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sábado, 17 de julio de 2010

CONAN - R. E. Howard




CONAN

Índice



La cosa de la cripta.

La Torre del Elefante.

El Aposento de los Muertos.

El dios del cuenco.

Villanos en la casa.

La Mano de Nergal.

La ciudad de las calaveras.





















CONAN

Por Robert E. Howard

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La cosa de la cripta

El héroe más importante de la Edad Hiboria no fue un hiborio, sino un bárbaro: Conan el cimmerio, cuyo nombre ha dado lugar a todo tipo de leyendas. De las antiguas civilizaciones de la época de los hiboríos y de los atlantes, sólo sobreviven algunas historias semilegendarias y fragmentarias. Una de ellas-Las crónicas nemedias- nos permite conocer casi todos los aspectos de la vida y aventuras de nuestro héroe. La parte que se refiere a Conan comienza así:

Sabed, oh príncipe, que en los años que siguieron al hundimiento de Atlantis y de las radiantes ciudades en las profundas aguas del océano, hasta el apogeo de los Hijos de Aryas, hubo una era inconcebible en la que los rutilantes y poderosos reinos se extendían por el mundo como mantos azules bajo las estrellas: Nemedia; Ofir; Brithunio; Hiperbórea; Zamora con sus mujeres de oscuros cabellos y sus torres llenas de hechizo y misterio; Zíngara y sus caballeros; Koth, que lindaba con las tierras pastoriles de Shem; Estigia con sus tumbas protegidas por las sombras, e Hirkania, cuyos jefes vestían seda y oro. Pero el reino más arrogante del mundo era Aquilonia, que imperaba sobre los demás en el adormilado occidente. Aquí llegó Conan el cimmerio, de cabellos negros y mirada hosca, con la espada en la mano-ladrón, vagabundo, asesino implacable, con una melancolía abismal y una exultante alegría- para pisotear los enjoyados tronos de la Tierra con sus toscas sandalias.

Por las venas de Conan corría sangre de los antiguos atlantes tragados por el mar ocho mil años antes. Nació en el seno de un clan que reivindicaba una región del noroeste de Cimmeria. Su abuelo pertenecía a una tribu del sur que había huido de su propio pueblo debido a una contienda racial y, después de mucho peregrinar, se refugió entre los pueblos del norte. Conan nació precisamente en un campo de batalla, durante un combate entre su tribu y una horda de invasores vanires.

No se sabe cuándo el joven cimmerio vio por primera vez la civilización, pero ya tenía fama de guerrero hacia la época de los fuegos del consejo, aunque aún no había visto quince nevadas. Ese año, los cimmerios olvidaron sus querellas y unieron fuerzas para rechazar el ataque de los hombres de Gunderland, que habían irrumpido a través de la frontera de Aquilonia, construyeron el puesto de avanzada de Venarium y comenzaron a colonizar las zonas limítrofes del sur de Cimmeria. Conan pertenecía a la horda rugiente y sedienta de sangre que conquistó las montañas del norte, irrumpió a través de las empalizadas con espadas y antorchas e hizo retroceder a los aquilonios allende sus fronteras.

Durante el saqueo de Venarium y no habiendo alcanzado aún su pleno desarrollo, Conan ya medía más de un metro ochenta de estatura y pesaba ochenta y dos kilos, tenía el carácter alerta y cauteloso del hombre nacido en el bosque, la férrea dureza del hombre de montaña, el físico hercúleo de su padre, que era herrero, y una inusitada destreza con el cuchillo, el hacha y la espada.

Después del saqueo de la avanzada aquilonia, Conan regresa por poco tiempo a su tribu. Desasosegado por los impulsos contradictorios de la adolescencia, de su tradición y de su época, pasa algunos meses con una banda de aesires en infructuosas incursiones contra los vanires y los hiperbóreos. Al finalizar esta campaña, toman prisionero y encadenan al joven cimmerio, que cuenta entonces con dieciséis años. Sin embargo, no permanece encadenado por mucho tiempo...



1. Los ojos rojos

Durante dos días los lobos habían perseguido a Conan a través de los bosques y ahora se acercaban nuevamente. El muchacho miró hacia atrás y vislumbró unas figuras grandes y pesadas, peludas, de color gris oscuro, que corrían velozmente entre los negros troncos de los árboles y cuyos ojos resplandecían como carbones incandescentes en la oscuridad. Esta vez -pensó- sería capaz de enfrentarse a ellos como había hecho otras veces.

No podía ver a lo lejos porque a su alrededor se alzaban, como silenciosos soldados de algún ejército embrujado, los troncos de millones de abetos negros. La nieve estaba pegada a la ladera norte de las montañas formando borrosas manchas blancas, pero el murmullo de miles de riachuelos que se formaban al derretirse la nieve y el hielo presagiaba la llegada de la primavera. Era un mundo oscuro, silencioso y sombrío aun en pleno verano, y ahora, a medida que se desvanecía la tenue luz para dar paso al atardecer, parecía más tenebroso que nunca.

El joven siguió corriendo sin aliento ascendiendo por la abrupta y arbolada pendiente, tal como había hecho desde que consiguiera abrirse camino luchando para escapar de la mazmorra de esclavos de Hiperbórea dos días antes. Aunque era cimmerio de pura raza, había formado parte de una banda de invasores aesires que hostigaban las fronteras de los hiperbóreos. Los pálidos y rubios guerreros de aquella tierra sombría habían detenido y aplastado a los incursores, y el joven Conan conoció por primera vez en su vida el sabor amargo de las cadenas y de los latigazos, que eran el sino normal de los esclavos.

Pero no permaneció mucho tiempo en esclavitud. Trabajando por la noche mientras los demás dormían, consiguió desgastar un eslabón de su cadena debilitándolo hasta partirlo. Entonces, un día de tormenta, rompió violentamente sus ataduras. Esgrimiendo la rota y pesada cadena de más de un metro de longitud, mató a su guardián y a un soldado que de un salto se había interpuesto en su camino, y desapareció bajo el aguacero. La lluvia que le impedía ver también sirvió para despistar a la jauría que llevaba el grupo de hombres que salió en su búsqueda.

Aunque libre por el momento, el joven se dio cuenta de que había un reino hostil en su camino hacia su Cimmeria natal. Entonces huyó hacia las tierras salvajes y montañosas del sur donde confluían la frontera meridional de Hiperbórea, las fértiles llanuras de Brithunia y las estepas turanias. En algún lugar del sur, según había oído, se hallaba el fabuloso reino de Zamora, con sus mujeres de negros cabellos y sus torres llenas de embrujo y misterio. Allí se alzaban famosas ciudades: Shadizar, la capital, llamada la Ciudad del Mal; Arenjun, la ciudad de los ladrones, y Yezud, la ciudad del dios araña.

Unos años antes, había saboreado por primera vez las delicias y los lujos de la civilización cuando, formando parte de la sanguinaria horda de cimmerios que atacaron en tropel las murallas de Venarium, participó en el saqueo de aquella avanzada aquilonia. El sabor del triunfo estimuló su ambición. No tenía metas definidas ni un plan de acción preciso, sino vagos sueños de aventuras en las ricas tierras del sur. Visiones de brillantes piezas de oro y relucientes joyas, de manjares y bebidas sin límite, y cálidos abrazos de hermosas mujeres de noble cuna que le serían dados como premio a su valentía revoloteaban por su ingenua mente juvenil. En el sur -pensó- su corpulencia y su fuerza podrían proporcionarle fácilmente fama y fortuna en medio de los débiles habitantes de la ciudad. Así pues, se dirigió hacia el sur en busca de su destino, sin más bienes que una túnica raída y harapienta y poco más de un metro de cadena.

Entonces los lobos olfatearon su rastro. En circunstancias normales, un hombre de acción tiene poco que temer de estos animales. Pero terminaba el invierno y los lobos, hambrientos después de una época de escasez, estaban dispuestos a todo para conseguir su presa.

La primera vez que alcanzaron a Conan, el muchacho había agitado la cadena con tal violencia que hizo aullar de dolor a uno de esos grises animales, que quedó retorciéndose en la nieve con el espinazo roto, y dejó a otro muerto con el cráneo destrozado. La sangre coagulada manchaba la nieve derretida. La hambrienta manada se alejó de aquel joven de cruel y violenta mirada y de la terrible cadena giratoria y se dieron un festín con los animales muertos de su propia manada, lo que Conan aprovechó para huir hacia el sur. Pero he aquí que poco tiempo después le seguían el rastro de nuevo.

El día anterior, al atardecer, la manada lo alcanzó en un río helado en los confines de Brithunia. Conan entabló una lucha con los animales sobre el hielo resbaladizo, esgrimiendo la ensangrentada cadena a modo de mazo, hasta que el lobo más intrépido cogió los eslabones de hierro entre sus terribles mandíbulas y arrancó la cadena que sus manos sujetaban con dificultad. En ese momento, la violencia de la lucha y el peso de la manada que se abalanzaba sobre el muchacho hicieron que se rompiera el frágil hielo sobre el que se apoyaban. Conan empezó a jadear y a respirar con dificultad pensando que se ahogaría en la helada corriente. Algunos lobos habían caído con él, y tuvo la vaga impresión de que uno de los animales, medio sumergido en el agua, arañaba frenéticamente con sus garras delanteras el borde del hielo, pero no sabía cuántos habían logrado escapar ni cuántos habían sido arrastrados por la helada corriente.

Con los dientes castañeteando, Conan logró salir del agua por el extremo más alejado del agujero, lejos de la manada, mientras los lobos aullaban detrás de él. Estuvo corriendo toda la noche y todo el día siguiente, huyendo hacia el sur a través de las boscosas montañas, semidesnudo y aterido de frío. Pero durante el día los animales volvieron a alcanzarlo.

El aire helado de la montaña quemaba sus agitados pulmones y su respiración semejaba la ráfaga de un aparato infernal. Estaba casi entumecido y sus piernas, que parecían de madera, se movían automáticamente como si fueran pistones. A cada paso sus sandalias se hundían en la tierra empapada y al levantarlas producían gorgoteos.

Conan sabía que desprovisto de armas tenía escasas posibilidades de sobrevivir contra una docena de peludos devoradores de hombres. A pesar de todo seguía corriendo sin pausa. Su severa tradición cimmeria le impedía rendirse, aun cuando se enfrentara a una muerte segura.

Comenzaba a nevar otra vez, caían grandes y húmedos copos que llegaban al suelo con un sonido atenuado pero audible y cubrían la oscura tierra húmeda y los enormes abetos negros con una miríada de manchas blancas. Aquí y allá se veían grandes peñascos que asomaban por el alfombrado suelo; el terreno se hacía cada vez más rocoso y montañoso. Allí -pensó Conan-podía estar su única posibilidad de sobrevivir. Podría apoyar su espalda contra una roca y combatir a los lobos de frente cuando se abalanzaran sobre él. Era una esperanza remota, pues conocía muy bien la rapidez, como una trampa de acero, de aquellos delgados animales ligeros y enjutos de apenas cincuenta kilos de peso; pero esto era mejor que nada.

El bosque se hacía menos denso a medida que aumentaba la pendiente. Conan corrió con paso ligero hacia una enorme masa de rocas que sobresalían de la ladera de la montaña como si se tratara de la entrada de un castillo enterrado. En el ínterin, los lobos salieron del espeso bosque y corrieron tras él aullando como los demonios rojos del infierno cuando persiguen a un alma condenada.

2. la puerta en la roca

A través del blanco velo de nieve que caía en remolinos, el muchacho vio una grieta oscura entre dos enormes bloques ¿e roca y se lanzó de un salto hacia allí. Los lobos le seguían de cerca -le pareció sentir su cálido y hediondo aliento en sus desnudas piernas- cuando saltó hacia la negra hendidura que se abría delante de él, en el preciso instante en que se abalanzaba sobre él el animal que tenía más cerca. Las mandíbulas babeantes mordieron el aire. Conan estaba a salvo.

Pero ¿por cuánto tiempo?

Conan se agachó y anduvo a tientas en la oscuridad, palpando el duro suelo rocoso en busca de algún objeto para ahuyentar a los animales que aullaban. Podía oír sus pasos quedos en la nieve mientras sus garras arañaban la piedra. Al igual que él, los animales respiraban agitadamente. Olfateaban y gruñían, sedientos de sangre. Pero ninguno atravesó la entrada, el oscuro y tenebroso resquicio. Y eso parecía extraño.

Conan se encontró en una estrecha cueva labrada en la roca, completamente a oscuras a no ser por la tenue luz que entraba por la abertura. El suelo desparejo de la pequeña habitación estaba cubierto de residuos arrastrados hasta allí por el viento o traídos por los pájaros u otros animales; había hojas secas, agujas de abeto, pequeñas ramas de árboles, algunos huesos desparramados, guijarros y pequeños fragmentos de roca. No vio nada que pudiera emplear como arma.

Conan, que ya medía casi un metro noventa, se irguió y comenzó a explorar la pared con las manos extendidas, hasta que encontró otra abertura. Mientras entraba a tientas por esta puerta penetrando en la más absoluta oscuridad, sus sensibles dedos le indicaron que en la piedra había unas marcas talladas en forma de jeroglíficos de alguna lengua desconocida. O al menos desconocida para el ignorante muchacho de las tierras bárbaras del norte, que no sabía leer ni escribir y se burlaba de tales muestras de civilización, considerando que eran algo afeminado.

Tuvo que encorvarse mucho para pasar por la puerta interior, pero una vez dentro pudo erguirse nuevamente. Se detuvo un momento, escuchando. Aunque reinaba un absoluto silencio, algún sexto sentido parecía advertirle que no estaba solo en la habitación interior. No era algo que pudiera ver, oír u oler, sino que se trataba de una sensación de presencia, diferente de cualquier sensación conocida.

Su sensible oído, habituado a los ruidos del bosque, le indicó, por el eco, que este recinto era mucho más amplio que el otro. El lugar tenía un olor a polvo antiguo y a excremento de murciélago. Conan tropezó con algunos objetos esparcidos por el suelo. Aunque no podía verlos, se dio cuenta de que no eran residuos como los que cubrían el suelo de la antecámara. Daban más bien la impresión de haber sido hechos por el hombre.

Al dar una zancada a lo largo de la pared, tropezó con un objeto en la oscuridad, que se cayó y se hizo pedazos con gran estrépito bajo el peso del muchacho. Una astilla de madera rota le arañó la espinilla, añadiendo un nuevo rasguño al cuerpo cubierto de marcas de las ramas de abeto y de las garras de los lobos. Conan lanzó una maldición, se incorporó y tanteó en la oscuridad el objeto que había destrozado. Se trataba de una silla, cuya madera estaba tan podrida que se hizo trizas bajo el peso de su cuerpo.

Continuó explorando con más cautela. Sus inseguras manos hallaron otro objeto, de mayor tamaño, que en seguida reconoció como el bastidor de un carro. Las ruedas se habían caído porque su madera estaba podrida y la caja estaba tirada en el suelo entre fragmentos de ruedas.

Las manos de Conan tocaron ahora un objeto frío y metálico. Su sentido del tacto le indicó que probablemente se tratara de algún herraje oxidado del carro. Esto le sugirió una idea. Se dio media vuelta y regresó a la puerta que comunicaba con ambos recintos y que apenas podía ver en la absoluta oscuridad. Recogió un puñado de yesca y varios trozos de piedra del suelo de la antecámara. Volvió a la habitación interior, hizo un montoncito con la yesca y golpeó las piedras contra el hierro. Después de varios intentos, encontró una piedra que emitía ráfagas de chispas al ser golpeada contra el hierro.

Poco después Conan había conseguido hacer un pequeño y humeante fuego que chisporroteaba alimentado con los fragmentos de la silla rota y de las ruedas del carro. Entonces pudo relajarse y descansar al fin de su terrible carrera a través de los bosques, y calentar sus entumecidos miembros. Las vivas llamas alejarían a los lobos, que aún merodeaban frente a la entrada, reacios a perseguirlo hasta el interior de la cueva, pero no dispuestos a abandonar definitivamente su presa.

El fuego arrojaba una cálida luz amarillenta que danzaba sobre las paredes de piedra rústicamente tallada. Conan miró a su alrededor. La habitación era cuadrada y más grande de lo que había creído al principio. El elevado techo se perdía entre las espesas sombras cubierto de telarañas. Había más sillas apoyadas contra las paredes y un par de cofres abiertos llenos de ropas y armas. La enorme cueva olía a muerte, a cosas antiguas por mucho tiempo insepultas.

Entonces a Conan se le pusieron los pelos de punta, sintió un ligero temblor y un escalofrío sobrenatural. Porque allí, sentado en una especie de trono de piedra en el extremo más alejado de la habitación, había un enorme hombre desnudo, de rostro cadavérico, que tenía una espada desenvainada sobre las rodillas y lo miraba a través de las vacilantes llamas.

En cuanto divisó al gigante desnudo, Conan se dio cuenta de que estaba muerto desde tiempos inmemoriales. Las extremidades del cadáver eran marrones y parecían ramas secas. La carne reseca y encogida de su enorme tórax se había hecho jirones y dejaba ver las costillas desnudas.

El hecho de saber que estaba muerto no alivió el súbito escalofrío de terror del joven. Temerario en la guerra a pesar de su juventud, capaz de enfrentarse a cualquier hombre o bestia salvaje, Conan no sentía miedo ante el dolor, la muerte ni ante ningún enemigo mortal. Pero era un bárbaro de las montañas del norte, de las primitivas tierras de Cimmeria. Al igual que todos los bárbaros, sentía pavor frente a los horrores sobrenaturales de las tumbas y de las tinieblas, ante los demonios y los monstruos rastreros de la Antigua Noche y del Caos, con los que la gente primitiva puebla las tinieblas que están más allá del círculo de sus hogueras. Conan hubiera preferido enfrentarse hasta con los hambrientos lobos antes que quedarse allí con el cadáver que lo miraba con ojos centelleantes desde su trono de piedra, mientras la temblorosa luz parecía dar vida a la reseca calavera y movía las sombras de los profundos agujeros que semejaban ojos oscuros y ardientes.

3. La cosa del trono

Aunque la sangre se le había helado en las venas y se le habían puesto los pelos de punta, el muchacho se dominó a sí mismo con todas sus fuerzas. Se dijo que sus temores eran infundados y avanzó con paso firme a través de la cripta para examinar de cerca aquella cosa muerta desde hacía tanto tiempo.

El trono era una roca cuadrada, negra y lisa, rústicamente tallada en forma de asiento sobre una especie de tarima de unos treinta centímetros de altura. El hombre desnudo había muerto sentado en el trono o bien lo habían colocado en esa posición después de muerto. La ropa que tuviera puesta entonces se había hecho jirones hacía mucho tiempo. Las hebillas de bronce y los trozos de cuero de su arnés aún yacían a sus pies. Un collar de irregulares pepitas de oro colgaba de su cuello; piedras preciosas sin tallar brillaban en los anillos de oro que lucían sus manos, que parecían garras y todavía se aferraban a los brazos del trono. Un casco de bronce, ahora cubierto con una capa de moho verde y ceroso, coronaba la parte superior de aquella cosa espantosa, reseca y marrón que había sido su rostro.

Con nervios de acero, Conan se obligó a sí mismo a mirar aquella cara carcomida por el tiempo. Los ojos se habían hundido, dejando dos agujeros negros. La piel casi había desaparecido de sus labios resecos, por donde asomaban unos dientes amarillentos esbozando una sonrisa macabra.

¿Quién había sido? ¿Qué era esta cosa muerta? ¿Un guerrero de la antigüedad, algún jefe temido en vida y aún entronizado después de muerto? Imposible saberlo. Unas cien razas habían poblado y dominado aquellas montañas fronterizas desde que Atlantis se hundió bajo las aguas de color esmeralda del océano Occidental, hacía ocho mil años. Por su casco de cuernos se podía deducir que el cadáver tal vez hubiera sido un jefe de los primeros vanires o aesires, o del primitivo rey de alguna olvidada tribu hibórea perdida en las sombras de los años y enterrada bajo el polvo del tiempo.

Entonces Conan bajó la mirada y vio la enorme espada colocada encima de las huesudas piernas del cadáver. Era un arma aterradora, un sable con una hoja de más de un metro de largo, hecha de hierro azulado y no de cobre ni de bronce, como era de esperar por su antigüedad. Quizá fuera una de las primeras armas de hierro que empuñó el hombre; las leyendas del pueblo de Conan hablaban de la época en la que los hombres combatían con rudimentarias armas de bronce, cuando aún no se conocía el hierro. Seguramente esta espada había visto muchas batallas en el remoto pasado, ya que su ancha hoja, aunque aún afilada, tenía muescas en varios lugares en los que, con fragor metálico, se había enfrentado a otras espadas y hachas en medio de la confusión de la lucha. Manchada por el tiempo y llena de herrumbre, todavía era un arma temible.

El joven sintió que su pulso se aceleraba. La sangre de Conan, que había nacido para ser guerrero, hirvió en sus venas. ¡Crom, qué espada! Con un arma como aquella podría enfrentarse ventajosamente a los hambrientos lobos que estaban al acecho dando vueltas y gruñendo en el exterior. Cuando tendió la mano ansiosamente para coger la empuñadura, no alcanzó a ver el destello de advertencia que brilló en las sombrías y hundidas cuencas vacías de la calavera del antiguo guerrero.

Conan levantó la espada. Era pesada como el plomo; se trataba de una espada muy antigua. Tal vez algún fabuloso y heroico rey del pasado la había empuñado, algún legendario semidiós como Kull de Atlantis, rey de Valusia antes del hundimiento de Atlantis bajo la agitada superficie de los mares...

El muchacho blandió la espada, sintiendo que su espíritu se henchía de poder y su corazón latía más deprisa por el orgullo de poseer aquella arma extraordinaria. ¡Dioses, qué espada! ¡Con semejante armado había destino al que no pudiera aspirar un guerrero! ¡Con una espada como aquélla, hasta un joven bárbaro semidesnudo de las rudas tierras de Cimmeria podría abrirse camino por todo el mundo y vadear los ríos de sangre hasta ponerse a la altura de los más importantes reyes de la tierra!

De espaldas al trono de piedra, Conan movía de un lado a oro la hoja acerada y cortaba el aire con la espada, experimentando la sensación que producía la antigua empuñadura contra la palma de su mano. La afilada espada silbaba en el aire denso de humareda y la hoja del sable reflejaba los haces de luz de las llamas sobre las toscas paredes de piedra de la cueva como pequeños meteoros dorados. Con aquella poderosa espada en la mano, no sólo podría enfrentarse a los hambrientos lobos que aullaban fuera, sino también a una nutrida tropa de guerreros. El muchacho respiró hondo ensanchando su pecho, y lanzó el salvaje grito de guerra de su tribu. Los ecos del grito resonaron estruendosamente en las paredes de la cueva, agitando las antiguas sombras y sacudiendo el polvo del tiempo. Conan no se detuvo a pensar que semejante desafío, en ese lugar, podría levantar algo más que sombras o polvo: cosas que debían permanecer eternamente dormidas.

De repente se detuvo con un pie delante, al oír un ruido, un crujido seco e indescriptible, que procedía del trono situado al lado de la cripta. Volviéndose bruscamente vio... y sintió que se le ponían los pelos de punta y que la sangre se le helaba en las venas. Todos sus terrores supersticiosos y sus primitivos miedos nocturnos se le aparecieron de golpe, y lanzó un alarido que llenó su mente de sombras de locura y horror. Porque la cosa del trono estaba viva.

4. Cuando los muertos caminan

Lentamente, con movimientos espasmódicos, el cadáver se levantó de su enorme asiento de piedra y miró a Conan con sus oscuras cuencas vacías, de donde ahora parecían escrutarlo unos ojos vivos con una mirada fría y maligna. De alguna manera, sin que Conan pudiera adivinar a qué mecanismo de necromancia primitiva obedecía, la reseca momia del guerrero muerto hacía tanto tiempo seguía con vida. Las mandíbulas que sonreían con una mueca grotesca se abrían y cerraban en una espantosa pantomima dé lenguaje. Pero el único sonido audible era el crujido que Conan había escuchado, como si los marchitos y arrugados despojos de músculos y tendones rozaran unos contra otros. Para Conan, aquel silencioso remedo de lenguaje era más terrible aún que el hecho de que el muerto se moviera y viviese.

La momia descendió crujiendo del estrado de su antiguo trono y movió su calavera en dirección a Conan. Cuando fijó sus ojos huecos en la espada que el muchacho aún empuñaba, un espeluznante fuego embrujado ardió en sus cuencas vacías. Avanzando torpemente a través de la habitación, la momia se acercó a Conan como una masa de un horror indescriptible sacada de la pesadilla de un cerebro demencial, y extendió sus huesudas garras para coger la espada de las fuertes manos del joven.

Paralizado por un terror supersticioso, Conan retrocedió lentamente. Las llamas dibujaban la monstruosa sombra negra de la momia en la pared que había detrás, formando ondas sobre la dura piedra. En la tumba reinaba el silencio, salvo el crepitar de las llamas a medida que destruía los antiguos muebles con los que Conan había alimentado el fuego, el crujir y el chirriar de los rígidos músculos coriáceos del cadáver que lo impulsaban con pasos vacilantes a través de la cripta, y la respiración acelerada y jadeante del joven, que estaba sofocado de terror.

La cosa muerta tenía a Conan de espaldas contra la pared. Una garra marrón se alzó bruscamente. La reacción del muchacho fue automática, e instintivamente lanzó un golpe. Se oyó el silbido de la hoja de la espada al abatirse sobre el brazo extendido, que crujió como una rama quebrada. Aferrada todavía al vacío, la mano cortada cayó dando un golpe seco en el suelo; del muñón del antebrazo no brotó ni una sola gota de sangre.

La terrible herida, que habría detenido a cualquier guerrero vivo, ni siquiera hizo titubear al cadáver animado. Simplemente retiró el muñón del brazo cercenado y extendió el otro.

Con un impulso salvaje, Conan saltó de la pared empuñando agresivamente la espada. Uno de los impactos golpeó a la momia en un costado. Las costillas saltaron como astillas por el golpe, el cadáver se tambaleó y cayó al suelo estrepitosamente. Conan se detuvo jadeando en el centro de la cueva, aferrando la gastada empuñadura con mano sudorosa. Con los ojos muy abiertos vio cómo la momia se volvía a poner de pie lentamente y con gesto mecánico extendió la garra que le quedaba.

5 . El duelo con el muerto

Ambos se movieron lentamente en círculo. Conan esgrimía la espada con fuerza, pero se iba retirando paso a paso ante el implacable avance de la cosa muerta.

El joven lanzó un fuerte golpe contra el otro brazo, pero falló porque la momia lo retiró rápidamente; el impulso hizo dar a Conan media vuelta y, antes de que pudiera volver en sí, la cosa estaba casi encima de él. Le lanzó un manotazo con su garra, cogió un pliegue de su túnica y le arrancó de un tirón la gastada tela, dejando a Conan desnudo, con excepción de las sandalias y el taparrabo.

Conan dio un paso atrás y blandió la espada sobre la cabeza del monstruo. La momia esquivó el golpe y el joven tuvo que saltar para ponerse fuera de su alcance. Finalmente consiguió asestarle un tremendo golpe en un costado de la cabeza y logró partir uno de los cuernos del casco. De un segundo golpe lanzó, ruidosamente, el casco a un rincón. El siguiente le dio en el oscuro y reseco cráneo. La espada quedó presa por un instante, un instante que estuvo a punto de perder al muchacho, y su piel recibió el arañazo de unas uñas negras que el tiempo había oscurecido, mientras Conan tiraba desesperadamente de su arma para liberarla.

La espada golpeó una vez más a la momia en las costillas, se alojó por un segundo casi fatal en la columna vertebral y volvió a quitarla de un tirón. Parecía que nada podría detenerla. Puesto que estaba muerta, nada podía herirla. Se levantaba tambaleante y se arrastraba una y otra vez hacia Conan, infatigable y decidida, aun cuando en su cuerpo había heridas que habrían dejado a muchos poderosos guerreros tendidos en el suelo revolcándose de dolor.

¿Cómo se puede matar a una cosa que ya está muerta? Conan se repetía obsesivamente esta pregunta. Le daba vueltas en su cabeza pensando que se volvería loco por la obsesión. Respiraba con dificultad; su corazón latía como si fuera a estallar. Por más que la hiriera, nada podría detener a la cosa muerta que se arrastraba tras él.

Entonces Conan atacó con mayor astucia. Pensando que si la momia no podía caminar sería incapaz de perseguirlo, le asestó un violento estoque con la espada en la rodilla. Crujió un hueso y la momia cayó al suelo, mordiendo el polvo de la caverna. Pero aún alentaba una vida sobrenatural dentro del pecho reseco de la momia. Se levantaba tambaleante una vez más dando bandazos tras el muchacho y arrastrando su pierna destrozada.

Conan golpeó una vez más y le arrancó a la cosa muerta la parte inferior de la cara; la mandíbula cayó produciendo un sonido tétrico. Pero el cadáver no se detenía. Con la cara destrozada, en la que sólo quedaban unos pocos huesos blancos y rotos, y un extraño brillo en las cuencas vacías de los ojos, seguía persiguiendo a su enemigo de manera infatigable y mecánica. Conan pensó que hubiera sido preferible haberse quedado fuera luchando contra los lobos en lugar de haber buscado refugio en esa maldita cripta, donde las cosas que debían estar muertas desde hace mil años seguían caminando y matando.

En ese momento algo aferró el tobillo del muchacho, que perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre la tosca superficie rocosa del suelo, dando violentos puntapiés para liberar su pierna de la garra que le atenazaba. Miró hacia abajo y sintió que la sangre se le congelaba cuando vio que la mano cortada del cadáver aferraba su pie. Sus huesudas garras se le clavaron en la carne.

Una sombría pesadilla de horror y locura se cernió sobre el muchacho caído. El destrozado y deformado rostro del cadáver le clavó la mirada y lanzó un zarpazo hacia su garganta.

Conan reaccionó instintivamente. Apoyó con todas sus fuerzas los pies en el hundido vientre de la cosa muerta y empujó violentamente. Ésta saltó por los aires y cayó por detrás con un ruido estrepitoso directamente en el fuego.

Entonces Conan cogió la mano cortada que todavía le aferraba el tobillo y tiró de ella hasta que lo soltó, después se puso de pie y la arrojó al fuego en el que estaban los restos de la momia. Se detuvo para coger su espada y se volvió para mirar las llamas. La batalla había terminado.

Reseca por el paso de los siglos, la momia ardía con la furia de las hojas secas. La vida sobrenatural- que la animaba aún coleteó cuando intentó erguirse con dificultad, mientras las llamas recorrían sus resecas formas saltando de un miembro a otro y convirtiéndola en una antorcha viviente. Estuvo a punto de escapar del fuego, cuando su pierna mutilada cedió y se desplomó convertida en una masa ardiente. Un brazo envuelto en llamas cayó bruscamente como una rama que se arranca de un árbol. La calavera rodó entre las brasas. La momia se consumió completamente en pocos minutos, quedando sólo unos pocos huesos calcinados y ennegrecidos.

6. La espada de Conan

Conan lanzó un profundo suspiro y respiró hondamente. La tensión lo iba abandonando y comenzó a sentir un cansancio terrible en todo el cuerpo. Se secó el frío sudor de espanto del rostro y echó atrás, con los dedos, la maraña de sus negros cabellos. La momia del guerrero muerto estaba, por fin, realmente muerta, y la espada era suya. La alzó una vez más maravillado por su peso y por la sensación de poder que le transmitía.

Por un instante pensó en pasar la noche en la cueva. Estaba agotado. Fuera, los lobos y el frío seguían al acecho, y ni siquiera su sentido de orientación de hombre del bosque podría guiarlo en esa noche sin estrellas en una tierra desconocida.

Pero en ese momento sintió náuseas. La cueva estaba llena de humo y apestaba, no sólo por el polvo de los siglos, sino por el olor de la carne humana muerta hace tanto tiempo y ahora calcinada. El olfato aguzado de Conan nunca había percibido un olor semejante y le resultaba absolutamente repugnante. El trono vacío parecía mirarlo. Aquella sensación de presencia que se había apoderado de él cuando entró en la habitación interior por primera vez todavía perduraba en su mente. Se le pusieron los pelos de punta y su piel se erizó cuando pensó en la posibilidad de dormir en aquella tétrica cueva.

Además, con su nueva espada, Conan se sentía plenamente confiado. Respiró hondo ensanchando el pecho y empuñó la espada haciendo círculos en el aire.

Poco después, envuelto en un viejo manto de piel que encontró en uno de los cofres y sosteniendo una antorcha en una mano y la espada en la otra, salió de la cueva. Los lobos no habían dejado ni rastro. Miró hacia arriba y vio que el cielo se despejaba. Conan observó las estrellas que brillaban trémulas entre manchas de nubes y, una vez más, encaminó sus pasos hacia el sur.

La Torre del Elefante

Siguiendo hacia el sur y pasando por las abruptas montañas que separan los pueblos hibóreos del este de las estepas turanias, Conan llega finalmente a Arenjun, la conocida « Ciudad de los Ladrones» de Zamora. Ajeno a la civilización y profundamente anárquico por naturaleza, no tarda en encontrar -o mejor dicho, en ganarse- un lugar como ladrón profesional entre gentes que consideran el robo como un arte y una ocupación respetable. Por ser muy joven aún, y más osado que hábil, sus progresos en la nueva profesión son bastante lentos al comienzo.

Las antorchas resplandecían lóbregamente en las fiestas del Maul, donde los ladrones del este celebraban el carnaval por la noche. En el Maul podían estar de juerga y hacer todo el ruido que quisieran, puesto que las personas decentes evitaban esos barrios y los guardianes, bien pagados con monedas de todas clases, no interferían en sus diversiones. A lo largo de las callejuelas tortuosas y sin empedrar, llenas de basura y de charcos fangosos, los juerguistas borrachos caminaban tambaleándose y gritando estrepitosamente. El acero relucía en las sombras de donde provenían las risas estridentes de las mujeres y los ruidos de escaramuzas y peleas. La pálida luz de las antorchas se reflejaba a través de las ventanas rotas y de las puertas abiertas de par en par, y en el exterior, el olor a rancio del vino y de los cuerpos sudorosos, el clamor de los bebedores que golpeaban las duras mesas con los puños y cantaban canciones obscenas, sorprendían como una bofetada en pleno rostro.

Las risotadas resonaban estrepitosamente en el techo bajo y manchado por el humo de uno de aquellos antros donde se reunían picaros de todo tipo luciendo toda clase de andrajos y harapos; había rateros furtivos, raptores lascivos, ladrones de dedos ágiles, bravucones jactanciosos con sus mozas, mujeres de voces estridentes vestidas con ropas no menos chillonas. Los bribones del lugar eran mayoría: zamorios de piel oscura y ojos negros, con dagas en sus cintos y astucia en los corazones. Pero también había allí lobos de varios pueblos extranjeros. Llamaba la atención un gigante hiperbóreo renegado, taciturno, peligroso, con un sable colgando de su lúgubre y feroz corpachón, puesto que los hombres llevaban el acero sin disimulo en el Maul. Había también un falsificador shemita, de nariz ganchuda y rizada barba de color negro azulado. Un poco más allá, una moza brythunia de mirada descarada sentada sobre las rodillas de un hombre de Gunderland de cabello leonado; se trataba de un mercenario errante, un desertor de algún ejército derrotado. Y el obeso y grosero bribón, cuyas bromas procaces eran motivo de regocijo general, era un secuestrador profesional que había venido de la lejana tierra de Koth para enseñar a los zamorios a raptar mujeres, si bien éstos conocían mucho mejor este arte de lo que aquel hombre pudiera saber jamás. El kothiano hizo una pausa en la descripción de los encantos de una de sus posibles víctimas y se llevó a la boca una enorme jarra de espumeante cerveza. Luego se lamió los gruesos labios y dijo:

-Por Bel, dios de los ladrones, que voy a enseñarles cómo se roba una mujer; estará del otro lado de la frontera de Zamora antes del amanecer, y allí habrá una caravana esperándola. Un conde de Ofir me prometió trescientas piezas de plata por una esbelta joven brythunia de buena familia. Estuve vagando varias semanas por las ciudades fronterizas, donde me hacía pasar por mendigo, hasta que encontré una que valiera la pena. ¡Ah, qué guapa es esta golfa!

Cuando terminó de decir esto echó al aire un beso lascivo.

-Conozco señores de Shem que darían por ella el secreto de la Torre del Elefante -dijo volviendo a su cerveza.

Alguien tiró de la manga de su túnica y el hombre volvió la cabeza, frunciendo el entrecejo por la interrupción. Vio entonces a un joven alto y corpulento que se encontraba de pie a su lado. El desconocido estaba tan fuera de lugar en ese antro como un lobo gris entre las ratas de las cloacas. Su pobre y raída túnica dejaba ver las fornidas líneas de su fuerte cuerpo, sus anchos y recios hombros, el pecho macizo, la fina cintura y los brazos fuertes y musculosos. Su piel estaba bronceada por soles remotos, sus ojos eran azules y fogosos, y una desgreñada melena negra coronaba su amplia frente. De su cinto colgaba una espada dentro de una vieja vaina de cuero.

El hombre de Koth retrocedió involuntariamente, porque el hombre no pertenecía a ninguna de las razas civilizadas que conocía.

-Has mencionado la Torre del Elefante -dijo el forastero hablando en lengua zamoria con acento extranjero-. He oído muchas cosas acerca de esa torre. ¿Cuál es su secreto?

La actitud del muchacho no parecía amenazadora, y el valor del kothiano había aumentado por efectos de la cerveza y la manifiesta aprobación del público. El hombre lo miró henchido de vanidad y dijo:

-¿El secreto de la Torre del Elefante? -exclamó-. Bueno, cualquier imbécil sabe que el sacerdote Yara vive allí con la enorme joya llamada Corazón de Elefante; ése es el secreto de su magia.

El bárbaro estuvo callado un momento asimilando estas palabras.

-Yo he visto esa torre -dijo-. Está en un enorme jardín situado en lo alto de la ciudad y rodeado de elevadas murallas. No he visto guardianes. Las murallas parecían fáciles de escalar. ¿Por qué nadie ha robado esa misteriosa piedra preciosa?

El hombre de Koth se quedó boquiabierto ante la ingenuidad del muchacho y se echó a reír con carcajadas burlonas, a las que se sumaron todos los presentes.

-¡Escuchad a este pagano salvaje! -vociferó-. ¡Pretende robar la joya de Yara! ¡Escucha, muchacho! -dijo dirigiéndole una mirada- siniestra al joven-. Vaya, supongo que eres una especie de bárbaro del norte.

-Soy cimmerio -respondió el forastero con tono poco amistoso.

La respuesta y el modo en que lo dijo no significaban casi nada para el hombre de Koth; se trataba de un remoto reino del sur, en las fronteras de Shem, y él sólo conocía vagamente a las razas del norte.

-Entonces presta atención y aprende, muchacho -dijo apuntando con su jarra de cerveza al desconcertado joven-. Debes saber que en Zamora, y especialmente en esta ciudad, hay más intrépidos ladrones que en cualquier otro lugar del mundo, incluido Koth. Si algún mortal hubiera sido capaz de robar la piedra preciosa, puedes estar seguro de que habría desaparecido hace mucho tiempo. Tú hablas de escalar las murallas, pero una vez que lo hubieras hecho, desearías irte inmediatamente. Por la noche no hay guardianes, es decir, guardianes humanos, en los jardines por una buena razón. Pero en el cuarto de guardia, en la parte inferior de la torre, hay hombres armados, y aun si lograras escabullirte entre los que rondan por los jardines de noche, tendrías que eludir a los soldados, porque la gema está guardada en algún lugar de la parte superior de la torre.

-Pero si alguien consiguiera atravesar los jardines -arguyó el cimmerio-, ¿por qué no iba a poder llegar hasta la gema por la parte superior de la torre, eludiendo de ese modo a los soldados?

El hombre de Koth lo miró atónito una vez más.

-¡Oíd lo que dice! -gritó en tono burlón-. ¡Este bárbaro debe de ser un águila capaz de volar hasta el borde enjoyado de la torre, que se halla a tan sólo cincuenta metros de altura, y que tiene las paredes más lisas y resbaladizas que el cristal pulido!

El cimmerio miró furioso a su alrededor, molesto por las carcajadas burlonas con que los presentes acogieron estas palabras. Él no veía nada gracioso en ello y era demasiado ajeno a la civilización para comprender la falta de cortesía. Los hombres civilizados son menos amables que los salvajes porque saben que pueden ser más descorteses sin correr el riesgo de que les partan la cabeza. Estaba desconcertado y contrariado y habría salido corriendo de allí, avergonzado, pero el kothiano decidió seguir mortificándole.

-¡Anda, anda! -gritó-. ¡Cuéntales a estos pobres hombres, que han sido ladrones desde antes que a ti te engendraran, diles cómo robarías tú la piedra!

-Siempre hay alguna manera de hacerlo, si el deseo está unido al valor -contestó el cimmerio en tono tajante y lleno de rabia.

El hombre de Koth lo tomó como un insulto personal y se puso rojo de ira.

-¡Cómo! -bramó-. ¿Te atreves a enseñarnos nuestro oficio, y a insinuar que somos unos cobardes? ¡Vete! ¡Fuera de mi vista!

-gritó empujando al cimmerio con violencia.

-¿Primero te burlas de mí y ahora me pones las manos encima? -dijo el bárbaro con tono crispado, sintiendo que le invadía la cólera y devolviendo el empujón con un manotazo que

hizo caer al hombre que lo molestaba de espaldas sobre la tosca mesa.

La cerveza se derramó sobre la cara del kothiano y éste desenvainó la espada hecho una furia.

-¡Perro pagano! -vociferó-. ¡Te voy a arrancar el corazón por esto!

El acero centelleó y los presentes se apartaron rápida y desordenadamente. En su desbandada tiraron la única vela que había allí, y el antro quedó a oscuras; se oyó el ruido de bancos rotos, los pasos rápidos de la gente que huía, gritos y blasfemias de individuos que tropezaban y caían encima de otros, y un estruendoso grito de agonía que cortó el alboroto como un cuchillo. Cuando volvieron a encender la vela, la mayor parte de los parroquianos habían huido por las puertas y ventanas rotas, y los demás se apretujaban detrás de los barriles de vino y debajo de las mesas. El bárbaro había desaparecido; el centro de la habitación estaba desierto, con excepción del cuerpo apuñalado del hombre de Koth. El cimmerio lo había matado en medio de la oscuridad y la confusión, con el infalible instinto de los bárbaros.

Las pálidas luces y el jolgorio de los borrachos se desvanecían detrás del cimmerio. El joven se quitó la desgarrada túnica y caminó desnudo por las callejuelas oscuras sin más atuendo que el taparrabo y las sandalias atadas con correas a sus piernas. Se movía con la suave agilidad natural de un tigre, y sus músculos acerados se marcaban como ondas bajo la piel bronceada.

Llegó al sector de la ciudad reservado a los templos. Por todas panes brillaban a la luz de las estrellas las níveas columnas de mármol, las cúpulas doradas y los arcos plateados, los altares de los innumerables y extraños dioses de Zamora. El muchacho no pensó mucho en esos dioses; sabía que la religión de los zamorios, como todo lo que se refería a un pueblo civilizado y asentado desde hace mucho tiempo en el lugar, era intrincada y compleja y había perdido en gran medida su prístina esencia original en medio de un laberinto de fórmulas y rituales. Había estado muchas horas en cuclillas en los patios de los filósofos, escuchando los razonamientos y discusiones de teólogos y maestros, y se había ido de allí confuso y perplejo y con una sola idea clara: que estaban todos locos.

Sus dioses eran simples y comprensibles; Crom era su jefe y vivía en una gran montaña, desde donde sentenciaba el destino la muerte de los hombres. Era inútil invocar a Crom, porque era un dios tenebroso y salvaje que odiaba a los débiles. Pero insuflaba valor a los hombres en el momento de nacer, así como la voluntad y el poder de matar a los enemigos, lo que, para la mentalidad del cimmerio, era lo único que cabía esperar de un dios.

Las sandalias del joven no hacían ruido al caminar por el reluciente empedrado. No había guardianes, porque hasta los ladrones del Maul evitaban los templos, pues se sabía que habían caído extrañas maldiciones sobre los violadores. Delante de él, recortada contra el cielo, Conan vio la Torre del Elefante. Se preguntó asombrado por qué le habrían dado ese nombre. Nadie parecía saberlo. Nunca había visto un elefante, pero tenía la vaga noción de que se trataba de un animal monstruoso, con una cola delante y otra detrás. Eso, al menos, es lo que le había dicho un shemita errante, que le juró que había visto miles de animales como ésos en la tierra de los hirkanios; pero era bien sabido lo mentirosos que son los hombres de Shem. De todos modos, no había elefantes en Zamora.

La torre resplandecía con un fulgor frío bajo el cielo nocturno. A la luz del sol, en cambio, su brillo era tan deslumbrante que pocas personas podían soportarlo. Se decía que estaba hecha de plata. Era redondeada y tenía la forma de un cilindro fino y perfecto, de casi cincuenta metros de altura, y su borde brillaba a la luz de las estrellas debido a las enormes joyas que lo adornaban. La torre se alzaba entre los árboles exóticos y cimbreantes de un jardín situado a gran altura. Había una gran muralla alrededor de este jardín y por fuera un terreno intermedio rodeado asimismo por un muro. No se veía ninguna luz; parecía que la torre no tuviera ventanas, al menos por encima del nivel de la muralla interior. Tan sólo las gemas de la cúpula brillaban con un resplandor helado bajo el firmamento.

Los matorrales cubrían parte de la muralla exterior, de menor altura. El cimmerio se acercó al paredón y lo midió con la mirada. Era alto, pero él podría saltar y alcanzar el borde con los dedos. Luego sería un juego de niños tomar impulso y pasar al otro lado, y no tenía ninguna duda de que podría salvar la muralla interior de la misma manera. Pero vaciló al pensar en los extraños peligros que, según se decía, le esperaban a quien entrase allí. Esa gente le resultaba extraña y misteriosa; no eran de raza y ni siquiera tenían la misma sangre que los brithunios más occidentales, los nemedios, los kothios y los aquilonios, de cuyas culturas y misterios había oído hablar. Los zamorios, en cambio, eran un pueblo muy antiguo y, por lo que pudo apreciar, muy maligno.

Pensó en Yara, el sumo sacerdote que condenaba a los hombres y lanzaba extrañas maldiciones desde su enjoyada torre, y se le pusieron los pelos de punta al recordar la leyenda que le contó un paje ebrio de la corte, según la cual Yara se había reído en la cara de un príncipe hostil y alzó delante de él una gema que brillaba con un resplandor incandescente y maligno de la que emergieron unos rayos cegadores que envolvieron al príncipe; éste cayó al suelo dando un grito y quedó reducido a un marchito bulto oscuro que se convirtió en una araña negra y, cuando ésta trató de huir frenéticamente, Yara la aplastó con el pie.

Yara no salía con frecuencia de su torre mágica, y cuando lo hacía era para lanzar una maldición y hacer el mal a algún hombre o pueblo. El rey de Zamora le temía más que a la muerte, y estaba siempre borracho porque era la única forma de soportar el miedo. Yara era muy viejo; la gente decía que tenía cientos de años y agregaba que viviría eternamente debido al poder mágico de su piedra preciosa, que los hombres llamaban Corazón de Elefante. Ésta era la única razón por la que llamaban Torre del Elefante a su morada.

El cimmerio, enfrascado en estos pensamientos, corrió rápidamente hacia la muralla. Oyó unos pasos quedos dentro del jardín y un sonido metálico de acero y se dijo que, a pesar de lo que afirmaban, un guardián rondaba por aquellos jardines. Conan esperó para ver si lo oía pasar nuevamente, pero el silencio era total en aquellos misteriosos jardines.

Finalmente la curiosidad pudo más que él. Dio un ligero salto, apoyó una mano en la muralla y de un impulso saltó hacia arriba. Se tendió de bruces sobre el ancho borde y miró hacia abajo para observar el amplio espacio que había entre las murallas. No había ningún arbusto, pero vio unas matas cuidadosamente recortadas cerca de la muralla interior. La luz de las estrellas alumbraba el cuidado césped y se oía el rumor de una fuente.

El cimmerio se dejó caer sigilosamente hacia el interior y desenvainó la espada mirando en todas direcciones. Se estremeció de miedo como todos los salvajes cuando se ven sin protección bajo la desnuda luz de las estrellas, y avanzó con paso ligero hacia la curva de la muralla, pegado a su sombra, hasta que se encontró frente al matorral que había visto antes. Entonces corrió velozmente hacia allí y casi tropezó contra un bulto que había en el suelo entre los arbustos.

Una rápida mirada en todas direcciones le aseguró que no había ningún enemigo a la vista; entonces se agachó para investigar- Sus agudos ojos le permitieron descubrir, aun en la semioscuridad, a un hombre corpulento que llevaba una armadura plateada y el casco con penacho de la guardia real zamoria Junto a él había un escudo y una lanza y se dio cuenta de inmediato de que el hombre había sido estrangulado. El bárbaro miró preocupado a su alrededor. Supo en seguida que aquel hombre debía de ser el guardia que había oído pasar desde su escondite. En ese breve intervalo de tiempo unas manos anónimas habían emergido de la oscuridad para quitarle hasta el último hálito de vida al soldado.

Aguzando la vista en la penumbra, vio que alguien se movía entre los arbustos próximos a la muralla. Se dirigió hacia allí empuñando la espada. No hizo más ruido que el que hubiera hecho una pantera acechando furtivamente en la noche, pero a pesar de ello el hombre al que seguía lo oyó. El cimmerio alcanzó a ver un enorme cuerpo cerca de la muralla y se sintió aliviado al comprobar que al menos era una figura humana; entonces el individuo giró rápidamente sobre sus talones y lanzó un grito de asombro que denotaba pánico, hizo ademán de dar un salto hacia adelante, con las manos extendidas, pero retrocedió al ver el brillo de la espada de Conan. Durante unos segundos llenos de tensión ninguno dijo una palabra, sino que esperaron atentos a lo que pudiera ocurrir.

-Tú no eres soldado -dijo finalmente el extraño en voz muy baja-. Tú eres un ladrón igual que yo.

-¿Y quién eres tú? -preguntó el cimmerio con un susurro receloso.

-Soy Taurus de Nemedia.

El joven bárbaro bajó su espada y dijo:

-He oído hablar de ti. Todos te llaman el príncipe de los ladrones.

El extraño le contestó con una risa contenida. Taurus era tan alto como el cimmerio, pero más corpulento; aunque tenía un voluminoso vientre y era gordo, cada uno de sus movimientos denotaba un magnetismo dinámico y sutil, que se reflejaba en sus penetrantes ojos que brillaban como centellas, llenos de vida, aun a la luz de las estrellas. Iba descalzo y llevaba algo que parecía una cuerda fuerte y delgada enrollada, con nudos distribuidos en forma regular.

-¿Quién eres? -susurró.

-Soy Conan el cimmerio -contestó el joven-. He venido a ver si podía robar la gema de Yara, que todos llaman Corazón de Elefante.

Conan notó que el enorme vientre se sacudía por las risas contenidas del nemedio, pero se dio cuenta de que no eran despectivas.

-¡Por Bel, dios de los ladrones! -dijo Taurus entre dientes-. Yo había pensado que era el único con valor suficiente para intentar este robo. Estos zamorios se consideran ladrones. ¡Bah! Conan, me gusta tu osadía. Nunca he compartido una aventura con nadie, pero por Bel que vamos a intentar esto juntos, si estás de acuerdo.

-Entonces, ¿tú también estás en busca de la gema?

-¿Qué otra cosa podía buscar? He estado trazando mis planes durante meses, pero me parece que tú, en cambio, has actuado en forma impulsiva, amigo.

-¿Eres tú quien ha matado al soldado?

-Por supuesto. Me arrastré por la muralla cuando él estaba en el otro extremo del jardín. Cuando me escondí entre los matorrales me oyó, o creyó haber oído algo. En el momento en que cometió el error de venir hacia mí, fue muy fácil ponerme detrás de él y apretarle el cuello por sorpresa, asfixiándolo hasta que exhalara el último suspiro de su necia vida. Era, como casi todos los hombres, medio ciego en la oscuridad.

-Pero has cometido un error -dijo Conan.

Los ojos de Taurus se encendieron de cólera cuando dijo:

-¿Un error, yo? ¡Imposible!

-Deberías haber ocultado el cadáver entre los arbustos.

-El novato pretende enseñar su arte al maestro. Debes saber que no cambian la guardia hasta pasada la medianoche. Si alguien viene a buscarlo ahora y encuentra su cuerpo, irá a comunicarle inmediatamente la noticia a Yara, lo que nos daría tiempo para escapar. Pero si no lo hallaran, rastrearán los arbustos y nos atraparán como a ratas en una trampa.

-Tienes razón -admitió Conan.

-Así es. Ahora escucha. Estamos perdiendo tiempo con esta maldita discusión. No hay guardianes en el jardín interior, quiero decir guardianes humanos, aunque hay centinelas que son mucho más peligrosos aún. Es su presencia la que me ha detenido durante tanto tiempo, pero finalmente he descubierto una forma de burlarlos.

-¿Y qué me dices de los soldados que vigilan en la parte inferior de la torre?

-El viejo Yara vive en las habitaciones superiores. Por ese camino entraremos... y saldremos, espero. No me preguntes cómo. He planeado una forma de hacerlo. Nos introduciremos furtivamente por la parte superior de la torre y estrangularemos al viejo Yara antes de que nos pueda hechizar con alguno de sus condenados maleficios. Al menos lo intentaremos; corremos el riesgo de que nos convierta en arañas o en sapos asquerosos, pero por otro lado tenemos la posibilidad de obtener toda la riqueza y el poder del mundo. Un buen ladrón debe saber correr riesgos.

-Iré hasta donde sea -dijo Conan, quitándose las sandalias.

-Entonces, sígueme.

Taurus terminó de decir esto y se volvió, tomó impulso, se aferró a la muralla y saltó. La agilidad de aquel hombre era asombrosa, teniendo en cuenta su tamaño; parecía casi deslizarse hacia el borde del muro. Conan lo siguió y cuando estaban de bruces sobre el ancho paredón, hablaron en voz baja.

-No veo ninguna luz -dijo Conan entre dientes.

La parte inferior de la torre se parecía mucho a la parte que se veía desde fuera del jardín: un cilindro perfecto y brillante, que no parecía tener ninguna abertura.

-Hay puertas y ventanas hábilmente construidas -respondió Taurus-. Pero están cerradas. Los soldados respiran el aire que viene de arriba.

El jardín era un vago conjunto de sombras cubiertas de pequeños árboles donde se balanceaban sobriamente en la oscuridad ligeros arbustos. El cauto espíritu de Conan sintió el aura amenazadora que se cernía sobre aquel lugar. Percibió la mirada ardiente de unos ojos invisibles y sintió un aroma sutil que le erizó instintivamente el pelo de la nuca como a los sabuesos cuando huelen la presencia de su antiguo enemigo.

-Sígueme -susurró Taurus-. Ven detrás de mí, si aprecias en algo tu vida.

Extrayendo de su cinto lo que parecía ser un tubo de cobre, el nemedio se dejó caer nuevamente encima del césped interior. Conan lo seguía de cerca con la espada preparada, pero Taurus lo empujó hacia atrás, contra la pared, y se quedó inmóvil. Estaba en una actitud de tensa expectación y su mirada, al igual que la de Conan, estaba fija en las sombras de los arbustos que había cerca de allí. La mata se movía a pesar de que la brisa había dejado de soplar. En ese momento vieron dos enormes ojos resplandecientes entre las ondulantes sombras y detrás de éstos pudieron ver otros destellos de fuego que centelleaban en la oscuridad.

-¡Leones! -musitó Conan.

-Sí. De día los encierran en unas cavernas subterráneas que hay debajo de la torre. Por eso no hay guardianes en este jardín. Conan contó rápidamente los ojos y dijo:

-Yo veo cinco, pero quizá haya más en los matorrales. Nos atacarán de un momento a otro.

-¡Silencio! -dijo Taurus en voz muy baja apartándose del muro con prudencia, como si estuviera caminando sobre cuchillas, y alzando el delgado tubo.

Se oían ruidos sordos provenientes de las sombras y se veía avanzar los ojos resplandecientes. Conan percibió las inmensas mandíbulas babeantes y las colas que azotaban el aire en todas direcciones. La tensión era insoportable. El cimmerio empuñó la espada, a la espera del inevitable ataque de los gigantescos cuerpos. Entonces Taurus se llevó el extremo del tubo a los labios y sopló con fuerza. Un gran chorro de polvo dorado salió por el otro extremo y se extendió instantáneamente formando una densa nube de color verde amarillento que cubrió los arbustos, ocultando los resplandecientes ojos.

Taurus corrió apresuradamente hacia el muro. Conan lo miró sin comprender. La densa nube ocultaba los matorrales y no se oía nada.

-¿Qué es ese polvo? -preguntó el joven, preocupado.

-¡Es la muerte! -dijo el nemedio con tono sibilante-. Si se levantara viento y soplara en nuestra dirección, tendríamos que huir saltando la muralla. Pero no, no se ha levantado viento y la nube se está disipando. Espera hasta que desaparezca del todo. Respirar ese polvo supone la muerte.

Finalmente quedaron flotando sólo unas tenues nubécillas amarillentas en el aire; cuando desaparecieron, Taurus indicó a su compañero con la mano que avanzara. Se dirigieron sigilosamente hacia los arbustos y Conan se quedó boquiabierto. Tendidos en el suelo entre las sombras yacían cinco cuerpos de color pardo cuya mirada feroz se había extinguido para siempre. Un olor dulzón y empalagoso persistía en el aire.

-¡Murieron sin lanzar un solo rugido! -murmuró el cimmerio-. Taurus, ¿qué era ese polvo?

-Estaba hecho con flores de loto negro, que crecen en las selvas remotas de Khitai, en la que sólo habitan los monjes de cráneo amarillo de Yun. Esas flores causan la muerte al que las huele.

Conan se arrodilló al lado de los enormes animales muertos, asegurándose de que no podían hacerle daño. Movió la cabeza pensando que la magia de las tierras exóticas era terrible y misteriosa los ojos de los bárbaros del norte.

-¿Por qué no matamos a los soldados de la torre de la misma manera? -preguntó el muchacho.

-Porque ése era todo el polvo que tenía. Su obtención fue una hazaña que por sí sola hubiera bastado para hacerme famoso entre todos los ladrones del mundo. Lo robé de una caravana que se dirigía a Estigia, y me apoderé de él, con su bolsa tejida con hilos de oro, cogiéndola entre los anillos de la inmensa serpiente que lo cuidaba, sin siquiera despertarla. ¡Pero, vamos ya, por Bel! ¿Vamos a pasarnos toda la noche hablando?

Entonces se arrastraron entre los arbustos hasta llegar a la fulgurante base de la torre, y allí, imponiendo silencio con un gesto, Taurus desenrolló la cuerda de nudos, en uno de cuyos extremos había un fuerte gancho de acero. Conan intuyó cuál era su plan y no hizo ninguna pregunta. Entre tanto, el nemedio cogió la soga a corta distancia del gancho y comenzó a hacerlo girar sobre su cabeza. Conan apoyó su oreja sobre la lisa superficie del muro para ver si escuchaba algo, pero no oyó nada. Evidentemente, los soldados que estaban dentro no sospechaban la presencia de los intrusos, que habían hecho menos ruido que el viento de la noche soplando entre los árboles. Sin embargo, el bárbaro sentía un extraño nerviosismo. Tal vez fuera por el olor de los leones, que se percibía en todas partes.

Taurus lanzó la cuerda con un movimiento uniforme y ondulante de su fuerte brazo. El gancho trazó una extraña curva, difícil de describir, y desapareció por encima del enjoyado borde. Aparentemente quedó bien sujeto, pues los cuidadosos tirones del hombre no consiguieron aflojarlo.

-Suerte al primer intento -murmuró Taurus-. Ahora...

El salvaje instinto de Conan hizo que se volviera súbitamente, porque la muerte que estaba encima de ellos era silenciosa. Un vistazo bastó para que el cimmerio viera la gigantesca sombra parda, erguida bajo el firmamento, preparándose para el ataque mortal. Ningún hombre civilizado se habría movido con la rapidez del bárbaro. Su espada centelleó helada bajo la luz de las estrellas, impulsada por la fuerza y el valor desesperado del joven, y en ese momento el hombre y la bestia rodaron juntos por el suelo.

Maldiciendo de modo incoherente para sus adentros, Taurus se agachó para observar los cuerpos y vio que las extremidades de su compañero se movían tratando de quitarse de encima el enorme peso fláccido que tenía sobre su cuerpo. El nemedio miró y vio asombrado que el león estaba muerto, con el cráneo partido en dos. Taurus sujetó el cuerpo del animal muerto y; con su ayuda, Conan lo empujó a un lado y se levantó aferrando aún su espada manchada de sangre.

-¿Estás herido, amigo? -preguntó boquiabierto Taurus, todavía perplejo por la pasmosa rapidez con la que había ocurrido todo.

-¡Por Crom, no! -respondió el bárbaro-. Pero me he librado por poco. ¿Por qué esa maldita bestia no rugió en el momento de atacar?

-Todo es extraño en este jardín -dijo Taurus-. Los leones atacan en silencio, al igual que las otras muertes. Pero sigamos; aunque hemos hecho poco ruido en la pelea, los soldados pueden haber oído algo, a menos que estén dormidos o borrachos. Esa fiera estaba en alguna otra parte del jardín y escapó a la muerte de las flores, pero seguramente ya no hay más animales. Ahora debemos trepar por esta cuerda; imagino que no es necesario preguntar a un cimmerio si puede hacerlo.

-Si resiste mi peso -dijo Conan con un gruñido, mientras limpiaba su espada en la hierba.

-Puede aguantar tres veces mi propio peso -repuso Taurus-. Está hecha con trenzas de mujeres muertas, que yo mismo cogí de sus tumbas a medianoche, y que luego sumergí en la mortífera savia del árbol de upas, para hacerlas resistentes. Yo subiré primero, y luego me seguirás tú de cerca.

El nemedio aferró la soga enganchando una rodilla en ella, y comenzó el ascenso; subió como un gato, a pesar de la aparente torpeza de su pesado cuerpo. El cimmerio fue tras él. La cuerda oscilaba y giraba sobre sí misma, pero los hombres siguieron escalando. Ambos habían trepado por lugares más difíciles en otras ocasiones. Veían el resplandor del borde enjoyado de la torre por encima de ellos, que sobresalía un poco de la pared perpendicular, de modo que la cuerda colgaba unos cincuenta centímetros a los lados de la torre, lo que facilitaba el ascenso.

Continuaron trepando en silencio, viendo cómo las luces de la ciudad se hacían más pequeñas a medida que subían, y el brillo de las estrellas se atenuaba por el resplandor de las joyas que adornaban el borde del edificio. Por fin Taurus tendió una mano y se aferró al borde y con un impulso saltó al otro lado. Conan se detuvo un momento en el borde mismo, fascinado por las enormes y frías joyas cuyo fulgor lo deslumbraba. Había diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, turquesas y piedras de la luna incrustadas como rutilantes estrellas en un cielo de plata luciente. Desde lejos su brillo se fundía en un solo resplandor blanco, pero ahora, de cerca, centelleaban con un millón de matices que cubrían todo el arco iris, hipnotizando al muchacho con sus reverberaciones.

-Aquí hay una fabulosa fortuna, Taurus -susurró el joven.

-¡Apresúrate! Si conseguimos el Corazón, esto y todo lo demás será nuestro -le contestó el nemedio con un gesto de impaciencia.

Conan trepó por el fulgurante borde. El techo de la torre estaba unos metros por debajo del saliente enjoyado. Era plano y estaba hecho de una sustancia de color azul oscuro, amalgamado en oro, de modo que el conjunto parecía un enorme zafiro salpicado de brillantes polvos de oro. Del otro lado parecía haber una especie de habitación construida sobre el techo, del mismo material que las paredes de la torre, adornada con figuras hechas con gemas más pequeñas; la única puerta que se veía era de oro macizo con paneles labrados e incrustaciones de piedras preciosas que resplandecían con un fulgor helado.

Conan lanzó una mirada hacia el rutilante océano de luces que se desplegaban a lo lejos, y miró a Taurus. El nemedio estaba recogiendo y enrollando la soga. Enseñó a Conan el lugar en el que se había enganchado el acero y pudieron ver que la punta había quedado sujeta debajo de una resplandeciente joya en el lado interior del borde.

-Tuvimos suerte una vez más -musitó el hombre-. Era de imaginar que el peso de ambos podría haber destrozado la piedra. Ahora sígueme, que los verdaderos peligros de nuestra aventura acaban de empezar. Estamos en la guarida de la serpiente, y no sabemos dónde está escondida.

Atravesaron a rastras la misteriosa y brillante terraza como tigres detrás de su presa y se detuvieron delante de la puerta de oro. Con mano cautelosa y hábil, Taurus la empujó un poco y ésta se abrió sin ofrecer resistencia; ambos miraron hacia el interior, en guardia contra lo que pudiera suceder. Por encima del hombro del nemedio, Conan vio una resplandeciente habitación, cuyas paredes, cielo raso y suelo estaban cubiertos de enormes joyas blanquecinas que la iluminaban con un brillo deslumbrante. No había señales de vida.

-Antes de cortar nuestra retirada -dijo Taurus en voz baja-, vuelve al borde de la torre y mira en todas direcciones. Si ves algún movimiento de soldados en los jardines o cualquier otra señal sospechosa, vuelve a decírmelo. Yo te espero aquí.

Conan no veía razones para ello, por lo que tuvo una leve sospecha en su cauto ánimo respecto a su compañero, pero a pesar de ello hizo lo que Taurus le pedía. En cuanto Conan se dio la vuelta, el nemedio se deslizó hacia el interior de la habitación y la cerró por dentro. Conan se arrastró hacia el borde de la torre y después de comprobar que no había ningún movimiento sospechoso en los ondulantes matorrales de abajo, regresó a la puerta de la torre, y de repente oyó un grito ahogado desde el interior.

El cimmerio, electrizado, dio un salto y la puerta se abrió de par en par, dejando ver la silueta de Taurus recortada contra el frío fulgor del fondo. El hombre se tambaleó y sus labios se entreabrieron, pero sólo se oyó un estertor seco. Aferrándose a la puerta dorada en busca de apoyo, dio unos pasos vacilantes por la terraza y luego se desplomó de bruces, apretándose la garganta. La puerta se cerró a sus espaldas.

Conan, encogido como una pantera acorralada, no vio nada detrás del nemedio herido en el breve instante en que la puerta estuvo abierta, salvo una engañosa sombra que cruzó como una flecha por el reluciente suelo. Nadie vino detrás de Taurus a la terraza, y Conan se inclinó sobre el hombre caído.

El nemedio miró hacia arriba con los ojos dilatados y vidriosos, con un desconcierto aterrador. Sus manos se clavaron en la garganta, sus labios babearon y emitieron un murmullo, y de pronto se puso rígido; el atónito cimmerio se dio cuenta de que estaba muerto. Tuvo la sensación de que Taurus había lanzado su último suspiro sin saber qué clase de muerte se había abatido sobre él. Conan miró perplejo hacia la enigmática puerta de oro. En aquel recinto vacío, de paredes llenas de deslumbrantes joyas, la muerte había sorprendido al príncipe de los ladrones tan rápida y misteriosamente como la que él había ocasionado a los leones del jardín.

El bárbaro pasó su mano con cuidado por el cuerpo semidesnudo del hombre tratando de ver si había una herida, pero las únicas señales de violencia que tenían estaban entre los hombros, en la base de su cuello de toro; eran tres heridas pequeñas como si tres uñas afiladas se hubieran hundido profundamente en su carne. Los bordes de las heridas eran negros y emanaban un leve hedor putrefacto. ¿Serían dardos envenenados? -se preguntó Conan-. Pero en ese caso, deberían estar clavados todavía en las heridas.

El cimmerio se acercó cautelosamente a la puerta dorada, la empujó y vio ante sus ojos una habitación vacía, bañada por el resplandor helado y rutilante de miríadas de piedras preciosas.

En el mismo centro del cielo raso observó distraídamente un dibujo extraño; se trataba de un diseño octogonal de color negro en cuyo centro brillaban cuatro piedras preciosas con un fulgor rojo distinto al resplandor blanco de las demás joyas. En el extremo opuesto de la habitación había otra puerta, igual a aquella en la que él se hallaba, aunque no tenía paneles tallados. ¿La muerte habría venido de allí y, una vez logrado su designio, se habría alejado por el mismo sitio?

Después de cerrar la puerta, el cimmerio dio unos pasos por la habitación. Sus pies desnudos no hacían ruido sobre el suelo cristalino. No había sillas ni mesas; se veían tan sólo tres o cuatro lechos cubiertos de seda, con extraños bordados en oro, y varios cofres de caoba con refuerzos de plata. Algunos de éstos estaban cerrados con pesados candados dorados; otros, tenían las tapas talladas abiertas, y en ellos se veían montañas de joyas en un exuberante y desordenado derroche de color para asombro del cimmerio. Conan lanzó un juramento entre dientes. Aquella noche había visto más riquezas que las que jamás hubiera imaginado que existieran en todo el mundo y sintió vértigo de sólo pensar en el valor de la joya que estaba buscando.

Se encontraba en el centro de la habitación y avanzó cautelosamente con la cabeza alta y empuñando la espada, cuando la muerte lo atacó de nuevo silenciosamente. Una sombra pasó volando por el resplandeciente suelo como única advertencia, y lo que le salvó la vida fue el instintivo salto que dio hacia un lado. Vislumbró por un instante una cosa negra y peluda que pasó por encima de él con un chasquido de colmillos, y algo que le salpicó el hombro desnudo; eran como gotas de fuego líquido. Al dar un salto hacia atrás, con la espada en alto, vio que esa cosa horrible cayó al suelo, giró y corrió hacia él con asombrosa velocidad; se trataba de una araña negra, imposible de imaginar, salvo en las pesadillas más horrendas.

Era grande como un cerdo, y sus ocho patas gruesas y peludas transportaban su monstruoso cuerpo a gran velocidad; sus cuatro ojos de brillo maligno centellearon con una expresión de una inteligencia terrible, y sus .colmillos destilaban un veneno que Conan ya conocía por las quemaduras que unas pocas gotas le habían producido en el hombro; entonces comprendió que el veneno estaba cargado de muerte, de una muerte rápida y segura. Éste era el asesino que se había dejado caer desde el centro del cielo raso y había atacado al nemedio en el cuello. ¡Qué necios habían sido, por no sospechar que las habitaciones superiores estarían tan bien cuidadas como las inferiores!

Estos pensamientos pasaron rápidamente por la cabeza de Conan mientras el monstruo se abalanzaba sobre él. Dio un gran salto y la araña pasó por debajo, giró y volvió al ataque. Esta vez el joven la eludió dando un salto hacia el costado y le asestó un golpe con la espada. Su afilada hoja le cercenó una de las patas peludas y volvió a salvarse cuando el monstruo se revolvió contra él, con los colmillos chasqueando endiabladamente. Pero la araña abandonó la persecución; se volvió, salió corriendo por el suelo cristalino y subió por la pared hasta el cielo raso, donde se encogió por un instante, mirándolo fijamente con sus demoníacos ojos rojos. Entonces, sin mediar señal alguna, se lanzó hacia el espacio, dejando tras de sí una hebra de una sustancia gris y pegajosa.

Conan retrocedió para eludir el cuerpo que caía violentamente sobre él, y luego se agachó frenéticamente justo a tiempo para no quedar atrapado en la gruesa hebra de la tela de araña. El joven vio la intención del monstruo y saltó hacia la puerta, pero la araña fue más rápida y lanzó una hebra pegajosa hacia allí, aprisionándolo. No se atrevió a cortarla, porque sabía que aquella sustancia se quedaría pegada a la hoja y, antes de que pudiera limpiarla, el monstruo endemoniado le habría clavado sus colmillos en la espalda.

Entonces comenzó un juego desesperado, en el que el ingenio y la agilidad del hombre se enfrentaban a la astucia demoníaca y a la rapidez de la gigantesca araña. Ésta no volvió a correr por el suelo atacando directamente, ni lanzó su cuerpo por el aire contra él, sino que corrió por el cielo raso y por las paredes, tratando de enredar al muchacho con los lazos que formaba la sustancia gris y pegajosa, que arrojaba con diabólico acierto. Aquellas hebras eran gruesas como sogas, y Conan se dio cuenta de que si quedaba envuelto en ellas, ni siquiera su fuerza desesperada podría librarlo del ataque del monstruo.

Aquella danza diabólica continuó por todo el recinto en medio de un silencio absoluto, sólo interrumpido por la respiración agitada del hombre y el ruido sordo de sus pies desnudos arrastrándose por el brillante suelo, y por el terrible castañeteo de los colmillos del monstruo. Las hebras grises yacían enrolladas sobre el suelo; estaban adheridas a las paredes, cubrían los cofres llenos de joyas y los lechos de seda y pendían como oscuros festones del cielo raso enjoyado. La increíble agilidad de los ojos y de los músculos de Conan lograron mantenerlo a salvo, aunque las pegajosas hebras le habían pasado tan de cerca que llegaron a lastimar su piel desnuda. El muchacho sabía que no podía eludirlas por mucho tiempo; no sólo tenía que prestar atención a las hebras que colgaban oscilantes del techo, sino también a las que estaban en el suelo. Tarde o temprano las hebras pegajosas lo envolverían como una serpiente, y entonces, envuelto como un gusano en el capullo de seda, estaría a merced del monstruo.

La araña atravesó la habitación corriendo, con la hebra gris ondulando detrás. Conan dio un gran salto y se subió a uno de los lechos; con un rápido giro el monstruo se subió por la pared y la hebra saltó del suelo como si estuviera viva, apresando el tobillo del cimmerio. Éste cayó al suelo tironeando frenéticamente para librarse de la tela de araña que lo tenía cogido como un tornillo blando o el anillado cuerpo de una serpiente. El peludo monstruo bajó corriendo por la pared para consumar su captura. En el frenesí de la batalla, Conan cogió uno de los cofres de joyas y lo arrojó con todas sus fuerzas. El imponente proyectil fue a dar en medio de las negras patas y aplastó al monstruo contra la pared con un crujido sordo y repugnante. La sangre y la baba verdosa salpicaron en todas direcciones y el destrozado cuerpo cayó al suelo junto con el cofre. La araña negra quedó aplastada entre una cantidad enorme de rutilantes joyas; las patas peludas se movieron caóticamente, los ojos moribundos de la araña lanzaron una última mirada que brilló como un rubí entre las centelleantes piedras preciosas.

Conan miró a su alrededor y al ver que no aparecía otro monstruo se aplicó a quitarse la telaraña que lo apresaba. La sustancia gris se adhería tenazmente a su tobillo y a sus manos, pero por fin consiguió liberarse. Cogió su espada y se abrió camino eludiendo los grises anillos y las hebras y se dirigió hacia la puerta interior. No podía imaginar los horrores que le esperaban allí. El cimmerio estaba enardecido y, puesto que había venido de tan lejos y superado tantos peligros, estaba resuelto a ir hasta el final de la aventura, ocurriera lo que ocurriese. Tuvo la sensación de que la joya que buscaba no se encontraba entre las que estaban desparramadas desordenadamente por la resplandeciente habitación.

Cuando hubo pasado por entre las hebras que obstruían la puerta interior, advirtió que ésta no estaba cerrada. Se preguntó si los soldados habrían descubierto su presencia. Lo cierto es que él se encontraba encima de ellos y, si era cierto lo que se decía, estaban habituados a oír ruidos extraños en la torre, sonidos siniestros y gritos de agonía y horror.

El cimmerio no dejaba de pensar en Yara, y no se sentía del todo confiado cuando abrió la puerta. Pero sólo alcanzó a ver un tramo de escalones plateados que descendían, apenas iluminados por una luz que no podía adivinar de dónde venía. Bajó silenciosamente, empuñando la espada. No oyó ningún ruido, y poco después llegó hasta una puerta de marfil con hematites incrustados. Se detuvo a escuchar, pero no oyó nada desde el interior; sólo se veían salir lentas volutas de humo por debajo de la puerta, que despedían un olor extraño y desconocido para el cimmerio. Más abajo, la escalera plateada seguía descendiendo hasta perderse en las sombras, y del tenebroso agujero no provenía sonido alguno. Tenía la extraña sensación de que estaba solo en una torre habitada por espectros y fantasmas.

Conan empujó sigilosamente la puerta de marfil, que se abrió en silencio hacia adentro, y permaneció en el reluciente umbral mirando fijamente a su alrededor como un lobo en un lugar extraño, dispuesto a luchar o a huir en un santiamén. Se hallaba ante una amplia habitación con una enorme cúpula dorada; las paredes eran de jade verde y el suelo de marfil estaba parcialmente cubierto por gruesas alfombras. El humo y el olor exótico del incienso provenían de un brasero apoyado sobre un trípode dorado, detrás del cual había un ídolo sentado sobre una especie de altar de mármol. Conan miró horrorizado; la imagen, desnuda, tenía cuerpo de hombre y era de color verde, pero la cabeza semejaba una loca pesadilla. Era demasiado grande para el cuerpo y no tenía atributos humanos. Conan contempló las enormes orejas resplandecientes, la rizada trompa y los blancos colmillos de elefante que nacían a ambos lados de la trompa y terminaban en unas esferas de oro. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo.

He aquí, entonces, el motivo del nombre -la Torre del Elefante-, ya que la cabeza de la cosa se parecía mucho a la de los animales descritos por el shemita errante. Aquél era el dios de Yara. Pero ¿dónde podía estar la gema sino escondida en el interior del ídolo, puesto que la piedra se llamaba Corazón de Elefante?

A medida que Conan avanzaba, con los ojos fijos en el inmóvil ídolo, ¡éste abrió súbitamente los ojos! El cimmerio se quedó paralizado por la sorpresa. ¡No era una imagen, sino una cosa viva, y él estaba atrapado en su habitación!

Un indicio del terror que lo paralizaba es el hecho de que no reaccionara al instante en un arrebato de frenesí, dejando libres sus instintos homicidas. Un hombre civilizado en su situación sin duda habría, buscado refugio creyendo que estaba loco, pero a Conan no se le ocurrió dudar de sus sentidos. Sabía que se encontraba cara a cara con un demonio del antiguo mundo, y esa seguridad lo privó de todas sus facultades, salvo la de la vista. La trompa de esa cosa horrorosa se alzó como buscando algo, y los ojos de topacio miraban sin ver. Entonces Conan se dio cuenta de que el monstruo era ciego. Este pensamiento calmó sus tensos nervios, y comenzó a retroceder en silencio en dirección a la puerta. Pero el engendro oía. La trompa sensible se estiró hacia él y el muchacho quedó nuevamente helado de espanto cuando el extraño ser habló con una voz extraña y entrecortada, siempre en el mismo tono. El cimmerio comprendió que aquella boca no fue creada para hablar un lenguaje humano.

-¿Quién está ahí? -preguntó-. ¿Has venido a torturarme de nuevo, Yara? ¿No te vas a cansar nunca? ¡Oh, Yag-kosha!, ¿no tendrá fin esta agonía?

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y Conan observó las extremidades extendidas sobre el lecho de mármol. Sabía que el monstruo no podría levantarse para atacarlo. Conocía las marcas del tormento y las quemaduras del fuego, y por más duro que fuera, no podía evitar estar impresionado por las deformidades de lo que parecía haber sido un cuerpo tan bien constituido como el suyo. Y súbitamente todo el miedo y el asco se convirtieron en una profunda compasión. Conan no sabía quién era ese monstruo, pero era tan evidente su terrible y patético sufrimiento que, sin saber por qué, le embargó una abrumadora tristeza. Sintió que estaba presenciando una tragedia cósmica y sintió vergüenza, como si la culpa de toda una raza hubiera caído sobre él.

-No soy Yara -dijo-. Soy solamente un ladrón. No te haré daño.

-Acércate para que pueda tocarte -dijo la criatura con un titubeo, y Conan se aproximó sin miedo, con la espada olvidada en su mano.

La trompa sensible se alzó y palpó su rostro y sus hombros, como hacen los ciegos. El contacto era tan suave como el de la mano de una muchacha.

-Tú no perteneces a la raza maligna de Yara -suspiró la criatura-. Llevas la marca de la fiereza pura y esbelta de las tierras desérticas. Conozco a tu gente desde antiguo. Los conocí con otro nombre hace mucho, mucho tiempo, cuando un mundo distinto alzaba sus brillantes torres hacia las estrellas. Pero... hay sangre en tus manos.

-Es de la araña que había en la habitación de arriba y de uno de los leones del jardín -musitó Conan.

-También has matado a un hombre esta noche -respondió el otro-. Y hay muerte arriba en la torre. Lo siento; lo sé.

-Sí -admitió el cimmerio-. El príncipe de los ladrones yace allí sin vida, víctima de la picadura de un bicho.

-¡Así es! -dijo con una extraña voz inhumana en una especie de canto monótono-. Un muerto en la taberna y un muerto en la terraza; lo sé; lo siento. Y el tercero producirá un efecto mágico que ni el mismo Yara imagina. ¡Oh, hechizo de la liberación, dioses verdes de Yag!

Las lágrimas rodaron nuevamente por sus mejillas mientras el torturado ser se estremecía presa de las más variadas emociones. Conan seguía mirándolo perplejo.

Entonces cesaron las convulsiones, los suaves ojos ciegos se volvieron hacia el cimmerio y le hizo una seña con la trompa.

-Escucha, hombre -dijo el extraño ser-. Te parezco repugnante y monstruoso, ¿no es cierto? No, no contestes; lo sé. Pero tú me parecerías igual de extraño si pudiera verte. Existen muchos mundos además de esta tierra, y la vida adopta diferentes formas. No soy ni un dios ni un demonio, sino que soy de carne y hueso como tú, aunque la sustancia sea en parte distinta y la forma esté creada con modelos diferentes. Soy muy viejo, hombre de la selva; he venido a este planeta hace mucho, mucho tiempo, con otros seres de mi mundo, el planeta verde Yag, que da vueltas eternamente en el límite de este universo.

«Viajamos por el espacio con poderosas alas que nos transportaron por el cosmos a mayor velocidad que la luz, porque habíamos luchado contra los reyes de Yag y fuimos derrotados y desterrados. Y jamás pudimos regresar, porque en la tierra nuestras alas se marchitaron. Aquí vivimos alejados de la vida terrenal, luchamos contra los extraños y terribles seres que en ese entonces poblaban la tierra, y por ello fuimos temidos y nadie nos molestó en las sombrías selvas del este, donde teníamos nuestra morada.

»Hemos visto cómo los monos se transformaban en hombres y los vimos construir las rutilantes ciudades de Valusia, Kamelia, Commoria y otras. Los hemos visto tambalearse ante los ataques de los paganos atlantes, pictos y lemurios. Hemos visto cómo los océanos se levantaban y sumergían a Atlantis y Lemuria, las islas de los pictos y las brillantes ciudades de la civilización. También vimos cómo los sobrevivientes de los reinos pictos y los atlantes construían su imperio de la Edad de Piedra y luego cayeron en la ruina, enzarzados en sangrientas batallas. Hemos visto cómo los pictos se hundían en los abismos del salvajismo y cómo los atlantes volvían a descender al nivel del mono. Hemos visto cómo los nuevos salvajes se dirigían hacia el sur desde el Círculo Ártico, en oleadas conquistadoras, para construir una nueva civilización con los nuevos reinos llamados Nemedia, Koth, Aquilonia y otros.

«Vimos cómo tu pueblo surgía con un nuevo nombre de las selvas de los monos que habían sido los atlantes. Hemos visto a los descendientes de los lemurios que habían sobrevivido al Cataclismo levantarse una vez más superando el salvajismo y dirigirse hacia el oeste convertidos en hirkanios. Y hemos visto cómo esta raza de seres malignos, sobrevivientes de la antigua civilización que existía antes del hundimiento de Atlantis, volvía a tener cultura y poder: se trata de este maldito reino de Zamora. Hemos visto todo esto, sin ayudar ni entorpecer las inmutables leyes del cosmos, y nos fuimos muriendo uno tras otro; porque nosotros, los hombres de Yag, no somos inmortales, si bien nuestras vidas son como las vidas de los planetas y de las constelaciones. Finalmente quedo yo solo, soñando con los tiempos pasados entre los ruinosos templos perdidos en la selva de Khitai, venerado como un dios por una antigua raza de piel amarilla. Después llegó Yara, versado en oscuros conocimientos transmitidos a través de los años de barbarie, antes del hundimiento de Atlantis. Al principio Yara se sentó a mis pies para que yo le transmitiera mi sabiduría. Pero no estaba satisfecho con lo que yo le enseñaba, porque se trataba de magia blanca y él deseaba conocer la ciencia del mal, a fin de esclavizar a los reyes y saciar su ambición demoníaca. Yo no estaba dispuesto a enseñarle ninguno de los secretos de la magia negra que había adquirido, a pesar mío, a través de los siglos. Pero su inteligencia era mayor de lo que yo había creído; con argucias aprendidas entre las polvorientas tumbas de Estigia, me engañó y me obligó a revelarle un secreto que yo nunca quise contar a nadie, y volviendo mi propio poder en contra mío, me convirtió en su esclavo. ¡Oh, dioses de Yag, qué amarga ha sido mi vida desde aquel día! Me trajo desde las remotas selvas de Khitai, donde los monos bailan al compás de la flautas de los sacerdotes amarillos y donde las ofrendas de frutos y vinos atestaban mis rotos altares. Nunca volví a ser el dios de las buenas gentes de la selva, sino que me convertí en el esclavo de un demonio con forma humana.

Sus ojos ciegos se volvieron a inundar de lágrimas.

-Me recluyó en esta torre, que construí para él por orden suya en una sola noche. Me dominó por medio del fuego y de la tortura, así como por medio de extraños tormentos sobrenaturales que tú no podrías comprender. Si pudiera, hace mucho tiempo hubiera puesto fin a esta larga agonía, quitándome la vida. Pero él me mantuvo vivo (deforme, ciego y destrozado), para que realizara sus asquerosos deseos. Y durante trescientos años he hecho su voluntad, desde este lecho de mármol, ensuciando mi alma con pecados cósmicos y mancillando mi sabiduría con crímenes, porque no podía hacer otra cosa. Pero no he revelado todos mis antiguos secretos y mi último don será el hechizo de la Sangre y la Joya porque presiento que se acerca el fin. Tú eres la mano del Destino. Te ruego que cojas la piedra preciosa que hallarás en aquel altar.

Conan se volvió hacia el altar de oro y marfil que le había señalado el extraño ser y cogió una enorme joya redonda, clara como un cristal carmesí, y en ese momento descubrió que era el Corazón del Elefante.

-Y ahora la gran magia, la poderosa magia, que nadie ha visto ni verá jamás en millones de milenios. Por mi alma y mi sangre lanzo el conjuro; por la sangre del pecho verde de Yag, que sueña a lo lejos en el inmenso y vasto Espacio Azul. Coge tu espada, hombre, y corta mi corazón, luego estrújalo de modo que la sangre fluya sobre la piedra roja. Después baja por esa escalera y entra en la habitación de ébano en la que está sentado Yara envuelto en sueños malignos. Pronuncia su nombre y despertará. En ese momento has de colocar esta gema delante de él y repetir estas palabras: «Yag-kosha te ofrece su último don y su último encantamiento». Después márchate de la torre rápidamente. No temas, que no habrá obstáculos en tu camino. La vida del hombre no es la vida de Yag, ni la muerte humana es la muerte de Yag. Libérame de esta prisión de carne ciega y volveré a ser Yogah de Yag, coronado y rutilante, con alas para volar, pies para danzar, ojos para ver y manos para tocar.

Conan se acercó con gesto vacilante y Yag-kosha, o Yogah, como si notara su indecisión, le indicó dónde debía clavar la hoja afilada. El joven apretó los dientes y hundió profundamente la espada. La sangre fluyó abundante empapando la hoja de la espada y su mano, y la extraña criatura se agitó convulsiva-

mente y luego quedó completamente inmóvil. Cuando estuvo seguro de que ya no estaba vivo, al menos en el sentido que él entendía la vida, Conan se aplicó a la espantosa tarea y en seguida extrajo algo que él supuso que sería el corazón de aquel ser extraño, aunque curiosamente era distinto de cualquier corazón que él había visto. Sosteniendo la víscera, que aún latía, sobre la deslumbrante joya, la apretó con ambas manos y un río de sangre cayó sobre la piedra. Para su sorpresa, la sangre no se derramó, sino que fue absorbida por la gema, como si fuera una esponja.

Sosteniendo la joya con todo cuidado, el muchacho salió del fantástico recinto y se dirigió hacia la escalera de plata. No miró hacia atrás, pero supo instintivamente que el cuerpo que reposaba sobre el lecho de mármol estaba sufriendo algún tipo de transmutación, y también tuvo la sensación de que era algo que no debía ser presenciado por ningún ser humano.

Cerró tras de sí la puerta de marfil y bajó la escalera de plata sin vacilar. No se le ocurrió desobedecer las instrucciones que había recibido. Se detuvo ante la puerta de ébano, en cuyo centro había una sonriente calavera de plata, y la abrió. Su mirada recorrió la habitación de ébano y azabache y vio, reclinada sobre un lecho de seda negra, una figura alta y delgada. Delante de él estaba Yara, el sacerdote y brujo, con los ojos abiertos y dilatados por los vapores del loto amarillo, mirando a lo lejos, como sumido en abismos nocturnos que están más allá de la percepción humana.

-¡Yara! -exclamó Conan, como un juez que pronuncia una condena-. ¡Despierta!

Los ojos se abrieron al instante y se volvieron fríos y crueles como los de un buitre. La negra figura vestida de seda se irguió lúgubre sobre el cimmerio.

-¡Perro! -dijo con voz sibilante como la de una cobra-. ¿Qué haces aquí?

Conan depositó la joya sobre la enorme mesa de ébano.

-El que envía esta gema me mandó decir: «Yag-kosha te ofrece su último don y su último encantamiento».

Yara retrocedió; su rostro era oscuro y ceniciento. La joya ya no era cristalina y pura; su turbio centro palpitaba y vibraba, y en su superficie flotaban curiosas volutas de humo de colores cambiantes. Como atraído hipnóticamente, Yara se inclinó sobre la mesa y cogió entre sus manos la gema, mirando fijamente su sombrío interior, como si se tratara de un imán que le fuera a extraer su convulsiva alma del cuerpo. Cuando Conan miró, pensó que sus ojos lo engañaban porque cuando Yara se había levantado del lecho, el sacerdote le había parecido gigantesco, y ahora vio que la cabeza de Yara apenas le llegaba al hombro. El joven parpadeó desconcertado y por primera vez en toda la noche dudó de sus sentidos. Luego, conmocionado, se dio cuenta de que el sacerdote se hacía cada vez más pequeño delante de sus propios ojos.

Conan observó con indiferencia, como quien ve una representación. Abrumado por la sensación de irrealidad, el cimmerio ya no estaba seguro de su propia identidad; sólo sabía que estaba contemplando' las manifestaciones externas de un juego invisible de colosales fuerzas exteriores que estaban más allá de su comprensión.

Ahora Yara tenía el tamaño de un niño, y luego se tumbó sobre la mesa como un bebé, pero todavía aferraba la joya. De pronto el hechicero se dio cuenta de cuál era su destino y dando un brinco soltó la gema. Pero se hizo más pequeño aún, y Conan lo vio convertido en un cuerpo minúsculo que corría frenéticamente sobre la mesa de ébano, agitando los diminutos brazos y chillando como una rata.

Ya era tan insignificante que la gran joya parecía una montaña a su lado; Conan vio que se cubría los ojos con las manos como si quisiera protegerse del fulgor, mientras se tambaleaba como un poseído. El muchacho sintió que una fuerza magnética invisible atraía a Yara hacia la gema. Dio tres vueltas como un loco alrededor de la piedra, e intentó volverse tres veces y escapar a través de la mesa. Entonces el sacerdote lanzó un grito que sonó apagado, alzó los brazos y corrió directamente hacia la resplandeciente bola.

Inclinándose más aún, Conan vio cómo Yara trepaba por la superficie lisa y redondeada con grandes esfuerzos, como un hombre que asciende por una montaña de hielo. Por fin el sacerdote llegó a la parte superior agitando los brazos, e invocó los nombres de seres terribles que sólo los dioses conocen. Y de repente se hundió en el centro mismo de la joya, como un hombre que se hunde en el mar, y Conan vio cómo las volutas de humo se cerraban sobre su cabeza. Luego la divisó en el centro carmesí de la gema, que se volvió transparente y cristalino, como quien contempla una imagen lejana en el tiempo y en el espacio. Entonces apareció en el mismo centro otra figura de color verde, brillante y halada, con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, que ya no era ciego ni deforme. Yara extendió sus brazos y corrió como un loco, pero el vengador fue tras él. En ese momento la enorme joya desapareció, estallando como si fuera una pompa de jabón en medio de fulgores iridiscentes, y la mesa de ébano quedó vacía al igual -intuyó Conan- que el lecho de mármol de la habitación de arriba en el que había estado el cuerpo del extraño ser transcósmico llamado Yag-kosha o Yogan.

El cimmerio se volvió y huyó de la habitación descendiendo por la escalera de plata. Estaba tan perplejo que no se le ocurrió escapar de la torre por donde había entrado. Bajó corriendo por el sinuoso y sombrío agujero plateado hasta llegar a una habitación más grande al pie de la resplandeciente escalera. Allí se detuvo un instante; había llegado al cuarto de los soldados. Vio el brillo de sus plateadas corazas y de las enjoyadas empuñaduras de sus espadas. Se habían desplomado sobre la mesa de banquetes, con las plumas oscuras ondeando sobriamente sobre los cascos de las cabezas caídas; yacían entre los dados y entre las copas caídas, cuyo vino manchaba el suelo de color lapislázuli. Conan no sabía si se trataba de brujería o de magia o de la oculta influencia de las enormes alas verdes, pero su camino estaba libre de obstáculos. Había una puerta de plata abierta, recortada contra la claridad del alba.

El cimmerio salió a los verdes jardines y cuando la brisa del alba sopló inundándolo de la fresca fragancia de exuberantes plantas, se estremeció como si se despertara de un sueño. Se volvió con un gesto vacilante para mirar fijamente la enigmática torre en la que había estado hace un momento. ¿Estaba embrujado y preso de un encantamiento? ¿Había soñado todo lo que creía haber vivido? Mientras se hacía estas preguntas, vio de repente que la rutilante torre, recortada contra el cielo escarlata del alba, y la cúpula incrustada de relucientes joyas que brillaban cada vez con más intensidad por los primeros rayos del sol, se tambaleó y cayó estrepitosamente desintegrándose en minúsculas partículas resplandecientes.

El Aposento de los Muertos

Harto ya de la Ciudad de los Ladrones (y viceversa), Conan se dirige hacia el oeste, a Shadizar, la Ciudad del Mal, capital de Zamora, donde espera que sus beneficios sean mayores. Durante un tiempo, efectivamente, logra más éxitos en su profesión de ladrón que los obtenidos en Arenjun, si bien las mujeres de Shadizar pronto lo despojan de sus ganancias a cambio de iniciarlo en las artes amorosas. Ciertos rumores acerca de la existencia de un tesoro lo llevan a las ruinas cercanas de la antigua Larsha, donde llega poco antes que el destacamento de soldados enviado para arrestarlo.

El desfiladero estaba sumido en la oscuridad, a pesar de que el sol del atardecer había dejado una franja de color amarillo anaranjado con tintes verdosos en el horizonte. Sin embargo, un ojo agudo podía divisar aún las oscuras siluetas de las cúpulas y de las agujas de las torres de Shadizar, la Ciudad del Mal, capital de Zamora, la ciudad de las mujeres de negros cabellos y de torres llenas de embrujo y misterio.

A medida que se desvanecía la luz, comenzaban a aparecer las primeras estrellas en el firmamento. Las luces titilaban a lo lejos sobre las cúpulas y sobre las agujas de las torres como contestando a una misteriosa señal. En tanto que el fulgor de las estrellas era pálido y desvaído, las luces que brillaban en las ventanas de Shadizar eran de color ámbar intenso, como si dejaran traslucir los actos abominables que allí se cometían.

El desfiladero estaba en silencio, sólo alterado por el chirriar de los insectos nocturnos. Pero este silencio fue pronto interrumpido por el alboroto de hombres que se acercaban. Por el desfiladero avanzaba un pelotón de soldados zamorios; eran cinco hombres con sencillos cascos de acero y jubones de cuero reforzados con clavos de bronce, conducidos por un oficial de bruñida coraza de bronce y casco coronado por una enorme crin de caballo. Sus piernas cubiertas por la armadura aplastaban la densa hierba que cubría el suelo del desfiladero. Sus arneses crujían y sus armas sonaban y tintineaban con ruido metálico. Tres de ellos llevaban arcos y otros dos traían picas; a un lado tenían colgadas pequeñas espadas y de sus espaldas pendían escudos. El oficial iba armado con una enorme espada y una daga.

En determinado momento, uno de los soldados dijo en voz baja:

-Si cogemos a ese Conan vivo, ¿qué le harán?

-Lo enviarán a Yezud y se lo echarán como alimento al dios araña, estoy seguro -replicó otro-. Lo que cuenta es si vamos a estar vivos para recoger la recompensa que nos han prometido.

-¿Le tienes miedo? -inquirió un tercero.

-¿Quién, yo? -dijo enojado el soldado que había hablado en segundo término-. Yo no le tengo miedo a nada, ni siquiera a la misma muerte. La cuestión es, ¿la muerte de quién? Ese ladrón no es un hombre civilizado, sino un bárbaro salvaje, que tiene la fuerza de diez. De modo que he ido al magistrado para hacer mi testamento...

-Es alentador saber que tus herederos recibirán la recompensa -dijo otro-. Lamento no haber pensado en ello.

-Bueno... -repuso el que había hablado en primer lugar-, ya encontrarán alguna excusa para engañarnos y no darnos la re-compensa, aun cuando atrapemos a ese bribón.

-Pero lo prometió el prefecto en persona -aseguró otro-. Los ricos mercaderes y los nobles a los que Conan ha estado robando hicieron un fondo común. He visto el dinero; era una bolsa tan llena de oro que un hombre solo apenas podría levantarla. Después de esa exhibición pública, no se atreverán a dejar de cumplir la promesa.

-Pero supón que no lo cogemos -dijo el segundo-. Se ha dicho algo acerca de que lo pagaríamos con nuestras cabezas. -Y añadió levantando la voz-: ¡Capitán Néstor! ¿Qué dijeron acerca de nuestras cabezas...?

-¡Callad de una vez! -dijo bruscamente el oficial-. Se os puede oír hasta en Arenjun. Si Conan se encuentra en un radio de una legua, se pondrá sobre aviso. Dejad de parlotear, y procurad avanzar sin hacer tanto ruido.

El oficial era un hombre de estatura mediana, complexión fuerte y grandes espaldas; a la luz del día era posible ver sus ojos grises y su cabello castaño con algunas hebras canosas. Era un hombre de Gunderland, de la provincia más septentrional de Aquilonia, situada a unos dos mil quinientos kilómetros al oeste. La misión que le habían encomendado, de llevar a Conan vivo o muerto, lo tenía sumamente preocupado. El prefecto le había advertido que, en caso de fracasar, le esperaba un castigo severo, tal vez el hacha del verdugo. El mismo rey de Zamora fue quien ordenó la captura del proscrito, y el monarca era drástico con los vasallos que fracasaban en sus misiones. Una confidencia obtenida en los bajos fondos de la ciudad indicaba que habían visto a Conan dirigiéndose hacia ese desfiladero poco después del amanecer, y el comandante había enviado a Néstor rápidamente hacia allí, con los soldados que se encontraban en los cuarteles.

Néstor no confiaba en los hombres que iban detrás de él. Los consideraba unos bravucones capaces de salir corriendo en el momento de enfrentarse con el peligro, dejándolo a solas con el bárbaro. Y aunque el hombre de Gunderland era valiente, no se hacía demasiadas ilusiones acerca de las posibilidades que tenía frente a aquel feroz y gigantesco salvaje. Su armadura le serviría de muy poco.

A medida que se desvanecían por el oeste las últimas luces del día, aumentaba la oscuridad y las paredes del desfiladero se hacían cada vez más estrechas, escarpadas y rocosas. Los hombres de Néstor comenzaban a murmurar a sus espaldas una vez más.

-Esto no me gusta nada. El camino conduce a las ruinas de Larsha la Maldita, donde acechan los fantasmas de los antiguos para devorar a los que pasan por ella. Y se dice que en esa ciudad se halla el Aposento de los Muertos...

-¡Calla! -gruñó Néstor volviendo la cabeza-. Si...

En ese preciso momento, el oficial tropezó con una soga de cuero tirada en el suelo y cayó de bruces. Se oyó el chasquido de la cuerda que había cedido.

En ese instante una avalancha de rocas y escombros cayó en cascada por la ladera izquierda con un ruido atronador. Cuando Néstor consiguió ponerse en pie, una piedra del tamaño de una cabeza golpeó su coraza y lo volvió a tirar al suelo. Otra le derribó el casco, y las piedras más pequeñas lo hirieron en otras partes del cuerpo. Detrás de él se escuchaban lamentos y gritos de dolor, así como el sonido metálico de las piedras sobre los cascos y corazas. Y después reinó el silencio.

Néstor se puso de pie tambaleándose, tosió a causa del polvo que había tragado y se volvió para ver lo que había ocurrido. Detrás de él, a pocos pasos, vio una enorme roca desprendida que bloqueaba por completo el desfiladero. Se acercó y vio que de los escombros sobresalía una mano y un pie. Llamó dando voces, pero no obtuvo respuesta. Al tocar las extremidades que se asomaban, descubrió que estaban sin vida. El alud de rocas provocado por él al pisar la cuerda había aniquilado a toda su tropa.

Néstor flexionó sus brazos y piernas para ver si se había hecho daño. Daba la impresión de que no se le había roto ningún hueso, aunque su coraza estaba abollada y tenía varias magulladuras. Levantó su casco lleno de ira y emprendió la marcha solo. El hecho de no haber capturado al ladrón hubiera sido nefasto, pero si además tenía que confesar que había perdido a todos sus hombres, podía dar por seguro que le esperaba una muerte lenta y terrible. Su única posibilidad ahora era conseguir atrapar a Conan, o al menos volver con la cabeza del cimmerio.

Con la espada en la mano, Néstor ascendió cojeando por los interminables vericuetos del desfiladero. Una luz delante de él le indicó que la luna, casi llena, se elevaba sobre el horizonte. El capitán aguzó la vista, temiendo que el bárbaro lo atacara desde cualquier recodo del barranco.

La garganta del desfiladero se hizo menos profunda y las paredes menos escarpadas. Había algunos orificios a derecha e izquierda, pero la base estaba llena de piedras y era cada vez más dispareja, lo que obligaba a Néstor a trepar con dificultad por rocas y malezas. Finalmente el desfiladero desapareció por completo. Trepando por una leve cuesta, el hombre de Gunderland se encontró en el extremo de una altiplanicie rodeada por lejanas montañas. A un tiro de flecha por delante y blancas como la nieve, a la luz de la luna, se alzaban las murallas de Larsha. Justo enfrente de él había una imponente puerta de entrada a la ciudad. El tiempo había desgastado las murallas, por las que sobresalían techos y torres semiderruidas.

El capitán Néstor se detuvo. Aseguraban que Larsha era muy, muy antigua. Según cuentan las leyendas, se remontaba a la época del Cataclismo, cuando los antepasados de los zamorios, o sea los zhemri, constituían una isla semicivilizada en un océano de barbarie.

Las historias de muerte que se cernían sobre aquellas ruinas iban de boca en boca por los mercados de Shadizar. Por lo que Néstor sabía, ninguno de los muchos hombres que en el pasado invadieran las ruinas en busca del tesoro que se decía que estaba oculto allí, había regresado jamás. Nadie conocía ninguna de las múltiples formas que adoptaba el peligro, porque nadie sobrevivió para contarlo.

Diez años antes, el rey Tiridates había enviado a la ciudad una compañía formada por sus soldados más valientes, a plena luz del día, mientras él esperaba fuera de las murallas. Se oyeron gritos y ruidos de pelea, y luego... nada. Los hombres que esperaban fuera emprendieron la retirada y Tiridates se vio obligado a huir con ellos. Éste fue el último intento realizado para desvelar el misterio de Larsha por la fuerza de las armas.

Aunque Néstor tenía la habitual avidez de los mercenarios por el dinero fácil, no era imprudente. Años de servicio como soldado en los reinos que se encuentran entre Zamora y su tierra natal le habían enseñado a ser precavido. Mientras hacía una pausa sopesando sus posibilidades y los peligros que éstas entrañaban, vio algo estremecedor que lo dejó paralizado. Cerca de la muralla divisó una figura humana que entraba furtivamente por la enorme puerta. Aunque el hombre se hallaba demasiado lejos para ser reconocido a la luz de la luna, era imposible confundir aquel andar de pantera. ¡Era Conan!

Lleno de furia, Néstor se dirigió hacia allí. Avanzó rápidamente aferrando la vaina de su espada para que no hiciera ruido. Pero por muy silencioso que fuera, el agudo oído del bárbaro lo puso sobre aviso. Conan miró hacia atrás y en seguida se oyó un silbido que cortó el aire. Había desenvainado su espada. Entonces, viendo que lo perseguía un solo hombre, el cimmerio se quedó en su sitio.

A medida que Néstor se iba acercando, el capitán examinaba el aspecto del otro. Conan medía casi un metro noventa de estatura y su raída túnica dejaba ver los fuertes contornos de sus poderosos músculos. De su hombro colgaba un zurrón de cuero. Su rostro era joven, pero duro, y estaba enmarcado por una melena recortada y espesa de color negro.

Nadie dijo una palabra. Néstor se detuvo para recobrar el aliento y echó a un lado su manto. En ese preciso momento Conan se abalanzó sobre él.

Las espadas brillaron como relámpagos a la luz de la luna, y el sonido metálico de los sables cortó el silencio sepulcral que reinaba allí. Néstor tenía más experiencia en la lucha, pero la fuerza y la impresionante rapidez del bárbaro anulaban esa ventaja. El ataque de Conan era tan elemental e irresistible como un huracán. Rechazando los golpes con astucia, Néstor se vio forzado a retroceder poco a poco. Observaba detenidamente a su enemigo, esperando que su ataque amainara a causa del cansancio. Pero el cimmerio parecía infatigable.

De un rápido revés, Néstor hizo un corte en la túnica de Conan a la altura del pecho, pero no llegó a herirlo. Con fulminante rapidez, Conan esgrimió la espada y golpeó la coraza de Néstor, haciendo en ella una profunda abolladura.

Cuando el hombre de Gunderland daba unos pasos atrás ante otro violento ataque, resbaló sobre una piedra, y Conan lanzó un terrible mandoble contra el cuello del capitán. Si hubiera logrado su propósito, la cabeza de Néstor habría volado por los aires, pero dado que éste perdió el equilibrio, el golpe dio en el casco, que resonó estrepitosamente e hizo caer a Néstor al suelo.

Respirando hondo, Conan avanzó empuñando la espada. Su perseguidor yacía inmóvil, mientras la sangre manaba de su casco partido. La excesiva confianza del bárbaro en la fuerza de sus golpes, sin duda producto de su excesiva juventud, convenció a Conan de que había dado muerte a su enemigo. Envainando la espada, el muchacho se volvió y encaminó sus pasos a la ciudad de los antiguos.

El cimmerio se acercó a la enorme puerta formada por un par de macizas hojas, dos veces más altas que un hombre, hechas de madera de casi medio metro de espesor y reforzadas con herrajes de bronce. El joven empujó las hojas refunfuñando, pero éstas no se abrieron. Sacó la espada y golpeó el bronce con la empuñadura. Por la forma en que se hundió la puerta, Conan se dio cuenta de que la madera estaba podrida, pero el bronce era demasiado grueso para horadarlo sin que se estropeara el filo de su espada. Y había una solución más fácil.

A una distancia de treinta pasos en dirección norte, la muralla se había derrumbado, de modo que su punto más bajo estaba a menos de seis metros sobre el nivel del suelo. Además, había una pila de escombros al pie de la muralla, que llegaba a una altura alrededor de dos metros del borde.

Conan se acercó a la parte derruida, retrocedió y echó a correr. Brincó sobre la pequeña montaña de escombros, saltó tomando impulso y consiguió aferrarse al borde de la muralla. Dando un gruñido y haciendo un enorme esfuerzo, sin hacer caso de arañazos y magulladuras, se encontró del otro lado del muro, desde donde lanzó una mirada a la ciudad.

Del otro lado de la muralla había un claro donde la vegetación había estado luchando durante siglos contra el antiguo empedrado. Las losas de piedra estaban resquebrajadas y desniveladas, y por ellas asomaba la hierba, unas malezas y algunos pequeños arbustos.

Más allá se divisaban las ruinas de lo que parecía haber sido uno de los barrios más pobres. Se veían casas miserables de adobe de un piso, que habían quedado reducidas a montículos de barro y escombros. Detrás de éstas, Conan divisó, a la luz de la luna, los edificios de piedra mejor conservados, entre los que destacaban los templos, los palacios y las mansiones de los nobles y de los ricos mercaderes. Como suele ocurrir en muchas ruinas antiguas, un aura maligna se cernía sobre la ciudad abandonada.

Aguzando el oído, Conan miró en todas direcciones. Nada se movía. El único sonido que se escuchaba era el chirriar de los grillos.

También el bárbaro había oído hablar de la maldición que pesaba sobre Larsha. Aunque lo sobrenatural provocaba un pánico atávico y aterrador en el espíritu del bárbaro, se sobrepuso y se dio ánimos pensando que cuando un ser sobrenatural adopta forma humana, puede ser herido o muerto con armas corrientes, como cualquier ser humano o monstruo. Se dijo que no había venido de tan lejos para que alguien, fuese hombre, animal o demonio, lo detuviera en su tentativa de conseguir el tesoro.

Según la leyenda, el fabuloso tesoro de Larsha se encontraba en el palacio real. Aferrando su espada envainada con la mano izquierda, el joven ladrón se dejó caer por el lado interior de la muralla en ruinas. Poco después, avanzaba por las sinuosas calles hacia el centro de la ciudad, sin hacer más ruido que una sombra.

Las ruinas rodeaban al bárbaro por todos lados. Aquí y allá se había derrumbado la fachada de una casa, lo que obligaba a Conan a desviarse o a saltar trepando por los montones de ladrillos y mármoles rotos. La luna creciente estaba ahora en lo alto del firmamento e inundaba las ruinas con una luz misteriosa y fantasmagórica. A la derecha del cimmerio se alzaba un templo semiderruido, cuyo pórtico, sostenido por cuatro macizas columnas de mármol, se mantenía intacto. Desde el borde superior del techo, había una fila de gárgolas de mármol; eran estatuas que representaban seres monstruosos del pasado, mitad demonios y mitad animales.

Conan trató de recordar algunas leyendas que había escuchado en las tabernas del Maul, relativas al abandono de Larsha. Recordaba algo acerca de una maldición lanzada hacía muchos siglos por un dios iracundo, como castigo por acciones tan terribles que a su lado los crímenes y vicios de Shadizar parecían virtudes...

Siguió avanzando hacia el centro de la ciudad, pero volvió a notar algo raro. Sus sandalias tendían a pegarse al destrozado empedrado, como si éste estuviera cubierto de brea caliente. Las suelas producían extraños sonidos y chapoteos cuando levantaba los pies. Luego tropezó, se tambaleó y cayó al suelo. Éste estaba cubierto por una fina capa de una sustancia incolora y pegajosa, ahora casi seca.

Con la mano sobre la empuñadura, Conan miró en derredor bajo la pálida luz de la luna. No oyó ningún ruido. Reanudó la marcha, y sus sandalias volvieron a producir el extraño chapoteo en cuanto levantaba los pies. Se detuvo y volvió la cabeza. Hubiera jurado que estaba oyendo un ruido similar a lo lejos. Por un momento pensó que podía tratarse del eco de sus propios pasos, pero ya había pasado por delante del templo semiderruido y no había muros a los lados que reflejaran el sonido y produjeran eco.

Avanzó una vez más y luego se detuvo. Volvió a oír el chapoteo, que esta vez no cesó cuando se quedó inmóvil, sino que por el contrario se hizo más audible. Sus aguzados oídos percibieron que venía de enfrente. Puesto que no veía a nadie en la calle que había delante de él, llegó a la conclusión de que el ruido provenía de alguna calle lateral o de alguno de los edificios en ruinas.

El ruido aumentó hasta convertirse en un indescriptible borboteo sibilante. Hasta los nervios de acero de Conan se estremecieron por la tensión de descubrir el origen desconocido de aquel sonido.

Finalmente, a la vuelta de la siguiente esquina apareció una enorme masa viscosa de color gris sucio a la luz de la luna, que se deslizó hacia la calle que tenía delante de él y avanzaba rápidamente y en silencio, con excepción del borboteo que producía su extraña forma de moverse. A ambos lados de la frente tenía un par de protuberancias a modo de cuernos, de más de tres metros de longitud, y un par más corto debajo. Los largos cuernos se curvaban hacia un lado y otro, y Conan vio que en cada uno de sus extremos tenía un ojo.

Ese ser vivo era, en realidad, una babosa parecida al inofensivo molusco de jardín que deja un rastro de baba en sus paseos nocturnos. Pero esta babosa medía unos quince metros de largo y era tan gruesa en su centro como lo que medía Conan de altura. Además, se movía tan rápidamente como un hombre corriendo. Se sentía un olor fétido en el aire a medida que se acercaba. Momentáneamente paralizado por el asombro, Conan se quedó mirando la gran masa de carne blancuzca que se acercaba a él. La babosa emitía un sonido similar al de un hombre escupiendo, pero mucho más alto y ensordecedor.

Decidido por fin a actuar, el cimmerio saltó hacia un lado. En ese preciso instante, un chorro de líquido atravesó el aire de la noche y fue a caer justamente en el lugar en el que él había estado. Una pequeña gotita le cayó sobre el hombro y lo quemó como una brasa ardiente.

Conan se volvió y echó a correr por donde había venido, cruzando como una flecha en la oscuridad. Tuvo que volver a saltar por encima de las montañas de escombros que había en las calles. Su oído le indicaba que la babosa lo seguía de cerca. Tal vez ésta le iba ganando terreno. No se atrevió a mirar hacia atrás, pues temía tropezar con algún trozo de mármol y caer de bruces al suelo, porque entonces el monstruo lo tendría a su merced antes de que él consiguiera levantarse.

Conan volvió a oír ese sonido similar a un escupitajo. El muchacho saltó frenéticamente hacia un lado, y una vez más el chorro líquido pasó junto a él. Aun cuando lograra mantenerse delante de la babosa hasta llegar a las murallas de la ciudad, el próximo chorro probablemente daría en el blanco.

Entonces Conan se escondió detrás de una esquina a fin de interponer obstáculos entre él y la babosa. Corrió por una calle estrecha y zigzagueante, y luego dobló por otra esquina. Sabía que estaba perdido en el laberinto de callejuelas, pero lo más importante era seguir dando vueltas a fin de evitar que su perseguidor pudiera tenerlo frente a frente y lanzara su líquido mortífero contra él. El chapoteo y el hedor indicaban que el repugnante animal le seguía el rastro. En una ocasión, cuando se detuvo un instante para recobrar el aliento, miró hacia atrás y vio que la babosa se asomaba por la última esquina por la que él había doblado.

Siguió corriendo, intentando no avanzar en línea recta por el laberinto de calles de la ciudad antigua. Aunque no lograra correr más rápido que la babosa, tal vez consiguiera cansarla. Él sabía que un hombre a la larga podía ganar la carrera a cualquier animal; pero la babosa parecía incansable.

Al joven le resultaron conocidos los edificios que veía al pasar. Entonces se dio cuenta de que se hallaba cerca del templo semiderruido que había visto antes de encontrar a la babosa. Le bastó una rápida mirada para ver que la parte superior del edificio se hallaba al alcance de cualquier persona que trepara con agilidad.

Conan saltó por encima de un montón de escombros y escaló hasta lo alto del muro semiderruido. Saltando de piedra en piedra, trepó por el destrozado perfil de la pared hasta llegar a un sector que se hallaba intacto y daba a la calle. Se encontró sobre una parte del techo que había detrás de la fila de gárgolas de mármol. Se acercó con mucha precaución por miedo a que el techo semiderruido se desmoronara a causa de su peso, esquivando los agujeros por los cuales se podía caer a las habitaciones de abajo.

Podía oír el ruido y sentir el olor fétido de la babosa que se acercaba por la calle. Conan comprendió que el monstruo se había detenido delante del templo sin saber hacia dónde ir porque había perdido el rastro del joven. Con mucha cautela, pues estaba seguro de que la babosa podía verlo en la semioscuridad, Conan miró hacia la calle oculto entre dos estatuas.

Allí estaba la enorme masa grisácea, sobre la que se reflejaba la luna con un brillo húmedo. Los enormes cuernos con ojos se volvían en todas direcciones, tratando de encontrar a la presa. Debajo de éstos, los cuernos inferiores, más pequeños, se deslizaban hacia adelante y hacia atrás a poca distancia del suelo, como si estuviera oliendo las huellas del cimmerio.

Conan estaba seguro de que la babosa no tardaría en encontrar su rastro. No tenía la menor duda de que podría ascender deslizándose por los lados del edificio tan rápidamente como él.

El joven apoyó su mano sobre una gárgola -una estatua que parecía una pesadilla con un cuerpo humanoide, alas de murciélago y cabeza de reptil- y empujó. La estatua se balanceó levemente con un débil crujido.

Al oír este ruido, los cuernos de la babosa giraron hacia arriba en dirección al techo del templo. La cabeza del animal se asomó y el monstruo curvó su cuerpo doblándose sobre sí mismo. La cabeza se acercó a la fachada del templo y comenzó a deslizarse hacia arriba por una de las enormes columnas, justo debajo del lugar en el que se encontraba oculto Conan, en cuclillas.

La espada le serviría de muy poco contra aquel monstruo, se dijo Conan. Al igual que otros seres inferiores de la escala biológica, no resultaría afectada por las heridas que destruirían instantáneamente a seres más evolucionados.

La cabeza de la babosa asomó por detrás de la columna, con los cuernos oscilando en todas direcciones. Teniendo en cuenta la longitud del monstruo, su cabeza llegaría al borde superior del edificio mientras la mayor parte de su cuerpo estaría todavía en la calle.

En ese momento Conan intuyó lo que tenía que hacer. Se apoyó sobre la gárgola y, empujando con todas sus fuerzas, la dejó caer desde el borde superior. En lugar del estruendo que semejante masa de mármol normalmente habría producido al estrellarse contra el suelo empedrado, se oyó un sonido blando y húmedo, como viscoso, seguido de otro más fuerte, cuando la parte anterior de la babosa cayó al suelo.

Cuando Conan se atrevió a mirar por encima del parapeto, pudo comprobar que la estatua se había hundido en el cuerpo de la babosa hasta quedar casi enterrada. La enorme masa grisácea se retorcía y azotaba el aire como un gusano en el anzuelo del pescador. Con un golpe de su cola hizo temblar la fachada del templo, y en algún lugar del interior cayeron con estrépito unas piedras sueltas. Conan temió que toda la estructura estuviera a punto de venirse abajo y lo sepultara entre los escombros.

-¡Esto es para ti! -dijo el cimmerio con un gruñido.

Anduvo entre la fila de gárgolas hasta que encontró otra que estaba suelta y la arrojó directamente sobre el cuerpo de la babosa. La gárgola cayó produciendo un sonido blando. Una tercera erró el blanco y se estrelló sobre el empedrado. El muchacho levantó con sus brazos una cuarta estatua que, aunque era más pequeña, hizo que sus músculos crujieran por el esfuerzo, la arrojó sobre el monstruo y cayó en la cabeza, que se retorcía.

Cuando Conan vio que disminuían las convulsiones del animal, lanzó otras dos gárgolas, para mayor seguridad. En cuanto observó que su cuerpo dejaba de retorcerse, bajó a la calle. Se acercó con cautela a la enorme masa fétida empuñando la espada. Finalmente, haciendo acopio de valor, hundió la hoja de la espada en la carne fláccida. De ésta fluyó un licor oscuro y la piel húmeda y gris se contrajo con movimientos ondulantes. Pero aunque algunos miembros del animal mostraran aún signos de vida, la babosa estaba muerta.

Conan estaba acuchillando aún con furia al animal, cuando oyó una voz que le hizo volver la cabeza.

-¡Ahora te tengo en mis manos! -dijo alguien a sus espaldas.

Era Néstor, que se acercaba con la espada en la mano y un vendaje manchado de sangre en la cabeza, en lugar del casco. Cuando vio a la babosa se detuvo lleno de asombro y preguntó:

-¡Mitra! ¿Qué es esto?

-Es el fantasma de Larsha -dijo en lengua zamoria con acento extranjero-. Me persiguió por media ciudad hasta que la maté.

puesto que Néstor seguía mirando asombrado sin dar crédito a sus ojos, el cimmerio continuó diciendo:

-¿Qué haces aquí? ¿Cuántas veces debo matarte para que te mueras realmente?

-Ya verás lo muerto que estoy -contestó Néstor con tono amenazador desenvainando su espada.

-¿Qué ha sido de tus soldados?

-Murieron en el alud, como morirás tú en seguida.

-Escucha, necio -dijo Conan-, ¿por qué desperdicias tus energías con la espada, habiendo aquí más riquezas, según cuentan las leyendas, de lo que los dos juntos podemos llevarnos? Eres un hombre emprendedor: ¿por qué no nos unimos para robar el tesoro de Larsha?

-¡Debo cumplir con mi deber y vengar a mis hombres! ¡Defiéndete, perro bárbaro!

-¡Por Crom que pelearé si tú quieres! -gruñó Conan, desenvainando la espada-. ¡Pero recuerda esto, hombre! Si vuelves a Shadizar, te crucificarán por haber perdido a tus hombres, aun cuando lleves mi cabeza, lo que dudo que consigas. Si sólo fuera verdad una décima parte de lo que dicen, obtendrás más con tu parte del botín de lo que puedas ganar en cien años como mercenario.

Néstor bajó la espada y retrocedió. Luego permaneció en silencio, profundamente pensativo.

-Además -agregó Conan-, nunca conseguirás que estos cobardes zamorios se conviertan en verdaderos guerreros.

El hombre de Gunderland suspiró y luego envainó lentamente su espada.

-Tienes razón, maldito seas -dijo-. Mientras dure esta aventura, lucharemos codo con codo y nos repartiremos el tesoro a partes iguales. ¿Estás de acuerdo?

Y diciendo esto, tendió la mano a Conan.

-¡Trato hecho! -repuso el muchacho envainando la espada a su vez y estrechando la mano del capitán-. Si tenemos que escapar y nos separamos en la huida, podemos encontrarnos en la fuente de Ninus.

El palacio real de Larsha se alzaba en el centro de la ciudad, en medio de una gran plaza. Era el único edificio que no había sufrido los embates del tiempo, y ello se debía a una simple razón: había sido tallado en una enorme montaña rocosa que antes sobresalía de la uniforme meseta sobre la que se asentaba Larsha.

Sin embargo, la construcción de este edificio había sido tan cuidadosa que era necesario examinarlo muy de cerca para descubrir que no se trataba de una compleja estructura arquitectónica. Había incluso unas líneas marcadas en la negra superficie basáltica imitando las uniones que existen habitualmente entre las piedras de los edificios.

Avanzando sin hacer ruido, Conan y Néstor miraron el oscuro interior del edificio.

-Necesitamos luz -dijo Néstor-. No me gustaría encontrarme con otra babosa como aquélla en la oscuridad.

-No siento su extraño hedor; no creo que haya otra babosa -respondió Conan—, aunque bien pudiera haber otro guardián cuidando el tesoro.

Se volvió y cortó un retoño de pino que crecía entre el derruido empedrado. Luego cortó sus ramas, las convirtió en astillas con la espada y encendió un pequeño fuego frotando pedernal y acero. Después recortó los extremos de dos leños y les prendió fuego. La madera resinosa ardió intensamente. Conan le entregó una antorcha a Néstor, y ambos se colocaron algunas astillas en el cinto. Luego, con las espadas en alto, se acercaron al palacio.

Dentro del arco de acceso, las vacilantes llamas doradas de las antorchas se reflejaron en los pulidos muros de piedra negra, pero el polvo acumulado en el suelo tenía varios centímetros de espesor. Algunos murciélagos que colgaban de unos salientes de piedra chillaron con furia y se alejaron en la oscuridad.

Los hombres pasaron entre estatuas de aspecto aterrador, colocadas en nichos que flanqueaban su paso. A ambos lados se abrían oscuros pasadizos. Finalmente llegaron hasta la sala del trono. Éste estaba tallado en la misma piedra negra, al igual que el resto del edificio, y todavía se mantenía en pie. Otras sillas y divanes hechos de madera, en cambio, estaban convertidos en polvo, y sólo quedaban restos de clavos, ornamentos metálicos y piedras semipreciosas desparramados por el suelo.

-Esto debe de haber estado vacío durante miles de años -susurró Néstor.

Atravesaron varios recintos, que quizá hubieran sido las habitaciones privadas del rey, pero era difícil saberlo debido a la ausencia de muebles. De repente se encontraron frente a una puerta. Conan acercó su antorcha.

Se trataba de una puerta maciza, encajada en un arco de piedra y hecha de gruesas maderas unidas entre sí con herrajes de cobre ahora cubiertos por una capa de moho verdoso. Conan hundió su espada en la madera. La hoja entró con facilidad, y cayó un polvillo de madera muy fino, que parecía casi blanco a la luz de las antorchas.

-Está podrida -gruñó Néstor dándole una patada, y su bota penetró en la madera casi con la misma facilidad que la espada de Conan, pero en ese momento cayó al suelo un herraje de cobre con un sordo ruido metálico.

En pocos minutos los hombres habían echado abajo las maderas podridas en medio de una gran nube de polvo. Luego inclinaron las antorchas y las pasaron a través del orificio. La luz, reflejada en la plata, el oro y las alhajas produjo infinitos destellos.

Néstor pasó por la abertura, y volvió a salir a tal velocidad que chocó contra Conan.

-¡Hay hombres allí! -dijo en voz baja.

-Veamos -dijo Conan asomándose por el orificio y mirando en todas direcciones-. Están muertos. ¡Entremos!

Una vez dentro, miraron detenidamente a su alrededor hasta que las antorchas casi les quemaron las manos y tuvieron que encender otras. Esparcidos por la habitación había siete guerreros gigantescos, de más de dos metros de altura, caídos sobre sillones de piedra. Sus cabezas se apoyaban contra los respaldos de los sillones y tenían la boca abierta. Estaban ataviados con ropas antiguas; sus cascos de cobre con plumas, así como las escamas de cobre de sus corazas, estaban cubiertos de cardenillo por el paso del tiempo. Su piel era de color marrón y aspecto ceroso, como la de las momias, y las barbas entrecanas les llegaban hasta la cintura. Junto a ellos había alabardas y picas con hojas de cobre apoyadas sobre las paredes o tiradas en el suelo.

En el centro de la habitación se alzaba un altar de basalto negro, como el resto del palacio. Cerca del altar, en el suelo, había varios cofres que parecían haber almacenado tesoros. La madera estaba podrida, los cofres estaban destrozados y su reluciente contenido se encontraba desparramado por el suelo.

Conan se detuvo cerca de uno de aquellos guerreros inmóviles y le tocó la pierna con la punta de la espada. El cuerpo yacía inmóvil.

-Los antiguos deben de haberlos momificado -murmuró Conan-, como me han dicho que hacen los sacerdotes de Estigia con los muertos.

Néstor miró con desasosiego los siete cuerpos inmóviles. Las débiles llamas de las antorchas no alcanzaban a iluminar las oscuras paredes ni el techo de la habitación.

El bloque de piedra negra que había en el centro de la sala le llegaba a la cintura. En su parte superior lisa y pulida había finas incrustaciones de marfil, que formaban un diagrama de círculos y triángulos entrelazados, creando una estrella de siete puntas, y en los espacios que había entre las líneas se apreciaban signos de una escritura que Conan no reconocía. Sabía leer y escribir en lengua zamoria a su manera, y tenía conocimientos rudimentarios de hirkanio y de corinthio, pero aquellos enigmáticos jeroglíficos le resultaban irreconocibles.

De todos modos, le interesaban más los objetos que se encontraban encima del altar. En cada una de las puntas de la estrella, centelleando bajo la luz rojiza e incierta de las antorchas, había una enorme gema verde del tamaño de un huevo de gallina. En el centro del diagrama había una estatuilla verde de una serpiente con la cabeza levantada, que parecía de jade.

Conan acercó la antorcha a las siete enormes y resplandecientes gemas y gruñó:

-Yo quiero esas piedras preciosas. Tú te puedes quedar con todo lo demás.

-¡De ninguna manera! -dijo Néstor tajante-. Estas piedras preciosas valen más que todos los tesoros que hay en esta habitación. ¡Me las llevaré yo!

Hubo un momento de gran tensión entre los dos hombres, y sus manos aferraron las empuñaduras de sus espadas. Se quedaron un instante en silencio, mirándose fijamente. Finalmente, dijo Néstor:

-Entonces las repartiremos, tal como habíamos convenido.

-No se pueden dividir siete gemas entre dos -dijo Conan-. Echémoslo a suertes con una de estas monedas. El que gane se llevará las siete piedras preciosas, y el otro se llevará el resto. ¿De acuerdo?

Conan cogió una moneda de uno de los montones que indicaban el lugar en el que habían estado los cofres. Aunque había visto muchas monedas en su vida de ladrón, aquélla le resultaba completamente desconocida. De un lado había una cara, pero no se sabía si era de hombre, demonio o búho. El otro lado estaba lleno de símbolos semejantes a los que había en el altar.

Conan enseñó la moneda a Néstor. Los dos buscadores de tesoros emitieron un gruñido de aprobación. El cimmerio echó la moneda al aire, la atrapó y la puso de un manotazo sobre la muñeca izquierda. Extendió la mano, con la moneda cubierta encima, y miró a Néstor.

-Cara -dijo el hombre de Gunderland.

Conan levantó la mano de la moneda. Néstor miró y gruñó:

-¡Ishtar la maldiga! Tú ganas. Sostén mi antorcha un momento.

Conan, atento a cualquier movimiento traicionero del otro, cogió la antorcha. Pero Néstor simplemente se desató el manto, lo extendió sobre el suelo polvoriento y comenzó a arrojar sobre él puñados de oro y de piedras preciosas que cogía de los montones que había en el suelo.

-No cargues demasiado; de lo contrario no podrás correr -dijo Conan-. Aún no hemos salido de aquí, y nos espera un largo viaje hasta llegar a Shadizar.

-Yo podré con ello -respondió Néstor.

Ató las esquinas del manto, se echó el bulto a la espalda y tendió la mano para coger la antorcha.

Conan se la dio, se acercó al altar y recogió una de las enormes gemas verdes, que echó en el zurrón de cuero que colgaba de su hombro.

Cuando cogió las siete piedras preciosas del altar, se detuvo frente a la serpiente de jade y dijo mirándola:

-Por esto también me pagarán bien.

La cogió rápidamente y la metió en la bolsa en la que llevaba el botín.

-¿Por qué no te llevas parte del oro y las joyas que quedan? -le preguntó Néstor-. Yo me llevaré todo lo que sea capaz de cargar.

-Has elegido las mejores piezas -contestó Conan-. Por otra parte, no necesito más. ¡Hombre, con estas joyas me puedo comprar un reino! O bien un ducado, y todo el vino que sea capaz de beber y mujeres y...

Los ladrones oyeron un ruido que los hizo volver. Se quedaron estupefactos. Los siete guerreros momificados estaban cobrando vida. Levantaron la cabeza, cerraron la boca y el aire silbó en sus antiguos y resecos pulmones. Sus articulaciones crujieron como bisagras oxidadas cuando los gigantes recogieron sus picas y sus alabardas y se pusieron de pie.

-¡Corre! -gritó Néstor arrojando su antorcha sobre el gigante que estaba más cerca de él y desenvainando la espada.

La antorcha golpeó al gigante en el pecho, cayó al suelo y se apagó. Conan siguió sosteniendo la suya mientras sacaba la espada. La llama vacilante de la antorcha iluminó débilmente los arneses verdosos de cobre a medida que los gigantes se acercaban a los hombres.

Conan esquivó el golpe de una alabarda y desvió de un manotazo una pica dirigida contra él. De pie entre el muchacho y la puerta, Néstor se enfrentaba a un gigante que trataba de bloquearle la salida. El hombre de Gunderland eludió un golpe y le dio un violento revés que alcanzó a su enemigo en un muslo. La hoja del sable se hundió en su cuerpo, pero casi no le hizo efecto; era como cortar madera. El gigante se tambaleó y Néstor golpeó a otro. La punta de una pica relució frente a su abollada coraza.

Los gigantes se movían lentamente, pues de lo contrario los buscadores de tesoros habrían caído al primer golpe. Saltando, esquivando y girando, Conan eludió varios golpes que lo habrían dejado sin sentido sobre el suelo polvoriento. La espada se hundió una y otra vez en la carne seca y leñosa de sus atacantes. Golpes capaces de decapitar a cualquier ser vivo sólo hacían tambalear a estos seres de otra era. El cimmerio hundió la espada en el cuerpo de uno de sus contrincantes y le cortó una mano, lo que hizo caer la pica al suelo.

A continuación esquivó otro golpe de pica e hizo un corte en el tobillo del enemigo presionando con todas sus fuerzas.

La hoja de la espada se hundió hasta la mitad y el gigante cayó derrumbado al suelo.

-¡Salgamos de aquí! -bramó el joven, saltando sobre el cuerpo caído.

Conan y Néstor salieron corriendo de la habitación y atravesaron varias salas y habitaciones. Por un instante, el cimmerio temió que estuvieran perdidos, pero en ese momento divisó una luz enfrente. Los dos hombres salieron precipitadamente por la puerta principal del palacio. Podía oír detrás de ellos los pesados pasos y el sonido estrepitoso de los guardianes. Al salir vieron que el cielo clareaba y las estrellas se extinguían con la llegada del alba.

-Vamos hacia la muralla -dijo Néstor jadeando-. Creo que lograremos sacarles ventaja.

Cuando llegaron al extremo opuesto de la plaza, Conan miró hacia atrás.

-¡Mira! -exclamó el cimmerio.

Los gigantes iban saliendo uno a uno del palacio, y uno tras otro, a medida que se exponían a la luz del alba, caían al suelo convertidos en polvo. Al final sólo quedó una pila de cascos de cobre con plumas, corazas y armas amontonados sobre las losas de la plaza.

-Bueno, asunto terminado -dijo Néstor-. Pero ¿cómo lograremos volver a Shadizar sin que nos arresten? Será de día cuando lleguemos allí.

Conan esbozó una sonrisa burlona y afirmó:

-Hay una forma de llegar que sólo nosotros, los ladrones, conocemos. Cerca del ángulo que está al nordeste de la muralla hay un conjunto de árboles. Si apartas los matorrales que cubren el muro, verás una especie de alcantarilla, que supongo que sirve para desaguar la ciudad cuando las lluvias torrenciales inundan sus calles. Solía estar cerrada por una reja de hierro, pero está desgastada por la herrumbre. No siendo demasiado gordos, podríamos deslizamos por ella. La salida se halla en un solar en el que se arrojan los escombros y desechos de las casas destruidas.

-Bien -repuso Néstor-. Yo...

Un terrible estruendo interrumpió sus palabras. La tierra se estremeció, se sacudió y tembló arrojando a Néstor al suelo y haciendo tambalear al cimmerio.

-¡Cuidado! -gritó Conan.

Cuando Néstor consiguió ponerse en pie, Conan lo cogió por un brazo y lo arrastró hacia el centro de la plaza. En ese momento, la pared de un edificio cercano se vino abajo estrepitosamente, desmoronándose en el preciso lugar en el que habían estado unos segundos antes. El ruido que hizo al caer quedó apagado por el estruendo del terremoto.

-¡Vámonos de aquí! -gritó Néstor.

Guiándose por la luna, que se veía a lo lejos en el horizonte, corrieron en zigzag por las calles. A ambos lados, los muros y las columnas se inclinaban y se desplomaban con estrépito, produciendo un ruido ensordecedor. Las nubes de polvo que levantaban hacían toser a los fugitivos.

Conan se deslizó, se paró y dio un salto atrás para evitar que lo aplastara la fachada del templo que se desmoronaba. Se tambaleó mientras nuevos temblores sacudían la tierra bajo sus pies. Saltó sobre las montañas de escombros, viejos y nuevos. Dio un salto desesperado cuando vio que se le venía encima una enorme columna. Recibió una avalancha de fragmentos de piedras y ladrillos, y uno de ellos le produjo un corte en la mandíbula. Otro le dio de lleno en la espinilla, lo que le hizo maldecir a los dioses de todas las tierras que había conocido.

Por fin, llegó a lo que quedaba de la muralla de la ciudad, que había sido reducida a un montón de escombros.

Cojeando, tosiendo y jadeando, Conan trepó sobre el montículo de piedras y se volvió a mirar. Néstor no estaba a su lado. Probablemente -pensó- el hombre de Gunderland había sido aplastado por una pared. El joven aguzó el oído, pero no oyó ningún grito de auxilio.

Ya no se oía el estruendo del terremoto ni de los edificios desmoronándose. La luz de la luna, muy baja ya, hacía brillar la enorme nube de polvo que cubría la ciudad. Poco después empezó a soplar la brisa del amanecer, que arrastró poco a poco el tupido velo de polvo.

Sentado sobre la pila de escombros que indicaba el antiguo emplazamiento de la muralla, Conan miró hacia Larsha. La ciudad tenía ahora un aspecto totalmente distinto del que ofrecía cuando llegó a ella. No quedaba un solo edificio en pie. Incluso el monolítico palacio de basalto negro en el que él y Néstor habían encontrado el tesoro quedó convertido en un montón de escombros y de piedras rotas. Conan abandonó la idea de volver al palacio en otra ocasión para recoger el resto del tesoro. Sería necesario un ejército de trabajadores para quitar los escombros antes de encontrar algo de valor.

Toda la ciudad de Larsha era un montón de ruinas y de cascotes. Por lo que podía ver, ahora que había más luz, no había señales de vida. Lo único que se oía era el sonido de una piedra que caía de cuando en cuando.

Conan palpó el zurrón, en el que guardaba el tesoro, para asegurarse de que conservaba el botín, y encaminó sus pasos hacia el oeste, en dirección a Shadizar. El sol, cada vez más alto en el horizonte, arrojó un haz de luz sobre las anchas espaldas del cimmerio.

A la noche siguiente, Conan entró con gesto jactancioso en su taberna preferida, la de Abuletes, en el Maul. El antro de techos bajos y paredes manchadas de humo apestaba a sudor y a vino rancio. En las mesas abarrotadas había ladrones y asesinos bebiendo vino y cerveza, jugando a los dados, discutiendo, cantando, peleándose y dando gritos. Se consideraba que había sido una noche aburrida si al menos uno de los clientes no resultaba apuñalado en una reyerta.

Conan vio en el otro extremo de la taberna a su chica actual, Semiramis, una mujer grande, de cabellos negros y varios años j mayor que el cimmerio.

-¡Hola, Semiramis! -exclamó Conan abriéndose camino entre los parroquianos-. ¡Quiero enseñarte algo! ¡Eh, Abuletes, trae una jarra de tu mejor vino de Kiria! ¡Estoy de suerte esta noche! Si no hubiera sido tan joven, Conan hubiera tenido la precaución de no hacer alarde de su botín, y mucho menos de mostrarlo en público. Sin embargo, el cimmerio se acercó a la mesa de Semiramis y abrió el zurrón de cuero en el que llevaba las siete enormes piedras preciosas.

Las gemas cayeron en cascada sobre la mesa, golpearon la madera húmeda de vino y se convirtieron al instante en montoncitos de fino polvo verde que centellearon a la luz de la vela.

Conan dejó caer el zurrón y se quedó boquiabierto, mientras los borrachos de las mesas de al lado estallaban en sonoras carcajadas.

-¡Por Crom y Mannanan! -dijo el cimmerio al fin cuando recobró el aliento-. Me parece que esta vez me pasé de listo.

Luego, recordando la serpiente de jade que tenía en el zurrón, agregó:

-Bueno, esto servirá para pagar una buena juerga.

Llevada por la curiosidad, Semiramis cogió el zurrón que estaba encima de la mesa, pero en seguida lo dejó caer lanzando un grito:

-¡Está... está viva! -exclamó.

-¿Cómo? -dijo Conan, pero una voz que se escuchó desde la puerta lo interrumpió.

-¡Ahí está, soldados! ¡Apresadlo! -ordenó el hombre.

Se trataba de un magistrado gordo que había entrado en la taberna seguido de un pelotón de soldados de la guardia nocturna, armados con alabardas. Los presentes se callaron, mirando en forma inexpresiva hacia el techo como si no conocieran a Conan ni a ninguno de los otros bribones que formaban la clientela habitual de Abuletes.

El magistrado se abrió camino hasta la mesa de Conan. Desenvainando su espada, el cimmerio se colocó de espaldas a la pared. Sus ojos azules brillaban amenazadores y se podían ver sus dientes a la luz de las velas.

-¡Apresadme si podéis, perros! -exclamó-. ¡No he violado ninguna de vuestras estúpidas leyes!

Y agregó en voz baja, dirigiéndose a Semiramis:

-Coge el zurrón y sal de aquí. Si me detienen, lo que hay dentro es tuyo.

-Es que... ¡le tengo mucho miedo! -dijo la mujer lloriqueando.

-¡Ah, vaya! -dijo el magistrado riéndose-. ¿Conque no has hecho nada, eh? ¡Nada más que despojar a nuestros ciudadanos más eminentes! ¡Hay pruebas suficientes para cortarte la cabeza cien veces! ¿Acaso no mataste a los soldados de Néstor y lo convenciste para que se uniera a ti en la búsqueda del tesoro en las ruinas de Larsha? Lo encontramos al caer la noche, borracho y haciendo alarde de su hazaña. ¡El villano logró escapar, pero tú no lo conseguirás! Mientras los guardias formaban un semicírculo en torno a Conan, con sus alabardas apuntando al pecho del muchacho, el magistrado vio el zurrón que había sobre la mesa.

-¿Qué es esto? ¿El producto de tu último robo? Veamos...

El obeso individuo metió la mano en el interior del zurrón y hurgó unos instantes. De repente sus ojos se abrieron desorbitados y lanzó un grito aterrador. Sacó rápidamente la mano del zurrón, y todos pudieron ver una serpiente viva de jade verde, enroscada alrededor de su muñeca, hundiéndole los colmillos en la carne.

Los presentes lanzaron gritos de horror y de asombro. Uno de los guardias saltó hacia atrás y cayó sobre una mesa, haciendo pedazos las jarras y volcando vino y cerveza por todas partes. Otro avanzó para sostener al magistrado, que se tambaleó y cayó al suelo. Un tercero dejó caer su alabarda y, gritando histéricamente, huyó hacia la puerta.

El pánico se apoderó de los presentes, que se apretujaron cerca de la puerta intentando salir. Dos hombres sacaron sus cuchillos y se pusieron a luchar, mientras que otro ladrón, enzarzado en una pelea con un guardia, caía al suelo muerto. Alguien tiró una de las velas, y luego otra, dejando la habitación tenuemente iluminada por la pequeña lámpara de barro que había sobre el mostrador.

En la semioscuridad, Conan tomó a Semiramis de la mano y la levantó. Apartó a la espantada turba golpeándola con la hoja del sable y se abrió paso entre el gentío hasta la puerta. Una vez fuera, corrieron dando muchas vueltas para despistar a sus perseguidores. Luego se detuvieron para recobrar el aliento.

-Esta ciudad va a ser condenadamente peligrosa para mí después de esto -dijo Conan-. Me marcho. Adiós, Semiramis.

-¿No te gustaría pasar aquí la última noche conmigo? -preguntó la mujer.

-Hoy no. Tengo que encontrar al bribón de Néstor. Si ese necio no hubiera hablado demasiado, los guardianes no me hubieran encontrado tan rápidamente. Él tiene la parte del tesoro que pudo cargar, mientras que yo me he quedado sin nada. Tal vez pueda convencerlo de que me dé la mitad. De lo contrario...

El cimmerio aferró significativamente la empuñadura de su espada.

Semiramis suspiró y dijo:

-Siempre encontrarás refugio en Shadizar, mientras yo viva. Dame el último beso.

Se abrazaron y Conan desapareció como una sombra en la noche.

En el Camino Corinthio que conduce al oeste desde Shadizar, y tres tiros de flecha de las murallas de la ciudad, se encuentra la fuente de Ninus. Según la leyenda, Ninus era un rico mercader que sufría una enfermedad que lo consumía. Un día un dios lo visitó en sueños y prometió curarlo si construía una fuente en el camino que lleva a Shadizar desde el oeste, a fin de que los viajeros pudieran lavarse y saciar su sed antes de entrar en la ciudad. Ninus construyó la fuente, pero la leyenda no cuenta si se curó o no de su dolencia.

Media hora después de haberse escapado de la taberna de Abuletes, Conan encontró a Néstor sentado en el brocal de la fuente de Ninus.

-¿Qué has hecho con tus siete maravillosas piedras preciosas? -preguntó Néstor.

Conan le contó lo que había ocurrido con su parte del botín.

-Y ahora -agregó-, dado que gracias a tu lengua larga debo abandonar Shadizar, y puesto que no me queda nada del tesoro, sería justo que compartieras conmigo lo que te llevaste.

Néstor lanzó una carcajada estruendosa y triste y replicó:

-¿Mi parte? Ten, muchacho, aquí tienes la mitad de lo que me queda. -Mientras decía esto, extrajo de su cinto dos piezas de oro y arrojó una de ellas a Conan, que la cogió-. Te la debo por haberme salvado de morir debajo de aquella pared que casi me cae encima.

-¿Qué te ocurrió? -quiso saber el cimmerio.

-Cuando los guardias me acorralaron en la taberna, conseguí tirar una mesa y hacer rodar varias más. Luego recogí el oro en mi manto, lo colgué de mi hombro y me dirigí a la puerta. Le di una estocada a uno que trató de detenerme, pero otro consiguió hacer un tajo en mi manto. Inmediatamente todo el oro y las joyas que llevaba se desparramaron por el suelo y todo el mundo, desde los guardias hasta los magistrados, pasando por los clientes, se enzarzaron en una tremenda gresca para conseguir una parte del tesoro. -El capitán extendió el manto enseñándole un corte de unos sesenta centímetros. Luego agregó-: Pensando que el tesoro no me serviría de nada si mi cabeza iba a adornar el barrote de la Puerta Occidental, me escapé a tiempo. Una vez fuera de la ciudad, miré mi manto, pero todo lo que encontré fueron estas dos monedas que quedaron cogidas en un pliegue. Una de ellas es tuya.

Conan permaneció un momento en silencio con el ceño fruncido. Luego su boca se distendió en una amplia sonrisa, y lanzó una estruendosa carcajada. Siguió riéndose con la cabeza echada hacia atrás. Y cuando pudo hablar, dijo:

-¡Vaya par de buscadores de tesoros! ¡Crom, cómo se han divertido los dioses con nosotros! ¡Vaya broma! Néstor esbozó una sonrisa forzada y dijo:

-Me alegro de que veas el lado divertido del asunto. Pero después de esto, creo que Shadizar no es un lugar seguro para ninguno de los dos.

-¿Hacia dónde vas? -inquirió Conan.

-Me marcho al este, en busca de un puesto de mercenario en Turan. Dicen que el rey Yildiz está contratando soldados para convertir esa horda de desarrapados en un verdadero ejército. ¿Por qué no vienes conmigo, muchacho? Tú tienes condiciones de soldado.

-Eso no es lo mío -contestó Conan negando con la cabeza-. No me gusta marchar todo el día de acá para allá en el campo de entrenamiento mientras algún oficial da órdenes chillando: «¡Adelante, march! ¡Presenten armas!». He oído que hay buenas oportunidades en el oeste. Lo intentaré por un tiempo.

-Bueno, que tus dioses bárbaros te acompañen -dijo Néstor-. Si cambias de opinión, pregunta por mí en los cuarteles de Aghrapur. ¡Adiós y buena suerte!

-¡Buena suerte! -contestó Conan.

Y sin decir más, emprendió la marcha por el Camino Corinthio y en seguida se perdió de vista en las sombras de la noche.

El dios del cuenco

Las siniestras aventuras de Conan en la Torre del Elefante y en las ruinas de Larsha le dejan un sabor amargo y una profunda aversión hacia las prácticas de brujería orientales. Por ello, se dirige hacia el noroeste y atraviesa Corinthia hasta llegar a Nemedia, el reino hibóreo más poderoso después de Aquilonia. En la ciudad de Numalia reanuda sus actividades profesionales como ladrón.

Arus, el guardia nocturno, aferró su ballesta con manos temblorosas y sintió unas gotitas de sudor pegajoso sobre su piel mientras contemplaba el horrible cadáver que yacía sobre el suelo resplandeciente. Es profundamente desagradable encontrarse con la Muerte a medianoche en un lugar solitario.

El guardián se hallaba en un amplio corredor iluminado por enormes velas colocadas en los nichos que había en las paredes. Entre un nicho y otro, los muros aparecían cubiertos de tapices de terciopelo negro, y entre éstos colgaban escudos y armas cruzadas con formas fantásticas. También había, aquí y allá, imágenes de extraños dioses; se trataba de figuras talladas en piedra o en maderas raras, o bien fundidas en bronce, hierro o plata, que se reflejaban tenuemente en el reluciente suelo negro.

Arus sintió un escalofrío. Todavía no se había habituado al lugar, aunque llevaba varios meses trabajando allí como guardián. Era un lugar fantástico, un gran museo y galería de antigüedades que la gente llamaba el Templo de Kallian Publico, un edificio lleno de objetos raros traídos de todos los rincones del mundo. Ahora, en la soledad de la medianoche, Arus estaba en pie en el inmenso y silencioso salón y observaba el cadáver tirado de quien había sido el rico y poderoso propietario del Templo.

A pesar de sus pocas luces, el guardián se dio cuenta de que el hombre muerto presentaba un aspecto extrañamente diferente del que tenía cuando lo viera pasar por la Vía Palia en su dorado carruaje, arrogante y dominador, con un rostro en el que destacaban sus ojos oscuros que centelleaban con un magnetismo y una vitalidad sorprendentes. Los enemigos de Kallian Publico apenas lo reconocerían ahora, tendido como un cúmulo de grasa desintegrada, con el rico manto roto y su túnica de color púrpura deshecha. Tenía el rostro ennegrecido, los ojos salidos de las órbitas y la lengua colgando de la boca abierta. Tenía las manos rollizas extendidas en un gesto de rara impotencia, y las piedras preciosas lanzaban destellos desde sus gruesos dedos.

-¿Por qué no se habrán llevado los anillos? -musitó el guardián con un extraño desasosiego.

En ese momento miró sobresaltado y se le pusieron los pelos de punta. A través de los oscuros tapices de terciopelo y seda que ocultaban una de las tantas puertas que daban al salón, apareció un hombre.

Arus vio a un joven alto y fornido, que no llevaba más ropa que un taparrabo y unas sandalias atadas a sus piernas. Su piel estaba bronceada por soles remotos. Arus observó con cierto nerviosismo sus anchas espaldas, su pecho enorme y sus gruesos brazos. Le había bastado una simple mirada para darse cuenta de que el joven no era nemedio. Debajo de un mechón de rebeldes cabellos negros había un par de ojos azules ardientes y amenazadores. De su cinto colgaba una enorme espada dentro de una vaina de cuero.

Arus sintió un hormigueo por todo el cuerpo. Apretó con fuerza su ballesta pensando en la posibilidad de disparar contra el extraño sin decir una palabra, aunque temía lo que pudiera ocurrir si no le daba muerte al primer intento.

El desconocido miró el cuerpo que yacía en el suelo con un gesto más de curiosidad que de sorpresa.

-Yo no lo he matado -respondió el joven en lengua nemedia con acento extranjero, negando con un gesto de su desgreñada cabeza—. ¿Quién es?

-Kallian Publico -contestó Arus, retrocediendo.

Un destello de interés brilló en los taciturnos ojos azules del muchacho.

-¿Es dueño del edificio? -volvió a preguntar el bárbaro.

-Sí.

Arus había retrocedido hasta la pared. Cogió un grueso cordón de terciopelo que había allí colgado y tiró de él con fuerza. En ese momento llegó de la calle el estridente repicar de las campanas que había delante de todos los comercios de la ciudad para llamar a los guardias.

El joven extranjero le preguntó asombrado:

-¿Por qué lo has hecho? Voy a buscar al guardián.

-¡Yo soy el guardián, bellaco! -dijo Arus, armado de valor-. Quédate donde estás. ¡No te muevas o te mato!

Tenía el dedo apoyado en el gatillo de su ballesta, y la terrible cabeza de cuatro aristas de la flecha apuntaba directamente al enorme pecho del joven. El extranjero frunció el ceño y bajó su oscura cabeza. No parecía tener miedo, pero daba la impresión de dudar entre obedecer Ja orden e intentar un ataque por sorpresa. Arus se pasó la lengua por los labios y se le heló la sangre en las venas, manifiestamente inquieto al ver la lucha interior y las intenciones homicidas que se reflejaban en los turbios ojos del extranjero.

En ese momento se oyó el ruido de una puerta que se abría con violencia y una confusión de voces. El guardián respiró aliviado con una mezcla de gratitud y asombro. El extranjero se puso tenso y miró preocupado con la expresión de una presa acorralada cuando vio que entraban seis hombres. Todos menos uno vestían la túnica escarlata de la policía de Numalia. Iban armados con cortas espadas punzantes y llevaban alabardas, unas armas de mango largo, mezcla de pica y hacha.

-¿Qué diablos es esto? -exclamó el hombre que parecía destacar del grupo, cuyos fríos ojos grises y rostro delgado de rasgos afilados, así como su atuendo civil, lo diferenciaban de sus fornidos acompañantes.

-¡Por Mitra, es Demetrio! -exclamó Arus-. La suerte está conmigo esta noche. ¡No tenía esperanzas de que los guardias respondieran tan rápidamente a la llamada, y menos aún de que tú estuvieras entre ellos!

-Estaba haciendo la ronda con Dionus -repuso Demetrio-. Pasábamos delante del Templo cuando sonó la campana. Pero ¿quién es éste? ¡Ishtar! ¡Es el mismísimo propietario del Templo!

-Sí, es él -respondió Arus-, y ha sido asesinado salvajemente. Es mi obligación recorrer el edificio constantemente durante toda la noche porque, como sabes, aquí hay objetos valiosísimos. Kallian Publico contaba con ricos mecenas: sabios, príncipes y ricos coleccionistas de objetos raros. Pues bien, hace tan sólo unos minutos intenté abrir la puerta que da al pórtico y la encontré cerrada, aunque sin llave. La puerta tiene un cerrojo que se acciona desde ambos lados, y un enorme candado, que sólo puede abrirse desde fuera. Kallian Publico era el único que tenía la llave del candado; es esa que tiene colgada del cinto.

»Me di cuenta de que ocurría algo extraño, porque Kallian solía cerrar la puerta con candado cuando se iba del Templo, y yo no lo había visto desde que se marchó al atardecer a su casa de las afueras. Yo tengo una llave que abre el cerrojo; cuando entré, hallé el cuerpo tendido, como está ahora. No lo he tocado.

-Entonces -preguntó Demetrio examinando al sombrío extranjero-, ¿quién es éste?

-¡El asesino, seguramente! -exclamó Arus-. Entró por aquella puerta. Es un bárbaro del norte o algo parecido; tal vez sea un hiperbóreo o quizá un bosonio.

-¿Quién eres? -preguntó Demetrio.

-Soy Conan, el cimmerio -respondió el bárbaro.

-¿Has matado a este hombre?

El cimmerio lo negó con la cabeza.

-¡Responde! -ordenó con brusquedad el que interrogaba. Un destello de cólera brilló en los taciturnos ojos azules cuando dijo:

-¡No soy un perro para que me hables de esa manera!

-¡Vaya un tipo insolente! -dijo con desprecio el compañero de Demetrio, un hombre corpulento que llevaba una insignia de prefecto de policía-. ¡Un perro libre e independiente! Ya le quitaré los humos. ¡Eh, tú! ¡Habla de una vez! ¿Por qué has matado...?

-Un momento, Dionus -ordenó Demetrio-. Escucha, forastero, yo soy el jefe del Consejo Inquisitorial de la ciudad de Numalia. Será mejor que me digas por qué estás aquí y, si no eres el asesino, será mejor que lo demuestres.

El cimmerio vaciló. No tenía miedo, sino que se sentía perplejo, que es lo que les ocurre a los bárbaros cuando se enfrentan a las complejidades de las sociedades civilizadas, cuyo funcionamiento les resulta tan desconcertante y misterioso.

-Mientras lo piensa -espetó Demetrio, volviéndose hacia Arus-, dime: ¿has visto a Kallian Publico cuando se marchaba del Templo al atardecer?

-No, mi señor, pero él generalmente ya se ha marchado cuando yo comienzo mi guardia. La puerta grande estaba cerrada con llave.

-¿Pudo haber vuelto al edificio sin que tú lo vieras?

-Es posible, pero poco probable. De haber regresado de su casa, hubiera venido en su carruaje, porque está lejos; ¿quién ha oído que Kallian Publico viaje de otra forma? Aunque yo hubiera estado en el otro extremo del Templo, habría oído las ruedas del carruaje sobre el empedrado. Y estoy seguro de no haber oído nada.

-¿Y la puerta estaba cerrada a primeras horas de la noche?

-Podría jurarlo. Yo siempre compruebo todas las puertas durante mi guardia nocturna. La puerta estuvo cerrada por fuera hasta hace media hora más o menos; ésa fue la última vez que lo comprobé, y la hallé cerrada.

-¿No oíste gritos ni ruidos de pelea?

-No, señor. Pero no es raro, porque las paredes del Templo son tan gruesas que no se oye nada a través de ellas.

-¿A qué vienen tantas preguntas y especulaciones? -terció el fornido prefecto-. Éste es el culpable, sin duda alguna. Llevémosle a los Tribunales; allí lo haré confesar, aunque tenga que romperle los huesos.

Demetrio miró al bárbaro y le preguntó:

-¿Has entendido lo que ha dicho? ¿Tienes algo que añadir?

-Que el hombre que me toque estará muy pronto saludando a sus ancestros en el infierno -contestó el cimmerio con los dientes apretados y los ojos centelleantes llenos de ira.

-¿Para qué has venido aquí, si no fue para matar a este hombre? -prosiguió Demetrio.

-He venido a robar -respondió el joven con gesto hosco.

-¿A robar qué?

-Vine a robar comida -dijo Conan, después de vacilar un momento.

-¡Mentira! -exclamó Demetrio-. Sabes muy bien que aquí no hay comida. Dime la verdad o...

El cimmerio apoyó la mano en la empuñadura de su espada, en un gesto tan amenazador como el de un tigre cuando enseña los colmillos.

-¡Ahorra tus provocaciones y fanfarronadas para los cobardes que te tengan miedo! -gruñó Conan-. No soy un nativo de Nemedia y no voy a inclinarme ante tus esbirros. He matado a hombres más buenos que tú por menos que esto.

Dionus, que había abierto la boca congestionado por la ira, la volvió a cerrar, los guardias movieron sus alabardas con gesto inseguro y miraron a Demetrio esperando órdenes. Se habían quedado mudos al oír el desafío lanzado contra el todopoderoso policía, y esperaban que éste diera la orden de detener al bárbaro. Pero Demetrio no dio ninguna orden. Arus miraba a uno y a otro, preguntándose qué estaría pasando por la aguda mente de Demetrio, detrás de su rostro de halcón. Tal vez el magistrado temiera suscitar un arrebato de cólera al bárbaro, o quizá dudara realmente de su culpabilidad.

-No te he acusado de matar a Kallian -dijo bruscamente-. Pero debes admitir que las-circunstancias no te favorecen. ¿Cómo entraste en el Templo?

-Me escondí en el oscuro almacén que hay detrás de este edificio -contestó Conan de mala gana-. Cuando este perro -agregó señalando con el dedo a Arus— pasó doblando la esquina, corrí hacia el muro y trepé por él...

-¡Mentira! -interrumpió Arus-. Ningún hombre puede subir por esa pared tan recta!

-¿Nunca has visto a un cimmerio escalar una montaña escarpada cortada a pico? -preguntó Demetrio-. Soy yo quien dirige el interrogatorio. Continúa, Conan.

-La esquina del edificio está decorada con esculturas —continuó el cimmerio-, por lo que me resultó fácil trepar. Llegué al techo antes de que este perro hubiera dado la vuelta al edificio. Encontré una portezuela cerrada con un pasador de hierro por dentro. Rompí el cerrojo en dos y...

Arus, recordando el grosor del cerrojo, se quedó boquiabierto y se apartó del cimmerio, que le miró ensimismado y siguió hablando:

-Pasé por la portezuela y entré en la habitación de arriba. Allí no me detuve, sino que fui directamente hacia la escalera...

-¿Cómo sabías dónde estaba la escalera? Sólo a los criados de Kallian y a algunos de sus ricos mecenas les está permitido entrar en esas habitaciones de la parte superior del edificio. .

Conan permaneció en un obstinado silencio.

-¿Qué hiciste cuando llegaste a la escalera? -siguió preguntando Demetrio.

-Bajé directamente y llegué a una habitación que se encuentra detrás de aquella puerta cubierta por la cortina -murmuró el cimmerio-. Cuando bajaba por la escalera, oí que se abría otra puerta. Al levantar la cortina, vi a este perro de pie al lado del hombre muerto.

-¿Por qué saliste de tu escondite?

-Porque al principio creí que era otro ladrón que venía a robar lo mismo que...

El cimmerio se interrumpió súbitamente.

_¡Lo mismo que tú habías venido a robar! -concluyó Demetrio-. No te quedaste en las habitaciones de arriba, donde están guardados los mayores tesoros. ¡Has venido aquí enviado por alguien que conoce muy bien el Templo, para robar alguna cosa muy especial!

-¡Y para matar a Kallian Publico! -exclamó Dionus-. ¡Por Mita, está muy claro! ¡Detenedlo, guardias; confesará antes del alba!

Lanzando una maldición en lengua extranjera, Conan dio un salto hacia atrás y desenvainó su espada con una furia tal que el afilado sable cortó el aire con un silbido.

-¡Atrás, si apreciáis en algo vuestras malditas vidas! -gruñó-. ¡No creáis que por el hecho de dedicaros a torturar tenderos y a desnudar y azotar rameras para hacerlos hablar, vais a poner vuestras asquerosas garras encima de un hombre de la montaña! ¡Si tocas tu arco, guardián, te reviento las tripas de una patada!

-¡Espera! -dijo Demetrio-. Detén a tus hombres, Dionus. Aún no estoy convencido de que sea el asesino.

Demetrio se inclinó hacia Dionus y susurró algo que Arus no pudo oír, pero tuvo la impresión de que era un plan para engañar a Conan y arrebatarle la espada.

-Está bien -gruñó Dionus—. Retroceded, vosotros, pero no le quitéis los ojos de encima.

-Dame tu espada -dijo Demetrio a Conan.

-¡Ven a quitármela, si puedes! -replicó Conan. El investigador se encogió de hombros y dijo:

-De acuerdo. Pero no intentes escapar. Hay hombres con ballestas fuera, vigilando el edificio.

El bárbaro bajó la espada, si bien mantuvo su tensa actitud alerta. Demetrio se volvió nuevamente hacia el cadáver.

-Lo han estrangulado -murmuró-. ¿Por qué lo habrán estrangulado cuando una estocada es tanto más rápida y segura? Estos cimmerios nacen con la espada en la mano; nunca oí que matasen a alguien de otra forma.

-Quizá lo hizo para no despertar sospechas -repuso Dionus.

-Es posible —dijo Demetrio, palpando el cadáver con mano experta-. Lleva muerto por lo menos media hora. Si Conan dice la verdad acerca del momento en que entró en el Templo, difícilmente podría haberlo asesinado antes que entrara Arus. Aunque es cierto que puede estar mintiendo; quizá haya entrado en el edificio más temprano.

-Escalé el muro después de que Arus hiciera la última ronda -dijo Conan refunfuñando.

-Eso es lo que tú dices -repuso Demetrio examinando la garganta del hombre muerto, que había sido reducida a un amasijo de carne morada.

La cabeza del cadáver caía inerte hacia atrás, como si tuviera rotas las vértebras. Demetrio movió la cabeza dubitativamente y preguntó:

-¿Por qué habrá usado el asesino una cuerda tan gruesa? ¿Y qué forma terrible de estrangulamiento pudo haber destrozado de esta manera el cuello de la víctima?

Se levantó y se dirigió hacia el corredor pasando por la puerta más cercana.

-Aquí hay un busto caído de su pedestal -manifestó-, y el suelo está lleno de arañazos, y las cortinas de la puerta han sido arrancadas... Kallian Publico debió de ser atacado en aquella habitación. Tal vez logró deshacerse de su agresor, o quizá arrastró al individuo a medida que huía. De todos modos, llegó tambaleándose al corredor, donde el asesino seguramente lo siguió y acabó con él.

-Entonces, si este pagano no es el asesino, ¿quién es? -inquirió el prefecto.

-Aún no he eximido de culpas al cimmerio -dijo Demetrio-. Pero vamos a investigar en esa habitación...

El funcionario se detuvo, se dio media vuelta y se paró a escuchar. Se oía el traqueteo de un carruaje que se acercaba por la calle y se detuvo bruscamente.

-¡Dionus! -vociferó el investigador-. Envía dos hombres en busca de ese vehículo, y que traigan aquí al cochero.

-Por el ruido -dijo Arus, que conocía muy bien todos los sonidos de la calle-, yo diría que se detuvo delante de la casa de Promero, justo enfrente de la tienda del mercader de sedas.

-¿Quién es Promero? -inquirió Demetrio.

-Es el empleado principal de Kallian Publico.

-Traedlo aquí junto con el cochero -ordenó Demetrio.

Los dos guardias salieron del cuarto. Demetrio siguió examinando el cadáver, en tanto que Dionus, Arus y los restantes policías vigilaban a Conan, que seguía inmóvil con la espada en la mano como una amenazadora estatua de bronce. Poco después se oyó el eco de unos pasos, y los dos guardias entraron con un hombre corpulento, de piel oscura, que llevaba un casco de cuero y la larga túnica que usan los cocheros; traía un látigo en la mano. Los acompañaba un individuo pequeño, de aspecto tímido, con la actitud característica de los que, habiendo nacido en el seno de la clase artesanal, se convierten en ayudantes insustituibles de los ricos mercaderes y comerciantes. El hombrecillo retrocedió lanzando un grito al ver al hombre tendido en el suelo.

-¡Ah, ya sabía que esto nos iba a traer la desgracia! -gimió.

-Eres Promero, el empleado principal, ¿no es así? ¿Y tú quién eres? -preguntó Demetrio.

-Soy Enaro, el cochero de Kallian Publico.

-No parece conmoverte demasiado el hecho de ver su cadáver -observó Demetrio.

Los ojos oscuros de Enaro centellearon.

-¿Por qué habría de estar conmovido? -dijo el hombre-. Alguien ha llevado a cabo lo que yo deseaba ardientemente pero no me atrevía a hacer.

-¡Vaya! -musitó el investigador-. ¿Eres un hombre libre?

Los ojos del cochero reflejaban una profunda amargura cuando se abrió la túnica para enseñar la marca característica de los esclavos que tenía en el hombro.

-¿Sabías que tu amo venía aquí esta noche?

-No. Yo traje el carruaje al Templo al atardecer, como todos los días. Él subió y yo le llevé a su casa de las afueras. Sin embargo, cuando llegamos a la Vía Palia me ordenó dar la vuelta y regresar. Parecía muy agitado.

-¿Y lo trajiste de vuelta al Templo?

-No. Me ordenó detenerme en la casa de Promero. Allí me despidió, dándome instrucciones de que volviera a buscarlo poco después de medianoche.

-¿A qué hora fue eso?

-Poco después del atardecer. Las calles estaban casi desiertas.

-¿Qué hiciste entonces?

-Volví a la casa de los esclavos, donde me quedé hasta que se hizo la hora de regresar a la casa de Promero. Fui directamente hacia allí, y tus hombres me detuvieron cuando hablaba con Promero en la puerta de su casa.

-¿Tienes alguna idea del motivo que llevó a Kallian a la casa de Promero?

-El nunca hablaba de sus asuntos con los esclavos. Demetrio se volvió entonces hacia Promero y le preguntó: -¿Qué sabes tú acerca de esto? -Nada -respondió el empleado con los dientes castañeteando.

-¿Estuvo Kallian Publico en tu casa, tal como afirma el cochero?

-Sí, señor.

-¿Cuánto tiempo estuvo contigo?

-Sólo un momento. Se marchó en seguida.

-¿De tu casa se fue al Templo?

-¡No lo sé! -gritó el empleado con voz chillona.

-¿Para qué fue Publico a verte?

-Para..., para hablar de negocios.

-Mientes -dijo Demetrio tajante-. ¿Para qué fue a tu casa?

-¡No sé! ¡No sé nada! -chillaba Promero histérico-. Yo no tengo nada que ver con esto.

-Hazle hablar, Dionus -ordenó Demetrio en tono cortante.

Dionus gruñó y le hizo una seña con la cabeza a uno de sus hombres, que se dirigió hacia los dos prisioneros con una sonrisa cruel.

-¿Sabes quién soy? -preguntó mirando fijamente a su encogida víctima.

-Eres Posthumo -respondió el empleado con aire taciturno-. Le arrancaste un ojo a una muchacha en los Tribunales porque no estaba dispuesta a acusar a su amante.

-¡Siempre consigo lo que me propongo! -exclamó el guardia vociferando.

Las venas de su grueso cuello se hincharon y su cara enrojeció cuando cogió al desdichado por el pescuezo, retorciéndole la túnica hasta casi estrangularlo.

-¡Habla de una vez, rata! -gritó-, ¡Contesta al investigador!

-¡Oh, Mitra, piedad! -chilló el infeliz-. Juro...

Posthumo lo abofeteó violentamente, primero en una mejilla y después en la otra, luego lo tiró al suelo y lo pateó con feroz ensañamiento.

-¡Piedad! —gimió suplicante la víctima-. Hablaré..., diré todo lo que...

-¡Entonces, ponte de pie, canalla! -rugió Posthumo-. ¡No te quedes ahí lloriqueando!

Dionus lanzó una rápida mirada a Conan para ver si estaba debidamente impresionado.

-¿Ves lo que les ocurre a los que irritan a la Policía? -le dijo. Conan escupió con desprecio y gruñó:

-Es un débil y un necio. Si alguno de vosotros me llega a tocar, le desparramo las tripas por el suelo.

-¿Estás dispuesto a hablar? -preguntó Demetrio con aire hastiado.

-Todo lo que sé -dijo el empleado sollozando mientras se ponía de pie, gimiendo como un perro apaleado- es que Kallian llegó a casa poco después que yo, puesto que salimos del Templo juntos, y le dijo al cochero que se marchara. Me amena-ó con despedirme si yo le contaba algo a alguien. Yo soy un hombre pobre, mis señores, sin amigos ni favores. Si no trabajara para él, me moriría de hambre.

-Eso no me incumbe —dijo Demetrio-. ¿Cuánto tiempo estuvo en tu casa?

-Se quedó hasta alrededor de las once y media. Luego se marchó diciendo que se iba al Templo y que volvería cuando terminara lo que tenía que hacer.

-¿Qué pensaba hacer aquí?

Promero vaciló, pero una mirada escalofriante al sonriente Posthumo, que alzaba su enorme puño, lo hizo proseguir inmediatamente.

-Quería ver algo en el Templo.

-Pero ¿por qué vino solo, y en forma tan secreta y misteriosa?

-Porque ese objeto no era suyo; llegó al amanecer, en una caravana procedente del sur. Los hombres de la expedición no sabían nada acerca de ello, salvo que lo habían cargado en su caravana unos hombres que venían en otra procedente de Estigia, y que estaba destinado a Caranthes de Hanumar, sacerdote de Ibis. El jefe de la primera caravana había recibido dinero de los otros para que entregasen el objeto en mano a Caranthes, pero el bribón quería seguir camino a Aquilonia directamente por la carretera que no pasa por Hanumar. Entonces preguntó si podría dejarlo en el Templo hasta que Caranthes mandara a alguien a recogerlo.

«Kallian accedió a ello y le dijo que él mismo enviaría un criado para avisar a Caranthes. Pero cuando los hombres de la caravana se hubieron marchado y yo le hablé de enviar al mensajero, Kallian me prohibió que lo mandara. Se quedó pensando qué sería aquel objeto que los hombres habían dejado.

-¿Y qué era?

-Una especie de sarcófago como los que se encuentran en las antiguas tumbas estigias. Pero éste era redondo, como un cuenco. Estaba hecho de un metal semejante al cobre, pero más duro, y tenía grabados unos jeroglíficos similares a los de los antiguos menhires del sur de Estigia. La tapa se ajustaba perfectamente al cuenco por medio de unas tiras del mismo metal, y también estaban grabadas.

»Los hombres de la caravana no lo sabían. Sólo dijeron que quienes se lo habían dado mencionaron que se trataba de una reliquia de un valor incalculable hallada en las tumbas situadas debajo de las pirámides y que se la enviaban a Caranthes «por la veneración que sentía por el sacerdote de Ibis la persona que lo enviaba». Kallian Publico creía que contenía la diadema de los reyes gigantes que dominaron al pueblo que habitaba en aquella tierra sombría antes de que llegaran allí los antepasados de los estigios. Me enseñó un dibujo grabado en la tapa, que él afirmaba que tenía la forma de la diadema que, según la leyenda usaban los monstruosos reyes.

«Entonces decidió abrir el cuenco para ver lo que contenía. Se ponía como loco cuando pensaba en la fabulosa diadema incrustada con extrañas piedras preciosas que sólo conocía la antigua raza. Una sola de esas gemas -decía- valía más que todos los tesoros del mundo moderno.

»Yo le advertí que no lo hiciera, pero poco después de medianoche se fue solo al Templo, ocultándose en las sombras hasta que el guardián estuviera del otro lado del edificio y entrando luego con la llave que tenía colgada de la cintura. Yo lo seguí con la vista hasta que entró, y luego regresé a mi casa. Si en el cuenco aparecía la diadema u otro objeto de mucho valor, él tenía la intención de esconderlo en algún lugar secreto del Templo y después saldría sin dejarse ver. A la mañana siguiente pensaba armar un gran alboroto, diciendo que habían entrado ladrones a su casa y habían robado el objeto de Caranthes. Nadie conocería su maniobra, salvo el cochero y yo, y ninguno de los dos lo traicionaría.

-¿Y el guardián? -objetó Demetrio.

-Kallian no iba a dejar que éste lo descubriera; planeaba que lo crucificaran por complicidad con los ladrones -respondió Pro-mero.

Arus tragó saliva y palideció al enterarse de la falsedad de su patrón.

-¿Dónde está el sarcófago? -preguntó Demetrio, y cuando Promero indicó con el dedo, agregó con un gruñido-: ¡Vaya! La misma habitación en la que deben de haber atacado a Kallian.

Promero se retorció las delgadas manos y comentó:

-¿Por qué un hombre de Estigia había de enviar un regalo a Caranthes? Antiguos dioses y extrañas momias se han cruzado en el camino de las caravanas anteriormente, pero ¿quién adora tanto al sacerdote de Ibis en Estigia, cuando allí todavía veneran al superdemonio de Set, que se oculta en la oscuridad de las tumbas? El dios Ibis ha luchado contra Set desde que se creó el mundo, y Caranthes ha combatido contra los sacerdote Set toda su vida. Hay algo oscuro y misterioso en todo esto.

-Enséñanos el sarcófago -ordenó Demetrio.

Promero avanzó con gesto vacilante. Todos fueron tras él, incluso Conan, que aparentaba indiferencia aunque sentía curiosidad, ante la mirada precavida de los guardias. Pasaron a través de los desgarrados tapices y entraron en el salón, que estaba me-nos iluminado que el corredor. Las puertas que había a ambos lados daban a otras habitaciones, y en las paredes había fantásticas efigies, dioses de tierras extrañas y de pueblos remotos. En ese momento Promero lanzó un grito aterrador.

-¡Mira! ¡El sarcófago! ¡El cuenco está abierto y... vacío!

En el centro de la habitación había un extraño cilindro negro, de más de un metro de altura y unos noventa centímetros de diámetro en la parte más ancha, equidistante de la tapa y de la base. La pesada tapa grabada estaba en el suelo, y a su lado había un martillo y un cincel. Demetrio miró en su interior, observó extrañado durante unos segundos los borrosos jeroglíficos, y se volvió hacia Conan.

-¿Es esto lo que venías a robar?

El bárbaro negó con un movimiento de la cabeza y dijo:

-¿Cómo podría llevarse esto un hombre solo?

-Cortaron las bandas con este cincel -musitó Demetrio-, y lo hicieron deprisa. Hay marcas de los golpes fallidos del martillo que abollaron el metal. Podemos deducir que Kallian abrió el cuenco. Había alguien escondido cerca de él, quizá oculto detrás de las cortinas de la puerta. Cuando Kallian quitó la tapa del cuenco, el asesino se abalanzó sobre él, o tal vez primero mató a Kallian y después abrió el cuenco.

-Este objeto es escalofriante —dijo el empleado con un estremecimiento-. Es demasiado antiguo para ser sagrado. ¿Quién ha visto jamás un metal parecido? Parece más duro que el acero de Aquilonia; observad que está corroído y carcomido en algunos lugares. ¡Y mirad aquí en la tapa! -dijo Promero señalando con dedo tembloroso-. ¿Qué creéis que es esto?

Demetrio se inclinó para observar el dibujo grabado y dijo:

-Yo diría que representa una corona o algo parecido.

-¡No! -exclamó Promero-. ¡Ya se lo advertí a Kallian, pero él no quiso creerme! ¡Es una serpiente enroscada que se muerde la cola! ¡Es el símbolo de Set, la Antigua Serpiente, el dios de los estigios! Este cuenco es demasiado viejo para pertenecer al mundo de los humanos; es una reliquia de la época en que Set habitaba la tierra con forma humana. ¡Tal vez la raza que nació de él enterraba los huesos de sus reyes en cajas como éstas!

-¿Quieres decir que uno de estos esqueletos se levantó, estranguló a Kallian Publico y luego se marchó?

-No era un hombre lo que había en este cuenco -susurró el empleado, mirando asombrado con ojos desorbitados-. ¿Qué hombre podría estar enterrado ahí dentro?

Demetrio lanzó un juramento y dijo:

-Si Conan no es culpable, el asesino se encuentra todavía en algún lugar del edificio. Dionus y Arus, quedaos conmigo, y vosotros tres, los prisioneros, permaneced aquí también. ¡Los demás que busquen por toda la casa! El asesino, en caso de haber conseguido huir antes de que Arus encontrara el cadáver, sólo pudo haber escapado por el mismo lugar por el que entró Conan, y entonces el bárbaro lo habría visto, en caso de que no mienta.

-No vi a nadie más que a este perro -gruñó Conan, señalando a Arus.

-Claro que no viste a nadie -dijo Dionus-, porque tú eres el asesino. Estamos perdiendo el tiempo, pero buscaremos por pura formalidad. Y si no encontramos a nadie, ¡te prometo que te quemaremos vivo! ¡Recuerda la ley, mi salvaje de negra melena: por matar a un artesano, te envían a las minas; por asesinar a un mercader, te cuelgan, y por dar muerte a un señor, te queman en la hoguera!

Conan enseñó sus dientes por toda respuesta. Los hombres comenzaron a registrar. Los que se quedaron en la habitación oyeron sus pasos arriba y abajo, moviendo objetos, abriendo puertas y gritando de una habitación a otra.

-Conan —dijo Demetrio-, ¿sabes lo que supone para ti que no encuentren a nadie?

-Yo no lo maté -gruñó el cimmerio-. Si él hubiera intentado hacerme algo, le hubiera roto el cráneo, pero no lo vi hasta que tuve delante de mí su cadáver.

-De todas formas, alguien te habrá enviado aquí a robar -manifestó Demetrio-, y con tu silencio te haces cómplice del asesinato. El mero hecho de estar aquí es suficiente para enviarte a las minas, admitas o no tu culpabilidad. Pero si nos cuentas todo, podrás salvarte de la muerte en la hoguera.

-Está bien -respondió el bárbaro de mala gana-, vine aquí a robar la copa zamoria de diamantes. Un hombre me entregó el plano del Templo y me dijo dónde la encontraría. Está en ese cuarto -dijo Conan señalando la habitación de al lado-, en un nicho que hay en el suelo bajo la efigie de un dios shemita hecha de cobre.

-Dice la verdad -afirmó Promero-. No creo que haya seis hombres en todo el mundo que sepan dónde está escondida esa copa.

-Y. de haberlo conseguido -preguntó Dionus con desprecio-, ¿se la habrías entregado realmente al hombre que te contrató?

De nuevo los ardientes ojos del cimmerio lanzaron destellos de cólera y rencor.

-No soy un perro -dijo el bárbaro entre dientes-. Yo cumplo con mi palabra.

-¿Quién te envió aquí? -inquirió Demetrio, pero Conan permaneció en un hosco y empecinado silencio.

En ese momento llegaron los guardias después de haber registrado toda la casa.

-No hay ningún hombre escondido en esta casa -dijeron-.

Hemos registrado todo el edificio. Encontramos la portezuela del techo por la que entró el bárbaro, y el cerrojo que partió en dos. Si un hombre se hubiera escapado por allí, lo habrían visto los guardias, a menos que hubiera huido antes de haber llegado nosotros. Además, habría tenido que apilar algunos muebles para llegar a la trampilla, y no hay señales de que alguien lo haya hecho. Pero ¿no habrá escapado por la puerta principal antes de que Arus diera la vuelta al edificio?

-No, porque la puerta estaba cerrada con llave por dentro -repuso Demetrio- y las únicas dos llaves que abren la cerradura son las que tiene Arus y la que todavía cuelga del cinto de Kallian Publico.

-Yo creo haber visto la soga que utilizó el asesino -dijo un guardia.

-¿Y dónde está, imbécil? -exclamó Dionus.

-En la habitación de al lado -respondió el otro-. Es una gruesa soga negra enrollada alrededor de una columna de mármol. No pude llegar a ella.

El guardia los condujo hasta un cuarto lleno de estatuas de mármol y señaló una columna muy alta. Luego se detuvo estupefacto.

-¡Ha desaparecido! -exclamó con un grito.

-Nunca estuvo allí -dijo Dionus con un bufido.

-¡Por Mitra que estaba allí hace un momento! La vi enrollada alrededor de la columna, justo encima de aquellas hojas grabadas. Está tan oscuro allí arriba que no pude ver mucho más; pero estaba allí.

-Estás borracho -dijo Demetrio dándole la espalda-. Ese lugar está demasiado alto como para que un hombre pueda llegar hasta allí, y no hay nadie capaz de trepar por esa columna tan lisa.

-Un cimmerio podría hacerlo -dijo en voz baja uno de los hombres.

-Es posible. Digamos que Conan estranguló a Kallian, ató la cuerda alrededor de la columna, atravesó el corredor y se escondió en el cuarto en el que está la escalera. Pero ¿cómo pudo haber quitado la soga después de que vosotros la vierais? No, yo os aseguro que Conan no cometió el asesinato. Creo que el verdadero criminal mató a Kallian para conseguir lo que había en el cuenco y ahora está oculto en algún rincón del Templo. Si no conseguimos hallarlo, tendremos que culpar al bárbaro, para cumplir con la justicia. Pero... ¿dónde está Promero?

Los guardias habían regresado a la habitación en la que se encontraba el cuerpo inmóvil, en el corredor. Dionus lanzó un grito llamando a Promero, para que viniera del cuarto en el que estaba el cuenco vacío. El hombre temblaba y su rostro había palidecido.

-¿Qué sucede ahora? -preguntó Demetrio irritado.

-¡Encontré un símbolo en la base del cuenco! -dijo temblando Promero-. No es un jeroglífico antiguo, ¡es un signo recién grabado!, ¡es la marca de Thoth-Amon, el hechicero estigio, el enemigo mortal de Caranthes! ¡Debe de haber encontrado el cuenco en alguna terrorífica caverna debajo de las pirámides encantadas! ¡Los dioses antiguos no morían como los hombres, sino que caían en prolongados letargos y sus adoradores los encerraban en sarcófagos para que ningún extraño pudiera interrumpir su sueño! Thoth-Amon envió a Caranthes a la muerte. La codicia de Kallian dejó en libertad a ese demonio, que ahora se halla oculto cerca de nosotros. Incluso puede estar acercándose sigilosamente a nosotros.

-¡Grandísimo tonto! -rugió Dionus, dándole un fuerte golpe en la boca a Promero-. Bueno, Demetrio -dijo volviéndose hacia el investigador-, no veo razón alguna para no arrestar a este bárbaro...

El cimmerio lanzó un grito, mirando hacia la puerta de una habitación adyacente al cuarto de las estatuas.

-¡Mirad! —exclamó-. He visto algo que se movía en esa habitación; lo he visto a través de los tapices. Cruzó por el suelo como una sombra.

-¡Bah! -dijo Posthumo bufando-. Ya hemos registrado esa habitación...

-¡Has visto bien! -chilló Promero histéricamente-. ¡Este lugar está maldito! ¡Alguien salió del sarcófago y mató a Kallian Publico! ¡Se escondió donde ningún hombre podría hacerlo, y ahora ronda por esa habitación! ¡Oh, Mitra, defiéndenos de los poderes de las tinieblas! ¡Que busquen de nuevo en ese cuarto, señor! -concluyó aferrándose a la túnica de Dionus con dedos que parecían garras.

Mientras el prefecto se libraba del desesperado apretón del empleado, Posthumo dijo:

-¡Tendrás que buscar tú mismo, mequetrefe!

Luego, cogiendo a Promero con una mano en el cuello y otra en el cinto, empujó al infeliz delante de él en dirección a la puerta, donde se detuvo y lo lanzó con tal violencia que Promero cayó y quedó medio inconsciente.

-¡Basta! -gruñó Dionus, mirando al silencioso cimmerio.

Luego el prefecto alzó una mano -la tensión era enorme- y se produjo una nueva interrupción.

Entró un guardia, arrastrando a un joven delgado y ataviado con ropas elegantes y caras.

-Lo vi escabullirse por la parte trasera del Templo -exclamó el guardia, buscando aprobación, pero en lugar de ello fue insultado hasta ponérsele los pelos de punta.

-¡Suelta a ese caballero, grandísimo imbécil; torpe! -gritó el prefecto-. ¿No conoces a Aztrias Petanius, el sobrino del gobernador?

El guardia se apartó avergonzado, mientras el fatuo joven aristócrata se limpiaba con gesto remilgado una manga de su túnica bordada.

-Ahórrate las disculpas, mi buen Dionus -dijo suavemente-. Todo ha sido en nombre del deber, lo sé. Regresaba a casa de una juerga nocturna y venía andando para refrescar mi cabeza de los vapores etílicos. Pero ¿qué pasa aquí? ¡Por Mitra!, ¿hubo un asesinato?

-Sí, mi señor -respondió el prefecto—. Tenemos un sospechoso que, aunque Demetrio no esté seguro, irá sin duda a la hoguera por ello.

-Un bruto de aspecto atroz -murmuró el joven aristócrata-. ¿Cómo se puede dudar de su culpabilidad? Jamás he visto a nadie de aspecto tan infame.

-¡Claro que la has visto, maldito perro perfumado! -gruñó el cimmerio-. Me has visto cuando me contrataste para que robase la copa zamoria. ¿Una juerga? ¡Bah! Estabas esperando en la oscuridad a que te entregase el botín. No habría revelado tu nombre si hubieras jugado limpio. Ahora diles a estos perros que me viste trepar por la pared después de que el guardia hiciera su última ronda, para que sepan que no tuve tiempo de matar a este puerco cebado antes de que Arus entrara y hallase el cadáver. Demetrio lanzó una rápida mirada a Aztrias. El joven no se inmutó.

-Si lo que el bárbaro dice es cierto, mi señor -dijo el investigador-, esto lo deja libre de sospechas de asesinato, y podremos echar tierra sobre este asunto del intento de robo.

»A1 cimmerio le corresponden diez años de trabajos forzados por allanamiento de morada, pero basta con que tú lo pidas para que lo dejemos libre y nadie, salvo nosotros, sabrá nada de esto. Lo comprendo, no serías el primer joven aristócrata que tiene que recurrir a esto para pagar deudas de juego o algo parecido, pero puedes confiar en nuestra discreción.

Conan miró expectante al joven, pero Aztrias se encogió de hombros y bostezó cubriéndose la boca con su blanca y delicada mano.

-No lo conozco -respondió-. Está loco cuando dice que yo lo he contratado. Que reciba su merecido. Es fuerte, y el trabajo de las minas le hará bien.

Conan miró asombrado con ojos centelleantes y dio un respingo como si lo hubieran pinchado. Los guardias se pusieron alerta y empuñaron sus alabardas, pero en seguida se tranquilizaron al ver que bajaba la cabeza, con gesto de hosca resignación. Arus no sabía si el joven los estaba mirando a través de sus espesas cejas negras.

El cimmerio atacó sin más previo aviso que el que da una cobra cuando se lanza sobre su presa. Su espada brilló a la luz de las velas. Aztrias comenzó a chillar, pero sus gritos se extinguieron cuando su cabeza voló de sus hombros entre un chorro de sangre, con las facciones convertidas en una blanca máscara de horror.

Demetrio extrajo su daga y dio un paso adelante para apuñalarlo. Como un felino, Conan se dio media vuelta e intentó clavar un puñal asesino en la ingle del investigador. El instintivo salto hacia atrás de Demetrio apenas consiguió desviar el sable, que se hundió en su muslo, resbaló sobre el hueso y la punta del arma salió por el otro lado de la pierna. Demetrio cayó sobre una rodilla lanzando un gemido de agonía.

Conan no se detuvo. La alabarda que esgrimía Dionus salvó al prefecto de recibir un mandoble que le hubiera hundido el cráneo, pero la hoja resbaló hacia abajo y cortó limpiamente su oreja derecha. La fulminante rapidez del bárbaro paralizó a los demás policías. La mitad de ellos habrían quedado fuera de combate antes de que tuvieran tiempo de enfrentarse a él, pero el fornido Posthumo, más por suerte que por destreza, logró rodear con sus brazos el cuerpo del cimmerio, intentando aprisionar su brazo armado. El bárbaro lanzó un puñetazo a la cabeza del guardia con la mano izquierda, y Posthumo se desplomó gritando y cubriéndose la órbita vacía y sangrante en la que había habido un ojo.

Conan saltó hacia atrás eludiendo los golpes de las alabardas. El impulso lo llevó fuera del círculo de sus adversarios y ahora se encontraba cerca de Arus, que se había agachado para recoger su ballesta. Un puntapié violento en el estómago lo hizo caer al suelo con la cara lívida y haciendo arcadas, mientras Conan le dio un golpe en la boca al guardia con la sandalia. El infeliz lanzó un chillido con los dientes rotos mientras de sus labios destrozados manaba una espuma sanguinolenta.

En ese momento todos se quedaron paralizados al oír un impresionante grito de horror que llegó desde la habitación en la que Posthumo había arrojado a Promero. El empleado apareció tambaleante entre las cortinas de terciopelo y se detuvo temblando, con enormes sollozos silenciosos, mientras las lágrimas rodaban por sus pálidas y pastosas mejillas y humedecían sus labios abiertos, babeantes y blancuzcos; parecía un niño idiota llorando.

Todos lo miraron espantados: Conan, con la espada goteando sangre; los guardias, con sus alabardas levantadas; Demetrio, arrodillado y encogido en el suelo procurando contener la sangre que manaba de la enorme herida que tenía en el muslo; Dionus, apretando el sangrante muñón de la oreja cortada; Arus, llorando y escupiendo fragmentos de dientes rotos, y hasta Posthumo, que dejó de aullar y parpadear con el único ojo que le quedaba.

Promero entró tambaleándose en el corredor y cayó tieso ante ellos, estallando en carcajadas demenciales.

-¡La mano del dios llega muy lejos, ja, ja, ja! ¡Oh, nadie se salva de su maldición!

Luego, tras una espantosa convulsión, se quedó rígido mirando hacia las sombras del techo con ojos que ya no veían y sonriendo con un gesto espeluznante.

-¡Está muerto! -exclamó Dionus con voz sobrecogida y llena de temor, olvidándose de su propia herida y hasta del bárbaro que estaba a su lado con la espada manchada de sangre.

Se acercó al cuerpo y lo examinó, irguiéndose en seguida con los ojos desorbitados.

-No está herido -dijo-. En nombre de Mitra, ¿qué hay en esa habitación?

El pánico hizo presa de ellos y huyeron gritando hacia la puerta de salida. Los guardias dejaron caer sus alabardas, se amontonaron en la salida dando manotazos arañándose y gritando, y salieron corriendo como locos. Arus salió tras ellos, y también el tuerto Posthumo, que chillaba quejándose como un cerdo herido y suplicaba que no lo dejaran solo en ese lugar. Se cayó entre los que iban detrás, que lo tiraron al suelo y lo pisotearon, gritando de miedo. Se arrastró tras ellos, y detrás venía Demetrio, cojeando y apretándose el muslo herido del que aún manaba abundante sangre. La policía, el cochero, los guardias, los oficiales y funcionarios, tanto los que estaban heridos como los que no lo estaban, salieron a la calle dando voces de espanto; los transeúntes horrorizados salían huyendo sin detenerse a preguntar por qué.

Conan quedó solo en el amplio corredor, exceptuando los tres cadáveres que yacían en el suelo. El bárbaro empuñó con más fuerza su espada y entró en la habitación. Estaba llena de tapices de seda, había lechos con almohadones de seda por todas partes en un descuidado derroche. Entonces, el cimmerio vio un Rostro que lo contemplaba por encima de un pesado biombo dorado.

Conan miró asombrado la fría y clásica belleza de aquel semblante; jamás había visto un ser humano igual. Aquel rostro no expresaba debilidad, ni compasión, ni crueldad, ni bondad, ni ningún otro sentimiento humano. Podía tratarse de la máscara de mármol de un dios, tallado por una mano maestra, a no ser por el inconfundible hálito de vida que había en esa criatura, una vida fría y extraña, que el cimmerio nunca había visto y que no comprendía. Pensó fugazmente en la marmórea y maravillosa hermosura del cuerpo que debía de estar ocultando el biombo; ha de ser perfecto -se dijo-, a juzgar por aquel rostro de belleza sobrehumana.

Pero sólo alcanzaba a ver la cabeza finamente modelada, que se movía de un lado a otro. Los labios carnosos se abrieron y pronunciaron una sola palabra, con una voz cálida y vibrante, como el tañer de las campanas doradas de los templos perdidos en las selvas de Khitai. Hablaba en una lengua desconocida, olvidada antes de que se erigieran los reinos de los hombres; pero Conan comprendió perfectamente su significado.

-¡Acércate! -le decía.

El cimmerio se acercó con un salto felino y el silbido de su espada cortando el aire. La hermosa cabeza cayó separada del cuerpo, dio contra el suelo a un lado del biombo y rodó un trecho hasta quedar inmóvil.

Entonces Conan se estremeció y un escalofrío indescriptible le recorrió el cuerpo al ver que el biombo se sacudía por las convulsiones de algo que había detrás. El bárbaro había visto y oído morir a decenas de hombres, pero jamás había escuchado semejantes estertores de un ser humano. Era un forcejeo aterrador. El biombo se agitó, se balanceó, se tambaleó, se inclinó hacia adelante y cayó con un estruendo a los pies de Conan. Éste se asomó y observó lo que había detrás.

Entonces un horror inenarrable se apoderó del cimmerio, que corrió sin cesar hasta que las torres de Numalia se desvanecieron con la luz del alba a sus espaldas. El recuerdo de Set era como una pesadilla, al igual que el de los hijos de Set que una vez reinaron sobre la tierra y que ahora estaban sumidos en un profundo sueño en sus tenebrosas cavernas debajo de las sombrías pirámides. Porque detrás del biombo dorado no había un cuerpo humano, sino los anillos trémulos y brillantes de una gigantesca serpiente decapitada.

Villanos en la casa

Un tanto desilusionado acerca de la posibilidad de evitar los obstáculos sobrenaturales que le impiden ejercer tranquilamente su profesión y comprendiendo que Nemedia no es un lugar adecuado para él, Conan encamina nuevamente sus pasos hacia el sur, en dirección a Corinthia, donde sigue dedicándose a la apropiación ilegal de bienes ajenos en una de las pequeñas ciudades-estado que forman parte de ese reino. Cuenta ahora con diecinueve años, se ha vuelto más duro, tiene más experiencia y es más cauteloso que cuando apareció por primera vez en los reinos del sur.

« Uno huyó, otro murió y un tercero duerme en un lecho dorado.»

(Antiguo poema anónimo)

Durante una fiesta en la Corte, Nabonidus, el Sacerdote Rojo, que era el verdadero gobernante de la ciudad, tocó cortésmente en el brazo a Murilo, el joven aristócrata. Éste se volvió y se encontró con la enigmática mirada del sacerdote, preguntándose cuál sería el significado oculto de ese gesto. Nadie dijo una palabra, pero Nabonidus inclinó la cabeza y le entregó a Murilo un pequeño cofre de oro. El joven noble, sabiendo que Nabonidus no hacía nada sin una razón especial, se excusó a la primera ocasión y regresó apresuradamente a su habitación. Una vez en ella abrió el estuche y vio que contenía la oreja de un hombre, que reconoció por una cicatriz característica. Se sintió bañado en sudor y no tuvo ninguna duda acerca del significado de la mirada del Sacerdote Rojo.

Pero Murilo, a pesar de sus perfumados rizos negros y de su fatua indumentaria, no era un pusilánime dispuesto a rendirse ante las amenazas ni a agachar la cabeza delante del cuchillo sin antes luchar con todas sus fuerzas. No sabía si Nabonidus estaba jugando con él o si le estaba dando la oportunidad del exilio voluntario, pero el hecho de que él todavía estuviera vivo y en libertad demostraba que se le concedían al menos unas horas, probablemente para que meditase. Sin embargo, él no necesitaba reflexionar para tomar una decisión; lo que precisaba era una herramienta. Y el Destino se la suministró en las tabernas y burdeles de los barrios más sórdidos y miserables de la ciudad, a pesar de que el joven noble se encontrara meditando y temblando de miedo en aquella parte de la ciudad en la que se alzaban los palacios de mármol y marfil con torres de color púrpura de los aristócratas.

Había un sacerdote de Anu cuyo templo, que se encontraba en el límite con los barrios bajos, era el escenario de algo más que de sentimientos de devoción. Este sacerdote obeso y bien alimentado era a un tiempo encubridor y comprador de objetos robados y confidente de la Policía. Prosperaba comerciando con ambas partes, puesto que vivía en el barrio lindante con el distrito llamado el Laberinto, una maraña de callejuelas tortuosas llenas de lodo con sórdidos tugurios frecuentados por los ladrones más osados del reino. Los más audaces eran un hombre de Gunderland que había desertado de las tropas mercenarias y un bárbaro de Cimmeria. Gracias a la intervención del sacerdote de Anu, el hombre de Gunderland fue apresado y ahorcado en la plaza pública. Pero el cimmerio consiguió huir y, enterado de la traición del sacerdote, entró una noche en el templo de Anu y le cortó la cabeza al clérigo. Se produjo un gran alboroto en la ciudad, pero la búsqueda del asesino resultó infructuosa. Hasta que cierto día una mujer lo traicionó y lo entregó a las autoridades conduciendo al capitán de la guardia con sus soldados a la habitación en la que se ocultaba el cimmerio, a quien encontraron borracho.

El bárbaro se despertó estupefacto y reaccionó en forma instantánea y violenta; destripó de un tajo al capitán, se abrió paso entre sus contrincantes y habría logrado huir de no ser por que sus sentidos aún estaban velados por el alcohol. Desconcertado y medio ciego por el alcohol, el cimmerio erró a la puerta en su precipitado intento de huida y se golpeó la cabeza contra la pared de piedra con tal violencia que quedó sin sentido. Cuando volvió en sí, se encontraba en la mazmorra más segura de la ciudad, encadenado a la pared con unos grilletes tan poderosos que ni siquiera con su fuerza salvaje podía romper.

Murilo llegó a su celda enmascarado y envuelto en un manto negro. El cimmerio lo observó atentamente, pensando que se trataba del verdugo enviado para ejecutarlo. Murilo lo sacó de su error y lo miró con el mismo interés. Aun en la semioscuridad del calabozo y encadenado a la pared, resultaba evidente la fuerza primitiva del bárbaro. Su enorme cuerpo y sus piernas y brazos musculosos combinaban la fuerza del oso con la agilidad de la pantera. Debajo de su desordenada cabellera negra, sus ojos azules centelleaban con inusitada ferocidad.

-¿Te gustaría seguir viviendo? -preguntó Murilo.

El bárbaro gruñó, con el rostro iluminado por el interés.

-Si logro hacerte escapar, ¿me harías un favor? -inquirió el joven aristócrata.

El cimmerio no contestó, pero la intensidad de su mirada hablaba por él. -Quiero que mates a un hombre.

-¿A quién?

-A Nabonidus, el sacerdote del rey -dijo Murilo en un susurro.

El cimmerio no dio muestras de sorpresa ni de turbación. Carecía del temor y de la reverencia hacia la autoridad que la civilización inculca a los hombres. Para él era igual un rey que un mendigo. Tampoco preguntó por qué Murilo había recurrido a él cuando la ciudad estaba llena de asesinos, especialmente en los bajos fondos.

-¿Cuándo podré escapar? -preguntó el cimmerio.

-Dentro de una hora. Por la noche no hay más que un guardia en esta parte del calabozo. Es posible sobornarlo, es decir, ya ha sido sobornado. Verás, aquí están las llaves para liberarte de tus cadenas. Yo te las quitaré y una hora después de que yo me haya marchado, Athicus, el centinela, abrirá la puerta de tu celda. Debes atarlo con tiras hechas de tu propia túnica, de modo que cuando lo encuentren, las autoridades piensen que fuiste rescatado desde el exterior y no sospechen de él. Dirígete en seguida a la casa del Sacerdote Rojo y mátalo. Luego ve a la Madriguera del Ratón, donde te esperará un hombre que te entregará una bolsa de oro y un caballo. Con eso podrás escapar de la ciudad y del reino.

-Entonces quítame estos malditos grilletes -pidió el cimmerio-y dile al guardia que me traiga comida. Por Crom que he do comiendo pan con moho y agua durante un día entero y estoy a punto de morirme de hambre.

-Así se hará, pero recuerda que no debes escapar hasta que yo haya tenido tiempo de llegar a mi casa.

Libre de sus cadenas, el bárbaro se puso en pie y estiró sus poderosos brazos, que se veían enormes en la penumbra de la celda. Murilo pensó una vez más que si había alguien en el mundo capaz de llevar a cabo la tarea impuesta, éste era sin duda el cimmerio. Después de darle algunas instrucciones más, el noble abandonó la prisión, no sin antes ordenarle a Athicus que le llevara un buen plato de carne y cerveza al prisionero. Sabía que podía confiar en el guardia, no sólo por el dinero que acababa de darle, sino también por ciertos datos que poseía acerca de aquel hombre.

Cuando volvió a su habitación, Murilo había dominado sus temores. No cabía la menor duda de que Nabonidus lo atacaría por intermedio del rey. Y puesto que la guardia real no estaba llamando a su puerta, era seguro que el sacerdote todavía no le había dicho nada al rey. Sin duda le hablaría mañana... si es que vivía para ver el nuevo día.

Murilo confiaba en que el cimmerio cumpliera con su palabra, aunque quedaba por ver si conseguía llevar a cabo su propósito. Otros hombres habían intentado asesinar al Sacerdote Rojo anteriormente, y todos ellos habían muerto de manera terrible y anónima. Pero se trataba de hombres de la ciudad que carecían del instinto animal que poseen los bárbaros. En el momento en que Murilo, dando vueltas en sus manos al pequeño cofre de oro que contenía la oreja cortada, se enteró por conductos secretos de que el cimmerio había sido capturado, supo que ésa era la solución a su problema.

El joven aristócrata tomó una copa en su habitación y brindó por aquel bárbaro llamado Conan y por el éxito de esa noche. En el momento en que acercó la copa a sus labios, uno de sus espías le trajo la noticia de que Athicus había sido arrestado y encerrado en un calabozo. El cimmerio no había podido escapar.

Murilo sintió que la sangre se le helaba en las venas. Veía la mano de Nabonidus en este giro imprevisto del destino y comenzó a sentirse terriblemente obsesionado por la idea de que el Sacerdote Rojo era sobrehumano, un hechicero que leía en la mente de sus víctimas y las manejaba con hilos como si fueran títeres. El joven se sintió desesperado. Se ciñó una espada bajo el manto negro y salió de su casa por un pasadizo secreto, caminando deprisa por las calles desiertas. Era medianoche cuando llegó a la mansión de Nabonidus, que se perfilaba en la oscuridad en los jardines rodeados de vallas que la separaban de las casas adyacentes.

El muro era alto, aunque no imposible de escalar. Nabonidus no confiaba sólo en simples barreras de piedra. Lo temible era lo que se hallaba dentro de esos muros. Murilo no sabía exactamente qué era. Sabía que había al menos un perro enorme y salvaje que rondaba por los jardines y en una ocasión había destrozado a algún intruso, como si se tratara de un sabueso con un conejo. No podía imaginar qué más podía haber allí. Quienes habían entrado en aquella casa por breves y legítimos asuntos de negocios, contaban que la casa de Nabonidus estaba llena de criados. En realidad, mencionaban haber visto sólo a uno; se trataba de un hombre alto y silencioso llamado Joka. Habían oído a alguien más, posiblemente un esclavo, dando vueltas por otras dependencias de la casa, pero nadie lo había visto jamás. El mayor enigma de aquella casa misteriosa era Nabonidus mismo, cuyo poder de intriga y dominio de la política internacional lo habían convertido en el hombre más poderoso del reino. El pueblo, el canciller y hasta el rey se movían como marionetas entre sus manos.

Murilo escaló el muro y se dejó caer en el jardín, que era una gran extensión de sombras, oscurecidas aún más por los arbustos y el ondulante follaje. No había luces en las ventanas de la casa, que asomaba con aspecto siniestro entre los árboles. El noble se ocultó sigilosa y rápidamente entre los arbustos. Esperaba oír el ladrido del enorme sabueso de un momento a otro, y ver aparecer su gigantesco cuerpo desde las sombras. Pensó que la espada le serviría de poco frente a un ataque semejante, pero no vaciló. Daba igual morir entre los colmillos de ese animal que bajo el hacha del verdugo.

Tropezó con algo voluminoso y blando. Se inclinó y bajo la tenue luz de las estrellas pudo ver un cuerpo fláccido tendido en el suelo. Era el perro que vigilaba los jardines, y estaba muerto. Tenía el cuello destrozado y presentaba lo que parecían ser las marcas de unos enormes colmillos. Murilo tuvo la sensación de que ningún ser humano podía haber hecho esto. El animal se había encontrado con un monstruo más salvaje que él. Murilo miró inquieto hacia la extraña vegetación que había a su alrededor y, encogiéndose de hombros, avanzó hacia la silenciosa mansión.

La primera puerta que comprobó estaba abierta. Entró sigilosamente, con la espada en la mano, y se encontró con un largo corredor sombrío apenas iluminado por una luz que brillaba a través de unas cortinas que había en el extremo opuesto. Un silencio absoluto se cernía sobre aquella casa. Murilo cruzó el salón y se detuvo a observar a través de las cortinas. Vio un cuarto iluminado cuyas ventanas estaban totalmente cubiertas por cortinas de terciopelo con la finalidad de que no pasara ni un solo rayo de sol. En la habitación no había ningún ser humano, aunque se hallaba en ella un siniestro ocupante. En medio de restos de muebles y de cortinas rotas se podía ver el cadáver de un hombre. Yacía boca abajo, pero la cabeza había sido retorcida de tal modo que su barbilla se apoyaba en el hombro. El rostro contorsionado en una sonrisa macabra parecía mirar de soslayo al horrorizado aristócrata.

Por primera vez en la noche, Murilo pareció flaquear. Lanzó una mirada incierta hacia el lugar por el que había venido. La imagen del cepo del verdugo y del hacha le empujaron a seguir y cruzó la habitación esquivando esa cosa horrorosa que yacía en el centro de la estancia. Aunque nunca había visto a aquel hombre antes comprendió, por las descripciones que le habían hecho, que se trataba de Joka, el criado de Nabonidus.

Se acercó a otra puerta y miró a través de las cortinas hacia el interior de una amplia habitación circular, rodeada por una galería equidistante del brillante suelo y del elevado cielo raso. Este cuarto tenía muebles tan extraordinarios que parecía la habitación de un rey. En el centro se podía ver una recargada mesa de caoba con vasijas de vino y ricos manjares. Murilo se quedó paralizado por la sorpresa. En un enorme sillón, cuyo amplio respaldo estaba vuelto, vio una figura cuyo atuendo le resultaba conocido. Vio un brazo con una manga roja que se apoyaba en el brazo del sillón; la cabeza, cubierta con la conocida capucha escarlata, estaba inclinada hacia adelante como si estuviera meditando. Murilo había visto cientos de veces a Nabonidus sentado de ese modo en la corte del rey.

Maldiciendo la intensidad de los latidos de su corazón, el noble avanzó por la habitación con la espada empuñada y todo su cuerpo dispuesto para el ataque. Su presa no se movía ni parecía oír su sigiloso acercamiento. ¿Estaría dormido el Sacerdote Rojo, o aquella cosa desplomada sobre el enorme sillón era un cadáver? Murilo estaba a un paso de su enemigo. En ese momento, el hombre que estaba en la silla se levantó y se volvió hacia él.

Murilo palideció súbitamente. Su espada cayó al suelo pulido con un sonido metálico. De sus labios lívidos surgió un grito estremecedor, seguido por el ruido sordo de un cuerpo que se desplomaba. Luego volvió a reinar el silencio en la casa del Sacerdote Rojo.

Poco después de que Murilo abandonara la mazmorra en la que Conan el cimmerio se hallaba recluido, Athicus le llevó al prisionero una bandeja con comida en la que había, entre otras cosas, un plato con una enorme chuleta y una jarra de cerveza. Conan comió con voracidad mientras Athicus hacía la última ronda por las celdas para ver si todo estaba en orden y si no había nadie que pudiera ser testigo del simulacro de evasión. En ese momento entró un pelotón de guardias en la prisión y lo arrestaron. Pero Murilo se equivocó al pensar que este arresto significaba que habían descubierto la planeada fuga de Conan. Se trataba de otra cosa: Athicus había sido poco cuidadoso en sus transacciones con la gente de los bajos fondos y ahora lo castigaban por una de sus faltas.

Otro carcelero ocupó su lugar. Era un individuo imperturbable y digno de confianza, al que ninguna clase de soborno podía apartar de su deber. Carecía de imaginación, pero tenía una idea muy elevada de la importancia de su puesto.

Después de que Athicus desapareciera para ser acusado formalmente ante el magistrado, este carcelero hacía las rondas por las celdas de manera rutinaria. Al pasar delante de la de Conan, se sintió indignado y ultrajado al ver que el prisionero estaba libre de sus cadenas royendo los últimos trozos de carne de un enorme hueso. El carcelero estaba tan disgustado que cometió el error de entrar solo en la celda, sin llamar a los demás guardias. Fue su primera equivocación en el cumplimiento del deber... y la última. Conan le partió la cabeza, con el hueso, le quitó el puñal, cogió las llaves y salió de allí con toda tranquilidad. Tal como Murilo había dicho, había un solo guardia de servicio allí por la noche. El cimmerio atravesó los muros de la prisión valiéndose de las llaves que acababa de robar y luego salió a la calle tan libre como si el plan de Murilo hubiera sido un éxito.

Estando todavía dentro de la sombría prisión, Conan se detuvo un momento para decidir sus próximos pasos. Pensó que, puesto que en realidad había escapado por sus propios medios, no le debía nada a Murilo. Sin embargo, recordó que el joven aristócrata fue quien lo había liberado de sus cadenas y había ordenado que le enviaran la comida, sin lo cual su evasión no hubiera sido posible. Conan llegó a la conclusión de que estaba en deuda con Murilo y, dado que era un hombre que finalmente cumplía con sus obligaciones, se dispuso a llevar a cabo lo prometido al noble. Pero antes tenía que atender un asunto personal.

Se quitó la túnica harapienta y avanzó en la noche sin más ropa que el taparrabo. Mientras caminaba palpó el puñal que le había quitado al carcelero; era un arma asesina con una hoja ancha de doble filo y casi medio metro de largo. Anduvo furtivamente por las callejuelas y por las plazas en sombras hasta llegar al Laberinto. Recorrió sus calles sinuosas con la seguridad que da la familiaridad. Era realmente un laberinto de oscuros callejones, patios cerrados y pasadizos secretos, de ruidos extraños y malos olores. Las calles no estaban empedradas, y el barro y la suciedad se mezclaban en una amalgama repugnante. No existían cloacas, y las basuras y desperdicios se echaban directamente en los callejones, donde formaban montañas apestosas y charcos nauseabundos. Había que caminar con cuidado para no resbalar y caer en uno de aquellos asquerosos charcos que a veces llegaban hasta la cintura. Tampoco era raro tropezar con un cadáver que yacía en el barro con la garganta cortada y con la cabeza aplastada a golpes. La gente respetable evitaba el Laberinto, y con razón.

Conan llegó a destino sin ser visto, en el preciso momento en que se marchaba alguien a quien deseaba ver fervientemente. En el momento en que el cimmerio entraba furtivamente en el patio de abajo, el nuevo amante de la muchacha que lo había denunciado a la Policía salía de la alcoba de ella, situada en el primer piso. El bribón, una vez que la puerta se cerró tras él, bajó a tientas por la crujiente escalera, embebido en sus propios pensamientos que, como los de la mayoría de los habitantes del Laberinto, tenían que ver con la apropiación indebida de lo ajeno. Cuando estaba bajando la escalera, se detuvo repentinamente sintiendo que se le ponían los pelos de punta. Vio una figura agazapada que subía en la oscuridad y un par de ojos brillantes como los de un perro de caza. Lo último que oyó en su vida fue una especie de gruñido animal cuando el hombre se le echó encima y de un corte penetrante le abrió el vientre. Lanzó un grito ahogado y bajó dando tumbos por la escalera.

El bárbaro se inclinó sobre el cuerpo por un instante, con aire macabro y los ojos ardiendo en la oscuridad. Sabía que el grito había sido oído, pero la gente del Laberinto tenía mucho cuidado de ocuparse sólo de sus propios asuntos. Un grito de agonía en una escalera oscura no era nada insólito. Más tarde, alguien se aventuraría a averiguar, pero sólo después de haber dejado pasar un espacio de tiempo prudencial.

Conan subió por la escalera y se detuvo ante una puerta que conocía muy bien. Estaba cerrada por dentro, pero la hoja de su sable pasó por la rendija de la puerta y levantó el pestillo. Irrumpió en la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas, y se dirigió hacia la muchacha que lo había traicionado denunciándole a la Policía.

La moza estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama deshecha. Palideció súbitamente y lo miró como si fuera una aparición. Había oído el grito de la escalera y vio las manchas de sangre que había en la daga de Conan. Pero estaba demasiado aterrada por su suerte para perder el tiempo lamentando el destino cruel que obviamente había tenido su amante. Comenzó a suplicarle que no la matara, pronunciando palabras incoherentes por el terror que la embargaba. Conan no respondió; se limitó a permanecer en su sitio mirándola con ojos ardientes mientras acariciaba la hoja de su puñal con el pulgar.

Después cruzó la habitación mientras ella retrocedía hacia la pared, llorando con desesperación y pidiendo piedad. Cogiéndola rudamente por la rubia cabellera, la sacó de la cama. Volvió a enfundar el arma y, después de colocar a su desquiciada prisionera bajo la axila izquierda, se dirigió hacia la ventana. Como ocurría en la mayoría de las casas de ese tipo, había una cornisa en cada piso. Conan abrió la ventana de un puntapié y salió al estrecho saliente del edificio. Si hubiera habido alguien allí, habría presenciado el extraño espectáculo de un hombre que se movía con cuidado por la cornisa del edificio llevando bajo el brazo a una moza semidesnuda que se agitaba y pataleaba. Se hubieran extrañado tanto como la muchacha.

Cuando llegó al sitio que consideró adecuado, Conan se detuvo y se apoyó en la pared con la mano libre. En ese momento se oyó un clamor proveniente de la casa, lo que indicaba que habían descubierto el cadáver. La prisionera lloriqueaba y se retorcía, renovando sus ruegos inútiles. Conan miró hacia abajo y alcanzó a ver el estiércol y el fango, mientras oía los gritos de dentro y los gemidos de la moza. Entonces la dejó caer con eran precisión en el interior de un pozo negro. El joven disfrutó durante unos instantes viéndola agitarse y patalear entre las inmundicias y oyéndola maldecir con todas sus fuerzas, e incluso se permitió lanzar una carcajada contenida. Por último levantó la cabeza y escuchó el tumulto creciente que había en el edificio, y se dijo que había llegado el momento de matar a Nabonidus.

El retumbar de un sonido metálico despertó a Murilo. Lanzó un gemido y consiguió incorporarse con gran esfuerzo. A su alrededor no había más que silencio y oscuridad, y por un instante le angustió el temor de haberse quedado ciego. Luego recordó lo que había ocurrido antes y se le erizó la piel. Tocó con su mano el suelo sobre el que estaba acostado y notó que estaba formado por bloques uniformes de piedra. Siguió palpando y descubrió una pared del mismo material. Se puso en pie y se apoyó contra el muro, tratando en vano de orientarse. Estaba claro que se hallaba en una prisión, pero no tenía idea de dónde se encontraba ésta y del tiempo que llevaba recluido. Recordó vagamente un estruendo metálico y se preguntó si se trataría de la puerta de hierro de su calabozo al cerrarse tras él, o si anunciaba la llegada del verdugo.

Esta idea le produjo un tremendo escalofrío. Luego anduvo a tientas junto a la pared. De momento procuraba encontrar los límites de su celda, pero en seguida llegó a la conclusión de que estaba avanzando por un corredor. Se mantuvo pegado a la pared temiendo caer en un pozo o en una trampa de otro tipo, y finalmente se dio cuenta de que había algo junto a él en la oscuridad. No veía nada, pero o bien su oído había percibido un sonido apagado o un sexto sentido le puso sobre aviso. Se paró en seco y se le pusieron los pelos de punta. Estaba convencido de que sentía la presencia de algún ser vivo agazapado en las sombras frente a él.

Creyó que su corazón dejaría de latir cuando oyó una voz con acento bárbaro que le preguntó en tono muy bajo:

-¡Murilo! ¿Eres tú?

-¡Conan! -exclamó el joven noble casi desmayado por la impresión.

Tanteó en la oscuridad y sus manos se encontraron con un par de enormes hombros desnudos.

-Menos mal que te he reconocido -dijo el bárbaro con un gruñido-. Estaba a punto de estrangularte como a un cerdo cebado.

-¡Por Mitra!, ¿dónde estamos?

-En los pozos que hay debajo de la casa del Sacerdote Rojo, pero ¿por qué...?

-¿Qué hora es?

-Poco después de medianoche.

Murilo movió la cabeza, tratando de coordinar sus desordenados pensamientos.

-¿Qué haces tú aquí? -preguntó el cimmerio.

-He venido a matar a Nabonidus. Me enteré de que habían cambiado al centinela de la prisión...

-Es cierto -dijo Conan refunfuñando-. Pero le rompí la cabeza al nuevo carcelero y me escapé. Podría haber estado aquí hace varias horas, pero tenía un asunto personal que atender. Bueno, ¿vamos en busca de Nabonidus?

A Murilo le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

-¡Conan, estamos en la casa de un ser demoníaco! ¡He venido en busca de un enemigo humano, pero encontré a un diablo peludo salido del mismísimo infierno!

Conan lanzó un gruñido de incertidumbre. Aunque era temerario como un tigre herido cuando se trataba de enemigos humanos, se sentía invadido por terrores supersticiosos como todos los primitivos.

-Conseguí entrar en la casa -dijo Murilo en voz muy baja, como si hubiera oídos en las paredes oscuras-. En los jardines exteriores encontré al perro de Nabonidus muerto. Dentro de la casa hallé a Joka, el criado; le habían roto el cuello. Luego vi a Nabonidus en persona sentado en su sillón y vestido con su atuendo habitual. Al principio pensé que también él estaba muerto. Me adelanté para apuñalarlo. Pero se puso de pie y se volvió hacia mí. ¡Dioses!

El recuerdo del horror que había sentido dejó sin habla por un momento al joven aristócrata.

-Conan -susurró-, ¡no era un hombre lo que tenía frente a mí! Su cuerpo y su postura eran humanos, ¡pero bajo la capucha escarlata del sacerdote había un rostro con una sonrisa macabra que parecía de locura y de pesadilla! Estaba cubierto de pelo negro, a través del cual brillaban unos ojillos rojizos como los de un cerdo; su nariz era aplanada con enormes ventanillas en forma de campana; sus labios fofos se retorcían hacia atrás y por ellos asomaban unos inmensos colmillos amarillos, parecidos a los dientes de un perro. Las manos que asomaban por las mangas escarlata eran deformes y también estaban cubiertas de pelo negro. Esto es lo que vi en un instante y entonces, abrumado por el horror, mis sentidos me abandonaron y caí desvanecido.

-¿Y qué sucedió después? -musitó el cimmerio preocupado.

-Recobré el sentido hace unos momentos. El monstruo debe de haberme arrojado a este pozo. ¡Conan, siempre he sospechado que Nabonidus no era del todo humano! ¡Es un monstruo que se transforma en hombre! Durante el día actúa entre los humanos disfrazado de hombre, y por la noche adopta su verdadero aspecto.

-Eso es evidente -respondió Conan-. Todo el mundo sabe que hay hombres que se convierten en lobos según su voluntad. Pero ¿por qué mató a sus criados?

-¿Quién puede saber lo que pasa por la mente de un diablo? -repuso Murilo-. Lo que importa ahora es salir de aquí. Las armas humanas nada pueden contra esa clase de monstruos. ¿Y tú, cómo entraste aquí?

-Por la alcantarilla. Pensé que los jardines estarían vigilados, y aquéllas se comunican con un túnel que a su vez conduce hasta aquí. Creí que encontraría alguna puerta abierta que me permitiría entrar en la casa.

-¡Entonces huyamos por donde tú entraste! -exclamó Murilo-. ¡Al demonio con todo lo demás! Una vez fuera de este cubil de serpientes intentaremos eludir a la guardia real y escapar de la ciudad. ¡Ve tú delante!

-Es inútil -dijo el cimmerio con un gruñido-. El camino hacia las alcantarillas está bloqueado. Cuando entré en el túnel vi que cayó una reja de hierro del techo, con gran estrépito. Si no me hubiera movido con la rapidez del rayo, las puntas de las barras me habrían clavado contra el suelo como un gusano. Cuando intenté levantar la reja, vi que no se movía. Ni un elefante habría podido moverla. Y entre sus barrotes apenas podría pasar un conejo.

Murilo lanzó una maldición y sintió como si una mano helada le recorriera la espina dorsal. Debería haber imaginado que Nabonidus no dejaría ninguna entrada de la casa sin vigilar. Si Conan no tuviera la prodigiosa agilidad de un salvaje, aquella reja lo hubiera atravesado de lado a lado. Seguramente su paso por el túnel actuó sobre algún mecanismo secreto que puso en funcionamiento la reja desde el techo. Lo cierto es que ahora ambos estaban cogidos en una terrible trampa.

-Sólo podemos hacer una cosa -dijo Murilo sudando abundantemente-. Tenemos que buscar otra salida. Seguramente están todas llenas de trampas, pero no hay otra solución.

El bárbaro lanzó un gruñido aprobador, y ambos anduvieron a tientas por el corredor. A pesar de la tensión del momento, a Murilo se le ocurrió una pregunta.

-¿Cómo me reconociste? -le dijo a Conan.

-Recordé el olor del perfume que llevabas en el pelo cuando viniste a verme en la celda -respondió Conan-. Lo volví a sentir hace un rato, cuando estaba agazapado en la oscuridad dispuesto a cortarte en dos.

Murilo se acercó un mechón de cabellos negros a la nariz; aun así el perfume era casi imperceptible para su olfato civilizado, y entonces comprendió cuan agudos eran los sentidos del bárbaro.

Su mano tocó instintivamente la vaina de su espada cuando comenzaron a avanzar a tientas y lanzó una maldición al comprobar que estaba vacía. En ese momento divisaron un tenue fulgor delante de ellos y poco después llegaron a un recodo del pasillo por el que se filtraba una luz grisácea. Ambos miraron del otro lado del recodo y Murilo, que estaba apoyado en su compañero, sintió que el enorme cuerpo del bárbaro se ponía rígido. El joven noble también lo había visto; se trataba del cuerpo de un hombre semidesnudo que yacía fláccido sobre el suelo apenas iluminado por un resplandor que parecía emanar de un gran disco de plata que había en la pared más alejada. Le resultaba conocida la figura tendida de bruces, lo que hizo que Murilo se abandonara a las conjeturas más increíbles y monstruosas. Indicándole al cimmerio que lo siguiera, se adelantó y se inclinó sobre el cuerpo inerme. Procurando dominar la repugnancia que le producía, se acercó y volvió el cuerpo boca arriba. Se le escapó una maldición de incredulidad, mientras el cimmerio gruñía en forma explosiva.

-¡Nabonidus! ¡El Sacerdote Rojo! -exclamó Murilo mareado y aturdido por el asombro-. Entonces, ¿quién...?

El sacerdote lanzó unos gemidos e hizo algunos movimientos. Con rapidez felina, Conan se inclinó y apoyó su puñal sobre el corazón del moribundo. Murilo lo cogió por la muñeca y dijo:

-¡Espera! No lo mates todavía...

-¿Por qué? -inquirió el cimmerio-. Ha abandonado su disfraz de monstruo y ahora duerme. ¿Quieres que despierte y nos haga pedazos?

-¡No! ¡Espera! -pidió Murilo, procurando poner orden en sus confusos pensamientos-. ¡Mira! No está durmiendo. ¿Ves ese enorme cardenal que tiene en la sien afeitada? Lo han golpeado y lo han dejado sin sentido. Es probable que lleve aquí varias horas.

-Creí haberte oído decir que lo viste en la casa con apariencia de bestia -dijo Conan.

-¡Claro que lo he visto! Si no..., ¡está volviendo en sí! Aparta tu daga, Conan; aquí hay un misterio mucho más recóndito de lo que yo pensaba. Tengo que hablar con este sacerdote antes de matarlo.

Nabonidus se llevó una mano temblorosa a la sien herida, masculló algo incomprensible y abrió los ojos. Su mirada no tenía expresión alguna y no parecía entender nada ni reconocer a nadie; luego, con un espasmo, la vida volvió a sus pupilas y se sentó, mirando asombrado a los dos hombres. Cualquiera que fuese el terrible choque que temporalmente obnubiló la agudísima inteligencia del sacerdote, su cerebro volvía a funcionar con la habitual rapidez y vigor. Sus ojos examinaron en un instante todo lo que le rodeaba y se detuvieron en el rostro de Murilo.

-Es un placer para mí que honres mi pobre casa, joven señor -dijo con una risa fría, y luego, observando el enorme cuerpo que se asomaba detrás del hombro del noble, agregó-: Veo que has traído a un valiente. ¿Acaso no te bastaba la espada para segar la vida de mi humilde persona?

-Ya basta -repuso Murilo impaciente-. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

-Es una pregunta muy peculiar para hacerla a un hombre que acaba de recobrar el conocimiento -respondió el sacerdote-. No sé qué hora es. Pero faltaba aproximadamente una hora para medianoche cuando fui atacado.

-Entonces ¿quién es el que está en tu casa disfrazado con tu ropa? -inquirió Murilo.

-Ése debe de ser Thak -contestó Nabonidus, tocándose con tristeza las heridas-. Sí, debe de ser Thak. ¿Y con mi ropa? ¡El muy perro!

Conan, que no entendía nada, se agitó inquieto y murmuró algo en su lengua. Nabonidus lo miró con extrañeza.

-Tu valentón armado está impaciente por abrirme el corazón, Murilo -dijo el sacerdote-. Creí que eras lo suficientemente sensato como para escuchar mis advertencias y abandonar la ciudad.

-¿Cómo podía saber lo que me esperaba? -repuso Murilo-. De todos modos, mis intereses están aquí.

-Este asesino es buena compañía -murmuró Nabonidus-. Hace tiempo que sospechaba de ti. Por eso hice desaparecer a aquel pálido secretario de la corte. Antes de morir me dijo muchas cosas; entre otras, el nombre del joven aristócrata que lo sobornó para obtener secretos de estado, que el noble vendió a potencias rivales. ¿No te avergüenzas de ti mismo, Murilo, ladrón de guante blanco?

-No tengo mayor motivo de vergüenza que tú, ratero empedernido con alma de buitre -respondió Murilo de inmediato-. Tú explotas a todo un reino con codicia y avidez en tu propio beneficio. Y aparentando un gobierno desinteresado, engañas al rey, arruinas a los ricos y sacrificas todo el futuro de la nación en nombre de tu ambición despiadada. No eres más que un cerdo cebado con el hocico en el trasero. Eres más ladrón que yo. Este cimmerio es el más honesto de los tres, porque roba y asesina abiertamente.

-Bien, veo entonces que estamos entre villanos -dijo Nabonidus con ecuanimidad-. ¿Y ahora qué? ¿Me vas a matar?

-Cuando vi la oreja del secretario desaparecido, sabía que estaba condenado -dijo Murilo bruscamente—, y creí que invocarías la autoridad del rey. ¿Tenía razón?

-Sí -repuso el sacerdote-. Es fácil eliminar a un secretario de la corte, pero tú eres algo más importante. Tenía intenciones de contarle al rey alguna broma acerca de ti mañana por la mañana.

-Una broma que me hubiera costado la cabeza -dijo Murilo entre dientes-. Entonces ¿el rey aún no está enterado de mis negocios en el extranjero?

-Así es —dijo Nabonidus suspirando-. Y ahora, puesto que veo que tu compañero tiene un puñal, me temo que nunca lo sabrá.

-Tú debes de saber cómo se sale de esta madriguera de ratas -dijo Murilo-. Supón que decidiera perdonarte la vida. ¿Nos ayudarías a escapar, jurando mantener en secreto mis robos?

-¿Has oído de algún sacerdote que cumpliera una promesa?

-manifestó Conan con una queja, advirtiendo el giro que tomaba la conversación-. Déjame que le corte el gaznate; quiero ver de qué color es su sangre. En el Laberinto aseguran que tiene el corazón negro, de modo que su sangre debe de ser negra también...

-Ten calma -susurró Murilo-. Si no nos enseña el camino de salida, nos pudriremos aquí. Bien, Nabonidus, ¿qué dices a eso?

-¿Qué puede decir un lobo con una pata en la trampa? -dijo riendo el sacerdote-. Estoy en vuestras manos y, si hemos de escapar, debemos ayudarnos unos a otros. Juro que si sobrevivimos a esta aventura olvidaré todos tus negocios turbios. ¡Lo juro por el alma de Mitra!

-Eso me basta -musitó Murilo-. Ni siquiera el Sacerdote Rojo osaría romper ese juramento. Ahora salgamos de aquí. Mi amigo entró por el túnel, pero una reja cayó detrás de él y bloqueó el camino. ¿Puedes hacer que la levanten?

-Desde aquí no es posible -replicó el sacerdote-. La palanca de control está en el cuarto situado encima del túnel. Hay otra forma de salir de este pozo, que os enseñaré. Pero dime, ¿cómo llegaste hasta aquí?

Murilo se lo contó en pocas palabras y Nabonidus hizo un movimiento de asentimiento con la cabeza, tras lo cual se levantó con dificultad. Avanzó cojeando por el corredor, que se ensanchaba formando una enorme habitación, y se acercó al disco de plata. A medida que avanzaban, el resplandor aumentó, aunque sin dejar de ser tenue y velado. Cerca del disco vieron una estrecha escalera que conducía hacia arriba.

-Ésta es la otra salida -dijo Nabonidus-, y dudo mucho de que la puerta que se halla al final esté cerrada con llave. Pero tengo la sensación de que el que atraviese esa puerta será degollado. Mirad ese disco.

Lo que parecía ser un disco de plata era en realidad un enorme espejo colocado en la pared. Un complejo sistema de tubos de cobre sobresalían de la pared que estaba encima del disco y se inclinaba hacia abajo en ángulo recto. Al mirar esos tubos, Murilo vio un increíble conjunto de espejos más pequeños. Observó con atención el de mayor tamaño y lanzó una exclamación de asombro. Conan, que miraba por encima de su hombro, emitió un gruñido.

Parecían estar mirando a través de una ventana hacia el interior de una habitación bien iluminada. En las paredes había grandes espejos y entre uno y otro se veían tapices de terciopelo; también había lechos de seda, sillas de ébano y marfil y puertas cubiertas de cortinas que daban a las otras habitaciones. Delante de una puerta desprovista de cortinas había una enorme figura negra sentada que contrastaba grotescamente con la opulencia de la habitación.

Murilo sintió nuevamente que la sangre se le helaba en las venas al ver a aquella figura espantosa que parecía estar mirándolo directamente a los ojos. Retrocedió involuntariamente del espejo, mientras Conan adelantaba agresivamente la cabeza hasta que sus mandíbulas casi tocaron la superficie. Entonces lanzó algo que pareció ser una amenaza o un reto en lengua bárbara.

-Por Mitra, Nabonidus -dijo Murilo boquiabierto y temblando-, ¿qué es eso?

-Es Thak -contestó el sacerdote, acariciando su sien-. Algunos dirían que es un mono, pero es tan diferente de un mono como de un hombre. Sus gentes habitan en el lejano Oriente, en las montañas que lindan con la frontera este de Zamora. No son muchos, pero si no se les extermina, creo que se convertirán en seres humanos dentro de unos cien mil años. Se encuentran en un estadio evolutivo; no son ni monos, como lo fueron sus remotos antepasados, ni hombres, como pueden llegar a ser sus lejanos descendientes. Habitan en los elevados riscos de montañas inaccesibles y no conocen el fuego, ni saben construir casas, ni hacer vestidos, e ignoran incluso el uso de las armas. Sin embargo, tienen una especie de lenguaje compuesto principalmente por gruñidos y chasquidos.

»Yo traje a Thak cuando era casi un recién nacido y aprendió lo que le enseñé mucho más rápidamente y mejor que cualquier otro animal de verdad. Era al mismo tiempo mi guardaespaldas y mi criado. Pero olvidé que al ser en parte humano no podía quedar reducido a una mera sombra de sí mismo, como si fuera un animal de verdad. Al parecer, su especie de cerebro conservaba sensaciones de odio, de resentimiento y tenía una especie de ambición animal.

»De todos modos, atacó cuando menos lo esperaba. Anoche pareció volverse repentinamente loco. Sus actos parecían ser consecuencia de una especie de locura animal y sin embargo sé que deben de haber sido el resultado de una larga y cuidadosa planificación. Oí ruido de pelea en los jardines, y cuando fui a investigar -pues creí que eras tú y que mi perro guardián te estaba atacando-, vi a Thak que salía de los matorrales manchado de sangre. Antes de que pudiera darme cuenta, se abalanzó sobre mí con un aullido espantoso y me golpeó hasta dejarme sin sentido. No recuerdo nada más, pero es de suponer que por un capricho de su mente semihumana, me despojó de la ropa y me arrojó vivo a estas cuevas, por alguna razón que sólo los dioses conocen. Debe de haber matado al perro cuando volvió al jardín, y después de golpearme a mí evidentemente mató a Joka, a quien habéis visto muerto dentro de la casa. Joka hubiera venido en mi ayuda, aun en contra de Thak, a quien siempre ha odiado.

Murilo miró a través del espejo a la extraña criatura que estaba sentada con monstruosa paciencia ante la puerta cerrada. Se estremeció al ver aquellas enormes manos negras cubiertas de espesos vellos que parecían una piel. Su cuerpo era pesado, ancho y encorvado. Los hombros demasiado amplios habían rasgado la túnica escarlata y a través de ésta Murilo vio la misma pelambre negra. El rostro que miraba desde la capucha roja era absolutamente bestial, y sin embargo el joven aristócrata se dio cuenta de que Nabonidus decía la verdad cuando afirmaba que Thak no era completamente animal. Había algo en aquellos siniestros ojos rojos, en la torpe postura de aquel ser, en la apariencia general de aquella cosa, que lo diferenciaba de un verdadero animal. Ese cuerpo monstruoso albergaba un cerebro y un alma que evolucionaban atrozmente hacia algo vagamente humano. Murilo se quedó estupefacto cuando reconoció que había un leve y odioso parentesco entre su raza y aquel ser monstruoso, y se sintió sobrecogido al tomar consciencia fugazmente de los abismos de bestialidad por los que la humanidad ha ido ascendiendo penosamente.

-Seguramente nos está viendo -musitó Conan-. ¿Por qué no nos ataca? Podría romper el ventanal con facilidad.

Murilo se dio cuenta de que Conan pensaba que el espejo era una ventana a través de la cual ellos estaban viendo la otra habitación.

-Él no nos ve -respondió el sacerdote—. Nosotros estamos viendo una habitación que se halla encima de nosotros. Esa puerta que Thak está vigilando es la que se encuentra al final de la escalera. Se trata simplemente de un dispositivo de espejos. ¿Ves aquellos espejos en las paredes? Transmiten las imágenes de la habitación a estos tubos que a su vez otros espejos reflejan ampliados en este enorme espejo.

Murilo entendió que el sacerdote debía de estar siglos por delante de su generación para haber perfeccionado semejante invento, pero Conan lo atribuyó simplemente a brujerías y no se preocupó más por el asunto.

-He construido estas cuevas como albergue y también corno calabozo -siguió diciendo el sacerdote-. En ocasiones me he refugiado aquí y he visto a través de esos espejos el destino funesto de aquellos que buscaban mi ruina.

-Pero ¿por qué vigila Thak esa puerta? -preguntó Murilo.

-Debe de haber oído la caída de la reja en el túnel, porque está conectada con unas campanas que hay en las habitaciones superiores. Sabe que hay alguien en las cuevas y está esperando que suba por la escalera. Oh, sí, ha aprendido muy bien lo que le he enseñado. Él ha visto lo que le ha ocurrido a quienes cruzaban esa puerta cuando yo tiraba de la cuerda que cuelga de aquella pared, y se dispone a imitarme.

-Y mientras espera, ¿qué vamos a hacer nosotros? -inquirió Murilo.

-No podemos hacer nada salvo observarlo. Mientras siga en esa habitación, no debemos ni pensar en subir la escalera. Tiene la fuerza de un verdadero gorila, y podría destrozarnos con toda facilidad. Pero no necesita poner en juego sus músculos; si abrimos la puerta, le bastará con tirar de la cuerda para que salgamos disparados hacia la eternidad.

-¿Cómo?

-Hemos acordado que os ayudaría a escapar —repuso el sacerdote-, pero no me he comprometido a divulgar mis secretos.

Murilo se dispuso a contestar cuando vio algo que le dejó paralizado. Una mano furtiva había abierto la cortina de una de las puertas. En ella apareció un rostro oscuro cuyos ojos brillantes se clavaron amenazadores en la figura encorvada cubierta con la túnica escarlata.

-¡Petreus! -exclamó Nabonidus-. ¡Por Mitra, qué colección de buitres hay aquí esta noche!

El rostro seguía enmarcado entre las cortinas abiertas. Por encima del hombro del intruso asomaban otras caras, morenas y delgadas, iluminadas por una siniestra ansiedad.

-¿Qué hacen aquí? -murmuró Murilo bajando inconscientemente la voz, aunque sabía que no podían oírlo.

-¿Qué pueden estar haciendo Petreus y sus ardientes jóvenes nacionalistas en la casa del Sacerdote Rojo? -dijo Nabonidus riendo-. Mira con qué avidez contemplan la figura del que consideran su mayor enemigo. Han caído en el mismo error que tú. Va a resultar divertido ver la expresión de sus caras cuando adviertan su equivocación.

Murilo no respondió. Todo tenía un aire completamente irreal. Tenía la sensación de estar viendo una función de títeres u observando con cierto desapego los actos de los vivos sin ser visto ni oído, como si él fuera un fantasma incorpóreo.

Vio que Petreus acercó un dedo a sus labios imponiendo silencio a modo de advertencia y luego hizo una seña a los demás conspiradores. El joven aristócrata no sabía si Thak era consciente de la presencia de los intrusos. La posición del hombre-mono no había cambiado; seguía sentado de espaldas hacia la puerta por la que entraban sigilosamente los hombres.

-Tuvieron la misma idea que tú -le dijo Nabonidus al oído-. Sólo que por razones patrióticas y no egoístas. Ahora es fácil entrar en mi casa, dado que el perro está muerto. ¡Oh, qué ocasión para librarme de su amenaza de una vez por todas! Si yo estuviera sentado donde está Thak..., un salto hacia la pared..., un tirón de la cuerda...

Petreus había colocado suavemente un pie en el umbral de la habitación; sus compañeros lo seguían de cerca con las relucientes dagas en la mano. Thak se incorporó y se volvió hacia él. El inesperado horror que le produjo su aspecto, cuando esperaban encontrar el odioso pero conocido semblante de Nabonidus, los llenó de espanto, tal como le había sucedido a Murilo. Petreus retrocedió dando un chillido y empujando a sus compañeros hacia atrás. Éstos tropezaron y cayeron unos encima de otros, y en ese instante Thak, salvando la distancia con un salto prodigioso y grotesco, tiró con todas sus fuerzas del grueso cordón de terciopelo que colgaba cerca de la puerta.

Inmediatamente se abrieron las cortinas, dejando la puerta libre, y de ésta cayó algo con un singular fulgor plateado. -¡Lo ha recordado! -exclamó Nabonidus lleno de júbilo-. ¡La bestia es semihumana! ¡Me ha visto hacerlo y lo ha recordado!

Mirad ahora! ¡Mirad!

Murilo vio que se trataba de una gruesa lámina de vidrio que había caído sobre la puerta. A través del panel se veían los rostros pálidos de los conspiradores. Petreus tendió las manos hacia adelante como protegiéndose del ataque de Thak, y se encontró con la barrera transparente; por sus gestos, parecía estar diciendo algo a sus compañeros. Ahora que las cortinas estaban abiertas, los hombres que se hallaban en la cueva podían ver todo lo que ocurría en la habitación en la que se encontraban los nacionalistas. Habiendo perdido completamente el control de sus nervios, éstos corrían por el recinto hacia la puerta por la que creían haber entrado, pero se detuvieron de pronto, como si hubiera una pared invisible.

-El tirón de la cuerda cerró herméticamente la habitación -dijo

Nabonidus riéndose-. Es muy simple: los paneles de vidrio resbalan por unos raíles que hay en las puertas. Al tirar de la cuerda se suelta el hilo que los sujeta; luego se deslizan hacia abajo y quedan trabados, pudiendo ser accionados sólo desde el exterior. El cristal es irrompible. Ni siquiera un hombre con un mazo sería capaz de destrozarlo. ¡Ah!

Los hombres atrapados en la habitación estaban histéricos de miedo; corrían desesperadamente de una puerta a otra, golpeando en vano las paredes de cristal, agitando violentamente los puños ante la implacable figura negra que los observaba desde fuera. Entonces uno de ellos alzó la cabeza, miró hacia arriba y comenzó a gritar horrorizado, a juzgar por el movimiento de sus labios, al tiempo que señalaba hacia el cielo raso.

-La caída de los paneles ha liberado las nubes mortíferas —dijo el Sacerdote Rojo riendo con carcajadas salvajes—. Es el polvillo del loto gris obtenido de los Pantanos de la Muerte, más allá de Khitai.

Del centro del cielo raso colgaba un racimo de capullos de oro, que se abrieron como los pétalos de una inmensa rosa tallada, y de éstos descendió un vapor grisáceo que llenó rápidamente la habitación. En un instante la escena de histeria se convirtió en un espectáculo de locura y de horror. Los hombres atrapados comenzaron a tambalearse y a correr en círculos como si estuvieran borrachos. De su boca salía espuma y sus labios se retorcían en una risa espantosa. En la huida, caían unos encima de otros acuchillándose con las dagas y destrozándose con los dientes en un holocausto demencial. Murilo se descompuso al contemplar aquel espectáculo y se sintió aliviado de no escuchar los gritos y aullidos que debían de resonar en aquella condenada habitación. Pero aquello se parecía a una película muda proyectada sobre una pantalla, puesto que no se oía nada.

Fuera del recinto maldito, Thak daba saltos con una alegría animal, mientras agitaba y levantaba sus largos y peludos brazos. Nabonidus se reía como un demonio por encima del hombro de Murilo.

-¡Ah, buen golpe, Petreus! -exclamaba-. ¡Le ha abierto las entrañas! ¡Y ahora otro para ti, mi patriótico amigo! ¡Así! Ya han caído todos, y los vivos desgarran la carne de los muertos con sus dientes babeantes.

Murilo sintió un escalofrío. Detrás de él, el cimmerio maldecía con voz apagada en su tosca lengua. Sólo se veía la muerte por todos lados en la habitación de la nube gris; los conspiradores yacían apuñalados, destrozados y mutilados, apilados en una montaña roja, con las bocas abiertas y los rostros ensangrentados mirando sin expresión hacia el techo entre las tenues volutas grisáceas que daban vueltas lentamente.

Thak, como un gnomo gigantesco, se aproximó a la pared de la que colgaba la cuerda y tiró de ella hacia un lado con un gesto peculiar.

-Está abriendo la puerta más alejada -dijo Nabonidus-. ¡Por Mitra; es más humano de lo que yo suponía! Mirad, el humo gris sale en volutas de la habitación y luego se disipa. Thak está esperando para no correr riesgos. Ahora levanta el otro panel. Es cauteloso; conoce el peligro mortal que entraña el loto gris, que provoca la locura y la muerte. ¡Por Mitra!

- Murilo sintió un sobresalto espantoso ante esta exclamación de Nabonidus, que lo electrizó.

-Ésta es nuestra única oportunidad —dijo el sacerdote-. Si abandona la habitación de arriba por unos minutos, podremos intentar subir rápidamente por la escalera.

Atenazados por la tensión, vieron cómo el monstruo salía torpemente por la puerta y desaparecía. Al alzar el panel de cristal, las cortinas habían vuelto a caer, ocultando la cámara de la muerte.

-¡Debemos arriesgarnos! -dijo el sacerdote, y Murilo vio que su rostro estaba cubierto de sudor-. ¡Quizá esté deshaciéndose de los cadáveres, como me ha visto hacer a mí! ¡Rápido! ¡Seguidme! ¡Subamos la escalera!

Nabonidus corrió hacia la escalera y subió por ella con una agilidad que asombró a Murilo. El noble y el bárbaro le seguían de cerca, y oyeron el profundo suspiro de alivio que lanzó el sacerdote cuando consiguió abrir la puerta que se encontraba al final de la escalera. Irrumpieron en la amplia habitación que habían visto reflejada en el espejo. Thak no estaba allí.

-¡Está en aquella habitación, con los cadáveres! -exclamó Murilo-. ¿Por qué no le encerramos allí, como hizo con los conspiradores?

-¡No! ¡No! -dijo Nabonidus con un grito ahogado y con el rostro extrañamente pálido-. No sabemos si está realmente allí. Y de todos modos, puede entrar antes de que podamos alcanzar la cuerda. Seguidme por el corredor; debo llegar a mi habitación para disponer de armas que lo van a destruir. Este pasillo es la única salida que no tiene trampa.

Siguieron apresuradamente al sacerdote y pasaron por una puerta con cortinas que estaba enfrente de la puerta del recinto

de la muerte y llegaron al corredor, que daba a una serie de habitaciones. Nabonidus intentó abrirlas con una pasmosa y torpe rapidez. Estaban cerradas con llave, al igual que la puerta que se hallaba al final del corredor.

-¡Dioses! -exclamó el Sacerdote Rojo apoyándose contra la pared, con el rostro ceniciento-. Las puertas están cerradas y Thak me quitó las llaves. Estamos atrapados.

Murilo se quedó horrorizado al ver a aquel hombre en semejante estado de nervios, pero Nabonidus se serenó haciendo un gran esfuerzo.

-Esta bestia me produce pánico -dijo-. Si vosotros lo hubierais visto destrozar a hombres como yo le he visto..., bueno, que Mitra nos ayude, pero ahora debemos luchar contra él con las armas que los dioses nos han dado. ¡Vamos!

Los condujo de vuelta hacia la puerta con cortinas y miró hacia el enorme recinto en el preciso instante en que entraba Thak por la puerta de enfrente. Era evidente que el hombre-bestia sospechaba algo. Sus pequeñas orejas se movieron; miró irritado a su alrededor y, acercándose a la puerta más cercana, corrió las cortinas para ver si había alguien escondido detrás de ellas.

Nabonidus retrocedió temblando como una hoja. Cogió a Conan por un hombro y le dijo:

-Muchacho, ¿te atreverías a enfrentar tu puñal contra sus colmillos?

Los ojos del cimmerio centellearon por toda respuesta.

-¡Rápido! -susurró el Sacerdote Rojo escondiendo a Conan detrás de las cortinas-. En cuanto nos encuentre, lo que no tardará en ocurrir, lo atraeremos hacia nosotros. Cuando pase delante de ti corriendo, húndele la daga en la espalda, si puedes. Tú, Murilo, muéstrate ante él y luego huye corriendo por el pasillo. Bien sabe Mitra que tenemos muy pocas posibilidades frente a Thak en una lucha cuerpo a cuerpo, pero de todas formas estamos condenados si nos encuentra.

Murilo sintió que la sangre se le congelaba en las venas, pero juntó fuerzas y se asomó por la puerta. Instantáneamente, Thak, que se encontraba del otro lado de la habitación, giró en redondo, miró fijamente y atacó con un rugido espantoso. Su capucha escarlata le cayó sobre la espalda, enseñando su deforme cabeza oscura. Tenía las negras manos y la túnica roja manchadas de sangre. Parecía una oscura pesadilla de color carmesí cuando atravesó la habitación enseñando los colmillos y con las patas torcidas sosteniendo su inmenso cuerpo que avanzaba con paso aterrador.

Murilo se volvió rápidamente hacia el corredor y, pese a lo ágil que era, el horroroso monstruo peludo casi lo alcanza. Entonces, cuando el hombre-mono pasó corriendo delante de las cortinas, de ellas surgió repentinamente una figura enorme que le dio un golpe en el hombro al extraño engendro, al tiempo que hundía su puñal en la espalda de la bestia. Thak lanzó un grito espeluznante cuando el impacto le hizo caer, y ambos rodaron por el suelo. Entonces hubo un remolino de brazos y piernas y comenzó la batalla demoníaca.

Murilo vio que el bárbaro atenazó con sus piernas el torso del hombre-mono y que se esforzaba por mantenerse encima de monstruo mientras lo acuchillaba con el puñal. Thak, por su lado, luchaba por liberarse de las tenazas de su enemigo para hacerlo girar y ponerlo al alcance de los colmillos gigantescos que buscaban la carne del muchacho. En medio de un torbellino de golpes, entre jirones ensangrentados, fueron rodando por el corredor con tal rapidez que Murilo no se atrevió a emplear la silla que había cogido, por temor a golpear al cimmerio. Y vio que, a pesar de la ventaja que suponía para Conan el hecho de haber golpeado primero y que el monstruo llevara una túnica que le envolvía el cuerpo y las extremidades dificultando sus movimientos, la fuerza ciclópea de Thak se iba imponiendo rápidamente. Empujaba inexorablemente al cimmerio para tenerlo frente a él. El monstruo había recibido heridas que hubieran matado a una decena de hombres. El puñal de Conan se hundió una y otra vez en el torso, en los hombros y en el cuello de toro de la bestia. Chorreaba sangre por todas las heridas, pero, a menos que la afilada hoja diera rápidamente en un órgano vital, la sobrehumana vitalidad de Thak terminaría para siempre con el cimmerio y después con sus compañeros.

Conan también luchaba como una fiera salvaje, en un silencio sólo interrumpido por sus jadeos. Las negras garras del monstruo y aquellas manos a modo de zarpas lo arañaban y desgarraban, y sus mandíbulas sonrientes se abrieron para morderle la garganta. Entonces Murilo, viendo una oportunidad, saltó y lanzó la silla con todas sus fuerzas, que eran suficientes para abrirle la cabeza a un ser humano. La silla resbaló por el negro cráneo, pero el aturdido monstruo aflojó por un instante su abrazo mortal y en ese momento Conan, jadeando y chorreando sangre, saltó hacia adelante y hundió su puñal hasta la empuñadura en el corazón del hombre-mono.

Con un temblor convulsivo, la bestia cayó al suelo, miró fijamente y en seguida quedó inmóvil. Sus fieros ojos se quedaron fijos y brillaron bajo la tenue luz de la habitación; sus pesados miembros temblaron y luego se quedaron rígidos.

Conan se levantó tambaleante, enjugándose el sudor y la sangre que le cubrían el rostro. La sangre goteaba de su puñal y de sus dedos, y chorreaba hasta sus brazos y muslos, manchando su pecho. Murilo lo cogió por un brazo para sostenerlo, pero el bárbaro lo empujó con gesto impaciente.

-El día que no pueda sostenerme solo, sé que habrá llegado la hora de morir -musitó a través de los labios deshechos—. Pero me gustaría beberme una jarra de vino.

Nabonidus contemplaba la figura inmóvil como si no diera crédito a sus ojos. El monstruo negro, peludo y abominable yacía en una grotesca postura sobre los jirones de su túnica escarlata; sin embargo aun así parecía más humano que animal, y transmitía un vago patetismo.

-Esta noche he matado a un hombre y no a una bestia. Lo incluiré entre los jefes cuyas almas envié a las tinieblas, y mis mujeres cantarán sus hazañas.

Nabonidus se inclinó y cogió un manojo de llaves que colgaban de una cadena dorada. Se habían caído del cinto del hombre-mono durante la lucha. Haciendo una seña a sus compañeros para que lo siguieran, los condujo a una habitación, abrió la puerta y avanzó hacia el interior del recinto, que estaba iluminado como los demás. El Sacerdote Rojo cogió una vasija de vino de una mesa y llenó las copas de cristal que había allí. Mientras sus compañeros bebían ávidamente, murmuró:

-¡Qué noche! Falta poco para que amanezca. ¿Qué vais a hacer, amigos?

-Voy a curar las heridas de Conan, si me traes algunas vendas y bálsamos -dijo Murilo.

Nabonidus hizo un movimiento con la cabeza y se dirigió hacia la puerta que daba al corredor. Algo en la inclinación de su cabeza hizo que Murilo lo observara con recelo. Cuando llegó a la puerta, el Sacerdote Rojo se volvió de improviso. Su rostro se había transmutado, los ojos llamearon con el antiguo fuego y su boca reía quedamente.

-¡Somos todos villanos! -dijo con su sarcasmo habitual-. Pero no todos somos necios. El único tonto eres tú, Murilo.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el joven aristócrata dando unos pasos.

-¡Atrás! -gritó Nabonidus con una voz que parecía un látigo-. ¡Si das un paso más, te mato!

Murilo se quedó helado cuando vio que el Sacerdote Rojo aferraba una gruesa cuerda de terciopelo que colgaba entre las cortinas justo al lado de la puerta.

-¿Qué clase de traición es ésta? -gritó Murilo-. Juraste que...

-Juré que no le contaría al rey nada acerca de ti! Pero no prometí que no iba a resolver este asunto por mis propios medios, si podía. ¿Crees que voy a dejar pasar semejante oportunidad? En circunstancias normales no me atrevería a matarte con mis propias manos, sin contar con la aprobación del rey, pero ahora nadie lo sabrá jamás. Irás a parar a las cubas de ácido junto a Thak y los estúpidos nacionalistas, y nadie sabrá nada. ¡Qué noche! Si bien he perdido algunos valiosos sirvientes, también me he librado de varios enemigos peligrosos. ¡No te muevas! Estoy en el umbral y tú no tienes posibilidades de alcanzarme antes de que tire de la cuerda y te envíe al Infierno. Esta vez no se trata del loto gris, aunque es igualmente eficaz. Casi todas las habitaciones de mi casa son una trampa. De modo que, Murilo, eres un imbécil...

Con la rapidez del rayo, Conan cogió una silla y la arrojó. Nabonidus alzó instintivamente el brazo y lanzó un grito, pero era demasiado tarde. El proyectil se estrelló contra su cabeza y el Sacerdote Rojo se tambaleó y cayó de bruces en un charco de sangre oscura que se agrandaba rápidamente.

-Su sangre era roja, después de todo —dijo Conan con un gruñido.

Murilo se echó atrás los cabellos empapados de sudor con mano temblorosa al tiempo que se apoyaba sobre la mesa, debilitado por la tensión pasada y la sensación de alivio que lo embargaba ahora.

-Está amaneciendo -dijo el aristócrata-. Salgamos de aquí antes de que caigamos en otra trampa mortal. Si conseguimos escalar el muro exterior sin que nos vean, no nos asociarán con lo ocurrido aquí esta noche. Dejemos que la Policía encuentre su propia explicación de los hechos.

Miró el cuerpo del Sacerdote Rojo que yacía en un charco de sangre y se encogió de hombros.

-Después de todo, el necio era él. Si no hubiera perdido el tiempo burlándose de nosotros, habría podido eliminarnos con facilidad.

-Bueno -dijo el cimmerio con tranquilidad-, ha tomado el camino que todos los villanos deben recorrer finalmente. Me gustaría saquear la casa, pero supongo que será mejor que nos vayamos.

Cuando salieron de la oscuridad al jardín casi blanco por el rocío del amanecer, Murilo dijo:

-El Sacerdote Rojo ha entrado en el mundo de las tinieblas, de modo que mi camino en la ciudad está libre y no tengo nada que temer. Pero ¿y tú? Queda aún el asunto del Laberinto y...

-De todas maneras, estoy cansado de esta ciudad -dijo el cimmerio con una sonrisa-. Has hablado de un caballo que me esperaba en la Madriguera del Ratón. Tengo curiosidad por saber a qué velocidad me llevará ese caballo a otro reino. Hay muchos caminos que deseo conocer antes de recorrer el que Nabonidus tomó esta noche.

La Mano de Nergal

Conan ya ha conocido el sabor de la intriga hibórea. Al bárbaro le resulta evidente que no hay una diferencia esencial entre las razones de palacio y los móviles que impulsan a los individuos que frecuentan la Madriguera del Ratón, aunque los beneficios sean superiores en los lugares más importantes. Con un caballo y una cantidad de monedas de oro como recompensa del agradecido -y considerado- Murilo, el cimmerio emprende viaje para echar un vistazo al mundo civilizado, con el propósito de sacar de él el mayor provecho posible.

El Camino de los Reyes, que pasa serpenteando por los reinos hibóreos, lo conduce finalmente hacia el oeste y llega a Turan, donde entra a servir en los ejércitos del rey Yildiz. Al principio no se adapta a la vida militar, dado que es demasiado independiente y de genio violento y apasionado para someterse de buen grado a la disciplina. Además, puesto que por aquel entonces era solamente un jinete y arquero mediocre, en un contingente en el que destacan los arqueros montados, se ve relegado a una unidad de soldados irregulares y mal pagados. Sin embargo, pronto surge una ocasión que le permite demostrar su verdadero temple.

1. Sombras negras

-¡Por Crom!

El juramento surgió de los labios contraídos del guerrero en un gesto feroz. Echó hacia atrás su cabeza y su abundante y desgreñada melena negra y alzó sus fogosos ojos azules hacia el cielo, que se agrandaron por el asombro. Un extraño escalofrío de terror supersticioso le recorrió todo el cuerpo alto y fornido, bronceado por los ardientes soles de las tierras desérticas. Tenía hombros anchos, un torso amplio, cintura estrecha y piernas largas; iba desnudo, con excepción de un trozo de tela harapiento que llevaba encima y un par de sandalias atadas a sus piernas.

Había entrado en la batalla como jinete de una unidad de caballería de soldados irregulares. Pero su caballo, que había recibido como regalo del noble Murilo en Corinthia, había caído bajo las flechas del enemigo al primer embate, lo que le obligó a luchar a pie. Su escudo había sido destrozado por los golpes del enemigo, por lo que lo desechó y combatió tan sólo con la espada.

Desde lo alto del cielo ardiente del atardecer de esta desolada estepa turania barrida por el viento, en la que dos ejércitos estaban enzarzados en una batalla violenta y desesperada, llegó el horror.

El campo de batalla estaba bañado por lenguas de fuego que creaban los resplandores rojizos del sol del atardecer e inundado de sangre humana. Allí llevaban combatiendo cinco interminables horas las pujantes huestes de Yildiz, rey de Turan -en cuyo ejército estaba sirviendo el joven como mercenario- contra las todopoderosas legiones de Munthassem Khan, el sátrapa rebelde de los territorios fronterizos de Zamora que se encontraba al norte de Turan. De repente, volando lentamente en círculos, comenzaron a descender del cielo color carmesí unos seres indescriptibles que el bárbaro jamás había visto en ninguno de sus viajes y de los que ni siquiera había oído hablar. Eran unos monstruos negros y sombríos que revoloteaban sostenidos por enormes alas arqueadas, que parecían murciélagos.

Los dos ejércitos seguían luchando, sin ver la amenaza que se cernía sobre ellos. Sólo Conan, situado sobre una pequeña colina y rodeado de los cadáveres de los enemigos a los que había dado muerte con su espada, los vio descender del cielo iluminado con un fulgor rojo por el sol poniente.

Apoyándose en su espada manchada de sangre, dando así un breve descanso a sus musculosos brazos, el bárbaro miró fijamente las extrañas e inquietantes sombras. Porque estos seres parecían más una sombra que una realidad material, puesto que eran translúcidos, como volutas de un repulsivo vapor negro o como sombríos espectros de gigantescos vampiros. Tenían unos ojos rasgados y malignos que centelleaban con una llama verde y destacaban poderosamente en aquellos seres etéreos. De sólo verlos se le erizaron los pelos de la nuca, sobrecogido por el terror sobrenatural de los bárbaros. Los vio caer sobre el campo de batalla como buitres atraídos por la sangre. Descendían y mataban.

Se oyeron gritos de miedo y de dolor de los hombres del rey Yildiz a medida que las sombras siniestras se abalanzaban sobre sus filas. Allí donde se abatía una de esas sombras demoníacas, dejaba un cadáver ensangrentado. Del cielo bajaron cientos de monstruos, y las amedrentadas huestes del ejército turanio retro-cedieron trastabillando y arrojando sus armas, presas de pánico. -¡Luchad, perros! ¡Deteneos y pelead! -ordenaba con voz atronadora una figura alta y dominante montada en una yegua negra, irritado y severo, tratando de mantener la línea de soldados que se deshacía.

Conan vislumbró los- destellos de una cota de malla plateada bajo un rico manto azul y un rostro de nariz aguileña y barba negra, duro y altivo bajo un casco brillante de acero que reflejaba el sol de color carmesí como si fuera un espejo pulido. Reconoció que aquel hombre era Bakra de Akif, el general del rey Yildiz.

Lanzando una sonora maldición, el orgulloso comandante sacó su espada y comenzó a repartir golpes a diestra y siniestra. Quizá hubiera conseguido reunir sus filas, pero una de las demoníacas sombras se abatió sobre él por detrás, plegó sus alas vaporosas y transparentes a su alrededor en un abrazo mortal y el cuerpo del general se puso rígido. Su cara palideció súbitamente y sus ojos se quedaron inmóviles de miedo. Conan veía su rostro, que a través de las alas que lo envolvían parecía una máscara blanca detrás de un velo de fino encaje negro. El caballo del general enloqueció y se desbocó aterroriza-do. Pero la cosa fantasmagórica arrancó al general de su montura; lo mantuvo un momento en el aire sobre las alas que se agitaban lentamente, y luego lo dejó caer convertido en una masa desgarrada y sangrante. El rostro del hombre, que había mirado a Conan con ojos aterrados a través de aquellas sombrías alas, era un desecho humano. Así terminó la carrera de Bakra de Akif.

Y de esta manera terminó también la batalla. Desaparecido su comandante, el ejército pareció enloquecer. Conan vio a aguerridos y veteranos soldados, con más de diez campañas en su haber, que huían chillando del campo de batalla como jóvenes reclutas. Vio a orgullosos nobles escapar gritando como siervos cobardes. Y detrás de ellos, indemnes del ataque de los fantasmas voladores, sonriendo al comprobar su victoria, las huestes del sátrapa rebelde se disponían a aprovechar la ventaja obtenida de manera tan misteriosa y sobrenatural. La batalla estaba perdida, a menos que un hombre fuerte lograra mantenerse firme y reunir a las huestes destrozadas con su ejemplo.

De pronto se alzó delante del primero de los soldados que huían una figura tan feroz y salvaje que logró contener a los soldados que huían despavoridos.

-¿Deteneos, perros bastardos, canallas, o por Crom que voy a llenar vuestras cobardes entrañas de acero!

Era el mercenario cimmerio con el rostro oscuro como una feroz máscara de piedra, fría como la muerte. Sus fieros ojos lanzaban destellos de cólera volcánica bajo las negras cejas arqueadas. Desnudo, salpicado de sangre de la cabeza a los pies, sostenía su poderosa espada con el puño enorme y lleno de cicatrices. Su voz retumbó como un trueno profundo.

-¡Atrás, si apreciáis en algo vuestras miserables vidas! ¡Atrás, perros desvergonzados, o desparramo vuestras cobardes entrañas por el suelo! ¡Si levantas esa cimitarra contra mí, cerdo hirkanio, te arrancaré el corazón con las manos y te lo haré comer antes de que te mueras! ¿Acaso sois mujeres, para huir de unas sombras? ¡Hace un momento erais hombres, sí, soldados de Turan! Os enfrentasteis al enemigo armado y luchasteis cara a cara. ¡Y ahora volvéis la espalda y os escapáis corriendo como niños de unas sombras nocturnas! ¡Bah! ¡Me siento orgulloso de ser bárbaro al ver cómo vosotros, débiles hombres de la ciudad, os acobardáis ante una bandada de murciélagos!

Por un momento el bárbaro logró contenerlos, pero sólo por un momento. Un ser de pesadilla de alas negras se abatió sobre él, y hasta él, el bárbaro cimmerio, tuvo que retroceder ante las tétricas y sombrías alas y el hedor fétido del monstruo.

Los soldados huyeron dejando a Conan solo frente a esa cosa. Y el cimmerio luchó. Apoyando los pies con firmeza en el suelo, blandió la enorme espada con todas sus fuerzas y giró sobre su esbelta cadera.

El sable brilló en el aire formando un arco de acero y partió al fantasma en dos. Pero se trataba, como había adivinado, de un ser inmaterial, ya que su espada no encontró más resistencia que la que ofrece el aire. La fuerza del golpe le hizo perder el equilibrio y cayó de bruces sobre el suelo pedregoso.

La cosa sombría sobrevoló por encima de él. Su espada le había hecho una enorme raja, pero era como si una mano hubiera roto una voluta de humo. Y ante los ojos asombrados de Conan, el cuerpo vaporoso se reconstituyó. Los ojos que semejaban chispas verdes de un fuego infernal lo miraron con una alegría espantosa y un hambre inhumana.

-¡Por Crom! —dijo Conan casi sin respiración.

Puede que fuera un juramento, pero sonó casi como una plegaria.

Intentó levantar nuevamente la espada, pero ésta cayó de sus manos inertes. En cuanto el sable atravesó la oscura sombra, se volvió helada, con un frío doloroso, pétreo, que le llegaba hasta la medula de los huesos, como los abismos siderales que se abren formando agujeros negros más allá de las estrellas más remotas.

La sombra con forma de murciélago batió lentamente sus alas como si se recreara sobre su víctima caída o gozara al percibir el temor supersticioso que lo embargaba.

Con manos ateridas, Conan buscó a tientas en su cintura, donde tenía una tira de cuero verde que le sostenía el taparrabo. De la cintura colgaba una pequeña daga y una bolsa. Sus dedos encontraron la bolsa, pero no la empuñadura de la daga, y tocaron algo suave y cálido que había dentro del saco de cuero.

Súbitamente Conan retiró la mano como si hubiera recibido una dolorosa sacudida eléctrica. Sus dedos habían rozado el curioso amuleto que había encontrado el día anterior, cuando estaban acampados en Bahari. Y, al tocar la pulida piedra, se liberó una fuerza extraña.

El etéreo murciélago se apartó repentinamente de él. Un momento antes había revoloteado tan cerca del cimmerio que su carne se estremeció ante el frío sobrenatural que parecía emanar de aquel engendro fantasmagórico. Y ahora éste huyó enloquecido agitando frenéticamente sus alas.

Conan se puso de rodillas tratando de sobreponerse a la debilidad que invadía sus extremidades, primero por el frío espantoso causado por el contacto con la sombra, y después por el calor que hizo estremecer su desnudo cuerpo. Presa de estas dos sensaciones opuestas, el joven sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Se le nubló la vista, su mente flaqueó y estuvo a punto de perder el conocimiento. Entonces sacudió violentamente la cabeza para despejar su mente y miró a su alrededor.

-¡Por Mitra! ¡Por Crom y por Mitra! ¿Acaso todo el mundo se ha vuelto loco?

La sórdida hueste de horrores voladores había expulsado del campo de batalla al ejército del general Bakra, o había matado a aquellos que no fueron suficientemente rápidos. Pero no habían tocado siquiera a las sonrientes huestes de Munthassem Khan; los habían ignorado como si los soldados de Yaralet y los sombríos engendros de pesadilla hubieran sido aliados de algún demoníaco pacto o de magia negra.

Pero ahora los guerreros de Yaralet huían despavoridos y gritando de los sombríos vampiros. Al ver a ambos ejércitos derrotados y en fuga, Conan miró hacia el cielo del atardecer y se preguntó desconcertado si el mundo en verdad se habría vuelto loco.

En ese momento el cimmerio se quedó repentinamente sin fuerzas y cayó inconsciente en el negro olvido.

2. El campo sangriento

El sol llameaba como una brasa de color escarlata en el horizonte. Resplandecía sobre el silencioso campo de batalla como el ojo rojo que centelleaba en la deforme frente de un cíclope. Silencioso como la muerte, cubierto de los restos de la guerra, el lugar tenía un aspecto siniestro y todo estaba inmóvil bajo los rayos del sol. Aquí y allá, entre los cadáveres, había charcos de sangre coagulada que parecían serenos lagos que reflejaban los fulgores rojizos del cielo.

Unas figuras oscuras y furtivas se movían entre la alta hierba, olfateando y lanzando gemidos sobre los montones de cadáveres desparramados. Sus jorobadas espaldas y sus hocicos de perro indicaban que se trataba de hienas de las estepas. Para ellas, el campo de batalla debía ser como la mesa servida de un opíparo banquete.

Del cielo flameante bajaron aleteando torpemente buitres de alas negras para alimentarse de los muertos. Las siniestras aves de presa cayeron sobre los cuerpos mutilados con un sordo rumor halado. Aparte de los devoradores de carroña, nada se movía en el silencioso y sangriento lugar. Todo estaba inmóvil como la muerte misma. Ni el rumor de los carros de combate ni el toque de las trompetas bronceadas interrumpía el silencio sobrenatural. La quietud de los muertos sobrevino inmediatamente después del estrépito de la batalla.

Como misteriosos heraldos del Destino, una ondulante fila de garzas bajó aleteando lentamente del cielo hacia las orillas cubiertas de juncos del río Nezvaya, cuyo henchido caudal reflejaba con pálidos reflejos rojizos las últimas luces del día. Del otro lado del río, se alzaba como una montaña de ébano al atardecer la amurallada ciudad de Yaralet.

Pero se veía una figura moviéndose por el campo desolado, que parecía un pigmeo recortado contra las brasas ardientes del atardecer. Se trataba del joven gigante cimmerio, el de la rebelde cabellera negra y los fogosos ojos azules. Las negras alas del frío sideral tan sólo le habían rozado ligeramente; luego la vida se agitó en él y volvió en sí. Vagaba de un lado a otro por el oscuro campo de batalla, cojeando ligeramente, porque tenía una espantosa herida en el muslo que había recibido en el fragor de la violenta batalla y que sólo notó y vendó rústicamente al recuperar la consciencia y cuando se disponía a levantarse.

Se paseó con cautela pero también con impaciencia entre los muertos ensangrentados. Él también estaba completamente cubierto de sangre de la cabeza a los pies, y la enorme espada que llevaba en su mano derecha tenía manchas de color carmesí hasta la empuñadura. Conan tenía un enorme cansancio de huesos y la garganta reseca. Le dolían todas las heridas -simples cortes y rasguños, salvo la enorme herida que tenía en el muslo-, y lo que más deseaba en ese momento era un pellejo de vino y un buen plato de carne.

Cuando pasaba cojeando entre los cadáveres, lanzó un gruñido de lobo hambriento, maldiciendo iracundo. Había venido a esta guerra turania como mercenario, sin otras posesiones salvo un caballo -ahora muerto- y la enorme espada que tenía en la mano. Ahora que la batalla estaba perdida y la guerra terminada, y que él andaba errando sólo en territorio enemigo, le quedaba al menos la esperanza de saquear a los soldados caídos, quitándoles algún objeto de valor que ellos sin duda ya no necesitarían. Una daga incrustada de piedras preciosas, un brazalete de oro, una coraza de plata. Con algunas de estas baratijas podría sobornar a sus perseguidores para quedar fuera del alcance de Munthassem Khan y volver a Zamora con algún beneficio.

Pero aparentemente otras personas habían tenido la misma idea antes que él -ya fueran ladrones furtivos de la ciudad en sombras o soldados que regresaron al campo de batalla del que habían salido corriendo-, puesto que el lugar estaba arrasado; no quedaban allí más que espadas rotas, lanzas quebradas, cascos abollados y escudos maltrechos. Conan miró a su alrededor recorriendo con sus ojos la llanura cubierta de restos y lanzó una maldición. Había estado inconsciente demasiado tiempo, y hasta los saqueadores habían tenido tiempo de marcharse. Era corno el lobo que da demasiadas vueltas alrededor de su posible víctima hasta que comprueba que los chacales lo han despojado de su presa; en este caso se trataba de chacales humanos.

Abandonó su infructuosa búsqueda con el fatalismo de un auténtico bárbaro. Se dijo que había llegado el momento de elaborar un plan. Con el ceño fruncido, enfrascado en sus pensamientos, miró con incertidumbre hacia la llanura que oscurecía por momentos. Las torres cuadradas y planas de Yaralet se alzaban oscuras y sólidas recortándose contra el fulgor mortecino del atardecer. ¡No había esperanzas de hallar refugio allí para quien había luchado bajo el estandarte del rey Yildiz! Sin embargo, no habría otra ciudad, amiga o enemiga, más cercana. Y Aghrapur, la capital de Yildiz, estaba a cientos de leguas al sur...

Embebido en sus pensamientos, no advirtió que se acercaba una enorme figura negra, hasta que llegó a sus oídos un relincho débil y estremecedor. El bárbaro se volvió rápidamente, apoyándose en la pierna herida y alzando la espada con gesto amenazador..., pero luego se tranquilizó y sonrió.

-¡Por Crom! Me has asustado. De modo que no soy el único sobreviviente, ¿eh? -dijo Conan riendo entre dientes.

La esbelta yegua miraba temblorosa al desnudo gigante con grandes ojos asustados. Era el caballo del general Bakra, quien ahora yacía en algún lugar del campo de batalla en medio de un charco de sangre.

La yegua relinchó agradecida al escuchar una voz humana amiga. Aunque no era un jinete, Conan se daba cuenta de que el animal estaba en malas condiciones. Levantaba las patas con dificultad, estaba cubierta de sudor a causa del miedo y temblaba exhausta. Los demoníacos murciélagos la habían aterrorizado también a ella, pensó Conan con tristeza. Le habló con suavidad procurando calmarla, se acercó a ella y acarició al jadeante animal hasta que consiguió tranquilizarle.

En las remotas tierras del norte de las que él provenía era raro encontrar caballos. Entre los pobres bárbaros de las tribus cimmerias de las que él era originario, sólo los jefes más ricos poseían una buena montura, además de los guerreros que habían conseguido una en el campo de batalla. Pero a pesar de su ignorancia acerca de todo lo relacionado con los caballos, Conan consiguió tranquilizar a la enorme yegua y luego se montó en ella. Se sentó a horcajadas, agitó las riendas y se alejó lentamente del campo de batalla, convertido en un pantano negro en la oscuridad de la noche. Ahora se sentía mejor. En las bolsas de la montura había provisiones, y montando en una robusta yegua tenía muchas posibilidades de cruzar sin problemas las desoladas tundras hasta llegar a las fronteras de Zamora.

3. Hildico

Un profundo y torturado lamento llegó a sus oídos.

Conan tiró de las riendas para que la yegua se detuviera y miró a su alrededor con recelo en la profunda oscuridad. Se le pusieron los pelos de punta por el terror supersticioso que le producía el misterioso sonido. Luego se encogió de hombros y lanzó un juramento. No se trataba de un fantasma nocturno ni de un espíritu macabro, sino que era un grito de dolor. Eso quería decir que había un tercer sobreviviente de la maldita batalla. Y si ese hombre estaba vivo, era de suponer que no había sido despojado de sus pertenencias.

El bárbaro saltó del caballo y ató las riendas a los rayos de la rueda de un carro destrozado. El grito provenía de la izquierda. Allí, en los límites del campo de batalla, debía de haber un soldado herido que logró escapar del ojo avizor de los saqueadores. Conan se dijo que quizá podría regresar a Zamora con una bolsa de piedras preciosas.

El cimmerio se acercó cojeando al lugar de donde provenía el trémulo lamento. Apartó los espesos juncos que crecían en las orillas del lento río y descubrió una pálida figura que se retorcía débilmente a sus pies. Era una muchacha.

Estaba tendida allí semidesnuda, con sus blancos brazos y piernas llenos de heridas. La sangre coagulada que tenía en el pelo parecía cubrir su negra y rizada cabellera de rubíes. La chica gemía en una especie de delirio y se percibía una invisible angustia en sus brillantes ojos negros.

El cimmerio se quedó mirándola, apreciando casi distraídamente la grácil belleza de su cuerpo y los redondeados, exuberantes y jóvenes pechos. Estaba perplejo. ¿Qué hacía una chica como ésta, casi una niña, en un campo de batalla? No tenía el aspecto lúgubre, descarado y sucio de una ramera de la soldadesca. Su esbelta figura denotaba buena cuna, e incluso nobleza. El bárbaro movió la cabeza desconcertado, agitando su oscura melena. La joven se movió temblorosa a sus pies.

-El Corazón... el Corazón..., de Tammuz... ¡Oh, Señor!- exclamó suavemente mientras movía inquieta su oscura cabeza de un lado a otro, balbuceando como bajo los efectos de la fiebre.

Conan se encogió de hombros y sus ojos se velaron momentáneamente con lo que, en el caso de otro hombre, habría sido una expresión de piedad. Está herida de muerte. -pensó con tristeza-, y alzó la espada para terminar con la agonía de la desconocida.

Cuando la hoja se cernía sobre su blanco pecho, ella se quejó nuevamente llorando como un niño en pena. La enorme espada se detuvo en el aire y el cimmerio se quedó inmóvil por un instante, como una estatua de bronce.

Entonces, tomando una decisión súbita, volvió a envainar el sable y se inclinó para levantar a la muchacha, que alzó sin esfuerzo con sus poderosos brazos. Ella luchó ciegamente, sin fuerzas, gimiendo y protestando semiinconsciente.

Cogiéndola con cuidado y ternura, el bárbaro avanzó cojeando hacia la orilla del río cubierta de matorrales y la depositó suavemente sobre el seco lecho de juncos. Luego llenó el hueco de sus manos con agua de río y mojó su blanco rostro para limpiar, sus heridas con la suavidad de una madre que lava a su hija.

Sus heridas parecían superficiales, meros rasguños, con excepción de un corte en la ceja. E incluso éste, aunque había sangrado abundantemente, no revestía gravedad. Conan lanzó un gruñido de alivio mientras lavaba el rostro y la ceja de la muchacha con agua fría y clara. Luego, alzando torpemente la cabeza de la moza y apoyándola contra su pecho, le dio de beber vertiendo un poco de agua entre sus labios entreabiertos. La desconocida jadeó, tosió un poco y volvió en sí, mirando a Conan con ojos que parecían estrellas oscuras, velados por el desconcierto y con una sombra de temor.

-¿Quién? ¡Ah... los murciélago!.

-Ya se han ido, muchacha —dijo Conan con brusquedad—. No tienes nada que temer. ¿Vienes de Yaralet?

-Sí..., sí... Pero ¿quién eres?

-Soy Conan el cimmerio. Pero ¿qué hace una chica como tú en un campo de batalla? -preguntó el bárbaro.

Ella pareció no oír. Frunció un poco el ceño, como reflexionando, y repitió su nombre a media voz.

-Conan... Conan... ¡Sí, ése era el nombre! Entonces alzó la vista y miró asombrada el rostro moreno y lleno de cicatrices del cimmerio.

-Me han enviado para que te buscara. ¡Qué extraño que tú me encontraras a mí!

-¿Y quién te ha enviado, muchacha? -inquirió él con recelo.

-Soy Hildico, una brithunia esclava de la casa de Atalis el Vidente, que vive allí en Yaralet. Mi amo me envió en secreto para que buscara entre los guerreros a Conan, un mercenario de Cimmeria, y para que lo condujese hasta su casa de la ciudad por un camino secreto. ¡Tú eres el hombre que busco!

-¿Sí? ¿Y qué quiere tu amo de mí?

La muchacha movió su oscura cabeza y dijo:

-¡No lo sé! Pero me pidió que te dijera que no te hará daño y que podrías obtener mucho oro si vinieras.

-¿Oro, eh? -musitó pensativo el bárbaro mientras ayudaba a levantarse a la moza sosteniéndola con su musculoso brazo al ver que ella se tambaleaba a causa de la debilidad.

-Sí. Pero no llegué al campo de batalla a tiempo para verte antes de que comenzara el combate. De modo que me escondí entre los juncos de la orilla para evitar que me vieran los soldados. Y entonces... ¡los murciélagos! De repente estaban en todas partes, abalanzándose sobre los caídos, matando... y en un momento un jinete salió huyendo hacia los juncos y me arrolló sin darse cuenta...

-¿Qué ha sido del jinete?

-Está muerto -respondió ella con un ligero temblor-. Un murciélago lo levantó violentamente de la montura, lo desgarró y dejó caer su cuerpo muerto al río. Yo me desmayé porque el caballo, presa de pánico, me golpeó...

La muchacha levantó una de sus pequeñas manos y la llevó a su ceja herida.

-Has tenido suerte de que no te matara -dijo Conan con un gruñido—. Bueno, muchacha, iremos a ver a tu amo para ver lo que quiere de Conan... ¡y enterarme de cómo sabe mi nombre!

-¿Vendrás conmigo, entonces? -preguntó ella casi sin aliento.

El bárbaro rió y, después de montar sobre la yegua negra, levantó a la muchacha con sus poderosos brazos y la sentó delante de él.

-¡Sí! Estoy solo entre enemigos en una tierra extraña. Mi trabajo terminó al quedar destruido el ejército de Bakra. ¿Por qué habría de tener escrúpulos en conocer a un hombre que me ha escogido entre miles de guerreros y que además me ofrece oro?

Cruzaron el río, que allí tenía poca profundidad, y atravesaron la llanura sombría en dirección a Yaralet, el baluarte de Munthassem Khan. Y el corazón de Conan, que nunca latía más contento que cuando se excitaba ante la promesa de la acción y la aventura, cantó lleno de gozo.







4. La casa de Atalis

Estaba teniendo lugar una extraña reunión en la pequeña habitación cubierta de tapices de terciopelo e iluminada con velas de Atalis, a quienes algunos consideraban un filósofo, otros un vidente y otros un bribón.

Este misterioso personaje era un hombre delgado de mediana estatura, con una hermosa cabeza de facciones estéticas como las de los sabios y eruditos, si bien su suave rostro de ojos agudos tenía algo de astuto mercader. Vestía un sencillo manto de una tela de buena calidad y tenía la cabeza afeitada como muestra de su devoción por el estudio y las artes. Hablaba en voz baja con su compañero, y si alguien lo hubiera estado observando habría notado algo misterioso y extraño en él, pues Atalis, al hablar, sólo movía la mano izquierda. Tenía su diestra sobre el regazo en una postura poco natural y, de vez en cuando, sus rasgos serenos e inteligentes se contraían con un súbito y horroroso pasmo de dolor. Entonces su pie derecho, oculto bajo su traje largo, se torcía hacia atrás en una contorsión atroz.

Su compañero era un personaje de Yaralet a quien la gente conocía y veneraba como príncipe Than, descendiente de una antigua y noble familia turania. El príncipe era un hombre alto, grácil, joven y muy atractivo. La firme y tersa línea de sus recios miembros y la acerada frialdad de sus ojos grises contrastaban con la fatuidad de sus ondulados y perfumados rizos y de su manto cubierto de piedras preciosas.

Al lado de Atalis, que estaba sentado en un sillón de respaldo alto de oscura madera tallada en forma barroca, con gárgolas en relieve y rostros sonrientes, había una pequeña mesa de ébano con incrustaciones de marfil. Encima de esta mesa había un enorme trozo de cristal verde, del tamaño de una cabeza humana, que brillaba con un extraño fulgor interior y de vez en cuando el filósofo interrumpía la conversación para mirar con intensidad en el interior de la reluciente piedra.

-¿Lo encontrará la muchacha? ¿Y estará dispuesto a venir? -dijo el príncipe Than con gesto desesperado.

-Vendrá -respondió Atalis.

-Pero a cada momento que pasa aumenta nuestro peligro. Incluso ahora Munthassem Khan puede estar vigilándonos, y sería peligroso que nos viera juntos...

-Munthassem Khan está drogado con el loto del sueño, pues las Sombras de Nergal estaban fuera a la hora del atardecer -dijo

el filósofo-. ¡Y debemos correr algún riesgo, si queremos liberar a la ciudad de este sanguinario y funesto individuo!

Su rostro se retorció en una mueca repugnante e involuntaria de intenso dolor, y luego se volvió a serenar.

-Tú sabes, oh príncipe, que nos queda muy poco tiempo -dijo en tono lúgubre-. ¡Los hombres desesperados toman medidas desesperadas!

El hermoso semblante del príncipe se contrajo súbitamente presa de pánico y se volvió hacia Atalis con ojos sin vida y fríos como el mármol. Luego su rostro se volvió a animar y sus ojos se iluminaron. Se hundió en el sillón, pálido y sudoroso.

-¡Muy poco tiempo! —dijo casi sin aliento.

En ese instante sonó una suave campana en algún lugar de la oscura y silenciosa casa de Atalis el Vidente. El filósofo levantó su mano izquierda para calmar el involuntario estremecimiento del príncipe.

Poco después, una de las cortinas de terciopelo se descorrió y dejó ver una puerta oculta. Y en el umbral, como una aparición sangrienta, se veía el cuerpo gigantesco de Conan con la muchacha medio desmayada apoyada en su hombro.

El filósofo se levantó de un salto con un grito contenido y se dirigió hacia el hosco cimmerio.

-¡Bienvenido... tres veces bienvenido, Conan! Ven, pasa. Aquí tienes vino... y comida...

Señaló un taburete que había al lado de la pared de enfrente y cogió a la extenuada muchacha de los brazos de Conan. Las ventanillas de la nariz del cimmerio se ensancharon como las de un lobo hambriento al sentir el aroma de la comida; pero al igual que un lobo estaba receloso y en guardia contra una posible trampa; sus ardientes ojos azules examinaron al sonriente filósofo y al pálido príncipe, y luego recorrieron atentamente cada uno de los rincones de la pequeña habitación.

-Cuida de la chica. Un caballo la arrolló, pero alcanzó a transmitirme tu mensaje -dijo con un gruñido.

Luego, sin más ceremonias, cruzó la habitación, se sirvió una copa de vino de intenso color rojo y lo bebió de un trago. Después arrancó una gruesa pata de ave asada y la devoró con apetito. Atalis tiró de un cordón y entregó la muchacha a un silencioso esclavo que apareció detrás de otra cortina como por arte de magia.

-Bueno, ¿de qué se trata? -inquirió el cimmerio tomando asiento en un banco y haciendo una mueca por el dolor que le producía el muslo herido-. ¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Y qué quieres de mí?

-Ya tendremos tiempo de hablar más tarde -replicó Atalis-. Come, bebe y descansa. Estás herido...

-¡Por Crom! ¡Nada de rodeos! Hablemos ahora.

-Está bien. ¡Pero permíteme limpiar y vendar tus heridas mientras hablamos!

El cimmerio se encogió de hombros con gesto impaciente y cedió de mala gana a la solicitud del filósofo. Mientras Atalis pasaba una esponja por su muslo lastimado, untaba la herida con un bálsamo perfumado y lo vendaba con una tira de tela limpia, Conan aplacaba su hambre engullendo la sazonada carne fría y bebiendo grandes tragos de vino.

-Yo te conozco aunque nunca nos hayamos visto -comenzó diciendo Atalis con voz suave- gracias a mi cristal..., el que está allí, al lado del sillón. En su interior puedo ver y oír a cien leguas de distancia.

-¿Magia? -espetó Conan agriamente, con el desprecio de los guerreros por tales farsas mágicas.

-Si quieres llamarlo así -dijo Atalis sonriendo zalamero-. Pero yo no soy un brujo, sino un hombre en busca del conocimiento. Un filósofo, como me llaman algunas personas.

Su sonrisa se convirtió en una terrible mueca de dolor. Conan observó impresionado cómo el filósofo se tambaleaba mientras su pie se retorcía violentamente.

-¡Por Crom! ¿Estás enfermo? -preguntó. Casi sin aliento por el dolor, Atalis se hundió en el sillón de respaldo alto y dijo:

-No estoy enfermo..., sino maldito por ese demonio que nos gobierna con un cetro infernal y mágico...

-¿Munthassem Khan?

Atalis asintió con un movimiento de la cabeza y agregó:

-El hecho de no ser brujo me ha salvado la vida... hasta ahora. Pues el sátrapa mató a todos los magos y hechiceros de Yaralet, y a mí me dejó con vida por ser un humilde filósofo. Sin embargo, sospecha que yo sé algo acerca de las Artes Negras y me ha condenado a este castigo mortal que debilita mi cuerpo y me tortura los nervios, y ha de terminar en una convulsión mortal dentro de muy poco tiempo.

Atalis señaló el brazo retorcido que estaba cruzado en una postura anormal sobre su regazo.

-Yo también he recibido la maldición de ese ser infernal, pues soy el que sigue a Munthassem Khan en el linaje y él cree que deseo destronarle -dijo el príncipe Than mirando a Conan con ojos extraviados-. ¡A mí me tortura de otra manera: con una enfermedad del cerebro... que me provoca unos espasmos que me ciegan por momentos... y que terminarán por devorar mi cerebro y me impedirán pensar, dejándome ciego y convirtiéndome en una piltrafa sollozante!

-¡Por Crom! -maldijo el cimmerio en voz baja.

-¡Tú eres nuestra única esperanza! ¡Sólo tú puedes salvar a nuestra ciudad de ese demonio maligno que nos atormenta! -exclamó el filósofo gesticulando expresivamente.

Conan lo miró con ojos inexpresivos y preguntó:

-¿Yo? ¡Pero si no soy mago! Todo lo que puede hacer un guerrero con el frío acero, yo soy capaz de hacerlo, pero ¿cómo podría combatir estos demoníacos hechizos?

-Escucha, Conan de Cimmeria. Voy a contarte una extraña y espantosa historia...

5. La Mano de Nergal

En la ciudad de Yaralet -dijo Atalis—, cuando cae la noche, la gente cierra las ventanas, corre los cerrojos de las puertas y se sienta detrás de estas barreras temblando y rezando aterrorizada; encienden velas a los dioses de los lares hasta que la clara y nítida luz del alba ilumina las torres de la ciudad con un fuego vivo que se recorta contra el pálido cielo.

No hay arqueros que cuiden las puertas de las murallas. Ni guardias que recorran las calles solitarias. Ningún ladrón se atreve a entrar en los tortuosos pasadizos, ni las mujerzuelas pintarrajeadas sonríen ni hacen señas provocativas desde las sombras. Porque en Yaralet, tanto los bribones como las personas decentes huyen de las sombras de la noche: los ladrones, mendigos, asesinos y las mozas engalanadas buscan refugio en los malolientes tugurios y en las tabernas semiiluminadas. Desde el crepúsculo hasta el alba, Yaralet es una ciudad silenciosa de oscuras calles vacías y desoladas.

No siempre ha sido así. En una época, ésta era una ciudad brillante y próspera de intenso comercio, con tiendas y mercados llenos de gente feliz que vivía bajo la férrea mano de un sátrapa sabio y bondadoso: Munthassem Khan. Él les cobraba impuestos moderados y gobernaba con justicia y piedad, ocupándose de su colección privada de antigüedades y del estudio de esos objetos antiguos que atraían su mente aguda e inquisitiva. Las lentas caravanas de camellos que llegaban por la Puerta del Desierto siempre llevaban, entre los mercaderes, algunos agentes del sátrapa que iban en busca de objetos raros y curiosos que adquirían para el museo privado de su amo.

Luego cambió y una terrible sombra se abatió sobre Yaralet. El sátrapa parecía estar bajo el poderoso influjo de un hechizo maligno. Dejó de ser afable y bondadoso y se convirtió en un ser cruel; de ser generoso pasó a ser avaro y codicioso; ya no era justo y compasivo, sino que se volvió reservado, tiránico y violento.

De pronto los guardias de la ciudad comenzaron a detener a ciudadanos -aristócratas, ricos mercaderes, sacerdotes y magos-que desaparecían en los pozos que se encuentran debajo del palacio del sátrapa y nadie los volvía a ver jamás.

Algunas personas comentaban que una caravana del lejano sur le había traído algo procedente de las demoníacas tierras de Estigia. Pocos pudieron verlo y uno de ellos dijo temblando que ese objeto tenía tallados unos jeroglíficos extraños e indescifrables similares a los que hay en las polvorientas tumbas de Estigia. Parece ser que ese objeto hechizó con un influjo maligno al sátrapa y le otorgó asombrosos poderes de magia negra. Fuerzas ignotas le protegían de los desesperados patriotas que intentaban asesinarlo. En las ventanas de una elevada torre de su palacio brillaban extrañas luces de color púrpura y allí -murmuraba la gente- había convertido una habitación vacía en un siniestro templo dedicado a un dios oscuro y sangriento.

Por la noche, el terror invadía las calles de Yaralet como invocado desde el reino de la muerte por alguna fuerza impresionante e infernal.

Nadie sabía exactamente qué es lo que temían por la noche. Pero no era una fantasía vana aquello de lo que se protegían atrancando puertas y cerrando ventanas. Algunos aludían a ciertas figuras furtivas, semejantes a murciélagos que veían a través de las ventanas cerradas... Hablaban de sombríos engendros de un horror desconocido que revoloteaba trayendo la locura. Se contaban historias de puertas destrozadas por la noche, de gritos y alaridos repentinos y sobrenaturales lanzados por gargantas humanas... seguidos de un silencio significativo y total. Y osaban contar que al salir el sol esas casas de puertas rotas aparecían repentina e inexplicablemente vacías.

El objeto procedente de Estigia era la Mano de Nergal. -Esa Mano -dijo Atalis con suavidad- tiene el aspecto de una garra tallada en marfil antiguo lleno de extraños jeroglíficos grabados en una lengua olvidada. Las garras sostienen una esfera de cristal opaco y oscuro. Yo sé que el sátrapa tiene ese objeto, pues lo he visto allí -agregó señalando el cristal-. Porque aunque yo no sea un mago, he aprendido algunas Artes Oscuras.

-¿Y qué sabes de esa Mano? -preguntó Conan moviéndose inquieto en su asiento.

-¿Qué sé de ella? ¡Oh, sí! Hay libros antiguos que la mencionan -dijo Atalis con una sonrisa forzada-, y hablan de la oscura leyenda de su historia sangrienta. El adivino ciego que escribió el Libro de Suelos la conocía muy bien... La llamaban estremecidos la Mano de Nergal. Dicen que cayó de las estrellas en las islas del poniente en el extremo occidental muchos milenios antes de que el rey Kull reuniera los Siete Imperios bajo su estandarte. ¡Pasaron muchísimos siglos desde que los primeros pescadores pictos extrajeron la Mano de las profundidades del océano y contemplaron maravillados sus sombríos reflejos! Ellos la vendieron a unos codiciosos mercaderes de Atlantis, y desde allí llegó a oriente después de cruzar todo el mundo. Los ancianos y barbudos magos de la antigua Thule y del oscuro Grondar sondearon sus misterios en las torres de color púrpura y plata. Los hombres-serpiente de la sombría Valusia escrutaron su reluciente interior. Con esa Mano Kom-Massot subyugó a los Treinta Reyes hasta que ésta se volvió contra él y le dio muerte. Porque el Libro de Skelos dice que la Mano otorga dos dones a quien la posee: primero, un poder sin límites, y luego la muerte inexorable.

Se oía la voz serena del filósofo en la silenciosa habitación, pero el guerrero de negra cabellera creyó oír, como en sueños, el apagado eco de carros de combate, el sonido metálico del acero, el grito de reyes atormentados ahogados por el estrépito de imperios que se desmoronaban...

-Cuando todo el mundo antiguo fue destruido por el Cataclismo y el verde mar inundó con sus agitadas aguas las destrozadas torres de la perdida Atlantis y cuando las naciones se hundieron convirtiéndose en una ruina ensangrentada, los hombres ignoraban la existencia de la Mano. Durante tres mil años estuvo abandonada y no ejerció su poder, pero cuando despertaron y emergieron lentamente del marasmo de la barbarie los jóvenes reinos de Moth y de Ofir, el talismán volvió a ser encontrado. Los oscuros reyes-brujos de Aquerón sondearon sus misterios y secretos y cuando los codiciosos hiborios pusieron a ese reino cruel bajo su yugo, la Mano pasó al sur, a la polvorienta Estigia, donde los sangrientos y perversos sacerdotes de esa oscura tierra la utilizaron para sus terribles propósitos en ritos de los que no me atrevo a hablar. Cuando uno de los hechiceros de tez morena fue asesinado, la Mano fue enterrada con él y su poder volvió a apagarse durante siglos..., pero hace poco unos ladrones de tumbas volvieron a desenterrar la Mano de Nergal, que cayó en poder de Munthassem Khan. La tentación del poder absoluto y total inherente a todos los hombres le ha corrompido como a muchos otros que habían caído antes que él bajo el nefasto influjo de su hechizo. Y ahora temo, cimmerio, porque todas estas tierras están bajo el poder de la Mano del Demonio y las fuerzas de las tinieblas rondan por la tierra una vez más...

La voz de Atalis se desvaneció hasta convertirse en un susurro, y Conan dijo irritado y molesto:

-Bueno..., pero, por Crom, ¿qué tengo yo que ver con todo eso?

-¡Tú eres el único que puede destruir la influencia maligna que ejerce el talismán sobre la mente del sátrapa!

-¿Cómo? -preguntó Conan con los ardientes ojos azules muy abiertos.

-Tú eres el único que posee el amuleto capaz de neutralizar la influencia de ese talismán.

-¿Yo? ¡Estás loco...; yo no me ocupo de amuletos ni de basuras mágicas semejantes!

Atalis le hizo callar con un movimiento de la mano.

-¿Acaso no has encontrado un extraño objeto de oro antes de la batalla? -le preguntó con suavidad. Conan le miró sorprendido.

-Sí, lo encontré en Bahari anoche, cuando estábamos en el campamento... -repuso metiendo la mano en su bolsa y extrayendo la pulida y reluciente piedra.

El filósofo y el príncipe se miraron conteniendo la respiración.

-¡El Corazón de Tammuz! ¡Sí, el mismísimo antitalismán!

Tenía forma de corazón y el tamaño de un puño de niño; estaba hecha de ámbar dorado o tal vez de un jade amarillo poco corriente. Allí estaba, en la mano del cimmerio, brillando con un tenue fulgor, y éste recordó con un escalofrío de espanto cómo el intenso calor curativo y estremecedor de la piedra había expulsado de su cuerpo el frío sobrenatural que le había provocado la extraña figura sombría con alas de murciélago.

-¡Ven, Conan! Te acompañaremos. Hay un pasadizo secreto que va directamente de esta habitación al salón del sátrapa; se trata de un túnel subterráneo semejante a aquel por el que mi esclava Hildico te condujo bajo las calles de la ciudad hasta llegar a mi casa. Tú, protegido por el Corazón, debes dar muerte a Munthassem Khan, o destruir la Mano de Nergal. No hay ningún peligro, porque él se encuentra en un letargo mágico en el que cae cada vez que necesita invocar a las Sombras de Nergal, como ha hecho esta noche para aniquilar al ejército turanio del rey Yildiz. ¡Vamos!

Conan se acercó a la mesa y bebió hasta la última gota de vino. Luego, encogiéndose de hombros, lanzó un juramento en voz baja invocando a Crom, y fue tras el filósofo cojo y el príncipe esbelto hacia una oscura puerta que había detrás de un tapiz.

Cuando se hubieron marchado, la habitación quedó vacía y silenciosa como una tumba, y esta quietud sólo era interrumpida por las vacilantes luces del interior del cristal verde que estaba junto al sillón. En su interior podía ver la pequeña figura de Munthassem Khan durmiendo drogado en su imponente salón.

6. El Corazón de Tammuz

Avanzaron por un oscuro pasadizo interminable. Del cielo raso del túnel excavado en la roca goteaba agua y de vez en cuando los ojos rojos de las ratas los miraban centelleantes desde el suelo, y luego los pequeños animales se alejaban corriendo de los extraños seres que invadían sus dominios subterráneos con chillidos irritados.

Atalis iba primero tanteando con su mano sana las húmedas y desparejas paredes de la caverna.

-Yo nunca te habría asignado esta tarea, mi joven amigo -susurró-. Pero el Corazón de Tammuz ha caído en tus manos y veo en ello una señal del destino, un presagio. Existe una armonía de los contrarios, como la fuerza del Poder de las Tinieblas simbolizadas por «Nergal» y el Poder de la Luz que llamamos «Tammuz». El Corazón ha despertado y alguna fuerza desconocida por nosotros hizo que fuera encontrado, porque la Mano también estaba despierta y ejercía su temible poder. Por ello te encomiendo esta tarea, porque los Poderes parecen haberte elegido para esto... ¡Silencio! Ya estamos debajo del palacio. Casi hemos llegado...

Avanzó unos pasos y palpó con gesto delicado la tosca superficie de la roca que estaba al final del pasadizo. La enorme piedra giró silenciosamente a un lado sobre goznes ocultos y la luz iluminó a los tres hombres.

Se encontraban en el extremo de un enorme salón lleno de sombras cuyo elevado techo abovedado se perdía en la oscuridad. En el centro de la sala, que estaba vacía con excepción de varias filas de enormes columnas, había un estrado cuadrado y encima de él había un imponente trono de mármol negro, y sobre el trono se hallaba... Munthassem Khan.

Era un hombre de mediana edad, pero estaba deteriorado y demacrado, y era muy delgado. Era blanco como el papel, su piel tenía aspecto enfermizo y estaba arrugada sobre un cráneo que parecía una calavera, en el que se veían unos ojos hundidos oscurecidos por unos círculos negros. Estaba tumbado sobre el trono y sostenía una vara de marfil que parecía un cetro apretado contra el pecho. Su extremo tenía la forma de la garra de un demonio que sostenía un cristal opaco que latía como un corazón vivo y emitía pequeños destellos. Junto al trono, un brasero de cobre despedía un incienso con efectos narcóticos; se trataba del loto del sueño cuyos vapores otorgaban al brujo el poder de liberar los sombríos demonios de Nergal. Atalis tiró del brazo de Conan y le dijo:

-¡Mira, todavía duerme! El Corazón te protegerá. ¡Quítale la Mano de marfil y todo su poder habrá desaparecido!

Conan asintió con un gruñido reticente y comenzó a avanzar con la espada en la mano. Había algo en todo esto que no le gustaba nada. Parecía demasiado fácil...

-¡Ah, señores, os estaba esperando!

Munthassem Khan les sonrió desde su trono y ellos se quedaron paralizados de asombro. Su rostro era afable, pero en sus ojos mórbidos llameaba una furia demencial. Levantó el cetro de marfil que le otorgaba poderes, hizo un ademán...

Las luces titilaron misteriosamente. Y de pronto, el vidente lanzó un grito aterrador. Sus músculos se contrajeron en un espasmo de dolor insoportable y cayó hacia adelante sobre las losas de mármol, retorciéndose de dolor.

-¡Por Crom!

El príncipe Than desenvainó su espadín, pero un nuevo ademán de la Mano mágica lo detuvo. Sus ojos se volvieron inexpresivos y parecían muertos. Un sudor frío le cubrió el pálido rostro. Lanzó un alarido y cayó de rodillas, arañándose frenéticamente la cara mientras le atravesaban punzadas de un dolor enceguecedor por el cerebro.

-¡Y ahora tú, mi joven bárbaro!

Conan dio un salto con la rapidez de una pantera y antes de que Munthassem Khan atinara a moverse se encontraba en el primer peldaño del estrado. Su espada brilló en el aire, se tambaleó y cayó de sus manos inertes. Una ola helada que provenía de la turbia gema que había dentro de la garra de marfil entumecía sus brazos y piernas. Conan se quedó sin aliento.

La mirada ardiente se clavó en los ojos del bárbaro. El rostro cadavérico lanzó un espantoso remedo de risa.

-¡El Corazón protege, es verdad...! ¡Pero sólo a quien sabe cómo invocar su poder! -dijo el sátrapa riendo mientras Conan luchaba por infundir nuevas fuerzas a sus yertos miembros.

Conan apretó los dientes y luchó denodadamente contra la onda gélida y la fétida oscuridad que surgía en forma de rayos negros del cristal demoníaco y que obnubilaba poco a poco su mente. Sus fuerzas lo abandonaban de la misma manera que el vino se derrama por la raja de un pellejo. Cayó de rodillas y se desplomó a los pies del estrado. Sintió que su consciencia quedaba reducida a un diminuto y solitario punto luminoso perdido en un vasto abismo de oscuridad. La última chispa de voluntad vaciló como la llama de una vela en un vendaval. Desesperanzado, pero manteniendo la fiera e indomable decisión de su raza salvaje, Conan siguió luchando...

7. El Corazón y la Mano

Se oyó un grito de mujer. Munthassem Khan saltó de su asiento al oír aquel sonido inesperado. Su atención se desvió de Conan y, en ese breve instante, la figura blanca y esbelta de una muchacha desnuda con brillantes ojos oscuros y un torrente de rizos negros cruzó rápidamente el salón desde las sombras de una columna situada a un lado del desvalido cimmerio.

En medio de la confusión de su mente, Conan alcanzó a verla. ¿Era Hildico?

Rápida como el pensamiento, la muchacha se arrodilló a su lado. Su mano hurgó en la bolsa y extrajo el Corazón de Tammuz. Se puso de pie de un salto ágil y arrojó el antitalismán contra Munthassem Khan.

La piedra le dio justamente entre los ojos con un ruido sordo, pero audible. La mirada del sátrapa se veló y el hechicero se desplomó como si no tuviera huesos en el mullido abrazo de su trono negro. La Mano de Nergal resbaló de sus dedos exangües y sonó contra el suelo de mármol con ruido metálico.

En el preciso instante en que el talismán cayó de la mano del sátrapa, desapareció el hechizo que mantenía a Atalis y al príncipe Than en una telaraña de dolor. Aunque estaban pálidos, temblorosos y exhaustos, seguían vivos. Y la poderosa fuerza de Conan retornó a su cuerpo tendido. Se puso en pie de un salto y lanzó un juramento. Con una mano cogió a Hildico por un hombro y la apartó del posible peligro, mientras con la otra recogía su espada del suelo de mármol. Estaba preparado para el ataque.

Pero se detuvo, parpadeando lleno de asombro. A ambos lados del cuerpo del sátrapa se hallaban los dos talismanes, y de ellos surgían ondas de fuerzas misteriosas.

La Mano de Nergal emitía un oscuro fulgor maligno, como el brillo del ébano pulido. Apestaba como el infierno y era frío como el gélido abismo sideral. Ante su avance sutil, el resplandor naranja de las antorchas se debilitó. El fulgor oscuro aumentó, bordeado de ondulantes tentáculos de radiante oscuridad.

Pero una aureola de gloria dorada daba mayor intensidad al brillo del Corazón de Tammuz, que se elevó formando una nube de un deslumbrante fuego ambarino. Emanaba de él el calor de miles de fuentes cálidas, contrarrestando el frío glacial, y unos rayos de intensa luz dorada cortaban el halo oscuro de Nergal. Las dos fuerzas cósmicas se enfrentaron y lucharon. Conan se alejó reticente de esta batalla de dioses para reunirse con sus temblorosos compañeros. Permaneció junto a ellos observando aterrado el inenarrable conflicto. El cuerpo desnudo de Hildico se acurrucó temblando en el hueco de su brazo.

-¿Cómo llegaste hasta aquí, muchacha? -le preguntó el bárbaro.

-Me desperté, recobré mi consciencia y me dirigí a la habitación de mi señor hallándola vacía -dijo ella con una sonrisa triste y ojos asustados-. En el cristal del vientre de mi amo pude ver vuestra entrada en el salón del sátrapa y vi que éste se despertó y se enfrentó a vosotros. Yo..., yo seguí mirando... y vi que estabais en su poder, y entonces lo arriesgué todo por el Corazón.

-Es una suerte que lo hicieras -reconoció Conan con gesto adusto.

En ese momento Atalis le oprimió el brazo.

-¡Mira!

La nube dorada de Tammuz era ahora una figura gigantesca y deslumbrante que irradiaba un brillo enceguecedor, con forma apenas humana pero de un tamaño imponente, semejante a los colosos tallados en piedra por manos desconocidas en las tierras de Shem.

La oscura figura de Nergal también adquiría dimensiones gigantescas. Ahora se había convertido en una cosa enorme, oscura, brutal, pesada y deforme que se parecía más a un prodigioso simio que a un hombre. En su cabeza bestial centelleaban con un fuego maligno dos ojos rasgados de color verde como estrellas de esmeralda.

Las dos fuerzas se acercaron con un estruendo estremecedor, como el de dos mundos en colisión. Hasta las paredes temblaron ante la violencia del choque. Algún sentido semiolvidado dentro de su cuerpo les dijo a los cuatro presentes que allí se enfrentaban dos fuerzas titánicas y cósmicas. El aire estaba saturado con el amargo hedor del ozono. Grandes chispas de un fuego eléctrico crepitaban y estallaban con furia, mientras el dios dorado y el sombrío demonio medían sus fuerzas.

Rayos de un resplandor insoportable atravesaron la sombría figura que luchaba. Centellas de glorioso brillo la rasgaron convirtiéndola en jirones de vacilante oscuridad. Por un instante, la oscura telaraña envolvió y empañó a la figura dorada y brillante, pero sólo por un momento. Luego se oyó otro trueno como si la tierra estuviera temblando, y la figura negra se disolvió en el abrazo mortal de la figura de brillo enceguecedor, y desapareció sin dejar rastro. Por un momento la figura luminosa se cernió sobre el estrado y lo consumió como si fuera una pira funeraria, y en seguida desapareció también.

Luego reinó el silencio en la impresionante sala de Munthassem Khan. Los dos talismanes habían desaparecido del estrado; nadie supo si quedaron reducidos a minúsculos átomos por la violencia de las fuerzas cósmicas allí liberadas, o si fueron transportados a algún lugar remoto en espera de que volvieran a ser despertados los seres que simbolizaban y contenían.

¿Y el cuerpo que se encontraba sobre el estrado? Nada quedaba de él, salvo un puñado de cenizas.

-El corazón siempre es más fuerte que la mano -dijo Atalis con suavidad, en medio de un silencio total.

Conan puso las riendas al negro corcel con mano dura pero maestra. El animal tembló, impaciente por partir, y sus cascos resonaron en el empedrado. El muchacho sonrió y el entusiasmo del bárbaro pareció contagiar a la soberbia yegua. Un amplio manto de seda color escarlata caía de sus anchos hombros, y su cota de malla plateada brilló a la luz del día.

-Entonces, ¿estás decidido a dejarnos, Conan? -preguntó el príncipe Than, resplandeciente con su nuevo atuendo de sátrapa de Yaralet.

-¡Sí! El puesto del sátrapa es demasiado tranquilo, y yo deseo tomar parte en esta nueva ofensiva que el rey Yildiz está lanzando contra las tribus de las montañas. ¡Con una semana de inacción me he hartado de paz! De modo que... ¡adiós, Than; adiós, Atalis!

El bárbaro agitó con fuerza las riendas y la yegua negra salió al galope del patio de la casa del vidente, mientras Atalis y el príncipe le despedían con gesto benigno.

-Es extraño que un mercenario como Conan acepte menos recompensa de la que puede obtener -comentó el nuevo sátrapa-. Le he ofrecido un cofre lleno de oro, que le hubiera bastado para vivir cómodamente el resto de su vida, pero él sólo cogió una pequeña bolsa, el caballo que encontró en el campo de batalla, unas armas y algunos trajes. Dijo que llevar demasiado oro entorpecería su marcha.

Atalis se encogió de hombros y sonrió, señalando el extremo del patio. Una esbelta muchacha brithunia de larga y rizada cabellera apareció en el umbral de la puerta. Se acercó a Conan, que hizo detener a la yegua y se inclinó para hablar con ella. Después de intercambiar algunas palabras, cogió a la moza por la cintura, la levantó y la sentó delante de él en la montura. Ella se sentó de lado, rodeó con sus brazos el fornido torso del cimmerio y apoyó la cabeza en su pecho.

Conan dio media vuelta, agitó sonriendo uno de sus musculosos brazos a modo de despedida y partió con la grácil muchacha aferrada a él.

Atalis se rió en voz baja y dijo:

-Algunos hombres luchan por algo más que por un simple cofre de oro.

La ciudad de las calaveras

Conan permanece al servicio del rey de Turan durante unos dos años, y se conviene en un experto jinete y arquero. Viaja por los inmensos desiertos, montañas y selvas de Hirkania y llega hasta las fronteras de Khitai. Uno de estos viajes lo lleva al fabuloso reino de Meru, una tierra relativamente desconocida que se encuentra entre Vendhia, por el sur, Hirkania al norte al este, y Khitai en el este.

1. Nieve roja

Aullando como lobos, una horda de guerreros achaparrados y de piel oscura atacó a las tropas turanias desde las laderas de los montes Talakmas, donde las colinas se convertían en las vastas y áridas estepas de Hirkania. El ataque se produjo al atardecer. El horizonte occidental aparecía cubierto de banderas de color escarlata, mientras que hacia el sur, el sol ya oculto teñía de rojo la nieve de los picos más altos.

Durante quince días, el destacamento de turanios que hacía de escolta había avanzado por la llanura y, tras vadear las heladas aguas del río Zaporoska, se aventuró cada vez más en las ilimitadas planicies de oriente. Luego, sin la menor señal, llegó el ataque.

Conan sostuvo el cuerpo del teniente Hormaz cuando éste se desplomó del caballo con una flecha de pluma negra clavada en la garganta. Depositó el cadáver en el suelo y lanzando una maldición desenvainó la espada y se unió a sus camaradas para enfrentarse al ataque de la horda vociferante. Durante casi un mes había cabalgado por las polvorientas llanuras hirkanias formando parte del destacamento. Hacía tiempo que se sentía hastiado de la monotonía, y ahora su espíritu bárbaro anhelaba alguna acción violenta para disipar el tedio.

La hoja de su sable chocó con la dorada cimitarra del jinete enemigo más próximo con una fuerza tan aterradora que la espada del otro se quebró cerca de la empuñadura. Enseñando los dientes como un tigre, Conan blandió su espada y de un violento revés atravesó el vientre del pequeño guerrero patizambo. Aullando como un alma en pena en el ardiente suelo del Infierno, su contrincante cayó al suelo tiñendo la nieve de sangre.

Conan, montado a caballo, giró sobre su cintura para detener otra espada con su escudo. Al tiempo que apartaba de un golpe el sable del enemigo, dirigió la punta de su arma directamente al rostro amarillento de ojos rasgados que tenía enfrente, y vio cómo éste se convertía en una mancha roja de carne destrozada.

Ahora los atacantes les llevaban ventaja. Decenas de hombrecillos de tez morena con fantásticas corazas de cuero pintado con laca, con bordes dorados y brillantes piedras preciosas, los asaltaron con demoníaco frenesí. Los arcos vibraban, las lanzas chasqueaban y las espadas trazaban remolinos y sonaban con ruido metálico.

Más allá del cerco de los atacantes, Conan vio a su camarada Juma, un negro gigantesco de Kush, que luchaba a pie porque su caballo había caído bajo una flecha al primer embate. El kushita había perdido su gorro de piel, por lo que quedaba al descubierto el pendiente dorado que colgaba de una de sus orejas y brillaba bajo la pálida luz. Pero le quedaba la lanza, con la que ensartó a tres de sus corpulentos atacantes, a quienes hizo caer de sus monturas, uno tras otro.

Más allá de donde se encontraba Juma, y a la cabeza de la columna de la tropa del rey Yildiz, constituida por sus mejores hombres, el príncipe Ardashir, comandante del destacamento, daba órdenes con voz tronante, sentado encima de su brioso corcel. Hacía avanzar y retroceder a su caballo para mantenerse entre el enemigo y la litera tirada por caballos en la que iba Zosara, la hija de Yildiz. La tropa escoltaba a la princesa, que se dirigía al lugar de boda con Kujula, el Gran Khan de los nómadas kuigar.

En el momento en que Conan lo estaba mirando, vio que el príncipe Ardashir se llevó una mano al pecho cubierto de un manto de pieles. Como por arte de magia, una flecha negra parecía haber brotado súbitamente de la colla de su armadura enjoyada. El príncipe hizo un gesto para arrancar la flecha y luego, rígido como una estatua, se desplomó del caballo y su casco incrustado de joyas cayó sobre la nieve manchada de sangre.

A continuación Conan estuvo demasiado ocupado para ver lo que sucedía a su alrededor, exceptuando a sus vociferantes enemigos que atacaban dando alaridos. Aunque aún era joven, el cimmerio ya medía casi dos metros de altura, por lo que los morenos atacantes parecían enanos a su lado. Mientras daban vueltas estrechando el círculo a su alrededor, parecían una manada de sabuesos tratando de abatir a un majestuoso tigre.

La batalla continuaba en la ladera de la colina, y los soldados parecían hojas muertas que se arremolinaban por el impulso de una ráfaga otoñal. Los caballos golpeaban el suelo con sus patas, se encabritaban y relinchaban; los hombres acuchillaban, maldecían y gritaban. Aquí y allá se veía a dos hombres que se habían bajado de los caballos y continuaban la batalla a pie. Los cadáveres de hombres y caballos yacían en el barro removido y sobre la nieve pisoteada.

Conan sintió que un rojo velo de furia le nublaba la vista y blandió su espada curva con energía incontenible. Habría preferido una de esas espadas rectas de occidente, a las que estaba más habituado. Pero a pesar de ello, desde los primeros momentos de la batalla, hizo estragos con aquella espada. En su mano rápida como la luz, la brillante hoja de acero dibujaba una reluciente telaraña de muerte a su alrededor. Al menos nueve hombrecillos vestidos de cuero se habían aventurado en ese círculo y habían caído de sus caballos decapitados o con las entrañas al aire. Mientras luchaba, el fornido cimmerio entonaba el salvaje cántico de guerra de su primitiva tribu, pero pronto se dio cuenta de que necesitaba hasta el último aliento, pues la batalla aumentaba en intensidad.

Tan sólo siete meses antes, Conan había sido el único sobreviviente de la malograda expedición de castigo que el rey Yildiz enviara contra Munthassem Khan, un sátrapa rebelde del norte de Turan. Con la ayuda de la magia negra, el sátrapa había aniquilado a las fuerzas enviadas para luchar contra él. Él creía haber matado a todo el ejército hostil, desde el noble general Bakra de Akif, hasta el último de los soldados mercenarios de a pie. Únicamente había sobrevivido el joven bárbaro, que consiguió entrar en la ciudad de Yaralet, sojuzgada bajo el yugo del hechicero loco, y volvió la maldición contra Munthassem Khan.

Al regresar triunfante de Aghrapur, la resplandeciente capital turania, Conan recibió como recompensa un puesto en la guardia de honor. Al principio tuvo que soportar las burlas de sus compañeros de armas por su torpeza como jinete y su mediocre manejo del arco. Pero las bromas pronto cesaron cuando los demás guardias se dieron cuenta de que era preferible no provocar las iras de Conan ni sus poderosos puños como martillos, y a medida que su destreza como jinete y como arquero aumentó con la práctica.

Ahora Conan comenzaba a preguntarse si esta expedición podría considerarse realmente como una recompensa. El ligero escudo de cuero que sostenía en su brazo izquierdo estaba hecho una ruina, por lo que tuvo que desecharlo. En ese momento una flecha se hundió en el anca del caballo. El animal lanzó un fuerte relincho, bajó la cabeza y se levantó en dos patas; Conan salió despedido hacia adelante, y el caballo se desbocó y desapareció.

Golpeado y maltrecho, el cimmerio se levantó a duras penas y continuó luchando a pie. Las cimitarras de sus enemigos desgarraron su manto y abrieron algunas brechas en su cota de malla y en el jubón de cuero que llevaba debajo, y Conan comenzó a sangrar por una decena de heridas superficiales.

Pero el bárbaro continuó luchando, enseñando los dientes en una sonrisa implacable, con los ojos lanzando destellos volcánicos de color azul, la cara congestionada y su negra melena al viento. Uno a uno fueron cayendo sus compañeros hasta que quedaron solamente él y el gigante negro Juma. El kushita daba alaridos salvajes mientras blandía el extremo roto de su lanza como si fuera una maza.

Entonces algo que le pareció un martillo se alzó en medio de la roja bruma de furia enloquecida que nublaba la mente de Conan, y un pesado mandoble lo golpeó en la cabeza., abollando su casco puntiagudo y aplastando el metal contra su sien. Sus rodillas se doblaron y cedieron. Lo último que oyó fue el grito agudo y desesperado de la princesa cuando los achaparrados y sonrientes guerreros la tiraron de su palanquín y la arrojaron a la nieve teñida de rojo que cubría la ladera de la montaña. En seguida Conan cayó de bruces y perdió el conocimiento.

2. La Copa de los Dioses

Un millar de demonios rojos golpeaban la cabeza de Conan con martillos y su cráneo resonaba como si fuera un yunque al rojo vivo. Cuando fue saliendo de su inconsciencia, el cimmerio se encontró apoyado en el poderoso hombro de su camarada Juma, que sonrió al ver que recobraba el sentido y lo ayudó a ponerse en pie. Aunque le dolía terriblemente la cabeza, Conan notó que tenía fuerzas suficientes para mantenerse erguido. Luego miró desconcertado a su alrededor.

Solamente él, Juma y la princesa habían sobrevivido. Todos los demás -incluyendo a la doncella de Zosara, muerta por una flecha- se habían convertido en alimento de los feroces lobos grises de la etapa hirkania. Se encontraban en la ladera norte de los montes Talakmas, varias leguas al sur del campo de batalla. Los rodeaban unos robustos guerreros de tez morena vestidos de cuero, muchos de ellos cubiertos con vendajes. Conan notó que tenía las muñecas sujetas con grilletes de los que colgaban macizas cadenas de hierro. La princesa, que llevaba pantalones y un abrigo de seda, también estaba esposada, pero sus cadenas y grilletes eran mucho más ligeros y parecían estar hechos de plata maciza.

Juma también estaba encadenado, y en él se centraba mayormente la atención de sus captores. Éstos se amontonaban alrededor del kushita, le tocaban la piel y luego se miraban los dedos para ver si se despintaba. Uno incluso humedeció un trozo de tela en la nieve y luego lo frotó en el dorso de la mano de Juma. El kushita los miraba y sonreía.

-Jamás deben de haber visto a un negro -le dijo a Conan.

El comandante de las tropas vencedoras dio una orden y sus hombres montaron en sus caballos. La princesa fue devuelta a su litera. El comandante dijo a Conan y a Juma, en lengua hirkania mal hablada:

-¡Vosotros dos! ¡Caminad!

Así lo hicieron, con las lanzas de los azweri -que era como se llamaban sus captores- hostigándoles con frecuentes pinchazos en la espalda. La litera de la princesa se balanceaba entre dos caballos en el centro de la columna. Conan observó que el comandante de los azweri trataba a Zosara con respeto, y ella no parecía estar herida. El jefe no se mostraba rencoroso contra Conan y Juma por los estragos que habían causado en sus filas.

-¡Sois unos magníficos guerreros! -exclamó con una sonrisa.

Pero por otro lado, no dio a los prisioneros la menor posibilidad de escapar ni les permitió que quedaran rezagados para que no entorpecieran el avance de su compañía. Los obligaba a caminar a paso vivo desde poco antes del amanecer hasta después de la puesta del sol, y ante cualquier pausa respondían con

un pinchazo de lanza. Conan apretó las mandíbulas y decidió obedecer, de momento.

Siguieron avanzando durante dos días por un tortuoso camino que cruzaba el centro de la cordillera. Atravesaron pasos donde los pies se hundían profundamente en la nieve que todavía no se había fundido. Allí se hacía más difícil respirar a causa de la altitud. Algunas tormentas repentinas azotaban sus andrajosas vestimentas y lanzaban grandes copos de nieve y granizo contra sus rostros. Los dientes de Juma castañeteaban. Al negro le resultaba mucho más difícil soportar el frío que a Conan, que había sido criado en un clima nórdico.

Finalmente llegaron a la ladera sur de los montes Talakmas y ante ellos se desplegaba un paisaje fantástico: un extenso valle verde que desaparecía ondulando delante de sus ojos. Era como si estuviera en el borde de un enorme plato. Debajo de ellos, unas pequeñas nubes cubrían grandes extensiones de una selva densa y verde. En medio de esta selva se veía un enorme lago o mar interior que reflejaba el azul del cielo claro y brillante.

Más allá, todo era verde hasta que la extensión se perdía en una bruma distante de color violeta. Encima se alzaba el poderoso macizo de los montes Himelias, cuyas cimas se recortaban contra el cielo azul, a cientos de leguas hacia el sur.

-¿Qué valle es éste? -preguntó Conan al oficial.

-Meru -respondió el jefe-. Los hombres también le llaman la Copa de los Dioses.

-¿Nos dirigimos hacia allí?

-Sí. Vais a la gran ciudad de Shamballah.

-¿Para qué?

-Eso lo ha de decidir rimpocbe, el dios-rey.

-¿Quién es?

-Jalung Thongpa, el Terror de los Hombres y la Sombra del Cielo. Tú avanza, perro de piel blanca. No es momento de hablar.

Conan lanzó un profundo gruñido cuando la punta de la lanza le hizo apurar el paso, y juró en su interior que algún día le enseñaría a ese dios-rey lo que era el terror. Se preguntó cómo le sentaría a aquella divinidad medio metro de acero en sus entrañas... Pero ese momento feliz sólo existía en el futuro.

Continuaron descendiendo hacia el prodigioso valle. El aire se hacía más cálido y la vegetación más densa. Al finalizar el día, se encontraban caminando por una tierra de selvas lujuriosas y bosques pantanosos que bordeaban el camino con densas masas de color verde oscuro salpicadas de árboles en flor de colores brillantes. Los monos parloteaban en los árboles. Los insectos zumbaban y picaban. Las serpientes y los lagartos se arrastraban a medida que el grupo se acercaba por el camino.

Era la primera vez que Conan veía una selva tropical, y no le gustó. Los insectos le molestaban y el sudor cubría todo su cuerpo. Juma, sin embargo, sonreía mientras respiraba hondo y llenaba sus enormes pulmones de aire cálido.

-Es como mi tierra —declaró.

Conan miraba en silencio impresionado por el fantástico paisaje de la verde selva y de los húmedos pantanos. Comenzaba a creer que este imponente valle de Meru era realmente la morada de los dioses, donde habían vivido desde la creación del mundo. Jamás había visto árboles parecidos a aquellas colosales cicadáceas y secoyas, que parecían llegar hasta el cielo. Se preguntó cómo era posible que semejante selva tropical estuviera rodeada de montañas eternamente cubiertas de nieve.

En determinado momento un tigre cruzó en silencio por delante de ellos; era un animal monstruoso de casi tres metros de largo con colmillos que parecían dagas. La princesa Zosara, que lo vio desde su litera, lanzó un grito. Hubo una pequeña conmoción entre los azweri mientras preparaban sus armas. El tigre, que aparentemente consideró que el grupo era demasiado grande para él, se escabulló hacia el interior de la selva tan sigilosamente como había aparecido.

Más tarde, la tierra tembló con un extraño galope. Una enorme bestia irrumpió desde los matorrales lanzando un fuerte bufido y se detuvo en el camino. Era gris y de formas redondeadas, semejante a un enorme peñasco; parecía un inmenso cerdo con la piel cayéndole en pliegues por los costados. De su hocico sobresalía un cuerno grueso y curvado de casi medio metro de largo. La bestia se detuvo para observar la cabalgata con ojillos de cerdo y aire estúpido y luego, después de lanzar otro bufido, se internó entre la maleza.

-Es el nariz-cuerno -dijo Juma-. También los hay en Kush.

La selva se transformaba en una amplia extensión de costas que bordeaban el lago azul o mar interior que Conan había visto desde las alturas. Durante algún tiempo siguieron por las márgenes de aquella masa de agua desconocida, que los azweri llamaban Sumeru Tso. Finalmente, del otro lado de la bahía, divisaron las murallas, cúpulas y agujas de las torres de una ciudad construida en piedra rosácea, que se alzaba en medio de campos y caminos, entre la selva y el mar.

-¡Shamballah! -exclamó el comandante de los azweri. Como un solo hombre, los captores bajaron de los caballos, se arrodillaron y tocaron la húmeda tierra con la frente, mientras Conan y Juma se miraron extrañados.

-¡Aquí viven los dioses! -dijo el jefe-. Caminad deprisa ahora. Si hacéis que nos retrasemos, ellos os desollarán vivos. ¡Rápido! ¡Daos prisa!



3- La ciudad de las calaveras

Las puertas de la ciudad eran de bronce antiguo cubierto con una capa verdosa que había formado el tiempo; tenían el aspecto de una gigantesca calavera humana con cuernos. Unas ventanas cuadradas y protegidas por barrotes que había encima del portal constituían las cuencas de los ojos, y un poco más abajo había rejas en forma de rastrillo que semejaban los dientes sonrientes de unas mandíbulas resecas. El jefe de los pequeños guerreros hizo sonar su trompeta de bronce, el rastrillo se alzó y la caravana entró en la ciudad desconocida.

Allí todo estaba construido y tallado en piedra rosácea. La arquitectura era barroca, llena de esculturas y frisos en los que destacaban en relieve demonios, monstruos y dioses de muchos brazos. Había rostros gigantescos de piedra rojiza que miraban hacia abajo desde los lados de las torres, que terminaban en afiladas agujas.

A dondequiera que mirara, Conan veía tallas en forma de calaveras humanas por todas partes. Estaban esculpidas en los dinteles de las puertas; colgaban de las cadenas de oro sujetas en torno al cuello amarillo-cobrizo de los meruvios, cuyo único atuendo, tanto para hombres como para mujeres, era una corta faldilla. Aparecían en los escudos de los guardias que se encontraban en las puertas y en la parte delantera de sus cascos de bronce.

El grupo siguió avanzando por las amplias avenidas perfectamente planificadas de aquella fantástica ciudad. Los semidesnudos meruvios les abrían paso lanzando breves miradas curiosas a los dos fornidos prisioneros y a la litera de caballos en la que viajaba la princesa. Entre la multitud de ciudadanos de pecho desnudo se veía, como sombras de color carmesí, a unos sacerdotes de cabeza rapada y cubiertos de la cabeza a los pies con amplias túnicas de una diáfana tela roja.

Delante de ellos, entre las plantaciones de árboles cubiertos de flores de color escarlata, azul y dorado, se alzaba el palacio del dios-rey. Tenía la forma de un cono gigantesco o de una aguja que surgía de una base plana y circular. Construida enteramente en piedra roja, la redondeada pared de la torre ascendía en espiral como un extraño caracol cónico. En cada una de las piedras del parapeto de forma espiralada había una calavera humana esculpida. El palacio daba la impresión de ser una gigantesca torre construida con cabezas de muertos. Zosara apenas pudo reprimir un estremecimiento al contemplar estos siniestros ornamentos, y hasta Conan apretó los dientes con gesto hosco.

Entraron por otra puerta en forma de calavera, y de allí fueron pasando por macizas paredes de piedra y por enormes habitaciones hasta llegar al salón del trono del dios-rey. Los azweri, manchados y sucios del polvo del camino, iban detrás, en tanto que una pareja de guardias dorados, armados con alabardas ornadas, cogieron a cada uno de los prisioneros del brazo y los condujeron hasta el trono.

El trono se hallaba sobre un estrado de mármol negro y estaba hecho de una enorme pieza de jade pálido, esculpido con tallas formando sartas y cadenas de calaveras entrelazadas creando diseños fantásticos. Sobre este sillón macabro de color verde pálido estaba sentado el monarca semidivino que había hecho llevar a los prisioneros a aquel mundo desconocido.

A pesar de la seriedad de la situación, Conan no pudo reprimir una sonrisa. Porque el rimpoche Jalung Thongpa era un hombre bajo y gordito, patizambo, que sentado apenas llegaba al suelo. Su enorme vientre estaba cubierto por un fajín de tela dorada, lleno de piedras preciosas. En sus brazos desnudos, gruesos y fofos había una docena de brazaletes de oro y sus dedos rechonchos estaban cubiertos por numerosos anillos relucientes.

La cabeza calva que coronaba su cuerpo deforme era terriblemente fea, con papadas fofas y labios que colgaban dejando entrever unos dientes torcidos y amarillentos. Ceñía su frente una especie de casco puntiagudo, una especie de corona de oro macizo e incrustada de rubíes. La cabeza del hombrecillo parecía doblarse a causa de su peso.

Conan miró de cerca al dios-rey y pudo apreciar que Jalung Thongpa era deforme de una manera muy singular. Un lado de su rostro era muy distinto del otro. La piel floja colgaba del hueso y tenía un ojo inexpresivo y velado, mientras que el otro brillaba con una expresión de inteligencia maligna.

El ojo bueno del rimpoche se clavó en Zosara, ignorando a los dos gigantescos guerreros que la acompañaban. Junto al trono había un hombre alto y demacrado que vestía la túnica escarlata de los sacerdotes meruvios. Debajo de su cráneo afeitado unos ojos fríos y verdes observaban la escena con fría indiferencia. El dios-rey se volvió hacia él y le dijo algo en voz aguda y chillona. Por las pocas palabras en lengua meruvia que Conan había logrado aprender de los azweri, el bárbaro dedujo que el sacerdote alto era el hechicero mayor del rey, o sea, Tanzong Tengri, el gran chamán.

Conan también adivinó, por lo que pudo captar de la conversación, que, mediante su magia, el chamán había previsto la llegada de la caravana que escoltaba a la princesa Zosara hasta el país de su futuro esposo Kuigar, y había transmitido su visión al dios-rey. Dominado por una vulgar y humana lujuria al ver a la esbelta muchacha turania, Jalung Thongpa había enviado a la tropa de jinetes azweri para que la trajeran a su harén.

Eso era todo lo que Conan deseaba saber. Durante siete días, desde el momento de la captura, lo habían empujado, molestado y hostigado. Había caminado sin parar y, después de mucho aguantar, estaba a punto de estallar.

Los dos guardias que lo flanqueaban miraban hacia el trono con profundo respeto, con los ojos bajos, y prestaban toda su atención al rimpoche, que en cualquier momento podía dar una orden. Conan movió un poco las cadenas que rodeaban sus muñecas. Eran demasiado gruesas para romperlas por la fuerza; ya lo había intentado en los primeros días de su cautiverio y había fracasado.

Entonces acercó ambas muñecas sin hacer ruido, de modo que las cadenas colgasen hacia abajo formando una especie de lazo de medio metro. Luego giró y movió súbitamente los brazos hacia arriba por encima de la cabeza del guardia que tenía a su izquierda. Los eslabones de la cadena, actuando a modo de látigo, dieron al guardia en pleno rostro y lo enviaron trastabillando hacia atrás, sangrando por la nariz rota.

Ante el primer movimiento violento de Conan, el otro guardia se volvió hacia él y bajó la punta de su alabarda en posición de alerta. Pero Conan la inmovilizó con la cadena y de un tirón lo dejó desarmado.

Con otro golpe de la cadena hizo retroceder a un tercer guardia, que se apretaba la boca por la que escupía sangre y dientes rotos. Los pies de Conan estaban encadenados demasiado juntos para permitirle dar un paso normal, pero saltó desde el suelo hacia el estrado con los pies juntos, como un sapo. En dos de estos grotescos brincos, Conan se encontró encima del estrado y apretó con sus manos el grueso cuello del pequeño dios-rey sentado encima del montón de cráneos. El rimpoche lo miró con el ojo bueno desorbitado por el terror y su cara se puso azul debido a la presión de los dedos de Conan sobre su tráquea.

Algunos guardias y cortesanos corrieron de un lado a otro gritando de pánico, y otros se quedaron paralizados de espanto al ver que aquel gigantesco extranjero osaba poner sus violentas manos encima de la divinidad.

-¡Un solo movimiento hacia mí y liquido a este sapo gordo! —dijo Conan con un gruñido.

El gran chamán era el único que no había dado muestras de pánico ni de sorpresa cuando el harapiento muchacho atacó como un remolino de furia. Hablando en perfecto hirkanio, preguntó:

-¿Qué deseas, bárbaro?

-¡Libertad a la muchacha y al negro! Entregadnos caballos y abandonaremos vuestro maldito valle para siempre. ¡Si os negáis o tratáis de engañarnos, dejaré a vuestro pequeño rey reducido a una pulpa!

El chamán asintió con la cabeza que parecía una calavera. Sus ojos verdes eran fríos como el hielo y su cara parecía una máscara de piel estirada de color azafrán. Con gesto imperioso, alzó su tallada vara de ébano.

-Liberad a la princesa Zosara y al cautivo de piel negra -ordenó con absoluta serenidad.

Los siervos pálidos y temerosos se apresuraron a cumplir la orden. Juma lanzó un gruñido de satisfacción frotándose las muñecas. A su lado, la princesa temblaba. Conan empujó el fláccido cuerpo del rey delante de él y se dispuso a bajar del estrado.

-¡Conan! -gritó Juma-. ¡Cuidado!

El cimmerio giró en redondo, pero era demasiado tarde. El gran chamán actuó con la rapidez de una cobra que se dispone a atacar. Cuando Conan estaba en el borde del estrado, el sacerdote le dio un golpecito con su vara de ébano y rozó su hombro, donde asomaba la piel a través de los jirones de su túnica harapienta. Conan no pudo hacer nada. Un profundo sopor le inundó el cuerpo, como el veneno de una víbora. Se le nubló la mente, su cabeza cayó apoyada sobre el pecho y se desplomó. El pequeño dios-rey, medio asfixiado, se liberó de su férrea mano.

Lo último que oyó Conan fue el rugido del negro cuando era dominado por una multitud de hombres de cuerpos cobrizos que se abalanzaron al unísono sobre él.

4. El barco de sangre

La atmósfera viciada y quieta de la mazmorra era demasiado cálida y apestaba. El hedor procedía principalmente de los cuerpos apretujados y sudorosos. Unos veinte hombres desnudos se hacinaban en el asqueroso agujero rodeados de enormes bloques de piedra de varias toneladas de peso. La mayoría de los prisioneros eran meruvios bajos y de tez morena, que yacían tendidos en el suelo con gesto apático. También había algunos rollizos guerreros azweri de ojos rasgados que cuidaban el valle sagrado, un par de hirkanios de nariz aguileña, Conan el cimmerio y su gigantesco camarada negro, Juma. Cuando la varita del gran chamán lo dejó inconsciente y los demás guardias hubieron dominado al poderoso Juma, el furioso dios-rey ordenó que pagaran su delito con la pena mayor.

Pero en Shamballah la pena mayor no era la muerte, que según la creencia meruvia sólo liberaba el alma para su próxima reencarnación. La esclavitud era considerada como algo mucho peor, ya que despojaba al hombre de la característica humana esencial: su individualidad. Por ello fueron condenados sumariamente a la esclavitud.

Al pensar en ello, Conan lanzó un gruñido y sus ojos brillaron amenazadores. Notando su irritación, Juma, que estaba encadenado junto a él, rió entre dientes. Conan fulminó con la mirada a su compañero, pues a veces el humor del gigante lo exasperaba. Para un cimmerio nacido libre, no había peor castigo que la esclavitud.

Por el contrario, para los kushitas, la esclavitud no era nada nuevo. Los negreros habían arrebatado a Juma de los brazos de su madre cuando era un niño, y lo llevaron arrastrándose desde la densas selvas de Kush hasta los mercados de Shem. Durante algún tiempo Juma trabajó en el campo, en una granja shemita. Y luego, al iniciarse su impresionante desarrollo físico, fue vendido como aprendiz de gladiador en el coliseo de Argos.

Por su victoria durante los juegos que celebraban el triunfo del rey Milo de Argos sobre el rey Ferdruga de Zíngara, le concedieron la libertad. Vivió algún tiempo en diversos países hi-bóreos dedicado al robo y a otras actividades semejantes. Más tarde se dirigió al este y llegó a Turan, donde su gran estatura y su destreza en el combate le sirvieron para conseguir un puesto entre los mercenarios del rey Yildiz.

Allí conoció al joven Conan y se hicieron amigos por ser los hombres más altos de la tropa y por provenir de tierras muy lejanas, además de ser los únicos miembros de sus respectivas razas en aquel país. Su amistad los había llevado ahora a las mazmorras de Shamballah, y no tardaría en conducirlos a la indignidad más absoluta: la del mercado de esclavos. Allí serían expuestos desnudos bajo el sol, y los posibles compradores los palparían y examinarían mientras el mercader elogiaba su fuerza.

Los días transcurrían lentamente, como serpientes heridas que arrastran penosamente su cola por el polvo. Conan, Juma y los demás presos dormían, y sólo despertaban para recibir los platos de nauseabundo arroz que les entregaban sus guardianes. Se pasaban el tiempo dormitando y peleando lánguidamente.

Conan tenía curiosidad por saber algo más acerca de aquellos meruvios, ya que en sus viajes jamás había encontrado individuos de esa raza. Éstos habitaban en el valle oculto como hicieran sus antepasados desde la noche de los tiempos. Nunca tuvieron contacto con el exterior, ni lo deseaban.

El cimmerio se hizo amigo de un meruvio llamado Tashudang, de quien aprendió algunas palabras de su musical lenguaje. Cuando le preguntó por qué llamaban dios a su rey, Tashudang respondió que el monarca tenía diez mil años de edad y que su espíritu se había encarnado en diferentes cuerpos en cada una de sus vidas. Conan se mostró escéptico al respecto, pues conocía las mentiras que contaban los reyes de otros países acerca de sí mismos, pero se reservó prudentemente su opinión. Cuando Tashudang se quejó con resignación de la opresión que ejercían el rey y sus chamanes, Conan le preguntó:

-¿Por qué no os unís tú y tus compatriotas y arrojáis a esa pandilla al lago Sumeru Tso, y luego os gobernáis vosotros mismos? Eso es lo que habríamos hecho en mi tierra, si alguno de los nuestros hubiera intentado tiranizarnos.

Tashudang le miró asombrado.

-¡No sabes lo que dices, extranjero! -repuso-. Hace muchos siglos, según cuentan los sacerdotes, esta tierra era mucho más alta de lo que es ahora. Se extendía desde la cima de los montes Himelias hasta la de los montes Talakmas como una altiplanicie ilimitada cubierta de nieve y azotada por vientos gélidos. Lo llamaban el Techo del Mundo.

«Entonces Yama, el rey de los demonios, decidió crear este valle para que nosotros, su pueblo elegido, habitásemos en él. Mediante un poderoso hechizo hizo que se hundiera la tierra. El suelo se estremeció bajo el fragor de miles de truenos, la roca fundida surgió de las entrañas de la tierra, se hundieron las montañas y se incendiaron los bosques. Cuando todo hubo concluido, el valle se encontraba entre las colinas, como ahora. Puesto que ya eran tierras bajas, el clima se volvió cálido y crecieron plantas y se criaron animales de tierras templadas. Luego Yama creó a los primeros meruvios y los colocó en el valle para que vivieran siempre en él. Y convirtió a los chamanes en jefes y guías espirituales de nuestro pueblo.

»En ocasiones, los chamanes olvidan sus deberes y nos tiranizan, como vulgares hombres codiciosos. Pero seguimos obedeciendo la orden de Yama de respetar a los sacerdotes. Si no lo hiciéramos, el hechizo de Yama desaparecería y esta tierra volvería a las alturas, a las cumbres de las montañas, y se convertiría en una estepa helada. Así pues, aunque nos opriman, nunca osaremos rebelarnos contra los chamanes.

-Bueno —dijo Conan-, si ese pequeño y asqueroso sapo es la idea que vosotros tenéis de lo que es un dios...

-¡Oh, no! -exclamó Tashudang con los ojos desorbitados por el miedo-. ¡Eso no! ¡Él es sólo el hijo del gran dios Yama, y cuando conjura a su padre, el dios viene!

Tashudang escondió su rostro entre las manos y Conan no pudo sacarle más palabras ese día.

Los meruvios eran una raza extraña. Tenían una lasitud de espíritu, un fatalismo apático que les hacía agachar la cabeza ante todo lo que ocurría como si estuviera predestinado por sus crueles y misteriosos dioses. Creían que cualquier resistencia ante el destino sería castigada, si no en seguida, en la próxima reencarnación.

No era fácil obtener información de ellos, pero el cimmerio siguió preguntándoles incansablemente. En primer lugar, eso le ayudaba a pasar los días interminables, y por otro lado, no pensaba permanecer esclavo durante mucho tiempo, por lo que toda información que pudiera obtener acerca del oculto reino y de sus habitantes sería de gran valor cuando él y Juma intentaran volver a la vida libre. Por último, Conan sabía lo importante que era dominar un poco la lengua local. Aunque no era estudioso por naturaleza, el bárbaro aprendía a hablar con los extranjeros con facilidad. Ya se expresaba con cierta soltura en algunas de las principales lenguas, y sabía leer y escribir en varias de ellas.

Finalmente llegó el día fatídico en que los capataces vestidos de cuero negro se acercaron a los esclavos a grandes zancadas y los hicieron salir de la mazmorra a latigazos.

-¡Ahora veremos el precio que van a pagar los príncipes de la Tierra Sagrada por vuestro torpe esqueleto, cerdos extranjeros!

-dijo uno de ellos, que dejó una enorme marca en la espalda de Conan con su látigo.

Los rayos del sol quemaban la piel del bárbaro como si fueran flechas de fuego. Después de haber estado tanto tiempo en la oscuridad, la luz del día era una tortura insoportable. Después de la subasta los condujeron hasta la cubierta de una gran galera que estaba amarrada junto al gran embarcadero de Shamballah. Conan apartó la cabeza del sol y lanzó una maldición entre dientes. Ésa era, pues, la suerte que le esperaba: remar hasta morir.

-¡Bajad a la bodega, perros! -ordenó el capataz del barco, golpeando a Conan-. ¡Sólo los hijos de Yama pueden estar en cubierta!

Sin pensarlo dos veces, el bárbaro se puso en acción. Lanzó un fuerte puñetazo contra el enorme vientre del capataz y cuando el aire comenzó a silbar en sus pulmones, el cimmerio le dio otro golpe en la mandíbula, que lo dejó tendido en la cubierta. Juma gritaba lleno de gozo detrás de Conan, luchando por unirse a éste.

El comandante de la nave dio una orden y en un momento las puntas de una decena de alabardas, empuñadas por pequeños y fornidos marinos meruvios, se alzaron contra el cimmerio. Conan se quedó inmóvil en medio de aquel círculo de acero, mientras sus labios lanzaban un gruñido amenazador. Finalmente logró dominar su ira, pues se dio cuenta de que cualquier movimiento podría costarle la vida.

Hizo falta un cubo de agua fría para reanimar al capataz. Éste se puso en pie con dificultad, resoplando como una morsa, mientras el agua corría por su rostro empapando su rala barba negra. Observó a Conan con una furia demencial, luego sus ojos se enfriaron y le miró con expresión venenosa.

El oficial comenzó a dar una orden a los marinos:

-¡Matad a ese...!

Pero el capataz lo interrumpió diciendo:

-No, no lo matéis. La muerte sería un castigo demasiado benigno para este maldito. Yo haré que me suplique que lo liberemos de sus sufrimientos.

-¿Y bien, Gorthangpo? -dijo el oficial.

El capataz echó una mirada hacia el sótano de los remeros, en el que se hacinaban unos cien hombres desnudos, de piel renegrida. Estaban delgadísimos y exangües, y en sus espaldas dobladas se veían las marcas de miles de latigazos. El barco tenía un largo banco de remeros a cada lado. Algunos iban encadenados de dos en dos a los remos, y otros de a tres, según su corpulencia y sus fuerzas. Gorthangpo señaló un banco del centro, sobre el que se hallaban inclinados tres viejos canosos y esqueléticos.

-¡Encadenadlo a ese remo! -dijo Gorthangpo—. ¡Estos cadáveres vivientes están acabados y ya no nos sirven! El extranjero necesita ejercitar un poco los brazos, y doy fe de que podrá hacerlo. ¡Y como no siga el ritmo, le abriré la espalda hasta la medula!

Mientras Conan observaba impasible, los marinos soltaron las cadenas que unían a los ancianos al remo. Los tres gritaron aterrados cuando fueron arrojados por la borda. Cayeron al agua ruidosamente y se hundieron sin dejar ni rastro, salvo las burbujas que ascendían a la superficie.

Conan fue encadenado a ese remo, y tendría que remar por los tres. Mientras lo sujetaban al sucio banco, el capataz le miró con gesto hosco y dijo:

-Vamos a ver cómo manejas el remo, muchacho. Tendrás que remar y remar hasta que se te rompa la espalda... y después un poco más. Y cada vez que aflojes, te recordaré cuál es tu tarea de este modo.

El capataz alzó el brazo, desenrolló el látigo y después golpeó al cimmerio cortando el aire con un silbido. El dolor era semejante al de un hierro al rojo vivo sobre la carne, pero Conan no movió ni un músculo, como si no sintiera nada; tal era su férrea voluntad.

Gorthangpo lanzó un gruñido y el látigo volvió a chasquear. Esta vez una de las comisuras de la boca del bárbaro se estremeció, pero él siguió mirando fijamente hacia el vacío. Luego hubo un tercer latigazo, y un cuarto. La frente de Conan estaba cubierta de sudor, que resbalaba hasta sus ojos, y su espalda sangraba. Pero no emitió ni un solo quejido.

-¡Ánimo! -le susurró Juma por detrás.

Entonces se oyó una orden desde el puente. El capitán quería zarpar. El capataz abandonó a regañadientes su propósito de destrozar a latigazos la espalda del bárbaro.

Los marinos desamarraron las cuerdas que sujetaban el barco al muelle. A popa de los bancos de remeros, pero a la misma altura y a la sombra de la pasarela que se hallaba encima de los esclavos, se encontraba un meruvio desnudo sentado detrás de un gran timbal. Cuando la nave se hubo alejado del muelle, el meruvio alzó un mazo de madera y comenzó a golpear en el timbal. A cada golpe, los condenados se inclinaban sobre el remo, luego se ponían de pie, enderezaban la espalda y se dejaban caer hacia atrás de modo que su propio peso los echara nuevamente sobre los bancos. Después se volvían a agachar y repetían la operación. Conan se adaptó en seguida al ritmo, al igual que Juma, que estaba encadenado al remo que había detrás.

El bárbaro jamás había estado en un barco. Mientras impulsaba el remo, miró fijamente a su alrededor y vio a los indiferentes galeotes con las espaldas llenas de cicatrices que hacían grandes esfuerzos sobre los hediondos bancos, cubiertos con sus propios excrementos. La galera era baja en el centro, donde se encontraban los esclavos; allí la borda estaba muy cerca del agua. Era más alta en la proa, donde se hallaban los marinos, y también en la popa, en la que se encontraban las habitaciones de los oficiales. Había un solo mástil en la parte central. La verga de la única vela triangular, así como la vela misma, estaba sobre la pasarela, por encima de los remeros.

Cuando el barco se hubo alejado del puerto, los marinos desataron la vela y la izaron tirando de las drizas mientras entonaban una canción de mar. La vela roja y dorada se abrió ascendiendo poco a poco. Puesto que el viento era suficiente para impulsar la nave, se dio un respiro a los galeotes.

Conan notó que toda la galera estaba construida con una madera de color rojo oscuro. Al mirar con los ojos entrecerrados, tuvo la impresión de que la nave había sido sumergida en sangre. Entonces oyó el chasquido de un látigo encima de él, mientras el capataz gritaba:

-¡Más rápido, perro holgazán!

Otro latigazo cruzó los hombros de Conan.

Es un barco de sangre -pensó para sus adentros-, de sangre de esclavos.



5. La luna de los villanos

Durante siete días Conan y Juma sudaron sobre los enormes remos de la galera roja, que hacían avanzar la nave por las costas del mar interior de Sumeru Tso, fondeando por la noche en cada una de las siete ciudades sagradas de Meru: Shondakor, Thogara, Auzakia, Issedon, Paliana, Throana y finalmente, después de haber dado una vuelta completa al mar, nuevamente a Shamballah. Aunque ambos hombres eran fuertes, no pasó mucho tiempo hasta que la incesante actividad les llevó al borde del agotamiento. Les dolían los músculos y se sentían incapaces de hacer más esfuerzos. Sin embargo, el incansable timbal y el sibilante látigo los hacían seguir.

Una vez al día los marinos subían cubos de agua fría y salada por la borda y con ella mojaban a los exhaustos esclavos. Y una vez al día, cuando el sol se hallaba en el cenit, les daban un plato de arroz y una jarra de agua. Por la noche dormían sobre los remos. Aquella rutina invariable y bestial socavaba la voluntad de los remeros y obnubilaba su mente, convirtiéndolos en autómatas sin alma.

Aquello hubiera acabado con la voluntad de cualquier hombre, menos con la del cimmerio. El joven no cedió ante el golpe abrumador del destino, como ocurría con los apáticos meruvios. El agotador esfuerzo con los remos, el tratamiento brutal, la indignidad de los bancos hediondos, en lugar de disminuir la fortaleza de Conan, contribuían a alentar el fuego que ardía en su interior.

Cuando la nave hubo llegado nuevamente a Shamballah y echó el ancla en el gran puerto, Conan había alcanzado el límite de su paciencia. La noche era oscura y apacible. La luna nueva, como una fina cimitarra plateada, estaba muy baja en el horizonte y emitía un tenue fulgor. Estaba a punto de ocultarse. En los países occidentales la llamaban «luna de villanos», porque los asaltantes de caminos elegían esas noches para sus actividades, así como los asesinos y los ladrones. Inclinados sobre sus bancos, y aparentemente dormidos, Conan y Juma hablaban con los esclavos meruvios acerca de una posible evasión.

En la galera, los pies de los esclavos no estaban encadenados, pero tenían las muñecas sujetas por grilletes unidos por una cadena, y ésta estaba fijada al remo por un anillo. Aunque el anillo resbalaba libremente a lo largo del remo, se detenía en el extremo exterior por un tope, y en el otro por una abrazadera de plomo. Conan había comprobado la resistencia de la cadena y de los grilletes, pero no pudo hacer nada a pesar de su tremenda fuerza, que había aumentado en aquellos siete días de remar sin descanso. De todos modos, hacía planes de rebelión con los demás.

-Si conseguimos atraer a Gorthangpo a nuestro nivel -dijo con un susurro tenso-, podremos destrozarlo con uñas y dientes. Él tiene en su poder las llaves de nuestros grilletes; mientras los abrimos, los marinos nos matarán a algunos de nosotros, pero una vez libres, puesto que los superamos en número en la proporción de cinco o seis contra uno...

-¡No hables de eso! -murmuró el meruvio que estaba más cerca de él-. ¡Ni siquiera pienses en ello!

-¿Acaso no estás interesado? -inquirió Conan asombrado.

-¡No! El mero hecho de hablar de tal violencia me estremece hasta los huesos.

-A mí me ocurre lo mismo —dijo otro-. Los sufrimientos que padecemos nos han sido enviados por los dioses como justo castigo por algún daño que hicimos en una vida anterior. Luchar contra ello no sólo sería inútil, sino una terrible blasfemia. Te ruego, bárbaro, que ceses tu sacrílega conversación y te sometas humildemente a tu destino.

Tal actitud iba muy en contra del temperamento del cimmerio, y tampoco Juma era un hombre que se inclinara dócilmente ante los embates del destino. Pero los meruvios no querían escuchar sus argumentos. Hasta el mismo Tashudang, locuaz y afable en comparación con los demás, le rogó al bárbaro que no hiciera nada que pudiera encolerizar a Gorthangpo, el capataz, para que no atrajese sobre ellos un castigo de los dioses peor que el que habían recibido.

Los argumentos del cimmerio se vieron interrumpidos por el chasquido de un látigo. Al oír el murmullo de la conversación, Gorthangpo se acercó por la pasarela en la oscuridad. De las breves palabras que escuchó, dedujo que se estaba fraguando un motín. Su látigo golpeó con un silbido la espalda de Conan.

El cimmerio había llegado al límite de lo que podía soportar. Dio un salto felino y cogió el extremo del látigo del capataz quitándoselo de las manos. Gorthangpo lanzó un grito para prevenir a los marinos.

Conan todavía no sabía cómo podría liberar el anillo de hierro de su remo. En medio de su desesperación, tuvo una idea. La construcción del remo limitaba el movimiento vertical del guión a una altura de menos de tres metros por encima de la cubierta sobre la que se encontraba. Empujó el remo cuanto pudo hacia arriba, se subió al banco e, inclinándose, tiró con todas sus fuerzas del guión. Se oyó un fuerte crujido y el remo se partió en dos. El bárbaro extrajo rápidamente el anillo del remo, que le podría servir de arma, pues era del tamaño de un hombre, con una cabeza de plomo muy pesada en su extremo.

El primer golpe le dio al asustado capataz en un lado de la cabeza. Su cráneo estalló como un melón, esparciendo una lluvia de sangre y de sesos desmenuzados por el suelo. Luego Conan saltó a la pasarela para enfrentarse con los marinos. Más abajo, en sus bancos, los cobrizos meruvios se acurrucaban rezando en voz baja quejumbrosas plegarias a sus dioses malignos. Sólo Juma imitó al cimmerio, rompió el remo y liberó el anillo.

Los marinos también eran meruvios, lánguidos y fatalistas como los demás. Jamás se habían tenido que enfrentar a un motín de los galeotes; no creían que eso fuera posible. Y contaban mucho menos aún con tener que hacer frente a un joven y fornido gigante armado con una enorme maza. A pesar de ello acudieron con bastante valentía, si bien el tamaño de la pasarela no les permitía acercarse a Conan más que de dos en dos.

Conan alzó nuevamente su arma aterradora, y del primer golpe salió despedido un marino contra los bancos con el brazo roto. El segundo lanzó a otro a un rincón con el cráneo deshecho. Alguien acercó una alabarda amenazadora al pecho del bárbaro, y éste hizo saltar el arma de las manos de quien la sostenía y con el siguiente mazazo lanzó a dos soldados a la vez fuera de la pasarela. El de la alabarda tenía las costillas rotas y el otro cayó empujado por su propio compañero.

En ese momento subió Juma. El torso negro y desnudo del kushita relucía como ébano brillante bajo la tenue luz. Agitaba el remo contra los meruvios como si fuera un alfanje. Los marinos, incapaces de contener a aquel par de gigantes, echaron a correr para ponerse a salvo en el puente de popa, donde los oficiales, que se habían despertado con el alboroto, daban órdenes en medio del desconcierto general.

El cimmerio se inclinó sobre el cadáver de Gorthangpo y buscó las llaves. Extrajo rápidamente la que servía para todos los grilletes y abrió el suyo, haciendo en seguida lo mismo con el de Juma.

Entonces se oyó el silbido de una flecha, que fue a clavarse en un mástil por encima de la cabeza de Conan. Los dos gigantes decidieron no proseguir aquella lucha. Bajaron de la pasarela, cruzaron entre las filas de galeotes y, saltando sobre la borda, desaparecieron en las oscuras aguas del puerto de Shamballah. Los marinos lanzaron algunas flechas más sobre ellos, pero a la tenue luz de la luna los arqueros no podían hacer otra cosa que disparar al azar.

6. El túnel de la muerte

Los dos hombres desnudos salieron empapados del agua y miraron cautelosamente a su alrededor en la semioscuridad. Tenían la sensación de haber nadado durante horas, y esperaban encontrar la forma de entrar en la ciudad de Shamballah sin ser vistos. Finalmente hallaron la salida de una de las alcantarillas de la antigua ciudad de piedra. Juma aún llevaba consigo un trozo de remo que había usado para luchar contra los marinos del barco. Conan, sin embargo, había dejado el suyo allí. De cuando en cuando entraban a la cloaca unos rayos de luz de la calle a través de una rejilla que había encima de ellos. Pero la luz era tan tenue que después de dar unos pasos penetraron en una zona de oscuridad total. Así pues, los dos amigos avanzaron por las asquerosas aguas buscando una salida.

A su paso, las enormes ratas chillaban y salían huyendo a toda velocidad. Podían ver sus ojos relucientes en la oscuridad. Uno de estos inmensos roedores mordió a Conan en el tobillo, pero éste cogió al animal, lo aplastó con sus manos y lanzó su cuerpo destrozado encima de las ratas más precavidas. Éstas lanzaron un chillido e inmediatamente comenzaron a pelearse por la presa, mientras Conan y Juma seguían avanzando rápidamente por los sinuosos túneles.

Fue Juma quien encontró el pasadizo secreto. Deslizando una mano por la pared, abrió accidentalmente una aldaba y lanzó un bufido de sorpresa cuando una de las piedras cedió bajo la presión de su mano. Aunque ninguno de los dos sabía hacia dónde conducía el pasadizo, se adentraron en él, porque daba la impresión de que desembocaba en una de las calles que se hallaban encima de ellos.

Finalmente, después de subir durante un breve lapso, llegaron a otra puerta. Anduvieron a tientas en la más absoluta oscuridad hasta que Conan encontró un cerrojo, que abrió. La puerta cedió con un chirrido de goznes herrumbrosos y los dos fugitivos salieron a la calle y se quedaron estupefactos.

Se encontraban en un balcón adornado con estatuas de dioses o demonios de un enorme templo octogonal. Las paredes de la habitación principal se curvaban por encima del balcón formando una cúpula de ocho lados. Conan recordó haber visto una cúpula semejante en alguno de los edificios más pequeños de la ciudad, pero nunca averiguó lo que había en ella.

Abajo, en uno de los lados del suelo octogonal, había una estatua impresionante apoyada sobre una peana de mármol negro, frente a un altar que se encontraba en el centro exacto de la habitación. La estatua dominaba toda la estancia. Tenía unos diez metros de alto, y sus lados estaban a nivel del balcón en el que se encontraban Conan y Juma. Era un ídolo gigante de una piedra verde que parecía jade, aunque nadie había visto jamás un bloque tan enorme de jade. Tenía seis brazos, y sus ojos eran rubíes inmensos.

Frente a la estatua había un trono de calaveras, como el que Conan había visto en el salón del palacio a su llegada a Shamballah, pero más bajo. En el trono estaba sentado el pequeño dios-rey de Meru. Al mirar sucesivamente la cara del ídolo y la del gobernante, Conan creyó ver cierta horrorosa similitud. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se le erizaron los pelos de la nuca ante la posibilidad de que detrás de esta semejanza hubiera secretos cósmicos inimaginables.

El rimpoche estaba realizando un ritual. Los chamanes vestidos con túnicas de color escarlata estaban arrodillados en fila alrededor del trono y del altar, cantando plegarias antiguas y formulando hechizos. Detrás de ellos, contra las paredes de la habitación, había varias filas de meruvios sentados con las piernas cruzadas sobre el suelo de mármol. Por las joyas que llevaban y por su indumentaria lujosa aunque escasa, daba la impresión de que eran los oficiales y nobles del reino. Encima de sus cabezas y alrededor del balcón había unas cien antorchas encendidas colocadas sobre soportes que había en las paredes. En el altar había cuatro candeleros de pie con lámparas de aceite de vacilantes llamas doradas.

Sobre el altar, entre el trono y la imponente estatua se veía el cuerpo blanco, desnudo y esbelto de una joven sujeta al altar por finas cadenas de oro. Era Zosara.

Conan lanzó un gruñido en voz baja. Sus ardientes ojos llamearon con un fuego azul cuando vio las odiosas figuras del rey Jalung Thongpa y de su gran chamán, el sacerdote-hechicero Tanzong Tengri.

-¿Los atacamos? -preguntó Juma con un susurro, enseñando sus blancos dientes en la semioscuridad.

El cimmerio lanzó un gruñido.

Era el festival de la luna nueva, y el dios-rey se estaba casando con la hija del rey de Turan en el altar, ante la estatua de múltiples brazos del Gran Perro de la Muerte y el Horror, Yama el Rey Demonio. La ceremonia se realizaba según los antiguos ritos establecidos en los textos sagrados del Libro del Dios de la Muerte. El divino monarca de Meru estaba recostado en su trono de calaveras esperando plácidamente la consumación pública de sus esponsales con la esbelta muchacha turania de largas piernas, mientras los chamanes vestidos con túnicas de color escarlata recitaban en voz baja las antiguas plegarias.

En ese momento hubo una interrupción. Dos gigantes desnudos cayeron al suelo del templo desde algún lugar misterioso. Uno parecía una figura heroica de bronce que había cobrado vida, y el otro era una enorme amenaza negra cuyo cuerpo poderoso parecía esculpido en ébano. Los chamanes se quedaron paralizados en mitad de su cántico cuando vieron aparecer a estos dos diablos dando alaridos.

Conan cogió uno de los candeleros y lo arrojó sobre los chamanes. Éstos lanzaron gritos de pánico y de dolor cuando vieron que las lámparas se rompían y el llameante aceite incendiaba sus diáfanas túnicas, convirtiendo a los sacerdotes en antorchas vivientes. Hicieron lo mismo con los otros tres candeleros, creando la confusión y quemando todo lo que encontraban.

Juma saltó hacia el estrado en el que se encontraba el rey, que miraba la escena con una mezcla de temor y asombro. El lúgubre y demacrado gran chamán se enfrentó a Juma sobre los escalones de mármol dispuesto a golpearlo con su varita mágica. Pero el gigante negro todavía tenía el fragmento de remo, que lanzó con todas sus fuerzas. La vara de ébano saltó en cientos de pedazos. Un segundo golpe le dio al sacerdote-hechicero en el cuerpo y lo lanzó destrozado y moribundo hacia el caos de chamanes que corrían, gritaban y se quemaban vivos.

Entonces le llegó el turno al rey Jalung Thongpa. Juma se abalanzó con una sonrisa implacable por la escalera y se dirigió hacia el dios-rey que estaba encogido de miedo. Pero Jalung Thongpa ya no se hallaba en el trono, sino que estaba arrodillado frente a la estatua, cantando una plegaria con los brazos levantados.

Conan llegó al altar al mismo tiempo y se inclinó sobre el cuerpo desnudo y tembloroso de la aterrorizada muchacha. Las ligeras cadenas de oro eran suficientemente fuertes para sujetarla, pero no bastante resistentes para la fuerza de Conan. Lanzando un gruñido, apoyó sus pies sobre una de las cadenas y tiró con fuerza, y entonces uno de los eslabones del blando metal se estiró, se abrió y cedió, y lo mismo ocurrió con las otras tres cadenas. Conan cogió a la sollozante princesa en sus brazos y se volvió. En ese momento una sombra cayó sobre él.

El bárbaro miró sobresaltado y recordó lo que le había dicho Tashudang: «Cuando llama a su padre, ¡el dios viene!».

En ese preciso instante comprendió el alcance aterrador que tenían esas palabras. Porque los brazos del gigantesco ídolo de piedra verde se estaban moviendo y se alzaban sobre él bajo la luz vacilante de las antorchas. Los ojos-rubíes le miraron con un brillo inteligente.

7. Cuando el dios verde despierta

A Conan se le pusieron los pelos de punta y sintió que se le helaba la sangre en las venas. Zosara, llorando, apoyó con fuerza su cara en el hombro del cimmerio y se aferró a su cuello. Juma también se quedó helado y puso los ojos en blanco cuando se sintió invadido por un terror supersticioso y ancestral. ¡La estatua estaba viva!

Mientras miraban, incapaces de moverse, la imagen de piedra verde levantó lentamente uno de sus pies con un crujido.

Los ojos de su enorme rostro les miraban desde diez metros de altura. Los seis brazos se movieron bruscamente, articulándose como patas de una gigantesca araña. La cosa se inclinó y siguió avanzando pesadamente; después bajó del altar sobre el que había estado acostada Zosara. Éste crujió y se desmoronó bajo el peso de toneladas de jade viviente.

-¡Por Crom! -dijo Conan casi sin aliento-. ¡Hasta las piedras están vivas y caminan en este lugar de locos! Ven, muchacha -dijo cogiendo a Zosara y bajando de un salto del estrado.

Detrás de él se oía el sonido inquietante del roce de piedra sobre piedra. La estatua se movía.

-¡Juma! -gritó Conan, buscando frenéticamente al kushita.

El negro todavía estaba inmóvil a un lado del trono. Encima de éste, el pequeño dios-rey apuntaba con un arma enorme incrustada de piedras preciosas contra Conan y la muchacha.

-¡Mata, Yama! ¡Mata..., mata..., mata! -gritó.

La cosa de múltiples brazos se detuvo y miró a su alrededor con sus ojos-rubíes hasta que vio a Conan. El cimmerio estaba casi enloquecido por los primitivos y oscuros terrores que había heredado de su pueblo bárbaro. Pero, como sucede con muchos bárbaros, el miedo le dio el valor de luchar contra aquello que temía. Depositó a la muchacha y levantó un banco de mármol. Sus músculos crujieron por el esfuerzo. Luego se adelantó torpemente hacia la enorme estatua viva.

-¡No, Conan! ¡Aléjate! ¡Te está viendo! -gritó Juma.

Conan estaba al lado del pie del monstruo que se acercaba. Las piernas de piedra se alzaban encima de él como columnas de un templo imponente. Con la cara congestionada por el esfuerzo, Conan levantó el pesado banco y lo lanzó sobre la pierna del dios, que se estrelló contra el tobillo de la estatua con un impacto impresionante. El mármol se cubrió de infinitas grietas. Se acercó aún más, volvió a coger el banco y lo arrojó nuevamente contra el tobillo. Esta vez el banco se hizo pedazos, pero

la pierna, aunque algo astillada, no se había dañado. Conan retrocedió cuando vio que la estatua había dado otro paso en dirección a él.

-¡Conan! ¡Cuidado!

El grito de Juma hizo que mirara hacia arriba. El gigante verde se tambaleó. Los ojos de rubíes se clavaron en los suyos. ¡Era extraño mirar a los ojos a un dios vivo! Éstos eran profundos como un abismo; profundidades sombrías en las que se hundía su mirada a través de infinitos eones rojos de un tiempo inimaginable. Y en lo más hondo de esas profundidades cristalinas había una maldad fría e inhumana. La mirada del dios se clavó en sus ojos, y el joven cimmerio se quedó completamente helado. No podía moverse ni pensar...

Juma, aullando con furia y un temor primitivos, giró sobre sí mismo. Vio que las múltiples y poderosas manos de piedra se abalanzaban sobre su amigo, que se quedó mirando al vacío como si estuviera en trance. Si Yama daba un paso atrás, estaría encima de Conan, que se había quedado paralizado.

El negro estaba demasiado lejos para intervenir, pero su frustrada cólera necesitaba un desahogo. Sin pensarlo, levantó al dios-rey, que gritó y pataleó en vano, y lo lanzó hacia su padre infernal.

Jalung Thongpa dio una vuelta en el aire y cayó con un ruido sordo sobre el suelo decorado con mosaicos delante de los pies del ídolo que avanzaba pesadamente. Aturdido por la caída, el pequeño monarca miró a su alrededor con una mirada salvaje, y se puso a gritar en forma aterradora porque vio un gigantesco pie casi encima suyo.

El crujir de huesos rotos resonó en medio del silencio total. El pie del dios se arrastró sobre el mármol dejando una enorme mancha de color carmesí sobre los mosaicos. Con un crujido de cintura, la figura ciclópea se inclinó hacia Conan y en ese momento se detuvo.

Las manos de piedra verde se detuvieron en el aire con los dedos extendidos. La ardiente luz carmesí de sus ojos se apagó. El enorme cuerpo de múltiples brazos y cabeza demoníaca, que hacía un momento era flexible y estaba lleno de vida, se quedó inmóvil.

Quizá la muerte del rey, que había invocado a este espíritu infernal desde las oscuras profundidades de dimensiones innombrables, deshizo el hechizo que unía a Yama con el ídolo. O tal vez la muerte del rey había liberado la voluntad del dios-demonio del dominio de su pariente terrenal. Cualquiera que fuese la

causa, lo cierto es que en el momento en que Jalung Thongpa fue destruido y sólo quedó de él un charco de sangre sobre el mármol, la estatua volvió a convertirse en un bloque de piedra inmóvil y sin vida.

El hechizo que había paralizado la mente de Conan también se deshizo. El muchacho inerme sacudió la cabeza, para despejar la mente y miró a su alrededor. Lo primero que vio fue a la princesa Zosara, que cayó en sus brazos llorando histéricamente. Cuando sus brazos bronceados rodearon el cuerpo delicado de la joven y sintió la suavidad de su cabello negro y sedoso contra su cuello, se encendió un fuego nuevo en sus ojos, y rió lleno de gozo.

Juma vino corriendo desde el otro extremo del templo.

-¡Conan! ¡Nuestros enemigos han muerto y los demás han huido! Debe de haber algunos caballos en las cuadras que hay detrás del templo. ¡Es nuestra oportunidad de abandonar este maldito lugar!

-¡Sí! Por Crom que estaré contento de sacudir el polvo de esta maldita tierra de mis zapatos -dijo el cimmerio con un gruñido, arrancando la túnica del gran chamán y envolviendo a la princesa desnuda con ella.

Luego la tomó en sus brazos y la llevó fuera, sintiendo el calor y la suavidad de su cuerpo joven y grácil contra el suyo.

Una hora más tarde, cuando ya nadie los podía alcanzar, detuvieron sus caballos y examinaron la bifurcación de caminos. Conan miró hacia las estrellas, meditó y dijo:

-¡En esta dirección!

-¿Hacia el norte? -preguntó Juma con el ceño fruncido.

-Sí, a Hirkania -dijo Conan sonriendo-. ¿Has olvidado que todavía tenemos que entregar a esta muchacha a su futuro esposo?

Juma volvió a fruncir el ceño más desconcertado que antes, al ver los blancos y delgados brazos de Zosara alrededor del cuello de su camarada y su pequeña cabeza apoyada contra su recio hombro con una expresión de felicidad en el rostro. ¿A su futuro esposo? El negro movió la cabeza. Jamás entendería a los cimmerios. Pero siguió a Conan haciendo dar vuelta a su caballo en dirección a las imponentes montañas Talakmas que se elevaban como una pared que separaba la extraña tierra de Meru de las estepas de Hirkania barridas por el viento.

Un mes después llegaban al campamento de Kujula, el Gran Khan de los nómadas kuigar. Su aspecto era completamente diferente del que tenían cuando huyeron de Shamballah. En las aldeas de la ladera sur de las montañas Talakmas habían vendido algunos eslabones de las cadenas que todavía colgaban de las muñecas y tobillos de Zosara, y se compraron ropas adecuadas para soportar el clima de las montañas nevadas y las planicies borrascosas. Vestían gorros de piel, abrigos de cordero, pantalones holgados de lana basta y enormes botas.

Cuando entregaron a Zosara a su novio de barba negra, el Khan los agasajó agradecido y les dio una recompensa. Después de las celebraciones, que duraron varios días, les envió a Turan cargados de regalos de oro.

Cuando ya estaban lejos del campamento del Khan Kujula, Juma le dijo a su amigo:

-Era una muchacha magnífica. Me pregunto por qué no te quedaste con ella. Tú también le gustabas. Conan sonrió y dijo:

-Sí, yo le gustaba. Pero todavía no estoy preparado para sentar la cabeza y casarme. Y Zosara será más feliz con las joyas de Kujula y rodeada de suaves almohadones que conmigo, galopando a través de las estepas, pasando calor y frío y perseguido por los lobos o por hostiles guerreros. Además -dijo riendo-, aunque el Gran Khan no lo sabe, su heredero está en camino.

-¿Cómo lo sabes?

-Me lo dijo ella antes de despedirnos.

Juma esbozó una amplia sonrisa y dijo en su lengua natal:

-¡Nunca jamás volveré a menospreciar a un cimmerio!


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