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sábado, 3 de julio de 2010

Pluma, Lápiz Y Veneno, Estudio En Verso (Ensayo) Oscar Wilde





Pluma, Lápiz Y Veneno,

Estudio En Verso

(Ensayo)


Oscar Wilde

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A menudo, la gente reprocha a los escritores y artistas que sólo sean hombres de acción de un modo imperfecto e incom­pleto. Y sin embargo, es muy normal que así sea. Esa concen­tración del pensamiento, ese ardor vehemente que caracterizan el temperamento del artista, excluyen a la fuerza las otras cuali­dades. Para aquellos a quienes viven preocupados por la belle­za de la forma no existe ya nada más en el mundo que tenga verdadera importancia. No obstante lo cual, abundan las ex­cepciones a esta regla. Rubens fue embajador; Goethe, conseje­ro de Estado, y Milton, secretario latino de Cromwell. De la misma manera, Sófocles desempeñó cargos cívicos en su ciudad natal; la suprema aspiración de los humoristas, críticos y nove­listas de la América moderna es llegar a ser representantes di­plomáticos de su país en el extranjero. En cuanto a Thomas Griffiths Wainewrigth, amigo de Charles Lamb y objeto de este breve estudio, a pesar de su temperamento, muy artístico, tuvo, además del arte, otros muchos maestros y no se contentó tan sólo con ser poeta, crítico de arte, anticuario, prosista, aficionado a todo lo bello y gustador de todo lo delicioso, sino que fue también un falsificador de una habilidad prodigiosa y un sutil y misterioso envenenador, acaso sin rival en época alguna.

Este hombre, tan notable y poderoso con "la pluma, el lá­piz y el veneno", como ha dicho bellamente un importante poeta de nuestra época, nació en Cheswick en 1794. Su padre era hijo de un distinguido abogado de Grays Inn y de Hatton Garden, y su madre, hija del célebre doctor Griffiths, director y fundador de la Revista Mensual y socio, en otra empresa literaria de Thomas Davies, aquel famoso librero del que Jhonson dijo que no era un librero, sino un "gentilhombre dedicado a los li­bros", amigo de Goldsmith de Wedgwood y uno de los hombres más célebres su tiempo. La señora Wainewright falleció a los veintiún años al darlo a luz; un artículo necrológico Gentlemen's Magazine nos habla del "carácter amable y de las grandes dotes de talento" de la difunta, y termina con estas palabras elogiosas: "Pasaba por ser la persona que mejor ha entendido los escritos de Mr. Locke, bien como cualquier persona contemporánea, ya fuera hombre o mujer." El padre también murió pronto, y Thomas fue educado, sin duda, por su abuelo, y cuando éste murió, en 1803, le educó su tío George Edward Griffith, a quien después envenenó. Su infancia transcurrió en Linden House, Furnham Green, una de esas maravillosas fincas que han hecho desaparecer desgraciadamente las invasoras edificaciones de nuestros contratistas suburbanos. Aquel poblado parque de be­llos sombrajos provocó en él un amor sencillo y tranquilo a la Naturaleza, que no debía abandonarlo nunca y que le hizo con el tiempo enormemente sensible a la inspiración poética mora­lizante de Wordsworth. Estudió en la Academia de Charles Burney, en Hammersmith. Mr. Burney, hijo de un historiador de la música y el pariente más cercano del joven, que debía lle­gar a ser su discípulo notable, fue, según parece, un hombre de gran cultura y pasados los años, Mr. Wainewright lo citaba muy a menudo, con mucho afecto, como filósofo, arqueólogo y profesor admirable, que, apreciando en su justa medida la edu­cación intelectual no ignoraba tampoco toda la importancia de una precoz educación moral. Bajo su influencia el joven se hizo artista, y Mr. Hazzlitt nos habla de un álbum de dibujos que aún existe y en el cual Wainewrigth muestra ya mucho talento y una peculiar sensibilidad. En realidad, la pintura fue el arte que primero lo fascinó. Sólo mucho después intentó expresarse por medio de la pluma y del veneno. Antes de llegar a eso, novelas, sueños juveniles y caballerescos lo llevaron a la vida militar e ingresó como guadsman. Pero la vida disipada e indolente de sus compañeros no armonizaba de ningún modo con su tempera­mento artístico, tan refinado; se daba cuenta de que no era aquello para lo que había nacido. Bien pronto lo cansó el ser­vicio. "El arte, nos dice con un acento tan fervoroso que todavía conmueve, el arte conmovió al renegado; bajo su pura y elevada influencia vi disiparse las brumas perniciosas; mi sensibilidad embotada y marchita, retoñó en esa lozana floración que de tal modo encanta a las almas sencillas." Pero no sólo el arte oca­sionó aquel cambio. "Los escritos de Wordsworth -sigue él diciendo- contribuyeron en gran manera a calmar la terrible confusión que sigue siempre a una transformación tan repenti­na. Y lloré sobre sus poemas lágrimas de gratitud y felicidad."

Entonces, una vez renunció a la vida brutal del cuartel y a la grosera palabrería del cuerpo de guardia, abandonó el Ejército y regresó a Linden House, lleno de un nuevo entusiasmo por lo meramente intelectual. Muy pronto, una cruel enfermedad se cebó en él durante un tiempo, "dejándolo destrozado -según sus propias palabras-, como a un jarrón de barro". Su tempe­ramento delicado, aunque indiferente cuando se trataba del dolor que infligía al prójimo, sentía vivamente toda la agudeza del suyo propio. Retrocedía ante el sufrimiento como ante algo que desfigura y malogra la vida humana, y anduvo errante, al parecer, durante cierto tiempo por ese terrible valle de la me­lancolía, de donde tantos grandes espíritus, incluso más grandes que él, no han podido evadirse. Pero él era joven; tenía veinti­cinco años, y se elevó pronto a las negras aguas de la muerte", como él las llama, hasta la atmósfera más respirable de la cultura humanística. Cuando se curó de su grave enfermedad, se le ocurrió la idea de cultivar la literatura como un arte. "Creo, de acuerdo con John Woodwill -exclama-, que sería gozar una existencia de dioses reinar semejante elemento, contemplando, oyendo y escribiendo historias maravillosas:



Porque esos deleitosos efluvios de la vida

gozan eternamente de la inmortalidad. "



No hay duda: se trata, innegablemente, del grito elocuente del hombre que siente una auténtica pasión por las letras. "Ver, oír y escribir cosas maravillosas": ese era su verdadero objetivo.

El señor Scott, el director del London Magazine, influido por el talento del joven o por la extraña fascinación que ejercía so­bre cuantos estaban a su alrededor, le pidió una serie de artícu­los sobre temas artísticos. Empezó entonces su aportación a la literatura de su tiempo, bajo una serie de seudónimos: Janus Weathercok, Egomet Bonmot y Van Vinkvooms, tales fueron al­gunas de las caretas grotescas que eligió para ocultar su gravedad o revelar su ligereza. Una careta es más elocuente que una cara de verdad. Aquellos disfraces intensificaban su personalidad. Se impuso con una rapidez increíble. Charles Lamb habla del "agradable y risueño Wainewrigth", cuya prosa es perfecta. Sa­bemos que invitó a una comida íntima a Macready, John Fors­ter, Maggin, Talfourd, al poeta John Clare y a otros. Como Disraeli, decidió asombrar a la ciudad con su dandismo; sus maravillosos anillos, su camafeo antiguo montado como un al­filer de corbata, sus guantes de cabritilla amarilla clara, se hi­cieron célebres, y Hazzlitt los consideró incluso como signos precursores de un nuevo género literario. Con su impresionan­te cabellera rizada, sus bellos ojos y sus blancas y delicadas ma­nos, poseía el don encantador y a la vez, peligroso de distinguirse del resto. Se parecía algo al Luciano de Rubempré balzaquiano. A veces puede recordar también a Julien Sorel.

De Quincey le vio una noche en una cena en casa de Char­les Lamb. "Entre los invitados, literatos todos, se sentó un ase­sino", nos dice. Y también anota que, algo indispuesto aquel día y en tesitura de maldecir a la Humanidad entera, había sentido, sin embargo, un vivo interés intelectual contemplando en la me­sa a aquel joven escritor, que por sus maneras afectadas le pareció que ocultaba una verdadera y profunda sensibilidad. ¡Cuánto mayor hubiese sido su interés, aunque de otro género muy dis­tinto, si hubiera conocido el terrible crimen del que era culpable aquel amante invitado que tanto maravillaba a Lamb!

Sin ninguna duda, a la vida de Wainewrigth pueden aplicarse las tres características que nos sugiere Swinburne, y hasta puede admitirse, sin gran dificultad, que, aparte de sus hazañas como envenenador, la obra que nos ha dejado justifica difícilmente su fama.

Pero por aquel tiempo sólo los filisteos juzgaban a un escri­tor por su producción. Aquel joven dandi prefería ser alguien a hacer algo. A menudo decía que vivir es un arte y que tiene sus diferentes estilos, como las artes que intentan expresar la vida. Sin embargo, no por estas declaraciones, su obra deja de ser interesante. Sabemos que William Blake se paró un día en la Real Academia ante uno de sus cuadros, diciendo que "era muy bello". Sus ensayos deben prever los magníficos resultados pos­teriores. Tuvo, como nuestros escritores modernos, esa afición a la cultura general sobre La Gioconda, sobre los primeros poetas franceses y el Renacimiento italiano. Le gustaban sobre todo los camafeos antiguos, los tapices persas, las traducciones de la época isabelina de Psiquis y Cupido, El sueño de Polifilo (Hypneroto­machia), las bellas encuadernaciones, las ediciones antiguas y los grabados de anchos márgenes. Tenía especial predilección por los interiores artísticos, y jamás se cansaba de describir las es­tancias en que vivía, o más bien aquellas donde soñaba vivir. Sentía ese entusiasmo por el color verde que es señal siempre, entre los hombres, de un sutil temperamento artístico y que denota en pueblos el relajamiento y hasta la corrupción de las costumbres. Como Baudelaire, amaba con locura a los gatos, y se sentía fascinado, como Gautier, por "ese encantador mons­truo de mármol", el Hermafrodita de Florencia y del Louvre.

Debe admitirse que en sus descripciones, en sus proyectos de decorado doméstico no se libra siempre totalmente del mal gusto de la época. Pero está claro que fue uno de los primeros en reconocer que la clave del eclecticismo estético reside en la ar­monía de todas las cosas verdaderamente bellas, sin tener en cuenta su época, su escuela o su estilo. Comprendió que para decorar una habitación que no está destinada a su exposición, sino a la vida diaria, no debíamos pensar en una reconstitución arqueológica del pasado ni abrumarnos con exactitudes histó­ricas. Esta convicción es sumamente justa. Hay cosas bellas en cualquier época.

Por esta razón en su biblioteca, tal como nos la describe, detrás de un ánfora de cerámica griega con sus graciosas figuras exqui­sitamente esculpidas y la imagen de la Belleza medio borrada, pero visible aún a un lado, vemos colgada una reproducción de la Sibila dé délfica, de Miguel Ángel, y otra de la Pastoral de Giorgione. Aquí cerca, un fragmento de mayólica florentina; más allá, una lámpara de un trabajo primitivo recogida en alguna tumba romana. Sobre la mesa, un Libro de Horas con "una cubierta de plata maciza, dorada y repujada con elegantes divisas y guarnecida de dimi­nutos brillantes y rubíes", está junto a "un pequeño monstruo acurrucado, un lar acaso desenterrado en los campos llenos de sol de Sicilia, fértiles en trigo". Oscuros bronces antiguos contrastan fuertemente "con la palidez de dos nobles Crucifijos, el uno de marfil y el otro modelado en cera". Wainewrigth poseía bandejas incrustadas de pedrería, una linda bombonera Luis XVI adornada con una miniatura de Pettitot, sus costosas "teteras de porcela­na oscura, cubiertas de filigranas", su carpeta de tafilete verde li­món y su sillón "verde Pomona".

Se le puede ver perfectamente en medio de sus libros, figu­ritas y estampas, como un aficionado entusiasta, sutil conocedor, hojeando su bella colección de Marcos Antonios y su Librr Studiorum, de Turner, a quien admiraba, o examinando con lupa sus camafeos y pedrerías antiguos: "la testa de Alejandro sobre un ónice de dos capas" o "aquel altísimo relievo del Júpiter Aegiochus, tallado sobre coralina". Supo reunir estampas muy bellas y nos ha legado consejos útiles para formar una colección. Y aunque, apreciando el arte moderno, dio la importancia que merecían las reproducciones de las obras maestras antiguas; todo cuanto ha escrito sobre el valor de los vaciados en yeso es total­mente admirable.

En cuanto a su labor de crítico, se ocupaba sobre todo de las impresiones complejas que le había producido una obra de arte, pues es indudable que lo más importante en estética es propor­cionarse sensaciones. Tampoco le preocupaban demasiado las discusiones abstractas sobre la naturaleza de lo bello, y el método histórico, que tan soberbio fruto ha dado después, no existía en aquella época; mas no olvidó jamás esta gran verdad: que el arte no va dirigido al sentimiento, sino al sentido artístico; en dis­tintas ocasiones nos muestra ese sentido artístico, ese gusto, como él lo llama, educado y perfeccionado por el continuo con­tacto con las obras maestras y que acaba por convertirse en una especie de severísimo juez.

No hay duda de que existen las modas en el arte, como las hay en el vestir, y nadie puede librarse de la influencia de la cos­tumbre y de la novedad. Wainewrigth, por su parte, no lograba vivir al margen de ella y reconoce con toda franqueza lo difícil que es tener una idea justa sobre las obras contemporáneas. Pero, en general, su gusto era siempre fino y seguro. Admiraba a Tur­ner y a Constable en una época en que no se los apreciaba tan­to como ahora, comprendiendo que el arte del paisaje requiere más que "habilidad profesional y exactitud de la copia: Así, la Escena campestre junto al Norwich, de Crome, nos muestra, según él, "hasta qué punto un estudio demasiado minucioso de los elementos embravecidos puede producir una obra vulgar y por lo tanto de ningún interés". Sobre el paisaje que estaba tan de moda en su época, dice que sencillamente una enume­ración de valles y colinas, troncos cortados, de arroyos, de pra­deras, de casas de campo; algo más que un plano topográfi­co, una especie de mapa geográfico iluminado, en donde uno busca en vano los arcos iris, las lluvias, las nieblas, los halos, los rayos que traspasan las nubes, las tormentas, las estrellas, en re­sumen: todo cuanto representa los más valiosos materiales para un auténtico pintor".

Él sentía una gran antipatía por todo lo que era vulgar y común en arte, y si invitaba a Wilkie a comer le importaban tan poco los cuadros de sir David como los poemas de Grabbe. Tampoco simpatizaba con las tendencias imitativas y realistas de su tiempo y no disimulaba que su gran admiración por Fuseli se debía, en gran parte, a que el pequeño suizo no creía que un artista tuviese la obligación de pintar solamente lo que veía. Lo que él apreciaba más en un cuadro era la composición, la belleza y la nobleza de las líneas, la riqueza del colorido y el poder creador. No era, por lo demás, ningún dogmático. "No se pue­de juzgar una obra de arte nada más que por las leyes que la han inspirado: todo se reduce a saber si sus diferentes partes se ar­monizan entre sí." He aquí uno de sus mejores aforismos. Y criticando a pintores tan diferentes como Landseer y Martin, Stotthard y Etty, intenta siempre, con una frase ahora ya clásica, "ver el objeto tal y como es en realidad".

Pero, sin embargo, como ya he dicho con anterioridad, no se siente cómodo ante las obras modernas. "El presente -díce­me- ofrece una confusión de imágenes casi tan agradable como una primera lectura de Ariosto. Lo moderno deja deslumbrado. Necesito el gran telescopio del tiempo para mirar las cosas. Elia se queja de no poder discernir los méritos de un poema ma­nuscrito. La impresión -como dice él muy bien-lo hace resaltar. Pues bien: una pátina de cincuenta años produce el mismo resultado en un cuadro."

Se siente mucho mejor escribiendo sobre Watteau y Lancret; sobre Rubens y Giorgione, sobre Rembrandt, el Correggio y Miguel Ángel; y todavía más escribiendo sobre el arte griego. El gótico le impresionaba poco; en cambio el arte clásico y el re­nacentista fueron siempre sus preferidos. Comprendió todo lo que podía ganar nuestra escuela inglesa estudiando la escultura griega, y por eso jamás se cansa de aconsejar a los artistas más jovencitos que busquen su inspiración en el genio que reposa en los mármoles y en los métodos de trabajo helénico. "En sus juicios sobre los grandes maestros "En sus juicios sobre los grandes maestros italianos nos -dice Quincey- se siente la sinceridad del acento y la personalísima sensibilidad del hombre que habla por sí mismo y no por sus lecturas." El mayor méri­to que podemos atribuirle es que intentó reavivar el estilo y darle toda la fuerza de una tradición consciente. Pero sabía muy bien que ni conferencias ni congresos artísticos, ni tampoco "pro­yectos para hacer progresar las bellas artes", podían lograr ja­más ese objetivo. Con el espíritu práctico de Toynbee-Hall preconiza sabiamente otro medio. "Los pueblos -dicen- de­ben tener siempre cerca obras maestras."

Sus críticas de arte, como es de esperar en un pintor, están llenas de expresiones técnicas. Por esta razón, escribe a cerca del cuadro del Tintoretto Jorge libertando del dragón a la princesa egipcia:


"La túnica de Sabra, cálidamente iluminada con azul de Prusia, se destaca gracias a una gasa rojiza del último plano verde pálido, y estos dos colores, de espléndido brillo, se encuentran repetidos bellamente en una tonalidad más suave en los ropajes purpúreos sobre la armadura azul hierro del santo, así como las telas de un límpido azul de los primeros planos, que armonizan perfectamente con las sombras índigo del bosque natural que rodea el castillo."


Y un poco más adelante habla, también muy sabiamente de un Fino Schiavone variado como un macizo de tulipanes, con una riqueza espléndida de matices apagados, de "un retrato deslumbrante, notable por su morbidezza, obra del parsimo­nioso Moroni", y de otro cuadro "cuya carnación se parece a la pulpa de un fruto".

Pero, normalmente, obra con las impresiones que le causa un cuadro como si su conjunto debiera formar una obra de arte nueva, e intenta traducirlas en palabras que produzcan, como ya se ha visto antes, un efecto parecido sobre la imaginación y la sensibilidad. Fue uno de los primeros en contribuir con su apor­tación a la llamada "literatura de arte" del siglo XIX, que encon­tró en Ruskin y en Browning sus maestros más perfectamente representativos. Su descripción del Repas italien, de Lancret , en el cual "una guapa y morena moza, riéndose de las bromas, se tumba sobre la hierba estrellada de margaritas", es, en cierto modo, en­cantadora, He aquí una descripción suya de la Crucifixión, de Rembrandt, que caracteriza su estilo a la perfección:


"Las tinieblas, tinieblas de hollín, tinieblas de mal augurio, sepultan la escena toda. Tan sólo sobre el bosque maldito, como a través de una espantosa grieta de la bóveda oscura, una lluvia diluviana, ráfagas de granizo, agua descolorida, cae con violen­cia, derramando una luz gris, una luz alucinante, más horrible aún que la noche palpable. ¡Ya la Naturaleza se estremece hon­damente y sin cesar! ¡La cruz sombría tiembla! Ni una ráfaga de viento conmueve el aire estancado... De pronto resuena un sordo trueno y una parte de la mísera muchedumbre baja hu­yendo la colina. Los caballos olfatean el espanto cercano, y se desbocan enloquecidos. El momento es inminente en que casi desgarrado por su propio peso, agotado por la pérdida de sangre, que corre en oleadas de su costado herido, con las sienes y el pecho bañados de sudor y la lengua negra, seca y ardiente por la fiebre de la agonía, Jesús grita: «Tengo sed.»

"Le es entregado el mortal vinagre. Entonces se dobla su cabeza y el cuerpo sagrado, sin alma ya, «oscila sobre la cruz». Un sudario en llamas brilla en el aire igual que un relámpago y al momento desaparece. Los montes del Carmelo y del Líbano se parten en dos mitades; el mar esparce por encima de las pla­yas sus negras olas hirvientes. La tierra se quiebra y las tumbas devuelven sus cadáveres. Muertos y vivos, mezclados en una caos sobrenatural, se lanzan sobre la Ciudad Santa, donde los esperan prodigios aún por desvelar. El velo del templo, velo irrompible, se rasga de arriba abajo y el temido reducto que encierra Los Misterios Hebreos, el arca fatal de la alianza, las tablas de la Ley, el candelabro de los siete brazos, aparece entre llamas sobrena­turales ante la multitud olvidada por la misericordia divina...

"Rembrandt jamás pintó este boceto, e hizo bien. Hubiese perdido casi todo su encanto al desaparecer ese velo de impre­sión turbadora que obliga a la imaginación vacilante a ejercitarse, aumentando con ello el alcance de la obra. Ahora es como algo propiedad del otro mundo, un sombrío abismo nos aleja de ella. Es intangible; tan sólo nuestro espíritu puede tocarla."


El fragmento anterior contiene, según nos dice el mismo autor "una especie de terror reverente", rasgos terribles otros que son horribles, pero también poseen cierta violencia y crudeza en las pa­labras que representarían una cualidad muy apreciada en nuestra época, ya que constituyen su principal defecto. Es sumamente agradable pasar a esta descripción del cuadro Céfalo y Procris, de Giulio Romano:


"Debe leerse la elegía de Mosco, dedicada a Bion, el dulce pastor, antes de pararse a contemplar este cuadro, o someter el cuadro a estudio para prepararse a la elegía. Encuentra uno, por así decirlo, las mismas imágenes en ambas obras. Para las dos víctimas, «los bosques del valle murmuran, las flores exhalan tristes perfumes, el ruiseñor llora cerniéndose sobre los picachos rocosos y la golondrina revolotea sobre los sinuosos valles»; «los sátiros y los faunos, velados de negro, gimen»; las ninfas de las fuentes se deshacen en llanto que forma arroyos que van a per­derse a los bosques; las cabras y las ovejas abandonan sus pastos; las Oréades, que se complacen en escalar las inaccesibles cimas de las rocas más altas, descienden corriendo de los pinares, cuyos árboles gimen acariciados por el viento, mientras las dríades se inclinan entre las ramas de los árboles enmarañados y los ríos lloran a la blanca Procris,


«con todos los sollozos de sus olas...».

llenando con una voz el océano infinito...


"Las doradas abejas quedan silenciosas sobre el Himeto, que el tomillo embalsama y donde el cuerno que toca la muerte del amor de Aurora no disipará el frío crepúsculo... En primer término, hay un terreno de hierba, abrasado por el sol, con ta­ludes y montículos que semejan olas (una especie de rompientes) que hacen más desiguales aún multitud de raíces y de troncos de árboles prematuramente cortados por el hacha, de los que bro­tan verdes ramitas. El terreno se eleva de repente hacia la derecha en un tupido bosquecillo, impenetrable para las estrellas, a cu­ya entrada yace como fulminado el rey de Tesalia: sostiene entre sus rocas el cuerpo de marfil, que hacía un momento apartaba de su frente bruñida las ramas, y, estremecido de envidia, corría sobre las flores y las espinas; ahora permanece inerte, salvo cuando la brisa levanta, a modo de burla, su cabellera espesa.

"Lejos, entre los troncos apretujados, pasan veloces, con agudos aullidos, las ninfas asombradas, y los sátiros se adelantan adornados con coronas de hiedra, y revestidos con pieles de animales. Y hay una extraña compasión en su cornuda actitud".


***


Un poco más abajo, Laelaps está tendido y muestra con su jadeo que la muerte avanza velozmente. Al otro lado del grupo el Amor Virtuoso con "harneros volcados" tiende la flecha a un grupo de silvanos, faunos, machos cabríos, carneros, sátiros y sátiros-madre, que se aferran a sus pequeños con sus horribles manos, y que llegan por la izquierda de un sendero hundido, entre el primer plano y una muralla de rocas; abajo hay un guardián de arroyos, cuya urna vierte sus penosas aguas. Encima, y un poco más allá del Efidríada, otra hembra, tirando de sus cabellos, aparece entre los pilares festoneados de vides, de un frondoso bosquecito. El centro del cuadro lo ocupan frescas praderas que se extienden hacia la desembocadura de un _río; más allá se halla el "amplio poder del Océano", desde donde la que apaga las estrellas, la rosácea aurora, estimula furiosamente a sus corceles bañados de agua salada para ver los agónicos espasmos de su enemigo.

Cuidadosamente corregida, esta descripción sería verdade­ramente admirable. La idea de describir un poema en prosa, inspirado en un cuadro, es excelente. Gran parte de la mejor literatura moderna lo pretende. En un siglo prosaico, pero in­teligente, las artes desean inspirarse en las artes gemelas y no en la vida.

Sus afinidades eran maravillosamente eclécticas. Todo cuanto se refería a la escena, por ejemplo, le interesaba y defendía fo­gosamente la exactitud arqueológica del traje y del decorado. "En arte -dice en uno de sus ensayos-, lo que es digno de ser realizado es digno también de ser realizado." Y demuestra que si sufrimos algunos anacronismos, desconocemos dónde puede detenerse esto. En literatura, como lord Beaconsfield en una célebre ocasión, él "estaba junto a los ángeles". Fue uno de los primeros que exaltó a Keats y a Shelley, "el sensitivo y temblo­roso, el poético Shelley"; su admiración por Wordsworth era sincera y profunda. Apreciaba enormemente a William Blake. Uno de los mejores ejemplares de Canciones de inocencia y de experiencia fue hecho especialmente para él. Admiraba a Alain Chartier, a Ronsard, a los dramaturgos de la época isabelina, a Chaucer, a Chapman, a Petrarca. Y para él los artistas eran uno solo. "Nuestros críticos -observa con gran agudeza- desco­nocen la identidad de los orígenes de la poesía y de la pintura y también ignoran que cuando se adentra uno en el estudio serio si un hombre no admira a Miguel Ángel y nos habla de su amor hacia Milton, defrauda a sus lectores, defraudándose a sí mismo. Siempre se mostraba amable con sus colaboradores del Lon­don Magazine y adoraba a Barry Cornwall, a Allan Cunning­ham, a Hazzlitt, a Elton y a Leigh Hunt, sin dejar traslucir jamás la intención maliciosa de un amigo. Algunos de sus retratos a cerca de Charles Lamb son dignos de admiración.


"¿Qué puedo decir de ti que no sepa ya todo el mundo? Que tienes la alegría de un niño y el saber de un hombre; nunca más noble corazón hizo derramar lágrimas. ¡De qué forma tan espi­ritual sabía engañar nuestra espera e insinuarnos pensamientos siempre oportunamente incorrectos! Su lenguaje era preciso y sobrio, como el de sus directos escritores isabelinos, hasta re­sultar a veces oscuro. Hubieran podido extenderse sus frases como granos de oro en anchas hojas. Se mostraba siempre inexorable con las falsas celebridades y sus mordaces observa­ciones sobre la moda para hombres de genio eran su plato ha­bitual. Sir Thomas Brow era su camarada, al igual que Burton y el viejo Fuller. En su encantadora vena retozaba con sus libros, bellezas sin rival muy aromáticas e infolio y las rudas comedias de Beaumont y Fletcher le llevaban a ligeros ensueños. Las juz­gaba como un poeta, pero era bueno dejarlo escoger su propio juego; si alguien se atrevía a lanzarse sobre sus temas predilectos, era capaz de detener al intruso, o de responderle de tal modo que no podía decirse si le quería dirigir un reproche o simplemente gastarle una broma. Una noche en C*** se hablaba precisamente de estos dos dramaturgos. Mr. X defendía la pasión y el estilo magnífico de no sé qué tragedia, cuando fue interrumpido de pronto por Ella, que le dijo: "Eso no es nada; ¡sólo tienen valor los poetas, sólo ellos!"


Hay un aspecto de su carrera literaria que merece una men­ción especial. El periodismo moderno le debe tanto como al que más en la primera parte de este siglo. Fue el ganador de la pro­sa asiática, de los fogosos epítetos y de las enfáticas hipérboles. La escuela literaria importada y admirada por los escritores de Fleet Street se caracteriza por un estilo tan suntuoso que el motivo principal desaparece totalmente; Janus Weathercock puede ser considerado como fundador de esa escuela. Éste comprendió que, aludiendo a ella sin cesar puede interesarse al público por la propia persona, y en artículos de periódico, este joven extraordinario nos enumera la gente que invita a comer, dónde se hace sus trajes, qué vino le gusta y cómo se encuentra de salud, exactamente como si escribiese sueltos semanales en algún periódico popular del momento. Este era el lado menos estimable de su obra y por eso fue el que obtuvo más éxito. Un publicista, de nuestra época, es un hombre que aburre al público con las ilegalidades de su vida íntima.

Al igual que mucha gente artificiosa, amaba la Naturaleza. "En esta vida, hay tres cosas adoro -dice en alguna parte-: tumbarme perezosamente en una altura que domine un bello paisaje, gozar de la sombra de unos árboles frondosos mientras el sol brilla a mi alrededor y hundirme en la soledad, sin olvi­darme de las cercanías. El campo me proporciona las tres cosas." Se maravillaba ante los brezales y los enebros perfumados, sobre los cuales repetía la Oda a la noche, de Collin, para sentir mejor la dulzura del momento; hundía la cara, según nos cuenta, "en un macizo de primaveras, húmedas de rocío de mayo", con­templaba con delectación "la vuelta a la casa, al anochecer, de las vacas resoplando suavemente, y las esquilas lejanas del rebaño le encantaban". Una de sus frases: "El polianto brillaba en su frío lecho de tierra como un Giorgione sobre un panel de roble", caracteriza curiosamente su temperamento. Este otro pasaje es, en su género, bastante agradable: "La hierba corta y suave chis­peaba de margaritas, tan numerosas como las estrellas de una noche de verano. El croar discorde de las cornejas atareadas, descendía, cual cómica melodía, de un alto y frondoso bosque­cillo de olmos, y oíase, intermitentemente, la voz de un chiquillo asustado a los pájaros de las parcelas recién sembradas. Las profundidades del cielo eran del más intenso azul ultramar, ninguna nube manchaba el aire tranquilo; al borde del horizonte fluía tan sólo una cálida luz, película de vapor brumoso, sobre la cual la vieja iglesia de piedra del pueblo vecino, de una blancura cegadora, se definía crudamente. Pensaba yo en los Versos escri­tos en marzo, de Wordsworth."

Pero no debemos olvidar que el joven y muy docto autor de estas líneas, tan susceptible a la influencia de Wordsworth, era también, como consta en las primeras líneas de este estudio, uno de los envenenadores más sutiles y misteriosos de su época, y quizá de todos los tiempos. ¿Cómo pudo fascinarle ese extraño pecado? No nos lo ha dicho, y el Diario sobre el cual anotaba minuciosamente sus métodos y los resultados de sus terribles experiencias no ha llegado, por desgracia, a nuestras manos. Hasta en sus últimos días no hablaba para nada de ese tema, prefiriendo hacerlo sobre la grata literatura, sobre los poemas inspirados por la amistad. Es indudable, sin embargo, que el veneno que empleaba era estricnina. En una de las bellos anillos que tanto le gustaban, y que tanto hacían resaltar la grácil forma de sus manos divinas, llevaba cristales de nuez vómica india, un veneno "casi insípido, difícil de descubrir y susceptible de ser diluido en una gran cantidad de agua". La mayoría de sus ase­sinatos, según Quincey, no fueron descubiertos por la justicia. Y evidentemente, existieron y algunos merecen ser mencionados. Su primera víctima fue su tío, mister George Edward Griffiths. Lo envenenó en 1829 para heredar Linden House, posesión que le había gustado siempre. En agosto del año siguiente hizo lo propio con señora Abercrombie, su suegra. No se sabe bien cuál fue el móvil: si por capricho o para alentar la espantosa facultad que en él existía, o porque sospechaba algo, sencillamente nin­guno. Pero el asesinato de Helen Abercrombie, realizado por su esposa y por él, tuvo como resultado la suma de unas dieciocho mil libras en que estaba asegurada su vida en varias Compañías. He aquí las circunstancias que concurrieron. El 12 de diciembre, él, su mujer, y su hijo se trasladaron de Linden House a Londres y se alojaron en el número 12 de Conduit Street, en Regent Street. Las dos hermanas, Helen y Magdalen Abercrombie, los acompañaban. La noche del 14 fueron todos las teatro; cuando cenaban, Elena se encontró mal de repente. A la mañana si­guiente su estado empeoró y ellos mismos llamaron al doctor Loock, de Hannover Square, para que la asistiera. Murió el martes 20, día en el cual, después de la visita del doctor, los Wainewrigth le dieron mermelada envenenada, y después se fueron de paseo. A la vuelta, la encontraron muerta. Era una muchacha alta y agradable; tenía sólo veinte años, y una sober­bia cabellera. Un boceto de ella, a lápiz, encantador, hecho por su cuñado, existe todavía y muestra hasta qué punto estaba él influido, como artista, por sir Thomas Lawrence, a quien siem­pre admiró tanto. Quincey afirma que la señora Wainewrigth no se enteró nunca de aquel crimen. Creamos que así fue en reali­dad, pues el pecado debe ser discreto y sin cómplices.

Las compañías aseguradoras sospechaban algo; se negaron a pagar el seguro con diversos pretextos, amparándose en las condiciones especiales de sus pólizas.

Con singular valor, el asesino entabló y perdió un pleito contra la Imperial, que duró cinco años. El juez en última ins­tancia era lord Abinger. Mister Erle y sir William Follet repre­sentaban a Egomet Bonmot. El attorney general y sir Frederick Pollock comparecían por la parte contraria.

Por desgracia, el litigante no pudo asistir a ninguna de las vistas del proceso. La negativa de las compañías le habían deja­do en una situación económica muy difícil. Algunos meses después del asesinato de Helen Abercrombie fue detenido in­cluso por deudas, en las calles de Londres, cuando daba una serenata a la linda hija de uno de sus amigos. Salió de aquel trance, pero poco después creyó más prudente abandonar el país hasta que pudiera arreglarse con sus acreedores. Marchó, pues, a Bolonia, a casa del padre de la joven de la serenata, y lo per­suadió, durante su estancia, de que se asegurase la vida en tres mil libras en la Compañía del Pelícano. Inmediatamente que terminaron las formalidades y se firmó la póliza, echó estricnina en la taza de café del asegurado una noche, de sobremesa. No ganaba nada con ello, pero se vengaba de la Compañía que había resuelto negarle el premio de su asesinato. Su amigo murió a la mañana siguiente en su presencia. Abandonó a Bolonia ense­guida y emprendió un viaje de estudio por los sitios más pin­torescos de Bretaña. Después vivió varios años en París, con lujos, según algunos, "ocultándose siempre con veneno en el bolsillo y temido por todos cuantos le conocían", según el pa­recer de otros. En 1837 volvió furtivamente a Inglaterra. Una extraña fascinación le llevaba allí nuevamente. Seguía a una mujer a quien amaba.

Estos hechos datan del mes de junio. Vivía en uno de los hoteles de Covent-Garden y su despacho, sito en la planta baja, tenía siempre corridas las cortinas para no ser visto.

Hacía trece años, cuando estaba reuniendo su colección de mayólicas y de Marco Antonio, había falsificado unas firmas en un poder, a cambio de dinero. Sabía que la falsificación había sido descubierta y que al regresar a Inglaterra corría el peligro de ser detenido. Pero, de todas formas, volvió. ¿Debe extrañarnos tal cosa? La dama, según dicen, era bellísima. Y no lo amaba.

Fue descubierto por casualidad. Un ruido en la calle llamó su atención y le hizo descorrer por un instante la cortina. Alguien gritó desde fuera: "¡Hombre! Ese es Wainewrigth, el falsifica­dor." Era Forrester, un agente de Policía de Bow Street.

El día 5 de junio compareció ante el Tribunal de la Audien­cia, que lo condenó a deportación perpetua.

El Times publicó el siguiente artículo sobre su proceso:

Ante el señor juez Vaughan y el señor consejero Alderson ha comparecido Thomas Griffiths Wainewrigth, de cuarenta y dos años de edad, hombre de aspecto distinguido, con bigote, acu­sado de haber firmado un billete falso de dos mil doscientas cincuenta y nueve libras con el propósito de defraudar al Go­bernador y a la Compañía del Banco de Inglaterra.

"Ha sido acusado de cinco delitos, y el prisionero los ha re­chazado todos en el interrogatorio que ha tenido lugar ante el señor Sergeant Arabin, por la mañana. Sin embargo, ante los jueces ha solicitado que le fuera permitido renunciar a su pri­mera defensa, reconociéndose culpable de dos delitos leves.

"Ha declarado, el Consejero del Banco que existían otras tres acusaciones contra él, pero que el Banco no deseaba derrama­miento de sangre, y, por tanto, se han tenido en cuenta única­mente los dos cargos más leves, y el prisionero, al finalizar la vista, ha sido sentenciado a ser deportado a perpetuidad.

"Ha sido llevado a Newgate, en espera de su marcha a las colonias. En una de sus primeras crónicas fantásticas se había visto «yaciendo en la cárcel de Horsemonger y condenado a muerte», por no haber podido resistir a la tentación de robar en el British Museum los Marco Antonio que faltaban en su co­lección. La sentencia dictada contra él era, por lo demás, para un hombre de su bagaje cultural, una especie de sentencia de muerte.

"No hay duda de que este rudo castigo posee un compo­nente dramático, si se piensa que su fatal influencia sobre la prosa periodística moderna no era el peor de sus crímenes.

"Mientras estuvo en la cárcel, Dickens, Macready y Hablot Browne lo vieron allí por casualidad. Cuando recorrían todas las cárceles de Londres en busca de efectos artísticos, en Newgate se encontraron de pronto frente a Wainewright. No tuvo para ellos más que una mirada desafiadora, según dice Forster. Y Macready se quedó aterrado al reconocer a uno de sus íntimos de otro tiem­po, con quien había compartido su comida. "

Otros fueron más curiosos y durante un tiempo su celda fue un sitio de reunión elegante. Muchos escritores acudieron a vi­sitar a su antiguo compañero. Pero éste ya no era el amable joven de carácter ligero que admiraba Charles Lamb. Se había con­vertido en un completo cínico.

A un agente de cierta Compañía de Seguros, que al visitarlo una tarde creyó oportuno aprovechar la ocasión para declarar que después de todo el crimen no era tan buen negocio, le res­pondió:


"Caballero, usted especula sobre la vida de sus ciudadanos. Algunas de sus especulaciones son exitosas. Otras, no. Las más han fracasado y las de usted han tenido éxito; eso es todo. Esta es la única diferencia que hay entre usted, que está fuera y yo... Pero hay una cosa en la que he triunfado: aún conservo la acti­tud de un gentleman. Aquí, todos los reclusos limpian, por tur­nos, su celda. Yo comparto la mía con un albañil y un desholli­nador: no he cogido todavía la escoba."


Otro día, cuando un amigo le reprochó el asesinato de Helen Abercrombie, contestó, con los brazos en alto: "Sí, fue horri­ble... Pero ¡tenía los tobillos demasiado gruesos...!"


Desde Newgate fue conducido a los pontones Portsmouth, y después a bordo del Susana, a la Tierra Van Diemen, con tres­cientos condenados más. El viaje le resultó bastante desagrada­ble, y en una carta a un amigo, se queja amargamente de la vergüenza que pasó al verse mezclado él, elegante poeta, con aquellos granujas del campo. Esto no debe sorprendernos. En Inglaterra es casi siempre el hambre la causa de los crímenes. No había, indudablemente, nadie a bordo en quien hallar un in­terlocutor agradable o interesante.

Sin embargo, no perdió su amor por el arte. En Hobart Town, capital de la Tasmania, se arregló un estudio y volvió a dibujar y a pintar; su conversación y sus maneras parecían no haber perdido su encanto. Tampoco abandonaba sus aficiones de envenenador, y por dos veces intentó hacer desaparecer a per­sonas que lo habían ofendido. Pero su destreza manual iba fla­queando. Las dos tentativas abortaron.

En 1844, descontento de la sociedad de Tasmania, pidió, en un memorial presentado al gobernador del establecimiento, sir John Eardley Vilmot, que le devolviesen la libertad. Se sentía "atormentado por ideas que querían tomar forma, coartado para aumentar su cultura y privado del ejercicio útil o simplemente decorativo del lenguaje". Su pretensión fue, sin embargo, de­negada. Y el amigo de Coleridge se consoló con esos maravillo­sos paraísos artificiales cuyo secreto sólo es conocido por los opiómanos. En 1852 murió de una apoplejía; su único com­pañero entonces era un gato, que él adoraba.

Sus crímenes tuvieron una gran influencia sobre su arte. Prestaron una vigorosa personalidad a su estilo, que faltaba realmente en sus primeras obras. Una nota de la Vida de Dic­kens, de Forster, refiere que en 1847 lady Blessington recibió de su hermano el Mayor Power, de guarnición en Hobart Town, un retrato al óleo antiguo de una joven, ejecutado por el hábil pincel del literato asesino, y en el cual, según parece, había él conseguido transmitir la expresión de su propia maldad al re­trato de una bella y honrada muchacha.

El Señor Zola, en uno de sus cuentos, nos habla de un ase­sino que se dedica al arte; los grises retratos impresionistas que pinta de personas respetables se parecen siempre a su víctima. El desarrollo del estilo de Wainewrigth me parece mucho más sutil y sugestivo. Puede nacer una intensa personalidad del pecado.

Este curioso y fascinador personaje, que durante unos años deslumbró al Londres literario y cuyo début en la vida y en las letras fue tan brillante, me parece un interesantísimo tema de reflexión. Mister W. Hazzlitt, su más reciente biógrafo, y a cuyo lindo librito debo muchos hechos relatados en mi estudio, cree que su amor al arte y a la Naturaleza no eran más que una farsa, una ficción; otros llegan hasta a negarle todo su talento artístico de escritor. Pienso que es una opinión superficial y errónea. ¡El hecho de que un hombre sea un asesino no prueba nada en contra de su obra artística! Las virtudes domésticas no son la verdadera base del arte aunque pueden realzar a artistas de se­gunda fila. Es posible que Quincey haya exagerado su talento crítico, y no puedo dejar de repetir que hay mucho, en todas sus obras publicadas, que es familiar, común, periodístico, en el peor sentido de esta fea palabra. En ocasiones recurre a expresiones vulgares y carece siempre de la modestia del verdadero artista. Pero idénticos errores deberíamos reprochar a su época, y, des­pués de todo, una prosa que Charles Lamb encontraba maravi­llosa, no deja de tener un gran interés histórico.

Que sentía un sincero amor por el arte y la literatura es in­dudable. No tienen por qué ser incompatibles el crimen y la cultura intelectual. No se puede rehacer la Historia para halagar nuestro sentido moral.

Es obvio que pertenece demasiado a nuestra época, para que podamos tener sobre él opiniones puramente críticas. ¿Cómo dejar de sentir una fuerte prevención contra alguien que hubiese podido envenenar a lord Tennyson, a Gladstone o al catedrático de Balliol? Pero si ese hombre hubiese llevado un traje y hablado una lengua diferente a la nuestra, si hubiese vivido en la Ro­ma imperial o en el Renacimiento italiano, o en España el si­glo XVII, o en cualquier país y en cualquier siglo, excepto en el nuestro, podríamos estimarlo de modo imparcial y en su ver­dadero valor. Ya sé que muchos historiadores creen necesario aplicar juicios morales a la Historia y repartir sus reproches o sus alabanzas con la solemne satisfacción de un maestro de escuela floreciente. Esta necia costumbre demuestra que el instinto moral puede alcanzar una perfección tal, que aparece conti­nuamente allí donde no tiene nada que hacer. Quien comprenda verdaderamente la Historia no pensará nunca en vituperar a Nerón, en reñir a Tiberio o en sermonear a César Borgia. Estos personajes son ya como muñecos de una obra. Nos producen espanto, horror o admiración; pero no podrían sernos perjudi­ciales. No están en relación inmediata con nosotros. No teme­mos nada de su parte. Pertenecen al Arte y a la Ciencia, que no saben ni aprobar ni desaprobar. Igual sucederá algún día con el amigo de Charles Lamb. En la actualidad es aún demasiado moderno para que se lo trate con ese ingenio ligero, con esa serena curiosidad que nos han valido, sobre los grandes crimi­nales del Renacimiento italiano, estudios tan encantadores como los firmados por Mr. John Addington Symonds, miss Mary Robinson, miss Vernon Lee, y otros distinguidos escritores. Sin embargo, el arte no lo olvidó. Es el héroe de Hunted Down, de Dickens; el Varney de Lucretia, de Bulwer Lytton; y es gratifi­cante ver cómo la ficción rindió homenaje a quien se mostró en otro tiempo, tan brioso con la "pluma, el lápiz y el veneno".

Y es que en realidad, no hay nada más importante que su­gerir a la ficción.




martes, 3 de noviembre de 2009

EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE



Oscar Wilde
EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE
-
CAPITULO I
Era la última recepción que daba lady Windermere antes de la Pascua, y Bentinck-House estaba más
concurrida que nunca.
Seis miembros del gabinete vinieron directamente una vez termi nada la interpelación del speaker, 1 con
todas sus condecoraciones y bandas. Las mujeres bonitas lucían sus atuendos más elegantes y vistosos, y al
final de la galería de retratos, se encontraba la princesa Sofía de Carlsruhe, una señora gruesa, de tipo tárt aro,
con unos pequeños ojos negros y unas esmeraldas magníficas, hablando con voz aguda en mal francés y
riendo sin mesura todo cuanto le decían. En realidad aquello era una espléndida mescolanza de personas:
Altivas esposas de pares del reino charlaban cortés mente con violentos radicales. Predicadores populares se
codeaban con célebres escépticos. Todo un grupo de obispos seguía, de salón en salón, a una corpulenta
prima donna. En la escalera se agrupaban varios miembros de la Real Academia, dis frazados de artistas, y
dicen que el comedor se vio por un momento lleno de genios. En una palabra, era una de las veladas de
mayor éxito de lady Windermere, y la princesa se quedó hasta cerca de las once y media de la noche.
1 Presidente de la Cámara de los Comunes.
Inmediatamente después de su partida, lady Windermere regresó a la galería de retratos, donde un famoso
economista explicaba, con aire solemne, la teoría científica de la música a un indignado virtuoso húngaro;
y comenzó a hablar con la duquesa de Paisley.
Lady Windermere lucía extraordinariamente bella, con su garganta marfilina y de líneas delicadas, sus
grandes ojos azules, color miosotis, y los bucles de sus cabellos dorados. Cabellos de oro puro, no de esos
que tienen un tono pajizo que hoy usurpan la hermosa denominación del oro, cabellos que parecían tejidos
con rayos de sol o bañados en ámbar, cabellos que encuadraban su rostro como un nimbo de santa, con la
fascinación de una pecadora. Se prestaba a un interesante estudio psicológico. Desde muy joven, descubrió
en la vida la importantísima verdad de que nada se parece tanto a la ingenuidad como la indiscreción y, por
medio de una serie de escapatorias arriesgadas, inocentes por completo la mitad de ellas, adquirió todas las
ventajas de una definida personalidad. Había cambiado más de una vez de marido. En la Guía Social de
Debrett, aparecían tres matrimonios a su crédito, pero como no cambió nunca de amante, el mundo dejó de
murmurar en sordina sus escándalos. En la actualidad contaba cuarenta años, no tenía hijos y la dominaba
aquella pasión desordenada por los placeres que constituye el secreto para conservarse joven.
De repente miró ansiosa a su alrededor por el salón, y dijo con una voz clara de contralto:
-¿Dónde está mi quiromántico?
-¿Tu qué, Gladys? -exclamó la duquesa con un estremecimiento involuntario.
-Mi quiromántico, duquesa. Ya no puedo vivir sin él.
-¡Querida Gladys, tú siempre tan original! -murmuró la duquesa, intentando recordar lo que era en realidad
un quiromántico, y confiando en que no podía ser lo mis mo que un pedicuro. 2
2 Se trata de una confusión de palabras, pues al pedicuro se le llama en inglés “Chiropodist”, y al quiromántico:
“Chiromantist”.
-Viene a verme la mano dos veces por semana, con regularidad -continuó lady Windermere- y es muy interesante
lo que estudia en ella.
“¡Dios mío! -pensó la duquesa-. Después de todo debe ser una especie de pedicuro de las manos. ¡Qué terrible!
En fin..., supongo que será un extranjero. Así no resulta rá tan atroz.
-Tengo que presentárselo.
-¡Presentármelo! -exclamó la duquesa-. ¿Quieres decir que está aquí?, y emp ezó a buscar su abanico de
carey y un chal de encaje viejo, preparándose para marchar en seguida.
-Claro que está aquí. No podría dar una sola reunión sin él. Me dice que tengo una mano puramente psíquica,
y que si mi dedo pulgar hubiese sido un poco más corto, sería una perfecta pesimista y ya estaría
recluida en un convento.
-¡Ah, sí! -exclamó la duquesa tranquilizándose-. Dice la buena v entura, ¿no es eso?
-Y la mala también -respondió lady Windermere -, y otras cosas por el estilo. El año próximo, por eje mplo,
correré un gran peligro, en tierra y por mar al mismo tiempo. De manera que tendré que vivir en globo,
haciéndome subir la comida en una canastilla todas las tardes. Eso está escrito aquí sobre mi dedo meñique
o en la palma de la mano; ya no recuerdo dónde.
-Pero verdaderamente eso es tentar a la Providencia, Gladys.
-Mi querida duquesa, la Providencia puede resistir ya, a estas alturas, las tentaciones. Creo que cada
quien debía hacerse leer la mano una vez al mes, con objeto de saber qué es lo que no debe hacer. Si no
tiene nadie la amabilidad de ir a buscar a míster Podgers en seguida, iré yo misma.
-Iré yo, lady Winderme re -dijo un joven alto y guapo que estaba presente y que seguía la conversación
con una sonrisa divertida.
-Muchas gracias, lord Arthur, pero temo no le reconozca usted. -Si es tan extraordinario como usted dice,
lady Windermere, no se me escapará. Dígame únicamente cómo es, y dentro de un momento se lo traigo.
-¡Bueno! No tiene nada de quiromántico. Quiero decir... que no tiene nada misterioso, nada esotérico,
ningún aspecto romántico. Es un hombrecillo grueso, con una cabeza cómicamente calva y unas grandes
gafas con montura de oro, un personaje entre médico de cabecera y abogado rural. Siento que sea así, pero
no es mi culpa. ¡La gente es tan molesta! Todos mis pianistas tienen el tipo exacto de poetas, y todos los
poetas, el de los pianistas. Recuerdo que la temporada pasada invité a comer a un horroroso conspirador,
hombre que, según se decía, hizo polvo a una infinidad de gente, y llevaba constantemente una cota de mallas
y un puñal oculto en la manga de la camisa. ¿Creerán que cuando vino parecía un anciano clérigo, encantador,
y estuvo contando chistes toda la noche? La verdad es que estuvo muy divertido, y todo eso; pero
yo me sentía terriblemente disilusionada. Cuando le pregunté por su cota de mallas, nada más se rió, y me
dijo que era demasiado fría para usarla en Inglaterra... ¡Ah, ya está aquí míster Podgers! Bueno, míster
Podgers, desearía que leyese usted la mano de la duquesa de Paisley.. . Duquesa, tiene usted que quitarse el
guante... No, no, el de la izquierda... el otro...
-Mi querida Gladys, realmente no creo que esto sea debido -replicó la duquesa desabrochando, dis -
plicente, un guante de cabritilla, bastante sucio.
-Lo que es interesante nunca está bien -dijo lady Windermere- On a fait le monde ainsi 3 Pero debo presentarla,
duquesa de Paisley... Como diga usted que tiene un monte en la luna más desarrollado que el mío,
no volveré a creer en usted.
-Estoy segura, Gladys, de que no habrá nada de eso en mi mano -intervino la duquesa en tono solemne.
-Mi señora está en lo cierto -contestó míster Podgers, echando un vistazo sobre la mano regordeta de dedos
cortos y cuadrados. El monte de la luna no está desarrolla do. Sin embargo, la línea de la vida es excelente.
Tenga la amabilidad de doblar la muñeca... gracias... tres rayas clarísimas sobre su rescette... 4 Vivirá
hasta una edad muy avanzada, duquesa, y será en extremo feliz... Ambición muy mo derada, línea de la inteligencia
sin exageración, línea del corazón...
3 Así se ha hecho el mundo (en francés en el original).
4 Las líneas marcadas sobre la piel de la muñeca.
-Sea usted discreto míster Podgers -interrumpió lady Windermere.
-Nada sería tan agradable para mí -respondió míster Podgers, in clinándose-, si la duquesa diese lugar a
ello; pero siento tener que admitir que descubro una gran constancia en el afecto, combinada con un sentimiento
arraigadísimo del deber.
-Siga usted míster Podgers -dijo la duquesa, complacida.
-La economía no es una de sus menores cualidades -continuó míster Podgers, y lady Windermere empezó
a reír.
-La economía es un buen hábito -afirmó la duquesa, asintiendo-, cuando me casé con Paisley tenía once
castillos, y ni una sola casa en condiciones de vivirse.
-Y ahora tiene doce casas, ni un solo castillo -exclamó lady Windermere.
-Bueno, querida -añadió la duquesa-, me gusta...
-El confort -dijo míster Podgers -. Y los adelantos modernos, y el agua caliente instalada en todos los
dormitorios. Mi señora está en lo cierto. El confort es lo único que nuestra civilización nos puede dar.
-Ha descrito usted admirablemente el carácter de la duquesa, míster Podgers, y ahora tiene usted que decirnos
el de lady Flora -y res pondiendo a un gesto de cabeza de la sonriente anfitriona, una muchacha alta,
con cabellos de color de arena dorada, muy escocesa, de hombros cuadrados, salió de detrás del sofá con un
andar desmañado, y tendió su mano larga, huesuda, y de dedos espatulados.
-¡Ah! ¡Una pianista!, ya veo -exclamó míster Podgers-, una excelente pianista pero quizá apenas musical.
Muy reservada, muy honrada, y con un gran cariño por los animales.
-¡Eso justamente! -exclamó la duquesa, volviéndose hacia lady Windermere -. ¡Absolutamente cierto!
Flora tiene dos docenas de perros Collie en Macloskie, y convertiría nuestra casa de campo en una ménagerie,
si su padre se lo consintiese.
-Bueno, eso es lo que hago yo con mi casa todos los jueves en la noche -dijo riendo lady Windermere-,
nada más que a mí me gustan más los leones que los perros Collie.
-Ese es su error, lady Windermere -murmuró míster Podgers haciendo una pomposa reverencia.
-Si una mujer no puede prestar encanto a sus errores, entonces no es más que una simple hembra -fue la
contestación-. Pero deberá usted leer más manos para divertirnos. Venga acá, sir Thomas, enséñele la suya
a míster Podgers. -Y un original tipo de anciano, ataviado con un jaqué blanco, se aproximó presentando
una gruesa mano tosca, cuyo dedo medio era notablemente alargado.
-Una naturaleza de aventurero; cuatro largos viajes en el pasado, y otro por venir. Se ha encontrado en
tres naufragios. No, sólo en dos; pero está en peligro de un naufragio en su próximo viaje. Es un convencido
conservador, muy puntual y con una verdadera pasión por coleccionar curiosidades. Padeció una
seria enfermedad entre los dieciséis y los dieciocho años. Heredó una gran fortuna alrededor de los treinta.
Gran aversión a los gatos y a los radicales.
-¡Extraordinario! -exclamó sir Thomas-. Debe leer también la mano de mi esposa.
-Su segunda esposa -dijo tranquilo míster Podgers, mientras tenía aún la mano de sir Thomas entre las
suyas-. Su segunda esposa; encantado.
Pero lady Marvervel, una mujer de aire melancólico, de pelo castaño y pestañas sentimentales, se negó
rotundamente a exponer su pasado o su futuro; y pese a los esfuerzos de lady Windermere, no pudo convencer
a monsieur de Koloff, el embajador de Rusia, ni siquiera a sacarse los guantes. La verdad es que
muchas personas parecían tener miedo a ponerse frente a aquel hombreci llo extraño, y de sonrisa estereotipada,
de ojos como cuentas brillan tes detrás de sus lentes sostenidos por montura dorada; y cuando dijo a la
pobre lady Fermor, frente a todos los presentes, que no le interesaba la música en lo más mínimo, pero que
le interesaban en extremo los músicos, todo el mundo se dio cuenta de que la quiromancia era una ciencia
demasiado peligrosa, una ciencia que no debería alentarse, excepto en un téte - à - téte muy íntimo.
Sin embargo, lord Arthur Saville, que no se enteró de la triste anécdota de lady Fermor, y que había estado
observando a míster Podgers con gran interés, se sentía lleno de una inmensa curiosidad por que le leyesen
su mano, pero al mismo tiempo algo avergonzado de ser él mis mo quien se ofreciese a ello, cruzó el
salón para acercarse al lugar donde se encontraba lady Windermere, y encantadoramente ruborizado, le
preguntó si creía que míster Podgers no iba a negarse a leer su mano.
-Claro que no se negará -dijo lady Windermere-, para eso está aquí. Todos mis leones, lord Arthur, son
leones amaestrados, y saltan a través de aros cuando se los ordeno. Pero debo advertirle antes, que le voy a
decir todo a Sybil. Va a venir a almorzar conmigo mañana, vamos a hablar de sombreros, y si míster Podgers
encuentra que usted tiene mal genio, o tendencia a padecer de gota, o una esposa que vive bn Bayswater,
5 se lo contaré todo.
Lord Arthur sonrió moviendo la cabeza:
-No temo a nada -dijo-, Sybil me concce tan bien corno la conozco yo a ella.
-¡Ah!, me siento un poco decepcionada de oírle a usted eso. El debido fundamento, para un buen matrimonio,
es la mutua incomprensión. No, no soy nada cínica, nada más he adquirido experiencia que, sin
embargo, viene a ser lo mismo. Míster Podgers, lord Arthur Saville se muere porque le lea usted la mano.
No vaya usted a decirle que está comprometido con una de las muchachas más bellas de Londres, porque
ya eso se publicó en el Morning Post hace un mes.
-Querida lady Windermmere -dijo la marquesa de Jedburgh-, permita que míster Podgers se quede otro
rato más. Me acaba de decir que yo debería figurar en la escena y estoy tan interesada...
-Si le ha dicho eso, lady Jedburgh, me lo voy a llevar de aquí. Venga acá míster Podgers, y lea la mano
de lord Arthur Saville.
-Bueno -replicó lady Jedburgh, haciendo un pequeño moue 6 y levantándose del sofá-, si no me dejan figurar
en la escena, por lo me nos me dejarán formar parte del público.
5 Barrio cercano a Kensigton Park, donde residían las amigas galantes de los aristócratas londinenses.
6 Gesto despectivo que se hac e con los labios.
-Claro; todos vamos a formar parte del público -dijo lady Windermere -. Y ahora míster Podgers, no deje
de decirnos algo agradable. Lord Arthur es uno de mis favoritos privilegiados.
Pero cuando míster Podgers vio la mano de lord Arthur, palideció notablemente, y no dijo nada. Un estremecimiento
pasó por él, y sus espesas cejas se fruncían nerviosas, denotando aquella irritabilidad que se
apoderaba de 61 cuando se sentía perplejo. Entonces aparecieron unas gotas de sudor en su frente amarillenta,
semejaban un rocío malsano, y sus gruesos dedos estaban fríos y pegajosos.
A lord Arthur no escaparon estos síntomas de agitación y ansiedad, y por primera vez en su vida, sintió
miedo. Su primer impulso fue el de escapar de aquel salón, pero se contuvo. Era mejor conocer la verdad,
aunque fuese lo peor, fuese lo que fuese, que quedar en una odiosa incertidumbre.
-Estoy esperando, míster Podgers -dijo.
-Todos estamos esperando -exclamó lady Windermere, con aquella manera brusca e impaciente que la
caracterizaba. Pero el quiromantico no contestó palabra.
-Creo que Arthur también debería estar en la escena -dijo lady Jedburgh y claro, eso, después de su regaño,
míster Podgers teme decírselo.
De pronto míster Podgers soltó la mano derecha de lord Arthur, y le tomó la izquierda, inclinándose tanto
para examinarla, que los aros dorados de sus lentes casi la tocaban. Por un instante su rostro pareció una
blanca máscara de horror, pero en seguida recobró su sangfroid,7 y mirando a lady Windermere, dijo con
una sonrisa forzada:
7 Sangre fría.
-Es la mano de un joven encantador.
-¡Por supuesto que sí! -replicó lady Windermere-, ¿pero será también un esposo encantador? Eso es lo
que quiero saber.
-Todos los jóvenes encantadores, lo son -dijo míster Podgers.
-Yo no creo que un esposo deba ser tan fascinante -murmuró lady Jedburgh con aire pensativo-, es tan
peligroso. . .
-Criatura querida, nunca son tan fascinantes como para eso -contestó lady Windermere - pero lo que yo
quiero saber son detalles. Los detalles son lo único que interesa. ¿Qué es lo que le va a pasar a lord Arthur?
-Bueno, en los próximas meses, lord Arthur va a hacer un viaje...
-¡Oh por supuesto, su luna de miel!
-Y va a perder a un familiar. -¡No a su hermana! ¿Verdad? -exclamó lady Jedburgh, con tono de voz lastimero.
-Desde luego que a su hermana no -contestó míster Podgers, con un despreciativo gesto de la mano-; se
trata de un familiar lejano.
-Bien, pues yo estoy muy desilusionada -añadió lady Winderme re-. No tengo absolutamente nada que
contarle a Sybil mañana. A nadie le importan los parientes leja nos hoy día. Ya hace años que pasaron de
moda. No obstante, creo que será mejor que tenga a mano un vestido de seda negra; siempre es útil para ir a
la iglesia; usted sabe... Y ahora pasemos a cenar. De seguro que ya se habrán comido todo; pero quizá todavía
encontremos algo de sopa caliente. Frangois solía hacer una sopa excelente, pero ahora está tan ocupado
con la política, que ya no estoy segura de lo que hace. Ojalá que el general Boulanger se esté tranquilo.
Duquesa, ¿no está usted cansada?
-Para nada, querida Gladys -contestó la duquesa, dirigiéndose hacia la puerta-. Me he divertido muchísimo,
y el quiropodista,8 quiero decir, el quiromántico, es extra ordinaria mente interesante. Flora, ¿dónde
estará mi abanico de carey?, ¿y mi chal de encaje, Flora? Oh, gracias, sir Thomas, muy amable-. Y la importante
dama por fin bajó las escaleras, no sin haber dejado caer dos veces su pomo de sales aromáticas.
Durante todo ese tiempo, lord Arthur Saville había permanecido en pie junto a la chimenea, con la misma
sensación de temor y ron aquel malestar del que siente aproximársele algo malo. Sonrió con tris teza a su
hermana que pasó a su lado tomada del brazo de lord Plymdale, luciendo preciosa en su vestido de brocado
rosa y adornada con perlas. Casi no oyó a lady Windermere cuando le llamó para que la siguiese. Pensaba
en Sybil Merton, y la idea de que algo pudiese interferirse en su amor, hacía que las lágrimas nublasen sus
ojos.
Podría decirse, al mirarle, que Némesis había arrebatado a Pallas su escudo, y le había mostrado la cabeza
de la Gorgona 9 Parecía petrificado y su fisonomía triste semejaba tallada en mármol. Hasta entonces
vivió una existencia llena de lujo, con los detalles dei sibarita, tal como correspondía a un joven de su rango
y fortuna; una vida perfecta por verse libre de preocupaciones deprimentes, amparada por su hermosa y
juvenil insouciance; 10 y era ahora cuando se daba cuenta, por primera vez, del terrible misterio del destino
y el horrendo significado del mismo.
8 Nos tomamos la libertad de hacer una traducción convencional de la palabra Chiropodist para no romper
la gracia del diálogo.
9 Gorgonas, hijas de Phorcys. Se tra ta de tres hermanas llamadas: Sthèn8 Euryala y Medusa, generalme nte
se alude a esta última.
10 Indolencia.
¡Todo ello le parecía enloquece,dor y monstruoso! ¿Sería posible que en su mano se hallase escrito, en
caracteres que él no podía descifrar, algún pecado secreto, o el signo de algún crimen sangriento? ¿No existiría
la fórmula para poder esta par a todo aquello? ¿No sería posible que fuésemos superiores a las piezas
de ajedrez, movidas por un poder oculto? ¿Recipientes que el alfarero moldea a su gusto para que s ean alabados
o despreciados? Su razón se revelaba contra esto, y sin embargo, percibía que una tragedia estaba
suspendida sobre su existencia, y que inopinadamente había sido destinado a soportar una carga intolerable.
¡Los actores tienen tanta suerte! Pueden elegir entre aparecer en una tragedia o un sainete, entre sufrir o ser
felices, reír o derramar lágrimas. Pero en la vida real es muy distinto. La mayoría de los hombres y las mujeres
se ven forzados a desempeñar papeles para los cuales no están capacitados. Nuestros Guildenstern 11
desempeñan papeles de Hamlet, o nuestros Hamlet tienen que hacer bufonadas como el príncipe Hal. 12 El
mundo es un escenario, pero el reparto de la obra está mal hecho.
11 Condiscípulo de Hamlet, en el drama de W. Shakespeare.
12 Apodo con el cual se llamaba a Henry, Príncipe de Gales, hijo de Henry IV y de Mary de Bohun (el
Príncipe alocado de Gales). Hal aparece como un personaje travieso y vagabundo, que acompaña a Falstaff,
y que burlándose en apariencia, deja deslizar verdades hirientes sobre la realidad del poder político; en la
obra de W. Shakespeare: Falstaff.
De repente míster Podgers entró al salón. Cuando vio a lord Arthur se detuvo, y su rostro rudo y redondo
se hizo de un verde amarillento. Los ojos de los dos hombres se encontraron, y por un momento permanecieron
silenciosos.
-La duquesa ha olvidado uno de sus guantes aquí, lord Arthur, y me ha pedido que se lo lleve -dijo por
fin míster Podgers-. ¡Ah, ahí lo veo, en el sofá! Buenas noches.
-Míster Podgers, le pido que conteste inmediatamente a una pre gunta que deseo hacerle.
-Será en otra ocasión, lord Arthur, pero la duquesa está impaciente. Creo que debo retirarme.
-No se irá, la duquesa no tiene ninguna prisa.
-A las damas no se las debe hacer esperar, lord Arthur -contestó míster Podgers con su sonrisa desagradable-.
El bello sexo es dado a la impaciencia.
Los labios finamente cincelados de lord Arthur hicieron un petulante gesto de desprecio. La pobre duquesa
le parecía no tener importancia en aquellos instantes. Cruzó el salón para acercarse al lugar donde míster
Podgers permanecía en pie, y extendió su mano.
-Dígame lo que ha visto ahí -dijo-. Dígame la verdad. Debo saberla. No soy un niño.
Los ojos de míster Podgers pestañearon tras sus lentes dorados, y descansaba, ya en un pie, ya en otro,
con un aire perplejo, mientras sus dedos jugaban nerviosos con la deslumbrante cadena de su reloj.
-¿Qué le induce a pensar que he visto algo especial en su mano, lord Arthur, que no sea lo que ya le he
dicho?
-Sé que es así, e insisto en que me diga lo que es. Le pagaré. Le daré un cheque por cien libras.
Los ojos verdes brillaron por un momento, y después se tornaron sombríos.
-¿Guineas? -preguntó míster Podgers en voz baja.
-Claro. Le enviaré un cheque mañana. ¿A qué club pertenece? -No pertenezco a ninguno. Bueno, es decir,
por el momento -y sacando de la bolsa de su chaleco una cartulina con borde dorado, míster Podgers la
entregó a lord Arthur, con una profunda inclinación. En ella se leía: “Mr. Septimus R. Podgers, Professional
Chiromantist,1030 West Moon Street”.
-Mi horario es de diez a cuatro -murmuró míster Podgers, mecánicamente- y hago rebajas cuando se trata
de una familia.
-Dése prisa -contestó lord Arthur, que se veía muy pálido, extendiendo su mano.
Míster Podgers paseó nervioso la mirada a su alrededor, y corriendo el pesado portière sobre la puerta,
dijo:
-Tomará algo de tiempo, lord Arthur, será mejor que se siente. -Dése prisa, señor -replicó lord Arthur,
golpeando impaciente, con el pie, el piso encerado.
Míster Podgers sonrió, y sacando del bolsillo del chaleco una pequeña lente de aumento, la limpió con su
pañuelo poniendo en ello mucho cuidado.
-Estoy listo -dijo.
CAPITULO II
Diez minutos más tarde, con la cara blanca de terror, y los ojos desorbitados por la angustia, lord Arthur
Saville salió precipitadamente de Bentinck House, abriéndose paso a través de los grupos de cocheros y
lacayos, envueltos en sus capotes de pieles, bajo los toldos rayados; parecía no ver u oír cosa alguna. La
noche estaba en extremo fría, y los mecheros de los faroles de gas que rodeaban la plaza, parpadeaban sacudidos
por el viento cortante; pero las manos de lord Arthur ardían de fiebre, y su frente quemaba como el
fuego. Caminó sin darse cuenta, casi sin rumbo y con la incertidumbre de un borracho. Un policía se le
quedó mirando al pasar, con curiosidad, y un mendigo que salió inclinado del quicio de una puerta, para
pedirle limosna, tuvo miedo, al darse cuenta de que existía una miseria mayor que la suya. Por un mome nto,
al llegar bajo un farol se miró las manos, y un débil grito se escapó de sus labios temblorosos.
¡Asesinato! eso es lo que el quiromántico había visto. ¡Asesinato! Parecía como si la misma noche ya estuviese
enterada, y la desolación del viento lo gritase en sus oídos. Los oscuros rincones de las calle jas parecían
desbordar aquella acusación que le gesticulaba desde los tejados de las casas. Fue primero al parque,
donde el sombrío boscaje le atraía. Se apoyó exhausto contra la verja, refrescando su frente contra el metal
húmedo, y escuchando el trémulo silencio de los árboles. ¡Asesino, asesino!, se repetía, como si dirigiéndose
a sí mismo la acusación, pudiese disminuir el horror del vocablo. El sonido de su propia voz le hacía
estremecerse, y sin embargo, deseaba que el eco le escuchase, y pudiese despertar a la ciu dad adormecida
por sus sueños. Sentía un loco deseo de detener al viandante, y contarle todo.
Entonces cruzó hacia la calle Oxford, y estuvo vagando por callejo nes estrechos y llenos de ignominia.
Dos mujeres con los rostros pintados se burlaron de él cuando pasó a su lado. De un patio sórdido y oscuro
llegaban los ruidos mezclados con juramentos y golpes, a los que seguían gritos estridentes amontonados,
sobre los escalones húmedos de un zaguán, vio las formas de cuerpos encorvadas, vencidos por la miseria y
la decrepitud. Un extraño sentimiento de piedad le sobrecogió. ¿Habrían sido aquellas criaturas del pecado
y de la miseria predestinadas a semejante final, como él lo era ahora al suyo? ¿Eran ellos como él, sólo títeres
dentro de un espectáculo monstruoso?
Y no obstante, no fue ese misterio, sino la comedia del sufrimiento, lo que le hería más; su total inutilidad,
su grotesca falta de sentido. ¡Qué incoherente le parecía todo!
¡Qué ausencia total de armonía! Se encontraba estupefacto ante la discrepancia reinante entre el optimismo
superficial del momento y los hechos reales de la existencia... El era aún demasiado joven.
Al poco rato se encontró frente a la iglesia de Marylebone. La calzada silenciosa semejaba una larga cinta
de plata brillante, interrumpida aquí y allá por los arabescos de las sombras que se proyectaban me -
ciéndose sobre ella. A lo lejos se veía la curva dibujada por una hilera de farolas cuyos mecheros de gas
parpadeaban constantemente, y detenido a la puerta de una casa rodeada por tapias, estaba un hanson,1 con
su cochero dormido dentro.
1 Carruaje para dos personas y que es conducido por el cochero, desde un pescante alto, colocado en la
parte posterior del vehículo.
Apresuradamente atravesó en dirección a la Plaza Portland, mirando de vez en cuando a su alrededor,
como temiendo que le siguiesen. En la esquina de la calle Rich estaban dos hombres leyendo un pequeño
aviso en una cartelera. Un desconocido impulso de curiosidad se apoderó de él, y se acercó al lugar. Al
aproximarse, la palabra “Asesinato”, impresa en letras negras, se presentó a sus ojos. Había quedado inmovilizado
y sintió enrojecer su rostro. Se trataba de un aviso ofreciendo una recompensa por cualquier informe
que facilitase la aprehensión de un hombre de me diana estatura, entre treinta y cuarenta años, que llevaba
un sombre ro flexible, chaqueta negra, pantalón a cuadros, y que tenía una cicatriz en la mejilla derecha.
Lo leyó repetidas veces, y se preguntaba si al fin aprehenderían al malhechor, y también se sintió perplejo
por aquel temor que se iba apoderando de él. Quizá no estaba remoto el momento en que su propio nombre
se viese aparecer sobre las paredes de Londres. Algún día, quizá también, se pondría precio a su cabeza.
No supo a dónde fue más tarde; sólo recordaba, en forma imprecisa, haber estado vagando a través de un
laberinto de casas sórdidas. Y ya era un amanecer radiante cuando se encontró al fin en Piccadilly Circus.
Mientras caminaba lentamente hacia su casa, en dirección a la Plaza Belgrave, pudo ver pasar los pesados
carros que iban camino de Covent Garden. Los carreteros, con blusones blancos, sus alegres rostros tostados
por el sol, sus hir sutos y rizados cabellos, continuaban aquella marcha lenta restallando sus látigos, y
hablando a gritos entre sí. A lomos de un percherón gris, y sujetándose a sus crines fuertemente con sus
pequeñas manos, un chiquillo mofletudo, que lucía en su sombrero viejo un fresco ramillete de primaveras,
iba dirigiendo al grupo vocinglero, y reía feliz. Los grandes montones de legumbres destacaban contra el
cielo matinal, como un hacinamiento de jades verdes sobre el pétalo rosado de una flor maravillosa. Lord
Arthur se sintió profundamente conmovido sin poder explicárselo. Percibía algo, en el delicado encanto del
amanecer, que le causaba una honda emoción al pensar en cómo el día se abre a la belleza y cómo declina
hacia la tormenta. Esta gente del campo, con sus voces broncas, llenas de buen humor, y sus movimientos
reposados, ¡qué distinta debían ver a esta Londres! ¡Un Londres libre del pecado nocturno y del humo del
día, una ciudad lívida, espectral, una desolada ciudad de tumbas! Se preguntaba qué pensarían de ella, si
conocían algo de su esplendor o de su abyección, del impetuoso y ardiente goce de sus alegrías, de su hambre
horrorosa, de todo lo que se hace y se aniquila de la mañana a la noche. Es posible que para ellos sólo
representase un mercado donde traían a vender sus frutos, donde permanecían, cuando mucho, unas horas,
abandonando las calles todavía silenciosas, y las casas aún dormidas.
Sintió cierto placer al verles pasar. En su rudeza, con sus zapatones claveteados y sus maneras torpes,
conllevaban en sí algo de la antigua Arcadia. Los sentía cerca de la Naturaleza, y que ella les había enseñado
a vivir en paz. Les envidiaba por todo lo que desconocían e ignoraban. Cuando llegó a la Plaza Belgrave,
el cielo tenía un pálido tinte azul, y los pájaros comenzaban a gorjear en los jardines.
CAPITULO III
Al despertar lord Arthur, ya eran las doce, y el sol de mediodía se filtraba en su habitación a través de las
cortinas de seda color marfil. Se levantó y fue a mirar por el ventanal. Una neblina de calor flotaba sobre la
ciudad y los tejados de las casas parecían de plata oxidada. Allá abajo, entre la fronda verde que el aire agitaba
en la plaza, los niños correteaban y se perseguían como mariposas blancas, y las aceras se veían llenas
de gente dirigi¿n dose hacia el parque. Nunca le había parecido la vida tan hermosa, ni lo perteneciente al
mal, tan re moto.
Poco después su criado entró trayéndole en una bandeja una taza de chocolate. Después de beberla, descorrió
un pesado portiére 1, de felpa color durazno, y entró al baño. La luz penetraba suavemente desde lo
alto, a través de unas delgadas losetas de ónix transparente, y el agua en la bañera de mármol tenía los reflejos
del ágata lunar.
Lord Arthur se sumergió rápido hasta sentir que el agua fría llegaba a su cuello y a los cabellos, -zambulló
completamente la cabeza bajo el agua, como queriendo borrar la mancha de algún recuerdo humi -
llante. Al salir del baño se sentía casi en paz y sereno. La deliciosa sensación física de aquel momento le
dominaba por completo, como ocurre frecuentemente en las naturalezas finamente moldeadas, ya que los
sentidos, al igual que el fuego, pueden purificar o destruir.
Terminado el desayuno, se extendió sobre un diván y encendió un cigarrillo. En la repisa de la chimenea,
revestida de un fino brocado antiguo, descansaba una gran fotografía de Sybil Merton, tal como él la vio
por primera vez en el baile de lady Noel. La cabeza pequeña, de forma preciosa, se inclinaba hacia un lado,
como si su delicado cuello, a manera de un tierno junco, no pudiese soportar el peso de tanta belleza; los
labios estaban ligeramente entreabiertos, y parecían estar hechos para cantar las más dulces melodías; y
toda la tierna pureza de la juventud se asomaba mara villada en sus ojos soñadores. Con su suave vestido de
crépe de Chine ysu abanico en forma de una gran hoja, evocaba una de esas delicadas figurillas que el
hombre ha encontrado en los bosques de olivas cerca de Tanagra; y había algo de la gracia griega en su
gesto y su actitud. Sin embargo, ella no era tan petite,2 estaba perfectamente proporcionada -cosa rara en
una época en que tantas mujeres, o sobrepasan las proporciones naturales o son insignificantes.
1 Cortinaje confec cionado con un material grueso.
2 Pequefia, menuda.
Ahora, al mirarla, lord Arthur sintió que le invadía esa lástima que nace del amor. Se daba cuenta de que
casarse con ella, teniendo la amenaza del crimen sobre su cabeza, sería una traición como la de Judas, un
pecado más terrible que cualquiera de los cometidos por los Borgia. ¿Qué clase de felicidad podría existir
para ellos, cuando en cualquier momento él iba a verse impe lido a cumplir la horrorosa profecía escrita en
su mano? ¿Qué clase de vida iba a ser la suya, mientras el destino sostuviera su suerte angustiosa en su
balanza? El matrimonio debería posponerse, costase lo que costase. Se sentía completamente resuelto a
hacerlo así. Aunque ama se ardientemente a esta muchacha, y el simple roce de sus dedos cuando estaban
sentados uno junto al otro, le causaba una exquisita sensación de placer. Reconocía, no obstante, con toda
claridad, cuál era su deber y se daba perfecta cuenta de que no tenía derecho a casarse, mientras no hubiese
cometido el asesinato.
Una vez realizado esto, se presentaría ante el altar con Sybil Merton, para poner su vida entre sus manos
ya libre del terror de ir a cometer una mala acción. Entonces podría tomarla en sus brazos con la seguridad
de que ella nunca iba a avergonzarse de él. Pero primero, la realización de aquello era imperiosa; y mie ntras
más pronto, mejor para ambos.
Muchos hombres en su situación hubieran optado por el sendero florido del goce, que subir los abruptos
caminos del deber. Pero lord Arthur era demasiado escrupuloso para colocar el placer por encima de los
principios. En su amor había algo más que una simple pasión, y Sybil simbolizaba para él todo lo que es
bueno y noble. Al pronto sintió una repugnancia natural contra aquello para lo cual el destino lo había señalado,
pero al poco tiempo esa sensación había desaparecido. Su corazón le decía que no se trataba de un
pecado, sino de un sacrificio; su mente le recordaba que no le quedaba abierto otro camino. Tenía que escoger,
entre vivir para sí mismo o vivir para los demás, y aunque para é1 la tarda a realizar fuese terrible,
sabía, sin embargo, que no le era dado permitir que el egoísmo triunfase sobre el amor. Tarde o temprano
todos estamos llamados a resolver entre lo que se debe, o lo que conviene hacer. Para lord Arthur, ese momento
llegó temprano a su vida, antes de que su ser hubiese sido deformado por el cinismo calculador de la
edad madura, o su corazón corroído por el superficial egoísmo tan de moda en nuestros días, y no se sentía
titubear'ante el cumplimiento de su deber. También por fortuna, para él, su carácter no era el de, un soñador,
o un ocioso diletante. Si hubiese sido así, habría dudado como Hamlet, y dejado que la falta de resolución
echase a perder sus propósitos. Pero él era esencialmente práotico. La vida, a su juicio, significaba
acción, más que reflexión. Poseía aquello que es lo más raro; el sentido común.
Las sensaciones de cruel angustia pasadas la noche anterior, ya habían desaparecido por completo, y era
casi con un sentimiento de vergüenza que recordaba aquel vagar por las calles, y la ansiedad emocional que
le tuvo atenazado. La misma sinceridad de su sufrimiento hizo que todo le pareciese ahora irreal. Se preguntaba
cómo pudo haber sido tan tonto de disparatar y sentirse tan fuera de sí por lo que era inevitable. Lo
único que todavía le perturbaba era el ignorar quién iba a desaparecer, y no era tan ingenuo como para no
saber que el crimen, al igual que las religiones del mundo pagano, exigen una víctima y un sacerdote para
el sacrificio. £1, puesto que no era un genio, no tenía enemigos, y además se daba cuenta de que éste no era
el momento para satisfacer un rencor o una antipatía, ya que la misión en que estaba comprometido era de
una grande y profunda solemnidad. Así pues, formó una lista con los nombres de sus amigos y parientes, en
la hoja de un cuaderno de apuntes, y habiéndola examinado detenidamente, decidió en favor de lady
Clementina Beauchamp, una anciana encantadora que vivía en la calle Curzon, prima segunda por parte de
su madre. Siempre tuvo un gran afecto hacia lady Clem, como la llamaban todos; además él, por su parte,
era muy rico, pues al llegar a su mayoría de edad, entró en posesión de la fortuna heredada de lord Rugby,
y teniendo esto en cuenta, a nadie le sería posible imaginar que él iba a obtener por la muerte de ella alguna
vulgar ventaja pecuniaria. En verdad, mientras más lo pensaba, más le parecía ser la persona indicada. Su
conciencia le estaba diciendo que cualquier demora significaba una injusticia hacia Sybil. Entonces se decidió
a arreglarlo todo en seguida.
Lo primero que debía hacer era, por supuesto, saldar cuentas con el quiromántico. Inmediatamente se
sentó frente a un pequeño escritorio estilo Sharaton que estaba junto al ventanal, y extendió un cheque por
ciento cinco libras, pagadero a la orden de míster Septimus Podgers, y poniéndolo dentro de un so bre ordenó
a su sirviente que lo llevase a la calle West Moon. Entonces telefoneó a sus cocheras para que le enganchasen
el hansom, y se vistió para salir. Al abandonar la habitación se volvió a mirar la fotografía de Sybil
Merton y juró, pasase lo que pasase, que nunca le dejaría saber lo que hacía por su bien, sino que mantendría
siempre en su corazón el secreto de su sacrificio.
Camino al club Buckingham, se detuvo en una florería, y le envió a Sybil, una cestilla con preciosos narcisos
de pétalos blancos . y pistilos que parecían ojos de faisán. Al lle gar al club, se dirigió en seguida a la
biblioteca y tocando el timbre, pidió al mozo que le trajese una limonada y un libro sobre toxicolo gía.
Había llegado a la conclusión de que era la mejor forma de llevar a cabo aquel enojoso asunto. Cualquier
otra forma en que entrase la violencia personal le resultaba de pésimo gusto; además, le importaba sobremanera
no matar a lady Clementina en forma que pudiese atraer la atención pública. Le horrorizaba la idea
de convertirse en la principal atracción de las reuniones de lady Windermere, o ver figurar su nombre en las
columnas de sociedad, de cualquier periódico vulgar. También debía pensar en el padre la madre de Sybil,
que eran gente astante anticuada, y quizá podrían poner objeciones al matrimonio si hubiese alguna sombra
de escándalo sobre él, aunque se sentía seguro de que si les contaba todas las circunstancias del asunto,
serían los prime ros en darse cuenta de los motivos que le habían impulsado a hacerlo. Le asistía toda la
razón para decidirse por el veneno. Era lo más seguro y lo más cauto, se realizaba en silencio, y se llevaba a
cabo sin necesidad de escenas penosas, a las que, como la mayoría de los ingleses, oponía profundos, grandes
reparos.
De la ciencia de los venenos, sin embargo, no conocía absolutamente nada, y como le pareció que al mozo
no le era posible encontrar nada sobre este asunto en la biblioteca, más allá de la Guía Ruff, y la re vista
Baily, comenzó a buscar por sí mismo en los anaqueles, y por fin dio con una edición de la Pharmacopaeia,
lujosamente encuadernada, y un ejemplar de la Toxicología de Erskine, editada por sir Mathew Reid, que
era presidente del Colegio Real de Medicina, y uno de los más antiguos socios del club Buckingham, y que
había sido elegido, por equivocación, en lugar de otro individuo; un contretemps 3 que enfureció de tal manera
al Comité, que cuando se presentó el verdadero propietario a ocupar su lugar, fue puesto en la lista
negra por unanimidad. Lord Arthur se sentía un poco confuso por los términos técnicos que aparecían en
los dos libros, y comenzó a lamentar el no haber puesto mayor atención en el estudio de sus clásicos en
Oxford, cuando en el segundo tomo de Ers kine se encontró con una muy interesante y completa descripción
sobre las propiedades de la aconitina, escrita en un inglés bastante claro. Le pareció que era exactamente la
clase de veneno que necesitaba. Era rápido, sin lugar a dudas, casi in mediato en sus efectos; no producía
dolor, y cuando se ingería en forma de una cápsula de gelatina, lo más recomendado por sir Mathew, no
tenía nada de sabor desagradable. Desde luego anotó en el puño de su camisa la cantidad que era necesaria
para una dosis fatal, y volviendo a dejar los libros en su sitio, abandonó el club dirigiéndose hacia arriba de
la calle St. James, al establecimiento de Pestle y Humbey, los famosos químicos. Míster Pestle, que siempre
atendía personalmente a la aristocracia, se mostró bastante sorprendido ante su cliente, y con una actitud
muy cortés y deferente, murmuró algo acerca de la necesidad de presentar una receta médica. No obstante,
cuando lord Arthur le explicó que lo que solicitaba era para ser usado en un gran mastín noruego del que
tenía que deshacerse porque presentaba ciertas manifestaciones de rabia y que ya había mordido dos veces
a su cochero en la pantorrilla, se mostró completamente satisfecho, y felicitó a lord Arthur por sus maravillosos
conocimientos en materia de toxicología.
Lord Arthur guardó la cápsula en una bonita bonbonnière de plata que había visto en el escaparate de una
tienda en Bond Street, desechando así la fea caja para píldoras del establecimiento Pestle y Humbey, y se
dirigió en seguida a la casa de lady Clementina.
-Bien, Monsieur le mauvais sujet 4 -exclamó la anciana señora cuando le vio entrar al salón-. ¿Por qué no
me has venido a ver en tanto tiempo?
-Mi querida lady Clem, ya no me queda tiempo para nada -contestó lord Arthur sonriendo. -¿Tendré que
creer, que tú andas todo el día con miss Sybil Merton comprando chiffons 5 y hablando tonterías? No acabo
de entender por qué la gente le da tanta importancia a eso de casarse. En mi tiempo nunca soñamos con
tanto parloteo y tanto estarse arrullando en público, ni aun siquiera en privado.
-Le aseguro que no he visto a Sybil hace veinticuatro horas, lady Clem. Por lo que sé, creo que está ahora
por completo en manos de sus sombrereras.
-Y por supuesto, ésa es la única razón por la cual has venido a ver a una mujer vieja y fea como yo. Me
pregunto cómo es posible que vosotros los hombres no toméis nota. On a fait des folies pour moi,6 y aquí
estoy, un pobre ser reumático, con una fachada falsa y con mal genio. Que si no fuese por la querida lady
Jansen, que me envía tedas las peores novelas francesas que caen en sus manos, no creo que podría pasar el
día. Los doctores no sirven para nada, excepto para sacarnos sus honorarios. Ni siquiera pueden aliviarme
el ardor de estómago.
-Aquí le traigo un remedio que la curará de eso, lady Clem -dijo lord Arthur, muy serio-, es algo extraordinario,
inventado por un americano.
-Creo no gustar de los inventos americanos, Arthur. Estoy segura. He leído algunas novelas americanas
últimamente, y eran bastante disparatadas.
-¡Ah, pero esto no es dispara tado en lo más mínimo, lady Clem! Le aseguro que es un remedio perfecto.
Debe prometer que lo va a probar -y lord Arthur sacó de su bolsillo la pequeña caja, y se la entregó.
3Contratiempo.
4 Señor mal hombre.
5 Trapos, bagatelas.
6 Se han hecho muchas locuras por mí.
-Bueno, la cajita es encantadora, Arthur. ¿De veras me la obsequias?, eres muy amable. ¿Y es ésta la medicina
maravillosa? Parece un bonbon. Me la tomaré ahora mismo.
-¡Cielo santo! ¡Lady Clem! -gritó lord Arthur deteniéndole la ma no-, no debe hacerlo. Se trata de un medicamento
homeopático, y si lo toma no sintiendo ese ardor de estómago, le puede hacer un daño terrible.
Espere a tener un nuevo ataque, y entonces lo toma. Se quedará sorprendida por los rápidos resultados.
-Me gustaría tomarlo ahora, replicó lady Clementina, sosteniendo contra la luz la pequeña cápsula
transparente que dejaba ver su burbuja flotante de aconitina-. Estoy segura de que es deliciosa. La cosa es
que, aunque odio a los doctores, me encantan las medicinas. Sin embargo, la reservaré para mi próxima
crisis.
-¿Y cuándo cree usted tenerla? -preguntó ansiosamente lord Arthur-. ¿Será pronto?
-Espero que no sea antes de una semana. Ayer en la mañana la pasé muy mal. Pero una nunca sabe...
-¿Entonces está usted segura de que le volverá a dar otro ataque antes del fin de mes, lady Clem?
-Me lo temo. ¡Pero te muestras muy atento conmigo hoy, Arthur! De veras, Sybil te ha hecho mucho
bien. Y ahora debes irte en seguida, porque esta noche voy a cenar con gente muy aburrida, que no comen ta
los escándalos ni las novedades, y sé que si no duermo mi siesta acostumbrada ahora, no podré mantenerme
despierta durante la cena. Adiós Arthur, dale mis cariños a Sybil, y muchas gracias por esa me dicina americana.
-¿No olvidará tomarla, lady Clem, verdad? -dijo lord Arthur levantándose de su asiento.
-Claro que no, tonto. Eres muy bueno por acordarte de mí, y te es cribiré para decirte si quiero más.
Lord Arthur abandonó la casa muy animado; y con una sensación de inmenso alivio.
Esa misma noche se entrevistó con Sybil Merton. Le contó cómo de pronto se había visto envuelto en
una situación terriblemente difícil, y de la cual ni el honor ni el deber le permitían retirarse. Le dijo que el
matrimonio tendría que posponerse por el momento, hasta que él se viese libre de esos delicados compromisos,
pues no era un hombre libre. Le imploró que tuviese confianza en él, y que no dudase para nada del
futuro. Todo saldría bien, pero la paciencia era necesaria.
La escena tuvo lugar en el invernadero de la casa de míster Merton, situada en Park Lane, y en la que
lord Arthur había cenado como de costumbre. Sybil nunca había parecido ser más feliz, y por un momento
lord Arthur se sintió tentado de portarse como un cobarde, y escribir a lady Clementina que le devolviera la
píldora, y dejar que el ma trimo nio se realizase, como si en el mundo no existiese el tal míster Podgers. Sin
embargo, su buen juicio se impuso en seguida, y no flaqueó cuando Sybil se arrojó llorando en sus brazos.
Aquella belleza que estremecía sus sentidos, también le tocó la conciencia. Pensó que destrozar una vida
tan preciosa, por anticipar unos pocos meses de pla cer, sería una mala acción.
Permaneció con Sybil hasta cerca de la medianoche, consolándola y consolándose él al mismo tiempo.
Muy temprano, a la mañana siguiente, salió rumbo a Venecia, después de haber escrito, en forma varonil,
una carta muy caballerosa a míster Merton, explicándole el aplazamiento necesario de su matrimonio.
CAPITULO IV
En Venecia se encontró con su hermano, lord Surbiton, que acababa de llegar de Corfú en su yate. Los
dos jóvenes pasaron juntos dos semanas deliciosas. En las maña nas paseaban por el Lido, o se deslizaban
en su larga góndola negra, sobre los verdes canales; en las tardes recibían a sus visitas en el yate; y en las
noches cenaban en Florian 1 y fumaban incontables cigarrillos en la Piazza 2 No obstante, lord Àrthur no se
sentía feliz. Todos los días leía atentamente la columna de defunciones en el Times, esperando encontrar la
noticia de la muerte de lady Clem, pero también todos los días quedaba desilusionado. Empezó a temer que
algún contratiempo le hubiese sobrevenido, y con frecuencia lamentaba el haberla disuadido de tomarse la
aconitina en aquel momento en que se mostró tan decidida a probar sus efectos. Además, las cartas de Sybil,
aunque llenas de expresiones de amor, de confianza y ternura, con frecuencia tenían un tono triste y a
veces pensaba que se había separado ya de ella para siempre.
Al término de dos semanas, lord Surbiton se cansó de Venecia, y decidió seguir la costa bajando hacia
Rávena, pues había oído decir que abundaba la cacería de volátiles en Pinetum. Al pronto lord Arthur se
negó rotundamente a acompañarle, pero Surbiton, a quien estimaba profundamente, por fin le persuadió diciéndole
que si se quedaba en Danielli 3 solo, iba a caer muerto de tedio, y en la mañana del 15 comenzaron
a navegar con un fuerte viento que soplaba del noroeste y un mar bastante picado. La travesía fue excelente,
y la vida en cubierta y al aire libre, hizo volver los colores a las mejillas de lord Arthur, pero ya cerca
del día 22 comenzó a sentir ansiedad por no saber nada de lady Clementina, y a pesar de las objeciones que
le hizo Surbiton, re gresó a Venecia por tren.
1 Café de gran tradición, que actualmente conserva la misma fama. Así lo describía el escritor español
Pedro A. de Alarcón: “El Café Florian tiene renombre europeo, por lo lindo, artístico y lujoso. Más que un
café, parece el tocador de una reina, adornado en estilo medio Médicis, medio Luis XIV. Sus muchas y
pequeñísimas estancias se hallan decoradas con tanto lujo como primor. Las paredes están pintadas al fresco,
con cristales encima. Estatuitas doradas a fuego sostienen luces de gas en lámparas pompeyanas. Las
mesas son de mármol de Carrara y descansan en preciosas columnitas bizantinas... En suma: el célebre Café
Florian (que nunca se ha cerrado de noche desde los tiempos de la señoría, de las mascaradas, etc.), es
digno de la Plaza de San Marcos, como la Plaza de San Marcos merece su destino de s ala principal de Venecia.”
De Madrid a Nápoles, 3" ed., I, Madrid, 1886, pp. 367-368.
2 Se refiere a la Plaza de San Marcos.
3 En tiempos de O. W. era el gran hotel de lujo y tradición en Venecia. Sigue siendo hoy día clasificado
como de primera clase.
Al salir de la góndola para poner pie sobre los escalones del hotel, el propietario salió a recibirle con un
montón de telegramas. Lord Arthur casi los arrebató de su mano, abriéndolos precipitadamente. Todo había
sucedido con éxito completo. ¡Lady Clementina había muerto de repente en la noche del día 17!
Su primer pensamiento fue para Sybil, y en seguida le puso un telegrama, anunciándole su regreso inmediato
a Londres. Entonces le ordenó a su ayuda de cámara que hiciese su equipaje para tenerlo listo y
salir en el correo de la noche, se arregló con sus gondoleros pagándoles el triple de la tarifa acostumbrada,
y subió a sus habitaciones con paso ligero y un corazón ale gre. Allí encontró tres cartas esperándole. Una
era de la misma Sybil, llena de comprensión afectuosa y dándole el pésame. Las otras eran de su madre, y
del abogado de lady Clementina. Según parecía, la anciana señora cenó con la duquesa aquella misma noche,
tuvo seducidos a todos por sus ocurrencias y su esprit, pero se había retirado a su casa, algo temprano,
quejándose de ardor de estómago. A la mañana siguiente la encontraron muerta en su cama, aparentemente
sin haber sufrido algún dolor. En seguida se había mandado llamar a sir Mathew Reid, pero, por supuesto,
ya no había nada que hacer, e iba a ser sepultada el día 22 en Beauchamp Chalcote. Unos días antes de morir
hizo su testamento, dejándole a lord Arthur. su pequeña casa de la calle Curzon, y todo su mobilia rio,
sus objetos personales y los cuadros, excepto su colección de miniaturas, que deberían pasar a poder de su
hermana, lady Margaret Rufford, y su collar de amatistas, que había sido dedicado a Sybil Merton. El inmueble
no valía gran cosa; pero míster Mansfield, el abogado, manifestaba un deseo extremo de que lord
Arthur regresase, a ser posible, en seguida, pues había que liquidar muchas cuentas, y lady Clementina
nunca había llevado su contabilidad en forma ordenada.
Lord Arthur se sintió muy con movido al ver cómo lady Clementina lo había recordado tan bondadosamente,
y comprendía que míster Podgers era responsable por todo aquello. No obstante su amor por
Sybil, domaba sobre cualquiera otra emoción, y el sentirse consciente de que había cumplido con su deber,
le daba paz y le prestaba valor. Cuando llegó a Charing Cross,4 se sentía perfectamente feliz.
Los Merton le recibieron con gran amabilidad. Sybil le hizo prometer que ya nunca permitiría que algo se
interpusiese entre ellos, y la boda se fijó para el 7 de junio. De nuevo le pareció la vida luminosa y bella, y
su acostumbrado buen humor volvió a él.
Un día, sin embargo, mientras se encontraba en la casa de la calle Curzon, acompañado por el abogado
de lady Clementina, y de Sybil, quemando paquetes de cartas borrosas y vaciando cajones donde se fueron
guardando cachivaches viejos y otras bagatelas, de pronto la joven lanzó una exclamación alegre.
-¿Qué has encontrado, Sybil? -dijo lord Arthur levantando la vista de su tarea y sonriendo.
-Esta encantadora bonbonnière,5 de plata, Arthur. ¿No es rara? Parece holandesa. ¡Dámela! Sé que las
amatistas no me favorecerán sino cuando haya pasado de los ochenta.
4 En este lugar, al oeste del Strand y el norte de Whitehall, cerca de Trafalgar Square, Eduardo I erigió la
última de una serie de cruces que en me» moría de la reina Leonor (d. 1290) se encuentran en varios lugares
de Londres. Hoy queda a un lado la estación de los ferrocarriles South-Eastern & Chatam, en cuya gran
entrada se levanta una magnífica cruz moderna a pocos pasos de donde estuvo la antigua, ya desaparecida.
5 Caja para guardar confituras.
Era la caja que había contenido la cápsula de aconitina.
Lord Arthur se estremeció, y un ligero rubor cubrió sus mejillas.
Casi se había olvidado de lo que había hecho, y le pareció una extraña coincidencia que Sybil, por cuyo
bien tuvo que pasar todas aquellas terribles ansiedades, hubiese sido la primera en traérselas a la memoria.
-Por supuesto que puedes quedártela. Yo se la regalé a lady Clem.
-¡Oh!, gracias Arthur; ¿y puedo también quedarme con el bombón? No sabía que a lady Clementina le
gustasen los dulces. Creía que era demasiado intelectual.
Lord Arthur se puso intensamente pálido, y una idea horrible cruzó por su mente.
-¿Bombón, Sybil? ¿Qué dices? -murmuró en voz baja y ronca.
-Hay uno dentro; es todo. Parece viejo, está cubierto de polvo y no me da la más mínima gana de comerlo.
¿Qué te pasa, Arthur? ¡Qué pálido estás!
La conmoción de aquel descubrimiento superaba sus fuerzas, y tirando la cápsula al fuego, se dejó caer
en el sofá con un sollozo de desesperación.
CAPITULO V
Míster Merton se mostraba muy contrariado con este segundo aplazamiento del matrimonio, y lady Julia,
que ya había encargado su vestido para la boda, hizo todo lo posible para que Sybil rompiese su compromiso.
Pero aunque Sybil amaba profundamente a su madre, había entregado su vida en manos de lord Arthur,
y nada de lo que lady Julia pudiese decir iba a hacer vacilar su fe hacia él. En cuanto a lord Arthur, fueron
muchos los días que necesitó para reponerse de aquella terrible decepción, y por algún tiempo tuvo los nervios
deshechos. Sin embargo, su excelente sentido común pronto se impuso, y su mente sana y práctica no
le dejó titubear por mucho tiempo acerca de lo que debería hacer. Ya que el veneno había sido un completo
fra caso, la dinamita, o cualquier otra forma de explosivo, era lo que debería probar.
En consecuencia, volvió a examinar la lista de amigos y parientes y, después de un cuidadoso examen, y
de considerar detenidamente cada caso, llegó a la conclusión de volar a su tío, el deán de Chichester. Hombre
de gran cultura y saber, tenía una gran afición por los relojes, y era dueño de una magnífica colección
de esos contadores del tiempo, desde los más raros fabricados en el siglo xv, hasta los de nuestros días, y
esto le pareció una excelente coyuntura para llevar a cabo su plan. El dónde conseguir la máquina infernal,
ya era otra cosa. La Guía de Londres no le proporcionó ninguna información al respecto, y comprendía que
de nada le iba a ser útil acudir a Scotland Yard en aquel sentido, pues parece que ignoraban todo lo concerniente
a las actividades de los dinamiteros hasta que no ocurría una explosión, y aún así permanecían más o
menos en la misma ignorancia.
De repente se acordó de su amigo Rouvaloff, un joven raso, de grandes tendencias revolucionarias, y a
quien había conocido en casa de lady Windermere durante el invierno. Según parece, el conde Rouvaloff se
dedicaba a escribir una vida de Pedro el Grande, y había venido a Inglaterra con el fin de estudiar los documentos
relacionados con la residencia del zar en aquel país, como carpintero de ribera; pero exis tía la
sospecha, muy generalizada, de que se trataba de un agente nihilista, e indudablemente la embajada rusa no
veía con buenos ojos su presencia en Londres. Lord Arthur pensó que ése era el hombre que necesitaba
para llevar a cabo sus propósitos, y una maîkana se dirigió a su alojamiento en Bloomsbury, para pedirle
consejo y ayuda.
-¿Así es que usted está tomando en serio la política? -contestó el conde Rouvaloff, al terminar lord Arthur
de explicarle el objeto de su visita.
Pero lord Arthur, que detestaba las baladronadas de cualquier cla se que fuesen, se sintió obligado a declarar
que en él no existía el me nor interés por las cuestiones sociales, y que simplemente deseaba un aparato
explosivo para un asunto privado y familar, en el cual nadie estaba implicado más que él.
El conde Rouvaloff le miró por unos instantes con asombro y, entonces, viendo que la cosa iba en serio,
escribió una dirección en un trozo de papel, puso sus iniciales, y se lo alargó por encima de la mesa.
-Scotland Yard daría cualquier cosa por conocer esta dirección, querido amigo.
-Pues no la obtendrán -dijo lord Arthur riendo-, y después de estrechar efusivamente la mano del joven
ruso, bajó de prisa las escale ras leyendo lo escrito en el papel e indicando al cochero que se diriese a la Plaza
Soho. Al llegar allí o despidió y se fue caminando por la calle Greek, hasta llegar a una plazoleta llamada
Bayle Court. Al pasar bajo la arcada se encontró en una especie de cul-de-sac, 1 que aparentaba estar
ocupado por una lavandería francesa, pues de casa a casa, una verdadera red de cuerdas cargadas de ropa
blanca se mecía, en el aire matinal. Fue caminando hasta el final del callejón, tocando en la puerta de una
pequeña vivienda pintada de verde. Después de esperar un rato, durante el cual cada una de las ventanas se
convertía en una masa informe de caras curiosas, la puerta le fue franqueada por un individuo de aire ordinario
y extranjero, que en mal inglés le preguntó qué era lo que se le ofrecía. Lord Arthur le hizo entrega
del papel que el conde Rouvaloff le había dado, y el hombre, al terminar de examinarlo, haciendo una reverencia,
le introdujo a un cuarto del primer piso, destartalado y triste. Poco después Herr Winckelkopf, como
se le llamaba en Inglaterra, entró apresurado, con una servilleta al cuello, llena de manchas de vino, y un tenedor
en la mano izquierda.
-El conde Rouvaloff me ha entregado para usted estas líneas de presentación -dijo lord Arthur inclinándose-.
Y tengo gran interés en entrevistarme con usted para un negocio. Mi nombre es Smith, míster
Robert Smith, y quisiera que me vendiese un reloj de dinamita.
-Encantado de conocerle, lord Arthur -dijo el genial hombrecillo alemán, riendo-. No se alarme usted, es
mi obligación el conocer a todo el mundo, y recuerdo haberle visto una noche en casa de lady Windermere;
espero que Su Gracia se encuentre bien. ¿No le importa sentarse conmigo mientras termino de desayunar?
Hay un excelente pâté, y mis amigos son tan amables que dicen que mi vino del Rhin es mejor que cualquiera
de los que beben en la embajada de Alemania.
Y antes de que lord Arthur se hubiese repuesto de su sorpresa por haber sido reconocido, se encontró sentado
en la estancia del fondo, bebiendo el más delicioso Marcobruner, escanciado de un botellón donde se
destacaba el monograma imperial; y hablando de la manera más amistosa con el famoso conspirador.
-Los relojes de dinamita -dijo Herr Winckelkopf- no son un buen artículo de exportación extranjera, ya
que aun suponiendo que haya suerte en pasar las aduanas, el servicio de ferrocarriles es tan irregular, que
por lo general explotan antes de llegar a su destino. Pero, sin embargo, si usted lo que desea es para taso
doméstico, le puedo proporcionar un excelente artículo, y garantizarle que los resultados habrán de satisfacerle.
Pero, ¿puedo preguntarle para quién es? Si es para la policía o para alguien relacionado con Scotland
Yard,2 me temo que no voy a poder ayudarle. Los detectives ingleses son nuestros mejores amigos, y siempre
he llegado a la concusión de que tomando en cuenta su estupidez, siempre podemos hacer lo que queramos.
No podría prescindir de ninguno de ellos.
1Callejón sin salida.
2 Dirección de Policía de la ciudad de Londres.
-Le aseguro -dijo lord Arthur- que el asunto no tiene nada que ver con la policía. La verdad es que. el reloj
está destinado al deán de Chichester.
-¡Vaya, vaya!, nunca pude imaginar que fuese usted tan exaltado en cuestiones religiosas. Hoy día pocos
jóvenes se ocupan de eso.
-Creo que usted me sobreestima, Herr Winckelkopf -replicó lord Arthur sonrojándose- y en verdad no sé
nada de teología.
-Entonces, ¿se trata de un asun to personal?
-Puramente personal.
Herr Winckelkopf se encogió de hombros, y abandonando la habitación, regresó al cabo de unos minutos,
trayendo un cartucho de dinamita, más o menos del tamaño de un centavo, en diámetro; y un pequeño
reloj francés, muy bonito, rematado por una figura de la Li bertad, pisoteando a la hidra del Despotismo.
La cara de lord Arthur se animó al verlo.
-¡Es justamente lo que quiero! -exclamó - y ahora dígame cómo se le hace funcionar.
-¡Ah!, ése es mi secreto -dijo Herr Winckelkopf, contemplando su invento con una mirada de orgullo
muy justificado-; dígame cuando quiere que explote, y yo ajustaré el mecanismo para el momento exacto.
-Bueno..., hoy es martes, y si lo pudiese enviar en seguida...
-Eso no va a ser posible; tengo entre manos una gran cantidad de trabajos importantes para algunos amigos
míos en Moscú. Sin embargo, puedo enviárselo mañana.
-Está bien, habrá bastante tiempo -respondió lord Arthur cortésmente- si lo envía mañana en la noche, o
el jueves por la mañana. Para el momento de la explosión... digamos, el viernes a mediodía exactamente. El
deán siempre se encuentra en casa a esa hora.
-Viernes, a mediodía -repitió Herr Winckelkopf, y se puso a escribir una nota en un gran libro de registros,
que estaba sobre un escritorio, cerca de la chimenea.
-Y ahora -añadió lord Arthur levantándose de su asiento- le suplico que me diga cuánto son sus h onorarios.
-Se trata de algo tan sin importancia, lord Arthur, que sólo le cobrar„ el costo de cada uno de los elementos:
la dinamita vale siete chelines con seis peniques; la ma quinaria de relojería tres libras, y el porte unos
cinco chelines. Me complace muchísimo servir a cualquier amigo del conde Rouvaloff.
-Pero, ¿y la molestia que usted se ha tomado, Herr Winckelkopf?
-¡Oh, eso no es nada!, me da mucho gusto. Yo no trabajo por dinero; yo vivo por completo para mi arte.
Lord Arthur puso cuatro libras, dos chelines y seis peniques sobre la mesa, dio las gracias al alemán por
su amabilidad, y habiendo logrado declinar una invitación para conocer a algunos anarquistas en un témerienda
al siguiente sábado, abandonó la casa y se dirigió al parque.
Durante los dos días siguientes se sentía en un estado de agitación terrible y el viernes, a las doce, fue al
Buckingham para esperar noticias. Durante toda la tarde, el estólido ujier se la pasó entregando telegramas
de varias partes del país, dando los resultados de las carre ras, informando sobre fallos de divorcios, el estado
del tiempo y asuntos por el estilo, mientras la cinta telegráfica proporcionaba detalles tediosos acerca de
la sesión nocturna de la Cámara de los Comunes, y de un pánico pasajero, registrado en la Bolsa de Valores.
A las cuatro de la tarde, llegaron los periódicos de la noche, y lord Arthur desapareció en la biblioteca,
llevando consigo el Pall Mall, St. James Gazette, el Globe, y el Echo, provocando la indignación del coronel
Goodchild, que deseaba leer los reportazgos sobre un discurso que él había pronunciado durante la mañana
en la Mansion House, sobre el asunto de las misiones en África del sur, y la conveniencia de contar
con obispos negros en cada una de las provincias, pues por alguna desconocida razón, no se fiaba del Evetúng
News. Ninguno de los periódicos, sin embargo, hacía mención, o daba alguna noticia referente a Chichester,
y lord Arthur presentía que el atentado seguramente había sido un fra caso. Esto resultaba para él un
golpe terrible, y sus nervios estaban tensos. Herr Winckelkopf, a quien fue a visitar al día siguiente, se volcó
en mil excusas rebuscadas, y se ofreció a conseguirle otro reloj gra tis, o una caja de bombas de nitro -
glicerina al precio de costo. Pero ya había perdido la fe en los explo sivos, y el mismo Herr Winckelkopf
reconoció que todo estaba tan adulterado, hoy día, que hasta la dinamita era raro encontrarla pura. El alemancillo,
no obstante, aun admitiendo que algo marchó mal en el mecanismo, todavía guardaba esperanzas
de que el reloj explotaría, y citó el caso de un barómetro que envió en cierta ocasión al gobernador militar
de Odesa, el cual, aun habiendo sido puesto en la hora justa para que explotase en diez días, no llegó a realizarlo
sino tres meses después. Cierto era también, que cuando explotó, no logró más que volar en átomos
a una sirvienta, ya que el gobernador había salido de la ciudad seis semanas antes, pero por lo menos demostró
que la dinamita, como fuerza destructora, era, bajo el control de una maquinaria, un agente poderoso,
aunque no siempre puntual. Lord Arthur se sintió un poco consolado con estas reflexiones; pero también
aquí su destino fue la desilusión, pues dos días después, al subir las escaleras, la duquesa lo llamó a su
saloncillo privado, para mostrarle una carta que había recibido de la rectoría.
-Jane escribe cartas encantadoras -dijo la duquesa-; debes leer esta última. Es casi tan buena como las
novelas que nos manda Mudie.
Lord Arthur la arrebató rápidamente de sus manos. Decía lo siguiente:
“Mi querida tía:
”Mil gracias por la franela que me has enviado para la Dorcas So ciety, y también por el percal. Estoy de
acuerdo contigo en que es una tontería eso de que quieran lucir cosas bonitas, hoy día todo el mundo es tan
radical e irreligioso, que es difícil hacerles comprender que no deben tratar de vestirse como la clase alta.
Realmente no sé a dónde vamos a parar. Como dice papá, muchas veces en sus sermones, vivimos una época
de descreimiento.
”No hemos divertido mucho con un reloj que un admirador anónimo le envió a papá el jueves pasado.
Llegó de Londres, dentro de una caja de madera y con el porte pagado; y papá cree que lo ha envia do alguien
que ha debido leer su notable sermón: “¿Es la Licencia Libertad?”, porque sobre el reloj hay una figura
de mujer con la cabeza cubierta, por lo que papá dice que es un goro de la Libertad. A mí no me parece
nada favorecedor, pero papá dice que es un símbolo histórico; supongo que así es. Parker lo desempacó,
y papá lo puso sobre la repisa de la chimenea, y cuando estábamos todos sentados en la biblioteca el viernes
en la mañana, al momento de dar las doce, oímos un ruido como zumbido de alas, una pequeña bocanada
de humo salió del pedestal, bajo la figura, ¡y la diosa de la libertad se cayó y se rompió la nariz en el
borde de la parrilla! María se alarmó bastante, pero la cosa era tan divertida, que james y yo nos moríamos
de risa, y hasta a papá le hizo gracia. Al exa minarlo vimos que se trataba de una especie de despertador, y
que si se le marcaba una hora, y se ponía un poco de pólvora y un fulminante bajo el martillete, hacía un
pequeño estallido en el momento que se quisiese. Papá dijo que no debería quedar en la biblioteca, pues
hacía mucho ruido, así es que Reggie se lo llevó al salón de clases, y todo el día se lo pasa hacien do con él
pequeñas explosiones. ¿No crees que le habría de gustar a Arthur tener uno- igual a éste como regalo de
bodas? Deben estar muy de moda en Londres. Papá dice que harían un gran bien, pues demuestran que la
Libetard no puede durar, sino que debe sucumbir. También dice papá que la Libertad se inventó en tiempo
de la Revolución Francesa. ¡Me parece horrible!
”Tengo que ir ahora a la reunión de la Dorcas Society, donde leeré tu carta, que resulta ser muy instructiva.
¡Qué cierta es tu opinión, querida tía, que dada la clase a que pertenecen, no deberían ponerse cosas
que no les caen bien; y me parece, además, que su preocupación por el traje es absurda, cuando exis ten
tantas cosas que son más importantes en este mundo y en el otro. Me da mucho gusto saber que la popelina
floreada te haya salido tan buena, y que tu encaje no se rompie se. El miércoles voy a lucir, en la reunión del
obispo, el vestido de satín amarillo que tuviste la amabilidad de regalarme; creo que se verá bien. ¿No tiene
usted lazos, tía? Jennings dice que todo el mundo lleva ahora lazos, y que las enaguas deben teneú'volantes.
Reggie acaba de hacer otra explosión, y papá ha ordenado que se lleven el reloj al establo. Creo que a papá
ya no le gusta tanto como le gustó al principio, aunque sí se siente muy halagado de que le hayan enviado
un juguete tan ingenioso. Esto demuestra que la gente lee sus sermones y que sacan provecho de ellos.
”Papá te envía todo su cariño al cual se unen lames, Reggie y Ma ría, con la esperanza de que tío Cecil esté
mejorado de la gota. Créeme siempre, tía querida, tu amante sobrina,
”JANE PERCY.
PS. Infórmame acerca de los -lazos. Jennings insiste en decir que son la última moda.”
El aspecto de lord Arthur era tan serio y triste al terminar de leer la carta, que la duquesa comenzó a reír.
-¡Mi querido Arthur! -exclamó-, ¡ya no volveré a enseñarte cartas de ninguna joven!, pero, ¿qué le contesto
sobre lo del reloj? Me parece un invento muy importante; creo que me gustaría tener uno.
-Pues yo no creo mucho en ellos -replicó lord Arthur con una sonrisa melancólica, y después de besar a
su madre, salió de la alcoba.
Al llegar a su habitación en el piso alto se dejó caer en un sofá, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Había hecho todo lo posible por cometer aquel asesinato, pero en ambas ocasiones fue un fracaso, y desde
luego no por culpa suya. Estaba empeñado en cumplir con su deber, pero al parecer el destino le había tra icionado.
Se sentía deprimido por una sensación de esterilidad en sus buenas intenciones y por la ineficacia
de sus esfuerzos en tratar de llevar a cabo un acto honrado. Quizá fuese mejor romper definitivamente su
compromiso de matrimo nio. Sybil iba a sufrir, es cierto, pero el sufrimiento no podría, en realidad, inutil izar
para siempre una naturaleza tan noble como la de ella. En cuanto a él, ¿qué importaba? Siempre habrá
guerras en las cuales un hombre puede morir, una causa por la cual un hombre puede ofrecer su vida, y
como la vida no le brindaba ya ningún aliciente, tampoco el morir le causaba terror. Sería mejor dejar que
el destino determinase su suerte. Él no iba a hacer nada por modificarlo.
A las siete y media se vistió y fue al club. Surbiton estaba allí con un grupo de amigos, y se vio obligado
a cenar con ellos. Su charla trivial y sus bromas tontas no le interesaban, y tan pronto como sirvieron el
café, pretextando un compromiso anterior, abandonó su compañía. Al salir del club, el ujier le entregó una
carta. Era de Herr Winckelkopf, pidiéndole que le visitase al día siguiente, para mostrarle un paraguas explosivo,
que operaba en el momento de abrirse. Era el último invento, y acababa de lle gar de Génova.
Rompió la carta en pedacitos. Estaba decidido a no recurrir ya más a nuevos experimentos.
Estuvo caminando a lo largo del parapeto del Támesis, y por mu cho rato descansó sentado a la orilla del
río. La luna se asomaba sobre las crestas de las nubes oscuras, como el ojo de un león, e innumerables estrellas
brillaban en la bóveda celeste como oro espolvoreado en una cúpula. De vez en cuando un lanchón
se deslizaba sobre las aguas cenagosas, siguiendo la corriente río abajo, y las señales de los ferrocarriles
cambiaban de verde a rojo mientras los trenes corrían silbando sobre los puentes. Poco tiempo después se
oyeron las doce desde la alta torre de Westminster, y a cada toque de su sonora campanada, la noche parecía
estreme cerse.
Más tarde desaparecieron las luces de los ferrocarriles, Y sólo que dó brillando un farol solitario, como un
gran rubí sostenido por un poste gigantesco, y el rumor de la ciudad se fue desvaneciendo.
Al dar las dos, lord Arthur se puso en pie y fue caminando hacia Blackfriars.
¡Encontraba todo tan irreal como si fuese un sueño extraño! Las casas en la orilla opuesta parecían surgir
de las tinieblas. Se podría decir que la plata y las sombras daban forma a un nuevo mundo. La gran cúpula
de San Pablo flotaba como un enbrme globo en la atmósfera oscura.
Al acercarse a la Aguja de Cleopatra, vislumbró a un hombre apoyado en el parapeto; ya cerca de él,
aquel individuo levantó la cabeza y la luz de gas cayó de lleno en su cara.
¡Era míster Podgers, el quiromántico!, no cabía equivocarse ante aquella cara regordeta y fofa, los anteojos
de montura dorada, la débil sonrisa enfermiza, la boca sensual.
Lord Arthur se detuvo, una idea luminosa vino a su mente, y des lizándose con pasos cautos a su es palda,
en un instante tuvo sujeto por ambas piernas a míster Podgers y le arrojó al Támesis. Se pudo escuchar un
soez juramento y el ruido del chapotear en las aguas; después todo quedó en silencio. Lord Arthur miraba
con ansia la superficie de las aguas, pero no pudo descubrir al' quiromántico, sino el sombrero de copa
haciendo piruetas sobre un remolino de agua iluminado por la luna. A los pocos minutos también el sombrero
se hundió, y no quedaba ya ninguna huella visible de míster Podgers. Por un momento su imagin ación
le hizo ver una silueta deforme que subía la escalera del puente, y la espantosa sensación de un nuevo
fracaso le invadió; pero sólo se trataba de un reflejo, y al salir dé nuevo la luna de entre las nubes, todo estaba
tranquilo. Por fin empezaba a creer que había realizado la sentencia del destino, lanzó un profundo
suspiro de alivio, y el nombre de Sybil vino a sus labios.
-¿Se le ha caído algo, señor? -dijo de repente una voz a su espalda.
Se volvió sobresaltado; era un policía con una linterna sorda en la mano.
-Nada importante, sargento -repuso sonriente, y deteniendo un coche que pasaba por allí, dijo al cochero
que lo llevase a la Plaza Belgrave.
Durante los días siguientes pasaba de la esperanza al temor. Hubo momentos en que casi le parecía que
míster Podgers iba a entrar al cuarto, y en el instante siguiente quedaba convencido de que el destino no
podía ser tan injusto hacia él. Por dos veces fue a la casa del quiromántico en la calle West Moon, pero le
faltó valor para tocar el timbre. Deseaba estar cierto de lo ocurrido, y al mismo tiempo el temor no le dejaba
actuar.
Al fin el momento había llegado. Estaba en el salón de fumar del club, tomando té y oyendo, bastante
aburrido, los comentarios de Surbiton a la última canción humorística estrenada en el Gaiety, cuando entró
el camarero con los periódicos de la noche. Lord Arthur, tomando al azar la St. James Gazette, comenzaba
a volver distraídamente las páginas, cuando de pronto un sorprendente encabezado cayó bajo sus ojos:
“SUICIDIO DE UN QUIROMÁNTICO”
Se puso pálido de emoción, y comenzó a leer. La pequeña noticia decía lo siguiente:
“Ayer en la mañana, a la siete, el cuerpo de míster Septimus R. Podgers, eminente quiromántico, fue
arrojado por las aguas a las orillas de Green wich, frente al hotel Ship. El desgraciado señor había sido
echado de me nos durante varios días, y una gran ansiedad se había dejado sentir en los círculos quirománticos.
Parece ser que se suicidó bajo el influjo de una depresión mental pasajera, causada por exceso de trabajo,
y el veredicto concerniente a este caso fue entregado esta tarde por los médicos forenses. Míster Podgers
acababa de terminar un extenso tratado sobre el tema de la mano humana, que será publicado en fecha
próxima y que indudablemente habrá de atraer la atención de un gran público. El difunto tenía 65 años, y
no parece que haya dejado parientes.”
Lord Arthur salió precipitada mente del club con el periódico aún en la mano, y provocando el asombro
del ujier que en vano quiso detenerle.
Sin perder momento fue a Párk Lane. Sybil le vio venir desde la ventana y tuvo el presentimiento de que
traía buenas noticias. Bajó corriendo a recibirle, y al mirarle a la cara comprendió que todo marchaba bien.
-¡Mi querida Sybil! -gritó ¡casémonos mañana!
-¡Locuelo! ¡Pero si el pastel ni siquiera ha sido encargado! -excla mó Sybil riendo entre lágrimas.
CAPITULO VI
Cuando se consumó la boda, tres semanas más tarde, St. Peter estaba lleno de gente distinguida y elegante.
La ceremonia fue solemne y las palabras rituales leídas con un acento impresionante por el deán de Chichester,
y todos estuvieron de acuerdo al admitir que nunca habían visto una pareja más hermosa que la que
formaban el novio y la novia. Aún más que bellos, se veían felices. Ni por un solo instante lord Arthur lamentó
todo lo que había tenido que sufrir en bien de Sybil, mientras ella, por su parte, le entregó lo mejor
que una mujer puede entregar a un hombre: adoración, ternura y amor. Para ellos la realidad no mató el
romance. Siempre se sintieron jóvenes.
Algunos años después, cuando dos preciosos niños les habían nacido, lady Windermere vino a Alton
Priory para visitarles; era un lugar encantador; fue el regalo de bodas que el duque hizo a su hijo; y una tarde,
mientras estaba sentada en el jardín, con lady Arthur, bajo un limonero, viendo jugar a los niños en la
rosaleda, como si fuesen danzantes rayos de sol, tomó de repente la mano de su anfitriona y le dijo:
-Sybil, ¿eres feliz?
-Por supuesto, lady Windermere, soy muy feliz. ¿Usted no lo es?
-No tengo tiempo para serlo, Sybil. Siempre me gusta la última persona que me presentan; pero por lo
general, tan pronto como conozco a las personas, me canso de ellas.
-¿Qué ya no le satisfacen sus leones, lady Windermere?
-¡Ah, querida, ya no! Los leones son útiles sólo por una temporada; tan pronto como se les priva de sus
manes, se vuelven los seres más insípidos de la existencia. ¿Recuerdas aquel horroroso míster Pod gers? Era
un atroz impostor. Por supuesto que a mí eso no me importaba gran cosa, y cuando me pedía dinero prestado,
se lo perdonaba, pero no podía soportar que me hiciese el amor. La verdad es que me hizo odiar la quiromancia.
Ahora creo en la telepatía. Es mucho más divertida.
-Pues lo que es aquí, no debe usted decir nada contra la quiromancia, lady Windermere; es el único tema
sobre el cual Arthur no permite que s e burle nadie. Le aseguro que se lo toma muy en serio.
-No vayas a decirme que él cree en eso, Sybil.
-Pregúnteselo, lady Windermere, aquí llega.
Y lord Arthur se acercó llevando en las manos un gran ramo de rosas amarillas y sus dos hijos dan zando
a su alrededor.
-Lord Arthur...
-Sí, lady Windermere...
-De verdad, ¿cree usted en la quiromancia?
-Claro que sí -dijo el joven, sonriendo.
-Pero, por qué?
-Porque a ella debo toda la fe licidad de mi vida -murmuró dejándose caer en un sillón de mimbre.
-Mi querido lord Arthur, ¿qué es lo que le debe?
-A Sybil -respondió alargando- el ramo de rosas a su esposa, mirándose dentro de sus ojos violáceos.
-¡Qué tontería! -exclamó lady Windermere -. ¡Nunca en toda mi vida había oído semejante tontería!

FIN DE «EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE»

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