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jueves, 16 de mayo de 2013

El caso de la mujer rica - Agatha Christie





 

El caso de la mujer rica


Agatha Christie




A mister Parker Pyne le fue comunicado el nombre de Mrs. Abner Rymer. Lo conocía ya y levantó las cejas.
En aquel momento, su cliente fue introducida en el despacho.
Mrs. Rymer era una mujer alta, de huesos grandes. Tenía una figura desgarbada y ni el vestido de terciopelo ni el grueso abrigo de pieles disimulaban este hecho. Los nudillos de sus grandes manos eran abultados. Tenía la cara ancha y subida de color. Llevaba el cabello negro peinado a la moda y su sombrero ostentaba muchas puntas rizadas de plumas de avestruz.
Se dejó caer en una silla con una inclinación de cabeza.
—Buenos días —dijo con voz áspera—. Si ha de serme útil usted para algo, ¡me hará el favor de decirme cómo puedo gastar el dinero!
—He aquí una pregunta original —murmuró mister Parker Pyne—. Pocas personas la hacen en estos tiempos. ¿Significa que a usted eso le resulta difícil, Mrs. Rymer?
—Sí, me lo resulta —afirmó la dama bruscamente—. Tengo cuatro abrigos de pieles, un montón de vestidos de París y cosas por el estilo. Tengo un coche y una casa en Park Lane. Tengo un yate, pero no me gusta el mar. Tengo toda una tropa de esos criados de alta escuela que le miran a una por encima del hombro. He viajado un poco, he visitado países extranjeros. Y que me condenen si se me ocurre alguna otra cosa que comprar o hacer —y dirigió a mister Parker Pyne una mirada de esperanza.
—Hay hospitales —dijo éste.
—¡Cómo! ¿Quiere decir que regale el dinero? ¡No, eso no me sirve! Permítame que le diga que ese dinero se ganó trabajando, trabajando de verdad. Si se figura que voy a regalarlo como si fuera un montón de basura, bueno, está equivocado. Quiero gastarlo, gastarlo y que me haga algún provecho. Pues bien: si tiene usted alguna idea que valga la pena para conseguirlo, puede contar con una buena retribución.
—Su proposición me interesa —dijo mister Parker Pyne—, pero no ha mencionado usted ninguna casa en el campo.
—La olvidé, pero tengo una. Allí me muero de aburrimiento.
—Debe decirme algo más sobre usted misma. Su problema no es fácil de resolver.
—Se lo diré de buen grado. No me avergüenzo de mi origen. Trabajé en el campo, en una casa de labor, cuando era una muchacha. Y trabajé de firme. Luego me enamoré de Abner, que trabajaba en un molino cercano. Me cortejó durante ocho años y después nos casamos.
—¿Y fueron ustedes felices?
—Yo sí lo fui. Abner era bueno para mí. Pero tuvimos que luchar para vivir. Él se quedó dos veces sin trabajo y entretanto iban viniendo los hijos. Tuvimos cuatro: tres niños y una niña. Y ninguno de ellos llegó a hacerse mayor. Me atrevo a decir que hubiera sido diferente si hubiesen vivido —Sus facciones se dulcificaron y de pronto pareció más joven.
»Abner tenía el pecho delicado. No le dejaron alistarse para la guerra. Prosperó en la granja. Le hicieron capataz. Abner era un hombre listo. Ideó un nuevo método para trabajar. Debo decir que lo trataron bien: le dieron una buena suma por él. Empleó este dinero en sacar adelante otra idea suya. Ésta trajo más dinero. Llegó a ser el patrón y a emplear a sus propios trabajadores. Compró dos negocios que estaban en quiebra y volvió a ponerlos en marcha. Lo demás fue fácil. El dinero continuó entrando y aún entra.
«Tenga en cuenta que, al principio, eso fue muy divertido. Tener una casa, un cuarto de baño de primera clase y criados. No había ya que guisar ni fregar ni lavar. Tan sólo sentarse en los almohadones de seda y tocar el timbre para que sirvieran el té... ¡como lo haría cualquier condesa! Era muy divertido y lo disfrutamos. Y luego vinimos a Londres. Encargué mi ropa a los mejores modistos. Fuimos a París y a la Riviera. Era muy divertido.
—¿Y después?
—Después supongo que me acostumbré a esto —dijo Mrs. Rymer—. Al cabo de poco tiempo ya me pareció menos divertido. Había días en que ni sabíamos lo que queríamos comer... ¡nosotros que podíamos elegir el plato que nos apeteciese más! En cuanto a los baños... bueno, al final un baño diario es suficiente para cualquiera. Y Abner empezó a inquietarse por su salud. Gastamos mucho dinero en médicos, pero no podían hacer nada. Probaron diferentes métodos. Era inútil. Murió —y se detuvo un momento—. Era todavía joven: tenía sólo cuarenta y tres años.
Mister Pyne hizo un gesto afirmativo, de simpatía.
—Han pasado cinco años desde entonces. El dinero continúa entrando. Parece un despilfarro no poder hacer nada con él. Pero, como ya le he dicho, no puedo pensar en comprar nada que no tenga ya de sobras repetido.
—En otras palabras —dijo mister Pyne—, su vida es aburrida. No la disfruta usted.
—Me da asco —continuó Mrs. Rymer tristemente—. No tengo amigos. Los nuevos sólo buscan mi dinero y se ríen de mí a mis espaldas. Los antiguos no quieren tener nada que ver conmigo. Se sienten avergonzados al verme usar el automóvil. ¿Puede hacer o proponerme algo?
—Es posible que pueda —dijo mister Pyne lentamente—. Esto será difícil, pero creo que hay una probabilidad de éxito. Es posible que pueda devolverle lo que ha perdido: su interés por la vida.
—¿Cómo? —preguntó Mrs. Rymer rápida y bruscamente.
—Éste —dijo mister Parker Pyne— es mi secreto profesional. Nunca revelo mis métodos de antemano. El caso es: ¿quiere usted probar suerte? No garantizo el éxito, pero sí creo que hay una probabilidad razonable de alcanzarlo.
—¿Y cuánto costará esto?
—Tendré que adoptar métodos desacostumbrados. Por lo tanto, serán caros. Le pediré a usted mil libras pagadas por adelantado.
—Sabe usted pedir, ¿no es verdad? —dijo Mrs. Rymer, sopesando aquellas palabras—. Bien: me arriesgaré. Estoy acostumbrada a pagar los precios más caros. Sólo que, cuando pago por una cosa, sé ocuparme de conseguirla.
—La tendrá usted —dijo mister Parker Pyne—. No tema.
—Le enviaré el cheque esta tarde —dijo Mrs. Rymer levantándose—. No estoy segura de saber por qué confío en usted. Dicen que los tontos y su dinero se separan pronto. Y me atrevo a decir que soy una tonta. ¡Y usted se atreve a anunciar en todos los periódicos que puede hacer felices a las personas!
—Esos anuncios me cuestan dinero —dijo mister Pyne—. Si yo no pudiese cumplir mi palabra, malgastaría ese dinero.
»Yo sé qué es lo que causa la infelicidad y, en consecuencia, tengo una idea clara de lo que se requiere para producir el estado opuesto.
Mrs. Rymer movió la cabeza con expresión de duda y salió, dejando tras ella una nube formada por una mezcla de perfumes caros.
Entró en el despacho el atractivo Claude Lutrell.
—¿Hay algo para mí?
—El caso no es sencillo —dijo—. No, se trata de un caso difícil. Me temo que tendremos que correr algunos riesgos. Tendremos que intentar algo fuera de lo normal.
—¿Es cosa de Mrs. Oliver?
Mister Pyne sonrió a la mención de aquella novelista de fama mundial.
—Mrs. Oliver —dijo— es, en realidad, la menos adecuada para el caso de todos nosotros. Estoy pensando en un golpe atrevido y audaz. A propósito: ¿podría telefonear al doctor Antrobus?
—¿A Antrobus?
—Sí, necesitamos sus servicios.
Pasó una semana antes de que Mrs. Rymer volviese al despacho de mister Parker Pyne. Éste se puso en pie para recibirla.
—Le aseguro a usted que este aplazamiento ha sido necesario —dijo él—. Se han tenido que preparar muchas cosas y tenía que asegurarme los servicios de un hombre excepcional que ha atravesado con ese objeto media Europa.
Mister Parker Pyne tocó un botón. Entró una joven morena, de aspecto oriental, pero vestida con el blanco uniforme de las enfermeras europeas.
—¿Está todo dispuesto, enfermera De Sara?
—Sí, el doctor Constantine espera.
—¿Qué van ustedes a hacer? —preguntó Mrs. Rymer con un deje que inquietud.
—Vamos a presentarle a usted a un mago oriental, mi querida señora.
Mrs. Rymer siguió a la enfermera al piso inmediato. Allí fue introducida en una habitación que no tenía semejanza alguna con el resto de la casa.
Las paredes estaban cubiertas de bordados orientales. Había allí divanes con suaves almohadones y hermosas alfombras en el suelo. Sobre una cafetera se veía a un hombre levemente inclinado, que se incorporó al enderezó al entrar ella.
—El doctor Constantine —dijo la enfermera.
El doctor vestía a la europea, pero tenía el rostro muy moreno y los ojos oblicuos, de mirada penetrante.
—Así que es usted mi paciente —preguntó en un tono bajo y vibrante.
—Yo no soy una paciente —dijo Mrs. Rymer.
—Su cuerpo no está enfermo —replicó el doctor—, pero su alma está hastiada. Nosotros, los orientales, sabemos curar esa enfermedad. Siéntese y beba una taza de café.
Mrs. Rymer se sentó y aceptó una tacita de la aromática infusión. Mientras la sorbía, el doctor continuó hablando.
—Aquí, en Occidente, tratan solamente el cuerpo. Un error. El cuerpo no es más que un instrumento. En él se ejecuta una melodía. Puede ser una melodía triste, tediosa. Puede ser una melodía deliciosa. Ésta es la que voy a darle. Usted tiene dinero. Lo gastará disfrutándolo. Para usted, la vida volverá a merecer ser vivida. Esto es fácil... fácil... muy fácil...
A Mrs. Rymer la inundó una sensación de languidez. Las figuras del doctor y de la enfermera se hicieron borrosas. Se sentía beatíficamente feliz y muy soñolienta. La figura del doctor creció. Todo el mundo parecía estar creciendo.
El doctor la miró a los ojos.
—Duerma —estaba diciéndole—. Duerma. Sus párpados se cierran. Pronto se quedará dormida. Y dormirá... dormirá...
Los párpados de Mrs. Rymer se cerraron. Y se encontró flotando en un mundo grande y maravilloso.
Cuando sus ojos se abrieron, le pareció que había pasado mucho tiempo. Recordaba vagamente varias cosas: sueños extraños, imposibles... luego, la sensación de despertarse, luego, más sueños. Recordaba algo relativo a un coche y a una muchacha morena y hermosa, con uniforme de enfermera, que se inclinaba sobre ella.
Fuera como fuese, ahora estaba bien despierta y en su propia cama.
Sólo que ¿era su casa? Le parecía diferente. Se diría que ésa no era la deliciosa blandura de su lecho acostumbrado. Era un lecho que, vagamente, le recordaba otros tiempos casi olvidados. Hizo un movimiento y el lecho crujió. La cama de Mrs. Rymer no crujía nunca.
Miró a su alrededor. Decididamente, aquello no era Park Lane. ¿Era un hospital? No, se dijo, no era un hospital. Ni tampoco un hotel. Era una habitación desnuda y las paredes eran de un incierto color lila. Había un lavabo de pino con un jarro y una palangana. Había una cómoda de pino y un delgado baúl. Había prendas de vestir desconocidas para ella, fijas en sus colgadores. Había una cama con una colcha llena de remiendos, y en ésta se encontraba echada no muy cómodamente.
—¿Dónde estoy? —dijo Mrs. Rymer.
La puerta se abrió y entró una mujercita regordeta. Tenía las mejillas coloradas y una expresión de buen humor. Iba arremangada y llevaba un delantal.
—¡Vaya! —exclamó—. Se ha despertado. Entre, doctor.
Mrs. Rymer abrió la boca para decir varias cosas, pero no las dijo, pues el hombre que había entrado en la habitación tras la mujer regordeta no se parecía en lo más mínimo al elegante y moreno doctor Constantine. Era un hombre de edad, encorvado y que miraba a través de unas gafas de gruesos cristales.
—Esto va mejor —dijo, acercándose a la cama y cogiendo la muñeca de Mrs. Rymer—. Pronto estará usted mejor, querida.
—¿Qué he tenido? —preguntó Mrs. Rymer.
—Ha tenido una especie de ataque —contestó el doctor—. Ha estado sin conocimiento durante uno o dos días. Nada que deba inquietarla.
—Nos has dado un buen susto, Hannah —dijo la mujer gorda—. También has delirado y has dicho las cosas más raras.
—Sí, sí, Mrs. Gardner —dijo el doctor conteniéndola—. Pero no debemos excitar a la paciente. Pronto podrá levantarse y andar por ahí, querida.
—Y no te preocupes por el trabajo, Hannah —dijo Mrs. Gardner—. Mrs. Roberts ha venido a ayudarme y todo ha ido perfectamente. Tú limítate a descansar y ponte bien, querida.
—¿Por qué me llama Hannah? —dijo Mrs. Rymer.
—Pero si ése es tu nombre... —contestó Mrs. Gardner asombrada.
—No, no lo es. Mi nombre es Amelia Rymer. Señora de Abner Rymer.
El médico y Mrs. Gardner cambiaron una mirada.
—Bien, descansa, descansa tranquila—dijo Mrs. Gardner.
—Sí, sí, y no se inquiete —añadió el doctor.
Y se retiraron. Mrs. Rymer estaba desconcertada. ¿Por qué la habían llamado Hannah y por qué habían cambiado aquella mirada de divertida incredulidad al darles ella su nombre? ¿Dónde estaba y qué había ocurrido?
Saltó fuera de la cama. Se sentía algo insegura sobre las piernas. Caminó despacio hasta la pequeña ventana y miró fuera, viendo... ¡el patio de una granja! Completamente ofuscada, volvió a la cama. ¿Qué estaba haciendo en una granja que nunca había visto?
Mrs. Gardner entró de nuevo con un bol de sopa sobre una bandeja. Mrs. Rymer empezó sus preguntas:
—¿Qué estoy haciendo en esta casa? ¿Quién me ha traído aquí?
—Nadie te ha traído, querida. Ésta es tu casa. Por lo menos, hace cinco años que vives aquí... y yo sin sospechar que eras propensa a sufrir ataques.
—¿Que vivo aquí? ¿Desde hace cinco años?
—Esto mismo. Pero Hannah, ¿no vas a decirme que no recuerdas esto?
—¡Yo no he vivido nunca aquí! ¡Y nunca la había visto a usted!
—Ya lo ves. Has tenido esta enfermedad y has perdido la memoria.
—Yo nunca he vivido aquí.
—Vaya si has vivido, querida. —De pronto, Mrs. Gardner corrió a la cómoda y le trajo a Mrs. Rymer una fotografía descolorida, colocada en un marco.
Representaba un grupo de cuatro personas: un hombre con barba, una mujer gruesa (Mrs. Gardner), un hombre alto y flaco con una sonrisa tímida y agradable, y alguien con un vestido estampado y un delantal... ¡ella misma!
Estupefacta, Mrs. Rymer fijó la vista en la fotografía. Mrs. Gardner dejó la sopa a su lado y salió con calma de la habitación.
Mrs. Rymer empezó a tomarla maquinalmente. Era una buena sopa, sustanciosa y caliente. Y entretanto, sus pensamientos se agitaban como en un torbellino. ¿Quien era la que estaba loca? ¿Mrs. Gardner o ella? ¡Una de las dos debía estarlo? Pero estaba, además, el médico.
—Yo soy Amelia Rymer —dijo con firmeza—. Yo sé que soy Amelia Rymer y que nadie me diga lo contrario.
Había terminado la sopa y dejó el bol en la bandeja. Vio entonces un periódico doblado, lo cogió y miró la fecha: 19 de octubre. ¿Qué día había ido al despacho de mister Parker Pyne? El 15 o 16. Por lo tanto, debía haber estado enferma tres días.
—¡Ese pillo del doctor! —dijo Mrs. Rymer encolerizada.
Fuese como fuese, estaba sintiendo un ligero consuelo. Había oído hablar de casos en los que
las personas habían olvidado quién eran por espacio de años enteros. Y temió que eso pudiera sucederle a ella.
Empezó a volver las páginas del diario, mirando sus columnas perezosamente cuando, de pronto, encontró un párrafo que le llamó la atención:

«Mrs. Rymer, viuda de Abner Rymer, el rey de los "botoncillos", fue trasladada ayer a un sanatorio particular para enfermos mentales. Durante los últimos días ha insistido en declarar que no era ella, sino una muchacha de servicio llamada Hannah Moorhouse.»

—¡Hannah Moorhouse! De modo que es esto —dijo Mrs. Rymer—. Ella soy yo y yo soy ella. Una especie de sustitución, por lo que me imagino. Está bien: ¡pronto le pondré remedio! Si ese gordo hipócrita de Parker Pyne se ha propuesto hacerme alguna jugarreta...
Pero en aquel momento, atrajo su mirada el nombre de Constantine, que resaltaba en la página impresa. Esta vez encabezaba una información:

DECLARACIONES DEL DOCTOR CONSTANTINE


«En una conferencia de despedida que tuvo lugar anoche, víspera de su partida para Japón, el doctor Claudius Constantine expuso algunas teorías sorprendentes. Declaró que era posible probar la existencia del alma mediante la transferencia de la misma de un cuerpo a otro. En el curso de sus experimentos en Oriente, afirmaba haber efectuado con éxito una doble transferencia: que el alma de un cuerpo hipnotizado A fue transferida a un cuerpo hipnotizado B, y el alma de B al cuerpo de A. Al despertarse el sueño hipnótico, A creyó ser B y B creyó que era A.
»Para que el experimento fuese posible fue preciso encontrar a dos personas que tuviesen una gran semejanza física. Dijo que era un hecho indudable que dos personas muy parecidas estaban "en rapport". Esto se advierte más fácilmente en el caso de los hermanos gemelos, pero dos extraños de muy distinta posición social, pero con una notable semejanza en sus rasgos, presentan la misma total armonía de estructura.»

Mrs. Rymer arrojó el diario lejos.
—¡Canalla! ¡Miserable canalla!
Ahora lo veía todo claro. Aquella era una martingala para apoderarse de su dinero. Esa Hannah Moorhouse era un instrumento de mister Pyne, y quizás inocente. Él y ese demonio de Constantine habían dado este golpe fantástico.
¡Pero ella lo descubriría! ¡Ella revelaría lo que había hecho! ¡Le haría procesar! Ella le diría a todo el mundo...
La indignación de Mrs. Rymer se detuvo de repente. Se había acordado del primer párrafo. Hannah Moorhouse no había sido un dócil instrumento. Había protestado, había declarado su individualidad. ¿Y qué había ocurrido?
—¡Encerrada en un manicomio, pobre muchacha! —dijo Mrs. Rymer. Y un estremecimiento le recorrió la espina dorsal.
Un manicomio. Allí la meten a una y no la dejan salir más. Y cuanto más repite que está cuerda, menos la creen. Allí está y allí se queda. No, Mrs. Rymer no iba a exponerse a que le sucediera esto.
La puerta se abrió y entró Mrs. Gardner.
—¡Ah! Ya has tomado la sopa, querida. Muy bien. Muy pronto estarás mejor.
—¿Cuándo me puse enferma? —dijo Mrs. Rymer.
—Déjame ver... Fue hace tres días... el miércoles. Era el 15. Te encontraste mal hacia las cuatro.
—¡Ah! —La exclamación era muy significativa. A las cuatro, precisamente, había llegado Mrs. Rymer ante el doctor Constantine.
—Te caíste de la silla —dijo Mrs. Gardner—. Y dijiste: «¡Oh!», y otra vez «¡Oh!» Y luego, con voz de sueño, dijiste: «Me duermo. Me duermo.» Y dormida te quedaste y te acostamos. Enviamos a buscar al médico y aquí has estado desde entonces.
—Supongo —se aventuró a decir Mrs. Rymer— que no conoce usted ninguna manera de saber quién soy yo, aparte de la cara, quiero decir...
—¡Vaya cosa rara has dicho! —exclamó Mrs. Gardner—. Para saber quién es una persona, ¿qué mejor que su cara? Pero hay también marcas de nacimiento, si esto te satisface más.
—¿Una marca de nacimiento? —preguntó Mrs. Rymer animándose, pues ella no tenía ninguna señal.
—Una señal parecida a una fresa casi tocando por debajo del codo derecho —dijo Mrs. Gardner—. Compruébalo tú misma.
«Así quedará demostrado», se dijo Mrs. Rymer, que sabía que no tenía marca de fresa alguna debajo del codo derecho. Y se arremangó el camisón. La señal de la fresa estaba allí.
Mrs. Rymer prorrumpió en llanto.
Al cabo de cuatro días, dejó la cama. Había imaginado y rechazado varios planes de acción.
Hubiera podido mostrar el párrafo del diario a Mrs. Gardner y al médico, y explicarse. Pero ¿la creerían? Mrs. Rymer estaba segura de que no.
Hubiera podido acudir a la policía. ¿La creerían? Pensó que tampoco le harían caso.
Hubiera podido ir al despacho de mister Pyne. Sin duda esta idea le gustaba más. En primer lugar, tendría la satisfacción de decirle al pícaro gordo lo que pensaba de él. Pero se presentaba un poderoso obstáculo que la disuadía de poner en práctica este plan. Se hallaba en aquel momento en Cornualles (así lo había sabido) y no tenía dinero para el viaje a Londres. Dos chelines y cuatro peniques en un viejo monedero parecían representar su capacidad financiera.
Y de este modo, al cabo de cuatro días, Mrs. Rymer tomó una valiente decisión: ¡De momento, aceptaría las cosas como estaban! Decían que era Hannah Moorhouse. Muy bien, sería Hannah Moorhouse. Por ahora aceptaría ese papel y luego, cuando hubiese ahorrado el dinero suficiente, iría a Londres y le ajustaría las cuentas al estafador en su guarida.
Habiéndolo decidido así, Mrs. Rymer se hizo cargo de su papel con perfecto buen humor y aun con una especie de sardónica diversión. Se repetía la historia. Aquella vida le recordaba su propia adolescencia. ¡Qué lejos le parecía todo aquello!
El trabajo resultaba un poco duro tras aquellos años de existencia suave, pero al cabo de una semana se había acostumbrado a su nueva vida en la granja.
Mrs. Gardner era una mujer bondadosa, de excelente carácter. Su marido, un hombre grande y taciturno, era también bondadoso. El hombre delgado y tímido de la fotografía se había marchado y ocupaba su lugar otro trabajador, un gigante de cuarenta y cinco años, de palabra y pensamientos lentos, pero con un relámpago de cautela en los ojos azules.
Las semanas fueron pasando. Por fin, llegó un día en que Mrs. Rymer tuvo suficiente dinero para pagar su billete a Londres. Pero no se fue. Aplazó el viaje. Pensó que le quedaba tiempo de sobras para hacerlo. No estaba tranquila en lo que se refería a los centros para perturbados mentales. Aquel bandido de Parker Pyne era listo. Haría declarar a algún médico que estaba loca y la mandaría encerrar sin que nadie supiera una palabra.
—Por otra parte —se decía Mrs. Rymer—, cambiar un poco de modo de vida es saludable.
Se levantaba temprano y trabajaba de firme. Joe Welsh, el nuevo mozo de labranza, estaba enfermo
Llegó el invierno y lo cuidaban ella y Mrs. Gardner. Prácticamente, el gigante dependía de ellas.
Llegó la primavera... el tiempo de los corderitos. Había flores silvestres en los vallados y una navidad traidora en el aire. Joe Welsh se acostumbró a ayudar a Hannah en su trabajo. Hannah zurcía la ropa de Joe.
A veces, los domingos, salían juntos a dar un paseo. Joe era viudo. Hacía cuatro años que su mujer había muerto. Y confesaba con franqueza que, desde entonces, solía beber un poco más de lo necesario.
Ahora no iba mucho a la taberna. Se compró algo de ropa nueva. Mister y Mrs. Gardner se reían con sólo mirarlo.
Y Hannah se reía también de Joe. Le gastaba bromas acerca de su aire desgarbado. Pero esto a Joe no le importaba. Parecía vergonzoso, pero contento.
Después de la primavera, llegó el verano... un buen verano, aquel año. Todos trabajaron mucho.
La cosecha había terminado. En los árboles, las hojas se habían vuelto rojizas y doradas.
Un día, el 8 de octubre, al levantar Hannah la vista de la col que estaba cortando, vio que asomaba por encima de la valla la cabeza de mister Parker Pyne.
—¡Usted! —exclamó Hannah, alias Mrs. Rymer—. Usted...
Y necesitó algún tiempo para sacar todo lo que tenía dentro y, cuando lo hubo dicho todo, se quedó desalentada.
Mister Parker Pyne sonrió suavemente.
—Estoy enteramente de acuerdo con usted —dijo.
—¡Un estafador y un embustero, esto es lo que es usted! —exclamó Mrs. Rymer, repitiendo algo que ya había dicho antes—. Usted, con sus Constantines y sus hipnotismos y esa pobre muchacha, Hannah Moorhouse encerrada con... los locos.
—No —contestó mister Parker Pyne—, en esto me juzga usted mal. Hannah Moorhouse no está en ningún manicomio porque Hannah Moorhouse no ha existido nunca.
—¡De verdad! —replicó Mrs. Rymer—. ¿Y qué me dice de la fotografía suya que he visto con mis propios ojos?
—Falsa —dijo Pyne—. Es algo que se arregla fácilmente.
—¿Y la noticia en el periódico sobre ella?
—Todo el periódico estaba falseado para poder incluir en él los dos artículos que, de un modo natural, fueran convincentes. Y lo fueron.
—¡Ese pillo del doctor Constantine...!
—Un nombre falso: adoptado por un amigo mío que tiene aptitudes para interpretar papeles.
Mrs. Rymer dio un resoplido.
—¡Oh! Y supongo que yo tampoco fui hipnotizada...
—Lo cierto es que no lo fue usted. Bebió con el café una preparación de cáñamo indio. Después de ésta, se le administraron otras drogas, fue transportada aquí en un coche y se le dejó que recobrase el conocimiento.
—Entonces, Mrs. Gardner ha participado en esta historia desde el principio...
Mister Parker Pyne hizo un gesto afirmativo.
—¡Untada por usted, supongo! ¡O engañada con un montón de mentiras!
—Mrs. Gardner confía en mí —dijo mister Pyne—. Una vez salvé a su hijo de ser condenado a trabajos forzados.
Había algo en su actitud que impuso silencio a Mrs. Rymer sobre aquel tema.
—¿Y qué me dice de la marca de nacimiento?
—Está borrándose ya —contestó mister Pyne con una sonrisa—. Dentro de seis meses habrá desaparecido por completo.
—¿Y qué objeto tiene toda esta payasada? Ponerme en ridículo, plantarme aquí como una sirvienta... A mí, que tengo todo ese capital en el banco. Pero me figuro que no necesito preguntarlo. Ha estado usted apropiándoselo, canalla.
—Es cierto —dijo mister Parker Pyne— que obtuve de usted, mientras se hallaba bajo el efecto de las drogas, un poder y que durante su... su ausencia me he hecho cargo de la dirección de sus asuntos financieros. Pero puedo asegurarle, mi querida señora, que aparte de aquellas mil libras del principio, no ha entrado en mi bolsillo dinero alguno de usted. En realidad, gracias a algunas inversiones acertadas, su posición financiera ha prosperado —y la miró con radiante expresión.
—Entonces, ¿por qué...? —empezó a decir Mrs. Rymer.
—Voy a hacerle una pregunta, Mrs. Rymer —dijo mister Pyne—: Es usted una mujer franca y sé que me contestará francamente. Voy a preguntarle si es usted feliz.
—¡Feliz! ¡Vaya una pregunta graciosa! Robarle el dinero a una mujer y preguntarle luego si es feliz. ¡Me gusta su descaro!
—Está usted aún enojada —dijo él—. Nada más natural. Pero deje por un momento mis fechorías. Mrs. Rymer: cuando vino a mi despacho, hace un año, era usted una mujer desdichada. ¿Va a decirme que lo es ahora? Si es así, le presento mis excusas y queda usted en libertad de tomar contra mí las medidas que desee. Además, también le reembolsaré las mil libras que me abonó. A ver, Mrs. Rymer, ¿es usted una mujer desdichada?
—No, no soy desdichada —y su voz adquirió un timbre de admiración—. Usted me metió aquí. Reconozco que, desde que murió Abner, no había sido tan feliz como ahora lo soy. Voy... voy a casarme con un hombre que trabaja aquí: Joe Welsh. Nuestras amonestaciones se publicarán el próximo domingo, es decir, iban a publicarse el próximo domingo.
—Pero ahora, por supuesto —dijo mister Pyne—, todo ha cambiado.
Con el rostro encendido, Mrs. Rymer dio un paso hacia delante.
—¿Qué quiere usted decir... con que ha cambiado? ¿Cree que todo el dinero del mundo me convertiría en una dama? Yo no quiero ser una dama, muchas gracias. Son todas un rebaño de inútiles desvalidas. Joe es lo bastante bueno para mí y yo soy lo bastante buena para él. Nos avenimos bien y vamos a ser felices. Y en cuanto a usted, mister Parker, ¡lárguese y no se meta en lo que no le importa!
Mister Parker Pyne sacó del bolsillo un papel y se lo alargó.
—Es el poder para la dirección de sus asuntos -exclamó—. ¿Debo romperlo? Porque entiendo que ahora se encargará usted del control de su fortuna, ¿no es así?
En el rostro de Mrs. Rymer apareció una extraña expresión. Y rechazó el papel diciendo:
—Recójalo. Le he dicho cosas fuertes... y algunas de ellas las merecía. Es usted un hombre espabilado, pero, de todos modos, tengo confianza en usted. Quiero setecientas libras en el banco de esta localidad. Con ellas compraremos el cortijo que nos gusta. Todo lo demás... bueno, como usted indicó, pueden quedárselo los hospitales.
—No puede usted querer decir que entrega toda su fortuna a los hospitales.
—Esto es, precisamente, lo que quiero decir. Joe es un buen muchacho al que quiero, pero es débil de carácter. Déle dinero y será su ruina. Lo he apartado de la bebida y seguiré manteniéndolo apartado. Gracias a Dios, sé lo que pienso. No voy a dejar que el dinero se interponga entre mí y la Felicidad.
—Es usted una mujer notable —dijo Pyne lentamente—. Sólo una entre mil haría lo que hace usted.
—Entonces, sólo una entre mil tiene sentido común —dijo Mrs. Rymer.
—Me descubro delante de usted —añadió mister Parker Pyne, con un timbre de voz desacostumbrado. Levantó el sombrero con solemnidad y se alejó.
—¡Y acuérdese de que Joe no debe saberlo! —dijo aún Mrs. Rymer.
Y permaneció allí teniendo a su espalda el sol poniente, con una gran col verde-azulada en las manos, la cabeza echada hacia atrás y los hombros firmes. Una gran figura de campesina recortada contra el sol que descendía.


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