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domingo, 23 de junio de 2013

Asesinato en el campo de golf - Agatha Christie





 

 

Asesinato en el campo de golf



 

Agatha Christie







CAPITULO UNO


UNA COMPAÑERA DE VIAJE


Creo que existe una anécdota famosa según la cual un joven escritor, resuelto a dar a su narración un principio bastante enérgico y original para alcanzar y retener la atención del más hastiado de los editores, escribió lo siguiente:
—¡Demonio! —exclamó la duquesa.
Por extraño que parezca, la presente narración mía comienza de un modo muy parecido, salvo que la dama que lanza la exclamación no es duquesa.
Era en un día de principios de junio. Había despachado yo algunos asuntos en París y tomado el tren de la mañana para regresar a Londres, donde seguía compartiendo un alojamiento con mi antiguo amigo el ex detective Hércules Poirot.
Eran muy escasos los viajeros en el expreso de Calais: en realidad sólo venía otro en mi propio departamento. Yo había salido del hotel con alguna precipitación y estaba ocupado en el recuento de mis bártulos cuando arrancó el tren. Hasta aquel momento apenas me había dado cuenta de la presencia de mi compañera; pero ahora me hallé violentamente llamado a reconocer su existencia. Levantándose de su asiento de un salto, bajó el cristal de la ventanilla y sacó fuera la cabeza, retirándola al cabo de un momento con la breve y enérgica exclamación:
—¡Demonio!
Ahora bien: yo soy un hombre algo anticuado. Para mí, una mujer debe ser femenina. ¡No puedo soportar a la neurótica muchacha moderna que se entrega al jazz de la mañana a la noche, fuma como una chimenea y usa un lenguaje que haría sonrojarse a una pescadera de Billingsgate!
Levanté la cabeza con el ceño ligeramente fruncido y me hallé ante un rostro bonito, de expresión descarada y bajo un disparatado sombrerito rojo. Las orejas estaban ocultas tras espesas matas de rizos negros. Me pareció que tenía poco más de diecisiete años, pero su cara estaba cubierta de polvos y los labios eran de matiz escarlata enteramente imposible.
Sin desconcertarse poco ni mucho, sostuvo mi mirada y ejecutó una expresiva mueca.
—¡Pobre de mí! ¡He escandalizado al buen caballero! —observó, dirigiéndose a un imaginado auditorio—. ¡Ofrezco mis excusas por mi lenguaje! Muy impropio de una señorita, etcétera, etcétera. Pero, Dios mío, ¡qué razón tenía para usarlo! ¿Sabe usted que he perdido a mi única hermana?
—¿De veras? —dije cortésmente—. ¡Qué desgracia!
—Me desaprueba —observó la dama—. Me desaprueba por completo, a mí y a mi hermana... Y esto último no está bien, ¡porque no la ha visto!
Abrí la boca, pero ella se me adelantó.
—¡No diga nada más! ¡Nadie me quiere! ¡Me iré al jardín y comeré gusanos! ¡Buujuú! ¡Estoy aplastada!
Y se escondió tras un gran periódico cómico francés. Al cabo de uno o dos minutos vi cómo me observaban sus ojos disimuladamente por encima del periódico. Me sonreí a mi pesar, y un minuto más tarde la muchacha había tirado el periódico y estallado en una alegre carcajada.
—Ya sabía que no era usted tan majadero como parecía —exclamó.
Y era su risa tan contagiosa que no pude menos que reír también, aunque no me había gustado mucho la palabra «majadero».
—¡Vaya! ¡Ahora ya somos amigos! —declaró la gran picara—. Diga que siente lo de mi hermana...
—¡Estoy desconsolado!
—Es usted un buen muchacho.
—Pero déjeme acabar. Iba a añadir que, aunque esté desconsolado, puedo conformarme con su ausencia perfectamente —y le hice una pequeña reverencia.
Pero aquella extraña mocita arrugó la frente y movió la cabeza.
—Basta de esto. Prefiero la postura de «digna desaprobación». Y la cara que ha puesto, como si dijera: «No es de los nuestros.» ¡Y en esto tenía usted razón..., aunque fíjese bien: es muy difícil saberlo en nuestros tiempos. No todo el mundo sabe distinguir entre una fulanita y una duquesa. ¡Vaya! ¡Creo que he vuelto a escandalizarle! Le han traído a usted de Zululandia, de veras. No es que esto me importe. Podríamos aguantar a unos cuantos de su clase. Lo que no soporto es un individuo que se propasa. Me ponen furiosa.
Y movió la cabeza vigorosamente.
—¿Qué parece usted cuando se pone furiosa? —le pregunté con una sonrisa.
—¡Un pequeño demonio! No me importa lo que digo, ¡ni lo que hago tampoco! Una vez casi maté a un buen mozo. Sí; verdaderamente. Y bien merecido se lo tenía.
—Bueno —le supliqué—. No se ponga furiosa conmigo.
—No me pondré. Me ha sido usted simpático... desde el primer momento en que le he visto. Sólo que parecía desaprobarme de tal modo que creí que nunca seríamos amigos.
—Pues bien: ya lo somos. Dígame algo de usted misma.
—Soy actriz. No...; no del género que usted imagina. Estoy en el escenario desde la edad de seis años..., doy volteretas.
—¿Dice usted...? —pregunté, desorientado.
—¿No ha visto nunca niños acróbatas?
—¡Oh, comprendo!
—Nací en América, pero me he pasado la mayor parte de la vida en Inglaterra. Tenemos ahora un número nuevo...
—¿Tenemos?
—Mi hermana y yo. Algo de canto y danza y un poco de pataleo y otro poco de lo de costumbre. Es una idea enteramente nueva y siempre les cae en gracia. Vamos a sacar dinero de ella...
Mi nueva amiga se inclinó hacia adelante y charló volublemente, aunque muchas de sus palabras eran incomprensibles para mí. Sentí, no obstante, que crecía mi interés por ella. Parecía ser una curiosa mezcla de niña y mujer. Aunque perfectamente informada de lo que es el mundo y, tal como lo decía, capaz de guardarse, su sencilla actitud frente a la vida y su resuelta determinación de «portarse bien», tenía un carácter curiosamente ingenuo.
Pasamos por Amiens. Este nombre despertó en mí muchos recuerdos. Mi compañera parecía tener un conocimiento intuitivo de lo que se agitaba en mi conciencia.
—¿Piensa en la guerra?
Hice una seña afirmativa.
—¿Tomó parte en ella, supongo?
—Bastante. Fui herido una vez, y después del Somme me licenciaron por inválido. Soy ahora una especie de secretario particular de un miembro del Parlamento.
—¡Toma! ¡Se necesitan sesos para esto!
—No se necesitan sesos. Realmente, hay muy poco que hacer. Por lo general, con un par de horas diarias estoy listo. Y el trabajo es aburrido. La verdad es que no sé lo que sería de mí si no tuviera otra cosa en qué ocuparme.
—¡No me diga que colecciona bichos!
—No. Comparto mi alojamiento con un hombre muy interesante. Es un belga..., un antiguo detective. Se ha establecido en Londres como detective privado y le va extraordinariamente bien. Es en realidad un hombrecillo maravilloso. Ha acertado varias veces en casos en los que había fracasado la Policía oficial.
Mi compañera me escuchaba con los ojos abiertos.
—¿No es esto interesante? A mí me entusiasman los crímenes, sencillamente. Voy a ver todas las películas de misterio. Y cuando hay un asesinato, devoro los periódicos.
—¿Recuerda el caso Styles? —le pregunté.
—Déjeme ver. ¿Era el de la anciana que fue envenenada en alguna parte, en Essex?
Hice una seña afirmativa y contesté:
—Éste fue el primer caso importante de Poirot. No hay duda de que, a no ser por él, el asesino hubiera escapado impune. Fue una muestra admirable de labor detectivesca.
Llevado por mi entusiasmo, mencioné los rasgos generales del caso hasta su triunfante e inesperado desenlace. La muchacha me escuchaba muda de asombro. Y lo cierto es que estábamos los dos tan absortos, que el tren llegó a la estación de Calais sin que nos hubiésemos dado cuenta de ello.
Me aseguré el concurso de un par de mozos de estación y bajamos al andén. Mi compañera me tendió la mano.
—Adiós, y de ahora en adelante pondré más atención en el lenguaje que empleo.
—¡Oh!, pero, seguramente, me permitirá que la acompañe hasta el barco.
—Puede ser que no me embarque. Tengo que ver si mi hermana consiguió por fin tomar el tren en alguna parte. Gracias, de todos modos.
—Pero volveremos a vernos, ¿no es verdad? ¿Y no va a decirme cómo se llama? —le grité, cuando ya se retiraba.
Ella volvió la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Cenicienta —gritó, y se echó a reír.
Pero poco sospechaba yo cuándo y dónde había de volver a ver a Cenicienta.



CAPÍTULO DOS


UNA DEMANDA DE SOCORRO


Eran las nueve y cinco de la mañana siguiente cuando entré en nuestra sala común para desayunarme. Con su puntualidad acostumbrada, mi amigo Poirot estaba rompiendo la cáscara de su segundo huevo.
Me miró con expresión radiante.
—¿Ha dormido bien? ¿Se ha repuesto de esa travesía tan terrible? Es maravilloso que no se haya retrasado nada esta mañana. Pardon, pero su corbata no está simétrica. Permítame que se la corrija
En otra parte he descrito a Hércules Poirot. ¡Un hombrecillo extraordinario! Estatura de un metro sesenta y dos centímetros, cabeza ovalada que inclinaba un poco a un lado, ojos que brillaban con un matiz verde cuando se excitaba, tieso bigote militar, ¡expresión de dignidad inmensa! Su aspecto era limpio y elegante. Sentía una pasión absoluta por la limpieza en todos los órdenes. Ver un adorno torcido, o una partícula de polvo, o un ligero desarreglo en la indumentaria de una persona era una tortura para el hombrecillo hasta que podía tranquilizarse poniendo remedio al mal. El «orden» y el «método» eran sus dioses. Las pruebas tangibles, tales como las huellas de pisadas y la ceniza de cigarrillos, le inspiraban un cierto desdén, y sostenía que, por sí mismas, no permitirían nunca a un detective resolver un problema. Y en seguida se daba en su cabeza oval, con absurda complacencia, y observaba muy satisfecho:
«El verdadero trabajo se hace desde dentro. Las pequeñas células grises..., recuerde siempre las pequeñas células grises, mon ami»
Ocupé mi asiento y observé con calma, en contestación al saludo de Poirot, que una hora de travesía, de Calais a Dover, apenas podía ser dignificada por el epíteto «terrible».
—¿Ha traído el correo algo interesante? —pregunté.
Poirot movió la cabeza con expresión de desagrado.
—Todavía no he examinado las cartas, pero no llega en estos tiempos nada interesante. Los grandes criminales, los criminales metódicos, ya no existen.
Y mientras movía la cabeza, descorazonado, yo solté una carcajada.
—Anímese, Poirot; va a cambiar la suerte. Abra sus cartas. Usted no sabe si hay algún gran caso a punto de asomarse por el horizonte.
Poirot sonrió y, cogiendo el pequeño y pulido cortapapeles con que abría la correspondencia, rasgó el lado superior de los varios sobres que contenía la bandeja.
—Una factura. Otra factura. Esto es que me vuelvo caprichoso en la vejez. ¡Aja! Una nota de Japp.
—¡Ah!, ¿sí? —y apliqué el oído. Más de una vez el inspector de Scotland Yard nos había dado acceso a un caso interesante.
—Se limita a darme las gracias (a su modo) por un pequeño detalle del caso Aberystwyth, en el que pude orientarle. Me encanta haberle sido útil.
Y, plácidamente, Poirot continuó la lectura de su correspondencia.
—Una idea sobre la que debería dar una conferencia a nuestros boy-scouts locales. La condesa de Forfanock me agradecerá que vaya a visitarla. ¡Otro perrillo faldero, sin duda! Y ahora la última. ¡Ah!...
Levanté la cabeza vivamente al advertir su cambio de tono. Poirot estaba leyendo con atención. Al cabo de un minuto, me echó el pliego.
—Esto se aparta de lo ordinario, amigo mío. Léalo usted mismo. La carta estaba escrita en un papel de marca extranjera y en letra característicamente atrevida. Decía así:


 VILLA GENEVIEVE
Merlinville - Sur - Mer

france


«Muy señor mío: Necesito los servicios de un detective y, por razones que le comunicaré más tarde, no deseo llamar a la Policía oficial. He tenido noticias de usted, de diversas procedencias, y todos los informes coinciden en la afirmación de que es usted un hombre decididamente hábil y que sabe, además, ser discreto. No quiero confiar detalles al correo, pero, por razón de un secreto que poseo, temo diariamente por mi vida. Estoy convencido de que el peligro es inminente y, en consecuencia, le ruego que venga a Francia sin perder un momento. Enviaré un coche que le recoja en Calais si quiere telegrafiarme cuándo llega. Le quedaré muy agradecido si consiente dejar todos los casos que tenga entre manos para dedicarse exclusivamente a mis intereses. Estoy dispuesto a abonarle cualquier retribución necesaria. Probablemente habré de requerir sus servicios por un período de tiempo considerable, pues puede ser preciso que vaya usted a Santiago, donde he vivido por espacio de algunos años. Me complacerá que me indique sus honorarios.
Asegurándole una vez más que el asunto es urgente, queda de usted s. s.,
P. T. Renauld.»

Bajo la firma había sido garabateada una línea casi ilegible: «¡Venga, por amor de Dios!»
Le devolví la carta con el pulso agitado.
—iPor fin! —dije—. Aquí hay algo distinto de lo ordinario.
—Sí, verdaderamente —añadió Poirot, con aire reflexivo.
—Irá usted, por supuesto.
Poirot hizo una seña afirmativa. Estaba absorto en sus pensamientos. Por fin, pareció haber tomado su partido y levantó la mirada hasta el reloj. La expresión de su rostro era muy grave.
—Vea, amigo mío, que no hay tiempo que perder. El Expreso Continental sale de Victoria a las once. No se agite. Queda tiempo suficiente. Podemos permitirnos diez minutos de discusión. Usted me acompaña, ¿no es verdad?
—Hombre...
—Usted mismo me dijo que su principal no le necesita durante las próximas semanas.
—¡Oh!, así es. Pero este monsieur Renauld indica con toda claridad que su asunto es privado.
—Ta..., ta..., ta. Yo me encargo de monsieur Renauld. A propósito, ¿no parece que conocemos este nombre?
—Hay un millonario sudamericano famoso que se llama Renauld. No sé si podría ser el mismo.
—Sin duda. Esto explica la mención de Santiago. Santiago está en Chile, ¡y Chile está en América del Sur! ¡Ah, el caso es que vamos adelantando! ¿Se ha fijado en la posdata? ¿Qué efecto le ha causado?
Reflexioné.
—Es claro que escribió la carta dominándose, pero al final perdió los estribos y, siguiendo el impulso del momento, garabateó esas palabras desesperadas.
Pero mi amigo movió la cabeza con un gesto enérgico.
—Está usted en un error. Fíjese en que si bien la tinta de la firma es casi negra, la de la posdata es enteramente pálida...
—¿Y qué más? —pregunté, desconcertado.
—¡Por Dios, amigo mío! ¡Utilice sus pequeñas células grises! ¿No está claro? Monsieur Renauld escribió la carta. Sin secarla, la releyó cuidadosamente. Luego, no por impulso, sino con deliberación, añadió esas últimas palabras y pasó por ellas el papel secante.
—Pero ¿por qué?
Parbleu! Para que me produjesen a mí el efecto que le han producido a usted.
—¡Cómo!
—Ni más ni menos..., ¡para asegurarse de mi venida! Releyó la carta y no quedó contento de ella. ¡No era bastante fuerte!
Se detuvo y añadió luego en tono moderado, mientras se iluminaban sus ojos con el reflejo verde que siempre revelaba su excitación interior:
—Y así, amigo mío, puesto que la posdata fue puesta no por impulso, sino serenamente, a sangre fría, el caso es en realidad urgente y debemos estar a su lado tan pronto como sea posible.
—Merlinville —murmuré pensativo—. Creo que lo he oído nombrar.
Poirot afirmó con la cabeza.
—Es un lugar pequeño y tranquilo..., pero ¡elegante! Está situado hacia la mitad del camino de Boulogne a Calais. Creo que monsieur Renauld tiene una casa en Inglaterra.
—Sí; en Rutland Gate, si no recuerdo mal. Y también una gran residencia en el campo en alguna parte, en el Hertfordshire. Pero, en realidad, sé muy poca cosa de él. Su vida social no es muy activa. Creo que tiene en la City grandes intereses sudamericanos y que se ha pasado la mayor parte de la vida en Chile y en la Argentina.
—Bien; él mismo nos dará todos los detalles. Vamos a preparar el equipaje. Una maleta pequeña cada uno, y luego un taxi a la estación Victoria.


De ella partimos a las once, camino de Dover. Antes de emprender el viaje, Poirot había enviado un telegrama a monsieur Renauld comunicándole la hora de nuestra llegada a Calais.
Durante la travesía tuve buen cuidado de no turbar la soledad de mi amigo. El tiempo era espléndido y el mar estaba tan tranquilo como el lago proverbial, por lo que no me sorprendió ver acercarse a mí un Poirot sonriente al desembarcar en Calais. Una contrariedad nos esperaba allí, pues no se había enviado ningún coche que nos recogiese; pero Poirot lo atribuyó a algún retraso que se había producido al cursar el telegrama.
—Alquilaremos otro —dijo animadamente.
Y pocos minutos después estábamos saltando, entre crujidos, en el más desvencijado de los automóviles de alquiler que hayan corrido en dirección a Merlinville.
Por mi parte, me hallaba muy animado también, pero mi amigo estaba observándome con expresión grave.
—Está usted lo que el pueblo escocés llama fey, Hastings. Esto presagia desastre.
—¡Oh, oh, oh! En todo caso, usted no comparte mis sentimientos.
—No; pero estoy asustado.
—Asustado, ¿de qué?
—No lo sé. Pero tengo un presentimiento..., un je ne sais quoi!
Y había hablado con tan grave acento que, a mi pesar, me sentí impresionado.
—Tengo la sensación —añadió lentamente— de que éste va a ser un caso grande..., un problema largo y penoso, que no será fácil resolver.
Hubiera querido dirigirle otras preguntas, pero acabábamos de entrar en la pequeña población de Merlinville, y moderamos la marcha para averiguar cuál era el camino de la Villa Geneviéve.
—Sigan por aquí, cruzando la población. La Villa Geneviéve está a cosa de un kilómetro al otro lado. No pueden confundirla. Una villa grande que mira al mar.
Dimos las gracias a nuestro informador y seguimos adelante, cruzando la población. Una bifurcación de la carretera nos obligó a detenernos de nuevo. Un campesino venía hacia nosotros y esperamos a que llegase para pedir nuestra dirección. Había una villa diminuta junto al mismo camino, pero era demasiado pequeña y ruinosa para ser la que buscábamos. Mientras aguardábamos se abrió su puerta y apareció en ella una muchacha.
El campesino pasaba ahora por nuestro lado y el conductor se inclinó fuera de su asiento y le pidió nuestra dirección.
—¿La Villa Geneviéve? Sólo unos cuantos pasos más allá, por este camino, a la derecha. Podría usted verla desde aquí a no ser por la curva.
El chófer le dio las gracias y el coche reanudó la marcha. Mis ojos quedaron fascinados por la muchacha, que continuaba allí, con una mano en la puerta, observándonos. Soy un admirador de la belleza y allí había un ejemplar que nadie hubiera podido pasar por alto. Muy alta, con las proporciones de una joven diosa y la cabellera de oro de su cabeza descubierta brillando al sol. Juré para mí mismo que aquélla era una de las muchachas más hermosas que había visto nunca. Al continuar por el áspero camino, volví la cabeza para seguir viéndola.
—¡Por Júpiter, Poirot! —exclamé—. ¿Ha visto usted esta divinidad?
Poirot levantó las cejas.
—Esto empieza —murmuró—. ¡Ya ha visto usted una diosa!
—Déjese de historias. ¿No lo era, acaso?
—Es posible; no lo he advertido.
—Pero, sin duda, la ha visto usted...
—Amigo mío: dos personas distintas rara vez ven la misma cosa. Usted, por ejemplo, ha visto una diosa. Yo... —vaciló.
—¿Qué más?
—Yo sólo he visto una muchacha de ojos acongojados —dijo Poirot gravemente.
Pero en aquel momento llegamos ante una gran puerta verde, y los dos lanzamos una exclamación al mismo tiempo. Delante de la puerta estaba un descomunal sergent de ville, que levantó la mano para detenernos.
—No pueden ustedes pasar, señores.
—Pero es que deseamos ver a monsieur Renauld —exclamé—. Estamos citados, y ésta es su villa, ¿no es verdad?
—Sí, señor; pero...
Poirot se inclinó hacia adelante.
—Pero ¿qué?
—Monsieur Renauld ha sido asesinado esta mañana.



CAPÍTULO TRES


EN LA VILLE GENEVIÉVE


Al cabo de un momento, Poirot había saltado del coche con los ojos brillantes de excitación.
—¿Qué dice usted? ¿Asesinado? ¿Cuándo? ¿Cómo?
El agente de Policía se enderezó.
—No puedo contestar ninguna pregunta, caballero.
—Cierto. Comprendo —y Poirot añadió tras un momento de reflexión—: ¿Sin duda está aquí el comisario de Policía?
—Sí, señor.
Poirot sacó una tarjeta y escribió en ella algunas palabras.
Voilá. ¿Quiere tener la bondad de procurar que entreguen esta tarjeta al comisario en seguida?
El agente la tomó y silbó por encima del hombro. A los pocos segundos apareció un compañero que se encargó del mensaje de Poirot. Hubo algunos minutos de espera y acudió precipitadamente a la puerta exterior un hombre bajo y grueso, con un espeso bigote. El agente de Policía saludó y se hizo a un lado.
—¡Mi querido monsieur Poirot! —exclamó el recién venido—. Estoy muy contento de verle. Su llegada es muy oportuna.
El rostro de Poirot se animó.
—¡Monsieur Bex! Tengo una verdadera satisfacción —y se volvió hacia mí—. El señor es un amigo inglés, el capitán Hastings... Monsieur Lucien Bex.
El comisario y yo nos saludamos inclinándonos ceremoniosamente.
—Querido amigo —dijo aquél—. No nos habíamos visto desde mil novecientos nueve, en aquella ocasión, en Ostende. ¿Trae usted información que pueda ayudarnos?
—Es posible que ya la conozca usted. ¿Sabía que me habían enviado a buscar?
—No. ¿Quién?
—El muerto. Parece que sabía que se iba a atentar contra su vida. Por desgracia, me ha llamado demasiado tarde.
Sacre tonnerre! —exclamó el francés—. Es decir, que previó su propio asesinato. ¡Esto trastorna considerablemente nuestras ideas! Pero venga al interior.
Diciendo esto, mantuvo la puerta abierta y empezamos a caminar hacia la casa. Bex continuó hablando:
—Hay que informar de esto inmediatamente al juez de instrucción, Hautet. Acaba ahora de examinar el lugar del crimen y va a comenzar sus interrogatorios.
—¿Cuándo se cometió el crimen? —preguntó Poirot.
—El cadáver fue descubierto esta mañana, hacia las nueve. La declaración de madame Renauld y la de los doctores vienen a demostrar que la muerte debe de haber ocurrido alrededor de las dos de la madrugada. Pero le ruego que entre.
Habíamos llegado a los peldaños que conducían a la puerta delantera de la villa. En el vestíbulo estaba sentado otro agente, que se levantó al ver al comisario.
—¿Dónde está ahora monsieur Hautet? —preguntó éste.
—En el salón, señor.
Bex abrió una puerta a la izquierda del vestíbulo y entramos. Hautet y su oficial de secretaría estaban sentados a una gran mesa redonda. Al entrar nosotros levantaron la cabeza. El comisario nos presentó y explicó la razón de nuestra llegada.


El juez de instrucción, Hautet, era un hombre alto y flaco, de ojos oscuros y penetrantes y barba gris bien recortada, que tenía la costumbre de acariciar cuando estaba hablando. En pie, junto a la repisa de la chimenea, había un hombre de alguna edad y hombros algo cargados, que nos fue presentado bajo el nombre de doctor Durand.
—¡Es verdaderamente extraordinario! —observó Hautet cuando el comisario hubo terminado su explicación—. ¿Tiene usted aquí la carta, señor mío?
Poirot se la entregó y el magistrado la leyó.
—¡Hum! Habla de un secreto. ¡Qué lástima que no sea más explícito! Tenemos una gran deuda contraída con usted, monsieur Poirot. Espero que nos hará el honor de ayudarnos en nuestras investigaciones. ¿O es que se encuentra obligado a regresar a Londres?
—Señor juez, me propongo quedarme. No he llegado a tiempo para evitar la muerte de mi cliente, pero mi honor me obliga a descubrir al asesino.
El magistrado se inclinó.
—Estos sentimientos le honran. Por otra parte, madame Renauld querrá, creo yo, retener sus servicios. De un momento a otro estamos esperando la llegada de monsieur Giraud, de la Sûreté de París, e, indudablemente, usted y él podrán prestarse mutua asistencia en sus investigaciones. Entre tanto, espero que me concederá el honor de estar presente en mis interrogatorios, y apenas necesito decirle que si de algún modo podemos serle útiles, estamos a su disposición.
—Muy agradecido. Comprenderá usted que, en el momento presente, estoy enteramente a oscuras. No sé nada del caso en absoluto.
Hautet hizo una seña al comisario, y éste resumió los hechos en la forma siguiente:
—Esta mañana, al bajar para comenzar sus tareas, la antigua sirvienta, Francisca, ha encontrado entreabierta la puerta delantera. Momentáneamente alarmada por el temor de los ladrones, se ha asomado al comedor; pero viendo que el servicio de plata estaba intacto, ha supuesto que su amo se habría levantado temprano y habría salido a dar un paseo.
—Perdone que le interrumpa; pero ¿tenía su amo esta costumbre?
—No, no la tenía; pero la vieja Francisca adopta la idea corriente en lo que se refiere a los ingleses: ¡que están locos y son capaces de hacer en cualquier momento las cosas más extravagantes! Al ir a despertar a su ama, como de costumbre, la joven doncella, Leonia, ha descubierto horrorizada que madame Renauld estaba amordazada y sujeta con cuerdas, y, casi al mismo tiempo, ha llegado la noticia de que había sido hallado monsieur Renauld muerto de una cuchillada en la espalda.
—¿Dónde?
—Éste es uno de los detalles más extraordinarios del caso, monsieur Poirot: el cadáver estaba echado boca abajo en una sepultura abierta.
¡Cómo!
—Sí; el hoyo es reciente..., sólo a unos cuantos metros mas allá del límite del terreno de la villa.
—Y estaba muerto... ¿desde cuándo?
El doctor Durand contestó esta pregunta.
—He examinado el cadáver esta mañana a las diez. La muerte debió de tener lugar por lo menos siete o quizá diez horas antes.
—¡Hum! Esto la fija entre medianoche y las tres de la madrugada.
—Exactamente, y la declaración de madame Renauld la coloca después de las dos, lo que estrecha más aún el campo de las suposiciones. La muerte debió de ser instantánea, y, como es natural, no cabe pensar que se la diese él mismo.
Poirot hizo una seña afirmativa y el comisario reanudó su relato.
—Madame Renauld fue prestamente libertada de sus cuerdas por la horrorizada servidumbre. Se hallaba en un estado de extrema debilidad y casi inconsciente del dolor causado por aquellas ligaduras. Parece que entraron en el dormitorio dos hombres enmascarados que, después de haberla amordazado y atado, se llevaron de allí por la fuerza a su marido. Esto lo sabemos indirectamente, por los servidores. Al conocer la trágica noticia, ella cayó en un estado de agitación alarmante. A su llegada, el doctor Durand prescribió un calmante, y no hemos podido interrogarla aún. Pero, sin duda, despertará más tranquila y podrá soportar la fatiga del interrogatorio.
El comisario hizo una pausa.
—¿Y los que viven en la casa?
—Está la vieja Francisca, que es el ama de llaves y vivió muchos años con los anteriores dueños de la Villa Geneviéve. Hay además dos muchachas hermanas, Dionisia y Leonia Oulard, que nacieron en Merlinville, de padres muy respetables. Está también el chófer, que monsieur Renauld trajo con él de Inglaterra; pero éste está fuera, de vacaciones. Y, por último, madame Renauld y su hijo, monsieur Jack Renauld, que así mismo se encuentra ahora fuera de casa.
Poirot bajó la cabeza. Hautet llamó:
—¡Marchaud! Apareció el agente.
—Traiga a la vieja Francisca.
El hombre saludó y salió, volviendo poco después con la asustada ama de llaves.
—¿Se llama usted Francisca Arrichet?
—Sí, señor.
—¿Ha servido mucho tiempo en Villa Geneviéve?
—Once años con la señora vizcondesa. Luego, cuando vendió la villa, esta primavera, consentí en quedarme con el milord inglés. Nunca hubiera imaginado...
El magistrado la detuvo en seco.
—Sin duda, sin duda. Vamos a ver, Francisca: en este asunto de la puerta delantera, ¿quién se encarga de cerrarla por la noche?
—Yo, señor. Siempre cuido de esto yo misma.
—¿Y en la noche pasada?
—La cerré como de costumbre.
—¿Está segura de esto?
—Lo juro por los santos del cielo, señor.
—¿Qué hora debería ser?
—La de costumbre; las diez y media, señor.
—¿Y qué me dice de los demás? ¿Se habían ido arriba a descansar?
—La señora se había retirado hacía ya un rato. Dionisia y Leonia subieron conmigo. El señor estaba aún en su despacho.
—Entonces, si alguien abrió la puerta después, ¿tenía que ser el mismo monsieur Renauld?
Francisca encogió sus anchos hombros.
—¿Por qué había de hacerlo? —replicó—. ¡Pasando por ahí a cada momento ladrones y asesinos! ¡Vaya una idea! El señor no era tonto. Bien; tenía que dejar salir a la señora...
El magistrado la interrumpió con viveza.
—¿A la señora? ¿A qué señora se refiere?
—¡Cómo! A la señora que vino a verle.
—¿Vino a verle una señora esta noche?
—Vaya si vino, señor..., y otras muchas noches también.
—¿Quién era? ¿La conocía usted?
Por el rostro de la mujer se esparció una expresión maliciosa.
—¿Cómo podía saber quién era? —gruñó—. Yo no le abrí la puerta anoche.
—¡Aja! —gritó el juez de instrucción dando un manotazo sobre la mesa—. Le gusta a usted jugar con la Policía, ¿no es verdad? Le pido que me diga inmediatamente el nombre de esta mujer que venía a visitar a monsieur Renauld por las noches.
—¡La Policía, la Policía! —gruñó Francisca—. Nunca pensé que hubiese de tener nada que ver con la Policía. Pero sé muy bien quién era: era madame Daubreuil.
El comisario lanzó una exclamación y se inclinó hacia adelante, como si se hallase sobrecogido por un extraño asombro.
—¿Madame Daubreuil..., de la Villa Marguerite, ahí junto al camino?
—Eso es lo que he dicho, señor. ¡Oh!, es una buena pieza.
Y echó atrás la cabeza, con expresión desdeñosa.
—Madame Daubreuil —murmuró el comisario—. Imposible.
Voilá —gruñó de nuevo Francisca—. Esto es todo lo que una saca por decir la verdad.
—Nada de esto —dijo el magistrado con acento conciliador—. Nos ha causado sorpresa y nada más. En este caso, ¿serían madame Daubreuil y monsieur Renauld...? —y se detuvo con delicadeza—. ¿Eh? ¿Era esto, sin duda?
—¿Cómo puedo yo saberlo? Pero ¿qué quiere usted? El señor era un milord inglés muy rico..., y madame Daubreuil era pobre... y muy chic, aunque vive tan calladamente, con su hija. ¡No hay duda de que tiene su historia! Ya no es joven, pero, ma foi!, yo que le estoy hablando he visto a muchos hombres volver la cabeza para mirarla cuando va por la calle. Además, últimamente ha tenido más dinero para gastar..., todo el mundo lo sabe. Las pequeñas economías se han acabado —y Francisca movió la cabeza con una expresión de resuelta certidumbre.
Hautet se acarició la barba con aire reflexivo.
—¿Y madame Renauld? —preguntó luego—. ¿Cómo toma esta... amistad?
Francisca encogió los hombros.
—Madame Renauld es siempre muy amable..., muy cortés. Una diría que no sospecha nada. Pero, de todos modos, ¿no es así como sufre el corazón, señor? Día tras día he observado cómo la señora palidecía y adelgazaba. No era la misma mujer que llegó aquí hace un mes. El señor ha cambiado también. Tiene así mismo sus penas. Podía verse que estaba a punto de sufrir un ataque nervioso. ¿Y quién había de extrañarlo con una intriga conducida de este modo? Sin reticencia ni discreción. ¡Al estilo inglés, sin duda!
Indignado, di un salto en mi asiento; pero el juez de instrucción continuaba sus preguntas sin dejarse distraer por las consecuencias laterales.
—¿Dice usted que monsieur Renauld no había acompañado fuera a madame Daubreuil? ¿Esta señora se retiró, entonces?
—Sí, señor. Los oí salir del despacho y dirigirse a la puerta. El señor dio las buenas noches y cerró la puerta tras ella.
—¿A qué hora fue esto?
—Hacia las diez y veinticinco, señor.
—¿Sabe cuándo se retiró a descansar monsieur Renauld?
—Le oí subir unos diez minutos después que nosotras. La escalera cruje de tal modo que una oye a todos los que suben o bajan.
—¿Y es esto todo? ¿No oyó sonidos de movimiento alguno durante la noche?
—Nada en absoluto, señor.
—¿Cuál de las sirvientas ha bajado primero esta mañana?
—Yo, señor. Y he visto en seguida que la puerta estaba abierta.
—¿Y las otras ventanas de la planta baja? ¿Estaban todas cerradas?
—Absolutamente todas. No había nada sospechoso ni fuera de su sitio.
—Está bien, Francisca. Puede retirarse.
La anciana se encaminó a la puerta arrastrando los pies. Llegada al umbral, se volvió.
—Le diré una cosa, señor. ¡Que madame Daubreuil es una mala persona! ¡Oh!, sí: una mujer conoce a otra. Es una mala persona; recuerde usted esto.
Y Francisca salió de la habitación moviendo la cabeza con actitud sentenciosa.
—Leonia Oulard —llamó el magistrado.
Leonia apareció llorando a mares y a un paso del histerismo. Hautet la trató con habilidad. Su declaración se refería principalmente al descubrimiento de su dueña amordazada y sujeta, escena que describió con alguna exageración. Lo mismo que Francisca, no había oído nada durante la noche.
La siguió su hermana Dionisia, que confirmó que el amo había cambiado bastante últimamente.
—Cada día se ponía más triste. Cada día comía menos. Siempre estaba deprimido —pero Dionisia tenía su opinión personal—. Sin duda, era la Mafia que le seguía los pasos. Dos hombres enmascarados..., ¿qué otra cosa podría ser? ¡Una sociedad secreta terrible!
—Por supuesto, es posible —cedió el magistrado con suavidad—. Vamos a ver, hija mía, ¿fue usted quien abrió la puerta a madame Daubreuil la noche pasada?
—No la noche pasada, señor, sino la noche anterior.
—Pero Francisca acaba de decirnos que madame Daubreuil estuvo aquí ayer noche.
—No, señor. Es verdad que ayer noche vino una señora a ver a monsieur Renauld. Pero no era madame Daubreuil.
El magistrado, sorprendido, insistió, pero la muchacha se mantuvo firme. Conocía de vista, perfectamente, a madame Daubreuil. La dama que había venido tenía también el cabello oscuro, pero era más baja, y mucho más joven. Y fue inútil todo intento de apartarla de esta declaración.
—¿La había visto ya antes?
—Nunca, señor —y añadió luego con cierta timidez—: Pero me parece que es inglesa.
—¿Inglesa?
—Sí, señor. Preguntó por monsieur Renauld en muy buen francés, pero el acento... por ligero que sea, se conoce siempre. Además, cuando salieron del despacho, hablaban en inglés.
—¿Oyó lo que decían? Quiero decir, ¿pudo entenderlo?
—Yo hablo el inglés muy bien —contestó Dionisia con orgullo—. La dama hablaba demasiado deprisa para que pudiese coger lo que decía, pero oí las últimas palabras del señor, cuando le abrió la puerta —y, después de detenerse, pronunció en inglés cuidadosa y laboriosamente—: «Sí..., sí...; pero, por amor de Dios, ¡váyase ahora!».
—«Sí, sí; pero, por amor de Dios, ¡váyase ahora!» —repitió el magistrado.
Despidió entonces a Dionisia y, tras unos momentos, por consideración, llamó de nuevo a Francisca. A ésta le expuso el problema de si no se habría equivocado al fijar la noche de la visita de madame Daubreuil. No obstante, Francisca dio muestras de una inesperada obstinación. Era en la noche anterior cuando había venido madame Daubreuil. Sin duda ninguna, era ella. Dionisia había querido hacerse interesante: voilá tout! Había preparado esa bonita historia de una dama extranjera. ¡Había querido, además, hacer ostentación de su conocimiento de la lengua inglesa! Probablemente, el señor no había pronunciado siquiera esa frase en inglés, y aunque la hubiese pronunciado, esto no demostraba nada, porque madame Daubreuil hablaba el inglés perfectamente y, por lo general, usaba esta lengua cuando conversaba con monsieur y madame Renauld.
—Ya lo ve usted —concluyó—; Jack, el hijo del señor, solía estar aquí y habla muy mal el francés.
El magistrado no insistió. En lugar de esto, preguntó por el chófer, y supo que en el mismo día anterior Renauld había dicho que no era probable que necesitase el coche, y que Masters podía perfectamente tomarse unas vacaciones.
En la frente de Poirot había empezado a formarse una expresión de duda.
—¿Qué es ello? —le pregunté en voz baja.
Pero él movió la cabeza con impaciencia y, a su vez, hizo una pregunta:
—Perdone, Bex; pero, sin duda, monsieur Renauld sabía conducir el coche...
El comisario miró a Francisca, que contestó prestamente:
—No; el señor no conducía el coche personalmente.
El ceño de Poirot se acentuó.
—Quisiera que me dijese qué le inquieta —le dije, sin poder esperar más.
—¿No lo ve usted? En su carta, monsieur Renauld habla de enviar el coche a Calais para recogerme.
—Quizá se refería a un coche de alquiler —le indiqué.
—Debe de ser así. Pero ¿por qué alquilar un coche cuando se tiene uno propio? ¿Por qué elegir el día de ayer para darle al chófer las vacaciones... tan repentinamente, sin previo aviso? ¿Tenía alguna razón para apartarle de aquí antes que nosotros llegásemos?



CAPÍTULO CUATRO


LA CARTA FIRMADA «BELLA»


Francisca había salido de la habitación. El magistrado tecleaba sobre la mesa con expresión pensativa.
—Monsieur Bex —informó al fin—, aquí tenemos testimonios directamente contradictorios. ¿Cuál vamos a creer, el de Francisca o el de Dionisia?
—El de Dionisia —contestó el comisario sin vacilación—. Ésta fue quien admitió a la visitante. Francisca es vieja y tozuda y, evidentemente, mira con antipatía a madame Daubreuil. Por otra parte, nuestra propia información tiende a mostrar que Renauld tenía una intriga con otra mujer.
Tiens! —exclamó Hautet—; nos hemos olvidado de enterar de esto a monsieur Poirot —y después de buscar entre los papeles que tenía sobre la mesa entregó uno a mi amigo—. Esta carta, monsieur Poirot, la encontramos en el bolsillo del sobretodo del muerto.
Poirot la tomó y desdobló. Estaba algo manoseada y arrugada, y escrita en inglés por una mano que no parecía muy diestra. Decía así:

«Querido mío: ¿Por qué has dejado pasar tanto tiempo sin escribirme? Todavía me quieres, ¿no es verdad? Han sido tus últimas cartas tan diferentes, tan frías y extrañas, y, ahora, este largo silencio... Esto me asusta. ¡Si fueras a dejar de quererme! Pero es imposible... ¡qué niña más tonta soy!..., ¡siempre imaginando cosas! Pero si ya no me quisieras, no sé lo que haría... ¡matarme, quizá! No podría vivir sin ti.
A veces imagino que se interpone otra mujer entre nosotros. Que se ande con cuidado; no te digo más...; ¡y tú también! ¡Te mataría antes que dejar que fueses de ella! Lo digo en serio.
Pero estoy escribiendo tonterías presuntuosas. Tú me quieres y yo te quiero..., si: ¡te quiero, te quiero, te quiero!
Tuya y que te adora,
Bella.»


No tenía dirección ni fecha. Poirot la devolvió con rostro grave.
—¿Y la suposición es...?
El juez de instrucción encogió los hombros.
—Evidentemente, monsieur Renauld estaba enredado con esta inglesa... ¡Bella! Viene aquí, conoce a madame Daubreuil y empieza una intriga con ella. Se enfría con la otra, que, por su parte, sospecha algo inmediatamente. Esta carta contiene una clara amenaza. Monsieur Poirot, a primera vista, el caso parece sencillísimo: ¡Celos! El hecho de haber sido monsieur Renauld acuchillado por la espalda indica directamente que se trata del crimen de una mujer.
Poirot hizo una seña afirmativa.
—La cuchillada en la espalda, sí...; pero ¡no la sepultura! Éste fue un trabajo laborioso y pesado... Ninguna mujer ha abierto esta sepultura, señor juez. Ésta ha sido obra de un hombre.
El comisario exclamó con excitación:
—Sí, sí; es verdad. No habíamos pensado en esto.
—Como le he dicho —continuó Hautet—, a primera vista, el caso parece sencillo, pero los hombres enmascarados y la carta que usted recibió de monsieur Renauld complican las cosas. Aquí parecemos encontrarnos ante un caso enteramente distinto de circunstancias, sin que haya relación entre éste y el anterior. En lo que se refiere a la carta dirigida a usted, ¿le parece posible que tenga alguna relación con esta «Bella» y sus amenazas?
Poirot movió la cabeza.
—Difícilmente. Un hombre como monsieur Renauld, que ha llevado una vida de aventuras en lugares remotos, no era fácil que pidiese protección contra una mujer.
El juez de instrucción hizo una expresiva seña afirmativa.
—Este es exactamente mi punto de vista. Debemos, entonces, buscar la explicación de la carta...
—En Santiago de Chile —terminó el comisario—; voy a cablegrafiar sin demora a la Policía de esta ciudad pidiendo una información detallada de la vida que llevó el hombre asesinado, en aquella ciudad, sus amores, sus negocios, sus amistades y sus posibles enemistades. Sería extraño que, después de esto, no tuviésemos una pista para hallar la solución de este crimen misterioso.
El comisario miró a su alrededor en busca de alguna señal o gesto de asentimiento.
—¡Excelente! —dijo Poirot con sincero acento. Y preguntó en seguida—: ¿No han encontrado ustedes otras cartas de esta Bella entre los papeles de monsieur Renauld?
—No. Naturalmente, una de nuestras primeras diligencias ha sido registrar entre los documentos particulares en su despacho. Pero no hemos encontrado nada de interés. Todo parecía claro y manifiesto. La única cosa que se aparta de lo corriente es su testamento. Aquí está.
—Bien: un legado de mil libras a monsieur Stonor...; y a propósito, ¿quién es?
—El secretario de monsieur Renauld. Se quedó en Inglaterra; pero ha venido aquí una o dos veces a pasar el fin de semana.
—Y todo lo demás se lo deja a su querida esposa Eloísa a sus libres voluntades. La redacción es sencilla, pero perfectamente legal. Testigos son las dos sirvientas Dionisia y Francisca. Nada muy desacostumbrado en todo ello.
Y lo devolvió.
—Quizá —empezó a decir Bex— no ha advertido usted...
—¿La fecha? —continuó Poirot, parpadeando—. Sí, la he advertido. Una quincena atrás. Es posible que esto señale la primera alarma. Muchos hombres ricos mueren intestados por no haber tomado en consideración la probabilidad de su fallecimiento. Pero es peligroso sacar conclusiones prematuramente. Esto indica, no obstante, que sentía simpatía y afecto sincero por su esposa, a pesar de sus aventuras amorosas.
—Sí —dijo Hautet con aire de duda—. Pero es posible que resulte un poco injusto para su hijo, pues deja a éste enteramente a la merced de su madre. Si esta señora volviera a casarse y su segundo esposo ejerciese influencia moral sobre ella, el muchacho podría no tocar nunca un penique del dinero de su padre.
Poirot encogió los hombros.
—El hombre es un animal vanidoso. Sin duda, monsieur Renauld imaginaba que su viuda no contraería nunca nuevo matrimonio. En cuanto al hijo, puede haber sido una prudente precaución dejar el dinero en manos de su madre. Los hijos de los hombres ricos son proverbialmente atolondrados.
—Puede ser como usted lo dice. Vamos a ver, monsieur Poirot; sin duda le gustaría visitar el lugar del crimen. Siento que hayan retirado ya el cadáver, pero, por supuesto, se han tomado fotografías desde todos los puntos imaginables y estarán a su disposición tan pronto como queden listas.
—Le doy las gracias por su cortesía.
El comisario se levantó.
—Vengan conmigo, señores.
Abriendo la puerta, se inclinó ceremoniosamente para invitar a Poirot a que le precediese. Con la misma cortesía, Poirot se echó hacia atrás y se inclinó ante el comisario.
—Monsieur...
—Monsieur...
Por último salieron al zaguán.
—Esta habitación de ahí, ¿es el despacho? —preguntó Poirot de pronto, indicando con la cabeza la puerta de enfrente.
Si ¿Desea verlo? dijo el comisario, abriendo la puerta; y entramos en él.
La habitación que Renauld había elegido para su uso particular era pequeña, pero confortable y amueblada con mucho gusto. Junto a la ventana se veía una mesa escritorio de hombre de negocios, con multitud de casillas. Había, además, frente a la chimenea, dos amplios sillones de cuero y, entre ellos, una mesa redonda cubierta con los últimos libros y revistas.
Poirot se detuvo un momento, y echando una ojeada por la habitación, entró luego en ella, pasó una mano ligeramente por los respaldos de los sillones de cuero, recogió una revista de la mesa y, con sumo cuidado, recorrió con un dedo la superficie del tablero de roble. Su rostro expresó una completa aprobación.
—¿No hay polvo? —le pregunté con una sonrisa. Y me dirigió una mirada radiante, apreciando mi conocimiento de sus particularidades.
—Ni una partícula, amigo mío. Y, por esta vez, quizá es una lástima.
La mirada aguda de sus ojos pasaba con viveza de un objeto a otro.
—¡Ah! —observó de pronto, con una entonación de alivio—. La estera de frente a la chimenea está arrugada —y se inclinó para alisarla.
De repente lanzó una exclamación y se puso en pie. Tenía en la mano un pequeño fragmento de papel de color de rosa.
—En Francia, como en Inglaterra —observó—, los criados se olvidan de barrer bajo las esteras.
Bex tomó el fragmento y me acerqué para examinarlo.
—Lo reconoce..., ¿eh, Hastings?
Moví la cabeza, perplejo..., y, no obstante, aquel matiz rosado del papel me era muy familiar.
Los procesos mentales del comisario eran más rápidos que los míos.
—Un fragmento de un cheque —exclamó.
El trozo de papel tenía unos cuatro centímetros cuadrados. En él estaba escrita con tinta la palabra «Duveen».
—¡Bien! —dijo Bex—. Este cheque era a la orden de esa persona. O librado por alguien llamado Duveen.
—A la orden, me figuro —dijo Poirot—; pues, si no me equivoco, esta letra es la de monsieur Renauld.
El punto quedó pronto aclarado por comparación con un memorándum tomado del escritorio.
—¡Pobre de mí! —murmuró el comisario con desanimación—. Realmente no puedo imaginarme cómo se me ha pasado esto por alto. Poirot se echó a reír.
—La moraleja es: ¡mirad siempre bajo las esteras! Mi amigo Hastings, aquí presente, le dirá que la más ligera arruga de un objeto es un tormento para mí. Tan pronto como he visto esa estera torcida, me he dicho: «Tiens! Esto lo ha hecho la pata de una silla echada hacia atrás. Es posible que debajo haya algo que la buena Francisca no ha acertado a ver.»
—¿Francisca?
—O Dionisia, o Leonia: la que quiera que sea que haya arreglado esta habitación. Puesto que no hay polvo, esta habitación debe de haber sido limpiada esta mañana. Reconstruyo el incidente de este modo. Ayer, quizá la noche pasada, monsieur Renauld extendió un cheque a la orden de alguien llamado Duveen. El cheque fue, luego, roto y los fragmentos esparcidos por el suelo. Esta mañana...
Pero Bex estaba ya tirando impacientemente del cordón de la campanilla.
Apareció Francisca. Sí: había trozos de papel por el suelo. ¿Qué había hecho con ellos? ¡Los había metido en el horno de la cocina, naturalmente! ¿Qué más?
Con un gesto de desesperación, Bex la despidió. Luego se iluminó su rostro y corrió al escritorio. Al cabo de un minuto estaba examinando el talonario de cheques del muerto. En seguida repitió su gesto anterior: la matriz del último cheque separado estaba en blanco.
—¡Ánimo! —exclamó Poirot, dándole una palmada en la espalda—. Si duda, madame Renauld podrá darnos una información completa acerca de esta persona misteriosa llamada Duveen.
El rostro del comisario se despejó.
—Es verdad —dijo—. Continuemos.
Al volvernos para salir de la habitación, observó Poirot en tono casual:
—Aquí fue donde Renauld recibió a su visitante de la noche pasada, ¿eh?
—Aquí..., pero ¿cómo lo sabía usted?
—Por esto. Lo he encontrado en el respaldo del sillón de cuero —y mostró, sosteniéndolo entre el índice y el pulgar, un largo cabello negro... ¡un cabello de mujer!


Bex nos llevó, por la parte posterior de la casa, a un lugar en el que había una pequeña dependencia con tejadillo en forma de cobertizo, que se apoyaba en la pared del edificio. Sacando una llave del bolsillo, lo abrió.
—El cadáver está aquí. Lo retiramos del lugar del crimen un momento antes de la llegada de ustedes, cuando hubieron terminado los fotógrafos.
Abrió la puerta y pasamos al interior. El hombre asesinado yacía en el suelo, cubierto por una sábana que Bex retiró diestramente. Renauld era un hombre de mediana estatura, de cuerpo y rostro delgados. Representaba unos cincuenta años de edad y su cabello oscuro estaba copiosamente estriado de gris. Iba bien afeitado; la nariz era larga y fina y los ojos más bien juntos; su piel tenía el tono fuertemente bronceado de las personas que han pasado la mayor parte de la vida bajo los cielos tropicales. Los labios estaban apartados de los dientes, y en sus lívidos rasgos aparecía estampada una expresión de sorpresa y terror.
—Puede uno ver, por el gesto de la cara, que fue acuchillado por la espalda —observó Poirot.
Con gran suavidad volvió del otro lado al muerto. Entre los omóplatos veíase una mancha redonda y oscura sobre el ligero abrigo de color de cervato. En el centro de la misma, la ropa mostraba un corte. Poirot lo examinó de cerca.
—¿Tiene usted alguna idea del arma con que se cometió el crimen?
—Quedó en la herida.
El comisario la sacó de un gran jarro de cristal. Era un objeto pequeño que más parecía un cortapapeles que otra cosa. Tenía un mango negro y una hoja estrecha y brillante. Su longitud total no excedía de veinte centímetros. Poirot probó la descolorida punta aplicando con cautela el extremo del dedo.
—¡Vaya si está afilada! ¡Una preciosa herramienta para asesinar!
—Por desgracia no hemos podido encontrar en ella impresiones dactilares —dijo Bex con sentimiento—. El asesino se habrá puesto guantes.
—¡Claro que se los ha puesto! —contestó Poirot con desdén—. Aun en Santiago saben bastante de esto; lo sabe el más humilde aficionado inglés gracias a la publicidad que la Prensa ha dado al sistema Bertillon. En todo caso, me interesa mucho que no haya impresiones dactilares. ¡Es tan fácil dejar las de otra persona! Y entonces la Policía se felicita —y movió la cabeza—. Me temo mucho que nuestro criminal no sea un hombre metódico... O esto o andaba escaso de tiempo. Pero ya veremos.
Y volvió el cadáver a su posición original.
—Sólo llevaba ropa interior bajo el sobretodo —observó.
—Sí; el juez de instrucción cree que éste es un detalle curioso.
En aquel momento se oyó un golpe contra la puerta que Bex había dejado cerrada. El comisario se adelantó para abrirla y allí estaba Francisca procurando, con curiosidad de vampiresa, ver el interior.
—Bien... ¿qué pasa? —preguntó Bex con impaciencia.
—La señora me encarga que les comunique que se encuentra mucho mejor y está dispuesta a recibir al señor juez de instrucción.
—Muy bien —dijo Bex muy animadamente—. Avise a monsieur Hautet y diga que vamos en seguida.
Poirot se detuvo un momento para volver a mirar el cadáver. Por un instante, pensé que iba a dirigirse al muerto y declarar a gritos que estaba dispuesto a no descansar hasta que hubiese descubierto al asesino. Pero cuando habló lo hizo con voz moderada y expresión incierta, y su comentario resultó risiblemente desproporcionado a la solemnidad del momento.
—Llevaba un sobretodo muy largo —dijo, como si hablase por fuerza.



CAPÍTULO CINCO


EL RELATO DE MADAME RENAULD


Encontramos a Hautet esperándonos en el vestíbulo y todos subimos juntos arriba siguiendo a Francisca, que nos indicaba el camino. Poirot lo hizo describiendo un zigzag que me causó extrañeza hasta que, con una mueca, murmuró a mi oído:
—No es extraño que la servidumbre oyese a Renauld cuando subía la escalera; ¡no hay una tabla que no cruja lo bastante fuerte para despertar a un muerto!
Del extremo superior de la escalera partía un pequeño corredor.
—Las habitaciones de los criados —explicó Bex.
Continuamos por el corredor y Francisca llamó a la última puerta de la derecha.
Una voz débil nos invitó a entrar, y nos hallamos en una habitación espaciosa y soleada, con vistas a un mar azul y brillante, a la distancia aproximada de cuatrocientos metros.
Sobre un lecho levantado con almohadones, y asistida por el doctor Durand, yacía una mujer alta y de aspecto majestuoso. Era de mediana edad, y su cabello, en otro tiempo oscuro, aparecía ahora casi enteramente plateado; pero la fuerte vitalidad de su persona se hubiera dejado sentir en todas partes. Desde el primer momento sabía el observador que se hallaba en presencia de lo que llamaban los franceses une maitresse femme.
Nos acogió con una inclinación de cabeza.
—Háganme el favor de sentarse, señores.
Ocupamos varias sillas y el oficial de secretaría del magistrado se instaló en una mesa redonda.
—Espero, señora —empezó a decir Hautet—, que no la afligirá extremadamente contarnos lo que ha ocurrido en la noche pasada...
—De ningún modo, señor. Sé lo que vale el tiempo, si esos miserables asesinos han de ser detenidos y castigados.
—Muy bien, señora. Creo que se fatigará menos si yo le hago las preguntas y usted se limita a contestarlas. ¿A qué hora se retiró a descansar ayer noche?
—A las nueve y media. Me encontraba cansada.
—¿Y su esposo?
—Imagino que cosa de una hora más tarde.
—¿Parecía turbado..., trastornado, de algún modo?
—No; no más de lo de costumbre.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Dormimos. A mí me despertó una mano que me apretaba la boca. Intenté gritar, pero la mano me lo impidió. Había dos hombres en la habitación. Los dos enmascarados.
—¿Puede usted describirlos de algún modo, señora?
—Uno era muy alto y tenía una barba larga y negra. El otro era bajo y grueso. Su barba era rojiza. Los dos llevaban sombreros metidos hasta los ojos.
—¡Hum! —apuntó el magistrado con aire pensativo—. Me parecen demasiadas barbas.
—¿Quiere decir que eran postizas?
—Sí, señora. Pero continúe su relato.
—El hombre bajo era el que me sujetaba. Me puso una mordaza y me ató con cuerdas las manos y los pies. El otro se había puesto encima de mi marido. Había tomado del tocador mi pequeña daga cortapapeles, y le retenía sosteniéndola con la punta sobre su corazón. Cuando el hombre bajo hubo terminado conmigo fue a ayudar al otro y los dos obligaron a mi marido a levantarse y acompañarles al cuarto de vestir, en la puerta inmediata. Yo estaba casi desmayada de terror; sin embargo, escuché como desesperada. Hablaban demasiado bajo para que pudiese entender lo que decían. Pero reconocí la lengua, un español alterado, como el que se usa en algunas partes de Sudamérica. Parecían estar pidiéndole algo a mi marido, y luego se irritaron y levantaron un poco las voces. Creo que era el hombre alto el que hablaba al decir: «¡El secreto! ¿Dónde está?» No sé lo que contestó mi esposo, pero el otro replicó enfurecido: «¡Miente! Sabemos que lo tiene usted. ¿Dónde están las llaves?» Luego oí ruido de cajones que se sacaban. En la pared del cuarto de vestir de mi esposo hay una caja de caudales en la que guarda siempre una suma importante de dinero disponible. Leonia me dice que la han registrado y se han llevado el dinero; pero, evidentemente, lo que buscaban no estaba allí, pues oí cómo el hombre alto, con un juramento, ordenaba a mi marido que se vistiese. Poco después de esto, creo que debió de perturbarles algún ruido que oyeron por la casa, pues empujaron a mi marido hasta mi cuarto sólo vestido a medias.
Pardon —interrumpió Poirot—; pero ¿no hay entonces otra salida desde el cuarto de vestir?
—No, señor; sólo la puerta de comunicación con mi cuarto. Le empujaron por ella: el hombre bajo delante, y el alto detrás, con la daga aún en la mano. Pablo intentó apartarse de ellos para venir conmigo. Vi sus ojos llenos de angustia. Volviéndose, les dijo: «Tengo que hablar con ella.» Y añadió, viniendo al lado de la cama: «Todo va bien, Eloísa. No temas. Regresaré antes de la mañana.» Pero, aunque intentó hablar con voz segura, yo pude ver el terror en sus ojos. Luego le sacaron por la puerta, y el hombre alto dijo: «Una palabra, y es usted hombre muerto; recuérdelo». Después de esto —continuó madame Renauld—, debí de desmayarme. Lo primero que recuerdo es a Leonia que me frotaba las muñecas y me daba brandy.
Madame Renauld —dijo el magistrado—, ¿tenía usted alguna idea sobre lo que los asesinos andaban buscando?
—Ninguna en absoluto, señor.
—¿Sabía usted que su esposo temía algo?
—Sí; había notado el cambio en él.
—¿Cuánto tiempo hacía de esto?
Madame Renauld reflexionó.
—Diez días, quizá.
—¿No más tiempo?
—Es posible; pero, en este caso, yo no lo había advertido.
—¿Llegó usted a preguntar a su esposo sobre la causa de este cambio?
—Una vez. Y me contestó con evasivas. No obstante, yo estaba convencida de que sufría alguna terrible inquietud. A pesar de todo, siendo claro que deseaba ocultarme esta causa, intenté fingir que no había advertido nada.
—¿Sabía usted que había pedido los servicios de un detective?
—¿Un detective? —exclamó madame Renauld con viva sorpresa.
—Sí; este caballero..., monsieur Hércules Poirot —el aludido se inclinó—. Ha llegado hoy obedeciendo a una cita de su esposo.
Y, sacando del bolsillo la carta escrita por Renauld, se la entregó a la dama.
Ésta la leyó, al parecer, con sincero asombro.
—No tenía idea de esto. Evidentemente, él conocía bien el peligro que corría.
—Vamos a ver, señora. He de rogarle que sea franca conmigo. ¿Hay algún incidente de la vida pasada de su esposo en América del Sur que pudiera aclarar este asesinato?
Madame Renauld reflexionó profundamente, pero, por fin, movió la cabeza.
—No puedo recordar ninguno. Ciertamente, mi esposo tenía muchos enemigos, gente de la que había sacado provecho en los negocios, en una u otra forma. Pero no puedo recordar ningún caso determinado. No digo que no exista tal incidente; sólo digo que yo no me he dado cuenta de ello.
El magistrado se pasó la mano por la barba desconsoladamente.
—¿Y puede usted fijar la hora de esta agresión?
—Sí, recuerdo perfectamente haber oído dar las dos en el reloj de la chimenea.
E indicó con la cabeza un reloj de viaje, con ocho días de cuerda, que, en su estuche de cuero, ocupaba el centro de la repisa de la chimenea.
Poirot dejó su asiento, examinó el reloj cuidadosamente y expresó su satisfacción con una seña afirmativa.
—Aquí hay también —exclamo Bex— un reloj de pulsera que, sin duda, los asesinos han echado fuera del peinador y hecho trizas. Poco imaginaban que serviría de testimonio contra ellos.
Con sumo cuidado apartó los fragmentos del cristal roto. De pronto, expresó su rostro una completa estupefacción.
Mon dieu! —exclamó.
—¿Qué ocurre?
—¡Las agujas del reloj señalan las siete!
—¡Cómo! —exclamó a su vez el juez de instrucción con asombro. Pero Poirot, hábil como siempre, tomó el objeto roto de manos del atónito comisario y lo acercó a su oído. Luego, sonrió.
—Sí; el cristal está roto, pero la máquina sigue en marcha.
La explicación del misterio fue acogida con una sonrisa de alivio. No obstante, el magistrado se acordó de otro detalle.
—Pero ahora no son las siete...
—No —dijo Poirot suavemente—: son pocos minutos más de las cinco. Quizá adelanta el reloj; ¿es así, señora?
Madame Renauld había fruncido las cejas con cierta confusión.
—Cierto que adelanta —admitió—, pero nunca le he visto adelantar tanto.
Con un gesto de impaciencia, el magistrado dejó el problema del reloj y continuó el interrogatorio.
—Señora, la puerta delantera ha sido hallada abierta esta mañana. Parece casi seguro que los asesinos entraron por allí; sin embargo, no hay señal alguna de que haya sido forzada. ¿Puede usted indicar alguna explicación?
—Es posible que mi marido saliese a dar un paseo anoche y se olvidase de echar el cerrojo al volver.
—¿Es esto probable?
—Muy probable. Mi marido era el hombre más distraído del mundo.
Había hablado con la frente ligeramente arrugada, como si aquel rasgo del carácter del difunto la hubiese mortificado a veces.
—Creo que podríamos hacer una deducción —observó de pronto el comisario—. Puesto que los hombres insistieron en que monsieur Renauld se vistiese, parece como si el lugar a donde le llevaban, el lugar donde estaba oculto «el secreto», se encontrase a alguna distancia.
El magistrado hizo una seña afirmativa.
—Sí; lejos; y, sin embargo, no muy lejos, puesto que él habló de estar de regreso por la mañana.
—¿A qué hora sale de la estación de Merlinville el último tren? —preguntó Poirot.
—A las once cincuenta en una dirección y a las doce diecisiete en la otra; pero es más probable que tuviesen un coche esperando.
—Desde luego —convino Poirot con cierto desánimo.
—En realidad, éste podría ser un buen modo de encontrar su pista —continuó el magistrado, con más viveza—. Un automóvil con dos extranjeros tiene bastantes probabilidades de llamar la atención. Éste es un dato importante, monsieur Bex.
Sonrió para sí mismo y, recobrando luego su anterior gravedad, le dijo a madame Renauld:
—Hay otra pregunta: ¿conoce usted a alguien que se llame «Duveen»?
—¿Duveen? —repitió ella con aire pensativo—. No; de momento no puedo decir que conozca a nadie de este nombre.
—¿No se lo ha oído nunca mencionar a su esposo?
—Nunca.
—¿Conoce usted a alguien cuyo nombre de pila sea «Bella»?
Y mientras hablaba había observado con atención a madame Renauld, en acecho para sorprender cualquier señal de irritación o de conocimiento; pero ella se limitó a mover la cabeza con naturalidad. Hautet continuó las preguntas.
—¿Sabe usted que su esposo recibió una visita anoche?
Esta vez vio cómo subía por sus mejillas un ligero matiz rojizo, pero ella contestó con noble compostura:
—No. ¿Quién era?
—Una señora.
—¿De veras?
Pero, de momento, el magistrado se contentó con esto. No parecía probable que madame Daubreuil tuviese nada que ver con el crimen y no quería trastornar a madame Renauld más de lo necesario.
Hizo una seña al comisario. Éste le contestó con una inclinación de cabeza y, levantándose luego, cruzó la habitación y volvió con el jarro de cristal que habíamos visto en el cobertizo adjunto a la casa. De este jarro tomó la daga.
—Señora —dijo suavemente—, ¿reconoce esto?
Ella lanzó un pequeño grito.
—Sí; es mi cuchillito —luego, al ver la punta manchada, se echó hacia atrás, con los ojos dilatados por el terror—. ¿Es esto... sangre?
—Sí, señora. Su esposo fue muerto con esta arma —y se apresuró a apartarla de su vista—. ¿Está enteramente segura de que es la que tenía anoche en su tocador?
—¡Oh!, sí. Era un regalo de mi hijo. Sirvió en la Aviación durante la guerra. Se atribuyó más edad de la que tenía —añadió con cierto tono de orgullo maternal en la voz—. Está hecho con el cable de uno de los aeroplanos más veloces, y mi hijo me lo entregó como un recuerdo de guerra.
—Ya lo veo, señora. Y esto nos lleva a otra cosa: ¿dónde está ahora su hijo? Es necesario que le telegrafiemos sin demora.
—¿Jack? Está camino de Buenos Aires.
—¡Cómo!
—Sí. Mi esposo le telegrafió ayer. Le había enviado a París por cuestiones de negocios; pero ayer descubrió que sería necesario que continuase sin tardanza hasta América del Sur. Anoche zarpaba de Cherburgo un buque con destino a Buenos Aires y le telegrafió que lo tomase.
—¿Tiene usted alguna idea de lo que era este asunto en Buenos Aires?
—No, señor; ignoro de qué clase de negocio se trata; pero Buenos Aires no era el destino final de mi hijo. Debía de continuar por tierra hasta Santiago de Chile.
Y el magistrado y el comisario exclamaron al unísono:
—¡Santiago! ¡Otra vez Santiago!
En este momento fue, hallándonos todos como atontados por la mención de aquel nombre, cuando Poirot se acercó a madame Renauld. Había permanecido en pie junto a la ventana, como un hombre perdido en sus pensamientos, y dudo que hubiera escuchado por completo todo lo que pasó. Después de saludarla con una inclinación, le dijo:
—Perdone, señora; pero ¿puedo examinar sus muñecas?
Aunque ligeramente sorprendida por la demanda, ella se las tendió. Alrededor de cada una se veía una fuerte señal roja, donde las cuerdas habían mordido en la carne. Al examinarlas, me pareció que desaparecía de los ojos de Poirot el ligero parpadeo de excitación que yo había advertido.
—Deben de causarle mucho dolor —dijo, y, una vez más, me pareció interesado.
Pero el magistrado estaba hablando con excitación.
—Hay que comunicar inmediatamente por el telégrafo con el joven monsieur Renauld. Es del mayor interés que quedemos informados de cuanto él pueda decirnos acerca de este viaje a Santiago —y añadió, después de un momento de vacilación—: Quisiera poder tenerle cerca de nosotros a fin de ahorrarle a usted, señora, un gran dolor.
—¿Se refiere —dijo ella con voz baja— a la identificación de los restos de mi esposo?
El magistrado inclinó la cabeza.
—Soy una mujer fuerte, caballero. Puedo soportar lo que se requiera de mí. Estoy dispuesta... ahora.
—¡Oh!, mañana será aún bastante pronto; le aseguro a usted...
—Prefiero dejarlo terminado —dijo ella en voz baja, mientras cruzaba por su rostro un espasmo de dolor—. Si quiere usted, doctor, tener la bondad de darme su brazo...
El doctor se apresuró a acercarse. Sobre los hombros de madame Renauld se echó una capa, y bajó por la escalera una lenta procesión. Bex tomó la delantera para abrir la puerta del cobertizo. Al cabo de uno o dos minutos apareció en ella madame Renauld. Estaba pálida, pero resuelta, y levantó una mano para cubrirse el rostro.
—Un momento, señores, para darme ánimo.
Retirando la mano, se inclinó y miró al muerto. Y la abandonó el maravilloso dominio de sí misma que había sostenido hasta aquel momento.
—¡Pablo! —gritó—. ¡Esposo mío! ¡Oh, Dios!
Vaciló al inclinarse y cayó sin sentido.
Poirot, que estaba a su lado, le levantó inmediatamente un párpado y le tomó el pulso. Cuando se hubo asegurado de que el desmayo era auténtico, se apartó. Cogiéndome un brazo, me dijo:
—¡Soy un imbécil, amigo mío! Si una voz de mujer ha expresado alguna vez amor y dolor, yo la he oído ahora. Mi pequeña idea era enteramente equivocada. Eh bien! ¡Tengo que volver a empezar!



CAPÍTULO SEIS


EL LUGAR DEL CRIMEN


Entre el doctor y Hautet llevaron a la casa a la mujer inconsciente. El comisario los miraba moviendo la cabeza.
Pauvre femme! —murmuró para sí mismo—. La impresión ha sido excesiva para ella. Pero nosotros no podemos hacer nada. Ahora bien, Poirot: ¿vamos a visitar el lugar en que se cometió el crimen?
—Con su permiso, Bex.
Atravesamos la casa, saliendo por la puerta delantera. Poirot, que había levantado la cabeza para mirar la escalera, al pasar la movió con expresión de descontento.
—Para mí es increíble que la servidumbre no oyese nada. ¡Los crujidos de esa escalera al bajar por ella tres personas hubieran despertado a un muerto!
—Recuerde que era a la mitad de la noche. Estas mujeres debían de estar profundamente dormidas entonces.
No obstante, Poirot continuó moviendo la cabeza como si no aceptase del todo la explicación. Desde la calzada miró hacia la casa, deteniéndose.
—En primer lugar, ¿qué les indujo a mirar si la puerta delantera estaba abierta? Era extremadamente inverosímil que lo estuviese. Y era mucho más probable que tratasen de forzar una ventana.
—Pero todas las ventanas de la planta baja se aseguran con postigos de hierro.
Poirot señaló una ventana del primer piso.
—Ésta es la del dormitorio que acabamos de visitar, ¿no es verdad? Y mire, además hay aquí un árbol por el que sería facilísimo subir.
—Es posible —admitió el otro—. Pero no hubieran podido hacerlo sin dejar huellas de pisadas en el cuadro del jardín.
Comprendí que la observación era acertada. Había dos grandes arriates ovales plantados de geranios de color junto a la puerta delantera. El árbol en cuestión tenía sus raíces en el fondo mismo del macizo y hubiera sido imposible alcanzarlo sin pisar éste.
—Ya lo ve —continuó el comisario—: por efecto de este tiempo seco, las huellas no serían visibles en el camino de los coches o andenes; pero en la tierra blanda del cuadro, el caso hubiera sido muy distinto.
Poirot se acercó al cuadro y lo estudió atentamente. Como lo había dicho Bex, la tierra estaba perfectamente lisa. No había por ninguna parte la más ligera depresión.
Poirot inclinó la cabeza, como si hubiese quedado convencido, y nos apartamos de allí; pero de pronto se lanzó disparado y se puso a examinar el otro cuadro.
—¡Bex! —llamó—. Vea esto. Aquí tiene usted abundantes huellas. El comisario vino a su lado y sonrió.
—Mi querido Poirot: éstas son, sin duda, las de las grandes botas claveteadas del jardinero. En todo caso, no tendrían importancia, puesto que en este lado no tenemos árbol ni, por tanto, el medio de obtener acceso al piso de arriba.
—Cierto —dijo Poirot, evidentemente desanimado—. ¿De modo que usted cree que estas huellas no tienen importancia?
—En absoluto.
Entonces, con gran asombro por mi parte, Poirot pronunció estas palabras:
—No estoy de acuerdo con usted. Tengo una pequeña idea de que estas huellas son la cosa más importante que hemos visto hasta ahora.
Bex no contestó, limitándose a encoger los hombros. Era demasiado cortés para exponer su verdadera opinión. En lugar de esto, dijo:
—¿Vamos a continuar?
—Ciertamente. Puedo dejar para más tarde la investigación de este asunto de las huellas —contestó de buen humor.


En lugar de seguir el camino de los coches, hasta la puerta exterior, Bex tomó un sendero que se bifurcaba en ángulo recto. Formaba una pequeña cuesta alrededor del lado derecho de la casa, y tenía a uno y otro lado una especie de espesura de matorrales: inesperadamente, desembocaba en un pequeño terreno despejado desde el que se podía ver el mar. Allí se había colocado un banco, y no lejos de este se veía un cobertizo algo ruinoso. Algunos pasos más allá, una línea bien marcada de pequeños arbustos señalaba el límite del terreno de la villa. Bex continuó hasta allí y nos hallamos ante un dilatado trecho de dunas despejadas. Miré a mi alrededor y vi algo que me llenó de asombro.
—¡Cómo!... Esto es un campo de golf—exclamé.
Bex hizo una seña afirmativa.
—No está aún terminado —explicó—. Se espera que podrá ser inaugurado en alguna fecha del mes próximo. Algunos de los hombres que trabajan en él fueron los que descubrieron el cadáver esta mañana temprano.
Di una boqueada. Cerca, a mi izquierda, en un lugar que de momento había pasado por alto, había un hoyo largo y estrecho, y junto a él, boca abajo, ¡el cuerpo de un hombre! Mi corazón dio un salto terrible y tuve la loca ocurrencia de que había sido repetida la tragedia. Pero el comisario disipó aquella ilusión adelantándose y exclamando con acento de viva contrariedad:
—¿Qué ha hecho mi policía? ¡Tenían la orden estricta de no permitir que se acercase aquí nadie sin títulos adecuados!
El que estaba en el suelo volvió la cabeza por encima del hombro.
—Pero es que yo tengo títulos adecuados... —observó, poniéndose en pie lentamente.
—¡Mi querido Giraud! —exclamó el comisario—. No tenía idea siquiera de que hubiese llegado. El juez de instrucción le esperaba con la mayor impaciencia.
Mientras hablaba el comisario, yo examinaba al recién llegado con la más viva curiosidad. Me hallaba familiarizado con el nombre del célebre detective de la Sûreté de París, y sentía gran interés por verle en persona. Era un hombre muy alto, de unos treinta años de edad, cabello y bigote pardo rojizo y porte militar. Sus maneras tenían cierto aire arrogante, revelador de que se daba cuenta perfecta de su propia importancia. Bex nos presentó, indicando que Poirot era un colega. El detective de París mostró su interés momentáneo con un ligero parpadeo.
—Le conozco a usted de nombre, monsieur Poirot —dijo—. Ha sido usted un hombre conspicuo en los tiempos pasados, ¿verdad? Pero los métodos son ahora muy distintos.
—No obstante, los crímenes son muy parecidos —observó Poirot con voz suave.
Vi inmediatamente que Giraud estaba dispuesto a mantener una actitud hostil. Le molestaba que el otro se hallase asociado con él, y tuve la sensación de que si descubría alguna pista importante era muy probable que se la guardase para él solo.
—El juez de instrucción... —empezó a decir Bex.
—¡Me tiene sin cuidado el juez de instrucción! La luz es lo que importa en este momento. Para todos los fines prácticos, se habrá acabado dentro de una media hora. Estoy bien informado del caso, y la gente que vive en la residencia puede esperar hasta mañana perfectamente; pero si hemos de encontrar una pista para descubrir a los asesinos, éste es el sitio. ¿Es la Policía de usted la que ha estado paseándose por ahí? Creía que conocían mejor su oficio en los días en que vivimos.
—No hay duda de que lo conocen. Las huellas de que usted se queja las han dejado los trabajadores que descubrieron el cadáver.
El otro dejó oír un gruñido de disgusto.
—Pueden verse los caminos por donde tres de los hombres vinieron a través del seto..., pero eran astutos. Puede usted reconocer en las huellas centrales las de monsieur Renauld; pero las de uno y otro lado han sido borradas cuidadosamente. No es que hubiera, en realidad, mucho que ver en este terreno duro, pero no han querido correr riesgos.
—La señal exterior —dijo Poirot—. Esto es lo que usted busca, ¿verdad?
El otro detective abrió mucho los ojos.
—Naturalmente.
Asomó a los labios de Poirot una débil sonrisa. Parecía a punto de hablar, pero se contuvo. Inclinóse luego sobre el lugar en que había quedado la azada.
Cierto que con esto se ha cavado la sepultura —dijo Giraud—. Pero no sacará nada de ello. Era la propia azada de Renauld, y el hombre que la usó llevaba guantes. Ahí están —e indicó con el pie un par de guantes sucios de tierra y echados por el suelo—. Y también son de Renauld..., o, por lo menos, de su jardinero. Les digo a ustedes que los hombres que proyectaron este crimen se precavieron contra todo. La víctima fue acuchillada con su propia daga y hubiera sido enterrada con su propia azada. ¡Contaban con no dejar ningún indicio! Pero yo los venceré. ¡Siempre queda algo! Y me propongo encontrarlo.
Pero Poirot estaba ahora interesado, al parecer, en otra cosa: un trozo corto de tubería de plomo descolorido, que estaba junto a la azada. Tocándolo delicadamente con el dedo, preguntó:
—Y esto ¿pertenecía también al hombre asesinado? —y me pareció advertir en la pregunta un fino acento de ironía.
Giraud encogió los hombros para indicar que no lo sabía ni le importaba.
—Puede haber estado ahí semanas enteras. De todos modos, no me interesa.
—Yo, en cambio, lo encuentro muy interesante —dijo Poirot con dulzura.
Pensé que estaba molestando al detective de París, y si era así, ciertamente lo consiguió. El otro se volvió bruscamente hacia el lado opuesto, observando que no tenía tiempo que perder, e, inclinándose, reanudó su minucioso examen del suelo.
Poirot, entre tanto, como asaltado por una idea repentina, cruzó el límite del terreno y empujó la puerta del pequeño cobertizo.
—Está cerrada —dijo Giraud por encima del hombro—. Pero no es más que un sitio donde el jardinero guarda sus trastos. La azada no vino de ahí, sino del cobertizo de las herramientas, junto a la casa.
—¡Maravilloso! —murmuró Bex, mirándome con extática expresión—. ¡No hace más de media hora que ha llegado y ya lo sabe todo! No hay duda de que Giraud es el detective más grande de nuestros días.
Aunque a mí me era profundamente antipático, me sentí secretamente impresionado. Aquel hombre parecía irradiar eficacia. Hasta aquel momento no podía evitar esta sensación. Poirot no se había distinguido mucho y esto me molestaba. Parecía estar dirigiendo su atención a todo género de detalles necios y pueriles que no tenían nada que ver con el caso. Y, efectivamente, en aquel momento preguntó de repente:
—Bex, le ruego que me diga qué significa esta línea de yeso que se extiende alrededor de la sepultura. ¿Obedece a algún objeto de la Policía?
—No, Poirot; es cosa del campo de golf. Esto muestra que aquí ha de haber un bunkair, como lo llaman ustedes.
—¿Un bunkair? —repitió Poirot, volviéndose hacia mí—. ¿Es esto el agujero irregular lleno de arena y con margen al lado? Expresé mi conformidad.
—¿Sin duda, Renauld jugaba al golf?
—Sí; le gustaba mucho este deporte. A él y a sus copiosos donativos se debe principalmente el impulso para adelantar esta obra. Ha tomado parte hasta en el proyecto.
Poirot inclinó la cabeza con expresión pensativa.
—No es un lugar muy bien elegido... para enterrar un cadáver. Hubiera sido descubierto tan pronto como los operarios hubiesen empezado a cavar el suelo.
—Ni más ni menos —exclamó Giraud con acento de triunfo—. Y esto demuestra que no eran de este lugar. Es una excelente prueba indirecta.
—Sí —dijo Poirot en tono dudoso—. Nadie bien informado enterraría aquí un cadáver..., a no ser que quisiera que se descubriese. Y esto es sencillamente absurdo, ¿no le parece?
Giraud no se tomó ni siquiera la molestia de contestar.
—Sí —insistió Poirot con voz no muy satisfecha—. Sí..., absurdo, sin duda alguna.



CAPÍTULO SIETE


LA MISTERIOSA MADAME DAUBREUIL


Al encaminarnos nuevamente a la casa, Bex se excusó por una ausencia momentánea diciendo que debía comunicar inmediatamente al juez de instrucción que había llegado Giraud. Éste, por su parte, había mostrado una satisfacción evidente al oírle declarar a Poirot que había ya observado cuanto deseaba. Al último que vimos al retirarse de allí fue a Giraud a gatas continuando su investigación con una meticulosidad que no pude dejar de admirar. Poirot se figuró lo que pensaba, pues tan pronto como estuvimos solos observó irónicamente:
—Por fin ha visto usted al detective que admira..., ¡al zorro humano! ¿No es así, amigo mío?
—En todo caso, hace alguna cosa —le repliqué con aspereza—. Si hay algo que encontrar, él lo encontrará. Ahora bien: usted...
Eh bien! ¡Yo también he encontrado algo! Un trozo de tubería de plomo.
—¡Hombre, Poirot! Usted sabe muy bien que esto no tiene nada que ver con el caso. Quiero decir con las cosas pequeñas..., con los rastros que pueden conducirnos infaliblemente a donde estén los asesinos.
—Amigo mío, ¡un indicio de sesenta centímetros de longitud vale tanto como otro que mida dos milímetros! Es una idea romántica esa de que todas las pistas importantes deben ser infinitesimales. En cuanto a la falta de relación entre el trozo de tubería y el crimen, lo dice usted porque así se lo ha dicho Giraud. No —continuó al ver que yo iba a interrumpirle con una pregunta—, no hablemos más de esto. Deje a Giraud con su investigación y a mí con mis ideas. El caso parece bastante claro, y, sin embargo..., sin embargo, amigo mío, no estoy seguro! ¿Y sabe por qué? A causa del reloj de pulsera que va adelantado dos horas. Y luego hay, además de éste, otros pequeños y curiosos detalles que no parecen encajar bien. Por ejemplo: si el objeto de los asesinos era la venganza, ¿por qué no acuchillaron a Renauld mientras dormía, para acabar de una vez?
—Querían el «secreto» —le recordé.
Poirot se sacudió de la manga una partícula de polvo con expresión de desagrado.
—Bueno; ¿dónde está este «secreto»? Al parecer, a cierta distancia de aquí, puesto que querían que se vistiese. No obstante, se le encuentra asesinado muy cerca, casi al alcance del oído desde la casa. Además, es mucha casualidad que se encontrase a mano un arma como esa daga.
Poirot se detuvo, con el ceño fruncido, y continuó luego:
—¿Por qué no oyó nada el servicio? ¿Habían tomado un narcótico? ¿Había un cómplice que se encargó de que quedase abierta la puerta delantera? Estoy preguntándome si...
Bruscamente, se detuvo. Habíamos llegado al camino de coches, frente a la casa. De pronto, se volvió hacia mí.
—Amigo mío: voy a darle una sorpresa, ¡una satisfacción! ¡Me han afectado sus reproches! ¡Vamos a examinar algunas huellas de pisadas!
—¿Dónde?
—En ese cuadro de jardín de la derecha. Bex afirma que son las pisadas del jardinero. Vamos a comprobarlo. Mire: por ahí se acerca con su carretilla.
En efecto, un hombre ya viejo estaba entonces cruzando el camino con una carretilla llena de plantas de sementera. Poirot le llamó y él dejó la carretilla y vino, cojeando, hacia nosotros.
—¿Va a pedirle una de las botas para confrontar con las huellas? —le pregunté desalentado.
Mi fe en Poirot resucitó un poco. Puesto que había dicho que las huellas dejadas en ese cuadro del lado derecho eran importantes, podía presumirse que lo eran.
—Exactamente —dijo Poirot.
—Pero ¿no pensará que esto es muy extraño?
—No pensará nada en absoluto.
No pudimos decir más porque el viejo se había acercado.
—¿Tiene algo que mandarme, señor?
—Sí. Hace ya mucho tiempo que cuida de este jardín, ¿verdad?
—Veinticuatro años, señor.
—¿Y se llama usted?
—Augusto, señor.
—Estaba admirando estos magníficos geranios. Son realmente soberbios. ¿Hace mucho tiempo que se plantaron?
—Algún tiempo, señor. Pero, por supuesto, para conservar los cuadros en buena forma tiene uno que ir añadiendo plantas nuevas y retirando las que se pasan, arrancando, además, las flores viejas.
—Colocó ayer algunas plantas nuevas, ¿verdad? Las del centro en éste y también en el otro cuadro.
—El señor tiene la vista fina. Necesitan siempre cosa de un día para «coger». Sí; puse diez plantas nuevas en cada cuadro anoche. Como el señor, sin duda, sabe, no deben ponerse las plantas cuando calienta el sol.
Augusto estaba encantado del interés de Poirot y muy bien dispuesto a charlar.
—Éste es un ejemplar espléndido —elogió Poirot, señalando—. ¿Podría, quizá, llevarme un esqueje?
—Naturalmente, señor —y entrando en el cuadro, el viejo cortó con sumo cuidado un vástago de la planta que Poirot había admirado.
Poirot se lo agradeció profusamente y Augusto se alejó con su carretilla.
—¿Lo ve usted? —dijo Poirot con una sonrisa, al inclinarse sobre el cuadro para examinar la impresión de la bota claveteada del jardinero—. Es muy sencillo.
—No había comprendido...
—¿Que el pie estaría dentro de la bota? No hace usted un uso suficiente de sus cualidades mentales. Bueno: ¿qué me dice de la huella?
Examiné el cuadro minuciosamente.
—Todas las huellas del cuadro han sido hechas por la misma bota —dije, por fin, después de un atento estudio.
—¿Lo cree así? Eh bien! Estoy de acuerdo con usted.
Poirot parecía poco interesado, como si estuviese pensando en otra cosa.
—En todo caso —observé—, habrá dejado de picarle esa mosca.
—¡Dios mío! ¡Vaya una frasecita! ¿Qué quiere decir?
—Lo que he querido decir es que ahora va usted a perder su interés por estas huellas.
Pero, con sorpresa para mí, Poirot movió la cabeza.
—No, no, amigo mío. Por fin estoy en la verdadera pista. Todavía me encuentro a oscuras; pero, como acabo de indicárselo, Hastings, ¡estas huellas son los elementos más importantes e interesantes del caso! Ese pobre Giraud... no me sorprendería que ni siquiera las viese.
En aquel momento se abrió la puerta delantera y Hautet bajó los peldaños acompañado del comisario.
—¡Ah!, Poirot; hemos estado buscándole —dijo el magistrado—. Va haciéndose tarde, pero deseo visitar a madame Daubreuil. Sin duda, estará muy trastornada por la muerte de Renauld, y tendremos mucha suerte si podemos obtener por ella alguna pista. El secreto que él no confió a su esposa es posible lo conozca la mujer cuyo amor le tenía esclavizado. Sabemos por dónde son débiles nuestros Sansones, ¿verdad?
No dijo más, pero ocupó su lugar para ponerse en marcha. Poirot iba a su lado, y el comisario y yo seguíamos a pocos pasos de distancia.
—No hay duda de que el relato de Francisca es, en sustancia, exacto —observó aquél en tono confidencial—. He telefoneado a la Jefatura. Parece que tres veces en el curso de las últimas seis semanas (es decir, desde la llegada a Merlinville de Renauld) madame Daubreuil ha ingresado en billetes en su cuenta corriente importantes cantidades cuyo total asciende ¡a doscientos mil francos!
—¡Válgame Dios!... —exclamé, haciendo un rápido cálculo—. ¡Esto debe de representar algo así como cuatro mil libras!
—Precisamente. Sí; no puede haber duda de que estaba ciegamente ilusionado. Pero falta ver si le confió a ella su secreto. El juez de instrucción así lo espera; por mi parte, estoy lejos de compartir esta opinión.
Hablando así habíamos descendido la callejuela hacia la bifurcación del camino en que nuestro coche se había detenido más temprano, y un momento después me di cuenta de que la Villa Marguerite, residencia de la misteriosa madame Daubreuil, era la casita de donde había salido la hermosa joven.
—Hace muchos años que vive aquí —dijo el comisario, indicando la casa con la cabeza—, muy tranquilamente, sin meterse nunca con nadie. Parece no tener amigos ni otras relaciones que las que ha contraído en Merlinville. Nunca hace referencia al pasado ni a su marido. No sabe uno siquiera si vive o si murió. Hay un misterio acerca de ella, ya comprenderá usted.
Hice una seña afirmativa, sintiéndome más interesado.
—¿Y... la hija? —me aventuré a preguntar.
—Una muchacha portentosamente hermosa: modesta, devota, todo cuanto pudiera pedirse. Es digna de compasión, pues aunque ella puede no saber nada del pasado, el hombre que aspire a su mano debe informarse, necesariamente, y entonces...
El comisario encogió los hombros escépticamente.
—Pero ¡ella no tendría la culpa! —exclamé, con creciente indignación.
—No, pero ¿qué quiere usted? Un hombre es escrupuloso en lo que se refiere a los antecedentes de su esposa.
Nuestra llegada a la casita cortó la discusión. Hautet tocó el timbre. Pasaron algunos minutos, oímos rumores de pasos y se abrió la puerta. En pie en el umbral había aparecido mi joven diosa de aquella tarde. Al vernos se retiró el color de sus mejillas, que quedaron cubiertas de una palidez mortal, mientras se dilataban sus ojos. No cabía la menor duda: ¡estaba atemorizada!
—Mademoiselle Daubreuil —dijo Hautet, quitándose el sombrero—, sentirnos infinitamente causarle esta molestia, pero usted comprenderá las exigencias de la ley. Ofrezca mis saludos a su señora madre y hágame el favor de preguntarle si tendría la bondad de concederme su atención por unos momentos.
Por un instante, la muchacha permaneció inmóvil. Había apretado la mano izquierda contra el costado, como si intentase calmar una agitación repentina e invencible de su corazón. Pero logró dominarse y dijo en voz baja:
—Iré a verlo. Tengan la bondad de pasar.
Entró en una habitación a la izquierda del vestíbulo y oímos el murmullo de su voz. Y entonces otra voz de timbre muy semejante, pero con una inflexión ligeramente más dura, tras su suave resonancia, dijo:
—¡Oh, ciertamente! Ruégales que entren.
Al cabo de otro minuto nos hallábamos frente a frente con la misteriosa madame Daubreuil.
Era algo menos alta que su hija, y las curvas redondeadas de su rostro tenían toda la gracia de la plena madurez. Su cabello, distinto también del de aquélla, era oscuro y dividido por en medio, al estilo de las madonnas. Los ojos, medio ocultos por los párpados que descendían, eran azules. Aunque bien conservada, no era, ciertamente, ya joven, pero la calidad de su encanto era cosa independiente de la edad.
—¿Deseaba usted verme, caballero? —preguntó.
—Sí, señora —contestó Hautet, y aclaró la voz—. Estoy encargado de la investigación de la muerte de monsieur Renauld. Sin duda tiene usted noticia de ella.
Madame Daubreuil inclinó la cabeza sin contestar. Su expresión permaneció invariable.
—Veníamos a preguntarle si podría usted..., en fin..., aclarar de algún modo las circunstancias que la han rodeado.
—¿Yo? —y el acento de sorpresa con que lo dijo fue excelente.
—Si, señora. Tenemos motivos para creer que tenía usted la costumbre de visitar al difunto, en su villa, por las noches. ¿Es así?
Asomó el color a las mejillas pálidas de la dama, que, no obstante, replicó con calma:
—¡Les niego a ustedes el derecho a dirigirme semejante pregunta!
—Madame, estamos investigando un asesinato.
—Bien. ¿Qué importa? Yo no tengo nada que ver con el asesinato.
—Señora, no suponemos tal cosa ni por un momento. Pero usted conocía bien a la víctima. ¿Le había él hecho alguna confidencia acerca de algún peligro que le amenazase?
—Nunca.
—¿Le había hablado alguna vez de su vida en Santiago de Chile, alguna enemistad que pudiera haber contraído allí?
—No.
—¿No puede, entonces, prestarnos ninguna ayuda?
—Me temo que no. No veo, realmente, por qué han de venir ustedes a verme a mí. ¿No puede su esposa decirles lo que quieran saber? —y había en su voz una ligera inflexión de ironía.
—Madame Renauld nos ha dicho todo lo que puede decirnos.
—¡Ah! —dijo madame Daubreuil— Estoy pensando...
—¿Qué está usted pensando, madame?
—Nada.
El juez de instrucción la miró. Se daba cuenta de que estaba sosteniendo un duelo y que su adversaria no era antagonista despreciable.
—¿Persiste usted en su declaración de que monsieur Renauld no le había hecho ninguna confidencia?
—¿Por qué ha de creer usted verosímil que me hiciese confidencias?
—Señora —contestó el magistrado con brutalidad calculada—, porque un hombre le cuenta a su querida lo que no siempre le cuenta a su esposa.
—¡Ah! —estalló ella, saltando hacia adelante y echando fuego por los ojos—. ¡Me insulta usted, caballero! ¡Y en presencia de mi hija! No puedo decir nada. ¡Tengan la bondad de salir de mi casa!
La dama era, sin duda, la que quedaba en posición airosa. Dejamos Villa Marguerite como un hato de colegiales avergonzados. El magistrado mascullaba para sí las más iracundas exclamaciones. Poirot parecía hundido en sus pensamientos. De pronto salió de ellos con un movimiento de sobresalto y le preguntó a Hautet si había algún buen hotel cerca de allí.
—Hay un pequeño establecimiento, el Hotel des Bains, en este lado de la población. A unos cuantos metros de distancia, siguiendo la carretera. Estará a mano para sus investigaciones. Así, ¿espero que le veremos a usted por la mañana?
—Sí; muchas gracias, Hautet.
Nos separamos con recíprocas muestras de cortesía, Poirot y yo, para dirigirnos hacia Merlinville; los demás, para regresar a Villa Geneviéve.


—El sistema policíaco francés es ciertamente maravilloso. La información que poseen de la vida de cada persona, hasta en los detalles más sencillos, es extraordinaria. Aunque sólo hace poco más de seis semanas que está aquí, se encuentran ya perfectamente enterados de los gustos y las ocupaciones de Renauld, y en el plazo más breve, pueden mostrar información sobre la cuenta corriente de madame Daubreuil y sobre las sumas que ha ingresado últimamente! Los autos judiciales son, sin duda, una gran institución. Pero ¿qué es esto? —terminó, volviéndose vivamente.
Por la carretera venía corriendo hacia nosotros una figura femenina, desalada, sin sombrero. Era Marta Daubreuil.
—Les ruego que me dispensen —exclamó, desalentada, cuando nos hubo alcanzado—. No..., no debería hacer esto, bien lo sé. No deben decírselo a mi madre. Pero ¿es verdad lo que dice la gente, que monsieur Renauld llamó a un detective antes de morir y... que éste es usted?
—Sí, señorita —contestó Poirot con tono amable—. Es muy cierto. Pero ¿cómo lo ha sabido usted?
—Francisca se lo dijo a nuestra Amelia —explicó Marta, sonrojándose.
Poirot hizo una mueca.
—¡Es imposible el secreto en un caso de este género! No es que tenga importancia. Bien, mademoiselle, ¿qué desea saber?
La muchacha vaciló. Parecía estar ansiosa y temerosa al mismo tiempo de hablar. Por fin, preguntó, casi en un murmullo:
—¿Se..., se sospecha de alguien?
Poirot la miró con gran atención. Luego contestó evasivamente:
—La sospecha está en el aire en este momento, mademoiselle.
—Sí, ya sé..., pero... ¿de alguien en particular?
—¿Por qué quiere saberlo?
La joven pareció asustada por la pregunta. De pronto acudieron a mi memoria las anteriores palabras de Poirot acerca de ella: «La muchacha de ojos acongojados.»
—Monsieur Renauld fue siempre muy bondadoso para mí —contestó por fin—, y es natural que me sienta interesada.
—Ya lo veo —dijo Poirot—. Pues bien, mademoiselle: la sospecha recae ahora en dos personas.
—¿Dos?
Hubiera jurado que había en su voz un acento de sorpresa y de alivio.
—Se desconocen sus nombres, pero se sospecha que son chilenos, de Santiago. Y ahora, mademoiselle, ¡ya ve usted lo que ocurre cuando una es joven y hermosa! ¡Por complacerla he revelado secretos profesionales!
La muchacha se echó a reír alegremente, y luego, con alguna timidez, le dio las gracias.
—Tengo que volver corriendo. Mamá me encontrará a faltar.
Y dando media vuelta subió por la carretera como una moderna Atlanta. Me quedé mirándola.
—Amigo mío —anunció Poirot con su voz amablemente irónica—, ¿vamos a quedarnos aquí toda la noche... sólo porque ha visto una mujer joven y bonita que le ha trastornado la cabeza?
Me excusé riendo.
—Pero es que realmente es hermosa, Poirot. Cualquiera que perdiese el juicio por ella debería ser perdonado.
Pero, con sorpresa para mí, Poirot movió la cabeza muy expresivamente.
—¡Ah!, amigo mío, no se ilusione por Marta Daubreuil. ¡Ésta no es para usted! ¡Se lo afirma Papá Poirot!
—¡Cómo! —exclamé—. ¡El comisario me aseguró que es tan buena como bella! ¡Un ángel perfecto!
—Algunos de los mayores criminales que he conocido tenían cara de ángel —observó Poirot animadamente—. Una deformación de las células grises puede coincidir perfectamente con un rostro de madonna.
¡Poirot! —exclamé horrorizado—. ¡No puede usted querer decirme que sospecha de una niña inocente como ésta!
—¡Ta, ta, ta! ¡No se excite! No he dicho que sospeche de ella. Pero debe usted admitir que su interés por saber algo del caso es un poco extraño.
—Por esta vez veo más lejos que usted —le repliqué—. Su interés no es por sí misma, sino por su madre.
—Amigo mío —dijo Poirot—, como de costumbre, no ve usted nada en absoluto. Madame Daubreuil es perfectamente capaz de mirar por sí misma sin necesidad de que su hija se inquiete por ella. Reconozco que estaba importunándole a usted hace un momento, pero, de todos modos, repito lo que le he dicho. No se ilusione por esta moza. ¡No le conviene a usted! Yo, Hércules Poirot, lo sé bien. Si sólo pudiese recordar dónde he visto esa cara...
—¿Qué cara? —pregunté sorprendido—. ¿La de la hija?
—No. La de la madre.
Y advirtiendo mi sorpresa afirmó con la cabeza enfáticamente.
—Sí, sí; tal como se lo digo. Hace de esto mucho tiempo, cuando estaba todavía con la Policía en Bélgica. Nunca he visto antes a la mujer misma, pero he visto su retrato..., y en relación con algún caso. Más bien creo...
—¿Qué...?
—Puedo equivocarme; pero ¡más bien creo que era un caso por asesinato!



CAPÍTULO OCHO


UN ENCUENTRO INESPERADO


A la mañana siguiente, a hora temprana, estábamos ya en la villa. El hombre de guardia en la puerta no nos cerró ahora el paso. En lugar de esto nos saludó respetuosamente, y entramos en la casa. La doncella Leonia acababa de bajar la escalera y no parecía mal dispuesta a charlar un poco.
Poirot preguntó por la salud de madame Renauld.
Leonia movió la cabeza.
—¡La pobre señora está terriblemente trastornada! No quiere córner nada..., pero ¡nada absolutamente! Y está pálida como un espíritu Viéndola, se parte el corazón. iAh, no sería yo la que me apenaría así por un hombre que me hubiese engañado con otra mujer!
Poirot hizo un gesto afirmativo de simpatía.
—Lo que dice es muy justo; pero ¿qué quiere usted? El corazón de una mujer enamorada perdonará muchas cosas. Seguramente, en los últimos meses debió de haber entre los dos muchas escenas de recriminación...
De nuevo Leonia movió la cabeza.
—Nunca, señor. Nunca he oído a la señora una palabra de protesta... ¡Oh, ni siquiera de reproche! Tenía el temperamento y la disposición de un ángel..., bien diferente del señor.
—¿Monsieur Renauld no tenía el temperamento de un ángel?
—Lejos de esto. Cuando se enfurecía lo sabía la casa entera. El día en que disputó con monsieur Jack... ma foi!, ¡gritaban tan fuerte que hubieran podido oírlos desde la plaza del Mercado!
—¿De veras? —dijo Poirot—. ¿Y cuándo tuvo lugar esta disputa?
—¡Oh, fue cuando monsieur Jack iba a salir para París! Le faltó poco para perder el tren. Salió de la biblioteca y recogió la maleta, que había dejado en el vestíbulo. El automóvil estaba en el taller de reparaciones y tuvo que correr hasta la estación. Yo estaba quitando el polvo del salón y le vi pasar, con una cara blanca..., blanca..., con dos manchas encarnadas. ¡Ah, estaba irritado de veras!
Leonia saboreaba su propia narración.
—¿Y a qué se refería la disputa?
—¡Ah, esto no lo sé!—confesó Leonia—. Es cierto que gritaban, pero eran voces tan fuertes y agudas, y hablaban tan deprisa, que sólo una persona que supiera a fondo el inglés hubiera podido entenderlas. Pero ¡el señor estuvo todo el día hecho una furia! ¡Imposible tenerle contento!
El rumor de una puerta que se cerraba cortó de golpe la locuacidad de Leonia.
—¡Y Francisca que está esperándome!... —exclamó, despertándose tardíamente a la conciencia de sus obligaciones—. Esta vieja riñe siempre.
—Un momento, mademoiselle; ¿dónde está el juez de instrucción?
—Han salido a mirar el automóvil en el garaje. El señor comisario sospechaba que pudo haber sido utilizado en la noche del crimen.
—¡Vaya una idea! —murmuró Poirot al alejarse la muchacha.
—¿Va usted a reunirse con ellos?
—No; esperaré su regreso en el salón. La habitación es fresca en esta mañana calurosa.
Aquel modo plácido de tomarse las cosas no me gustaba mucho.
—Si no tiene inconveniente... —dije, y me detuve, vacilando.
—Ninguno en absoluto. Desea usted también investigar por su propia cuenta, ¿verdad?
—Bien; me gustaría echar una ojeada a Giraud, si es que anda por ahí, y ver en qué se ocupa.
—El zorro humano —murmuró Poirot, recostándose en un cómodo sillón y cerrando los ojos—. Muy bien, amigo mío. Hasta la vista.
Salí por la puerta delantera. Ciertamente, hacía calor. Subí por el sendero que habíamos tomado el día anterior, pues me había propuesto examinar también el lugar del crimen. Sin embargo, no me encaminé allí directamente y me interné por la espesura de arbustos para salir al campo de golf, a unos cien metros de distancia, por la derecha. Esta espesura era allí mucho más densa y hube de sostener una verdadera lucha para abrirme camino. Llegué por fin al campo de deportes por sorpresa y con tal ímpetu que tropecé violentamente con una muchacha que estaba allí en pie, de espalda a los arbustos.
No es, pues, de extrañar que esta joven diese un grito comprimido; pero también yo hube de lanzar una exclamación de sorpresa. Porque no era otra que mi amiga del tren: ¡Cenicienta!
La sorpresa fue recíproca.
—¡Usted! —exclamamos los dos al mismo tiempo.
La muchacha se rehizo la primera.
—¡Válgame mi abuela! —exclamó—. ¿Qué está usted haciendo aquí?
—Si tal es el caso, ¿qué está haciendo usted? —le repliqué.
—La última vez que le vi, es decir, anteayer, estaba usted trotando hacia casa, hacia Inglaterra, como un buen muchachito.
—La última vez que yo la vi a usted —contesté— estaba trotando a casa con su hermana, como una buena muchachita. Y, a propósito, ¿está ya bien su hermana?
Mi recompensa fue el brillo de una blanca dentadura.
—¡Qué amable por preguntármelo! Mi hermana está bien, gracias.
—¿Está aquí con usted?
—Se ha quedado en casa —dijo la picaruela con dignidad.
—No creo que tenga una hermana —le dije riendo—; y si la tiene, ¡se llama Harris![1]
—¿Recuerda cómo me llamo yo? —me preguntó con una sonrisa.
—Cenicienta. Pero ahora va a decirme su verdadero nombre, ¿verdad?
Ella movió la cabeza, con una mirada maligna.
—¿Ni me dirá siquiera por qué está aquí?
—¡Oh, eso! Supongo que ha oído hablar de los miembros de mi profesión que «descansan».
—¿En los balnearios franceses caros?
—Baratísimos, si sabe una escogerlos.
La miré con atención.
—De todos modos, usted no tenía la intención de venir aquí cuando la encontré hace dos días...
—Todos tenemos nuestras desilusiones —dijo sentenciosamente Cenicienta—. Bueno; basta. Le he dicho cuanto le conviene a usted saber. Los niños no deben ser preguntones. Y usted no me ha dicho lo que estaba haciendo aquí.
—¿Recuerda que le hablé de un gran amigo mío detective?
—Siga.
—Y hasta quizá tenga usted noticia del crimen cometido en la Villa Geneviéve...
Fijó en mí la mirada. Elevóse su pecho y se dilataron y redondearon sus ojos.
—¿No querrá usted decir... que interviene en eso?
Hice una seña afirmativa. No había duda de que le llevaba ahora muchos tantos de ventaja. Su emoción era clarísima. Por algunos segundos guardó silencio, sin dejar de mirarme. Luego inclinó la cabeza con énfasis.
—¡Bueno! ¡Si esto no es el trueno gordo!... Lléveme de ahí. Quiero ver todos los horrores.
—¿Qué quiere decir?
—Lo que digo. ¡Caramba con el muchacho! ¿No le comuniqué que me encantan los crímenes? Hace horas que estoy olfateando por ahí. Es una verdadera suerte la que me ha tocado. Vamos, muéstreme todas las vistas.
—Pero escuche..., espere un momento..., no puedo hacer esto. No se permite entrar a nadie. La orden es formal para todos.
—¿No son usted y su amigo los peces gordos?
Me repugnaba la idea de abandonar mi importante posición.
—¿Por qué tiene tanto interés? —le pregunté con débil acento—. ¿Y qué desea ver?
—¡Oh, todo! El lugar donde ocurrió, y el arma, y el cadáver, y todas las impresiones dactilares y demás cosas así. Nunca, hasta ahora, había tenido la suerte de encontrarme metida en un asesinato como éste. Me durará toda la vida.
Me volví a otra parte, mareado. ¿Adonde iban a parar las mujeres de nuestros tiempos? La excitación sanguinaria de la muchacha me daba náuseas.
—Descienda usted de las nubes —me dijo la dama de pronto— y no se dé tanta importancia. Cuando le llamaron para esta faena, ¿levantó usted la nariz y dijo que era un asunto repugnante y que no quería intervenir en el mismo?
—No, pero...
—Si estuviese usted aquí de vacaciones, ¿no se ocuparía en olfatear como yo? Desde luego que lo haría.
—Yo soy un hombre. Usted es una mujer.
—Usted considera a las mujeres como seres que se suben sobre una silla y chillan cuando ven un ratón. Todo eso es prehistórico. Pero me mostrará lo que le pido, ¿verdad? Ya lo ve, esto puede representar para mí una gran diferencia.
—¿En qué sentido?
—Están manteniendo fuera a todos los periodistas. Yo podría adelantar muchas noticias a un periódico. Usted no sabe lo que pagan por un poco de información interior.
Vacilé. Ella deslizó una mano pequeña y suave entre las mías.
—Hágame este favor..., sea usted bueno.
Capitulé. Secretamente, sabía que iba a agradarme el papel de director de escena.
Fuimos primero al lugar en que había sido descubierto el cadáver. Había allí un hombre de guardia que, conociéndome de vista, me saludó respetuosamente y no preguntó nada acerca de mi compañera, considerando, quizá, que yo respondía por ella. Le expliqué a Cenicienta cómo se había hecho el descubrimiento, y ella escuchó con atención, dirigiéndome a veces alguna pregunta inteligente. Luego volvimos nuestros pasos en dirección a la villa. Yo me adelantaba con alguna cautela, pues para decir la verdad no tenía el menor deseo de encontrar a nadie. Llevé a la muchacha a través de los arbustos que daban la vuelta a la parte posterior de la casa, hacia el emplazamiento del pequeño cobertizo. Recordaba que, después de cerrarlo, en la tarde anterior, Bex había dado a guardar la llave al agente de Policía Marchaud, diciéndole: «Para el caso de que monsieur Giraud la pida mientras estamos arriba.» Pensé que era muy probable que, después de usarla, el detective de la Sûreté se la hubiese devuelto a Marchaud. Dejando a la muchacha entre la maleza, en sitio poco visible, entré en la casa. Marchaud estaba de guardia, fuera de la puerta del salón. Llegaba del interior un murmullo de voces.
—¿Desea ver a monsieur Hautet? —me preguntó—. Está dentro, interrogando de nuevo a Francisca.
—No —le contesté apresuradamente—. No le necesito; pero me gustaría mucho tener la llave del cobertizo de ahí fuera, si no va contra el reglamento.
—Desde luego, señor —dijo, sacándola—. Aquí la tiene. Hay órdenes de monsieur Hautet para que se le den a usted todas las facilidades. Tenga únicamente la bondad de devolvérmela cuando haya terminado.
—Naturalmente.
Sentí un estremecimiento de satisfacción al comprobar que, a lo menos a los ojos de Marchaud, tenía yo la misma importancia que Poirot. La muchacha me esperaba y lanzó una exclamación de alegría al ver la llave en mis manos.
—Es decir, ¿que la ha obtenido?
—Por supuesto —dije con frialdad—. Comprenda, de todos modos, que estoy cometiendo una grave irregularidad.
—Se ha portado usted como un ángel y no lo olvidaré. Vamos allá. Desde la casa no pueden vernos, ¿verdad?
—Espere un momento —dije, deteniendo su impaciente impulso—. No voy a oponerme si en realidad quiere entrar allí. Pero ¿quiere entrar? Ha visto la sepultura y el campo de golf y está informada de todos los detalles del caso. ¿No le basta con esto? Ya puede comprender que la escena va a resultar horripilante y... algo desagradable.
Me miró por un momento con una expresión que no pude entender bien. Luego se echó a reír.
—Vengan los horrores —dijo—. Vamos allá.
Llegamos a la puerta del cobertizo en silencio. La abrí y pasé al interior. Me acerque al cadáver y retiré la sábana con cuidado, como lo había hecho Bex en la tarde anterior. De los labios de la muchacha se escapó un pequeño sonido entrecortado, y me volví para mirarla. En su rostro se pintaba ahora el horror, y la alegre animación anterior se había apagado por completo. No había querido escuchar mi consejo y ahora recibía el castigo correspondiente. Me sentí singularmente despiadado con ella. Lentamente, volví el cadáver.
—Ya lo ve —dije—. Fue acuchillado por la espalda.
Su voz apenas sonaba al decir:
—¿Con qué?
Con la cabeza le indiqué el jarro de cristal.
—Con esta daga.
De pronto, la muchacha se tambaleó y cayó al suelo encogida. Corrí a auxiliarla.
—Le faltan fuerzas. Vamos fuera de aquí. Esto ha sido demasiado para usted.
—Agua —murmuró—. Pronto. Agua.
Dejándola, corrí a la casa. Por fortuna, nadie del servicio andaba por allí, y sin ser observado, pude procurarme un vaso de agua, a la que añadí unas cuantas gotas de brandy de un frasco de bolsillo. A los pocos minutos estaba de regreso. La joven continuaba echada como la había dejado, pero algunos sorbos del agua con brandy la hicieron revivir de un modo maravilloso.
—Sáqueme de aquí... ¡Oh, pronto, pronto! —exclamó, estremeciéndose.
Sosteniéndola con un brazo la conduje al aire libre y tiré de la puerta, tras ella. Lanzó entonces un profundo suspiro.
—Esto es mejor. ¡Oh, era horrible! ¿Cómo ha podido dejarme entrar allí?
Encontré estas palabras tan femeninas que no pude evitar una sonrisa. Secretamente, no me desagradaba su colapso. Esto demostraba que no estaba tan endurecida como yo la había creído. Después de todo, era poco más que una niña, y su curiosidad había sido, probablemente, un efecto de pensar poco las cosas.
—Ya sabe que he hecho lo que he podido para detenerla —le dije con suavidad.
—Así lo supongo. Bien; adiós.
—Escuche: no puede usted alejarse de este modo..., enteramente sola. No se encuentra en estado de hacerlo. Insisto en acompañarla hasta Merlinville.
—¡Oh, no, no! Me encuentro ahora perfectamente.
—¿Y si volviese a desmayarse? No; debo acompañarla.
Pero a esto se opuso ella con la mayor energía. No obstante, al final conseguí que me permitiese escoltarla hasta las afueras de la población. Volvimos sobre lo andado en nuestro anterior camino, pasando de nuevo por delante de la tumba y dando un rodeo hacia la carretera. Llegados a las primeras tiendas, ella se detuvo y me tendió la mano.
—Adiós, y muchas gracias por haber venido conmigo.
—¿Está segura de encontrarse ahora bien?
—Enteramente; gracias. Espero que no tendrá dificultades por haberme mostrado todas estas cosas.
En tono ligero rechacé la idea.
—Bien; adiós.
—Hasta la vista —repliqué—. Si ahora está aquí, volveremos a vernos.
Me dirigió una sonrisa brillante.
—Eso es. Hasta la vista, entonces.
—Espere un momento. No me ha dado sus señas.
—¡Oh!, me alojo en el Hotel du Phare. Un establecimiento pequeño, pero muy bien atendido. Venga a verme mañana.
—Así lo haré —le contesté con innecesaria vehemencia.
La observé hasta que se perdió de vista, y regresé a la villa. Recordé entonces que no había vuelto a cerrar la puerta del cobertizo. Por fortuna, nadie había advertido el descuido. Di, pues, vuelta a la llave y se la devolví al agente. Cuando lo hacía se me ocurrió de pronto que aunque la Cenicienta me había dado sus señas, yo continuaba sin saber su nombre.



CAPÍTULO NUEVE


GIRAUD ENCUENTRA ALGUNOS INDICIOS


Encontré en el salón a Hautet, muy ocupado en el interrogatorio de Augusto, el viejo jardinero. Poirot y el comisario, que se hallaban presentes, me acogieron, respectivamente, con una sonrisa y una cortés inclinación de cabeza. Sin hacer ruido, fui a sentarme. El magistrado era inteligente y meticuloso en extremo, pero no lograba obtener información alguna importante.
Augusto admitió que eran suyos aquellos guantes de jardinero. Se los ponía cuando tenía que manejar cierta especie de prímula que resultaba venenosa para algunas personas. No podía recordar cuándo los había usado la última vez. Ciertamente, no los había encontrado a faltar. ¿Dónde los guardaba? Unas veces en un sitio y otras veces en otro. La azada se encontraba, por lo general, en el pequeño cobertizo de las herramientas. ¿Estaba cerrado? Naturalmente que estaba cerrado. ¿Dónde se guardaba la llave? Parbleau!, se dejaba en la puerta; eso por supuesto. No había ningún objeto de valor que robar. ¿Quién hubiera esperado una partida de bandidos o asesinos? Tales cosas no ocurrían en los tiempos de la señora vizcondesa.
A una indicación de Hautet de que había terminado con él, el viejo se retiró refunfuñando hasta el último momento. Había recordado yo la inexplicable insistencia de Poirot acerca de las huellas de pisadas en los cuadros del jardín y examinado a Augusto con gran atención mientras contestaba al interrogatorio. O no tenía nada que ver con el crimen o era un actor consumado. De repente, cuando iba ya a atravesar la puerta, se me ocurrió una idea.
—Dispénseme, Hautet —exclamé—; pero ¿me permitiría que le hiciese una pregunta?
—Desde luego, caballero.
Así animado, me volví hacia Augusto.
—¿Dónde guarda usted sus botas?
—En mis pies —gruñó el viejo—. ¿Qué más?
—Pero ¿cuando se va a dormir por la noche?
—Debajo de la cama.
—Pero ¿quién las limpia?
—Nadie. ¿Por qué habían de limpiarlas? ¿Acaso me voy por ahí de paseo, como un muchacho? El domingo me pongo las botas de los domingos, pero fuera de este caso...
Y encogió los hombros.
Moví la cabeza, desalentado.
—Bien, bien —dijo el magistrado—; no adelantamos mucho. Sin duda, estaremos detenidos hasta que nos contesten de Santiago. ¿Ha visto alguien a Giraud? ¡Lo cierto es que no usa mucha cortesía! Tengo grandes tentaciones de enviar a buscarle y...
—No tendrá que enviar muy lejos.
Aquella voz tranquila me sobresaltó. Desde fuera, Giraud estaba mirándonos por la ventana abierta.
De un salto entró en la habitación y se adelantó hasta la mesa.
—Aquí estoy a su servicio. Acepte mis excusas por no haberme presentado antes.
—¡Nada de eso..., nada de eso! —contestó el magistrado, algo confuso.
—Por supuesto, no soy más que un detective —continuó el otro—. No sé nada de interrogatorios. Si yo dirigiese uno de ellos me sentiría inclinado a hacerlo sin tener una ventana abierta. Cualquiera puede desde el otro lado escuchar todo lo que pasa... Pero no importa.
El rostro de Hautet se encendió con expresión iracunda. Evidentemente, no iban a ser cordiales las relaciones entre el juez de instrucción y el detective encargado del caso. Habían chocado el uno con el otro desde el principio. Quizá hubiera ocurrido lo mismo en cualquiera otra circunstancia. Para Giraud, todos los jueces de instrucción estaban locos, y para Hautet, que se lo tomaba así mismo en serio, las maneras despreocupadas del detective de París no podían dejar de ser ofensivas.
Eh bien!, Giraud —dijo el magistrado con cierta dureza—. ¡Sin duda, ha dado usted un empleo maravilloso a su tiempo! Tiene usted ya los nombres de los asesinos, ¿verdad? Y así mismo el lugar exacto en que se encuentran en este momento...
Imperturbable ante aquella ironía replicó:
—Sé, por lo menos, de dónde vinieron.
Y sacó del bolsillo dos pequeños objetos que depositó sobre la mesa. Todos nos apiñamos a su alrededor. Los objetos eran muy sencillos: la colilla de un cigarrillo y una cerilla no encendida. El detective giró sobre sí mismo, poniéndose de cara a Poirot.
—¿Qué ve usted aquí? —preguntó.
Su tono tenía algo de brutal, y me encendió las mejillas. No obstante, Poirot permaneció impasible, y encogió los hombros.
—Un cigarrillo y una cerilla.
—¿Y qué le dice esto a usted?
Poirot extendió las manos.
—No me dice... nada.
—¡Ah! —exclamó Giraud con acento de satisfacción—. No ha estudiado usted estas cosas. No se trata de una cerilla ordinaria..., por lo menos en este país. Es una cerilla bastante corriente en América del Sur. Por fortuna no ha sido encendida. En otro caso, podríamos no haberla reconocido. Evidentemente, uno de los hombres tiró su cigarrillo y encendió otro, habiéndosele escapado una cerilla de la caja al hacerlo.
—¿Y la otra cerilla? —preguntó Poirot.
—¿Qué cerilla?
—La que encendió para el otro cigarrillo. ¿La ha encontrado también?
—No.
—Quizá no ha buscado usted muy a fondo.
—¿Que no he buscado a fondo?... —por un momento pareció como si el detective fuese a estallar, pero con un esfuerzo se dominó—. Veo que le gusta a usted bromear, Poirot. Pero, en todo caso, con cerilla o sin ella, la colilla del cigarrillo basta. Es un cigarrillo sudamericano con papel pectoral de regaliz.
Poirot se inclinó. El comisario tomó la palabra:
—El cigarrillo y la cerilla pueden haber pertenecido a Renauld. Recuerde que no hace más de dos años que volvió de América del Sur.
—No —replicó el otro con acento confiado—. He registrado ya los enseres de Renauld. Los cigarrillos que fumaba y las cerillas que usaba eran enteramente distintos.
—¿No encuentra usted extraño que estos desconocidos viniesen sin un arma, guantes ni azada y que encontrasen todas estas cosas tan oportunamente? —preguntó Hércules Poirot.
—Sin duda, es extraño —contestó Giraud, después de sonreír con expresión de superioridad—. Realmente, sin la hipótesis que yo sostengo, sería inexplicable para todos nosotros.
—¡Ahá! —dijo Hautet—. ¡Un cómplice dentro de casa!
—O fuera de ella —añadió Giraud con una sonrisa peculiar.
—Pero alguien debió de abrirles la puerta. No podemos admitir que, por un golpe de suerte sin igual, la encontrasen entreabierta para darles paso.
—La puerta fue abierta para darles paso; pero también podía abrirse desde fuera por alguien que tuviese una llave.
—Pero ¿quién tenía una llave?
Giraud encogió los hombros.
—En cuanto a esto, nadie que la posea va a admitirlo si lo puede evitar. Pero varias personas podían haberla tenido. Por ejemplo, el hijo, Jack Renauld. Es cierto que está camino de América del Sur, pero podía haberla perdido o podían habérsela robado. Hay también el jardinero..., que vive aquí desde hace muchos años. Una de las sirvientas jóvenes puede tener un novio. Es fácil tomar la impresión de una llave y hacer otra igual. Hay muchas posibilidades. Hay, además, otra persona que me parece tener grandes probabilidades de poseerla.
¿Quien?
Madame Daubreuil —contestó el detective.
iEh, eh! —saltó el magistrado—. Estaba usted informado de esto, ¿verdad?
Yo estoy informado de todo —contestó Giraud, imperturbable.
—Hay una cosa de la que podría jurar que no está informado —dijo Hautet, encantado de poder hacer gala de un conocimiento superior, y sin más ceremonia detalló la historia de la misteriosa visitante de la noche anterior. Mencionó también el cheque extendido a nombre de «Duveen», y entregó, por último, la carta firmada «Bella».
—Todo muy interesante. Pero esto no afecta a mi hipótesis.
—¿Y su hipótesis es...?
—De momento prefiero no exponerla. Recuerde que no he hecho más que comenzar mis investigaciones.
—Explíqueme una cosa, Giraud —pidió Poirot de repente—. Su hipótesis admite que la puerta fuese hallada abierta. No justifica el hecho de que fuese dejada abierta. ¿No hubiera sido natural que la cerrasen al marcharse? Si un agente de Policía hubiese acertado a pasar por allí, como se hace a veces para ver si todo anda bien, hubieran podido ser descubiertos y acaso detenidos inmediatamente.
—¡Bah! Se olvidaron de cerrarla. Fue un error, y lo reconozco.
Entonces, con sorpresa por mi parte, Poirot pronunció casi las mismas palabras que le había dirigido a Bex en la tarde anterior:
—No estoy de acuerdo con usted. La puerta fue dejada abierta deliberadamente o por necesidad, y cualquier hipótesis que no admita este hecho está destinada a resultar falsa.
Todos miramos al hombrecillo llenos de asombro. La confesión de ignorancia que se le había sacado a propósito del cigarrillo y de la cerilla parecía adecuada para humillarle; pero allí estaba, tan satisfecho de sí mismo como siempre, enseñando su oficio a Giraud sin un temblor.
El detective se retorció el bigote, mirando a mi amigo con expresión zumbona.
—No está de acuerdo conmigo, ¿verdad? Bueno. ¿Qué le llama particularmente la atención en este caso? Déjenos saber su opinión.
—Una cosa me parece significativa. Dígame, Giraud: ¿no le ha sorprendido en este caso algo que le pareciese familiar? ¿No le recuerda nada?
—¿Familiar? ¿Que me recuerde algo? No puedo decirlo de repente. Aunque me parece que no.
—Se equivoca —dijo Poirot tranquilamente—. Se había cometido ya un crimen enteramente parecido.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—iAh!, esto, por desgracia, no puedo recordarlo de momento; pero lo recordaré. Había esperado que usted pudiera ayudarme.
Giraud dejó oír un resoplido de incredulidad.
—Ha habido muchos casos de hombres enmascarados. No puedo recordar los detalles de todos ellos. Todos los crímenes se parecen, más o menos, unos a otros.
—Existe lo que puede llamarse el toque individual —y adoptando de pronto su actitud de conferenciante, Poirot se dirigió a nosotros colectivamente—. Estoy ahora hablándoles a ustedes de la psicología del crimen. Giraud sabe perfectamente que cada criminal tiene su método particular, y que cuando está llamado a investigar, por ejemplo, un caso de robo con escalo, puede la Policía muchas veces figurarse quién es el autor, sencillamente por los métodos que ha usado. (Japp le diría a usted lo mismo, Hastings.) El hombre es un animal sin originalidad. Sin originalidad dentro de la ley de su respetable vida diaria, y sin originalidad fuera de la ley. Si un hombre comete un crimen, cualquier otro crimen que cometa será muy parecido al primero. El asesino inglés que se deshacía de sus sucesivas esposas ahogándolas en sus baños es un ejemplo adecuado. Si hubiese variado sus métodos no habría sido descubierto aún. Pero obedeció a las reglas ordinarias de la naturaleza humana, pensando que lo que le había salido bien una vez le saldría bien otras, y hubo de pagar la pena de su falta de originalidad.
—¿Y la moraleja de todo esto? —preguntó Giraud en son de mofa.
—Que cuando tiene usted dos crímenes enteramente semejantes en cuanto al plan y en cuanto a la ejecución, encuentra el mismo cerebro tras las dos. Estoy buscando este cerebro, Giraud, y lo encontraré. Tenemos aquí una verdadera pista..., una pista psicológica. Usted puede estar muy ilustrado en cuanto a cigarrillos y cerillas, Giraud; pero yo, Hércules Poirot, conozco el entendimiento humano.
Giraud se quedó singularmente impasible.
—Para su gobierno —continuó Poirot— le llamaré la atención sobre un hecho del que puede no estar informado: al día siguiente al de la tragedia, el reloj de pulsera de madame Renauld había adelantado dos horas.
Giraud abrió mucho los ojos.
—¿Acostumbraba adelantarse este reloj?
—En realidad, así me lo dicen.
—Entonces, no hay dificultad.
—Como quiera que sea, dos horas son mucho tiempo —observó Poirot con suavidad—. Hay, además, el detalle de las huellas de pisadas en el arriate del jardín.
Diciendo esto, indicó con la cabeza la ventana abierta. Giraud la alcanzó en dos zancadas y miró hacia fuera.
—No veo esas huellas.
—No —asintió Poirot enderezando un montón de libros sobre la mesa—. No las hay.
Por un momento, una ira homicida oscureció el rostro de Giraud, que dio dos largos pasos en la dirección del hombrecillo que le atormentaba; pero en aquel instante fue abierta la puerta del salón y Marchaud anunció:
—El secretario, monsieur Stonor, acaba de llegar de Inglaterra. ¿Puede pasar?



CAPÍTULO DIEZ


GABRIEL STONOR


El hombre que entró en la habitación ofrecía una figura impresionante. Muy alto, atlético y bien proporcionado y con el rostro y cuello bronceados, dominaba a las personas allí reunidas. A su lado, el mismo Giraud parecía anémico. Cuando le reconocí mejor, me di cuenta de que Gabriel Stonor tenía una personalidad desusada. Era inglés de nacimiento, y había recorrido todo el mundo. Había cazado fieras en África y viajado por Corea; había tenido un rancho en California y comerciado en las islas de los mares del Sur.
Su mirada inefable se fijó en Hautet.
—¿El señor juez de instrucción encargado del caso? Tengo mucho gusto en verle. Es éste un asunto terrible. ¿Cómo está madame Renauld? ¿Lo resiste bien? Esta desgracia habrá causado una horrible impresión.
—Terrible, terrible —accedió Hautet—. Permítame que le presente a monsieur Bex, nuestro comisario de Policía, y a monsieur Giraud, de la Sûreté. Este caballero es monsieur Hércules Poirot. Monsieur Renauld le envió a buscar, pero llegó demasiado tarde para poder hacer algo que evitase la tragedia. Un amigo de monsieur Poirot: el capitán Hastings.
Stonor miró a Poirot con algún interés.
—¿Le envió a buscar?
—Entonces, ¿no sabía usted que monsieur Renauld pensaba en llamar a un detective? —preguntó Bex, interviniendo.
—No, no lo sabía. Pero no me sorprende poco ni mucho.
—¿Por qué?
—Porque el pobre señor estaba azarado. No sé de qué se trataba. No me había hecho ninguna confidencia. No estábamos en estos términos. Pero azarado sí lo estaba..., y de mala manera.
—¡Hum!... —dijo Hautet—. Pero ¿no tiene usted idea de la causa?
—Así acabo de decirlo, señor.
—Excúseme, monsieur Stonor, pero debemos comenzar con algunas formalidades. ¿Se llama usted?
—Gabriel Stonor.
—¿Cuánto tiempo hacía que era usted secretario de monsieur Renauld?
—Unos dos años. Desde que regresó de América del Sur. Le conocí por mediación de un amigo común, y él me ofreció el cargo. Y era un amo extraordinariamente bueno.
—¿Hablaba mucho con usted sobre su vida en América del Sur?
—Sí; bastante.
—¿Sabe si estuvo alguna vez en Santiago de Chile?
—Varias veces, por lo que creo.
—¿No mencionaba nunca algún incidente especial ocurrido allí?... ¿Algo que hubiera podido provocar alguna venganza contra él?
—Nunca.
—¿Habló de algún secreto que hubiera conocido mientras estaba allí?
—No, que yo recuerde. Pero con todo esto, lo cierto es que había algún misterio en su vida. Por ejemplo, nunca le oí hablar de su infancia ni de ningún incidente anterior a su llegada a América del Sur. Creo que era francés, canadiense de nacimiento, pero nunca aludía a su vida en el Canadá. Sabía cerrarse como una almeja, si esto le convenía.
—Es decir, que dentro de lo que usted sabe, no tenía enemigos, y no puede darnos el rastro de ningún secreto por cuya posesión hubiera podido ser asesinado...
—Así es.
—Monsieur Stonor, ¿ha oído usted alguna vez el nombre de Duveen en relación con monsieur Renauld?
—Duveen, Duveen... —pronunció, intentado despertar sus recuerdos—. No creo haberlo oído y, sin embargo, me parece conocerlo.
—¿Conoce usted a una dama, una amiga de monsieur Renauld, cuyo nombre de pila es Bella?
De nuevo movió la cabeza Stonor.
—¿Bella Duveen? ¿Es éste el nombre completo? Es curioso. Estoy seguro de conocerlo. Pero de momento no puedo recordar con qué se relaciona.
El magistrado tosió.
—Usted comprende, monsieur Stonor, que el caso es éste: no debe haber reservas. Podría usted quizá por un sentimiento de consideración a madame Renauld (a la que, según tengo entendido, profesa usted gran estimación y afecto, ¡y en realidad lo merece!) —y Hautet, ligeramente embrollado en su frase, repitió—: No debe haber reservas, en absoluto.
Stonor le miró y apareció en sus ojos un destello de comprensión.
—No le entiendo bien —dijo con tono amable—. ¿Qué tiene que ver con esto madame Renauld? Tengo un inmenso respeto y afecto por esta dama; es un carácter verdaderamente admirable y poco frecuente, pero no acierto a ver cómo pudiera afectarla mi reserva o mi falta de reserva...
—¿Y si esta Bella Duveen resultase haber sido algo más que una amiga para su esposo?
—¡Ah! —saltó Stonor—. Ahora sí le entiendo. Pero apuesto lo que usted quiera a que está equivocado. El buen señor jamás miraba unas enaguas. Adoraba, sencillamente, a su propia esposa. Eran la pareja más unida que he conocido.
Hautet movió la cabeza con suavidad.
—Monsieur Stonor, tenemos una prueba definitiva..., una carta amorosa escrita por esta Bella a monsieur Renauld acusándole de haberse cansado de ella. Además, tenemos otras pruebas de que en la fecha de su muerte sostenía una intriga con una francesa, una tal madame Daubreuil, que tiene arrendada la villa inmediata. Los párpados del secretario se contrajeron.
—Espere, señor juez. Están ustedes ladrando a la luna. Yo conocía bien a Pablo Renauld. Lo que acaba usted de decir es radicalmente imposible. Hay alguna otra explicación.
El magistrado encogió los hombros.
—¿Qué otra explicación puede haber?
—¿Qué le hace a usted pensar que se trata de una intriga amorosa?
—Madame Daubreuil tenía la costumbre de visitarle aquí por las noches. Por otra parte, desde que monsieur Renauld vino a la Villa Geneviéve, madame Daubreuil ha ingresado en el Banco cantidades importantes en billetes. El importe total alcanza a cuatro mil libras de su moneda inglesa.
—Me figuro que esto es verdad —dijo tranquilamente—. Yo le he transmitido estas sumas en billetes por orden suya. Pero esto no era una intriga.
—¿Qué otra cosa podría ser?
—¡Un chantaje! —-declaró Stonor con energía, dando un manotazo sobre la mesa—. Eso era y no otra cosa.
—¡Ah! —exclamó el magistrado, impresionado a su pesar.
—Un chantaje —repitió Stonor—. Estaban sangrando al pobre señor..., y a grandes dosis. Cuatro mil libras en un par de meses. ¡Canastos! Le he dicho hace un momento que había algún misterio en la vida de Renauld. Evidentemente, esta madame Daubreuil lo conocía bastante para apretar el tornillo.
—Es posible —exclamó el comisario, excitado—. Decididamente, es posible.
—¿Posible? —gritó Stonor—. Es seguro. Dígame: ¿han preguntado a madame Renauld acerca de esa aventurilla amorosa de que me hablan?
—No, señor. No queríamos ocasionarle ninguna angustia que razonablemente pudiera evitársele.
—¿Angustia? Pero si se reiría de ustedes... Les digo que ella y Renauld eran la pareja modelo entre cien.
—¡Ah! Esto me recuerda otra cuestión —dijo Hautet—. ¿Le había confiado a usted algo Renauld acerca de las disposiciones tomadas en su testamento?
—Lo conozco bien... Me encargó que se lo llevara a los abogados cuando lo tuvo redactado. Puedo darles los nombres de estos señores, si quieren verlo. Lo tenían allí. Muy sencillo: la mitad de los bienes, a su esposa, en fideicomiso; la otra mitad, a su hijo. Algunos legados. Me parece que a mí me dejaba mil libras.
—¿En qué fecha se hizo este testamento?
—¡Oh!, hace cosa de año y medio.
—¿Le sorprendería a usted mucho, monsieur Stonor, saber que Renauld hizo otro testamento dentro de la pasada quincena?
Era evidente que la noticia sorprendió al secretario.
—No tenía idea de esto. ¿En qué forma?
—Su esposa queda heredera libre de toda su vasta fortuna. No hace mención de su hijo.
Stonor dejó oír un largo silbido.
—Esto me parece algo duro para el muchacho. Su madre le adora, por supuesto; pero, ante el mundo, hace el efecto de falta de confianza por parte de su padre. Resultará humillante para el chico. No obstante, todo ello viene a demostrar lo que les he dicho a ustedes: que Renauld y su esposa vivían en perfecta unión.
—En efecto, en efecto —dijo Hautet—. Es posible que tengamos que revisar nuestras ideas en varios puntos. Ya hemos cablegrafiado a Santiago de Chile y esperamos la contestación de un momento a otro. Es muy probable que todo quede entonces perfectamente aclarado. Por otra parte, si su indicación de chantaje es acertada, madame Daubreuil debe de hallarse en situación de darnos información importante.
Poirot intervino entonces para hacer una observación.
—Monsieur Stonor, ¿hacía tiempo que el chófer inglés, Masters, estaba al servicio de monsieur Renauld?
—Más de un año.
—¿Tiene usted idea de que hubiera estado alguna vez en América del Sur?
—Estoy enteramente seguro de que no. Antes de servir a Renauld estuvo algunos años en Gloucestershire con varias personas a las que conozco.
—¿Podría usted, en realidad, responder de que está por encima de toda sospecha?
—Absolutamente
Poirot pareció algo desanimado.
El magistrado, entre tanto, había llamado a Marchaud.
—Con mis saludos a madame Renauld, dígale que desearía hablar con ella unos minutos. Ruéguele que no se moleste. Yo iré a verla arriba.
Marchaud saludó y desapareció.
Esperamos por espacio de algunos minutos y, con sorpresa de nuestra parte, abrióse la puerta y entró en la habitación madame Renauld, vestida de luto y mortalmente pálida.
Hautet adelantó una silla, formulando enérgicas protestas, y ella le dio las gracias con una sonrisa. Stonor sostenía una de las manos de ella con elocuente expresión de simpatía. Era claro que le faltaban las palabras. Madame Renauld se volvió hacia Hautet.
—¿Deseaba usted preguntarme alguna cosa?
—Con su permiso, señora. Tengo entendido que su esposo era francés canadiense de nacimiento. ¿Puede decirme algo de su juventud y educación?
Ella movió la cabeza.
—Mi esposo fue siempre muy reticente en lo que se refería a sí mismo, señor. Sé que vino del Noroeste, pero me figuro que su infancia fue desgraciada, pues nunca le gustaba hablar de esa época. Hemos vivido nuestra vida enteramente en el presente y en el futuro.
—¿Había algún misterio en su vida pasada?
Madame Renauld sonrió un poco y movió la cabeza.
—Nada que fuese tan romántico, señor juez.
Hautet sonrió también.
—Cierto; no debemos consentir en ponernos melodramáticos. Hay otra cosa... —y vaciló.
Stonor intervino entonces impetuosamente:
—Se han metido en la cabeza una idea extraordinaria, madame Renauld. Imaginan ahora que monsieur Renauld sostenía unos galanteos con madame Daubreuil, que, según parece, vive en la puerta inmediata.
Encendiéronse las mejillas de madame Renauld, que levantó la cabeza, y se mordió luego el labio, con el rostro tembloroso. Lleno de asombro, Stonor se quedó mirándola, pero Bex se inclinó hacia adelante y dijo con tono suave:
—Sentimos causarle pena, señora, pero ¿tiene usted alguna razón para creer que madame Daubreuil era la amiga de su esposo?
Con un sollozo de angustia, madame Renauld se cubrió la cara con las manos. Sus hombros se agitaron convulsivamente. Por fin, levantó la cabeza y dijo con voz entrecortada:
—Puede haberlo sido.
Nunca, en toda mi vida, he visto nada parecido a la estupefacción que se pintó en el rostro de Stonor. El secretario se quedó enteramente desconcertado.



CAPÍTULO ONCE

JACK RENAULD


Me sería imposible decir qué curso hubiera tomado la conversación, pues en aquel momento se abrió la puerta con violencia y se precipitó en la habitación un hombre joven.
Por un breve instante tuve la sensación pavorosa de que había vuelto a la vida el muerto. Luego me di cuenta de que en su oscura cabeza no había ningún reflejo gris, y que, en realidad, no era más que un muchacho el que con tan poca ceremonia se había reunido con nosotros. Este muchacho se dirigió a madame Renauld tan impetuosamente que no prestó atención a la presencia de las otras personas.
—¡Madre!
—¡Jack! —y con un grito, ella le estrechó en sus brazos—. ¡Hijo querido! Pero ¿qué te trae aquí? ¿No debías salir de Cherburgo, en el Anzora, hace dos días? —luego, recordando de pronto la presencia de los demás, se volvió con cierta dignidad—: Mi hijo, señores.
—¡Ahá! —exclamó Hautet, correspondiendo a la reverencia del joven—. ¿Es decir, que no partió usted en el Anzora...
No, señor. Ya iba a explicarlo: el Anzora retrasó su salida veinticuatro horas a causa de una avería de la máquina. Yo iba a salir anoche, en lugar de anteanoche; pero habiendo comprado un diario de la tarde, encontré en él el relato de..., de la horrible tragedia que hemos tenido... —y su voz se quebró, mientras acudían las lágrimas a sus ojos—. ¡Pobre padre mío!... ¡Pobre, pobre padre mío!
Mirándole como una persona que sueña, madame Renauld repitió:
—Es decir, que no partiste... —y con un gesto de fatiga infinita murmuró como para sí misma—: Después de todo, esto no tiene importancia... ahora.
—Siéntese, monsieur Renauld, se lo ruego —dijo Hautet, indicando una silla—. Le doy la seguridad de mi profunda simpatía. Debe usted de haber sufrido una impresión terrible al conocer la noticia de este modo. Sin embargo, ha sido mucha suerte que no pudiera partir. Tengo la esperanza de que podrá darnos la información que necesitamos para aclarar este misterio.
—Estoy a su disposición. Hágame las preguntas que desee.
—Para empezar, tengo entendido que este viaje lo emprendió usted por voluntad de su padre...
—Exactamente, señor. Recibí un telegrama en el que me ordenaba continuar sin demora hasta Buenos Aires y desde allí, por los Andes, a Valparaíso y a Santiago.
—¡Ah! ¿Y el objeto de este viaje?
—No tengo idea.
—¡Cómo!
—No. Vea el telegrama.
El magistrado lo tomó y leyó en voz alta:

«Continúa inmediatamente Cherburgo embarca Anzora zarpa Buenos Aires. Último destino Santiago. Te esperan nuevas instrucciones Buenos Aires. No fracases. Asunto de la mayor importancia. Renauld»

—¿Y no había habido correspondencia anterior sobre el asunto?
Jack Renauld movió la cabeza.
—No tengo más indicio que éste. Sabía, por supuesto, que habiendo vivido allí tanto tiempo, mi padre tenía necesariamente muchos intereses en América del Sur. Pero nunca había hablado de enviarme a mí a aquel país.
—¿Usted habrá pasado, como es natural, mucho tiempo en América del Sur, monsieur Renauld?
—Estuve allí en mi infancia. Pero me eduqué y pasé la mayor parte de mis vacaciones en Inglaterra, de suerte que, en realidad, conozco de América del Sur mucho menos de lo que podría suponerse. Ya lo ven ustedes, cuando empezó la guerra tenía yo diecisiete años.
—Sirvió en la Aviación inglesa, ¿verdad?
—Sí, señor.
Hautet hizo un signo afirmativo y continuó su interrogatorio, ahora conforme a los datos bien conocidos. Contestándolo, Jack Renauld manifestó claramente que no sabía nada de ninguna enemistad que su padre hubiera podido contraer en Santiago ni en ningún otro lugar de aquel continente; que no había advertido últimamente cambio alguno en la manera de conducirse de su padre, ni le había oído nunca referirse a ningún secreto. La misión a América del Sur le había considerado como relacionada con intereses de negocios.
Habiéndose detenido un momento Hautet, intervino la voz tranquila de Giraud:
—Desearía hacer algunas preguntas por mi cuenta, señor juez.
—No hay inconveniente, Giraud, si así lo desea —dijo el magistrado fríamente.
Giraud acercó un poco su silla a la mesa.
—¿Estaba usted en buenos términos con su padre, monsieur Renauld?
—Ciertamente, estaba en buenos términos —contestó el muchacho con altanería.
—¿Afirma esto positivamente?
—Sí.
—Sin pequeñas disputas, ¿verdad?
Jack encogió los hombros.
—Todo el mundo puede tener una diferencia de opinión de cuando en cuando.
—Es claro, es claro. Pero si alguien asegurase que en la víspera de su partida para París tuvo usted una disputa violenta con su padre, ¿mentiría?
No pude menos de admirar la habilidad de Giraud. Su jactancia al decir que estaba informado de todo no había sido vana. Era claro que aquella pregunta había desconcertado a Jack Renauld.
—Tuvimos..., tuvimos una disputa —admitió.
—¡Ah! ¡Una disputa! Y en el curso de esta disputa, ¿no pronunció usted la frase: «Cuando estés muerto podré hacer lo que quiera»?
—Pude haberla pronunciado —murmuró Jack—. No lo sé en realidad.
—Contestando a la cual, ¿no dijo su padre: «Pero no estoy muerto todavía», a lo que usted replicó: «¡Ojalá lo estuvieras!»?
El muchacho no contestó. Sus manos jugaban nerviosamente con los objetos colocados sobre la mesa que tenía enfrente.
—Debo pedir una contestación. Hágame el favor, monsieur Renauld —dijo Giraud con dureza.
Con iracunda exclamación, el muchacho echó fuera de la mesa un pesado cortapapeles.
—¿Qué importa eso? Es igual que lo sepa usted. Sí, tuve una disputa con mi padre. Y me atrevo a afirmar que dije todas estas cosas... ¡Estaba tan irritado que no puedo ni recordar lo que dije! ¡Estaba furioso!... ¡Hubiera casi podido matarle en aquel momento! ¡Tal como lo digo! ¡Piense ahora lo que quiera! —y se recostó en la silla encendido y provocativo.
Giraud sonrió; luego, retirando un poco la silla, dijo:
—Nada más. Sin duda, preferirá usted continuar el interrogatorio, Hautet.
—¡Ah, sí, exactamente! —dijo Hautet—. ¿Y cuál era el motivo de su disputa?
—Esto me abstendré de declararlo.
Hautet se enderezó en su asiento.
—Monsieur Renauld —dijo con voz resonante—, ¡no está permitido jugar con la ley! ¿Cuál fue el motivo de la disputa?
Jack Renauld permaneció callado, con su rostro juvenil malhumorado y sombrío. Pero habló otra voz, imperturbable y tranquila, la voz de Hércules Poirot:
—Yo le informaré si lo desea, señor juez.
—¿Usted lo sabe?
—Ciertamente, lo sé. El motivo de la disputa fue mademoiselle Marta Daubreuil.
Jack se volvió bruscamente, sobresaltado. El magistrado se inclinó hacia adelante.
—¿Es esto, monsieur Renauld?
El joven afirmó con la cabeza.
—Sí. Amo a mademoiselle Daubreuil y deseo casarme con ella. Tan pronto como le informé de esto, mi padre se puso furioso. Naturalmente, no pude soportar los insultos contra la muchacha a la que quiero, y también perdí la serenidad.
Hautet se volvió hacia madame Renauld.
—¿Conocía usted este... afecto, señora?
—Lo temía —contestó ella sencillamente.
—¡Madre! —exclamó el muchacho—. ¿Tú también? Marta es tan buena como hermosa. ¿Qué puedes tener contra ella?
—No tengo nada contra mademoiselle Daubreuil por ningún concepto. Pero hubiera preferido que te casaras con una inglesa, y si era francesa, con otra ¡que no tuviera una madre de antecedentes tan dudosos!
Y el rencor contra aquella madre se manifestó claramente en su voz; y esto me hizo comprender que debió de ser un trago muy amargo para ella el descubrimiento de las inclinaciones amorosas de su hijo hacia la hija de su rival.
Madame Renauld continuó, dirigiéndose al magistrado:
—Quizá hubiera debido hablar de ello a mi esposo, pero esperé que se tratase de una simple galantería entre un joven y una muchacha, que quedaría olvidada, a lo mejor, no concediéndole importancia. Ahora me acuso de mi silencio; pero como se lo he dicho a ustedes, parecía mi esposo tan intranquilo y preocupado que quise, ante todo, evitarle nuevas inquietudes.
Hautet hizo una seña afirmativa. En seguida, continuó:
—Cuando informó usted a su padre de sus intenciones acerca de mademoiselle Daubreuil, ¿se mostró sorprendido?
—Pareció quedar desconcertado. En seguida me ordenó que me quitase semejante idea de la cabeza. Dijo que nunca daría su consentimiento para este enlace. Irritado, le pregunté qué tenía contra mademoiselle Daubreuil. A esto no podía dar una contestación satisfactoria, pero habló en términos desdeñosos del misterio que rodeaba a las vidas de la madre y de la hija. Le repliqué que yo me casaría con Marta y no con sus antecedentes, pero me hizo callar gritándome que se negaba a discutir más el asunto en ninguna forma. Había que darlo por terminado. La injusticia y la arbitrariedad de todo aquello me enloquecieron..., y más aún considerando que él, por su parte, había parecido siempre desvivirse por ser atento con las Daubreuil y hasta propuso que se las invitase a visitar nuestra casa. Perdí la cabeza y tuvimos una seria disputa. Mi padre me recordó que para todo dependía de él, y creo que fue aquí cuando le hice la observación de que, después de su muerte, haría todo lo que me pareciese bien...
Poirot le interrumpió con una rápida pregunta:
—¿Sabía usted entonces lo que su padre disponía en su testamento?
—Sabía que me dejaba a mí la mitad de su fortuna, y la otra mitad a mi madre, en fideicomiso, para que la recibiese yo cuando ella muriese.
—Continúe su relato —dijo el magistrado.
—Después de esto nos gritamos el uno al otro, furiosos, hasta que me di cuenta de pronto de que estaba en peligro de perder el tren de París. Hube de correr a la estación, rabioso todavía. No obstante, una vez lejos de aquí, fui calmándome. Escribí a Marta, contándole lo que había ocurrido, y su contestación acabó de serenarme. Me indicaba en ella que nos bastaría mantenernos firmes y que así toda oposición tendría que ceder al fin. Nuestro mutuo afecto tenía que ser puesto a prueba, y, cuando viesen que no era una ligera ilusión por mi parte, sin duda se mostrarían más benignos con nosotros. Por supuesto, a ella no le había comunicado cuál era la objeción principal de mi padre a nuestra unión. Pronto comprendí que no favorecería mi causa haciendo uso de la violencia.
—Para pasar a otro asunto: ¿conoce usted el apellido Duveen, monsieur Renauld?
—¿Duveen? —dijo Jack—. ¿Duveen? —e inclinándose hacia delante recogió lentamente el cortapapeles que antes había echado fuera de la mesa. Al levantar la cabeza tropezaron sus ojos con la mirada observadora de Giraud—. ¿Duveen? No; no puedo decir que lo conozca.
—¿Quiere leer esta carta, monsieur Renauld, y decirme si tiene idea de quién fue la persona que se la dirigió a su padre?
Jack Renauld tomó la carta y la leyó del principio al fin, subiendo entre tanto el color de su rostro.
—¿Que se la dirigió a mi padre?
Y eran evidentes la emoción e indignación de su tono.
—Sí. La encontramos en el bolsillo de su gabán.
—¿Sabe...? —y vaciló, moviendo los ojos en la dirección de su madre por una fracción de segundo.
El magistrado comprendió.
—Hasta ahora, no. ¿Puede usted darnos algún indicio de la persona que la escribió?
—No tengo la menor idea.
Hautet suspiró.
—Un caso muy misterioso. ¡Ah!, bien: supongo que podemos prescindir ya de la carta por ahora. A ver... ¿Dónde estábamos? ¡Oh!, el arma. Me temo que esto vaya a causarle pena, monsieur Renauld. Tengo entendido que era un presente de usted a su madre. Muy triste..., muy desconsolador...
Jack Renauld se inclinó hacia delante. Su rostro, que se había encendido durante la lectura de la carta, estaba ahora mortalmente pálido.
—¿Quiere usted decir que mi padre fue..., fue muerto con un cortapapeles hecho de cable de aeroplano? Pero ¡esto es imposible! ¡Un objeto tan pequeño!...
—¡Ay, monsieur Renauld, es muy cierto, por desgracia! Me temo que es un pequeño instrumento ideal. Afilado y fácil de manejar.
—¿Dónde está? ¿Puedo verlo? ¿Está aún en el.., en el cuerpo?
—¡Oh!, no. Ha sido retirado. ¿Desea verlo? ¿Para asegurarse? Quizá sería conveniente, aunque la señora lo ha identificado ya. Sin embargo... Bex, ¿puedo molestarle?
—Desde luego. Voy a recogerlo.
—¿No sería mejor acompañar a monsieur Renauld al cobertizo? —propuso Giraud con voz suave—. ¿Sin duda deseará ver los restos de su padre?
El muchacho se estremeció e hizo un gesto negativo, y el magistrado, siempre dispuesto a contrariar a Giraud en cuantas ocasiones se ofreciesen, contestó:
—No...; no, en este momento. Bex tendrá la amabilidad de traernos la daga aquí.
El comisario salió de la habitación. Stonor vino al lado de Jack y le estrechó la mano con fuerza. Poirot se había levantado y se ocupaba de enderezar un par de candeleros que sus ojos expertos le hacían ver en posición ligeramente torcida. El magistrado estaba releyendo la carta amorosa, aferrándose a su primera hipótesis de celos y una cuchillada en la espalda.
De pronto se abrió la puerta con violencia y se precipitó el comisario en la habitación.
—¡Señor juez! ¡Señor juez!
—¡Cómo! ¿Qué pasa?
—¡La daga! ¡No está allí!
—¿Que..., que no está allí?
—No, señor. ¡Ha desaparecido! El jarro de cristal que la contenía está vacío.
—¿Qué dice? —exclamé yo ahora—. Imposible. Pero si esta misma mañana he visto... —y las palabras se apagaron en mi garganta.
Pero ya me había convertido en objeto de la atención general.
—¿Qué decía usted? —exclamó el comisario—. ¿Esta mañana...?
—La he visto allí esta mañana —señalé lentamente—; hace cosa de hora y media, para precisar más.
—¿Ha ido usted al cobertizo entonces? ¿Cómo ha obtenido la llave?
—Se la he pedido al guardia.
—¿Y ha ido allí? ¿Por qué?
Vacilé, pero decidí al fin que lo único que podía hacer era revelarlo todo.
—Hautet —dije—, he cometido una falta grave por la que debo suplicar su indulgencia.
—Continúe usted.
—El caso es —dije, deseando encontrarme en cualquier parte menos donde me encontraba— que he visto a una señorita conocida mía. Esta señorita ha dado muestras de un gran deseo de ver cuanto pudiera verse, y yo...; bien, en una palabra: he cogido la llave para mostrarle el cadáver.
—¡Ah! —exclamó el magistrado con indignación—. Efectivamente es una falta grave la que ha cometido usted, capitán Hastings. Esto es extremadamente irregular. No debiera usted haberse permitido esta locura.
—Lo sé —contesté mansamente—. No puede usted usar palabras demasiado severas, señor juez.
—¿Usted no había invitado a esta dama a venir aquí?
—No, ciertamente. Nuestro encuentro ha sido puramente accidental. Es una joven inglesa que está accidentalmente en Merlinville, aunque yo lo ignoraba, hasta mi inesperado encuentro con ella.
—Bueno, bueno —cortó el magistrado, ablandándose—. Esto era muy irregular, pero la dama es joven y guapa, sin duda. ¡Qué hermosa es la juventud! —y lanzó un suspiro sentimental.
Pero el comisario, menos romántico y más práctico, tomó el hilo de la historia.
—¿Y no ha cerrado usted la puerta con llave al retirarse?
—De esto se trata, precisamente —contesté despacio—; de esto es de lo que me acuso con más severidad. Mi amiga se trastornó ante aquel cuadro y casi se desmayó. Fui, pues, a buscar brandy y un vaso de agua, e insistí en acompañarla hasta la población. En medio de mi excitación, me olvidé de volver a cerrar la puerta, hasta que estuve de regreso en la villa.
—Es decir, que a lo menos por espacio de veinte minutos... —dijo el comisario lentamente, y se detuvo.
—Exactamente —añadí yo.
—Veinte minutos —repitió el comisario, pensativo.
—Es deplorable —dijo Hautet, recobrando su dureza—. Sin precedentes.
De repente se oyó otra voz:
—¿Lo encuentra usted deplorable? —preguntó Giraud.
—Ciertamente, lo encuentro.
—¡Pues yo lo encuentro admirable! —dijo el otro sin inmutarse.
La intervención de aquel aliado inesperado me aturdió.
—¿Admirable, Giraud? —preguntó el magistrado, mirándole con el rabo del ojo.
—Precisamente.
—¿Y por qué?
—Porque ahora sabemos que hace sólo una hora que ha estado cerca de la villa el asesino, o un cómplice del asesino. Sería extraño que, con esta información, no le echásemos el guante muy pronto —dijo con acento de amenaza en la voz; y continuó—: Ha corrido un gran riesgo para apoderarse de esta daga. Quizá temía que se descubriesen en ella impresiones digitales.
Poirot se volvió hacia Bex.
—¿No dijo usted que no las había?
Giraud encogió los hombros.
—Quizá no estuviera seguro.
Poirot le observaba.
—Está usted equivocado, Giraud. El asesino llevaba guantes. Por tanto, debía estar seguro.
—No digo que fuese el mismo asesino. Pudo haber sido un cómplice que no se dio cuenta del hecho.
El oficial de secretaría del magistrado estaba recogiendo los papeles de la mesa. Hautet se dirigió a nosotros:
—Nuestro trabajo aquí ha terminado. Quizá, monsieur Renauld, querrá usted escuchar la lectura de su declaración. A propósito, he mantenido el procedimiento con las menores formalidades posibles. Se ha dicho que mis métodos son originales, pero sostengo que la originalidad tiene muchas ventajas. El caso está ahora en las hábiles manos del famoso monsieur Giraud. Sin duda que va a distinguirse. ¡Realmente, no comprendo cómo no ha echado ya el guante a los asesinos! Señora, una vez más le ofrezco el testimonio de mi sincera simpatía. Señores, les doy a todos ustedes los buenos días.
Y salió acompañado del oficial y del comisario.
Poirot sacó del bolsillo un reloj que parecía un nabo y miró la hora.
—Vamos a regresar al hotel para almorzar, amigo mío —dijo—. Y me contará detalladamente las indiscreciones de esta mañana. Nadie nos observa. No necesitamos despedirnos.
Salimos tranquilamente de la habitación. El juez de instrucción acababa de alejarse en su coche. Estaba yo bajando los peldaños cuando me detuvo la voz de Poirot:
—Un momentito, amigo mío —y diestramente sacó un metro y, con perfecta solemnidad, tomó la medida de un gabán colgado en el vestíbulo, del cuello al borde inferior. Yo no lo había advertido antes y pensé que debía de pertenecer a Stonor o a Jack Renauld.
Luego, con un ligero gruñido de satisfacción, Poirot se guardó de nuevo el metro y me siguió fuera, al aire libre.



CAPÍTULO DOCE

POIROT ACLARA ALGUNOS DETALLES


—¿Por qué ha medido ese sobretodo? —le pregunté, con alguna curiosidad, al descender por el camino blanco y caluroso, sin prisa.
Parbleu!, para conocer su longitud —contestó mi amigo, imperturbable.
Me sentí mortificado. El incurable hábito de Poirot de sacar un misterio de las cosas más mínimas no dejaba nunca de irritarme. Volvió a quedarse callado y yo continué con mis propios pensamientos. Aunque no le presté, de momento, una atención especial, las palabras: «Después de todo, esto no tiene importancia... ahora», que madame Renauld había dirigido a su hijo, volvían ahora a mi memoria con un nuevo sentido.
¿Qué había querido expresar con ellas? Las palabras eran enigmáticas, significativas. ¿Era posible que supiera más de lo que suponíamos? Había negado todo conocimiento de la misteriosa misión que su esposo había querido confiar a su hijo. Pero ¿era, en realidad, menos ignorante de lo que fingía ser? ¿Hubiera podido iluminarnos, si así lo hubiese querido, y era su silencio parte de un plan cuidadosamente concebido y preparado?
Cuanto más lo pensaba, más inclinado me sentía a creer que mis sospechas estaban bien fundadas. Madame Renauld sabía más de lo que quería admitir. La sorpresa experimentada al ver a su hijo la había hecho descubrirse, momentáneamente. Me sentí convencido de que conocía, si no la identidad de los asesinos, por lo menos, el motivo del asesinato. Algunas consideraciones muy poderosas debían de haberla obligado a guardar silencio.
—Está usted sumido en pensamientos profundos, amigo mío —observó Poirot—. ¿Qué le interesa de este modo?
Se lo comuniqué, seguro de que me hallaba en terreno firme, aunque esperando que se riese de mis sospechas. Pero vi con sorpresa que hacía una lenta seña afirmativa.
—Tiene usted mucha razón, Hastings. Desde el principio he tenido la seguridad de que se callaba algo. En el primer momento sospeché de ella, si no como instigadora, por lo menos, como encubridora del crimen.
—¿Que sospechó de ella?
—Ciertamente. Había una enorme ventaja para ella... En realidad, con este nuevo testamento, ella es la única beneficiada. Y así, desde el principio fue objeto preferido de mi atención. Pudo usted observar que no tardé en aprovechar la oportunidad de examinar sus muñecas. Quería saber si había alguna probabilidad de que se hubiese atado y amordazado ella misma. Pero no; vi en seguida que no había allí engaño: las cuerdas habían sido apretadas de tal modo que habían mordido en la carne. Esto eliminaba la posibilidad de que ella sola hubiese cometido el crimen. Pero no la de que lo hubiese encubierto o inspirado con la colaboración de un cómplice. Por otra parte, el relato de los hechos, tal como ella lo hizo, me era singularmente familiar... Los hombres enmascarados que ella no pudo reconocer y la mención de «el secreto»... Yo tenía noticia o había leído todo eso antes. Otro pequeño detalle me confirmó en mi creencia de que no decía la verdad. El reloj de pulsera, Hastings... ¡el reloj de pulsera!
¡Otra vez el reloj de pulsera! Poirot estaba mirándome curiosamente.
—¿Lo ve, amigo mío? ¿Comprende usted?
—No —contesté, algo malhumorado—. Ni veo ni comprendo. Forja usted todos esos malditos misterios, y es inútil pedirle que los explique. Le gusta tener siempre algo escondido en la manga hasta el último momento.
—No se enfade, amigo —dijo él con una sonrisa—. Se lo explicaré, si lo desea, pero ni una palabra a Giraud, ¿está entendido? ¡Me trata como un anticuado sin importancia! ¡Ya veremos! Por un sentimiento ordinario de lealtad le di un indicio. Si prefiere no tenerlo en cuenta, allá él.
Le aseguré a Poirot que podía contar con mi discreción.
—¡Está bien! Hagamos uso, entonces, de nuestras pequeñas células grises. Dígame, amigo: ¿a qué hora tiene usted entendido que se desarrolló la tragedia?
—¡Cómo! Alrededor de las dos de la madrugada —le contesté con asombro—. Usted recordará que madame Renauld nos dijo que había oído dar la hora en el reloj cuando los hombres estaban en la habitación.
—Exactamente, y, fundándose en esto, el juez de instrucción, Bex y todos los demás aceptan esta hora sin ulterior examen. Pero yo, Hércules Poirot, digo que madame Renauld mintió. El crimen se cometió, por lo menos, dos horas antes.
—Pero los médicos...
—Los médicos declararon, después de examinar el cadáver, que la muerte había ocurrido entre diez y siete horas antes de este examen. Amigo mío, por alguna razón imperiosa, convenía que el crimen pareciese cometido más tarde de la hora verdadera. ¿No ha leído usted algo acerca de relojes de bolsillo o de pared que, habiendo sido rotos, han revelado el momento exacto en que ha tenido lugar un crimen? Para que este momento exacto no dependiese únicamente del testimonio de madame Renauld alguien adelantó hasta las dos las agujas del reloj de pulsera y lo tiró luego al suelo con violencia. Pero como sucede muchas veces, el tiro les ha salido por la culata. El cristal se rompió, pero la máquina no recibió daño alguno. Fue una maniobra desastrosa para ellos, pues inmediatamente se fijó mi atención sobre dos detalles: primero, que madame Renauld estaba mintiendo, y segundo, que había alguna razón de vital importancia para retrasar la hora aparente del crimen.
—Pero ¿qué razón podía haber?
—¡Ah!, ¡éste es el problema! Aquí tenemos todo el misterio. Hasta ahora, no puedo explicarlo. Sólo una idea se me ofrece que pudiera tener relación con él.
—¿Y ésta es...?
—Que el último tren salía de Merlinville a las doce y dieciséis minutos.
Y lentamente, continué su razonamiento:
—De suerte que el que tomase este tren tenía una magnífica coartada contra la sospecha de haber sido autor de un crimen que aparecía cometido a las dos.
—¡Perfectamente, Hastings! ¡Usted lo ha dicho! Me levanté de un salto.
—Pero ¡debemos investigar en la estación! ¡Seguramente no dejaron de advertir a dos extranjeros salidos en ese tren! ¡Debemos ir allí inmediatamente!
—¿Eso cree usted, Hastings?
—Naturalmente. Vámonos ahora.
Poirot contuvo mi ardor tocándome ligeramente en el brazo.
—Vaya, si así lo desea, amigo mío; pero yo no pediría detalles de dos extranjeros.
Le miré y él me dijo, con alguna impaciencia:
La, la!, usted no cree una palabra de toda esa jerigonza, ¿verdad? ¡Los hombres enmascarados y el resto de la historieta!
Sus palabras me desconcertaron de tal modo que apenas supe qué contestar. Él continuó serenamente:
—¿No recuerda haberme oído decirle a Giraud que todos los detalles de este crimen me eran familiares? Pues bien, ello supone una de estas dos cosas: o que el plan de aquel crimen y el de éste han salido del mismo cerebro, o que el autor del crimen presente recordaba la lectura del otro en una colección de causas célebres y ha copiado los detalles. Podré decirlo de un modo definitivo después de... —y se interrumpió.
Yo estaba resolviendo varias cosas en mi mente.
—Pero ¿y la carta de Renauld? —dije—. ¡En ella se mencionan claramente un secreto y Santiago de Chile!
—No hay duda de que había un secreto en la vida de Renauld. Por otra parte, la palabra Santiago es en mi concepto un reclamo, que se arrastra continuamente a través de la pista que seguimos, para desorientarnos. Es posible que se haya utilizado con el mismo objeto para evitar que Renauld dirigiese sus sospechas a un lugar más cercano. ¡Oh, tenga la seguridad, Hastings, de que el peligro que le amenazaba no estaba en Santiago, sino mucho más próximo: en Francia!
Hablaba con acento tan grave y seguro que no pude dejar de sentirme convencido. Pero intenté una objeción final:
—¿Y la cerilla y el cigarrillo encontrados cerca del cadáver? ¿Qué me dice de ellos?
El rostro de Poirot se iluminó con un destello de pura satisfacción.
—¡Colocados allí! ¡Colocados allí para que los encontrasen Giraud o alguien de su tribu! ¡Ah, Giraud es listo y sabe bien su lección! También la sabe un perro amaestrado. Y se mete por aquí tan satisfecho de sí mismo. Ha estado horas enteras arrastrándose por el suelo. «Ved lo que he encontrado», dice. Y luego se dirige a mí: «¿Qué ve usted aquí?» Y yo le contesto con perfecta y profunda sinceridad: «Nada.» Y Giraud, el gran Giraud, pensando para sí mismo, murmura: «¡Oh, ese viejo imbécil!» Pero ya veremos...
No obstante, mi atención se había vuelto hacia los hechos principales.
—Entonces, toda esta historia de los hombres enmascarados es...
—Es falsa.
—¿Qué ocurrió en realidad?
Poirot encogió los hombros.
—Una persona podría decírnoslo: madame Renauld. Pero no hablará. Ni los ruegos ni las amenazas le harán efecto. Es una mujer notable, Hastings. Tan pronto como la vi, me percaté de que tenía que habérmelas con una dama de carácter desusado. Al principio, como se lo dije a usted, estaba inclinado a sospechar que había participado en el crimen. Luego he modificado mi opinión.
—¿Qué le hizo modificar su opinión?
—Su espontáneo y auténtico dolor a la vista del cadáver de su esposo. Podría jurar que la congoja revelada por aquel grito era auténtica
—Sí —dije, reflexionando—; estas cosas no se fingen.
—Con su perdón, amigo mío..., siempre puede uno equivocarse. Observe a una gran actriz: ¿no finge el dolor de un modo que le arrebata a usted, y le da la impresión de la realidad? No; por fuertes que fuesen mi propia impresión y mi creencia, no me permití darme por satisfecho sin otras pruebas. Un gran criminal puede ser un gran actor. En el caso presente, fundo mi certidumbre no en mi propia impresión, sino en el hecho innegable de que madame Renauld verdaderamente se desmayó. Levanté sus párpados y le tomé el pulso. No había engaño..., el desmayo era auténtico. Por tanto, quedaba comprobada la realidad de su congoja. Además, hay otro pequeño detalle adicional sin interés, y es que madame Renauld no necesitaba hacer ostentación de un dolor sin límites. Había tenido un arrebato al ser informada de la muerte de su marido y no necesitaba simular otra crisis violenta al contemplar su cadáver. No; madame Renauld no ha asesinado a su marido. Pero ¿por qué ha mentido? Ha mentido en lo del reloj de pulsera, ha mentido al hablar de los hombres enmascarados... y ha mentido en otra cosa. Dígame, Hastings: ¿Cuál es su explicación de la puerta abierta?
—Bueno —dije con alguna turbación—. Supongo que fue un descuido. Se olvidaron de cerrarla.
Poirot movió la cabeza con un suspiro.
—Ésa es la explicación de Giraud. A mí no me satisface. Esta puerta abierta tiene un significado que, de momento, no puedo penetrar. De una cosa estoy bien seguro: de que no salieron por la puerta. Salieron por la ventana.
—¡Cómo!
—Precisamente.
—Pero en el arriate del jardín de abajo no había huellas de pisadas.
—No...; y tenía que haberlas. Escúcheme, Hastings: el jardinero, Augusto, como usted mismo se lo oyó decir, había plantado los dos cuadros en la tarde anterior. En uno de ellos hay multitud de impresiones de sus grandes botas claveteadas...; en el otro, ¡ninguna! ¿Comprende? Alguien pasó por allí, alguien que para borrar las huelas alisó la superficie del cuadro con un rastrillo.
—¿De dónde sacaron el rastrillo?
—Del mismo sitio que sacaron la azada y los guantes del jardinero —contestó Poirot, impaciente—. No hay dificultad sobre este punto.
—¿Qué le hace creer que salieron por allí, de todos modos? Seguramente, es más probable que entrasen por la ventana y saliesen por la puerta... A mí me parece más lógico.
—Esto es posible, desde luego. Sin embargo, me parece mucho más que salieron por la ventana.
—Creo que se equivoca.
—Quizá sí, amigo mío.
Me quedé reflexionando sobre el nuevo campo de conjeturas que las deducciones de Poirot habían abierto ante mí. Recordé mi sorpresa al oírle aludir misteriosamente el cuadro del jardín y al reloj de pulsera. Sus observaciones me habían parecido entonces desprovistas de sentido, y ahora, por primera vez, me daba cuenta de la notable sutileza con que, partiendo de algunos ligeros incidentes, había aclarado buena parte del misterio que envolvía el caso. Y rendí a mi amigo un retrasado homenaje.
—Entre tanto —dije, siempre reflexionando—, aunque sepamos mucho más que antes, no estamos más cerca de la solución del problema de quién mató a Renauld.
—No —cedió Poirot con buen humor—. Lo cierto es que estamos mucho más lejos.
Y el hecho parecía inspirarle una satisfacción tan extraña, que le miré sorprendido. Él tropezó con esta mirada y sonrió.
De pronto se me ocurrió una idea.
—¡Poirot! ¡Ahora lo veo! ¡Madame Renauld debe de estar protegiendo a alguien!
Por la calma con que recibió mi observación, pude ver que aquella idea ya se le había ocurrido a él.
—Sí —asintió con aire pensativo—. Está protegiendo a alguien... o sirviéndole de pantalla. Una de las dos cosas.
Luego, al entrar en nuestro hotel, me recomendó silencio con un gesto.



CAPÍTULO TRECE

LA MUCHACHA DE LOS OJOS ACONGOJADOS


Almorzamos con excelente apetito. Por un rato, lo hicimos en silencio, y después, Poirot observó maliciosamente:
Eh bien! ¿Y sus indiscreciones? ¿No me las explica?
Me di cuenta de que me sonrojaba.
—¡Oh! ¿Se refiere a esta mañana? —y procuré adoptar un tono de absoluta despreocupación.
Pero yo no podía medirme con Poirot. En muy pocos minutos me hubo extraído toda la historia; y, mientras lo hacía, parpadeaban sus ojos.
Tiens! Un relato bien romántico. ¿Y cómo se llama esta encantadora señorita?
Hube de confesar que no lo sabía.
—¡Más romántico aún! El primer encuentro en el tren de París, el segundo aquí. Los viajes acaban con encuentros de enamorados, ¿no es éste el dicho?
—No sea borrico, Poirot.
—Ayer era miss Daubreuil, hoy es miss... ¡Cenicienta! Decididamente, tiene usted un corazón de turco, Hastings. ¡Debería formar un harén!
—Puede embromarme tanto como quiera. Miss Daubreuil es una muchacha muy hermosa y que me gusta mucho..., no me importa admitirlo. La otra no es nada..., creo que no volveré a verla.
—¿Se propone no volver a ver a esta dama?
Sus últimas palabras encerraban otra pregunta, y me di cuenta de la mirada aguda que me dirigió. Y ante mis ojos, escritas en grandes letras de fuego, vi las palabras: «Hotel du Phare» y volví a oír cómo me decía su voz: «Venga a verme», y mi propia y vehemente contestación: «Así lo haré.»
Con tono bastante ligero le contesté a Poirot:
—Me pidió que fuese a verla; pero, por supuesto, no iré.
—¿Por qué «por supuesto»?
—Bueno; no quiero ir.
—Me contaba que miss Cenicienta se aloja en el Hotel d'Angleterre, ¿verdad?
—No. Hotel du Phare.
—Cierto. Lo había olvidado.
Cruzó por mi mente un recelo momentáneo. Era seguro que no le había nombrado a Poirot hotel alguno. Le miré y me sentí tranquilizado. Estaba cortando el pan en pedazos cuadrados, completamente absorto en su tarea. Debió de haber imaginado que le decía dónde se alojaba la muchacha.
Tomábamos el café de cara al mar. Poirot fumó uno de sus delgados cigarrillos y sacó luego su reloj.
—El tren de París sale a las dos y veinticinco —observó—. Tengo que empezar a moverme.
—¿París? —exclamé.
—Esto es lo que he dicho, amigo mío.
—¿Se va usted a París? Pero ¿por qué?
Y me contestó con gran seriedad:
—A buscar al asesino de Renauld.
—¿Cree que está en París?
—Estoy enteramente seguro de que no está. No obstante, allí es donde debo buscarle. Usted no lo comprende, pero todo se lo explicaré a su debido tiempo. Créame, este viaje a París es necesario. No estaré mucho tiempo fuera. Lo más probable es que vuelva mañana. No le propongo que me acompañe. Quédese aquí y no pierda de vista a Giraud. Cultive también la sociedad de Renauld hijo.
—Esto me recuerda —dije— que quería preguntarle cómo sabía que estos dos muchachos tenían relaciones.
—Amigo mío..., conozco la naturaleza humana. Ponga cerca a un muchacho como el joven Renauld y a una guapa moza como miss Marta, y el resultado será casi inevitable. Y luego ¡la disputa! Era el dinero o la mujer, y recogiendo lo que contó Leonia acerca de la ira del chico, decidí que se trataba de la mujer. En consecuencia, hice mi suposición... y resultó acertada.
—¿Usted sospechaba ya que estaba enamorada del joven Renauld?
—En todo caso, había visto que tenía los ojos acongojados. Así es como recuerdo siempre a miss Daubreuil: la muchacha de los ojos acongojados.
Y era su voz tan grave, que me impresionó penosamente.
—¿Qué quiere decir con eso, Poirot?
—Me figuro, amigo mío, que hemos de verlo antes que pase mucho tiempo. Pero debo partir.
—Voy a acompañarle a la estación —dije levantándome.
—No hará usted nada de eso. Se lo prohíbo.
El acento perentorio con que lo había dicho me sorprendió hasta sobresaltarme. Él hizo un enfático signo afirmativo.
—Lo digo en serio, amigo mío. Hasta la vista.
Me sentí como perdido cuando se hubo alejado Poirot. Fui paseando hasta la playa y observé a los que se bañaban, sin ánimo suficiente para unirme a ellos. Estuve tentado de imaginar que Cenicienta se encontraba allí con algún traje de baño maravilloso, pero no advertí señales de su presencia. Continué, sin objeto, por la arena hacia el extremo más apartado de la ciudad. Luego se me ocurrió que, después de todo, no sería, por mi parte, más que una muestra de educación ir a preguntar por la muchacha. Y, al final, esto evitaría disgustos. El episodio quedaría así terminado. No tendría ya que pensar más en ella. Porque, si no iba, era posible que ella volviese a buscarme en la villa.
En consecuencia, abandoné la playa y me interné por la población. Pronto encontré el Hotel du Phare, un edificio sin pretensión alguna. Era extremadamente molesto tener que salvar mi dignidad ignorando el nombre de la dama. Decidí entrar en el establecimiento y mirar a mi alrededor. Probablemente, la encontraría en el vestíbulo. Entré con aire resuelto, pero no vi señales de ella. Esperé un rato y acabó por dominarme la impaciencia. Llamando aparte a un conserje, le deslicé en la mano cinco francos.
—Deseo ver a una señora que se aloja aquí. Una señora inglesa, pequeña y de cabello oscuro. No estoy seguro de su nombre.
El hombre movió la cabeza y pareció contener una sonrisa.
—No se aloja aquí ninguna señora de estas señas.
—Pero es que ella misma me dijo que se alojaba aquí.
—Debe usted de estar equivocado... o, más probablemente, la misma señora, puesto que ha venido ya otro caballero preguntando por ella.
—¿Qué dice usted? —exclamé sorprendido.
—Sí, señor. Un caballero que ha dado de ella las mismas señas que usted.
—¿Qué aspecto tenía?
—Un señor pequeño, bien vestido, muy limpio y aseado, con un bigote muy tieso, una cabeza de forma muy particular y unos ojos verdes.
¡Poirot! Es decir, que por esto no había querido que le acompañase a la estación. ¡Vaya una impertinencia! Le agradecería que no se metiese en mis asuntos. ¿Se imaginaba, acaso, que yo necesitaba que velase por mí?
Después de dar las gracias al hombre, salí de allí algo desorientado y muy irritado aún contra mi entrometido amigo.
Pero ¿dónde estaba la dama? Dejé a un lado mi irritación e intenté poner en claro el caso. Evidentemente, me había dado por descuido el nombre de otro hotel. Luego se me ocurrió otra idea. ¿Había sido por descuido o me había dado deliberadamente una dirección falsa después de haberse callado su nombre?
Cuanto más pensaba en ello, más convencido me sentía de que la segunda suposición era la acertada. Por una razón u otra, ella no quería que aquel conocimiento se convirtiese en amistad. Y aunque media hora antes ésta había sido mi propia intención, no me gustaba verme pagado en la misma moneda. Todo aquel asunto era profundamente desagradable, y me fui a la Villa Geneviéve resueltamente malhumorado. No entré en la casa, sino que seguí el sendero que conducía al pequeño banco cercano al cobertizo, y me senté allí con el ánimo decaído.
Me distrajo de mis pensamientos el sonido de unas voces a escasa distancia. Al cabo de un momento me di cuenta de que venían, no del jardín en que yo me encontraba, sino del jardín contiguo de la Villa Marguerite, y de que se acercaban rápidamente. Hablaba una joven y reconocí en su voz la de la hermosa Marta.
Cheri —estaba diciendo—, ¿es verdaderamente cierto? ¿Han terminado todas tus penas?
—Bien lo sabes, Marta —contestó Jack Renauld—. Nada puede ahora separarnos, querida. El último obstáculo a nuestra unión ha desaparecido. Nada puede apartarte de mí.
—¿Nada? —murmuró la muchacha—. ¡Oh, Jack, Jack! ¡Estoy asustada!
Yo había hecho un movimiento para retirarme, percatándome de que, sin quererlo, estaba oyendo una conversación particular. Al ponerme en pie los vi a través de un claro del seto. Estaban juntos, de cara hacia mí. Él con el brazo alrededor del talle de ella, y mirándola a los ojos. Aquel muchacho moreno y bien formado y aquella joven diosa rubia formaban una espléndida pareja. Tal como estaban allí, parecían hechos el uno para el otro y felices a pesar de la terrible tragedia que sombreaba sus jóvenes vidas.
Pero el rostro de la muchacha estaba turbado, y Jack Renauld, que parecía reconocerlo, al apretarla contra él, preguntó:
—Pero ¿qué te asusta, querida? ¿Qué hemos de temer... ahora?
Y entonces vi la mirada de los ojos de ella, la mirada de que había hablado Poirot, al murmurar tan bajo que casi hube de adivinar las palabras:
—Estoy asustada... por ti.
No oí la contestación del joven Renauld, pues vino a distraer mi atención una aparición desusada, un poco más allá, siguiendo el seto. Parecía ser una espesura de la maleza, demasiado oscura para hallarnos en una fecha tan temprana del verano. Me adelanté por aquel lado para verla mejor, pero la espesura se retiró precipitadamente y me miró con un dedo en los labios. Era Giraud.
Recomendándome cautela, me condujo al otro lado del cobertizo hasta un lugar desde el que no podíamos ser oídos.
—¿Qué estaba usted haciendo aquí? —le pregunté.
—Exactamente lo que hacía usted... escuchar.
—Pero ¡yo no había venido aquí adrede!
—¡Ah! —dijo Giraud—. Yo, sí.
Como siempre, aquel hombre me causaba admiración sin dejar de causarme desagrado. Me miró de arriba abajo con una especie de desdeñosa antipatía.
—No ayudará usted a adelantar las cosas metiéndose por medio. Con un momento más hubiera podido oír algo útil. ¿Qué ha hecho de su viejo fósil?
—Poirot se ha ido a París —le contesté fríamente.
Giraud hizo castañetear los dedos con desdén.
—Es decir, que se ha ido a París, ¿verdad? Ha hecho bien. Cuanto más tarde en volver, mejor. Pero ¿qué cree que va a encontrar allí?
Me pareció advertir en aquella pregunta un matiz de inquietud. Y me enderecé.
—Esto no tengo el derecho de decirlo —le contesté con calma.
—Probablemente ha tenido bastante juicio para no decírselo a usted —observó bruscamente—. Buenas tardes; tengo que hacer.
Y girando sobre sí mismo se alejó sin más ceremonia.
Las cosas parecían haber quedado detenidas en la Villa Geneviéve. Evidentemente, Giraud no deseaba mi compañía, y a juzgar por lo que había visto, tampoco la deseaba Jack Renauld.
Regresé a la población, me bañé a mi gusto y volví al hotel. Me retiré temprano, pensando si el día siguiente traería algo interesante. Me encontraba muy lejos de estar preparado para lo que trajo.

Mientras tomaba el desayuno en el comedor, el camarero, que había estado hablando con alguien al otro lado de la puerta, volvió con visible excitación. Por un momento, vaciló jugando nerviosamente con su servilleta, y en seguida exclamó:
—Perdone, señor; pero ¿no es cierto que está usted relacionado con el asunto de la Villa Geneviéve?
—Sí —contesté, muy interesado—. ¿Por qué?
—Pero ¿no está enterado de la noticia?
—¿Qué noticia?
—¡Que ha habido otro asesinato esta noche!
—¡Cómo!
Y, dejando el desayuno, cogí el sombrero y eché a correr tan deprisa como pude. Otro asesinato..., ¡y Poirot ausente! ¡Qué fatalidad! Pero ¿quién era la víctima?
Me precipité hacia la puerta. En el paseo de la entrada hablaba y gesticulaba un grupo de servidores. Agarré a Francisca.
—¿Qué ha pasado?
—¡Oh, señor, señor! ¡Otra muerte! Es terrible. Pesa una maldición sobre la casa. Sí, señor; como se lo digo..., ¡una maldición! Deberían
mandar a buscar al señor cura para que trajese aquí el agua bendita. Yo no duermo otra noche bajo este techo. Podría tocarme a mí el turno. ¿Quién sabe?
Y se santiguó.
—Sí —exclamé—. Pero ¿a quién han matado?
—¿Acaso lo sé yo? A un hombre..., un desconocido. Lo han encontrado ahí..., en el cobertizo..., a menos de cien metros del sitio donde encontraron al pobre señor. Y esto no es todo. Estaba acuchillado..., acuchillado en el corazón..., ¡con la misma daga!



CAPÍTULO CATORCE


EL SEGUNDO CADÁVER


Sin esperar más, me volví por el sendero que conducía al cobertizo. Los dos hombres que estaban de guardia allí se apartaron para darme paso y, muy excitado, entré.
La luz era escasa; el lugar era una sencilla construcción de madera para guardar potes vacíos y herramientas. Había entrado impetuosamente pero me detuve en el umbral, fascinado por el cuadro que tenía ante mí.
Giraud, a gatas, con una lámpara eléctrica de bolsillo en la mano, examinaba el suelo centímetro a centímetro. A mi llegada levantó la cabeza con el ceño fruncido, pero su expresión se ablandó un poco con una especie de buen humor despreciativo.
—Ahí está —dijo, dirigiendo el rayo de luz al rincón más lejano.
Me acerqué a aquel lugar.
El muerto estaba echado de espalda. Era de estatura mediana, piel oscura y unos cincuenta años de edad. Iba vestido con aseo y su traje, azul oscuro, parecía confeccionado por algún sastre caro, pero no era nuevo. Tenía el rostro terriblemente contraído, y en el lado izquierdo, exactamente sobre el corazón, asomaba el puño de una daga, negro y brillante. Lo reconocí. ¡Era la misma daga que había visto en el jarro de cristal en la mañana anterior!
—Espero al médico de un momento a otro —explicó Giraud—. Aunque apenas le necesitamos. No hay duda sobre la causa de la muerte del hombre. Una puñalada en el corazón, y el efecto habrá sido instantáneo.
—¿Cuándo se la dieron? ¿En la noche pasada?
Giraud movió la cabeza.
—Difícilmente. No pretendo imponer mi criterio en medicina forense, pero este hombre murió hace más de doce horas. ¿Cuándo dice usted que vio la daga por última vez?
—Hacia las diez de la mañana de ayer.
—Entonces me inclinaría a fijar la hora del crimen no mucho después de esa hora.
—Pero hay gente que pasa y vuelve a pasar continuamente por delante de este cobertizo.
Giraud dejó oír una risa desagradable.
—¡Hace usted unos progresos maravillosos! ¿Quién le ha dicho que fue asesinado en este cobertizo?
—Bueno... —y me sentí confuso—. Lo he..., lo he supuesto así.
—¡Oh! ¡Vaya un detective listo! Mire al muerto. ¿Cae un hombre apuñalado en el corazón de este modo..., en posición tan compuesta, con los pies juntos y los brazos pegados a los costados? No. Por otra parte: ¿permite el hombre, echado de espalda, que le acuchillen sin levantar una mano para defenderse? Absurdo, ¿verdad? Pero mire aquí..., y aquí... —y en el polvo blanco del suelo, alumbrado por el rayo de luz de la lámpara, vi curiosas marcas irregulares—. Fue arrastrado aquí después de ser muerto. Medio arrastrado, medio llevado por dos personas. Sus huellas no se ven en el suelo duro de fuera, y aquí, han tenido buen cuidado de borrarlas; pero una de ellas era una mujer, mi joven amigo.
—¿Una mujer?
—Sí.
—Pero si las huellas estaban borradas, ¿cómo lo sabe usted?
—Porque, aunque borrosas, las huellas de un zapato de mujer son inconfundibles. Y también por esto.
E inclinándose hacia delante sacó algo del puño de la daga y lo sostuvo en alto para que yo lo viera. Era un largo cabello negro de mujer, parecido al que Poirot había recogido en el sillón de la biblioteca.
Con una ligera sonrisa irónica, lo arrolló de nuevo a la daga.
—Dejaremos las cosas como estaban, hasta el punto en que sea posible —explicó—. Esto le gusta al juez de instrucción. Bueno, ¿advierte usted algo más?
Me encontré obligado a mover la cabeza negativamente.
—Mírele las manos.
Así lo hice. Las uñas estaban rotas y descoloridas, y la piel era dura. Esto apenas me iluminó como yo lo hubiera deseado. Y levanté la vista para mirar a Giraud.
—No son las manos de un caballero —dijo, contestando a mi mirada—Por el contrario, su ropa es la de un hombre de buena posición. Eso es curioso, ¿verdad?
—Muy curioso —convine.
—Y ninguna de las prendas está marcada. ¿Qué nos enseña esto? Que este hombre intentaba hacerse pasar por otro. Se había disfrazado. ¿Por qué? ¿Temía algo? ¿Era el disfraz un medio para escapar? Hasta ahora no lo sabemos, pero una cosa sí sabemos: que tenía tanto interés por ocultar su identidad como lo tenemos nosotros por descubrirla.
Y volvió a mirar al cadáver.
—Lo mismo que antes, no hay ahora impresiones digitales en el puño de la daga. El asesino llevaba guantes también.
—¿Cree usted, entonces, que el asesino es el mismo en los dos casos?
La expresión de Giraud se hizo inescrutable.
—No importa lo que yo crea. Ya veremos. ¡Marchaud!
El agente de Policía apareció en la puerta.
—¿Por qué no está aquí madame Renauld? La he enviado a buscar hace un cuarto de hora.
—Está llegando ahora por el sendero, señor, y su hijo viene con ella.
—Bueno; pero no quiero verlos más que uno a uno.
Marchaud saludó y se retiró. Al cabo de un momento reapareció con madame Renauld.
Giraud se adelantó con una breve inclinación de cabeza.
—Por aquí, señora —diciendo esto la acompañó, y apartándose luego de pronto, le dijo—: Aquí está el hombre. ¿Le conoce usted?
Y su mirada parecía penetrar en ella como una barrena, para leer lo que había en su conciencia, tomando nota de todas las indicaciones de su actitud.
Pero madame Renauld permaneció perfectamente tranquila..., demasiado tranquila, a mi juicio. Miró al cadáver sin interés, y ciertamente, sin señal alguna de agitación o de reconocerlo.
—No —confesó—; no le he visto en mi vida. Es enteramente un extraño para mí.
—¿Está segura de esto?
—Completamente segura.
—¿No reconoce en él a uno de sus agresores, por ejemplo?
—No —y pareció vacilar, como si se le hubiese ocurrido una idea—. No; creo que no. Por supuesto, aquéllos llevaban barbas (postizas, según lo piensa el juez); pero, a pesar de esto, creo que no —y ahora pareció haber tomado su partido definitivamente—. Estoy segura de que ninguno de ellos era este hombre.
—Muy bien, señora. Nada más entonces.
Y ella salió con la cabeza levantada, que irradiaba el reflejo del sol en su cabello plateado. Jack Renauld ocupó su lugar. Tampoco él identificó al hombre, ni dejó de ser su actitud enteramente natural.
Giraud se limitó a gruñir. No hubiera yo podido decir si estaba complacido o contrariado. Y llamó a Marchaud.
—¿Ha traído a la otra aquí?
—Sí, señor.
—Hágala pasar, entonces.
«La otra» era madame Daubreuil. Llegaba indignada, protestando con vehemencia.
—¡No admito esto, señor mío! ¡Es un insulto! ¿Qué tengo yo que ver con toda esta historia?
—Señora —atajó Giraud brutalmente—. ¡Estoy investigando no uno, sino dos asesinatos. Por todo lo que yo sé, usted podría ser la autora de los dos.
—¿Cómo se atreve usted? —exclamó—. ¿Cómo se atreve a insultarme con una acusación tan descabellada? ¡Esto es infamante!
—¿Qué es infamante? ¿Qué dice de esto? —e inclinándose una vez más, desprendió el cabello y lo sostuvo en alto—. ¿Ve usted esto, señora? —y se acercó a ella—. ¿Me permite que vea si es como los suyos?
Con un grito, ella retrocedió con el rostro y los labios blancos.
—Esto es falso. Lo juro. No sé nada del crimen..., de ninguno de los dos crímenes. ¡Quien diga lo contrario, miente! ¡Ah, mon Dieu!, ¿qué voy a hacer?
—Cálmese, señora —dijo Giraud fríamente—. Nadie le ha acusado a usted todavía. Pero hará bien en contestar a mis preguntas sin más protestas.
—A lo que usted quiera, caballero.
—Mire al muerto. ¿Le había visto alguna vez?
Acercándose más, mientras sus mejillas recobraban un poco de su color, madame Daubreuil miró a la víctima con cierto interés y curiosidad. Luego, movió la cabeza.
—No le conozco.
Y parecía imposible dudar de sus palabras; tan natural fue su acento. Giraud la despidió con una inclinación de cabeza.
—¿La deja usted marcharse? —le pregunté en voz baja—. ¿Es esto prudente? Seguramente, este cabello negro viene de su cabeza.
—No necesito que me enseñen mi oficio —bufó Giraud secamente—. Está vigilada. No deseo detenerla por ahora.
Luego, con la frente arrugada, miró al cadáver.
—¿Diría usted que tiene algo del tipo español? —me preguntó de pronto.
Examiné aquel rostro.
—No —dije, por último—; diría, resueltamente, que es francés. Giraud dejó oír un gruñido de descontento.
—Me parece lo mismo.
Por un momento se mantuvo quieto; luego, con un gesto imperioso, me hizo apartar, y a gatas de nuevo, continuó el examen del suelo. Era maravilloso. Nada se le escapaba. Lo fue recorriendo centímetro a centímetro, revolviendo potes y examinando sacos viejos. Lanzóse sobre un lío cercano a la puerta, pero resultó contener únicamente una chaqueta y un pantalón harapientos, que echó de nuevo al suelo, refunfuñando. En seguida le interesaron dos pares de guantes viejos, pero acabó por mover la cabeza y apartarlos. Volvió luego a examinar los potes vacíos, invirtiéndolos uno por uno, y renovó sus signos negativos. Parecía hallarse contrariado y perplejo. Creo que había ya olvidado mi presencia.
Pero en aquel momento llegaron de fuera rumores agitados y se precipitaron en el cobertizo nuestro antiguo amigo el juez, su oficial de secretaría, Bex y el doctor.
—Pero ¡esto es extraordinario, Giraud! —exclamó Hautet—. ¡Otro crimen! ¡Ah!, no hemos llegado al fondo de este caso. Hay aquí algún misterio profundo. Pero ¿quién es la víctima esta vez?
—Eso es precisamente lo que nadie sabe decirnos. No ha sido identificado.
—¿Dónde está el cadáver? —preguntó el médico.
Giraud se apartó un poco.
—Ahí, en el rincón. Ha sido acuchillado en el corazón, como usted ve. Y con la daga que fue robada ayer por la mañana. Imagino que el crimen siguió de cerca al robo..., pero esto es usted quien ha de decirlo. Puede manosear la daga sin reparos..., no contiene impresiones digitales.
El doctor se arrodilló junto al muerto y Giraud se volvió hacia el juez de instrucción.
—Un problemita espinoso, ¿verdad? Pero yo lo resolveré.
—¿Es decir, que nadie sabe identificarle? —dijo el magistrado, pensativo—. ¿No podría ser uno de los asesinos? Pueden haber disputado entre sí.
Giraud movió la cabeza.
—Este hombre es francés... Estaría dispuesto a jurarlo.
Pero en aquel momento fueron interrumpidos por el doctor, que se había sentado sobre sus talones con expresión perpleja.
—¿Ha dicho usted que fue muerto ayer por la mañana?
—Me guío por el robo de la daga —explicó Giraud—. Puede, naturalmente, haber sido muerto más tarde.
—¡Más tarde! ¡Qué disparate! Hace por lo menos cuarenta y ocho horas que este hombre está muerto, y, probablemente, más.
Y nos miramos unos a otros, mudos de asombro.



CAPÍTULO QUINCE


UNA FOTOGRAFÍA


Eran las palabras del doctor tan sorprendentes que todos nos quedamos desconcertados. Teníamos allí a un hombre apuñalado con una daga robada sólo veinticuatro horas antes y, no obstante, afirmaba el doctor Durand, de un modo categórico, ¡que su muerte había ocurrido hacía, por lo menos, cuarenta y ocho horas! Todo aquello era fantástico en el más alto grado.
Estábamos aún reponiéndonos de la sorpresa causada por el anuncio del doctor, cuando me trajeron un telegrama. Había sido recibido en el hotel y enviado a la villa. Lo abrí. Era de Poirot, que avisaba su regreso en el tren que llegaba a Merlinville a las doce y veintiocho.
Miré mi reloj y comprobé que tenía el tiempo justo para ir a recibirle a la estación sin precipitarme. Comprendía que era importantísimo que quedase informado en seguida de la emocionante novedad.
Reflexioné que, evidentemente, Poirot no había tenido dificultad en encontrar lo que buscaba en París. Así lo demostraba la prontitud de su regreso. Le habían bastado unas cuantas horas. Me pregunté qué efecto le causaría la noticia que iba a comunicarle.
El tren venía con algunos minutos de retraso y me puse a pasear sin objeto por el andén hasta que se me ocurrió que podía ocupar el tiempo en hacer algunas preguntas acerca de las personas que habían salido de Merlinville con el último tren de la noche de la tragedia.
Me acerqué al factor, hombre de aspecto inteligente, y no me costó mucho persuadirle para hablar del asunto. Afirmó calurosamente que era una vergüenza para la Policía que tales bandoleros o asesinos pudiesen circular por ahí sin el merecido castigo. Le hice la insinuación de que había alguna posibilidad de que hubiesen salido con el tren de medianoche; pero él lo negó resueltamente. Dos extranjeros le hubieran llamado la atención..., estaba seguro de ello. Sólo habían tomado aquel tren unas veinte personas, y él no hubiera dejado de advertir su presencia.
No sé qué fue lo que me puso esta idea en la cabeza (quizá el acento de angustia de las palabras oídas a Marta Daubreuil); pero, de pronto, le pregunté:
—¿No partió con este tren monsieur Renauld, hijo?
—¡Ah!, no, señor. ¡Llegar y volver a marcharse al cabo de media hora no hubiera sido muy divertido!
Le miré sin comprender apenas el significado de sus palabras. Luego, lo comprendí.
—¿Quiere usted decirme —le pregunté con el corazón algo agitado— que monsieur Jack Renauld había llegado a Merlinville aquella noche?
—Sí, señor. Con el último tren que llega por el otro lado, el de las once y cuarenta.
Mi cerebro giró como en un torbellino. He aquí, pues, la razón de la angustia de Marta. Jack Renauld había estado en Merlinville en la noche del crimen. Pero ¿por qué no lo había dicho? ¿Por qué, por el contrario, nos había inducido a creer que había permanecido en Cherburgo? Recordando su expresión franca y juvenil, difícilmente hubiera podido yo decidirme a pensar que tuviese alguna relación con el crimen. No obstante, ¿por qué este silencio por su parte acerca de un punto de tan vital importancia? Una cosa era cierta: Marta había estado siempre enterada de todo. De aquí su congoja y sus ansiosas preguntas a Poirot sobre si se sospechaba de alguien.
Mis reflexiones fueron interrumpidas por la llegada del tren, y un momento después estaba dando la bienvenida a Poirot. El hombrecillo venía radiante. Reía y vociferaba y, olvidando mis reparos británicos, me abrazó calurosamente en el andén.
Mon cher ami, ¡He triunfado, he triunfado maravillosamente!
—¿De veras? Me encanta saberlo. ¿Tiene usted las últimas noticias de aquí?
—¿Cómo quiere que tenga ninguna noticia? Ha ocurrido algo, ¿verdad? ¿Ha detenido a alguien ese buen Giraud? ¿O a varias personas, quizá? ¡Ah, ahora voy a ponerle en ridículo a ese tipo! Pero ¿adonde me lleva usted, amigo mío? ¿No vamos al hotel? Es necesario que me arregle el bigote..., está deplorablemente caído con el calor del viaje. Además, sin duda llevo polvo en el traje. Y tengo que ajustarme la corbata.
Corté de golpe estas protestas.
—Mi querido Poirot, deje todo esto. Tenemos que ir a la villa inmediatamente. ¡Ha habido otro asesinato!
Nunca he visto un hombre tan aturdido. Cayó su mandíbula y su expresión perdió toda la anterior viveza. Con la boca abierta, se quedó mirándome.
—¿Qué dice? ¿Otro asesinato? ¡Ah!, pero entonces estoy equivocado por completo. He fracasado. Giraud puede burlarse de mí..., ¡no le faltará razón!
—¿No lo esperaba usted entonces?
—¿Yo? De ningún modo. Esto destruye mi explicación..., lo deshace todo... Esto... ¡Ah, no! —y se detuvo de repente, golpeándose el pecho—. Es imposible. ¡No puedo estar equivocado! Considerados metódicamente y en su verdadero orden, los hechos sólo admiten una explicación. ¡Debo tener razón! ¡Tengo razón!
—Pero entonces...
Me interrumpió.
—Espere, amigo mío. Debo tener razón, y, por tanto, este nuevo asesinato es imposible, a no ser..., a no ser... ¡Oh!, espere, se lo ruego. No diga una palabra.
Permaneció callado por unos momentos; luego, volviendo a su actitud normal, dijo con voz tranquila y segura:
—La víctima es un hombre de mediana edad. Su cuerpo ha sido hallado en el cobertizo cerrado cercano al lugar del crimen, y la muerte había ocurrido, por lo menos, cuarenta y ocho horas antes. Y es muy probable que fuese acuchillado de un modo parecido al de Renauld, aunque no necesariamente en la espalda.
Ahora me llegó a mí el turno de quedarme con la boca abierta, y así lo hice. En todo lo que sabía de la historia de Poirot no había un hecho tan sorprendente corno éste. Y, como era casi inevitable, cruzó una duda por mi mente.
—Poirot —exclamé—, está usted bromeando ahora a costa mía. Estaba ya informado.
Pero él me dirigió una mirada de reproche.
—¿Soy yo capaz de hacer una cosa así? Le aseguro que no sabía una palabra de esto. ¿No ha observado la impresión que me han causado sus noticias?
—Pero ¿cómo ha podido saber todo esto?
—¿Tenía razón entonces? Pero yo lo sabía. Las pequeñas células grises, amigo mío, ¡las pequeñas células grises! Ellas me lo habían dicho. Así, y no de otro modo, era posible una segunda muerte. Cuéntemelo ahora todo. Si vamos por la izquierda podremos tomar un atajo, cruzando el campo de golf, que nos llevará mucho más deprisa a la parte posterior de Villa Geneviéve.
Mientras caminábamos, siguiendo el atajo indicado por él, le conté cuanto sabía. Poirot me escuchó con gran atención.
—¿La daga estaba en la herida, dice usted? Es curioso. ¿Está seguro de que era la misma?
—Absolutamente seguro. Esto es lo que hace el caso tan imposible.
—Nada es imposible. Puede haber tenido dos dagas.
Oyendo esto levanté las cejas.
—Seguramente esto es extremadamente inverosímil. Sería una coincidencia muy extraordinaria.
—Habla usted, como de costumbre, sin reflexionar, Hastings. En algunos casos sería extremadamente improbable la existencia de dos armas idénticas; pero no en el caso presente. Esta arma particular era un recuerdo de la guerra hecho por encargo de Jack Renauld. Si pensamos en ello, es realmente muy inverosímil que encargase sólo una daga. Muy probablemente había otra para su propio uso.
—Pero nadie ha hecho mención de semejante cosa.
En el tono de Poirot asomó ahora una insinuación del acento del conferenciante.
—Amigo mío: cuando se trabaja en la indagación de un caso no se toman en cuenta sólo las cosas que han sido «mencionadas». No hay razón para mencionar muchas cosas que pueden luego resultar importantes. Así mismo, hay muchas veces una razón excelente para no mencionarlas. Puede usted elegir entre los dos motivos.
Guardé silencio, impresionado a mi pesar. Con unos cuantos minutos más llegamos al famoso cobertizo. Allí encontramos a todos nuestros amigos y, tras un intercambio de frases corteses, Poirot empezó su tarea.
Habiendo observado el trabajo de Giraud, me sentí vivamente interesado. Poirot dirigió a su alrededor una mirada superficial y sólo examinó la chaqueta y el pantalón harapientos que se hallaban junto a la puerta. A los labios de Giraud asomó una sonrisa desdeñosa, y, como si lo hubiese advertido, Poirot echó al suelo nuevamente el lío de ropa.
—¿Prendas viejas del jardinero? —preguntó.
—Exactamente —contestó Giraud.
Poirot se arrodilló junto al cadáver. Sus dedos trabajaban rápida, pero metódicamente. Examinó el género del traje y comprobó que no estaba marcado. Dedicó una atención especial a las botas y así mismo a las uñas sucias y rotas. Mientras examinaba estas últimas dirigió a Giraud una rápida pregunta:
—¿Las ha visto?
—Sí; las he visto —contestó el otro, con su rostro siempre inescrutable.
De pronto, Poirot se enderezó.
—¡Doctor Durand!
—Diga... —y el doctor se adelantó.
—Tiene espuma en los labios. ¿La ha observado usted?
—Debo admitir que no la había advertido.
—Pero ¿la observa ahora?
—¡Oh, ciertamente!
Poirot dirigió una nueva pregunta a Giraud:
—¿Usted la había advertido, sin duda?
El otro no contestó. Poirot continuó su trabajo. La daga había sido retirada de la herida y colocada en un jarro de cristal, al lado del cadáver. Poirot la examinó y estudió luego la herida con atención. Cuando levantó la cabeza, su rostro estaba excitado y brillaba en sus ojos la gran luz verde que tan bien conocía yo.
—¡Es ésta una extraña herida! No ha sangrado. No hay mancha en la ropa. La hoja de la daga está ligeramente descolorida y nada más. ¿Qué le parece a usted, señor doctor?
—Sólo puedo decir que es todo muy anormal.
—No es nada anormal. Es muy sencillo. El hombre fue apuñalado cuando ya estaba muerto —y conteniendo con un movimiento de la mano el vocerío que se había levantado, Poirot se volvió hacia Giraud y añadió—: Monsieur Giraud está de acuerdo conmigo, ¿verdad?
Cualquiera que fuese su verdadera opinión, Giraud aceptó la petición sin mover un músculo. Calmosa y algo desdeñosamente, contestó:
—Ciertamente, estoy de acuerdo.
De nuevo se levantó el murmullo de sorpresa e interés.
—Pero ¡vaya una idea! —exclamó Hautet—. ¡Apuñalar a un hombre después de muerto! ¡Bárbaro! ¡Inaudito! Algún odio insaciable, quizá.
—No —dijo Poirot—. Me figuro que se hizo enteramente a sangre fría... para crear una impresión.
—¿Qué impresión?
—La impresión que casi creó —replicó Poirot con tono oracular.
Bex había estado reflexionando.
—¿Cómo fue muerto el hombre, entonces?
—No fue muerto. Murió. Y murió, si no estoy muy equivocado, ¡de un ataque de epilepsia!
La declaración de Poirot levantó de nuevo una excitación considerable. El doctor Durand volvió a arrodillarse e hizo una exploración minuciosa. Por último, poniéndose en pie, dijo:
—Monsieur Poirot, me inclino a creer que su afirmación es acertada. Al empezar estuve desorientado. El hecho indiscutible de que el hombre había sido apuñalado desvió mi atención de todas las otras indicaciones.
Poirot era el héroe de aquella hora. El juez de instrucción le felicitó profusamente. Poirot correspondió con donaire y se excusó luego con el pretexto de que ni él ni yo habíamos almorzado todavía y que deseaba reponerse de las fatigas del viaje. Cuando estábamos a punto de salir del cobertizo se nos acercó Giraud.
—Otra cosa, Poirot —dijo con su voz suave y zumbona—. He encontrado esto arrollado al puño de la daga..., un cabello de mujer.
—¡Ah! —contestó Poirot—. ¿Un cabello de mujer? ¿De qué mujer?, me pregunto yo.
—Yo me lo pregunto también —y, con una reverencia, Giraud nos dejó.
—Ha insistido ese bueno de Giraud —dijo Poirot con aire pensativo—. No sé en qué dirección espera despistarme. Un cabello de mujer..., ¡hum!...


Almorzamos con buen apetito, pero encontré a Poirot un poco distraído. Pasamos luego a nuestra sala y allí le rogué que me dijese algo de su misterioso viaje a París.
—Con mucho gusto, amigo mío. He ido a París a buscar esto.
Y sacó del bolsillo un pequeño recorte amarillento de papel de periódico. Era la reproducción de una fotografía de mujer. Me lo entregó y lancé una exclamación.
—¿La reconoce usted, amigo?
Hice una seña afirmativa. Aunque era claro que aquella fotografía databa de muchos años, y el peinado era de otro estilo, el parecido era inconfundible.
—¡Madame Daubreuil!
Poirot movió la cabeza con una sonrisa.
—Esto no es enteramente exacto, amigo mío. No se llamaba así en aquellos tiempos. ¡Ése es el retrato de la célebre madame Beroldy!
iMadame Beroldy! Como en un relámpago, acudió a mi memoria la historia del proceso por asesinato que había despertado un interés mundial: el proceso Beroldy.



CAPÍTULO DIECISEIS


EL PROCESO BEROLDY


Unos veinte años antes de la época a que se refiere el presente relato, Arnold Beroldy, natural de Lyon, llegó a París acompañado de su bonita esposa y de la hija de ambos, que no era entonces más que un bebé. Beroldy era un socio joven de una firma de comerciantes en vino, hombre robusto, de mediana edad, aficionado a la buena vida, consagrado a su encantadora esposa y poco notable por ningún otro concepto. La firma a la que pertenecía Beroldy era poco importante, y, aunque regularmente próspera, no proporcionaba ingresos muy considerables al joven asociado. Los Beroldy ocupaban un piso pequeño y habían empezado viviendo modestamente.
Pero por poco notable que pudiera ser Beroldy, su esposa ostentaba una deslumbrante aureola romántica. Joven, bien parecida y dotada de un singular encanto en sus maneras, madame Beroldy produjo desde el principio en su barrio una sensación que se acrecentó cuando empezó a circular el rumor de que había estado su cuna rodeada de algún interesante misterio. Afirmaban unos que era hija ilegítima de un gran duque ruso. Según otros, se trataba de un archiduque austríaco, y la unión de sus padres era legal, aunque morganática. Pero todos estaban de acuerdo en una cosa: que Jane Beroldy era el centro de un misterio interesante.
Entre los amigos y conocidos de los Beroldy figuraba un abogado joven, George Conneau. Pronto fue evidente que la fascinante Jane había esclavizado por completo su corazón. Madame Beroldy alentó al joven discretamente, aunque teniendo siempre buen cuidado de afirmar su absoluta fidelidad al hombre de mediana edad que era su esposo. No obstante, muchas personas despechadas no vacilaron en declarar que Conneau era su amante..., ¡y no el único!
Cuando los Beroldy llevaban unos tres meses de residencia en París entró en escena otro personaje. Era éste míster Hiram P. Trapp, un norteamericano extremadamente rico. Presentado a la encantadora y misteriosa madame Beroldy, fue muy pronto víctima de sus atractivos. Su admiración era clara, aunque estrictamente respetuosa.
Por aquella fecha, madame Beroldy se mostró más explícita en sus confidencias. A varias de sus amigas declaró que se hallaba muy inquieta a causa de su esposo. Dijo que había sido inducido a tomar parte en varios planes de naturaleza política, e hizo también referencia a algunos papeles importantes cuya custodia se le había confiado y que contenían datos relativos a un «secreto» de largo alcance europeo. Le habían sido confiados para desorientar a los que los buscaban, pero madame Beroldy estaba nerviosa, pues había reconocido a varios miembros importantes del Círculo Revolucionario de París.
La bomba estalló el 28 de noviembre. La mujer que venía todos los días a limpiar y a guisar para los Beroldy quedó sorprendida al ver abierta la puerta del piso. Oyendo algunos débiles gemidos procedentes del dormitorio, entró. Sus ojos tropezaron con un cuadro terrible: madame Beroldy yacía en el suelo, con los pies y manos atados y gimiendo, pues había logrado retirar la mordaza que cubrió su boca. Sobre el lecho estaba Beroldy, en un charco de sangre, con un cuchillo clavado en el corazón.
El relato de madame Beroldy era bastante claro. Despertando repentinamente de su sueño, había distinguido inclinados sobre ella a dos hombres enmascarados, que ahogaron sus gritos atándola y amordazándola. Luego habían pedido a monsieur Beroldy el famosísimo «secreto».
Pero el intrépido comerciante en vinos se había negado en redondo a acceder a esta demanda. Irritado por su negativa, uno de los hombres le había atravesado el corazón con un cuchillo. Con las llaves del muerto habían abierto la caja de caudales del rincón y se habían llevado muchos papeles. Los dos hombres llevaban grandes barbas y sendas máscaras, pero madame Beroldy declaró positivamente que eran rusos.
El suceso despertó una sensación inmensa. Pasó el tiempo y nunca se halló la pista de los misteriosos barbudos. Y luego, cuando el interés general empezaba a decaer, ocurrió una cosa sorprendente: madame Beroldy fue detenida bajo la acusación de haber asesinado a su marido.
Cuando se celebró el juicio, apasionó a todo el mundo. La juventud y belleza de la acusada y su misteriosa historia bastaron para convertir el caso en un proceso célebre.
Quedó demostrado sin posibilidad de duda que los padres de Jane eran una pareja de comerciantes en frutas, muy respetable y prosaica, de las afueras de Lyon. El gran duque ruso, las intrigas cortesanas y los planes políticos..., con las demás historias puestas en circulación, ¡habían salido de la imaginación de la misma dama! Toda la verdadera historia de su vida fue expuesta al público sin contemplaciones. El motivo del asesinato resultó ser míster Hiram P. Trapp. Míster Trapp hizo lo que pudo, pero, hábil e implacablemente interrogado, se halló obligado a admitir que amaba a Jane y que, si ésta hubiera sido libre, le hubiera pedido que se casara con él. El hecho de que las relaciones entre ellos hubiesen de ser reconocidas como puramente platónicas, daba mayor fuerza a la acusación. Como quiera que el carácter sencillo y honrado de aquel hombre no le permitía aspirar a convertirse en su amiga, Jane había concebido el monstruoso proyecto de deshacerse de su marido, menos joven y menos distinguido, para llegar a ser la esposa del rico norteamericano.
Madame Beroldy no perdió por un momento la sangre fría ni el dominio de sí misma ante sus acusadores. Y sostuvo invariable su historia, persistiendo en la declaración de que tenía en las venas sangre real y había sido sustituida por la hija del vendedor de frutas en edad temprana. Aunque absurdas y sin fundamento alguno, estas manifestaciones fueron aceptadas e implícitamente creídas por gran número de personas.
Pero el fiscal fue implacable. Denunció como pura invención a los rusos enmascarados y afirmó que el crimen había sido cometido por madame Beroldy y su amante George Conneau. Se despachó un mandamiento para efectuar la detención del segundo, quien prudentemente había desaparecido. En la prueba se puso de manifiesto que las ligaduras que tuvo puestas madame Beroldy estaban tan flojas que hubiera podido quitárselas fácilmente.
Y luego, cuando se acercaba el término del juicio, llegó a manos del fiscal una carta echada al correo en París. Era de George Conneau, quien, sin revelar su actual paradero, confesaba el crimen detalladamente. En ella declaraba que él, efectivamente, había descargado el golpe fatal a instigación de madame Beroldy. El crimen había sido proyectado entre los dos. Creyendo que su marido la maltrataba, y enloquecido por su propia pasión, de la que se creía correspondido por ella, había preparado el crimen y dado la cuchillada que debía dejar a la mujer amada libre de una odiosa esclavitud. Ahora, por primera vez, tenía conocimiento de la existencia de Hiram P. Trapp, y comprendía que la mujer que amaba ¡le había hecho traición! No quería ésta ser libre para pertenecerle mejor a él, sino para casarse con el rico americano. Le había utilizado como un instrumento, y ahora, furiosamente celoso, se volvía contra ella y la denunciaba, declarando que por su parte había obrado siempre a instigación de Jane.
Y entonces madame Beroldy dio pruebas del notable carácter que sin duda poseía. Sin vacilación abandonó su defensa anterior y admitió que los «rusos» eran pura invención suya. El verdadero asesino era George Conneau. Enloquecido por su pasión, había cometido el crimen, jurando que si no guardaba silencio se tomaría una terrible venganza sobre ella. Aterrada por sus amenazas, ella había consentido (temiendo además que, si decía la verdad, pudiera verse acusada de complicidad en el crimen). Pero se había negado firmemente a tener nada más que ver con el asesino de su marido, y, en venganza por su actitud, había escrito él esta carta acusadora. Solemnemente juró que no había tenido parte alguna en la preparación del asesinato y que lo que había visto al despertarse aquella terrible noche había sido al mismo George Conneau en pie a su lado con el ensangrentado cuchillo en la mano.
La actitud era arriesgada. La versión de madame Beroldy era apenas creíble. Pero su discurso ante el jurado fue una obra maestra. Con las mejillas bañadas en lágrimas, habló de su hijita, de su honor de mujer, de su deseo de conservar limpia su reputación en beneficio de la criatura. Admitió que habiendo sido la amante de George Conneau, podría quizá ser considerada como responsable moralmente del crimen..., pero ante Dios ¡nada más! Sabía que había cometido una grave falta al abstenerse de denunciar a Conneau; pero, con voz entrecortada, declaró que esto era una cosa que ninguna mujer podía haber hecho. Ella ¡le había amado! ¿Podía prestar su ayuda para que se le enviase a la guillotina? Había sido muy culpable, pero era inocente del crimen que se le imputaba.
Como quiera que ello pudiera haber sido, su elocuencia y su personalidad ganaron la partida. En medio de una escena de no igualada emoción, madame Beroldy fue absuelta.
Los mayores esfuerzos de la Policía no bastaron para hallar la pista de George Conneau. En cuanto a madame Beroldy, nada más se supo de ella. Llevándose a su niña, se alejó de París para comenzar una nueva vida.



CAPITULO DIECISIETE


HACEMOS NUEVAS INVESTIGACIONES


He dado una noticia completa del caso Beroldy. Por supuesto, no vinieron a mi memoria todos los detalles tal como los registro aquí. Sin embargo, recordaba el caso con bastante precisión. Despertó mucho interés en su tiempo y fue extensamente descrito en la Prensa inglesa, de suerte que no necesité hacer un gran esfuerzo para repasar los detalles más salientes.
De momento, y dada mi emoción, parecía dejar aclarado todo el asunto. Reconozco que soy impulsivo, y Poirot deplora mi costumbre de saltar a las conclusiones, pero creo tener alguna excusa en el caso presente. Desde luego, me llamó la atención el modo notable como este descubrimiento justificaba el punto de vista de Poirot.
—Poirot —le dije—, le felicito. Ahora lo veo todo.
Con su acostumbrada precisión, Poirot encendió uno de sus delgados cigarrillos. Después, levantó la vista.
—Y puesto que ahora lo ve usted todo, amigo mío, ¿qué ve exactamente?
—¡Cómo! Pues que fue madame Daubreuil-Beroldy quien asesinó a monsieur Renauld. La similitud de los dos casos lo prueba sin la menor duda.
—Entonces, ¿considera usted que madame Beroldy fue absuelta injustamente?
Abrí mucho los ojos y contesté:
—¡Por supuesto! ¿No lo cree usted así?
Poirot paseó hasta el extremo de la habitación, rectificó distraídamente la posición de una silla y dijo con expresión pensativa:
—Sí; ésta es mi opinión. Pero no hay «por supuesto», amigo mío. Técnicamente hablando, madame Beroldy es inocente.
—De aquel crimen, quizá; pero no de éste.
Poirot se sentó de nuevo y me miró, con su pensativa expresión más acusada que nunca.
—¿De suerte que su opinión definitiva es que madame Daubreuil asesinó a monsieur Renauld?
—Sí.
—¿Por qué?
Y la pregunta fue tan repentina que me dejó desconcertado.
—¿Cómo? —balbucí—. ¿Por qué? ¡Oh, porque...! —y me detuve.
Poirot me miró tras una inclinación de cabeza.
—Ya lo veo: tropezó usted al primer paso. ¿Por qué había de asesinar madame Daubreuil (la llamo así para más claridad) a monsieur Renauld? No podemos encontrar ni la sombra de un motivo. No gana nada con su muerte; sea querida o chantajista, pierde. No hay asesinato sin motivo. El primer crimen era diferente..., había allí un enamorado rico que hubiera podido ocupar el lugar del esposo.
—El dinero no es el único motivo para asesinar —objeté.
—Cierto —convino Poirot con voz plácida—. Hay otros dos: uno de ellos actúa en el crime passionnel. Y hay un tercer motivo, poco frecuente porque supone alguna forma de desarreglo mental en el asesino: el del asesinato por una idea. La manía homicida y el fanatismo religioso pertenecen a esta clase. Podemos prescindir de él en el caso presente.
—Pero ¿qué me dice del crime passionnel? ¿Puede pasarlo por alto? Si madame Daubreuil fue la amiga de Renauld, si descubrió que el afecto de él se enfriaba o si se despertaron sus celos de un modo u otro, ¿no pudo matarlo en un momento de ira?
Poirot movió la cabeza.
—Si... (digo si, fíjese bien) madame Daubreuil era la amiga de Renauld, éste no había tenido tiempo de cansarse de ella. Y, en todo caso, equivoca usted su carácter. Es una mujer que sabe simular una gran tensión emocional. Es una actriz magnífica. Pero si la consideramos desapasionadamente, su vida desmiente estas apariencias. Examinándola a fondo, la encontramos siempre fría y calculadora en todos sus motivos y acciones. Su complicidad en el asesinato de su esposo no obedeció al deseo de unirse con su joven amante. Su objeto era el rico norteamericano, por el que probablemente no sentía el menor afecto. Si cometió un crimen, fue para ganar algo. Y aquí no había nada que ganar. Además, ¿cómo explica usted que se hubiese cavado la sepultura? Éste era un trabajo de hombre.
—Puede haber tenido un cómplice —le indiqué, con pocos deseos de abandonar mi opinión.
—Paso a otra objeción. Ha hablado usted de similitud entre los dos crímenes. ¿Dónde está esa similitud, amigo mío? ¿Dónde está?
Le miré lleno de asombro.
—¡Cómo, Poirot! Pero ¡si fue usted quien la descubrió! ¡La historia de los hombres enmascarados, el «secreto», los papeles!
Poirot sonrió ligeramente.
—No se acalore así, se lo ruego. No me desdigo de nada. La semejanza entre las dos historias las une inevitablemente. Pero reflexione ahora sobre un punto muy curioso. No es madame Daubreuil quien nos cuenta esta historia (si fuera ella, todo sería, ciertamente, coser y cantar), es madame Renauld. ¿Es que está entonces de acuerdo con la otra?
—No puedo creerlo —repuse lentamente—. Si está de acuerdo, es la actriz más perfecta que el mundo haya visto nunca.
—¡Ta, ta, ta! —replicó Poirot, impaciente—. ¡Otra vez volvemos al sentimiento y dejamos la lógica! Si para ser criminal necesita una mujer ser una consumada actriz, atribúyale este don en buena hora. Pero ¿es necesario? Yo no creo que madame Renauld esté de acuerdo con madame Daubreuil por diversas razones, algunas de las cuales le he enumerado ya. Las otras son bien manifiestas. Por tanto, eliminada esta posibilidad, nos acercamos mucho a la verdad, que es, como siempre, muy curiosa e interesante.
—Poirot —exclamé—, ¿qué otras cosas sabe?
—Amigo mío, debe usted hacer sus propias deducciones. Tiene «acceso a los hechos». Concentre sus células grises. Razone... no como Giraud..., ¡sino como Hércules Poirot!
—Pero ¿está usted seguro?
—Amigo mío: por muchos conceptos, he sido un imbécil. Pero, por fin, veo claramente.
—¿Lo sabe todo?
—He descubierto lo que monsieur Renauld quería que descubriese cuando me envió a buscar.
—¿Y conoce al asesino?
—Conozco a un asesino.
—¿Qué quiere decir?
—Estamos jugando un poco a los despropósitos. Hay aquí no un crimen, sino dos. El primero lo he resuelto; el segundo..., eh bien!..., ¡confesaré que no estoy seguro!
—Pero, oiga, Poirot: creía que había usted dicho que el hombre del cobertizo había muerto de muerte natural...
—¡Ta, ta, ta! —replicó Poirot con su expresión de impaciencia favorita—. Sigue usted sin comprender. Puede uno tener un crimen sin un asesino, pero para que haya dos crímenes es esencial que haya dos cadáveres.
Esta observación me pareció tan peculiarmente falta de lucidez, que le miré con cierta inquietud. Pero su aspecto era perfectamente normal. De pronto, se levantó y dirigióse a la ventana.
—Aquí está —observó.
—¿Quién?
—Jack Renauld. Le envié una nota a la villa pidiéndole que viniese.
Esto cambió el curso de mis ideas, y le pregunté a Poirot si sabía que Jack Renauld había estado en Merlinville la noche del crimen. Había esperado coger a mi astuto amigo adormecido, pero, como de costumbre, era omnisciente. También él había investigado en la estación.
—Y sin duda, la idea no es una originalidad nuestra, Hastings. El excelente Giraud ha hecho también probablemente sus preguntitas.
—No cree usted... —dije, y me detuve—. ¡Ah!, no, ¡sería demasiado horrible!
Poirot me dirigió una mirada interrogante, pero yo no dije más. Acababa de ocurrírseme que, aunque había siete mujeres directa o indirectamente relacionadas con el caso, madame Renauld, madame Daubreuil y su hija, la misteriosa visitante y las tres sirvientas, no había, con la excepción del viejo Augusto, que, difícilmente, podía tenerse en cuenta, más que un hombre: Jack Renauld. Y que un hombre debía de haber cavado la sepultura.
No tuve tiempo de dar mayor desarrollo a la espantosa idea que se me había ocurrido, pues Jack Renauld entró en la habitación.
Poirot le recibió como hombre dispuesto a ir al grano.
—Siéntese, monsieur Renauld. Lamento infinitamente causarle esta molestia, pero quizá comprenderá usted que la atmósfera de la villa no me va muy bien. Monsieur Giraud y yo no estamos de acuerdo en todo. En sus tratos conmigo no se ha distinguido por la cortesía, y usted se hará cargo de que no me propongo que se aproveche de los pequeños descubrimientos que pueda yo hacer.
—Exactamente, monsieur Poirot —asintió el muchacho—. Este tipo, Giraud, es un bruto malcriado y me encantará ver cómo alguien le devuelve la pelota.
—¿Puedo, entonces, pedirle a usted un pequeño favor?
—Desde luego.
—Voy a rogarle que vaya a la estación del ferrocarril y tome el tren hasta la estación próxima, Abbalac. Pregunte en el guardarropa si en la noche del crimen depositaron allí una maleta dos extranjeros. Es una estación pequeña y me parece casi seguro que lo recordarán. ¿Quiere usted hacelo?
—Naturalmente que lo haré —dijo el muchacho algo desconcertado, aunque presto a desempeñar el encargo.
—Usted comprende que mi amigo y yo tenemos trabajo en otra parte —explicó Poirot—. Sale un tren dentro de un cuarto de hora, y voy a rogarle que no vuelva ahora a la villa, pues deseo que Giraud no tenga la menor idea de esta misión.
—Muy bien. Iré a la estación directamente.
Y se puso en pie. La voz de Poirot le detuvo.
—Un momento, monsieur Renauld: hay un pequeño detalle que no entiendo. ¿Por qué no hizo usted mención ante monsieur Hautet, esta mañana, de su estancia en Merlinville la noche del crimen?
El rostro de Jack Renauld se puso de color de grana. Con un esfuerzo, se dominó.
—Se ha equivocado usted. Estaba en Cherburgo, como se lo dije esta mañana al juez de instrucción.
Poirot le miró con los párpados contraídos como los de un gato, hasta que sólo dejaron ver un destello verde.
—Entonces es una extraña equivocación la mía, pues también la padece el personal de la estación. Dicen allí que llegó usted en el tren de las once y cuarenta.
Por un momento, Jack Renauld vaciló y luego tomó su partido.
—¿Y qué importa si llegué? Supongo que no se propone acusarme de participación en el asesinato de mi padre... —exclamó en tono altivo, echando atrás la cabeza.
—Desearía una explicación de la razón que le trajo a usted aquí.
—Es bien sencilla. Vine para ver a mi novia, mademoiselle Daubreuil. Estaba en vísperas de emprender un largo viaje, sin saber cuándo regresaría. Y antes de partir quise reiterarle la seguridad de mi inquebrantable afecto.
—¿Y, en efecto, la vio usted? —preguntó Poirot sin apartar su atención del rostro del joven.
Hubo una pausa apreciable antes que Renauld contestase. Luego, dijo:
—Sí.
—¿Y después?
—Descubrí que había perdido el último tren. Y me fui a pie hasta Saint-Beauvais, donde llamé a un garaje y conseguí un coche para regresar a Cherburgo.
—¿Saint-Beauvais? Esto está a quince kilómetros de aquí. Un paseo largo, monsieur Renauld.
—Me..., me encontraba en disposición de andar.
Poirot bajó la cabeza en señal de que aceptaba la explicación. Jack Renauld recogió el sombrero y el bastón y salió. Un momento después, Poirot se puso en pie de un salto.
—Aprisa, Hastings. Vamos a seguirle.
Manteniéndonos a discreta distancia, fuimos tras él por las calles de Merlinville. Pero al ver que se encaminaba a la estación, Poirot se detuvo.
—Todo va bien. Se ha tragado el anzuelo. Irá a Abbalac y preguntará por la imaginaria maleta que dejaron allí los imaginarios extranjeros. Sí, amigo mío, todo ha sido invención propia.
—¡Quería usted apartarle de aquí!
—¡Su penetración es sorprendente, Hastings! Si no tiene inconveniente, iremos ahora a la Villa Geneviéve.



CAPÍTULO DIECIOCHO


GIRAUD ACTÚA


Llegados a la villa, Poirot me condujo al cobertizo donde se descubrió el segundo cadáver. Sin embargo, no entró y se detuvo junto al banco situado a algunos metros de distancia, que ya he mencionado. Después de contemplarlo por unos segundos, se encaminó desde allí con suma cautela al seto que señalaba el límite entre Villa Geneviéve y Villa Marguerite. Retrocedió luego, haciendo con la cabeza una seña afirmativa. Volviendo al seto, separó los arbustos con las manos.
—Si tenemos un poco de suerte —observó por encima del hombro—, mademoiselle Marta puede encontrarse en el jardín. Deseo hablar con ella y preferiría no llamar formalmente a la Villa Marguerite. ¡Ah!, todo va bien; aquí está. Pst, mademoiselle! Un momento, s'il vous plait.
Me reuní con él en el momento en que Marta Daubreuil, algo sobresaltada al parecer, venía corriendo al seto, en contestación a su llamada.
—Una palabrita con usted, señorita, si me lo permite.
—Con mucho gusto, monsieur Poirot.
A pesar de aquella aquiescencia, su mirada parecía turbada y temerosa.
—Señorita, ¿recuerda usted que el día en que estuve en su casa con el juez de instrucción vino luego corriendo a mi encuentro, por la carretera, para preguntarme si había alguien sospechoso de participación en el crimen?
—Y usted me habló de dos chilenos —dijo ella con voz desalentada, poniéndose la mano sobre el corazón.
—¿Quiere volver a dirigirme la misma pregunta, señorita?
—¿Qué quiere usted decir?
—Esto: que si volviese a preguntármelo, habría de darle una contestación diferente. Se sospecha de alguien..., pero no es un chileno.
—¿Quién? —y la palabra salió débilmente por sus labios entreabiertos.
—Jack Renauld.
—¡Cómo! —gritó ella—. ¿Jack? Imposible. Pero ¿quién se atreve a sospechar de él?
—Giraud.
—¡Giraud! —repitió la muchacha con el rostro ceniciento—. Me asusta ese hombre. Es cruel. Querría, querría... —y se interrumpió.
En su rostro iba formándose una expresión de resolución valerosa. Me di cuenta en aquel momento de que era una luchadora. Poirot la observaba también con atención.
—¿Usted sabe, por supuesto, que estuvo aquí en la noche del asesinato? —preguntó.
—Sí —contestó ella automáticamente—. Me lo dijo.
—Fue una imprudencia haber intentado ocultar el hecho —se aventuró a añadir Poirot.
—Sí, sí —contestó ella con impaciencia—. Pero no podemos perder el tiempo en lamentaciones. Debemos encontrar un medio de salvarle. Es inocente, desde luego; pero esto no le servirá para nada con un hombre como Giraud, que tiene que pensar en su reputación. Ha de detener a alguien, y éste será Jack.
—Los hechos le serán contrarios —dijo Poirot—. ¿Se da cuenta de esto?
Ella le miró cara a cara.
—No soy una niña, caballero. Puedo tener valor y mirar los hechos de frente. Es inocente y debemos salvarle.
Había hablado con una especie de energía desesperada; luego, calló, para pensar, con las cejas fruncidas.
—Señorita —dijo Poirot, observándola con gran atención—, ¿no hay algo que pudiera decirnos y que se ha callado?
Ella hizo una seña afirmativa, con expresión perpleja.
—Sí; hay algo. Pero apenas sé si querrá usted creerlo...; parece una cosa tan absurda...
—Díganoslo de todos modos, señorita.
—Es esto. Giraud, después de pensarlo más, me envió a buscar para ver si podía identificar al hombre que está ahí —indicó el cobertizo con un movimiento de la cabeza—. No pude. Por lo menos, no pude en aquel momento. Pero, desde entonces, he estado pensando...
—Adelante.
—Parece tan raro..., y, sin embargo, estoy casi segura. Se lo diré a usted. En la mañana del día en que fue asesinado monsieur Renauld, estaba paseando por este jardín cuando oí voces de hombres que disputaban. Aparté las plantas y miré a través. Uno de los hombres era monsieur Renauld, y el otro un vagabundo, un hombre de aspecto sórdido, vestido de harapos, que lloriqueaba y amenazaba alternativamente. Deduje que le estaba pidiendo dinero, pero en aquel momento mamá me llamó desde la casa y hube de irme. Nada más, sólo que... estoy casi segura de que el vagabundo y el hombre muerto de ese cobertizo son la misma persona.
Poirot lanzó una exclamación.
—Pero ¿por qué no lo dijo antes, señorita?
—Porque, al principio, sólo tuve la impresión de que conocía vagamente aquella cara. El hombre iba vestido de otro modo, y, al parecer, pertenecía a una clase social superior.
Llamó una voz desde la casa.
—Es mamá —murmuró Marta—. Debo irme —y se alejó deslizándose por entre los árboles.
—Venga —dijo Poirot; y cogiéndome el brazo, se volvió en dirección a la villa.
—¿Qué piensa realmente? —le pregunté con alguna curiosidad—. ¿Es esta historia cierta o la ha compuesto la muchacha para apartar las sospechas de su enamorado?
—Es una historia curiosa —dijo Poirot—; pero yo creo que es la pura verdad. Sin pensarlo, Marta nos ha dicho la verdad sobre otro detalle, e, incidentalmente, ha desmentido a Jack Renauld. ¿Advirtió usted su vacilación cuando le pregunté si había visto a Marta Daubreuil en la noche del crimen? Se detuvo y dijo luego: «Sí.» Y yo sospeché que mentía. Era para mí necesario ver a Marta antes que él pudiese prevenirla. Tres palabritas me han dado la información que quería. Cuando le he preguntado si sabía que Jack Renauld estuvo aquí aquella noche, ha contestado: «Me lo dijo.» Ahora bien, Hastings: ¿qué estaba haciendo aquí Jack Renauld aquella memorable noche, y, si no vio a Marta, a quién vio?
—Seguramente, Poirot —exclamé, horrorizado—, ¡usted no puede creer que un muchacho como éste asesinaría a su propio padre!
—Amigo mío —dijo Poirot—, ¡continúa usted dominado por un sentimentalismo increíble! ¡He visto a siete madres asesinar a sus hijitos para cobrar un seguro! Después de esto, puede uno creer cualquier cosa. ¿No le parece a usted?
—¿Y el motivo?
—Dinero, por supuesto. Recuerde que Jack Renauld pensaba que recibiría la mitad de la fortuna de su padre a la muerte de éste.
—Pero el vagabundo... ¿Qué venía a hacer aquí?
Poirot encogió los hombros.
—Giraud dirá que era un cómplice..., un apache que ayudó al joven Renauld a cometer el crimen, y que fue convenientemente quitado de en medio después.
¿Y el cabello alrededor de la daga? ¿El cabello de mujer?
¡Ah! —contestó Poirot con amplia sonrisa—. Ésa es la flor y nata de las bromitas de Giraud. Según él, no es de mujer. Recuerde que los jóvenes de nuestros días llevan el cabello hacia atrás desde la frente y alisado con pomadas. Por tanto, algunos de esos cabellos son de longitud considerable.
—¿Y usted también cree eso?
—No —dijo Poirot con curiosa sonrisa—; porque sé que es un cabello de mujer..., y sé más aún: ¡de qué mujer!
—Madame Daubreuil —anuncié yo con acento positivo.
—Quizá —dijo Poirot, mirándome con expresión burlona; pero no consentí en molestarme.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunté al entrar en el zaguán de la Villa Geneviéve.
—Deseo hacer un registro entre los enseres de Jack Renauld. Ésta es la razón de que le haya alejado de aquí por unas cuantas horas.
Limpia y metódicamente, Poirot abrió uno tras otro todos los cajones, examinó el contenido y lo volvió todo exactamente al sitio que ocupaba. Era una tarea singularmente pesada y aburrida. Poirot fue repasando cuellos, pijamas y calcetines. Un ronroneo que llegaba del exterior me arrastró a la ventana; instantáneamente, me sentí agitado.
—¡Poirot! —exclamé—. Acaba de llegar un coche; en él vienen Giraud, Jack Renauld y dos gendarmes.
Sacre tonnerre! —gritó Poirot—. ¿No podía esperar ese animal de Giraud? No voy a poder dejarlo todo como estaba, en el último cajón, con el debido cuidado. Démonos prisa.
Sin ceremonia, echó al suelo todos los objetos, corbatas y pañuelos en su mayor parte. De pronto, con un grito de triunfo, Poirot se echó sobre un objeto, un pequeño cuadrito de cartón, evidentemente una fotografía. Metiéndosela en el bolsillo, volvió todo lo demás, revuelto, al cajón, y cogiéndome por el brazo, me llevó fuera de la habitación y escalera abajo. En el zaguán estaba Giraud contemplando a su prisionero.
—Buenas tardes, Giraud —saludó Poirot—; ¿qué tenemos aquí?
Giraud indicó a Jack con la cabeza.
—Estaba intentando escabullirse, pero yo he sido demasiado vivo para él. Está detenido como culpable del asesinato de su padre, Pablo Renauld.
Poirot giró sobre sí mismo para mirar al muchacho, que se apoyaba inerte contra la puerta, con el rostro color de ceniza.
—¿Y qué me dice usted de esto, joven? Jack Renauld le miró sin expresión.
—Nada —contestó.



CAPITULO DIECINUEVE


HAGO USO DE MIS CÉLULAS GRISES


Me encontraba aturdido. Hasta el último momento no pude decidirme a creer que Jack Renauld pudiera ser culpable. Cuando Poirot le provocó, esperé una vibrante proclamación de inocencia. Pero ahora, observándole tal como estaba, apoyado contra la pared, blanco y decaído y oyendo de sus propios labios la condenadora admisión, no dudé más.
Pero Poirot se había vuelto hacia Giraud.
—¿En qué se funda usted para detenerle?
—¿Espera acaso que se lo diga?
—Por pura cortesía, sí.
Giraud le miró con expresión dudosa. Estaba atormentado entre el deseo de negarse en redondo y el placer de triunfar sobre su adversario.
—Supongo que se figura usted que me he equivocado —dijo desdeñosamente.
—No me sorprendería—contesto Poirot con ligera malicia.
El rostro de Giraud se puso más encendido.
—Pues bien: venga conmigo. Usted mismo juzgará.
Y entramos en el salón, cuya puerta acababa de abrir, dejando a Jack Renauld al cuidado de los otros dos hombres.
—Ahora, Poirot —dijo Giraud con marcado acento de ironía, dejando el sombrero sobre la mesa—, voy a darle una pequeña conferencia sobre el trabajo del detective. Voy a mostrarle cómo trabajamos los modernos.
—¡Bien! —replicó Poirot, poniéndose en la actitud del que se prepara a escuchar—; y yo voy a mostrarle cuan admirablemente sabemos escuchar los de la vieja guardia —y, echándose hacia atrás, cerró los ojos, que volvió a abrir por un momento para observar—: No tema que me quede dormido. Escucharé con la mayor atención.
—Naturalmente —empezó a decir Giraud—, yo vi muy pronto que esa historia de los chilenos era una invención. Había en el caso dos hombres..., pero ¡no eran misteriosos extranjeros! Todo esto era una pantalla.
—Muy hábil hasta aquí, mi querido Giraud —murmuró Poirot—, especialmente después de esa picara jugarreta de la cerilla y la punta del cigarrillo.
Giraud le dirigió una mirada feroz, pero continuó:
—Tenía que haber un hombre relacionado con el caso para cavar la sepultura. A ningún hombre le aprovecha, verdaderamente, el crimen, pero había uno que creía que le aprovecharía. Me enteré de la disputa de Jack Renauld con su padre y de las amenazas que, indirectamente, había hecho. El motivo quedaba establecido. Vamos ahora a los medios. Jack Renauld estuvo aquella noche en Merlinville. Ocultó esta circunstancia..., y esto convertía la sospecha en certidumbre. Encontramos luego una segunda víctima, apuñalada con la misma daga. Sabemos cuándo ésta fue robada. El capitán Hastings, aquí presente, puede fijar la hora. Jack Renauld, llegado de Cherburgo, era la única persona que podía haberla cogido. He hecho las comprobaciones necesarias respecto a todas las otras personas de la casa.
Poirot le interrumpió:
—Se equivoca usted. Hay otra persona que pudo haber cogido la daga.
—¿Se refiere a Stonor? Llegó a la puerta delantera en un automóvil que le había traído directamente de Calais. ¡Ah, créame, lo he examinado todo! Jack Renauld llegó en tren. Entre su llegada y el momento en que se presentó en la casa transcurrió una hora. Vio, sin duda, al capitán Hastings y a su compañera cuando salían del cobertizo; entró él, tomó la daga y fue a clavársela a su cómplice...
—¡Que estaba ya muerto! Giraud encogió los hombros.
—Es posible que no se diese cuenta de esto. Pudo haber creído que dormía. Sin duda estaban citados. De todos modos, sabía que este aparente segundo asesinato complicaría mucho el caso. Y así fue.
—Pero esto no podía engañar a Giraud —murmuró Poirot.
—¡Está usted mofándose de mí! Pero le daré una prueba última e irrefutable. La historia de madame Renauld era falsa..., inventada del principio al fin. Creemos que había amado a su marido..., y, sin embargo, mintió para proteger al asesino. ¿Por quién mentiría una mujer? A veces, por sí misma; muy a menudo, por el hombre a quien ama; siempre, por sus hijos. Esta es la última, la irrefutable prueba. No hay manera de esquivarla.
Giraud se detuvo encendido y triunfante. Poirot le miró con firmeza.
—Tal es mi caso —siguió aquél—. ¿Qué tiene usted que contestar?
—Sólo que hay una cosa que ha dejado usted de tener en cuenta.
—¿Qué cosa?
—Es de presumir que Jack Renauld supiera que estaba construyéndose un campo de golf. Tenía que suponer que el cadáver sería descubierto casi inmediatamente, en cuanto empezasen a cavar el bunkair.
Giraud soltó la carcajada.
—Pero ¡esto es una idiotez! ¡Él quería que fuese descubierto el cadáver! Hasta que esto sucediera, sólo podía haber presunción de la muerte de su padre y había de serle imposible entrar en posesión de la herencia.
Mientras Poirot se ponía en pie vi asomar el vivo destello verde a sus ojos.
—Entonces, ¿por qué enterrarle? —preguntó muy suavemente—. Reflexione, Giraud: puesto que era beneficioso para Jack Renauld que el cadáver fuese descubierto sin demora, ¿por qué cavarle una sepultura?
Giraud no contestó. La pregunta le había cogido desprevenido. Y encogió los hombros como para indicar que aquello no tenía importancia.
Poirot se encaminó a la puerta. Yo le seguí.
—Y hay otra cosa que usted ha dejado de tener en cuenta —dijo por encima del hombro.
—¿Qué cosa es ésa?
—El trozo de tubería de plomo —dijo Poirot.
Y salió de la habitación.
Jack Renauld continuaba en el zaguán de pie y con el rostro blanco e inexpresivo. Pero, al salir nosotros al salón, levantó la vista bruscamente. En el mismo momento se oyeron pisadas en la escalera. Por ella descendía madame Renauld. Al ver a su hijo entre los dos esbirros de la ley, se detuvo como petrificada.
—¡Jack! —balbució—. ¡Jack!, ¿qué es esto?
Con el rostro descompuesto, él la miró.
—Me han detenido, madre.
—¡Cómo!
Lanzando un grito penetrante, y antes que nadie pudiera llegar hasta ella, osciló y cayó pesadamente. Los dos corrimos a levantarla. En un instante Poirot volvió a ponerse en pie.
—Tiene un corte profundo en la cabeza producido por un saliente de los peldaños. Me figuro que hay también una pequeña conmoción interior. Si Giraud quiere una declaración de ella, tendrá que esperar. Probablemente, continuará sin conocimiento durante una semana.
Dionisia y Francisca habían acudido en socorro de su ama. Dejándola con ellas, Poirot salió de la casa. Caminaba mirando al suelo, con la cabeza baja y la frente contraída. Por algún rato, no hablé; pero, por fin, me aventuré a hacerle esta pregunta:
—¿Cree usted que, a pesar de todas las apariencias en contra, puede ser culpable Jack?
De momento, Poirot no contestó; pero, tras una larga espera, dijo gravemente:
—No lo sé, Hastings. Hay sólo una probabilidad de que sea así. Por supuesto, Giraud está enteramente equivocado..., equivocado del principio al fin. Si Jack Renauld es culpable, lo es a pesar de los argumentos de Giraud, no a causa de ellos. Y la acusación más grave que podría hacérsele sólo la conozco yo.
—¿Cuál es? —le pregunté, impresionado.
—Si usara usted sus células grises y viese todo el caso tan claramente como lo veo yo, también la descubriría, amigo mío.
Esta era una de las que yo llamaba contestaciones irritantes de Poirot. Pero él continuó, sin esperar a que yo hablase:
—Vámonos, paseando, hasta el mar. Nos sentaremos en esa pequeña duna que domina la playa, y repasaremos el caso. Sabrá usted todo lo que yo sé, pero prefiero que alcance la verdad por sus propios esfuerzos..., no porque yo le lleve de la mano.
Nos situamos en la eminencia cubierta de hierba, como lo había propuesto Poirot, de cara al mar.
—Piense, amigo mío —dijo Poirot con acento alentador—. Ordene sus ideas. Sea metódico. Ahí está el secreto del éxito.
Procuré obedecerle despertando en mi memoria todos los detalles del caso. Y de repente me sobresalté al ver iluminada mi conciencia por un resplandor sorprendente. Temblando, di forma a mi hipótesis.
—Tiene usted una pequeña idea, por lo que veo, amigo mío. Perfectamente. Progresamos.
Me enderecé en mi asiento y encendí la pipa.
—Poirot —le dije—, me parece que hemos sido extrañamente descuidados. Digo hemos..., aunque me atrevo a añadir que yo estaría más cerca de la meta. Pero debe usted pagar su multa por su decidido empeño en guardar las cosas secretas. Vuelvo, pues, a decir que hemos sido extrañamente descuidados. Hay alguien a quien hemos olvidado.
—¿Quién? —preguntó Poirot, parpadeando.
—¡George Conneau!



CAPÍTULO VEINTE


DECLARACIÓN ASOMBROSA


Un momento después, Poirot me besaba calurosamente la mejilla.
—¡Por fin! ¡Ha llegado usted! Y por sus propios medios. ¡Es soberbio! Continúe su razonamiento. Tiene razón. Decididamente, nos hemos equivocado olvidándonos de George Conneau.
Me sentía tan halagado por la aprobación del hombrecillo, que apenas podía continuar. Pero por fin, reuní mis ideas y seguí diciendo:
—George Conneau desapareció hace veinte años, pero no tenemos ninguna razón para creer que esté muerto.
—Ninguna —repitió Poirot—. Continúe.
—Por tanto, supondremos que vive.
—Exactamente.
—O que ha vivido hasta una fecha reciente.
—Esto va cada vez mejor.
—Presumiremos —continué, con entusiasmo creciente— que se ha degradado. Se ha convertido en un criminal, un apache, un vagabundo..., lo que usted quiera. Por casualidad viene a Merlinville. Aquí encuentra a la mujer que no ha dejado de amar.
—¡Eh, eh! El sentimentalismo —me avisó Poirot.
—«Lo que se odia es también lo que se ama» —dije, trayendo una cita exacta o equivocada—. Como quiera que sea, la encuentra aquí viviendo bajo nombre supuesto. Reviviendo en su memoria pasados agravios, George Conneau riñe con este Renauld. Se pone en acecho, y cuando viene a visitar a su querida, le da una cuchillada en la espalda. Luego, aterrado por lo que ha hecho, se pone a cavar una sepultura. Imagino la probabilidad de que madame Daubreuil salga al encuentro de su amante. Hay una escena terrible entre ella y Conneau.
Éste la arrastra al interior del cobertizo, y, de repente, cae al suelo con un ataque de epilepsia. Suponiendo que aparece ahora Jack Renauld, madame Daubreuil se lo cuenta todo y le señala las terribles consecuencias que tendrá este escándalo para su hija si se habla del pasado. El asesino de su padre está muerto: es preciso hacer lo que se pueda para que no trascienda el episodio. Jack Renauld consiente..., se va a casa, tiene una entrevista con su madre y consigue que ésta acepte su punto de vista. Instruida en la historia propuesta por madame Daubreuil a su hijo, permite que la amordacen y aten. Vamos a ver, Poirot: ¿qué piensa usted de esto? —y me eché hacia atrás, enardecido por el orgullo de mi afortunada reconstrucción.
Poirot me miró con aire pensativo.
—Pienso que debería usted escribir guiones para el cine, amigo mío —observó por fin.
—¿Quiere decirme...?
—Que de lo que acaba de contarme saldría una buena película..., pero que no tiene semejanza alguna con la vida ordinaria.
—Admito que no he tocado todos los detalles, pero...
—Ha ido usted más lejos: ha prescindido de ellos del modo más espléndido. ¿Qué me dice usted de la indumentaria que llevaban los dos hombres? ¿Quiere usted indicar que, después de haber apuñalado a su víctima, Conneau le quitó el traje, se lo puso él mismo, y volvió la daga a su sitio?
—No veo que esto sea convincente —repliqué, casi enojado—. Pudo haber recibido ropa y dinero de madame Daubreuil, algo más temprano, mediante amenazas.
—Mediante amenazas, ¿eh? ¿Sostiene usted seriamente esta suposición?
—Ciertamente, la sostengo. Pudo haberla amenazado con revelar su identidad a los Renauld, lo que probablemente hubiera puesto fin a toda esperanza de casar a su hija.
—Está equivocado, Hastings. No podía someterla a un chantaje porque es ella la que tiene el látigo. Recuerde que George Conneau está aún reclamado como culpable de asesinato. Una palabra de ella, y quedaba amenazado con la guillotina.
A mi pesar, me hallé obligado a reconocerlo así.
—Su hipótesis —observé agriamente— es, sin duda, acertada en cuanto a los detalles.
—Mi hipótesis es la verdad —contestó Poirot con calma—, y la verdad es necesariamente acertada. En la que usted ha formulado hay un error fundamental. Ha permitido usted que su imaginación le aparte del camino con citas a medianoche y escenas de amor apasionado. Pero, al investigar un crimen, tenemos que situarnos en las circunstancias corrientes. ¿Debo demostrarle mis métodos?
—¡Oh, desde luego! ¡Veamos la demostración!
Poirot se puso muy tieso y empezó, agitando de un lado a otro el índice para dar mayor énfasis a sus afirmaciones.
—Empezaré, como ha empezado usted, con el hecho básico de George Conneau. Ahora bien: la historia contada ante el tribunal por madame Beroldy, relativa a los «rusos», fue reconocida como pura invención. Si era inocente de toda aquiescencia en el crimen, fue compuesta por ella, y sólo por ella, como lo declaró. Por otra parte, si no era inocente, pudo haber sido inventada por ella o por George Conneau. En el caso que investigamos tropezamos con la misma historia. Como se lo indiqué a usted, los hechos quitan toda verosimilitud a la idea de que la haya inspirado madame Daubreuil. Por tanto, volvemos a la hipótesis de que la historia nació en el cerebro de George Conneau. Muy bien. Es decir, que George Conneau proyectó el crimen con la complicidad de madame Renauld. Quede, pues, esta dama en el foco luminoso, y tras ella, hay una figura en las sombras cuya actual identidad es desconocida para nosotros. Examinemos ahora el caso Renauld desde el principio, colocando todos los detalles significativos en orden cronológico. ¿Tiene aquí un cuaderno de notas y un lápiz? Perfectamente. Ahora bien: ¿cuál es el primer dato que hay que anotar?
—¿La carta dirigida a usted?
—Ésta fue la primera noticia que nosotros tuvimos, pero no es el verdadero principio del caso. Yo diría que el primer dato de alguna significación es el cambio sufrido por monsieur Renauld poco después de su llegada a Merlinville, tal como lo han declarado varios testigos. Tenemos que considerar también su amistad con madame Daubreuil y las cuantiosas sumas de dinero que le entregó. Desde aquí podemos pasar directamente al veintitrés de mayo.
Poirot se detuvo, aclaró la voz y me hizo seña de que escribiese:

«23 mayo. Monsieur Renauld disputa con su hijo. Motivo: el deseo expresado por éste de casarse con Marta Daubreuil. El hijo sale para París.
24 mayo. Monsieur Renauld cambia su testamento dejando toda su fortuna a la libre disposición de su esposa.
7 junio. Disputa con el vagabundo, en el jardín, presenciada por Marta Daubreuil.
Carta escrita a monsieur Hércules Poirot implorando asistencia.
Telegrama despachado a Jack Renauld ordenándole que siga el viaje en el Anzora a Buenos Aires.
Chófer, Masters, enviado fuera de vacaciones.
Visita de una dama aquella noche. Al despedirla, pronuncia: "Sí, sí; pero, por amor de Dios, ¡váyase ahora!"»

Poirot se detuvo.
—Vamos a ver, Hastings, tome cada uno de estos hechos, considérelos con cuidado, aisladamente y en relación con la totalidad de ellos, y vea si esto no le presenta el asunto bajo un nuevo aspecto.
Concienzudamente, procuré hacerlo como me lo decía. Al cabo de unos segundos, dije, con acento algo dudoso:
—En cuanto a los primeros hechos, la cuestión parece ser sobre si aceptamos la hipótesis del chantaje o la de una ciega pasión por esa mujer.

—El chantaje, decididamente. Ya oyó lo que dijo Stonor acerca de su carácter y costumbres.
—Madame Renauld no confirmó esta opinión —objeté.
—Ya hemos visto que no se puede fiar por ningún concepto en el testimonio de madame Renauld. Debemos creer a Stonor en este punto.
—A pesar de todo, si Renauld tuvo una aventura con esa mujer llamada Bella, no parece improbable que tuviese otra con madame Daubreuil.
—No parece improbable en este caso, se lo concedo, Hastings. Pero ¿la tuvo?
—La carta, Poirot. Olvida la carta.
—No, no la olvido. Pero ¿qué le hace creer que estaba dirigida a Renauld?
—¡Cómo! Fue encontrada en su bolsillo y..., y...
—¡Y nada más! —añadió Poirot, interrumpiéndome—. No hay mención de nombre alguno que demuestre a quién iba dirigida. Hemos supuesto que iba dirigida al muerto porque estaba en el bolsillo de su abrigo. Ahora bien, amigo mío: en este abrigo advertí algo que me pareció anormal. Lo medí e hice la observación de que era muy largo, lo que hubiera debido darle a usted en qué pensar.
—Pensé que usted lo había dicho sólo por decir algo —confesé.
—¡Ah!, quelle idee! Más tarde me vio medir el abrigo de Jack Renauld. Eh bien!, Jack Renauld usa un abrigo muy corto. Compare estos dos hechos entre sí, y con un tercer hecho, a saber que Jack Renauld salió de la casa apresuradamente, al partir para París, ¡y dígame cuál es la consecuencia!
—Ya lo veo —asentí lentamente, al ir penetrando en mi conciencia las observaciones de Poirot—. La carta fue escrita a Jack Renauld, no a su padre; y Jack, en medio de su prisa y agitación, equivocó el abrigo.
Poirot hizo una seña afirmativa.
—¡Precisamente! Pero podemos volver a este punto más tarde. De momento, contentémonos con la consideración de que la carta no tenía nada que ver con Renauld padre, y pasemos al siguiente acontecimiento cronológico.
—«Veintitrés de mayo —leí yo—. Monsieur Renauld disputa con su hijo. Motivo: el deseo expresado por éste de casarse con Marta Daubreuil. El hijo sale para París.» No veo mucho que observar sobre esto, y la modificación del testamento al día siguiente parece bastante lógica. Es el resultado directo de la disputa.
—De acuerdo, amigo mío..., por lo menos en cuanto a la causa. Pero ¿cuál es el motivo oculto de este proceder de Renauld?
La sorpresa me hizo abrir mucho los ojos.
—La irritación contra su hijo, por supuesto.
—No obstante, le dirigió a París cartas afectuosas.
—Así lo dice Jack Renauld, pero no puede enseñarlas.
—Bien; sigamos adelante.
—Llegamos ahora al día de la tragedia. Usted ha colocado los acontecimientos de la mañana en un orden determinado. ¿Tiene alguna razón que lo justifique?
—Me he asegurado de que la carta dirigida a mí fue depositada al mismo tiempo que fue despachado el telegrama. Poco después fue informado Masters de que podía tomarse unas vacaciones. En mi opinión, la riña con el vagabundo tuvo lugar antes de estos hechos.
—No veo cómo puede usted dejar esto definitivamente establecido, a no ser que interrogue de nuevo a mademoiselle Daubreuil.
—No es necesario. Estoy seguro de ello. ¡Y si no ve esto, no ve usted nada, Hastings!
Le miré por un momento.
—¡Por supuesto! Soy un idiota. Si el vagabundo era George Conneau, Renauld empezó a darse cuenta del peligro sólo después de su tempestuosa entrevista con él. Alejó al chófer Masters, que se le había hecho sospechoso de estar a sueldo del otro, telegrafió a su hijo y le envió a buscar a usted.
Por los labios de Poirot cruzó una débil sonrisa.
—¿No le parece extraño que empleara en su carta exactamente las mismas expresiones usadas más tarde por madame Renauld al contar su historia? Si la mención de Santiago era una ficción, ¿por qué había Renauld de hablar de esta ciudad, y, lo que es más, enviar allí a su hijo?
—Admito que el caso es enigmático, pero quizá encontraremos más tarde alguna explicación. Llegamos ahora a la noche y a la visita de la misteriosa dama. Confieso que esto no lo entiendo en absoluto, a no ser que se tratase de madame Daubreuil, como lo ha sostenido siempre Francisca.
Poirot movió la cabeza.
—Amigo mío, ¿por dónde vuela su perdida imaginación? Recuerde el fragmento de cheque y el hecho de que el nombre Bella Duveen le es vagamente conocido a Stonor, y creo que podemos dar por entendido que Bella Duveen es el nombre completo de la desconocida autora de la carta escrita a Jack y de la dama que vino aquella noche a Villa Geneviéve. No podemos saber con seguridad si se proponía ver a Jack o apelar a su padre, pero creo que podemos presumir que lo que ocurrió es lo siguiente: la visitante expuso los derechos que tenía sobre Jack, y, probablemente, mostró cartas que él le había escrito, y el padre intentó desarmarla extendiendo un cheque a su favor. Indignada, la moza rompió el cheque. En su carta se expresaba en los términos propios de una mujer sinceramente enamorada y es probable que se sintiera profundamente ofendida por esa oferta de dinero. Por fin, Renauld logró deshacerse de ella, y aquí es donde son muy significativas las palabras dichas por él.
—«Sí, sí; pero, por amor de Dios, ¡váyase ahora!» —repetí yo—. Me parecen, quizá, un poco vehementes, pero nada más.
—Esto basta. El hombre tenía una prisa apremiante por ver fuera a la muchacha. ¿Por qué? No era, sencillamente, porque la entrevista resultase desagradable. No. Era que iba pasando el tiempo, y por alguna razón determinada, el tiempo era precioso.
—¿Por qué había de serlo? —pregunté, desconcertado.
—Esto es lo que estamos preguntándonos. ¿Por qué había de serlo? Pero, más tarde, tenemos el incidente del reloj de pulsera..., lo que vuelve a mostrarnos que el tiempo desempeña un papel muy importante en el crimen. Nos acercamos ahora rápidamente al drama. Son las diez y media cuando Bella Duveen se retira, y por la prueba del reloj de pulsera sabemos que el crimen se cometió, o que, en todo caso, estaba preparado para antes de las doce. Hemos revisado todos los acontecimientos anteriores al asesinato y sólo queda uno por colocar en su sitio. Según la declaración del médico, el vagabundo fue hallado cuando habían pasado, por lo menos, cuarenta y ocho horas de su muerte..., con un posible margen de veinticuatro horas más. Ahora bien; sin otros hechos para guiarme que los que hemos discutido, yo fijo el momento de la muerte en la mañana del siete de junio.
Le miré, estupefacto.
—Pero ¿cómo? ¿Por qué? ¿Cómo es posible que sepa...?
—Porque sólo de este modo resulta explicable la cadena de los hechos. Amigo mío: le he llevado paso a paso por el camino. ¿No ve ahora lo que es tan notoriamente claro?
—Mi querido Poirot: no puedo ver nada claro en este asunto. Creí antes que empezaba a ver mi camino, pero ahora estoy en medio de una niebla desesperadamente opaca. Por amor de Dios, siga adelante y dígame quién mató a Renauld.
—Esto es precisamente lo que no sé aún con seguridad.
—Pero ¿no me ha dicho que era notoriamente claro?
—Estamos jugando a los despropósitos, amigo mío. Recuerde que son dos crímenes los que estamos investigando..., para los que, como ya se lo dije a usted, tenemos los dos cadáveres necesarios. ¡Vaya, vaya!, no se impaciente. Se lo explico todo. Para empezar, apliquemos nuestra psicología. Encontramos tres puntos en los que Renauld da muestras de un claro cambio de criterio y de acción: por tanto, tres puntos psicológicos. El primero tiene efecto inmediatamente después de su llegada a Merlinville; el segundo, después de la disputa con su hijo sobre un determinado asunto; el tercero, en la mañana del siete de junio. Podemos atribuir el número uno a su encuentro con madame Daubreuil. El número dos está relacionado indirectamente con ella, puesto que se refiere a la perspectiva de un matrimonio entre su hija y el hijo de Renauld. Pero la causa del número tres nos es desconocida. Tenemos que deducirla. Ahora bien, amigo mío: permítame que le haga una pregunta: ¿Quién cree usted que proyecta este crimen?
—George Conneau —contesté con acento de duda, mirando cautamente a Poirot.
—Exactamente. Recuerde ahora que Giraud estableció como axioma que una mujer miente para salvarse a sí misma, al hombre a quien ama o a sus propios hijos. Puesto que sabernos que fue George Conneau quien le dictó la mentira, y que George Conneau no es Jack Renauld, el tercer caso no tiene aquí explicación. Y, siempre atribuyendo el crimen a George Conneau, tampoco tiene aplicación el primer caso. Nos hallamos, pues, obligados a adoptar el segundo: que madame Renauld mintió para salvar al hombre que amaba... o, en oirás palabras, a George Conneau. ¿Conforme con esto?
Si dije—. Parece bastante lógico.
¡Bien! Madame Renauld ama a George Conneau. ¿Quién es, entonces, George Conneau?
—El vagabundo.
¿Tenernos algún indicio que muestre que madame Renauld amaba al vagabundo?
No; pero...
Muy bien, entonces. No adopte suposiciones cuando no están apoyadas por los hechos. En lugar de esto, pregúntese a sí mismo a quién amaba, verdaderamente, madame Renauld.
Moví la cabeza sin saber qué decir.
—Pero ¡si lo sabe usted perfectamente!... ¿A quién amaba madame Renauld tan profundamente que cayó desmayada al ver su cadáver?
Le miré, desconcertado.
—¿A su marido? —dije con voz entrecortada.
Poirot hizo una seña afirmativa.
—A su marido... o a George Conneau, como prefiera usted llamarle.
Me sentí reanimado.
—Pero esto es imposible...
—¿Cómo «imposible»? ¿No acabamos de convenir en que madame Daubreuil tenía el medio de someter a un chantaje a George Conneau?
—Sí; pero...
—¿Y no sometió al chantaje muy efectivamente a Renauld?
—Así puede ser, pero...
—¿Y no es un hecho que no sabemos nada de la juventud y educación de Renauld? ¿No es un hecho que aparece repentinamente como un francés canadiense hace exactamente veintidós años?
—Así es, en efecto —dije con más firmeza—; pero me parece que pasa usted por alto una importante consecuencia.
—¿Qué consecuencia, amigo mío?
—¡Cómo! Que si hemos admitido que George Conneau proyectó el crimen, llegamos a la ridícula declaración de que ¡proyectó su propio asesinato!
—Pues bien, amigo mío —dijo Poirot con placidez—: ¡esto es precisamente lo que hizo!



CAPÍTULO VEINTIUNO


HÉRCULES POIROT HABLA DEL CASO


Con voz mesurada, Poirot comenzó su exposición:
—¿Le parece extraño, amigo mío, que un hombre proyecte su propia muerte? Sí; tan extraño que prefiere rechazar la verdad como una fantasía y volver a una hipótesis en realidad diez veces más imposible. Sí; Renauld proyectó su propia muerte, pero hay un detalle que quizá se le escapa a usted: no se proponía morir.
Moví la cabeza, aturdido.
—No, no. Se trata de la cosa más sencilla, verdaderamente —dijo Poirot con bondadoso acento—. Para el crimen que proyectaba Renauld, no era necesario un asesinato, pero sí un cadáver, como ya se lo he dicho. Vamos a reconstruir el caso mirando ahora los acontecimientos desde un punto diferente. George Conneau huye de la Justicia... al Canadá. Allí, bajo nombre supuesto, contrae matrimonio y reúne luego una vasta fortuna en América del Sur. Pero padece la nostalgia de su propia patria. Han pasado veinte años; su aspecto ha cambiado considerablemente, y como se ha convertido en un personaje importante, no es fácil que nadie le relacione con un fugitivo de la Justicia de hace ya mucho tiempo. Cree poder regresar sin peligro alguno. Fija su residencia principal en Inglaterra, pero se propone pasar los veranos en Francia. Y la mala suerte, o esa oscura justicia que da forma a los destinos de los hombres y no les permite eludir las consecuencias de sus actos, le lleva a Merlinville. Entre todos los lugares de Francia, allí está la única persona capaz de reconocerle. Naturalmente, para Daubreuil aquello es una mina de oro que no tarda en explotar. Él se encuentra indefenso, absolutamente a su merced. Y ella le sangra a medida. Y entonces ocurre lo inevitable. Jack Renauld se enamora de la hermosa muchacha que ve casi diariamente, y desea casarse con ella. Esto solivianta a su padre, que, a toda costa, quiere evitar que su hijo se una a la hija de aquella perversa mujer. Jack Renauld ignora por completo el pasado de su padre, pero madame Renauld lo sabe todo. Es una mujer de gran fuerza de carácter y apasionadamente adicta a su marido. Juntos, buscan un modo de salir de aquella apurada situación. Renauld sólo ve un camino..., la muerte. Es preciso que parezca que muere para huir, en realidad, a otro país donde empezará una nueva carrera bajo un nombre supuesto y donde madame Renauld, después de representar por algún tiempo el papel de viuda, podrá ir a reunirse con él. Es esencial que ella pueda disponer libremente del dinero, y, por esto, él modifica su testamento. Cómo pensaron, al principio, resolver el problema del cadáver, no lo sé (es posible que hubiesen pensado en un esqueleto para estudiantes de arte y un fuego, o algo por este estilo), pero mucho antes que hubiesen madurado sus planes, ocurre un suceso que facilita las cosas. Un vagabundo tosco e insolente se introduce en el jardín. Renauld intenta expulsarle, hay un altercado y el intruso cae al suelo, de repente, víctima de un ataque de epilepsia. Está muerto. Renauld llama a su esposa. Juntos, le arrastran al interior del cobertizo (como sabemos, el suceso ha ocurrido muy cerca de allí) y se dan cuenta de la maravillosa oportunidad que esto les ofrece. El hombre no se parece a Renauld, pero es de mediana edad y del tipo francés corriente. Esto basta. Me inclino a imaginar que se sentaron en el banco cercano, donde podían hablar sin ser oídos desde la casa. Su plan quedó trazado muy pronto. La identificación debía descansar únicamente en el testimonio de madame Renauld. Jack Renauld y el chófer, que había servido a su amo dos años, quedarían apartados de allí. No era probable que las sirvientas francesas se acercasen al muerto, y, en todo caso, Renauld se proponía tomar sus medidas para engañar a todos los que no pudieran apreciar detalles. Masters fue enviado lejos; se despachó un telegrama para Jack, siendo elegida la ruta de Buenos Aires para dar verosimilitud a la historia que Renauld había decidido adoptar. Teniendo noticia de mí, como detective algo oscuro y viejo, escribió su demanda de auxilio, sabiendo que a mi llegada la carta causaría un efecto profundo en el juez de instrucción... y así ocurrió, naturalmente. Vistieron el cuerpo del vagabundo con un traje de Renauld y dejaron la chaqueta y el pantalón andrajosos que aquél llevaba, junto a la puerta del cobertizo, sin atreverse a entrarlos en la casa. Y luego, para que fuese creído más fácilmente el cuento que madame Renauld tenía que contar, le atravesaron el corazón con la daga hecha de material de aeroplano. Aquella noche, Renauld empezaría por ligar y amordazar a su esposa, y, luego, tomando una azada, cavaría una sepultura en aquella determinada parcela de terreno en que él sabía que iba a hacerse un..., ¿como lo llaman ustedes?..., ¿bunkair? Era esencial que el cadáver se encontrase, pues madame Daubreuil no debía sospechar nada. Por otra parte, si pasaba un poco de tiempo, quedarían muy atenuados los peligros de la identificación. Después, Renauld se pondría los harapos del vagabundo y se iría a pie a la estación, de la que partiría, sin llamar la atención de nadie, en el tren de las doce y diez. Puesto que quedaría entendido que el crimen había tenido lugar dos horas más tarde, no era posible que recayese sobre él sospecha alguna. Comprenderá usted ahora su contrariedad ante la inoportuna visita de Bella. Cada momento de demora es fatal para sus planes. No obstante, consigue deshacerse de ella tan pronto como le es posible. Entonces, ¡manos a la obra! Deja la puerta delantera entreabierta para crear la impresión de que los asesinos salieron por allí. Ata y amordaza a madame Renauld, corrigiendo el error cometido veintidós años atrás, cuando la flojedad de las ligaduras dio lugar a que se sospechase de su cómplice, pero deja a ésta instruida con una historia esencialmente parecida a la inventada para aquella ocasión anterior, mostrando así el inconsciente retroceso de la imaginación contra la originalidad. La noche es fría, y se pone un sobretodo encima de su ropa interior, con el propósito de echarlo a la sepultura, con el hombre muerto. Sale por la ventana, alisando con sumo cuidado el cuadro del jardín y dejando así la prueba más concluyente contra sí mismo. Sigue hasta el solitario campo de golf, y cava... Y entonces...
—Continúe...
—Y entonces —siguió Poirot gravemente— le alcanza la justicia que había eludido por tanto tiempo. Una mano desconocida le apuñala por la espalda... Ahora, Hastings, comprende usted lo que quiero decir al hablar de dos crímenes. El primer crimen que Renauld, en su arrogancia, nos pidió que investigásemos, está resuelto. Pero, tras él, hay un enigma más profundo. Y hallar la solución sería difícil..., puesto que el criminal, con buen juicio, se ha contentado con aprovecharse de la trama preparada por Renauld. Ha sido un misterio particularmente escurridizo y desconcertante.
—Es usted maravilloso, Poirot —dije, admirado—. Absolutamente maravilloso. ¡Nadie más hubiera podido hacer esto!
Creo que mi elogio le complació. Por única vez en su vida pareció hallarse algo turbado.
—Este pobre Giraud —dijo, procurando, sin lograrlo, parecer modesto—, sin duda, no es todo estupidez. Ha estado de mala suerte algunas veces. Ese cabello oscuro arrollado a la daga, por ejemplo. Lo menos que puede decirse es que era para despistar a un hombre.
—Hablando con franqueza, Poirot —dije lentamente—, aun ahora no sospecho... de quién era.
—De madame Renauld, por supuesto. Ahí es donde la cogió la mala suerte. El cabello de esta dama, originalmente negro, está ahora completamente plateado. Igual podía haber sido un cabello blanco..., y, entonces, ¡jamás hubiera podido Giraud persuadirse de que venía de la cabeza de Jack Renauld! Pero una cosa va con la otra. ¡Siempre ha de retorcer los hechos para que encajen en una hipótesis! Sin duda, cuando se restablezca, madame Renauld hablará. Nunca se le ocurrió la posibilidad de que su hijo fuese acusado del asesinato. ¿Cómo podía ocurrírsele cuando le creía en seguridad, navegando a bordo del Anzora? ¡Ah, eso es una mujer, Hastings! ¡Qué fuerza, qué dominio de sí misma! Sólo tuvo un desliz: su inesperada respuesta: «Esto no tiene importancia..., ahora.» Y nadie advirtió, nadie se dio cuenta del significado de estas palabras. ¡Qué terrible papel ha tenido que desempeñar la pobre mujer! Imagine su impresión cuando, al ir a identificar el cadáver, en lugar de lo que esperaba ver, descubre la forma inerte de su marido, al que, para entonces, creía ya a muchos kilómetros de distancia... ¡No fue milagro que se desmayase! Pero, desde entonces, a pesar de su dolor y de su desesperación, ¡qué resueltamente ha desempeñado este papel, y qué horrible angustia debe de estar atormentándola! No puede decir una palabra para ponernos en la pista de los verdaderos asesinos. Por el bienestar de su hijo, nadie debe saber que Pablo Renauld era el criminal George Conneau. Y, como golpe final y más amargo, ha admitido públicamente que madame Daubreuil era la amiga de su marido..., ya que la menor insinuación de chantaje podía ser fatal para su secreto. ¡Con qué habilidad contestó al juez de instrucción cuando éste le preguntó si había algún misterio en la vida pasada de su esposo: «¡Nada que fuese tan romántico, señor juez!» Su tono indulgente, su ligero matiz de triste burla, fueron perfectos. Y Hautet se sintió colocado en una posición necia y melodramática. ¡Sí, es una gran mujer! Si ha amado a un criminal, le ha amado ¡como una reina!
Poirot se había quedado perdido en sus pensamientos.
—Otra cosa, Poirot: ¿qué me dice del trozo de tubería de plomo?
—¿No lo ve? Era para desfigurar a la víctima de suerte que no pudiera ser reconocida. Esto fue lo primero que me puso sobre la pista verdadera. ¡Y ese imbécil de Giraud dando vueltas por allí en busca de cerillas quemadas! ¿No le dije a usted que un indicio de treinta centímetros de longitud era tan bueno como uno de dos? Ya lo ve, Hastings, tenemos que volver a empezar. ¿Quién mató a Renauld? Alguien que estaba cerca de la villa poco antes de las doce de aquella noche, alguien que sale beneficiado con su muerte..., y estos detalles corresponden perfectamente con las circunstancias de Jack Renauld. No era preciso tener el crimen premeditado. Y, por otra parte, ¡la llaga!
Me sobresalté. No me había dado cuenta de este punto.
Desde luego —dije—. La de madame Renauld era la que encontramos en el cuerpo del vagabundo. ¿Había dos, entonces?
Ciertamente, y puesto que eran idénticas es lógico pensar que Jack Renauld era el dueño de la otra. Pero esto no me inquietaría tanto. Lo cierto es que tengo una idea sobre ello. No, la circunstancia más acusadora es también psicológica..., ¡la herencia, amigo mío, la herencia! Tal padre, tal hijo... Después de todo, Jack Renauld es hijo de George Conneau.
Había dicho estas palabras con un tono grave y serio que me impresionó a mi pesar.
—¿Cuál es la idea propia que acaba de mencionar? —le pregunté.
A modo de contestación, Poirot consultó su reloj, que parecía un nabo, y preguntó luego:
—¿A qué hora zarpa de Calais el barco de la tarde?
—Creo que hacia las cinco.
—Esto nos irá bien. Tenemos el tiempo necesario.
—¿Se va usted a Inglaterra?
—Sí, amigo mío.
—¿Por qué?
—Para encontrar a una posible... testigo.
—¿Quién?
Con una peculiar sonrisa en el rostro, Poirot contestó:
—A miss Bella Duveen.
—Pero ¿cómo va a encontrarla?... ¿Qué sabe de ella?
—No sé nada de ella..., pero puedo presumir mucho. Podemos dar por supuesto que se llama con toda certeza Bella Duveen, y, puesto que este nombre le es vagamente conocido a Stonor, aunque en realidad no esté en relación con la familia Renauld, es probable que se trate de una actriz. Jack Renauld era un joven con mucho dinero y veinte años de edad. Su primera aventura amorosa es de creer que se ha desarrollado entre bastidores, y esto encaja, además, con la tentativa de aplacar a la muchacha con un cheque, hecha por Renauld. Creo que la encontraré sin dificultad..., especialmente con la ayuda de esto.
Y sacó la fotografía que yo le había visto tomar del cajón de Jack Renauld, en uno de cuyas esquinas se veían garabateadas las palabras: «Con el cariño de Bella»; pero no era esto lo que atrajo y retuvo mi mirada. La semejanza no era perfecta..., pero no por ello dejaba de ser inconfundible para mí. Sentí como si me sumergiese en un frío ambiente, como si acabase de caer sobre mí una indecible calamidad.
Era el rostro de Cenicienta.



CAPÍTULO VEINTIDÓS


ENCUENTRO EL AMOR


Por unos segundos permanecí como petrificado con la fotografía en la mano. Reuniendo luego todas mis fuerzas para aparecer impasible, se la devolví a Poirot, dirigiéndole, al mismo tiempo, una rápida mirada. ¿Había advertido algo? Pero comprobé con satisfacción que no parecía estar observándome. Ciertamente, no había visto nada desusado en mis maneras.
Se puso en pie con animación.
—No tenemos tiempo que perder. Hemos de partir inmediatamente. Todo va bien..., ¡el mar está en calma!
Con las prisas de la partida no tuve tiempo para pensar; pero una vez a bordo, y libre de la observación de Poirot, concentré la atención y ataqué los hechos desapasionadamente. ¿Cuánto sabía Poirot y por qué estaba empeñado en encontrar a aquella muchacha? ¿Sospechaba que habría visto cometer el crimen a Jack Renauld? ¿O sospechaba...? Pero ¡esto era imposible! La muchacha no tenía queja alguna contra Renauld padre, ni había motivo posible para que desease su muerte. ¿Qué le había hecho volver al lugar del crimen? Repasé los hechos cuidadosamente. Debió de haber dejado el tren en Calais, donde me separé de ella aquel día. No era extraño que me hubiese sido imposible encontrarla en el buque. Si había comido en Calais y tomado algo en el tren hasta Merlinville, debió de haber llegado a Villa Geneviéve hacia la hora indicada por Francisca. ¿Qué había hecho al salir de la casa, poco después de las diez? Era de suponer que había ido a un hotel o había regresado a Calais. ¿Y luego? El crimen había sido cometido en la noche del martes. El jueves por la mañana volvía a estar en Merlinville. ¿Había llegado a salir de Francia? Mucho lo dudaba. ¿Qué la mantuvo allí?... ¿La esperanza de ver a Jack Renauld? Yo le había dicho (tal como en aquel momento creíamos) que estaba en alta mar con rumbo a Buenos Aires. Es posible que supiera que el Anzora no había zarpado. Pero, para saberlo, debía de haber visto a Jack. ¿Era esto lo que quería averiguar Poirot? Al regresar para ver a Marta Daubreuil, ¿se había encontrado Jack cara a cara con Bella Duveen, la muchacha que sin compasión había abandonado?
Para mí empezaba a hacerse la luz. Si, en realidad, era aquél el caso, podría proporcionar a Jack la coartada que necesitaba. No obstante, en tales circunstancias, parecía su silencio difícil de explicar. ¿Por qué no habló abiertamente? ¿Había temido que llegase a oídos de Marta Daubreuil aquella anterior aventura amorosa? Moví la cabeza, descontento de la idea. Esa aventura había sido bastante inofensiva, un necio episodio entre muchacho y muchacha. Cínicamente pensé que no era probable que el hijo de un millonario fuese abandonado por una muchacha francesa pobre, y que, además, le quería profundamente, sin una causa mucho más grave.
Poirot reapareció en Dover animado y sonriente, y nuestro viaje a Londres se realizó sin novedad. Eran más de las nueve de la noche cuando llegamos, y creí que nos iríamos directamente a nuestras habitaciones y no haríamos nada hasta la mañana. Pero Poirot tenía otros planes.
—No podemos perder el tiempo, amigo mío. La noticia de la detención no aparecerá en los periódicos ingleses hasta pasado mañana; pero, aun así, no tenemos tiempo que perder.
No seguí exactamente su razonamiento, pero le pregunté cómo se proponía encontrar a la muchacha.
—¿Recuerda usted a José Aarons, el agente de espectáculos? ¿No? Le presté mis servicios en un asuntillo relativo a un luchador japonés. Un caso bonito que cualquier día le contaré. Él podrá, sin duda, ponernos en camino de descubrir lo que queremos saber.
Necesitábamos algún tiempo para dar con Aarons, y era más de medianoche cuando lo conseguimos. Hizo a Poirot un caluroso recibimiento y se manifestó dispuesto a servirnos en todo lo que se ofreciese.
—No hay en mi profesión gran cosa que yo no sepa —expuso, radiante de buen humor.
—Pues bien, Aarons: deseo encontrar a una chica llamada Bella Duveen.
—Bella Duveen. Conozco el nombre, pero, de momento, no puedo situarlo. ¿A qué género se dedica?
—Esto no lo sé, pero aquí tiene usted su retrato. Aarons lo estudió un momento, y se iluminó su rostro.
—¡Ya lo tengo! —exclamó, dándose un manotazo en el muslo—. ¡The Dulcibella Kids!
¿Las Niñas Dulcibella?
—¡Justo! Son hermanas. Acróbatas, danzarinas y cantantes. Trabajan bastante bien. Creo que están ahora por alguna parte, en provincias..., si no descansan. Han estado en París dos o tres semanas, por lo menos.
—¿Puede usted saber dónde se encuentran ahora?
—Muy fácilmente. Váyanse a casa y les enviaré una nota por la mañana.
Bajo esta promesa nos despedimos de él. Cumplió puntualmente su palabra. Al día siguiente, hacia las once, llegó una nota garabateada:
«Las hermanas Dulcibella están en el Palace, en Coventry. Buena suerte.»
Sin más preparativos, salimos para Coventry. Poirot no hizo indagaciones en el teatro, contentándose con tomar dos butacas para la función de variedades de aquella noche.
El espectáculo fue soberanamente aburrido, o quizá el humor en que me hallaba me lo hizo ver así. Hubo artistas japoneses que ejecutaron arriesgados equilibrios; hombres dotados de falsa elegancia en traje de tonos verdosos y cabello exquisitamente lustroso desarrollaron unas charlas de sociedad y bailaron maravillosamente; algunas macizas primas donnas cantaron en el registro humano más agudo; un actor cómico se esforzó en ser míster George Robey y fracasó del modo más manifiesto.
Por último anunciaron el número de las Dulcibella Kids. El corazón me golpeaba el pecho hasta aturdirme. Allí estaba..., allí estaban las dos, una con el pelo de color de lino, la otra con el pelo oscuro, de la misma estatura, con falda corta y esponjada e inmensos lazos «Buster Brown». Parecían una pareja de chiquillas dotadas de una gracia picante. Empezaron a cantar. Sus voces eran frescas e ingenuas, más bien tenues y propias de un music-hall, pero atractivas.
Fue un número bonito y simpático. Bailaron correcta y ágilmente y ejecutaron algunas pequeñas y ágiles acrobacias. Las letras de sus canciones eran animadas y pegadizas. Al caer el telón hubo una tempestad de aplausos. Era claro que las Niñas Dulcibella constituían un éxito.
Sentí de repente que no podía continuar allí. Tenía que salir al aire. Le propuse a Poirot que nos retirásemos.
—Váyase si lo prefiere, amigo mío. A mí esto me divierte y me quedaré hasta el final. Me reuniré con usted más tarde.
Del teatro al hotel sólo había algunos pasos. Entré en la sala, pedí un whisky con seltz y me senté, observando pensativo la reja vacía de la chimenea. Oí cómo se abría la puerta y me volví, pensando que era Poirot. En seguida me puse en pie de un salto. Era Cenicienta la que estaba en el umbral, y me dijo, con voz entrecortada:
—Le he visto en primera fila. A usted y a su amigo. Cuando usted se levantó para salir, yo esperaba fuera y le he seguido. ¿Por qué está aquí..., en Coventry? ¿Qué ha venido a hacer aquí esta noche? ¿Era el... detective el hombre que estaba con usted?
Estaba allí, de pie, con una capa echada sobre el traje que llevaba en el escenario, que le resbalaba sobre los hombros. Vi la blancura de sus mejillas bajo el colorete y percibí el acento de terror en su voz. Y en aquel momento lo comprendí todo..., comprendí por qué la buscaba Poirot y qué era lo que ella temía, y comprendí, por fin, mi propio corazón...
—Sí —dije con dulzura.
—¿Me busca... a mí? —murmuró.
Y entonces, como tardé un momento en contestarle, se dejó caer en el sillón y rompió a llorar amargamente.
Me arrodillé a su lado, tomándola en mis brazos, y aparté el cabello que, en parte, le cubría el rostro.
—No llores, niña; no llores, por amor de Dios. Estás aquí segura. Yo te guardaré. No llores, querida. No llores. Yo lo sé..., lo sé todo.
—¡Oh, pero es que no lo sabe!
—Creo saberlo —y al cabo de un momento se calmaron un poco sus sollozos—. Fuiste tú quien cogió la daga, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y por esto quisiste que te lo hiciese ver todo y fingiste desmayarte?
De nuevo afirmó, con una seña.
—¿Por qué querías la daga? —le pregunté entonces.
Temía que pudiera haber en ella huellas dactilares.
—Pero ¿no recuerdas que llevabas los guantes puestos?
Ella movió la cabeza, como si estuviese aturdida, y preguntó luego lentamente:
Va usted a entregarme a..., a la Policía?
—¡Dios mío! No.
Sus ojos buscaron los míos con una expresión seria, y luego, con voz que sonaba como si se asustase de sí misma, preguntó:
—¿Por qué no?
El lugar y el momento no parecían adecuados para hacer una declaración amorosa..., y sabe Dios que nunca había yo imaginado que hubiera de llegar a enamorarme en aquella forma. Pero le contesté con bastante sencillez y naturalidad:
—Porque te quiero, Cenicienta.
Ella bajó la cabeza, como si estuviese avergonzada, y, con voz entrecortada, murmuró:
—No puede..., no puede usted..., no; si supiera... —y entonces, como reuniendo sus fuerzas, me miró de frente y preguntó—: ¿Qué sabe?
—Sé que fuiste a ver a Renauld aquella noche. Que él te ofreció un cheque y tú lo rompiste indignada. Después, saliste de la casa...— y me detuve.
—Siga adelante... ¿Qué más?
—No sé si sabías que Jack Renauld vendría aquella noche, o si te limitabas a esperar que se presentaría una oportunidad de verle; pero te quedaste aguardando por allí. Quizá estabas solamente triste y paseaste al azar...; pero, como quiera que fuese, poco antes de las doce aún te encontrabas cerca de aquel lugar, y viste un hombre en el campo de golf...
De nuevo me detuve. Había visto la verdad como en un relámpago al entrar en la habitación, pero el cuadro se levantó ante mí aún más convincente. Vi destacarse con fuerza la hechura peculiar del gabán encima del cuerpo inerte de Renauld y recordé el sorprendente parecido que, por un instante, me había inducido a creer que el difunto había resucitado, cuando su hijo se precipitó en el salón en que estábamos reunidos.
—Continúe —repitió la muchacha con firmeza.
—Imagino que le viste de espalda..., pero le reconociste o creíste reconocerle. El porte y modo de andar te eran familiares, y lo mismo la hechura del abrigo —me detuve—. Habías amenazado a Jack Renauld en una de tus cartas. Cuando le viste allí, la ira y los celos te enloquecieron... ¡y descargaste el golpe! Ni por un momento creo que te hubieras propuesto matarle. Pero lo cierto es que lo mataste, Cenicienta.
Ella había levantado las manos para cubrirse el rostro, y dijo con voz ahogada:
—Tiene razón..., tiene razón... Lo veo todo tal como lo cuenta —y añadió, volviéndose hacia mí con un gesto desesperado—: ¿Y me quiere aún? Sabiendo lo que sabe, ¿cómo puede quererme?
—No lo sé —le dije, con cierto cansancio—. Creo que el amor es así..., una cosa que uno no puede evitar. Lo he intentado, y lo sé... desde el primer día en que te vi. Y el amor ha podido más que yo.
Y entonces, de pronto, cuando menos lo esperaba, rompió a llorar de nuevo, echándose al suelo y sollozando perdidamente.
—¡Oh, no puedo! —exclamó— . No sé qué hacer. No sé de qué lado volverme. ¡Oh, tenga compasión, tenga alguien compasión de mí y dígame qué he de hacer!
Una vez más me arrodillé junto a ella para calmarla del mejor modo que pudiese.
—No me temas, Bella. Por amor de Dios, no me temas. Te quiero, es la verdad..., pero no quiero que me lo pagues de ningún modo. Deja sólo que te ayude. Sigue queriéndole a él, si ha de ser así, pero deja que te ayude como él no podría hacerlo.
Fue como si mis palabras la hubiesen vuelto de piedra. Levantó la cabeza tras sus manos y me miró.
—¿Esto cree? —murmuró--. ¿Cree que yo quiero a Jack Renauld?
Y luego, riendo y llorando al mismo tiempo, me echó los brazos al cuello apasionadamente y apretó su bello y húmedo rostro contra el mío.
—¡No como te quiero a ti! murmuró ahora—-. ¡Nunca como te quiero a ti!
Sus labios me rozaron la mejilla, y luego me besó una y otra vez, con una dulzura y una pasión increíbles. La emoción y el encanto de aquel momento no los olvidaré nunca..., ¡nunca, mientras viva!
Un sonido procedente de la puerta nos hizo levantar la cabeza. Allí estaba Poirot, mirándonos.
No vacilé. De un salto llegué hasta él y le sujeté los brazos junto a los costados.
—¡Aprisa! —le dije a la muchacha —. Sal de aquí. Tan pronto como puedas. Yo le sujetaré.
Después de dirigirme una mirada, corrió ella fuera de la habitación, pasando por delante de nosotros, mientras yo retenía a Poirot con un puño de hierro.
—Amigo mío —observó éste suavemente—, hace usted estas cosas muy bien. El hombre fuerte me tiene en sus garras y estoy indefenso como un niño. Pero todo esto resulta incómodo y ligeramente ridículo. Sentémonos y tengamos calma.
—¿No la perseguirá usted?
Mon Dieu! No. ¿Soy acaso Giraud? Suélteme, amigo mío.
Manteniendo sobre él una mirada suspicaz, pues rindo a Poirot el homenaje de darme cuenta de que me aventaja en astucia, aflojé las manos, y él se hundió en un sillón, palpándose los brazos delicadamente.
—¡Tiene usted la fuerza de un toro cuando se excita, Hastings! ¿Y cree que se ha portado bien con su viejo amigo? Le enseño la fotografía de la muchacha, y usted la reconoce y no me dice una palabra.
—No era necesario, si usted sabía que la había reconocido —le dije con alguna amargura—. ¡Es decir, que Poirot lo ha sabido todo siempre! No le he engañado ni por un instante.
—¡Ta..., ta! Usted ignoraba que yo sabía esto. Y esta noche ayuda a la muchacha a escaparse cuando hemos tenido tanto trabajo para encontrarla. Pues bien, todo se reduce a esto: ¿va usted a trabajar conmigo o contra mí, Hastings?
Por unos segundos, no contesté. Romper con mi viejo amigo me causaba mucha pena. No obstante, tenía que situarme definitivamente frente a él. ¿Llegaría a perdonármelo? Hasta entonces se había mantenido extrañamente calmoso, pero yo sabía que poseía un maravilloso dominio de sí mismo.
—Poirot —le dije—, lo siento. Confieso que me he portado mal con usted en esta ocasión. Pero a veces un hombre no está en libertad de elegir. Y de aquí en adelante debo seguir mi propio camino.
Poirot hizo varias señas afirmativas.
—Comprendo —me contestó. El destello burlón se había apagado en sus ojos por completo, y habló con una sinceridad y bondad que me sorprendieron—. Se trataba de esto, amigo mío, ¿verdad? Es el amor, que ha venido... no como usted lo imaginaba, vestido con todas sus galas y alegre, sino triste y con los pies ensangrentados. Bien, bien; yo ya le avisé. Le avisé cuando me di cuenta que esta muchacha debió de haber cogido la daga. Quizá lo recuerde usted. Pero ya entonces era demasiado tarde. No obstante, dígame cuanto sabe.
Sosteniendo su mirada, le dije:
—Nada de lo que usted pudiera decirme me sorprendería, Poirot. Téngalo entendido. Pero en el caso de que pensara reanudar sus pesquisas para encontrar a miss Duveen, desearía que tuviese una cosa bien presente. Si tiene usted alguna idea de que haya estado complicada en el crimen o que fuese la dama misteriosa que visitó a Renauld aquella noche, está equivocado. Fue aquel día compañera mía de viaje desde Francia, y me separé de ella aquella noche en la estación Victoria, de suerte que es claramente imposible que estuviese en Merlinville.
—¡Ah! —suspiró Poirot y me miró con aire pensativo—. ¿Y juraría usted esto ante un tribunal?
—Con toda seguridad lo juraría.
Poirot se levantó e hizo una inclinación de cabeza.
Mon ami! Vive l'amour! Puede obrar milagros. Es decididamente ingenioso lo que ha pensado usted ahora. ¡Esto deja pequeño al mismo Hércules Poirot!



CAPÍTULO VEINTITRÉS


SURGEN DIFICULTADES


Tras un momento de alta tensión como el que acabo de registrar, es natural que venga la reacción. Aquella noche me retiré a descansar bajo una impresión de triunfo; pero, al despertarme, comprendí que estaba muy lejos de haber salido del bosque. Es cierto que no podía ver defecto alguno en la coartada que tan repentinamente había concebido. No tenía más que aferrarme a ella; no acertaba a ver cómo de este modo podía establecerse la culpabilidad de Bella.
Pero sentí la necesidad de andar con pies de plomo. Poirot no se echaría a dormir ante su derrota. De un modo u otro volvería la tortilla contra mí, y lo haría en la forma y el momento en que yo menos lo esperase.
Nos reunimos a la mañana siguiente, a la hora del desayuno, como si nada hubiese ocurrido. El buen humor de Poirot era imperturbable; no obstante, creí descubrir en sus maneras una sombra de reserva que era nueva. Después del desayuno anuncié mi intención de salir a dar un paseo. En los ojos de Poirot apareció un brillo de malicia.
—Si lo que busca es información, no necesita molestarse. Yo puedo comunicarle todo lo que desea saber. Las hermanas Dulcibella han rescindido su contrato y salido de Coventry para un destino desconocido.
—¿Es realmente así, Poirot?
—Puede creerme, Hastings. He hecho indagaciones esta mañana a primera hora. Después de todo, ¿qué otra cosa esperaba usted?
Muy cierto: no podía esperarse otra cosa, dadas las circunstancias. Cenicienta había aprovechado la pequeña ventaja que yo había podido asegurarle y, ciertamente, no habría perdido un momento para ponerse fuera del alcance del perseguidor. Esto era lo que yo me había propuesto y proyectado. Sin embargo, me daba cuenta de que me hallaba envuelto en una red de nuevas dificultades.
No tenía absolutamente ningún medio de comunicarme con la muchacha, y era de vital importancia que ella conociese la línea de defensa que se me había ocurrido y que yo estaba dispuesto a llevar adelante. Desde luego, era posible que intentase darme noticias suyas de un modo u otro, pero esto me parecía muy improbable. Ella sabía bien el riesgo que correría de que su mensaje fuese interceptado por Poirot, poniéndole de nuevo sobre la pista. Era claro que el único camino que le quedaba era desaparecer enteramente por algún tiempo.
Pero, entre tanto, ¿qué estaba haciendo Poirot? Le estudié con atención. Mostraba su expresión más inocente y miraba a lo lejos con aire pensativo. Parecía demasiado plácido e indolente, para mi tranquilidad. Según mi experiencia de su carácter, cuando menos peligroso parecía, más peligroso resultaba ser. Su quietud me alarmó. Observando la turbación de mis ojos, sonrió beatíficamente.
—¿Está usted perplejo, Hastings? ¿Está preguntándose por qué no me lanzo a la persecución?
—Bien...; algo por el estilo.
—Eso es lo que haría usted si estuviese en mi lugar. Lo comprendo. Pero yo no soy de esos que gozan corriendo por un país de arriba abajo para buscar una aguja en un pajar, como dicen ustedes los ingleses. No. Deje que Bella Duveen se vaya. Yo sabré encontrarla cuando llegue el momento. Hasta entonces, me contento con esperar.
Le miré dudando. ¿Se había propuesto lanzarme por una pista falsa? Tenía yo la sensación irritante de que, aun ahora, él era el amo de la situación. La impresión de mi superioridad iba desvaneciéndose gradualmente. Yo me había manejado para que la muchacha pudiese huir y trazado un brillante plan para salvarla de las consecuencias de su arrebato..., pero no podía sentirme tranquilo. La perfecta calma de Poirot me alarmaba.
—Supongo, Poirot —dije, algo avergonzado—, que no debo preguntarle cuáles son sus planes. He perdido el derecho de hacerlo.
—Nada de eso. No son secretos. Volvemos a Francia sin demora.
—¿Volvemos?
—Precisamente..., volvemos. Usted sabe muy bien que no puede consentir en perder de vista a papá Poirot, ¿verdad? ¿No es así, amigo mío? Pero no hay ninguna dificultad en que se quede en Inglaterra, si así lo desea...
Moví la cabeza. Había dado en el clavo. Yo no consentiría en perderle de vista. Aunque no podía esperar su confianza después de lo que había ocurrido, podía aún observar sus acciones. El único peligro para Bella estaba en él. A Giraud y a la Policía francesa les era indiferente su existencia. A toda costa, tenía que mantenerme cerca de Poirot.
Poirot me observó con atención mientras cruzaban por mi mente todas estas reflexiones e hizo una seña afirmativa de satisfacción.
—Tengo razón, ¿verdad? Y como es usted muy capaz de intentar seguirme bajo algún absurdo disfraz, tal como una barba postiza (que, desde luego, todo el mundo advertiría), encuentro mucho más preferible que viajemos juntos. Me molestaría de veras que alguien se riese a costa de usted.
—Muy bien, entonces. Pero, para ser sincero, debo advertirle...
—Lo sé... Sé todo esto. ¡Es usted mi enemigo! Sea, pues, mi enemigo. Eso no me inquieta poco ni mucho.
—Siendo el juego sincero y a cartas vistas, poco me importa.
—¡Tiene usted en su mayor grado la pasión inglesa por el «juego limpio»! Ahora que están satisfechos sus escrúpulos, pongámonos en camino. No hay tiempo que perder. Nuestra estancia en Inglaterra ha sido corta, pero suficiente. Yo sé... lo que quería saber.
Su tono era ligero, pero leí una amenaza velada en sus palabras.
—No obstante... —empecé a decir, y me detuve.
—No obstante..., ¡como usted lo dice! Sin duda está satisfecho ya con el papel que desempeña. Yo, por mi parte, me preocupo por Jack Renauld.
¡Jack Renauld! Esas palabras me sobresaltaron. Había olvidado por completo aquel aspecto del caso. Jack Renauld, encarcelado y con la sombra de la guillotina encima. Vi entonces, bajo un aspecto más siniestro, el papel que estaba desempeñando. Yo podía salvar a Bella..., sí, pero, al hacerlo, corría el riesgo de enviar a la muerte a un hombre inocente.
Con horror, aparté de mí aquel pensamiento. Esto era imposible. Sería absuelto. ¡Sería absuelto ciertamente! Pero volvió aquel frío temor. ¿Y si no le absolviesen? ¿Qué pasaría entonces? ¿Podía yo tener esto sobre mi conciencia? ¿Acabaría aquello en una alternativa? ¿En una decisión entre Bella o Jack Renauld? Los impulsos de mi corazón eran de salvar a la muchacha que amaba, a cualquier precio, contra mí mismo. Pero si el precio había de pagarlo otro, el problema quedaba alterado.
¿Y qué diría la propia muchacha? Recordaba que no había pasado por mis labios palabra alguna sobre la detención de Jack Renauld. Hasta aquel momento, ella ignoraba por completo que su anterior enamorado estaba en la cárcel bajo la acusación de un crimen horrible que no había cometido. ¿Qué haría cuando lo supiera? ¿Permitiría que fuese salvada su vida a costa de la vida de el? Ciertamente no cometería ninguna violencia. Jack Renauld podía ser absuelto y probablemente lo sería sin intervención alguna por su parte. Si era así, muy bien. Pero ¿y si no era así? Aquél era el terrible, el incontestable problema. Imaginé que ella no correría el riesgo de verse condenada a la última pena. En su caso eran muy diferentes las circunstancias del crimen. Ella podría alegar los celos v una extremada provocación, y su juventud y belleza harían mucho en su favor. El hecho de que, por un error trágico, la víctima hubiera sido Renauld y no su hijo, no alteraría el motivo del crimen. Pero, en todo caso, por muy benigna que fuese, la sentencia del tribunal significaría un largo período de encarcelamiento.
No; Bella debía ser protegida. Y al mismo tiempo Jack debía ser salvado. Cómo podría hacerse esto, yo no lo veía con claridad. Pero puse mi confianza en Poirot. El sí lo sabía. Pasara lo que pasara, él se arreglaría para salvar a un inocente. Encontraría algún pretexto distinto del verdadero. Esto podría ser difícil, pero, de un modo u otro, él se arreglaría para conseguirlo. Y con Bella libre de toda sospecha y Jack Renauld absuelto, todo acabaría satisfactoriamente.
Así me lo repetía yo a mí mismo, pero, en el fondo de mi corazón, continuaba la fría sensación de temor.



CAPITULO VEINTICUATRO


¡SALVADLE!


Cruzamos el Canal por la noche, y a la mañana siguiente nos encontrábamos en Saint-Omer, adonde había sido trasladado Jack Renauld. Sin pérdida de tiempo, Poirot fue a visitar a Hautet. No pareciendo dispuesto a oponerse a que yo le acompañase, fui con él.
Tras varias formalidades y preparativos fuimos conducidos a la habitación de aquel magistrado, que nos recibió cordialmente.
—Me dijeron que había usted regresado a Inglaterra, Poirot; me complace ver que no es así.
—Es cierto que he estado allí, pero ha sido sólo una visita muy corta. Una cuestión lateral, pero me imaginé que podría valer la pena de investigarse.
—Y valía la pena..., ¿verdad?
Poirot se encogió de hombros. Hautet afirmó con la cabeza, suspirando.
—Me temo que tendremos que conformarnos —dijo el magistrado—. Ese animal de Giraud tiene unas maneras abominables, pero ¡no hay duda de que es hábil! No hay mucha probabilidad de que cometa un error.
—¿Eso cree usted?
Al juez de instrucción le tocó ahora el turno de encoger los hombros.
—¡Oh, bueno!, si hemos de hablar con franqueza..., y en reserva, desde luego..., ¿puede usted llegar a otra conclusión?
—Francamente, me parece que quedan muchos puntos oscuros.
—¿Por ejemplo...?
Pero Poirot no se dejaba sonsacar nada.
—No los he anotado aún —observó—. Estaba haciendo una reflexión general. Me era simpático este joven y sentiría tener que creerle culpable de un crimen tan repugnante. A propósito, ¿qué dice él mismo en su defensa?
El magistrado frunció las cejas.
—No puedo entenderle. Parece incapaz de formular ningún género de defensa. Hemos tenido mucha dificultad en hacerle contestar las preguntas. Se contenta con una negativa general y, después de esto, se refugia en el más obstinado silencio. Mañana volveré a interrogarle. ¿Les gustaría, quizá, estar presentes?
Nos apresuramos a aceptar la invitación.
—Un caso muy penoso —dijo el magistrado con un suspiro—, Madame Renauld me inspira profunda simpatía.
—¿Cómo se encuentra madame Renauld?
—Aún no ha recobrado el conocimiento. Es una situación en cierto modo benigna para ella, que se ahorra así muchos sufrimientos. Dicen los médicos que no hay peligro, pero que cuando vuelva en sí debe mantenerse tan tranquila como sea posible. A lo que creo, su actual estado es efecto de la emoción tanto como de la caída. Sería terrible que el cerebro quedase desequilibrado; pero esto no me extrañaría...; no, realmente, no me extrañaría nada.
Echándose hacia atrás, Hautet movió la cabeza con una especie de dolorosa complacencia al considerar aquella sombría perspectiva.
Por fin, se despertó y observó con sobresalto:
—Esto me recuerda que tengo una carta para usted, Poirot. Déjeme ver... ¿Dónde la he puesto?
Y se puso a revolver sus papeles. Habiendo encontrado, por fin, la misiva, se la entregó a Poirot.
—Vino en un sobre dirigido a mí para que yo cuidase de entregársela a usted —explicó—. Pero, no habiendo dejado su dirección, no pude hacerlo.
Poirot examinó la carta con curiosidad. La dirección estaba escrita en caracteres largos, inclinados y extranjeros, por una mano indiscutiblemente femenina. No la abrió. En lugar de esto, se la guardó en el bolsillo al tiempo que se levantaba.
—Hasta mañana, entonces. Muchas gracias por sus atenciones y su amabilidad.
—Nada de esto. Estoy siempre a su disposición.
Íbamos a salir del edificio cuando nos encontramos frente a Giraud, que parecía más elegante, presumido y contento de sí mismo que nunca.
—¡Caramba, Poirot! —exclamó alegremente—. ¿Es decir, que ha vuelto de Inglaterra?
—Como usted lo ve.
—Imagino que no está lejos el final del caso.
—Estoy de acuerdo con usted, Giraud.
Poirot hablaba con voz moderada. Su actitud parecía encantar al otro.
—¡Entre todos los criminales mansos!... No tiene idea de defenderse. ¡Es extraordinario!
—Tan extraordinario que le da a uno que pensar, ¿verdad? —insinuó suavemente Poirot.
Pero Giraud no le escuchaba siquiera. Y diseñó un molinete con su bastón, amistosamente.
—Bien; buenos días, Poirot. Me complace comprobar que, por fin, está usted convencido de la culpabilidad del joven Renauld.
Pardon! No estoy convencido de eso en absoluto. Jack Renauld es inocente.
Giraud hizo un brusco movimiento momentáneo... Luego soltó la carcajada, y se tocó la cabeza significativamente, con la breve exclamación: «Toqué!»
Poirot se enderezó. Y asomó a sus ojos una luz peligrosa.
—Giraud, durante todo el caso, sus maneras para conmigo han sido deliberadamente insultantes. Necesita usted que le den una lección. Estoy dispuesto a apostar quinientos francos a que encuentro al asesino de Renauld antes que usted. ¿Queda convenido?
Giraud le dirigió una mirada incierta y murmuró de nuevo: «Toqué!»
Vamos a ver —insistió Poirot—. ¿Queda convenido?
—No tengo deseos de quitarle el dinero.
—Tranquilícese: ¡no me lo quitará!
—¡Oh, bien! Entonces, ¡convenido! Dice que mis maneras para con usted son insultantes. Pues bien: una o dos veces sus maneras me han molestado a mí.
—Encantado de saberlo —dijo Poirot—. Buenos días, Giraud. Venga, Hastings.
No hablé mientras seguíamos la calle. Sentía gran tristeza. Poirot había manifestado demasiado claramente cuáles eran sus intenciones. Más que nunca, puse en duda mi capacidad para salvar a Bella de las consecuencias de su acto. Este desdichado encuentro con Giraud había excitado a Poirot, inclinándole a mostrar su temple.
De pronto sentí que se ponía una mano sobre mi hombro, y, al volverme, vi a Gabriel Stonor. Nos detuvimos para saludarle y él propuso acompañarnos hasta nuestro hotel.
—¿Y qué está usted haciendo aquí, míster Stonor? —preguntó Poirot.
—Uno tiene que apoyar a sus amigos —contestó el otro secamente—. En particular cuando están injustamente acusados.
—¿Usted no cree entonces que Jack Renauld cometió el crimen? —le pregunté con ansia.
—Ciertamente, no lo creo. Conozco al muchacho. Admito que ha habido en este asunto una o dos cosas que me han trastornado por completo; pero, de todos modos, a pesar de su torpe manera de tomarlas, nunca creeré que Jack Renauld sea un asesino.
Mi corazón se llenó de simpatía hacia Stonor. Sus palabras parecían haber levantado un peso secreto que lo oprimía.
—Creo que muchas personas piensan como usted —exclamé—. Las pruebas contra él son absurdamente ligeras. Diría que no hay duda de que será absuelto..., no hay duda alguna.
Pero Stonor no respondió como yo lo hubiera deseado.
—Daría cualquier cosa por pensar como usted —dijo gravemente. Y volviéndose hacia Poirot, preguntó—: ¿Cuál es su opinión, Poirot?
—Yo creo que el caso se presenta mal para él —contestó mi amigo con calma.
—¿Le cree usted culpable? —exclamó Stonor con viveza.
—No. Pero creo que le costará probar su inocencia.
—¡Su actitud es tan condenadamente extraña!... —murmuró Stonor—Por supuesto, me doy cuenta de que hay en este asunto mucho más de lo que puede verse. Giraud no lo comprende porque lo ve desde fuera; pero todo ello ha sido condenadamente raro. En cuanto a este punto, cuanto menos se hable, mejor. Si madame Renauld quiere ocultar algo, yo me guiaré por lo que ella haga. Ella es la interesada y siento demasiado respeto por su buen juicio para meter la cuchara, pero no puedo entender esa actitud de Jack. Cualquiera pensaría que quiere que le crean culpable.
—Pero esto es absurdo —exclamé yo, interviniendo—. En primer lugar, la daga... —y me detuve, no sabiendo cuánto podía desear Poirot que revelase. Eligiendo cuidadosamente mis palabras, continué—: Sabemos que la daga no pudo estar en posesión de Jack Renauld aquella noche. Madame Renauld lo sabe.
—Cierto —dijo Stonor—. Cuando se restablezca, sin duda dirá todo y más. Bien; debo dejarles a ustedes.
—Un momento —-dijo Poirot, deteniéndole con un movimiento de la mano—. ¿Puede usted encargarse de disponer que me envíen una palabra de aviso tan pronto como madame Renauld recobre el conocimiento?
—Sí, señor. Esto será muy fácil.
—Ese detalle relativo a la daga es bueno, Poirot —insistí mientras subíamos la escalera—. Yo no podía hablar con mucha claridad delante de Stonor.
—Ha obrado usted con mucho acierto. Deberíamos guardar esta información para nosotros solos tanto tiempo como podamos. En cuanto a la daga, su observación difícilmente puede resultar útil para Jack Renauld. ¿Recuerda que he estado ausente una hora esta mañana antes de salir de Londres?
—Siga.
—Pues bien: me he ocupado en buscar la casa de que se sirvió Jack para confeccionar sus regalos en recuerdo de la guerra. No era cosa muy difícil. Sepa usted, Hastings, que no encargó dos cortapapeles, sino tres.
—De suerte que...
—De suerte que, después de dar uno a su madre y otro a Bella Duveen, quedaba el tercero, que, sin duda, conservó para su uso. No, Hastings; me temo que el detalle de la daga no nos ayudará a salvarle de la guillotina.
—No se llegará a este extremo —exclamé, con la conciencia turbada.
Poirot movió la cabeza con un gesto de incertidumbre.
—Usted le salvará —afirmé yo resueltamente.
Poirot me miró sin expresión.
—¿No lo ha hecho usted imposible, amigo mío?
—De algún modo —murmuré.
—¡Ah! Sapristi! Pero si me pide usted milagros. No..., no me diga más. En lugar de esto, veamos lo que dice esta carta.
Y sacó el sobre del bolsillo. Mientras leía, se contrajo su rostro; luego me entregó el papel.
—Hay en el mundo otras mujeres que sufren, Hastings —dijo.
La escritura era borrosa y parecía claro que la nota había sido redactada en medio de una gran agitación.

«Querido monsieur Poirot: Si recibe la presente, le ruego que venga en mi ayuda. No tengo nadie más a quien dirigirme y, a toda costa, Jack debe ser salvado. Le imploro de rodillas que nos ayude.
Marta Daubreuil.»

Se la devolví conmovido.
—¿Irá usted?
—Ahora mismo. Vamos a encargar un coche.
Media hora más tarde estábamos en la Villa Marguerite. Marta se hallaba en la puerta para recibirnos, y condujo dentro a Poirot cogiéndole una mano con las dos suyas.
—¡Ah!, ha venido...; es usted bueno. He estado desesperada, sin saber qué hacer. Ni siquiera me dejan ir a verle en la cárcel. Sufro horriblemente. Estoy como loca. ¿Es verdad lo que dicen, que no niega el crimen? Pero esto es una locura... ¡Es imposible que lo haya cometido! ¡Oh, no; ni por un momento lo creeré!
—Ni lo creo yo tampoco, señorita —dijo Poirot con suavidad.
—Pero entonces, ¿por qué no habla? No lo comprendo.
—Quizá porque está sirviendo de pantalla a alguien —insinuó Poirot, observándola.
Marta frunció las cejas.
—¿Sirviendo de pantalla a alguien? ¿Se refiere a su madre? ¡Ah!, desde el principio me ha parecido sospechosa. ¿Quién hereda toda esta gran fortuna? La hereda ella. Es sencillo vestirse de luto y ser hipócrita. Y dicen que cuando él fue detenido, ella cayó... ¡así! —Marta hizo un dramático gesto—. Y, sin duda, monsieur Stonor, el secretario, la ha ayudado. Están unidos como ladrones esos dos. Es verdad que ella tiene más edad que él, pero ¿qué les importa esto a los hombres cuando una mujer es rica?
Había en su voz un dejo de amargura.
—Stonor estaba en Inglaterra —observé yo.
—Así lo dirá él...; pero ¿quién lo sabe?
—Señorita —dijo Poirot con calma—. Si hemos de trabajar usted y yo de acuerdo, necesitamos poner las cosas en claro. Primero, voy a hacerle una pregunta.
—Diga usted.
—¿Conoce el verdadero nombre de su madre?
Marta le miró por un momento; luego, dejando caer la cabeza sobre los brazos, rompió a llorar.
—Bien, bien —musitó Poirot, dándole unas palmaditas sobre el hombro—. Cálmese, petite, ya veo que lo conoce. Una segunda pregunta ahora... ¿sabía usted quién era monsieur Renauld?
—¿Monsieur Renauld? —repitió ella, levantando la cabeza de las manos y dirigiéndole una mirada interrogante.
—¡Ah!, veo que esto no lo sabe. Escúcheme ahora con atención.
Paso a paso, fue revisando la antigua historia, de un modo parecido a como lo había hecho para mí al emprender nuestro viaje a Inglaterra. Marta le escuchó muda de asombro. Cuando hubo terminado, hizo una profunda inspiración.
—Es usted admirable..., ¡maravilloso! Es usted el detective más grande del mundo.
Y deslizándose fuera del asiento de su sillón, con un rápido gesto, se arrodilló ante él con un abandono enteramente francés.
—¡Sálvele, señor! —exclamó—. ¡Le quiero, le quiero!... ¡Oh, sálvele, sálvele!



CAPÍTULO VEINTICINCO


DESENLACE INESPERADO


A la mañana siguiente presenciamos el interrogatorio de Jack Renauld. Aunque el tiempo transcurrido era tan corto, me sorprendió el cambio operado en el joven detenido. Tenía las mejillas caídas, los ojos rodeados de círculos oscuros y la expresión aturdida de la persona que no ha logrado conciliar el sueño durante muchas noches seguidas. Al vernos no dio señales de emoción alguna ni de nada.
—Renauld —empezó el magistrado—, ¿niega usted que estaba en Merlinville en la noche del crimen?
Jack no contestó inmediatamente y dijo luego de un modo vacilante, que resultaba lastimoso:
—Le..., le... he dicho que estaba en Cherburgo.
El magistrado se volvió con viveza.
—Haga entrar a los testigos de la estación —ordenó.
Unos segundos después se abrió la puerta para dar paso a un hombre en el que reconocí a un factor de la estación de Merlinville.
—¿Estaba usted de turno en la noche del siete de junio?
—Sí, señor.
—¿Presenció la llegada del tren de las once y cuarenta?
—Sí, señor.
—Mire al detenido: ¿le reconoce como a uno de los pasajeros que se apearon?
—Sí, señor.
—¿No hay posibilidad de que esté equivocado?
—No, señor. Conozco bien a monsieur Jack Renauld.
—¿Ni de que se equivoque en cuanto a la fecha?
—No señor; porque a la mañana siguiente tuvimos noticias del asesinato.
Fue entonces introducido otro empleado del ferrocarril, que confirmó lo declarado por el primero. El magistrado miró a Jack Renauld.
—Estos hombres le han identificado de un modo positivo. ¿Qué tiene que decir?
Jack encogió los hombros.
—Nada.
—Renauld —continuó el magistrado—, ¿reconoce usted esto?
Tomó un objeto que tenía a su lado, encima de la mesa, y se lo tendió al detenido. Me estremecí, reconociendo por mi parte la daga hecha de material de aeroplano.
—Con perdón —exclamó el abogado de Jack, Grosier—. Ruego que se me permita hablar con mi cliente antes que conteste a esta pregunta.
Pero Jack, que no tenía consideración por los sentimientos del desdichado Grosier, le apartó a un lado y contestó con calma:
—Ciertamente, lo reconozco. Es un presente que hice a mi madre como recuerdo de la guerra.
—¿Sabe usted si existe algún duplicado de esta daga?
De nuevo se agitó el letrado Grosier, siendo igualmente rechazado por Jack.
—No, que yo sepa. La montura fue diseñada por mí.
El mismo magistrado perdió casi la respiración ante la osadía de la respuesta. En realidad, parecía como si Jack estuviese precipitándose hacia su destino. Por supuesto, yo me daba cuenta de la vital necesidad en que se encontraba de ocultar, a causa de Bella, el hecho de que había otra daga igual. Mientras quedase entendido que no había más que un arma de aquella forma, no era probable que recayese sospecha alguna sobre la muchacha que poseía el segundo cortapapeles. Jack estaba protegiendo valientemente a la mujer que antes había amado, pero ¡a qué precio para sí mismo! Empecé a comprender la magnitud de la tarea que tan ligeramente había impuesto a Poirot. No sería fácil asegurar la absolución de Jack Renauld de otro modo que declarando la verdad.
Hautet habló de nuevo, con una inflexión peculiarmente amarga:
—Madame Renauld nos dijo que su daga estaba encima de su tocador la noche del crimen. Pero ¡madame Renauld es madre! Sin duda, esto le extrañará, Renauld, pero yo considero muy probable que madame Renauld se equivocase y que quizá por inadvertencia se hubiese usted llevado el arma a París. Supongo que va a contradecirme.
Vi cómo el muchacho cerraba sus manos esposadas. Su frente se cubrió de gruesas gotas de sudor cuando, con un esfuerzo supremo, interrumpió a Hautet para decirle en voz enronquecida:
—No voy a contradecirle. Esto es posible.
El letrado Grosier se puso en pie, protestando:
—Mi cliente ha sufrido una considerable crisis nerviosa. Desearía hacer constar que no le considero responsable de lo que diga.
Encolerizado, el magistrado le impuso silencio. Por un momento, pareció asomarse una duda a su propia conciencia. Jack Renauld había exagerado algo su papel. Inclinándose hacia adelante, dirigió al acusado una mirada escudriñadora.
—¿Comprende usted bien, Renauld, que, con las contestaciones que me ha dado, no tendré otra alternativa que procesarle?
El pálido rostro de Jack se encendió. Su mirada sostuvo la del magistrado con firmeza.
—¡Monsieur Hautet, juro que no he matado a mi padre!
Pero el breve momento de duda del magistrado había transcurrido, y éste soltó una risa breve y desapacible.
—Sin duda, sin duda; ¡todos nuestros acusados son inocentes! Por su propia boca está condenado. No tiene una defensa que ofrecer; no tiene una coartada..., ¡sólo una simple afirmación que no engañaría a un niño!: que no es culpable. Usted mató a su padre, Renauld; cometió un asesinato cruel y cobarde, por el dinero que creía iba a recibir a su muerte. Su madre ha sido encubridora después del hecho. Sin duda, atendiendo a la circunstancia de que actuó como madre, los tribunales tendrán para ella una indulgencia que no le concederán a usted. ¡Y con razón! Su crimen es horrible..., ¡merecedor de la execración de los dioses y de los hombres!
Con gran contrariedad para él, Hautet fue interrumpido. Había sido abierta la puerta.
—Señor juez, señor juez —balbució el gendarme de guardia—, hay una señora que dice..., que dice...
—¿Quién habla? —exclamó el magistrado, con justo enojo—. Esto es altamente irregular. Lo prohíbo..., lo prohíbo absolutamente.
Pero una figura esbelta había apartado al balbuciente gendarme. Vestida enteramente de negro, con un largo velo que le cubría el rostro, se adelantó por la habitación.
Mi corazón dio un salto aturdidor. ¡Es decir, que había venido! Todos mis esfuerzos habían sido vanos. Y, sin embargo, no podía dejar de sentirme admirado por el valor que mostraba al tomar aquella decisión tan resueltamente.
Levantó el velo... y me quedé sin respiración. Pues, aunque extremadamente parecida a ella, aquella joven ¡no era Cenicienta! Por otra parte, ahora que la veía sin la peluca de color de lino que había llevado en el teatro, reconocí en ella a la muchacha de la fotografía hallada en la habitación de Jack Renauld.
—¿Es usted el juez de instrucción, monsieur Hautet? —preguntó.
—Sí; pero prohíbo...
—Me llamo Bella Duveen. Deseo entregarme como autora del asesinato de monsieur Renauld.



CAPÍTULO VEINTISÉIS


RECIBO UNA CARTA


«Amigo mío: Ya lo sabrás todo cuando recibas la presente. Nada de lo que yo podía decir ha hecho mella en mi hermana. Ha ido a entregarse. Estoy cansada de luchar.
Ahora sabrás que te he ocultado la verdad, que he pagado tu confianza con mentiras. Quizá te parezca esto inexcusable; pero, antes de desaparecer de tu vida para siempre, quisiera darte a conocer cómo ha ocurrido todo. Si supiera que habías de perdonarme, quedaría más tranquila. No lo he hecho en beneficio propio..., esto es lo único que puedo ofrecerte en mi defensa.
Empezaré refiriéndome al día en que te conocí en el tren que venía de París. Me encontraba entonces intranquila por Bella. Mi hermana se hallaba aquellos días desesperada con motivo de Jack Renauld. Bella se hubiera echado al suelo para que él pasara por encima, y, cuando vio que empezaba a cambiar y dejaba de escribirle con la frecuencia acostumbrada, empezó, por su parte, a atormentarse. Se había metido en la cabeza que Jack estaba encaprichado por otra muchacha..., y, desde luego, los hechos demostraron que no se había equivocado. Tomó la determinación de ir a Merlinville con intención de verle. Sabía que yo no aprobaba este paso y se me escapó. En Calais descubrí que no estaba en el tren y decidí no irme a Inglaterra sin ella. Tenía la sensación de que iba a pasar algo horrible si yo no podía evitarlo.
Acudí a la llegada del tren siguiente, de París. Venía en él, resuelta a dirigirse inmediatamente a Merlinville. Discutí con ella lo mejor que supe; pero fue inútil. Estaba excitada y había de salirse con la suya. En consecuencia, me lavé las manos. ¡Yo había hecho cuanto había podido! Iba haciéndose tarde. Me fui al hotel y Bella salió camino de Merlinville. Continué sin poder librarme de la sensación de que, como se lee en los periódicos, era inminente un desastre.
Vino el día siguiente..., pero no Bella. Me había dado una hora para encontrarnos en el hotel, pero no compareció. No tuve señales de ella en todo el día. Mi ansiedad iba creciendo. Luego llegó el diario con la noticia.
¡Fue horrible! No podía estar segura, naturalmente, pero tenía un miedo espantoso. Imaginé que Bella había visto a Renauld padre y le había hablado de sus relaciones con Jack, y que él la había insultado o algo así. Las dos tenemos el genio muy vivo.
Salió luego a relucir todo el asunto de los extranjeros enmascarados, y empecé a tranquilizarme un poco. Pero aún me atormentaba el hecho de que Bella no hubiese acudido a la cita conmigo.
A la mañana siguiente estaba tan azorada que no pude menos de ir a villa. Lo primero que hice fue tropezar contigo. Todo esto lo sabes ya... Cuando vi al muerto con un aspecto tan parecido al de Jack, y con el sobretodo de fantasía de Jack, ¡comprendí! Y allí estaba el misino cortapapeles, ¡maldita arma!, que Jack había regalado a Bella... Había diez posibilidades contra una de que tuviese sus huellas dactilares. No podría acertar a explicarte el horror y el desamparo que sentí en aquel momento. Sólo veía una cosa con claridad: que tenía que apoderarme de aquella daga y desaparecer con ella antes que se advirtiese que faltaba. Fingí un desmayo y mientras ibas a buscar agua la cogí y la escondí en mi ropa.
Te dije que me alojaba en el Hotel du Phare; pero, por supuesto, me fui directamente a Calais y de allí a Inglaterra con el primer barco. Cuando estábamos en la mitad del Canal tiré al mar ese diablillo de daga. Luego, sentí que podía volver a respirar.
Bella estaba en nuestros alojamientos de Londres como si nada hubiera pasado. Le dije lo que había hecho y que ella estaba en seguridad por algún tiempo. Me miró y empezó luego a reírse..., reírse..., reírse..., ¡era horrible oírla! Pensé que lo mejor que podíamos hacer era mantenernos ocupadas. Se hubiera vuelto loca si hubiese tenido tiempo de pensar en lo que había hecho. Por fortuna, nos contrataron en seguida.
Y luego te vi a ti y a tu amigo observándonos aquella noche... Me puse frenética. Debíais de tener sospechas o, de lo contrario, no nos hubierais seguido la pista. Tenía que saber lo peor, y, por consiguiente, fui a tu encuentro. Estaba desesperada. Y en seguida, antes de tener tiempo de decir nada, descubrí que sospechabas de mí, no de Bella. O, por lo menos, que creías que yo era Bella, puesto que había robado la daga.
Yo desearía, querido, que hubieras podido leer en el fondo de mi conciencia en aquel momento... Quizá así me perdonarías... Estaba tan asustada, tan desesperada y confusa... Todo lo que pude poner en claro fue que intentarías salvarme a mí..., no sabía si hubieras querido salvarla a ella...; me parecía que, probablemente, no... ¡No era la misma cosa! ¡Y no podía correr el riesgo! Bella es mi hermana gemela; tenía que hacer por ella cuanto fuese posible. Por esto continué mintiendo...; me sentí envilecida por ello...; sigo sintiéndome envilecida... Esto es todo; y dirás que ya es bastante. Hubiera debido confiar en ti... Si yo hubiese...
Tan pronto como trajo el diario la noticia de la detención de Jack Renauld, todo estuvo listo. Bella no quiso ni esperar a ver cómo iban las cosas...
Estoy muy cansada. No puedo escribir más.»

Había empezado a firmar Cenicienta, pero lo había tachado y escrito en su lugar Dulce Duveen.
Era una epístola mal escrita, borrosa, pero la guardo aún. Poirot estaba conmigo cuando la leí. Los pliegos cayeron de mis manos, y le miré.
—¿Supo usted siempre que era... la otra?
—Sí, amigo mío.
—¿Por qué no me lo dijo?
—En primer lugar, apenas podía parecerme concebible que incurriera usted en semejante equivocación. Había visto la fotografía. Las hermanas se parecen mucho, pero no es imposible distinguirlas.
—Pero ¿y el cabello rubio?
—Una peluca usada para formar un contraste llamativo en el escenario. ¿Es concebible que entre dos gemelas una lo tenga rubio y la otra oscuro?
—¿Por qué no me lo dijo aquella noche, en el hotel, en Coventry?
—Se había mostrado usted algo arbitrario en sus métodos, amigo mío —contestó Poirot secamente—. No me dio la oportunidad.
—Pero después...
—¡Ah, después! Bueno, para empezar, me ofendió su falta de confianza en mí. Y luego, necesitaba ver si sus... sentimientos resistirían la prueba del tiempo; si en realidad se trataba de amor o de una llamarada en la sartén. No le hubiera dejado mucho tiempo en su error.
Hice una seña afirmativa. Su tono era demasiado afectuoso para que le guardase resentimiento. Bajé la vista sobre los pliegos de la carta. De pronto, los recogí del suelo y se los acerqué.
—Lea esto —le dije—. Deseo que lo lea.
En silencio, los leyó por completo. Luego, me miró.
—¿Qué le inquieta, Hastings?
Era aquélla una actitud nueva en Poirot. Sus maneras burlonas parecían totalmente descartadas, y así pude hablarle francamente, sin dificultad:
—No dice..., no dice..., bien: ¡no dice si me quiere o no!
Poirot me devolvió los pliegos.
—Creo que está usted equivocado, Hastings.
—¿En qué cosa? —exclamé, adelantándome con ansiedad.
Poirot sonrió.
—Se lo dice en cada línea de la carta, mon ami.
Pero ¿dónde voy a encontrarla? No hay dirección en la carta. Un sello de Correos francés nada más.
—¡No se excite! Déjelo en manos de papá Poirot. ¡Yo se la encontraré tan pronto como tenga disponibles cinco minutitos!



CAPITULO VEINTISIETE


EL RELATO DE JACK RENAULD


—Le felicito, Jack —dijo Poirot, estrechando al muchacho la mano calurosamente.
El joven Renauld vino a reunirse con nosotros tan pronto le pusieron en libertad..., antes de partir para Merlinville para reunimos con Marta y con su propia madre. Le acompañaba Stonor. La animación del secretario contrastaba vivamente con el decaído aspecto del muchacho. Era claro que Jack se hallaba cerca de una crisis nerviosa. Sonrió tristemente a Poirot y dijo en voz baja:
—He soportado todo esto para protegerla, y ahora resulta inútil.
—Apenas podía esperar que la muchacha aceptase el precio de su vida —observó Stonor con sequedad—. Estaba destinada a presentarse cuando vio que se iba recto a la guillotina.
Eh ma foi! ¡Allí se iba sin la menor duda! —añadió Poirot con un ligero parpadeo—. De haber seguido así, hubiera tenido sobre su conciencia la muerte rabiosa del abogado Grosier.
—Supongo que ha sido un borrico bien intencionado —dijo Jack—. Pero me ha atormentado horriblemente. Ya comprenden: yo no podía tomarle por confidente. Pero, ¡Dios mío!, ¿qué va a sucederle a Bella?
—En el lugar de usted —dijo Poirot francamente—, yo no me acongojaría más de lo justo. Los tribunales franceses son muy clementes para la juventud y la belleza, y el crime passionnel. Un abogado hábil sacará un montón de circunstancias atenuantes. No va a ser muy agradable para usted...
—Esto no me importa. Ya lo ve usted, monsieur Poirot; en cierto modo, me siento realmente culpable del asesinato de mi padre. A no ser por mí y por mi enredo con esta muchacha, estaría hoy vivo y en buena salud. Y luego, mi maldito descuido al equivocar el sobretodo. No puedo menos de sentirme responsable de su muerte. ¡Esta idea me perseguirá toda la vida!
—No, no —dije yo, intentando calmarle.
—Por supuesto, para mí es horrible el pensamiento de que Bella mató a mi padre; pero yo la había tratado de un modo vergonzoso —continuó Jack—. Después, conocí a Marta y me di cuenta de que había cometido un error. Hubiera debido escribirle y comunicárselo sinceramente. Pero me aterraba la idea de una disputa, de que Marta conociese mi anterior intriga y pensara que había más de lo que en realidad había habido nunca... Bueno: fui un cobarde y seguí esperando que la situación se resolvería lentamente por sí sola. Lo cierto es que continué a la deriva... y sin comprender que estaba enloqueciendo de pena a la pobre niña. Si me hubiese clavado la daga a mí, como era su intención, no hubiera yo recibido más que lo que merecía. Y su modo de presentarse ahora es un verdadero acto de valor. Yo he resistido la prueba; ya comprenden el final.
Guardó silencio por unos segundos, y luego se disparó en otra dirección.
—Lo que no me cabe en la cabeza es por qué vagaba mi padre por allí en ropa interior y con mi sobretodo, a aquellas horas de la noche. Supongo que habría acabado de escabullirse de esos tipos extranjeros y que mi madre debió de equivocarse al decir que habían venido a las dos. O..., o ¿no sería todo eso una trama para desviar las sospechas? Quiero decir, ¿no pensó, no pudo pensar mi madre... que..., que era yo?
Poirot se apresuró a tranquilizarle.
—No, no, Jack. No tenga ningún temor por este lado. En cuanto a lo demás, yo se lo explicaré un día de éstos. Es una historia algo curiosa. Pero ¿quiere usted contarnos lo que ocurrió exactamente en esta noche terrible?
—Hay muy poco que contar. Vine de Cherburgo, como se lo dije, para ver a Marta antes de irme al otro extremo del mundo. El tren llegó con retraso y decidí tomar un atajo a través del campo de golf. Desde allí podía entrar fácilmente en el jardín de Villa Marguerite. Había casi llegado a aquel lugar cuando...
Se detuvo y tragó saliva.
—Adelante.
—Oí un grito terrible. No era fuerte..., una especie de ahogo entrecortado..., pero que me asustó. Por un momento me quedé inmóvil en el sitio. Luego di la vuelta a la espesura de maleza. La luna alumbraba. Vi la sepultura y una figura echada boca abajo con una daga clavada en la espalda. Y luego..., y luego... levanté la vista y la vi a ella. Estaba mirándome como si viese un aparecido..., y así debió de creerlo al principio...; el horror había borrado de su rostro toda otra expresión. Y entonces dio un grito, se volvió y echó a correr.
Nuevamente se detuvo, esforzándose en dominar su emoción.
—¿Y después? —preguntó Poirot con suavidad.
—Realmente, no lo sé. Permanecí por algún tiempo aturdido. Y, después, comprendí que era mejor que me alejase de allí tan deprisa como pudiera. No se me ocurrió que fueran a sospechar de mí; pero temí que me llamasen a declarar contra ella. Fui a pie hasta Saint-Beauvais, como le dije, y me procuré un coche para volver a Cherburgo.
Se oyó un golpe en la puerta y entró un ordenanza con un telegrama que entregó a Stonor. Éste lo abrió y se puso en pie.
—Madame Renauld ha recobrado el conocimiento —anunció.
—¡Ah! —dijo Poirot, levantándose de un salto—. Vámonos todos a Merlinville.
Partimos, pues, más que aprisa, y Stonor, a instancias de Jack, se avino a quedarse para hacer lo que fuese posible en favor de Bella. Jack y yo salimos en el coche del primero.
El viaje duró poco más de cuarenta minutos. Al acercarnos a la puerta exterior de Villa Marguerite, Jack dirigió a Poirot una mirada interrogante.
—¿Qué le parece si se adelantase usted para dar a mi madre la noticia de que estoy en libertad?
—Mientras usted se la da personalmente a mademoiselle Marta, ¿eh? —añadió Poirot con un guiño—. Desde luego, desde luego; yo mismo iba a proponérselo.
Jack Renauld no se entretuvo. Deteniendo el coche, se apeó y subió por el camino hasta la puerta delantera. Nosotros continuamos con el coche hasta Villa Geneviéve.
—Poirot —le dije—, ¿recuerda nuestra llegada aquí, el primer día? ¿Y cómo nos encontramos con la noticia del asesinato de Renauld?
—¡Ah, sí!, ciertamente. No hace tampoco mucho tiempo. Pero ¡cuántas cosas han pasado desde entonces!..., especialmente a usted, amigo mío.
—Sí, muy cierto —contesté, suspirando.
—Está usted considerándolo desde el punto de vista sentimental, Hastings. No me refería a esto. Esperemos que Bella será tratada con clemencia y, después de todo, Jack ¡no puede casarse con las dos chicas! Hablaba desde un punto de vista profesional. Esto no es un crimen bien ordenado y regular como los que encantan a un detective. La mise en scéne proyectada por George Conneau es ciertamente perfecta, pero el desenlace..., ¡de ningún modo! Un hombre muerto accidentalmente, en un arrebato de cólera, por una muchacha... ¡Ah!, verdaderamente, ¿qué orden ni método hay en esto?
Y en la mitad de una carcajada mía provocada por las peculiaridades de Poirot, Francisca abrió la puerta.
Poirot le explicó que tenía que ver a madame Renauld inmediatamente, y la anciana sirvienta le acompañó arriba. Yo permanecí en el salón. Poirot tardó algún rato en reaparecer. Su aspecto era desusadamente grave.
Vous voilá, Hastings! Sacre tonnerre!, ¡se acerca una borrasca!
—¿Qué quiere usted decir? —exclamé.
—Difícilmente lo hubiera creído —dijo Poirot con aire meditabundo—; pero las mujeres hacen lo inesperado.
—Aquí están Jack y Marta Daubreuil —dije, mirando por la ventana.
Poirot saltó fuera de la habitación y se reunió con la joven pareja en los peldaños exteriores.
—No entre. Es mejor que no entre. Su madre está muy trastornada.
—Ya sé, ya sé —dijo Jack Renauld—; pero debo presentarme a ella en seguida.
—No, no, le digo. Es mejor que no lo haga.
—Pero Marta y yo...
—En todo caso, no lleve a esta señorita con usted. Suba, si se empeña, pero hará bien en dejarse guiar por mí.
Una voz que resonó en la escalera nos sobresaltó a todos.
—Le doy las gracias por sus buenos oficios, monsieur Poirot; pero expresaré bien claramente mis deseos.
El asombro nos sobresaltó. Apoyada en el brazo de Leonia, madame Renauld descendía la escalera, con la cabeza vendada aún. La muchacha francesa estaba llorando e imploraba a su dueña para que regresara al lecho.
—La señora se matará. ¡Esto es contrario a todas las órdenes del doctor!
Pero madame Renauld continuó su camino.
—¡Madre! —exclamó Jack, adelantándose.
Con un gesto, ella le hizo retroceder.
—¡No soy tu madre! ¡No eres mi hijo! Desde este día y hora, te repudio.
—¡Madre! —repitió el muchacho, estupefacto.
Por un momento, ella pareció vacilar, enmudecer ante la angustia que revelaba aquella voz. Poirot hizo un gesto como para intervenir. Pero instantáneamente, ella recuperó el dominio de sí misma.
—Tienes sobre tu cabeza la sangre de tu padre. Eres moralmente culpable de su muerte. Le contrariaste y desafiaste con motivo de esta joven, y tu despiadado modo de tratar a otra muchacha ha dado lugar a un asesinato. ¡Sal de mi casa! Me propongo tomar mañana las medidas necesarias para que no toques ni un penique de su dinero. ¡Ábrete camino en el mundo con la ayuda de la hija de la peor enemiga de tu padre!
Y lenta y penosamente subió de nuevo la escalera.
Nos quedamos todos desconcertados... No estábamos preparados para aquella declaración. Jack Renauld, rendido por todo lo que había sufrido ya, osciló y estuvo a punto de caer. Poirot y yo nos apresuramos a sostenerle.
—Está agotado —murmuró Poirot al oído de Marta—. ¿Adonde podemos llevarle?
—¡A casa, naturalmente! A Ville Marguerite. Mi madre y yo le cuidaremos. ¡Mi pobre Jack!
Llevamos al muchacho a la villa, donde cayó inerte en un sillón, en estado casi inconsciente. Poirot le tocó la cabeza y las manos.
—Tiene fiebre —dijo—. Esta larga tensión nerviosa empieza a producir sus efectos. Y, por añadidura, este sobresalto. Llévenlo a la cama, llamaremos a un médico.
El médico fue hallado muy pronto. Después de reconocer al paciente diagnosticó que se trataba de un sencillo caso de postración nerviosa. Con descanso y tranquilidad estaría casi restablecido al día siguiente; pero si se excitaba era posible que sobreviniese una fiebre cerebral. Era de aconsejar que alguien le velase toda la noche.
Por último, después de haber hecho cuanto era posible, le dejamos al cuidado de Marta y de su madre y nos dirigimos a la población. Había pasado nuestra hora de comer acostumbrada, y ambos estábamos hambrientos. En el primer restaurante que encontramos pudimos dejar nuestro apetito satisfecho con una excelente omelette, seguida de una entrecote no menos excelente.
—Y, ahora, a nuestro alojamiento para la noche —dijo Poirot cuando, por fin, quedó completada nuestra comida con un café noir—. ¿Vamos a probar nuestro antiguo amigo el Hotel des Bains?
Sin discutirlo más volvimos sobre nuestros pasos. Sí, los señores podrían disponer de dos buenas habitaciones con vistas al mar. Luego, hizo Poirot una pregunta que me dejó sorprendido:
—¿Ha llegado una dama inglesa, miss Robinson?
—Sí, señor. Está en el saloncito.
—¡Ah!
—¡Poirot! —exclamé, acomodando mi paso al suyo, mientras seguíamos por el corredor—, ¿quién es miss Robinson? Poirot sonrió con expresión bondadosa.
—Es que le he preparado un matrimonio, Hastings.
—Pero lo que digo...
—¡Bah! —exclamó Poirot, dándome un empujón amistoso en el umbral de la puerta—. ¿Cree usted que deseo trompetear en Merlinville el apellido Duveen?
Era Cenicienta, quien se levantó para recibirnos. Tomé su mano entre las mías. Mis ojos dijeron el resto.
Poirot aclaró su voz.
Mes enfants —dijo—, de momento no tenemos tiempo para los sentimientos. Hay trabajo que nos espera. Señorita, ¿ha podido hacer lo que le pedí?
A modo de contestación, Cenicienta sacó de su bolso un objeto envuelto en papel y se lo entregó en silencio a Poirot, que lo desenvolvió. Hice un movimiento de sorpresa, pues era la daga que, según tenía entendido, había sido echada al fondo del mar. ¡Es extraño cuánto les cuesta siempre a las mujeres destruir los objetos y documentos más comprometedores!
—Muy bien, hija mía —dijo Poirot—. Estoy contento de usted. Váyase ahora a descansar. Hastings, aquí presente, y yo, tenemos que hacer. Le verá usted mañana.
—¿Adonde van? —preguntó la muchacha, abriendo mucho los ojos.
—Quedará informada mañana.
—Porque adonde quiera que vayan yo voy también.
—Pero, señorita...
—Le digo que voy también.
Comprendiendo que sería inútil discutir, Poirot cedió.
—Venga entonces, señorita. Pero esto no va a ser divertido. Lo más probable es que no ocurra nada.
La muchacha no contestó.
Salimos al cabo de veinte minutos. Había ya oscurecido por completo; una noche cerrada que oprimía. Poirot nos llevo fuera de la población y en dirección de Villa Geneviéve. Pero al pasar por delante de Villa Marguerite se detuvo.
—Quisiera asegurarme de que Jack Renauld sigue sin novedad —dijo—. Venga conmigo, Hastings. Quizá preferirá esta señorita quedarse fuera. Madame Daubreuil podría decir algo que la ofendiese.
Descorrimos el cerrojo de la puerta exterior y subimos por el camino de la entrada. Al dar la vuelta hacia la fachada lateral llamé la atención de Poirot sobre una ventana del primer piso. Vivamente destacado veíase contra la cortina el perfil de Marta.
—¡Ah! —dijo Poirot—. Me figuro que ésta es la habitación en que encontraremos a Jack Renauld.
Madame Daubreuil nos abrió la puerta. Nos explicó que Jack continuaba en el mismo estado, pero que quizá querríamos verle. Subiendo la escalera, nos condujo al dormitorio. Marta Daubreuil estaba sentada junto a una mesa con una lámpara, trabajando. Al vernos entrar se puso un dedo sobre los labios.
Jack Renauld descansaba; su sueño era inquieto y volvía continuamente la cabeza de un lado a otro; su rostro continuaba muy encendido.
—¿Va a volver el médico? —preguntó Poirot en voz baja.
—No; a no ser que le llamemos. Duerme, y esto es lo que importa. Mamá le ha hecho una tisana.
Y se sentó de nuevo, con su bordado, cuando salimos de la habitación. Madame Daubreuil nos acompañó hasta abajo. Desde que conocía la historia de su vida pasada miraba a aquella mujer con creciente interés. Allí estaba, con los ojos bajos y la misma sonrisa tenuemente enigmática que yo recordaba. Y de pronto me sentí asustado de ella, como uno se asusta de una fascinadora serpiente venenosa.
—Espero que no le habremos causado molestia, señora —dijo Poirot, cortésmente, al abrir ella la puerta para darnos paso.
—Nada de eso, caballero.
—A propósito —dijo Poirot, como si acabase de recordar algo—, monsieur Stonor no ha estado hoy en Merlinville, ¿verdad?
No podía yo penetrar en absoluto el objeto de esta pregunta que, bien sabía, no debía de tener sentido en lo que se refería a Poirot.
Madame Daubreuil contestó con perfecta compostura y seguridad:
—No, que yo sepa.
—¿No ha tenido una entrevista con madame Renauld?
—¿Cómo había yo de saberlo?
—Cierto —dijo Poirot—. Pensaba que podía haberle visto entrar o salir, sencillamente. Buenas noches, señora.
—¿Por qué...? —empecé yo a decir.
—No hay porqués, Hastings. Tiempo tendremos para esto más tarde.
Nos reunimos con Cenicienta y seguimos nuestro camino rápidamente en dirección a Villa Geneviéve. Poirot miró una vez por encima del hombro hacia la ventana iluminada y contempló el perfil de Marta inclinada sobre su trabajo.
—Está protegido, de todos modos —murmuró.
Llegados a Villa Geneviéve, Poirot se apostó tras unos arbustos a la izquierda del camino de los coches, donde, disponiendo nosotros de un espacioso campo visual, quedábamos completamente ocultos. La villa aparecía sumida en una oscuridad absoluta; todo el mundo estaba, sin duda, acostado y durmiendo. Nos hallábamos casi inmediatamente bajo la ventana del dormitorio de madame Renauld, que, según advertí, estaba abierta. Me pareció que allí era donde estaban fijos los ojos de Poirot.
—¿Qué vamos a hacer? —murmuré.
—Observar.
—Pero...
—No espero que suceda nada, por lo menos, hasta dentro de una hora; probablemente dos horas; pero él...
Sus palabras quedaron interrumpidas por un grito largo y angustioso:
—¡Socorro!
Brilló una luz en la habitación del primer piso situada a mano derecha de la puerta delantera. El grito había venido de allí. Y mientras seguíamos observando, pasó por la cortina una sombra como de dos personas que luchan.
Mille tonnerres! —exclamó Poirot—. Debe de haber cambiado de habitación.
Lanzándose de un salto pegó locamente contra la puerta delantera. Corriendo luego al árbol del cuadro, trepó por él con la agilidad de un gato. Yo le seguí cuando, con un brinco, entró por la ventana abierta. Mirando sobre el hombro vi cómo Dulce alcanzaba la rama detrás de mí.
—¡Ten cuidado! —exclamé.
—¡Ten cuidado de tu abuela! —replicó la muchacha-—. Esto es un juego de niños para mí.
Poirot se había lanzado por la desierta habitación y pegaba en la puerta.
—Cerrada y asegurada por fuera —gruñó—; y se necesitará tiempo para forzarla.
Los gritos pidiendo socorro iban haciéndose sensiblemente más débiles. Vi la desesperación pintada en los ojos de Poirot. Los dos aplicarnos los hombros a la puerta. Llegó por la ventana la voz de Cenicienta, tranquila y desapasionada:
—Llegaréis demasiado tarde. Me parece que yo soy la única que puede hacer algo.
Antes que yo acertase a mover una mano para detenerla, pareció saltar de la ventana al espacio. Me precipité y miré hacia arriba. Con horror la vi colgada, por las manos, del techo y avanzando a sacudidas en dirección de la ventana iluminada.
—¡Dios mío! Se va a matar —grité.
—Olvida usted que es acróbata profesional, Hastings. La Providencia del buen Dios es lo que la ha hecho insistir en acompañarnos esta noche. Sólo ruego que pueda llegar a tiempo. ¡Ah!
Al desaparecer la muchacha por la ventana flotó en las tinieblas de la noche un grito de inmenso terror; luego, en el timbre claro de la voz de Cenicienta, llegaron las palabras:
—¡No! ¡Te he cogido!... Y mis muñecas son de acero.
En el mismo instante Francisca abría cautelosamente la puerta de nuestra prisión. Poirot la apartó sin ceremonia y corrió por el pasillo hasta el lugar en que las otras camareras se habían agrupado, junto a la última puerta.
—Está cerrada por dentro, señor.
Se oyó caer al suelo un cuerpo pesado. Un momento más tarde giraba la llave en la cerradura y se abría la puerta lentamente. Cenicienta, muy pálida, nos indicó que entrásemos.
—¿Salvada? —preguntó Poirot.
—Sí. He llegado en el último momento. Estaba agotada.
Madame Renauld, medio sentada y medio echada en el lecho, luchaba por recobrar la respiración.
—Casi me había estrangulado —murmuró penosamente.
La joven recogió algo del suelo y se lo entregó a Poirot. Era una escala de cuerda de seda arrollada. Muy delgada, pero muy resistente.
—Para escaparse —dijo Poirot— por la ventana mientras nosotros aporreábamos la puerta. ¿Dónde está... la otra?
La muchacha se hizo a un lado y señaló. En el suelo yacía una figura envuelta en una tela oscura, uno de cuyos pliegues le cubría la cara.
—¿Muerta?
La joven hizo una seña afirmativa.
—Así lo creo. La cabeza debe de haber dado contra el mármol de la chimenea.
—Pero ¿quién es? —exclamé yo.
—La que asesinó a Renauld, Hastings; y la que estaba asesinando a madame Renauld.
Curioso y sin comprender aún, me arrodillé y, levantando el pliegue del paño, vi ¡el rostro bello y muerto de Marta Daubreuil!



CAPITULO VEINTIOCHO


EL TÉRMINO DE LA JORNADA


Son algo confusos mis recuerdos relativos a los acontecimientos subsiguientes de aquella noche. Poirot parecía sordo para mis repetidas preguntas. Estaba ocupado en anonadar a Francisca con sus reproches por no haberle avisado que madame Renauld había cambiado de dormitorio.
Le cogí por el hombro, decidido a atraer su atención.
—Pero usted debía de saber esto —alegué—. Usted fue acompañado arriba para verla esta tarde.
Poirot se dignó prestarme su atención por un breve instante.
—La habían llevado en un sillón de ruedas al sofá de la habitación central, su boudoir —explicó.
—Pero, señor —exclamó Francisca—. ¡La señora cambió de habitación casi inmediatamente después del crimen! ¡Los recuerdos... le daban mucha pena!
—Entonces, ¿por qué no me lo dijeron? —vociferó Poirot, dando manotazos sobre la mesa y excitándose él mismo hasta alcanzar un enojo de mil demonios—. Pregunto: ¿por-qué-no-me-lo-dijeron? Es usted una vieja completamente imbécil. Y Leonia y Dionisia no valen más. ¡Todas ustedes son triples idiotas! Su estupidez ha estado a punto de causar la muerte de su ama. A no ser por esta valerosa niña...
Se interrumpió y, cruzando la habitación hasta el lugar en que estaba la muchacha inclinada para atender a madame Renauld, la besó con fervor galo (lo que no dejó de disgustarme un poco).
Me despertó de mi aturdimiento una orden seca de Poirot para que fuese inmediatamente a buscar al médico, a fin de que reconociese a madame Renauld. Después de esto podría ir a llamar a la Policía. Y añadió, para completar mi fastidio:
—Casi no vale la pena de que vuelva aquí. Yo estaré demasiado ocupado para atenderla, y a esta señorita voy a nombrarla enfermera.
Me retiré con tanta dignidad como me fue posible asumir. Cumplidos mis encargos, volví al hotel. De cuanto había ocurrido, comprendía poco más que nada. Los acontecimientos de aquella noche parecían fantásticos e imposibles. Nadie contestaba mis preguntas. Nadie parecía oírlas. Irritado, me eché en la cama y dormí el sueño de las personas aturdidas y completamente agotadas.
Al despertarme vi que entraba el sol por las ventanas abiertas y que Poirot, limpio y sonriente, se había sentado al lado del lecho.
—¡Por fin se despierta usted! ¡Es usted un grandísimo dormilón, Hastings! ¿Sabe que son cerca de las once? Gimiendo, me llevé una mano a la cabeza.
—Debo de haber estado soñando —dije—. ¿Sabe usted que he soñado que habíamos encontrado el cadáver de Marta Daubreuil en la habitación de madame Renauld, y que usted declaraba que había asesinado a monsieur Renauld?
—No ha soñado usted. Todo esto es verdad.
—Pero ¿no fue Bella Duveen quien mató a Renauld?
—¡Oh, no, Hastings, no fue ella! Verdad que dijo que le había matado...; pero esto fue para salvar de la guillotina al hombre a quien amaba.
—¡Cómo!
—Recuerde lo que contó Jack. Los dos llegaron al lugar del crimen en el mismo instante, y cada uno dio por cierto que el otro lo había cometido. Ella le mira a él con horror, lanza un grito y echa a correr. Pero cuando sabe que está acusado como autor del crimen, no puede soportarlo y se presenta y se acusa a sí misma para salvarle de una muerte cierta.
Poirot se recostó en su silla y juntó las puntas de los dedos en un estilo familiar.
—El caso no me pareció enteramente satisfactorio —observó juiciosamente—. Estuve siempre bajo una fuerte impresión de que nos hallábamos ante un crimen premeditado y cometido a sangre fría por alguien que (con mucha habilidad) se había contentado con utilizar los propios planes de Renauld para despistar a la Policía. El gran criminal (como, quizá, recuerde que lo observé una vez) es siempre supremamente ingenuo.
Hice una seña afirmativa.
—Ahora bien: para sostener esta hipótesis, el criminal debía tener un conocimiento completo de los planes de Renauld. Esto nos lleva a madame Renauld. Pero los hechos desmienten la suposición de su culpabilidad. ¿Hay alguien más que pudiera conocerlos? Sí. Con sus propios labios admitió Marta que había oído la disputa de Renauld con el vagabundo. Si podía oír esto, no hay razón para que no hubiese oído otra cosa cualquiera, especialmente si Renauld y su mujer cometieron la imprudencia de ir a sentarse en aquel banco para discutir sus planes. Recuerde con qué facilidad oyó usted desde aquel lugar una conversación entre Marta y Jack Renauld.
—Pero ¿qué posible motivo tenía Marta para asesinar a Renauld? —le pregunté.
—¡Qué motivo! ¡El dinero! Renauld era varias veces millonario, y a su muerte (o así lo creían ella y Jack), la mitad de su gran fortuna tenía que pasar a su hijo. Vamos a reconstruir la escena desde el punto de vista de Marta Daubreuil. Marta Daubreuil oye lo que hablan Renauld y su mujer. Hasta ahora, Renauld ha sido una bonita fuente de ingresos para las Daubreuil, madre e hija, pero ahora se propone libertarse de sus redes. Es posible que, al principio, la idea de ella fuese sólo evitar que se les escapase. Pero a ésta sigue otra idea más atrevida, ¡y que no alcanza a horrorizar a la hija de Jane Beroldy! En aquel momento, Renauld es un obstáculo inexorable en el camino de su matrimonio con Jack. Si éste desafía a su padre, quedará reducido a la pobreza..., lo que no entra en modo alguno en los proyectos de Marta. En realidad, dudo de que Marta haya sentido nunca el menor afecto por Jack Renauld. Sabe simular la emoción, pero lo cierto es que pertenece al mismo tipo frío y calculador de su madre. Dudo también de que estuviese muy segura de su dominio sobre los sentimientos del muchacho. Le había deslumbrado y cautivado; pero, separada de él, como tan fácilmente podía procurarlo su padre, podría perderle. En cambio, muerto Renauld y heredero Jack de la mitad de sus millones, el matrimonio se celebraría en seguida y ella alcanzaría de una vez la riqueza... y no los miserables millares que habían sido extraídos hasta entonces. Y su hábil cerebro adopta el sencillo plan. Todo será fácil. Renauld está disponiendo todas las circunstancias de su propia muerte..., a ella le bastará adelantarse en el momento oportuno y convertir la farsa en una triste realidad. Y llega ahora el segundo punto que me ha conducido infaliblemente a Marta Daubreuil: ¡la daga! Jack Renauld había hecho fabricar tres recuerdos. Uno se lo dio a su madre; otro, a Bella Duveen... ¿No era muy probable que hubiese dado el tercero a Marta Daubreuil? Así, pues, resumiendo, hay cuatro puntos que considerar contra Marta Daubreuil: Primero, Marta Daubreuil pudo haber oído los planes de Renauld. Segundo, Marta Daubreuil estaba dilectamente interesada en la muerte de Renauld. Tercero, Marta Daubreuil era hija de la célebre madame Beroldy, que, en mi opinión, fue moral y virtualmente la autora del asesinato de su marido, aunque pudo ser George Conneau quien descargó el golpe efectivo. Cuarto, Marta Daubreuil era la única persona, aparte de Jack Renauld, en cuya posesión era probable que estuviese la tercera daga.
Poirot se detuvo y aclaró la voz.
—Por supuesto, cuando tuve noticia de la existencia de la otra muchacha, Bella Duveen, me di cuenta de que era perfectamente posible que fuese ella la autora de la muerte de Renauld. Esta solución no me gustaba mucho, porque, corno ya se lo indiqué a usted, Hastings, a un perito como lo soy yo le gusta encontrar un antagonista digno de su acero. No obstante, uno debe tornar los crímenes tal como los encuentra, no tal como quisiera encontrarlos. No parecía muy probable que Bella Duveen vagase por allí con un cortapapeles «recuerdo» en la mano; pero, naturalmente, podía haber tenido siempre la idea de vengarse de Jack Renauld. Cuando se presentó confesando el asesinato todo parecía haber terminado. Y, no obstante, yo no estaba satisfecho, amigo mío. No estaba satisfecho. Repasé el caso minuciosamente, y llegué a la misma conclusión. Si no era Bella Duveen, la única persona que podía haber cometido el crimen era Marta Daubreuil. Pero ¡no tenía una sola prueba contra ella! Y entonces me mostró usted esa carta de Dulce y vi una posibilidad de dejar el asunto resuelto de una vez. La primera daga había sido robada por Dulce Duveen y echada al mar..., ya que, como ella lo creía, pertenecía a su hermana. Pero si, por una casualidad, no era la de su hermana, sino la regalada por Jack a Marta, ¡la de Bella Duveen debía continuar intacta! No le dije a usted una palabra, Hastings (no era el momento adecuado para novelar); pero busqué a Dulce, le dije tanto como me pareció necesario, y le encargué que registrase los enseres de su hermana. ¡Imagine mi alegría cuando vino a buscarme (según mis instrucciones) bajo el nombre de miss Robinson, con el precioso recuerdo en sus manos! Entre tanto, yo había dado mis pasos para obligar a Marta a que saliese a la superficie. Por orden mía, madame Renauld repudió a su hijo y declaró su intención de otorgar al día siguiente un testamento que le privaría para siempre de recibir parte alguna de la fortuna de su padre. Era un recurso desesperado, pero necesario, y madame Renauld se mostró dispuesta a correr el riesgo..., aunque, por desgracia, también ella se olvidó de hacer mención de su cambio de dormitorio. Supongo que dio por entendido que yo lo conocía. Todo sucedió como yo lo había pensado. Marta Daubreuil hizo una última y atrevida tentativa para coger los millones de Renauld... ¡y fracasó!
—Lo que no puedo comprender en absoluto —objeté— es cómo pudo meterse en la casa sin que la viéramos nosotros. Parece un verdadero milagro. La dejamos en Villa Marguerite; luego vamos directamente a Villa Geneviéve... ¡y allí estaba antes que nosotros!
—¡Ah!, pero es que no la dejamos en Villa Marguerite. Había salido de allí por la puerta posterior mientras nosotros hablábamos con su madre en el vestíbulo. ¡Aquí es donde se lució a costa de Hércules Poirot, como dirían los americanos?
—Pero ¿y la sombra tras la cortina? La vimos desde la carretera.
—Bueno; cuando miramos allí, madame Daubreuil había tenido el tiempo justo de correr arriba y ocupar su sitio.
—¿Madame Daubreuil?
—Sí. Una es madura y la otra es joven; una es morena y la otra es rubia; pero, para los efectos de una silueta sobre la cortina, los perfiles son muy parecidos. Yo mismo pensé (¡como un gran imbécil!, imaginando que tenía tiempo de sobra) que no intentaría penetrar en la villa hasta mucho más tarde. No le faltaban sesos a esta hermosa Marta.
—¿Y su objeto era asesinar a madame Renauld?
—Sí. Toda la fortuna pasaba entonces al hijo. Pero esto hubiera sido un suicidio, amigo mío. En el suelo, junto al cuerpo de Marta Daubreuil, encontré una almohadilla, un frasco de cloroformo y una jeringuilla hipodérmica con una dosis fatal de morfina. ¿Comprende? Primero, el cloroformo...; luego, cuando la víctima esté inconsciente, el pinchazo con la aguja. Por la mañana, el olor del cloroformo ha desaparecido por completo, y la jeringuilla está donde se ha caído de la mano de madame Renauld. ¿Qué hubiera dicho el excelente Hautet? «¡Pobre mujer! ¿Qué les dije a ustedes? ¡La emoción de su alegría fue demasiado, encima de todo lo demás! ¿No les dije que no me sorprendería que su cerebro quedase desequilibrado? ¡Todo él es verdaderamente trágico, este caso Renauld!» No obstante, Hastings, las cosas no pasaron enteramente como las había planeado Marta. Para empezar, madame Renauld estaba despierta y esperándola. Hay una lucha. Pero madame Renauld está aún terriblemente débil. Hay una última probabilidad para Marta Daubreuil. Hay que desechar la idea del suicidio; pero si puede imponer silencio a madame Renauld con sus fuertes manos, escapar con su escala de seda mientras golpeamos la puerta lejana, y regresar a Villa Marguerite antes que nosotros volvamos allí, sería difícil probar nada contra ella. Sólo que iba a recibir un jaque mate, no de Hércules Poirot, sino de la pequeña acróbata de las muñecas de acero.
Reflexioné sobre toda la historia.
—¿Cuándo empezó usted a sospechar de Marta Daubreuil, Poirot? ¿Cuando nos dijo que había oído la riña en el jardín?
Poirot sonrió.
—Amigo mío: ¿recuerda el día en que llegamos a Merlinville? ¿Y la hermosa muchacha que vimos de pie junto a la puerta? Usted me preguntó si no había advertido la presencia de una joven diosa, y yo le contesté que sólo había visto una muchacha con ojos acongojados. Ésta es la razón de que haya pensado en Marta Daubreuil desde el principio. ¡La muchacha de ojos acongojados! ¿Por qué estaba acongojada? No a causa de Jack Renauld, pues no sabía entonces que había estado en Merlinville la noche anterior.
—A propósito —exclamé—, ¿cómo está Jack Renauld?
—Mucho mejor. Continúa en Villa Marguerite todavía. Pero madame Daubreuil ha desaparecido. La Policía anda buscándola.
—¿Cree usted que iba de acuerdo en todo con su hija?
—Nunca lo sabremos. Esta señora es una dama que sabe guardar sus secretos. Y mucho dudo de que llegue la Policía a encontrarla.
—¿Se lo ha... comunicado ya a Jack Renauld?
—Todavía no.
—Será una impresión terrible para él.
—Naturalmente. Y, sin embargo, ¿sabe usted, Hastings, que dudo de que su corazón estuviese seriamente prendado? Hasta ahora, hemos mirado a Bella como a una sirena, y a Marta Daubreuil como a la mujer que realmente amaba. Pero creo que invirtiendo estos términos nos acercamos más a la verdad. Marta Daubreuil era muy hermosa. Se propuso fascinar a Jack y lo consiguió; pero recuerde su curiosa resistencia a romper con la otra muchacha. Y observe qué dispuesto estaba a ir a la guillotina antes que comprometerla. Tengo una pequeña idea de que, cuando conozca la verdad, quedará horrorizado, trastornado..., y que su falso amor se desvanecerá.
—¿Y qué hay de Giraud?
—Éste, ¡ha tenido una rabieta! Se ha visto obligado a volver a París.


Poirot resultó un verdadero profeta. Cuando, por fin, el médico declaró que Jack Renauld estaba bastante fuerte para oír la verdad, él se la comunicó. La impresión fue realmente tremenda. No obstante, se repuso mejor de lo que yo hubiera supuesto posible. El afecto de su madre le ayudó a pasar aquel trance difícil. La madre y el hijo son ahora inseparables.
Quedaba otra revelación que hacer. Poirot le había comunicado a madame Renauld que conocía su secreto, y le había hecho ver que Jack no debía ignorar el pasado de su padre.
—¡Ocultar la verdad nunca da buen resultado, señora! Sea valiente y dígaselo todo.
Con gran tristeza en el corazón, madame Renauld consintió, y supo su hijo que el padre que había amado había sido, en realidad, un fugitivo de la Justicia. Una pregunta embarazosa fue contestada prestamente por Poirot.
—Tranquilícese, Jack. El mundo no sabe nada. Hasta donde yo puedo comprender, no tengo la obligación de revelar nada a la Policía. En todo el curso del caso he actuado no para ella, sino para su padre. La Justicia le alcanzó, por fin; pero nadie necesita saber que él y George Conneau eran la misma persona.
Había, por supuesto, en el caso varios puntos que dejaron perpleja a la Policía; pero Poirot explicó las cosas de un modo tan plausible que, paso a paso, fue cesando toda investigación acerca de los mismos.
Poco después volvimos a Londres. Sobre la chimenea de casa de Poirot advertí la presencia de un espléndido modelo de sabueso. En contestación a mi mirada interrogante, Poirot afirmó con la cabeza.
—Sí, señor. He recibido mis quinientos francos. ¿No es magnífico? Le llamo Giraud.
A los pocos días vino a vernos Jack Renauld.
—Monsieur Poirot, he venido a despedirme. Salgo para América del Sur inmediatamente. Mi padre tenía vastos intereses en el Continente y me propongo comenzar allí una nueva vida.
—¿Se va usted solo, Jack?
—Viene mi madre conmigo..., y conservaré a Stonor como secretario. Le gustan las regiones remotas del mundo.
—¿Nadie más va con ustedes?
Jack se sonrojó.
—¿Se refiere a...?
—A una joven que le quiere a usted profundamente..., que ha estado dispuesta a dar su vida por usted.
—¿Cómo puedo pedírselo? —murmuró el muchacho—. Después de todo lo que ha pasado, ¿puedo ir a encontrarla y...? ¡Oh, qué clase de triste historia podría contarle!
—Las mujeres tienen un genio maravilloso para fabricar muletas para este género de historias.
—Sí, pero... ¡he sido tan condenadamente loco!
—Todos lo hemos sido, una vez u otra —observó Poirot filosóficamente.
—Hay algo más. Soy el hijo de mi padre. ¿Se casaría nadie conmigo sabiendo esto?
—Dice usted que es el hijo de su padre. Hastings, aquí presente, le dirá que yo creo en la herencia...
—Pues ¿entonces...?
—Aguarde. Conozco a una mujer, una mujer valiente y sufrida, capaz de un gran afecto, de un supremo sacrificio personal...
El muchacho levantó la mirada. Sus ojos se enternecieron.
—¡Mi madre!
—Sí. Usted es hijo de su madre tanto como de su padre. Vaya a ver a Bella. Dígaselo todo. No le oculte nada... ¡y ya verá lo que ella le dice!
Jack parecía irresoluto.
—Vaya a verla, no ya como un niño, sino como un hombre..., como un hombre inclinado bajo el Destino del pasado y del presente, pero que mira hacia adelante, hacia una vida nueva y maravillosa. Pídale que la comparta con usted. Usted puede no darse cuenta de ello, pero el amor del uno por el otro ha sido sometido a la prueba del fuego y ha salido intacto de esta prueba.


¿Y qué más hay del capitán Arthur Hastings, humilde cronista de estas páginas?
Se ha hablado algo sobre ir a reunirse con los Renauld, en un rancho, al otro lado del Océano, pero para el final de esta historia prefiero volver a una mañana en el jardín de Villa Geneviéve.
—No puedo llamarte Bella —dije yo—, puesto que éste no es tu nombre. Y Dulce parece poco familiar. Por tanto, tendrá que ser Cenicienta. Recordarás que Cenicienta se casó con el Príncipe. Yo no soy príncipe, pero...
Ella me interrumpió:
—Cenicienta le previno; estoy segura. Ya lo ves, no podría prometer convertirse en princesa. Después de todo, no era más que una pequeña fregona...
—Ahora le toca al Príncipe el turno para interrumpir —observé—. ¿Sabes lo que dijo? «¡Demonio!..., dijo el Príncipe, ¡y la besó!»
Y uní la acción a la palabra.


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