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martes, 25 de enero de 2011

La muchacha del tren -- Agatha Christie


La muchacha del tren 

Agatha Christie 


Eso es! —observó Jorge Rowland con rencor contemplando la imponente fachada oscurecida por el humo del edificio que acababa de abandonar. Podía decirse que representaba adecuadamente el poder del dinero... y el dinero, representado por William Rowland, tío del antes mencionado Jorge, había expresado su opinión con toda libertad. Durante el curso de diez breves minutos, de ser la niña de los ojos de su tío, el heredero de su fortuna, y un joven con una prometedora carrera ante él, se había convertido en un miembro que formaba en las filas del vasto ejército de los sin trabajo. —Y con estas ropas ni siquiera me darán comida —reflexionó Rowland con tristeza—, y en cuanto a escribir versos y venderlos en la esquina a dos peniques (o «lo que usted quiera darme, señora»), la verdad es que ni eso sabría. Cierto que Jorge iba embutido en un verdadero triunfo del arte del buen vestir. Llevaba un traje exquisitamente cortado. Poco tenía que envidiar a Salomón y los lirios del campo, pero el hombre no vive sólo de trajes... a menos que sea un experto cortador... y Rowland se daba perfecta cuenta de ello. «Y todo por culpa del lamentable espectáculo de anoche», reflexionó con pesar. El lamentable espectáculo había sido un baile en el Covent Garden. Rowland había regresado un poco tarde... o mejor dicho bastante temprano... aunque a decir verdad no podía asegurar que recordase exactamente la hora de su vuelta. Rogers, el mayordomo de su tío, era un individuo útil, que, sin duda, podría dar más detalles al respecto. Y el resultado: la cabeza espesa, una taza de café muy cargado, y la llegada a la oficina a las doce menos cinco, en vez de a las nueve y media, había precipitado la catástrofe. El señor Rowland, su tío, que durante veinticuatro años se había comportado como un pariente lleno de tacto, había abandonado de repente esta actitud, revelándose bajo un aspecto totalmente distinto. La incongruencia de las contestaciones de Jorge (cuya cabeza seguía abriéndose y cerrándose como cualquier instrumento de la Inquisición) aún le encolerizaron más. William Rowland estaba ya más que harto, y en pocas palabras puso a su sobrino de patitas en la calle, y volvió a ocuparse del interrumpido repaso de unos campos petrolíferos del Perú. Jorge Rowland sacudió el polvo de la oficina de su tío de sus zapatos, y salió a la ciudad de Londres. Jorge era un individuo práctico, y consideró que una buena comida era necesaria para revisar la situación. Y la tuvo. Luego dirigió sus pasos hacia la mansión familiar. Rogers le abrió la puerta, y su rostro no demostró la menor sorpresa al ver a Jorge a aquella hora desacostumbrada. 
— 
Buenas tardes, Rogers. ¿Quieres preparar mis cosas? Me 
marcho de aquí. 


— 
Sí, señor. ¿Sólo por pocos días, señor? 


— 
Para siempre, Rogers. Esta tarde salgo para las colonias. 


— 
¿De veras, señor? 


— 
No tengo preferencias. Cualquiera me da lo mismo. Digamos 
Australia. ¿Qué te parece la idea, Rogers? 
Rogers carraspeó discretamente. 


— 
Pues, señor, estoy seguro de haber oído decir que allí hay 
siempre sitio para cualquiera de desee trabajar de veras. 
Rowland le contempló con interés y admiración. 


— 
Muy bien expuesto, Rogers. Precisamente lo que yo estaba 
pensando. No iré a Australia... por lo menos hoy. Búscame un A. B. 
C., ¿quieres? Escogeremos algo que esté más a mano. 
Rogers le trajo el libro que le pedía, y Jorge lo abrió al azar y 
enfrascóse a volver las páginas con mano rápida. 


— 
Perth... demasiado lejos... Putney Bridge... demasiado cerca. 
¿Ramsgate? Creo que no. Reigate también me deja frío. Vaya... 
¡qué cosa más extraordinaria! Existe un sitio llamado Castillo de 
Rowland. ¿Lo habías oído nombrar, Rogers? 


— 
Creo, señor, que puede usted ir con Waterloo. 


— 
Eres un hombre extraordinario, Rogers. Lo sabes todo. ¡Bien, 
bien, Castillo de Rowland! Quisiera saber qué clase de lugar es. 


— 
Yo diría que no es muy grande, señor. 


— 
Tanto mejor; así habrá menos competencia. Esas tranquilas 
aldeas campesinas conservan todavía parte del antiguo espíritu 
feudal. Los últimos Rowland debieran recibirme con inmediato 
agrado. No me extrañaría que me eligieran alcalde dentro de una 
semana. 
Cerró el A. B. C. con un golpe brusco. 


— 
La suerte está echada. Prepárame una maleta pequeña, 
¿quieres, Rogers? Y después de presentar mis respetos a la 
cocinera, dile que le agradecería me prestara el gato. Cuando uno 
se propone ser alcalde, un gato es imprescindible. 


— 
Lo siento, señor, pero el gato no está disponible. 


— 
¿Cómo es eso? 


— 
Esta mañana acaba de tener ocho gatitos. 


— 
No me digas. Yo pensaba que se llamaba Peter. 


— 
Yo también, señor. Ha sido una gran sorpresa para todos. 


— 
Un caso de bautismo equivocado... confusión de sexo, ¿verdad? 
Bueno, bueno, tendré que irme sin gato. Prepárame las cosas en 


seguida, ¿quieres? 

— 
Muy bien, señor. 
Rogers desapareció para reaparecer diez minutos después. 


— 
¿Quiere que llame un taxi, señor? 


— 
Sí, haz el favor. 
Rogers tuvo un instante de vacilación y luego dio un paso hacia 
delante. 


— 
Me perdonará la libertad, señor, pero yo en su lugar no haría 
mucho caso de lo que el señor Rowland dijera esta mañana. 
Anoche fue a una de esas cenas y... 


— 
No digas más — dijo Jorge— . Comprendo. 


— 
Y como padece de gota... 


— 
Lo sé, lo sé. Habrá sido una noche terrible para ti, Rogers, 
gracias a nosotros dos, ¿verdad? Pero me he propuesto 
distinguirme en el Castillo de Rowland... la cuna de mi raza 
histórica... esto quedaría bien en un discurso, ¿no te parece? Y un 
telegrama, o un discreto anuncio en los periódicos de la mañana, 
me recordará en cualquier momento que se prepara estofado de 
ternera. Y ahora ¡a Waterloo...! como dijo la noche de la histórica 
batalla. 
La estación de Waterloo no estaba aquella tarde tan animada como 
otras veces. Rowland encontró el tren que debía llevarle a su 
destino, pero era un tren anodino... vulgar, un tren en el que nadie 
parecía tener interés en viajar. Jorge encontró un vagón de primera 
clase para él solo, a la cabeza del tren. La niebla iba descendiendo 
sobre la metrópoli... y sus jirones ora se abrían, ora se espesaban. 
El andén estaba desierto, y sólo la respiración asmática de la 
máquina rompía el silencio. 
Y entonces, de pronto, empezaron a ocurrir cosas con rapidez 
sorprendente. 
Primero apareció una muchacha, que abriendo la puerta penetró en 
el compartimiento en el momento en que Rowland empezaba a 
dormirse, y exclamó: 


— 
¡Oh! Escóndame... ¡Oh! Escóndame, por favor. 
Jorge era un hombre de acción por excelencia... nunca preguntaba 
el porqué de las cosas, y aquello parecía cuestión de vida o muerte. 
Sólo hay un lugar donde poder esconderse en un compartimiento 
del tren... debajo del asiento. En siete segundos la joven se había 
refugiado allí, y la maleta de Jorge, colocada como por descuido 
junto a un extremo, cubría su retirada. No fue demasiado pronto. Un 
rostro iracundo asomó por la ventanilla. 


— 
¡Mi sobrina! Usted la ha ocultado aquí. Quiero a mi sobrina. 
Jorge, un tanto falto de respiración, estaba reclinado en un rincón, 


absorto en la columna deportiva del periódico de la tarde, treinta y una edición. Lo dejó a un lado con el aire de un hombre que vuelve de muy lejos. 

— 
¿Cómo dice usted, señor? — le  preguntó cortés. 


— 
Mi sobrina... ¿qué ha hecho usted con mi sobrina? 
Considerando que la política del ataque es siempre mejor que la de 
defenderse, Jorge entró en acción. 


— 
¿Qué diantre está diciendo? — exclamó con una magnífica 
imitación de los modales de su tío. 
El otro se interrumpió un instante sorprendido por su repentina 
ferocidad. Era un hombre grueso, que todavía jadeaba un poco 
como si hubiera estado corriendo. Llevaba el cabello cortado en 
brosse, y un bigote a lo Hohenzollern. Su voz era decididamente 
gutural, y la rigidez de su tórax denotaba que se encontraba más 
cómodo dentro de su uniforme que fuera de él. Jorge sentía el 
prejuicio instintivo de un verdadero británico contra los extranjeros... 
y una repulsión especial por los germánicos. 


— 
¿Qué diantre está diciendo? — repitió enojado. 


— 
Ella entró aquí — dijo el otro— . Yo la vi. ¿Qué es lo que ha hecho 
con ella? 
Jorge dobló el periódico y asomó la cabeza y los hombros por la 
ventanilla. 


— 
De manera que es esto, ¿verdad? — rugió— . Chantaje. Pero se 
ha equivocado de persona. Esta mañana he leído todo lo referente 
a usted en el Daily Mail. ¡Aquí, guardia, guardia! 
Un agente se acercó corriendo. 


— 
Oiga, guardia — dijo Rowland con ese aire de autoridad que 
adoran las clases inferiores— . Este individuo me está molestando. 
Si es necesario le denunciaré por intento de chantaje. Dice que 
tengo a su sobrina escondida aquí. Hay una banda de extranjeros 
que se dedican al chantaje. Debieran impedirlo. Lléveselo, ¿quiere? 
Aquí tiene mi tarjeta por si la desea. 
El guardia miró primero al uno y luego al otro, y pronto se decidió. 
Le habían enseñado a despreciar a los extranjeros, y a respetar y 
admirar a los caballeros bien vestidos que viajaban en primera. 
Apoyó su mano en el hombro del intruso. 


— 
Vamos — dijo— , usted se viene conmigo. 
En aquel momento falló el inglés del extranjero y se puso a maldecir 
en su lengua nativa 


— 
Basta — dijo el guardia— . Apártese ya, ¿quiere? El tren va a salir. 
Se dio la señal con la bandera, sonó el silbato y con una sacudida el 
tren salió de la estación. 
Jorge permaneció en su puesto de observación hasta que hubieron 


dejado atrás el andén, y entonces retiró la cabeza de la ventanilla, y cogiendo su maleta la colocó en la red. 

— 
Está bien. Ya puede salir — dijo en tono tranquilizador. 
La muchacha obedeció. 


— 
¡Oh! — exclamó— . ¿Cómo puedo agradecérselo? 


— 
No tiene importancia. Ha sido un placer, se lo aseguro — replicó 
Jorge galante. 
Le sonrió para tranquilizarla. En sus ojos vio una expresión 
ligeramente intrigada... como si echara de menos algo a lo que 
estaba acostumbrada. En aquel momento, viéndose en el cristal, 
contuvo el aliento. 
No se sabe a ciencia cierta si los encargados de la limpieza limpian 



o no debajo de los asientos de los trenes. Las apariencias son de 
que no lo hacen, pero es posible que las partículas de polvo y 
carbonilla se abran camino como una paloma mensajera. Jorge 
apenas había tenido tiempo de fijarse en la apariencia de la joven, 
tan repentina fue su llegada y tan breve el espacio de tiempo 
transcurrido antes de meterse en su escondite, pero estaba seguro 
de que era una muchacha joven, pulcra y bien vestida la que 
desapareciera debajo del asiento. Ahora su sombrerito rojo estaba 
abollado y sucio, y su rostro desfigurado por largos tizones de 
polvo. 

— 
¡Oh! — exclamó la muchacha. 
Y empezó a revolver en su bolso. Jorge, con el tacto de un 
auténtico caballero, permaneció con la mirada fija en la ventanilla 
admirando las calles londinenses al sur del Támesis. 


— 
¿Cómo podré agradecérselo? — volvió a decir la joven. 
Considerando que aquello era una indirecta para reanudar la 
conversación, Jorge retiró la vista de la ventanilla para volver a 
contarle galantemente, pero esta vez con algo más de calor. 
¡La joven era realmente encantadora! Jorge tuvo que confesar que 
nunca había visto una muchacha más adorable. El empressement 
de sus modales se hizo más acentuado. 


— 
Ha estado usted magnífico — dijo ella entusiasmada. 


— 
En absoluto. Ha sido la cosa más sencilla del mundo. Estoy muy 
satisfecho de haberle sido de utilidad — murmuró Jorge. 


— 
Estuvo magnífico — repitió la joven. 
Sin duda es agradabilísimo ver a la muchacha más adorable del 
mundo mirándose en nuestros ojos y diciéndonos que nos 
encuentra magníficos, y Jorge disfrutó tanto como cualquiera. 
Luego se hizo un silencio embarazoso. Parecía que la joven 
necesitaba explicarse, y enrojeció ligeramente. 


— 
Lo más desagradable — dijo nerviosa— , es que no puedo 


explicarme. 
Le miró con aire lastimero. 


— 
¿No puede explicarse? 


— 
No. 


— 
¡Espléndido! — dijo Rowland con entusiasmo. 


— 
¿Cómo dice? 


— 
He dicho, «espléndido». Es como esas novelas que le mantienen 
a uno despierto toda la noche. La protagonista siempre dice «no 
puedo explicarme» en el primer capítulo. Y claro está, se explica en 
el último, y nunca hay una razón verdadera para que no lo hiciera 
desde el principio... como no sea que estropearía la historia. No 
puedo decirle lo que celebro verme mezclado en un auténtico 
misterio... no sabía que existieran estas cosas. Espero que tenga 
algo que ver con documentos secretos de inmensa importancia, y el 
expreso de los Balkanes. Adoro el expreso de los Balkanes. 
La joven le miró con recelo. 
— -¿Por qué ha dicho usted el expreso de los Balkanes? — preguntó 
intrigada. 
— -Espero no haber sido indiscreto — se apresuró a responder 
Jorge— . Tal vez su tío viajaba en él... 


— 
Mi tío... — se detuvo y luego volvió a decir sin terminar— : Mi tío... 


— 
Cierto — dijo Jorge con simpatía— . Yo también tengo un tío. 
Nadie debiera ser responsable de sus tíos. La naturaleza es muy 
caprichosa... así es como yo lo veo. 
La joven se echó a reír impulsivamente, y al hablar, Jorge observó 
su ligero acento extranjero. Al principio la había tomado por inglesa. 


— 
Qué persona más tranquilizadora y original es usted, señor... 


— 
Rowland. Jorge para mis amigos. 


— 
Me llamo Isabel... 
Se detuvo bruscamente. 


— 
Me gusta ese nombre — dijo Jorge para disimular su momentánea 
confusión— . ¿No la llamarán Belita, o cualquier otra cosa horrible, 
supongo? 
Ella meneó la cabeza. 


— 
Bien — continuó Jorge— , ahora que nos conocemos, será mejor 
que pasemos a tratar de negocios. Si se levanta le sacudiré la 
espalda de su abrigo. 
Ella obedeció y Jorge cumplió bien su cometido. 


— 
Gracias, señor Rowland. 


— 
Jorge. Recuerde, Jorge para mis amigos. Y no es posible que 
entre usted en mi departamento, se esconda debajo del asiento, me 
induzca a mentir a su tío, y luego se niegue a que seamos amigos, 
¿no le parece? 


— 
Gracias, Jorge. 

— 
Así está mejor. 

— 
¿Estoy bien ahora? — preguntó Isabel intentando mirar por 
encima de su hombro la espalda de su abrigo. 


— 
¡Está bien...! ¡Oh! Sí... ahora está perfectamente — dijo Jorge 
conteniéndose. 


— 
Comprenda, ha sido todo tan repentino — exclamó la joven. 


— 
Debe haberlo sido. 


— 
El nos vio en el taxi y luego en la estación. Yo me metí aquí 
sabiendo que me seguía de cerca. A propósito, ¿a dónde va este 
tren? 


— 
Al Castillo de Rowland — replicó Jorge en tono firme. 
La muchacha pareció extrañarse. 


— 
¿El Castillo de Rowland? 


— 
Claro que después de varias paradas. Pero confidencialmente, yo 
espero llegar allí antes de medianoche. La antigua compañía Sur-
Oeste... era de confianza..., lenta pero segura... y estoy convencido 
de que los ferrocarriles del sur conservan las antiguas tradiciones. 


— 
No sé si debo ir al Castillo de Rowland — dijo Isabel pensativa. 


— 
No me ofenda. Es un lugar delicioso. 


— 
¿Ha estado alguna vez allí? 


— 
Pues, exactamente, no. Pero hay muchísimos otros sitios a donde 
puede ir, si no le atrae el Castillo de Rowland. Tal vez prefiera 
Wokin, Wedbridge o Wimbledon. Seguro que el tren se detiene en 
alguno de ellos. 
— -Ya. Sí, podría apearme allí, y tal vez regresar a Londres en 
coche. Creo que ése sería el mejor plan. 
Mientras hablaba, el tren comenzó a disminuir su marcha y Rowland 
la miró con ojos suplicantes. 


— 
Si puedo hacer algo... 


— 
No, ya ha hecho usted bastante. 
Hubo una pausa y al fin la joven volvió a romper el silencio. 


— 
Yo... ojalá pudiera explicarme. Yo... 


— 
¡Por lo que más quiera, no lo haga! Lo estropearía todo. 


— 
Pero escuche, ¿no hay nada que yo pueda hacer? Llevar los 
papeles secretos a Viena... o algo por el estilo? Siempre hay 
documentos secretos. Déme una oportunidad. 
El tren se había detenido e Isabel bajó precipitadamente al andén. 
Luego volvió su rostro ansioso y le habló a través de la ventanilla. 


— 
¿Habla usted en serio? ¿Querría hacer algo por nosotros... por 
mí? 


— 
Haría lo que fuese por usted, Isabel. 


— 
¿Aunque no pudiera explicarle los motivos? 


— 
¡Al diablo los motivos! 

— 
¿Aunque fuese... peligroso? 

— 
Cuanto más peligroso, mejor. 
Tras vacilar unos instantes pareció tomar una determinación. 


— 
Inclínese fuera de la ventanilla y mire el andén como si en 
realidad no lo mirara — el señor Rowland apresuróse a obedecer 
aquella orden tan difícil— . ¿Ve usted a ese hombre que sube al 
tren... que lleva una pequeña barba negra... y un abrigo claro? 
Sígale, y vigile lo que hace y a dónde va. 


— 
¿Eso es todo? — preguntó Rowland— . ¿Qué he de...? 
Ella le interrumpió: 


— 
Luego le enviaremos más instrucciones. Vigílele... y guarde esto 


— 
puso en su mano un paquete sellado— . Guárdelo con su vida. Es 
la clave de todo. 
El tren siguió adelante y Rowland permaneció contemplando por la 
ventanilla la figura alta y graciosa de Isabel, que se alejaba por el 
andén. En su mano aprisionaba el paquetito sellado. 
El resto de su viaje fue monótono y aburrido. El tren era muy lento y 
se detenía en todas partes. En cada estación, Jorge se asomaba a 
la ventanilla, para ver si se apeaba su presa. Cuando la parada 
prometía ser larga, se bajaba al andén para asegurarse de que el 
hombre seguía allí. 
El destino eventual del tren era Portsmouth, y fue allí donde se apeó 
el sujeto de la barba. Se dirigió a un pequeño hotel de segunda 
clase, donde le dieron habitación, y Rowland hizo lo propio. 
Las habitaciones estaban en el mismo pasillo, separadas sólo por 
dos puertas. Aquello satisfizo a Jorge. Era un completo novato en el 
arte de la persecución, pero estaba deseando aprender y justificar 
la confianza de Isabel. 
Para cenar, dieron a Jorge una mesa próxima a su presa. El 
comedor no estaba lleno y la mayoría de los comensales le 
parecieron viajantes de comercio... hombres muy respetables que 
engullían los alimentos con apetito. Sólo un hombre atrajo su 
atención... uno menudo, de cabellos y bigotes rubios, y aspecto de 
hombre acostumbrado a tratar con caballos. También él parecía 
interesarse por Jorge, y cuando terminaron de cenar le propuso una 
partida de billar, pero Jorge había visto que el hombre de la barba 
negra se ponía el sombrero y el abrigo, y se negó cortésmente.. Al 
minuto siguiente estaba en la calle en pos de aquel sujeto. La 
persecución fue larga y pesada... y al fin pareció no conducir a parte 
alguna. Después de deambular por las calles de Portsmouth por 
espacio de cuatro kilómetros, el hombre regresó al hotel, y Jorge 
pisándole los talones. Una duda asaltó a nuestro héroe. ¿Era 


posible que aquel hombre se hubiera percatado de su presencia? 
Mientras discutía esta cuestión, de pie en el vestíbulo, se abrió la 
puerta principal y entró el hombrecillo de cabellos rubios. Al parecer, 
también él había salido a dar un paseo. 
Jorge se dio cuenta en el acto de que la hermosa damisela que 
estaba en conserjería se dirigía a él. 


— 
El señor Rowland, ¿verdad? Dos caballeros han venido a verle. 
Dos extranjeros. Están en el saloncito del final del pasillo 
Un tanto asombrado, Jorge buscó la estancia en cuestión. Los dos 
caballeros que se hallaban sentados allí, se pusieron de pie para 
saludarle ceremoniosamente. 


— 
¿El señor Rowland? No me cabe la menor duda, señor, de que 
adivina nuestra identidad. 
Jorge miró primero a uno y luego al otro. El que había hablado era 
el mayor de los dos, un caballero ceremonioso de cabellos grises 
que hablaba un excelente inglés. Su acompañante era un joven 
alto, rubio, de rostro granujiento y constitución germánica, que no 
perdía atractivo a pesar del ceño fiero que ostentaba en aquellos 
momentos. 
Bastante aliviado al ver que ninguno de sus visitantes era el 
caballero que encontrara en Waterloo, Jorge adoptó su aire más 
cortés. 


— 
Por favor, siéntense, caballeros. Encantado de conocerles. 
¿Quieren tomar algo? 
El más anciano alzó ligeramente la mano en son de protesta. 


— 
Gracias, lord Rowland... Sólo disponemos de poco tiempo... el 
preciso para que usted responda a una pregunta. 


— 
Es usted muy amable al darme ese título — repuso Jorge— . Y 
lamento que no quieran tomar nada. ¿Cuál es esa pregunta tan 
trascendental? 


— 
Lord Rowland, usted salió de Londres en compañía de cierta 
dama. Y llegó aquí solo. ¿Dónde está la dama? 
Jorge se puso en pie. 


— 
No comprendo su pregunta — dijo en tono frío, imitando en todo lo 
posible a un héroe de novela— . Tengo el honor de desearles muy 
buenas noches, caballeros. 
— Pero usted sí que la entiende. La comprende perfectamente — 
exclamó el más joven interviniendo de improviso— . ¿Qué ha hecho 
usted de Alexa? 


— 
Cálmese, señor — murmuró el otro— . Le ruego que conserve la 
calma. 


— 
Puedo asegurarle — dijo Jorge— , que no conozco a ninguna 
dama de ese nombre. Debe haber algún error. 


El más anciano le miraba de hito en hito. 

— 
No es posible — replicó en tono seco— . Me tomé la libertad de 
examinar el libro de registro del hotel. Usted se inscribió como J. 
Rowland del Castillo de Rowland. 
Jorge se vio obligado a ruborizarse. 


— 
Una... una pequeña broma mía — explicó. 


— 
Una excusa muy trivial. Vamos, déjese de rodeos, ¿Dónde está 
su alteza? 


— 
Si se refiere a Isabel... 
Con un arrebato de furor el joven volvió a adelantarse. 


— 
¡Insolente! Hablar de ella en esos términos. 


— 
Me refiero — dijo el otro despacio— , como usted sabe muy bien, a 
la gran duquesa Anastasia Sofía Alexandra María Elena Olga Isabel 
de Catonia. 


— 
¡Oh! — exclamó Rowland sin poder contenerse. 
Trató de recordar todo lo que sabía de Catonia... Que él supiese, 
era un pequeño pueblo de los Balkanes, y tenía idea de que había 
habido allí una revolución. Volvió a la realidad con un esfuerzo. 


— 
Evidentemente nos referimos a la misma persona — dijo 
alegremente— , sólo que yo la llamo Isabel. 


— 
Tendrá que darme una satisfacción — gruñó el más joven— . Nos 
batiremos. 


— 
¿Batirnos? 


— 
En duelo. 


— 
Yo nunca me bato — replicó Rowland con determinación. 


— 
¿Por qué no? — preguntó el otro en tono desagradable. 


— 
Tengo demasiado miedo de que me hieran. 


— 
¡Ah! ¿Por eso? Entonces por lo menos me daré el gusto de tirarle 
de la nariz. 
Y el joven avanzó con fiereza. Lo que ocurrió es algo difícil de 
explicar, pero describió un repentino círculo en el aire para luego 
caer al suelo pesadamente. 
Se levantó aturdido ante la mirada sonriente de Rowland. 


— 
Como iba diciendo — observó— , siempre temo que me hieran. 
Por eso creí conveniente aprender jiu-jitsu. 
Hubo una pausa. Los dos extranjeros contemplaron vacilantes a 
aquel joven de aspecto amable, como si hubieran comprendido de 
pronto que tras sus modales corteses se escondía una cualidad 
peligrosa. El joven teutón estaba lívido de ira. 


— 
Se arrepentirá de eso — siseó. 
El anciano recuperó su compostura. 


— 
¿Es su última palabra, lord Rowland? ¿Se niega a comunicarnos 
el paradero de su alteza? 


— 
Lo ignoro. 

— 
No esperará que lo crea. 

— 
Temo que sea usted de naturaleza incrédula, señor. 
El otro limitóse a mover la cabeza, murmurando: 


— 
Este no es el fin. Volverá a saber de nosotros — y los hombres se 
despidieron. 
Jorge se pasó la mano por la frente. Los acontecimientos se 
precipitaban con rapidez sorprendente. Sin duda se hallaba 
mezclado en un escándalo europeo de primera categoría. 


— 
Tal vez represente otra guerra — pensó Jorge esperanzado, 
mientras se volvía para ver lo que había sido del hombre de la 
barba negra. 
Para su tranquilidad le descubrió sentado en un extremo del salón. 
Jorge ocupó la esquina opuesta, y al cabo de tres minutos el 
hombre de la barba se levantó yendo a acostarse. Jorge le siguió 
hasta verle entrar en su habitación y cerrar la puerta. Entonces 
exhaló un suspiro de alivio. 


— 
Necesito descansar — murmuró— . Lo necesito 
desesperadamente. 
Entonces le asaltó un temor. Suponiendo que el hombre de la barba 
hubiera comprendido que le seguía los pasos... ¿Y si escapaba 
durante la noche mientras Jorge dormía el sueño de los justos? 
Unos minutos de reflexión bastaron a Rowland para encontrar un 
medio de vencer aquella dificultad. Deshizo uno de sus calcetines 
hasta tener una hebra de lana lo bastante larga, y luego, saliendo 
sigilosamente de su habitación, pegó uno de sus extremos en la 
puerta del desconocido con un pedazo de papel de goma, y luego 
hizo llegar hasta su propio dormitorio. Allí cogió el otro extremo 
atándole una campanilla de plata... recuerdo de la juerga de la 
noche anterior. Hizo todos estos preparativos con gran satisfacción. 
Cuando el hombre de la barba negra intentara abandonar la 
habitación, le avisaría instantáneamente el tintineo de la campanilla. 
Una vez hechos estos arreglos, Jorge no perdió tiempo y se acostó. 
Colocó el paquete sellado cuidadosamente debajo de la almohada, 
y luego se entregó a un ejercicio mental. Sus pensamientos podían 
traducirse así: 
“Anastasia, Sofía, María, Alejandra, Olga, Isabel. Diantre, me he 
olvidado uno. Quisiera saber...” 
Fue incapaz de dormirse inmediatamente, pues se lo impedía su 
afán de desentrañar la situación. ¿Qué significaba todo aquello? 
¿Qué relación había entre la gran duquesa fugitiva, el paquete 
sellado y el hombre de la barba negra? ¿De qué huía la gran 
duquesa? ¿Sabían los dos extranjeros que el paquete sellado 


estaba en su poder? ¿Qué contenía? Dando vueltas a estas cuestiones e irritado por no ver cercana la solución, Rowland se quedó dormido. Le despertó un ligero tintineo de la campanilla. No era de esos hombres que entren inmediatamente en acción al despertarse, y necesitó un minuto y medio para hacerse cargo de la situación. Entonces saltó de la cama, se puso las zapatillas y abriendo la puerta con sumas precauciones, salió al pasillo. Una leve sombra moviéndose por el centro del mismo le indicó la dirección de su hombre, y avanzando en el mayor silencio, le fue siguiendo. Llegó con el tiempo justo para ver cómo el barbudo desaparecía en el cuarto de baño. Aquello era muy extraño, pues había otro precisamente al lado de su habitación. Acercándose más a la puerta, que estaba entreabierta, Jorge atisbó por la rendija. El barbudo estaba de rodillas junto a la bañera haciendo algo en el borde de la misma. Permaneció allí durante unos cinco minutos y luego se puso en pie, momento que fue aprovechado por Jorge para emprender una prudente retirada. Una vez a salvo en la penumbra de su habitación, observó desde allí cómo el otro entraba en la suya. 

— 
Bien — díjose-. Mañana por la mañana habrá que investigar el 
misterio del cuarto de baño. 
Se metió en la cama, deslizando su mano debajo de la almohada 
para asegurarse de que el paquete sellado seguía allí. Al minuto 
siguiente estaba revolviendo frenéticamente toda la ropa de la cama 
presa de pánico. ¡El paquete había desaparecido! 
A la mañana siguiente fue un triste Jorge el que se sentó a 
desayunar huevos con jamón. Había defraudado a Isabel, 
permitiendo que le arrebataran el precioso paquete que ella le 
confiara y lo del «misterio del cuarto de baño» fue un truco 
miserable. Sí, no cabía duda de que Jorge había hecho el ridículo. 
Después de desayunar, volvió a subir. En el pasillo encontró a una 
camarera con aspecto perplejo. 
¿Le  ocurre algo? — le  preguntó  Jorge amablemente 


— 
Se trata del caballero de esta habitación, señor. Me pidió que le 
llamara a las ocho y media, y no me contesta y la puerta está 
cerrada. 


— 
No me diga — replicó Jorge. 
Una extraña inquietud le fue invadiendo y corrió a su habitación. 
Cualesquiera que fuesen los planes que estuviera trazando fueron 
dejados de lado ante la vista de algo inesperado. Allí, sobre la 
cómoda, estaba el paquetito que le habían robado la noche anterior. 
Jorge lo cogió para examinarlo. Sí, sin duda era el mismo, pero el 


sello había sido roto. Tras, un minuto de vacilación lo desenvolvió. Si otras personas habían visto su contenido, ¿por qué razón no podía también él? Además, era posible que hubieran robado su contenido. Al quitar el papel que lo envolvía descubrió una cajita de cartón, de las que emplean los joyeros. La abrió. En su interior, sobre un lecho de algodón en rama, había un sencillo aro de boda. Lo cogió, examinándolo. No llevaba ninguna inscripción en su interior... nada que lo diferenciara de cualquier otro anillo de oro. Jorge escondió la cabeza entre las manos, exhalando un gemido. 

— 
Es una locura — murmuró— . Eso es lo que es. Una locura. No 
tiene sentido. 
De pronto recordó la declaración de la camarera, y al mismo tiempo 
observó que fuera de la ventana había un ancho parapeto. Era algo 
que normalmente no hubiera hecho, pero, tentado por la curiosidad 
y el coraje, estaba dispuesto a hacer frente a las dificultades. Saltó 
al repecho de la ventana, y pocos segundos después se asomaba a 
la de la habitación ocupada por el hombre de la barba negra. La 
ventana estaba abierta y la habitación vacía. Un poco más allá 
había una escalera de incendios. Era evidente que su presa ya 
había tomado las de Villadiego. 
Jorge saltó al interior del dormitorio. Las pertenencias del fugitivo 
estaban esparcidas por doquier. Tal vez entre ellas hubiese algo 
que iluminara su perplejidad. Empezó a buscar, comenzando por el 
contenido de una maleta desvencijada. 
Fue un ruido el que interrumpió su registro... un ruido muy ligero, 
pero que sin duda había sonado en la habitación. Jorge dirigió la 
vista hacia el gran armario guardarropa, y acercándose a él abrió la 
puerta de golpe. Al hacerlo, un hombre saltó de su interior, cayendo 
sobre él. Rodaron por el suelo abrazados. No era un contrincante 
despreciable, y todos los trucos conocidos por Jorge le valieron de 
bien poco. Al fin se separaron casi exhaustos y por primera vez 
pudo ver quién era su adversario. ¡El hombrecillo del bigote rubio! 


— 
¿Quién diablos es usted? — le preguntó Jorge. 
Por  respuesta el otro le entregó una  tarjeta que Jorge leyó en voz 
alta. 


— 
«Detective inspector Jarrold, de Scotland Yard». 


— 
Eso es, señor. Y ahora hará bien en decirme todo lo que sepa de 
este asunto. 


— 
¿Usted cree? — dijo Jorge pensativo— . ¿Sabe usted, inspector? 
Creo que tiene razón. ¿No podríamos ir a un lugar más alegre? 
En un apacible rincón del bar, Jorge desnudó su alma, mientras el 
inspector Jarrold le escuchaba con simpatía. 


— 
Muy extraño, como bien dice usted, señor — observó cuando 


Jorge hubo terminado— . Hay muchas cosas que no tienen ni pies ni cabeza, pero hay uno o dos puntos que puedo aclararle. Yo vine aquí siguiendo a Mardenber (su amigo de la barba negra), y su aparición y su vigilancia me hicieron entrar en sospechas. Anoche me introduje en su habitación, cuando usted había salido, y fui yo quien le quitó el paquetito sellado de debajo de la almohada. Al abrirlo vi que no era lo que yo andaba buscando y aproveché la primera oportunidad para devolvérselo. 

— 
Desde luego, eso aclara un poco las cosas — repuso Jorge 
pensativo— . Parece que no he hecho más que ponerme en ridículo. 


— 
Yo no diría eso, señor. Lo hizo muy bien para ser un principiante. 
¿Dice que visitó el cuarto de baño esta mañana y se llevó lo que 
había escondido detrás de la bañera? 


— 
Sí. Pero es sólo una estúpida carta de amor — dijo Jorge con 
pesar— . ¡Maldita sea! No era mi intención meterme en la vida 
privada de ese pobre diablo. 


— 
¿Le importaría dejar que la viera, señor? Jorge sacó la carta 
doblada de su bolsillo y se la entregó al inspector, que se dispuso a 
leerla. 


— 
Una vulgar carta amorosa, como usted dice. Pero me parece que 
si trazara líneas desde el punto de una i a otra, obtendría un 
resultado muy distinto. Vaya, Dios le bendiga, señor, éste es el 
plano de las defensas del puerto de Portsmouth. 


— 
¿Qué? 


— 
Sí. Hace tiempo que habíamos echado el ojo a ese caballero, 
pero era demasiado listo para nosotros. Tiene a una mujer que hace 
el trabajo más sucio. 


— 
¿Una mujer? — dijo Jorge aturdido— . ¿Cuál es su nombre? 


— 
Se la conoce por muchos, señor. El más corriente es Betty 
Brighteyes. Es una mujer muy atractiva. 


— 
Betty... Brighteyes — dijo Jorge— . Gracias, inspector. 


— 
Perdóneme, señor, ¿no se encuentra bien? 


— 
No. Estoy muy enfermo. En resumen, creo que será mejor que 
tome el primer tren para regresar a la ciudad. 
El inspector consultó su reloj. 


— 
Me temo que sea un poco lento, señor. Será mejor que espere al 
expreso. 


— 
No importa — replicó Jorge con voz lúgubre— . Ninguno será más 
lento que el que me trajo ayer. 
Sentado una vez más en un departamento de primera clase, Jorge 
repasó perezosamente las noticias del día. De pronto se irguió 
sobresaltado ante lo que leían sus ojos. 
«Una boda romántica tuvo lugar ayer en Londres. Lord Rolando 


Gaigh, segundo hijo del marqués de Exminster, contrajo matrimonio con la gran duquesa Anastasia de Catonia. La ceremonia se mantuvo en el más absoluto secreto. La gran duquesa había estado viviendo en París con su tío desde la sublevación de Catonia. Conoció a lord Rolando cuando era secretario de la Embajada británica en Catonia y su noviazgo data desde entonces.» 

— 
Vaya, que me... 
Rowland no supo encontrar nada lo bastante fuerte para expresar 
sus sentimientos, y continuó mirando fijamente al vacío. El tren se 
detuvo en una pequeña estación y subió una dama que fue a 
sentarse delante de él. 


— 
Buenos días, Jorge — le dijo con voz dulce. 


— 
¡Cielos! — exclamó Jorge— . ¡Isabel! Ella le sonrió. Estaba más 
bonita que nunca, si ello fuera posible. 


— 
Escuche — suplicó Jorge, llevándose las manos a la cabeza— . 
Dígame, por amor de Dios, ¿es usted la gran duquesa Anastasia o 
Betty Brigtheyes? 
Ella le miró. 


— 
Ninguna de las dos. Soy Isabel Gaigh. Ahora puedo explicárselo 
todo, y también disculparme. Comprenda. Rolando (es mi hermano) 
siempre había estado enamorado de Alexa... 


— 
¿Se refiere a la gran duquesa? 


— 
Sí, es así como la llaman en familia. Pues bien, como le decía, 
Rolando siempre estuvo enamorado de ella, y ella de él. Y entonces 
vino la revolución, y Alexa estuvo en París, y ya iban a arreglarlo 
todo cuando el viejo Stüum, el canciller, se presentó insistiendo en 
llevarse a Alexa y obligarla a casarse con el príncipe Karl, su primo, 
un ser sencillamente horrible... y presuntuoso. 


— 
Me parece que le he conocido — replicó Jorge. 


— 
A quien ella odiaba. Y el viejo príncipe Osric, su tío, le prohibió 
volver a ver a Rolando. De manera que huyó a Inglaterra, y yo vine 
a reunirme con ella, y telegrafié a Rolando, que estaba en Escocia. 
Y en el último momento, cuando nos dirigíamos al Registro Civil en 
un taxi, nos encontramos frente a frente con el viejo príncipe Osric, 
que iba en otro taxi. Claro que nos siguió, y estábamos 
desesperados sin saber qué hacer, porque hubiera hecho una 
escena terrible, y además es su guardián. Entonces se me ocurrió 
la brillante idea de cambiarme con ella. Hoy en día no se ve nada 
más que la punta de la nariz de una joven. Me puse el sombrero 
rojo de Alexa y su abrigo castaño, y ella el mío gris. Entonces 
dijimos al taxista que nos llevara a Waterloo, y allí yo me apeé 
entrando apresuradamente en la estación. El viejo Osric siguió el 
sombrero rojo, sin pensar ni un momento en la otra ocupante del 


taxi que permanecía acurrucada en su interior, pero naturalmente no debía ver mi rostro. Así que me introduje en su departamento y me abandoné a su clemencia. 

— 
Lo demás ya lo sé — dijo Jorge— . Me lo merecía. 


— 
No diga eso. Tengo que disculparme. Espero que no esté 
enfadado. Comprenda, parecía tan interesado por vivir un 
verdadero misterio... como en las novelas, que no pude resistir la 
tentación. Escogí un hombre de aspecto siniestro que había en el 
andén y le dije a usted que le siguiera. Y luego le entregué el 
paquete. 


— 
Conteniendo un anillo de boda. 


— 
Sí. Alexa y yo lo compramos porque Rolando no debía llegar de 
Escocia hasta el momento de la boda. Y naturalmente, yo sabía que 
cuando pudiera regresar a Londres ya no lo necesitarían... Habrán 
utilizado una argolla de cortina o cualquier otra cosa. 


— 
Comprendo — dijo Jorge— . Es lo que ocurre siempre... ¡es tan 
sencillo cuando se sabe! Permítame un instante, Isabel. 
Y quitándole el guante exhaló un suspiro de alivio al ver su dedo 
anular desnudo. 


— 
Estupendo — observó— . Al fin y al cabo este anillo servirá para 
algo. 


— 
¡Oh! — exclamó Isabel— . ¡Pero si yo no sé nada de usted! 


— 
Sabes lo simpático que soy — replicó Jorge— . A propósito, acaba 
de ocurrírseme que tú debes ser lady Isabel Gaigh, naturalmente. 


— 
¡Oh!  Jorge, ¿acaso eres un snob? 
—A decir verdad lo soy bastante. Mi mejor sueño fue uno en el que 
el rey Jorge me pedía prestada media corona para pasar el fin de 
semana. Pero estaba pensando en mi tío... el que me ha despedido. 
El sí que es un snob terrible... ¡Cuando sepa que voy a casarme 
contigo me convertirá en seguida en su socio! 


— 
¡Oh, Jorge! ¿Eres muy rico? 


— 
Isabel, ¿acaso eres interesada? 
Mucho. Me encanta gastar dinero. Pero estaba pensando en mi 
padre. Tiene cinco hijas pletóricas de belleza y sangre azul y está 
deseando encontrar un yerno rico. 


— 
¡Um!... — replicó Jorge— . Será uno de esos enlaces preparados 
por el cielo y aprobados en la tierra. ¿Viviremos en el Castillo de 
Rowland? Seguro que me hacen alcalde, siendo tú mi mujer. ¡Oh, 
querida Isabel! Es probable que lo prohíban las leyes de la 
Compañía, pero no puedo remediarlo, he de besarte. 



FIN 



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