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martes, 8 de junio de 2010

La aventura de la caja de cartón - Arthur Conan Doyle



La aventura de la caja de cartón

Arthur Conan Doyle
Al elegir unos cuantos casos típicos que ilustren las notables facultades mentales de mi amigo Sherlock Holmes, he procurado, en la medida de lo posible, que ofrecieran el mínimo de sensacionalismo, y a la vez una amplia muestra de su talento. Sin embargo, es imposible, lamentablemente, separar por completo lo sensacional de lo criminal, y el cronista se ve en el dilema de tener que sacrificar detalles que resultan esenciales en su exposición, dando de ese modo una impresión falsa del problema, o verse obligado a utilizar materiales que la casualidad, y no su elección, le ha proporcionado. Tras este breve prefacio pasaré a exponer mis notas acerca de lo que constituyó una cadena de acontecimientos extraños y particularmente terribles.
Era un día de agosto y hacía un calor abrasador. Baker Street parecía un horno y el relumbre de la luz del sol al incidir sobre los ladrillos amarillos de la casa del otro lado de la calle lastimaba la vista. Costaba trabajo creer que aquellos fuesen los mismos muros que se erguían tan lóbregos por entre las nieblas del invierno. Habíamos bajado a medias las persianas y Holmes se había acurrucado encima del sofá, leyendo una y otra vez una carta que había recibido en el correo de la mañana. En cuanto a mí, los años de servicio en la India me habían habituado a soportar el calor mejor que el frío, y que el termómetro pasara de treinta grados no me suponía dificultad alguna. El periódico de la mañana no ofrecía ninguna noticia interesante. El Parlamento había interrumpido sus sesiones. Se habían ido todos de la ciudad y yo añoraba los claros del New Forest o los guijarros de Southsea. Mi reducida cuenta bancaria me había obligado a posponer las vacaciones, y en cuanto a mi acompañante, ni el campo ni el mar le atraían lo más mínimo. Le encantaba permanecer en el mismo centro donde pululaban cinco millones de personas, extendiendo sus filamentos y pasando por entre ellas, receptivo al más pequeño rumor o sospecha de algún delito sin esclarecer. El aprecio de la naturaleza no se encontraba entre sus muchas dotes, y sólo cambiaba de parecer cuando, en lugar de centrarse en un malhechor de la capital, trataba de localizar a algún hermano suyo de provincias.
Viendo que Holmes estaba demasiado abstraído para conversar, yo había echado a un lado el insulso periódico y, reclinándome en el sillón, me sumí en profundas meditaciones. De pronto la voz de mi acompañante interrumpió el curso de mis pensamientos:
—Lleva usted razón, Watson. Parece una forma absurda de dirimir una disputa.
—¡De lo más absurda! —exclamé, y de pronto, comprendiendo que Holmes se había hecho eco del pensamiento más íntimo de mi alma, me incorporé del sillón y le miré perplejo.
—¿Cómo es eso, Holmes? —grité—. Supera todo cuanto pudiera haber imaginado.
Él se rió de buena gana al observar mi perplejidad.
—Recuerde usted —me dijo— que hace algún tiempo, cuando le leí el pasaje de uno de los relatos de Poe en el que un minucioso razonador sigue los pensamientos no expresados de su compañero, usted se sintió inclinado a tratar el asunto como un mero tour de force del autor. Al advertirle que yo solía hacer eso constantemente, usted se mostró incrédulo.
—¡Oh, no!
—Tal vez no llegara a expresarlo en palabras, mi querido Watson, pero lo hizo sin duda con las cejas. De modo que cuando le vi tirar el periódico al suelo y ponerse a pensar, me alegré mucho de tener la oportunidad de leerle el pensamiento, y finalmente de poder interrumpirlo, demostrando así mi compenetración con usted.
Aquello no me convenció del todo.
—En el ejemplo que usted me leyó —le dije— el razonador extrajo sus conclusiones basándose en la actuación del hombre al que observaba. Si mal no recuerdo, aquel hombre tropezó con un montón de piedras, miró hacia arriba a las estrellas, etcétera. Yo, en cambio, he estado sentado en mi sillón tranquilamente, por tanto ¿qué pistas he podido darle?
—Es usted injusto consigo mismo. Las facciones le han sido dadas al hombre para poder expresar sus emociones, y las suyas cumplen ese cometido fielmente.
—¿Quiere usted decir que leyó en mis facciones el curso de mis pensamientos?
—En sus facciones y sobre todo en sus ojos. ¿Es posible que no pueda usted recordar cómo comenzaron sus ensueños?
—No, no puedo.
—Entonces se lo diré yo. Después de tirar al suelo el periódico, acto que atrajo mi atención hacia usted, estuvo sentado durante medio minuto con expresión ausente. Luego sus ojos se clavaron en el retrato, recientemente enmarcado, del general Gordon y por la alteración de su rostro comprendí que había vuelto a sumirse en sus pensamientos. Más eso no le condujo muy lejos. Sus ojos contemplaron fugazmente el retrato sin marco de Henry Ward Beecher, que estaba encima de sus libros. Entonces miró usted hacia arriba a la pared, y era obvio desde luego lo que eso significaba. Usted pensaba que si el retrato estuviera enmarcado cubriría exactamente ese espacio desnudo de pared, y haría juego con el retrato de Gordon que allí estaba.
—¡Me ha comprendido usted a las mil maravillas! —exclamé yo.
—Hasta ahí era poco probable que me perdiera. Pero ahora sus pensamientos volvieron a Beecher, y usted le miró con severidad como si estudiara el semblante del personaje. Entonces dejó usted de entornar los ojos, aunque sin dejar de mirar, y su rostro se quedó pensativo. Estaba usted recordando los incidentes que jalonaron la carrera de Beecher. Me daba perfecta cuenta de que usted no podía hacer eso sin pensar en la misión que emprendió durante la Guerra Civil en favor del Norte, pues recuerdo que expresó su ferviente indignación por la manera en que fue recibido por los más turbulentos compatriotas nuestros. Lo sintió usted tanto que yo sabía que le sería imposible pensar en Beecher sin acordarse también de eso. Cuando, poco después, vi que sus ojos se apartaron del retrato, sospeché que ahora volvía usted a pensar en la Guerra Civil y, cuando observé que apretaba usted los labios, que sus ojos echaban chispas, y que apretaba los puños, tuve la seguridad de que, en efecto, estaba usted pensando en el heroísmo demostrado por ambos bandos en aquella batalla sin cuartel. Pero entonces, de nuevo su rostro se puso más triste y dio usted muestras de desaprobación. Hizo usted hincapié en la tristeza, el horror y la inútil pérdida de vidas humanas. Acercó usted la mano sigilosamente a su vieja herida y una sonrisa tembló en sus labios, lo cual me indicó que el aspecto ridículo de este método de dirimir las cuestiones internacionales había afectado a su mente. En ese mismo instante estuve de acuerdo con usted en que aquello era absurdo y me alegró comprobar que todas mis deducciones habían sido correctas.
—¡Sin lugar a dudas! —dije yo—. Y ahora que me lo ha explicado usted, confieso seguir tan asombrado como antes.
—Fue un trabajo muy superficial, mi querido Watson, se lo aseguro. No me habría inmiscuido si usted no hubiese mostrado cierta incredulidad el otro día. Pero tengo ahora entre manos un pequeño problema que puede resultar más difícil de resolver que este insignificante intento mío de leer el pensamiento. ¿No ha visto usted en el periódico un breve suelto que alude al extraordinario contenido de un paquete enviado por correo a la señorita Cushing, de Cross Street, en Croydon?
—No, no vi nada.
—¡Ah! Entonces se le debe haber pasado por alto. Tíremelo. Aquí está, debajo de la columna financiera. ¿Tendría la amabilidad de leerlo en voz alta?
Recogí el periódico que me había vuelto a lanzar y leí el suelto indicado. Se titulaba «Un paquete macabro».
La señorita Susan Cushing, que vive en Cross Street, Croydon, ha sido víctima de lo que debe ser considerado como una broma particularmente repugnante, a no ser que se le atribuya al incidente un significado más siniestro. Ayer, a las dos en punto de la tarde, el cartero le entregó un paquetito, envuelto en papel de estraza. Dentro había una caja de cartón, llena de sal gruesa. Al vaciarla, la señorita Cushing encontró horrorizada dos orejas humanas, recién cortadas aparentemente. La caja había sido enviada desde Belfast la mañana anterior a través del servicio de paquetes postales. No hay ninguna indicación acerca del remitente, y el asunto resulta más misterioso todavía ya que la señorita Cushing, que es soltera y tiene cincuenta años, ha llevado una vida de lo más retirada, y tiene tan pocas amistades o corresponsales, que es un raro acontecimiento para ella el recibir algo por correo. Hace unos años, sin embargo, cuando residía en Penge, alquiló algunas habitaciones de su casa a tres jóvenes estudiantes de Medicina, de los cuales se vio obligada a deshacerse a causa de sus hábitos ruidosos y conducta irregular. La policía es de la opinión de que este ultraje a la señorita Cushing puede haber sido perpetrado por estos jóvenes, que le guardan rencor y esperaban asustarla enviándole estos restos mortales procedentes de las salas de disección. Prestaba cierta verosimilitud a esta teoría el hecho de que uno de estos estudiantes procedía de Irlanda del Norte y, según tenía entendido la señorita Cushing, del propio Belfast. Mientras tanto, se está investigando el asunto diligentemente y se ha encargado el caso al señor Lestrade, uno de los más perspicaces detectives de la policía.
—Dejemos ya este asunto del Daily Chronicle —dijo Holmes cuando yo acabé de leer—. Hablemos ahora de nuestro amigo Lestrade. Esta mañana recibí una nota suya que dice:
Creo que este caso encaja muy bien en su especialidad. Tenemos muchas esperanzas de aclarar el asunto, pero toparnos con la pequeña dificultad de no tener nada en que basarnos. Hemos telegrafiado, por supuesto, a la oficina de correos de Belfast, pero aquel día fueron entregados una gran cantidad de paquetes y no hubo manera de identificar a este en particular, o de acordarse del remitente. La caja, de las de media libra de tabaco negro, tampoco nos facilita nada la identificación. La hipótesis del estudiante de medicina sigue pareciéndome la más plausible, pero si usted dispusiera de unas cuantas horas libres me alegraría mucho verlo por aquí. Estaré en casa todo el día o en la comisaría de policía.
—¿Qué le parece, Watson? ¿Puede usted sobreponerse al calor y venirse conmigo a Croydon ante la remota posibilidad de un nuevo caso para sus anales?
—Estaba impaciente por hacer algo.
—Lo tendrá entonces. Llame a nuestro botones y dígale que pida un coche. Volveré en seguida, cuando me haya quitado el batín y llenado mi petaca.
Mientras íbamos en el tren cayó un aguacero y por tanto en Croydon el calor era mucho menos sofocante que en la ciudad. Holmes había enviado un telegrama, de modo que Lestrade, tan enjuto,, tan atildado, y tan husmeador como siempre, nos esperaba en la estación. Un paseo de cinco minutos nos condujo hasta Cross Street, donde residía la señorita Cushing.
Era una calle muy larga con casas de ladrillo de dos pisos, limpias y bien cuidadas, con sus peldaños de piedra blanqueada y en las puertas pequeños grupos de mujeres con delantal cotilleando. A medio camino Lestrade se detuvo y llamó a una de las puertas, que abrió una joven criada. La señorita Cushing estaba sentada en el salón, al que nos hizo pasar. Era una mujer de rostro apacible, ojos grandes y dulces, y pelo entrecano que se curvaba sobre ambas sienes. Un recargado antimacasar yacía sobre su regazo y junto a ella, encima de un taburete, había una cesta de sedas de colores.
—Esas cosas horribles están en la dependencia anexa —dijo ella cuando entró Lestrade—. Me gustaría que se las llevara.
—Eso haré, señorita Cushing. Las guardé ahí hasta que mi amigo, el señor Holmes, las hubiera visto en su presencia.
—¿Por qué en mí presencia, señor?
—Por si deseaba hacerle a usted alguna pregunta.
—¿Para qué iba a hacerme preguntas si le digo que no sé nada en absoluto acerca del asunto?
—En efecto, señora —dijo Holmes con voz tranquilizadora—. No tengo la menor duda de que ya la han molestado bastante acerca de este asunto.
—Ya lo creo, señor. Soy una mujer discreta y llevo una vida retirada. Es algo nuevo para mí el ver mi nombre en los periódicos y a la policía en mi casa. No quiero tener aquí esas cosas, señor Lestrade. Si usted desea verlas tiene que ir a la dependencia anexa.
Era un pequeño cobertizo en el angosto jardín que se extendía por detrás de la casa. Lestrade entró en él y sacó una caja amarilla de cartón, un pedazo de papel de estraza y un cordel. Había un banco al final del sendero y nos sentamos allí mientras Holmes examinaba, uno a uno, los objetos que Lestrade le había entregado.
—El cordel es sumamente interesante —observó, poniéndolo a contraluz y oliéndolo—. ¿Qué le parece, Lestrade?
—Que ha sido embreado.
—Exactamente. Es un trozo de bramante embreado. Sin duda habrá observado que la señorita Cushing ha cortado la cuerda con unas tijeras, como puede conjeturarse por sus dos extremos deshilachados. Eso es importante.
—No veo su importancia —dijo Lestrade.
—La importancia radica en el hecho de que el nudo lo han dejado intacto y que se trata de un nudo de un tipo especial.
—Está hecho muy hábilmente. Ya me había dado cuenta de eso —dijo Lestrade con suficiencia.
—Dejemos ya el cordel, entonces —dijo Holmes, sonriendo—, y pasemos a la envoltura de la caja. Papel de estraza, con un inconfundible olor a café. ¿Cómo, no lo notó usted? Creo que no puede haber la menor duda al respecto. La dirección está escrita con letra bastante descuidada: «Señorita S. Cushing, Cross Street, Croydon». Está hecha con una pluma de punta gruesa, probablemente una J, y con tinta de muy escasa calidad. La palabra «Croydon» fue escrita al principio con «i», que luego se transformó en «y». El paquete fue enviado, pues, por un hombre —la tipografía es claramente masculina— de escasa educación y que no conoce la ciudad de Croydon. ¡Hasta aquí, todo bien! La caja es amarilla, de las de media libra de tabaco negro, sin nada característico salvo las huellas de dos pulgares en la esquina izquierda del fondo. Está llena de ese tipo de sal gruesa que se utiliza para preservar el cuero y para otros usos comerciales más ordinarios. Y en ella están incrustados esos objetos tan singulares.
Mientras hablaba sacó las dos orejas y, poniendo una tabla sobre sus rodillas, las examinó minuciosamente, mientras Lestrade y yo, inclinados hacia delante uno a cada lado de él, mirábamos alternativamente a esos espantosos restos y al rostro pensativo y anhelante de nuestro compañero. Por fin las devolvió otra vez a la caja y se sentó un rato, absorto en profunda meditación.
—Habrá observado usted, naturalmente —dijo por fin—, que las orejas no forman pareja.
—Sí, me he dado cuenta de eso. Pero si fuera una broma hecha por algunos estudiantes con acceso a las salas de disección, igual de fácil les habría sido enviar un par de orejas de una misma persona que dos orejas desparejadas.
—Exactamente. Pero no se trata de una broma.
—¿Está usted seguro de eso?
—La presunción en contra es muy sólida. En las salas de disección se inyecta a los cadáveres un fluido conservante. Estas orejas no muestran ni rastro de ese fluido. Son recientes además. Han sido cortadas con un instrumento embotado, lo que difícilmente habría ocurrido si lo hubiera hecho un estudiante. Además, a cualquier mentalidad médica se le habría ocurrido utilizar ácido fénico o alcohol rectificado como conservante y de ninguna manera sal gruesa. Repito que este caso no se trata de una broma, sino que estamos investigando un grave crimen.
Un impreciso escalofrío me corrió por el cuerpo al escuchar las palabras de mi compañero y comprobar la sombría circunspección que había endurecido su semblante. Este brutal preliminar parecía anunciar la proximidad de algún extraño e inexplicable horror. Lestrade, sin embargo,, dio muestras de desaprobación como si no estuviera convencido del todo.
—Sin duda se pueden poner reparos a la hipótesis de la broma —dijo—, pero existen razones todavía más fuertes en contra de la otra teoría. Sabemos que esta mujer ha llevado una vida discreta y respetable en Penge y aquí durante los últimos veinte años. Apenas ha estado ausente de su casa un solo día en todo ese tiempo. ¿Por qué demonios, por tanto, iba a enviarle ningún criminal las pruebas de su delito, sobre todo si como parece, a menos que sea una consumada actriz, sabe tan poco como nosotros del asunto?
—Ese es el problema que tenemos que resolver —respondió Holmes—, y por lo que a mí se refiere, me pondré manos a la obra, con la presunción de que mi razonamiento es correcto y que se ha cometido un doble asesinato. Una de estas orejas es de mujer, pequeña, delicadamente modelada, y perforada para llevar un pendiente. La otra es de hombre, bronceada, amarillenta y perforada también para llevar un pendiente. Supongo que estas dos personas han muerto, pues en caso contrario ya hace tiempo que nos habríamos enterado de lo que les sucedió. Hoy es viernes. El paquete fue echado al correo el jueves por la mañana. La tragedia ocurrió, por lo tanto, el martes o el miércoles, o incluso antes. Si las dos personas fueron asesinadas, ¿quién sino su asesino pudo enviar esa muestra de su delito a la señorita Cushing? Podemos suponer que el remitente del paquete es el hombre que buscamos. Pero debió de tener algún motivo poderoso para enviar este paquete a la señorita Cushing. ¿Cuál fue, pues, ese motivo? Debe de haber sido para comunicarle ¡que se había cometido dicho delito!, o tal vez para hacerla sufrir. Mas en ese caso ella debía saber de quién se trataba. ¿Lo sabía, realmente? Lo dudo. Si lo hubiera sabido, ¿por qué iba a llamar a la policía? Podría haber enterrado las orejas, y nadie se hubiera enterado. Eso es lo que habría hecho si hubiese querido proteger al criminal. Pero si no quería protegerlo, habría comunicado su nombre. He aquí un enredo que es preciso resolver.
Se había expresado en voz alta, con suma rapidez, mirando al vacío por encima de la valla del jardín, pero inmediatamente se puso en pie de un enérgico salto y echó a andar en dirección a la casa.
—Tengo que hacerle algunas preguntas a la señorita Cushing —dijo.
—En tal caso, si me lo permite, yo me marcho —dijo Lestrade—, pues tengo entre manos otro asuntillo. Creo que no hay nada más que la señorita Cushing pueda contarme. Me encontrarán en la comisaría de policía.
—Pasaremos a verle de camino a la estación —respondió Holmes.
Poco después él y yo regresamos al salón, donde la impasible dama seguía trabajando tranquilamente en su antimacasar. Al entrar nosotros lo puso encima de su regazo y nos miró con sus ojos azules, de mirada franca y penetrante.
—Estoy convencida, señor —dijo—, de que en todo este asunto hay algún error, que el paquete no iba dirigido a mí. Se lo he dicho varias veces a este caballero de Scotland Yard, pero él se ríe de mí. No tengo ningún enemigo en el mundo, que yo sepa, de modo que ¿por qué iba a gastarme nadie semejante broma?
—Empiezo a ser de la misma opinión, señorita Cushing —dijo Holmes, tomando asiento a su lado—. Creo que es más que probable...
Hizo una pausa y, al mirar a mi alrededor, me sorprendió ver que tenía los ojos clavados con singular atención en el perfil de la dama. Por un instante pudo leerse en su rostro anhelante sorpresa y satisfacción al mismo tiempo, aunque cuando ella miró en torno para averiguar el motivo de su silencio, Holmes estaba de nuevo tan serio como siempre. Yo miré fijamente sus lisos cabellos entrecanos, su elegante tocado, sus pequeños pendientes de oro, sus plácidas facciones; pero no pude ver nada que justificara la evidente agitación de mi compañero.
—Quedan una o dos preguntas...
—¡Estoy harta de preguntas! —gritó la señorita Cushing con impaciencia.
—Usted tiene dos hermanas, según creo.
—¿Cómo puede saber eso?
—Nada más entrar en la habitación observé que tiene encima de la repisa de la chimenea una fotografía de un grupo de tres damas, una de las cuales es usted misma indudablemente, mientras que las otras dos se le parecen tanto que no es posible dudar del parentesco.
—Sí, lleva usted razón. Esas son mis hermanas Sarah y Mary.
—Y aquí, al alcance de la mano, hay otro retrato, tomado en Liverpool, de su hermana pequeña, en compañía de un hombre que parece un camarero de barco, a juzgar por su uniforme. Observo que entonces todavía no se había casado.
—Es usted un observador muy rápido.
—Es mi oficio.
—Bueno, una vez más lleva usted razón. Pero se casó con el señor Browner unos días después. Cuando fue tomada la fotografía él trabajaba en la compañía South America, pero quería tanto a mi hermana que no pudo soportar el tener que abandonarla por tanto tiempo y se enroló en la línea que cubría Londres y Liverpool.
—¿Tal vez en el Conqueror?
—No, en el May Day, según mis últimas noticias. Jim vino a verme una vez. Eso fue antes de romper el compromiso; pero después, siempre que desembarcaba se daba a la bebida, y bastaba que bebiese un poco para volverse loco de atar. ¡Ay, aciago día aquel en que volvió a tomar una copa! En primer lugar se olvidó de mí, luego se peleó con Sarah, y ahora que Mary ha dejado de escribirnos no sabemos cómo les van las cosas.
Era evidente que la señorita Cushing había tocado un tema que la afectaba profundamente. Como la mayoría de la gente que lleva una vida solitaria, al principio se mostraba tímida, pero con el tiempo llegaba a ser extremadamente comunicativa. Nos contó muchos detalles de su cuñado el camarero de barco, y luego, desviándose hacia el tema de sus antiguos huéspedes, los estudiantes de medicina, nos hizo un extenso relato de sus fechorías y nos dio sus nombres y apellidos así como los hospitales en donde trabajaban. Holmes escuchó con atención, terciando de vez en cuando con alguna pregunta.
—Con respecto a su segunda hermana, Sarah —dijo él—, me sorprende que, siendo las dos solteras, no vivan juntas.
—¡Ay!, si usted conociera el mal genio de Sarah dejaría de sorprenderse. Lo intenté cuando vine a Croydon, y vivimos juntas hasta hace dos meses, en que tuvimos que separarnos. No quiero decir nada en contra de mi propia hermana, pero lo cierto es que Sarah siempre ha sido una entrometida y muy difícil de complacer.
—Dice usted que ella se peleó con sus parientes de Liverpool.
—Sí, aunque hubo un tiempo en que fueron los mejores amigos. Con decirle que se fue a vivir allí para estar cerca de ellos. Y ahora, cuando habla de Jim Browner, no encuentra palabras lo bastante duras. Los últimos seis meses que pasó allí no hablaba de otra cosa que de lo mucho que él bebía y de sus modales. Tengo la impresión de que debió de sorprender alguna intromisión suya, y le dijo cuatro verdades. Así fue como empezó la cosa.
—Gracias, señorita Cushing —dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia—. Creo que me dijo usted que su hermana Sarah vive en New Street, Wallington, ¿no es cierto? Adiós, y siento mucho que la hayan molestado por un caso con el que, como usted dice, no tiene absolutamente nada que ver.
Cuando salíamos pasó un coche y Holmes lo llamó.
—¿A qué distancia está Wallington?
—Más o menos a una milla, señor.
—Muy bien. Suba, Watson. A hierro caliente, batir de repente. Aunque el caso es sencillo, hay uno o dos detalles muy instructivos relacionados con él. Cochero, deténgase cuando pase por delante de una oficina de telégrafos.
Holmes envió un telegrama breve y durante el resto del trayecto se recostó en el asiento, con el sombrero inclinado sobre la nariz para impedir que el sol le diera en el rostro. Nuestro cochero se detuvo delante de una casa que no se diferenciaba apenas de la que acabábamos de abandonar. Mi compañero le ordenó que esperase, y ya tenía el llamador en la mano cuando se abrió la puerta y un caballero joven y serio, vestido de negro y con un sombrero muy lustroso, apareció en el umbral.
—¿Está en casa la señorita Cushing? —preguntó Holmes.
—La señorita Sarah Cushing está gravemente enferma —dijo el joven—. Desde ayer padece síntomas muy graves de meningitis. Como médico suyo, no puedo asumir de ninguna manera la responsabilidad de permitir que nadie la visite. Yo le recomendaría que volviera dentro de diez días.
Se puso los guantes, cerró la puerta y se fue calle abajo.
—Bueno, lo que no se puede, no se puede —dijo Holmes jovialmente.
—Es posible que no pudiera, ni quisiera, decirle mucho.
—Yo no quería que me dijera nada. Sólo deseaba verla. Sin embargo, creo tener todo lo que quiero. Cochero, llévenos a algún hotel decente, donde podamos almorzar algo. Después nos dejaremos caer por la comisaría de policía para ver a nuestro amigo Lestrade.
Tomamos una agradable comida juntos, durante la cual Holmes no habló más que de violines, refiriéndome con gran júbilo cómo había comprado su propio Stradivarius, que valía por lo menos quinientas guineas, a un chamarilero judío de Tottenham Court Road por cincuenta y cinco chelines. Eso le llevó a Paganini, y durante una hora estuvimos delante de una botella de clarete mientras él me contaba anécdotas y más anécdotas de aquel hombre extraordinario. Cuando llegamos a la comisaría la tarde estaba ya muy avanzada y la deslumbradora y cálida luz se había atenuado hasta convertirse en un suave resplandor. Lestrade nos esperaba en la puerta.
—Hay un telegrama para usted, señor Holmes —dijo.
—¡Ajá! ¡Ahí está la respuesta! —abrió el telegrama, le echó un vistazo y, estrujándolo, se lo metió en el bolsillo—. Todo va bien —dijo.
—¿Ha descubierto usted algo?
—¡Lo he descubierto todo!
—¡Cómo! —Lestrade le miró asombrado—. Está usted bromeando.
—Jamás hablé más en serio en toda mi vida. Se ha cometido un crimen espantoso y creo haber puesto ya al descubierto todos sus pormenores.
—¿Y el criminal?
Holmes garabateó unas cuantas palabras en el reverso de una de sus tarjetas de visita y se la arrojó a Lestrade.
—Ahí tiene su nombre —dijo—. No podrá arrestarlo hasta mañana por la noche como muy pronto. Preferiría que no mencionara usted mi nombre en relación con el caso, ya que deseo que no me asocien más que con aquellos crímenes cuya solución presente alguna dificultad. Vamos, Watson.
Se fueron a grandes zancadas hacia la estación, dejando a Lestrade mirando todavía con cara satisfecha la tarjeta que Holmes le había arrojado.
—Este es un caso —dijo Sherlock Holmes esa noche mientras charlábamos y nos fumábamos sendos cigarros en nuestras habitaciones de Baker Street— en el que, como en las investigaciones que usted ha descrito bajo los títulos «Un estudio en escarlata» y «El signo de los cuatro», nos hemos visto obligados a razonar al revés, de los efectos a las causas. Le he escrito a Lestrade pidiéndole que nos proporcione los detalles que aún nos faltan, los cuales sólo conseguirá cuando haya puesto a buen recaudo a su hombre. Sin temor a equivocarse se puede confiar en él, pues, aun careciendo por completo de raciocinio, en cuanto comprende qué es lo que tiene que hacer es tan tenaz como un bulldog, y esta tenacidad es realmente lo que le ha hecho ascender dentro de Scotland Yard.
—¿Entonces el caso no está concluido todavía? —pregunté.
—En sus puntos fundamentales lo está realmente. Sabemos quién es el autor del repugnante asunto, aunque una de las víctimas se nos escape todavía. Claro que usted también habrá sacado sus propias conclusiones.
—Supongo que el hombre del que usted sospecha es Jim Browner, camarero de uno de los barcos de Liverpool.
—¡Oh!, es más que una sospecha.
—Pues yo no aprecio nada salvo vagos indicios.
—Para mí, por el contrario, no puede estar más claro. Repasemos los principales pasos dados hasta ahora. Abordamos el caso, como usted recordará, con la mente completamente en blanco, lo cual es siempre una ventaja. No habíamos concebido teoría alguna. Nos habíamos limitado a observar y a sacar conclusiones a partir de nuestras observaciones. ¿Qué fue lo primero que vimos? Una respetable y apacible dama, que parecía ajena a cualquier secreto, y un retrato que me reveló que ella tenía dos hermanas más jóvenes. Al instante se me ocurrió la idea de que la caja podía estar destinada a una de ellas. Deseché la idea hasta poder refutarla o confirmarla sin prisas. Luego fuimos al jardín, como usted recordará, y vimos el extraño contenido de la cajita amarilla.
«La cuerda era de esas que utilizan los veleros a bordo de los barcos y en seguida todo el asunto me olió a cosa de mar. Cuando observé que el nudo era de un tipo muy frecuente entre los marineros, que el paquete había sido enviado desde un puerto, y que la oreja del varón estaba perforada para llevar un pendiente, lo cual es mucho más corriente entre gente de mar que de tierra firme, tuve la certeza de que íbamos a encontrar a todos los actores de esta tragedia entre la marinería.
«Cuando me puse a examinar la dirección del paquete observé que iba dirigido a la señorita S. Cushing. Ahora bien, la hermana mayor se llamaba también, por supuesto, señorita Cushing, y aunque su inicial era asimismo una S, lo mismo podía pertenecer a cualquiera de las otras. En tal caso deberíamos haber comenzado nuestra investigación partiendo de una base completamente nueva. Por consiguiente entré en la casa con la intención de aclarar este punto. Estaba a punto de asegurar a la señorita Cushing mi convencimiento de que se había cometido una equivocación cuando, como usted recordará, me paré en seco. La verdad es que acababa de ver algo que me llenó de sorpresa y que a la vez limitaba enormemente el campo de nuestra pesquisa.
«Watson, usted es consciente, como médico, de que no hay parte del cuerpo humano que varíe tanto de un individuo a otro como la oreja. Cada oreja es, por regla general, completamente inconfundible y difiere de todas las demás. En el Anthropological Journal del año pasado encontrará usted dos breves monografías sobre el tema, escritas por mí. Por consiguiente, yo había examinado las orejas de la caja con ojos de experto, y me había fijado con detenimiento en sus peculiaridades anatómicas. Imagine, pues, mi sorpresa cuando al mirar a la señorita Cushing me di cuenta de que su oreja se correspondía exactamente con el apéndice de mujer que yo acababa de inspeccionar. No podía tratarse de una coincidencia. Presentaba el mismo acortamiento del pabellón, la misma curva amplia del lóbulo superior, la misma circunvolución del cartílago interno. Era en esencia la misma oreja.
«Desde luego comprendí inmediatamente la enorme importancia de aquella observación. Era evidente que la víctima tenía algún parentesco con ella, probablemente muy cercano. Empecé a hablarle de su familia y, como usted recordará, en seguida nos proporcionó algunos detalles sumamente valiosos.
«En primer lugar, su hermana se llamaba Sarah y hasta hace muy poco tiempo su dirección era la misma, de modo que era bastante evidente que se había producido un error y podía figurarse uno a quién iba dirigido en realidad el paquete. Luego tuvimos noticias de ese camarero, casado con la tercera hermana, y nos enteramos de que en un tiempo tuvo tal intimidad con la señorita Sarah, que esta se trasladó a Liverpool para estar cerca de los Browner, aunque una posterior pelea los había separado. Esta pelea había interrumpido cualquier clase de comunicación entre ellos durante varios meses, de modo que si Browner hubiese querido enviar un paquete a la señorita Sarah, indudablemente lo habría hecho a su antigua dirección,
«El asunto comenzaba ahora a resolverse a las mil maravillas. Nos habíamos enterado de la existencia de ese camarero, un hombre impulsivo, y apasionado —recuerde que dejó un empleo, aparentemente mucho mejor para estar cerca de su esposa—, propenso también a ocasionales excesos, con la bebida. Teníamos motivos para creer que su esposa había sido asesinada, y que un hombre —presumiblemente marinero— había sido asesinado al mismo tiempo. En seguida pensamos en los celos como móvil del crimen. Pero ¿por qué enviaron a la señorita Sarah Cushing esas pruebas del delito? Probablemente porque durante su estancia en Liverpool ella había tenido algo que ver con que se produjeran los sucesos que desembocaron en tragedia. No sé si habrá notado que esa línea marítima hace escala en Belfast, Dublín y Waterford; de modo que, suponiendo que Browner hubiera cometido el delito, y que se hubiese embarcado inmediatamente en su vapor, el May Day, Belfast sería el primer lugar desde el que podría enviar por correo el terrible paquete.
«A estas alturas era también posible una segunda solución, y aunque a mí me parecía sumamente improbable, decidí aclararla antes de seguir adelante. Un amante rechazado podía haber matado al señor y la señora Browner, y la oreja de varón podría haber pertenecido al marido. Podían ponerse serios reparos a esta teoría, pero era concebible. Por tanto envié un telegrama a mi amigo Algar, de la policía de Liverpool, y le pedí que averiguase si la señora Browner estaba en casa, y si el marido había partido en el May Day. Luego seguimos hasta Wallington para visitar a la señorita Sarah.
«Tenía curiosidad, en primer lugar, por comprobar hasta qué punto se había reproducido en ella el tipo de oreja de la familia. Además podía proporcionarnos, desde luego, información de vital importancia, si bien no me sentía demasiado optimista al respecto. Debe de haberse enterado del suceso del día anterior, ya que en Croydon no se habla de otra cosa, y sólo ella podía saber a quién iba destinado el paquete. Si hubiese estado dispuesta a ayudar a la justicia probablemente se habría puesto ya en contacto con la policía. Sin embargo, era deber nuestro verla, evidentemente, de modo que fuimos a visitarla. Comprobamos que la noticia de la llegada del paquete —pues su enfermedad databa de esas fechas— le había producido tal impresión que le provocó meningitis. Estaba más claro que nunca que ella había comprendido toda su importancia, pero también era igual de claro que tendríamos que esperar algún tiempo para obtener de ella cualquier tipo de ayuda.
«Sin embargo, la verdad es que no dependíamos de su ayuda. Las respuestas a nuestras pesquisas nos esperaban en la comisaría de policía, a cuya dirección ordené a Algar que las enviara. Nada podía ser más concluyente. La casa de la señora Browner llevaba más de tres días cerrada, y las vecinas opinaban que ella se había marchado al sur para visitar a sus parientes. Se había comprobado en las oficinas de la compañía naviera que Browner había zarpado en el May Day, y yo calculo que debe llegar al Támesis mañana por la noche. Cuando llegue saldrá a su encuentro el obtuso aunque resuelto Lestrade, y no tengo la menor duda de que nos pondremos al corriente de los detalles que nos faltan.»
Las expectativas de Sherlock Holmes no quedaron defraudadas. Dos días más tarde recibió un sobre voluminoso, que contenía un mensaje breve del detective y un documento escrito a máquina, que ocupaba varias páginas de papel de oficio.
—Lestrade lo atrapó sin problemas. Tal vez le interese escuchar lo que dice.

Mi querido señor Holmes:

De conformidad con el plan que nos habíamos trazado para comprobar nuestras teorías (el «nos» me parece admirable, ¿verdad Watson?), fui al Muelle Albert ayer a las seis de la mañana y subí a bordo del May Day, que pertenece a la Liverpool, Dublin & London Steam Packet Company. Al solicitar información averigüé que había a bordo un camarero llamado James Browner, el cual se había comportado durante el viaje de manera tan insólita que el capitán se había visto obligado a relevarlo de sus obligaciones. Al bajar a su camarote lo encontré sentado encima de un cofre con la cabeza hundida entre las manos, meciéndose de un lado para otro. Es un tipo grande y fuerte, bien afeitado y muy moreno; algo parecido a Aldridge, el que nos ayudó en el asunto de la falsa lavandería. Se levantó de un salto al enterarse del motivo de mi visita. Yo tenía ya el silbato en los labios para llamar a una pareja de la policía fluvial, que había a la vuelta de la esquina, pero él no parecía tener ánimos y alargó las manos lo suficiente para que le pusiera las esposas. Lo llevamos a una celda, y a su cofre también, pues creíamos que podía haber en su interior algo que le incriminara; pero no encontramos nada a excepción de un gran cuchillo afilado, como el que suelen llevar la mayoría de los marineros. Sin embargo, no nos hacen falta más pruebas, pues cuando lo llevamos a la comisaría pidió al inspector hacer una declaración, la cual fue tomada, por supuesto, por nuestro taquígrafo según él iba dictándola. Sacamos tres copias mecanografiadas, una de las cuales le incluyo. El asunto, como Yo pensaba, ha resultado ser sumamente sencillo, pero le estoy muy agradecido por ayudarme en mi investigación. Le saluda atentamente,

G. Lestrade

«¡Ejem! La investigación fue, en efecto, muy sencilla —observó Holmes—, pero no creo que ese fuera su parecer cuando nos llamó en su ayuda. No obstante, veamos lo que Jim Browner tiene que decir en su favor. Esta es su declaración, tal como la hizo ante el inspector Montgomery en la comisaría de policía de Shadwell, y tiene la ventaja de ser literal.»
¿Que si tengo algo que decir? Claro que sí, tengo mucho que decir. Quiero confesarlo todo. Pueden ustedes ahorcarme, o dejarme en paz. Me importa un bledo lo que me hagan, les aseguro que no he pegado ojo desde que hice aquello, y no creo que vuelva nunca más a hacerlo hasta superar esta vigilia. A veces veo el rostro de él, pero sobre todo el de ella. Siempre tengo ante mí uno u otro. Él me mira con severidad y odio y, por el contrario, ella tiene en el rostro una expresión como de sorpresa. ¡Ay, pobre criatura! No es raro que se sorprendiera al leer su sentencia de muerte en un rostro en el que antes casi nunca había visto otra cosa que amor hacia ella.
Pero la culpa fue de Sarah, ¡y ojalá la maldición de un hombre destrozado arruine su vida y haga que se le pudra la sangre en las venas! No es que quiera justificarme. Sé que volví a entregarme a la bebida, pues soy un bestia. Pero ella me habría perdonado; se habría mantenido unida a mí tan íntimamente como el cabo al motón, si esa mujer no hubiera puesto los pies en nuestra casa. Pues Sarah Cushing me amaba —ese es el origen de todo el asunto—, me amó hasta que todo ese amor se transformó en un odio pernicioso cuando se enteró de que yo daba más importancia a la huella de mi esposa en el barro que a su propio cuerpo y alma.
En total eran tres hermanas. La mayor era una buena mujer francamente, la segunda un demonio, y la tercera un ángel. Sarah tenía treinta y tres años, y Mary veintinueve cuando me casé con ella. Cuando nos fuimos a vivir juntos éramos felices a todas horas del día, y en todo Liverpool no había mejor mujer que mi Mary. Por consiguiente invitamos a Sarah a pasar una semana con nosotros, y la semana se convirtió en un mes, y una cosa llevó a la otra, hasta que ella fue una más entre nosotros.
En aquella época yo llevaba la cinta azul de la liga de los abstemios; ahorrábamos algo de dinero y todo resplandecía como un dólar nuevo. ¡Por Dios santo! ¿Quién demonios habría pensado que todo iba a terminar así? ¿Quién demonios lo hubiera imaginado?
Con frecuencia solía volver a casa los fines de semana, y a veces, si el barco se retrasaba a causa del cargamento, pasaba allí toda una semana; de esta manera tuve ocasión de tratar bastante a mi cuñada Sarah. Era una mujer admirable, alta, morena, aguda y violenta, altanera, y con un brillo en los ojos como chispa de pedernal. Pero en presencia de la pequeña Mary nunca pensaba en Sarah, y eso lo juro al igual que espero que Dios se apiade de mí.
A veces me parecía que ella deseaba quedarse a solas conmigo, o engatusarme para que diera un paseo con ella, aunque yo nunca pensara realmente en eso. Pero una noche se me abrieron los ojos. Había vuelto del barco y me encontré con que mi esposa había salido y en casa sólo estaba Sarah. «Dónde está Mary», le pregunté. «Ha ido a pagar unas cuentas.» Yo iba y venía por la habitación impaciente. «Jim, ¿es que no puedes ser feliz sin Mary ni siquiera cinco minutos?», me dijo ella. «No es ningún halago para mí que no te contentes con mi compañía por tan poco tiempo.» «Llevas razón, muchacha», le dije yo, tendiéndole la mano de manera afectuosa. Inmediatamente ella la cogió entre las suyas, que ardían como si tuviese fiebre. La miré a los ojos y lo leí todo en ellos. No le hacía falta hablar, ni a mí tampoco. Fruncí el ceño y retiré la mano. Durante un rato ella permaneció junto a mí en silencio, luego levantó la mano y me dio unas palmaditas en el hombro. «¡Cálmate, Jim!», me dijo, y salió corriendo de la habitación con una especie de risa burlona.
Pues bien, desde entonces Sarah me odió con todo su corazón y toda su alma, y es mujer que sabe odiar. Fui un tonto —un redomado tonto— permitiendo que se quedara con nosotros, pero no le dije a Mary ni una palabra, pues sabía que eso la apenaría. Las cosas siguieron igual, pero al cabo de un tiempo empecé a notar un ligero cambio en la propia Mary. Siempre había sido muy confiada e inocente, pero ahora se volvió rara y suspicaz, queriendo saber dónde había estado yo y qué había hecho, a quién escribía, qué llevaba en los bolsillos, y otras mil insensateces por el estilo. Día a día se volvía más rara y más irritable, y tuvimos incesantes riñas por nada. Todo aquello me tenía bastante desconcertado. Sarah me evitaba, aunque ella y Mary eran inseparables. Ahora me doy cuenta de que estaba intrigando, tramando y envenenando la mente de mi esposa en contra de mí; pero yo estaba tan ciego entonces que no podía entenderlo. Entonces rompí mi cinta azul y empecé a beber de nuevo, pero creo que no habría actuado así si Mary hubiese sido la misma de siempre. Ahora tenía algún motivo para estar disgustada conmigo, y la brecha entre nosotros empezó a ensancharse cada vez más. Fue entonces cuando se inmiscuyó ese tal Alec Fairbairn y las cosas se volvieron mucho más aciagas.
La primera vez que vino a casa fue para ver a Sarah, pero en seguida extendió sus visitas también a mí, pues era un hombre encantador, que hacía amigos dondequiera que fuese. Era un tipo apuesto, fanfarrón, ingenioso y tortuoso, que había recorrido medio mundo y sabía hablar de lo que había visto. Era un buen acompañante, no lo negaré, y para ser marinero tenía unos modales increíblemente corteses, de modo que creo que hubo un tiempo en que debió de frecuentar más la toldilla que el castillo de proa. Durante un mes estuvo entrando y saliendo de mi casa, y jamás se me ocurrió que sus suaves y astutos modales pudieran hacerme algún daño. Así que, por fin, algo me hizo sospechar, y desde ese día ya no he vuelto a tener paz.
Fue, además, un detalle insignificante. Había entrado yo inesperadamente en el salón, y al traspasar el umbral vi que el rostro de mi esposa se iluminaba de alegría. Pero cuando ella vio quién era realmente el recién llegado, su alegría se desvaneció de nuevo, y se alejó decepcionada. Aquello me bastó. Sólo había otra persona con la que podía haber confundido mis pasos: Alec Fairbairn. Si lo hubiera visto entonces, lo habría matado, pues siempre me vuelvo como loco cuando monto en cólera. Mary vio en mis ojos un brillo demoníaco y vino corriendo hacia mí, sujetándome el brazo con sus manos. « ¡No lo hagas, Jim, no!», me dijo. «¿Dónde está Sarah?», le pregunté yo. «En la cocina», me respondió ella. «Sarah», le dije al entrar, «no quiero que ese individuo, Fairbairn, vuelva a poner nunca más los pies en mi casa». «¿Por qué no?», me preguntó ella. «Porque yo lo ordeno.» «¡Caramba!». dijo ella, «si mis amigos no son lo bastante buenos para esta casa, entonces yo tampoco lo soy».
«Puedes hacer lo que te plazca», le dije yo, «pero si Fairbairn vuelve a dejarse ver por aquí, te mandaré una de sus orejas como recuerdo». La expresión de mi rostro la asustó, creo, pues no contestó nada, y esa misma noche se marchó de mi casa.
Bueno, ahora no sé si aquello fue pura maldad por parte de esa mujer, o si ella creía poder enemistarme con mi esposa, incitándola a portarse mal. En cualquier caso, Sarah alquiló una casa a dos calles de distancia de la nuestra y se dedicó a arrendar habitaciones para marineros. Fairbairn solía alojarse allí, y Mary solía ir a tomar el té con su hermana y con él. Ignoro con qué frecuencia, pero un día la seguí y, al irrumpir en la casa, Fairbairn huyó, saltando por encima de la tapia del jardín trasero, como el cobarde canalla que era. Le juré a mi esposa que la mataría si la encontraba de nuevo en compañía de aquel hombre, y me la volví a llevar a casa, sollozando y temblando, y tan blanca como una hoja de papel. Nunca más hubo entre nosotros el menor vestigio de amor. Me di cuenta de que ella me odiaba y me temía, y cuando ese pensamiento me empujaba a beber, también me despreciaba.
Sarah comprobó que no podía ganarse la vida en Liverpool, así que volvió, según tengo entendido, a vivir con su hermana en Croydon, y en mi casa las cosas continuaron más o menos como siempre. Y así hasta la semana pasada, con todas sus amarguras y perdición.
Todo ocurrió de la manera siguiente. Habíamos embarcado en el May Day para un viaje de ida y vuelta de siete días de duración, pero un tonel se soltó y con ello aflojó una de las planchas del barco, de modo que tuvimos que volver a puerto por espacio de doce horas. Abandoné el barco y fui a casa, pensando en darle una sorpresa a mi esposa y con la esperanza de que tal vez le alegrase verme tan pronto. Pensaba en eso cuando me metí en mi propia calle, y en aquel momento pasó por delante de mí un coche, en el que iba ella sentada al lado de Fairbairn, ambos charlando y riendo, sin pensar en mí que los observaba desde la acera.
Les aseguro, puedo darles mi palabra, que desde ese mismo momento dejé de ser dueño de mi destino y al recordarlo todo me parece un vago sueño. últimamente había estado bebiendo mucho y eso, unido a lo anterior, me volvió completamente loco. Ahora siento dentro de mi cabeza una especie de zumbido, como unos martillazos de estibador, pero aquella mañana me pareció tener en los oídos todo el estruendo y el borboteo de las cataratas del Niágara.
Pues bien, puse pies en polvorosa y corrí detrás del coche. Llevaba en la mano un pesado bastón de roble, y les aseguro que desde el primer momento estaba hecho una furia, aunque según corría también se despertó en mí la astucia, y me rezagué un poco para observarlos sin ser visto. En seguida se detuvieron en una estación de ferrocarril. Había una multitud de gente alrededor del despacho de billetes, de modo que me acerqué bastante a ellos sin que me vieran. Sacaron billetes para New Brighton. Yo hice otro tanto, pero subí tres vagones más atrás que ellos. Cuando llegamos dieron una vuelta por el paseo y los seguí sin acercarme nunca a ellos más de cien yardas. Por fin les vi alquilar un bote para dar un paseo, pues hacía mucho calor y pensaron, sin duda, que estarían más frescos en el agua.
Eso fue como ponerse en mis manos. Había un poco de niebla y no se podía ver más allá de unos centenares de yardas. Alquilé un bote y salí tras ellos. Podía ver el contorno borroso de su embarcación, pero iban casi tan rápido como yo, y cuando les di alcance estaban ya a más de una milla de la costa. La neblina era como un velo, y en su interior estábamos nosotros tres. ¡Dios mío! ¿Cómo podré olvidar sus rostros cuando vieron quién iba en el bote que se les aproximaba? Ella se puso a dar voces. Él juró como un loco y me hurgoneó con un remo, pues debió ver en mis ojos una amenaza de muerte. Lo esquivé y le devolví el golpe con mi bastón, que le aplastó la cabeza como si fuera un huevo. A ella posiblemente le habría perdonado la vida, a pesar de toda mi rabia, pero le echó los brazos al cuello y se puso a gritar llamándole «Alec». Golpeé de nuevo y ella quedó tendida junto a él. Me sentía como una fiera salvaje que ha saboreado la sangre. Si Sarah hubiera estado allí, juro por Dios que habría corrido la misma suerte. Saqué mi cuchillo y... bueno, ¡caramba!, ya he dicho bastante. Sentí una especie de júbilo salvaje, pensando en lo que sentiría Sarah ante tales muestras de lo que su intromisión había ocasionado. Luego até los cadáveres al bote, rompí una tabla del fondo, y me quedé a su lado hasta que se hundieron. Sabía muy bien que el propietario del bote pensaría que se habrían desorientado a causa de la niebla y habrían sido arrastrados mar adentro. Me aseé, regresé a tierra, y me incorporé a mi barco, sin que nadie sospechara lo que había pasado. Esa noche envolví el paquete para Sarah Cushing, y al día siguiente lo envié desde Belfast.
Ahí tienen ustedes toda la verdad del caso. Podrán ahorcarme, o hacer conmigo lo que quieran, mas no podrán castigarme más de lo que ya lo he sido. No puedo cerrar los ojos sin que vea aquellos dos rostros mirándome fijamente... igual que me miraron cuando mi bote se abrió paso entre la neblina. Yo los maté rápidamente, pero ellos me están matando poco a poco; y si el suplicio se prolonga una sola noche más amaneceré loco o muerto. ¿No me pondrá solo en una celda, verdad, señor? Por amor de Dios, no lo haga, y ojalá el día en que usted agonice reciba el mismo trato que ahora me dé a mí.
—¿Qué sentido tiene todo esto, Watson? —dijo Holmes solemnemente mientras dejaba a un lado el documento—. ¿Qué propósito persigue este círculo de aflicción, violencia y miedo? Sin duda ha de tender hacia algún fin pues, si no, nuestro universo está regido por el azar, lo cual es inconcebible. Pero ¿qué fin? Ahí tiene usted el eterno problema sobre el cual la razón humana está tan lejos de poder responder como siempre.

La aventura de Copper Beeches - Arthur Conan Doyle – Sherlock Holmes



La aventura de Copper Beeches

Arthur Conan Doyle
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––El hombre que ama el arte por el arte ––comentó Sherlock Holmes, dejando a un lado la hoja de anuncios del Daily Telegraph–– suele encontrar los placeres más intensos en sus manifestaciones más humildes y menos importantes. Me complace advertir, Watson, que hasta ahora ha captado usted esa gran verdad, y que en esas pequeñas crónicas de nuestros casos que ha tenido la bondad de redactar, debo decir que, embelleciéndolas en algunos puntos, no ha dado preferencia a las numerosas causes célèbres y procesos sensacionales en los que he intervenido, sino más bien a incidentes que pueden haber sido triviales, pero que daban ocasión al empleo de las facultades de deducción y síntesis que he convertido en mi especialidad.
––Y, sin embargo ––dije yo, sonriendo––, no me considero definitivamente absuelto de la acusación de sensacionalismo que se ha lanzado contra mis crónicas.
––Tal vez haya cometido un error ––apuntó él, tomando una brasa con las pinzas y encendiendo con ellas la larga pipa de cerezo que sustituía a la de arcilla cuando se sentía más dado a la polémica que a la reflexión––. Quizá se haya equivocado al intentar añadir color y vida a sus descripciones, en lugar de limitarse a exponer los sesudos razonamientos de causa a efecto, que son en realidad lo único verdaderamente digno de mención del asunto.
––Me parece que en ese aspecto le he hecho a usted justicia ––comenté, algo fríamente, porque me repugnaba la egolatría que, como había observado más de una vez, constituía un importante factor en el singular carácter de mi amigo.
––No, no es cuestión de vanidad o egoísmo ––dijo él, respondiendo, como tenía por costumbre, a mis pensamientos más que a mis palabras––. Si reclamo plena justicia para mi arte, es porque se trata de algo impersonal... algo que está más allá de mí mismo. El delito es algo corriente. La lógica es una rareza. Por tanto, hay que poner el acento en la lógica y no en el delito. Usted ha degradado lo que debía haber sido un curso académico, reduciéndolo a una serie de cuentos.
Era una mañana fría de principios de primavera, y después del desayuno nos habíamos sentado a ambos lados de un chispeante fuego en el viejo apartamento de Baker Street. Una espesa niebla se extendía entre las hileras de casas parduzcas, y las ventanas de la acera de enfrente parecían borrones oscuros entre las densas volutas amarillentas. Teníamos encendida la luz de gas, que caía sobre el mantel arrancando reflejos de la porcelana y el metal, pues aún no habían recogido la mesa. Sherlock Holmes se había pasado callado toda la mañana, zambulléndose continuamente en las columnas de anuncios de una larga serie de periódicos, hasta que por fin, renunciando aparentemente a su búsqueda, había emergido, no de muy buen humor, para darme una charla sobre mis defectos literarios.
––Por otra parte ––comentó tras una pausa, durante la cual estuvo dándole chupadas a su larga pipa y contemplando el fuego––, dificilmente se le puede acusar a usted de sensacionalismo, cuando entre los casos por los que ha tenido la bondad de interesarse hay una elevada proporción que no tratan de ningún delito, en el sentido legal de la palabra. El asuntillo en el que intenté ayudar al rey de Bohemia, la curiosa experiencia de la señorita Mary Sutherland, el problema del hombre del labio retorcido y el incidente de la boda del noble, fueron todos ellos casos que escapaban al alcance de la ley. Pero, al evitar lo sensacional, me temo que puede usted haber bordeado lo trivial.
––Puede que el desenlace lo fuera ––respondí––, pero sostengo que los métodos fueron originales e interesantes.
––Psé. Querido amigo, ¿qué le importan al público, al gran público despistado, que sería incapaz de distinguir a un tejedor por sus dientes o a un cajista de imprenta por su pulgar izquierdo, los matices más delicados del análisis y la deducción? Aunque, la verdad, si es usted trivial no es por culpa suya, porque ya pasaron los tiempos de los grandes casos. El hombre, o por lo menos el criminal, ha perdido toda la iniciativa y la originalidad. Y mi humilde consultorio parece estar degenerando en una agencia para recuperar lápices extraviados y ofrecer consejo a señoritas de internado. Creo que por fin hemos tocado fondo. Esta nota que he recibido esta mañana marca, a mi entender, mi punto cero. Léala ––me tiró una carta arrugada.
Estaba fechada en Montague Place la noche anterior y decía:

«Querido señor Holmes: Tengo mucho interés en consultarle acerca de si debería o no aceptar un empleo de institutriz que se me ha ofrecido. Si no tiene inconveniente, pasaré a visitarle mañana a las diez y media. Suya afectísima,

Violet HUNTER.»

––¿Conoce usted a esta joven? ––pregunté.
––De nada.
––Pues ya son las diez y media.
––Sí, y sin duda es ella la que acaba de llamar a la puerta.
––Quizá resulte ser más interesante de lo que usted cree. Acuérdese del asunto del carbunclo azul, que al principio parecía una fruslería y se acabó convirtiendo en una investigación seria. Puede que ocurra lo mismo en este caso.
––¡Ojalá sea así! Pero pronto saldremos de dudas, porque, o mucho me equivoco, o aquí la tenemos.
Mientras él hablaba se abrió la puerta y una j oven entró en la habitación. Iba vestida de un modo sencillo, pero con buen gusto; tenía un rostro expresivo e inteligente, pecoso como un huevo de chorlito, y actuaba con los modales desenvueltos de una mujer que ha tenido que abrirse camino en la vida.
––Estoy segura de que me perdonará que le moleste ––dijo mientras mi compañero se levantaba para saludarla––. Pero me ha ocurrido una cosa muy extraña y, como no tengo padres ni familiares a los que pedir consejo, pensé que tal vez usted tuviera la amabilidad de indicarme qué debo hacer.
––Siéntese, por favor, señorita Hunter. Tendré mucho gusto en hacer lo que pueda para servirla.
Me di cuenta de que a Holmes le habían impresionado favorablemente los modales y la manera de hablar de su nuevo cliente. La contempló del modo inquisitivo que era habitual en él y luego se sentó a escuchar su caso con los párpados caídos y las puntas de los dedos juntas.
––He trabajado cinco años como institutriz ––dijo–– en la familia del coronel Spence Munro, pero hace dos meses el coronel fue destinado a Halifax, Nueva Escocia, y se llevó a sus hijos a América, de modo que me encontré sin empleo. Puse anuncios y respondí a otros anuncios, pero sin éxito. Por fin empezó a acabárseme el poco dinero que tenía ahorrado y me devanaba los sesos sin saber qué hacer.
»Existe en el West End una agencia para institutrices muy conocida, llamada Westway's, por la que solía pasarme una vez a la semana para ver si había surgido algo que pudiera convenirme. Westway era el apellido del fundador de la empresa, pero quien la dirige en realidad es la señorita Stoper. Se sienta en un pequeño despacho, y las mujeres que buscan empleo aguardan en una antesala y van pasando una a una. Ella consulta sus ficheros y mira a ver si tiene algo que pueda interesarlas.
»Pues bien, cuando me pasé por allí la semana pasada me hicieron entrar en el despacho como de costumbre, pero vi que la señorita Stoper no estaba sola. Junto a ella se sentaba un hombre prodigiosamente gordo, de rostro muy sonriente y con una enorme papada que le caía en pliegues sobre el cuello; llevaba un par de gafas sobre la nariz y miraba con mucho interés a las mujeres que iban entrando. Al llegar yo, dio un salto en su asiento y se volvió rápidamente hacia la señorita Stoper.
»––¡Ésta servirá! ––dijo––. No podría pedirse nada mejor. ¡Estupenda! ¡Estupenda!
»––Parecía entusiasmado y se frotaba las manos de la manera más alegre. Se trataba de un hombre de aspecto tan satisfecho que daba gusto mirarlo.
»––¿Busca usted trabajo, señorita? ––preguntó.
»––Sí, señor.
»––¿Como institutriz?
»––Sí, señor.
»––¿Y qué salario pide usted?
»––En mi último empleo, en casa del coronel Spence Munro, cobraba cuatro libras al mes.
»––¡Puf? ¡Denigrante! ¡Sencillamente denigrante! ––exclamó, elevando en el aire sus rollizas manos, como arrebatado por la indignación––. ¿Cómo se le puede ofrecer una suma tan lamentable a una dama con semejantes atractivos y cualidades?
»––Es posible, señor, que mis cualidades sean menos de lo que usted imagina ––dije yo––. Un poco de francés, un poco de alemán, música y dibujo...
»––¡Puf, puf? ––exclamó––. Eso está fuera de toda duda. Lo que interesa es si usted posee o no el porte y la distinción de una dama. En eso radica todo. Si no los posee, entonces no está capacitada para educar a un niño que algún día puede desempeñar un importante papel en la historia de la nación. Pero si las tiene, ¿cómo podría un caballero pedirle que condescendiera a aceptar nada por debajo de tres cifras? Si trabaja usted para mí, señora, comenzará con un salario de cien libras al año.
»Como podrá imaginar, señor Holmes, estando sin recursos como yo estaba, aquella oferta me pareció casi demasiado buena para ser verdad. Sin embargo, el caballero, advirtiendo tal vez mi expresión de incredulidad, abrió su cartera y sacó un billete.
»––Es también mi costumbre ––dijo, sonriendo del modo más amable, hasta que sus ojos quedaron reducidos a dos ranuras que brillaban entre los pliegues blancos de su cara ––pagar medio salario por adelantado a mis jóvenes empleadas, para que puedan hacer frente a los pequeños gastos del viaje y el vestuario.
»Me pareció que nunca había conocido a un hombre tan fascinante y tan considerado. Como ya tenía algunas deudas con los proveedores, aquel adelanto me venía muy bien; sin embargo, toda la transacción tenía un algo de innatural que me hizo desear saber algo más antes de comprometerme.
»––¿Puedo preguntar dónde vive usted, señor? ––dije.
»––En Hampshire. Un lugar encantador en el campo, llamado Copper Beeches, cinco millas más allá de Winchester. Es una región preciosa, querida señorita, y la vieja casa de campo es sencillamente maravillosa.
»––¿Y mis obligaciones, señor? Me gustaría saber en qué consistirían.
»––Un niño. Un pillastre delicioso, de sólo seis años. ¡Tendría usted que verlo matando cucarachas con una zapatilla! ¡Plaf, plaf, plafl ¡Tres muertas en un abrir y cerrar de ojos! ––se echó hacia atrás en su asiento y volvió a reírse hasta que los ojos se le hundieron en la cara de nuevo.
»Quedé un poco perpleja ante la naturaleza de las diversiones del niño, pero la risa del padre me hizo pensar que tal vez estuviera bromeando.
»––Entonces, mi única tarea ––dije–– sería ocuparme de este niño.
»––No, no, no la única, querida señorita, no la única ––respondió––. Su tarea consistirá, como sin duda ya habrá imaginado, en obedecer todas las pequeñas órdenes que mi esposa le pueda dar, siempre que se trate de órdenes que una dama pueda obedecer con dignidad. No verá usted ningún inconveniente en ello, ¿verdad?
»––Estaré encantada de poder ser útil.
»––Perfectamente. Por ejemplo, en la cuestión del vestuario. Somos algo maniáticos, ¿sabe usted? Maniáticos pero buena gente. Si le pidiéramos que se pusiera un vestido que nosotros le proporcionáramos, no se opondría usted a nuestro capricho, ¿verdad?
»––No ––dije yo, bastante sorprendida por sus palabras. »––O que se sentara en un sitio, o en otro; eso no le resultaría ofensivo, ¿verdad?
»––Oh, no.
»––O que se cortara el cabello muy corto antes de presentarse en nuestra casa...
»Yo no daba crédito a mis oídos. Como puede usted observar, señor Holmes, mi pelo es algo exuberante y de un tono castaño bastante peculiar. Han llegado a describirlo como artístico. Ni en sueños pensaría en sacrificarlo de buenas a primeras.
»––Me temo que eso es del todo imposible ––dije. Él me estaba observando atentamente con sus ojillos, y pude advertir que al oír mis palabras pasó una sombra por su rostro.
»––Y yo me temo que es del todo esencial ––dijo––. Se trata de un pequeño capricho de mi esposa, y los caprichos de las damas, señorita, los caprichos de las damas hay que satisfacerlos. ¿No está dispuesta a cortarse el pelo?
»––No, señor, la verdad es que no ––respondí con firmeza.
»––Ah, muy bien. Entonces, no hay más que hablar. Es una pena, porque en todos los demás aspectos habría servido de maravilla. Dadas las circunstancias, señorita Stoper, tendré que examinar a algunas más de sus señoritas.
»La directora de la agencia había permanecido durante toda la entrevista ocupada con sus papeles, sin dirigirnos la palabra a ninguno de los dos, pero en aquel momento me miró con tal expresión de disgusto que no pude evitar sospechar que mi negativa le había hecho perder una espléndida comisión.
»––¿Desea usted que sigamos manteniendo su nombre en nuestras listas? ––preguntó.
»––Si no tiene inconveniente, señorita Stoper.
»––Pues, la verdad, me parece bastante inútil, viendo el modo en que rechaza usted las ofertas más ventajosas ––dijo secamente––. No esperará usted que nos esforcemos por encontrarle otra ganga como ésta. Buenos días, señorita Hunter ––hizo sonar un gong que tenía sobre la mesa, y el botones me acompañó a la salida.
»Pues bien, cuando regresé a mi alojamiento y encontré la despensa medio vacía y dos o tres facturas sobre la mesa, empecé a preguntarme si no habría cometido una estupidez. Al fin y al cabo, si aquella gente tenía manías extrañas y esperaba que se obedecieran sus caprichos más extravagantes, al menos estaban dispuestos a pagar por sus excentricidades. Hay muy pocas institutrices en Inglaterra que ganen cien libras al año. Además, ¿de qué me serviría el pelo? A muchas mujeres les favorece llevarlo corto, y yo podía ser una de ellas. Al día siguiente ya tenía la impresión de haber cometido un error, y un día después estaba plenamente convencida. Estaba casi decidida a tragarme mi orgullo hasta el punto de regresar a la agencia y preguntar si la plaza estaba aún disponible, cuando recibí esta carta del caballero en cuestión. La he traído y se la voy a leer:
"The Copper Beeches, cerca de Winchester.
Querida señorita Hunter: La señorita Stoper ha tenido la amabilidad de darme su dirección, y le escribo desde aquí para preguntarle si ha reconsiderado su posición. Mi esposa tiene mucho interés en que venga, pues le agradó mucho la descripción que yo le hice de usted. Estamos dispuestos a pagarle treinta libras al trimestre, o ciento veinte al año, para compensarle por las pequeñas molestias que puedan ocasionarle nuestros caprichos. Al fin y al cabo, tampoco exigimos demasiado. A mi esposa le encanta un cierto tono de azul eléctrico, y le gustaría que usted llevase un vestido de ese color por las mañanas. Sin embargo, no tiene que incurrir en el gasto de adquirirlo, ya que tenemos uno perteneciente a mi querida hija Alice (actualmente en Filadelfia), que creo que le sentaría muy bien. En cuanto a lo de sentarse en un sitio o en otro, o practicar los entretenimientos que se le indiquen, no creo que ello pueda ocasionarle molestias. Y con respecto a su cabello, no cabe duda de que es una lástima, especialmente si se tiene en cuenta que no pude evitar fijarme en su belleza durante nuestra breve entrevista, pero me temo que debo mantenerme firme en este punto, y solamente confío en que el aumento de salario pueda compensarle de la pérdida. Sus obligaciones en lo referente al niño son muy llevaderas. Le ruego que haga lo posible por venir; yo la esperaría con un coche en Winchester. Hágame saber en qué tren llega. Suyo afectísimo,

Jephro RUCASTLE.”

»Ésta es la carta que acabo de recibir, señor Holmes, y ya he tomado la decisión de aceptar. Sin embargo, me pareció que antes de dar el paso definitivo debía someter el asunto a su consideración.
––Bien, señorita Hunter, si su decisión está tomada, eso deja zanjado el asunto ––dijo Holmes sonriente.
––¿Usted no me aconsejaría rehusar?
––Confieso que no me gustaría que una hermana mía aceptara ese empleo.
––¿Qué significa todo esto, señor Holmes?
––¡Ah! Carezco de datos. No puedo decirle. ¿Se ha formado usted alguna opinión?
––Bueno, a mí me parece que sólo existe una explicación posible. El señor Rucastle parecía ser un hombre muy amable y bondadoso. ¿No es posible que su esposa esté loca, que él desee mantenerlo en secreto por miedo a que la internen en un asilo, y que le siga la corriente en todos sus caprichos para evitar una crisis?
––Es una posible explicación. De hecho, tal como están las cosas, es la más probable. Pero, en cualquier caso, no parece un sitio muy adecuado para una joven.
––Pero ¿y el dinero, señor Holmes? ¿Y el dinero?
––Sí, desde luego, la paga es buena... demasiado buena. Eso es lo que me inquieta. ¿Por qué iban a darle ciento veinte al año cuando tendrían institutrices para elegir por cuarenta? Tiene que existir una razón muy poderosa.
––Pensé que si le explicaba las circunstancias, usted lo entendería si más adelante solicitara su ayuda. Me sentiría mucho más segura sabiendo que una persona como usted me cubre las espaldas.
––Oh, puede irse convencida de ello. Le aseguro que su pequeño problema promete ser el más interesante que se me ha presentado en varios meses. Algunos aspectos resultan verdaderamente originales. Si tuviera usted dudas o se viera en peligro...
––¿Peligro? ¿En qué peligro está pensando? Holmes meneó la cabeza muy serio.
––Si pudiéramos definirlo, dejaría de ser un peligro ––dijo––. Pero a cualquier hora, de día o de noche, un telegrama suyo me hará acudir en su ayuda.
––Con eso me basta ––se levantó muy animada de su asiento, habiéndose borrado la ansiedad de su rostro––. Ahora puedo ir a Hampshire mucho más tranquila. Escribiré de inmediato al señor Rucastle, sacrificaré mi pobre cabellera esta noche y partiré hacia Winchester mañana ––con unas frases de agradecimiento para Holmes, nos deseó buenas noches y se marchó presurosa.
––Por lo menos ––dije mientras oíamos sus pasos rápidos y firmes escaleras abajo––, parece una jovencita perfectamente capaz de cuidar de sí misma.
––Y le va a hacer falta ––dijo Holmes muy serio––. O mucho me equivoco, o recibiremos noticias suyas antes de que pasen muchos días.
No tardó en cumplirse la predicción de mi amigo. Transcurrieron dos semanas, durante las cuales pensé más de una vez en ella, preguntándome en qué extraño callejón de la experiencia humana se había introducido aquella mujer solitaria. El insólito salario, las curiosas condiciones, lo liviano del trabajo, todo apuntaba hacia algo anormal, aunque estaba fuera de mis posibilidades determinar si se trataba de una manía inofensiva o de una conspiración, si el hombre era un filántropo o un criminal. En cuanto a Holmes, observé que muchas veces se quedaba sentado durante media hora o más, con el ceño fruncido y aire abstraído, pero cada vez que yo mencionaba el asunto, él lo descartaba con un gesto de la mano. «¡Datos, datos, datos!» ––exclamaba con impaciencia––. «¡No puedo hacer ladrillos sin arcilla!» Y, sin embargo, siempre acababa por murmurar que no le gustaría que una hermana suya hubiera aceptado semejante empleo.
El telegrama que al fin recibimos llegó una noche, justo cuando yo me disponía a acostarme y Holmes se preparaba para uno de los experimentos nocturnos en los que frecuentemente se enfrascaba; en aquellas ocasiones, yo lo dejaba por la noche, inclinado sobre una retorta o un tubo de ensayo, y lo encontraba en la misma posición cuando bajaba a desayunar por la mañana. Abrió el sobre amarillo y, tras echar un vistazo al mensaje, me lo pasó.
––Mire el horario de trenes en la guía ––dijo, volviéndose a enfrascar en sus experimentos químicos.
La llamada era breve y urgente:

«Por favor, esté en el Hotel Black Swan de Winchester mañana a mediodía. ¡No deje de venir! No sé qué hacer.

HUNTER.»

––¿Viene usted conmigo?
––Me gustaría.
––Pues mire el horario.
––Hay un tren a las nueve y media ––dije, consultando la guía––. Llega a Winchester a las once y media.
––Nos servirá perfectamente. Quizá sea mejor que aplace mi análisis de las acetonas, porque mañana puede que necesitemos estar en plena forma.
A las once de la mañana del día siguiente nos acercábamos ya a la antigua capital inglesa. Holmes había permanecido todo el viaje sepultado en los periódicos de la mañana, pero en cuanto pasamos los límites de Hampshire los dejó a un lado y se puso a admirar el paisaje. Era un hermoso día de primavera, con un cielo azul claro, salpicado de nubecillas algodonosas que se desplazaban de oeste a este. Lucía un sol muy brillante, a pesar de lo cual el aire tenía un frescor estimulante, que aguzaba la energía humana. Por toda la campiña, hasta las ondulantes colinas de la zona de Aldershot, los tejadillos rojos y grises de las granjas asomaban entre el verde claro del follaje primaveral.
––¡Qué hermoso y lozano se ve todo! ––exclamé con el entusiasmo de quien acaba de escapar de las nieblas de Baker Street.
Pero Holmes meneó la cabeza con gran seriedad.
––Ya sabe usted, Watson ––dijo––, que una de las maldiciones de una mente como la mía es que tengo que mirarlo todo desde el punto de vista de mi especialidad. Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas.
––¡Cielo santo! ––exclamé––. ¿Quién sería capaz de asociar la idea de un crimen con estas preciosas casitas?
––Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las callejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa.
––¡Me horroriza usted!
––Pero la razón salta a la vista. En la ciudad, la presión de la opinión pública puede lograr lo que la ley es incapaz de conseguir. No hay callejuela tan miserable como para que los gritos de un niño maltratado o los golpes de un marido borracho no despierten la simpatía y la indignación del vecindario; y además, toda la maquinaria de la justicia está siempre tan a mano que basta una palabra de queja para ponerla en marcha, y no hay más que un paso entre el delito y el banquillo. Pero fijese en esas casas solitarias, cada una en sus propios campos, en su mayor parte llenas de gente pobre e ignorante que sabe muy poco de la ley. Piense en los actos de crueldad infernal, en las maldades ocultas que pueden cometerse en estos lugares, año tras año, sin que nadie se entere. Si esta dama que ha solicitado nuestra ayuda se hubiera ido a vivir a Winchester, no temería por ella. Son las cinco millas de campo las que crean el peligro. Aun así, resulta claro que no se encuentra amenazada personalmente.
––No. Si puede venir a Winchester a recibirnos, también podría escapar.
––Exacto. Se mueve con libertad.
––Pero entonces, ¿qué es lo que sucede? ¿No se le ocurre ninguna explicación?
––Se me han ocurrido siete explicaciones diferentes, cada una de las cuales tiene en cuenta los pocos datos que conocemos. Pero ¿cuál es la acertada? Eso sólo puede determinarlo la nueva información que sin duda nos aguarda. Bueno, ahí se ve la torre de la catedral, y pronto nos enteraremos de lo que la señorita Hunter tiene que contarnos.
El Black Swan era una posada de cierta fama situada en High Street, a muy poca distancia de la estación, y allí estaba la joven aguardándonos. Había reservado una habitación y nuestro almuerzo nos esperaba en la mesa.
––¡Cómo me alegro de que hayan venido! ––dijo fervientemente––. Los dos han sido muy amables. Les digo de verdad que no sé qué hacer. Sus consejos tienen un valor inmenso para mí.
––Por favor, explíquenos lo que le ha ocurrido.
––Eso haré, y más vale que me dé prisa, porque he prometido al señor Rucastle estar de vuelta antes de las tres. Me dio permiso para venir ala ciudad esta mañana, aunque poco se imagina a qué he venido.
––Oigámoslo todo por riguroso orden ––dijo Holmes, estirando hacia el fuego sus largas y delgadas piernas y disponiéndose a escuchar.
––En primer lugar, puedo decir que, en conjunto, el señor y la señora Rucastle no me tratan mal. Es de justicia decirlo. Pero no los entiendo y no me siento tranquila con ellos.
––¿Qué es lo que no entiende?
––Los motivos de su conducta. Pero se lo voy a contar tal como ocurrió. Cuando llegué, el señor Rucastle me recibió aquí y me llevó en su coche a Copper Beeches. Tal como él había dicho, está en un sitio precioso, pero la casa en sí no es bonita. Es un bloque cuadrado y grande, encalado pero todo manchado por la humedad y la intemperie. A su alrededor hay bosques por tres lados, y por el otro hay un campo en cuesta, que baja hasta la carretera de Southampton, la cual hace una curva a unas cien yardas de la puerta principal. Este terreno de delante pertenece a la casa, pero los bosques de alrededor forman parte de las propiedades de lord Southerton. Un conjunto de hayas cobrizas plantadas frente a la puerta delantera da nombre a la casa.
»El propio señor Rucastle, tan amable como de costumbre, conducía el carricoche, y aquella tarde me presentó a su mujer y al niño. La conjetura que nos pareció tan probable allá en su casa de Baker Street resultó falsa, señor Holmes. La señora Rucastle no está loca. Es una mujer callada y pálida, mucho más joven que su marido; no llegará a los treinta años, cuando el marido no puede tener menos de cuarenta y cinco. He deducido de sus conversaciones que llevan casados unos siete años, que él era viudo cuando se casó con ella, y que la única descendencia que tuvo con su primera esposa fue esa hija que ahora está en Filadelfia. El señor Rucastle me dijo confidencialmente que se marchó porque no soportaba a su madrastra. Dado que la hija tendría por lo menos veinte años, me imagino perfectamente que se sintiera incómoda con la joven esposa de su padre.
»La señora Rucastle me pareció tan anodina de mente como de cara. No me cayó ni bien ni mal. Es como si no existiera. Se nota a primera vista que siente devoción por su marido y su hijito. Sus ojos grises pasaban continuamente del uno al otro, pendiente de sus más mínimos deseos y anticipándose a ellos si podía. Él la trataba con cariño, a su manera vocinglera y exuberante, y en conjunto parecían una pareja feliz. Y, sin embargo, esta mujer tiene una pena secreta. A menudo se queda sumida en profundos pensamientos, con una expresión tristísima en el rostro. Más de una vez la he sorprendido llorando. A veces he pensado que era el carácter de su hijo lo que la preocupaba, pues jamás en mi vida he conocido criatura más malcriada y con peores instintos. Es pequeño para su edad, con una cabeza desproporcionadamente grande. Toda su vida parece transcurrir en una alternancia de rabietas salvajes e intervalos de negra melancolía. Su único concepto de la diversión parece consistir en hacer sufrir a cualquier criatura más débil que él, y despliega un considerable talento para el acecho y captura de ratones, pajarillos e insectos. Pero prefiero no hablar del niño, señor Holmes, que en realidad tiene muy poco que ver con mi historia.
––Me gusta oír todos los detalles ––comentó mi amigo––, tanto si le parecen relevantes como si no.
––Procuraré no omitir nada de importancia. Lo único desagradable de la casa, que me llamó la atención nada más llegar, es el aspecto y conducta de los sirvientes. Hay sólo dos, marido y mujer. Toller, que así se llama, es un hombre tosco y grosero, con pelo y patillas grises, y que huele constantemente a licor. Desde que estoy en la casa lo he visto dos veces completamente borracho, pero el señor Rucastle parece no darse cuenta. Su esposa es una mujer muy alta y fuerte, con cara avinagrada, tan callada como la señora Rucastle, pero mucho menos tratable. Son una pareja muy desagradable, pero afortunadamente me paso la mayor parte del tiempo en el cuarto del niño y en el mío, que están uno junto a otro en una esquina del edificio.
»Los dos primeros días después de mi llegada a Copper Beeches, mi vida transcurrió muy tranquila; al tercer día, la señora Rucastle bajó inmediatamente después del desayuno y le susurró algo al oído a su marido.
»––Oh, sí ––dijo él, volviéndose hacia mí––. Le estamos muy agradecidos, señorita Hunter, por acceder a nuestros caprichos hasta el punto de cortarse el pelo. Veamos ahora cómo le sienta el vestido azul eléctrico. Lo encontrará extendido sobre la cama de su habitación, y si tiene la bondad de ponérselo se lo agradeceremos muchísimo.
»El vestido que encontré esperándome tenía una tonalidad azul bastante curiosa. El material era excelente, una especie de lana cruda, pero presentaba señales inequívocas de haber sido usado. No me habría sentado mejor ni aunque me lo hubieran hecho a la medida. Tanto el señor como la señora Rucastle se mostraron tan encantados al verme con él, que me pareció que exageraban en su vehemencia. Estaban aguardándome en la sala de estar, que es una habitación muy grande, que ocupa la parte delantera de la casa, con tres ventanales hasta el suelo. Cerca del ventanal del centro habían instalado una silla, con el respaldo hacia fuera. Me pidieron que me sentara en ella y, a continuación, el señor Rucastle empezó a pasear de un extremo a otro de la habitación contándome algunos de los chistes más graciosos que he oído en mi vida. No se puede imaginar lo cómico que estuvo; me reí hasta quedar agotada. Sin embargo, la señora Rucastle, que evidentemente no tiene sentido del humor, ni siquiera llegó a sonreír; se quedó sentada con las manos en el regazo y una expresión de tristeza y ansiedad en el rostro. Al cabo de una hora, poco más o menos, el señor Rucastle comentó de pronto que ya era hora de iniciar las tareas cotidianas y que debía cambiarme de vestido y acudir al cuarto del pequeño Edward.
»Dos días después se repitió la misma representación, en circunstancias exactamente iguales. Una vez más me cambié de vestido, volví a sentarme en la silla y volví a partirme de risa con los graciosísimos chistes de mi patrón, que parece poseer un repertorio inmenso y los cuenta de un modo inimitable. A continuación, me entregó una novela de tapas amarillas y, tras correr un poco mi silla hacia un lado, de manera que mi sombra no cayera sobre las páginas, me pidió que le leyera en voz alta. Leí durante unos diez minutos, comenzando en medio de un capítulo, y de pronto, a mitad de una frase, me ordenó que lo dejara y que me cambiara de vestido.
»Puede usted imaginarse, señor Holmes, la curiosidad que yo sentía acerca del significado de estas extravagantes representaciones. Me di cuenta de que siempre ponían mucho cuidado en que yo estuviera de espaldas a la ventana, y empecé a consumirme de ganas de ver lo que ocurría a mis espaldas. Al principio me pareció imposible, pero pronto se me ocurrió una manera de conseguirlo. Se me había roto el espejito de bolsillo y eso me dio la idea de esconder un pedacito de espejo en el pañuelo. A la siguiente ocasión, en medio de una carcajada, me llevé el pañuelo a los ojos, y con un poco de maña me las arreglé para ver lo que había detrás de mí. Confieso que me sentí decepcionada. No había nada.
»Al menos, ésa fue mi primera impresión. Sin embargo, al mirar de nuevo me di cuenta de que había un hombre parado en la carretera de Southampton; un hombre de baja estatura, barbudo y con un traje gris, que parecía estar mirando hacia mí. La carretera es una vía importante, y siempre suele haber gente por ella. Sin embargo, este hombre estaba apoyado en la verja que rodea nuestro campo, y miraba con mucho interés. Bajé el pañuelo y encontré los ojos de la señora Rucastle fijos en mí, con una mirada sumamente inquisitiva. No dijo nada, pero estoy convencida de que había adivinado que yo tenía un espejo en la mano y había visto lo que había detrás de mí. Se levantó al instante.
»––Jephro ––dijo––, hay un impertinente en la carretera que está mirando a la señorita Hunter.
»––¿No será algún amigo suyo, señorita Hunter? ––preguntó él.
»––No; no conozco a nadie por aquí.
»––¡Válgame Dios, qué impertinencia! Tenga la bondad de darse la vuelta y hacerle un gesto para que se vaya.
»––¿No sería mejor no darnos por enterados?
»––No, no; entonces le tendríamos rondando por aquí a todas horas. Haga el favor de darse la vuelta e indíquele que se marche, así.
»Hice lo que me pedían, y al instante la señora Rucastle bajó la persiana. Esto sucedió hace una semana, y desde entonces no me he vuelto a sentar en la ventana ni me he puesto el vestido azul, ni he visto al hombre de la carretera. ––Continúe, por favor ––dijo Holmes––. Su narración promete ser de lo más interesante.
––Me temo que le va a parecer bastante inconexa, y lo más probable es que exista poca relación entre los diferentes incidentes que menciono. El primer día que pasé en Copper Beeches, el señor Rucastle me llevó a un pequeño cobertizo situado cerca de la puerta de la cocina. Al acercarnos, oí un ruido de cadenas y el sonido de un animal grande que se movía.
»––Mire por aquí ––dijo el señor Rucastle, indicándome una rendija entre dos tablas––. ¿No es una preciosidad?
»Miré por la rendija y distinguí dos ojos que brillaban y una figura confusa agazapada en la oscuridad.
»––No se asuste ––dijo mi patrón, echándose a reír ante mi sobresalto––. Es solamente Carlo, mi mastín. He dicho mío, pero en realidad el único que puede controlarlo es el viejo Toller, mi mayordomo. Sólo le damos de comer una vez al día, y no mucho, de manera que siempre está tan agresivo como una salsa picante. Toller lo deja suelto cada noche, y que Dios tenga piedad del intruso al que le hinque el diente. Por lo que más quiera, bajo ningún pretexto ponga los pies fuera de casa por la noche, porque se jugaría usted la vida.
»No se trataba de una advertencia sin fundamento, porque dos noches después se me ocurrió asomarme a la ventana de mi cuarto a eso de las dos de la madrugada. Era una hermosa noche de luna, y el césped de delante de la casa se veía plateado y casi tan iluminado como de día. Me encontraba absorta en la apacible belleza de la escena cuando sentí que algo se movía entre las sombras de las hayas cobrizas. Por fin salió a la luz de la luna y vi lo que era: un perro gigantesco, tan grande como un ternero, de piel leonada, carrillos colgantes, hocico negro y huesos grandes y salientes. Atravesó lentamente el césped y desapareció en las sombras del otro lado. Aquel terrible y silencioso centinela me provocó un escalofrío como no creo que pudiera causarme ningún ladrón.
»Y ahora voy a contarle una experiencia muy extraña. Como ya sabe, me corté el pelo en Londres, y lo había guardado, hecho un gran rollo, en el fondo de mi baúl. Una noche, después de acostar al niño, me puse a inspeccionar los muebles de mi habitación y ordenar mis cosas. Había en el cuarto un viejo aparador, con los dos cajones superiores vacíos y el de abajo cerrado con llave. Ya había llenado de ropa los dos primeros cajones y aún me quedaba mucha por guardar; como es natural, me molestaba no poder utilizar el tercer cajón. Pensé que quizás estuviera cerrado por olvido, así que saqué mi juego de llaves e intenté abrirlo. La primera llave encajó a la perfección y el cajón se abrió. Dentro no había más que una cosa, pero estoy segura de que jamás adivinaría usted qué era. Era mi mata de pelo.
»La cogí y la examiné. Tenía la misma tonalidad y la misma textura. Pero entonces se me hizo patente la imposibilidad de aquello. ¿Cómo podía estar mi pelo guardado en aquel cajón? Con las manos temblándome, abrí mi baúl, volqué su contenido y saqué del fondo mi propia cabellera. Coloqué una junto a otra, y le aseguro que eran idénticas. ¿No era extraordinario? Me sentí desconcertada e incapaz de comprender el significado de todo aquello. Volví a meter la misteriosa mata de pelo en el cajón y no les dije nada a los Rucastle, pues sentí que quizás había obrado mal al abrir un cajón que ellos habían dejado cerrado.
»Como habrá podido notar, señor Holmes, yo soy observadora por naturaleza, y no tardé en trazarme en la cabeza un plano bastante exacto de toda la casa. Sin embargo, había un ala que parecía completamente deshabitada. Frente a las habitaciones de los Toller había una puerta que conducía a este sector, pero estaba invariablemente cerrada con llave. Sin embargo, un día, al subir las escaleras, me encontré con el señor Rucastle que salía por aquella puerta con las llaves en la mano y una expresión en el rostro que lo convertía en una persona totalmente diferente del hombre orondo y jovial al que yo estaba acostumbrada. Traía las mejillas enrojecidas, la frente arrugada por la ira, y las venas de las sienes hinchadas de furia. Cerró la puerta y pasó junto a mí sin mirarme ni dirigirme la palabra.
»Esto despertó mi curiosidad, así que cuando salí a dar un paseo con el niño, me acerqué a un sitio desde el que podía ver las ventanas de este sector de la casa. Eran cuatro en hilera, tres de ellas simplemente sucias y la cuarta cerrada con postigos. Evidentemente, allí no vivía nadie. Mientras paseaba de un lado a otro, dirigiendo miradas ocasionales a las ventanas, el señor Rucastle vino hacia mí, tan alegre y jovial como de costumbre.
»––¡Ah! ––dijo––. No me considere un maleducado por haber pasado junto a usted sin saludarla, querida señorita. Estaba preocupado por asuntos de negocios.
»––Le aseguro que no me ha ofendido ––respondí––. Por cierto, parece que tiene usted ahí una serie completa de habitaciones, y una de ellas cerrada a cal y canto.
»––Uno de mis hobbies es la fotografía ––dijo––, y allí tengo instalado mi cuarto oscuro. ¡Vaya, vaya! ¡Qué jovencita tan observadora nos ha caído en suerte! ¿Quién lo habría creído? ¿Quién lo habría creído?
»Hablaba en tono de broma, pero sus ojos no bromeaban al mirarme. Leí en ellos sospecha y disgusto, pero nada de bromas.
»Bien, señor Holmes, desde el momento en que comprendí que había algo en aquellas habitaciones que yo no debía conocer, ardí en deseos de entrar en ellas. No se trataba de simple curiosidad, aunque no carezco de ella. Era más bien una especie de sentido del deber... Tenía la sensación de que de mi entrada allí se derivaría algún bien. Dicen que existe la intuición femenina; posiblemente era eso lo que yo sentía.
En cualquier caso, la sensación era real, y yo estaba atenta a la menor oportunidad de traspasar la puerta prohibida. »La oportunidad no llegó hasta ayer. Puedo decirle que, además del señor Rucastle, tanto Toller como su mujer tienen algo que hacer en esas habitaciones deshabitadas, y una vez vi a Toller entrando por la puerta con una gran bolsa de lona negra. Últimamente, Toller está bebiendo mucho, y ayer por la tarde estaba borracho perdido; y cuando subí las escaleras, encontré la llave en la puerta. Sin duda, debió olvidarla allí. El señor y la señora Rucastle se encontraban en la planta baja, y el niño estaba con ellos, así que disponía de una oportunidad magnífica. Hice girar con cuidado la llave en la cerradura, abrí la puerta y me deslicé a través de ella.
»Frente a mí se extendía un pequeño pasillo, sin empapelado y sin alfombra, que doblaba en ángulo recto al otro extremo. A la vuelta de esta esquina había tres puertas seguidas; la primera y la tercera estaban abiertas, y las dos daban a sendas habitaciones vacías, polvorientas y desangeladas, una con dos ventanas y la otra sólo con una, tan cubiertas de suciedad que la luz crepuscular apenas conseguía abrirse paso a través de ellas. La puerta del centro estaba cerrada, y atrancada por fuera con uno de los barrotes de una cama de hierro, uno de cuyos extremos estaba sujeto con un candado a una argolla en la pared, y el otro atado con una cuerda. También la cerradura estaba cerrada, y la llave no estaba allí. Indudablemente, esta puerta atrancada correspondía a la ventana cerrada que yo había visto desde fuera; y, sin embargo, por el resplandor que se filtraba por debajo, se notaba que la habitación no estaba a oscuras. Evidentemente, había una claraboya que dejaba entrar la luz por arriba. Mientras estaba en el pasillo mirando aquella puerta siniestra y preguntándome qué secreto ocultaba, oí de pronto ruido de pasos dentro de la habitación y vi una sombra que cruzaba de un lado a otro en la pequeña rendija de luz que brillaba bajo la puerta. Al ver aquello, se apoderó de mí un terror loco e irrazonable, señor Holmes. Mis nervios, que ya estaban de punta, me fallaron de repente, di media vuelta y eché a correr. Corrí como si detrás de mí hubiera una mano espantosa tratando de agarrar la falda de mi vestido. Atravesé el pasillo, crucé la puerta y fui a parar directamente en los brazos del señor Rucastle, que esperaba fuera.
»––¡Vaya! ––dijo sonriendo––. ¡Así que era usted! Me lo imaginé al ver la puerta abierta.
»––¡Estoy asustadísima! ––gemí.
»––¡Querida señorita! ¡Querida señorita! ––no se imagina usted con qué dulzura y amabilidad lo decía––. ¿Qué es lo que la ha asustado, querida señorita?
»Pero su voz era demasiado zalamera; se estaba excediendo. Al instante me puse en guardia contra él.
»––Fui tan tonta que me metí en el ala vacía ––respondí––. Pero está todo tan solitario y tan siniestro con esta luz mortecina que me asusté y eché a correr. ¡Hay allí un silencio tan terrible!
»––¿Sólo ha sido eso? ––preguntó, mirándome con insistencia.
»––¿Pues qué se había creído? ––pregunté a mi vez.
»––¿Por qué cree usted que tengo cerrada esta puerta?
»––Le aseguro que no lo sé.
»––Pues para que no entren los que no tienen nada que hacer ahí. ¿Entiende? ––seguía sonriendo de la manera más amistosa.
»––Le aseguro que de haberlo sabido...
»––Bien, pues ya lo sabe. Y si vuelve a poner el pie en este umbral... ––en un instante, la sonrisa se endureció hasta convertirse en una mueca de rabia y me miró con cara de demonio––... la echaré al mastín.
»Estaba tan aterrada que no sé ni lo que hice. Supongo que salí corriendo hasta mi habitación. Lo siguiente que recuerdo es que estaba tirada en mi cama, temblando de pies a cabeza. Entonces me acordé de usted, señor Holmes. No podía seguir viviendo allí sin que alguien me aconsejara. Me daba miedo la casa, el dueño, la mujer, los criados, hasta el niño... Todos me parecían horribles. Si pudiera usted venir aquí, todo iría bien. Naturalmente, podría haber huido de la casa, pero mi curiosidad era casi tan fuerte como mi miedo. No tardé en tomar una decisión: enviarle a usted un telegrama. Me puse el sombrero y la capa, me acerqué a la oficina de telégrafos, que está como a media milla de la casa, y al regresar ya me sentía mucho mejor. Al acercarme a la puerta, me asaltó la terrible sospecha de que el perro estuviera suelto, pero me acordé de que Toller se había emborrachado aquel día hasta quedar sin sentido, y sabía que era la única persona de la casa que tenía alguna influencia sobre aquella fiera y podía atreverse a dejarla suelta. Entré sin problemas y permanecí despierta durante media noche de la alegría que me daba el pensar en verle a usted. No tuve ninguna dificultad en obtener permiso para venir a Winchester esta mañana, pero tengo que estar de vuelta antes de las tres, porque el señor y la señora Rucastle van a salir de visita y estarán fuera toda la tarde, así que tengo que cuidar del niño. Y ya le he contado todas mis aventuras, señor Holmes. Ojalá pueda usted decirme qué significa todo esto y, sobre todo, qué debo hacer.
Holmes y yo habíamos escuchado hechizados el extraordinario relato. Al llegar a este punto, mi amigo se puso en pie y empezó a dar zancadas por la habitación, con las manos en los bolsillos y una expresión de profunda seriedad en su rostro.
––¿Está Toller todavía borracho? ––preguntó.
––Sí. Esta mañana oí a su mujer decirle a la señora Rucastle que no podía hacer nada con él.
––Eso está bien. ¿Y los Rucastle van a salir esta tarde?
––Sí.
––¿Hay algún sótano con una buena cerradura?
––Sí, la bodega.
––Me parece, señorita Hunter, que hasta ahora se ha comportado usted como una mujer valiente y sensata. ¿Se siente capaz de realizar una hazaña más? No se lo pediría si no la considerara una mujer bastante excepcional.
––Lo intentaré. ¿De qué se trata?
––Mi amigo y yo llegaremos a Copper Beeches a las siete. A esa hora, los Rucastle estarán fuera y Toller, si tenemos suerte, seguirá incapaz. Sólo queda la señora Toller, que podría dar la alarma. Si usted pudiera enviarla a la bodega con cualquier pretexto y luego cerrarla con llave, nos facilitaría inmensamente las cosas.
––Lo haré.
––¡Excelente! En tal caso, consideremos detenidamente el asunto. Por supuesto, sólo existe una explicación posible. La han llevado a usted allí para suplantar a alguien, y este alguien está prisionero en esa habitación. Hasta aquí, resulta evidente. En cuanto a la identidad de la prisionera, no me cabe duda de que se trata de la hija, la señorita Alice Rucastle si no recuerdo mal, la que le dijeron que se había marchado a América. Está claro que la eligieron a usted porque se parece a ella en la estatura, la figura y el color del cabello. A ella se lo habían cortado, posiblemente con motivo de alguna enfermedad, y, naturalmente, había que sacrificar también el suyo. Por una curiosa casualidad, encontró usted su cabellera. El hombre de la carretera era, sin duda, algún amigo de ella, posiblemente su novio; y al verla a usted, tan parecida a ella y con uno de sus vestidos, quedó convencido, primero por sus risas y luego por su gesto de desprecio, de que la señorita Rucastle era absolutamente feliz y ya no deseaba sus atenciones. Al perro lo sueltan por las noches para impedir que él intente comunicarse con ella. Todo esto está bastante claro. El aspecto más grave del caso es el carácter del niño. ––¿Qué demonios tiene que ver eso? ––exclamé.
––Querido Watson: usted mismo, en su práctica médica, está continuamente sacando deducciones sobre las tendencias de los niños, mediante el estudio de los padres. ¿No comprende que el procedimiento inverso es igualmente válido? Con mucha frecuencia he obtenido los primeros indicios fiables sobre el carácter de los padres estudiando a sus hijos. El carácter de este niño es anormalmente cruel, por puro amor a la crueldad, y tanto si lo ha heredado de su sonriente padre, que es lo más probable, como si lo heredó de su madre, no presagia nada bueno para la pobre muchacha que se encuentra en su poder.
––Estoy convencida de que tiene usted razón, señor Holmes ––exclamó nuestra cliente––. Me han venido a la cabeza mil detalles que me convencen de que ha dado en el clavo. ¡Oh, no perdamos un instante y vayamos a ayudar a esta pobre mujer!
––Debemos actuar con prudencia, porque nos enfrentamos con un hombre muy astuto. No podemos hacer nada hasta las siete. A esa hora estaremos con usted, y no tardaremos mucho en resolver el misterio.
Fieles a nuestra palabra, llegamos a Copper Beeches a las siete en punto, tras dejar nuestro carricoche en un bar del camino. El grupo de hayas, cuyas hojas oscuras brillaban como metal bruñido a la luz del sol poniente, habría bastado para identificar la casa aunque la señorita Hunter no hubiera estado aguardando sonriente en el umbral de la puerta.
––¿Lo ha conseguido? ––preguntó Holmes.
Se oyeron unos fuertes golpes desde algún lugar de los sótanos.
––Ésa es la señora Toller desde la bodega ––dijo la señorita Hunter––. Su marido sigue roncando, tirado en la cocina. Aquí están las llaves, que son duplicados de las del señor Ruscastle.
––¡Lo ha hecho usted de maravilla! ––exclamó Holmes con entusiasmo––. Indíquenos el camino y pronto veremos el final de este siniestro enredo.
Subimos la escalera, abrimos la puerta, recorrimos un pasillo y nos encontramos ante la puerta atrancada que la señorita Hunter había descrito. Holmes cortó la cuerda y retiró el barrote. A continuación, probó varias llaves en la cerradura, pero no consiguió abrirla. Del interior no llegaba ningún sonido, y la expresión de Holmes se ensombreció ante aquel silencio.
––Espero que no hayamos llegado demasiado tarde ––dijo––. Creo, señorita Hunter, que será mejor que no entre con nosotros. Ahora, Watson, arrime el hombro y veamos si podemos abrirnos paso.
Era una puerta vieja y destartalada que cedió a nuestro primer intento. Nos precipitamos juntos en la habitación y la encontramos desierta. No había más muebles que un camastro, una mesita y un cesto de ropa blanca. La claraboya del techo estaba abierta, y la prisionera había desaparecido.
––Aquí se ha cometido alguna infamia ––dijo Holmes––. Nuestro amigo adivinó las intenciones de la señorita Hunter y se ha llevado a su víctima a otra parte.
––Pero ¿cómo?
––Por la claraboya. Ahora veremos cómo se las arregló ––se izó hasta el tejado––. ¡Ah, sí! ––exclamó––. Aquí veo el extremo de una escalera de mano apoyada en el alero. Así es como lo hizo.
––Pero eso es imposible ––dijo la señorita Hunter––. La escalera no estaba ahí cuando se marcharon los Rucastle.
––Él volvió y se la llevó. Ya le digo que es un tipo astuto y peligroso. No me sorprendería mucho que esos pasos que se oyen por la escalera sean suyos. Creo, Watson, que más vale que tenga preparada su pistola.
Apenas había acabado de pronunciar estas palabras cuando apareció un hombre en la puerta de la habitación, un hombre muy gordo y corpulento con un grueso bastón en la mano. Al verlo, la señorita Hunter soltó un grito y se encogió contra la pared, pero Sherlock Holmes dio un salto adelante y le hizo frente.
––¿Dónde está su hija, canalla? ––dijo.
El gordo miró en torno suyo y después hacia la claraboya abierta.
––¡Soy yo quien hace las preguntas! ––chilló––. ¡Ladrones! ¡Espías y ladrones! ¡Pero os he cogido! ¡Os tengo en mi poder! ¡Ya os daré yo! ––dio media vuelta y corrió escaleras abajo, tan deprisa como pudo.
––¡Ha ido a por el perro! ––gritó la señorita Hunter.
––Tengo mi revólver ––dije yo.
––Más vale que cerremos la puerta principal ––gritó Holmes, y todos bajamos corriendo las escaleras.
Apenas habíamos llegado al vestíbulo cuando oímos el ladrido de un perro y a continuación un grito de agonía, junto con un gruñido horrible que causaba espanto escuchar. Un hombre de edad avanzada, con el rostro colorado y las piernas temblorosas, llegó tambaleándose por una puerta lateral.
––¡Dios mío! ––exclamó––. ¡Alguien ha soltado al perro, y lleva dos días sin comer! ¡Deprisa, deprisa, o será demasiado tarde!
Holmes y yo nos abalanzamos fuera y doblamos la esquina de la casa, con Toller siguiéndonos los pasos. Allí estaba la enorme y hambrienta fiera, con el hocico hundido en la garganta de Rucastle, que se retorcía en el suelo dando alaridos. Corrí hacia ella y le volé los sesos. Se desplomó con sus blancos y afilados dientes aún clavados en la papada del hombre. Nos costó mucho trabajo separarlos. Llevamos a Rucastle, vivo, pero horriblemente mutilado, a la casa, y lo tendimos sobre el sofá del cuarto de estar. Tras enviar a Toller, que se había despejado de golpe, a que informara a su esposa de lo sucedido, hice lo que pude por aliviar su dolor. Nos encontrábamos todos reunidos en torno al herido cuando se abrió la puerta y entró en la habitación una mujer alta y demacrada.
––¡Señora Toller! ––exclamó la señorita Hunter.
––Sí, señorita. El señor Rucastle me sacó de la bodega cuando volvió, antes de subir a por ustedes. ¡Ah, señorita! Es una pena que no me informara usted de sus planes, porque yo podía haberle dicho que se molestaba en vano.
––¿Ah, sí? ––dijo Holmes, mirándola intensamente––. Está claro que la señora Toller sabe más del asunto que ninguno de nosotros.
––Sí, señor. Sé bastante y estoy dispuesta a contar lo que sé.
––Entonces, haga el favor de sentarse y oigámoslo, porque hay varios detalles en los que debo confesar que aún estoy a oscuras.
––Pronto se lo aclararé todo ––dijo ella––. Y lo habría hecho antes si hubiera podido salir de la bodega. Si esto pasa a manos de la policía y los jueces, recuerden ustedes que yo fui la única que les ayudó, y que también era amiga de la señorita Alice.
»Nunca fue feliz en casa, la pobre señorita Alice, desde que su padre se volvió a casar. Se la menospreciaba y no se la tenía en cuenta para nada. Pero cuando las cosas se le pusieron verdaderamente mal fue después de conocer al señor Fowler en casa de unos amigos. Por lo que he podido saber, la señorita Alice tenía ciertos derechos propios en el testamento, pero como era tan callada y paciente, nunca dijo una palabra del asunto y lo dejaba todo en manos del señor Rucastle. Él sabía que no tenía nada que temer de ella. Pero en cuanto surgió la posibilidad de que se presentara un marido a reclamar lo que le correspondía por ley, el padre pensó que había llegado el momento de poner fin a la situación. Intentó que ella le firmara un documento autorizándole a disponer de su dinero, tanto si ella se casaba como si no. Cuando ella se negó, él siguió acosándola hasta que la pobre chica enfermó de fiebre cerebral y pasó seis semanas entre la vida y la muerte. Por fin se recuperó, aunque quedó reducida a una sombra de lo que era y con su precioso cabello cortado. Pero aquello no supuso ningún cambio para su joven galán, que se mantuvo tan fiel como pueda serlo un hombre.
––Ah ––dijo Holmes––. Creo que lo que ha tenido usted la amabilidad de contarnos aclara bastante el asunto, y que puedo deducir lo que falta. Supongo que entonces el señor Rucastle recurrió al encierro.
––Sí, señor.
––Y se trajo de Londres a la señorita Hunter para librarse de la desagradable insistencia del señor Fowler.
––Así es, señor.
––Pero el señor Fowler, perseverante como todo buen marino, puso sitio a la casa, habló con usted y, mediante ciertos argumentos, monetarios o de otro tipo, consiguió convencerla de que sus intereses coincidían con los de usted.
––El señor Fowler es un caballero muy galante y generoso ––dijo la señora Toller tranquilamente.
––Y de este modo, se las arregló para que a su marido no le faltara bebida y para que hubiera una escalera preparada en el momento en que sus señores se ausentaran.
––Ha acertado; ocurrió tal y como usted lo dice.
––Desde luego, le debemos disculpas, señora Toller ––dijo Holmes––. Nos ha aclarado sin lugar a dudas todo lo que nos tenía desconcertados. Aquí llegan el médico y la señora Rucastle. Creo, Watson, que lo mejor será que acompañemos a la señorita Hunter de regreso a Winchester, ya que me parece que nuestro locus stand¡ es bastante discutible en estos momentos.
Y así quedó resuelto el misterio de la siniestra casa con las hayas cobrizas frente a la puerta. El señor Rucastle sobrevivió, pero quedó destrozado para siempre, y sólo se mantiene vivo gracias a los cuidados de su devota esposa. Siguen viviendo con sus viejos criados, que probablemente saben tanto sobre el pasado de Rucastle que a éste le resulta difícil despedirlos. El señor Fowler y la señorita Rucastle se casaron en Southampton con una licencia especial al día siguiente de su fuga, y en la actualidad él ocupa un cargo oficial en la isla Mauricio. En cuanto a la señorita Violet Hunter, mi amigo Holmes, con gran desilusión por mi parte, no manifestó más interés por ella en cuanto la joven dejó de constituir el centro de uno de sus problemas. En la actualidad dirige una escuela privada en Walsall, donde creo que ha obtenido un considerable éxito.

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