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viernes, 6 de agosto de 2010

EL ARCHIVO DE SHERLOCK HOLMES -- La aventura del círculo rojo



La aventura del círculo rojo
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-Bueno, señora Warren, no veo que tenga ningún motivo especial para estar
intranquila, ni comprendo por qué yo, puesto que mí tiempo tiene cierto valor,
debería intervenir en el asunto. La verdad es que tengo otras cosas en que
ocuparme. -Así dijo Sherlock Holmes, y volvió al gran libro de apuntes en que
ordenaba y clasificaba algún material reciente.
Pero la patrona era tan pertinaz y astuta como puede serlo una mujer. Mantuvo
firmemente sus posiciones.
-Usted arregló un asunto de un huésped mío el año pasado -dijo-, el señor
Fairdale Hobbs.
-Ah, sí; un asunto muy sencillo.
-Pero él no hace más que hablar de eso, de su amabilidad, señor Holmes, y del
modo en que hizo luz en las tinieblas. Recordé sus palabras cuando yo misma
me encontré entre brumas y dudas. Sé que usted podría si quisiera.
Holmes era accesible por el lado de la lisonja y también, para hacerle justicia,
por el lado de la benevolencia. Las dos fuerzas le hicieron dejar el pincel de la
goma con un suspiro de resignación y echar atrás su asiento.
-Bueno, bueno, señora Warren, hablemos sobre eso, entonces. No le molesta
el tabaco, me parece. Gracias, Watson, ¡los fósforos! Está usted inquieta,
según entiendo, porque su nuevo huésped permanece en sus habitaciones y
usted no le puede ver. Bueno, señora Warren, si yo fuera su huésped muchas
veces no me vería durante varias semanas.
-No lo dudo, señor Holmes, pero esto es diferente. Me da pánico; no puedo
dormir de miedo. Oír sus rápidos pasos, moviéndose de acá para allá desde la
madrugada hasta altas horas de la noche, y sin embargo no ver ni un atisbo de
él…, es más de lo que puedo soportar. Mi marido está tan nervioso con eso
como yo, pero él pasa fuera todo el día en su trabajo, mientras que yo no tengo
descanso, ¿Por qué se esconde? ¿Qué ha hecho? Salvo por la chica, estoy
sola en casa todo el día con él, y es algo que mis nervios no pueden aguantar.
Holmes se inclinó hacia delante y puso sus largos y flacos dedos en el hombro
de la mujer. Tenía un poder tranquilizador casi hipnótico cuando lo deseaba. El
susto se desvaneció de los ojos de ella, y sus agitados rasgos volvieron a su
habitual estado. Se sentó en la silla que él le indicaba.
-Si lo tomo, debo conocer todos sus detalles -dijo él-. Tómese tiempo para
considerarlo. El punto más pequeño puede ser esencial. ¿Dice usted que el
hombre llegó hace diez días, y le pagó una quincena de pensión y
alimentación?
-Preguntó mis condiciones, señor Holmes. Dije que cincuenta chelines por
semana. Hay un pequeño gabinete y una alcoba, todo completo, en lo más alto
de la casa.
-¿Y bien?
-Dijo: «Le pagaré cinco libras por semana si lo puedo tener en mis propios
términos.» Yo soy pobre, señor Holmes, y mi marido gana poco, y el dinero es
muy importante para mí. Sacó un billete de diez libras, y lo extendió hacia allí
mismo. «Puede recibir lo mismo cada quincena durante mucho tiempo si
cumple mis condiciones», dijo. «Si no, no tendré que ver más con usted.»
-¿Cuáles eran las condiciones?
-Pues bien, señor Holmes, que tenía que tener una llave de la casa. Eso estaba
muy bien. Los huéspedes muchas veces la tiene. También, que había que
dejarle completamente solo, sin molestarle nunca, bajo ninguna excusa.
-Nada extraño en eso, ¿verdad?
-De un modo razonable, no, señor. Pero esto está fuera de toda razón. Lleva
allí diez días y ni mi marido, ni yo, ni la chica le hemos puesto los ojos encima
una sola vez. Podemos oír sus rápidos pasos dando vueltas de un lado para
otro, por la noche, de madrugada, a mediodía; pero, salvo esa primera noche,
nunca ha salido de la casa ni una vez.
-Ah, salió la primer anoche, ¿no?
-Sí, señor, y volvió muy tarde…, cuando ya todos estábamos en la cama. Me
dijo, después de tomar las habitaciones, que lo haría así, y me pidió que no
pusiera la barra en la puerta. Le oí subir las escaleras pasada la medianoche.
-Pero ¿y sus comidas?
-Dio instrucciones especiales de que siempre, cuando llamara, debíamos dejar
su comida en una silla, fuera de la habitación. Luego vuelve a llamar cuando ha
terminado, y la cogemos de la misma silla. Si quiere alguna cosa, lo pone en
letras de molde en un papel y lo deja.
-¿En letras de molde?
-Sí, señor; en letras de molde a lápiz. Sólo la palabra; nada más. Aquí tiene
uno que le he traído: JABÓN. Aquí hay otro: FÓSFORO. Este es el que dejó
esta mañana: DAILY GAZETTE. Le dejo ese periódico con el desayuno todas
las mañanas.
-Caramba, Watson -dijo Holmes, mirando con gran curiosidad las tiras de papel
de barba que le había entregado la patrona-: esto sí que es un poco raro. El
encierro lo puedo entender, pero ¿por qué en letras de molde? Es un
procedimiento un poco complicado. ¿Por qué no escribir normalmente? ¿Qué
sugeriría, Watson?
-Que deseara ocultar su letra.
-Pero ¿por qué? ¿Qué puede importarle que su patrona tuviera una palabra en
su letra? Sin embargo, quizá sea lo que dice usted. Pero entonces, ¿por qué
unos mensajes tan lacónicos?
-No me lo puedo imaginar.
-Esto abre un placentero campo a la especulación inteligente. Las palabras
están escritas con un lápiz de clase nada rara, de punta ancha y color violeta.
Observará que el papel está roto aquí, por el lado, después de escribir, de
modo que parte de la J de Jabón se ha perdido. Sugerente, Watson, ¿verdad?
-Denota precaución.
-Exactamente. Está claro que había alguna señal, alguna marca del pulgar,
algo que pudiera dar una clave sobre la identidad de la persona. Bueno, señora
Warren, dice usted que el hombre era de tamaño mediano, moreno y barbudo.
¿Qué edad tendría?
-Joven, señor; no más de treinta años.
-Bueno, ¿no me puede dar más indicaciones?
-Hablaba un buen inglés, y sin embargo pensé que era extranjero por su
acento.
-¿Iba bien vestido?
-Muy elegantemente vestido…, un caballero. Ropa oscura, nada que llamara la
atención.
-¿No dio nombre?
-No, señor.
-¿Y no ha tenido cartas o visitantes?
-Nada.
-Pero sin duda, usted o la chica entran en su cuarto por la mañana.
-No, señor; él cuida de sí mismo.
-¡Vaya!, eso sí que es notable. ¿Y su equipaje?
-Llevaba una sola maleta, grande, oscura… nada más.
-Bueno, no veo que tengamos mucho material que nos sirva. ¿Dice usted que
nada ha salido de ese cuarto…, absolutamente nada?
La patrona sacó un envoltorio de su bolso; de él, sacudió dos fósforos
quemados y una colilla de cigarrillo, y los hizo caer en la mesa.
-Estaban en su bandeja esta mañana. Los traje porque había oído que usted
sabe leer grandes cosas en cosas pequeñas.
-Aquí no hay nada -dijo-. Los fósforos, desde luego, se han usado para
encender cigarrillos. Eso se ve en lo corto del lado quemado. Encendiendo una
pipa o un cigarro se consume la mitad. Pero ¡caramba!, esta colilla es
verdaderamente notable. ¿Dice usted que el caballero tenía barba y bigote?
-Sí, señor.
-No lo entiendo. Yo diría que sólo un hombre afeitado del todo podía haber
fumado esto. Bueno, Watson, incluso su modesto bigote habría sufrido
quemaduras.
-¿Una boquilla? -sugerí.
-No, no; el extremo está aplastado. Supongo que no podría haber dos personas
en sus habitaciones, señora Warren.
-No, señor. Come tan poco, que muchas veces me extraña que pueda
conservar la vida de una sola persona.
-Bueno, creo que debemos esperar a tener un poco más de material. Después
de todo, usted no tiene de que quejarse. Ha recibido su renta, y no es un
huésped molesto, aunque ciertamente es raro. Paga bien, y si decide vivir
oculto, no es asunto que le incumba directamente a usted. No tenemos excusa
para invadir su vida privada mientras no tengamos razones para pensar que
hay un motivo culpable. Yo acepto el asunto y no lo perderé de vista.
Infórmeme si ocurre algo nuevo, y confíe en mi asistencia si hace falta.
»Ciertamente hay algunos puntos de interés en este caso, Watson -observó,
cuando se marchó la patrona-. Claro que quizá sea trivial, una excentricidad
individual; o quizá sea mucho más profundo de lo que parece a primera vista.
Lo primero que se le ocurre a uno es la posibilidad obvia de que la persona que
está ahora en las habitaciones sea diferente de la que las tomó.
-¿Por qué piensa eso?
-Bueno, aparte de esta colilla, ¿no resulta curioso que la única vez que salió el
huésped fuera inmediatamente después de tomar las habitaciones? Volvió -o
alguien volvió-cuando todos los testigos estaban alejados. No tenemos pruebas
de que la persona que volvió fuera la que salió. Luego, además, el hombre que
tomó las habitaciones hablaba bien el inglés. Este otro, en cambio, escribe
«fósforo» cuando debía ser «fósforos». Puedo imaginar que sacó la palabra de
un diccionario, que da el sustantivo, pero no el plural. el estilo lacónico puede
ser para ocultar la falta de conocimiento del inglés. Sí, Watson, hay buenas
razones para sospechar que ha habido una sustitución de huéspedes.
-Pero ¿con que posible fin?
-¡Ah!, ahí está nuestro problema. Hay una sola línea evidente de investigación.
-Bajó el gran libro en que, día tras día, ordenaba los anuncios personales de
los diversos diarios de Londres-. ¡Válgame Dios! -dijo, pasando las hojas-, ¡qué
coro de gemidos, gritos y balidos! ¡Qué mezcla de sucesos extraños! Pero sin
duda es el terreno de caza más valioso que le ha sido dado nunca a un
estudioso de lo insólito. Esta persona está sola, y no se la puede abordar por
carta sin romper el absoluto secreto que se desea. ¿Cómo le va a llegar de
fuera una noticia o un mensaje? Obviamente, por un anuncio en un periódico.
No parece haber otro camino, y por suerte sólo tenemos que ocuparnos de un
periódico. Aquí están los recortes de la Daily Gazette de la última quincena:
«Señora con boa negro en el Club de Patinaje Prince’s», eso lo podemos
pasar. «Sin duda Jimmy no le partirá el corazón a su madre»; esto parece que
no viene a cuento. «Si la señora que se desmayó en el autobús de
Brixton…»…no me interesa. «Todos los días mi corazón anhela…» Un balido,
Watson, un balido sin disimulo. ¡Ah! esto es un poco más probable: «Ten
paciencia. Encontraré algún medio de comunicación. Mientras, esta columna.
G.» Esto es dos días después de que llegara el huésped de la señora Warren.
Parece plausible, ¿no? El misterioso ser podría entender inglés aunque no
pudiera escribirlo. Vamos a ver si encontramos otra vez el rastro. Sí, aquí
estamos, tres días después. «Hago arreglos con éxito. Paciencia y prudencia.
Pasará la nube. G.» Nada en una semana después de esto. Luego viene algo
mucho más claro: «El camino se despeja. Si encuentro oportunidad de mensaje
por señales recuerda código convenido; uno A, dos B, etcétera. Pronto sabrás.
G.» Eso estaba en el periódico de ayer, y no hay nada en el de hoy. Todo esto
concuerda bastante con el huésped de la señora Warren. Si esperamos un
poco, Watson, no dudo que el asunto se hará más comprensible.
Y así resultó: pues por la mañana encontré a mi amigo de pie, ante la
chimenea, de espaldas al fuego y con una sonrisa de completa satisfacción en
la cara.
-¿Qué tal esto, Watson? -exclamó, tomando el periódico de la mesa-. «Casa
alta roja con molduras de piedra blanca. Tercer piso. Segunda ventana a la
izquierda. Después del oscurecer. G.» Eso está bastante claro. Creo que
después de desayunar debemos hacer una pequeña exploración del barrio de
la señora Warren. Ah, señora Warren, ¿qué noticias nos trae esta mañana?
Nuestra cliente había irrumpido en el cuarto con una energía explosiva, que
prometía algún acontecimiento nuevo e importante.
-¡Es cosa para la policía, señor Holmes! -exclamó-. ¡No quiero saber nada más
de esto! Que se marche con su equipaje. Iba a subir a decírselo sin más, sólo
que pensé que era mejor pedir primero su opinión. Pero mi paciencia ha
llegado a su límite, y cuando se llega a golpear al marido de una…
-¿Golpear al señor Warren?
-En todo caso, tratarle mal.
-Pero ¿quién le ha tratado mal?
-¡Ah! ¡Eso es lo que queremos saber! Fue esta mañana, señor Holmes. Mi
marido es cronometrador en Morton y Waylight’s, en Tottenham Court Road.
Tiene que salir de casa antes de las siete. Pues bien, esta mañana, no había
dado diez pasos en la calle cuando dos hombres le fueron por detrás, le
echaron un abrigo por la cabeza y le metieron en un coche de punto que
estaba junto a la acera. Le llevaron una hora en el coche, y luego abrieron la
puerta y le arrojaron fuera. Se quedó en la calzada tan trastornado que no vio
qué se hacía del coche. Cuando pudo dominarse, se dio cuenta de que estaba
en Hampstead Heath; así que tomó un ómnibus hasta casa, y ahí está,
tumbado en el sofá, mientras yo venía en seguida a contarle lo que ha pasado.
-Muy interesante -dijo Holmes-. ¿Observó el aspecto de esos hombres?, ¿les
oyó hablar?
-No, está aturdido. Sólo sabe que le arrebataron como por arte de magia y le
dejaron caer del mismo modo. Había por lo menos dos en el asunto, o quizá
tres.
-¿Y usted relaciona este ataque con su huésped?
-Bueno, llevamos viviendo ahí quince años y nunca nos ha pasado tal cosa. Ya
estoy harta de él. El dinero no lo es todo. Le haré salir de mi casa antes que
termine el día.
-Espere un poco, señora Warren. No se precipite. Empiezo a creer que este
asunto puede ser mucho más importante de lo que parecía a simple vista.
Ahora está claro que algún peligro amenaza a su huésped. Está igualmente
claro que sus enemigos, acechando en su espera junto a su puerta, le
confundieron con su marido en la luz neblinosa de la mañana. Al descubrir su
error, le soltaron. Qué habrían hecho si no hubiera sido un error, sólo podemos
hacer conjeturas.
-¿Qué tengo que hacer, señor Holmes?
-Tengo muchas ganas de ver a ese huésped suyo, señora Warren.
-No veo cómo pueda conseguirlo, a no ser que eche abajo la puerta. Siempre
le oigo quitar la llave mientras bajo la escalera después de dejar la bandeja.
-Tiene que meter la bandeja. Sin duda podríamos ocultarnos y verle actuar.
-Bueno, señor, enfrente está el cuarto de los baúles. Podría poner un espejo,
quizá, y si usted estuviera detrás de la puerta…
-¡Excelente! -dijo Holmes-. ¿A qué hora almuerza?
-Hacia la una, señor Holmes.
-Entonces, el doctor Watson y yo nos daremos una vuelta. Por el momento,
señora Warren, adiós.
A las doce y media estábamos en la entrada de la casa de la señora Warren,
un edificio alto, estrecho, de ladrillo amarillo, en Great Orme Street, estrecho
pasadizo al nordeste del British Museum. Como queda cerca de la esquina de
la calle, domina Howe Street, con sus casas más pretenciosas. Holmes señaló
con una risita una de ellas, una serie de pisos residenciales, que se destacaba
tanto que no podía menos de llamar la atención.
-¡Vea, Watson! -dijo-. «Casa alta, roja, con molduras de piedra.» Esa es la
estación de señales, sin duda. Conocemos el lugar y conocemos el código;
nuestra tarea debería ser simple. Hay en esa ventana un rótulo de «Se
Alquila». Evidentemente es un piso vacío al que tiene acceso el cómplice.
Bueno, señora Warren, ¿qué más?
-Se lo tengo todo preparado. Si suben y dejan las botas en el descansillo, les
llevaré allí en seguida.
Era un escondite excelente el que había arreglado. El espejo estaba puesto de
tal modo que, sentados en la oscuridad, podíamos ver claramente la puerta de
enfrente. Apenas nos habíamos instalado allí, y se había marchado la señora
Warren cuando un claro campanilleo nos hizo saber que llamaba nuestro
misterioso vecino. Al fin apareció la patrona con la bandeja, la dejó en una silla
junto a la puerta cerrada, y luego, pisando pesadamente, se marchó.
Acurrucados en el ángulo de la puerta, manteníamos los ojos fijos en el espejo.
De repente, mientras dejaban de oírse los pasos de la patrona, hubo un
rechinar de la llave, giró el pestillo, y dos manos delgadas salieron disparadas y
levantaron la bandeja de la silla. Un momento después la volvían a poner, y vi
un atisbo de una cara morena, hermosa, horrorizada, que miraba fijamente a la
estrecha apertura del cuarto de los baúles. Luego, la puerta se cerró de golpe,
la llave volvió a girar, y todo fue silencio. Holmes me tiró de la manga y nos
deslizamos juntos escaleras abajo.
-Volveré a verla esta noche -dijo a la expectante patrona-. Creo, Watson, que
podremos discutir mejor este asunto en nuestra propia residencia.
-Mi sospecha, como ha visto, ha resultado ser correcta -dijo él luego, hablando
desde las profundidades de su butaca-. Ha habido una sustitución de
huéspedes. Lo que no preví es que encontráramos una mujer, y una mujer
nada corriente, Watson.
-Ella nos vio.
-Bueno, vio algo que la alarmó. Eso es seguro. La sucesión general de
acontecimientos está bastante clara, ¿verdad? Una pareja busca en Londres
refugio contra un peligro terrible y muy apremiante. La medida de ese peligro
es el rigor de sus precauciones. El hombre, que tiene algún trabajo que hacer,
desea dejar a la mujer en absoluta seguridad mientras lo hace. No es un
problema fácil, pero lo ha resuelto de modo original, y tan eficazmente que la
presencia de ella no era conocida ni por la patrona que le da su alimento. Los
mensajes en letras de molde está claro que eran para evitar que su letra
revelara su sexo. El hombre no puede acercarse a la mujer, pues guiaría a sus
enemigos hacia ella. Como no puede comunicarse con ella directamente,
recurre a los anuncios personales de un periódico. Hasta ahí, todo está claro.
-Pero ¿qué hay en la base de todo?
-Ah, sí, Watson: ¡severamente práctico, como de costumbre! ¿Qué hay en la
base de todo? El caprichoso problema de la señora Warren se ensancha un
poco y toma un aspecto más siniestro conforme avanzamos. Esto sí que lo
puedo asegurar: no es una escapada amorosa corriente. Ya vio la cara de la
mujer ante las señales de peligro. Hemos sabido también del ataque contra el
patrón, que sin duda iba contra el huésped. Estas alarmas, y la desesperada
necesidad de secreto, indican que el asunto es de vida o muerte. El ataque
contra el señor Warren hace pensar además que el enemigo, quienquiera que
sea, no se ha dado cuenta de la sustitución del huésped masculino por el
femenino. Es muy curioso y complejo, Watson.
-¿Por qué se va a meter más en ello? ¿Qué puede sacar de eso?
-¿Por qué, en efecto? Es el Arte por el Arte, Watson. Supongo que cuando
usted se doctoró se encontró estudiando casos sin pensar en los honorarios,
¿no?
-Para mi educación, Holmes.
-La educación no se termina nunca, Watson. Es una serie de lecciones, de las
cuales las más instructivas son las últimas. Este es un caso instructivo. No hay
en él dinero ni prestigio, y sin embargo a uno le gustaría ponerlo en claro.
Cuando anochezca nos deberíamos hallar en una etapa más avanzada de
nuestra investigación.
Cuando volvimos a casa de la señora Warren, la oscuridad de un anochecer
invernal de Londres se había espesado en una cortina gris, en una muerta
monotonía de color, rota sólo por los nítidos cuadrados amarillos de las
ventanas y los halos borrosos de los faroles de gas. Atisbando desde el salón
oscurecido de la pensión, otra pálida luz brilló, alta, en la oscuridad.
-Alguien se mueve en ese cuarto -dijo Holmes, en un susurro, con su cara
macilenta y ansiosa tendida hacia el cristal-. Sí, veo su sombra. ¡Ahí está otra
vez! Tiene una vela en la mano. Ahora escudriña al otro lado. Quiere estar
seguro de que ella está alerta. Ahora empieza a destellar. Tome el mensaje
usted también, Watson, que lo confrontaremos uno con otro. Un único destello,
eso es A, sin duda. Bueno, ahora. ¿Cuántos ha contado? Veinte. Yo también.
Seguro que ése es el comienzo de otra palabra. Ahora -TENTA. Se acabó.
¿Puede ser eso todo, Watson? ATTENTA no tiene sentido. Ni vale en tres
palabras: AT-TEN-TA. ¡Ahí va otra vez! ¿Qué es eso? ATTE… vaya, el mismo
mensaje otra vez. ¡Curioso, Watson, muy curioso! Ahora empieza otra vez:
AT… vaya, lo repite por tercera vez. ¡ATTENTA tres veces! ¿Cuántas veces lo
va a repetir? No, parece que sea el final. Se ha retirado de la ventana. ¿Qué
piensa de eso, Watson?
-Un mensaje en cifra, Holmes.
Mi compañero lanzó una súbita risa de comprensión.
-Y no es una cifra muy difícil, Watson -dijo-. ¡Vaya, claro, es italiano! El
mensaje va dirigido a una mujer ¡Atenta! ¡Ten cuidado! ¿Qué tal, Watson?
-Creo que ha acertado.
-Sin duda. Es un mensaje muy urgente, repetido tres veces para hacerlo aún
más apremiante; ¿atenta a qué? Espere un poco; otra vez vuelve a la ventana.
Al renovarse las señales, vimos otra vez la vaga silueta de un hombre
acurrucado y el fulgor de la pequeña llama por la ventana. Eran más frecuentes
que antes; tanto que era difícil seguirlas.
-PERICOLO. ¿Eh, qué es eso, Watson? Peligro, ¿verdad? Sí, es una señal de
peligro. Ahí va otra vez. Hola, qué demonios pasa…
La luz se había extinguido de repente, había desaparecido el cuadrado
luminoso de la ventana, y el tercer piso formaba una banda oscura en torno al
alto edificio, con sus filas de ventanas brillantes. El último grito de aviso había
quedado cortado de pronto. ¿Cómo, y por quién? En el mismo instante se nos
ocurrió la misma idea. Holmes se levantó de un salto del lugar donde estaba
acurrucado, junto a la ventana.
-Esto es serio, Watson -exclamó-. Hay algo diabólico en marcha. ¿Por qué iba
a detenerse tal mensaje a medio camino? Yo pondría a Scotland Yard en
contacto con este asunto… pero es demasiado apremiante para que nos
marchemos.
-¿Voy a llamar a la policía?
-Tenemos que definir la situación de un modo un poco más claro. A lo mejor
admite alguna interpretación más inocente. Vamos, Watson, crucemos
nosotros mismos al otro lado a ver qué sacamos de ello.
2
Caminando rápidamente por Howe Street me volví para mirar el edificio que
habíamos dejado. Allí, vagamente perfilada en la ventana más alta, vi la
sombra de una cabeza, una cabeza de mujer, mirando tensamente, con rigidez,
a la noche, esperando en suspenso, casi sin aliento, la continuación de ese
mensaje interrumpido. En la puerta de los pisos de Howe Street, un hombre,
embozado en un plastrón y un gabán, estaba apoyado en la verja. Se
sobresaltó cuando la luz del vestíbulo nos dio en la cara.
-¡Holmes! -gritó.
-¡Vaya, Gregson! -dijo mi compañero, dando la mano al detective de Scotland
Yard-. Fin del viaje con encuentro de enamorados. ¿Qué le trae por aquí?
-Lo mismo que a usted, espero -dijo Gregson-. ¿Cómo ha llegado usted a
esto?, no puedo imaginarlo.
-Diferentes hilos, pero que llevan al mismo enredo. He estado recibiendo las
señales.
-¿Las señales?
-Sí, desde esa ventana. Se interrumpieron a la mitad. Pasamos acá a ver por
qué razón. Pero puesto que está a salvo en sus manos, no veo de qué sirve
continuar el asunto.
-¡Espere un poco! -gritó Gregson, con empeño-. Le he de hacer justicia, señor
Holmes; nunca he tenido un caso en que no me sintiera más fuerte por contar
con usted a mi lado. Hay sólo una salida de estos pisos, así que le tenemos
seguro.
-¿Quién es él?
-Bueno, bueno, por una vez le llevamos ventaja, señor Holmes. Tiene que
reconocernos como mejores esta vez. -Golpeó fuertemente el suelo con el
bastón, a lo cual un cochero de punto, látigo en mano, se acercó desde un
coche de cuatro ruedas en que estaba al otro lado de la calle-. Este es el señor
Leverton, de la Agencia American Pinkerton’s.
-¿El héroe del misterio de la cueva de Long Island? -dijo Holmes-. Encantado
de conocerle.
El americano, un joven tranquilo, con aire práctico, y de cara afilada y bien
afeitada, se ruborizó ante esas palabras de elogio.
-Estoy sobre la pista de mi vida, señor Holmes -dijo-. Si puedo encontrar a
Gorgiano…
-¡Cómo! ¿Gorgiano el del Círculo Rojo?
-Ah, ¿tiene fama en Europa, entonces? Bueno, en América lo sabemos todo de
él. Sabemos que está en la base de cincuenta asesinatos, y sin embargo no
tenemos nada positivo con que cazarle. Voy detrás de él desde Nueva York, y
le he seguido de cerca durante una semana en Londres, esperando alguna
excusa para echarle la mano al cuello. El señor Gregson y yo le hemos
acorralado en esa gran casa de pisos, y hay sólo una puerta, así que no se nos
puede escapar. Han salido tres personas desde que entró, pero juraría que no
era ninguna de ellas.
-El señor Holmes habla de señales -dijo Gregson-. Espero que, como de
costumbre, sepa cosas que nosotros no sabemos.
En pocas palabras, Holmes explicó la situación tal como nos ha aparecido. El
americano dio una palmada, consternado.
-¡Va contra nosotros! -exclamó.
-¿Por qué lo cree así?
-Bueno, eso parece, ¿no? Ahí está, enviando mensajes a un cómplice; hay en
Londres varios de su banda. Luego, de repente, cuando, según lo que cuenta,
les decía que había peligro, se interrumpió. ¿Qué podía significar eso sino que
desde la ventana había visto que estábamos en la calle, o que había
comprendido lo cerca que estaba el peligro, y que debía actuar en seguida para
evitarlo? ¿Qué sugiere, señor Holmes?
-Que subamos en seguida y lo veamos con nuestros propios ojos.
-Pero no tenemos orden de detención.
-Está el local desalquilado en circunstancias sospechosas -dijo Gregson-. Eso
basta por el momento. Una vez que lo tengamos sujeto ya veremos si Nueva
York puede o no ayudarnos a retenerle. Yo asumiré la responsabilidad de
detenerle ahora.
Nuestros detectives oficiales pueden fallar en cuestión de inteligencia, pero
nunca de valentía. Gregson subió por la escalera para detener a ese asesino
desesperado, con el mismo aire absolutamente tranquilo y de negocios con que
habría subido la escalera de Scotland Yard. El agente de Pinkerton había
tratado de adelantársele de un empujón, pero Gregson le echó atrás
firmemente con el codo. Los peligros de Londres son privilegio de la policía de
Londres.
En el tercer descansillo, la puerta del piso de la izquierda estaba entreabierta.
Gregson la abrió de un empujón. Dentro, todo era silencio y oscuridad. Encendí
un fósforo, y prendí la linterna del detective. Cuando el chisporroteo se afirmó
en una llama, todos lanzamos un grito de sorpresa. En las tablas del suelo sin
alfombra se destacaba una reciente traza de sangre. Los pasos
ensangrentados apuntaban hacia nosotros, y salían de un cuarto interior, cuya
puerta estaba cerrada. Gregson la abrió de una sacudida y sostuvo por delante
la luz, mientras todos escudriñábamos ansiosos sobre sus hombros.
En medio del suelo del cuarto vacío apareció la figura de un hombre enorme,
con su cara morena y bien afeitada contorsionada de modo grotesco y horrible,
y con la cabeza rodeada por un espectral halo carmesí de sangre, tendido en
un ancho círculo mojado sobre las blancas tablas. Tenía las rodillas enhiestas y
las manos extendidas con angustia, y del centro de su ancha garganta morena,
levantada hacia arriba, surgía el mango blanco de un cuchillo con toda la hoja
metida en su cuerpo. Gigantesco como era, el hombre debía haber caído como
un buey en el matadero bajo ese terrible golpe. Junto a su mano derecha,
había en el suelo un tremendo puñal de doble filo y mango de cuerno, y al lado,
un guante negro de cabritilla.
-¡Caramba! ¡Es Gorgiano el Negro en persona! -exclamó el detective
americano-. Alguien se nos ha adelantado esta vez.
-Ahí está la vela en la ventana, señor Holmes -dijo Gregson-. Pero ¿qué hace?
Holmes había ido al otro lado, había encendido la vela, y la estaba pasando de
un lado a otro a través de los cristales de la ventana. Luego atisbó en la
oscuridad, apagó la vela de un soplo, y la tiró al suelo.
-Creo más bien que eso será útil -dijo. Se acercó y se quedó profundamente
pensativo, mientras los dos profesionales examinaban el cadáver-. Dice usted
que tres personas más salieron de la casa mientras usted esperaba abajo -dijo,
por fin-. ¿Las observó bien?
-Sí.
-¿Había un hombre de unos treinta años, de barba negra, moreno, de tamaño
mediano?
-Sí, fue el último en pasar delante de mí.
-Ese es su hombre, me parece. Puedo darle su descripción, y tenemos un
excelente perfil de su huella. Eso debería bastarle.
-No es mucho, señor Holmes, entre los millones de habitantes de Londres.
-Quizá no. Por eso me pareció lo mejor convocar a esta señora en su ayuda.
Nos volvimos todos ante esas palabras. Allí, enmarcada en el umbral, había
una mujer alta y bella: la misteriosa huésped de Bloomsbury. Avanzó
lentamente, con la cara pálida y tensa a causa del terrible temor, los ojos fijos,
y su mirada aterrorizada clavada en la oscura figura tendida en el suelo.
-¡Le han matado! -murmuró-. ¡Oh, Dios mío, le han matado!
Entonces oí que tomaba aliento, profundamente, y dio un salto con un grito de
alegría. Dando vueltas al cuarto, danzó dando palmadas, con sus ojos oscuros
fulgurando en asombro, felicidad, y con mil bonitas exclamaciones italianas en
los labios. era terrible y sorprendente ver a tal mujer tan convulsa de alegría
ante semejante espectáculo. De repente se detuvo y nos miró con ojos
interrogantes.
-¡Pero ustedes! ¡Ustedes son de la policía! ¿no es verdad? Ustedes han
matado a Guiseppe Gorgiano. ¿No es verdad?
-Somos de la policía, señora.
Miró en torno suyo, a las sombra del cuarto.
-Pero entonces, ¿dónde está Gennaro? -preguntó-. Es mi marido, Gennaro
Lucca. Yo soy Emilia Lucca, y somos de Nueva York. ¿Dónde está Gennaro?
Me acaba de llamar desde esta ventana y he venido a toda prisa.
-Fui yo quien llamó -dijo Holmes.
-¡Usted! ¿Cómo pudo?
-Su cifra no era difícil, señora. Su presencia aquí era necesaria. Sabía que sólo
tenía que transmitir con la luz VIENI para que usted viniera.
La hermosa italiana miró con respeto a mi compañero.
-No comprendo cómo sabe esas cosas -dijo-. Guiseppe Gorgiano… cómo
pudo… -se detuvo; luego, de repente, su cara se iluminó de orgullo y placer-.
¡Ya lo veo! ¡Mi Gennaro! ¡Mi espléndido, mi hermoso Gennaro, que me ha
conservado a salvo de todo daño, lo hizo; con su propia mano fuerte mató al
monstruo! ¡Ah, Gennaro, qué estupendo eres! ¿Qué mujer puede merecer a tal
hombre?
-Bueno, señora Lucca -dijo el prosaico Gregson, poniendo la mano en la
manga de la señora con tan poco sentimiento con si ella fuera un chulo de
Notting Hill-, todavía no tengo muy claro quién es usted o qué es usted, pero ha
dicho bastante como para dejar en claro que la vamos a necesitar en Scotland
Yard.
-Un momento, Gregson -dijo Holmes-. Me parece que esta señora puede tener
tantos deseos de proporcionarnos información como nosotros de recibirla.
¿Comprende usted, señora, que su marido será detenido y juzgado por la
muerte del hombre que tenemos delante? Lo que diga usted puede ser
utilizado en el proceso. Pero si usted piensa que ha actuado por motivos que
no son criminales, y que él querría que se conocieran, entonces no puede
ayudarle mejor que contándonos toda la historia.
-Ahora que Gorgiano ha muerto, no tenemos nada -dijo la señora-. Era un
demonio y un monstruo, y no puede haber juez en el mundo que castigue a mi
marido por haberle matado.
-En ese caso -dijo Holmes-, sugiero que cerremos esta puerta, que dejemos las
cosas como las encontramos, que vayamos con esta señora a sus habitaciones
y que formemos nuestra opinión después de oír lo que tenga que decirnos.
Media hora después estábamos sentado los cuatro en el pequeño gabinete de
la signora Lucca, oyendo su notable relato sobre esos siniestros
acontecimientos, cuyo final habíamos presenciado por casualidad. Hablaba en
un inglés rápido y fluido, pero nada convencional, que no intentaremos imitar:
-Nací en Posilipo, cerca de Nápoles -dijo-, hija de Augusto Barelli, que era el
abogado más importante, y que en una ocasión fue diputado de esa comarca.
Gennaro era empleado de mi padre, y me enamoré de él, como tiene que
amarle toda mujer. No tenía dinero ni posición, así que mi padre prohibió el
matrimonio. Escapamos juntos, nos casamos en Bari y vendí mis joyas para
obtener el dinero con que llegar a América. eso fue hace cuatro años, y desde
entonces hemos estado en Nueva York.
»Al principio, la fortuna fue muy buena con nosotros. Gennaro pudo hacer un
favor a un caballero italiano -le salvó de unos rufianes en un sitio llamado la
Bowery, haciendo así un amigo poderoso. Se llamaba Tito Castalotti, y era el
principal socio de la firma Castalotti y Zamba, que son los mayores
importadores de fruta de Nueva York. El señor Zamba está inválido, y nuestro
nuevo amigo Castalotti tenía poder en toda la firma, que emplea más de
trescientos hombres. Dio empleo a mi marido, le hizo jefe de un departamento
y le mostró su buena voluntad en todos los sentidos. El señor Castalotti era
soltero, y creo que sentía que Gennaro era como su hijo, y tanto mi marido
como yo le queríamos como si fuera nuestro padre. Habíamos tomado y
amueblado una casita en Brooklyn, y nuestro porvenir parecía asegurado,
cuando apareció una nube negra que pronto iba a cubrir nuestro cielo.
»Una noche, al volver del trabajo, Gennaro trajo a un paisano con él. Se
llamaba Gorgiano y también era de Posilipo. Era un hombre enorme, como
saben, pues han visto su cadáver. No sólo tenía cuerpo de gigante, sino que
todo en él era gigantesco, enorme, aterrador. Su voz era como un trueno en
nuestra casita. Apenas había sitio para sus braceos cuando hablaba. Sus
pensamientos, sus emociones, sus pasiones, eran todas exageradas y
monstruosas. Hablaba, o más bien rugía, con tal emoción que los demás no
podían sino quedarse escuchando, acobardados por aquel poderoso torrente
de palabras. Era un hombre terrible y extraño. ¡Gracias a Dios que está muerto!
»Volvió una y otra vez. Pero yo me daba cuenta de que Gennaro no estaba
más contento que yo con su presencia. Mi pobre marido se quedaba sentado,
pálido y nervioso, escuchando su inacabable delirio sobre política y cuestiones
sociales. Gennaro no decía nada, pero yo, que le conocía tan bien, pude leer
en su rostro una emoción que nunca había visto en él. Al principio creí que era
rencor. Y luego, poco a poco, comprendí que era algo más: era miedo, un
miedo profundo, secreto, penetrante. Esa noche, que advertí su terror, le
abracé y le imploré por su amor y por todo lo que quería que no me ocultara
nada, y que me contara por qué ese hombre enorme le abrumaba tanto.
»El me lo contó, y mi corazón se sintió frío como el hielo al escucharlo. Mi
pobre Gennaro, en sus días locos y encendidos, cuando todo el mundo parecía
estar contra él y su mente estaba medio desquiciada por las injusticias de la
vida, se había unido a una sociedad napolitana, el Círculo Rojo, que estaba en
relación con los antiguos Carbonarios. Los juramentos y secretos de esa
fraternidad eran terribles; pero una vez bajo su dominio no era posible escapar.
Cuando huimos a América, Gennaro creyó que se los había quitado de encima
para siempre. ¡Cuál fue su horror una noche al encontrar por la calle al mismo
hombre que le había iniciado en Nápoles, el gigante Gorgiano, un hombre que
se había ganado el sobrenombre de “Muerte” en el Sur de Italia, pues estaba
teñido hasta los codos en crimen! Había llegado a Nueva York para evitar a la
policía italiana, y ya había plantado una rama de esa terrible sociedad en su
nuevo país. Todo esto me dijo Gennaro, y me enseño una convocatoria que
había ese mismo día, con un Círculo Rojo en el encabezamiento, diciéndole
que se iba a convocar una reunión en una determinada fecha, y que se
ordenaba y requería su presencia.
»Eso ya era bastante malo, pero aún faltaba lo peor. Yo había notado que
desde hacía algún tiempo que cuando Gorgiano venía a vernos, según solía, al
anochecer, me hablaba mucho a mí; y aun cuando sus palabras fueran para mi
marido, esos terribles ojos, bestiales y fulgurantes, siempre se dirigían a mí.
Una noche reveló su secreto. Yo había despertado en él lo que llamaba “amor”;
el amor de un bruto, de un salvaje. Cuando Gennaro no había vuelto todavía, el
llegó. Se abrió paso a empujones, me agarró con sus poderosos brazos, me
abrazó con su abrazo de oso, me cubrió de besos y me imploró que me
escapara con él. Yo estaba luchando y chillando cuando entró Gennaro y le
atacó. El dejó sin sentido a Gennaro de un golpe y huyó de la casa, donde
nunca más entraría. Esa noche hicimos un enemigo mortal.
»Pocos días después tuvo lugar la reunión. Gennaro volvió de ella con una
cara tan sombría que comprendí que había ocurrido algo terrible. Era peor de lo
que yo podía haber imaginado. Los fondos de la sociedad se recaudaban por
medio de chantaje a italianos ricos a los que se amenazaba cuando rehusaban
pagar. Parece que habían abordado a Castalotti, nuestro querido amigo y
protector. El se había negado a ceder a las amenazas, y había entregado los
avisos a la policía. En la reunión se acordó que él y su casa debían ser volados
con dinamita. Echaron a suertes quién había de realizarlo. Gennaro vio la cruel
cara de nuestro enemigo sonriéndole cuando metió la mano en la bolsa. Sin
duda lo habían arreglado previamente de algún modo, pues fue el fatal disco,
con el Círculo Rojo, lo que sacó en la mano. Tenía que matar a su mejor amigo
o exponerse él mismo y a mí a la venganza de sus camaradas. Era parte de su
demoníaco sistema castigar a quienes temían u odiaban dañando no sólo a sus
personas, sino a sus seres queridos, y el saberlo era lo que pendía con terror
sobre la cabeza de mi pobre Gennaro y lo que casi le enloquecía de temor.
Toda esa noche velamos juntos, abrazados, fortaleciéndonos mutuamente para
las dificultades que teníamos por delante. La noche siguiente era la fijada para
el intento. A mediodía, mi marido y yo estábamos de camino para Londres,
pero no sin antes avisar a nuestro bienhechor del peligro, y dejar también a la
policía la información que protegiera su vida en el futuro.
»Lo demás, caballeros, ya lo saben por ustedes mismos. Estábamos seguros
de que nuestros enemigos nos seguirían como nuestras sombras. Gorgiano
tenía sus razones particulares para vengarse, pero además sabíamos lo
inexorable, astuto e incansable que podía ser. Italia y América estaban llenas
de historias de su temible poder. Ahora sería cuando se ejerciera del todo. Mi
marido empleó los pocos días sin peligro que habíamos conseguido con
nuestra fuga en buscarme un refugio para poder estar a cubierto de cualquier
riesgo. Por su parte, él deseaba estar libre para poder comunicar con la policía
americana y la italiana. Yo misma no sé dónde vivía, ni cómo. Lo único que
sabía era por los anuncios de un periódico. Pero una vez, mirando por la
ventana, vi dos italianos observando la casa, y comprendí que Gorgiano había
encontrado de algún modo nuestro refugio. Finalmente, Gennaro me dijo, por el
periódico, que me haría señales desde una ventana, pero cuando llegaron, las
señales no fueron más que alertas, que se interrumpieron de pronto. Ahora veo
claro que él sabía que Gorgiano le seguía de cerca, y ¡gracias a Dios! estaba
preparado para cuando llegara. Y ahora, caballeros, les preguntaría si tenemos
algo que temer de la justicia, o si algún juez en el mundo condenaría a mi
Gennaro por lo que ha hecho.
-Bueno, señor Gregson -dijo el americano, mirando al inspector-, no sé cuál
será su punto de vista británico, pero supongo que en Nueva York el marido de
esta señora recibiría una muestra de agradecimiento casi general.
-Tendrá que venir conmigo a ver al jefe -respondió Gregson-. Si se confirma lo
que dice, creo que ni ella ni su marido tienen mucho que temer. Pero lo que no
puedo entender en absoluto, señor Holmes, es cómo demonios se ha mezclado
usted también en el asunto.
-Por la educación, Gregson, por la educación. Sigo buscando conocimientos en
la vieja universidad. Bueno, Watson, ya tiene otra muestra más de lo trágico y
lo grotesco que añadir a su colección. Por cierto, ¿no son las ocho, y es una
noche de Wagner en Covent Garden? Si nos damos prisa, podemos llegar a
tiempo para el segundo acto.

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