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jueves, 12 de noviembre de 2009

El Gran Experimento de Keinplatz

El Gran Experimento de Keinplatz
Arthur Conan Doyle.

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De todas las ciencias, una interesaba especialmente al erudito profesor Von Baumgarten. Era la que se conecta con la psicología y las relaciones entre mente y materia. El profesor era un famoso anatomista, gran químico y uno de los más renombrados fisiólogos de Europa. Pero se sentía aliviado alejándose de esos temas y dedicando sus grandes conocimientos al estudio del alma y las relaciones misteriosas de los espíritus. Era muy joven cuando empezó sus estudios sobre hipnotismo. En esa época, su mente parecía vagar por lugares extraños donde lo único que había era caos y oscuridad. Sólo muy pocas veces algún gran suceso inexplicable y desconectado aparecía aquí y allá.
Pero a medida que pasaban los años, aumentaba el valioso caudal de conocimientos del profesor. El conocimiento siempre da más conocimiento, del mismo modo que el dinero da más interés. Y el profesor comenzó a notar que lo que antes le había parecido asombroso o extraño, ahora podía ser interpretado de forma distinta. Empezó a familiarizarse con una nueva clase de razonamientos y pudo descubrir conexiones en cosas que antes le habían parecido incomprensibles y sorprendentes. A través de veinte años, realizó experimentos y recolectó muchos datos. Tenía la ambición de crear una nueva ciencia exacta que incluyera al hipnotismo, espiritismo y otros temas relacionados. Lo ayudó mucho su profundo conocimiento de las partes más complicadas de la fisiología animal, las que tratan de las corrientes nerviosas y de cómo trabaja el cerebro. Alexis von Baumgarten era profesor de Fisiología en la Universidad de Keinplatz y tenía a disposición de sus investigaciones todo el laboratorio de la universidad.
El profesor Von Baumgarten era alto y flaco, de rostro delgado y ojos color gris acerado, y una mirada especialmente brillante y profunda. Tenía arrugas en la frente de tanto pensar, y las espesas cejas contraídas. Parecía estar siempre frunciendo el ceño, lo que engañaba a la gente con respecto a su carácter, que era serio pero amable. Entre los estudiantes era muy popular. Acostumbraban a reunirse alrededor de él después de cada una de sus clases y lo escuchaban atentamente mientras exponía sus extrañas teorías. Muchas veces buscaba entre ellos voluntarios para realizar algún experimento. En conclusión: no había joven de su clase que no hubiera participado más de una vez en los trances hipnóticos que les había provocado su profesor.
Entre todos esos jóvenes tan apasionados de esa ciencia, no había ninguno tan entusiasta como Fritz von Hartmann. En más de una ocasión, algunos de sus compañeros de estudio se habían preguntado con extrañeza por qué el intrépido e impulsivo Fritz, uno de los más irreflexivos jóvenes de la universidad, dedicaba su tiempo y esfuerzo a estudiar temas tan complicados y a ayudar al profesor en sus particulares experimentos. En realidad, Fritz era un joven inteligente y muy hábil. Se había enamorado hacía muchos meses de Elisa, la hija del profesor, de ojos azules y cabello dorado. La joven le había hecho saber que él no le era indiferente, pero no se atrevía a aparecer frente a la familia como un pretendiente formal. Le hubiera sido muy difícil ver a la muchacha de no haberse hecho imprescindible para el profesor. Éste lo llamaba frecuentemente a su casa, y el joven iba y se sometía de buena gana a cualquier tipo de experimento con tal de recibir a cambio una mirada especialmente cálida de Elisa, o el roce de su pequeña mano.
Fritz von Hartmann era un joven bastante apuesto. Su familia poseía una buena cantidad de tierras que cuando su padre muriera, pasaría a él. Era para muchos lo que comúnmente se considera un buen partido. Pero no era bien visto por la esposa del profesor. La mujer ponía mala cara cada vez que lo encontraba en su casa y sermoneaba al profesor por permitir que un lobo de esa clase rondara cerca de su ovejita. La verdad es que Fritz tenía mala fama. No había duelo, desorden o alboroto de los que el joven no formara parte, y en el que no fuera uno de los cabecillas.
Nadie tenía peor lenguaje ni era más violento. Nadie bebía más, nadie jugaba a las cartas más frecuentemente. Y nadie era más haragán. Por eso era entendible ver que la buena señora Von Baumgarten protegiera a su hija bajo el ala y se quejara de las atenciones de un personaje de esa clase. Pero el profesor estaba demasiado enfrascado en sus extraños estudios como para reflexionar sobre el asunto y elaborar alguna opinión, favorable o desfavorable, sobre la cercanía del joven. Desde hacía varios años, al profesor lo obsesionaba un tema que se repetía constantemente en sus pensamientos.
Todos sus experimentos y teorías giraban sobre ese punto. Cien veces por día se preguntaba si sería factible que un espíritu humano existiese separado de su cuerpo durante un tiempo y que después volviese a él. La primera vez que se le ocurrió esta posibilidad, su mente científica la rechazó. Chocaba mucho con ideas anteriores y prejuicios científicos. Pero poco a poco empezó a avanzar más y más por el camino de la investigación, y su pensamiento rechazó todas las antiguas trabas. Era posible que la mente existiera lejos de la materia. Había muchas cosas que le hacían pensar así. Se le ocurrió que la cuestión podía resolver- se definitivamente mediante un experimento audaz y original. Sorprendió al mundo científico con un famoso artículo sobre las entidades invisibles.
En ese artículo decía: "En condiciones especiales, es evidente que el alma o mente se separa sola del cuerpo. Así sucede con las personas hipnotizadas: el cuerpo queda en estado cataléptico, pero el espíritu lo ha abandonado. Tal vez me contestarán que el alma se encuentra ahí, pero durmiendo. Responderé que no, si no ¿cómo explicaríamos la clarividencia? La clarividencia ha sido desacreditada por falsos y fraudulentos adivinos, pero su realidad puede ser demostrada con facilidad. Lo comprobé yo mismo, usando a una persona sensitiva.
Esa persona me dijo detalladamente lo que sucedía en una habitación de otra casa. ¿Cómo explicarán eso? Sólo se explica aceptando que el alma ha abandonado al cuerpo y está vagando por el espacio. No podemos ver esas idas y vueltas porque el espíritu es invisible. Pero podemos ver los efectos en el cuerpo del sujeto, tanto rígido e inanimado, como tratando de narrar sensaciones que nunca hubieran podido llegar a él por medios naturales. Sólo se me ocurre una forma de demostrar este hecho. Y es la siguiente: nosotros somos seres carnales, incapaces de ver espíritus, pero nuestros propios espíritus pueden ser separados de nuestro cuerpo y darse cuenta de la presencia de los otros. Mi intención es hipnotizar a uno de mis discípulos. Luego yo me hipnotizaré a mí mismo. Utilizaré un método que ya puse a prueba antes y que me resulta fácil. Si mi teoría es cierta, mi espíritu podrá encontrar el espíritu de mi alumno y comunicarse con él sin dificultad puesto que los dos estaremos separados de nuestros cuerpos. Trataré de comunicar el resultado de esta experiencia en el próximo número de éste periódico".
El profesor cumplió con su promesa y publicó un informe sobre lo que había ocurrido. La historia era tan extraordinaria que en general fue recibida con incredulidad. En algunos periódicos que comentaron este artículo el tono era tan ofensivo, que el profesor se enojó. Dijo que nunca más volvería a tocar ese tema y fue escrupulosamente fiel a su palabra. Pero este relato fue reunido aquí recurriendo a las más auténticas fuentes y los hechos citados son esencialmente ciertos.
Sucedió de esta manera. Fue poco tiempo después de que al profesor Von Baumgarten se le ocurriera la idea del experimento. Estaba caminando hacia su casa, abstraído en sus pensamientos después de un largo día de laboratorio. Fue cuando se cruzó con un nutrido grupo de estudiantes alborotadores que acaban de salir de un bar. El cabecilla, medio borracho y escandaloso, era Fritz von Hartmann. El profesor pasó junto a ellos y siguió de largo, pero el joven Fritz lo interceptó:
-¡Mi respetado maestro! -dijo tirándole de la manga y acercándolo a él-. Tengo que decirle algo y ahora es el mejor momento porque tengo una buena cerveza zumbando en mi cabeza.
-¿Qué desea, Fritz? -preguntó el profesor con sorpresa.
-Escuché decir que está a punto de realizar un nuevo experimento, un experimento prodigioso por el que retirará un alma del cuerpo y luego se la devolverá.
-Es cierto.
-¿Y quién querrá prestarse a ese experimento? ¿Y si el alma sale y después no quiere volver? Sería un gran problema. ¿Quién se animaría a correr semejante riesgo?
-Pero, Fritz -exclamó el sorprendido profesor-. Esperaba que colaborara usted conmigo. No me va a dejar solo en este intento. Piense en su gloria futura.
-¡De ninguna manera! -gritó enojado el estudiante-. ¡Siempre estuve dispuesto a realizar sus experimentos! ¿No estuve dos horas sobre un aislador de vidrio mientras usted descargaba electricidad en mi cuerpo? ¿No me estropeó la digestión con una corriente galvánica en el estómago mientras estimulaba mis nervios frénicos? ¿Cuántas veces me hipnotizó? ¿Y qué obtuve a cambio? Nada. Y ahora quiere sacarme el alma como si fuera el engranaje de un reloj. ¡Esto es demasiado!
-¡Oh querido muchacho! -dijo el profesor muy afligido-. Todo lo que ha dicho es cierto. Nunca me había detenido a pensarlo. ¿Puedo hacer algo para recompensarle? Lo que me pida; estoy dispuesto a ello.
Fritz, muy seriamente, contestó:
-Lo ayudaré si me promete que después de este experimento me dará la mano de su hija. Ésas son mis condiciones. Si no, no quiero saber nada de todo esto.
El profesor, asombrado, permaneció en silencio. Luego dijo:
-¿Y qué dirá mi hija sobre su petición?
-Elisa estará contenta. Hace tiempo que nos queremos.
-Entonces -dijo el profesor con convicción- le concederé su mano. Usted es un joven de buen corazón y uno de los mejores neuróticos que conocí en mi vida...cuando no está bajo la influencia del alcohol. Tengo programado mi experimento para el cuatro del mes próximo. Venga al laboratorio fisiológico a las doce en punto. Será un gran momento. Los científicos más importantes de Alemania vendrán a vernos.
-Seré puntual -contestó el estudiante.
Los dos hombres se fueron cada uno por su lado. El profesor caminó lentamente hacia su casa, pensando en el gran evento que pronto iba a protagonizar. El joven siguió la juerga con sus compañeros pensando en los ojos azules de Elisa y en el trato que había hecho con su padre.
No había exagerado el profesor al hablar del interés que había provocado su nuevo experimento. Una constelación de talentosos hombres de ciencia había llenado la habitación mucho antes de la hora anunciada. Habían venido grandes eminencias del espiritismo y un especialista muy famoso en centros cerebrales. Todos habían recorrido grandes distancias y estaban entusiasmados y atentos. Cuando aparecieron el profesor Von Baumgarten y su alumno sobre el estrado, sonaron enormes aplausos. El profesor explicó en pocas palabras en qué consistía la comprobación que iba a llevar a cabo y cuáles eran sus objetivos.
-Hipnotizaré al joven aquí presente -dijo el sabio- y luego yo mismo me pondré en trance. Aunque nuestros cuerpos estarán inmóviles, espero que nuestros espíritus puedan encontrarse. Al cabo de un tiempo, todo volverá a su curso normal. Nuestros espíritus regresarán a sus cuerpos y las cosas serán como siempre han sido. Con su permiso, procederemos a efectuar la prueba.
Se reanudaron los aplausos y el público buscó el mejor lugar para observar en respetuoso silencioso. El profesor hipnotizó al joven con apenas unos rápidos pases. El muchacho cayó inerte sobre su silla. Estaba rígido y pálido. Entonces, el profesor tomó una brillante bola de cristal del bolsillo y concentró la mirada en ella. Efectuó un esfuerzo mental y logró hipnotizarse a sí mismo. Se escuchó un extraño e impresionante suspiro en la audiencia que contemplaba al joven y al viejo en suspensión vital. ¿Dónde estarían ahora sus almas? ¿Dónde habrían ido? Ésas eran las preguntas que se hacían todos los espectadores.
Pasaron cinco minutos, luego diez, luego quince y luego otros quince. El profesor y su discípulo continuaban sentados, rígidos e inmóviles sobre el estrado. Durante ese tiempo no se oyó el mínimo sonido entre los sabios reunidos. Todas las miradas estaban clavadas en los dos rostros pálidos, buscando las primeras señales de conciencia. Tuvo que pasar una hora para que la paciencia de los espectadores tuviera su recompensa. Se colorearon ligeramente las mejillas del profesor Von Baumgarten. El alma estaba regresando a su residencia terrenal. De pronto, como si estuviera despertando de un sueño, el profesor estiró sus brazos largos y delgados. Se frotó los ojos y levantándose de su silla miró hacia todos lados, como si le costara darse cuenta del lugar y la situación en que se encontraba. Con gran sorpresa y disgusto de la mayor parte del público, el profesor lanzó una terrible maldición. A continuación preguntó:
-¿Dónde demonios estoy? ¿Qué infiernos ocurrió? ¡Pero si ya recuerdo! Estoy en un absurdo experimento hipnótico. Pero puedo asegurarles que esta vez no tuvo éxito porque no recuerdo nada de nada desde que quedé inconsciente. Hicieron un largo viaje para nada mis distinguidos sabios amigos. Todo esto sólo ha sido una broma muy graciosa.
Mientras decía esto, el profesor reía a carcajadas y se golpeaba los muslos. El publico se sintió terriblemente agredido por este comportamiento increíble La cosa hubiera terminando muy mal si no hubiera intervenido el joven Fritz von Hartmann. Acababa de recobrar sus sentidos y se había puesto de pie. Avanzando hacia el público dijo:
-Tengo que pedir disculpas por la conducta de este hombre. Si bien pudo parecerles serio al principio del experimento, es un muchacho muy atolondrado. Todavía está bajo los efectos de la reacción hipnótica. No lo podemos culpar entonces, por sus pobres palabras. Ahora, si hablamos del experimento, yo no creo que haya fallado. Existe la posibilidad de que nuestros espíritus se hayan comunicado en el espacio. Lamentablemente, nuestra memoria corporal es burda, muy distinta de la de nuestro espíritu. Tal vez por eso no podamos recordar lo ocurrido. De ahora en más pondré todas mis energías en crear algún medio por el cual los espíritus puedan recordar lo que les ocurre cuando vuelan libremente. Cuando lo haya logrado, espero poder tener el honor de reunir a este respetable público de nuevo, otra vez en esta sala, y demostrarles el resultado.
Este comentario causó una gran sorpresa entre los asistentes. Especialmente por haberlo expresado un estudiante tan joven. Algunos sabios se sintieron ofendidos, pensaban que el joven se daba aires de importancia que en realidad no le correspondían.
Pero en su mayoría, el público lo consideró una futura promesa de la ciencia. Y no pudieron dejar de hacer comparaciones entre su conducta, tan digna, y la del profesor, que durante la explicación del joven no dejaba de reírse a carcajada limpia desde un rincón, sin preocuparse por el fracaso de su prueba.
A pesar de que todos aquellos hombres eminentes habían dejado la sala con la sensación de que no habían visto nada para tener en cuenta, había sucedido antes sus ojos uno de los hechos más maravillosos de toda la historia del mundo. La teoría del profesor Von Baumgarten de que su espíritu y el de su alumno se habían alejado de su cuerpo durante el experimento, era totalmente correcta. Pero una extraña e inesperada complicación se había producido. Al regresar, el espíritu de Fritz von Hartmann se había introducido en el cuerpo de Alexis von Baumgarten y el de Alexis von Baumgarten en el cuerpo de Fritz von Hartmann. Eso explicaba las palabras superficiales y torpes que había pronunciado el profesor, y las elogiables y serias frases que había dicho el atolondrado estudiante. Era un hecho sin precedentes, pero nadie se había dado cuenta, ni siquiera los propios involucrados.
El cuerpo del profesor sintió de repente que tenía la garganta seca. Todavía seguía riéndose del experimento cuando salió a la calle, porque el alma de Fritz se alegraba internamente de haber ganado a su novia sin ningún esfuerzo especial. Lo primero que pensó fue ir a verla, pero frenó su impulso. Pensó que debía darle tiempo al profesor Von Baumgarten de informarle a su esposa el trato que habían realizado. Así que se dirigió a la cervecería, uno de los lugares preferidos de los estudiantes. Mientras caminaba hacia el lugar donde esperaba apagar su sed, agitaba ruidosamente el bastón en el aire. Sin dudar un instante, buscó la salita reservada donde ya se habían acomodado más de media docena de sus compañeros más alegres.
-¡Sabía que los encontraría aquí! ¡Bravo! Terminen sus bebidas y pidan lo que quieran que hoy invito yo.
Los estudiantes no se hubieran sentido más sorprendidos si el hombrecito verde que estaba pintado en el cartel de la cervecería que colgaba sobre la puerta hubiera bajado repentinamente y entrado al salón exigiendo una botella de cerveza. No podían creer en la inesperada llegada del respetable profesor. Durante un minuto o dos, la sorpresa no les permitió reaccionar y se quedaron en silencio, sin ser capaces de responder a la invitación.
De pronto el profesor maldijo y resopló preguntando:
-¿Qué demonios les pasa? ¿Por qué se quedan mirándome como cerdos enamorados? ¿Sucede algo especial?
-Es que esta invitación es un honor... -pudo tartamudear uno de sus alumnos.
-¡Pero qué honor ni honor! -respondió enojado el profesor-. ¿Piensan que porque hice una exhibición de hipnotismo frente a un montón de fósiles me voy a sentir tan orgulloso? ¿Y que no voy a querer unirme a mis viejos y queridos amigos? ¿Por qué no me alcanzan una silla? Creo que ya es hora de que presida esta reunión. ¿Qué quieren tomar? Pidan lo que quieran y que lo anoten en mi cuenta.
No se recuerda en aquella cervecería ninguna otra tarde como aquélla. Alegremente iban de aquí para allá las espumosas jarras de cerveza y la verdes botellas de vino del Rin. Poco a poco los estudiantes perdieron la timidez que al principio les producía la presencia de su profesor. Especialmente al verlo cantar y regir. Y no fue lo único especial que hizo. También mantuvo en equilibrio sobre su nariz una pipa muy larga y apostó que ganaría en una carrera de cien metros contra cualquier miembro del grupo que se atreviera a correr junto a él. Del otro lado de la puerta, el propietario de la cervecería y la camarera murmuraban sorprendidos frente a la increíble conducta del ilustre profesor. Mucho más tuvieron para murmurar después, cuando el distinguido caballero le dio al propietario una palmada y besó a la camarera detrás de la puerta de la cocina.
-Caballeros -dijo el profesor mientras se ponía de pie, balanceándose ligeramente-. Creo que debo explicarles la causa de esta celebración.
-¡Que hable, que hable, que hable! -gritaron los estudiantes golpeando sus vasos contra la mesa.
-Amigos míos, debo comunicarles que voy a casarme muy pronto. Por lo menos, eso espero -dijo el profesor con los ojos brillándole a través de los lentes.
Un estudiante, un poco más atrevido que los demás, preguntó:
-¡Casarse! Pero, ¿falleció la señora?
-¿Qué señora?
-¿Y qué señora va a ser? La señora Von Baumgarten, por supuesto. -Ah -dijo riendo el profesor. Veo que ya saben todo lo mío... No, no murió. Pero estoy seguro que no se opondrá a mi casamiento.
-¡Qué considerado de su parte! -dijo un joven.
-En realidad -dijo el profesor- espero que acepte esta situación y me ayude a congraciarme con mi futura esposa. Es cierto que la señora y yo nunca nos hemos llevado muy bien, pero ahora espero que todo eso haya pasado y que cuando me case venga a vivir con nosotros.
-¡Seguramente se convertirán en una familia muy feliz! - comentó alguien.
-Así lo espero. ¡Y me gustaría que todos ustedes asistieran a la boda! ¡No haré nombres pero pido ahora un brindis por mi futura esposa !
-¡A su salud! ¡Por la futura esposa! -clamaron los estudiantes con grandes carcajadas. Y así continuó la fiesta, alegre y tumultuosa, en la que todos seguían el ejemplo del profesor y bebían y brindaban por la mujer de su corazón.
Al mismo tiempo en que se realizaba esta festiva reunión, en otro lugar se sucedía una escena muy diferente. El joven Fritz von Hartmann, con una actitud solemne y reservada, revisó algunos instrumentos matemáticos y salió a la calle, caminando según su costumbre, lenta y pensativamente. Delante de él iba a paso vivo el profesor de anatomía, así que aceleró su marcha hasta alcanzarlo.
-Profesor -dijo dándole unas palmaditas en el brazo-. Recuerdo ahora que el otro día me preguntó acerca del revestimiento de las arterias cerebrales. Yo creo que...
-¡Pero quién se cree usted que es! ¿Qué demonios pretende? -dijo indignado el agrio profesor de anatomía-. ¡Tendré que informar de su comportamiento a la Junta Académica!
Y con esta amenaza, el antipático señor giró en redondo y se marchó rápidamente.
Von Hartmann se sintió muy sorprendido frente a esa reacción desproporcionada. -Debe ser a causa del fracaso de mi experimento -dijo para si y continuó malhumorado su camino. Le esperaban nuevas sorpresa. Se le acercaron de pronto dos jóvenes estudiantes. En lugar de saludarlo sacándose las gorras, o de mostrarle alguna señal de respeto, al verlo lanzaron un grito. Corrieron hacia él y lo tomaron cada uno de un brazo mientras lo arrastraban con ellos.
-¡Dios mío! ¿Qué pasa? ¿Dónde me llevan?
-A que te tragues una buena botella de cerveza con nosotros -contestaron los estudiantes con expresión divertida-. ¡Vamos! ¡Ésta es una invitación a la que nunca pudiste negarte!
-¡Jamás escuché una falta de respeto semejante! -gritó Von Hartmann-. iSuéltenme ya! ¡Los suspenderé! ¡Déjenme ahora mismo, he dicho!
-Así que estás de mal humor -le respondieron-. Que te vayas con viento fresco... La podemos pasar muy bien sin tu presencia.
-¡Sé quiénes son y haré que paguen por esto! -gritó furioso Von Hartmann. Y continuó su camino realmente enojado por estos dos penosos episodios. La señora Von Baumgarten se encontraba mirando por la ventana. Se preguntaba por qué su esposo se retrasaba para la cena. ¡Cómo no iba a sorprenderse al ver aproximarse al joven estudiante! No esperaba ver al muchacho, quien verdaderamente le inspiraba una enorme antipatía. Si había logrado entrar en su casa había sido sólo por el profesor y en contra de sus deseos. La sorpresa de la mujer iba aumentando al verlo pasar por la puerta del jardín y acercarse por el sendero con un aire de dueño del lugar. No podía creer lo que veía y se dirigió a la puerta en guardia, armada de sus más profundos instintos maternales. La hermosa Elisa también había visto desde la ventana del primer piso ese avanzar atrevido de su enamorado y su corazón latía rápidamente, mezclando sentimientos de asombro y orgullo.
-Buenos días, caballero -saludó la señora Von Baumgarten al intruso, al mismo tiempo que le bloqueaba con sequedad la puerta abierta.
-Sí, es un día espléndido, Martha -respondió el otro-. Pero por favor, no te quedes como una estatua y sírveme ya la cena. Vengo muerto de hambre.
-iPero cómo...! ¿Martha? ¿La cena... -dijo la señora mientras retrocedía sorprendida.
-¡Sí Martha, la cena! -gritó Von Hartmann que ya empezaba a enojarse-. ¿Qué tiene de extraño mi pedido? Sobre todo, considerando que estuve afuera todo el día. Esperaré en el comedor. Sírveme lo que quieras. Salchichas, ciruelas..., cualquier cosa. Lo que encuentres a mano. ¿Pero por qué te quedas parada mirándome? Mujer, ¿piensas mover tus piernas de una vez, o qué?
El tono indignado de este último comentario provocó que la buena señora Von Baumgarten corriera a la cocina, donde se encerró presa de un violento ataque de histeria. Von Baumgarten fue a la sala y se sentó en el sofá invadido del peor de los humores.
-¡Elisa! -gritó-. ¡Elisa! ¿Pero dónde diablos se ha metido esta chica?
La joven sintió el irritado llamado y bajó tímidamente la escalera. Al encontrarse frente a su amado dijo:
-¡Mi querido! ¿Hiciste todo esto por mí? ¿Fue un truco para poder verme?
La joven abrazó apretadamente al profesor provocándole un ataque de rabia. Durante unos minutos no pudo decir nada, se había quedado sin habla a causa de la indignación. Sólo podía lanzarle a la joven miradas llameantes de furia y apretar los puños, mientras trataba de desembarazarse de su abrazo. Cuando logró hablar, lo hizo de forma tan violenta que asustó a la muchacha quien se alejó unos pasos y quedó petrificada de miedo.
-¡Nunca en mi vida me pasaron tantas cosas malas como en este día! -estalló Von Hartmann mientras daba una patada al piso-. Mi experimento fracasó, el profesor de anatomía me insultó, dos de mis estudiantes me arrastraron por la calle. Luego mi esposa casi se desmaya porque le pido la cena y mi hija se tira sobre mí y me abraza como a un oso, sin dejarme ni respirar.
-¿Te sientes bien?- respondió la muchacha-. Te noto muy raro, parece que estuvieras desvariando y ni siquiera me has besado.
-No, y tampoco lo haré -dijo Von Hartmann-. ¿Qué modales son ésos7 ¡Deberías avergonzarte! ¿Por qué no vas a traerme mis zapatillas7 ¿Y por qué no ayudas también a tu madre a preparar la cena?
-¿Y para esto te amé apasionadamente durante más de diez meses? -gritó Elisa mientras lloraba histéricamente-. ¿Para eso desafié el enojo de mi madre? ¡Creo que rompiste mi corazón! ¡Estoy segura de que lo rompiste! -¡No soporto más! -gritó furioso Von Hartmann-. ¿Qué diablos estás diciendo? ¿Qué hice yo hace diez meses que te inspirara tanto afecto hacia mí? Si realmente me quieres tanto, sería mejor que fueras a la cocina y me trajeras ya un poco de salchicha y otro poco de pan, en vez de decir tantas tonterías juntas.
-¡Mi querido! -dijo la joven mientras se arrojaba a los brazos de quien creía su amado-. Me doy cuenta de que estás bromeando. ¿Quieres asustar a tu pequeña Elisa?
En el momento del inesperado abrazo, Von Hartmann estaba reclinándose sobre un costado del sillón, que se encontraba bastante desvencijado. Al lado del sofá había un tanque lleno de agua. El profesor lo utilizaba para realizar experimentos con huevos de peces y debía mantenerlos en esa habitación con el fin de obtener la temperatura ideal. El peso de la joven sobre él, combinado con el empuje con que se arrojó a sus brazos lograron que el gastado sofá cediera hacia atrás. El cuerpo del pobre estudiante fue a parar al tanque, donde quedaron incrustados su cabeza y sus hombros. Mientras tanto, sus extremidades inferiores pateaban inútilmente el aire. Ese episodio rebalsó el vaso de la agotada paciencia del profesor. Con dificultad pudo liberarse de esa postura incómoda, y lanzando un grito de furia se lanzó fuera de la casa. En vano fueron las súplicas de Elisa. El profesor tomó su sombrero y despeinado y chorreando agua salió a buscar algún bar donde obtener la comida y la comodidad que le negaban en su casa.
El espíritu de Von Baumgarten iba metido adentro del cuerpo del joven Von Hartmann y recorría el camino que llevaba al centro de la ciudad. Seguía protestando a viva voz por la mala suerte de ese día cuando divisó a un hombre viejo muy alcoholizado. Von Hartmann se quedó esperando a un costado de la calle y observó al hombre tambalearse de un lado a otro mientras tarareaba una obscena canción de estudiantes. Al principio, lo único que le llamó la atención fue ver a un hombre de apariencia respetable en tan lamentable condición. A medida que este individuo se acercaba a él sintió que lo conocía, pero no podía recordar cuándo o dónde lo había visto antes. La impresión se hizo más fuerte al verlo más de cerca. Por las dudas, avanzó unos pasos y lo miró cuidadosamente.
-Hola- dijo el borracho mirándolo fijamente mientras trataba de mantener su equilibrio-. ¿De dónde demonios te conozco? Sé que te conozco tanto como de toda la vida, pero ahora no recuerdo bien de dónde... ¿Quién diablos eres?
-Soy el profesor Von Baumgarten -dijo el de cuerpo de estudiante-. ¿Me permite preguntarle quién es usted? Sus facciones me resultan extrañamente familiares.
-No mientas, amigo mío. Eso es muy feo -dijo el otro-.Yo sé que no eres el profesor porque él es un hombre viejo y horrible. En cambio tú eres un muchacho alto, agradable y de anchos hombros. Yo te diré quien soy yo: Fritz von Hartmann, a tus órdenes.
-Le aseguró que ése no es usted -exclamó el cuerpo de Von Hartmann-. En todo caso será su padre. Pero, dígame señor, ¿se dio cuenta de que lleva mis gemelos y la cadena de mi reloj?
-¡Maldición! -respondió el otro-. Si ésos no son los pantalones que mi sastre quiere que le pague, prometo no volver a beber cerveza en mi vida.
En ese momento, Von Hartman se pasó una mano por la frente. Estaba agobiado por todas las cosas insólitas que le habían ocurrido aquel día. Bajó la mirada y la casualidad hizo que se viera reflejado en un charco de lluvia que se encontraba en la mitad de la calle. Pudo entonces comprobar con gran asombro que su cara era la de un joven y su traje el de un estudiante, y su imagen se veía opuesta, en todo sentido, a la seria y responsable apariencia académica que debía corresponderle. En ese mismo momento, su rápida mente comprendió la secuencia de los últimos hechos ocurridos en su vida y sacó una certera conclusión. La impresión lo hizo tambalearse, también a él.
-¡Dios mío! -gritó desesperado y golpeándose el pecho-. Ahora comprendo qué pasó. Nuestras almas fueron a los cuerpos equivocados. Yo soy usted, usted es yo. He demostrado mi teoría... ¡pero con qué costo! ¿Deberá la mente más erudita de toda Europa tener que vivir dentro de una envoltura tan vacía? ¡Oh, el trabajo de toda una vida arruinado para siempre!
-Yo lo comprendo -dijo el verdadero Von Hartmann desde el cuerpo del profesor. Y puedo entender muy bien lo que siente. Pero no golpée así a mi pobrecito cuerpo. Estaba en excelentes condiciones cuando usted lo recibió. En cambio, ahora está totalmente mojado y mi camisa está arrugada y tiene un olor espantoso.
-¡Qué importancia tienen esos detalles si vamos a tener que quedarnos así para siempre! -contestó Von Baumgarten desde el cuerpo de Von Hartmann-. Pude probar mi teoría, pero de un modo terrible.
-Si yo pensara como usted -le contestó el espíritu del estudiante- sí que sería terrible. ¿Cómo podría ser mi vida de ahora en más metido en este cuerpo quebradizo y viejo? ¿Cómo haría para cortejar a Elisa y convencerla de que no soy su padre? Gracias a Dios que a pesar de la cerveza, que hoy me cayó peor que nunca porque su cuerpo no resiste lo que resiste el mío, se me ocurrió una salida para nuestros problemas.
-¿Cuál? -preguntó anhelante el profesor.
-Repetir el experimento. Creo que si otra vez dejamos a nuestras almas en libertad tendremos bastantes posibilidades de que encuentren un camino de regreso a sus respectivos cuerpos.
Como un ahogado se aferra a un madero, así se aferró el espíritu de Von Baumgarten a esta propuesta. Rápidamente arrastró a su propio cuerpo a un costado de la calle y lo puso en trance. Inmediatamente sacó la bola de cristal de su bolsillo y logró también él quedar en suspensión vital.
Durante la hora siguiente pasaron por allí muchos estudiantes. Algunos se detuvieron asombrados al ver al profesor de Fisiología y su estudiante preferido semidesvanecidos sobre un banco lleno de barro. Pronto se reunió alrededor de ellos una multitud que discutía la posibilidad de llamar a una ambulancia para llevarlos al hospital. Pero en ese momento, el sabio profesor abrió los ojos y miró con aire ausente a su alrededor. Parecía no saber cómo había llegado hasta allí. Y de pronto alzó sus brazos delgados sobre su cabeza y gritó con felicidad:
-¡Dios me proteja! ¡Soy yo! ¡Soy yo de nuevo! ¡Me doy cuenta!
La sorpresa de la multitud se hizo aún más grande cuando el estudiante saltó del banco gritando lo mismo y los dos se tomaban de los brazos haciendo unos pasos de baile muy extraños. Después de ese extraño episodio hubo muchas dudas sobre la sanidad mental de sus protagonistas. El profesor publicó sus experiencias en el periódico médico, pero sus colegas le aconsejaron vigilar su mente si no quería terminar en un manicomio. El estudiante también comprobó en carne propia que era mejor no hablar más sobre el tema.
Cuando el serio profesor volvió a su casa, no encontró el cálido recibimiento que podría desear después de tan singulares aventuras. Al contrario. Ambas mujeres le reprocharon su olor a alcohol y a tabaco y el haber estado ausente cuando un joven sinvergüenza se había introducido en la casa y le había faltado el respeto a sus ocupantes. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que el clima familiar del hogar del profesor volviera a su tranquilidad habitual. Y todavía mucho más hasta que se viera entrar a esa casa al joven Von Hartmann. Pero la paciencia y la constancia dan sus frutos, y el estudiante logró finalmente tranquilizar a las enojadas damas y establecerse en el hogar. Y ya no debe preocuparse más por la antipatía de la esposa del profesor porque él se ha convertido en el capitán Von Hartmann, del ejército del emperador y su encantadora esposa Elisa ya le regaló dos pequeños futuros soldaditos, como claro y positivo símbolo de su amor.

martes, 3 de noviembre de 2009

EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE



Oscar Wilde
EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE
-
CAPITULO I
Era la última recepción que daba lady Windermere antes de la Pascua, y Bentinck-House estaba más
concurrida que nunca.
Seis miembros del gabinete vinieron directamente una vez termi nada la interpelación del speaker, 1 con
todas sus condecoraciones y bandas. Las mujeres bonitas lucían sus atuendos más elegantes y vistosos, y al
final de la galería de retratos, se encontraba la princesa Sofía de Carlsruhe, una señora gruesa, de tipo tárt aro,
con unos pequeños ojos negros y unas esmeraldas magníficas, hablando con voz aguda en mal francés y
riendo sin mesura todo cuanto le decían. En realidad aquello era una espléndida mescolanza de personas:
Altivas esposas de pares del reino charlaban cortés mente con violentos radicales. Predicadores populares se
codeaban con célebres escépticos. Todo un grupo de obispos seguía, de salón en salón, a una corpulenta
prima donna. En la escalera se agrupaban varios miembros de la Real Academia, dis frazados de artistas, y
dicen que el comedor se vio por un momento lleno de genios. En una palabra, era una de las veladas de
mayor éxito de lady Windermere, y la princesa se quedó hasta cerca de las once y media de la noche.
1 Presidente de la Cámara de los Comunes.
Inmediatamente después de su partida, lady Windermere regresó a la galería de retratos, donde un famoso
economista explicaba, con aire solemne, la teoría científica de la música a un indignado virtuoso húngaro;
y comenzó a hablar con la duquesa de Paisley.
Lady Windermere lucía extraordinariamente bella, con su garganta marfilina y de líneas delicadas, sus
grandes ojos azules, color miosotis, y los bucles de sus cabellos dorados. Cabellos de oro puro, no de esos
que tienen un tono pajizo que hoy usurpan la hermosa denominación del oro, cabellos que parecían tejidos
con rayos de sol o bañados en ámbar, cabellos que encuadraban su rostro como un nimbo de santa, con la
fascinación de una pecadora. Se prestaba a un interesante estudio psicológico. Desde muy joven, descubrió
en la vida la importantísima verdad de que nada se parece tanto a la ingenuidad como la indiscreción y, por
medio de una serie de escapatorias arriesgadas, inocentes por completo la mitad de ellas, adquirió todas las
ventajas de una definida personalidad. Había cambiado más de una vez de marido. En la Guía Social de
Debrett, aparecían tres matrimonios a su crédito, pero como no cambió nunca de amante, el mundo dejó de
murmurar en sordina sus escándalos. En la actualidad contaba cuarenta años, no tenía hijos y la dominaba
aquella pasión desordenada por los placeres que constituye el secreto para conservarse joven.
De repente miró ansiosa a su alrededor por el salón, y dijo con una voz clara de contralto:
-¿Dónde está mi quiromántico?
-¿Tu qué, Gladys? -exclamó la duquesa con un estremecimiento involuntario.
-Mi quiromántico, duquesa. Ya no puedo vivir sin él.
-¡Querida Gladys, tú siempre tan original! -murmuró la duquesa, intentando recordar lo que era en realidad
un quiromántico, y confiando en que no podía ser lo mis mo que un pedicuro. 2
2 Se trata de una confusión de palabras, pues al pedicuro se le llama en inglés “Chiropodist”, y al quiromántico:
“Chiromantist”.
-Viene a verme la mano dos veces por semana, con regularidad -continuó lady Windermere- y es muy interesante
lo que estudia en ella.
“¡Dios mío! -pensó la duquesa-. Después de todo debe ser una especie de pedicuro de las manos. ¡Qué terrible!
En fin..., supongo que será un extranjero. Así no resulta rá tan atroz.
-Tengo que presentárselo.
-¡Presentármelo! -exclamó la duquesa-. ¿Quieres decir que está aquí?, y emp ezó a buscar su abanico de
carey y un chal de encaje viejo, preparándose para marchar en seguida.
-Claro que está aquí. No podría dar una sola reunión sin él. Me dice que tengo una mano puramente psíquica,
y que si mi dedo pulgar hubiese sido un poco más corto, sería una perfecta pesimista y ya estaría
recluida en un convento.
-¡Ah, sí! -exclamó la duquesa tranquilizándose-. Dice la buena v entura, ¿no es eso?
-Y la mala también -respondió lady Windermere -, y otras cosas por el estilo. El año próximo, por eje mplo,
correré un gran peligro, en tierra y por mar al mismo tiempo. De manera que tendré que vivir en globo,
haciéndome subir la comida en una canastilla todas las tardes. Eso está escrito aquí sobre mi dedo meñique
o en la palma de la mano; ya no recuerdo dónde.
-Pero verdaderamente eso es tentar a la Providencia, Gladys.
-Mi querida duquesa, la Providencia puede resistir ya, a estas alturas, las tentaciones. Creo que cada
quien debía hacerse leer la mano una vez al mes, con objeto de saber qué es lo que no debe hacer. Si no
tiene nadie la amabilidad de ir a buscar a míster Podgers en seguida, iré yo misma.
-Iré yo, lady Winderme re -dijo un joven alto y guapo que estaba presente y que seguía la conversación
con una sonrisa divertida.
-Muchas gracias, lord Arthur, pero temo no le reconozca usted. -Si es tan extraordinario como usted dice,
lady Windermere, no se me escapará. Dígame únicamente cómo es, y dentro de un momento se lo traigo.
-¡Bueno! No tiene nada de quiromántico. Quiero decir... que no tiene nada misterioso, nada esotérico,
ningún aspecto romántico. Es un hombrecillo grueso, con una cabeza cómicamente calva y unas grandes
gafas con montura de oro, un personaje entre médico de cabecera y abogado rural. Siento que sea así, pero
no es mi culpa. ¡La gente es tan molesta! Todos mis pianistas tienen el tipo exacto de poetas, y todos los
poetas, el de los pianistas. Recuerdo que la temporada pasada invité a comer a un horroroso conspirador,
hombre que, según se decía, hizo polvo a una infinidad de gente, y llevaba constantemente una cota de mallas
y un puñal oculto en la manga de la camisa. ¿Creerán que cuando vino parecía un anciano clérigo, encantador,
y estuvo contando chistes toda la noche? La verdad es que estuvo muy divertido, y todo eso; pero
yo me sentía terriblemente disilusionada. Cuando le pregunté por su cota de mallas, nada más se rió, y me
dijo que era demasiado fría para usarla en Inglaterra... ¡Ah, ya está aquí míster Podgers! Bueno, míster
Podgers, desearía que leyese usted la mano de la duquesa de Paisley.. . Duquesa, tiene usted que quitarse el
guante... No, no, el de la izquierda... el otro...
-Mi querida Gladys, realmente no creo que esto sea debido -replicó la duquesa desabrochando, dis -
plicente, un guante de cabritilla, bastante sucio.
-Lo que es interesante nunca está bien -dijo lady Windermere- On a fait le monde ainsi 3 Pero debo presentarla,
duquesa de Paisley... Como diga usted que tiene un monte en la luna más desarrollado que el mío,
no volveré a creer en usted.
-Estoy segura, Gladys, de que no habrá nada de eso en mi mano -intervino la duquesa en tono solemne.
-Mi señora está en lo cierto -contestó míster Podgers, echando un vistazo sobre la mano regordeta de dedos
cortos y cuadrados. El monte de la luna no está desarrolla do. Sin embargo, la línea de la vida es excelente.
Tenga la amabilidad de doblar la muñeca... gracias... tres rayas clarísimas sobre su rescette... 4 Vivirá
hasta una edad muy avanzada, duquesa, y será en extremo feliz... Ambición muy mo derada, línea de la inteligencia
sin exageración, línea del corazón...
3 Así se ha hecho el mundo (en francés en el original).
4 Las líneas marcadas sobre la piel de la muñeca.
-Sea usted discreto míster Podgers -interrumpió lady Windermere.
-Nada sería tan agradable para mí -respondió míster Podgers, in clinándose-, si la duquesa diese lugar a
ello; pero siento tener que admitir que descubro una gran constancia en el afecto, combinada con un sentimiento
arraigadísimo del deber.
-Siga usted míster Podgers -dijo la duquesa, complacida.
-La economía no es una de sus menores cualidades -continuó míster Podgers, y lady Windermere empezó
a reír.
-La economía es un buen hábito -afirmó la duquesa, asintiendo-, cuando me casé con Paisley tenía once
castillos, y ni una sola casa en condiciones de vivirse.
-Y ahora tiene doce casas, ni un solo castillo -exclamó lady Windermere.
-Bueno, querida -añadió la duquesa-, me gusta...
-El confort -dijo míster Podgers -. Y los adelantos modernos, y el agua caliente instalada en todos los
dormitorios. Mi señora está en lo cierto. El confort es lo único que nuestra civilización nos puede dar.
-Ha descrito usted admirablemente el carácter de la duquesa, míster Podgers, y ahora tiene usted que decirnos
el de lady Flora -y res pondiendo a un gesto de cabeza de la sonriente anfitriona, una muchacha alta,
con cabellos de color de arena dorada, muy escocesa, de hombros cuadrados, salió de detrás del sofá con un
andar desmañado, y tendió su mano larga, huesuda, y de dedos espatulados.
-¡Ah! ¡Una pianista!, ya veo -exclamó míster Podgers-, una excelente pianista pero quizá apenas musical.
Muy reservada, muy honrada, y con un gran cariño por los animales.
-¡Eso justamente! -exclamó la duquesa, volviéndose hacia lady Windermere -. ¡Absolutamente cierto!
Flora tiene dos docenas de perros Collie en Macloskie, y convertiría nuestra casa de campo en una ménagerie,
si su padre se lo consintiese.
-Bueno, eso es lo que hago yo con mi casa todos los jueves en la noche -dijo riendo lady Windermere-,
nada más que a mí me gustan más los leones que los perros Collie.
-Ese es su error, lady Windermere -murmuró míster Podgers haciendo una pomposa reverencia.
-Si una mujer no puede prestar encanto a sus errores, entonces no es más que una simple hembra -fue la
contestación-. Pero deberá usted leer más manos para divertirnos. Venga acá, sir Thomas, enséñele la suya
a míster Podgers. -Y un original tipo de anciano, ataviado con un jaqué blanco, se aproximó presentando
una gruesa mano tosca, cuyo dedo medio era notablemente alargado.
-Una naturaleza de aventurero; cuatro largos viajes en el pasado, y otro por venir. Se ha encontrado en
tres naufragios. No, sólo en dos; pero está en peligro de un naufragio en su próximo viaje. Es un convencido
conservador, muy puntual y con una verdadera pasión por coleccionar curiosidades. Padeció una
seria enfermedad entre los dieciséis y los dieciocho años. Heredó una gran fortuna alrededor de los treinta.
Gran aversión a los gatos y a los radicales.
-¡Extraordinario! -exclamó sir Thomas-. Debe leer también la mano de mi esposa.
-Su segunda esposa -dijo tranquilo míster Podgers, mientras tenía aún la mano de sir Thomas entre las
suyas-. Su segunda esposa; encantado.
Pero lady Marvervel, una mujer de aire melancólico, de pelo castaño y pestañas sentimentales, se negó
rotundamente a exponer su pasado o su futuro; y pese a los esfuerzos de lady Windermere, no pudo convencer
a monsieur de Koloff, el embajador de Rusia, ni siquiera a sacarse los guantes. La verdad es que
muchas personas parecían tener miedo a ponerse frente a aquel hombreci llo extraño, y de sonrisa estereotipada,
de ojos como cuentas brillan tes detrás de sus lentes sostenidos por montura dorada; y cuando dijo a la
pobre lady Fermor, frente a todos los presentes, que no le interesaba la música en lo más mínimo, pero que
le interesaban en extremo los músicos, todo el mundo se dio cuenta de que la quiromancia era una ciencia
demasiado peligrosa, una ciencia que no debería alentarse, excepto en un téte - à - téte muy íntimo.
Sin embargo, lord Arthur Saville, que no se enteró de la triste anécdota de lady Fermor, y que había estado
observando a míster Podgers con gran interés, se sentía lleno de una inmensa curiosidad por que le leyesen
su mano, pero al mismo tiempo algo avergonzado de ser él mis mo quien se ofreciese a ello, cruzó el
salón para acercarse al lugar donde se encontraba lady Windermere, y encantadoramente ruborizado, le
preguntó si creía que míster Podgers no iba a negarse a leer su mano.
-Claro que no se negará -dijo lady Windermere-, para eso está aquí. Todos mis leones, lord Arthur, son
leones amaestrados, y saltan a través de aros cuando se los ordeno. Pero debo advertirle antes, que le voy a
decir todo a Sybil. Va a venir a almorzar conmigo mañana, vamos a hablar de sombreros, y si míster Podgers
encuentra que usted tiene mal genio, o tendencia a padecer de gota, o una esposa que vive bn Bayswater,
5 se lo contaré todo.
Lord Arthur sonrió moviendo la cabeza:
-No temo a nada -dijo-, Sybil me concce tan bien corno la conozco yo a ella.
-¡Ah!, me siento un poco decepcionada de oírle a usted eso. El debido fundamento, para un buen matrimonio,
es la mutua incomprensión. No, no soy nada cínica, nada más he adquirido experiencia que, sin
embargo, viene a ser lo mismo. Míster Podgers, lord Arthur Saville se muere porque le lea usted la mano.
No vaya usted a decirle que está comprometido con una de las muchachas más bellas de Londres, porque
ya eso se publicó en el Morning Post hace un mes.
-Querida lady Windermmere -dijo la marquesa de Jedburgh-, permita que míster Podgers se quede otro
rato más. Me acaba de decir que yo debería figurar en la escena y estoy tan interesada...
-Si le ha dicho eso, lady Jedburgh, me lo voy a llevar de aquí. Venga acá míster Podgers, y lea la mano
de lord Arthur Saville.
-Bueno -replicó lady Jedburgh, haciendo un pequeño moue 6 y levantándose del sofá-, si no me dejan figurar
en la escena, por lo me nos me dejarán formar parte del público.
5 Barrio cercano a Kensigton Park, donde residían las amigas galantes de los aristócratas londinenses.
6 Gesto despectivo que se hac e con los labios.
-Claro; todos vamos a formar parte del público -dijo lady Windermere -. Y ahora míster Podgers, no deje
de decirnos algo agradable. Lord Arthur es uno de mis favoritos privilegiados.
Pero cuando míster Podgers vio la mano de lord Arthur, palideció notablemente, y no dijo nada. Un estremecimiento
pasó por él, y sus espesas cejas se fruncían nerviosas, denotando aquella irritabilidad que se
apoderaba de 61 cuando se sentía perplejo. Entonces aparecieron unas gotas de sudor en su frente amarillenta,
semejaban un rocío malsano, y sus gruesos dedos estaban fríos y pegajosos.
A lord Arthur no escaparon estos síntomas de agitación y ansiedad, y por primera vez en su vida, sintió
miedo. Su primer impulso fue el de escapar de aquel salón, pero se contuvo. Era mejor conocer la verdad,
aunque fuese lo peor, fuese lo que fuese, que quedar en una odiosa incertidumbre.
-Estoy esperando, míster Podgers -dijo.
-Todos estamos esperando -exclamó lady Windermere, con aquella manera brusca e impaciente que la
caracterizaba. Pero el quiromantico no contestó palabra.
-Creo que Arthur también debería estar en la escena -dijo lady Jedburgh y claro, eso, después de su regaño,
míster Podgers teme decírselo.
De pronto míster Podgers soltó la mano derecha de lord Arthur, y le tomó la izquierda, inclinándose tanto
para examinarla, que los aros dorados de sus lentes casi la tocaban. Por un instante su rostro pareció una
blanca máscara de horror, pero en seguida recobró su sangfroid,7 y mirando a lady Windermere, dijo con
una sonrisa forzada:
7 Sangre fría.
-Es la mano de un joven encantador.
-¡Por supuesto que sí! -replicó lady Windermere-, ¿pero será también un esposo encantador? Eso es lo
que quiero saber.
-Todos los jóvenes encantadores, lo son -dijo míster Podgers.
-Yo no creo que un esposo deba ser tan fascinante -murmuró lady Jedburgh con aire pensativo-, es tan
peligroso. . .
-Criatura querida, nunca son tan fascinantes como para eso -contestó lady Windermere - pero lo que yo
quiero saber son detalles. Los detalles son lo único que interesa. ¿Qué es lo que le va a pasar a lord Arthur?
-Bueno, en los próximas meses, lord Arthur va a hacer un viaje...
-¡Oh por supuesto, su luna de miel!
-Y va a perder a un familiar. -¡No a su hermana! ¿Verdad? -exclamó lady Jedburgh, con tono de voz lastimero.
-Desde luego que a su hermana no -contestó míster Podgers, con un despreciativo gesto de la mano-; se
trata de un familiar lejano.
-Bien, pues yo estoy muy desilusionada -añadió lady Winderme re-. No tengo absolutamente nada que
contarle a Sybil mañana. A nadie le importan los parientes leja nos hoy día. Ya hace años que pasaron de
moda. No obstante, creo que será mejor que tenga a mano un vestido de seda negra; siempre es útil para ir a
la iglesia; usted sabe... Y ahora pasemos a cenar. De seguro que ya se habrán comido todo; pero quizá todavía
encontremos algo de sopa caliente. Frangois solía hacer una sopa excelente, pero ahora está tan ocupado
con la política, que ya no estoy segura de lo que hace. Ojalá que el general Boulanger se esté tranquilo.
Duquesa, ¿no está usted cansada?
-Para nada, querida Gladys -contestó la duquesa, dirigiéndose hacia la puerta-. Me he divertido muchísimo,
y el quiropodista,8 quiero decir, el quiromántico, es extra ordinaria mente interesante. Flora, ¿dónde
estará mi abanico de carey?, ¿y mi chal de encaje, Flora? Oh, gracias, sir Thomas, muy amable-. Y la importante
dama por fin bajó las escaleras, no sin haber dejado caer dos veces su pomo de sales aromáticas.
Durante todo ese tiempo, lord Arthur Saville había permanecido en pie junto a la chimenea, con la misma
sensación de temor y ron aquel malestar del que siente aproximársele algo malo. Sonrió con tris teza a su
hermana que pasó a su lado tomada del brazo de lord Plymdale, luciendo preciosa en su vestido de brocado
rosa y adornada con perlas. Casi no oyó a lady Windermere cuando le llamó para que la siguiese. Pensaba
en Sybil Merton, y la idea de que algo pudiese interferirse en su amor, hacía que las lágrimas nublasen sus
ojos.
Podría decirse, al mirarle, que Némesis había arrebatado a Pallas su escudo, y le había mostrado la cabeza
de la Gorgona 9 Parecía petrificado y su fisonomía triste semejaba tallada en mármol. Hasta entonces
vivió una existencia llena de lujo, con los detalles dei sibarita, tal como correspondía a un joven de su rango
y fortuna; una vida perfecta por verse libre de preocupaciones deprimentes, amparada por su hermosa y
juvenil insouciance; 10 y era ahora cuando se daba cuenta, por primera vez, del terrible misterio del destino
y el horrendo significado del mismo.
8 Nos tomamos la libertad de hacer una traducción convencional de la palabra Chiropodist para no romper
la gracia del diálogo.
9 Gorgonas, hijas de Phorcys. Se tra ta de tres hermanas llamadas: Sthèn8 Euryala y Medusa, generalme nte
se alude a esta última.
10 Indolencia.
¡Todo ello le parecía enloquece,dor y monstruoso! ¿Sería posible que en su mano se hallase escrito, en
caracteres que él no podía descifrar, algún pecado secreto, o el signo de algún crimen sangriento? ¿No existiría
la fórmula para poder esta par a todo aquello? ¿No sería posible que fuésemos superiores a las piezas
de ajedrez, movidas por un poder oculto? ¿Recipientes que el alfarero moldea a su gusto para que s ean alabados
o despreciados? Su razón se revelaba contra esto, y sin embargo, percibía que una tragedia estaba
suspendida sobre su existencia, y que inopinadamente había sido destinado a soportar una carga intolerable.
¡Los actores tienen tanta suerte! Pueden elegir entre aparecer en una tragedia o un sainete, entre sufrir o ser
felices, reír o derramar lágrimas. Pero en la vida real es muy distinto. La mayoría de los hombres y las mujeres
se ven forzados a desempeñar papeles para los cuales no están capacitados. Nuestros Guildenstern 11
desempeñan papeles de Hamlet, o nuestros Hamlet tienen que hacer bufonadas como el príncipe Hal. 12 El
mundo es un escenario, pero el reparto de la obra está mal hecho.
11 Condiscípulo de Hamlet, en el drama de W. Shakespeare.
12 Apodo con el cual se llamaba a Henry, Príncipe de Gales, hijo de Henry IV y de Mary de Bohun (el
Príncipe alocado de Gales). Hal aparece como un personaje travieso y vagabundo, que acompaña a Falstaff,
y que burlándose en apariencia, deja deslizar verdades hirientes sobre la realidad del poder político; en la
obra de W. Shakespeare: Falstaff.
De repente míster Podgers entró al salón. Cuando vio a lord Arthur se detuvo, y su rostro rudo y redondo
se hizo de un verde amarillento. Los ojos de los dos hombres se encontraron, y por un momento permanecieron
silenciosos.
-La duquesa ha olvidado uno de sus guantes aquí, lord Arthur, y me ha pedido que se lo lleve -dijo por
fin míster Podgers-. ¡Ah, ahí lo veo, en el sofá! Buenas noches.
-Míster Podgers, le pido que conteste inmediatamente a una pre gunta que deseo hacerle.
-Será en otra ocasión, lord Arthur, pero la duquesa está impaciente. Creo que debo retirarme.
-No se irá, la duquesa no tiene ninguna prisa.
-A las damas no se las debe hacer esperar, lord Arthur -contestó míster Podgers con su sonrisa desagradable-.
El bello sexo es dado a la impaciencia.
Los labios finamente cincelados de lord Arthur hicieron un petulante gesto de desprecio. La pobre duquesa
le parecía no tener importancia en aquellos instantes. Cruzó el salón para acercarse al lugar donde míster
Podgers permanecía en pie, y extendió su mano.
-Dígame lo que ha visto ahí -dijo-. Dígame la verdad. Debo saberla. No soy un niño.
Los ojos de míster Podgers pestañearon tras sus lentes dorados, y descansaba, ya en un pie, ya en otro,
con un aire perplejo, mientras sus dedos jugaban nerviosos con la deslumbrante cadena de su reloj.
-¿Qué le induce a pensar que he visto algo especial en su mano, lord Arthur, que no sea lo que ya le he
dicho?
-Sé que es así, e insisto en que me diga lo que es. Le pagaré. Le daré un cheque por cien libras.
Los ojos verdes brillaron por un momento, y después se tornaron sombríos.
-¿Guineas? -preguntó míster Podgers en voz baja.
-Claro. Le enviaré un cheque mañana. ¿A qué club pertenece? -No pertenezco a ninguno. Bueno, es decir,
por el momento -y sacando de la bolsa de su chaleco una cartulina con borde dorado, míster Podgers la
entregó a lord Arthur, con una profunda inclinación. En ella se leía: “Mr. Septimus R. Podgers, Professional
Chiromantist,1030 West Moon Street”.
-Mi horario es de diez a cuatro -murmuró míster Podgers, mecánicamente- y hago rebajas cuando se trata
de una familia.
-Dése prisa -contestó lord Arthur, que se veía muy pálido, extendiendo su mano.
Míster Podgers paseó nervioso la mirada a su alrededor, y corriendo el pesado portière sobre la puerta,
dijo:
-Tomará algo de tiempo, lord Arthur, será mejor que se siente. -Dése prisa, señor -replicó lord Arthur,
golpeando impaciente, con el pie, el piso encerado.
Míster Podgers sonrió, y sacando del bolsillo del chaleco una pequeña lente de aumento, la limpió con su
pañuelo poniendo en ello mucho cuidado.
-Estoy listo -dijo.
CAPITULO II
Diez minutos más tarde, con la cara blanca de terror, y los ojos desorbitados por la angustia, lord Arthur
Saville salió precipitadamente de Bentinck House, abriéndose paso a través de los grupos de cocheros y
lacayos, envueltos en sus capotes de pieles, bajo los toldos rayados; parecía no ver u oír cosa alguna. La
noche estaba en extremo fría, y los mecheros de los faroles de gas que rodeaban la plaza, parpadeaban sacudidos
por el viento cortante; pero las manos de lord Arthur ardían de fiebre, y su frente quemaba como el
fuego. Caminó sin darse cuenta, casi sin rumbo y con la incertidumbre de un borracho. Un policía se le
quedó mirando al pasar, con curiosidad, y un mendigo que salió inclinado del quicio de una puerta, para
pedirle limosna, tuvo miedo, al darse cuenta de que existía una miseria mayor que la suya. Por un mome nto,
al llegar bajo un farol se miró las manos, y un débil grito se escapó de sus labios temblorosos.
¡Asesinato! eso es lo que el quiromántico había visto. ¡Asesinato! Parecía como si la misma noche ya estuviese
enterada, y la desolación del viento lo gritase en sus oídos. Los oscuros rincones de las calle jas parecían
desbordar aquella acusación que le gesticulaba desde los tejados de las casas. Fue primero al parque,
donde el sombrío boscaje le atraía. Se apoyó exhausto contra la verja, refrescando su frente contra el metal
húmedo, y escuchando el trémulo silencio de los árboles. ¡Asesino, asesino!, se repetía, como si dirigiéndose
a sí mismo la acusación, pudiese disminuir el horror del vocablo. El sonido de su propia voz le hacía
estremecerse, y sin embargo, deseaba que el eco le escuchase, y pudiese despertar a la ciu dad adormecida
por sus sueños. Sentía un loco deseo de detener al viandante, y contarle todo.
Entonces cruzó hacia la calle Oxford, y estuvo vagando por callejo nes estrechos y llenos de ignominia.
Dos mujeres con los rostros pintados se burlaron de él cuando pasó a su lado. De un patio sórdido y oscuro
llegaban los ruidos mezclados con juramentos y golpes, a los que seguían gritos estridentes amontonados,
sobre los escalones húmedos de un zaguán, vio las formas de cuerpos encorvadas, vencidos por la miseria y
la decrepitud. Un extraño sentimiento de piedad le sobrecogió. ¿Habrían sido aquellas criaturas del pecado
y de la miseria predestinadas a semejante final, como él lo era ahora al suyo? ¿Eran ellos como él, sólo títeres
dentro de un espectáculo monstruoso?
Y no obstante, no fue ese misterio, sino la comedia del sufrimiento, lo que le hería más; su total inutilidad,
su grotesca falta de sentido. ¡Qué incoherente le parecía todo!
¡Qué ausencia total de armonía! Se encontraba estupefacto ante la discrepancia reinante entre el optimismo
superficial del momento y los hechos reales de la existencia... El era aún demasiado joven.
Al poco rato se encontró frente a la iglesia de Marylebone. La calzada silenciosa semejaba una larga cinta
de plata brillante, interrumpida aquí y allá por los arabescos de las sombras que se proyectaban me -
ciéndose sobre ella. A lo lejos se veía la curva dibujada por una hilera de farolas cuyos mecheros de gas
parpadeaban constantemente, y detenido a la puerta de una casa rodeada por tapias, estaba un hanson,1 con
su cochero dormido dentro.
1 Carruaje para dos personas y que es conducido por el cochero, desde un pescante alto, colocado en la
parte posterior del vehículo.
Apresuradamente atravesó en dirección a la Plaza Portland, mirando de vez en cuando a su alrededor,
como temiendo que le siguiesen. En la esquina de la calle Rich estaban dos hombres leyendo un pequeño
aviso en una cartelera. Un desconocido impulso de curiosidad se apoderó de él, y se acercó al lugar. Al
aproximarse, la palabra “Asesinato”, impresa en letras negras, se presentó a sus ojos. Había quedado inmovilizado
y sintió enrojecer su rostro. Se trataba de un aviso ofreciendo una recompensa por cualquier informe
que facilitase la aprehensión de un hombre de me diana estatura, entre treinta y cuarenta años, que llevaba
un sombre ro flexible, chaqueta negra, pantalón a cuadros, y que tenía una cicatriz en la mejilla derecha.
Lo leyó repetidas veces, y se preguntaba si al fin aprehenderían al malhechor, y también se sintió perplejo
por aquel temor que se iba apoderando de él. Quizá no estaba remoto el momento en que su propio nombre
se viese aparecer sobre las paredes de Londres. Algún día, quizá también, se pondría precio a su cabeza.
No supo a dónde fue más tarde; sólo recordaba, en forma imprecisa, haber estado vagando a través de un
laberinto de casas sórdidas. Y ya era un amanecer radiante cuando se encontró al fin en Piccadilly Circus.
Mientras caminaba lentamente hacia su casa, en dirección a la Plaza Belgrave, pudo ver pasar los pesados
carros que iban camino de Covent Garden. Los carreteros, con blusones blancos, sus alegres rostros tostados
por el sol, sus hir sutos y rizados cabellos, continuaban aquella marcha lenta restallando sus látigos, y
hablando a gritos entre sí. A lomos de un percherón gris, y sujetándose a sus crines fuertemente con sus
pequeñas manos, un chiquillo mofletudo, que lucía en su sombrero viejo un fresco ramillete de primaveras,
iba dirigiendo al grupo vocinglero, y reía feliz. Los grandes montones de legumbres destacaban contra el
cielo matinal, como un hacinamiento de jades verdes sobre el pétalo rosado de una flor maravillosa. Lord
Arthur se sintió profundamente conmovido sin poder explicárselo. Percibía algo, en el delicado encanto del
amanecer, que le causaba una honda emoción al pensar en cómo el día se abre a la belleza y cómo declina
hacia la tormenta. Esta gente del campo, con sus voces broncas, llenas de buen humor, y sus movimientos
reposados, ¡qué distinta debían ver a esta Londres! ¡Un Londres libre del pecado nocturno y del humo del
día, una ciudad lívida, espectral, una desolada ciudad de tumbas! Se preguntaba qué pensarían de ella, si
conocían algo de su esplendor o de su abyección, del impetuoso y ardiente goce de sus alegrías, de su hambre
horrorosa, de todo lo que se hace y se aniquila de la mañana a la noche. Es posible que para ellos sólo
representase un mercado donde traían a vender sus frutos, donde permanecían, cuando mucho, unas horas,
abandonando las calles todavía silenciosas, y las casas aún dormidas.
Sintió cierto placer al verles pasar. En su rudeza, con sus zapatones claveteados y sus maneras torpes,
conllevaban en sí algo de la antigua Arcadia. Los sentía cerca de la Naturaleza, y que ella les había enseñado
a vivir en paz. Les envidiaba por todo lo que desconocían e ignoraban. Cuando llegó a la Plaza Belgrave,
el cielo tenía un pálido tinte azul, y los pájaros comenzaban a gorjear en los jardines.
CAPITULO III
Al despertar lord Arthur, ya eran las doce, y el sol de mediodía se filtraba en su habitación a través de las
cortinas de seda color marfil. Se levantó y fue a mirar por el ventanal. Una neblina de calor flotaba sobre la
ciudad y los tejados de las casas parecían de plata oxidada. Allá abajo, entre la fronda verde que el aire agitaba
en la plaza, los niños correteaban y se perseguían como mariposas blancas, y las aceras se veían llenas
de gente dirigi¿n dose hacia el parque. Nunca le había parecido la vida tan hermosa, ni lo perteneciente al
mal, tan re moto.
Poco después su criado entró trayéndole en una bandeja una taza de chocolate. Después de beberla, descorrió
un pesado portiére 1, de felpa color durazno, y entró al baño. La luz penetraba suavemente desde lo
alto, a través de unas delgadas losetas de ónix transparente, y el agua en la bañera de mármol tenía los reflejos
del ágata lunar.
Lord Arthur se sumergió rápido hasta sentir que el agua fría llegaba a su cuello y a los cabellos, -zambulló
completamente la cabeza bajo el agua, como queriendo borrar la mancha de algún recuerdo humi -
llante. Al salir del baño se sentía casi en paz y sereno. La deliciosa sensación física de aquel momento le
dominaba por completo, como ocurre frecuentemente en las naturalezas finamente moldeadas, ya que los
sentidos, al igual que el fuego, pueden purificar o destruir.
Terminado el desayuno, se extendió sobre un diván y encendió un cigarrillo. En la repisa de la chimenea,
revestida de un fino brocado antiguo, descansaba una gran fotografía de Sybil Merton, tal como él la vio
por primera vez en el baile de lady Noel. La cabeza pequeña, de forma preciosa, se inclinaba hacia un lado,
como si su delicado cuello, a manera de un tierno junco, no pudiese soportar el peso de tanta belleza; los
labios estaban ligeramente entreabiertos, y parecían estar hechos para cantar las más dulces melodías; y
toda la tierna pureza de la juventud se asomaba mara villada en sus ojos soñadores. Con su suave vestido de
crépe de Chine ysu abanico en forma de una gran hoja, evocaba una de esas delicadas figurillas que el
hombre ha encontrado en los bosques de olivas cerca de Tanagra; y había algo de la gracia griega en su
gesto y su actitud. Sin embargo, ella no era tan petite,2 estaba perfectamente proporcionada -cosa rara en
una época en que tantas mujeres, o sobrepasan las proporciones naturales o son insignificantes.
1 Cortinaje confec cionado con un material grueso.
2 Pequefia, menuda.
Ahora, al mirarla, lord Arthur sintió que le invadía esa lástima que nace del amor. Se daba cuenta de que
casarse con ella, teniendo la amenaza del crimen sobre su cabeza, sería una traición como la de Judas, un
pecado más terrible que cualquiera de los cometidos por los Borgia. ¿Qué clase de felicidad podría existir
para ellos, cuando en cualquier momento él iba a verse impe lido a cumplir la horrorosa profecía escrita en
su mano? ¿Qué clase de vida iba a ser la suya, mientras el destino sostuviera su suerte angustiosa en su
balanza? El matrimonio debería posponerse, costase lo que costase. Se sentía completamente resuelto a
hacerlo así. Aunque ama se ardientemente a esta muchacha, y el simple roce de sus dedos cuando estaban
sentados uno junto al otro, le causaba una exquisita sensación de placer. Reconocía, no obstante, con toda
claridad, cuál era su deber y se daba perfecta cuenta de que no tenía derecho a casarse, mientras no hubiese
cometido el asesinato.
Una vez realizado esto, se presentaría ante el altar con Sybil Merton, para poner su vida entre sus manos
ya libre del terror de ir a cometer una mala acción. Entonces podría tomarla en sus brazos con la seguridad
de que ella nunca iba a avergonzarse de él. Pero primero, la realización de aquello era imperiosa; y mie ntras
más pronto, mejor para ambos.
Muchos hombres en su situación hubieran optado por el sendero florido del goce, que subir los abruptos
caminos del deber. Pero lord Arthur era demasiado escrupuloso para colocar el placer por encima de los
principios. En su amor había algo más que una simple pasión, y Sybil simbolizaba para él todo lo que es
bueno y noble. Al pronto sintió una repugnancia natural contra aquello para lo cual el destino lo había señalado,
pero al poco tiempo esa sensación había desaparecido. Su corazón le decía que no se trataba de un
pecado, sino de un sacrificio; su mente le recordaba que no le quedaba abierto otro camino. Tenía que escoger,
entre vivir para sí mismo o vivir para los demás, y aunque para é1 la tarda a realizar fuese terrible,
sabía, sin embargo, que no le era dado permitir que el egoísmo triunfase sobre el amor. Tarde o temprano
todos estamos llamados a resolver entre lo que se debe, o lo que conviene hacer. Para lord Arthur, ese momento
llegó temprano a su vida, antes de que su ser hubiese sido deformado por el cinismo calculador de la
edad madura, o su corazón corroído por el superficial egoísmo tan de moda en nuestros días, y no se sentía
titubear'ante el cumplimiento de su deber. También por fortuna, para él, su carácter no era el de, un soñador,
o un ocioso diletante. Si hubiese sido así, habría dudado como Hamlet, y dejado que la falta de resolución
echase a perder sus propósitos. Pero él era esencialmente práotico. La vida, a su juicio, significaba
acción, más que reflexión. Poseía aquello que es lo más raro; el sentido común.
Las sensaciones de cruel angustia pasadas la noche anterior, ya habían desaparecido por completo, y era
casi con un sentimiento de vergüenza que recordaba aquel vagar por las calles, y la ansiedad emocional que
le tuvo atenazado. La misma sinceridad de su sufrimiento hizo que todo le pareciese ahora irreal. Se preguntaba
cómo pudo haber sido tan tonto de disparatar y sentirse tan fuera de sí por lo que era inevitable. Lo
único que todavía le perturbaba era el ignorar quién iba a desaparecer, y no era tan ingenuo como para no
saber que el crimen, al igual que las religiones del mundo pagano, exigen una víctima y un sacerdote para
el sacrificio. £1, puesto que no era un genio, no tenía enemigos, y además se daba cuenta de que éste no era
el momento para satisfacer un rencor o una antipatía, ya que la misión en que estaba comprometido era de
una grande y profunda solemnidad. Así pues, formó una lista con los nombres de sus amigos y parientes, en
la hoja de un cuaderno de apuntes, y habiéndola examinado detenidamente, decidió en favor de lady
Clementina Beauchamp, una anciana encantadora que vivía en la calle Curzon, prima segunda por parte de
su madre. Siempre tuvo un gran afecto hacia lady Clem, como la llamaban todos; además él, por su parte,
era muy rico, pues al llegar a su mayoría de edad, entró en posesión de la fortuna heredada de lord Rugby,
y teniendo esto en cuenta, a nadie le sería posible imaginar que él iba a obtener por la muerte de ella alguna
vulgar ventaja pecuniaria. En verdad, mientras más lo pensaba, más le parecía ser la persona indicada. Su
conciencia le estaba diciendo que cualquier demora significaba una injusticia hacia Sybil. Entonces se decidió
a arreglarlo todo en seguida.
Lo primero que debía hacer era, por supuesto, saldar cuentas con el quiromántico. Inmediatamente se
sentó frente a un pequeño escritorio estilo Sharaton que estaba junto al ventanal, y extendió un cheque por
ciento cinco libras, pagadero a la orden de míster Septimus Podgers, y poniéndolo dentro de un so bre ordenó
a su sirviente que lo llevase a la calle West Moon. Entonces telefoneó a sus cocheras para que le enganchasen
el hansom, y se vistió para salir. Al abandonar la habitación se volvió a mirar la fotografía de Sybil
Merton y juró, pasase lo que pasase, que nunca le dejaría saber lo que hacía por su bien, sino que mantendría
siempre en su corazón el secreto de su sacrificio.
Camino al club Buckingham, se detuvo en una florería, y le envió a Sybil, una cestilla con preciosos narcisos
de pétalos blancos . y pistilos que parecían ojos de faisán. Al lle gar al club, se dirigió en seguida a la
biblioteca y tocando el timbre, pidió al mozo que le trajese una limonada y un libro sobre toxicolo gía.
Había llegado a la conclusión de que era la mejor forma de llevar a cabo aquel enojoso asunto. Cualquier
otra forma en que entrase la violencia personal le resultaba de pésimo gusto; además, le importaba sobremanera
no matar a lady Clementina en forma que pudiese atraer la atención pública. Le horrorizaba la idea
de convertirse en la principal atracción de las reuniones de lady Windermere, o ver figurar su nombre en las
columnas de sociedad, de cualquier periódico vulgar. También debía pensar en el padre la madre de Sybil,
que eran gente astante anticuada, y quizá podrían poner objeciones al matrimonio si hubiese alguna sombra
de escándalo sobre él, aunque se sentía seguro de que si les contaba todas las circunstancias del asunto,
serían los prime ros en darse cuenta de los motivos que le habían impulsado a hacerlo. Le asistía toda la
razón para decidirse por el veneno. Era lo más seguro y lo más cauto, se realizaba en silencio, y se llevaba a
cabo sin necesidad de escenas penosas, a las que, como la mayoría de los ingleses, oponía profundos, grandes
reparos.
De la ciencia de los venenos, sin embargo, no conocía absolutamente nada, y como le pareció que al mozo
no le era posible encontrar nada sobre este asunto en la biblioteca, más allá de la Guía Ruff, y la re vista
Baily, comenzó a buscar por sí mismo en los anaqueles, y por fin dio con una edición de la Pharmacopaeia,
lujosamente encuadernada, y un ejemplar de la Toxicología de Erskine, editada por sir Mathew Reid, que
era presidente del Colegio Real de Medicina, y uno de los más antiguos socios del club Buckingham, y que
había sido elegido, por equivocación, en lugar de otro individuo; un contretemps 3 que enfureció de tal manera
al Comité, que cuando se presentó el verdadero propietario a ocupar su lugar, fue puesto en la lista
negra por unanimidad. Lord Arthur se sentía un poco confuso por los términos técnicos que aparecían en
los dos libros, y comenzó a lamentar el no haber puesto mayor atención en el estudio de sus clásicos en
Oxford, cuando en el segundo tomo de Ers kine se encontró con una muy interesante y completa descripción
sobre las propiedades de la aconitina, escrita en un inglés bastante claro. Le pareció que era exactamente la
clase de veneno que necesitaba. Era rápido, sin lugar a dudas, casi in mediato en sus efectos; no producía
dolor, y cuando se ingería en forma de una cápsula de gelatina, lo más recomendado por sir Mathew, no
tenía nada de sabor desagradable. Desde luego anotó en el puño de su camisa la cantidad que era necesaria
para una dosis fatal, y volviendo a dejar los libros en su sitio, abandonó el club dirigiéndose hacia arriba de
la calle St. James, al establecimiento de Pestle y Humbey, los famosos químicos. Míster Pestle, que siempre
atendía personalmente a la aristocracia, se mostró bastante sorprendido ante su cliente, y con una actitud
muy cortés y deferente, murmuró algo acerca de la necesidad de presentar una receta médica. No obstante,
cuando lord Arthur le explicó que lo que solicitaba era para ser usado en un gran mastín noruego del que
tenía que deshacerse porque presentaba ciertas manifestaciones de rabia y que ya había mordido dos veces
a su cochero en la pantorrilla, se mostró completamente satisfecho, y felicitó a lord Arthur por sus maravillosos
conocimientos en materia de toxicología.
Lord Arthur guardó la cápsula en una bonita bonbonnière de plata que había visto en el escaparate de una
tienda en Bond Street, desechando así la fea caja para píldoras del establecimiento Pestle y Humbey, y se
dirigió en seguida a la casa de lady Clementina.
-Bien, Monsieur le mauvais sujet 4 -exclamó la anciana señora cuando le vio entrar al salón-. ¿Por qué no
me has venido a ver en tanto tiempo?
-Mi querida lady Clem, ya no me queda tiempo para nada -contestó lord Arthur sonriendo. -¿Tendré que
creer, que tú andas todo el día con miss Sybil Merton comprando chiffons 5 y hablando tonterías? No acabo
de entender por qué la gente le da tanta importancia a eso de casarse. En mi tiempo nunca soñamos con
tanto parloteo y tanto estarse arrullando en público, ni aun siquiera en privado.
-Le aseguro que no he visto a Sybil hace veinticuatro horas, lady Clem. Por lo que sé, creo que está ahora
por completo en manos de sus sombrereras.
-Y por supuesto, ésa es la única razón por la cual has venido a ver a una mujer vieja y fea como yo. Me
pregunto cómo es posible que vosotros los hombres no toméis nota. On a fait des folies pour moi,6 y aquí
estoy, un pobre ser reumático, con una fachada falsa y con mal genio. Que si no fuese por la querida lady
Jansen, que me envía tedas las peores novelas francesas que caen en sus manos, no creo que podría pasar el
día. Los doctores no sirven para nada, excepto para sacarnos sus honorarios. Ni siquiera pueden aliviarme
el ardor de estómago.
-Aquí le traigo un remedio que la curará de eso, lady Clem -dijo lord Arthur, muy serio-, es algo extraordinario,
inventado por un americano.
-Creo no gustar de los inventos americanos, Arthur. Estoy segura. He leído algunas novelas americanas
últimamente, y eran bastante disparatadas.
-¡Ah, pero esto no es dispara tado en lo más mínimo, lady Clem! Le aseguro que es un remedio perfecto.
Debe prometer que lo va a probar -y lord Arthur sacó de su bolsillo la pequeña caja, y se la entregó.
3Contratiempo.
4 Señor mal hombre.
5 Trapos, bagatelas.
6 Se han hecho muchas locuras por mí.
-Bueno, la cajita es encantadora, Arthur. ¿De veras me la obsequias?, eres muy amable. ¿Y es ésta la medicina
maravillosa? Parece un bonbon. Me la tomaré ahora mismo.
-¡Cielo santo! ¡Lady Clem! -gritó lord Arthur deteniéndole la ma no-, no debe hacerlo. Se trata de un medicamento
homeopático, y si lo toma no sintiendo ese ardor de estómago, le puede hacer un daño terrible.
Espere a tener un nuevo ataque, y entonces lo toma. Se quedará sorprendida por los rápidos resultados.
-Me gustaría tomarlo ahora, replicó lady Clementina, sosteniendo contra la luz la pequeña cápsula
transparente que dejaba ver su burbuja flotante de aconitina-. Estoy segura de que es deliciosa. La cosa es
que, aunque odio a los doctores, me encantan las medicinas. Sin embargo, la reservaré para mi próxima
crisis.
-¿Y cuándo cree usted tenerla? -preguntó ansiosamente lord Arthur-. ¿Será pronto?
-Espero que no sea antes de una semana. Ayer en la mañana la pasé muy mal. Pero una nunca sabe...
-¿Entonces está usted segura de que le volverá a dar otro ataque antes del fin de mes, lady Clem?
-Me lo temo. ¡Pero te muestras muy atento conmigo hoy, Arthur! De veras, Sybil te ha hecho mucho
bien. Y ahora debes irte en seguida, porque esta noche voy a cenar con gente muy aburrida, que no comen ta
los escándalos ni las novedades, y sé que si no duermo mi siesta acostumbrada ahora, no podré mantenerme
despierta durante la cena. Adiós Arthur, dale mis cariños a Sybil, y muchas gracias por esa me dicina americana.
-¿No olvidará tomarla, lady Clem, verdad? -dijo lord Arthur levantándose de su asiento.
-Claro que no, tonto. Eres muy bueno por acordarte de mí, y te es cribiré para decirte si quiero más.
Lord Arthur abandonó la casa muy animado; y con una sensación de inmenso alivio.
Esa misma noche se entrevistó con Sybil Merton. Le contó cómo de pronto se había visto envuelto en
una situación terriblemente difícil, y de la cual ni el honor ni el deber le permitían retirarse. Le dijo que el
matrimonio tendría que posponerse por el momento, hasta que él se viese libre de esos delicados compromisos,
pues no era un hombre libre. Le imploró que tuviese confianza en él, y que no dudase para nada del
futuro. Todo saldría bien, pero la paciencia era necesaria.
La escena tuvo lugar en el invernadero de la casa de míster Merton, situada en Park Lane, y en la que
lord Arthur había cenado como de costumbre. Sybil nunca había parecido ser más feliz, y por un momento
lord Arthur se sintió tentado de portarse como un cobarde, y escribir a lady Clementina que le devolviera la
píldora, y dejar que el ma trimo nio se realizase, como si en el mundo no existiese el tal míster Podgers. Sin
embargo, su buen juicio se impuso en seguida, y no flaqueó cuando Sybil se arrojó llorando en sus brazos.
Aquella belleza que estremecía sus sentidos, también le tocó la conciencia. Pensó que destrozar una vida
tan preciosa, por anticipar unos pocos meses de pla cer, sería una mala acción.
Permaneció con Sybil hasta cerca de la medianoche, consolándola y consolándose él al mismo tiempo.
Muy temprano, a la mañana siguiente, salió rumbo a Venecia, después de haber escrito, en forma varonil,
una carta muy caballerosa a míster Merton, explicándole el aplazamiento necesario de su matrimonio.
CAPITULO IV
En Venecia se encontró con su hermano, lord Surbiton, que acababa de llegar de Corfú en su yate. Los
dos jóvenes pasaron juntos dos semanas deliciosas. En las maña nas paseaban por el Lido, o se deslizaban
en su larga góndola negra, sobre los verdes canales; en las tardes recibían a sus visitas en el yate; y en las
noches cenaban en Florian 1 y fumaban incontables cigarrillos en la Piazza 2 No obstante, lord Àrthur no se
sentía feliz. Todos los días leía atentamente la columna de defunciones en el Times, esperando encontrar la
noticia de la muerte de lady Clem, pero también todos los días quedaba desilusionado. Empezó a temer que
algún contratiempo le hubiese sobrevenido, y con frecuencia lamentaba el haberla disuadido de tomarse la
aconitina en aquel momento en que se mostró tan decidida a probar sus efectos. Además, las cartas de Sybil,
aunque llenas de expresiones de amor, de confianza y ternura, con frecuencia tenían un tono triste y a
veces pensaba que se había separado ya de ella para siempre.
Al término de dos semanas, lord Surbiton se cansó de Venecia, y decidió seguir la costa bajando hacia
Rávena, pues había oído decir que abundaba la cacería de volátiles en Pinetum. Al pronto lord Arthur se
negó rotundamente a acompañarle, pero Surbiton, a quien estimaba profundamente, por fin le persuadió diciéndole
que si se quedaba en Danielli 3 solo, iba a caer muerto de tedio, y en la mañana del 15 comenzaron
a navegar con un fuerte viento que soplaba del noroeste y un mar bastante picado. La travesía fue excelente,
y la vida en cubierta y al aire libre, hizo volver los colores a las mejillas de lord Arthur, pero ya cerca
del día 22 comenzó a sentir ansiedad por no saber nada de lady Clementina, y a pesar de las objeciones que
le hizo Surbiton, re gresó a Venecia por tren.
1 Café de gran tradición, que actualmente conserva la misma fama. Así lo describía el escritor español
Pedro A. de Alarcón: “El Café Florian tiene renombre europeo, por lo lindo, artístico y lujoso. Más que un
café, parece el tocador de una reina, adornado en estilo medio Médicis, medio Luis XIV. Sus muchas y
pequeñísimas estancias se hallan decoradas con tanto lujo como primor. Las paredes están pintadas al fresco,
con cristales encima. Estatuitas doradas a fuego sostienen luces de gas en lámparas pompeyanas. Las
mesas son de mármol de Carrara y descansan en preciosas columnitas bizantinas... En suma: el célebre Café
Florian (que nunca se ha cerrado de noche desde los tiempos de la señoría, de las mascaradas, etc.), es
digno de la Plaza de San Marcos, como la Plaza de San Marcos merece su destino de s ala principal de Venecia.”
De Madrid a Nápoles, 3" ed., I, Madrid, 1886, pp. 367-368.
2 Se refiere a la Plaza de San Marcos.
3 En tiempos de O. W. era el gran hotel de lujo y tradición en Venecia. Sigue siendo hoy día clasificado
como de primera clase.
Al salir de la góndola para poner pie sobre los escalones del hotel, el propietario salió a recibirle con un
montón de telegramas. Lord Arthur casi los arrebató de su mano, abriéndolos precipitadamente. Todo había
sucedido con éxito completo. ¡Lady Clementina había muerto de repente en la noche del día 17!
Su primer pensamiento fue para Sybil, y en seguida le puso un telegrama, anunciándole su regreso inmediato
a Londres. Entonces le ordenó a su ayuda de cámara que hiciese su equipaje para tenerlo listo y
salir en el correo de la noche, se arregló con sus gondoleros pagándoles el triple de la tarifa acostumbrada,
y subió a sus habitaciones con paso ligero y un corazón ale gre. Allí encontró tres cartas esperándole. Una
era de la misma Sybil, llena de comprensión afectuosa y dándole el pésame. Las otras eran de su madre, y
del abogado de lady Clementina. Según parecía, la anciana señora cenó con la duquesa aquella misma noche,
tuvo seducidos a todos por sus ocurrencias y su esprit, pero se había retirado a su casa, algo temprano,
quejándose de ardor de estómago. A la mañana siguiente la encontraron muerta en su cama, aparentemente
sin haber sufrido algún dolor. En seguida se había mandado llamar a sir Mathew Reid, pero, por supuesto,
ya no había nada que hacer, e iba a ser sepultada el día 22 en Beauchamp Chalcote. Unos días antes de morir
hizo su testamento, dejándole a lord Arthur. su pequeña casa de la calle Curzon, y todo su mobilia rio,
sus objetos personales y los cuadros, excepto su colección de miniaturas, que deberían pasar a poder de su
hermana, lady Margaret Rufford, y su collar de amatistas, que había sido dedicado a Sybil Merton. El inmueble
no valía gran cosa; pero míster Mansfield, el abogado, manifestaba un deseo extremo de que lord
Arthur regresase, a ser posible, en seguida, pues había que liquidar muchas cuentas, y lady Clementina
nunca había llevado su contabilidad en forma ordenada.
Lord Arthur se sintió muy con movido al ver cómo lady Clementina lo había recordado tan bondadosamente,
y comprendía que míster Podgers era responsable por todo aquello. No obstante su amor por
Sybil, domaba sobre cualquiera otra emoción, y el sentirse consciente de que había cumplido con su deber,
le daba paz y le prestaba valor. Cuando llegó a Charing Cross,4 se sentía perfectamente feliz.
Los Merton le recibieron con gran amabilidad. Sybil le hizo prometer que ya nunca permitiría que algo se
interpusiese entre ellos, y la boda se fijó para el 7 de junio. De nuevo le pareció la vida luminosa y bella, y
su acostumbrado buen humor volvió a él.
Un día, sin embargo, mientras se encontraba en la casa de la calle Curzon, acompañado por el abogado
de lady Clementina, y de Sybil, quemando paquetes de cartas borrosas y vaciando cajones donde se fueron
guardando cachivaches viejos y otras bagatelas, de pronto la joven lanzó una exclamación alegre.
-¿Qué has encontrado, Sybil? -dijo lord Arthur levantando la vista de su tarea y sonriendo.
-Esta encantadora bonbonnière,5 de plata, Arthur. ¿No es rara? Parece holandesa. ¡Dámela! Sé que las
amatistas no me favorecerán sino cuando haya pasado de los ochenta.
4 En este lugar, al oeste del Strand y el norte de Whitehall, cerca de Trafalgar Square, Eduardo I erigió la
última de una serie de cruces que en me» moría de la reina Leonor (d. 1290) se encuentran en varios lugares
de Londres. Hoy queda a un lado la estación de los ferrocarriles South-Eastern & Chatam, en cuya gran
entrada se levanta una magnífica cruz moderna a pocos pasos de donde estuvo la antigua, ya desaparecida.
5 Caja para guardar confituras.
Era la caja que había contenido la cápsula de aconitina.
Lord Arthur se estremeció, y un ligero rubor cubrió sus mejillas.
Casi se había olvidado de lo que había hecho, y le pareció una extraña coincidencia que Sybil, por cuyo
bien tuvo que pasar todas aquellas terribles ansiedades, hubiese sido la primera en traérselas a la memoria.
-Por supuesto que puedes quedártela. Yo se la regalé a lady Clem.
-¡Oh!, gracias Arthur; ¿y puedo también quedarme con el bombón? No sabía que a lady Clementina le
gustasen los dulces. Creía que era demasiado intelectual.
Lord Arthur se puso intensamente pálido, y una idea horrible cruzó por su mente.
-¿Bombón, Sybil? ¿Qué dices? -murmuró en voz baja y ronca.
-Hay uno dentro; es todo. Parece viejo, está cubierto de polvo y no me da la más mínima gana de comerlo.
¿Qué te pasa, Arthur? ¡Qué pálido estás!
La conmoción de aquel descubrimiento superaba sus fuerzas, y tirando la cápsula al fuego, se dejó caer
en el sofá con un sollozo de desesperación.
CAPITULO V
Míster Merton se mostraba muy contrariado con este segundo aplazamiento del matrimonio, y lady Julia,
que ya había encargado su vestido para la boda, hizo todo lo posible para que Sybil rompiese su compromiso.
Pero aunque Sybil amaba profundamente a su madre, había entregado su vida en manos de lord Arthur,
y nada de lo que lady Julia pudiese decir iba a hacer vacilar su fe hacia él. En cuanto a lord Arthur, fueron
muchos los días que necesitó para reponerse de aquella terrible decepción, y por algún tiempo tuvo los nervios
deshechos. Sin embargo, su excelente sentido común pronto se impuso, y su mente sana y práctica no
le dejó titubear por mucho tiempo acerca de lo que debería hacer. Ya que el veneno había sido un completo
fra caso, la dinamita, o cualquier otra forma de explosivo, era lo que debería probar.
En consecuencia, volvió a examinar la lista de amigos y parientes y, después de un cuidadoso examen, y
de considerar detenidamente cada caso, llegó a la conclusión de volar a su tío, el deán de Chichester. Hombre
de gran cultura y saber, tenía una gran afición por los relojes, y era dueño de una magnífica colección
de esos contadores del tiempo, desde los más raros fabricados en el siglo xv, hasta los de nuestros días, y
esto le pareció una excelente coyuntura para llevar a cabo su plan. El dónde conseguir la máquina infernal,
ya era otra cosa. La Guía de Londres no le proporcionó ninguna información al respecto, y comprendía que
de nada le iba a ser útil acudir a Scotland Yard en aquel sentido, pues parece que ignoraban todo lo concerniente
a las actividades de los dinamiteros hasta que no ocurría una explosión, y aún así permanecían más o
menos en la misma ignorancia.
De repente se acordó de su amigo Rouvaloff, un joven raso, de grandes tendencias revolucionarias, y a
quien había conocido en casa de lady Windermere durante el invierno. Según parece, el conde Rouvaloff se
dedicaba a escribir una vida de Pedro el Grande, y había venido a Inglaterra con el fin de estudiar los documentos
relacionados con la residencia del zar en aquel país, como carpintero de ribera; pero exis tía la
sospecha, muy generalizada, de que se trataba de un agente nihilista, e indudablemente la embajada rusa no
veía con buenos ojos su presencia en Londres. Lord Arthur pensó que ése era el hombre que necesitaba
para llevar a cabo sus propósitos, y una maîkana se dirigió a su alojamiento en Bloomsbury, para pedirle
consejo y ayuda.
-¿Así es que usted está tomando en serio la política? -contestó el conde Rouvaloff, al terminar lord Arthur
de explicarle el objeto de su visita.
Pero lord Arthur, que detestaba las baladronadas de cualquier cla se que fuesen, se sintió obligado a declarar
que en él no existía el me nor interés por las cuestiones sociales, y que simplemente deseaba un aparato
explosivo para un asunto privado y familar, en el cual nadie estaba implicado más que él.
El conde Rouvaloff le miró por unos instantes con asombro y, entonces, viendo que la cosa iba en serio,
escribió una dirección en un trozo de papel, puso sus iniciales, y se lo alargó por encima de la mesa.
-Scotland Yard daría cualquier cosa por conocer esta dirección, querido amigo.
-Pues no la obtendrán -dijo lord Arthur riendo-, y después de estrechar efusivamente la mano del joven
ruso, bajó de prisa las escale ras leyendo lo escrito en el papel e indicando al cochero que se diriese a la Plaza
Soho. Al llegar allí o despidió y se fue caminando por la calle Greek, hasta llegar a una plazoleta llamada
Bayle Court. Al pasar bajo la arcada se encontró en una especie de cul-de-sac, 1 que aparentaba estar
ocupado por una lavandería francesa, pues de casa a casa, una verdadera red de cuerdas cargadas de ropa
blanca se mecía, en el aire matinal. Fue caminando hasta el final del callejón, tocando en la puerta de una
pequeña vivienda pintada de verde. Después de esperar un rato, durante el cual cada una de las ventanas se
convertía en una masa informe de caras curiosas, la puerta le fue franqueada por un individuo de aire ordinario
y extranjero, que en mal inglés le preguntó qué era lo que se le ofrecía. Lord Arthur le hizo entrega
del papel que el conde Rouvaloff le había dado, y el hombre, al terminar de examinarlo, haciendo una reverencia,
le introdujo a un cuarto del primer piso, destartalado y triste. Poco después Herr Winckelkopf, como
se le llamaba en Inglaterra, entró apresurado, con una servilleta al cuello, llena de manchas de vino, y un tenedor
en la mano izquierda.
-El conde Rouvaloff me ha entregado para usted estas líneas de presentación -dijo lord Arthur inclinándose-.
Y tengo gran interés en entrevistarme con usted para un negocio. Mi nombre es Smith, míster
Robert Smith, y quisiera que me vendiese un reloj de dinamita.
-Encantado de conocerle, lord Arthur -dijo el genial hombrecillo alemán, riendo-. No se alarme usted, es
mi obligación el conocer a todo el mundo, y recuerdo haberle visto una noche en casa de lady Windermere;
espero que Su Gracia se encuentre bien. ¿No le importa sentarse conmigo mientras termino de desayunar?
Hay un excelente pâté, y mis amigos son tan amables que dicen que mi vino del Rhin es mejor que cualquiera
de los que beben en la embajada de Alemania.
Y antes de que lord Arthur se hubiese repuesto de su sorpresa por haber sido reconocido, se encontró sentado
en la estancia del fondo, bebiendo el más delicioso Marcobruner, escanciado de un botellón donde se
destacaba el monograma imperial; y hablando de la manera más amistosa con el famoso conspirador.
-Los relojes de dinamita -dijo Herr Winckelkopf- no son un buen artículo de exportación extranjera, ya
que aun suponiendo que haya suerte en pasar las aduanas, el servicio de ferrocarriles es tan irregular, que
por lo general explotan antes de llegar a su destino. Pero, sin embargo, si usted lo que desea es para taso
doméstico, le puedo proporcionar un excelente artículo, y garantizarle que los resultados habrán de satisfacerle.
Pero, ¿puedo preguntarle para quién es? Si es para la policía o para alguien relacionado con Scotland
Yard,2 me temo que no voy a poder ayudarle. Los detectives ingleses son nuestros mejores amigos, y siempre
he llegado a la concusión de que tomando en cuenta su estupidez, siempre podemos hacer lo que queramos.
No podría prescindir de ninguno de ellos.
1Callejón sin salida.
2 Dirección de Policía de la ciudad de Londres.
-Le aseguro -dijo lord Arthur- que el asunto no tiene nada que ver con la policía. La verdad es que. el reloj
está destinado al deán de Chichester.
-¡Vaya, vaya!, nunca pude imaginar que fuese usted tan exaltado en cuestiones religiosas. Hoy día pocos
jóvenes se ocupan de eso.
-Creo que usted me sobreestima, Herr Winckelkopf -replicó lord Arthur sonrojándose- y en verdad no sé
nada de teología.
-Entonces, ¿se trata de un asun to personal?
-Puramente personal.
Herr Winckelkopf se encogió de hombros, y abandonando la habitación, regresó al cabo de unos minutos,
trayendo un cartucho de dinamita, más o menos del tamaño de un centavo, en diámetro; y un pequeño
reloj francés, muy bonito, rematado por una figura de la Li bertad, pisoteando a la hidra del Despotismo.
La cara de lord Arthur se animó al verlo.
-¡Es justamente lo que quiero! -exclamó - y ahora dígame cómo se le hace funcionar.
-¡Ah!, ése es mi secreto -dijo Herr Winckelkopf, contemplando su invento con una mirada de orgullo
muy justificado-; dígame cuando quiere que explote, y yo ajustaré el mecanismo para el momento exacto.
-Bueno..., hoy es martes, y si lo pudiese enviar en seguida...
-Eso no va a ser posible; tengo entre manos una gran cantidad de trabajos importantes para algunos amigos
míos en Moscú. Sin embargo, puedo enviárselo mañana.
-Está bien, habrá bastante tiempo -respondió lord Arthur cortésmente- si lo envía mañana en la noche, o
el jueves por la mañana. Para el momento de la explosión... digamos, el viernes a mediodía exactamente. El
deán siempre se encuentra en casa a esa hora.
-Viernes, a mediodía -repitió Herr Winckelkopf, y se puso a escribir una nota en un gran libro de registros,
que estaba sobre un escritorio, cerca de la chimenea.
-Y ahora -añadió lord Arthur levantándose de su asiento- le suplico que me diga cuánto son sus h onorarios.
-Se trata de algo tan sin importancia, lord Arthur, que sólo le cobrar„ el costo de cada uno de los elementos:
la dinamita vale siete chelines con seis peniques; la ma quinaria de relojería tres libras, y el porte unos
cinco chelines. Me complace muchísimo servir a cualquier amigo del conde Rouvaloff.
-Pero, ¿y la molestia que usted se ha tomado, Herr Winckelkopf?
-¡Oh, eso no es nada!, me da mucho gusto. Yo no trabajo por dinero; yo vivo por completo para mi arte.
Lord Arthur puso cuatro libras, dos chelines y seis peniques sobre la mesa, dio las gracias al alemán por
su amabilidad, y habiendo logrado declinar una invitación para conocer a algunos anarquistas en un témerienda
al siguiente sábado, abandonó la casa y se dirigió al parque.
Durante los dos días siguientes se sentía en un estado de agitación terrible y el viernes, a las doce, fue al
Buckingham para esperar noticias. Durante toda la tarde, el estólido ujier se la pasó entregando telegramas
de varias partes del país, dando los resultados de las carre ras, informando sobre fallos de divorcios, el estado
del tiempo y asuntos por el estilo, mientras la cinta telegráfica proporcionaba detalles tediosos acerca de
la sesión nocturna de la Cámara de los Comunes, y de un pánico pasajero, registrado en la Bolsa de Valores.
A las cuatro de la tarde, llegaron los periódicos de la noche, y lord Arthur desapareció en la biblioteca,
llevando consigo el Pall Mall, St. James Gazette, el Globe, y el Echo, provocando la indignación del coronel
Goodchild, que deseaba leer los reportazgos sobre un discurso que él había pronunciado durante la mañana
en la Mansion House, sobre el asunto de las misiones en África del sur, y la conveniencia de contar
con obispos negros en cada una de las provincias, pues por alguna desconocida razón, no se fiaba del Evetúng
News. Ninguno de los periódicos, sin embargo, hacía mención, o daba alguna noticia referente a Chichester,
y lord Arthur presentía que el atentado seguramente había sido un fra caso. Esto resultaba para él un
golpe terrible, y sus nervios estaban tensos. Herr Winckelkopf, a quien fue a visitar al día siguiente, se volcó
en mil excusas rebuscadas, y se ofreció a conseguirle otro reloj gra tis, o una caja de bombas de nitro -
glicerina al precio de costo. Pero ya había perdido la fe en los explo sivos, y el mismo Herr Winckelkopf
reconoció que todo estaba tan adulterado, hoy día, que hasta la dinamita era raro encontrarla pura. El alemancillo,
no obstante, aun admitiendo que algo marchó mal en el mecanismo, todavía guardaba esperanzas
de que el reloj explotaría, y citó el caso de un barómetro que envió en cierta ocasión al gobernador militar
de Odesa, el cual, aun habiendo sido puesto en la hora justa para que explotase en diez días, no llegó a realizarlo
sino tres meses después. Cierto era también, que cuando explotó, no logró más que volar en átomos
a una sirvienta, ya que el gobernador había salido de la ciudad seis semanas antes, pero por lo menos demostró
que la dinamita, como fuerza destructora, era, bajo el control de una maquinaria, un agente poderoso,
aunque no siempre puntual. Lord Arthur se sintió un poco consolado con estas reflexiones; pero también
aquí su destino fue la desilusión, pues dos días después, al subir las escaleras, la duquesa lo llamó a su
saloncillo privado, para mostrarle una carta que había recibido de la rectoría.
-Jane escribe cartas encantadoras -dijo la duquesa-; debes leer esta última. Es casi tan buena como las
novelas que nos manda Mudie.
Lord Arthur la arrebató rápidamente de sus manos. Decía lo siguiente:
“Mi querida tía:
”Mil gracias por la franela que me has enviado para la Dorcas So ciety, y también por el percal. Estoy de
acuerdo contigo en que es una tontería eso de que quieran lucir cosas bonitas, hoy día todo el mundo es tan
radical e irreligioso, que es difícil hacerles comprender que no deben tratar de vestirse como la clase alta.
Realmente no sé a dónde vamos a parar. Como dice papá, muchas veces en sus sermones, vivimos una época
de descreimiento.
”No hemos divertido mucho con un reloj que un admirador anónimo le envió a papá el jueves pasado.
Llegó de Londres, dentro de una caja de madera y con el porte pagado; y papá cree que lo ha envia do alguien
que ha debido leer su notable sermón: “¿Es la Licencia Libertad?”, porque sobre el reloj hay una figura
de mujer con la cabeza cubierta, por lo que papá dice que es un goro de la Libertad. A mí no me parece
nada favorecedor, pero papá dice que es un símbolo histórico; supongo que así es. Parker lo desempacó,
y papá lo puso sobre la repisa de la chimenea, y cuando estábamos todos sentados en la biblioteca el viernes
en la mañana, al momento de dar las doce, oímos un ruido como zumbido de alas, una pequeña bocanada
de humo salió del pedestal, bajo la figura, ¡y la diosa de la libertad se cayó y se rompió la nariz en el
borde de la parrilla! María se alarmó bastante, pero la cosa era tan divertida, que james y yo nos moríamos
de risa, y hasta a papá le hizo gracia. Al exa minarlo vimos que se trataba de una especie de despertador, y
que si se le marcaba una hora, y se ponía un poco de pólvora y un fulminante bajo el martillete, hacía un
pequeño estallido en el momento que se quisiese. Papá dijo que no debería quedar en la biblioteca, pues
hacía mucho ruido, así es que Reggie se lo llevó al salón de clases, y todo el día se lo pasa hacien do con él
pequeñas explosiones. ¿No crees que le habría de gustar a Arthur tener uno- igual a éste como regalo de
bodas? Deben estar muy de moda en Londres. Papá dice que harían un gran bien, pues demuestran que la
Libetard no puede durar, sino que debe sucumbir. También dice papá que la Libertad se inventó en tiempo
de la Revolución Francesa. ¡Me parece horrible!
”Tengo que ir ahora a la reunión de la Dorcas Society, donde leeré tu carta, que resulta ser muy instructiva.
¡Qué cierta es tu opinión, querida tía, que dada la clase a que pertenecen, no deberían ponerse cosas
que no les caen bien; y me parece, además, que su preocupación por el traje es absurda, cuando exis ten
tantas cosas que son más importantes en este mundo y en el otro. Me da mucho gusto saber que la popelina
floreada te haya salido tan buena, y que tu encaje no se rompie se. El miércoles voy a lucir, en la reunión del
obispo, el vestido de satín amarillo que tuviste la amabilidad de regalarme; creo que se verá bien. ¿No tiene
usted lazos, tía? Jennings dice que todo el mundo lleva ahora lazos, y que las enaguas deben teneú'volantes.
Reggie acaba de hacer otra explosión, y papá ha ordenado que se lleven el reloj al establo. Creo que a papá
ya no le gusta tanto como le gustó al principio, aunque sí se siente muy halagado de que le hayan enviado
un juguete tan ingenioso. Esto demuestra que la gente lee sus sermones y que sacan provecho de ellos.
”Papá te envía todo su cariño al cual se unen lames, Reggie y Ma ría, con la esperanza de que tío Cecil esté
mejorado de la gota. Créeme siempre, tía querida, tu amante sobrina,
”JANE PERCY.
PS. Infórmame acerca de los -lazos. Jennings insiste en decir que son la última moda.”
El aspecto de lord Arthur era tan serio y triste al terminar de leer la carta, que la duquesa comenzó a reír.
-¡Mi querido Arthur! -exclamó-, ¡ya no volveré a enseñarte cartas de ninguna joven!, pero, ¿qué le contesto
sobre lo del reloj? Me parece un invento muy importante; creo que me gustaría tener uno.
-Pues yo no creo mucho en ellos -replicó lord Arthur con una sonrisa melancólica, y después de besar a
su madre, salió de la alcoba.
Al llegar a su habitación en el piso alto se dejó caer en un sofá, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Había hecho todo lo posible por cometer aquel asesinato, pero en ambas ocasiones fue un fracaso, y desde
luego no por culpa suya. Estaba empeñado en cumplir con su deber, pero al parecer el destino le había tra icionado.
Se sentía deprimido por una sensación de esterilidad en sus buenas intenciones y por la ineficacia
de sus esfuerzos en tratar de llevar a cabo un acto honrado. Quizá fuese mejor romper definitivamente su
compromiso de matrimo nio. Sybil iba a sufrir, es cierto, pero el sufrimiento no podría, en realidad, inutil izar
para siempre una naturaleza tan noble como la de ella. En cuanto a él, ¿qué importaba? Siempre habrá
guerras en las cuales un hombre puede morir, una causa por la cual un hombre puede ofrecer su vida, y
como la vida no le brindaba ya ningún aliciente, tampoco el morir le causaba terror. Sería mejor dejar que
el destino determinase su suerte. Él no iba a hacer nada por modificarlo.
A las siete y media se vistió y fue al club. Surbiton estaba allí con un grupo de amigos, y se vio obligado
a cenar con ellos. Su charla trivial y sus bromas tontas no le interesaban, y tan pronto como sirvieron el
café, pretextando un compromiso anterior, abandonó su compañía. Al salir del club, el ujier le entregó una
carta. Era de Herr Winckelkopf, pidiéndole que le visitase al día siguiente, para mostrarle un paraguas explosivo,
que operaba en el momento de abrirse. Era el último invento, y acababa de lle gar de Génova.
Rompió la carta en pedacitos. Estaba decidido a no recurrir ya más a nuevos experimentos.
Estuvo caminando a lo largo del parapeto del Támesis, y por mu cho rato descansó sentado a la orilla del
río. La luna se asomaba sobre las crestas de las nubes oscuras, como el ojo de un león, e innumerables estrellas
brillaban en la bóveda celeste como oro espolvoreado en una cúpula. De vez en cuando un lanchón
se deslizaba sobre las aguas cenagosas, siguiendo la corriente río abajo, y las señales de los ferrocarriles
cambiaban de verde a rojo mientras los trenes corrían silbando sobre los puentes. Poco tiempo después se
oyeron las doce desde la alta torre de Westminster, y a cada toque de su sonora campanada, la noche parecía
estreme cerse.
Más tarde desaparecieron las luces de los ferrocarriles, Y sólo que dó brillando un farol solitario, como un
gran rubí sostenido por un poste gigantesco, y el rumor de la ciudad se fue desvaneciendo.
Al dar las dos, lord Arthur se puso en pie y fue caminando hacia Blackfriars.
¡Encontraba todo tan irreal como si fuese un sueño extraño! Las casas en la orilla opuesta parecían surgir
de las tinieblas. Se podría decir que la plata y las sombras daban forma a un nuevo mundo. La gran cúpula
de San Pablo flotaba como un enbrme globo en la atmósfera oscura.
Al acercarse a la Aguja de Cleopatra, vislumbró a un hombre apoyado en el parapeto; ya cerca de él,
aquel individuo levantó la cabeza y la luz de gas cayó de lleno en su cara.
¡Era míster Podgers, el quiromántico!, no cabía equivocarse ante aquella cara regordeta y fofa, los anteojos
de montura dorada, la débil sonrisa enfermiza, la boca sensual.
Lord Arthur se detuvo, una idea luminosa vino a su mente, y des lizándose con pasos cautos a su es palda,
en un instante tuvo sujeto por ambas piernas a míster Podgers y le arrojó al Támesis. Se pudo escuchar un
soez juramento y el ruido del chapotear en las aguas; después todo quedó en silencio. Lord Arthur miraba
con ansia la superficie de las aguas, pero no pudo descubrir al' quiromántico, sino el sombrero de copa
haciendo piruetas sobre un remolino de agua iluminado por la luna. A los pocos minutos también el sombrero
se hundió, y no quedaba ya ninguna huella visible de míster Podgers. Por un momento su imagin ación
le hizo ver una silueta deforme que subía la escalera del puente, y la espantosa sensación de un nuevo
fracaso le invadió; pero sólo se trataba de un reflejo, y al salir dé nuevo la luna de entre las nubes, todo estaba
tranquilo. Por fin empezaba a creer que había realizado la sentencia del destino, lanzó un profundo
suspiro de alivio, y el nombre de Sybil vino a sus labios.
-¿Se le ha caído algo, señor? -dijo de repente una voz a su espalda.
Se volvió sobresaltado; era un policía con una linterna sorda en la mano.
-Nada importante, sargento -repuso sonriente, y deteniendo un coche que pasaba por allí, dijo al cochero
que lo llevase a la Plaza Belgrave.
Durante los días siguientes pasaba de la esperanza al temor. Hubo momentos en que casi le parecía que
míster Podgers iba a entrar al cuarto, y en el instante siguiente quedaba convencido de que el destino no
podía ser tan injusto hacia él. Por dos veces fue a la casa del quiromántico en la calle West Moon, pero le
faltó valor para tocar el timbre. Deseaba estar cierto de lo ocurrido, y al mismo tiempo el temor no le dejaba
actuar.
Al fin el momento había llegado. Estaba en el salón de fumar del club, tomando té y oyendo, bastante
aburrido, los comentarios de Surbiton a la última canción humorística estrenada en el Gaiety, cuando entró
el camarero con los periódicos de la noche. Lord Arthur, tomando al azar la St. James Gazette, comenzaba
a volver distraídamente las páginas, cuando de pronto un sorprendente encabezado cayó bajo sus ojos:
“SUICIDIO DE UN QUIROMÁNTICO”
Se puso pálido de emoción, y comenzó a leer. La pequeña noticia decía lo siguiente:
“Ayer en la mañana, a la siete, el cuerpo de míster Septimus R. Podgers, eminente quiromántico, fue
arrojado por las aguas a las orillas de Green wich, frente al hotel Ship. El desgraciado señor había sido
echado de me nos durante varios días, y una gran ansiedad se había dejado sentir en los círculos quirománticos.
Parece ser que se suicidó bajo el influjo de una depresión mental pasajera, causada por exceso de trabajo,
y el veredicto concerniente a este caso fue entregado esta tarde por los médicos forenses. Míster Podgers
acababa de terminar un extenso tratado sobre el tema de la mano humana, que será publicado en fecha
próxima y que indudablemente habrá de atraer la atención de un gran público. El difunto tenía 65 años, y
no parece que haya dejado parientes.”
Lord Arthur salió precipitada mente del club con el periódico aún en la mano, y provocando el asombro
del ujier que en vano quiso detenerle.
Sin perder momento fue a Párk Lane. Sybil le vio venir desde la ventana y tuvo el presentimiento de que
traía buenas noticias. Bajó corriendo a recibirle, y al mirarle a la cara comprendió que todo marchaba bien.
-¡Mi querida Sybil! -gritó ¡casémonos mañana!
-¡Locuelo! ¡Pero si el pastel ni siquiera ha sido encargado! -excla mó Sybil riendo entre lágrimas.
CAPITULO VI
Cuando se consumó la boda, tres semanas más tarde, St. Peter estaba lleno de gente distinguida y elegante.
La ceremonia fue solemne y las palabras rituales leídas con un acento impresionante por el deán de Chichester,
y todos estuvieron de acuerdo al admitir que nunca habían visto una pareja más hermosa que la que
formaban el novio y la novia. Aún más que bellos, se veían felices. Ni por un solo instante lord Arthur lamentó
todo lo que había tenido que sufrir en bien de Sybil, mientras ella, por su parte, le entregó lo mejor
que una mujer puede entregar a un hombre: adoración, ternura y amor. Para ellos la realidad no mató el
romance. Siempre se sintieron jóvenes.
Algunos años después, cuando dos preciosos niños les habían nacido, lady Windermere vino a Alton
Priory para visitarles; era un lugar encantador; fue el regalo de bodas que el duque hizo a su hijo; y una tarde,
mientras estaba sentada en el jardín, con lady Arthur, bajo un limonero, viendo jugar a los niños en la
rosaleda, como si fuesen danzantes rayos de sol, tomó de repente la mano de su anfitriona y le dijo:
-Sybil, ¿eres feliz?
-Por supuesto, lady Windermere, soy muy feliz. ¿Usted no lo es?
-No tengo tiempo para serlo, Sybil. Siempre me gusta la última persona que me presentan; pero por lo
general, tan pronto como conozco a las personas, me canso de ellas.
-¿Qué ya no le satisfacen sus leones, lady Windermere?
-¡Ah, querida, ya no! Los leones son útiles sólo por una temporada; tan pronto como se les priva de sus
manes, se vuelven los seres más insípidos de la existencia. ¿Recuerdas aquel horroroso míster Pod gers? Era
un atroz impostor. Por supuesto que a mí eso no me importaba gran cosa, y cuando me pedía dinero prestado,
se lo perdonaba, pero no podía soportar que me hiciese el amor. La verdad es que me hizo odiar la quiromancia.
Ahora creo en la telepatía. Es mucho más divertida.
-Pues lo que es aquí, no debe usted decir nada contra la quiromancia, lady Windermere; es el único tema
sobre el cual Arthur no permite que s e burle nadie. Le aseguro que se lo toma muy en serio.
-No vayas a decirme que él cree en eso, Sybil.
-Pregúnteselo, lady Windermere, aquí llega.
Y lord Arthur se acercó llevando en las manos un gran ramo de rosas amarillas y sus dos hijos dan zando
a su alrededor.
-Lord Arthur...
-Sí, lady Windermere...
-De verdad, ¿cree usted en la quiromancia?
-Claro que sí -dijo el joven, sonriendo.
-Pero, por qué?
-Porque a ella debo toda la fe licidad de mi vida -murmuró dejándose caer en un sillón de mimbre.
-Mi querido lord Arthur, ¿qué es lo que le debe?
-A Sybil -respondió alargando- el ramo de rosas a su esposa, mirándose dentro de sus ojos violáceos.
-¡Qué tontería! -exclamó lady Windermere -. ¡Nunca en toda mi vida había oído semejante tontería!

FIN DE «EL CRIMEN DE LORD ARTHUR SAVILLE»

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