que hay
alguno, ha penetrado usted en mi alma en este caso.
Realmente, estaba yo mucho más asombrado de lo que hubiese querido
confesar.
—Ha sido el vendedor de frutas —contestó mi amigo— quien le ha
llevado a usted a la conclusión de que el remendón de suelas no tiene la
suficiente estatura para representar el papel de Jerjes et id genus omne.
—¿El vendedor de frutas? Me asombra usted. No conozco a ninguno.
—Sí; es ese hombre con quien ha tropezado usted al entrar en esta calle,
hará unos quince minutos.
Recordé entonces que, en efecto, un vendedor de frutas, que llevaba
sobre la cabeza una gran banasta de manzanas, estuvo a punto de hacerme
caer, sin pretenderlo, cuando pasábamos de la calle C... a la calleja en que
ahora nos encontrábamos. Pero yo no podía comprender la relación de este
hecho con Chantilly.
No había por qué suponer charlatanerie alguna en Dupin.
—Se lo explicaré —me dijo—. Para que pueda usted darse cuenta de
todo claramente, vamos a repasar primero en sentido inverso el curso de sus
meditaciones desde este instante en que le estoy hablando hasta el de su
rencontre con el vendedor de frutas. En sentido inverso, los más importantes
eslabones de la cadena se suceden de esta forma: Chantilly, Orión, doctor
Nichols, Epicuro, estereotomía de los adoquines y el vendedor de frutas.
Existen pocas personas que no se hayan entretenido, en cualquier
momento de su vida, en recorrer en sentido inverso las etapas por las cuales
han sido conseguidas ciertas conclusiones de su inteligencia. Frecuentemente
es una ocupación llena de interés, y el que la prueba por primera vez se
asombra de la aparente distancia ilimitada y de la falta de ilación que parece
median desde el punto de partida hasta la meta final. Júzguese, pues, cuál no
sería mi asombro cuando escuché lo que el francés acababa de decir, y no pude
menos de reconocer que había dicho la verdad. Continuó después de este
modo:
—Si mal no recuerdo, en el momento en que íbamos a dejar la calle C...
hablábamos de caballos. Éste era el último tema que discutimos. Al entrar en
esta calle, un vendedor de frutas que llevaba una gran banasta sobre la cabeza,
pasó velozmente ante nosotros y lo empujó a usted contra un montón de
adoquines, en un lugar donde la calzada se encuentra en reparación. Usted
puso el pie sobre una de las piedras sueltas, resbaló y se torció levemente el
tobillo. Aparentó usted cierto fastidio o mal humor, murmuró unas palabras, se
volvió para observar el montón de adoquines y continuó luego caminando en
silencio. Yo no prestaba particular atención a lo que usted hacía, pero, desde
hace mucho tiempo, la observación se ha convertido para mí en una especie de
necesidad.
»Caminaba usted con los ojos fijos en el suelo, mirando, con
malhumorada expresión, los baches y rodadas del empedrado, por lo que deduje
que continuaba usted pensando todavía en las piedras. Procedió así hasta que
llegamos a la callejuela llamada Lamartine, que, a modo de prueba, ha sido
pavimentada con tarugos sobrepuestos y acoplados sólidamente. Al entrar en
ella, su rostro se iluminó, y me di cuenta de que se movían sus labios. Por este
movimiento no me fue posible dudar que pronunciaba usted la palabra
«estereotomía», término que tan afectadamente se aplica a esta especie de
pavimentación. Yo estaba seguro de que no podía usted pronunciar para sí la
palabra «estereotomía» sin que esto le llevara a pensar en los átomos, y, por
consiguiente, en las teorías de Epicuro. Y como quiera que no hace mucho rato
discutíamos este tema, le hice notar a usted de qué modo tan singular, y sin que
ello haya sido muy notado, las vagas conjeturas de ese noble griego han
encontrado en la reciente cosmogonía nebular su confirmación. He comprendido
por esto que no podía usted resistir a la tentación de levantar sus ojos a la gran
nobula de Orión, y con toda seguridad he esperado que usted lo hiciera. En
efecto, usted ha mirado a lo alto, y he adquirido entonces la certeza de haber
seguido correctamente el hilo de sus pensamientos. Ahora bien, en la amarga
tirada sobre Chantilly, publicada ayer en el Musée, el escritor satírico, haciendo
mortificantes alusiones al cambio de nombre del zapatero al calzarse el coturno,
citaba un verso latino del que hemos hablado nosotros con frecuencia. Me
refiero a éste:
Perdidit antiquum litera prima sonum1.
»Yo le había dicho a usted que este verso se relacionaba con la palabra
Orión, que en un principio se escribía Urión. Además, por determinadas
discusiones un tanto apasionadas que tuvimos acerca de mi interpretación, tuve
la seguridad de que usted no la habría olvidado. Por tanto, era evidente que
asociaría usted las dos ideas: Orión y Chantilly, y esto lo he comprendido por la
forma de la sonrisa que he visto en sus labios. Ha pensado usted, pues, en
aquella inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento, usted había
caminado con el cuerpo encorvado, pero a partir de entonces se irguió usted,
recobrando toda su estatura. Este movimiento me ha confirmado que pensaba
usted en la diminuta figura de Chantilly, y ha sido entonces cuando he
interrumpido sus meditaciones para observar que, por tratarse de un hombre de
baja estatura, estaría mejor Chantilly en el Théâtre des Varietés.
Poco después de esta conversación hojeábamos una edición de la tarde
de la Gazette des Tribunaux cuando llamaron nuestra atención los siguientes
titulares:

«EXTRAORDINARIOS CRÍMENES

»Esta madrugada, alrededor de las tres, los habitantes del quartier
Saint-Roch fueron despertados por una serie de espantosos gritos que parecían
proceder del cuarto piso de una casa de la rue Morgue, ocupada, según se dice,
por una tal Madame L'Espanaye y su hija Mademoiselle Camille L'Espanaye.
Después de algún tiempo empleado en infructuosos esfuerzos para poder
penetrar buenamente en la casa, se forzó la puerta de entrada con una palanca
de hierro, y entraron ocho o diez vecinos acompañados de dos gendarmes. En
ese momento cesaron los gritos; pero en cuanto aquellas personas llegaron
apresuradamente al primer rellano de la escalera, se distinguieron dos o más
voces ásperas que parecían disputar violentamente y proceder de la parte alta
de la casa. Cuando la gente llegó al segundo rellano, cesaron también aquellos
rumores y todo permaneció en absoluto silencio. Los vecinos recorrieron todas
las habitaciones precipitadamente. Al llegar, por último, a una gran sala situada
en la parte posterior del cuarto piso, cuya puerta hubo de ser forzada, por estar
cerrada interiormente con llave, se ofreció a los circunstantes un espectáculo
que sobrecogió su ánimo, no sólo de horror, sino de asombro.
1 La antigua palabra perdió su primera letra.
»Se hallaba la habitación en violento desorden, rotos los muebles y
diseminados en todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de
una cama, cuyas partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo. Sobre
una silla se encontró una navaja barbera manchada de sangre. Había en la
chimenea dos o tres largos y abundantes mechones de pelo cano, empapados
en sangre y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se
encontraron cuatro napoleones, un zarcillo adornado con un topacio, tres
grandes cucharas de plata, tres cucharillas de metal d,Alger y dos sacos
conteniendo, aproximadamente, cuatro mil francos en oro. En un rincón se
hallaron los cajones de una cómoda abiertos, y, al parecer, saqueados, aunque
quedaban en ellos algunas cosas. Se encontró también un cofrecillo de hierro
bajo la cama, no bajo su armadura. Se hallaba abierto, y la cerradura contenía
aún la llave. En el cofre no se encontraron más que unas cuantas cartas viejas y
otros papeles sin importancia.
»No se encontró rastro alguno de Madame L'Espanaye; pero como quiera
que se notase una anormal cantidad de hollín en el hogar, se efectuó un
reconocimiento de la chimenea, y —horroriza decirlo— se extrajo de ella el
cuerpo de su hija, que estaba colocado cabeza abajo y que había sido
introducido por la estrecha abertura hasta una altura considerable. El cuerpo
estaba todavía caliente. Al examinarlo se comprobaron en él numerosas
escoriaciones ocasionadas sin duda por la violencia con que el cuerpo había
sido metido allí y por el esfuerzo que hubo de emplearse para sacarlo. En su
rostro se veían profundos arañazos, y en la garganta, cárdenas magulladuras y
hondas huellas producidas por las uñas, como si la muerte se hubiera verificado
por estrangulación.
»Después de un minucioso examen efectuado en todas las habitaciones,
sin que se lograra ningún nuevo descubrimiento, los presentes se dirigieron a un
pequeño patio pavimentado, situado en la parte posterior del edificio, donde
hallaron el cadáver de la anciana señora, con el cuello cortado de tal modo, que
la cabeza se desprendió del tronco al levantar el cuerpo. Tanto éste como la
cabeza estaban tan horriblemente mutilados, que apenas conservaban
apariencia humana.
»Que sepamos, no se ha obtenido hasta el momento el menor indicio que
permita aclarar este horrible misterio.»
El diario del día siguiente daba algunos nuevos pormenores:

«LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE

»Gran número de personas han sido interrogadas con respecto a tan
extraordinario y horrible affaire (la palabra affaire no tiene todavía en Francia el
poco significado que se le da entre nosotros), pero nada ha podido deducirse
que arroje alguna luz sobre ello. Damos a continuación todas las declaraciones
más importantes que se han obtenido:
»Pauline Dubourg, lavandera, declara haber conocido desde hace tres
años a las víctimas y haber lavado para ellas durante todo este tiempo. Tanto la
madre como la hija parecían vivir en buena armonía y profesarse mutuamente
un gran cariño. Pagaban con puntualidad. Nada se sabe acerca de su género de
vida y medios de existencia. Supone que Madame L'Espanaye decía la
buenaventura para ganarse el sustento. Tenía fama de poseer algún dinero
escondido. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando la llamaban para
recoger la ropa, ni cuando la devolvía. Estaba absolutamente segura de que las
señoras no tenían servidumbre alguna. Salvo el cuarto piso, no parecía que
hubiera muebles en ninguna parte de la casa.
»Pierre Moreau, estanquero, declara que es el habitual proveedor de
tabaco y de rapé de Madame L'Espanaye desde hace cuatros años. Nació en su
vecindad y ha vivido siempre allí. Hacía más de seis años que la muerta y su hija
vivían en la casa donde fueron encontrados sus cadáveres. Anteriormente a su
estadía, el piso había sido ocupado por un joyero, que alquilaba a su vez las
habitaciones interiores a distintas personas. La casa era propiedad de Madame
L'Espanaye. Descontenta por los abusos de su inquilino, se había trasladado al
inmueble de su propiedad, negándose a alquilar ninguna parte de él. La buena
señora chocheaba a causa de la edad. El testigo había visto a su hija unas cinco
o seis veces durante los seis años. Las dos llevaban una vida muy retirada, y era
fama que tenían dinero. Entre los vecinos había oído decir que Madame
L'Espanaye decía la buenaventura, pero él no lo creía. Nunca había visto
atravesar la puerta a nadie, excepto a la señora y a su hija, una o dos voces a
un recadero y ocho o diez a un médico.
»En esta misma forma declararon varios vecinos, pero de ninguno de
ellos se dice que frecuentaran la casa. Tampoco se sabe que la señora y su hija
tuvieran parientes vivos. Raramente estaban abiertos los postigos de los
balcones de la fachada principal. Los de la parte trasera estaban siempre
cerrados, a excepción de las ventanas de la gran sala posterior del cuarto piso.
La casa era una finca excelente y no muy vieja.
»Isidoro Muset, gendarme, declara haber sido llamado a la casa a las tres
de la madrugada, y dice que halló ante la puerta principal a unas veinte o treinta
personas que procuraban entrar en el edificio. Con una bayoneta, y no con una
barra de hierro, pudo, por fin, forzar la puerta. No halló grandes dificultades en
abrirla, porque era de dos hojas y carecía de cerrojo y pasador en su parte alta.
Hasta que la puerta fue forzada, continuaron los gritos, pero luego cesaron
repentinamente. Daban la sensación de ser alaridos de una o varias personas
víctimas de una gran angustia. Eran fuertes y prolongados, y no gritos breves y
rápidos. El testigo subió rápidamente los escalones. Al llegar al primer rellano,
oyó dos voces que disputaban acremente. Una de éstas era áspera, y la otra,
aguda, una voz muy extraña. De la primera pudo distinguir algunas palabras, y le
pareció francés el que las había pronunciado. Pero, evidentemente, no era voz
de mujer. Distinguió claramente las palabras "sacre" y "diable". La aguda voz
pertenecía a un extranjero, pero el declarante no puede asegurar si se trataba
de hombre o mujer. No pudo distinguir lo que decían, pero supone que hablasen
español. El testigo descubrió el estado de la casa y de los cadáveres como fue
descrito ayer por nosotros.
»Henri Duval, vecino, y de oficio platero, declara que él formaba parte del
grupo que entró primeramente en la casa. En términos generales, corrobora la
declaración de Muset. En cuanto se abrieron paso, forzando la puerta, la
cerraron de nuevo, con objeto de contener a la muchedumbre que se había
reunido a pesar de la hora. Este opina que la voz aguda sea la de un italiano, y
está seguro de que no era la de un francés. No conoce el italiano. No pudo
distinguir las palabras, pero, por la entonación del que hablaba, está convencido
de que era un italiano. Conocía a Madame L'Espanaye y a su hija. Con las dos
había conversado con frecuencia. Estaba seguro de que la voz no correspondía
a ninguna de las dos mujeres.
»Odenheimer, restaurateur. Voluntariamente, el testigo se ofreció a
declarar. Como no hablaba francés, fue interrogado haciéndose uso de un
intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por delante de la casa en el
momento en que se oyeron los gritos. Se detuvo durante unos minutos, diez,
probablemente. Eran fuertes y prolongados, y producían horror y angustia. Fue
uno de los que entraron en la casa. Corrobora las declaraciones anteriores en
todos sus detalles, excepto uno: está seguro de que la voz aguda era la de un
hombre, la de un francés. No pudo distinguir claramente las palabras que había
pronunciado. Estaban dichas en alta voz y rápidamente, con cierta desigualdad,
pronunciadas, según suponía, con miedo y con ira al mismo tiempo. La voz era
áspera. Realmente, no puede asegurarse que fuese una voz aguda. La voz
grave dijo varias veces: "Sacré", "diable", y una sola "Man Dieu".
»Jules Mignaud, banquero, de la casa "Mignaud et Fils", de la rue
Deloraie. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía algunos
intereses. Había abierto una cuenta corriente en su casa de banca en la
primavera del año... (ocho años antes). Con frecuencia había ingresado
pequeñas cantidades. No retiró ninguna hasta tres días antes de su muerte. La
retiró personalmente, y la suma ascendía a cuatro mil francos. La cantidad fue
pagada en oro, y se encargó a un dependiente que la llevara a su casa.
»Adolphe Le Bon, dependiente de la "Banca Mignaud et Fils", declara que
en el día de autos, al mediodía, acompañó a Madame L'Espanaye a su domicilio
con los cuatro mil francos, distribuidos en dos pequeños talegos. Al abrirse la
puerta, apareció Mademoiselle L'Espanaye Ésta cogió uno de los saquitos, y la
anciana señora el otro. Entonces, él saludó y se fue. En aquellos momentos no
había nadie en la calle. Era una calle apartada, muy solitaria.
»William Bird, sastre, declara que fue uno de los que entraron en la casa.
Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fue uno de los primeros que subieron
por la escalera. Oyó las voces que disputaban. La gruesa era de un francés.
Pudo oír algunas palabras, pero ahora no puede recordarlas todas. Oyó
claramente "sacré" y "Man Dieu". Por un momento se produjo un rumor, como si
varias personas peleasen. Ruido de riña y forcejeo. La voz aguda era muy
fuerte, más que la grave. Está seguro de que no se trataba de la voz de ningún
inglés, sino más bien la de un alemán. Podía haber sido la de una mujer. No
entiende el alemán.
»Cuatro de los testigos mencionados arriba, nuevamente interrogados,
declararon que la puerta de la habitación en que fue encontrado el cuerpo de
Mademoiselle L'Espanaye se hallaba cerrada por dentro cuando el grupo llegó a
ella. Todo se hallaba en un silencio absoluto. No se oían ni gemidos ni ruidos de
ninguna especie. Al forzar la puerta, no se vio a nadie. Tanto las ventanas de la
parte posterior como las de la fachada estaban cerradas y aseguradas
fuertemente por dentro con sus cerrojos respectivos. Entre las dos salas se
hallaba también una puerta de comunicación, que estaba cerrada, pero no con
llave. La puerta que conducía de la habitación delantera al pasillo estaba cerrada
por dentro con llave. Una pequeña estancia de la parte delantera del cuarto piso,
a la entrada del pasillo, estaba abierta también, puesto que tenía la puerta
entornada. En esta sala se hacinaban camas viejas, cofres y objetos de esta
especie. No quedó una sola pulgada de la casa sin que hubiese sido registrada
cuidadosamente. Se ordenó que tanto por arriba como por abajo se introdujeran
deshollinadores por las chimeneas. La casa constaba de cuatro pisos, con
buhardillas (mansardas). En el techo se hallaba, fuertemente asegurado, un
escotillón, y parecía no haber sido abierto durante muchos años. Por lo que
respecta al intervalo de tiempo transcurrido entre las voces que disputaban y el
acto de forzar la puerta del piso, las afirmaciones de los testigos difieren
bastante. Unos hablan de tres minutos, y otros amplían este tiempo a cinco.
Costó mucho forzar la puerta.
»Alfonso García, empresario de pompas fúnebres, declara que habita en
la rue Morgue, y que es español. También formaba parte del grupo que entró en
la casa. No subió la escalera, porque es muy nervioso y temía los efectos que
pudiera producirle la emoción. Oyó las voces que disputaban. La grave era de
un francés. No pudo distinguir lo que decían, y está seguro de que la voz aguda
era de un inglés. No entiende este idioma, pero se basa en la entonación.
»Alberto Montan, confitero declara haber sido uno de los primeros en
subir la escalera. Oyó las voces aludidas. La grave era de francés. Pudo
distinguir varias palabras. Parecía como si este individuo reconviniera a otro. En
cambio, no pudo comprender nada de la voz aguda. Hablaba rápidamente y de
forma entrecortada. Supone que esta voz fuera la de un ruso. Corrobora también
las declaraciones generales. Es italiano. No ha hablado nunca con ningún ruso.
»Interrogados de nuevo algunos testigos, certificaron que las chimeneas
de todas las habitaciones del cuarto piso eran demasiado estrechas para que
permitieran el paso de una persona. Cuando hablaron de "deshollinadores", se
refirieron a las escobillas cilíndricas que con ese objeto usan los
limpiachimeneas. Las escobillas fueron pasadas de arriba abajo por todos los
tubos de la casa. En la parte posterior de ésta no hay paso alguno por donde
alguien hubiese podido bajar mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de
Mademoiselle L'Espanaye estaba tan fuertemente introducido en la chimenea,
que no pudo ser extraído de allí sino con la ayuda de cinco hombres.
»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado hacia el amanecer para
examinar los cadáveres. Yacían entonces los dos sobre las correas de la
armadura de la cama, en la habitación donde fue encontrada Mademoiselle
L'Espanaye. El cuerpo de la joven estaba muy magullado y lleno de
excoriaciones. Se explican suficientemente estas circunstancias por haber sido
empujado hacia arriba en la chimenea. Sobre todo, la garganta presentaba
grandes excoriaciones. Tenía también profundos arañazos bajo la barbilla, al
lado de una serie de lívidas manchas que eran, evidentemente, impresiones de
dedos. El rostro se hallaba horriblemente descolorido, y los ojos fuera de sus
órbitas. La lengua había sido mordida y seccionada parcialmente. Sobre el
estómago se descubrió una gran magulladura, producida, según se supone, por
la presión de una rodilla. Según Monsieur Dumas, Mademoiselle L'Espanaye
había sido estrangulada por alguna persona o personas desconocidas. El cuerpo
de su madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna
derecha y del brazo estaban, poco o mucho, quebrantados. La tibia izquierda,
igual que las costillas del mismo lado, estaban hechas astillas. Tenía todo el
cuerpo con espantosas magulladuras y descolorido. Es imposible certificar cómo
fueron producidas aquellas heridas. Tal vez un pesado garrote de madera, o una
gran barra de hierro —alguna silla—, o una herramienta ancha, pesada y roma,
podría haber producido resultados semejantes. Pero siempre que hubieran sido
manejados por un hombre muy fuerte. Ninguna mujer podría haber causado
aquellos golpes con clase alguna de arma. Cuando el testigo la vio, la cabeza de
la muerta estaba totalmente separada del cuerpo y, además, destrozada.
Evidentemente, la garganta había sido seccionada con un instrumento
afiladísimo, probablemente una navaja barbera.
»Alexandre Etienne, cirujano, declara haber sido llamado al mismo tiempo
que el doctor Dumas, para examinar los cuerpos. Corroboró la declaración y las
opiniones de éste.
»No han podido obtenerse más pormenores importantes en otros
interrogatorios. Un crimen tan extraño y tan complicado en todos sus aspectos
no había sido cometido jamás en París, en el caso de que se trate realmente de
un crimen. La Policía carece totalmente de rastro, circunstancia rarísima en
asuntos de tal naturaleza. Puede asegurarse, pues, que no existe la menor
pista.»
En la edición de la tarde, afirmaba el periódico que reinaba todavía gran
excitación en el quartier Saint-Roch; que, de nuevo, se habían investigado
cuidadosamente las circunstancias del crimen, pero que no se había obtenido
ningún resultado. A última hora anunciaba una noticia que Adolphe Le Bon había
sido detenido y encarcelado; pero ninguna de las circunstancias ya expuestas
parecía acusarle.
Dupin demostró estar particularmente interesado en el desarrollo de aquel
asunto; cuando menos, así lo deducía yo por su conducta, porque no hacía
ningún comentario. Tan sólo después de haber sido encarcelado Le Bon me
preguntó mi parecer sobre aquellos asesinatos.
Yo no pude expresarle sino mi conformidad con todo el público parisiense,
considerando aquel crimen como un misterio insoluble. No acertaba a ver el
modo en que pudiera darse con el asesino.
—Por interrogatorios tan superficiales no podemos juzgar nada con
respecto al modo de encontrarlo —dijo Dupin—. La Policía de París, tan
elogiada por su perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay más método en
sus diligencias que el que las circunstancias sugieren. Exhiben siempre las
medidas tomadas, pero con frecuencia ocurre que son tan poco apropiadas a los
fines propuestos que nos hacen pensar en Monsieur Jourdain pidiendo su
robede-chambre, pour mieux entendre la musique. A veces no dejan de ser
sorprendentes los resultados obtenidos. Pero, en su mayor parte, se consiguen
por mera insistencia y actividad. Cuando resultan ineficaces tales
procedimientos, fallan todos sus planes. Vidocq, por ejemplo, era un excelente
adivinador y un hombre perseverante; pero como su inteligencia carecía de
educación, se equivocaba con frecuencia por la misma intensidad de sus
investigaciones. Disminuía el poder de su visión por mirar el objeto tan de cerca.
Era capaz de ver, probablemente, una o dos circunstancias con una poco
corriente claridad; pero al hacerlo perdía necesariamente la visión total del
asunto. Esto puede decirse que es el defecto de ser demasiado profundo. La
verdad no está siempre en el fondo de un pozo. En realidad, yo pienso que, en
cuanto a lo que más importa conocer, es invariablemente superficial. La
profundidad se encuentra en los valles donde la buscamos, pero no en las
cumbres de las montañas, que es donde la vemos. Las variedades y orígenes
de esta especie de error tienen un magnífico ejemplo en la contemplación de los
cuerpos celestes. Dirigir a una estrella una rápida ojeada, examinarla
oblicuamente, volviendo hacia ella las partes exteriores de la retina (que son
más sensibles a las débiles impresiones de la luz que las anteriores), es
contemplar la estrella distintamente, obtener la más exacta apreciación de su
brillo, brillo que se oscurece a medida que volvemos nuestra visión de lleno
hacía ella. En el último caso, caen en los ojos mayor número de rayos, pero en
el primero se obtiene una receptibilidad más afinada. Con una extrema
profundidad, embrollamos y debilitamos el pensamiento, y aun lo confundimos.
Podemos, incluso, lograr que Venus se desvanezca del firmamento si le
dirigimos una atención demasiado sostenida, demasiado concentrada o
demasiado directa.
»Por lo que respecta a estos asesinatos, examinemos algunas
investigaciones por nuestra cuenta, antes de formar de ellos una opinión. Una
investigación como ésta nos procurará una buena diversión —a mí me pareció
impropia esta última palabra, aplicada al presente caso, pero no dije nada—, y,
por otra parte, Le Bon ha comenzado por prestarme un servicio y quiero
demostrarle que no soy un ingrato. Iremos al lugar del suceso y lo
examinaremos con nuestros propios ojos. Conozco a G..., el prefecto de Policía,
y no me será difícil conseguir el permiso necesario.
Nos fue concedida la autorización, y nos dirigimos inmediatamente a la
rue Morgue. Es ésta una de esas miserables callejuelas que unen la rue
Richelieu y la de Saint-Roch. Cuando llegamos a ella, eran ya las últimas horas
de la tarde, porque este barrio se encuentra situado a gran distancia de aquel en
que nosotros vivíamos. Pronto hallamos la casa; aún había frente a ella varias
personas mirando con vana curiosidad las ventanas cerradas. Era una casa
como tantas de París. Tenía una puerta principal, y en uno de sus lados había
una casilla de cristales con un bastidor corredizo en la ventanilla, y parecía ser la
loge de concierge2. Antes de entrar nos dirigimos calle arriba, y, torciendo de
nuevo, pasamos a la fachada posterior del edificio. Dupin examinó durante todo
este rato los alrededores, así como la casa, con una atención tan cuidadosa, que
me era imposible comprender su finalidad.
Volvimos luego sobre nuestros pasos, y llegamos ante la fachada de la
casa. Llamamos a la puerta, y después de mostrar nuestro permiso, los agentes
de guardia nos permitieron la entrada. Subimos las escaleras, hasta llegar a la
habitación donde había sido encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye
y donde se hallaban aún los dos cadáveres. Como de costumbre, había sido
respetado el desorden de la habitación. Nada vi de lo que se había publicado en
la Gazette des Tribunaux. Dupin lo analizaba todo minuciosamente, sin
exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos inmediatamente a otras
habitaciones, y bajamos luego al patio. Un gendarme nos acompañó a todas
partes, y la investigación nos ocupó hasta el anochecer, marchándonos
entonces. De regreso a nuestra casa, mi compañero se detuvo unos minutos en
las oficinas de un periódico.
He dicho ya que las rarezas de mi amigo eran muy diversas y que je les
menageais: esta frase no tiene equivalente en inglés. Hasta el día siguiente, a
mediodía, rehusó toda conversación sobre los asesinatos. Entonces me
preguntó de pronto si yo había observado algo particular en el lugar del hecho.
En su manera de pronunciar la palabra «particular» había algo que me
produjo un estremecimiento sin saber por qué.
—No, nada de particular —le dije—; por lo menos, nada más de lo que ya
sabemos por el periódico.
—Mucho me temo —me replicó— que la Gazette no haya logrado
penetrar en el insólito horror del asunto. Pero dejemos las necias opiniones de
este papelucho. Yo creo que si este misterio se ha considerado como insoluble,
por la misma razón debería de ser fácil de resolver, y me refiero al outre carácter
de sus circunstancias. La Policía se ha confundido por la ausencia aparente de
2 Portería.
motivos que justifiquen, no el crimen, sino la atrocidad con que ha sido cometido.
Asimismo, les confunde la aparente imposibilidad de conciliar las voces que
disputaban con la circunstancia de no haber hallado arriba sino a Mademoiselle
L'Espanaye, asesinada, y no encontrar la forma de que nadie saliera del piso sin
ser visto por las personas que subían por las escaleras. El extraño desorden de
la habitación; el cadáver metido con la cabeza hacia abajo en la chimenea; la
mutilación espantosa del cuerpo de la anciana, todas estas consideraciones, con
las ya descritas y otras no dignas de mención, han sido suficientes para paralizar
sus facultades, haciendo que fracasara por completo la tan cacareada
perspicacia de los agentes del Gobierno. Han caído en el grande aunque común
error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero precisamente por estas
desviaciones de lo normal es por donde ha de hallar la razón su camino en la
investigación de la verdad, en el caso de que ese hallazgo sea posible. En
investigaciones como la que estamos realizando ahora, no hemos de
preguntarnos tanto «qué ha ocurrido» como «qué ha ocurrido que no había
ocurrido jamás hasta ahora». Realmente la sencillez con que yo he de llegar o
he llegado ya a la solución de este misterio, se halla en razón directa con su
aparente falta de solución en el criterio de la Policía.
Con mudo asombro, contemplé a mi amigo.
—Estoy esperando ahora —continuó diciéndome mirando a la puerta de
nuestra habitación— a un individuo que aun cuando probablemente no ha
cometido esta carnicería bien puede estar, en cierta medida, complicado en ella.
Es probable que resulte inocente de la parte más desagradable de los crímenes
cometidos. Creo no equivocarme en esta suposición, porque en ella se funda mi
esperanza de descubrir el misterio. Espero a este individuo aquí en esta
habitación y de un momento a otro. Cierto es que puede no venir, pero lo
probable es que venga. Si viene, hay que detenerlo. Aquí hay unas pistolas, y
los dos sabemos cómo usarlas cuando las circunstancias lo requieren.
Sin saber lo que hacía, ni lo que oía, tomé las pistolas, mientras Dupin
continuaba hablando como si monologara. Se dirigían sus palabras a mí pero su
voz no muy alta, tenía esa entonación empleada frecuentemente al hablar con
una persona que se halla un poco distante. Sus pupilas inexpresivas miraban
fijamente hacia la pared.
—La experiencia ha demostrado plenamente que las voces que
disputaban —dijo—, oídas por quienes subían las escaleras, no eran las de las
dos mujeres. Este hecho descarta el que la anciana hubiese matado
primeramente a su hija y se hubiera suicidado después. Hablo de esto
únicamente por respeto al método; porque, además, la fuerza de Madame
L'Espanaye no hubiera conseguido nunca arrastrar el cuerpo de su hija por la
chimenea arriba tal como fue hallado. Por otra parte, la naturaleza de las heridas
excluye totalmente la idea del suicidio. Por tanto, el asesinato ha sido cometido
por terceras personas, y las voces de éstas son las que se oyeron disputar.
Permítame que le haga notar no todo lo que se ha declarado con respecto a
estas voces, sino lo que hay de particular en las declaraciones. ¿No ha
observado usted nada en ellas?
Yo le dije que había observado que mientras todos los testigos coincidían
en que la voz grave era de un francés, había un gran desacuerdo por lo que
respecta a la voz aguda, o áspera, como uno de ellos la había calificado.
—Esto es evidencia pura —dijo—, pero no lo particular de esa evidencia.
Usted no ha observado nada característico, pero, no obstante había algo que
observar. Como ha notado usted los testigos estuvieron de acuerdo en cuanto a
la voz grave. En ello había unanimidad. Pero lo que respecta a la voz aguda
consiste su particularidad, no en el desacuerdo, sino en que, cuando un italiano,
un inglés, un español, un holandés y un francés intentan describirla cada uno de
ellos opina que era la de un extranjero. Cada uno está seguro de que no es la de
un compatriota, y cada uno la compara, no a la de un hombre de una nación
cualquiera cuyo lenguaje conoce, sino todo lo contrario. Supone el francés que
era la voz de un español y que «hubiese podido distinguir algunas palabras de
haber estado familiarizado con el español». El holandés sostiene que fue la de
un francés, pero sabemos que, por «no conocer este idioma, el testigo había
sido interrogado por un intérprete». Supone el inglés que la voz fue la de un
alemán; pero añade que «no entiende el alemán». El español «está seguro» de
que es la de un inglés, pero tan sólo «lo cree por la entonación, ya que no tiene
ningún conocimiento del idioma». El italiano cree que es la voz de un ruso, pero
«jamás ha tenido conversación alguna con un ruso». Otro francés difiere del
primero, y está seguro de que la voz era de un italiano; pero aunque no conoce
este idioma, está, como el español, «seguro de ello por su entonación». Ahora
bien, ¡cuán extraña debía de ser aquella voz para que tales testimonios pudieran
darse de ella, en cuyas inflexiones, ciudadanos de cinco grandes naciones
europeas, no pueden reconocer nada que les sea familiar! Tal vez usted diga
que puede muy bien haber sido la voz de un asiático o la de un africano; pero ni
los asiáticos ni los africanos se ven frecuentemente por París. Pero, sin decir
que esto sea posible, quiero ahora dirigir su atención sobre tres puntos. Uno de
los testigos describe aquella voz como «más áspera que aguda»; otros dicen
que es «rápida y desigual»; en este caso, no hubo palabras (ni sonidos que se
parezcan a ella), que ningún testigo mencionara como inteligibles.
»Ignoro qué impresión —continuó Dupin— puedo haber causado en su
entendimiento, pero no dudo en manifestar que las legítimas deducciones
efectuadas con sólo esta parte de los testimonios conseguidos (la que se refiere
a las voces graves y agudas), bastan por sí mismas para motivar una sospecha
que bien puede dirigirnos en todo ulterior avance en la investigación de este
misterio. He dicho «legítimas deducciones», pero así no queda del todo
explicada mi intención. Quiero únicamente manifestar que esas deducciones son
las únicas apropiadas, y que mi sospecha se origina inevitablemente en ellas
como una conclusión única. No diré todavía cuál es esa sospecha. Tan sólo
deseo hacerle comprender a usted que para mí tiene fuerza bastante para dar
definida forma (determinada tendencia) a mis investigaciones en aquella
habitación.
»Mentalmente, trasladémonos a ella. ¿Qué es lo primero que hemos de
buscar allí? Los medios de evasión utilizados por los asesinos. No hay
necesidad de decir que ninguno de los dos creemos en este momento en
acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no han
sido, evidentemente, asesinadas por espíritus. Quienes han cometido el crimen
fueron seres materiales y escaparon por procedimientos materiales. ¿De qué
modo? Afortunadamente, sólo hay una forma de razonar con respecto a este
punto, y éste habrá de llevarnos a una solución precisa. Examinemos, pues, uno
por uno, los posibles medios de evasión. Cierto es que los asesinos se
encontraban en la alcoba donde fue hallada Mademoiselle L'Espanaye, o,
cuando menos, en la contigua, cuando las personas subían las escaleras. Por
tanto, sólo hay que investigar las salidas de estas dos habitaciones. La Policía
ha dejado al descubierto los pavimentos, los techos y la mampostería de las
paredes en todas partes. A su vigilancia no hubieran podido escapar
determinadas salidas secretas. Pero yo no me fiaba de sus ojos y he querido
examinarlo con los míos. En efecto, no había salida secreta. Las puertas de las
habitaciones que daban al pasillo estaban cerradas perfectamente por dentro.
Veamos las chimeneas. Aunque de anchura normal hasta una altura de ocho o
diez pies sobre los hogares, no puede, en toda su longitud, ni siquiera dar cabida
a un gato corpulento. La imposibilidad de salida por los ya indicados medios es,
por tanto, absoluta. Así, pues, no nos quedan más que las ventanas. Por la de la
alcoba que da a la fachada principal no hubiera podido escapar nadie sin que la
muchedumbre que había en la calle lo hubiese notado. Por tanto, los asesinos
han de haber pasado por las de la habitación posterior. Llevados, pues, de estas
deducciones y, de forma tan inequívoca, a esta conclusión, no podemos, según
un minucioso razonamiento, rechazarla, teniendo en cuenta aparentes
imposibilidades. Nos queda sólo por demostrar que esas aparentes
«imposibilidades» en realidad no lo son.
»En la habitación hay dos ventanas. Una de ellas no se halla obstruida
por los muebles, y está completamente visible. La parte inferior de la otra la
oculta a la vista la cabecera de la pesada armazón del lecho, estrechamente
pegada a ella. La primera de las dos ventanas está fuertemente cerrada y
asegurada por dentro. Resistió a los más violentos esfuerzos de quienes
intentaron levantarla. En la parte izquierda de su marco veíase un gran agujero
practicado con una barrena, y un clavo muy grueso hundido en él hasta la
cabeza. Al examinar la otra ventana se encontró otro clavo semejante, clavado
de la misma forma, y un vigoroso esfuerzo para separar el marco fracasó
también. La Policía se convenció entonces de que por ese camino no se había
efectuado la salida, y por esta razón consideró superfluo quitar aquellos clavos y
abrir las ventanas.
»Mi examen fue más minucioso, por la razón que acabo ya de decir, ya
que sabía era preciso probar que todas aquellas aparentes imposibilidades no lo
eran realmente.
Continué razonando así a posteriori. Los asesinos han debido de escapar
por una de estas ventanas. Suponiendo esto, no es fácil que pudieran haberlas
sujetado por dentro, como se las ha encontrado, consideración que, por su
evidencia, paralizó las investigaciones de la Policía en este aspecto. No
obstante, las ventanas estaban cerradas y aseguradas. Era, pues, preciso que
pudieran cerrarse por sí mismas. No había modo de escapar a esta conclusión.
Fui directamente a la ventana no obstruida, y con cierta dificultad extraje el clavo
y traté de levantar el marco. Como yo suponía, resistió a todos los esfuerzos.
Había, pues, evidentemente, un resorte escondido, y este hecho, corroborado
por mi idea, me convenció de que mis premisas, por muy misteriosas que
apareciesen las circunstancias relativas a los clavos, eran correctas. Una
minuciosa investigación me hizo descubrir pronto el oculto resorte. Lo oprimí y,
satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve de abrir la ventana.
»Volví entonces a colocar el clavo en su sitio, después de haberlo
examinado atentamente. Una persona que hubiera pasado por aquella ventana
podía haberla cerrado y haber funcionado solo el resorte. Pero el clavo no podía
haber sido colocado. Esta conclusión está clarisima, y restringía mucho el
campo de mis investigaciones. Los asesinos debían, por tanto, de haber
escapado por la otra ventana. Suponiendo que los dos resortes fueran iguales,
como era posible, debía, pues, de haber una diferencia entre los clavos, o, por lo
menos, en su colocación. Me subí sobre las correas de la armadura del lecho, y
por encima de su cabecera examiné minuciosamente la segunda ventana.
Pasando la mano por detrás de la madera, descubrí y apreté el resorte, que,
como yo había supuesto, era idéntico al anterior. Entonces examiné el clavo. Era
del mismo grueso que el otro, y aparentemente estaba clavado de la misma
forma, hundido casi hasta la cabeza.
»Tal vez diga usted que me quedé perplejo; pero si piensa semejante
cosa es que no ha comprendido bien la naturaleza de mis deducciones.
Sirviéndome de un término deportivo, no me he encontrado ni una vez «en
falta». El rastro no se ha perdido ni un solo instante. En ningún eslabón de la
cadena ha habido un defecto. Hasta su última consecuencia he seguido el
secreto. Y la consecuencia era el clavo. En todos sus aspectos, he dicho,
aparentaba ser análogo al de la otra ventana; pero todo esto era nada (tan
decisivo como parecía) comparado con la consideración de que en aquel punto
terminaba mi pista. «Debe de haber algún defecto en este clavo», me dije. Lo
toqué, y su cabeza, con casi un cuarto de su espiga, se me quedó en la mano.
El resto quedó en el orificio donde se había roto. La rotura era antigua, como se
deducía del óxido de sus bordes, y, al parecer, había sido producido por un
martillazo que hundió una parte de la cabeza del clavo en la superficie del
marco. Volví entonces a colocar cuidadosamente aquella parte en el lugar de
donde la había separado, y su semejanza con un clavo intacto fue completa. La
rotura era inapreciable. Apreté el resorte y levanté suavemente el marco unas
pulgadas. Con él subió la cabeza del clavo, quedando fija en su agujero. Cerré la
ventana, y fue otra vez perfecta la apariencia del clavo entero.
»Hasta aquí estaba resuelto el enigma. El asesino había huido por la
ventana situada a la cabecera del lecho. Al bajar por sí misma, luego de haber
escapado por ella, o tal vez al ser cerrada deliberadamente, se había quedado
sujeta por el resorte, y la sujeción de éste había engañado a la Policía,
confundiéndola con la del clavo, por lo cual se había considerado innecesario
proseguir la investigación.
»El problema era ahora saber cómo había bajado el asesino. Sobre este
punto me sentía satisfecho de mi paseo en torno al edificio. Aproximadamente a
cinco pies y medio de la ventana en cuestión, pasa la cadena de un pararrayos.
Por ésta hubiera sido imposible a cualquiera llegar hasta la ventana, y ya no
digamos entrar. Sin embargo, al examinar los postigos del cuarto piso, vi que
eran de una especie particular, que los carpinteros parisienses llaman ferrades,
especie poco usada hoy, pero hallada frecuentemente en las casas antiguas de
Lyon y Burdeos. Tienen la forma de una puerta normal (sencilla y no de dobles
batientes), excepto que su mitad superior está enrejada o trabajada a modo de
celosía, por lo que ofrece un asidero excelente para las manos. En el caso en
cuestión, estos postigos tienen una anchura de tres pies y medio3, más o menos.
Cuando los vimos desde la parte posterior de la casa, los dos estaban abiertos
hasta la mitad; es decir, formaban con la pared un ángulo recto. Es probable que
la Policía haya examinado, como yo, la parte posterior del edificio; pero al mirar
las ferrades en el sentido de su anchura (como deben de haberlo hecho), no se
han dado cuenta de la dimensión en este sentido, o cuando menos no le han
dado la necesaria importancia. En realidad, una vez se convencieron de que no
podía efectuarse la huida por aquel lado, no lo examinaron sino
superficialmente. Sin embargo, para mí era claro que el postigo que pertenecía a
la ventana situada a la cabecera de la cama, si se abría totalmente, hasta que
tocara la pared, llegaría hasta unos dos pies4 de la cadena del pararrayos.
También estaba claro que con el esfuerzo de una energía y un valor insólitos
podía muy bien haberse entrado por aquella ventana con ayuda de la cadena.
Llegado a aquella distancia de dos pies y medio (supongamos ahora abierto el
postigo), un ladrón hubiese podido encontrar en el enrejada un sólido asidero,
para que luego, desde él, soltando la cadena y apoyando bien los pies contra la
pared, pudiera lanzarse rápidamente, caer en la habitación y atraer hacia sí
violentamente el postigo, de modo que se cerrase, y suponiendo, desde luego,
que se hallara siempre la ventana abierta.
3 3,5 pies = 1 metro aprox.
4 2 pies = 60 cm. (aprox.)
»Tenga usted en cuenta que me he referido a una energía insólita,
necesaria para llevar a cabo con éxito una empresa tan arriesgada y difícil. Mi
propósito es el de demostrarle, en primer lugar, que el hecho podía realizarse, y
en segundo, y muy principalmente, llamar su atención sobre el carácter
extraordinario, casi sobrenatural, de la agilidad necesaria para su ejecución.
»Me replicará usted, sin duda, valiéndose del lenguaje de la ley, que para
«defender mi causa» debiera más bien prescindir de la energía requerida en ese
caso antes que insistir en valorarla exactamente. Esto es realizable en la
práctica forense, pero no en la razón. Mi objetivo final es la verdad tan sólo, y mi
propósito inmediato conducir a usted a que compare esa insólita energía de que
acabo de hablarle con la peculiarísima voz aguda (o áspera), y desigual, con
respecto a cuya nacionalidad no se han hallado siquiera dos testigos que
estuviesen de acuerdo, y en cuya pronunciación no ha sido posible descubrir
una sola sílaba.
A estas palabras comenzó a formarse en mi espíritu una vaga idea de lo
que pensaba Dupin. Me parecía llegar al límite de la comprensión, sin que
todavía pudiera entender, lo mismo que esas personas que se encuentran
algunas veces al borde de un recuerdo y no son capaces de llegar a conseguirlo.
Mi amigo continuó su razonamiento.
—Habrá usted visto —dijo— que he retrotraído la cuestión del modo de
salir al de entrar. Mi plan es demostrarle que ambas cosas se han efectuado de
la misma manera y por el mismo sitio. Volvamos ahora al interior de la
habitación. Estudiemos todos sus aspectos. Según se ha dicho, los cajones de
la cómoda han sido saqueados, aunque han quedado en ellos algunas prendas
de vestir. Esta conclusión es absurda. Es una simple conjetura, muy necia, por
cierto, y nada más. ¿Cómo es posible saber que todos esos objetos encontrados
en los cajones no eran todo lo que contenían? Madame L'Espanaye y su hija
vivían una vida excesivamente retirada. No se trataban con nadie, salían rara
vez y, por consiguiente, tenían pocas ocasiones para cambiar de vestido. Los
objetos que se han encontrado eran de tan buena calidad, por lo meno
cualquiera de los que posiblemente hubiesen poseído esas señoras. Si un
ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no los mejores, o por qué no todos? En
fin, ¿hubiese abandonado cuatro mil francos en oro para cargar con un fardo de
ropa blanca? El oro fue abandonado. Casi la totalidad de la suma mencionada
por Monsieur Mignaud, el banquero, ha sido hallada en el suelo, en los saquitos.
Insisto, por tanto, en querer descartar de su pensamiento la idea desatinada de
un motivo, engendrada en el cerebro de la Policía por esa declaración que se
refiere a dinero entregado a la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más
notables que ésta (entrega del dinero y asesinato, tres días más tarde, de la
persona que lo recibe) se presentan constantemente en nuestra vida sin
despertar siquiera nuestra atención momentánea. Por lo general las
coincidencias son otros tantos motivos de error en el camino de esa clase de
pensadores educados de tal modo que nada saben de la teoría de
probabilidades, esa teoría a la cual las más memorables conquistas de la
civilización humana deben lo más glorioso de su saber. En este caso, si el oro
hubiera desaparecido, el hecho de haber sido entregado tres días antes hubiese
podido parecer algo más que una coincidencia. Corroboraría la idea de un
motivo. Pero, dadas las circunstancias reales del caso, si hemos de suponer que
el oro ha sido el móvil del hecho, también debemos imaginar que quien lo ha
cometido ha sido tan vacilante y tan idiota que ha abandonado al mismo tiempo
el oro y el motivo.
»Fijados bien en nuestro pensamiento los puntos sobre los cuales he
llamado su atención (la voz peculiar, la insólita agilidad y la sorprendente falta de
motivo en un crimen de una atrocidad tan singular como éste), examinemos por
sí misma esta carnicería. Nos encontramos con una mujer estrangulada con las
manos y metida cabeza abajo en una chimenea. Normalmente, los criminales no
emplean semejante procedimiento de asesinato. En el violento modo de
introducir el cuerpo en la chimenea habrá usted de admitir que hay algo
excesivamente exagerado, algo que está en desacuerdo con nuestras corrientes
nociones respecto a los actos humanos, aun cuando supongamos que los
autores de este crimen sean los seres más depravados. Por otra parte, piense
usted cuán enorme debe de haber sido la fuerza que logró introducir tan
violentamente el cuerpo hacia arriba en una abertura como aquélla, por cuanto
los esfuerzos unidos de varias personas apenas si lograron sacarlo de ella.
»Fijemos ahora nuestra atención en otros indicios que ponen de
manifiesto este vigor maravilloso. Había en el hogar unos espesos mechones de
grises cabellos humanos. Habían sido arrancados de cuajo. Sabe usted la fuerza
que es necesaria para arrancar de la cabeza, aun cuando no sean más que
veinte o treinta cabellos a la vez. Usted habrá visto tan bien como yo aquellos
mechones. Sus raíces (¡qué espantoso espectáculo!) tenían adheridos
fragmentos de cuero cabelludo, segura prueba de la prodigiosa fuerza que ha
sido necesaria para arrancar tal vez un millar de cabellos a la vez. La garganta
de la anciana no sólo estaba cortada, sino que tenía la cabeza completamente
separada del cuerpo, y el instrumento para esta operación fue una sencilla
navaja barbera. Le ruego que se fije también en la brutal ferocidad de tal acto.
No es necesario hablar de las magulladuras que aparecieron en el cuerpo de
Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su honorable colega Monsieur Etienne
han declarado que habían sido producidas por un instrumento romo. En ello,
estos señores están en lo cierto. El instrumento ha sido, sin duda alguna, el
pavimento del patio sobre el que la víctima ha caído desde la ventana situada
encima del lecho. Por muy sencilla que parezca ahora esta idea, escapó a la
Policía, por la misma razón que le impidió notar la anchura de los postigos,
porque, dada la circunstancia de los clavos, su percepción estaba
herméticamente cerrada a la idea de que las ventanas hubieran podido ser
abiertas.
»Si ahora, como añadidura a todo esto, ha reflexionado usted bien acerca
del extraño desorden de la habitación, hemos llegado ya al punto de combinar
las ideas de agilidad maravillosa, fuerza sobrehumana, bestial ferocidad,
carnicería sin motivo, una grotesquerie en lo horrible, extraña en absoluto a la
humanidad, y una voz extranjera por su acento para los oídos de hombres de
distintas naciones y desprovista de todo silabeo que pudieran advertirse distinta
e inteligiblemente. ¿Qué se deduce de todo ello? ¿Cuál es la impresión que ha
producido en su imaginación?
Al hacerme Dupin esta pregunta, sentí un escalofrío.
—Un loco ha cometido ese crimen —dije—, algún lunático furioso que se
habrá escapado de alguna Maison de Santé vecina.
—En algunos aspectos —me contestó— no es desacertada su idea. Pero
hasta en sus más feroces paroxismos, las voces de los locos no se parecen
nunca a esa voz peculiar oída desde la calle. Los locos pertenecen a una nación
cualquiera, y su lenguaje, aunque incoherente, es siempre articulado. Por otra
parte, el cabello de un loco no se parece al que yo tengo en la mano. De los
dedos rígidamente crispados de Madame L'Espanaye he desenredado esté
pequeño mechón. ¿Qué puede usted deducir de esto?
—Dupin —exclamé, completamente desalentado—, ¡qué cabello más
raro! No es un cabello humano.
—Yo no he dicho que lo fuera —me contestó—. Pero antes de decidir con
respecto a este particular, le ruego que examine este pequeño diseño que he
trazado en un trozo de papel. Es un facsímil que representa lo que una parte de
los testigos han declarado como cárdenas magulladuras y profundos rasguños
producidos por las uñas en el cuello de Mademoiselle L'Espanaye, y que los
doctores Dumas y Etienne llaman una serie de manchas lívidas evidentemente
producidas por la impresión de los dedos.
Comprenderá usted —continuó mi amigo, desdoblando el papel sobre la
mesa y ante nuestros ojos —que este dibujo da idea de una presión firme y
poderosa. Aquí no hay deslizamiento visible. Cada dedo ha conservado, quizás
hasta la muerte de la víctima, la terrible presa en la cual se ha moldeado. Pruebe
usted ahora de colocar sus dedos, todos a un tiempo, en las respectivas
impresiones, tal como las ve usted aquí.
Lo intenté en vano.
—Es posible —continuó— que no efectuemos esta experiencia de un
modo decisivo. El papel está desplegado sobre una superficie plana, y la
garganta humana es cilíndrica. Pero aquí tenemos un tronco cuya circunferencia
es, poco más o menos, la de la garganta. Arrolle a su superficie este diseño y
volvamos a efectuar la experiencia.
Lo hice así, pero la dificultad fue todavía más evidente que la primera vez.
—Esta —dije— no es la huella de una mano humana.
—Ahora, lea este pasaje de Cuvier —continuó Dupin.
Era una historia anatómica, minuciosa y general, del gran orangután
salvaje de las islas de la India Oriental. Son harto conocidas de todo el mundo la
gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad salvaje y las
facultades de imitación de estos mamíferos. Comprendí entonces, de pronto,
todo el horror de aquellos asesinatos.
—La descripción de los dedos —dije, cuando hube terminado la lectura—
está perfectamente de acuerdo con este dibujo. Creo que ningún animal,
excepto el orangután de la especie que aquí se menciona, puede haber dejado
huellas como las que ha dibujado usted. Este mechón de pelo ralo tiene el
mismo carácter que el del animal descrito por Cuvier. Pero no me es posible
comprender las circunstancias de este espantoso misterio. Hay que tener en
cuenta, además, que se oyeron disputar dos voces, e, indiscutiblemente, una de
ellas pertenecía a un francés.
—Cierto, y recordará usted una expresión atribuida casi unánimemente a
esa voz por los testigos; la expresión «Mon Dieu». Y en tales circunstancias, uno
de los testigos (Montani, el confitero) la identificó como expresión de protesta o
reconvención. Por tanto, yo he fundado en estas voces mis esperanzas de la
completa solución de este misterio. Indudablemente, un francés conoce el
asesinato. Es posible, y en realidad, más que posible, probable, que él sea
inocente de toda participación en los hechos sangrientos que han ocurrido.
Puede habérsele escapado el orangután, y puede haber seguido su rastro hasta
la habitación. Pero, dadas las agitadas circunstancias que se hubieran
producido, pudo no haberle sido posible capturarle de nuevo. Todavía anda
suelto el animal. No es mi propósito continuar estas conjeturas, y las califico así
porque no tengo derecho a llamarlas de otro modo, ya que los atisbos de
reflexión en que se fundan apenas alcanzan la suficiente base para ser
apreciables incluso para mi propia inteligencia, y, además, porque no puedo
hacerlas inteligibles para la comprensión de otra persona. Llamémoslas, pues,
conjeturas, y considerémoslas así. Si, como yo supongo, el francés a que me
refiero es inocente de tal atrocidad, este anuncio que, a nuestro regreso, dejé en
las oficinas de Le Monde, un periódico consagrado a intereses marítimos y muy
buscado por los marineros, nos lo traerá a casa.
Me entregó el periódico, y leí:

CAPTURA

En el Bois de Boulogne se ha encontrado a primeras horas de la mañana
del día... de los corrientes (la mañana del crimen), un enorme orangután de la
especie de Borneo. Su propietario (que se sabe es un marino perteneciente a la
tripulación de un navío maltés) podrá recuperar el animal, previa su
identificación, pagando algunos pequeños gestos ocasionados por su captura y
manutención. Dirigirse al número... de la rue... faubourg Saint-Germain... tercero.
—¿Cómo ha podido usted saber —le pregunté a Dupin— que el individuo
de que se trata es marinero y está enrolado en un navío maltés?
—Yo no lo conozco —repuso Dupin—. No estoy seguro de que exista.
Pero tengo aquí este pedacito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasiento
aspecto, ha sido usada, evidentemente, para anudar los cabellos en forma de
esas largas guerres5 a que tan aficionados son los marineros. Por otra parte,
este lazo saben anudarlo muy pocas personas, y es característico de los
malteses. Recogí esta cinta al pie de la cadena del pararrayos. No puede
pertenecer a ninguna de las dos víctimas. Todo lo más, si me he equivocado en
mis deducciones con respecto a este lazo, es decir, pensando que ese francés
sea un marinero enrolado en un navío maltés, no habré perjudicado a nadie
diciendo lo que he dicho en el anuncio. Si me he equivocado, supondrá él que
algunas circunstancias me engañaron, y no se tomará el trabajo de inquirirlas.
Pero, si acierto, habremos dado un paso muy importante. Aunque inocente del
crimen, el francés habrá de conocerlo, y vacilará entre si debe responder o no al
anuncio y reclamar o no al orangután.
Sus razonamientos serán los siguientes: «Soy inocente; soy pobre; mi
orangután vale mucho dinero, una verdadera fortuna para un hombre que se
encuentra en mi situación. ¿Por qué he de perderlo por un vano temor al
peligro? Lo tengo aquí, a mi alcance. Lo encontraron en el Bois de Boulogne, a
mucha distancia del escenario de aquel crimen. ¿Quién sospecharía que un
animal ha cometido semejante acción? La Policía está despistada. No ha
obtenido el menor indicio. Dado el caso de que sospecharan del animal, será
imposible demostrar que yo tengo conocimiento del crimen, ni mezclarme en él
por el solo hecho de conocerlo. Además, me conocen. El anunciante me señala
como dueño del animal. No sé hasta qué punto llega este conocimiento. Si
soslayo el reclamar una propiedad de tanto valor y que, además, se sabe que es
mía, concluiré haciendo sospechoso al animal. No es prudente llamar la atención
sobre mí ni sobre él. Contestaré, por tanto, a este anuncio, recobraré mi
orangután y le encerraré hasta que se haya olvidado por completo este asunto.»
En este instante oímos pasos en la escalera.
—Esté preparado —me dijo Dupin—. Coja sus pistolas, pero no haga uso
de ellas, ni las enseñe, hasta que yo le haga una señal.
Habíamos dejado abierta la puerta principal de la casa. El visitante entró
sin llamar y subió algunos peldaños de la escalera. Ahora, sin embargo, parecía
vacilar. Le oímos descender. Dupin se precipitó hacia la puerta, pero en aquel
instante le oímos subir de nuevo. Ahora ya no retrocedía por segunda vez, sino
que subió con decisión y llamó a la puerta de nuestro piso.
—Adelante—dijo Dupin con voz satisfecha y alegre.
5 Coletas.
Entró un hombre. A no dudarlo, era un marinero; un hombre alto, fuerte,
musculoso, con una expresión de arrogancia no del todo desagradable. Su
rostro, muy atezado, estaba oculto en más de su mitad por las patillas y el
mustachio. Estaba provisto de un grueso garrote de roble, y no parecía llevar
otras armas. Saludó, inclinándose torpemente, pronunciando un «Buenas
tardes» con acento francés, el cual, aunque, bastardeada levemente por el
suizo, daba a conocer a las claras su origen parisiense.
—Siéntese, amigo —dijo Dupin—. Supongo que viene a reclamar su
orangután. Le aseguro que casi se lo envidio. Es un hermoso animal, y, sin duda
alguna, de mucho precio. ¿Qué edad cree usted que tiene?
El marinero suspiró hondamente, como quien se libra de un peso
intolerable, y contestó luego con voz firme:
—No puedo decírselo, pero no creo que tenga más de cuatro o cinco
años. ¿Lo tiene usted aquí?
—¡Oh, no! Esta habitación no reúne condiciones para ello. Está en una
cuadra de alquiler en la rue Dubourg, cerca de aquí. Mañana por la mañana, si
usted quiere, podrá recuperarlo. Supongo que vendrá usted preparado para
demostrar su propiedad.
—Sin duda alguna, señor.
—Mucho sentiré tener que separarme de él —dijo Dupin.
—No pretendo que se haya usted tomado tantas molestias para nada,
señor —dijo el hombre—. Ni pensarlo. Estoy dispuesto a pagar una gratificación
por el hallazgo del animal, mientras sea razonable.
—Bien —contestó mi amigo—. Todo esto es, sin duda, muy justo.
Veamos. ¿Qué voy a pedirle? ¡Ah, ya sé! Se lo diré ahora. Mi gratificación será
ésta: ha de decirme usted cuanto sepa con respecto a los asesinatos de la rue
Morgue.
Estas últimas palabras las dijo Dupin en voz muy baja y con una gran
tranquilidad. Con análoga tranquilidad se dirigió hacia la puerta, la cerró y se
guardó la llave en el bolsillo. Luego sacó la pistola, y, sin mostrar agitación
alguna, la dejó sobre la mesa.
La cara del marinero enrojeció como si se hallara en un arrebato de
sofocación. Se levantó y empuñó su bastón. Pero inmediatamente se dejó caer
sobre la silla, con un temblor convulsivo y con el rostro de un cadáver. No dijo
una sola palabra, y le compadecí de todo corazón.
—Amigo mío —dijo Dupin bondadosamente—, le aseguro que se alarma
usted sin motivo alguno. No es nuestro propósito causarle el menor daño. Le doy
a usted mi palabra de honor de caballero y francés, que nuestra intención no es
perjudicarle. Sé perfectamente que nada tiene usted que ver con las atrocidades
de la rue Morgue. Sin embargo, no puedo negar que, en cierto modo, está usted
complicado. Por cuanto le digo comprenderá usted perfectamente, que, con
respecto a este punto, poseo excelentes medios de información, medios en los
cuales no hubiera usted pensado jamás. El caso está ya claro para nosotros.
Nada ha hecho usted que haya podido evitar. Naturalmente, nada que lo haga a
usted culpable. Nadie puede acusarle de haber robado, pudiendo haberlo hecho
con toda impunidad, y no tiene tampoco nada que ocultar. También carece de
motivos para hacerlo. Además, por todos los principios del honor, está usted
obligado a confesar cuanto sepa. Se ha encarcelado a un inocente a quien se
acusa de un crimen cuyo autor solamente usted puede señalar.
Cuando Dupin hubo pronunciado estas palabras, ya el marinero había
recobrado un poco su presencia de ánimo. Pero toda su arrogancia había
desaparecido.
—¡Que Dios me ampare! —exclamó después de una breve pausa—. Le
diré cuanto sepa sobre el asunto; pero estoy seguro de que no creerá usted ni la
mitad siquiera. Estaría loco si lo creyera. Sin embargo, soy inocente, y aunque
me cueste la vida le hablaré con franqueza.
En resumen, fue esto lo que nos contó:
Había hecho recientemente un viaje al archipiélago Indico. Él formaba
parte de un grupo que desembarcó en Borneo, y pasó al interior para una
excursión de placer. Entre éI y un compañero suyo habían dado captura al
orangután. Su compañero murió, y el animal quedó de su exclusiva pertenencia.
Después de muchas molestias producidas por la ferocidad indomable del
cautivo, durante el viaje de regreso consiguió por fin alojarlo en su misma casa,
en París, donde, para no atraer sobre él la curiosidad insoportable de los
vecinos, lo recluyó cuidadosamente, con objeto de que curase de una herida que
se había producido en un pie con una astilla, a bordo de su buque. Su proyecto
era venderlo.
Una noche, o, mejor dicho, una mañana, la del crimen, al volver de una
francachela celebrada con algunos marineros, encontró al animal en su alcoba.
Se había escapado del cuarto contiguo, donde él creía tenerlo seguramente
encerrado. Se hallaba sentado ante un espejo, teniendo una navaja de afeitar en
una mano. Estaba todo enjabonado, intentando afeitarse, operación en la que
probablemente había observado a su amo a través del ojo de la cerradura.
Aterrado, viendo tan peligrosa arma en manos de un animal tan feroz y
sabiéndole muy capaz de hacer uso de ella, el hombre no supo qué hacer
durante un segundo. Frecuentemente había conseguido dominar al animal en
sus accesos más furiosos utilizando un látigo, y recurrió a él también en aquella
ocasión. Pero al ver el látigo, el orangután saltó de repente fuera de la
habitación, echó a correr escaleras abajo, y, viendo una ventana,
desgraciadamente abierta, salió a la calle.
El francés, desesperado, corrió tras él. El mono, sin soltar la navaja, se
paraba de vez en cuando, se volvía y le hacía muecas, hasta que el hombre
llegaba cerca de él; entonces escapaba de nuevo. La persecución duró así un
buen rato. Se hallaban las calles en completa tranquilidad, porque serían las tres
de la madrugada. Al descender por un pasaje situado detrás de la rue Morgue, la
atención del fugitivo fue atraída por una luz procedente de la ventana abierta de
la habitación de Madame L'Espanaye, en el cuarto piso. Se precipitó hacia la
casa, y al ver la cadena del pararrayos, trepó ágilmente por ella, se agarró al
postigo, que estaba abierto de par en par hasta la pared, y, apoyándose en ésta,
se lanzó sobre la cabecera de la cama. Apenas si toda esta gimnasia duró un
minuto. El orangután, al entrar en la habitación, había rechazado contra la pared
el postigo, que de nuevo quedó abierto.
El marinero estaba entonces contento y perplejo. Tenía grandes
esperanzas de capturar ahora al animal, que podría escapar difícilmente de la
trampa donde se había metido, de no ser que lo hiciera por la cadena, donde él
podría salirle al paso cuando descendiese. Por otra parte, le inquietaba
grandemente lo que pudiera ocurrir en el interior de la casa, y esta última
reflexión le decidió a seguir al fugitivo. Para un marinero no es difícil trepar por
una cadena de pararrayos. Pero una vez hubo llegado a la altura de la ventana,
cerrada entonces, se vio en la imposibilidad de alcanzarla. Todo lo que pudo
hacer fue dirigir una rápida ojeada al interior de la habitación. Lo que vio le
sobrecogió de tal modo de terror que estuvo a punto de caer. Fue entonces
cuando se oyeron los terribles gritos que despertaron, en el silencio de la noche,
al vecindario de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, vestidas con sus
camisones, estaban, según parece, arreglando algunos papeles en el cofre de
hierro ya mencionado, que había sido llevado al centro de la habitación. Estaba
abierto, y esparcido su contenido por el suelo. Sin duda, las víctimas se hallaban
de espaldas a la ventana, y, a juzgar por el tiempo que transcurrió entre la
llegada del animal y los gritos, es probable que no se dieran cuenta
inmediatamente de su presencia. El golpe del postigo debió de ser
verosímilmente atribuido al viento.
Cuando el marinero miró al interior, el terrible animal había asido a
Madame L’Espanaye por los cabellos, que, en aquel instante, tenía sueltos, por
estarse peinando, y movía la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un
barbero. La hija yacía inmóvil en el suelo, desvanecida. Los gritos y los
esfuerzos de la anciana (durante los cuales estuvo arrancando el cabello de su
cabeza) tuvieron el efecto de cambiar los probables propósitos pacíficos del
orangután en pura cólera. Con un decidido movimiento de su hercúleo brazo le
separó casi la cabeza del tronco. A la vista de la sangre, su ira se convirtió en
frenesí. Con los dientes apretados y despidiendo llamas por los ojos, se lanzó
sobre el cuerpo de la hija y clavó sus terribles garras en su garganta, sin soltarla
hasta que expiró. Sus extraviadas y feroces miradas se fijaron entonces en la
cabecera del lecho, sobre la cual la cara de su amo, rígida por el horror, apenas
si se distinguía en la oscuridad. La furia de la bestia, que recordaba todavía el
terrible látigo, se convirtió instantáneamente en miedo. Comprendiendo que lo
que había hecho le hacía acreedor de un castigo, pareció deseoso de ocultar su
sangrienta acción. Con la angustia de su agitación y nerviosismo, comenzó a dar
saltos por la alcoba, derribando y destrozando los muebles con sus movimientos
y levantando los colchones del lecho. Por fin, se apoderó del cuerpo de la joven
y a empujones lo introdujo por la chimenea en la posición en que fue
encontrado. Inmediatamente después se lanzó sobre el de la madre y lo
precipitó de cabeza por la ventana.
Al ver que el mono se acercaba a la ventana con su mutilado fardo, el
marinero retrocedió horrorizado hacia la cadena, y, más que agarrándose,
dejándose deslizar por ella, se fue inmediata y precipitadamente a su casa, con
el temor de las consecuencias de aquella horrible carnicería, y abandonando
gustosamente, tal fue su espanto, toda preocupación por lo que pudiera
sucederle al orangután. Así, pues, las voces oídas por la gente que subía las
escaleras fueron sus exclamaciones de horror, mezcladas con los diabólicos
parloteos del animal.
Poco me queda que añadir. Antes del amanecer, el orangután debió de
huir de la alcoba, utilizando la cadena del pararrayos. Maquinalmente cerraría la
ventana al pasar por ella. Tiempo más tarde fue capturado por su dueño, quien
lo vendió por una fuerte suma para el Jardín des plantes. Después de haber
contado cuanto sabíamos, añadiendo algunos comentarios por parte de Dupin,
en el bureau del Prefecto de Policía, Le Bon fue puesto inmediatamente en
libertad. El funcionario, por muy inclinado que estuviera en favor de mi amigo, no
podía disimular de modo alguno su mal humor, viendo el giro que el asunto
había tomado y se permitió una o dos frases sarcásticas con respecto a la
corrección de las personas que se mezclaban en las funciones que a él le
correspondían.
—Déjele que diga lo que quiera —me dijo luego Dupin, que no creía
oportuno contestar—. Déjele que hable. Así aligerará su conciencia. Por lo que a
mí respecta, estoy contento de haberle vencido en su propio terreno. No
obstante, el no haber acertado la solución de este misterio no es tan extraño
como él supone, porque, realmente, nuestro amigo el Prefecto es lo
suficientemente agudo para pensar sobre ello con profundidad. Pero su ciencia
carece de base. Todo él es cabeza, mas sin cuerpo, como las pinturas de la
diosa Laverna, o, por mejor decir, todo cabeza y espalda, como el bacalao. Sin
embargo, es una buena persona. Le aprecio particularmente por un rasgo
magistral de hipocresía, al cual debe su reputación de hombre de talento. Me
refiero a su modo de nier ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas6.


F I N

6 De negar lo que es y explicar lo que no es. Rousseau nouvelle Heloïse.

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