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viernes, 6 de agosto de 2010

EL ARCHIVO DE SHERLOCK HOLMES -- LA AVENTURA DE UN CASO DE IDENTIDAD



LA AVENTURA DE UN CASO DE IDENTIDAD
ARTHUR CONAN DOYLE
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–Querido compañero mío –dijo Sherlock Holmes estando el y yo sentados a
uno y otro lado de la chimenea, en sus habitaciones de Baker Street–, la vida
es infinitamente más extraña que todo cuanto la mente del hombre podría
inventar. No osaríamos concebir ciertas cosas que resultan verdaderos lugares
comunes de la existencia. Si nos fuera posible salir volando por esa ventana
agarrados de la mano, revolotear por encima de esta gran ciudad, levantar
suavemente los techos, y asomarnos a ver las cosas raras que ocurren, las
coincidencias extrañas, los proyectos, los contraproyectos, los asombrosos
encadenamientos de circunstancias que laboran a través de las generaciones y
desembocando en los resultados más outré, nos resultarían por demás
trasnochadas e infructíferas todas las obras de ficción, con sus
convencionalismos y con sus conclusiones previstas de antemano.
–Pues yo no estoy convencido de ello –le contesté–. Los casos que salen a la
luz en los periódicos son, por regla general, bastante sosos y bastante
vulgares. En nuestros informes policíacos nos encontramos con el realismo
llevado a sus últimos límites, pero, a pesar de ello, el resultado, preciso es
confesarlo, no es ni fascinador ni artístico.
-Se requiere cierta dosis de selección y de discreción al exhibir un efecto
realista –comentó Holmes–. Esto se echa de menos en los informes de la
Policía, en los que es más probable ver subrayadas las vulgaridades del
magistrado que los detalles que encierran para un observador la esencia vital
de todo el asunto. Créame, no hay nada tan antinatural como lo vulgar.
Me sonreí, moviendo negativamente la cabeza, y dije:
–Comprendo perfectamente que usted piense de esa manera. Sin duda que,
dada su posición de consejero extraoficial, que presta ayuda a todo aquél que
se encuentra totalmente desconcertado, en toda la superficie de tres
continentes, entra usted en contacto con todos los hechos extraordinarios y
sorprendentes que ocurren. Pero aquí –y al decirlo recogí del suelo el periódico
de la mañana–... Hagamos urja experiencia práctica. Aquí tenemos el primer
encabezamiento con que yo tropiezo: «Crueldad de un marido con su mujer.»
En total, media columna de letra impresa, que yo sé, sin necesidad de leerla,
que no encierra sino hechos completamente familiares para mí. Tenemos, claro
está, el caso de la otra mujer, de la bebida, del empujón, de! golpe, de las
magulladuras, de la hermana simpática o de la patrona. Los escritores más
toscos no podrían inventar nada más vulgar.
–Pues bien: el ejemplo que usted pone resulta desafortunado para su
argumentación –dijo Holmes, echando mano al periódico y recorriéndolo con la
mirada–. Aquí se trata del caso de separación del matrimonio Dundas;
precisamente yo me ocupé de poner en claro algunos detalles pequeños que
tenían relación con el mismo. El marido era abstemio, no había o por medio
otra mujer y la queja que se alegaba era que el marido había con traído la
costumbre de terminar todas las comidas despojándose de su dentadura
postiza y tirándosela a su mujer, acto que, usted convendrá conmigo, no es
probable que surja en la imaginación del escritor corriente de novelas. Tome
usted un pellizco de rapé, doctor, y confiese que en el ejemplo que usted puso
me te anotado yo un tanto a mi favor.
Me alargó su caja de oro viejo para el rapé, con una gran amatista en el centro
de a tapa. Su magnificencia contrastaba de tal manera con las costumbres
sencillas y la vida llana de Holmes, que no pude menos de comentar aquel
detalle.
–Me había olvidado de que llevo varias semanas sin verlo a usted –me dijo–.
Esto es un pequeño recuerdo del rey de Bohemia en pago de mi colaboración
en el caso de los documentos de Irene Adier.
–~Y el anillo? –le pregunté, mirando al precioso brillante que centelleaba en
uno de sus dedos.
–Procede de la familia real de Holanda, pero el asunto en que yo le serví es tan
extraordinariamente delicado que no puedo confiárselo ni siquiera a usted, que
ha tenido la amabilidad de hacer la crónica de uno o dos de mis pequeños
problemas.
no tiene en este momento a mano ninguno? –le pregunté con interés.
–Tengo diez o doce, pero ninguno de ellos presenta rasgos que lo hagan
destacar. Compréndame, son de importancia, sin ser interesantes.
Precisamente he descubierto que, de ordinario, suele ser en los asuntos sin
importancia donde se presenta un campo mayor de observación, propicio
pido análisis de causa y efecto, que es lo que da su encanto a las
investigaciones. Los grandes crímenes suelen ser los más sencillos, porque,
cuanto más grande es el crimen, más evidente resulta, por regla general, el
móvil. En estos casos de que le hablo no hay nada que ofrezca rasgo alguno
de interés, con excepción de uno bastante intrincado que me ha sido enviado
desde Marsella. Sin embargo, bien pudiera ser que tuviera alguna cosa mejor
antes que transcurran unos pocos minutos, porque, o mucho me equivoco, o
ahí llega uno de mis clientes.
Holmes se había levantado de su sillón, y estaba en pie entre las cortinas
separadas, contemplando la calle londinense, tristona y de color indefinido.
Mirando por encima de su hombro, pude ver yo en la acera de enfrente a una
mujer voluminosa que llevaba alrededor del cuello un boa de piel tupida, y una
gran pluma rizada sobre cl sombrero de anchas alas, ladeado sobre la oreja
según la moda coquetona Duquesa de Devonshire. Esa mujer miraba por
debajo de esta gran panoplia hacia nuestras ventanas con gesto nervioso y
vacilante, mientras su cuerpo oscilaba hacia adelante y hacia atrás, y sus
dedos manipulaban inquietos con los botones de su guante. Súbitamente, en
un arranque parecido al del nadador que se tira desde la orilla al agua, cruzó
apresuradamente la calzada, y llegó a nuestros oídos un violento resonar de la
campanilla de llamada.
–Antes de ahora he presenciado yo esos síntomas –dijo Holmes, tirando al
fuego su cigarrillo–. El oscilar en la acera significa siempre que se trata de un
affaire du coeur. Querría que la aconsejase, pero no está segura de que su
asunto no sea excesivamente delicado para confiárselo a otra persona. Pues
bien: hasta en esto podemos hacer distinciones. La mujer que ha sido
gravemente perjudicada por un hombre, ya no vacila, y el síntoma corriente
suele ser la ruptura del alambre de la campanilla de llamada. En este caso,
podemos dar por supuesto que se trata de un asunto amoroso, pero que la
joven no se siente tan irritada como perpleja o dolida. Pero aquí se acerca ella
en persona cara sacarnos de dudas.
Mientras Holmes hablaba, dieron unos golpes en la puerta, y entró el botones
para anunciar a la señorita Mary Sutherland, mientras la interesada dejaba ver
su pequeña silueta negra detrás de aquél, a la manera de un barco mercante
con todas sus velas desplegadas detrás del minúsculo bote piloto. Sherlock
Holmes la acogió con la espontánea amabilidad que lo distinguía. Una vez
cerrada la puerta y después de indicarle con una inclinación que se sentase en
un sillón, la contempló de la manera minuciosa, y sin embargo discreta, que era
peculiar en el.
¿No le parece –le dijo Holmes– que es un poco molesto para una persona
corta de vista como usted el escribir tanto a máquina?
–Lo fue al principio –contestó ella–, pero ahora sé dónde están las letras sin
necesidad de mirar.
De pronto, dándose cuenta de todo el alcance de sus palabras, experimentó un
violento sobresalto, y alzó su vista para mirar con temor y asombro a la cara
ancha y de expresión simpática.
-Usted ha oído hablar de mí, señor Holmes –exclamó–. De otro modo, ¿cómo
podía saber eso?
–No le dé importancia –le dijo Holmes, riéndose–, porque la profesión mía
consiste en saber cosas. Es posible que yo me haya entrenado en fijarme en lo
que otros pasan por alto. Si no fuera así, ¿qué razón tendría usted para venir a
consultarme?
–Vine a consultarle, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, el
paradero de cuyo esposo descubrió usted con tanta facilidad cuando la Policía
y todo el mundo lo había dado por muerto. ¡Ay señor Holmes, si usted pudiera
hacer eso mismo para mí! No soy rica, pero dispongo de un centenar de libras
al año de renta propia, además de lo poco que gano con la máquina de escribir,
y daría todo ello por saber qué ha sido e señor Hosmer Angel.
–¿Por qué salió a la calle con tal precipitación para consultarme? –preguntó
Sherlock Holmes, juntando unas con otras las yemas de los dedos de sus
manos, y con la vista fija en el techo.
También ahora pasó una mirada de sobresalto por el rostro algo inexpresivo de
la señorita Mary Sutherland, y dijo ésta:
–En efecto, me lancé fuera de casa, como disparada, porque me irritó el ver la
tranquilidad con que lo tomaba todo el señor Windibank, es decir, mi padre. No
quiso ir a la Policía, ni venir a usted y, por último, en vista de que él no hacía
nada y de que insistía en que nada se había perdido, me salí de mis casillas,
me vestí comoquiera y vine derecha a visitar a usted.
–¿El padre de usted? –dijo Holmes–. Se referirá, seguramente, a su padrastro,
puesto que los apellidos son distintos.
–Sí, es mi padrastro. Le llamo padre, aunque suena a cosa rara; porque sólo
me lleva cinco años y dos meses de edad.
–¿Vive la madre de usted?
–Sí; mi madre vive y está bien. No me gustó mucho, señor Holmes,
cuando ella contrajo matrimonio, muy poco después de morir papá, y lo
contrajo con un hombre casi quince años más joven que ella. Mi padre era
fontanero en la Tottenhan Court Road, y dejó al morir un establecimiento
próspero, que mi padre llevó adelante con el capataz, señor Hardy; pero, al
presentarse el señor Windibank, lo vendió, porque éste se consideraba muy por
encima de aquello, pues era viajante en vinos. Les pagaron por el traspaso e
intereses cuatro mil setecientas libras, mucho menos de lo que papá habría
conseguido, de haber vivido.
Yo creía que Sherlock Holmes daría muestras de impaciencia ante aquel relato
inconexo e inconsecuente; pero, por el contrario, lo escuchaba con atención
reconcentrada.
–¿Proviene del negocio la pequeña renta que usted disfruta? –preguntó
Holmes.
–De ninguna manera, señor; se trata de algo en absoluto independiente, y que
me fue legado por mi tío Ned, de Auckland. El dinero está colocado en valores
de Nueva Zelanda, al cuatro y medio por ciento. El capital asciende a dos mil
quinientas libras; pero sólo puedo cobrar los intereses.
–Lo que usted me dice me resulta en extremo interesante –le dijo Holmes–.
Disponiendo de una suma tan importante como son cien libras al año, además
de lo que usted misma gana, viajará usted, sin duda, un poco y se concederá
toda clase de caprichos. En mi opinión, una mujer soltera puede vivir muy
decentemente con un ingreso de sesenta libras.
–Yo podría hacerlo con una cantidad muy inferior a ésa, señor Holmes; pero ya
comprenderá que, mientras viva en casa, no deseo ser una carga para ellos, y
son ellos quienes invierten el dinero mío. Naturalmente, eso ocurre sólo por
ahora. El señor Windibank es quien cobra todos los trimestres mis intereses, él
se los entrega a mi madre y yo me las arreglo muy bien con lo que gano
escribiendo a máquina. Me pagan dos peniques por hoja, y hay muchos días
en que escribo de quince a veinte hojas.
–Me ha expuesto usted su situación con toda claridad –le dijo Holmes–. Este
señor es mi amigo el doctor Watson, y usted puede hablar en su pre-sencia con
la misma franqueza que delante de mí. Tenga, pues, la bondad de contarnos
todo lo que haya referente a sus relaciones con el señor Hosmer Angel.
La cara de la señorita Sutherland se cubrió de rubor, y sus dedos empezaron a
pellizcar nerviosamente la orla de su chaqueta.
–Lo conocí en el baile de los gasistas –nos dijo–. Acostumbraban enviar
entradas a mi padre en vida de éste y siguieron acordándose de nosotros,
enviándoselas a mi madre. El señor Windibank no quiso ir, nunca quería ir con
nosotras a ninguna parte. Bastaba para sacarlo de sus casillas el que yo
manifestase deseos de ir, aunque sólo fuese a una fiesta de escuela dominical.
Sin embargo, en aquella ocasión me empeñé en ir, y dije que iría porque, ¿qué
derecho tenía él a impedírmelo? Afirmó que la gente que acudiría no era como
para que nosotros alternásemos con ella, siendo así que se hallarían presentes
todos los amigos de mi padre. Aseguró también que yo no tenía vestido
decente, aunque disponía del de terciopelo color púrpura, que ni siquiera había
sacado hasta entonces del cajón. Finalmente, viendo que no se salía con la
suya, marchó a Francia para negocios de su firma, y
nosotras, mi madre y yo, fuimos al baile, acompañadas del señor Hardy, el que
había sido nuestro encargado, y allí me presentaron al señor Hosmer Angel.
–Me imagino –dijo Holmes– que, cuando el señor Windibank regresó de
Francia, se molestó muchísimo por que ustedes hubiesen ido al baile.
–Pues, verá usted; lo tomó muy a bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió
de hombros, y afirmó que era inútil negarle nada a una mujer, porque
ésta se salía siempre con la suya.
–Comprendo. De modo que en el baile de los gasistas conoció usted a un
caballero llamado Hosmer Angel.
–Sí, señor. Lo conocí esa noche, y al día siguiente nos visitó para pregun-tar si
habíamos regresado bien a casa. Después de eso nos entrevistamos con él; es
decir, señor Holmes, me entrevisté yo con él dos veces, en que salimos de
paseo; pero mi padre regresó a casa, y el señor Hosmer Angel ya no pudo
venir de visita a ella.
–Verá usted, mi padre no quiso ni oír hablar de semejante cosa. No le gustaba
recibir visitas, si podía evitarlas, y acostumbraba decir que la mujer debería ser
feliz dentro ¿e su propio círculo familiar. Pero, como yo le decía a mi madre, la
mujer necesita empezar por crearse su propio círculo, cosa que yo no había
conseguido todavía.
–~Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo intento alguno para verse con
usted?
–Pues verá, mi padre iba a marchar a Francia otra vez una semana más tarde,
y Hosmer me escribió diciendo que sería mejor y más seguro el que no nos
viésemos hasta que hubiese emprendido viaje. Mientras tanto, podíamos
escribirnos, y él lo hacía diariamente. Yo recibía las cartas por la mañana, de
modo que no había necesidad de que mi padre se enterase.
–¿Estaba usted ya entonces comprometida a casarse con ese caballero?
–Claro que sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que
dimos juntos. Hosmer, el señor Angel, era cajero en unas oficinas de
Leadenhall Street, y...
–¿En qué oficinas?
–Eso es lo peor del caso, señor Holmes, que lo ignoro.
–¿Dónde residía en aquel entonces?
–Dormía en el mismo local de las oficinas.
no tiene usted su dirección?
–No, fuera de que estaban en Leadenhall Street.
–~Y adónde, pues, le dirigía usted sus cartas?
–A la oficina de Correos de Leadenhall, para ser retiradas personalmente. Me
dijo que si se las enviaba a las oficinas, los demás escribientes le embromarían
por recibir cartas de una dama; me brindé, pues, a escribírselas a máquina,
igual que hacía él con las suyas, pero no quiso aceptarlo, afirman o que cuando
eran de mi puño y letra le producían, en efecto, la impresión de que procedían
de mí, pero que si se las escribía a máquina le daban la sensación de que ésta
se interponía entre él y yo. Por ese detalle podrá usted ver señor Holmes,
cuánto me quería, y en qué insignificancias se fijaba.
–Sí, eso fue muy sugestivo –dijo Holmes–. Desde hace mucho tiempo tengo yo
por axioma el de que las cosas pequeñas son infinitamente las más
importantes. ¿No recuerda usted algunas otras pequeñeces referentes al señor
Hosmer Angel?
–Era un hombre muy vergonzoso, señor Holmes. Prefería pasearse con-migo
ya oscurecido, y no durante el día, afirmando que le repugnaba que se fijasen
en él. Sí; era muy retraído y muy caballeroso. Hasta su voz tenía un timbre muy
meloso. Siendo joven sufrió, según me dijo, de anginas e hinchazón de las
glándulas, y desde entonces le quedó la garganta débil y una ma-nera de
hablar vacilante y como si se expresara cuchicheando. Vestía siempre muy
bien, con mucha pulcritud y sencillez, pero padecía, lo mismo que yo, debilidad
de la vista, y usaba cristales de color para defenderse de la luz.
–~Y qué ocurrió cuando regresó a Francia su padrastro el señor Windibank?
–El señor Hosmer Angel volvió de visita a nuestra casa, y propuso que nos
casásemos antes del regreso de mi padre. Tenía una prisa terrible, y me hizo
jurar, con las manos sobre los Evangelios que, ocurriese lo que ocurriese, le
sería siempre fiel. Mi madre dijo que tenía razón en pedirme ese juramento, y
que con ello demostraba la pasión que sentía por mí. Mi madre se puso desde
el primer momento de su parte, y mostraba por él mayor simpatía aún que yo.
Pero cuando empezaron a hablar de celebrar la boda aquella misma semana,
empecé yo a preguntar qué le parecería a mi padre; pero los dos me dijeron
que no me preocupase de él, que ya se lo diríamos después, y mi madre afirmó
que ella lo conformaría. Señor Holmes, eso no me gustó del todo. Me producía
un efecto raro el tener que solicitar su autorización, siendo como era muy poco
más viejo que yo; pero no quise hacer nada a escondidas, y escribí ami padre a
Burdeos, donde la compañía en que trabaja tiene sus oficinas de Francia, pero
la carta me llegó devuelta la misma mañana de la boda.
–¿No coincidió con él, verdad?
–No, porque se había puesto en camino para Inglaterra poco antes que llegase.
–¡Mala suerte! De modo que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a
celebrarse en la iglesia?
–Sí, señor, pero muy calladamente. Iba a celebrarse en St. Saviour, cerca de
King’s Cross, y después de la ceremoniá nos íbamos a desayunar en el St.
Pancras Hotel. Hosmer vino a buscarnos en un hanson, pero como nosotras
éramos sólo dos, nos metió en el mismo coche, y él tomó otro de cuatro
ruedas, porque era el único que había en la calle. Nosotros fuimos las primeras
en llegar a la iglesia, y cuando lo hizo el coche de cuatro ruedas esperábamos
que Hosmer se apearía del mismo; pero no se apeó, y cuando el
cochero bajó del pescante y miró al interior, ¡allí no había nadie! El cochero
manifestó que no acertaba a imaginarse qué había podido hacerse del viajero,
porque lo había visto con sus propios ojos subir al coche. Eso ocurrió el viernes
pasado, señor Holmes, y desde entonces no he tenido ninguna noticia que
pueda arrojar luz sobre su paradero.
–Me parece que se han portado con usted de una manera vergonzosa
–dijo Holmes.
¡No señor! Era un hombre demasiado bueno y cariñoso para abandonarme de
ese modo. Durante toda la mañana no hizo otra cosa que insistir en que,
ocurriese lo que ocurriese, tenía yo que seguir siéndole fiel; que aunque algo
imprevisto nos separase al uno del otro, tenía yo que acordarme siempre de
que me había comprometido a él, y que más pronto o más tarde se presentaría
a exigirme el cumplimiento de mi promesa. Eran palabras que resultaban
extrañas para dichas la mañana de una boda, pero adquieren sentido por lo
que ha ocurrido después.
–Lo adquieren, con toda evidencia. ¿Según eso, usted está en la creencia de
que le ha ocurrido alguna catástrofe imprevista?
–Sí, señor. Creo que él previó algún peligro, pues de lo contrario no habría
hablado como habló. Y pienso, además, que ocurrió lo que él había previsto.
no tiene usted idea alguna de qué pudo ser?
–Absolutamente ninguna.
–Otra pregunta más: ¿Cuál fue la actitud de su madre en el asunto?
–Se puso furiosa, y me dijo que yo no debía volver a hablar jamás de lo
ocurrido.
su padre? ¿Se lo contó usted?
–Sí, y pareció pensar, al igual que yo, que algo le había sucedido a Hosmer, y
que yo volvería a tener noticias de él. Porque, me decía, ¿qué interés podía
tener nadie en llevarme hasta las puertas de la iglesia, y abandonarme allí? Si
él me hubiese pedido dinero prestado, o si, después de casarse conmigo,
hubiese conseguido poner mi capital a nombre suyo, pudiera haber una razón;
pero Hosmer no quería depender de nadie en cuestión de dinero, y nunca
quiso aceptar ni un solo chelín mío. ¿Qué podía, pues, haber ocurrido? ¿Y por
qué no puede escribir? Sólo de pensarlo me pongo medio loca. Y no puedo
pegar ojo en toda la noche.
Sacó de su manguito un pañuelo, y empezó a verter en él sus profundos
sollozos. Sherlock Holmes le dijo, levantándose:
–Examinaré el caso en interés de usted, y no dudo de que llegaremos a resultados
concretos. Descargue desde ahora sobre mí el peso de este asunto, y
desentienda por completo su pensamiento del mismo. Y sobre todo, procure
que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, de la misma
manera que él se ha desvanecido de su vida.
–¿Cree usted entonces que ya no volveré a verlo más?
–Me temo que no.
–¿Qué le ha ocurrido entonces?
–Deje a mi cargo esa cuestión. Desearía poseer una descripción exacta de esa
persona, y cuantas cartas del mismo pueda usted entregarme.
–El sábado pasado puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle –
dijo la joven–. Aquí tiene el texto, y aquí tiene también cuatro cartas suyas.
–Gracias. ¿La dirección de usted?
–Lyon Place, número treinta y uno, Camberwell.
-Por lo que he podido entender, el señor Angel no le dio nunca su dirección.
¿Dónde trabaja el padre de usted?
–Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes importadores de clarete, de
Fenchurch Street.
–Gracias. Me ha expuesto usted su problema con gran claridad. Deje aquí los
documentos, y acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el
incidente como un libro cerrado, y no permita que ejerza influencia sobre su
vida.
–Es usted muy amable, señor Holmes, pero yo no puedo hacer eso.
Permaneceré fiel al señor Hosmer. Me hallará dispuesta cuando él vuelva.
A pesar de lo absurdo del sombrero y de su cara inexpresiva, tenía algo de
noble, que imponía respeto, la fe sencilla de nuestra visitante. Depositó encima
de la mesa su pequeño lío de papeles, y siguió su camino con la promesa de
presentarse siempre que la llamase el señor Holmes.
Sherlock Holmes permaneció silencioso durante algunos minutos, con las
yemas de los dedos juntas, las piernas alargadas hacia adelante y la mirada
dirigida hacia el techo. Cogió luego del colgadero la vieja y aceitosa pipa de
arcilla, que era para él como su consejera y, una vez encendida, se recostó en
la silla, lanzando de sí en espirales las guirnaldas de una nube es-pesa de
humo azul, con una expresión de languidez infinita en su cara.
–Esta moza constituye un estudio muy interesante –comentó–. Ella me ha
resultado más interesante que su pequeño problema, el que, dicho sea de
paso, es bastante trillado. Si usted consulta mi índice, hallará casos paralelos:
en Andover, el año setenta y siete, y algo que se le parece ocurrió también en
La Haya el año pasado. Sin embargo, por vieja que sea la idea, contiene uno o
dos detalles que me han resultado nuevos. Pero la persona de la moza fue
sumamente aleccionadora.
–Me pareció que observaba usted en ella muchas cosas que eran
completamente invisibles para mí –le hice notar.
–Invisibles no, Watson, sino inobservadas. Usted no supo dónde mirar, y por
eso se le pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la
importancia de las mangas, de lo sugeridoras que son las uñas de los pulgares,
de los problemas cuya solución depende de un cordón de los zapatos.
Veamos. ¿Qué dedujo usted del aspecto exterior de esa mujer? Descríbamelo.
–Llevaba un sombrero de paja, de alas anchas y de color pizarra, con una
pluma de color rojo ladrillo. Su chaqueta era negra, adornada con abalorios
negros y con una orla de pequeñas cuentas de azabache. El vestido era color
marrón, algo más oscuro que el café, con una pequeña tira de felpa púrpura en
el cuello y en las mangas. Sus guantes tira banagrises, completamente
desgastados en el dedo índice de la mano derecha. No me fijé en sus botas.
Ella es pequeña, redonda, con aros de oro en las orejas y un aspecto general
de persona que vive bastante bien, pero de una manera vulgar, cómoda y sin
preocupaciones.
Sherlock Holmes palmeó suavemente con ambas manos y se rió por lo bajo.
–Por vida mía, Watson, que está usted haciendo progresos. Lo ha hecho usted
pero que muy bien. Es cierto que se le ha pasado por alto todo cuanto tenia
importancia, pero ha dado usted con el método, y posee una visión rápida del
color. Nunca se confíe a impresiones generales, muchacho, concéntrese en los
detalles. Lo primero que yo miro son las mangas de una mu-jer. En el hombre
tiene quizá mayor importancia la rodillera del pantalón.
Según ha podido usted advertir, esta mujer lucía felpa en las mangas, y la felpa
es un material muy útil para descubrir rastros. La doble línea, un poco más
arriba de la muñeca, en el sitio donde la mecanógrafa hace presión contra la
mesa, estaba perfectamente marcada. Las máquinas de coser movidas a mano
dejan una señal similar, pero sólo sobre el brazo izquierdo y en la parte más
alejada del dedo pulgar, en vez de marcarlá cruzando la parte más ancha,
como la tenía ésta. Luego miré a su cara, y descubrí en ambos lados de su
nariz la señal de unas gafas a presión, todo lo cual me permitió aventurar mi
observación sobre la cortedad de vista y la escritura, lo que pareció sorprender
a la joven.
–También me sorprendió a mi.
–Sin embargo, era cosa que estaba a la vista. Me sorprendió mucho, después
de eso, y me interesó, al mirar hacia abajo, el observar que, a pesar de que las
botas que llevaba no eran de distinto número, sí que eran despare-jas, porque
una tenía la puntera con ligeros adornos, mientras que la otra era lisa. La una
tenía abrochados únicamente los dos botones de abajo (eran cinco), y la otra
los botones primero, tercero y quinto. Pues bien:
cuando una señorita joven, correctamente vestida en todo lo demás, ha salido
de su casa con las botas desparejas y a medio abrochar, no significa gran cosa
el deducir que salió con mucha precipitación.
–~Y qué más? –le pregunté, vivamente interesado, como siempre me ocurría,
con los incisivos razonamientos de mi amigo.
–Advertí, de pasada, que había escrito una carta antes de salir de casa, pero
cuando estaba ya completamente vestida. Usted se fijó en que el dedo índice
de la mano derecha de su guante estaba roto, pero no se fijó, por lo visto, en
que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había
escrito con mucha prisa, y había metido demasiado la pluma en el tintero. Eso
debió de ocurrir esta mañana, pues de lo contrario la mancha de tinta no
estaría fresca en el dedo. Todo esto resulta divertido, aunque sea elemental,
Watson, pero es preciso que vuelva al asunto. ¿Tiene usted inconveniente en
leerme la descripción del señor Hosmer Angel que se da en el anuncio?
Puse de manera que le diese la luz el pequeño anuncio impreso, que decía:
«Desaparecido la mañana del día 14 un caballero llamado Hosmer Angel.
Estatura, unos cinco pies y siete pulgadas; de fuerte conformación, cutis
cetrino, pelo negro, una pequeña calva en el centro, hirsuto, con largas patillas
y bigote; usa gafas con cristales de color y habla con alguna dificultad. La
última vez que se le vio vestía levita negra con solapas de seda, cha-leco
negro, albertina de oro y pantalón gris de paño Harris, con polainas oscuras
sobre botas de elástico. Sábese que estaba empleado en una oficina de la calle
Leadenhall Street. Cualquiera que proporcione, etc., etcétera.»
–Con eso basta –dijo Holmes–. Por lo que hace a las cartas –dijo pasándoles la
vista por encima– son de lo más vulgar. No existe en ellas pista alguna que nos
conduzca al señor Angel, salvo la de que cita una vez a Balzac. Sin embargo,
hay un detalle notable, y que no dudo le sorprenderá a usted.
–Que están escritas a máquina –hice notar yo.
–No sólo eso, sino que incluso lo está la firma. Fíjese en la pequeña y limpia
inscripción de Hosmer Angel que hay al pie. Tenemos, como usted ve, una
fecha, pero no la dirección completa, fuera de lo de Leadenhall Street, lo cual
es bastante vago. Este detalle de la firma es muy sugeridor; a decir verdad,
pudiéramos calificarlo de probatorio.
–~Y qué prueba?
–¿Es posible, querido compañero, que no advierta usted la marcada di-rección
que da al caso éste?
–Mentiría si dijese que la veo, como no sea la de que lo hacía para poder negar
su firma en el caso de que fuera demandado por ruptura de compromiso
matrimonial.
–No, no se trataba de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que nos
sacarán de dudas a ese respecto. La una para cierta firma comercial de la City
y la otra al padrastro de esta señorita, el señor Windibank, en la que le pediré
que venga a vernos aquí mañana a las seis de la tarde. Es igual que tratemos
del caso con los parientes varones. Y ahora, doctor, nada podemos hacer
hasta que nos lleguen las contestaciones a estas dos cartas, de modo que
podemos dejar el asuntillo en el estante mientras tanto.
Tantas razones tenía yo por entonces de creer en la sutil capacidad de
razonamiento de mi amigo, y en su extraordinaria energía para la acción, que
experimenté el convencimiento de que debía de tener alguna base sólida para
tratar de manera tan segura y desenvuelta el extraño misterio cuyo sondeo le
habían encomendado. Tan sólo en una ocasión le había visto fracasar, a saber:
en la de la fotografía de Irene Adler y del rey de Bohemia; pero al repasar en mi
memoria el tan misterioso asunto del Signo de los Cuatro y las circunstancias
extraordinarias que rodearon al Estudio en escarlata, tuve el convencimiento de
que tendría que ser muy enrevesada la maraña que él no fuese capaz de
desenredar.
Me marché y lo dejé dando bocanadas en su pipa de arcilla, convencido de
que, cuando yo volviese por allí al día siguiente por la tarde, me encontraría
con que Holmes tenía en sus manos todas las pistas que le conducirían a la
identificación del desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.
Ocupaba por aquel entonces toda mi atención un caso profesional de extrema
gravedad, y estuve durante todo el día siguiente atareado junto al lecho del
enfermo. No quedé libre hasta que ya iban a dar las seis, y entonces salté a un
coche hanson y me hice llevar a Baker Street, medio asustado ante la
posibilidad de llegar demasiado tarde para asistir al denouément del pequeño
misterio. Sin embargo, me encontré a Sherlock Holmes sin compañía, medio
dormido y con su cuerpo largo y delgado hecho un ovillo en las profundidades
de su sillón. Un formidable despliegue de botellas y tubos de ensayo, y el
inconfundible y acre olor del ácido hidroclórico, me dijeron que se había pasado
el día dedicado a las manipulaciones químicas a que era tan aficionado.
–Qué, ¿lo resolvió usted? –le pregunté al entrar.
–Sí. Era el bisulfato de barita.
¡No, no! ¡El misterio! –le grité.
¡Ob, eso! Creí que se refería a la sal que había estado manipulando.
Como le dije ayer, en este asunto no hubo nunca misterio alguno, aunque si
algunos detalles de interés. El único inconveniente con que nos encontramos
es el de que, según parece, no existe ley alguna que permita castigar al
granuja este.
–~Y quién era el granuja, y qué se propuso con abandonar a la señorita
Sutherland?
No había apenas salido de mi boca la pregunta, y aún no había abierto Holmes
los labios para contestar, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos
golpecitos a la puerta.
–Ahí tenemos al padrastro de la joven, el señor Windibank –dijo Holmes–. Me
escribió diciéndome que estaría aquí a las seis... ¡Adelante!
El hombre que entró era corpulento y de estatura mediana, de unos treinta
años de edad, completamente rasurado, de cutis cetrino, de maneras melosas
e insinuantes y con un par de ojos asombrosamente agudos y penetrantes.
Disparó hacia cada uno de nosotros dos una mirada interrogadora, puso su
brillante sombrero de copa encima del armario y, después de una leve
inclinación de cabeza, se sentó en la silla que tenía más cerca, a su lado
mismo.
–Buenas tardes, señor James Windibank –le dijo Holmes–. Creo que es usted
quien me ha enviado esta carta escrita a máquina, citándose conmigo a las
seis, ¿no es cierto?
–En efecto, señor. Me temo que he llegado con un pequeño retraso, pero tenga
en cuenta que no puedo disponer de mi persona libremente. Siento que la
señorita Sutherland le haya molestado a usted a propósito de esta minucia,
porque creo que es mucho mejor no sacar a pública colada estos trapos sucios.
Vino muy contra mi voluntad, pero es una joven muy excitable e impulsiva,
como habrá usted podido darse cuenta, y no es fácil frenarla cuando ha tomado
una resolución. Claro está que no me importa tanto tratándose de usted, que
no tiene nada que ver con la Policía oficial, pero no resulta agradable el que se
airee fuera de casa un pequeño contratiempo familiar como éste. Además, se
trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo va usted a encontrar a este Hosmer
Angel?
–Por el contrario –dijo tranquilamente Holmes–, tengo toda clase de razones
para creer que lograré encontrar a ese señor.
El señor Windibank experimentó un violento sobresalto, y dejó caer sus
guantes, diciendo:
–Me encanta oír decir eso.
–Resulta curioso –comentó Holmes– el que las máquinas de escribir den a la
escritura tanta individualidad como cuando se escribe a mano. No hay dos
máquinas de escribir iguales, salvo cuando son completamente nuevas. Hay
unas letras que se desgastan más que otras, y algunas de ellas golpean sólo
con un lado. Pues bien: señor Windibank, fíjese en que se da el caso en esta
carta suya de que todas las letras e son algo borrosas, y que en el ganchito de
la letra erre hay un ligero defecto. Tiene su carta otras catorce características,
pero estas dos son las más evidentes.
–Escribimos toda nuestra correspondencia en la oficina con esta máquina, y
por eso sin duda está algo gastada –contestó nuestro visitante, clavando la
mirada de sus ojillos brillantes en Holmes.
–Y ahora, señor Windibank, voy a mostrarle algo que constituye
verdaderamente un estudio interesantísimo –continuó Holmes–. Estoy
pensando en escribir cualquier día de éstos otra pequeña monografía acerca
de la máquina de escribir y de sus relaciones con el crimen. Es un tema al que
he consagrado alguna atención. Tengo aquí cuatro cartas que según parece
proceden del hombre que buscamos. Todas ellas están escritas a máquina, y
en todas ellas se observa no solamente que las ees son borrosas y las erres
sin ganchito, sino que tienen también, si uno se sirve de los lentes de aumento,
las otras catorce características a las que me he referido.
El señor Windibank saltó de su asiento y echó mano a su sombrero, diciendo:
–Señor Holmes, yo no puedo perder el tiempo escuchando esta clase de
charlas fantásticas. Si usted puede apoderarse de ese hombre, hágalo, y
avíseme después.
–Desde luego –dijo Holmes, cruzando la habitación y haciendo girar la llave de
la puerta–. Por eso le notifico ahora que lo he atrapado.
–¡Cómo! ¿Dónde? –gritó el señor Windibank, y hasta sus labios palidecieron
mientras miraba a todas partes igual que rata cogida en la trampa.
–Es inútil todo lo que haga, es verdaderamente inútil –le dijo con voz suave
Holmes–. Señor Windibank, la cosa no tiene vuelta de hoja. Es demasiado
transparente, y no me hizo usted ningún elogio cuando dijo que me sería
imposible resolver un problema tan sencillo. Bien, siéntese, y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una silla con el rostro lívido y un brillo de
sudor por toda su frente, balbuciendo:
–No cae dentro de la ley.
–Mucho me lo temo; pero, de mí para usted, Windibank, ha sido una artimaña
cruel, egoísta y despiadada, que usted llevó a cabo de un modo tan ruin como
yo jamás he conocido. Y ahora, permítame tan sólo repasar el curso de los
hechos, y contradígame si en algo me equivoco.
Nuestro hombre estaba encogido en su asiento, con la cabeza caída sobre el
pecho, como persona que ha sido totalmente aplastada. Holmes colocó sus
pies en alto, apoyándolos en la repisa de la chimenea, y echándose hacia atrás
en su sillón, con las manos en los bolsillos, comenzó a hablar, en apariencia
para sí mismo más bien que para nosotros, y dijo:
–El hombreen cuestión se casó con una mujer mucho más vieja que él; lo hizo
por su dinero y, además, disfrutaba del dinero de la hija mientras ésta vivía con
ellos. Esta última cantidad era de importancia para gentes de su posición, y el
perderla habría equivalido a una diferencia notable. Valía la pena de realizar un
esfuerzo para conservarla. La hija era de carácter bondadoso y amable;
cariñosa y sensible en sus maneras; resultaba, pues, evidente que con sus
buenas dotes personales y su pequeña renta, no la dejarían permanecer
soltera mucho tiempo. Ahora bien y como es natural, su matrimonio equivalía a
perder cien libras anuales y, ¿qué hizo entonces para impedirlo el padrastro?
Adoptó la norma fácil de mantenerla dentro de casa, prohibiéndole el trato con
otras personas de su misma edad. Pero pronto comprendió que semejante
sistema no sería eficaz siempre. La joven se sintió desasosegada y reclamó
sus derechos, terminando por anunciar su propósito terminante de concurrir a
determinado baile. ¿Qué hace entonces su hábil padrastro? Concibe un plan
que hace más honor a su cabeza que a su corazón. Se disfrazó, con la
complicidad y ayuda de su esposa, se cubrió sus ojos de aguda mirada con
cristales de color, enmascaró su rostro con un bigote y un par de hirsutas
patillas. rebajó el timbre claro de su voz hasta convertirlo en cuchicheo
insinuante y, doblemente seguro porque la muchacha era corta de vista, se
presentó bajo el nombre de señor Hosmer Angel, y alejó a los demás
pretendientes, haciéndole el amor él mismo.
–Al principio fue sólo una broma –gimió nuestro visitante–. Jamás pensamos
que ella se dejase llevar tan adelante.
–Es muy probable que no. Fuese como fuese, la muchacha se enamoró por
completo, y estando como estaba convencida de que su padrastro se h aliaba
en Francia, ni por un solo momento se le pasó por la imaginación la sospecha
de que fuese víctima de una traición. Las atenciones que con ella tenía el
caballero la halagaron, y la admiración, ruidosamente manifestada por su
madre, contribuyó a que su impresión fuese mayor. Acto continuo, el señor
Angel da comienzo a sus visitas, siendo evidente que si había de conseguirse
un auténtico efecto, era preciso llevar la cosa todo lo lejos que fuese posible.
Hubo entrevistas y un compromiso matrimonial, que evitaría que la joven
enderezase sus afectos hacia ninguna otra persona. Sin embargo, no era
posible mantener el engaño para siempre. Los supuestos viajes a Francia
resultaban bastante embarazosos. Se imponía claramente la necesidad de
llevar el negocio a término de una manera tan dramática que dejase una
impresión permanente en el alma de la joven, y que la impidiese durante algún
tiempo poner los ojos en otro pretendiente. Por eso se le exigieron aquellos
juramentos de fidelidad con la mano puesta en los Evangelios, y por eso
también las alusiones a la posibilidad de que ocurriese algo la mañana misma
de la boda. James Windibank quería que la señorita Sutherland se ligase a
Homer Angel de tal manera, que permaneciese en una in-certidumbre tal
acerca de su paradero, que durante los próximos diez años al menos, no
prestase oídos a otro hombre. La condujo hasta la puerta de la iglesia, y
entonces, como ya no podía llevar las cosas más adelante, desapareció
oportunamente, recurriendo al viejo truco de entrar en el coche de cuatro
ruedas por una portezuela y salir por la otra. Así es, señor Windibank, como se
encadenaron los hechos, según yo creo.
Mientras Holmes estuvo hablando, nuestro visitante había recobrado en parte
su aplomo, y al oír esas palabras se levantó de la silla y dijo con frío gesto de
burla en su pálido rostro:
–Quizá, señor Holmes, todo haya ocurrido de esa manera, y quizá no; pero si
usted es tan agudo, debería serlo lo bastante para saber que es usted quien
está faltando ahora a la ley, y no yo. Desde el principio, yo no hice nada
punible, pero mientras usted siga teniendo cerrada esa puerta, incurre en una
acusación por asalto y coacción ilegal.
–En efecto, dice usted bien; la ley no puede castigar –dijo Holmes, haciendo
girar la llave y abriendo la puerta de par en par–. Sin embargo, nadie mereció
jamás un castigo más que usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, él
debería cruzarle las espaldas a latigazos. ¡Por Júpiter! –prosiguió,
acalorándose al ver la expresión de mofa en la cara de aquel hombre–. Esto no
entra en mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de
cazador, y me está pareciendo que voy a darme el gustazo de...
Holmes dio dos pasos rápidos hacia el látigo, pero antes que pudiera echarle
mano, resonó en la escalera el ruido de unos pasos desatinados, se cerró con
un golpe estrepitoso la pesada puerta del vestíbulo; y nosotros pudimos ver por
la ventana al señor James Windibank que corría calle adelante a todo lo que
daban sus piernas.
–¡Ahí va un hombre que hace sus canalladas a sangre fría! –exclamó Holmes
riéndose, al mismo tiempo que se dejaba caer otra vez en su sillón–. El
individuo ese irá subiendo de categoría en sus crímenes, y termi-nará
realizando alguno muy grave, que lo llevará a la horca. Desde algunos puntos
de vista, no ha estado el caso actual desprovisto por completo de in-terés.
–Todavía no veo totalmente las etapas de su razonamiento –le hice notar yo.
–Pues verá usted, era evidente desde el principio que este señor Hosmer Angel
tenía que tener alguna finalidad importante para su extraña conducta, y
también lo era el que la única persona que de verdad salía ganando con el
incidente, hasta donde yo podía ver, era el padrastro. También resultaba
elocuente el que nunca coincidiesen los dos hombres, sino que el uno se
presentaba siempre cuando el otro se hallaba ausente. También teníamos los
detalles de los cristales de color y lo raro de la manera de hablar, cosas ambas
que apuntaban hacia un disfraz, lo mismo que las hirsutas patillas. Mis
sospechas se vieron confirmadas por el detalle característico de escribir la
firma a máquina, porque se deducía de ello que la letra suya le era familiar a la
joven, y que ésta la identificaría por poco que él escribiese a mano. Comprenda
usted que todos estos hechos aislados, unidos a otros muchos más
secundarios, coincidían en apuntar en la misma dirección.
–Y cómo se las arregló usted para comprobarlos?
–Una vez localizado mi hombre, resultaba fácil conseguir la confirmación. Yo
sabía con qué casa comercial trabajaba este hombre. Examinando la
descripción impresa, eliminé todo aquello que podía ser consecuencia de un
disfraz: las patillas, los cristales, la voz, y la envié a la casa en cuestión,
pidiéndoles que me comunicasen si correspondía a la descripción de alguno de
sus viajantes. Me había fijado ya en las características de la máquina de
escribir y envié una carta a nuestro hombre, dirigida a su lugar de trabajo,
preguntándole si podría presentarse aquí. Su respuesta, tal y como yo había
esperado, estaba escrita a máquina, y en ella se advertían los mismos defectos
triviales pero característicos de la máquina. Por el mismo correo me llegó una
carta de Westhouse and Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que
la descripción respondía en todos sus detalles a la de su empleado James
Windibank. Voila tout!
–Y la señorita Sutherland?
–Si yo se lo cuento a ella, no me creerá. Recuerde usted el viejo proverbio
persa: "Es peligroso quitar su cachorro a un tigre, y también es peligroso
arrebatar a una mujer una ilusión." Hay en Hafiz tanto buen sentido como en
Horacio, e igual conocimiento del mundo.

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