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lunes, 24 de enero de 2011

TERCERO -- UNA HIJA ES UNA HIJA -- AGATHA CHRISTIE



UNA HIJA ES UNA HIJA
AGATHA CHRISTIE



LIBRO TERCERO


1


Edith se movía despacio y con dificultad en la coci­na. Cada vez más, últimamente, le molestaba lo que ella llamaba sus «reumas», y ello no mejoraba precisamente su temperamento. Seguía sin querer delegar ninguna de sus tareas domésticas.
Permitía que una señora, a la que Edith llamaba «esa señora Hopper», viniera una vez por semana a ejecutar ciertas actividades bajo su celosa mirada, pero toda otra ayuda había sido obstinadamente denegada, con expre­sión tan venenosa que presagiaba males para cualquier mujer que intentara efectuar la limpieza.
- Siempre lo he hecho todo, ¿no? -era el eslogan de Edith.
Y así seguía haciéndolo todo, con aire de martirio y expresión de amargura creciente. También había adqui­rido la costumbre de gruñir por lo bajo, durante casi todo el día.
Eso es lo que hacía en este instante.
- Traer la leche a la hora de comer... ¡vaya ideas! La leche hay que repartirla antes del desayuno, que es su hora. Esos jovenzuelos descarados vienen silbando, con batas blancas... ¿Quién se creen que son?
El sonido de la llave en la puerta de la calle detuvo su parrafada.
-¡Ahora tendremos bronca! -musitó para sí, y se puso a aclarar un tazón bajo el grifo, dándole vueltas con vio­lencia.
-Edith -se oyó la voz de Ann.
Edith sacó las manos del fregadero y se las secó me­ticulosamente con un paño.
-Edith... Edith...
-Voy, señora.
-¡Edith!
Edith alzó las cejas, dejó caer las comisuras de los la­bios y salió de la cocina hacia la salita, donde Ann Pren­tice repasaba cartas y facturas. Se volvió al oír entrar a Edith.
-¿Has telefoneado a dame Laura?
-Sí, claro que sí.
-¿Le has dicho que era muy urgente, que tengo que verla? ¿Ha dicho si vendría?
-Ha dicho que vendría en seguida.
-Bueno, y ¿por qué no está aquí ya? -preguntó en­fadada.
- Sólo hace veinte minutos que la he llamado. Nada más salir usted.
-Pues parece que ha pasado una hora.
-No se puede hacer todo al momento -dijo Edith en tono conciliador-. De nada sirve que se altere usted.
- ¿Le has dicho que estoy enferma?
-En efecto, le he dicho que estaba usted en uno de sus estados.
-¿Qué quieres decir con eso de uno de mis estados? -inquirió, furiosa-. Son mis nervios. Están destrozados.
-Es cierto. Lo están.
Ann lanzó una mirada de enfado a su fiel sirvienta. Se puso a dar vueltas inquieta y se dirigió a la ventana, luego a la chimenea. Edith la miraba y sus manos grandes y torpes, marcadas por el trabajo, alisaban unidas el delantal, una y otra vez.
-No puedo estar quieta un instante -se quejó Ann-. Anoche no cerré los ojos. Me siento fatal... fatal... -Se dejó caer en una silla, llevándose ambas manos a las sie­nes-. No sé qué me pasa.
-Yo sí. Demasiadas juergas. A su edad no es natural.
-¡Edith! Eres muy impertinente. Y cada vez te vuel­ves peor. Llevas conmigo mucho tiempo y aprecio tus servicios, pero si vas a pasarte de la raya tendrás que marcharte.
Edith alzó los ojos al techo, asumiendo su expresión de mártir.
- Pues no me voy a ir. Y ya está dicho.
-Te irás, si te despido.
-Si hace usted una cosa así es que es usted más tonta de lo que pensaba. Podría colocarme en otro sitio al momento. Me andarían buscando, de esas agencias de colocación. Pero ¿cómo se las arreglaría usted? ¡Seguro que no encontraría nada más que asistentas! O alguna extranjera. Todo guisado con aceite, revolviéndole el es­tómago... por no hablar de los olores en el piso. Y las extranjeras no hablan bien por teléfono... entenderían mal todos los nombres. O puede que consiguiera usted una mujer limpia, agradable, de esas que hablan bien, demasiado buena para ser verdad, y un día se encontra­ría con que se había ido con todas sus joyas y pieles. El otro día oí un caso parecido que había pasado ahí a la vuelta, en Playne Court. No, usted es de las que necesi­tan que las cosas estén bien hechas... a la antigua. Yo le preparo platitos ricos y no le rompo sus cosas bonitas al lavarlas, como algunas de esas chicas, y lo que es más importante, conozco sus costumbres. No puede pasarse sin mí y yo lo sé, y no me iré. Usted puede que lo inten­te, pero todos tenemos que soportar nuestra cruz. Lo dicen las Sagradas Escrituras, y usted es mi cruz y yo soy cristiana.
Ann unió las manos y se meció atrás y adelante, gi­miendo:
-Oh, mi cabeza... mi cabeza...
La acidez de Edith se suavizó; cierta ternura asomó a sus ojos.
-Vamos, vamos. Le prepararé una buena taza de té.
- No quiero ninguna buena taza de té -exclamó Ann desagradablemente-. Odio una buena taza de té. Edith suspiró y una vez más alzó los ojos al techo.
- Como guste -y salió de la habitación.
Ann tomó la pitillera y encendió un cigarrillo, le dio un par de chupadas y lo apagó en el cenicero. Se puso en pie y volvió a dar vueltas por la sala.
Al cabo de un par de minutos fue al teléfono y marcó un número.
-Oiga, oiga... ¿puedo hablar con lady Ladscombe... Oh, ¿eres tú, Marcia, cariño? -Su voz asumió una nota de alegría artificial-. ¿Cómo estás?... Oh, nada en verdad. Sólo que tenía ganas de llamarte... No lo sé, cari­ño... es que me sentía terriblemente deprimida... ya sabes cómo pasa. ¿Vas a hacer algo mañana, a la hora de comer?... Oh, ya veo... ¿El jueves a la noche? Sí, estoy libre. Será estupendo. Llamaré a Lee y organizaremos una fiestecita. Será maravilloso... Te llamaré por la mañana.
Colgó. Su momentánea animación desapareció. De nuevo se puso a dar paseos. Entonces, al oír el timbre, se detuvo, expectante.
Oyó la voz de Edith que decía al abrir la puerta:-La espera en la salita.
Laura Whitstable entró. Alta, seria, imponente, pero con la tranquilizadora solidez de una roca en medio de un mar bravío.
Ann corrió hacia ella, lanzando exclamaciones inco­herentes, con creciente histeria.
- Oh, Laura... Laura... cómo me alegra que hayas venido...
Dame Laura alzó las cejas, sus ojos la miraron sere­nos y observadores. Puso las manos en los hombros de Ann y la condujo con dulzura al diván, sentándose junto a ella y preguntando al mismo tiempo:
-Bueno, bueno, ¿qué es todo esto?
-Oh, me alegro tanto de verte. Creí que me volvía loca.
La voz de Ann tenía aún el deje histérico.
-Bobadas. ¿Qué te pasa?
-Nada. Nada en absoluto. Son mis nervios. Eso es lo que me asusta. No puedo estar quieta un momento. No sé qué me pasa.
- Hum... -Laura le dio un vistazo profesional-. Tie­nes mal aspecto.
Interiormente se sentía preocupada por la apariencia de Ann. Bajo el pesado maquillaje, el rostro de Ann apa­recía agotado. Parecía años más vieja que cuando Laura la viera por última vez, unos meses antes.
- Estoy perfectamente bien. Es que... no sé qué es. No puedo dormir... a menos que tome algo. Y estoy irri­table y malhumorada.
-¿Has visto a un médico?
- No, desde hace algún tiempo. Se limitan a darte bromuro y a decirte que no hagas excesos.
- Muy buen consejo.
- Sí, pero es absurdo. Yo no he sido nunca una mujer nerviosa, Laura, tú lo sabes. Jamás he sabido lo que eran los nervios.
Laura Whitstable guardó silencio unos instantes, re­cordando a la Ann Prentice de sólo tres años atrás. Su dulce placidez, su serenidad, cómo disfrutaba de la vida, la dulzura y ecuanimidad de carácter. Se sintió muy en­tristecida a causa de su amiga.
-Está muy bien que digas que nunca has sido nervio­sa. Después de todo, cuando uno se rompe una pierna probablemente jamás se la había roto antes.
-Pero ¿por qué he de estar nerviosa?
Laura tuvo cuidado con su respuesta. Su voz carecía de entonación:
- Tu médico tenía razón. Seguramente haces dema­siadas cosas.
-No puedo quedarme en casa limpiando todo el día -dijo Ann con brusquedad.
-También se puede una quedar en casa sin limpiar.
-No -las manos de Ann se agitaron nerviosas-. No... no soy capaz de quedarme sentada sin hacer nada.
-¿Por qué no?
La pregunta sonó aguda como un bisturí.
-No lo sé -la agitación de Ann crecía-. No puedo estar sola. No puedo... -Echó una mirada de desespe­ración a Laura.- Supongo que si te digo que tengo miedo de estar sola pensarás que estoy completamen­te loca.
- Es lo más razonable que has dicho hasta ahora -re­plicó su amiga con presteza.
-¿Razonable?
Ann parecía sorprendida.
-Si, porque es la verdad.
-¿La verdad? -Ann cerró los ojos-. No sé qué quieres decir con eso.
-Quiero decir que sin la verdad no llegaremos a nin­guna parte.
-Oh, pero tú no podrás comprender. Tú jamás has sentido miedo de la soledad, ¿verdad?
-No.
- Entonces, no puedes comprender.
-Oh sí que puedo. -Laura siguió en un tono más dulce-: ¿Por qué me has hecho venir, querida?
-Tenía que hablar con alguien... tenía que hacerlo... y pensaba que tal vez tú podrías hacer algo...
Miró esperanzada a Laura, la cual asintió con la cabeza y suspiró.
-Ya. Tú quieres una fórmula mágica.
- ¿No podrías hacerlo por mí, Laura? Psicoanálisis, hipnotismo, alguna de esas cosas.
-¿Abracadabra en términos modernos, quieres decir? -Laura movió la cabeza con decisión-. No puedo sacar conejos del sombrero de tu parte, Ann. Tú eres quien ha de descubrir, primero y exactamente, qué hay en el sombrero.
-¿A qué te refieres?
Laura Whitstable esperó un momento antes de decir: -No eres feliz, Ann.
No era una pregunta, sino una afirmación.
La contestación vino rápida, quizá demasiado.
-Oh, sí, lo soy... al menos en cierto modo. Me divierto mucho.
-No eres feliz -repitió la dama, sin compasión.
-¿Acaso alguien lo es?
Ann se encogió de hombros e hizo un gesto con las manos.
-Muchas personas, gracias a Dios -repuso su amiga con animación-. ¿Por qué no eres feliz, Ann?
-No lo sé.
- Nada puede ayudarte sino la verdad, Ann. Lo cierto es que conoces muy bien la respuesta.
Ann guardó silencio unos instantes, como para ar­marse de valor; luego estalló:
-Supongo... si he de ser franca... que porque enve­jezco. Ya soy una mujer de mediana edad, estoy per­diendo mi atractivo y no me queda nada que esperar del futuro.
- ¡Oh, querida mía! ¿Nada que esperar? Tienes una salud excelente, una inteligencia adecuada... hay tanto en la vida que uno no tiene tiempo de notar hasta que ha llegado a la madurez. Te lo dije una vez: libros, flo­res, música, cuadros, personas, el sol... toda esa mezcla-da trama, imposible de devanar y que llamamos Vida.
Ann guardó silencio un momento, para replicar luego, desafiante:
-Oh, supongo que todo es cuestión del sexo. Nada tiene ya importancia cuando una deja de atraer a los hombres.
-Eso es seguramente verdad para algunas mujeres. No lo es para ti, Ann. ¿Has visto La hora inmortal, o quizá la has leído? ¿Recuerdas aquellas líneas: «Hay una hora con la que el hombre puede ser feliz toda la vida, si es que la encuentra»? Tú casi la encontraste una vez, ¿verdad?
El rostro de Ann cambió, se suavizó. De pronto pareció mucho más joven.
-Sí -murmuró-. Hubo aquella hora. Podría haberla conocido con Richard. Podría haber envejecido feliz con Richard.
-Lo sé -dijo Laura con simpatía.
-Y ahora... ¡ni siquiera puedo lamentar haber perdi­do! Volví a verle, sabes... oh, como hace un año... y no significaba nada para mí... nada. Eso es lo más trágico, lo más absurdo. Todo ha desaparecido. Ya nada signifi­cábamos el uno para el otro. No era sino un hombre maduro corriente... un tanto pedante, bastante aburri­do, inclinado a hacer tonterías por su nueva, preciosa, vacía y codiciosa mujercita. Muy amable, ya sabes, pero definitivamente aburrido. Y sin embargo... sin embar­go... de habernos casado... creo que hubiésemos sido felices juntos. Sé que lo hubiésemos sido.
-Sí -repuso Laura, pensativa-. Creo que así hubiera sido.
-Estuve tan cerca de la felicidad... tan cerca... -la voz de Ann tembló de compasión por sí misma-, y enton­ces... tuve que dejarla ir.
- ¿Tuviste que hacerlo?
Ann no hizo caso de la pregunta.
- Renuncié a todo... ¡por Sarah!
-Exactamente. Y jamás la has perdonado por ello, ¿verdad?
Ann salió de su ensueño... sobresaltada.
-¿A qué te refieres?
Laura Whitstable lanzó una especie de gruñido.
-¡Sacrificios! ¡Malditos sacrificios! Fíjate por un ins­tante, Ann, en lo que significa un sacrificio. No es sólo un momento heroico, cuando uno se siente enajenado, generoso, dispuesto a la inmolación. La clase de sacrifi­cio en que uno pone su pecho ante el cuchillo es fácil... pues termina allí, en el momento en que uno es mayor que sí mismo. Pero con la mayoría de los sacrificios, hay que seguir viviendo después... todo el día y cada uno de los días... y eso no es tan fácil. Hay que ser muy grande para ello. Tú, Ann, no eres lo bastante grande.
Ann enrojeció de ira.
-¡He renunciado a mi vida, a mi posible felicidad por Sarah y ahora me dices que no es bastante!
-No he dicho eso.
-¡Supongo que todo es culpa mía!
- La mitad de los problemas de esta vida provienen de creerse uno mejor y más elevado de lo que es en rea­lidad -dijo Laura con énfasis.
Pero Ann no la escuchaba. Su mal asimilado resenti­miento le salía a borbotones.
- Sarah es como todas estas chicas modernas, envuel­ta en sí misma. ¡Jamás piensa en nadie más! ¿Sabes que hace un año, cuando él llamó, ni siquiera recordaba quién era Richard? Su nombre no significaba nada para ella... nada en absoluto.
Laura Whitstable movió gravemente la cabeza en sentido afirmativo, con el aire de quien comprueba que su diagnóstico ha resultado correcto.
-Comprendo... comprendo...
-¿Qué podía yo hacer? Nunca dejaban de pelear. ¡Me deshacían los nervios! Si hubiéramos seguido adelante, jamás habríamos tenido un instante de paz.
Laura Whitstable habló tiesa e inesperadamente:
-Si yo fuera tú, Ann, decidiría de una vez si renun­ciaste a Richard Cauldfield por Sarah o por tu propia paz.
-Yo amaba a Richard -le miró Ann, resentida-, pero aún más a Sarah...
-No, Ann, no es tan sencillo. Creo que hubo un momento en que amaste más a Richard que a Sarah. Creo que tu falta de dicha interior y tu resentimiento brotan de aquel instante. Si hubieses renunciado a Richard porque querías más a Sarah, no te hallarías en el estado en que hoy te encuentras. Pero si renunciaste a él por debilidad, porque Sarah te daba la lata... porque querías escapar de las peleas y discusiones, fue una derrota y no una renuncia... Bueno, eso es algo que a nadie le gusta admitir por sí mismo. Pero sí querías profundamente a Richard.
- ¡Y ahora no es nada para mí! -fue la amarga respuesta.
-¿Y Sarah?
-¿Sarah?
- Sí. ¿Qué representa Sarah para ti?
-Apenas si la he visto desde que se casó. -Ann se encogió de hombros-. Anda muy ocupada y alegre, según creo. Pero, como te digo, apenas si la veo.
- Yo la vi anoche... -Laura se detuvo, prosiguiendo al cabo de unos instantes-: En un restaurante, con un grupo de personas. -Volvió a detenerse, para decir al fin de sopetón-: Estaba borracha.
-¿Borracha? -Ann pareció sobresaltarse un momento. Luego rió-: Querida Laura, no debes ser tan anticuada. Todos los jóvenes beben demasiado hoy día, y parece que una fiesta no tiene éxito a menos que todos estén un poco alegres, o «piripis», o como lo quieras llamar.
-Puede que así sea... y admito que soy lo bastante anticuada como para que me disguste ver a una joven que conozco, borracha en un lugar público. Pero hay algo más, Ann. Hablé con Sarah. Las pupilas de sus ojos estaban dilatadas.
-¿Qué quieres decir con eso?
- Una de las cosas que pudiera ser es cocaína.
-¿Drogas?
-Sí. Ya te dije una vez que sospechaba que Lawrence Steene estaba mezclado en el tráfico de drogas. Oh, no por dinero... sólo por obtener sensaciones.
-Siempre parece muy normal.
-Oh, las drogas no le afectarán. Conozco su tipo. Les gusta experimentar con las sensaciones. Los de su clase no se convierten en adictos. Una mujer es diferente. Si la mujer es desdichada, estas cosas se apoderan de ella... de una manera imposible de romper.
-¿Desdichada? -La voz de Ann sonaba incrédula.
-¿Sarah?
Observándola de cerca, Laura Whitstable le dijo con sequedad:
-Tú deberías saberlo. Eres su madre.
- ¡Bah, eso! Sarah no me hace confidencias.
-¿Por qué no?
Ann se puso en pie, fue a la ventana, luego volvió despacio a la repisa de la chimenea. Dame Laura perma­necía inmóvil, estudiándola. Al encender Ann un cigarri­llo, Laura le preguntó más bajo:
- ¿Qué significa para ti con exactitud el que Sarah sea infeliz?
- ¿Cómo puedes preguntarlo? Me preocupa... terriblemente.
-¿De verdad? -Laura se levantó-. Bueno, me voy. Tengo una reunión de comité dentro de diez minutos. Apenas si voy a llegar.
Ann la acompañó a la puerta.
- ¿Qué has querido decir con eso de «de verdad», Laura?
-He traído guantes... ¿dónde los habré puesto?
Sonó el timbre de la puerta. Edith salió de la cocina para contestar.
- Querías decir algo -insistió Ann.
- Ah, aquí están.
- ¡La verdad, Laura, creo que te portas conmigo de un modo horrible... muy horrible!
Edith entró para anunciar con algo en la cara que casi parecía una sonrisa:
-Mire, aquí hay un forastero, señora. Es el señor Lloyd.
Ann se quedó mirando un instante a Gerry Lloyd, como si apenas comprendiera que estaba allí.
Hacía tres años desde que le viera por última vez, pero Gerry parecía haber envejecido mucho más que tres años. Tenía un aspecto cansado, y en su cara había las arrugas de los fracasados. Vestía un traje de mezcli­lla, bastante tosco, como de trabajar en el campo, y los zapatos estaban gastados. Era patente que no había pros­perado. La sonrisa con que la saludó era grave y todo su aspecto parecía serio, por no decir perturbado.
-¡Gerry! ¡Pero qué sorpresa!
-Qué alegría que se acuerde de mí. Tres años y medio es mucho tiempo.
-Yo también le recuerdo, joven, aunque no creo que usted lo haga.
- Pues claro que sí, dame Laura. Nadie podría olvi­darla a usted.
- Muy amable... ¿o es lo contrario? Bueno, tengo que correr. Adiós, Ann; hasta la vista, señor Lloyd.
Salió y Gerry siguió a Ann hacia la chimenea. Se sentó, aceptando un cigarrillo que ella le ofreció. Ann habló alegre y animadamente.
-Bueno, Gerry, cuéntame de tu vida y lo que has hecho. ¿Estarás mucho tiempo en Inglaterra?
-No estoy seguro.
Su mirada tranquila, fija en ella, hizo que Ann se sin­tiera incómoda. Se preguntó qué pasaría por su mente. Era una mirada muy distinta de la del Gerry que recor­dara.
-Bebe algo. Qué tomarás, ¿ginebra con naranja o sola?
-No, gracias, nada. Sólo he venido a hablar con usted.
- Qué amable por tu parte. ¿Has visto a Sarah? Se casó, ¿sabes? Con un hombre muy importante llamado Lawrence Steene.
- Lo sé. Me escribió contándomelo. Y la he visto. La vi anoche. Ésa es la verdadera razón de que haya veni­do a verla a usted. -Se detuvo un instante para se­guir-: Señora Prentice, ¿por qué le dejó casarse con ese hombre?
- ¡Querido Gerry! -Ann se había quedado pasmada-. ¡No comprendo!
Su tranquilidad no se inmutó por la protesta. Habló serio, con sencillez.
-No es nada feliz. Usted lo sabe, ¿no es cierto? No es feliz.
- ¿Te lo dijo ella?
-No, claro que no. Sarah no haría una cosa así. No fue necesario que me lo dijera. Lo vi al instante. Estaba con un grupo de personas... sólo hablamos unas pala­bras. Pero se nota a la legua. Señora Prentice, ¿cómo dejó que tal cosa sucediera?
- Querido Gerry, ¿no te estás portando un tanto ab­surdamente?
Ann sentía que se iba enfadando.
- No, no lo creo. -Pensó un momento. Su total senci­llez y sinceridad desarmarían a cualquiera-. Comprenda, Sarah me importa. Siempre me ha importado. Más que nada en el mundo. Por eso, naturalmente, me preocupa que sea o no feliz. ¿Sabe usted? Nunca debió dejarle que se casara con Lawrence Steene.
Esta vez Ann estalló:
- Mira, Gerry, hablas como... un victoriano. No se tra­taba de que yo «dejara» o «no dejara» casarse a Sarah con Steene. Las chicas se casan con quien les parece y no hay nada que puedan hacer los padres. Sarah quiso ca­sarse con ese hombre. Y eso es todo.
-Usted pudo haberlo impedido -replicó Gerry con tranquila certeza.
-Mi querido muchacho, si intentas prohibir que la gente haga lo que desea hacer, sólo conseguirás que se emperre y se obstine más.
-¿Lo intentó usted?
Sus ojos se alzaron para mirarla a la cara.
Por alguna razón, bajo la franca interrogación de aquellos ojos, Ann se cortó y tartamudeó.
- Yo... yo... claro que era mucho mayor que ella... y de no buena reputación. Se lo dije a ella... pero...
- Es un cerdo de la peor especie.
-Tú no puedes saber nada de él, Gerry. Llevas años fuera de Inglaterra.
- Lo sabe todo el mundo. Todos. Supongo que cono­cerá usted los detalles más desagradables, pero, señora Prentice, ¿seguro que no sintió usted la clase de bestia que es?
-Conmigo siempre fue encantador y muy agradable -se defendió Ann-. Y un hombre con un pasado no siempre resulta un mal marido. No hay que creer todo lo que la gente habla por despecho. Sarah se sentía atraída por él... lo cierto es que estaba decidida a casarse con él. Él es riquísimo...
-Sí, es muy rico -la interrumpió Gerry-. Pero usted, señora Prentice, no es la clase de mujer que desea que su hija se case por dinero. Nunca fue usted lo que yo llamaría... mundana. Usted sólo hubiese querido que Sarah fuera feliz... o eso pensaba yo.
Gerry la miró con una especie de curiosidad atóni­ta, perpleja.
-Claro que deseaba que mi hija única fuese feliz. No hay ni que decirlo. Pero la cuestión es, Gerry, que una no puede meterse por medio. Por mucho que pensemos que se está cometiendo un error, no se puede uno en­trometer.
Contempló al joven, desafiante.
Él le devolvió la mirada, siempre con el mismo aire pensativo, considerado.
-¿Tanto deseaba Sarah casarse con él?
-Estaba muy enamorada de él.
Como Gerry no hablara, Ann prosiguió:
-Supongo que para ti no será importante, pero Law­rence resulta extremadamente atractivo para las mujeres.
-Oh, sí, me doy perfecta cuenta de ello.
Ann acumuló argumentos.
-Mira, Gerry, te portas de un modo irrazonable. Sólo porque una vez hubo un afecto juvenil entre Sarah y tú vienes a acusarme... como si el que Sarah se hubiese ca­sado con otro fuese culpa mía...
-Creo que fue culpa suya -la interrumpió.
Se miraron fijamente. Gerry enrojeció. Ann se puso muy pálida. La tensión entre ambos había llegado a un punto culminante.
-Esto ya es demasiado -dijo Ann con frialdad, po­niéndose de pie.
Gerry también se levantó. Estaba callado y cortés, pero Ann se dio cuenta de que tras su apariencia tran­quila había algo implacable y decidido.
-Lo siento -dijo el joven-, si he sido poco cortés...
-¡Es imperdonable!
- Quizá si, en cierto modo. Pero comprenda, a mí Sarah me importa mucho. Es lo único que me importa. No puedo evitar sentir que usted la dejó ir a un matri­monio desgraciado.
- ¡Ya está bien!
-Voy a librarla de ello.
- ¡Qué?
-Voy a persuadirla para que abandone a ese puerco.
- Pero qué tontería más grande. Sólo porque una vez, cuando erais unos chiquillos, anduvisteis enamo­riscados...
-Yo comprendo a Sarah... y ella a mí.
- Mi querido Gerry -Ann se había echado a reír de pronto-, encontrarás que Sarah ha cambiado mucho desde que os conocíais.
-Sé que ha cambiado. -Gerry había palidecido y ha­blaba en voz baja-. Ya lo vi...
Vaciló un instante, y terminó en voz tranquila: -Lamento que crea que he sido impertinente, señora
Prentice. Pero entiéndalo. Para mí Sarah es lo primero. Salió de la estancia.
Ann se aproximó al bar y se preparó un vaso de gine­bra. Mientras bebía, musitaba para sí:
-Cómo se atreve... cómo se atreve... Y Laura... tam­bién ella está en contra mía. Todos están en contra mía. No es justo... ¿Qué he hecho? Nada en absoluto...



2

El mayordomo que abrió la puerta del número 18 de la plaza Pauncefoot, miró de arriba abajo el traje de con­fección de Gerry.
Pero al observar los ojos del visitante, sus modales sufrieron cierta reconsideración.
Al fin dijo que iría a ver si la señora Steene estaba en casa.
Poco después conducía a Gerry a una habitación grande y en penumbra, llena de exóticas flores y pálidos brocados; al cabo de unos minutos, Sarah Steene entró, sonriendo y saludando.
- ¡Bueno, Gerry! Qué amable eres de venir a verme. La otra noche no nos dejaron hablar. ¿Una bebida?
Preparó una para cada uno y luego se sentó en un «puf» bajo junto al fuego. La suave luz de la habitación apenas dejaba entrever su rostro. Olía a un perfume caro que él no recordaba.
- ¿Y bien, Gerry? -repitió con ligereza.
-¿Y bien, Sarah? -le sonrió a su vez.
Y luego, tocándola levemente en el hombro con un dedo, le dijo:
-Prácticamente llevas a cuestas el zoo, ¿eh?
Iba vestida con una carísima tira de gasa, orlada de masas de suave y pálida piel.
-¡Muy agradable! -le aseguró Sarah.
-Sí. ¡Tiene un aire maravillosamente caro!
-Oh, así es. Bueno, Gerry, dame noticias. Sé que de­jaste Suráfrica y te fuiste a Kenia. Desde entonces no sé nada de ti.
-Oh, bueno, no he tenido mucha suerte...
-Naturalmente...
La réplica había sido rápida.
-¿Qué es eso de «naturalmente»?
-Bueno, la suerte ha sido siempre tu problema, ¿no?
Por un instante era la antigua Sarah, burlona, contes­tona. Había desaparecido la mujer bella de rostro duro, la exótica desconocida. Quedaba Sarah, su Sarah que le atacaba astutamente.
Y siguiendo la antigua costumbre, refunfuñó:
-Una cosa tras otra salió mal. Primero fracasaron las cosechas... no fue culpa mía. Luego el ganado enfermó... -Lo sé. La vieja y triste historia.
-Y luego, claro, no tenía bastante capital. Si sólo tuviera capital...
-Lo sé... lo sé.
-Bueno, Sarah, maldita sea, todo no es mi culpa.
-Nunca lo es. ¿A qué has venido a Inglaterra?
-La cuestión es que mi tía ha muerto...
-¿La tía Lena? -preguntó Sarah, que conocía bien a los parientes de Gerry.
-Sí. El tío Luke murió hace dos años. El viejo zoque­te no me dejó un céntimo...
-Muy sabio tu tío.
-Pero la tía Lena...
-¿Te ha dejado algo?
-Sí. Diez mil libras.
-Hum. No está nada mal. Ni siquiera en estos tiem­pos. Me alegro por ti.
-Me voy a asociar con un tipo que tiene un rancho en Canadá.
-¿Qué clase de tipo? Ésa es siempre la cuestión. ¿Qué hay del garaje que ibas a poner con otro, cuando te fuiste de África del Sur?
-Oh, aquello se quedó en nada. Al principio nos fue muy bien, más tarde ampliamos, pero luego vino una crisis...
-No me lo cuentes. ¡Qué familiar me resulta todo! Es siempre tu suerte...
-Sí. Supongo que tienes razón. No valgo mucho. Sigo pensando que tengo una suerte pésima... pero ima­gino que también he hecho un poco el tonto. Pero esta vez va a ser distinto.
-Mucho me extrañaría -replicó Sarah, mordiente.
-Vamos, Sarah, ¿no crees que he aprendido la lección?
-No lo creo. Las personas nunca aprenden. Se repi­ten a sí mismas. Lo que tú necesitas, Gerry, es un agen­te... como las actrices y estrellas de cine. Alguien con sentido práctico y que te libre de sentirte optimista en el momento menos oportuno.
Hubo una pausa que Gerry quebró al cabo de unos instantes:
-Ayer fui a ver a tu madre.
-¿Sí? Qué amable por tu parte. ¿Cómo estaba? ¿Apre­surándose como una loca, como siempre?
-Tú madre ha cambiado mucho -dijo Gerry con lentitud.
-¿Te parece?
-Sí.
-¿En qué sentido crees que ha cambiado?
-No sé cómo explicarlo. -Vaciló-. Por un lado, está terriblemente nerviosa.
-¿Y quién no lo está en estos tiempos? -repuso sin darle importancia.
-No solía estar así. Siempre era serena y... y... bueno, dulce...
-¡Parece un verso de un himno religioso!
-Sabes muy bien lo que quiero decir... y ha cambiado. Su pelo... la ropa... todo.
-Se ha vuelto un tanto alegre, nada más. ¿Por qué no iba a hacerlo, pobrecita? ¡Envejecer debe de ser lo últi­mo! Además, las personas cambian. -Se detuvo un ins­tante para añadir, con cierto tono de desafío en la voz-: Supongo que también yo he cambiado...
-No, realmente.
Sarah enrojeció. Gerry añadió deliberadamente.
-A pesar del zoo -volvió a tocar las pálidas y caras pieles-, y del adorno de grandes almacenes -tocó el broche de brillantes que llevaba al hombro-, y del am­biente lujoso... eres casi la misma Sarah de antes... Mi Sarah.
Sarah se movió incómoda. Su voz sonó alegre para decir:
-Y tú eres el mismo y viejo Gerry. ¿Cuándo te vas a Canadá?
-Muy pronto. En cuanto se concluyan los trámites le­gales.
Se levantó.
-Bueno, tengo que irme. ¿Querrás salir un día conmigo, Sarah?
-No, ven tú y cena con nosotros. O daré una fiesta. Tienes que conocer a Larry.
-Ya le conocí la otra noche, ¿recuerdas?
-Pero sólo fue un instante.
-Me temo que no tengo tiempo para fiestas. Ven a pasear conmigo una mañana, Sarah.
-Cariño, por las mañanas no estoy para esos trotes. Es una horrible hora del día.
- Una hora estupenda para pensar con claridad.
- ¿Quién desea pensar con claridad?
-Creo que nosotros. Vamos, Sarah. Demos dos veces la vuelta al parque Regent. Mañana por la mañana. Te espero en la puerta Hanover.
-¡Tienes unas ideas espantosas, Gerry! Y qué traje tan feo.
-Pero de muy buen uso.
-Sí, pero ¡qué corte!
-¡Preocupándote por la ropa! Mañana a las doce en la puerta Hanover. Y no bebas tanto esta noche que estés con resaca mañana.
-¿Quieres decir que anoche estaba borracha?
-Bueno, lo estabas, ¿no?
-Era una fiesta muy aburrida. La bebida ayuda a las mujeres.
-Mañana -repitió Gerry-. Puerta Hanover. A las doce.


-Bueno, he venido -dijo Sarah con desafío.
Gerry la miró de arriba abajo. Estaba sorprendentemente bella... mucho más que de jovencita. Observó la cara sencillez de la ropa que llevaba, la gran esmeralda en su dedo. «Estoy loco», pensó, pero no vaciló.
-Vamos. Caminemos.
Y caminó vivamente. Bordearon el lago, pasaron por la rosaleda deteniéndose al fin para sentarse en dos si­llas en una parte poco frecuentada del parque. Hacía de­masiado frío para que hubiese mucha gente sentada.
Gerry respiró hondamente y, sin pensarlo, dijo: -Ahora, vamos al asunto. Sarah, ¿quieres venir con-migo a Canadá?
Sarah le miró atónita.
-¿Qué demonios quieres decir?
- Nada más que lo que he dicho.
-¿Quieres decir... como una excursión? -preguntó, dudosa.
- Quiero decir para siempre -sonrió-. Deja a tu mari­do y vente conmigo.
-Gerry, ¿te has vuelto loco? -rió Sarah-. No nos hemos visto durante casi cuatro años y...
-¿Tiene eso importancia?
-No -Sarah había sido cogida de improviso-. No, supongo que no...
- Cuatro años, cinco, diez, veinte. No creo que suponga diferencia alguna. Tú y yo estamos hechos el uno para el otro. Siempre lo he sabido. Aún lo siento. ¿No lo sientes así también tú?
- Sí, en cierto modo -admitió la joven-. Pero de todos modos, lo que sugieres es completamente, im­posible.
- No veo nada imposible en ello. Si estuvieses casada con un tipo decente y fueses feliz con él, ni se me ocu­rriría interponerme -añadió en voz baja-: Pero no eres feliz, ¿verdad, Sarah?
- Supongo que soy tan feliz como la mayoría -repuso valiente.
-Yo creo que eres profundamente desgraciada.
- Si lo soy... yo lo he querido. Después de todo, si uno se equivoca ha de cargar con las consecuencias.
- Lawrence Steene no es realmente de los que cargan con las suyas, ¿no?
-¡Eso es muy ruin!
-No, es la verdad.
- Además, Gerry, lo que sugieres es completa y totalmente un disparate. ¡Una locura!
- ¿Porque no he estado dando vueltas a tu alrededor para convencerte poco a poco? No hay necesidad. Como te he dicho, tú y yo estamos hechos el uno para el otro... y tú lo sabes, Sarah.
-Admito que hubo un tiempo en que estaba muy en­cariñada contigo -suspiró Sarah.
- Es más profundo que eso, niña mía.
Se volvió para mirarle. Todo su fingimiento desapa­reció.
-¿Lo es? ¿Estás seguro?
-Lo estoy.
Ambos guardaron silencio. Al fin Gerry dijo con dul­zura:
-¿Vendrás conmigo, Sarah?
Volvió a suspirar. Se inclinó hacia delante, envol­viéndose más en sus pieles. Una suave y fría brisa agita­ba los árboles.
-Lo siento, Gerry. La respuesta es no.
- ¿Por qué?
- No puedo hacerlo... eso es todo.
-Las personas abandonan a sus maridos todos los días.
-Yo no.
-¿Vas a decirme que amas a Lawrence Steene? Negó con la cabeza.
- No, no le amo. Nunca le amé. Pero me fascinaba. Es... bueno, es muy listo con las mujeres. -Se estreme­ció de desagrado-. No es frecuente sentir que alguien es verdaderamente... malo. Pero si yo lo sintiera con al­guien sería, desde luego, con Lawrence. Porque las cosas que hace no son impulsos... cosas que hace porque no puede evitadas. Es que le gusta experimentar con las personas y las cosas.
-¿Por qué tienes entonces escrúpulos en dejarle? Sarah guardó silencio un momento, y al final dijo muy bajo:
-No son escrúpulos. Oh -se movió impaciente-, ¡es repugnante que uno tenga siempre que dar razones no­bles primero! Muy bien, Gerry, es mejor que sepas cómo soy en realidad. Viviendo con Lawrence me he acostumbrado a... ciertas cosas. No quiero renunciar a ellas. Vestidos, pieles, dinero, restaurantes caros, fiestas, una doncella, coches, un yate... Todo resulta fácil y lujoso. Estoy sumergida en el lujo. Y tú quieres que lo deje todo por un rancho a millas de distancia de cualquier sitio. No puedo... y no lo haré. ¡Me he vuelto muelle! Estoy podrida de dinero y lujo.
- Entonces ya va siendo hora de que te saquen de todo eso -repuso él sin inmutarse.
-¡Oh, Gerry! -Sarah no sabía si reír v llorar-. Hablas con tanta seguridad...
-Tengo los pies firmemente asentados en el suelo.
-Sí, pero no comprendes la mitad.
-¿No?
-No es sólo... sólo... dinero. Hay otras cosas. Oh, ¿no entiendes? Me he convertido en un ser bastante horri­ble. Las fiestas que damos... los sitios a los que vamos...
Se detuvo enrojeciendo.
- Muy bien -repuso con calma-. Eres una depravada. ¿Algo más?
-Sí. Hay cosas... cosas a las que me he acostumbrado... cosas sin las que no podría pasarme.
-¿Cosas? -Bruscamente la tomó de la barbilla, volviendo su rostro hacia él-. He oído rumores. ¿Quieres decir... drogas?
Asintió con la cabeza.
-Te producen unas sensaciones tan maravillosas... No quiero prescindir de ellas.
-Escucha -la voz de Gerry era dura e incisiva-. Tú te vienes conmigo y cortas por lo sano con todo eso.
-Supón que no pueda.
-Yo me ocuparé de eso -fue la seria respuesta.
Los hombros de Sarah se relajaron. Suspiró, inclinán­dose hacia él. Pero Gerry se echó atrás.
-No. No voy a besarte.
-Comprendo. Tengo que decidirme... a sangre fría.
-Sí.
- Extraño Gerry!
Mantuvieron silencio unos minutos. Al fin, Gerry, con cierto esfuerzo, dijo:
- Sé muy bien que no valgo mucho. Siempre he echado a perder mis oportunidades. Comprendo que no puedas tener mucha... fe en mí. Pero sí creo, de verdad que creo, que si te tuviera conmigo podría enfrentarme mejor a las circunstancias. Tú eres lista, Sarah. Y sabes cómo azuzarle a uno cuando empieza a aflojar.
-¡Sueno como un ser adorable!
-Sé que puedo llegar a hacer algo -insistió él, to­zudo-. Será una vida durísima para ti. Mucho trabajo, escasez... sí, un infierno. No sé cómo tengo cara para persuadirte de que vengas. Pero será real, Sarah. Será... bueno… vivir...
- Vivir... real...
Sarah repitió las palabras para sí.
Se levantó y empezó a alejarse. Gerry se puso a su lado.
-¿Vendrás, Sarah?
-No lo sé.
-Sarah... queridísima...
-No, Gerry... no digas nada más. Ya lo has dicho todo... todo lo que había que decir. Ahora me toca a mí. Tengo que pensar. Te contestaré...
-¿Cuándo?
-Pronto...


3


- ¡Vaya, ésta sí que es una buena sorpresa!
Edith, que había abierto la puerta del piso para dejar entrar a Sarah, contrajo las amargadas arrugas de su ros­tro en una sonrisa.
-Hola, Edith, sol mío. ¿Está mamá?
-La espero en cualquier momento. Me alegro de que haya venido. A ver si la anima un poco.
-¿Necesita que la animen? Siempre parece de lo más alegre.
- Hay algo que no está nada bien en su mamá. Estoy preocupada por ella -Edith siguió a Sarah a la salita-. No es capaz de estarse quieta dos minutos y en cuanto se le hace un comentario casi le saca a una los ojos. Algo dentro, no me extrañaría.
- Vamos, no seas lechuza, Edith. Según tú, todos esta­mos a las puertas de la muerte.
-No se puede decir eso de usted, señorita Sarah. Parece una flor. ¡Ay! Mira qué tirar así sus preciosas pieles en el suelo. Es usted la misma. Son preciosas. Han debi­do costar mucho dinero.
- Sí, medio mundo.
- Mejores que cualquiera que haya tenido la señora.
La verdad es que tiene usted cosas preciosas, señorita Sarah.
-Así tiene que ser. Cuando se vende el alma, el pre­cio ha de ser alto.
-Ésa no es manera de hablar -dijo Edith con repro­che-. Lo peor de usted es que siempre anda con altiba­jos. Qué bien me acuerdo, como si fuera ayer, aquí, en esta misma habitación, cuando me dijo usted que se ca­saba con el señor Steene y cómo me hizo dar vueltas bailando por el cuarto, como un tiovivo: «Voy a casarme... voy a casarme», decía usted.
-Calla... calla, Edith -le cortó-. No lo soporto.
El rostro de Edith pareció al instante alerta y lleno de comprensión.
-Vamos, vamos, queridita. Dicen que los dos primeros años son los peores. Si una los aguanta, todo va bien.
- Una visión muy poco optimista del matrimonio.
-El matrimonio es mal negocio siempre, pero supongo que el mundo no podría continuar sin él. Excúse­me la libertad, ¿no hay nada en el camino?
- No, Edith, no hay.
-Lo siento. De verdad. Pero parecía usted un poco nerviosa y me preguntaba si sería ésa la razón. Es muy rara la forma en que algunas señoras recién casadas se comportan a veces. Mi hermana mayor, cuando estaba esperando, estaba un día en la tienda de comestibles y de pronto le vino la idea de que tenía que comerse una pera grande y jugosa, allí mismo. «Eh, ¿qué hace usted?», le dijo el dependiente. Pero el tendero, un padre de fa­milia, comprendió la cosa. «Déjalo, hijo. Yo atenderé a la señora»; y no le cobró, además. Era muy comprensivo, porque tenía trece hijos propios.
-Qué mala suerte, tener trece. Qué familia tan mara­villosa tienes, Edith. He oído cosas de ellos desde que era una criatura.
-Ah, sí, le he contado muchas historias. Cuidado que era usted seria y preocupada por todo. Y eso me recuer­da que el otro día vino por aquí ese joven amigo suyo, el señor Lloyd. ¿Le ha visto?
-Sí, le he visto.
-Parece mucho mayor... pero está muy moreno. Eso es por estar tanto en el extranjero. ¿Le han ido bien las cosas?
-No particularmente.
-Ay, qué pena. No tiene bastante ambición... eso es lo que le pasa.
- Supongo que sí. ¿Crees que mamá vendrá pronto?
-Oh, sí, señorita Sarah. Va a cenar fuera. Así que primero vendrá a cambiarse. Si me pregunta, señorita Sarah, le diré que es una gran pena que no pase más noches tranquilas en casa. Se mueve demasiado.
-Supongo que le gusta.
- Tanto corretear por ahí. No le va. Siempre fue una señora tranquila.
Sarah volvió la cabeza bruscamente, como si las pala­bras de Edith hubiesen tocado alguna nota del recuerdo. Repitió musitando:
-Una señora tranquila. Sí, mamá era tranquila. Gerry lo dijo también. Es extraño lo que ha cambiado en los tres últimos años. ¿Crees tú que ha cambiado mucho, Edith?
-A veces diría que no es la misma señora.
-Solía ser muy distinta... Solía ser... -Sarah se cortó, pensativa. Luego siguió-: ¿Crees que las madres siempre quieren a sus hijos, Edith?
-Pues claro que sí, señorita Sarah. No sería natural si no lo hicieran.
¿Pero es de verdad natural seguir preocupándose por los hijos una vez que han crecido y se han lanzado al mundo? Los animales no lo hacen.
Edith se escandalizó y repuso con rapidez:
- ¡Conque los animales! Nosotros somos cristianos. No diga disparates, señorita Sarah. Recuerde el refrán: «Un hijo es un hijo hasta que se casa. Pero una hija es una hija toda la vida».
Sarah se echó a reír.
-Conozco muchas madres que odian a sus hijas como al veneno, e hijas que no quieren mucho más a sus madres, tampoco.
-Bueno, le diré sólo, señorita Sarah, que no creo que eso esté nada bien.
-Pero mucho, mucho más sano, Edith... al menos eso dicen los psicólogos.
- Será porque tienen unas mentes retorcidas.
-Yo siempre he querido muchísimo a mi madre -siguió Sarah, pensativa-; como persona no como madre.
- Y su madre la quiere, señorita Sarah.
Tras unos segundos de consideración, Sarah dijo despacio:
- Me lo pregunto...
-Si supiera usted el estado en que se encontraba cuando usted pasó la pulmonía a los catorce años...
- Oh, sí, entonces. Pero ahora...
Ambas oyeron la llave de la cerradura.
Edith comentó:
- Ya está aquí.
Ann entró sin aliento, quitándose un alegre sombrerito de plumas multicolores.
-¿Sarah? Qué sorpresa más agradable. Ay, este sombrero me hacía daño. ¿Qué hora es? Ando tardísi­mo. Estoy citada a las ocho con los Ladesburys en Chaliano. Ven a mi cuarto mientras me cambio, Sarah querida.
Sarah la siguió obediente por el pasillo, hasta el dor­mitorio.
-¿Cómo está Lawrence?
-Muy bien.
-Bien. Hace siglos que no le veo... ni tampoco a ti. Un día de éstos tenemos que organizar una fiestecita. Esa nueva revista en el Coronation parece muy buena...
-Madre. Deseo hablarte.
-¿Sí, cariño?
-¿No puedes dejar de ponerte cosas en la cara y es­cucharme?
Ann pareció sorprenderse.
-Vaya, Sarah, pareces muy excitada.
-Quiero hablarte. Es serio. Es... Gerry.
- Oh. -Las manos de Ann cayeron a sus costados. Pa­reció preocupada.
- ¿Gerry?
-Quiere que deje a Lawrence y me vaya con él a Ca­nadá.
Antes de contestar, Ann respiró profundamente un par de veces. Luego dijo con ligereza:
- ¡Qué enorme tontería! Pobre Gerry. Es demasiado tonto para que hablemos de él siquiera.
-Gerry tiene razón -replicó Sarah, muy seria.
-Sé que siempre le has defendido, cariño. Pero en serio, ¿no crees que eres mucho más madura que él, ahora que has vuelto a verle?
-No me ayudas mucho, madre. -La voz de Sarah tembló un poco-. Quiero... hablar muy en serio.
-¿No pensarás tomar en serio esas tonterías ridícu­las? -preguntó Ann, enfadada.
-Sí pienso.
- Entonces eres una estúpida, Sarah.
-Siempre he querido a Gerry y él a mí -repuso.
Su madre se echó a reír, con una risa más bien ner­viosa, histérica.
-¡Mi querida niña!
-Nunca debía haberme casado con Lawrence. Ha sido el mayor error de mi vida.
-Te adaptarás -repuso Ann tranquilamente.
Sarah se levantó y empezó a caminar, inquieta.
-No lo haré. No podré. Mi vida es un infierno... un verdadero infierno.
-No exageres, Sarah.
El tono de Ann era ácido.
-Es una bestia... una bestia inhumana.
-Te adora, Sarah -reprochó Ann.
-¿Por qué lo hice? ¿Por qué? La verdad es que jamás deseé casarme con él. -Se volvió de pronto hacia su madre-. No me habría casado con él de no haber sido por ti.
-¿Por mí? -Ann enrojeció de furia-. ¡Yo nada tuve que ver!
-¡Sí... tú, sí!
-Te dije entonces que tú tenías que tomar tu propia decisión.
-Tú me convenciste de que obraba bien.
-¡Qué malvada estupidez! Pero si yo te dije que su reputación era mala, que te estabas arriesgando...
-Lo sé. Pero es la forma en que lo dijiste. Como si no importara. ¡Fue todo! No me importa cuáles fueron tus palabras. Las palabras eran las correctas. Pero tú que-rías que me casara con él. Sí, madre. Sé que tú lo querías. ¿Por qué? ¿Porque deseabas librarte de mí?
Ann se enfrentó muy enfadada a su hija.
-La verdad, Sarah, este ataque es de lo más extraor­dinario.
Sarah se aproximó mucho a su madre. Sus ojos, enor­mes y oscuros en el pálido rostro, contemplaron la cara de Ann como si buscaran en ella la verdad.
- Sé que lo que digo es cierto. Tú querías que me casara con Lawrence. Y ahora que todo ha resultado mal, ahora que soy infernalmente desgraciada, no te importa. A veces... incluso he pensado que estabas contenta.
-¡Sarah!
- Sí, contenta. -Sus ojos seguían indagando y Ann se sentía inquieta bajo aquella mirada-. Estás contenta... de que sea desgraciada...
Ann se apartó con brusquedad. Temblaba. Se enca­minó a la puerta. Sarah la siguió.
- ¿Por qué? ¿Por qué, madre?
Ann replicó, forzando a las palabras a salir de entre los labios secos:
-No sabes lo que dices.
- Quiero saber por qué deseabas que fuese tan desdi­chada.
-¡Yo nunca he querido que seas desdichada! ¡No seas absurda!
-Madre... -Tímidamente, como una niña, Sarah tocó el brazo de su madre-. Madre... soy tu hija... deberías quererme.
-¡Pues claro que te quiero! ¿Qué más?
-No. No creo que sea así. No creo que me hayas querido en mucho tiempo... Te has alejado de mí... a algún sitio donde no puedo alcanzarte...
Ann se esforzó por mantenerse entera. Su tono sonó como sin dar importancia al asunto.
-Por mucho que se quiera a los hijos, llega el momento en que deben aprender a mantenerse en pie por sí mismos. Las madres no deben ser posesivas.
- No, claro que no. Pero creo que cuando una está con problemas debería poder acudir a su propia madre.
-Pero ¿qué deseas que haga, Sarah?
- Quiero que me digas si debo irme con Gerry o quedarme con Lawrence.
- Quedarte con tu marido, naturalmente.
- Pareces muy segura.
-Mi querida niña, ¿qué otra respuesta puedes esperar de una mujer de mi generación? Me educaron en la ob­servancia de ciertos niveles de conducta.
-Moralmente recto, quedarse con el marido, moralmente malo, irse con el amante, ¿no es verdad?
-Exactamente. Claro que me atrevo a decir que tus modernas amistades tendrán un punto de vista diferen­te. Pero tú me has pedido el mío.
Sarah suspiró y movió la cabeza.
- No es tan sencillo como tú pareces verlo. Todo está confuso. Lo cierto es que lo peor de mí desearía quedarse con Lawrence... ese yo que teme enfrentarse a la po­breza y a las dificultades... el yo que gusta de la vida có­moda... el yo con gustos depravados y esclavo de las sensaciones... El otro yo, el yo que quiere irse con Gerry, no es una mujerzuela sucia y enamoriscada... es el yo que cree en Gerry y desea ayudarle. ¿Ves, mamá? Es que yo tengo justamente eso de que carece Gerry. Llega un momento en que él se sienta a compadecerse de sí mismo y ¡entonces me necesita para que le dé un tremendo puntapié en el trasero! Gerry podría ser una persona realmente notable... lo lleva consigo. Sólo ne­cesita de alguien que se ría de él, que le azuce y... oh, él... me necesita a mí...
La muchacha se detuvo mirando implorante a Ann, cuyo rostro parecía tallado en pedernal.
-De nada sirve que parezca impresionada, Sarah. Tecasaste con Lawrence por tu propia y libre voluntad, digas lo que digas, y debes seguir con él.
-Quizá...
Ann aprovechó su ventaja para seguir en tono más cariñoso:
-¿Sabes, cariño? No creo que estés hecha para una vida de asperezas. Parece muy fácil hablar de esta nueva vida, pero estoy segura de que la detestarías, una vez enfrentada a ella, especialmente... -sintió que éste iba a ser un buen argumento- especialmente cuando te dieras cuenta que estabas frenando a Gerry en lugar de ayu­darle.
Pero casi al mismo tiempo comprendió que había hecho un movimiento en falso.
El rostro de Sarah se endureció. Dirigiéndose al to­cador tomó y encendió un cigarrillo. Al fin dijo en tono ligero:
-Haces de abogado del diablo, ¿eh, mamá?
- ¿Qué quieres decir?
Ann estaba sorprendida.
Sarah volvió a acercarse y se plantó firme ante su madre. Su expresión era dura y desconfiada.
-¿Cuál es la verdadera razón de que no quieras que me vaya con Gerry, madre?
- Ya te he dicho...
-La verdadera razón... -Con deliberación, perforando casi con los suyos los ojos de Ann, la hija afirmó-: ¿Temes, verdad, que pueda ser feliz con Gerry?
-¡Temo que puedas ser muy desgraciada!
- No, no es cierto. -Sarah escupió las palabras con amargura-. No te importaría que fuera desgraciada. Pero es mi felicidad lo que no quieres. No me quieres. Es más que eso. Por una u otra razón me odias... Eso es, ¿verdad? Me odias. ¡Me odias como a nada!
¡Sarah! ¿Te has vuelto loca?
No, no me he vuelto loca. Por fin estoy llegando a la verdad. Me odias hace mucho... años. ¿Por qué? No es cierto...
Es cierto. Pero ¿por qué? No es que estés celosa de mí porque soy joven. Algunas madres son así con sus hijas, pero tú no. Tú siempre eras dulce conmigo... ¿Por que me odias, madre? ¡Debo saberlo!
-¡No te odio!
-¡Oh, basta de decirme mentiras! Sal a campo abierto. ¿Qué te he hecho para obligarte a odiarme? Siempre te he adorado. Siempre he intentado ser buena conti­go... hacer cosas por ti.
Ann se volvió a mirarla. Habló con resentimiento y apoyando las palabras para marcar su significado.
-¡Hablas como si todos los sacrificios hubiesen estado de tu lado!
-¿Sacrificios? -exclamó Sarah con asombro-. ¿Qué sacrificios?
La voz de Ann temblaba. Comprimió las manos.
-He renunciado a mi vida por ti... he renunciado a cuanto me importaba... ¡y tú ni siquiera te acuerdas!
¡Ni siquiera sé de qué me hablas! -exclamó Sarah, siempre con sorpresa y desconcierto.
-No, claro que no. No te acordabas del nombre de Richard Cauldfield. «¿Richard Cauldfield?», preguntaste. «¿Quién es?»
A los ojos de Sarah fue asomando algo parecido al entendimiento. Sintió cómo dentro de ella la invadía el desaliento.
-¿Richard Caulfield?
-Sí. Richard Caulfield. -Ann acusaba ya abiertamen­te-. Te disgustaba. ¡Pero yo le amaba! Le quería mucho. Deseaba casarme con él. Pero por ti hube de renunciar.
-Madre...
Sarah estaba abrumada.
-Tenía derecho a mi felicidad -dijo Ann, desafiante.
-No sabía... que le querías de verdad -tartamudeó Sarah.
-No querías saberlo. Cerraste los ojos. Hiciste cuanto estuvo en tu mano para impedir la boda. Es cierto. ¿no?
-Sí, es cierto... -El pensamiento de Sarah volvió al pasado. Se sintió un tanto enferma al recordar su infantil y voluble seguridad-. Yo... no creía que iba a hacerte feliz...
-¿Qué derecho tenías a pensar por otra persona? -preguntó con fiereza.
Gerry se lo había dicho, Gerry se había preocupado por lo que ella intentaba hacer. Y ella se había sentido tan orgullosa de sí, tan triunfante de su victoria sobre el detestado «Coliflor». Habían sido unos celos tan torpes e infantiles... ¡ahora lo veía! Y por culpa de ella, su madre había sufrido, había ido cambiando poco a poco, hasta convertirse en esta mujer nerviosa y desdichada que aho­ra se enfrentaba a ella con un reproche para el que carecía de respuesta.
No podía sino susurrar, incierta:
-No lo sabía... oh, madre, no lo sabía...
Ann había vuelto al pasado.
-Podríamos haber sido felices juntos. Era un hom­bre solitario. Su primera esposa había muerto con la criatura y aquello fue para él una gran pena y un golpe. Tenía defectos, lo sé; tenía tendencia a la pedantería; a ajustarse a la letra de la ley (son cosas que los jóvenes observan), pero bajo la superficie era amable, sencillo y bueno. Hubiéramos ido envejeciendo juntos, felices. En lugar de ello le herí profundamente... le despedí. Le mandé a un hotel de la costa sur, donde conoció a aquella estúpida y joven arpía, que ni siquiera le quie­re.
Sarah retrocedió. Cada palabra que decía su madre le hacía daño. Pero se armó para defenderse como pudo.
-Si tanto le necesitabas, deberías haberte hecho fuerte y seguido adelante.
Ann la miró con brusquedad.
-¿No te acuerdas de las eternas escenas... las bron­cas? Siempre estabais los dos como perro y gato. Le pro­vocabas deliberadamente. Era parte de tu plan.
(Sí, había sido parte de su plan...)
-No podía soportarlo, día tras día. Y se me planteó la alternativa. Tenía que elegir... Richard me lo puso así... elegir entre tú y él. Tú eres mi hija, mi propia carne y sangre. Te elegí a ti.
-Y desde entonces -dijo Sarah viéndolo todo claro- me has odiado...
Todo estaba ahora patente ante ella.
Recogió sus pieles y se volvió hacia la puerta.
-Bien. Ahora sé dónde estamos.
Su voz sonó clara y dura. De contemplar la ruina de la vida de Ann se había vuelto a contemplar la suya.
Ya en la puerta se volvió a hablar a la mujer de rostro agotado, que no había negado la última acusación.
-Me odias por estropear tu vida, madre. Bueno, yo te odio por destrozar la mía.
-Nada tengo que ver con tu vida. Tú elegiste por ti misma.
-Oh, no, no fue así. No seas tan hipócrita, madre. Vine a ti deseando que me ayudaras para no casarme con Lawrence. Sabías muy bien que me sentía atraída por él, pero que quería librarme de aquella atracción. Fuiste muy lista. Supiste muy bien qué decir y hacer.
Bobadas. ¿Por qué iba yo a querer que te casaras con Lawrence?
-Creo... que porque sabías que no sería feliz. Tú eras desgraciada... y querías que también lo fuera yo. Vamos, madre, suéltalo ya. ¿No has sentido cierto gozo al saber que soy muy desgraciada en mi matrimonio?
En un repentino arranque de pasión, Ann exclamó: -¡A veces sí, he pensado que lo tenías merecido! Madre e hija se contemplaron implacables.
Luego Sarah rió, con una risa áspera y desagradable.
-¡Ya lo he conseguido! Adiós, madre querida... Cruzó la puerta, salió al pasillo; Ann oyó cerrarse la puerta del piso con un seco ruido lleno de finalidad. Estaba sola.
Temblando todavía llegó a la cama y se echó en ella. Las lágrimas mojaban sus mejillas y caían sin cesar.
Una tempestad de llanto como no conociera hacía años la sacudió.
Lloraba y lloraba...
No tenía idea de cuánto tiempo había estado llorando, pero cuando al fin sus sollozos empezaron a dismi­nuir se oyó un tañir de porcelana y Edith entró con una bandeja con té. La dejó en una mesita, junto a la cama, y se sentó junto a su señora, dándole suaves palmaditas en la espalda.
-Hala, hala, corderito mío, linda mía... Aquí tiene una rica taza de té que se va a tomar, diga lo que diga.
- Oh, Edith, Edith...
Ann se aferró a la fiel sirvienta y amiga.
- Vamos, vamos, querida, no se lo tome así. Todo sal­drá bien.
-Las cosas que he dicho... las cosas que he dicho...
- No se preocupe. Siéntese. Le serviré el té. Ahora bébaselo.
Ann obedeció, sentándose, y se tomó el té caliente.
-Mire, va verá cómo se siente mejor dentro de un momento.
-Sarah... ¿cómo he...?
-Vamos, no se preocupe...
-¿Cómo he podido decirle esas cosas?
-Mejor decirlas que pensarlas, se lo digo. Son las cosas que se piensan y no se dicen las que se vuelven amargas como la hiel... es un hecho.
-He sido tan cruel.., tan cruel...
-Yo creo que ice que usted ha tenido de malo du­rante tanto tiempo ha sido lo que llevaba encerrado dentro. Una buena bronca y acabado, eso digo yo, en vez de callárselo todo y fingir que no pasa nada. Todos tenemos malos pensamientos, pero no siempre nos gusta admitirlo.
-¿He odiado de veras a Sarah? Mi pequeña Sarah... solía ser tan dulce y divertida. ¿Y yo la he odiado?
-Pues claro que no -replicó Edith con energía.
-Sí. Quería que sufriera... que sintiera dolor... al igual que yo.
-Vamos, no se ponga a imaginar un montón de ton­terías. Usted quiere a la señorita Sarah y siempre la ha querido.
-Todo este tiempo... todo este tiempo... iba por den­tro corno una negra corriente... odio... odio...
-Una pena que no lo soltara todo antes. Una buena discusión siempre aclara la atmósfera.
Ann se tumbó, cansada, en las almohadas.
-Pero ya no la odio -se admiraba-. Todo ha desapa­recido... sí... desaparecido.
Edith se levantó v le dio unas palmaditas más.
-No se excite, linda mía. Todo saldrá bien.
Ann denegó con la cabeza.
-No, nunca más. Ambas hemos dicho cosas que nin­guna de las dos va a olvidar.
-No crea eso. Las palabras duras no rompen huesos. Y ése sí que es un refrán verdadero.
-Hay ciertas cosas, cosas fundamentales, que nunca se pueden olvidar.
Edith recogió la bandeja.
-Nunca es mucho tiempo -concluyó la vieja sirvienta antes de salir.


4


Al llegar Sarah a su casa se dirigió a la gran habita­ción de la parte de atrás, que Lawrence llamaba, con én­fasis, su estudio.
Él estaba allí, desembalando una pequeña estatua que había adquirido recientemente, obra de un joven artista francés.
-¿Qué te parece, Sarah? Bella, ¿verdad?
Sus dedos acariciaban con sensibilidad las líneas del cuerpo retorcido y desnudo.
Sarah se estremeció ligeramente, como recordando algo.
-Sí, bella... ¡pero obscena! -dijo frunciendo el ceño.
- Oh, vamos... es sorprendente ver que aún queda en ti algo de puritana, Sarah. Interesante que persista todavía.
- Esa figura es obscena.
-Ligeramente decadente, quizá... Pero muy inteli­gente. Y denota una elevada imaginación.
-Paul toma hashis, desde luego-, lo que seguramente explica el espíritu de la figura.
Dejándola se volvió a Sarah.
- Estás de lo más en beauté, mi encantadora esposa, y alterada por algo. Las penas siempre te sientan bien.
-Acabo de tener un terrible altercado con mamá.
- No me digas. -Lawrence alzó las cejas, divertido-. ¡Qué cosa tan poco probable! Apenas puedo imaginármelo. La dulce Ann.
-¡Hoy no estaba tan dulce! Pero sí debo admitir que me he portado de modo bastante horrible con ella.
-Las disputas domésticas no son muy interesantes, Sarah. Vamos a no hablar de ellas.
--No pensaba hacerlo. Madre y yo hemos concluido... ese es el resumen. No. Quería hablarte de otra cosa. Creo que... voy a dejarte, Lawrence.
Steene no demostró ninguna reacción especial. Al­zando las cejas murmuró:
-Creo, ¿sabes?, que sería muy poco inteligente de tu parte.
-Parece como si amenazaras.
-Oh, no... una ligera advertencia. ¿Y por qué vas a dejarme, Sarah? Mis esposas han solido hacerlo antes de ahora, pero tú no tienes motivos. Por ejemplo, yo no te he destrozado el corazón. Tú tienes muy poco corazón, por lo que a mí respecta, y sigues siendo...
-¿La favorita reinante?
-Si quieres explicarlo con ese símil oriental. Sí, Sarah, te encuentro perfecta, incluso con el deje purita­no, que da como cierto encanto picante a nuestra... ¿cómo diré?, forma de vida pagana. Por cierto, la razón de mi primera mujer para abandonarme tampoco puede ser la tuya. Desaprobación moral mal podría ser tu prin­cipal acusación, si tenemos en cuenta todo.
-¿Qué importa por qué te dejo? ¡No finjas que te im­porta en realidad!
-¡Me importará mucho! En este momento eres mi posesión más codiciada... mejor que todas éstas.
Con un gesto amplio de la mano mostró el estudio.
-Me refería a... que tú no me quieres.
-La devoción romántica, como te dije una vez, nunca me ha atraído... ni dando ni recibiendo.
-La verdadera razón es que hay alguien más. Me marcho con él.
-¡Ah! ¿Y te dejas los pecados atrás?
-¿Quieres decir...?
-Me pregunto si va a ser tan fácil como crees. Has sido una discípula muy apta, Sarah... la corriente de la vida fluye con fuerza dentro de ti... ¿podrás renunciar a esas sensaciones... esos placeres... esas aventuras de los sentidos? Piensa en las veladas donde Mariana... recuer­da Charcot y sus diversiones... No es tan fácil dejar todas esas cosas de lado, Sarah.
La joven le miró, y por un instante el miedo asomó a sus pupilas.
-Lo sé... lo sé... ¡pero se puede renunciar a todo!
-¿Se puede? Estás bastante metida en ello, Sarah...
-Pero saldré... tengo intención de salir.
Y dando media vuelta dejó rápidamente la habita­ción.
Lawrence dio un golpe a la estatua.
Estaba francamente fastidiado. Aún no se había can­sado de Sarah. Dudaba de que alguna vez se cansara... era una criatura temperamental, capaz de resistir... de luchar... una criatura de una belleza encantadora. Una pieza de colección extremadamente rara.


5


-Vaya, Sarah.
Dame Laura alzó la vista de su escritorio, verdaderamente sorprendida.
Sarah estaba sin aliento y en un estado de gran agita­ción.
-Hace siglos que no te veo, ahijada.
-No, ya lo sé... Oh, Laura, estoy en tal lío.
- Siéntate -la condujo con dulzura a un diván-. Cuéntamelo todo.
-He pensado que tal vez tú puedas ayudarme... ¿Se puede... se consigue... es posible dejar de tomar ciertas cosas... cuando, me refiero... cuando te has acostumbra-do a tomarlas? -Añadió apresuradamente-: Oh, supongo que ni siquiera sabes de qué te estoy hablando.
- Oh, ya lo creo que sí. Quieres decir drogas.
-Sí.
Sarah sintió un enorme alivio ante la reacción tan poco escandalizada de Laura.
- Bueno, la respuesta depende de muchas cosas. No es fácil. Nunca es fácil. Las mujeres encuentran muy di­fícil quebrantar una costumbre de esa clase, más que los hombres. Mucho depende del tiempo que lleves tomando esa porquería, depende de cómo la hayas tomado, de cómo esté tu salud en general, de tu valor, tu resolución y tu fuerza de voluntad, depende de las condiciones en que va a transcurrir tu vida cotidiana, si tienes ilusión por algo en el futuro y, siendo mujer, si tienes cerca al­guien que te ayude a luchar.
El rostro de Sarah se aclaró.
-Bien. Creo... creo de verdad que todo saldrá bien.
-El tener demasiado tiempo libre no te va a servir de ayuda.
-¡Tendré muy poco tiempo libre! -rió Sarah-. Tra­bajaré como loca cada minuto del día. Tendré alguien que... que se ponga duro conmigo y me meta en cintu­ra, y en cuanto a tener ilusión por algo en el futuro... ¡tengo todo que esperar... todo!
-Bien, Sarah, creo que tienes una buena posibilidad. -Laura la miró y añadió inesperadamente-: Parece que al fin has madurado.
-Sí. He tardado bastante... me doy cuenta de ello. Solía pensar que Gerry era débil, pero yo soy la débil de verdad. Siempre deseando sostenerme entre almohado­nes. -Su expresión se ensombreció.- Laura... me he por­tado horriblemente con mamá. Hasta hoy no sabía que Coliflor le importaba tanto. Ya sé que cuando me adver­tiste sobre ofrendas y piras de sacrificios no te hice caso. Estaba tan horriblemente contenta de mí misma, de mi plan para librarme del pobre Richard... y todo el tiempo, ahora me doy cuenta, estaba siendo celosa, in­fantil, despreciable. Obligué a mamá a renunciar a él; y entonces, como es natural, me odió por ello, pero sin decirlo nunca; pero todo empezó a ir mal. Hoy hemos tenido una discusión horrorosa... nos hemos gritado y yo le he dicho cosas despreciables, acusándole de cuan­to me había pasado. La verdad es que en ese momento me sentía en contra de ella... Yo, también la odiaba.
-Ya comprendo.
-Y ahora -Sarah estaba muy entristecida- no sé qué hacer. Si tan sólo pudiera arreglarlo de alguna forma... pero supongo que ya es tarde.
Laura Whitstable se levantó súbitamente.
-No hay mayor pérdida de tiempo -dijo didáctica- que decir lo que se debe a quien no se debe...


6


Con aire de alguien que anda con dinamita, Edith tomó el auricular del teléfono. Respiró profundamente y marcó un número. Al oír la llamada al otro extremo, se volvió inquieta a mirar detrás de sí. Todo bien. Estaba sola en el piso. La voz cortante, profesional, al otro lado del cable casi la hizo saltar.
-Welbeck 97438.
-Oh... ¿es dame Laura Whitstable?
-Al habla.
Edith tragó un par de veces, con nerviosismo.
-Soy Edith, señora, la Edith de la señora Prentice.
-Buenas tardes, Edith.
La mujer volvió a tragar y comentó misteriosa: -Cacharros desagradables, los teléfonos.
- Sí, la comprendo. ¿Quería hablarme de algo?
-Es sobre la señora Prentice, señora. Estoy preocupada por ella. Mucho.
- Pero lleva usted preocupada por ella mucho tiem­po, ¿no, Edith?
-Esto es distinto, señora. Muy distinto. Ha perdido el apetito y se queda sentada sin hacer nada. Muchas veces me la encuentro llorando. Está más tranquila, si es que me entiende, ya no anda con aquella inquietud que tenía. Y ya no me habla con aspereza. Es suave y considerada, como solía ser, pero es como si no tuviera corazón... ya no tiene espíritu. Es horrible, seño­ra, verdaderamente horrible.
-Interesante», dijo el teléfono de forma despegada y profesional. Eso no era lo que Edith andaba. buscando.
-Hace sangrar el corazón, de veras, señora.
-No use expresiones tan ridículas, Edith. Los corazo­nes no sangran a menos que se les haya inferido una he­rida física.
-Tiene que ver con la señorita Sarah, señora -insistió la mujer-. Tuvieron una verdadera agarrada y ahora la señorita Sarah lleva sin venir por aquí casi un mes.
-Sí, ha estado ausente de Londres... en el campo.
-Le escribí.
-No se le han remitido cartas.
-Ah, entonces está bien -Edith se animó un tanto.
-Cuando vuelva a Londres...
-Me temo, Edith, que tendrá que prepararse para un susto -le cortó dame Laura-. La señorita Sarah se marcha a Canadá con el señor Gerald. Lloyd.
Edith profirió un ruido desaprobador, como un sifón que se escapa.
-¡Eso está muy mal! ¡Dejar a su marido!
-No sea mojigata, Edith. ¿Quién es usted para juzgar la conducta de los demás? Va a tener una vida muy dura allá... nada de los lujos a los que estaba acostumbrada.
-Eso no va a hacer que sea menos pecaminoso -suspiró Edith-. Y si me excusa lo que le digo, señora, el señor Steene siempre me ha dado escalofríos. Es la clase de señor del que se podía pensar que ha vendido su alma al diablo.
-Descontando la inevitable diferencia de nuestra fra­seología -repuso dame Laura en voz seca-, me inclino a estar de acuerdo con usted.
-¿No vendrá la señorita Sarah a decir adiós?
-Parece que no.
-Pues eso me parece de muy mal corazón por su parte -exclamó, indignada.
-No comprende usted nada.
-Comprendo cómo debería comportarse una hija con su madre. ¡Nunca lo hubiese creído en la señorita Sarah! ¿No puede usted hacer algo, señora?
-Yo nunca interfiero.
Edith respiró hondo para armarse de valor.
-Bueno, y usted me perdone... Ya sé que es usted muy famosa y muy inteligente y yo sólo soy una sirvien­ta... ¡pero esta vez creo que debería usted hacerlo!
Y colgó de golpe el aparato, con expresión adusta.
Edith le había hablado dos veces a Ann antes de que ésta se diera cuenta y contestara.
-¿Qué decías, Edith?
-Decía que su pelo está un poco raro en las raíces. Debería retocárselo un poco.
-Ya no me preocuparé más. Estará mejor gris.
-Parecerá más respetable, estoy de acuerdo. Pero parecerá raro, mitad y mitad.
-No tiene importancia.
Nada tenía importancia. ¿Qué podía importar en la gris secuencia de un día que sigue a otro? Ann pensaba, como había pensado una y otra vez: «Sarah no me perdonará nunca. Y tiene razón...».
Sonó el teléfono. Ann se puso en pie y descolgó.
-Dígame -dijo con voz átona; luego se sobresaltó un tanto al oír la incisiva voz de dame Laura.
- ¿Ann?
-Sí.
- Me disgusta meterme en vidas ajenas, pero... creo que hay algo que quizá debas saber. Sarah y Gerald Lloyd se van esta noche a Canadá, en el avión de las ocho.
- ¿Qué? -Ann se quedó sin aliento.
- No... no he visto a Sarah hace semanas.
-No. Ha estado haciendo una cura en el campo. Fue voluntariamente, para un tratamiento contra las drogas.
- ¡Oh, Laura! ¿Está bien?
-Ha pasado el trago muy bien. Seguramente notarás que ha sufrido mucho... Sí, estoy orgullosa de mi ahija­da. Tiene madera.
-Oh, Laura. -Las palabras brotaban a torrentes de la boca de Ann-. ¿Recuerdas que me preguntaste si conocía a Ann Prentice? Ahora sí. He arruinado la vida de Sarah con mi resentimiento y despecho. ¡Nunca me perdonará!
- Tonterías. Nadie puede arruinar de verdad la vida de nadie. No seas melodramática y no te ciegues. -Es la verdad. Sé lo que soy y lo que hice.
-Tanto mejor... pero hace tiempo que lo sabías, ¿no? ¿No sería mejor seguir adelante?
-No comprendes, Laura. Mi conciencia me reprocha tanto... siento unos remordimientos tan terribles...
-Escucha, Ann, hay dos cosas que no puedo aguantar: que me digan las personas lo nobles que son y las razo­nes que tienen para hacer lo que hacen, o que me ven­gan lloriqueando por lo malas que han sido. Ambas cosas pueden ser ciertas... reconoce la verdad de tus acciones, desde luego, pero una vez reconocidas, sigue adelante. No se puede volver el reloj atrás ni se puede, por regla general, deshacer lo hecho. Continúa viviendo.
-Laura, ¿qué crees que debería hacer acerca de Sarah?
Laura Whitstable gruñó:
-Puede que me haya entrometido... pero aún no me he rebajado tanto como para dar consejos.
Colgó con firmeza.
Ann se movió como en sueños, cruzó la estancia hasta el sofá y se sentó, contemplando el espacio...
Sarah... Gerry... ¿saldría bien? ¿Hallaría su hija, su hi­jita tan querida, felicidad al fin? Gerry era básicamente débil... seguiría la lista de fracasos... dejaría hundirse a Sarah... ¿Se sentiría Sarah desilusionada... desgraciada? Si tan sólo Gerry fuese un tipo de hombre distinto. Pero Gerry era el hombre que Sarah amaba.
Pasaba el tiempo. Ann seguía inmóvil.
Ya nada tenía que hacer. Había renunciado a todo derecho. Entre Sarah y ella se abría un gran abismo.
Edith se asomó una vez a ver a su señora, luego vol­vió a salir silenciosa.
Pero al fin sonó el timbre de la puerta, y acudió a abrir.
- El señor Mowbray viene a buscarla, señora.
- ¿Qué dices?
-El señor Mowbray. La espera abajo.
Ann se levantó de un salto. Sus ojos fueron al reloj. ¿En qué había estado pensando... allí sentada, medio pa­ralizada?
Sarah, su hija querida, se iba... esta noche... al otro extremo del mundo...
Ann tiró de su capa de pieles y salió corriendo del piso.
- ¡Basil! -habló desalentada-. Por favor... llévame al aeropuerto. Tan de prisa como puedas.
- Pero, Ann, cariño, ¿de qué se trata?
-De Sarah. Se va a Canadá. No la he visto para despe­dirme.
-Pero, cariño, ¿no crees que te has dado cuenta de­masiado tarde?
-Claro que sí. He sido una loca. Pero espero que lle­guemos a tiempo. Oh, vamos, Basil... ¡de prisa!
Basil Mowbray suspiró y puso en marcha el motor.
-Siempre había pensado que eras una mujer muy ra­zonable, .Ann -la reprochó-. Me alegra mucho saber que nunca llegaré a ser padre. Parece que las personas se comportan de un modo raro.
-Tienes que conducir de prisa, Basil.
Basil suspiró.
A través de las calles de Kensington, evitando el es­trechamiento de Hammersmith mediante una serie de calles laterales intrincadas, por Chiswick, donde el tráfi­co era denso, hasta salir al fin a la Gran Carretera del Oeste, zumbando a lo largo de fábricas y edificios ilumi­nados con neón, junto a hileras de casas bien cuidadas donde vivían personas: madres e hijas, padres e hijos, maridos y esposas. Todos con sus problemas, sus peleas, sus reconciliaciones. «Igual que yo», pensó Ann. Sintió un repentino compañerismo, un súbito afecto y com­prensión por toda la raza humana... No estaba, nunca estaría, sola, porque vivía en un mundo habitado por gentes como ella...


En el aeropuerto de Heathrow los pasajeros estaban sentados, o de pie, en la sala de espera, aguardando a que les llamaran para embarcar.
-¿Sin pena? -preguntó Gerry a Sarah.
Ella le miró fijamente para asegurarle de ello.
Sarah parecía más delgada y en su rostro se observa­ban arrugas que el sufrimiento había impreso. Era una cara más adulta, igual de bella, pero con plena madurez.
Pensaba: «Gerry quería que fuese a despedirme de mamá. No comprende... Si yo pudiese deshacer lo que hice contra ella... pero no puedo...»
Nunca podría devolverle a Richard Cauldfield.,.
No, lo que había hecho a su madre no tenía perdón. Estaba contenta de hallarse con Gerry, de ir con él a una nueva vida. Pero dentro de sí algo lloraba con tristeza...
«Me voy lejos, madre, me marcho...»
Si tan sólo...
La voz ronca del aviso la hizo saltan «Los pasajeros del vuelo 00346 con rumbo a Prestwick, Gander y Mon­treal, tengan la bondad de seguir la luz verde pata pasar por Aduana e Inmigración...»
Los pasajeros recogieron su equipaje de mano y se dirigieron hacia la puerta del fondo. Sanada seguía a Gerry, remoloneando un poco.
-¡Sarah!
Por la puerta de la calle Ann corría hacia su hija, mientras su capa de piel se deslizaba de sus hombros. Sarah corrió a su encuentro, tirando pequeño bolso de viaje.
-¡Madre!
Se abrazaron estrechamente, separándose luego para mirarse.
Todo lo que Ann había pensado decir, las palabras que ensayara mientras iba aeropuerto, murieron en sus labios. No había necesidad de ellas. Tampoco Sarah sintió necesidad de hablar. Haber dicho «Perdóname, mamá», hubiese carecido de sentido.
Y en aquel instante Sarah. se libró del último vestigio infantil de dependencia de Ann. Ahora era una mujer que podía erguirse sobre sus propios pies y tomar sus propias decisiones.
Con un extraño instinto de seguridad, Sarah dijo con rapidez:
-Estaré bien, mamá.
-Yo la cuidaré, señora Prentice -aseguró Gerry, muy sonriente.
Un empleado se acercaba para indicar a Gerry y Sarah que debían seguir la línea.
Sarah preguntó con ansiedad, en el mismo lenguaje poco expresivo:
-Tú también estarás bien, ¿verdad, mamá?
- Sí, cariño. Estaré muy bien. Adiós... que Dios os bendiga a ambos.
Gerry y Sarah cruzaron la puerta hacia su nueva vida y Ann volvió al coche donde Basil la esperaba.
- Esas máquinas son aterradoras -comentó Basil al tiempo que un avión rugía por la pista-. ¡Son igual que insectos enormes y malignos! ¡Me aterran!
Cruzó hacia la carretera y enfiló rumbo a Londres.
- Si no te importa, Basil -dijo Ann-, esta noche no iré contigo. Preferiría una velada tranquila en casa.
-Muy bien, querida. Te llevaré a tu casa.
Ann siempre había pensado en Basil Mowbray en términos de «tan divertido y poca cosa». De pronto se dio cuenta de que también era bueno... un hombrecillo amable, bastante solitario.
«Dios mío -pensó Ann-, qué ridículo espectáculo he estado haciendo.»
Basil le preguntaba, ansioso:
-Pero, Ann, cariño, ¿no deberías comer algo? En el piso no tendrás nada preparado.
Ann sonrió, moviendo la cabeza. Una agradable esce­na se alzó ante sus ojos.
-No te preocupes. Edith me traerá huevos revueltos, en una bandeja junto al fuego... sí... y una buena taza de té, ¡bendita sea!
Edith miró abiertamente a su señora al dejarla pasar, pero sólo dijo:
-Ahora vaya a sentarse junto al fuego.
-Me voy a quitar esta ropa tonta y ponerme algo có­modo.
-Mejor que se ponga su bata de franela azul que me dio hace cuatro años. Mucho más cómoda que ese estú­pido «negligé», como usted lo llama. No me la he pues­to nunca. La había guardado en el cajón de abajo. Pensa­ba que me enterrarían con ella.
Echada en el sofá de la sala, bien embutida en la bata azul, Ann contemplaba el fuego.
Al poco tiempo entró Edith con una bandeja que puso en una mesita baja, al lado de su señora.
-Luego le cepillaré el pelo.
Ann le sonrió.
-Estás tratándome como a una niña pequeña esta noche, Edith. ¿Por qué?
-Así es como la veo siempre -gruñó la fiel mujer.
-Edith... -Ann alzó la vista y dijo con cierto esfuer­zo-: Edith.., he visto a Sarah. Está... bien.
-¡Pues claro que sí! ¡Siempre ha estado bien! ¡Ya se lo dije!
Por un momento contempló a su señora y su rostro adusto se volvió dulce y bondadoso.
Luego salió de la sala.
«Esta paz mavarillosa...», pensó Ann. Palabras apren­didas hacía mucho, volvieron a su mente.
«La paz de Dios, que supera todo entendimiento...»


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