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viernes, 24 de febrero de 2012

EL MERODEADOR EN LA CIUDAD AL BORDE DEL MUNDO Harlan Ellison




EL MERODEADOR EN LA CIUDAD AL BORDE DEL MUNDO
Harlan Ellison


Ante todo estaba la ciudad; nunca de noche. Lisas paredes reflectantes de metal antiséptico, como un inmenso autoclave. Pura e inmaculada, dominada por un silencio jamás roto por el zumbido visceral de sus engranajes íntimos. La ciudad era autónoma. Los ruidos de pasos resonaban por todos lados, notas sordas y cadenciosas de un instrumento exótico con base de cuero. Los ruidos repercutían hacia su creador como una canción tirolesa lanzada de montaña en montaña. Ruido de invisibles ciudadanos cuya existencia era tan ordenada, higiénica, metálica, como la de la ciudad que habían concebido para que les protegiera en su seno de las embestidas del tiempo. La ciudad era una compleja arteria, sus habitantes eran la helada sangre que se deslizaba por ella. Ambos formaban un todo único Ciudad constantemente brillante, eterna en su concepto, edificada en un desafío de exaltantes formas; la más moderna de todas las estructuras modernas, concebida como una residencia archiperfecta por individuos perfectos. Último logro de todas las investigaciones sociológicas orientadas a la Utopía. Se la había llamado espacio vital, y estaban condenados a vivir en ella, país de ninguna parte, de estética implacable y aséptica.
Nunca de noche.
Nunca en sombras.
…una sombra. Una mancha moviéndose sobre la pureza del metal, arrastrando consigo fragmentos de tela y de tierra arrancados a tumbas cerradas desde hacía innumerables siglos. Una silueta.
Al pasar, tocó una pared gris como el acero de un cañón; sus dedos polvorientos quedaron impresos en ella. Una sombra furtiva avanzando a lo largo de calles antisépticas que se transformaban —a su paso— en oscuros callejones de otros tiempos.
Tenía una vaga conciencia de lo ocurrido. No de una forma precisa, no con muchos detalles; pero era fuerte; era capaz de salir de aquello sin que su mente de paredes frágiles como la cáscara de un huevo estallara. No veía ningún lugar, en la brillante estructura en que se hallaba, donde pudiera aislarse para pensar. Tan sólo necesitaba un poco de tiempo. Refrenó su paso, sin ver a nadie. Extrañamente, inexplicablemente, se sentía… ¿seguro? Sí, seguro. Por primera vez desde hacía mucho tiempo.
Hacía tan sólo unos instantes se hallaba ante el estrecho callejón frente al número 13 de Miller’s Court. Eran las seis de la madrugada. Londres estaba silencioso, y él se había detenido un instante en el callejón de los prostíbulos M’ Carthy, un corredor fétido de donde llegaban hedores de orina y donde las prostitutas de Spitalfields llevaban a sus clientes. Hacía tan sólo unos instantes, con su maletín negro conteniendo el feto en su frasco de formaldehído puesto a su lado en la opaca neblina, se había detenido para beber algo antes de regresar a Toynbee Hall dando un rodeo. Luego debían de haber transcurrido cinco minutos. Y de pronto se había hallado en otro lugar, y ya no eran las seis de la madrugada de un día glacial de noviembre de 1888.
Había levantado los ojos hacia la claridad que lo inundaba en aquel otro lugar. Un silencio de hollín reinaba en Spitalfields; y de pronto, sin la menor sensación de desplazarse o de haber sido desplazado, se halló, inundado de luz, en aquel otro lugar. Dándose un corto respiro, tan pocos minutos después del cambio, se apoyó en la pared de la ciudad y recordó aquella otra luz. La de los mil espejos. En las paredes, en el techo. Un dormitorio, con una mujer en su interior.
Una mujer hermosa. No como Black Mary Kelly o Annie Chapman o Kate Eddowes o todas las demás basuras de las que había tenido que hacerse cargo.
Una mujer hermosa. Rubia, sana… hasta el momento en que le ofreció su cuerpo como cualquiera de aquellas vulgares rastreras que había tenido que utilizar en Whitechapel…
Una sibarita; una criatura para el placer; una Juliette, había dicho ella, antes de que él utilizara el cuchillo de larga hoja. Lo había encontrado bajo la almohada, en la misma cama hacia donde ella lo había atraído… Qué vergüenza, ni siquiera había sabido resistirse, desamparado, apretando su maletín negro como un niño que tiembla, él que se movía como un rey en la densa noche de Londres, él que ocho veces había cumplido impunemente su misión, para caer entre los brazos de una perdida, sí, una perdida como todas las demás, que se había aprovechado de él mientras él intentaba comprender lo que le ocurría y dónde se encontraba. Qué vergüenza… Y entonces había utilizado el cuchillo.
Habían pasado apenas unos minutos, y sin embargo había realizado un trabajo de artista.
El cuchillo era de un modelo extraño. La hoja parecía estar formada por dos finas piezas de metal, entre las cuales había algo que había adquirido intermitentemente una tonalidad rojiza, algo así como las chispas producidas por un generador Van de Graaff. Pero eso era perfectamente ridículo, ya que no estaba provisto de hilos ni de barra de contacto ni de nada que pudiera provocar ni siquiera la más pequeña descarga eléctrica. Lo había depositado en su maletín, donde estaba ahora junto con sus escalpelos, el ovillo de catgut * , los frascos cuidadosamente alineados en sus fundas de piel y el bocal conteniendo el feto. El feto de Mary Jane Kelly.
Se había esmerado, pero sin perder tiempo. La había preparado casi exactamente igual que a Kate Eddowes: la garganta limpiamente incidida de oreja a oreja, el tronco hendido entre los senos y hasta la vagina, los intestinos extraídos y desplegados sobre el hombro derecho, a excepción de un trocito seccionado y colocado entre el brazo izquierdo y el cuerpo. El hígado había sido picado con la punta del cuchillo, y su lóbulo derecho escarificado verticalmente. (Se sorprendió al constatar que el hígado no ofrecía ningún signo de cirrosis, enfermedad tan común entre las prostitutas de Spitalfields, que bebían constantemente con la esperanza de escapar de la sórdida y grotesca existencia que se veían obligadas a llevar. Y de hecho, ésta parecía totalmente distinta a las otras, pese al carácter aún más desvergonzado de sus avances sexuales. Y el cuchillo oculto bajo su almohada…) Cortó la vena cava a la altura del corazón. Luego se ocupó del rostro.
Por un instante había pensado en retirar el riñón izquierdo, como había hecho con Kate Eddowes. Sonrió al imaginar la expresión que debió de mostrar el señor George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, al recibir por correo la caja de cartón conteniendo el riñón de la señorita Eddowes, acompañado de aquellas palabras de alambicada ortografía:
Señor Lusk os embío desde el infierno este pequeño regalo la mitad de un riñón que la quité a una mujer de las bigiladas por usted. La otra mitad la ice a la plancha y me la comí y estaba mui buena. Si quereis el cuchiyo que la cortó puedo embiaroslo si esperais un poco. Cojedme cuando podais.
Había pensado firmar la nota: «Su seguro servidor, Jack el Destripador», o incluso Jack el Escurridizo, o El Carnicero, o cualquier otra cosa que se le ocurriera. Pero se había sentido frenado por una cuestión de estilo. Ir demasiado lejos en aquella dirección sería ir en contra de sus propias convicciones. Tal vez ya se había pasado de la raya al dar a entender al señor Lusk que se había comido la otra mitad del riñón.
Aquella rubia, aquella Juliette con su cuchillo oculto bajo la almohada, era la novena. Se apoyó contra la pared de acero perfectamente lisa, sin ninguna junta ni remache, y se pasó la mano por los ojos. ¿Cuándo iba a poder detenerse? ¿Cuándo terminarían comprendiendo, cuándo captarían su mensaje, un mensaje tan claro, escrito en sangre, que sólo la ceguera de su propia
codicia les forzaba a ignorar? ¿Debería diezmar los innumerables regimientos de mujerzuelas de Spitalfields para quitar la venda de sus ojos? ¿Tendrían que acarrear los vertederos chorros de sangre negra antes de que se decidieran por fin a escuchar lo que intentaba decirles y emprendieran las necesarias reformas?
Sin embargo, cuando apartó sus manos manchadas de sangre de delante de los ojos, se dio cuenta de lo que tendría que haberle parecido evidente desde un principio: ya no estaba en Whitechapel. No estaba en Miller’s Court, ni en ningún otro lugar de Spitalfields. Quizá ni siquiera estuviera en Londres. Pero, ¿cómo podía ser así?
¿Le había llamado Dios a Su seno?
¿Estaba muerto sin darse cuenta de ello, en algún lugar entre la lección de anatomía de Mary Jane Kelly (la muy sucia, ¡se había atrevido a besarle!) y el destripamiento en la habitación de aquella Juliette? ¿Por fin había decidido el Cielo recompensarle por el trabajo que había efectuado?
¡Oh, si el reverendo Barnett pudiera verlo! ¡Si hubiera podido saberlo todo! Pero «el Carnicero» no estaba dispuesto a hablar. Que las reformas se hicieran tal como el reverendo y su mujer las deseaban; que aplicaran los beneficios a sus sermones y sus peticiones, en lugar de a los escalpelos de Jack.
Pero si él estaba muerto, ¿su trabajo había llegado a buen fin? Aquel pensamiento le hizo sonreír. Si el Cielo le había llamado, eso tenía que significar que su trabajo había llegado a buen puerto. Definitivamente. Sí, pero en esas condiciones, ¿quién era la Juliette cuyo cuerpo se enfriaba, abierto y húmedo, en la habitación de los mil espejos?
En aquel momento conoció el miedo.
¿Y si el propio Dios hubiera interpretado mal lo que había hecho?
Al igual que lo había interpretado mal el buen pueblo de la reina Victoria. Al igual que lo había interpretado mal sir Charles Warren. ¿Y si Dios había visto tan sólo lo superficial e ignorado la verdadera razón? ¡No! ¡Ese pensamiento era ridículo! Si alguien estaba en situación de comprender, ese alguien era Aquel que le había dictado lo que había que hacer para enderezar la situación.
Dios le amaba tal como él amaba a Dios, y Dios le comprendía.
Pero en aquel instante conoció el miedo.
Porque, ¿quién era la mujer que acababa de degollar?
—Era mi nieta Juliette —dijo una voz en su oído.
Su cabeza se negó a moverse, a volverse aunque fuera tan sólo unos centímetros para ver a quien había hablado. El maletín se hallaba en el liso y reflectante suelo, a su lado. No tenía tiempo de sacar el cuchillo antes de ser alcanzado. Al final habían conseguido atrapar a Jack. Empezó a temblar incontroladamente.
—No tema nada —dijo la voz.
Era una voz cálida y tranquilizadora. La de un hombre más viejo que él. Temblaba como si tuviera fiebre. Pero se volvió para mirar. Era un anciano sonriente, amable y comprensivo. Que habló de nuevo, sin mover los labios:
—Nadie puede hacerle daño. ¿Cómo se encuentra?
El hombre de 1888 se dejó caer lentamente de rodillas.
—Perdón, Dios mío. No lo sabía —murmuró.
El estallido de la risa del viejo resonó en la cabeza del hombre que estaba de rodillas. Se elevó límpido como un rayo de sol recorriendo una de las callejuelas de Whitechapel entre el mediodía y la una de la tarde, iluminando los grises ladrillos de las paredes cubiertas de hollín. Resonó límpido y purificador en su mente.
—Yo no soy Dios —dijo el viejo—. La idea es espléndida, pero no soy Dios. ¿Le gustaría encontrar a Dios? Seguramente uno de nuestros artistas podrá modelar uno para usted. ¿Es muy
importante? No, ya veo que no es muy importante. Qué extraña mente tiene usted. No es ni creyente ni no creyente. ¿Cómo puede contener los dos conceptos a la vez? ¿Quiere que rectifique algunas de sus configuraciones cerebrales? No, ya veo. Tiene miedo. Dejémoslo por ahora. Ya lo haremos en otra ocasión.
Tomó por el cuello al hombre arrodillado y lo obligó a levantarse.
—Está usted cubierto de sangre. Habrá que limpiar todo eso. Hay un ablutorio no lejos de aquí. A propósito, he quedado muy impresionado por la forma en que se ha ocupado usted de Juliette. Es la primera vez, ¿sabe? No, claro, no puede saberlo, por supuesto. Pero es el primero que le ha administrado un tratamiento digno de ella. Le hubiera gustado ver lo que le hizo a Caspar Hauser. Le trituró una punta de su cerebro y lo envió a su casa para que viera un poco de su vida, y entonces la muy sinvergüenza me lo hizo traer otra vez y terminó su trabajo con el cuchillo. Ese mismo que ha tomado usted, supongo. Y luego lo envió de nuevo a su época. Oh, sublime misterio. Figura en todos los anales de enigmas no resueltos. Pero era una chapucera. No como usted. Ponía mucha labia a sus diversiones, pero ningún estilo. Excepto con el juez Crater. Allí sí que… —Se interrumpió, riendo con aire lascivo—. Pero estoy chocheando. Supongo que querrá usted adecentarse un poco y visitar algo el lugar, ¿no? Luego podremos charlar. Lo único que quería era que supiera que estoy contento de la forma como la ha liquidado. Pero, en cierto sentido, voy a echarla de menos. Fornicaba con tanto arte…
El viejo tomó el maletín y arrastró al hombre sucio de sangre a través de las claras y espejeantes calles.
—¿Usted quería que la mataran? —preguntó el hombre de 1888, incrédulo.
—Naturalmente —asintió el viejo, sin que sus labios se movieran ni una sola vez—. De otro modo, ¿para qué le habría traído a Jack el Destripador?
«¡Oh, Dios mío!», pensó él. «¡Estoy en el Infierno, e inscrito con el nombre de Jack!»
—No, no muchacho. No está en el infierno, en absoluto. Está en el futuro. El futuro para usted, el presente para mí. Viene usted de 1888 y está ahora en el… —Se interrumpió unos instantes, contando silenciosamente, como si tuviera que convertir manzanas en dólares, y luego prosiguió—. En el 3077. Es un mundo hermoso, no faltan las diversiones y nos sentimos felices de recibirle entre nosotros. Ahora venga. Vamos a limpiar un poco todo eso.
En el ablutorio, el abuelo de la difunta Juliette cambió de cabeza.
—En realidad tengo horror a hacerlo —explicó al hombre de 1888, agarrando sus mejillas con todos los dedos y tirando de la fláccida piel como si fuera goma—, pero Juliette insistía siempre. Yo ya quería darle ese gusto, si con ello hubiera conseguido enderezarla. Pero luego había todos esos juguetes que tenía que traerle del pasado, y luego verme obligado a cambiar de cabeza cada vez que quería acostarme con ella… Era horrible, realmente horrible.
Penetró en una de las numerosas cabinas, todas idénticas, empotradas en la pared. La puerta pivotó con un ligero chac blando, casi quitinoso. Luego pivotó otra vez, y el abuelo de la difunta Juliette, ahora seis años más joven que el hombre de 1888, salió de nuevo, completamente desnudo y con una nueva cabeza.
—El cuerpo está en buen estado —dijo, examinando las partes genitales y una peca en su hombro derecho—. Lo cambié el año pasado.
El hombre de 1888 desvió la mirada. Estaba en el Infierno, y Dios lo odiaba.
—Vamos, no se quede ahí, Jack. —El abuelo de Juliette sonrió—. Métase en una de esas cabinas y haga sus abluciones.
—No me llamo así —dijo el hombre de 1888 muy suavemente, como si acabara de ser golpeado por la correa de un látigo.
—Ya lo sé, ya lo sé, pero no importa… Ande, vaya ahora a lavarse.
Jack se acercó a una cabina. Era de color verde pálido, que se transformó en malva cuando él se detuvo ante ella.
—¿Qué es lo que…?
—Va a limpiarle, eso es todo. ¿De qué tiene miedo?
—No quiero ser cambiado.
El abuelo de Juliette se rió.
—Es un error —dijo sibilinamente.
Hizo un gesto imperioso con la mano, y el hombre de 1888 penetró en la cabina que pivotó rápidamente en su nicho y se hundió en el suelo emitiendo un triunfal sisss. Cuando volvió a ascender, pivotó y se abrió. Jack salió titubeando, con aspecto de terrible desorientación. Sus largas patillas habían sido escuadradas cuidadosamente, su barba de tres días había desaparecido, sus cabellos eran más claros y ya no llevaba la raya en medio, sino a un lado. Seguía llevando el mismo abrigo negro con cuello y puños de astracán, el mismo traje oscuro con una camisa blanca y una corbata negra, sujeta con una aguja en forma de herradura, pero todo parecía nuevo ahora, inmaculado, quizás incluso sintético y fabricado a la imagen de sus antiguas ropas.
—¡Ajá! —exclamó el abuelo de Juliette—. ¿No es mejor así? No hay nada como una buena sesión de limpieza para ponerle a uno las ideas en su sitio.
Penetró en otra cabina de donde salió unos segundos más tarde vestido con un traje de papel que le cubría ajustadamente desde el cuello hasta los pies. Avanzó hacia la salida.
—¿Dónde vamos ahora? —preguntó el hombre de 1888 al rejuvenecido abuelo, que avanzaba a su lado.
—Quiero presentarle a alguien —respondió el abuelo de Juliette, y Jack se dio cuenta de que ahora sí movía los labios. Pero decidió no hacer ningún comentario. Debía haber alguna razón para ello—. Iremos a pie, si me promete no lanzar exclamaciones de admiración acerca de la ciudad. Es una hermosa ciudad, por supuesto, pero yo vivo en ella y, francamente, encuentro el turismo tan aburrido…
Jack no respondió. El viejo tomó aquello como una aceptación a sus condiciones.
Así pues, caminaron. El peso de la ciudad impresionaba terriblemente a Jack. Era extensa, maciza, extraordinariamente limpia. Lo que había soñado para Whitechapel se había realizado aquí. Preguntó acerca de los barrios bajos, de los antros de vicio. El viejo agitó la cabeza.
—Desaparecieron hace mucho tiempo.
Así pues, había ocurrido. Las reformas por las cuales había expuesto su alma inmortal habían llegado. Haciendo balancear su maletín, anduvo con un paso más ligero. Pero al cabo de unos minutos su paso se hizo de nuevo más lento: no había nadie por las calles.
Nada más que edificios limpios y brillantes, calles que partían en todos sentidos y se cortaban bruscamente, como si el arquitecto hubiera decidido que, puesto que la gente podía desaparecer en un punto y reaparecer en otro distinto, ¿para qué romperse la cabeza haciendo calles que fueran de un lugar a otro?
El suelo era de metal, el cielo parecía metálico; los edificios se alzaban por todas partes, monótonas prolongaciones de metal insensible explorando un espacio plano. El hombre de 1888 se sintió terriblemente solo, como si cada uno de los actos que había realizado hubiera alienado un poco más a aquellos a quienes había intentado ayudar.
A su llegada a Toynbee Hall, cuando el reverendo Barnett le abrió los ojos acerca de la horrible realidad de los antros de Spitalfields, había hecho votos de poner remedio a la situación por todos los medios a su alcance. Tras algunos meses en los bajos fondos de Whitechapel, lo que tenía que hacer le había parecido tan simple como su fe en Dios. ¿Cuál era la utilidad de las rameras? No mayor que la de los microbios que las infestaban.
Así pues, había dejado hablar a Jack, para cumplir la voluntad del Señor y liberar los miserables desechos que habitaban al este de Londres. Que lord Warren, el comisario de la Policía Metropolitana, la reina y todos los demás le tomaran por un médico loco, por un carnicero sanguinario o por una bestia con apariencia humana no le importaba en lo más mínimo.
Sabía que él permanecería anónimo hasta el fin de los tiempos, pero que el generoso proceso que había puesto en marcha alcanzaría un día sus maravillosos resultados: la destrucción de la más horrible de las lacras que Inglaterra hubiera conocido nunca.
Sin embargo, ahora el tiempo había pasado; y se encontraba en un mundo aparentemente sin lacras, una Utopía esterilizada que era la concreción de todos los sueños del reverendo Barnett. Y sin embargo, pese a todo ello… algo sonaba a falso.
El abuelo, con su joven cabeza.
El silencio en las desiertas calles.
La mujer, Juliette, y su extraño pasatiempo.
El poco caso que se había hecho a su muerte.
La certeza del abuelo de que él, Jack, iba a matarla. Y la amistad que le testimoniaba ahora.
¿Adónde iban?
A su alrededor, la ciudad. El abuelo andaba sin prestar atención; Jack miraba pero no comprendía nada. Pero esto es lo que vieron mientras andaban:
Mil trescientos rayos de luz de treinta centímetros de largo por siete moléculas de espesor surgieron a las calles de metal por unos intersticios casi invisibles, se desplegaron en abanico e inundaron las paredes de los edificios; tomaron un vago tono azulado, recorrieron el contorno de las superficies, se doblaron en ángulo recto y volvieron a doblarse, una y otra vez, como un papel en un ejercicio de papiroflexia; cambiaron de nuevo de tonalidades, ahora eran dorados, penetraron a través de la superficie de los edificios, se dilataron y se contrajeron en ondas compactas, se extendieron sobre todas las superficies interiores, luego se replegaron rápidamente y desaparecieron. El proceso completo había durado doce segundos.
La noche cayó sobre un cuadrado de la ciudad que comprendía doce edificios. Descendió como un macizo pilar de duras aristas que coincidían con el ángulo de las calles. Del interior de la zona oscura llegaron ruidos indistintos, cantos de grillos, eructar de sapos, pájaros nocturnos, rumor del viento entre los árboles, y una música lejana de instrumentos imposibles de identificar.
Aparecieron paneles de escarchada luz, suspendidos en el aire. Una presencia ondulante e indefinible se lanzó al asalto de los niveles superiores de un gran edificio situado en la prolongación de esos paneles. Cuando éstos descendieron lentamente, el edificio se volvió fluido y se diluyó en corpúsculos de luz que flotaron en el aire. Cuando los paneles alcanzaron el suelo, el edificio se había desmaterializado por completo. Los paneles se tiñeron con una fuerte coloración anaranjada y comenzaron una nueva ascensión en dirección al cielo. A medida que subían, una masa se creaba en lugar del antiguo edificio, extrayendo al parecer del aire que lo rodeaba corpúsculos de luz, y fundiéndolos en una entidad que se transformó en el momento en que los paneles cesaron su ascensión, en un nuevo edificio. Los paneles de luz escarchada desaparecieron.
Durante unos segundos se oyó el zumbido de un abejorro, Luego cesó.
Una compacta multitud de personas vestidas con ropas de plástico desembocó de un gris agujero que vibraba en el aire, martilleó unos instantes la calzada con sus pasos, y desapareció tras la esquina de una calle de donde llegaba un ruido de toses prolongadas. El silencio se hizo de nuevo.
Una gota de agua, densa como el mercurio, cayó al suelo, golpeó la calzada, rebotó, se elevó varios centímetros, y luego se vaporizó en una mancha escarlata en forma de diente de ballena que cayó inerte al suelo.
Dos edificios se hundieron en el suelo, y el revestimiento de metal permaneció liso e ininterrumpido, a excepción de un árbol de metal de delgado tronco plateado, coronado de un follaje brillante hecho de fibras de oro irradiadas en un círculo perfecto. No se oyó el menor ruido.
El abuelo de la difunta Juliette y el hombre de 1888 siguieron andando.
—¿Adónde vamos?
—A casa de Van Cleef. Normalmente no andamos nunca; algunas veces, sí, pero ya no es un placer como antes. Lo hago especialmente por usted. ¿Le gusta el lugar?
—Es… poco habitual.
—Sobre todo con respecto a Spitalfields, ¿eh? Pero confieso que me gusta volver a aquella época. Soy yo quien posee el único transportador, ¿lo sabía? El único que haya sido fabricado nunca. Construido por el padre de Juliette, por mi hijo. Tuve que matarlo para conseguirlo. No quería mostrarse razonable. Sin embargo no representaba mucho para él, se lo aseguro. Era el último de los grandes artesanos, hubiera podido dármelo fácilmente. Pero era obstinado. Por eso le he hecho cortar a mi nieta en rodajas. De otro modo, habría sido ella quien lo hubiera hecho conmigo. Por aburrimiento; simplemente porque no encontraba otros medios de divertirse…
Una gardenia se materializó en el aire y se transformó ante sus ojos en un rostro de mujer de largos cabellos blancos.
—¡Hernon, no podemos aguardar más!
Parecía irritada.
El abuelo de Juliette palideció.
—¡Especie de hija de puta! Te dije que al paso. Pero tú no podías, ¿eh? Saltar, saltar, saltar, eso es lo que haces siempre. Bueno, eso representará varios feddels menos, eso es todo. Feddels, maldita sea. Había previsto marcar el paso; de hecho, estaba marcándolo, ¡pero tú…!
Levantó el brazo y una espuma verdosa surgió instantáneamente en dirección al rostro. El rostro desapareció y un instante después la gardenia reapareció unos pocos metros más allá. La espuma se convirtió en polvo y cayó, y Hernon, el abuelo de Juliette, dejó caer el brazo como descorazonado por la estupidez de aquella mujer. Una rosa, un nenúfar, un jacinto, un par de phlox, una celidonia silvestre y un cardo gigante aparecieron al lado de la gardenia. Cuando cada flor tomó la apariencia de un rostro distinto, Jack dio un paso atrás, aterrado.
Todos los rostros se volvieron hacia el que había sido antes un cardo gigante.
—¡Traidor! ¡Inmundo marrano! —gritaron al unísono al tembloroso y pálido rostro que había sido un cardo.
Los ojos de la mujer gardenia se abrieron enormemente, pareciendo que iban a salirse de sus órbitas; la pintura violácea que rodeaba completamente sus globos oculares la hacía semejarse a un animal al acecho a la entrada de una caverna.
—¡Turd! —gritó, dirigiéndose al hombre-cardo—. Todos estábamos de acuerdo, todo el mundo había aceptado. ¡Y tuviste que formar un cardo, so galápago! Ahora verás… —Se volvió rápidamente hacia los demás—. ¡Adelante! ¡Al diablo con la espera! ¡Ahora! ¡En formación!
—¡No, mierda! —gritó Hernon—. ¡Habíamos dicho al paaaso!
Pero ya era demasiado tarde. El aire se enturbió alrededor del hombre-cardo como el fondo de un río cuando se agita el limo; la atmósfera se ennegreció, y se formó un torbellino, con la cabeza ahora aterrada del hombre-cardo en su centro. El torbellino avanzó, atrapando a Jack, Hernon, las cabezas-flores, la ciudad; y de pronto fue de nuevo Spitalfields por la noche, y el hombre de 1888 estaba de nuevo en 1888, con su maletín en la mano, avanzando al encuentro de una mujer en una calle de Londres envuelta en la niebla.
(Había ocho nódulos adicionales en el cerebro de Jack.)
Era una mujer de unos cuarenta años, de aire cansado y algo desaliñada. Llevaba un traje negro de tela basta que descendía hasta sus botines. Un mandil blanco, manchado y arrugado, rodeaba su talle. Las amplias mangas le llegaban hasta la muñeca, e iba abotonada hasta el cuello. Llevaba un pañuelo anudado en torno a la garganta, y un deformado sombrero de ala ancha con una cinta adornada de una minúscula y patética flor de origen indeterminado. De su muñeca pendía un bolsito de cuentas de capacidad apreciable.
Retardó su paso cuando lo vio, o mejor lo adivinó, inmóvil en las sombras.
Él surgió de las sombras e hizo una ligera inclinación.
—Buenas noches, señorita. ¿Tomamos una copa?
El rostro de la mujer —de un patetismo conocido tan sólo por aquellas que han servido de blanco a innumerables dardos henchidos de sangre masculina— recuperó su expresión normal.
—Oh, bueno. Creí que era él. El Carnicero en persona. Dios del cielo, me ha puesto usted la carne de gallina.
Quiso sonreír, pero sólo consiguió hacer una mueca. Sus brillantes mejillas evidenciaban el abuso de la ginebra y la enfermedad. Su voz era ronca, un instrumento roto y mellado apenas utilizable.
—Tan sólo un corredor de comercio en busca de algo de compañía —aseguró Jack—. Enormemente feliz de poder ofrecer una jarra de cerveza a una dama tan encantadora como tú y pasar una o dos horas contigo.
Ella se le acercó y enlazó su brazo con el de él.
—Emily Matthews, señor. Feliz de haberle encontrado y andar un poco en su compañía, ya que con esta noche tan mala, y con el anguila de Jack merodeando por alguna parte en libertad, una dama respetable no debe pasear sola.
Descendieron por la calle Thrawl, pasaron ante los hoteluchos donde la desgraciada terminaría indudablemente por pasar la noche si conseguía sacarle unas monedas a aquel desconocido bien trajeado de ojos negros.
Giraron a la derecha en la calle Commercial; en el momento en que pasaban ante un infecto callejón sin salida, casi a la altura de la calle Flower & Dean, él la empujó vigorosamente a un lado. Ella se metió en el callejón y, creyendo que él quería palpar la mercancía, se apoyó contra la pared y separó las piernas, subiéndose la falda hasta la cintura. Pero Jack había agarrado las puntas del pañuelo. Asegurando su presa, apretó a fondo. La mujer boqueó, privada de aire. sus mejillas se hincharon y, a la vacilante luz de un farol de gas, él vio sus pupilas color avellana adoptar instantáneamente un tono de hoja muerta. En su rostro se leía, por supuesto, el terror, que se mezclaba también con una profunda tristeza, la de haber perdido la jarra de cerveza, la de no haber podido asegurarse un cobijo para la noche, la de no haber tenido suerte, esa suerte que nunca le había sonreído a Emily Matthews, la de haber caído aquella noche en manos del único hombre susceptible de despreciar sus favores. Era una expresión de desconsolada tristeza ante la inevitabilidad de su destino.
Vengo a ti, surgido de la noche,
descendiendo cada minuto de nuestras vidas hasta este instante,
enviado por la noche hasta ti.
Para siempre, los hombres desearán descubrir el secreto de este instante.
Arderán en silencio con el deseo de hallar
de nuevo este instante, nuestro instante;
de ver mi rostro y de saber mi nombre;
sin tan siquiera querer tal vez arrestarme,
puesto que entonces ya no sería quien soy
sino tan sólo alguien que lo ha intentado y ha fracasado.
Oh, tú y yo creamos una leyenda
que fascinará eternamente a los hombres;
pero nunca comprenderán por qué hemos sufrido, Emily.
Nunca comprenderán realmente
por qué ambos hemos muerto de un modo tan horrible.
Ella jadeó una súplica inarticulada, y sus ojos se empañaron mientras él deslizaba su mano libre en el bolsillo de su abrigo. Desde el momento en que supo que lo necesitaría había buscado,
mientras andaba, en su maletín. Y cuando su mano surgió de nuevo, estaba armada con el escalpelo.
—Emily… —dijo suavemente.
Luego cortó.
Con un gesto preciso: inclinando la punta del escalpelo, que penetró en la blanca carne por debajo y por detrás de la oreja izquierda. Sternocleidomastoideus. Forzando suavemente el cartílago, que cedió con un ligero chasquido. Manteniendo el escalpelo con mano firme para desgarrar de un solo corte toda la longitud de la garganta siguiendo la línea dura de la mandíbula. Glandula submandibularis. La sangre brotó en un chorro espeso sobre sus manos, luego a borbotones que salpicaron la pared de enfrente; se introdujo por sus mangas, empapando los puños blancos de su camisa. Con un gorgoteante estertor, ella se derrumbó blandamente, retenida por el pañuelo del que él no podía retirar sus dedos. Habían aparecido marcas negras allí donde había cortado la carne. Al llegar al extremo de la mandíbula, continuó, sajando el lóbulo de la oreja. Luego la depositó sobre la mugrienta calle. La tendió boca arriba, y abrió sus ropas con un golpe de escalpelo, dejando al descubierto un vientre desnudo e hinchado a la débil y vacilante luz del farol. Hizo la primera incisión en el hueco de la garganta. Glandula thyreoeidea. Trazó con mano firme una delgada línea de sangre negra hacia abajo, entre los senos, siempre hacia abajo. Sternum. Hizo una profunda incisión en forma de cruz en el interior del ombligo. Brotó un humor amarillento. Plica umbilicalis medialis. Más abajo; siguiendo el hinchado vientre, hundiendo más el escalpelo, trazando una limpia línea recta. Mesenterium dorsale commune. Siempre más abajo, hacia la protuberancia del monte, húmedo de transpiración. Un poco más difícil allí. Vesica urinaria. Y finalmente, para terminar, vagina.
Cavidad putrefacta.
Infecta y hedionda cloaca de prostitución.
Y en la cabeza de Jack, súcubos. En su cabeza, ojos vigilantes. En su cabeza, intrusos. En su cabeza, centelleos
de una gardenia un nenúfar una rosa un jacinto un par de phlox una celidonia silvestre y una flor negra con pétalos de obsidiana, estambres de ónice y pistilos de antracita, con la mente de Hernon, el abuelo de la difunta Juliette.
Contemplaron todo el horror de la loca lección de anatomía. Le observaron cortar los párpados. Le observaron retirar el corazón. Le observaron seccionar las trompas de Falopio en rodajas. Le observaron apretar en su mano, hasta reventarlo, el riñón henchido de ginebra. Cortar los senos hasta que sólo fueron informes montones de carne sangrante, que depositó sobre cada uno de los ojos muy abiertos, de mirada fija, sin párpados. Miraron.
Miraron y bebieron de la turbia marea que agitaba su espíritu. Sorbieron con avidez en la húmeda y temblorosa fuente de su inconsciente. Y gozaron.
Oh Dios es delicioso mirad eso se diría que es la costra de una pizza a medio cocer y esto otro se diría que son lumaconi ooooh Dios me pregunto qué gusto tendrá esssssso…
Mirad el brillo del acero.
Cómo las odia a todas, todas por el mismo rasero, debe de tratarse de una historia con alguna mujer, una enfermedad venérea, el temor de Dios Cristo, el reverendo Barnett, la… ¡Quiere poseer a la mujer del reverendo!
La reforma en materia social no puede ser sino labor de unos pocos. Es un fin en sí que justifica el utilizar cualquier medio, sea el que sea, incluso la exterminación de más del
cincuenta por ciento de aquellos que se convertirán en sus beneficiarios. Los mejores reformadores son también los más atrevidos. ¡Él cree en ello! ¡Es maravilloso!
¡Pandilla de vampiros, basura, inmunda gentuza…!
¡Nos ha sentido!
¡Que se vaya al diablo! Y tú con él, Hernon; has caído demasiado bajo; sabe que estamos aquí y eso me disgusta. ¿Para qué seguir?; me retiro…
¡Espera, vuelve, vas a romper la forma…!
… el torbellino los atrapó de nuevo, los llevó a un vertiginoso abismo donde la noche de 1888 ya no existía. La espiral se desenrolló, se desenrolló, y se concretizó en su punto más infinitesimal en un rostro, el rostro ennegrecido y carbonizado de aquel que había sido un cardo gigante. Estaba muerto. La parte interior de sus órbitas había ardido por completo. Algunos restos calcinados subsistían allí donde había anidado la inteligencia. Se habían servido de él como de un punto de focalización.
El hombre de 1888 recobró instantáneamente sus sentidos, así como el recuerdo total, eidético, de lo que le había ocurrido. No se trataba de una visión ni de un sueño ni de una alucinación. Había ocurrido realmente. Lo habían enviado al pasado de donde procedía, tras haber eliminado su recuerdo del futuro, de Juliette, de todo lo que había tenido lugar tras el instante en que se había encontrado frente al número 13 de Miller’ s Court. Y le habían hecho trabajar para su placer, gozando con sus emociones y sus pensamientos inconscientes, alimentándose y saciándose con sus más íntimas sensaciones, la mayor parte de las cuales, hasta ahora, habían permanecido completamente ignoradas para él. Y mientras descubría uno a uno los conceptos inyectados en su conciencia por un efecto inesperado de retroalimentación, sintió que la nueva conciencia de sí mismo le iba ganando poco a poco. Antes que afrontar ciertas revelaciones, su mente hubiera preferido sumergirse en los más negros abismos. Pero las barreras habían sido alzadas: nuevas configuraciones se presentaban ante él, y podía descifrarlas y retenerlas fácilmente. Infecta y hedionda cloaca de prostitución: ¡que mueran todas! No, no era cierto, él no pensaba así de las mujeres, de ninguna mujer, por rastrera y despreciable que fuera su condición. Él era un caballero; respetaba a las mujeres. Recordó: ¡Ella le había pegado la blenorragia! La vergüenza, las aprensiones sin fin, hasta que había reunido el valor para contárselo todo a su padre, el médico. La expresión del rostro de aquel hombre. Ahora lo recordaba todo. La forma como su padre lo había curado, como hubiera curado a un apestado. A partir de entonces, nada había vuelto a ser como antes. Había querido dedicarse a la cruzada de remediar aquella situación. La reforma en materia social y bla bla bla. Todo ilusión. Había sido un charlatán, un payaso… algo mucho peor. Había matado por una cosa en la que ni siquiera creía. Habían dejado su mente completamente abierta, y sus pensamientos derivaron con rapidez, siguieron su sobresaltado camino… hasta la
¡EXPLOSIÓN EN SU MENTE!
Cayó de bruces contra la calzada de liso y pulido metal, pero nunca llegó a entrar en contacto con ella. Algo detuvo su caída, y permaneció grotescamente suspendido, doblado en dos a la altura de la cintura, como una marioneta privada de sus hilos. Un soplo de algo desconocido, y estaba de nuevo en posesión de sus sentidos, como si no hubiera ocurrido nada. Su mente se vio obligada a examinar el pensamiento:
¡Quiere poseer a la mujer del reverendo Barnett!
Henrietta y su piadosa petición dirigida a la reina Victoria:
«Majestad, en nombre de las mujeres de Londres, horrorizadas por los abominables pecados que se cometen últimamente en el seno de nuestra comunidad…». Pedía su captura, la de él, Jack, del que nunca sabría, del que nunca podría llegar a sospechar que vivía en Toynbee Hall, en su propia casa, con ella y con el reverendo Barnett. El pensamiento se encajó en su mente tan desnudo como el cuerpo que secretamente había soñado cada noche, y del que ningún recuerdo
había subsistido nunca a su despertar. Habían dejado las puertas de su mente completamente abiertas, y ahora veía con claridad todo aquello, sin más obstrucciones; se veía tal como era en realidad.
Un psicópata, un carnicero, un libertino, un hipócrita y un payaso.
—¡Vosotros me habéis hecho esto! ¿Por qué?
La rabia ahogaba sus palabras. Las cabezas-flores adoptaron la forma concreta de los hedonistas responsables de la loca y sangrienta aventura en la noche de 1888.
Van Cleef, la mujer-gardenia, se mofó:
—¿Y qué creías, pedazo de paleto? (Es paleto, ¿no, Hernon? Con los dialectos antiguos siempre me pierdo.) Después de haberte hecho liquidar a su Juliette, Hernon quería dejarte ir. ¿Pero por qué no aprovechar la ocasión? Nos debía al menos tres formz, y para empezar tú servías tan bien como cualquier otro.
Jack se puso a gritar hasta que sus cuerdas vocales se hincharon en el interior de su garganta.
—¿Era necesario esta vez? Respondedme. ¿Era indispensable para hacer llegar las reformas?
Hernon se echó a reír.
—Por supuesto que no.
Jack cayó de rodillas. La ciudad le dejó hacer.
—Oh, Dios mío, oh, Dios todopoderoso, he hecho lo que he hecho, me he cubierto de sangre… y todo ello para nada, absolutamente para nada…
Cashio, que había sido uno de los phlox, parecía perplejo.
—Diría que se preocupa tan sólo por esta última vez y no por todas las demás. ¿Cómo explicáis eso?
Nosy Verlag, que había sido una celidonia silvestre, respondió vivamente:
—No es cierto. No se trata tan sólo de esta última vez. Todas lo atormentan. Sondéalo y verás.
Los ojos de Cashio giraron unos instantes hacia arriba, luego hacia abajo, y finalmente se concentraron en Jack. Éste sintió como un estremecimiento de mercurio en su mente, luego nada. Y Cashio concluyó, con una afectada mueca:
—Mmm… sí.
Jack manipuló rabiosamente el cierre de su maletín. Lo abrió y sacó el bocal conteniendo el feto. Aquel que había retirado el 9 de noviembre de 1888 del cuerpo de Mary Jane Kelly. Lo mantuvo unos instantes a la altura de su rostro, luego lo lanzó con todas sus fuerzas contra el suelo de metal. No llegó a tocarlo. Al llegar a menos de un centímetro del limpio y aséptico revestimiento de la ciudad, desapareció sin dejar ninguna huella.
—¡Qué maravillosa sensación de repugnancia! —exultó Rose, que había sido una rosa.
—Hernon —advirtió Van Cleef—, está concentrándose en ti. Te está haciendo responsable de todo lo que le ocurre.
En el momento en que Jack sacaba del maletín el escalpelo eléctrico de Juliette y se lanzaba hacia él, Hernon estaba riéndose, sin mover los labios. Las palabras de Jack eran ininteligibles, pero mientras golpeaba estaba diciendo:
—¡Basura! Os mostraré lo que sois; os mostraré que no podéis hacerme esto, ¡os lo mostraré! ¡Vais a reventar todos, todos vosotros, todos!
Eso era lo que decía, pero las palabras no surgieron de su boca más que como un prolongado rugido de venganza, de frustración, de odio y de impetuoso furor.
Hernon seguía riendo cuando Jack le hundió en el pecho la hoja zumbante de electricidad, delgada como un ingrávido suspiro. Casi sin ninguna manipulación por parte de Jack, delimitó una abertura de 360º, de abiertos y carbonizados labios, que puso al descubierto el palpitante corazón de Hernon y el húmedo interior de su caja torácica. Aún tuvo tiempo de lanzar un
desconcertado aullido antes de recibir el segundo golpe, que seccionó limpiamente las ataduras del corazón. Vena cava superior. Aorta. Arteria pulmonalis. Bronchus principalis.
El corazón saltó hacia delante como un tapón, y un terrible chorro de sangre a presión roció a Jack con tal fuerza que lo cegó. Su rostro ya no era más que una masa sangrante que chorreaba un espeso líquido rojo y negruzco.
Hernon siguió el camino de su corazón y cayó en brazos de Jack. Como un solo hombre, las cabezas-flores lanzaron un penetrante grito y desaparecieron, mientras el cuerpo de Hernon se deslizaba entre las manos de Jack para volatilizarse un segundo antes de tocar el suelo, a sus pies. Alrededor de Jack, las paredes eran lisas, limpias, estériles, metálicas e indiferentes.
Con el sangrante cuchillo en la mano, Jack se plantó en mitad de la calle.
—¡Ahora! —gritó blandiendo el cuchillo—. ¡Ahora vais a ver!
Si la ciudad entendió no lo aparentó en absoluto, pero
La presión aumentó en los variadores temporales.
En un edificio situado a ciento veinte kilómetros de allí, una sección de plateada pared se convirtió en metal oxidado.
En las cámaras frigoríficas, doscientas cápsulas de gelatina se vaciaron automáticamente en un recipiente.
La máquina de regular el tiempo se habló a sí misma muy suavemente, registró los datos y se construyó al instante un circuito mnemónico intangible.
y en la ciudad eterna y brillante, donde la noche caía tan sólo cuando sus habitantes lo deseaban y solicitaban específicamente que cayera…
La noche cayó. Sin otra advertencia que:
—¡Ahora!
Una inmunda criatura de carne putrefacta merodeaba por la estética y aséptica ciudad. En la última ciudad del mundo, la ciudad al borde del mundo, donde los hombres se habían construido un paraíso a la medida, el merodeador acosaba las tinieblas familiares. Deslizándose de sombra en sombra, insensible a todo lo que no se moviera, vagaba en busca de una pareja para iniciar su danza macabra.
Descubrió a la primera mujer en el momento en que se materializaba al pie de un vibrante y cristalino chorro de agua, surgido de la nada y que terminaba en una fuente azulina de forma cúbica y material indefinible. La descubrió y le hundió la vibrante hoja en la nuca. Luego procedió a la enucleación de los ojos, que depositó en la palma abierta de cada una de sus manos.
Descubrió a la segunda mujer en una torre, a caballo de un viejo de silbante y entrecortada respiración, que se apretaba el corazón con una mano mientras ella lo empujaba a la pasión. Jack terminó con ella al mismo tiempo que con el viejo. Le hundió la vibrante hoja en la redondez del bajo vientre, seccionando sus órganos genitales, mutilando y matando con el mismo golpe al viejo introducido en el cuerpo de la joven. Ella cayó sobre el viejo, y Jack los dejó así, unidos en un último abrazo.
Descubrió a un hombre y lo estranguló con sus manos desnudas antes de que tuviera tiempo de desmaterializarse. Luego, dándose cuenta de que era uno de los phlox, le cortó el rostro con precisión e insertó en los cortes las partes sexuales del hombre.
Descubrió a una tercera mujer que canturreaba a un grupo de niños una encantadora canción que hablaba de un huevo. Le abrió la garganta y seccionó las cuerdas en su interior. Extendió las cuerdas vocales sobre su pecho, pero no tocó a los niños, que seguían con ojos ávidos la operación. Amaba a los niños.
Merodeó por la noche sin fin, recogiendo corazones a su paso, formando una grotesca colección arrancada de una, luego dos, luego nueve personas. Y cuando alcanzó la docena, jalonó con ellos una de las amplias calles donde jamás circulaba ningún vehículo, ya que los habitantes de aquella ciudad no necesitaban vehículos.
Contra todo lo previsto, la ciudad no absorbió las vísceras. Y las gentes ya no se volatilizaban. Gozaba de una cierta impunidad, y sólo se sentía en la obligación de ponerse a cubierto cuando veía a un grupo que creía lanzado en su búsqueda. Algo estaba pasando en la ciudad. (En un momento determinado, percibió el chirrido característico del metal rozando contra el metal, el scrrric del plástico mordiendo el plástico —aunque ignoraba si era plástico—, e instintivamente comprendió que algo en la oculta maquinaria se estaba agarrotando.)
Descubrió a una mujer en su baño y la ató con jirones de sus propias ropas; le cortó las piernas a la altura de las rodillas y la dejó, aullante y pataleante, vaciarse de su sangre y de su vida en un agua escarlata. Se llevó las piernas.
Cuando descubrió a un hombre que corría para salir de la noche, saltó sobre él, lo degolló y le seccionó los brazos. Los reemplazó por las piernas de la mujer del baño.
Y continuó así sin descanso, fuera del tiempo. Quería mostrarles lo que el mal podía engendrar; quería mostrarles hasta qué punto era risible su inmortalidad al lado de la suya.
Finalmente, algo le dijo que estaba ganando la partida. Acurrucado entre dos cubos de aluminio en un rincón de metal antiséptico, oyó una voz sobre él, alrededor de él, e incluso dentro de él. Era un mensaje público difundido por algún proceso de comunicación mental del que se servían los habitantes de la ciudad al borde del mundo.
NUESTRA CIUDAD FORMA PARTE DE NOSOTROS AL IGUAL QUE NOSOTROS FORMAMOS PARTE DE NUESTRA CIUDAD. ELLA ES UNA PROLONGACIÓN DE NUESTRO CEREBRO Y OBEDECE NUESTRAS ÓRDENES. LA ENTIDAD QUE CONSTITUIMOS SE VE AMENAZADA POR UNA PRESENCIA EXTRANJERA QUE ESTAMOS INTENTANDO LOCALIZAR. PERO LA FUERZA MENTAL DE ESE HOMBRE ES GRANDE. PERTURBA LAS FUNCIONES VITALES DE LA CIUDAD. LA NOCHE INTERMINABLE ES UN EJEMPLO DE ELLO. TODOS DEBEMOS CONCENTRARNOS. TODOS DEBEMOS UNIR NUESTROS PENSAMIENTOS PARA LA SALVAGUARDA DE NUESTRA CIUDAD. LA AMENAZA ES GRAVE. SI LA CIUDAD MUERE, NOSOTROS MORIREMOS TAMBIÉN.
Ésos no fueron exactamente los términos del comunicado, pero así fue como los interpretó Jack. En realidad, el mensaje era mucho más largo y complejo, pero Jack supo interpretar correctamente y comprendió que estaba ganando la partida. Los estaba destruyendo poco a poco. Las reformas sociales eran risibles, habían dicho. Bien, iba a mostrárselo.
Prosiguió con su alucinante programa. Exterminó, mutiló, destrozó a los habitantes de la ciudad por cualquier lado donde pudo hallarlos. Y ya no podían desaparecer, no podían huir, no podían detenerlo. La colección alcanzó los cincuenta, luego los setenta, luego los cien corazones.
Se cansó de los corazones y comenzó a extirpar cerebros. Su colección aumentó.
Y eso continuó durante días y más días. De tanto en tanto, un aullido se elevaba de la perfumada y aséptica limpieza de la ciudad. Las manos de Jack estaban constantemente pegajosas y chorreantes.
Luego descubrió a Van Cleef. Desde la oscuridad donde estaba agazapado, saltó sobre ella y levantó la larga hoja vibrante para hundírsela en el pecho.
Pero ella
des apareció.
Recuperando su equilibrio, Jack miró a su alrededor. Van Cleef se materializó a tres metros de él. Se lanzó contra ella, con la cabeza baja, y de nuevo se volatilizó… para reaparecer tres metros más allá. Finalmente, cuando él hubo hendido en vano el aire en diez ocasiones, se inmovilizó, con los brazos colgando, jadeante, y la miró.
Ella le devolvió una mirada cargada de indiferencia.
—Eso ya no nos divierte —dijo, moviendo los labios.
¿Divertir? Los pensamientos de Jack, girando en un alocado vórtice, se refugiaron en un rincón aún más negro que todos los que hasta entonces había conocido. A través del velo empapado en sangre de su frenético desenfreno, comenzó a entrever la verdad. Se habían servido de él para sus diversiones. Le habían dejado hacer. Lo habían soltado por las calles de su ciudad y habían gozado con el espectáculo, un espectáculo granguiñolesco y bufo.
¿El mal? Nunca hasta entonces había sospechado los verdaderos horizontes de la palabra. Se lanzó hacia Van Cleef… pero ella se volatilizó para no volver a aparecer.
Permaneció allí, abandonado, mientras la luz regresaba; mientras la ciudad limpiaba los restos de la carnicería, recuperaba los cuerpos mutilados y hacía con ellos lo que debía hacer. Y en las cámaras frigoríficas, las cápsulas de gelatina reintegraron sus alvéolos y los cuerpos congelados fueron puestos en reserva, ya que Jack el Destripador ya no necesitaría más materia prima para diversión de los sibaritas. Su trabajo había terminado para siempre.
Permaneció allí, abandonado en medio de las calles desiertas. Calles que para él estarían siempre vacías. Para él, los habitantes de la ciudad ya no serían más que las sombras inalcanzables que en realidad siempre habían sido. Se había considerado una encarnación del mal, y ellos lo habían reducido al estado de patético bufón.
Intentó girar hacia sí mismo la zumbante hoja, pero se disolvió en una infinidad de partículas luminosas que se alejaron arrastradas por una brisa que no tenía ninguna otra razón de existir.
Abandonado, contempló la victoriosa ciudad utópica, donde la limpieza recuperaba sus derechos. Iban a mantenerlo en vida con sus técnicas, eternamente quizá, sólo por si algún día sentían de nuevo deseos de divertirse con él. Había sido reducido a la más simple expresión de su personalidad; su cerebro ya no era más que una masa de materia gelatinosa. Hundirse en la locura, en lo más profundo de la locura. No conocer jamás ni la paz ni el sueño ni el fin.
Permaneció allí, abandonado, en un mundo tan puro como el primer aliento de un niño; él, que había acechado en las más sórdidas callejuelas.
—No me llamo Jack —dijo suavemente. Pero no conocerían jamás su verdadero nombre. Tampoco les importaría—. ¡No me llamo Jack! —repitió más fuerte.
Nadie le oyó.
—¡NO ME LLAMO JACK, Y HE ACTUADO MAL, HE ACTUADO MUY MAL; SOY UN SER ABYECTO, PERO NO ME LLAMO JACK! —gritó otra vez.
Y gritó, y gritó una vez más, recorriendo sin destino las calles desiertas, sin ocultarse, sin verse obligado a merodear nunca más en la sombra, un extranjero para siempre en la ciudad.
* Cuerda de tripa (Nota de Jean Mallart).

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