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domingo, 12 de septiembre de 2010

EL GATO DEL BRASIL



El gato del Brasil
Arthur Conan Doyle
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Es una desgracia para un joven tener aficiones caras, grandes expectativas de riqueza, parientes aristocráticos, pero sin dinero contante y sonante, y ninguna profesión con que poder ganarlo. El hecho es que mi padre, hombre bondadoso, optimista y jactancioso, tenía una confianza tal en la riqueza y en la benevolencia de su hermano mayor, solterón, lord Southerton, que dio por hecho el que yo, su único hijo, no me vería nunca en la necesidad de ganarme la vida. Se imaginó que, aun en el caso de no existir para mí una vacante en las grandes posesiones de Southerton, encontraría, por lo menos, algún cargo en el servicio diplomático, que sigue siendo espacio cerrado de nuestras clases privilegiadas. Falleció demasiado pronto para comprobar todo lo equivocado de sus cálculos. Ni mi tío ni el estado se dieron por enterados de mi existencia, ni mostraron el menor interés por mi porvenir. Todo lo que me llegaba como recordatorio de ser el heredero de la casa de Otswell y de una de las mayores fortunas del país, eran un par de faisanes de cuando en cuando, o una canastilla de liebres. Mientras tanto, yo me encontré soltero y paseante, viviendo en un departamento de Grosvenor—Mansions, sin más ocupaciones que el tiro de pichón y jugar al polo en Hurlingham. Un mes tras otro fui comprobando que cada vez resultaba más difícil conseguir que los prestamistas me renovasen los pagarés, y obtener más dinero a cuenta de las propiedades que habría de heredar. Vislumbraba la ruina que se me presentaba cada día más clara, más inminente y más completa.
Lo que más vivamente me daba la sensación de mi pobreza era el que, aparte de la gran riqueza de lord Southerton, todos mis restantes parientes tenían una posición desahogada. El más próximo era Everard King, sobrino de mi padre y primo carnal mío, que había llevado en el Brasil una vida aventurera, regresando después a Inglaterra para disfrutar tranquilamente de su fortuna. Nunca supimos de qué manera la había hecho; pero era evidente que poseía mucho dinero, porque compró la finca de Greylands, cerca de Clipton—on—the—Marsh, en Suffolk. Durante su primer año de estancia en Inglaterra no me prestó mayor atención que mi avaricioso tío; pero una buena mañana de primavera, recibí con gran satisfacción y júbilo, una carta en que me invitaba a ir aquel mismo día a su finca para una breve estancia en Greylands Court. Yo esperaba por aquel entonces hacer una visita bastante larga al tribunal de quiebras, o Bankruptcy Court, y esa interrupción me pareció casi providencial. Quizá pudiera salir adelante si me ganaba las simpatías
de aquel pariente mío desconocido. No podía dejarme por completo en la estacada, si valoraba en algo el honor de la familia. Di orden a mi ayuda de cámara de que dispusiese mi maleta, y aquella misma tarde salí para Clipton—on—the—Marsh.
Después de cambiar de tren a uno corto, en ese empalme de Ipswich, llegué a una estación pequeña y solitaria que se alzaba en una llanura de praderas atravesadas por un río de corriente perezosa, que serpenteaba por entre orillas altas y fangosas, haciéndome comprender que la subida de la marea llegaba hasta allí. No me esperaba ningún coche (más tarde me enteré de que mi telegrama había sufrido retraso) y por eso alquilé uno en el mesón del pueblo. Al cochero, hombre excelente, se le llenaba la boca elogiando a mi primo, y por él me enteré de que el nombre de míster Everard King era de los que merecían ser traídos a cuento en aquella parte del país. Daba fiestas a los niños de la escuela, permitía el libre acceso de los visitantes a su parque, estaba suscrito a muchas obras benéficas y, en una palabra, su filantropía era tan universal que mi cochero sólo se la explicaba con la hipótesis de que mi pariente abrigaba la ambición de ir al parlamento.
La aparición de un ave preciosa que se posó en un poste de telégrafo, al lado de la carretera, apartó mi atención del panegírico que estaba haciendo el cochero. A primera vista me pareció que se trataba de un arrendajo, pero era mayor que ese pájaro y de un plumaje más alegre. El cochero me explicó inmediatamente la presencia del ave diciendo que pertenecía al mismo hombre a cuya finca estábamos a punto de llegar. Por lo visto, una de las aficiones de mi pariente consistía en aclimatar animales exóticos, y se había traído del Brasil una cantidad de aves y de otros animales que estaba tratando de criar en Inglaterra.
Una vez que cruzamos la puerta exterior del parque de Greylands, se nos ofrecieron numerosas pruebas de esa afición suya. Algunos ciervos pequeños y con manchas, un extraño jabalí que, según creo, es conocido con el nombre de pecarí, una oropéndola de plumaje espléndido, algunos ejemplares de armadillos y un extraño animal que caminaba pesadamente y que parecía un tejón sumamente grueso, figuraron entre los animales que distinguí mientras el coche avanzaba por la avenida curva.
Míster Everand King, mi primo desconocido, estaba en persona esperándome en la escalinata de su casa, porque nos vio a lo lejos y supuso que era yo el que llegaba. Era hombre de aspecto muy sencillo y bondadoso, pequeño de estatura y corpulento, de cuarenta y cinco años, quizá, y de cara llena y simpática, atezada por el sol del trópico y plagada de mil arrugas. Vestía traje blanco, al estilo auténtico del cultivador tropical; tenía entre sus labios un cigarro, y en su cabeza un gran sombrero panameño echado hacia atrás. La suya era una figura que asociamos con la visión de una terraza de bungalow, y parecía curiosamente desplazada delante de aquel palacio inglés, grande de tamaño y construido de
piedra de sillería, con dos alas macizas y columnas estilo Palladio delante de la puerta principal.
¡Mujer, mujer, aquí tenemos a nuestro huésped! —gritó, mirando por encima de su hombro—. ¡Bien venido, bien venido a Greylands! Estoy encantado de conocerte, primo Marshall, y considero como una gran atención el que hayas venido a honrar con tu presencia esta pequeña y adormilada mansión campestre.
Sus maneras no podían ser más cordiales. En seguida me sentí a mis anchas. Pero toda su cordialidad apenas podía compensar la frialdad e incluso grosería de su mujer, es decir, de la mujer alta y ceñuda que acudió a su llamada. Según tengo entendido, era de origen brasileño, aunque hablaba a la perfección el inglés, y yo disculpé sus maneras, atribuyéndolas a su ignorancia de nuestras costumbres. Sin embargo, ni entonces ni después trató de ocultar lo poco que le agradaba mi visita a Greylands Court. Por regla general, sus palabras eran corteses, pero poseía unos ojos negros extraordinariamente expresivos, y en ellos leí con claridad, desde el primer momento, que anhelaba vivamente que yo regresara a Londres.
Sin embargo, mis deudas cran demasiado apremiantes, y los proyectos que yo basaba en mi rico pariente, demasiado vitales para dejar que fracasasen por culpa del mal genio de su mujer. Me despreocupé, por tanto, de su frialdad y le devolví a mi primo la extraordinaria cordialidad con que me había acogido. Él no había ahorrado molestias para procurarme toda clase de comodidades. Mi habitación era encantadora. Me suplicó que le indicase cualquier cosa que pudiera apetecer para estar allí completamente a mi gusto. Tuve en la punta de la lengua contestarle que un cheque en blanco resultaría una ayuda eficaz para que yo me considerara feliz, pero me pareció prematuro en el estado en que se encontraban nuestras relaciones. La cena fue excelente. Cuando de sobremesa, nos sentamos a fumar unos habanos y a tomar el café, que, según me informó, se lo enviaban, seleccionado para él, de su propia plantación, me pareció que todas las alabanzas del cochero estaban justificadas, y que jamás había yo tratado con un hombre más cordial y hospitalario.
Pero, no obstante la simpatía de su temperamento era hombre de firme voluntad y dotado de un genio arrebatado muy característico. Lo pude comprobar a la mañana siguiente. La curiosa animadversión que la señora de mi primo había concebido hacia mí era tan fuerte, que su comportamiento durante el desayuno me resultó casi ofensivo. Pero, una vez que su esposo se retiró de la habitación, ya no hubo lugar a dudas acerca de lo que pretendía, porque me dijo:
—El tren más conveniente del día es el que pasa a las doce y cincuenta minutos.
—Es que yo no pensaba marcharme hoy—le contesté con franqueza, quizá con arrogancia, porque estaba resuelto a no dejarme echar de allí por esa mujer.
¡Oh, si es usted quien ha de decidirlo...! —dijo ella y dejó cortada la frase, mirándome con una expresión insolente.
—Estoy seguro de que míster Everard King me lo advertiría si yo traspasara su hospitalidad.
—¿Qué significa esto? ¿Qué significa esto?—preguntó una voz, y mi primo entró en la habitación.
Había escuchado mis últimas palabras, y le bastó dirigir una sola mirada a mi cara y a la de su esposa.
Su rostro, regordete y simpático, se revistió en el acto con una expresión de absoluta ferocidad, y dijo:
—¿Me quieres hacer el favor de salir, Marshall?
Diré de paso que mi nombre y apellido son Marshall King.
Mi primo cerró la puerta en cuanto hubo salido, e inmediatamente oí que hablaba a su mujer en voz baja, pero con furor concentrado. Aquella grosera ofensa a la hospitalidad lo había lastimado evidentemente en lo más vivo. A mí no me gusta escuchar de manera subrepticia, y me alejé paseando hasta el prado. De pronto oí a mis espaldas pasos precipitados y vi que se acercaba— la señora con el rostro pálido de emoción y los ojos enrojecidos de tanto llorar.
—Mi marido me ha rogado que le presente mis disculpas, míster Marshall King —dijo, permaneciendo delante de mí con los ojos bajos.
—Por favor, señora, no diga ni una palabra más.
Sus ojos negros me miraron de pronto con pasión:
¡Estúpido! —me dijo con voz sibilante y frenética vehemencia. Luego giró sobre sus tacones y marchó rápida hacia la casa.
La ofensa era tan grave, tan insoportable, que me quedé de una pieza, mirándola con asombro. Seguía en el mismo lugar cuando vino a reunirse conmigo mi anfitrión. Había vuelto a ser el mismo hombre simpático y regordete.
—Creo que mi señora se ha disculpado de sus estúpidas observaciones—me dijo.
¡Sí, sí; lo ha hecho, claro que sí!
Me pasó la mano por el brazo y caminamos de aquí para allá por el prado.
—No debes tomarlo en serio—me explicó—. Me dolería de una manera indecible que acortases tu visita aunque sólo fuera por una hora. La verdad es que no hay
razón para que entre parientes guardemos ningún secreto: mi buena y querida mujer es increíblemente celosa. Le molesta que alguien, sea hombre o mujer, se interponga un instante entre nosotros. Su ideal es una isla desierta y un eterno diálogo entre los dos. Eso te dará la clave de su conducta, que en este punto, lo reconozco, no anda lejos de una manía. Dime que ya no volverás a pensar en lo sucedido.
—No, no; desde luego que no.
—Pues entonces, prende este cigarro y acompáñame para que veas mi pequeña colección de animales.
Esta inspección nos ocupó toda la tarde, porque allí estaban todas las aves, animales y hasta reptiles que él había importado. Algunos vivían en libertad, otros en jaulas y pocos, encerrados en el edificio. Me habló con entusiasmo de sus éxitos y de sus fracasos, de los nacimientos y de las muertes registradas; gritaba como un escolar entusiasmado cuando, durante nuestro paseo, alzaba las alas del suelo algún espléndido pájaro de colores o cuando algún animal extraño se deslizaba hacia el refugio. Por último, me condujo por un pasillo que arrancaba de una de las alas de la casa. Al final había una pesada puerta que tenía un cierre corredizo, a modo de mirilla; junto a la puerta salía de la pared un manillar de hierro, unido a una rueda y a un tambor. Una reja de fuertes barrotes se extendía de punta a punta del pasillo.
¡Te voy a enseñar la perla de mi colección! —dijo—. Sólo existe en Europa otro ejemplar, desde la muerte del cachorro que había en Rotterdam. Se trata de un gato del Brasil.
—¿Pero en qué se diferencian de los demás gatos?
—Pronto lo vas a ver—me contestó riendo—. ¿Quieres tener la amabilidad de correr la mirilla y mirar hacia el interior?
Así lo hice, y vi una habitación amplia y desocupada, con el suelo enlosado y ventanas de barrotes en la pared del fondo. En el centro de la habitación, tumbado en medio de una luz dorada de sol, estaba acostado un gran animal, del tamaño de un tigre, pero tan negro y lustroso como el ébano. Era, pura y simplemente, un gato negro enorme y muy bien cuidado; estaba recogido sobre sí mismo, calentándose en aquel estanque amarillo de luz tal como lo haría cualquier gato. Era tan flexible, musculoso, agradable y diabólicamente suave, que yo no podía apartar mis ojos de la ventanita.
—¿Verdad que es magnífico?—me dijo mi anfitrión, poseído de entusiasmo.
¡Una maravilla! Jamás he visto animal más espléndido.
—Hay quienes le dan el nombre de puma negro, pero en realidad no tiene nada de puma. Este animal mío anda por los once pies, desde el hocico hasta la cola. Hace cuatro años era una bolita de pelo negro y fino, con dos ojos amarillos que miraban fijamente. Me lo vendieron como cachorro recién nacido en la región salvaje de la cabecera del río Negro. Mataron a la madre a lanzazos cuando ya había matado a una docena de sus atacantes.
—Según eso, son animales feroces.
—No los hay más traicioneros y sanguinarios en toda la superficie de la tierra. Habla a los indios de las tierras altas de un gato del Brasil y verás como salen corriendo. La caza preferida de estos animales es el hombre. Este ejemplar mío no le ha tomado todavía el sabor a la sangre caliente, pero si llega a hacerlo se convertirá en un animal espantoso. En la actualidad no tolera dentro de su cubil a nadie sino a mí. Ni siquiera su cuidador, Baldwin, se atreve a acercársele. Pero yo soy para él la madre y el padre en una pieza.
Mientras hablaba abrió de pronto la puerta, y con gran asombro mío se deslizó dentro cerrándola inmediatamente a sus espaldas. Al oír su voz, el voluminoso y flexible animal se levantó, bostezó y se frotó cariñosamente la cabeza redonda y negra contra su costado, mientras mi primo le daba golpecitos y le acariciaba.
¡Vamos, Tommy, métete en tu jaula! —le dijo mi primo.
El fenomenal gato se dirigió a un lado de la habitación y se enroscó debajo de unas rejas. Everard King salió, y, agarrando el manillar de hierro al que antes me he referido, empezó a hacerlo girar. A medida que lo accionaba, la reja de barrotes del pasillo empezó a meterse por una rendija que había en el muro y fue a cerrar la parte delantera del espacio enrejado, convirtiéndolo en una verdadera jaula. Cuando estuvo en su sitio, mi primo abrió la puerta otra vez y me invitó a pasar a la habitación, en la que se percibía el olor penetrante y rancio característico de los grandes animales carnívoros.
—Así es como lo tratamos —me dijo Evérard King—. Le dejamos espacio abundante para que vaya y venga por la habitación, pero cuando llega la noche lo encerramos en su jaula. Para darle libertad basta hacer girar el manillar desde el pasillo, y para encerrarlo actuamos como tú acabas de ver. ¡No, no; no se te ocurra hacer eso!
Yo había metido la mano entre los barrotes para palmear el lomo brillante que se alzaba y bajaba con la respiración. Mi primo tiró de mi mano hacia atrás con una expresión de seriedad en el rostro.
—Te aseguro que eso que acabas de hacer es peligroso. No vayas a suponer que
cualquier otra persona puede tomarse las libertades que yo me tomo con este animal. Es muy exigente en sus amistades. ¿Verdad que sí, Tommy? ¡Ha oído ya que llega el que le trae la comida! ¿No es así, muchacho?
Se oyeron pasos en el corredor enlosado, y el animal saltó sobre sus patas y se puso a caminar de un lado para otro de su estrecha jaula, con los ojos llameantes y la lengua escarlata temblando y agitándose por encima de la blanca línea de sus dientes puntiagudos. Entró un cuidador que traía en una artesilla un trozo de carne cruda y se lo tiró por entre los barrotes. El animal se lanzó con ligereza y lo atrapó, retirándose luego a un rincón; allí, sujetándolo entre sus garras, empezó a destrozarlo a mordiscos, alzando su hocico ensangrentado para mirarnos de cuando en cuando a nosotros. El espectáculo era fascinante, aunque de malignas sugerencias.
—¿Verdad que no puede extrañarte que yo le tenga afición a ese animal? —dijo mi primo, cuando salíamos de la habitación—. Especialmente, si se piensa en que fui yo quien lo crió. No ha sido cosa de broma transportarlo desde el centro de Sudamérica; pero aquí está ya, sano y salvo, y, como te he dicho, es el ejemplar más perfecto que hay en Europa. La dirección del Zoo daría cualquier cosa por tenerlo; pero, la verdad, es que yo no puedo separarme de él. Bueno; creo que ya te he mortificado bastante con mi chifladura, de modo que lo mejor que podemos hacer es seguir el ejemplo de Tommy y marchar a que nos sirvan el almuerzo.
Tan absorto estaba mi pariente de Sudamérica con su parque y sus curiosos ocupantes, que no creí al principio que se interesara por ninguna otra cosa. Sin embargo, pronto comprendí que tenía otros intereses, bastante apremiantes, al ver el gran número de telegramas que recibía. Le llegaban a todas horas y los abría siempre con una expresión de máxima ansiedad y anhelo en su cara. Supuse a veces que se trataba de negocios relacionados con las carreras de caballos, y también de operaciones de Bolsa; pero con toda seguridad que se traía entre manos negocios muy urgentes y muy ajenos a las actividades de las llanuras de Suffolk. En ninguno de los seis días que duró mi visita recibió menos de cuatro telegramas, llegando en ocasiones hasta siete y ocho.
Yo había aprovechado tan perfectamente aquellos seis días que, al transcurrir ese plazo, estaba ya en términos de máxima cordialidad con mi primo. Todas las noches habíamos prolongado la velada hasta muy tarde en el salón de billares. Él me contaba los más extraordinarios relatos de sus aventuras en América; unos relatos tan arriesgados y temerarios, que me costaba trabajo relacionarlos con aquel hombrecito, curtido y regordete que tenía delante... Yo, a mi vez, me aventuré a contarle algunos de mis propios recuerdos de la vida londinense, que le interesaron hasta el punto de prometer venir a Grosvenor Mansions y vivir conmigo. Sentía verdadero anhelo por conocer el aspecto más disoluto de la vida de la gran ciudad
y, mal está que yo lo diga, no podía desde luego haber elegido un guía más competente. Hasta el último día de mi estancia, no me arriesgué a abordar lo que me preocupaba. Le hablé francamente de mis dificultades pecuniarias y de mi ruina inminente, y le pedí consejo, aunque lo que de él esperaba era algo más sólido. Me escuchó atentamente, dando grandes chupadas a su cigarro, y me dijo por fin:
—Pero tengo entendido que tú eres el heredero de nuestro pariente lord Southerton.
—Tengo toda clase de razones para creerlo, pero jamás ha querido darme nada.
—Sí, ya he oído hablar de su tacañería. Mi pobre Marshall, tu situación ha sido sumamente difícil. A propósito, ¿no has tenido noticias últimamente de la salud de lord Southerton?
—Se está muriendo desde que yo era niño.
—Así es. No ha habido jamás un gozne chirriante como ese hombre. Quizá tu herencia tarde todavía mucho en llegar a tus manos. ¡Válgame Dios!, ¿en qué situación más lamentable te encuentras!
—He llegado a tener alguna esperanza de que tú, conociendo como conoces la realidad, quizá accedieras a adelantarme...
—Ni una palabra más, muchacho —exclamó con la máxima cordialidad—. Esta noche hablaremos del asunto y te prometo hacer todo cuanto esté en mi mano.
No lamenté el que mi visita estuviese llegando a su término, porque es una cosa desagradable el vivir con el convencimiento de que hay en la casa una persona que anhela vivamente que uno se marche. La cara cetrina y los ojos antipáticos de la esposa de mi primo me mostraban cada vez más un odio mayor. Ya no se conducía con grosería activa, porque el miedo a su marido no se lo consentía; pero llevó su insana envidia hasta el extremo de no darse por enterada de mi presencia, de no hablarme nunca y de hacer mi estancia en Greylands todo lo desagradable que pudo. Tan insultantes fueron sus maneras en el transcurso del último día, que, sin duda alguna, me habría marchado inmediatamente, de no mediar la entrevista que había de celebrar con mi primo aquella noche y que yo esperaba me sacara de mi ruinosa situación.
La entrevista se celebró muy tarde, porque mi pariente, que en el transcurso del día recibió más telegramas que de ordinario, se encerró después de la cena en su despacho, y únicamente salió cuando ya todos se habían retirado a dormir. Le oí realizar su ronda como todas las noches, cerrando las puertas y, por último, vino a juntarse conmigo en la sala de billares. Su voluminosa figura estaba envuelta en un batín, y tenía los pies metidos en unas zapatillas rojas turcas sin talones. Tomó asiento en un sillón, se preparó un grog en el que el whiskey superaba al agua, y
me dijo:
¡Vaya noche la que hace!
En efecto, el viento aullaba y gemía en torno de la casa, y las ventanas de persianas retemblaban y golpeaban como si fueran a ceder hacia adentro. El resplandor amarillo de las lámparas y el aroma de los cigarros parecían, por contraste, más brillante uno y más intenso el otro. Mi anfitrión me dijo:
—Bien, muchacho; disponemos de la casa y de la noche para nosotros solos. Explícame cómo están tus asuntos y yo veré lo que puede hacerse para ponerlos en orden. Me agradaría conocer todos los detalles.
Animado por estas palabras, me lancé a una larga exposición en la que fueron desfilando todos mis proveedores y mis banqueros, desde el dueño de la casa hasta mi ayuda de cámara. Llevaba en el bolsillo algunas notas, ordené los hechos, y creo que hice una exposición muy comercial de mi sistema de vida anticomercial y de mi lamentable situación. Sin embargo, me sentí deprimido al darme cuenta de que la mirada de mi compañero parecía perdida en el vacío, como si su atención estuviese en otra parte. De cuando en cuando lanzaba una observación, pero era tan de compromiso y fuera de lugar, que tuve la seguridad de que no había seguido el conjunto de mi exposición. De cuando en cuando parecía despertar de su ensimismamiento y esforzarse por exhibir algún interés, pidiéndome que repitiese algo o que me explicase más a fondo, pero siempre volvía a recaer en su ensimismamiento. Por último, se puso de pie y tiró a la rejilla de la chimenea la colilla de su cigarro, diciéndome:
—Te voy a decir una cosa, muchacho; yo no tuve jamás buena cabeza para los números, de modo que ya sabrás disculparme. Lo que tienes que hacer es exponerlo todo por escrito y entregarme una nota de la totalidad. Cuando lo vea en negro y blanco lo comprenderé.
La proposición era animadora y le prometí hacerlo.
—Bien, ya es hora de que nos acostemos. Por Júpiter, el reloj del vestíbulo está dando la una.
Por entre el profundo bramido de la tormenta se dejó oír el tintineo del reloj que daba la hora. El viento pasaba rozando la casa con el ímpetu de la corriente de agua de un gran río. Mi anfitrión dijo:
—Antes de acostarme tendré que echar un vistazo a mi gato. Estos ventarrones lo excitan. ¿Quieres venir?
—Desde luego que sí —le contesté.
—Pues entonces, camina pisando suave y no hables, porque todo el mundo está acostado.
Cruzamos en silencio el vestíbulo iluminado por lámparas y cubierto con alfombras persas, y nos metimos por la puerta que había al final. Reinaba una absoluta oscuridad en el pasillo de piedra, pero mi anfitrión echó mano de una linterna de caballeriza que colgaba de un gancho y la encendió. Como no se veía en el pasillo la reja de barrotes, comprendí que la fiera estaba dentro de su jaula.
¡Entra! —dijo mi pariente, y abrió la puerta.
El profundo gruñido que lanzó el animal cuando entramos, nos demostró que, en efecto, la tormenta lo había irritado. A la vacilante luz de la linterna distinguimos la gran masa negra recogida sobre sí misma en el rincón de su cubil, proyectando una sombra achaparrada y grotesca sobre la pared enjalbegada. Su cola se movía irritada entre la paja.
—El bueno de Tommy no está del mejor humor —dijo Everard King, manteniendo en alto la linterna y mirando hacia donde estaba su gato. ¿No es verdad que da la impresión de un demonio negro? Es preciso que le dé una ligera cena para que se amanse un poco. ¿Querrías sostener un momento la linterna?
La tomé de su mano y él avanzó hacia la puerta y dijo:
—Aquí afuera tiene la despensa. Perdóname un momento.
Salió y la puerta se cerró a sus espaldas con un golpe metálico.
Aquel sonido duro y chasqueante hizo que mi corazón dejase de latir. Se apoderó de mí una súbita oleada de terror. Un confuso barrunto de alguna monstruosa traición me dejó helado. Salté hacia la puerta, pero no había manillar del lado interior.
¡Oye! —grité—. ¡Déjame salir!
¡No pasa nada! ¡No armes escándalo! —me gritó mi primo desde el pasillo—. Tienes la luz encendida.
—Sí; pero no me agrada de modo alguno el estar encerrado y solo de esta manera.
—¿Que no te agrada?—Oí que se reía con risa cordial—.
—No vas a estar mucho tiempo solo.
¡Déjame salir! —repetí, muy irritado—. Te digo que no admito bromas de esta clase.
—Ésa es precisamente la palabra: broma —me contestó, lanzando otra risa odiosa.
Y de pronto, entre el bramar de la tormenta, oí el chirrido y el gemir del manillar que daba vueltas y el traqueteo de la reja al pasar por la rendija del muro. ¡Santo cielo, estaba poniendo en libertad al gato del Brasil!
A la luz de la linterna vi cómo la reja de barrotes iba retirándose lentamente delante de mí. Había ya una abertura de un pie en su extremidad. Lancé un alarido y agarré el último barrote, tirando de él con toda la energía de un loco. En efecto, yo estaba loco de furor y de espanto. Sostuve por unos momentos el mecanismo, inmovilizándolo. Me di cuenta de que él, por su parte, empujaba con todas sus fuerzas el manillar, y que el sistema de palanca acabaría por sobreponerse a mis fuerzas. Fui cediendo pulgada a pulgada; mis pies resbalaban sobre las losas y en todo ese tiempo yo pedía y suplicaba a aquel monstruo inhumano que me librase de tan terrible muerte. Se lo supliqué por nuestro parentesco. Le recordé que yo era huésped suyo; le pregunté qué daño le había hecho. Él no daba otras respuestas que los empujones y tirones del manillar; con cada uno de ellos, y a pesar de todos mis forcejeos, se iba llevando otro barrote por la rendija de la pared. Aferrándome y tirando con todas mis fuerzas, me vi arrastrado a todo lo largo de la parte delantera de la jaula; por último, con las muñecas doloridas y los dedos desgarrados, renuncié a la lucha inútil. Al soltar el enrejado, éste se retiró totalmente con un golpe seco, y un momento después oí cómo se alejaba por el pasillo el ruido de las pisadas de las zapatillas turcas, que terminó con el chasquido de una puerta lejana cerrada de golpe. Luego reinó el silencio.
El animal no se había movido de su sitio en todo ese tiempo. Permanecía tumbado en el rincón, y su cola había dejado de moverse. Por lo visto lo había llenado de asombro la aparición de un hombre agarrado a los barrotes de su jaula y arrastrado por delante de él dando alaridos. Vi cómo sus ojos enormes me miraban con fijeza. Al aferrarme a los barrotes, había dejado caer la linterna, pero seguía encendida en el suelo y yo hice un movimiento para apoderarme de ella, movido por la idea de que quizá su luz me protegiese. Pero en el instante mismo en que me moví, la fiera dejó escapar un gruñido profundo y amenazador. Me detuve y permanecí en mi sitio temblando de miedo. El gato (si es que puede darse este nombre tan casero a un animal horrible como aquél) estaba a menos de diez pies de mí. Le brillaban los ojos como dos discos de fósforo en la oscuridad. Me aterraban, y, sin embargo, me fascinaban. No podía apartar de esos ojos los míos. En momentos de intensidad tan grande como eran aquéllos para mí, la naturaleza nos hace las más extrañas jugarretas; esos ojos brillantes se encendían y se desvanecían como dos luces que suben y bajan en un ritmo constante. Había momentos en que yo los veía como dos puntos minúsculos de un brillo extraordinario, como dos chispas eléctricas en la negra oscuridad; pero luego se ensanchaban y ensanchaban hasta ocupar con su luz siniestra y movediza todo el ángulo de la habitación. Pero, de pronto, se apagaron
por completo.
La fiera había cerrado los ojos. No sé si hay algo de verdad en la vieja idea del dominio que ejerce la mirada del hombre, o si fue porque el enorme gato estaba simplemente amodorrado, lo cierto es que, lejos de mostrar síntomas de querer atacarme, se limitó a apoyar su cabeza negra y sedosa sobre sus terribles garras delanteras y pareció dormirse. Seguí de pie, temiendo moverme y despertarlo otra vez a la vida y a la malignidad. Pero, por último, pude pensar claramente libre ya de la impresión de aquellos ojos ominosos. Estaba encerrado para toda la noche con la fiera feroz. Mi propio instinto, para no referirme a las palabras de aquel miserable calculador que me había hecho caer en esta trampa, me advertía que ese animal era tan salvaje como su amo. ¿Cómo me las arreglaría para mantenerlo en esa situación en que estaba ahora hasta que amaneciera? Era inútil intentar salvarme por la puerta, lo mismo que por las ventanas estrechas y enrejadas. Dentro de la habitación, desnuda y embaldosada, no existía para mí ninguna clase de refugio. Era absurdo que gritara pidiendo socorro. Este cubil era una construcción accesoria, y el pasillo que lo unía a la casa tenía, por lo menos, una largura de cien pies. Además, mientras en el exterior bramase la tormenta, no era probable que nadie oyera mis gritos. Sólo podía confiar en mi propio valor y en mi propio ingenio. De pronto, con una nueva oleada de espanto, mis ojos se posaron en la linterna. Su vela ardía ya a muy poca altura y empezaban a formarse estrías laterales. No tardaría diez minutos en apagarse. Sólo disponía, por tanto, de diez minutos para tomar alguna iniciativa, porque una vez que quedara en la oscuridad y próximo a la fiera espantable, sería incapaz de acción. Ese mismo pensamiento me tenía paralizado. Miré por todas partes con ojos de desesperación dentro de esa cámara mortuoria, y de pronto me fijé en un lugar que parecía prometer, si no salvación, por lo menos un peligro no tan inmediato e inminente como el suelo desnudo.
He dicho que la jaula, además de tener una parte delantera, tenía también una parte superior, que permanecía fija cuando se recogía la delantera a través de la rendija del muro. La parte superior estaba formada por barras separadas entre sí por pocas pulgadas, estando esa separación cubierta con tela de alambre fuerte a su vez, y el todo descansando en las dos extremidades sobre dos fuertes montantes. En ese momento producía la impresión de un gran solio hecho de barras, bajo el cual estaba agazapada en un rincón la fiera. Entre esa parte superior de la jaula y el techo quedaba una especie de estante de unos dos a tres pies de altura. Si yo conseguía subir hasta allí y meterme entre los barrotes y el cielo raso, sólo tenía un lado vulnerable. Estaría a salvo por debajo, por detrás y a cada lado. Únicamente podía ser atacado de frente. Es cierto que por ese lado no tenía protección alguna; pero al menos, me encontraría fuera del camino de la fiera cuando ésta comenzara a pasearse dentro de su cubil. Para llegar hasta mí tendría que salirse de su camino.
Tenía que hacerlo ahora o nunca, porque en cuanto la luz se apagase me resultaría imposible. Hice una profunda inspiración y salté, aferrándome al borde de hierro de la parte superior de la jaula, y me metí, jadeante, en aquel hueco. Al retorcerme quedé con la cara hacia abajo, y me encontré mirando en línea recta a los ojos terribles y las mandíbulas abiertas del gato. Su aliento fétido me daba en la cara lo mismo que una vaharada de vapor de una olla infecta hirviendo.
Me pareció que el animal se mostraba más bien curioso que irritado. Con una ondulación de su lomo largo y negro se levantó, se estiró, y luego, apoyándose en sus patas traseras, con una de las garras delanteras en la pared, levantó la otra y pasó sus uñas por la tela de alambre que yo tenía debajo. Una uña afilada y blanca rasgó mis pantalones —porque no he dicho que estaba con mi traje de smoking— y me abrió un surco en mi rodilla. La fiera no hizo aquello agresivamente, sino más bien como tanteo, porque al lanzar yo un agudo grito de dolor, se dejó caer de nuevo al suelo, saltó luego ágilmente a la habitación, empezó a pasearse con paso rápido alrededor, y de cuando en cuando lanzaba una mirada hacia mí. Yo, por mi parte, me apretujé muy adentro hasta tocar con la espalda la pared, comprimiéndome de manera de ocupar el más pequeño espacio posible. Cuanto más adentro me metía, más difícil iba a serle atacarme.
Parecía irse excitando con sus paseos, y se puso a correr ágilmente y sin ruido por el cubil, cruzando continuamente por debajo de la cama de hierro en que yo estaba tendido. Era un espectáculo maravilloso el de ese cuerpo enorme dando vueltas y vueltas como una sombra, sin que apenas se oyese un ligerísimo tamborileo de las patas aterciopeladas. La vela brillaba con muy poca luz, hasta el punto exacto en que yo podía distinguir al animal. De pronto, después de una última llamarada y chisporroteo se apagó por completo. ¡Me encontraba a solas y en la oscuridad con el gato!
Parece que el saber que uno ha hecho todo lo posible, ayuda a enfrentarse con el peligro. No queda entonces otro recurso que el de esperar con calma el resultado. En mi caso la única posibilidad de salvación estaba en el sitio en que me había refugiado. Me estiré, pues, y permanecí en silencio, sin respirar casi, con la esperanza de que la fiera se olvidara de mi presencia si yo no hacía nada por recordárselo. Calculo que serían las dos de la madrugada. A las cuatro amanecería. Sólo tenía, pues, que esperar dos horas a la luz del día.
En el exterior, la tormenta seguía furiosa y la lluvia azotaba constantemente las pequeñas ventanas. En el interior, la atmósfera fétida y ponzoñosa era insoportable. Yo no veía ni oía al gato. Traté de pensar en otras cosas; pero sólo había una con fuerza suficiente para apartar mi pensamiento de la terrible situación en que me encontraba; la villanía de mi primo, su hipocresía no igualada por nadie, el odio maligno que me profesaba. Un alma de asesino medieval acechaba detrás de
aquella cara simpática. Cuanto más pensaba en ello, más claramente veía toda la astucia con que había preparado el golpe. Por lo visto se había acostado como los demás. Sin duda alguna había preparado sus testigos, para demostrarlo. Después, sin que esos testigos lo advirtiesen, había bajado sigilosamente, me había metido con engaños en el cubil y me había dejado encerrado. La historia que él contaría era por demás sencilla. Yo me había quedado en el salón de billares terminando de fumar mi cigarro. Había bajado por propia iniciativa para echar una última ojeada al gato del Brasil, me había metido en la habitación sin darme cuenta de que la jaula estaba abierta y la fiera había hecho presa de mí. ¿Cómo se le podría demostrar el crimen que había cometido? Quizá hubiese sospechas; pero jamás se obtendrían pruebas.
¡Con qué lentitud transcurrieron aquellas dos horas espantosas! En una ocasión llegó a mis oídos un ruido apagado, raspante, que yo atribuí al lamido del pelo del animal. En varias ocasiones los ojos verdosos me enfocaron brillantes a través de la oscuridad, pero nunca me miraron fijamente, y cada vez fue mayor mi esperanza de que me olvidara o de que no se diese por enterado de mi presencia. Pero llegó un momento en que penetró por las ventanas un asomo de luz; empecé a verlas como dos recuadros grises en la pared negra. Luego los recuadros se volvieron blancos y pude ver de nuevo a mi terrible compañero. ¡Y él también pudo verme a mí, por desgracia!
Comprendí en el acto que la fiera se encontraba de un humor más peligroso y agresivo que cuando dejé de verlo. El frío de la mañana lo había irritado y, además, estaba hambriento. Iba y venía con un gruñido constante y con paso rápido, por el lado de la habitación que estaba más alejado de mi refugio, con los bigotes rizados de furor, y enhiestando y descargando latigazos con la cola. Cuando daba media vuelta al llegar a los ángulos de la pared, alzaba siempre hacia mí los ojos, preñados de espantosas amenazas. Comprendí que se estaba preparando para matarme. Y, sin embargo, hasta en una situación tan crítica yo no podía menos que admirar la elegancia sinuosa de la endiablada alimaña, sus movimientos sin violencia, ondulantes, de suaves curvas, el brillo de su lomo magnífico, el color escarlata palpitante de su lengua lustrosa que colgaba fuera del morro azabache.
El gruñido profundo y amenazador subía y subía de tono, en un crescendo ininterrumpido. Comprendí que había llegado el momento decisivo.
Resultaba lastimoso el esperar una muerte como aquélla en un estado como el que me encontraba: transido, en posición violenta, temblando de frío sobre aquella parrilla de tortura en que estaba tendido con mis ropas ligeras. Me esforcé por reanimarme, por levantar mi alma a una altura superior a esa situación y, al mismo tiempo, con la lucidez cerebral propia de un hombre que se ve perdido, miré por todas partes buscando algún medio posible de salvación. Una cosa era evidente
para mí: si fuese posible hacer retroceder a su posición anterior la reja delantera de la jaula, podía encontrar detrás de ella un refugio seguro. ¿Sería yo capaz de volverla a su sitio? Apenas me atrevía a moverme, por temor a que la fiera saltara sobre mí. Lenta, lentísimamente, alargué la mano hasta aferrar con ella el barrote último de la reja, que sobresalía de la rendija del muro exterior. Con gran sorpresa mía, cedió fácilmente al tirón que le di. Como es natural, la dificultad de tirar hacia dentro era producida por el hecho de que yo estaba como pegado a ella, sin poder hacer juego con el cuerpo. Di otro tirón y la reja avanzó tres pulgadas más. Por lo visto, funcionaba sobre ruedas. Volví a tirar... ¡y en ese instante saltó el gato!
La cosa fue tan rápida, tan súbita, que no me di cuenta de cómo había ocurrido. Oí el salvaje rechinar de dientes, y un instante después, la llamarada de los ojos amarillos, la negra cabeza achatada con su lengua roja y centelleantes colmillos, estuvo al alcance de mi mano. El proyectil viviente hizo vibrar con su choque los barrotes en que yo estaba tendido, hasta el punto de que pensé que se venían abajo (si es que en aquel instante podía yo pensar en algo). El gato se balanceó allí un instante, tratando de afianzarse en el borde del enrejado con las patas traseras, quedando su cabeza y sus garras delanteras muy cerca de mí. Oí el chirrido raspante de las uñas en la tela metálica, y sentí en mi cara el nauseabundo aliento de la fiera, que había calculado mal el salto. No pudo sostenerse en aquella postura. Despacio, enseñando furiosa los dientes y arañando con desesperación los barrotes, perdió el equilibrio y cayó pesadamente al suelo. Pero se volvió al instante con un gruñido hacia mí y se agazapó para dar otra vez el salto.
Comprendí que se iba a decidir en unos momentos mi destino. El animal había aprendido la lección y ya no calcularía mal. Era preciso que yo actuara con rapidez y sin temor alguno si quería tener alguna posibilidad de conservar la vida. Me tracé un plan. Me despojé del smoking y se lo tiré a la fiera encima de la cabeza. Simultáneamente me dejé caer al suelo y agarré la primera barra de la reja delantera y tiré con frenesí hacia adentro.
Respondió a mi esfuerzo con una facilidad mucho mayor de la que yo esperaba. Crucé la habitación arrastrándola conmigo; pero la posición en que me encontraba al realizar ese avance, me obligó a quedar del lado exterior de la reja. Si hubiese quedado del lado interior, tal vez hubiese salido sin un rasguño. Pero tuve que detenerme un instante para tratar de meterme por la abertura que yo había dejado. Bastó ese instante para dar tiempo a la fiera de desembarazarse del smoking con que la había cegado y para lanzarse sobre mí. Me precipité en el interior de la jaula por la abertura y empujé la reja hasta el final; pero el gato cogió mi pierna antes que yo pudiera meterla dentro por completo. Un golpe de su enorme garra me arrancó la pantorrilla lo mismo que un cepillo arranca una viruta de madera. Un instante después, desangrándome y a punto de desmayarme, estaba tendido entre la
maloliente cama de paja, y separado de la fiera por aquellas rejas amigas contra las que se lanzaba con loco frenesí.
Demasiado gravemente herido para moverme, y demasiado desmayado para experimentar la sensación del miedo, no pude hacer otra cosa que permanecer tumbado, más muerto que vivo, viendo el espectáculo. El gato apretaba contra los barrotes el pecho negro y ancho, y buscaba atacarme con las uñas ganchudas de sus garras, tal como he visto hacer a un gato delante de una trampa de alambre para ratoncitos. Me arrancaba trozos de la ropa; pero por más que se estiraba, no conseguía asirme. He oído hablar de que las heridas producidas por los grandes animales carnívoros ocasionan una curiosa sensación de embotamiento. En efecto, estaba escrito que yo también lo experimentaría, porque perdí toda conciencia de mi personalidad, y la perspectiva del posible fracaso o éxito de aquel animal me producía el mismo efecto de indiferencia que sí yo estuviera contemplando un juego inofensivo. Después, mi cerebro fue alejándose de una manera insensible hasta la región de los sueños confusos en los que penetraban una y otra vez la negra cara y la roja lengua. Por ese camino me perdí en el nirvana del delirio, en el que encuentran alivio bendito todos aquellos que han llegado a un punto excesivo de sufrimiento.
Tratando posteriormente de rehacer el curso de los acontecimientos, llego a la conclusión de que debí permanecer insensible por espacio de dos horas, más o menos. Lo que me volvió una vez más en mí fue ese vivo chasquido metálico con el que se había iniciado mi terrible experiencia. Era que alguien había hecho retroceder la cerradura automática. A continuación, antes aun de que mis sentidos estuviesen lo suficientemente despiertos para comprender lo que veían, me di cuenta de que en la puerta abierta y mirando hacia el interior estaba la cara regordeta y de simpática expresión de mi primo. Sin duda alguna que el espectáculo que se le ofreció lo dejó atónito. El gato se hallaba agazapado en el suelo. Yo estaba tumbado de espaldas dentro de la jaula, en mangas de camisa, con las perneras de los pantalones desgarradas y rodeado de un gran charco de sangre. En este momento me parece estar viendo su cara de asombro iluminada por los rayos del sol matinal. Miró hacia mí una y otra vez. Luego cerró la puerta a sus espaldas y se adelantó hacia la jaula para ver si yo estaba realmente muerto.
No puedo intentar describir lo que ocurrió, porque no me hallaba en un estado como para testificar o escribir el relato de la escena. Lo único que puedo decir es que tuve conciencia súbita de que retiraba su rostro del mío y de que volvía a mirar a la bestia.
¡Vamos, querido Tommy! ¡Formalidad, querido Tommy! —gritó.
Luego se aproximó a los barrotes de la jaula, vuelto de espaldas hacia mí todavía, y
bramó:
¡Quieto, estúpido animal! ¡Quieto, te digo! ¿Es que no conoces a tu amo?
Aunque mi cerebro estaba como atontado, me vinieron súbitamente al recuerdo las palabras que me había dicho ese hombre, de que el regusto de sangre enfurecía al gato, convirtiéndolo en un demonio. Era mi sangre la que había paladeado; pero el amo iba ahora a pagar el precio de ella.
¡Apártate! —chilló—. ¡Apártate, demonio! ¡Baldwin! ¡Baldwin! ¡Oh, santo Dios!
Le oí luego caer, levantarse y volver a caer, con ruido de saco que se desgarra. Sus alaridos fueron debilitándose hasta quedar ahogados por el gruñido lacerante. Luego, cuando yo pensaba que había muerto, vi como en una pesadilla una figura ciega, hecha jirones, empapada en sangre, que corría alocada por la habitación... y ésa fue la última visión que tuve de ese hombre antes de volver a perder el conocimiento.
Tardé muchos meses en sanar; a decir verdad, no puedo decir que haya sanado todavía ni que sanaré, porque tendré que usar hasta el fin de mis días un bastón, como recuerdo de la noche que pasé con el gato del Brasil. Cuando Baldwin, el cuidador, y los demás criados acudieron a los gritos de agonía que lanzaba su amo, no pudieron contar lo que había ocurrido porque a mí me encontraron dentro de la jaula, y los restos mortales de su amo, o lo que más tarde pudieron comprobar que eran sus despojos los tenía entre sus garras la fiera que él había criado. La ahuyentaron con hierros al rojo y, por último la mataron a tiros por la ventanita de la puerta. Sólo entonces pudieron extraerme de allí. Me condujeron a mi dormitorio donde permanecí entre la vida y la muerte durante varias semanas, bajo el techo del que quiso asesinarme. Enviaron en busca de un cirujano a Clipton, e hicieron venir de Londres una enfermera. Al cabo de un mes estuve en condiciones de que me llevasen hasta la estación, y luego a mis habitaciones de Grosvenor Mansions.
Conservo de mi enfermedad un recuerdo que bien pudiera pertenecer al panorama constantemente variable creado por mi cerebro febril, si no se hubiera grabado en mi memoria de una manera tan permanente. Cierta noche, estando ausente la enfermera, se abrió la puerta de mi habitación, y una mujer alta y completamente enlutada se deslizó dentro. Se acercó hasta mi cama. e inclinó su cara cetrina hacia mí; al débil resplandor de la lamparilla vi que era la brasileña con la que mi primo estaba casado. Me miró fijamente a la cara, con una expresión mucho más amable de la que yo había conocido, y me preguntó:
—¿Está usted en sí?
Contesté con una leve inclinación de cabeza, porque me sentía aún muy débil.
—Bien, pues, quería decirle que únicamente debe usted culparse a usted mismo de lo ocurrido. ¿No hice yo cuanto pude en su favor? Traté desde el primer momento de alejarlo de esta casa. Me esforcé por librarlo de él, recurriendo a todos los medios, menos al de traicionar al que era mi esposo. Yo sabía que él tenía motivo para atraerlo a esta casa, y que no lo dejaría salir de aquí con vida. Nadie conoció a ese hombre como yo, que tanto he sufrido con él. No me atreví a decirle todo esto. Me habría matado. Pero hice cuanto pude por usted. A fin de cuentas, ha sido para mí el mejor amigo que he tenido. Me ha devuelto mi libertad, cuando yo creía que sólo la muerte era capaz de traérmela. Lamento sus heridas, pero ningún reproche puede hacerme. Le dije que era usted un estúpido y, en efecto, lo ha sido.
Aquella mujer extraña y amargada se deslizó fuera de la habitación, estando escrito que no la volvería a ver jamás. Regresó a su país de origen con lo que le quedó de las riquezas de su esposo, y según noticias recibidas posteriormente, tomó el velo en Pernambuco.
Hasta pasado algún tiempo de mi regreso a Londres los médicos no dictaminaron que me encontraba en condiciones de atender mis asuntos. Esa clase de autorización no me hizo al comienzo muy feliz porque temía que sirviera de señal a un asalto en masa de mis acreedores; sin embargo, quien primero la aprovechó fue mi abogado Summers.
—Me alegra muchísimo que su señoría se encuentre tan mejorado —me dijo—. Llevo esperando mucho tiempo para presentarle mis felicitaciones.
—¿Qué quiere usted decir con eso, Summers? La cosa no está para bromas.
—Quise decir y digo —me contestó— que desde hace seis semanas es usted lord Southerton, pero no se lo hemos dicho por temor a que la noticia retrasase el curso de su recuperación.
¡Lord Southerton, es decir, uno de los pares más ricos de Inglaterra! No podía creer lo que oía. Y de pronto pensé en el plazo que había transcurrido y en que coincidía con el que yo llevaba herido.
—Según eso, lord Southerton debió fallecer, más o menos, por el tiempo en que yo resulté herido.
—Una y otra cosa ocurrieron el mismo día.
Summers me miraba fijamente al hablar, y yo estoy convencido de que había adivinado la verdadera situación, porque era hombre muy perspicaz. Calló un
momento, como si esperara de mí una confidencia; pero yo no creí que se adelantase nada dando aires a semejante escándalo familiar. Entonces él prosiguió, con la misma expresión de quien lo adivina toda:
—Sí, es una coincidencia por demás curiosa. Supongo que sabrá usted que el heredero inmediato de la fortuna era su primo Everard King. Si ese tigre lo hubiese destrozado a usted, y no a él, vuestro primo sería en este momento lord Southerton.
—Desde luego—le contesté.
¡Con cuánta pasión lo anhelaba! —dijo Summers—. He sabido casualmente que el ayuda de cámara del difunto lord Southerton estaba a sueldo de Everard King, y que le enviaba telegramas con intervalos de pocas horas para informarle del estado de salud de su amo. Esto ocurría, más o menos, por el tiempo en que usted estuvo de visita en su finca. ¿No le resulta extraño que tuviese tanto interés en estar bien informado, no siendo, como no era, el heredero inmediato?
—Sí que es muy extraño —le contesté—. Y ahora, Summers, tráigame las facturas de mis deudas y un nuevo talonario de cheques, para que empecemos a poner las cosas en orden.

lunes, 6 de septiembre de 2010

EL PULGAR DEL INGENIERO -- Arthur Conan Doyle






ARTHUR CONAN DOYLE
EL PULGAR DEL INGENIERO


**
Entre todos los problemas presentados a mi amigo el señor Sherlock Holmes para que les diera solución, durante los años de nuestra relación, hubo sólo dos en los que yo fui el medio de introducción: el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De ellos, el último pudo haber proporcionado mejor campo para un observador agudo y dotado de originalidad, pero el otro fue tan extraño en su comienzo y tan dramático en sus detalles, que bien puede ser el más merecedor de quedar registrado por escrito, aunque diera a mi amigo menos oportunidades para practicar aquellos métodos deductivos de razonamiento con los que conseguía tan notables resultados. Según creo, la historia ha sido explicada más de una vez en los periódicos, pero, como ocurre con todas estas narraciones, su efecto es mucho menos chocante cuando se presenta en bloque, en una sola media columna de letra impresa, que cuando los hechos se desenvuelven lentamente ante nuestros ojos y el misterio se aclara de manera gradual, a medida que cada nuevo descubrimiento representa un caso más que conduce a la completa verdad. En su momento, las circunstancias me causaron una profunda impresión, y el paso de dos años apenas ha podido debilitar sus efectos.
En el verano de 1889, poco después de mi matrimonio, ocurrieron los acontecimientos que ahora me dispongo a resumir. Yo había vuelto a practicar la medicina civil y había abandonado finalmente a Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aunque le visitaba continuamente y a veces incluso le persuadía para que abandonara sus hábitos bohemios hasta el punto de venir él a visitarnos. Mi clientela había aumentado con toda regularidad y, puesto que yo vivía a poca distancia de la estación de Paddington, conseguí unos cuantos pacientes entre sus empleados. Uno de éstos, al que le había curado una enfermedad tan dolorosa como persistente, no se cansaba de pregonar mis talentos, ni de procurar enviarme todo enfermo sobre el cual él tuviera alguna influencia.
Una mañana, poco antes de las siete, me despertó la sirvienta al golpear mi puerta, para anunciarme que habían llegado de Paddington dos hombres y que esperaban en la sala de consulta. Me vestí apresuradamente, pues sabía por experiencia que los casos que afectaban a usuarios del ferrocarril rara vez eran triviales, y me apresuré a bajar. Aún me encontraba en la
escalera cuando mi fiel aliado, el guarda, salió de la sala de consulta y cerró con cuidado la puerta tras él.
—Lo tengo aquí —susurró, señalando con su pulgar por encima del hombro—. Está bien.
—¿De que se trata? —pregunté, pues su actitud sugería que hablaba de alguna extraña criatura a la que hubiera encerrado en la sala.
—Es un nuevo paciente —murmuró—. He pensado que lo mejor era traerlo yo mismo, ya que de este modo no podría escabullirse. Y aquí está, totalmente sano y salvo. Ahora debo marcharme, doctor, pues yo tengo mis obligaciones, lo mismo que usted.
Y diciendo esto, aquel fiable individuo se retiró, sin darme tiempo siquiera para expresarle mi agradecimiento.
Entré en mi gabinete de consulta y encontré un caballero sentado ante la mesa. Iba vestido discretamente con un traje de mezclilla de lana y había dejado sobre mis libros una gorra de tela. Un pañuelo, todo él manchado de sangre, envolvía su mano. Era un hombre joven, de no más de veinticinco años, hubiera asegurado yo, con un rostro enérgico y varonil, pero estaba muy pálido.
Me dio la impresión de ser víctima de una intensa agitación que sólo dominaba recurriendo a toda su energía.
—Siento haberle hecho levantar tan temprano, doctor —dijo—, pero durante la noche he sufrido un accidente muy grave. He llegado esta mañana en tren y, al preguntar en Paddington dónde podía encontrar un médico, un buen hombre me ha acompañado hasta aquí. He dado una tarjeta a la criada, pero veo que la ha dejado sobre la mesita.
La tomé para examinarla. «Víctor Hatherley. Ingeniero de obras hidráulicas. Victoria Street, 16 A, 3er. Piso.»
Tales eran el nombre, la profesión y el domicilio de mi visitante matinal.
—Lamento haberle hecho esperar —le dije, sentándome en el sillón de mi biblioteca—. Acaba usted de realizar un viaje nocturno, por lo que tengo entendido, y esto no deja de ser obviamente una ocupación monótona.
—¡Pero es que a mi noche nadie puede calificarla de monótona! —respondió él, y se echó a reír.
Se rió con ganas, con una nota aguda y penetrante, repantigándose en su silla y estremeciéndose de la cabeza a los pies. Todo mi instinto médico se alzó contra esta risa.
—¡Basta! —grité—. ¡Domínese!
Le serví un poco de agua de una garrafa, pero de nada sirvió. Era presa de uno de aquellos arrebatos histéricos que se apoderan de una naturaleza vigorosa cuando acaba de pasar por una fuerte crisis. Finalmente, volvió a recuperar el control sobre sí mismo, pero se mostró muy fatigado y al mismo tiempo se sonrojó intensamente.
—Me he puesto en ridículo —jadeó.
—En absoluto. ¡Bébase esto!
Añadí un poco de brandy al agua y empezó a reaparecer el color en sus mejillas exangües.
—¡Ya me encuentro mejor! —dijo—. Y ahora, doctor, quizá tenga usted la bondad de echar un vistazo a mi pulgar, o, mejor dicho, al lugar donde estaba antes.
Retiró el pañuelo y extendió la mano. Incluso mis nervios endurecidos notaron un escalofrío cuando la miré. Había cuatro dedos extendidos y una horrible superficie roja y esponjosa allí donde había estado el pulgar. Éste había sido seccionado o arrancado directamente desde sus raíces.
—¡Cielo santo! —exclamé—. Esto es una herida terrible. Ha de haber sangrado muchísimo.
—Ya lo creo. Me desmayé al hacérmela, y creo que permanecí largo tiempo sin sentido. Cuando volví en mí, descubrí que todavía sangraba, por lo que até un extremo de mi pañuelo estrechamente en torno a la muñeca y lo aseguré con un palito.
—¡Excelente! Usted hubiera podido ser cirujano.
—Es cuestión de hidráulica, como usted sabe, y entraba en mi especialidad.
—Esto lo ha hecho —dije, examinando la herida— un instrumento muy pesado y afilado.
—Algo así como un cuchillo de carnicero —repuso.
—¿Un accidente, supongo?
—En modo alguno.
—¿Cómo, una agresión criminal?
—Y tan criminal.
—Me horroriza usted.
Apliqué una esponja a la herida, la limpié, la curé y, finalmente, la cubrí con una almohadilla de algodón y vendajes tratados con ácido carbólico. Él lo aguantó sin parpadear, aunque de vez en cuando se mordiera el labio.
—¿Qué tal? —le pregunté cuando hube terminado.
—¡Magnífico! Entre su brandy y su vendaje, me siento como nuevo. Estaba muy débil, pero tengo que hacer muchas cosas.
—Tal vez sea mejor que no hable del asunto. Es evidente que pone a prueba sus nervios.
—Oh, no, nada de esto ahora. Tendré que contar lo sucedido a la policía, pero le diré, entre nosotros, que si no fuera por la convincente evidencia de esta herida, me sorprendería que dieran crédito a mi declaración, pues es realmente extraordinaria y, como pruebas, no dispongo de gran cosa con que respaldarla. Y aunque lleguen a creerme, las pistas que yo pueda darles son tan vagas que dudo de que llegue a hacerse justicia.
—¡Ajá! —exclamé—. Si se trata de algo así como un problema que usted desea ver resuelto, debo recomendarle encarecidamente que vea a mi amigo el señor Sherlock Holmes antes de ir a la policía oficial.
—He oído hablar de ese señor —contestó mi visitante—. Mucho me alegraría que se hiciera cargo del asunto, aunque, desde luego, debo hacer uso también de la policía oficial. ¿Me dará una carta de presentación para él?
—Haré algo mejor. Yo mismo le acompañaré a visitarlo.
—Le quedaré inmensamente reconocido por ello.
—Llamaremos un coche de alquiler e iremos juntos. Llegaremos justo a tiempo para compartir con él un ligero desayuno. ¿Se siente usted con ánimos?
—Si, y no me consideraré tranquilo hasta haber contado mi historia.
—Entonces mi criada llamará un coche y yo estaré con usted al instante.
Subí apresuradamente al primer piso, expliqué el asunto a mi esposa, en pocas palabras, y cinco minutos después me instalé en el interior de un coche de alquiler que me condujo, junto con mi nuevo conocido, a Baker Street.
Como yo me había figurado, Sherlock Holmes se encontraba en su sala de estar, en bata, entregado a la lectura de la columna de anuncios de personas desaparecidas en The Times, y fumando su pipa anterior al desayuno, que se componía de todos los residuos que habían quedado de las pipas fumadas el día anterior, cuidadosamente secados y reunidos en una esquina de la repisa de la chimenea. Nos recibió con su actitud discreta pero cordial, pidió más huevos y lonchas de tocino ahumado, y se unió a nosotros en un copioso refrigerio. Una vez concluido el mismo, instaló a nuestro nuevo cliente en un sofá, le puso un cojín debajo de la cabeza y colocó un vaso con agua y brandy a su alcance.
—Es fácil ver que su experiencia no ha tenido nada de vulgar, señor Hatherley —le dijo—. Por favor, siga echado aquí y considérese absolutamente en su casa. Díganos lo que pueda, pero deténgase cuando esté fatigado y reponga sus fuerzas con un poco de estimulante.
—Gracias —dijo mi paciente—, pero me siento otro hombre desde que el doctor me hizo la cura, y creo que su desayuno ha completado el restablecimiento. Le robaré tan poco como sea posible de su valioso tiempo, por lo que pasaré a explicarle en seguida mi peculiar experiencia.
Holmes se acomodó en su butacón, con los párpados caídos y la expresión de cansancio que velaban su carácter vivo y fogoso, mientras yo me sentaba ante él, y escuchamos en silencio la extraña historia que nuestro visitante procedió a referirnos.
—Deben saber —dijo— que soy huérfano y soltero, y que vivo solo en una pensión de Londres. Tengo la profesión de ingeniero especializado en hidráulica, y conseguí una experiencia considerable en mi trabajo con mis siete años de aprendizaje en Venner and Matheson, la reputada empresa de Greenwich. Hace dos años, cumplido mi periodo de prácticas y tras haber conseguido una sustanciosa suma de dinero debido a la muerte de mi pobre padre, decidí establecerme por mi cuenta y alquilé un despacho profesional en Victoria Street.
»Supongo que todo el que da sus primeros pasos, como independiente en el mundo de los negocios, pasa por una dura experiencia. Para mí lo ha sido y con carácter excepcional. Durante tres años, me han hecho tres consultas y se me ha confiado un trabajo de poca monta, y esto es absolutamente todo lo que me ha aportado mi profesión. Mis ingresos brutos ascienden a
veintisiete libras con diez chelines. Cada día, de las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, esperaba en mi pequeña oficina, hasta que finalmente empecé a perder el ánimo y llegué a creer que jamás conseguiría hacerme una clientela.
»Ayer, sin embargo, precisamente cuando pensaba abandonar el despacho, entró mi dependiente para anunciarme que esperaba un caballero que deseaba verme por cuestiones de negocio. Me entregó también una tarjeta con el nombre «Coronel Lysander Stark» grabado en ella. Pisándole los talones entró el propio coronel, un hombre de talla más que mediana pero de una excesiva delgadez. No creo haber visto nunca un hombre tan flaco. Toda su cara se afilaba para formar nariz y barbilla, y la piel de sus mejillas se tensaba con fuerza sobre sus huesos prominentes. No obstante, este enflaquecimiento parecía cosa natural en él, sin que se debiera a enfermedad alguna, pues tenía los ojos brillantes, su paso era firme y su oído muy fino. Vestía con sencillez pero pulcramente, y su edad, diría yo, se acercaba más a los cuarenta que a los treinta.
»—¿El señor Hatherley? —dijo con un vestigio de acento alemán—. Usted me ha sido recomendado, señor Hatherley, como un hombre que no sólo es eficiente en su profesión, sino además discreto y capaz de guardar un secreto.
»Me sentí tan halagado como podría sentirse cualquier joven ante semejante introducción.
»—¿Puedo preguntarle quién le ha dado tan buenas referencias? —inquirí.
»—Tal vez sea mejor que de momento no le diga esto. Sé, a través de la misma fuente, que es usted a la vez huérfano y soltero, y que vive solo en Londres.
»—Es exacto —respondí—, pero me excusará si le digo que no acierto a distinguir qué tiene que ver todo esto con mis calificaciones profesionales. Me ha parecido entender que usted deseaba hablar conmigo acerca de una cuestión profesional.
»—Indudablemente, pero comprobará que todo lo que yo digo tiene algo que ver con el asunto. Reservo para usted un encargo profesional, pero es esencial que usted guarde absoluto secreto, ¿me entiende? Como es lógico, esto lo podemos esperar más bien de un hombre que vive solo que de otro que viva en el seno de su familia.
»—Si yo prometo guardar un secreto —dije—, pueden estar totalmente seguros de que así lo haré.
»Me miró con gran fijeza mientras yo hablaba, y a mí me pareció que nunca había visto unos ojos tan suspicaces e inquisitivos.
»—¿Lo promete, pues?
»—Sí, lo prometo.
»—¿Un silencio absoluto, completo, antes, durante y después? ¿Ninguna referencia al asunto, tanto oral como por escrito?
»—Ya le he dado mi palabra.
»—Muy bien.
»Se levantó de pronto y, cruzando como un rayo la pequeña oficina, abrió la puerta de par en par. Afuera, el pasillo estaba vacío. Todo va bien —dijo al regresar—. Sé que los empleados se muestran a veces curiosos con los asuntos de sus amos. Ahora podemos hablar con toda seguridad. Colocó su silla muy cerca de la mía y empezó a contemplarme de nuevo con la misma mirada interrogante y pensativa. Una sensación de repulsión, junto con algo similar al temor, había empezado a surgir en mi interior ante la extraña actitud de aquel hombre descarnado. Ni siquiera mi temor a perder un cliente pudo impedirme que le mostrase mi impaciencia.
»—Le ruego que explique lo que desea, caballero —le dije—. Mi tiempo es valioso.
»Que el cielo me perdone esta frase, señor Holmes, pero así acudieron las palabras a mis labios.
»—¿Qué le parecerían cincuenta guineas por una noche de trabajo? —preguntó el coronel Stark.
»—Me parecerían muy bien.
»—Digo una noche de trabajo, pero hablar de una hora seria más exacto. Deseo simplemente su opinión sobre una máquina estampadora hidráulica que no funciona como es debido. Si nos indica dónde radica el defecto, pronto lo arreglaremos nosotros mismos. ¿Qué me dice de un encargo como éste?
»—El trabajo parece llevadero y la paga generosa.
»—Así es. Queremos que venga usted por la noche, en el último tren.
»— ¿Adónde?
»—A Eyford, en el Berkshire. Es un pueblecillo cercano a los límites del Oxfordshire y a siete millas de Reading. Sale un tren desde Paddington que le dejará allí a eso de las once y cuarto.
»—Muy bien.
»—Vendré a buscarlo en un coche.
»—¿Hay qué hacer un trayecto en coche, pues?
»—Sí, nuestro pueblecillo queda adentrado en la campiña. Está a sus buenas siete millas de la estación de Eyford.
»—Entonces dudo de que podamos llegar a él antes de medianoche. Supongo que no habrá ningún tren de vuelta y me veré obligado a pasar allí la noche.
»—Si, pero podemos improvisarle una cama.
»—Esto resulta muy inconveniente. ¿No podría acudir a una hora más oportuna?
»—Hemos considerado que llegue usted tarde. Precisamente, para compensarle por cualquier inconveniente, le pagamos, pese a ser un joven desconocido, unos honorarios como los que requeriría una opinión por parte de algunas de las figuras más descollantes de su profesión. No obstante, si prefiere retirarse del negocio, no es necesario decirle que hay tiempo de sobra para hacerlo.
»Pensé en las cincuenta guineas y en lo muy útiles que podían serme.
»—De ningún modo —contesté—. Con mucho gusto me acomodaré a sus deseos, pero me agradaría comprender algo más claramente lo que desea usted que haga.
»—Desde luego. Es muy natural que el compromiso de secreto que hemos obtenido de usted haya suscitado su curiosidad. No pretendo que se comprometa a nada antes de que lo haya visto todo ante sus ojos. Supongo que aquí estamos totalmente a salvo de curiosos capaces de escuchar detrás de las puertas, ¿no es así?
»—Totalmente.
»—Entonces he aquí el asunto. Usted sabe probablemente que la tierra de batán es un producto valioso y que en Inglaterra sólo se encuentra en uno o dos lugares.
»—He oído decirlo.
»—Hace algún tiempo compré una pequeña propiedad, una finca pequeñísima, a diez millas de Reading, y tuve la suerte de descubrir que en uno de mis campos había un filón de tierra de batán.
»Al examinarlo, sin embargo, observé que ese filón era relativamente pequeño y que constituía un enlace entre dos mucho más grandes a la derecha y a la izquierda, aunque ambos se encontraban en terrenos de mis vecinos. Esa buena gente ignoraba totalmente que sus tierras contenían lo que era tan valioso como una mina de oro. Como es natural, a mí me interesaba comprar sus tierras antes de que descubriesen su auténtico valor, pero desgraciadamente yo no disponía de capital que me permitiera hacerlo. No obstante, revelé el secreto a unos pocos amigos y ellos me sugirieron que explotáramos muy discretamente nuestro pequeño filón, y ello nos permitiría adquirir los campos vecinos. Y esto es lo que hemos estado haciendo durante algún tiempo, y con el fin de que nos ayudara en nuestras operaciones montamos una prensa hidráulica. Como ya le he explicado, esta prensa se ha estropeado y deseamos que usted nos aconseje al respecto. Pero nosotros guardamos celosamente nuestro secreto, porque si llegara a saberse que vienen ingenieros a nuestra propiedad, pronto se desataría la curiosidad y entonces, si se averiguase la verdad, adiós a toda posibilidad de conseguir aquellos campos y llevar a la práctica nuestros planes. Por esto yo le he hecho prometer que no dirá a nadie que va a Eyford esta noche. Espero haberme explicado con toda claridad.
»—Le entiendo perfectamente —aseguré—. El único punto que no acierto a comprender es qué servicio puede prestarles una prensa hidráulica para excavar tierra de batán, que, según tengo entendido, se extrae de un pozo, como la gravilla.
»—Si —repuso él con indiferencia—, pero es que nosotros tenemos un proceso propio. Comprimimos la tierra en forma de ladrillos a fin de sacarlos sin revelar lo que son. Pero esto es un mero detalle. Acabo de hacerle objeto de toda mi confianza, señor Hatherley, y le he demostrado hasta qué punto confío en usted. —Se levantó mientras hablaba—. Le esperaré, pues, en Eyford a las once y cuarto.
»—No dude de que estaré allí.
»—Y ni una sola palabra a nadie —dijo, dirigiéndome una última y prolongada mirada inquisitiva, y acto seguido, dando a mi mano un húmedo y frío apretón, salió presuroso de la oficina.
»Bien, cuando pude recapacitar con sangre fría me sentí estupefacto, como ustedes pueden pensar, ante aquel encargo repentino que me había sido confiado. Por un lado, como es natural, me alegraba, pues los honorarios eran como mínimo diez veces superiores a los que hubiera pedido de haber fijado yo precio a mis servicios, y cabía la posibilidad de que este encargo condujera a otros. Por otro lado, el rostro y la actitud de mi cliente me habían causado una desagradable impresión, y no me parecía que sus explicaciones sobre la tierra de batán bastaran para explicar la necesidad de que yo llegara allí a medianoche ni su extrema ansiedad respecto a la posibilidad de que yo hablara con alguien de mi misión. Sin embargo, deseché todos mis temores, despaché una buena cena, tomé un coche de punto hasta Paddington y di comienzo a mi viaje, tras haber obedecido al pie de la letra mi compromiso de guardar silencio.
»En Reading tuve que cambiar, no sólo de vagón, sino también de estación, pero llegué a tiempo para abordar el último tren con destino a Eyford. Poco después de las once me personé en la pequeña y mal iluminada estación. Fui el único pasajero que se apeó en ella y en el andén no había más que un soñoliento mozo de equipajes con una linterna. Pero al traspasar el portillo vi que mi visitante de la mañana me esperaba entre las sombras al otro lado. Sin pronunciar palabra, aferró mi brazo y me hizo subir apresuradamente a un carruaje cuya puerta había quedado abierta. Subió las ventanillas de ambos lados, dio un golpecito en la estructura de madera y partimos con toda la rapidez que podía conseguir el caballo.
—¿Un caballo? —intervino Holmes.
—Sí, sólo uno.
—¿Se fijó en el color?
—Si, lo vi a la luz de los faroles laterales cuando yo subía al carruaje. Color castaño,
—¿Aspecto fatigado o fresco?
—Fresco y pelo reluciente.
—Gracias. Siento haberle interrumpido. Le ruego que prosiga su interesantísíma narración.
—Emprendimos la marcha, pues, y corrimos al menos durante una hora. El coronel Lysander Stark había dicho que el trayecto sólo era de siete millas, pero yo creería, a juzgar por el promedio que parecíamos llevar y por el tiempo que empleamos, que debían de ser más bien unas doce. Sentado a mi lado, él guardó silencio en todo momento, y advertí más de una vez, al mirar en su dirección, que tenía la vista clavada en mi con gran intensidad. Las carreteras rurales no parecían muy buenas en aquella parte del mundo, pues los baches imprimían un traqueteo terrible. Traté de mirar a través de las ventanas para ver algo de los alrededores, pero eran cristales esmerilados y sólo pude distinguir el resplandor borroso y ocasional de alguna luz ante la que pasábamos. De vez en cuando, me aventuraba a hacer alguna observación para quebrar la monotonía del viaje, pero el coronel sólo contestaba con monosílabos y la conversación no tardaba en extinguirse. Finalmente, sin embargo, las asperezas de la carretera se convirtieron en la crujiente regularidad de un camino de grava, y el carruaje se detuvo. El coronel Lysander Stark se apeó de un salto y, al seguirlo yo, me empujó en seguida hacia un porche que se abría ante nosotros. De hecho, nos apeamos del coche para entrar directamente en el vestíbulo, de modo que no me fue posible dirigir la menor mirada a la fachada de la casa. Apenas hube cruzado el umbral, la puerta se cerró pesadamente a nuestra espalda y oí el leve traqueteo de las ruedas al alejarse el carruaje.
»Dentro de la casa reinaba una oscuridad absoluta y el coronel buscó en vano cerillas, mientras rezongaba para sus adentros, pero de pronto se abrió una puerta al otro lado del pasillo y una larga y dorada franja de luz avanzó en nuestra dirección. La franja se ensanchó y apareció una mujer que sostenía una lámpara encendida por encima de su cabeza y avanzaba el cuello para mirarnos. Pude ver que era hermosa y, por el brillo que la luz producía en su vestido oscuro, comprendí que éste era de un género de gran calidad. Dijo unas palabras en un idioma extranjero y en el tono de quien hace una pregunta, y cuando mi acompañante contestó con un brusco monosílabo, ella experimentó tal sobresalto que la lámpara estuvo a punto de caérsele de la mano. El coronel Stark se acercó a ella y le quitó la lámpara, murmurándole algo al oído, y después, empujándola hacia el cuarto del que había salido, avanzó de nuevo hacia mí con la lámpara en la mano.
»—Le ruego que tenga la bondad de esperar unos minutos en esta habitación —me dijo, abriendo otra puerta. Era una habitación pequeña, discreta, amueblada con sencillez, con una mesa redonda en el centro, en la que había esparcidos varios libros en alemán. El coronel Stark
puso la lámpara sobre un armario que había junto a la puerta—. No le haré esperar mucho tiempo —me aseguró, y se desvaneció en la oscuridad.
»Examiné los libros y, a pesar de mi ignorancia del idioma alemán, pude ver que dos de ellos eran tratados científicos y los otros volúmenes de poesía. Entonces me dirigí hacia la ventana, esperando poder echar un vistazo al paisaje rural, pero la cubría un porticón de madera de roble asegurado con recios barrotes. Era una casa asombrosamente silenciosa. Un reloj antiguo dejaba oir un ruidoso tictac en algún lugar del pasillo, pero aparte dc esto reinaba por doquier una quietud mortal. Una vaga sensación de intranquilidad empezó a apoderarse de mí. ¿Quiénes eran aquellos alemanes, y qué hacían en un lugar tan extraño y aislado? ¿Y dónde estaba ese lugar? A unas diez millas de Eyford era todo lo que sabía yo, pero si era al norte, al sur, al este o al oeste, no tenía la menor idea. En este aspecto, Reading, y acaso otras poblaciones importantes, se encontraba dentro de este radio, de modo que tal vez el lugar no estuviera tan aislado, después de todo. No obstante, a juzgar por aquella quietud absoluta no cabía duda de que estábamos en el campo. Paseé de un lado a otro de la habitación, entonando una cancioncilla entre dientes para mantener el ánimo y pensando que me estaba ganando cumplidamente las cincuenta guineas de mis honorarios.
»De pronto, y sin ningún sonido preliminar en medio del profundo silencio, la puerta de mi habitación se abrió lentamente. La mujer se perfiló en la abertura, con la oscuridad del vestíbulo detrás de ella, mientras la luz amarillenta de mi lámpara iluminaba su bellísima y angustiada cara. Pude ver en seguida que estaba aterrorizada, y esta visión provocó también un escalofrío en mi corazón. Mantenía en alto un dedo tembloroso para pedirme silencio y murmuró unas cuantas palabras entrecortadas en un inglés vacilante, con unos ojos como los de un caballo asustado, mirando hacia atrás, hacia las tinieblas a su espalda.
»—Yo me iría —dijo, procurando, según me pareció, hablar con calma—. Yo me iría. Yo no me quedaría aquí. quedarse no es bueno para usted.
»—Pero, señora —repuse—, todavía no he hecho lo que me ha traído aquí. No puedo marcharme sin haber visto la máquina.
»—No merece la pena que espere —insistió ella—. Puede salir por la puerta y nadie se lo impedirá.
»Entonces, al ver que yo sonreía y meneaba la cabeza negativamente, abandonó toda compostura y dio un paso adelante, con las manos entrelazadas.
»—¡Por el amor de Dios! —exclamó—. ¡Márchese de aquí antes de que sea demasiado tarde!
»Pero por naturaleza soy un tanto obstinado y más me empeño en hacer algo cuando se tercia algún obstáculo. Pensé en mis cincuenta guineas, en mi fatigoso viaje y en la desagradable noche que parecía esperarme. ¿Iba a ser todo a cambio de nada? ¿Por qué tenía yo que escabullirme sin haber realizado mi misión y sin cobrar lo que se me debía? Que yo supiera, aquella mujer bien podía ser una monomaniaca. Con una firme postura, por consiguiente, aunque la actitud de ella me había impresionado más de lo que yo quisiera admitir, seguí denegando con la cabeza e insistí en mi intención de quedarme. Estaba ella a punto de reanudar sus súplicas cuando arriba se cerró ruidosamente una puerta y se oyeron los pasos de varias personas en la escalera. Ella escuchó unos instantes, alzó las manos en un gesto de desesperación y desapareció tan súbitamente como silenciosamente se había presentado.
»Los recién llegados eran el coronel Lysander Stark y un hombre bajo y grueso, con una barba hirsuta que crecía en los pliegues de su doble papada y que me fue presentado como el señor Ferguson.
»—Es mi secretario y administrador —explicó el coronel—. A propósito, yo tenía la impresión de haber dejado la puerta cerrada hace unos momentos. Temo que le haya molestado la corriente de aire.
»—Al contrario —repliqué—, yo mismo la he abierto, porque este cuarto me parecía un poco cerrado.
»Me lanzó una de sus miradas suspicaces.
»—Pues tal vez sea mejor que pongamos manos a la obra —dijo—. El señor Ferguson y yo le acompañaremos a ver la máquina.
»—Entonces será mejor que me ponga el sombrero.
»—No vale la pena, pues está aquí en la casa.
»—¿Cómo? ¿Extraen tierra de batán en la misma casa?
»—No, no. La máquina sólo se emplea cuando comprimimos la tierra. ¡Pero esto poco importa!
Lo único que deseamos es que la examine y nos diga qué le pasa.
»Subimos los tres, el coronel delante con la lámpara y detrás el obeso administrador y yo. Era una casa vieja y laberíntica, con corredores, pasillos, estrechas escaleras de caracol y puertas pequeñas y bajas, cuyos umbrales mostraban la huella de las generaciones que los habían cruzado. No había alfombras ni señales de mobiliario más arriba de la planta baja y, en cambio, el estuco se estaba desprendiendo de las paredes y la humedad se filtraba formando manchones de un feo color verdoso. Yo procuraba mostrar una actitud tan despreocupada como me era posible, pero no había olvidado las advertencias de la dama, aunque las dejara de lado, y mantenía una mirada vigilante sobre mis dos acompañantes. Ferguson parecía ser un hombre malhumorado y silencioso, pero, por lo poco que dijo, supe que era por lo menos compatriota mío.
»El coronel Lysander Stark se detuvo por fin ante una puerta baja, cuya cerradura abrió. Había al otro lado un cuarto pequeño y cuadrado, en el que los tres difícilmente podíamos entrar al mismo tiempo. Ferguson se quedó afuera y el coronel me hizo entrar.
»—De hecho —dijo—, nos encontramos ahora dentro de la prensa hidráulica, y seria particularmente desagradable para nosotros que alguien la pusiera en marcha. El techo de este cuartito es en realidad el extremo del pistón descendente, y baja con la fuerza de muchas toneladas sobre este suelo metálico. Afuera, hay unos pequeños cilindros laterales de agua que reciben la presión y que la transmiten y multiplican de la manera que a usted le es familiar. La máquina se pone en marcha, pero hay una cierta rigidez en su funcionamiento y ha perdido algo de su potencia. Tenga la bondad de examinarla y de explicarnos cómo podemos repararla.
»Me entregó su lámpara y yo inspeccioné detenidamente la máquina. Era, desde luego, una prensa gigantesca, capaz de ejercer una presión enorme. Cuando pasé al exterior, sin embargo, y accioné las palancas que la controlaban, supe en seguida, por un ruido siseante, que había una ligera fuga que permitía una regurgitación del agua a través de uno de los cilindros laterales. Un examen mostró que una de las bandas de goma que rodeaban el cabezal de una de las barras impulsoras se había encogido y no cubría por completo el cilindro a lo largo del cual trabajaba. Tal era, claramente, la causa de la pérdida de potencia, y así lo indiqué a mis acompañantes, que escucharon muy atentamente mis observaciones e hicieron varias preguntas
concretas sobre lo que debían hacer para reparar la prensa. Una vez se lo hube explicado, volví a la cámara principal de la máquina y le eché un buen vistazo para satisfacer mi curiosidad.
»Al momento resultaba obvio que la historia de la tierra de batán no era más que un embuste, pues resultaba absurdo suponer que se pudiera destinar una máquina tan potente a una finalidad tan inadecuada. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran plancha de hierro, y cuando la examiné detenidamente pude ver sobre ella una costra formada por un poso metálico. Me había agachado y la raspaba para saber exactamente qué era, cuando oí una sorda exclamación en alemán y vi la faz cadavérica del coronel que me miraba desde arriba.
»—¿Qué está haciendo aquí? —pregunto.
»Yo estaba indignado por haberme dejado engañar por una historia tan rebuscada como la que me había contado.
»—Estaba admirando su tierra de batán —repliqué—. Creo que podría aconsejarle mejor respecto a su máquina, si supiera exactamente con qué propósito ha sido utilizada.
»Apenas había pronunciado estas palabras, lamenté la franqueza de las mismas. El rostro del coronel pareció endurecerse y una luz amenazadora bailó en sus ojos grises.
»—Muy bien —dijo—, pues va a saberlo todo acerca de ella.
»Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecilla y dio vuelta a la llave en la cerradura. Me precipité hacia ella y forcejeé con la manija, pero era una puerta muy segura y no cedió en lo más mínimo, pese a mis patadas y empujones.
»—¡Oiga! —grité—. ¡Oiga, coronel! ¡Déjeme salir!
»Y entonces, en el silencio, oyóse de pronto un ruido que hizo agolpar la sangre en mi cabeza. Era el chasquido metálico de las palancas y el silbido del escape en el cilindro. Había puesto la máquina en marcha. La lámpara se encontraba todavía en el suelo metálico, donde la había colocado al inspeccionarlo. Su luz me permitió ver que el negro techo descendía sobre mí, lentamente y a sacudidas, pero, como nadie podía saber mejor que yo, con una fuerza que al cabo de un minuto me habría reducido a una papilla informe. Me abalancé, chillando, contra la puerta y forcejeé con la cerradura. Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable ruido de las palancas sofocó mis gritos. El techo se encontraba tan sólo a tres o cuatro palmos de mi cabeza; levanté la mano y pude palpar su dura y áspera superficie. Acudió entonces a mi mente la idea de
que la condición dolorosa de mi muerte dependería muchísimo de la posición con la que yo la esperase; si me echaba boca abajo el peso gravitaría sobre mi columna vertebral. Me estremecía al pensar en el espantoso chasquido al romperse. Tal vez resultara más fácil hacerlo al revés, pero ¿tendría la sangre fría necesaria para contemplar, echado, aquella mortal sombra negra que descendía, oscilante, sobre mí? Ya no me era posible mantenerme de pie, cuando mi vista captó algo que devolvió un soplo de esperanza a mi corazón.
»He dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al dar una última y apresurada mirada a mí alrededor, vi una fina línea de luz amarilla entre dos de las tablas, línea que se ensanchó más y más al correrse hacia atrás un pequeño panel. Por un instante apenas pude creer que hubiese de veras una puerta que me alejara de la muerte. Un momento después, me lancé a través de la abertura y me desplomé, medio desmayado, al otro lado de ella. El panel se había cerrado de nuevo detrás de mí, pero la rotura de la lámpara y, momentos después, el choque entre las dos planchas metálicas, me indicaron bien a las claras que había escapado por los pelos.
»Me hizo volver en mí un frenético tirón en mi muñeca, y me encontré echado en el suelo de piedra de un estrecho corredor, con una mujer agachada que tiraba de mí con la mano izquierda, mientras sostenía una vela con la derecha. Era la misma buena amiga cuya advertencia había despreciado con tanta imprudencia.
»—¡Vamos, vamos! —exclamó casi sin aliento—. Estarán aquí dentro de un momento y descubrirán su ausencia. ¡Por favor, no pierda un tiempo tan precioso y venga!
»Esta vez, al menos, no eché en saco roto su consejo. Me levanté, tambaleándome, y corrí con ella a lo largo del pasillo, para bajar después por una escalera de caracol. Esta conducía a otro pasillo ancho y, apenas llegamos a él, oímos el ruido de pies que corrían y gritos de dos voces —una que contestaba a la otra— desde la planta en que nos encontrábamos y desde el piso de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor, como la persona que llega al término de sus recursos. Abrió entonces una puerta que daba a un dormitorio, a través de cuya ventana la luna brillaba espléndidamente.
»—Es su única posibilidad —dijo—. Es alto, pero tal vez usted sea capaz de saltar.
»Mientras hablaba, se dejó ver una luz en el extremo más distante del pasillo, y vi la magra silueta del coronel Lysander Stark que corría hacia nosotros con una linterna en una mano
y un arma parecida a un cuchillo de carnicero en la otra. Crucé precipitadamente el dormitorio, abrí de par en par la ventana y miré al exterior. El jardín no podía parecer más tranquilo, agradable y acogedor a la luz de la luna, y la altura no podía superar los quince pies. Trepé al alféizar pero vacilé antes de saltar, hasta haber oído lo que pasaba entre mi salvadora y el malvado que me perseguía. Si la maltrataba, yo estaba dispuesto, a cualquier precio, a correr en su ayuda. Apenas acababa de imponerse este pensamiento en mi mente, cuando él ya se encontraba en la puerta, forcejeando con la mujer para abrirse camino, pero ella le rodeó con los brazos y trató de contenerlo.
»—¡Fritz! ¡Fritz! —gritó. Y en inglés le dijo—: Recuerda lo que prometiste la última vez. Dijiste que no volvería a pasar. ¡El no hablará! ¡Te digo que no hablará!
»—¡Estás loca, Elise! —gritó él a su vez, luchando para desprenderse de ella—. Será nuestra ruina. Ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!
»La empujó a un lado y, precipitándose hacia la ventana, me atacó con su pesada arma. Yo había atravesado la ventana y me sujetaba con ambas manos, colgando del alféizar, cuando descargó su golpe. Noté un dolor sordo, mis manos se distendieron y caí al jardín.
»Me sentí conmocionado pero no lesionado por la caída, de modo que me levanté y eché a correr con todas mis fuerzas a través de los matorrales, pues comprendía que todavía distaba mucho de poder considerarme fuera de peligro. Sin embargo, mientras corría me invadió de pronto una violenta sensación de mareo, acompañada de náuseas. Miré mi mano, que experimentaba dolorosas pulsaciones, y vi entonces, por primera vez, que mi pulgar había sido seccionado y que la sangre brotaba de mi herida. Me las arreglé para atar mi pañuelo a su alrededor, pero noté un repentino zumbido en mis oídos y un momento después yacía entre los rosales, víctima de un profundo desmayo.
»No me es posible decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Debió de ser mucho tiempo, pues al volver en mí la luna se había puesto y despuntaba ya una radiante mañana. Mis ropas estaban empapadas por el rocío y la manga de mi chaqueta manchada por la sangre procedente de mi pulgar amputado. El dolor que sentía en la herida me recordó en un instante todos los detalles de mi aventura nocturna, y me puse en pie con la sensación de que muy difícilmente podía estar a salvo de mis perseguidores. Pero, con gran asombro por mi parte, cuando me decidí a mirar a mi alrededor, no había ni casa ni jardín a la vista. Había estado
tumbado junto a un seto próximo a la carretera; un poco más abajo había un edificio de construcción baja y alargada que, al aproximarme, resultó ser la misma estación a la que yo había llegado la noche anterior. De no ser por la fea herida en mi mano, todo lo ocurrido durante aquellas terribles horas bien hubiera podido ser una pesadilla.
»Medio aturdido, entré en la estación y pregunte por el tren de la mañana. Habría uno con destino a Reading antes de una hora. Observé que estaba de servicio el mismo mozo de estación al que vi cuando llegué yo, y le pregunté si había oído hablar del coronel Lysander Stark. El nombre le era desconocido. ¿No había observado, la noche antes, un carruaje que me estaba esperando? No, no lo había visto. ¿Había un puesto de policía cerca de allí? Había uno, a unas tres millas de distancia.
»Era demasiado trecho para mí, débil y enfermo como me sentía. Decidí esperar hasta volver a la ciudad antes de contarle mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuando llegué, de modo que lo primero que hice fue pedir que me curasen la herida y después el doctor ha tenido la amabilidad de traerme aquí. Pongo el caso en sus manos y haré exactamente lo que usted me aconseje.
Los dos permanecimos sentados y en silencio un buen rato, después de oír su extraordinaria narración. Finalmente, Sherlock Holmes extrajo de la estantería uno de los gruesos libros de aspecto corriente en los que colocaba sus recortes.
—Hay aquí un anuncio que le interesará —dijo—. Apareció en todos los periódicos hace cosa de un año. Escuche esto: «Desaparecido, a partir del nueve del corriente, Jeremiah Haydling, de veintiséis años, ingeniero de obras hidráulicas. Salió de su domicilio a las diez de la noche y desde entonces no se ha sabido de él. Vestía... » ¡Ajá! Esto indica la última vez, sospecho, que el coronel necesitó reparar su máquina.
—¡Cielos! —exclamó el paciente—. Entonces, esto explica lo que dijo la joven.
—Indudablemente. Está bien claro que el coronel es un hombre frío y desesperado, absolutamente decidido a que nada le obstaculice el camino en su juego, como aquellos piratas encallecidos que no dejaban ningún superviviente en el barco que capturaban. Bien, ahora cada momento es precioso, por lo que, si usted se siente con fuerzas para ello, iremos en seguida a Scotland Yard como preliminar a nuestra visita a Eyford.
Unas tres horas después nos encontrábamos todos en el tren, en el trayecto desde Reading hasta el pueblecillo de Berkshire. Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero de obras hidráulicas, el inspector Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y yo. Bradstreet había desplegado un mapa del condado sobre el asiento y con un compás se dedicaba a trazar un círculo con Eyford como centro.
—Ya ven ustedes —dijo—. Este círculo ha sido trazado con un radio de diez millas respecto al pueblo. El lugar que nos interesa debe de estar próximo a esta línea. ¿Dijo diez millas, verdad, señor?
—Fue una hora de trayecto bien larga.
—¿Y usted cree que le llevaron de nuevo al punto de partida, cuando estaba inconsciente? —Tuvieron que hacerlo. Tengo también el confuso recuerdo de haber sido levantado y conducido a alguna parte.
—Lo que no logro comprender —dije yo— es por qué le respetaron la vida cuando lo encontraron desmayado en el jardín. Tal vez el villano se ablandó ante las súplicas de la mujer.
—Esto no me parece nada probable. En toda mi vida he visto un rostro más inexorable.
—Muy pronto aclararemos todo esto —aseguró Bradstreet—. Bien, yo he dibujado mi circulo, y lo único que desearía saber es en qué punto se puede encontrar a la gente que andamos buscando.
—Creo que yo podría señalarlo —manifestó tranquilamente Holmes.
—¿De veras? —exclamó el inspector—. ¿De modo que ya se ha formado su opinión? Vamos a ver quien está de acuerdo con usted. Yo digo que está al sur, pues la campiña allí está más solitaria.
—Y yo digo al este —aventuró mi paciente.
—Yo me inclino por el oeste —observó el agente de paisano—. Hay allí unos cuantos pueblecillos muy tranquilos.
—Y yo por el norte —declaré—, porque allí no hay colinas y nuestro amigo asegura que no notó que el coche subiera ninguna cuesta.
—¡Vaya diversidad de opiniones! —exclamó el inspector, riéndose—. Entre todos hemos agotado las posibilidades del compás. ¿Y usted, a quien concede su voto decisorio?
—Todos ustedes están equivocados —afirmó Holmes.
—¡Es imposible que lo estemos todos!
—Ya lo creo que sí. Este es mi punto. —Puso el dedo en el centro del círculo—. Aquí es donde los encontraremos.
—Pero ¿y el trayecto de doce millas? —dijo Hatherley estupefacto.
—Seis de ida y seis de vuelta. Nada puede ser más simple. Antes ha dicho que, al subir usted al carruaje, observó que el caballo estaba tranquilo y tenía el pelo reluciente. ¿Cómo se explicaría esto, tras un recorrido de doce millas por caminos intransitables?
—Desde luego, es un truco que no deja de ser probable —observó Bradstreet pensativo—. De lo que no puede haber duda es acerca de la naturaleza de esta pandilla.
—Ni la menor duda —dijo Holmes—. Son falsificadores de moneda a gran escala que utilizan la máquina para prensar la aleación que sustituye la plata.
—Sabíamos desde hace tiempo que actuaba una banda bien organizada —explicó el inspector—. Han estado acuñando monedas de media corona a millares. Incluso les seguimos la pista hasta Reading, pero no nos fue posible llegar más lejos, pues habían disimulado sus huellas de una manera que indicaba su gran veteranía. Pero ahora, gracias a esta afortunada oportunidad, creo que los tenemos bien atrapados.
Pero el inspector se equivocaba, pues aquellos criminales no tenían como destino el de caer en manos de la policía. Al entrar el tren en la estación de Eyford, vimos una gigantesca columna de humo que ascendía por detrás de una pequeña arboleda cercana y se cernía sobre el paisaje como una inmensa pluma de avestruz.
—¿Una casa incendiada? —preguntó Bradstreet, mientras el tren proseguía su camino.
—Sí, señor —contestó el jefe de estación.
—¿Cuándo se ha producido?
—He oído decir que ha sido durante la noche, pero ha ido en aumento y todo el lugar es una hoguera.
—¿De quién es la casa?
—Del doctor Beecher.
—Dígame —intervino el ingeniero—, ¿el doctor Beecher es alemán, un hombre muy delgado y con una nariz larga y ganchuda?
El jefe de estación se rió con ganas.
—No, señor. El doctor Beecher es inglés y no hay hombre en toda la parroquia que tenga mejor relleno bajo el chaleco. Pero vive en su casa un señor, un paciente según tengo entendido, que es extranjero y que da la impresión de que le convendría un buen bisté del Berkshire.
No había terminado su explicación el jefe de estación cuando ya nos dirigíamos todos, presurosos, hacia el fuego. La carretera ascendía a lo alto de una colina y apareció ante nosotros un gran edificio de paredes encaladas del que brotaban llamas por todas las ventanas y aberturas, mientras en el jardín anterior tres coches de bomberos trataban en vano de sofocar el incendio.
—¡Es aquí! —gritó Hatherley muy excitado—. Allí está el camino de entrada, y allá los rosales donde yacía yo. Aquella segunda ventana es la que utilicé para saltar.
—Al menos —dijo Holmes— se vengó usted de ellos. No cabe la menor duda de que fue su lámpara de aceite la que, al ser aplastada por la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque tampoco cabe duda de que estaban demasiado excitados persiguiéndole a usted, para darse cuenta de ello en aquel momento. Y ahora mantenga los ojos bien abiertos y busque, entre esta multitud, a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que en estos momentos se encontrarán a un buen centenar de millas de distancia.
Los temores de Holmes se hicieron realidad, pues hasta el momento no se ha oído ni una sola palabra de la hermosa mujer, el siniestro alemán o el huraño inglés. Aquella mañana, a primera hora, un campesino había visto un carruaje en el que viajaban varias personas y que transportaba unas cajas muy voluminosas, dirigirse con rapidez hacia Reading, pero allí desaparecía toda traza de los fugitivos, y ni siquiera el ingenio de Holmes fue capaz de averiguar la menor pista de su paradero.
Los bomberos se habían sentido muy desconcertados ante la extraña disposición del interior de la casa, y todavía más por el descubrimiento de un dedo pulgar humano, recientemente amputado, en el alféizar de una ventana del segundo piso. Al atardecer, sin embargo, sus esfuerzos se vieron por fin recompensados y lograron sofocar las llamas, pero no antes de que se hubiera derrumbado el techado y de que todo el lugar hubiera quedado reducido a una ruina tan absoluta que, con la excepción de unos cilindros y unos tubos metálicos retorcidos, no quedaba ni el menor vestigio de la maquinaria que tan cara le había costado a nuestro infortunado amigo. Se descubrieron grandes cantidades de níquel y estaño en un edificio exterior, pero no se encontraron monedas, lo que tal vez explicara la presencia de aquellas voluminosas cajas que ya han sido citadas.
De cómo había sido trasladado nuestro ingeniero especializado en hidráulica desde el jardín hasta el lugar donde volvió en si, tal vez se hubiera mantenido como un misterio para siempre a no ser por el blando musgo que nos contó una versión bien sencilla. Era evidente que lo habían transportado dos personas, una de las cuales tenía unos pies notablemente pequeños y la otra unos pies extraordinariamente grandes. En resumidas cuentas, era lo más probable que el silencioso inglés, menos osado o menos sanguinario que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a transportar al hombre inconsciente hasta un lugar menos comprometido para ellos.
—Bien —dijo nuestro ingeniero con una sonrisa forzada, al ocupar nuestros asientos para regresar a Londres—, ¡yo sí que he hecho un buen negocio! He perdido mi dedo pulgar y también unos honorarios de cincuenta guineas. ¿Y qué he ganado?
—Experiencia —repuso Holmes, riéndose—. Indirectamente, sepa que puede resultarle valiosa. Le basta con traducirla en palabras para conseguir la reputación de ser un excelente conversador durante el resto de su existencia.
FIN

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