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martes, 8 de junio de 2010

La aventura de la caja de cartón - Arthur Conan Doyle



La aventura de la caja de cartón

Arthur Conan Doyle
Al elegir unos cuantos casos típicos que ilustren las notables facultades mentales de mi amigo Sherlock Holmes, he procurado, en la medida de lo posible, que ofrecieran el mínimo de sensacionalismo, y a la vez una amplia muestra de su talento. Sin embargo, es imposible, lamentablemente, separar por completo lo sensacional de lo criminal, y el cronista se ve en el dilema de tener que sacrificar detalles que resultan esenciales en su exposición, dando de ese modo una impresión falsa del problema, o verse obligado a utilizar materiales que la casualidad, y no su elección, le ha proporcionado. Tras este breve prefacio pasaré a exponer mis notas acerca de lo que constituyó una cadena de acontecimientos extraños y particularmente terribles.
Era un día de agosto y hacía un calor abrasador. Baker Street parecía un horno y el relumbre de la luz del sol al incidir sobre los ladrillos amarillos de la casa del otro lado de la calle lastimaba la vista. Costaba trabajo creer que aquellos fuesen los mismos muros que se erguían tan lóbregos por entre las nieblas del invierno. Habíamos bajado a medias las persianas y Holmes se había acurrucado encima del sofá, leyendo una y otra vez una carta que había recibido en el correo de la mañana. En cuanto a mí, los años de servicio en la India me habían habituado a soportar el calor mejor que el frío, y que el termómetro pasara de treinta grados no me suponía dificultad alguna. El periódico de la mañana no ofrecía ninguna noticia interesante. El Parlamento había interrumpido sus sesiones. Se habían ido todos de la ciudad y yo añoraba los claros del New Forest o los guijarros de Southsea. Mi reducida cuenta bancaria me había obligado a posponer las vacaciones, y en cuanto a mi acompañante, ni el campo ni el mar le atraían lo más mínimo. Le encantaba permanecer en el mismo centro donde pululaban cinco millones de personas, extendiendo sus filamentos y pasando por entre ellas, receptivo al más pequeño rumor o sospecha de algún delito sin esclarecer. El aprecio de la naturaleza no se encontraba entre sus muchas dotes, y sólo cambiaba de parecer cuando, en lugar de centrarse en un malhechor de la capital, trataba de localizar a algún hermano suyo de provincias.
Viendo que Holmes estaba demasiado abstraído para conversar, yo había echado a un lado el insulso periódico y, reclinándome en el sillón, me sumí en profundas meditaciones. De pronto la voz de mi acompañante interrumpió el curso de mis pensamientos:
—Lleva usted razón, Watson. Parece una forma absurda de dirimir una disputa.
—¡De lo más absurda! —exclamé, y de pronto, comprendiendo que Holmes se había hecho eco del pensamiento más íntimo de mi alma, me incorporé del sillón y le miré perplejo.
—¿Cómo es eso, Holmes? —grité—. Supera todo cuanto pudiera haber imaginado.
Él se rió de buena gana al observar mi perplejidad.
—Recuerde usted —me dijo— que hace algún tiempo, cuando le leí el pasaje de uno de los relatos de Poe en el que un minucioso razonador sigue los pensamientos no expresados de su compañero, usted se sintió inclinado a tratar el asunto como un mero tour de force del autor. Al advertirle que yo solía hacer eso constantemente, usted se mostró incrédulo.
—¡Oh, no!
—Tal vez no llegara a expresarlo en palabras, mi querido Watson, pero lo hizo sin duda con las cejas. De modo que cuando le vi tirar el periódico al suelo y ponerse a pensar, me alegré mucho de tener la oportunidad de leerle el pensamiento, y finalmente de poder interrumpirlo, demostrando así mi compenetración con usted.
Aquello no me convenció del todo.
—En el ejemplo que usted me leyó —le dije— el razonador extrajo sus conclusiones basándose en la actuación del hombre al que observaba. Si mal no recuerdo, aquel hombre tropezó con un montón de piedras, miró hacia arriba a las estrellas, etcétera. Yo, en cambio, he estado sentado en mi sillón tranquilamente, por tanto ¿qué pistas he podido darle?
—Es usted injusto consigo mismo. Las facciones le han sido dadas al hombre para poder expresar sus emociones, y las suyas cumplen ese cometido fielmente.
—¿Quiere usted decir que leyó en mis facciones el curso de mis pensamientos?
—En sus facciones y sobre todo en sus ojos. ¿Es posible que no pueda usted recordar cómo comenzaron sus ensueños?
—No, no puedo.
—Entonces se lo diré yo. Después de tirar al suelo el periódico, acto que atrajo mi atención hacia usted, estuvo sentado durante medio minuto con expresión ausente. Luego sus ojos se clavaron en el retrato, recientemente enmarcado, del general Gordon y por la alteración de su rostro comprendí que había vuelto a sumirse en sus pensamientos. Más eso no le condujo muy lejos. Sus ojos contemplaron fugazmente el retrato sin marco de Henry Ward Beecher, que estaba encima de sus libros. Entonces miró usted hacia arriba a la pared, y era obvio desde luego lo que eso significaba. Usted pensaba que si el retrato estuviera enmarcado cubriría exactamente ese espacio desnudo de pared, y haría juego con el retrato de Gordon que allí estaba.
—¡Me ha comprendido usted a las mil maravillas! —exclamé yo.
—Hasta ahí era poco probable que me perdiera. Pero ahora sus pensamientos volvieron a Beecher, y usted le miró con severidad como si estudiara el semblante del personaje. Entonces dejó usted de entornar los ojos, aunque sin dejar de mirar, y su rostro se quedó pensativo. Estaba usted recordando los incidentes que jalonaron la carrera de Beecher. Me daba perfecta cuenta de que usted no podía hacer eso sin pensar en la misión que emprendió durante la Guerra Civil en favor del Norte, pues recuerdo que expresó su ferviente indignación por la manera en que fue recibido por los más turbulentos compatriotas nuestros. Lo sintió usted tanto que yo sabía que le sería imposible pensar en Beecher sin acordarse también de eso. Cuando, poco después, vi que sus ojos se apartaron del retrato, sospeché que ahora volvía usted a pensar en la Guerra Civil y, cuando observé que apretaba usted los labios, que sus ojos echaban chispas, y que apretaba los puños, tuve la seguridad de que, en efecto, estaba usted pensando en el heroísmo demostrado por ambos bandos en aquella batalla sin cuartel. Pero entonces, de nuevo su rostro se puso más triste y dio usted muestras de desaprobación. Hizo usted hincapié en la tristeza, el horror y la inútil pérdida de vidas humanas. Acercó usted la mano sigilosamente a su vieja herida y una sonrisa tembló en sus labios, lo cual me indicó que el aspecto ridículo de este método de dirimir las cuestiones internacionales había afectado a su mente. En ese mismo instante estuve de acuerdo con usted en que aquello era absurdo y me alegró comprobar que todas mis deducciones habían sido correctas.
—¡Sin lugar a dudas! —dije yo—. Y ahora que me lo ha explicado usted, confieso seguir tan asombrado como antes.
—Fue un trabajo muy superficial, mi querido Watson, se lo aseguro. No me habría inmiscuido si usted no hubiese mostrado cierta incredulidad el otro día. Pero tengo ahora entre manos un pequeño problema que puede resultar más difícil de resolver que este insignificante intento mío de leer el pensamiento. ¿No ha visto usted en el periódico un breve suelto que alude al extraordinario contenido de un paquete enviado por correo a la señorita Cushing, de Cross Street, en Croydon?
—No, no vi nada.
—¡Ah! Entonces se le debe haber pasado por alto. Tíremelo. Aquí está, debajo de la columna financiera. ¿Tendría la amabilidad de leerlo en voz alta?
Recogí el periódico que me había vuelto a lanzar y leí el suelto indicado. Se titulaba «Un paquete macabro».
La señorita Susan Cushing, que vive en Cross Street, Croydon, ha sido víctima de lo que debe ser considerado como una broma particularmente repugnante, a no ser que se le atribuya al incidente un significado más siniestro. Ayer, a las dos en punto de la tarde, el cartero le entregó un paquetito, envuelto en papel de estraza. Dentro había una caja de cartón, llena de sal gruesa. Al vaciarla, la señorita Cushing encontró horrorizada dos orejas humanas, recién cortadas aparentemente. La caja había sido enviada desde Belfast la mañana anterior a través del servicio de paquetes postales. No hay ninguna indicación acerca del remitente, y el asunto resulta más misterioso todavía ya que la señorita Cushing, que es soltera y tiene cincuenta años, ha llevado una vida de lo más retirada, y tiene tan pocas amistades o corresponsales, que es un raro acontecimiento para ella el recibir algo por correo. Hace unos años, sin embargo, cuando residía en Penge, alquiló algunas habitaciones de su casa a tres jóvenes estudiantes de Medicina, de los cuales se vio obligada a deshacerse a causa de sus hábitos ruidosos y conducta irregular. La policía es de la opinión de que este ultraje a la señorita Cushing puede haber sido perpetrado por estos jóvenes, que le guardan rencor y esperaban asustarla enviándole estos restos mortales procedentes de las salas de disección. Prestaba cierta verosimilitud a esta teoría el hecho de que uno de estos estudiantes procedía de Irlanda del Norte y, según tenía entendido la señorita Cushing, del propio Belfast. Mientras tanto, se está investigando el asunto diligentemente y se ha encargado el caso al señor Lestrade, uno de los más perspicaces detectives de la policía.
—Dejemos ya este asunto del Daily Chronicle —dijo Holmes cuando yo acabé de leer—. Hablemos ahora de nuestro amigo Lestrade. Esta mañana recibí una nota suya que dice:
Creo que este caso encaja muy bien en su especialidad. Tenemos muchas esperanzas de aclarar el asunto, pero toparnos con la pequeña dificultad de no tener nada en que basarnos. Hemos telegrafiado, por supuesto, a la oficina de correos de Belfast, pero aquel día fueron entregados una gran cantidad de paquetes y no hubo manera de identificar a este en particular, o de acordarse del remitente. La caja, de las de media libra de tabaco negro, tampoco nos facilita nada la identificación. La hipótesis del estudiante de medicina sigue pareciéndome la más plausible, pero si usted dispusiera de unas cuantas horas libres me alegraría mucho verlo por aquí. Estaré en casa todo el día o en la comisaría de policía.
—¿Qué le parece, Watson? ¿Puede usted sobreponerse al calor y venirse conmigo a Croydon ante la remota posibilidad de un nuevo caso para sus anales?
—Estaba impaciente por hacer algo.
—Lo tendrá entonces. Llame a nuestro botones y dígale que pida un coche. Volveré en seguida, cuando me haya quitado el batín y llenado mi petaca.
Mientras íbamos en el tren cayó un aguacero y por tanto en Croydon el calor era mucho menos sofocante que en la ciudad. Holmes había enviado un telegrama, de modo que Lestrade, tan enjuto,, tan atildado, y tan husmeador como siempre, nos esperaba en la estación. Un paseo de cinco minutos nos condujo hasta Cross Street, donde residía la señorita Cushing.
Era una calle muy larga con casas de ladrillo de dos pisos, limpias y bien cuidadas, con sus peldaños de piedra blanqueada y en las puertas pequeños grupos de mujeres con delantal cotilleando. A medio camino Lestrade se detuvo y llamó a una de las puertas, que abrió una joven criada. La señorita Cushing estaba sentada en el salón, al que nos hizo pasar. Era una mujer de rostro apacible, ojos grandes y dulces, y pelo entrecano que se curvaba sobre ambas sienes. Un recargado antimacasar yacía sobre su regazo y junto a ella, encima de un taburete, había una cesta de sedas de colores.
—Esas cosas horribles están en la dependencia anexa —dijo ella cuando entró Lestrade—. Me gustaría que se las llevara.
—Eso haré, señorita Cushing. Las guardé ahí hasta que mi amigo, el señor Holmes, las hubiera visto en su presencia.
—¿Por qué en mí presencia, señor?
—Por si deseaba hacerle a usted alguna pregunta.
—¿Para qué iba a hacerme preguntas si le digo que no sé nada en absoluto acerca del asunto?
—En efecto, señora —dijo Holmes con voz tranquilizadora—. No tengo la menor duda de que ya la han molestado bastante acerca de este asunto.
—Ya lo creo, señor. Soy una mujer discreta y llevo una vida retirada. Es algo nuevo para mí el ver mi nombre en los periódicos y a la policía en mi casa. No quiero tener aquí esas cosas, señor Lestrade. Si usted desea verlas tiene que ir a la dependencia anexa.
Era un pequeño cobertizo en el angosto jardín que se extendía por detrás de la casa. Lestrade entró en él y sacó una caja amarilla de cartón, un pedazo de papel de estraza y un cordel. Había un banco al final del sendero y nos sentamos allí mientras Holmes examinaba, uno a uno, los objetos que Lestrade le había entregado.
—El cordel es sumamente interesante —observó, poniéndolo a contraluz y oliéndolo—. ¿Qué le parece, Lestrade?
—Que ha sido embreado.
—Exactamente. Es un trozo de bramante embreado. Sin duda habrá observado que la señorita Cushing ha cortado la cuerda con unas tijeras, como puede conjeturarse por sus dos extremos deshilachados. Eso es importante.
—No veo su importancia —dijo Lestrade.
—La importancia radica en el hecho de que el nudo lo han dejado intacto y que se trata de un nudo de un tipo especial.
—Está hecho muy hábilmente. Ya me había dado cuenta de eso —dijo Lestrade con suficiencia.
—Dejemos ya el cordel, entonces —dijo Holmes, sonriendo—, y pasemos a la envoltura de la caja. Papel de estraza, con un inconfundible olor a café. ¿Cómo, no lo notó usted? Creo que no puede haber la menor duda al respecto. La dirección está escrita con letra bastante descuidada: «Señorita S. Cushing, Cross Street, Croydon». Está hecha con una pluma de punta gruesa, probablemente una J, y con tinta de muy escasa calidad. La palabra «Croydon» fue escrita al principio con «i», que luego se transformó en «y». El paquete fue enviado, pues, por un hombre —la tipografía es claramente masculina— de escasa educación y que no conoce la ciudad de Croydon. ¡Hasta aquí, todo bien! La caja es amarilla, de las de media libra de tabaco negro, sin nada característico salvo las huellas de dos pulgares en la esquina izquierda del fondo. Está llena de ese tipo de sal gruesa que se utiliza para preservar el cuero y para otros usos comerciales más ordinarios. Y en ella están incrustados esos objetos tan singulares.
Mientras hablaba sacó las dos orejas y, poniendo una tabla sobre sus rodillas, las examinó minuciosamente, mientras Lestrade y yo, inclinados hacia delante uno a cada lado de él, mirábamos alternativamente a esos espantosos restos y al rostro pensativo y anhelante de nuestro compañero. Por fin las devolvió otra vez a la caja y se sentó un rato, absorto en profunda meditación.
—Habrá observado usted, naturalmente —dijo por fin—, que las orejas no forman pareja.
—Sí, me he dado cuenta de eso. Pero si fuera una broma hecha por algunos estudiantes con acceso a las salas de disección, igual de fácil les habría sido enviar un par de orejas de una misma persona que dos orejas desparejadas.
—Exactamente. Pero no se trata de una broma.
—¿Está usted seguro de eso?
—La presunción en contra es muy sólida. En las salas de disección se inyecta a los cadáveres un fluido conservante. Estas orejas no muestran ni rastro de ese fluido. Son recientes además. Han sido cortadas con un instrumento embotado, lo que difícilmente habría ocurrido si lo hubiera hecho un estudiante. Además, a cualquier mentalidad médica se le habría ocurrido utilizar ácido fénico o alcohol rectificado como conservante y de ninguna manera sal gruesa. Repito que este caso no se trata de una broma, sino que estamos investigando un grave crimen.
Un impreciso escalofrío me corrió por el cuerpo al escuchar las palabras de mi compañero y comprobar la sombría circunspección que había endurecido su semblante. Este brutal preliminar parecía anunciar la proximidad de algún extraño e inexplicable horror. Lestrade, sin embargo,, dio muestras de desaprobación como si no estuviera convencido del todo.
—Sin duda se pueden poner reparos a la hipótesis de la broma —dijo—, pero existen razones todavía más fuertes en contra de la otra teoría. Sabemos que esta mujer ha llevado una vida discreta y respetable en Penge y aquí durante los últimos veinte años. Apenas ha estado ausente de su casa un solo día en todo ese tiempo. ¿Por qué demonios, por tanto, iba a enviarle ningún criminal las pruebas de su delito, sobre todo si como parece, a menos que sea una consumada actriz, sabe tan poco como nosotros del asunto?
—Ese es el problema que tenemos que resolver —respondió Holmes—, y por lo que a mí se refiere, me pondré manos a la obra, con la presunción de que mi razonamiento es correcto y que se ha cometido un doble asesinato. Una de estas orejas es de mujer, pequeña, delicadamente modelada, y perforada para llevar un pendiente. La otra es de hombre, bronceada, amarillenta y perforada también para llevar un pendiente. Supongo que estas dos personas han muerto, pues en caso contrario ya hace tiempo que nos habríamos enterado de lo que les sucedió. Hoy es viernes. El paquete fue echado al correo el jueves por la mañana. La tragedia ocurrió, por lo tanto, el martes o el miércoles, o incluso antes. Si las dos personas fueron asesinadas, ¿quién sino su asesino pudo enviar esa muestra de su delito a la señorita Cushing? Podemos suponer que el remitente del paquete es el hombre que buscamos. Pero debió de tener algún motivo poderoso para enviar este paquete a la señorita Cushing. ¿Cuál fue, pues, ese motivo? Debe de haber sido para comunicarle ¡que se había cometido dicho delito!, o tal vez para hacerla sufrir. Mas en ese caso ella debía saber de quién se trataba. ¿Lo sabía, realmente? Lo dudo. Si lo hubiera sabido, ¿por qué iba a llamar a la policía? Podría haber enterrado las orejas, y nadie se hubiera enterado. Eso es lo que habría hecho si hubiese querido proteger al criminal. Pero si no quería protegerlo, habría comunicado su nombre. He aquí un enredo que es preciso resolver.
Se había expresado en voz alta, con suma rapidez, mirando al vacío por encima de la valla del jardín, pero inmediatamente se puso en pie de un enérgico salto y echó a andar en dirección a la casa.
—Tengo que hacerle algunas preguntas a la señorita Cushing —dijo.
—En tal caso, si me lo permite, yo me marcho —dijo Lestrade—, pues tengo entre manos otro asuntillo. Creo que no hay nada más que la señorita Cushing pueda contarme. Me encontrarán en la comisaría de policía.
—Pasaremos a verle de camino a la estación —respondió Holmes.
Poco después él y yo regresamos al salón, donde la impasible dama seguía trabajando tranquilamente en su antimacasar. Al entrar nosotros lo puso encima de su regazo y nos miró con sus ojos azules, de mirada franca y penetrante.
—Estoy convencida, señor —dijo—, de que en todo este asunto hay algún error, que el paquete no iba dirigido a mí. Se lo he dicho varias veces a este caballero de Scotland Yard, pero él se ríe de mí. No tengo ningún enemigo en el mundo, que yo sepa, de modo que ¿por qué iba a gastarme nadie semejante broma?
—Empiezo a ser de la misma opinión, señorita Cushing —dijo Holmes, tomando asiento a su lado—. Creo que es más que probable...
Hizo una pausa y, al mirar a mi alrededor, me sorprendió ver que tenía los ojos clavados con singular atención en el perfil de la dama. Por un instante pudo leerse en su rostro anhelante sorpresa y satisfacción al mismo tiempo, aunque cuando ella miró en torno para averiguar el motivo de su silencio, Holmes estaba de nuevo tan serio como siempre. Yo miré fijamente sus lisos cabellos entrecanos, su elegante tocado, sus pequeños pendientes de oro, sus plácidas facciones; pero no pude ver nada que justificara la evidente agitación de mi compañero.
—Quedan una o dos preguntas...
—¡Estoy harta de preguntas! —gritó la señorita Cushing con impaciencia.
—Usted tiene dos hermanas, según creo.
—¿Cómo puede saber eso?
—Nada más entrar en la habitación observé que tiene encima de la repisa de la chimenea una fotografía de un grupo de tres damas, una de las cuales es usted misma indudablemente, mientras que las otras dos se le parecen tanto que no es posible dudar del parentesco.
—Sí, lleva usted razón. Esas son mis hermanas Sarah y Mary.
—Y aquí, al alcance de la mano, hay otro retrato, tomado en Liverpool, de su hermana pequeña, en compañía de un hombre que parece un camarero de barco, a juzgar por su uniforme. Observo que entonces todavía no se había casado.
—Es usted un observador muy rápido.
—Es mi oficio.
—Bueno, una vez más lleva usted razón. Pero se casó con el señor Browner unos días después. Cuando fue tomada la fotografía él trabajaba en la compañía South America, pero quería tanto a mi hermana que no pudo soportar el tener que abandonarla por tanto tiempo y se enroló en la línea que cubría Londres y Liverpool.
—¿Tal vez en el Conqueror?
—No, en el May Day, según mis últimas noticias. Jim vino a verme una vez. Eso fue antes de romper el compromiso; pero después, siempre que desembarcaba se daba a la bebida, y bastaba que bebiese un poco para volverse loco de atar. ¡Ay, aciago día aquel en que volvió a tomar una copa! En primer lugar se olvidó de mí, luego se peleó con Sarah, y ahora que Mary ha dejado de escribirnos no sabemos cómo les van las cosas.
Era evidente que la señorita Cushing había tocado un tema que la afectaba profundamente. Como la mayoría de la gente que lleva una vida solitaria, al principio se mostraba tímida, pero con el tiempo llegaba a ser extremadamente comunicativa. Nos contó muchos detalles de su cuñado el camarero de barco, y luego, desviándose hacia el tema de sus antiguos huéspedes, los estudiantes de medicina, nos hizo un extenso relato de sus fechorías y nos dio sus nombres y apellidos así como los hospitales en donde trabajaban. Holmes escuchó con atención, terciando de vez en cuando con alguna pregunta.
—Con respecto a su segunda hermana, Sarah —dijo él—, me sorprende que, siendo las dos solteras, no vivan juntas.
—¡Ay!, si usted conociera el mal genio de Sarah dejaría de sorprenderse. Lo intenté cuando vine a Croydon, y vivimos juntas hasta hace dos meses, en que tuvimos que separarnos. No quiero decir nada en contra de mi propia hermana, pero lo cierto es que Sarah siempre ha sido una entrometida y muy difícil de complacer.
—Dice usted que ella se peleó con sus parientes de Liverpool.
—Sí, aunque hubo un tiempo en que fueron los mejores amigos. Con decirle que se fue a vivir allí para estar cerca de ellos. Y ahora, cuando habla de Jim Browner, no encuentra palabras lo bastante duras. Los últimos seis meses que pasó allí no hablaba de otra cosa que de lo mucho que él bebía y de sus modales. Tengo la impresión de que debió de sorprender alguna intromisión suya, y le dijo cuatro verdades. Así fue como empezó la cosa.
—Gracias, señorita Cushing —dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia—. Creo que me dijo usted que su hermana Sarah vive en New Street, Wallington, ¿no es cierto? Adiós, y siento mucho que la hayan molestado por un caso con el que, como usted dice, no tiene absolutamente nada que ver.
Cuando salíamos pasó un coche y Holmes lo llamó.
—¿A qué distancia está Wallington?
—Más o menos a una milla, señor.
—Muy bien. Suba, Watson. A hierro caliente, batir de repente. Aunque el caso es sencillo, hay uno o dos detalles muy instructivos relacionados con él. Cochero, deténgase cuando pase por delante de una oficina de telégrafos.
Holmes envió un telegrama breve y durante el resto del trayecto se recostó en el asiento, con el sombrero inclinado sobre la nariz para impedir que el sol le diera en el rostro. Nuestro cochero se detuvo delante de una casa que no se diferenciaba apenas de la que acabábamos de abandonar. Mi compañero le ordenó que esperase, y ya tenía el llamador en la mano cuando se abrió la puerta y un caballero joven y serio, vestido de negro y con un sombrero muy lustroso, apareció en el umbral.
—¿Está en casa la señorita Cushing? —preguntó Holmes.
—La señorita Sarah Cushing está gravemente enferma —dijo el joven—. Desde ayer padece síntomas muy graves de meningitis. Como médico suyo, no puedo asumir de ninguna manera la responsabilidad de permitir que nadie la visite. Yo le recomendaría que volviera dentro de diez días.
Se puso los guantes, cerró la puerta y se fue calle abajo.
—Bueno, lo que no se puede, no se puede —dijo Holmes jovialmente.
—Es posible que no pudiera, ni quisiera, decirle mucho.
—Yo no quería que me dijera nada. Sólo deseaba verla. Sin embargo, creo tener todo lo que quiero. Cochero, llévenos a algún hotel decente, donde podamos almorzar algo. Después nos dejaremos caer por la comisaría de policía para ver a nuestro amigo Lestrade.
Tomamos una agradable comida juntos, durante la cual Holmes no habló más que de violines, refiriéndome con gran júbilo cómo había comprado su propio Stradivarius, que valía por lo menos quinientas guineas, a un chamarilero judío de Tottenham Court Road por cincuenta y cinco chelines. Eso le llevó a Paganini, y durante una hora estuvimos delante de una botella de clarete mientras él me contaba anécdotas y más anécdotas de aquel hombre extraordinario. Cuando llegamos a la comisaría la tarde estaba ya muy avanzada y la deslumbradora y cálida luz se había atenuado hasta convertirse en un suave resplandor. Lestrade nos esperaba en la puerta.
—Hay un telegrama para usted, señor Holmes —dijo.
—¡Ajá! ¡Ahí está la respuesta! —abrió el telegrama, le echó un vistazo y, estrujándolo, se lo metió en el bolsillo—. Todo va bien —dijo.
—¿Ha descubierto usted algo?
—¡Lo he descubierto todo!
—¡Cómo! —Lestrade le miró asombrado—. Está usted bromeando.
—Jamás hablé más en serio en toda mi vida. Se ha cometido un crimen espantoso y creo haber puesto ya al descubierto todos sus pormenores.
—¿Y el criminal?
Holmes garabateó unas cuantas palabras en el reverso de una de sus tarjetas de visita y se la arrojó a Lestrade.
—Ahí tiene su nombre —dijo—. No podrá arrestarlo hasta mañana por la noche como muy pronto. Preferiría que no mencionara usted mi nombre en relación con el caso, ya que deseo que no me asocien más que con aquellos crímenes cuya solución presente alguna dificultad. Vamos, Watson.
Se fueron a grandes zancadas hacia la estación, dejando a Lestrade mirando todavía con cara satisfecha la tarjeta que Holmes le había arrojado.
—Este es un caso —dijo Sherlock Holmes esa noche mientras charlábamos y nos fumábamos sendos cigarros en nuestras habitaciones de Baker Street— en el que, como en las investigaciones que usted ha descrito bajo los títulos «Un estudio en escarlata» y «El signo de los cuatro», nos hemos visto obligados a razonar al revés, de los efectos a las causas. Le he escrito a Lestrade pidiéndole que nos proporcione los detalles que aún nos faltan, los cuales sólo conseguirá cuando haya puesto a buen recaudo a su hombre. Sin temor a equivocarse se puede confiar en él, pues, aun careciendo por completo de raciocinio, en cuanto comprende qué es lo que tiene que hacer es tan tenaz como un bulldog, y esta tenacidad es realmente lo que le ha hecho ascender dentro de Scotland Yard.
—¿Entonces el caso no está concluido todavía? —pregunté.
—En sus puntos fundamentales lo está realmente. Sabemos quién es el autor del repugnante asunto, aunque una de las víctimas se nos escape todavía. Claro que usted también habrá sacado sus propias conclusiones.
—Supongo que el hombre del que usted sospecha es Jim Browner, camarero de uno de los barcos de Liverpool.
—¡Oh!, es más que una sospecha.
—Pues yo no aprecio nada salvo vagos indicios.
—Para mí, por el contrario, no puede estar más claro. Repasemos los principales pasos dados hasta ahora. Abordamos el caso, como usted recordará, con la mente completamente en blanco, lo cual es siempre una ventaja. No habíamos concebido teoría alguna. Nos habíamos limitado a observar y a sacar conclusiones a partir de nuestras observaciones. ¿Qué fue lo primero que vimos? Una respetable y apacible dama, que parecía ajena a cualquier secreto, y un retrato que me reveló que ella tenía dos hermanas más jóvenes. Al instante se me ocurrió la idea de que la caja podía estar destinada a una de ellas. Deseché la idea hasta poder refutarla o confirmarla sin prisas. Luego fuimos al jardín, como usted recordará, y vimos el extraño contenido de la cajita amarilla.
«La cuerda era de esas que utilizan los veleros a bordo de los barcos y en seguida todo el asunto me olió a cosa de mar. Cuando observé que el nudo era de un tipo muy frecuente entre los marineros, que el paquete había sido enviado desde un puerto, y que la oreja del varón estaba perforada para llevar un pendiente, lo cual es mucho más corriente entre gente de mar que de tierra firme, tuve la certeza de que íbamos a encontrar a todos los actores de esta tragedia entre la marinería.
«Cuando me puse a examinar la dirección del paquete observé que iba dirigido a la señorita S. Cushing. Ahora bien, la hermana mayor se llamaba también, por supuesto, señorita Cushing, y aunque su inicial era asimismo una S, lo mismo podía pertenecer a cualquiera de las otras. En tal caso deberíamos haber comenzado nuestra investigación partiendo de una base completamente nueva. Por consiguiente entré en la casa con la intención de aclarar este punto. Estaba a punto de asegurar a la señorita Cushing mi convencimiento de que se había cometido una equivocación cuando, como usted recordará, me paré en seco. La verdad es que acababa de ver algo que me llenó de sorpresa y que a la vez limitaba enormemente el campo de nuestra pesquisa.
«Watson, usted es consciente, como médico, de que no hay parte del cuerpo humano que varíe tanto de un individuo a otro como la oreja. Cada oreja es, por regla general, completamente inconfundible y difiere de todas las demás. En el Anthropological Journal del año pasado encontrará usted dos breves monografías sobre el tema, escritas por mí. Por consiguiente, yo había examinado las orejas de la caja con ojos de experto, y me había fijado con detenimiento en sus peculiaridades anatómicas. Imagine, pues, mi sorpresa cuando al mirar a la señorita Cushing me di cuenta de que su oreja se correspondía exactamente con el apéndice de mujer que yo acababa de inspeccionar. No podía tratarse de una coincidencia. Presentaba el mismo acortamiento del pabellón, la misma curva amplia del lóbulo superior, la misma circunvolución del cartílago interno. Era en esencia la misma oreja.
«Desde luego comprendí inmediatamente la enorme importancia de aquella observación. Era evidente que la víctima tenía algún parentesco con ella, probablemente muy cercano. Empecé a hablarle de su familia y, como usted recordará, en seguida nos proporcionó algunos detalles sumamente valiosos.
«En primer lugar, su hermana se llamaba Sarah y hasta hace muy poco tiempo su dirección era la misma, de modo que era bastante evidente que se había producido un error y podía figurarse uno a quién iba dirigido en realidad el paquete. Luego tuvimos noticias de ese camarero, casado con la tercera hermana, y nos enteramos de que en un tiempo tuvo tal intimidad con la señorita Sarah, que esta se trasladó a Liverpool para estar cerca de los Browner, aunque una posterior pelea los había separado. Esta pelea había interrumpido cualquier clase de comunicación entre ellos durante varios meses, de modo que si Browner hubiese querido enviar un paquete a la señorita Sarah, indudablemente lo habría hecho a su antigua dirección,
«El asunto comenzaba ahora a resolverse a las mil maravillas. Nos habíamos enterado de la existencia de ese camarero, un hombre impulsivo, y apasionado —recuerde que dejó un empleo, aparentemente mucho mejor para estar cerca de su esposa—, propenso también a ocasionales excesos, con la bebida. Teníamos motivos para creer que su esposa había sido asesinada, y que un hombre —presumiblemente marinero— había sido asesinado al mismo tiempo. En seguida pensamos en los celos como móvil del crimen. Pero ¿por qué enviaron a la señorita Sarah Cushing esas pruebas del delito? Probablemente porque durante su estancia en Liverpool ella había tenido algo que ver con que se produjeran los sucesos que desembocaron en tragedia. No sé si habrá notado que esa línea marítima hace escala en Belfast, Dublín y Waterford; de modo que, suponiendo que Browner hubiera cometido el delito, y que se hubiese embarcado inmediatamente en su vapor, el May Day, Belfast sería el primer lugar desde el que podría enviar por correo el terrible paquete.
«A estas alturas era también posible una segunda solución, y aunque a mí me parecía sumamente improbable, decidí aclararla antes de seguir adelante. Un amante rechazado podía haber matado al señor y la señora Browner, y la oreja de varón podría haber pertenecido al marido. Podían ponerse serios reparos a esta teoría, pero era concebible. Por tanto envié un telegrama a mi amigo Algar, de la policía de Liverpool, y le pedí que averiguase si la señora Browner estaba en casa, y si el marido había partido en el May Day. Luego seguimos hasta Wallington para visitar a la señorita Sarah.
«Tenía curiosidad, en primer lugar, por comprobar hasta qué punto se había reproducido en ella el tipo de oreja de la familia. Además podía proporcionarnos, desde luego, información de vital importancia, si bien no me sentía demasiado optimista al respecto. Debe de haberse enterado del suceso del día anterior, ya que en Croydon no se habla de otra cosa, y sólo ella podía saber a quién iba destinado el paquete. Si hubiese estado dispuesta a ayudar a la justicia probablemente se habría puesto ya en contacto con la policía. Sin embargo, era deber nuestro verla, evidentemente, de modo que fuimos a visitarla. Comprobamos que la noticia de la llegada del paquete —pues su enfermedad databa de esas fechas— le había producido tal impresión que le provocó meningitis. Estaba más claro que nunca que ella había comprendido toda su importancia, pero también era igual de claro que tendríamos que esperar algún tiempo para obtener de ella cualquier tipo de ayuda.
«Sin embargo, la verdad es que no dependíamos de su ayuda. Las respuestas a nuestras pesquisas nos esperaban en la comisaría de policía, a cuya dirección ordené a Algar que las enviara. Nada podía ser más concluyente. La casa de la señora Browner llevaba más de tres días cerrada, y las vecinas opinaban que ella se había marchado al sur para visitar a sus parientes. Se había comprobado en las oficinas de la compañía naviera que Browner había zarpado en el May Day, y yo calculo que debe llegar al Támesis mañana por la noche. Cuando llegue saldrá a su encuentro el obtuso aunque resuelto Lestrade, y no tengo la menor duda de que nos pondremos al corriente de los detalles que nos faltan.»
Las expectativas de Sherlock Holmes no quedaron defraudadas. Dos días más tarde recibió un sobre voluminoso, que contenía un mensaje breve del detective y un documento escrito a máquina, que ocupaba varias páginas de papel de oficio.
—Lestrade lo atrapó sin problemas. Tal vez le interese escuchar lo que dice.

Mi querido señor Holmes:

De conformidad con el plan que nos habíamos trazado para comprobar nuestras teorías (el «nos» me parece admirable, ¿verdad Watson?), fui al Muelle Albert ayer a las seis de la mañana y subí a bordo del May Day, que pertenece a la Liverpool, Dublin & London Steam Packet Company. Al solicitar información averigüé que había a bordo un camarero llamado James Browner, el cual se había comportado durante el viaje de manera tan insólita que el capitán se había visto obligado a relevarlo de sus obligaciones. Al bajar a su camarote lo encontré sentado encima de un cofre con la cabeza hundida entre las manos, meciéndose de un lado para otro. Es un tipo grande y fuerte, bien afeitado y muy moreno; algo parecido a Aldridge, el que nos ayudó en el asunto de la falsa lavandería. Se levantó de un salto al enterarse del motivo de mi visita. Yo tenía ya el silbato en los labios para llamar a una pareja de la policía fluvial, que había a la vuelta de la esquina, pero él no parecía tener ánimos y alargó las manos lo suficiente para que le pusiera las esposas. Lo llevamos a una celda, y a su cofre también, pues creíamos que podía haber en su interior algo que le incriminara; pero no encontramos nada a excepción de un gran cuchillo afilado, como el que suelen llevar la mayoría de los marineros. Sin embargo, no nos hacen falta más pruebas, pues cuando lo llevamos a la comisaría pidió al inspector hacer una declaración, la cual fue tomada, por supuesto, por nuestro taquígrafo según él iba dictándola. Sacamos tres copias mecanografiadas, una de las cuales le incluyo. El asunto, como Yo pensaba, ha resultado ser sumamente sencillo, pero le estoy muy agradecido por ayudarme en mi investigación. Le saluda atentamente,

G. Lestrade

«¡Ejem! La investigación fue, en efecto, muy sencilla —observó Holmes—, pero no creo que ese fuera su parecer cuando nos llamó en su ayuda. No obstante, veamos lo que Jim Browner tiene que decir en su favor. Esta es su declaración, tal como la hizo ante el inspector Montgomery en la comisaría de policía de Shadwell, y tiene la ventaja de ser literal.»
¿Que si tengo algo que decir? Claro que sí, tengo mucho que decir. Quiero confesarlo todo. Pueden ustedes ahorcarme, o dejarme en paz. Me importa un bledo lo que me hagan, les aseguro que no he pegado ojo desde que hice aquello, y no creo que vuelva nunca más a hacerlo hasta superar esta vigilia. A veces veo el rostro de él, pero sobre todo el de ella. Siempre tengo ante mí uno u otro. Él me mira con severidad y odio y, por el contrario, ella tiene en el rostro una expresión como de sorpresa. ¡Ay, pobre criatura! No es raro que se sorprendiera al leer su sentencia de muerte en un rostro en el que antes casi nunca había visto otra cosa que amor hacia ella.
Pero la culpa fue de Sarah, ¡y ojalá la maldición de un hombre destrozado arruine su vida y haga que se le pudra la sangre en las venas! No es que quiera justificarme. Sé que volví a entregarme a la bebida, pues soy un bestia. Pero ella me habría perdonado; se habría mantenido unida a mí tan íntimamente como el cabo al motón, si esa mujer no hubiera puesto los pies en nuestra casa. Pues Sarah Cushing me amaba —ese es el origen de todo el asunto—, me amó hasta que todo ese amor se transformó en un odio pernicioso cuando se enteró de que yo daba más importancia a la huella de mi esposa en el barro que a su propio cuerpo y alma.
En total eran tres hermanas. La mayor era una buena mujer francamente, la segunda un demonio, y la tercera un ángel. Sarah tenía treinta y tres años, y Mary veintinueve cuando me casé con ella. Cuando nos fuimos a vivir juntos éramos felices a todas horas del día, y en todo Liverpool no había mejor mujer que mi Mary. Por consiguiente invitamos a Sarah a pasar una semana con nosotros, y la semana se convirtió en un mes, y una cosa llevó a la otra, hasta que ella fue una más entre nosotros.
En aquella época yo llevaba la cinta azul de la liga de los abstemios; ahorrábamos algo de dinero y todo resplandecía como un dólar nuevo. ¡Por Dios santo! ¿Quién demonios habría pensado que todo iba a terminar así? ¿Quién demonios lo hubiera imaginado?
Con frecuencia solía volver a casa los fines de semana, y a veces, si el barco se retrasaba a causa del cargamento, pasaba allí toda una semana; de esta manera tuve ocasión de tratar bastante a mi cuñada Sarah. Era una mujer admirable, alta, morena, aguda y violenta, altanera, y con un brillo en los ojos como chispa de pedernal. Pero en presencia de la pequeña Mary nunca pensaba en Sarah, y eso lo juro al igual que espero que Dios se apiade de mí.
A veces me parecía que ella deseaba quedarse a solas conmigo, o engatusarme para que diera un paseo con ella, aunque yo nunca pensara realmente en eso. Pero una noche se me abrieron los ojos. Había vuelto del barco y me encontré con que mi esposa había salido y en casa sólo estaba Sarah. «Dónde está Mary», le pregunté. «Ha ido a pagar unas cuentas.» Yo iba y venía por la habitación impaciente. «Jim, ¿es que no puedes ser feliz sin Mary ni siquiera cinco minutos?», me dijo ella. «No es ningún halago para mí que no te contentes con mi compañía por tan poco tiempo.» «Llevas razón, muchacha», le dije yo, tendiéndole la mano de manera afectuosa. Inmediatamente ella la cogió entre las suyas, que ardían como si tuviese fiebre. La miré a los ojos y lo leí todo en ellos. No le hacía falta hablar, ni a mí tampoco. Fruncí el ceño y retiré la mano. Durante un rato ella permaneció junto a mí en silencio, luego levantó la mano y me dio unas palmaditas en el hombro. «¡Cálmate, Jim!», me dijo, y salió corriendo de la habitación con una especie de risa burlona.
Pues bien, desde entonces Sarah me odió con todo su corazón y toda su alma, y es mujer que sabe odiar. Fui un tonto —un redomado tonto— permitiendo que se quedara con nosotros, pero no le dije a Mary ni una palabra, pues sabía que eso la apenaría. Las cosas siguieron igual, pero al cabo de un tiempo empecé a notar un ligero cambio en la propia Mary. Siempre había sido muy confiada e inocente, pero ahora se volvió rara y suspicaz, queriendo saber dónde había estado yo y qué había hecho, a quién escribía, qué llevaba en los bolsillos, y otras mil insensateces por el estilo. Día a día se volvía más rara y más irritable, y tuvimos incesantes riñas por nada. Todo aquello me tenía bastante desconcertado. Sarah me evitaba, aunque ella y Mary eran inseparables. Ahora me doy cuenta de que estaba intrigando, tramando y envenenando la mente de mi esposa en contra de mí; pero yo estaba tan ciego entonces que no podía entenderlo. Entonces rompí mi cinta azul y empecé a beber de nuevo, pero creo que no habría actuado así si Mary hubiese sido la misma de siempre. Ahora tenía algún motivo para estar disgustada conmigo, y la brecha entre nosotros empezó a ensancharse cada vez más. Fue entonces cuando se inmiscuyó ese tal Alec Fairbairn y las cosas se volvieron mucho más aciagas.
La primera vez que vino a casa fue para ver a Sarah, pero en seguida extendió sus visitas también a mí, pues era un hombre encantador, que hacía amigos dondequiera que fuese. Era un tipo apuesto, fanfarrón, ingenioso y tortuoso, que había recorrido medio mundo y sabía hablar de lo que había visto. Era un buen acompañante, no lo negaré, y para ser marinero tenía unos modales increíblemente corteses, de modo que creo que hubo un tiempo en que debió de frecuentar más la toldilla que el castillo de proa. Durante un mes estuvo entrando y saliendo de mi casa, y jamás se me ocurrió que sus suaves y astutos modales pudieran hacerme algún daño. Así que, por fin, algo me hizo sospechar, y desde ese día ya no he vuelto a tener paz.
Fue, además, un detalle insignificante. Había entrado yo inesperadamente en el salón, y al traspasar el umbral vi que el rostro de mi esposa se iluminaba de alegría. Pero cuando ella vio quién era realmente el recién llegado, su alegría se desvaneció de nuevo, y se alejó decepcionada. Aquello me bastó. Sólo había otra persona con la que podía haber confundido mis pasos: Alec Fairbairn. Si lo hubiera visto entonces, lo habría matado, pues siempre me vuelvo como loco cuando monto en cólera. Mary vio en mis ojos un brillo demoníaco y vino corriendo hacia mí, sujetándome el brazo con sus manos. « ¡No lo hagas, Jim, no!», me dijo. «¿Dónde está Sarah?», le pregunté yo. «En la cocina», me respondió ella. «Sarah», le dije al entrar, «no quiero que ese individuo, Fairbairn, vuelva a poner nunca más los pies en mi casa». «¿Por qué no?», me preguntó ella. «Porque yo lo ordeno.» «¡Caramba!». dijo ella, «si mis amigos no son lo bastante buenos para esta casa, entonces yo tampoco lo soy».
«Puedes hacer lo que te plazca», le dije yo, «pero si Fairbairn vuelve a dejarse ver por aquí, te mandaré una de sus orejas como recuerdo». La expresión de mi rostro la asustó, creo, pues no contestó nada, y esa misma noche se marchó de mi casa.
Bueno, ahora no sé si aquello fue pura maldad por parte de esa mujer, o si ella creía poder enemistarme con mi esposa, incitándola a portarse mal. En cualquier caso, Sarah alquiló una casa a dos calles de distancia de la nuestra y se dedicó a arrendar habitaciones para marineros. Fairbairn solía alojarse allí, y Mary solía ir a tomar el té con su hermana y con él. Ignoro con qué frecuencia, pero un día la seguí y, al irrumpir en la casa, Fairbairn huyó, saltando por encima de la tapia del jardín trasero, como el cobarde canalla que era. Le juré a mi esposa que la mataría si la encontraba de nuevo en compañía de aquel hombre, y me la volví a llevar a casa, sollozando y temblando, y tan blanca como una hoja de papel. Nunca más hubo entre nosotros el menor vestigio de amor. Me di cuenta de que ella me odiaba y me temía, y cuando ese pensamiento me empujaba a beber, también me despreciaba.
Sarah comprobó que no podía ganarse la vida en Liverpool, así que volvió, según tengo entendido, a vivir con su hermana en Croydon, y en mi casa las cosas continuaron más o menos como siempre. Y así hasta la semana pasada, con todas sus amarguras y perdición.
Todo ocurrió de la manera siguiente. Habíamos embarcado en el May Day para un viaje de ida y vuelta de siete días de duración, pero un tonel se soltó y con ello aflojó una de las planchas del barco, de modo que tuvimos que volver a puerto por espacio de doce horas. Abandoné el barco y fui a casa, pensando en darle una sorpresa a mi esposa y con la esperanza de que tal vez le alegrase verme tan pronto. Pensaba en eso cuando me metí en mi propia calle, y en aquel momento pasó por delante de mí un coche, en el que iba ella sentada al lado de Fairbairn, ambos charlando y riendo, sin pensar en mí que los observaba desde la acera.
Les aseguro, puedo darles mi palabra, que desde ese mismo momento dejé de ser dueño de mi destino y al recordarlo todo me parece un vago sueño. últimamente había estado bebiendo mucho y eso, unido a lo anterior, me volvió completamente loco. Ahora siento dentro de mi cabeza una especie de zumbido, como unos martillazos de estibador, pero aquella mañana me pareció tener en los oídos todo el estruendo y el borboteo de las cataratas del Niágara.
Pues bien, puse pies en polvorosa y corrí detrás del coche. Llevaba en la mano un pesado bastón de roble, y les aseguro que desde el primer momento estaba hecho una furia, aunque según corría también se despertó en mí la astucia, y me rezagué un poco para observarlos sin ser visto. En seguida se detuvieron en una estación de ferrocarril. Había una multitud de gente alrededor del despacho de billetes, de modo que me acerqué bastante a ellos sin que me vieran. Sacaron billetes para New Brighton. Yo hice otro tanto, pero subí tres vagones más atrás que ellos. Cuando llegamos dieron una vuelta por el paseo y los seguí sin acercarme nunca a ellos más de cien yardas. Por fin les vi alquilar un bote para dar un paseo, pues hacía mucho calor y pensaron, sin duda, que estarían más frescos en el agua.
Eso fue como ponerse en mis manos. Había un poco de niebla y no se podía ver más allá de unos centenares de yardas. Alquilé un bote y salí tras ellos. Podía ver el contorno borroso de su embarcación, pero iban casi tan rápido como yo, y cuando les di alcance estaban ya a más de una milla de la costa. La neblina era como un velo, y en su interior estábamos nosotros tres. ¡Dios mío! ¿Cómo podré olvidar sus rostros cuando vieron quién iba en el bote que se les aproximaba? Ella se puso a dar voces. Él juró como un loco y me hurgoneó con un remo, pues debió ver en mis ojos una amenaza de muerte. Lo esquivé y le devolví el golpe con mi bastón, que le aplastó la cabeza como si fuera un huevo. A ella posiblemente le habría perdonado la vida, a pesar de toda mi rabia, pero le echó los brazos al cuello y se puso a gritar llamándole «Alec». Golpeé de nuevo y ella quedó tendida junto a él. Me sentía como una fiera salvaje que ha saboreado la sangre. Si Sarah hubiera estado allí, juro por Dios que habría corrido la misma suerte. Saqué mi cuchillo y... bueno, ¡caramba!, ya he dicho bastante. Sentí una especie de júbilo salvaje, pensando en lo que sentiría Sarah ante tales muestras de lo que su intromisión había ocasionado. Luego até los cadáveres al bote, rompí una tabla del fondo, y me quedé a su lado hasta que se hundieron. Sabía muy bien que el propietario del bote pensaría que se habrían desorientado a causa de la niebla y habrían sido arrastrados mar adentro. Me aseé, regresé a tierra, y me incorporé a mi barco, sin que nadie sospechara lo que había pasado. Esa noche envolví el paquete para Sarah Cushing, y al día siguiente lo envié desde Belfast.
Ahí tienen ustedes toda la verdad del caso. Podrán ahorcarme, o hacer conmigo lo que quieran, mas no podrán castigarme más de lo que ya lo he sido. No puedo cerrar los ojos sin que vea aquellos dos rostros mirándome fijamente... igual que me miraron cuando mi bote se abrió paso entre la neblina. Yo los maté rápidamente, pero ellos me están matando poco a poco; y si el suplicio se prolonga una sola noche más amaneceré loco o muerto. ¿No me pondrá solo en una celda, verdad, señor? Por amor de Dios, no lo haga, y ojalá el día en que usted agonice reciba el mismo trato que ahora me dé a mí.
—¿Qué sentido tiene todo esto, Watson? —dijo Holmes solemnemente mientras dejaba a un lado el documento—. ¿Qué propósito persigue este círculo de aflicción, violencia y miedo? Sin duda ha de tender hacia algún fin pues, si no, nuestro universo está regido por el azar, lo cual es inconcebible. Pero ¿qué fin? Ahí tiene usted el eterno problema sobre el cual la razón humana está tan lejos de poder responder como siempre.

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