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domingo, 21 de noviembre de 2010

MISS MARPLE -- Agatha Christie -- VARIOS



MISS MARPLE
Agatha Christie
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VARIOS

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LOS CUATRO SOSPECHOSOS
La conversación giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada
uno por turno dio su opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier,
el doctor Lloyd e incluso miss Marple. El único que no habló fue el que, en opinión de la
mayoría, estaba más capacitado para ello. Sir Henry Clithering, ex comisionado de Scotland
Yard, permanecía silencioso, retorciéndose el bigote o más bien dicho, tirando de él y con una
media sonrisa en sus labios, como si le divirtiera algún pensamiento.
-Sir Henry -le dijo finalmente Mrs. Bantry-, si no dice usted algo, gritaré. ¿Hay muchos
crímenes que quedan impunes?
-Usted piensa en los titulares de la prensa, Mrs. Bantry: scotland yard fracasa de nuevo y, a
continuación, la lista de crímenes sin resolver.
-Que en realidad deben ser un porcentaje muy pequeño, supongo -dijo el doctor Lloyd.
-Sí, los cientos de crímenes que se resuelven y los responsables castigados rara vez se
pregonan. Pero eso no es precisamente lo que discutimos. Los crímenes no descubiertos y los
crímenes que quedan impunes son dos cosas por completo distintas. En la primera categoría
entran todos los crímenes de los que Scotland Yard ni siquiera ha oído hablar, los que nadie ni
siquiera sabe que se han cometido.
-Pero supongo que no debe haber muchos de ésos -dijo Mrs. Bantry.
-¿No?
-¡Sir Henry! ¿No querrá usted decir que sí los hay?
-Yo creo -dijo miss Marple pensativa- que debe de haber muchísimos.
La encantadora anciana, con su aire tranquilo y anticuado, hizo esta declaración con la mayor
placidez.
-Mi querida miss Marple... -empezó el coronel Bantry.
-Claro que muchas personas son estúpidas -dijo miss Marple-. Y a las personas estúpidas se
las descubre hagan lo que hagan. Pero también hay muchas que no lo son y uno se estremece
al pensar lo que serían capaces de hacer de no tener principios muy arraigados.
-Sí -replicó sir Henry-, hay muchísimas personas que no son estúpidas. Muchas veces un
crimen llega a descubrirse por un fallo insignificante y uno no deja de hacerse siempre la
misma pregunta. De no haber sido por aquel fallo, ¿hubiese llegado a descubrirse?
-Pero esto es muy serio, Clithering -dijo el coronel Bantry-, pero que muy grave.
-¿De veras?
-¿Pero qué dice usted? ¡Lo es! Claro que es serio.
-Usted dice que hay crímenes que quedan impunes, pero ¿es eso cierto? Tal vez no reciban el
castigo de la ley, pero la causa y el efecto actúan aun fuera de la ley. Decir que cada crimen
conlleva su propio castigo parecerá muy tópico y, no obstante, en mi opinión, nada hay más
cierto.
-Tal vez -dijo el coronel Bantry-, pero eso no altera la gravedad... la gravedad...
Se detuvo desorientado.
Sir Henry Clithering sonrió.
-El noventa y nueve por ciento de la gente sin duda comparte su opinión -comentó-. Pero,
¿sabe usted?, no es la culpabilidad lo importante, sino la inocencia. Eso es lo que nadie
aprecia.
-No lo entiendo -exclamó Jane Helier.
-Yo sí -replicó miss Marple-. Cuando Mrs. Trent descubrió que le faltaba media corona que
llevaba en el bolso, la persona más afectada fue la asistenta, Mrs. Arthur. Desde luego los
Trent pensaron que había sido ella, pero eran buenas personas y, como sabían que tenía una
familia numerosa y un marido aficionado a la bebida, pues... naturalmente no quisieron tomar
medidas extremas. Pero cambiaron totalmente su actitud hacia ella. Ya no la dejaban al
cuidado de la casa cuando se ausentaban y otras personas empezaron a comportarse con ella
de un modo semejante. Y luego se descubrió de pronto que había sido la institutriz. Mrs.
Trent la descubrió, a través de una puerta que se reflejaba en un espejo, por pura casualidad,
a la que yo prefiero llamar Providencia. Y creo que eso es lo que quiere decir sir Henry. La
mayoría de las personas se hubieran interesado únicamente por saber quién cogió el dinero,
que resultó ser la más insospechada, como en las novelas policíacas. Pero, para quien
realmente era importante, casi cuestión de vida o muerte, descubrir la verdad era para
Mrs. Arthur, que no había hecho nada. Eso es lo que quiso usted decir, ¿verdad, sir Henry?
-Sí, miss Marple, ha dado usted en el clavo. La asistenta de su historia tuvo suerte en el caso
que ha expuesto: se demostró su inocencia. Pero algunas personas pueden pasar toda su vida
oprimidas por el peso de una sospecha completamente injusta.
-¿Se refiere usted a algún caso en particular, sir Henry? -preguntó Mrs. Bantry con astucia y
con verdadera curiosidad.
-Pues, a decir verdad, sí, Mrs. Bantry. Uno muy curioso. Un caso en el que pensábamos que
se había cometido un crimen, pero no teníamos la más remota posibilidad de probarlo.
-Veneno, supongo -exclamó Jane-. Algo que no deja rastro.
El doctor Lloyd se removió inquieto y sir Henry negó con la cabeza.
-No, querida señorita. ¡No fue el veneno secreto de las flechas de los indios sudamericanos!
¡Ojalá hubiera sido algo así. Tuvimos que habérnoslas con algo mucho más prosaico, tanto,
que no cabe la esperanza de dar con el responsable. Un anciano que se cayó por la escalera y
se desnucó, uno de tantos accidentes, lamentables accidentes, que ocurren a diario.
-¿Y que sucedió en realidad?
-¿Quién puede decirlo? -Sir Henry se encogió de hombros-. ¿Le empujaron por detrás?
¿Ataron un cordón de lado a lado de la escalera, que luego fue quitado cuidadosamente? Eso
nunca lo sabremos.
-Pero usted cree que... bueno, que no fue un accidente ¿Por qué? -quiso saber el médico.
-Ésa es una historia bastante larga, pero... bueno, sí, estamos casi seguros. Como les digo, no
hay posibilidad de poder culpar a nadie, las pruebas serían demasiado vagas. Pero el caso se
puede mirar también desde otra perspectiva, la que mencionaba antes. Cuatro son las
personas que pudieron hacerlo. Una es culpable, pero las otras tres son inocentes. Y, a menos
que se averigüe la verdad, permanecerán bajo la terrible sombra de la duda.
-Creo -dijo Mrs. Bantry- que será mejor que nos cuente usted toda la historia.
-En realidad no creo que sea necesario que me extienda tanto -replicó sir Henry-. Puedo
resumir el principio. Es sobre una sociedad secreta alemana: «La Mano Vengadora», algo
parecido a la Camorra o a la idea que la gente tiene de ella. Una organización dedicada a la
extorsión y el terrorismo. La cosa empezó repentinamente después de la guerra y se extendió
con sorprendente rapidez, y fueron numerosas las víctimas de la organización. Las autoridades
no pudieron con ella, porque sus secretos eran guardados celosamente y era casi imposible
encontrar a nadie que quisiera traicionarlos.
»En Inglaterra no se oyó hablar mucho de ella, pero en Alemania estaba causando un efecto
paralizador. Finalmente fue disuelta gracias a los esfuerzos de un hombre, un tal doctor Rosen,
que en un tiempo fue un miembro notable del Servicio Secreto. Se hizo miembro de la
sociedad, se infiltró en sus círculos más íntimos y fue, tal como les digo, el instrumento que la
desmoronó.
»Pero, en consecuencia, se convirtió en un hombre marcado y se consideró prudente que
abandonara Alemania, al menos durante algún tiempo. Se vino a Inglaterra y fuimos
informados por la policía de Berlín. Se entrevistó personalmente conmigo y advertí enseguida
lo resignado de su actitud. No le cabía la menor duda de lo que le reservaba el futuro.
»-Me cogerán, sir Henry -me dijo-, no cabe la menor duda. -Era un hombre alto, de
hermosas facciones y voz profunda, que sólo delataba su nacionalidad por su ligera
pronunciación gutural-. Es una conclusión inevitable. No me importa, estoy preparado. Ya
afronté ese riesgo al emprender esta empresa. He hecho lo que me propuse. La organización
no podrá volver a levantarse, pero quedan muchos de sus miembros en libertad y se vengarán
de la única manera que pueden: con mi vida. Es sólo cuestión de tiempo, pero desearía
alargarlo lo más posible. Estoy reuniendo y preparando material muy interesante, el resultado
de toda una vida de trabajo. Y si fuera posible, me gustaría poder completar mi tarea.
«Habló con sencillez, pero con cierta grandeza que no pude dejar de admirar. Le dije que
tomaríamos toda clase de precauciones, pero no me dejó insistir.
«-Algún día, más pronto o más tarde, me cogerán -repetía-. Y cuando ese día llegue, no se
preocupe. No me cabe la menor duda de que habrá hecho todo lo posible por evitarlo.
«Luego me expuso sus proyectos, que eran bastante sencillos. Se proponía adquirir una casita
en el campo donde vivir tranquilamente y continuar su trabajo. Por fin escogió un pueblecito
de Somerset, King's Gnaton, situado a unas siete millas de la estación de ferrocarril y
singularmente preservado de la civilización. Compró una casita preciosa en la que llevó a cabo
algunas reformas y mejoras, y se instaló en ella muy contento, acompañado de su sobrina
Greta, un secretario, una vieja criada alemana que le había servido fielmente durante casi
cuarenta años y un mañoso jardinero externo, que era nativo de King's Gnaton.
-Los cuatro sospechosos -comentó Mr. Lloyd con voz apagada.
-Exacto, los cuatro sospechosos. No hay mucho más que decir. La vida transcurrió
apaciblemente en King's Gnaton durante cinco meses y entonces ocurrió la desgracia. El
doctor Rosen se cayó una mañana por la escalera y fue hallado muerto media hora más tarde.
En el momento en que debió ocurrir el accidente, Gertrud estaba en la cocina con la puerta
cerrada y no oyó nada, o por lo menos eso dijo. Miss Greta estaba en el jardín plantando
unos bulbos, también según dijo. El jardinero, Dobbs, estaba en el cobertizo, desayunando,
según dijo. Y el secretario había ido a dar un paseo y tampoco tenemos otra cosa mejor que
su palabra. Ninguno de ellos tiene una coartada ni es capaz de atestiguar la declaración de los
demás. Pero una cosa es cierta: nadie del exterior pudo hacerlo ya que la presencia de un
extraño hubiera sido advertida con seguridad en el pueblecito de King's Gnaton. La puerta
principal y la de atrás estaban cerradas, y cada uno de los habitantes de la casa tenía su llave.
De modo que ya ven que los sospechosos se reducen a estos cuatro: Greta, la hija de su
propio hermano; Gertrud, que llevaba cuarenta años sirviéndole fielmente; Dobbs que nunca
había salido de King's Gnaton, y Charles Templeton, el secretario.
-Sí -intervino el coronel Bantry-. ¿Qué nos dice de él? A mí me parece el más sospechoso.
¿Qué sabía usted de él?
-Pues lo que sé de él es lo que le deja completamente al margen de sospechas, por lo menos
de momento -dijo sir Henry en tono grave-. Charles Templeton era uno de mis hombres.
-¡Oh! -exclamó el coronel Bantry visiblemente sorprendido.
-Sí, quise tener a alguien en la casa y que al mismo tiempo no llamara la atención en el pueblo.
Rosen realmente necesitaba un secretario y yo le proporcioné a Templeton. Es un caballero,
habla alemán a la perfección y es, en conjunto, un tipo muy capacitado.
-Pues entonces, ¿de quién sospecha usted? -preguntó Mrs. Bantry con extrañeza-. Todos
parecen tan... buenos y tan inocentes.
-Sí, eso parece, pero podemos considerar el caso desde un ángulo distinto. Fraülein Greta era
su sobrina y una muchacha encantadora, pero la guerra nos ha demostrado a menudo que un
hermano puede volverse contra su hermana, un padre contra su hijo, etcétera, etcétera, y que
las más encantadoras y gentiles jovencitas eran capaces de cosas sorprendentes. Lo mismo
puede aplicarse a Gertrud y quién sabe qué otros factores pudieron obrar en su caso. Tal vez
una disputa con su señor, un creciente resentimiento más intenso debido a los largos años de
fidelidad. Las mujeres que tienen tantos años y pertenecen a esa clase, algunas veces pueden
vivir increíblemente amargadas. ¿Y Dobbs? ¿Queda eliminado por no tener relación alguna
con la familia? Con dinero se consiguen muchas cosas. Pudieron aproximarse a él de algún
modo y sobornarlo.
»Una cosa parece segura: debió llegar algún mensaje u orden del exterior. De otro modo,
¿por qué aquellos cinco meses de espera? No, los agentes de «La Mano Vengadora»
debieron estar trabajando. No estarían seguros de la perfidia de Rosen y debieron retrasar su
venganza hasta asegurarse de su posible traición sin ninguna duda. Luego, cuando verificaron
sus sospechas, debieron enviar su mensaje al espía que tenían dentro de su misma casa. El
mensaje que decía: «Mata».
-¡Qué horror! -dijo Jane Helier con un estremecimiento.
-Pero ¿cómo llegaría el mensaje? Ése es el punto que traté de aclarar como única esperanza
para resolver el misterio. Una de esas cuatro personas debió de ser abordada por alguien o
comunicarse con ellos de alguna manera. La orden debía ser ejecutada, lo sabía muy bien, tan
pronto como fuera recibido el aviso. Era la peculiaridad de «La Mano Vengadora».
»Me puse a trabajar de una forma que probablemente les parecerá ridículamente meticulosa.
¿Quiénes habían estado en la casa aquella mañana? No descarté a nadie. Aquí está la lista.
Y sacando un sobre de su bolsillo, escogió un papel entre los que contenía.
-El carnicero, que trajo la carne de ternera. Hice averiguaciones y resultaron exactas.
»EÍ chico del colmado trajo un paquete de harina de maíz, dos libras de azúcar, una de
mantequilla y otra de café. Fueron investigados y resultaron correctos.
»El cartero trajo dos circulares para miss Rosen, una carta de la localidad para Gertrud, tres
para el doctor Rosen, una con sello extranjero, y dos para Mr. Templeton, una de ellas
también con sello extranjero.
Sir Henry hizo una pausa y luego extrajo varios documentos del sobre.
-Tal vez les interese verlos. Me fueron entregados por los interesados o bien recogidos de la
papelera. No necesito decirles que fueron examinados por expertos para ver si se
encontraban en ellos rastros de tinta invisible, etcétera. No se ha encontrado nada.
Todos se acercaron para mirar. Las catálogos para la señorita Rosen eran de un jardinero y
de un establecimiento de peletería de Londres muy importante. El doctor Rosen recibió una
factura de las semillas compradas a un jardinero local para su jardín y otra de una papelería de
Londres. La carta dirigida a él decía lo siguiente:
Mi querido Rosen:
Acabo de regresar de la finca de Mr. Helmuth Spath. El otro día vi a Udo Johnson. Había
venido para visitar a Ronald Perry, y me dijo que él y Edgar Jackson acaban de llegar de
Tsingtau. Con toda Ecuanimidad, no puedo decir que envidie su viaje. Envíame pronto
noticias tuyas. Como ya te dije antes: guárdate de cierta persona. Ya sabes a quién me refiero,
aunque no estés de acuerdo conmigo. Tuya,
Georgine
-El correo de Mr. Templeton consistía en esta factura que como ustedes ven enviaba su sastre
y una carta de un amigo de Alemania -prosiguió sir Henry-. Esta última, desgraciadamente, la
rompió durante su paseo. Y por último tenemos la carta que recibió Gertrud.
Querida Mrs. Swartz:
Esperamos que pueda usted asistir a la reunión del viernes por la noche. El vicario dice que
tiene la esperanza de que vendrá y será usted bien venida. La receta del beicon era estupenda
y le doy las gracias por ella. Confío en que se encuentre bien de salud y podamos verla el
viernes. Queda de usted afectísima,
Emma Greene
El doctor Lloyd sonrió afablemente, al igual que Mrs. Bantry.
-Creo que esta última carta puede eliminarse -dijo el doctor.
-Yo opino lo mismo -replicó sir Henry-, pero tomé la precaución de comprobar que existía
esa tal Mrs. Greene y que se celebraba la reunión. Ya saben, nunca está de más ser
precavido.
-Esto es lo que dice siempre nuestra amiga miss Marple -comentó el doctor Lloyd sonriendo-.
Está usted ensimismada, miss Marple. ¿En qué piensa?
La aludida se sobresaltó.
-¡Qué tonta soy! -exclamó-. Me estaba preguntando por qué en la carta del doctor Rosen la
palabra Ecuanimidad estaba escrita con mayúscula.
Mrs. Bantry exclamó:
-Es cierto. ¡Oh!
-Sí querida -respondió miss Marple-. ¡Pensé que usted lo notaría!
-En esa carta hay un aviso definitivo -dijo el coronel Bantry-. Es lo primero que me llamó la
atención. Me fijo más de lo que ustedes creen. Sí, un aviso definitivo... ¿contra quién?
-Hay algo muy curioso con respecto a esa carta -explicó sir Henry-. Según Templeton, el
doctor Rosen la abrió durante el desayuno y se la alargó diciendo que no sabía quién podía
ser aquel individuo.
-¡Pero si no era un hombre! -dijo Jane Helier-. ¡Está firmada por una tal «Georgina»!
-Es difícil decirlo -dijo el doctor Lloyd-. Tal vez el nombre sea Georgey y no Georgina,
aunque parezca más bien lo contrario. En todo caso, resulta un tanto chocante, porque esta
letra no parece de mujer.
-Eso es igualmente curioso -dijo el coronel Bantry-, que la enseñara fingiendo no saber quién
se la escribía. Tal vez pretendía observar la reacción de alguien al verla, pero ¿de quién?, ¿del
chico o de ella?
-¿O tal vez de la cocinera? -insinuó Mrs. Bantry-. Quizá se encontrase en la habitación
sirviendo el desayuno. Pero lo que no comprendo es... es muy curioso que...
Frunció el entrecejo contemplando la carta. Miss Marple se acercó a ella y, señalando la hoja
de papel con un dedo, cuchichearon entre sí.
-Pero, ¿por qué rompió la otra carta el secretario? -preguntó Jane Helier de pronto-.
Parece... ¡oh! No sé... parece extraño. ¿Por qué había de recibir cartas de Alemania?
Aunque, claro, si como usted dice está por encima de toda sospecha...
-Pero sir Henry no ha dicho eso -replicó miss Marple a toda prisa, abandonando su
conversación con Mrs. Bantry-. Ha dicho que los sospechosos son cuatro. De modo que
incluye a Mr. Templeton. ¿Tengo razón, sir Henry?
-Sí, miss Marple. La amarga experiencia me ha enseñado una cosa: nunca diga que nadie está
por encima de toda sospecha. Acabo de darles razones por las cuales tres de estas personas
pudieran ser culpables, por improbable que parezca. Entonces no apliqué el mismo
procedimiento a Charles Templeton, pero al fin tuve que seguir la regla que acabo de
mencionar.
Y me vi obligado a reconocer esto: que todo ejército, toda marina y toda policía tienen cierto
número de traidores en sus filas, por mucho que se odie admitir la idea. Y por ello examiné el
caso contra Charles Templeton sin el menor apasionamiento.
»Me hice muchas veces la pregunta que miss Leire acaba de exponer. ¿Por qué fue el único
que no pudo presentar la carta que recibiera con sello alemán? ¿Por qué recibía
correspondencia de Alemania?
»Esta última pregunta era del todo inocente y por lo tanto se la hice a él, siendo su respuesta
bastante sencilla. La hermana de su madre estaba casada con un alemán y la carta era de una
prima suya alemana. De modo que me enteré de algo que ignoraba hasta entonces, que
Charles Templeton tenía parientes alemanes. Y eso le colocó inmediatamente en la lista de
sospechosos. Es uno de mis hombres, un muchacho en el que siempre he confiado, pero para
ser justo y ecuánime debo admitir que es el que encabeza la lista.
«Pero ahí lo tienen: ¡No lo sé! No lo sé y, con toda probabilidad, nunca lo sabré. No se trata
sólo de castigar a un asesino, sino de algo que considero cien veces más importante. Se trata,
quizá, de la posibilidad de haber arruinado la carrera de un hombre honrado a causa de meras
sospechas, sospechas que por otra parte no me atrevo a despreciar.
Miss Marple carraspeó y dijo en tono amable:
-Entonces, sir Henry, si no le he entendido mal, ¿de quien sospecha principalmente es del
joven Templeton?
-Sí, en cierto sentido. Y en teoría los cuatro habrían de verse igualmente afectados por esta
situación, pero no es ése el caso. Dobbs, por ejemplo, aun
cuando yo lo considere sospechoso, eso no altera en modo alguno su vida. En el pueblo nadie
recela de que la muerte del doctor Rosen no fuese accidental. Gertrud tal vez se haya visto
algo más afectada. La situación puede representar alguna diferencia, por ejemplo, en la actitud
de Fraülein Rosen hacia ella, aunque dudo de que eso le afecte excesivamente.
»En cuanto a Greta Rosen... bueno, aquí llegamos al punto crucial de todo este asunto. Greta
es una joven muy hermosa y Charles Templeton un muchacho apuesto, convivieron cinco
meses bajo el mismo techo sin otras distracciones exteriores y ocurrió lo inevitable. Se
enamoraron el uno del otro, aunque no quieren admitir el hecho con palabras.
»Y luego ocurrió la catástrofe. Ya habían transcurrido tres meses, y un día o dos después de
mi regreso, Greta Rosen vino a verme. Había vendido la casita y regresaba a Alemania, una
vez arreglados los asuntos de su tío. Acudió a mí, aunque sabía que me había retirado, porque
en realidad deseaba verme por un asunto personal. Tras dar algunos rodeos al fin me abrió su
corazón. ¿Cuál era mi opinión? Aquella carta con sello alemán, la que Charles había roto, la

había preocupado y seguía preocupándola. ¿Había dicho la verdad? Sin duda debió decirla.
Claro que creía su historia, pero... ¡oh!, si pudiera saberlo con absoluta certeza.
«¿Comprenden? El mismo sentimiento, el deseo de confiar, pero la terrible sospecha
persistiendo en el fondo de su mente, a pesar de luchar contra ella. Le hablé con absoluta
franqueza, pidiéndole que hiciera lo mismo, y le pregunté sí Charles y ella estaban
enamorados.
»-Creo que sí -me contestó-. Oh, sí, eso es. Éramos tan felices. Los días pasaban con tanta
alegría.
Los dos lo sabíamos, pero no había prisa, teníamos toda la vida por delante. Algún día me
diría que me amaba y yo le contestaría que yo también. ¡Ah! ¡Pero puede usted imaginárselo!
Ahora todo ha cambiado. Una nube negra se ha interpuesto entre nosotros, nos mostramos
retraídos y cuando nos vemos no sabemos qué decirnos. Quizás a él le ocurre lo mismo. Nos
decimos interiormente: ¡Si estuviéramos seguros! Por eso, sir Henry, le suplico que me diga:
«Puede estar segura, quienquiera que matase a tu tío no fue Charles Templeton». ¡Dígamelo!
¡Oh, se lo suplico! ¡Se lo suplico, se lo suplico!
»Y maldita sea -exclamó sir Henry, dejando caer su puño con fuerza sobre la mesa-, no pude
decírselo. Se fueron separando más y más los dos. Entre ellos se interponía la sospecha como
un fantasma que no podían apartar.
Se reclinó en la butaca con el rostro abatido y grave mientras movía la cabeza con desaliento.
-Y no hay nada más que hacer, a menos -volvió a enderezarse con una sonrisa burlona-, a
menos que miss Marple pueda ayudarnos. ¿Puede usted, miss Marple? Tengo el
presentimiento de que esa carta está en su línea. La de la reunión benéfica. ¿No le recuerda
alguien o algo que le haga ver este asunto muy claro? ¿No puede hacer algo por ayudar a dos
jóvenes desesperados que desean ser felices?
Tras la sonrisa burlona se escondía cierta ansiedad en su pregunta. Había llegado a formarse
una gran opinión del poder deductivo de aquella solterona frágil y anticuada, y la miró con
cierta esperanza en los ojos.
Miss Marple carraspeó y se arregló la manteleta de encaje.
-Me recuerda un poco a Annie Poultny -admitió-. Claro que la carta está clarísima, para Mrs.
Bantry y para mí. No me refiero a la que habla de la reunión benéfica, sino a la otra. Al haber
vivido tanto en Londres y no tener ninguna afición por la jardinería, sir Henry, no es de
extrañar que no lo haya notado usted.
-¿Eh? -exclamó sir Henry-. ¿Notado qué? Mrs. Bantry alargó la mano y escogió una de las
cartas, un catálogo que abrió y leyó pausadamente:
»-Mr. Helmuth Spath. Lila, una flor maravillosa, su tallo alcanza una altura inusitada.
Espléndida para cortar y adornar el jardín. Una novedad de sorprendente belleza.
Udo Johnson. Amarilla y cálida. De aroma peculiar y agradable.
Edgar Jackson. Crisantemo de hermosa forma y color rojo ladrillo muy brillante.
Ronald Perry. Rojo brillante. Sumamente decorativa.
Tsingtau. Color naranja brillante, flor muy vistosa para jardín y de larga duración una vez
cortada. Ecuanimidad...
«Recordarán ustedes que esta palabra aparecía en la carta escrita también en mayúscula.
«Flor de extraordinaria perfección en su forma. Tonos rosa y blanco.
Mrs. Bantry, dejando el catálogo, terminó diciendo con una gran excitación: -Y ¡Dalias!
-Las letras iniciales de sus nombres componen la palabra «MUERTE» -explicó miss Marple
satisfecha.
-Pero la carta la recibió el propio doctor Rosen -objetó sir Henry.
-Ésa fue la maniobra más inteligente -explicó miss Marple-. Eso y la amenaza que se
encerraba en ella. ¿Qué es lo que haría al recibir una carta de alguien desconocido y llena de
nombres extraños para él? Pues, naturalmente, mostrársela a su secretario y pedirle su
opinión.
-Entonces, después de todo...
-¡Oh, no! -exclamó miss Marple-. El secretario, no. Vaya, eso precisamente demuestra que
no fue él. De ser así, nunca hubiera permitido que se encontrase la carta e igualmente no se le
hubiese ocurrido destruir una carta dirigida a él y con sello alemán. Su inocencia resulta
evidente y , si me permito decirlo, deslumbrante..
-Entonces, ¿quién...?
-Pues parece casi seguro, todo lo seguro que puede ser algo en este mundo. Había otra
persona presente durante el desayuno y pudo... es natural, dadas las circunstancias, alargar la
mano y leer la carta. Y así fue. Recuerden que recibió un catálogo de jardinería en el mismo
correo...
-Greta Rosen -dijo sir Henry despacio-. Entonces su visita...
-Los caballeros nunca saben ver a través de estas cosas -replicó miss Marple-. Y me temo
que muchas veces a las viejas nos ven como a... brujas, porque vemos cosas que a ellos les
pasan inadvertidas, pero es así. Una sabe mucho de las de su propio sexo por desgracia. No
me cabe la menor duda de que se alzó una barrera entre ellos. El joven sintió una repentina e
inexplicable aversión hacia ella. Sospechaba puramente por instinto y no podía ocultarlo. Y
creo que la visita que le hizo la joven a usted fue sólo puro despecho. En realidad se sentía
bastante segura, pero antes de marcharse quiso que usted fijara definitivamente sus sospechas
en el pobre Mr. Templeton. Debe usted reconocer que, hasta después de su visita, no le
parecieron completamente justificadas sus propias sospechas.
-Estoy convencido de que no fue nada de lo que ella dijo... -comenzó a decir sir Henry.
-Los caballeros -continuó miss Marple con calma-nunca ven estas cosas.
-Y esa joven... -se detuvo-... ¡comete semejante crimen a sangre fría y queda impune!
-¡Oh, no, sir Henry! -dijo miss Marple-. Impune no. Usted y yo no lo creemos. Recuerde lo
que dijo no hace mucho rato. No. Greta Rosen no escapará a su castigo. Para empezar,
deberá vivir entre gente extraña, chantajistas y terroristas, que no le harán ningún bien y
probablemente la arrastrarán a un final miserable. Como usted dice, no vale la pena
preocuparse por el culpable, es el inocente quien importa. Mr. Templeton, me atrevo a
aventurar, se casará con su prima alemana ya que el hecho de que rompiera su carta resulta...
bueno, un tanto sospechoso, empleando la palabra en un sentido distinto al que le hemos dado
toda la noche. Parece ser que lo hizo como si temiese que Greta la viera y le pidiera que se la
dejase leer. Sí, creo que entre ellos debió de haber algo. Y luego está Dobbs, a quien, como
usted dice, las sospechas no le afectarán mucho. Probablemente lo único que le interesa son
sus desayunos. Y la pobre Gertrud, que me recuerda a Annie Poultny. Pobrecilla Annie
Poultny. Cincuenta años sirviendo fielmente a miss Lamb y luego sospecharon que había
hecho desaparecer su testamento, aunque no pudo probarse. Aquello destrozó el corazón de
aquella criatura tan fiel. Y después de su muerte, se encontró en un compartimiento secreto en
la caja donde guardaban el té y donde la propia miss Lamb lo había guardado para mayor
seguridad. Pero era ya demasiado tarde para la pobre Annie.
»Por eso me preocupa esa pobre mujer alemana. Cuando se es viejo, uno se amarga
fácilmente. Lo siento mucho más por ella que por Mr. Templeton, que es joven, bien parecido
y, según comentaba usted, goza de bastante popularidad entre las damas. ¿Querrá usted
escribirle a ella, sir Henry, para decirle que su inocencia está fuera de toda duda? Con su
señor muerto y el peso de las sospechas... ¡Oh! ¡No quiero ni pensarlo!
-Le escribiré, miss Marple -dijo sir Henry mirándola con curiosidad-. ¿Sabe una cosa? Nunca
llegaré a comprenderla. Siempre repara usted en algo que no esperaba.
-Me temo que mi experiencia resulta insignificante -replicó miss Marple humildemente-.
Apenas si salgo de St. Mary Mead.
-¡Y no obstante ha resuelto usted lo que podríamos llamar un problema internacional! -dijo sir
Henry-. Porque lo ha resuelto. De eso estoy completamente convencido.
Miss Marple enrojeció y luego, parpadeando, explicó:
-Creo que fui bien educada para lo que se acostumbraba en mis tiempos. Mi hermana y yo
tuvimos una institutriz alemana, una persona muy sentimental. Nos enseñó el lenguaje de las
flores, un estudio casi olvidado hoy en día, pero encantador. Un tulipán amarillo, por ejemplo,
simboliza el Amor Sin Esperanza, mientras un Áster Chino significa Muero de Celos a Tus
pies. Esa carta estaba firmada: Georgine, que me parece recordar significa dalia en alemán y
eso lo dejaba todo muy claro. Ojalá pudiera recordar el significado de dalia, pero escapa a mi
memoria, que ya no es tan buena como antes.
-De todas formas no significa MUERTE.
-No, desde luego. Horrible, ¿no? En este mundo hay cosas muy tristes.
-Sí -replicó Mrs. Bantry con un suspiro-. Es una suerte tener flores y amigos.
-Observen que nos coloca en último lugar -dijo el doctor Lloyd.
-Un admirador solía enviarme orquídeas rojas cada noche -dijo Jane Helier con aire soñador.
-«Espero sus favores», eso es lo que significa -dijo miss Marple con agudeza.
Sir Henry carraspeó de un modo peculiar y volvió la cabeza.
Miss Marple lanzó una repentina exclamación.
-Acabo de recordarlo. La dalia significa «Traición y Falsedad».
-Maravilloso -replicó sir Henry-. Absolutamente maravilloso.
Y suspiró.
**
TRAGEDIA NAVIDEÑA
Debo presentar una queja -dijo sir Henry Clithering, mientras sus ojos chispeantes
contemplaban a los reunidos.
El coronel Bantry, con las piernas estiradas, tenía el entrecejo fruncido y los ojos fijos en la
repisa de la chimenea, como si fuera un soldado culpable, mientras su esposa hojeaba
recelosa un catálogo de bulbos que acababa de llegarle en el último correo. El doctor Lloyd
observaba con franca admiración a Jane Helier, y la joven y hermosa actriz sus uñas rojas.
Sólo aquella anciana solterona, miss Marple, estaba sentada muy erguida y sus ojos azules se
encontraron con los de sir Henry con un guiño interrogador:
-¿Una queja?
-Unas queja muy seria. Nos hallamos reunidos seis personas, tres representantes de cada
sexo, y yo protesto en nombre de los caballeros. Esta noche hemos contado tres historias, una
cada uno de nosotros. Protesto porque las señoras no cumplen con su parte.
-¡Oh! -exclamó Mrs. Bantry indignada-. Estoy segura de que hemos cumplido. Hemos
escuchado con toda atención, adoptando la actitud más femenina, la de no querer exhibirnos
ante las candilejas.
-Es una excusa excelente -replicó sir Henry-, pero no sirve. ¡Y eso que tiene un buen
precedente en Las muy una noches! De modo que adelante, Scherezade.
-¿Se refiere a mí? -preguntó Mrs. Bantry-. ¡Pero si yo no tengo nada que contar! Nunca me
he visto rodeada de sangre ni de misterios.
-No ha de tratarse necesariamente de un crimen sangriento -dijo sir Henry-. Pero estoy
seguro de que una de nuestras tres damas tiene algún misterio pequeñito. Vamos, miss
Marple, cuéntenos «La extraña coincidencia de la asistenta», o «El misterio de la reunión de
madres». No me decepcione usted en St. Mary Mead.
Miss Marple meneó la cabeza.
-Nada que pudiera interesarle, sir Henry. Tenemos nuestros pequeños misterios, por
supuesto: un kilo de camarones que desapareció de la manera más incomprensible, pero eso
no puede interesarle porque resultó ser muy trivial, aunque arrojara mucha luz acerca de la
naturaleza humana.
-Usted me ha enseñado a creer en la naturaleza humana -replicó sir Henry en tono solemne.
-¿Y qué nos cuenta usted, miss Helier? -le preguntó el coronel Bantry-. Debe de haber tenido
algunas experiencias interesantes.
-Sí, desde luego -intervino el doctor Lloyd.
-¿Yo? -dijo Jane-. ¿Es que... es que quieren que les cuente algo que me haya ocurrido?
-A usted o a alguno de sus amigos -rectificó decididamente sir Henry.
-¡Oh! -dijo Jane con aire ausente-. No creo que nunca me haya ocurrido nada. Me refiero a
nada parecido. He recibido muchas flores, por supuesto, y extraños mensajes, pero eso es
propio de los hombres, ¿no les parece? No creo... -y haciendo una pausa se quedó absorta
en sus recuerdos.
-Veo que tendremos que resignarnos al relato del kilo de camarones -dijo sir Henry-. Vamos,
miss
Marple.
-Es usted tan aficionado a las bromas, sir Henry. Lo de los camarones es una tontería. Pero
ahora que lo pienso, recuerdo un incidente... en realidad, no se trata de un incidente sino de
algo mucho más serio, una tragedia. Y yo, en cierto modo, me vi mezclada en ella. Y nunca
me he arrepentido de lo que hice. No, en absoluto. Pero no ocurrió en St. Mary Mead.
-Eso me decepciona -dijo sir Henry-, pero procuraré sobreponerme. Sabía que podíamos
confiar en
usted.
Y adoptó la posición del oyente, mientras miss
Marple enrojecía ligeramente.
-Espero que sabré contarlo como es debido -se disculpó preocupada-. Siempre tengo
tendencia a divagar. Me voy de una cosa a otra sin darme cuenta de que lo hago. Y es tan
difícil recordarlo todo con el debido orden. Tienen que perdonarme si les cuento mal la
historia. Ocurrió hace tanto tiempo. Como digo, no tiene relación alguna con St. Mary Mead.
A decir verdad, ocurrió en un hidro...
-¿Se refiere a uno de esos aviones que van por el mar? -preguntó Jane con los ojos muy
abiertos.
-No, querida -dijo Mrs. Bantry, que le explicó que se trataba de un balneario hidrotermal, y
su esposo agregó este comentario:
-¡Unos lugares horribles, horribles! Hay que levantarse temprano para beber un vaso de agua
que sabe a demonios. Hay montones de ancianas sentadas por todas partes e intercambiando
todo el día malvadas habladurías. Cielos, cuando pienso...
-Vamos, Arthur -dijo su esposa en tono amable-. Sabes que te sentó admirablemente.
-Montones de ancianas comentando escándalos -gruñó el coronel Bantry.
-Me temo que eso es cierto -dijo miss Marple-. Yo misma...
-Mi querida miss Marple -exclamó el coronel horrorizado-. No quise decir ni por un
momento...
Con las mejillas sonrosadas y un ademán de la mano, miss Marple le hizo callar.
-Pero si es cierto, coronel Bantry. Sólo quería decirle esto. Déjeme ordenar mis ideas. Sí,
hablan de escándalos, como usted dice, y casi todo el tiempo. La gente es muy aficionada a
eso. Especialmente los jóvenes. Mi sobrino, que escribe libros, y muy buenos según creo, ha
dicho cosas terribles sobre el hábito de difamar a otras personas sin tener la menor clase de
pruebas, de lo malvado que es eso y demás. Pero lo que yo digo es que ninguna persona
joven se para a pensar. En realidad, no examinan los hechos. Y sin duda el problema es éste:
[Cuántas veces son ciertas las habladurías, como usted las llama! ¡Y como les digo, yo creo
que, si en realidad examinaran los hechos, descubrirían que son ciertas nueve veces de cada
diez! Por eso la gente se molesta tanto por ellas. -Inspiradas presunciones -dijo sir Henry. -
¡No!, ¡nada de eso! En realidad, se trata de una cuestión de práctica y experiencia. Tengo
entendido que, si a un egiptólogo se le enseña uno de esos escarabajos tan curiosos, con sólo
mirarlo puede decir si data de antes de Jesucristo o se trata de una vulgar imitación. Y no
puede dar una regla definitiva de cómo lo consigue. Lo sabe. Se ha pasado toda su vida
manejando esas piezas.
»Y eso es lo que estoy tratando de decir (muy mal, ya lo sé). Esas mujeres a quienes mi
sobrino califica de «ociosas» disponen de mucho tiempo y su principal interés por lo general
es ocuparse de la gente. Y por eso llegan a convertirse en expertas. Ahora los jóvenes hablan
con toda libertad de cosas que ni siquiera se mencionaban en mis días, pero, en cambio,
tienen una mentalidad absolutamente inocente. Creen en todo y en cualquiera. Y si alguien
intenta prevenirlos, aunque sea con prudencia, le dicen que tiene una mentalidad victoriana, y
eso, según ellos, es como estar en un pozo.
-¿Y qué tienen de malo los pozos? -dijo sir Henry. -Exacto -respondió miss Marple-, es lo
más necesario en una casa. Pero desde luego, no es nada romántico. Ahora debo confesarles
que yo también tengo mis sentimientos como cualquiera, y en determinadas ocasiones me han
herido profundamente con comentarios hechos sin pensar. Sé que a los caballeros no les
interesan las cuestiones domésticas, pero debo mencionar a una doncella que tuve, Ethel, una
muchacha muy atractiva y cumplidora. Ahora bien, en cuanto la vi, me di cuenta de que era
como Annie Webb y la hija de la pobre Mrs. Bruitt. Si se le presentara ocasión, eso de lo mío
y de lo tuyo no significaría nada para ella. De modo que la despedí a final de mes, dándole una
carta de recomendación en la que decía que era honrada y sensata, pero por mi cuenta advertí
a Mrs. Edwards para que no la contratara, y mi sobrino Raymond se puso furioso y dijo que
nunca había visto una maldad semejante, sí, maldad. Pues bien, entró en casa de lady Ashton,
a quien yo no tenía obligación de advertirla, ¿y qué ocurrió? Desaparecieron todos los encajes
de su ropa interior y dos broches de brillantes. La muchacha se marchó en medio de la noche
y nadie ha vuelto tener noticias de ella.
Miss Marple hizo una pausa para tomar aliento y luego continuó:
-Ustedes dirán que esto no tiene nada que ver con lo que ocurrió en el balneario de Keston
Spa, pero lo tiene en cierto modo. Explica que yo no tuviera la menor duda, desde el
momento en que vi juntos a los Sanders, de que él pretendía deshacerse de ella.
-¿Eh? -exclamó sir Henry, inclinándose hacia delante.
Miss Marple volvió su apacible rostro hacia él.
-Como le decía, sir Henry, no me cupo la menor duda. Mr. Sanders era un hombre
corpulento, bien parecido, de rostro coloradote, muy franco en su trato y popular entre todos.
Y nadie podía ser más amable con su esposa. ¡Pero yo sabía que trataba de deshacerse de
ella!
-Mi querida miss Marple...
-Sí, lo sé. Eso es lo que diría mi sobrino, Raymond West, que no tenía la menor prueba, pero
yo recuerdo a Walter Hones. Una noche que volvía paseando con su esposa, ella se cayó al
río y él cobró el dinero del seguro. Y también recuerdo a un par de personas que andan
sueltas por ahí hasta la fecha. Por cierto que una de ellas pertenece a nuestra misma esfera
social. Se marchó a Suiza para hacer excursiones durante el verano con su esposa. Yo le
aconsejé que no fuera. La pobre ni siquiera se enfadó conmigo, se limitó a reírse. Le parecía
tan gracioso que una viejecita como yo le dijera semejantes cosas de su Harry.
Bien, bien, sufrió un accidente y ahora Harry está casado con otra, pero, ¿qué podía hacer
yo? Lo sabía, pero no tenía la menor prueba.
-¡Oh, miss Marple! -exclamó Mrs. Bantry-. No querrá decir que...
-Querida, estas cosas son muy corrientes, ya lo creo que lo son. Y los caballeros se sienten
especialmente tentados por ser mucho más fuertes. Es tan fácil que parezca un accidente.
Como les digo, en cuanto vi a los Sanders, lo supe. Fue en un tranvía. Estaba lleno y tuve que
subir al piso superior. Nos levantamos los tres para apearnos y Mr. Sanders perdió el
equilibrio, se cayó hacia su esposa y la hizo caer escaleras abajo. Por fortuna, el cobrador era
un hombre muy fuerte y logró sujetarla.
-Pero pudo tratarse muy bien de un accidente.
-Desde luego que lo fue, nada pudo ser más accidental. Pero Mr. Sanders había pertenecido
a la marina mercante, según me dijo, y un hombre que es capaz de conservar el equilibrio en
uno de esos barcos que se inclinan tanto, no lo pierde en la imperial de un tranvía, cuando no
lo perdió una vieja como yo. ¡No me diga eso!
-Y fue entonces cuando se convenció, ¿no es cierto, miss Marple? -manifestó sir Henry.
La anciana asintió.
-Estaba bastante segura, pero otro incidente ocurrido al cruzar la calle no mucho después me
convenció todavía más. Ahora le pregunto a usted, sir Henry, ¿qué podía hacer yo? Allí
estaba una mujercita casada y feliz que no tardaría en ser asesinada.
-Mi querida amiga, me deja usted sin respiración.
-Eso le pasa porque, como la mayoría de la gente de hoy en día, no se enfrenta usted a los
hechos. Prefiere
pensar que ciertas cosas son imposibles. Pero son así y yo lo sabía. ¡Pero una se ve atada de
pies y manos! Por ejemplo, no podía acudir a la policía y advertir a la joven hubiera sido inútil.
Estaba enamorada de aquel hombre. De modo que me dispuse a averiguar todo lo que
pudiera acerca de ellos. Hay un sinfín de oportunidades mientras se hace labor alrededor del
fuego. Mrs. Sanders, Gladys era su nombre de pila, estaba deseosa de hablar. Al parecer no
llevaban mucho tiempo casados. Su esposo debía heredar algunas propiedades, pero por el
momento estaban bastante mal de dinero. En resumen, vivían de la pequeña renta de ella. Ya
había oído la misma historia otras veces. Se lamentaba de no poder tocar el capital. ¡Al
parecer, alguien había tenido un poco de sentido común! Pero el dinero era suyo y podía
dejárselo a quien quisiera, según averigüé. Ella y su esposo habían hecho testamento, poco
después de su matrimonio, uno a favor del otro. Muy conmovedor. Claro que cuando a Jack
le fueran bien las cosas... Esa era la carga que debían soportar y entretanto andaban bastante
apurados. Por aquel entonces tenían una habitación en el piso más alto, entre las del servicio,
y muy peligrosa en caso de incendio, aunque tenían una escalera de incendios precisamente
delante de la ventana. Me informé prudentemente de si tenían balcón. Son tan peligrosos los
balcones... un empujoncito y...
»Le hice prometer a ella que no se asomaría al balcón, que había tenido un sueño. Esto la
impresionó. A veces se puede hacer algún favor aprovechándose de la superstición. Era una
joven rubia, de facciones un tanto desdibujadas, que llevaba los cabellos recogidos en un
moño sobre la nuca. Y muy crédula. Le contó a su marido lo que yo le había dicho y observé
que él me miraba con curiosidad un par de veces. Él no era crédulo y sabía que yo iba en
aquel tranvía.
»Pero yo estaba preocupada, muy preocupada, porque no veía cómo podría engañarle. Podía
impedir que ocurriese algo en el balneario con sólo decir unas palabras que le demostraran
mis sospechas, pero eso únicamente significaría aplazar su plan hasta más tarde. No, empecé
a creer que la única política aconsejable era una más osada y, de un modo u otro, tenderle una
trampa. Si consiguiera inducirle a atentar contra la vida de su esposa por algún medio
escogido por mí, entonces quedaría desenmascarado y ella se vería obligada a enfrentarse con
la verdad por mucho que le sorprendiera.
-Me deja usted sin habla -dijo el doctor Lloyd-. ¿Qué plan podía usted seguir?
-Hubiera encontrado alguno, no tema -replicó miss Marple-. Pero aquel hombre era
demasiado listo para mí y no esperó. Pensó que yo podía sospechar y, por ello, actuó antes
de que pudiera asegurarme. Sabía que yo recelaría de un accidente, así que cometió el crimen.
Un murmullo recorrió la habitación, y miss Marple asintió con los labios apretados.
-Temo haberlo expuesto con bastante brusquedad. Debo tratar de explicarles exactamente lo
ocurrido. Siempre he experimentado un sentimiento de amargura al recordarlo. Siempre me he
sentido como si hubiera debido evitarlo a toda costa, pero quién conoce los designios del
señor. De todas formas hice lo que pude.
»Se respiraba una atmósfera extraña, como si flotara una amenaza en el aire oprimiéndonos a
todos: el presentimiento de una desgracia. Para empezar, primero murió George, el jefe de
porteros, que llevaba años en el balneario y conocía a todo el mundo. Cogió una neumonía
complicada con bronquitis y falleció en cuatro días. Fue muy triste para todos. Y, además,
cuatro días antes de Navidad. Y luego una de las doncellas, una chica muy simpática; se le
infectó un dedo y murió a las veinticuatro horas.
»Yo me encontraba en el salón con miss Trollope y la anciana Mrs. Carpenter, y ésta se
mostraba terriblemente pesimista.
»-Fíjense bien en lo que les digo -anunció-. Seguro que la cosa no acaba aquí. ¿Conocen el
refrán? No hay dos sin tres. Siempre resulta cierto. Tendremos otra muerte, no me cabe la
menor duda. Y no habrá que esperar mucho. No hay dos sin tres.
«Cuando dijo estas últimas palabras, moviendo afirmativamente la cabeza y haciendo tintinear
sus agujas de punto, yo alcé la vista un momento y mis ojos se encontraron con Mr. Sanders,
que permanecía de pie junto a la puerta. Por un momento le pillé desprevenido y pude leer en
su rostro con la misma facilidad que en un libro abierto. Creeré hasta el fin de mis días que las
palabras de Mrs. Carpenter le dieron la idea. Vi que trabajaba su cerebro. Y penetró en la
estancia con su habitual sonrisa.
»-¿ Puedo hacer alguna compra de Navidad por ustedes, señoras? -preguntó-. Voy a ir ahora
a Keston.
«Permaneció en nuestra compañía durante un par de minutos, riéndose y charlando, y luego se
marchó. Como les digo, yo estaba preocupada y dije inmediatamente:
«-¿Dónde está Mrs. Sanders? ¿Alguien lo sabe?
«Miss Trollope dijo que había ido a jugar al bridge con unos amigos suyos, los Mortimer, y
me tranquilicé momentáneamente, pero seguía preocupada, pues no sabía qué hacer. Media
hora más tarde, subí a mi habitación y por el camino me encontré al doctor Coler, mi médico,
y como quería consultarle acerca de mi reuma, lo llevé a mi habitación. Fue entonces cuando
me habló (confidencialmente, según dijo) de la muerte de la pobre Mary, la doncella. El
gerente no quería que se supiera y por ello me aconsejó que no se lo dijera a nadie. Desde
luego yo no le dije que no hablábamos de otra cosa desde hacía una hora, cuando la pobre
joven exhaló su último suspiro. Esas noticias corren en seguida y un hombre de su experiencia
debía saberlo bastante bien. Pero el doctor Coler fue siempre un individuo confiado que creía
lo que quería creer, y eso fue lo que me alarmó un minuto más tarde, al decirme que Sanders
le había pedido que echara un vistazo a su esposa, pues últimamente no hacía bien las
digestiones, etc.
»Y aquel mismo día Gladys Sanders me había dicho que había hecho maravillosamente la
digestión y que estaba muy contenta.
«¿Comprenden? Todas mis sospechas volvieron a mí centuplicadas. Estaba preparando el
camino... ¿para qué? El doctor Coler se marchó antes de que yo me hubiera decidido a
hablarle, aunque, de haberlo hecho, no hubiera sabido qué decir. Cuando salí de la habitación,
Sanders en persona bajaba del piso de arriba. Iba vestido para salir y me preguntó si quería
algo de la ciudad. ¡Hice un esfuerzo terrible para contestarle amablemente! Y luego fui al
vestíbulo para pedir un té. Recuerdo que eran más de las cinco y media.
»Ahora quisiera explicarles claramente lo que ocurrió a continuación. A las siete menos cuarto
seguía aún en el vestíbulo cuando vi entrar a Mr. Sanders acompañado de dos caballeros. Los
tres venían muy «alegres». Mr. Sanders, dejando a sus amigos, vino hacia donde yo me
encontraba sentada con miss Trollope para pedirnos consejo acerca del regalo de Navidad
que pensaba hacerle a su esposa. Se trataba de un bolso de noche muy elegante.
«-Comprenderán, señoras -nos dijo-, que yo soy simplemente un rudo lobo de mar. ¿Qué
entiendo yo de estas cosas? Me han dejado tres para que escoja y deseo contar con una
opinión experta.
»Por supuesto, nosotras le dijimos que le ayudaríamos encantadas, y nos pidió que le
acompañáramos a su habitación, ya que si los bajaba temía que su esposa pudiera llegar en
cualquier momento. De modo que subimos con él. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego, aún
tiemblo al pensarlo.
»Mr. Sanders abrió la puerta de su dormitorio y encendió la luz. No sé cuál de nosotras la vio
primero.
»Mrs. Sanders estaba tendida en el suelo, boca abajo, muerta.
»Yo fui la primera en llegar junto a ella. Me arrodillé y le cogí la mano para tomarle el pulso,
pero era inútil, su brazo estaba frío y rígido. Junto a su cabeza había un calcetín lleno de arena,
el arma con la que la habían golpeado. Miss Trollope, una criatura estúpida, gemía en la
puerta con las manos en la cabeza. Sanders gritó: «Mi esposa, mi esposa», y corrió hacia ella.
Yo le impedí tocarla. Comprendan, en aquel momento estaba segura de que había sido él, y
tal vez quisiera quitar u ocultar alguna cosa.
»-No hay que tocar nada -le dije-. Domínese, Mr. Sanders. Miss Trollope, haga el favor de ir
a buscar al gerente.
»Yo permanecí arrodillada junto al cadáver. No quería que Sanders se quedara a solas con él.
Y no obstante tuve que admitir que, si el hombre estaba fingiendo, lo hacía maravillosamente.
Daba la impresión de estar completamente fuera de sí.
»El gerente no tardó en reunirse con nosotros y, tras inspeccionar rápidamente la habitación,
nos hizo salir a todos y cerró la puerta con una llave que se guardó. Luego fue a telefonear a la
policía. Tardaron un siglo en aparecer. Luego supimos que la línea estaba estropeada y que
había tenido que enviar a un mozo al puesto de policía, y el balneario está fuera de la ciudad,
junto a los páramos. Mrs. Carpenter estaba muy satisfecha de que su profecía «No hay dos
sin tres» se hubiera cumplido tan rápidamente. Oí decir que Sanders paseaba por los
alrededores con las manos en la cabeza, gimiendo y demostrando un gran pesar.
«Finalmente llegó la policía y subieron a la habitación con el gerente y Mr. Sanders. Más tarde
enviaron a buscarme. El inspector escribía sentado ante una mesa. Era un hombre inteligente y
me gustó.
»-¿Miss Marple? -preguntó.
»-Sí.
»-Tengo entendido que estaba usted presente cuando fue encontrado el cadáver de la difunta.
«Respondí que sí y pasé a contarle lo ocurrido. Creo que para el buen hombre fue un alivio
encontrar a alguien que respondiera a sus preguntas con coherencia, después de haber tenido
que tratar con Sanders y Emily Trollope, que estaba completamente desmoronada, es natural,
la pobrecilla. Recuerdo que mi querida madre me enseñó que una señora ha de saberse
dominar siempre en público, por mucho que se descomponga en privado.
-Un principio admirable -dijo sir Henry con admiración.
-Cuando hube terminado, el inspector me dijo:
»- Gracias, señora. Ahora lamento tener que pedirle que vuelva a mirar el cadáver. ¿Era ésa
exactamente su posición cuando usted entró en la habitación? ¿No ha sido movido
»Le expliqué que había impedido que lo hiciera Mr. Sanders y el inspector asintió con aire de
aprobación.
»-El caballero parece muy afectado -observó.
»-Sí, lo parece -repliqué.
»No pensaba haber puesto ningún énfasis especial en el «lo parece», pero el inspector me
miró con interés.
»-¿De modo que el cadáver se encuentra exactamente igual a como estaba cuando lo
encontraron? -me dijo.
»-Sí, con la excepción del sombrero -repliqué.
»El inspector me miró sorprendido.
»-¿Qué quiere usted decir? ¿El sombrero?
»Le expliqué que la pobre Gladys lo llevaba puesto, mientras que ahora estaba junto a ella.
Yo supuse que había sido cosa de la policía, pero, sin embargo, el inspector lo negó
rotundamente. Hasta el momento nada había sido movido o tocado, y permaneció unos
instantes contemplando la figura de la difunta con expresión preocupada. Gladys iba vestida
como si se dispusiera a salir: llevaba un abrigo de tweed rojo oscuro con cuello de piel, y el
sombrero, un modelo barato de fieltro rojo, estaba caído junto a su cabeza.
»El inspector se quedó nuevamente en silencio con el entrecejo fruncido. Luego se le ocurrió
una idea.
«-¿Recuerda usted por casualidad si la difunta llevaba pendientes o si solía llevarlos?
»Por suerte tengo la costumbre de ser muy observadora. Recordaba haber visto brillar una
perla bajo el ala del sombrero, aunque entonces no le presté una atención especial, pero pude
contestar afirmativamente a la primera pregunta.
«-Entonces concuerda. El contenido del joyero de esta señora ha sido robado, aunque no
había en él gran cosa de valor según tengo entendido, y le quitaron los anillos de los dedos. El
asesino debió olvidar los pendientes y regresó por ellos después de descubierto el crimen.
¡Qué sangre fría! O tal vez... -miró a su alrededor y continuó despacio-... es posible que haya
estado escondido en esta habitación todo el tiempo.
«Pero yo me negué a aceptar la idea. Le expliqué que yo misma había mirado debajo de la
cama y que el gerente abrió las puertas del armario, y no existía ningún otro lugar donde
pudiera esconderse un hombre. Es cierto que la parte central del armario estaba cerrada con
llave, pero era sólo un espacio lleno de estantes y nadie pudo haberse escondido allí.
»El inspector asintió mientras yo le iba explicando todo aquello.
»-Tiene usted razón, señora -me dijo-. En ese caso, como ya le he dicho antes, debió
regresar. ¡Un asesino de tremenda sangre fría!
»-¡Pero el gerente cerró la puerta y se guardó la llave!
»-Eso no significa nada. Queda el balcón y la escalera de incendios, por ahí entró el asesino.
Es bastante probable que ustedes le sorprendieran, se deslizara por la ventana y luego, al
marcharse ustedes, regresara para continuar su trabajo.
»-¿Está usted seguro -le pregunté- de que era un ladrón?
»Me contestó secamente:
»-Bueno, eso parece, ¿no?
»Pero algo en su tono me tranquilizó. Comprendí que no le convencía el papel de viudo
inconsolable que intentaba representar Mr. Sanders.
»Admito con toda franqueza que me encontraba bajo lo que nuestros vecinos los franceses
llaman idée fixe. Sabía que aquel hombre, Sanders, intentaba matar a su esposa. Y no cabía

desde mi punto de vista la extraña y fantástica posibilidad de una coincidencia. Estaba segura
de que mi presentimiento acerca de Mr. Sanders era absolutamente justificado. Aquel hombre
era un malvado. Y a pesar de que todos sus fingimientos hipócritas no habían conseguido
engañarme, recuerdo haber pensado que fingía su sorpresa y aflicción maravillosamente bien.
Parecían tan espontáneas, ya saben lo que quiero decir. Debo admitir que, después de mi
conversación con el inspector, empecé a sentirme invadida por la duda. Porque si Sanders
había sido el autor de aquel horrible crimen, yo no podía imaginar razón alguna por la que
debiera haber vuelto por la escalera de incendios a llevarse los pendientes a su esposa. No
hubiera sido lógico, y Sanders era un hombre muy sensato, por eso le consideré siempre tan
peligroso.
Miss Marple contempló unos instantes a su audiencia.
-¿Ven tal vez adonde quiero ir a parar? En este caso creo que estaba tan segura que eso me
cegó y el resultado me causó profunda sorpresa ya que se probó, sin la menor duda posible,
que Mr. Sanders no pudo cometer el crimen.
Mrs. Bantry exclamó un «oh» de sorpresa y miss Marple se volvió hacia ella.
-Ya sé, querida, que no era eso lo que usted esperaba cuando empecé mi historia. Yo
tampoco lo esperaba. Pero los hechos son los hechos y, si se demuestra que uno se ha
equivocado, hay que ser humilde y volver a empezar de nuevo. Yo sabía que Mr. Sanders era
un asesino en potencia y nunca ocurrió nada que destruyera esta opinión.
»Y ahora supongo que le gustará saber lo que ocurrió en realidad. Mrs. Sanders, como ya
saben, pasó la tarde jugando al bridge con unos amigos, los Mortimer, a los que dejó a eso de
las seis y cuarto. De la casa de sus amigos al balneario había un cuarto de hora paseando y
algo menos a buen paso. Debió regresar a las seis y media. Nadie la vio entrar, de modo que
debió hacerlo por la puerta lateral y subir directamente a su habitación. Allí se cambió (el traje
chaqueta que llevaba para jugar al bridge estaba colgado en el armario) y se disponía a salir
otra vez cuando la golpearon. Es muy posible que no llegara a enterarse de quién la golpeó.
Tengo entendido que un calcetín relleno de arena es un arma eficiente. Eso hace pensar que su
agresor debía estar escondido en la habitación, posiblemente en uno de los armarios, el que
no abrió.
»Ahora pasemos a relatar los movimientos de Mr. Sanders. Salió, como ya he dicho, a eso de
las cinco y media o un poco después. Realizó algunas compras en un par de tiendas y, cerca
de las seis, entró en el Gran Hotel Spa, donde se reunió con dos amigos, los mismos que más
tarde le acompañaron al balneario. Estuvieron jugando al billar y deduzco que también
bebieron bastante whisky. Esos dos hombres (se llamaban Hitchcock y Spender) estuvieron
con él desde las seis en adelante. Vinieron caminando con él hasta el balneario y sólo se
separó de ellos para venir a hablar conmigo y miss Trollope, y eso, como les dije, fue cerca
de las siete menos cuarto, hora en que su esposa ya debía de estar muerta.
»Debo decirles que yo misma hablé con esos dos amigos y no me gustaron. No eran ni
simpáticos ni caballeros, pero tuve la certeza de que decían absolutamente la verdad al
declarar que Sanders había pasado todo el tiempo en su compañía.
»Luego se averiguó otra cosa. Al parecer, durante la partida de bridge, llamaron por teléfono
a Mrs. Sanders. Un tal Mr. Littleworth deseaba hablar con ella. Pareció excitada y satisfecha
por algo. Casualmente, cometió un par de errores importantes y se marchó antes de lo que
esperaban.
»Le preguntaron a Mr. Sanders si sabía si aquel Mr. Littleworth era una de las amistades de
su esposa, mas declaró que nunca había oído aquel nombre. Y a mí me pareció, por la actitud
de su esposa, que ella tampoco debía saber gran cosa de aquel Littleworth. Sin embargo,
volvió del teléfono sonriente y ruborizada, lo cual hace suponer que quienquiera que fuese no
dio su verdadero nombre, y eso en sí parece sospechoso, ¿no creen?
»De todas formas, el problema quedaba planteado así: O bien era cierta la historia del ladrón,
cosa improbable, o bien la teoría de que Mrs. Sanders se estaba preparando para ir a reunirse
con alguien. ¿Ese alguien entró en su habitación por la escalera de incendios? ¿Hubo una
pelea? ¿O la atacó a traición?
Miss Marple se detuvo.
-¿Y bien? -preguntó sir Henry-. ¿Cuál es la solución?
-Me estaba preguntando si la habría adivinado alguno de ustedes.
-Nunca he sido buena adivina -contestó Mrs. Bantry-. Me parece una lástima que Sanders
tuviera una coartada tan maravillosa. Pero si a usted le satisfizo, tenía que ser cierta.
Jane Helier hizo una pregunta moviendo su hermosa cabecita.
-¿Por qué estaba cerrada una puerta del armario?
-Qué inteligente es usted, querida -dijo miss Marple con el rostro resplandeciente-. Eso es lo
que yo me pregunté, aunque la explicación era bien sencilla. En su interior había un par de
zapatillas bordadas y unos pañuelos de bolsillo que la pobrecilla bordaba para su esposo
como regalo de Navidad. Por eso estaba cerrado y la llave fue encontrada en su bolso.
-¡Oh! -dijo Jane Helier-. Entonces, al fin y al cabo, no tiene interés.
-¡Oh, claro que sí! -replicó miss Marple-. Es precisamente la única cosa interesante, lo que
hizo fracasar los planes del asesino.
Todos miraron a la anciana.
-Yo no lo comprendí hasta al cabo de dos días -dijo miss Marple-. Le estuve dando vueltas y
más vueltas, y de pronto lo vi todo claro. Fui a ver al inspector para pedirle que probara una
cosa y lo hizo.
»Le pedí que le pusiera el sombrero a la pobre difunta, y no pudo, por supuesto. No le cabía.
¿Comprenden?, no era suyo.
Mrs. Bantry se sobresaltó.
-Pero, ¿no lo tenía puesto al principio?
-En su cabeza no.
Miss Marple se detuvo un momento para dejar que sus palabras hicieran efecto, y luego
continuó:
-Dimos por hecho que aquel cadáver era el de la pobre Gladys, pero no le miramos la cara.
Recuerden que estaba boca abajo y el sombrero le tapaba completamente la cabeza.
-Pero, ¿fue asesinada?
-Sí, más tarde. En el momento en que nosotros avisábamos a la policía, Gladys Sanders
estaba viva.
-¿Quiere decir que otra persona fingió ser la muerta? Pero sin duda cuando usted la tocó...
-Era un cadáver lo que yo toqué, desde luego -replicó miss Marple en tono grave.
-Pero válgame el cielo -dijo el coronel Bantry-, no es posible deshacerse de un cadáver con
tanta facilidad. ¿Qué hicieron después con el primero?
-Lo devolvió -dijo miss Marple-. Fue una idea malvada, pero muy inteligente, y se la dieron
las palabras que nos oyó decir en el salón. ¿Por qué no utilizar el cadáver de la pobre Mary,
la doncella? Recuerden que la habitación de los Sanders estaba entre las de los criados. Y la
de Mary estaba dos puertas más allá, y los de la funeraria no irían a recoger el cadáver hasta
después de que anocheciera. Él contaba con ello. Se llevó el cadáver por el balcón (a las

cinco era ya de noche) y lo vistió con un traje de su esposa y su abrigo encarnado. ¡Y
entonces encontró cerrada con llave la puerta del armario donde su esposa guardaba los
sombreros! Sólo podía hacer una cosa: coger uno de los sombreros de la doncella. Nadie
habría de notarlo. Dejó el calcetín relleno de arena junto a ella y fue en busca de sus amigos
para establecer su coartada.
«Telefoneó a su esposa dando el nombre de Mr. Littleworth. Ignoro lo que le diría, ella era
tan crédula, pero consiguió que abandonara su partida de bridge y regresara antes para
encontrarse con él a las siete, junto a la escalera de incendios del balneario. Probablemente
diciéndole que le reservaba una sorpresa.
«Regresó al balneario con sus amigos y se las arregló de modo que miss Trollope y yo
descubriéramos el crimen con él. Incluso hizo ademán de querer dar la vuelta al cadáver ¡y yo
le detuve! Luego se avisó a la policía y él salió a lamentarse por los alrededores.
»Nadie le pidió que presentara una coartada después del crimen. Se reúne con su esposa, la
hace subir por la escalera de incendios y entrar en su dormitorio. Tal vez le ha contado ya
alguna historia para explicar la presencia del cadáver. Ella se inclina junto a él y Sanders la
golpea con el calcetín relleno de arena. ¡Oh, Dios mío! ¡Todavía me estremezco! Y la
chaqueta la cuelga en el armario y la viste con las ropas del otro cadáver.
»Pero el sombrero no le entra. La cabeza de Mary es pequeña y, en cambio, Gladys Sanders,
como ya he dicho, llevaba un gran moño en la nuca. Por ello se ve obligado a dejarlo junto a
ella con la esperanza de que nadie lo note. Luego vuelve a llevar el cuerpo de la pobre Mary a
su habitación, donde la coloca de nuevo decorosamente.
-Parece increíble -dijo el doctor Lloyd-. Los riesgos que llegó a correr. La policía podía
haber llegado demasiado pronto.
-Recuerde que la línea telefónica estaba averiada -replicó miss Marple-. Eso fue parte de su
obra. No podía arriesgarse a que la policía se presentara demasiado pronto y, cuando
llegaron, estuvieron un buen rato en el despacho del gerente antes de subir al dormitorio. Ésa
era la parte más peligrosa de su plan: que alguien notara la diferencia entre un cuerpo que
llevaba dos horas muerto y otro que sólo llevaba media hora. Pero confiaba en que las
personas que habían descubierto el crimen no fueran expertas en la materia.
El doctor Lloyd asintió.
-Se supuso que el crimen había sido cometido a las siete menos cuarto poco más o menos. Y
en realidad lo fue a las siete o pocos minutos después. Cuando el forense examinó el cadáver,
debían ser cuanto menos las siete y media, y no podía precisarlo.
-Yo era la única que podía haberse dado cuenta -dijo miss Marple-. Cogí la mano de la
muchacha y estaba fría como el hielo. ¡Poco después el inspector dijo que el crimen debía
haberse cometido poco antes de nuestra llegada y yo no me di cuenta!
-Creo que se dio usted cuenta de muchas cosas, miss Marple -replicó sir Henry-. Ese caso
ocurrió antes de que yo ocupara mi cargo. Ni siquiera recuerdo haberlo oído. ¿Qué ocurrió?
-Sanders fue ahorcado -explicó miss Marple-. Nunca me arrepentiré de haber ayudado a
hacer justicia. No tengo esos escrúpulos humanitarios que rechazan la pena capital.
Su rostro se dulcificó.
-Pero me he reprochado a menudo amargamente no haber sabido salvar la vida de aquella
pobre joven. ¿Pero quién hubiera escuchado a una pobre vieja? Vaya, vaya, ¿quién sabe? Tal
vez fuera mejor para ella morir cuando era feliz que vivir luego desgraciada y desilusionada en
un mundo que de pronto le hubiera parecido horrible. Ella amaba a aquel canalla y confiaba en
él. Nunca llegó a descubrirlo.
-Bueno, entonces -dijo Jane Helier- todo terminó bien. Muy bien, quiero decir... -Se detuvo.
Miss Marple miró a la hermosa y célebre Jane Helier y dijo asintiendo hacia ella amablemente:
-Comprendo, querida, comprendo.
**
LA HIERBA MORTAL
Ahora usted, Mrs. B -dijo sir Henry Clithering. Mrs. Bantry, su anfitriona, lo miró con aire de
reproche.
-Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame Mrs. B. Es una falta de respeto.
-Scherezade, entonces...
-¡Y menos aún Sch... cómo se llame! Nunca fui capaz, de contar una historia con propiedad.
Pregúntele a Arthur si no me cree.
-Eres bastante buena relatando los hechos, Dolly -exclamó el coronel Bantry-, pero no sabes
adornarlos.
-Eso es -respondió Mrs. Bantry, hojeando el catálogo de bulbos que tenía ante ella-. Les he
estado escuchando a todos y no sé cómo lo hacen. «Él dijo, ella dijo, yo me pregunté, ellos
pensaron, todos supieron...» Bueno, pues ¡yo no sé! Y además no tengo ninguna historia
interesante que contar.
-No podemos creerlo, Mrs. Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises
cabellos con incredulidad.
La anciana miss Marple dijo con su dulce voz:
-Seguramente, querida...
Mrs. Bantry continuó insistiendo obstinadamente.
-Ustedes no saben lo monótona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la
ciudad de compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el jardín...
-¡Ah! -dijo el doctor Lloyd-. El jardín. Ya sabemos todos dónde tiene usted puesto su
corazón, Mrs. Bantry.
-Debe de ser muy bonito tener un jardín -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es
decir, cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!
-El jardín -exclamó sir Henry-. ¿No podríamos tomarlo como punto de partida? Vamos,
señora. ¡El bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!
-Es curioso que haya dicho eso -observó Mrs. Bantry-. Acabo de recordar una cosa. Arthur,
¿te acuerdas de aquel caso que se presentó ante el juzgado de Clodderham? Ya sabes. El del
viejo sir Ambrose Bercy. ¿Recuerdas que lo considerábamos un anciano cortés y encantador?
-Vaya, pues es verdad. Sí, fue un caso extraño. Adelante, Dolly.
-Sería mejor que lo contaras tú, querido.
-Tonterías, adelante. Eres muy capaz de dirigir tu propio barco. Yo ya he cumplido con mi
parte.
Mrs. Bantry inspiró profundamente y, entrelazando las manos y con rostro angustiado,
empezó a hablar muy deprisa.
-Bueno, en realidad no hay mucho que contar. La hierba mortal es lo que me lo ha hecho
recordar, aunque yo lo llamo salvia y dedalera.
-¿Salvia y dedalera? -preguntó el doctor Lloyd.
Mrs. Bantry asintió.
-Así es como sucedió. Arthur y yo estábamos en casa de sir Ambrose Bercy, en Clodderham
Court, y un día, por error (un error que siempre consideré muy estúpido), cogieron un montón
de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno con salvia y todos se
sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de sir Ambrose, murió.
Se detuvo.
-Vaya, vaya -dijo miss Marple-, qué tragedia.
-¿Verdad?
-Bien -replicó sir Henry-, ¿y qué pasó luego?
-Pues nada más -contestó Mrs. Bantry-, eso es todo.
Todos se quedaron sorprendidos. Aunque ya habían sido advertidos, no esperaban una
brevedad semejante.
-Pero, mi querida señora -insistió sir Henry-, tiene que haber algo más. Lo que usted acaba
de contarnos es un caso trágico, pero no tiene nada de problema.
-Bueno, claro que hay algo más -dijo Mrs. Bantry-. Pero si se lo dijera, ya sabrían de qué se
trata.
Y mirando desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:
-Ya les dije que yo no sabía adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.
-¡Aja! -exclamó sir Henry ajustándose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso
su modo de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a propósito
para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas. Miss Marple, ¿quiere
usted empezar?
-Me gustaría saber algo de la cocinera -dijo miss Marple-. Debía de ser una mujer muy tonta
o muy inexperta.
-Era muy tonta -replicó Mrs. Bantry-. Después se lamentaba un montón y decía que le habían
llevado las hojas como si fueran de salvia, ¿y cómo iba ella a saber que no lo eran?
-Cualquiera lo hubiera visto -dijo miss Marple.
-¿Probablemente era una mujer mayor y buena cocinera?
-Excelente -contestó Mrs. Bantry.
-Ahora le toca a usted, miss Helier -dijo sir Henry.
-¡Oh! ¿Se refiere a que me toca preguntar? -hubo una pausa mientras Jane reflexionaba y al
fin dijo: La verdad es que no sé qué preguntar.
Sus hermosos ojos miraron suplicantes a sir Henry.
-¿Por qué no pregunta por los personajes del drama? -le sugirió con una sonrisa.
Jane seguía mirándole desorientada.
-Que haga la presentación de los personajes por orden de aparición -continuó sir Henry en
tono amable.
-¡Ah, sí! -exclamó Jane-. Es una buena idea.
Mrs. Bantry empezó a contarlos con los dedos.
-Sir Ambrose, Sylvia Keene (la joven que murió), una amiga suya que pasaba unos días allí
llamada Maud Wye, una de esas muchachas morenas y feas que no sé cómo se las arreglan
para resultar atractivas, nunca he sabido cómo lo consiguen. Luego un tal Mr. Curie, que
había ido a discutir acerca de algunos libros con sir Ambrose, libros raros con títulos en latín,
todos ellos mohosos pergaminos. Jerry Lorimer, una especie de vecino. Su finca, Firlies,
lindaba con la de sir Ambrose. Y una tal Mrs. Carpenter, una de esas gatas de mediana edad
que siempre se las arreglan para instalarse cómodamente en cualquier parte. Supongo que en
cierto modo hacía de dame de compagnie de Sylvia.
-Ahora me toca a mí -dijo sir Henry-, puesto que estoy sentado junto a miss Helier. Y quiero
saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripción, Mrs. Bantry, de todos los
personajes.
-¡Oh! -Mrs. Bantry vacilaba.
-Empiece por sir Ambrose -continuó sir Henry-. ¿Qué tal era?
-¡Oh! Era un anciano de aspecto distinguido y en realidad no muy viejo, supongo que no
tendría más de sesenta años. Pero estaba muy delicado, tenía el corazón muy débil y no podía
subir la escalera. Tuvieron que ponerle ascensor y por eso parecía mayor de lo que era en
realidad. De modales refinados... cortés, sí, creo que ésa es la palabra que mejor lo definiría.
Nunca se enfadaba o se mostraba molesto. Tenía unos hermosos cabellos blancos y una voz
particularmente agradable.
-Bien -dijo sir Henry-. Ya conozco a sir Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿Cómo dijo que
se llamaba?
-Sylvia Keene. Era muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy
inteligente, mejor dicho, bastante estúpida.
-¡Oh, vamos, Dolly! -protestó su esposo.
-Es natural que Arthur no piense así -dijo Mrs. Bantry en tono seco-. Pero era estúpida. En
realidad nunca decía nada que valiera la pena escuchar.
-Era una de las criaturas más agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry
acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente encantadora. Y
rebosaba simpatía. Era divertidísima y muy bonita. Apuesto a que todos los jóvenes pensaban
así.
-Ahí es donde te equivocas -dijo Mrs. Bantry-. Las jóvenes así no tienen encanto para los
muchachos de hoy en día. Sólo a los viejos chapados a la antigua como tú, Arthur, les gustan
las chicas jóvenes.
-Ser joven no lo es todo -intervino Jane-. Hay que tener S.A.
-¿Qué es S.A.? -quiso saber exactamente miss Marple.
-Sex appeal -replicó Jane.
-¡Ah, sí! -dijo miss Marple-. Lo que en mis tiempos se llamaba «encanto».
-No es mala descripción -comentó sir Henry-. Creo haber entendido que ha descrito usted a
la dame de compagnie como una gata, Mrs. Bantry.
-No me refería a una gata, sino a algo muy distinto -exclamó Mrs. Bantry-. Adelaida
Carpenter era una persona muy dulce.
-¿Qué edad tendría?
-¡Oh! Yo diría que unos cuarenta años. Llevaba algún tiempo en la casa, creo que desde que
Sylvia tenía once años. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan en
una situación económica delicada, con muchos parientes aristócratas, pero sin dinero. A mí no
me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de manos blancas y largas, ni
tampoco los gatos.
-¿Y Mr. Curie?
-¡Oh! Era uno de esos ancianos encorvados. Hay tantos como él, que apenas se distinguen
unos de otros. Demostraba gran entusiasmo cuando se hablaba de sus librejos, pero ninguno
por otras cosas. No creo que sir Ambrose le conociera muy bien.
-¿Y Jerry, el vecino?
-Era un muchacho realmente encantador y estaba prometido a Sylvia. Por eso fue tan triste.
-Quisiera saber... -empezó a decir miss Marple, y luego se calló.
-¿Qué?
-Nada, querida.
Sir Henry contempló a la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:
-De modo que esa joven pareja estaban prometidos. ¿Hacía mucho tiempo que eran novios?
-Cosa de un año. Sir Ambrose se había opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era
demasiado joven. Pero tras un año de relaciones se prometieron y la boda debía haberse
celebrado muy pronto.
-¡Ah! ¿Tenía alguna propiedad esa joven?
-Casi nada, sólo unas cien o doscientas libras al año.
-Ahí no hay gato encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.
-Ahora le toca preguntar al doctor -dijo sir Henry-. Yo me reservo por ahora.
-Mi curiosidad es principalmente profesional -dijo el doctor Lloyd-. Quisiera saber el informe
médico que se presentó en la encuesta oficial, es decir, si nuestra anfitriona lo recuerda o lo
sabe.
-Creo que lo recuerdo, más o menos -replicó Mrs. Bantry-. Dijeron que la muerte fue debida
a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?
El doctor Lloyd asintió.
-El principio activo de la dedalera, la digitalina, actúa sobre el corazón. Por cierto, que es una
droga muy valiosa para ciertas afecciones cardíacas. Es un caso muy curioso. Nunca hubiera
pensado que tomar una infusión de hojas de dedalera pudiera resultar fatal. Se han exagerado
mucho los daños producidos por comer hojas venenosas y bayas. Muy pocas personas
comprenden que el principio vital o alcaloide ha de ser extraído con mucho cuidado y
elaboración.
-Mrs. McArthur envió el otro día unos bulbos especiales a Mrs. Toomie -explicó miss
Marple-. La cocinera los tomó por cebollas y, al comerlos, toda la familia se puso enferma.
-Pero no murió nadie -dijo convencido el doctor Lloyd
-No, no se murió nadie -admitió miss Marple.
-Una amiga mía murió envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.
-Debemos continuar con nuestro crimen -intervino sir Henry.
-¿Crimen? -exclamó Jane sobresaltada-. Creía que se trataba de un accidente.
-Si fuera un accidente -respondió sir Henry en tono amable-, no creo que Mrs. Bantry nos
hubiera contado esta historia. No, por lo que deduzco, fue accidente sólo en apariencia,
detrás se escondía algo más siniestro. Recuerdo un caso: varios invitados a una fiesta
charlaban después de cenar. Las paredes estaban adornadas con toda clase de armas
antiguas. Bromeando, uno de los reunidos cogió una vieja pistola y apuntó a otro simulando
disparar. La pistola estaba cargada y se disparó, matando al otro hombre. Tuvimos que
averiguar primero quién había preparado secretamente la pistola y, segundo, quién había
dirigido la conversación para obtener el resultado final, pues el hombre que había disparado el
arma era completamente inocente.
»Me parece que en este caso se nos presenta el mismo problema. Esas hojas de dedalera
fueron mezcladas deliberadamente con las de salvia sabiendo cuál sería el resultado. Puesto
que descartamos a la cocinera... la descartamos, ¿verdad...?, la pregunta es: «¿Quién cogió
las hojas y las llevó a la cocina?».
-Eso es fácil de responder -dijo Mrs. Bantry-. Por lo menos la última parte de la pregunta.
Fue la propia Sylvia quien las llevó a la cocina. Formaba parte de sus ocupaciones diarias
recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de zanahorias, todas esas cosas que los
jardineros nunca escogen bien. No les gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran
demasiado. Sylvia y Mrs. Carpenter solían ir a buscarlas ellas mismas, y había una mata de
dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocación era bastante natural.
-Pero ¿las cogió la propia Sylvia?
-Eso nadie lo sabe, se dio por supuesto.
-Las suposiciones son siempre muy peligrosas -comentó sir Henry.
-Pero sé que no fue Mrs. Carpenter -replicó Mrs. Bantry-, porque dio la casualidad de que
estuvo toda la mañana paseando conmigo por la terraza. Salimos después de desayunar.
Hacía un día extraordinariamente cálido y espléndido para estar tan a principios de primavera.
Sylvia bajó sola al jardín, pero más tarde la vi paseando del brazo de Maud Wye.
-De modo que eran grandes amigas, ¿verdad? -preguntó miss Marple.
-Sí -contestó Mrs. Bantry y pareció querer añadir algo más, pero no lo hizo.
-¿Llevaba muchos días en la casa? -quiso saber miss Marple.
-Unos quince días -dijo Mrs. Bantry con voz preocupada.
-¿No le gustaba miss Wye? -insinuó sir Henry.
-Sí, eso es lo malo, que sí.
La preocupación de su voz se trocó en disgusto.
-Usted nos oculta algo, Mrs. Bantry -dijo sir Henry en tono acusador.
-Sí, hace un momento también yo he querido preguntarle algo -dijo miss Marple-, pero he
preferido callar.
-¿El qué?
-Cuando usted dijo que esa joven pareja se había prometido y que por eso resultaba tan
triste. Su voz no me sonó del todo convencida cuando lo dijo, no sé si me comprende.
-Qué temible es usted -replicó Mrs. Bantry-. Parece que siempre sepa las cosas. Sí, pensaba
en algo, pero en realidad no sé si debo decirlo o no.
-Tiene que decirlo, déjese de escrúpulos de una vez -intervino sir Henry.
-Bien, pues era sólo esto -continuó Mrs. Bantry-Una noche, precisamente la anterior a la
tragedia, salí a la terraza antes de cenar. La ventana del salón estaba abierta y por casualidad
vi a Jerry Lorimer y a Maud Wye. El... bueno, la estaba besando. Claro que yo ignoraba si se
trataba de un flirteo sin importancia, o si... bueno, quiero decir que nunca se sabe. Yo sabía
que a sir Ambrose nunca le había gustado Jerry Lorimer, tal vez porque sabía que era de ese
estilo. Pero de una cosa estoy segura: esa chica, Maud Wye, estaba realmente interesada por
él. Sólo había que ver cómo lo miraba cuando no se creía observada. Y, además, hacían
mejor pareja que él y Sylvia.
-Voy a hacerle rápidamente una pregunta antes de que se me adelante miss Marple -dijo sir
Henry-. Quiero saber si, después de la tragedia, Jerry Lorimer se casó con Maud Wye.
-Sí -dijo Mrs. Bantry-, seis meses después.
-¡Oh! Scherezade, Scherezade -dijo sir Henry-. ¡Y pensar en cómo nos presentó su historia
al principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos encontrando ahora
en ellos.
-No hable usted así, no sea tan macabro -dijo Mrs. Bantry-. Y no emplee la palabra carne.
Los vegetarianos siempre lo hacen. Dicen «yo nunca como carne» de un modo que le quitan a
uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. Mr. Curie era vegetariano y solía
desayunar una especie de mejunje parecido al salvado. Los ancianos encorvados que llevan
barba suelen tener muchas manías y llevan ropa interior muy particular.
-¿Qué sabes tú de la ropa interior que llevaba el señor Curie? -preguntó su marido.
-Nada -replicó Mrs. Bantry muy digna-. Sólo lo imagino.
-Voy a rectificar mi declaración -dijo sir Henry-. Debo reconocer que los personajes de este
drama son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, miss Marple?
-La naturaleza humana es siempre interesante, sir Henry. Y es curioso ver cómo cierto tipo de
personas tienden a actuar siempre del mismo modo.
-Dos mujeres y un hombre -dijo sir Henry-. El eterno triángulo. ¿Es ésa la base de nuestro
problema? Yo creo que sí.
El doctor Lloyd se aclaró la garganta.
-He estado pensando -empezó con bastante dificultad-. ¿Dice usted, Mrs. Bantry, que usted
también se sintió indispuesta?
-¡Por supuesto! ¡Y Arthur! ¡Y todos!
-Eso es, todos -dijo el médico-. ¿Comprenden lo que quiero decir? En la historia que sir
Henry acaba de contarnos, un hombre disparó contra otro, pero no contra todos los que se
encontraban reunidos en la habitación.
-No comprendo -replicó Jane-. ¿Quién disparó contra quién?
-Lo que quiero decir es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy
particular. O bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida
humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente a
ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.
-Ya veo por dónde va -dijo sir Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en
esto.
-¿Y no pudo haberse envenenado él también? -preguntó Jane.
-¿Faltó alguien a la mesa aquella noche? -quiso saber miss Marple.
Mrs. Bantry meneó la cabeza.
-Excepto Mr. Lorimer, supongo, querida. Él no vivía en la casa, ¿no es cierto?
-No, pero aquella noche cenaba con nosotros -respondió Mrs. Bantry.
-¡Oh! -exclamó miss Marple-. Eso cambia mucho las cosas.
Y agregó frunciendo el entrecejo y como para sus adentros:
-He sido una tonta.
-Confieso que sus palabras me han desconcertado, Lloyd -dijo sir Henry-. ¿Cómo asegurarse
de que la muchacha y sólo ella tomase la dosis fatal?
-No era posible -replicó el doctor-. Eso nos plantea otra cuestión. Supongamos que la joven
no fuera la víctima pretendida.
-¿Qué?
-En todos los casos de envenenamiento por vía oral el resultado es muy incierto. Varias
personas se sirven del mismo plato, ¿y qué ocurre? Una o dos enferman ligeramente, otras
dos, digamos, de gravedad, y otra fallece. Así es como ocurre siempre, no es posible tener
plena seguridad. Pero hay casos en los que puede intervenir otro factor. La digitalina es una
droga que afecta directamente al corazón, y como les he dicho se receta en ciertos casos.
Ahora bien, en la casa había una persona que sufría del corazón. Supongamos que fuese la
víctima escogida. Lo que no sería fatal para el resto, lo iba a ser para él, o eso es lo que pudo
suponer el asesino. Que todo resultara distinto es sólo una prueba de lo que acabo de
decirles: la in-certidumbre y relatividad de los efectos de las drogas en los seres humanos.
-¿Cree usted que la víctima tenía que haber sido sir Ambrose? -preguntó sir Henry.
-Sí, sí, y la muerte de la joven fue un error.
-¿Quién heredó su dinero después de su muerte? -preguntó Jane.
-Una pregunta muy sensata, miss Helier. Una de las primeras que hacía siempre en mi antigua
profesión -dijo sir Henry.
-Sir Ambrose tenía un hijo -replicó lentamente Mrs. Bantry-. Se había peleado con él durante
muchos años anteriormente. Creo que era muy rebelde. No obstante, no estaba en manos de
sir Ambrose poder desheredarlo ya que Clodderham Court pasaba de padres a hijos. Martin
Bercy heredó el título y la hacienda. Sin embargo, sir Ambrose tenía bastantes propiedades
más que podía dejar a quien quisiera y que dejó a su pupila Sylvia. Sé que sir Ambrose
falleció al cabo de medio año de haber sucedido lo que les estoy contando y no se tomó la
molestia de hacer nuevo testamento después de la muerte de Sylvia. Creo que el dinero pasó
a la Corona, o tal vez a su hijo como pariente más cercano, no lo recuerdo exactamente.
-De modo que los únicos que podían realmente beneficiarse de la muerte de sir Ambrose eran
un hijo que no estaba allí y la muchacha que falleció -resumió sir Henry, pensativo-. No resulta
muy prometedor.
-¿La otra mujer no heredó nada? -preguntó Jane-. Ésa que Mrs. Bantry califica de «gata».
-En el testamento no constaba su nombre -dijo Mrs. Bantry.
-Miss Marple, no nos escucha usted -le dijo sir Henry-, parece estar muy lejos.
-Estaba pensando en el anciano Mr. Badger, el farmacéutico -contestó la aludida-. Tenía un
ama de llaves muy joven, lo suficiente no sólo para ser su hija, sino para ser su nieta. No dijo
una palabra a nadie, y su familia y un montón de sobrinos abrigaban la esperanza de heredarle.
Y cuando falleció, ¿quieren ustedes creerlo?, llevaba dos años casado con ella en secreto.
Claro que Mr. Badger era farmacéutico y también un hombre muy rudo y vulgar, y sir
Ambrose Bercy un caballero muy fino, según dice Mrs. Bantry, pero en conjunto la naturaleza
humana es la misma en todas partes.
Hubo una pausa, durante la cual sir Henry miró fijamente a miss Marple, quien no apartó sus
ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompió el silencio con una pregunta.
-¿Mrs. Carpenter era bien parecida? -preguntó.
-Sí, pero sencilla, nada llamativa.
-Tenía una voz muy agradable -dijo el coronel Bantry.
-Ronroneante, así es como yo la llamo -intervino Mrs. Bantry-. ¡Ronroneante!
-A ti también van a llamarte «gata» cualquier día de estos, Dolly.
-Me gusta serlo en mi casa -replicó ella-. De todas formas, ya sabes que no me gustan mucho
las mujeres. Sólo los hombres y las flores.
-Un gusto excelente -exclamó sir Henry-. Especialmente por haber nombrado a los hombres
en primer lugar.
-Eso fue por delicadeza -respondió Mrs. Bantry-. Bueno, ¿qué me dicen de mi problemita?
Me parece que he jugado limpio, Arthur. ¿No crees que he jugado muy limpio?
-Sí, querida. Pero no creo que haya una investigación sobre la limpieza de la carrera por los
comisarios del Jockey Club.
-Usted primero -dijo Mrs. Bantry señalando a sir Henry.
-Tal vez me extienda excesivamente en mis deducciones, ya que no tengo ninguna seguridad
en este caso. Primero consideremos a sir Ambrose. No creo que empleara un método tan
original para suicidarse, y por otro lado no ganaba nada con la muerte de su pupila.
Descartado sir Ambrose. Ahora Mr. Curie. No tenía motivos para matar a la joven. De haber
sido sir Ambrose su "presunta víctima, posiblemente hubiera robado un par de manuscritos
raros que nadie hubiera echado de menos. Es una teoría muy cogida por los pelos y poco
probable. De modo que considero que, a pesar de las sospechas de Mrs. Bantry en cuanto a
su ropa interior, Mr. Curie queda eliminado. Miss Wye. ¿Motivos para matar a sir Ambrose?
Ninguno. ¿Motivos para matar a Sylvia? Poderosos. Ella quería al prometido de Sylvia con
locura, según dice Mrs. Bantry. Aquella mañana estuvo en el jardín con Sylvia, de modo que
tuvo oportunidad de coger las hojas. No, no podemos descartar a miss Wye así como así y
tampoco al joven Lorimer. Existen motivos en ambos casos. Si se deshace de su novia puede
casarse con la otra. No obstante, me parece excesivo asesinarla. ¿Qué significa hoy en día la
ruptura de un compromiso? Si muere sir Ambrose, se casará con una mujer rica en vez de con
una pobre. Eso puede tener importancia o no, depende de su situación económica. Si
descubro que sus propiedades estaban hipotecadas y Mrs. Bantry nos ha ocultado
deliberadamente este detalle, no habrá sido juego limpio. Ahora Mrs. Carpenter. Yo
sospecho de Mrs. Carpenter. Estas manos tan blancas y su magnífica coartada en el momento
en que fueron cogidas las hojas. Siempre desconfío de las coartadas. Y tengo otra razón para
sospechar de ella, que me reservo. No obstante, a grosso modo, si tuviera que acusar a
alguien sería a miss Maud Wye ya que tenemos más pruebas contra ella que contra nadie.
-Ahora usted -dijo Mrs. Bantry señalando al doctor Lloyd.
-Creo que se equivoca usted, Clithering, al aferrarse a la teoría de que la muerte de la joven
fuese intencionada. Estoy convencido de que el asesino intentaba deshacerse de sir Ambrose.
No creo que el joven Lorimer tuviera los conocimientos necesarios y me siento inclinado a
creer que la culpa fue de Mrs. Carpenter. Llevaba mucho tiempo en la casa, conocía el estado
de salud de sir Ambrose y pudo disponer con facilidad que esa joven Sylvia (que usted misma
dice que era bastante estúpida) cogiera las hojas adecuadas. Confieso que no veo qué
motivos pudo tener, pero me aventuro a suponer que, en otro tiempo, sir Ambrose hizo un
testamento en que era mencionada. Es lo mejor que se me ocurre.
Mrs. Bantry pasó a señalar a Jane Helier. -Yo no sé qué decir -dijo Jane-, excepto esto: ¿Por
qué no pudo haberlo hecho la propia muchacha? Después de todo, ella llevó las hojas a la
cocina. Y usted dice que sir Ambrose se había opuesto al noviazgo. Al morir él, conseguiría el
dinero para poder casarse en seguida. Debía conocer el estado de salud de sir Ambrose tan
bien como Mrs. Carpenter. El índice de Mrs. Bantry señaló a miss Marple. -Ahora usted, la
profesora -le dijo. -Sir Henry lo ha expresado todo claramente, muy claramente -dijo miss
Marple-. Y el doctor Lloyd también tuvo razón en lo que dijo. Entre los dos lo han dejado
todo bien claro. Sólo que no creo que el doctor Lloyd haya comprendido lo que implica algo
que él mismo ha dicho. Veamos, al no ser el médico habitual de sir Ambrose, no podía saber
exactamente qué clase de afección cardiaca padecía, ¿no les parece?
-No acabo de comprender lo que quiere usted decir, miss Marple -dijo el doctor Lloyd.
-Usted supone que sir Ambrose tenía un corazón al que le afectaría la digitalina, pero no hay
nada que lo pruebe. Pudo ser todo lo contrario. -¿Lo contrario?
-Sí, usted dijo que a menudo se receta digitalina para ciertas afecciones del corazón.
-Aunque así sea, miss Marple, no veo adonde quiere usted ir a parar.
-Pues significaría que podía tener digitalina en su poder con toda naturalidad, sin dar
explicaciones. Lo que trato de decir (siempre me expreso tan mal), es esto: Supongamos que
usted deseara envenenar a alguien con una dosis mortal de digitalina. ¿No sería lo más sencillo
y el medio más fácil procurar que todos sufrieran un envenenamiento producido por hojas de
dedalera, que contienen digitalina? No sería fatal para ninguno de los otros, pero nadie se
sorprendería de que hubiera una víctima ya que, como ha dicho el doctor Lloyd, estas cosas
son muy imprecisas. Nadie se molestaría en averiguar si la joven había tomado ya previamente
una dosis fatal de digitalina. Pudo ponérsela en un combinado, en el café o incluso hacérselo
beber simplemente como un tónico.
-¿Quiere usted decir que sir Ambrose envenenó a su pupila, la encantadora joven a la que
tanto apreciaba?
-Exactamente -replicó miss Marple-. Igual que Mr. Badge y su joven ama de llaves. No me
digan que es absurdo que un hombre de sesenta años se enamore de una joven de veinte.
Sucede cada día, y me atrevo a decir que un autócrata como sir Ambrose pudo tomárselo
muy a pecho. Esas cosas a veces se convierten en una obsesión. No podía soportar la idea de
verla casada. Hizo cuanto pudo por evitarlo y fracasó. Sus celos crecieron de tal modo que
prefirió matarla antes de dejar que se casara con el joven Lorimer. Debía haberlo planeado
bastante antes, ya que las semillas de dedalera tuvieron que ser sembradas entre la salvia.
Cuando llegó la ocasión, él mismo las cogió y envió a Sylvia con ellas a la cocina. Es horrible
pensarlo, pero supongo que debemos juzgarle con toda la benevolencia que podamos. Los
hombres de edad son algunas veces muy suyos en lo que se refiere a las chicas jovencitas.
Nuestro último organista... pero no hablemos más de los escándalos.
-Mrs. Bantry -preguntó sir Henry-. ¿Fue así?
Mrs. Bantry asintió.
-Sí, yo no tenía la menor idea, nunca pensé que pudiera tratarse de otra cosa más que de un
accidente. Luego, después de la muerte de sir Ambrose, recibí una carta. Había dejado
instrucciones para que me fuera enviada y en ella me contaba la verdad. No sé por qué, pero
él y yo siempre nos habíamos llevado muy bien
Durante el momentáneo silencio percibió una crítica callada y se apresuró a agregar:
-Ustedes creen que estoy traicionando una confidencia, pero no es así. He cambiado todos
los nombres. En realidad, no se llamaba sir Ambrose Bercy. ¿No se dieron cuenta de la
extrañeza con que me miró Arthur cuando dije el nombre por primera vez? Al principio no me
entendía. Lo he cambiado todo. Como dicen en las revistas y al principio de las novelas:
«Todos los personajes que aparecen en esta historia son puramente imaginarios». Nunca
sabrán ustedes quiénes fueron en realidad.
**
EL CASO DEL BUNGALOW
Ahora recuerdo un caso... -dijo Jane Helier. Su bello rostro se iluminó con la sonrisa confiada
del niño que busca aprobación. Era la sonrisa que conmovía a diario al público de Londres y
que había hecho la fortuna de los fotógrafos.
-Le ocurrió a una amiga mía -dijo con precaución.
Todo el mundo hizo hipócritas gestos de aliento. El coronel Bantry, su esposa, sir Henry
Clithering, el doctor Lloyd y la anciana miss Marple estaban convencidos de que la «amiga»
de Jane era ella misma. Hubiera sido incapaz de recordar o interesarse por algo que afectara a
cualquier otra persona.
-Mi amiga -continuó Jane-, no mencionaré su nombre, era una actriz muy conocida.
Nadie exteriorizó la menor sorpresa y sir Henry Clithering pensó para sí: «Me pregunto cuánto
tardará en olvidarse de la farsa y dirá yo en vez de ella...».
-Mi amiga se encontraba de gira por provincias, de esto hará uno o dos años. Supongo que
es mejor no decir el nombre del lugar. Estaba en la ribera de un río, muy cerca de Londres.
Lo llamaré...
Hizo una pausa, frunciendo el entrecejo. Al parecer, inventar un simple nombre era demasiado
para ella, y sir Henry acudió en su ayuda.
-¿Lo llamamos Riverbury? -le sugirió.
-Oh, sí, espléndido, Riverbury, lo recordaré. Bien, como decía esta amiga mía, se encontraba
en Riverbury con su compañía cuando ocurrió algo muy curioso.
Volvió a fruncir el entrecejo.
-¡Es tan difícil decir lo que una quiere decir! -se lamentó-. Temo confundirme y decir unas
cosas antes que otras.
-Lo hace usted muy bien -le dijo el doctor Lloyd para animarla-. Continúe.
-Bien, pues ocurrió algo muy curioso. Mi amiga fue llevada al puesto de policía. Al parecer se
había cometido un robo en su bungalow, situado junto al río, y habían detenido a un joven que
les contó una extraña historia, y por eso fueron a buscarla.
»Nunca había estado en un puesto de policía, pero se mostraron muy amables con ella,
amabilísimos.
-No me extraña en absoluto -dijo sir Henry.
-El sargento, creo que era un sargento, o tal vez fuese un inspector, la invitó a sentarse y le
explicó lo ocurrido. Desde luego yo vi en seguida que se trataba de una equivocación.
«¡Aja! -pensó sir Henry-. ¡Yo! Ya está, lo que imaginaba.»
-Eso dijo mi amiga -continuó Jane, sin advertir su propia traición-. Explicó que había estado
ensayando en el hotel con su suplente y que nunca había oído siquiera el nombre de Mr.
Faulkener. Y el sargento dijo: «Miss Hel...».
Se detuvo muy sonrojada.
-¿Miss Helman? -le sugirió sir Henry con un guiño.
-Sí, sí, eso es. Gracias. El sargento dijo: «Miss Helman, creo que debe de haber alguna
equivocación, puesto que usted se aloja en el Bridge Hotel». Y luego me preguntó si me
importaría que me confrontaran con aquel joven. No sé si se dice confrontar o carear. No lo
puedo recordar.
-No importa realmente -le aseguró sir Henry.
-De todos modos, yo dije: «Claro que no». Y lo trajeron y dijeron: «Ésta es miss Helier» y...
¡Oh! -Jane se interrumpió boquiabierta.
-No importa, querida -le dijo miss Marple para consolarla-. De todas maneras lo hubiéramos
adivinado. Y no nos ha dicho el nombre del lugar ni nada realmente importante.
-Bueno -dijo Jane-. Mi intención era contárselo como si le hubiera ocurrido a otra persona,
pero es difícil, ¿verdad? Quiero decir que una se olvida.
Todos le aseguraron que era muy difícil y una vez tranquilizada, prosiguió con su algo
enrevesado relato.
-Era un hombre muy atractivo, mucho. Joven y pelirrojo. Al verme se quedó con la boca
abierta y el sargento le preguntó: «¿Es ésta la dama?». Y él contestó: «No, desde luego que
no. Qué estúpido he sido». Yo le sonreí, diciéndole que no tenía importancia.
-Me imagino la escena -dijo sir Henry.
Jane Helier frunció el entrecejo.
-Déjeme pensar cómo sería mejor continuar.
-¿Y si nos contara de qué se trata, querida? -dijo miss Marple con tal amabilidad que nadie
pudo sospechar su ironía-. Quiero decir que cuál era la equivocación de aquel joven y de qué
se trataba el robo.
-Oh, sí -exclamó Jane-. Bien, ese joven, Leslie Faulkener, había escrito una comedia. A decir
verdad había escrito varias, aunque nunca le representaron una. Y me envió una en particular
para que la leyera. Yo lo ignoraba, ya que recibo cientos de obras de teatro y leo muy pocas,
sólo aquéllas de las que sé algo. De todas formas, así fue, y al parecer Mr. Faulkener recibió
una carta mía, sólo que resultó que no la había escrito yo. ¿Comprenden?
Hizo una pausa con ansiedad y todos le aseguraron que la habían entendido.
-En ella le decía que había leído su comedia, que me gustaba mucho y que viniera a hablar
conmigo. Le daba la dirección, el bungalow de Riverbury. De modo que Mr. Faulkener, muy
satisfecho, fue a verme a ese lugar: el bungalow. Le abrió la puerta una doncella a quien él
preguntó por miss Helier y ella le dijo que miss Helier le estaba esperando y le hizo pasar al
salón, donde le recibió una mujer que él aceptó como si fuera yo, lo cual resulta bastante
extraño, puesto que me había visto actuar y mis fotografías son bien conocidas en todas
partes, ¿verdad?
-Por todo lo largo y ancho de Inglaterra -replicó Mrs. Bantry-. Pero a menudo hay una gran
diferencia entre la fotografía y el original, mi querida Jane. Así como cuando se ve a las artistas
fuera del escenario. No todas las actrices pueden superar esa prueba como tú, recuérdelo.
-Bueno -dijo Jane un tanto aplacada-, es posible. De todas formas describió a aquella mujer
diciendo que era alta, rubia, de grandes ojos azules y muy atractiva, de modo que debía
parecerse bastante a mí. Desde luego, él no sospechó nada y ella se sentó, comenzó a charlar
de su comedia y de las ganas que tenía de representarla. Mientras hablaban, les sirvieron unos
combinados y Mr. Faulkener tomó uno. Bueno, eso es todo
lo que recuerda, que se bebió el combinado. Cuando se despertó, o volvió en sí, estaba
tendido en la carretera junto a la cuneta, desde luego donde no había peligro de que le
atropellaran. Estaba muy débil y desorientado, tanto que, cuando se levantó y echó a andar
tambaleándose, no sabía adonde se dirigía. Dijo que, de haber estado en posesión de todas
sus facultades, hubiera vuelto al bungalow para tratar de averiguar lo ocurrido, pero se sentía
tan torpe y aturdido que siguió caminando sin saber apenas lo que hacía. Empezaba a
rehacerse cuando fue detenido por la policía.
-¿Por qué le detuvieron? -preguntó el doctor Lloyd.
-¡Oh! ¿No se lo dije? -exclamó Jane abriendo mucho los ojos-. Qué tonta soy, por el robo.
-Usted mencionó un robo, pero no dijo dónde tuvo lugar ni porqué.
-Bueno, ese bungalow, ese al que fue él, no era mío, por supuesto. Pertenecía a un hombre
cuyo nombre era...
De nuevo Jane Helier frunció el entrecejo.
-¿Quiere que vuelva a hacer de padrino? -le preguntó sir Henry-. Seudónimos gratis.
Descríbame al individuo y yo le bautizaré.
-Lo había alquilado un acaudalado caballero, de la ciudad.
-Sir Herman Cohen -sugirió sir Henry.
-Le va perfectamente. Lo alquiló para una mujer, esposa de un actor y también actriz.
-Al actor podemos llamarle Claud Leason -dijo sir Henry- y a ella por su nombre artístico,
por ejemplo, miss Mary Kerr.
-Creo que es usted muy inteligente -dijo Jane-. A mí no se me ocurren las cosas tan
fácilmente. Bien, era una especie de casita de campo donde sir Herman... ¿ha dicho usted
Herman?, y la dama pretendían pasar los fines de semana. Por supuesto, la esposa no sabía
nada de esto.
-Es lo que suele ocurrir -dijo sir Henry.
-Y le había regalado a la actriz una buena cantidad de joyas, incluidas unas esmeraldas muy
finas.
-¡Ah! -exclamó el doctor Lloyd-. Ya vamos llegando.
-Estas joyas estaban en el bungalow bien cerradas en un joyero. La policía dijo que era una
imprudencia, que cualquiera pudo cogerlas.
-¿Ves, Dolly? -intervino el coronel Bantry-. ¿Qué es lo que te digo siempre?
-Bueno, según he visto por propia experiencia -contestó Mrs. Bantry-, es siempre la gente
cuidadosa la que pierde sus joyas. Yo no encierro las mías en ningún joyero, las guardo
sueltas en un cajón debajo de las medias. Me atrevo a decir que si... ¿cómo se llama?, si
Mary Kerr hubiese hecho lo mismo, no se las hubieran robado tan fácilmente.
-Las habrían encontrado -replicó Jane-, pues todos los cajones fueron abiertos y su contenido
esparcido por el suelo.
-Entonces no andaban buscando joyas -dijo Mrs. Bantry-, sino documentos secretos. Es lo
que ocurre siempre en las novelas.
-No sé nada de ningún documento secreto -respondió Jane pensativa-. No los oí mencionar.
-No se distraiga, miss Helier -dijo el coronel Bantry-. No se inquiete usted por las pistas
falsas disparatadas que diga mi esposa.
-Siga hablando del robo -le indicó amablemente sir Henry.
-Sí. La policía recibió una llamada telefónica de alguien que se hizo pasar por Mary Kerr. Dijo
que habían robado en el bungalow y describió a un joven pelirrojo que se había presentado
aquella mañana en el bungalow. A su doncella le pareció un tipo muy raro y se negó a dejarlo
entrar, pero más tarde lo vio salir por una ventana. Lo describió con tanto detalle que la
policía lo detuvo media hora después y entonces él contó su historia y mostró mi carta.
Vinieron a buscarme y al verme, dijo lo que ya les he contado: ¡que no era yo!
-Una historia muy curiosa -dijo el doctor Lloyd-. ¿Mr. Faulkener conocía a esa miss Kerr?
-No, no la conocía, o por lo menos eso dijo. Pero aún no les he contado lo más curioso. La
policía fue al bungalow y lo encontraron tal como lo he descrito antes: los cajones por el suelo
y ni rastro de las joyas, pero no había nadie. Hasta algunas horas más tarde no regresó Mary
Kerr, quien negó haberles telefoneado y afirmó que nada sabía de lo ocurrido hasta aquel
momento. Al parecer había recibido un telegrama de su representante ofreciéndole un papel
importante y concertando una entrevista a la que naturalmente se había apresurado a acudir.
Al llegar allí, descubrió que todo había sido una broma y que el representante no le había
enviado ningún telegrama.
-Un truco bastante manido para quitarla de en medio -comentó sir Henry-. ¿Qué me dice de
los criados?
-Había ocurrido lo mismo. Sólo tenía una doncella a la que llamaron por teléfono,
aparentemente de parte de Mary Kerr, para decirle que ésta se había olvidado algo muy
importante y dándole instrucciones para que cogiese cierto bolso de mano que estaba en un
cajón de su dormitorio y tomara el primer tren. La doncella así lo hizo, desde luego, y dejó la
casa cerrada. Pero cuando llegó al club de miss Kerr, que era donde le dijeron que esperara a
su señora, la esperó en vano.
-¡Hum! -murmuró sir Henry-. Empiezo a comprender. La casa se quedó vacía y entrar por
una de sus ventanas no creo que resultara muy difícil. Pero no veo qué pinta en todo esto Mr.
Faulkener. ¿Y quién telefoneó a la policía, si no fue miss Kerr?
-Eso nadie llegó a averiguarlo nunca.
-Es curioso -comentó sir Henry-. ¿Resultó ser el joven quien dijo ser?
-Oh, sí. Incluso presentó la carta que supuso escrita por mí. La letra no se parecía en nada a
la mía, pero, claro, no era de esperar que conociese mi letra.
-Bien, precisemos los hechos con claridad -dijo sir Henry-. Corríjame si me equivoco. La
señora y la doncella son alejadas de la casa. Atraen a ese joven a la casa por medio de una
carta falsa, aprovechando la circunstancia de que usted se encontraba aquella semana
actuando en Riverbury. El joven ingiere una droga y la policía recibe una llamada que hace
que sospechen de él. Se ha cometido un robo. ¿Supongo que se llevarían las joyas?
-Oh, sí.
-¿Y fueron recuperadas?
-No, nunca. A decir verdad, creo que sir Herman intentó echar tierra al asunto. Pero no pudo
conseguirlo y me parece que su esposa solicitó el divorcio por este motivo, aunque no lo sé
con certeza.
-¿Qué le ocurrió a Mr. Leslie Faulkener?
-Que al fin fue puesto en libertad. La policía no tenía suficientes pruebas contra él. ¿No les
parece que es todo muy extraño?
-Realmente muy extraño. La primera pregunta es: ¿qué historia debemos creer? Miss Helier,
he observado que usted se inclina hacia la de Mr. Faulkener. ¿Tiene usted alguna razón para
ello aparte de su propio instinto?
-No, no -contestó Jane contrariada-. Supongo que no. Pero era tan simpático y se disculpó
de tal modo por haber tomado a otra persona por mí, que tuve el convencimiento de que
decía la verdad.
-Ya comprendo -dijo sir Henry con una sonrisa-. Pero debe admitir que pudo inventar esa
historia con toda facilidad y haber escrito él mismo la carta que se suponía que era de usted.
También pudo tomar alguna droga después de cometer el robo, pero confieso que no veo qué
propósito pudiera tener semejante actuación. Era más sencillo entrar en la casa y desaparecer
tranquilamente, a menos que lo hubiese visto algún vecino y él lo supiera. Entonces pudo
rápidamente idear este pían para desviar las sospechas y explicar su presencia en la casa.
-¿Tenía dinero? -preguntó miss Marple.
-No lo creo -respondió Jane-. No, más bien me parece que andaba bastante apurado.
-Todo este asunto resulta muy curioso -dijo el doctor Lloyd-. Debo confesar que si
aceptamos la historia de ese joven como cierta, el caso presenta más dificultades. ¿Para qué
iba a querer la dama que pretendía hacerse pasar por miss Helier mezclar en el asunto a un
desconocido? ¿Por qué montar una comedia tan terriblemente complicada?
-Dime, Jane -dijo Mrs. Bantry-. ¿Llegó a encontrarse frente a frente el joven Faulkener con
Mary Kerr en algún momento durante los interrogatorios?
-No puedo asegurarlo -contestó Jane despacio y esforzándose por recordar.
-¡Porque, de no ser así, el caso está resuelto! -exclamó Mrs. Bantry-. Estoy segura de que
tengo razón. ¿Qué es más sencillo que pretender que había sido reclamada en la ciudad?
Luego telefonea desde Paddington o cualquier otra estación a su doncella y, mientras ésta va a
la ciudad, ella regresa. El joven acude a la cita, le droga y prepara la escena del robo con el
mayor lujo posible de detalles. Telefonea a la policía, les da la descripción de la víctima
propiciatoria y vuelve de nuevo a la ciudad. Luego regresa a su casa en el último tren y se
hace la inocente y sorprendida.
-Pero, ¿por qué iba a robar sus propias joyas, Dolly?
-Siempre lo hacen -respondió Mrs. Bantry-. Y de todas formas se me ocurren mil razones.
Tal vez quería dinero y es posible que sir Herman no se lo diera, por lo que simula el robo de
las joyas y luego las vende en secreto. O quizás alguien le estuviera haciendo chantaje,
amenazándola con decírselo a su marido o a la esposa de sir Herman. También es posible que
ya las hubiera vendido, y sir Herman lo sospechara, le preguntara por ellas y se viera obligada
a hacer algo. Eso sucede muy a menudo en las novelas. O quizá se las estaba haciendo
montar de nuevo y tenía en casa una imitación falsa. O bien... ésta es una buena idea y no tan
típica... simula que le han sido robadas, se pone frenética y él le regala otras. De este modo
tiene dos lotes en vez de uno. Estoy segura de que esa clase de mujeres saben muchos trucos.
-Eres muy inteligente, Dolly -le dijo Jane con admiración-. A mí no se me habría ocurrido.
-Es posible que lo sea, pero no ha dicho que tenga razón -comentó el coronel Bantry-. Yo me
inclino a sospechar del caballero de la ciudad. Él sabría la clase de telegrama que haría
marcharse de su casa a la actriz y el resto pudo arreglarlo fácilmente con la ayuda de una
buena amiga. Al parecer nadie ha pensado en preguntarle a él si tiene una cortada.
-¿Qué opina usted, miss Marple? -preguntó Jane volviéndose hacia la anciana, que había
fruncido el entrecejo.
-Querida, en realidad no sé qué decir. Sir Henry se reirá, pero esta vez no recuerdo ningún
caso similar ocurrido en el pueblo que me sirva de ayuda. Desde luego, hay varios aspectos
de su relato que son muy sugerentes. Por ejemplo, la cuestión del servicio. En... ejem... en una
casa de costumbres tan dudosas, la sirvienta debía conocer perfectamente la situación, y una
muchacha decente no hubiera aceptado jamás semejante empleo, ni su madre se lo hubiera
permitido ni por un momento. De modo que podemos suponer que la doncella no era muy de
fiar. Pudo dejarles la casa abierta a los ladrones mientras ella iba a Londres para desviar
sospechas. Debo confesar que me parece la solución más probable. Sólo que si fuese obra de
unos ladrones corrientes me resultaría muy raro, ya que para un robo así se precisan más
conocimientos de los que pueda tener una doncella.
Miss Marple hizo una pausa antes de proseguir con aire soñador:
-No puedo dejar de pensar que hubo algo más, quiero decir algún conflicto personal.
Supongamos, por ejemplo, que alguien se sintiera despechado. ¿Tal vez una joven actriz a
quien él no hubiera tratado bien? ¿No creen que eso explicaría mejor las cosas? Un intento
deliberado para complicarle la vida: Eso es lo que parece. Y no obstante, no resulta del todo
satisfactorio.
-Vaya, doctor, usted no ha dicho nada -dijo Jane-. Me había olvidado de usted.
-De mí se olvida siempre todo el mundo -contestó el doctor con tristeza-. Debo de tener una
personalidad muy anodina.
-¡Oh, no! -exclamó Jane-. ¿Quiere, pues, darnos su opinión?
-Me encuentro en la posición de estar de acuerdo con las soluciones de todos y al mismo
tiempo con ninguna. Yo tengo la teoría descabellada, y probablemente totalmente errónea, de
que la esposa tiene algo que ver en el asunto. Me refiero a la de sir Herman. No tengo el
menor indicio en que basarme, sólo sé que les sorprendería saber las cosas extraordinarias,
realmente muy extraordinarias, que son capaces de hacer las esposas engañadas si se les mete
en la cabeza.
-¡Oh! Doctor Lloyd -exclamó miss Marple excitada-, qué inteligente es usted. No me había
acordado para nada de la pobre Mrs. Pebmarsh.
Jane la miró extrañada.
-¿Mrs. Pebmarsh? ¿Quién es Mrs. Pebmarsh?
-Pues... -miss Marple vacilaba-... ignoro si tendrá algo que ver con esto. Es una lavandera
que robó un broche con un ópalo que estaba prendido en una blusa y lo escondió en casa de
otra mujer.
Jane pareció más confundida que nunca.
-¿Y eso le hace ver claro este asunto, miss Marple? -dijo sir Henry con su habitual guiño.
Mas, ante su sorpresa, miss Marple negó con la cabeza.
-No, me temo que no. Debo confesar que estoy completamente desorientada. Lo que sí sé es
que las mujeres deberían estar siempre unidas y defender en caso de apuro a las de su propio
sexo. Creo que ésta es la moraleja de la historia que acaba de contarnos miss Helier.
-Debo confesar que no había considerado el aspecto ético del misterio -dijo sir Henry en tono
grave-. Tal vez vea con más claridad el significado de sus palabras cuando miss Helier nos
haya dado la solución.
-¿Cómo? -exclamó Jane, todavía más asombrada.
-Estoy confesando que «nos damos por vencidos». Usted y sólo usted, miss Helier, ha tenido
el alto honor de presentar un misterio tan complicado que incluso la misma miss Marple ha
tenido que confesar su derrota.
-¿Todos se dan por vencidos? -preguntó en alta voz Jane.
-Sí. -Tras un minuto de silencio durante el cual todos esperaban que los demás tomasen la
palabra, sir Henry volvió a llevar la voz cantante-. Es decir, que nos limitamos a presentar las
soluciones esbozadas por todos nosotros: una de cada caballero, dos de miss Marple y cerca
de una docena de Mrs. B.
-No llegaban a una docena -replicó Mrs. Bantry-. Algunas eran variaciones sobre el mismo
tema. ¿Y cuántas veces he de decirle que no quiero que me llame Mrs. B?
-De modo que se dan por vencidos. -Jane estaba pensativa-. Es muy interesante.
Se inclinó hacia delante en la silla y empezó a limarse las uñas con aire ausente.
-Bueno -dijo Mrs. Bantry-. Vamos, Jane. ¿Cuál es la solución?
-¿La solución?
-Sí. ¿Qué ocurrió en realidad?
Jane la miró de hito en hito.
-No tengo la menor idea.
-¿Cómo?
-Siempre quise saberla y pensé que entre todos ustedes, que son tan inteligentes, podrían
dármela.
Todo el mundo disimuló su contrariedad. Todos aceptaban que Jane fuese tan hermosa, pero
en aquel momento todos pensaron que había llevado demasiado lejos su estupidez. Incluso la
belleza más trascendental no podía excusarla.
-¿Quiere decir que la verdad nunca fue descubierta? -preguntó sir Henry.
-No. Y por eso, como les dije, pensé que ustedes me la podrían explicar a mí.
Jane parecía contrariada, como si hubiera sido agraviada.
-Bueno, yo... yo... -dijo el coronel Bantry y le fallaron las palabras.
-Eres una joven muy irritante, Jane -dijo su esposa-. De todas maneras, estoy segura y
siempre lo estaré de que tengo razón. Y si nos dijera los verdaderos nombres de todas esas
personas, lo comprobaría.
-No creo que pueda hacerlo -replicó Jane lentamente.
-No, querida -intervino miss Marple-. Miss Helier no puede hacer eso.
-Claro que puede -dijo Mrs. Bantry-. No seas tan escrupulosa. Los mayores podemos
comentar algún que otro escándalo. De todas maneras, díganos por lo menos quién era el
magnate de la ciudad.
Miss Jane negó con la cabeza y miss Marple continuó apoyando a la joven.
-Debió de ser un caso muy desagradable -le dijo.
-No -replicó Jane pensativa-. Creo... creo que más bien disfruté.
-Bien, es posible -respondió miss Marple-. Supongo que rompería la monotonía. ¿Qué
comedia estaba usted representando?
-Smith.
-Oh, sí. Es una de Somerset Maugham, ¿verdad? Todas sus obras son muy inteligentes. Las
he visto casi todas.
-Vas a reponerla el próximo otoño, ¿verdad? -le preguntó Mrs. Bantry.
Jane asintió.
-Bueno -dijo miss Marple poniéndose en pie-. Debo irme a casa. ¡Es tan tarde! Pero he
pasado una velada muy entretenida. No sucede a menudo. Creo que la historia de miss Helier
se lleva el premio. ¿No les parece?
-Siento que se hayan disgustado conmigo -dijo Jane-, porque no sé el final. Supongo que debí
decírselo antes.
Su tono denotaba pesar y el doctor Lloyd salvó la situación con su galantería acostumbrada.
-Mi querida amiga, ¿por qué había de sentirlo? Usted nos ha presentado un bonito problema
para que aguzáramos nuestro ingenio. Lo único que lamento es que ninguno de nosotros haya
sabido resolverlo convenientemente.
-Hable por usted -dijo Mrs. Bantry-. Yo lo he resuelto, estoy completamente convencida.
-¿Sabe que creo que tiene usted razón? -intervino Jane-. Lo que ha dicho parecía muy
razonable.
-¿A cuál de sus siete soluciones se refiere? -preguntó sir Henry molesto.
El doctor Lloyd ayudaba a miss Marple a ponerse sus chanclos. «Sólo por si acaso», dijo. El
doctor debía acompañarla hasta su vieja casa y, una vez envuelta en diversos chales de lana,
les dio a todos las buenas noches. Después, acercándose a Jane Helier, le murmuró unas
palabras en su oído. Tal exclamación de sorpresa salió de los labios de Jane que hizo que los
demás se volvieran a mirarla.
Asintiendo con una sonrisa, miss Marple se dispuso a marcharse seguida por la mirada de
Jane Helier.
-¿Vas a acostarte, Jane? -preguntó Mrs. Bantry-. ¿Qué te ocurre, Jane? Parece como si
acabaras de ver un fantasma.
Con un profundo suspiro, la actriz se rehizo y, sonriendo a los dos hombres, siguió a su
anfitriona hacia la escalera. Mrs. Bantry entró con la joven en su habitación.
-El fuego está casi apagado -dijo removiendo inútilmente el rescoldo-. No son ni capaces de
encender bien el fuego, estas estúpidas doncellas. Aunque supongo que ya es muy tarde.
¡Vaya, es más de la una!
-¿Crees que hay muchas personas como ella? -preguntó Jane Helier.
Se había sentado a un lado de la cama, al parecer perdida en sus pensamientos.
-¿Como la doncella?
-No, como esa extraña anciana, ¿cómo se llama? ¿Marple?
-¡Oh! No lo sé. Imagino que es bastante corriente encontrar ancianitas como ella en los
pueblos.
-Oh, Dios mío -replicó Jane-. No sé qué hacer, de veras.
Suspiró profundamente.
-¿Qué te ocurre?
-Estoy preocupada.
-¿Por qué?
-Dolly -Jane Helier adquirió de pronto un tono solemne-, ¿sabes lo que esa extraña viejecita
me murmuró al oído esta noche un poquito antes de marcharse?
-No. ¿Qué?
-Me dijo: «Yo de usted no lo haría, querida. Nunca se ponga en manos de otra mujer, aunque
la considere su amiga». ¿Sabes, Dolly, que eso es absolutamente cierto?
-¿El consejo? Sí, tal vez lo sea, pero no le veo la aplicación.
-Cree que no debo confiar totalmente en otra mujer. Y además estaría en sus manos. No se
me había ocurrido pensarlo.
-¿De qué mujer estás hablando?
-De Netta Greene, mi suplente.
-¿Y qué diablos sabe miss Marple de tu suplente?
-Imagino que lo ha adivinado, aunque no sé cómo.
-Jane, ¿quieres explicarme en seguida de qué estás hablando?
-De mi historia, la que acabo de contaros. Oh, Dolly, esa mujer, la que apartó a Claud de mi
lado...
Mrs. Bantry asintió y a su memoria acudió el primer matrimonio desgraciado de Jane con
Claud Averbury, el actor.
-Se casó con ella y yo podía haberle dicho lo que iba a suceder. Claud lo ignoraba, pero ella
pasa los fines de semana con sir Joseph Salmón en el bungalow del que les he hablado. Yo
quería descubrirla, demostrar a todo el mundo la clase de mujer que es. Y con un robo, todo
hubiera tenido que salir a relucir.
-¡Jane! -exclamó Mrs. Bantry-. ¿Imaginaste tú el caso que acabas de contarnos?
Jane asintió.
-Por eso escogí la obra Smith. En ella aparezco vestida de doncella y tengo a mano el disfraz.
Y cuando me enviaran al puesto de policía sería lo más sencillo del mundo decir que estaba
ensayando mi papel en mi hotel con mi suplente, cuando en realidad estaríamos en el
bungalow. Yo me limitaría a abrir la puerta y servir los combinados, y Netta simularía ser yo.
Él no volvería a verla, por supuesto, de modo que no habría forma de que la reconociera. Y
yo cambio muchísimo vestida de doncella. Y, además, no se mira a las doncellas como si
fueran personas. Luego planeábamos llevarlo a la carretera, coger las joyas, telefonear a la
policía y regresar al hotel. No me gustaría que sufriera el pobre muchacho, pero sir Henry no
parece creer que vaya a sufrir, ¿verdad? Y ella saldría en los periódicos y Claud sabría cómo
es en realidad.
Mrs. Bantry se sentó exhalando un gemido.
-Oh, mi cabeza. Y todo este tiempo... Jane Helier, ¡eres terrible! ¡Y nos has contado la
historia como si nada!
-Soy una buena actriz -contestó Jane complacida-. Siempre lo he sido, aunque la gente diga lo
contrario. No me descubrí en ningún momento, ¿verdad?
-Miss Marple tenía razón -murmuró Mrs. Bantry-. El elemento emocional. Oh, sí, el elemento
emocional. Jane, pequeña, ¿te das cuenta de que un robo es un robo y de que podrías acabar
irremisiblemente en la cárcel?
-Bueno, ninguno de vosotros lo adivinó -respondió Jane-, excepto miss Marple. -Su rostro
volvió a adquirir una expresión preocupada-. Dolly, ¿crees realmente que hay mucha gente
como ella?
-Con franqueza, no lo creo -contestó Mrs. Bantry.
Jane volvió a suspirar.
-De todos modos, es mejor no arriesgarse. Y desde luego estaría por completo en las manos
de Netta, eso es cierto. Podría hacerme chantaje o volverse contra mí. Me ayudó a pensar
todos los detalles y dice que me tiene un gran afecto, pero no hay que fiarse nunca de las
mujeres. No, creo que miss Marple tiene razón. Será mejor no arriesgarse,
-Pero, querida, si ya te has arriesgado...
-Oh, no. -Jane abrió del todo sus grandes ojos azules-. ¿No lo comprendes? ¡Nada de esto
ha ocurrido todavía! Yo intentaba probarlo con vosotros, por así decirlo.
-No lo entiendo -replicó Mrs. Bantry muy digna-. ¿Quieres decir que se trata de un proyecto
futuro y no de un hecho consumado?
-Pensaba ponerlo en práctica este otoño, en septiembre. Ahora no sé qué hacer.
-Y Jane Marple lo adivinó, supo averiguar la verdad y no nos lo dijo -añadió Mrs. Bantry
dolida.
-Creo que por eso dijo lo que dijo: lo de que las mujeres deben ayudarse. No me ha
descubierto delante de los caballeros. Ha sido muy generoso por su parte. Pero no me
importa que tú lo sepas, Dolly.
-Bueno, renuncia a ese proyecto, Jane. Te lo suplico.
-Creo que lo haré -murmuró miss Helier-. Podría haber otra miss Marple.
**
LA AHOGADA
Sir Henry Clithering, ex-comisionado de Scotland Yard, estaba hospedado en casa de sus
amigos, los Bantry, cerca del pueblecito de St. Mary Mead.
El sábado por la mañana, cuando bajaba a desayunar a la agradable hora de las diez y cuarto,
casi tropezó con su anfitriona, Mrs. Bantry, en la puerta del comedor. Salía de la habitación
evidentemente presa de una gran excitación y contrariedad.
El coronel Bantry estaba sentado a la mesa con el rostro más enrojecido que de costumbre.
-Buenos días, Clithering -dijo-. Hermoso día, siéntese.
Sir Henry obedeció y, al ocupar su sitio ante un plato de riñones con beicon, su anfitrión
continuó:
-Dolly está algo preocupada esta mañana.
-Sí... eso me ha parecido -dijo sir Henry.
Y se preguntó a qué sería debido. Su anfitriona era una mujer de carácter apacible, poco
dada a los cambios de humor y a la excitación. Que sir Henry supiera, lo único que le
preocupaba de verdad era su jardín.
-Sí -continuó el coronel Bantry-. La han trastornado las noticias que nos han llegado esta
mañana. Una chica del pueblo, la hija de Emmott, el dueño del Blue Boar.
-Oh, sí, claro.
-Sí -dijo el coronel pensativo-. Una chica bonita que se metió en un lío. La historia de
siempre. He estado discutiendo con Dolly sobre el asunto. Soy un tonto. Las mujeres carecen
de sentido común. Dolly se ha puesto a defender a esa chica. Ya sabe cómo son las mujeres,
dicen que los hombres somos unos brutos, etcétera, etcétera. Pero no es tan sencillo como
esto, por lo menos hoy en día. Las chicas saben lo que se hacen y el individuo que seduce a
una joven no tiene que ser necesariamente un villano. El cincuenta por ciento de las veces no
lo es. A mí me cae bastante bien el joven Sanford, un joven simplón, más bien que un
donjuán.
-¿Es ese tal Sanford el que ha comprometido a la chica?
-Eso parece. Claro que yo no sé nada concreto -replicó el coronel-. Sólo son habladurías y
chismorreos. ¡Ya sabe usted cómo es este pueblo! Como le digo, yo no sé nada. Y no soy
como Dolly, que saca sus conclusiones y empieza a lanzar acusaciones a diestro y siniestro.
Maldita sea, hay que tener cuidado con lo que se dice. Ya sabe, la encuesta judicial y lo
demás...
-¿Encuesta?
El coronel Bantry lo miró.
-Sí. ¿No se lo he dicho? La chica se ha ahogado. Por eso se ha armado todo ese alboroto.
-Qué asunto más desagradable -dijo sir Henry.
-Por supuesto, me repugna tan sólo pensarlo, pobrecilla. Su padre es un hombre duro en
todos los aspectos e imagino que ella no se vio capaz de hacer frente a lo ocurrido.
Hizo una pausa.
-Eso es lo que ha trastornado tanto a Dolly.
-¿Dónde se ahogó?
-En el río. Debajo del molino la corriente es bastante fuerte. Hay un camino y un puente que lo
cruza. Creen que se arrojó desde allí. Bueno, bueno, es mejor no pensarlo.
Y el coronel Bantry abrió el periódico, dispuesto a distraer sus pensamientos de esos penosos
asuntos y absorberse en las nuevas iniquidades del gobierno.
Sir Henry no se interesó especialmente por aquella tragedia local. Después del desayuno, se
instaló cómodamente en una tumbona sobre la hierba, se echó el sombrero sobre los ojos y se
dispuso a contemplar la vida desde su cómodo asiento.
Eran las doce y media cuando una doncella se le acercó por el césped.
-Señor, ha llegado miss Marple y desea verle.
-¿Miss Marple?
Sir Henry se incorporó y se colocó bien el sombrero. Recordaba perfectamente a miss
Marple: sus modelos anticuados, sus maneras amables y su asombrosa perspicacia, así como
una docena de casos hipotéticos y sin resolver para los que aquella «típica solterona de
pueblo» había encontrado la solución exacta. Sir Henry sentía un profundo respeto por miss
Marple y se preguntó para qué habría ido a verle.
Miss Marple estaba sentada en el salón, tan erguida como siempre, y a su lado se veía un
cesto de la compra de fabricación extranjera. Sus mejillas estaban muy sonrosadas y parecía
sumamente excitada.
-Sir Henry, celebro mucho verle. Qué suerte he tenido al encontrarle. Acabo de saber que
estaba pasando aquí unos días. Espero que me perdonará...
-Es un placer verla -dijo sir Henry estrechándole la mano-. Lamento que Mrs. Bantry haya
salido de compras.
-Sí -contestó miss Marple-. Al pasar la vi hablando con Footit, el carnicero. Henry Footit fue
atropellado ayer cuando iba con su perro, uno de esos terrier pendencieros que al parecer
tienen todos los carniceros.
-Sí -respondió sir Henry sin saber a qué venía aquello.
-Celebro haber venido ahora que no está ella -continuó miss Marple-, porque a quien
deseaba ver era a usted, a causa de ese desgraciado asunto.
-¿Henry Footit? -preguntó sir Henry extrañado.
Miss Marple le dirigió una mirada de reproche.
-No, no. Me refiero a Rose Emmott, por supuesto. ¿Lo sabe usted ya?
Sir Henry asintió.
-Bantry me lo ha contado. Es muy triste.
Estaba intrigado. No podía imaginar por qué quería verle miss Marple para hablarle de Rose
Emmott.
Miss Marple volvió a tomar asiento y sir Henry se sentó a su vez. Cuando la anciana habló de
nuevo, su voz sonó grave.
-Debe usted recordar, sir Henry, que en un par de ocasiones hemos jugado a una especie de
pasatiempo muy agradable: proponer misterios y buscar una solución. Usted tuvo la
amabilidad de decir que yo no lo hacía del todo mal.
-Nos venció usted a todos -contestó sir Henry con entusiasmo-. Demostró un ingenio
extraordinario para llegar a la verdad. Y recuerdo que siempre encontraba un caso similar
ocurrido en el pueblo, que era el que le proporcionaba la clave.
Sir Henry sonrió al decir esto, pero miss Marple permanecía muy seria.
-Si me he decidido a acudir a usted ha sido justamente por aquellas amables palabras suyas.
Sé que si le hablo a usted... bueno, al menos no se reirá.
El ex-comisionado comprendió de pronto que estaba realmente apurada.
-Ciertamente, no me reiré -le dijo con toda amabilidad.
-Sir Henry, esa chica, Rose Emmott, no se suicidó, fue asesinada. Y yo sé quién la ha matado.
El asombro dejó sin habla a sir Henry durante unos segundos. La voz de miss Marple había
sonado perfectamente tranquila y sosegada, como si acabara de decir la cosa más normal del
mundo.
-Ésa es una declaración muy seria, miss Marple -dijo sir Henry cuando se hubo recuperado.
Ella asintió varias veces.
-Lo sé, lo sé. Por eso he venido a verle.
-Pero mi querida señora, yo no soy la persona adecuada. Ahora soy un ciudadano más. Si
usted está segura de lo que afirma debe acudir a la policía.
-No lo creo -replicó de inmediato miss Marple.
-¿Por qué no?
-Porque no tengo lo que ustedes llaman pruebas.
-¿Quiere decir que sólo es una opinión suya?
-Puede llamarse así, pero en realidad no es eso. Lo sé, estoy en posición de saberlo. Pero si
le doy mis razones al inspector Drewitt, se echará a reír y no podré reprochárselo. Es muy
difícil comprender lo que pudiéramos llamar un «conocimiento especializado».
-¿Como cuál? -le sugirió sir Henry.
Miss Marple sonrió ligeramente.
-Si le dijera que lo sé porque un hombre llamado Peasegood (Buenguisante) dejó nabos en
vez de zanahorias cuando vino con su carro a venderle verduras a mi sobrina hará varios
años...
Se detuvo con ademán elocuente.
-Un nombre muy adecuado para su profesión -murmuró sir Henry-. Quiere decir que juzga el
caso sencillamente por los hechos ocurridos en un caso similar...
-Conozco la naturaleza humana -respondió miss Marple-. Es imposible no conocerla después
de vivir tantos años en un pueblo. El caso es, ¿me cree usted o no?
Le miró de hito en hito mientras se acentuaba el rubor de sus mejillas.
Sir Henry era un hombre de gran experiencia y tomaba sus decisiones con gran rapidez, sin
andarse por las ramas. Por fantástica que pareciese la declaración de miss Marple, se dio
cuenta en seguida de que la había aceptado.
-La creo, miss Marple, pero no comprendo qué quiere que haga yo en este asunto ni por qué
ha venido a verme.
-Le he estado dando vueltas y vueltas al asunto -explicó la anciana-. Y, como le digo, sería
inútil acudir a la policía sin hechos concretos. Y no los tengo. Lo que quería pedirle es que se
interese por este asunto, cosa que estoy segura halagará al inspector Drewitt. Y si la cosa
prosperara, al coronel Melchett, el jefe de policía. Estoy segura de que sería como cera en sus
manos.
Le miró suplicante.
-¿Y qué datos va a darme usted para empezar a trabajar?
-He pensado escribir un nombre, el del culpable, en un pedazo de papel y dárselo a usted.
Luego, si durante el transcurso de la investigación usted decide que esa persona no tiene nada
que ver, pues me habré equivocado. -Hizo una breve pausa y agregó con un ligero
estremecimiento-: Sería terrible que ahorcaran a una persona inocente.
-¿Qué diablos? -exclamó sir Henry sobresaltado.
Ella volvió su rostro preocupado hacia sir Henry.
-Puedo equivocarme, aunque no lo creo. El inspector Drewitt es un hombre inteligente, pero
algunas veces una inteligencia mediocre puede resultar peligrosa y no le lleva a uno muy lejos.
Sir Henry la contempló con curiosidad.
Miss Marple abrió un pequeño bolso del que extrajo una libretita y, arrancando una de las
hojas, escribió unas palabras con todo cuidado.
Después de doblarla en dos, se la entregó a sir Henry.
Éste lo abrió y leyó el nombre, que nada le decía, mas enarcó las cejas mirando a miss Marple
mientras se guardaba el papel en el bolsillo.
-Bien, bien -dijo-. Es un asunto extraordinario. Nunca había intervenido en nada semejante,
pero voy a confiar en la buena opinión que usted me merece, se lo aseguro, miss Marple.
Sir Henry se hallaba en la salita con el coronel Melchett, jefe de policía del condado, así como
con el inspector Drewitt. El jefe de policía era un hombre de modales marciales y agresivos. El
inspector Drewitt era corpulento y ancho de espaldas, y un hombre muy sensato.
-Tengo la sensación de que me estoy entrometiendo en su trabajo -decía sir Henry con su
cortés sonrisa-. Y en realidad no sabría decirles por qué lo hago. -Lo cual era rigurosamente
cierto.
-Mi querido amigo, estamos encantados. Es un gran cumplido.
-Un honor, sir Henry -dijo el inspector.
El coronel Melchett pensaba: «El pobre está aburridísimo en casa de los Bantry. El viejo
criticando todo el santo día al gobierno, y ella hablando sin parar de sus bulbos.»
El inspector decía para sus adentros: «Es una lástima que no persigamos a un delincuente
verdaderamente hábil. He oído decir que es uno de los mejores cerebros de Inglaterra. Qué
lástima, realmente una lástima, que se trate de un caso tan sencillo.»
El jefe de policía dijo en voz alta:
-Me temo que se trata de un caso muy sórdido y claro. Primero se pensó que la chica se
había suicidado. Estaba esperando un niño. Sin embargo, nuestro médico, el doctor Haydock,
que es muy cuidadoso, observó que la víctima presentaba unos cardenales en la parte superior
de cada brazo, ocasionados presumiblemente por una persona que la sujetó para arrojarla al
río.
-¿Se hubiera necesitado mucha fuerza?
-Creo que no. Seguramente no hubo lucha, si la cogieron desprevenida. Es un puente de
madera, muy resbaladizo. Tirarla debió de ser lo más sencillo del mundo, en un lado no hay
barandilla.
-¿Saben con seguridad que la tragedia ocurrió allí?
-Sí, lo dijo un niño de doce años, Jimmy Brown. Estaba en los bosques del otro lado del río y
oyó un grito y un chapuzón. Había oscurecido ya y era difícil distinguir nada. No tardó en ver
algo blanco que flotaba en el agua y corrió en busca de ayuda. Lograron sacarla, pero era
demasiado tarde para reanimarla.
Sir Henry asintió.
-¿El niño no vio a nadie en el puente?
-No, pero como le digo era de noche y por allí siempre suele haber algo de niebla. Voy a
preguntarle si vio a alguna persona por allí antes o después de ocurrir la tragedia.
Naturalmente, él imagino que la joven se había suicidado. Todos lo pensamos al principio.
-Sin embargo, tenemos la nota -dijo el inspector Drewitt volviéndose a sir Henry.
-Una nota que encontramos en el bolsillo de la víctima. Estaba escrita con un lápiz de dibujo
y, aunque estaba empapada de agua, con algún esfuerzo pudimos leerla.
-¿Y qué decía?
-Era del joven Sandford. «De acuerdo -decía-. Me reuniré contigo en el puente a las ocho y
media. R. S.» Bueno, fue muy cerca de esa hora, pocos minutos después de las ocho y media,
cuando Jimmy Brown oyó el grito y el chapuzón.
-No sé si conocerá usted a Sandford -continuó el coronel Melchett-. Lleva aquí cosa de un
mes. Es uno de esos jóvenes arquitectos que construyen casas extravagantes. Está edificando
una para Allington. Dios sabe lo que resultará, supongo que alguna fantochada moderna de
ésas, mesas de cristal y sillas de acero y lona. Bueno, eso no significa nada, por supuesto,
pero demuestra la clase de individuo que es Sandford un bolchevique, un tipo sin moral.
-La seducción es un crimen muy antiguo -dijo sir Henry con calma-, aunque desde luego no
tanto como el homicidio.
El coronel Melchett lo miró extrañado.
-¡Oh, sí! Desde luego, desde luego.
-Bien, sir Henry -intervino Drewitt-, ahí lo tiene: es un asunto feo, pero claro como el agua.
Este joven, Sandford, seduce a la chica y se dispone a regresar a Londres. Allí tiene novia,
una señorita bien con la que está prometido. Naturalmente, si ella se entera de eso, puede dar
por terminadas sus relaciones. Se encuentra con Rose en el puente. Es una noche oscura, no
hay nadie por allí, la coge por los hombros y la arroja al agua. Un sinvergüenza que tendrá su
merecido. Ésa es mi opinión.
Sir Henry permaneció en silencio un par de minutos. Casi podía palpar los prejuicios
subyacentes. No era probable que un arquitecto moderno fuese muy popular en un pueblo tan
conservador como St. Mary Mead.
-Supongo que no existirá la menor duda de que ese hombre, Sandford, era el padre de la
criatura... -preguntó.
-Lo era, desde luego -replicó Drewitt-. Rose Emmott se lo dijo a su padre, pensaba que se
casaría con ella. ¡Casarse con ella! ¡Qué ingenua!
«¡Pobre de mí! -pensó sir Henry-. Me parece estar viviendo un melodrama Victoriano. La
joven confiada, el villano de Londres, el padre iracundo. Sólo falta el fiel amor pueblerino. Sí,
creo que ya es hora de que pregunte por él.»
Y en voz alta añadió:
-¿Esa joven no tenía algún pretendiente en el pueblo?
-¿Se refiere a Joe Ellis? -dijo el inspector-. Joe es un buen muchacho, trabaja como
carpintero. ¡Ah! Si ella se hubiera fijado en él...
El coronel Melchett asintió aprobador.
-Uno tiene que limitarse a los de su propia clase -sentenció.
-¿Cómo se tomó Joe Ellis todo el asunto? -quiso saber sir Henry.
-Nadie lo sabe -contestó el inspector-. Joe es un muchacho muy tranquilo y reservado.
Cualquier cosa que hiciera Rose le parecía bien. Lo tenía completamente dominado. Se
limitaba a esperar que algún día volviera a él. Sí, creo que ésa era su manera de afrontar la
situación.
-Me gustaría verlo -dijo sir Henry.
-¡Oh! Nosotros vamos a interrogarlo -explicó el coronel Melchett-. No vamos a dejar ningún
cabo suelto. Había pensado ver primero a Emmott, luego a Sandford y después podemos ir a
hablar con Ellis. ¿Le parece bien, Clithering?
Sir Henry respondió que le parecía estupendo.
Encontraron a Tom Emmott en la taberna el Blue Boar. Era un hombre corpulento, de
mediana edad, mirada inquieta y mandíbula poderosa.
-Celebro verles, caballeros. Buenos días, coronel. Pasen aquí y podremos hablar en privado.
¿Puedo ofrecerles alguna cosa? ¿No? Como quieran. Han venido por el asunto de mi pobre
hija. ¡Ah! Rose era una buena chica. Siempre lo fue, hasta que ese cerdo... (perdónenme,
pero eso es lo que es), hasta que ese cerdo vino aquí. Él le prometió que se casarían, eso
hizo. Pero yo haré que lo pague muy caro. La arrojó al río. El cerdo asesino. Nos ha traído la
desgracia a todos. ¡Mi pobre hija!
-¿Su hija le dijo claramente que Sandford era el responsable de su estado? -preguntó
Melchett crispado.
-Sí, en esta misma habitación.
-¿Y qué le dijo usted? -quiso saber sir Henry.
-¿Decirle? -el hombre pareció desconcertado.
-Sí, usted, por ejemplo, no la amenazaría con echarla de su casa o algo así.
-Me disgusté mucho, eso es natural. Supongo que estará de acuerdo en que eso era algo
natural. Pero, desde luego, no la eché de casa. Yo no haría semejante cosa -dijo con virtuosa
indignación-. No. ¿Para qué está la ley?, le dije. ¿Para qué está la ley? Ya le obligarán a
cumplir con su deber. Y si no lo hace, por mi vida que lo pagará.
Y dejó caer su puño con fuerza sobre la mesa.
-¿Cuándo vio a su hija por última vez? -preguntó Melchett.
-Ayer... a la hora del té.
-¿Cómo se comportaba?
-Pues como siempre. No noté nada. Si yo hubiera sabido...
-Pero no lo sabía -replicó el inspector en tono seco.
Y dicho esto se despidieron.
«Emmott no es un sujeto que resulte precisamente agradable», pensó sir Henry para sus
adentros.
-Es un poco violento -contestó Melchett-. Si hubiera tenido oportunidad ya hubiese matado a
Sandford, de eso estoy seguro.
La próxima visita fue para el arquitecto. Rex Sandford era muy distinto a la imagen que sir
Henry se había formado de él. Alto, muy rubio, delgado, de ojos azules y soñadores, y
cabellos descuidados y demasiado largos. Su habla resultaba un tanto afeminada.
El coronel Melchett se presentó a sí mismo y a sus acompañantes y, pasando directamente al
objeto de su visita, invitó al arquitecto a que aclarara cuáles habían sido sus actividades
durante la noche anterior.
-Debe comprender -le dijo a modo de advertencia-que no tengo autoridad para obligarle a
declarar y que todo lo que diga puede ser utilizado en su contra. Quiero dejar esto bien claro.
-Yo, no... no comprendo -dijo Sandford.
-¿Comprende que Rose Emmott murió ahogada ayer noche?
-Sí, lo sé. ¡Oh! Es demasiado... demasiado terrible. Apenas si he podido dormir en toda la
noche, y he sido incapaz de trabajar nada hoy. Me siento responsable, terriblemente
responsable.
Se pasó las manos por los cabellos enmarañándolos todavía más.
-Nunca tuve intención de hacerle daño -dijo en tono plañidero-. Nunca lo pensé siquiera.
Nunca pensé que se lo tomara de esa manera.
Y sentándose junto a la mesa escondió el rostro entre las manos.
-¿Debo entender, Mr. Sandford, que se niega a declarar dónde estaba ayer noche a las ocho
y media?
-No, no, claro que no. Había salido. Salí a pasear.
-¿Fue a reunirse con miss Emmott?
-No, me fui solo. A través de los bosques. Muy lejos.
-Entonces, ¿cómo explica usted esta nota, que fue encontrada en el bolsillo de la difunta?
El inspector Drewitt la leyó en voz alta sin demostrar emoción alguna.
-Ahora -concluyó-, ¿niega haberla escrito?
-No... no. Tiene razón, la escribí yo. Rose me pidió que fuera a verla. Insistió, yo no sabía qué
hacer, por eso le escribí esa nota.
-Ah, así está mejor -le dijo Drewitt.
-¡Pero no fui! -Sandford elevó la voz-. ¡No fui! Pensé que era mejor no ir. Mañana pensaba
regresar a la ciudad. Tenía intención de escribirle desde Londres y hacer algún arreglo.
-¿Se da usted cuenta, señor, de que la chica iba a tener un niño y que había dicho que usted
era el padre?
Sandford lanzó un gemido, pero nada respondió.
-¿Era eso cierto, señor?
Sandford escondió todavía más el rostro entre las manos.
-Supongo que sí -dijo con voz ahogada.
-¡Ah! -El inspector Drewitt no pudo disimular su satisfacción-. Ahora háblenos de ese paseo
suyo. ¿Le vio alguien anoche?
-No lo sé, pero no lo creo. Que yo recuerde, no me encontré a nadie.
-Es una lástima.
-¿Qué quiere usted decir? -Sandford abrió mucho los ojos-. ¿Qué importa si fui a pasear o
no? ¿Qué tiene que ver eso con que Rose se suicidase?
-¡Ah! -exclamó el inspector-. Pero es que no se suicidó, la arrojaron al agua deliberadamente,
Mr. Sandford.
-Que ella... -tardó un par de minutos en sobreponerse al horror que le produjo la noticia-.
¡Dios mío! Entonces...
Se desplomó en una silla.
El coronel Melchett hizo ademán de marcharse.
-Debe comprender, Mr. Sandford -le dijo-, que no le conviene abandonar esta casa.
Los tres hombres salieron juntos, y el inspector y el coronel Melchett intercambiaron una
mirada.
-Creo que es suficiente, señor -dijo el inspector.
-Sí, vaya a buscar una orden de arresto y deténgalo.
-Discúlpenme -exclamó sir Henry-. He olvidado mis guantes.
Y volvió a entrar en la casa rápidamente. Sandford seguía sentado donde le habían dejado,
con la mirada perdida en el vacío.
-He vuelto -le anunció sir Henry- para decirle que yo, personalmente, haré cuanto pueda por
ayudarle. No me está permitido revelar el motivo de mi interés por usted, pero debo pedirle
que me refiera lo más brevemente posible todo lo que pasó entre usted y esa chica, Rose.
-Era muy bonita -contestó Sandford-, muy bonita y muy provocativa. Y... y me asediaba
continuamente. Le juro que es cierto. No me dejaba ni un minuto. Y aquí yo me encontraba
muy solo, no le caía simpático a nadie y, como le digo, ella era terriblemente bonita y parecía
saber lo que se hacía y... -su voz se apagó-. Y luego ocurrió esto. Quería que me casara
ella y yo ya estoy comprometido con una chica de Londres. Si llegara a enterarse de esto... y
se enterará, por supuesto, todo habrá terminado. No lo comprenderá. ¿Cómo podría
comprenderlo? Soy un depravado, desde luego. Como le digo, no sabía qué hacer y evitaba
en la medida de lo posible a Rose. Pensé que, si regresaba a la capital y veía a mi abogado,
podría arreglarlo pasándole algún dinero. ¡Cielos, qué idiota! Y todo está tan claro, todo me
acusa, pero se han equivocado. Ella tuvo que suicidarse.
-¿Le amenazó alguna vez con quitarse la vida?
Sandford negó con la cabeza.
-Nunca, y tampoco hubiera dicho que fuese capaz de hacerlo.
-¿Qué sabe de un hombre llamado Joe Ellis?
-¿El carpintero? El típico hombre de pueblo. Muy callado, pero estaba loco por Rose.
-¿Es posible que estuviera celoso? -insinuó sir Henry.
-Supongo que estaba un poco celoso, pero pertenece al tipo bovino, es de los que sufren en
silencio.
-Bueno -dijo sir Henry-, debo marcharme.
Y se reunió con los otros.
-¿Sabe, Melchett? Creo que deberíamos ir a ver a ese otro individuo, Ellis, antes de tomar
ninguna determinación. Sería una lástima que, después de realizar la detención, resultase ser un
error. Al fin y al cabo, los celos siempre fueron un buen móvil para cometer un crimen. Y
además bastante corriente.
-Es cierto -replicó el inspector-, pero Joe Ellis no es de esa clase. Es incapaz de hacer daño a
una mosca. Nadie le ha visto nunca fuera de sí. No obstante, estoy de acuerdo con usted en
que será mejor preguntarle dónde estuvo ayer noche. Ahora debe de estar en su casa. Se
hospeda en casa de Mrs. Bartlett, una persona muy decente, que era viuda y se ganaba la
vida lavando ropa.
La casa adonde se dirigieron era inmaculadamente pulcra. Les abrió la puerta una mujer
robusta de mediana edad, rostro afable y ojos azules.
-Buenos días, Mrs. Bartlett -dijo el inspector-. ¿Está Joe Ellis?
-Ha regresado hará unos diez minutos -respondió Mrs. Bartlett-. Pasen, por favor.
Y secándose las manos en el delantal, les condujo hasta una salita llena de pájaros disecados,
perros de porcelana, un sofá y varios muebles inútiles.
Se apresuró a disponer asiento para todos y, apartando una rinconera para que hubiera más
espacio, salió de la habitación gritando:
-Joe, hay tres caballeros que quieren verte.
Y una voz le contestó desde la cocina:
-Iré en cuanto termine de lavarme.
Mrs. Bartlett sonrió.
-Vamos, Mrs. Bartlett -dijo el coronel Melchett-. Siéntese.
A Mrs. Bartlett le sorprendió la idea.
-Oh, no señor. Ni pensarlo.
-¿Es buen huésped Joe Ellis? -le preguntó Melchett en tono intrascendente.
-No podría ser mejor, señor. Es un joven muy formal. Nunca bebe ni una gota de vino y se
toma muy en serio su trabajo. Siempre se muestra amable y me ayuda cuando hay cosas que
reparar en la casa. Fue él quien me puso esos estantes y me ha hecho un nuevo aparador para
la cocina. Siempre arregla esas cosillas que hace falta arreglar en las casas. Joe lo hace como
cosa natural y ni siquiera quiere que le dé las gracias. ¡Ah! No hay muchos jóvenes como Joe,
señor.
-Alguna muchacha será muy afortunada algún día -dijo Melchett-. Estaba bastante enamorado
de esa pobre chica, Rose Emmott, ¿no es cierto?
Mrs. Bartlett suspiró.
-Me ponía de mal humor. Él besaba la tierra que pisaba y a ella sin importarle un comino los
sentimientos de Joe.
-¿Dónde pasa las tardes, Mrs. Bartlett?
-Generalmente aquí, señor. Algunas veces trabaja en alguna pieza difícil y, además, está
estudiando contabilidad por correspondencia.
-¡Ah!, ¿de veras? ¿Estuvo aquí ayer noche?
-Sí, señor.
-¿Está segura, Mrs. Bartlett? -preguntó sir Henry secamente.
Se volvió hacia él para contestar:
-Completamente segura, señor.
-¿Por casualidad no saldría entre las ocho y las ocho y media?
-Oh, no -Mrs. Bartlett se echó a reír-. Estuvo en la cocina casi toda la noche, montando el
aparador y yo le ayudé.
Sir Henry miró su rostro sonriente y por primera vez sintió la sombra de una duda.
Un momento después entraba en la habitación el propio Ellis. Era un joven alto, de anchas
espaldas y muy atractivo, de estilo rústico. Sus ojos azules eran tímidos y su sonrisa amable.
Un gigante joven y agradable.
Melchett inició la conversación, y Mrs. Bartlett se marchó a la cocina.
-Estamos investigando la muerte de Rose Emmott. Usted la conocía, Ellis.
-Sí -vaciló y luego dijo en voz baja-: Esperaba casarme con ella, pobrecilla.
-¿Conocía su estado?
-Sí. -Un relámpago de ira brilló en sus ojos-. Él la dejó tirada, pero fue lo mejor. No hubiera
sido feliz casándose con él y confiaba en que cuando eso ocurriera acudiría a mí. Yo hubiera
cuidado de ella.
-A pesar de...
-No fue culpa suya. Él la hizo caer con mil promesas. ¡Oh! Ella me lo contó. No tenía que
haberse suicidado. Ese tipo no lo valía.
-Ellis, ¿dónde estaba usted ayer noche, alrededor de las ocho y media?
Tal vez fuese producto de la imaginación de sir Henry, pero le pareció detectar una cierta
turbación en su rápida, casi demasiado rápida, respuesta.
-Estuve aquí, montando el aparador de Mrs. Bartlett. Pregúnteselo a ella.
«Ha contestado con demasiado presteza -pensó sir Henry-. Y él es un hombre lento. Eso
demuestra que tenía preparada de antemano la respuesta.»
Pero se dijo a sí mismo que estaba dejándose llevar por su imaginación. Sí, demasiadas cosas
imaginaba, hasta le había parecido ver un destello de aprensión en aquellos ojos azules.
Tras unas cuantas preguntas más, se marcharon. Sir Henry buscó un pretexto para entrar en la
cocina, donde encontró a Mrs. Bartlett ocupada en encender el fuego. Al verle le sonrió con
simpatía. En la pared había un nuevo armario, todavía sin terminar, y algunas herramientas y
pedazos de madera.
-¿En eso estuvo trabajando Ellis anoche? -preguntó sir Henry.
-Sí, señor. Está muy bien, ¿no le parece? Joe es muy buen carpintero.
Ni el menor recelo en su mirada. Pero Ellis... ¿Lo habría imaginado? No, había algo.
«Debo pescarlo», pensó sir Henry.
Y al volverse para marcharse, tropezó con un cochecito de niño.
-Espero que no habré despertado al niño -dijo.
Mrs. Bartlett lanzó una carcajada.
-Oh, no, señor. Yo no tengo niños, es una pena. En ese cochecito llevo la ropa que he lavado
cuando voy a entregarla.
-¡Oh! Ya comprendo...
Hizo una pausa y luego dijo, dejándose llevar por un impulso.
-Mrs. Bartlett, usted conocía a Rose Emmott. Dígame lo que pensaba realmente de ella.
-Pues, creo que era una caprichosa, pero está muerta y no me gusta hablar mal de los
muertos.
-Pero yo tengo una razón, una razón poderosa para preguntárselo -su voz era persuasiva.
Ella pareció reflexionar, mientras le observaba con suma atención. Finalmente se decidió.
-Era una mala persona, señor -dijo con calma-. No me atrevería a decirlo delante de Joe. Ella
le dominaba. Esa clase de mujeres saben hacerlo, es una pena, pero ya sabe lo que ocurre,
señor.
Sí, sir Henry lo sabía. Los Joe Ellis de este mundo son particularmente vulnerables, confían
ciegamente. Pero precisamente por eso, el choque de descubrir la verdad es siempre más
fuerte.
Abandonó aquella casa confundido y perplejo. Se hallaba ante un muro infranqueable. Joe
Ellis había estado trabajando allí durante toda la noche anterior, bajo la vigilancia de Mrs.
Bartlett. ¿Cómo era posible soslayar ese obstáculo? No había nada que oponer a eso, como
no fuera la sospechosa presteza con que Joe Ellis había contestado, un claro indicio de que
podía haber preparado aquella historia de antemano.
-Bueno -dijo Melchett-, esto parece dejar el asunto bastante claro, ¿no les parece?
-Sí, señor -convino el inspector-. Sandford es nuestro hombre. No tiene nada en que apoyar
su defensa. Todo está claro como el día. En mi opinión, puesto que la chica y su padre
estaban dispuestos a... a hacerle prácticamente víctima de un chantaje, y él no tenía dinero ni
quería que el asunto llegara a oídos de su novia, se desesperó y actuó de acuerdo con su
desesperación. ¿Qué opina usted de esto, señor? -agregó dirigiéndose a sir Henry con
deferencia.
-Eso parece -admitió sir Henry-. Y, sin embargo, no puedo imaginarme a Sandford
cometiendo ninguna acción violenta.
Pero sabía que su objeción apenas tendría validez.
El animal más manso, al verse acorralado, es capaz de las acciones más sorprendentes.
-Me gustaría ver a ese niño -dijo de pronto-. El que oyó el grito.
Jimmy Brown resultó ser un niño vivaracho, bastante menudo para su edad y de rostro
delgado e inteligente. Estaba deseando ser interrogado y le decepcionó bastante ver que ya
sabían lo que había oído en la fatídica noche.
-Tengo entendido que estabas al otro lado del puente -le dijo sir Henry-, al otro lado del río.
¿Viste a alguien por ese lado mientras te acercabas al puente?
-Alguien andaba por el bosque. Creo que era Mr. Sandford, el arquitecto que está
construyendo esa casa tan rara.
Los tres hombres intercambiaron una mirada de inteligencia.
-¿Eso fue unos diez minutos antes de que oyeras el grito?
El muchacho asintió.
-¿Viste a alguien más en la orilla del río, del lado del pueblo?
-Un hombre venía por el camino por ese lado. Iba despacio, silbando. Tal vez fuese Joe Ellis.
-Tú no pudiste ver quién era -le dijo el inspector en tono seco-. Era de noche y había niebla.
-Lo digo por lo que silbaba -contestó el chico-. Joe Ellis siempre silba la misma tonadilla,
«Quiero ser feliz», es la única que sabe.
Habló con el desprecio que un vanguardista sentiría por alguien a quien considerara anticuado.
-Cualquiera pudo silbar eso -replicó Melchett-. ¿Iba en dirección al puente?
-No, al revés, hacia el pueblo.
-No creo que debamos preocuparnos por ese desconocido -dijo Melchett-. Tú oíste el grito y
un chapuzón y, pocos minutos después, al ver un cuerpo que flotaba aguas abajo, corriste en
busca de ayuda, regresaste al puente, lo cruzaste y te fuiste directamente al pueblo. ¿No viste
a nadie por allí cerca a quien pedir ayuda?
-Creo que había dos hombres con una carretilla en la orilla del río, pero estaban bastante lejos
y no podía distinguir si iban o venían, y como la casa de Mr. Giles estaba más cerca, corrí
hacia allí.
-Hiciste muy bien, muchacho -le dijo Melchett-. Actuaste con gran entereza. Tú eres scout,
¿verdad?
-Sí, señor.
-Muy bien.
Sir Henry permanecía en silencio, reflexionando. Extrajo un pedazo de papel de su bolsillo y,
tras mirarlo, meneó la cabeza. Parecía imposible y sin embargo...
Se decidió a visitar a miss Marple sin dilación.
Le recibió en un saloncito de estilo antiguo, ligeramente recargado.
-He venido a darle cuenta de nuestros progresos -dijo sir Henry-. Me temo que desde su
punto de vista las cosas no marchan del todo bien. Van a detener a Sandford. Y debo
confesar que, a juzgar por los indicios, con toda justicia.
-Entonces, ¿no ha encontrado nada, digamos, que justifique mi teoría? -parecía perpleja,
ansiosa-. Quizás estuviera equivocada, completamente equivocada. Usted tiene tanta
experiencia que, de no ser así, lo habría averiguado.
-En primer lugar -dijo sir Henry-, apenas puedo creerlo. Y por otra parte, nos estrellamos
contra una coartada infranqueable. Joe Ellis estuvo montando unos estantes de un armario de
la cocina toda la noche y Mrs. Bartlett estaba con él.
Miss Marple se inclinó hacia delante presa de una gran agitación.
-Pero eso no es posible -exclamó con firmeza-. Era viernes.
-¿Viernes?
-Sí, fue la noche del viernes. Y los viernes por la noche ella va a entregar la ropa que ha
lavado durante la semana.
Sir Henry se reclinó en su asiento. Recordaba la historia de Jimmy Brown sobre el hombre
que silbaba y... sí, encajaba.
Se puso en pie, estrechando enérgicamente la mano de miss Marple.
-Creo que ya sé qué debo hacer -le dijo-. O por lo menos lo intentaré.
Cinco minutos después estaba en casa de Mrs. Bartlett, frente a Joe Ellis, en la salita de los
perros de porcelana.
-Usted nos mintió, Ellis, con respecto a la noche pasada -le dijo crispado-. Entre las ocho y
las ocho y media usted no estuvo en la cocina montando el armario. Le vieron paseando por
la orilla del río en dirección al pueblo pocos minutos antes de que Rose Emmott fuese
asesinada.
El hombre se quedó atónito.
-No fue asesinada, no fue asesinada. Yo no tengo nada que ver. Ella se arrojó al río. Estaba
desesperada. Yo no hubiera podido hacerle el menor daño, no hubiera podido.
-Entonces, ¿por qué nos mintió diciéndonos que estuvo aquí? -preguntó sir Henry con astucia.
El joven alzó los ojos y luego los bajó con gesto nervioso.
-Estaba asustado. Mrs. Bartlett me vio por allí y, cuando supo lo que había ocurrido, pensó
que las cosas podían ponerse feas para mí. Quedamos en que yo diría que había estado
trabajando aquí y ella se avino a respaldarme. Es una persona muy buena. Siempre fue muy
buena conmigo.
Sin añadir palabra sir Henry abandonó la estancia para dirigirse a la cocina. Mrs. Bartlett
estaba lavando los platos.
-Mrs. Bartlett -le dijo-, lo sé todo. Creo que será mejor que confíese, es decir, a menos que
quiera que ahorquen a Joe Ellis por algo que no ha hecho. No, ya veo que no lo desea. Le
diré lo que ocurrió. Usted salió a entregar la ropa y se encontró con Rose Emmott. Pensó que
dejaba para siempre a Joe para marcharse con el forastero. Ella estaba en un apuro y Joe
dispuesto a acudir en su ayuda, a casarse con ella si era preciso, y Rose lo tendría para
siempre. Joe lleva cuatro años viviendo en su casa y se ha enamorado de él, lo quiere para
usted sola. Odiaba a esa muchacha, no podía soportar la idea de que otra le arrebatara a su
hombre. Usted es una mujer fuerte, Mrs. Bartlett. Cogió a la chica por los hombros y la arrojó
a la corriente. Pocos minutos después encontró a Joe Ellis. Jimmy les vio juntos a lo lejos,
pero con la oscuridad y la niebla imaginó que el cochecito era una carretilla del que tiraban
dos hombres. Y usted convenció a Joe de que podía resultar sospechoso y le propuso
establecer una coartada para él, que en realidad lo era para usted. Ahora dígame
sinceramente, ¿tengo o no razón?
Contuvo el aliento. Lo arriesgaba todo en aquella jugada.
Ella permaneció ante él unos momentos secándose las manos en el delantal mientras
lentamente iba tomando una determinación.
-Ocurrió todo como usted dice -dijo al fin con su voz reposada, tanto que sir Henry sintió de
pronto lo peligrosa que podía ser-. No sé lo que se me pasó por la cabeza. Una
desvergonzada, eso es lo que era. No pude soportarlo, no me quitaría a Joe. No he tenido
una vida muy feliz, señor. Mi esposo era un pobre inválido malhumorado. Le cuidé siempre
fielmente. Y luego vino Joe a hospedarse en mi casa. No soy muy vieja, señor, a pesar de mis
cabellos grises. Solo tengo cuarenta años y Joe es uno entre un millón. Hubiera hecho
cualquier cosa por él, lo que fuera. Era como un niño pequeño, tan simpático y tan crédulo.
Era mío, señor, y yo cuidaba de él, le protegía. Y esto... esto... -Tragó saliva para contener su
emoción. Incluso en aquellos momentos era una mujer fuerte. Se irguió mirando a sir Henry
con una extraña determinación-. Estoy dispuesta a acompañarle, señor. No pensé que nadie
lo descubriera. No sé cómo lo ha sabido usted, no lo sé, se lo aseguro.
Sir Henry negó con la cabeza.
-No fui yo quien lo averiguó -dijo pensando en el pedazo de papel que seguía en su bolsillo
con unas palabras escritas con letra muy clara y pasada de moda:
Mrs. Bartlett, en cuya casa se hospeda Joe Ellis en el número 2 de Mill Cottages.
Una vez más, miss Marple había acertado.

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