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miércoles, 20 de octubre de 2010

EL CUARTO HOMBRE -- Agatha Christie








Agatha Christie


EL CUARTO HOMBRE

El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo «¡Es el corazón!»
Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.
Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada, le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie le hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Sir Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.
—Vaya, Parfitt —comenzó con aire jovial—. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?
—Y con lo malo que es para mi corazón —repuso el canónigo—. Qué casualidad encontrarle, sir Jorge. ¿Va usted muy al norte?
—Hasta Newcastle —replicó sir Jorge—. A propósito —añadió—: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?
Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.
—Nos encontramos en la estación —continuó el abogado—. Otra coincidencia.
El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro El problema del subconsciente había sido la obra más discutida del año.
El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.
Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.
—¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? —preguntó el doctor Clark con voz agradable.
El canónigo pareció halagado. Aquellos «sermones científicos» habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse.
—He leído su libro con gran interés, doctor Campbell Clark —le dijo—. Aunque es demasiado técnico para mí, y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.
Durand intervino.
—¿Prefiere hablar o dormir, canónigo? —le preguntó—. Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me inclino en favor de lo primero.
—¡Oh, desde luego! De todas maneras —explicó el canónigo—, yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he traído es muy aburrido.
—Realmente formamos una reunión muy interesante —observó el doctor con una sonrisa—. La Iglesia, la Ley y la profesión médica.
—Es difícil que no podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la Iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente patológico a lo... superpsicológico. Entre los tres podríamos cubrir cualquier terreno por completo.
—No tanto como usted imagina —dijo el doctor Clark—. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.
—¿A cuál se refiere? —quiso saber el abogado.
—Al punto de vista del hombre de la calle.
—¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?
—¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opinión experta... el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil maneras... desde «rodilla de fregona» a «calambre de escribiente», pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.
—Tendrá usted muchísimos pacientes con «nervios», supongo —comenzó el canónigo, cuyos nervios eran excelentes.
—Ah, ¿qué es lo que quiere usted decir con eso? —El doctor volvióse hacia él con gesto rápido e impulsivo—. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y reírse después, como ha hecho usted. «Esto no tiene importancia —dicen— ¡Sólo son nervios!» ¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco más de las oscuras causas de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sabía... bueno... durante el reinado de la reina Isabel.
—Dios mío —exclamó el canónigo Parfitt un tanto asombrado por su salida—. ¿Es cierto?
—Y creo que es un signo de gracia —continuó el doctor Campbell—. Antiguamente considerábamos al hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba más importancia que a nada.
—Inteligencia, cuerpo y alma —corrigió el clérigo con suavidad.
—¿Alma? —El doctor sonrió de un modo extraño—. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido ustedes a dar una definición exacta.
El canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el médico continuó:
—¿Está seguro de que la palabra es alma... y no puede ser almas?
—¿Almas? —preguntó sir Jorge Durand enarcando las cejas con expresión divertida.
—Sí —Campbell Clark dirigió su atención hacia él inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho—. ¿Está usted seguro —dijo en tono grave—, que hay un solo ocupante en esta estructura... porque esto es lo que es, ya sabe... envidiable residencia que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un años... los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas... poco a poco... y luego se marcha de la casa de golpe... y ésta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los demás... criados de pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan... trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos... estados de ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un «hombre distinto», como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que allí está también instalado tranquilamente el «pillastre redomado».
—Mi querido Clark —replicó el abogado—, me hace usted sentirme realmente incómodo. ¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?
Ahora fue el médico quien se encogió de hombros.
—Su cuerpo lo es —dijo en tono seco—. ¿Por qué no puede serlo también la mente?
—Muy interesante —exclamó el canónico Parfitt—. ¡Ahí Maravillosa ciencia... maravillosa ciencia!
Y para sus adentros agregó:
—Puedo preparar un sermón muy atrayente basado en esta idea.
Mas el doctor Campbell Clark se había vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su excitación momentánea.
—A decir verdad —observó con su aire profesional—, es un caso de doble personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.
—Doble personalidad —repitió sir Jorge Durand pensativo—. No es tan raro según tengo entendido. Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto? El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de Testamentarias.
El doctor Clark asintió.
—Desde luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo oído?
—Claro que sí —expuso el canónigo Parfitt—. Recuerdo haberlo leído en los periódicos... pero de eso hace mucho tiempo... por lo menos siete años.
El doctor Campbell asintió.
—Esa muchacha se convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y acudieron a verla científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades nada menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.
—¿Y no cabía la posibilidad de que fuera un truco premeditado? —preguntó sir Jorge.
—Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas —admito el médico—. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco años. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama inglesa que tenía una especie de hogar para niños desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater, intentó prepararla para el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y profunda pereza.
El doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta de viaje se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que oyera.
—Existe una fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía diecisiete años —prosiguió el médico—. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constitución, sin nada que indique que pronto iba a ser una de las personas más famosas de Francia.
»Cinco años más tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los extraños fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los últimos años. Felisa Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún otro idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por completo de la de Felisa Primera, y escribía y se expresaba a la perfección en francés. Podía discutir de política, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa Tercera tenía muchos puntos en común con Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto. Aparecía como una criatura depravada... pero en un sentido parisiense, no provinciano. Conocía todo el argot de París, y las expresiones del demi monde elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religión y la «gente buena» en los términos más blasfemos. Y por fin surgió la Felisa Cuarta... una criatura soñadora piadosa y clarividente, pero esta cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consideró un truco deliberado por parte de Felisa Tercera... una especie de broma que le gastaba al público crédulo. Debo decir que, aparte de la posible excepción de la Felisa Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no tenía conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda la más predominante y algunas veces duraba hasta quince días, luego Felisa Primera, aparecía bruscamente por espacio de uno o dos días. Después, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos últimas, rara vez denominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño profundo, y en cada caso sufría la pérdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en cuestión tomaba vida a partir del momento en que la había abandonado, inconsciente del tiempo.
—Muy notable —murmuró el canónigo—. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas del universo.
—Sabemos que hay algunos impostores muy astutos —observó el abogado en tono seco.
—El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados, así como por médicos y científicos —replicó el doctor Campbell con presteza—. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda y confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la doble personalidad... o en este caso, la cuádruple personalidad... en un solo cuerpo?
—¿La doble personalidad? —protestó el canónigo.
El doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos azules hacia él.
—¿Cómo podríamos llamarle si no?
—Menos mal que estas cosas son únicamente un capricho de la naturaleza —observó sir Jorge—. Si el caso fuera corriente se prestarían muchas complicaciones.
—Desde luego, son casos muy anormales —convino el médico—. Fue una lástima que no pudiera efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo, la inesperada muerte de Felisa.
—Hubo algo raro sino recuerdo mal —dijo el abogado despacio.
El doctor Campbell Clark asintió.
—Fue algo inesperado. Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había sido estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a dudas que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible, requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se supo lo que había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.
Los otros tres hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.
—Deben perdonarme, caballeros —dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño bigotillo—. Sí, deben ustedes perdonarme —dijo con una cómoda inclinación de cabeza—. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?
—¿Sabe algo del caso que estábamos discutiendo? —le preguntó el doctor cortésmente.
—¿Del caso? No. Pero la conocí.
—¿A Felisa Bault?
—Sí. Y a Annette Ravel también. No han oído hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de una, es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada de Felisa Bault si no conocen también la historia de Annette Ravel.
Sacó un reloj para consultar la hora.
—Falta media hora hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia... es decir, si a ustedes les interesa escucharla.
—Cuéntela, por favor —dijo el médico.
—Me encantaría oírla —exclamó el pastor.
Sir Jorge Durand limitóse a adoptar una actitud de atenta escucha.
—Mi nombre, caballeros —comentó el extraño compañero de viaje— es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su cuidado... niños y niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprenderán nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que había muerto tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette también tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y prometedores... una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida... me convirtió en su esclavo. «Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro...», y yo obedecía. Yo la idolatraba y ella lo sabía.
»Solíamos ir a la playa... los tres... ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los zapatos y las medias bailaba sobre la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quería llegar a ser.
»—Veréis, yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda... de la seda más fina, y viviré en un piso maravilloso. Todos mis adoradores serán jóvenes, guapos y ricos, cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en cuanto a ti, Raúl nunca te olvidaré por muy rica que sea. Te protegeré para que estudies una carrera. Felisa será mi doncella... no, sus manos son demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.
»Felisa se ponía furiosa al oír esto, y entonces Annette continuaba pinchándola.
»—Es tan fina, Felisa... tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada... ja, ja.
»—Mi padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no —replicaba Felisa con rencor.
»—Sí, y tu padre mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.
»—Y el tuyo dejó morir a tu madre —era la contestación de Felisa.
»—Ah, sí —Annette se ponía pensativa—: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.
»—Yo soy fuerte como un caballo —presumía Felisa.
»Y desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y nunca estaba enferma.
»Pero era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he preguntado porqué seguía a Annette como lo hacía. Era una especie de fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar, puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez, provocándola delante de los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los improperios de Anette, pero con el tiempo aprendió una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Había aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba instintivamente el punto débil de la armadura de su enemiga.
»Un día Annette vino hacia mí muy contenta. "Raúl —dijo—, hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa."
»—¿Qué es lo que vas a hacer?
»—Ven detrás del cobertizo y te lo diré.
»Parece que Annette había encontrado cierto libro, parte del cual no entendía y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de hipnotismo. 
—Conseguí que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase anoche. "Míralo fijamente —le dije—. No apartes los ojos de él." Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían una expresión tan extraña... tan extraña. "Felisa, tú harás siempre lo que yo diga", le dije: "Haré siempre lo que tú digas, Annette", me contestó. Y luego... y luego... dije: "Mañana llevarás un cabo de vela al patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que es la mejor galleta que has probado en tu vida." ¡Oh, Raúl, imagínate!
»—Pero ella no hará una cosa así —protesté.
»—El libro dice que sí. No es que yo lo crea del todo... ¡pero, oh, Raúl, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!
»A mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las doce estábamos todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de los niños se acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella respondía: "Sí, es una de las mejores galletas que he probado en mi vida."
»Y entonces nos ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó extrañada, miró la vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.
»—Pero, ¿qué es lo que estoy haciendo aquí? —murmuró.
»—Te estás comiendo una vela de sebo —le gritamos.
»—Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer —exclamó Annette bailándola su alrededor.
»Felisa la miró fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.
»—¿De modo que has sido tú... has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te mataré por esto.
»Habló en tono tranquilo, pero Annette echó a correr refugiándose detrás de mí.
»—¡Sálvame, Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?
»—No me gustan esta clase de bromas —replicó Felisa—. Te odio. Os odio a todos.
»Y echándose a llorar se marchó corriendo.
»Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intentó repetirlo, pero a partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue haciendo más fuerte.
»Ahora creo que Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado y solía seguirla como un perro.
»Poco después de esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar durante mis vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo más bonita a medida que iba creciendo, y la señorita Slater consintió gustosamente en dejarla aprender canto.
»Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la señorita Slater se vio obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.
»—Tú siempre has apreciado mucho a Annette —me dijo—. Convéncela para que no se esfuerce demasiado. Últimamente tose de una manera que no me gusta.
»Mi trabajo me llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos cartas de Annette al principio, pero luego silencio, los cinco años que permanecí en el extranjero.
»Por pura casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel anuncio con el nombre de Annette Ravelli y su fotografía. La conocí en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuestión. Annette cantaba en francés e italiano, y en escena estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en seguida.
»—Vaya, Raúl —exclamó tendiéndome las manos—. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado todos estos años?
»Yo se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
»—¡Ves, ya casi he llegado!
»Y con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de flores.
»—La señorita Slater debe estar orgullosa de tu éxito.
»—¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio... a los conciertos... pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades, donde puedo expresar mi personalidad.
»En aquel momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me miró de soslayo y Annette le explicó:
»—Es un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un anuncio, et voilá.
»Aquel hombre era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes y rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando me levanté para marcharme ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en un susurro:
»—He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.
»Pero al salir del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.
»Volví a verla dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los médicos dijeron que nada podía hacerse.
»¡Ah! ¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado en el jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.
»Me saludó con tal desesperación que me quedé estupefacto.
»—Cuánto me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen... que no me pondré bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir. ¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor... muchísimo mejor, ¿oyes?
»Y se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras, luego cayó hacia atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.
»—La tos no es nada —consiguió decir—. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.
»Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.
»En aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando como lo bebía con expresión que no pude descifrar... como con cierta satisfacción.
»Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el vaso, que se hizo pedazos.
»—¿La has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta. Ella es fuerte y sana. Mírala... ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de él?
»Felisa se agachó para coger los pedazos de cristal.
»—No me importa lo que diga —comenzó con voz inexpresiva—. ¿A mí qué? Soy una chica respetable. Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy cristiana y nada digo.
»—¡Tú me odias! —exclamó Annette—. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de rodillas ante mí encima de la hierba.
»—No seas absurda —dijo Felisa intranquila.
»—Pues sí que lo harás. Lo harás... para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate, Felisa.
»No sé si sería por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo, pero el caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al vacío.
»Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus fuerzas.
»—¡Mira qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.
«Desplomóse exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez volvióse a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me sobresaltó.
»Yo no estaba allí cuando murió Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando: "No moriré. Tengo que vivir... vivir..."
»Me lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más tarde fui a verla. "Mi pobre Raúl —me dijo con tono amable—. Tú la querías, ¿verdad?"
»—Siempre la quise... siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso. Ahora está muerta... ella... tan alegre... y tan llena de vida.
»La señorita Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extraño.
»—¿Sabes —me dijo la señorita Slater tras una ligera vacilación— que está aprendiendo a tocar el piano?
»Yo lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa... aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
»—Dicen que tiene talento —continuó la señorita Slater—. No comprendo. Siempre la había considerado..., bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña estúpida.
«Asentí.
»—Su comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.
»Pocos minutos después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano... la misma tonadilla que oí cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pensé..., bueno, no voy a decirles lo que pensé entonces.
»—Tiens! —exclamó—. De manera que es usted... monsieur Raúl.
»No puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto..., como si el monsieur fuera algo divertido.
»—Vaya, Felisa —le contesté—, te veo muy cambiada.
»—¿Sí? —replicó pensativa—. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl..., decididamente te llamaré Raúl... ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos niños...? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette... que está muerta y enterrada. ¿Estará en el Purgatorio, o dónde?
»Y tarareó cierta canción..., desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi atención.
»—¡Felisa! —exclamé—. ¿Sabes italiano?
»—¿Por qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía —y se rió de mi confusión.
»—No comprendo... —comencé a decir.
»—Pues yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos papeles... y muy bien, por cierto.
»Volvió a reír y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.
»La volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba pesadamente. La estuve mirando fascinado..., aunque me repelía. De pronto se despertó sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los míos.
»—Monsieur Raúl —murmuró mecánicamente.
»—Sí, Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?
»—¿Yo? ¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?
»—¿No recuerdas que esta mañana tocaste para mí?
»Felisa meneó la cabeza.
»—¿Tocar yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?
»Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acercó a mí.
»—¡Monsieur Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una bromas. Varían las horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.
»—¿De quién? —pregunté sobresaltado.
»—De Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortificándome.
»La miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir de sus órbitas.
»—Es mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el alma...
»De pronto se agarró a mí.
»—Tengo miedo, se lo aseguro..., miedo. Oigo su voz..., no en mis oídos... sino aquí... en mi cabeza —se tocó la frente—. Se me llevará muy lejos... y entonces, ¿qué haré... qué será de mí?
»Su voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.
»De pronto sonrió..., fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.
»—Si llegara eso, monsieur Raúl..., tengo mucha fuerza en mis manos..., tengo mucha fuerza en las manos.
»Nunca me había fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí a pesar mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho, extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.
»Aquélla fue la última vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente después marché al extranjero..., a Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte. Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he enterado de más detalles... por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta... Me estoy preguntando si... ¡Era una buena actriz! ¿Saben?»
El tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió para abrochar mejor su abrigo.
—¿Cuál es su teoría? —preguntó el abogado.
—Apenas puedo creerlo... —comenzó a decir el canónigo Parfitt.
El médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.
—Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa..., el alma... —repitió el francés poniéndose en pie—. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo sí... y amaba mucho la vida.
Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un golpecito en el pecho del canónigo.
—Monsieur le docteur acaba de decir que esto —le dio un golpe en el estómago y el pastor pegó un respingo— es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un ladrón en su casa, ¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?
—No —exclamó el canónigo—. No..., quiero decir... que en este país, no.
Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimento se cerraba de golpe.
El clérigo, el abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento estaba vacío.


F I N

martes, 19 de octubre de 2010

Lingotes De Oro -- Agatha Christie





Lingotes De Oro Agatha Christie

Estos relatos son contados por los miembros del Club de los Martes que se reúnen cada semana. En la cual  cada uno de los miembros y por turno expone un problema o algún misterio que cada uno conozca personalmente y del que, desde luego sepa la solución. Para así el resto del grupo poder dar con la solución del problema o misterio.
El grupo esta formado por seis personas:
Miss Marple, Mujer ya mayor pero especialista en resolver cualquier tipo de misterio. Raymond West: Sobrino de Miss Marple y escritor. Sir Henry Clithering:Hombre de mundo y comisionado de Scotland Yard. Doctor Pender: Anciano clérigo de parroquia Mr. Petherick:Notable abogado Joyce Lempriére:Joven artista 

No se si la historia que voy a contarles es aceptable —dijo Raymond West—, porque no puedo brindarles la solución. No obstante, los hechos fueron tan interesantes y tan curiosos que me gustaría proponerla como problema y, tal vez entre todos, podamos llegar a alguna conclusión lógica. »Ocurrió hace dos años, cuando fui a pasar la Pascua de Pentecostés a Cornualles con un hombre llamado John Newman. —¿Cornualles? —preguntó Joyce Lemprire con viveza. —Sí. ¿Por qué? —Por nada, sólo que es curioso. Mi historia también ocurrió en cierto lugar de Cornualles, en un pueblecito pesquero llamado Rathole. No irá usted a decirme que el suyo es el mismo. —No, el mío se llama Polperran y está situado en la costa oeste de Cornualles, un lugar agreste y rocoso. A Newman me lo habían presentado pocas semanas antes y me pareció un compañero interesante. Era un hombre de aguda inteligencia y posición acomodada, poseído de una romántica imaginación. Como resultado de su última afición, había alquilado Pol House. Era una autoridad en la época isabelina y me describió con lenguaje vivo y gráfico la ruta de la Armada Invencible. Lo hizo con tal entusiasmo, que uno hubiera dicho que fue testigo presencial de la escena. ¿Existe algo de cierto en la reencarnación? Quisiera saberlo. Me lo he preguntado tantas veces... —Eres tan romántico, querido Raymond -dijo miss Marpie mirándole con benevolencia. —Romántico es lo último que soy —respondió su sobrino ligeramente molesto—. Pero ese individuo, Newman, me interesaba por esa razón, como una reliquia curiosa del pasado. Parece ser que cierto barco perteneciente a la Armada y que contenía un enorme tesoro en oro procedente de la parte oriental del mar Caribe, había naufragado en la costa de Cornualles, en las famosas y temibles Rocas de la Serpiente. Newman me contó que a lo largo de los años se habían hecho intentos de rescatar el barco y recuperar el tesoro. Creo que estas historias son muy corrientes, aunque el número de barcos con tesoros mitológicos es mucho mayor que el de los verdaderos. Formaron una compañía, pero quebraron, y Newman pudo comprar los derechos de aquella cosa, o como quieran llamarle, por cuatro cuartos. Se mostraba entusiasmado. Según él, sólo era cuestión de utilizar la maquinaria más moderna. El oro estaba allí, no le cabía la menor duda de que podría ser recuperado. »Mientras le escuchaba, se me ocurrió pensar en la frecuencia con que ocurren cosas como ésta. Un hombre rico como Newman logra el éxito casi sin esfuerzo y, no obstante, es probable que el valor de su hallazgo en dinero no signifique nada para él. Debo confesar que me contagié de su entusiasmo. Veía galeones surcando las aguas de la costa, desafiando la tormenta, y abatidos y destrozados contra las negras rocas. La palabra «galeón» me resultaba romántica. La frase el «oro español» emociona a los escolares, y también a los hombres hechos y derechos. Además, yo estaba trabajando por aquel entonces en una novela, algunas de cuyas escenas transcurrían en el siglo XVI, y vi la oportunidad de poder darle un valioso colorido local gracias a Newman. »Salí de la estación de Paddington el viernes por la mañana, ilusionado ante la perspectiva de mi viaje. El compartimiento del tren estaba vacío, con la sola excepción de un hombre sentado ante mí en el rincón opuesto. Era alto, con aspecto de militar, y no pude evitar la sensación de que lo había visto antes en alguna otra parte. Me estuve devanando los sesos en vano durante algún tiempo y al fin di con ello. Mi compañero de viaje no era otro que el inspector Badgworth, a quien yo conociera cuando escribí una serie de artículos sobre el caso de la misteriosa desaparición de Everson. »Me di a conocer y no tardamos en charlar amigablemente. Cuando le dije que me dirigía a Polperran comentó que era una coincidencia singular ya que él también iba a aquel lugar. No quise parecer indiscreto y me guardé de preguntarle qué era lo que le llevaba allí. En vez de eso, le hablé de mi propio interés por el lugar, mencionando el naufragio del galeón español. Para mi sorpresa, el inspector parecía saberlo todo al respecto. »—Seguro que es el Juan Fernández —me dijo—. Su amigo no será el primero que ha dilapidado todo su dinero tratando de sacar el oro a flote. Es un capricho romántico. »—Y probablemente toda la historia es un mito —repliqué yo—. Nunca habrá naufragado un barco en este lugar. »—Oh, el hundimiento del barco sí es cosa cierta —me dijo el inspector—, así como el de muchos otros. Le sorprendería a usted conocer el número de naufragios que hubo en esa parte de la costa. A decir verdad, ése es el motivo que me lleva allí ahora. Ahí es donde hace seis meses se hundió el Otranto. »—Recuerdo haberlo leído —contesté—. Creo que no hubo desgracias personales. »—No —contestó el inspector—, pero se perdió otra cosa. No es del dominio público, pero llevaba a bordo lingotes de oro. »—¿Sí? —pregunté muy interesado. »—Naturalmente utilizamos buzos para los trabajos de salvamento, pero el oro había desaparecido, Mr. West. »—¡Desaparecido! —exclamé mirándole asombrado-. ¿Cómo es posible? »—Ese es el problema —replicó el inspector—. Las rocas abrieron un boquete en la cámara acorazada y los buzos pudieron penetrar fácilmente en ella por ese camino, pero la encontraron vacía. La cuestión es, ¿fue robado el oro antes o después del naufragio? ¿Estuvo alguna vez siquiera en la cámara acorazada? »—Un caso muy curioso -comenté. »—Lo es, considerando lo que representan los lingotes de oro. No es como un collar de brillantes, que puede llevarse en el bolsillo. Bueno, parece del todo imposible. Debieron de hacer alguna triquiñuela antes de que partiera el barco. Pero, de no ser así, el oro ha tenido que desaparecer en los últimos seis meses, y yo voy a investigar el asunto.
 

»Encontré a Newman esperándome en la estación. Se disculpó por no traer su automóvil, que se encontraba en Truro a causa de ciertas reparaciones necesarias. En su lugar había traído una camioneta de la finca. »Tomé asiento a su lado y avanzamos con prudencia por las estrechas callejuelas del pueblecito pesquero, subimos por una pendiente muy pronunciada, yo diría que de un veinte por ciento, recorrimos una corta distancia por un camino zigzagueante y finalmente enfilamos los pilares de granito de la entrada de Pol House. »Era un lugar encantador, situado sobre los acantilados, con una estupenda vista sobre el mar. Algunas partes tenían unos trescientos o cuatrocientos años de antigüedad, pero se le había añadido un ala moderna. Detrás de ella se extendían unos siete u ocho acres de terreno de cultivo. »—Bienvenido a Pol House —dijo Newman—. Y a la enseña del Galeón Dorado —y señaló hacia la puerta principal, de donde pendía una reproducción perfecta de un galeón español con todas sus velas desplegadas. »Mi primera noche allí fue deliciosa e instructiva. Mi anfitrión me mostró viejos manuscritos que hacían referencia al Juan Fernández. Desplegó cartas de navegación ante mí, indicándome posiciones marcadas con líneas de puntos, y me enseñó planos de aparatos de inmersión, los cuales, debo confesar, me satisficieron por completo. »Le hablé del encuentro con el inspector Badgworth, cosa que le interesó sobremanera. »—Hay gentes muy extrañas por esta costa -dijo en tono pensativo-. Llevan en la sangre el contrabando y la destrucción. Cuando un barco se hunde en sus costas no pueden evitar considerarlo un pillaje legal para sus bolsillos. Hay aquí un individuo al que me gustaría que conociera. Es un tipo interesante. »El día siguiente amaneció claro y radiante. Fuimos a Polperran y allí me fue presentado el buzo de Newman, un hombre llamado Higgins. Era un indiv-duo de rostro curtido, extremadamente taciturno y cuyas intervenciones en la conversación se reducían a monosílabos. Después de discutir entre ellos sobre asuntos técnicos, nos dirigimos a Las Tres Ancoras. Una jarra de cerveza contribuyó un poco a desatar la lengua de aquel individuo. »—Ha venido un detective de Londres —gruñó—. Dicen que ese barco que se hundió en noviembre pasado llevaba a bordo gran cantidad de oro. Bueno, no fue el primero en zozobrar y tampoco será el último. »—Cierto, cierto —intervino el posadero de Las Tres Áncoras—. Has dicho una gran verdad, Bill Higgins. »—Vaya silo es, Mr. Kelvin —replicó Higgins. »Miré con cierta curiosidad al posadero. Era un hombre muy peculiar, moreno, de rostro bronceado y anchas espaldas. Sus ojos parecían inyectados en sangre y tenían un modo muy extraño de evitar la mirada de los demás. Sospeché que aquél era el hombre de que me hablara Newman, al que calificó de sujeto interesante. »—No queremos extranjeros entrometidos en estas costas -dijo con tono siniestro. »—¿Se refiere a la policía? —preguntó Newman con una sonrisa. »—A la policía y a otros —replicó Kelvin significativamente—. Y no lo olvide usted, señor. »—¿Sabe usted, Newman, que me ha sonado como una amenaza? —le dije cuando subíamos la colina para dirigirnos a casa. »Mi amigo se echó a reír. «—Tonterías, yo no le hago ningún daño a la gente de aquí. »Yo moví la cabeza pensativo. En Kelvin había algo siniestro y salvaje, y comprendí que su mente podía discurrir por sendas extrañas e insospechadas. »Creo que mi inquietud comenzó a partir de aquel momento. La primera noche había dormido bastante bien, pero la siguiente mi sueño fue intranquilo y entrecortado. El domingo amaneció gris y triste, con el cielo encapotado y la amenaza de los truenos estremeciendo el aire. Me fue difícil disimular mi estado de ánimo y Newman observó el cambio operado en mí. »—¿Qué le ocurre West? Esta mañana está hecho un manojo de nervios. »—No lo sé —dije—, pero tengo un horrible presentimiento. »—Es el tiempo. »—Sí, es posible. »No dije más. Por la tarde salimos en la lancha motora de Newman, pero se puso a llover con tal fuerza que tuvimos que regresar a la playa y ponernos inmediatamente ropa seca. »Aquella noche creció mi ansiedad. En el exterior la tormenta aullaba y rugía. A eso de las diez la tempestad se calmó y Newman miró por la ventana. »—Está aclarando —anunció—. No me extrañaría que dentro de media hora hiciera una noche magnífica. Si es así, saldré a dar un paseo. »Yo bostecé. »—Tengo mucho sueño —dije—. Anoche no dormí mucho y me parece que me acostaré temprano. »Así lo hice. La noche anterior había dormido muy poco y, en cambio, aquella tuve un sueño profundo. No obstante, mi sopor no me proporcionó descanso. Seguía oprimiéndome el terrible presentimiento de un cercano peligro: soñé cosas horribles, espantosos abismos y enormes precipicios entre los cuales me hallaba vagando, sabiendo que el menor tropiezo de uno de mis pies hubiera significado la muerte. Cuando desperté, mi reloj señalaba las ocho. Me dolía mucho la cabeza y seguía bajo la opresión de mis pesadillas. »Tan fuerte era ésta que, cuando me acerqué a mirar por la ventana, retrocedí con un nuevo sentimiento de terror, pues lo primero que vi, o creí ver, fue la figura de un hombre cavando una tumba. »Tardé un par de minutos en rehacerme y entonces comprendí que el sepulturero no era otro que el jardinero de Newman y que  «la tumba» estaba destinada a tres nuevos rosales que estaban sobre el césped esperando a ser plantados. »El jardinero alzó la cabeza y al yerme se llevó la mano al sombrero. »—Buenos días señor, hermosa mañana. »—Supongo que lo es, sí —repliqué dubitativo sin poder sacudir por completo mi pesimismo. »Sin embargo, como había dicho el jardinero, la mañana era espléndida. El sol brillaba en un cielo azul pálido que prometía un tiempo magnífico para todo el día. Bajé a desayunar silbando una tonadilla. Newman no tenía ninguna doncella en la casa, solo un par de hermanas de mediana edad, que vivían en una granja cercana, acudían diariamente para atender a sus sencillas necesidades. Una de ellas estaba colocando la cafetera sobre la mesa cuando yo entré en la habitación. »—Buenos días, Elizabeth —dije—. ¿No ha bajado todavía Mr. Newman? »—Debe de haber salido muy temprano, señor —me contestó—, pues no estaba en la casa cuando llegamos. »Al instante sentí renacer mi inquietud. Las dos mañanas anteriores Newman había bajado a desayunar un poco tarde y en ningún momento supuse que fuese madrugador. Impulsado por mis presentimientos, subí a su habitación. La encontré vacía y, además, sin señales de que hubiera dormido en su cama. Tras un breve examen de su dormitorio, descubrí otras dos cosas. Si Newman salió a pasear debió de hacerlo en pijama, puesto que éste había desaparecido. »Entonces tuve el convencimiento de que mis temores eran justificados. Newman había salido, como dijo que haría, a dar un paseo nocturno y, por alguna razón desconocida, no había regresado. ¿Por qué? ¿Habría tenido un accidente? ¿Se habría caído por el acantilado? Debíamos averiguarlo en seguida. »En pocas horas ya había reclutado a un gran número de ayudantes y juntos lo buscamos en todas direcciones, por los acantilados y en las rocas de abajo, pero no había rastro de Newman. »Al fin, desesperado, fui a buscar al inspector Badgworth. Su rostro adquirió una expresión grave. »—Tengo la impresión de que ha sido víctima de una mala jugada —dijo—. Hay gente muy poco escrupulosa por esta zona. ¿Ha visto usted a Kelvin, el posadero de Las Tres Ancoras? »Le contesté afirmativamente. »—¿Sabía usted que estuvo cuatro años en la cárcel por asalto y agresión? »—No me sorprende —repliqué. »—La opinión general de los habitantes de este pueblo parece ser que su amigo se entromete demasiado en cosas que no le conciernen. Espero que no haya sufrido ningún daño. »Continuamos la búsqueda con redoblado ánimo y hasta última hora de la tarde no vimos recompensa-dos nuestros esfuerzos. Descubrimos a Newman en su propia finca, dentro de una profunda zanja, con los pies y las manos fuertemente atados con cuerdas y un pañuelo en la boca, a modo de mordaza, para evitar que gritase. »Estaba terriblemente exhausto y dolorido, pero después de unas fricciones en las muñecas y en los tobillos y un buen trago de whisky, pudo referirnos lo que le había ocurrido. «Cuando aclaró el tiempo, salió a dar un paseo, a eso de las once. Llegó hasta cierto lugar de los acantilados conocidos vulgarmente como la Ensenada de los Contrabandistas debido al gran número de cuevas que hay allí. Allí observó que unos hombres sacaban algo de un pequeño bote y bajó para ver de qué se trataba. Fuera lo que fuera, parecía ser algo muy pesado y lo trasladaban a una de las cuevas más lejanas. »Sin imaginar que se tratase en realidad de algo ilegal, Newman lo encontró extraño. Se acercó un poco más sin ser visto, mas de pronto se oyó un grito de alarma e inmediatamente dos fornidos marineros cayeron sobre él y le dejaron inconsciente. Cuando volvió en sí, se encontró tendido en un vehículo que iba a toda velocidad y que subía, dando tumbos y saltando sobre los baches, por lo que pudo deducir, por el camino que conduce de la costa al pueblo. Ante su sorpresa el camión penetró por la entrada de su propia casa. Allí, tras sostener una conversación en voz baja, los hombres lo sacaron para arrojarlo a la zanja en el lugar en que su profundidad haría más improbable que fuera hallado por algún tiempo. Después, el camión se puso en marcha y le pareció que salía por la otra entrada, situada una milla más cerca del pueblo. No pudo darnos descripción alguna de los asaltantes, excepto que desde luego eran hombres de mar y, por su acento, cornualleses. »El inspector Badgworth pareció muy interesado por el relato. »—Apuesto a que es ahí donde ha sido escondido el oro —exclamó—. De un modo u otro debió ser salvado del naufragio y almacenado en alguna cueva solitaria, en alguna otra parte. Hemos registrado todas las cuevas de la Ensenada de los Contrabandistas y, como que ahora nos dedicamos a buscarlo más hacia el interior, lo han trasladado de noche a una cueva que ya ha sido registrada y que, por consiguiente, no es probable que volvamos a mirar. Por desgracia han tenido por lo menos dieciocho horas para llevárselo de nuevo. Si capturaron a Mr. Newman ayer noche, dudo que encontremos nada allí a estas horas. »El inspector se apresuró a efectuar un registro en la cueva y encontró pruebas definitivas de que el oro había sido almacenado allí como supuso, pero los lingotes habían sido trasladados una vez más y no existía la menor pista de cuál era el nuevo escondrijo. »No obstante, sí había una pista y el propio inspector me la señaló al día siguiente. »—Este camino lo utilizan muy poco los automóviles —dijo- y en uno o dos lugares se ven claramente huellas de neumáticos. A uno de ellos le falta una pieza triangular y deja una huella inconfundible. Eso demuestra que entraron por esta entrada y aquí hay una clara huella que indica que salieron por la otra, de modo que no cabe duda de que se trata del vehículo que andamos buscando. Ahora bien, ¿por qué salieron por la entrada más lejana? A mí me parece clarísimo que el camión vino del pueblo. No hay muchas personas que tengan uno: dos o tres a lo sumo. Kelvin, el posadero de Las Tres Áncoras, tiene uno. »—¿Cuál era la profesión origimal de Kelvin? —preguntó Newman. »—Es curioso que me pregunte usted eso, Mr. New-man. En su juventud Kelvin fue buzo profesional. »Newman y yo nos miramos significativamente. Las piezas del rompecabezas parecían empezar a encajar. »—¿No reconoció a Kelvin en uno de los hombres de la playa? —preguntó el inspector. »Newman negó con la cabeza. »—Temo no poder ayudarle en eso -dijo pesaroso-. La verdad es que no tuve tiempo de ver nada. »El inspector, muy amablemente, me permitió acompañarlo a Las Tres Ancoras. El garaje se hallaba en una calle lateral. Sus grandes puertas estaban cerradas, pero al subir por la callejuela lateral encontrarnos una pequeña puerta que daba acceso al interior del mismo y que estaba abierta. Un breve examen de los neumáticos fue suficiente para el inspector. »—Lo hemos pillado, diantre —exclamó—. Aquí está la marca, tan clara como el día, en la rueda posterior izquierda. Ahora, Mr. Kelvin, veremos de qué le sirve su inteligencia para salir de ésta. Raymond West hizo un alto en su relato.
 

—Bueno -dijo la joven Joyce—. Hasta ahora no veo dónde está el problema, a menos que nunca encontrasen el oro. —Nunca lo encontraron, desde luego —repitió Raymond—, y tampoco pudieron acusar a Kelvin. Supongo que era demasiado listo para ellos, pero no veo cómo se las arregló. Fue detenido por la prueba del neumático, pero surgió una dificultad extraordinaria. Al otro lado de las grandes puertas del garaje había una casita que en verano alquilaba una artista. —¿Oh, esas artistas! -exclamó Joyce riendo. —Como tú dices: ¡Oh, esas artistas! Ésta en particular había estado enferma algunas semanas y por este motivo tenía dos enfermeras que la atendían. La que estaba de guardia aquella noche acercó su butaca a la ventana, que tenía la persiana levantada, y declaró que el camión no pudo haber salido del garaje de enfrente sin que ella lo viera y juró que nadie salió de allí aquella noche. —No creo que esto deba considerarse un problema —comentó Joyce—. Es casi seguro que la enfermera se quedó dormida, siempre se duermen. —Es lo que siempre ocurre -dijo Mr. Petherick juiciosamente—. Pero me parece que aceptamos los hechos sin examinarlos lo suficiente. Antes de aceptar el testimonio de la enfermera debiéramos investigar de cerca su buena fe. Una coartada que surge con tal sospechosa prontitud despierta dudas en la mente de cualquiera. —También tenemos la declaración de la artista -dijo Raymond—. Dijo que se encontraba muy mal y pasó despierta la mayor parte de la noche, de modo que hubiera oído sin duda alguna el camión, puesto que era un ruido inusitado y la noche había quedado muy apacible después de la tormenta. —¡Hum...! —dijo el clérigo—. Eso desde luego es un factor adicional. ¿Tenía alguna coartada el propio Kelvin? —Declaró que estuvo en su casa durmiendo desde las diez en adelante, pero no pudo presentar ningún testigo que apoyara su declaración. —La enfermera debió quedarse dormida lo mismo que su paciente —dijo la joven—. La gente enferma siempre se imagina que no ha pegado ojo en toda la noche. Raymond West lanzó una mirada interogativa al doctor Pender. —Me da lástima ese Kelvin. Me parece que es víct-ma de aquello de «Por un perro que maté...». Kelvin había estado en la cárcel. Aparte de la huella del neumático, que es desde luego algo demasiado evidente para ser mera coincidencia, no parece haber mucho en contra suya, excepto sus desgraciados antecedentes. —¿Y usted, sir Henry? El aludido movió la cabeza. —Da la casualidad —replicó sonriendo- que conozco este caso, de modo que evidentemente no debo hablar. —Bien, adelante, tía Jane. ¿No tienes nada que decir? —Espera un momento, querido —respondió miss Marple—. Me temo que he contado mal. Dos puntos del revés, tres del derecho, saltar uno, dos del revés... sí, está bien. ¿Qué me decías, querido? —¿Cuál es tu opinión? —No te gustaría, querido. He observado que a los jóvenes nunca les gusta. Es mejor no decir nada. —Tonterías, tía Jane. Adelante. —Pues bien, querido Raymond -dijo miss Marple dejando la labor para mirar a su sobrino- creo que deberías tener más cuidado al escoger a tus amistades. Eres tan crédulo, querido, y te dejas engañar tan fácilmente. Supongo que eso se debe a que eres escritor y tienes mucha imaginación. ¡Toda esa historia del galeón español! Si fueras mayor y tuvieses mi experiencia de la vida te habrías puesto en guardia en seguida. ¡Además, un hombre al que conocías sólo desde hacía unas semanas! Sir Henry lanzó un torrente de carcajadas al tiempo que golpeaba su rodilla. —Esta vez te han pillado, Raymond —dijo—. Miss Marpie, es usted maravillosa. Tu amigo Newman, muchacho, tenía otro nombre, es decir, varios más. En estos momentos no está en Cornualles, sino en Devonshire. En Dartmoor, para ser exacto y en calidad de convicto en la prisión de Princetown. No pudimos cogerlo por el asunto del oro robado, pero sí por robar la cámara acorazada de uno de los bancos de Londres. Cuando revisamos sus antecedentes supimos que buena parte del oro robado fue enterrado en el jardín de Pol House. Fue una idea bastante buena. Por toda la costa de Cornualles se cuentan historias de barcos hundidos llenos de oro. Serviría para justificar el buzo y para justificar el oro. Pero se necesitaba una víctima propiciatoria y Kelvin era la ideal. Newman representó su pequeña comedia muy bien y nuestro amigo Raymond, una celebridad como escritor, hizo de testigo impecable. —Pero ¿y la huella del neumático? —objetó Joyce. —Oh, yo lo vi en seguida, querida, y no sé nada de automóviles —dijo miss Marpie—. Ya sabes que la gente cambia las ruedas, a menudo lo he visto hacer y, claro, pudieron coger la rueda de la camioneta de Kelvin y sacarla por la puerta pequeña del garaje y salir con ella al callejón. Allí la colocarían en la camioneta de Mr. Newman y bajarían hasta la playa, cargarían el oro y volverían a entrar por la otra entrada al pueblo. Luego volvieron a colocar la rueda en la camioneta de Mr. Kelvin, me imagino, mientras alguien maniataba a Mr. Newton y lo arrojaba a la zanja. Estuvo muy incómodo y probablemente tardaron en encontrarlo más de lo que habían calculado. Imagino que el individuo que se llamaba a sí mismo jardinero debía ocuparse de eso. —¿Por qué dices que se llamaba a sí mismo jardinero, tía Jane? —preguntó Raymond con extrañeza. —Pues porque no podía ser un jardinero auténtico —dijo miss Marple—. Los jardineros no trabajan durante el lunes de la Pascua de Pentecostés, todo el mundo lo sabe. Sonrió sin apartar los ojos de su labor. —En realidad fue ese pequeño detalle lo que me puso sobre la verdadera pista -dijo. Luego miró a Raymond. —Cuando tengas tu propia casa, querido, y un jardinero que cuide de tu jardín, conocerás estos pequeños detalles.
 
 
 

sábado, 16 de octubre de 2010

LA GITANA -- Agatha Christie




LA GITANA



Agatha Christie


MacFarlane había advertido que su amigo Dickie Carpenter sentía aversión hacia los gitanos. Y sólo llegó a conocer los motivos cuando se anuló el compromiso matrimonial de Dickie y Esther Lawes, que originó algunas confidencias entre los dos hombres.
MacFarlane tenía relaciones con la hermana de Esther, Rachel, desde hacía un año. Conoció a las dos jóvenes durante la infancia. Pero su carácter apocado hizo que tardase algún tiempo en admitir la creciente atracción que el rostro aniñado y la sinceridad de los ojos pardos de Rachel ejercían sobre él. No era una belleza como su hermana; aunque sí más sincera y dulce. El comportamiento de Dickie y la mayor de las hermanas dio vida a crecientes lazos de fraternidad entre los dos hombres.
Después de breves semanas las relaciones amorosas de Dickie y Esther se habían diluido en la nada del olvido. Hasta entonces la vida de su joven amigo había discurrido plácidamente. Su carrera de marino era acertada, pues su amor a las cosas del mar tenía profundas raíces en su ser. De hecho, en sus entrañas palpitaba el primitivo vikingo, cuya mente no es dada a sutilezas románticas. Pertenecía a esa clase de ingleses reñidos con toda manifestación emotiva, y tan torpes a la hora de transformar en palabras corrientes sus procesos mentales.                         
MacFarlane, un escocés de imaginación céltica, escuchaba y fumaba mientras Dickie se perdía en un mar de palabras. Intuyó la necesidad de un desahogo mental en su amigo, si bien no imaginó que siguiera derroteros tan originales, en los cuales Esther era una estrella apagada. En realidad, el relato se convirtió en una historia de terror infantil. 
—Todo empezó en un sueño que tuve de niño —decía Dickie—. No fue una pesadilla; pero desde entonces la gitana estuvo siempre en mis sueños, incluso en esos sueños agradables de niño, con sus fiestas, galletas y cosas por el estilo. Aunque fuese feliz, sabía que de alzar los ojos, la vería allí, en pie, mirándome tristemente, como si ella supiese algo ignorado por mí. No sé por qué me alteraba tanto... pero era así. Al despertarme chillaba aterrorizado y mi niñera decía: «¡Vaya! ¡Dickie vuelve a tener uno de sus sueños de gitanos!»
—¿Te asustó antes la presencia de gitanos, verdad?
—¡Nunca! No los vi hasta mucho tiempo después. Por cierto que fue de un modo extraño. Buscaba a mi perro que había huido. Salí por la puerta del jardín y me interné en el bosque. Entonces vivíamos en New Forest. Llegué a una especie de claro con un puente de madera sobre un arroyo. Junto a él vi a una gitana en pie con un pañuelo rojo anudado a la cabeza, igual que en mis sueños.
»Me asusté. Sus ojos reflejaban aquella tristeza... Como si supiese algo ignorado por mí. De pronto me dijo muy suavemente, inclinando la cabeza: «Yo no pasaría por ahí de ser tú.» Me sentí preso de un pánico cerval y, como una exhalación, pasé por delante de ella hacia el puente. Quizás estuviese podrido. Lo cierto es que se rompió y caí a la fuerte corriente. Tuve que luchar como un desesperado para no ahogarme. Jamás lo he olvidado.
—Ella lo que hizo fue advertirte.
—Comprendo que lo interpretes así —hizo una pausa antes de seguir—. Estos sueños no tienen nada que ver con lo sucedido después, al menos eso creo, pero sí es el punto de partida. Así comprenderás ese estado mío que llamo «sensación de gitana».
»Bien, te contaré lo ocurrido aquella primera noche en casa de los Lawes. Acababa de regresar de la costa oeste, y sentíame feliz al pisar de nuevo las calles de Londres. Los Lawes eran viejos amigos. Llevaba sin ver a las niñas desde la edad de siete años. Arthur me escribía con frecuencia y, después de su muerte, fue Esther quien lo hizo, además de mandarme periódicos. Sus cartas eran muy alegres, y tenían la virtud de animarme en grado sumo. Muy pronto nació en mí un deseo incontenible de verla. No satisface por completo el conocer a una chica a través de sus cartas. Por eso lo primero que hice fue visitar a los Lawes. Esther se hallaba ausente, pero la esperaban aquella noche. A la hora de comer me senté junto a Rachel, y mientras observaba la larga mesa, me invadió una extraña sensación. Sentía sobre mí los ojos de alguien, y esto me puso nervioso. Entonces la vi.
—¿A quién?
—A la señora Haworth, lo que te digo.
MacFarlane estuvo a punto de decir: «Pensé que sería Esther». Pero guardó silencio. Dickie continuó:
—Algo en ella me era vagamente familiar. Permanecía sentada al lado del viejo Lawes, escuchando gravemente con la cabeza inclinada. Tenía alrededor de su cuello un pañuelo rojo, quizá no muy nuevo, si bien sus tersas puntas simulaban pequeñas lenguas de llama.
«Pregunté a Rachel: «¿Quién es aquella mujer morena que luce un pañuelo rojo?»
»—¿Te refieres a Alistair Haworth? Sí que lleva el pañuelo rojo, pero es rubia.
»Y lo era, ¿sabes? Su pelo tenía un maravilloso amarillo pálido que resplandecía. No obstante, hubiera jurado que era morena. Pensé que mis ojos me gastaban una broma. Después de comer, Rachel nos presentó y paseamos por el jardín. Hablamos sobre la reencarnación.
—¡Eso no va contigo, Dickie!
—Desde luego. Le dije que a veces entre dos personas se establece una corriente de sensibilidad que los hace sentirse unidos... como si fueran viejos conocidos. Ella me contestó:
»—¿ Se refiere al amor?
»—Percibí una leve ansiedad en su voz, que trajo a mi mente el roce de un recuerdo inconcreto. Momentos después nos llamaba el viejo Lawes desde la terraza. Esther había llegado y quería verme. La señora Haworth puso la mano en mi brazo:
»—¿Regresa usted a la casa? —me preguntó.
»—Sí —repuse—. Debo hacerlo.
Dickie guardó silencio y MacFarlane apremió:
—¿Qué sucedió?
—Parece una pesadilla. La señora Haworth me dijo: «Yo no iría de ser usted.»
Dickie volvió a enmudecer, como si se concentrase en sus pensamientos; al fin continuó:
—Me asustó. Me asustó terriblemente... porque lo dijo como si supiera algo que yo ignorase. No se trataba de una mujer hermosa empeñada en retenerme en el jardín. Pese al tono amable de su voz, capté su angustia, síntoma inequívoco de su temor a lo que iba a pasar.
»Sé que reaccioné groseramente, pues di media vuelta y casi corrí a la casa, que me pareció un puerto seguro. Entonces comprendí cuánto temor le tuve desde el principio. La visión del viejo Lawes me resultó un gran alivio. Esther se hallaba detrás de él...
Dickie vaciló un momento y luego añadió casi en un susurro:
—Tan pronto la vi me supe perdido.
La mente de MacFarlane voló a Esther Lawes. En cierta ocasión oyó decir de ella que «era seis pies y una pulgada de perfección judía». Una expresiva definición, se dijo, mientras recordaba su altura, la frágil blancura de mármol de su rostro, su delicada nariz y el negro esplendor de su pelo y ojos. No le sorprendió que la infantil simplicidad de Dickie capitulase. Sin embargo, Esther jamás hubiera acelerado los latidos de él, MacFarlane, si bien admitía el poder sugestivo de su extraordinaria belleza.
—Después —continuó Dickie—, nos comprometimos.
—¿En seguida?
—Bueno, al cabo de una semana. Pero quince días más tarde ella averiguó que yo no le importaba mucho —Dickie se rió amargamente—. La última noche, antes de volver a mi barco, regresaba del pueblo a través del bosque cuando la vi... me refiero a la señora Haworth. Lucía una roja boina de punto, y esto casi me hizo saltar. Luego caminamos juntos un rato. Nada de cuanto dijimos afectaba a Esther, pero...
—¿Seguro?
MacFarlane, inquisitivo, observó a su amigo. Resulta curioso oír a la gente su versión sobre las cosas en que han sido actores sin proponérselo.
—Seguro —repuso Dickie, y luego añadió—: La señora Haworth me retuvo un momento cuando me disponía a irme y me dijo: «Se va demasiado pronto a casa». Y tuve la seguridad de que algo desagradable me aguardaba. En cuanto llegué, Esther salió a mi encuentro y me dijo que no estaba enamorada de mí.
MacFarlane le miró apenado.
—¿Y la señora Haworth? —preguntó.
—No he vuelto a verla hasta esta noche.
—¿Esta noche?
—Sí. En la clínica del doctor Johnny. Me examinaban la pierna herida en la guerra. Hace algún tiempo que me produce molestias. El doctor me aconsejó una operación... sin importancia. Abandonaba la clínica cuando me crucé con una enfermera que vestía una blusa roja sobre su uniforme. Ésta me dijo:« Yo no me sometería a esa operación si fuese usted...» Entonces advertí que era la señora Haworth. Pasó tan rápidamente que no supe detenerla. No obstante, pregunté a otra enfermera, y ésta me aseguró que ninguna de ellas respondía a ese nombre.
—¿Estás seguro de que era la señora Haworth?
—Desde luego. Es muy guapa e inconfundible —cambió de tema—. Pienso operarme, aunque... si mi número está arriba...
—¡Bobadas!
—Claro que es una bobada. Sin embargo, me satisface haberte hablado de la gitana. Pero hay algo relacionado con ella, algo... ¡Si pudiera recordarlo!


2


MacFarlane ascendió por la empinada carretera hasta llegar a la verja abierta de una casa en la cima de la colina. Apretó sus mandíbulas y tiró de la campanilla.
—¿Está en casa la señora Haworth?
—Sí, señor. La avisaré.
La sirvienta lo dejó en una habitación rectangular con ventanas a la agreste tierra pantanosa. MacFarlane frunció el ceño al pensar en la causa que lo había traído allí. De pronto le sobresaltó una voz que entonaba:

La joven gitana vive en el páramo...

Al interrumpirse la tonada, su corazón latió más aprisa. Luego se abrió la puerta.
Una aturdente rubicundez escandinava entró en la habitación, casi produciéndole un colapso. Pese a la descripción de Dickie, la había supuesto morena. Entonces recordó las palabras de su amigo, y su tono peculiar al decirlas: «Comprende, es muy bella... Una belleza de rara perfección.» Y una belleza de rara perfección era Alistair Haworth.
MacFarlane se puso en pie y avanzó hasta ella.
—Temo que no me conozca por mi nombre, Adam. Los Lawes me dieron las señas. Soy amigo de Dickie Carpenter.
Alistair lo miró atentamente. Luego dijo:
—Me disponía a dar un paseo por el páramo. ¿Quiere acompañarme?
Ella abrió de par en par una de las ventanas y salió al exterior. Él hizo otro tanto, y entonces vio a un hombre de aspecto bobalicón que fumaba sentado en un sillón de mimbre.
—Es mi marido —dijo a MacFarlane, y volviéndose—: Vamos al páramo, Maurice. El señor MacFarlane comerá con nosotros —y de nuevo al joven—: ¿Nos acompañará?
—Muchas gracias —repuso él.
Mientras seguía los ágiles pasos de ella hacia la cima, se preguntó: «¿Por qué, por qué diablos se casó con eso?»
Alistair se encaminó a unas rocas.
—Nos sentaremos aquí. Y dígame... lo que vino a decirme.
—¿Lo sabe ya?
—Sólo intuyo la vecindad de las cosas malas. Y es malo, ¿verdad? ¿Se trata de Dickie?
—Sufrió una pequeña operación con todo éxito. Pero su corazón debía ser débil, pues no resistió la anestesia.
MacFarlane no había supuesto ninguna reacción en Alistair, si bien lo hubiera esperado todo menos aquel gesto de infinito desespero. Al fin la oyó murmurar:
—Otra vez... esperar tanto tiempo... tanto tiempo...
Luego alzó la vista.
—¿Qué iba usted a preguntarme? —indagó.
—Una enfermera lo advirtió contra la operación. Él creyó que era usted.
Alistair sacudió negativamente la cabeza. 
—No. Pero tengo una prima que es enfermera. Quizá fue ella. Bien, supongo que eso ya no importa, ¿verdad? —de repente se agrandaron sus ojos, y con manifiesta sorpresa exclamó—: ¡Oh, qué curioso! ¡Usted no me comprende!
MacFarlane, intrigado, la observaba. 
—Le creí un iniciado. Su aspecto lo confirma.
—¿Qué confirma mi aspecto?
—El don, la maldición, llámelo como quiera. ¡Usted lo tiene! Mire fijo al fondo de las rocas. No piense en nada. ¡Ah! —Alistair notó su ligero sobresalto—. ¿Vio usted algo?
—Debe de haber sido un espejismo. Durante un segundo vi las piedras llenas de sangre. 
Ella asintió.
—Advertí que usted lo tiene. Ahí es donde los antiguos adoradores del Sol sacrificaban a sus víctimas. Lo supe antes de que nadie me lo dijera. A veces sé cómo lo hacían; es como si yo misma hubiera estado allí. También hay algo en el páramo que me es tan familiar como mi propia casa. Pero es natural que yo posea el don. Soy una Fuerguesson. Todos los miembros de mi familia lo poseen. Mi madre fue una médium hasta casarse. Se llamaba Cristine. Era bastante célebre. 
—¿Se refiere usted al «don» de ver las cosas antes de que sucedan?
—Sí; el don de ver lo futuro, lo presente o lo pasado. Por ejemplo, yo vi como usted se preguntaba por qué me casé con Maurice. ¡Oh, sí, no lo niegue! Siempre lo he sabido amenazado de algo terrible y quise salvarlo. Las mujeres somos así. Con mi don podía evitar que sucediese... si es verdad que uno puede. Ya ha comprobado que no me sirvió para ayudar a Dickie. Él no lo entendió. Tuvo miedo. Era muy joven.
—Veintidós.
—Yo treinta. Pero no me refiero a eso. Hay muchos modos de estar separados; si bien la separación del tiempo es la peor.
El sonido de un gong procedente de la casa los hizo volver al mundo de la realidad.
Durante la comida, MacFarlane estudió a Maurice Haworth, que, indudablemente, estaba enamorado de su esposa. En sus ojos se advertía la feliz sumisión del perro. También observó la tierna correspondencia de ella, no exenta de maternidad.
—Estaré en la posada un día o dos más —dijo MacFarlane a Alistair, ya en la puerta de la casa—. ¿Puedo venir mañana?
—Naturalmente, sólo que...
—¿Hay algún impedimento?                  
Ella se pasó la mano por los ojos.
—No lo sé. Supuse que no volveríamos a vernos... eso es todo. Adiós.
MacFarlane descendió lentamente el camino de regreso. Aunque su ánimo era esforzado, no pudo eludir la sensación de una fría mano oprimiéndole el corazón. Alistair no había dicho nada de particular, y, sin embargo...
Una motocicleta surgió de improviso en un cruce, obligándole a saltar a la cuneta con el tiempo justo. Grisácea palidez cubrió su rostro.


3


—¡Pardiez, mis nervios están podridos! —murmuró MacFarlane al despertarse a la mañana siguiente.
Recordó los sucesos de la tarde anterior. La motocicleta; el atajo y la repentina niebla que le hizo extraviarse cerca de una peligrosa ciénaga; el trozo de chimenea desprendido en la posada; el olor a quemado durante la noche, procedente de su manta sobre el brasero. Pero esto no sería nada, nada en absoluto, de no haber oído las palabras de ella al despedirse, y de su desconocida seguridad en cuanto a que Alistair sabía...
Saltó del lecho con repentina energía, dispuesto a ir en su busca lo antes posible. Eso rompería el hechizo, si llegaba felizmente. ¡Señor, qué locura la suya!
Comió poco al desayunarse. A las diez inició el ascenso de la carretera. A las diez y media su mano tiraba de la campanilla. Entonces se permitió exhalar un largo suspiro de alivio.
—¿Está en casa la señora Haworth?
Era la misma mujer que le abrió la puerta el día anterior. Pero su rostro aparecía bañado de dolor.
—¡Oh, señor! ¿No se ha enterado usted?
—¿Enterado, de qué?
—La señora Haworth, mi linda corderita... Era su tónico. Lo tomaba todas las noches. El pobre capitán está desconsolado, casi loco. Él equivocó el frasco al cogerlo del estante en la oscuridad... Llamaron al médico, pero fue demasiado tarde.
En la mente de MacFarlane repiquetearon las viejas palabras: «Siempre lo he sabido amenazado de algo terrible. Con mi don podía evitar que sucediese... si es verdad que uno puede.» Desgraciadamente, nadie puede torcer el destino. Y, extraña fatalidad, éste había destruido a quien tanto quiso salvar.
La anciana sirvienta continuó:
—¡Mi linda corderita! Tan dulce y cariñosa, y tanto que se preocupaba por cualquiera en apuros. No soportaba que nadie sufriera daño —vaciló un segundo y luego añadió—: ¿Quiere usted subir a verla, señor? Ella me dijo que usted la conoció hace mucho tiempo. Muchísimo tiempo.
MacFarlane siguió a la anciana por las escaleras a una habitación al otro lado del salón donde oyera cantar el día anterior. Las ventanas tenían cristales de colores que lanzaban su roja luz sobre la cabecera del lecho. Una gitana con un pañuelo en la cabeza... Tonterías, sus nervios volvían a jugarle tretas. Miró largamente, y por última vez, a Alistair Haworth.


4


—Hay una señorita que desea verle, señor.
—¿En? —MacFarlane, sorprendido, miró a su patrona—. Oh, perdone, señora Rowse. Veía fantasmas.
—¿No lo dirá en serio, señor? Se ven cosas raras en el páramo a la caída de la noche, como la dama blanca, el herrero del diablo y el marinero y la gitana.
—¿El marinero y la gitana?
—Eso dicen, señor. Es una historieta de mis tiempos. Estaban muy enamorados.
—¿Y no podría ser que ellos ahora...?
—¡Señor! ¿Qué cosas dice usted? La señorita aguarda.
—¿Qué señorita?
—La que espera en el salón. La señorita Lawes.
—¡Oh! —exclamó MacFarlane.
¡Rachel! El recuerdo de ella le hizo descender a realidades inmediatas, a la vez que lo elevaba a un estado de felicidad. Asomado al ventanal de un mundo tenebroso se había olvidado de su prometida.
Abrió la puerta del salón y vio a su Rachel de ojos pardos y sinceros. De repente, como si despertase de un sueño, gozó la cálida y agradable sensación de estar vivo. ¡Vivo! ¡Sólo hay un mundo del cual estamos seguros! ¡Éste!
—¡Rachel! —dijo, y, levantándole la barbilla, la besó.
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Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en Diciembre de 2.003
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