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lunes, 6 de julio de 2009

FACTOTUM --- CHARLES BUKOWSKI



Charles Bukowski

Factotum





El novelista no necesita ver al león comiendo hierba. El sabe que un mismo Dios creó al lobo y al cordero, y luego sonrió, «viendo que su trabajo estaba bien hecho».
André Gide



1

Llegué a Nueva Orleans con lluvia a las cinco de la madrugada. Me quedé un rato sentado en la estación de autobuses, pero la gente me deprimía, así que agarré mi maleta, salí afuera y comencé a caminar en medio de la lluvia. No sabía donde habría una pensión, ni donde podía estar el barrio pobre de la ciudad.
Tenía una maleta de cartón que se estaba cayendo a pedazos. En otros tiempos había sido negra, pero la cu­bierta negra se había pelado y el cartón amarillo había quedado al descubierto. Había tratado de arreglarlo cu­briendo el cartón con betún negro. Mientras caminaba bajo la lluvia, el betún de la maleta se iba corriendo y sin darme cuenta me iba pintando rayas negras en ambas per­neras del pantalón al cambiarme la maleta de una mano a otra.
Bueno, era una nueva ciudad. Tal vez pudiera tener suerte.
Cesó de llover y salió el sol. Estaba en el barrio negro. Seguí caminando con lentitud.
—¡Hey, basurita blanca!
Dejé mi maleta en el suelo. Una negraza estaba sentada en los escalones de un porche con las piernas cru­zadas. Tenía buena pinta.
—¡Hola, basurita blanca!
No dije nada. Sólo me quedé allí mirándola.
—¿Te gustaría catar un buen culo, basurita blanca?
Se reía de mí. Tenía las piernas cruzadas bien altas y balanceaba los pies; tenía unas piernas de lo más legal, con zapatos de tacón, y las agitaba y se reía. Agarré mi maleta y empecé a acercarme hacia ella por el sende­ro de entrada. Entonces noté como la cortina de una ven­tana a mi izquierda se apartaba un poquito. Vi la cara de un negro. Tenía una pinta tan demoledora como Jersey Joe Wolcott. Volví sobre mis pasos por el sendero hasta la acera. La risa de ella me siguió por toda la calle.



2

Estaba en una habitación de un segundo piso, enfrente de un bar. El bar se llamaba Café Gangplank. Desde mi habitación podía ver, a través de las puertas abiertas del bar, todo el interior del mismo. Había algunos rostros de lo más rudo, rostros interesantes. Me quedaba por las noches en mi habitación bebiendo vino y observando desde mi ventana las caras de la gente en el bar, mientras mi dinero se iba esfumando. Durante el día, me daba grandes paseos con paso tranquilo. Me sentaba horas en­teras mirando a las palomas. Sólo tomaba una comida al día para que me durara el dinero un poco más. Había encontrado un sucio café con un sucio propietario, donde sin embargo podías tomarte un gran desayuno —paneci­llos calientes, cereales, salchichas— por cuatro perras.



3

Salí un día a la calle, como de costumbre, y me puse a vagar por ahí. Me sentía feliz y relajado. El sol estaba en su punto. Era como una melodía. Había paz en el aire. Cuando llegué al centro de la manzana, había un hombre de pie a la puerta de una tienda. Pasé de largo.
—¡Eh, COMPADRE!
Paré y me di la vuelta.
—¿Quieres un trabajo?
Volví hasta donde él estaba. Por encima de su hombro pude divisar una gran sala a oscuras. Había una gran mesa con hombres y mujeres alineados a ambos lados de la misma. Manejaban martillos con los cuales golpeaban objetos que tenían enfrente de ellos. En aquella penum­bra los objetos tenían la pinta de ser almejas. Olían como almejas. Me di la vuelta y continué mi paseo calle abajo.
Me acordé de cómo mi padre solía volver a casa cada noche y hablaba a mi madre de su trabajo. La murga del trabajo empezaba nada más cruzar la puerta, continuaba en la mesa de la cena y acababa en la cama cuando daba el grito de «¡Luces fuera!» a las 8 de la tarde, de modo que él pudiera descansar y recobrar fuerzas para el trabajo que le esperaba al día siguiente. No había otro tema en su vida a excepción del trabajo.
Al llegar a la esquina, otro hombre me hizo parar.
—Escucha, amigo... —empezó.
—¿Sí? —pregunté.
—Mira, soy un veterano de la primera guerra mun­dial. Arriesgué mi vida en el frente por este país, pero nadie me quiere contratar, nadie quiere darme un tra­bajo. No aprecian lo que hice por ellos. Tengo hambre, ayúdame un poco...
—Yo no trabajo. —¿No trabajas? —Como lo oyes.
Continué mi paseo. Crucé la calle hasta la otra acera. —¡Estás mintiendo! —me gritó—. ¡Tú trabajas. Segu­ro que tienes un trabajo!
Pocos días más tarde, andaba buscando alguno.




4

Era un hombre detrás de un escritorio, con un aparatito en el oído cuyo cable bajaba junto a su cara hasta su camisa, donde tenía oculta la batería. La oficina era oscura y confortable. Iba vestido con un gastado traje marrón, una camisa blanca arrugada y una pajarita raída en los extremos. Se llamaba Heathercliff.
Yo había leído el anuncio en el periódico, vi que el sitio no estaba a mucha distancia de mi hotel.
Se necesita joven ambicioso con visión de futu­ro. NO ES NECESARIA EXPERIENCIA. EMPIECE EN LA OFICINA DE REPARTOS Y VAYA ASCENDIENDO PUESTOS.
Aguardé en el vestíbulo con cinco o seis jóvenes más, todos ellos tratando de parecer ambiciosos. Habíamos rellenado nuestras solicitudes de empleo y ahora espe­rábamos. Yo fui el último en ser llamado.
—Señor Chinaski, ¿qué fue lo que le hizo abandonar el trabajo en el ferrocarril?
—Bueno, no veo ningún futuro en el ferrocarril.
—Tienen buenos sindicatos, atención médica, retiro.
—A mi edad, el retiro debe ser considerado como algo superfluo.
—¿Por qué vino a Nueva Orleans?
—Tenía demasiados amigos en Los Angeles, amigos que, me di cuenta, me estaban apartando de mi carrera. Quise ir a un lugar donde pudiera concentrarme en triun­far sin ser continuamente molestado.
—¿Cómo sabremos que se va a quedar con nosotros el tiempo suficiente?
—Es posible que no me quede.
—¿Por qué?
—Su anuncio decía que había futuro para un hombre ambicioso. Si no es verdad que haya aquí futuro, enton­ces me iré.
—¿Por qué no se ha afeitado? ¿Ha perdido alguna apuesta?
—Todavía no.
—¿Todavía no?
—No; aposté con mi casero a que podía conseguir trabajo en un solo día incluso con esta barba.
—Está bien, ya le haremos saber.
—No tengo teléfono.
—Está bien, Sr. Chinaski.
Me fui y volví a mi habitación. Bajé al mugriento re­cibidor y me di un baño caliente. Luego me vestí y salí a la calle a comprar una botella de vino. Regresé a la habi­tación y me senté junto a la ventana, bebiendo y obser­vando a la gente del bar, contemplando a la gente andar por ahí. Bebí con tranquilidad y empecé a pensar de nue­vo en agenciarme una pistola y hacerlo de una vez rápi­damente —sin todo el rollo de la cavilación y la palabre­ría. Una cuestión de cojones. Me pregunté si tendría suficientes cojones. Acabé la botella y me fui a la cama a dormir. Hacia las 4 de la tarde, me despertaron unos golpes en la puerta. Era un recadero de la Western Union. Abrí el telegrama.
SR. H. CHINASKI. PRESÉNTESE A TRABAJAR MAÑANA A LAS 8. RMTE. COMPAÑÍA HEA-THERCLIFF.



5

Era una compañía distribuidora de revistas y nosotros nos poníamos en la mesa empaquetadora examinando ór­denes para comprobar si las cantidades coincidían con las facturas. Luego firmábamos la factura y, o bien despa­chábamos el cargamento para el transporte fuera de la ciudad, o bien lo apartábamos a un lado para el reparto local en camionetas. El trabajo era fácil y tonto, pero los empleados estaban en un constante estado de tensión. Se preocupaban por su trabajo. Había una mezcla de hombres y mujeres jóvenes y no parecía que hubiera ningún jefe de personal vigilando. Pasadas unas cuantas horas, dos mujeres empezaron a discutir. Sobre alguna tontería acerca de las revistas. Estábamos empaquetando unos cuadernos de historietas y había pasado no sé qué en un extremo de la mesa. A medida que iba avanzando la discusión, las dos mujeres se iban poniendo más vio­lentas.
—Oye —dije—, no vale la pena que por estos libre-jos os pongáis a discutir.
—Muy bien —dijo una de ellas—, ya sabemos que te crees demasiado bueno para este trabajo.
—¿Demasiado bueno?
—Sí, esa actitud tuya. ¿Te crees que no nos hemos dado cuenta?
Fue entonces cuando aprendí que no es suficiente con hacer tu trabajo, sino que además tienes que mostrar un interés por él, una pasión incluso.
Trabajé allí tres o cuatro días, el viernes nos pagaron rigurosamente por horas. Nos dieron unos sobres ama­rillos con billetes verdes y el cambio exacto. Dinero a tocateja, nada de cheques.
Cercana ya la hora de cierre, el chófer del camión volvió del reparto un poco más temprano que de costum­bre. Se sentó en una pila de revistas y encendió un ciga­rrillo.
—Sí, Harry —le dijo a uno de los empleados—, hoy he conseguido un aumento de sueldo. Un aumento de dos dólares.
Al salir del trabajo hice una parada para comprar una botella de vino, subí luego a mi habitación, tomé un tra­go, entonces bajé al vestíbulo y telefoneé a mi compañía. El teléfono sonó largo rato. Finalmente lo cogió el señor Heathercliff. Estaba todavía allí.
—¿Señor Heathercliff?
-¿Sí?
—Soy Chinaski.
—¿Sí, Chinaski?
—Quiero un aumento de sueldo de dos dólares.
—¿Qué?
—Ya lo ha oído. Al conductor del camión se lo han aumentado.
—Pero él lleva dos años con nosotros.
—Necesito un aumento.
—¿Le estamos dando diecisiete dólares por semana y ya quiere pedir diecinueve?
—En efecto. ¿Me los da o no?
—No podemos hacer eso.
—Entonces dejo el trabajo —colgué el teléfono.


6

El lunes estaba con resaca. Me afeité la barba y escogí una oferta de trabajo. Me senté frente al director, un tío en mangas de camisa con unas profundas ojeras. Tenía pinta de no haber dormido en toda una semana. Hacía frío y el sitio estaba a oscuras. Era la sala de composi­ción de uno de los dos periódicos locales, el más humilde. Los hombres se sentaban en los escritorios bajo las lám­paras de flexo componiendo las páginas para la imprenta.
—Doce dólares a la semana —dijo.
—Está bien —dije—, lo cojo.
Me puse a trabajar con un hombrecito gordo con una barriga de apariencia insana. Tenía un reloj de bolsillo pasado de moda con una cadenita de oro y llevaba chale­co, una visera, tenía labios de gorrino y un oscuro aire carnoso en la cara. Las líneas de su rostro no tenían in­terés ni mostraban carácter; su cara parecía como si hu­biese sido doblada muchas veces y luego desplegada, como un pedazo de cartón. Llevaba zapatos anticuados y mascaba tabaco, echando el jugo en una escupidera a sus pies.
—El señor Belger —dijo del hombre que necesitaba dormir—, ha trabajado muy duro para levantar este pe­riódico. Es un buen hombre. Estábamos en bancarrota antes de que él llegara.
Me miró.
—Normalmente le dan este trabajo a algún estudiante.
Es un sapo, pensé, eso es lo que es.
—Quiero decir —continuó—, que este trabajo normal­mente le viene bien a un estudiante. Puede estudiar sus libros mientras espera algún recado. ¿Eres estudiante?
—No.
—Este trabajo suele cogerlo algún estudiante.
Me fui a mi despachito y me senté. La habitación es­taba repleta de pilas y pilas de planchas metálicas, y en estas planchas había pequeños moldes de zinc grabado que habían sido usados para anuncios. Muchos de estos moldes eran utilizados una y otra vez. También había montones de hojas mecanografiadas —nombres de los clientes, artículos y logotipos. El gordo gritaba ¡Chinas-ki! y yo iba a ver qué anuncio o noticia quería. A me­nudo me mandaban al periódico rival a coger prestada alguna noticia. Ellos también cogían prestadas algunas nuestras. Era un paseíto agradable, y encontré un sitio en un callejón trasero donde podía tomarme una caña de cerveza por un níquel. No había muchas llamadas del gordo y el sitio de la cerveza de a níquel vino a convertir­se en mi lugar habitual de estancia. El gordo empezó a echarme de menos. Al principio, sólo me lanzaba miradas torvas. Al final, un día me preguntó:
—¿Dónde estabas?
—Afuera, tomándome una cerveza.
—Este es trabajo para un estudiante.
—Yo no soy estudiante.
—Voy a pedir que te echen. Necesito a alguien que esté aquí todo el tiempo disponible.
El gordo me llevó hasta Belger, que parecía más ago­tado que nunca.
—Este es un trabajo para un estudiante, señor Bel­ger. Me temo que este hombre no encaja. Necesitamos un estudiante.
—Está bien —dijo Belger. El gordo se retiró.
—¿Qué te debemos? —me preguntó Belger.
—Cinco días.
—De acuerdo, vete con esto a la ventanilla de pagos.
—Escuche, Belger, ese viejo cabrón es repugnante.
Belger suspiró.
—Por Dios, chico. ¿Qué me vas a contar a mí?
Bajé a la oficina de pagos.



7

Estábamos todavía en Louisiana. Embarcados en un largo viaje en tren a través de Texas. Nos dieron latas con comida y se olvidaron de darnos abridores. Dejé mis latas en el suelo, me estiré y me puse cómodo en el asiento de madera. Los otros tipos estaban reunidos en un extremo del vagón, sentados juntos, charlando y riendo. Cerré los ojos.
Pasados unos diez minutos sentí alzarse una nube de polvo entre las rendijas del banco en el que estaba tum­bado. Era polvo muy antiguo, polvo de ataúd, apestaba a muerte, a algo que había estado muerto desde hacía si­glos. Penetraba por mi nariz, se depositaba en mis cejas, trataba de entrar por mi boca. Entonces escuché el sonido de una fuerte respiración. A través de las rendijas, pude ver a un tío metido bajo el asiento, soplándome el polvo a la cara. Me puse de pie. El tío salió arrastrándose des­pavorido de debajo del asiento y corrió hasta el extremo del coche. Me limpié la cara y le miré. Era algo difícil de creer.
—Si viene hasta aquí, tíos, quiero que me ayudéis —le oí decir—. Prometedme que me vais a ayudar...
Toda la pandilla me devolvió la mirada. Me volví a tumbar en el asiento. Pude escuchar su conversación.
—¿Qué coño le pasa a ése?
—¿Quién se cree que es?
—No habla con nadie.
—Sólo se queda ahí detrás, aislado.
—Cuando le tengamos ahí fuera trabajando con las vías nos ocuparemos de él. El hijo de puta.
—¿Crees que podrás con él, Paul? A mí me parece un loco peligroso.
—Si yo no puedo con él, alguien podrá. Tragará mu­cha mierda antes de que acabemos el trabajo.
Algo más tarde atravesé el vagón para ir a beber agua. Cuando pasé por su lado, dejaron de hablar. Me mi­raron en silencio mientras bebía de la taza. Cuando me di la vuelta y regresé a mi asiento, empezaron a hablar otra vez.
El tren hacía muchas paradas, noche y día. En cada parada en la que hubiera un poco de vegetación y un pue­blo cercano, dos o tres hombres saltaban fuera.
—¿Eh, qué demonios pasó con Collins y Martínez? El capataz cogía su carpeta y los tachaba de la lista. Entonces se acercaba hasta mí. —¿Tú quién eres? —Chinaski.
—¿Te vas a quedar con nosotros? —Necesito el trabajo. —Bueno —dijo, y se alejó.
En El Paso vino el capataz y nos dijo que íbamos a cambiar de tren. Recibimos unos tickets válidos para una noche en un hotel cercano y para la cena en un café local, así como las instrucciones sobre cómo, cuándo y dónde coger el próximo tren en la madrugada.
Aguardé en el exterior del café a que toda la pandilla acabara de comer, y cuando salieron de allí con sus mon­dadientes, entré.
—¡Le arreglaremos el culo a ese hijo de puta!
—Tíos, odio a ese bastardo cara de mono.
Me metí y pedí una hamburguesa con cebolla y alu­bias. No había mantequilla para el pan, pero el café era bueno. Cuando salí ya se habían ido. Un vagabundo iba caminando por la acera detrás mío. Le di mi ticket para el hotel.
Aquella noche dormí en el parque. Parecía más segu­ro. Estaba cansado y aquel duro banco del parque no me jodió demasiado al fin y al cabo. Me quedé dormido.
Algo más tarde me despertó algo que sonaba como un rugido. Nunca me había imaginado que los caimanes rugiesen. O más exactamente, eran muchas cosas juntas: un rugido, una inhalación agitada y un silbido. Escuché también un chasquear de mandíbulas. Un marinero bo­rracho estaba en el centro del estanque y tenía a uno de los caimanes agarrado por la cola. La criatura trataba de doblarse y morder al marinero, pero se lo encontró muy difícil. Las mandíbulas eran terroríficas, pero muy lentas y faltas de coordinación. Otro marinero y una jovencita estaban allí observando la escena y riéndose. Entonces el marinero besó a la chica y se marcharon jun-:os de allí, abandonando al otro enzarzado con el caimán...
Luego me volvió a despertar el sol. Mi camisa estaba caliente. Casi ardiendo. El marinero se había ido. El cai­mán también. En un banco más al este estaban sentados una chica y dos jóvenes. Evidentemente habían dormido también en el parque aquella noche. Uno de los jóvenes se puso de pie.
—Mickey —dijo la chica—. ¡Has tenido una erección!
Se rieron.
—¿Cuánto dinero tenemos?
Registraron sus bolsillos. Tenían un níquel.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer?
—No sé. Vamos a caminar un rato.
Les contemplé mientras se alejaban fuera del parque, adentrándose en la ciudad.



8

Cuando el tren se detuvo en Los Angeles, hicimos una escala de dos o tres días. Nos repartieron de nuevo ti­ckets para hotel y comida. Di mis tickets de hotel al primer vagabundo que se cruzó en mi camino. Cuando iba en busca del café donde podría usar mis tickets de co­mida, me encontré caminando a pocos pasos de dos de los tipos que habían venido en el tren desde Nueva Orleans. Apresuré mis pasos hasta llegar a su altura.
—¿Cómo andáis, tíos? —pregunté.
—Oh, todo anda bien, todo muy bien.
—¿Estáis seguros? ¿No hay nada que os moleste?
—No, todo anda bien.
Seguí adelante y encontré el café. Servían cerveza, así que cambié mis tickets por cerveza. Toda la pandilla del ferrocarril estaba allí. Cuando me bebí los tickets, me quedaba el dinero suficiente para coger un tranvía hasta la casa de mis padres.



9

Mi madre dio un grito cuando abrió la puerta.
—¡Hijo! ¿Eres tú, hijo?
—Necesito dormir un poco.
—Tu dormitorio está siempre esperándote.
Fui al dormitorio, me desnudé y me metí en la cama. Me despertó mi madre hacia las 6 de la tarde.
—Tu padre está en casa.
Me levanté y empecé a vestirme. Cuando entré en el salón, la cena estaba en la mesa.
Mi padre era un hombre muy grande, más alto que yo, con ojos marrones; los míos eran verdes. Su nariz era de­masiado voluminosa y no podías evitar que sus orejas te impresionaran. Eran unas orejas que parecían querer es­caparse de la cabeza.
—Escucha —me dijo—, si te quedas aquí te voy a co­brar el alojamiento y la comida, además de la lavandería. Cuando consigas un empleo, lo que nos debas será dedu­cido de tu salario hasta que lo devuelvas todo.
Cenamos en silencio.




10

Mi madre había conseguido un trabajo. Iba a empezar el día siguiente. Esto dejaba la casa entera para mí solo. Después de desayunar y luego de que mis padres se fue­ran a sus respectivos trabajos, me quité la ropa y volví a la cama. Me masturbé y tras esto me dediqué a hacer un estudio cronométrico, en un viejo cuaderno de escue­la, de los aviones que pasaban por encima de la casa. Deco­ré mi cronometración con agradables dibujos obscenos. Sabía que mi padre me cobraría precios atroces por la habitación, la comida y el lavado de ropa, y que también aprovecharía para ponerme dependiente de él en su decla­ración de renta.
Mientras me relajaba en la cama tenía una extraña sen­sación en mi cabeza. Era como si mi cráneo fuera de algo­dón o como un globito hinchado de aire. Podía sentir es­pacio en mi calavera. No podía comprenderlo. Pronto dejé de preocuparme por ello. Estaba cómodo, no me sentía agonizar. Escuché música sinfónica en la radio, fu-mándome los cigarrillos de mi padre.
Me levanté y entré en la habitación delantera. En la casa de enfrente había una joven ama de casa. Llevaba puesto un corto y ajustado vestido marrón. Estaba senta­da en los escalones de su puerta, que estaba directamente frente a la mía. Podía mirarla bien más allá de su ves­tido. La contemplé desde atrás de los visillos de la venta­na, desnudándola con mi mirada. Me empecé a excitar. Finalmente, me masturbé otra vez. Luego me bañé, me vestí y me senté un rato a fumar cigarrillos. Hacia las 5 de la tarde, dejé la casa y salí a dar un largo paseo, ca­minando durante casi una hora.
Cuando volví, mis padres estaban ya en casa. La cena estaba casi preparada. Subí a mi dormitorio y esperé a que me llamaran. Me llamaron. Entré.
—Bueno —dijo mi padre—. ¿Encontraste trabajo?
—No.
—Mira, cualquier hombre que quiera trabajar, en­cuentra trabajo.
—Puede ser.
—No puedo creer que seas mi hijo. No tienes la me­nor ambición, no tienes madera de peleador; ¿cómo demo­nios vas a arreglártelas en este mundo?
Puso una cantidad de guisantes en su boca y habló de nuevo:
—¿Y qué significa todo este humo de cigarrillos? ¡Puagh! ¡He tenido que abrir todas las ventanas al en­trar! ¡El aire estaba azul!



11

Al día siguiente, me volví a la cama durante un buen rato después de que ellos se fueran. Luego me levanté y fui a la habitación frontal a echar un vistazo entre los visillos. La joven ama de casa estaba otra vez sentada en los escalones de su portal al otro lado de la acera. Lleva­ba puesto un vestido diferente, más sexy. La contemplé durante largo rato. Luego me masturbé lenta y sosega­damente.
Me bañé y me vestí. Encontré algunos cascos vacíos en la cocina y los fui a descambiar a la tienda de ultrama­rinos. Encontré un bar en la Avenida, entré en él y pedí una caña de cerveza. Había un montón de borrachos po­niendo canciones en el juke-box, hablando a voces y rién­dose. En un momento una nueva cerveza se posó enfren­te mío. Alguien estaba invitando. Bebí. Empecé a hablar con la gente. Entonces miré afuera. Era ya el final de la tarde, casi oscurecía. Las cervezas seguían circulando. La dueña del bar, una tía gorda, y su noviete estaban en plan simpá­tico.
Salí una vez a la calle para pegarme con alguien. Está­bamos los dos demasiado borrachos y había muchos baches en la superficie de asfalto del parking, apenas po­díamos andar. Lo dejamos...
Me desperté mucho más tarde en un sillón tapizado de rojo en la trastienda del bar. Me levanté y miré a mi alrededor. Todo el mundo se había ido. El reloj señalaba las 3:15. Traté de abrir la puerta, estaba cerrada. Me metí detrás de la barra y busqué una botella de cerveza, la abrí, salí y me senté. Entonces volví y me cogí un puro y una bolsa de patatas fritas. Acabé mi cerveza, me levan­té y encontré una botella de vodka y otra de escocés, me volví a sentar. Las mezclé con agua, fumé puros y comí carne reseca, patatas fritas y huevos duros.
Bebí hasta las 5 de la mañana. Limpié luego el bar, quité todas las cosas, fui hasta la puerta, conseguí abrir­la y salí a la calle. Mientras salía, vi acercarse un coche de policía. Fueron conduciendo lentamente detrás mío mientras yo caminaba.
Pasada una manzana, se pararon delante mío. Un ofi­cial sacó la cabeza por la ventanilla.
—¡Eh, capullo!
Sus luces me daban en la cara.
—¿Qué estás haciendo?
—Me voy a casa.
—¿Vives por aquí?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el 2122 de la Avenida Longwood.
—¿Qué hacías saliendo a estas horas de ese bar?
—Soy el encargado de la limpieza.
—¿Quién es el dueño del bar?
—Una señora llamada Joya.
—Entra.
Entré en el coche.
—Dinos donde vives.
Me llevaron a casa.
—Ahora sal y llama al timbre.
Salí del coche. Llegué hasta el porche y llamé al tim­bre. No hubo respuesta.
Llamé de nuevo, varias veces. Finalmente se abrió la puerta. Mi madre y mi viejo se quedaron allí plantados en pijama y bata.
—¡Estás borracho! —gritó mi padre.
—Sí.
—¿De dónde sacaste el dinero para beber? ¡No tienes ni cinco!
—Encontraré un trabajo.
—¡Estás borracho! ¡Estás borracho! ¡Mi hijo es un borracho! ¡Mi hijo es un maldito y vergonzoso borracho!
El pelo en la cabeza de mi padre estaba alzado en mechones dementes. Sus cejas revueltas salvajemente, su cara hinchada y reblandecida por el sueño.
—Actúas como si hubiese matado a alguien.
—¡Es igual de malo!
—...Ooh, mierda...
De repente vomité en la alfombra persa con el dibujo del Árbol de la Vida. Mi madre soltó un grito. Mi padre saltó encima mío.
—¿ Sabes lo que le hacemos a un perro cuando se caga en la alfombra?
—Sí.
Me agarró del cuello por detrás. Me presionó hacia abajo, forzándome a doblar la cintura. Estaba tratando de ponerme a la fuerza de rodillas.
—Te voy a enseñar.
—No lo hagas...
Mi cara estaba ya casi encima de ello.
—¡Te voy a enseñar lo que hacemos con los perros!
Me levanté del suelo apoyando el puñetazo. Fue un gancho perfecto. El viejo recorrió en volandas toda la ha­bitación y se quedó sentado en el sofá. Fui a por él.
—Levántate.
Se quedó allí sentado. Oí a mi madre gritar.
—¡Le has pegado a tu padre! ¡Le has pegado a tu pa­dre! ¡Le has pegado a tu padre!
Chillaba y me arañó parte de la cara.
—Levántate —le dije a mi padre.
—¡Le has pegado a tu padre!
Me arañó de nuevo la cara. Me di la vuelta para mi­rarla. Me rasgó el otro lado de la cara. La sangre corría bajándome por el cuello, calando mi camisa, pantalones, zapatos, la alfombra. Bajó sus manos y se quedó mirán-dome.
—¿Has acabado?
No me contestó. Subí hacia mi dormitorio, pensando, mejor me busco un trabajo.



12

A la mañana siguiente me quedé en mi habitación hasta que ellos se fueron. Entonces cogí el periódico y eché un vistazo a la sección de anuncios por palabras. Me dolía la cara; estaba todavía con resaca. Señalé con un círculo algunos anuncios, me afeité lo mejor que pude, tomé unas cuantas aspirinas, me vestí y me fui cami­nando bulevar arriba. Me puse a hacer dedo. Los coches pasaban de largo. Entonces uno paró. Subí en él.
—¡Hank!
Era un viejo amigo, Timmy Hunter. Habíamos ido juntos al City College de Los Angeles.
—¿Qué andas haciendo, Hank?
—Buscando un trabajo.
—Yo voy a la universidad. ¿Qué te ha pasado en la cara?
—Las garras de una mujer.
---¿Sí?
—Sí. Timmy, necesito un trago.
Timmy aparcó en el primer bar. Entramos y pidió dos botellas de cerveza.
—¿Qué clase de trabajo andas buscando?
—De chico de los recados, mozo de almacén, guardián nocturno...
—Escucha, tengo algo de dinero en casa. Conozco un buen bar en Inglewood. Podemos ir allí.
Vivía con su madre. Entramos y la vieja me miró por encima del periódico:
—Hank, no irás a emborrachar a Timmy.
—¿Qué tal está, señora Hunter?
—La última vez que tú y Timmy salisteis juntos, aca­básteis los dos en la comisaría.
Timmy dejó sus libros en el dormitorio y salió.
—Vamonos —dijo.
Tenía un decorado hawaiano, muy florido. Un hombre estaba al teléfono:
—Tienes que encontrar a alguien que venga a por el camión. Yo estoy demasiado borracho para conducir. Sí, ya sé que he perdido el maldito trabajo. ¡Sólo ven aquí y llévate el camión!
Timmy pagaba, ambos bebíamos. Su charla era buena. Una rubita me estaba echando miradas y enseñándome pierna. Timmy hablaba y hablaba. Hablaba del City Co-llege: de cómo guardábamos las botellas de vino en nues­tro pupitre; de Popoff y sus pistolas de madera; de Popoff y sus pistolas de verdad; de cómo disparamos a la quilla de una barca en Westlake Park y se hundió; de cuando hicimos la huelga en el gimnasio del colegio...
Las bebidas siguieron circulando. La chavalita rubia se fue con algún otro. La máquina de discos no dejaba de sonar. Timmy charlaba. Se estaba haciendo de noche. Es­tábamos superintoxicados, bajamos dando tumbos por la calle en busca de otro bar. Eran las 10 de la noche. Apenas nos podíamos tener en pie. La calle estaba llena de auto­móviles.
—Oye, Timmy, vamos a descansar.
Apareció ante mi vista. Una funeraria, grande como una mansión colonial, con luces intermitentes en la facha­da, y unas anchas escaleras blancas que subían al porche de entrada.
Timmy y yo subimos hasta la mitad de las escaleras. Entonces le tumbé con cuidado sobre un escalón. Le esti­ré las piernas y le puse los brazos junto al cuerpo. Luego me eché yo en similar posición en el escalón inferior al de Timmy.


13

Me desperté en una habitación. Estaba solo. Apenas estaba comenzando a amanecer. Hacía frío. Estaba en mangas de camisa. Traté de pensar. Me levanté del dura camastro, me acerqué a la ventana. Tenía rejas. Se veía el Océano Pacífico (de algún modo había llegado a Malibú). El guardián vino una hora más tarde, repartiendo platos de metal y tazas. Me pasó el desayuno. Me senté y comí, escuchando el sonido del océano.
Cuarenta y cinco minutos más tarde me sacaron afue­ra. Había una pandilla de hombres esposados en fila. Fui hasta el final de la fila y extendí mis manos. El guardia dijo: —Tú no. Me pusieron mi propio par de esposas. Dos oficiales me metieron en un coche patrulla y me sacaron de allí.
Llegamos a Culver City y aparcamos detrás del juzga­do. Uno de los policías salió conmigo. Entramos por de­trás y nos sentamos en la primera fila del tribunal. El poli me quitó las esposas. No vi a Timmy por ningún lado. Siguió la habitual espera hasta que llegase mi turno. Mi caso era el segundo.
—Se le acusa de intoxicación en público y bloqueo de tráfico. Diez días o treinta dólares.
Admití mi culpabilidad aunque no sabía muy bien a qué venía eso de bloquear el tráfico. El policía me llevó escaleras abajo y me metió en el asiento trasero del co­che patrulla.
—Has salido bien parado —me dijo—. Provocásteis un atasco de tráfico de una milla de largo. Ha sido el peor atasco de tráfico en toda la historia de la ciudad de Ingle-wood.
Entonces me llevaron a la cárcel del condado de Los Angeles.



14

Aquella noche llegó mi padre con los treinta dólares. Cuando salimos, sus ojos estaban húmedos.
—Has provocado la desgracia de tu madre y la mía también —dijo. Por lo visto conocían a uno de los poli­cías, y éste le había preguntado:— Señor Chinaski, ¿qué está haciendo su hijo aquí?
—¡Me avergonzó tanto! Pensar esto, mi propio hijo en prisión.
Bajamos hasta su coche, entramos. Nos alejamos de allí. Todavía seguían cayéndole lágrimas.
—Ya es bastante malo que no quieras servir a tu país en tiempo de guerra...
—El psiquiatra me dio como inútil.
—Hijo mío, si no hubiese sido por la primera guerra mundial nunca hubiese conocido a tu madre y tú nunca hubieras nacido.
—¿Tienes un cigarrillo?
—Ahora te encarcelan. Una cosa como ésta puede ma­tar a tu madre.
Pasamos junto a algunos bares baratos del bajo Broadway.
—Oye, vamos a parar a echar un trago.
—¿Qué? ¿Quieres decir que vas a tener el valor de beber luego de salir de la cárcel culpado de intoxicación?
—Es cuando más necesitas un trago.
—Ni se te ocurra decirle a tu madre que has querido beber después de salir de la cárcel —me advirtió.
—También necesito un pedazo de culo.
—¿Qué?
—Digo que también me gustaría un buen coño.
Estuvo a punto de pasarse un disco en rojo. Circula­mos en silencio.
—Por cierto —dijo finalmente—. ¡Supongo que sabrás que la fianza de la cárcel será añadida a la cuenta por tu habitación, comida y lavandería!



15

Encontré un trabajo en un almacén de recambios para automóviles, justo al lado de Flower Street. El encargado era un tipo feo y de gran estatura sin rastro de culo. Siempre me contaba cómo se había follado a su mujer la noche anterior.
—Me follé a mi señora la noche pasada. Pasa primero ese pedido de Williams Brothers.
—Se nos han acabado las junturas K-3.
—Pues devuelve el pedido.
Yo sellaba un «pedido devuelto» en la etiqueta de em­paquetado y lo despachaba.
—Me follé a mi señora la noche pasada.
Cerraba con cinta adhesiva las cajas, las etiquetaba y pegaba el franqueo necesario en sellos.
—Fue un polvo de puta madre.
Tenía un bigote arenoso, cabello arenoso, y no tenía culo.
—Se meó cuando acabó de correrse.



16

Mi cuenta por habitación, pensión completa, lavande­ría, etc., era ya tan alta por aquellos días que me costó muchos cheques de salarios el saldarla. Me quedé hasta ese día y luego me mudé. Los precios de mi casa eran excesivos para un pobre asalariado como yo.
Encontré una pensión cerca de mi trabajo. La mudan­za no fue muy dificultosa. Todas mis pertenencias no al­canzaban a llenar una maleta...
Mamá Strader era mi casera, una pelirroja apagada con buena pinta, muchos dientes de oro y un novio ya maduro. La primera mañana me hizo entrar en la cocina y me dijo que me serviría un whisky si iba al patio tra­sero y alimentaba a las gallinas. Lo hice y luego me senté a beber en la cocina con Mamá y su novio, Al. Llegué una hora tarde al trabajo.
La segunda noche escuché unos golpecitos en mi puer­ta. Era una tía gorda de unos cuarenta y pico años. Soste­nía una botella de vino.
—Vivo en la planta baja. Me llamo Martha. Te he oído escuchar esa música tan buena todo el rato. Pensé que a lo mejor te apetecía una copa.
Martha entró. Llevaba puesto un batín verde descolorído, y después de unos pocos vinos empezó a enseñarme sus piernas.
—Tengo unas buenas piernas.
—Yo soy un hombre de piernas.
—Mira más arriba.
Sus piernas eran muy blancas, gordas, blandorras, con protuberantes venas purpúreas. Martha me contó su his­toria.
Era puta. Se hacía los bares de las afueras y el centro. Su principal fuente de ingresos era el dueño de unos gran­des almacenes.
—Me da dinero. Y entro en sus almacenes y cojo lo que quiero. Los vendedores no me dicen nada. El les ha dicho que me dejen tranquila. No quiere que su esposa sepa que yo tengo un polvo mejor que el suyo.
Martha se levantó y puso la radio. Muy alta.
—Soy buena bailarina —dijo—. ¡Mira cómo bailo!
Se meneaba con su toldilla verde, agitando las piernas. No era tan excitante como decía. Al poco rato tenía el batín por encima de su cintura y andaba moviendo el tra­sero delante de mi cara. Los pantys rosados tenían un gran agujero en la nalga derecha. Entonces el batín cayó al suelo y ella se quedó sólo en pantys. Siguieron los pan­tys, que fueron a reunirse torpemente con el batín, y ella siguió meneándose. Su triángulo de vello púbico estaba casi oculto por su barriga flácida y bamboleante.
El sudor estaba haciendo que se le corriese el maqui­llaje. De repente se estrecharon sus ojos. Yo estaba sen­tado en el borde de la cama. Se arrojó encima mío antes de que yo pudiera reaccionar. Su boca abierta presio­naba la mía. Sabía a esputo y a cebollas y a vino rancio y (me imaginaba) el semen de cuatrocientos hombres. Empujó su lengua dentro de mi boca. Estaba espesa de saliva, me ahogaba y la eché fuera con una náusea. Se puso de rodillas, me abrió la bragueta y en un segundo mi floja picha estaba en su boca. Chupaba y movía la ca­beza. Martha llevaba una pequeña cinta amarilla en su corto pelo grisáceo. Tenía pecas y grandes lunares marro-nes en su cuello y mejillas.
Mi pene se alzó; ella gruñía, me mordió. Grité, la agarré del pelo, la aparté de mí. Me levanté en el centro de la habitación, herido y aterrorizado. En la radio sona­ba una sinfonía de Mahler. Antes de que pudiera hacer nada, ella estaba otra vez de rodillas mamándomela. Me estrujaba los huevos sin piedad con ambas manos. Su boca se abrió, me atrapó; su cabeza subía, bajaba, chu­paba. Dándole un tremendo tirón a mis pelotas al tiempo que casi cercenaba mi polla por la mitad, me forzó a echarme al suelo. Los sonidos de succión invadían la habitación mientras en mi radio sonaba Mahler. Me sen­tía como si estuviese siendo devorado por una fiera incle­mente. Mi picha se levantó, cubierta de esputo y sangre. La vista de la misma la hizo caer en el frenesí. Sentí como si se me estuviesen comiendo vivo.
Si me corro, pensé desesperado, nunca me lo perdo­naré.
Mientras me doblaba para tratar de apartarla de un tirón en el pelo, ella me agarró otra vez los huevos y los estrujó sin contemplaciones. Sus dientes parecían tijeras en mitad de mi polla, como si quisiera cortármela en dos. Pegué un alarido, solté su pelo, caí de espaldas. Su cabeza subía y bajaba incansable. Estaba convencido de que la chupada podía ser oída en toda la pensión.
—¡No! —chillé.
Persistió con inhumana furia. Empecé a correrme. Era como succionar la médula de una serpiente atrapada. Su furia estaba mezclada con locura; sorbió la esperma gor­goteando.
Continuó lamiendo y mamando.
— ¡Martha! ¡Para ya! ¡Se acabó!
No le dio la gana. Era como si toda ella se hubiese convertido en una gran boca devoralotodo. Continuó chu­pando y bombeando. Siguió, siguió. —¡No! —aullé otra vez... Esta vez se la bebió como un batido de vainilla por una pajita.
Me desmayé. Ella se levantó y comenzó a vestirse. Se puso a cantar:
Cuando una nena de Nueva York dice buenas noches Ya es madrugada pasada
Buenas noches, dulzura Ya es madrugada pasada
Buenas noches, dulzura
El lechero vuelve ya a su casa...
Doblé mis piernas, rebusqué en mis pantalones y en­contré mi cartera. Saqué cinco dólares, se los alcancé. Ella los cogió, se los introdujo por el escote del batín, en­tre las tetas, me agarró juguetona las pelotas una vez más, las apretó, las dejó y se fue de la habitación bailando un vals.



17

Había trabajado el tiempo suficiente como para aho­rrar lo que me pudiera costar un billete de autobús a cualquier otra ciudad, más unos cuantos dólares para arreglármelas cuando llegase. Dejé mi trabajo, cogí un mapa de los Estados Unidos y lo miré por encima. Decidí irme a Nueva York.
Me llevé cinco botellas de whisky en la maleta para el viaje. Cuando alguien en el autobús se sentaba a mi lado y comenzaba a hablarme, yo sacaba la botella y me pega­ba un largo trago. Me dejaban tranquilo.
La estación de autobuses en Nueva York estaba cercana a Times Square. Salí y me puse a andar por la calle con mi vieja maleta a cuestas. Era ya tarde. La gente salía apelotonada de las bocas de metro. Como insec­tos, sin rostro, dementes, se arrastraban delante mío, dentro de mí y a mi alrededor, con una fatal intensidad. Rebotaban y se empujaban entre sí, emitían terribles sonidos.
Me refugié en un portal y acabé con la última botella.
Luego caminé seguido, di empujones, codazos, hasta que vi un cartel anunciando una habitación para alquilar en la Tercera Avenida. La casera era una vieja señora judía.
—Necesito una habitación —le dije.
—Usted necesita un buen traje, muchacho.
—Estoy en la ruina.
—Es un buen traje, casi regalado. Mi marido lleva la sastrería de ahí enfrente. Venga conmigo.
Pagué por mi habitación, dejé la maleta y fui con ella al otro lado de la acera.
—Herman, enséñale a este chico el traje.
—Ah, es un bonito traje. —Herman lo sacó: azul mari­no, un poco raído.
—Parece demasiado pequeño.
—No, no, le quedará bien. Salió de detrás del mostrador con el traje.
—Aquí está. Pruébese la chaqueta. —Herman me ayu­dó a embutirme en ella—. ¿Lo ve? Le queda bien... ¿Quie­re probarse los pantalones? —Sostenía los pantalones junto a mí, pegados desde mi cintura a los tobillos.
—Parecen bien.
—Diez dólares.
—Estoy en la ruina.
—Siete dólares.
Le di a Herman los siete dólares y me subí el traje a mi habitación. Salí a por una botella de vino. Cuando regresé, cerré la puerta, me desnudé y me dispuse a gozar de mi primera noche en una cama desde hacía días. Me metí en la cama, abrí la botella, doblé la almohada y me la ajusté bajo la espalda, respiré con ganas y me que­dé sentado en la oscuridad mirando por la ventana. Era la primera vez que me había quedado solo en cinco días. Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enor­gullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuri­dad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tomé un trago de vino.
De repente la habitación se llenó de luz. Hubo un traqueteo y un rugido. Un puente del metro pasaba a la altura de mi habitación. Un convoy se había parado allí. Observé un manojo de caras neoyorquinas que me obser­vaban. El tren arrancó y se alejó. Volvió la oscuridad. Entonces la habitación volvió a llenarse de luz. De nuevo contemplé los rostros escalofriantes. Era como una visión del infierno repetida una y otra vez. Cada nueva vagona­da de rostros era más horrible, demente y cruel que la anterior. Me bebí el vino.
Continuó: «oscuridad, luego luz; luz, luego oscuridad. Acabé con el vino y fui a por más. Volví, me desvestí y me metí en la cama. La llegada y partida de caras siguió una y otra vez. Me pareció como si estuviese sufriendo una alucinación. Estaba siendo visitado por cientos de demonios que ni el Diablo mismo podría aguantar. Bebí más vino.
Finalmente me levanté y saqué mi traje nuevo del ar­mario. Me puse la chaqueta. Me quedaba algo estrecha. Parecía más pequeña que en la sastrería. De repente, es­cuché el sonido de algo que se rasgaba. La chaqueta se había rajado a lo largo de toda la espalda. Me quité lo que quedaba de ella. Todavía tenía los pantalones. Introduje mis piernas en ellos. Había botones en la bragueta en vez de cremallera; mientras trataba de abrochármelos, la cos­tura cedió en el culo. Me palpé por detrás y toqué los calzoncillos.



18

Durante cuatro o cinco días anduve vagando por ahí. Luego me cogí una borrachera de dos días. Me mudé de mi habitación al Greenwich Village. Un día leí en la co­lumna de Walter Winchell que O'Henry solía escribir to­das sus cosas en la mesa de un famoso bar de escritores. Encontré el bar y entré en él. ¿Buscando el qué?
Era mediodía. Yo era la única persona en el bar, a pesar de la columna de Winchell. Me quedé allí parado, solo, con un gran espejo, la barra y el camarero.
—Lo siento, señor, no podemos servirle.
Me quedé atónito, no pude contestar. Esperé alguna explicación.
—Está usted borracho.
Estaba probablemente de resaca, pero no había pro­bado un trago en doce horas. Murmuré algo sobre O'Hen­ry y me fui.



19

Parecía un almacén desierto. Había un cartel en la ventana: Se necesita ayuda. Entré. Un hombre con un bigotillo me sonrió.
—Siéntese.
Me dio una
pluma y un impreso. Lo rellené.
—¿Ah? ¿Universitario?
—No exactamente.
—Trabajamos en publicidad.
--¿Oh?
—¿No le interesa?
—Bueno, verá, yo he estado pintando. Soy pintor ¿sabe? Me quedé sin dinero. No pude vender mis cuadros.
—Ya, tenemos a muchos como usted.
—A mí no me gustan.
—Animo, hombre. Tal vez se haga famoso después de muerto.
Siguió contándome que el trabajo comenzaba siendo nocturno, pero que se podía ir ascendiendo a otros tra­bajos.
Le dije que a mí me gustaba el trabajo nocturno. Me dijo que podía empezar en el metro.



20

Dos tíos viejos estaban esperándome. Me encontré con ellos ya abajo en el subterráneo, donde los trenes esta­ban estacionados. Me habían dado un manojo de carteles de cartón y un pequeño instrumento metálico que pare­cía un abridor de latas. Subimos todos juntos a uno de los vagones aparcados.
—Fíjate en cómo lo hago —me dijo uno de los viejos.
Se subió por encima de los polvorientos asientos y em­pezó a caminar de uno a otro raspando los viejos carteles de la pared con su abrelatas. Así que es de este modo como aparecen esas cosas ahí arriba, pensé, hay gente que viene de noche y las pone.
Cada cartel iba sostenido por dos bandas metálicas que tenían que sacarse para poner el nuevo cartel. Las ban­das eran afiladas y curvas para amoldarse al contorno de la pared.
Me dejaron probar. Las bandas de metal resistieron mis esfuerzos. No querían ceder. Los afilados bordes me hicieron cortes en las manos mientras trabajaba. Empecé a sangrar. Por cada cartel que conseguías quitar, ha­bía uno nuevo para reemplazarlo. Cada uno requería un tiempo infinito. Era inacabable.
—Hay unos bichos verdes por todo Nueva York —dijo uno de los viejos después de un rato.
—¿Los hay?
—Sí. ¿Eres nuevo en Nueva York?
—Sí.
—¿No sabes que toda la gente en Nueva York ha co­gido estos bichos verdes?
—No.
—Sí. Una mujer se me quiso follar la otra noche. Yo le dije, «No, nena, no hay nada que hacer».
—¿Ah, sí?
—Sí. Le dije que lo haría si me daba cinco pavos. Cuesta cinco pavos por lo menos el librarte de esos bichos.
—¿Te dio los cinco pavos?
—Na. Me ofreció un bote de sopa de champiñones Campbell.
Trabajamos palmo a palmo hasta el final del convoy. Los dos viejos bajaron del último vagón y se pusieron a andar hacia el siguiente tren, estacionado a unos quince metros más arriba de la vía. Estábamos a diez metros bajo el suelo y a la vez sobre un puente de ocho metros de altura sin ninguna otra superficie por donde caminar que no fueran las traviesas del tren. Estaba todo oscuro. Me di cuenta de que no sería muy difícil que un cuerpo se colara por algún hueco y lo tragaran las profundidades para siempre.
Bajé del vagón y lentamente fui caminando de tra­viesa en traviesa, con el abrelatas en una mano y los car­teles en la otra. Un tren cargado de pasajeros pasó cerca mío; las luces de los vagones me alumbraron el camino.
El tren desapareció y la oscuridad se hizo total. No podía ver ni las traviesas ni los espacios mortales entre ellas. Aguardé.
Los dos viejos me gritaron desde el siguiente convoy.
—¡Vamos! ¡Date prisa! ¡Tenemos mucho trabajo que hacer!
—¡Esperad! ¡No veo un pijo!
—¡No nos vamos a quedar toda la noche!
Mis ojos comenzaron a acostumbrarse. Paso a paso fui acercándome lentamente. Cuando llegué al tren, dejé los carteles en el suelo y me senté. Me temblaban las piernas.
—¿Qué te pasa?
—No sé.
—¿Qué es?
—Un hombre puede acabar muerto en este lugar.
—Todavía nadie se ha caído por esos agujeros.
—Creo que a mí podría haberme pasado.
—Son todo obsesiones tuyas.
—Lo sé. ¿Cómo puedo salir de aquí?
—Hay unas escaleras ahí arriba, pero tienes que atra­vesar muchos raíles, tendrás que ver pasar muchos tre­nes por tu lado.
—Ya.
—Y no pises el tercer raíl.
—¿Qué pasa?
—Es el de la electricidad. Es el raíl de oro. Parece de oro. Ya lo verás.
Bajé a las vías y comencé a caminar de traviesa en tra­viesa. Los dos viejos me observaron. El raíl de oro estaba allí. Levanté mucho las piernas al atravesarlo.
Entonces subí la escalera medio corriendo, medio ca­yéndome hasta que llegué afuera. Había un bar cruzan­do la calle.




21

El horario en la fábrica de galletas para perros era de 4:30 de la tarde a 1 de la mañana.
Me dieron un sucio delantal blanco y pesados guantes de lona. Los guantes estaban quemados y tenían agujeros. Podía verme los dedos asomando. Recibí instrucciones por parte de un gnomo desdentado con una membrana que le caía sobre el ojo izquierdo, una membrana blanca-verduzca con venillas azules en araña.
Llevaba trabajando en aquella empresa diecinueve años.
Avancé hasta mi puesto. Sonó un silbato y la maquina­ria se puso en acción. Las galletas para perros empeza­ron a moverse. Se le daba forma a la masa y entonces se reunían las galletas en pesadas bandejas metálicas con bordes de hierro.
Agarré una bandeja y la puse en un horno que había detrás mío. Me di la vuelta. Allí estaba la siguiente ban­deja. No había manera de que decreciese el ritmo. Sólo paraban cuando había algo que obstruía la maquinaria. Esto no ocurría a menudo. Cuando así era, el duende grotesco la ponía rápidamente otra vez en marcha.
Las llamaradas del horno se elevaban a cinco metros de altura. El interior del horno era como la rueda de un barco de vapor. Cada compartimiento era un arco de curva que abarcaba doce bandejas. Cuando el hornero (yo) llenaba un compartimiento le daba a una palanca que hacía moverse a la rueda unos grados, apareciendo un nuevo compartimiento para ser rellenado.
Las bandejas eran pesadas. Cargar una de ellas podía agotar a un hombre. Si piensas en lo que es hacerlo durante ocho horas, cargando cientos de bandejas, nunca podrías hacerlo. Galletas verdes, galletas rojas, galletas amarillas, galletas marrones, galletas púrpuras, galletas azules, galletas vitaminadas, galletas vegetales...
En tales trabajos la gente acaba agotada. Experimenta una resistencia más allá de la fatiga. Dice cosas dispa­ratadas, brillantes. Perdida la cabeza, yo bromeé y charlé y conté chistes y canté. Me moría de risa. Incluso el mal­vado gnomo se rio de mí.
Trabajé durante varias semanas. Me emborrachaba todas las noches. No importaba; tenía el trabajo que nadie quería. Después de una hora en el horno, ya estaba sobrio. Mis manos estaban chamuscadas y llenas de ampo­llas. Todos los días me sentaba dolorido en mi habita­ción pinchándome las ampollas con alfileres que previa­mente esterilizaba con cerillas.
Una noche estaba más borracho de lo habitual. Me negué a cargar una sola bandeja más.
—Aquí se acabó —les dije.
El gnomo tortuoso estaba traumatizado.
—¿Cómo vamos a hacer las galletas, Chinaski?
—Ah.
—¡Danos una noche más!
Agarré su cabeza bajo mi brazo como una presa, apre­té; se le tornaron las orejas rosadas.
—Pequeño bastardo —dije. Luego le dejé ir.



22

Después de llegar a Filadelfia encontré una pensión y patiné una semana de alquiler por adelantado. El bar más cercano tenia por lo menos cincuenta años. Podías oler la peste a orina, mierda y vómito acumulada durante me­dio siglo elevándose a través del suelo del bar desde los retretes del sótano.
Eran las 4:30 de la tarde. Dos hombres estaban dándo­se de hostias en el centro del bar.
El tío que estaba a mi derecha dijo que se llamaba Danny. El de la izquierda dijo que se llamaba Jim.
Danny tenía un cigarrillo en su boca, con el extremo encendido. Una botella de cerveza vacía voló por los aires. Pasó a escasos milímetros de su nariz y del ciga­rrillo. El no se movió ni miró a su alrededor, con un gol-pecito en un cenicero echó las cenizas de su cigarrillo.
—¡Esa estuvo muy cerca, hijo de puta! ¡Si te vuelves a acercar tanto te voy a romper la cara!
Todas las sillas fueron apartadas. Había algunas mu­jeres, unas pocas amas de casa, gordas y un poco estú­pidas, y dos o tres damas pasando tiempos duros. Cuan­do me senté allí, una chica salió con un hombre. Estaba de vuelta en cinco minutos.
—¡Helen! ¡Helen! ¿Cómo lo haces?
Ella se río.
Otro tío se levantó de un salto a probarla.
—Esto debe de estar bien. ¡Vamos a probarlo!
Salieron juntos. Helen estaba de vuelta en cinco mi­nutos.
—¡Debe tener una bomba de succión en el coño!
—Voy a darme el gusto de probarlo —dijo un viejo desde el fondo del bar—. No se me ha puesto dura desde que Teddy Roosevelt tomó su última colina.
Este le costó a Helen diez minutos.
—Quiero un sandwich —dijo un tío gordo—. ¿Quién me va a buscar un sandwich y se gana una propina?
Le dije que yo lo haría.
—Roast beef en un bollo, con todo lo que quepa en cima.
Me dio algo de dinero.
—Guárdate el cambio.
Bajé caminando hasta el sitio de los sandwichs. Apare­ció un viejo ogro de vientre descomunal.
—Roast beef en un bollo para llevar, con guarnición encima. Y una botella de cerveza mientras espero.
Me bebí la cerveza, volví al bar con el sandwich para el gordo, se lo di y encontré otro asiento. Apareció un trago de whisky. Me lo bebí. Apareció otro. Me lo bebí. Sonaban canciones en la máquina tocadiscos.
Un tío joven de unos veinticuatro años se acercó desde el fondo del bar.
—Las persianas venecianas de las ventanas necesitan una limpieza.
—Ya lo creo que la necesitan.
—¿Qué es lo que haces?
—Nada. Beber. Ambas cosas.
—¿Qué me dices de las persianas?
—Cinco pavos.
—Quedas contratado.
Le llamaban Billy-Boy. Billy-Boy se había casado con la dueña del bar. Ella tenía cuarenta y cinco años.
Me trajo dos cubos, algunos estropajos, bayetas y es­ponjas. Bajé las persianas, desmonté las placas transver­sales y empecé.
—Las bebidas son gratis —me dijo Tommy, el cama­rero nocturno—, todo el tiempo que esté trabajando.
—Chute de whisky, Tommy.
Era un trabajo lento; el polvo se había empastado, convertido en pegotes de mugre. Me hice numerosos cortes en las manos con los afilados bordes de las placas metálicas. El agua jabonosa me abrasaba.
—Chute de whisky, Tommy.
Acabé con una persiana y la colgué. Los patrones del bar se acercaron a contemplar mi trabajo.
—¡Hermoso!
—Desde luego, favorece el lugar.
—Probablemente hará que suba el precio de las be­bidas.
—Chute de whisky, Tommy —dije yo.
Bajé otra persiana, saqué las placas. Desafié a Jim al pinball y le saqué un cuarto de dólar; luego vacié los cubos en el retrete y los llené con agua limpia.
La segunda persiana me tomó más tiempo. Mis ma­nos recogieron más cortes. Dudo que aquellas persianas hubiesen sido limpiadas en diez años. Gané otro cuarto de dólar en la máquina; entonces Billy-Boy me dio un grito para que volviera al trabajo.
Helen pasó a mi lado camino del retrete de señoras.
—Helen, cuando acabe te daré cinco pavos. ¿Será su­ficiente?
—Claro, pero no serás capaz de que se te levante des­pués de todo este trabajo.
—Se me levantará.
—Estaré aquí a la hora de cierre. Si todavía te tienes en pie, lo podrás tener gratis.
—Estaré aquí bien erguido, nena.
Helen se fue hacia el retrete.
—Chute de whisky, Tommy.
—Eh, tómatelo con calma —dijo Billy-Boy—, o no podrás acabar el trabajo esta noche.
—Billy, si no lo acabo te guardas tus cinco pavos.
—Es un trato. ¿Lo habéis oído todos?
—Te hemos oído, Billy, rácano del culo.
—Uno para el camino, Tommy.
Tommy me sirvió el whisky. Me lo bebí y seguí con el trabajo. Me lo fui montando. Después de unos cuantos whiskys, tenía las tres persianas colgando relucientes.
—Está bien, Billy, págame.
—No has acabado.
— ¿Qué?
—Hay tres ventanas más en la sala de atrás.
—¿La sala de atrás?
—Sí, la sala de atrás, la sala de fiestas.
Billy-Boy me enseñó la sala de atrás. Había tres ven­tanas más, tres persianas más.
—Lo dejo por dos cincuenta, Billy.
—No, o las limpias todas o no te pago.
Cogí mis cubos, tiré el agua sucia, los llené con agua limpia y jabón, entonces bajé una persiana. Saqué las pla­cas, las puse en una mesa y me quedé mirándolas.
Jim se paró de paso al urinario.
—¿Qué te pasa?
—No puedo más.
Cuando Jim salió del retrete fue hasta la barra y volvió con su cerveza. Empezó a limpiar las persianas.
—Jim, olvídalo.
Fui a la barra, me conseguí otro whisky. Cuando volví, una de las chicas estaba bajando una persiana.
—Ten cuidado, no te cortes —le dije.
Unos pocos minutos más tarde había cuatro o cinco personas en la sala de atrás, charlando y riéndose, hasta la misma Helen. Todos trabajando con las persianas. Al poco rato toda la gente del bar estaba en la sala trasera. Yo me trabajé dos whiskys más. Finalmente las persia­nas quedaron limpias y colgadas. No se había tardado mucho. Resplandecían. Entró Billy-Boy:
—No tengo por qué pagarte.
—El trabajo está terminado.
—Pero no lo acabaste tú.
—No seas un mierdoso pesetero, Billy —dijo alguien. Billy-Boy sacó los cinco dólares y yo los cogí. Pasamos al bar.
—¡Un trago para todo el mundo! —dejé caer los cinco dólares—. Y también uno para mí.
Tommy fue sirviendo bebidas.
Me bebí lo mío y Tommy cogió los cinco dólares.
—Le debes al bar 3,15 $.
—Ponlos en mi cuenta.
—De acuerdo. ¿Cómo te apellidas?
—Chinaski.
—¿Te sabes el del chino que va a una casa de putas?
—Sí.
Las bebidas circularon de mi cuenta hasta la hora del cierre. Después de que todo el mundo se fuera, miré a mi alrededor. Helen se había esfumado. Me había mentido.
Igual que una perra, pensé, tuvo miedo del polvo que la esperaba.
Me levanté y caminé hacia mi pensión. La luz de la luna era brillante. Mis pasos resonaban en la calle vacía y parecía cerno si alguien me estuviese siguiendo. Me di la vuelta. Me había equivocado. Estaba completamente solo.



23

Cuando llegué a San Luis hacía mucho frío, estaba a punto de nevar. Encontré una habitación en un sitio agradable y limpio, una habitación en el segundo piso, en la parte trasera del edificio. Estaba cayendo la tarde y yo estaba sufriendo uno de mis ataques depresivos, así que me fui temprano a la cama y me las arreglé para dormir de alguna manera.
Cuando me desperté por la mañana hacía un frío de perros. Estaba tiritando descontrolado. Me levanté y vi que una de las ventanas estaba abierta. La cerré y volví a meterme en la cama. Empecé a sentir una náusea per­manente. Conseguí dormir otra hora, luego me desperté. Me levanté, me vestí, corrí a medio vestir al baño del vestíbulo y vomité. Me desnudé y volví a meterme en la cama. Pasado un rato oí a alguien llamar a mi puerta.
—¿ Sí? —pregunté.
—¿Se encuentra usted bien?
—Sí.
—¿Podemos entrar?
—Adelante.
Eran dos chicas. Una era un poco gordita, pero limpia y radiante, con un vestido floreado de color rosa. Tenía una cara simpática. La otra llevaba un gran cinturón ajus­tado que acentuaba su magnífica figura. Su cabello era largo y oscuro, y su nariz era graciosa; tacones altos, pier­nas perfectas y llevaba una blusa escotada de color blan­co. Sus ojos eran de color marrón oscuro, muy oscuro, y no dejaban de mirarme divertidos, muy divertidos.
—Soy Gertrude —dijo—, y esta es Hilda.
Hilda se ruborizó. Mientras, Gertrude atravesó la habi­tación hasta llegar a mi cama.
—Te oímos en el baño. ¿Estás enfermo?
—Sí, pero no es nada serio, seguro. Una ventana que estaba abierta.
—La señora Downing, la casera, te está haciendo algo de sopa.
—No, si estoy perfectamente.
—Te sentará bien.
Gertrude se me acercó más en la cama. Hilda se quedó donde estaba, rosada, reluciente y ruborizada. Gertrude comenzó a mover el somier arriba y abajo con sus zapatos de tacón.
—¿Eres nuevo en la ciudad?
—Sí.
—¿No estás en el ejército?
—No.
—¿Qué es lo que haces?
—Nada.
—¿No trabajas?
—No trabajo.
—Sí —le dijo Gertrude a Hilda—, mírale las manos. Tiene unas manos preciosas. Se ve que no ha trabajado en su vida.
La casera, la señora Downing, llamó a la puerta. Era grandota y agradable. Me imaginé que su marido habría muerto y que sería muy devota. Traía un gran cuenco de
consomé de carne, sosteniéndolo en el aire, bien alto. Pude ver el humo que se desprendía de él. Cogí el cuenco. Intercambiamos frases amables. Sí, su marido había muerto. Era muy religiosa. Había tostaditas, además de sal y pimienta.
—Gracias.
La señora Downing miró a las chicas.
—Ahora nos vamos todas. Esperamos que pronto se ponga bien. Y espero que las chicas no le hayan moles­tado demasiado.
—¡Oh, no! —sonreí desde el cuenco. A ella le gus­tó eso.
—Vamonos, chicas.
La señora Downing dejó la puerta abierta. Hilda se sonrojó por última vez, me ofreció un esbozo de sonrisa y se fue. Gertrude se quedó. Me observó mientras me toma­ba las cucharadas de caldo.
—¿Está bueno?
—Quiero daros las gracias a todas. Todo esto... no es muy corriente.
—Me tengo que ir.
Se levantó y caminó muy lentamente hacia la puer­ta. Sus nalgas se movían bajo su ajustada falda negra; sus piernas parecían de oro. En la puerta se paró y se dio la vuelta, descansó de nuevo sus oscuros ojos en mí, me atrapó. Yo estaba transfigurado, ardiendo. En el momen­to en que sintió mi respuesta, volvió la cabeza y se rio. Tenía un cuello adorable, y toda esa oscura cabellera... Se fue hacia las escaleras, dejando la puerta entreabierta.
Cogí la sal y la pimienta, aderecé el caldo, metí las tostadas, y lo introduje a cucharadas en mi enfermedad.



24

Encontré un trabajo como empleado de almacén en una tienda de modas para señora. A pesar de que está­bamos en mitad de la segunda guerra mundial y se supo­nía una escasez general de hombres, había siempre cuatro o cinco solicitantes para cada trabajo (por lo menos para los peores empleos). Aguardamos con nuestros impresos de solicitud rellenados. ¿Nacido? ¿Soltero? ¿Casado? ¿Es­tado militar? ¿Ultimo empleo? ¿Últimos empleos? ¿Por qué los dejó? Había rellenado tantos impresos de soli­citud por aquellos días que ya me tenía memorizadas todas las respuestas correctas. Como que me había levan­tado bastante tarde aquella mañana fui el último en ser entrevistado. Un hombre calvo con extraños mechones de pelo encima de cada oreja estaba esperándome.
—¿Sí? —me preguntó, observándome por encima de la hoja de papel.
—Soy un escritor temporalmente bajo de inspiración.
—¿Ah, un escritor, eh?
—Sí.
—¿Está seguro?
—No, no lo estoy.
—¿Qué es lo que escribe?
—Relatos cortos, principalmente. Y estoy en mitad de una novela.
—¿Una novela, eh?
—Sí.
—¿Cómo se titula?
—La gotera en el grifo de mi destino.
—Oh, eso me gusta. ¿De qué trata?
—De todo.
—¿De todo? ¿Quieres decir, por ejemplo que trata sobre el cáncer?
—Sí.
—¿Y qué me dices de mi esposa?
—También aparece.
—No me digas. ¿Por qué quieres trabajar en una tienda de vestidos para señora?
—Siempre me han gustado las señoras en vestidos de señora.
—¿Estás exento del servicio?
—Sí.
—Déjame ver tu cartilla militar.
Le enseñé mi cartilla militar. Me la devolvió.
—Estás contratado.



25

Trabajábamos en un sótano. Las paredes estaban pin­tadas de amarillo. Empaquetábamos los trajes de señora en cajas oblongas de cartón de cerca de un metro de lon­gitud por cuarenta o cincuenta centímetros de ancho. Hacía falta cierta habilidad a la hora de doblar cada ves­tido para que no se arrugara dentro de la caja. Para pre­venir esto usábamos relleno de papel de seda, y nos ha­bían dado cuidadosas instrucciones de plegado. Se uti­lizaba el correo para los repartos fuera de la ciudad. Cada uno de nosotros tenía su propia escala y su propia má­quina de franqueo. No se podía fumar.
Larabee era el encargado. Klein era su asistente. Lara-bee mandaba. Klein estaba tratando de quitarle el pues­to a Larabee. Klein era judío y los dueños del almacén eran también judíos y Larabee estaba preocupado. Klein y Larabee discutían y se pasaban toda la mañana y toda la tarde peleando. Sí, toda la tarde. El problema en aquellos días de la guerra era el horario intensivo. Los que lleva­ban el control siempre preferían explotar continuamente a unos pocos en vez de contratar a más gente para que todo el mundo trabajase menos. Le dabas al patrón ocho horas de sudor y siempre te pedía más. Jamás en la vida te dejaba irte a casa pasadas seis horas de trabajo, por ejemplo. Tenías largo rato para pensar.



26

Cada vez que entraba en el vestíbulo de la pensión, Gertrude parecía estar allí aguardándome. Era perfecta, puro sexo enloquecedor, y ella lo sabía y jugaba con ello, te lo daba con cuentagotas, dejando que sufrieras. Eso la hacía feliz. Yo tampoco me sentía muy mal. Le hubiera sido fácil ignorarme y no permitirme el calor de una gota siquiera. Como la mayoría de los hombres en tal situación, me daba cuenta de que no conseguiría nada de Gertrude —conversaciones íntimas, excitantes excur­siones por la costa, largos paseos las tardes de domingo... hasta después de haberle hecho unas cuantas promesas absurdas.
—Eres un tío extraño. Te pasas mucho tiempo solo ¿no?
—Sí.
—¿Tienes algún problema?
—Estuve largo tiempo enfermo antes de aquella maña­na en que me conociste.
—¿Estás enfermo ahora?
—No.
—Entonces, ¿qué es lo que pasa?
—No me gusta la gente.
—¿Piensas que eso está bien?
—Probablemente no.
—¿Me llevarás al cine alguna noche?
—Lo intentaré.
Gertrude se meció enfrente mío; se meció con sus za­patos de tacón. Se acercó. Algunas partes de ella me toca­ban. Sólo que no pude responder. Quedaba un espacio entre nosotros. La distancia era demasiado grande. Sentí como si ella le estuviese hablando a una persona que se había esfumado, una persona que ya no estaba allí, ni estaba viva por más tiempo. Sus ojos parecían mirar a través mío. No podía conectar con ella. No sentía vergüen­za, sólo me daba un poco de corte, y de algún modo, me sentía indefenso.
—Ven conmigo.
—¿Qué?
—Quiero enseñarte mi alcoba.
Seguí a Gertrude hasta el salón. Abrió la puerta de su dormitorio y entramos. Era una habitación muy femeni­na. La amplia cama estaba cubierta de animales de pelu-che. Todos los animales parecían sorprendidos y me mi­raban: jirafas, osos, leones, perros. El aire estaba perfu­mado. Todo era bonito y limpio y parecía suave y confor­table. Gertrude se me aproximó más.
—¿Te gusta mi alcoba?
—Es muy bonita. Sí, me gusta.
—No le digas nunca a la señora Downing que te he traído aquí, se escandalizaría.
—No le diré nada.
Gertrude se quedó allí mirándome, en silencio.
—Tengo que irme —le dije finalmente. Me acerqué hasta la puerta, la abrí, la cerré tras de mí y volví a mi cuarto.



27

Después de haber perdido numerosas máquinas de es­cribir en manos de prestamistas, simplemente había deja­do atrás la idea de poseer una. Caligrafiaba mis historias a mano y así las enviaba. Las caligrafiaba con una pluma. Llegué a ser un calígrafo muy veloz. Llegué a un punto en que podía caligrafiar más rápido que escribir con mi letra. Escribía tres o cuatro relatos cortos por semana. Los en­viaba por correo. Me imaginaba a los editores de Atlan­tic Monthly y Harper's diciendo:
—Vaya, aquí tenemos otra cosa de esas que escribe ese chiflado...
Una noche llevé a Gertrude a un bar. Nos sentamos en una mesa lateral y bebimos cerveza. Afuera estaba nevan­do. Me sentía un poco mejor de lo habitual. Bebimos y charlamos. Pasó cerca de una hora. Empecé a clavar mis ojos en los de Gertrude y ella me devolvía la mirada. «¡Un buen hombre, en estos días, es difícil de encontrar!», de­cía la máquina tocadiscos. Gertrude movía su cuerpo con la música, movía su cabeza con la música, y me miraba a los ojos.
—Tienes un rostro muy extraño —me dijo—. No eres realmente feo.
—Empleado de almacén número cuatro, abriéndose camino.
—¿Has estado alguna vez enamorado?
—El amor es para la gente real.
—Tú pareces real.
—No me gusta la gente real.
—¿No te gusta?
—La odio.
Bebimos algo más, sin hablar mucho. Seguía nevando.
Gertrude volvió su cabeza y miró a la gente del bar. Luego me miró a mí.
—¿Verdad que es guapo?
—¿Quién?
—Aquel soldado de allí. Está sentado solo. Se sienta tan derecho. Y lleva puestas todas sus medallas.
—Venga, vámonos de aquí.
—Pero si es temprano aún.
—Te puedes quedar si quieres.
—No, quiero ir contigo.
—No me importa un pijo lo que hagas.
—¿Es el soldado? ¿Te has cabreado por culpa de ese soldado?
—¡Oh, mierda!
—¡Es por ese soldado!
—Me voy.
Me levanté de la mesa, dejé un billete y me fui hacia la puerta. Oí como Gertrude me seguía. Bajé por la calle en mitad de la nieve. Al poco rato ella estaba caminando a mi lado.
—No puedes ni siquiera coger un taxi. ¡No puedo an­dar por la nieve con estos tacones altos!
Yo no contesté. Caminamos las cuatro o cinco manza­nas que nos separaban de la pensión. Subí los escalones de la puerta con ella a mi lado. Subí a mi habitación, abrí la puerta, la cerré, me quité la ropa y me metí en la cama. La oí arrojar algo contra la pared de su habitación.



28

Seguí caligrafiando mis relatos. La mayoría de ellos los mandaba a Clay Gladmore, cuya revista neoyorquina Frontfire yo admiraba. Sólo pagaban 25 dólares por his­toria, pero Gladmore había descubierto a William Saroyan y a muchos otros, y había sido amigo íntimo de Sher-wood Anderson. Gladmore me devolvía muchas cosas con notas de rechazo escritas por él mismo. La verdad es que la mayoría de estas notas no eran muy extensas, pero eran amables y me daban ánimos. Las grandes revistas usaban notas de rechazo ya impresas. Incluso las notas de rechazo impresas de Gladmore parecían tener algún calor amigable: «Lamentamos que, vaya, esta sea una nota de rechazo, pero...»
Así que mantuve a Gladmore ocupado con cuatro o cinco relatos por semana. Mientras tanto trabajaba en modas para señora, en las profundidades del sótano ama­rillo. Klein todavía no había podido echar de su puesto a Larabee. A Cox, el otro empleado, no le importaba quién echase a quién mientras pudiese fumarse su pitillito en las escaleras cada veinticinco minutos.
Las horas extraordinarias se hicieron automáticas. Yo bebía cada vez más y más en mis horas libres. La jornada de ocho horas había desaparecido para siempre. Cuando entrabas allí por la mañana podías estar seguro de que ibas a tener un mínimo de once horas de trabajo. Esto incluía también los sábados, que en teoría eran media jor­nada, pero que se habían transformado en jornada com­pleta. La guerra seguía su curso, pero las señoras com­praban trajes como endemoniadas...
Fue después de una jornada de doce horas intensivas. Me había puesto mi abrigo, subido las escaleras del só­tano, encendido un cigarrillo e iba caminando por el pasillo hacia la salida cuando oí la voz del jefe:
—¡Chinaski!
--¿Sí?
—Venga aquí.
El jefe estaba fumándose un largo y costoso cigarro. Parecía feliz y descansado.
—Este es mi amigo Carson Gentry.
Carson Gentry también estaba fumándose un costoso cigarro.
—El señor Gentry también es escritor. Está muy inte­resado en la literatura. Le he dicho que usted era escritor y ha querido conocerle. ¿No le importa, no?
—No, no me importa.
Los dos se quedaron allí sentados mirándome y fu­mándose sus puros. Pasaron unos cuantos minutos. Inha­laban, expulsaban el humo, me miraban.
—¿Les importa que me vaya?
—Está bien —dijo mi jefe.



29

Siempre me iba andando hasta la pensión, estaba a seis o siete bloques de distancia. Los árboles a lo largo de las calles eran todos iguales: pequeños, retorcidos, medio congelados, sin hojas. Me gustaban. Caminaba junto a ellos bajo la fría luz de la luna.
Aquella escena en la tienda se me había quedado gra­bada. Aquellos puros, los trajes lujosos. Pensé en buenos solomillos, largos paseos en magníficos automóviles me­tiéndose por carreteras privadas que llevaban a hermosas mansiones fastuosas. Relajo. Viajes a Europa. Mujeres de primera. ¿Eran ellos mucho más inteligentes que yo? La única diferencia era el dinero, y su deseo de acumularlo.
¡Yo también tenía tal deseo! Ahorraba mis perras chi­cas. Pero tenía una idea. Pediría un crédito. Yo contrata­ría y despediría a la gente. Tendría un escritorio de caoba lleno de botellas de whisky. Tendría una mujer con pe­chos de la talla 40 y un culo que haría que el chico de los periódicos de la esquina se corriese en los pantalones cuando lo viera contonearse. Yo la engañaría con otras y ella lo sabría y no diría nada para poder seguir vivien­do en mi casa gozando de mi fortuna. Despediría a hom­bres sólo por advertir una leve sombra de disgusto en sus caras. Despediría a mujeres que no se esperaban que yo las fuese a despedir.
Eso era todo lo que un hombre necesitaba: esperanza. Era la falta de esperanza lo que hundía a un hombre. Re­cordaba mis días en Nueva Orleans, viviendo de dos ba­rritas de caramelo de 5 centavos al día durante semanas con tal de no trabajar y tener tiempo para escribir. Pero el morirse de hambre, desgraciadamente, no ayuda a me­jorar el arte. Sólo era un impedimento. El alma de un hombre estaba radicada en su estómago. Un hombre podía escribir mucho mejor después de haberse zampado un buen solomillo de ternera y bebido medio litro de whisky de lo que jamás podría hacerlo después de haber comido una barrita de caramelo de a níquel. El mito del artista hambriento era una falacia. Una vez que te dabas cuenta de que todo era una falacia, conseguías la sabidu­ría y empezabas a sangrar y a arder en llamas y a rom­per tu ser en explosiones. Yo construiría un imperio con los cuerpos fracturados y las vidas de los hombres sin esperanza, mujeres y niños... Les impulsaría a todos ellos a lo largo de todo el camino. ¡Les enseñaría!
Estaba en mi pensión. Subí las escaleras hasta la puer­ta de mi cuarto. Abrí la puerta y encendí la luz. La se­ñora Downing había dejado mi correo en el umbral. Había un gran sobre marrón de Gladmore. Lo recogí, era pesado, contenía manuscritos rechazados. Me senté y abrí el sobre.
Estimado Sr. Chinaski:
Le devolvemos estos cuatro relatos, pero nos que­damos con Mi alma borracha de cerveza es más triste que todos los árboles de Navidad muertos en todo el mundo. Hemos estado observando su traba­jo desde hace tiempo y nos alegramos mucho de aceptar este relato.
Un abrazo:
Clay Gladmore

Me levanté de la silla sosteniendo todavía la nota en­tre mis manos, mi PRIMER texto aceptado. De la revista literaria número uno de América. Nunca me había pare­cido el mundo tan hermoso, tan lleno de promesas. Cami­né encima de la cama, me senté, me tumbé en el suelo, la leí otra vez, estudié cada curvatura de la firma de Gladmore. Me levanté, llevé la nota hasta la cómoda, la apoyé allí. Entonces me desnudé, apagué las luces y me metí en la cama. No me podía dormir. Me levanté, encen­dí la luz, me acerqué a la cómoda y la leí de nuevo:
Estimado Sr. Chinaski...



30

Veía a Gertrude a menudo en el vestíbulo. Conversá­bamos, pero no le volví a pedir que saliera conmigo. Ella se ponía muy cerca de mí, balanceándose gentilmente, tambaleándose a mi lado, como si estuviese borracha, so­bre sus altos tacones. Un domingo por la mañana me en­contré en el jardín de la entrada con Gertrude y Hilda. Las chicas hacían bolas de nieve, se reían y daban gritos, me las lanzaban. Como yo nunca había vivido en tierras con abundancia de nieve, era lento al principio, pero pron­to aprendí a hacer correctamente una bola de nieve y lanzarla. Gertrude me atacaba, gritaba. Era deliciosa. Era toda llamarada y luz. Por un momento, estuve a punto de cruzar el jardincillo y abrazarla. Entonces abandoné la idea, me fui caminando calle abajo mientras las bolas de nieve silbaban a mi alrededor.
Decenas de miles de jóvenes estaban luchando en Europa e Indochina y en las islas del Pacífico. Cuando volvieran de la guerra, ella encontraría a alguno. No ten­dría ningún problema. Con ese cuerpo. Con esos ojos. Ni siquiera Hilda tendría ninguna dificultad.
Empecé a sentir que llegaba la hora de irme de San Luis. Decidí volver a Los Angeles; mientras tanto seguí ca­ligrafiando relatos a destajo, emborrachándome, escu­chando la quinta sinfonía de Beethoven, la segunda de Brahms...
Una noche después del trabajo me paré en un bar de los alrededores. Me senté y bebí cinco o seis cervezas, me levanté y anduve la manzana y media que me separaba de la pensión. La puerta de Gertrude estaba abierta cuan­do pasé.
—Henry...
—Hola —me acerqué a la puerta, la miré—. Gertru-dre, me voy de la ciudad. Lo he notificado hoy en el trabajo.
—Oh, qué pena.
—Todas vosotras os habéis portado muy bien conmigo.
—Oye, antes de que te vayas quiero que conozcas a mi novio.
—¿Tu novio?
—Sí, acaba de instalarse aquí, en una habitación jun­to al salón.
La seguí. Llamó a la puerta y yo me quedé detrás suyo. La puerta se abrió: pantalones a rayas blancas y grises; camisa planchada de manga larga; pajarita. Un fino bigo-tillos. Ojos ausentes. De uno de los orificios de su nariz caía un casi invisible hilillo de moco que finalmente se re­cogía en una pelotilla brillante. La pelotilla de moco se le había quedado pegada al bigotillo y estaba a punto de caerse, pero mientras tanto se sostenía allí y la luz se re­flejaba en ella.
—Joey —dijo ella—, quiero que conozcas a Henry.
Nos dimos la mano. Gertrude entró. La puerta se cerró. Yo volví a mi habitación y empecé a empacar. Siempre me había gustado empacar.



31

Cuando estuve de vuelta en Los Angeles encontré un hotel barato justo al lado de Hoover Street, y una vez allí me quedé en la cama y bebí. Estuve bebiendo durante un cierto tiempo, tres o cuatro días. No conseguí levantarme para leer las ofertas de trabajo. La idea de sentarme en­frente de un hombre sentado detrás de un escritorio y contarle que deseaba un trabajo, que estaba capacitado para hacer ese trabajo, era demasiado para mí. Franca­mente, estaba horrorizado de la vida, de todo lo que un hombre tenía que hacer sólo para comer, dormir y poder vestirse. Así que me quedaba en la cama y bebía. Mientras bebías, el mundo seguía allí afuera, pero por el momen­to no te tenía agarrado por la garganta.
Salí una noche de la cama, me vestí y me puse a andar por la ciudad. Me encontré caminando por la calle Alva-rado. Seguí andando hasta que encontré un bar con buena pinta y entré en él. Pedí un escocés con agua. A mi dere­cha estaba sentada una rubia castaña, un poquito gorda, con el cuello y las mejillas algo flojas, obviamente una borracha; pero tenía una cierta belleza remanente en todo su ser, y su cuerpo todavía parecía firme y joven y con buenas formas. De hecho, sus piernas eran largas y adora­bles. Cuando esta dama acabó su bebida, le pregunté si quería otra. Dijo que sí. La invité a una copa.
—Es toda una puta pandilla de imbéciles los que hay aquí —dijo.
—En todas partes, pero especialmente aquí —dije yo.
Pagué tres o cuatro copas más. No hablamos. Enton­ces le dije a la dama:
—Esa fue la última. Estoy en la ruina.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
—¿Tienes dónde dormir?
—Un apartamento, me quedan dos o tres días de al­quiler.
—¿Y no tienes nada de dinero? ¿Ni nada que beber?
—No.
—'Ven conmigo.
La seguí fuera del bar. Me di cuenta de que tenía un trasero muy bonito. La acompañé hasta la tienda de lico­res más próxima. Le dijo al encargado lo que quería: dos botellas de whisky Grandad, un paquete de seis cerve­zas, dos paquetes de cigarrillos, patatas fritas, frutos secos, alka-seltzer y un cigarro. El encargado lo apuntó todo.
—Cárguelo a la cuenta —dijo— de Wilbur Oxnard.
—Espere —dijo él—, tendré que llamar por teléfono.
El encargado marcó un número y cruzó unas pala­bras con alguien. Luego colgó.
—Conforme —dijo. La ayudé con las bolsas y salimos a la calle.
—¿Adonde vamos con esta mercancía? —pregunté.
—A tu casa. ¿Tienes coche?
La llevé hasta mi coche. Me lo había comprado en una subasta por treinta y cinco dólares. Tenía los amorti­guadores rotos y al radiador se le salía el agua, pero andaba.
Llegamos a mi apartamento y metí todo el material en la nevera. Serví dos bebidas, las saqué a la sala, me senté y encendí mi puro. Ella se sentó en el sofá, enfren­te mío, con las piernas cruzadas. Llevaba puestos unos pendientes verdes.
—Irresistible —dijo ella.
—¿Qué?
—¡Te crees irresistible, te crees que eres el mismo de­monio!
—No.
—Sí, te lo crees. Lo puedo ver por el modo como actúas. Me sigues gustando, de todos modos. Me gustas­te desde el primer momento.
—Súbete un poco el vestido.
—¿Te gustan mis piernas?
—Sí. Súbete un poco el vestido.
Ella lo hizo.
—¡Oh, Jesús, ahora un poco más arriba, aún más arriba!
—Oye, ¿no serás alguna especie de maniático, no? Hay un tío que les hace cabronadas a las chicas. Las recoge, luego las lleva a su casa, las desnuda y luego las raja todo el cuerpo con una navajita.
—No soy yo.
—Luego hay tíos que se te folian y luego te descuartizan. Más tarde encuentran parte de tu culo en un desagüe en Playa del Rey y tu teta izquierda en un cubo de basura en algún callejón.
—Hace años que dejé de hacer esas cosas. Súbete un poco más la falda.
Se subió más la falda. Era como el comienzo de la vida y de la risa, era el significado verdadero del sol. Me levanté y fui a sentarme en el sofá junto a ella, la besé, luego volví a levantarme, serví dos bebidas más y puse la radio en la KFAC* Cogimos el principio de algo de Debussy.
—¿Te gusta este tipo de música? —dijo ella.
En un momento durante la noche, mientras conversá­bamos, me caí del sofá. Me quedé tumbado en el suelo, contemplando aquellas piernas celestiales.
—Nena —le dije—, soy un genio, pero nadie más que yo lo sabe.
Ella me miró desde arriba.

—Levántate del suelo, condenado idiota, y sírveme un trago.
Le puse una bebida y me senté a su lado. Realmente me sentía un poco idiota. Más tarde nos fuimos a la cama. Apagamos las luces y yo me puse encima de ella. Di dos o tres caderazos, entonces me paré.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—¿Y eso qué coño importa? —me contestó.

* Emisora de radio californiana especializada en música clásica. (N. del T.)



32

Se llamaba Laura. Eran las dos en punto de la tarde y anduve por el sendero que había detrás de la tienda de muebles en la calle Alvarado. Llevaba mi maleta con­migo. Había allí un gran caserón blanco, de madera, con dos pisos, viejo, con la pintura blanca cayéndose a pe­dazos.
—Ahora apártate de la puerta ç—dijo ella—. Hay un espejo en mitad de las escaleras que le permite ver quién está llamando.
Laura se quedó allí llamando al timbre mientras yo me escondía a la derecha de la puerta.
—Déjale que me vea, y cuando suene el zumbido, yo abro la puerta y tú me sigues.
Sonó el zumbido y Laura abrió la puerta empuján­dóla. La seguí adentro, dejando mi maleta al final de las escaleras. Wilbur Oxnard estaba en lo alto de las escale­ras y Laura subió corriendo a saludarle. Wilbur era un tipo viejo, con el pelo gris y con un solo brazo.
—¡Nena, qué alegría verte!
Wilbur rodeó a Laura con su único brazo y la besó. Cuando se separaron, me vio a mí.
—¿Quién es ese tipo?
—Oh, Willie, quiero presentarte a un amigo mío.
—Hola —dije yo.
Wilbur no me contestó.
—Wilbur Oxnard, Henry Chinaski —nos presentó Laura.
—Es un placer conocerle, Wilbur —dije yo.
Wilbur siguió sin contestarme. Finalmente dijo:
—Bueno, subid arriba.
Seguí a Wilbur y Laura hasta el salón principal. Había monedas desparramadas por todo el suelo, de cinco, quince, veinticinco y cincuenta centavos. En pleno cen-tro de la habitación estaba plantado un órgano eléctrico. Les seguí hasta la cocina y nos sentamos en la mesa del desayuno. Laura me presentó a las dos mujeres que estaban allí sentadas.
—Henry, esta es Grace y esta otra Jerry. Chicas, este es Henry Chinasky.
—Hola, tío —dijo Grace.
—¿Cómo estás? —dijo Jerry.
—Es un placer conocerlas, señoritas.
Estaban bebiendo whisky acompañado con jarras de cerveza. Había un cuenco en el centro de la mesa lleno de aceitunas verdes y negras, guindillas y corazones de apio. Me acerqué y cogí una guindillita chile.
—Arréglatelas tú solo —me dijo Wilbur, pasándome la botella de whisky. Ya me había puesto antes una cerve­za delante. Me serví un trago.
—¿Qué es lo que haces? —rae preguntó Wilbur.
—Es escritor —dijo Laura—. Ha publicado cosas en revistas.
—¿Eres escritor? —me preguntó Wilbur.
—A veces.
—Necesito un escritor. ¿Eres bueno?
—Todo escritor se cree bueno.
—Necesito a alguien que me escriba el libreto para una ópera que he compuesto. Se titula «El emperador de San Francisco». ¿Sabes que hubo una vez un tío que que­ría ser emperador de San Francisco?
—No, no lo sabía.
—Es muy interesante, te dejaré un libro que lo cuen­ta todo.
—De acuerdo.
Nos quedamos allí tranquilamente sentados, bebiendo. Todas las chicas tenían treinta años largos, eran atracti­vas y muy sexys, y lo sabían.
—¿Te gustan las cortinas? —me preguntó Wilbur—. Las chicas las hicieron para mí. Las chicas tienen mucho talento.
Eché un vistazo a las cortinas. Eran horrendas, con grandes fresones de color rojo por todas partes, sosteni­dos por tallos con rocío.
—Me gustan —le dije.
Wilbur sacó algo más de cerveza y todos nos servimos más tragos de la botella de whisky.
—No os preocupéis —dijo Wilbur—, cuando se acabe ésta, hay más botellas.
—Gracias, Wilbur.
Me miró.
—Se me está quedando el brazo paralizado.
Levantó el brazo y movió los dedos.
—Apenas puedo mover los dedos. Creo que me voy a morir. Los doctores no saben encontrarme nada. Las chi­cas se creen que bromeo, las chicas se ríen de mí.
—A mí no me parece que bromee —le dije—, yo le creo.
Tomamos un par de tragos más.
—Me gustas —dijo Wilbur—, se ve que has visto mun­do, has adquirido clase.
—No sé nada de clase —dije—, pero sí que he visto mundo.
—Vamos a la otra habitación, quiero que oigas algu­nos coros de la ópera.
—Muy bien —dije.
Abrimos una nueva botella de whisky, sacamos más cerveza y fuimos a la otra habitación.
—¿Quieres que te haga un poco de sopa, Wilbur? —preguntó Grace.
—¿Cuándo se ha visto que alguien tome sopa tocando el órgano? —le contestó él.
Todos nos reímos. A todos nos agradaba Wilbur.
—Tira dinero por el suelo cada vez que se emborracha —me susurró Laura—. Nos dice cosas desagradables y nos arroja monedas. Dice que eso es lo que valemos. Se puede poner muy desagradable.
Wilbur se levantó, fue hasta su dormitorio, salió con una gorra de marino en la cabeza y volvió a sentarse. Comenzó a tocar el órgano con su único brazo y sus dedos paralizados. Tocaba el órgano con mucha fuerza. Nos quedamos allí sentados, bebiendo y escuchando la músi­ca. Cuando acabó, aplaudí.
Wilbur se dio la vuelta en el taburete.
—Las chicas estaban aquí la otra noche —dijo—, y en­tonces alguien gritó ¡A CORRER! Deberías haberlas visto correr, algunas de ellas desnudas, otras en bragas y suje­tador, se pusieron todas a correr y a esconderse en el ga­raje. Fue endemoniadamente divertido. Yo me quedé aquí sentado y ellas volvieron empujándose, una tras otra des­de el garaje. ¡Fue realmente divertido!
—¿Quién fue el que gritó «¡A CORRER!»? —pregunté.
—Yo —dijo él.
Entonces se puso de pie, se fue hasta su dormitorio y comenzó a desnudarse. Le pude ver sentado al borde de su cama en ropa interior. Laura entró en la habitación, se sentó en la cama a su lado y le besó. Luego salió y Grace y Jerry entraron. Laura me señaló al final de las escaleras. Yo bajé, cogí mi maleta y subí con ella.



33

Cuando nos despertamos, Laura me habló de Wilbur. Eran las nueve y media de la mañana y no se oía un solo sonido en toda la casa.
—Es un millonario —dijo ella—, no te dejes engañar por este viejo caserón. Su abuelo compró tierras por to­dos los alrededores y su padre también. Grace es su chica, pero Grace le hace mucho la puñeta. Y él es un tacaño hijo de puta. Le gusta acoger en su casa a las chicas de los bares que no tienen sitio donde dormir. Pero todo lo que las da es cama y comida, nada de di­nero. Y sólo se puede beber cundo él bebe. Pero una noche Jerry le jugó una buena pasada. El estaba cachon­do persiguiéndola alrededor de la mesa, y ella dijo: «¡No, no, no, no hasta que me prometas cincuenta pavos al mes de por vida!» Y él finalmente firmó un trozo de papel. ¿Y sabes que esto llegó a juicio? Le condenaron a pagar a Jerry cincuenta pavos mensuales y está fijado que cuando muera, su familia tendrá que seguir pagán­dole.
—Eso está bien —dije yo.
—Grace es su favorita, sin embargo.
—¿Y tú, qué?
—No por mucho tiempo.
—Me alegro, porque me gustas.
—¿De verdad?
—Sí.
—Ahora, estáte atento. Si sale esta mañana con la gorra de marino puesta, la gorra de capitán, eso quiere decir que vamos a salir en el yate. El médico le dijo que se comprara un yate, por su salud.
—¿Es grande?
—Ya lo creo. ¿Oye, cogiste todas esas monedas del suelo la pasada noche?
—Sí —contesté.
—Es mejor coger sólo unas pocas y dejar unas cuantas.
—Supongo que tienes razón. ¿Vuelvo a echar algunas?
—Si ves la oportunidad.
Me levanté y empecé a vestirme cuando Jerry entró corriendo en el dormitorio.
—Está parado enfrente del espejo ajustándose la go­rra en el ángulo correcto. ¡Vamos a salir en el yate!
—Está bien, Jerry —dijo Laura.
Empezamos los dos a vestirnos. Salimos justo a tiem­po. Wilbur no dijo nada. Estaba de resaca. Le seguimos escaleras abajo hasta el garaje y nos metimos en un co­che increíblemente viejo. Era tan viejo que tenía detrás un asiento de esos «ahítepudras» que se abren como un maletero. Grace y Jerry subieron al asiento delantero con Wilbur y yo me subí al ahítepudras con Laura. Wilbur salió por el sendero, cogió la calle Alvarado en dirección sur y pusimos rumbo a San Pedro.
—Está con resaca y no quiere beber, y cuando él no bebe, no quiere que nadie lo haga, el cabrón. Así que ten cuidado —me dijo Laura.
—Carajo, necesito un trago.
—Todos necesitamos un trago —dijo ella. Sacó una botella de tercio de su bolso y desenroscó el tapón. Luego me la pasó.
—Ahora espera a que nos mire por el retrovisor. En el momento en que sus ojos vuelvan a la carretera, tóma­te un trago.
Al poco rato vi los ojos de Wilbur examinándonos por el retrovisor. Entonces volvió a mirar a la carretera. Me pegué un lingotazo y me sentí mucho mejor. Le volví a pasar la botella a Laura. Ella aguardó a que Wilbur nos mirara por el retrovisor y luego apartase la vista. Era su turno. Fue un viaje placentero. Cuando llegamos a San Pedro la botella ya estaba vacía. Laura sacó un poco de chicle, yo encendí un puro y saltamos fuera del coche. Mientras ayudaba a Laura a salir del asiento, su falda se levantó y pude ver aquellas largas piernas de nylon, las rodillas, los delicados tobillos. Empecé a ponerme ca­chondo y volví mi mirada hacia el mar. Ahí estaba el yate : The Oxwill. Era el yate más grande del muelle. Llegamos hasta él en una pequeña motora. Subimos a bordo. Wil-bur saludó a algunos marinos y a algunas ratas de muelle y luego me miró.
—¿Cómo te encuentras?
—Magníficamente, Wilbur, magníficamente... Como un emperador.
—Ven aquí, quiero enseñarte una cosa. Fuimos hasta el final del barco y Wilbur se inclinó y tiró de una anilla. Abrió una escotilla. Allí abajo esta­ban los motores.
—Quiero enseñarte cómo arrancar este motor auxiliar en caso de que algo malo pasase. No es difícil, yo puedo hacerlo con un solo brazo.
Me quedé allí aburriéndome mientras Wilbur tiraba de un cordón. Yo asentía y le decía que entendía. Pero no era suficiente, tuvo que enseñarme cómo levar el ancla y soltar amarras del muelle cuando todo lo que yo quería era tomarme otro trago.
Después de todo aquello, soltamos amarras y él se metió en la cabina, al timón del yate con su gorra de marino. Todas las chicas se apelotonaron a su alrededor.
—¡Oh, Willie, déjame coger el timón!
—¡Willie, déjame cogerlo a mí!
Yo no le pedí que me dejara el timón. Yo no quería coger el timón. Seguí a Laura a los camarotes de abajo. Era como una suite de hotel de lujo, sólo que había lite­ras en la pared en lugar de camas. Nos acercamos a la nevera. Estaba llena de comida y bebidas. Encontramos una botella abierta de whisky y la sacamos. Nos servimos sendos vasos acompañados de agua. Parecía una vida de lo más decente. Laura puso el tocadiscos y oímos algo titulado El retrato de Bonaparte. Laura tenía buen as­pecto. Estaba feliz y sonreía. Me acerqué hasta ella y la besé, subí mi mano por sus muslos. Entonces oí cómo se paraba el motor y a Wilbur bajar las escaleras.
—Vamos a volver —dijo. Parecía muy envarado con su gorra de capitán.
—¿Por qué? —preguntó Laura.
—Grace está con una de sus depresiones. Tengo miedo de que salte por la borda. No quiere hablarme. Sólo se queda ahí sentada, mirando al agua. No sabe nadar. Tengo miedo de que se tire al mar.
—Mira, Wilbur —dijo Laura—, sólo tienes que darle diez pavos. Tiene carreras en las medias.
—No, vamos a volver. Además ¡habéis estado be-biendol
Wilbur volvió a subir las escaleras. Puso en marcha el motor, dimos media vuelta y pusimos rumbo a San Pedro.
—Esto pasa cada vez que intentamos ir a Catalina. A Grace le entra una de sus depresiones y se sienta miran­do fijamente el océano con ese pañuelo atado a la cabe­za. Así es como le saca cosas al viejo. Jamás va a saltar por la borda. Le tiene odio al agua.
—Bueno —dije—, por lo menos podemos tomarnos unos cuantos whiskys más. Cada vez que pienso en escri­bir la letra para la ópera de Wilbur, me doy cuenta de lo miserable que se ha vuelto mi vida.
—Sí, podemos beber todo lo que queramos —dijo Laura—, él ya está cabreado de todas formas.
Jerry bajó y se juntó con nosotros.
—Grace está resentida por esos cincuenta pavos men­suales que le saco al viejo. Cono, no es tan sencillo. En el momento en que ella se va, ese viejo hijo de puta se echa encima mío y empieza a follarme. Nunca tiene bastante. Tiene miedo de morirse y quiere hacerlo todas las veces que pueda.
Se bebió su copa y se sirvió otra más.
—Tenía que haberme quedado de dependienta en Sears. Allí me iban bien las cosas.
Todos bebimos en recuerdo de aquello.



34

Para cuando llegamos al puerto, Grace se había unido también a nosotros. Llevaba todavía el pañuelo atado al­rededor de la cabeza y no hablaba, pero bebía. Todos es­tábamos bebiendo. Estábamos dándole a la priva cuando Wilbur bajó por las escaleras. Se quedó allí parado mi­rándonos.
—Ahora vuelvo —dijo.
Eso fue a primeras horas de la tarde. Nosotros espe­ramos y seguimos bebiendo. Las chicas comenzaron a dis­cutir sobre cómo tenían que manejar a Wilbur.
Yo me subí a una de las literas y me puse a dormir. Cuando me desperté ya estaba anocheciendo. Hacía frío.
—¿Dónde está Wilbur? —pregunté.
—No va a volver —dijo Jerry—, está loco.
—Volverá —dijo Laura—, Grace está aquí.
—Me importa un pijo si no vuelve —dijo Grace—. Aquí tenemos bebida y comida suficientes para mantener a todo el ejército egipcio durante un mes.
Así que allí estaba yo, en el yate más grande del puer­to con tres mujeres. Pero hacía mucho frío. Era el relente que salía del agua. Bajé de la litera, me tomé un trago y volví a subirme.
—Coño, hace frío —dijo Jerry—, déjame subir ahí a calentarme.
Se quitó los zapatos y subió a la litera conmigo. Laura y Grace estaban borrachas y discutiendo acerca de algo. Jerry era pequeña y redondita, muy redondita, un cuerpo confortable. Se arrimó junto a mí.
—Caray, qué frío hace. Abrázame.
—Pero Laura... —dije yo.
—Que se joda Laura.
—Quiero decir que puede agarrar un cabreo de cui­dado.
—No tiene por qué cabrearse. Somos amigas. Mira —Jerry se incorporó en la litera.
—Laura, Laura...
--¿Sí?
—Oye, estoy tratando de calentarme, ¿vale?
—Vale.
Jerry volvió a acurrucarse bajo las mantas.
—¿Lo ves? Ha dicho que vale.
—Pues bueno —dije. Le puse la mano en el culo y la besé.
—Pero no vayáis demasiado lejos —dijo Laura.
—Sólo me está abrigando —dijo Jerry.
Subí la mano por debajo de su vestido y comencé a bajarle las bragas. Era jodido. Cuando ella las echó fuera de una patada, yo estaba más que listo. Su lengua entra­ba y salía de mi boca. Tratábamos de parecer modositos mientras lo hacíamos de tapadillo. Se me salió fuera va­rias veces, pero Jerry la volvía a meter.
—No vayáis demasiado lejos —dijo otra vez Laura. Se me volvió a salir y Jerry la agarró apretándomela.
—Sólo me está abrigando —dije yo. Jerry soltó una risita y la volvió a meter dentro. Se quedó allí. Yo esta­ba cada vez más caliente.
—Tú, zorra —le susurré—, te quiero. —Entonces me corrí. Jerry bajó de la litera y se fue hacia el baño. Grace estaba haciéndonos sandwichs tostados de carne asada. Bajé de la litera y nos pusimos a comer los sandwichs con ensalada de patata, tomates en rodajas, café y tarta de manzana. Todos estábamos hambrientos.
—Qué bien me he calentado —dijo Jerry—. Henry es una buena estufa.
—Yo estoy helada —dijo Grace—, creo que voy a pro­bar un poco de esa calefacción. ¿Te importa, Laura?
—No me importa. Pero no lleguéis demasiado lejos.
—¿Cómo de lejos es demasiado lejos?
—Ya sabes a lo que me refiero.
Después de comer, subí a la litera y Grace subió con­migo. Era la más alta de las tres. Nunca había estado en la cama con una mujer tan alta. La besé. Su lengua me respondió. Mujeres, pensé, las mujeres son mágicas. ¡Qué seres tan maravillosos! Subí por debajo de su ves­tido y tiré de sus bragas. Había un largo camino que re­correr.
—¿Qué estás haciendo? —me susurró.
—Te estoy bajando las bragas.
—¿Para qué?
—Te voy a follar.
—Sólo quiero calentarme.
—Te voy a follar.
—Laura es amiga mía. Yo soy la mujer de Wilbur.
—Te voy a follar.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy tratando de meterla.
—¡No!
—Maldita sea, ayúdame.
—La metes tú solito.
—Ayúdame.
—Métela tú solito. Laura es mi amiga.
—¿Y qué vas a sacar de eso?
—¿Qué?
—Olvídalo.
—Mira, no estoy todavía preparada.
—Aquí está mi dedo.
—Ay, con cuidado. Muéstrale a una dama un poco de respeto.
—Está bien, está bien. ¿Es mejor así?
—Así está mejor. Más arriba. Ahí. ¡Ahí! Así...
—No empecéis de trote-pelote ahora ¿eh? —dijo Laura.
—No, sólo la estoy ayudando a calentarse.
—Me pregunto cuándo volverá Wilbur —dijo Jerry.
—Me importa un carajo si no vuelve nunca —dije yo, metiéndosela por fin a Grace. Ella gimió. Era algo bueno. Fui muy lentamente. Midiendo mis sacudidas. No se me salía fuera como con Jerry.
—Tú, podrido hijo de puta —dijo Grace—, cabronazo, Laura es mi amiga.
—Te estoy jodiendo —dije—, siente esta salchicha re­corriéndote el cuerpo dentro y fuera, dentro y fuera, den­tro y fuera, flup, flup, flup.
—No hables así, me estás poniendo cachonda.
—Te estoy jodiendo —seguí—, joder, joder, jodida jo-dienda, estamos jodiendo, estamos jodiendo, estamos jo­diendo. Oh, es tan guarro, es tan cochino, este joder y joder y joder...
—Maldita sea, para ya.
—Se está haciendo más grande y más grande. ¿Lo notas?
—Sí, sí...
—Me voy a correr, Cristo, me voy a correr...
Me corrí y me eché a un lado.
—Me has violado, hijo de puta, me has violado —me dijo en voz baja—. Se lo voy a tener que decir a Laura.
—Venga, cuéntaselo. ¿Piensas que se lo va a creer?
Grace bajó de la litera y se fue hacia el baño. Yo me limpié con la sábana, me subí los pantalones y salté fuera de la litera.
—Chicas, ¿sabéis jugar a los dados?
—¿Qué se necesita? —preguntó Laura.
—Yo tengo los dados. ¿Tenéis algo de dinero? Hacen falta dados y dinero. Os enseñaré cómo. Sacad vuestro dinero, ponedlo enfrente de vosotras. Yo no tengo mu­cho dinero. ¿Todos somos amigos, no?
—Sí —dijo Jerry—, todos somos amigos.
—Sí —dijo Laura—, todos somos amigos.
Grace salió del baño.
—¿Qué está haciendo ahora este hijo puta?
—Está enseñándonos a jugar a los dados —dijo Jerry.
—Echar los dados, es el término correcto. Chicas, voy a enseñaros a echar los dados.
—¿Nos vas a enseñar, eh? —dijo Grace.
—Sí, Grace, desciende con tu elevado culo hasta aquí y os enseñaré cómo funciona...
Una hora más tarde tenía la mayor parte del dinero en mis manos cuando de repente apareció Wilbur Oxnard bajando las escaleras. Así es como nos encontró Willie cuando volvió: borrachos y echando los dados.
—¡No permito el juego en este barco! —gritó desde lo alto de la escalera. Grace se levantó, atravesó la sala, le puso los brazos alrededor y le introdujo su larga len­gua en la boca, luego le acarició los cojones.
—¿Dónde ha estado mi Willie, dejando a su Gracita sola y aburrida en este barco grandote? Cuánto he echa­do de menos a mi Willie.
Willie entró en la sala sonriendo. Se sentó a la mesa, Grace sacó otra botella de whisky y la abrió. Wilbur sirvió las bebidas. Me miró :
—Tengo que volver a corregir algunas notas de la ópera. ¿Todavía estás dispuesto a escribir el libreto?
—¿El libreto?
—Las letras.
—Para ser sincero, Wilbur, no he estado pensando mucho en ello, pero si tú te lo tomas en serio, yo me pon­dré a trabajar en la letra.
—Yo me lo tomo en serio —dijo él.
—Empezaré mañana.
En ese momento, Grace se arrastró por debajo de la mesa y le bajó la cremallera a Wilbur. Iba a ser una buena noche para todos.



35

Grace, Laura y yo estábamos sentados en un bar del Green Smear unos días más tarde cuando entró Jerry.
—Un whisky doble —le dijo al camarero. Cuando le sirvieron la bebida, Jerry se quedó observándola con la mirada baja.
—Escucha, Grace, no estuviste la noche pasada. Yo me quedé sola con Wilbur.
—No pasa nada, querida, tuve que ocuparme de unos pequeños asuntos. Me gusta dejar al vejete con ganas.
—Grace, se hundió mucho, se hundió de verdad. Henry no estaba, Laura tampoco estaba. No tenía a nadie con quien hablar. Yo traté de ayudarle.
Laura y yo nos habíamos pasado toda la noche en una fiesta en casa del dueño del bar. Desde allí habíamos vuelto al bar. Yo no había empezado todavía a trabajar en el libreto y Wilbur me había estado dando la lata. Quería que me leyera todos los malditos libros. Hacía tiempo que yo pasaba de leer lo que fuera.
—Se puso a beber mucho. Agarró el vodka. Empezó a beber vodka a palo seco. No paraba de preguntar dónde estabas, Grace.
—Eso puede ser amor —dijo Grace.
Jerry se acabó el whisky y pidió otro.
—Yo no quería que bebiese demasiado —dijo—, así que cuando se descuidó, cogí la botella de vodka, eché parte de ella en el lavabo y la rellené con agua. Pero ya se había bebido cantidad de esa mierda cargada de gra­dos. Traté de convencerle de que se fuera a la cama...
—¿Ah, sí?
—Le estuve diciendo todo el rato que se fuera a la cama, pero él no quiso. Estaba tan desquiciado que yo tuve que beber también. Al final, me entró la dormilera y le dejé sentado en aquella silla con su vodka.
—¿No le llevaste a la cama? —preguntó Grace.
—No. Por la mañana, entré en la sala y él todavía se­guía sentado en la silla, con la botella de vodka a su lado. «Buenos días, Willie», le dije. Nunca había visto unos ojos tan hermosos. La ventana estaba abierta y la luz del sol los hacía brillar, con toda el alma.
—Ya lo sé —dijo Grace—, Willie tiene unos ojos muy bonitos.
—El no me contestó. No conseguí que dijera una sola palabra. Fui hasta el teléfono y llamé a su hermano, ya sabes, el doctor drogadicto. Vino el hermano y le echó un vistazo y cogió el teléfono y nos sentamos hasta que vi­nieron dos tíos que le cerraron los ojos a Willie y le pu­sieron una inyección. Luego nos sentamos y hablamos un rato hasta que uno de los tíos miró su reloj y dijo «Ya está» y se levantaron y cogieron a Willie de la silla y lo extendieron en una camilla. Luego se lo llevaron y allí acabó todo.
—Mierda —dijo Grace—, estoy jodida.
—Estás jodida —dijo Jerry—, yo al menos tengo toda­vía mis cincuenta mensuales.
—Y tu culazo gordo y redondo —dijo Grace.
—Y mi culazo gordo y redondo —dijo Jerry.
Laura y yo sabíamos que estábamos jodidos. No había necesidad de decirlo.
Nos quedamos todos sentados en el bar tratando de pensar en nuestro próximo paso.
—Me pregunto —dijo Jerry—, si no lo mataría yo.
—¿Matarle cómo? —pregunté.
—Por mezclar agua con vodka. El siempre lo bebía a palo seco. Podría haber sido el agua lo que lo mató.
—Podría ser —dije.
Entonces me volví hacia el camarero.
—Tony —dije—. ¿Podrías por favor servirle a la se­ñorita un vodka con agua?
Grace no encontró la broma divertida.
Yo no vi como ocurrió, pero más tarde me lo conta­ron. Grace salió y se fue a casa de Wilbur y empezó a dar golpes en la puerta, a dar golpes y a gritar y a dar golpes, y el hermano, el doctor, abrió la puerta, pero no la dejó entrar, estaba de luto y drogado y no la quiso dejar pasar, pero Grace no se dio por vencida. El doctor no conocía a Grace muy bien (puede que todo lo que su­piese de ella es que era una buena jodedora) y el tío cogió el teléfono y llamó a la policía, que vino, pero ella estaba demasiado enloquecida y rabiosa e hicieron falta dos de ellos para ponerle las esposas. Cometieron el error de esposarla por delante y ella subió los brazos y luego los bajó y le rasgó a uno de los polis la mejilla, se la abrió de tal modo que podías asomarte por un lado de su cara y verle los dientes. Vinieron más polis y se llevaron a Grace, dando alaridos y pegando patadas, y después de eso ninguno de nosotros nos volvimos nunca a ver.



36

Filas y filas de silenciosas bicicletas. Estanterías re­pletas de repuestos de bicicletas. Filas y filas de bicicletas colgando del techo: bicicletas verdes, bicicletas rojas, bi­cicletas amarillas, bicicletas púrpura, bicicletas azules, bi­cicletas para niñas, bicicletas para niños, todas colgando allí arriba; los radios relucientes, las ruedas, los neumá­ticos de goma, la pintura, los sillines de cuero, luces tra­seras, luces delanteras, los frenos de mano; cientos de bicicletas, fila tras fila.
Teníamos una hora libre para almorzar. Yo comía rá­pidamente. Como me pasaba levantado casi toda la noche y me despertaba muy temprano, estaba siempre cansado, con todo el cuerpo dolorido. Había logrado encontrar un rincón retirado bajo las bicicletas. Me arrastraba hasta allí, bajo las nutridas hileras de bicicletas inmaculada­mente ordenadas. Me tumbaba allí de espaldas, y suspen­didas sobre mí, alineadas con precisión, colgaban filas de relucientes radios de plata, llantas, cubiertas de caucho negro, brillante pintura nueva, pedales. Todo en perfec­to orden. Era inmenso, correcto, ordenado... 500 ó 600 bi­cicletas en formación encima mío, cubriéndome, por to­das partes. De algún modo aquello estaba lleno de sig­nificado. Sólo tenía que mirarlas para saber que única­mente tenía cuarenta y cinco minutos de reposo bajo aquella selva cíclica.
También sabía por otra parte de mi conciencia que si alguna vez me dejaba llevar y caía en el torbellino me­cánico de aquellas bicicletas nuevas y relucientes, estaba listo, acabado para siempre, y nunca podría salvarme. Así que sólo me tumbaba de espaldas y dejaba que las ruedas y los radios y los colores me calmaran de algún modo.
Me tapaban. Y es que un hombre con resaca nunca debe tumbarse de espaldas y ponerse a contemplar el te­cho de un almacén. Las vigas de madera al final se apode­ran de ti; y los cielorrasos de cristal —puedes ver la jaula para gallinas en los cielorrasos de cristal— esos barrotes a un hombre le recuerdan de algún modo una jaula. Entonces viene la pesadumbre en los ojos, el morir­se por un trago; y luego el sonido de la gente moviéndose, los puedes oír, sabes que tu hora ha llegado, y no se sabe cómo te ves levantándote y moviéndote y rellenando y facturando pedidos...



37

Ella era la secretaria del encargado. Se llamaba Car­men —mas a pesar del nombre español era rubia y lle­vaba siempre vestidos ajustados con escote, zapatos de tacón, medias de nylon y liguero, y su boca estaba empo-rrotada de lápiz de labios, pero, ay, podía vibrar, podía menearse, se cimbreaba mientras llevada las órdenes a facturar, se cimbreaba de vuelta a la oficina, con todos los muchachos pendientes de cada movimiento, cada sa­cudida de sus nalgas; meciéndose, balanceándose, bam­boleándose. No soy un hombre de damas. Nunca lo he sido. Para ser un hombre de damas te lo tienes que hacer con una conversación cortés. Nunca he sido muy bueno conversando así, pero, finalmente, con Carmen presio­nándome, la llevé a uno de los camiones que estábamos descargando en la parte trasera del almacén y allí me la tiré, de pie en el fondo de la caja del camión. Fue algo bueno, algo cálido, pensé en el cielo azul y en anchas playas vacías, aunque también fue un poco triste —había una ausencia definitiva de sentimiento humano que yo no podía comprender ni superar. Tenía su vestido subido por encima de las caderas y allí estaba yo, bombeándole mi polla en la vagina, abrazándola, presionando finalmente mi boca contra la suya, espesa de carmín, y corriéndome entre dos cajas de cartón sin abrir, con el aire lleno de cenizas y su espalda apoyada contra la pared mugrienta y astillada del camión en medio de la misericordiosa os­curidad.



38
Todos nos desdoblábamos a la vez en mozos de carga y en chupatintas de almacén. Cada uno rellenaba y factu­raba sus propias órdenes. El encargado sólo se ocupaba de descubrir errores. Y como cada uno era responsable de sus encargos de principio a fin, no había manera de escurrir el bulto. Tres o cuatro meteduras de pata en los repartos y estabas despedido.
Vagabundos e indolentes, todos los que allí trabajá­bamos sabíamos que teníamos los días contados. Así que andábamos relajados y aguardábamos a que descubriesen lo ineptos que éramos. Mientras tanto, vivíamos integra­dos en tal sistema, les dábamos unas pocas horas de ho­nestidad y bebíamos juntos por las noches.
Eramos tres. Uno, yo. Y un tío que se llamaba Héctor Gonzalves, alto, con los hombros caídos, plácido. Tenía una adorable esposa mejicana que vivía con él en una gran cama doble por arriba de Hill Street. Yo lo sabía porque una noche había estado allí con él bebiendo cer­veza y luego había acojonado a su mujer. Héctor y yo habíamos llegado después de una noche de borrachera en diversos bares y yo la saqué de un tirón de la cama y la besé delante de Héctor. Me figuré que llegado el caso podría noquearle. Todo lo que tenía que hacer era mante­ner un ojo alerta por si sacaba la navaja. Finalmente, me disculpé por ser tan gilipollas. No pude culparla por no mostrarse muy amigable conmigo. Nunca volví allí.
El tercero era Alabam, un ladronzuelo de poca monta. Robaba espejos retrovisores, tornillos y tuercas, destor­nilladores, bombillas, reflectores, bocinas, baterías. Roba­ba bragas de mujer y sábanas de los tenderos, alfombras de los recibidores, felpudos de los portales. Se iba a los supermercados y compraba un saco de patatas, pero en el fondo del saco iban filetes, jamón, latas de anchoas, etc. Se hacía llamar George Fellows. George tenía una desa­gradable costumbre: bebía conmigo, y cuando yo esta­ba completamente pasado y ya casi indefenso, me ataca­ba. Quería a toda costa azotarme en el culo, pero era un tío enclenque y cobarde como una hiena. Yo siempre me las arreglaba para levantarme lo suficiente para pegarle una en el vientre y otra en la sien, que le mandaban tro­pezando y cayéndose hasta el final de las escaleras, dejan­do normalmente por el camino objetos robados que se le caían del bolsillo —mi bayeta, un abrelatas, un desper­tador, mi pluma, un frasco de pimienta, o quizás un par de tijeras.
El encargado del almacén de bicicletas, el señor Han-sen, era un hombre de cara colorada, sombrío, con la len­gua verde de chupar caramelos de menta para quitarse el aliento a whisky. Un día me llamó a su oficina.
—Oye, Henry, esos dos tipos son bastante imbéci­les ¿no?
—A mí me caen bien.
—Pero, quiero decir que, Héctor especialmente... real­mente es un imbécil. Oh, entiéndeme, está bien, pero quie­ro decir que, bueno, ¿crees que es capaz de hacer algo de provecho?
—Héctor está bien, señor.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto.
—Y ese Alabam, tiene ojos de comadreja. Probable­mente nos roba seis docenas de pedales de bicicleta cada mes ¿no crees?
—Yo no lo creo así, señor. Yo nunca le he visto llevar­se nada.
—Chinaski...
—¿Sí, señor?
—Te voy a aumentar el sueldo diez dólares a la se­mana.
—Gracias, señor. —Nos dimos la mano. Fue entonces cuando me di cuenta de que él y Alabam estaban compin­chados y birlaban material del almacén.



39

Jan tenía un polvo excelente. Había tenido dos niños, pero tenía un polvo de lo más acojonante. Nos habíamos conocido en una camioneta-bar —yo estaba gastando mis últimos cincuenta centavos en una grasienta hamburgue­sa— y hablamos empezado a hablar. Ella me invitó a una cerveza, me dio un número de teléfono, y tres días más tarde me mudaba a su apartamento.
Tenía un chochito prieto y recibía la polla como si fuese un cuchillo que fuera a matarla. Me recordaba a una pequeña cerdita, jamona y lujuriosa. Había en ella la suficiente rabia y hostilidad como para hacerme sen­tir que con cada embestida de mi cuchillo le pagaba de vuelta sus ataques de mala leche. Le habían extirpado un ovario y aseguraba que no podía quedarse preñada; pero, para tener un solo ovario, respondía generosamente.
Jan se parecía mucho a Laura —sólo que era más delgada y más bonita, con una larga cabellera rubia que le caía por los hombros y unos hermosos ojos azules. Era extraña; siempre estaba cachonda por las mañanas a pesar de la resaca. Yo por las mañanas y con resaca no podía andar muy caliente. Yo era un hombre nocturno. Pero, por la noche, ella siempre estaba chillándome y arrojándome cosas: teléfonos, guías telefónicas, botellas, vasos (llenos y vacíos), radios, bolsos, guitarras, cenice­ros, diccionarios, relojes de pulsera rotos, despertado­res... Era una mujer fuera de lo corriente. Pero había una cosa con la que siempre había que contar. Ella quería follar por las mañanas, con muchas ganas. Y yo tenía que ir al almacén de bicicletas.
Una mañana típica, mirando el reloj, la eché el primer polvo, gargajeando, con ganas de toser y con náuseas, tratando de disimularlo, luego me calenté, me corrí y me eché a un lado.
—Ya está —dije—, voy a llegar con quince minutos de retraso.
Ella salió trotando hacia el baño, feliz como un pája­ro, se limpió, canturreó, se miró el vello de las axilas, se miró en el espejo, se preocupó un poco más por la edad que por la muerte, luego volvió trotando y se metió entre las sábanas mientras yo me embutía mis mancha­dos calzoncillos dispuesto a salir e integrarme al alboroto del tráfico afuera en la Tercera Calle y tirar luego hacia el este para ir a mi trabajo.
—Vuelve a la cama, papi —dijo ella.
—iMra, acabo de conseguir un aumento de sueldo.
—No tienes por qué hacer nada. Sólo túmbate a mi lado un ratito.
—Oh, mierda, nena.
—¡Por favor! Sólo cinco minutos.
—Oh, joder.
Volví a meterme. Ella apartó las sábanas y me agarró las pelotas. Luego me agarró el pene.
—¡Oh, qué mono es!
Yo pensaba: ¿cuándo cojones podré salir de aquí?
—¿Te puedo preguntar una cosa?
—Venga.
—¿Te importa si lo beso?
—No.
Oía y sentía sus besos, luego noté pequeños lametones. Luego me olvidé de todo lo que se refiriese al almacén de bicicletas. Luego la oí romper un periódico. Sentí algo ajustándose a la punta de mi polla.
—Mira —me dijo.
Me senté. Jan había construido un pequeño sombrerito de papel y me lo había colocado en la punta de la polla. Alrededor del glande había enlazado una pequeña cinta amarilla. La cosa se mantenía graciosamente er­guida.
—¡Ay!, ¿a que está muy guapo? —me preguntó.
—¿El? Eso soy yo.
—Oh, no, no eres tú, es él, tú no tienes nada que ver con él.
—¿Que no?
—No. ¿Te importa que lo bese otra vez?
—Está bien, está bien, adelante.
Jan quitó el sombrerito y sosteniéndolo con una mano empezó a besar allí donde había estado puesto. Sus ojos me miraban profundamente. El glande entró en su boca. Me caí de espaldas, condenado para siempre.



40

Llegué al almacén de bicicletas a las 10 :30 de la maña­na. La hora de entrada era a las 8. Era la pausa de media mañana y el vagón del café estaba a la puerta. El perso­nal del almacén estaba allí fuera. Me acerqué y pedí un café doble y una rosquilla con mermelada. Hablé con Carmen, la secretaria del encargado, acerca de las curio­sidades de los camiones de carga. Como de costumbre, llevaba un vestido estrechamente ajustado que se amol­daba a su cuerpo como un globo hinchado se amolda al aire que contiene, quizás más aún. Tenía capas y capas de lápiz de labios rojo oscuro y mientras hablaba se man­tenía a la mínima distancia posible, mirándome a los ojos y riéndose, frotando partes de su cuerpo contra mí. Carmen era tan agresiva que asustaba, te daban ganas de salir corriendo ante tal presión. Como la mayoría de las mujeres, quería aquello que no tenía, pero Jan me estaba absorbiendo todo el semen y alguna cosa más. Carmen pensó que yo me lo estaba montando de duro sofisticado. Yo me inclinaba hacia atrás comiéndome mi rosquilla y ella se echaba sobre mí. Acabó el descanso y todos entra­mos al almacén. De repente me imaginé sosteniendo las bragas de Carmen, ligeramente manchadas de caca con uno de mis dedos del pie mientras yacíamos juntos desnu­dos en la cama en su apartamento de Main Street. El se­ñor Hansen, el encargado, estaba parado en la puerta de su oficina.
—¡Chinaski! —bramó. Conocí el tono: todo había aca­bado para mí.
Me acerqué hasta él y me paré enfrente suyo. Estaba vestido con un traje marrón claro de verano recién plan­chado, corbata ancha (verde), camisa marrón claro y za­patos negro-marrón claro exquisitamente relucientes. De repente me apercibí de los clavos en las suelas de mis gastados zapatos pinchándome en las plantas de los pies. Me faltaban tres botones de la sucia camisa. La crema­llera de mis pantalones se había atascado por la mitad. La hebilla de mi cinturón estaba rota.
—¿Sí? —pregunté.
—Voy a tener que despedirle.
—Bueno.
—Es usted un empleado cojonudo, pero voy a tener que despedirle.
El tío estaba en una situación embarazosa, a mí me daba un poco de corte por él.
—Ha estado llegando al trabajo a las diez y media durante cinco o seis días. ¿Cómo se cree que les sienta esto a los otros empleados? Ellos trabajan una jornada de ocho horas.
—Estoy de acuerdo. Relájese.
—Mire, yo de joven también era un tío duro. Solía aparecer por el trabajo con un ojo morado tres o cua­tro veces al mes. Pero todos los días estaba allí, trabajando y apechugando con mi deber. Puntual. Poco a poco me fui abriendo camino.
No contesté.
—¿Qué es lo que le pasa? ¿Cómo es que de repente ya no puede venir puntual al trabajo?
Tuve una súbita intuición de que podía salvar mi tra­bajo si le daba una respuesta adecuada.
—Verá, es que me acabo de casar. Ya sabe lo que son estas cosas. Estoy en mi luna de miel. Por las mañanas, empiezo a ponerme mis vestidos, el sol brilla a través de las persianas y ella me arrastra de nuevo al lecho para una última ración de cuello de pavo.
No funcionó.
—Daré orden de que le extiendan su liquidación.
Hansen se volvió hacia su oficina. Entró y oí como le decía algo a Carmen. Tuve otra repentina inspiración y le llamé con unos golpecitos en uno de los paneles de cristal. Hansen levantó la mirada, se acercó y abrió el cristal.
—Oiga —le dije—, yo nunca me lo he hecho con Car­men, de verdad. Es muy bonita, pero no es mi tipo. Hága­me el cheque por toda la semana.
Hansen se dio la vueta.
—Hazle el cheque por una semana.
Era sólo martes. Era algo que no me esperaba —pero él y Alabam estaban por aquel entonces sacando cerca de 20.000 pedales del almacén. Carmen se acercó y me en­tregó el cheque. Se quedó allí y me sonrió con indiferen­cia mientras Hansen se sentaba al teléfono y llamaba a la oficina de Desempleo del Estado.



41

Todavía conservaba mi coche de treinta y cinco dóla­res. Los caballos estaban calientes. Nosotros estábamos calientes. Jan y yo no sabíamos nada de caballos, pero confiábamos en la suerte. En aquellos días se corrían ocho carreras en vez de nueve. Nosotros teníamos una fórmu­la mágica —la llamábamos «Harmatz en la octava». Willie Harmatz era un jockey más que decente, pero tenía pro­blemas de peso, igual que Howard Grant los tiene ahora. Examinando las estadísticas, nos habíamos dado cuenta de que Harmatz con frecuencia conseguía ganar en la última carrera, dando normalmente muy buenos divi­dendos.
No íbamos allí todos los días. Algunas mañanas está­bamos demasiado enfermos por culpa de la bebida como para levantarnos de la cama. Entonces nos levantába­mos ya entrada la tarde, bajábamos a la tienda de lico­res, nos quedábamos allí un rato, luego nos pasábamos una hora o dos en algún bar, escuchábamos la máquina tocadiscos, observábamos a los borrachos, fumábamos, es­cuchábamos la risa de los muertos... era una agradable forma de vivir.
Teníamos suerte. Parecía que sólo acabáramos en el hipódromo los días adecuados.
—Pero oye —le decía a Jan—, no puede hacerlo otra vez... es imposible.
Y allí llegaba Willie Harmatz, con la vieja carrera de estirón de siempre, remontando en el último momento, atravesando el tupido pelotón, superando la angustiosa distancia... Allí venía el viejo Willie a 16, a 8 a uno, a 9 a dos. Willie seguiría salvándonos cuando todo el resto del mundo se volviese indiferente y se diese por vencido.
El coche de treinta y cinco pavos casi siempre arran­caba, ese no era el problema; el problema era poner las luces. Después de la octava carrera siempre estaba ya muy oscuro. Jan normalmente insistía en llevar una bo­tella de oporto en su bolso. En el hipódromo bebíamos cerveza y si las cosas iban bien, bebíamos en el bar del hipódromo, principalmente escocés con agua. Yo ya tenía una multa por conducir borracho y ahora me veía condu­ciendo una coche sin luces, sin saber apenas por dónde íbamos.
—No te preocupes, nena —decía yo—, el próximo ba­che que cojamos encenderá las luces.
Teníamos la ventaja de los amortiguadores rotos.
—¡Ahí hay un socavón! ¡Sujétate el sombrero!
—¡No tengo sombrero!
Yo pasaba por encima.
¡TUMP! ¡TUMP! ¡TUMP!
Jan rebotaba de arriba a abajo, tratando de soste­ner su botella de oporto. Yo me aferraba al volante y tra­taba de divisar un poco de luz carretera adelante. El atra­vesar baches siempre conseguía encender las luces. Unas veces antes, otras después, pero siempre acababan encen­diéndose.



42

Vivíamos en el cuarto piso de una vieja casa de apar­tamentos; teníamos dos habitaciones en la parte trasera. La casa estaba construida al borde de un precipicio, de tal modo que cuando mirabas por la ventana parecía que estabas a una altura de doce pisos en vez de cuatro. Era muy semejante a vivir en el borde del mundo —un últi­mo lugar de descanso antes del salto al vacío.
Mientras tanto, nuestra racha de suerte en el hipódromo se había terminado, como se terminan todas las ra­chas de suerte. Nos quedaba muy poco dinero y bebía­mos vino. Oporto y moscatel. Teníamos alineadas en el suelo de la cocina varias garrafas de vino, seis o siete; delante de ellas había cuatro o cinco botellas de litro, y delante tres o cuatro de medio litro.
—Algún día —le dije a Jan—, cuando se demuestre que el mundo tiene cuatro dimensiones en vez de sólo tres, un hombre podrá salir a dar un paseo y desaparecer porque sí. Sin funerales, sin lágrimas, sin ilusiones, sin cielo ni infierno. La gente estará por ahí sentada y se pre­guntará «¿Qué le ha pasado a George?». Y alguien dirá, «Bueno, no sé. Dijo que iba a por un paquete de ciga­rrillos».
—Oye —le pregunté—. ¿Qué hora es? Quiero saber la hora.
—Bueno, vamos a ver, pusimos en hora el reloj con la radio ayer a medianoche. Sabemos que se adelanta 35 mi­nutos cada hora. Señala ahora las 7 y media de la tarde, pero sabemos que no es verdad porque todavía no está lo bastante oscuro. Muy bien. Esto son 7 horas y media. 7 veces 35 minutos son 245 minutos. La mitad de 35 son 17 y medio. Eso nos da 252 minutos y medio. De acuerdo, eso son 4 horas y 43 minutos y medio que le restamos y que nos lleva a las 3 menos 12 minutos y medio. Es la hora de almorzar y no tenemos nada que comer.
Nuestro reloj se había caído y se había averiado. Yo lo había arreglado. Le había quitado la tapa trasera y ha­bía descubierto una avería en el muelle principal y en la cuerda. La única manera de hacer que el reloj volviera a andar era acortar y tensar el muelle principal. Esto afec­taba a la velocidad de las manecillas; casi podías ver cómo se movía el minutero.
—Vamos a abrir otra garrafa de vino —dijo Jan.
Realmente no teníamos nada más que hacer, sólo be­ber y hacer el amor.
Nos habíamos comido todo lo que se podía comer.
Por la noche salíamos de paseo y robábamos cigarrillos de las guanteras de los automóviles aparcados.
—¿Quieres que haga unas tortitas? —preguntó Jan.
—No sé si podré con ninguna más.
No teníamos mantequilla ni manteca, y Jan freía las tortitas a palo seco. Tampoco había pasta de tortitas —era harina mezclada con agua. Salían totalmente en­crespadas y duras.
—¿Qué clase de hombre soy? —me pregunté en voz alta—. ¡Mi padre me advirtió que acabaría de este modo! ¿Es que no puedo salir a la calle y conseguir algo? Voy a salir a la calle a conseguir algo... Pero primero, un buen trago de vino.
Llené un vaso grande con oporto. Era de garrafa y tenía un sabor vil y nauseabundo, no podías pensar en ello mientras lo bebías a riesgo de vomitarlo al ins­tante. Así que siempre proyectaba otra película en mi cinelandia mental cuando me pegaba un trago. Pensaba en un viejo castillo en Escocia cubierto de musgo —con puentes levadizos, aguas azules, árboles, cielo azul, nubes en cúmulos. O pensaba en una seductora dama quitándose un par de medias de seda muy muy lentamente. Esta vez escogí la película de las medias de seda.
Me tragué el vino.
—Me voy. Hasta luego, Jan.
—Hasta luego, Henry.
Bajé hasta el vestíbulo, pateándome los cuatro pisos de escaleras, con mucho cuidado al pasar por el aparta­mento del casero (estábamos atrasados con el alquiler) hasta llegar a la calle. Bajé por la colina. Estaba entre la sexta y Union Street. Crucé la sexta y me dirigí hacia el este. Allí había un pequeño mercado. Pasé junto al mer­cado, entonces me di media vuelta y me acerqué. La tien­da de verduras estaba junto a la calle. Fuera había toma­tes, pepinos, naranjas, piñas y uvas. Me quedé mirándolo todo. Eché un vistazo al interior de la tienda; había un viejo con un delantal. Estaba hablando con una mujer.
Agarré un pepino, me lo guardé en el bolsillo y me alejé de allí. Estaba a unos cuantos metros de distancia cuando oí que me gritaban:
—¡Eh, señor! ¡SEÑOR! ¡Deje ese PEPINO donde esta­ba o llamo a la POLICÍA! ¡Si no quiere ir a la CARCEL, traiga aquí ESE PEPINO!
Me di la vuelta y recorrí el largo camino de regreso. Había tres o cuatro personas observando. Saqué el pepino de mi bolsillo y lo volví a poner en la cima de la pirá­mide. Luego me fui caminando hacia el oeste. Subí por Union Street hacia el lado oeste de la colina. Entré por el portal y me subí los cuatro pisos de escaleras. Abrí la puerta. Jan me miró desde detrás de su bebida.
—Soy un desastre —dije—, ni siquiera puedo robar un pepino.
—No pasa nada.
—Haz unas tortitas.
Me acerqué a la garrafa y me serví otro trago.
...Estaba montado en un camello cruzando el Sahara. Tenía una gran nariz, que se asemejaba en cierto modo al pico de un águila, pero aun así era muy hermoso, sí, con blancas vestiduras ajustadas con cordones verdes. Y tenía valor, había matado a más de uno. Llevaba una gran cimitarra sujeta a mi cinturón. Iba camino de la tien­da donde una niña de catorce años bendecida con una gran sabiduría y un himen inmaculado me esperaba con ansiedad, tendida en un inmenso camastro oriental, re­cargado de ornatos...
La bebida bajó por mi esófago; el veneno sacudió mi cuerpo; pude oler la harina quemándose. Serví un trago para Jan y me serví otro trago para mí.
En algún momento de aquellas noches infernales, aca­bó la segunda guerra mundial. La guerra nunca había sido para mí más que una vaga realidad, pero ahora había terminado. Y los trabajos que siempre habían sido difíciles de obtener, ahora lo iban a ser aún más. Me levanta­ba todas las mañanas y recorría todas las agencias públi­cas de empleo, empezando por el mercado de trabajo en granjas. Me levantaba a duras penas a las 4:30 de la ma­drugada, con resaca, y estaba normalmente de vuelta an­tes del mediodía. Caminaba de una agencia a otra, en un peregrinaje sin fin. A veces conseguía algún trabajo ocasional por un día descargando camiones, pero esto era sólo después de recurrir a una agencia privada que se llevaba un tercio de tus ganancias. En consecuencia, había muy poco dinero y nos íbamos retrasando más y más en el pago del alquiler. Pero manteníamos las bote­llas de vino en brava formación, hacíamos el amor, nos peleábamos y esperábamos.
Cuando teníamos un poco de dinero nos íbamos al gran Mercado Central y comprábamos carne barata para estofado, zanahorias, patatas, cebollas y apio. Lo ponía­mos todo en una cazuela y nos sentábamos a conversar, sabiendo que íbamos a comer, oliéndolo todo —las cebo­llas, las verduras, la carne— escuchando cómo se cocía. Liábamos cigarrillos y nos íbamos juntos a la cama y nos levantábamos y cantábamos canciones. A veces subía el casero y nos decía que no armásemos escándalo, recor­dándonos, de paso, que estábamos retrasados en el pago del alquiler. Los vecinos nunca se quejaban de nuestras peleas, pero no les gustaban nuestras canciones:
Tengo mucho de nada; Old man river; Botones y ba­llestas; A volteretas con las zarzas voltereteras; Dios ben­diga América; Deutschland über alies; El retrato de Bo-naparte; Me pongo triste cuando Hueve; Mantén alto tu lado soleado; No queda dinero en el banco; Quién teme al lobo feroz; Cuando cae el púrpura profundo; Una tara una tarea; Me casé con un ángel; Los pobres corderitos se han perdido; Quiero una chica igual que la chica que se casó con mi papá; Cómo demonios los vas a guardar en la granja; Si hubiera sabido que venías hubiera cocinado un pastel...



43

Una mañana estaba demasiado enfermo como para levantarme a las 4:30 de la madrugada —o de acuerdo con nuestro reloj, a las 7:27 y treinta segundos. Apagué la alarma y me volví a dormir. Un par de horas más tarde se oyó un fuerte ruido en el vestíbulo.
—¿Qué coño ha sido eso? —le pregunté a Jan.
Salí de la cama. Dormía en calzoncillos. Los calzon­cillos estaban muy manchados —los limpiaba con perió­dicos que mojábamos y reblandecíamos con las manos—, pero generalmente no podía quitar las manchas. También estaban hechos jirones, y tenían quemaduras de ciga­rrillos.
Fui hasta la puerta y la abrí. Había una humareda muy espesa en el vestíbulo. Y bomberos con grandes cascos de metal con números pintados delante. Bomberos arras­trando largas mangueras de gruesa lona. Bomberos vesti­dos de amianto. Bomberos con hachas. El ruido y la confusión eran increíbles. Cerré la puerta.
—¿Qué pasa? —me preguntó Jan adormilada.
—Son los bomberos.
—Ah —dijo ella. Volvió a taparse con las mantas y se dio la vuelta. Yo me metí a su lado en la cama y me dormí.



44

Me contrataron finalmente en un almacén de recam­bios de automóviles. Estaba en Flower Street, bajando por la Onceava calle. Vendían al detall en la parte delan­tera y también se encargaban de ventas al por mayor a otros distribuidores y tiendas. Tuve que hacer el nume-rito para conseguir el empleo —les dije que me gustaba pensar en mi trabajo como un segundo hogar. Eso les gustó.
Era el empleado de recibos. También solía recorrerme media docena de sitios en la vecindad apuntando pedidos. Me ayudaba a olvidarme del gran edificio.
Un día, durante el descanso del almuerzo, me fijé en un muchacho chicano con un aire intenso e inteligente que estaba leyendo las carreras del día en el periódico.
—¿Juegas a los caballos? —le pregunté.
—Sí.
—¿Me dejas ver el periódico?
Eché un vistazo a las carreras. Le devolví luego el pe­riódico.
—My Boy Bobby tiene que ganar en la octava.
—Ya lo sé. Y no sale favorito.
—Lo tiene chupado, es el mejor de todos.
—¿Cuánto crees que pagarán?
—Alrededor de 9 a 2.
—Hostia, me gustaría poder apostarle.
—También a mí.
—¿A qué hora se corre la última en Hollywood Park? —me preguntó.
—A las cinco y media.
—Nosotros salimos de aquí a las cinco.
—Nunca conseguiremos llegar.
—Podemos intentarlo. My Boy Bobby va a ganar.
—Estamos de suerte.
—¿Vienes conmigo?
—Claro.
—Estáte atento al reloj. A las cinco en punto nos lar­gamos.
A las cinco menos diez los dos estábamos trabajando lo más cerca posible de la salida. Mi compañero, Manny, miró su reloj.
—Robaremos dos minutos. Cuando yo empiece a co­rrer, sígueme.
Manny estuvo colocando cajas de repuestos en una re­pisa trasera. De repente, salió como un rayo. Yo salí a toda leche detrás suyo y en un instante estábamos fuera del almacén, bajando descosidos por el callejón. El tío era un buen corredor. Supe más tarde que había sido campeón de los cuatrocientos metros en la universidad. Yo le seguí a dos metros de distancia a lo largo de todo el callejón. Su coche estaba aparcado junto a la esquina; abrió las puertas, montamos y salimos despendolados.
—Manny, nunca lo conseguiremos.
—Lo conseguiremos. Sé manejar este cacharro.
—Debemos estar a unos quince kilómetros de distan­cia. Tenemos que llegar allí, aparcar, luego ir desde el parking a la entrada y de allí a la ventanilla de apuestas.
—Sé cómo manejar este cacharro. Lo conseguiremos.
—No podemos pararnos ni siquiera en un disco en rojo.
Manny tenía un bonito coche nuevo y sabía como co­larse entre los huecos del tráfico.
—Yo he jugado en todos los hipódromos de este país —dijo.
—¿También en Caliente?
—Sí, también allí. Los hijos de puta se llevan el vein­ticinco por ciento del dinero apostado.
—Ya lo sé.
—En Alemania es peor. En Alemania se llevan el cin­cuenta.
—¿Y consiguen que la gente apueste?
—Aun así consiguen apuestas. Los mamones se creen que todo lo que tienen que hacer es acertar el ganador.
—Nosotros les damos el seis por ciento, eso ya es bas­tante.
—Mucho. Pero un buen jugador puede pasarse ese robo por el culo.
—Sí.
—¡Mierda, un disco en rojo!
—Al carajo. Pásatelo.
—Voy a meterme a la derecha —Manny dio un volan-tazo, se coló entre dos coches y se pasó el semáforo—. Vigila por si viene algún coche patrulla.
—Vale.
Manny realmente sabía manejar el cacharro. Si apos­taba a los caballos igual que conducía, Manny era un ga­nador seguro.
—¿Estás casado, Manny?
—Qué va.
—¿Mujeres?
—A veces, pero nunca dura.
—¿Cuál es el problema?
—Una mujer es una ocupación para todo el día. Tienes que elegir entre ella o tu profesión.
—Yo creo que existe un desahogo emocional.
—Y físico también. Ellas quieren follar día y noche.
—Búscate una con la que te guste follar.
—Sí, pero si tú bebes o juegas, ellas se creen que estás despreciando su amor.
—Búscate una a la que le guste beber, jugar y follar.
—¿Quién quiere una mujer así?
Llegamos a la entrada del parking. El aparcamiento era gratis después de la séptima carrera. La entrada al hipódromo también. No tener el programa ni una revista hípica era un jodido problema. Si había habido algún cambio, no podías estar seguro de qué número llevaba tu caballo.
Manny cerró su coche y empezamos a correr. Manny me sacaba cuatro cuerpos en la explanada del parking. Corrimos pasando la verja abierta y a través del túnel, que en Hollywood Park es bastante largo. Salimos del túnel al recinto del hipódromo, apuré el paso hasta quedar a sólo cinco cuerpos de Manny. Pude ver los ca­ballos en la valla de salida. Hicimos un sprint desespe­rado hasta las ventanillas de apuestas.
—My Boy Bobby... ¿Qué número lleva? —le grité a un hombre con una sola pierna mientras íbamos corrien­do. Antes de que pudiera contestarme, yo ya estaba dema­siado lejos para oírle. Manny corrió hacia la ventanilla de cinco dólares. Cuando yo llegué ya tenía su boleto.
—¿Cuál es su número?
—¡El 8! ¡Es el caballo número 8!
Eché mis cinco dólares y recogí el boleto en el mo­mento en que sonaba el timbre cerrando todas las má­quinas de apuestas y salían los caballos de la valla.
Bobby tenía en el totalizador un 4 bajado de la línea de la mañana a 6 a uno. El caballo 3 era el favorito: 6 a 5. Era un premio de 8.000 dólares, mil ochocientos me­tros. Cuando pasaron por primera vez, el favorito iba con­duciendo el pelotón con una cabeza de ventaja y Bobby galopaba a su lado como un ejecutor. Iba corriendo con potencia y relajado.
—Teníamos que haberle puesto diez dólares —dije—, lo tiene en el bote.
—Sí, hemos escogido al ganador. Está hecho, a no ser que algún petardazo mastuerzo salga de repente del pelotón.
Bobby se mantuvo al lado del favorito la mitad del recorrido hasta que llegaron a la última curva, entonces dio su repechón antes de lo que yo me esperaba. Era un truco que a veces utilizaban los jockeys. Bobby adelan­tó al favorito, se pegó a la valla e hizo su sprint en ese momento en vez de esperar a los metros finales. Les lle­vaba tres cuerpos y medio de ventaja en el punto culmi­nante del estirón. Pero entonces salió del pelotón el ca­ballo que nos podía hacer la puñeta, el número 4, estaba a 9 a uno y se estaba acercando. Pero Bobby volaba por la inercia. Ganó sin necesidad de fustigarle por dos cuer­pos y medio de ventaja, y pagaron a 10,40 dólares.



45

Al día siguiente en el trabajo nos preguntaron el moti­vo de nuestra marcha repentina. Admitimos que había­mos ido a apostar en la última carrera y que teníamos intención de volver aquella tarde. Manny había elegido su caballo y yo también. Algunos de los chicos nos pregun­taron si podíamos hacer algunas apuestas por ellos. Yo dije que no sabía. Al mediodía, Manny y yo nos fuimos a almorzar a un bar.
—Hank, vamos a cogerles sus apuestas.
—Esos tíos no tienen apenas dinero, todo lo que tie­nen es la calderilla para el café y el chicle que les dan sus esposas y no tenemos tiempo para andar haciendo el imbécil en las ventanillas de dos dólares.
—No vamos a apostar su dinero, nos lo guardaremos.
—Pero supón que ganan.
—No ganarán. Siempre escogen el caballo equivocado. De algún modo se las arreglan siempre para escoger el caballo equivocado.
—Supón que apuestan a nuestro caballo.
—Entonces sabremos que nos hemos equivocado de caballo.
—Manny, ¿qué haces trabajando con repuestos de automóviles?
—Descansando. Mis ambiciones sufren el handicap de la pereza.
Nos bebimos otra cerveza y volvimos al almacén.



46

Corrimos a través del túnel en el momento en que los estaban colocando en la valla de salida. Nos gustaba Hap-py Needles. Sólo estaba 9 a 5 y yo me figuraba que no podíamos ganar dos días seguidos, así que sólo le aposté 5 dólares. Manny le puso 10 dólares a ganador. Happy Needles ganó por una cabeza, rematando por el exterior en los últimos metros. Teníamos el ganador y también teníamos 32 dólares de apuestas equivocadas, cortesía de los chicos del almacén.
Se corrió la voz y los chicos de los otros almacenes donde yo iba a recoger los pedidos me entregaban sus apuestas. Manny tenía razón, muy raras veces acertaban. No sabían cómo apostar; apostaban al muy favorito o al caballo imposible, cuando el adecuado siempre andaba por la mitad de la escala. Me compré un buen par de za­patos, un cinturón nuevo y dos costosas camisas. El due­ño del almacén dejó de parecerme tan poderoso. Manny y yo comenzamos a tomarnos más tiempo con nuestros al­muerzos y a volver fumando habanos de primera. Pero seguía siendo una brutal galopada todas las tardes para llegar a la última carrera. La muchedumbre del hipódro­mo ya nos conocía de vernos aparecer siempre corriendo por aquel túnel, y todas las tardes nos aguardaban. Nos animaban aplaudiendo y agitando sus revistas hípicas, y los vítores parecían crecer cuando pasábamos a su lado en el sprint final hasta la ventanilla de apuestas.



47

La nueva vida no le sentó bien a Jan. Ella estaba acos­tumbrada a sus cuatro polvos diarios y a verme pobre y humilde. Después de la jornada en el almacén y luego de la carrera salvaje y el sprint final a través del parking y túnel abajo, no me quedaba mucho amor en el cuerpo. Cuando llegaba por la noche, ella siempre estaba sumer­gida en su vaso de vino.
—El señor juegacaballos —me decía al entrar. Estaba completamente vestida; con tacones altos, medias de ny-lon y las piernas cruzadas bien altas, balanceando el pie—. El gran señor juegacaballos. Sabes, cuando te conocí me gustaba el modo que tenías de cruzar una habitación, andabas como si fueses atravesando paredes, como si lo poseyeses todo, como si nada importase. Ahora consigues tener unos cuantos pavos en el bolsillo y dejas de ser el mismo. Actúas como un estudiante de dentista o un fontanero.
—No me empieces a largar ningún rollo de fontane­ros, Jan.
—No me has hecho el amor en dos semanas.
—El amor toma muchas formas. El mío ha tomado una forma más sutil.
—No me has follado en dos semanas.
—Ten paciencia. En seis meses estaremos de vacacio­nes en Roma, en París...
—¡Mírate! Sirviéndote ese whisky bueno y dejándome a mí aquí tirada bebiendo este vino barato pudretripas.
Yo me relajaba en una silla y movía los cubitos de hielo con el whisky. Llevaba puesta una costosa camisa amarilla, bastante chillona, y unos pantalones nuevos, ver­des con rayitas blancas.
—¡El gran señor juegacaballos!
—Te doy el alma, te doy sabiduría y luz y música y un poco de diversión. Aparte, soy el más grande jugador de caballos del mundo.
—¡Mierda de caballo!
—No, jugador de caballos. —Me bebí el whisky, me levanté y me serví otro.



48

Las discusiones eran siempre las mismas. Entonces lo comprendí muy bien —los grandes amantes eran siempre hombres ociosos. Yo follaba mejor siendo un vagabundo desocupado que siendo un salta-cronómetros.
Jan comenzó su contraataque, que consistía en discu­tir conmigo, enfurecerme y luego salir corriendo por las calles y más tarde entrar en los bares. Todo lo que tenía que hacer era sentarse sola en la barra y las bebidas, las ofertas, venían rápido. A mí no me pareció que eso fuese honesto por su parte, naturalmente.
La mayoría de las noches se repetía la misma canción. Ella me gritaba, agarraba su bolso y se largaba pegando un portazo. Era efectivo; habíamos vivido juntos y nos habíamos amado durante mucho tiempo, tenía que afec­tarme y me afectaba. Pero siempre la dejaba irse y me sentaba sin remedio en mi silla bebiendo mi whisky y conectaba la radio para escuchar un poco de música clásica. Sabía que ella estaba ahí fuera, y sabía que al­guien más estaría con ella, pero tenía que dejar que ocu­rriera, tenía que dejar que las cosas siguiesen su propio curso.
Pero cierta noche, estaba ahí sentado cuando algo se quebró en mi interior, pude sentir como se quebraba, algo se agitó y creció dentro de mí y entonces me levanté y bajé los cuatro pisos de escaleras hasta la calle. Bajé por la Tercera y Unión Street hasta la Sexta y luego seguí por la Sexta hasta Alvarado. Pasé por las puertas de los bares y supe que estaba en uno de ellos. Tuve una intuición, entré en uno y allí estaba Jan sentada al fondo de la barra. Llevaba un pañuelo de seda verde y blanco extendido en bandolera. Estaba sentada entre un hombre flaco con una gran verruga en la nariz y otro que era una pequeña joroba de carne amontonada con gafas vestido con un viejo traje negro.
Jan me vio llegar. Alzó su cabeza y a pesar de la pe­numbra del bar la vi palidecer. Me acerqué hasta poner­me detrás de ella, pegado a su taburete.
—¡Traté de hacer de ti una mujer, pero nunca serás otra cosa que una maldita puta!
La pegué una bofetada del revés y la tiré de la ban­queta. Cayó con dureza al suelo y se puso a chillar. Cogí su bebida y me la acabé. Luego me fui tranquilamente caminando hacia la salida. Cuando llegué allí, me di la vuelta.
—Ahora, si hay alguien, aquí... al que no le guste lo que acabo de hacer... sólo tiene que decirlo.
No hubo respuesta. Supuse que les había gustado lo que acababa de hacer. Fui caminando de regreso por la calle Alvarado.



49

En el almacén de repuestos trabajaba cada vez menos. El señor Mantz, el dueño, se acercaba hasta el oscuro rincón donde yo estaba agachado poniendo con desgana nuevas piezas en los estantes y me preguntaba:
—Chinaski, ¿se encuentra bien?
—Sí.
—¿No está enfermo?
—No.
Entonces Mantz se alejaba. La escena se repitió una y otra vez con mínimas variaciones. Una vez me sorprendió haciendo un dibujo del callejón, de vuelta de uno de mis recados. Mis bolsillos estaban repletos de dinero de apues­tas. Las resacas no eran tan malas, teniendo en cuenta que eran causadas por el mejor whisky que el dinero po­día comprar.
Seguí allí dos semanas más recibiendo mis cheques. Entonces, un miércoles por la mañana, Mantz me espe­ró plantado junto a la línea central de repisas cercana a su oficina. Me llamó con un gesto. Cuando entré en su oficina, había vuelto a sentarse detrás de su escritorio.
—Siéntese, Chinaski.
En el centro del escritorio había un cheque, puesto boca abajo. Cogí el cheque deslizándolo por la mesa de cristal y me lo guardé en la cartera sin mirarlo.
—¿Sabía ya que íbamos a despedirle?
—No, pero a los patrones no cuesta mucho adivinarles las intenciones.
—Chinaski, no ha dado golpe en todo el mes, y lo sabe.
—Un hombre se rompe el alma trabajando y ustedes no lo aprecian.
—Usted no se ha estado rompiendo el alma, Chinaski.
Me quedé mirándome los zapatos durante un rato. No sabía qué decir. Entonces le miré.
—Le he estado dando mi tiempo. Es todo lo que tengo que dar, es todo lo que un hombre tiene. Por un cochino dólar cada cuarto de hora.
—Acuérdese de que nos suplicó por este trabajo. Dijo que el trabajo era su segundo hogar.
—...dándole mi tiempo para que usted pueda vivir en su mansión en lo alto de la colina y tener los lujos que desee. Si hay alguien que haya perdido en este trato, en este puto arreglo ...ese he sido yo, ¿entiende?
—Está bien, Chinaski.
—¿Está bien?
—Sí. Váyase.
Me quedé allí de pie. Mantz estaba vestido con un conservador traje marrón, camisa blanca y corbata rojo oscura. Traté de acabar la discusión con algo tajante.
—Mantz, quiero mi seguro de paro. No quiero tener ningún problema con eso. Ustedes siempre están tratando de arrebatarle a un obrero sus derechos. Así que no me ponga ningún problema o volveré aquí y se las tendrá que ver conmigo.
—Conseguirá el subsidio. ¡Ahora lárguese de una puñe-tera vez!
Me largué de una puñetera vez.



50

Tenía mis ganancias y el dinero de las apuestas, no te­nía nada que hacer salvo quedarme por. ahí tumbado y vaguear, y a Jan eso le gustaba. Pasadas dos semanas te­nía ya el seguro de paro y nos relajábamos y follábamos y nos recorríamos los bares y todas las semanas bajaba al Departamento de Desempleo del Estado de California y guardaba cola y recibía mi hermoso taloncito. Sólo tenía que responder a tres preguntas :
—¿Está usted capacitado para trabajar?
—¿Desea trabajar?
—¿Aceptaría un empleo?
—¡Sí! ¡Sí! ¡SI! —contestaba siempre.
Tenía que darles también una lista de tres compañías en las que hubiera intentado conseguir trabajo durante la semana. Yo cogía los nombres y las direcciones de la guía telefónica. Siempre me sorprendía cuando alguno de los solicitantes respondía «No» a cualquiera de las tres preguntas. Sus cheques eran inmediatamente anulados y se les conducía a otro despacho donde consejeros es­pecialmente entrenados les ayudaban a encauzar sus pa­sos por el camino correcto.
Pero a pesar de los cheques del paro y el respaldo del dinero del hipódromo, mi capital empezó a desvanecerse. Tanto Jan como yo éramos totalmente irresponsables cuando bebíamos duro y todos nuestros problemas em­pezaron con las multas. Cada dos por tres estaba bajando a la cárcel de mujeres de Lincoln Heights para sacar a Jan. Bajaba en el ascensor acompañada por una de las tremendas matronas guardianas, casi siempre con un ojo morado o un labio roto y muy a menudo una dosis de ladi­llas, cortesía de algún maníaco que se hubiese encontra­do en un bar o en cualquier otro sitio. Entonces venía el dinero de la fianza y los costes del juicio, además de una obligación impartida por el juez de asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos durante seis meses. Yo también me llevé mi tanda de condenas, fianzas y gastos de juicio. Jan me sacaba de la cárcel acusado de una variedad de cargos que iban desde intento de violación hasta asalto y desde exhibición indecente a escándalo público —per­turbar la paz era también uno de mis cargos favoritos. La mayoría de estas acusaciones no nos suponían tener que pasar ninguna temporada en la cárcel —mientras las fianzas fuesen pagadas—, pero era un gasto continuo y considerable. Me acuerdo de una noche en la que se nos quedó el coche repentinamente parado justo a la puerta del parque Mac Arthur. Miré por el retrovisor y dije:
—Muy bien, Jan, estamos de suerte. Un coche viene justo detrás nuestro y nos va a empujar. Menos mal que siempre hay algún alma caritativa en esta mierda de mundo.
Entonces volví a mirar:
—¡Agárrate el CULO, Jan, nos va a pegar un TRAS­TAZO!
El hijo de puta no había reducido en ningún momen­to la velocidad y nos pegó de lleno por detrás, de tal modo que el asiento delantero nos lanzó contra el para­brisas. Salí del coche y le pregunté al tío si había apren­dido a conducir en la China. También me cagué en toda su familia. Vino la policía y me preguntó si no me im­portaba soplar un poco en su globito.
—No lo hagas —me dijo Jan, pero yo pasé de escu­charla. De algún modo, tenía la convicción de que, como el tío había tenido la culpa dándonos el golpe, yo no podía estar intoxicado. Lo último que recuerdo es cómo me metían en el coche patrulla mientras Jan se quedaba allí junto a nuestro coche avenado con el asiento delantero caído hacia delante. Incidentes como este —que no para­ban, uno tras otro— nos costaron mucho dinero. Y poco a poco nuestras vidas iban derrumbándose por separado.



51

Jan y yo estábamos en Los Alamitos. Era sábado. Las carreras de cuarto de milla eran una novedad por aquel entonces. En dieciocho segundos eran un ganador o un jodido perdedor. En aquellos días las tribunas consistían en filas superpuestas de simples bancos de madera sin barnizar. Se estaba llenando de gente cuando llegamos, así que extendimos unos periódicos en nuestros asientos para señalar que estaban ocupados. Luego bajamos al bar a estudiar nuestros programas...
En la cuarta carrera llevábamos 18 dólares ganados descontando gastos. Hicimos nuestras apuestas para la siguiente carrera y volvimos a nuestros asientos. Un vie­jo bajito de pelo gris estaba sentado en mitad de nuestros periódicos.
—Señor, estos son nuestros asientos.
—Estos asientos no están numerados.
—Ya sé que no son asientos numerados. Pero es una cuestión de común cortesía. Verá... hay gente que llega aquí temprano, gente pobre, como usted y como yo, que no pueden pagar la entrada a los asientos reservados; esta gente extiende periódicos en sus asientos para indi­car que están ocupados. Es como un convenio ¿sabe? un convenio de cortesía... porque si los pobres no se com­portan decentemente entre sí, nadie lo va a hacer.
—Estos asientos NO están reservados.
Se acomodó un poco más en los periódicos que habíamos puesto allí.
—Jan, siéntate. Yo me quedaré de pie.
Jan trató de sentarse.
—Córrase un poco —le dije—, si no puede ser un ca­ballero, no sea un cerdo.
Dejó un poco de sitio y Jan se sentó. Mi caballo, que estaba 7 a 2, salía de la valla más exterior. Hizo una mala salida y tuvo que correr retrasado. Remontó en el último momento para quedar en fotografía junto al favorito a 6 a 5. Aguardé esperanzado. Subieron a la barra el núme­ro del otro caballo. Yo había apostado 20 dólares a ga­nador.
—Necesito un trago.
Dentro había un tablero totalizador de apuestas. Los dividendos de la siguiente carrera ya estaban puestos cuando entramos. Le pedimos bebidas a un tío que pare­cía un oso polar. Jan se miró en el espejo, preocupándose por la flaccidez de sus mejillas y las bolsas bajo sus ojos. Yo nunca me miraba en los espejos. Jan cogió su bebida.
—Ese viejo de nuestro asiento, tiene carácter. Es un viejo zorro con un par de cojones.
—No me agrada.
—Te dejó en mantillas.
—¿Qué quieres que le haga a un viejo?
—Si hubiese sido más joven tampoco hubieses podido hacerle nada.
Eché un vistazo al totalizador. Three-Eyed Pete estaba a 9 a 2, parecía tan bueno como el primer o el segundo favoritos. Acabamos nuestras bebidas y le aposté 5 dólar res a ganador. Cuando volvimos a los bancos, el viejo se­guía allí sentado. Jan se sentó junto a él. Las piernas de ambos se apretaban.
—¿Cómo se gana la vida? —le preguntó Jan.
—Vivo de las rentas. Me saco sesenta mil al año, libres de impuestos.
—¿Entonces por qué no va a los asientos reservados?
—Eso es prerrogativa mía.
Jan se pegó más a su lado. Le sonrió con la más bella de sus sonrisas.
—¿Sabe que tiene unos ojos azules preciosos?
—Uh, huh.
—¿Cómo se llama?
—Tony Endicott.
—Yo me llamo Jan Meadows. Me apodan Neblina.
Los caballos se colocaron en la valla de salida y co­menzó la carrera. Three-Eyed Pete salió el primero. Sacó una cabeza de ventaja todo el recorrido. En los últimos treinta metros el chico sacó la fusta, pegándole en el culo. El segundo favorito hizo un pequeño remate final. Otra vez quedaron en fotografía y supe que había per­dido.
—¿Tienes un cigarrillo? —le preguntó Jan a Endicott. El le pasó uno, ella se lo puso en la boca, y con el cuerpo pegado al suyo, él se lo encendió. Se miraron a los ojos. Yo me agaché y le agarré por el cuello de la camisa.
—Señor, está usted en mi asiento.
—Sí. ¿Qué piensa hacer al respecto?
—Mire bajo sus pies. ¿Ve el hueco que hay bajo el asiento? Es una caída de siete metros hasta el suelo. Le puedo tirar por ahí.
—No tiene cojones.
Subieron el número del segundo favorito. Había per-dido. De una patada le metí una de sus piernas por el hueco y empecé a empujarle. El se resistió, era sorpren­dentemente fuerte. Me clavó los dientes en la oreja izquierda; me estaba arrancando la oreja de un mordisco. Le puse los dedos alrededor de la garganta y empecé a ahogarle. Tenía un largo pelo blanco que le crecía en mitad de la garganta. Tosía y trataba de coger aire. Abrió la boca y pude zafar mi oreja. Le metí la otra pierna por el hueco. Tuve un flash en mi cerebro con una foto de Zsa Zsa Gabor: fría, muy arreglada, inmaculada, llena de perlas, con sus pechos a punto de salirse por el ancho es­cote... luego los labios, que jamás serían míos, dijeron no. Los dedos del viejo se aferraban al banco. Estaba suspendido bajo las tribunas. Le pisé una mano. Luego le pisé la otra. Cayó al vacío. Fue cayendo muy despacio. Pegó contra el suelo, rebotó una vez, subió más alto de lo que yo esperaba, volvió a caer, rebotó una segunda vez, muy poco, y se quedó tendido inmóvil en el suelo. No se veía nada de sangre. La gente a nuestro alrededor pasaba de todo, con las narices metidas en sus programas.
—Venga, larguémonos de aquí —dije yo.
Salimos por la verja lateral. La gente seguía estudian­do sus apuestas. Era una tarde benigna, no demasiado ca-lurosa, un clima agradablemente templado. Salimos fue­ra del hipódromo, pasamos los locales del club y vimos a través de la verja a los caballos salir de los cajones, reco­rriendo el lento círculo hasta la meta. Fuimos hasta la ex­planada del parking, subimos al coche y nos marchamos de allí. Conduje de vuelta a la ciudad, cruzando primero por los depósitos de petróleo y las fábricas, luego por el campo abierto pasando pequeñas granjas, tranquilas, agradables, con el heno ordenado en doradas pilas, los graneros con la pintura blanca gastaba bajo el sol ponienr te, pequeñas granjas asentadas en altos cerros, perfectas y acogedoras. Cuando llegamos a nuestro apartamento descubrimos que no había nada que beber. Mandé a Jan a que comprara algo. Cuando volvió, nos sentarnos y bebi­mos, sin hablar apenas.



52

Me desperté bañado en sudor. La pierna de Jan estaba encima de mi tripa. La aparté. Entonces me levanté y fui al baño. Tenía diarrea.
Pensé, bueno, sigo vivo y estoy aquí sentado y nadie me está jodiendo.
Entonces me levanté y me limpié, eché un vistazo a mi obra; vaya un plato, pensé, qué adorable y poderosa peste. Entonces vomité y tiré de la cadena. Estaba muy pálido. Un escalofrío me convulsionó todo el cuerpo, como una sacudida; luego me vino una andanada de calor, me ardían el cuello y las orejas, se me puso la cara roja. Me sentí mareado y cerré los ojos, sujetándome al lavabo con ambas manos. Se me pasó.
Salí y me senté al borde de la cama, liando un cigarri­llo. No me había limpiado muy bien. Cuando me levanté a buscar una cerveza había una húmeda mancha marrón en la colcha. Entré en el baño y me volví a limpiar. Luego me senté en la cama con mi cerveza y esperé a que Jan se despertase.
En el patio de la escuela había aprendido por primera vez que era un idiota. Era objeto de burlas y bromas y me tomaban el pelo como a los otros dos idiotas del cole­gio. Mi única ventaja frente a los otros dos, a quienes gol­peaban y perseguían en jauría, consistía en que yo era bastante bestia. Cuando me acosaban no me acojonaba. Nunca me atacaron y al final se iban a por alguno de los otros y le daban de hostias mientras yo observaba.
Jan se movió, entonces se despertó y me miró.
—Estás despierto.
—Sí.
—Ayer fue un infierno de noche.
—¿La noche? Mierda, es lo que ocurrió durante el día lo que me preocupa.
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes lo que quiero decir.
Jan se levantó y entró en el baño. Yo le serví un opor-to con hielo y lo dejé en la mesilla de noche.
Ella volvió, se sentó y cogió la bebida.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.
—Estoy aquí, después de haber matado a un tío y me preguntas cómo me encuentro.
—¿Qué tío?
—Acuérdate. No estabas tan borracha. Estábamos en Los Alamitos, arrojé al viejo por el hueco del asiento. Tu aspirante a amante con los ojos azules con 60.000 dóla­res al año.
—Estás loco.
—Jan, estás alcoholizada, no te enteras de nada. Yo también lo estoy, pero tú estás peor que yo.
—Ayer no estuvimos en Los Alamitos. Tú odias las carreras de cuarto de milla.
—Recuerdo incluso los nombres de los caballos a los que aposté.
—Ayer nos pasamos todo el día aquí metidos. Me es­tuviste hablando de tus padres. Tus padres te odiaban. ¿No es cierto?
—Sí.
—Así que ahora estás un poco tarumba. Por la falta de amor. Todo el mundo necesita amor. Forma parte de uno mismo.
—La gente no necesita amor, lo que necesita es triun­far en una cosa o en otra. Puede ser en el amor, pero no es imprescindible.
—La Biblia dice: «Ama a tu prójimo».
—Eso puede querer decir que le dejes en paz. Voy a salir a comprar un periódico.
Jan bostezó y sacó sus tetas. Eran de un interesante color oro tostado —como un bronceado algo sucio.
—Trae una botellita de whisky, ya que sales.
Me vestí y bajé por la colina hasta la Tercera calle. Había un drugstore al final de la colina y un bar al lado. El sol se alzaba débil, algunos coches iban hacia el este y otros hacia el oeste. Se me ocurrió que si todo el mundo condujese en la misma dirección, todos los problemas se arreglarían.
Compré un periódico. Me puse a pasar las páginas y a leerlo por encima. No se mencionaba para nada la muer­te de un apostador de caballos en Los Alamitos. Por supuesto, había ocurrido en el Condado de Orange. Tal vez en el Condado de Los Angeles sólo se mencionaban los crímenes locales.
Compré media pinta de Grand Dad en la tienda de lico­res y subí la colina andando. Doblé el periódico bajo el brazo y abrí la puerta del apartamento. Le lancé la bote­lla a Jan.
—Hielo, agua y una buena dosis para cada uno. Estoy volviéndome loco.
Jan entró en la cocina a preparar las bebidas y yo me senté en un sillón. Abrí el periódico y miré los resulta­dos de las carreras en Los Alamitos. Leí el resultado de la quinta carrera: Three-Eyed Pete estaba a 9 a 2 y había perdido por media cabeza ante el segundo favorito.
Cuando Jan trajo mi bebida, me la eché de un trago al coleto.
—Te puedes quedar con el coche —dije—, y la mitad del dinero que tengo es tuyo.
—¿Hay otra mujer, no?
—No.
Puse todo el dinero junto y lo extendí sobre la mesa de la cocina. Había 312 dólares y algo de cambio. Le di a Jan las llaves del coche y 150 dólares.
—¿Es Mitzi, no?
—No.
—Ya no me quieres.
—¿Vas a acabar con todas esas gilipolleces?
—¿Te has cansado de follar conmigo, no?
—Sólo llévame hasta la estación de la Greyhound. ¿Te importa?
Se metió en el baño y comenzó a arreglarse. Estaba dolida.
—Todo se ha acabado entre nosotros. Ya no es como al principio.
Me serví otro trago y no respondí. Jan salió del baño y me miró.
—Hank, quédate conmigo.
—No.
Volvió a entrar y no dijo palabra. Saqué mi maleta y comencé a meter mis escasas posesiones en ella. Cogí el reloj. Jan no lo iba a necesitar.
Me dejó en la terminal de autobuses Greyhound. Ape­nas me dio tiempo a sacar la maleta y ya se había ido. Entré y compré un billete. Luego di una vuelta por la estación y me senté en los incómodos bancos junto a los demás pasajeros. Estábamos allí todos sentados, contem­plándonos unos a otros y contemplando el vacío. Mascá­bamos chicle, bebíamos café, entrábamos en los retretes, orinábamos, nos dormíamos. Nos sentábamos en los du­ros bancos de espera y fumábamos cigarrillos que no queríamos fumar. Observábamos a los demás y no nos gustaba lo que veíamos. Mirábamos las cosas de los mos­tradores y de las máquinas expendedoras: patatas fri­tas, revistas, cacahuetes, bestsellers, goma de mascar, pastillas para el aliento, dulces de regaliz, silbatos de juguete.


53

Miami era lo más lejos a donde podía ir sin abando­nar el país. Llevé a Henry Miller conmigo y traté de leer­lo a lo largo del viaje. Era bueno cuando era bueno, y viceversa. Acabé con una botella de whisky, luego otra, y otra. El viaje duró cuatro días y cinco noches. Aparte de un magreo de pierna y muslo a una jovencita de pelo castaño cuyos padres le habían dejado de pagar el cole­gio, no ocurrió nada interesante. Ella se bajó en mitad de la noche en un lugar del país particularmente árido y frío, y desapareció para siempre. Yo siempre he padecido de insomnio y en un autobús sólo me puedo dormir cuan­do estoy totalmente borracho. Ni siquiera lo intenté. Cuando llegamos no había dormido ni cagado en cinco días y apenas podía caminar. Era pasado el mediodía. De todos modos, me gustaba estar de nuevo andando por las calles.
SE ALQUILAN HABITACIONES. Subí y llamé al tim­bre. En estos casos, uno siempre coloca la maleta fuera de la vista de la persona que va a abrir la puerta.
—Busco una habitación. ¿Cuánto cuesta?
—Seis dólares y medio a la semana.
—¿Puedo verla?
—Claro.
Entré y subí las escaleras detrás de ella. Tendría unos cuarenta y cinco años, pero su culo se movía graciosa­mente. He seguido a tantas mujeres de este modo por las escaleras, siempre pensando que si una agradable dama como ésta se ofreciera a cuidar de mí y alimentarme con guisos calientes y sabrosos y limpiarme los calcetines y los calzoncillos, aceptaría al instante.
Abrió la puerta y miré dentro.
—Muy bien —dije—, está muy bien.
—¿Tiene usted algún trabajo?
—Trabajo propio.
—¿Puedo preguntarle qué hace?
—Soy escritor.
—¿Oh, ha escrito usted libros?
—Oh, todavía no estoy preparado para una novela. Sólo escribo artículos, colaboraciones para revistas. No muy buenas, pero me voy ganando la vida.
—Está bien. Le daré la llave y le haré la ficha.
La seguí escaleras abajo. El culo no se movía tan gar­bosamente bajando las escaleras como subiéndolas. Le miré la nuca y me imaginé besándola detrás de las orejas.
—Yo soy la señora Adams —dijo—. ¿Cómo se llama usted?
—Henry Chinaski.
Mientras me hacía la ficha, oí un sonido como si al­guien estuviera aserrando madera proveniente de detrás de la puerta que estaba a nuestra izquierda —las serra­das eran interrumpidas por fuertes bocanadas para coger aire. Cada respiración parecía ser la última, pero finalmen­te acababa por dar paso dolorosamente a otra nueva.
—Mi marido está enfermo —dijo la señora Adams mientras me entregaba el recibo y la llave sonriendo. Sus ojos eran de un adorable color avellana y brillaban. Me di la vuelta y subí las escaleras.
Cuando entré en mi habitación me acordé de que había dejado abajo la maleta. Bajé a recogerla. Cuando pasé junto a la puerta del señor Adams, los sonidos res­piratorios eran mucho más fuertes. Subí la maleta, la tiré encima de la cama y volví a bajar las escaleras hasta la calle. Encontré un amplio bulevar yendo hacia el norte, entré en una tienda de comestibles y compré un tarro de mantequilla de cacahuete y una barra de pan. Tenía una navajita y con ella podría arreglármelas para extender la mantequilla sobre el pan y de este modo comer algo.
Cuando volví a la pensión me quedé un minuto en el vestíbulo y escuché al señor Adams y pensé, eso es la muerte. Luego subí a mi habitación y abrí la tarrina de mantequilla de cacahuete, y mientras escuchaba los so­nidos moribundos del piso de abajo metí los dedos en ella. La comí directamente con los dedos. Estaba de puta madre. Luego abrí el pan. Estaba verde y correoso y tenía un agrio olor a moho. ¿Cómo podían vender pan así? ¿Qué clase de sitio era Florida? Tiré el pan al suelo, me desvestí, apagué la luz, me eché las mantas encima y me quedé allí tumbado en la oscuridad, escuchando.



54

Por la mañana todo estaba muy silencioso y pensé, qué bien, se lo han debido llevar al hospital o a la mor­gue. Ahora puede que sea capaz de cagar de una puta vez. Me vestí y bajé por las escaleras hasta el baño y cagué largo y tendido. Luego volví a subir a mi habitación, me metí en la cama y dormí un rato más.
Me despertó alguien llamando a la puerta. Me incorpo­ré y dije : —¡Adelante! —antes de poder pensarlo. Era una mujer vestida enteramente de verde. La blusa era esco­tada, llevaba la falda muy ajustada. Parecía una estrella de cine. Simplemente se quedó allí quieta mirándome durante algún rato. Yo estaba sentado en la cama, en cal­zoncillos, sosteniendo la sábana delante mío. Chinaski, el gran amante. Si yo fuera un hombre de verdad, pensé, la violaría, le prendería fuego a sus bragas, la obligaría a seguirme por toda la superficie del planeta, haría que se le saltasen las lágrimas con mis cartas de amor escri­tas en fino papel de seda de color rojo. Sus rasgos eran indefinidos; no se podía decir lo mismo de su cuerpo. Tenía la cara redonda, sus ojos parecían estar examinan­do los míos, pero su pelo estaba algo suelto y despeinado.
Tendría unos treinta y tantos años. Algo había, sin embar­go, que la tenía excitada.
—El marido de la señora Adams murió la pasada no­che —dijo.
—Ah —dije yo, preguntándome si se alegraría tanto como yo de que hubiese cesado el ruido.
-—Y estamos haciendo una colecta para comprar flo­res para el funeral del señor Adams.
—No creo que las flores tengan el menor significado para los muertos, no las necesitan para nada —dije un poco desconcertado.
Ella titubeó.
—Pensamos que sería algo bonito y me gustaría saber si usted quiere contribuir.
—Me gustaría, pero acabo de llegar a Miami y estoy en la ruina.
—¿En la ruina?
—Buscando un trabajo. Estoy tras ello, como dicen. Me gasté mis últimos quince centavos en un tarro de mantequilla de cacahuete y una barra de pan. El pan esta­ba verde, más verde que su vestido. Lo tiré al suelo y ni siquiera las ratas se han atrevido a tocarlo.
—¿Las ratas?
—No sé si las habrá en su cuarto.
—Pero cuando hablé con la señora Adams anoche le pregunté acerca del nuevo huésped, aquí somos todos como una familia, y ella me dijo que usted era escritor, que escribía para revistas como Esquire y Atlantic Mon-thly.
—Mierda, yo soy incapaz de escribir. Fue sólo por dar conversación. Le hace sentirse mejor a la casera. Lo que necesito es un trabajo, cualquier tipo de trabajo.
—¿No puede contribuir con veinticinco centavos? Veinticinco centavos no le han de representar nada.
—Mira, mona, yo necesito los veinticinco centavos más de lo que los puede necesitar el fiambre del señor Adams.
—Respete a los muertos, joven.
—¿Y por qué no respetar a los vivos? Yo estoy solo y desesperado y tú tienes una pinta magnífica con tu traje verde.
Ella se dio la vuelta, salió, bajó al vestíbulo, abrió la puerta de su habitación y nunca la volví a ver.



55

El Departamento de Empleo del Estado de Florida era un lugar agradable. No había tanta gente como en el de Los Angeles, que estaba siempre a tope. Ya era hora de que tuviese un poco de suerte, no mucha, un poquito bastaba. Cierto que yo no tenía muchas ambiciones, pero tenía que haber un lugar para la gente sin ambiciones, quiero decir un sitio mejor que el que se reserva habitual-mente para esta gente. ¿Cómo coño podía un hombre disfrutar si su sueño era interrumpido a las 6:30 de la mañana por el estrépito de un despertador, tenía que saltar fuera de la cama, vestirse, desayunar sin ganas, cagar, mear, cepillarse los dientes y el pelo y pelear con el tráfico hasta llegar a un lugar donde esencialmente ganaba cantidad de dinero para algún otro y aún así se le exigía mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacerlo?
Dijeron mi nombre en voz alta. El empleado tenía una ficha delante suyo, la que yo había rellenado al entrar. Había elaborado mi curriculum de trabajo de un modo creativo. Así lo hacen los verdaderos profesionales: dejas fuera los trabajos de poca monta y describes floridamente los mejores, pasando también de cualquier mención a esos períodos en blanco de cuando estuviste alcoholizado seis meses seguidos y liado con alguna mujer recién salida del manicomio o de un mal matrimonio. Por supuesto, como todos mis trabajos previos eran de poca monta, dejaba fuera sólo los más miserables.
El empleado recorrió con su dedo el pequeño fichero. Sacó una ficha afuera.
—Ah, aquí hay un trabajo para usted.
-¿Sí?
Levantó la mirada:
—Empleado de sanidad —dijo.
—¿Qué?
—Basurero.
—No lo quiero.
Me estremecí al pensar en toda la basura, las resacas de madrugada, los negrazos riéndose de mí, el peso im­posible de los cubos y yo triturando mis tripas junto a las mondas de naranja, posos de café, cenizas mojadas de cigarrillos, cáscaras de plátano y tampax usados.
—¿Qué ocurre? ¿No es lo bastante bueno para usted? Son 40 horas y seguridad social. Seguridad social de por vida.
—Quédese usted con ese trabajo y yo me quedaré con el suyo.
Silencio.
—Yo me he preparado para este trabajo.
—¿Ah, sí? Yo me pasé dos años en la Universidad ¿Es esto un requisito para recoger basura?
—Bueno, ¿qué clase de trabajo desea?
—Simplemente siga sacando fichas.
Rebuscó entre sus fichas, luego me miró.
—No tenemos nada para usted.
Selló una libretita que me habían dado y me la volvió a entregar.
—Venga a vernos dentro de siete días para nuevas posibilidades de empleo.


56

Encontré un trabajo a través de un anuncio en el periódico. Fui contratado por un almacén de ropa, pero no en Miami, sino en Miami Beach, y cada mañana tenía que arrastrar mi resaca cruzando el canal. El autobús pasaba por una vía de cemento muy estrecha que sobre­salía del agua, sin vallas a los lados, sin ninguna precau­ción, sin nada de nada; era lo único que había. El con­ductor se echaba hacia atrás y pisaba el acelerador y pa­sábamos rugiendo a toda mecha por la estrecha línea de cemento, rodeados por el agua aguardando a que cayése­mos para engullirnos, y la gente que iba en el autobús, las veinticinco o cuarenta o cincuenta y dos personas confia­ban en él, pero yo jamás lo hice. A veces cambiaba el con­ductor y yo pensaba, ¿cómo seleccionarán a estos hijos de puta? Hay agua profunda a ambos lados del camino y con un mínimo error al volante nos puede matar a todos. Era ridículo. ¿Supongamos que había tenido una violenta dis­cusión con su mujer aquella mañana? ¿O que tenía cán­cer? ¿0 visiones de Dios? ¿Dolor de muelas? Cualquier cosa. Podía hacerlo. Acabar con todos nosotros. Sabía que si yo condujese consideraría seriamente la posibili­dad, el poder hundir en el agua a toda la pandilla de im­béciles. Y a veces, después de hacer tales consideraciones, la posibilidad se vuelve realidad en un impulso irrepri-mido. Por cada Juana de Arco hay un Hitler colgando al otro lado de la balanza. La vieja historia del Bien y del Mal. Pero ningún conductor nos arrojó nunca al canal. Estaban muy ocupados pensando en las letras del coche, resultados de béisbol, cortes de pelo, vacaciones, lavati­vas y visitas familiares. No había un hombre de verdad en todo el maldito estercolero. Llegaba siempre al trabajo enfermo, pero a salvo. Lo que demuestra por qué Schu-mann era más regulativo que Shostakovich...
Fui contratado como bolero extra, según lo llamaban. El bolero extra era el hombre para todo sin ninguna labor específica. Se suponía que debía saber qué hacer gracias a una especie de profundo e infalible sexto senti­do. Instintivamente se suponía que uno tenía que saber lo necesario para que las cosas marchasen mejor, man­tuviesen próspera a la compañía, a la Madre, y conocer todas las pequeñas necesidades de la empresa, que eran irracionales, continuas e insignificantes.
Un buen bolero no debía tener rostro, ni sexo; debía tener espíritu de sacrificio, siempre aguardando firme junto a la puerta por las mañanas cuando el primer hom­bre viniese a abrirla. En seguida se pondría a regar la acera saludando a cada obrero por su nombre al llegar, con la más radiante de las sonrisas y las maneras más corteses. Siempre alegre y simpático. Eso le hacía a todo el mundo sentirse mejor antes de comenzar la sangría laboral. Tenía que vigilar que hubiese papel higiénico en todos los retretes, especialmente en el de señoras. Que las papeleras nunca rebosasen. Que no se almacenase mu­gre en las ventanas. Que las pequeñas reparaciones en escritorios y sillas fuesen prontamente realizadas. Que las puertas se abriesen con facilidad. Que los relojes estu­viesen en hora. Que las alfombras estuviesen limpias. Que mujeres fuertes y bien alimentadas no acarreasen pequeños paquetes...
Yo no era muy bueno. Mi idea era la de vagar por ahí sin hacer nada, esquivando siempre al patrón y evi­tando a los lameculos que podían chivarse al patrón. No era muy listo. Cosa de instinto, más que nada. Siempre que empezaba en un trabajo, tenía la sensación de que pronto lo dejaría o me despedirían, y esto me hacía com­portar con una relajación que era considerada, errónea­mente, como astucia o alguna especie de poder secreto.
Era un almacén de ropa completamente autosuficiente, autoabastecido, una fábrica combinada con un negocio de venta al por menor. La sala de exhibición, los vestidos y los vendedores estaban en la planta baja, la factoría es­taba en el piso de arriba. La fábrica era una maraña de tejidos e hilos, por donde ni siquiera las ratas podían circular, con largas filas de máquinas de coser y hombres y mujeres sentados trabajando bajo bombillas de treinta vatios, bizqueando, dándole a los pedales, pasando agu­jas, sin hablar ni levantar jamás la vista, doblados hacia adelante y silenciosos, haciéndolo.
En una ocasión, uno de mis trabajos en Nueva York había consistido en llevar tejidos de la fábrica a factorías de costura como ésta. Yo arrastraba mi carretilla por la ajetreada calle, empujándola a través del tráfico y me metía luego por un callejón detrás de un edificio mugrien­to. Había un sombrío ascensor y yo tenía que tirar de unas cuerdas conectadas a unas poleas de madera. Una cuerda era para subir y otra para bajar. No había luz y mientras el ascensor subía lentamente yo miraba en la oscuridad buscando los números pintados con tiza blan­ca en la pared por alguna mano olvidada —3, 7, 9. Llega­ba a mi piso, tiraba de otra cuerda y usando toda mi fuerza abría con lentitud una vieja y pesada puerta metá­lica, apareciendo ante mi vista filas y filas de viejas seño­ras judías inclinadas sobre sus máquinas de coser, tra­bajando con las pilas de tejidos; la costurera número uno en la máquina 1, inclinada sobre ella, manteniendo su sitio; la empleada número dos en la máquina 2, lista para reemplazar a la otra si fuese necesario. Nunca levantaban la vista ni daban la menor muestra de reparar en mí cuando entraba.
En esta fábrica-almacén de Miami Beach no hacían falta los pedidos. Todo estaba a mano. El primer día anduve entre las filas de máquinas de coser mirando a la gente. Al revés que en Nueva York, la mayoría de trabajadores eran negros. Me acerqué a un negro muy pequeño, casi enano, que tenía una cara más agradable que los demás. Estaba dándole muy concentrado a una aguja. Yo llevaba una botella de media pinta en el bol­sillo.
—Vaya trabajo jodido que tienes. ¿Quieres un trago?
—Claro —dijo él. Se pegó un buen trago. Luego me devolvió la botella. Me ofreció un cigarrillo.
—¿Nuevo en la ciudad?
—Sí.
—¿De dónde eres?
—De Los Angeles.
—¿Estrella de cine?
—Sí, de vacaciones.
—No deberías estar hablando con un costurero.
—Ya lo sé.
Se quedó en silencio. Parecía un monito, un viejo y cómico mono. Para los chicos de la planta baja, era un mono. Me pegué un trago. Me sentía bien. Los observé a todos mientras trabajaban bajo sus bombillas de trein­ta vatios, con sus manos moviéndose veloz y delicada­mente.
—Me llamo Henry —dije.
—Brad —contestó.
—Oye, Brad, me deprime de la hostia veros trabajar a todos. ¿No os gustaría, tíos y tías, que os cantara una canción?
—No lo hagas.
—Tenéis un trabajo aquí de lo más repugnante. ¿Por qué lo hacéis?
—Mierda, no hay más remedio.
—El Señor nos dijo que sí lo hay.
—¿Crees tú en el Señor?
—No.
—¿En qué crees?
—En nada.
—Pues igual que nosotros.
Hablé con algún otro. Los hombres eran poco comuni­cativos, algunas mujeres se rieron con mis palabras.
—Soy un espía —dije, riéndome también—, soy un espía de la compañía. Os estoy vigilando a todos.
Me aticé otro trago. Luego canté mi canción favorita: Mi corazón es un vagabundo. Ellos siguieron trabajan­do. Nadie me miró. Cuando acabé, seguían trabajando. Hubo un rato de silencio. Luego se oyó una voz:
—Mira, blanquito, no vengas a machacarnos más los huevos.
Decidí irme a regar la acera de la entrada.



57

No sé cuantas semanas estuve trabajando ahí. Creo que unas seis. En un cierto momento fui trasladado a la sección de recibos, apuntando los cargamentos de panta­lones que llegaban en las listas de factura. Estos eran en­víos de sobrantes que las tiendas nos devolvían, normal­mente desde otros estados. En las listas de recibos nunca había el menor error, probablemente porque el tío que había en el otro extremo estaba demasiado preocupado por su trabajo como para ser descuidado. Normalmente estos tíos suelen estar en la séptima de las treinta y seis letras del coche nuevo, sus mujeres van a clase de cerámica los lunes por la noche, los intereses de la hipo­teca se los están comiendo vivos y cada uno de sus cinco hijos se bebe un litro de leche diaria.
Ya sabéis, yo no soy un hombre de vestidos. Los vesti­dos me aburren, son cosas terribles, agobiantes, como las vitaminas, la astrología, las pizzas, las pistas de pati­naje, la música pop, los combates por el título de los pesos pesados, etc. Yo me sentaba allí pretendiendo con­tar los pantalones recibidos cuando de repente, al coger unos, me ocurrió algo especial. La fábrica estaba llena de electricidad, electricidad que se adhería a mis dedos repleta de fuerza y no desaparecía. Alguien había hecho por fin algo interesante. Examiné la fábrica. Parecía tan má­gica como físicamente la sentía yo.
Me levanté y me llevé los pantalones conmigo al re­trete. Entré y cerré la puerta. Antes nunca había robado nada.
Me quité los pantalones, tiré de la cadena. Entonces me puse los pantalones mágicos. Me subí las perneras mágicas enrollándolas hasta justo debajo de mis rodillas. Luego me puse mis pantalones encima.
Volví a tirar de la cadena.
Salí. En mi nerviosismo parecía como si todo el mun­do me estuviese mirando. Caminé hacia la puerta. Falta­ba una hora u hora y media para que saliéramos del tra­bajo. El jefe estaba junto a un mostrador cercano a la puerta. Me miró.
—Tengo un asunto urgente que solucionar, señor Sil-verstein. Me lo puede descontar de la paga...



58

Llegué a mi habitación y me quité los pantalones vie­jos. Me bajé las perneras de los pantalones mágicos, me puse una camisa nueva, di lustre a mis zapatos y salí a la calle luciendo mis pantalones nuevos. Eran de un suntuo­so color marrón, con rayas de fantasía verticales.
Me paré en una esquina y encendí un cigarrillo. Un taxi se detuvo a mi lado. El conductor sacó la cabeza por la ventana:
—¿Taxi, señor?
—No, gracias —dije, arrojando la cerilla y cruzando la calle.
Anduve por ahí unos quince o veinte minutos. Tres o cuatro taxistas me preguntaron si quería ir a alguna parte. Luego compré una botella de oporto y volví a mi habitación. Me quité la ropa, la dejé colgada, me fui a la cama, me bebí el vino y escribí un relato acerca de un empleado que trabajaba en una factoría de ropa en Mia-mi. Este pobre empleado conoció en la playa a una chica de la alta sociedad, un día durante la hora del almuerzo. El se aprovechaba de su dinero y ella hacía todo lo posible para demostrar que se aprovechaba de él.
Cuando llegué al trabajo la mañana siguiente, el señor Silverstein estaba plantado delante del mostrador junto a la puerta. Tenía un cheque en su mano. Me llamó con un movimiento de su mano. Me acerqué con paso tran­quilo y cogí el cheque. Luego salí a la calle.



59

El autobús tardó cuatro días y cinco noches en llegar a Los Angeles. Como de costumbre, no dormí ni defequé a lo largo de todo el viaje. Hubo un poco de diversión cuando una rubiaza subió en algún lugar de Luisiana. Aquella noche empezó a venderlo por dos dólares, y todos los hombres y una mujer del autobús se aprovecharon de la ganga, excepto yo y el conductor. Los negocios se ulti­maban en la parte trasera del autobús. Se llamaba Vera. Llevaba los labios pintados de púrpura y se reía mucho. Se me acercó durante una breve parada en un bar para tomar un café y un sandwich. Se paró detrás mío y pre­guntó :
—¿Qué coño pasa contigo? ¿Te crees demasiao bueno pa mí?
Yo no contesté.
—Un maricón —la oí murmurar con disgusto, mien­tras se sentaba junto a uno de los chicos competentes.
En Los Angeles me recorrí los bares de nuestro viejo barrio en busca de Jan. No la hallé en ningún sitio hasta que me encontré con Whitey Jackson trabajando detrás de la barra en el Pink Mule. Me contó que Jan estaba em­pleada de camarera de habitaciones en el hotel Durham en Beverly y Vermont. Me fui hasta allí. Estaba buscando la oficina del gerente cuando ella salió de una habitación. Estaba espléndida, como si el haber estado apartada de mí durante algún tiempo le hubiese ayudado a mejorarse. Entonces me vio. Se quedó allí parada, sus ojos se agran­daron y se impregnaron de azul; siguió parada. Luego lo dijo:
—¡Hank!
Se vino hacia mí y nos abrazamos. Me besó salvaje­mente, yo traté de devolverle los besos.
—Hostia —dijo—. ¡Creí que nunca te volvería a ver!
—He vuelto.
—¿Has vuelto para quedarte?
—Esta es mi ciudad.
—Échate hacia atrás —me dijo—, déjame que te vea.
Me eché hacia atrás, sonriendo.
—Estás flaco. Has perdido peso.
—Tú tienes buen aspecto —dije yo—-. ¿Estás sola?
—Sí.
—¿No hay nadie?
—Nadie. Ya sabes que no aguanto a la gente.
—Me alegro de que estés trabajando.
—Ven a mi habitación —dijo.
La seguí. El cuarto era muy pequeño, pero era acoge­dor. Podías mirar por la ventana y ver el tráfico, observar los semáforos cambiando de color, contemplar al chico de los periódicos en la esquina. Me gustaba el sitio. Jan se tumbó en la cama.
—Vamos, échate conmigo.
—Me da un poco de corte.
—Te quiero, so idiota —dijo—, hemos follado más de 800 veces. ¿Te vas a cortar ahora?
Me quité los zapatos y me tumbé. Ella levantó una pierna.
—¿Te gustan mis piernas todavía?
—Coño, sí. Oye, Jan, ¿has acabado tu trabajo?
—Todo menos la habitación del señor Clark. Y al se­ñor Clark no le importa. Me da propinas.
—¿Ah?
—No hago nada con él. Sólo que me da propinas.
—Jan...
-¿Sí?
—Me gasté todo el dinero en el billete de autobús. Necesito un sitio donde quedarme hasta que encuentre un trabajo.
—Te puedo esconder aquí.
—¿Puedes?
—Claro.
—Te quiero, nena —dije.
—Cabronazo —me dijo ella. Empezamos el meneo. Estuvo de puta madre. Estuvo de puta puta madre.
Más tarde Jan se levantó y abrió una botella de vino. Yo abrí mi último paquete de cigarrillos y nos sentamos en la cama a beber y a fumar.
—Tú lo tienes todo —me dijo.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que nunca conocí a un hombre como tú.
—¿Ah, sí?
—Los otros sólo tienen un diez por ciento o un vein­te por ciento, pero tú lo tienes todo, todo lo tuyo es ab­soluto, es tan diferente.
—No sé nada de eso.
—Tienes gancho, eres capaz de enganchar a las mu­jeres.
Eso me hizo sentir bien. Después de acabar nuestros cigarrillos hicimos de nuevo el amor. Luego Jan me envió a por otra botella. Regresé. Era lo menos que podía hacer.



60

Me contrataron casi en seguida en una compañía que fabricaba tubos fluorescentes. Estaba en lo alto de la calle Alameda, hacia el norte, en un complejo de almacenes. Yo era el encargado de facturación. Era muy sencillo, cogía los pedidos de una cesta de alambre, rellenaba la ficha, empaquetaba los tubos en cajas de cartón y los ordenaba en pilas afuera en el patio de carga, cada caja etiquetada y numerada. Pesaba las cajas, hacía una factura de envío y telefoneaba a la compañía de transportes para que vi­niese a recoger el material.
El primer día que pasé allí, por la tarde, escuché un fuerte estruendo de cristales rotos detrás mío, cerca de la línea de ensamblado. Las viejas repisas de madera que sostenían los tubos de neón acabados estaban soltándose de la pared y todo se iba cayendo al suelo —el metal y el vidrio chocaban contra el suelo de cemento, rompiéndose en mil pedazos, un repiqueteo terrible. Todos los traba­jadores de la línea de ensamblado salieron despavoridos hacia el otro extremo del edificio. Luego se hizo el si­lencio. El patrón, Mannie Feldman, salió de su oficina.
—¿Qué cojones está pasando aquí?
Nadie respondió.
—¡Muy bien, parad de ensamblar! ¡Que todo el mun­do coja CLAVOS Y MARTILLO y vuelva a poner esas jo-didas repisas ahí arriba!
Feldman volvió a entrar en su oficina. Yo no tenía otra cosa que hacer más que entrar y ayudarles. Ningu­no de nosotros era carpintero. Nos tomó toda la tarde y parte de la mañana siguiente el volver a clavar las repi­sas en la pared. Cuando acabamos, Feldman salió de su oficina.
—¿Así que por fin lo hicisteis? Muy bien, escuchadme ahora... Quiero que los 939 sean apilados en lo más alto, los 820 en la siguiente repisa, y las lamparillas y el cris­tal en las repisas más bajas. ¿Entendéis? ¿Lo ha entendi­do todo el mundo?
No hubo la menor respuesta. Los del tipo 939 eran los tubos más pesados —más pesados que una madre— y el tío los quería arriba del todo. Era el jefe. Nos pusimos a ello. Los apilamos allí en lo alto, con todo su peso, y api­lamos el material ligero en las repisas inferiores. Luego volvimos al trabajo. Las repisas aguantaron durante el resto del día y toda la noche. A la mañana siguiente em­pezamos a oír crujidos. Las repisas estaban comenzando a ceder. Los trabajadores de la línea de ensamblaje se fueron apartando, sonrientes. Diez minutos antes del des­canso para el café, todo se vino de nuevo abajo. El señor Feldman salió corriendo de su oficina.
—¿Qué cojones está ocurriendo aquí?



61

Feldman estaba tratando de cobrar el seguro y decla­rarse en quiebra, todo a la vez. A la mañana siguiente, un hombre de apariencia muy digna vino en representa­ción del Banco de América. Nos dijo que no colocáramos más repisas.
—Simplemente apilen esa mierda en el suelo —así nos lo dijo. Se llamaba Jennings, Curtís Jennings. Feld­man le debía al Banco de América mucho dinero, y el Banco de América quería recobrar su dinero antes de que el negocio se hundiera. Jennings tomó el mando de la compañía. Daba vueltas observando a todo el mundo. Examinó los libros de Feldman; comprobó concienzuda­mente todas las cerraduras de puertas y ventanas y la valla de seguridad alrededor del parking. Vino a hablar conmigo:
—No utilice las líneas de transportes Sieberling por más tiempo. Les robaron cuatro veces llevando uno de los cargamentos de esta casa a Arizona y Nuevo México. ¿Hay alguna razón especial por la que hayan estado utili­zando a esta gente para los transportes?
—No, no hay ninguna razón especial.
El agente de Sieberling me había estado pagando diez centavos por cada doscientos kilos de carga contratada.
En menos de tres días Jennings había despedido a un tío que trabajaba en la oficina principal y reempla­zado a tres tíos de la línea de ensamblado por tres joven-citas mexicanas deseosas de trabajar por la mitad del dinero. Despidió al vigilante nocturno y, además de ocu­parme de la facturación, me puso a conducir el camión de la compañía en los repartos locales.
Recibí mi primer cheque de salario y me mudé del cuarto de Jan a un apartamento propio. Cuando volví a casa por la noche, ella se había mudado a mi apartamen­to. Qué demonios, le dije, mi reino es tu reino. Un poco más tarde, tuvimos nuestra peor pelea. Ella se fue y yo me emborraché durante tres días y tres noches. Cuando me puse sobrio supe que había perdido el trabajo. No volví a pasarme por ahí. Decidí limpiar el apartamento. Pasé la aspiradora por el suelo, restregué los bordes de las ventanas, fregué la bañera y el lavabo, vacié y lavé los ceniceros, enceré el suelo de la cocina, maté a todas las arañas y cucarachas, lavé los platos, limpié el fregadero, colgué toallas limpias e instalé un rollo nuevo de papel de water. Debo estar volviéndome marica, pensé.
Cuando Jan finalmente volvió a casa —una semana más tarde— me acusó de haber estado con una mujer, porque todo estaba tan limpio. Me atacó muy airada, pero era sólo una defensa para ocultar sus remordimientos. Yo no podía comprender por qué no la mandaba de una puñetera vez a la mierda. Me era inexorablemente infiel
—se iba por ahí con el primero que se encontraba en un bar, cuanto más guarro y miserable fuera, mejor. Conti­nuamente utilizaba nuestras peleas para justificarse. Yo no dejaba de repetirme que ninguna mujer del mundo era una puta, sólo la mía.



62

Entré en las oficinas del Times. Yo había estudiado dos años de periodismo en el City College de Los Ange­les. Me detuvo una señorita detrás de un escritorio, a la entrada.
—¿Necesitan un reportero? —le pregunté.
Ella me entregó una hoja de papel impreso.
—Por favor, rellene esta hoja.
Igual que en la mayoría de los periódicos en la mayor parte de las ciudades. Te contrataban si eras famoso o amigo de alguien. A pesar de todo rellené el impreso. Me quedó muy bien. Luego salí y bajé caminando por Spring Street.
Era un caluroso día de verano. Empecé a sudar y a sentir picores. Me picaba el escroto. Empecé a rascarme. El picor se fue haciendo insoportable. Seguí caminando y rascándome los cojones. Yo no podía ser un reportero, no podía ser un escritor, no podía encontrar una mujer decente, todo lo que podía hacer era andar por ahí rascán­dome como un mono. Me apresuré a montar en mi coche, que estaba aparcado en Bunker Hill. Conduje apurada­mente hasta el apartamento. Jan no estaba en casa. Fui al baño y me desnudé.
Escarbé entre mi escroto con los dedos y hallé algo. Lo saqué. Lo dejé caer en la palma de mi mano y lo con­templé. Era blanco y tenía muchas patas. Se movía. Me quedé fascinado. Entonces de pronto dio un salto y cayó en el suelo del baño. Me quedé mirándolo fijamente. Dio otro rápido salto y desapareció. ¡Probablemente de vuel­ta en mi vello púbico! Me sentí enfermo y cabreado. Me puse a buscarlo. No conseguí encontrarlo. Se me revolvió el estómago. Vomité en el retrete y luego me vestí de nuevo.
La droguería de la esquina no quedaba lejos. Había una vieja y un viejo detrás del mostrador. Se acercó la vieja.
—No —dije—, quiero hablar con él.
—Oh —dijo ella.
El viejo se acercó. Era el droguero. Parecía muy pulcro.
—Soy víctima de una plaga —le dije.
—¿Qué?
—Verá. ¿Tiene algo para las...
—¿Para qué?
—Arañas, pulgas... mosquitos, piojos...
—¿Para qué?
—¿Tiene algo para las ladillas?
El viejo me miró con disgusto.
—Espere aquí —dijo.
Sacó algo del final del mostrador después de rebus­car por debajo. Volvió y manteniéndose lo más alejado posible me entregó una cajita de cartón verde y negra. La acepté con humildad. Le entregué un billete de 5 dó­lares. Me devolvió el cambio estirando el brazo lo más posible. La vieja se había retirado por un rincón de la droguería. Me sentía como un leproso.
—Espere —le dije al viejo.
—¿Qué ocurre ahora?
—Quiero unos condones.
—¿Cuántos?
—Oh, un paquete, un puñado.
—¿Lubricados p secos?
—¿Qué?
—¿Lubricados o secos?
—Déme los lubricados.
El viejo me entregó cautelosamente los condones. Yo le di el dinero. Me devolvió el cambio, también con el brazo estirado. Salí. Mientras caminaba calle abajo, saqué los condones y los miré. Luego los tiré a un cubo de basura.
De vuelta al apartamento me desnudé y leí las instruc­ciones. La pomada tenía que aplicarse en las parte inva­didas y aguardar treinta minutos. Puse la radio, encon­tré una sinfonía y apreté el tubo de la pomada. Era verde. Me la apliqué con profusión. Luego me tumbé en la cama y vigilé el reloj. Pasaron treinta minutos. Coño, odiaba a esas ladillas, lo dejaría actuar una hora. Después de cuarenta y cinco minutos comenzó a arderme. Mataré hasta la última puta ladilla, pensé. El ardor aumentó. Rodé por la cama y apreté los puños. Escuché a Beetho-ven. Escuché a Brahms, me levanté. Había pasado una hora. Llené la bañera, me metí y me quité la pomada. Cuando salí de la bañera, no podía andar. El interior de mis muslos estaba abrasado, mis pelotas estaban abra­sadas, mi tripa estaba abrasada, de un espantoso rojo flamígero, parecía un orangután. Anduve muy lentamente hacia la cama. Al menos había matado a las ladillas, las había visto irse por el sumidero de la bañera.
Cuando Jan llegó a casa yo estaba retorciéndome en la cama. Se me quedó mirando.
—¿Qué te pasa?
Me di la vuelta y la insulté.
—¡Tú, jodida puta! ¡Mira lo que me has hecho!
Me levanté de un salto. Le enseñé los muslos, el vien­tre, los huevos. Mis huevos colgaban en una roja agonía. Mi polla estaba abrasada.
—¡Dios! ¿Qué te ha pasado?
—¿No lo sabes? ¿No lo sabes? ¡No he follado con ninguna otra persona! ¡Me las has pegado TU! ¡Eres una cochina perra infecía!
—¿Qué?
—¡Las ladillas, las ladillas, me has pegado las LADI­LLAS!
—No, yo no tengo ladillas. Geraldine las debe tener.
—¿Qué?
—Estuve con Geraldine, las he debido coger al sentar­me en el water de Geraldine.
Me tiré de espaldas a la cama.
—¡Oh, no intentes que me trague toda esa mierda! ¡Sal y consigue algo de beber! ¡No hay una puta gota de bebida en toda la casa!
—No tengo dinero.
—Cógelo de mi cartera. No necesitas que te explique cómo hacerlo. ¡Y date prisa! ¡Trae algo de beber! ¡Me estoy muriendo!
Jan se fue. La pude oír bajando a todo correr las es­caleras. En la radio ahora sonaba Mahler.



63

A la mañana siguiente me levanté hecho una mierda. Me había sido prácticamente imposible dormir con la sá­bana encima. Las quemaduras, sin embargo, parecían ha­ber mejorado un poco. Me levanté, vomité y me miré la cara en el espejo. Estaba atrapado. No tenía la menor posibilidad.
Volví a tumbarme en la cama. Jan estaba roncando. Unos ronquidos no muy fuertes, pero persistentes. Ima­gino que un cerdito roncaría así. Como pequeños gruñi­dos. La contemplé extrañándome de que hubiese podido vivir con ella tanto tiempo. Tenía una naricita de garban­zo y su pelo rubio se estaba volviendo ratonero, según ella misma decía, a medida que se iba poniendo gris. Su cara se estaba reblandeciendo, estaba poniendo papada, era diez años mayor que yo. Sólo cuando estaba arreglada y vestida con una falda apretada y llevando tacones altos tenía un aspecto digno de verse. Su culo todavía mantenía una buena línea, igual que sus piernas, y cuando andaba tenía un contoneo de lo más seductor. Ahora, mientras la miraba, no parecía tan maravillosa. Estaba durmiendo de lado y se le veía la vulva arrugada y abierta. De cual­quier manera, tenía un polvo magnífico. Yo nunca había gozado de polvos tan cojonudos. Era el modo en que lo tomaba. Realmente lo digería. Sus manos me aprisiona­ban y su coño me atenazaba casi de igual modo. La mayo­ría de los polvos no son nada, casi un trabajo, como tratar de escalar una escabrosa y resbaladiza colina. Pero no con Jan.
Sonó el teléfono. Sonó varias veces antes de que pudie­ra levantarme de la cama con un esfuerzo sobrehumano y cogerlo.
—¿Señor Chinaski?
-¿Sí?
—Aquí las oficinas del Times.
-¿Sí?
—Hemos examinado su solicitud y quisiéramos con­tratarle.
—¿De reportero?
—No, de hombre de limpieza.
—De acuerdo.
—Preséntese al superintendente Barnes en la puerta sur a las 9 de la noche.
—Vale.
Colgué. El teléfono había despertado a Jan.
—¿Quién era?
—He conseguido un trabajo y ni siquiera puedo cami­nar. Tengo que presentarme esta noche. No sé qué coño voy a hacer.
Nos tumbamos de espaldas, observando el techo. Jan se levantó y fue al baño. Cuando volvió me dijo:
—¡Ya lo tengo!
—Ya.
—Te vendaré con gasas y esparadrapo.
—¿Crees que funcionará?
—Claro.
Jan se vistió y fue a la farmacia. Volvió con gasas, es­paradrapo y una botella de moscatel. Sacó unos cubitos de hielo, preparó bebidas para ambos y buscó unas ti­jeras.
—Bueno, levántate.
—Aguarda un momento, no tengo que estar allí hasta las 9, es un trabajo nocturno.
—Es que quiero practicar. Venga.
—Está bien. Mierda.
—Levanta una rodilla.
—Bueno, ya está.
—Ahí, ahora le damos vueltas y más vueltas. Como el viejo tiovivo.
—¿Te han dicho alguna vez lo divertida que eres?
—No.
—Es comprensible.
—Ea, ahora pegamos con un poco de esparadrapo. Un poquito más de esparadrapo. Aquí. Ahora levanta la otra rodilla, amor.
—Olvídate del romance.
—Le damos vueltas y vueltas y más vueltas a tus gran­des piernas gordotas.
—Tu gran culo gordote.
—Ahora, ahora, ahora, sé bueno, amor. Un poquito más de esparadrapo. Y un poquito más aquí. ¡Te has quedado como nuevo!
—Como la mierda en bote.
—Ahora las pelotas, tus grandes pelotas coloradas. ¡Se podían colgar en un árbol de Navidad!
—¡Espera! ¿Qué les vas a hacer a mis pelotas?
—Las voy a vendar.
—¿No será peligroso? Puede afectar a mi baile de claqué.
—No te dolerá nada.
—Se saldrán fuera.
—Las envolveré en un bonito capullo seguro y con­fortable.
—Antes de que lo hagas, sírveme otro trago.
Me senté con la bebida y ella empezó a vendarme los huevos.
—Vueltas y vueltas y más vueltas. Las pobres peloti-tas. Las pobres pelotazas. ¿Qué os han hecho, preciosas? Les damos una vuelta y otra y otra vuelta. Ahora un poco de esparadrapo. Y un poco más aquí. Y otro poco más aquí.
—No me pegues los huevos al culo.
—¡Tonto! ¡Yo no haría eso! ¡Yo te quiero!
—Ya.
—Ahora levántate y camina un poco. Trata de dar al­gunos pasos.
Me levanté y anduve lentamente por la habitación.
—¡Eh, esto parece que funciona! Me siento como un eunuco, pero me siento bien.
—A lo mejor los eunucos lo llevan igual.
—Eso creo.
—¿Qué te parecen un par de huevos pasados por agua?
—Marchando. Creo que viviré.
Jan puso una cazuela con agua en el fogón, metió cuatro huevos y aguardamos.



64

Me presenté allí a las nueve en punto. El superinten­dente me mostró donde estaba el reloj de fichar. Metí mi ficha. Me entregó tres o cuatro bayetas y un cubo.
—Hay un raíl de latón que recorre el perímetro del edificio. Quiero que lo limpie.
Salí afuera y busqué el raíl de latón. Estaba allí. Recorría toda la pared del edificio. Era un edificio bien gran­de. Puse un poco de abrillantador en el raíl y luego lo froté con uno de los trapos. No pareció que mejorara mucho. La gente pasaba a mi lado y me miraba con cu­riosidad. Yo había tenido trabajos bobos y estúpidos, pero éste me parecía el más bobo y estúpido de todos.
Lo que hay que hacer, decidí, es no pensar. ¿Pero cómo podías parar de pensar? ¿Por qué había sido yo elegido para dar brillo a aquel raíl? ¿Por qué no podía estar allí dentro escribiendo editoriales acerca de la co­rrupción municipal? Bueno, podía ser peor, podía estar en China en un campo de arroz.
Limpié unos cinco metros de raíl, le di la vuelta a la esquina y vi un bar al otro lado de la calle. Crucé la calzada con mi cubo y mis bayetas y entré en el bar. No había nadie a excepción del camarero.
—¿Cómo va? —me dijo.
—Muy bien, ponme una botella de Schlitz.
Sacó una, la abrió, cogió mi dinero y lo metió en la caja registradora.
—¿Dónde están las chicas? —le pregunté.
—¿Qué chicas?
—Ya sabes, las chicas.
—Este es un sitio decente.
Se abrió la puerta. Era el superintendente Barnes.
—¿Le puedo invitar a una cerveza? —le pregunté. El se acercó y se plantó delante mío.
—Beba, Chinaski, le voy a dar una última oportu­nidad.
Me bebí la cerveza y le seguí afuera. Cruzamos la calle juntos.
—Evidentemente —dijo—, no es usted muy bueno abrillantando latón. Sígame.
Entramos en las oficinas del Times y subimos juntos en el ascensor. Salimos a una de las plantas superiores.
—Ahora escuche —dijo señalando una caja de cartón que había encima de un escritorio—, esa caja contiene tubos de neón fluorescente nuevos. Va a reemplazar todos los tubos quemados o rotos. Sáquelos de las mon­turas y coloque los nuevos. Aquí tiene una escalera.
—De acuerdo —dije.
El superintendente salió y me quedé de nuevo solo. Estaba en una especie de trastero. Tenía el techo más alto que jamás había visto. La escalera tenía unos ocho metros de altura. Yo siempre había tenido miedo a las alturas. Cogí un tubo de neón nuevo y remonté lentamente la escalera. Intentaba convencerme otra vez: trata de no pensar, trata de no pensar. Fui subiendo por ella. Los tubos fluorescentes tenían por lo menos metro y medio de largo. Se rompían fácilmente y eran difíciles de coger. Cuando llegué al final de la escalera miré hacia abajo. Fue un grave error. Tuve un vértigo loco. Era un cobarde. Estaba junto a una claraboya en el último piso del edifi­cio. Me imaginé cayendo de la escalera, rompiendo la claraboya con mi cuerpo y luego a través del vacío hasta estrellarme contra el asfalto de la acera. Entonces, muy lentamente, levanté las manos y quité el tubo de neón quemado. Lo reemplacé con uno nuevo. Luego bajé las escaleras sudoroso. Cuando llegué al suelo me juré solem­nemente no volver a subir jamás a lo alto de esa escalera.
Estuve dando vueltas por ahí, leyendo cosas dejadas en mesas y escritorios. Entré en una oficina con paredes de cristal. Había una nota para alguien:
«De acuerdo, probaremos con este nuevo dibujante, pero más vale que sea bueno. Que empiece siendo bue­no y siga siendo bueno, aquí no mantenemos a ningún aprendiz.»
Se abrió una puerta y apareció el superintendente Barnes.
—Chinaski, ¿qué está haciendo aquí?
Salí de la oficina.
—Yo he sido estudiante de periodismo y tengo curio­sidad por ver todo esto, señor.
—¿Es eso todo lo que ha hecho? ¿Reemplazar una sola lámpara?
—Señor, me es imposible hacerlo. Le tengo miedo a las alturas.
—Bueno, Chinaski, le voy a dejar libre por esta noche. No se merece otra oportunidad, pero quiero que vuelva mañana a las 9 de la noche dispuesto a trabajar. Entonces veremos...
—Sí, señor.
Anduve junto a él hasta el ascensor.
—Dígame —me preguntó—. ¿Por qué anda de esa ma­nera tan cómica?
—Estaba friendo algo de pollo en una sartén y me saltó el aceite, me quemé las piernas.
—Pensé que tal vez fuese alguna herida de guerra.
—No, fue por culpa del pollo.
Bajamos juntos en el ascensor.



65

El nombre completo del superintendente era Herman Barnes. La noche siguiente Herman me esperaba junto al reloj registrador y yo fiché.
—Sígame —me dijo.
Me llevó a una habitación apenas iluminada y me pre­sentó a Jacob Christensen, que iba a ser mi inmediato supervisor. Barnes se fue.
La mayoría de la gente que trabajaba en las oficinas del Times por la noche era vieja, encogida y derrotada. Todos pasaban por ahí caminando cabizbajos como si es­tuviesen vigilando sus pies. Me dieron un mono de tra­bajo como el de los viejos.
—Bueno —dijo Jacob—, coge tu equipo.
Mi equipo consistía en un carrito metálico dividido en dos compartimentos. En una mitad había dos fregonas, algunos trapos y una gran caja de jabón. La otra mitad contenía una variedad de botellas de colores y botes y cajas con diversos productos de limpieza y más trapos. Era evidente que me iba a encargar de la limpieza noctur­na. Bueno, ya había fregado una vez oficinas en San Francisco. Te llevabas una botella de vino contigo, traba­jabas como un condenado hasta que veías que todo el mundo se había ido, y entonces te sentabas a mirar por las ventanas, bebiendo vino y aguardando a que ama­neciera.
Uno de los viejos encargados de la limpieza se acer­có hasta pegarse a mi lado y me gritó en la oreja:
—¡Estos tíos son tontos del culo, tontos del culo! ¡No tienen INTELIGENCIA! ¡No saben cómo pensar! ¡Le tie­nen miedo a la mente! ¡Están enfermos! ¡Son unos cobar­des! ¡No son hombres que piensan, como tú y como yo!
Sus gritos podían oírse en todo el edificio. Parecía te­ner unos sesenta y tantos. Los otros eran más viejos, la mayoría de ellos aparentaban setenta o más; alrededor de un tercio eran mujeres, todos parecían acostumbra­dos a las extravagancias del viejo. Nade parecía ofen­dido.
—¡Me ponen enfermo! —gritaba él—. ¡No tienen hue­vos! ¡Míralos! ¡Son conglomerados de mierda!
—Bueno, Hugh —dijo Jacob—, sube con tus aperos al piso de arriba y empieza a trabajar.
—¡Te voy a romper la cara, a ti, hijo puta! —le gritó al supervisor—. ¡Te voy a despachurrar los cojones!
—A trabajar, Hugh.
Hugh se alejó enfurecido empujando su carrito, casi arrollando a una de las viejas.
—Es su manera de ser —me dijo Jacob—, pero es el mejor hombre de la limpieza que jamás hemos tenido.
—Me parece muy bien —dije yo—, me gustan los si­tios con acción.
Mientras yo iba empujando mi carrito, Jacob me iba explicando mis deberes. Yo era responsable de dos pisos. La parte más importante eran los servicios. Los servicios eran siempre lo primero. Fregar los lavabos, los retretes, vaciar las papeleras, limpiar los espejos, cambiar las toa­llas, llenar los recipientes de jabón, usar con profusión el ambientador perfumado y asegurarse de que hubiera suficiente papel higiénico y cubiertas de papel en los re­tretes. ¡Y no olvidarse de poner toallitas sanitarias en el lavabo de señoras! Después de esto, vaciar las papele­ras de las oiicinas y quitar el polvo de los escritorios. Luego coger aquella máquina de allí y darle cera a los corredores, y luego de acabar con esto...
—Sí, señor —iba diciendo yo.
Los retretes de señoras, como de costumbre, eran los peores. Muchas de las mujeres, por lo visto, simplemente dejaban caer las toallitas usadas al suelo, y la vista de éstas, aunque familiar, era siempre perturbadora, sobre todo con resaca. Los retretes de hombres estaban de algún modo más limpios, porque los hombres no usa­ban toallitas higiénicas. Por lo menos, mientras trabaja­ba estaba solo. No era muy buen limpiawáteres; a menu­do un mechón de pelo, una colilla de cigarrillo, se que­daban en una esquina llamando la atención. Yo no los quitaba. Era, sin embargo, muy concienzudo con el papel de water y las cubiertas de las tazas: para mí eran algo comprensible. No hay nada peor que finalizar una buena cagada, ir a mirar y encontrarse con que no queda nada de papel. Hasta el más despreciable ser humano de la tierra necesita limpiarse el culo. Algunas veces me he en­contrado con que no hay papel de water y luego cuando he ido a buscar la cubierta de papel de la taza tampoco la he encontrado. Te levantas y miras hacia abajo y ves la mierda flotando en el agua. Después de eso tienes po­cas alternativas. La que encuentro más satisfactoria es limpiarte el culo con los calzoncillos, echarlos ahí junto a la mierda, tirar de la cadena y cerrar el retrete.
Acabé con los servicios de señoras y con los de hom-
bres, vacié las papeleras y quité el polvo de unos cuantos escritorios. Luego volví al retrete de señoras. Tenían allí sofás y sillas y un despertador. Me quedaban cuatro horas de trabajo. Puse la alarma para que sonara treinta minutos antes de la hora de salida. Me tumbé en uno de los sofás y me puse a dormir.
Me despertó la alarma. Me estiré, me eché agua fría en la cara y bajé al cuarto trastero con mis aperos. El viejo Hugh se me acercó.
—Bienvenido al país de los gilipollas —me dijo, esta vez más calmado. No contesté. Afuera estaba a oscuras y sólo faltaban diez minutos para la hora de salida. Nos quitamos nuestros monos y me fijé que, en la mayoría de los casos, nuestros trajes de calle eran tan fúnebres y tristes como nuestra ropa de trabajo. Hablábamos muy poco, apenas unos murmullos. A mí no me molestaba el silencio. Era relajante.
Entonces Hugh se me pegó a la oreja:
—¡Mira a esos peleles! —me gritó—. ¡Sólo echa una ojeada a esos peleles!
Me aparté de él, yéndome al otro lado de la habi­tación.
—¿Tú eres uno de ellos? —me gritó—. ¿También tú eres un gilipollas?
—Sí, noble señor.
—¿Te gustaría una buena palada en el culo? —volvió a gritarme.
—No hay más que espacio vacío entre nosotros —le dije.
Viejo guerrero como era, Hugh decidió acortar ese espacio y arremetió contra mí, saltando y tropezando con un sinfín de cubos. Yo me eché a un lado y él pasó volan­do junto a mí. Se dio la vuelta, volvió a atacarme y me aparro do la garganta con ambas manos. Tenía unos dedos muy largos y fuertes para un hombre de su edad; podía sentir cada uno de ellos clavándose en mi cuello, hasta los pulgares. Hugh olía como un fregadero lleno de platos sin lavar. Traté de desembarazarme de él, pero su presa aún se hizo más fuerte. Sacudidas rojas, azules y amarillas me flashearon en la cabeza. No tenía elección Levanté la rodilla lo más educadamente que pude. Fallé el primer intento, le di de lleno en el segundo. Sus dedos dejaron mi garganta. Hugh cayó al suelo, agarrándose las partes. Vino Jacob.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Me llamó gilipollas, señor, y luego me atacó.
—Mira, Chinaski, este hombre es mi mejor empleado. Es el mejor hombre de la limpieza que he tenido en quin­ce años. Ten cuidado con él, ¿quieres?
Salí, cogí mi ficha y la saqué del reloj. El cascarra­bias de Hugh me miró desde el suelo mientras me iba.
—Le voy a matar a usted, señor mío —me dijo.
Bueno, pensé, por lo menos es educado. Pero eso no consiguió alegrarme.


66

La noche siguiente trabajé unas cuatro horas y luego me fui al retrete de señoras, puse la alarma y me eché a dormir. Debía llevar dormido alrededor de una hora cuando se abrió la puerta. Eran Herman Barnes y Jacob Christensen. Me miraron; alcé la cabeza y les miré tam­bién, luego volví a apoyar la cabeza en el sofá. Les oí pasar al retrete. Cuando salieron no les miré. Cerré los ojos y fingí dormir.
Al día siguiente, cuando me desperté hacia el medio­día, se lo conté a Jan.
—Me pillaron durmiendo y no me han despedido. Seguro que les tengo acojonados por lo que le hice a Hugh. No tengo más remedio que ser un matón hijo de puta. El mundo pertenece a los fuertes.
—No te van a tolerar que vayas por ahí haciendo lo que te dé la gana.
—Y unos huevos. Te he dicho siempre que lo tengo, que tengo algo especial, pero tú es como si no tuvieses oídos. Nunca quieres escucharme.
—Será porque siempre estás repitiendo lo mismo una y otra vez.
—De acuerdo, vamos a tomarnos un trago y hablar de ello. Tú has estado andando por ahí repartiendo tu culo desde que volvimos a juntarnos. Mierda, yo no te nece­sito y tú no me necesitas. Afrontemos lo evidente.
Antes de que la pelea pudiera comenzar, alguien llamó a la puerta.
—Espera —dije, y me puse algo encima. Abrí la puer­ta y era un recadero de la Western Union. Le di una propina y abrí el telegrama:
HENRY CHINASKI: SU EMPLEO CON LA COM­PAÑÍA TIMES HA TERMINADO.
HERMAN BARNES
—¿Qué dice? —preguntó Jan.
—Me han despedido.
—¿Te mandan el cheque?
—No se ve por ningún lado.
—Te deben un cheque.
—Ya lo sé, vamos a por él.
—Vale.
El coche ya no existía. Primero se le había roto la marcha atrás, defecto que yo paliaba conduciendo siem­pre derecho. Luego se acabó la batería, lo que significaba que el único modo de arrancarlo era tirándolo cuesta abajo por una colina. Conseguimos arreglárnoslas así du-rante unas semanas, pero una noche Jan y yo nos pusimos muy borrachos y me olvidé de todo y lo aparqué a la puerta de un bar sin bajada. Por supuesto no pudimos arrancarlo, así que llamé a un garaje nocturno y ellos vinieron y se lo llevaron. Cuando fui a recoger el coche, unos días más tarde, me entregaron una factura de 55 dó­lares por reparaciones y el coche seguía sin poder arran­car. Me fui a casa caminando y les devolví por correo la facturita rosa hecha una pajarita.
Así que tuvimos que ir andando hasta las oficinas del Times. Jan sabía que me gustaba con sus tacones altos, así que se los puso y nos dirigimos hacia allá. Estaba a unas buenas veinte manzanas de distancia. Jan se sentó a des­cansar en un banco que había fuera y yo entré en la ofi­cina de administración.
—Soy Henry Chinaski. Me han despedido y vengo a re­coger mi cheque de liquidación.
—Henry Chinaski... —dijo la chica— aguarde un mo­mento.
Miró entre un puñado de papeles.
—Lo siento, señor Chinaski, pero su cheque aún no está listo.
—De acuerdo, esperaré.
—No podremos hacerle su cheque hasta mañana, señor.
—Pero me han despedido.
—Lo siento. Vuelva mañana, señor.
Salí. Jan se levantó del banco. Parecía hambrienta.
—Vamos al Mercado Central a comprar carne de mor­cillo y verduras, y un par de botellas de buen vino francés.
—Jan, me han dicho que el cheque aún no está listo.
—Pero te lo tienen que dar. Es la ley.
—Supongo que sí. No sé. Pero me han dicho que no tendrán mi cheque hasta mañana.
—Oh, Cristo, y yo que me he tirado todo este camino con estos zapatos de tacón.
—Tienes buena pinta, nena.
—Ya.
Empezamos a caminar, de regreso. A mitad de tra­yecto, Jan se quitó los zapatos y caminó descalza. Un par de coches nos tocaron la bocina al pasar a nuestro lado.
Yo les enseñé el dedo. Cuando llegamos, había el dinero suficiente para unos tacos y cerveza. Eso tomamos, co­mimos, y bebimos, discutimos un poco, hicimos el amor y nos dormimos.



67

Al día siguiente hacia el mediodía volvimos a lo mis­mo, Jan con sus zapatos de tacón.
—Quiero que hoy hagas para los dos un buen estofado de ternera —dijo—. No hay ningún hombre que sepa hacer el estofado como tú. Es tu mayor talento.
—Mil estofadas gracias —le dije.
Seguían siendo veinte manzanas de distancia. Jan se sentó de nuevo en el banco, quitándose los zapatos, mien­tras yo entraba en la oficina de administración. Era la misma chica.
—Soy Henry Chinaski —dije.
-¿Sí?
—Estuve ayer aquí.
-¿Sí?
—Dijo que mi cheque estaría listo para hoy.
—Oh.
La chica empezó a rebuscar entre sus papeles.
—Lo siento, señor Chinaski, pero su cheque aún no ha llegado.
—Pero me dijo que estaría listo.
—Lo siento, señor, a veces los cheques de liquidación tardan algún tiempo.
—Quiero mi cheque. Lo siento, señor.
—Tú no sientes nada, nena, no sabes lo que es sentir algo. Yo sí que lo sé. Quiero ver al jefe de tus jefes. Ahora.
La chica cogió un teléfono.
—¿Señor Handler? Hay un señor llamado Chinaski que quiere verle para hablar de un cheque de liqui­dación.
Hubo algo más de conversación. Finalmente la chica me miró.
—Despacho 309.
Fui al despacho 309. Había un rótulo que decía «John Handler». Abrí la puerta. Handler estaba solo. El director ejecutivo del más poderoso periódico de la costa Oeste. Me senté en la silla enfrente suyo.
—Bueno, John —le dije—, me dieron la patada en el culo, me pillaron durmiendo en el retrete de señoras. Mi señora y yo hemos venido aquí dos días seguidos pa­teándonos veinte manzanas sólo para que nos digan que tú no has hecho el cheque, y bueno, tú sabes que eso es pura palabrería. Todo lo que quiero es que me den ese cheque y emborracharme. Puede que eso no suene muy caballeresco, pero es asunto mío. Si no recibo ese cheque no sé muy bien lo que puedo llegar a hacer.
Entonces le miré en plan duro, estilo Casablanca.
—¿Tienes un cigarrillo?
John Handler me dio un pitillo. Incluso me lo encen­dió. Una de dos, pensé, o me tiran una red encima o consigo el cheque.
Handler cogió el teléfono.
—Señorita Gimms, se le debe un cheque a Henry Chinaski. Lo quiero aquí en menos de cinco minutos. Gracias —colgó el teléfono.
—Oye, John —le dije—, yo he estudiado dos años de periodismo en el City College de L.A. ¿No me podríais contratar como reportero, eh?
—Lo siento, estamos sobrados de personal.
Challamos un poco y después de unos minutos entró una chica y le entregó el cheque a John. El se inclino por encima del escritorio y me lo dio. Un tío decente. Luego me enteré que murió al poco tiempo, pero Jan y yo conseguimos nuestro estofado de ternera con verduras y nuestro vino francés y pudimos seguir viviendo.


68

Cogí la tarjeta que me dieron en el Departamento Esta­tal de Empleo y me fui a que me hicieran la entrevista en el trabajo. Estaba a unas pocas manzanas al este de Main Street, un poco más arriba de los aserraderos. Era una compañía que comerciaba con frenos de automóviles. Les enseñé la tarjeta y rellené un impreso de solicitud. Alargué el tiempo de permanencia en mis trabajos ante­riores, convirtiendo los días en meses y los meses en años. La mayoría de las compañías no se preocupaban de in­vestigar. Con las empresas que se ocupaban de comprobar los informes de sus empleados, yo tenía poco futuro. Rápidamente se descubría que tenía un récord de ante­cedentes policiales. La casa de repuestos de frenos no se ocupaba de investigaciones. Cuando llevabas dos o tres semanas en el trabajo, otro problema era que todos los empleados querían que te unieras a su sindicato, pero para entonces, por lo general, ya me habían echado o me había ido.
El tío echó una ojeada a mi impreso y luego se vol­vió en plan chistoso hacia las dos mujeres que estaban en la oficina:
—Este tío quiere un trabajo. ¿Creéis que será capaz de quedarse con nosotros?
Algunos trabajos eran increíblemente fáciles de con­seguir. Recuerdo un sitio en el que entré, me senté en una silla y bostece. El tío que estaba detrás del escrito rio me preguntó:
—¿Sí, qué desea usted?
—Mierda —contesté—, creo que necesito un trabajo.
—Contratado.
Otros trabajos, sin embargo, me resultaban imposi­bles de conseguir. La Compañía de Gas del Sur de Cali­fornia ponía anuncios en los periódicos que prometían altos sueldos, jubilación temprana, etc. No sé cuántas ve­ces me acercé hasta allí y rellené sus impresos de solici­tud amarillos ni cuántas me senté en aquellas duras sillas observando las grandes fotos enmarcadas de tuberías y enormes depósitos de gas. Nunca llegué ni por un pelo a ser contratado, y cada vez que veía a un empleado de la compañía me ponía a examinarlo con mucho ahínco, tratando de descubrir qué tenía él que no tuviera yo.
El hombre de los repuestos de frenos me hizo subir por una angosta escalera. Se llamaba George Henley. George me enseñó el cuarto donde yo iba a trabajar, muy pequeño, oscuro, con una sola bombilla y una minúscu­la ventanilla que daba a un callejón.
—Bueno —me dijo—. ¿Ves esas cajas de cartón? Tie­nes que meter las zapatas de los frenos dentro de las cajas, así.
Henley me enseñó cómo.
—Tenemos tres tipos de cajas, cada una impresa de diferente manera. Unas son para nuestras «Zapatas de freno super duraderas», las otras son para nuestras «Su-per zapatas de freno» y las terceras son para nuestras «Zapatas de freno Standard». Las zapatas están aquí al lado apiladas.
—Pero a mí me parecen todas iguales. ¿Cómo las voy a distinguir?
—No hace falta. Todas son el mismo modelo. Sólo tienes que dividirlas en tercios. Y cuando acabes de empa­quetar todas las zapatas, baja abajo y te pondré a hacer alguna otra cosa. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. ¿Cuando empiezo?
—Empieza ahora mismo. Y no se te ocurra fumar. Aquí arriba, no. Si tienes que fumar, te bajas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
El señor Henley cerró la puerta. Le oí bajar las esca­leras. Abrí la ventanilla y contemplé el mundo desde allí. Luego me senté, me relajé y fumé un cigarrillo.



69

Perdí aquel trabajo rápidamente, igual que tantos otros. Nunca me importaba mucho perderlos —a excep­ción de una vez: era el trabajo más facilón que jamás había tenido, y me jodió mucho quedarme sin él. Fue durante la segunda guerra mundial. Estaba trabajando para la Cruz Roja en San Francisco, conduciendo un ca­mión lleno de enfermeras y botellas y neveras a lo largo de varias pequeñas ciudades. Recogíamos sangre para el socorro de guerra. Les descargaba el camión a las enfer­meras y luego tenía todo el resto del día libre para pasear por ahí, dormir en el parque, lo que fuera. Al final del día, las enfermeras almacenaban las botellas llenas en los frigoríficos y yo limpiaba las gotas de sangre de los tubos de goma en el retrete más cercano. Normalmente estaba sobrio, pero mientras estrujaba los tubos con mis dedos intentaba convencerme de que las gotas de sangre eran pececitos o bonitos bichejos que se movían traviesamente, lo cual me servía para no vomitar todo el almuerzo.
El trabajo con la Cruz Roja era bueno. Incluso llegué a citarme con una de las enfermeras. Pero una mañana me equivoqué de puente al salir de la ciudad y me perdí, yendo a parar a unos aserraderos, quién sabe dónde, con un camión lleno de enfermeras, agujas y botellas vacías. Los bestias de los leñadores empezaron a decir que nos iban a violar a todos y algunas de las enfermeras se em­pezaron a poner nerviosas. Volvimos por fin al puente y cogimos el camino correcto. Me había hecho un lío con
los pueblos y cuando finalmente llegamos a la iglesia donde los donantes de sangre nos estaban esperando, lle­vábamos un retraso de dos horas y quince minutos. El jardincillo de la iglesia estaba repleto de donantes, doc­tores y curas furiosos. Al otro lado del Atlántico, Hitler aprovechaba cualquier mínimo retraso. Perdí aquel tra­bajo allí y entonces, una lástima.



70

La compañía Yellow Cab de taxis en L.A. está situada en el extremo sur de la Tercera calle. Hileras e hileras de taxis amarillos descansan bajo el sol en las explanadas. Está cerca de la Sociedad Americana contra el Cáncer. Yo había visitado la Sociedad Americana contra el Cáncer hacía poco, pensando que tendría consultas gratis. Tenía bultos por todo el cuerpo, desmayos, escupía sangre, y fui hasta allá; sólo conseguí que me dieran una cita para tres semanas más tarde. Como a todo buen chico americano, me habían dicho siempre: Agarra el cáncer a tiempo. Pero luego, cuando ibas a agarrarlo a tiempo, te hacían espe­rar tres semanas para una consulta. Esa es la diferencia entre lo que se dice y la realidad.
Después de tres semanas volví y me dijeron que po­dían hacerme algunos exámenes gratis, pero que podía pasar esos exámenes y no saber realmente si tenía cáncer o no. Sin embargo, si les daba 25 dólares y pasaba otro examen, podía estar bastante seguro de que no tenía cáncer. Para estar absolutamente seguro, después de pa­sar e] examen de 25 dólares, tendría que seguir con el examen de 75 dólares, y si pasaba también ése, podía estar tranquilo. Significaría que mi problema era de alco­holismo o de nervios o de taquicardia. Te hablaban con franqueza, bien clarito, aquellas gatitas con las batas blancas de la Sociedad Americana contra el Cáncer, y yo dije: en otras palabras 100 dólares. Uhmm, hum, asintieron, y yo salí y me sumergí en una borrachera de tres días y todos los bultos desaparecieron junto a los desmayos y los esputos de sangre.
Cuando fui a la compañía Yellow Cab de taxis pasé por el edificio del cáncer y me acordé de que había cosas peores que andar buscando un trabajo que no deseabas. Entré y pareció lo bastante sencillo, los mismos historia­les de siempre, preguntas, etc. La única novedad fueron las huellas dactilares, pero yo sabía cómo dejarme to­mar las huellas dactilares así que relajé la mano y los dedos y los apreté en la tinta. La chica me felicitó por mi destreza. No sospechó que la había adquirido en las comi­sarías. El señor Yellow me dijo que volviese al día si­guiente para las clases de aprendizaje, y Jan y yo lo cele­bramos por la noche.



71

Janeway Smithson era una pequeña, enfermiza y cano­sa caricatura gallinácea de un hombre. Nos metió a cinco o seis tíos en un taxi y nos dirigimos al lecho del río de L.A. Por aquellos días, el río de Los Angeles era un puro fraude —no había agua, sólo un ancho, llano y seco cauce de cemento. Los vagabundos vivían allí abajo por centenares, en pequeños huecos en el hormigón bajo los puentes. Algunos habían puesto incluso macetas con plan­tas delante de sus refugios. Todo lo que necesitaban para vivir como reyes era calor enlatado (los tubos de cale­facción) y lo que recogían del vecino vertedero de basura. Estaban bronceados y relajados y la mayoría de ellos te­nían un aspecto mucho más saludable que cualquier tí­pico hombre de negocios de Los Angeles. Aquellos hombres no tenían problemas con las esposas, los impuestos, los caseros, gastos de entierros, dentistas, intereses bancarios, reparaciones de automóvil, ni votos en una cabina con la cortinita cerrada.
Janeway Smithson llevaba en la compañía veinticinco años y era lo suficientemente imbécil como para enorgu­llecerse de ello. Llevaba una pistola en su bolsillo derecho y presumía de haber parado el taxi en menos tiempo y menos metros en el test de frenado que cualquier otro hombre en toda la historia de la compañía. Mirando a Janeway Smithson pensé que aquel rollo del récord o era una mentira o había sido una puta casualidad. Aparte, como cualquier otro hombre con veinticinco años de ser­vicio en una misma compañía, Smithson era un demente total.
—Muy bien —dijo—, Bowers, tú eres el primero. Pon a esta soplapollas de máquina a ochenta por hora y man­ténla así. Yo llevo esta pistola en mi mano derecha y el cronómetro en la izquierda. Cuando yo dispare, tú frenas. Si no tienes reflejos para parar lo bastante pronto, esta­rás esta tarde vendiendo plátanos verdes en el cruce de la Séptima y Broadway... ¡No, jodido imbécil! ¡No mires a la pistola! ¡Mira al frente! Te voy a cantar una nana, voy a hacer que te duermas. Nunca adivinarás cuándo este hijo de puta que te habla va a disparar.
Disparó en este instante. Bowers pisó el freno. Bota­mos y rebotamos y el coche derrapó. Nubes de polvo se alzaban de debajo de las ruedas mientras patinábamos entre grandes pilares de hormigón. Finalmente el coche con un chirrido dio una última sacudida y se paró. Alguien en el asiento trasero estaba sangrando por la nariz.
—¿Lo he conseguido? —preguntó Bowers.
—Eso no te lo voy a decir —dijo Smithson, haciendo unas anotaciones en su libreta negra—. Muy bien, De Esprito, ahora te toca a ti.
De Esprito cogió el volante y volvimos otra vez a lo mismo. Los conductores se fueron turnando mientras corríamos por el cauce del río de arriba a abajo, quemando frenos y neumáticos y pegando tiros con la pistola. Me tocó el último.
—Chinaski —dijo Smithson.
Me puse al volante y aceleré el coche hasta los no­venta.
—Tú tienes el récord, ¿eh pistoletas? ¡Te voy a borrar del mapa, te voy a dar una patada en el culo! —le dije.
—¿Qué?
—¡Quítate la cera de los oídos! ¡Te voy a pisotear, pis­toletas! ¡Yo le di una vez la mano a Max Baer! ¡Yo fui una vez mecánico de Tex Ritter! ¡Despídete de tu mierdo-so record!
—¡Estás conduciendo con el freno pisado! ¡Quita el pie del maldito freno!
—¡Cántame una nana, pistoletas! ¡Cántame tu cancion-cita! ¡Tengo cuarenta cartas de amor de Mae West en mi petaca!
—¡Nunca podrás batir mi record!
No aguardé al disparo. Pisé los frenos. Había supues­to bien su reacción. El pistoletazo y el frenazo sonaron al mismo tiempo. Batí su record mundial por cuatro me­tros y nueve décimas de segundo. Eso es lo que dijo al principio. Entonces cambió de tono y me acusó de haber hecho trampa. Yo dije:
—Está bien, tío, ponme la marca que te salga de los cojones, pero vámonos del río. No va a llover y está claro que no vamos a pescar ni un puto pez.



72

Eramos unos cuarenta o cincuenta en las clases de aprendizaje. Nos sentábamos todos en pequeñas sillas pupitre en fila fijadas al suelo. Cada silla tenía una plataforma de madera en el brazo derecho. Era igual que en los viejos días en clase de biología o química.
Smithson pasó lista.
—¡Peters!
—Yep.
—Calloway.
—Uh, huh.
—Me Bride...
(Silencio.)
—¿Mc Bride?
—Ah, sí.
Siguió la lista. Pensé que estaba muy bien que hubiera tantas vacantes de trabajo, aunque también me preocupa­ba un poco —probablemente harían que nos enfrentára­mos de alguna manera. La ley del más fuerte. En Améri­ca siempre había gente buscando trabajo. Siempre había un montón de cuerpos utilizables para reemplazar a otros. Y yo quería ser escritor. Casi todo el mundo era escritor. No todo el mundo pensaba en que podía ser dentista o mecánico de automóviles, pero todo el mundo sabía que podía ser escritor. De aquellos cincuenta tíos de la clase, probablemente quince o más pensaban que eran escrito­res. Casi todo el mundo usaba palabras y podía también escribirlas, en consecuencia casi todo el mundo podía ser escritor. Pero la mayoría de los hombres, por fortuna, no son escritores, ni siquiera conductores de taxi, y algunos —bastantes— desgraciadamente no son nada.
Smithson acabó de pasar lista y miró a su alrededor.
—Estamos aquí reunidos —comenzó, entonces paró de hablar. Miró a un tío negro de la primera fila.
—¿Spencer?
-¿Sí?
—Le has quitado el alambre a tu gorra, ¿no?
—Sí.
—Bueno, veamos, tú estás sentado en tu taxi con tu gorra metida hasta las orejas como Doug Mc Arthur, y una buena señora con su bolsa de la compra se acerca y quiere coger el taxi y tú estás ahí sentado tal cual con tu brazo colgando fuera de la ventanilla y ella te mira y, claro, pien­sa que eres un cowboy. Pensará que eres un cowboy y no querrá montar en tu taxi. Cogerá el autobús. Esas pijadas están bien en el ejército, si eres un general victorioso en el Pacífico, pero esto es la compañía Yelloçw Cab de Taxis.
Spencer se agachó, cogió el alambre del suelo y lo vol­vió a colocar en la gorra. Necesitaba el trabajo.
—Bueno, la mayoría de vosotros os creéis que sabéis conducir ¿eh, tíos? Pero el hecho es que muy poca gente sabe conducir, sólo sabe guiar a medias. Cada vez que conduzco por la calle me maravillo de que no ocurran más accidentes. Cada día veo a dos o tres personas saltar­se un disco en rojo como si no existiera. Yo no soy un predicador, pero puedo deciros esto: con la vida que lleva la gente se está volviendo loca y su locura se manifiesta en la forma como conduce. Yo no estoy aquí para deciros cómo tenéis que vivir. Para eso ir a ver a vuestro rabino o a vuestro cura o a vuestra puta. Yo estoy aquí para en­señaros a conducir. Trato de mantener bajas nuestras tasas de seguro y manteneros vivos para que podáis vol­ver por la noche a vuestras casas a comeros el chocho de vuestras mujeres.
—Hostia —dijo el chico que estaba a mi lado—, el vie­jo Smithson tiene labia, ¿eh?
—Todo hombre es un poeta —dije yo.
—Ahora —dijo Smithson— y, maldita sea, Mc Bride, despierta y escúchame... Bueno, ¿cuándo es el único mo­mento en que un hombre puede perder el control de su taxi sin poder evitarlo?
—¿Cuando se le ponga dura? —dijo algún coñón.
—Mendoza, si no puedes conducir con la polla dura no nos sirves. Algunos de nuestros mejores choferes con ducen con la polla tiesa durante todo el día y también toda la noche.
Los chicos se rieron.
—Venga, ¿cuándo es el único momento en que un hom­bre puede perder el control de su coche sin poder hacer nada para remediarlo?
Nadie respondió. Yo levanté la mano.
—¿Sí, Chinaski?
—Un hombre puede perder el control de su coche cuando estornuda.
—Correcto.
—Me sentí de nuevo como un alumno aventajado. Era igual que en los días en el City College de L.A. —malas calificaciones, pero bueno para enrollarme en clase con los profesores.
—De acuerdo, cuando estornudas ¿qué es lo que tie­nes que hacer?
Cuando levantaba otra vez la mano se abrió la puerta y un hombre entró en la habitación. Se acercó y se me plantó delante.
—¿Es usted Henry Chinaski?
—Sí.
Me quitó de la cabeza la gorra de taxista, casi con rabia. Todo el mundo se quedó mirándome. El rostro de Smithson permaneció inexpresivo e imparcial.
—Sígame —me dijo el hombre.
Le seguí por el corredor hasta su oficina.
—Siéntese.
Me senté.
—Hemos investigado acerca de usted, Chinaski. -¿Sí?
—Tiene dieciocho detenciones por borrachera y una por conducir borracho.
—Pensé que si lo ponía en la solicitud no me contra­tarían.
—Nos mintió.
—He dejado de beber.
—No importa. Desde el momento en que ha falsificado su solicitud queda anulado su contrato.
Me levanté y me largué. Bajé caminando por la acera
junto al edificio del cáncer. Volví a nuestro apartamento. Jan estaba en la cama. Llevaba puestas unas bragas rosas de encaje. Uno de los lados estaba sujeto con un imper­dible. Ya estaba borracha.
—¿Cómo te ha ido, papi?
—No quieren saber nada de mí.
—¿Y cómo es eso?
—No quieren homosexuales.
—Oh, bueno. Hay vino en la nevera. Ponte un vaso y ven a la cama.
Eso hice.



73

Un par de días después encontré un anuncio en el pe­riódico solicitando un empleado de distribución en un al­macén de artículos para arte. El almacén estaba muy cerca de donde vivíamos, pero me quedé dormido y no me pasé por ahí hasta las 3 de la tarde. Cuando llegué, el jefe estaba hablando con un solicitante. No sé a cuán­tos otros habría ya entrevistado. Una chica me dio un im­preso para que lo rellenara. El tío aquel parecía que le estaba dando una buena impresión al jefe. Estaban los dos riéndose. Rellené el impreso y aguardé. Finalmente me llamaron.
—Quiero decirle algo. Ya he aceptado otro trabajo esta mañana —le conté—, pero ocurre que entonces vi su anuncio. Vivo en la esquina de al lado. Pensé que sería más agradable trabajar en un lugar tan cercano a mi casa. Aparte, tengo la pintura como hobby. Pensé que podría conseguir un descuento en algunos de los materiales que suelo usar.
—Los empleados tienen el 15 % de descuento. ¿Cuál es el nombre del último sitio que le ha empleado?
—La compañía Jones-Hammer, electricidad. Voy a su­pervisar su departamento de distribución. Está bajando la calle Alameda, justo debajo del matadero. Debería pre­sentarme a las 8 de la mañana.
—Bueno, aún queremos entrevistar a algunos solicitan­tes más.
—De acuerdo. No espero obtener este trabajo. Sólo se me ocurrió probarlo porque me pilla muy cerca. Tienen mi número de teléfono en el impreso. Pero una vez que empiece a trabajar con la Jones-Hammer, no estaría bien que les diera plantón.
—¿Está usted casado?
—Sí. Con un hijo. Un niño, Tommy, de 3 años.
—De acuerdo, tendrá noticias nuestras.
A las 6 :30 de la tarde sonó el teléfono.
—¿Señor Chinaski?
-¿Sí?
—¿Todavía desea el trabajo?
—¿Dónde?
—En la compañía Gráfica Querubín de artículos para arte.
—Bien, sí.
—Entonces preséntese a las 8 :30 de la mañana.



74

Los negocios no parecían ir muy bien. Los envíos eran pocos y reducidos. El jefe, Bud, vino hasta donde yo es­taba, sentado en la mesa de despachos, fumándome un puro.
—Cuando las cosas estén tranquilas, puedes irte a to­mar una taza de calé ahí a la esquina. Pero asegúrate de estar de vuelta cuando vengan los camiones a recoger los pedidos.
—Claro.
—Y mantén la cesta bien repleta de impresos de fac­tura. Ten una buena provisión de impresos.
—De acuerdo.
—También mantén los ojos alerta y cuida de que na­die entre por atrás y nos robe cosas. Tenemos a un mon­tón de zarrapastrosos merodeando por estos callejones.
—De acuerdo.
—¿Tienes suficientes etiquetas de FRAGIL?
—Sí.
—No tengas miedo de poner un buen montón de eti­quetas de FRAGIL en los paquetes. Y si sales, házmelo saber. Rellena con paja y periódicos los paquetes con ma­terial bueno, especialmente las pinturas envasadas en cristal.
—Cuidaré de todo.
—De acuerdo. Y cuando no haya nada que hacer, puedes salir fuera y tomarte una taza de café. Ahí está el café de Montie. Tienen a una camarera con unas tetas de campeonato, tienes que verlas. Se pone blusas escotadas y todo el rato se está agachando y la visión es algo memorable. Y la tarta de manzana es del día.
—De acuerdo.



75

Mary Lou era una de las chicas que trabajaban en la oficina central. Mary Lou tenía estilo. Conducía un Cadi­llac de tres años y vivía con su madre. Ligaba con miem­bros de la Filarmónica de Los Angeles, directores de cine, cameramans, abogados, inspectores de hacienda, ciruja nos, monstruos sagrados, ex-aviadores, bailarines de ba­llet y otras figuras de relieve como luchadores o futbo­listas. Pero nunca se había llegado a casar ni había dejado
jamás la oficina central de las Gráficas Querubín, excep­to alguna que otra vez para un polvete rápido con Bud en el lavabo de señoras, entre risitas, con la puerta cerrada y pensando que todos nos habíamos ido a casa. También era bastante religiosa y le encantaba apostar a los caba­llos, pero preferiblemente con un asiento reservado y, pre­feriblemente en Santa Anita. Hollywood Park le parecía un picadero de pencos. Estaba desesperada y a la vez era selectiva y, en cierto modo, hermosa, pero no tenía de­trás a tantos hombres locos por ella como para tenérselo tan creído.
Una de sus tareas era traerme una copia de las órdenes de envío después de haberlas mecanografiado. Los em­pleados cogían otra copia de las mismas órdenes de la cesta y las rellenaban cuando no estaban esperando clien­tes, luego yo las emparejaba antes de empaquetar el ma­terial. La primera vez que vino con las órdenes llevaba puesta una ajustada falda negra, zapatos de tacón, una blusa blanca y un pañuelo dorado y negro alrededor del cuello. Tenía una nariz respingona muy atractiva, un tra­sero maravilloso y unas tetas cosa fina. Era una chica espigada. Con clase.
—Bud me ha dicho que eres pintor —me dijo.
—A ratos.
—Oh, me parece maravilloso. Tenemos a gente tan interesante trabajando aquí.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, el hombre de la limpieza, por ejemplo, es un anciano; Maurice, se llama, y es francés. Viene una vez a la semana y limpia el almacén. También pinta. Todas sus pinturas, pinceles y lienzos los compra aquí. Pero es bastante extraño. Nunca habla, sólo mueve la cabeza y señala. Simplemente señala las cosas que quiere comprar.
— Uh, huh
—Es bastante extraño.
—Uh, huh.
—La semana pasada fui al lavabo de señoras y él esta-
ba allí, fregando en la oscuridad. Se había pasado allí cer­ca de una hora.
—Uh.
—Tú tampoco hablas mucho.
—O, sí, sí que hablo, no pasa nada.
Mary Lou se dio la vuelta y se alejó. Me fijé en sus nalgas, que transmitían su seductor contoneo a todo el cuerpo. Era mágica. Algunas mujeres eran mágicas.
Había empaquetado algunos pedidos cuando vi llegar al viejo. Tenía un descuidado bigote gris desparramado al­rededor de la boca. Era pequeño y encogido. Iba vestido de negro, con una bufanda roja atada al cuello y una boina azul en la cabeza. Debajo de la boina surgía una abundante y desgreñada cabellera gris.
Los ojos de Maurice eran lo más distintivo de todo su ser; eran de un verde vivido y parecían mirar desde remo­tas profundidades del interior de su cráneo. Cejas tupi­das. Iba fumando un largo y estrecho cigarro.
—Hola, chico —me dijo.
Apenas tenía acento francés. Se sentó en el extremo de la mesa de empaquetado y cruzó las piernas.
—Creí que usted no hablaba nunca.
—Ah, ya. Cojones. Yo no mearía en un agujero por ellos. ¿Para qué andarme con chácharas y jodiendas?
—¿Por qué limpia los retretes a oscuras?
—Es por Mary Lou. La espío. Entonces me la casco y me corro por el suelo. Luego lo friego. Ella lo sabe.
—¿Es usted pintor?
—Sí, estoy trabajando en un lienzo en mi habitación. Tan grande como esta pared. Pero no es un mural, es un gran lienzo. Estoy pintando la vida de un hombre —desde su nacimiento a través de la vagina, a lo largo de toda su existencia y finalmente hasta su sepultura. Observo a la gente en el parque. Los utilizo. Esa Mary Lou, debe dar gusto follar con ella, ¿verdad?
—Tal vez. Puede ser un espejismo.
—Yo viví en Francia. Conocí a Picasso.
—¿De veras?
—Mierda, ya lo creo. Un tío cojonudo.
—¿Cómo le conoció?
—Llamé a su puerta.
—¿Se molestó?
—No, no se molestó en absoluto.
—Hay gente a la que no le gusta Picasso.
—Hay gente a la que no le gusta nadie que sea famoso.
—Y hay gente a la que no le gusta nadie que no lo sea.
—La gente no cuenta. Yo no mearía en un agujero por ella.
—¿Qué dijo Picasso?
—Bueno, yo le hice una pregunta, le dije: «Maestro: ¿qué tengo que hacer para mejorar mi trabajo?»
—¿Contestó con tópicos?
—No, se enrolló bien.
—¿Qué dijo?
—Me dijo: «Mira, yo no puedo decirte nada sobre tu trabajo. Yo qué sé. Tu trabajo te lo tienes que hacer todo tú solo. Pasa de los demás».
—Ja.
—Sí.
—Está bien.
—Sí. ¿Tienes una cerilla?
Le pasé las cerillas. Su cigarro se había apagado.
—Mi hermano es rico —me dijo—, pero no quiere saber nada de mí. No le gusta que yo beba. No le gusta que pinte.
—Pero su hermano no ha conocido a Picasso.
Maurice se levantó y sonrió.
—No, no ha conocido a Picasso.
Se alejó por el pasillo hacia la parte delantera del al­macén, con el humo del cigarro subiéndole por encima del hombro. Se había quedado con mi caja de cerillas.



76

Bud se acercó empujando la carretilla con tres botes de un galón de pintura. Los puso en la mesa de empa­quetado. Llevaban la etiqueta de rojo carmesí. Me entregó tres etiquetas. En éstas ponía bermellón.
—Se nos ha acabado el bermellón —me dijo—. Quita las etiquetas de los botes y pega éstas de bermellón.
—Pero hay bastante diferencia entre el carmesí y el bermellón —dije yo.
—Tú ocúpate sólo de cambiarlas.
Me pasó unos trapos y una cuchilla. Mojé los trapos con agua y envolví con ellos los botes. Luego, con la cuchilla, raspé las etiquetas y pegué las nuevas.
Bud volvió unos pocos minutos después. Traía un bote de azul ultramarino y una etiqueta de azul cobalto. Bueno, el tío se estaba enrollando...



77

Paul era uno de los empleados de la tienda. Era gordo, tendría unos 28 años. Sus ojos eran muy grandes, vidrio­sos e hinchados. Le pegaba a las pastillas. Me enseñó un puñado. Todas de diferentes colores y tamaños.
—¿Quieres unas cuantas?
—No.
—Vamos, coge una.
—Bueno.
Cogí una amarilla.
—Yo me las tomo todas —me dijo—. Son cosas dia-
bólicas. Unas me quieren hacer subir, otras me quieren hacer bajar. Yo dejo que luchen dentro de mí.
—Se supone que eso debe dar bastante palo.
—Ya lo sé. ¿Oye, por qué no te vienes a mi casa des­pués del trabajo?
—Tengo una mujer.
—Cualquiera tiene una mujer. Pero yo tengo algo mejor.
—¿Qué?
—Mi novia me compró esta maquinita por mi cum­pleaños. Follamos con ella. Se mueve para arriba y para abajo, no tenemos que hacer ningún esfuerzo. Todo el es­fuerzo lo hace la máquina.
—Suena bien.
—Tú y yo podemos usar la máquina. Hace mucho rui­do, pero no pasa nada mientras la usemos antes de las diez de la noche.
—¿Y quién se pone encima?
—¿Eso qué importa? A mí me da igual por un lado que por otro. Joder o que me jodan, es lo mismo.
—¿Es lo mismo?
—Claro, no importa. Lo echaremos a suertes.
—Lo tengo que pensar.
—Bueno, ¿quieres otra pastilla?
—Sí. Dame otra amarilla.
—Te veré a la salida.
—Vale.
Paul me abordó a la salida.
—¿Y bien?
—No puedo hacerlo, Paul. Yo soy heterosexual.
—Es una máquina cojonuda. Una vez que te pongas con la máquina, pasaras de todo.
—No puedo hacerlo.
—Bueno, de todos modos ven y te enseñaré mi colec­ción de pildoras.
—De acuerdo. Eso sí.
Cerré la puerta trasera del almacén. Luego salimos juntos por delante. Mary Lou estaba sentada en la ofi­cina fumando un cigarrillo y charlando con Bud.
—Buenas noches, tíos —dijo Bud con una ancha son­risa cruzándole la cara...
La casa de Paul estaba a una manzana hacia el sur. Tenía un apartamento en una planta baja con las venta­nas dando a la Séptima calle.
—Aquí está la máquina —dijo. La puso en marcha.
—Mírala, mírala. Suena como una lavadora. La mujer del piso de arriba, cuando me ve por las escaleras me dice: «Paul, se ve que es usted un hombre muy limpio. Le oigo lavar la ropa tres o cuatro veces a la semana».
—Apágala —dije yo.
—Mira mis pastillas. Tengo miles de pastillas, milla­res. Muchas ni siquiera sé para qué sirven.
Paul tenía todos los frascos en la mesilla de la cocina. Había once o doce frascos, todos de diferentes tamaños y formas, rellenos de pildoras de múltiples colores. Era algo hermoso. Mientras lo contemplaba, abrió un frasco, sacó tres o cuatro pastillas y se las tragó. Luego abrió otro frasco y se tomó otro par de pastillas. Luego abrió un tercer frasco.
—Venga, qué demonios —me dijo—, vamos a poner­nos con la máquina.
—Parece que va a llover. Tengo que irme.
—¡Muy bien! —dijo él—. ¡Si no quieres follarme, me follaré yo solo!
Cerré la puerta detrás mío y salí a la calle. Oí como ponía la máquina en marcha.




78

El señor Manders se acercó adonde yo estaba traba­jando, se paró allí y me observó. Yo estaba empaquetan­do un voluminoso pedido de pinturas y él se quedó allí mirándome. Manders había sido el primer dueño del al­macén, pero su esposa se había fugado con un negro y él había empezado a beber. Bebió hasta arruinarse. Ahora era sólo un vendedor y otro hombre era el dueño del negocio.
—¿Está poniendo etiquetas de FRAGIL en estos pa­quetes?
—Sí.
—¿Lo empaqueta todo bien? ¿Con un buen relleno de papel de periódico y paja?
—Creo que lo hago bien.
—¿Tiene suficientes etiquetas de FRÁGIL?
—Sí, hay un cajón lleno debajo de este banco.
—¿Está seguro de que sabe lo que hace? Usted no tiene pinta de empleado de envíos.
—¿Y qué pinta debería de tener?
—Normalmente llevan delantales. Usted no lleva de­lantal.
—Ah.
—Los de Smith y Barnsley han llamado para decir que han recibido rota una jarra de cola en un envío.
No contesté.
—Si se le acaban las etiquetas de FRÁGIL, dígamelo.
—Cómo no.
Manders se fue andando por el pasillo. Entonces se paró, se dio la vuelta y me miró. Corté algo de cinta adhe­siva del rollo y con especial cuidado precinté el paquete. Manders se volvió y siguió caminando.
Bud vino corriendo.
—¿Cuántos bastidores de metro y medio hay dispo­nibles?
—Ninguno.
—Hay un tío que quiere cinco bastidores de metro y medio para ahora mismo. Los está esperando. Hazlos rá­pidamente.
Se fue corriendo. Un bastidor es una plancha de con­trachapado con un borde de goma. Se usa en serigrafía. Subí al ático y cogí una larga plancha de madera, señalé secciones de metro y medio y las serré. Luego empecé a taladrar agujeros en uno de los bordes. Colocabas la tira de goma después de taladrar unos agujeros. Luego tenías que pegar bien la goma de modo que quedase ab­solutamente recta y ajustada. Si el borde de goma no quedaba perfectamente recto y nivelado, el proceso de serigrafía no funcionaba. Y la puta goma tenía la manía de torcerse y levantarse y resistirse.
Bud volvió pasados tres minutos.
—¿Tienes ya listos esos bastidores?
—No.
Volvió corriendo a la parte delantera. Yo taladraba, apretaba tornillos, lijaba. Pasados cinco minutos regresó de nuevo.
—¿Tienes ya listos esos bastidores?
—No.
Volvió a irse corriendo.
Tenía acabado un bastidor y estaba a mitad de otro cuando vino otra vez.
—Olvídalo ya, se ha marchado —dijo, y regresó cami­nando a la parte delantera...



79

El almacén iba hacia la quiebra. Los pedidos eran cada vez más pequeños. Cada día había menos cosas que hacer. Despidieron al amigo de Picasso y me pusieron a limpiar los retretes, vaciar las papeleras y colocar el papel higié­nico. Todas las mañanas barría y regaba la acera junto a la puerta del almacén. Una vez a la semana lavaba las ventanas.
Un día decidí limpiar mi propio terreno. Una de las cosas que hice fue limpiar el cuarto del cartón, donde yo guardaba todas las cajas de cartón vacías que se utiliza­ban para los envíos. Las saqué todas y barrí toda la mier­da acumulada. Mientras lo limpiaba me apercibí de una pequeña caja gris oblonga en el fondo del cuartucho. La cogí y la abrí. Contenía veinticuatro pinceles de pelo de camello de tamaño grande. Eran soberbios y hermosos y valían diez dólares cada uno. Yo no sabía qué hacer. Me quedé mirándolos durante algún rato, entonces cerré la caja, salí al callejón y los metí en un cubo de basura. Luego volví a meter todas las cajas de cartón vacías en el cuartito.
Aquella noche salí lo más tarde posible. Me fui hasta el café de al lado y pedí un café y tarta de manzana. Luego salí, bajé por la avenida y doblé por la esquina del calle­jón. Subí por el callejón y estaba a mitad de camino cuando vi a Bud y Mary Lou bajar por el otro extremo. No podía hacer otra cosa que seguir caminando. Era ine­vitable. Nos acercamos cada vez más. Finalmente, al pasar a su lado, dije: —Hola. —Ellos dijeron : —Hola —y seguí caminando. Subí hasta el final del callejón, crucé la calle y me metí en un bar. Me senté. Estuve sentado un rato y me tomé una cerveza y luego otra más. Una mujer al final de la barra me preguntó si tenía un cerilla. Me acer­qué hasta ella y le encendí el pitillo; mientras lo hacía, se tiró un pedo. Le pregunté si vivía en el barrio. Me dijo que era de Montana. Me acordé de una noche desgraciada que había pasado en Cheyenne, Wyoming, que está bas­tante cerca de Montana. Finalmente salí y regresó al ca­llejón.
Me acerqué al bote de basura y miré dentro. Aún se­guía allí: la caja gris y oblonga. No parecía vacía. Me la metí por el cuello de la camisa y la solté; cayó, se deslizó por mi pecho y fue a asentarse junto a mi barriga. Volví andando a casa.



80

La siguiente cosa que ocurrió fue que contrataron a una chica japonesa. Yo siempre había tenido la extraña convicción, durante mucho tiempo, de que, después que todos los problemas y el dolor desaparecieran, una chica japonesa vendría un buen día a mí y juntos viviríamos fe­lices para siempre. No con una felicidad excesiva, sino con facilidad, entendimiento profundo e intereses mutuos. Las mujeres japonesas tenían una hermosa estructura ósea. La forma del cráneo y ese modo en que se aprieta la piel con la edad, eran algo adorable; la piel tensada del tambor. A las mujeres americanas se les ablandaba la cara más y más y finalmente se les caía. Hasta sus culos se les caían también, de forma indecente. La fuerza de ambas culturas era asimismo muy diferente: las mujeres japonesas entendían instintivamente el ayer, el hoy y el mañana. Llamadlo sabiduría. Y tenían el poder de la firme/a. Las mujeres americanas sólo sabían de] hoy y tendían a romperse en pedazos cuando un solo día les iba mal.
Así que me quedé cantidad con la chica nueva. Aparte, seguía bebiendo duro con Jan, lo cual me descerrajaba a tope el cerebro, me daba una extraña sensación venti­lada, lo hacía funcionar entre cabriolas y quiebros y tor­bellinos, me daba mucha marcha. Así que el primer día que se acercó con un puñado de facturas, le dije:
—Eh, ven que te agarre. Quiero besarte.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
Se fue. Mientras se alejaba me di cuenta de que tenía una leve cojera. Comprendí el significado: era el dolor y el peso de los siglos.
Empecé a acosarla como un borracho congestionado y caliente atravesando Texas en un autobús Greyhound. Ella estaba intrigada —comprendía mi chifladura—. La estaba conquistando sin enterarme.
Un día llamó por teléfono un cliente preguntando si teníamos disponibles botes de un galón de cola de pegar y ella vino a mirar entre unas cajas almacenadas en un rincón. La vi y le pregunté si podía ayudarla. Ella me dijo:
—Ectoy buscando una caja de cola de pegar con un sello de 2-G.
—¿2-G, eh? —le dije.
Puse mi brazo alrededor de su cintura.
—Vamos a hacerlo. Tú eres la sabiduría de siglos y yo soy yo. Estamos hechos el uno para el otro.
Empezó a soltar risitas como una mujer americana. —Eh —dije—, las chicas japonesas no hacen esas cosas. ¿Qué coño pasa contigo?
Se dejó apresar por mis brazos. Vi una pila de cajas de pintura apoyadas contra la pared. La llevé hasta allí y gentilmente ]a hice sentarse en la pila de cajas. La hice tumbarse. Me puse encima y comencé a besarla, subiéndo­le el vestido. Entonces entró Danny, uno de los emplea­dos. Danny era virgen. Danny iba a clase de pintura por las noches y se quedaba dormido durante el día en el trabajo. No sabía distinguir el arte de las colillas de ciga­rrillos.
—¿Qué diablos está ocurriendo aquí? —dijo, y luego se fue corriendo hacia la oficina central.
Bud me mandó llamar a su oficina a la mañana si­guiente.
—Sabrás que a ella también la tenemos que despedir.
—Ella no tuvo la culpa.
—Estaba contigo ahí detrás.
—Yo la forcé.
—Ella accedió, según Danny.
—¡Qué coño sabrá Danny de eso! A la única cosa a la que ha accedido en su vida es a su mano.
—El os vio.
—¿Qué vio? Ni siquiera llegué a bajarle las bragas.
—Esto es un lugar de trabajo.
—¿Qué me dice de Mary Lou?
—Yo te contraté porque pensé que eras un empleado de envíos competente.
—Gracias. Y acabo siendo despedido por tratar de fo­llarme a una exótica de ojos rasgados con una cojera en la pierna izquierda encima de cuarenta galones de pin­tura de garrafón que, por cierto, han estado vendiendo al departamento de arte del City College de L.A. como si fuera de primera categoría. Tal vez debería denunciar­les a la oficina de Defensa del Consumidor.
—Aquí está tu cheque. Estás despedido.
—Está bien. Nos veremos en Santa Anita.
—Claro.
En el cheque había un día extra de pago. Nos dimos la mano y luego me fui.



81

El siguiente trabajo tampoco me duró mucho. No llegó a ser más que una pequeña escala. Era una pequeña compañía especializada en artículos de Navidad: luces, guirnaldas, Santa Claus, árboles de papel y todo eso. Al contratarme me dijeron que el trabajo sólo duraría hasta el día de Acción de Gracias; que después del día de Acción de Gracias ya no se hacía negocio. Eramos media docena de tíos contratados bajo las mismas condiciones. Decían que éramos «hombres de almacén», pero nuestro traba­jo consistía, más que nada, en cargar y descargar camio­nes. Aunque también, un hombre de almacén era un tío que se pasaba mucho tiempo por ahí fumando cigarri­llos, en un estado medio adormilado y sin hacer nada. Pero ninguno de los seis duramos hasta el día de Acción de Gracias. Por iniciativa mía íbamos todos los días a un bar a almorzar. Nuestros períodos de almuerzo se fue­ron alargando más y más. Una tarde simplemente pasa­mos de volver. Pero a la mañana siguiente, como buenos chicos, nos presentamos allí de nuevo. Nos dijeron que no querían volver a vernos.
—Ahora —dijo el director—, voy a tener que contratar a otra maldita pandilla de vagos.
—Y despedirlos el día de Acción de Gracias —dijo uno de nosotros.
—Escuchad —dijo el director—. ¿Queréis trabajar un día más?
—¿Para que usted tenga tiempo de entrevistar y con­tratar a nuestros sustitutos?
—Cogedlo o dejadlo —dijo él.
Lo cogimos y trabajamos todo el día, riéndonos como descosidos y lanzándonos cajas de cartón por el aire. Lue­go recogimos nuestros cheques de despido y volvimos a nuestras habitaciones y a nuestras mujeres borrachas.



82

Era otra casa de tubos de luz fluorescente: la Compa­ñía Honeybeam. La mayoría de las cajas eran de metro y medio a dos metros de largas, y pesadas de manejar. La jornada era de diez horas. El procedimiento era bas­tante simple: ibas a la línea de ensamblaje y cogías los tubos, los llevabas a la parte trasera y los metías en las cajas. La mayoría del personal era mexicano o negro. Los negros se metían conmigo y me acusaban de querer pasar­me de listo. Los mexicanos se quedaban detrás observan­do en silencio. Cada día era una batalla —tanto por mi vida como para conseguir evitar al jefe de empaquetado, Monty. Se pasaban el día buscándome las cosquillas.
—¡Hey, chico, chico! ¡Ven aquíí, chicoo! ¡Chico, quie­ro hablar contigo!
Era el pequeño Eddie. El pequeño Eddie sabía cómo hacerlo.
Yo no contesté.
— ¡Chico, estoy hablando contigo!
—Eddie, ¿te gustaría tener un gancho de carretilla bien metido en el culo mientras cantas Old Man River?
—¿Cómo es que tiene todos esos agujeros en la cara, blanquito? ¿Te caíste encima de una taladradora cuan­do dormías?
—¿Cómo es que tienes esa cicatriz en el labio? ¿Es que tu novio se ató una navaja en la polla?
Salí fuera a la hora del café y me las tuve que ver con Big Angel. Big Angel me infló a hostias pero yo le colo­qué alguna buena, no me dejé llevar por el pánico y me mantuve firme. Sabía que sólo tenía diez minutos para cebarse conmigo y eso me ayudó a aguantarlo. Lo que más me dolió fue un dedo gordo que me metió en el ojo. Volvimos a entrar al trabajo juntos, jadeando y reso­plando.
—No eres gran cosa —dijo él.
—Trata de repetirlo un día que no esté con resaca. Te correré a hostias por todo el patio.
—Muy bien —dijo—, ven un día fresco y limpito y ve­remos qué pasa.
Decidí no aparecer nunca por ahí fresco y limpito.
Lo mejoi era cuando la línea de ensamblaje no podía con nuestro ritmo y nos quedábamos esperando. La línea de ensamblaje estaba formada principalmente por joven-citas mexicanas de hermosa piel y ojos oscuros; llevaban pantalones vaqueros ajustados y ajustados suéteres y pen­dientes llamativos. Eran tan jóvenes y saludables y efi­cientes y relajadas... Eran buenas obreras, y de vez en cuando alguna levantaba la vista y decía algo y entonces había explosiones de risa y miradas de reojo mientras yo miraba como se reían con sus tejanos ajustados y sus suéteres ajustados y pensaba: si una de ellas estuviese en la cama esta noche conmigo, me podría tragar toda esta mierda mucho más fácilmente. Todos pensábamos lo mismo. Y a la vez pensábamos: todas pertenecen a algún otro. Bueno, qué demonios. Qué más daba. En quince años pesarían noventa kilos y serían sus hijas las que harían soñar a obreros desesperados.
Me compré un coche viejo de ocho años y permanecí en el trabajo todo el mes de diciembre. Entonces vino la fiesta de Navidad. Era el 24 de diciembre. Habría bebi­das, comida, música, baile. A mí no me gustaban las fies­tas. No sabía bailar y la gente me asustaba, especialmente la gente de las fiestas. Trataban de ser sexys y alegres e ingeniosos, y aunque creían que conseguían serlo, no era así. Llegaban a ser todo lo contrario. Sus intentos forza­dos sólo conseguían empeorarlo.
Así que cuando Jan se inclinó junto a mí y me dijo:
—Que le den por culo a esa fiesta, quédate en casa conmigo. Nos emborracharemos aquí —no me costó mu­cho trabajo decidirme.
El día después de Navidad, me hablaron de la fiesta. El pequeño Eddie me dijo:
—Christine lloró porque no apareciste.
—¿Quién?
—Christine, esa chiquita mexicana tan graciosa.
—¿Quién es?
—Trabaja en la última fila, en ensamblaje.
—Corta el rollo.
—Sí. Lloró y lloró. Alguien dibujó un gran retrato tuyo con perilla y todo y lo colgó de la pared. Debajo escribieron: «¡Dame otro trago!»
—Lo siento, tío, tuve un compromiso.
—No pasa nada. Ella al final dejó de llorar y bailó conmigo. Se puso borracha y empezó a tirar pasteles y se puso aún más borracha y bailó con todos los muchachos negros. Baila de lo más sexy. Al final se fue a casa con Big Angel.
—Big Angel probablemente le metió el dedo gordo en el ojo —dije jo.
La víspera de Año Nuevo, después de la pausa para el almuerzo, Morris me llamó y me dijo:
—Quiero hablar contigo.
—Muy bien.
—Ven por aquí.
Morris me llevó a un oscuro rincón junto a una pila de cajas de empaquetado.
—Mira, vamos a tener que despedirte.
—Bueno, ¿este es mi último día?
—Sí.
— ¿ Está listo el cheque?
—No, te lo enviaremos por correo.
—De acuerdo.



83

La Repostería Nacional estaba cerca. Me dieron un gorro blanco y un delantal. Hacían bollitos, galletas, pas­teles y todo eso. Como yo había señalado en mi solicitud mis dos años de universidad, me dieron el puesto de Hombre del Coco. El Hombre del Coco se ponía en lo alto de una percha, metía la pala en el barril de coco desmenuzado y echaba los blancos copos al interior de una máquina. La máquina hacía el resto: espolvoreaba el coco en los pasteles y otras zarandajas que pasaban por debajo. Era un trabajo fácil y digno. Y allí estaba yo, vestido de blanco, arrojando a paletadas el niveo coco pul­verizado al interior de la máquina. Al otro lado de la sala había docenas de muchachas, también vestidas de blan­co, con sus cofias. Yo no sabía muy bien lo que hacían, pero estaban siempre atareadas. Trabajábamos por las noches.
Ocurrió en mi segunda noche. Empezó lentamente, dos de las chicas comenzaron a cantar: «¡Oh, Henry, oh Henry, qué gran amante eres! ¡Oh, Henry, oh Henry, nos llevas al cielo!». Más y más chicas se fueron uniendo. Al poco rato estaban todas cantando. Yo pensé, está claro que esto va por mí.
El supervisor irrumpió gritando.
—¡Bueno, bueno, chicas, ya es suficiente!
Yo introduje mi pala con calma en el polvo de coco y lo acepté todo...
Llevaba allí dos o tres semanas cuando sonó un tim­bre durante la última tanda de pasteles. Se oyó una voz por los altavoces.
—Todos los hombres acudan a la parte posterior del edificio.
Un hombre con traje de ejecutivo se nos aproximó.
—Vengan aquí —dijo.
Llevaba una carpeta con una hoja de papel. Los hom­bres se agruparon a su alrededor. Todos estábamos ves­tidos con nuestros delantales blancos. Yo me quedé al borde del círculo.
—Estamos entrando en un período de descenso de ventas —dijo el tío—. Lamento decirles que vamos a tener que despedirles a todos hasta que las cosas vuelvan a marchar bien. Ahora, si quieren ponerse en fila delante mío, anotaré sus nombres, números de teléfono y direc­ciones. Cuando vuelvan a ir bien las cosas, serán los pri­meros en saberlo.
Los muchachos empezaron a formar una fila, dándose codazos y empujones. Yo ni siquiera intenté acercarme. Contemplé a todos mis colegas dando religiosamente sus nombres y direcciones. Estos, pensé, son los tíos que bailan con tanto garbo en las fiestas. Fui hasta mi arma-rito, colgué mis blancas vestiduras, dejé mi pala apoyada junto a la puerta y me largué.



84

El hotel Sans era el mejor de toda la ciudad de Los Angeles. Era un viejo hotel, pero tenía clase y un encanto que se echaba a faltar en los establecimientos más mo­dernos. Estaba en la parte baja de la ciudad, directamente cruzando el parque.
Era utilizado para convenciones de hombres de nego­cios y por putas de lujo de talento casi legendario —las cuales al final de sus lucrativas noches solían siempre dar una buena propina a los botones. Se oían también historias de botones que se habían hecho millonarios —fogosos botones con pollas de cuarenta centímetros que habían tenido la suerte de conocer y casarse con alguna rica cliente entrada en años. Y la comida, la LANGOSTA, los grandes chefs negros con larguísimos gorros blancos, que lo sabían todo, no sólo acerca de la gastronomía, sino también acerca de la vida y acerca de mí y acerca de todo.
Se me asignó a la sección de abastecimiento. Aquella sección de abastecimiento tenía estilo; había diez tíos para descargar cada camión, cuando sólo eran necesarios dos, como máximo. Yo llevaba mis mejores trajes. Nunca toqué nada.
Descargábamos (descargaban) todo aquello que en­traba en el hotel, sobre todo alimentos. Parecía que los ricos no comían otra cosa que langostas. Continuamente llegaban cestas y cestas de ellas, deliciosamente rosadas y enormes, moviendo sus pinzas y antenas.
—¿Te gustan estas cosas, eh, Chinaski?
—Sí. Oh, sí —asentía yo.
Un día me llamó la señora de la oficina de personal. La oficina estaba al fondo del patio de carga.
—Quiero que te encargues de esta oficina los domin­gos, Chinaski.
—¿Qué tengo qué hacer?
—Sólo contestar el teléfono y contratar a los friega­platos del domingo.
—¡De acuerdo!
El primer domingo fue cosa fina. Me senté allí como un magnate. Al rato entró un hombre de edad.
—¿Sí, compadre? —le pregunté.
Llevaba puesto un traje de los caros, pero estaba arru­gado y mas bien sucio; y los puños se estaban empezando a deshilacliar. Sostenía su sombrero entre las manos.
—Oiga —me dijo—. ¿No necesitan a alguien que sea un buen conversador? ¿Alguien que pueda alternar con la gente y charlar con ella? Tengo un cierto bagaje cosmo­polita, cuento historias entretenidas. Puedo hacer reír a la gente.
-¿Sí?
—Oh, sí.
—Hágame reír.
—Oh, usted no entiende. El escenario ha de ser el adecuado, el ambiente, el decorado, ya sabe...
—Hágame reír.
—Señor...
—¡No le podemos contratar, es usted un pasmarote!
Los friegaplatos se contrataban al mediodía. Salí de la oficina con paso tranquilo. Había allí cuarenta vagabun­dos apelotonados.
—¡Muy bien, oídme, necesitamos cinco tipos buenos! ¡Cinco buenos de verdad! ¡No alcohólicos ni pervertidos, ni comunistas ni exhibicionistas! ¡Han de tener tarjeta de la seguridad social! ¡Muy bien, sacadlas y mostradlas bien alto!
Sacaron las tarjetas. Las agitaron.
¡Eh, yo tengo tarjeta, mírala!
¡Hey, colega, aquí, aquí! ¡Dame a mí el currele!Yo los miré con calma por encima.
—Bueno, tú, el de la mancha de mierda en el cuello de la camisa —señalé—, da un paso al frente.
—Esto no es una mancha de mierda, señor. Es salsa de carne.
¡Bueno, yo qué sé, capullo, tienes más pinta de ha­ber estado comiendo cagallones que saboreando roastbeef!
¡Ah, ¡a ja ja ja! —se rieron los vagabundos—. ¡Ahjajajaja!
—¡Bueno, ahora necesito cuatro buenos friegaplatos! ¡Tengo cuatro perras chicas en mi mano. Las voy a lanzar al aire. ¡Los cuatro hombres que me las traigan de vuelta, lavarán hoy los platos!
Lancé las monedas al aire por encima de la chusma. Los cuerpos saltaron y cayeron al suelo, las ropas se des­garraron, se oyeron blasfemias, un hombre dio un alari­do, hubo muchos puñetazos. Luego los cuatro afortuna­dos vinieron hasta mí, uno por uno, respirando fuerte­mente, cada cual con su monedita. Les di sus tarjetas de trabajo y los mandé a la cafetería de personal para que antes se alimentasen bien. Los otros vagabundos fue­ron bajando lentamente la rampa de camiones, salieron y se alejaron caminando por el callejón hacia la tierra baldía de los arrabales de Los Angeles, en domingo.



85

Los domingos eran cojonudos porque estaba solo, y no tardé en llevarme una botellita de whisky al trabajo. Uno de estos domingos, después de una noche de borra­chera brutal, la botellita mañanera me dio la puntilla; perdí la noción de todo. Aquella noche, al llegar a casa, tenía la vaga impresión de haber tenido una actividad algo inusual. Se lo dije a Jan a la mañana siguiente, antes de irme al trabajo.
—Creo que ayer jodí la marrana. Pero a lo mejor son todo figuraciones mías.
Entré y fui a fichar en el reloj. Mi ficha no estaba en el panel. Me di la vuelta y fui a ver a la vieja que llevaba la oficina de personal. Cuando me vio pareció ponerse nerviosa.
—Señora Farrington, ha desaparecido mi ficha del reloj.
—Henry, yo siempre creí que eras un chico decente.
-¿Sí?
—¿Es que ya no te acuerdas de lo que hiciste? —me preguntó, mirando nerviosamente a su alrededor.
—No, señora.
—Estabas borracho. Encerraste al señor Pelvington en el retrete de caballeros y no le dejabas salir. Le tuviste encerrado durante media hora.
—¿Qué le hice?
—No querías dejarle salir.
—¿Quién es?
—El gerente de este hotel.
—¿Y qué más hice?
—Estuviste sermoneándole sobre cómo dirigir este hotel. El señor Pelvington ha estado en el negocio de hostelería durante treinta años. Le dijiste que las prostitu­tas debían ser hospedadas sólo en el primer piso y que debían someterse a exámenes médicos periódicos. No hay prostitutas en este hotel, Chinaski.
—Oh, ya lo sé, señora Pelvington.
—Farrington.
—Señora Farrington.
—También le dijiste al señor Pelvington que sólo ha­cían falta dos hombres para descargar los camiones en vez de diez, y que cesarían las sustracciones si a cada empleado se le diera una langosta viva para llevar a casa cada noche, en una jaula especialmente construida que pudiera llevarse en autobuses y tranvías.
—Tiene usted un gran sentido del humor, señora Fa­rrington.
—El guardia de seguridad no consiguió que soltaras al señor Pelvington. Le rompiste la gabardina, estabas fre­nético. Fue sólo después de que llamáramos a la policía cuando le dejaste libre.
—¿Debo presumir que estoy despedido?
— Presumes correctamente, Chinaski.
Salí por detrás de una pila de cestas de langostas. Cuando la señora Farrington dejó de mirarme, torcí hacia la cafetería de personal. Todavía tenía mi tarjeta de ali-
mentación. Podía tomarme un último almuerzo de cate­goría. La comida era tan buena como la que les daban a los clientes en el piso de arriba y además te ponían mayo­res raciones. Agarré mi tarjeta y entré en la cafetería, cogí una bandeja, cuchillo y tenedor, una taza y varias servilletas de papel. Me acerqué al mostrador de la cocina. Entonces levanté la mirada. Clavado a la pared detrás del mostrador había un pedazo de cartón con una rotun­da frase escrita en letras grandes:
NO LE DEN DE COMER A HENRY CHINASKI
Volví a dejar la bandeja y los cubiertos sin que se dieran cuenta. Salí de la cafetería. Atravesé el patio de carga, luego salí al callejón. Me crucé con otro vagabundo.
—¿Tienes un cigarro, colega?
Saqué dos, le di uno y yo tomé el otro. Se lo encen­dí, luego encendí el mío. El se fue hacia el este y yo hacia el oeste.



86

El mercado de trabajo en granjas estaba entre la Quin­ta y la calle San Pedro. Tenías que presentarte allí a las 5 de la mañana. Aún era de noche cuando llegué. Los hombres estaban ahí quietos, sentados o de pie, liando cigarrillos, hablaban poco. Todos aquellos "lugares tenían siempre el mismo olor —olor a sudor rancio, orina y vino barato.
El día anterior había ayudado a Jan a mudarse a casa de un tío gordo, funcionario de hacienda, que vivía en Kingsley Drive. Me quedé en el vestíbulo fuera de su vista y observé cómo el tío la besaba; luego entraron juntos en el apartamento y la puerta se cerró. Salí y bajé caminando por la calle solo, fijándome por primera vez en la cantidad de pedazos de papel volatineros y la basura acumulada cubriendo las aceras. Nos habían echado del apartamento. Tenía 2 dólares y ocho centavos. Jan me prometió que esperaría hasta que mi suerte cambiara, pero me resultó difícil creérmelo. El funcionario de ha­cienda se llamaba Jim Bemis, tenía una oficina en Alva-rado Street y mucha pasta.
—Le odio cuando me folla —me había dicho Jan. Aho­ra probablemente le estaba diciendo lo mismo acerca de mí.
Las naranjas y los tomates estaban apilados en cestas y aparentemente eran gratuitos. Cogí una naranja, mordí la piel y chupé el zumo. Había agotado mi seguro de desempleo después de que me echaran del hotel Sans.
Un tío de unos cuarenta años se me acercó. Su cabello parecía muerto, de hecho no parecía un cabello humano, sino más bien cordones de hilo. La potente luz que venía del techo le daba un aspecto cadavérico. Tenía lunares marrones en la cara, la mayoría acumulados alrededor de su boca. De cada uno surgían dos o tres pelos negros.
—¿Qué tal? —me dijo.
—Bien.
—¿Te gustaría que te la chupase?
—No, creo que no.
—Estoy caliente, tío, estoy excitado. Lo hago muy bien, de verdad.
—Mira, lo siento, no me va.
Se alejó cabreado. Miré a mi alrededor en la gran nave. Había unos cincuenta hombres esperando. Había tam­bién diez o doce contratistas sentados en sus escritorios o paseando por ahí. Fumaban cigarrillos y parecían más preocupados que los vagabundos. Los contraristas esta­ban separados de nosotros por una pesada verja de alam­bre, del suelo al techo. Alguien la había pintado de ama­rillo. De un amarillo muy indiferente.
Cuando un contratista quería hacer una transacción con un vagabundo, quitaba el cerrojo y abría una venta­nilla de cristal que había en la verja. Cuando finalizaba el papeleo, el contratista corría la ventanilla y le echaba el cerrojo, y cada vez que esto ocurría, la esperanza parecía desvanecerse. Todos nos incorporábamos cuando se des­corría la ventanilla, cada oportunidad era nuestra opor­tunidad, pero cuando se cerraba, la esperanza se evapo­raba. Entonces nos mirábamos unos a otros.
A lo largo de la pared trasera, detrás de la valla ama­rilla y de los contratistas, estaban seis pizarras. Había tiza blanca y borradores, igual que en la escuela primaria. Cinco de las pizarras estaban limpias, aunque todavía se podían percibir vestigios fantasmales de anteriores men­sajes, de trabajos ya concretados y perdidos para siem­pre en lo que a nosotros concernía.
Había un mensaje en la sexta pizarra:
SE NECESITAN RECOLECTORES DE TOMATES EN BASKERFIELD
Yo creía que las máquinas cosechadoras habían aca­bado para siempre con los recogedores de tomates. Pero no era así. Al parecer el material humano era más barato que las máquinas. Y las máquinas se averiaban. Ajá.
Me fijé en las personas que aguardaban —no había orientales, ni judíos, ni apenas negros. La mayoría de estos parias eran blancos pobres o chícanos. Los dos o tres negros que había estaban ya borrachos de vino.
Entonces uno de los contratistas se levantó. Era un hombre de gran envergadura con barriga de bebedor de cerveza. Lo primero que veías era su camisota amarilla con rayas negras verticales. La camisa estaba superalmi-donada y llevaba brazaletes para mantener subidas las mangas, igual que los fotógrafos del siglo pasado. Se acer­có y descorrió la ventanilla de cristal de la verja ama­rilla.
—¡Muy bien! ¡Hay un camión en la parte trasera que va para Baskerfield!
Corrió la ventanilla y echó el cerrojo, luego volvió a sentarse en su escritorio y encendió un cigarrillo.
Durante un momento nadie se movió. Entonces uno por uno aquellos que estaban sentados en los bancos co­menzaron a levantarse y a estirarse. Sus rostros permane­cían inexpresivos. Los hombres que habían estado arro­jando los restos de sus cigarrillos al suelo y apagándolos con las plantas de los pies empezaron a circular cuidado­samente. Un lento éxodo general comenzó; todo el mundo se dirigió hacia una puerta lateral que daba a un patio vallado.
El sol estaba saliendo. Nos miramos los unos a los otros, de verdad, por vez primera. Algunos sonrieron al reconocer alguna cara familiar.
Nos pusimos en fila, dirigiéndonos a empujones hacia la parte trasera del camión, a la luz del alba. Era la hora de moverse. Estábamos subiendo a un camión del ejér­cito veterano de la segunda guerra mundial con un techo de lona agujereada. Nos fuimos acercando, empujándonos con rudeza, pero al mismo tiempo tratando de mostrar­nos un poco educados. Entonces sentí que alguien me tiraba de los hombros. Retrocedí.
La capacidad del camión era admirable. El enorme capataz mexicano permanecía subido a la caja del ca­mión metiendo a la gente para adentro.
—Bueno, bueno, venga, venga...
La gente iba entrando con lentitud, como si se introdu­jese en la boca de la ballena.
Los pude ver apelotonados dentro del camión y me fijé en sus rostros; estaban charlando con calma y sonriendo. Me repelían y al mismo tiempo me sentía muy solo. Entonces decidí que podía cosechar tomates, decidí me­terme. Alguien me embistió desde atrás. Era una gorda mexicana que parecía muy sofocada. La cogí de las cade­ras y la ayudé a subir. Era muy pesada y difícil de manejar. Finalmente hice firme en algo; parecía que una de mis manos se había sumergido en lo más recóndito de su obe­so culo. Conseguí hacerla subir. Entonces busqué un apo­yo con mi mano y me dispuse a subir. Era el último. El capataz mexicano me puso el pie en la mano.
—No —me dijo—, ya tenemos suficientes.
El motor del camión se puso en marcha, renqueó, se caló. El conductor volvió a intentarlo. Arrancó y se fueron.



87

La Agencia de Trabajadores para la Industria estaba emplazada justo al lado del aserradero. Los vagabundos estaban mejor vestidos, eran más jóvenes, pero igual­mente desclasados. Se sentaban por ahí en los bordes de las ventanas, encogidos, calentándose con el sol y bebien­do el café gratis que la Agencia ofrecía. No tenía leche ni azúcar, pero era gratuito. No había valla de alambre que nos separara de los empleados. Los teléfonos sonaban más a menudo y los empleados estaban mucho más rela­jados que en el mercado de las granjas.
Me acerqué al mostrador y me dieron una tarjeta y una pluma atada con una cadenita.
—Rellénela —me dijo el encargado, un joven mexica­no de agradable apariencia, que trataba de ocultar su cálida naturaleza bajo una frialdad profesional.
Empecé a rellenar la tarjeta. En el apartamento de mi dirección y número de teléfono escribí: «No tengo.» Lue­go en el apartado de estudios y habilidades profesionales escribí: «Dos años en el City College de L.A. Periodismo y artesanía.»
Entonces le dije al empleado. —He estropeado esta tarjeta. ¿Me puede dar otra?
Me dio otra. Escribí entonces: «Graduado en la Es-
cuela Superior de Los Angeles. Encargado de envíos, em­pleado de almacén, mozo de carga. Algo de mecanografía.»
Le entregué la tarjeta.
—De acuerdo —dijo el empleado—, siéntese y veremos si aparece algún trabajo.
Encontré un hueco en el borde de una ventana y me senté. Un negro viejo estaba sentado a mi lado. Su rostro era interesante; no tenía el usual aire de resignación de la mayoría de nosotros. Parecía como si estuviese tratando de no reírse de sí mismo y de todos los demás.
Se dio cuenta de que le miraba. Me sonrió.
—El tío que lleva esto es un tío con cojones. Le echa­ron del trabajo en granjas, se cabreó, vino aquí y comen­zó todo esto. Se ha especializado en el trabajo a destajo. Si alguien, por ejemplo, quiere tener un camión descarga­do rápido y barato, llama aquí.
—Sí, ya he oído.
—Si un tío necesita tener un camión descargado en poco rato y a poco precio, llama aquí. El tío que lleva esto se lleva el 50 por ciento. Nosotros no nos quejamos. Cogemos lo que él nos consiga.
—Por mí está bien. Mierda.
—Pareces un poco amuermado. ¿Te encuentras bien?
—Perdí a una mujer.
—Tendrás otras y las volverás a perder.
—¿Adonde se van?
—Prueba un poco de esto.
Era una botella metida en una bolsa. Me tomé un trago. Era oporto.
—Gracias.
—No hay mujeres por los alrededores del aserradero.
Me volvió a pasar la botella.
—No dejes que nos vea bebiendo. Es una de las cosas que no soporta
Mientras estábamos allí sentados bebiendo, llamaron a varios hombres y se marcharon a trabajar. Eso nos ani­mó. Por lo menos había un poco de acción.

Mi amigo negro y yo aguardamos, pasándonos la bote­lla el uno al otro.
Pronto se vació.
—¿Dónde está la tienda de licores más cercana? —pre­gunté.
Apunté la dirección y salí. Por alguna razón siempre hacía calor durante el día en las proximidades del aserra­dero de Los Angeles. Veías a viejos vagabundos paseando por ahí con pesados abrigos en mitad de la calorina. Pero cuando llegaba la noche y el albergue de la misión estaba repleto, aquellos abrigos eran su mejor garantía de super­vivencia.
Cuando volví de la tienda de licores mi amigo seguía todavía allí.
Me senté y abrí la botella, le pasé la bolsa.
—Mantenla baja —me dijo.
Se estaba bien allí, bebiendo vino sin preocupaciones.
Unos cuantos mosquitos comenzaron a revolotear a nuestro alrededor.
—Mosquitos del vino —dijo él.
—Los hijos de puta son unos adictos.
—Saben lo que es bueno.
—Beben para olvidar a sus mujeres.
—Solamente beben.
Di un manotazo en el aire y atrapé a uno de los mos­quitos vinateros. Cuando abrí la mano todo lo que pude ver en mi palma fue una diminuta mancha negra y la extraña intuición de un par de alitas. Kaputt.
—¡Ahí viene!
Era el agradable joven que dirigía el lugar. Se plantó delante nuestro.
—¡Muy bien! ¡Vayanse de aquí! ¡Salgan cagando leches de aquí, jodidos borrachos! ¡Váyanse volando antes de que llame a la policía!
Nos llevó hasta la puerta, empujándonos y maldicien­do. Me sentí culpable, pero no me enfadé. A pesar de que nos iba dando empellones yo sabía que en realidad no estaba molesto con nosotros, era un chico agradable. Llevaba un grueso anillo en su mano derecha.
No íbamos lo bastante deprisa y recibí de lleno el anillo en el ojo izquierdo; sentí cómo la sangre me em­pezaba a caer y luego noté cómo se hinchaba. Mi amigo y yo nos vimos de patas en la calle.
Nos alejamos caminando. Encontramos un portal y nos sentamos en el escalón. Le pasé la botella. Le pegó un trago.
—Buen vino.
Me pasó la botella. Pegué un trago.
—Sí, buen vino.
—El sol ya está alto.
—Sí, el sol está bien alto.
Nos sentamos en silencio, pasándonos la botella el uno al otro.
Se acabó la botella.
—Bueno —dijo él—, me tengo que ir.
—Hasta la vista.
Se alejó. Yo me levanté y me fui en dirección opues­ta, di la vuelta a la esquina y subí por Main Street. Seguí caminando hasta que llegué al Roxy.
Había fotos de las bailarinas colocadas con chinche-tas detrás de un cristal junto a la puerta. Entré y com­pré un ticket. La chica de la taquilla tenía mucha mejor pinta que las de las fotos. Ahora sólo me quedaban 38 cen­tavos. Me introduje en el oscuro teatrillo de ocho filas. Las tres primeras filas estaban llenas.
Tuve suerte. La película había terminado y la prime­ra bailarina acababa de empezar el strip-tease. La prime­ra solía ser habitualmente la peor, una veterana venida a menos, relegada ahora a menear la pierna en el coro la mayoría de las veces. Aquí teníamos a Darlene como aper­tura. Probablemente alguna otra había sido asesinada o tenía la regla o había tenido un ataque de histeria y esta
había sido la oportunidad para Darlene de volver a bailar sola.
Pero Darlene era una tipa legal. Flaca, pero con buenas tetas, un cuerpo como un sauce. Y al final de aquella es­belta espalda, de aquel cuerpo como un junco, había un enorme trasero. Era como un milagro —suficiente para volver loco a un hombre.
Darlene iba vestida con un largo traje de terciopelo negro, con la falda cortada muy alta, sus muslos y panto-rrillas eran de un blanco mortecino en contraste con el negro del vestido. Bailaba y nos miraba a través de unos ojos espesamente pintados. Esta era su oportunidad. Que­ría volver, ser otra vez una bailarina cotizada. Yo estaba de su parte. Mientras se bajaba las cremalleras más y más partes de su cuerpo iban quedando al descubierto, desli­zándose fuera del terciopelo negro, las piernas y la páli­da carne. Pronto su atuendo quedó reducido al sujetador rosado y a la mínima braguita enjoyada —con los dia­mantes de baratija agitándose y destelleando mientras bailaba.
Darlene siguió bailando y se agarró a la cortina del escenario. La cortina estaba raída y mugrienta. La abrazó, bailando al ritmo de los cuatro tíos de la banda y la luz intermitente de los focos.
Empezó a follarse la cortina. La banda aceleró su ritmo. Darlene se estaba cepillando realmente la cortina; la banda le daba más marcha y ella seguía la marcha. La luz rosada cambió repentinamente a púrpura. La banda se puso de pie, tocó con todas sus ganas. Ella pareció llegar al climax. Su cabeza cayó hacia atrás, su boca se abrió...
Entonces se incorporó y volvió bailando hasta el cen-1ro del escenario. Desde donde yo estaba pude oírla can­tar para sí misma por debajo de la música. Cogió un ti­rante de su sostén y se lo quitó con un veloz movimiento, un tío de la tercera fila encendió un cigarrillo. Sólo quedaba la braguita enjoyada. Se metió el dedo en el ombli­go y gimió.
Siguió bailando en el centro del escenario. La banda tocaba ahora muy suavemente. Comenzó a menearse con dulzura. Se nos estaba follando a todos. La reluciente bra­guita se balanceaba lentamente. Entonces los cuatro tíos de la banda comenzaron a arremeter de nuevo con un cres­cendo progresivo. Estaba apoyando la culminación del acto; el batería estaba sacudiendo un repiqueteo de tam­bores como el fuego de una ametralladora; parecían ago­tados, desesperados.
Darlene se acarició las tetas, enseñándonoslas; sus ojos luminosos relucían con la plenitud del sueño, sus labios estaban húmedos y abiertos. Entonces se giró rápidamen­te y agitó su espléndido trasero delante nuestro. Los adornos saltaban y flasheaban entre destellos, enloque­cían, centelleaban. Los focos temblaban intermitentes en el paroxismo, danzando como astros desorbitados. La banda tocaba una música frenética, desenfrenada. Dar­lene vibraba como una poseída. Se quitó la braguita enjo­yada. Yo miré, todos miraron. Pudimos ver los pelos de su coño a través de la braga de malla color carne. La banda la estaba sacudiendo de verdad, sus nalgas pare-cían e! corazón vivo del mundo.
Y a mí no se me pudo poner dura.

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