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martes, 8 de junio de 2010

El tratado naval - Arthur Conan Doyle



El tratado naval

Arthur Conan Doyle
El mes de julio que siguió a mi boda se hizo digno de mención por tres casos en los que tuve el privilegio de verme asociado con Sherlock Holmes y estudiar de cerca sus métodos. Tengo estos casos recogidos en mis notas bajo los encabezamientos de «La aventura de la segunda mancha», «La aventura del tratado naval» y «La aventura del capitán cansado». El primero de éstos, sin embargo, trata de asuntos de tal importancia e implica a tantas de las primeras familias del reino, que hasta pasados muchos años no podrá hacerse público. No obstante, ningún otro caso de los que Sherlock Holmes haya llevado ha ilustrado de un modo tan claro el valor de sus métodos analíticos o ha impresionado tan profundamente a quienes trabajaban con él en ese momento. Todavía conservo un informe casi literal de la entrevista en la que demostró la verdad de los hechos en relación con dicho caso a Monsieur Dubuque, de la policía de París, y a Fritz von Waldbaum, el conocido especialista de Dantzig, quienes habían malgastado sus energías en lo que se demostraría que no eran sino cuestiones secundarias. Habrá que esperar, pues, al inicio de un nuevo siglo para poder contar la historia con seguridad. Entre tanto, paso al segundo, el cual también prometía en su momento tener una importancia nacional y que fue notable por ciertos incidentes que le otorgaron un carácter bastante singular.
Durante mis días escolares tuve como íntimo amigo a un muchacho llamado Percy Phelps, que era exactamente de mi misma edad, aunque iba dos clases por delante de mí. Era un chico brillante, que arrambló con todos los premios de daba la escuela, y terminó sus proezas escolares ganando una beca que le llevaría a terminar su triunfante carrera en Cambridge. Recuerdo que estaba muy bien relacionado e incluso, cuando no éramos más que unos niños, sabíamos muy bien que el hermano de su madre era Lord Holdhurst, el gran político conservador. Poco bien le hacía en la escuela este llamativo parentesco; por el contrario, se nos antojaba que andar persiguiéndolo por todo el patio, dándole con el aro de croquet en las espinillas, era un juego bastante divertido. Pero todo cambió cuando salió al mundo. Supe vagamente que sus aptitudes y la influencia que tenía en su mano le habían ganado una buena posición en el Foreign Office; después se borró de mi mente, hasta que la siguiente carta me recordó su existencia:

BRIARBRAE, WOKING

Mi querido Watson: Sin duda recordará al «Renacuajo» Phelps que hacía quinto curso en el mismo año en que usted hacía tercero. Es incluso posible que haya sabido que, por medio de las influencias de mi tío, pude conseguir un buen puesto en el Foreign Office y que me encontraba en una situación de confianza y honor, hasta que un horrible infortunio vino a destrozar de repente mi carrera.
De nada sirve que le escriba ahora los detalles de ese horrible suceso. En el caso de que usted acceda a la petición que voy a hacerle, es probable que tenga que narrárselos entonces. Acabo de recobrarme de una encefalitis que me ha durado nueve semanas y todavía me encuentro extremadamente débil. ¿Cree usted que podría traer a su amigo, el señor Holmes, a verme aquí? Me gustaría tener su opinión sobre el caso, aunque las autoridades me aseguran que ya no hay nada que hacer. Por favor, intente hacerlo venir lo antes posible. Cada minuto que pasa parece una hora mientras siga viviendo en este horrible suspense. Dígale que, si no le he pedido consejo antes, no ha sido debido a que no tuviera en consideración su talento, sino a que desde que me sobrevino este duro golpe no he estado totalmente en mis cabales. Ahora vuelvo a estar en disposición de pensar, aunque no me atrevo demasiado a hacerlo por temor a una recaída. Estoy todavía tan débil que, como ve, he tenido que escribirle al dictado. Inténtelo y trágamelo aquí.
Su antiguo compañero de escuela.
PERCY PHELPS

Al leer esta carta hubo algo que me emocionó; esas reiteradas súplicas para que le llevara a Holmes tenían algo de lastimoso. Así que, con lo emocionado que estaba, incluso aunque hubiera sido un asunto difícil, lo hubiera intentado; pero, por supuesto, sabía perfectamente que Holmes amaba tanto su trabajo, que estaba siempre tan dispuesto a prestar ayuda, como dispuesto estaba su cliente a recibirla. Mi mujer estaba de acuerdo conmigo en que no se debía perder un momento en exponerle el asunto, así que una hora después de desayunar me encontraba de nuevo, una vez más, en las viejas habitaciones de Baker Street.
Holmes, ataviado con un batín, estaba sentado en su mesa de trabajo, trabajando afanosamente en una investigación química. Una larga y curvada retorta estaba hirviendo furiosamente sobre la llama azulada del mechero de Bunsen y las gotas destiladas se iban condensando en una medida de dos litros. Mi amigo apenas levantó la vista cuando entré y, viendo que su investigación debía de tener mucha importancia, me senté en un sillón y esperé. Introducía su pipeta de cristal en una botella y en otra, extrayendo de ellas unas cuantas gotas, finalmente puso sobre la mesa un tubo de ensayo que contenía cierta solución. En la mano derecha tenía un trocito de papel de tornasol.
– Llega en un momento crítico, Watson –dijo–. Si el papel permanece azul, es que todo va bien. Si se pone rojo, significa la vida de un hombre –lo introdujo en el tubo de ensayo y el papel adquirió un color carmesí apagado y sucio–. ¡Hum!, ya me lo había imaginado yo –exclamó–. En seguida estoy con usted, Watson. Encontrará tabaco en la babucha persa.
Se volvió hacia su escritorio y escribió varios telegramas, que entregó al botones. Tras esto se dejó caer en la silla que estaba enfrente de mí, levantando las rodillas hasta que sus manos estrecharon sus largos y finos tobillos.
– Un pequeño asesinato de lo más común –dijo–. Imagino que usted tiene algo mejor. Parece anunciar un crimen. ¿Qué pasa, Watson?
Le alargué la carta, que leyó con la máxima atención.
– No dice mucho, ¿verdad? –observó, mientras me la devolvía.
– Casi nada.
– Y, sin embargo, la caligrafía es interesante.
– Pero si no es la suya.
– Precisamente por eso, es la de una mujer.
– ¡No, seguro que es la de un hombre!
– No, la de una mujer; una mujer de carácter singular. Mire, al inicio de una investigación tiene su importancia saber si el cliente tiene una relación íntima con alguien que, para bien o para mal, posee una naturaleza excepcional. Esto me ha despertado un interés en el caso. Si está usted preparado, partiremos en seguida para Woking y veremos a ese diplomático cuya situación es tan funesta y a la dama a quien dictó su carta.
Tuvimos la suerte de pillar uno de los primeros trenes en Waterloo, y en menos de una hora nos encontrábamos entre los bosques de abetos y los brezos de Woking. Briarbrae resultó ser una amplia casa construida en medio de una gran extensión de terreno, a pocos minutos de la estación. Tras entregar nuestras tarjetas de visita, nos hicieron pasar a un salón elegantemente decorado, donde a los pocos minutos se nos unió un hombre bastante corpulento, que nos recibió con gran hostilidad. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero sus mejillas eran tan sonrosadas y sus ojos tan alegres, que seguía dando la impresión de un muchacho regordete y travieso.
– Qué contento estoy de que hayan venido –dijo, dándonos efusivamente la mano–. Percy lleva toda la mañana preguntando por ustedes; pobre hombre, se agarra a un clavo ardiendo. Su padre y su madre me pidieron que los recibiera yo, ya que para ellos es en extremo dolorosa la sola mención del asunto.
– Todavía no tenemos detalles –observó Holmes–. Veo que usted no es un miembro de la familia.
Nuestro conocido pareció sorprendido y, mirando el suelo, empezó a reír.
– Por supuesto, se ha fijado usted en las iniciales «J. H.» de mi medallón –dijo–. Por un momento pensé que se le había ocurrido algo inteligente. Mi nombre es Joseph Harrison y, como Percy va a casarse con mi hermana Annie, seremos al menos parientes políticos. Encontrará a mi hermana en la habitación de Percy; ha estado entregada a sus cuidados durante estos dos últimos meses. Quizá sería mejor que entráramos cuanto antes, porque sé cuán impaciente está.
La estancia a la que fuimos introducidos se hallaba en el mismo piso que el salón. Estaba amueblada en parte como un cuarto de estar y en parte como un dormitorio; había jarrones de flores dispuestos con un gusto exquisito en todos los rincones de la habitación. Un hombre joven, muy pálido y como agotado, yacía en un sofá junto a la ventana abierta, por donde entraban el agradable aroma del jardín y la suave brisa del verano. Una mujer estaba sentada a su lado y se levantó al entrar nosotros.
– ¿Me retiro, Percy? –preguntó.
El agarró con fuerza su mano para detenerla.
– ¿Cómo está usted, Watson? –dijo cordialmente–. Nunca lo hubiera reconocido con ese bigote y me atrevería a decir que usted no juraría que la persona que está viendo soy yo. Supongo que él es su célebre amigo, el señor Sherlock Holmes, ¿no es así?
Les presenté con pocas palabras y nos sentamos. El hombre corpulento nos había dejado, pero su hermana permanecía allí con su mano entre las del inválido. era un mujer de una apariencia impresionante, un poco baja y gruesa, pero con un hermosos cutis aceitunado, unos ojos grandes y oscuros, como de italiana, y un cabello abundante de un negro oscurísimo. Su magnífica tez contrastaba con la palidez de su compañero, quien a su lado parecía todavía más fatigado y ojeroso.
– No les haré perder tiempo –dijo él, levantándose del sofá–. Entraré sin más preámbulos en el tema. Yo era un hombre feliz y de éxito, señor Holmes, y a punto de casarme, cuando un inesperado y horroroso infortunio vino a echar por tierra todas mis esperanzas.
»Trabajaba, como ya le habrá dicho Watson, en el Foreign Office, donde rápidamente ascendí hasta una posición de responsabilidad. Cuando esta Administración hizo a mi tío ministro de Asuntos Exteriores, él empezó a darme misiones de importancia y, como yo las resolviera con éxito, llegó por último a tener la máxima confianza en mi habilidad y tacto.
»Hace aproximadamente diez semanas (para ser más exacto el 23 de mayo pasado) me llamó a su despacho privado y, tras felicitarme por el buen trabajo que había hecho, me informó de que tenía para mí una nueva misión de confianza.
»Esto –dijo, tomando de su escritorio un rollo de papel gris– es el original de ese tratado secreto entre Inglaterra e Italia, sobre el cual siento decir que ya corren rumores en la Prensa. Es extremadamente importante que no haya ninguna filtración más. Las embajadas francesas o rusas pagarían enormes cantidades de dinero por conocer el contenido de estos documentos. No deberían salir de mi despacho, pero es absolutamente necesario hacer una copia de ellos. ¿Tienes escritorio en tu oficina?
»– Sí, señor.
»– Entonces, coge el tratado y guárdalo allí. Daré instrucciones para que tengas que quedarte cuando se vayan los otros, de modo que puedas hacerlo a tus anchas sin temor a que alguien te esté vigilando. Cuando termines, vuelve a guardar bajo llave en tu escritorio tanto el original como la copia y entrégamelos personalmente mañana por la mañana.
»Tomé los documentos y…
– Perdóneme un inciso –dijo Holmes–. ¿Estaban solos durante aquella conversación?
– Absolutamente.
– ¿Es una estancia amplia?
– Treinta pies en cada dirección.
– ¿En el centro?
– Sí, más o menos.
– ¿Hablando bajo?
– La voz de mi tío es siempre muy baja. Yo casi no hablé.
– Gracias –dijo Holmes, entornando los ojos–. Por favor, tenga la bondad de seguir.
– Hice exactamente lo que me había indicado y esperé hasta que los otros empleados se marcharon. Uno de ellos, que trabaja en el mismo despacho que yo, Charles Gorot, tenía que terminar un trabajo atrasado, así que le dejé allí y me fui a cenar. Cuando volví se había ido. Quería terminar cuanto antes mi trabajo, porque sabía que el señor Harrison, a quien acaban ustedes de ver, estaba en la ciudad y tomaría el tren de las once para volver a Woking y yo quería cogerlo también.
»Cuando me puse a examinar el tratado, en seguida me di cuenta de que tenía una importancia tal, que mi tío no había exagerado nada con lo que había dicho. Sin entrar en detalles, puedo decir que definía la posición de Gran Bretaña en relación con la Triple Alianza y predecía la política que iba a llevar ese país en el caso de que la flota francesa aventajara en importancia a la italiana en el marco del Mediterráneo. Las cuestiones tratadas eran puramente navales. Al final estaban las rúbricas de los altos dignatarios que lo habían firmado. Les eché una mirada y me apliqué a la tarea de copiarlo.
»Era un largo documento, escrito en francés, y contenía veintiséis artículos separados. Copiaba lo más de prisa que podía, pero a las nueve sólo había terminado nueve artículos y perdí las esperanzas de poder coger el tren. Me sentía soñoliento y estúpido, en parte debido a la cena y en parte también debido a un largo día de trabajo. Una taza de café me despejaría. Hay un portero que se queda toda la noche en un pequeño garito situado al pie de las escaleras; éste tiene la costumbre de preparar café en su infernillo de alcohol para los oficiales que se quedan haciendo horas extraordinarias. Toqué el timbre, pues, para que viniera.
»Para mi sorpresa fue una mujer la que respondió a la llamada; una mujer de edad, grande, de cara tosca, que llevaba un delantal. Me explicó que era la mujer del portero, que hacía los recados; le pedí que me subiera un café.
»Escribí dos artículos más y, entonces, sintiéndome todavía más soñoliento, me levanté y paseé arriba y debajo de la habitación para estirar las piernas. El café seguía sin venir y me preguntaba cuál sería la causa de este retraso. Abrí la puerta y me encaminé por el pasillo con el fin de descubrirlo. Era un corredor poco iluminado que partía de la habitación en la que había estado trabajando, constituyendo su única salida. Terminaba en una escalera curva con el garito del portero en el corredor que está al final de la escalera. A mitad de camino de la escalera hay un descansillo al que da otro corredor formando un ángulo recto con éste. Este segundo corredor lleva, a través de una escalera, a una puerta lateral que es usada por los sirvientes y también como atajo por los empleados cuando entran desde Charles Street.
»Aquí tiene un plano esquemático del lugar.
– Gracias. Creo que le sigo bastante bien.
– Es muy importante que tenga en consideración este punto. Bajé las escaleras y llegué al hall, donde encontré al portero profundamente dormido en su garito y el agua hirviendo furiosamente en el hervidor sobre el infernillo, salpicando todo el suelo. Alargué la mano y estaba a punto de darle un meneo al hombre, que seguía plácidamente dormido, cuando sonó con fuerza una de las campanillas situadas sobre su cabeza y se despertó sobresaltado.
»– Señor Phelps, ¡señor! –dijo, mirándome atónito.
»– He bajado a ver si mi café estaba preparado.
»– Estaba hirviendo el agua cuando me quedé dormido, señor.
»Me miró a mí y luego miró hacia arriba, a la campanilla que todavía seguía estremeciéndose, y su asombro iba en aumento.
»– Si usted está aquí, señor, ¿quién ha tocado entonces la campanilla? –preguntó.
»– La campanilla –dije yo–. ¿De qué campanilla se trata?
»– Es la campanilla de la habitación en la que usted estaba trabajando.
»Me quedé helado. Alguien, pues, estaba en mi habitación donde el preciosos tratado estaba extendido encima de mi mesa. Subí frenéticamente las escaleras y avancé corriendo por el corredor. No había nadie en éste, señor Holmes. No había nadie en la habitación. Todo estaba tal como lo había dejado, salvo que alguien había cogido de mi escritorio el documento que me había sido encomendado. La copia estaba allí, pero el original había desaparecido.
Holmes se arrellanó en su asiento y se frotó las manos. Me di cuenta de que el problema le llegaba al corazón.
– Dígame, por favor, ¿qué hizo usted entonces? –murmuró.
– Al momento me di cuenta de que el ladrón debía de haber subido las escaleras desde la puerta lateral. Tenía que haberme encontrado con él si hubiera venido por el otro lado.
– ¿Estaba convencido de que no podía haber estado durante todo el rato oculto en la habitación, o en el corredor que usted acaba de describir como mal iluminado?
– Es absolutamente imposible. Ni siquiera una rata podría ocultarse ni en la habitación ni en el pasillo. No hay escondite posible.
– Gracias. Le ruego que siga.
– El portero, viendo en la palidez de mi rostro que había algo que temer, me había seguido escaleras arriba. Echamos los dos a correr por el pasillo y por las escaleras que llevaban a Charles Street. La puerta al pie de la escalera estaba cerrada, pero no tenía la llave echada. La abrimos de un golpe y nos precipitamos fuera. Recuerdo claramente que al hacerlo oímos tres campanadas en el carillón de una iglesia vecina. Eran las diez menos cuarto.
– Esto tiene mucha importancia –dijo Holmes, tomando nota en el puño de la camisa.
– La noche era muy oscuro y caía una lluvia fina y cálida. No había nadie en Charles Street, pero al fondo, en Whitehall, el tráfico, como es normal allí, era muy denso. Corrimos por la acera, sin que nos importara el ir descubiertos, y en la última esquina de la calle encontramos un policía que estaba allí parado.
»– Acaba de haber un robo –dijo jadeando–. Un documento de mucho valor ha sido robado del Foreign Office. ¿Ha pasado alguien por aquí?
»– Llevo un cuarto de hora aquí parado –dijo–; solamente ha pasado una persona en este tiempo, una señora mayor, alta, que llevaba un chal de cachemira.
»– ¡Ah!, esa es mi mujer –exclamó el portero–. ¿No ha pasado nadie más?
»– Nadie.
»– Entonces el ladrón debe de haber seguido el otro camino –exclamó mi compañero, tirándome de la manga.
»Pero yo no estaba satisfecho con esto, y los intentos que hacía para alejarme de allí aumentaban mis sospechas.
»– ¿Qué camino siguió la señora? –exclamé.
»– No lo sé, señor. La vi pasar, pero no tenía ninguna razón especial para fijarme en ella. Parecía llevar prisa.
»– ¿Cuánto tiempo hace de esto?
»– Oh, no hace mucho rato.
»– ¿Durante estos últimos cinco minutos?
»– Pues sí, no pueden haber pasado más de cinco.
»– Está perdiendo el tiempo, señor –gritó el portero–, y ahora un minuto puede ser muy importante. Le doy mi palabra de que mi mujer no tiene nada que ver en esto; vayamos ahora al otro extremo de la calle. Bueno, si no quiere usted, lo haré yo –y con esto salió corriendo en la otra dirección.
»Pero al cabo de un momento le había alcanzado y le cogí por la manga.
»– ¿Dónde vive? –dije yo.
»– En el número 16 de Ivy Lane, Brixton –contestó él–; pero no se deje llevar por un rastro falso, señor Phelps. Vamos hacia el otro extremo de la calle y veamos si se oye algo.
»No perdía nada siguiendo su consejo. Con el policía nos apresuramos calle abajo, pero sólo para descubrir otra calle rebosante de tráfico, mucha gente yendo y viniendo, pero todos ellos iban apresurados, deseosos de encontrar un lugar donde guarecerse en una noche tan húmeda. No había un gandul que nos pudiera decir quién había pasado.
»Entonces volvimos a la oficina y buscamos sin resultado por las escaleras y por el pasillo. El pasillo que lleva hasta la habitación está cubierto por un linóleo color cremosos que muestra fácilmente cualquier tipo de huella, pero no encontramos ni un rasguño ni una pisada.
– ¿Había estado lloviendo toda la noche?
– Desde las siete, más o menos.
– ¿Cómo puede ser, entonces, que la mujer que entró a eso de las nueve no dejara ninguna huella de sus embarradas botas?
– Me alegra que toque ese punto. Se me ocurrió entonces. Las asistentas que se encargan de hacer los recados tiene la costumbre de quitarse las botas en la garita del portero, poniéndose zapatillas de suela lisa.
– Eso lo deja claro. Así que no había huellas, aunque la noche estaba siendo húmeda, ¿no? La sucesión de los acontecimientos tiene un interés extraordinario. ¿Qué hizo después?
– También examinamos la habitación. No había posibilidad de que hubiera una puerta secreta, y las ventanas están a casi treinta pies del suelo. Las dos estaban cerradas por dentro. La alfombra impedía la posibilidad de una trampilla y el techo está sencillamente encalado. Apostaría por mi vida que quien quiera que fuese el que robó mis documentos sólo pudo entrar por la puerta.
– ¿Qué me dice de la chimenea?
– No la hay. Hay, en cambio, una estufa. El cordón de la campanilla cuelga de un alambre colocado justo a la derecha de mi escritorio. El que llamara tuvo que venir directamente a mi escritorio para hacerlo. ¿Pero para qué quiere hacer sonar la campanilla un criminal? Es un misterio insoluble.
– Ciertamente el incidente no es habitual. ¿Qué pasos dio después? ¿Examinó la habitación, como supongo que hizo, para ver si el intruso había dejado algún tipo de rastro tras de sí, una colilla o un guante tirado en el suelo, una horquilla de pelo o cualquier otra baratija?
– No había nada de eso.
– ¿Ningún olor especial?
– No pensamos en ello.
– Ah, un aroma de tabaco nos serviría de mucho en una investigación de este tipo.
– Yo no fumo nunca, de modo que me hubiera dado cuenta si hubiera olido a tabaco. No había ninguna pista de este tipo. El único hecho tangible era que la mujer del portero, la señora Tangey, se había apresurado a abandonar el lugar. El no dio ninguna explicación de este hecho, salvo que ésta era más o menos la hora en la que la mujer solía volver a casa. El policía y yo estábamos de acuerdo en que el mejor plan era dar caza a la mujer antes de que pudiese deshacerse de los documentos, en la presunción de que era ella quien los tenía.
»A esas alturas la alarma había llegado ya a Scotland Yard y el señor Forbes, el detective, llegó rápidamente y tomó en sus manos el caso, dando muestras de una gran energía. Alquilamos un simón y a la media hora llegamos a la dirección que nos habían dado. Abrió la puerta una joven, que resultó ser la hija mayor de la señora Tangey. Su madre todavía no había vuelto y nos hizo pasar al cuarto delantero de la casa a esperar.
»Al cabo de diez minutos aproximadamente llamaron a la puerta de la casa con los nudillos, y aquí cometimos un error del que me siento culpable. En vez de abrir nosotros la puerta, dejamos a la chica que lo hiciera. La oímos decir: «Madre, hay dos hombres esperándola», y un instante después oímos los pasos de alguien que avanzaba precipitadamente por el pasillo hacia del interior de la casa. Forbes abrió la puerta de golpe y ambos corrimos a la habitación trasera o cocina, pero la mujer había llegado antes que nosotros.
»– Pero, ¡cómo!, si es el señor Phelps, el de la oficina –exclamó.
»– Vamos, vamos, ¿quién creyó que éramos cuando huyó de nosotros? –preguntó mi compañero.
»– Pensé que eran los agentes de seguros –dijo ella–; hemos tenido problemas con un vendedor.
»– Esa no es razón suficiente –contestó Forbes–. Tenemos razones para creer que usted ha cogido unos importantes documentos en el Foreign Office y corrió hasta aquí para dejarlos. Tiene que venir con nosotros a Scotland Yard para ser cacheada.
»Protestó y se resistió en vano. Trajeron un carruaje y los tres volvimos en él. Previamente habíamos inspeccionado la cocina, y especialmente el fuego, con el fin de saber si ella no habría intentado eliminar los papeles mientras estuvo sola. No había indicios, sin embargo, de cenizas o trozos de papel.
»Cuando llegamos a Scotland Yard fue conducida de inmediato a la mujer que efectúa los cacheos a las mujeres. Esperé en una agonía de suspense hasta que ésta volvió con el informe. No había indicios de los documentos.
»Entonces, por primera vez, me hice plenamente consciente del horror de mi situación. Hasta aquí había estado tan seguro de que recuperaría los documentos rápidamente, que no me había atrevido a pensar en cuáles serían las consecuencias si no lo conseguía. Pero ahora ya no quedaba nada por hacer y tenía tiempo para darme cuenta de mi situación. ¡Era horrible! Watson le habrá dicho que en la escuela yo era un chico nervioso y sensible. Es mi naturaleza. Pensé en mi tío y en sus colegas del Gabinete; en la vergüenza que tendría que pasar por mi culpa, en la que tendría que pasar yo y todos los que tenían relación conmigo. ¿Qué importaba que yo fuera la víctima de un extraordinario accidente? No hay lugar para los accidentes cuando los intereses diplomáticos están en juego. Estaba arruinado; vergonzosamente, desesperadamente arruinado. No sé lo que hice. Imagino que debí de hacer una escena. Tengo un vago recuerdo de un grupo de oficiales apiñados en torno a mí intentando aplacarme. Uno de ellos me condujo hasta Waterloo y me metió en un tren. Creo que hubiera hecho todo el camino a mi lado de no ser porque el doctor Ferrier, que vive aquí al lado, volvía de la ciudad en ese mismo tren. El doctor se hizo amablemente cargo de mí, y menos mal que lo hizo, porque tuve un ataque en la estación y antes de que llegara a mi casa me había vuelto ya un maníaco delirante.
»Puede usted imaginarse el estado de cosas aquí cuando el doctor, al llamar a la puerta, los sacó de la cama y me encontraron a mí en semejante estado. La pobre Annie, a quien ven ustedes aquí, y mi madre tenían el corazón destrozado. El detective había dado al doctor Ferrier la información suficiente en la estación para que éste pudiera darles una idea de lo que había sucedido, y su narración no echaba ningún parche al problema. Era evidente que yo había caído enfermo con una enfermedad que sería larga; así que Joseph fue desalojado de su alegre habitación, que convirtieron en un cuarto de enfermo para mí. Aquí he yacido durante más de nueve semanas, señor Holmes, inconsciente y delirante debido a la fiebre. De no haber sido por la señorita Harrison y por los cuidados del doctor no estaría ahora hablando con ustedes. Ella me ha cuidado durante el día, y por la noche contrataron los servicios de una enfermera, porque en mis ataques era capaz de cualquier cosa. Poco a poco fui recobrando la razón, pero no ha sido sino en estos tres últimos días cuando he recuperado la memoria. Algunas veces deseo no haberla recobrado nunca. La primera cosa que hice fue telegrafiar al señor Forbes, en cuyas manos estaba el caso. Este vino y me aseguró que, aunque se había hecho todo lo posible, no se habían encontrado pruebas ni pistas. Habían interrogado al portero y a su mujer de todos los modos posibles, sin conseguir hacer un poco de luz sobre el asunto. Las sospechas de la policía fueron a recaer entonces sobre el joven Gorot que, como usted recordará, se quedó fuera de hora en la oficina aquella noche. El haberse quedado y su apellido francés eran los dos únicos puntos que podían sugerir una sospecha; pero de hecho yo no empecé a trabajar hasta que él ya se había ido; y su gente, aunque de ascendencia hugonota, tiene una simpatía y unas costumbres tan inglesas como las de usted y como las mías. No se encontró nada por lo que pudiera estar implicado en el asunto y aquí renunciaron a seguir investigando. He recurrido a usted, señor Holmes, como mi última esperanza; si me falla, perderé para siempre mi honor y mi posición.
El inválido se hundió de nuevo en los cojines, agotado por el largo monólogo, mientras su enfermera le servía un vaso de cierto medicamento estimulante. Holmes estaba sentado en silencio con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, en una actitud que podría parecer apática a un extraño, pero que yo sabía que denotaba la más intensa abstracción.
– Su informe ha sido tan explícito –dijo por último–, que me ha dejado poco lugar a que le haga más preguntas. Queda, sin embargo, una de suma importancia. ¿Le había dicho usted a alguna persona algo sobre la especial tarea que tenía que llevar a cabo?
– No, a nadie.
– ¿Ni siquiera a la señorita Harrison, aquí presente, por ejemplo?
– No. No volví a Woking en el espacio de tiempo que hubo entre recibir la orden y ejecutarla.
– ¿Y nadie de sus familiares o amigos había estado, por casualidad, a verle?
– Nadie.
– ¿Alguno de ellos sabe el camino que hay que seguir para llegar a su oficina?
– Oh, ¡claro! Todos ellos han sido introducidos por mí alguna vez.
– De todos modos, por supuesto, si no dijo nada a nadie sobre ese trabajo, estas preguntas son irrelevantes.
– No dije nada.
– ¿Sabe usted algo sobre el portero?
– Nada, excepto que es un soldado retirado.
– ¿De qué regimiento?
– Oh, me parece haber oído que de los «Coldstream Guards».
– Gracias. No me cabe duda de que podré conseguir más detalles por medio de Forbes. Las autoridades son excelentes a la hora de amontonar hechos, aunque no siempre los usan en su propio beneficio. ¡Qué cosa más bonita es una rosa!
Fue detrás del diván, abrió la ventana y, tomando en su mano el tallo inclinado de una rosa cubierta de musgo, contempló la exquisita mezcla del carmesí con el verde. Esta faceta de su carácter era nueva para mí porque nunca le había visto demostrar un interés profundo por los objetos naturales.
– No hay nada donde la deducción sea tan necesaria como en la religión –dijo, recostándose en las contraventanas–. El razonador puede construir con ella una ciencia exacta. Siempre me ha parecido que la seguridad suprema en la bondad de la Providencia descansa en las flores. Todas las demás cosas, nuestros poderes, nuestros deseos, nuestro alimento, todos son realmente necesarios en primera instancia para nuestra existencia. Pero esta rosa se nos da por añadidura. Su aroma y su color son un adorno de la vida, no una condición de ésta. Sólo la bondad se da por añadidura y por eso, repito, tenemos mucho que esperar de las flores.
Percy Phelps y su enfermera miraron a Holmes durante esta demostración con sorpresa y un tanto de desilusión escrita en sus rostros. El había caído en una ensoñación, con la rosa entre sus dedos. Pasó un rato antes de que la joven rompiera el silencio.
– ¿Ve usted alguna posibilidad de solucionar este misterio, señor Holmes? –preguntó con cierta aspereza.
– Oh, ¡el misterio! –contestó él, volviendo con un sobresalto a las realidades de la vida–. Sería absurdo negar que el caso es oscuro y complicado; pero puedo prometerles que estudiaré el asunto y que les haré saber los puntos que me impresionen.
– ¿Ve alguna pista?
– Me ha proporcionado usted siete, pero, por supuesto, debo comprobarlas antes de pronunciarme sobre su valor.
– ¿Sospecha de alguien?
– Sospecho de mí.
– ¿Qué?
– De llegar a conclusiones demasiado rápidas.
– Entonces vaya a Londres y compruebe sus conclusiones.
– Su consejo es excelente, señorita Harrison –dijo Holmes, levantándose–. Creo, Watson, que no podemos hacer nada mejor. No se deje llevar por falsas esperanzas, señor Phelps. El asunto está muy enmarañado.
– Estaré en un estado febril hasta que le vuelva a ver –exclamó el diplomático.
– Bueno, vendré en el mismo tren mañana, aunque es más que probable que mi informe sea negativo.
– Dios le bendiga por su promesa de venir –exclamó nuestro cliente–. Me hace cobrar nuevos ánimos el saber que se está haciendo algo. A propósito, tuve una carta de Lord Holdhurst.
– ¡Ah!, ¿qué decía?
– Se mostraba frío, pero no severo. Me atrevería a decir que mi grave enfermedad ha evitado que lo fuera. Volvía a repetir que el asunto era de suma importancia y añadía que no se daría paso alguno en relación con mi futuro (con lo cual, por supuesto, se refería a mi destitución) hasta que me hubiera recuperado y tuviera la oportunidad de reparar mi infortunio.
– Bueno, fue razonable y considerado –dijo Holmes–. Vamos, Watson, que tenemos un buen día de trabajo ante nosotros.
El señor Joseph Harrison nos condujo a la estación, y en seguida nos encontramos inmersos en el rápido traqueteo de un tren que venía de Portsmouth. Holmes se hundió en sus pensamientos y apenas abrió la boca hasta que pasamos Clapham Junction.
– Qué agradable es llegar a Londres a través de una de estas líneas que le permiten a uno ver las casas desde arriba, como en este caso.
Pensé que bromeaba porque la visión era bastante sórdida, pero en seguida se explicó.
– Mire esos grandes grupos de edificios que se levantan aislados por encima de los tejados de pizarra; parecen islas de ladrillo en un mar plomizo.
– Son los internados.
– ¡Los faros, muchacho, los faros! ¡Almenaras del futuro! Cápsulas con cientos de pequeñas, brillantes semillas en cada uno; de ellas surgirá el inglés del mañana, más inteligente, mejor. Supongo que ese hombre, Phelps, no beberá, ¿no?
– No creo.
– Ni yo tampoco. Pero estamos obligados a tener en cuenta todas las posibilidades. El pobre diablo se ha metido en aguas demasiado profundas y la cuestión que ahora se plantea es si podremos o no sacarlo a flote sano y salvo. ¿Qué piensa usted de la señorita Harrison?
– Es una muchacha con un carácter muy fuerte.
– Sí, pero, o yo estoy equivocado, o se trata de una muchacha bastante sensata. Ella y su hermano son los únicos hijos de un fabricante de hierro sentado en algún lugar camino de Northumberland. Phelps se comprometió con ella con ocasión de un viaje que realizó el año pasado; ella vino después, con su hermano como escolta, para que él le presentara a su familia. Entonces sucedió este accidente y ella se quedó a cuidar a su amado, mientras que su hermano Joseph, encontrándose cómodo, decidió quedarse también. He estado haciendo alguna investigación por mi cuenta. Pero hoy ha de ser un día lleno de ellas.
– Mi clientela… –empecé a decir yo.
– Oh, si usted encuentra sus casos más interesantes que los míos… –dijo Holmes con aspereza.
– Iba a decir que mi clientela bien puede ir tirando sin mí por un día o dos; al fin y al cabo es el período más tranquilo del año.
– Excelente –dijo él, recobrando su buen humor–. Entonces estudiaremos juntos este asunto. Creo que debemos empezar por ir a ver a Forbes. Probablemente él podrá darnos todos los detalles que precisamos, hasta que sepamos por dónde ha de abordarse el asunto.
– Usted dijo que tenía una pista.
– Bueno, tenemos varias, pero sólo podremos saber si valen para algo mediante una investigación posterior. El crimen más difícil de rastrear es aquel que carece de un objetivo claro. Ahora bien, éste sí que tiene un objetivo. ¿Quién va a beneficiarse? Están el embajador francés y el ruso; está asimismo quienquiera que sea el que vaya a vendérselo al uno o al otro, y está Lord Holdhurst.
– ¡Lord Holdhurst!
– Bueno, se puede concebir que un hombre de Estado se encuentre en una situación en la que no le importaría que cierto documento desapareciera de un modo accidental.
– No un hombre de Estado con un historial tan honorable como el de Lord Holdhurst.
– Es una posibilidad y no podemos permitirnos el lujo de desecharla. Veremos a este honorable Lord hoy y descubriremos si puede decirnos algo. Entretanto ya he puesto en marcha algunas investigaciones.
– ¿Ya?
– Sí, envié telegramas desde la estación de Woking a todos los periódicos de la tarde de Londres. Este anuncio aparecerá en todos ellos.
Me tendió una hoja de papel arrancada de su cuaderno de notas. En ésta aparecía escrito a lápiz:

«Diez libras de recompensa a quien pueda dar información sobre el número del vehículo que depositó a un pasajero en la puerta, o alrededores del Foreign Office en Charles Street, a las diez menos cuarto de la noche del pasado 23 de mayo. Dirigirse al 221B de Baker Street.»

– ¿Cree usted que el ladrón fue en simón?
– Si no fue así, tampoco nos perjudica el intentar saberlo. Pero, si el señor Phelps tiene razón al afirmar que no hay escondite posible ni en la habitación ni en los pasillos, la persona debe de haber venido desde el exterior. Si entró desde la calle en una noche tan pasada por agua, sin dejar, no obstante, huella alguna sobre el linóleo, que fue examinado pocos minutos después de que esa persona hubiera pasado, en ese caso es altamente probable que viniera en un simón. Sí, creo que podemos deducir con seguridad que vino en un simón.
– Suena probable.
– Esta es una de las pistas de que hablaba. Puede llevarnos hasta algo. Y, por supuesto, está además la campanilla, que es la característica más distintiva del caso. ¿Por qué tenía que sonar la campanilla? ¿Intentaba llevar a cabo una fanfarronada el ladrón que lo hizo? ¿O lo hizo alguien que estaba con el ladrón con la intención de evitar el crimen? ¿O fue un accidente? ¿O fue…?
Se hundió de nuevo en la intensa y profunda reflexión de la que había salido; pero a mí me pareció, acostumbrado como estaba a todos sus estados de ánimo, que había caído en la cuenta de una nueva posibilidad.
Eran las tres y veinte cuando llegamos al final de nuestro recorrido y, tras un breve almuerzo en la cantina de la estación, rápidamente nos pusimos en camino en dirección a Scotland Yard. Holmes ya había telegrafiado a Forbes, y lo encontramos esperándonos; un hombre pequeño, de aspecto zorruno, con una expresión aguda, pero no por ello más amable, en el rostro. Fue decididamente seco en su comportamiento con nosotros, especialmente cuando supo el motivo que nos llevaba a él.
– Conozco sus métodos, señor Holmes –dijo agriamente–. Está dispuesto a usar toda la información que la policía puede poner a su disposición para intentar terminar el caso por sí mismo y desacreditarla.
– Todo lo contrario –dijo Holmes–. De los cincuenta y tres últimos casos que he tenido, mi nombre sólo ha aparecido en cuatro, llevándose toda la fama la policía en los otros cuarenta y nueve. No le culpo por no saber esto, porque es joven y sin experiencia; pero, si desea progresar en su nuevo cargo, trabaje conmigo, no contra mí.
– Estaría encantado de que me diera alguna otra indicación –dijo el detective cambiando sus modales–. Hasta ahora no he tenido ningún éxito con este caso.
– ¿Qué pasos ha dado?
– Hemos seguido la pista a Tangey, el portero. Dejó el ejército con un buen informe sobre su conducta y no podemos encontrar nada contra él. Su mujer es una mala persona, sin embargo. Imagino que sabe más del asunto de lo que intenta aparentar.
– ¿La han seguido?
– Tenemos a una de nuestras mujeres detectives tras ella. La señora Tangey bebe, y nuestro detective ha estado con ella en dos ocasiones en las que estaba bastante chispa, pero no pudo sacarle nada.
– Creo que tuvieron a los agentes de seguros en casa.
– Sí, pero les pagaron.
– ¿De dónde procedía el dinero?
– No vimos nada irregular en lo que al dinero se refiere. Les debían la pensión de él; no han dado muestras de que les sobre el dinero.
– ¿Qué explicación dio al hecho de que acudiera ella cuando el señor Phelps llamó para pedir un café?
– Dijo que su marido estaba muy cansado y quería ayudarlo.
– Bueno, esto estaría ciertamente de acuerdo con el hecho de que él fue encontrado, un poco más tarde, dormido en la silla. No hay nada contra ellos, pues, salvo el carácter de la mujer. ¿Le preguntó por qué llevaba tanta prisa aquella noche? Su apremio llamó la atención del número de policía.
– Era más tarde de lo habitual y quería llegar a casa.
– ¿Le hizo ver que usted y el señor Phelps, que salieron por lo menos veinte minutos después de ella, llegaron allí antes?
– Ella lo explica por la diferencia entre un coche de punto y el tranvía.
– ¿Hizo alguna aclaración de por qué cuando llegó a casa se precipitó hacia la cocina?
– Porque tenía allí el dinero con el que pagar a los corredores.
– Por lo menos tiene una respuesta para todo. ¿Le preguntó si al salir se había encontrado con alguien o había visto a alguien merodeando sospechosamente por Charles Street?
– No vio a nadie, salvo al número de policía.
– Bueno, parece que le ha hecho un concienzudo interrogatorio cruzado. ¿Qué más ha hecho?
– El empleado, Gorot; le hemos estado siguiendo la pista durante estas últimas nueve semanas, pero sin resultado. No tenemos ninguna prueba contra él.
– ¿Algo más?
– Bueno, no contamos con ningún otro hecho sobre el que podamos seguir una investigación.
– ¿Se ha formado usted ya alguna teoría sobre cómo pudo llegar a sonar esa campanilla?
– Bueno, tengo que confesar que ese asunto me puede. Quienquiera que lo haya hecho tiene que tener una sangre fría impresionante para así, sin más, ir y hacer sonar la alarma.
– Sí, es algo bastante extraño. Muchas gracias por todo lo que me ha dicho. Sabrá de mí en el caso de que pueda entregarle al hombre. ¡Vamos Watson!
– ¿Dónde vamos a ir ahora? –pregunté al dejar la oficina.
– Vamos a ir a entrevistarnos con Lord Holdhurst, el ministro del Gabinete y futuro primer ministro de Inglaterra.
Tuvimos la suerte de que Lord Holdhurst estaba todavía en su despacho de Downing Street y, tras hacerle llegar Holmes su tarjeta de visita, nos hizo pasar al instante. El político nos recibió con esa extremada cortesía, un poco pasada de moda, que le caracteriza; nos ofreció asiento en dos lujosos y cómodos sillones situados a ambos lados de la chimenea. El, de pie sobre la alfombra que se extendía entre ambos, con su esbelta y ligera figura, su rostro agudo y pensativo y su rizado cabello prematuramente cano, parecía representar el tipo, ya no demasiado común, del noble que es noble de verdad.
– Su nombre me es muy familiar, señor Holmes –dijo sonriendo–. Y, por supuesto, no puedo fingir que desconozco el objeto de su visita. Sólo ha habido un suceso en estas oficinas que puede haber requerido su presencia aquí. Pero, permítame que le pregunte por cuenta de quién actúa.
– Del señor Percy Phelps –contestó Holmes.
– ¡Ah, mi infortunado sobrino! Como usted puede comprender, nuestro parentesco me hace todavía más difícil el intentar protegerle de un modo u otro. Temo que este incidente tendrá un efecto muy perjudicial en su carrera.
– Pero, ¿y si encontramos el documento?
– ¡Ah!, en ese caso sería diferente.
– Me gustaría hacerle unas preguntas, Lord Holdhurst.
– Estaré encantado de poder ofrecerle toda la información que se encuentra en mi poder.
– ¿Fue en esta habitación en donde le dio a su sobrino las instrucciones de cómo debía llevarse a cabo la copia del documento?
– Esta era.
– Entonces difícilmente pudo haber alguien que sorprendiera su conversación.
– Por supuesto.
– ¿Le había mencionado a alguien que tenía la intención de entregar el tratado a alguien con el fin de hacer una copia?
– Nunca.
– ¿Está seguro de ello?
– Absolutamente.
– Bueno, puesto que ni usted se lo dijo a nadie, ni el señor Phelps se lo dijo a nadie, ni nadie más sabía algo sobre el asunto, la presencia del ladrón en la habitación fue, pues, algo puramente accidental. Vio una posibilidad y no la dejó escapar.
El político sonrió:
– Eso ya no es de mi competencia –dijo.
Holmes se quedó un momento pensativo.
– Hay otro aspecto del asunto, también muy importante, que me gustaría comentar con usted –dijo–. Tengo entendido que usted temía las graves consecuencias que acarrearía el hecho de que se llegaran a conocer ciertos detalles del tratado, ¿no es así?
Una sombra cubrió el expresivo rostro del político.
– Verdaderamente, graves consecuencias.
– ¿Y las ha habido ya?
– No, todavía no.
– ¿Si el tratado hubiera llegado, pongamos por caso, al Ministerio de Asuntos Exteriores francés o ruso, lo sabría?
– Sí, tendría que saberlo –dijo Lord Holdhurst, poniendo una expresión de disgusto en el rostro.
– Entonces, puesto que han pasado casi diez semanas y todavía no se sabe nada, ¿sería incierto suponer que el tratado no ha llegado a ellos?
Lord Holdhurst se encogió de hombros.
– No podemos suponer que el ladrón cogió el tratado para enmarcarlo y colgarlo de la pared.
– Posiblemente esté esperando a poder venderlo a mejor precio.
– Si espera un poco más, ya no podrá venderlo en absoluto. Dentro de unos cuantos meses el tratado dejará de ser secreto.
– Eso es muy importante –dijo Holmes–. Por supuesto, no está fuera de lo posible que el ladrón se encuentre aquejado de una súbita enfermedad.
– ¿Un ataque de encefalitis, por ejemplo? –preguntó el político, lanzándole una rápida mirada.
– Yo no diría eso –dio Holmes imperturbable–. Y ahora nos vamos, Lord Holdhurst; ya le hemos quitado mucho de su valioso tiempo, y sólo nos queda desearle que tenga usted un buen día.
– Le deseo suerte en su investigación, sea quien sea el criminal –contestó el noble caballero, al tiempo que nos despedía con una reverencia.
– Es un buen tipo –dijo Holmes cuando salimos a Whitehall–. Pero tiene enormes dificultades para mantener su posición. Anda lejos de ser rico y tiene muchos gastos. ¿Se dio cuenta de que sus botines tenían echadas medias suelas? Ahora, Watson, no quiero tenerle alejado más tiempo de sus obligaciones. No haré nada más hoy, a no ser que alguien conteste al anuncio que puse en el periódico. Pero le estaría agradecido en extremo si quisiera acercarse conmigo mañana a Woking; cogeremos el mismo tren que hemos cogido hoy.
Me reuní, pues, con él a la mañana siguiente e hicimos el viaje juntos hasta Woking. Nadie había contestado al anuncio, dijo, y nada había sucedido que echara una nueva luz sobre el asunto. Tenía, cuando así lo deseaba, la profunda inexpresividad de un piel roja. Y yo no pude deducir por su aspecto si estaba o no satisfecho con la situación del caso. Recuerdo que su conversación giró en torno al sistema Bertillon de medidas y expresó una entusiasta admiración por el sabio francés.
Encontramos a nuestro cliente todavía bajo los cuidados de su fiel enfermera, pero tenía mucho mejor aspecto que antes. Cuando entramos, se levantó sin dificultad del sofá y nos saludó.
– ¿Alguna novedad? –preguntó con vehemencia.
– Mi informe, como esperaba, es negativo –dijo Holmes–. He visto a Forbes y a su tío y he puesto en marcha una o dos investigaciones que nos pueden llevar hasta algo.
– ¿No está, pues, descorazonado?
– En absoluto.
– ¡Dios le bendiga por decir tal cosa! –exclamó la señorita Harrison.
– La verdad terminará por salir a la luz si seguimos siendo valerosos y no perdemos la paciencia.
– Nosotros podemos darle más noticias de las que usted ha podido darnos –dijo Phelps volviéndose a sentar en el sofá.
– Esperaba que tuvieran algo que decirme.
– Sí, ayer por la noche nos sucedió algo que podría ser serio –su expresión se fue haciendo más grave según hablaba y su mirada expresaba un tipo de sentimiento parecido al miedo–. ¿Sabe usted –dijo– que empiezo a creer que estoy siendo, sin darme cuenta, el centro de una monstruosa conspiración que no sólo atenta contra mi honor sino también contra mi propia vida?
– ¡Ah! –exclamó Holmes.
– Parece increíble, porque no tengo, que yo sepa, un solo enemigo en este mundo. Y, sin embargo, a partir de la experiencia de ayer por la noche, no puedo llegar a otra conclusión.
– Por favor, tenga la bondad de contarme cómo fue.
– Tiene que saber que ayer por la noche fue la primera vez que dormí sin una enfermera en la habitación. Me encontraba muchísimo mejor que los días pasados, tanto, que decidí que podía pasar sin ella. Tenía, no obstante, una lamparilla encendida. Bueno, a eso de las dos de la madrugada me había hundido en un sueño ligero, cuando un ruidito me despertó de repente. Era similar al ruido que hacen los ratones al roer las tablas del entarimado y me quedé un rato escuchando, pensando que esa debía de ser la causa. Entonces se hizo más fuerte, hasta que al final oí en la ventana un golpe agudo y metálico. Me senté asombrado. Ahora ya no había duda sobre la procedencia del ruido. Los más débiles los había producido alguien al intentar forzar los bastidores de la ventana y el segundo lo produjo el pestillo al saltar
»Tras esto, todo quedó en silencio durante unos minutos, como si la persona estuviera esperando a ver si el ruido me había despertado o no. Entonces oí un tenue chirrido, al tiempo que la ventana se iba abriendo lentamente. No pude aguantar más, porque mis nervios ya no son lo que eran y, saltando de la cama, abrí de golpe las contraventanas. Había un hombre agazapado en la ventana. Apenas pude verlo, porque echó a correr con la velocidad del relámpago. Iba envuelto en algo parecido a una capa, que le ocultaba la parte inferior del rostro. Sólo estoy seguro de una cosa, y es que llevaba un arma en la mano. Me pareció un cuchillo. Vi claramente el brillo de éste cuando él se volvió antes de echar a correr.
– Esto es de lo más interesante; y dígame, ¿qué hizo usted entonces?
– Habría saltado por la ventana y le hubiera seguido, si me hubiera sentido más fuerte. Lo que hice fue tocar la campanilla y levantar a toda la casa. Me llevó un rato porque las campanillas suenan en la cocina y todos los sirvientes duermen arriba. Grité, por tanto, lo cual hizo bajar a Joseph, que se encargó de despertar al resto. Joseph y el mozo de cuadra encontraron pisadas en el macizo de flores que está debajo de la ventana, pero el tiempo ha sido tan seco últimamente, que pensaron que sería imposible seguirlas por todo el césped. No obstante, me han dicho que hay un lugar en la cerca de madera que bordea la carretera que muestra signos como si alguien hubiera pasado por encima rompiendo un listón al hacerlo. Todavía no he dicho nada a la policía local, porque pensé que haría mejor en saber primero su opinión sobre el asunto.
Este relato de nuestro cliente pareció tener un efecto extraordinario sobre Sherlock Holmes. Se levantó de su asiento y se puso a ir y venir por la habitación en un estado incontrolable de excitación.
– Las desgracias nunca vienen solas –dijo Phelps sonriendo, aunque era evidente que este suceso le había dejado un tanto estremecido.
– Ya ha sufrido usted lo suyo, verdaderamente –dijo Holmes–. ¿Cree que sería capaz de dar una vuelta conmigo alrededor de la casa?
– ¡Oh, sí! Me agradaría mucho que me diera un poco el sol. Joseph vendrá también.
– ¡Y yo también! –dijo la señorita Harrison.
– Siento mucho tener que decirle que no –dijo Holmes moviendo la cabeza–. Creo que tengo que pedirle que se quede sentada exactamente en el mismo lugar en el que está ahora.
La joven dama volvió a ocupar su asiento con cierto aire de disgusto. Sin embargo, su hermano se había unido a nosotros y salimos los cuatro juntos. Dimos la vuelta por el césped que bordea la casa hasta llegar a la ventana de la habitación que ocupaba el joven diplomático. Había, como él había dicho, algunas huellas en el macizo de flores, pero eran totalmente borrosas e imprecisas. Holmes se inclinó un momento sobre ellas, tras lo cual se irguió de nuevo encogiéndose de hombros.
– No creo que nadie pueda sacar mucho en claro de esto –dijo–. Demos una vuelta entera a la casa y veamos por qué el ladrón escogió esta habitación en particular. Yo pensaría que las amplias ventanas del salón y del comedor le habrían atraído más.
– Se ven más desde la carretera –sugirió el señor Joseph Harrison.
– ¡Ah, sí, claro! Hay aquí una puerta por la que quizá haya intentado pasar. ¿Para qué la usan?
– Es la puerta lateral, que utilizan los comerciantes. Por supuesto, por la noche está cerrada con llave.
– ¿Les había sucedido algo parecido en alguna otra ocasión?
– Nunca –dijo nuestro cliente.
– ¿Tiene en casa plata o algo que pueda atraer a los ladrones?
– Nada de valor.
Holmes se dio un paseo alrededor de la casa. Llevaba las manos en los bolsillos y mostraba un aspecto bastante negligente, algo inusual en él.
– A propósito –le dijo a Joseph Harrison–, creo que ha encontrado usted un lugar por donde el tipo pudo haber saltado la cerca; echémosle un vistazo.
El joven nos condujo hasta un lugar en donde podía verse que la parte superior de uno de los listones que formaban el cercado estaba resquebrajado. Había un trocito de madera colgando. Holmes lo arrancó y lo examinó con aire crítico.
– ¿Cree usted que esto lo hicieron anoche? Parece que tiene bastante tiempo, ¿no?
– Bueno, posiblemente.
– No hay huellas que indiquen que alguien haya saltado desde el otro lado. No, no creo que este lugar vaya a sernos útil en nuestra búsqueda. Volvamos al dormitorio y recapacitemos sobre el asunto.
Percy Phelps caminaba despacio, apoyándose en el brazo de su futuro cuñado. Holmes atravesó la pradera a paso ligero y llegamos junto a la ventana abierta muchos antes que los otros dos.
– Señorita Harrison –dijo Holmes, poniendo mucho cuidado en su modo de dirigirse a ella–, tiene usted que quedarse todo el día en el lugar en el que está ahora. No consienta que nada le impida hacerlo. Esto tiene una importancia vital.
– Claro que lo haré, si así lo desea usted –dijo la muchacha asombrada.
– Cuando se vaya a dormir, cierre por fuera la puerta de esta habitación y guarde la llave. Prométame que lo hará.
– Pero ¿y Percy?
– Vendrá a Londres con nosotros.
– ¿Y yo voy a quedarme aquí?
– Es por su bien, ¡puede serle usted muy útil! ¡Rápido! ¡Prométamelo!
Asintió con la cabeza en el mismo momento en que llegaban los otros.
– ¿Por qué te quedas ahí haciendo muecas, Annie? –le gritó su hermano–. Sal a que te dé el sol.
– No, gracias, Joseph; tengo un ligero dolor de cabeza y esta habitación es deliciosamente fresca y sedante.
– ¿Qué propone que hagamos ahora, señor Holmes? –dijo nuestro cliente.
– Bueno, no debemos perder de vista la investigación principal por andarnos preocupando de un asuntillo sin importancia. Me prestaría una gran ayuda si pudiera usted venir a Londres con nosotros.
– ¿Ahora mismo?
– Bueno, lo antes posible, siempre que no le suponga un trastorno. Digamos dentro de una hora.
– Me siento lo bastante fuerte, si es que de verdad puedo serle útil en algo.
– Utilísimo.
– Posiblemente quiera que me quede a pasar la noche allí.
– Eso es lo que iba a proponerle.
– En ese caso, si mi amigo nocturno vuelve a visitarme, verá que el pájaro ha volado. Estamos todos en sus manos, señor Holmes: tiene usted que decirnos lo que quiere que hagamos. ¿A lo mejor prefiere que Joseph venga con nosotros para hacerse cargo de mí?
– Oh, no; mi amigo Watson es médico, sabe, y se ocupará de usted. Comeremos aquí, si nos lo permite, y después partiremos juntos hacia la ciudad.
Se decidió hacerlo tan como él lo había sugerido, si bien la señorita Harrison, de acuerdo con la sugerencia de Holmes, se excusó por no abandonar la habitación. Yo no podía concebir cuál era el objeto de la maniobra de mi amigo, a no ser que se propusiera mantener a la dama alejada de Phelps, quien, lleno de alegría por haber recobrado la salud y por las perspectivas de acción, comió con nosotros en el comedor. Holmes nos tenía reservada, sin embargo, otra sorpresa todavía más grande, porque, tras acompañarnos hasta la estación e introducirnos en el vagón, nos anunció con toda calma que no tenía la intención de abandonar Woking.
– Hay todavía dos o tres pequeñas cuestiones que me gustaría aclarar antes de ir –dijo–. Su ausencia, señor Phelps, me será de alguna manera útil. Watson, cuando lleguen a Londres, hágame el favor de dirigirse rápidamente con nuestro amigo a Baker Street y de quedarse allí con él hasta que volvamos a vernos. Es una suerte que sean antiguos compañeros de escuela, porque así tendrán mucho de que hablar. El señor Phelps puede ocupar el cuarto de huéspedes y yo volveré a estar con ustedes mañana a la hora del desayuno, ya que hay un tren que me dejará a las ocho en la estación de Waterloo.
– ¿Pero que pasará con nuestra investigación en Londres? –preguntó Phelps pesaroso.
– Podremos hacerla mañana. Creo que en este momento puedo ser más útil aquí.
– Dígales en Briarbrae que espero estar de vuelta mañana por la noche –gritó Phelps cuando el tren empezaba a dejar el andén.
– No espero volver a Briarbrae –contestó Holmes, despidiéndonos con la mano mientras el tren iba saliendo cada vez más de prisa de la estación.
Phelps y yo hablamos de ello durante el viaje, pero ninguno de los dos pudo imaginarse una razón satisfactoria que explicara este nuevo acontecimiento.
– Supongo que querrá encontrar alguna pista relativa al robo de anoche, si es que se trataba de un robo. Por mi parte, no creo que se tratara de un robo ordinario.
– ¿Qué idea tiene usted, pues, del asunto?
– Puede usted achacárselo o no a la debilidad de mis nervios, pero palabra que creo que soy el centro de una profunda intriga política y que, por alguna razón que se me escapa, los conspiradores apuntan contra mi vida. Suena exaltado y absurdo, pero ¡considere los hechos! ¿Por qué iba un ladrón a intentar forzar la ventana de un dormitorio en el que no podía haber posibilidad de robo y por qué iba a llevar un cuchillo en la mano?
– ¿Está usted seguro de que no era una ganzúa?
– Oh, no; era un cuchillo. Vi claramente el brillo de la hoja.
– Pero ¿por qué demonios le van a perseguir con tal animosidad?
– ¡Ah!, esa es la cuestión.
– Bueno, si Holmes tiene el mismo punto de vista, eso estaría conforme con el hecho de que él se haya quedado allí, ¿no? Suponiendo que su teoría sea correcta, si puede echarle el guante a quien le amenazó a usted anoche, habrá avanzado mucho en la búsqueda de la persona que se llevó el tratado naval. Es absurdo suponer que tiene usted dos enemigos; uno que le roba mientras el otro atenta contra su vida.
– Pero el señor Holmes dijo que no iba a ir a Briarbrae.
– Le conozco desde hace algún tempo –dije yo–, y sé que nunca hace nada si no cuenta con una buena razón para hacerlo.
Y con esto nuestra conversación saltó a otros tópicos.
Pero fue un día agotador para mí. Phelps estaba todavía muy débil tras su larga enfermedad y sus infortunios le habían vuelto quejica y nervioso. En vano me propuse atraer su interés hacia otros temas tales como Afganistán, India, los problemas sociales; cualquier cosa que le quitara de la cabeza el problema que le tenía obsesionado. Siempre terminaba volviendo al desaparecido tratado; preguntándose, haciendo conjeturas, especulando sobre lo que estaría haciendo Holmes, lo que decidiría Lord Holdhurst, las noticias que tendríamos por la mañana. Al ir avanzando la tarde, su excitación se hizo casi dolorosa.
– ¿Tiene una fe implícita en Holmes? –preguntó.
– Le he visto llevar a cabo hechos asombrosos.
– ¿Pero logró esclarecer alguna vez algún otro asunto tan oscuro como éste?
– Oh, sí; le he visto resolver casos que presentaban menos pistas que el suyo.
– ¿Pero alguno en el que tantos intereses estuvieron en juego?
– Eso no lo sé. Lo que sí sé seguro es que ha actuado en representación de tres de las casas reinantes de Europa en asuntos vitales.
– Pero usted lo conoce bien, Watson. Es un tipo tan inescrutable, que nunca sé que pensar de él. ¿Cree que tiene esperanzas? ¿Cree que cuenta con acabar el asunto con éxito?
– No ha dicho nada.
– Eso es un mal signo.
– Por el contrario, me he dado cuenta de que cuando no sabe por dónde va, lo dice. Es cuando huele algo, pero todavía no está lo bastante seguro de que está en lo cierto, cuando se muestra más taciturno. Ahora, querido amigo, no podemos evitar los problemas poniéndonos nerviosos con ellos, así que le suplico que se acueste con el fin de que pueda estar usted fresco para lo que nos aguarde mañana, sea lo que sea.
Finalmente pude persuadir a mi compañero de que siguiera mi consejo, aunque sabía, por el estado de excitación en que se encontraba, que no dormiría nada. En realidad, su estado de ánimo era contagioso, porque yo me pasé la mitad de la noche dando vueltas en la cama, rumiando aquel extraño asunto e inventándome cientos de teorías, cada una de ellas, si cabe, más imposible que la anterior. ¿Por qué se había quedado Holmes en Woking? ¿Por qué le había pedido a la señorita Harrison que se quedara en la habitación del enfermo todo el día? Me devané los sesos hasta que me quedé dormido en el empeño de encontrar una explicación que abarcara todos los hechos.
Eran las siete cuando me desperté, y rápidamente me encaminé al cuarto de Phelps, encontrándolo ojeroso y agotado tras haber pasado la noche en blanco. Su primera pregunta fue si Holmes había llegado ya.
– Estará aquí a la hora prometida –dije yo–, y ni un instante antes o después.
Y mis palabras fueron ciertas, porque poco después de las ocho un taxi se paró ante la casa nuestro amigo salió de él. De pie, junto a la ventana, vimos que traía vendado la mano izquierda y que su rostro estaba pálido y con un aire lúgubre. Entró en la casa, pero pasó un rato antes de que subiera.
– Parece un hombre vencido –exclamó Phelps.
Me vi forzado a contestar que era verdad.
– Después de todo –dije yo–, la clave del asunto es probable que se encuentre aquí en la ciudad.
Phelps exhaló un gemido.
– No sé como será –dijo él–, pero había esperado tanto su vuelta… Pero ayer no llevaba la mano vendad, ¿verdad? ¿A qué puede deberse?
– ¿No estará usted herido, Holmes? –pregunté yo, cuando nuestro amigo entró en la habitación.
– ¡Qué va! Sólo es un rasguño debido a mi propia torpeza –contestó, dándonos los buenos días–. Este caso suyo, señor Phelps, es ciertamente uno de los más oscuros que yo haya investigado.
– Temía que lo encontrara más allá de sus posibilidades.
– Ha sido una importante experiencia.
– Esta venda habla por sí sola de las aventuras que ha corrido –dije–. ¿No nos contará lo que sucedió?
– Después del desayuno mi querido Watson. Recuerde que vengo de respirar el aire matutino de Surrey. Supongo que ningún taxista habrá contestado a mi anuncio, ¿no? Bueno, bueno, no podemos esperar estar marcando tantos todo el rato.
La mesa estaba puesta y, en el mismo momento en que yo iba a hacer sonar la campanilla, entró la señora Hudson con el té y el café. Unos minutos después trajo las bandejas cubiertas y todos nos sentamos a la mesa; Holmes hambriento, yo curioso y Phelps en un estado de profunda depresión.
– La señora Hudson se ha superado para la ocasión –dijo Holmes destapando una fuente de pollo al curry–. Su cocina es un poco limitada, pero, como escocesa que es, tiene una buena idea de lo que debe ser un auténtico desayuno. ¿Qué tiene usted ahí, Watson?
– Jamón y huevos –contesté yo.
– ¡Bien! ¿Qué va usted a tomar, señor Phelps? ¿Pollo al curry, huevos o se servirá de la bandeja que tiene a su lado?
– Gracias, no puedo comer nada –dijo Phelps.
– Bueno, entonces –dijo Holmes haciéndome un travieso guiño–, supongo que no tendrá ningún inconveniente en servirme de esa bandeja que tiene a su lado, ¿no es así?
Phelps destapó la bandeja y, al hacerlo, lanzó un grito y se quedó mirándola con el rostro tan pálido como el plato que tenía ante sí. En el centro de la bandeja había un pequeño cilindro de papel color azul grisáceo. Lo cogió, lo devoró con la mirada y después se puso a bailar locamente por toda la habitación, cayendo después en un sillón tan debilitado y exhausto por la emoción, que tuvimos que echarle brandy por la garganta para evitar que se desmayara.
– ¡Venga! ¡Venga! –decía Holmes, intentando calmarlo mientras le daba unos ligeros golpecitos en el hombro–. Ha sido demasiado esto de lanzárselo así de sorpresa; pero Watson, aquí presente, sabe que no puedo resistirme a dar un toque de dramatismo a las cosas.
Phelps cogió su mano y se la besó.
– Dios le bendiga –exclamó–. Ha salvado usted mi honor.
– Bueno, el mío también estaba en juego, ¿sabe? –dijo Holmes–. Le aseguro que es para mí tan odioso el fracasar en un caso, como puede serlo para usted el cometer un error en algo que se le ha encargado.
Phelps metió el precioso documento en el bolsillo más escondido de su levita.
– No me atrevo a seguir interrumpiéndoles el desayuno por más tiempo y, sin embargo, me muero por saber cómo lo consiguió y dónde estaba.
Sherlock Holmes se bebió una taza de café, aplicándose después a los huevos con jamón. Tras esto se levantó, encendió su pipa y se acomodó en su sillón.
– Les diré lo que hice en primer lugar y cómo me las apañé después –dijo–. Tras dejarlos en la estación me fui, dando un encantador paseo por el maravilloso escenario de Surrey, hasta un bonito pueblecito llamado Ripley, donde tomé el té y tuve la precaución de llenar mi cantimplora y echarme al bolsillo una bolsa de bocadillos. Me quedé allí hasta la tarde, tras emprender el camino de regreso a Woking, me encontré en la carretera a la puerta de Briarbrae, justo después de la puesta del sol.
»Bueno, esperé hasta que no hubo nadie en la carretera (no es una carretera muy frecuentada a ninguna hora) y después trepé por la cerca.
– Seguramente la cancela de la cerca estaría abierta, ¿no? –exclamó de repente Phelps.
– Sí; pero tengo un gusto peculiar en estos asuntos. Escogí el sitio en el que se levantan los tres abetos y, amparado por su protección, salté dentro, seguro de que no existía la menor posibilidad de que alguien pudiera verme desde la casa. Me agaché en los matorrales que hay a ese lado de la cerca, y fui reptando de uno a otro (el lamentable estado de las rodilleras de mis pantalones es testigo de ello), hasta que alcancé el macizo de rododendros que está justo enfrente de la ventana de su habitación. Allí me quedé agazapado y esperé el desarrollo de los acontecimientos.
»Todavía no habían bajado la persiana de su habitación y veía a la señorita Harrison sentada allí leyendo junto a la mesa. Eran las diez y cuarto cuando cerró el libro, atrancó las contraventanas y se retiró. La oí cerrar la puerta y tuve la casi absoluta seguridad de que había dado la vuelta a la llave.
– ¿La llave? –exclamó Phelps.
– Sí, le había dado instrucciones a la señorita Harrison para que cerrara la puerta por fuera y se llevara la llave cuando se fuera a la cama. Llevó a cabo mis instrucciones al pie de la letra y sin su cooperación no tendría usted ahora ese documento en el bolsillo de su levita. Ella se fue, las luces se apagaron y yo me quedé solo, en cuclillas, tras el macizo de rododendros.
»Hacía una buena noche, pero de todos modos fue una espera aburrida. Por supuesto, había en ella algo de esa suerte de excitación que siente el cazador cuando está tumbado en su puesto junto al agua esperando el comienzo de la gran caza. Fue muy larga, sin embargo, casi tan larga, Watson, como aquella vez en la que usted y yo tuvimos que esperar en una horripilante habitación, cuando andábamos investigando aquel problemilla de «La banda de lunares». El reloj de una iglesia de Woking daba los cuartos y más de una vez pensé que se había parado. Por fin, no obstante, a eso de las dos de la madrugada, oí de repente el suave sonido de un cerrojo que se abría y el chirrido de una llave. Un momento después se abrió la puerta de servicio y el señor Joseph Harrison salió a la luz de la luna.
– ¡Joseph! –exclamó Phelps.
– Iba descubierto, pero se había echado una capa sobre los hombros con el fin de poder ocultar su rostro rápidamente en caso de emergencia. Caminaba de puntillas, amparándose en la sombra que hacían las paredes de la casa y, cuando llegó a la ventana, metió un cuchillo de hoja muy larga por la ranura y levantó el pestillo, abriendo entonces la ventana de golpe, tras lo cual metió el cuchillo por la ranura de las contraventanas, hizo saltar la tranca y las abrió de par en par.
»Desde el lugar en el que estaba veía perfectamente el interior de la habitación y pude seguir todos y cada uno de sus movimientos. Encendió las dos velas que estaban en la repisa de la chimenea y entonces procedió a levantar una esquina de la alfombra cerca de la puerta. De repente se paró y sacó una pieza cuadrada del entarimado, de esas que se dejan para que los fontaneros puedan acceder a los empalmes de las tuberías del gas. Esta cubría, de hecho, el empalme en forma de T donde se une la tubería que abastece de gas a la cocina, que está justo debajo de esa habitación. Sacó el cilindro de papel fuera del escondite, volvió a poner la pieza del entarimado, arregló la alfombra dejándola como estaba, apagó las velas, y cayó en mis brazos al estar yo esperándole bajo la ventana.
»Bueno, el señorito Joseph tiene más maldad de la que yo le hubiera adjudicado, sí, señor, mucha más. Se lanzó contra mí blandiendo el cuchillo y tuve que golpearle hasta tumbarle por dos veces, cortándome en los nudillos antes de dominarle. Cuando terminó la pelea parecía querer «asesinarme» con la mirada del único ojo que le había quedado sano, pero se atuvo a razones y soltó los papeles. Tras haberlos conseguido le dejé ir, pero esta mañana he telegrafiado a Forbes dándole una información completa. Si es lo suficientemente rápido y consigue cazar al pájaro, ¡tanto mejor! Pero si, como sospecho, el pájaro abandonó el nido antes de que él llegue, ¡pues bien, mucho mejor para el Gobierno! Imagino que Lord Holdhurst, por un lado, y el señor Percy Phelps, por otro, preferirían con mucho que el asunto no llegara nunca hasta un tribunal policial.
– ¡Dios mío! –dijo nuestro cliente con voz entrecortada–. ¿Está usted diciéndome que durante estas diez largas semanas de agonía los documentos robados estuvieron todo el rato conmigo en la misma habitación?
– Así fue.
– ¡Y Joseph! ¡Joseph un traidor y un ladrón!
– ¡Hum! Lamento tener que decirle que el carácter de Joseph es más profundo y peligroso de lo que uno juzgaría por su aspecto. Por lo que esta mañana he podido enterarme, he sacado la conclusión de que ha perdido mucho dinero por meterse sin saber nada en el mundo de la Bolsa, y está dispuesto a hacer cualquier cosa para sanear su fortuna. Como es un hombre totalmente egoísta, cuando se le presentó la ocasión, ni la felicidad de su hermana, ni la reputación de usted le hicieron detenerse.
Percy Phelps se hundió en la silla.
– La cabeza me da vueltas –dijo–, sus palabras me han mareado.
– La principal dificultad en su caso –observó Holmes, con el didactismo que le caracteriza– estaba en el hecho de que había demasiados datos. Lo que era vital estaba cubierto y oculto por lo irrelevante. De todos los hechos que se nos presentaron, tuvimos que escoger los que juzgamos esenciales y entonces juntarlos dándoles un orden con el fin de reconstruir esta especialísima cadena de acontecimientos. Yo ya había empezado a sospechar de Joseph a partir del hecho de que usted tenía la intención de viajar con él aquella noche y, por tanto, era bastante probable que, conociendo bien el Foreign Office como lo conocía, él hubiera ido a buscarle de camino. Cuando supe que había habido alguien que había intentado entrar en su dormitorio de un modo tan desesperado, en el cual nadie sino Joseph podía haber ocultado algo (usted nos había dicho en su relato cómo había echado a Joseph de la habitación la noche en que llegó con el doctor), mis sospechas se convirtieron en una certeza total, especialmente cuando el intento se hizo en la primera noche que la enfermera estaba ausente, lo cual mostraba que el intruso estaba bien informado de lo que sucedía en la casa.
– ¡Qué ciego he sido!
– Los hechos, hasta donde yo he podido descubrir, son éstos: Joseph Harrison entró en la oficina por la puerta de Charles Street y, como conocía el camino, se dirigió directamente a su habitación un momento después de que usted la hubiera abandonado. Al no encontrar a nadie allí, hizo sonar la campanilla y, al hacerlo, se fijó en el documento que estaba sobre la mesa. Con una sola mirada se dio cuenta de que la suerte había puesto en su camino un documento de inmenso valor y, sin perder un segundo, se lo metió en el bolsillo y se fue. Pasaron como usted recordará, unos cuantos minutos antes de que el portero le llamara a usted la atención sobre la campanilla, y éstos bastaron para darle al ladrón tiempo de escapar.
»Hizo el camino hasta Woking en el primer ten y, tras examinar su botín y asegurarse de que realmente tenía un inmenso valor, lo escondió en lo que pensó sería un lugar seguro, con la intención de volverlo a sacar en un día o dos y llevarlo a la Embajada francesa o a cualquier sitio que pensara que le harían un buen precio. Entonces vino su precipitado regreso. El, sin previo aviso, se vio obligado a abandonar su habitación y, desde ese momento, siempre hubo al menos dos personas para impedirle rescatar su tesoro. Debe de haber sido algo enloquecedor entrar en la habitación, pero su insomnio frustró este intento. Recordará usted que no tomó aquella noche su droga de costumbre.
– Lo recuerdo.
– Imagino que él había sus medidas para acrecentar la eficacia de la droga y que confiaba en que usted estuviera inconsciente. Por supuesto, me di cuenta de que repetiría el intento cuando pudiera llevarlo a cabo con seguridad. La posibilidad que andaba buscando se la proporcionó el hecho de que usted abandonara la habitación. Mantuve a la señorita Harrison allí durante todo el día, con el fin de que él no se nos anticipara. Tras esto, tras haberle hecho creer que no había moros en la costa, hice guardia del modo que les he descrito. Yo ya sabía que los documentos probablemente estaban en la habitación, pero no deseaba destrozar todo el entarimado y todo el zócalo en su búsqueda. Por tanto, dejé que él mismo los sacara del escondite, evitándome así muchos problemas. ¿Desean que les aclare algo más?
– ¿Por qué intentó entrar por la ventana en la primera ocasión –dije yo–, cuando podía haberlo hecho por la puerta?
– Hubiera tenido que pasar por delante de siete dormitorios para alcanzarla. Por otro lado, podía salir con facilidad al césped. ¿Algo más?
– ¿No piensa usted –preguntó Phelps– que tenía intenciones asesinas? Sólo se ha referido usted al cuchillo como herramienta.
– Puede ser –contestó Holmes encogiéndose de hombros–. Lo único que puedo decir con certeza es que el señor Joseph Harrison es un caballero a cuya clemencia por nada del mundo me encomendaría.

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