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jueves, 9 de diciembre de 2010

La historia de Woody Woodpecker Donovan

  

La historia de Woody Woodpecker Donovan



Benson se sentía muy incómodo. El policía irlandés lo había recibido bastante cordialmente, pero no estaban en el mismo bando y ninguno de los dos lo ignoraba. El problema no era que Cassidy fuese irlandés, eso no lo hacía simpatizante del IRA. El problema era que Benson estaba ahí para preguntarle por gente que era de su mismo pueblo, quizás amigos o hijos de un amigo, con toda seguridad conocidos de toda la vida. No, ni él ni sus preguntas eran bien recibidas en este lugar. Quizás por eso, porque no esperaba obtener demasiadas respuestas, fue derecho al punto.
     —Nos han llegado informaciones que indican que Terence Donovan, un hermano menor de Eamon Donovan, puede haber estado participando últimamente en las operaciones del IRA. Quisiera saber qué información puede darnos sobre este joven y sus antecedentes.
     El condestable Cassidy ignoró la petición (y la condicionalidad del enunciado) y su cara ancha y pecosa se estiró en una sonrisa incrédula:
     —¿Ustedes creen que Terry Donovan está con el IRA? ¡¿Woody Woodpecker?! —y se echó a reír.
     Benson no había esperado esa reacción. Era algo que lo molestaba de los irlandeses. Se pasaban la mitad del tiempo haciendo cosas que no eran las que él esperaba que hiciesen.
     —Terence Andrew Donovan, alias Woody Woodpecker, el Pájaro Loco, sí. ¿Por qué le parece tan cómico?
     El inglés estaba empezando a sentirse molesto, así que el oficial Cassidy trató de controlar su diversión por lo ridículo del asunto y explicarse. Después de todo, Benson no conocía a Woody. Para él el tema era serio.
     —Porque es absurdo. El IRA está peleando una guerra, reclutan combatientes. No puedo creer que nadie esté tan loco como para darle un arma de fuego a Woody Donovan. —Vio la pregunta en la cara del visitante y la contestó, antes de que la pusiese en palabras—. Para ese tipo de cosa, quiero decir. Woody sabe manejar una escopeta, claro. Por aquí es común, las usan para cazar conejos. Pero alguien como él no puede pelear en una guerra. ¿Por qué se cree que lo llaman así? Es un buen chico, pero está mal de la cabeza. Le faltan la mitad de los tornillos. No sé de dónde salió esa información, pero tiene que ser un error.
     Benson frunció el ceño por unos segundos
     —En realidad, no nos consta que ande armado. Y estuvimos comprobando el dato. Antes de cada una de las últimas operaciones en las que participó Eamon, o en las que pensamos que participó, un muchacho con la descripción de Terence Donovan estuvo hablando con personas que tenían información clave, información que fue utilizada en las operaciones. A algunos los entrevistó con alguna excusa, notas periodísticas, encuestas, cosas por ese estilo. Con otros se encontró, en forma aparentemente casual, en pubs o estaciones de servicio o gimnasios, lugares públicos. Los nombres que dio en cada caso eran distintos, claro, y las personas involucradas niegan haber hablado de los datos en cuestión, pero el caso es que los datos llegaron a destino y en las manos de Eamon Donovan, eso significa muertes. Vine a preguntar y es importante que usted responda, porque Eamon Donovan es uno de los tipos más peligrosos que tenemos en archivo.
     Cassidy sabía que eso era cierto. Lo sabía mejor que Benson. Había estado siguiendo los informes y sabía que Eamon Donovan había estado metido en sangre hasta los hombros los últimos cuatro o cinco años, pero además conocía las historias anteriores, cosas que habían sucedido antes de que Eamon se fuese del pueblo. No eran historias agradables. En esa familia todos habían salido camorreros, pero lo de Eamon era otra cosa, era mala entraña, crueldad. Si había llegado a ser un asesino, no era demasiado sorprendente. Pero Woody no encajaba en ese cuadro. Se dio cuenta de un detalle y preguntó:
     —¿Qué quiere decir cuando habla de "la descripción de Terence"? Que yo recuerde, no tiene nada especial que describir. Cinco pies ocho pulgadas, delgado, pelo castaño claro, ojos marrones. Eso describe a una cuarta parte de los chicos de esa edad del pueblo y posiblemente de Belfast también.
     —Sí, eso es cierto. Digamos que hay un hombre joven, de aspecto común y corriente, que aparece antes de cada golpe, siempre con una excusa distinta, y charla con unos y otros. Es un charlatán de primera, por supuesto, absolutamente encantador, inventa las historias más imposibles, y parece que la gente le cuenta cosas que hubiese sido mejor que no le contasen. Por ahí no le contaron nada y ni siquiera es el mismo tipo y todo es pura casualidad. Pero hay algo de lo que estamos seguros: esa información termina llegando a manos de Eamon Donovan—. El inglés se calló, sintiendo que había hablado demasiado. Definitivamente, él no era capaz de hacerlo tan bien como Woody Donovan. Woody solamente charlaba y la información pasaba de manos, pero nadie recordaba siquiera habérsela contado. Un artista en lo suyo.
     —Sí, ese podría ser Woody —admitió el irlandés—. Siempre le cayó bien a todo el mundo, ¿sabe? Aún después de darse cuenta de que está chiflado, uno se divierte con las cosas que inventa: las historias más imposibles, como usted decía. Solamente que él no sabe que las está inventando. Se las cree, por lo menos mientras las cuenta.
     —O sea que es un mitómano, no un mentiroso. Y además le gusta imitar al Pájaro Loco, OK. Pero no veo por qué eso lo inhabilitaría para combatir.
     —Porque no es lo único que le pasa. Hay cosas que a usted o a mí nos parecen obvias, pero a él no. O no siempre. Como... digamos que por qué hay que entrar y salir por las puertas de las casas y no por las ventanas. De golpe a Woody se le ocurre que sería más lógico entrar por las ventanas y por una temporada lo ve así e intenta hacerlo, y si se lo explican no lo entiende. Lo de cantar como el Pájaro Loco, bueno, lo hace porque sí a veces, pero también cuando lo que le dicen no le entra en la cabeza. A veces arma pilas de fósforos y después les prende fuego y cuando terminan de arder arma otra. Lleva siempre una caja grande de fósforos, de esas de cocina, para hacer sus fueguitos... Y si no tiene donde apoyar los fósforos empieza a joder con el encendedor, apagándolo y encendiéndolo, hasta que a uno le dan ganas de ahorcarlo. Ve, eso sí que no me gusta: la cara que pone cuando juega con fuego me da escalofríos. No, Woody no está bien de la cabeza. No creo que la información que le dieron sea buena. No creo que les pueda ser útil a los del IRA, ni creo que Eamon fuese capaz de meterlo en eso.
     Benson estaba excitado. Algunos de los testigos habían mencionado la costumbre de jugar con el encendedor. Podía ser la misma persona. Tenía que ser.
     —No me parece que los escrúpulos sean un rango distintivo de Eamon Donovan. Él también tenía un apodo en el pueblo ¿no?
     Cassidy hizo una mueca.
     —Sí, es cierto —reconoció, como a disgusto—, Mad Dog. Bueno, sí, con Eamon nunca se sabe, pero Terence era su favorito, siempre lo cuidó, desde el primer día. Cuando Terence nació, todavía vivían fuera del pueblo, y cuando la madre empezó con el trabajo de parto, Eamon era el único disponible para ayudarla. Duro para él. No tenía once años todavía. Y después también se hizo cargo de cuidar al bebé, porque Flossie, la madre, murió menos de una semana después del parto... Fue un golpe feo para Andy Donovan. La adoraba, pese a las escenas que hacía. Bueno, eso a usted no le interesa, ¿no?
     —No. Me interesa saber si Woody haría esta clase de trabajo para su hermano mayor.
     —Woody va a hacer absolutamente cualquier cosa que Eamon le diga que haga. Y Eamon es un mal bicho, seguro. Hay pocas cosas que no haría. Hasta el viejo Donovan sabe que no hay nada de bueno en Eamon, aunque no le gusta que lo digan otros.
     —¿O sea que es posible que sea Woody la persona de la que estamos hablando?
     —Sí, es posible. Pero otras cosas son posibles.
     —¿Cómo qué?
     —Cómo que alguien les esté pasando información y manden a un chico cualquiera a charlar con todo el mundo, antes de cada operación, para tener una cortina de humo que cubra a su contacto, por ejemplo.
     —¿Si fuese así, Eamon podría estar usando a Woody como señuelo? —interrumpió Benson, exasperado. Había subestimado la inteligencia del policía del pueblo y ahora acababa de tirarle a la cara su mayor temor.
     —No, no lo haría. Por ningún motivo, creo. Y si algún otro lo está usando como señuelo, el día que Eamon se entere los fuegos artificiales se van a escuchar desde Londres, créame. Pero, francamente, si no es Eamon el que lo manda, no creo que el chico haga nada. Es el único, aparte de su padre, de quien Woody toma órdenes. No, señor, creo que les dieron un mal dato, nomás.
     —¿Y por qué nuestro informante habría dicho que es Terence Donovan el que junta la información?
     La cara del irlandés no acusó recibo, pero la palabra "informante" era la que necesitaba para confirmar sus ideas. Se encogió de hombros.
     —Esa es fácil. Mad Dog Donovan no le gusta a nadie. Siempre fue un perro rabioso y se le nota. Aún entre sus socios, apostaría que los que lo odian son mayoría. Y si a él no se lo puede atacar de frente...
     Antes de irse para el taller mecánico de Donovan padre, Benson repitió su primer pregunta.
     —¿Antecedentes? Los dos estuvieron acá adentro unas cuantas veces, no le digo que no. Más Eamon que Terence, por supuesto; empezó diez años antes. Ebriedad y peleas, principalmente. A veces esas cosas no las anoto. Quiero decir: siempre pasan ¿no? Después de cada gresca, el viejo Donovan les ajustaba los huesos a sus chicos, pero nunca pudo convencerlos de nada. Siempre volvían a las andadas. Claro que romper pubs siempre fue una especie de tradición en la familia de Flossie. Yo creo que esos dos sacaron la cabeza floja de ese lado, del abuelo materno. Los hijos de la segunda mujer de Donovan salieron mucho más asentados. Eamon fue acusado más de una vez por lesiones, pero eso usted ya lo sabe. ¿Ya se va? En fin, le deseo suerte en lo que sea que esté intentando, pero si consigue agarrar a Terry en alguna no le va a servir de mucho. Si lo ponen delante de un juez, lo único que van a conseguir es tener que meterlo en un loquero.
     Cassidy esperó a que el otro hombre hubiese salido de la estación de policía y descolgó el teléfono.
     —Emma, dame con el taller de Donovan.
     El tono de llamado se estiró por unos segundos
     —Hable.
     —¿Andy? Acaba de salir de acá un inglés, un policía. Va para allá a hablar de tus chicos.
     —¿De cuál de mis chicos?
     —Woody. Pero no tiene nada concreto. Solamente... rumores. Algún bocón pasó el nombre. Pensé que era mejor que lo supieses.

Cuando el policía inglés llegó al taller mecánico, Andrew Donovan no estaba trabajando; lo estaba esperando a él, con los brazos cruzados y la cara tan inmóvil como una piedra. Benson podía fácilmente imaginarse al robusto y pecoso policía llamando a su canoso e igualmente robusto amigo y avisándole de su llegada. Contó su historia, sabiendo de antemano que no le iba a servir de nada. Donovan había bautizado a su hijo mayor en honor a Eamon De Valera, pero su posición actual era clara. Se la explicó a Benson en tan pocas palabras como pudo. No aprobaba la violencia, ya no reconocía a Eamon como a uno de sus hijos, no quería saber nada de él ni de sus actividades ni tenía tampoco forma de comunicarse con él. Terence se había ido a Belfast hacía cosa de un año, pero, que él supiese, había ido sólo a buscar trabajo. Estaba trabajando en una estación de servicio y él no tenía idea de cuál. Nunca había mencionado a Eamon en sus cartas y él, Andrew Donovan, no sabiendo nada al respecto, no tenía nada que decir. No tenía la dirección de Terry, solamente la de un lugar, una tabaquería, en donde le recibían la correspondencia.
     Cuando el inglés se fue, Donovan esperó a verlo subirse al auto y desaparecer en la niebla plateada que cubría el pueblo esa tarde. Después se puso su chaquetón, cerró la puerta del taller y se fue hasta un pub en particular, del otro lado del pueblo. No era ni el más cercano ni el mejor: era donde paraban los camioneros que iban y venían de la ciudad. Entre ellos una única mujer. No es que se notase demasiado. A Fionna había que mirarla de cerca para ver que era una mujer y no un hombre entrado en kilos.
     —Hola, Andy. Qué milagro verte por estos lados.
     Donovan contestó al saludo con un gesto de la cabeza, la agarró de un brazo y la llevó hasta la puerta lateral, el mejor lugar para charlar en privado en este pub. En realidad, el dueño del pub había conservado el pequeño porche, a través de muchos años y varias reformas, para que los clientes tuviesen donde hablar en privado. Además así, si la charla terminaba mal, la pelotera se armaba en la playa de estacionamiento y no dentro del pub. Eso ahorraba mucha plata en vasos y muebles rotos, afirmaba el propietario. No es que ése pudiese ser el caso ahora. El viejo Donovan estaba furioso, Fionna podía verlo y por eso lo acompañó sin discutir, pero nunca le había pegado a una mujer, aunque se lo hubiese merecido. Todo el mundo sabía eso.
     —Bueno, ¿qué pasa?
     —Tengo un mensaje para Eamon. Quizás dos mensajes. —Fionna extendió la mano, pensando que era una nota, como de costumbre, pero el hombre ignoró su gesto y siguió hablando, con los labios apretados—. ¿Es cierto que tiene a Terry trabajando con él?
     Fionna le miró la cara, considerando las opciones, y decidió decirle la verdad. Era hora de que Andy lo supiese, de todas formas.
     —Sí, es verdad. No está en operaciones, solamente junta información. Es muy bueno para eso, Andy.
     El viejo hizo una mueca extraña.
     —Estoy seguro que es bueno para eso, pero no voy a permitir que lo siga haciendo. Terry no está bien, no puede cuidar de sí mismo. —Fionna empezó a justificar pero Donovan no estaba interesado en explicaciones—. Vas a decirle a Eamon que quiero que mande a Terry de vuelta a casa. Si no aparece por acá antes de este fin de mes, voy a ir yo a buscarlo, y si tengo que ir yo a buscarlo, a Eamon no le van a quedar los bastantes huesos sanos como para poder ponerse en pie. ¿Entendido?
     Fionna se encogió de hombros.
     —Yo le paso el mensaje a Eamon. Que obedezca o no, no es asunto mío —aclaró. Por las dudas.
     —Por supuesto. Pero dale el mensaje. Ése fue el primer mensaje. —El hombre pensó un minuto y siguió hablando, eligiendo las palabras—. El segundo también es para Eamon, y en persona. Alguien está hablando. Alguien que sabe sobre el grupo y sobre los trabajos que les dan. Le dio a la policía el nombre de Terry, pero nada más, creo. Si hubiese dicho mucho más, ya los habrían ido a buscar. Creo que es alguien que anda detrás de Eamon y el chico lo estorba. Tienen que averiguar quien es.
     Ahora era Fionna la que tenía cara de indigestión. Odiaba a los soplones. Y Eamon Donovan era valioso para la organización. No era un soldado, era un asesino, uno de los mejores. De hecho, podría haberse llenado de oro, si hubiese aceptado contratos por afuera del IRA. Pero no los aceptaba, lo que era probablemente el motivo por el que Andy Donovan seguía sintiéndose orgulloso de su hijo mayor. Lamentablemente, también era un hijo de puta desagradable. El único que lo quería era Woody. Ese soplón no iba a ser fácil de localizar. Y, además, no podía decirle algo así a Eamon y a nadie más.
     —No va a ser fácil. Y tengo que informárselo a Kelly.
     Donovan lo pensó un minuto. Sabía muy poco sobre Paul Kelly. Era muy poco mayor que Eamon y había entrado en la organización un tiempo después de que Andy se retirase. Pero no habría sabido ni su nombre, si no fuese porque había sido el jefe directo de Eamon los últimos cinco años. Alguien capaz de manejar a Eamon durante todo ese tiempo tenía que ser todo un personaje y, si no había querido librarse de él hasta ahora, probablemente estaba dispuesto a seguir aguantándolo.
     —Sí, Kelly tiene que saberlo. Respecto a averiguar quién está parloteando, posiblemente Terry pueda ayudar. Como dijiste, es muy bueno averiguando cosas. Pero tienen hasta fin de mes. Después lo quiero en casa. Adiós... y suerte.
     Andy Donovan dio la vuelta a la columna de madera y se fue cruzando el patio del estacionamiento, sin volver a entrar al pub. Desapareció en la neblina, sin mirar atrás. Y la mujer se dio cuenta de repente de que al viejo Donovan le pasaba algo que ella nunca había creído que le pudiese pasar a él: tenía miedo, mucho miedo por su chico, el menor de los hijos de Flossie. Tanto como para darle sólo quince días para tratar de evitarle un disgusto, posiblemente mortal, a Eamon. La pregunta era por qué. Woody no estaba demasiado bien de la cabeza, pero tampoco era un imbécil. Ni de lejos. Podía cuidar de sí mismo mejor que muchos. Aunque más no fuera, porque podía convencer a cualquiera de cualquier cosa. Aparte de que Eamon no iba a dejar que le pasase nada a su hermanito, si era posible evitarlo por el medio que fuese. Y Eamon nunca había sido especialmente quisquilloso en la elección de medios para lograr sus fines. Por un momento se preguntó si el viejo tenía un presentimiento o algo así. Después volvió a entrar, localizó su jarra de cerveza y no habló con nadie hasta su hora de salida.
     Esa tarde, mientras manejaba rumbo a Belfast, bajo la lluvia, Fionna se preguntaba si el viejo todavía podía darle una paliza a Eamon. De una familia de alborotadores, Eamon había sido siempre el peor y debía haber cobrado muchas veces en su momento, pero ya hacía años que no vivía en su casa. La verdadera pregunta era si Eamon todavía iba a permitir que su padre le pegase. Después de pensarlo un rato, Fionna decidió que probablemente la respuesta era sí.

Eamon Donovan todavía estaba dando vueltas al mensaje en su cabeza cuando se sentó a hablar con su hermano sobre el tema. Kelly también estaba ahí, tirado a todo lo largo en el sofá, mirándolos. Así, de perfil y frente a frente, a través de la mesa, los dos hermanos se parecían mucho. Eamon tenía la cara un poco más larga, la expresión mucho más dura. Era un poco más alto y más sólido también, aunque ninguno de los dos era demasiado alto ni demasiado corpulento. Tipos promedio, como lo era también Kelly. La clase de persona que es imposible reconocer a partir de una descripción. Sin embargo, los gestos y las expresiones de los dos hermanos Donovan eran tan inconfundibles que cualquiera que hubiese visto hablar y moverse a uno de ellos lo iba a reconocer en cualquier parte, aunque no pudiesen describirlo. Kelly pensaba que él los habría reconocido hasta después de una cirugía estética.
     —El Viejo quiere que te mande de vuelta a casa, Terry.
     —No quiero volver. Soy útil acá y me gusta trabajar con ustedes. ¿Cuándo llegó carta de casa? No me dijiste nada.
     —No fue una carta. Me mandó un mensaje de palabra, con Fionna. Llegó anoche.
     —Debía estar furioso —se rió Woody—. Todavía piensa que soy un crío.
     —No. Se preocupa por vos, nomás. A mí tampoco me gusta meterte en esto. Es demasiado fácil morirse, en este negocio. Y hay otras cosas a considerar.
     Kelly, que los miraba desde el sofa, pensaba que Woody era la única persona a la que Eamon le daba explicaciones. La única persona con la que hablaba como un ser humano. Si no hubiese sido porque, muy definitivamente, era uno de los mejores en lo suyo y lo necesitaban, Mad Dog habría muerto hacía mucho. Había ofendido a demasiada gente dentro de la organización. Aún siendo el mejor, algún día alguien se iba a hartar y aplastarlo. Y Kelly no iba a llorar por él. Bueno, no demasiado. Lo único que rogaba al Cielo era que Woody no estuviese con Eamon cuando llegase ese día.
     —Tengo hasta fin de mes para despacharte de vuelta. Necesito que averigües los datos de ese congreso, pero el de Wickersham es tu último trabajo. Después te vas, antes de que el viejo te venga a buscar. —No dijo "Y me muela a palos", pero estaba implícito, por lo menos para los dos hermanos.
     —No me quiero ir.
     —No te estoy preguntando tu opinión. Y ya te dije que hay otro asunto —dijo Eamon y Kelly se dio cuenta de que algo lo estaba molestando, mucho. Quizás estaba molesto con la situación. No por mandar al chico de vuelta a casa, sino porque el viejo se había enterado. Nunca le había gustado contrariar a su padre y no habría metido a Woody en sus asuntos si hubiese podido evitarlo. La primera vez habían necesitado desesperadamente un dato, el tiempo había estado a punto de terminarse, el trabajo era crítico y Eamon había dicho que Woody podía averiguarlo. Y era cierto: lo había averiguado, en tiempo récord y sin esfuerzo aparente. El chico era bueno en eso, increíblemente bueno, y había seguido con ellos. Había conseguido, una y otra vez, más información de la que le habían pedido. A veces Kelly se preguntaba cómo lo hacía. Era un mentiroso de primera, por supuesto. Justamente por eso no servía de nada preguntarle cómo conseguía los datos. Iba a decir lo que se le antojase y, lo que era peor, se lo iban a creer. Pero la información que traía siempre era cierta, quizás porque era su hermano el que se la pedía. Woody nunca le mentía a Eamon, pero Eamon tampoco le preguntaba nunca cómo había averiguado nada.
     Ahora Woody estaba refunfuñando, pero cuando llegase el momento iba a obedecer y se iba a ir a casa. Y Kelly lo iba a extrañar. Todos en el grupo lo iban a extrañar. Y no sólo por él mismo, aunque todos lo querían. Se habían acostumbrado demasiado a entenderse con Mad Dog a través del hermano menor. Iba a ser duro volver a tratar con él personalmente.
     Bueno, no era momento para pensar en eso. Tenían un soplón que encontrar.
     —No des más vueltas, Eamon —dijo Kelly calmadamente—. Contále toda la historia, necesitamos que nos ayude.
     Eamon miró de reojo a Kelly y levantó una ceja, pero no discutió la orden.
     —El Viejo mandó otro mensaje. Alguien le dio tu nombre a la policía. Un soplón. No parece haberles dicho mucho más. El Viejo piensa que es alguien que quiere mi cabeza y vos estás en el camino. Cómo tienen solamente el soplo, ninguna prueba, no se van a mover ya. Pero se van mover algún día y papá te quiere afuera del asunto.
     Woody miró a su hermano, sorprendido. En la cara de Eamon no se movió ni un músculo. Woody volvió a bajar la vista. Había estado armando una minúscula pirámide, no, un cono, como un tipi indio, con sus fósforos, sobre uno de los platitos de loza. Ahora, mientras su hermano lo miraba fijo, como esperando algo, el chico prendió un fósforo, incendió su diminuta construcción y la miró arder. Era lo único de Woody que ponía mal a Kelly: el brillo en su cara mientras miraba arder sus montajes de fósforos.
     —Seamus.
     —Pero no estás seguro.
     —No. Pero fue Seamus el que armó el asunto aquél del puerto, de eso sí estoy seguro. Eamon, no puedo irme ahora. Me necesitás acá. No para buscar datos, sino por tus socios.
     —Bueno, esa fue la otra cosa que dijo el Viejo. Que averigües quién es el soplón. 
—Eamon sonrió para sus adentros. El Viejo sabe todo, pensó, aunque nunca lo haya mencionado.
     —Si puedo hablar con Seamus, estoy seguro de que ahí está todo. Y no me gusta ese asunto de Wickersham. Es nadie. No se entiende por qué lo quiere limpiar... Sí, podría ser otra trampa.
     —Bueno, tenemos hasta fin de mes. Y si Seamus no aparece antes de la fecha del congreso, tengo una idea sobre como darle una sorpresa, el día de la inauguración .Vamos Terry, todavía nos tiene que ganar.
     Los fósforos se habían apagado solos durante el largo minuto de silencio y Eamon le estaba sonriendo al chico. Debía ser algo así como la segunda sonrisa de este mes, pensó Kelly. Salvo las sonrisas de lobo, que acompañaban a veces sus más dedicadas amenazas. Lo peor de sus amenazas era que las cumplía. Kelly suspiró. Iba a ser un calvario manejar a este hijo de puta, sin Woody para mediar.

Los preparativos para el "asunto Wickersham" siguieron su curso normal. Lo único raro fue que Seamus no apareció en persona en ningún momento. No es que estuviese todos los días por ahí. Era un enlace y no tenía obligación de controlarlos. Sencillamente, tenía la costumbre de darse una vuelta cada tanto, cuando estaban preparando un trabajo. Esta vez no vino y —segunda cosa extraña— el que Seamus no apareciese sacaba de quicio a Woody. Kelly no entendía por qué. Ni siquiera pensó en el asunto del puerto. En el momento de aquel incidente, la torpeza de Seamus lo había enfurecido y la presencia del otro matón lo había intrigado, pero un mes después había archivado de todo el asunto como un estúpido error. Una persona que se suponía que iba a llegar al puerto y morir allí nunca había aparecido. Mad Dog tenía que ocuparse del asunto, pero otro hombre había aparecido después, flotando en la bahía, con un agujero en la cabeza, y había resultado ser también un asesino. Kelly siempre había pensado que el que había despachado al segundo matón —por la espalda, dicho sea de paso— había sido Mad Dog, pero no tenía forma de confirmarlo y lo dejó correr. Nunca se le había ocurrido que no había habido ningún error, que el viajero aquél que no llegó simplemente no existía. Nunca llegó a saber que Mad Dog, por una vez, había sido el blanco y no el tirador. Ni tampoco que había sido Woody, no Mad Dog, el que puso fin al complot... y al segundo cazador. Solamente los hermanos Donovan sabían eso. Los detalles eran demasiado difíciles de explicar como para decírselo a nadie más.
     Aunque Seamus no apareciese, los mensajes llegaban igual. La casucha dentro de la ciudad desde donde iba a partir el operativo fue ocupada, el material transladado. Cuando terminó de recopilar datos de horarios y personal de las guardias y organización del evento, Woody empacó su bolso marrón y se despidió de todo el mundo. Kelly y Eamon lo acompañaron hasta el tren y se tomaron una última cerveza con él, enfrente de la estación, hablando de estupideces. A casi último minuto, Woody se puso nervioso y empezó a encender y apagar el encendedor, algo que a Kelly lo ponía loco, así que se fue a comprar cigarrillos y los dejó solos.
     —Cuidate, Eamon, por favor. Yo voy a estar acá a tiempo, pero si Seamus se mueve antes del golpe y no durante el Congreso... Lo estás calculando demasiado justo, es peligroso. Mejor vengo el día anterior. Hubiese preferido saber donde va a estar ese hijo de puta, no tener que salir a buscarlo ese día.
     —Tranquilo, hermanito. Siempre va a ese pub cuando hay un trabajo en curso. Vos cuidate de estar ahí el jueves. Puedo aguantar, mientras tanto. No soy exactamente un corderito indefenso.
     Eamon sonrió y el chico le respondió, pero era una sonrisa muy poco entusiasta. Guardó el encendedor.

El día de la inauguración del Congreso, toda el área se iba a llenar de policías, así que el día anterior, un miércoles, los dos que iban a participar directamente en la operación (el resto del grupo iba a quedarse en casa hasta la tarde del jueves) tenían que separarse y entrar cada uno por su lado a la ciudad. Mad Dog entró de a pie y el chofer tenía que ir por otro lado, con la camioneta, solo. A último minuto Kelly se metió en la camioneta. No tenía ninguna tarea asignada, pero Woody había estado enfermo de preocupación por este trabajo por algún motivo que nadie entendía y, de alguna forma, le había contagiado a Kelly su nerviosismo. Estaban todavía en las afueras cuando otro camioncito patinó, aparentemente, en el asfalto mojado y los obligó a frenar. El chofer se asomó a gritarle algún insulto al otro conductor, con la cara tensa de preocupación, y Kelly bajó el seguro de su arma con el pulgar y empezó a considerar si sacaba o no la artillería pesada de abajo del asiento. Cuando el otro conductor bajó del camioncito, cambió de idea. Era Ron Crenna, un peón de Seamus, y a Kelly no se le ocurría qué demonios podía estar haciendo acá. El tipo asomó su cara de rata por la ventanilla, amontonando excusas en voz alta para que las escuchasen los transeúntes y hablando rápido, en voz baja, para ellos:
     —En la siguiente esquina a la izquierda y se vuelven a casa. Yo manejo para Donovan esta vez. Órdenes de Seamus. — Kelly se puso frenético. No se cambian los planes con doce horas de tiempo. Crenna lo vio ponerse rojo y siseó furiosamente—. Son órdenes. Desaparezcan. Ya. —Y se volvió a su camión, subió y lo puso en marcha. Al chofer de Kelly le llevó casi medio minuto reaccionar. Nunca les habían hecho algo así. De repente Kelly supo de qué se trataba y se puso más rojo todavía.
     —Qué demonios... —empezó el chofer, pero Kelly lo interrumpió.
     —En la siguiente esquina a la izquierda, como dijo ese perro sarnoso. Me dejas ahí y te volvés a casa.. Yo sigo. ¡Vamos!
     —¿Qué pasa? —preguntó el chofer, pero ya estaban moviéndose.
     —Que Seamus se terminó de hartar de los desplantes de Eamon, eso pasa. Maldito hijo de puta.
     —Le vas a avisar a Eamon.
     —Sí, y a la mierda con las órdenes. El pibe tenía razón y si es por mí, Seamus puede reventar cuando quiera. En lo único en que es mejor que Eamon es en los modales.
     Habían doblado la esquina y Kelly estaba afuera de la camioneta antes de que terminase de frenar. No podía arriesgarse a llevar la ametralladora. Tenía que cruzar un tercio de la ciudad e iba a tener que hacer algunos zigzags, por si algún otro peón de Seamus andaba rondando la zona. No sabía cuál era el plan, quizás no llegase a tiempo y quizás no pudiese hacer mucho con solamente una pistola, pero tenía que tratar.
     Fue pura casualidad, dobló una esquina y lo vio a Seamus saliendo de un pub. No vio la otra silueta conocida que esperaba en un portal, justo enfrente del pub. Kelly apuró el paso hasta ubicarse delante de Seamus y le hizo la señal correspondiente, sin dejar de caminar. Tenía que hablar con él. Podía ser que, después de todo, el trabajo fuese real, y él estuviese totalmente equivocado. Se metió en el patio desierto de un taller cerrado y esperó. Seamus entró al patio detrás de él, con la cara encendida de furia.
     —¿Qué demonios estás haciendo acá? — le gritó a Kelly
     —Qué casualidad, era lo que yo iba a preguntar. ¿Qué estamos haciendo acá? ¿Por qué va a manejar Crenna? Donovan es de mi grupo. Nosotros tenemos que darle soporte. Y nunca nos cambiaron un plan con doce horas de tiempo, sin que hubiese un problema concreto. ¿Qué pasa, Seamus?
     —Eso, un problema. Nos llegó un aviso de... bueno, no importa quien. Un policía. Alguien pasó la descripción de la camioneta y el chofer. No está confirmado, pero podrían identificarlo, así que decidimos cambiar de vehículo y de chofer. ¿Se entendió o querés un papel firmado?
     Kelly bajó la cabeza, tratando de decidir que hacer. No le gustaba la explicación, pero no tenía ningún buen motivo para no aceptarla. Y desobedecer podía meterlo en un lío.
     —Está bien —escupió finalmente— pero Mad Dog es uno de mis hombres. Si algo sale mal con esto, vas a estar muy mal, Seamus. Te doy mi palabra.
     Amenazar era algo que Kelly casi nunca hacía. Y faltar a su palabra tampoco. Seamus empezó a parecer menos seguro de sí mismo.
     —Las cosas siempre pueden salir mal. Pero creeme: en este trabajo no pasa nada de especial.
     —Mentira —dijo otra voz en el patio. La voz de Woody, y estaba haciendo una afirmación sin sombra de dudas. Kelly no lo había visto entrar porque la mole de Seamus le tapaba la vista de casi la mitad del portón, pero ahí estaba. Seamus giró cuando lo oyó, tratando de no darle la espalda a ninguno de los dos, y Kelly pudo ver al chico, parado al lado de la entrada con una mano en un bolsillo de la campera y un encendedor en la otra. Lo encendía y cuando el viento lo apagaba lo volvía a encender. De golpe, dejó el encendedor en paz, se lo metió en el bolsillo y miró a Seamus por debajo de las cejas, tan parecido a Eamon, por un instante que a Kelly le dio miedo.
     —Lo vendiste —dijo y la voz también se parecía a la de Eamon—. No, peor, lo regalaste. Armaste un trabajo de camelo para aislarlo y entregarlo. Llamaste al ejército, hijo de puta. —La voz, como la cara, no eran iguales, solamente parecidas, pero para Seamus fue suficiente. Echó a correr, tratando de salir del patio. Kelly siempre había pensado que era por eso que Seamus odiaba tanto a Mad Dog, porque le tenía terror. Pero, a pesar de todo, Seamus sabía que era Woody, no su hermano, el que estaba parado ahí. No pensó que iba a tener problemas para pasar. Fue un error.
     Ahora Eamon no estaba ahí, no podía tomar el control y actuar por él, como había hecho otras veces, como aquel día en el puerto. Pero Woody recordaba, su cuerpo recordaba, lo que había hecho, esa y otras veces, cada movimiento. Saltó hacia adelante como un resorte al soltarse, enganchó en una zancadilla al hombre que le llevaba casi una cabeza, lo aferró por una muñeca mientras el otro se caía, e hizo girar el brazo en una forma muy extraña, sobre su propio hombro y Seamus aterrizó pesadamente de espaldas en un charco en la mitad del patio. Ahora estaba lloviendo a cántaros y Kelly no atinaba a hacer nada. "Woody no puede hacer esto", pensó estúpidamente, y se contestó a sí mismo: "Woody está mal de la cabeza, idiota. No sabés, nadie sabe lo que puede hacer. Recién ahora lo vas a ver".
     Seamus tardó unos cuantos segundos en recuperar el aire, el golpe le había vaciado los pulmones, y estaba tratando todavía de levantarse de las piedras mojadas del patio cuando el chico llegó a su lado y lo tumbó de un culatazo. Kelly no lo había visto sacar el revólver. Era un arma chica y probablemente había estado en un bolsillo de la campera. "Ahora lo vas a ver", volvió a pensar, mientras el pibe enroscaba el impermeable del propio Seamus en la mano del arma, para ahogar el ruido. Uno, dos tiros en la nuca, a quemarropa. Todo más rápido que lo que Kelly había pensado que Woody podía moverse. Un calibre chico, el impermeable y el ruido del feroz aguacero. No era probable que lo hubiesen escuchado ni siquiera desde la entrada del patio. "Impecable", pensó Kelly mientras ayudaba a Woody a arrastrar el cuerpo a un lado, para que no se viese desde la calle, y a vaciarle los bolsillos de todo lo que pudiese identificarlo. "Eamon no lo habría hecho mejor". Ahora el chico lo miraba por encima del cadáver, con su cara de siempre y pálida por la ansiedad, además.
     —¿Donde está Eamon? No pude ver la dirección. ¿Hay un teléfono en la casa? ¡Maldita sea, hay que avisarle y casi no hay tiempo!
     —No hay teléfono. ¡Por acá! —gritó Kelly por sobre el ruido de la lluvia y empezó a correr. No era demasiado lejos y a Kelly no le importaban ya los cachorros de Seamus. No dudaba de la palabra de Woody. Seamus los había entregado. O por lo menos a Eamon. Y por un rencor personal.
     Woody había tenido razón también en otra cosa. No había tiempo. Corrieron todo el camino, pero igual llegaron tarde. No pudieron hacer más que agregarse a la pequeña multitud de curiosos y periodistas que la policía intentaba mantener a distancia de la casa sitiada. Como fuere, Mad Dog los había visto venir y estaba defendiéndose. Kelly sabía cuánta munición para armas largas se suponía que debía haber en la casa. Mad Dog no desperdiciaba balas, siempre había tenido una puntería infernal, pero no era suficiente. Sin un rehén, no podía aguantar ahí por toda la eternidad. Tenía que salir, como fuera. Por atrás... no. La casa estaba apoyada contra la pared trasera de un depósito. Podía intentar llegar por los techos hasta el costado del depósito, pero estaba solo y era un largo camino, quizás cuatro casitas.
     —Lo van a agarrar. El maldito puerco eligió la casa justa, también.
     Empezó a pensar qué distracción podían armar ellos dos. Era complicado. Se había juntado un ejército, entre policías, los militares y el S.A.S. Woody estaba blanco como un papel y miraba la casa sin parpadear.
     —No lo van a agarrar vivo —dijo el chico—. Tiene... —se interrumpió de golpe y no dijo nada más.
     —¡Terry!. Viniste antes, después de todo. Tenías razón. Lo calculé demasiado ajustado. Mal error.
     —¿Qué vas a hacer? ¿Cómo vas a salir?
     —No voy a salir, hermanito. Lo siento. No hay manera. Me voy a llevar todos los que pueda, eso sí. Tengo algunas sorpresas preparadas, te lo dije.
     —¡No! Eamon, tenés que salir, de alguna forma, por favor. Tiene que haber alguna manera...
     —Puede haber una forma. No de salir de acá, no hay ninguna manera de salir, pero quizás pueda volver. Si me ayudás.
     —¿Cómo?
     —Vos podés llevarme con vos, a veces. Como en el puerto. Podemos probar eso.
     —No.
     —Es lo único que queda. Si eso no anda... se terminó. Una pena. Me hubiera gustado despedirme del Viejo y de Kelly. Dios los bendiga. A ellos y a vos. Pero voy a tratar de volver.
     —No —dijo Terry, y no se dio cuenta de que había hablado en voz alta.
     Desde la casa Mad Dog había dejado de tirar, durante el último minuto y algo. Kelly escuchó varios disparos del lado de los tiradores del cuerpo especial y un grito dentro de la casa.
     —¿Le dieron? ¿Qué pasa? —preguntó, como si Woody pudiese saber qué estaba pasando. Y Woody contestó, como si lo supiera.
     —Esta vivo —dijo en voz baja—. Los está esperando. Tiene una granada y no sé que más...
     —¿Qué? —El chico no contestó. Seguía mirando la casa casi sin pestañear, tenso como un resorte.
     Los del cuerpo especial se estaban acercando, con el patrón habitual de cubrirse y avanzar por turnos. El que iba adelante bajó la puerta de una patada y entraron. Cuatro, quizás cinco de ellos.
     —Adios, Terry. Allá voy.     —¡Eaaamon! —aulló Woody. Y entonces toda la casa saltó por el aire, tapando todo otro ruido posible en un pandemonium de explosiones y pedazos de cosas volando. Había habido bastante más dentro de la casa, además de munición. Más que una granada también. Kelly se preguntó si Mad Dog había llevado explosivos en cada operación, sin decirles nada, o si la inquietud de Woody, que sabía que algo andaba andaba mal aunque no supiese qué, lo había hecho tomar medidas especiales. Todo el mundo alrededor parecía haberse vuelto loco, así que nadie se fijó especialmente en Kelly cuando se llevaba al chico a la rastra. Woody estaba haciendo convulsiones, casi como un epiléptico, pero, a pesar de todo, podía caminar, apoyándose en Kelly. Esa casa no había tenido puertas traseras, pero había otras casas que sí las tenían y también teléfonos, y era a dónde Kelly quería llegar. No era muy lejos, pero después de todo no hizo falta cargar a Woody hasta una de las casas "seguras". Dos calles más allá estaba el perro de Seamus, Crenna, con su camión. Kelly subió al chico a tirones y se subió él sin pedir permiso.
     —Vámonos.
     —¿Que pasó? Ustedes dos no tenían que estar acá. ¿Dónde está Seamus?
     —Seamus.. no está más. ¿Lo esperabas a él? ¿Iba a venir a ver el show?. Bueno, ¡sorpresa!. Eamon Donovan está muerto pero Seamus también. Así que arrancá y vámonos.
     —No —dijo Woody, pero nadie le hizo caso.

Las semanas siguientes fueron muy movidas. Por suerte para Kelly y para el chico, Seamus había sido muy descuidado para armar su trampa. Y Woody, aún llorando y balbuceando, al borde de la incoherencia total, seguía siendo convincente. Los de arriba le creyeron, lo mandaron de vuelta a su casa y al cuidado de su padre. La policía lo levantó de ahí, pero el oficial Cassidy había tenido razón. Por lo menos mientras esperaba el juicio, aterrizó en un loquero. Benson, el policía inglés que había estado en el pueblo, se opuso, pero no le hicieron caso. No es que Benson pensase que el chico no estaba loco, pero había aprendido algunas cosas sobre los hermanos Donovan, en esos días. Como él sospechaba, Woody no esperó el final del juicio. Estuvo en el manicomio unos pocos meses y después se esfumó a través de las paredes, por lo que las autoridades pudieron averiguar. En realidad, había salido caminando una noche, tarde, por la puerta de personal, aprovechando un guardián nuevo y los privilegios que le habían concedido porque el pobre chico era un encanto, nunca daba problemas y estaba tan dolorido por la muerte de su hermano. Bueno, en fin, ése era Woody.

Un mes y medio después de enterarse de que Woody estaba suelto otra vez, Kelly recibió un mensaje y fue a encontrarse con alguien, debajo de un puente del ferrocarril. Cuando llegó, Liam, el hombre que había reemplazado a Seamus como enlace, estaba desalojando a un borracho de su mísera cueva de trapos y cartones, para despejar el lugar y hablar a solas.
     —Y bien —preguntó Kelly después de los saludos—. ¿Qué hay de nuevo?
     —Te están mandando a alguien nuevo para el grupo.
     —¿Para que? Ya tengo dos soldados nuevos y...
     —Este no es un soldado. Necesitamos que vuelvan a hacer trabajo de precisión. Para eso hay que reemplazar a Mad Dog.
     —Si de veras pueden reemplazarlo, va a venir bien. Yo puedo planificar para los trabajos de precisión, pero ni yo ni nadie en el grupo tiene la clase de sangre fría ni la sincronización que hace falta para ejecutarlo realmente bien. Preferiría tener un especialista. ¿Quién es?
     Liam estaba dando vueltas y eso no era buen augurio. Pero Kelly no esperaba realmente la respuesta que recibió.
     —El otro Donovan.
     —¿Andy? Me dijeron que trabajó con nosotros, pero hace años que se retiró. Por bueno que haya sido...
     —No, no Andy. Terence. Vino a ofrecerse. Con la bendición del viejo Donovan. Andrew siempre fue así. Aunque le hayan matado a Eamon, no va cambiar. Si hay que hacer algo, hay que hacerlo, y con el mejor hombre disponible. Y él piensa que ese es Woody, en este momento. Antes le preocupaba que se le saltase algún fusible, creo, pero ahora piensa que ya volaron todos los que podían llegar a volar.
     Kelly vio, como en una película en su cabeza, el show de Woody con Seamus. Ni un gesto de más.
     —Puede llegar a servir —admitió a regañadientes.
     —Como mínimo podemos ponerlo a prueba. El tema es que necesitamos alguien así en este grupo y hay que tenerlo andando para antes de Pascua. Hay trabajo que hacer. Así que ahí está. Buena suerte.
     Tres días después Kelly escuchó un camión parar frente a la granja donde paraban ahora. Cuando se asomó Woody estaba bajando de la cabina con un bolso al hombro. Le agradeció al conductor alegremente y se quedó ahí mirando, hasta que el camión desapareció detrás de la siguiente curva. Kelly salió al patio a recibirlo y entonces el chico soltó el bolso, tomó carrera, saltó y se le colgó del cuello y la cintura como un mono en una palmera. Terminaron los dos rodando por el piso.
     —¡Kelly!. ¡Kelly, mi viejo! Pensé que no te iba a ver más.
     —Bueno, pero soltame. Basta, qué hacés, maldito chiflado.
     Pero pese a las protestas, Kelly se sentía contento. Era muy bueno tenerlo a Woody de vuelta, y bien, además. En seis meses, días más o menos, había dejado de ser una ruina temblorosa y parecía el mismo de siempre. Aunque no del todo. Ya no se portaba en forma infantil, como había tenido por costumbre hacer una parte del tiempo. Y cuando le presentaron a los nuevos se puso serio y les hizo un interrogatorio en toda la línea. Y mientras duró el cuestionario, la voz, la forma de mirar, de morderse los labios... "Bueno", pensó Kelly , "eran hermanos, es lógico que a veces se vea el parecido". Pero, por algún motivo, la explicación no terminaba de tranquilizarlo.
     Los datos del siguiente trabajo ya habían llegado. Había que completar detalles de horarios y personas, pero no era nada que no se pudiese averiguar en la mitad del tiempo disponible, más aún con Woody ahí para ocuparse del tema. Esa misma noche Kelly se encerró con Woody en la cocina-comedor de la granja y le explicó el plan que había armado. Y Woody no estuvo de acuerdo. Discutieron, desde luego. Woody no era Eamon. Kelly no se sentía obligado a considerarlo infalible, aunque el esquema de la operación que el chico proponía era increíblemente bueno, para ser el primero. Woody empezó a cargar tensión y tartamudear. En algún momento dejó de contestar y empezó a armar una de sus construcciones de fósforos y Kelly se levantó de la mesa, exasperado. Apoyó los codos en la ventana de la cocina, mirando fijo la noche lluviosa y el reflejo en el vidrio de la llama que Woody acababa de encender. La pila de fósforos ardió y se apagó. Kelly quedó mirando solamente la lluvia y la oscuridad. La voz detrás suyo lo tomó por sorpresa. No parecía la voz de Woody, pero sonaba muy conocida.
     —Kelly —Kelly sintió el pelo de su nuca ponerse de punta—. Cortála con las huevadas. Esto se hace como yo digo. No pienso discutirlo más.
     Kelly no quería darse vuelta. No quería mirar al hombre del otro lado de la mesa. Que ya no estaba jugando con los fósforos, estaba seguro. Pero no había más remedio. Giró y enfrentó a la persona que llevaba la cara de Woody con la expresión que no tenía que estar ahí.
     —Mad Dog. —Nunca lo había llamado así en su cara.
     —Seguro. El mismo. Y sería mejor para todos que no vuelvas a llamarme así. No me gusta. Bueno, ¿algo que decir? ¿"Bienvenido a casa", por ejemplo?
     —¿Bienvenido? ¿ De veras creés que alguien se alegraría de verte? —Eso tampoco se lo había dicho nunca a Eamon. Pero este no podía ser Eamon. No podía ser.
     –Probablemente no. Y no me importa. Hay trabajo que hacer. Nadie debería saber que estoy acá.. Pero no puedo evitar que vos lo sepas. Me conocés demasiado bien. Y si eso no es útil, entonces puede ser peligroso. Los accidentes pasan y no te necesito para esta operación. No te necesito, punto.
     Kelly dio un paso adelante, furioso (quizás porque también estaba asustado, ni él mismo lo sabía), y el hombre sentado a la mesa levantó las manos, las palmas hacia adelante, y dejó que la sonrisa de lobo se esfumase.
     —Una pregunta, Kelly.
     Kelly frenó. Mientras le estuviese viendo las dos manos a aquella abominación, podía darse el lujo de esperar. "No puede ser Eamon", pensó, "pero si de veras cree que es él, me cago en la diferencia que va a hacer. Pregúntenle a Seamus, en el infierno".
     —Digamos que no me vas a dar la bienvenida. Pero trataste de parar a Seamus, aquel día, antes de que Woody pusiese manos a la obra. Fue toda una sorpresa. Siempre pensé que si alguien quería barrerme fuera del mapa iba a contar con tu más cálida aprobación. ¿Por qué lo hiciste, viejo?
     Kelly pensaba que le contestaría a Mad Dog, si él le hiciese esa pregunta.
     —Evidentemente porque soy un idiota. Si no, no habría tratado de proteger a alguien que lo siguiente que hace es amenazar con matarme.
     El hombre sentado a la mesa se sonrió, y esta vez era una sonrisa, no una exhibición de dientes.
     —O sea que te debo una. Está bien, retiro lo que dije antes. No puedo permitir que nadie sepa que todavía existo, Kelly, pero no quiero matarte. Quizás sí te necesito. O, por lo menos, preferiría trabajar con vos que con cualquier otro.
     Kelly no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Mad Dog, retractándose? ¿Diciendo que le tenía estima? Maldita sea, aún si hubiese sido Mad Dog, Kelly no tenía realmente miedo de enfrentarlo, si era cara a cara. Nunca había sabido, entre los dos, quien podía ganar, pero sabía que tenía una razonable chance. No, lo que tenía que decidir era si podía manejar a hombre, tal como era, y hacer que fuese útil al grupo. Y tenía muy poco tiempo para decidir. Pero, entretanto, había una respuesta obvia que dar, para ganar tiempo.
     —Estás diciendo estupideces. Si lo publicase en el diario, ¿quién iba a creerme? No, no tengo ganas de acompañar a Woody Donovan al manicomio. No sé quien sos, realmente, pero si podés hacer bien el trabajo, tampoco me importa. ¿Cómo se supone que vamos a manejar esto?
     —Como siempre. Vos sos el jefe y, la mayor parte del tiempo, Woody va a estar con vos. No debería darte problemas. Nunca te dio problemas. De paso te aclaro: no podés librarte de mí sin acabar también con Woody. Y si, cuando hay problemas, el que pelea soy yo y no él, nadie tiene por qué saberlo. Cuando haya que hacer este tipo de trabajo, bueno —hizo una mueca— vas a tener que tratar directamente conmigo. Como puedas. Bien, ¿qué vas a hacer?
     Kelly vaciló solamente unos segundos. Después volvió a su silla, se sentó y asintió con la cabeza, un poco para sí mismo. "No puede ser peor de lo que era lidiar con Mad Dog Donovan", estaba pensando.
     —De acuerdo —dijo. Después, en un impulso que ni él mismo entendió, le tendió la mano al otro y añadió:— Bienvenido a casa, Eamon.

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