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domingo, 21 de noviembre de 2010

Miss Marple -- EL CLUB DE LOS MARTES -- AGHATA CHRISTIE

EL CLUB DE LOS MARTES
MISS MARPLE


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EL GERANIO AZUL
Cuando estuve aquí el año pasado... -comenzó a decir sir Henry Clithering, pero se detuvo.
Su anfitriona, Mrs. Bantry, le miraba con curiosidad. El ex comisionado de Scotland Yard se
hallaba pasando unos días en casa de unos viejos amigos suyos, el coronel y Mrs. Bantry,
quienes vivían cerca de St. Mary Mead.
Mrs. Bantry, con la pluma en ristre, acababa precisamente de pedirle consejo sobre a quién
invitar a cenar aquella noche.
-¿Sí? -le dijo Mrs. Bantry animándole-. Cuando estuvo usted aquí el año pasado...
-Dígame -preguntó sir Henry-, ¿conoce a miss
Marple?
Mrs. Bantry se sorprendió. Era lo último que hubiera esperado.
-¿Que si la conozco? ¡Y quién no! Es la típica solterona de las comedias. Encantadora, pero
pasada de moda. ¿Quiere decir que le gustaría que la invitara a cenar a ella?
-¿Le sorprende?
-Un poco, debo confesarlo. Nunca hubiera dicho que usted... Pero supongo que debe de
haber una explicación.
-La explicación es bastante sencilla. Cuando estuve aquí el año pasado teníamos la costumbre
de discutir casos misteriosos que habían ocurrido. Éramos cinco o seis. Raymond West, el
novelista, fue quien lo propuso. Cada uno de nosotros debía contar una historia de la que
conociera la solución y los demás debían ejercitar sus facultades deductivas para ver quién se
aproximaba más a la verdad.
-¿Y bien?
-Pues, igual que en esa vieja historia, apenas nos dimos cuenta de que miss Marple estaba
entre nosotros, pero nos mostramos muy amables y la dejamos participar en el juego para no
herir sus sentimientos. Y ahora viene lo mejor. ¡Ella nos ganó todas las veces!
-¿Qué?
-Se lo aseguro, iba directa a la verdad como una paloma mensajera de regreso al palomar.
-¡Es extraordinario! ¡Vaya, si la anciana miss Marple apenas ha salido de St. Mary Mead!
-¡Ah! Pero según ella ha tenido ilimitadas oportunidades de observar la naturaleza humana,
prácticamente al microscopio.
-Supongo que tiene razón -concedió Mrs. Bantry-. Es inevitable que se llegue a conocer el
lado mezquino de las personas. Pero no creo que tengamos criminales interesantes en este
rincón del mundo. Después de cenar le contaremos la historia del fantasma de Arthur. Le
agradecería que encontrase la solución.
-No sabía que Arthur creyese en fantasmas.
-¡Oh! Claro que no cree. Eso es lo que más le preocupa. Y le ocurrió a un amigo suyo,
George Prit-chard, una persona sumamente prosaica. En realidad fue bastante trágico para el
pobre George. O bien su extraordinaria historia es cierta o bien...-,
-¿O bien qué?
Mrs. Bantry no contestó, mas al cabo de un par de minutos dijo:
-A mí me gusta George, y a todo el mundo también. No es posible creer que él... pero la
gente hace cosas tan extraordinarias.
Sir Henry asintió. Conocía mejor que Mrs. Bantry las cosas que la gente es capaz de hacer.
De modo que aquella noche, cuando Mrs. Bantry miró a sus comensales (estremeciéndose un
tanto, ya que su comedor, como la mayoría de los comedores ingleses, era extremadamente
frío), sus ojos se fijaron en la anciana sentada muy erguida a la derecha de su esposo. Miss
Marple vestía de negro con mitones de encaje. Una pañoleta de encaje antiguo cubría sus
hombros y un gorrito también de encaje antiguo rodeaba sus cabellos blancos. Estaba
charlando animadamente con el anciano doctor Lloyd del orfanato y de las supuestas
negligencias de las enfermeras del distrito.
Mrs. Bantry volvió a maravillarse. Incluso se preguntaba si sir Henry no le habría gastado una
broma, aunque no veía motivo para ello. Era increíble que fuera cierto lo que le había contado.
Su mirada fue a detenerse afectuosamente en su esposo, de rostro sonrosado y anchas
espaldas, que hablaba de caballos con Jane Helier, la hermosa y popular actriz. Jane, más
hermosa, si cabe, vista de cerca que en el escenario, abría sus enormes ojos azules y
murmuraba de vez en cuando: «¿De veras? ¡Oh, sí! ¡Qué extraordinario!». No entendía nada
de caballos y le interesaban aún menos. Arthur -dijo Mrs. Bantry-, estás aburriendo a la
pobre Jane. Deja ya los caballos y cuéntale mejor tu historia de fantasmas. Ya sabes, la de
George Pritchard.
-¿Dolly? ¡Oh! No sé si...
-Sir Henry desea oírla también. Le he hablado de ella esta mañana. Y sería interesante oír las
opiniones de todos.
-¡Oh, hágalo! -dijo Jane-. ¡Me encantan las historias de fantasmas!
-Bueno... -el coronel Bantry vacilaba-, nunca he creído en lo sobrenatural. Pero esto... No
creo que ninguno de ustedes conozca a George Pritchard. Es una excelente persona. Su
esposa, que ahora ya ha muerto, pobre mujer, no le dio un momento de descanso mientras
vivió. Era una de esas personas semi-inválidas. Creo que realmente estaba enferma, pero
fuera cual fuese su mal lo explotaba a conciencia. Era caprichosa, exigente e insoportable y se
quejaba de la mañana a la noche. George tenía que servirle de pies y de manos, y aun así todo
lo que hacía lo encontraba mal y encima le reprendía. Estoy convencido de que cualquier otro
hombre le hubiera abierto la cabeza con un hacha mucho antes. ¿No te parece, Dolly?
-Era una mujer terrible -respondió Mrs. Bantry con convicción-. Si George Pritchard la
hubiese matado con un hacha y hubiera habido alguna mujer en el jurado, lo hubiesen
absuelto.
-No sé bien cómo empezó todo. George se mostraba muy vago sobre el asunto. Pero deduje
que Mrs. Pritchard tuvo siempre debilidad por los adivinos, los quirománticos y las
clarividentes. A George no le importaba. Con tal de que me su esposa encontrase alguna
diversión todo le parecía estupendo, pero él se negaba a participar y eso era otro de los
muchos agravios que tenía que soportar de ella.
»Por la casa desfilaron un sinfín de enfermeras, pues Mrs. Pritchard solía cansarse de ellas al
cabo de pocas semanas. Una enfermera joven supo ser muy hábil en lo de la predecirle el
futuro y, durante un tiempo, le tuvo gran afecto. Luego, de pronto se cansó también de ella e
insistió en que se marchara. Volvió a tomar a una mujer ya de edad, experimentada y con
mucha mano derecha para tratar con neuróticos, que ya la había asistido anteriormente. La
enfermera Copling, según George, era una buena persona, muy sensata, con la que daba gusto
hablar y que soportaba los ataques de nervios de Mrs. Pritchard con absoluta indiferencia.
»Mrs. Pritchard siempre comía arriba, en su habitación, y por lo general, durante el almuerzo,
George y la enfermera organizaban la tarde. En teoría la enfermera salía de dos a cuatro, pero
algunas veces, cuando George deseaba tener libre la sobremesa, tomaba sus horas libres
después del té. En aquella ocasión anunció que pensaba ir a Golders Green a visitar a una
hermana suya y que tal vez regresaría un poco tarde. George se contrarió ya que había
quedado para ir a jugar una partida de golf, pero la enfermera Copling le tranquilizó:
»-No nos echará de menos, Mr. Pritchard -sus ojos brillaron-. Mrs. Pritchard va a tener una
compañía mucho más excitante que la nuestra. »— ¿Quién?
»—Espere un segundo -a la enfermera Copling le brillaron los ojos más que nunca-. Déjeme
decírselo bien: Zarida, adivinadora del porvenir.»
-¡Cielo santo! -rugió mi amigo-. ¿Ésa es nueva, no?
«-Completamente nueva. Creo que la envía mi predecesora, la enfermera Carstairs. Mrs.
Pritchard aún no la ha visto. Ha hecho que yo le escribiera para fijar una cita para esta tarde.
«-Bueno, de todas maneras no pienso perderme mi partido de golf -exclamó George, y se
marchó con un sentimiento de gratitud hacia Zarida, la adivinadora del porvenir.
»A su regreso, encontró a Mrs. Pritchard en un estado de gran agitación, sentada en su sillón
de inválida como casi siempre y con un frasquito de sales en la mano que aspiraba
frecuentemente.
«-George -exclamó al verle-. ¿Qué te dije yo de esta casa? ¡Desde el momento que entré en
ella sentí que aquí había algo raro! ¿Acaso no te lo dije entonces?
«Conteniendo su deseo de contestarle «Siempre lo dices», George replicó: »-No lo recuerdo.
»-Tú nunca recuerdas nada que tenga que ver conmigo. Los hombres sois extraordinariamente
insensibles, pero creo que tú lo eres incluso más que la mayoría.
»-Oh, vamos, Mary, querida, eso no es justo.
«-Bueno, como te decía, esa mujer lo supo en seguida. Casi retrocedió al pisar el umbral de
esta puerta y dijo: «Puedo sentir el mal aquí, sí, el mal y el peligro. Lo presiento».
«George se echó a reír con muy poco tacto.
»-Vaya, parece que esta tarde sí has obtenido algo por tu dinero.
»Su esposa cerró los ojos y aspiró profundamente el frasquito de sales.
»-¡Cómo me odias! ¡Te burlarías y reirías de mí aunque me estuviera muriendo!
»George protestó y, al cabo de unos instantes, su esposa se dispuso a continuar:
«-Puedes reírte, pero voy a contártelo todo. Esta casa es peligrosa para mí, esa mujer me lo
ha dicho.
»Los sentimientos de gratitud que George sintiera anteriormente hacia Zarida sufrieron un
cambio, pues sabía que su esposa era bien capaz de pretender que se trasladasen a una casa
nueva si se encaprichaba.
»-¿Qué más te ha dicho? -le preguntó.
»-No pudo decirme mucho. ¡Estaba tan trastornada! Sólo me dijo una cosa. Yo tenía unas
violetas en un vaso y las señaló exclamando: «Sáquelas de aquí. Nada de flores azules, no
tenga nunca flores azules. Las flores azules son fatales para usted, recuérdelo». Y ya sabes -
agregó Mrs. Pritchard- que siempre te he dicho que el azul es un color que me repele. Siento
como una especie de prevención natural hacia el
color azul.
»George era demasiado inteligente para hacerle observar que nunca le había oído decir
semejante cosa y, en lugar de eso, le preguntó cómo era la misteriosa Zarida, y Mrs. Pritchard
tuvo gran placer en describírsela con todo detalle.
»-Tiene el pelo negro, y lo lleva recogido en dos rodetes sobre las orejas, los ojos
semicerrados con grandes ojeras oscuras, y se cubre la boca y la barbilla con un velo negro,
habla con voz melodiosa, con marcado acento extranjero, español, según creo.
»-En resumen, el aspecto más comercialmente adecuado -dijo mi amigo alegremente.
»Su esposa cerró los ojos inmediatamente.
»-Me siento muy mal -dijo-. Llama a la enfermera. La falta de comprensión me afecta mucho
y tú lo sabes demasiado bien.
«Dos días más tarde la enfermera Copling se acercó a George con el rostro grave.
»-¿ Quiere usted venir a ver a la señora, por favor? Acaba de recibir una carta que la ha
afectado mucho.
«Encontró a su esposa con la carta en la mano y al verle se la alargó.
«-Lee -le dijo.
«George la leyó. Estaba escrita en un papel muy perfumado y las letras eran grandes y negras:
He visto el porvenir. Actúe antes de que sea demasiado tarde. Tenga cuidado cuando llegue la
Luna llena. La primavera Azul significa Aviso; la Malva Azul, Peligro; y el Geranio Azul
simboliza la muerte.
«Cuando estaba a punto de soltar una carcajada, George captó la mirada de la enfermera
Copling, que le hizo un rápido gesto de advertencia, y dijo bastante sorprendido:
»-Esa mujer trata de asustarte, Mary. De todas formas, no existen primaveras ni geranios
azules.
«Mas Mrs. Pritchard empezó a llorar y a decir que sus días estaban contados. La enfermera
Copling salió al pasillo con George.
«-Esto es una estupidez -exclamó mi amigo.
«-Supongo que sí.
«Algo en el tono de la enfermera le sorprendió y la contempló extrañado.
»-No irá usted a creer...
»-No, no, Mr. Pritchard. No creo en las adivinadoras, es una tontería. Lo que no entiendo es
qué puede significar todo esto. Las adivinadoras suelen hacer estas cosas para ver qué sacan.
Pero esta mujer parece querer asustar a Mrs. Pritchard y no veo en qué puede beneficiarle
eso. No, no acabo de entenderlo. Y hay otra cosa.
»-¿Sí?
»-Mrs. Pritchard dice que esa Zarida le era ligeramente familiar.
»-¿Y qué?
»-Pues que no me gusta, Mr. Pritchard, eso es todo.
»-No sabía que fuera usted tan supersticiosa, Mrs. Copling.
»-No soy supersticiosa, pero sé cuando una cosa no tiene explicación.
»Cuatro días después tuvo lugar el primer incidente. Para que lo vean mejor voy a describirles
la habitación de Mrs. Pritchard.
-Será mejor que lo haga yo -le interrumpió Mrs. Bantry-. Tenía las paredes empapeladas con
esos papeles en los que se aplican grupos de flores formando una cenefa. El efecto es casi
como estar en un jardín, aunque desde luego las flores no tienen lógica. Quiero decir que en la
realidad no sería posible que florecieran todas al mismo tiempo.
-No te dejes llevar por tu afición a la horticultura, Dolly -le dijo su esposo-. Todos sabemos
que eres una jardinera vocacional.
-Bueno, es absurdo -protestó Mrs. Bantry- tener campanillas azules, narcisos, altramuces,
malvas y margaritas de san Miguel reunidos en un solo grupo.
-No es nada científico -dijo sir Henry-, pero siga con su historia.
-Bien, entre esos grupos de flores había primaveras amarillas y rosadas y... oh, pero sigue tú,
Arthur, es tu historia . . .
El coronel Bantry retomó el hilo del relato.
-Una mañana, Mrs. Pritchard hizo sonar el timbre violentamente. El servicio acudió corriendo,
pensando que estaba in extremis, pero en absoluto. La encontraron muy excitada y señalando
el papel de las paredes. Allí, desde luego, se veía una primavera azul en medio de las otras.
-¡Oh! -exclamó miss Helier- ¡Qué horrible!
-La cuestión era: ¿Había estado siempre allí? Eso fue lo que sugirieron George y la enfermera,
pero Mrs. Pritchard no se dejó convencer de ninguna manera. Ella no la había visto hasta
aquella misma mañana y la noche anterior había habido luna llena. Estaba muy preocupada.
-Aquel mismo día encontré a George Pritchard y me lo contó -dijo Mrs. Bantry-. Fui a visitar
a Mrs. Pritchard e hice cuanto pude por ridiculizar aquel asunto, pero sin éxito. Regresé
realmente preocupada y recuerdo que encontré a Jean Instow y se lo expliqué. Jean es una
muchacha extraña y me dijo: «¿De modo que está muy preocupada?». Yo le contesté que la
creía capaz de morir de terror ya que era extraordinariamente supersticiosa.
«Recuerdo que Jean me sobresaltó al responderme: «Bueno, eso sería lo mejor, ¿no le
parece?». Y lo dijo en un tono tan frío y extraño que, la verdad, me chocó. Claro que ahora
se estila ser franco y brusco, pero nunca me acostumbro a ello. Jean me sonrió de un modo
extraño y me dijo: «A usted no le gusta que lo diga, pero es cierto. ¿Para que le sirve la vida a
Mrs. Pritchard? Para nada en absoluto. Además convierte en un infierno la de su esposo. Lo
mejor que podría ocurrirle a él es que su mujer se muriera de miedo». Yo le respondí:
«George es siempre muy bueno con ella siempre». Y me contestó: «Sí, se merece un premio el
pobrecito. Es una persona muy atractiva, George Pritchard. Eso pensaba la última enfermera,
aquella tan mona, ¿cómo se llamaba? Carstairs. Ésa fue la causa de la pelea entre ella y Mrs.
Pritchard».
»No me gustó que Jean dijera eso. Aunque una no puede evitar preguntarse...
Mrs. Bantry movió la cabeza e hizo una pausa significativa.
-Si, querida -comentó miss Marple plácidamente-. Uno siempre se pregunta cosas. ¿Esa Jane
Instow es bonita? Y supongo que jugará al golf.
-Sí, es una gran deportista, y muy atractiva, muy rubia, de cutis blanco y con unos preciosos
ojos azules. Desde luego, siempre hemos pensado que ella y George Pritchard hubieran hecho
muy buena pareja, es decir, si hubieran sido otras las circunstancias.
-¿Y eran amigos? -preguntó miss Marple con interés.
-Oh, sí, grandes amigos.
-¿Crees que podrás dejarme continuar mi historia, Dolly? -dijo el coronel Bantry en tono
plañidero e infantil.
-Arthur -dijo Mrs. Bantry con aire resignado- desea volver a sus fantasmas.
-Supe el resto de lo ocurrido por el propio George -continuó el coronel-. Ni que decir tiene
que Mrs. Pritchard armó un gran revuelo a finales del mes siguiente. Marcó en el calendario el
día en que iba a haber luna llena y aquella noche hizo que la enfermera y su esposo
permanecieran en su habitación estudiando atentamente el papel de las paredes. Había
narcisos rojos, pero ninguno azul. Luego, cuando George salió de su dormitorio, ella cerró la
puerta con llave.
-Y a la mañana siguiente había un gran narciso azul -dijo miss Helier en tono alegre.
-Cierto -replicó el coronel Bantry-. O por lo menos casi ha acertado. Una flor de uno de los
narcisos, la que estaba precisamente encima de su cabeza, se había vuelto azul. Aquello
asustó a George y claro, cuanto más se asustaba, menos quería tomarlo en serio e insistió en
que todo aquello tenía que ser una broma. Hizo caso omiso de la evidencia de que la puerta
había estado cerrada con llave y de que Mrs. Pritchard hubiera descubierto el cambio antes
de que nadie, ni siquiera la enfermera Copling, entrara en su habitación.
«George estaba asustado y se comportó de un modo irracional. Su esposa deseaba
abandonar la casa y él no quiso permitírselo. Por primera vez se sentía inclinado a creer en lo
sobrenatural, pero no estaba dispuesto a admitirlo. Por lo general dejaba que su esposa se
saliera siempre con la suya, pero aquella vez no lo consentiría. Mary no debía ponerse en
evidencia y dijo que todo aquello era una tontería. »Y así transcurrió rápidamente otro mes.
Mrs. Pritchard protestó menos de lo que era de esperar. Creo que era lo bastante
supersticiosa para creer que no podría escapar a su destino, y se repetía una y otra vez: «La
primavera azul, aviso. El narciso azul, peligro. El geranio azul, muerte». Y contemplaba
durante horas y horas el grupo de geranios rosados y rojos más cercano a su cama.
«Aquel asunto iba alterando los nervios de todos, de tal modo que incluso la enfermera se
contagió y fue a ver a George dos días antes de la luna llena para suplicarle que se llevara de
allí a Mrs. Pritchard. George se puso furioso.
«-¡Aunque todas las flores de esa condenada pared se volvieran azules no podrían de ningún
modo matar a nadie! -gritó.
»-Sí que pueden. Muchas personas han muerto de shock antes de ahora.
«-Tonterías -contestó George.
»George había sido siempre un poco testarudo. Era imposible manejarlo. Creo que albergaba
la secreta idea de que su esposa era la autora de aquellos cambios de color y que formaba
parte de alguno de sus histéricos y morbosos planes.
»Pues bien, llegó la noche fatal. Mrs. Pritchard cerró la puerta con llave como de costumbre.
Estaba muy tranquila, pero con una calma extraña. La enfermera se sentía muy preocupada
por su estado de ánimo. Quería darle un estimulante, una inyección de estricnina, pero Mrs.
Pritchard se negó. Creo que en cierto modo aquello le divertía. Por lo menos eso dijo George.
-Creo que es muy posible -dijo Mrs. Bantry-. Para ella debía tener una especie de extraño
encanto.
-A la mañana siguiente no sonó violentamente el timbre. Mrs. Pritchard solía despertarse a las
ocho. Como a las ocho y media no había dado aún señales de vida, la enfermera golpeó con
fuerza la puerta de su habitación y, al no obtener respuesta, fue a buscar a George e insistió en
que la echaran abajo. Al fin lograron abrirla con un escoplo.
»Una mirada a la figura inmóvil que yacía en la cama fue suficiente para la enfermera Copling.
Envió a George a telefonear al médico, pero era demasiado tarde. Mrs. Pritchard, según dijo,
debía llevar muerta por lo menos ocho horas. El frasco de sales estaba sobre la cama junto a
su mano y en la pared uno de los geranios rosados había adquirido un intenso color azul.
-¡Horrible! -exclamó miss Helier con un estremecimiento.
Sir Henry meditaba con el entrecejo fruncido.
-¿No hay algún otro detalle que podamos conocer? El coronel Bantry negó con la cabeza,
mas su esposa intervino rápidamente.
-El gas.
-¿Qué sucede con el gas? -quiso saber sir Henry.
-Cuando llegó el médico, se olía ligeramente a gas y en la chimenea un hornillo de gas estaba
ligeramente abierto, pero tan poco que no pudo haberle ocasionado la muerte.
-¿Lo notaron Mr. Pritchard y la enfermera cuando entraron por primera vez?
-La enfermera dijo que notó un ligero olor y George que no olió a gas, pero sí a algo que le
hizo sentirse incómodo. Lo atribuyó a la sorpresa y probablemente fue eso. De todas formas
no murió por causa del gas y el olor era casi imperceptible.
-¿Y éste es el final de la historia?
-No, no lo es. El asunto suscitó muchos rumores. Comprendan, los criados habían oído
cosas. Por ejemplo, que Mrs. Pritchard dijo a su esposo que él la odiaba y que se alegraría y
se reiría aunque ella se estuviera muriendo. Y también algunos comentarios más recientes. Un
día había dicho, a propósito de su negativa para que abandonara la casa: «Muy bien, cuando
haya muerto espero que la gente comprenda que tú me has matado». Y dio la mala suerte de
que él había estado preparando un líquido matahierbas para el jardín el día anterior. Uno de
los criados jóvenes lo vio y luego le vio llevarle un vaso de leche caliente a su esposa.
»Las habladurías seguían circulando. El médico puso en el certificado, aunque no sé
exactamente en qué términos, que había muerto de shock, de síncope, fallo cardiaco o algo
parecido. Sin embargo, la pobre mujer no llevaba aún un mes en la tumba cuando se solicitó
una orden de exhumación, que fue concedida.
-Y recuerdo que el resultado de la autopsia fue negativo -dijo sir Henry en tono grave-. Por
una vez, hubo humo sin fuego.
-Todo el asunto es realmente extraño -dijo Mrs. Bantry-. Por ejemplo, la adivinadora,
Zarida... ¡En la dirección que dio nunca habían oído hablar de ella!
-Apareció de pronto, como por arte de magia -dijo su esposo-, y como por arte de magia se
desvaneció.
¡Tiene gracia!
-Y lo que es más -continuó Mrs. Bantry-, la enfermera Carstairs, que se suponía que fue
quien la recomendó, nunca había oído hablar de ella.
Se miraron unos a otros.
-Es una historia misteriosa -dijo el doctor Lloyd-. Se pueden hacer mil conjeturas, pero
adivinar la verdad...
Meneó la cabeza.
-¿Se ha casado Mr. Pritchard con miss Instow? -preguntó miss Marple con su dulce voz.
-¿Por qué lo pregunta? -quiso saber sir Henry. Miss Marple abrió desmesuradamente sus
ojos azules.
-Me parece importante -explicó-. ¿Se han casado?
El coronel Bantry meneó la cabeza.
-Lo cierto es que esperábamos que ocurriera, pero ya han transcurrido dieciocho meses y no
creo ni siquiera que se vean a menudo.
-Eso es importante -dijo miss Marple-, muy importante.
-Entonces piensa usted lo mismo que yo -intervino Mrs. Bantry-. Usted cree...
-Vamos, Dolly -la atajó su esposo-. Lo que vas a decir no tiene justificación. No podemos
acusar a la gente sin tener la más leve prueba.
-No seas tan... tan masculino, Arthur. Los hombres siempre tenéis miedo a decir cualquier
cosa. De todas formas, esto queda entre nosotros. Es sólo una fantástica idea que se me ha
ocurrido, que Jean Instow pudo haberse disfrazado de adivinadora. Tal vez lo hiciera para
gastarle una broma. No creo ni por un momento que tuviera intención de ocasionarle daño
alguno. Pero, si lo hizo y Mrs. Pritchard fue lo bastante tonta como para morirse de miedo...
bueno, eso es lo que ha querido decir miss Marple, ¿no es cierto?
-No, querida, no exactamente -replicó miss Marple-. Mire, si yo fuera a matar a alguien, lo
cual, por supuesto, no imagino ni por un momento porque sería una maldad y además no me
gusta matar, ni siquiera a las avispas, aunque sé que debe hacerse y estoy segura de que los
jardineros lo hacen tan humanamente como es posible. Pero veamos, ¿que estaba diciendo?
-Que si usted fuera a matar a alguien... -le recordó sir Henry.
-Oh, sí. Bien, si quisiera hacerlo, no me contentaría con asustar. Leemos a menudo que la
gente fallece de terror, pero considero que es un método un tanto incierto y las personas más
nerviosas son mucho más valientes de lo que uno cree. Preferiría algo definitivo y seguro, y
trazaría a conciencia un buen plan para ponerlo en práctica.
-Miss Marple -dijo sir Henry-, me asusta usted. Espero que nunca se le ocurra eliminarme. Su
plan sería demasiado bueno.
Miss Marple le miró con aire de reproche.
-Creí haber dejado bien patente que nunca sería capaz de una maldad semejante -exclamó
miss Marple-. No, sólo intentaba situarme en el lugar de... de cierta persona.
-¿Se refiere a George Pritchard? -preguntó el coronel Bantry-. Yo nunca creí que George...
aunque, si quiere saber la verdad, hasta la enfermera lo cree. Fui a verle un mes después,
cuando la exhumación. Ella ignoraba cómo lo hizo, la verdad es que no dijo nada en absoluto,
pero era evidente que creía que George era responsable de la muerte de su esposa. Estaba
convencida.
-Bueno -comentó el doctor Lloyd-, tal vez no anduviera muy equivocada. Permítame que le
diga que una enfermera puede saber esas cosas. Quizá no pueda decir nada concreto, ni tenga
pruebas, pero lo sabe.
Sir Henry se inclinó hacia delante.
-Vamos, miss Marple -le dijo en tono persuasivo-. Está usted perdida en sus pensamientos.
¿Por qué no nos los cuenta?
Miss Marple se sobresaltó y se puso muy colorada.
-Le ruego me perdone -replicó-, estaba pensando en la enfermera de nuestro distrito. Un
caso muy difícil.
-¿Mas difícil que el problema del geranio azul?
-En realidad todo depende de las primaveras -dijo miss Marple-. Quiero decir que Mrs.
Bantry dijo que eran amarillas y rosadas. Si la que se volvió azul era de color rosa, desde
luego encaja perfectamente, pero si fue una de las amarillas...
-Fue una de las rosadas -respondió Mrs. Bantry. Todos miraron a miss Marple.
-Entonces todo encaja -explicó la anciana moviendo la cabeza con pesar-. La estación de las
avispas y todo lo demás. Y desde luego el gas.
-Supongo que le recordará incontables tragedias ocurridas en el pueblo -dijo sir Henry.
-Tragedias no -contestó miss Marple-. Y desde luego nada criminal. Pero sí me recuerda
ciertas complicaciones que hemos tenido con la enfermera del distrito. Después de todo, las
enfermeras son seres humanos y, a pesar de tener que ser tan correctas y de llevar esos
cuellos tan incómodos... bueno, ¿puede uno extrañarse de que a veces ocurran ciertas cosas?
Una tenue lucecita iluminó la mente de sir Henry.
-¿Se refiere a la enfermera Carstairs?
-Oh, no, a la enfermera Copling. Mire, ella ya había estado antes en la casa y apreciaba a Mr.
Pritchard, que según ustedes es un hombre atractivo. Yo diría que la pobre pensó... bueno, no
es necesario entrar en detalles. No creo que supiera lo de miss Instow y, cuando lo descubrió,
quiso revolverse y ocasionarle todo el daño posible. Claro que la carta la delata, ¿no le
parece?
-¿Qué carta?
-Bueno, fue ella quien escribió a la adivinadora a petición de Mrs. Pritchard y la adivinadora
acudió al parecer como respuesta a la carta. Pero más tarde descubrieron que en aquella
dirección no existía semejante persona. Por lo tanto, eso demuestra que la enfermera Copling
únicamente simuló escribirla, de manera que, ¿no es muy probable que fuese ella misma la
adivinadora?
-No me había fijado en el detalle de la carta -comentó sir Henry-. Y desde luego es un dato
muy importante.
-Un paso muy arriesgado -dijo miss Marple-, ya que Mrs. Pritchard pudo haberla reconocido
a pesar de su disfraz. Aunque, de haber sido así, la enfermera hubiera dicho que se trataba de
una broma.
-¿Qué quiso significar al decir que si usted fuera cierta persona no hubiera confiado sólo en
asustar? -preguntó sir Henry.
-No se puede estar seguro de esa manera -replicó miss Marple-. No, yo creo que la amenaza
y las flores azules fueron, si me permite emplear un término militar, camuflaje -se rió satisfecha.
-¿Y lo auténtico?
-Sé -dijo miss Marple a modo de disculpa- que tengo metida en la cabeza la idea de las
avispas. Pobrecillas, son destruidas a miles y, por lo general, en días de verano tan herniosos
como éste. Pero recuerdo haber pensado al ver a un jardinero mezclando cianuro de potasio
en una botella con agua que se parecía mucho a las sales. Y si se coloca en un frasco de sales
sustituyéndolo por éstas... La pobre señora tenía la costumbre de utilizar su frasquito de sales
y dicen que lo encontraron junto a su mano. Luego, mientras Mr. Pritchard fue a telefonear al
médico, la enfermera lo cambiaría por el frasco auténtico y abriría un poco el gas para
disimular el olor a almendras amargas. Siempre he oído decir que el cianuro no deja rastro si
se espera lo suficiente. Pero es posible que me equivoque y tal vez puso algo completamente
distinto en la botella, pero eso no tiene importancia, ¿verdad?
Miss Marple hizo una pausa para cobrar aliento.
Jane Helier, inclinándose hacia delante, dijo:
-Pero, ¿y el geranio azul y las otras flores?
-Las enfermeras siempre tienen papel tornasol, ¿no es cierto? -exclamó miss Marple-, para...
para hacer pruebas. No es un tema muy agradable y no vamos a entrar en detalles. Yo he
hecho también de enfermera.
-Enrojeció ligeramente-. El azul se vuelve rojo por la acción de un ácido y el rojo azul por la
de un álcali. Fue fácil pegar un pedazo de papel tornasol rojo encima de una flor roja, cerca
de la cama desde luego, y después, cuando la pobre señora destapara su frasquito de sales,
las emanaciones del fuerte álcali volátil la transformaron en azul. Realmente muy ingenioso.
Claro que el geranio no sería azul la primera vez que entraron en la habitación. Nadie se fijó
en él hasta después. Cuando la enfermera cambió las botellas, acercó la de las sales alcalinas
a la pared durante un minuto.
-Parece como si hubiera estado presente, miss Marple -dijo sir Henry.
-Los que me preocupan -continuó miss Marple-son Mr. Pritchard y esa muchacha tan
encantadora, miss Instow. Probablemente sospecharían el uno del otro y por ello se han ido
distanciando, y la vida es tan corta.
Meneó la cabeza.
-No necesita preocuparse -replicó sir Henry-. A decir verdad, yo ya sospechaba algo. Acaba
de ser detenida una enfermera acusada de haber asesinado a un anciano paciente suyo que le
había dejado su herencia. Para ello sustituyó las sales de su frasco por cianuro de potasio. La
enfermera Copling quiso repetir el mismo truco. Miss Instow y Mr. Pritchard ya no pueden
tener dudas sobre cuál es la verdad.
-¿No es estupendo? -exclamó miss Marple-. No me refiero al nuevo crimen, desde luego. Es
muy triste y demuestra la maldad que hay en el mundo y que, cuando se tropieza una vez...
eso me recuerda que debo terminar mi conversación con el doctor Lloyd acerca de la
enfermera de mi pueblecito.






**
LA SEÑORITA DE COMPAÑÍA
Ahora usted, doctor Lloyd -dijo miss Helier-, ¿no conoce alguna historia espeluznante? Le
sonrió con aquella sonrisa que cada noche embrujaba al público que acudía al teatro. Jane
Helier era considerada la mujer más hermosa de Inglaterra y algunas de sus compañeras de
profesión, celosas de ella, solían decirse entre ellas: «Claro que Jane no es una artista. No
sabe actuar, en el verdadero sentido de la palabra. ¡Son esos ojos...!».
Y esos ojos estaban en aquel momento mirando suplicantes al solterón y anciano doctor que
durante los cinco últimos años había atendido todas las dolencias de los habitantes del pueblo
de St. Mary Mead.
Con un gesto inconsciente, el médico tiró hacia abajo de las puntas de su chaleco (que
empezaba a quedársele estrecho) y buscó afanosamente en su memoria algún recuerdo para
no decepcionar a la encantadora criatura que se dirigía a él con tanta confianza.
-Esta noche me gustaría sumergirme en el crimen -dijo Jane con aire soñador.
-Espléndido -exclamó su anfitrión, el coronel Bantry-. Espléndido, espléndido. -Y lanzó su
potente risa militar-. ¿No te parece, Dolly?
Su esposa, reclamada tan bruscamente a las exigencias de la vida social (mentalmente estaba
planeando qué flores plantaría la próxima primavera), convino con entusiasmo:
-Claro que es espléndido -dijo de corazón, aunque sin saber de qué se trataba-. Siempre lo
he pensado.
-¿De veras, querida? -preguntó miss Marple cuyos ojos parpadearon rápidamente.
-En St. Mary Mead no tenernos muchos casos espeluznantes... y menos en el terreno criminal,
miss Helier -dijo el doctor Lloyd.
-Me sorprende usted -dijo sir Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, vuelto
hacia miss Marple-. Siempre he pensado, por lo que he oído decir a nuestra amiga, que St.
Mary Mead es un verdadero nido de crímenes y perversión.
-¡Oh, sir Henry! -protestó miss Marple mientras sus mejillas enrojecían-. Estoy segura de no
haber dicho nunca semejante cosa. Lo único que he dicho alguna vez es que la naturaleza
humana es la misma en un pueblo que en cualquier parte, sólo que aquí uno tiene oportunidad
y tiempo para estudiarla más de cerca.
-Pero usted no ha vivido siempre aquí -dijo Jane Helier dirigiéndose al médico-. Usted ha
estado en toda clase de sitios extraños y en diversas partes del mundo, lugares donde sí
ocurren cosas.
-Es cierto, desde luego -dijo el doctor Lloyd pensando desesperadamente-. Sí claro, sí...
¡Ah! ¡Ya lo tengo!
Y se reclinó en su butaca con un suspiro de alivio.
-De esto hace ya algunos años y casi lo había olvidado. Pero los hechos fueron realmente
extraños, muy extraños. Y también la coincidencia que me ayudó a desvelar finalmente el
misterio.
Miss Helier acercó su silla un poco más hacia él, se pintó los labios y aguardó impaciente. Los
demás también volvieron sus rostros hacia el doctor.
-No sé si alguno de ustedes conoce las Islas Canarias -empezó a decir el médico.
-Deben de ser maravillosas -dijo Jane Helier-. Están en los Mares del Sur, ¿no? ¿O están en
el Mediterráneo?
-Yo las visité camino de Sudáfrica -dijo el coronel-. Es muy hermosa la vista del Teide, en
Tenerife, iluminado por el sol poniente.
-El incidente que voy a referirles -continuó el médico- sucedió en la isla de Gran Canaria, no
en Tenerife. Hace ahora muchos años ya. Mi salud no era muy buena y me vi obligado a dejar
mi trabajo en Inglaterra y marcharme al extranjero. Estuve ejerciendo en Las Palmas, que es
la capital de Gran Canaria. En cierto modo, allí disfruté mucho. El clima es suave y soleado,
excelente playa (yo soy un bañista entusiasta) y la vida del puerto me atraía sobremanera.
Barcos de todo el mundo atracan en Las Palmas. Yo acostumbraba a pasear por el muelle
cada mañana, más interesado que una dama que pasara por una calle de sombrererías.
«Corno les decía, barcos procedentes de todas las partes del mundo atracan en Las Palmas.
Algunas veces hacían escala unas horas y otras un día o dos. En el hotel principal, el
Metropol, se veían gentes de todas razas y nacionalidades, aves de paso. Incluso los que se
dirigían a Tenerife se quedaban unos días antes de pasar a la otra isla.
»Mi historia comienza allí, en el hotel Metropol, un jueves por la noche del mes de enero. Se
celebraba un baile y yo contemplaba la escena sentado en una mesa con un amigo mío. Había
algunos ingleses y gentes de otras nacionalidades, pero la mayoría de los que bailaban eran
españoles. Cuando la orquesta inició los compases de un tango, sólo media docena de parejas
de esta nacionalidad permanecieron en la pista. Todos bailaban admirablemente mientras
nosotros los contemplábamos. Una mujer en particular despertó vivamente nuestra
admiración. Alta, hermosa e insinuante, se movía con la gracia de una pantera. Había algo
peligroso en ella. Así se lo dije a mi compañero, que se mostró de acuerdo conmigo.
»-Las mujeres como ésta -me dijo- suelen tener historia. No pasan por la vida con más pena
que gloria.
»-La hermosura es quizá la riqueza más peligrosa -repliqué.
»-No es sólo su belleza -insistió-. Hay algo más. Mírela de nuevo. A esa mujer han de
sucederle cosas o sucederán por su causa. Como le digo, la vida no pasa de largo junto a una
mujer así. Estoy seguro de que se verá rodeada de sucesos extraños y excitantes. Sólo hay
que mirarla para comprenderlo.
«Hizo una pausa y luego agregó con una sonrisa.
»-Igual que sólo hay que mirar a esas dos mujeres de ahí, para saber que nada extraordinario
puede su-cederles a ninguna de ellas. Han nacido para llevar una existencia segura y tranquila.
»Seguí su mirada. Las dos mujeres a las que se refería eran dos viajeras que acababan de
llegar. Un buque holandés había entrado en el puerto aquella noche y sus pasajeros llegaban al
hotel.
»A1 mirarlas comprendí en el acto lo que quiso decir mi amigo. Eran dos señoras inglesas, el
tipo clásico de viajera inglesa que se encuentra en el extranjero. Las dos debían rayar los
cuarenta años. Una era rubia y un poco... sólo un poco llenita. La otra era morena y un
poco... también sólo un poco exageradamente delgada. Estaban lo que se ha dado en llamar
bien conservadas: vestían trajes de buen corte poco ostentosos y no llevaban ninguna clase de
maquillaje. Tenían la tranquila prestancia de la mujer inglesa, bien educada y de buena familia.
Ninguna de las dos tenía nada de particular. Eran iguales a miles de sus compatriotas: verían lo
que quisieran ver, asistidas por sus guías Baedeker, y estarían ciegas a todo lo demás.
Acudirían a la biblioteca inglesa y a la iglesia anglicana en cualquier lugar donde se
encontrasen, y era probable que una de las dos pintara de vez en cuando. Como mi amigo
había dicho, nada excitante o extraordinario habría de ocurrirle nunca a ninguna de las dos por
mucho que viajaran alrededor de medio mundo. Aparté mis ojos de ellas para mirar de nuevo
a nuestra sensual española de provocativa mirada y sonreí.
-¡Pobrecillas! -dijo Jane Helier con un suspiro-. Me parece estúpido que las personas no
saquen el mayor partido posible de sí mismas. Esa mujer de Bond Street, Valentine, es
realmente maravillosa. Audrey Denman es cliente suya, ¿y la han visto ustedes en La
Pendiente? En el primer acto, en el papel de una colegiala está realmente maravillosa. Y sin
embargo, Audrey tiene más de cincuenta años. En realidad, da la casualidad de que sé de muy
buena tinta que anda muy cerca de los sesenta.
-Continúe -dijo Mrs. Bantry al doctor Lloyd-. Me encantan las historias de sensuales
bailarinas españolas. Me hacen olvidar lo gorda y vieja que soy.
-Lo siento -dijo el doctor Lloyd a modo de disculpa-, pero, a decir verdad, mi historia no se
refiere a la española. -¿No?
-No. Como suele suceder, mi amigo estaba equivocado. A la belleza española no le ocurrió
nada excitante. Se casó con un empleado de una compañía naviera y, cuando yo abandoné la
isla, tenía ya cinco hijos y estaba engordando mucho.
-Igual que la hija de Israel Peters -comentó miss Marple-. La que se hizo actriz y tenía unas
piernas tan bonitas que no tardó en lograr el papel de protagonista. Todo el mundo decía que
acabaría mal, pero se casó con un viajante de comercio y sentó la cabeza.
-El paralelismo pueblerino -murmuró sir Henry. -Efectivamente -continuó el médico-, mi
historia se refiere a las dos damas inglesas.
-¿Les ocurrió algo? -preguntó miss Helier. -Sí, y precisamente al día siguiente. -¿Sí? -dijo
Mrs. Bantry intrigada. -Al salir aquella noche, sólo por curiosidad, miré el libro de registro del
hotel y encontré sus nombres con facilidad. Mrs. Mary Barton y miss Amy Durrant, de Little
Paddocks, Caughton Weir, Bucks. Poco imaginaba entonces lo pronto que iba a encontrar de
nuevo a las propietarias de aquellos nombres y en qué trágicas circunstancias.
»Al día siguiente había planeado ir de excursión con unos amigos. Teníamos que atravesar la
isla en automóvil, llevándonos la comida, hasta un lugar llamado (apenas lo recuerdo, ¡ha
pasado tanto tiempo!) Las Nieves, una bahía resguardada donde podíamos bañarnos si ése
era nuestro deseo. Seguimos el programa tal como habíamos pensado, si exceptuamos el
hecho de que salimos más tarde de lo previsto y nos detuvimos por el camino para comer, por
lo que llegamos a Las Nieves a tiempo para bañarnos antes de la hora del té.
»Al aproximarnos a la playa, percibimos en seguida una gran conmoción. Todos los habitantes
del pequeño pueblecito parecían haberse reunido en la orilla y, en cuanto nos vieron, corrieron
hacia el coche y empezaron a explicarnos lo ocurrido con gran excitación. Como nuestro
español no era demasiado bueno, me costó bastante entenderlo, pero al fin lo logré.
»Dos de esas chaladas inglesas habían ido allí a bañarse y una se alejó demasiado de la orilla y
no pudo volver. La otra acudió en su auxilio para intentar traerla a la playa, pero le fallaron las
fuerzas y se hubiera ahogado también de no ser porque un hombre salió en un bote y las
recogió, aunque la primera estaba más allá de toda ayuda.
«Tan pronto como supe lo que ocurría, aparté a la multitud y corrí hasta la playa. Al principio
no reconocí a las dos mujeres. El traje de baño negro en que se enfundaba la figura rolliza y la
apretada gorra de baño verde me impidieron reconocerla cuando alzó la cabeza mirándome
con ansiedad. Estaba arrodillada junto al cuerpo de su amiga tratando de hacerle unos torpes
remedos de respiración artificial. Cuando le dije que era médico lanzó un suspiro de alivio y
yo le mandé que fuera en seguida a una de las casas a darse una buena fricción y a ponerse
ropa seca. Una de las señoras que venía con nosotros la acompañó. Me puse a trabajar para
devolver la vida a la ahogada, pero fue en vano. Era evidente que había dejado de existir y al
fin tuve que darme por vencido.
»Me reuní con los otros en la casita de un pescador, donde tuve que dar la mala noticia. La
superviviente se había vestido ya y entonces la reconocí inmediatamente como una de las
recién llegadas de la noche anterior. Recibió la mala nueva con bastante calma y era evidente
que el horror de lo ocurrido la había impresionado más que cualquier otro sentimiento
personal.
«-Pobre Amy -decía-. Pobre, pobrecita Amy. Había deseado tanto poderse bañar aquí. Y
era muy buena nadadora, no lo comprendo. ¿Qué cree usted que puede haber sido, doctor?
«-Posiblemente un calambre. ¿Quiere contarme exactamente lo que ha ocurrido?
«-Habíamos estado nadando las dos durante un rato, unos veinte minutos. Entonces dije que
iba a salir ya, pero Amy quiso nadar un poco más. Luego la oí gritar y, al comprender que
pedía ayuda, nadé hacia ella tan deprisa como pude. Cuando llegué a su lado aún flotaba,
pero se agarró a mí con tanta fuerza que nos hundimos las dos. De no haber sido por ese
hombre que se acercó con el bote, me hubiera ahogado yo también.
»-Suele ocurrir muy a menudo -dije-. Salvar a una persona que se está ahogando no es tarea
fácil.
»-Es horrible -continuó miss Barton-. Llegamos ayer y estábamos encantadas con el sol y
nuestras vacaciones. Y ahora ocurre esta horrible tragedia.
«Le pedí los datos personales de la difunta, explicándole que haría cuanto pudiese por ella,
pero que las autoridades españolas necesitarían disponer de cuanta información tuviera. Ella
me dio todos los datos que pudo con presteza.
»La fallecida era miss Amy Durrant, su señorita de compañía, que había entrado a su servicio
cinco meses atrás. Se llevaban muy bien, pero miss Durrant le habló muy poco de su familia.
Se había quedado huérfana desde muy tierna edad y fue educada por un tío, ganándose la
vida desde los veintiún años.
»Y eso fue todo -continuó el doctor.
Hizo una pausa y volvió a decir, esta vez con cierta intención:
-Y eso fue todo.
-No lo comprendo -dijo Jane Helier-. ¿Es eso todo? Quiero decir que es muy trágico, pero
no... bueno, no es precisamente lo que yo llamo espeluznante.
-Yo creo que la historia no acaba ahí -intervino sir Henry.
-Sí -replicó el doctor Lloyd-, sí que continúa. Desde el principio me di cuenta de que había
algo extraño. Desde luego interrogué a los pescadores sobre lo que habían visto. Ellos eran
testigos presenciales. Y una de las mujeres me contó una historia bastante curiosa a la que
entonces no presté atención, pero que recordé más tarde. Insistió en que miss Durrant no se
encontraba en ningún apuro cuando gritó. La otra nadadora se había acercado a ella, según
esta mujer, y deliberadamente le sumergió la cabeza debajo del agua. Como les digo, no le
presté mucha atención. Era una historia fantástica y las cosas pueden verse de manera muy
distinta desde la playa. Tal vez miss Barton había tratado de dejarla inconsciente al ver que la
otra, presa del pánico, se agarraba a ella con desesperación y que podían ahogarse las dos. Y
según la historia de aquella mujer española, parecía como... como si miss Barton hubiera
intentado en aquel momento ahogar deliberadamente a su compañera.
»Como les digo, presté poca atención a aquella historia por aquel entonces, pero más tarde
acudió a mi memoria. Nuestra mayor dificultad fue averiguar algo de aquella mujer, Amy
Durrant. Al parecer no tenía parientes. Miss Barton y yo revisamos juntos sus cosas.
Encontramos una dirección a la que escribimos, pero resultó ser la de una habitación que
había alquilado para guardar algunas de sus pertenencias. La patrona nada sabía y sólo la vio
al alquilarle la habitación. Miss Durrant había comentado entonces que le gustaba tener un
lugar al que poder llamar suyo y al que poder regresar en un momento dado. Había allí un par
de muebles antiguos, algunos cuadros y un baúl lleno de esas cosas que se adquieren en las
subastas, pero nada personal. Había mencionado a la patrona que sus padres habían muerto
en la India cuando ella era una niña y que fue educada por un tío sacerdote, pero no dijo si era
hermano de su padre o de su madre, de modo que el nombre no nos sirvió en absoluto de
guía.
»No es que fuese un caso precisamente misterioso, pero sí poco satisfactorio. Debe de haber
muchas mujeres solas y orgullosas, en su misma posición. Entre sus cosas encontramos en Las
Palmas un par de fotografías, bastante antiguas y desvaídas y que fueron recortadas para que
cupieran en sus marcos respectivos, de modo que no constaba en ellas el nombre del
fotógrafo, y también había un daguerrotipo antiguo que pudo haber sido de su madre o con
más probabilidad de su abuela.
»Miss Barton tenía, según dijo, la dirección de dos personas que le dieron referencias suyas.
Una la había olvidado, pero la otra logró recordarla tras algunos esfuerzos. Resultó ser la de
una señora que ahora vivía en Australia. Se le escribió y su respuesta, que naturalmente tardó
bastante en llegar, no sirvió de gran ayuda. Decía que miss Durrant había sido señorita de
compañía suya por un determinado espacio tiempo, cumpliendo su cometido del modo más
eficiente, que era una mujer encantadora, pero nada sabía de sus asuntos particulares ni de sus
parientes.
»De modo que, como les digo, no era nada extraordinario en realidad, pero fueron las dos
cosas juntas las que despertaron mis recelos. Aquella Amy Durrant de quien nadie sabía nada
y la curiosa historia de la española que presenció la escena. Sí, y añadiré otra cosa: cuando
me incliné por primera vez sobre el cuerpo de la ahogada y miss Barton se dirigía hacia las
casetas de los pescadores, se volvió a mirar con una expresión en su rostro que sólo puedo
calificar de intensa ansiedad, una especie de duda angustiosa que se me quedó grabada en la
mente.
»Entonces no me pareció extraño. Lo atribuí a la terrible pena que sentía por su amiga, pero
más tarde comprendí que no era por eso. Entre ellas no existía relación alguna y por ello no
podía sentir un hondo pesar. Miss Barton apreciaba a Amy Durrant y su muerte la había
sobresaltado, eso era todo.
»Pero entonces, ¿a qué se debía aquella inmensa angustia? Ésa es la pregunta que me
atormentaba. No me equivoqué al interpretar aquella mirada y, casi contra mi voluntad, una
respuesta comenzó a tomar forma en mi mente. Supongamos que la historia de la mujer
española fuese cierta. Supongamos que Mary Barton hubiera intentado ahogar a sangre fría a
Amy Durrant. Consigue mantenerla bajo el agua mientras simula salvaría y es rescatada por un
bote. Se encuentra en una playa solitaria, lejos de todas partes, y entonces aparezco yo, lo
último que ella esperaba. ¡Un médico! ¡Y un médico inglés! Sabe muy bien que personas que
han permanecido sumergidas en el agua más tiempo que Amy Durrant han vuelto a la vida
gracias a la respiración artificial. Pero ella tiene que representar su papel y marcharse
dejándome solo con su víctima. Y cuando se vuelve a mirar por última vez, una terrible
angustia se refleja en su rostro. ¿Volverá a la vida Amy Durrant y contará lo que sabe?
-¡Oh! -exclamó Jane-. Estoy emocionada.
-Desde este punto de vista, el caso parece más siniestro y la personalidad de Amy Durrant se
hace más misteriosa. ¿Quién era Amy Durrant? ¿Por qué habría de ser ella, una insignificante
señorita de compañía a quien se paga por su trabajo, asesinada por su ama? ¿Qué historia se
escondía tras la fatal excursión a la playa? Había entrado al servicio de Mary Barton unos
pocos meses antes. Ésta la lleva consigo al extranjero y, al día siguiente de su llegada, ocurre
la tragedia. ¡Y ambas eran dos refinadas inglesas de lo más corriente! La sola idea resultaba
fantástica y tuve que reconocer que me estaba dejando llevar por la imaginación.
-Entonces, ¿no hizo nada? -preguntó miss Helier.
-Mi querida jovencita, ¿qué podía hacer yo? No existían pruebas. La mayoría de los testigos
refirieron la misma historia que miss Barton. Yo había basado mis sospechas en una mera
expresión pasajera que bien pude haber imaginado. Lo único que podía hacer, y lo hice, era
procurar que se continuasen las pesquisas para encontrar a los familiares de Amy Durrant. La
siguiente vez que estuve en Inglaterra fui a ver a la patrona que le alquiló la habitación, con los
resultados que ya les he referido.
-Pero usted presentía que había algo extraño -dijo miss Marple.
El doctor Lloyd asintió.
-La mitad del tiempo me avergonzaba pensar así. ¿Quién era yo para sospechar que aquella
dama inglesa simpática y de trato amable hubiera cometido un crimen a sangre fría? Hice
cuanto me fue posible por mostrarme cortés con ella durante el corto espacio de tiempo que
permaneció en la isla. La ayudé a entenderse con las autoridades españolas e hice todo lo que
pude como inglés para ayudar a una compatriota en un país extranjero. No obstante tengo el
convencimiento de que ella sabía que me desagradaba y que sospechaba de ella.
-¿Cuánto tiempo permaneció allí? -preguntó miss Marple.
-Creo que unos quince días. Miss Durrant fue enterrada allí y, unos días después, miss Barton
tomó un barco de regreso a Inglaterra. El golpe la había trastornado tanto que no se sentía
capaz de pasar el invierno allí, como había planeado. Eso es lo que dijo.
-¿Y parecía afectada? -quiso saber miss Marple.
-Bueno, no creo que aquello la afectara personalmente -replicó el doctor con cierta reserva.
-¿No engordaría por casualidad? -insistió miss Marple.
-¿Sabe? Es curioso que diga eso. Ahora que lo pienso, creo que tiene razón. Sí, si en algo
cambió, fue en que pareció engordar un poco.
-Qué horrible -dijo Jane Helier con un estremecimiento-. Es como... como engordar con la
sangre de la propia víctima.
-Y a pesar de todo, en cierto modo, no podía dejar de sentir que tal vez la estaba haciendo
víctima de una injusticia -prosiguió el doctor Lloyd-. Sin embargo, antes de marcharse me dijo
algo que parecía indicar lo contrario. Debe de haber, y yo creo que las hay, conciencias que
obran muy lentamente y que tardan algún tiempo en despertar de la monstruosidad del delito
cometido.
»Fue la noche antes de que partiera de las Canarias. Me había pedido que fuera a verla y me
agradeció calurosamente todo lo que había hecho por ella. Yo, como es de suponer, quité
importancia al asunto diciéndole que había hecho únicamente lo normal dadas las
circunstancias, etcétera, etcétera. Después hubo una pausa y, de pronto, me hizo una
pregunta.
»-¿Usted cree -me dijo- que alguna vez puede estar justificado tomarse la justicia por propia
mano?
»Le respondí que era una pregunta difícil de contestar, pero que en principio yo pensaba que
no, que la ley era la ley y que debíamos someternos a ella.
«-¿Incluso cuando es impotente?
»-No la comprendo.
»-Es difícil de explicar, pero uno puede hacer algo que esté considerado como completamente
equivocado, que sea considerado incluso un crimen, por una razón buena y justificada.
»Le repliqué secamente que algunos criminales habían pensado eso al cometer sus crímenes y
se horrorizó.
»-Pero eso es horrible -murmuró-, horrible.
»Y luego, cambiando de tono, me pidió que le diera algo que la ayudara a dormir, ya que no
había podido hacerlo últimamente desde... desde que sufrió aquel terrible golpe.
»-¿Está segura de que es eso? ¿No le ocurre nada? ¿No hay algo que torture su mente?
»-¿Qué supone usted que puede torturar mi mente? -me contestó furiosa y con recelo.
»-Las preocupaciones son muchas veces la causa del insomnio -dije sin darle importancia.
«Pareció reflexionar unos momentos.
»-¿Se refiere a las preocupaciones del porvenir o a las del pasado que ya no tienen remedio?
»-A cualquiera de ellas.
«-Sería inútil preocuparse por el pasado. No puede volver... ¡Oh!, ¿de qué sirve? No
debemos pensar más, no se debe pensar en ello.
«Le receté un somnífero y me despedí. Cuando me iba pensé en lo que acababa de decirme.
«No puede volver...» ¿Qué? ¿O quién?
«Creo que esta última entrevista me predispuso en cierto modo para lo que iba a suceder
después. Yo no lo esperaba, por supuesto, pero cuando ocurrió no me sorprendí. Porque
Mary Barton me había dado la impresión de ser una mujer consciente, no una débil pecadora,
sino una mujer de convicciones firmes, que actuaría según ellas y que no cejaría mientras
siguiera creyendo en ellas. Imaginé que durante nuestra última conversación empezó a dudar
de sus propias convicciones. Sus palabras me hicieron creer que empezaba a sentir la
comezón de ese terrible hostigador del alma: el remordimiento.
»Lo siguiente sucedió en Cornualles, en un pequeño balneario bastante desierto en aquella
época del año. Debía ser, veamos, a finales de marzo, y lo leí en los periódicos. Una señora
se había hospedado en un pequeño hotel de aquella localidad, una tal miss Barton, cuyo
comportamiento fue muy extraño, cosa que fue observada por todos. Por la noche paseaba
de un lado a otro de su habitación, hablando sola y sin dejar dormir a las personas de los
dormitorios contiguos al suyo. Un día llamó al vicario y le dijo que tenía que comunicarle algo
de la mayor importancia y que había cometido un crimen. Y luego, en vez de continuar, se
puso en pie violentamente diciéndole que ya regresaría otro día. El vicario la consideró una
perturbada mental y no tomó en serio su grave autoacusación.
»A la mañana siguiente se descubrió que había desaparecido de su habitación, donde había
dejado una nota dirigida al coronel y que decía lo siguiente:
Ayer intenté hablar con el vicario para confesarme, pero no pude. Ella no me deja. Sólo
puedo remediarlo de una manera: dando mi vida por la suya, y debo perderla del mismo
modo que ella. Yo también debo ahogarme en el mar. Creí que lo hacía justificadamente.
Ahora comprendo que no era así. Si quiero obtener el perdón de Amy debo ir con ella. No se
culpe a nadie de mi muerte. MARY BARTON.

»Sus ropas fueron encontradas en una cueva cercana a la playa. Al parecer se había
desnudado allí y nadado resueltamente mar adentro, donde la corriente era peligrosa ya que la
arrastraría a los acantilados.
»El cadáver no fue recuperado, pero al cabo de un tiempo se la dio por muerta. Era una mujer
rica, resultó tener más de cien mil libras. Puesto que murió sin hacer testamento, todo fue a
parar a manos de sus parientes más próximos, unos primos que vivían en Australia. Los
periódicos hicieron alguna discreta alusión a la tragedia ocurrida en las Islas Canarias y
expusieron la teoría de que la muerte de miss Durrant había trastornado la razón de su amiga.
En la encuesta judicial se pronunció el acostumbrado veredicto de «suicidio cometido en un
ataque de locura».
»Y de este modo cayó el telón sobre la tragedia de Amy Durrant y Mary Barton.
Hubo una larga pausa y luego Jane Helier dijo con expresión agitada:
-Oh, pero no debe detenerse ahí, precisamente en el momento más interesante. Continúe.
-Pero comprenda, miss Helier, esto no es un serial, sino la vida real, y en la vida real las cosas
se detienen inesperadamente.
-Pero yo no quiero que se detengan -dijo Jane-, quiero saber.
-Ahora es cuando debe hacer uso de su inteligencia, miss Helier -explicó sir Henry-. ¿Por qué
asesinó Mary Barton a su señorita de compañía? Ése es el problema que nos ha planteado el
doctor Lloyd.
-Oh, bueno -replicó la aludida-, pudo ser asesinada por muchísimas razones. Quiero decir...
oh, no lo sé. Tal vez se saliera de sus casillas o tuviera celos, aunque el doctor Lloyd no haya
mencionado a ningún hombre, pero es posible que durante el viaje en barco... bueno, ya sabe
usted lo que dice todo el mundo de los cruceros y los viajes por mar.
Miss Helier se detuvo por falta de aliento, mientras todo su auditorio pensaba que el exterior
de su encantadora cabeza superaba en mucho a lo que tenía dentro.
-A mí me gustaría hacer mil sugerencias -dijo Mrs. Bantry-, pero supongo que debo limitarme
a una. Yo creo que el padre de miss Barton haría fortuna arruinando al de Amy Durrant y
Amy determinó vengarse. ¡Oh, no! Tendría que haber sido al revés. ¡Qué fastidio! ¿Por qué la
rica dama asesinó a su humilde señorita de compañía? Ya lo tengo. Miss Barton tenía un
hermano menor que se enamoró perdidamente de Amy Durrant. Miss Barton espera su
oportunidad. Cuando Amy sale al mundo, la toma como señorita de compañía y la lleva a
Canarias para llevar a cabo su venganza. ¿Qué tal?
-Excelente -dijo sir Henry-. Sólo que ignoramos que miss Barton tuviera un hermano.
-Eso lo he deducido -replicó Mrs. Bantry-. A menos que tuviera un hermano menor, no veo el
motivo. De modo que debía tener uno. ¿No lo ve usted así, Watson?
-Todo esto está muy bien, Dolly -dijo su esposo-, pero es solo una mera conjetura.
-Claro -respondió Mrs. Bantry-. Es todo lo que podemos hacer, conjeturar. No tenemos la
menor pista. Adelante, querido, ahora te toca a ti.
-Les doy mi palabra de que no sé qué decir, pero creo que es acertada la sugerencia de miss
Helier acerca de que debía haber un hombre de por medio. Mira, Dolly, seguramente debía
ser un párroco. Por un decir, las dos le tejen una capa a medida, pero él acepta la de la
señorita Durrant primero. Puedes estar segura de que tuvo que ser algo así. Es muy
significativo que al final acudiera también a un párroco, ¿no? Ese tipo de mujeres siempre
pierden la cabeza por los párrocos bien parecidos. Se oyen casos continuamente.
-Creo que debemos tratar de encontrar una explicación un poco más plausible -dijo sir
Henry-, aunque admito que también es sólo una conjetura. Yo sugiero que miss Barton fue
siempre una desequilibrada mental. Hay muchos más casos así de los que pueden imaginar. Su
manía fue agudizándose y empezó a creer que su obligación era librar al mundo de ciertas
personas, posiblemente de las «mujeres desgraciadas». No sabemos gran cosa del pasado de
miss Durrant. De modo que es muy posible que tuviera un pasado «desgraciado». Miss
Barton lo averigua y decide exterminarla. Más tarde, su crimen empieza a preocuparle y se
siente abrumada por los remordimientos. Su fin demuestra que estaba completamente
desequilibrada. Ahora dígame si está de acuerdo conmigo, miss Marple.
-Me temo que no, sir Henry -replicó miss Marple sonriendo para disculparse-. Creo que su
final demuestra que había sido una mujer inteligente y resuelta.
Jane Heiler la interrumpió lanzando un grito,
-¡Oh! ¡Qué tonta he sido! ¿Puedo probar otra vez? Claro que debió ser eso. ¡Chantaje! La
señorita de compañía le estaba haciendo victima de su chantaje. Sólo que no comprendo por
qué dice miss Marple que fue una mujer inteligente por el hecho de que se suicidara. No lo
comprendo en absoluto.
-¡Ah! -exclamó sir Henry-. Seguro que miss Marple conoce un caso exactamente igual
ocurrido en St. Mary Mead.
-Usted siempre se burla de mí, sir Henry -contestó miss Marple con tono de reproche-. Debo
confesar que me recuerda un poco, sólo un poco, a la anciana Trout. Cobró las pensiones de
tres ancianas fallecidas en distintas parroquias.
-Me parece un crimen muy complicado y muy provechoso -dijo sir Henry-, pero no me veo
que arroje ninguna luz sobre el problema que nos ocupa.
-Claro que no -replicó miss Marple-. Usted no, pero algunas de las familias eran muy pobres
y la pensión de las ancianas representaba mucho para los niños. Sé que es difícil de entender
para los extraños, pero lo que quiero hacer resaltar es que el fraude se apoyaba en el hecho
de que una anciana se parece mucho a cualquier otra.
-¿Cómo? -preguntó sir Henry intrigado.
-Siempre me explico mal. Lo que quiero decir es que, cuando el doctor Lloyd describió a
esas dos señoras, no sabía quién era quién y supongo que tampoco lo sabía nadie del hotel.
Desde luego, lo hubieran sabido al cabo de uno o dos días, pero al día siguiente una de las
dos pereció ahogada y si la superviviente dijo que era miss Barton, no creo que a nadie se le
ocurriera dudarlo.
-Usted cree... ¡Oh! Ya comprendo -dijo sir Henry despacio.
-Es lo único que tendría un poco de sentido. Nuestra querida Mrs. Bantry ha llegado a la
misma conclusión hace tan solo unos momentos. ¿Por qué habría de matar una mujer rica a su
humilde acompañante? Es mucho más lógico que fuera lo contrario. Quiero decir que es así
como suelen suceder las cosas.
-¿Sí? -comentó sir Henry-. Me sorprende usted.
-Pero claro -prosiguió miss Marple-, luego tuvo que usar la ropa de miss Barton, que
probablemente debía quedarle un tanto estrecha, por lo que daría la impresión de haber
engordado un poco. Por eso hice esa pregunta. Un caballero seguramente pensaría que
estaba aumentando de peso y no que la ropa le quedaba pequeña, aunque no sea éste el
modo correcto de explicarlo.
-Pero si Amy Durrant asesinó a miss Barton, ¿qué ganaba con ello? -quiso saber miss Bantry-
. No podía mantener la ficción indefinidamente.
-Sólo la mantuvo por espacio de un mes aproximadamente -indicó miss Marple-. Y durante
este tiempo supongo que viajaría, manteniéndose alejada de todo el que pudiera conocerla.
Eso es lo que quise dar a entender al decir que una mujer de cierta edad resultaba muy
parecida a cualquier otra. No creo siquiera que notaran que la fotografía del pasaporte era
distinta, ya saben ustedes lo malas que son. Y luego, en marzo, se marchó a ese balneario de
Cornualles donde comenzó a actuar de un modo extraño, a atraer la atención de la gente para
que cuando encontrasen sus ropas en la playa y leyeran su última carta no repararan en lo
obvio.
-¿Que era? -preguntó sir Henry.
-Que no había cuerpo -replicó miss Marple-. Eso es lo que hubiera saltado más a la vista de
no ser por la cantidad de pistas falsas puestas para apartarlos de la verdadera pista,
incluyendo el detalle de la comedia del arrepentimiento: No había cuerpo, ése era el hecho
más importante.
-¿Quiere usted decir...? -preguntó miss Bantry-. ¿Quiere decir que no hubo tal
arrepentimiento? ¿Y que... que no se ahogó?
-¡Ella no! -replicó miss Marple-. Igual que Mrs. Trout. Ella también supo preparar muchas
pistas falsas, pero no había contado conmigo. Yo sé ver a través del fingido remordimiento de
miss Barton. ¿Ahogada ella? Se marchó a Australia y no temo equivocarme.
-No se equivoca, miss Marple -dijo el doctor Lloyd-. Tiene razón. Otra vez me deja usted
sorprendido. Vaya, aquel día en Melbourne casi me caigo redondo de la impresión.
-¿Era eso a lo que se refería usted al hablar de una coincidencia?
El doctor Lloyd asintió.
-Sí, tuvo muy mala suerte miss Barton o miss Amy Durrant o como quieran llamarla. Durante
algún tiempo fui médico de un barco y, al desembarcar en Melbourne, la primera persona que
vi cuando paseaba por allí fue a la señora que yo creía que se había ahogado en Cornualles.
Ella comprendió que su juego estaba descubierto por lo que a mí se refería e hizo lo más
osado que se le ocurrió, convertirme en su confidente. Era una mujer extraña, desprovista de
toda moral. Era la mayor de nueve hermanos, todos muy pobres. En una ocasión pidieron
ayuda a su prima rica, que vivía en Inglaterra, pero fueron rechazados y miss Barton se peleó
con su padre. Necesitaban dinero desesperadamente, ya que los tres niños más pequeños
estaban delicados y necesitaban un costoso tratamiento médico. Parece ser que entonces
Amy Barton planeó su crimen a sangre fría. Se marchó a Inglaterra, ganándose el pasaje
como niñera, y obtuvo su empleo de señorita de compañía de miss Barton haciéndose llamar
Amy Durrant. Alquiló una habitación en la que puso algunos muebles para crearse una cierta
personalidad. El plan del ahogamiento fue una inspiración repentina. Había estado esperando
que se le presentara alguna oportunidad. Después de representar la escena final del drama,
regresó a Australia y, a su debido tiempo, ella y sus hermanos heredaron todo el dinero de
miss Barton como parientes más próximos.
-Un crimen osado y perfecto -dijo sir Henry-. Casi el crimen perfecto. De haber sido miss
Barton quien muriera en las Canarias, las sospechas hubieran recaído en Amy Durrant y se
hubiese descubierto su parentesco con la familia Barton. Pero el cambio de identidad y el
doble crimen, como podemos llamarlo, evitó esa posibilidad. Sí, casi fue un crimen perfecto.
-¿Qué fue de ella? -preguntó Mrs. Bantry-. ¿Cómo actuó en el asunto, doctor Lloyd?
-Me encontraba en una posición muy curiosa, Mrs. Bantry. Pruebas, tal como las entiende la
ley, tenía muy pocas todavía. Y también, como médico, me di cuenta de que, a pesar de su
aspecto vigoroso y robusto, aquella mujer no iba a vivir mucho. La acompañé a su casa y
conocí al resto de los hermanos, una familia encantadora que adoraba a su hermana mayor,
completamente ajenos al crimen que había cometido. ¿Por qué llenarlos de pena si no podía
probar nada? La confesión de aquella mujer no fue oída por nadie más que por mí y dejé que
la naturaleza siguiera su curso. Miss Amy Barton falleció seis meses después de mi último
encuentro con ella. Y a menudo me he preguntado si vivió alegre y sin arrepentimiento hasta
que le llegó su fin.
-Seguramente no -dijo Mrs. Bantry.
-Yo creo que sí -dijo miss Marple-. Como Mrs. Trout.
Jane Helier se estremeció.
-Vaya -dijo-, es muy emocionante. Aunque aún no entiendo quién ahogó a quién y qué tiene
que ver esa Mrs. Trout con todo eso.
-No tiene nada que ver, querida -replicó miss Marple-. Fue sólo una persona, y no
precisamente agradable, que vivía en el pueblo.
-¡Oh! -exclamó Jane-. En el pueblo. Pero si en los pueblos nunca ocurre nada, ¿no es cierto?
-suspiró-. Estoy segura de que si viviera en un pueblo sería tonta de remate.

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