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miércoles, 6 de abril de 2011

LA MINA PERDIDA -- Agatha Christie





LA MINA PERDIDA






Agatha Christie



Puse mi libreta bancaria sobre la mesa con un suspiro.
Es curioso —dije—, pero el saldo negativo de mi crédito nunca parece disminuir.
¿Y no le preocupa? Si yo tuviera un saldo negativo, no pegaría un ojo en toda la noche —declaró Poirot.
¡Supongo que usted cuenta siempre con un saldo satisfactorio! —repliqué mordaz.
Cuatrocientas cuarenta y cuatro libras, con cuatro chelines y cuatro peniques —dijo Poirot con cierta complacencia—. Un bonito número, ¿verdad?
Esto debe ser una muestra de tacto por parte del director del banco. Evidentemente está al tanto de su pasión por la simetría. A propósito, ¿qué le parece invertir, digamos que unas trescientas libras de este capital, en los campos petrolíferos Porcupine? Hoy anuncian en los periódicos que el año próximo pagarán unos dividendos del cien por cien.
Eso no es para mí —dijo Poirot, meneando la cabeza—. No me agrada lo sensacional. Prefiero la inversión prudente, segura... les rentes, las firmes, las... ¿cómo lo llaman ustedes...?, las convertibles.
¿Nunca ha hecho una inversión de carácter especulativo?
No, mon ami —replicó Poirot gravemente—. No la hice. Y los únicos valores que poseo, y que no son de la clase que ustedes denominan de toda confianza, se reducen a catorce mil acciones de las Minas de Birmania Sociedad Limitada.
Poirot hizo una pausa, con el aire de quien espera que le animen a proseguir.
¿Sí...? —le incité.
Y por ellas no desembolsé un céntimo... fueron la recompensa por haber ejercitado mis pequeñas células grises. ¿Le gustaría oír la historia? ¿Sí?
¡Claro!
Esas minas se hallan situadas en el interior de Birmania, a unas doscientas millas de Rangún. Las descubrieron los chinos en el siglo xv, y las explotaron hasta la rebelión musulmana, abandonándolas por último en 1868. Los chinos extrajeron la rica galena argentífera de los estratos superiores de la mena, fundiéndola para separar la plata y dejaron una gran cantidad de escoria rica en plomo. Naturalmente, esto se descubrió en cuanto se iniciaron los trabajos de prospección en Birmania; pero debido a que las antiguas minas estaban inundadas y cegadas por corrimientos de tierra y por rellenos, todos los intentos que se llevaron a cabo para dar con el origen de la mena no dieron resultado. Las compañías mineras enviaron numerosos equipos que procedieron a excavar extensas zonas, pero fracasaron. Sin embargo, un representante de una de dichas compañías descubrió la pista de una familia china, la cual se suponía que todavía guardaba la documentación relacionada con el emplazamiento de la mina. El entonces jefe de la familia era un tal Wu Ling.
¡Qué página tan fascinante de novela romántica comercial! —exclamé.
¿Verdad? Ah, mon ami, se puede dar una historia novelesca sin necesidad de que intervengan muchachas rubias como el oro y de belleza sin par... No, me equivoco; son las pelirrojas las que siempre le excitan tanto. Recuerda...
Siga con su historia —le atajé, presuroso.
Eh bien, amigo mío, se estableció contacto con ese Wu Ling. Se trataba de un estimable comerciante, muy respetado en la provincia donde vivía. Admitió en seguida que poseía los documentos en cuestión, y que se hallaba totalmente dispuesto a entablar negociaciones para la venta. Pero se opuso rotundamente a tratar con otras personas que no fueran los principales interesados. Finalmente se convino en que se trasladaría a Inglaterra para entrevistarse con los directores de una importante compañía.
Wu Ling hizo el viaje hasta Inglaterra en el SS Assunta, y una fría y brumosa mañana de noviembre el buque atracaba en Southampton. Uno de los directores, el señor Pearson, se trasladó a esta ciudad para recibirle, pero a causa de la niebla, el tren en que viajaba sufrió un lamentable retraso, de modo que cuando llegó, Wu Ling había desembarcado, y partido hacia Londres en un tren especial. El señor Pearson regresó a la ciudad un tanto enojado, pues no tenía idea de dónde pensaba alojarse Wu Ling. Sin embargo, aquel mismo día se recibió en las oficinas de la compañía una llamada telefónica. Wu Ling se hospedaba en el Hotel Plaza Russell. No se encontraba muy bien debido al viaje, pero aseguró que estaba en condiciones de poder asistir a la entrevista con el consejo directivo fijada para el día siguiente. El consejo se reunió a las once en punto. Cuando dieron las once y media y Wu Ling no había hecho aún acto de presencia, el secretario llamó por teléfono al Hotel Russell. Le respondieron que Wu Ling había salido del hotel con un amigo hacia las diez y media. Parecía claro que lo hizo con la intención de acudir a la cita, pero transcurrió la mañana y el hombre no apareció. Desde luego cabía la posibilidad de que se hubiera extraviado, puesto que no conocía la ciudad, pero a avanzada hora de la noche aún no había regresado al hotel. Muy preocupado, el señor Pearson puso el asunto en manos de la policía. Al cabo de dos días, al anochecer, rescataron un cadáver en el Támesis, que resultó ser el del infortunado chino. Ni en su cadáver ni en su equipaje se encontró rastro alguno de los documentos de la mina.
Llegados a este punto, mon ami, me metieron en el asunto. Recibí la visita del señor Pearson. Aunque estaba muy afectado por la muerte de Wu Ling, su principal afán era recuperar los documentos, objeto de la visita del chino a Londres. El interés principal de la policía, claro está, sería descubrir al asesino... dejando en segundo término la recuperación de los papeles. Lo que él deseaba de mí era que colaborase con la policía y que al mismo tiempo actuase en interés de la compañía.
Acepté sin ningún inconveniente. Era evidente que ante mí tenía dos caminos abiertos para la investigación. Por un lado podía indagar entre los empleados de la compañía que conocían la visita del oriental; por otro, hacer lo mismo entre los pasajeros del barco que podían estar enterados de su misión. Empecé por estos últimos, pues era un campo de pesquisa más reducido. En esto coincidí con el inspector Miller, encargado del caso... hombre muy distinto de nuestro amigo Japp: presuntuoso, mal educado e insoportable.
Juntos interrogamos a los oficiales del Assunta. Poco pudieron decirnos. Durante el viaje Wu Ling se había mostrado muy reservado. Sólo hizo amistad con dos pasajeros: uno de ellos era un europeo llamado Dyer, un hombre desmoralizado que, al parecer, gozaba de bastante mala fama; el otro era un empleado de banco, llamado Charles Lester, que regresaba de Hong Kong. Tuvimos la suerte de poder hacernos con una fotografía de ambos. En ese momento, si las sospechas debieran recaer sobre uno de los dos, no podía ser otro que Dyer. Se le sabía mezclado con una banda de granujas chinos, y en principio era el que ofrecía más motivos de sospecha.
La siguiente diligencia que llevamos a cabo fue ir al Hotel Plaza Russell. Al mostrarle una fotografía de Wu Ling le reconocieron al instante. Entonces les enseñamos también la de Dyer, pero para decepción nuestra, el portero afirmó que no era el hombre que había ido al hotel aquella fatal mañana. Casi sin ninguna esperanza le dejé ver la fotografía de Lester, y ante mi sorpresa el hombre lo reconoció sin vacilar.
Sí, señor —dijo—, éste es el caballero que vino a las diez y media y preguntó por el señor Wu Ling, y luego salió con él.
El asunto progresaba. El siguiente paso fue entrevistarnos con el señor Charles Lester. Nos atendió con extrema franqueza: estaba desolado por la prematura muerte de Wu Ling y se puso por entero a nuestra disposición. Su relato fue el siguiente: según lo convenido con Wu Ling, pasó a buscarle al hotel a las diez treinta. Sin embargo, Wu Ling no apareció. En su lugar vino su criado, le dijo que su señor había tenido que salir, y se ofreció para conducir al joven adonde se encontraba su señor. Sin sospechar nada, Lester aceptó la explicación, y el chino llamó a un taxi. Durante algún tiempo siguieron en dirección a los muelles. De repente, Lester, sintiéndose receloso, hizo detener el taxi y se apeó, desoyendo las protestas del criado. Esto, nos aseguró, era todo cuanto sabía del asunto.
Aparentando quedar satisfechos, le dimos las gracias y nos despedimos. Muy pronto se comprobó que su versión distaba de ser exacta. Para empezar, Wu Ling no llevaba consigo ningún criado, ni en el barco ni en el hotel. En segundo lugar, se presentó el conductor del taxi que había conducido a los dos hombres aquella mañana. Lester no había abandonado el taxi durante el trayecto, sino que por el contrario, junto con el caballero chino se habían dirigido a un lugar de mala fama de Limehouse, situado en el corazón del barrio chino. Dicho lugar era más o menos conocido como un antro de fumadores de opio. Entraron los dos... y aproximadamente una hora más tarde el caballero inglés, que el chófer identificó por la fotografía, salió solo. Estaba muy pálido y parecía enfermo, y le ordenó conducirle a la estación de metro más próxima.
Se practicaron algunas investigaciones respecto a la reputación de Charles Lester, descubriendo que, si bien sus referencias eran excelentes, tenía numerosas deudas, contraídas en el juego, su secreta pasión. Desde luego no perdimos de vista a Dyer. Existía una ligera posibilidad de que hubiera podido suplantar al otro hombre, pero la sospecha resultó totalmente infundada. Su coartada para el día de marras era indiscutible. Claro que el propietario del fumadero de opio lo negó todo con oriental imperturbabilidad. No conocía a Wu Ling; no conocía a Charles Lester. Ninguno de los dos caballeros había estado en su casa aquella mañana. Sin duda, la policía estaba en un error: jamás se había fumado opio en su casa.
Sus negativas, por bien intencionadas que fueran, sirvieron de bien poco a Charles Lester, ya que fue detenido por el asesinato de Wu Ling. Se llevó a cabo un registro de sus efectos personales, pero no se encontró documento alguno relacionado con la mina. El propietario del antro fue a su vez detenido, pero un rápido registro del local dio un resultado infructuoso. Ni siquiera se encontró un palito de opio para recompensar el celo de la policía.
Mientras tanto, mi amigo, el señor Pearson, se hallaba en un estado de gran agitación. Paseaba de un lado a otro de mi estancia, profiriendo grandes lamentaciones.
Pero ¿usted debe tener alguna idea, monsieur Poirot? —no cesaba de repetir—. ¡Sin duda debe tener varias ideas!
Claro que tengo alguna idea —le repliqué cautamente— Esto es lo malo... que uno tiene demasiadas ideas; y por tanto todas apuntan en direcciones diferentes.
¿Por ejemplo? —insinuó.
Pues por ejemplo... el taxista. Sólo contamos con su palabra de que condujo a los dos hombres a ese antro. Esta es una de las ideas. Luego, ¿fue realmente a esa casa adonde se dirigieron ambos? Supongamos que dejaran el taxi allí, entraran en el edificio, salieran por atrás y fuesen a otra parte.
El señor Pearson pareció anonadado por esta suposición.
Pero ¿usted no hace nada que no sea estar sentado y pensar? ¿No podemos hacer algo?
Aquel hombre era impaciente por naturaleza, se entiende.
Monsieur —le dije con dignidad—, no es para Hércules Poirot el correr arriba y abajo por las malolientes calles de Limehouse como un chucho callejero. Cálmese. Mis agentes trabajan.
Al día siguiente tenía noticias para él. Los dos hombres habían pasado por la mencionada casa, pero su verdadero objetivo era una pequeña taberna junto al río. Se les había visto entrar allí, pero Lester salió solo.
Y entonces, ¡figúrese, Hastings, al señor Pearson se le ocurrió una idea de lo más descabellado! Nada le convencía excepto que debíamos ir personalmente a esa taberna y hacer averiguaciones. Le razoné y le rogué lo indecible, pero no quiso escucharme. Habló de disfrazarse, incluso sugirió que yo, yo, no me atrevo ni a decirlo, ¡debiera afeitarme el bigote! Sí, rien que ça! Le indiqué que eso era absurdo y ridículo. Uno no destruye una cosa bella por capricho. Además, ¿acaso un caballero belga con bigote no puede desear conocer la vida y fumar opio con las mismas ganas que uno sin bigote?
Eh bien, cedió en esto, pero todavía insistió en su proyecto. Volvió aquella tarde. ¡Mon Dieu, qué facha! Llevaba lo que el llamaba su «tabardo de marinero», la cara sucia y sin afeitar, y un tapabocas asqueroso que ofendía el sentido del olfato. Y figúrese, ¡todo eso le divertía! Los ingleses están locos ¡de veras! Se empeñó también en efectuar algunos cambios en mi indumentaria. Se lo permití. ¿Acaso se puede razonar con un maniático? Salimos... después de todo ¿podía dejarle ir solo, a un niño disfrazado como para un carnaval?
No, desde luego —contesté yo.
Prosigo. Llegamos a la taberna. El señor Pearson conversaba en un inglés de lo más extraño. Se imaginaba ser un hombre de mar. Hablaba de «boca de lobo» y «castillos de proa» y qué sé yo. El lugar era una sala pequeña, repleta de chinos. Comimos platos muy peculiares. Ah, Dieu, mon estomac! —Poirot acarició esta parte de su anatomía antes de continuar—. Entonces se acercó a nosotros el propietario, un chino de sonrisa malévola.
Ustedes, caballelos no gustal comida aquí —dijo—. Ustedes venil pol algo gustal más. Pipa leposo, ¿eh?
El señor Pearson me propinó un fuerte puntapié por debajo de la mesa (¡llevaba también botas de marinero!), y dijo:
Por mí no tengo inconveniente, John. Guíenos.
El chino sonrió y nos condujo a una bodega, en ella abrió una trampilla y nos hizo bajar unos peldaños y subir otros hasta una estancia llena de divanes y almohadones muy cómodos. Nos tumbamos y un muchacho chino nos quitó las botas. Fue el momento más agradable de la noche. Entonces nos trajeron las pipas y calentaron las bolitas de opio; nosotros simulamos fumar y luego dormir y soñar. Pero en cuanto estuvimos solos, el señor Pearson me llamó quedamente, y acto seguido empezó a arrastrarse por el suelo. Entramos en otro cuarto donde dormía más gente, y así proseguimos hasta que oímos a dos individuos que charlaban. Ocultos detrás de una cortina, escuchamos. Estaban hablando de Wu Ling.
¿Qué pasa con los papeles? —dijo uno de ellos.
Señor Lestel tomal papeles —contestó el otro, un chino—. Él decil, ponel papeles en lugal segulo... donde policía no encontlal.
Ah, pero está en chirona —repuso el otro.
El lible. La policía no estal segula que él hacel.
Siguieron charlando un rato más sobre lo mismo, hasta que nos pareció que los dos individuos se dirigían hacia donde nos hallábamos, y nos apresuramos a volver a los divanes.
Sería mejor que nos largáramos de aquí —dijo Pearson, al cabo de unos minutos—. Este lugar es peligroso.
¡Dice usted bien, monsieur! —convine—. Es hora de acabar con esta comedia.
Logramos salir con bien del lugar tras pagar generosamente por nuestras pipas. Una vez lejos de Limehouse, Pearson respiró profundamente.
Me alegro de haberme salido de ello —dijo mi acompañante—. Pero es importante saberlo de seguro.
Vaya si lo es —dije yo—. Y me figuro que ya no habrá dificultad en encontrar lo que queremos... después de la mascarada de esta noche.



Y en efecto no la hubo en absoluto —concluyó Poirot de repente.
Este final inesperado parecía tan extraordinario que le miré con asombro.
Pero... pero ¿dónde estaban los documentos? —le pregunté.
En su bolsillo... tout simplement.
Pero, ¿en el bolsillo de quién?
Del señor Pearson, parbleu!
Luego, dándose cuenta de mi expresión desconcertada, continuó con suavidad:
¿No lo ve aún? El señor Pearson, lo mismo que Charles Lester, tenía deudas. El señor Pearson, lo mismo que Charles Lester, era muy aficionado al juego. Y concibió la idea de robarle los documentos al chino. Por supuesto, se encontró con él en Southampton, le acompañó a Londres y le condujo directamente a Limehouse. Era un día neblinoso; Wu Ling no podía darse cuenta de hacia donde se dirigían. Me imagino que el señor Pearson fumaba opio con bastante frecuencia en aquel lugar y en consecuencia tenía algunos amigos poco recomendables. No creo que pensara en asesinarle. Su plan consistía en que uno de los chinos se hiciera pasar por Wu Ling y recibiera el dinero de la venta de los documentos. ¡Hasta aquí, perfecto! Pero, para la mentalidad oriental, era muchísimo más sencillo matar a Wu Ling y arrojar su cuerpo al río, y los cómplices chinos de Pearson emplearon sus propios procedimientos sin consultarle. Imagínese, entonces, «el canguelo», como usted diría, del señor Pearson. Quizás alguien le había visto en el tren con Wu Ling... un asesinato es una cosa muy distinta a un simple secuestro.
Su salvación depende del chino que está representando el papel de Wu Ling en el Hotel Plaza Russell. ¡Si al menos se tardara en descubrir el cadáver! Probablemente Wu Ling le había mencionado lo convenido con Charles Lester, es decir, que este último pasaría a recogerlo al hotel. Pearson ve en ello el modo de desviar las sospechas que pudiera despertar su persona. Charles Lester será el último en ser visto en compañía de Wu Ling. El chino que debe hacerse pasar por Wu Ling recibe órdenes de presentarse a Lester como el criado de aquél, y conducirle, sin pérdida de tiempo, a Limehouse. Una vez allí, con toda probabilidad le ofrecieron una bebida que contenía una droga, y cuando Lester, se recobró una hora más tarde, sólo tenía una vaga impresión de lo ocurrido. Tanto es así que tan pronto como Lester se enteró de la muerte de Wu Ling, tiene miedo y niega que haya llegado hasta Limehouse. Con su actitud, claro está, le hace el juego a Pearson. Pero ¿se queda Pearson satisfecho? No. Mi manera de actuar le intranquiliza y decide aportar nuevas pruebas que demuestren aún más la culpabilidad de Lester. De modo que organiza una artificiosa mascarada. A mí me ha de engatusar totalmente. ¿No acabo de decirle ahora mismo que era un niño disfrazado como para un carnaval? Eh bien, yo desempeñé mi papel. Regresa a su casa lleno de alegría. Pero a la mañana siguiente el inspector Miller llama a su puerta. Le encuentra los documentos; su plan se ha malogrado. ¡Amargamente deplora haber querido representar una comedia con Hércules Poirot! El caso sólo presentaba una auténtica dificultad.
¿Cuál era esa dificultad?
¡Convencer al inspector Miller! ¡Qué bestia de hombre! Imbécil y obstinado a la vez. ¡Y al final se llevó todos los honores!
¡Qué lástima! —exclamé.
Ah, bueno, tuve mis compensaciones. Los otros directivos de las Minas de Birmania Sociedad Limitada me adjudicaron catorce mil acciones como una pequeña recompensa por mis servicios. No está nada mal, ¿eh? Pero cuando se trate de invertir dinero, Hastings, se lo ruego, sea estrictamente conservador. Las cosas que lee usted en el periódico pueden no ser verdad. Los directores de Porcupine... ¡quizá son otros tantos señores Pearson!

lunes, 4 de abril de 2011

Horacio Quiroga - El Hombre Muerto


Horacio Quiroga - El Hombre Muerto




     El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal.
     Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y
     malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El
     hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados
     y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
     Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló
     sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete
     se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión
     sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
     Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como
     él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa
     también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas
     dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e
     inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la
     mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
     El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la
     empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció
     mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su
     vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que
     acababa de llegar al término de su existencia.
     La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un
     día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro
     turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto,
     que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese
     momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
     Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños,
     trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos
     reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del
     escenario humano!
     Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones
     mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos
     vivir aún!
     ¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma
     altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de
     resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está
     muriendo.
     Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.
     Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué
     cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza
     trasuda el horrible acontecimiento?
     Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
     El hambre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una
     pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese
     bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como
     él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas
     al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no
     se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce.
     Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el
     techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de
     canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está
     el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo,
     yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo
     exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario,
     los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que
     pronto tendrá que cambiar...
     ¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha
     salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí
     mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de
     él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?
     ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino;
     mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el
     muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y
     media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con
     las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino,
     hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al
     levantar el alambrado, midió la distancia.
     ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en
     Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada!
     Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo...
     Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su
     persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el
     potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni
     con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido
     arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un
     machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
     El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho,
     se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el
     aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y
     media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
     ¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto
     deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente
     oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de
     bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está
     solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como
     de costumbre.
     ¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su
     boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro!
     ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las
     púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la
     esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo
     distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la
     cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un
     fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las
     mismas cosas.
     ...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios
     minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet
     de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos,
     a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su
     chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡ Piapiá!

     ¿No es eso... ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su
     hijo...
     ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos,
     claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno
     sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal
     prohibido.
     ...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como
     ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él
     llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado
     también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
     Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un
     instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial
     paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal
     y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda
     hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y
     al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las
     piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él
     mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando,
     porque está muy cansado.
     Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado
     del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear
     el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!—
     vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado
     al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha
     descansado. 

domingo, 3 de abril de 2011

LA JUSTICIA EXTRACTO DE PODERES -- JORGE ADOUM

LA JUSTICIA

Los hombres son esclavos de sus leyes y les encanta quebrantar la justicia.
La justicia, es un arte, cuyo fin es libertar al hombre de las ligaduras de las leyes, pero el hombre es un mal artista que traduce el poder de la justicia en leyes que le encadenan.
El niño construye castillos de naipes con paciencia y cuidado y cuando termina los derrumba con un soplo, seguido de una estrepitosa carcajada.
La ley de los hombres es un taller que fabrica yugos pesados para la cerviz de los débiles.
La ley es la mayor enemiga del hambriento que roba un pan; pero es la mejor amiga del ladrón que roba millones.
La ley es la espada del héroe que mata a millones; y es el hacha del verdugo para aquél que vengó el honor de la hija engañada o de la esposa seducida.
La ley de los hombres es la fuerza del tirano, y la justicia es la obediencia del débil.
Los cráneos de los muertos son las pesas del fuerte en la balanza de la justicia humana.
La ley debe ser la sombra de la justicia, pero cuando el sol está en el cénit.
El hombre no busca la sombra de la ley sino cuando el sol está en el crepúsculo, para trazar su justicia, sobre la tierra, con mayor tamaño.
Quien graba con la mano una ley injusta, sobre su propio corazón, no podrá borrarla sino cuando la hoguera reduzca su corazón a cenizas.
Al arrancar la injusticia de la mente humana, no se la debe trasplantar al corazón.
Hay cinco justicias para los cinco sentidos del hombre:
La justicia ciega es la que golpea el futuro con el látigo del pasado y castiga al hijo por la culpa del Padre.
La justicia sorda que quiere hacer del tirano un eco del Poder y del rico ignorante una copia del sabio.
La justicia muda que sin hablar, inclina el pulgar hacia abajo, para matar al caído y extinguir al débil.
La justicia constipada que huele la hipocresía y la llama diplomacia; a la debilidad la llama suavidad.
Y por último, la justicia sin tacto que encadena al mundo moderno con las leyes del antiguo.
La justicia es hija del dolor: sólo puede administrarla aquél que se baña diariamente con la sangre del corazón.
La justicia es río de la vida: sólo puede contemplarla aquél que yace sentado en la orilla de la Eternidad.
Los legisladores no oyen el grito del miserable porque sus oídos están ensordecidos por el ruido de las leyes; solo el dolorido, el crucificado por la culpa ajena, puede formar de su cruz una balanza justa y fiel.
El hombre que yace en la luz negra, no puede ver a la justicia sentada en la oscuridad luminosa.
Aquel que no suspira con el afligido, no puede oír el grito de sus entrañas.
Aquél que no llora con el infeliz no puede lavar con las propias lágrimas sus heridas.
Aquél que no derrama sus lágrimas sobre la culpa del malvado y por el error del felón, no puede reírse con la aurora, ni alegrarse con el nacimiento de la flor.
Quien se ríe de la culpa ajena, encadena más su alma a la tierra, y aquel que llora por el error del prójimo, se acerca con él a Dios.
La justicia no consiste en eliminar al que ha errado: La justicia consiste en borrar nuestro error de la mente de nuestra víctima.
Nuestros mismos yerros desprendidos de nuestro ser, to-marán por blanco la mente de otro YO nuestro.
El malvado es la creación de las leyes humanas,
Roba el ladrón, porque las leyes le privaron de sus nece-sidades.
Traiciona la esposa, porque el marido le ha privado del verdadero amor y la hastió con su pasión brutal.
Miente el hombre, porque le castigaron cuando habló la verdad.
Se hace, el hombre nacionalista, porque le privaron del derecho de la universalidad.
La humanidad es el río cristalino que conduce lo humano al océano de lo Absoluto; pero las leyes formaron de las aguas del río, ciertos charcos putrefactos, llamados naciones, razas y castas.
El justo no es idólatra para degollar su conciencia ante el ídolo y le llama Dios.
El justo no es vasallo que se arrodilla ante el tirano.
El justo no es delincuente para postrarse ante la ley.
El justo no es nacionalista para matar en nombre de la patria.
El justo no es ignorante para entregarse al sacerdote y le llama: Sombra de Dios en la tierra.
El justo no es usurero que cual sanguijuela absorbe ln sangre de los demás y llama al oficio, comercio.
El justo es Dios, universal, sabio sacerdote y liberal al mismo tiempo.
Todo hombre debe ser Ley en sí mismo, y para ser Ley debe cargar con la culpa ajena.
Aún más, debe ser como el sol que ilumina la flor y el estiércol y brilla sobre el río y sobre el charco.
Un día preguntó el águila de la montaña al sol:
¿Por qué manchas tus rayos dorados con las inmundicias de la tierra?
El sol le contestó; Asciende a mí.
Subió el águila a una altura tal, que ya no veía, de la tie-rra, más que el tamaño de un grano de lenteja, Entonces co-municó el particular al sol.
Este le dijo: Necio, estás todavía en la atmósfera de la tierra y dices que ya no la ves, ¿Qué me importaría a mí de sus inmundicias estando yo a ésta distancia de ella?

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