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viernes, 24 de septiembre de 2010

Modelados En Barro -- Alicia Jiménez Barlett


Modelados En Barro

(Alicia Jiménez Barlett)

Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos, y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector.... bueno imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz. 
Para que nos adjudicaran este caso supuso una ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo difícil de resolver.
Habían matado a una chica, una modelo profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa, como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al cadáver, sin ninguna huella dactilar.
Cuando aparecimos por el taller el propio diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que se presentara la nueva colección.
  -¿Se da cuenta, inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y ¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la calle!
-¿Conocía bien a la chica?
-¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!
  -¿Cómo pudo entrar por la noche en su taller?
  -¡Tenía una llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?
  Un tipo curioso, el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?», fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?, descubridor de América, naturalmente». Perfecto, de ese modo podíamos descartar la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.
Luz estaba independizada, vivía en un apartamento del barrio de Sarriá. Los registros que allí efectuamos no nos dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música moderna en su nuevo y flamante compact disc. En las paredes del dormitorio se alineaban posters de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. Distribuidas por toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono, quizás debiéramos considerarlo como su mentor.
Nada hacía pensar que la chica tomara drogas, llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación. A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. En ese punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí. El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su marido tenía la mirada fija en la pared.
Tal y como habíamos previsto, el relato de las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical. Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez en cuando interrumpía su enumeración para llorar.
-¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda, señora Ribó?
  -El señor Pepín puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era tan guapa la escogieron.
-¿La escogió el señor Pepín personalmente?
  -Sí, y entonces la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo que tenia muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.
  -¿Siempre se ha portado bien con ella?
-¿Bien?, era como su segundo padre.
-¿Ustedes lo conocen?
  -Lo hemos visto un par de veces.
  -¿No ha venido por aquí a darles el pésame?
  -Llamó por teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.
  -Entiendo. Una pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenia algún novio o salía con alguien?
  -Creo que no.
  -¿Cree?
  -Mi hija estaba siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía tener amigas como cualquier chica de su edad.
  En ese momento el padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.
  -Si hubiera tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o camarera.
  La mujer se volvió bruscamente hacia él.
  -¿Quieres dejar eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera, pero son como son!
  -Yo no quería que se hiciese modelo.
  -Tú hubieras querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.
  -Señores, por favor... -intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su existencia.
  -Un asunto feo, ¿verdad? -le comenté a Garzón cuando salíamos.
  -No pinta nada bien.
  -Si no hay motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...
  -Permítame decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de espionaje industrial, de celos profesionales...
  -¡Caramba, Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?
  -Ninguna que no haya recibido antes de usted.
  -Muy bien, de acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo corriente.
  -Tampoco estamos en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas. Imaginemos que Pepín Rodriguez, después de haber criado a esa chica a sus pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?
  -¡Carajo!, creí que no sabía nada sobre modas.
  -Usted siempre tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.
  Lo miré con sorna.
  -Imposible, Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.
  Un poco de esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No tenia ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella era que apuntaba a Pepín, Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un sospechoso. Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por creerse con derechos sobre sus criaturas, y éstas tienden a pensar que todo se lo deben a su mentor.
  -No olvidemos que el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla. ¿Ha investigado si tiene licencia?
  -La tiene –dijo Garzón-. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un problema profesional.
  -Pero el diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?
  -Sí. ¿Quiere que los cite en comisaría?
  -Esperemos un poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que verlas a todas. ¿Le parece adecuado?
  -Me parece de perlas.
  -Estaba convencida.
  
Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un distinguido abejorro encantado de mariposear.
  El interrogatorio a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las hicieran sospechar de alguien en concreto. Lo malo era que sus respuestas se alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.
  -Nosotras apenas hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.
  -Detesto la comida light... --comentó Garzón-, aunque me lo propusieran mil veces nunca me haría modelo.
  La chica sonrió divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero. Luego se volvió hacia mí y añadió:
  -¿Han hablado con Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas sobre su vida.
  Lena tenía el cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil, un cierto desencanto.
  -¿Que si éramos amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.
  -¿Cómo era Luz?
  -Alegre, más lista que estas otras.
  -¿Qué quiere decir?
  -Mire, en este oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.
  -Y, por supuesto, usted también.
  -Sí, yo también. Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi proyecto es poner una buena tienda de jerseys.
  -¿Era Luz de su misma opinión?
  -Era más clásica, confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen marido rico.
  -¿Y se aplicaba a ello?
  -¡Qué va, era un desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo mismo.
  -¿Tenía novio?
  -Yo le he conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad. Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo por lo menos, inspectora?
  -No sabemos de quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos aseguró que Luz no salía con ningún hombre.
  Lena se quedó desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.
  -¿Está segura de la existencia de ese muchacho? -le pregunté.
  La voz le tembló un poco.
  -No sé, la verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado de que está muerta?
  -Si la llama a su casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.
  -Iré a investigar si han dejado recados desde ayer --terció Garzón y se ausentó un momento. Al cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.
  -¿Quién podría conocer a ese chico, Lena?
  -Le aseguro que no lo sé.
  -¿Quizás Pepín?
  -Ni hablar. Pepín la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.
  -¿Y qué me dice de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?
  -¡Todo el mundo, inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo avisé a Pepín, pero como es así...
  -¿Cómo?
  -¡Bah, un poco despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.
  -¿Tiene alguna idea de quién mató a Luz?
  -No, ni se me ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas acabaremos igual.
  -¿Cómo puede decir algo semejante?
  -Nosotras nos exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...
  -Muchos menos de los que cree, se lo garantizo, De la locura no hay que esperar grandes males, existen otras cosas que dan mucho más miedo.
Salimos del taller con un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. Preguntamos a todo el mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se hubiera presentado de improviso.
-Los fantasmas son invisibles, inspectora.
-Siempre lo son por algún motivo.
-La chica lo ocultaba a los demás.
-¿Por qué?
-Para no perder su trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.
-En eso modelos y policías somos iguales.
  
Localizar al primer novio de Luz fue casi tan fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año había sido trasladado por su empresa a una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final a su carrera de sospechoso. La carrera del novio segundo era bastante más prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada. Aparentemente su coartada era perfecta. Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo, pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez que estaba allí), y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. ¿Por qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud de Guzmán, estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.
  -Se presentó diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.
  -¿Le dijo quién era ese alguien?
  -No, ni a mí me interesaba saberlo.
  -¿Le comentó algún detalle?
  -¿Qué pasa, creen que lo ha hecho ese hijo de puta?
  -Limítese a contestar, es muy importante.
  -Solo me dijo que era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y esa ha sido su perdición.
  Le pedí a Garzón que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era escéptico ante estas precauciones.
  -Este tipo no se la ha cargado, inspectora, no la Pondría tan verde delante de nosotros.
  -Seguramente piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo ... ». la ve cómo son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su destino miserable...
  -Yo creo que es más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino miserable...
  -No le digo que no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía bien en la vida.
  -¿De verdad piensa eso, inspectora?
  -No estoy muy segura.
  -Entonces no me joda y sigamos trabajando.
  No era un prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal. Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos llevar a cabo una comprobación más minuciosa.
  El primero de ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas de que era gay. Sus pestañas aleteaban más que la Paulova en El lago de los cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega, aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de la colección que preparaba.
  -Y fuimos encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos, todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada, cuando se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...
  -¿Lolo?
  -¡Ay, sí, perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la joya de mis muchachos.
  -¿Vive con usted?
  Se quedó mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.
  -¡Por favor, inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...
  Nos regaló con un nuevo arpegio de su voz atiplada.
  -Muy bien, señor Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.
  Manolo García corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo anterior.
  -Hemos topado con la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?
  -El tal Edelio debe ser el Gran Maestre.
  -¿Y qué me dice de Pepín?
  -Pues que ya va siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió contarle algo de su novio fantasma.
  -¿Ha pensado que se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien Más cercano a su mundo.
  -Pepín sabrá si alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.
  -A lo mejor no quiere escándalos y está intentando protegerlo.
  -¿Le parece poco escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesu.
  Garzón se estremeció y me miró ceñudo.
  -¡Carajo, Petra! Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.
  
El taller de Pepín Rodriguez se había convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de costureras y peluqueros. Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue cuando localicé a Rodriguez dando los últimos toques a la falda de una modelo. Puso los ojos en blanco al verme.
  -¡Por Dios, inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración. Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.
  Mientras hablaba, pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.
  -¿Podemos hablar en privado un momento?
  -Le advierto que con mis niñas no tengo secretos.
  -Por favor.
  Me siguió de mala gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.
  -¿Han averiguado algo? -me preguntó cuando estuvimos solos.
  -Señor Rodríguez, las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.
  Dio un respingo malhumorado.
  -Los novios, naturalmente, los novios, ese era su punto flaco; se lo advertí más de mil veces, la avisé, pero no me hizo caso.
  -¿Estaba usted al corriente?
  -¡No!, ¿cree que me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! yo no sabía nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios. ¿Quién les ha contado eso?
  -Lena, su compañera.
  -Se hicieron muy amigas. Fue mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo de despedirla.
  -¿Por qué?
  -La gota que colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.
  -Lo lamento por ella.
  -¿Les ha dicho quiénes eran esos novios?
  -No ha sido una información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera ayudarnos.
  -Ya ve que no.
  -¿Existe la posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el mundo de la moda?
  Se quedó parado un momento, pensando.
  -¡Y quién sabe, era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores! Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta actúen ustedes con la máxima discreción.
  -No se preocupe, pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.
  -No me hace ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de obstruir la Justicia.
  Había esperado más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el comisario.
  -¿Petra? Al parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando comprar una pistola en los bajos fondos.
  -¿Cómo se llama?
  -Lena no sé qué. Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.
  Cuando acudí a buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena docena de modelos en quasí desabíllé, estaba contándoles algo que las mantenía ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni siquiera me vio.
  -¿Puedo interrumpir la investigación, subinspector?
  -¡Ah, sí, Petra!; en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.
  -Soy consciente de ello.
  En el coche tuve la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso aún en su minuto de gloria entre pimpollos.
  -¿Le parece Lena una sospechosa aceptable?
  -Es aceptable cuando no hay nada seguro.
  -¿Por qué demonio estaría intentando comprar una pistola?
  La respuesta que nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».
  -Ha habido un asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo derecho a protegerme.
  -¿De quién?
  -¡No sé de quién! Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.
  -¿Quién le dijo dónde comprar una pistola?
  -Tengo buenos amigos.
  -Eso nos dijo Pepín Rodríguez.
  -¡A saber qué les habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su jodida colección.
  -Él estuvo cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.
  -¿Con ese cerdo?
  Garzón se impacientó.
  -Mire Lena, puede que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.
  -¡Yo tampoco lo pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante, pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.
  Nos quedamos sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:
  -¿Y por qué haría una cosa así?
Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le respondió pletórica de sorna:
  -¿Usted qué cree, subinspector?
  No digo que nos dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil adecuado. Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? -Ella lo amenazó con un escándalo, o quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se la cargó. Eso explicarla que Lena esté asustada y que no confiese toda la verdad.
  Escuché atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. Pero determinar las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la via es policial muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a quién no!» Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba. Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la memoria al unísono, todos victimas de la conocida amnesia protectora del cliente.
  -No hay más remedio que echarle cojones, inspectora.
  -¡Ay, por favor, Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame simplemente qué propone que hagamos.
  -Una emboscada a Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.
  -Joder, un procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!
  -No conozco estrategia sin riesgo.
  -¡Deje de expresarse como un general!
  -¡Y usted deje de criticar mi manera de hablar y decídase!
  Me decidí, y no sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó.
  -Hay una confesión contra usted, será mejor que 1o sepa desde el principio.
  Aunque era mayor y corpulento el tipo dio un salto el, la silla. Se puso blanco al punto, balbuceó.
  -¿Una confesión? Disculpe, no sé de qué me habla.
  -Si que lo sabe, sí, Lena ha confesado.
  Noté que se desconcertaba.
  -¿Y quién es Lena?
  -No disimule, es una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.
  Volvió la cara hacia mí.
  -¿Qué quiere decir con eso?, no logro entender...
  Su expresión de sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera, intenté atajar:
-Esa chica nos ha contado que es usted bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos momentos y decida hacer lo mejor para usted.
  Pero su cara no perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera espantosa. Por desgracia Garzón reiniciaba su ataque ya imparable.
  -¡No me joda, Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.
  -Pero ¿quién les ha dicho eso?
  -¡Acabo de explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los Periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.
  Tenía los ojos abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada con total frialdad. Por fin dijo:
  -Inspectora... -y de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.
  -Inspectora... -repitió de modo entrecortado.
  -Lo siento, Edelio, no tiene salida, diga la verdad,
  -No fui yo, no fui yo.
  Garzón le pegó un grito inhumano.
  -¡Suelta la verdad de una puta vez!
  Ante mi asombro, Edelio gritó también.
  -¡Basta! Inspectora, dígale que se calle, por favor, quiero hablar, lo intento, pero no puedo hacerlo así.
  Me acerqué a él y le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.
  -Inspectora, quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica. ¿Ha sido él o Lolo?
  Completamente a bulto y al borde del infarto susurré:
  -Ha sido él.
  Entonces el diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la compostura.
  -Inspectora, todo esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que me crea, voy a decir la verdad.
  Le hice un gesto a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo suspiro dolorido y comenzó su confesión.
  -En primer lugar, quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los estribos, le disparó.
  -¿Una pelea, por qué motivo?
  -Cuestión pasional.
  -¿Pero Pepín no es gay?
  -Pepín sí, pero yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.
  -¿Y entonces Lolo, su joven amante?
  -No es mi amante, sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un rato cuando salí.
  Garzón se impacientó.
  -un momento, un momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?
  -Es muy sencillo. Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año, aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés. No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.
  -¿Y el chico?
  -Al chico consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría que se vería tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a callar.
  -¿Y usted?
  -Yo me avine a representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual delante de ustedes, a cargar con el falso amante... en fin, todo era horrible, pero lo hice por amistad.
  -Eso cuénteselo al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?
  -No tengo ni idea.
  -Supongo que Luz le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una pistola. ¿Lo entiende Garzón?
  -¡Vaya que si lo entiendo!, hay que joderse ¿eh?
   
En efecto, había que joderse, una complicada historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a llorar. Un desmoronamiento en toda regla. Lloró y lloró, y entre lágrima e hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.
  -¿Pero usted cree que la amaba? -me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos una copa en el bar.
  -¡Yo qué sé!; en las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...
-Pues el jodido Pepín ni siquiera después de haber confesado parecía arrepentido.
  -¡Al menos él actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!
  -Es verdad, los ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero luego rascas y...
  -Porque todos estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.
  -¡Ni que lo jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.
  -¿Y qué me dice de uno de esos nuevos materiales?
  -¿Un Adán y una Eva de PVC?
  Nos reímos un rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción. Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto barro y tanta carnalidad.




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