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sábado, 19 de enero de 2013

LA PUERTA DEL DESTINO - Agatha Christie






LA PUERTA DEL DESTINO

Agatha Christie

PARA «HANNIBAL» Y SU AMO





Cuatro grandes puertas tiene la ciudad de Damasco... La Puerta del Destino, la Puerta del Desierto, la Caverna del Desastre, el Fuerte del Temor...
No puedes pasar por ella, ¡oh, Caravana!, o pasa sin cantar. ¿Has oído ese silencio donde los pájaros están muertos, aunque algo haya imitado el gorjeo de un pájaro?

De «Puertas de Damasco» de James Elroy Flecker.


LIBRO I


CAPÍTULO UNO

REFERENTE PRINCIPALMENTE A LIBROS


—¡Libros! —exclamó Tuppence.
La palabra, en sus labios, tuvo el efecto de una malhumorada expresión.
—¿Qué has dicho? —preguntó Tommy.
Tuppence volvió la cabeza hacia él, que se encontraba en el extremo opuesto de la habitación.
—Dije: «¡Libros!».
—¡Ah! Ya comprendo —contestó Thomas Beresford.
Tuppence tenía delante tres cajas grandes. De cada una de éstas habían sido extraídos varios libros. Todavía quedaban muchos dentro de aquéllas.
—Es increíble —comentó Tuppence.
—¿Te refieres al espacio que ocupan?
—Si.
—¿Te propones colocarlos todos en los estantes?
—No sé qué es lo que me propongo —dijo Tuppence—. Eso es lo peor. Una no sabe nunca lo que quiere. ¡Uf! —suspiró.
—Yo diría —manifestó el esposo— que ése no es precisamente un rasgo peculiar de tu carácter. Lo malo de ti es que siempre has sabido demasiado bien lo que querías hacer.
—A lo que yo me refiero ahora —dijo Tuppence— es a esto de ahora... Aquí estamos, haciéndonos más viejos, sintiéndonos (enfrentémonos con ello) más castigados por el reuma que se nota de modo especial cuando hay que estirarse, como ocurre con este trabajo de acomodar libros en los estantes o el de bajar cosas de los mismos... Y también, cuando te arrodillas buscando algo que no encuentras, cuesta trabajo incorporarse de nuevo...
—Ya, ya. Estás haciendo una relación de nuestros achaques habituales. ¿Habías empezado por ahí?
—No. No era eso a lo que iba. Estaba pensando en la suerte que hemos tenido al encontrar una nueva casa... Sí. Hemos dado con la vivienda soñada, donde siempre hemos querido vivir... Naturalmente, en la realidad hemos tropezado con ciertas alteraciones con respecto a nuestros propósitos.
—Con tirar uno o dos tabiques, todo quedará arreglado —manifestó Tommy. Luego, añades una terraza al cuerpo de esta construcción y tendrás definitivamente la casa por la cual suspiras desde hace años.
—Va a quedar muy bonita —consideró Tuppence.
—No sé... Tengo que verlo todo terminado para juzgar.
—¡Bah! Yo estoy segura de que cuando hayamos llegado al fin te sentirás encantado. Entonces, confesarás que tienes una esposa inteligente y con sentido artístico.
—Muy bien —dijo Tommy—. Ya sé en qué términos he de expresarme para demostrar mi admiración. Procuraré recordarlos.
—No es preciso que te esfuerces. Tus comentarios serán espontáneos.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con los libros? —inquirió Tommy.
—Bueno... Resulta que nosotros nos hemos traído dos o tres cajas llenas de libros. Nos desprendimos de aquellos que no nos interesaban mucho, conservando los que estimábamos más. Luego, esta gente de aquí, la que nos vendió la casa, de cuyo apellido no me acuerdo, no quisieron llevarse muchas de sus cosas, rogándonos que les pasáramos una oferta por las que pensaban dejar... Entre esas cosas había libros, por supuesto. Bueno, vinimos, las examinamos...
—Y formulamos la oferta correspondiente —dijo Tommy.
—Sí. Ellos esperarían que les ofreciéramos más dinero, supongo. Muchos de sus muebles y objetos ornamentales se me antojaron demasiado horribles... Bueno, afortunadamente, no nos vimos obligados a quedarnos con ellos. Pero luego vi los libros... Había entre ellos algunos de los que tengo por favoritos. Los hay todavía, quiero decir. Y entonces se me ocurrió que valía la pena conservarlos... ¿Conoces tú la historia de Andrócles y el león? Recuerdo haberla leído cuando contaba ocho años de edad.
—Dime, Tuppence: ¿tan inteligente has sido siempre que ya eras capaz de leer a los ocho años?
—Sí —repuso Tuppence—. Yo empecé a leer a los cinco. En aquél tiempo, a todo el mundo le pasaba lo mismo. Ni siquiera tuvieron que molestarse los mayores en enseñarme. Verás... Alguien leía en voz alta y una prestaba atención porque la historia leída era interesante. Después, yo me acordaba del sitio en la estantería que ocupaba la obra leída. Cogía el volumen y repasaba sus páginas, con lo cual me encontraba con que estaba leyendo, sin haberme tenido que molestar deletreando, etcétera. Más adelante, en cambio, encontré dificultades. Si me hubieran enseñado a deletrear bien a los cuatro años no me habría pasado eso. Mi padre me enseñó a sumar y a restar. Y también a multiplicar, por supuesto, ya que sostenía que la tabla de la multiplicación constituía uno de los conocimientos más interesantes del ser humano. También aprendí a dividir por muchas cifras.
—¡Qué persona tan inteligente debió ser tu padre!
—No, no creo que fuese especialmente inteligente —dijo Tuppence—, pero sí era un hombre muy, muy agradable.
—¿No nos estamos apartando del tema de nuestra conversación?
—En efecto —corroboró Tuppence—. Bueno, como estaba diciendo, pensaba en leer la historia de Andrócles y el león de nuevo... Venía en un volumen de relatos sobre animales, escritos, creo, por Andrew Lang. ¡Oh! Me gustan... También había una historia acerca de Un día de mi vida en Eton, por un escolar de Eton. No sé por qué deseaba leerla, pero es lo que hice. Tratábase de uno de mis libros predilectos. Vi varias obras de los clásicos también. Y luego las obras de la señora Molesworth, El reloj de cuclillo, La granja de los cuatro vientos...
—Ya está bien, mujer —contestó Tommy—. No es preciso que hagas una relación completa de tus goces como lectora durante tu primera juventud.
—Lo que yo quiero hacerte ver es que actualmente no es fácil hacerse con esos libros. A veces consigues algún que otro ejemplar de una edición moderna, pero encuentras alteraciones en los textos y los dibujos y es que no suelen ser los mismos. El otro día, por ejemplo, no pude reconocer Alicia en el País de las Maravillas... Pues sí. Hay aquí libros que interesan, muchos...
—Tienes la impresión de haber hecho una buena adquisición, ¿no?
—Creo que no me he equivocado. He comprado esos volúmenes a buen precio. Ahora tengo una preocupación: me parece que no disponemos de suficientes estantes para acomodarlos en unión de los nuestros. Bueno, ¿qué me dices de tu cuarto—refugio? ¿Hay en él sitio para acomodar libros?
—Creo que no lo va a haber ni para los míos —dijo Tommy.
—¡Oh! Tendremos que hacer otra habitación, ¿no?
—No. No podemos permitirnos ciertos gastos ahora. Anteayer estábamos de acuerdo en lo tocante a tal punto, ¿no te acuerdas?
—Eso fue anteayer —manifestó Tuppence—. Pasan los días y una cambia de opinión... Lo que voy a hacer es colocar los libros de que puedo desprenderme en ese estante. Después, miraremos los otros y... Perfectamente. Siempre habrá un hospital infantil por ahí donde enviarlos. Hay otros sitios en los que reciben con mucho agrado los libros regalados.
—Podríamos venderlos —propuso Tommy.
—No creo que interesen mucho a la gente los que nosotros podemos ofrecer. Y seguramente aquí no hay libros raros, de valor, obras apreciadas por los bibliófilos.
—Nunca se sabe —arguyó Tommy—. Sería una suerte que diéramos con un ejemplar de una edición agotada. Los libreros pagan a veces buenas sumas por tales volúmenes.
—Entretanto —dijo Tuppence—, tenemos que poner estos libros en sus estantes. Habrá que ojearlos, para decidir cuáles son los que vamos a ceder. Tengo la intención de clasificarlos. Bueno, mi clasificación no va a ser muy rigurosa. Pondré a un lado las novelas de aventuras, a continuación los libros infantiles, y luego esas otras obras en las que los chicos protagonistas son invariablemente hijos de padres riquísimos. Hablo de L. T. Meade, ¿eh? Quiero guardar los libros que le leíamos a Deborah cuando era pequeña. Winnie the Pooh acabó gustándonos a todos, lo mismo que La gallina gris...
—Creo que te estás fatigando, querida —opinó Tommy—. ¿Por qué no te desentiendes por un rato de esta tarea?
—Antes he de terminar con esta parte de la habitación. Me contento con dejar arreglados estos libros...
—Te ayudaré, entonces —dijo Tommy.
Éste volcó una de las cajas, cogió un puñado de libros tal como cayeron y se acercó a uno de los estantes, empezando a alinearlos en él.
—Los estoy poniendo de acuerdo con sus tamaños. Esto da impresión de orden —notificó Tommy.
—¡Oh! Yo no había pensado en esa clasificación —contestó Tuppence.
—Así quedan bien, de momento. Luego, podemos hacer un repaso, introduciendo las variaciones que convengan. Dedicaremos a esta tarea un día de lluvia, por ejemplo, cuando uno no puede ir a ninguna parte y ha de quedarse forzosamente en casa.
—Lo malo es que después nos saldrán otros quehaceres.
—Bueno, ya sólo nos queda este extremo del estante más alto. Acércame esa silla, ¿quieres? ¿Es suficientemente fuerte para que pueda subirme a ella? Tengo que llegar con los libros ahí arriba.
Tommy se subió a la silla adoptando infinitas precauciones. Tuppence le alargó un puñado de libros, que él empezó a colocar lentamente en el estante. Pero los últimos tres, en un instante de vacilación, se le fueron de las manos, yendo a parar al suelo. Tuppence no recibió aquel impacto en la cabeza por unos milímetros.
—¡Qué susto me has dado!
—No he podido evitarlo, querida. Me diste demasiados volúmenes de una vez.
Tuppence dio dos pasos atrás, contemplando la estantería.
—¡Magnífico! —exclamó—. Queda muy bien. Si aprovechamos ese hueco que queda ahí dejaremos vacía ya esta caja. Estupendo. Estos libros que quedan aquí no son los nuestros ya, sino los que compramos. ¡Quién sabe si llegaremos a dar con algún tesoro!
—Siempre cabe tal posibilidad —admitió Tommy.
—Yo creo que encontraremos algunos tesoros. Estoy convencida de que hallaremos algo, algo que valga mucho dinero, quizá.
—¿Qué haremos entonces? ¿Venderlo?
—Tendremos que venderlo, claro —dijo Tuppence—. Desde luego, podríamos quedarnos con ello para enseñárselo a la gente. No se trata de alardear de nada. Diríamos a nuestros amigos: «Pues sí, dimos con dos o tres cosas interesantes». Estoy convencida de que daremos con algún interesante hallazgo, Tommy.
—¿De qué tipo? ¿Piensas en algún libro de la infancia, del cual ahora no te acuerdas concretamente?
—No es eso exactamente. Pienso en algo sorprendente, en algo que incluso altere de momento nuestra vida.
—¡Oh, Tuppence! —exclamó Tommy—. Tú siempre tan imaginativa. Lo más probable es que demos con cualquier cosa que signifique un auténtico desastre.
—¡Tonterías! Hay que vivir siempre esperanzados. La esperanza es lo más grande de nuestra existencia. ¿Es que no me conoces? Yo he vivido siempre llena de esperanzas.
—Lo sé, lo sé muy bien —confirmó Tommy, suspirando—. Y muy a menudo he tenido que lamentarlo.

CAPÍTULO DOS

LA FLECHA NEGRA


La esposa de Thomas Beresford cogió El reloj de cuclillo, de la autora Molesworth, en el estante, escogiendo un espacio que había en el tercer tablero, a contar desde abajo. Se hallaban allí todos los libros de aquella escritora. Tuppence sacó La habitación de los tapices, examinando pensativamente el libro... Podía leer también La granja de los cuatro vientos, cuyo argumento no recordaba igual de bien que los de El reloj de cuclillo y La habitación de los tapices. Sus dedos vagaron de un sitio para otro... Tommy no tardaría en regresar.
Iba avanzando en la tarea que se había impuesto. Sí. Todo marchaba bien si no hacía un alto en su trabajo y se entregaba a la lectura de sus libros predilectos. Era un entretenimiento muy agradable éste, pero se llevaba tiempo. Tommy se presentaría en la casa, preguntándole cómo marchaba aquello. Y ella contestaría: «¡Oh! Muy bien, ahora». Tendría que valerse de sus mañas para impedir que se trasladara a la planta superior para echar un vistazo a los estantes. Todo requiere su tiempo... Por ejemplo: acomodarse en una casa nueva. Ésta se lleva más del que se figurara en un principio. La gente resultaba irritante. Ahí estaban los electricistas, por señalar a alguien. Aparecían casi milagrosamente para, en seguida mostrarse disconformes con lo que habían hecho la vez anterior, procediendo a abrir nuevas troneras en los muros y el pavimento, unas troneras muy peligrosas para el ama de casa, quien, invariablemente, acababa por introducir un pie en cualquiera de ellas, con grave peligro de su integridad física.
—A veces pienso que no debíamos haber salido nunca de Bartons Acre, Tommy —dijo Tuppence.
—¿Es que no te acuerdas ya del techo del comedor? —contestó su esposo—. Acuérdate de los áticos, de lo que pasó con el garaje. Nuestro coche estuvo a punto de ser aplastado.
—Supongo que hubiéramos podido hacer una reparación a fondo —arguyó Tuppence.
—Nada de eso. No teníamos más remedio que tirar la casa abajo o trasladarnos a otra. Esta de que disponemos ahora va a quedar magníficamente algún día. Estoy seguro de ello. Además, aquí tendremos sitio sobrado para todas nuestras cosas.
En aquel momento, Tuppence consideró atentamente qué iban a hacer con aquella casa luego, cuando estuvieran instalados. Todo había sido muy sencillo al principio, tornándose después complejo. En parte, por culpa de aquellos libros.
—De haber sido de pequeña como las chiquillas de ahora —declaró Tuppence—, no habría aprendido a leer con tanta facilidad. Actualmente, los chicos de cuatro, cinco o seis años no leen. Los hay en las mismas condiciones que ya han cumplido los diez y los once años. No acierto a descubrir por qué nos resultaba a nosotros tan fácil... Todos sabíamos leer. Lo mismo yo que mi vecino Martin, que Jennifer, quien vivía en la misma calle, que Cyril y Winifred... Quizá nuestra pronunciación no fuese perfecta, pero el caso era que leíamos. No sé cómo aprendíamos. Debíamos de hacer muchas preguntas, seguramente, al mismo tiempo que nos fijábamos en todos los anuncios y carteles de las vallas y paredes. Era, además, un aprendizaje emocionante. ¡Oh, querido! He de pensar en lo que llevo entre manos.
Tuppence movió unos cuantos libros más. Pasó tres cuartos de hora enfrascada en la lectura de Alicia en el País de las Maravillas, primeramente. Después, le llegó el turno a una obra de Charlotte Yonge. Sus manos acariciaron posteriormente el grueso lomo de El collar de margaritas.
—Tengo que leer de nuevo este libro —dijo Tuppence—. Han transcurrido muchos años desde la primera vez que cayó en mis manos. Me acuerdo de uno de los personajes llamado Norman... Y de Ethel. ¿En qué lugar se desarrollaba la acción? ¡Ah, sí! En Coxwell. Recuerdo también a Flora, una chica muy mundana. Me pregunto por qué entonces todos esos personajes eran considerados mundanos. ¿De qué podría tachársenos a nosotros ahora, por ejemplo? ¿Tú crees que somos mundanos?
—¿Cómo dice usted, señora?
Tuppence volvió la cabeza, viendo en la puerta a Albert, su devoto servidor.
—¡Oh, nada, nada!
—Creí que usted me llamaba, señora. Hizo sonar el timbre, ¿no?
—Debo de haberme apoyado en él al subirme a una silla para alcanzar un libro.
—¿Puedo ayudarla?
—Quisiera que me echara una mano, sí —respondió Tuppence—. Voy a acabar por caerme de una de estas sillas. Algunas tienen las patas en mal estado, otras resbalan...
—¿Le interesa algún libro en particular?
—Verá... No he adelantado mucho con el tercer estante, ese de ahí arriba. Empiece a contar desde el más alto. No sé qué libros hay por ahí.
Albert se subió a una silla y fue sacando libro tras libro, sacudiéndolo levemente para hacer saltar el polvo y después alargárselo a Tuppence. Ésta los iba acogiendo con gestos de entusiasmo.
—¡Oh! ¡Hay que ver los títulos que había llegado a olvidar! Aquí está El Amuleto... entre otros. Éstos se van a quedar aquí, Albert. Tengo que leerlos de nuevo. Bueno, uno o dos, al menos. Bien. ¿Cuál es éste? Veamos La escarapela roja. Ya. Uno de los de la serie histórica. Muy emocionante. Y aquí tenemos otro: Bajo la bata roja. No estaba mal tampoco... Hay muchas obras de Stanley Weyman. Muchas, muchas. Las leí cuando contaba diez y once años. No me extrañaría que diera ahora con El prisionero de Zenda. —Tuppence suspiró, recreándose en aquel recuerdo—. El prisionero de Zenda. Fue la introducción, realmente, a la novela romántica. Es la historia del idilio de la princesa Flavia. Recuerdo al rey de Ruritania... Rudolph Rassendyll...
Albert alargó el brazo y unos segundos después Catriona se estrelló en la cabeza de Tuppence.
—Lo siento mucho, señora. De veras que lo siento.
—¡Bah! No tiene importancia. Catriona... Sí. ¿Hay algún libro más de Stevenson por ahí?
Albert puso más cuidado en la entrega de los volúmenes. Tuppence dio de pronto un gritito de alegría.
—¡La Flecha Negra! Es estupendo. ¡La Flecha Negra! Éste fue uno de los primeros libros que yo leí. ¿Lo conoce usted, Albert? Piense que yo estaba leyendo cuando usted no había nacido todavía. A ver... Déjeme pensar. La Flecha Negra. Sí, desde luego... Había una pintura en la pared, con unos ojos a través de los cuales miraban otros auténticos. Un argumento espléndido, interesante. Imponía, ¿eh? Daba miedo. ¡Oh, sí! La Flecha Negra. Giraba en torno... ¿al gato, al perro? Bueno, esto era así: El gato, la rata y «Lovell», el perro, rigen Inglaterra bajo el cerdo. El cerdo era Ricardo III, por supuesto. Aunque ahora se escriben libros en que los autores afirman que fue un rey verdaderamente maravilloso. No era un villano, en absoluto, dicen. Pero yo no les creo. Shakespeare no era de tal parecer. Recuerdo que al principio de una de sus obras teatrales hizo decir a Ricardo: «Estoy decidido a demostrar que soy un villano». ¡Oh, sí! La Flecha Negra.
—¿Desea algún otro libro, señora?
—No, gracias, Albert. Me siento demasiado fatigada para continuar ya.
—Perfectamente. Debo comunicarle, señora, que el señor telefoneó para decir que se retrasaría media hora.
—Bueno, no importa —contestó Tuppence.
Esta se sentó en un sillón, abriendo La Flecha Negra y enfrascándose en la lectura del libro.
—Esto es maravilloso —comentó en voz alta—. Como lo he olvidado en su casi totalidad, disfrutaré lo mío leyéndolo de nuevo. Hace años me proporcionó muchas emociones.
Se hizo el silencio a su alrededor. Albert regresó a la cocina. Tuppence fue recostándose en el sillón. El tiempo fue pasando. Acurrucada en aquel sillón, un tanto desvencijado, la esposa de Thomas Beresford buscaba gozos del pasado, aplicándose a la lectura de La Flecha Negra, de Robert Louis Stevenson.
Albert siguió todo aquel tiempo ocupado en la cocina. Oyó un coche que se aproximaba a la casa y salió por una puerta lateral.
—¿Quiere que deje el automóvil en el garaje, señor?
—No —repuso Tommy—. Yo me encargaré de eso. Supongo que estará usted ocupado con la cena. ¿Me he retrasado mucho?
—Llega usted a la hora que dijo, aproximadamente. Un poco antes, quizá. Tras haber dejado el coche en el garaje, Tommy entró en la cocina frotándose las manos.
—Hace frío fuera. ¿Dónde para Tuppence?
—La señora se encuentra arriba entre libros.
—¿Todavía anda inspeccionando esos dichosos libros?
—Sí. Ha ordenado algunos más hoy y se ha pasado la mayor parte del tiempo leyendo.
—¡Válgame Dios! —exclamó Tommy—. Bueno, Albert, ¿qué tenemos hoy para cenar?
—Filetes de lenguado, señor. No tardarán en estar listos.
—Bien. Dispón de un cuarto de hora todavía, Albert. Quiero asearme un poco antes.
Arriba, Tuppence continuaba sentada en el sillón medio desvencijado, leyendo La Flecha Negra. Habían aparecido unos pliegues en su frente. Acababa de dar con algo sumamente curioso: en una de aquellas páginas habían sido subrayadas algunas palabras. Tuppence se había pasado los últimos quince minutos estudiando aquel curioso fenómeno. No acertaba a ver la razón de aquel subrayado. No formaban los vocablos una secuencia completa; no se trataba de ninguna cita. Alguien había querido aislar aquellas palabras de las demás subrayándolas con tinta roja. Leyó una vez más, en voz baja: «Matcham no pudo reprimir un grito y miró a Jack, quien hizo un movimiento de sorpresa, escapándosele la ventana de las manos. Todos avanzaban a pie, con las espadas y dagas a punto. Ellis levantó una mano. Le brillaban los ojos... » Tuppence movió la cabeza, dudosa. Aquello carecía de sentido.
Se acercó a la mesa, donde había unas cuantas hojas de papel, enviadas por la imprenta para que los Beresford escogieran el modelo que más les gustara, a fin de confeccionar las cartas con membrete que llevarían su nueva dirección: «Los Laureles».
—¡Qué nombre tan tonto! —exclamó Tuppence—. Ahora, si andamos cambiando nombres a cada paso lo único que podemos conseguir es que se extravíen las cartas que nos dirijan.
Se aplicó a la tarea de copiar algunas letras. Fue entonces cuando se dio cuenta de una cosa que no había advertido antes.
—Esto ya cambia —consideró Tuppence.
De repente, oyó la voz de Tommy.
—¿Todavía con eso? —inquirió aquél— La cena está lista, prácticamente. ¿Cómo marchas con tus libros?
—Este lote me está dando trabajo —contestó Tuppence—, mucho trabajo.
—¿Por qué?
—Aquí tienes La Flecha Negra, de Stevenson. Tuve el capricho de emprender su lectura de nuevo... Todo iba bien, hasta que de pronto me he encontrado con un montón de palabras subrayadas con tinta roja.
—¿Y qué tiene eso de particular? Muchas veces, mientras uno lee un libro, subraya palabras y frases que le han llamado la atención. Son cosas que uno quiere recordar. En ocasiones, es una cita, un pensamiento atinado... Bueno, tú me entiendes.
—Te entiendo, pero esto de que te hablo no tiene nada que ver con lo que tú dices. Además, se trata de letras, solamente.
—¿De letras? —preguntó Tommy.
—Acércate. Mira...
Tommy se dejó caer sobre uno de los brazos del sillón, procediendo a leer el texto que tanto había llamado la atención a Tuppence.
—Esto no tiene sentido —opinó Tommy.
—Es lo que yo misma me dije al principio, pero la verdad es que sí que lo tiene.
Sonó el timbre en la planta baja.
—La cena está lista.
—No importa —repuso Tuppence—. Quiero explicarte esto antes de que nos sentemos a la mesa. Hablaremos de ello más tarde, pero... Resulta algo extraordinario, realmente. Quiero que lo veas ahora mismo, Tommy.
—Está bien. ¿Qué pasa, Tuppence? ¿Has dado con alguna adivinanza?
—No, no es una de mis adivinanzas. Verás que en este papel he ido anotando unas letras... Fíjate. La M de «Matcham» está subrayada, así como la a. A continuación vienen otras letras. El autor de esto ha ido aislándolas sucesivamente. Después tienes la r de «reprimir», la y que une dos frases, la j de «Jack» la o de «hizo», la primera r de «sorpresa», la d de «de», la primera a de «avanzaban», la n y la o de «levantó», la m de «mano»...
—Ya está bien, Tuppence, ¡por el amor de Dios!
—Espera, espera... Tengo que llegar hasta el final. Ahora hay que ir colocando esas letras sobre el papel, una tras otra, lo que he hecho con las primeras. Ahí tienes: M—A—R—Y. Estas cuatro letras estaban subrayadas.
—¿Qué has compuesto entonces?
—Un nombre: Mary.
—Muy bien. Aquí debió vivir alguien que se llamaba así. Una chiquilla dotada de bastante imaginación. Supongo que se propondría hacer saber a todo el mundo que este libro era de su propiedad. La gente es muy aficionada a escribir sus nombres en las páginas de los libros y otras cosas.
—De acuerdo. Ya tenemos el nombre: Mary —dijo Tuppence—. Después, si colocamos las letras que vienen a continuación una tras otra tendremos una nueva palabra: J—o—r—d—a—n.
—¿No ves? Mary Jordan. Muy natural. Ya conoces el nombre completo de la chica. Se llamaba Mary Jordan.
—Bueno, ocurre que este libro no era de su propiedad. Al principio, escrito con una letra infantil, se lee un nombre masculino: Alexander. Alexander Parkinson, creo.
—¿Tiene eso realmente alguna importancia?
—Desde luego que la tiene —manifestó con énfasis Tuppence.
—Vámonos, querida. Tengo hambre.
—Aguántala por unos instantes. Voy a leerte lo que viene después. Las letras están cogidas en varias páginas, conforme las necesitaba el autor de todo esto. Las letras es lo que interesa, no las palabras que las proporcionan. Veamos... Ya tenemos Mary Jordan... Juntemos las que vienen luego: n—o m—u—r—i—ó d—e m—u—e—r—t—e n—a—t—u—r—a—l, es decir, Mary Jordan no murió de muerte natural. ¿Qué te parece? Vamos con otras palabras, puesto que las hay —hubo una pausa, añadiendo finalmente Tuppence—: Ya estamos en lo último: Fue uno de nosotros. Yo creo saber quién. Eso es todo. Ya no he podido localizar nada más. Pero resulta muy intrigante, ¿eh?
—Bueno, Tuppence —dijo Tommy—, espero que no vayas a inventarte ahora una historia fantástica acerca de esto.
—No te entiendo. ¿Qué quieres decirme con esas palabras?
—Que no vayas a pensar que se trata de un misterio...
—Es un misterio realmente para mí, claro —afirmó Tuppence—. Mary Jordan no murió de muerte natural. Fue uno de nosotros. Yo creo saber quién. ¡Oh, Tom! Tienes que reconocer que estamos ante un enigma de lo más intrigante.

CAPITULO TRES

VISITA AL CEMENTERIO


—¡Tuppence! —llamó Tommy al entrar en la casa.
No recibió ninguna respuesta. Algo enojado, subió a la otra planta, recorriendo el pasillo. De pronto, introdujo un pie en un orificio que había en el pavimento, lanzando una exclamación de impaciencia.
—¡Otro descuido de nuestros electricistas!
Varios días antes se había enfrentado con el mismo problema. Los electricistas, muy optimistas a su llegada, habían iniciado sus trabajos desplegando una gran eficacia. «Esto marcha bien ahora», dijeron. «Pocas cosas quedan por hacer ya. Volveremos esta tarde.» Pero por la tarde no habían regresado. Tommy no se sorprendió mucho. Se había acostumbrado, poco a poco, a las normas de trabajo de los obreros de la construcción, de los del gremio de la electricidad, de los del gas y otros. Se presentaban haciendo gala de un gran interés, formulando unas cuantas observaciones saturadas de optimismo y se iban con el pretexto de que tenían que coger algo. Ya no volvían. Uno llamaba por teléfono y salían los números equivocados. Cuando no pasaba esto, salía la voz de un hombre que dedicaba sus actividades a otro menester distinto del que interesaba. Todo lo que se podía hacer era andar con sumo cuidado para no dislocarse un tobillo o fracturarse una pierna. Tommy sentía más miedo por Tuppence que por él. Él tenía más experiencia que su esposa en todo. Pensaba que Tuppence estaba más expuesta a una catástrofe, a producirse quemaduras trabajando en la cocina, a herirse con un cuchillo. Tuppence... Pero, ¿dónde se encontraba en aquellos momentos? La llamó de nuevo.
—¡Tuppence! ¡Tuppence!
Andaba preocupado con Tuppence. Tuppence era una de esas personas que suscitan inevitablemente preocupaciones. Siempre que salía de casa, Tommy le daba ciertas indicaciones y ella prometía obrar de acuerdo con ellas con la máxima exactitud. Bueno, ahora se habría ausentado para comprar mantequilla, por ejemplo. Nadie puede considerar eso peligroso para un ama de casa...
—Con que salgas de casa para comprar medio kilo de mantequilla ya te expones a ciertos peligros —señalaba Tommy con delicadeza.
—¡Oh! —exclamaba Tuppence—. No seas estúpido, Tommy, querido.
—No soy ningún estúpido —respondía Tommy—. Lo que pasa es que como esposo prudente, previsor, me gusta cuidar de aquello que entre lo mío considero lo mejor. No sé por qué he de obrar así...
—Porque soy una mujer encantadora, bien parecida, porque soy una buena compañera y te cuido bien...
—Es posible. Ahora, yo podría darte una lista muy distinta, de muy diferente tipo.
—No creo que me agradara mucho eso. Me parece que has silenciado algunas quejas. Pero no te preocupes: todo se enmendará. Cada vez que vuelvas a casa no tendrás más que llamarme. Ya verás cómo me encuentro siempre en ella.
Y ahora, ¿dónde se había metido Tuppence?
—Debe de haber salido, decididamente —dijo Tommy.
Entró en la habitación de la planta superior, donde la encontrara en más de una ocasión antes. «Estará repasando otro de sus libros de la infancia», pensó. «Andará haciendo cabalas sobre cualquier texto subrayado en rojo por un niño ocioso. Querrá seguir el rastro misterioso de Mary Jordan...» Mary Jordan: aquella criatura que no muriera de muerte natural. Tommy se quedó pensativo. Los anteriores propietarios de la casa, los que se la habían vendido a ellos, se apellidaban Jones. Habían estado allí poco tiempo, relativamente, tres o cuatro años. No... El niño del libro de Robert Louis Stevenson, quedaba más atrás en el tiempo. Bueno, el caso era que Tuppence no estaba en la habitación. Ninguno de los libros que tenía Tommy ahora a la vista daba la impresión de haber sido abierto, repasado, acaparando la atención de Tuppence por unos momentos.
—¿Dónde diablos se habrá metido esta mujer? —dijo Tommy.
Trasladóse a la planta baja, llamando a su mujer una o dos veces. Nadie contestó. Echó un vistazo a la percha del vestíbulo. Allí no estaba el impermeable de Tuppence. Tenía que pensar, pues, que había salido. ¿A dónde habría ido? ¿Y dónde estaba Hannibal? Tommy llamó ahora a Hannibal, introduciendo un cambio en la entonación del nombre.
—Hannibal, Hannibal, Hannibal... ¡Hanny! Aquí, Hannibal.
Nada. Ni el menor rastro del perro.
«Hay que pensar por tanto, que se ha llevado a Hannibal», se dijo Tommy.
No sabía si era mejor o peor que Tuppence se hubiese hecho acompañar por Hannibal. Desde luego, Hannibal no permitiría que le causaran el menor daño. Había otra cuestión: ¿era capaz Hannibal de hacer daño a otras personas? Mostrábase afectuoso cuando ellos se hacían acompañar por él en las visitas a sus amigos. Ahora bien, el perro recelaba, en cambio, de quienes iban a verlo, de quienes entraban allí donde él se encontraba. Se le veía entonces dispuesto a todo, a ladrar, amenazador, y hasta a morder, si era necesario. Bueno, ¿dónde pararían los dos, el perro y su dueña?
Tommy dio unos paseos por la calle, pero no pudo ver a lo lejos ningún perro negro de pequeño tamaño acompañando a una señora de mediana talla, enfundada en un brillante impermeable rojo. Finalmente, bastante enfadado, entró de nuevo en la casa.
Percibió entonces un agradable olor, que excitó su apetito. Entró a buen paso en la cocina. Tuppence volvió la cabeza desde el hornillo, dedicándole una cálida sonrisa.
—Te has retrasado mucho, querido —dijo aquélla—. ¿Qué te parece lo que estoy haciendo? Huele bien, ¿verdad? He introducido algunas sabrosas variaciones en esta «casserole». Encontré unas hierbas en el jardín...
—A ver si lo que has metido ahí es una planta de belladona o digital... Ya veremos, Tuppence. ¿Dónde demonios te habías metido?
—Quise que Hannibal se expansionara un poco y dimos un paseo por ahí.
Hannibal hizo acto de presencia en la cocina en aquel preciso instante. Se abalanzó sobre las piernas de Tommy, entusiasmado, estando a punto de arrojarlo al suelo. Hannibal era un perro pequeño, de negro pelaje, muy brillante, con graciosos mechones grisáceos en el lomo y en la cabeza, a ambos lados de la misma. Era un «terrier» de Manchester, un pura sangre. Solía considerarse, efectivamente, muy por encima de los animales de su raza que iba encontrando en sus correrías.
—Te he estado buscando por todas partes. ¿Dónde estuviste? La verdad es que no hace muy buen tiempo.
—Cierto. Había alguna niebla. Y... ¿querrás creer que estoy cansada?
—¿A dónde fuiste? A alguna tienda de la vecindad, ¿no?
—No. Hoy han cerrado los establecimientos. No... Estuve en el cementerio.
—¡Qué raro! ¿Y qué buscabas tú en el cementerio?
—Estuve estudiando algunas tumbas...
—Una lúgubre ocupación, ciertamente. ¿Lo pasó bien Hannibal?
—Bueno, me vi obligada a ponerle la correa. Alguien se asomó en determinado momento por la puerta de la iglesia y me pareció, puesto que a Hannibal no le agradó evidentemente aquella persona, que lo mejor era impedir que manifestase su descontento... Acabamos de llegar aquí y no debemos indisponernos con la gente.
—¿Qué buscabas en el cementerio?
—Quise ver, sencillamente, qué clase de personas habían sido enterradas allí. El cementerio en cuestión está lleno hasta los topes, Tommy. Tiene ya muchos años. Fue inaugurado por el año mil ochocientos y pico. Con el paso del tiempo, las fechas aparecen un tanto borrosas en las lápidas.
—Todavía no acierto a comprender el porqué de tu visita al cementerio.
—Llevaba a cabo una investigación.
—¿Una investigación?
—Sí. Quise ver si había allí enterrada alguna persona apellidada Jordan.
—¡Santo Dios! —exclamó Tommy—. ¿Todavía piensas en eso?
—Veamos. Mary Jordan murió, ¿no? Nosotros sabemos que murió. Lo sabemos porque tenemos un libro en el que se afirma que falleció y no de muerte natural. Ahora bien, tiene que estar enterrada en alguna parte, ¿no?
—Indudablemente —replicó Tommy—. Pudo haber sido enterrada en este jardín también.
—No lo creo probable —dijo Tuppence—. Yo pienso que la única persona que estaba al tanto de las circunstancias de la muerte de Mary Jordan era ese chico o chica que subrayó las letras del libro... Bueno, tenía que tratarse de un chico, ya que su nombre era Alexander... Él se tendría por muy inteligente. Los demás no sabían nada, seguramente. La persona llamada Mary Jordan murió, fue enterrada y nadie...
—Nadie dijo que hubiera habido algo extraño en su muerte —apuntó Tommy.
—Nadie, en efecto, afirmó que había sido envenenada, golpeada en la cabeza, arrojada por un precipicio o atropellada por un coche... ¡Oh! Puedo pensar en otros muchos medios susceptibles de ser utilizados para acabar con una persona.
—Claro que puedes —corroboró Tommy—. Lo bueno que tienes tú, Tuppence, es que te hallas en posesión de un corazón muy sensible. Nunca recurrirás a uno de ellos sólo para pasar el rato.
—El caso es que no localicé a ninguna Mary Jordan en el cementerio. No figuraba en ninguna tumba tal apellido.
—Me imagino que sufrirías una gran desilusión —contestó Tommy—. Eso que tienes en el fuego, ¿está listo ya? Es que estoy hambriento. Oye, huele muy bien.
—Se encuentra totalmente a point, querido —manifestó Tuppence—. En cuanto termines de asearte, ¡a la mesa!

CAPÍTULO CUATRO

MUCHOS PARKINSON


—He visto muchos Parkinson —dijo Tuppence mientras comían—. De hace muchos años, pero en gran cantidad: viejos, jóvenes, solteros y casados. Ese cementerio está rebosante de Parkinson... Hay también otros apellidos: Cape, Griffin, Underwood, Overwood... ¿No te parece curioso?
—Yo tenía un amigo que se llamaba George Underwood —notificó Tommy a su esposa.
—Sí. Yo he conocido a muchos Underwood también. En cambio, desconocía el apellido Overwood.
—¿Hablas de un hombre o de una mujer? —inquirió Tommy, ligeramente excitada su curiosidad.
—Creo que se trataba de una joven. Se llamaba Rose Overwood.
—Rose Overwood —repitió Tommy, como si quisiera escuchar el sonido de las dos palabras—. Aquí no hay nada que encaje —comentó—. Después de comer tengo que telefonear a esos electricistas. Ten cuidado, Tuppence... Andando por la casa te expones a cada paso a caerte en alguna trampa dejada por ellos.
—Siendo así, acabaré mis días de muerte natural... Aquí sería natural, únicamente, la consecuencia.
—Una muerte por curiosidad —sentenció Tommy—. La curiosidad mató al gato.
—¿No eres tú curioso, en absoluto? —preguntó Tuppence a su marido.
—No veo aquí ningún motivo de curiosidad. ¿Qué hay de postre?
—Este budín.
—¿Sabes, Tuppence, que la comida me ha parecido deliciosa?
—Me alegro de que te haya gustado.
—Oye, ¿qué contiene ese paquete que he visto en la puerta trasera? ¿Se trata del vino que pedimos?
—No. Son bulbos.
—¡Ah! Bulbos...
—Bulbos de tulipanes —explicó Tuppence—. He de ir a hablar de ellos con el viejo Isaac.
—¿Dónde piensas plantarlos?
—En el centro del jardín, seguramente.
—¡Pobre viejo! Da la impresión de que de un momento a otro se va a derrumbar, muerto, cuando menos te lo esperes.
—No hay nada de eso —opinó Tuppence—. El viejo Isaac es muy duro. ¿Sabes? He descubierto que los jardineros suelen ser todos así. Los que son muy buenos parecen estar en la flor de su vida cuando cumplen los ochenta años, pero si te haces de un hombre de treinta y cinco, fuerte, rudo, que dice: «Siempre deseé trabajar en el oficio», ten por seguro que no sabe mucho acerca de éste. Sólo sirve para quitar unas hojas de aquí de allá, de tarde en tarde, y cuando les hablas de realizar algún trabajo te contestan invariablemente que no es la época adecuada del año, y como una ignora cuándo es el instante apropiado, siempre salen ganando. Ahora, Isaac es maravilloso. Lo sabe casi todo —Tuppence añadió—: Seguramente, dispondré de semillas. No sé si estarán en el paquete también. Ya lo veré... Hoy tiene que venir por casa y me explicará lo que haya.
—De acuerdo —contestó Tommy—. Luego, me reuniré con vosotros.
Tuppence e Isaac sostuvieron una grata conversación. Los bulbos fueron examinados. Discutieron sobre las medidas más convenientes a adoptar. Primeramente, se ocuparon de los tulipanes primerizos, que se mostrarían en todo su esplendor hacia fines de febrero; los otros constituirían el adorno principal del jardín en el mes de mayo y durante los primeros días de junio. Tuppence eligió el sitio del jardín atendiendo a su color. Algunos de ellos quedarían junto a la puerta para suscitar la envidia de los visitantes y vecinos. Tenían que recrearse en su contemplación hasta los abastecedores de la casa, los hombres que entregaban periódicamente la carne, la leche, el pan...
A las cuatro, Tuppence preparó un té excelente en la cocina, llenó un menudo recipiente de terrones de azúcar, colocando a su lado una jarrita de leche. Luego, llamó al viejo Isaac, para obsequiarlo antes de que se fuera. Seguidamente, Tuppence marchó en busca de Tommy.
«Se habrá quedado dormido en alguna parte», pensó mientras iba de una habitación a otra. De pronto, descubrió una cabeza en las inmediaciones del orificio abierto en el descansillo. ¡Oh! Aquella siniestra abertura...
—No hay novedad ya, señora —dijo el electricista—. Esto no constituirá ya una preocupación para ustedes. Todo va a quedar en orden.
Añadió el hombre que a la mañana siguiente empezaría a trabajar en otra parte de la casa.
—Espero que no deje de venir mañana —contestó Tuppence, añadiendo—. ¿Ha visto usted al señor Beresford por alguna parte?
—¿Su esposo? Está arriba, señora. Deben de habérsele escapado de las manos algunas cosas pesadas, a juzgar por los ruidos que he oído. Me imagino que serán libros...
—¡Libros! —exclamó Tuppence—. ¿Quién podía imaginárselo?
El electricista se perdió por el pasillo y Tuppence subió al ático, convertido ahora en biblioteca complementaria, que albergaba los libros infantiles.
Tommy tenía a su alrededor unos cuantos volúmenes y en la estantería veíanse algunos huecos.
—De manera que estás aquí, después de haber fingido que esto no te inspiraba el menor interés... Veo que has estado examinando un montón de libros, desordenando los que yo había clasificado con tanto trabajo.
—Lo siento, querida —contestó Tommy—. Pensé que no estaba de más que yo les echase también un vistazo.
—¿Encontraste algún otro volumen que tuviera el texto subrayado en rojo?
—No.
—¡Qué fastidio!
—Me figuro que eso debió de ser obra de Alexander, de Alexander Parkinson...
—Cierto. Se trataría de uno de los Parkinson, de los muchos Parkinson.
—Sería un chico ocioso, aunque hacer ese subrayado se llevaba su tiempo. No he conseguido localizar más información referente a Jordan —anunció Tommy.
—Hice algunas preguntas al viejo Isaac. Conoce a mucha gente de por aquí. Me ha dicho que no se acuerda de ninguna persona apellidada Jordan.
—¿Qué piensas hacer con la lámpara de bronce que está delante de la puerta de la entrada? —inquirió Tommy.
—Pienso destinarla a la Venta del Elefante Blanco.
—¿Por qué?
—No sé... Siempre me ha disgustado esa lámpara. La compramos en el extranjero, ¿no?
—En efecto. Debíamos de estar locos. Nunca te agradó. Me has dicho más de una vez, ahora que recuerdo, que la odiabas. Bueno, de acuerdo. La lámpara en cuestión es tremendamente pesada, ¿eh?
—La señorita Sanderson se sintió muy complacida cuando le dije que podían disponer de ella. Se ofreció para venir a recogerla, pero le comuniqué que se la llevaríamos en el coche.
—Yo me encargo de eso, si quieres.
—No. Ya lo haré yo.
—Conforme, pero será mejor que te ayude.
—Es igual. Ya encontraré a alguien que me eche una mano para bajarla del coche.
—Tú sola, desde luego, no podrás. Procura no hacer esfuerzos innecesarios, Tuppence.
—Seguiré tu consejo, no te preocupes.
—Tendrás alguna razón para querer ir por allí, ¿eh?
—Pues sí —repuso Tuppence—. Me figuro que tendré ocasión de hablar con algunos de nuestros actuales vecinos.
—Nunca consigo descubrir qué es lo que pretendes, en determinadas situaciones. Me consta ahora, sin embargo, que llevas algo entre manos.
—Tú llévate a Hannibal, para que dé un paseo por ahí —propuso Tuppence—. Yo no puedo llevármelo a la Venta del Elefante. Podría reñir con algún otro perro...
—Está bien. ¿Te apetece dar un paseo, Hannibal?
Hannibal, como era habitual en él, hizo un gesto afirmativo. Sus gestos afirmativos y negativos resultaban siempre inconfundibles. Movió el cuerpo, agitó el rabo, levantó una pata y frotó su cabeza fuertemente contra la pierna de Tommy.
«Perfectamente», pareció querer decir. «Tú estás aquí para eso, mi querido esclavo. Daremos un agradable paseo por la calle. Disfrutaré de muchos olores, supongo.»
—Vámonos —dijo Tommy—. Me llevaré la correa, por si acaso. Y que no se te ocurra cruzar la calzada como hiciste la última vez. Uno de esos largos vehículos de nuestros días estuvo a punto de poner fin a tu vida.
Hannibal miró atentamente a su amo, como intentando decirle: «Yo he sido siempre un perro muy bueno, que hace en todo momento lo que le indican los suyos». En tal declaración había mucho de falso, pero la verdad era que Hannibal conseguía engañar frecuentemente a quienes convivían más con él.
Tommy acomodó en el coche la lámpara, comentando de nuevo su exagerado peso. Tuppence se colocó tras el volante, abandonando el jardín. Cuando el automóvil hubo doblado la esquina, Tommy enganchó la correa al collar del perro y los dos empezaron a bajar por la calle. Después, aquél decidió seguir por el lado de la iglesia y como el tráfico era escaso por aquella parte soltó la correa, gesto que Hannibal agradeció con un gruñido, dedicándose seguidamente a olfatear unas matas situadas al pie de un muro. De haber poseído la facultad de hablar, habría dicho: «Delicioso. Muy agradable. Por aquí ha pasado un gran perro. Debe de ser ese bestial alsaciano.» Un gruñido más bajo. «No me gustan los alsacianos. Si vuelvo a ver al que me mordió, hoy lo dejaré señalado. ¡Ah! Delicioso, ¡delicioso, verdaderamente! Esta perrita es otra cosa... Sí, sí. Me gustaría conocerla. ¿Vivirá muy lejos de aquí? A ver si sale de esa casa. ¿Viviría ahí?»
—Apártate de esa puerta, Hannibal —ordenó Tommy—. No debes intentar entrar en una casa que no es la tuya, ¿estamos?
Hannibal fingió, con mucha astucia, no haber oído a su amo.
—¡Hannibal!
El perro redobló su velocidad, girando al llegar a una esquina hacia la entrada de la cocina.
—¡Hannibal! ¿Es que no me oyes?
«¿Que si te oigo, amo?», debía de estar preguntando Hannibal. «¿Me estás llamando? ¡Oh, sí! Desde luego que sí.»
Dentro de la cocina ladró un perro. Hannibal salió escapado de allí, yendo en busca de Tommy. Luego, empezó a avanzar tras él.
—Eres un buen chico —comentó Tommy.
«Soy un buen chico, ¿verdad? Cuando me necesites para defenderte, aquí me tienes, a tu alcance en todo momento.»
Habían llegado a la altura del cementerio de la iglesia, pasando ante la puerta del mismo. Hannibal poseía la facultad de reducir su tamaño a voluntad, encogiéndose, afilándose. Por tal motivo, pudo colarse entre dos tablas fácilmente.
—¡Ven aquí, Hannibal! —gritó Tommy—. Ahí no debes entrar.
La contestación de Hannibal a estas palabras, de haber podido formular alguna, hubiera sido «Estoy ya dentro del cementerio, amo». El animal empezó a trotar por entre las tumbas con el aire de un perro que anduviera suelto por un jardín singularmente agradable.
—¡Eres un perro odioso, a veces! —exclamó Tommy.
Éste abrió la puerta del recinto, yendo en busca de Hannibal con la correa en la mano. Hannibal se había situado ahora en el extremo opuesto a aquel lugar. Abrigaba la intención ya de adentrarse en la iglesia, cuya puerta se hallaba entreabierta. Tommy llegó junto a él a tiempo y entonces sujetó la correa a su collar. Hannibal levantó la vista, dando a entender que esperaba aquella reacción de su amo. «Otra vez con la correa puesta, ¿eh? Sí, claro... Ya sé que esto es un detalle de prestigio. Así es como demuestra mi amo que soy un perro de valor.» Movió el rabo alegremente. Como allí no había nadie que se opusiera a que Hannibal paseara por el pequeño cementerio llevado por su dueño, Tommy se dedicó a vagar de un rincón a otro, comprobando inconscientemente, quizá, las pesquisas llevadas a cabo por Tuppence con anterioridad.
Estudió un momento una piedra que quedaba en las inmediaciones de una puerta lateral que también permitía el acceso a la iglesia. Calculó que era uno de los más viejos entre todos los que allí había. Las fechas de la mayoría de ellos correspondían al siglo XIX. Finalmente, Tommy se fijó detenidamente en el que acaparara su atención al principio.
—Es raro —murmuró—. Sorprendentemente extraño.
Hannibal volvió a levantar la cabeza. No comprendía el significado de aquellas palabras en boca de su amo. Nada vio en la lápida que tenían delante capaz de despertar el interés de un perro. Acomodándose sobre sus cuartos traseros, miró a su dueño inquisitivamente.

CAPÍTULO CINCO

LA VENTA DEL ELEFANTE BLANCO


Tuppence se sintió agradablemente sorprendida al ver que la lámpara que ella y Tommy miraban ahora con tanta repulsión era cogida con gran entusiasmo.
—Ha sido usted muy amable, señora Beresford, al traernos una pieza tan buena como ésta. Es muy original y bonita. Supongo que debieron adquirirla en el extranjero, en el curso de uno de sus viajes.
—Es verdad. La compramos en Egipto —contestó Tuppence.
Habían pasado ocho o diez años desde entonces, por cuyo motivo Tuppence no estaba muy segura en lo tocante al lugar en que hicieron aquella adquisición. Pensó que podía haber sido en Damasco y que también cabía la posibilidad de que procediera de Bagdad o de Teherán. Pero como ahora se hablaba en los periódicos todos los días de Egipto, decir que había sido traída de allí le daba más interés a la lámpara. Por añadidura, recordaba algo de la artesanía egipcia. Si procedía de otro país, realmente, cabía encajarla en un período dentro del cual los artistas locales trabajaban inspirándose en los egipcios.
—Lo cierto es que nos ha parecido demasiado grande para nuestra casa, de manera que creí conveniente...
—Por supuesto, la lámpara entrará en nuestra rifa y estoy convencida de que va a animarla mucho —manifestó la señorita Little.
La señorita Little era la encargada de todo aquello, aunque no hubiese mediado un nombramiento oficial, expreso. Su apodo local era «La bomba de la parroquia», por el hecho de hallarse siempre perfectamente informada de todo lo que sucedía por los alrededores. Este apodo, sin embargo, inducía a errores interpretativos. Era una mujer grande, de amplias proporciones. Su nombre de pila era Dorothy, pero todo el mundo la llamaba Dotty.
—Me imagino que asistirá usted a la venta, señora Beresford.
Tuppence le dio todo género de seguridades en aquel aspecto.
—Es más —remachó— aguardo con impaciencia a que empiece la venta, para ver qué tal sale todo...
—Con personas tan generosas como usted no tiene más remedio que salirnos bien la operación.
Medió en la conversación la señorita Price-Ridley, una mujer de facciones angulares, que daba la impresión de tener algunos dientes más aparte de los normales.
—Nuestro párroco se va a sentir muy complacido.
Tuppence cogió un recipiente, mostrándoselo a sus nuevas amigas.
—Esto es de cartón—piedra, ¿no? —inquinó.
—Pues sí. ¿Cree usted que habrá algún comprador para tal objeto?
—Yo misma pienso comprarlo cuando aparezca por aquí mañana —anunció Tuppence.
—Es que en la actualidad estas cosas suelen hacerlas en plástico y quedan mejor.
—A mí no me gusta el plástico —declaró Tuppence—. Ésta es una pieza clásica, como se han hecho siempre estos útiles. No hay miedo de que se rompan los objetos de porcelana que sean acomodados en ella. ¡Oh! Aquí tenemos también un abrelatas de modelo antiguo: la típica cabeza de toro que no se encuentra por ninguna parte en nuestros días.
—Bueno, hay que trabajar mucho en esto. ¿No cree usted que resultan mejor los aparatos eléctricos que se venden ahora en los comercios?
Durante unos minutos más, la conversación de las tres mujeres discurrió por aquellos cauces. Luego, Tuppence preguntó a sus amigas si podía ocuparse en algo para ayudarlas.
—Yo creo, señora Beresford, que podría arreglar el estante de las antigüedades. Estoy segura de que tiene usted cierto sentido artístico.
—Creo que se equivoca usted —contestó Tuppence—, pero sí que me agradaría encargarme de ese trabajo. Si no le gusta lo que esté haciendo, dígamelo con toda franqueza.
—Le agradecemos muy de veras su colaboración. Nos alegramos mucho de haberla conocido. Supongo que ya estará instalada en su casa...
—Debiéramos estar instalados —explicó Tuppence—, pero todavía tendrá que pasar algún tiempo, por lo que veo, para que eso sea un hecho. Es muy difícil entenderse con electricistas, carpinteros y demás gente. Se pasan el tiempo yendo y viniendo... Bueno, hacer que vuelvan es el problema más grave.
Surgió una pequeña disputa, siempre dentro de las normas más corteses.
—Yo creo que con quien se entiende una peor es con los obreros del servicio de gas —declaró la señorita Little, con firmeza—. Verá usted... Éstos tienen que venir desde Lower Stamford. En cambio, los electricistas los tiene usted cerca, en Wellbank.
Llegó en aquel momento el párroco, pronunciando unas amables palabras de ánimo para las presentes. También expresó su complacencia por contar con la ayuda de la nueva feligresa, la señora Beresford.
—Sabemos todo cuanto hay que saber acerca de usted —dijo el hombre—. Sí, en efecto. Tenemos también referencias de su esposo. Estuve presente en la conversación de la que ustedes dos eran el tema principal. Su vida está saturada de cosas interesantes. Pienso en los acontecimientos de la última guerra. Llevaron ustedes a cabo cosas maravillosas.
—¡Oh! Cuéntenos algo, señor párroco —dijo una de las damas, apartándose del estante en que había estado alineando en los últimos minutos una serie de latas de conserva.
—Se me exigió reserva y he de hacer honor a mis promesas —contestó el párroco—. Me parece que ayer la vi paseando por el cementerio, señora Beresford.
—Sí, estuve por allí —manifestó Tuppence—. Eché un vistazo al templo. Ya he visto que tiene usted unas vidrieras preciosas.
—Es verdad. ¿Sabe usted que datan del siglo XIV? Bien. Me refiero a la
que da al pasillo del norte. Las restantes, en su mayor parte, son de la época victoriana.
—Pues sí, di unas vueltas por el cementerio y comprobé que hay muchos Parkinson enterrados allí —puntualizó Tuppence.
—Sí, desde luego. Siempre hubo numerosos Parkinson en este lugar, aunque yo no me acuerdo ahora de que llegara a conocer a ninguna persona de tal apellido. Usted, señora, no estará en el mismo caso que yo...
La señora Lupton, una mujer ya muy entrada en años, que se apoyaba en dos bastones, hizo un gesto de complacencia.
—Yo me acuerdo de cuando vivía la señora Parkinson... ¿Saben ustedes a quién me refiero? A la señora Parkinson que vivía en la casa solariega. Aquella anciana era una mujer maravillosa y una verdadera dama.
—Vi otros apellidos en aquellas tumbas —siguió diciendo Tuppence—: los Somers, los Chatterton...
—¡Oh! Ya veo que se ha familiarizado rápidamente con nuestra geografía humana del pasado.
—Me parece haber oído hablar también de los Jordan, de una tal Annie
o Mary Jordan...
Tuppence miró a su alrededor, inquisitiva. El apellido Jordan no suscitó el menor interés en sus oyentes, por lo que pudo apreciar.
—Creo recordar que en una de estas casas, en la casa de la señora Blackwell, me parece, hubo una cocinera apellidada Jordan. Susan Jordan, se llamaba, si la memoria no me es infiel. No duró más de seis meses en aquel hogar. Era una muchacha que dejaba bastante que desear en muchos aspectos.
—¿Hace mucho tiempo de eso?
—No, ¡qué va! Ocho o diez años, tal vez. No, no hará más.
—¿Hay algún Parkinson actualmente aquí?
—No. Todos se fueron. Uno de ellos contrajo matrimonio con una prima, yéndose a vivir a Kenya, me parece.
Tuppence se esforzó por trabar conversación con la señora Lupton, de quien sabía que estaba relacionada con el cuadro directivo del hospital infantil de la localidad.
—¿Les interesan a ustedes unas colecciones de libros para niños? —le preguntó—. Dispongo de bastantes, todos ellos de ediciones antiguas. Me entraron en un lote especial, cuando nos quedamos con algunos de los muebles de nuestra casa que fueron subastados.
—Es usted muy amable, señora Beresford. Por supuesto, nosotras disponemos de algunos ya, muy buenos, que nos cedió uno de nuestros favorecedores. Son ediciones especiales, recientes. Siempre me ha dado pena obligar a los chicos a leer esos volúmenes anticuados, de formatos incómodos.
—¿Usted cree? —contestó Tuppence—. A mí siempre me han gustado los libros que tuve de pequeña. Algunos procedían de mi abuela, de cuando era niña. Me parece que a ésos les tenía todavía más cariño. Siempre me acordaré de mis lecturas de La isla del tesoro, de La granja de los cuatro vientos, de la señora Molesworth, y de algunas obras de Stanley Weyman.
Tuppence echó un vistazo en torno a ella... Después, dándose por vencida, consultó su reloj de pulsera, lanzó una exclamación para hacer ver lo tarde que se le había hecho y se despidió de la señorita Little y sus colaboradoras.
Tuppence encerró el coche en el garaje, dirigiéndose a la entrada principal de la casa. Albert salió por una puerta procedente de atrás, saludándola con una leve reverencia.
—¿Quiere que le sirva el té, señora? Supongo que se sentirá fatigada.
—Pues no, Albert —respondió Tuppence—. He tomado ya el té. Me sirvieron el mismo en el Instituto. Acompañado de un buen pastel, por cierto. Sin embargo, los bollos dejaban bastante que desear.
—Cuesta trabajo sacarlos bien —opinó Albert—. Son casi tan difíciles como los pastelillos que hacía Amy.
—Me acuerdo muy bien de ellos. Eran inimitables.
Albert había perdido a su esposa, Amy, unos años atrás. Secretamente, Tuppence pensaba que lo que Amy había hecho siempre a la perfección eran las tartas.
—Tenía un punto muy particular, desde luego. Yo creo que se nace con ciertos dones para hacer ciertas cosas, señora.
—¿Dónde para el señor Beresford? ¿Ha salido?
—No. Se encuentra arriba, en la habitación que usted sabe. Me refiero a esa especie de pequeña biblioteca...
—¿Qué está haciendo allí? —preguntó Tuppence, ligeramente sorprendida.
—Viendo libros, creo. Debe de estar ordenándolos, me figuro, dándoles los últimos toques a las estanterías.
—Me extraña —confesó Tuppence—. Ha mirado con bastante desdén esos volúmenes, desde el principio.
—Bueno, hay muchos caballeros que piensan como él que gustan de los libros trascendentes de más enjundia, de tipo científico, por ejemplo.
—Subiré por ahí un momento. ¿Dónde está Hannibal?
—Creo que con el señor.
En aquel instante, sin embargo, se presentó el perro. Primeramente, ladró con furia, como corresponde a un perro guardián que se precie de su papel. A continuación, al ver que la persona recién llegada no se había presentado en la casa para robar las cucharas de plata u otra cosa de valor, al advertir que se trataba de su querida dueña, cambió radicalmente de actitud. Bajó los últimos peldaños de la escalera serpenteando, con la lengua fuera y moviendo el rabo constantemente.
—¡Ah! Te alegras de ver a mamá, ¿eh? —dijo Tuppence.
Hannibal contestó que se sentía muy complacido. Saltó sobre sus piernas con tal ímpetu que estuvo a punto de derribarla.
—Quieto, querido, quieto. Supongo que no querrás matarme, ¿verdad?
Hannibal quiso hacerle ver que lo único que deseaba era comérsela, debido a que la quería mucho.
—¿Dónde está papá? ¿Se encuentra arriba?
Hannibal comprendió. Subió corriendo un par de peldaños, volviendo la cabeza para ver si ella lo seguía.
Tuppence se encontró a su esposo ante una estantería sacando y poniendo libros alternativamente en ella.
—¿Qué haces, Tommy? Yo me figuré que habías salido a dar un paseo con Hannibal...
—Fuimos a dar un paseo, efectivamente. Estuvimos en el cementerio.
—¿Y cómo se te ocurrió llevar a Hannibal a ese lugar? Seguro que a nadie le agrada ver perros por allí.
—Lo llevaba de la correa —explicó Tommy—. Por otra parte, fue él quien me condujo allí. Al parecer, le gustaba el sitio.
—Ya sabes como es Hannibal —dijo Tuppence—. Es un perro muy aferrado a la rutina. Si adquiere la costumbre de visitar el cementerio nos va a costar trabajo apartarlo de él.
—Querrás decir obstinado.
Hannibal volvió la cabeza, restregando la misma con la pierna de su dueña.
—Te está diciendo que es muy inteligente. Más inteligente de lo que nosotros creemos.
—¿Qué quieres darme a entender con eso?
—¿Lo has pasado bien? —preguntó Tommy, cambiando de tema.
—Bueno, tanto como pasarlo bien... He estado hablando con unas personas que se mostraron muy amables conmigo y creo que pronto seré una feligresa más de la parroquia. Al principio, en estos intentos de acercamiento a los demás, debes desplegar cierto tacto. No sabes quién es quién... Ahora todo el mundo viste igual y las diferencias entre las personas no pueden ser determinadas de buenas a primeras. De momento, sólo se ven caras bonitas y caras feas. Lo otro viene después.
—He querido decirte que Hannibal y yo somos dos seres muy inteligentes —afirmó Tommy.
—Antes te has referido únicamente al perro.
Tommy alargó una mano, sacando un libro del estante más próximo.
—Secuestrado —señaló—. ¡Oh, sí! Otro libro de Robert Louis Stevenson. Aquí debió de haber alguien que sentía una extraordinaria afición por las obras de Robert Louis Stevenson. La Flecha Negra, Secuestrado, Catriona... Todavía hay otros dos libros. Lo más seguro es que Alexander Parkinson tuviera una abuela o una tía generosa que se los regalara.
—Bueno, ¿y qué? —inquirió Tuppence.
—Que he dado con su tumba —repuso Tommy.
—Que has dado... ¿con qué?
—En realidad, fue Hannibal. Está en un rincón del cementerio, cerca de una de las puertas laterales del templo. Me imagino que es la que corresponde a la sacristía. La lápida está con las letras un poco borrosas, pero se puede leer el nombre. Contaba catorce años cuando murió. Alexander Richard Parkinson. Hannibal andaba husmeando por allí. Logré descifrar la inscripción...
—Catorce años —consideró Tuppence—. ¡Pobre chico!
—Sí, es muy triste. Además...
—Tú estás pensando en algo. A ver, Tommy... ¿Qué es?
—Estuve reflexionando. Supongo, Tuppence, que me has contagiado tu curiosidad. Es lo que sucede siempre. Cuando llevas algo entre manos no te lo reservas, sino que acabas por conseguir que quienes están a tú alrededor concentren su atención en lo mismo.
—No acabo de entender, Tommy, querido.
—Me pregunté si no nos hallábamos ante la clásica causa y su efecto.
—¡Explícate, hombre!
—Verás... Alexander Parkinson, laboriosamente, compuso una especie de código y un mensaje. Me imagino que se entretendría lo suyo con ello. Mary Jordan no murió de muerte natural. Supongamos que eso era cierto. Imaginemos que, efectivamente, Mary Jordan, quienquiera que fuese, no falleció de muerte natural... Bueno, ¿no lo ves? Lo que tenía que venir luego era la muerte de Alexander Parkinson...
—Quieres decir que... Tú piensas que...
—Hay que reflexionar... Me empezó a extrañar una cosa. Un chico de catorce años. No se alude allí a la causa de la muerte. Supongo que, comúnmente, esto no figura en las lápidas sepulcrales. Había solamente una frase: «Sólo ante Tu presencia se experimenta el pleno gozo». Algo por el estilo, al menos. Pero es que todo pudo ser debido a que sabía algo que entrañaba un peligro para otra persona. Y, claro, murió...
—¿Quieres decir que fue asesinado? Me parece que estás dejando volar tu imaginación —opinó Tuppence.
—Bueno, tú fuiste quien lo empezó todo, haciendo cabalas, fantaseando... Es lo mismo.
—Supongo que continuaremos por ese camino, pero que no llegaremos a nada concreto, ya que todo ocurrió hace años y años. Tuppence y Tommy se miraron.
—Eso fue alrededor de la época en que andábamos ocupados con las investigaciones del caso Jane Finn —declaró él.
Los dos volvieron a mirarse. Ambos pensaban en el pasado...

CAPÍTULO SEIS

PROBLEMAS


Cuando se piensa en una mudanza, lo normal es que, por anticipado, se prevea una operación agradable, hasta cierto punto. Esto, después, no se acomoda a la realidad, generalmente.
Hay que iniciar una serie de relaciones enojosas con electricistas, albañiles, carpinteros, pintores, empapeladores, suministradores de frigoríficos, cocinas de gas, tapiceros; hay que entenderse con los instaladores de las cortinas, con los abastecedores de linóleo, si procede, con los vendedores de alfombras... Todos los días hay una tarea que realizar; es preciso atender de cuatro a doce llamadas a la puerta: son visitas largo tiempo esperadas y también imprevisibles.
Pero había momentos de optimismo, en los que Tuppence anunciaba el fin de sus actividades en determinado sector.
—Creo que ahora nuestra cocina está lista. Ocurre, sin embargo, que no he podido dar todavía con el recipiente más adecuado para guardar la harina —declaró Tuppence.
—¿Tiene ese detalle mucha importancia? —preguntó Tommy.
—Pues sí que la tiene. Tú compras harina y te la despachan en bolsas de papel. No me parece una envoltura adecuada para su almacenaje. De vez en cuando, Tuppence formulaba otras sugerencias.
—«Los Laureles». ¡Qué nombre más tonto para una casa, ¿no te parece? No sé por qué fue bautizada esta casa con él. «Los Laureles». No he visto laureles por ninguna parte aquí. Podían haberla llamado «Los Plátanos Silvestres». Los plátanos silvestres son muy bellos —puntualizó la esposa de Tommy.
—Antes de llamarse «Los Laureles» tuvo el nombre de «Long Scofield», según me han dicho —declaró Tommy.
—Ese nombre tampoco me dice nada —indicó Tuppence.
—¿Quiénes vivían aquí entonces?
—Creo que eran los Waddington.
—Se siente una confusa... Primero, los Waddington y luego los Jones, la familia que nos la vendió... Antes, fueron los Blackmore, ¿no? Y en alguna ocasión, supongo, los Parkinson. Muchos Parkinson... Siempre voy a parar a ellos.
—¿Por qué?
—Me imagino que es porque ando siempre haciendo preguntas a diestro y siniestro —contestó Tuppence—. Y es que pienso que si lograra averiguar algo sobre los Parkinson, podríamos también dar un paso adelante en... en nuestro problema.
—El problema de Mary Jordan, ¿no?
—No, exactamente. Tenemos el problema de los Parkinson y el problema de Mary Jordan. Tiene que haber un puñado de problemas más. Mary Jordan no murió de muerte natural... Y el siguiente mensaje era: «Fue uno de nosotros». ¿A quién se refería? ¿A un miembro de la familia Parkinson? ¿A una persona, cualquiera, que vivía por aquellos días en la casa? Supongamos que hubiera habido de dos a tres Parkinson, y algún otro Parkinson mayor, gente con nombres distintos, pero que estuviera enlazada por el parentesco con los dueños de la vivienda: una tía, una sobrina, un sobrino... Con la familia conviviría también, quizás, una doncella y una cocinera, y tal vez una ama de llaves... ¿Y por qué no pensar en una chica au pair? «Uno de nosotros» se refiere a los integrantes de un hogar. Antes había en las casas más gente que ahora. Bien. Mary Jordan pudo ser una doncella, una sirvienta, la cocinera, incluso. ¿Y por qué había de haber alguien deseoso de que muriera? ¿Por qué habían de atentar contra su vida?... ¡Ah! Pasado mañana voy a participar en otro café colectivo, Tommy.
—Últimamente, Tuppence, sientes mucha inclinación por ese tipo de reuniones.
—Es una manera como otra cualquiera de trabar relación con los vecinos y otras personas que también viven por aquí. Después de todo, no es tan grande la población. Y todos están hablando siempre de sus tíos y tías mayores, de la gente que conocen. Probaré suerte, para empezar, con la señora Griffin, evidentemente un gran personaje de la vecindad. Yo diría que está habituada a llevarlo todo con mano de hierro. Manda en el párroco, en el médico, en su enfermera. No se le escapa nadie.
—La enfermera te será útil, seguramente.
—No creo. Murió... Bueno, me refiero a la que trabajaba aquí en la época de los Parkinson. Ésta de ahora lleva poco tiempo en el poblado. Vive completamente desentendida de él. A mí me parece que no ha conocido a un solo Parkinson, ni de oídas.
Tommy replicó, fatigado:
—No sabes lo que daría porque nos olvidáramos por completo de los Parkinson, querida.
—A causa de que así no tendríamos ningún problema, ¿verdad?
—¡Tuppence! Ya estamos otra vez con los problemas dichosos.
—Pensaba en Beatriz —explicó Tuppence.
—¿Qué pasa con Beatriz?
—Beatriz fue la introductora de los problemas... Bueno, fue más bien Elizabeth. Te hablo de la asistenta que tuvimos antes de que se presentara Beatriz. Me buscaba con frecuencia para decirme: «Señora: ¿podría hablar con usted unos minutos? Verá... Es que tengo un problema». Luego, comenzó a venir Beatriz los jueves y debió de coger el mismo hábito. Ella también tiene sus problemas. Es una forma de expresarse. Todo queda agrupado bajo el nombre común de «problema».
—Ya, ya. Admitámoslo así. Tú tienes un problema... Yo tengo un problema... Los dos tenemos problemas.
Tommy suspiró, saliendo de la estancia. Tuppence descendió por la escalera lentamente, moviendo la cabeza.
Hannibal fue a su encuentro, subiendo unos peldaños, gozoso, meneando el rabo. Aguardaba algún favor especial.
—No, Hannibal —dijo Tuppence—. Ya diste un buen paseo.
Hannibal insistió, queriendo hacerle ver que estaba en un error, que no había habido tal paseo.
—Entre todos los perros que he conocido no vi jamás uno tan embustero como tú —declaró Tuppence—. Has dado ya tu paseo de todas las mañanas con papá.
Hannibal realizó un segundo intento, que consistía en adoptar diversas posturas caninas para poner de relieve que cualquier perro podía disfrutar lo suyo con un segundo paseo siempre que sus amos estuviesen dispuestos a entender la cosa así. Desilusionado ante la inutilidad de sus esfuerzos, bajó corriendo la escalera, fingiendo ir a morder a una chica de enmarañados cabellos que andaba ocupada con una aspiradora. Le disgustaba ésta y se opuso a que Tuppence sostuviese una conversación demasiado larga con Beatriz.
—¡Oh! No permita usted que me muerda, señora —dijo la muchacha.
—No la morderá —contestó Tuppence—. Esto que hace no es más que una comedia.
—Pues yo creo que el día menos pensado va a hincarme los dientes en una de mis piernas. A propósito, señora... ¿Podría hablar con usted un momento?
—¡Ah! ¿Es que...?
—Verá usted, señora... Tengo un problema.
—Me lo figuré —manifestó Tuppence—. ¿De qué tipo de problema se trata? ¡Oh! Ahora que me acuerdo... ¿Usted ha conocido aquí alguna familia con el apellido Jordan?
—¿Jordan? En realidad, no sé... Desde luego, estaban los Johnson. También hubo un policía apellidado así. Y un cartero George Johnson. Era amigo mío.
Beatriz dejó oír una risita.
—¿Nunca oyó usted hablar de una tal Mary Jordan?
Beatriz, desconcertada, movió la cabeza, denegando. En seguida, volvió al asalto.
—¿Le hablo del problema, señora?
—¡Oh, sí! Hábleme de su problema.
—Espero no causarle ninguna molestia al hacerle esta consulta, señora, pero es que he quedado en una difícil situación y no me gusta...
—¿Por qué no prueba a decírmelo rápidamente? —inquirió Tuppence—. Tengo que asistir a una reunión.
—Sí, sí. A la de la señora Barber, ¿no?
—Cierto. Bueno, ¿cuál es su problema?
—Quería hablarle de un abrigo, de un abrigo precioso, la verdad. Estaba expuesto en «Simmonds». Entré en el establecimiento y me lo probé. Me caía muy bien. Presentaba un pequeño defecto en la parte inferior, ¿sabe?, junto al dobladillo, pero esto no me preocupaba. De todos modos... Bueno... Eso... ¡Ejem!
—Eso... ¿qué?
—Eso me hizo ver por qué era tan barato. En consecuencia, me lo compré. Todo se desarrolló bien. Pero cuando llegué a casa me di cuenta de que el marbete, en lugar de leerse en él «3,7 libras», estaba marcado con «6 libras». Bueno, señora... No me gustó lo que vi. Pero no sabía qué hacer. Volví a la tienda, llevando conmigo el abrigo en cuestión. Pensé que lo mejor era visitar de nuevo el establecimiento, explicando que no quería quedarme con la prenda en aquellas condiciones. La chica que me había atendido, Gladys, una joven muy amable, por cierto, se mostró muy afectada. Me apresuré a decirle: «No pasa nada. Estoy dispuesta a pagar la diferencia». Y ella, entonces, me contestó: «No. No puedes proceder así, ya que la operación está registrada» ¿Usted me comprende, señora?
—Sí, creo que sí —contestó Tuppence.
—La dependienta insistió: «No puedes proceder como tú deseas. Me ocasionarías una grave complicación».
—¿Y por qué había de ocasionarle usted una grave complicación?
—Eso me preguntaba yo. Todo estaba claramente planteado: el abrigo me lo había vendido por menos de lo que valía, yo había vuelto con él y aquello no tenía por qué acarrearle un disgusto. La chica aseguraba que aun así tendría un gran disgusto.
—No me lo explico —contestó Tuppence—. Opino que usted obró correctamente. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Ya ve usted... El caso es que la muchacha incluso se echó a llorar. Total: que volví a llevarme el abrigo y ahora tengo la sensación de haber estafado a la tienda... Bueno, es que no sé qué camino tomar.
—Me creo con demasiados años ya para acomodarme a las maneras de estos tiempos. En las tiendas pasan ahora cosas muy extrañas. Todo el mundo desconfía de los precios, resulta difícil acertar. Sin embargo, yo, en su lugar, quizá pondría el dinero en manos de... ¿cómo se llama la dependienta?... en manos de Gladys. Luego, ella podría depositar aquél en el cajón o cualquier otra parte.
—No me gusta la solución. Gladys podría quedarse con el dinero. Entonces, sería ella quien lo habría robado. En ese aspecto, Gladys no me inspira ninguna confianza.
—Hija —dijo Tuppence—: la vida es difícil, ¿verdad? Lo siento mucho, Beatriz, pero creo que tienes que tomar alguna decisión sobre el particular, de un tipo u otro. Si no puedes confiar en tu amiga.
—¡Oh! No es exactamente una amiga. Voy por esa tienda de vez en cuando, a comprar cosas sin importancia, normalmente. Me gusta charlar con Gladys, eso es todo. Pero, desde luego, no es una amiga. Me parece que ya tuvo dificultades en el comercio en que trabajó antes. ¿Sabe? Se decía que solía quedarse con el dinero del negocio, cuando vendía algunos artículos...
—Bueno, pues en ese caso —declaró Tuppence, ya desesperada—, yo no haría nada.
Habló con tanta energía que Hannibal levantó la vista, como escrutando curioso su rostro. Profirió después unos ladridos dirigidos a Beatriz, saltando alrededor de la aspiradora, un aparato que figuraba entre sus principales enemigos. «Esta aspiradora me produce recelo», quiso decir Hannibal. «Me gustaría pegarle un mordisco.»
—¡Quieto Hannibal! ¡No ladres más! Y no pienses en hincar tus colmillos en nada ni en nadie —señaló Tuppence—. ¡Oh! ¡Se me va a hacer muy tarde!
Tuppence abandonó a toda prisa la casa.
—Problemas... —murmuró Tuppence mientras descendía por la ladera, a lo largo de Orchard Road.
Mirando a su alrededor, se preguntó si habría habido en alguna época un huerto anexo a alguna de las casas que veía. Le pareció sumamente improbable.
La señora Barber le dispensó una afectuosa acogida. En seguida le ofreció unos pastelillos que a juzgar por su aspecto debían de ser deliciosos. Tuppence hizo un cálido elogio de ellos. ¿Dónde los compra usted? ¿En «Betterby»? «Betterby» era el nombre de la pastelería del lugar. No, no. Los ha hecho mi tía. Es una mujer maravillosa, que lo hace bien todo.
—Esta clase de pastelitos son muy difíciles de elaborar —opinó Tuppence—. Nunca he podido salir airosa de tales menesteres. Bueno, es que hay que valerse de una harina especial. Creo que el secreto del éxito radica en eso.
Las damas bebieron café y charlaron acerca de las dificultades que se presentaban en la elaboración de ciertos platos.
—La señorita Bolland estuvo hablándonos de usted el otro día, señora Beresford.
—¿De veras? ¿La señorita Bolland, ha dicho?
—Vive cerca del templo. Su familia habita en este lugar desde hace mucho tiempo. Nos estaba contando cosas de su niñez. Se refirió a las hermosas fresas que entonces se criaban en su jardín. Había en él ciruelos también. He aquí algo que no se ve ya hoy: las ciruelas. Estoy pensando en las sabrosas ciruelas claudias. No todas tienen el mismo gusto.
La conversación se centró ahora en la fruta. Por supuesto, la fruta que recordaba de su niñez era de sabores distintos, más apetitosos que la que compraban ahora todos los días en las tiendas de por allí. —Uno de mis tíos tenía ciruelos —manifestó Tuppence. ¿Se refiere usted al que fue canónigo en Anchester? Aquí vivió un canónigo también, apellidado Henderson. Vivía con una hermana suya. Pasó algo lamentable... Estaba saboreando un pastel de semillas cierto día cuando una de éstas se le fue por lo vedado. Sí... Algo así le ocurrió. A la pobre mujer le falló la respiración y se ahogó. ¡Vaya! Le costó la vida, como lo oye.
—Es muy triste, ¿verdad? —inquirió la señora Barber—. Uno de mis primos murió asfixiado también. Un trozo de carne de cordero tuvo la culpa. Esas cosas ocurren con facilidad, creo... Algunas personas tengo entendido que han muerto a consecuencia de un fuerte hipo. Claro. Al no poder parar... No conocerían, seguramente, la antigua canción infantil:

Hip-po, hip-po,
Hip, hasta la próxima ciudad,
Tres hips y un po
curan el hipo.

Es preciso contener la respiración mientras se recita eso.

CAPÍTULO SIETE

MÁS PROBLEMAS


—¿Podría hablar con usted unos instantes, señora?
—¡Ay, Beatriz! —exclamó Tuppence—. ¿Nuevos problemas?
Bajaba por la escalera, procedente de la biblioteca y revisaba su vestido, el mejor que tenía, en el que habían caído algunas motitas de polvo. Tuppence pensaba rematar su atuendo con un sombrero de plumas. Tenía que asistir a un té, invitada por una nueva amiga, una mujer que había conocido en la Venta del Elefante Blanco. No era el momento más oportuno, decidió, para entretenerse oyendo las dificultades con que se enfrentaba Beatriz.
—No, no se trata exactamente de ningún problema. Se trata de algo que, a mi juicio, puede interesarle saber.
Tuppence pensó entonces que el problema se le plantearía debidamente disfrazado. Procedió con cierta cautela:
—Llevo prisa, ¿sabes? Tengo que asistir a un té.
—Quería hablarle de una persona sobre la cual preguntó usted. Se llamaba Mary Jordan, ¿no? Ellos pensaron, quizá, en Mary Johnson. Hubo aquí una tal Belinda Johnson que trabajó en correos. Pero, bueno, de esto hace ya mucho tiempo.
—Sí. Y no sé quién me dijo que hubo en el lugar un policía apellidado Johnson también.
—Esta amiga mía... Se llamaba Gwenda... ¿Sabe usted qué tienda es? La oficina de correos queda a un lado; en el otro hay un establecimiento en el que venden tarjetas postales, objetos de porcelana... Antes de Navidad...
—Sé dónde es, Beatriz. La dueña de esa tienda es la señora Garrison, me parece.
—No, ahora ya no lo llevan los Garrison. Es otro apellido... El caso es que esta amiga mía, Gwenda, pensó que podía interesarle saber que ella ha oído hablar de una Mary Jordan que vivió aquí hace mucho tiempo. Mucho tiempo, ¿eh? Vivió aquí, en esta casa, quiero decir.
—¿En «Los Laureles»?
—Entonces la casa no se llamaba así. Oyó contar cosas de ella, me dijo. Por eso se imaginó que a usted podía interesarle. Circuló una historia más bien triste... Tuvo un accidente, le pasó algo. El caso es que murió.
—¿Quieres decir que habitaba en esta casa cuando murió? ¿Formaba parte de la familia que ocupaba la vivienda?
—No. Aquí vivían los Parker... Un apellido por el estilo... Había muchos
Parker en aquella época. Parker o Parkinson, algo así... Creo que pasaba una temporada con ellos. La señora Griffin debe de estar enterada. ¿Usted conoce a la señora Griffin?
—¡Oh! Muy superficialmente —contestó Tuppence—. A su casa me dirijo esta tarde, precisamente para tomar el té. Estuve hablando con ella el otro día, durante la venta. La vi por vez primera entonces.
—Es una mujer muy mayor ya. Tiene más años de los que aparenta, pero disfruta de una buena memoria. Creo que era madrina de uno de los chicos de los Parkinson.
—¿Cuál era el nombre de pila del muchacho?
—Alec, seguramente. Un nombre así. Alec o Alex.
—¿Qué fue de él? ¿Se hizo mayor y se fue de aquí? ¿Adoptó la profesión militar? ¿Ingresó en la marina?
—No, no. Nada de eso. Murió. Creo que está enterrado en este lugar. Es una de esas cosas de la localidad de las que la gente no está bien enterada. Tuvo una de esas enfermedades que llevan un apellido... ¿Será la enfermedad de Hodgkin? Algo por el estilo, sí... Es una alteración que causa un cambio de color en la sangre. Ahora, a los pacientes, creo que se la sacan toda, cambiándosela por otra buena. Pero generalmente, según dicen, ¿eh?, el enfermo muere. La señora Billings... Ya sabe usted de quién hablo: de la dueña de la pastelería... Tuvo una hija que murió de eso. La pobre no contaba más de siete años. Dicen que la enfermedad se presenta a menudo en las criaturas de poca edad.
—¿No será que me estás hablando de la leucemia? —sugirió Tuppence.
—¡Ah! Usted lo sabe, ¿eh? Sí, estoy segura: así se llama la enfermedad. Todos afirman que algún día podrá curarse, que podrá evitarse con inyecciones, con un buen tratamiento... Igual que ahora los médicos curan, por ejemplo, el tifus, que antes ocasionaba tantas muertes...
—Es muy interesante lo que me cuentas, Beatriz —dijo Tuppence, interrumpiendo a la muchacha—. ¡Pobre chico!
—Tenía muy pocos años. Iba a no sé qué colegio. Tendría unos trece o catorce años, señora, cuando murió.
—Una historia muy triste, Beatriz —consideró Tuppence ahora. Hizo una pausa antes de añadir—: Bueno, chica. Se me ha hecho tarde. Tengo que darme prisa.
—Yo creo que la señora Griffin podrá darle detalles sobre lo que acabo de contarle. No es que las recuerde por haberlos conocido directamente... Es que ella llegó aquí cuando todavía era una niña y oiría referir muchas cosas. Se pasa la vida hablando de las familias que han desfilado por este lugar hace muchos años. Conoce también algunas historias verdaderamente escandalosas, señora, de la época eduardina, o victoriana, no sé... Yo creo que fue en la victoriana, porque todavía vivía la anciana reina, así que victoriana realmente... Hay quien se ha referido al círculo de Marlborough House. Una especie de alta sociedad, ¿no?
—Sí, sí. Alta sociedad —confirmó Tuppence.
—Cuyos miembros adoptan una especial conducta —señaló Beatriz.
—Muy especial, en efecto.
—Ya. Jovencitas que hacían lo que no debían —dijo Beatriz, resistiéndose a separarse de su señora ahora que parecían llegar a algo interesante.
—No. Yo creo que las chicas se comportaban bien, que llevaban una vida pura, austera, casándose jóvenes, aunque siempre con la guía de la nobleza a la vista.
—¡Oh! ¡Qué bonito! —exclamó Beatriz—. Disfrutarían de buena ropa, supongo; asistirían a las carreras de caballos, a los bailes de gala...
—Sí, a muchos bailes.
—Yo conocí en cierta ocasión a una muchacha cuya abuela había servido en uno de esos hogares elegantes, visitado por el Príncipe de Gales, el que fue después Eduardo VII... Me contaba que siempre se mostraba muy atento, muy fino y amable, incluso con los sirvientes. Cuando la mujer se fue de la casa se llevó consigo la pastilla de jabón que el Príncipe de Gales utilizara para lavarse las manos. Nos la enseñó una vez...
—Te resultaría muy emocionante, ¿eh? —dijo Tuppence—. ¡Ah! ¡Qué tiempos! Quizá visitara en alguna ocasión «Los Laureles»...
—No. Habría oído contar algo acerca de eso. Aquí no había más que Parkinson, a secas. Nada de condesas, marquesas y demás títulos. Creo que los Parkinson se dedicaban al comercio. Eran muy ricos, sí, pero ¿qué emoción puede proporcionar el negocio, comprar y vender?
—Según, según —contestó Tuppence. Rápidamente, agregó—: Me parece que debiera...
—Sí, señora, será mejor que se marche ya.
—Desde luego. Bueno, gracias, Beatriz. Me conviene ponerme un sombrero. Llevo los cabellos muy desordenados.
—Es que seguramente acercó usted la cabeza a aquel rincón de telarañas. Voy a limpiar allí, por si acaso.
Tuppence bajó corriendo la escalera.
—Alexander pisó todos estos peldaños —dijo—. Me imagino que muchas veces. Y sabía que «fue uno de ellos». ¡Qué raro! Mi extrañeza es mayor que nunca.

CAPÍTULO OCHO

LA SEÑORA GRIFFIN


—No sabe lo que me alegro de que usted y su esposo se hayan decidido a venir aquí, señora Beresford —dijo la señora Griffin mientras servía el té—. ¿Azúcar? ¿Leche?
Acercó a su visitante una pequeña fuente con bocadillos y Tuppence cogió uno.
La vida, en estos sitios, es muy diferente a la que se lleva en las ciudades. Aquí una conoce a sus vecinos, traba amistad con ellos. Siempre encuentra que hay algo en común que une. ¿Había estado usted por aquí anteriormente?
—No, no —contestó Tuppence—. Nos salieron varios ofrecimientos de casas. Los detalles de las mismas nos fueron facilitados por unos agentes de la propiedad. Por supuesto, la mayor parte de ellas no valían nada. Recuerdo una que se llamaba «Llena del Encanto del Viejo Mundo».
—Ya. Ese encanto del viejo mundo significa habitualmente que es preciso poner un tejado nuevo y que hay humedad por todas partes. Hay otra expresión igual de sospechosa: «completamente modernizada». Esto quiere decir que la casa está llena de todo tipo de chismes eléctricos, en su mayoría inútiles. Los agentes se valen de señuelos para que los probables compradores se olviden de que la casa en venta, por ejemplo, carece de vistas bonitas. Ahora, «Los Laureles» es una bonita finca. Supongo, sin embargo, que tendrán bastante quehacer antes de acomodarse en ella a gusto. Es lo que les ha pasado a todos los que la habitaron.
—Supongo que ha vivido mucha gente allí —apuntó Tuppence.
—¡Oh, sí! Actualmente, las personas no suelen echar raíces en ninguna parte. Por esa casa pasaron los Cuthbertson, los Redland, y antes que ellos los Seymour. Posteriormente, llegaron los Jones.
—He estado preguntándome por qué bautizaron la finca con el nombre de «Los Laureles» —dijo Tuppence.
—Ese nombre respondía al gusto del tiempo. Desde luego, si se remonta una suficientemente en el mismo, yo creo que por la época de los Parkinson, quizás, allí había mucho laurel. Tal vez existiera un camino interior bordeado por esos árboles. ¿Conoce usted la especie de hojas moteadas? ¡Oh! Nunca ha sido muy de mi agrado.
—Estoy de acuerdo con usted. A mí tampoco me gusta ese laurel —seguidamente, Tuppence añadió—: Por aquí han desfilado muchos Parkinson, por lo que he podido apreciar.
—Sí. Ninguna otra familia ha tenido tantos representantes como ellos en este lugar.
—Son muy pocas personas hoy, al parecer, que están en condiciones de hablar de ellos con algún conocimiento de causa.
—Bueno, querida, es que ha pasado ya mucho tiempo. Y después del... del problema que usted conoce, dado el sentir general, no es de extrañar que optaran por vender la casa.
—No se hablaba bien de ella, ¿verdad? —preguntó Tuppence, deseosa de aprovechar aquella oportunidad—. ¿Cree usted que la casa no reunía las condiciones sanitarias indispensables o algo así?
—No, no es la casa... Bueno, se presentó aquello y... Una desgracia, en cierto modo. Fue durante la primera guerra. Nadie podía creerlo. Mi abuela solía hablar de ello, diciendo que había tenido que ver con unos secretos navales... acerca de la construcción de un nuevo submarino. Vivía con los Parkinson una joven de la que se dijo que anduvo mezclada en aquel hecho.
—¿Se llamaba Mary Jordan? —preguntó Tuppence.
—Sí. En efecto. Después se sospechó que ése no era su nombre real. Creo que hubo alguien que desconfiaba de ella desde hacía tiempo. Un chico... Alexander. Un chiquillo magnífico, muy inteligente.

LIBRO II


CAPÍTULO UNO

MUCHO TIEMPO ATRÁS


Tuppence estaba seleccionando unas tarjetas postales. Era una tarde muy húmeda aquélla y la oficina de correos se encontraba casi vacía. La gente dejaba caer las cartas en el buzón exterior y apretaba el paso. De vez en cuando, entraba alguien a comprar unos sellos. Seguidamente, estas personas emprendían el regreso a sus hogares, a toda prisa. El público escaseaba a aquella hora. Tuppence pensó que había escogido muy bien el día.
Gwenda, a quien había identificado gracias a la descripción que de ella hiciera Beatriz, se ofreció a Tuppence para lo que quisiera. Gwenda representaba la faceta comercial de la oficina de correos. Una mujer ya entrada en años, con los cabellos grises, presidía el espacio destinado a los asuntos del correo de Su Majestad. Gwenda, una chica locuaz, que se interesaba por todas las caras nuevas que aparecían por la localidad, se sentía feliz entre las tarjetas de Navidad, las de felicitación para los nacimientos, las cómicas, las cuartillas, diversos tipos de chocolate y algunos artículos de porcelana de uso doméstico. A los pocos minutos de haber empezado a charlar, Tuppence y Gwenda daban la impresión de conocerse de toda la vida.
—Me alegro de que esa casa haya sido abierta de nuevo. Me refiero a «Princesa Lodge».
—Yo creí que siempre se había llamado «Los Laureles».
—Y yo me inclino a pensar que no fue nunca llamada así, antes de ahora. Es corriente aquí el cambio de nombre de las casas. A la gente le gusta eso.
—Es verdad —manifestó Tuppence, pensativamente—. Mi marido y yo habíamos ideado ya uno o dos nombres. ¡Ah! Beatriz me dijo que usted conoció a una joven llamada Mary Jordan que vivió aquí en otro tiempo.
—No la conocí. Pero sí oí hablar de ella. Fue en la guerra... La última, no. La otra, de hace muchos años, en la que se utilizaron los zepelines.
—Recuerdo haber oído contar cosas de ellos —declaró Tuppence. Fue en 1915 ó 1916... Los zepelines aparecieron sobre Londres. Un día fui con una tía ya anciana a los almacenes de la Armada y el Ejército y hubo una alarma...
—Solían aparecer por la noche, a veces, ¿no? Resultaría imponente aquello. ¡Oh! ¡Qué miedo!
—Bueno, no creo que causaran tanta impresión —señaló Tuppence—: La gente estaba habituada ya a las emociones fuertes. Peor eran las bombas volantes de la última guerra. Una tenía la impresión de que la bomba seguiría a las personas, fuesen a donde fuesen.
—Se pasaban ustedes las noches en el «metro», ¿no? Yo tenía una amiga que vivía en Londres... Hacía eso. Creo que era en Warren. Cada uno hacía uso de la estación de «metro» de su distrito como una prolongación de su casa.
—Yo no estuve en Londres durante la última guerra —puntualizó Tuppence—. Creo que me hubiera hecho muy poca gracia pasarme la noche bajo tierra.
—Esta amiga mía (se llamaba Jenny) no pensaba igual que usted. A ella le gustaba el «metro» en aquellas circunstancias. Decía que resultaba muy divertido. Cada uno tenía su escalera de acceso favorita. El sitio escogido para dormir lo respetaban todos. Se comía, se bebía, se hablaba de todo durante las largas horas de espera... A veces no se pegaba un ojo en toda la noche. Algo fuera de lo corriente, según me contaba Jenny. Los trenes funcionaban continuamente. Mi amiga me dijo que cuando terminó la guerra todo volvió a ser lo de siempre, muy aburrido. Y para colmo de males tuvo que regresar a su casa.
—De todos modos —dijo Tuppence—, los ciudadanos de 1914 tuvieron la suerte de no conocer las bombas volantes. Sólo vieron zepelines.
Pero, evidentemente, Gwenda había perdido todo interés por los zepelines.
—Estuve hablando de una tal Mary Jordan con Beatriz —recordó Tuppence a la chica—. Su amiga me indicó que usted sabía cosas sobre ella.
—No muchas... Oí mencionar su nombre en una o dos ocasiones, pero de eso hace ya algún tiempo. Mi abuela decía que tenía unos hermosos cabellos rubios. Era alemana... Una de esas «fräulein», como se oye decir por aquí. Cuidaba de los niños: una especie de institutriz. Había estado con una familia de no sé dónde, cuyos varones eran marinos. Esto fue en Escocia, creo. Después, apareció en este lugar, con una familia, los Park... O los Perkin, no sé. Tenía un día libre a la semana y entonces se trasladaba a Londres. Allí se llevaba las cosas...
—¿Qué clase de cosas?
—Lo ignoro. Nadie concretaba en este sentido. Supongo que se trataba de las cosas que robaba.
—¿La descubrieron robando?
—No, no creo. Estaban empezando a sospechar de ella, pero entonces se puso enferma y murió antes de que la cogieran in fraganti.
—¿De qué murió? ¿Falleció aquí? Me imagino que iría a un hospital...
—No, no creo que hubiese hospitales a donde ir entonces. No existía la Segundad Social por aquellos días. Alguien me explicó que todo fue por culpa de una estúpida equivocación. En la casa entraron hojas de digital en lugar de espinacas... o de hojas de lechuga, quizá. No... Alguien me dijo que fue una planta de belladona, pero esto no lo creí ni por un momento, porque todo el mundo la conoce y da bayas. Bien. Me inclino a pensar que fueron hojas de digital, sacadas del jardín por error. Me he acordado del digital porque alude a los dedos... Hay algo mortal en la planta... Llegó el médico y el hombre hizo lo que pudo, pero ya era tarde.
—¿Había muchas personas en la casa cuando sucedió eso?
—Muchas, me figuro... Sí, porque en aquella casa siempre tenían invitados. Es lo que he oído decir... Había niños, gente que pasaba en la misma el fin de semana, una institutriz, un ama de llaves. Se celebraban reuniones frecuentemente, además. Bueno, todo eso lo sé por lo que me contaba mi abuela. De otro lado, el señor Bodlicott suele hablar de ello de vez en cuando. ¿Sabe a quién me refiero? Al viejo jardinero. De jardinero trabajaba allí y le echaron al principio la culpa, diciendo que había sido él quien introdujera las mortales hojas en la casa. Pero esto no era cierto. Fue una persona ajena a la familia, que deseosa de prestar un servicio cogió las verduras en la pequeña huerta, llevándolas a la cocina. Ya se lo puede imaginar: espinacas, lechugas y otras cosas semejantes. Creo que en la encuesta judicial se dijo que cualquiera podía cometer un error como aquél, ya que las espinacas o las acederas se criaban cerca de la planta llamada digi... digital. Supongo que cogerían un puñado de hojas juntas. Fue un hecho muy triste, ya que, según mi abuela, se trataba de una chica de muy buen ver, con unos preciosos cabellos rubios...
—¿Y dice usted que tenía la costumbre de ir a Londres todas las semanas? Naturalmente, tendría un día libre cada siete. Esto es lo normal.
Sí. Decía que tenía algunos amigos allí. Mi abuela me contó que habían circulado rumores... Alguien afirmó que en realidad se trataba de una espía alemana.
—¿Lo era? ¿Se confirmaron tales rumores?
—Yo pienso que no. Caía muy bien entre los hombres, al parecer. Sabe? Entre los oficiales del Campamento Militar de Shelton...
—¿Era o no una espía?
—Ya le he dicho que yo creo que no. Mi abuela se refería a lo que la gente dijo. Esto no fue en la última guerra. Ocurrió mucho antes.
—Es curioso —comentó Tuppence—. Hay que ver la facilidad con que la gente confunde las guerras. Conozco yo un viejo que tenía un amigo que tomó parte en la batalla de Waterloo.
—¡Oh! Eso fue mucho antes de 1914. Por entonces, las familias contrataban los servicios de las institutrices extranjeras, a las que daban el nombre de «mamoselles», así como «frauleins»... Mi abuela decía que era sumamente atenta con los niños... Caía siempre muy bien a todo el mundo...
—Todo pasó cuando ella vivía aquí, en «Los Laureles», ¿no?
—La finca no se llamaba así entonces... Al menos, creo que no era ése su nombre. Ella vivía con los Parkinson, o los Perkin, u otro apellido parecido. Era lo que nosotros entendemos ahora por una chica au pair. Procedía de esa población famosa por ciertos pasteles, los pasteles que suelen verse en las reuniones de categoría. Es una población mitad alemana, mitad francesa, según me han dicho.
—¿Estrasburgo? —sugirió Tuppence.
—Sí, ése era su nombre. Ella pintaba. A una tía-abuela mía le hizo un retrato. Tía Fanny siempre dijo que la había sacado más vieja de lo que era en realidad. También retrató a uno de los chicos de los Parkinson. Todavía conserva el cuadro la señora Griffin. Un chico de los Parkinson descubrió algo relacionado con ella, creo... El del cuadro, quien me parece recordar que era ahijado de la señora Griffin.
—¿Sería ese Alexander Parkinson?
—Sí, ése era, el que está enterrado cerca del templo.

CAPITULO DOS

INTRODUCCIÓN A «MATHILDE», «TRUELOVE» Y «KK»


A la mañana siguiente, Tuppence fue en busca de un personaje muy conocido en el lugar: el viejo Isaac, o señor Bodlicott, también, en las ocasiones más formales.
Isaac Bodlicott era un personaje allí por diversas razones, una de ellas la edad. Alegaba contar noventa años, cosa que generalmente no era creída. Era además, hombre capaz de realizar todo género de reparaciones. Cuando los esfuerzos de cualquier vecino por atraer hacia su casa al fontanero se traducían exclusivamente en vanas promesas, aquél recurría al viejo Bodlicott. Este no se hallaba profesionalmente cualificado para efectuar las reparaciones que emprendía, pero de siempre, en el curso de su dilatada existencia, habíase atrevido con todo. Le daba igual que la dificultad fuese de tipo sanitario; atacaba de frente los problemas de la conducción de aguas, las averías de tipo eléctrico y las anomalías de las cocinas de gas. Sus reparaciones constituían frecuentemente un éxito. Sabía de carpintería, arreglaba con facilidad una cerradura, colgaba cuadros (que quedaban torcidos, muchas veces) y conocía los misterios de los muelles pertenecientes a desvencijados sillones.
La utilización del señor Bodlicott, sin embargo, entrañaba un grave peligro: la exposición del favorecido de turno a su incesante discurso. Era un nombre de una locuacidad asombrosa, que se veía cortada por su dentadura postiza, con la que se hallaba en constante lucha para hacer inteligibles sus palabras. Su memoria era un copioso almacén de recuerdos del lugar, relativos a hechos y personas. Resultaba difícil saber, no obstante, hasta qué punto se podía confiar en sus afirmaciones. Cuando al señor Bodlicott se le deparaba la oportunidad de referir una buena historia de los viejos tiempos, no la desaprovechaba.
—Se quedaría usted asombrada si le contara todo lo que sé acerca de eso. De veras. Bueno, la verdad es que todo el mundo se figuraba estar al cabo ele la calle en el asunto, pero generalmente se equivocaban. Por completo, ¿eh? Fue la hermana mayor, ¿sabe? Una joven magnífica, parecía ser. El perro del carnicero fue quien les dio la pista. La siguió hasta su casa. Tal como suena. Sólo que no era realmente la suya... ¡Oh, claro que podría contarle mucho más sobre eso! Y luego, estaba la señora Atkins. Nadie sabía que tenía un revólver en la casa. Yo, en cambio, sí. Lo supe cuando se interesó por reparar su cómoda. Así fue, en efecto. Bien... Contaba setenta y cinco años. Y allí, en un cajón, en uno de los cajones de la cómoda, la que había mandado reparar (las bisagras se habían salido de su sitio; la cerradura estaba estropeada), allí se encontraba el revólver. Estaba en una caja de zapatos de mujer, del número tres, por cierto. Bueno, no sé si eran del número tres o del dos... Eran de satén blanco. Un pie delicioso, muy pequeño. Los zapatos de boda de su abuela, decía ella. Es posible. Pero alguien contó que los había comprado en un establecimiento de curiosidades. No sé si seria verdad. El revólver... Se aseguraba que su hijo lo había traído de África, del África Oriental. Había estado allí cazando elefantes. Y al volver, apareció con ese revólver. ¿Y sabe usted qué hacía la anciana señora? Su hijo le había enseñado a manejar el arma... Se sentaba a la ventana de su cuarto de estar y cuando veía aparecer a alguien en el camino que llevaba a la casa, apuntaba cuidadosamente, haciendo fuego, procurando que la bala pasara cerca de su blanco. Excuso decirle el susto que se llevaban todos. Huían corriendo de allí. Ella decía que deseaba evitar que importunasen a sus pájaros. Le gustaban mucho los pájaros, ¿sabe? Y jamás disparó sobre ninguno de ellos... Luego, circularon numerosas historias sobre la señora Letherby. Era una cleptómana. Robaba en las tiendas. Y lo hacía muy hábilmente. Sin embargo, era muy rica, tenía mucho dinero...
Habiendo logrado convencer al señor Bodlicott para que hiciera una reparación en el tragaluz del cuarto de baño, Tuppence se preguntaba si lograría orientar la conversación hacia un punto determinado del pasado, de manera que se derivara de ella algo útil para la solución del misterio de la ocultación en la casa de algún tesoro o interesante secreto, sobre cuya naturaleza no tenía una idea clara, lo mismo que Tommy.
Cuando se trataba de servir a unos recién llegados a aquella colectividad, el viejo Isaac Bodlicott daba siempre las máximas facilidades. Le gustaba establecer contacto con gente nueva. Ésta le facilitaba una oportunidad ciertamente de lucir sus recuerdos y en general se mostraba más paciente que los habituales vecinos. Los conocidos de siempre no le animaban a hablar. Todo lo más, soportaban con resignación sus inacabables discursos. Ahora, un auditorio de estreno ya era otra cosa. Constituía una agradable experiencia, como la de hacer gala de sus conocimientos en muy diversas materias, que ponía siempre a disposición de la comunidad.
—Ha sido una suerte que el viejo Joe no se cortara. Pudo haberse destrozado la cara.
—Cierto.
—Y todavía quedan cristales en el suelo, señora.
—Ya lo sé —dijo Tuppence—. No hemos tenido tiempo todavía de hacer aquí una limpieza a fondo.
—Hay que tener cuidado con los cristales, ¿eh? Ya sabe usted lo que pasa con ellos. Un trozo de vidrio puede hacer mucho daño. Hasta puede matar a una persona, si se clava en un vaso sanguíneo. Me acuerdo ahora de la señorita Lavinia Shotacomb. Usted no se lo creerá, pero...
Tuppence tuvo que escuchar a continuación la historia de la señorita Lavinia Shotacomb. Ya había oído ese nombre. La mujer había llegado a los setenta y tantos años de edad, sorda y casi ciega.
—Me imagino —dijo Tuppence, interrumpiendo los recuerdos de Isaac en relación con Lavinia— que usted sabrá muchísimas cosas sobre las personas que vivieron en este lugar, años atrás...
—Bueno, verá usted... Tengo ya cumplidos los ochenta y cinco años. Voy para los noventa. Siempre disfruté de una excelente memoria. Y hay cosas que no se olvidan jamás. A veces, ciertos detalles que uno no recordaba o creía no recordar saltan al primer plano de nuestra atención con cualquier motivo. No puede usted tener ni una ligera idea de los hechos de aquí que yo tengo en la cabeza.
Isaac se dio una palmada en la frente para subrayar sus palabras.
—Es estupendo —contestó Tuppence para halagar a su interlocutor—. Usted ha debido conocer gente extraordinaria.
—Sí. Gente que muchas veces ha resultado ser algo muy distinto de lo que aparentaba. He tenido muchas sorpresas en tal aspecto.
—En ese plan habrá conocido, seguramente, hasta espías... O criminales —sugirió Tuppence.
Esta miró a Isaac, esperanzada. El viejo se agachó, cogiendo cuidadosamente del piso un trozo de vidrio.
—Aquí tiene —dijo—. ¿Qué pasa si esto llega a clavarse en la suela de su zapato, llegando a la planta del pie?
Tuppence empezó a pensar que el pretexto buscado para asegurarse la atención de Isaac no iba a servirle de nada. Entonces le habló del pequeño invernadero que había en el jardín, pegado a uno de los muros de la casa, cerca de la ventana del comedor, el cual andaba necesitado de una reparación a fondo. ¿Valía la pena repararlo? ¿No sería mejor derribarlo? Isaac pensó, complacido, en este nuevo problema. Los dos bajaron a la planta inferior y saliendo de la casa dieron la vuelta a la misma, llegando así al sitio en que estaba el invernadero en cuestión.
—¡Ah! Se refería usted a esto, ¿eh?
Tuppence hizo un gesto afirmativo.
—Ka—ká —dijo Isaac.
Tuppence fijó la vista en el viejo. KK... Estas dos letras del alfabeto juntas no le decían nada realmente.
—¿Por qué ha dicho eso?
—He dicho KK. Era lo que decía la anciana señora Lottie Jones en su tiempo.
—¡Ah! ¿Y por qué usaba esa expresión?
—No lo sé. Era una especie de... de nombre, que aplicaba a sitios como este, supongo. Siempre que no fueran de grandes dimensiones. Las casas grandes cuentan con auténticos invernaderos. Ya sabe: donde se crían en macetas, por ejemplo, helechos de los denominados cabellos de Venus.
—Sí —repuso Tuppence, procurando recordar cosas sobre aquel tema.
—No sé por qué, la verdad, se empeñaba la señora Lottie Jones en referirse a esto con la expresión KK —manifestó Isaac, pensativo.
—¿Había helechos de los que usted ha dicho, aquí?
—No. El recinto no era destinado a eso. Los chicos solían guardar ahí sus juguetes. Seguramente, los juguetes seguirán ahí dentro, si nadie los ha tocado. ¿Ve usted? Esto se está cayendo casi. Reforzaron las paredes, repararon un poco el techo y... nada. No creo que vaya a encontrársele aplicación ya. Ahí metían los juguetes rotos, las sillas viejas y cosas por el estilo. ¡Oh! Ahí está el caballo—balancín y «Truelove» en el rincón opuesto.
—¿No podríamos entrar? —preguntó Tuppence, acercando el rostro a uno de los cristales—. Tiene que haber muchas cosas raras ahí dentro.
—Bueno, por aquí andará la llave —dijo Isaac—. Me imagino que seguirá en el mismo sitio.
—¿Cuál es el mismo sitio?
—¡Ah! Vea usted esa caseta...
Avanzaron unos metros por un sendero inmediato. Isaac abrió la puerta de la caseta de una patada, apartó varias ramas de árboles y después dio un tirón a una vieja alfombrilla que colgaba del muro más próximo. Entonces quedaron al descubierto tres o cuatro herrumbrosas llaves pendientes de un clavo.
—Las llaves de Lindop —dijo el viejo—. Trabajaba de jardinero. Era un artesano del mimbre, jubilado. No introdujo aquí ninguna mejora. Si quiere usted echar un vistazo al interior de KK...
—¡Oh, sí! —exclamó Tuppence, ilusionada—. Me gustaría ver lo que hay dentro de KK. ¿Cómo lo pronuncia?
—¿Cómo pronuncio... qué?
—Me refiero a KK. ¿Se trata de dos letras, simplemente?
—No. Yo creo que era algo más. Me parece que eran dos palabras extranjeras. Recuerdo que se decía K—A—I y luego venía otro K—A—I. Ellos solían decir Qay-Qay, o Kye-Kye. Me inclino a pensar que era una palabra japonesa.
—¿Sí? ¿Han vivido aquí en alguna ocasión japoneses? —preguntó Tuppence.
—¡Oh, no! Nada de eso... Si ha habido en este lugar extranjeros, eran de otras procedencias.
La aplicación de un poco de aceite, que Isaac sacó de Dios sabe dónde, aplicado rápidamente a la más herrumbrosa de las llaves, hizo que funcionara la cerradura, aunque con unos cuantos chirridos. Isaac abrió la puerta. Tuppence y su guía entraron en la caseta.
—Ya ve usted lo que hay aquí —dijo el viejo, mirando a su alrededor—: unos cuantos cachivaches.
—Ahí se puede ver un caballo muy majo, muy vistoso —señaló Tuppence.
—Ésa es «Mathilde»... o «Mackild» —contestó Isaac.
—¿«Mack-ild»? —inquirió ella, dudosa.
—Sí. Se trata de un nombre de mujer. Era una reina. Alguien puntualizó que era la esposa de Guillermo el Conquistador, pero yo creo que exageraban... Vino de América. Lo trajo el padrino de uno de los niños, que era de allí.
—¿De qué niños?
—Estoy refiriéndome a los chiquillos de los Bassington. Antes que el otro lote. No sé... Supongo que esto estará completamente oxidado.
«Mathilde» tenía una magnífica estampa. Su cuerpo tendría la longitud de cualquier caballo o yegua de nuestros días. Quedaba un pequeño resto de lo que debía haber sido una espléndida crin. Le faltaba una oreja y había estado pintado en otro tiempo de gris. Sus patas delanteras se hallaban estiradas hacia delante y las otras hacia atrás. Lucía una breve cola.
—No es como el clásico balancín—caballo —objetó Tuppence, interesada.
—No, ¿verdad? —dijo Isaac—. Esos juguetes son como las mecedoras. Éste es distinto. Sus patas delanteras avanzan y luego hacen lo mismo las traseras, saltando. Es un movimiento muy curioso. ¿Quiere que le haga una demostración?
—Tenga cuidado —advirtió Tuppence—. Quizás haya en «Mathilde» algún clavo saliente que le cause una herida. También podría caerse, Isaac...
—Hace cincuenta o sesenta años que no monto en «Mathilde», pero todavía sé lo que ha de hacerse. Y este juguete, además, es muy fuerte. No tema, que no va a hacerse pedazos.
Inesperadamente, el viejo saltó sobre el caballo. «Mathilde» avanzó. Seguidamente, retrocedió.
—Se ha puesto en marcha, ¿ha visto?
—Es cierto.
—¡Oh! A ellos les gustaba mucho. La señorita Jenny, por ejemplo, montaba en «Mathilde» todos los días.
—¿Quién era Jenny?
—La mayor, la chica a quien su padrino envió esto. También le envió «Truelove» —declaró Isaac.
Tuppence miró a su interlocutor inquisitivamente. Aquellas palabras parecían no tener aplicación allí, no se referían seguramente a ninguno de los otros objetos guardados en KK.
—Así llamaban ellos a ese pequeño caballo con su coche que se ve en ese rincón. La señorita Pamela bajaba por la ladera en él. Era muy seria la señorita Pamela. Subía a la cumbre de la colina y se dejaba caer... Disponía de pedales, pero no funcionaban. Subía, subía y después se dejaba caer, frenando con los pies. Siempre se detenía a tiempo. Se entretenía así tres o cuatro horas por día. Yo no la perdía de vista. En esos momentos me encontraba yo arreglando los rosales y podía observarla. No le hablaba porque no le gustaba que le dirigieran la palabra. Quería que la dejaran en paz, con lo que llevaba entre manos, dejando volar la imaginación...
—¿En qué pensaría? –inquirió Tuppence, comenzando de repente a sentirse más interesada por la señorita Pamela que por la señorita Jenny.
—No sé... A veces se presentaba como una princesa que huyera, o como Mary, reina de no sé qué... ¿Sería de Irlanda? ¿De Escocia, quizá?
—Usted se refiere seguramente a Mary, reina de los escoceses —apuntó Tuppence.
—Cierto. El caso es que huía de algo... Luego, entraba en un castillo. Lock no sé qué, se llamaba.
—Es decir, que Pamela se creía reina de los escoceses, la reina Mary, huyendo de sus enemigos, ¿no?
—Algo así, debía de ser. Se dirigía a Inglaterra, buscando el amparo de la reina Elizabeth, aunque no creo que la reina Elizabeth se apiadara de ella.
Tuppence se esforzó por disimular su profunda desilusión.
—Bueno, todo lo que usted me cuenta resulta sumamente interesante. ¿De qué familia me estaba hablando?
—¡Ah! Pues de los Lister.
—¿Conoció usted a Mary Jordan?
—Ya sé a quién se refiere... Pues no. Se refiere a la espía alemana, ¿no?
—Todo el mundo parece haber oído hablar de ella —saltó Tuppence.
—Sí. La llamaban «fräulein» o algo así... Esto suena como ferrocarril.
—Más o menos —dijo Tuppence, por decir algo.
Isaac se echó a reír de pronto.
—Ja, ja, ja! De haber sido un ferrocarril, como una línea de ferrocarril, tendría que haber sido más recta, ¿no?
—¡Oh! ¡Qué comentario tan ingenioso! —exclamó Tuppence, cortésmente.
Isaac rió de nuevo.
—Ha llegado el momento de que plante sus cosas si quiere tener más adelante verduras. ¿No le gustan los guisantes? ¿Y qué tal le vendrían unas lechugas, de las primerizas? Procure hacerse de las «Tom Thumb». Ésta es una lechuga pequeña, pero de hojas tiernas, jugosas, sabrosas...
—Me imagino que usted habrá trabajado lo suyo en el jardín y en la huerta. No me refiero tan sólo a los de esta casa...
—He pasado por muchas casas, efectivamente —confirmó Isaac—. Los otros jardineros eran hombres poco impuestos en su oficio y me llamaban para que les ayudara, a veces. En cierta ocasión, por cierto, se produjo aquí un hecho desagradable, debido a una confusión en cuanto a las verduras. Al menos es lo que oí contar.
—Fue algo relativo a unas hojas de digital, ¿verdad?
—¡Oh! No esperaba que le hubiesen referido detalles sobre el particular. Fue hace mucho tiempo. Cayeron enfermas varias personas. Una de ellas falleció. Eso dijeron... Habladurías, seguramente. Un antiguo amigo mío me lo contó todo.
—Creo que fue la «fräulein» —opinó Tuppence.
—¿Que fue la «fräulein» la que murió? Nunca oí decir tal cosa.
—Bueno, tal vez esté yo equivocada —señaló Tuppence ahora—. Supongamos que usted coge a «Truelove», o como se llame ese chisme, y se lo lleva al sitio en que aquella chica, Pamela, lo colocaba para lanzarse por la ladera... si la ladera continúa en el mismo sitio.
—¡Desde luego que la ladera seguirá allí! ¿Qué cree usted? Todavía se encuentra seguramente cubierta de hierba, pero habrá que ir con cuidado. Muchas de las piezas de «Truelove» deben estar oxidadas. Tendré que hacerle una limpieza a fondo, ¿no le parece?
—Tiene razón, Isaac —contestó Tuppence—. Y luego quiero que me haga una lista de verduras para la huerta.
—De acuerdo. Y procure no mezclar en la plantación el digital con las espinacas. No me gustaría nada oír decir que le había sucedido algo desagradable al instalarse en su nueva casa. Ésta es muy bonita... Pero tendrá que gastarse algún dinero antes de sentirse cómoda en ella.
—Muchas gracias, Isaac.
—Yo le haré un buen repaso a «Truelove», a fin de que no se deshaga si se decide a montarlo. Es raro, pero algunas cosas, pese a su vejez, funcionan maravillosamente. Un primo mío, el otro día, sacó una bicicleta que había estado arrumbada en un desván durante cuarenta años, casi. En seguida marchó bien, gracias a un poco de aceite. Una gota de aceite produce en ocasiones efectos maravillosos.

CAPÍTULO TRES

SEIS COSAS IMPOSIBLES ANTES DEL DESAYUNO


—¿Qué demonios...? —inquirió Tommy.
Estaba habituado a localizar a Tuppence en los sitios más improbables al regresar a casa, pero en esta ocasión se sentía más sobresaltado que de ordinario. Dentro de la casa no encontró el más leve rastro de su esposa. Afuera se observaban huellas de la última lluvia caída. Se le ocurrió pensar que podía andar ocupada por algún rincón del jardín y salió para ver si se equivocaba o no, en su suposición. Fue entonces cuando se le escapó aquella interrogación a medias: «¿Qué demonios...?»
—Hola, Tommy —dijo Tuppence—. Regresas antes de hora, ¿verdad?
—¿Qué es eso?
—¿Te refieres a «Truelove»?
—¿Qué dices?
—He dicho «Truelove». Es el nombre de esto.
—¿Qué te propones? ¿Dar un paseo en él? Resulta demasiado pequeño para ti.
—Claro que para mí es pequeño. Fue pensado para niños.
—Supongo que no andará...
—Andar, lo que se dice andar, no. Pero puedes llevártelo a lo alto de una cuesta, por ejemplo y luego... Bien. Giran las ruedas por sí mismas y bajas la pendiente con facilidad.
—Sí, para acabar estrellándote contra una pared o una roca, supongo. ¿Es lo que has estado haciendo?
—En absoluto —dijo Tuppence—. Puedes frenarlo con los pies. ¿Quieres que te haga una demostración?
—Prefiero que te abstengas —contestó Tommy—. Está empezando a llover fuerte. Sólo quería saber por qué estabas entreteniéndote con eso. Resulta poco divertido, ¿no?
—En realidad, impone un poco. Verás... Es que estaba intentando averiguar algo y...
—¿Se lo estabas preguntando al árbol que tienes delante? Bueno, cada persona tiene su forma particular de divertirse.
—He estado haciendo una pequeña investigación relativa a nuestro último problema.
—¿Tu problema? ¿Mi problema? ¿El problema de quién?
—No sé —repuso Tuppence—. El problema de los dos.
—No me estarás hablando de un problema como los de Beatriz, ¿eh?
—¡Oh, no! Me estuve preguntando qué otras cosas podían haber sido escondidas en esta casa, así que me decidí a inspeccionar un puñado de juguetes almacenados en un viejo invernadero y una caseta hace años y años, gracias a lo cual di con esto y con «Mathilde», un balancín—caballo con un agujero en el vientre.
—¿Con un agujero en el vientre?
—Pues sí. La gente tiraba muchas cosas allí. Encontré hojas secas, papeles sucios, bayetas deshilachadas que fueron usadas para limpiar muebles y algunas cosas más...
—Vámonos de aquí, Tuppence. Entremos en casa —propuso Tommy.
Tuppence estiró las piernas en dirección a la chimenea, buscando el agradable calor del fuego.
—Y bien, Tommy, ¿estuviste en la Galería del Hotel Ritz para ver la exposición? —preguntó a continuación a su esposo.
—La verdad es que no fui por allí. No tuve tiempo.
—¿Que no tuviste tiempo? ¿No saliste para eso?.
—Bueno, es que uno no siempre hace las cosas que se propone.
—Tienes que haber estado en algún sitio, haciendo algo...
—Localicé un nuevo y posible aparcamiento —afirmó Tommy.
—Eso siempre es útil. ¿Dónde?
—Cerca de Hounslow.
—¿Qué buscabas tú en Hounslow?
—No fui realmente a Hounslow. Hay allí una zona de aparcamiento. Luego, utilicé el metro, ¿sabes, Tuppence?
—¿Para trasladarte a Londres?
—Sí. Me pareció el medio más fácil de hacer el desplazamiento.
—He sorprendido una expresión de culpabilidad en tus ojos. No irás a decirme que tengo una rival que vive en Hounslow, ¿eh?
—No. Te sentirás complacida al saber lo que estuve haciendo, querida.
—¡Oh! ¿Fuiste a comprarme un regalo?
—No, no es eso —dijo Tommy—. Tú sabes que jamás sé qué puedo regalarte.
—He de reconocer que rondas frecuentemente el acierto —manifestó Tuppence, esperanzada—. ¿Qué has estado haciendo realmente, Tommy, y por qué debo sentirme complacida?
—Yo también estuve realizando algunas indagaciones.
—Todo el mundo anda efectuando indagaciones ahora —afirmó Tuppence—. Me refiero a sobrinos, primos, etcétera. No sé qué hacen concretamente, pero así es. Y todos parecen pasarlo bien, sintiéndose muy complacidos consigo mismos... Bien. ¿Qué viene ahora?
—Betty, nuestra hija adoptiva, se fue al África Oriental —declaró Tommy—. ¿Has tenido noticias de ella?
—Sí. Sé que le gusta estar allí. Estudia las costumbres de las familias africanas y escribe artículos sobre ellas.
—¿Crees que esas familias valoran su interés?
—Me figuro que no —respondió Tuppence—. Yo me acuerdo de que en la parroquia de mi padre a todos nos producían hondo disgusto los visitantes del distrito. Los llamábamos «Los Metomentodo».
—Es posible que tengas razón. Ciertamente, estás resaltando las dificultades de lo que emprendo ahora o quiero emprender.
—¿Se trata de una investigación, de una encuesta? Espero que la misma no sea sobre las segadoras de césped.
—¿A qué viene mencionar las máquinas segadoras de césped?
—Es que te pasas la vida hojeando catálogos relativos a ellas —manifestó Tuppence—. Estás deseando tener una.
—En esta casa nuestra, lo que llevamos entre manos es una investigación de tipo histórico... Tratamos de escudriñar en los crímenes y otros sucesos de que fue escenario hace sesenta o setenta años.
—Bueno, Tommy, cuéntame algo más acerca de tus proyectos de investigación.
—Me trasladé a Londres y puse ciertas cosas en movimiento.
—¿Sí? En cierto modo, yo he estado haciendo lo mismo que tú, sólo que nuestros métodos son diferentes. Y ocurre que yo me remonto más en el tiempo.
—¿Quieres decir que te estás interesando realmente por el problema de Mary Jordan? ¿Lo has consignado así en tu agenda? ¿Ha tomado forma ya en tu mente? El misterio o el problema de Mary Jordan...
—Es un nombre muy corriente, ¿eh? No es posible que se llamara así, de ser alemana —declaró Tuppence—. Se dijo de ella que era una espía germana o algo así, pero supongo que podía ser súbdita inglesa.
—Yo creo que lo primero es pura leyenda.
—Sigue, sigue hablando, Tommy. No me estás diciendo nada.
—Recurrí a ciertas... ciertas... ciertas...
—No repitas esa palabra más, Tommy. Me cuesta trabajo entenderte.
—Bien. A veces resulta muy difícil para uno explicar las cosas. Quería decirte que hay ciertas formas especiales de llevar a cabo una indagación.
—¿Te refieres a las cosas del pasado?
—Sí. En cierto modo. Quiero hacerte ver que hay cosas que tú puedes averiguar, sobre las cuales puedes obtener información. No solamente por el procedimiento de montar en viejos juguetes y el de pedir a las señoras de edad que recuerden hechos de otros tiempos, sólo por medio de un interrogatorio centrado en un viejo jardinero que probablemente se equivocará en todo lo que te diga, ni por el truco de dirigirte a las chicas que trabajan en las oficinas de correos para pedirles que te cuenten todo lo que les referían sus tatarabuelas...
—De todos ellos he sacado siempre algo en limpio —puntualizó Tuppence.
—También yo.
—¿Estuviste haciendo indagaciones, pues? ¿A quién dirigiste tus preguntas?
—No es eso. Pero tienes que recordar, Tuppence, que ocasionalmente, a lo largo de mi vida, he estado en contacto con personas que entendían de esos asuntos. Hay gente a la que, pagando una cantidad de dinero, realizan la investigación por ti desde el punto adecuado, además, de suerte que lo que obtienes merece luego el calificativo de auténtico, de verdadero.
—Puntualiza, Tommy. ¿A qué cosas y sitios te refieres?
—Las primeras son innumerables. Empieza por que tú puedes lograr que alguien lleve a cabo un estudio sobre muertes, nacimientos, bodas y algunos otros hechos semejantes.
—Vamos, estuviste en Somerset House. ¿Fuiste allí para hacerte con información sobre defunciones y matrimonios?
—Y nacimientos... No es necesario que vaya uno mismo. Otras personas pueden ir. Así es cómo se entera uno de la muerte de cualquier persona, cómo puede leer un testamento, estar al tanto de los enlaces matrimoniales o estudiar los certificados de nacimiento. Todas esas cosas son susceptibles de investigación.
—Por lo que veo, has estado gastando mucho dinero —consideró Tuppence—. Yo creí que íbamos a hacer algunas economías una vez cubiertos los gastos ocasionados por nuestro traslado aquí.
—Considerando el gran interés que sientes por los problemas, estimo que este dinero puede figurar en el del capítulo cuyo encabezamiento reza: «Dinero bien gastado».
—Bueno, ¿averiguaste algo?
—No vayas tan de prisa. Tendrás que esperar a que haya sido realizada la investigación. Luego, si te haces con las respuestas buscadas...
—O sea, que viene alguien y te dice que una persona llamada Mary Jordan nació en Little Sheffield u otro lugar cualquiera y a continuación tú pones en marcha tus investigaciones. ¿Es así?
—No es eso, exactamente. Cuenta luego con las hojas del censo de población, los certificados de defunción, los documentos que hablan de las causas probables del óbito... Existen numerosos detalles sobre los cuales puedes operar.
—La cuestión me parece interesante, lo cual ya es algo, Tommy.
—Además, en las redacciones de los periódicos hay archivos que puedes consultar.
—¿Con relatos sobre crímenes o procesos? —preguntó Tuppence.
—No, necesariamente. Pero uno ha de establecer contacto con cierta gente de vez en cuando. Hablo de gente que conoce cosas... Hay que acercarse a ellos, formular unas preguntas, renovar viejas amistades. ¿Te acuerdas de cuando trabajábamos en Londres como detectives privados? Creo que son pocas las personas que pueden darnos información o decirnos hacia dónde dirigirnos. Todo depende un poco de lo que uno conoce.
—Sí —afirmó Tuppence—. Eso es verdad. Lo sé por experiencia.
—Nuestros métodos difieren —dijo Tommy—. Creo que los tuyos son tan buenos como los míos. Nunca olvidaré aquel día en que entré de repente en aquella pensión, o lo que fuera, llamada «Sans Souci». Antes que nada te vi a ti, sentada tranquilamente, haciendo labor de aguja... Todo el mundo te llamaba «señora Blenkinsop».
—Gracias a que yo no había hecho uso de la investigación aplicada, ni había confiado a nadie mis indagaciones.
—No. Después te metiste en un guardarropa pegado al muro de la habitación en que yo estaba siendo interrogado de una manera muy interesante, merced a lo cual supiste a dónde me enviaban y qué misión era la mía, arreglándotelas fácilmente para llegar la primera. Esto es como escuchar detrás de las puertas, ni más ni menos. Tal fisgoneo resulta deshonroso, francamente.
—Pero los resultados son satisfactorios —declaró Tuppence.
—Sí. Hay que reconocer que tienes cierta predisposición hacia el éxito. Es algo que se te da...
—Bueno, algún día sabremos a qué atenernos perfectamente con respecto a todo lo de esta casa. Lo malo es que han pasado tantos años... No puedo sustraerme a la idea de que aquí se esconde algún secreto importante, del que fue protagonista gente del pasado, sí. No sé más, sin embargo. De momento, ya veo lo que hemos de hacer a continuación.
—¿Qué? —preguntó Tommy.
—Pensar en seis cosas imposibles, hasta la hora del desayuno —repuso Tuppence—. Son las once menos cuarto ahora y quiero irme a la cama. Estoy cansada. Tengo sueño, pero antes he de asearme un poco. He estado manoseando esos juguetes viejos y otros objetos. Espero encontrar más cosas en ese sitio llamado... A propósito: ¿por qué se le denominaba Kay-kay?
—Lo ignoro. ¿Es correcta tu pronunciación?
—No lo sé, Tommy. Yo creo que se dice k—a—i y no, simplemente, KK.
—¿Por qué suena misteriosa la palabra, o lo que sea?
—Porque me suena a japonés —contestó Tuppence, dudosa.
—No acierto a ver por qué te parece japonesa la expresión. A mí no me ocurre eso. Yo tengo la impresión de que alude a algo comestible. Cierto tipo de arroz, quizá.
—Bueno, yo voy a asearme, a quitarme todas las telarañas que llevo encima. Y luego, a la cama.
—Recuérdalo, querida: seis cosas imposibles antes del desayuno.
—Espero superarte en lo tocante a eso —afirmó Tuppence.
—En ocasiones me resultas sorprendente.
—Tú sueles tener razón con más frecuencia que yo —declaró Tuppence—Eso es algo que resulta enojoso a veces. Bien. Tales cosas nos son enviadas para probarnos. ¿Quién tenía la costumbre de decírnoslo?
—Da igual, querida. Ve a quitarte el polvo de los años ya lejanos. Oye: ¿es un buen jardinero Isaac?
—Él se considera de los buenos. Podemos ver qué tal nos va con ese hombre...
—Por desgracia, nuestros conocimientos sobre jardinería son escasos. ¡Vaya! Otro problema.


CAPÍTULO CUATRO

UNA EXCURSIÓN CON «TRUELOVE» — OXFORD Y CAMBRIDGE


—Seis cosas imposibles antes del desayuno —murmuró Tuppence mientras apuraba una taza de café y consideraba el huevo frito que quedaba en un plato, flanqueado por dos riñones de apetitoso aspecto—. El desayuno tiene más importancia que la operación de pensar en cosas imposibles. Tommy es quien se ha lanzado tras éstas. Una investigación, verdaderamente. ¿Sacará él algo en limpio de todo eso?
Concentró su atención exclusivamente en el huevo frito y los riñones.
—Esto de disfrutar de otra clase de desayuno es estupendo —dijo Tuppence.
Durante largo tiempo se había habituado a aquella hora de la mañana a la taza de café y el vaso de jugo de naranja o de uva. Aunque este desayuno era satisfactorio desde el punto de vista del problema del peso, los placeres que proporcionaba resultaban discutibles. En virtud del contraste, la visión de los platos calientes sobre el aparador estimulaba los jugos digestivos.
—Supongo —dijo Tuppence— que éste sería el desayuno de los Parkinson, ocupantes en otro tiempo de esta casa. Unos huevos fritos o pasados por agua, con tocino y quizá —fijó la vista en el techo, intentando recordar lo que había leído en algunas novelas—, quizá, sí, perdiz en frío... ¡Oh! ¡Una delicia! Me figuro que a los chicos les tocarían las patas. No obstante... Sería estupendo repelarlas...
Tuppence se quedó inmóvil de pronto, con el último bocado de riñón entre los dientes.
Acababa de oír unos extraños ruidos en la puerta.
—Eso parece un concierto con instrumentos desafinados —comentó. Hizo una pausa de nuevo, con una tostada en la mano, levantando la vista al entrar Albert en la habitación.
—¿Qué pasa ahí fuera, Albert? —le preguntó—. No irá usted a decirme que nuestros obreros están dándonos una serenata. Me parece haber oído las notas de una armónica o algo por el estilo.
—Es el hombre que vino a ver el piano —notificó Albert.
—¿Qué le ocurre al piano?
—Ha venido para afinarlo. Usted me dio instrucciones sobre el particular.
—¡Santo Dios! ¿Ya ha arreglado eso, Albert? Es usted maravilloso.
Albert parecía sentirse complacido, si bien dábase cuenta de que era «maravilloso» en relación con la rapidez con que cumplimentaba las órdenes formuladas por Tuppence y por Tommy, que frecuentemente eran de carácter singular extraordinario.
—Dice que el piano andaba muy necesitado de eso —informó Albert.
—Ya me lo imaginaba.
Después de beberse media taza de café más, Tuppence abandonó la habitación, encaminándose al cuarto de estar. Un joven estaba ante el piano, al parecer muy atareado.
—Buenos días, señora —dijo aquél.
—Buenos días —contestó Tuppence—. Me alegro mucho de que haya podido venir.
—Esto necesitaba un afinado a fondo...
—Sí, lo sé. Ya ve usted: acabamos de mudarnos y las mudanzas no son nada buenas para los pianos. Además, hacía mucho tiempo que no se ocupaba ningún experto de éste.
—Se nota, señora —repuso el joven.
Oprimió varias teclas sucesivamente en tono mayor. Luego, produjo dos melancólicos sonidos en A menor.
—Un hermoso instrumento, señora —dijo el afinador.
—Sí. Es un Erard.
—En los tiempos que corren, no les habrá sido fácil conservar en casa una cosa como ésta —consideró el joven.
—Nos ha producido bastantes molestias —explicó Tuppence—. Por ejemplo: en la época de los bombardeos de Londres nuestra casa fue alcanzada por un proyectil. Afortunadamente, nosotros nos encontrábamos fuera y los daños producidos eran exteriores...
—Ya. Esto, en general, se halla en buenas condiciones. No hay mucho que hacer aquí.
La conversación siguió discurriendo por unos cauces muy gratos. El joven inició sobre el teclado un preludio de Chopin. Luego, ejecutó «El Danubio Azul». Por último, notificó a Tuppence que había llegado al término de su trabajo.
—No deje usted pasar tanto tiempo como esta vez —aconsejó el afinador a Tuppence—. Y si observa alguna anomalía no vacile en llamarme.
Se separaron después de haber charlado unos minutos sobre la música en general y las composiciones para piano en particular. En la última fase de aquella agradable conversación, el joven había dicho, echando un vistazo a su alrededor:
—En esta casa les quedan a ustedes muchas cosas por hacer todavía.
—Sí. Ha estado cerrada durante mucho tiempo —declaró Tuppence.
—Es verdad. Esta vivienda ha pasado por muchas manos.
—Tiene su historia —comentó Tuppence—. Son muchas las personas que la ocuparon antes que nosotros y ha sido escenario de extraños hechos.
—Se está usted refiriendo, sin duda, a muchos años atrás. Se remonta, seguramente, a la última guerra, o a la primera, quizá.
—Fueron hechos relacionados con secretos navales o militares —sugirió Tuppence, esperando obtener algún dato interesante de su interlocutor.
—Es posible. Se ha hablado mucho acerca de eso... A mí me han contado algo. Ahora, yo no he sabido nada de un modo directo.
—Es usted demasiado joven para eso —contestó Tuppence, con una sonrisa.
Cuando el afinador se hubo ido, Tuppence se sentó al piano.
—Voy a tocar «La lluvia sobre el tejado» —dijo Tuppence.
Con la ejecución de su preludio, el afinador había estimulado la memoria de la esposa de Tommy, haciéndole recordar algunos pasajes de Chopin. Luego, Tuppence fue tocando una canción, evocándola nota a nota, casi a tientas sobre el teclado. Después, comenzó a murmurar la letra.

Where has my true love gone a—roaming?
Where has my true love gone from me?
High in the woods the birds are calling.
When will my true love come back to me?

—Creo que no estoy ejecutando esta canción en la clave adecuada —dijo Tuppence—. Pero, bueno, ahora el piano está afinado... ¡Oh! Es una gran cosa poder tocar el piano de nuevo. «¿Por dónde vaga mi verdadero amor? —murmuró—. ¿A dónde ha ido mi verdadero amor...?» —Tuppence se quedó pensativa, añadiendo—: «True love»... «True love». Sí. Estoy pensando en eso como un indicio, quizá. Tal vez fuera mejor que saliera de aquí para hacer algo con «Truelove».
Calzóse unos zapatos de gruesa suela y se puso un jersey, saliendo al jardín. «Truelove» había quedado depositado en el establo, no había vuelto a su anterior hogar, el KK. Tuppence lo sacó de allí, llevándolo hasta lo alto de una herbosa pendiente. Le pasó el plumero que había cogido en la casa para limpiarlo. Unos restos de telarañas fueron a parar al suelo. Montóse a continuación en él, colocando los pies en los pedales. Seguidamente, se dispuso a hacerlo funcionar.
—Y ahora, «Truelove», vamos cuesta abajo y no corras mucho.
Quitó los pies de los pedales, situándolos donde le resultaba fácil frenar cuando lo necesitara.
«Truelove» no se mostraba inclinado a correr pese a la ventaja que para él suponía la cuesta y su peso. Pero luego la cuesta se hizo más pronunciada, de pronto, y «Truelove» empezó a desplazarse con más rapidez. Tuppence utilizó finalmente sus pies como frenos y los dos, en una postura bastante incómoda, fueron a parar al fondo de la ladera, muy cerca de un árbol.
Habiendo conseguido zafarse de aquel chisme, Tuppence, en pie, mientras hacía saltar las ramitas y hojas que se habían adherido a su jersey, echó un vistazo a su alrededor. Se hallaba en una espesura, en la que descubrió algunos rododendros y hortensias. Tuppence pensó que unas semanas más tarde éstas tendrían un aspecto encantador. De momento, sin embargo, todo aquello no encerraba ningún atractivo particular. La esposa de Tommy descubrió a continuación un estrecho sendero medio oculto por las hierbas que serpenteaba entre las florecillas. Tuppence echó a andar por aquél. Era evidente que nadie lo había pisado desde hacía años.
«¿A dónde llevará este sendero? —se preguntó—. Algo hay o hubo por aquí capaz de justificar su existencia, sin duda.»
El sendero se deslizaba en zigzag al llegar a cierto punto y entonces Tuppence se acordó de «Alicia en el país de las maravillas». ¿Habría de verdad caminos que cambiaban de dirección por sí mismos? Vio unos cuantos matorrales y también algunos laureles. A éstos sería debido seguramente el nombre de la propiedad. El sendero, más adelante, se tornaba pedregoso y difícil, por su estrechez principalmente. Desembocaba, inesperadamente, ante cuatro peldaños cubiertos de musgo, que conducían a una especie de nicho, hecho primeramente de metal, reemplazado después con botellas. Tuppence se hallaba ante una cosa semejante a un altar, con un pedestal, el cual sostenía una figura de piedra bastante estropeada por la exposición constante a la intemperie y el paso del tiempo. La figura consistía en un chico que llevaba un cesto sobre la cabeza. Tuppence creyó comprender.
«Esto es algo que sirve muy bien para fijar un sitio —pensó—. Se parece a lo que tía Sarah tenía en su jardín. Allí había también muchos laureles.»
Evocó el rostro de tía Sarah, a la que visitara de vez en cuando de niña. Había jugado mucho en el jardín de su casa, contando solamente seis años. Su aro representaba en ciertas ocasiones a un blanco caballo de frondosas crines que flotaban al viento. Tuppence corría con él por un serpenteante sendero para ir a parar a un pequeño cenador en el que había una figura y un cesto. Ella siempre había sido portadora de un presente, el cual dejaba en el cesto que el niño llevaba sobre la cabeza. Era preciso formular un deseo al mismo tiempo que se hacía eso. Tuppence se acordaba de que sus deseos casi siempre se convertían en realidad.
Sentóse en el último de los peldaños, diciéndose: «Pero eso ocurría porque yo siempre preparaba deliberadamente las cosas, es decir, pedía algo que sabía que iba a dárseme. Me sabía mejor arropado en un poco de magia. Era como una ofrenda a un dios del pasado, si bien aquel dios era un niño pequeño y rechoncho. De niños todos inventamos cosas así, en las que necesitamos creer, con las que necesitamos jugar.»
Tuppence suspiró, descendiendo por el sendero y encaminándose al lugar que recibía la misteriosa denominación de KK.
En KK seguía imperando el desorden. Mathilde era un objeto más entre los muchos allí abandonados, arrinconados. Dos cosas más atrajeron ahora la atención de Tuppence. Eran unos taburetes de loza, a los que se enroscaban unos cisnes blancos. La primera pieza era de color azul marino y la segunda tenía un tono azul pálido.
—Desde luego —dijo Tuppence—, yo he visto cosas como éstas de jovencita. Eran usadas en las terrazas. Una de mis tías poseía un juego. Las denominábamos «Oxford» y «Cambridge». Las figuras de aquéllas eran patos... No, no. Se trataba de cisnes. Y en el asiento se descubría el mismo calado, una perforación en forma de S. Voy a decirle a Isaac que saque estos taburetes de aquí y que les dé un lavado a fondo. Los destinaré a la terraza, donde podemos disfrutar de la comodidad de ellos cuando llegue el buen tiempo.
Giró rápidamente hacia la puerta. Uno de sus pies se enganchó en el inoportuno balancín de Mathilde...
—¡Dios mío! ¿Qué he hecho ahora?
Lo que había hecho fue dar con un pie contra el taburete. Unos restos de telarañas fueron a parar al suelo, sobre el cual había rodado el taburete azul marino, rompiéndose.
—¡Válgame Dios! He acabado con «Oxford». Tendré que arreglármelas con «Cambridge» solamente. No creo que «Oxford» pueda ser recompuesto. Se trata de piezas muy raras.
Tuppence suspiró, preguntándose qué estaría haciendo en aquellos momentos Tommy.

Tommy se encontraba reunido con varios amigos, evocando ciertos recuerdos.
El coronel Atkinson dijo:
—Pues sí, oí decir a no sé quién que usted y su esposa... Prudence, ¿verdad? ¡Ah! Recuerdo que usted la llama siempre Tuppence... Efectivamente, oí decir que se habían ido a vivir al campo, a un sitio llamado Hollowquay. ¿Qué es lo que les ha llevado allí? ¿Algo especial?
—Encontramos una casa a buen precio, barata —explicó Tommy.
—Una suerte, ¿eh? ¿Cómo se llama? ¿Va usted a darme sus señas?
—Bueno, nosotros pensamos que podíamos bautizarla con el nombre de Cedar Lodge porque allí hay un hermoso cedro. Su nombre original era «Los Laureles»... Parece proceder de la época victoriana, ¿no?
—«Los Laureles», «Los Laureles»... «Hollowquay». ¿Qué se lleva usted entre manos?
Tommy miró fijamente la anciana faz que tenía delante, con un blanco bigote.
—Usted anda detrás de algo —afirmó el coronel Atkinson—. ¿Trabaja para su país de nuevo?
—¡Oh! Soy demasiado viejo —replicó Tommy—. Me he retirado ya de todas esas cosas.
—Me extraña mucho. Quizá le hayan ordenado que hable así. Después de todo, usted ya lo sabe, quedaron muchas cosas oscuras en ese asunto.
—¿A qué asunto se refiere? —inquirió Tommy.
—Bueno... Supongo que usted habrá leído alguna información sobre él, que habrá oído decir algo. Estaba pensando en el Escándalo Cardington. Se produjo después de otro caso famoso y el problema del submarino de Emilyn Johnson.
—Me parece recordarlo vagamente, sí...
—En realidad, no lo fue todo el asunto del submarino, pero esto vino a ser lo que suscitó la atención a la historia. Luego, hubo unas cartas. Sí. Unas cartas. Todo habría cambiado de haber podido ellos apoderarse de las mismas. La atención general se habría concentrado en varias personas que en aquella época disfrutaban de la confianza del Gobierno. ¿Cómo pueden pasar ciertas cosas? Los traidores se movían en el medio de uno, se les tenía por individuos fieles, eran hombres maravillosos, los últimos que hubieran podido inspirar recelos. Y sin embargo... Muchos de ellos, con todo, se quedaron en la oscuridad —el coronel Atkinson guiñó un ojillo a Tommy—. ¿Será posible que haya sido usted enviado allí para echar una ojeada?
—Una ojeada... ¿a qué? —inquirió Tommy.
—Pensemos en la casa que ha tomado... «Los Laureles» ha dicho usted que se llamaba, ¿no? Se hicieron muchas cábalas sobre la vivienda en cuestión. Se miró bien por allí. Los agentes del servicio de seguridad llevaron a cabo un excelente estudio, así como otros agentes de la autoridad, de diversas autoridades. Se pensó en la posibilidad de que en la casa se hubiesen escondido pruebas, de un tipo u otro, de considerable valor. Afirmóse que habían sido enviadas a otro país —se habló de Italia—, poco antes de que cundiera la alerta. Hubo quien opinó que seguían ocultas allí, en alguna parte. En esa casa se dispondrá de sótanos, habrá losas en el suelo que disimulen el sitio de acceso a una estancia reservada... Bien, Tommy, amigo mío.  Tengo la impresión de que anda tras alguna gran pieza de caza.
—Le aseguro que en la actualidad no hago nada de eso.
—Bien. Es lo mismo que uno pensó en otra ocasión, cuando estuvo usted en aquel otro sitio. Me refiero al comienzo de la última guerra, a la época en que logró atrapar a aquel alemán, en compañía de la mujer de los libros de canciones infantiles. Fue un excelente trabajo, Tommy. Ahora, seguramente, anda detrás de otro rastro.
—Debe desechar esa idea, coronel. Soy un viejo ya.
—Usted es un hombre sumamente astuto, mucho más eficiente que los jóvenes de nuestros días. Sí. Está sentado aquí, adoptando un aire inocente, pero, sin embargo, espero que de un momento a otro me haga una de sus típicas preguntas. No puedo pedirle, desde luego, que desvele los secretos de estado. De todos modos, tenga cuidado con su esposa. Usted sabe mejor que yo que es muy dada a aventurarse demasiado. Recordará que logró salvarse de forma milagrosa en los días de N. o M.
—He de confesarle que Tuppence se interesa mucho por nuestra casa actual. Le ha impresionado su antigüedad. Desearía saber quiénes vivieron allí a lo largo de los años, qué hicieron sus ocupantes. También le gustaría conocer sus rostros. Se halla interesada, igualmente, por el planteamiento del jardín. Su atención se centra en él, sí. Se dedica a estudiar catálogos de plantas, árboles y todo lo demás.
—Daré crédito a sus palabras cuando haya transcurrido un año sin que suceda nada de carácter extraordinario. Pero le conozco bien, Beresford, como conozco a su esposa. Ustedes forman una pareja extraordinaria y apostaría lo que fuera a que saldrá de los dos algo fuera de lo normal. He de decirle que si esos papeles saliesen a la luz alguna vez, influirían decisivamente en la marcha de la política. Algunas personas se sentirán profundamente contrariadas. De veras. Las personas en cuestión son consideradas ahora auténticos pilares de la rectitud. Pero hay quien las juzga peligrosas. Recuérdelo. Son peligrosas y quienes no lo son se hallan en contacto con ellas. Tenga cuidado, Tommy, y haga lo posible para que Tuppence se muestre prudente.
—Sus palabras, coronel, me producen cierta inquietud.
—Ya se lo he dicho: cuide a Tuppence. Le tengo mucho afecto a su esposa. Siempre me pareció una mujer extraordinaria, una chica fuera de lo común.
—Hace tiempo que dejó de ser una chica —objetó Tommy, sonriente.
—No diga usted eso de su esposa. No lo tome por costumbre. Es una entre mil. Yo lo siento por aquel tras cuyo rastro anda. Porque lo más probable es que en estos momentos ande a la caza de alguien.
—No lo creo. Lo más seguro es que esté tomando el té con alguna dama entrada en años.
—Pues sí. Las señoras de edad están en condiciones, a veces, de suministrar informaciones muy útiles. Y esto es válido también para los chicos de cinco años. Es frecuente que quien menos nos figuremos acabe aportando datos que ni soñados. Sobre este particular yo podría referirle muchas cosas...
—Estoy convencido de que sí, coronel.
—Lo malo es que uno no puede desvelar ciertos secretos.
El coronel Atkinson movió la cabeza, ponderativo.

En el viaje de regreso, Tommy se entretuvo contemplando el paisaje campesino que se divisaba desde la ventanilla de su departamento.
«Ese viejo, indudablemente, sabe muchas cosas —se dijo—. Pero, ¿qué puede importar todo ello ahora? Es algo del pasado. No debe quedar ya nada de esa guerra.» Tommy se quedó pensativo. Habían surgido nuevas ideas: las del Mercado Común. A todos les habían nacido nietos y sobrinos que integraban las nuevas generaciones, jóvenes miembros de familias que siempre habían significado algo, nuevos credos y otros credos resucitados. Inglaterra era un estado distinto del que fuera. ¿O se trataba del mismo de siempre? Bajo la pulida superficie se adivinaba un poco de negro cieno. Las aguas se habían enturbiado. Había algo que lo manchaba todo, algo que tenía que ser localizado y suprimido. Pero esto, seguramente, no rezaba con un sitio como Hollowquay. Hollowquay no era nada, no había sido, quizá, nunca nada. Primeramente, el lugar había quedado promocionado como centro de pesca, para convertirse luego en una especie de Riviera inglesa, siendo posteriormente un simple centro veraniego, atestado de gente en el mes de agosto. Sin embargo, la mayor parte de la gente prefería ya los viajes en grupos al extranjero.

Tuppence había abandonado la mesa en que les sirvieran la cena, pasando con su esposo a la otra habitación.
—¿Te divertiste o no? —preguntó a Tommy—. ¿Cómo se encuentran nuestros viejos amigos?
—¡Oh! Viejos, simplemente. ¿Y qué me dices tú de tu vieja amiga?
—Verás... Vino el afinador —explicó Tuppence—, y llovió por la tarde, de manera que no fui a verla. Una lástima, ya que esa señora pudo haberme contado cosas interesantes.
—Mi viejo amigo lo hizo por ella —repuso Tommy—. Experimenté una gran sorpresa. En realidad, ¿qué piensas de esto, Tuppence?
—¿Te refieres a la casa?
—No, no me refiero a la casa. Estaba pensando en Hollowquay.
—Bueno, pues creo que es un lugar muy agradable.
—¿Qué entiendes tú por agradable?
—A mí me resulta agradable porque no ocurre nada.
—Supongo que esa actitud te la dictan los años.
—No, no creo que sea efecto de la edad. A mí me gusta saber que también hay sitios en los que nunca sucede nada... Aunque hoy estuvo a punto de ocurrir algo.
—¿Qué me dices? ¿Has hecho alguna tontería, Tuppence?
—Desde luego que no.
—Entonces...
—No sé si sabrás que los cristales de la parte superior del invernadero no hallaban bien cogidos a las maderas. Aquello se vino abajo inesperadamente casi sobre mi cabeza. Faltó muy poco para dejarme señalada.
Tommy miró atentamente a su esposa.
—No te han hecho nada. Menos mal.
—Tuve suerte. Pero me dieron el susto.
—Vaya! Tendremos que ir en busca de tu viejo amigo, ese que lo arregla todo. Se llama Isaac, ¿no? Que eche un vistazo también a los cristales que quedan sanos. Pretendo que esto no vuelva a ocurrir, Tuppence.
—Yo creo que siempre que se compra una casa vieja te encuentras con
esta clase de sorpresas.
—¿Tú crees que esta casa encierra algo raro, Tuppence?
—¿Algo raro? ¿Algo misterioso, quieres decir?
—Sí.
—A mí se me antoja imposible.
—¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué todo tiene un aire limpio e inofensivo? ¿Porque lo ves todo pintado y arreglado?
—La casa está pintada y arreglada gracias a nosotros. Cuando llegamos aquí su aspecto dejaba bastante que desear, acuérdate.
—Claro. Por eso nos la cedieron barata.
—Me parece que tú quieres decirme algo, Tommy —manifestó Tuppence—.  ¿De qué se trata?
—Verás... Es cosa de Moustachio—Monty, ¿sabes?
—¡Ah! Nuestro buen amigo. ¿Te dio recuerdos para mí?
—Por supuesto. Me recomendó que te cuidaras mucho y que yo cuidara de ti.
—Siempre dice lo mismo. Sin embargo, no sé por qué ha de hacer ahora tal recomendación.
—Parece ser que ésta viene muy a tiempo teniendo en cuenta el lugar en que nos encontramos.
—¿Qué demonios quieres darme a entender con eso, Tommy?
—He de comunicarte, Tuppence, que insinuó que a su juicio nosotros estábamos aquí no como jubilados, sino como agentes del servicio activo. Apuntó que trabajábamos como en los días de N o M. Cree que hemos sido enviados a esta zona por el servicio de seguridad y que se nos ha encomendado el descubrimiento de algo...
—¿No te lo habrás imaginado tú, Tommy? A mí se me figura que el viejo Moustachio—Monty dejó volar su fantasía, en todo caso.
—Por lo visto, él está convencido de que se nos ha confiado una misión: el hallazgo de algo.
—¿Qué concretamente?
—Algo que pudo haber sido escondido en esta casa.
—¡Algo que pudo haber sido escondido en esta casa! ¡Tommy! ¿Te has vuelto loco? ¿Se habrá vuelto loco él?
—Es posible que nuestro amigo se haya vuelto loco, pero no creas que estoy tan seguro —declaró Tommy.
—¿Y qué podríamos encontrar en esta casa?
—Algo que me imagino que fue escondido aquí antes.
—¿Hablas de un tesoro enterrado acaso? ¿Crees en la posibilidad de que alguien ocultara en el sótano las joyas de la corona rusa, por ejemplo?
—No. No hay que pensar en tesoros. Será algo que pudiera resultar peligroso para Dios sabe quién.
—¡Qué raro! —exclamó Tuppence.
—¿Has hecho algún descubrimiento?
—No, desde luego. No he hecho ningún descubrimiento. Pero parece ser que hace años hubo aquí un escándalo que tuvo relación con esta casa. Nadie te puede concretar nada. Es una de esas cosas vagas que cuentan las abuelas o las sirvientas. Beatrice tiene una amiga que, por lo visto, sabía algo sobre el particular. Y Mary Jordan anduvo mezclada en ese escándalo. Rumores, habladurías, sí, pero que necesariamente han de basarse en cualquier detalle...
—¿Te estás dejando llevar de tu imaginación, Tuppence? ¿Es que has vuelto a los hermosos días de nuestra juventud, a la época en que una persona, a borde del Lusitania, daba a conocer a una chica secretos importantes, a los días en que andábamos tras el rastro del enigmático señor Brown?
—Han pasado muchos años desde entonces, Tommy. Los Jóvenes Aventureros, nos llamábamos en aquellas fechas nosotros mismos. Ahora todo aquello se me figura irreal.
—Fue real en su día, perfectamente real. Hay muchas cosas así, aunque te cueste trabajo creerlas. Estoy remontándome a sesenta o setenta años atrás. Más, quizá.
—¿Qué es lo que Monty te dijo concretamente?
—Me habló de cartas o papeles de un tipo u otro —respondió Tommy—. Estas cosas podían ocasionar graves trastornos políticos, por ejemplo. Se refirió a personas que disfrutaban de poder, el cual perderían, si esas cartas o papeles salían a la luz alguna vez. Aludió a intrigas y numerosos sucesos de hace años.
—¿De la época de Mary Jordan? Me parece muy improbable —señaló Tuppence—. Tommy: yo me inclino a pensar que te dormiste en el tren, siendo lo que acabas de decir fruto de un sueño.
—Es posible que descabezara un sueño —admitió Tommy—. Lo segundo, en cambio, no me parece probable.
—En todo caso —declaró Tuppence—, ya que estamos aquí, lo más lógico es que echemos un vistazo a nuestro alrededor.
La esposa de Tommy miró lentamente en torno a ella.
—Yo me inclino a pensar que nadie pensó nunca en ocultar una cosa en esta casa. ¿Tú sí, Tommy?
—No constituye verdaderamente un sitio ideal. En los últimos tiempos aquí ha vivido mucha gente.
—Sí. Una familia tras otra, por lo que nos han dicho. Puestos a buscar un escondite bueno, habría que pensar en un ático o en el sótano. El piso del cenador también es buen sitio para enterrar una cosa, ¿no?
Tuppence y Tommy guardaron silencio durante unos momentos.
—Bueno, esto puede resultar divertido —manifestó ella—. Mira, Tommy: cundo no tengamos nada que hacer y nos duela la espalda de tanto agacharnos a plantar bulbos podríamos entretenernos haciendo algunas indagaciones. Hay que discurrir con lógica. Empezaremos por decirnos: «Si yo quisiera esconder algo en esta casa, ¿qué punto de ella escogería, qué sitio me ofrecería más garantías de que ese algo no iba a ser descubierto fácilmente?»
—Es que yo no creo que haya nada que pueda permanecer oculto indefinidamente aquí —declaró Tommy—. En el jardín habrán trabajado muchos jardineros; la casa habrá sido objeto de numerosas reparaciones; la vida de varias familias se ha desarrollado entre estas paredes; ha habido visitantes, curiosos...
—No olvides que constantemente nos acecha lo sorprendente, lo inesperado. Una tetera, sin ir más lejos, puede servir de escondite para unos papeles.
Tuppence se puso en pie, dirigiéndose hacia la repisa de la chimenea. Subióse a una banqueta y alcanzó una tetera de porcelana. Levantó la tapa y estudió su interior.
—Aquí no hay nada —informó.
—Ningún sitio más poco probable que ése —le indicó Tommy.
Tuppence preguntó a su marido, en un tono de voz más esperanzado que desdeñoso:
—¿Tú crees en la posibilidad de que haya habido alguien que preparara adecuadamente los cristales del techo del invernadero para que cayesen a tiempo, con el fin de acabar conmigo?
—No creo en semejante posibilidad —repuso Tommy—. Más me inclino a pensar que eso fue proyectado para alcanzar al viejo Isaac.
—He ahí una idea desconcertante, querido. A mí me gustaría pensar que escapé de un modo milagroso de un atentado.
—Bueno, será mejor que mires donde pones los pies, Tuppence. De momento, yo no pienso perderte de vista.
—Vives pendiente de mí —dijo ella, en tono de queja.
—¿Te parece mal? Pues es una atención muy de agradecer, creo yo. Deberías sentirte muy contenta de tener un esposo que se preocupa tanto por ti.
—Estando en el tren, ¿no hubo nadie que intentara pegarte un tiro,
Tommy? ¿No fue sorprendido nadie tampoco intentando descarrilar el convoy? ¿No sufriste ningún atentado de cualquier otro tipo? —inquirió Tuppence.
—No —contestó Tommy—. Pero la próxima vez que cojamos el coche probaremos los frenos antes de ponernos en marcha. Desde luego, todo esto resulta absurdo —añadió.
—Por supuesto —confirmó Tuppence—. Totalmente absurdo. Sin embargo...
—Sin embargo... ¿qué?
—Bien... Me parece divertido pensar en cosas como ésta.
—¿Tú crees que Alexander murió asesinado porque estaba informado acerca de alguna cosa muy especial? —inquirió Tommy.
—El sabía algo, indudablemente, sobre la identidad de quién mató a Mary Jordan. «Fue uno de nosotros...» —El rostro de Tuppence se iluminó—. Nosotros —repitió dando mucho énfasis a esta palabra—. Tendremos que averiguarlo todo en relación con ese «nosotros». Es un «nosotros» de aquí en esta casa, dentro del pasado. Se trata de un crimen que hemos de aclarar, tenemos que saber concretamente dónde y cómo se cometió. He aquí una tarea que nunca hemos acometido antes.

CAPÍTULO CINCO

MÉTODOS DE INVESTIGACIÓN


—¿Dónde has estado, Tuppence? —preguntó Tommy a su esposa al regresar a casa al día siguiente.
—Últimamente estuve en el sótano —dijo Tuppence.
—Ya lo veo. Es fácil verlo. ¿Te has dado cuenta de que tienes los cabellos llenos de telarañas?
—Resulta lógico, ya que en el sótano las hay en abundancia. Sabrás que encontré allí unas botellas de ron de laurel.
—¿Ron de laurel? Muy interesante.
—¿Tú crees? —inquinó Tuppence—. ¿Es para beber eso? Yo me inclino a pensar que no.
—La gente utilizaba ese ron antes para el cuidado de sus cabellos. Los hombres, se entiende.
—Cierto —repuso Tuppence—. Recuerdo que mi tío... Sí. Yo tenía un tío que usaba el ron de laurel. Se lo traía un amigo suyo de América.
—¿De verdad? Es un dato muy interesante —insistió Tommy.
—No creo que lo sea tanto como tú dices. A nosotros de nada nos va a servir, de todos modos. Esto es: tú no podrías esconder nada en una botella de ron de laurel.
—¡Ah! Conque has estado ocupada en eso...
—Hay que empezar por alguna parte, ¿no? —preguntó Tuppence—. Cabe la posibilidad de que, como te dijera nuestro amigo, haya sido escondido algo en esta casa, pero es bastante difícil dar con el lugar escogido y la naturaleza de la cosa escondida. Ahora bien, cuando se vende una casa, cuando se deja por cualquier motivo, lo normal es que la misma quede prácticamente vacía. El que la hereda, por ejemplo, saca los muebles y los vende. Y si los deja en su sitio es el siguiente propietario quien se desprende de ellos. En pocas palabras: todo lo que puedes hallar en una vivienda, data frecuentemente de la fecha en que vivió en ésta el ocupante anterior.
—Entonces, ¿por qué ha de surgir alguien que desee causarte un daño a ti, a mí, o que pretenda hacernos dejar la casa? Hay que pensar, forzosamente, que aquí hay una cosa que esa persona desconocida no quiere que localicemos.
—Bueno, tú te has forjado la idea —señaló Tuppence—. Puede que carezca de todo fundamento. De todas maneras, no he perdido el tiempo. He dado con algunas cosas, Tommy.
—¿Tienen que ver con Mary Jordan?
—No de un modo particular. El sótano contiene unos cuantos artículos relacionados con la fotografía. Tenemos una lámpara de cuarto oscuro, es decir, lo que se utilizaba como tal, tiempo atrás, con un vidrio rojo, y el ron de laurel. No he visto, en cambio, losas de piedra grandes que pudieran hacer pensar en la existencia de una cavidad misteriosa. Encontré unos baúles y un par de viejas maletas. En ellas no puede guardarse nada ya. Creo que se harían pedazos si les propinaras una patada. Por ahí, la investigación inicial ha desembocado en el fracaso.
—Lo siento —contestó Tommy—. En definitiva, no has obtenido ninguna satisfacción.
—Bueno, había algunas cosas que resultaban interesantes... Oye: me parece que sería mejor que me fuera arriba unos momentos, para quitarme de encima del todo las telarañas, antes de que sigamos hablando.
—Tienes razón —dijo Tommy—. Tendrás mejor aspecto cuando hayas hecho eso.
—A mí me agradaría, Tommy, que en cualquier circunstancia, pese al aspecto y a los estragos del tiempo, me consideraras atractiva.
—Tuppence querida: no hay una sola mujer en el mundo que me resulte más atractiva que tú. Ahora mismo, estoy viendo una telaraña enrollada en tu oreja izquierda que me parece auténticamente deliciosa, por ser tuya. Es como uno de los rizos que luce la emperatriz Eugenia en los cuadros. Por cierto que te llega hasta el cuello. Me inclino a pensar que tu pelo alberga también la araña productora.
—¡Vaya! Esto ya me disgusta.
Tuppence se sacudió los cabellos. Trasladóse a la planta superior y poco después se reunía de nuevo con Tommy. Le estaba esperando una bebida preparada por su esposo. Ella fijó la vista, pensativa, en el vaso.
—No querrás que me beba el ron de laurel, ¿eh?
—No, desde luego. Tampoco yo tengo el menor deseo de probarlo.
—Continuaré con lo que te iba diciendo... —anunció Tuppence.
—Adelante. Estoy escuchándote.
—Pensé: «Si yo me decidiera a esconder algo en esta casa que no quisiera que encontrasen los demás, ¿qué clase de sitio elegiría?»
—Sí —manifestó Tommy—. Un planteamiento muy lógico.
—Seguí razonando, «¿En qué sitios puede una esconder cosas?» Uno de ellos, indudablemente, podría ser el vientre de «Mathilde».
—¿Cómo has dicho? —inquirió Tommy.
—El vientre de «Mathilde». Me refiero al balancín—caballo. Ya te hablé de él. Es de procedencia americana.
—Tenemos ya muchas cosas que provienen de América —señaló Tommy—. También ese ron de laurel, según dijiste.
—El balancín—caballo tenía un orificio en el vientre, que me hizo ver el viejo Isaac. Por él asomaban unos papeles, un relleno, seguramente. Nada que valiera la pena. Pero de todos modos aquél era un lugar ideal a la hora de querer esconder una cosa, ¿no?
—En efecto.
—Pensé también en «Truelove». Inspeccioné a «Truelove» de nuevo. Forma parte de éste una especie de silla en mal estado, cuya parte superior es un trozo de tela impermeabilizada. Allí no había nada... Tampoco di con objetos de uso personal. Me puse a reflexionar otra vez. Tenía que pensar en la estantería y los libros. La gente es aficionada a esconder cosas en los libros. La biblioteca de arriba está por terminar.
—Yo creía lo contrario —declaró Tommy.
—Quedaba el último estante de abajo... Me fui arriba y sentándome en el suelo revisé el contenido de aquél. Allí no encontré más que sermones, viejos sermones escritos por un sacerdote metodista. No ofrecían mucho interéS; no contenían nada de particular. Entonces, saqué todos los libros, dejándolos en el suelo. E hice un descubrimiento: vi un orificio detrás, hecho por Dios sabe quién, en el que habían sido introducidas cosas a modo de relleno, libros hechos pedazos... Era bastante grande el boquete. Había sido tapado con un trozo de papel de embalar, del que tiré para saber a qué atenerme concretamente. Hay que llegar hasta el fin en estas situaciones. ¿Qué querrás creer que vi a continuación?
—¡Yo qué sé! ¿Un ejemplar de la primera edición de Robinson Crusoe?
—No. Un libro de nacimientos.
—Un libro de nacimientos... ¿Y qué es eso?
Antes, hace ya mucho tiempo, se usaban tales libros. En la época de los Parkinson, me figuro. Y, probablemente, mucho antes ya. Aquél estaba destrozado, roto. No valía la pena de ser conservado, por lo visto, y lo tiraron allí. Ahora, se refiere a años que quedan lejos y me figuro que quizá podamos encontrar algún dato útil en él.
—Ya. Estás pensando en los nombres que pudieron ser anotados en sus páginas.
—Sí. He empezado a repasarlo. No me he impuesto bien todavía de su contenido, sin embargo. Puede ser que contenga nombres interesantes, desde luego...
—Es posible —murmuró Tommy, con cierto escepticismo.
—En materia de libros fue el único que vi curioso. No había nada más allí,  en aquel estante. Hay que mirar ahora en los armarios.
—¿Has pensado en los muebles? —sugirió Tommy—. Los hay con cajones de doble fondo, con cajones secretos.
—Tommy: creo que no te has detenido a reflexionar un poco. Los muebles que hay ahora en la casa son los nuestros. Entramos en una casa vacía, que hemos amueblado con lo que teníamos. Lo único hallado aquí que data de otros tiempos es lo que contiene el sitio llamado KK: juguetes destrozados y asientos de jardín. Quiero decir que no hay muebles antiguos en la casa. Los que vivieron aquí antes, se llevaron sus cosas o enviaron por ellas después de venderlas. Ha pasado mucha gente por aquí. De los Parkinson no queda nada por tal razón. Pero he logrado dar con algo que no sé si nos será útil...
—¿De qué se trata, Tuppence?
—De unas tarjetas de menús chinos.
—¿Tarjetas de menús chinos?
—Sí. Estaban en ese viejo armario que no habíamos conseguido abrir. El que está enfrente de la despensa. Recordarás que no aparecía la llave por ninguna parte. Pues bien, la encontré en una caja vieja. En el KK, por cierto. Aceité la llave un poco y logré abrir la puerta del armario. No contenía nada, casi... El interior estaba muy sucio, albergando unas piezas de porcelana hechas añicos. Esto sería de la última familia que vivió aquí. Pero, apilados en el estante superior, cuidadosamente, vi los menús. Estas cosas se usaban mucho en la época victoriana, cuando se celebraban reuniones. ¡Qué manjares comía aquella gente! Hacían unas comidas deliciosas. Después de cenar te leeré algunos menús. Son fascinantes por su contenido. Fíjate: dos sopas, una clara, la otra espesa; después venían dos clases de pescado; seguidamente, entremeses de un par de clases, y ensalada o algo parecido. Todavía hacían honor los comensales a un plato de carne. Finalmente, se llegaba... no recuerdo a qué. Creo que era un sorbete de helado, ¿no? Y después todavía servían una ensalada a base de langosta. ¿Puedes creértelo?
—Silencio, Tuppence —repuso Tommy—. Uno no es de piedra. No sé si podré seguir resistiendo.
—Consideré muy interesante mi descubrimiento. Te lleva a otra época; te hace retroceder muchos años...
—¿Y qué esperas obtener a base de tus hallazgos?
—Yo creo que lo que ofrece más posibilidades es el libro de nacimientos. He visto que en una de sus páginas se menciona a un tal Winifred Morrison.
—¿Y qué?
—Winifred Morrison, según tengo entendido, era el nombre de soltera de la anciana señora Griffin. ¿No te acuerdas de que fui a tomar el té con ella, en su casa, el otro día? Es una de las habitantes más antiguas de este lugar. Sabe de muchas cosas que sucedieron en su tiempo y antes. Espero que se acuerde o haya oído hablar de algunos de los nombres reseñados en el libro de nacimientos. Esto podría sernos útil.
—Es posible —afirmó Tommy, dudoso—. Aún pienso...
—¿Qué?
—No lo sé con certeza —repuso Tommy—. Vámonos a la cama, Tuppence. ¿No crees que lo mejor sería desentendernos de una vez de este asunto? ¿Por qué este empeño nuestro en descubrir quién mató a Mary Jordan?
—¿No quieres que sigamos con ello?
—Por mi parte, no. Al menos... yo renuncio. He de admitir que has logrado meterme en esto, Tuppence.
—¿No has conseguido descubrir nada de interés?
—No tuve tiempo de hacer nada hoy. Pero me he procurado unas cuantas fuentes más de información. He confiado varias tareas a la mujer de que te hablé, ya sabes, aquella que actúa tan inteligentemente en las investigaciones...
—Bien. Podemos esperar lo mejor todavía. Todo esto es una insensatez, pero quizá nos divirtamos un poco.
—No sé si llegaremos a divertirnos tanto como tú te figuras.
—Bueno, no importa —dijo Tuppence—. De todas formas, habremos hecho un esfuerzo con la mejor intención.
—Haz lo posible por no esforzarte demasiado, querida —contestó Tommy—. Eso es precisamente lo que me preocupa más... cuando me encuentro lejos de ti.

CAPÍTULO SEIS

EL SEÑOR ROBINSON


—¿Qué estará haciendo Tuppence en estos momentos? —preguntó Tommy, suspirando.
—Perdone. No le he entendido bien.
Tommy volvió la cabeza para estudiar el rostro de la señorita Collodon muy atentamente. La señorita Collodon era una mujer delgada, flaca más bien, de grisáceos cabellos, que se recuperaban lentamente de un baño de peróxido proyectado para hacerla aparecer más joven (cosa no conseguida). Ahora estaba probando suerte con varios matices de un gris artístico, tono de humo, azul de acero y otros tonos adecuados para una dama cuya edad se podía situar entre los sesenta y los sesenta y cinco. Entregada a la investigación, su faz revelaba una especie de ascética superioridad y una suprema confianza en sus personales realizaciones.
—¡Oh! Lo que acabo de decir no iba con usted, señorita Collodon —manifestó Tommy—. Ha sido algo... algo que de pronto se me ha venido a la cabeza.
Thomas siguió entregado a sus reflexiones, poniendo ahora buen cuidado en no traducirlas en palabras. «¿Qué es lo que puede estar haciendo hoy? —se preguntó—. Alguna tontería, sin duda. Andará metida entre los viejos juguetes. O se lanzará por la pendiente inmediata a la casa sobre aquel chisme para terminar cuando menos se lo piense con algún hueso roto. Ahora lo más frecuente son las fracturas de cadera, aunque no sé por qué la pelvis ha de ser más frágil que un fémur, por ejemplo.» Tommy se dijo que decididamente Tuppence estaría haciendo alguna estupidez y si no era así, andaría metida en cualquier peligrosa empresa. Sí, peligrosa. Siempre había resultado difícil apartar a Tuppence del peligro. Evocó ciertos episodios pertenecientes ya al pasado. Recordó una cita, que recitó inconscientemente:

Puerta del Destino...
No pases por ella, ¡oh caravana!, o pasa sin cantar.
¿Has oído
ese silencio donde los pájaros están muertos,
aunque haya imitado el gorjeo de un pájaro?

La señorita Collodon respondió inmediatamente, causando una gran sorpresa en Tommy:
—Flecker. Continúa así:

Caravana de la Muerte... Caravana del Desastre,
Fuerte del Temor.

Tommy la miró fijamente. Luego, comprendió lo que la señorita Collodon estaba pensando: que le estaba exponiendo un problema de tipo poético para ser investigado. Seguramente se imaginaba que él deseaba la cita completa y el nombre del poeta, autor de la misma. Lo malo de la señorita Collodon era que sus actividades abarcaban un campo de gran amplitud.
—Estaba acordándome de mi esposa —declaró Tommy, en tono de excusa.
—¡Ah! —exclamó simplemente su interlocutora.
En sus ojos apareció ahora otra expresión, al mirar a Tommy. Un problema matrimonial, estaba deduciendo. Luego, probablemente, le ofrecería las señas de un centro asesor, donde podrían darle orientaciones para solucionar sus dificultades familiares.
Tommy preguntó apresuradamente:
—¿Ha sacado usted algo en concreto de la gestión que le confié anteayer?
—¡Oh, sí! No ha sido muy difícil. En Somerset House todo son facilidades, generalmente. No creo que vea nada de particular en mis datos, pero tomé notas relativas a nombres y direcciones de ciertos nacimientos, enlaces matrimoniales y muertes.
—¿Llevan todos el apellido Jordan?
—Jordan, sí. Hay una Mary. Está María y Polly Jordan. Y también una Mollie Jordan. No sé si uno de estos nombres será el que le interesa. Es para usted...
La señorita Collodon alargó a Tommy una hoja de papel mecanografiado.
—Gracias. Muchísimas gracias.
—Hay varias señas también. Las que me pidió. No he sido capaz de dar con las del comandante Dalrymple. En la actualidad, la gente cambia de domicilio con frecuencia. Dos días más y esta información quedaría confirmada. He aquí las señas del doctor Heseltine. Ahora vive en Surbiton.
—Muchísimas gracias —contestó Tommy—. Empezaré por él.
—¿He de hacer más indagaciones?
—Sí. Llevo aquí, en el bolsillo, una lista. Serán media docena o poco más. Algunas de ellas es posible que se aparten de sus trabajos habituales.
La señorita Collodon respondió, muy segura de sí misma, como siempre:
—He de hacer siempre lo que pueda para que los trabajos que se me confían sean a mi medida. No sé si me explico... Recuerdo que hace ya mucho tiempo, cuando yo me iniciaba en estas tareas, descubrí lo útil que era el centro asesor de Selfridge. Una podía preguntar a aquella gente las cosas más extraordinarias y ellos siempre estaban en condiciones de dar la respuesta adecuada o de citar el lugar en que podía obtenerse la información deseada, rápidamente además. Pero, desde luego, ahora no se dedican a esos trabajos. Ahora, la mayor parte de las encuestas se orientan a averiguar si se tiene tendencia al suicidio por ejemplo, centrándose las preguntas sobre las cuestiones legales, testamentos, derechos, etc. También se toca el
tema de los empleos en el extranjero y los problemas de la inmigración. ¡Oh, sí! Yo abarco un campo sumamente dilatado.
—Estoy convencido de ello —dijo Tommy.
—Asimismo, me interesa la ayuda a los alcohólicos. Hay un puñado de sociedades especializadas en eso. Unas son más eficientes que otras. Dispongo de una lista muy completa y fiel.
—Recordaré sus palabras si algún día me inclino por ahí. Todo depende de lo lejos que llegue hoy.
—Señor Beresford: si quiere que le sea franca le diré que no aprecio complicaciones de carácter alcohólico en usted.
—¿No tengo la nariz roja? —inquirió Tommy.
—Con las mujeres, la cosa es más ardua —afirmó la señorita Collodon—. Es más difícil suprimir el vicio en ellas. Los hombres recaen a veces, pero resultan menos espectaculares. Hay mujeres de aspecto normal, que consumen a diario grandes cantidades de limonada y luego, una noche, en el curso de una reunión de amigos... Bueno, todo suele empezar de nuevo... La señorita Collodon consultó su reloj de pulsera. Tengo otra cita —advirtió—. He de trasladarme a la calle Upper Crosvenor.
—Muchísimas gracias por su valiosa colaboración —dijo Tommy.
Abrió la puerta cortésmente, ayudando a la señorita Collodon a ponerse el abrigo. Después, regresó a la estancia, diciendo:
—Tengo que acordarme de decirle a Tuppence esta noche que hasta ahora nuestras investigaciones han servido para meter en la cabeza de un agente, la idea de que mi esposa bebe y de que nuestro matrimonio va a la deriva a causa del alcohol. ¡Santo Dios! ¿Qué vendrá más tarde?

Lo que vino a continuación fue una cita en un restaurante barato que quedaba en las inmediaciones de Tottenham Court Road.
—¡Cómo iba a figurármelo! —exclamó un hombre de edad, abandonando el asiento en que había estado esperando—. ¡El pelirrojo Tom! No te hubiera conocido en otro lugar.
—Es posible —replicó Tom—. Sobre todo si tienes en cuenta que en mi cabeza quedan pocos cabellos rojos y no muchos, ¡ay!, grises.
—Más o menos, todos vamos así. ¿De salud qué tal?
—Como antes, con sus quiebros. Va descomponiéndose paulatinamente.
—¿Cuánto tiempo llevábamos sin vernos? ¿Dos años? ¿Ocho años? ¿Once años?
—No exageres —contestó Tommy—. ¿No te acuerdas de que el otoño pasado estuvimos cenando en el Maltese Cats?
—Es verdad. Lástima que quebrase el establecimiento. Siempre pensé que acabaría así. Una buena instalación, pero la cocina era pésima. Bueno, ¿qué estás haciendo ahora, querido? ¿Todavía sigues en el espionaje?
—No. Yo no tengo nada que ver ya con el espionaje.
—¡Válgame Dios! ¡Qué manera de malgastar el talento!
—¿Y tú a qué te dedicas? Tengo ya muchos años para servir a mi país en ese campo.
—¿No hay ninguna actividad de esa clase en tu agenda?
—Trabajo no falta. Pero no es para mí. Ahora, probablemente, nuestros superiores se valen de los jóvenes que salen de las universidades y necesitan un empleo con urgencia. ¿Dónde paras? Este año te envié una tarjeta de felicitación por Navidad. Bueno, lo cierto es que la eché al correo en enero, pero me la devolvieron con el sello de «Desconocido en estas señas».
—Nos hemos ido a vivir al campo. Estamos cerca del mar. En Hollowquay.
—¿Hollowquay? ¿Hollowquay? Este nombre me suena. Tú anduviste haciendo algo por allí en otro tiempo, ¿no?
—No. Me enteré de la existencia de ese lugar poco antes de irme a vivir allí —dijo Tommy—. Leyendas del pasado, de hace sesenta años, por lo menos.
—Fue algo que tuvo que ver con un submarino, ¿eh? Se trataba de los planos de un submarino vendidos a no sé quién. No recuerdo el destinatario de los mismos. Pudieron ser los japoneses, los rusos... La gente siempre veía agentes enemigos rondando por Regent's Park. Se dio así con el tercer secretario de una embajada... No me acuerdo bien. En la realidad se localizaban menos bellas espías que en el campo de la ficción.
—Deseaba hacerte unas cuantas preguntas, querido.
—¿Sí? No sé si podré dar satisfacción a tu curiosidad. Últimamente, he llevado una existencia muy rutinaria. Margery... ¿Te acuerdas de Margery?
—Sí, claro que la recuerdo. Estuve a punto de asistir a vuestra boda.
—Me consta. Pero te sería imposible por llevar algún trabajo entre manos. No sé si es que tomaste un tren equivocadamente. Me parece que te subiste a un convoy que se dirigía a Escocia en lugar de a Southall. Es igual. La cosa no acabó bien.
—¿No llegaste a casarte?
—Sí, sí que me casé. Pero por una causa u otra aquello no resultó bien. Nuestro matrimonio duró año y medio. Ella se ha vuelto a casar. Yo no. Pero lo paso estupendamente. Vivo en Little Pollon. Hay un campo de golf en bastante buenas condiciones allí. Vivo con una hermana. Es viuda, tiene algún dinero y congeniamos. Es sorda, así que le cuesta trabajo oír lo que le diga, pero todo se limita a que le grite un poco.
—Dices que habías oído hablar de Hollowquay. ¿Hubo allí realmente algo relacionado con el sector del espionaje?
—Te seré sincero... Han pasado tantos años que no lo recuerdo muy bien. Se produjo una gran conmoción. Se habló de un joven oficial de la marina que estaba por encima de toda sospecha, que era británico en un noventa por ciento, siendo considerado fiel a ultranza... Luego, todo eso resultó no ser verdad. Se hallaba a sueldo... No recuerdo quién le pagaba. Supongo que sería cosa de Alemania. Estoy refiriéndome a una fecha situada antes de la guerra de 1914. Sí, creo que fue por entonces.
—Y en aquel asunto figuró también una mujer, ¿no? —inquirió Tommy.
—Me parece que se habló mucho de una tal Mary Jordan. Te advierto que no tengo mucha seguridad en lo que te estoy diciendo. Los periódicos hablaron de ella. Creo que era su esposa, la esposa del oficial de la marina famoso por su integridad. Su esposa entró en contacto con los rusos... No, no. Estoy refiriéndome a un episodio posterior. Ya sabes, querido: mezcla uno las cosas lamentablemente. Y es que se dan muchas veces las mismas o parecidas circunstancias. La mujer pensaba que él no ganaba bastante dinero, lo cual quiere decir, supongo, que a las manos de ella llegaban pocos billetes... ¿Para qué quieres tú desenterrar esa vieja historia? ¿Qué relación puede tener contigo dados los años transcurridos? Ya sé que en ciertas ocasiones tuviste que ver con alguien que estuvo en el Lusitania o que se hundió con el Lusitania, o algo así, ¿no? Bueno, no sé si fuiste tú o tu esposa quien se encargó de este asunto...
—Anduvimos mezclados en él los dos —afirmó Tommy—, y han pasado tantos años desde entonces que no recuerdo ahora absolutamente nada sobre el particular.
—En ese caso figuró una mujer, ¿eh? Se llamaba Jane Fish, o algo semejante... ¿Sería Jane Whale?
—Jane Finn —aclaró Tommy.
—¿Dónde para en la actualidad?
—Se casó con un americano.
—Ya. Uno habla con frecuencia de los antiguos amigos y compañeros, preguntándose qué habrá sido de ellos. Cuando nos enteramos de que han muerto nos quedamos muy sorprendidos y si sabernos que continúan con vida la sorpresa experimentada es todavía mayor. Éste es un mundo muy difícil.
Tommy hizo un gesto afirmativo. Sí, efectivamente. Vivían en un mundo terriblemente difícil. Pero, en fin... Allí estaba el camarero. ¿Qué deseaban comer los señores? La conversación, a partir de aquel instante, se orientó hacia el tema de la gastronomía.

Tommy tenía otra cita para la tarde. Esta vez se enfrentó con un hombre de rostro triste y cabellos grisáceos, que se sentaba frente a una mesa de despacho. Evidentemente, a juzgar por su gesto, lamentaba la pérdida de tiempo que para él suponía hablar con Tommy.
—En realidad, no puedo decirle nada. Desde luego, conozco por encima el asunto de que me habla... Circularon muchos rumores por aquel tiempo... La cosa tuvo resonancias políticas... Sin embargo, no poseo una información concreta. Estas historias, ¿comprende usted?, pasan. La gente las olvida en cuanto la prensa echa mano de otro sustancioso escándalo.
El hombre se explayó brevemente aludiendo a otros casos más recientes o conocidos, de los que habían sido protagonistas individuos a salvo de toda sospecha, que se vieran delatados por hechos totalmente imprevisibles. Luego, añadió:
— Tengo algo que quizá pueda serle útil. Aquí tiene unas señas. La cita está concertada ya. Se trata de una persona sumamente agradable. Lo sabe todo. Navega por las alturas. Es padrino de uno de mis hijos. Por esta razón, este hombre es muy atento conmigo, está dispuesto siempre a complacerme. Le pregunté si accedería a recibirle. Le notifiqué que había cosas sobre las cuales a usted le interesaba conocer la opinión de las «altas esferas». Hice un elogio de su persona, agregué unos detalles sobre su vida y me contestó que había oído hablar de usted ya. Sabía de sus andanzas, me informó. Si. Puede ir a verlo. A las tres cuarenta y cinco, creo. Aquí tiene las señas. Es un despacho de la City, me parece. ¿Ha hablado alguna vez con él?
—No creo —dijo Tommy, leyendo el nombre y la dirección estampados en la tarjeta—. No.
—Al verlo, se le antojará todo lo contrario de lo que es. Se trata de un hombre grande, fornido, de cabellos rubios.
—¡Oh! Fornido y rubio...
Ésta información no despertó ningún recuerdo en él.
—Él se mueve constantemente dentro de los círculos más elevados —insistió el canoso amigo de Tommy—. Usted vaya a verle. Sea como sea, algo podrá referirle. Buena suerte, amigo.

Tommy fue recibido en la City por un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años de edad, quien le miró con la expresión característica en el individuo dispuesto a hacer lo peor en el plazo de tiempo más breve posible. Tommy notó que sospechaba de él. El hombre que tenía delante admitía la posibilidad, a juzgar por su mirada, de que fuera portador de una bomba, de que intentara llevar a cabo un secuestro revólver en mano y con desprecio absoluto de su vida. El esposo de Tuppence acabó por ponerse nervioso.
—¿Está usted citado con el señor Robinson? ¿A qué hora, me ha dicho? ¡Ah! A las tres cuarenta y cinco minutos —el cancerbero consultó un pequeño libro de notas—. Usted es el señor Thomas Beresford, ¿no?
—Sí.
—Firme aquí, por favor. Tommy obedeció.
—Johnson.
Un joven de unos veintitrés años, de aire inquieto, apareció procedente del otro lado de una mampara de cristal.
—Diga, señor.
—Acompañe al señor Beresford al cuarto piso. Va a ver al señor Robinson.
—Sí, señor.
Tommy y el joven se encaminaron a la cabina del ascensor, automático. Las puertas del mismo se abrieron lentamente. Luego, cuando Tommy hubo entrado, se cerraron con la misma parsimonia, a unos centímetros de la espalda de aquél.
—Hace un poco de frío esta tarde —dijo Johnson, queriendo mostrarse cordial con el hombre a quien se permitía ver al que estaba más alto entre los altos.
—Sí —confirmó Tommy—. Por las tardes refresca siempre bastante.
—Hay quien dice que eso es efecto de la polución atmosférica. Otros aseguran que es debido al gas natural que se extrae del mar del Norte —manifestó Johnson.
—No conocía esa versión —afirmó Tommy.
—A mí me parece muy improbable.
Llegaron por fin al cuarto piso. Johnson echó a andar delante de Tommy, que ahora de nuevo, por unos centímetros también, se escapó de las puertas automáticas de la cabina. Deslizáronse por un pasillo, deteniéndose ante una puerta. Johnson llamó y desde dentro una voz le ordenó que entrara. El joven sostuvo la puerta abierta, invitando con un movimiento de cabeza a Tommy a cruzar el umbral, al tiempo que decía:
—El señor Beresford está aquí, señor. Está citado con usted.
A continuación, cerró la puerta a espaldas de Tommy. Éste avanzó. El
mueble que más se destacaba en aquella habitación era la enorme mesa. Detrás de ella vio un hombre de gran talla y peso. Tommy se había preparado ya mentalmente para enfrentarse con una persona como aquélla. ¿Cuál sería la nacionalidad del señor Robinson? Tommy no tenía la menor idea acerca de tal punto. Cualquiera era posible. El esposo de Tuppence tenía la impresión de que se hallaba ante un extranjero. ¿Un alemán, quizás? ¿Un austríaco? Tal vez fuera japonés. Y, decididamente, también podía ser inglés.
—Señor Beresford...
El señor Robinson se puso en pie, alargando la mano a su visitante.
—Siento robarle unos minutos de su tiempo —le dijo Tommy.
Tenía la impresión de haber visto antes al señor Robinson. Cabía la posibilidad, asimismo, de que se lo hubieran señalado de lejos... Evidentemente, el señor Robinson era un personaje muy importante. Todo en él daba a entender esto.
—Creo que usted deseaba preguntarme algo. Su amigo (no recuerdo el nombre) me anticipó un breve informe.
—No creo que... Quiero decir que es algo por lo cual quizá no debiera molestarle. Me parece que no es nada de importancia. Sólo es... es...
—¿Sólo es una idea?
—En parte, una idea de mi esposa.
—He oído hablar de su esposa. Y de usted también. Veamos... La última vez fue M o N, ¿no? ¿O era N o M? MN. Ya me acuerdo. Recuerdo los hechos con sus detalles. Ustedes le arrancaron la careta a aquel comandante, , verdad? Aquel a quien todos consideraban un oficial de la Armada inglesa cuando en realidad era un destacado huno. Yo todavía les llamo hunos a los alemanes. Ocasionalmente, ¿sabe? Desde luego ya sé que vivimos en otros tiempos, que ahora pertenecemos al Mercado Común. Somos alumnos del mismo colegio todos, podría decirse. Realizaron entonces un buen trabajo. Muy bueno. Una labor muy encomiable la de su esposa. De veras. Todos aquellos libros infantiles... Me acuerdo muy bien, sí. Goosey, Goosey Gander... ¿No fue éste el que dio al traste con toda la comedia?
—Es curioso que usted se acuerde de eso —dijo Tommy, muy respetuoso.
—Pues sí. Uno se sorprende siempre cuando recuerda algo. De pronto, se me vino todo a la cabeza.
—Fue una buena aventura aquélla, sí, señor Robinson.
—Y ahora, ¿qué le trae aquí? ¿En qué andan ocupados ustedes en estos días?
—Bueno, no es nada, en realidad —manifestó Tommy—. Sólo...
—No busque usted las palabras. Explíquese con las primeras que le vengan a la boca, con toda sencillez. Póngame al corriente de su historia. Siéntese. Descanse. ¿Usted no se ha dado cuenta de que cuando se tienen algunos años vale mucho tener los pies descansados?
—Yo ya tengo algunos, claro —reconoció Tommy—. Mi futuro más inmediato es un féretro, en su momento.
—Yo no diría eso. Le indicaré una cosa: una vez superada cierta edad, uno puede vivir indefinidamente. Bien. Explíquese. Le escucho.
—Seré breve... Mi esposa y yo nos trasladamos a otra casa, con todas las molestias que las mudanzas acarrean.
—Me doy una idea. Los electricistas haciendo destrozos en las paredes, abriendo boquetes en el piso...
—Había allí unos cuantos libros que la familia que abandonaba la casa deseaba vender. Eran libros que habían pertenecido a sus miembros, que ya no interesaban a nadie. Tratábase de obras infantiles, de Henty y otros autores parecidos...
—Ya sé. Recuerdo a Henty de mis años infantiles.
—En uno de los libros mi esposa encontró un pasaje subrayado. El subrayado correspondía a letras aisladas, que al ser unidas formaron una frase. Y lo que viene a continuación es una tontería... No sé cómo decirlo...
—Algo saldrá de ello, espero —dijo el señor Robinson—. Cuando me enfrento con una cosa que tiene todos los visos de ser una estupidez quiero percatarme bien de ella.
—Las frases que pudieron ser compuestas a base de las letras subrayadas fueron éstas: Mary Jordan no murió de muerte natural. Debió de haber sido uno de nosotros.
—Muy, muy interesante —declaró el señor Robinson—. Nunca había visto nada semejante. Conque rezaban eso las palabras, ¿eh? Mary Jordan no murió de muerte natural. ¿Y quién escribió las frases? ¿Tiene usted alguna pista?
—Al parecer se trataba de un chico en edad escolar. Parkinson era el apellido familiar. Ocupaban la casa en que nos hemos instalado ahora nosotros. Él era uno de los Parkinson, hemos deducido. Alexander Parkinson. El chico está enterrado en el cementerio del lugar.
—Parkinson... —dijo el señor Robinson—. Aguarde un momento. Déjeme pensar. Parkinson... Sí. A veces, uno da con un nombre relacionado con ciertas cosas, pero no logra descubrir en qué circunstancias, dónde...
—En seguida nos interesamos por descubrir quién era Mary Jordan.
—Por el hecho de no haber fallecido de muerte natural. Sí. No lo encuentro raro en ustedes. ¿Qué averiguaron acerca de ella?
—Nada —contestó Tommy—. Nadie parece acordarse mucho de Mary Jordan, nadie nos dice nada. Alguien nos reveló que estaba en la casa como una chica au pair de nuestros días, de esas que pagan su manutención y alojamiento con su trabajo; otra persona la consideró ama de llaves... Nadie podía recordarla bien. Tratábase de la conocida «mademoiselle» o «fräulein», según otros. Resulta muy difícil en estas condiciones llegar a saber algo.
—Y ella murió... ¿De qué murió?
—Alguien mezcló accidentalmente en el jardín unas hojas de espinacas con otras de digital, que Mary Jordan después comió. Eso, probablemente, no basta para matar a una persona.
—No —aseguró el señor Robinson—. No es suficiente. Pero si alguien vertió una fuerte dosis de un alcaloide de digitalina en el café o el aperitivo de Mary Jordan, las hojas de las dos plantas podían ser señaladas como causantes accidentales de su muerte. Ahora, Alexander Parker, o como se llamara ese chiquillo, ese escolar, era demasiado listo. Su mente albergaba otras ideas, ¿eh? ¿Algo más, Beresford? ¿Cuándo ocurrió esto? Durante la primera Guerra Mundial, en la segunda, o antes?
—Antes. Circularon ciertos rumores... Se afirmaba que era una espía alemana.
—Recuerdo el caso. Produjo una gran sensación. De todo alemán que trabajara en Inglaterra antes de 1914 se decía que era espía. Del oficial inglés implicado en aquel asunto se afirmó siempre que «estaba por encima de toda sospecha». Yo siempre he desconfiado instintivamente de las personas que están por encima de toda sospecha. Hace tanto tiempo de eso... No creo que se haya escrito nada sobre el caso en los últimos años. De los casos reales que tienen gran repercusión salen más tarde obras literarias o películas para el público, aprovechando los autores para eso, los archivos oficiales o parte de los mismos. Con los años siempre se tiene un poco de manga ancha en tal aspecto, ¿comprende?
—Sí, pero aquí el esquema se encuentra reducido a su mínima expresión.
—Efectivamente. El caso fue asociado siempre, desde luego, con los secretos documentos relativos al arma submarina robados por aquel entonces. Hubo también noticias referentes a la aviación. Todo ello captó el interés del gran público. Pero existían otras facetas. La política, por ejemplo. También contó un grupo de prominentes políticos en el asunto. Ya sabe usted: algunas de esas personas de las que la gente comenta su «auténtica integridad». La auténtica integridad es tan peligrosa como aquello de estar por encima de toda sospecha en los servicios. La auténtica integridad... ¡Al diablo con ella! —exclamó el señor Robinson—. Recuerdo lo que pasó en la última guerra. Algunos hombres no demostraron ser tan íntegros como habían figurado. No muy lejos de aquí hubo un tipo curioso. Creo que poseía una casita en la playa. Se hizo con un puñado de discípulos, dedicándose a entonar cantos a Hitler. Sostenían que nuestra única salida era unirnos a él. La verdad: el hombre en cuestión parecía abrigar rectas intenciones. Su cabeza había elaborado algunas ideas maravillosas. Estaba empeñado en abolir la pobreza, las dificultades, las injusticias... Cosas de ese cariz. ¡Oh, sí! Hizo sonar la trompeta fascista sin llamarlo fascismo. Lo mismo pasó en otros países. En Italia se dio el brote de Mussolini, naturalmente. Antes de las guerras se presentan inevitablemente tales derivaciones.
—Usted parece recordarlo todo —comentó Tommy—. Le ruego que me disculpe. Tal vez me he expresado con demasiada rudeza. Ahora bien, es que resulta sumamente impresionante dar con alguien que se nos figura al cabo de la calle en todo, por así decirlo.
—Lo que ocurre, amigo mío, es que uno casi siempre tiene ocasión de meter un dedo en el pastel, para utilizar una expresión corriente. Frecuentemente, he tenido que ver con esas derivaciones de un modo directo o indirecto, moviéndome en el fondo de la cuestión. Uno tiene, además, la oportunidad de oír muchas cosas, comentarios generalmente de viejos compañeros que anduvieron metidos en los casos hasta el cuello, siendo conocedores de sus protagonistas. Me imagino que habrá apelado a ese recurso, ¿no?
—Sí. He hablado con antiguos amigos, quienes, a su vez, se han entrevistado con otros... De estas asociaciones salen casi siempre datos esclarecedores.
—Sí —confirmó el señor Robinson—. Ya sé a dónde apunta usted. Sus progresos pueden conducir a algo interesante.
—Lo malo es que no sé si realmente... No descarto la posibilidad de que nos estemos conduciendo un tanto neciamente mi esposa y yo. Verá usted. Nosotros compramos la casa en que vivimos ahora porque nos gustó como es. La hemos arreglado a nuestro gusto e intentamos dar al jardín una disposición atractiva. No quisiéramos vernos mezclados en una historia extraña, parecida a las de los viejos tiempos. A nosotros nos impulsa solamente la curiosidad. Algo sucedió allí hace mucho tiempo y uno no tiene más remedio que pensar en ello, porque ansia saber el porqué... Pero la cosa no tiene objeto, realmente. No va a suponer un bien para nadie...
—Ya. Ustedes lo único que desean es saber. Perfectamente. El ser humano está hecho así. Ese afán es el que nos ha permitido descubrir tierras desconocidas, volar a la luna, lograr descubrimientos bajo el mar, encontrar gas natural en el mar del Norte, obtener oxígeno no procedente de los árboles, de los bosques... El hombre descubre cada día cosas nuevas. Supongo que sin esa bendita curiosidad se habría convertido en una tortuga. La tortuga lleva una existencia sumamente cómoda. Se pasa durmiendo todo el invierno y al llegar el verano consume exclusivamente hierba, por lo que yo sé. No es una vida interesante la suya, aunque sí tranquila. Por otro lado...
—Por otro lado, podría afirmarse que el hombre es más bien como la mangosta.
—Eso es. Usted lee a Kipling. Me alegro. He aquí un escritor que en nuestros días no es tan apreciado como debiera ser. Era un tipo maravilloso. Una persona estupenda, merecedora de nuestra atención. Sus relatos breves son sorprendentemente buenos. Creo que esto no ha sido comprendido bien todavía.
—No quisiera conducirme como un estúpido —declaró Tommy—. No quisiera andar mezclado con un puñado de cosas que nada tienen que ver conmigo, que no guardan relación con ninguna persona de nuestros días.
—Eso nunca se sabe —contestó el señor Robinson.
Tommy experimentaba ahora un sentimiento de culpabilidad por haber estado molestando a un hombre verdaderamente importante.
—Le soy sincero al decirle que personalmente no intento descubrir nada.
—Pues hágalo entonces para dar satisfacción a su esposa. Sí, en efecto. He oído hablar de ella. Nunca tuve el placer de conocerla. Tengo entendido que es una mujer maravillosa. ¿Es así?
—Yo, al menos, así lo creo —repuso Tommy.
—Me gusta oírle hablar de ese modo. Me gustan las parejas que se mantienen unidas al correr el tiempo, que forman matrimonios felices, que disfrutan con esa unión.
—En realidad, ya soy como la tortuga, supongo. Bueno, así somos los dos, mejor dicho. Nos hemos hecho viejos y estamos retirados, y aunque disfrutamos de buena salud para la edad que tenemos, no queremos vernos mezclados en nada raro actualmente. Nosotros no intentamos tal cosa. Solamente...
—Lo sé, lo sé —respondió el señor Robinson—. No insista en sus excusas. Ustedes quieren saber. Al igual que la mangosta, desean satisfacer su curiosidad. Sí. Especialmente, la señora Beresford. Es lo que deduzco de cuanto he oído referir sobre ella.
—¿Cree usted que lo más probable es que sea mi esposa quien consiga algo positivo?
—Me explicaré. Yo no creo que usted se muestre tan diligente como ella, pero pienso, en cambio, en la posibilidad de que alcance su meta antes, porque se da buena maña a la hora de localizar sus fuentes de información. No es fácil el hallazgo de las mismas si se considera que han transcurrido muchos años desde los hechos que citamos.
—He ahí el motivo de que me haya costado tanto trabajo decidirme a robarle unos minutos de su tiempo. No habría tomado por mí mismo esa iniciativa. Fue cosa de mi amigo...
—Una persona excelente. Trabajó muy bien en su época. Sí. Le envió a mí porque le consta que me interesa esta clase de asuntos. Yo empecé de muy joven, ¿sabe? Contaba pocos años cuando comencé a ir de un lado para otro, descifrando enigmas.
—Y ahora se encuentra usted en la cumbre —señaló Tommy.
—¿Quién le ha dicho eso? —inquirió el señor Robinson—. ¡Qué disparate!
—Yo no creo que lo sea...
—Verá usted. Uno tiene aplicada la cabeza al techo, pero también el techo ejerce una fuerte presión sobre ella. Esto último es aplicable a mí perfectamente. Hay unas cuantas cosas de gran interés que me han sido impuestas en el pasado.
—Aquel caso relacionado con... Francfort, ¿no?
— ¡Ah! Llegaron a sus oídos ciertos rumores, ¿eh? No vuelva a pensar en ellos. Se da por supuesto que no se sabe mucho sobre el particular. No crea que vaya a reprocharle que se presente aquí haciéndome preguntas. Yo, probablemente, podría aclararle algunas de las cosas que usted desea conocer. Si le digo que hubo algo que sucedió hace años, un detalle que podría traducirse en la divulgación de un hecho, posiblemente interesante ahora, algo que facilitaría información acerca de cosas que podrían estar en marcha en nuestros días, eso resultaría casi cierto. No sé qué puedo sugerirle, sin embargo. Todo es cuestión de preocuparse, de molestarse, de escuchar a la gente, de descubrir lo que sea acerca del pretérito. Si se hace con algún dato de interés, telefonéeme, avíseme como sea. Nos valdremos de una clave, ¿eh? Sólo para mantenernos animados, en vilo de nuevo, sintiéndonos como si lleváramos entre manos un asunto de trascendental importancia. «Compota de cangrejos y manzana»... ¿Qué tal le iría esta frase? No tiene más que notificarme que su esposa ha hecho una compota de cangrejos y manzanas, preguntándome a continuación si me gustaría quedarme con un tarro. En seguida sabré qué es lo que quiere darme a entender.
—Usted admite entonces la posibilidad de que descubra datos concretos sobre Mary Jordan. En realidad, yo no aprecio nada positivo al insistir en eso. Después de todo, ella está muerta.
—Sí. Está muerta. Ahora, hay que reconocer que en ocasiones uno se hace erróneas ideas sobre la gente, a causa de lo que ha oído decir o de lo que se ha escrito.
—Quiere darme a entender que andamos equivocados con respecto a Mary Jordan, ¿no? ¿Cree usted que es una figura sin importancia?
—¡Oh! Pudo ser importante —el señor Robinson echó un vistazo a su reloj—. Tenemos que dar nuestra entrevista por terminada, amigo mío. Dentro de diez minutos espero otra visita. Se trata de una persona sumamente fastidiosa, pero que se mueve en los altos círculos gubernamentales. La vida es así. El Gobierno, siempre el Gobierno por en medio. En la oficina, en el hogar, en los supermercados, en la televisión. La vida privada. He aquí lo que más ansiamos todos: tener una vida privada. Esa pequeña diversión, esos juegos que ustedes han emprendido, se desarrollan en el marco de su existencia particular. No tienen por qué salirse de ella de momento. ¡Quién sabe! Tal vez puedan encontrar algo interesante. Es posible que sí y es posible que no.
»No puedo decirle nada más sobre eso. Conozco algunos hechos que solamente yo estoy en condiciones de revelar, quizás. A su debido tiempo se los daré a conocer, si procede. Ahora no resulta realmente práctico.
»Voy a decirle una cosa que tal vez le sirva de ayuda en sus investigaciones. Repase en relación con el presente caso el juicio del comandante... no sé qué (no me acuerdo de su nombre), quien compareció ante un tribunal militar acusado de espionaje, siendo dictada una sentencia contra él que verdaderamente merecía. Traicionó a su patria y eso es todo. Pero Mary Jordan...
—Le escucho.
—Quiero que sepa una cosa acerca de Mary Jordan. Bien. Voy a decirle algo que, como he indicado, puede reforzar su punto de vista. Mary Jordan era... Bueno, puede ser considerada una espía. Pero no era una espía alemana. No era una espía del enemigo. Escuche esto, amigo mío...
El señor Robinson bajó la voz para añadir, inclinándose sobre su mesa de despacho:
—Mary Jordan era uno de nuestros agentes.

LIBRO III


CAPÍTULO UNO

MARY JORDAN


—Pero... eso lo altera todo —dijo Tuppence.
—Si —respondióTommy—. Me produjo... me produjo una gran impresión.
—¿Por qué te lo dijo?
—No lo sé. Pensé que... Encontré dos o tres razones...
—¿Cómo es él, Tommy? No me has indicado nada sobre su aspecto.
—Es un hombre grande, fornido, de aspecto corriente. Pero al mismo tiempo hay en su persona cierto aire especial, que lo distingue. Es... Bueno, es lo que mi amigo me dijo: se mueve constantemente por las altas esferas.
—Yo me pregunto: ¿por qué? ¿Por qué se condujo así, Tommy? Seguramente, te reveló algo que él verdaderamente hubiera preferido silenciar.
—Todo fue hace mucho tiempo —manifestó Tommy—. Todo quedó atrás, ¿comprendes? Supongo que nada de aquello cuenta hoy ya. Fíjate, por ejemplo, en las cosas que cada día nos son reveladas ahora. Salen de los armarios. Nadie silencia ciertos datos ya. Se cuenta al público lo que realmente sucedió en determinadas circunstancias. Se da a conocer lo que una persona escribió, lo que otra dijo; se explica el motivo de una riña, la forma en que fue silenciado un detalle, por el hecho de basarse en algo que nadie conoció...
—Haces que me sienta terriblemente confusa cuando te expresas así, Tommy. Todo, además, se convierte para mí en un completo error de esta manera...
—¿Qué quieres decir, Tuppence?
—Me refiero al modo con que hemos estado considerando el asunto... Me explicaré mejor. ¿Qué era lo que deseaba darte a entender?
—Adelante, Tuppence.
—Bien. A lo que iba... Todo es erróneo. Vamos a ver... Nosotros encontramos lo que tú sabes en La Flecha Negra y todo estaba claro. Alguien había escrito un mensaje en el libro, probablemente el chico llamado Alexander... Nos decía en aquél que alguien, «uno de nosotros» (esto es, uno de ellos), una persona de la familia, o, simplemente de las que estaban en la casa se las había arreglado para causar la muerte de Mary Jordan... Ignorábamos quién había sido Mary Jordan, lo cual incrementaba nuestro desconcierto.
—Es lógico.
—El desconcierto ha venido siendo mayor en mí que en ti. Yo no he averiguado nada realmente sobre ella. Sólo...
—Sólo que se te figuró una espía alemana, ¿no?
—Así la catalogué. Y di esto por cierto. Pero ahora...
—Ahora —manifestó Tommy— sabemos que no era verdad. Resultó ser precisamente todo lo contrario de una espía alemana.
—Era una espía inglesa.
—Ella debió formar parte de la organización de espionaje inglesa o del servicio de seguridad, como quiera llamársele. Y se presentó aquí con la misión de averiguar algo, referido a... ¿Cómo se llamaba? Me gustaría tener mejor memoria para los nombres. Estoy pensando en el oficial de la Armada o del Ejército, el que vendió el secreto del submarino o lo que fuera. Sí. Supongo que aquí se congregaron unos cuantos agentes alemanes, quienes andaban muy ocupados con sus proyectos.
—Así sería, efectivamente.
—Y ella fue enviada a este lugar por si podía descubrir lo que se tramaba.
—Ya.
—En consecuencia, «uno de nosotros» no tiene el significado que nosotros atribuimos a la expresión al principio. «Uno de nosotros» quiere decir... Bien. Quizás alguien de este vecindario. Y también una persona que tenía algo que ver con la casa, o que se encontraba en la misma con un motivo especial. Mary Jordan no falleció de muerte natural: alguien supo qué era lo que llevaba entre manos. Y Alexander lo descubrió todo.
—Quizá fingiera que trabajaba para Alemania —apuntó Tuppence—. Se esforzaría por trabar amistad con el comandante... como se llamara.
—Llámale comandante X si no eres capaz de recordar su nombre —propuso Tommy.
—De acuerdo. El comandante X... Mary se estaba haciendo amiga suya.
—Hubo también un agente enemigo que vivió no lejos de aquí —informó Tommy—. Era el jefe de una gran organización. Habitaba cerca del muelle, me parece, en una casa aislada. Redactaba folletos propagandísticos, proclamando que nuestro futuro se hallaba junto a Alemania, en nuestra unión con ella, y otras cosas semejantes.
—Todo está muy confuso —se quejó Tuppence—. Estas cosas, en las que figuran por medio planos y documentos secretos, en las que hay complots y espionaje, siempre resultan desconcertantes. Probablemente, nosotros hemos estado concentrando la atención en los sitios menos indicados.
—Yo no pienso igual.
—¿Por qué?
—Si Mary Jordan estaba aquí con el fin de descubrir algo extraño, es posible que lo consiguiera. Entonces, cuando el comandante X, u otras personas (porque debía de andar metida en esto más gente), supieran que ella se había enterado...
—Ya me estás liando de nuevo, Tommy. Procura expresarte con más claridad... Sigue.
—Bien. Al enterarse de que ella había descubierto un puñado de cosas, decidirían...
—Obligarla a guardar silencio. ¿Cómo? Matándola, naturalmente. Y antes de que tuviera tiempo de dar cuenta de sus hallazgos a quienes la mandaran aquí.
—Tiene que haber algo más —afirmó Tommy—. Quizá se hubiera hecho de alguna información de importancia, de documentos, de cartas enviadas a Dios sabe quién.
—Si. Ya te entiendo. Tenemos que enfocar nuestras investigaciones sobre personas de muy diversa condición. Pero si ella era una de las destinadas a morir a consecuencia de una confusión con las verduras, no acierto a comprender por qué Alexander dejó escrito, a su manera, aquello de «uno de nosotros». Evidentemente, no fue el autor del crimen un miembro de su familia.
—No tuvo que ser necesariamente una persona de la casa. Es muy fácil mezclar unas verduras de aspecto semejante e introducirlas en la cocina. Es posible que la combinación no resultara mortal. La gente que se sentara a la mesa en tal ocasión se sentiría indispuesta. El médico que acudiera en su auxilio haría analizar los alimentos, descubriendo entonces que alguien había cometido un error con las verduras. Seguramente, no pensaría que alguien había actuado así adrede.
—Pero es que en tal caso todos los comensales habrían fallecido —objetó Tuppence—. O bien todos se habrían sentido trastornados, sin fallecer ninguno.
—No necesariamente —contestó Tommy—. Supongamos que el que fuera, deseaba matar a una persona, a Mary J. El primer paso consiste en administrar a la futura víctima una dosis de veneno, en el cóctel, antes de la comida o cena, o en el café, tras haberse levantado de la mesa. Sustancia a utilizar: la digitalina o el acónito...
—El acónito procede de la planta llamada cogulla de fraile —puntualizó Tuppence.
—No me seas erudita ahora —dijo Tommy—. El caso es que cada comensal se hace con una dosis suave por obra de lo que es claramente un error. Por tanto, todos se sienten ligeramente indispuestos... Pero sólo una de aquellas personas fallece. ¿No lo comprendes? Todos los días se dan equivocaciones como la que hemos citado. La gente confunde las setas venenosas con las que no lo son; los chicos se llevan a la boca bayas de la planta de belladona porque parecen simples frutos. Un error de éstos y los afectados se sienten enfermos. Pero no fallecen, habitualmente. Y cuando muere uno de ellos, los otros le suponen particularmente alérgico a la sustancia ingerida, con las graves consecuencias derivadas de eso. Nadie puede sospechar nada raro así...
—Ella se pondría enferma como los demás. Luego, la dosis «de liquidación» sería vertida en su té a la mañana siguiente —sugirió Tuppence.
—Esa cabeza tuya, querida, alberga muchas ideas.
—En lo referente a ese extremo, sí, pero, ¿y con respecto a las otras cosas? ¿Quién fue el autor del crimen? ¿Con qué lo cometió concretamente? ¿Por qué? ¿Quién fue el «uno de nosotros» (uno de ellos sería mejor que dijéramos ahora) que dispuso de la oportunidad indispensable? ¿Alguien que pasaba unos días aquí? ¿Los amigos de otra gente, quizá? Pudo presentarse alguien portador de una carta de un amigo, probablemente falsificada, que rezara, por ejemplo: «Les ruego que atiendan a mi amigo (o amiga), el señor (o la señora) Wilson (u otro apellido cualquiera), quien desea admirar su jardín». Cabe también otro pretexto cualquiera... Todo eso resulta sumamente fácil.
—Sí, desde luego.
—En este caso —indicó Tuppence—, tiene que haber algo todavía en la casa que explique lo que me pasó ayer y hoy...
—¿Qué te pasó ayer, Tuppence?
—Cuando bajaba la cuesta cercana con el pequeño carricoche y su caballo que tú conoces, el otro día, se me salieron las ruedas, sufriendo una aparatosa caída, dando contra el árbol que hay al final de la pendiente. Estuve muy a punto... Bien. Pude haber sufrido un grave accidente. El estúpido de Isaac podía haber hecho un repaso a fondo de ese viejo juguete. Me ha asegurado que lo hizo. Afirma que el mismo se hallaba en excelentes condiciones antes de pasar a mis manos.
—¿Si?
—Después me dijo que, a su juicio, alguien debe de haber tocado algunas de sus piezas esenciales, de suerte que las ruedas pudieran salirse de los ejes en determinado momento...
—Tuppence: ¿te das cuenta de que ya nos han pasado aquí dos o tres cosas raras? En la biblioteca estuve a punto de recibir un serio golpe en la cabeza.
—¿Quieres decir que debe de haber alguien que pretende desembarazarse de nosotros? Pero es que eso significaría...
—Significaría —manifestó Tommy— que tiene que haber algo todavía aquí, en la casa.
Tommy miró a Tuppence y Tuppence miró a Tommy. Había llegado el momento de hacer ciertas consideraciones. Tuppence abrió la boca hasta tres veces, absteniéndose de hablar y frunciendo el ceño. Reflexionaba. Fue Tommy quién rompió el silencio.
—¿Qué dijo acerca de «Truelove» ese hombre? ¿Qué era lo que él pensaba? Me estoy refiriendo al viejo Isaac.
—Dijo que de todos modos era de esperar lo sucedido, que ese antiguo juguete no se hallaba ya en buenas condiciones.
—Pero también sugirió la idea de que alguien había estado manoseándolo...
—Cierto —contestó Tuppence—. Todo ha podido ser obra de alguno de esos jóvenes gamberros, de los que no faltan en ninguna parte. No es que yo los haya visto... Éste de ahora adoptaría todo género de precauciones para no verse sorprendido. Esperaría a que yo me ausentara, seguramente. Pregunté a Isaac también si él apreciaba alguna probable malicia en el acto.
—¿Y qué te contestó?
—No supo qué decirme, realmente.
—Pudo haber habido malicia en eso, desde luego —declaró Tommy, pensativo—. Por desgracia, hay mucha gente así.
—¿De veras crees que el autor de la fechoría perseguía un mal fin, Tommy? Esto no tiene sentido.
—Existen muchas cosas en la vida carentes de sentido a primera vista, Tuppence. Hay que estudiar luego el cómo y porqué de ellas para desembocar en una conclusión.
No logro ver el porqué...
Puedo formular una suposición, para dar, quizá, con la causa más probable.
—¿Qué causa es la que estimas más probable?
—Tal vez exista alguien deseoso de que nos vayamos de aquí.
—¿Por qué? Si hubiese alguien que tuviera interés por quedarse con la casa lo más lógico es que nos hiciera una oferta.
—Sí, claro.
—Veamos... Que nosotros sepamos, nadie se interesó por la casa cuando nos empeñamos en comprarla. El precio era bajo, constituyendo su único atractivo, quizás. El hecho de hallarse bastante descuidada, necesitando por ello una serie de reparaciones, desanimaría a otros probables compradores...
—Suponiendo la existencia de una persona o varias, deseosas de que nos vayamos de aquí, hay que creer que ellas se han sentido molestas por tu curiosidad, por tu afán de hacer preguntas, por tu empeño en copiar ciertas cosas de unos libros... —señaló Tommy, reflexivo.
—Me estás sugiriendo que yo estoy removiendo cosas que alguien quiere que se dejen quietas, ¿no?
—Algo por el estilo, Tuppence. Si a nosotros, de pronto, se nos ocurriera irnos de aquí, tras haber puesto la casa en venta, todo marcharía perfectamente. Ellos se darían por satisfechos con eso. No creo que ellos...
—¿A quién aludes al decir «ellos»?
—No tengo la menor idea, Tuppence. Hemos de procurar dar con «ellos» más adelante. Por ahora no hay más que eso. Estamos «ellos» y «nosotros». Hemos de mantenerlos aparte en nuestras mentes.
—¿Qué me dices de Isaac?
—¿Qué quieres que te diga acerca de Isaac?
—No sé. Me he preguntado si andaría mezclado en este asunto.
—Es un viejo, lleva mucho tiempo aquí y sabe unas cuantas cosas, muy pocas. ¿Tú lo crees capaz de hacer algo raro con las ruedas de «Truelove» si alguien le pusiera en las manos un billete de cinco libras, por ejemplo?
—No creo. Es un hombre poco despierto.
—No necesita ser muy despierto para eso —dijo Tommy—. La operación se reduce a aflojar unos tornillos y a quebrar alguna tabla. Esto es suficiente para conseguir que te rompas la cabeza en una de esas acrobacias tuyas, querida.
—Me parece que tu idea es un verdadero desatino.
—Bueno, tú también has estado imaginándote cosas que merecen el mismo calificativo.
—Sí, pero encajan en el caso —arguyó Tuppence—, se acomodaban a lo que yo he oído contar.
—Bien. De las indagaciones que llevo efectuadas se deduce que no hemos estado avanzando en la dirección más conveniente.
—No haces más que confirmar lo que yo acabo de decir. Uno de nuestros supuestos ha quedado al revés. Sabemos ya que Mary Jordan no era un agente enemigo. Todo lo contrario: era una espía británica. Estaba aquí con un fin. Tal vez cumpliera con la misión que le fue encomendada.
—Había venido a esta casa para descubrir algo —dijo Tommy.
—Lo cual tendría relación con el comandante X... Tienes que averiguar su nombre. Resulta decepcionante vernos obligados a llamarle así a cada paso.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero ya sabes que estas cosas no son fáciles.
—Mary Jordan haría una memoria que contendría sus hallazgos. Alguien abrió, quizá, su carta...
—¿Qué carta? —preguntó Tommy.
—La que escribió a la persona con quién tenía que ponerse en contacto.
—Ya.
—¿Crees que sería su padre, su abuelo, algún pariente?
—A mí me parece que no —declaró Tommy—. Me parece que las cosas no se desarrollaron así. Es posible que la elección del apellido Jordan fuese obra de ella, o que sus superiores pensaran que resultara adecuado por no haber conexión con nada. También puede ser que lo utilizara en el transcurso de otro trabajo que hubiese estado llevando a cabo para nosotros.
—¿En calidad de qué se presentaría aquí, Tommy?
—¡Oh! No lo sé...
—Veo que tendremos que empezar por el principio de nuevo, querido... Mary Jordan se presentó aquí, y descubrió algo, que trasladó a otra persona o que silenció, de momento. Quiero decir que es posible que no escribiera ninguna carta. Puede ser que fuera a Londres, pasando su informe. Digamos que se entrevistó con alguien en Regent's Park. estudiemos otra cuestión... La gente es aficionada a esconder cosas en los huecos que a veces ofrecen los troncos de los árboles. ¿Tú crees que ellos realmente procedieron así? A mí se me antoja muy improbable. El procedimiento es más válido entre personas que sostienen relaciones amorosas y recurren a ocultar sus misivas en tales sitios.
—Yo me atrevería a decir que esas cartas constituirían una especie de código que adoptara la apariencia de misivas amorosas.
—Esa idea tuya es magnífica —dijo Tuppence—. Sin embargo, yo supongo que... ¡Oh, querido! ¡Han pasado tantos años! ¡Qué difícil resulta ir a parar a alguna parte! Cuantos más detalles averiguamos menos avanzamos. Pero no abandonaremos la partida, ¿verdad?, Tommy?
—Estoy convencido de que no —contestó Tommy, suspirando.
—¿Quisieras que lo dejáramos todo? —inquirió Tuppence.
—Más bien sí. Por lo que he podido ver hasta ahora...
—Bueno, yo es que no acierto a verte apartándote de este rastro. De otro lado, te costaría mucho trabajo lograr que yo me diera por vencida. Y aun complaciéndote, inevitablemente, seguiría pensando en este asunto, sintiéndome muy preocupada. Creo que llegaría a no poder comer, a no poder dormir.
—La verdad es que no sabemos de dónde arranca este asunto. Nos hallamos ante un caso de espionaje. Se trata de una labor de espionaje desarrollada por el enemigo con determinadas miras, algunas de las cuales fueron logradas. Pero no sabemos quiénes andaban mezclados en esto. Desde el punto de vista del enemigo. Quiero decir que pudo haber aquí gente que perteneciera a las fuerzas de seguridad, personas que eran unos traidores, pero cuyo papel consistía en aparecer a los ojos de todos como leales servidores del Estado.
—Sí —confirmó Tuppence—. Me inclino por eso. Es muy probable que estés en lo cierto.
—El trabajo de Mary Jordan consistía en establecer contacto con ellos.
¿Con el comandante X?
—Yo diría que sí. O bien con los amigos del comandante X, para tratar de conocer detalles. Pero, al parecer, era necesario que ella se presentase aquí para conseguirlo.
—¿Crees tú que los Parkinson andarían metidos en esto? ¡Vaya! Volvemos de nuevo a ellos... ¿Piensas que los Parkinson se alineaban junto al enemigo?
—Muy improbable se me antoja —contestó Tommy.
—Pues no lo entiendo...
—Yo creo que la casa pudo haber tenido algo que ver en todo —aventuró Tommy.
—¿La casa? Bien. Aquí llegó después otra gente, aquí vivieron otras personas, ¿no?
—Sí, en efecto. Pero no creo que esas personas fueran como... como tú, Tuppence.
—¿Qué quieres darme a entender con eso?
—Eran personas que no se entretenían viendo libros viejos, que no descubrían cosas raras. Se comportaban como las tortugas. Llegaron a esta casa y la habitaron. Me imagino que las habitaciones de la planta superior eran las de los sirvientes. Nadie entraría en esos cuartos, ni por tanto tendría ocasión de ver los libros. Puede ser que en esta casa haya algo escondido. Lo escondería Mary Jordan, quizá. Lo ocultaría en un sitio del cual pudiera retirarlo quien viniera en su busca. También es posible que entregara lo que fuese personalmente, pretextando un desplazamiento a Londres u otra ciudad cualquiera. Sirve para estas cosas una visita al dentista, a un viejo amigo. Esto resulta fácil. Examinemos la otra posibilidad: la que nos lleva a pensar que ese algo desconocido continúa oculto aquí. Yo no creo que sea así. Pero, en definitiva, no lo sabemos con certeza. Alguien teme que podamos encontrarlo o que lo hayamos encontrado, deseando, por tanto, que abandonemos la casa. Ese «alguien» habrá estado buscándolo a lo largo de los años anteriores...
—¡Oh, Tommy! —exclamó Tuppence—. Esa circunstancia hace el enigma más intrigante, ¿no crees?
—Todo se reduce a lo que nosotros hemos estado imaginando, querida.
—No seas aguafiestas, Tommy. Me propongo inspeccionar la casa por dentro y por fuera, ¿sabes?
—¿Qué piensas hacer? ¿Excavar todo el jardín?
—No —dijo Tuppence—. Registraré los armarios, el sótano, todo lo demás. ¡Quién sabe a qué resultados podemos llegar! ¡Oh, Tommy!
—¡Oh, Tuppence! Precisamente cuando nos disponíamos a vivir tranquilamente, de vuelta ya de todo...
—Tampoco los jubilados pueden disfrutar de paz —repuso Tuppence, alegremente—. ¡He aquí otra idea!
—¿A qué idea te refieres?
—Pienso visitar el club de los pensionistas para charlar con ellos. No había pensado en esos hombres y mujeres hasta ahora.
—Por lo que más quieras, Tuppence, se prudente —recomendó Tommy—. Creo que lo más conveniente es que me quede en casa, que no te pierda de vista un momento. Lo malo es que mañana tenía que hacer indagaciones en Londres, de nuevo...
—Yo llevaré a cabo otras aquí —anunció Tuppence.

CAPÍTULO DOS

TUPPENCE REALIZA UNAS INVESTIGACIONES


—Espero no importunarla así, de pronto —dijo Tuppence—. Pensé que lo mejor era telefonearle primero, por si había salido o andaba ocupada. Con franqueza, si usted tiene algo especial que hacer de momento, yo me voy. No crea que por eso voy a sentirme molesta.
—¡Oh! La verdad es que me encanta verla de nuevo, señora Beresford— afirmó la señora Griffin.
La mujer se recostó en su asiento, instalándose más cómodamente. Y luego, fijó los ojos en el rostro de la esposa de Tommy, cuya expresión era más bien de ansiedad.
—Para mí es un placer ver por aquí gente nueva. Una llega a cansarse de los vecinos habituales, por injusto que esto pueda parecer, así que un nuevo rostro, dos nuevos rostros, constituyen una auténtica satisfacción. De veras. Espero que me honren cualquiera de estas noches sentándose a mi mesa usted y su marido. No sé a qué hora regresa su esposo. Va a Londres casi todos los días, ¿no?
—Sí —contestó Tuppence—. Es usted muy amable. Espero a mi vez que cuando tengamos la casa lista, o medio lista, nos visite. Estoy desolada. No sé cuándo terminaremos, sin embargo. Esto es el cuento de nunca acabar.
—Con las casas pasa siempre lo mismo —declaró la señora Griffin.
La señora Griffin, como Tuppence sabía, gracias a sus fuentes de información habituales, es decir, las mujeres que efectuaban labores de limpieza en la casa, el viejo Isaac, Gwenda, la joven de la oficina de correos, y otras personas semejantes, contaba noventa y cuatro años de edad. La postura erguida que adoptaba corrientemente le permitía sentirse un tanto aliviada de los dolores reumáticos de la espalda, dándole al tiempo el aire de una persona de menos años. A pesar de su arrugado rostro, sus blancos cabellos, retenidos por una cinta de encaje en torno a la cabeza, le hacían evocar a Tuppence el aspecto de varias de sus tías, años atrás. La Señora Griffin usaba unas gafas de cristales bifocales, así como un diminuto aparatito para mejorar su audición, del cual prescindía frecuentemente. Era una mujer a la que se veía siempre alerta, atenta y perfectamente capaz de llegar a los cien años y más.
—¿Qué ha estado haciendo usted últimamente? —inquirió la señora Griffin—. Tengo entendido que ha conseguido liberarse ya de los electricistas. Es lo que Dorothy me contó. Me refiero a la señora Rogers. En otro tiempo trabajó en mi casa como doncella y en la actualidad viene dos veces por semana, para hacer labores de limpieza.
—Gracias a Dios, señora Griffin, pude salirme con la mía —confirmó la señora Beresford ahora—. Me pasaba la vida metiendo los pies en los agujeros que ellos abrían en el pavimento. Después he estado entreteniéndome con diversos quehaceres, entre ellos el examen de unos libros que adquirimos con la casa. Son casi todos relatos destinados a la juventud, obras infantiles entre las cuales hallé varias por las que sentí predilección en mi juventud.
—¡Oh, sí! —exclamó la señora Griffin—. Encuentro lógico que lo haya pasado bien releyendo esos libros. Tal vez haya caído en sus manos El prisionero de Zenda, por ejemplo. Es un libro que me cautivó en su día. Un relato romántico. El primer libro romántico que solía ponerse en manos de las chicas. Ya sabe usted que antes no se veía con buenos ojos que las muchachas se aficionaran a la lectura. Mi madre y mi abuela no aprobaron jamás que me dedicara a leer novelas por las mañanas. Ya sabe lo que ocurría entonces. Se nos permitía que leyéramos relatos históricos y otros temas serios. Las novelas se consideraban un simple esparcimiento y la tarde proporcionaba la hora ideal para su lectura.
—Tiene usted razón —dijo Tuppence—. Bueno, el caso es que encontré una buena cantidad de libros conocidos, considerando gustosa la perspectiva de una relectura. Di de nuevo con la señora Molesworth, por ejemplo.
—¿La autora de La habitación de los tapices? —inquirió la señora Griffin, rápidamente.
—Exactamente. La habitación de los tapices ha figurado siempre entre mis libros predilectos.
—Si he de serle sincera, a mí me ha gustado siempre más La granja de los cuatro vientos.
—También estaba ese libro entre otros. Los había, según pude ver, de diversos autores, en el último de los estantes examinados tropecé con algo inesperado. Vi un orificio en la pared, del que saqué una cantidad de papeles, libros rotos en su mayoría. Entre ellos figuraba éste.
Tuppence mostró a su interlocutora el pequeño paquete envuelto en papel marrón que llevaba en la mano.
—Es un libro de nacimientos —explicó—. Como muchos otros que se usaban antes. Encontré en él su nombre: Winifred Morrison. Usted me dijo en otra ocasión que así se llamaba de soltera, ¿no?
—Sí, querida, es verdad.
—Me imaginé que le agradaría verlo. Debe de haber en él muchos nombres para usted familiares...
—Es usted muy amable. Por supuesto que me gustará echarle una ojeada. Cuando se tienen los años que tengo yo cualquier evocación del pasado resulta grata, por el camino que venga. Agradezco muchísimo su atención.
Tuppence alargó a la señora Griffin el libro ofrecido.
—Como ya verá, ofrece un aspecto lamentable.
—En mis tiempos, todas las chicas teníamos nuestro libro de nacimientos. Éste debe ser uno de los últimos de entonces. En el colegio anotábamos nuestros nombres en los de las compañeras, en constantes intercambios.
La señora Griffin abrió el libro, pasando la vista por varias de sus páginas.
—Esto me hace, efectivamente, recordar muchas cosas —murmuró—. Aquí está Helen Gilbert. Y también Daisy Sherfield. Sherfield, sí. Me acuerdo perfectamente de ella. Llevaba no sé qué en la boca. Un «puente», creo que le llaman. Y se lo sacaba a todo momento. Decía a menudo que no podía resistirlo. En esta página veo los nombres de Edie Crone, Margaret Dickson... Sí. Las dos tenían una letra preciosa. Las chicas de ahora apenas saben escribir. Me cuesta trabajo leer las cartas de mis sobrinas. Producen escritos que son auténticos jeroglíficos. Hay que adivinar las palabras. Mollie Short... Esta muchacha tartamudeaba... ¡Ya lo creo que hace recordar cosas esto!
—Yo pienso que deben ser pocas aquellas de sus amigas que hoy... —Tuppence guardó silencio al llegar aquí, dándose cuenta de que iba a decir algo que la revelaría como carente de tacto.
—Ya sé lo que está pensando, amiga mía: que la mayor parte de ellas deben haber muerto. Bien. No anda equivocada... Todavía viven algunas, sin embargo. Aquí no, desde luego. Muchas de mis amigas se casaron, instalando sus hogares en un sitio u otro, conforme a sus circunstancias personales. Algunas, incluso, se fueron al extranjero... Sé de dos que viven en Northumberland. Sí. Este libro me parece muy interesante.
—¿No quedaba por aquí entonces ningún Parkinson? —preguntó Tuppence—. No he visto ese apellido estampado en ninguna página.
—No. El libro data de una fecha posterior a la época de los Parkinson. ¿Tiene usted interés en saber algo acerca de ellos, señora Beresford?
—Pues sí... Simple curiosidad, ¿sabe? No hay nada más... —dijo Tuppence—. Es que después de examinar los libros que encontré en casa me sentí interesada por un chico llamado Alexander Parkinson. Posteriormente, en una visita que hice al cementerio el otro día, vi su tumba. Esto y el hecho de que muriera tan joven me hicieron pensar en él una vez más.
—Fue una pena su desaparición —declaró la señora Griffin—. Era un muchacho muy inteligente y todos le habían augurado un brillante futuro. No padecía ninguna enfermedad... Fue todo obra de una cosa que comió indebidamente en el curso de una merienda en el campo, me parece. Es lo que la señora Henderson me explicó al menos. Ella recuerda muchas cosas de los Parkinson.
—¿La señora Henderson? —preguntó Tuppence, mirando a su interlocutora con viveza.
—Usted no la conoce, por lo que veo. Vive en una residencia para ancianos llamada «Meadowside», que queda a dieciocho o veinte kilómetros de aquí. Debería ir a verla. Le podrá contar muchas cosas sobre la casa en que usted habita ahora. «Swallow's Nest» se denominaba entonces... Ahora se llama de otro modo, ¿verdad?
—Sí: «Los Laureles».
—La señora Henderson es mayor que yo. Era la hija más joven de una familia muy numerosa. Fue ama de llaves, en otro tiempo. Más tarde, creo que fue señora de compañía de la señora Beddingfield, dueña de «Swallow Nest», es decir, «Los Laureles». Añadiré que es muy aficionada a hablar del pasado. No deje de ir a verla.
—¿No le disgustará que...?
—Usted vaya a verla. Con seguridad que se sentirá complacida. Dígale que le sugerí yo la idea de visitarla. Se acuerda de mí y de mi hermana Rosemary. Antes, le hacía una visita de vez en cuando, pero en los últimos años tuve que renunciar a eso. Ya no podía valerme bien por mí misma. ¡Ah! Procure ver también a la señora Henley, que vive en... ¿Cómo se llama ahora? Bueno, sí, «Apple Tree Lodge», creo que se llama. Casi todas las personas que habitan ahí son pensionistas. «Apple Tree Lodge» es de otra categoría, más modesta, pero se trata de una residencia perfectamente administrada... Por otro lado, allí encontrará todo género de habladurías. Seguro que caerá usted bien. Ya sabe, amiga mía: ¿a quién no le agrada romper la monotonía de la vida cotidiana?

CAPITULO TRES

TOMMY Y TUPPENCE COMPARAN SUS NOTAS


—Pareces cansada, Tuppence —dijo Tommy.
Faltaba ya poco para que se sentaran a la mesa para cenar. Acababan de entrar en el cuarto de estar y Tuppence habíase dejado caer sobre un sillón, suspirando varias veces y disimulando un bostezo.
—¿Cansada? Estoy muerta —contestó ella.
—¿Pues qué has estado haciendo? Supongo que no habrás estado trabajando en el jardín, ¿eh?
—No me he esforzado físicamente —replicó Tuppence—. Hice lo que tú: dedicarme a las investigaciones de tipo mental.
—Tienes que reconocer que resultan también agotadoras. ¿En qué punto has concentrado tus esfuerzos? Me imagino que tu visita a la señora Griffin, anteayer, no sería muy fructuosa.
—Yo creo que conseguí bastante. No saqué mucho de la primera recomendación suya, pero... Bueno, me parece que en cierto modo sí.
Tuppence abrió su bolso, del que extrajo una libreta.
—Tomé algunas notas. Para empezar, me llevé varios de los menús que tú sabes.
—¡Oh! ¿Y a qué dio lugar eso?
—A toda una serie de observaciones de naturaleza gastronómica. Aquí viene la primera, relacionada con una persona de cuyo nombre no me acuerdo.
—Tienes que procurar retener en la memoria ciertos nombres, Tuppence.
—No son nombres lo que yo he anotado aquí sino lo que algunas personas me dijeron. Los menús produjeron un gran efecto, induciéndolas a hablar de determinada cena en la que ellas habían disfrutado de lo suyo, por la calidad de los platos servidos. No habían visto antes nada semejante, saboreando la ensalada de langosta por vez primera, quizá.
—¡Bah! —exclamó Tommy—. Pocos datos útiles deducirías de tal circunstancia.
—No creas. De momento, había quedado fija en sus mentes una fecha. Tratábase de una noche que esas personas recordarían siempre. Insistí en detalles y me dijeron que en ese hecho influía también... un censo.
—¿Qué? ¿Un censo? —inquirió Tommy.
—Sí. Tú sabes lo que es un censo perfectamente, querido. Hace un año hubo uno... ¿O fue hace dos? Recuérdalo... Hay que firmar unos papeles después de rellenarlos con detalles personales. ¿Quién durmió bajo tu techo cierta noche? Y así todo... ¿Quién durmió bajo tu techo la noche del 15 de noviembre? Tú tienes que consignar los nombres si no los estampan los demás. Yo ya no los recuerdo...
»El caso es que se hizo un censo aquel día, por cuyo motivo todos tuvieron que decir quiénes vivían bajo un mismo techo. La gente que participaba en la reunión tocó aquel tema en sus conversaciones. Todos consideraban ese proceder una estupidez, una cosa desagradable porque las mujeres tenían que declarar si tenían hijos y estaban casadas, por ejemplo, o si tenían descendencia siguiendo solteras, y cosas así. En los papeles se entraba en detalles personales que a nadie le gusta airear. Ahora menos que nunca, dicho sea de paso. Así que todos estaban molestos... Bueno, no por el viejo censo, que ya les tenía sin cuidado. Fue por una cosa que ocurrió...
—Un censo puede ser útil si se hace uno con la fecha exacta, con la fecha que interesa —señaló Tommy.
—¿Crees poder efectuar una buena comprobación en ese terreno?
—Sí, claro. Basta con conocer a la gente que tiene que ver con todo ello. En estas condiciones, resulta bastante fácil.
—Recordaron que se había hablado de Mary Jordan. Todos dijeron que parecía una chica excelente, que despertaba afecto en cuanto la trataban. Y nunca hubieran creído que... Ya sabes cómo dice ciertas cosas la gente. Después convinieron que siendo medio alemana se hubiera debido considerar con más detenimiento la posibilidad de invitarla.
Tuppence dejó sobre la mesita su taza vacía, recostándose en el sillón.
—¿Algún rastro útil? —inquinó Tommy.
—No, en realidad, no —replicó Tuppence—. Puede ser que localice alguno más adelante. El caso es que la gente de edad habló de aquello, demostrando hallarse informada. Se mencionó, a propósito de la manía de esconder mucho las cosas, para luego no dar con ellas, quizás, una historia relativa a un testamento guardado en un jarrón chino. Aludióse a Oxford y Cambridge, aunque no me explico como podían saber de objetos ocultos allí. Es muy improbable...
—Tal vez hubiese alguien que tenía un sobrino estudiante —alegó Tommy—, que se llevara algo consigo a Oxford o Cambridge.
—Es posible, pero no probable.
—¿Se refirió alguien directamente a Mary Jordan?
—Sólo a título de rumor... Nadie podía afirmar tajantemente que había sido una espía alemana. Aquí únicamente contaban lo que habían oído a las abuelas, tías, hermanas o madres o al oficial de la Armada, amigo de tío John, quien se hallaba al tanto de lo sucedido.
—¿Te hablaron de la forma en que murió Mary?
—Relacionaron su muerte con el episodio de las hojas de digital y espinacas. Me explicaron que todos los comensales se recuperaron de la indisposición, excepto ella.
—Muy interesante —dijo Tommy—. La misma historia con otro ropaje.
—La afluencia de ideas ha sido excesiva, quizás —indicó Tuppence—. Una tal Bessie, dijo: «Bien. Fue siempre mi abuela quién habló de eso y, desde luego, el hecho ocurrió antes de su tiempo, por lo cual supongo que algunos de los datos por ella conocidos serían erróneos. Mi abuela, además, no era muy despierta». Ya sabes lo que pasa, Tommy, cuando habla todo el mundo a la vez. La confusión suele ser terrible en tales circunstancias. Se habló de espías, de venenos, de excursiones, de todo... No pude hacerme con las fechas exactas porque nadie conoce las fechas exactas de nada de lo que suelen decir las abuelas. Cuando una de ellas declara: «Yo contaba solamente dieciséis años por aquella época y experimenté una terrible impresión», lo más seguro es que no sea ésa realmente su edad. De jóvenes solemos agregarnos años y de mayores nos los restamos. Hay mucha gente que procede así, al menos. En definitiva, a veces hay que detenerse a pensar para poder puntualizar en tal respecto.
Tommy dijo, reflexivo:
—Mary Jordan no murió de muerte natural... Él tenía sus sospechas. Yo me pregunto si llegó a hablar con algún policía acerca de ellas.
—¿Te refieres a Alexander?
—Sí... Y quizás hablara demasiado. Por esa razón, tenía que morir.
—Mucho es lo que depende de Alexander, ¿no?
—Sí, seguramente. Sabemos que Alexander murió porque conocemos su tumba. Pero en lo tocante a Mary Jordan... no sabemos todavía cuándo ni por qué.
—Acabaremos por averiguarlo, sin duda. Tú redacta una lista con los nombres que conoces, fechas y datos. Vas a quedarte sorprendida. Sí. Te sorprenderás al ver lo que da de sí una frase o una palabra pronunciada aquí o allí.
—Me da la impresión de que tienes un puñado de amigos útiles —manifestó Tuppence, envidiosa.
—Lo mismo que tú —objetó Tommy.
—Eso no es verdad, realmente.
—Que sí, mujer —insistió Tommy—. Tú pones a la gente en movimiento. Coges un libro de nacimientos y te vas a ver a una anciana. Luego, te has plantado en una residencia de ancianos u hotel, enterándote por ellos de todo lo que sucedió en la época de sus tía-abuelas, bisabuelas, tíos Johns y padrinos, y quizás algún que otro almirante que refería historias de espionaje y otras semejantes. Una vez fijemos varias fechas y aclaremos los resultados de nuestras indagaciones podemos... ¿quién sabe?... llegar a algo concreto.
—Estoy pensando en los estudiantes de Oxford y Cambridge que fueron mencionados, aquellos de los que se dijo que habían escondido algo.
—No parecen estar relacionados con el espionaje —dijo Tommy.
—Es verdad.
—Podríamos pensar también en los médicos y sacerdotes... Cabe la posibilidad de efectuar comprobaciones con ellos, aunque lo más seguro es que por ese camino no lleguemos a nada. Todo queda demasiado lejos. No nos hemos aproximado suficientemente todavía. No sabemos... ¿Te han hecho alguna otra jugarreta últimamente, Tuppence?
—¿Qué si ha atentado alguien contra mi vida en el curso de los dos últimos días, quieres decir? Pues no. Nadie me ha invitado a ir de excursión; los frenos del coche están en orden; en la caseta del jardín hay un bote de herbicida, pero está sin abrir... No, no he visto nada raro.
—Isaac tiene allí el bote por si cualquier día se le depara la oportunidad de bañar con parte de su contenido tus bocadillos.
—¡Pobre Isaac! —exclamó Tuppence—. No debes decir nada contra él. Se está convirtiendo precisamente en uno de mis mejores amigos.
—¿No has encontrado más libros de sermones en tus registros por las habitaciones de arriba?
—No, ¿por qué? —inquirió Tuppence.
—He pensado que cualquiera de esos libros podría ser un buen escondite, por el hecho de tocar un tema enrevesado, como el de la teología. Lo único que requeriría es ser vaciado por dentro.
—Allí no hay ningún volumen así —afirmó la esposa de Tommy—. Me hubiera dado cuenta.
—¿Te habrías entretenido leyéndolo acaso?
—Por supuesto que no.
—Pues ya está —dijo Tommy—. Sin abrirlo siquiera, lo habrías arrojado a un lado.
—La corona del triunfo... He aquí un libro del cual me acuerdo —declaró Tuppence—. Había dos ejemplares del mismo. Bueno, esperemos que el triunfo corone nuestros esfuerzos.
—A mí eso se me antoja muy improbable. ¿Quién mató a Mary Jordan? Supongo que éste será el título del libro que escriba algún día.
—Si es que alguna vez logramos descubrir al autor del crimen —contestó Tuppence, adoptando una grave expresión.

CAPÍTULO CUATRO

INTERVENCIÓN QUIRÚRGICA DE «MATHILDE»


—¿Qué vas a hacer esta tarde, Tuppence? Seguir ayudándome con esas listas de nombres, fechas y datos, ¿no?
—No, querido. Estoy cansada de todo eso. Ponerlo todo por escrito supone un trabajo agotador. De vez en cuando, por añadidura, me equivoco.
—No puedo negar que has cometido varios errores.
—Me gustaría que fueses menos exacto, Tommy. En ocasiones, tu precisión me crispa los nervios.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—No me iría mal dormir una buena siesta. Bueno, la verdad es que no lograría descansar —afirmó Tuppence—. Me parece que voy a dedicarme a destripar a «Mathilde».
—¿Qué dices?
—He dicho que voy a destripar a «Mathilde».
—¿Qué te ocurre? ¿A qué viene tal inclinación por la violencia?
—La «Mathilde» a que yo me refiero se encuentra en KK.
—¿Cómo que se encuentra en KK? ¿Qué quieres decir?
—Me refiero al sitio en que han ido arrojando las cosas desechadas, algunas de ellas, al menos, los sucesivos habitantes de esta casa. Estoy pensando en el balancín—caballo, que tiene un orificio en el vientre.
—¡Ah! Y tú, Tuppence, pretendes inspeccionarlo, ¿no?
—Tal es mi propósito. ¿Quieres echarme una mano?
Sinceramente: no.
—¿Tendrías la amabilidad de acompañarme en mi tarea? —inquirió Tuppence.
—Si me lo pides así... —contestó Tommy, suspirando—. Haré un esfuerzo por complacerte. Me imagino que tu trabajo resultará menos aburrido que la confección de relaciones. ¿Está Isaac por ahí?
—No. Creo que es su tarde libre. Por otra parte, no quiero verlo aparecer. Me figuro que le he sacado ya toda la información que podía facilitarme.
—Sabe mucho el viejo —manifestó Tommy, pensativo—. Lo descubrí el otro día. Estaba contándome hechos del pasado, cosas que él no vivió.
—Debe de andar por los ochenta años, estoy segura.
—Sí, ya lo sé, pero es que Isaac se remontó a una época muy lejana al hablar conmigo.
—Todo el mundo presume de haber oído contar muchas cosas —señaló Tuppence—. Nunca se sabe si las captaron bien o no. Bueno, vamos a destripar a «Mathilde». Será mejor que me cambie de ropa primero, ya que en KK abundan las telarañas y el polvo. Por si fuese poco esto, hemos de deslizarnos por allí como si avanzáramos por una madriguera.
—Necesitaríamos la colaboración de Isaac para tumbar a «Mathilde» en el suelo, con lo cual llegarías a su vientre con más facilidad.
—Ove, Tommy: ¿fuiste acaso cirujano en tu última reencarnación?
—Algo de eso debe de haber, sin duda. Seguramente, vamos a suprimir en «Mathilde» algo que puede afectar a la conservación de su vida, tal como quedó. Mejor sería, quizá, que diéramos una mano de pintura a ese balancín—caballo, con objeto de que los gemelos de Deborah se entretuviesen montando en él cuando vengan a pasar una temporada aquí.
—Nuestros nietos tienen ya juguetes de todas clases.
—Es igual. A los chicos no les gustan los juguetes caros. Como más disfrutan es con un simple muñeco de trapo, con un oso, por ejemplo, hecho por ellos mismos en el que los ojos son dos botones corrientes. En lo tocante a juguetes, los niños tienen ideas propias. Vamos ahora con «Mathilde», Tuppence. Dirijámonos al quirófano.
No fue cosa fácil darle la vuelta a «Mathilde» para emprender la operación proyectada. El balancín pesaba lo suyo. Además, sobresalían de su cuerpo algunos clavos. Tuppence se produjo un arañazo con sangre y Tommy murmuró unas palabras de impaciencia al engancharse en aquéllos su jersey, causándole un desgarrón.
—Me dan ganas de pegarle unos cuantos martillazos para acabar de una vez con este chisme —murmuró Tommy.
—Debieron echarlo al fuego hace años —dijo Tuppence. En aquel preciso instante se presentó allí el viejo Isaac. El hombre no disimuló su sorpresa.
—Pero, ¿qué hacen ustedes dos aquí dentro? —inquirió—. ¿Para qué quieren este trasto viejo? ¿Me permiten que les ayude? ¿Qué pretenden? ¿Sacarlo fuera?
—No es necesario —explicó Tuppence—. Queremos tumbarlo para llegar mejor al agujero del vientre. Nos hemos empeñado en extraer lo que pueda haber ahí.
—¿De veras? ¿Quién les ha metido tal idea en la cabeza?
—Eso es lo que deseamos hacer, sí.
—¿Y qué creen que van a encontrar ahí?
—Supongo que recortes de periódico y cosas por el estilo —contestó Tommy—. Me gustaría poner en orden las que hubiera, o retirarlas. Es posible que guardemos algunos objetos ahí, objetos que ya no utilizamos, pero de los cuales no queremos desprendernos definitivamente. Algún que otro juego arrumbado, los útiles del croquet, etc.
—Aquí hubo en otro tiempo un campo de croquet. Hace muchos años de eso, claro. Fue en la época de la señora Faulkner. Sí. Quedaba cerca de los rosales. Desde luego, se trataba de un campo de reducidas dimensiones —manifestó Isaac.
—¿En qué fecha era eso? —preguntó Tommy.
—¿Lo del campo? ¡Oh! Hace mucho, mucho tiempo. Por entonces, como ahora, se ponían en circulación numerosas habladurías referentes a sucesos... a cosas que eran ocultadas en un sitio u otro, haciéndose cabalas sobre el por qué de tales acciones y la identidad de sus autores. Algunas de esas historias eran ciertas y otras no.
—Es usted muy inteligente, Isaac —dijo Tuppence—. Da la impresión de saberlo todo. ¿Cómo se enteró de lo del campo de croquet?
—Por aquí había una caja conteniendo los elementos necesarios para practicar el juego. Lleva en este lugar años. Supongo que quedarán pocas cosas ya de aquél.
—Tuppence se desentendió de «Mathilde», yendo hacia un rincón en el que había una caja de madera de forma alargada. Levantó la tapa con algún trabajo y en seguida descubrió dentro una bola roja y otra azul, así como un mazo de mango algo torcido.
El resto del espacio interior de la caja se hallaba ocupada por un sinfín de telarañas.
—Es posible que esto date de la época del señor Faulkner —dijo Isaac—. Al parecer, tomaba parte en los torneos oficiales de su tiempo.
—¿En Wimbledon? —inquirió Tuppence, incrédula.
—Bueno, en Wimbledon no, exactamente. No creo que fuera allí. En los torneos locales, quizá. Se celebraban bastantes aquí. Yo he visto algunas instantáneas en casa del fotógrafo...
—¿El fotógrafo?
—Si. Durrance. Usted conoce a Durrance, ¿verdad?
—¿Durrance? —preguntó Tuppence, vagamente—. ¡Ah, sí! Vende carretes de película y cosas así, ¿no?
—Cierto. Tenga en cuenta, sin embargo, que no es el viejo Durrance el de ahora. Este de nuestros días es su nieto o bisnieto. Vende tarjetas postales, de Navidad, de nacimiento y otros artículos semejantes. Hace retratos... Tiene una buena colección de ellos. El otro día fue a verlo una persona que deseaba poseer una fotografía de su bisabuela. La mujer que lo visitó había perdido la que tenía. Bueno, no sé si había sido rota o quemada por equivocación. Quería saber si Durrance guardaba el negativo. No creo que diera con él... Ahora, ese hombre guarda no sé dónde una magnífica colección de álbumes con viejas fotografías.
—¿Álbumes? —dijo Tuppence, pensativa.
—¿En qué más puedo servirla? —preguntó Isaac.
—Échenos usted una mano con Jane, o como se llame eso.
—No es Jane, sino «Mathilde», señora. Siempre fue llamado así este balancín, por una razón u otra. ¿Es francés el nombre?
—Francés o americano —repuso Tuppence, todavía pensativa—. «Mathilde». Louise. Un nombre de ese tipo... ¡Qué buen sitio para esconder cosas, eh! —añadió la esposa de Tommy, introduciendo la mano en la profunda cavidad de «Mathilde».
Inmediatamente, extrajo una pelota de goma en muy mal estado, la cual había sido roja y amarilla en otros tiempos, presentando diversas perforaciones.
—Cosa de niños —comentó Tuppence—. Suelen proceder así...
—Dondequiera que vean un agujero —señaló Isaac—. Sin embargo, yo he oído hablar de un joven que tenía la costumbre de poner ahí sus cartas, como si fuese un buzón de correos.
—¿Sus cartas? ¿A quién iban destinadas?
—A alguna joven, me figuro. Pero de eso hace mucho, mucho tiempo —remachó Isaac como siempre.
Después de haber colocado a «Mathilde» en una posición práctica, Isaac se fue con el pretexto de que había dejado una cosa a medio hacer.
—Hay que ver la cantidad de hechos de que tiene noticia Isaac. Pero todos ocurrieron para él hace mucho, mucho tiempo —comentó Tuppence.
Tommy se despojó de la chaqueta.
—Es increíble —agregó Tuppence—. Fueron numerosas las personas que depositaron cosas aquí dentro, pero ni a una sola se le pasó por la cabeza  la idea de llevar a cabo una limpieza a fondo.
La esposa de Tommy acababa de sacar su brazo sucio y cubierto de arañazos, del vientre de «Mathilde».
—¿Y por qué había de querer limpiar esto alguien?
—Es verdad. No obstante, nosotros lo vamos a hacer —puntualizó Tuppence.
—Lo vamos a hacer porque no tenemos otra salida mejor. Ahora, no creo que logremos nada. ¡Ay!
—¿Qué ha sido eso? —inquirió Tuppence.
—Un arañazo más.
Tommy extrajo de la cavidad una bufanda, una labor de aguja. Había sido con toda seguridad el habitáculo de una multitud de polillas durante mucho tiempo, descendiendo todavía más luego, merced a otros estragos.
—Repulsivo —comentó Tommy.
Tuppence le echó a un lado ligeramente, explorando a su vez la cavidad.
—Cuidado con los clavos —le advirtió Tommy.
—¿Qué es esto? —preguntó Tuppence.
Mostró a su marido la rueda de un vehículo de juguete, un autobús o coche.
—Creo que estamos perdiendo el tiempo —dijo ella.
—Yo estoy completamente seguro de que es así —repuso Tommy.
—Ya que lo hemos empezado, procedamos adecuadamente —sugirió Tuppence—. ¡Oh, querido! Llevo tres arañas corriendo por el brazo. Cuando menos me lo espere veré aparecer un gusano y tú sabes lo mucho que odio los gusanos.
—No creo que ahí dentro des con ningún gusano, Tuppence. A los gusanos hay que buscarlos en la tierra. Me imagino que el cuerpo de «Mathilde» como probable alojamiento no les dice nada.
—Bueno, el caso es que esto va quedando limpio, a mi juicio. ¡Hola! ¿Y esto qué es? ¡Un acerico! Ni por un momento pensé que podía encontrar tal cosa aquí. Tiene unos cuantos alfileres todavía, pero están oxidados. Y también hay agujas...
—Serían de alguna niña a quien no le agradaba coser, supongo —aventuró Tommy.
—Sí, es posible.
—Hace algunos momentos toqué algo que me pareció un libro —notificó Tommy.
—Quizá nos resultara útil. ¿Hacia qué parte de «Mathilde»?
—Yo diría que a la altura del apéndice o del hígado —manifestó en el tono de un profesional de la cirugía—. Hacia la derecha. Esto está siendo para mí como una intervención quirúrgica.
—De acuerdo, cirujano jefe. Sea lo que sea, saquémoslo. El libro, apenas identificable como tal, era muy antiguo. Tenía las hojas sueltas y manchadas. Las pastas se hallaban en muy mal estado también.
—Al parecer, es un manual de francés —comentó Tommy—: «Pour les enfants. Le Petit Précepteur.»
—Ya veo ——dijo Tuppence—. Se me ocurre la misma idea que a ti. Esa niña no quería a estudiar sus lecciones de francés, así que vino aquí y escondió el libro en el vientre de «Mathilde».
—Si «Mathilde» se hallaba en la posición correcta —objetó Tommy— no debía resultar fácil introducir estas cosas por el orificio...
—La niña en cuestión podía hacerlo porque tendría la estatura adecuada... ¡Oh! Aquí hay algo resbaladizo al tacto. Parece la piel de algún animal.
—¡Qué cosa tan desagradable! —exclamó Tommy—. ¿Será algún conejo
muerto?
—Esta piel no es peluda. Sí, en efecto, no da gusto... ¡Ay! Otro clavo. Parece estar colgado de él. Hay un trozo de hilo o quizá de cuerda. Es curioso que no se haya descompuesto.
—Tuppence sacó su hallazgo cautelosamente.
—Es un portamonedas —aclaró—, un portamonedas de cuero, creo. De material de buena calidad, ciertamente.
—Veamos lo que contiene, si es que contiene algo —propuso Tommy.
A mí me parece que sí... A lo mejor se trata de un puñado de billetes de cinco libras.
Si es así no estarán en condiciones de ser empleados. El papel se descompone con facilidad.
—¿Qué quieres que te diga? Todo es perecedero, pero hay cosas que se conservan bien en las peores condiciones. Los billetes están hechos siempre de papel muy fuerte aunque sea fino. Están hechos para que duren.
—Si diéramos con un billete de veinte libras nos vendría muy bien ahora. Serviría para cubrir algunos gastos de la mudanza.
—Me imagino que el dinero datará de una época anterior a la aparición del viejo Isaac por aquí. De lo contrario, lo hubiera encontrado él. Bien. ¡Tommy! Podría ser también un billete de cien libras. A mí me gustaría que fueran soberanos de oro. Los soberanos eran llevados siempre en portamonedas. Mi tía-abuela María tenía un portamonedas lleno de soberanos. Solía enseñárnoslos cuando nosotros éramos unos niños todavía. Decía que eran unos ahorros que reservaba para el caso de que se presentaran los franceses... Bueno, guardaba el dinero para una situación de peligro extremo. A mí me gustaban mucho aquellas monedas. Soñaba con ser mayor v tener también, como mi tía, un bolso o portamonedas llenos de soberanos.
—¿Quién iba a hacerte a ti semejante regalo?
—Yo no pensaba que nadie me regalara una cosa así —señaló Tuppence—. Pensaba que viniera a mí por derecho propio, como una de esas cosas que se reciben al llegar a la mayoría de edad. Luego, cuando tuviera un sobrino, le obsequiaría con medio soberano al volver del colegio.
—¿No había nada para las sobrinas, para las nietas?
—No creo que ellas necesiten para nada los soberanos —dijo Tuppence—. Pero, a veces, mi tía me enviaba al colegio la mitad de un billete de cinco libras.
—¿La mitad de un billete de cinco libras? De bien poco te serviría eso.
—¡Ya lo creo que me servía! La otra mitad del billete me lo enviaba mi tía más adelante. Así se aseguraba de que no habría nadie que me lo robara.
—¡Oh, querida! ¡Qué lujo de precauciones!
—¡Hola! ¿Qué es esto? —inquirió de pronto Tuppence.
Estaba rebuscando en el interior del portamonedas...
—¿Por qué no salimos de KK un momento? Podríamos respirar un poco de aire puro —indicó Tommy.
Así lo hicieron. Entonces tuvieron ocasión de ver mejor su trofeo. Tratábase de una gruesa cartera de bolsillo de buena calidad. Con el paso del tiempo, la piel se había endurecido un poco, pero no estaba estropeada.
—Por el hecho de estar dentro de «Mathilde» no fue afectada por la humedad —comentó Tuppence— ¡Oh, Tommy! ¿Sabes qué es lo que yo creo que contiene esta cartera?
—Dinero, desde luego, no es. Y mucho menos todavía soberanos.
—Esta cartera contiene papeles, cartas, probablemente —dijo Tuppence—. ¿Serán legibles? Tienen mucho tiempo y la tinta se habrá desvaído, estará borrosa.
Cuidadosamente, Tommy fue desplegando las cartas separándolas. La letra era grande y quien las escribiera había usado tinta azul-negra en su día.
—«El lugar del encuentro, cambiado» —leyó Tommy— «Ken Gardens, cerca de Peter Pan. Miércoles, 25. A las tres y media de la tarde. Joanna.»
—Tengo la impresión de que hemos dado con algo interesante, por fin —declaró Tuppence.
—Según esto alguien tuvo que ir un día determinado a Londres, para verse con otra persona en los Jardines de Kensington, llevando los documentos, o planos buscados, o lo que fuera... ¿Quién crees tú que podía introducir o sacar del balancín estos escritos?
—No pudo haber sido un chiquillo —contestó Tuppence—. Pero, por supuesto, tuvo que ser alguien que vivía en la casa, por cuya razón se movía libremente por aquí sin llamar la atención de nadie. Conseguiría informes o papeles del espía y los llevaría a Londres, me imagino.
Tuppence envolvió la cartera de cuero en la bufanda que había llevado hasta aquel momento arrollada al cuello y regresó a la casa en compañía de Tommy.
—Aquí dentro habrá otros papeles —dijo ella—, pero forzosamente se encontrarán en pésimas condiciones y se desintegrarán o poco menos si los manoseamos mucho. Oye: ¿qué es esto?
Sobre la mesita del vestíbulo había un paquete. En la puerta del comedor apareció Albert.
—Es para usted, señora —manifestó aquél—. Lo trajeron esta mañana.
—¿Qué será?, me pregunto.
Tommy y Tuppence entraron en el cuarto de estar. Ésta, impaciente, soltó el hilo del paquete deshaciendo el nudo. Luego, rompió el papel moreno de la envoltura.
—Es mi álbum. Viene acompañado de una nota. Me lo envía la señora Griffin.

«Estimada señora Beresford:
Fue usted muy amable el otro día, al presentarse en mi casa con el libro de nacimientos. He repasado muy complacida sus páginas, teniendo ocasión de recordar a muchas personas de otros tiempos. ¡Es tan frágil nuestra memoria! A veces se acuerda una de un nombre de pila, pero no del apellido. En otras ocasiones, sucede al revés. Hace tiempo fue a parar a mis manos este álbum, que tiene ya muchos años. No es mío, en realidad. Me figuro que perteneció a mi abuela. Contiene muchas fotografías y entre ellas una o dos de los Parkinson, a quienes mi abuela conoció.
He pensado que quizá le gustaría echarle un vistazo puesto que se interesa tanto por la historia de su casa y por las personas que vivieron en ella en el pasado. No se moleste en devolvérmelo, ya que, en realidad nada significa para mí, personalmente. Con el transcurso de los años se han ido acumulando en esta casa demasiadas cosas, la mayor parte de ellas inútiles. El otro día, por ejemplo, registrando una antigua arca del ático, di con seis alfileteros. Sólo Dios sabe el tiempo que tendrían. Pienso que más de un siglo. Creo que mi bisabuela tenía la costumbre de regalar alfileteros a sus doncellas por Navidad. Me imagino que los compraría por docenas, sirviéndole de un año para otro. Desde luego, aquí no hacen ningún papel, como tantos otros objetos...»

—Un álbum de fotos —dijo Tuppence—. Esto puede resultar curioso, Tommy. Vamos a verlo.
Se sentaron en un sofá. El álbum, efectivamente, era de modelo muy antiguo. Sus fotografías habían tomado un color amarillento, pero Tuppence reconoció en ellas más de una vez ciertos rincones del jardín de la casa.
—Fíjate... Éste es el árbol que hay al final de la cuesta. Y aquí veo a «Truelove»... Hay un pequeño montado en «Truelove», ¿te das cuenta? He aquí varios de los setos de flores. Este día debía de estar celebrándose alguna reunión. Hay una mesa al aire libre y se ven varias personas sentadas a su alrededor. Alguien escribió sus nombres al pie de cada una. Mabel... Mabel no es una belleza precisamente, ¿verdad? ¿Y éste quién es?
—Charles —dijo Tommy—. Charles y Edmund. Dan la impresión de haber estado jugando al tenis. Llevan unas extrañas raquetas. Aquí tenemos a William ¿Quién sería? Y al comandante Coates.
—Aquí está... ¡Oh Tommy! Ésta es Mary.
—Sí. Mary Jordan. Aquí está su nombre, bajo la fotografía.
—Era muy guapa. Mucho, ¿eh? La foto está algo desvaída, pero se ve bien... Tommy: ¿no te parece extraño que estemos contemplando el rostro de Mary Jordan?
—¿Quién tomaría esta instantánea?
—El fotógrafo que dijo el viejo Isaac, quizás. El del poblado. Es posible que tenga en su poder muchos viejos retratos. Un día tenemos que hacerle una visita.
Tommy habíase desentendido ahora del álbum y estaba abriendo una carta que había llegado con el correo del mediodía.
—¿Algo interesante? —preguntó Tuppence—. Aquí quedan dos cartas más. Un par de facturas, me figuro. Esa... esa es otra cosa. Te he preguntado si resulta interesante.
—Puede que sí —contestó Tommy—. Mañana tendré que ir a Londres de nuevo.
—¿Para hablar con los miembros de tus comités de costumbre?
—No es eso. Voy a hacer una visita. En realidad, mi hombre no está en Londres, sino fuera de la ciudad. En un lugar llamado Harrow, creo.
—¿Quién es? —inquirió Tuppence—. No me habías dicho nada.
—Pienso visitar al coronel Pikeaway.
—¡Qué nombre!
—Sí, resulta un tanto raro —reconoció Tommy.
—¿Lo he oído antes?
—Puede ser que haya hablado de él alguna vez. El hombre vive inmerso en una permanente atmósfera de humo. ¿Tienes por ahí tabletas contra la tos, Tuppence?
—¿Tabletas contra la tos? Pues no sé... Sí, creo que sí. Compré una cajita de ellas el invierno pasado. Pero, bueno, últimamente no te he oído toser.
—No, pero toseré en cuanto me entreviste con Pikeaway.
—¿Por qué crees que desea verte?
—Lo ignoro —repuso Tommy—. El hombre menciona aquí a Robinson.
—¿El individuo de la faz amarilla con quien hablaste recientemente?
—Cierto.
—Quizá nos hayamos mezclado en algo muy especial y reservado, Tommy.
—No lo creo... Todo esto, por otro lado, tuvo lugar (si es que en realidad sucedió algo raro) hace años y años, en una época de la que el viejo Isaac no se acuerda.
—Los pecados nuevos tienen viejas sombras... —dijo Tuppence—. ¿Es eso lo que reza el dicho? No. Me parece que no es así... ¿No será: los viejos pecados tienen largas sombras?
—Olvídalo, Tuppence. Ninguna de las dos formas me parece correcta.
—Esta tarde creo que voy a ir a ver al fotógrafo. ¿Piensas acompañarme?
—No —repuso Tommy—. Pienso darme un buen baño.
—¿Vas a bañarte? El agua estará terriblemente fría.
—No importa. La necesito así. Necesito refrescarme, saberme limpio, despojado de las telarañas, que creo todavía sentir en el cuello, en las orejas. Algunas me dan la impresión de haberse colado entre los dedos de mis pies.
—Pues yo, decididamente, iré a ver al señor Durrell, o Durrance, o como se llame. La otra carta, Tommy... No la has abierto.
—Creo que ni siquiera la había visto. ¡Oh! Ésta puede contener algo bueno.
—¿De quién es?
—De mi investigadora —explicó Tommy, adoptando una actitud un tanto solemne—. Me refiero a la mujer que ha estado consultando por encargo mío, por toda Inglaterra, libros de muertes, enlaces matrimoniales y nacimientos, archivos periodísticos y hojas de censos. Es una colaboradora de gran valor.
—¿Buena colaboradora y al mismo tiempo bella?
—No lo suficientemente bella para que a ti te llame la atención.
—Me alegro —contestó Tuppence—. ¿Sabes lo que pienso, Tommy? Ahora, con algunos años encima ya estás más expuesto que nunca a concebir ideas raras en materia de colaboradoras bellas.
—Las mujeres realmente no sabéis estimar en lo que vale un esposo fiel —señaló Tommy.
—Todas mis amigas dicen que con los maridos... nunca se sabe —contestó Tuppence, maliciosa.
—Procura elegir mejor tus amigas, querida.

CAPÍTULO CINCO

ENTREVISTA CON EL CORONEL PIKEAWAY


Tommy cruzó Regent's Park, avanzando luego por varias calles en las que no había estado desde hacía algunos años. En otro tiempo, él y Tuppence habían vivido en un piso situado cerca de Belsize Park. Recordaba sus caminatas por Hampstead Heath y el perro que les había acompañado en aquellos paseos. Había sido el can en cuestión un animal con opiniones propias, por así decirlo. Al abandonar el piso se empeñaba siempre en girar hacia la izquierda, sobre el camino que conducía a Hampstead Heath. Los esfuerzos de Tuppence o de Tommy para obligarle a torcer a la derecha, en dirección a la zona comercial, habíanse revelado inútiles. «James», el obstinado perro, terminaba por tender su alargado cuerpo sobre el pavimento, sacando un palmo de lengua, con lo cual daba la impresión de estar cansado por haberse sometido a un ejercicio impuesto desacertadamente por sus dueños. La gente que en tales ocasiones pasaba junto a éstos no dejaba de hacer comentarios.
—Fíjate en ese pobre animal, tendido ahí... Ese de pelaje blanco, sí, parece una salchicha. Se le ve jadeante... Sus amos se niegan a dejarle ir por donde a él le gusta. El animal está extenuado, indudablemente.
Tommy acababa por coger la correa de manos de Tuppence, tirando de «James» con firmeza, en dirección contraria a la que el perro deseaba seguir.
—Tommy: ¿no sería mejor que lo tomaras en brazos? —le preguntaba entonces Tuppence.
—¡Vaya una idea! «James» pesa demasiado para eso.
«James», con una inteligente maniobra, volvía la longaniza o salchicha que parecía su cuerpo hacia el sitio por el cual deseaba marchar. Después, tiraba con no menos firmeza que Tommy de la correa.
—Está bien, está bien —cedía Tuppence—. Ya iremos de tiendas más tarde. Vámonos... Hemos de complacer a «James», querido, llevándolo a donde le gusta ir. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
«James» erguía la cabeza al oír estas palabras moviendo gozoso el rabo. Parecía estar diciendo: «Por fin habéis querido entrar en razón. En marcha pues. A Hampstead Heath, que es lo mío».
Tommy reflexionó unos momentos. Consultó unas señas. Su último encuentro con el coronel Pikeaway había sido en Bloomsbury, dentro de una habitación saturada de humo. Las señas que ahora tenía le situaron frente a una pequeña casa que quedaba no lejos del lugar de nacimiento de Keats. No descubrió en ella nada particularmente interesante o artístico.
Tommy oprimió el botón del timbre. En la puerta de la casa apareció una mujer cuyos rasgos físicos se identificaban con los de una bruja, tal como se había imaginado él que serían tales entes. La mujer tenía la nariz curvada y prolongada, como la barbilla. Las dos cosas parecían ir a entrar en contacto con la menor mueca. La mirada de la vieja era francamente hostil.
—¿Puedo ver al coronel Pikeaway?
—No estoy segura de que pueda —contestó la bruja— ¿Quién es usted?
—Me llamo Beresford.
—¡Ah! Sí. Él le mencionó, me parece.
—¿Puedo dejar el coche ahí enfrente?
—Si. Nadie dirá nada si no está mucho tiempo. Los guardias visitan en raras ocasiones esta calle. Será mejor que lo deje cerrado, señor. Por si acaso.
Tommy obró de acuerdo con tales indicaciones. Luego, la vieja le invitó a entrar en la casa.
—Es en la primera planta —explicó la mujer.
Ya en la escalera se olía fuertemente a tabaco. La bruja llamó a una puerta, asomando la cabeza al interior de la habitación para decir:
—Aquí está el caballero a quien deseaba usted ver. Me ha dicho usted que le esperaba, al menos.
Se echó a un lado, haciendo pasar a Tommy a una habitación llena de humo de tabaco. Casi inmediatamente, empezó a respirar con cierto agobio y tosió. Del coronel Pikeaway, más que sus rasgos faciales, recordaba la nube de humo en que vivía envuelto y el olor a nicotina. Vio un hombre ya muy viejo tendido casi en un sillón bastante desvencijado, con los brazos llenos de agujeros.
EI coronel Pikeaway levantó la cabeza pensativo, cuando entró Tommy. Cierre la puerta, señora Copes —dijo el viejo—. Hay que evitar que entre aquí el aire frío de fuera.
Tommy se dijo que aquello era precisamente lo que convenía allí, que penetrara en la habitación un poco de aire puro, fresco. Pero tenía que resignarse a respirar en el seno de aquella pestilente atmósfera mientras estuviese en aquel cuarto.
—Thomas Beresford —dijo el coronel Pikeaway, ensimismado—. ¿Cuántos años han transcurrido desde la última vez que nos vimos? Tommy no había llegado a puntualizar el tiempo transcurrido.
—En nuestra última entrevista —manifestó el coronel— usted se hallaba acompañado de... ¿Cómo se llamaba? ¡Oh! Es igual. ¿Qué más da un nombre que otro? La rosa no cambiaría de olor si fuese llamada de otro modo. Fue Julieta quien dijo eso, ¿no? Shakespeare hacía decir a sus personajes muchas tonterías. Desde luego, él no podía disimularlo. Era un poeta. A mi, Romeo y Julieta me tienen sin cuidado. ¡Bah! ¡Suicidios por amor! Y sin embargo, se dan, incluso en nuestro tiempo. Siéntese, amigo mío, siéntese.
Tommy obedeció. Pero antes pidió permiso al coronel Pikeaway para
quitar unos libros colocados encima de la única silla que vio disponible.
—Vaya, vaya... Me alegro mucho de verle de nuevo. Ha envejecido un poco, pero se ve que disfruta de buena salud. ¿Es así? ¿No tiene nada de corazón?
—No —respondió Tommy.
—Perfectamente, hombre. Hay demasiada gente ya hoy que es víctima de padecimientos cardíacos, que sufre de tensión arterial... todas esas cosas, en fin. Todos despliegan más actividad de la que pueden. Los hombres se pasan la vida corriendo de un lado para otro, explicando a quien quiere oírles lo ocupados que están, añadiendo que el mundo no puede vivir sin ellos, insistiendo en que son muy importantes y todo lo demás. ¿Es usted así también? Supongo que sí...
—No —repuso Tommy—. Yo no me creo muy importante. Estimo que en la actualidad tengo ya derecho al descanso.
—Una espléndida idea, sí, señor —comentó el coronel Pikeaway—. Lo malo es que tendrá a su alrededor una multitud de personas que no le permitirán hacer realidad sus deseos. ¿Qué es lo que les llevó al sitio en que ahora viven? No me acuerdo del nombre. ¿Quiere usted repetirlo?
Tommy hizo lo que se le pedía.
—¡Ah, sí! Entonces puse las señas en el sobre correctamente.
—Sí, claro. Oportunamente, llegó su carta a mi poder.
—Tengo entendido que usted fue a ver a Robinson. Todavía está en marcha el hombre. Tan gordo como siempre, ¿no?, supongo tan amarillo como siempre también, tan rico como... ¡no, no!... más rico que nunca. En este aspecto, lo sabe todo. Quiero decir que está al cabo de la calle en cuanto concierne al dinero. ¿Y qué es lo que le incitó a visitarle, amigo mío?
—Pues verá usted... Habíamos comprado una casa, la que ocupamos en la actualidad, y un amigo mío me dijo que el señor Robinson podía ser capaz de aclarar un enigma con que mi mujer y yo dimos, en relación con aquélla, referente a una época que ya queda muy lejos de nuestros días.
—Ya me acuerdo... Creo que nunca he hablado con ella, pero sé que su esposa es una mujer muy inteligente. Hizo un buen trabajo cuando... ¿Cómo se llamó aquello? ¡Sí! N o M, me parece.
—En efecto —manifestó Tommy.
—Y ahora han vuelto a las andadas, ¿eh? Buscándole tres pies al gato, ¿verdad? Abrigaban algunas sospechas y...
—No —repuso Tommy—. Nos trasladamos a nuestra actual casa porque estábamos cansados del piso en que vivíamos, cuya renta subía alarmantemente mes tras mes.
—¡Vaya una treta asquerosa! —exclamó el coronel Pikeaway—. Los caseros suelen hacer eso ahora. No se ven nunca satisfechos. Actúan como verdaderas sanguijuelas. Muy bien. Se fueron ustedes a vivir allí. Il faut cultiver son jardín —añadió el coronel, arremetiendo de pronto contra el idioma francés—. Necesito repasar mi francés —explicó—. Tengo que estar a la altura de las circunstancias, ¿no le parece? No pierdo de vista que vivo en la época del Mercado Común. Menudo cuento se traen esos señores del Mercado Común... Hay que mirar en lo que queda detrás. O abajo, más allá de la superficie. Así que viven ustedes en Swallow's Nest... ¿Qué es lo que les llevó a Swallow's Nest? Me gustaría saberlo.
—La casa que compramos... Bueno, ahora se llama «Los Laureles» —dijo Tommy.
—¡Qué nombre más tonto! —comentó el coronel Pikeaway—. Era muy popular en otro tiempo, sin embargo. Recuerdo que de pequeño todos nuestros vecinos gustaban de los grandes y presuntuosos caminos que morían a las puertas de sus casas. Los alfombraban de gravilla y luego procedían a bordearlos de laureles. Unas veces preferían la variedad de hoja verde y brillante; otras les daba por la hoja moteada. Lo estimaban muy vistoso. La planta dio su nombre a muchas viviendas y quedó la costumbre. ¿Me equivoco?
—Sí, creo que está usted en lo cierto. Ahora, la última familia que vivió allí le dio el nombre de Katmandú a la finca... Bueno, yo sé que se trataba de un nombre extranjero, correspondiente a un lugar fuera de Inglaterra, en el que aquella gente viviera muy a gusto.
—Sí, sí. El nombre de Swallow's Nest data de hace mucho tiempo. No obstante, uno debe remontarse a años ya idos, que quedan muy lejos. De eso iba a hablarle precisamente: de la necesidad de retroceder mentalmente...
—¿Conoció la casa, señor?
—¿Cómo? ¿Que si conocí Swallow's Nest, alias «Los Laureles»? No. Nunca estuve allí. Pero figuró en ciertas cosas. Ese nombre se halla ligado a determinados períodos del pasado, a gente de cierta época, una de gran ansiedad para los súbditos de este reino.
—Tengo entendido que usted tuvo que ver con una información perteneciente a una persona llamada Mary Jordan. O conocida por tal nombre. De todos modos, eso es lo que el señor Robinson nos dijo.
—¿Quiere saber cuál era su aspecto físico? Acérquese a la repisa de la chimenea. Mire por el lado izquierdo...
Tommy se puso en pie, cogiendo una fotografía que se encontraba en el sitio indicado. En ella se veía una joven tocada con un sombrero, llevando en las manos un ramo de rosas.
—Su aire, quizá, no es el de las chicas de hoy —manifestó el coronel Pikeaway—, pero era una mujer bien parecida, a mi juicio. Una mujer desgraciada. Murió joven. Fue una tragedia.
—No sé nada acerca de ella —indicó Tommy.
—Así me lo supongo. Le ocurre a usted lo que a muchas personas de nuestros días.
—En la localidad circuló el rumor de que era una espía alemana —señaló Tommy—. El señor Robinson me dijo que no era así.
—Efectivamente. Fue de los nuestros. E hizo un buen trabajo. Pero alguien resultó más listo que ella.
—Eso ocurrió cuando allí vivía una familia llamada Parkinson...
—Quizá, quizá. No conozco todos los detalles. Nadie los conoce en su totalidad hoy. Yo no me vi personalmente implicado en los hechos, ¿sabe? Muchas cosas se han borrado o desdibujado desde entonces. Y es que hay muchos problemas. Se encuentran problemas en todos los países. Los hay en todo el mundo y esto no constituye nada nuevo. No. Retroceda cien anos y descubrirá problemas; retroceda otros cien y sabrá de otros. Remóntese a las Cruzadas y se enfrentará con cuantos abandonaron precipitadamente el país para dirigirse a Jerusalén, o registrará alzamientos en todo el país. Esto, aquello y lo de más allá... Siempre problemas.
—¿Quiere usted decir que existe ahora alguno de especial carácter?
—Desde luego que sí. Acabo de indicarle que los ha habido en todo momento.
—¿Qué clases de problemas tenemos hoy?
—¡Oh! No lo sabemos —contestó el coronel Pikeaway—. Muchos son los que recurren a un viejo como yo para preguntarme qué puedo decirles o qué puedo recordar acerca de cierta gente del pasado. Bueno, no me es posible recordar muchas cosas, pero puedo hablar de una o dos personas. Hay que mirar en el pasado, a veces. Hay que saber qué sucedía entonces, qué secretos guardaba la gente, qué conocimientos se reservaba, qué ocultaba, qué fingía en cuanto a los hechos y cómo se desarrollaban éstos realmente. Ustedes han realizado una buena labor, usted y su esposa, en diferentes ocasiones. ¿Quieren seguir con eso ahora?
—No lo sé —repuso Tommy—. Sí... Bueno, no sé si usted cree que yo puedo hacer algo. Soy más bien un viejo ya...
—Yo le veo con más salud que mucha gente de su edad. Diré más: parece hallarse en mejores condiciones físicas que otros hombres más jóvenes. En cuanto a su esposa, recuerdo que fue siempre una mujer de fino olfato. Sí. Era un sabueso perfectamente adiestrado.
Tommy no pudo evitar una sonrisa.
—Pero... ¿en qué consiste esto de ahora? —inquirió a continuación—. Yo, desde luego, estoy dispuesto a hacer lo que sea si usted cree que puedo, pero no sé a qué atenerme. Nadie me ha dicho nada.
—Ya me lo imagino —contestó el coronel Pikeaway—. No creo que accedan a darle explicaciones. Me figuro que el mismo Robinson no fue muy explícito. Ese hombre tan gordo mantiene su boca permanentemente cerrada. Pero yo voy a decirle... los hechos desnudos, escuetos. Usted sabe cómo está el mundo: como siempre, en realidad. Impera en él la violencia, el timo, el materialismo... Tenemos la rebelión de los jóvenes, el amor a la fuerza y unas buenas dosis de sadismo, casi tan malo como en los días de la Juventud Hitleriana. Todo eso hay... ¿Qué pasa con este país? ¿Qué pasa con el mundo? No resulta fácil dar con las respuestas a tales preguntas. El Mercado Común es una buena cosa. Es lo que siempre necesitamos, lo que siempre quisimos. Ahora, ha de ser un Mercado Común auténtico, real. Esto ha de ser comprendido en toda su extensión. Tenemos que ir a una Europa unida. Tiene que haber una unión de los países civilizados con ideas civilizadas y con creencias y principios civilizados. Cuando algo no marcha bien hay que saber localizarlo, como fundamental premisa. Ese individuo amarillo que parece una ballena es quien, en este terreno, sabe dónde le aprieta el zapato.
—¿Se refiere usted al señor Robinson?
—Sí, me refiero al señor Robinson. He de decirle que deseaban concederle un título, pero no lo quiso. Supongo casi con seguridad, que ya se imagina usted qué es lo que busca él.
—Me figuro —contestó Tommy— que lo que busca es dinero.
—Cierto. Él está enterado de todo lo que concierne al dinero. Sabe de dónde viene y sabe a dónde va y por qué va. Sabe quiénes andan detrás de todas las cosas. Detrás de los bancos, detrás de las grandes empresas industriales. Y tiene que saber quiénes son los responsables de determinadas cosas, cuales son las grandes fortunas hechas a base de drogas, quiénes son los traficantes, a qué partes del mundo van a parar aquéllas, dónde se comercializan. El culto al dinero. Dinero no solamente para comprar una mansión y dos Rolls-Royce, sino dinero para, además, ganar más dinero y barrer las viejas creencias, para acabar con ellas. Las creencias referentes a la honestidad, a las justas transacciones. No se desea que impere la igualdad en el  mundo; se quiere, todo lo más, que el fuerte ayude al débil. Se desea que el rico financie al pobre. Se pretende reservar para el honesto y el bueno solo la admiración. ¡Las finanzas! No se habla ahora de otra cosa. Todo se vuelve hacia ellas. Se habla de lo que las finanzas están haciendo, de a dónde van, de lo que apoyan, de lo que ocultan. Hubo gente en el pasado con poder y cerebro. elementos que proporcionaron dinero y medios. Algunas de sus actividades eran secretas, pero nosotros tenemos que averiguar una multitud de cosas en relación con ellos. Hemos de descubrir a quiénes pasaron sus secretos, a quiénes les fueron confiados para llegar así a los que ahora los detentan. Swallow's Nest era una especie de cuartel general. El cuartel general del  mal, podríamos decir. Más tarde, en Hollowquay, hubo algo más. ¿Se acuerda usted de Jonathan Kane?
—Para mí es tan sólo un nombre —repuso Tommy.
—Primeramente, fue un hombre que suscitó admiración... Luego, se reveló como fascista. Esto ocurría antes de que supiéramos cómo iba a ser Hitler y qué harían los suyos. Le hablo de la época en que considerábamos el fascismo como una espléndida idea, capaz de reformar el mundo. Este Jonathan Kane tenía seguidores. Muchos seguidores. Jóvenes, de mediana edad, numerosos, en definitiva. Tenía planes, fuentes de poder, conocía los secretos más personales de mucha gente, amigo mío. Sabía cosas de las que proporcionan al hombre poder. Había muchos chantajes en marcha entonces, como ahora. Queremos saber qué conocía él; queremos saber qué hizo, y yo creo que dejó planes y seguidores sobre su rastro. Jóvenes que se vieron implicados, que todavía, quizás, están a favor de sus ideas. Ha habido secretos (siempre los hubo) que valían dinero. No le hablo con exactitud porque no sé nada que pueda ser tachado de exacto. Lo cierto es que nadie sabe nada. Pensamos en la existencia de algo a causa de las pruebas que hemos tenido que superar. Guerras, revueltas, paces, nuevas formas de gobierno. Creemos saberlo todo, pero ¿lo sabemos realmente? ¿Sabemos algo sobre la guerra de gérmenes? ¿Sabemos todo lo concerniente a gases, a medios de producir la contaminación en el medio ambiente? Los químicos tienen sus secretos, la ciencia médica tiene sus secretos, los servicios tienen sus secretos, lo mismo que la Armada, las Fuerzas Aéreas, todo... Y algunos no pertenecen al presente, sino que fueron en el pasado. Algunos estuvieron a punto de ser desarrollados, mejorados, pero su perfeccionamiento no se llevó a cabo. No hubo tiempo para eso. Todo quedó escrito, sin embargo, todo fue confiado al papel o a ciertas personas, y éstas personas tenían hijos, de los que a su vez nacieron otros, y nietos, y tal vez algunas de las cosas trascendieron, quedaron en testamentos, en documentos, dejados en manos de notarios, para que fueran entregados cuando hubiera transcurrido determinado período de tiempo. Ignoramos de qué pueden haberse apoderado ciertas gentes. No sabemos si algunos conocimientos fueron destruidos por ignorancia. Tenemos que ensanchar nuestros conocimientos, sin embargo, porque no dejan de ocurrir cosas extrañas a cada paso. En diferentes países, en diferentes lugares, en las guerras, en el Vietnam, en las guerras de guerrillas, en el Jordan, en Israel, incluso en los países implicados. En Suecia y en Suiza, en cualquier parte... Se dan hechos y nosotros queremos conocer las pistas que a ellos conducen. Y ha sido puesta en circulación la idea de que algunas de tales pistas hay que localizarlas en el pasado. Bien. No se puede retroceder, situarse en el pretérito. Nadie puede ir a un doctor para pedirle: "Hipnotíceme. Quiero ver qué sucedió en 1914", o en 1918, o en otra época anterior, quizás. En 1890, tal vez. Algo estuvo siendo planeado, algo que no llegó a ser desarrollado nunca. Ideas. Ideas nacidas en el pasado. En la Edad Media se pensaba ya en volar. Había ideas puestas en circulación sobre esto. Los antiguos egipcios tenían las suyas, creo. Jamás fueron desarrolladas. Pero cuando las ideas caen en manos de alguien que posee medios y el cerebro adecuado para desarrollarlas, todo puede suceder... malo o bueno. Nosotros tenemos la impresión de que algunas de las cosas inventadas —la guerra de los gérmenes, por ejemplo— son difíciles de explicar si no se prevé el proceso de algún secreto perfeccionamiento, juzgado no importante, pero que en realidad ha de serlo... El receptor del secreto puede haber realizado una adaptación capaz de conducir a resultados catastróficos. Hay cosas que pueden alterar un carácter, que pueden convertir a un amigo en enemigo, habitualmente por una razón constante. Por dinero, por dinero y por lo que éste proporciona. Por el poder que puede derivarse de él. Bueno, joven Beresford, ¿qué me dice de todo esto?
—Creo que constituye una perspectiva sumamente atemorizadora —dijo Tommy.
—Es verdad. Ahora, ¿cree usted que estoy hablando de insensateces? ¿Cree que mis palabras pueden ser calificadas de fantásticas? ¿Estima todo eso fruto de una imaginación calenturienta?
—No, señor. Le tengo por un hombre que está en el secreto de muchas cosas. Usted ha estado siempre bien informado.
—¡Hum! Por eso tienen ellos necesidad de mí, ¿no? Se presentaron aquí, lamentándose de que la habitación estaba llena de humo, alegando que no podían respirar, pero... Una vez hubo un serio asunto, del cual fue escenario Francfort. Bueno. Nos las arreglamos para acabar con él. Y lo conseguimos localizando al hombre que lo respaldaba. En lo de ahora habrá alguien, asimismo, mejor dicho: varios hombres, probablemente. Quizá lleguemos a identificarlos. Pero si no logramos esto podríamos, al menos, averiguar qué cosas son las que se hallan en marcha.
—Le entiendo. Lo entiendo todo casi por completo —manifestó Tommy.
—¿Sí? ¿No cree que estas cosas pueden ser tonterías? ¿No las cree pura fantasía? ¿De veras?
—No creo que exista nada suficientemente fantástico para ser cierto —declaró Tommy—. Esto lo he aprendido en el curso de una vida ya dilatada. Frecuentemente, resultan ciertas las cosas más sorprendentes, cosas que nadie podría juzgar cimentadas en la realidad. Pero he de hacerle comprender que yo carezco de conocimientos especiales. Yo no poseo conocimientos de tipo científico. Mis tareas han estado relacionadas siempre con los servicios de seguridad, simplemente, nada más.
—Pero usted —arguyó el coronel Pikeaway— ha sido siempre un hombre que se ha  revelado capaz de descubrir ciertos datos. Usted y... su esposa. Ella posee un olfato especial. Le gusta desvelar misterios. Esta clase de mujeres son así. Poseen un instinto particular para los secretos. Cuando se trata de una mujer joven y bella, hace lo que Dalila. Cuando se trata de una persona ya entrada en años... Le contaré algo. Yo tenía una tía con ese instinto. Descifraba todos los enigmas y daba siempre con la verdad, por caminos muy extraños a veces. Tenemos también la palanca del dinero. Robinson entiende de eso. Sabe todo lo concerniente al dinero, a dónde va, por qué va, cuándo se pone en marcha, cuándo vuelve y qué es lo que ha causado. Entiende, entiende... Es como un médico que estuviera tomándole el pulso a uno. Él sabe tentar el pulso de un financiero. Sabe de dónde sale el dinero, quién lo utiliza, para qué, por qué... Le estoy encajando en esto porque usted se encuentra situado en el sitio preciso. Está en el sitio preciso por casualidad, no por alguna razón que alguien pudiera suponer. Ustedes constituyen una pareja humana corriente, va entrada en años, jubilada, que busca una casa agradable en la que acabar sus días, que escudriña en todos los rincones de la misma, que gusta de hablar, de relacionarse con los demás. El día menos pensado llegará a sus oídos una frase que les dirá algo. Esto es todo lo que deseo que hagan. Miren a su alrededor. Estudien las leyendas o historias que les cuenten acerca de los buenos o malos días de los viejos tiempos.
—La gente habla todavía allí de cierto escándalo referente a la Armada, de los planos de un submarino... —dijo Tommy—. Han sido varias las personas que han hecho hincapié en ello. Pero nadie llega a concretar...
—Bueno, pues ahí tiene ya un buen punto de arranque. No muy lejos de ese lugar vivió Jonathan Kane. Tenía una casa situada en la costa, cerca del mar, en la que planeaba sus campañas propagandísticas. Tenía discípulos que le juzgaban un hombre maravilloso. Jonathan Kane. K—a—n—e. Yo, sin embargo, lo pronunciaría de otro modo. Yo pronunciaría ese apellido Caín . Así se le descubriría mejor. Se inclinaba por la destrucción y los métodos de destrucción. Salió de Inglaterra. Visitó Italia y otros países. No se hasta qué punto son ciertos los rumores. Estuvo en Rusia. Y en Islandia. Se trasladó al continente americano. Ignoramos concretamente a qué sitios fue, qué hizo, quién le acompañó, quién prestó atención a sus palabras. Pero sabemos que poseía informaciones reservadas, que era popular entre sus vecinos, que comía con ellos y ellos con él. Y me queda por hacerle una recomendación... Cuídense. Procuren hacer descubrimientos, pero, por el amor de Dios, cuídense. Cuide a su esposa... ¿Cuál es su nombre? ¿Prudence?
—Nunca la llamó nadie Prudence. Tuppence la hemos llamado siempre todos —explicó Tommy.
—Es verdad. Pues cuide de Tuppence y dígale a ella que cuide de usted. Estudien sus comidas y bebidas; piénsenselo bien antes de ir a algún sitio; fíjense en las personas que les abordan, mostrándose afectuosas... Procuren dar con el porqué de semejante actitud. Podrían dar con alguna información interesante, con algo raro, digno de ser meditado. Alguna historia del pasado podría encerrar algún significado útil. Debe unirse con el pretérito a través de los parientes o descendientes de quienes se fueron para siempre, y también por mediación de las personas que conocieron a gente del pasado.
—Yo voy a hacer lo que pueda —prometió Tommy—. Y mi esposa también, desde luego. Pero no creo que seamos capaces de llegar a resultados positivos. Nos hemos hecho viejos. Carecemos de la información indispensable.
—Pueden disponer de ideas.
—Sí. Tuppence tiene buenas ideas, a menudo. Ella se figura que en la casa hay algo escondido.
—Es posible. Otros habrán pensado lo mismo. Nadie ha encontrado nada hasta el presente, pero nadie se ha movido realmente con seguridad tampoco. Las casas... ya se sabe... Cambian de manos, viven en ellas otras familias sucesivamente, los Lestrange, los Mortimer, los Parkinson... Hay que recordar a un chico de estos últimos.
—¿Alexander Parkinson?
—Así que poseen información sobre él. ¿Cómo llegó a sus manos?
—Dejó un mensaje en las páginas de uno de los libros de Robert Louis Stevenson: Mary Jordan no murió de muerte natural. Lo encontramos nosotros.
—Alguien dijo que todos los seres humanos llevaban escrito su destino en la frente. Adelante, pues, los dos, amigo mío. Crucen la Puerta del Destino...

CAPÍTULO SEIS

LA PUERTA DEL DESTINO


El establecimiento del señor Durrance quedaba en la esquina de una calle. El  escaparate ofrecía un despliegue de fotografías clásicas: dos o tres retratos de boda, un bebé tumbado en una alfombra, desnudo, las caras de unos cuantos jóvenes barbudos acompañados de sus novias... Ninguna de aquellas fotos tenía nada de particular y en varias se notaba el paso del tiempo. Había allí también tarjetas postales en gran número, de cumpleaños, uno o dos grupos de bañistas, etcétera. Allí vendían, asimismo, carteras de bolsillo baratas, papel para escribir y sobres con adornos florales.
Tuppence vagó un poco por el local. Junto a ella, un cliente aludía a los resultados de su máquina fotográfica y solicitaba consejos para obtener un buen rendimiento.
Detrás del mostrador se encontraba una mujer de canosos cabellos y un joven alto, de larga y rubia cabellera, con una barba incipiente, quien se acercó a Tuppence.
—¿En qué puedo servirla?
—Quería saber si tenían álbumes para fotografías.
—Para sus fotos, ¿verdad? —inquirió el joven, innecesariamente—. Nos quedarán dos o tres por aquí. Recibimos muy pocos ahora. El público prefiere las transparencias, naturalmente.
—Ya —contestó Tuppence—. Es que los colecciono, ¿sabe? Colecciono álbumes antiguos. Como éste.
Tuppence mostró con el aire de un prestidigitador el álbum que le habían enviado.
—¡Oh! Este álbum ya tiene muchos años —dijo el señor Durrance—. Más de cincuenta, quizá. Sí. Por entonces, según tengo entendido, se hacían estas cosas. Rara era la familia que no poseía un álbum de fotografías.
—También se usaban los álbumes de cumpleaños o natalicios —explicó Tuppence.
—Si... Algo recuerdo acerca de ellos. Mi abuela tenía uno. Todos los amigos y amigas estampaban sus firmas en sus páginas. Aquí vendemos tarjetas de cumpleaños, pero el público no las pide mucho. Las de felicitación de San Valentín tienen mejor acogida, tanto como las de Navidad.
—Yo me he preguntado si guardarían aquí algún álbum antiguo. Yo los quiero como coleccionista. Poseo ya varios ejemplares curiosos —afirmó Tuppence.
—La manía del coleccionismo se halla hoy muy extendida —declaró Durrance—. La gente colecciona las cosas más raras. No creo que tengamos por aquí un ejemplar tan antiguo como el suyo. Sin embargo, podría mirar.
Durrance se inclinó sobre el mostrador, tirando de un cajón.
—Aquí tengo de todo —manifestó—. Siempre me estoy haciendo el propósito de clasificarlo, pero no creo que sea vendible el material contenido en este cajón. Hay muchas fotos de bodas, desde luego. En su momento, a la gente suelen interesarles, pero nadie se presenta aquí buscando fotografías de bodas que se celebraron hace mucho tiempo.
—Usted quiere decir que nadie viene a este establecimiento para decirle, por ejemplo: «Mi abuela se casó en esta población. Quisiera saber si conserva usted fotografías de su boda», ¿no es eso?
—Nunca me han pedido nada semejante —repuso Durrance—. Claro que nunca se sabe... El público pide las cosas más estrambóticas, a veces. Hay quien viene, de vez en cuando, a preguntarnos si conservamos el negativo de la foto de un bebé. Todo el mundo sabe cómo son las madres. Si se les han perdido, buscan las fotos de sus hijos cuando eran pequeños. Se trata, generalmente, a decir verdad, de fotografías horribles. También hemos sido visitados alguna que otra vez por la policía, al intentar identificar a alguien. Le hablan a uno de un joven que de niño vivió aquí y los agentes pretenden saber qué aspecto tenía de niño, analizando los cambios, la semejanza, según. Esto pasa cuando es buscado un criminal o un estafador —añadió Durrance con una sonrisa—. Y en ocasiones hemos prestado buenos servicios.
—Ya veo que le inspira interés el tema de la fotografía en relación con el delito y la investigación policíaca —apuntó Tuppence, un tanto a la aventura.
—Verá usted... Todos los días se leen en los periódicos cosas así. ¿Por qué se supone que tal o cual hombre mató a su esposa hace seis meses?, se pregunta uno, por ejemplo. Estas cuestiones resultan interesantes, ¿no le parece? Circula el rumor de que la mujer está viva. Otras personas afirman que su cadáver fue enterrado en alguna parte, que nadie ha podido dar con él. Cosas así... Bien. Una fotografía del individuo puede resultar útil.
—Cierto —confirmó Tuppence.
Experimentaba la impresión de que no iba a obtener del fotógrafo el menor dato provechoso, pese a que la conversación discurría por buenos cauces.
—No creo que tenga entre sus fotos antiguas una de una mujer llamada... Mary Jordan, me parece que se llamaba... Sí, un nombre de ese estilo. Hablo de hace mucho tiempo, ¿eh? Supongo... supongo que de hace sesenta años. Me parece que falleció en este poblado.
—Son muchos años, desde luego —declaró el señor Durrance—. Mi padre tenía la costumbre de guardar cuanto caía en sus manos. No quería desprenderse de nada nunca. Por esta razón, quizá, se acordaba de todo, especialmente si se trataba de un episodio de resonancia. Mary Jordan... Yo me acuerdo de algo relacionado con tal nombre, me parece. Estaba relacionado con la Armada, con un submarino, por otro lado. Se dijo que ella era una espía. La mujer era medio extranjera. Era hija de madre rusa o alemana... ¿O era japonesa su madre?
—No sé. Yo me pregunté si conservarían ustedes alguna foto de ella.
—No creo, no creo. Echaré un vistazo por aquí cuando disponga de unos minutos libres. Se lo haré saber si doy con algo. ¿Es usted escritora, señora?
—A ratos. Ahora estoy pensando en un pequeño libro. Quiero recoger en él hechos de hace un siglo hasta nuestros días, sucesos curiosos referentes a crímenes y aventuras. Por supuesto, las fotos viejas son muy interesantes y como ilustraciones de mi obra vendrían muy bien.
—Le prometo hacer cuanto pueda para ayudarla. Debe de ser muy interesante lo que hace usted, es decir, su trabajo.
—Aquí vivió una familia llamada Parkinson —indicó Tuppence—. Creo que en cierta época vivieron en nuestra casa.
—iAh! Usted es la señora de la casa de la colina, ¿verdad? Se llama «Los Laureles»... O «Katmandú»... No me acuerdo cómo se llamó últimamente. Swallow’s Nest  fue uno de sus nombres, no sé por qué.
—Supongo que se llamó así porque anidaban muchas golondrinas en el tejado —sugirió Tuppence—. Todavía lo hacen...
—Es posible. Ahora, resulta un nombre muy chocante ése para una casa.
Tuppence tenía la impresión de haber iniciado unas relaciones satisfactorias con aquel joven, si bien no esperaba que se derivaran grandes cosas de ellas. Después de comprar unas cuantas tarjetas postales y papel de escribir, se despidió del señor Durrance.
De vuelta a su casa, decidió echar un nuevo vistazo a KK. Fue aproximándose a la puerta... De pronto se detuvo. Luego, siguió avanzando. Cerca de aquélla, alguien parecía haber depositado un montón de ropas o algo semejante. Tuppence frunció el ceño.
Unos segundos después, apretaba el paso, echaba a correr, casi. Unos metros más allá, tornó a detenerse. No se trataba de un bulto de ropa. Había allí unas ropas, viejas, es cierto. Como el cuerpo que cubrían. Tuppence se inclinó sobre éste, incorporándose rápidamente. Instintivamente, una de sus manos buscó la puerta del recinto, para no caerse.
—¡Isaac! —exclamó—. ¡Isaac! ¡Oh! ¡Pobre Isaac! Creo, creo que está muerto.

Un hombre se aproximaba corriendo desde la casa. Acababa de oír sus voces.
—¡Oh, Albert! Ha sucedido algo terrible. Es Isaac, el viejo Isaac. Está
aquí, muerto... Alguien le ha asesinado.

CAPÍTULO SIETE

LA ENCUESTA


El doctor había dado a conocer su informe. Dos transeúntes casuales, que pasaron no lejos de la puerta de la finca, declararon como testigos. Habían hablado los miembros de la familia, facilitando detalles sobre la salud del viejo Isaac en los últimos tiempos, citando los nombres de personas que podían sentir alguna animosidad contra él (un par de adolescentes que habían sido reñidos por Isaac seriamente, con motivo de unas travesuras). La policía había oído rotundas afirmaciones de inocencia. Habían hecho acto de presencia también varios de sus patronos esporádicos, entre ellos Prudence y Thomas Beresford. El veredicto había sido: asesinato cometido por persona o personas desconocidas.
Tommy pasó un brazo por los hombros de Tuppence cuando caminaban junto a un grupo pequeño de gente que esperaba a la salida del juzgado.
—Lo hiciste muy bien, Tuppence —dijo él cuando entraban ya en su jardín, en dirección a la casa—. Muy bien, realmente. Mucho mejor que los otros. Te expresaste con toda claridad y te escucharon con atención. El juez pareció sentirse muy complacido contigo.
—No me interesa que nadie se sienta complacido conmigo —contestó Tuppence—. Me ha producido un gran disgusto la muerte del viejo Isaac. El pobre fue aporreado en la cabeza brutalmente...
—Alguien se la tenía guardada al pobre, supongo —indicó Tommy.
—¿Por qué? ¿Por qué?
—Lo ignoro, querido.
—Yo también, pero he pensado que podía tratarse de algo que tuviera que ver con nosotros.
—¿Quieres decir que...? ¿Qué quieres decir, Tuppence?
—Tú me entiendes. Es... este lugar. Nuestra casa. Nuestra nueva y querida casa. Con su jardín y todo lo demás. Es como si... Yo creía que era la casa que por todo nos convenía.
—Yo todavía sigo creyéndolo.
—Sí. Tú te has mostrado en todo momento más optimista que yo. A mí me asaltó en seguida una inquietud... Pensé que aquí existe algo malo, perverso, algo que proviene del pasado.
—No las pronuncies de nuevo... —pidió Tommy.
—Que no pronuncie... ¿qué?
—¡Oh! Esas dos palabras que tú sabes.
Tuppence bajó la voz. Acercándose mucho a Tommy, dijo en un susurro:
—¿Mary Jordan?
—Pues sí. En ella estaba pensando.
—También estaba en mi mente, supongo. Pero, ¿qué tiene que ver lo sucedido con lo de por aquí ahora? Nada. Me imagino que nada.
—El pasado no debería tener que ver nada con el presente... Pero en ocasiones, uno se halla íntimamente ligado con el otro, por lazos que no somos capaces de imaginar, que no creemos que puedan existir.
—Según tú, pues, muchas cosas del presente son consecuencia directa del pretérito...
—Sí, es una especie de larga cadena. Con soluciones de continuidad, ciertamente, y sólidos empalmes de vez en cuando.
—Jane Finn y todo lo demás... Como Jane Finn en nuestras aventuras cuando éramos jóvenes y además deseábamos tenerlas.
—Y las tuvimos —dijo Tommy—. A veces, cuando miro hacia atrás, me pregunto cómo pudimos escapar de todo aquello con vida.
—¿Y las otras cosas? ¿Te acuerdas de cuándo nos asociamos, fingiéndonos detectives?
—Nos divertimos lo nuestro —afirmó Tommy—. ¿Te acuerdas?
—No quiero recordar nada. Si me refiero al pasado es por lo que en él pudimos aprender, por lo que supuso para nosotros como ejercicio... Luego, tras aquel episodio, vivimos otra prueba.
—¡Ah! —exclamó Tommy—. La de la señora Blenkinsop, ¿eh?
Tuppence se echó a reír.
—La señora Blenkinsop... Nunca olvidaré aquel momento, cuando entré en la habitación y os vi sentados allí...
—Como tuviste valor, Tuppence, para hacer lo que hiciste? Moviste el guardarropa o lo que fuera aquel mueble y escuchaste la conversación que sostuve con el señor No-sé-qué. Y más adelante...
Tuppence rió de nuevo.
—N o M y «Goosey Goosey Gander».
Tommy se quedó pensativo antes de decir:
—Tú, sin embargo, no irás a sugerirme que todos esos episodios nos han llevado a esto...
—En cierto modo, sí —declaró Tuppence—. Yo me imagino que el señor Robinson no hubiera dicho lo que dijo, o muchas de las cosas que mencionó, de no haber tenido presente ésas. Aludió a mí también...
—Es que tú representas mucho en ellas.
—Pero ahora todo cambia. Estoy pensando en Isaac. Ha sido asesinado. Le hundieron el cráneo a golpes. Precisamente en nuestro jardín.
—¿No pensarás que esto está relacionado con...?
—Es inevitable pensar así —indicó Tuppence—. Eso es lo que quiero decir. Ya no estamos investigando un enigma de tipo detectivesco. Ya no centramos nuestra atención en el pasado para preguntarnos cuál fue la causa de la muerte de una persona hace muchos años. Todo se ha hecho personal. Completamente personal. ¡Pobre Isaac! ¡Muerto!
—Era un hombre muy viejo y probablemente esto ha tenido que ver con su desaparición.
—¿Es que no oíste el informe del médico esta mañana? Alguien deseaba eliminarlo. ¿Por qué razón?
—Si la cosa guarda relación con nosotros dos, ¿por qué no han llevado a cabo la misma intentona? —preguntó Tommy.
—Quizá prueben suerte en tal sentido. Cabe la posibilidad de que él se hallara en condiciones de decirnos algo. Tal vez se disponía a hacernos alguna revelación. Puede ser que amenazara a alguien, advirtiéndole que iba a hablar con nosotros, a confiarnos lo que pudiera saber sobre la joven o uno de los Parkinson. ¿Jugará algún papel aquí el asunto del espionaje de la guerra de 1914? Me refiero a los secretos que fueron vendidos... Y claro, había que obligarle a callar. Pero si nosotros no hubiésemos venido a vivir aquí, si no hubiésemos hecho ciertas preguntas, si no hubiésemos pretendido saber, eso no habría ocurrido.
—No te muestres tan afectada.
—Estoy profundamente afectada. Y lo que haga en lo sucesivo no será ya para distraerme o divertirme. Esto no tiene nada de divertido. Vamos a actuar de un modo diferente ahora, Tommy. Vamos a dar caza a un asesino. ¿Quién es el asesino? Desde luego, no lo sabemos. Pero podemos averiguarlo. Aquí ya no se trata del pasado, sino de ahora. Hablamos de una cosa que sucedió hace unos días, seis días. Hablamos del presente. Fue aquí, está relacionado con nosotros, con esta casa. Y tenemos que descubrir al culpable... Lo descubriremos. No sé cómo, pero alcanzaremos la meta señalada utilizando las pistas de que dispongamos. Me siento como un perro, con el hocico pegado al suelo, olfateando un rastro. Tendrás que convertirte en un perro de caza, Tommy. Habrás de ir de un sitio para otro. Como has estado haciendo hasta ahora. Tendrás que hacer averiguaciones por tu cuenta. Tiene que haber gente por los alrededores que esté informada de determinados hechos, por lo que les ha sido referido... Habrán oído ciertos relatos. Sabrán de algunos rumores, de habladurías...
—Pero, Tuppence, a mí me parece que no se nos ofrece la menor posibilidad de...
—Todo lo contrario, querido —insistió Tuppence—. No sé cómo ni en qué forma, pero creo que cuando uno tiene una idea real, convincente, algo que sabemos que es negro, malo, perverso, y matar al viejo Isaac de unos golpes en la cabeza fue un acto negro, maligno...
Tuppence guardó silencio de pronto.
—Podríamos cambiar el nombre de la casa de nuevo —sugirió Tommy.
—¿Qué quieres decir? ¿Llamarla «Swallow's Nest» en lugar de «Los Laureles»?
Una bandada de pájaros pasó sobre sus cabezas. Tuppence volvió la cabeza, mirando hacia la puerta del jardín.
—«Swallow's Nest» fue el nombre que tuvo en otro tiempo —agregó—. ¿Cómo rezaba el resto de aquella cita? Me refiero a la mencionada por tu investigadora. La Puerta de la Muerte, ¿no?
—No. La Puerta del Destino.
—El Destino. Esto es como un comentario de lo que le ha sucedido a Isaac. La Puerta del Destino... Nuestra Puerta del Jardín...
—No estés tan preocupada, Tuppence.
—No sé por qué... Es una idea que se me ha venido a la cabeza.
Tommy miró a su esposa, confuso.
—«Swallow's Nest» es un bonito nombre, en realidad —declaró ella—. Ha podido serlo. Quizá lo sea algún día.
—Se te ocurren las ideas más extraordinarias, Tuppence.
—«Aunque algo haya imitado el gorjeo de un pájaro.» Así terminaba la cita. Quizá todo esto termine de ese modo.
POCO antes de llegar a la casa, Tommy y Tuppence vieron a una mujer que se encontraba ante la puerta.
—¿Quién será? —inquirió Tommy.
—A esa mujer la he visto antes de ahora —manifestó Tuppence—. ¿Dónde? ¿cuando? No me acuerdo. ¡Ah! Es de la familia de Isaac. Vivían juntos, en la misma casa. Hay en ella tres o cuatro chicos, una muchacha... Claro, puedo estar equivocada.
La mujer dio la vuelta al verles, encaminándose hacia ellos.
—¿La señora Beresford? —preguntó, mirando a Tuppence.
—Si, sí...
—Creo que no me conoce... Soy la nuera de Isaac. Me casé con su hijo, con Stephen. Stephen murió en un accidente. Uno de esos camiones... Uno de los grandes. Fue en una de las carreteras M, la M-2, me parece que fue. La M-I o la M-5. No... Creo que el accidente se produjo en la M-4. De todas maneras... Han pasado cinco o seis años desde aquella fecha. Quería... quería hablar con usted. Usted y... usted y su esposo... —la mujer miró ahora a Tommy—. Ustedes enviaron flores al funeral, ¿verdad? Isaac les hacía algunos trabajos en este jardín, ¿no?
—Sí —respondió Tuppence—. Trabajaba para nosotros aquí. Esto que le ha pasado ha sido algo terrible.
—He venido para darles las gracias. Las flores eran preciosas. De las buenas. Era un ramillete grande, muy hermoso.
—Isaac se merecía eso y más —manifestó Tuppence—. Siempre fue muy servicial con nosotros. Nos ayudó mucho. Nos contó cosas acerca de esta casa, ya que nosotros no sabíamos nada sobre ella. Luego, me enseñó a arreglar el jardín, me dijo cuándo debía plantar los bulbos...
—Si. Conocía bien el oficio. No podía rendir mucho trabajo porque ya tenía muchos años y padecía de lumbago... No podía hacer todo lo que él quería.
—Era muy amable —dijo Tuppence—. Y sabía muchas cosas referentes a este lugar, a sus habitantes.
—Es verdad. Muchos de sus familiares vivieron siempre aquí. Estaban enterados por tal motivo de las cosas que habían sucedido en la localidad al correr de los años. En su mayor parte no las habían vivido, las habían oído contar. Bueno, señora, no quiero entretenerles. Sólo he venido a decirles que les estamos muy agradecidos.
—¡Por Dios! No debía haberse molestado...
—Me imagino que seguirá necesitando de alguien que les arregle el jardín.
—Claro —contestó Tuppence—. Nosotros no estamos en condiciones de ocuparnos de él. ¿Conoce... —Tuppence vaciló, temiendo ser inoportuna con lo que se disponía a decir—, conoce usted a alguien que esté dispuesto a venir a trabajar aquí?
—Así... de pronto... no sé decirle... Pero tendré presentes sus deseos. Nunca se sabe... Le enviaré a Henry... Es mi segundo hijo, ¿sabe? Si puedo solucionarle ese problema le enviaré a mi chico, para que le diga lo que hay. Buenos días...
—¿Cómo se llamaba Isaac? ¿Cuál era su apellido?, quiero decir —inquirió Tommy al entrar en la casa con su esposa.
—Bodlicott, creo. Isaac Bodlicott.
—Ésa es, pues, la señora Bodlicott...
—Sí. La señora Bodlicott es madre de varios hijos. Hay una chica entre ellos. Viven todos en la casa que queda en Marshton Road. ¿Tú crees que sabe quién mató al viejo Isaac? —preguntó Tuppence.
—Yo diría que no —repuso Tommy—. Me dio la impresión de que no sabía una sola palabra en tal sentido.
—No me explico a veces cómo miras a las personas que te rodean —dijo Tuppence—. Es bastante difícil de calibrar eso, ¿no crees?
—Esa mujer ha venido aquí con el solo propósito de darte las gracias por tus flores. No vi en ella nada que me indujera a pensar en un espíritu... vengativo. De abrigar algún rencor, lo habría exteriorizado.
—Es posible que sí y es posible que no —consideró Tuppence.
Esta siguió avanzando en el interior de la casa absorta en sus reflexiones.

CAPÍTULO OCHO

RECUERDOS


A la mañana siguiente, Tuppence fue interrumpida por Albert mientras hablaba con un electricista que había sido llamado para corregir ciertas deficiencias en la instalación de la casa.
—En la puerta hay un chico que desea hablar con usted, señora.
—¿Cómo se llama?
—No se lo he preguntado. Espera ahí fuera.
Tuppence se puso el sombrero que habitualmente usaba para andar por el jardín, bajando la escalera.
En la puerta esperaba un muchacho de doce o trece años, que parecía estar un poco nervioso. No paraba un momento de mover los pies.
—Espero no molestarla —dijo.
—Veamos... Tú eres Henry Bodlicott, ¿eh?
—Si, señora, Bodlicott era mi... Bueno, yo le llamaba tío. Me refiero, claro, al hombre de la encuesta de ayer. Nunca había estado en una encuesta, ¿sabe usted?
Tuppence estuvo a punto de preguntar al chico: «¿Y qué? ¿Te gustó?»
Henry había pronunciado aquellas palabras adoptando una expresión de profunda complacencia.
—Ha sido una tragedia, ¿verdad? —comentó Tuppence—. Una cosa muy
triste.
—Estaba muy viejo ya —dijo Henry—. No creo que hubiese durado mucho tiempo. Cuando llegaba el otoño tosía mucho. Nos mantenía a todos despiertos en la casa por las noches. He venido para preguntarle si quiere usted que le ayude en algo. Mamá me dijo que habían plantado lechugas y que andaban necesitadas de una cava. Bueno, lo primero ya lo sabía porque el viejo Izzy trabajaba aquí y le hacía compañía mientras trabajaba. Podría ocuparme de eso, si le parece bien.
—Eres muy amable, Henry. Vamos a ello.
Los dos echaron a andar por el jardín, dirigiéndose hacia el sitio en que estaban las lechugas.
—La verdad es que fueron plantadas muy juntas —declaró el chico—. Siempre se deja más espacio entre ellas, para poder trabajar.
—Yo no sé nada de estas cosas —confesó Tuppence—. Tengo algunos conocimientos sobre flores. De guisantes, coles y lechugas no entiendo una palabra. Supongo que no te interesará trabajar en mi jardín de un modo fijo.
—No, porque voy todavía al colegio. Generalmente, me ocupo de la distribución de los periódicos y también, al llegar el verano, trabajo en la recolección de la fruta.
—Ya. Bueno, si sabes de alguien que pueda sentirse interesado por esto, dímelo. Me harás un favor.
—Sí, señora.
Tuppence se entretuvo observando las manipulaciones de Henry en la parcela de las lechugas.
—Están muy bien. Esta clase se conserva perfectamente durante bastante tiempo. Son lechugas tempranas, de hojas muy tiernas y sabrosas.
—Bueno chico. Pues muchas gracias —dijo Tuppence.
Ésta dio media vuelta, encaminándose hacia la casa. De pronto, notó que no llevaba su pañuelo y regresó al sitio en que había estado hablando con Henry, quien había echado a andar hacia la puerta del jardín.
—Mi pañuelo... ¡Oh! Está ahí, al pie de ese macizo...
Henry cogió el pañuelo, entregándoselo a su dueña, tras lo cual se quedó con la vista fija en ella, restregando nerviosamente las suelas de sus zapatos contra el suelo.
Parecía estar preocupado, molesto. Tuppence se preguntó qué podía pasarle.
—¿Ocurre algo, Henry?
El chico intensificó sus restregones de suelas contra la tierra, cogiéndose la nariz con dos dedos y frotándose la oreja izquierda.
—Es que yo... Quería saber... Quiero saber... No sé si usted no tomaría a mal que yo le preguntara...
—¿Y bien?
Tuppence miró al chico inquisitivamente.
Henry se puso como la grana y continuó con sus movimientos de pies.
—No me gusta preguntárselo... No me gusta, pero... La gente ha estado diciendo cosas... Yo les he oído decir...
—¿Qué?
Tuppence se preguntó qué podía haber puesto tan nervioso a Henry, qué podía haber oído referente a su vida y a la de su marido, a los nuevos ocupantes de «Los Laureles».
—¿Qué has oído decir?
—Pues... que usted es la señora que detenía a espías o sospechosos durante la última guerra. Su esposo también lo hizo... Se dice que detuvieron a un espía alemán, quien se hacía pasar por otra persona, que tuvieron muchas aventuras y que al final todo se aclaró. O sea, que ustedes... No sé cómo llamarlo... Sí. Me figuro que eran del Servicio Secreto... Todo el mundo asegura que eran unos agentes maravillosos. Desde luego, eso fue hace mucho tiempo. Yo sé... yo sé que tuvieron que ver con un asunto referente a una canción infantil.
—Es verdad. Lo que tú dices se relaciona con la canción titulada Goosey Goosey Gander.
—¡Goosey Goosey Gander! La recuerdo. Es muy antigua, ¿no? Habla de un ganso... Es estupendo esto de tenerles a ustedes viviendo aquí, entre nosotros, como otras personas corrientes. Ahora, no me explico qué papel podía representar en uno de esos casos suyos una canción infantil...
—Era una especie de código, una cifra —explicó Tuppence.
—¿Un mensaje que puede leerse o interpretarse, quiere usted decir? —preguntó Henry.
—Algo así. Aquello quedó completamente aclarado en su día.
—Bueno, ¡es estupendo! —repitió Henry—. ¿No le importa que le cuente esto a mi amigo? Se llama Clarence. Es un nombre muy tonto, ¿verdad? Siempre nos hemos reído de él por eso. Pero Clarence es un buen chico y se sentirá tan emocionado como yo cuando se entere de que ustedes dos realmente habitan entre nosotros.
Henry fijó los ojos en el rostro de Tuppence con la devoción que hubiera podido evidenciar un perrito casero.
—¡Es maravilloso! —insistió.
—Bien. De eso hace ya mucho tiempo. Esas cosas, Henry, ocurrieron por el año 1940 y siguientes.
—¿Se divertían ustedes o estaban asustados?
—Las dos cosas a un tiempo, pequeño —dijo Tuppence—. Yo diría que estuvimos más bien asustados.
—Es natural, creo yo. Lo raro, sin embargo, es que hayan venido aquí a ocuparse de un asunto parecido... Aquél fue un hombre de la Armada, ¿no? Se decía inglés, presentándose como comandante de la marina de guerra. Pero esto era falso. Tratábase de un alemán. Esto es, al menos, lo que Clarence me dijo.
—Algo de eso ocurrió, sí —manifestó Tuppence.
—Entonces, por el mismo motivo habrán venido aquí. Es que en este lugar sucedió algo semejante... Hace mucho, mucho tiempo... Pero era igual que lo otro, podría afirmarse. Se habló de un oficial submarinista que vendió los planos de un nuevo tipo de sumergible... Bueno, todo esto se lo he oído contar a la gente.
—Pues no, Henry. No es el asunto que acabas de mencionar lo que a nosotros nos ha traído aquí. Vinimos a este lugar porque en él compramos una casa a nuestro gusto. He tenido noticia ya de esos rumores, pero no estoy enterada con exactitud de lo que pasó.
—Intentaré contárselo todo alguna vez, señora. Claro, uno no puede saber siempre qué es verdad y qué es mentira... Frecuentemente, las cosas no son bien conocidas.
—¿Y cómo se las arregló tu amigo Clarence para estar tan bien informado?
—Se lo oyó contar todo a Mick, ¿sabe usted? Vivió aquí durante algún tiempo, en una casa que queda donde se hallaba establecido el herrador. Oyó decir la misma historia a diferentes personas. Y nuestro tío, el viejo Isaac , sabía mucho de ella. Nos contaba cosas a veces...
—Sabía mucho, ¿eh? —recalcó Tuppence.
—¡Oh, sí! Por eso me pregunté si le habrían atacado por tal motivo. Alguien pudo pensar que sabía demasiado y que se lo había contado todo a ustedes. Entonces, decidieron matarlo... Es lo que hacen hoy: matar a los que saben mucho por temor de que lo que se diga llegue a oídos de la policía...
—¿Tú crees realmente que el pobre tío Isaac sabía tanto del asunto?
—Había oído hablar en un sitio y otro. Él no se refería al caso a menudo, sino en ocasiones aisladas. Se explayaba mientras fumaba una pipa, o cuando nos oía charlar a Charlie y a mí, con Tom Gillingham, mi otro amigo. Tío Izzy nos contaba entonces esto, lo otro y lo de más allá. Desde luego, nosotros no sabíamos si se inventaba o no algunas cosas. Pero yo creo que él había descubierto algo, que había dado con algo. Y solía decir que si ciertas personas hubieran sabido dónde se hallaban determinadas cosas podía ocurrir algo interesante.
—¿Sí? —inquinó Tuppence—. Bueno, pienso en lo que acabas de indicarme también tiene su interés. Esfuérzate, Henry, a ver si consigues recordar algunas de las cosas que tío Isaac te refirió o sugirió. Esto podría llevarnos a descubrir quiénes le mataron, ¿comprendes? Porque tío Isaac fue asesinado. Lo suyo no fue un accidente.
—Nosotros pensamos al principio que lo había sido, que murió accidentalmente. Padecía del corazón, me parece, y de vez en cuando sufría desmayos, se mareaba. Luego, comprendimos... después de la encuesta... ¿comprende?... que lo habían asesinado, seguramente.
—Sí. Eso es lo que yo pienso —declaró Tuppence.
—¿Y usted sabe por qué? —inquirió Henry, ingenuamente.
Tuppence se quedó mirando fijamente al chico. Se vio a sí misma y a Henry como dos perros policíacos que anduvieran olfateando el mismo rastro.
—Creo que fue un asesinato, por supuesto. A los dos nos gustaría saber quién cometió un acto tan bárbaro. Era un miembro de tu familia, Henry. Claro que bien puede ser que tú te hayas forjado ya alguna idea sobre el particular...
—No tengo ninguna idea sobre eso —contestó Henry—. Uno ha oído ciertas cosas, sencillamente... Me acuerdo de lo que tío Izzy había dicho a veces: que de vez en cuando lo habían buscado... Él aseguraba que era porque sabía bastante sobre «ellos» y lo que sucediera aquí... Lo malo es que todo se refería siempre a gente de muchos años atrás, que ya había muerto, de la que no es fácil acordarse...
—Bueno, Henry: creo que tú estás en condiciones de ayudarnos —dijo Tuppence.
—¿Quiere usted decir que yo podría trabajar con ustedes?
—Sí. Siempre que fueses capaz de guardar silencio sobre lo que vayamos averiguando. No puedes contar a tus amigos todo lo que veas, ya que si se divulgan ciertas cosas nos será imposible lograr nuestro propósito.
—Ya. Porque entonces los que mataron a tío Izzy la buscarían a usted y al señor Beresford, ¿no?
—Puede ser —confirmó Tuppence—. Yo, naturalmente, preferiría que no fuese así.
—Es lógico, señora —dijo Henry—. Bueno, pues si doy con algo u oigo contar alguna cosa me presentaré aquí para trabajar en el jardín. ¿Qué le parece? Después, le diré lo que sepa y nadie podrá escuchar nuestra conversación... Ahora no sé nada, sin embargo. Pero tengo amigos —Henry adoptó una actitud especial, observada, seguramente, en alguno de sus ídolos de la televisión—. Con todo, sé algunas cosas. Y la gente lo ignora. Creen que no escuchaba en cierto momento, que no puedo recordar, por tanto. Ya sabe usted lo que pasa... Si uno se calla a tiempo, puede quedar bien informado. Y en este asunto todo tiene su importancia, ¿no?
—Sí, Henry. Todo es importante. Pero debemos tener mucho cuidado. Me comprendes?
—Desde luego. Seré prudente... Él sabía mucho acerca de este lugar —dijo el chico—. Me refiero a tío Isaac.
—¿Hablas de la casa o del jardín?
—El conocía algunas de las historias que circulaban por ahí. Sabía a donde iba la gente, lo que hacía, dónde se reunía. Estaba también al tanto de algunos escondites... Hablaba mucho, a veces. Mamá no lo escuchaba, casi. Consideraba sus palabras tonterías. Johnny, mi hermano mayor, procedía igual. Pero yo le escuchaba. Yo y Clarence nos interesamos por esta clase de cosas. A él le gustan mucho las películas policíacas y las de espionaje. Me decía: «Esto es como en el cine». Y nosotros, luego, hablábamos y hablábamos de todo ello.
—¿Oíste alguna vez a tu abuelo mencionar el nombre de Mary Jordan? —¡Oh, sí, claro! Era la espía alemana, ¿no? Gracias a su amistad con algunos oficiales de la Armada obtenía secretos.
—Algo de eso había —contestó Tuppence, estimando más seguro ceñirse a aquella versión y pidiendo perdón mentalmente al espíritu de Mary Jordan.
—Sería muy guapa, ¿verdad?
—Pues no lo sé, Henry —repuso Tuppence—. Esa mujer murió cuando yo contaba unos tres años de edad.
—Tenía que serlo. Todas las espías lo son. He oído hablar de ella muchas veces, señora.


Te noto muy excitada, Tuppence —dijo Tommy al ver a su esposa entrar en la casa un poco jadeante, vestida todavía con las ropas que se ponía para trabajar en el jardín.
—Lo estoy, en efecto, Tommy.
—No habrás estado trabajando más de la cuenta, ¿eh?
—No. Lo cierto es que no he hecho ningún ejercicio físico. Estuve junto a la parcela de las lechugas, hablando con... Tuppence hizo una pausa. ¿Con quién hablaste, querida?
—Con un chico.
¿Se te ha ofrecido para trabajar en el jardín?
—No fue eso tan sólo... Me hizo patente su admiración.
¿Le ha gustado el jardín?
—El sujeto de su admiración, querido, era yo.
¿Tú?
—No te sorprendas —dijo Tuppence—. Las bonnes bouches suelen entrar en funciones cuando menos lo esperas.
—¿Qué es lo que el chico admiraba en ti? ¿Tu belleza? ¿Tu atuendo de jardinera?
—Mi pasado.
—¡Tu pasado!
—Sí. El chico se sintió emocionado al saber que yo era la mujer que había desenmascarado a un espía alemán durante la última guerra. Habló de cierto falso comandante de la Armada retirado...
—¡Vaya! N o M de nuevo. Querida: ¿es que tendremos que llevar siempre eso a rastras?
—¿Y por qué ha de ser olvidado? De haber sido en nuestra vida activa unos famosos actores nos gustaría que la gente nos recordara, ¿no?
—Te entiendo.
—Nuestra experiencia, por otra parte, nos ha de ser muy útil con referencia a lo que intentamos hacer aquí.
—Has dicho que se trataba de un chico... ¿De qué edad?
—Estará entre los diez y los doce años. Aparenta tener diez, pero me figuro que tiene doce. Y cuenta con un amigo llamado Clarence.
—¿Y qué?
—El y Clarence son inseparables y les gustaría estar a nuestro servicio. Quieren hacer indagaciones para contarnos más tarde lo que vayan averiguando.
—¿En qué cosas pensaba concretamente ese chico?
—Se ha mostrado bastante locuaz y nada concreto. No terminó muchas de sus frases.
—Entonces, ¿cómo?
—El chico, Tommy, se refirió a cosas que ha estado oyendo contar a menudo por aquí.
—¿Cuáles? —insistió Tommy.
—No se trataba de nada directo. Eran hechos de tercera, cuarta, quinta o sexta mano, ¿comprendes? Se refirió también a lo que había oído decir Clarence y el amigo de Clarence, Algernon. Algernon, a su vez, hablaba de lo oído por Jimmy...
—Basta, basta. Ya está bien. ¿Y qué es, concretamente, lo que han oído contar?
—Me haces una pregunta de difícil respuesta. Te contestaré por simple deducción. Esos chicos desean participar en la tarea que hemos venido a llevar a cabo aquí.
—Y que consiste en...
—El descubrimiento de algo importante. Algo que todo el mundo supone que está escondido aquí.
—¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Circulan diferentes historias en lo tocante a esos puntos. Tienes que admitir que la labor no puede resultar más interesante. Tommy, pensativo, dijo que sí, que tal vez...
—Todo guarda relación con el viejo Isaac —declaró Tuppence—. Estimo que Isaac sabía muchas cosas que podría habernos revelado.
—Y tú crees que Clarence y... ¿Cuál es el nombre del otro chico?
—Lo recordaré dentro de un minuto. Acabé armándome un lío con ese tan altisonante de Algernon y los otros ordinarios de Jimmy, Johnny y Mike.
Hubo una pausa.
—¡Chuck! —exclamó Tuppence de pronto.
—¡Qué nombre tan raro!
—Su nombre real es Henry, pero sus amigos le llaman Chuck. Bueno, Tommy, lo que yo quiero decirte es que tenemos que seguir en ese asunto, especialmente ahora. ¿Piensas tú lo mismo?
—Sí.
—Me lo figuraba. No porque me hubieras insinuado algo. Tenemos que seguir adelante con todo y te diré por qué. Por Isaac, principalmente. Por Isaac. Alguien le mató. Le mataron porque sabía algunas cosas. Conocía detalles, datos que seguramente significaban un peligro para otra persona. Y tal tarea entrañará peligros también para nosotros.
—¿Y tú no crees que todo pueda ser uno de esos episodios que tanto se dan ahora? Me refiero al gamberrismo de ciertos jóvenes. En todas partes operan pandillas de chicos que se ensañan con todo. Y si atacan a una persona prefieren incluso que sea de edad, para que no pueda oponerles la menor resistencia.
—He pensado en lo que tú señalas. Pero no creo que éste sea un simple caso de gamberrismo. Yo presiento que por aquí hay algo especial... ¿Escondido? Ignoro si es ésta palabra la más atinada. Debe existir alguna cosa que proyecte luz sobre un episodio del pasado. Quizá se trate de algo dejado aquí, puesto aquí o dado a alguien para que lo conservara en este lugar. Este alguien pudo morir o depositarlo en alguna parte. Es una cosa cuyo descubrimiento no interesa. Isaac lo sabía y le dio miedo, sin duda, decírnoslo... Se hablaba ya aquí de nosotros. Todos saben que hemos actuado como agentes del servicio de contraespionaje y que éramos famosos, que habíamos conquistado una reputación en tal terreno. Tenemos, luego, lo de Mary Jordan...
—Mary Jordan no murió de muerte natural —murmuró, ensimismado, Tommy.
—Y el viejo Isaac fue asesinado. Tenemos que averiguar quién lo mató y por qué.
—Tienes que andar con mucho cuidado, Tuppence —contestó Tommy—. Debes hacer honor a tu nombre y ser prudente. Si alguien mató al viejo Isaac porque se figuró que pensaba hablar de ciertas cosas del pasado, de las que por una razón u otra se hallaba informado, puede que el mismo personaje te aceche cualquier noche en una esquina con el deseo de eliminarte. Nadie echaría las campanas al vuelo ante un suceso de este tipo. Éste sería considerado como uno de tantos hechos raros como se dan en nuestros días.
—Desde luego, no sería la primera anciana tratada salvajemente por unos desaprensivos. Tienes razón, Tommy. A tales resultados, infortunados, ciertamente, llega una por tener los cabellos grises y no poder andar como es debido por culpa de un artritismo incipiente. Soy una pieza fácil para cualquier cazador. Tengo que obrar con la máxima cautela. ¿No crees que sería conveniente proveerme de una pequeña pistola?
—No, no lo creo oportuno —repuso Tommy, convencido.
—¿Por qué? ¿Piensas que podría cometer algún error grave?
—Considero la posibilidad de que se te enreden los pies en las raíces de un árbol, por ejemplo. Si te caes llevando encima un arma de fuego corres el peligro de que se te dispare. La pistola, entonces, te serviría para todo, menos para protegerte.
—¿Me consideras capaz de cometer una estupidez semejante?
—Pues sí. Muy capaz —contestó Tommy, sin vacilar.
—Podría llevar encima una navaja de resorte —sugirió Tuppence.
—Yo creo que lo mejor es que no lleves nada —dijo Tommy—. Tú procura adoptar un aire inocente y centrar tus charlas con los demás en el tema de la jardinería. Ve diciendo por ahí que la casa no nos gusta, que pensamos irnos a vivir a otro sitio. Supongo que esto es ahora lo mejor.
—¿A quién he de decírselo?
—A todos los que hablen contigo. Ya verás cómo se difunden en seguida tus palabras.
—Aquí se sabe todo inmediatamente —comentó Tuppence—. Es muy fácil en este lugar poner una habladuría en circulación. ¿Vas a adoptar tú, Tommy, el mismo proceder?
—Más o menos. Yo diré, por ejemplo, que la casa nos ha agradado menos de lo que nos figurábamos en un principio.
—Pero tú quieres también que sigamos adelante con el caso, ¿no es así? —inquirió Tuppence.
—Sí. Estoy tan metido en él como tú.
—¿Has pensado en lo que vas a hacer?
—Continuar con lo que llevo entre manos actualmente. ¿Y tú, Tuppence? ¿Tienes algún plan?
—Sí, pero sin perfilar. Tengo unas cuantas ideas. Antes de nada, he de sacarle a ese chico algo más. ¿Cómo dije que se llamaba?
—Primero hablaste de Henry y después de Clarence...

CAPÍTULO NUEVE

LA BRIGADA INFANTIL


Tommy partió para Londres y Tuppence anduvo vagando luego por la casa, intentando concentrar su atención en una actividad particular prometedora de buenos resultados. Pero aquella mañana, al parecer, no se le ocurría ninguna idea aprovechable.
Con la impresión de que regresaba al principio de todo, subió a la habitación de los libros, paseando la vista distraídamente por los lomos de varios volúmenes. Tenía ante ella libros infantiles, muchos libros para niños, sí, pero no daba con nada que pudiera conducirla un poco más lejos. Estaba segura ya de haberlos visto todos. No había encontrado nuevos secretos de Alexander Parkinson.
Paseaba sus dedos, ensimismada, por sus cabellos, frunciendo el ceño ante un estante que albergaba obras sobre teología, de encuadernaciones un tanto deterioradas, cuando se presentó allí Albert.
—Abajo quieren verla, señora.
—¿Quién?
—Son unos chicos... Hay una chica entre ellos creo. Supongo que andarán buscando suscriptores para alguna revista.
—¿No le dieron nombres? ¿No le explicaron nada?
—Uno de ellos dijo que era Clarence, que ya tenía usted noticias de él.
—¡Ah! Clarence...
Tuppence se quedó en actitud pensativa durante unos momentos. ¿Era esto el fruto del día anterior? Bueno, nada perdía siguiendo el hilo de aquel encuentro...
—¿Está el otro chico aquí también? Me refiero al que estuvo hablando conmigo ayer en el jardín.
—No lo sé. Todos se parecen. En cuanto a su aspecto, a su desaseo.
—Bien. Vamos allá.
Una vez en la planta baja, Tuppence se volvió inquisitivamente hacia Albert. Éste comprendió perfectamente su pregunta sin que llegara a formularla.
—¡Oh!—No les hice pasar. No me he fiado de ellos. Puede perderse algo... están en el jardín. Me encargaron que le dijera a usted que se encontraban junto a la mina de oro.
—¿Junto a dónde?
—Junto a la mina de oro.
—¡Ah! —exclamó Tuppence.
—¿Dónde puede ser eso?
Tuppence extendió un brazo, señalando.
—Hay que dejar el macizo de rosas y luego torcer a la derecha, por el sendero de las dalias. Por allí hay agua. No sé si es un pequeño canal o si hubo en otro tiempo un estanque lleno de carpas doradas. Déme mis botas altas, Albert, y también un impermeable, por si voy a parar a algún charco.
—En su lugar, señora, yo me pondría el impermeable. No tardará en llover.
—¡Qué fastidio! Venga lluvia y más lluvia.
Tuppence salió al jardín, enfrentándose con una verdadera delegación juvenil. Habría allí, según sus cálculos, de diez a doce chicos de diferentes edades. Figuraban entre ellos dos muchachas de largos cabellos. Todos daban muestras de una gran excitación. Uno de los muchachos dijo a Tuppence, que se les acercaba:
—¡Aquí viene! Ella es, sí. Bueno, ¿quién es el que va a hablar? Adelante, George. Tú eres siempre el que habla en estas ocasiones.
—No os vayáis ahora, ¿eh? Hablaré yo —anunció Clarence.
—Tú cállate, Clarrie. Sabes muy bien que tienes la voz débil. Además, acabarás tosiendo si tomas la palabra.
—Bueno, que sepas que esto es cosa mía. Yo...
—Buenos días a todos —dijo Tuppence—. Habréis venido a verme por algo, ¿no? ¿De qué se trata?
—Tenemos algo para usted —anunció Clarence—. Una información. Esto es lo que anda buscando por aquí, ¿verdad?
—Depende... —contestó Tuppence—. ¿A qué información quieres referirte?
—No es sobre el presente. Está relacionada con cosas de hace muchos años.
—Es una información histórica —declaró una de las chicas, que parecía ostentar la jefatura intelectual del grupo—. Resulta de gran interés en el caso de que esté usted efectuando investigaciones sobre el pasado.
Tuppence decidió soslayar un poco el tema, de momento.
—¿Qué habéis dicho que es este sitio en que estamos?
—Una mina de oro.
—¿Hay oro aquí?
Tuppence miró a su alrededor.
—Esto, en realidad, es un estanque de carpas doradas  —explicó uno de los chicos—. Bueno, había carpas doradas en otro tiempo aquí, con muchas colas, procedentes del Japón o de no sé dónde. ¡Era muy bonito! Eso ocurría en tiempos de la señora Forrester, es decir... hace... hace diez años.
—Veinticuatro años —corrigió una de las muchachas.
—Sesenta años —dijo alguien con voz muy débil—, o casi setenta años. Había muchas carpas doradas. Muchísimas. Dicen que valían mucho dinero. Algunas se morían. A veces se devoraban entre sí. Las muertas se quedaban flotando, ¿sabe usted?
—Bien —medió Tuppence—. ¿Qué deseabais decirme acerca de ellas? Aquí no se ven carpas doradas.
—No. Es una información —declaró la chica intelectual.
Oyóse un coro de alteradas voces. Tuppence levantó una mano.
—Todos al mismo tiempo, no —indicó—. Que hable uno solo. O dos todo lo más. ¿A qué viene todo esto?
—Se trata de algo que usted debía conocer, quizá, sobre los sitios en que estaban las cosas escondidas antes. Hablamos de cosas escondidas en otro tiempo y que tenían mucha importancia, según decían.
—¿Y cómo os habéis enterado vosotros de su existencia? —inquirió Tuppence.
La pregunta provocó otro coro de réplicas. No era fácil entender las palabras de aquellos pequeños.
—Fue Janie.
—Fue el tío de Janie, el tío Ben —explicó una voz.
—No. Fue Harry... Sí, fue él. Mejor dicho: Tom, el primo de Harry. Se lo dijo su abuela. Y a la abuela se lo contó Josh. Sí. Yo no sé quién era Josh. Me figuro que Josh era su marido. No, no era su marido. Era su tío.
—¡Dios mío! —exclamó Tuppence.
Miró a un lado y a otro de la pequeña y gesticulante multitud, escogiendo a uno de sus componentes.
—Clarence —dijo—. Tú eres Clarence, ¿no? Tu amigo me habló de ti. ¿Qué es lo que tú sabes y a qué habéis venido aquí, concretamente?
—Bueno... Si usted desea averiguar algo tendrá que ir al PPC.
—Tengo que ir... ¿a dónde?
—Al PPC.
—¿Y qué es el PPC?
—¿No lo sabe? ¿No se lo ha dicho nadie? El PPC es el Pensioner's Palace Club, el club de los jubilados.
—¡Oh! —exclamó Tuppence—. Me parece un lugar muy interesante. Será un local grande...
—No es grande —explicó un chico de unos nueve años—. No tiene nada de grande. En él se reúnen hombres y mujeres de muchos años, que hablan de todo. Algunos dicen que cuentan muchas mentiras. Como conocieron la guerra y los tiempos que vinieron después... Hablan de todo, sí.
—¿Dónde está el PPC? —preguntó Tuppence.
—Al final del poblado, camino de Marton Cross. A los pensionistas les dan un tíquet para que puedan entrar allí. Juegan al bingo y a otras cosas. Se divierten. Algunos de esos jubilados son muy viejos. Los hay ciegos y sordos... Claro, les gusta reunirse...
—Me gustaría hacerles una visita —declaró Tuppence—. ¿A qué hora se puede ir allí?
—Cualquier hora es buena, supongo, pero por la tarde es mejor. Sí. Es cuando les gustan más las visitas. Por la tarde, ¿eh? Cuando saben que alguien va a hacerles una visita adornan más el té: ponen bizcochos, patatas fritas, cosas así... ¿Qué decías tú, Fred?
Fred dio un paso adelante. En seguida hizo una solemne reverencia al situarse frente a Tuppence.
—Me sentiré muy feliz —manifestó a continuación— si me permite acompañarla. ¿Qué le parece a las tres y media de esta tarde?
—¿Tenías que ser tú? —dijo Clarence.
—Iré al club con mucho gusto —contestó Tuppence. Ésta se quedó contemplando el agua—. No sabéis lo mucho que siento que no haya carpas doradas ya aquí.
—¡Si hubiera usted visto las de cinco colas! Eran preciosas, aquí se cayó una vez un perro: el de la señora Faggett.
El que se había expresado en tales términos se vio inmediatamente contradecido.
—Se llamaba Follyo. No: Fagot...
—Era Foliat.
—No seáis tontos. Era otra persona, una señorita francesa...
—¿Se ahogó el perro? —quiso saber Tuppence ahora.
—No, no se ahogó. Era solamente un cachorro, ¿sabe? La madre, muy afectada, tiró con los colmillos del vestido de la señorita francesa... La señorita Isabel estaba en el huerto, cogiendo manzanas y la madre del perro le tiró del vestido para hacerla venir aquí. La señorita Isabel, al ver que el cachorro se ahogaba, se metió en el estanque y lo sacó. Se dio un baño y ya no pudo volver a ponerse aquel vestido.
—¡Santo Dios! —exclamó Tuppence—. ¡La de cosas que han ocurrido aquí! Perfectamente. Esta tarde me encontraréis preparada para hacer esa visita. ¿Qué os parece si venís dos o tres de vosotros a buscarme para trasladarnos luego juntos al PPC?
—¿Quiénes van a ser esos tres? Todos se pusieron a dar voces.
—Yo... yo... yo...
—Betty, no. Betty no debe ir. Ya fue el otro día... Quiero decir que fue al cine, con su grupo, el otro día. No va a ir ahora de nuevo a...
—Bien —dijo Tuppence—. Decidid eso vosotros. Yo os espero aquí a las tres y media.
—Espero que le parezca interesante la visita al club —manifestó Clarence.
—Es de un gran interés histórico —declaró con firmeza la intelectual.
—¿Quieres callarte de una vez, Jane? —dijo Clarence. Inmediatamente, se volvió hacia Tuppence—. Janet es así siempre —indicó a manera de explicación—. Janet asiste a las clases de la escuela superior y presume de eso a cada paso, ¿comprende? Nuestro colegio le ha parecido siempre poco. Ella tiene que destacar como sea...


Finalizada la comida, Tuppence se preguntó si los acontecimientos de la mañana darían lugar a algo nuevo. ¿Se presentarían allí en realidad algunos de los chicos con objeto de acompañarla hasta el PPC? ¿Existía realmente algo como el PPC en la localidad, o se trataba de una cosa inventada por aquellos jovencitos? Tuppence decidió esperar, por si lo proyectado se concretaba en una experiencia positiva.
La delegación juvenil fue puntual, sin embargo. El timbre de la puerta sonó a las tres y media. Tuppence abandonó su sillón junto a la chimenea, poniéndose un sombrero impermeable, pues creía que no tardaría en empezar a llover. Albert hizo acto de presencia para acompañarla hasta la puerta principal.
—No me parece bien que salga usted sola, señora —murmuró al oído de Tuppence.
—Albert —dijo ella—: ¿hay aquí verdaderamente un sitio de reunión como ese PPC de que me hablaron los críos? Tiene que ver con los pensionistas, tengo entendido.
—Sí, sí que lo hay. Me parece que empezó a funcionar hace unos tres años. El local queda un poco más allá de la rectoría, torciendo a la derecha. Se trata de una fea construcción, pero los viejos se encuentran a gusto en ella. Todo el mundo puede ir por allí... Sus visitantes se distraen jugando o leyendo y un grupo de damas se ocupa de mantenerlo todo en orden, de la administración. De vez en cuando hay conciertos. Es, concretamente, una institución fundada para los ancianos. Hay allí personas muy viejas, la mayor parte de ellas sordas y con otros achaques físicos.
Fue abierta la puerta de la casa. Janet, por su preparación intelectual, se había situado en primer lugar. Detrás de ella estaña Clarence. Seguía al mismo un chico alto que bizqueaba un poco los ojos, quien respondía, al parecer, al nombre de Bert.
—Buenas tardes, señora Beresford —dijo Janet—. Todos nos sentimos complacidos porque se haya decidido a venir. Creo que le convendría llevar consigo un paraguas. El boletín meteorológico de hoy prevé mal tiempo.
—Yo tengo que hacer un recado y he de seguir en la misma dirección que ustedes —anunció Albert—. Les acompañaré, pues, en la primera parte del camino.
Tuppence pensó que Albert, una vez más, adoptaba un aire protector. No le parecía mal, pero se dijo que Janet, Bert y Clarence no podían constituir un peligro para ella. EÍ paseo tuvo una duración de veinte minutos. Llegados a la puerta del edificio rojo que constituía su meta, fueron recibidos por una señora muy corpulenta que contaría unos setenta años de edad.
—¡Ah! Tenemos visitantes. Me alegro mucho de que haya venido, amiga mía —la mujer dio a Tuppence unas palmaditas en el hombro— Sí, Janet, muchas gracias. Por aquí. Sí. Ninguno de vosotros tiene necesidad de esperar aquí, a menos que lo deseéis.
—Bueno, yo creo que los chicos se sentirían desilusionados si no los dejaran aguardar aquí para ver en seguida qué sale de todo esto —declaró Janet.
—En estos momentos somos pocos ahí dentro. Creo que es mejor para la señora Beresford. Podremos estar más tranquilas, Janet: ¿quieres ir a la cocina y decirle a Mollie que a partir de este momento puede servir el té cuando quiera?
Tuppence no había ido a tomar el té a aquel sitio, pero tenía que resignarse. Acto seguido, casi inmediatamente, fue servido el mismo. Era un té muy flojo, acompañado de unos bizcochos y varios bocadillos que contenían una especie de pasta más bien desagradable, con un leve sabor a pescado.
Un anciano de larga barba, cuya edad fue fijada mentalmente por Tuppence en los cien años, fue a sentarse junto a ella.
—Me parece que soy el más indicado aquí dentro para hablar en primer lugar, señora —dijo el viejo—. Nadie me gana en años aquí y, por tanto, nadie sabe tantas historias como yo sobre los viejos tiempos. ¡Oh! Aquí han pasado muchas cosas, ¿sabe?
Tuppence se apresuró a contestar, antes de que el viejo abordara otro tema sin interés para ella.
—Tengo entendido que este lugar, desde luego, ha sido escenario de interesantes sucesos, no ya en la última guerra, sino en la anterior, y hasta en fechas anteriores. No creo que sus memorias les permitan remontarse tanto en el tiempo. Hay un tope, lógicamente, para eso: el de la misma edad. Ahora bien, supongo que habrán oído contar cosas a otros familiares y amigos o conocidos ya entrados en años.
—Es verdad, señora, es verdad —manifestó el viejo—. Yo mismo sé de hechos del pasado por lo que me contó mi tío Len. ¡Oh! Era un gran tipo mi tío Len. Sabía mucho. Estaba al tanto de lo que se tramaba secretamente. Sabía lo que pasaba en la casa del muelle antes de la última guerra. Una mala agrupación... Eran un puñado de faquistas...
—Fascistas —corrigió una de las ancianas, de muy buen ver todavía, con los cabellos muy blancos, que llevaba una pañoleta en torno al cuello, que nada la favorecía.
—Bueno. Fascistas, si a usted le gusta así. ¿Qué más da? Eran fascistas, como aquel individuo italiano... ¿cómo se llamaba?... ¡Mussolini! Ese tipo hizo mucho daño aquí. Celebraban reuniones. Un hombre llamado Mosley fue quien empezó todo...
—Pero en la primera guerra hubo por aquí una joven llamada Mary Jordan, ¿no? —preguntó Tuppence, quien ignoraba si resultaba acertada la consulta en aquel momento de la charla.
—¡Ah, sí! Dicen que era muy guapa. Sí. Se dedicaba a sacarles secretos a marinos y soldados.
Una anciana empezó a cantar con voz muy aflautada:

«No está en la Armada, no está en el Ejército,
Pero es el hombre que me conviene.
o está en la Armada, no está en el Ejército,
Está en la ¡Real Artillería!»

El viejo quiso aportar otra parte de la letra de la canción:

«Hay un largo camino hasta Tipperary,
Hay mucho camino que andar.
Hay un largo camino hasta Tipperary,
Y el resto del mismo nos es desconocido.»

—Ya está bien, Benny, ya está bien —dijo una mujer de expresión un tanto grave, quien parecía ser su esposa o su hija.
Otra anciana cantó con voz temblorosa:

«Todas las chicas guapas aman a un marinero,
Todas las chicas guapas aman a un hombre de mar,
Todas las chicas guapas aman a un marinero,
Y todos sabéis cómo son los marineros.»

—Cállate ya, Maudie. Ya nos cansa esa canción. Procuremos ahora contar algo a esta dama —dijo tío Ben—. Démosle alguna información. Ha venido aquí para eso, ¿no? Ella quiere saber dónde Fue escondida esa cosa alrededor de la cual se armó tanto barullo, ¿no es cierto, señora? Y todo lo demás...
—Sus palabras me parecen muy interesantes —contestó Tuppence, animándose—. ¿Fue escondido algo en esta localidad?
—Sí, sí. Claro que eso es anterior a mi época, pero oí hablar de ello. Fue antes de 1914. Las palabras han pasado de una persona a otra. Nadie sabía exactamente de qué se trataba ni por qué reinó tanta excitación...
—Fue algo que tuvo que ver con las regatas —explicó una anciana—. Me refiero a las de Oxford y Cambridge. A mí me llevaron a ver una, cierto año. Fui a Londres, visité sus puentes... ¡Oh! Viví un día maravilloso. Oxford ganó por un largo...
—Estáis diciendo muchas tonterías —dijo una mujer de grisáceos cabellos y expresión severa—. Vosotros no sabéis una palabra de todo eso. Yo estoy más informada que vosotros, pese a que eso sucedió mucho tiempo antes de que yo naciera. Me lo contó mi tía-abuela Mathilda, quien conoció el relato de labios de su tía Lou. Y aquello databa de cuarenta años atrás con respecto a ellas. Circularon habladurías; la gente no cesaba de buscar por todas partes. Alguna gente creyó que se trataba de una mina de oro, ¿sabe? Hablábase también de lingotes de oro traídos de Australia...
Un viejo que había encendido una pipa y fumaba parsimoniosamente, mostrando un gran desdén por cuantos le rodeaban, medió ahora en la conversación:
—¡Cuántas tonterías tiene uno que oír! —exclamó—. Confundieron eso con las carpas doradas. Hasta ese punto llegaba la ignorancia de aquella gente.
—Fuera lo que fuera, aquello valía mucho dinero, ya que de lo contrario no habría sido escondido —dijo otro de los presentes—. Por aquí apareció mucha gente del gobierno, y también policías... Miraron en todas partes, pero no lograron encontrar nada.
—Sencillamente, que no se habían hecho con las pistas indispensables. Siempre hay rastros cuando se sabe dar con ellos —manifestó una anciana de aire muy juicioso—. Siempre hay pistas...
—¡Qué interesante! —comentó Tuppence—. ¿Dónde? ¿Dónde están esas pistas, quiero decir? En el poblado, seguramente. Fuera de él, quizás. O...
Tuppence no estuvo nada acertada con el anterior comentario, ya que originó seis réplicas distintas, expresadas casi a la vez.
—En el pantano, más allá de Tower West.
—¡Ni hablar! Eso tuvo que ser después de Little Kenny. Sí. Cerca de Little Kenny.
—No. Fue en la cueva, en la cueva que hay frente al mar, en Baldy's Head. Va sabéis: donde quedan las rocas rojas. Eso es. Por allí hay un túnel que utilizaban los antiguos contrabandistas, ¿sabéis? Alguna gente asegura que todavía existe, al menos.
—Yo vi una película una vez referente a unos barcos españoles. Era la época de la Armada Invencible. Un galeón español se fue a pique. Sus bodegas estaban llenas de doblones de oro.

CAPÍTULO DIEZ

ATAQUE CONTRA TUPPENCE


—¡Válgame Dios! —exclamó Tommy a su regreso aquella noche—. Me das la impresión de encontrarte terriblemente cansada, Tuppence. ¿Qué has estado haciendo? Te veo extenuada.
—Lo estoy —confesó Tuppence—. No sé si podré recobrarme alguna vez de esto...
—¿Qué has estado haciendo?, acabo de preguntarte. Supongo que no habrás estado subiendo y bajando libros.
—No, no. He dejado los libros a un lado. He terminado con ellos.
—Bueno, dime ya qué estuviste haciendo.
—¿Sabes que es PPC?
—¿El PPC?
—Ya veo que no lo sabes. Te lo explicaré dentro de un minuto. Pero antes tienes que tomar algo: un cóctel, un whisky... ¿Qué te parece? Yo también lo necesito.
Brevemente, Tuppence puso a Tommy al corriente de los acontecimientos de la tarde. Tommy profirió algunas exclamaciones a modo de comentario y por fin dijo:
—En qué cosas te metes, Tuppence... ¿Salió algo interesante de todo eso?
—No sé... Cuando seis personas se ponen a hablar al mismo tiempo, diciendo cosas distintas, expresándose además con cierta dificultad, no hay manera de entenderlas. No obstante, sí, sí que creo haberme hecho con unas cuantas ideas para ir adelante.
—¿Qué quieres decir?
—Verás. Circulan muchas historias referentes a algo que fue escondido aquí. Se trata de un secreto relacionado con la guerra de 1914. Es posible que todo date de antes, incluso.
—Bueno, eso ya lo sabíamos, ¿no? —dijo Tommy—. Se nos había indicado, al menos, algo sobre el particular.
—Sí. Son muchas las personas con ideas acerca de tal asunto, ideas procedentes de tía María o tío Ben, quienes las habían recogido a su vez de tío Stephen, tía Ruth o la abuela No-sé-qué. Es decir, se han ido transmitiendo de generación en generación. Una de ellas, pienso, puede ser la buena, la atinada, la aprovechable.
—Y se halla perdida entre las restantes, ¿no?
—En efecto —confirmó Tuppence—. Como una aguja en un pajar.
—¿Y cómo vas a dar con la aguja en ese pajar?
—Me propongo seleccionar unas cuantas posibilidades. Estas posibilidades habrán sido sugeridas por determinadas personas. Aislaré a las mismas y les pediré que me cuenten con toda exactitud qué fue lo que les contó tía Agatha, tía Betty o tío James. De una idea pasaré a la otra. Una de ellas, forzosamente, me proporcionará una base más sólida para actuar, como punto de arranque. Tiene que haber algo aprovechable.
—Sí —manifestó Tommy—. Tiene que haberlo, pero no sabemos qué es.
—Nuestro propósito es averiguarlo, ¿no?
—Tienes que fijar una idea determinada para ir sobre ella, Tuppence.
—Yo no creo que se trate de los lingotes de oro de un buque de la Armada española. Tampoco pienso en nada escondido en el túnel que fue utilizado por los antiguos contrabandistas.
—Puede ser que se trate de un cargamento de coñac francés de superior calidad —indicó Tommy, muy esperanzado.
—Es posible —declaró Tuppence—, pero eso no sería lo que nosotros andamos buscando realmente.
— Podría ser una carta o escrito de amor, una carta apasionada y comprometedora para su autor, redactada hace setenta años. Claro que en la actualidad pocos efectos produciría...
—Cierto. Bueno, es de esperar que, tarde o temprano, se nos ocurra alguna idea acertada. ¿Crees que al final iremos a parar a alguna parte?
—Lo ignoro —contestó Tommy—. Algo he conseguido hoy...
—¿Referente a qué?
—Al censo.
—¿El qué?
—El censo. Se realizó un censo de población no sé qué año (lo tengo anotado, sin embargo), por el que se ve que había bastante gente en esta casa con los Parkinson.
—¿Cómo demonios has logrado dar con eso?
—¡Oh! Aplicando diversos métodos de investigación. Todo es obra de la señorita Collodon.
—¿Sabes que la señorita Collodon está empezando a darme celos?
—Puedes ahorrártelos. Ella es una mujer más bien áspera, yo no soy capaz de aguantarla mucho tiempo y, por añadidura, no es ninguna belleza.
—¡Hombre! Eso está bien. Hablame del censo ahora, Tommy.
—Alexander dijo, como recordarás: «Fue uno de nosotros». Pudo referirse a alguien que estaba en la casa en aquel momento y por consiguiente su nombre ha de figurar en el registro del censo. ¿Quién ha pasado determinada noche bajo nuestro techo? Estimo probable que haya constancia de tal cosa en los archivos del censo. Por este procedimiento podríamos llegar a una lista relativamente corta.
—Admito —dijo Tuppence— que tienes ideas atinadas, a veces. Ahora, sin embargo, creo que lo que debemos hacer es comer. Luego me sentiré mejor, sin duda. Tú no sabes, Tommy, lo que significa concentrar la atención en varias feas voces a un tiempo.


Albert les sirvió un refrigerio aceptable. Albert era un cocinero muy voluble. Tenía sus momentos de brillantez, que aquella noche puso de manifiesto el budin de queso, al cual Tuppence y Tommy preferían denominar queso «soufflé». Su servidor les reprochó amablemente esta errónea nomenclatura.
—El queso «soufflé» es algo diferente —declaró—. En éste el huevo aparece más batido.
—No importa. El plato está bien hecho —dijo Tuppence.
Tommy y Tuppence se concentraron por completo en la cena y no hubo intercambio de notas, de momento. Finalmente, después de haber saboreado un par de tazas de café, Tuppence se recostó en su silla, suspirando antes de decir:
—Me siento revivir ya... Contra tu costumbre habitual, Tommy, no te has aseado antes de sentarte a la mesa, ¿eh?
—No quise esperar —repuso Tommy—. Además, me exponía, al ir arriba, a que me hicieses meterme en la habitación de los libros a husmear un poco entre ellos.
—¿Soy yo capaz de semejantes impertinencias? Espera, querido. Vamos a ver dónde estamos...
—¿Dónde estamos o dónde estás?
—Bueno, donde estoy realmente —afirmó Tuppence—. Después de todo, es lo único que sé, ¿no? Tú sabes dónde estás y yo dónde estoy... Sí, eso es.
—Dejémoslo así.
—Dame el bolso, ¿quieres? A menos que lo haya dejado en el comedor...
—Es lo que haces habitualmente, aunque no en la presente ocasión. Está a los pies de tu silla... No. Por la otra parte. Tuppence cogió su bolso.
—Un bonito regalo, sí señor —comentó—. Auténtica piel de cocodrilo, creo. Tiene el inconveniente de que resulta algo difícil acomodar las cosas en su interior.
—Y también sacarlas, al parecer —remató Tommy.
Tuppence forcejeaba con el bolso en cuestión.
—Con los bolsos caros siempre pasa lo mismo. Prefiero los otros, de rafia y de plástico. Cabe en ellos todo lo que les pongas y cuando has cerrado puedes dar al bolso la forma que desees, como si lo moldearas. Son como los budines. Bien. Ya creo haberlo pescado.
—¿De qué se trata?
—Es una pequeña agenda. En ella he ido anotando las prendas que llevaba a la lavandería y también las quejas que tenía que formular con motivo de haber descubierto un desgarrón en una almohada, en una sábana, etcétera. Me figuré que me sería de utilidad porque de la agenda sólo he utilizado tres o cuatro páginas. He ido anotando las cosas que hemos oído decir por aquí. Muchas de ellas no servirán de nada. Otras sí, como la del censo...
—¡Magnífico!
—Tengo aquí anotada a una tal señora Henderson, a Dodo...
—¿Quién era la señora Henderson?
—No te acuerdas, por lo que veo... Esos dos nombres los anoté por haber sido mencionados por la señora Griffin. Luego, venía un mensaje... Era algo acerca de Oxford y Cambridge. Y he dado con otra cosa en uno de los viejos libros.
—¿Qué es lo que hay sobre Oxford y Cambridge? ¿Se referirá esto a algún estudiante?
—No sé si anda por en medio algún estudiante. Yo me inclino a creer en una apuesta sobre el resultado de la regata.
—Es lo más probable —apuntó Tommy—. Creo que eso no va a tener ninguna utilidad para nosotros.
—Nunca se sabe... Tenemos, pues, a la señora Henderson y a alguien que vive en una casa llamada «Apple Tree Lodge»... Hay otra cosa, además, que encontré en un sucio trozo de papel, hallado entre las páginas de uno de los libros de arriba. No sé si fue en Catriona o en otra obra, una que lleva el título de La sombra del trono.
—Ese libro se refiere a la Revolución Francesa. Lo leí cuando era todavía un niño —explicó Tommy.
—No sé cómo encaja esto. De todos modos, yo tomé nota...
—¿Qué es?
—Son tres palabras, al parecer: grin (g-r-i-n), luego hen (h-e-n), y Lo (L mayúscula y una o).
—Déjame adivinar —dijo Tommy—: grin es un «gato de Cheshire»; hen puede significar «Henny-Penny», que es un cuento de hadas, y Lo es «mira» o «mirar»... Sin embargo, esto carece de sentido.
Tuppence habló rápidamente.
—Señora Henley, «Apple Tree Lodge»... No la he visto aún, ya que se encuentra en Meadowside —la esposa de Tommy añadió—: ¿Dónde estamos ahora?... La señora Griffin, Oxford y Cambridge, una apuesta sobre la regata, el censo, el gato de Cheshire, Henry-Penny, aquel cuento en el que la gallina fue a Dovrefell (debido a la pluma de Hans Andersen), y Lo, que podemos interpretar, aisladamente, como «he aquí». Supongo que Lo quiere decir que llegaron allí, esto es a Dovrefell.
—Yo opino que debemos seguir divagando. Puede que digamos una tontería tras otra con tantas cabalas, pero existe la posibilidad de que entre el ripio demos por casualidad con alguna preciosa gema. También por casualidad dimos con un libro muy significativo en la habitación de arriba.
—Oxford y Cambridge —murmuró Tuppence, pensativa—. Esto me hace recordar algo, pensar en algo... ¿Qué puede ser?
—¿«Mathilde»?
—No, no...
—Truelove» —sugirió Tommy, con una sonrisa de oreja a oreja—. «Verdadero amor». «¿Dónde puedo encontrar a mi amor verdadero?»
—Deja de sonreír así, querido —dijo Tuppence—. Grin-hen-lo. No tiene sentido... Y no obstante, tengo la impresión... ¡Oh!
—¿A qué viene ese ¡oh!, Tuppence?
—¡Tommy! Tengo una idea. Desde luego.
—Desde luego... ¿qué?
—Lo —contestó Tuppence—. Lo. Grin es lo que me hizo pensar en ello. Tú sonríes como un gato de Cheshire. Grin. Hen y después Lo. Por supuesto. Así ha de ser...
—¿De qué diablos me estás hablando?
—De las regatas que suelen tener lugar en Oxford y Cambridge.
—¿Por qué grin hen lo te hace pensar en las regatas de Oxford y Cambridge?
—Puedes hacer tres suposiciones.
—Me doy por vencido porque no creo que tenga eso sentido.
—Lo tiene, realmente.
—¿Qué? ¿Las regatas?
—No, no es nada que tenga que ver con las regatas. El color. Los colores, quiero decir.
—No te entiendo, Tuppence.
—Grin hen Lo. Hemos estado leyendo mal. Hay que leerlo al revés.
—¿Cómo al revés? Veamos... Ol... Luego, viene n-e-h... No tiene sentido. A continuación, tenemos n-i-r-g... Esto no conduce a nada.
—No es así. Tú invierte las tres sílabas. Así: Lo-hen-grin.
Tommy frunció el ceño.
—¿Todavía no lo comprendes? —dijo Tuppence—. Lo-hen-grin, por supuesto. El cisne. La ópera. Tú has oído hablar de Lohengrin, de Wagner.
—Aquí no hay nada que tenga que ver con un cisne.
—Sí, hombre, sí. Acuérdate de las dos piezas de loza que encontramos. Me refiero a los taburetes para el jardín. Uno era azul marino, el otro azul pálido. El viejo Isaac (creo que fue él) nos dijo: «Éste es Oxford y éste Cambridge».
—El primero se hizo pedazos...
—En efecto. Pero el denominado Cambridge sigue allí. El de color azul pálido. ¿No lo entiendes? Lohengrin. En uno de los dos cisnes fue escondida una cosa. Lo primero que tenemos que hacer es echarle un vistazo al que queda, al Cambridge. Éste se encuentra aún en KK. ¿Quieres que vayamos ahora?
—¿Qué? Son las once de la noche, Tuppence. No.
—Pues iremos mañana. Mañana no tienes que ir a Londres, ¿verdad?
—No.
—De acuerdo, entonces. Mañana veremos eso.


—Aquí hay un chico esperando que desea verla, señora —dijo Albert.
—Un chico... ¿Es el pelirrojo?
—No. Es otro. Uno de cabellos muy rubios, que le llegan a los hombros. Tiene un nombre muy raro, como el de un hotel. El «Royal Clarence», por ejemplo... Así se llama: Clarence.
—Clarence, pero no Royal Clarence.
—Seguro —contestó Albert—. Espera en la puerta principal. Dice que está en condiciones de ayudarle, señora.
—Ya. Tengo entendido que de vez en cuando le echaba una mano al viejo Isaac.
Tuppence encontró a Clarence sentado en un sillón de mimbre un tanto desvencijado que había en la terraza. Al parecer, estaba desayunándose, ya que tenía en una mano una barrita de chocolate y en la otra una bolsa de patatas fritas.
—Buenos días, señora —dijo Clarence—. He venido por si podía ayudarla en algo.
—Perfectamente. En el jardín siempre hay cosas que hacer. Sé que tú ayudabas a veces al viejo Isaac.
—Si. De tarde en tarde. No es que yo sepa mucho de jardinería. Bueno, Isaac tampoco sabía tanto. Hablaba con él bastante, me contaba cosas de los viejos tiempos. También se refería a las personas para quienes había trabajado. Un día me dijo que había sido el jardinero principal del señor Bolingo. La casa de éste se hallaba junto al río... ¡Oh! Es una gran mansión. Ahora está convertida en colegio. Jefe de los jardineros de allí, acostumbraba decir que había sido. Pero mi abuela asegura que eso no era cierto.
—No importa, Clarence —repuso la esposa de Tommy—. De momento, lo que yo quería era sacar unos cuantos trastos de ese pequeño invernadero.
—¿Se refiere usted a la menuda construcción encristalada? ¿a KK?
—Si... ¡Hombre! Me extraña que tú conozcas su nombre.
—¡Oh! Siempre se llamó así. Se dice que es una palabra japonesa. No sé si será verdad o qué.
—Vamos.
Formóse una pequeña procesión integrada por Tommy, Tuppence, Hannibal y Albert, quien se había desentendido de sus trabajos de limpieza en la cocina para ocuparse de una tarea más interesante. El perro se sentía sumamente complacido con aquella pequeña y animada excursión después de haber estado olfateándolo todo por los alrededores. En la puerta de KK no dejó tampoco ningún rincón por olfatear.
—¡Hola, Hannibal! —exclamó Tuppence—. ¿Estás dispuesto a ayudarnos? A ver si eres capaz de descubrir algo.
—¿Qué clase de perro es? —inquirió Clarence—. No sé quién me dijo que era un perro ratonero. ¿Es cierto?
—Sí que lo es —contestó Tommy—. Hannibal es un terrier de Manchester.
Hannibal, sabedor de que se estaba hablando de él, no paraba de hacer contorsiones ni de mover el rabo. Luego, se sentó sobre sus cuartos traseros y miró a un lado y a otro, muy orgulloso de sí mismo.
—¿Muerde? —preguntó Clarence—. Todo el mundo afirma que sí.
—Es un buen perro guardián —repuso Tuppence—, que sabe cuidar de mí.
—Es verdad —confirmó Tommy—. Cuando no estoy yo en casa, cuida de ti.
—Dice el cartero que hace pocos días por poco le muerde.
—Los perros, generalmente, sienten cierta animosidad contra los carteros, no sé por qué —comentó Tuppence—. ¿Sabéis dónde está ahora la llave de KK?
—Yo sí —contestó Clarence—. Está en la caseta de las macetas, colgada de un clavo.
Poco después, el chico regresaba con la llave, herrumbrosa, pero más o menos aceitada.
—Isaac debió de untarla con un poco de aceite —declaró Clarence.
—Sí. No giraba fácilmente en la cerradura antes —inquirió Tuppence.
La puerta quedó abierta. El taburete Cambridge, abrazado por la figura del cisne, ofrecía un bonito aspecto. Evidentemente, Isaac lo había limpiado a fondo, pensando que en cuanto llegase el buen tiempo aquella pieza iría a pasar a la terraza.
—Esto debió de tener en otro tiempo también un color azul marino, como el otro ejemplar —manifestó Clarence—. Isaac llamaba a estos taburetes Oxford y Cambridge.
—¿Sí?
—Oxford era el de color azul marino y Cambridge el de color azul pálido. ¡Ah! Y Oxford fue el que resultó roto, ¿eh?
—Sí. Como en las regatas, ¿no?
—A propósito... ¿Qué le ha pasado a ese balancín-caballo? Todo anda revuelto en KK.
—Es verdad.
—¡Qué nombre tan chocante el de «Mathilde»!
—Cierto. Tuvo que ser sometida a una operación.
Clarence pareció encontrar esto último muy divertido. Se echó a reír de pronto.
—A mi tía-abuela Edith tuvieron que operarla —declaró—. Le quitaron algo de dentro, pero después se quedó bien.
El chico daba la impresión de sentirse decepcionado.
—Supongo que no hay manera de llegar al interior de estas cosas —dijo Tuppence.
—Puede usted romperlo. ¿No se hizo el otro pedazos?
—No hay otra solución, quizá... Bien. Aquí en la parte superior, veo unas ranuras en forma de S. Parecen pequeñas bocas, como la del buzón de correos. Se podría echar cualquier cosa por ellas...
—Sí —dijo Tommy—. Es una idea interesante la tuya. Muy interesante, Clarence.
El chico pareció sentirse muy complacido.
—Esto se puede desenroscar —informó.
—¿De veras? —preguntó Tuppence—. ¿Quién te lo dijo?
—Isaac. Se lo vi hacer a menudo. Hay que darle la vuelta a la pieza y después girar ésta. A veces cuesta trabajo. Pero si pone usted un poco de aceite en la ranura todo irá bien.
—¡Ah!
—Lo mejor es tumbar el taburete.
—Aquí, al parecer, hay que tumbarlo todo, si se quiere marchar bien —comentó Tuppence—. Es lo que tuvimos que hacer con «Mathilde» antes de someterla a la operación.
De momento, Cambridge se opuso a sus maniobras. Luego, por fin, giró, quedando suelta la tapa.
—Yo diría que aquí dentro hay mucha cosa inútil —opinó Clarence.
Hannibal se les acercó para colaborar. Era un perro muy servicial que gustaba de meterse en todo. Figurábase, por lo visto, que no había nada completo si no intervenía él. Su colaboración, sin embargo, se reducía siempre a un intenso olfateo. Paseó su hocico de un sitio para otro, gruñó suavemente y después se retiró prudentemente, tornando a sentarse sobre sus cuartos traseros.
—No debe haberle gustado mucho lo que acaba de olfatear —apuntó Tuppence, estudiando ahora el interior del taburete.
—¡Ay! —exclamó Clarence.
—¿Qué pasa?
—Un arañazo. Ahí dentro hay un clavo o algo por el estilo. ¡Uy!
Hannibal ladró.
—Es algo que cuelga de un clavo o saliente, por dentro. Ya lo tengo. No. Es resbaladizo. Aquí está.
Clarence sacó un paquete. La envoltura era una lona impermeabilizada de color oscuro. Hannibal se sentó ahora a los pies de Tuppence, gruñendo.
—¿Qué te pasa, Hannibal? —preguntó ella.
Hannibal» volvió a gruñir. Tuppence se inclinó, pasando la mano por la cabeza y el lomo del perro.
—¿Qué te pasa, Hannibal? —inquirió Tuppence—. Querías que ganara Oxford y te has encontrado con que ha vencido Cambridge, ¿eh? —Tuppence se dirigió a Tommy ahora—. ¿Te acuerdas de aquella vez que le dejamos que presenciara la regata anual, que transmitían en directo por televisión?
—Sí —respondió Tommy—. Se sintió muy irritado hacia el final, empezando a ladrar furiosamente, con lo cual ya no pudimos entender los comentarios del locutor.
—Pudimos seguir viendo lo que ocurría en la pantalla, lo cual ya era algo. Te acordarás, no obstante, de que no fue de su agrado que Cambridge se alzara con el triunfo.
—Evidentemente, este perro estudió en la Universidad Canina de Oxford.
Hannibal se desentendió de Tuppence, aproximándose a Tommy moviendo el rabo. Agradecía sus últimas palabras, seguramente.
—Le gusta lo que has dicho, no cabe duda. Personalmente, creo que Hannibal pasó por la Universidad Libre para Perros.
—¿Cuáles fueron  sus principales estudios allí? —preguntó Tommy, riendo.
—Los que versaban sobre métodos de conservación de los huesos.
—Ya conoces sus actividades.
—Claro que las conozco —dijo Tuppence—. Y no las apruebo. Albert le dio el otro día el hueso de una pata de cordero. Primeramente, me lo encontré en el cuarto de estar, escondido aquél bajo un cojín. Le obligué a salir al jardín y cerré la puerta. Miré entonces por la ventana y observé que se trasladó al macizo de las flores, donde están los gladiolos, sitio en que procedió a enterrar el hueso, cosa que hizo cuidadosamente. Es muy especial para sus huesos. Procura guardarlos en sitio seguro, para cuando se presente un día lluvioso.
—Entonces, acaba desenterrándolos, ¿no? —quiso saber Clarence.
—Sí. Pero a veces tarda tanto en hacerlo que sería mejor que los dejara enterrados. Los huesos se resecan, se ponen viejos, ¿comprendes?
—Al nuestro no le gustan los bizcochos para perros —dijo Clarence.
—Supongo que los dejará en un lado del plato, dedicándose a la carne —sugirió Tuppence.
—A él lo que le gusta es la tarta muy esponjosa.
Hannibal husmeó detenidamente el trofeo sacado del interior de Cambridge. Luego, de repente, giró en redondo, comenzando a ladrar.
—A ver si hay alguien ahí afuera —dijo Tuppence—. Puede que haya venido algún jardinero. Alguien me dijo el otro día (creo que la señora Herring) que conocía a un hombre ya entrado en años que había sido un jardinero excelente en su juventud, dedicándose ahora a hacer algunos trabajos aislados.
Tommy abrió la puerta y salió. Le acompañó Hannibal.
—Ahí no hay nadie —declaró Tommy.
Hannibal ladró. Luego, emitió una serie de gruñidos y volvió a ladrar.
—Este animal se figura que hay alguien detrás de esos matorrales —dijo Tommy—. Es posible que se trate de algún perro de la localidad dedicado a la tarea de desenterrar sus huesos. Quizá se haya escondido algún conejo en este sitio. Hannibal se comporta de una manera muy estúpida con respecto a los conejos. Hay que animarlo mucho para que se decida a darles caza. Al parecer, siente cierta simpatía por ellos. Prefiere entregarse a la persecución de palomas y aves grandes. Por fortuna, nunca logra darles alcance.
Hannibal estaba ahora husmeando el matorral objeto de su atención por sus alrededores. De nuevo, ladró. De vez en cuando, volvía la cabeza hacia Tommy.
—Me imagino que habrá algún gato escondido entre esas matas —opinó Tommy—. Tú sabes, Tuppence, lo que hace siempre que cree que anda algún gato por sus inmediaciones. Este lugar es visitado actualmente por dos, uno grande, de negro pelaje, otro más pequeño.
—Al pequeño lo hemos visto en más de una ocasión correteando por el interior de la casa —señaló Tuppence—. Tiene una habilidad especial para colarse por los resquicios más insignificantes. Bueno, ya está bien, Hannibal. ¡Ven aquí!
Hannibal oyó la voz de su dueña y volvió la cabeza. Se estaba mostrando muy fiero. Miró a Tuppence y retrocedió, seguidamente, tornó a acercarse al matorral, ladrando con más fiereza que antes.
—Ahí hay alguien que le inquieta —manifestó Tommy—. ¡Vamos, Hannibal!
El perro sacudió su cuerpo y a continuación sacudió violentamente la cabeza tan sólo. Tras haber mirado a Tuppence y a Tommy alternativamente, llevó a cabo un complicado ataque contra el matorral, siempre ladrando.
Sonaron de pronto dos secas explosiones.
—¿Qué es eso? —inquirió Tuppence—. Alguien debe de estar cazando por ahí.
—¡Retrocede! ¡Métete en KK, Tuppence! —ordenó su esposo.
Algo había pasado silbando junto a su oído. Hannibal, ya alertado, daba vueltas al matorral, lanzado a la carrera. Tommy corría tras él. Luego, el animal empezó a alejarse...
—Va detrás de alguien ahora —dijo Tommy—. Corre por la pendiente. Corre como enloquecido.
—¿Quién era? ¿Quién era, Tommy? —preguntó Tuppence.
—¿Te encuentras bien, Tuppence?
—No, no estoy bien del todo —respondió ella—. Algo... algo, creo, me dio aquí, junto al hombro. Fue... ¿qué fue?
—Alguien disparó sobre nosotros, alguien que se había escondido en el matorral.
—Alguien que estaba observando lo que hacíamos —sugirió Tuppence—. Quién habrá sido el autor de esto?
—Serán irlandeses —propuso Clarence, expectante—. Del IRA. Ya saben ustedes... Han querido volar este lugar...
—No creo que este hecho tenga ninguna significación política —repuso Tuppence.
—Entremos en la casa —indicó Tommy—. Vámonos de aquí... Tú, Clarence, será mejor que nos acompañes.
—Puede morderme su perro, ¿no creen? —preguntó Clarence, dudoso.
—No temas. Está muy ocupado, por el momento.
No habían hecho más que avanzar unos pasos cuando apareció Hannibal de repente. Llegaba con la lengua fuera, jadeante. Se dirigió a Tommy, diciéndole algo, como lo dicen los perros. Sacudió su cuerpo violentamente y levantó una pata, apoyándola en la rodilla del amo. A continuación, tiró con fuerza de él, intentando llevárselo hacia su punto de procedencia.
—Quiere que me vaya con él, para emprender la persecución del desconocido —explicó Tommy.
—Tú no saldrás de aquí —dijo Tuppence—. Puede estar acechándote alguien armado con una pistola o un rifle. No estás en edad ya de tales escaramuzas. ¿Quién va a cuidar de mí si a ti te pasa algo? Vámonos adentro.
Entraron en la casa a buen paso. Tommy, nada más poner los pies en el vestíbulo, se dirigió al teléfono.
—¿Qué vas a hacer? —inquinó Tuppence.
—Llamar a la policía. Esto de ahora no puede ser pasado por alto. Es posible que localicen a alguien sospechoso si avisamos con tiempo.
—Tendré que ponerme algo en el hombro —señaló Tuppence—. Esta sangre va a estropearme por completo mi mejor blusa.
—Tú no te preocupes por tu blusa.
En aquel momento apareció Albert con los elementos necesarios para una cura de urgencia.
—Nunca me hubiera imaginado que pudiera pasar aquí tal cosa —comentó Albert—. Un sucio tipo que ha disparado contra la señora... ¿Qué nos queda ya por ver en este lugar?
—Yo creo que lo más prudente sería llevarte al hospital.
—No, no —repuso Tuppence—. Me encuentro bien... Usted, Albert, póngame un poco de bálsamo en la herida y después me pasará una venda ancha...
—He traído yodo.
—No quiero que me ponga yodo. Escuece mucho. Además, todos los médicos dicen ahora que es lo menos indicado para las heridas.
—Me parece que el bálsamo de fraile a que usted se ha referido, señora, es aquella sustancia que utilizaba con el inhalador —puntualizó Albert.
—Ésa es una de sus aplicaciones —explicó Tuppence—. Vale también, además, para los arañazos ligeros y los cortes que se hacen los chiquillos en sus juegos... ¿Cogiste eso, Tommy?
—¿A qué te refieres, Tuppence?
—A lo que acabábamos de sacar del taburete Cambridge. A eso me refiero, sí. A lo que colgaba de un clavo. Tal vez sea importante, ¿sabes? Ellos nos vieron. Y por tal motivo intentaron matarnos... Querían apoderarse del paquete, seguramente. Sí, Tommy. Tiene que tratarse de algo importante.

CAPÍTULO ONCE

«HANNIBAL» PASA A LA ACCIÓN


Tommy se hallaba sentado en el despacho del inspector de policía. El inspector Norris hizo un gesto de asentimiento.
—Espero que con un poco de suerte, señor Beresford, logremos obtener buenos resultados —manifestó aquél—. Y dice usted que el doctor Crossfield está ocupándose de su esposa...
—Sí. La herida no es seria. El proyectil rozó la carne, produciendo una intensa hemorragia, pero nada más. Mi esposa se recuperará pronto de eso. El doctor Crossfield me ha asegurado que no se trata de nada peligroso.
—Su esposa ya no es joven —dijo el inspector Norris.
—Dejó atrás los setenta años —informó Tommy—. Los dos nos hemos jubilado.
—Sí, sí. He oído referir muchas cosas acerca de ella en la localidad, a partir de su llegada aquí. La gente la acogió con mucha curiosidad. Todos sabemos algo acerca de sus diversas actividades. Y también de las suyas.
—¡Válgame Dios! —exclamó Tommy, haciendo un gesto de resignación.
—Nuestras actividades profesionales, señor Beresford, informan nuestra existencia. Buenas o malas, uno no puede desprenderse de ellas —manifestó el inspector Norris, en tono afable—. El historial delictivo de un criminal le sigue a todas partes; esto es válido para el héroe también, por ejemplo, que vive arropado en sus acciones más sobresalientes... Bien. Nosotros vamos a hacer cuanto esté a nuestro alcance para aclarar las cosas. ¿No le es posible facilitarnos una descripción del atacante?
—No —contestó Tommy—. Cuando le vi corría seguido por nuestro perro. Yo diría que no era muy viejo. Quiero señalar que corría con facilidad.
—Las dificultades en ese campo se inician a los catorce o quince años. De aquí, en adelante.
—Indudablemente, se trataba de alguien mayor —puntualizó Tommy.
—¿No les ha llamado nadie por teléfono, no les han escrito para pedirles dinero? —inquirió el inspector—. Pudieron haberles exigido que abandonaran la casa...
—No, no ha habido nada de eso.
—¿Cuánto tiempo llevan ustedes aquí?
Tommy se lo dijo.
—¡Hum! Poco tiempo es. Y usted ha estado en Londres la mayor parte de los días de la semana.
—Sí, he tenido que desplazarme. Si quiere que le facilite detalles... —ofreció Tommy.
—No, no los necesito —respondió el inspector Norris—. Lo único que deseaba sugerirle es que... Bueno, no se ausente usted a menudo. Si se las puede arreglar para permanecer en casa y cuidar personalmente de su esposa...
—He pensado en proceder así —anunció Tommy—. Creo que es una buena excusa lo de mi esposa para faltar a las diversas citas que tengo concertadas en Londres.
—Bueno, haremos lo posible por esclarecer este asunto y si podemos detener al autor de...
—¿Creen ustedes conocer su identidad? Quizá no debiera hacerle esta pregunta, inspector, pero... ¿Conocen tal vez su nombre y sus móviles?
—Nosotros sabemos muchas cosas acerca de algunas personas de por aquí. Sabemos más cosas de las que ellas mismas se imaginan. En ocasiones, nos hacemos los disimulados, fingimos una ignorancia total o parcial, porque éste es el mejor modo de poder detenerlas. De este modo, llegamos a saber con quiénes andan, quién les paga para hacer lo que hacen, descubrimos si sus ideas son propias o impuestas... Pienso, sin embargo, que este asunto no es cosa de los elementos que nosotros controlamos aquí.
—¿Por qué? —preguntó Tommy.
—Verá usted... A nuestros oídos llegan ciertos datos; nosotros nos procuramos informaciones de diversas procedencias.
Tommy y el inspector se observaron mutuamente. Durante cinco minutos, los dos guardaron silencio.
—Bien —dijo por fin Tommy—. Ya... ya comprendo. Sí. Creo entenderle.
—¿Me permite que le diga una cosa? —inquirió el inspector Norris.
—Le escucho —contestó Tommy, un tanto confuso.
—Ese jardín de su casa... Tengo entendido que ustedes buscaban a alguien que se lo pusiera en orden.
—Nuestro jardinero fue asesinado, como usted sabe.
—Sí. Estoy informado de tal hecho. Era el viejo Isaac Bodlicott, ¿no? Una excelente persona. Siempre andaba contando historias referentes a las maravillosas cosas que había hecho en sus buenos tiempos. Era un personaje muy conocido y un hombre en quien se podía confiar.
—No acierto a comprender por qué fue asesinado. No tengo la menor idea sobre la identidad del criminal —declaró Tommy—. Nadie sabe nada sobre esto, ni se ha dado con ninguna pista.
—Estos enigmas necesitan un poco de tiempo para ser aclarados. Generalmente, en el momento de la encuesta judicial no se sabe una palabra sobre el caso y el juez se limita a pronunciar un veredicto provisional de «Asesinato cometido por persona o personas desconocidas». Esto es, en general, el principio, tan sólo. Bueno, lo que iba a decirle es que probablemente se presentará alguien a ustedes ofreciéndose para trabajar en su jardín. Les dirá que va a dedicarles dos o tres días cada semana y quizás alguno más. A modo de referencias, añadirá que trabajó durante varios años para el señor Solomon. Recordará este nombre, ¿no?
—El señor Solomon —repitió Tommy.
Los ojos del inspector Norris parecieron centellear por una fracción de segundo.
—Por supuesto, el señor Solomon murió. Pero vivió aquí y dio trabajo a varios jardineros. No estoy seguro por lo que respecta al nombre que le dará ese individuo. Digamos que no me acuerdo bien. Puede ser uno entre varios... Probablemente, será el de Crispin. Su edad está situada entre los treinta y cincuenta años y trabajó para el señor Solomon. Si se presenta alguien con la misma pretensión, pero no menciona al señor Solomon, yo optaría por no aceptarlo. Estas palabras son a modo de advertencia.
—Ya entiendo —repuso Tommy—. Sí. Ya comprendo. Al menos, es lo que yo me figuro.
—Si. Usted es rápido a la hora de captar una idea, por lo que veo, señor Beresford. Supongo que habrá tenido que ser así siempre, dadas sus actividades. ¿Quiere que le dé algunas instrucciones más?
—No hace falta. Me parece que no sabría ya qué preguntarle.
—Nosotros realizaremos investigaciones y no solamente por aquí. Es posible que visite Londres, que haga otros desplazamientos. Miraremos por los alrededores. Bueno, usted ya sabe cómo trabajamos habitualmente.
—Quiero hacer lo que pueda para impedir que Tuppence siga metida en el caso —confesó Tommy—. No obstante, es difícil...
—Las mujeres lo ponen difícil todo —sentenció el inspector Norris.


Tommy repitió esta frase poco más tarde, al sentarse frente a Tuppence, mientras ésta saboreaba unas uvas.
—¿Pero es que te comes también las semillas? —inquirió Tommy, después de observar a su esposa por unos instantes.
—Lo hago siempre —replicó ella—. Se lleva mucho tiempo sacárselas a cada grano. No creo que hagan daño.
—Desde luego, esas pepitas deben ser inofensivas, ya que esta práctica data de toda tu vida.
—¿Qué dice la policía?
—Exactamente lo que nos figurábamos que iba a decir.
—¿Tienen alguna idea sobre la identidad del autor del hecho?
—El inspector me ha dicho que no cree que se trate de un individuo de la localidad.
—¿A quién viste? ¿Al inspector Watson, me dijiste? ¿Se llama así?
—El inspector con quien me entrevisté, se apellida Norris.
—¡Oh! A ése no le conozco. ¿Qué más te dijo?
—Que siempre resulta difícil controlar a las mujeres.
—¿Será posible? ¿Sabía que ibas a darme a conocer su frase?
—No —contestó Tommy poniéndose en pie—. Tengo que hacer una o dos llamadas a Londres, Tuppence. Estaré un par de días sin ir por allí, seguramente.
—Puedes ir a Londres cuando te parezca, querido. Aquí estoy a salvo de cualquier peligro. Albert cuida de mí... Y el doctor Crossfield no puede ser más amable conmigo.
—Me pondré al habla con Albert para ciertos pormenores. ¿Deseas algo, querida?
—Sí —respondió Tuppence—: que me traigas un melón. Me ha dado últimamente por la fruta. No me apetece otra cosa.
—De acuerdo —dijo Tommy.
Tommy marcó en su aparato telefónico un número de Londres.
—¿El coronel Pikeaway?
—Sí. Hola, es usted. Thomas Beresford, ¿no?
—¡Ah! Reconoció mi voz... Quería decirle algo que...
—Referente a Tuppence, ¿verdad? Ya me he enterado —repuso el coronel Pikeaway—. No es necesario que hablemos. Quédese ahí durante un día, dos, o una semana. Absténgase de venir a Londres. Déme cuenta de cualquier cosa que pase.
—Es que hay algo que debiera entregarle.
—Pues quédeselo, de momento. Dígale a Tuppence que idee algún escondite para eso.
—Es muy buena en ese tipo de menesteres. Igual que nuestro perro, que oculta los huesos en el jardín.
—He oído decir que se lanzó sobre el hombre que disparó sobre ustedes dos, persiguiéndolo...
—Usted parece saberlo todo.
—Aquí solemos estar informados —declaró el coronel Pikeaway.
—Nuestro perro consiguió alcanzarlo, regresando con un trozo de tela de sus pantalones entre los colmillos.

CAPÍTULO DOCE

OXFORD, CAMBRIDGE Y LOHENGRIN


El coronel Pikeaway lanzó una bocanada de humo en dirección al techo.
—Lamento haber tenido que hacerle venir con tanta urgencia, pero pensé que era mejor que nos viéramos.
—Como usted sabe —respondió Tommy—, últimamente hemos tenido que ver a menudo con cosas inesperadas.
—¡Ah! ¿Por qué cree que lo sé?
—Porque usted sabe siempre desde aquí, todo lo que pasa.
El coronel Pikeaway se echó a reír.
—Está repitiendo mis propias palabras, ¿eh? Sí, eso le dije yo una vez. Nosotros lo sabemos todo. Estamos aquí con tal fin. ¿Lo pasó mal? Me estoy refiriendo a su esposa, como puede imaginar.
—No lo pasó muy mal, pero pudo haber sido algo verdaderamente grave. Me figuro que usted estará al corriente de todos los detalles... ¿O quiere que se lo cuente todo?
—Hágame un breve resumen, si gusta. Hay una cosa de la que no había oído hablar —manifestó el coronel Pikeaway—: lo de Lohengrin. Grin-hen-lo. Es muy despierta su esposa. Acertó en seguida la interpretación... Era una estupidez, pero ¿quién la veía?
—He traído el paquete de que le hablé —manifestó Tommy—. Lo habíamos escondido provisionalmente en el recipiente en que se guarda normalmente la harina. No quise enviárselo por correo.
—Muy bien. Ha procedido usted atinadamente.
—La cajita metálica había sido localizada dentro de Lohengrin. El Lo-hen-grin azul pálido. Le hablo del taburete de loza, de estilo Victoriano, para terraza, que llevaba el nombre de Cambridge.
—Una tía mía que tenía una casa en el campo poseía dos piezas de esa clase. Es un recuerdo de mi juventud avivado por sus hallazgos.
—La envoltura exterior era de lona impermeabilizada. Y dentro había cartas. Están algo deterioradas, pero espero que con un adecuado tratamiento del papel...
—Ese inconveniente lo solucionaremos sin grandes dificultades.
—Aquí están, pues —dijo Tommy—. He hecho una copia, además, para usted, de cuanto Tuppence y yo hemos ido anotando, en relación con cuanto se nos ha contado allí.
—¿Figuran nombres?
—Sí. Tres o cuatro. La pista de Oxford y Cambridge y la alusión a los estudiantes de ambas universidades que se alojaban en la casa... No creo que hubiese nada en eso, ya que todo se refería, simplemente, a los taburetes de loza de los cisnes, supongo...
—Sí... sí... sí. Hay aquí una o dos cosas que me parecen sumamente interesantes.
—Desde luego, tras el ataque de que fuimos objeto —declaró Tommy— di inmediatamente cuenta del hecho a la policía.
—Perfectamente.
—Al día siguiente me pidieron que pasara por la Jefatura de Policía, donde me entrevisté con el inspector Norris. No he estado en contacto con él antes. Supongo que debe tratarse de un nuevo funcionario...
—Sí. Probablemente, ha sido destacado, con una misión especial —repuso el coronel Pikeaway.
Éste lanzó otra bocanada de humo. Tommy tosió.
—Me imagino que usted sabrá todo lo que se pueda saber sobre él.
—En efecto —confirmó el coronel—. Aquí estamos informados. El hombre se halla encargado de estas investigaciones. Es posible que la gente de la localidad sea capaz de puntualizar quién era la persona que les seguía a todas partes, que hacía averiguaciones sobre ustedes. ¿Usted no cree, Beresford, que sería conveniente que se ausentara de allí, en compañía, naturalmente, de su esposa?
—Me parece que no podría conseguirlo —dijo Tommy.
—¿Quiere darme a entender que ella se negaría a abandonar la casa?
—No creo que haya manera de sacar a Tuppence de allí, sinceramente. Tenga en cuenta que no está gravemente herida, ni indispuesta. Y como ahora tiene la impresión de que pisamos un poco de terreno firme, querrá seguir. En pocas palabras: se vislumbra algo que no sabemos cómo se materializará.
—Olfatear en todas direcciones es lo que debe hacerse en este tipo de casos —el coronel Pikeaway acarició el paquete que tenía delante—. Esta cajita nos va a decir algo, algo que nosotros hemos querido siempre saber. Nos va a decir quién, hace muchos años, puso ciertos dispositivos en marcha, realizando algunos sucios trabajos ocultamente.
—Sin embargo...
—Sé lo que va a decirme. Va a decirme que quienquiera que fuese el autor de los hechos, descansa ya en su sepulcro. Es verdad. Pero vamos a saber por fin lo que se tramaba concretamente, cómo se organizó, quién colaboró y, sobre todo, quién fue el heredero de la maquinación y la forma en que ésta ha ido avanzando hasta nuestros días, con proyección sobre el futuro, quizá, y con un objetivo concreto. Quizá sepamos de gente que da la impresión de no contar nada y que tiene realmente una importancia extraordinaria para nosotros. Tendremos noticias, seguramente, de personas (y personajes) que se han mantenido fielmente en contacto con el grupo (actualmente, siempre se trabaja en equipo). Éste habrá cambiado de miembros, ya que el tiempo se muestra siempre inexorable, pero los más recientes tendrán idénticas ideas que sus predecesores, es decir, amarán sobre todas las cosas la violencia, el mal, la traición. Lo de los grupos no es una moda pasajera, ni un capricho. Constituye toda una técnica. Es asombroso lo que son capaces de lograr unos hombres perfectamente unidos. Al mismo tiempo, su «célula» parece pesar más a la hora de captación de nuevos colaboradores. Esta despersonalización de su empresa le da más consistencia y asegura la continuidad.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Todo el mundo puede hacerme preguntas —contestó el coronel Pikeaway—. Aquí lo sabemos todo, pero no siempre lo decimos. He de permitirme esta advertencia, Beresford.
—¿Significa algo para usted el apellido Solomon?
—¡Ah! —exclamó el coronel Pikeaway—. El señor Solomon. ¿Y de dónde ha sacado usted ese nombre?
—Fue mencionado por el inspector Norris.
—Bueno, si usted actúa de acuerdo con las instrucciones de Norris, va bien. Puedo decírselo así. He de notificarle, sin embargo, que no llegará a ver a Solomon. Solomon murió...
—¡Ah, ya!
—Para que lo entienda de veras —dijo el coronel, ligeramente irónico—, habré de darle una pequeña explicación. Resulta útil disponer de un nombre que se pueda utilizar libremente. Hablo del nombre de una persona real, de un ser que ya no está allí, porque desapareció del mundo de los vivos, pero que sigue mereciendo una alta consideración entre los miembros de la localidad. Es una extraña casualidad que fuesen ustedes a vivir a «Los Laureles» y todos abrigamos grandes esperanzas de que tal hecho dé lugar a que vaya a parar a nuestras manos algo de indudable valor. Sí, Beresford. Es una gran suerte para nosotros. Pero yo no quiero que ello se traduzca en un desastre para usted o su esposa. Desconfíe de todo y de todos. He aquí la mejor conducta que puede adoptar.
—Sólo en dos confío allí —declaró Tommy—: Albert, que trabaja para nosotros desde hace años...
—Ya. Me acuerdo de Albert. Un joven pelirrojo, ¿no?
—Ya no es ningún joven...
—¿Quién es la otra persona?
—No se trata de una persona, sino de mi perro Hannibal.
—¡Hum! Sí... Es posible que esté usted en lo cierto. ¿Quién fue...? ¡Ah! El doctor Watts escribió un himno que comenzaba así: «A los perros les encanta ladrar y morder, tal es su manera de ser»... ¿Qué es? ¿Un alsaciano?
—No. Un terrier de Manchester.
—¡Ah! Esos perros no son tan grandes como el de Dobermann, pero son de los que conocen su «oficio».

CAPÍTULO TRECE

LA SEÑORITA MULLINS


Tuppence estaba dando un paseo por el jardín cuando fue abordada por Albert, procedente de la casa.
—Una mujer quiere verla, señora.
—¿Quién es, Albert?
—Me ha dado un nombre: señorita Mullins. Una de las señoras de la localidad le ha recomendado que venga a verla.
—¡Ah, claro! Se tratará de este jardín...
—Sí. Me han hablado de él.
—Creo que será mejor que la haga venir aquí.
—Sí, señora —repuso Albert, adoptando el aire de un eficiente mayordomo.
Dirigióse hacia la casa, regresando a los pocos minutos con una mujer alta de aspecto masculino, que vestía pantalones y jersey.
—¡Qué viento más frío hace esta mañana! —comentó. Su voz era profunda, ligeramente ronca— Me llamo Iris Mullins. La señora Griffin me sugirió que viniese a verla. Usted deseaba contratar a una persona que se ocupase de todo lo concerniente a su jardín, ¿no?
—Buenos días —contestó Tuppence, estrechando la mano que le tendió su interlocutora—. Encantada de conocerla. En efecto, quiero contratar los servicios de una persona que cuide de él.
—Ustedes se han instalado aquí hace poco, ¿verdad?
—¡Ay! A mí me parece que llevamos años en este lugar —declaró Tuppence—. Verá usted... Hemos retenido demasiado tiempo a los electricistas,  pintores y fontaneros que han intervenido en el arreglo de la vivienda.
—Ya —contestó la señora Mullins, con una ronca risita—. Sé lo que significa eso. No se acaba nunca con ellos. Y lo más seguro es que se vea obligada a llamarlos de vez en cuando, para corregir las inevitables negligencias en que incurren con sus prisas. Tiene usted aquí un bonito jardín, pero está un tanto abandonado...
—Así es. La última familia que vivió aquí no se preocupó poco ni mucho de esta parte de la finca —comentó Tuppence.
—La última familia... Eran los Jones, ¿no? No es que los conociera. Yo he vivido casi todo el tiempo que llevo aquí al otro lado del pantano. Por esa zona trabajo en dos casas con regularidad. A una voy dos días por semana. A la otra sólo le dedico un día. Lo cierto es que con un día por semana tan solo no basta si se quiere conservar un jardín como es debido. En este jardín trabajó el viejo Isaac, ¿no? Buena persona. Lástima que le pasara al pobre lo que le pasó. La encuesta judicial se celebró hace una semana, ¿verdad? He oído decir que todavía no se ha descubierto al autor del crimen. La gente habla de los jóvenes gamberros de ahora... Van en grupos, haciendo de las suyas. Generalmente, cuantos menos años tienen, peores son... ¡Oh! ¡Que bonitas magnolias tiene usted ahí! Son de la mejor clase. Hay personas que en cuestión de flores prefieren los ejemplares exóticos cuando tenemos en casa especies de lo más primoroso...
—Si quiere usted que le sea sincera le diré que lo que a mí me produce ilusión es el huerto.
—Comprendido. Las familias anteriores, por lo que veo, no prestaron en esta casa la atención debida a un punto tan interesante. La gente quiere ir  a lo práctico, es decir, a lo que ella entiende por tal: comprar sus verduras en el mercado y no preocuparse de más.
—No sé... Yo disfrutaría teniendo aquí guisantes, habas, coles y todo lo demás, cada cosa en su tiempo. Económicamente es posible que no tuviera ninguna ventaja, pero de esta forma se tienen cosas siempre a mano, frescas...
Albert apareció de repente junto a ellas.
—La señora Redcliffe le llama por teléfono —notificó a Tuppence—. Quiere saber si va usted a comer con ella mañana.
—Dígale que no me es posible, que lo siento. Lo más seguro es que tengamos que ir mañana a Londres. ¡Oh! Espere sólo un momento, Albert. Voy anotar aquí una cosa...
Tuppence sacó de su bolso un pequeño bloc, en una de cuyas hojas escribió unas palabras. Arrancó ésta y se la entregó a Albert.
—Dígale a mi esposo que me encuentro en el jardín, en compañía de la señorita Mullins. No me acordé de facilitarle el nombre completo y las señas de la persona a la cual está escribiendo. En este papel figura todo...
—De acuerdo, señora —contestó Albert, retirándose.
Tuppence reanudó la conversación con su visitante.
—Pues si tiene usted tres días ocupados de la semana ya anda bastante atareada —consideró.
—Efectivamente. Y más si se tiene en cuenta que vivo al otro lado del poblado. Habito en una pequeña casa...
En aquel instante, salió Tommy de la casa. Le acompañaba Hannibal, que no cesaba de describir grandes círculos a su alrededor. El perro se aproximó a Tuppence primeramente. Luego, se quedó inmóvil unos segundos, estiró las patas y se lanzó sobre la señorita Mullins ladrando fieramente. Ella dio uno o dos pasos atrás, alarmada.
—Este perro es terrible —dijo Tuppence—. Pero no muerde, ¿sabe? Bueno, en raras ocasiones, al menos. Habitualmente, a quien ataca es al cartero.
—Todos los perros muerden alguna vez al cartero. O lo intentan... —contestó la señorita Mullins.
—Como guardián es un perro magnífico —explicó Tuppence—. Es un terrier de Manchester, ¿sabe usted? Esos terriers siempre han sido excelentes guardianes. La casa está protegida con un animal así. Éste no dejaría acercarse aquí a nadie y mucho menos dejaría entrar a un desconocido. Cuida muy bien de mí. Evidentemente, me considera lo más importante de la finca.
—Sí. No dudo de su utilidad.
—¡Se cometen tantos robos en la actualidad! —exclamó Tuppence—. Muchos de nuestros amigos han sido víctimas de los ladrones. Algunos de éstos operan en pleno día, desplegando una extraordinaria audacia. Simplemente, arriman unas largas escaleras a las ventanas de las casas, fingiendo que van a limpiar los cristales... Bueno, hay todo género de tretas. Por eso no está nada mal que sepan que hay de guardián en la vivienda un perro feroz.
—Creo que tiene usted razón.
—Aquí está mi esposo —dijo Tuppence—. Te presento a la señorita Mullins, Tommy. La señora Griffin ha tenido la atención de decirle que buscábamos una persona que cuidara de nuestro jardín.
—¿Y no resultará este trabajo un poco pesado para usted, señorita Mullins?
—Desde luego que no —contestó la señorita Mullins, con su ronca voz—. No todo es duro en este género de trabajos. Y si se sabe alternar unos con otros queda tiempo para tomarse un descanso. Aquí habrá que plantar, abonar, preparar adecuadamente la tierra. Sólo así se obtienen buenos resultados.
Hannibal continuaba con sus ladridos.
—Yo creo —manifestó Tuppence— que lo mejor sería que te llevaras el perro a la casa, Tommy. Esta mañana ha adoptado una actitud protectora que resulta ya francamente molesta.
—De acuerdo, querida —contestó Tommy.
Tuppence se dirigió a la señorita Mullins.
—Entremos en la casa, ¿quiere? ¿No le apetece beber algo fresco? Hace calor hoy. Concretaríamos detalles sobre la cuestión del jardín.
Hannibal quedó encerrado en la cocina y la señorita Mullins aceptó una copa de jerez. Tuppence y ella estuvieron charlando unos minutos más. Finalmente, la visitante echó un vistazo a su reloj, declarando que andaba un tanto apremiada de tiempo.
—Tengo una cita —explicó— y no quiero llegar tarde a ella.
Despidióse un tanto apresuradamente y se fue a buen paso.
—La impresión a primera vista, es buena —dijo Tuppence, refiriéndose a la señorita Mullins.
—Pues sí —repuso Tommy—. Pero nunca puedes estar seguro...
—¿Se me permite formular una pregunta? —inquirió Tuppence, cavilosa.
—Has estado paseando largo rato por el jardín, querida, y creo que debes estar cansada. Es conveniente que dejemos nuestra excursión de esta tarde para otro día... Te han ordenado reposo, no lo olvides.

CAPÍTULO CATORCE

LA CAMPAÑA DEL JARDÍN


—Tú me entiendes, Albert —dijo Tommy.
Este y Albert se hallaban en la cocina. El último se encontraba fregando las piezas del servicio de té que acababa de bajar del dormitorio de Tuppence.
—Sí, señor —repuso Albert—. Le entiendo.
—Me figuro, ¿sabes?, que te verás avisado, en parte, por... Hannibal. Es un buen perro en ciertos aspectos —dijo Albert—. No le toma afecto a cualquiera.
—En efecto. No es uno de esos perros que acogen con alegría a los ladrones moviendo el rabo complacidos a la vista de una persona no merecedora de su cordialidad. Hannibal sabe bastantes cosas. Pero, bueno, creo que te lo he expuesto todo con claridad, ¿eh?
—Sí. No sé qué es lo que tengo que hacer si la señora... Bien. Yo he de hacer lo que la señora diga o decirle lo que usted me ha comunicado, o...
—Me figuro que sabrás ser diplomático —indicó Tommy—. Voy a hacer que se quede en cama hoy. Me marcho dejándola por entero a tu cargo.
Albert acababa de abrir la puerta principal de la casa, enfrentándose con mi joven embutido en un traje de mezclilla. El sirviente de los Beresford miró a Tommy, vacilante. El visitante entró en el vestíbulo, sonriendo afablemente.
—¿El señor Beresford? Me he enterado de que buscan ustedes a alguien que cuide de su jardín. Se han instalado aquí recientemente, ¿no? Ya he podido comprobar que el jardín de la casa se encuentra algo descuidado. Hace un par de años estuve trabajando para un señor apellidado Solomon... Es posible que haya oído hablar de él.
—¿El señor Solomon? Sí. Alguien se refirió a él hallándome yo presente.
—Me llamo Crispin, Augus Crispin. Si no tiene inconveniente, veamos que es lo que hay que hacer aquí.


—En este jardín han sido realizadas algunas modificaciones —comentó el señor Crispin.
Tommy le llevó a los macizos de flores, guiándolo luego hasta la parcela dedicada a las verduras.
—Aquí es donde en otro tiempo se cultivaban espinacas habitualmente. Más allá hay otras parcelas. También se criaban melones aquí.
—Me da usted la impresión de hallarse muy al corriente de todo lo concerniente al jardín.
—Es que he oído muchas cosas referentes a él en los viejos tiempos. Cualquier señora ya entrada en años de la localidad es capaz de hablarle de estos macizos de flores y Alexander Parkinson se refirió con frecuencia ante sus amigos a las hojas de digital.
—Debió de ser un muchacho fuera de lo corriente.
—Tenía ideas propias, ciertamente, y se hallaba obsesionado por las historias de tipo criminal. En uno de los libros de Stevenson dejó una especie de mensaje en clave. El libro era La Flecha Negra.
—Una obra excelente, ¿verdad? La leí hace cinco años. No había pasado hasta entonces de Secuestrado. Cuando trabajaba para... —Crispin vaciló.
—¿El señor Solomon? —sugirió Tommy.
—Sí, sí. Ése es el nombre. Por aquellas fechas oí contar ciertas cosas... del viejo Isaac. No sé si estoy equivocado, si capté mal los rumores... Tengo entendido que Isaac iba ya para los cien años y que trabajó para ustedes aquí.
—Sí. Teniendo en cuenta su edad —declaró Tommy—, se movía con desenvoltura. Sabía muchas historias, de las cuales nos hizo partícipes. Debían de habérselas contado. No eran fruto de sus experiencias directas.
—A él le agradaban las habladurías de los viejos tiempos. Tiene aquí algunos parientes todavía, ¿eh? Éstos escuchaban sus relatos e hicieron algunas comprobaciones a ellos referentes. Supongo que a usted también le habrán referido muchas cosas.
—En la actualidad, todo ello parece descansar sobre una lista de nombres. Son del pasado, nombres que, naturalmente, a mí no me dicen nada.
—¿Puros rumores?
—En su mayor parte. Mi esposa fue anotando todo lo que quisieron contarle. Ignoro si tendrán algún significado. Yo mismo me he procurado una lista. Llegó a mis manos ayer, realmente.
—Hábleme de ella.
—Se refiere a un censo —explicó Tommy—, el que se hizo el día... Bueno, yo anoté la fecha, la cual le facilitaré oportunamente. En el impreso aparecen anotadas las personas que pasaron la noche aquí. Se celebró una gran reunión. Hubo una cena.
—Todo eso, pues, referido a una fecha determinada, a una fecha quizás interesante, ¿no?
—Sí —replicó Tommy.
—Puede que se trate de un documento de gran valor. Un papel, tal vez, muy significativo, ¿eh? Hace poco que vinieron a vivir aquí, ¿verdad?
—Sí —repuso Tommy—. Y es posible que nos vayamos de esta casa pronto.
—¿No le gusta? La casa es muy hermosa y este jardín... Bien. Aquí podrá trazarse un jardín muy hermoso. Tienen ustedes unas flores preciosas. Sí, ciertamente que hay que iniciar una limpieza a fondo, quitar algunos matorrales e incluso árboles... He visto varios setos que están perdidos, en los que no volverá a haber flores. No me explico, la verdad, por qué quieren irse de aquí.
—Todas estas cosas que nos rodean están asociadas con el pasado y esta clase de asociaciones no resulta siempre grata —informó Tommy.
—El pasado... —murmuró el señor Crispin—. ¿En qué forma se conecta el pasado con el presente?
—Uno piensa que no hay por qué ocuparse de aquél, ya que ha quedado atrás. Pero siempre queda un residuo, por así decirlo, a nuestro alcance. Siempre hay un personaje o varios del pretérito que cobra vida merced a lo que cuentan los de nuestro tiempo. ¿Está usted realmente dispuesto...?
—¿Que si estoy dispuesto a trabajar para ustedes en el jardín? Sí, claro. Será para mi una tarea muy interesante. Esto de la jardinería constituye, verdaderamente, mi pasatiempo favorito.
—Ayer vino a vernos una tal señorita Mullins.
—¿Mullins? ¿Mullins? ¿Se dedica a estos trabajos?
—Creo que sí... Debe de ser así. Una tal señora Griffin dio su nombre a mi esposa. Ella nos la envió.
—¿Se pusieron de acuerdo con esa mujer o no?
—Me parece que no quedó concretado nada —explicó Tommy—. He de notificarle que contamos aquí con un buen perro guardián. Es un terrier de Manchester.
—Sí, esos perros son magníficos como guardianes. Supongo que creerá que su principal misión es la custodia de su esposa y que nunca permite que vaya sola a ninguna parte.
—Cierto —manifestó Tommy—. Nuestro perro está dispuesto a destrozar a quien se atreva a ponerle un dedo encima.
—¡Qué animales los perros! Son afectuosos, leales, serviciales... Y además, generalmente, se hallan armados de afilados colmillos. Será mejor que me guarde del suyo.
—No tema usted nada. Ahora se encuentra en la casa.
—La señorita Mullins... —dijo Crispin, pensativo—. Sí. Es interesante.
—¿Por qué le parece interesante?
—¡Oh! Porque... Bueno, yo no la conocería por ese nombre, desde luego. Es de una edad comprendida entre los sesenta y setenta años?
—En efecto. Por su aire, parece una mujer del campo. La ropa que viste le va....
—Ya. Creo que Isaac podía haberle contado algunas cosas referentes a ella. Tengo entendido que se vino a vivir aquí. De esto no hace mucho tiempo. Unas cosas coinciden con otras, ¿sabe usted?
—Me imagino que usted conoce detalles referentes a esta localidad, que yo ignoro —declaró Tommy.
—Yo no diría tanto. No obstante, Isaac pudo haberle impuesto ampliamente de numerosos datos. Él sabía muchas cosas. Eran viejas historias, generalmente. El viejo tenía muy buena memoria. Y aquí nadie se calla nada. Sí. En esos clubs para viejos todos dicen lo que saben. Circulan historias para todos los gustos. Alunas de ellas no son ciertas; otras se basan en hechos reales. Sí. Todo resulta sumamente interesante. Y... supongo que él sabía demasiado.
—Fue una pena lo de Isaac —declaró Tommy—. Me gustaría que la policía localizara al que lo mató. Era un viejo muy agradable y se portó muy bien con nosotros, ayudándonos en la medida de lo posible. Vamos... Continuemos echando un vistazo por aquí.

CAPÍTULO QUINCE

«HANNIBAL» Y EL SEÑOR CRISPIN ACTÚAN


Albert llamó a la puerta del dormitorio con los nudillos.
—Adelante —contestó Tuppence.
Albert entreabrió la puerta, asomando la cabeza.
—Aquí está la mujer que vino la otra mañana —anunció—: la señora Mullins. Quiere hablar con usted unos momentos. Tengo entendido que desea hacerle unas sugerencias sobre el jardín. Le he dicho que estaba usted en cama y que no sabía con seguridad si podría recibirla.
—Pues sí, Albert: dígale que sí voy a recibirla.
—Me disponía a subirle su café de la mañana, señora.
—Agregue una taza. Habrá café suficiente para dos, ¿no?
—Sí, señora.
—Muy bien. Cuando vuelva, coloque el café en esa mesita de ahí. Luego, haga subir a la señorita Mullins.
—¿Qué hago con Hannibal? —preguntó Albert—. ¿Me lo llevo abajo y lo encierro en la cocina?
—A Hannibal le disgusta que lo encierren en la cocina... Hágale entrar en el cuarto de baño y cierre la puerta después.
Hannibal se resistió ligeramente al tener noticia práctica de aquel insulto. Por fin, Albert consiguió meterlo en el cuarto de baño, ajustando la puerta. El perro le correspondió con unos cuantos fieros ladridos.
—¡Cállate, Hannibal! —gritó Tuppence—. ¡Cállate!
Hannibal suprimió los ladridos. Después, se tendió sobre el pavimento, aproximando todo lo que pudo el hocico a la parte inferior de la puerta, profiriendo una serie de prolongados aullidos.
—¡Oh, señora Beresford! —exclamó la señorita Mullins—. Creo que le estoy causando una pequeña molestia, pero es que pensé que le gustaría ver este libro que tengo sobre jardinería. Contiene muchas sugerencias sobre las plantaciones a efectuar en esta época del año. Hay en él una serie de plantas que se acomodan especialmente al suelo de este jardín, aunque algunas personas, quizás, opinarían lo contrario... ¡Oh! Es usted muy amable. Desde luego, le acepto una taza de café. Permítame que se lo sirva yo. ¡Resulta tan incómodo moverse estando en cama! Me pregunto ahora si tal vez... —la señorita Mullins miró a Albert, quien, muy atento, le acercó una silla.
—¿Le parece bien, señora? —inquirió él.
—Por supuesto, Albert: acabo de oír otra vez el timbre de abajo.
—Será el lechero. O quizás el chico de la tienda de comestibles. Le tocaba venir hoy. Perdónenme.
Albert abandonó la habitación, cerrando la puerta. Hannibal profirió otro gruñido.
—Es mi perro —explicó Tuppence—. Está irritado porque no le he permitido que tome parte en nuestra reunión. No puede ser. Hace demasiado ruido.
—¿Quiere usted azúcar, señora Beresford?
—Un terrón, por favor —contestó Tuppence.
—De acuerdo.
La señorita Mullins llenó de café una de las tazas, que colocó junto a Tuppence. Seguidamente, procedió a llenar otra para ella. De repente, tropezó, agarrándose atropelladamente a una mesita, quedándose de rodillas sobre la alfombra al tiempo que lanzaba una exclamación, asustada.
—¿Se ha hecho usted daño? —preguntó Tuppence.
—No, ¡oh, no! Lo malo es que he roto su jarrón. Tropecé inexplicablemente, torpe de mí, y... Es una lástima ¡un jarrón tan bonito! No me lo perdonaré nunca. Señora Beresford: ¿qué va a pensar de mí? Le aseguro que no ha sido mi intención...
—¡Por Dios, señorita Mullins! —contestó Tuppence, amablemente—. Veamos... Bueno, creo que hubiera podido ser peor. El jarrón se ha partido en dos pedazos, lo cual quiere decir que no nos ha de costar mucho trabajo pegar las dos piezas. Me atrevo a afirmar que la ensambladura apenas va a notarse.
—No obstante, estoy disgustada —declaró la señorita Mullins—. Usted no se encuentra bien y yo no debí haber venido hoy, pero deseaba verla para...
Hannibal empezó a ladrar de nuevo.
—Me da lástima el perro —manifestó la señorita Mullins—. ¿Quiere que lo deje salir?
—Es mejor no hacerlo —repuso Tuppence—. A veces no sabe una cómo va a reaccionar.
—¡Oh! Ha sonado de nuevo el timbre de abajo.
—Es el timbre del teléfono ahora, creo —informó Tuppence.
—¿Quiere que atienda yo la llamada?
—No es preciso. Ya acudirá Albert. De ser necesario, subirá a decirme qué hay.
Sin embargo, fue Tommy quién cogió el teléfono.
—Diga. ¡Ah, ya! ¿Quién? Comprendido. ¡Oh! Un enemigo, un enemigo definido. Sí. De acuerdo. Tomamos las medidas oportunas. Sí. Muchísimas gracias.
Tommy colgó, mirando al señor Crispin.
—¿Unas palabras de aviso? —preguntó el visitante.
—Si.
Tommy se quedó con la mirada fija en el rostro del señor Crispin.
—Es difícil saberlo, ¿eh? Quiero decir: es difícil saber quién es tu enemigo o amigo...
—Y en ocasiones, cuando se sabe, ya es demasiado tarde, se trata de La Puerta del Destino, La Caverna del Desastre —dijo Tommy.
El señor Crispin miró a su interlocutor, un tanto sorprendido.
—Lo siento —dijo Tommy—. Por unas razones u otras, en esta casa hemos incurrido recientemente en la costumbre de recitar versos.
—Eso es de Flecker, ¿verdad? De «Las Puertas de Bagdad» o de «Las puertas de Damasco»...
—Vamos arriba, ¿quiere? —propuso Tommy—. Tuppence está descansando, simplemente, no es que se halle enferma. No tiene nada en realidad. Ni siquiera está resfriada.
Albert reapareció inesperadamente.
—He subido a la señora el café, agregando una taza para la señorita Mullins, quien se ha presentado aquí con un libro sobre jardinería, me parece.
—Perfectamente —contestó Tommy—. Sí. Todo marcha bien. ¿Dónde está Hannibal?
—Lo encerré en el cuarto de baño.
—Supongo que no encajarías mucho la aldabilla. Ya sabes que a él eso le disgusta.
—Procedí tal como usted me dijo, señor.
Tommy subió a la otra planta seguido por el señor Crispin. Tommy rozó la puerta del dormitorio con los nudillos y la abrió, entrando en aquél. Hannibal, en el cuarto de baño, ladró insistentemente. Luego, saltó violentamente sobre la puerta y la aldabilla cayó. Entró en el dormitorio como  una exhalación. Miró brevemente al señor Crispin y avanzó gruñendo fieramente hacia la señorita Mullins.
—¡Válgame Dios! —exclamó Tuppence.
—Nuestro buen Hannibal... —murmuró Tommy—. ¿No crees que es bueno Hannibal?
Volvió la cabeza hacia el señor Crispin.
—Conoce a sus enemigos, ¿verdad?... Y a los de usted...
—¡Santo Dios! —dijo Tuppence a la señorita Mullins—. ¿Le ha mordido?
—Sí. Y no ha sido agradable, claro —contestó la aludida, y mirando a Hannibal con el ceño fruncido.
—Es la segunda vez que la muerde, ¿eh? —inquinó Tommy—. La primera fue cuando salió corriendo de aquellos matorrales que usted sabe y se lanzó en su caza.
—Este perro sabe con quién tiene que habérselas —comentó el señor Crispin—. ¿No es cierto, querida Dodo? Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, Dodo, ¿verdad?
La señorita Mullins miró alternativamente a Tuppence, Tommy y al señor Crispin.
—Mullins... —dijo el señor Crispin—. Lamento no estar al día. ¿Te casaste y adoptaste el apellido de tu esposo o es que ahora se te conoce por el nombre de «señorita Mullins»?
—Yo soy Iris Mullins, lo que siempre fui.
—¡Oh! Yo creí que eras Dodo. Tú fuiste siempre Dodo para mí. Bueno, querida, yo creo que... Me alegro mucho de verte, pero creo que es mejor que te saquemos de aquí rápidamente. Bébete tu café. Espero que estés en condiciones... Señora Beresford: encantado de saludarla. Le aconsejaré, si me lo permite, que no pruebe su café.
—Retiraré su taza.
La señorita Mullins pronunció estas palabras al mismo tiempo que daba un paso adelante. Instantáneamente, Crispin se interpuso entre ella y Tuppence.
—No, Dodo querida. Yo no haría eso —dijo—. Prefiero hacerme cargo de esta taza. Pertenece a la casa y, desde luego, habrá que analizar su contenido. Quizá trajeras contigo una pequeña dosis, ¿eh? Es muy fácil depositarla dentro, mientras se sirve el café a esta señora, inválida, o supuestamente inválida.
—Le aseguro que no hice tal cosa. ¡Oh! Ordenen al perro que me deje en paz de una vez.
Hannibal se empeñaba en hacerla bajar la escalera a toda prisa.
—Quiere verla cuanto antes fuera de aquí —manifestó Tommy—. Es muy especial nuestro Hannibal. Se inclina a morder a la gente que cruza la puerta de la entrada. ¡Oh, Albert! Te suponía por la parte de fuera, en la otra puerta. ¿Viste lo que pasó, por casualidad?
—Lo vi todo perfectamente. Estuve observándola por el resquicio. Sí. Esta mujer depositó algo en la taza de la señora. Lo hizo muy limpiamente. Sus manos me recordaron las de un prestidigitador.
—No sé a qué se refiere usted —indicó la señorita Mullins—. Bueno, tengo que marcharme. Estoy citada con una persona. Es muy importante.
Salió disparada de la habitación, enfilando la escalera. Hannibal miró a un lado y a otro y se fue tras ella. El señor Crispin no demostró ninguna animosidad, pero él también, apresuradamente, siguió a la mujer.
—Espero que la señorita Mullins tenga buenas piernas —dijo Tuppence—, pues de lo contrario, Hannibal la alcanzará fácilmente. Es un perro guardián excelente, ¿verdad?
—Tuppence: ése es el señor Crispin, que nos fue enviado por el señor Solomon. Llegó en el instante preciso, ¿eh? Creo que ha estado dejando pasar el tiempo para ver qué pasaba aquí. Ten cuidado con esa taza, que no se rompa. Luego, guardaremos el café que contiene en una botella. El café será analizado y sabremos lo que lleva. Ponte tu bata más elegante, querida y baja al cuarto de estar. Tomaremos unos aperitivos antes de la comida.


Tuppence abandonó su sillón para dirigirse a la chimenea.
—Oye, querida: no intentarás echar otro leño al fuego, ¿eh? —dijo Tommy— Yo lo haré. Te han ordenado que no te movieras mucho, no lo olvides.
—Tengo el brazo perfectamente ya —contestó Tuppence—. Cualquiera diría que me lo he fracturado. Sólo fue un arañazo sin importancia.
—Hay algo más, Tuppence. Lo que tienes ahí es una herida de bala.
—Lo que quieras. El caso es que controlamos a la Mullins muy bien, a mi juicio. Hannibal se ha portado espléndidamente...
—Si —contestó Tommy—. Fue como si nos hubiera hablado. Su olfato se lo dijo. Es un perro de un olfato maravilloso.
—No puedo decir que el mío me previniera —señaló Tuppence—. Pensé que ella era una respuesta a una plegaria. Y me olvidé por completo de que debíamos contratar solamente a una persona que hubiera trabajado para el señor Solomon. ¿Te dijo el señor Crispin algo más? Supongo que éste no es su nombre real.
—Probablemente —contestó Tommy.
—¿Vino aquí con objeto de realizar alguna investigación?
—No, no le trajo aquí eso exactamente. Me parece que fue enviado por cuestiones de seguridad. Para cuidar de ti.
—Para cuidar de mí... y de ti, diría yo. ¿Dónde se encuentra en estos momentos?
—Espero que esté ocupándose de la señorita Mullins.
—Bien. Hay que ver en qué forma le abren a una el apetito estos acontecimientos. Querido, te confieso que estoy hambrienta.
—Vuelves a encontrarte perfectamente —dijo Tommy—. Me encanta que aludas así a la comida.
—Nunca estuve enferma —declaró Tuppence—. Fui herida. Ésta es una cosa completamente distinta.
—Insisto, Tuppence, en que cuando Hannibal salió anunciando la proximidad de un enemigo debieras haber comprendido que la señorita Mullins fue la persona que, vestida con pantalones masculinos se escondió en el matorral del jardín, haciendo fuego...
—Acertamos al pensar que se dejaría ver por aquí de nuevo. Debidamente instalada en mi cama, tomamos unas medidas que se han revelado muy oportunas, ¿no es así, Tommy?
—Así es, querida. Juzgué que no tardaría en saber que uno de sus proyectiles había producido el efecto apetecido, llevándote al lecho.
—Por cuya razón, muy solícita, hizo acto de presencia nuevamente en esta casa —puntualizó Tuppence.
—Las medidas que adoptamos fueron buenas. Teníamos a Albert, de guardia permanente, pendiente de sus pasos, de cada cosa que hacía... ¿Llegaste a ver a la señorita Mullins (o Dodo, como la llama el señor Crispin) en el momento de verter algo en tu taza de café?
—No. Tengo que admitir que no vi nada. La mujer pareció tropezar en la alfombra, agarrándose a una mesita y tirando al suelo el jarrón que había en ella... ¡Una lástima! Luego, se excusó y yo estaba pendiente entonces del jarrón roto, preguntándome si tenía arreglo. Por eso no lo vi...
—Albert, entretanto, observaba lo que pasaba en el dormitorio mirando por el resquicio de la puerta.
—Fue una buena idea encerrar a Hannibal en el cuarto de baño, dejando, claro está, la aldabilla medio suelta. Ya sabes que a Hannibal se le da bien lo de abrir puertas. Salió de su encierro hecho un tigre de Bengala.
—Muy atinada tu imagen, querida.
—Supongo, Tommy, que el señor Crispin, o como se llame ese hombre, habrá dado fin ya a sus indagaciones. Sin embargo, me pregunto cómo relacionará a la señorita Mullins con Mary Jordan o con una figura peligrosa como la Jonathan Kane... Son, en fin de cuentas, seres del pasado...
—No creo que se hayan limitado a encajarse en el pasado. Pienso que puede haber una nueva edición, por así decirlo, de ese hombre. Hay muchos jóvenes amantes de la violencia, de la violencia a cualquier coste, además, en la actualidad; tenemos a los superfascistas de hoy, quienes añoran los días espléndidos de Hitler y su alegre grupo.
—He estado leyendo Count Hannibal —informó Tuppence a su esposo—. Es una de las mejores obras de Stanley Weyman. Figura entre los volúmenes que Alexander había reunido arriba.
—¿Y qué hay sobre ese libro?
—Verás... Estuve pensando que actualmente todo sigue igual. Y que, probablemente, siempre ha ocurrido lo mismo. Pensaba en los pobres niños que se encuadraron en la Cruzada Infantil, saturados de alegría, de vanidad, ¡pobrecillos! Pensaban ellos que habían sido designados por el Señor para liberar Jerusalén, que el mar se abriría ante todos para que pudieran continuar su camino, como hizo Moisés, según la Biblia. Tenemos ahora a lindas chicas y jovencitos que comparecen todos los días ante los tribunales por haber atropellado a algún viejo pensionista o persona ya entrada en años, poseedores de una pequeña cantidad de dinero, titulares de una modesta cartilla de ahorros. Evoqué la Matanza de San Bartolomé... Fíjate  en que todas esas cosas suceden de nuevo. Recientemente fueron mencionados los nuevos fascistas en conexión con una universidad perfectamente respetable. ¡Oh, bien! Supongo que nadie nos dirá nunca nada. ¿Crees realmente que el señor Crispin averiguará algo más acerca de un escondite que nadie ha descubierto todavía? Las cisternas... Acuérdate de algunos robos de bancos. Los ladrones suelen esconder su botín en las cisternas. Yo diría que son sitios demasiado húmedos para ocultar en ellos algo. ¿Crees que cuando haya dado fin a sus investigaciones, o lo que esté haciendo, volverá aquí para continuar cuidando de mí... y de ti, Tommy?
—Yo no necesito que cuide mí —repuso Tommy.
—No tengo más remedio que tildar de arrogante tu actitud —dijo Tuppence.
—Me figuro que volverá para despedirse de nosotros.
—¡Oh, sí! Por el hecho de ser un hombre de buenas maneras, ¿no?
—Querrá asegurarse de nuevo de que te encuentras bien.
—He sido herida levemente y el médico se ocupa ya de eso.
—Siente una gran afición por la jardinería —afirmó Tommy—. Es lo que he creído ver en él, al menos. Desde luego, es cierto que trabajó para un amigo suyo que se llamaba Solomon. Solomon murió hace algunos años, pero estimo que de este modo disfruta de una excelente cobertura. Puede decir con toda tranquilidad que trabajó para él y la gente se inclina a creerle en seguida. Da, pues, la impresión, inmediatamente, de actuar bona fide.
—Sí. Supongo que es preciso siempre reparar en tales detalles —contestó Tuppence.
Sonó el timbre de la puerta y Hannibal se lanzó como un auténtico tigre sobre ella, dispuesto a acabar con cualquier intruso que pretendiera penetrar en la casa sin previa autorización de sus dueños. Tommy volvió con un sobre en las manos.
—Está dirigido a los dos. ¿Lo abro? —consultó.
—Adelante —repuso Tuppence.
Tommy lo abrió.
—¡Vaya! Esto plantea unas posibilidades para el futuro.
—¿De qué se trata?
—Es una invitación del señor Robinson. Para ambos. Nos invita a cenar con él dentro de un par de semanas. Cree que para entonces te habrás repuesto del todo y que volverás a ser la de siempre. La cena será en su casa de campo. Por Sussex, creo.
—¿Crees que con ese motivo nos hará alguna revelación? —inquirió Tuppence.
—Puede ser.
—¿Qué te parece si me llevo mi lista? El caso es que me la sé de memoria, sin embargo.
Tuppence la leyó rápidamente.
—La Flecha Negra, Alexander Parkinson, los taburetes de loza de la época victoriana Oxford y Cambridge, Grin-hen-Lo, KK, el vientre de «Mathilde», Caín y Abel, «Truelove»...
—Ya está bien, mujer —dijo Tommy—. Eso parece un acertijo.
—Lo es —confirmó ella—. ¿Crees que habrá en casa del señor Robinson alguien más aparte de nosotros?
—El coronel Pikeaway probablemente.
—En ese caso será mejor que me lleve unas tabletas contra la tos, ¿no te parece? De todas maneras, tengo ganas de conocer al señor Robinson. Me cuesta trabajo creer que sea tan fornido como tú aseguras... ¡Oh! ¡Ay, Tommy! ¿Has pensado que dentro de dos semanas se presentará aquí Deborah con los niños, a fin de pasar una temporada con nosotros?
—Cuando viene Deborah y los pequeños es la semana próxima, querida.
—Menos mal. Así, pues, todo está en orden —comentó Tuppence.

CAPÍTULO DIECISÉIS

LOS PÁJAROS VUELAN HACIA EL SUR


—Creí que era ése el coche...
Tuppence, en la puerta de la casa, observaba un tanto nerviosa la carretera. Esperaba de un momento a otro la llegada de Deborah y los tres pequeños. Albert emergió por una puerta lateral.
—El que usted acaba de ver era el coche de la tienda de comestibles. ¿Querrá usted creerlo, señora? Los huevos han vuelto a subir. Jamás volveré a votar por el gobierno actual. La próxima vez votaré a los liberales.
—¿Será necesario que le eche un vistazo al pastel de fresas de esta noche, Albert?
—Yo creo que no. He visto hacerlo muchas veces y me parece que ha salido como usted quiere.
—Usted acabará siendo un gran «chef», Albert. Se trata de la golosina favorita de Janet.
—He hecho, además, una tarta de miel, cosa que al señorito Andrew le gusta mucho.
—¿Están las habitaciones preparadas?
—Si. La señora Shacklebury llegó a buena hora esta mañana. En el lavabo del cuarto de baño puse el jabón que tanto le agrada a la señorita Deborah.
Tuppence respiró aliviada al saber que todo estaba preparado para recibir adecuadamente a los suyos.
Oyóse un claxon a lo lejos y unos minutos más tarde llegaba el coche esperado, conducido por Tommy. De él se apearon en seguida Deborah, una mujer de cerca de cuarenta años, todavía muy hermosa; Andrew, de quince; Janet, de once, y Rosalie, de siete.
—¡Hola, abuela! —gritó Andrew.
—¿Dónde está Hannibal? —preguntó Janet.
—¿Dónde está mi té? —inquirió Rosalie, muy predispuesta siempre a llorar.
Se intercambiaron los besos y abrazos de rigor, Albert se ocupó de los equipajes de los viajeros. Entre las cosas de éstos figuraban una pecera con carpas doradas y una ratita blanca, en su jaula.
—Conque éste es el nuevo hogar, ¿eh? —dijo, Deborah, abrazando a su madre.
—¿Podemos corretear por el jardín? —quiso saber Janet.
—Después del té —contestó Tommy.
—Quiero mi té —insistió Rosalie, con una expresión que daba a entender que lo primero era antes.
Entraron todos en el comedor. El diligente Albert había preparado ya la mesa.
Tras el té, salieron de la casa. Los chiquillos se dedicaron a explorar el jardín, en busca de posibles tesoros, en compañía de Tommy y Hannibal, que en seguida se habían incorporado al jolgorio general. Deborah, que se mostraba severamente solícita con su madre, inquirió:
—He oído contar algunas cosas raras acerca de ti, mamá. ¿Qué has estado haciendo últimamente?
—¡Oh! Hemos tenido que movernos para instalarnos aquí con alguna comodidad —replicó Tuppence, evasiva.
Deborah, naturalmente, no se dio por satisfecha con aquella contestación.
—Tú has estado haciendo algo... ¿Verdad que sí, papá?
Tommy había regresado junto a ellas llevando a su espalda a Rosalie. Janet y Andrew continuaban inspeccionando el nuevo escenario de sus juegos.
—Has estado haciendo algo especial... —repitió Deborah, volviendo al ataque—. Has estado jugando a ser la señora Blenkinsop de nuevo. Derek oyó decir unas cuantas cosas y me escribió contándomelo.
Ella asintió al mencionar Deborah el nombre de su hermano.
—Derek... ¿Qué puede saber Derek? —preguntó Tuppence.
—Derek siempre está bien informado.
—Y para ti también hay, papá —dijo Deborah, volviéndose hacia su padre—. Tú también has andado mezclado en cosas raras. Yo creí que habíais venido aquí a disfrutar en paz de vuestro retiro, a llevar una existencia tranquila, a pasarlo lo mejor posible...
—Tal era nuestra idea —repuso Tommy—, pero el Destino lo dispuso todo de otra manera.
—La Puerta del Destino —dijo Tuppence—. La Caverna del Desastre, el Fuerte del Temor...
—Eso es de Flecker —manifestó Andrew, con consciente erudición.
Era muy aficionado a la poesía y esperaba llegar a ser él mismo un gran poeta. A continuación, dio la cita completa.

«Cuatro grandes puertas tiene la ciudad de Damasco...
 La Puerta del Destino, la Puerta del Desierto...
No pases por ella, ¡oh, caravana!, o pasa sin cantar.
¿Has oído ese silencio donde los pájaros están muertos,
aunque algo haya imitado el gorjeo de un pájaro?»

En aquel instante, unos pájaros se deslizaron sobre sus cabezas, abandonando el tejado de la casa.
—¿Qué pájaros son ésos, abuela? —preguntó Janet.
—Son golondrinas que vuelan hacia el sur —contestó Tuppence.
—¿Ya no volverán más por aquí?
—Sí. Regresarán el próximo verano.
—¡Y cruzarán La Puerta del Destino! —exclamó Andrew, mostrando una gran satisfacción.
—Esta casa fue llamada en otro tiempo «Swallow's Nest » —explicó Tuppence.
—Pero pensáis dejar esta casa, ¿no? —inquirió Deborah—. Papá me dijo en una de sus cartas que estabais buscando otra.
—¿Por qué? —preguntó Janet—. A mí me gusta ésta.
—Os daré unas cuantas razones —dijo Tommy. Sacó un papel de uno de sus bolsillos y leyó la siguiente relación:

—La Flecha Negra. Alexander Parkinson,
Oxford y Cambridge, taburetes de terraza victorianos,
Grin—hen—Lo,
KK,
Vientre de «Mathilde»,
Caín y Abel,
«Truelove»...

—Basta ya, Tommy... Esa lista es mía. Nada tiene que ver contigo, querido.
—Pero, ¿qué significa? —preguntó Janet, siempre ansiosa de saber.
—Parece una relación de pistas para una historia detectivesca —explicó Andrew, quien en sus momentos menos poéticos gustaba de tal género de literatura.
—Es realmente una relación de pistas —dijo Tommy—. Y la razón de que en la actualidad andemos buscando otra casa.
—Pero a mí me gusta mucho ésta —insistió Janet—. Realmente es una casa muy bonita.
—Es una casa preciosa —opinó Rosalie—. Bizcochos de chocolate —añadió, acordándose de pronto de los que habían servido con el té.
—A mí también me gusta —declaró Andrew solemnemente.
—¿Y a ti por qué te desagrada, abuela? —inquinó Janet.
—¡Pero si yo pienso como vosotros! —exclamó Tuppence, con repentino e inesperado entusiasmo—. Yo quisiera seguir viviendo aquí...
—La Puerta del Destino —murmuró Andrew—. Es un nombre muy emocionante.
—Podríamos darle el nombre que tuvo antes, el de «Swallow's Nest» —sugirió Tuppence.
—¡Cuántas pistas! ¿eh? —comentó Andrew—. Podría hacerse toda una historia con ellas, un libro incluso...
—Con tantos nombres resultaría demasiado complicado —indicó Deborah— ¿Quién iba a leer un libro así?
—Te quedarías asombrada si supieras con detalle qué cosas lee la gente, cosas con las que, por añadidura, disfruta... —contestó Tommy.
Tommy y Tuppence intercambiaron una mirada.
—Mañana me agradaría pintar un poco —declaró Andrew—. Albert podría ayudarme. ¿Qué os parece si rotulamos la puerta de la finca con el nuevo nombre?
—Y así las golondrinas sabrán con certeza a dónde tienen que volver el verano próximo —dijo Janet.
La niña miró a su madre.
—No es mala idea —comentó Deborah.
—La Reine le veut —dijo Tommy, haciendo una leve reverencia en dirección a su hija, quien siempre consideraba que dar su real consentimiento en el seno de la familia constituía uno de sus privilegios.

CAPÍTULO DIECISIETE

ÚLTIMAS PALABRAS: LA CENA CON EL SEÑOR ROBINSON



—¡Qué cena tan agradable! —exclamó Tuppence, paseando la mirada por los rostros de sus acompañantes.
Habían abandonado el comedor para congregarse en la biblioteca, en torno a una mesa en la que se había servido el café.
El señor Robinson, más corpulento de lo que Tuppence se lo había imaginado, sonreía tras una cafetera estilo georgiano, sumamente bella...Junto a él estaba el señor Crispin, que ahora respondía al nombre de Horsham. El coronel Pikeaway se había sentado al lado de Tommy, quien acababa de ofrecerle uno de su cigarrillos.
El coronel Pikeaway provocó la sorpresa de aquél al declarar:
—Jamás fumo después de cenar.
La señorita Collodon dijo:
—¿De veras, coronel Pikeaway? Es interesante, muy interesante —seguidamente, volvió la cabeza hacia Tuppence—. Tiene usted un perro muy bien adiestrado, señora Beresford.
Hannibal, que se hallaba tendido debajo de la mesa, con la cabeza descansando sobre uno de los pies de su dueña, levantó ésta adoptando una angélica expresión, la mejor de todo su repertorio. A continuación, movió el rabo, complacido.
—Tengo entendido que se portó como un fiero can —dijo el señor Robinson, mirando, divertido, a Tuppence.
—Debiera haberle visto usted en acción —indicó el señor Horsham, alias Crispin.
—Si es invitado a cenar en algún sitio sabe comportarse como es debido, sabe estar a tono con las circunstancias —explicó Tuppence— Él se da cuenta de que le da prestigio alternar en el seno de la buena sociedad —Tuppence se volvió hacia el señor Robinson—. Fue usted muy amable al ordenar que le fuese servido un plato de hígado. Le gusta con locura el hígado.
—A todos los perros les agrada —opinó el señor Robinson. Este miró a Crispin-Horsham—. No sé si me decidiré a hacer una visita a los señores Beresford: me expongo a ser destrozado por Hannibal.
—Hannibal es un animal consciente de sus obligaciones —manifestó el señor Crispin—. Es un perro guardián bien criado, que nunca olvida.
—Usted, dada su condición de agente del servicio de seguridad, le comprende bien —contestó el señor Robinson.
Sus ojos centellearon.
—Usted y su esposo, señora Beresford, han realizado un notable trabajo —añadió el señor Robinson—. Estamos en deuda con ustedes. El coronel Pikeaway me notificó que fue usted la iniciadora del asunto.
Tuppence pareció ponerse un tanto nerviosa.
—Fue una causalidad —murmuró—. Me sentí... curiosa. Me empeñé en descubrir ciertas cosas...
—Ya. Y ahora, quizá, siente una curiosidad parecida por saber más detalles concernientes al presente caso.
Tuppence se puso todavía más nerviosa y sus frases se tornaron ligeramente incoherentes.
—¡Oh!... Desde luego... Quiero decir que... Tengo entendido que todo es altamente secreto, que se lleva con mucha reserva... que no podemos hacer preguntas... que no puede usted decirnos nada... Bueno, yo me hago cargo perfectamente.
—Soy yo quien desea formular una pregunta, señora Beresford. Si usted la contesta facilitándome la información, me sentiré muy complacido.
Tuppence miró a su interlocutor abriendo mucho los ojos.
—No acierto a imaginarme.
—Usted tiene una lista... Es lo que su esposo me ha dicho, al menos. Muy bien. Esa lista le pertenece, es su propiedad secreta. Pero yo también sé lo que es sentir curiosidad.
De nuevo, apareció como un ligero destello en los ojos del hombre. Tuppence se dio cuenta de pronto de que el señor Robinson le había caído bien. Guardó silencio durante unos momentos. Luego, tosió, rebuscando en el interior de su bolso.
—Es una tontería —dijo—. Es algo más que una tontería: es una locura.
El señor Robinson respondió inesperadamente:
—Una locura... ¿Y qué? El mundo está loco. Es lo que Hans Sachs dice, sentado bajo el viejo árbol, en Los Maestros Cantores, mi ópera favorita. ¡Y con razón!
Cogió la hoja de papel que ella le tendió.
—Léalo en voz alta, si quiere —dijo Tuppence—. No me importa, en realidad.
El señor Robinson echó un vistazo al papel, alargándoselo a Crispin.
—Hágalo usted, Augus. Su voz es más clara y mejor timbrada que la mía.
El señor Crispin cogió el papel. Tenía una agradable voz de tenor y leía con una entonación excelente.

—Flecha negra,
Alexander Parkinson,
Mary Jordan no murió de muerte natural,
Los taburetes de loza de Oxford y Cambridge,
Grin-hen-lo,
KK,
El vientre de «Mathilde»,
Caín y Abel,
«Truelove».

Crispin se interrumpió, mirando a su anfitrión, quien, a su vez, fijó la vista en Tuppence.
—Querida señora Beresford —dijo el señor Robinson—. Permítame felicitarla... Está usted en posesión de un cerebro nada corriente. Llegar a partir de esta lista de pistas a sus descubrimientos finales constituye en verdad una labor muy meritoria.
—Tommy también intervino en esa —aclaró Tuppence.
—Arrastrado por ti —dijo Tommy.
—Realizó una excelente investigación —manifestó el coronel Pikeaway.
—La hoja del censo supuso para mí un buen apoyo.
—Son ustedes una pareja dotada de magníficas cualidades —señaló el señor Robinson. Mirando de nuevo a Tuppence, sonrió—. Sigo suponiendo que aunque no han querido mostrarse indiscretamente curiosos desean saber que hay concretamente detrás de toda esta historia.
—¡Oh! —exclamó Tuppence—. ¿Va usted realmente a contarnos algo? ¡Es maravilloso!
—Todo empieza, como usted supuso, con los Parkinson —explicó el señor Robinson—, es decir, en el distante pasado. Una de mis bisabuelas era Parkinson. Por ella me enteré de algunas cosas...
»La joven llamada Mary Jordan se hallaba a nuestro servicio. Tenía conexiones con la Armada... Su madre era de nacionalidad austríaca, por cuya razón hablaba alemán la chica, con toda fluidez.
»Como usted sabe ya quizá (su esposo está enterado ciertamente de ello), existen documentos cuya publicación será autorizada en breve. Se piensa en las altas esferas, que si bien la reserva más rigurosa es necesaria en algunas circunstancias, la misma no debe prolongarse indefinidamente. En los archivos nacionales hay cosas que deben darse a conocer porque forman parte de la historia del país.
»En el curso de los dos años próximos serán publicados tres o cuatro libros cuyos textos se hallan respaldados por pruebas documentales. En uno de esos volúmenes quedará incluido, desde luego, lo sucedido en "Swallow's Nest" y sus inmediaciones. Acabo de mencionar el nombre que tenía su casa en aquella época.
»Hubo filtraciones... Siempre las hay en tiempo de guerra y también en el período precedente a cualquier conflicto bélico.
»Hubo políticos que gozaban de un gran prestigio, hombres de los cuales se tenía un concepto muy elevado. Hubo uno o dos periodistas que ejercían una gran influencia en la opinión pública y que hicieron mal uso de su ascendiente sobre sus compatriotas. Existieron hombres, ya antes de la Primera Guerra Mundial, que participaban en intrigas dirigidas contra su propio país. Tras la guerra, aparecieron jóvenes estudiantes de varias universidades que creyeron fervientemente en los postulados del Partido Comunista, que fueron incluso miembros activos de éste, sin saberlo nadie.
»Había algo todavía más peligroso: el fascismo avanzaba con un extenso programa de fusión con Hitler, a quien se presentaba como excelso Amante de la Paz, decidido a acabar con los sangrientos encuentros armados de los pueblos.
»Y así sucesivamente... Siempre había algo oculto tras el amplio escenario en que se representaba la comedia de la vida. Es, en realidad, lo que ha sucedido siempre a lo largo de la historia. Y siempre pasará, indudablemente. Siempre tendremos que enfrentarnos, tal vez, con una Quinta Columna de miembros activos y sumamente peligrosos. También cuentan aquí quienes buscan un beneficio económico, aquellos que aspiran a disfrutar de poder en el futuro. Los libros a que me he referido contendrán declaraciones muy interesantes. Se desvelarán hechos curiosos, algunos de ellos minúsculos, pero no menos expresivos por eso. Las frases-tópico, por ejemplo, que todos hemos escuchado alguna vez: "¿Cómo? ¿Que B. es un traidor? ¡Qué tontería! Ese sería el último hombre que fuese capaz de traicionar a su patria. ¡Se puede confiar en él a ciegas!".
»El truco clásico de la confianza incondicional. La vieja historia de tantas y tantas veces. Y siempre expresada en los mismos términos.
»En el mundo comercial, en los Servicios de Seguridad, en la vida política. Siempre por en medio una faz honesta, el hombre que cae bien, que gusta, en quien se confía. El hombre a salvo de toda sospecha. "El último hombre capaz de...", etc., etc. Se trata, naturalmente, del tipo idóneo para tal clase de trabajo.
»La localidad en que ustedes residen actualmente, señora Beresford, se convirtió en el cuartel general de cierto grupo, poco antes de la Primera Guerra Mundial. Era un poblado agradable, modelado a la antigua, habitado por buena gente, buenos patriotas en general, que trabajaban de diversas maneras en favor de su país. Tenía un puerto militar, un comandante de la Armada de buen ver, salido del seno de una familia excelente, cuyo padre había llegado a ser almirante. Trabajaba en el lugar, además, un médico muy querido por todos sus pacientes, un médico que era muchas veces confidente. Se dedicaba a la medicina general. No poseía ninguna especialidad en guerra química, precisamente, ni sabía nada de gases tóxicos...
»Y más adelante, antes de la Segunda Guerra Mundial, el señor Kane (escrito con K) vivía muy a gusto en una linda casita situada junto al puerto. Tenía su credo político... ¡No, no era fascista, por supuesto! ¡Oh, no! El era partidario de la paz por encima de todo, al objeto de salvar el mundo del caos que se avecinaba. Era un credo que ganaba adeptos rápidamente en el Continente y en otros países extranjeros.
»Nada de eso constituye lo que deseaba usted saber, señora Beresford... Es que antes de nada he preferido darle una visión a fondo. Mary Jordan fue enviada a ese lugar para ver qué podía averiguar, qué era lo que se había puesto en marcha.
»Era de otra época, me había precedido. Cuando tuve información sobre la labor que llevara a cabo me inspiró una gran admiración y confieso que me hubiera gustado conocerla. Evidentemente, era una mujer de gran carácter, con personalidad.
»Mary era su nombre de pila, aunque fue siempre conocida por el de Molly. Hizo una buena labor. Su muerte en plena juventud constituyó una tragedia.
Tuppence había estado mirando uno de los cuadros de la habitación. Tratábase, simplemente, de un esbozo de cabeza infantil. Por una razón u otra aquella cara le resultaba un tanto familiar.
—Ese es... seguramente...
—Sí —respondió el señor Robinson—. Ése es Alexander Parkinson, el niño. Tenía once años solamente entonces. Era nieto de una tía-abuela mía. Molly fue a la casa de los Parkinson en calidad de institutriz. Era éste un buen puesto de observación. Nadie podía pensar... lo que saldría de eso...
—¿No fue... uno de los Parkinson? —preguntó Tuppence.
—¡Oh, no! Tengo entendido que los Parkinson no se vieron implicados en el asunto en modo alguno. Pero allí había otras personas, huéspedes, amigos, que se quedaron aquella noche en la casa. Fue su esposo quien averiguó que aquella fecha, la de la velada, era la fijada para el envío del censo. Tenían que quedar registrados en el impreso correspondiente los nombres de todos los que dormían aquella noche bajo el mismo techo, así como los habituales ocupantes de la casa. Uno de esos nombres cobró una significación muy precisa luego. La hija del médico de la localidad, del cual acabo de hablarle, hizo una visita a su padre. Procedía así de vez en cuando. Pero aquella noche se presentó en casa de los Parkinson para pedirles que le dieran alojamiento, pues en aquel desplazamiento se había hecho acompañar de dos amigas. De sus amigas no podía decirse nada... Pero más adelante se supo que su padre se encontraba implicado en todo lo que estaba ocurriendo en aquella parte del país. Ella misma, al parecer, había ayudado a los Parkinson en sus trabajos de jardinería, varias semanas atrás, siendo la responsable de que las plantas de espinacas y digital fueran cultivadas muy cerca unas de otras. Ella fue quien llevó a la cocina las hojas mezcladas el fatal día. La indisposición de los participantes en la comida se consideró uno de tantos errores como se dan a veces. El doctor explicó que había conocido más de un caso similar anterior. Su declaración en la encuesta judicial influyó en el veredicto, que fue de «accidente involuntario». Nadie se fijó en que aquella misma noche fue a parar al suelo, haciéndose añicos, una de las copas en que se había servido el cóctel.
»Usted sabe, señora Beresford, que, frecuentemente, la historia se repite. Primeramente, dispararon sobre usted desde un matorral; luego, la mujer que decía llamarse "señorita Mullins" intentó añadir un veneno a su café. Me he enterado de que es nieta o biznieta de aquel criminal doctor. He sabido también que antes de la Segunda Guerra Mundial fue discípula de Jonathan Kane. Por eso la conocía Crispin, claro. Y en su perro no despertó la menor simpatía desde el primer momento, pasando a la acción sin más. Hemos averiguado últimamente que fue ella quien mató a golpes al viejo Isaac.
»Tenemos que considerar ahora un personaje mucho más siniestro. El amable doctor era muy querido por todos los habitantes del lugar. Sin embargo, hay que estimar como muy probable que fuese el responsable de la muerte de Mary Jordan. Esto, en su época, no lo habría creído nadie. Era un hombre con muchos conocimientos sobre sustancias tóxicas y fue de los primeros médicos que trabajaron a fondo en el campo de la bacteriología. Han tenido que transcurrir sesenta años para que sean conocidos ciertos hechos. Únicamente Alexander Parkinson, un colegial por aquellas fechas, tuvo ideas atinadas.
—Mary Jordan no murió de muerte natural —citó Tuppence, bajando voz— Debió de ser uno de nosotros —a continuación, preguntó—: ¿Fue el doctor quien descubrió lo que Mary estaba haciendo?
—No, el doctor no había sospechado nada. Alguien hubo, sin embargo, que sí receló... Hasta entonces, ella se había desenvuelto perfectamente. El comandante militar había trabajado con la joven de acuerdo con los planes previstos. La información que ella le pasaba era auténtica y él no comprendió que se trataba principalmente de cosas sin importancia..., aderezadas convenientemente para darles cierta trascendencia. Supuestos planes y secretos navales fueron entregados por la chica en los días de sus desplazamientos a Londres, de acuerdo con las instrucciones dadas. Las entrevistas tenían lugar en el Queen Mary Garden, en Regent's Park, al pie de la estatua de Peter Pan, en Kensington Gardens... Supimos mucho gracias a tales citas y algunos funcionarios menores de determinadas embajadas.
»Pero todo esto pertenece al pasado, señora Beresford. Todo queda muy, muy distante de nosotros.
El coronel Pikeaway tosió, mediando de pronto en la conversación.
—La historia se repite, señora Beresford. Esto es algo que todo el mundo aprende antes o después. Recientemente, se formó un número en Hollowquay. Varias personas bien preparadas pusieron de nuevo las cosas en marcha. Quizá por eso regresó la señorita Mullins. Fueron utilizados determinados escondites nuevamente. Se celebraron reuniones secretas. Una vez más, el dinero cobró una significación especial. ¿De dónde venía? ¿A dónde iba? El señor Robinson, aquí presente, fue llamado. Y luego, nuestro viejo amigo Beresford apareció para facilitarme una información de gran interés. Encajaba ya en lo que nosotros sospechábamos. Se estaba montando reservadamente algo con la necesaria anticipación. Se preparaba el futuro, que había de ser controlado por una figura política de este país. Tratábase de un hombre de buena reputación, capaz de lograr nuevos convertidos y seguidores. Otra vez se recurría a la treta de la gran confianza. Salía a relucir el hombre «íntegro», intachable, el Amante de la Paz. No era el fascismo... ¡Oh, no! Sólo algo que se asemejaba a éste. Paz para todos... y recompensas de tipo económico para quienes colaboraran.
—¿Quiere usted decir que esto está todavía en marcha? —inquirió Tuppence, abriendo mucho los ojos.
—Bien... Sabemos más o menos todo lo que necesitamos saber por ahora. Y esto gracias a las aportaciones de ustedes dos... La intervención quirúrgica del balancín-caballo resultó particularmente informativa...
—¡«Mathilde»! —exclamó Tuppence—. Me alegro mucho de eso. Me cuesta trabajo creerlo. ¡El vientre de «Mathilde»!
—Los caballos son unos seres maravillosos —comentó el coronel Pikeaway—. Nunca se sabe qué harán o dejarán de hacer. Esto está pasando desde los días del caballo de Troya.
—Yo creo que hasta «Truelove» desempeñó su papel en este asunto —dijo Tuppence—. Ahora, si todo sigue su marcha... Ahora hay niños allí...
—No tiene usted por qué estar preocupada —declaró el señor Crispin—. Esa zona de Inglaterra ha quedado purificada... El nido de avispas ha desaparecido. La gente normal puede vivir allí sin la menor inquietud. Tenemos razones para creer que el centro de operaciones de esos hombres y mujeres se ha desplazado a Bury St. Edmunds. Además, nosotros no les perderemos de vista por ahora, señora Beresford, así que puede estar tranquila.
Tuppence profirió un suspiro de alivio.
—Agradezco sus palabras. Figúrese: mi hija Deborah se presentó allí con el propósito de pasar una temporada con nosotros, haciéndose acompañar por sus tres hijos...
—No se preocupe —dijo el señor Robinson—. Ahora que me acuerdo, señor Beresford... Tras el caso N o M, ¿no adoptó usted a la chica que tomó parte en él? Me refiero a la de los libros sobre canciones infantiles... «Goosey Gander» y las demás...
—¿Betty? —replicó Tuppence—. Sí. Ha hecho muy buen papel en la Universidad y ahora se ha trasladado a África, donde efectúa investigaciones sobre las formas de vida de sus habitantes... Bueno, algo por el estilo, si no es eso exactamente. Hay muchos jóvenes que en la actualidad gustan de tales trabajos. Es una muchacha encantadora y se siente muy feliz.
El señor Robinson se aclaró la garganta, poniéndose en pie.
—Propongo un brindis. A la salud de Thomas Beresford y su esposa, a modo de reconocimiento por el servicio que han prestado a su país.
Todos bebieron.
—Quiero proponer otro brindis —anunció el señor Robinson—. Éste en honor de Hannibal.
—Quieto, Hannibal —dijo Tuppence, acariciando la cabeza del perro—No se te vaya a subir esto a la cabeza. Supone algo así como ser armado caballero o ganarse una medalla.
—¡Oh! Tengo una idea. Veamos... Hannibal —dijo el señor Robinson, dirigiéndose al perro—: ¿me permites que apoye mi mano derecha en tu hombro?
Hannibal se aproximó al señor Robinson. Al sentir la mano de quien le hablado así en contacto con su cuerpo, movió complacido el rabo.
—Quedas nombrado conde de este reino.
—¡El conde Hannibal! —exclamó Tuppence—. ¿No es esto una maravilla? ¡Oh! Ahora corremos el peligro de que este perro se vuelva orgulloso.

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