.

.

viernes, 25 de junio de 2010

ADRIAN CONAN DOYLE hijo de SIR ARTHUR CONAN DOYLE -- El caso de los siete relojes

El caso de los siete relojes

Libro escrito por el hijo de Conan Doyle, y un "colaborador" suyo, tras la defuncion de Sir Conan Doyle.

Toda la trama e historia, es a partir de "papeles, notas, no editados, y un monton de borradores, asi como de esbozos de relatos que tenia el padre, para en un momento dado, editar alguna obra".

Aunque en el momento de la edicion, el hijo dio por supuesto, de que tenia mas material, para escribir algun relato mas, la cuestion, es que es el unico libro editado, aunque si es cierto que poseia originales de su padre; lo demas, es especulacion, a lo que sir Arthur Doyle, tenia a la prensa acostumbrados por aquella epoca.

-

Adrian Conan Doyle y John Dickson Carr


-


-

Encuentro anotado en mi libro de apuntes que fue en la tarde del miércoles 16 de noviembre de 1887, cuando la atención de mi amigo Mr. Sherlock Holmes fue atraída por el singular hombre que odiaba a los relojes.

He escrito en alguna parte que solamente oí un vago relato del asunto pues ocurrió poco después de mi boda. En realidad, en mi aseveración había ido tan lejos como para precisar que mi primera visita, después de mi boda, a Holmes, fue en marzo del año siguiente. Pero el caso en cuestión era tan extremadamente delicado, que confío que mis lectores sabrán excusar que fuera suprimido por una pluma que se guió siempre por la discreción antes que por el sensacionalismo.

Pocas semanas después de mi boda, mi esposa tuvo que abandonar Londres para un asunto que concernía a Taddeus Soltó y afectaba vitalmente a nuestro futuro destino. Resultándome insoportable nuestro hogar sin su presencia volví por ocho días a las antiguas habitaciones de la Calle Baker. Sherlock Holmes me recibió cordialmente, sin formular comentarios o preguntas. No obstante debo confesar que al siguiente día, que era el 16 de noviembre, comenzó bajo malos auspicios.

Hacía un tiempo desagradable, y helado por demás. Durante toda la mañana, la pardiamarillenta niebla se apelotonó contra las ventanas. Ardían las lámparas y los reverberos de gas, así como un buen fuego en la chimenea, y su resplandor se expandía sobre la mesa de la que, pasado ya el mediodía, aún no había sido retirado el servicio del desayuno.

Sherlock Holmes se hallaba pensativo y distraído. Retrepado en su sillón, arropado en un batín de color de piel de topo y con una pipa de madera de cerezo en la boca, hojeaba los periódicos de la mañana haciendo de cuanto en cuanto un comentario irónico.


—¿Encuentra usted pocos asuntos de interés? le pregunté.


—Mi querido Watson —respondió—, comienzo a temer que la vida se ha convertido en una rasa y monótona llanura, desde el caso del famoso Blessington.


—Sin embargo —repliqué—, éste ha sido un año de casos memorables. Se halla usted sobrestimulado, mi querido compañero.


—¡Palabra, Watson, que no es usted precisamente el hombre más indicado para predicar sobre el tema! Anoche, después que me aventurara a ofrecerle una botella de Beaune en la cena, sostuvo usted tan denotadamente la tesis sobre las alegrías que proporciona el himeneo, que temí no debiera usted haberlo contraído.


—¡Querido compañero! ¿Quiere usted decir que me hallaba sobrestimulado por el vino?

Mi amigo me miró de manera singular.


—No por el vino quizá —dijo—. Sin embargo... –e indicó los diarios—. ¿Ha echado usted una ojeada sobre la jeringonza con que la prensa nos regala?


—Temo que no. Este artículo del British Medical Journal...


—¡Bien, bien!, —dijo—. Aquí hallamos columna tras columna dedicada a la próxima temporada de carreras. Por alguna razón parece asombrar perpetuamente al público inglés el que un caballo pueda correr mas velozmente que otro. De nuevo, y por undécima vez, tenemos a los nihilistas fraguando alguna negra conspiración contra el Gran Duque Alexei, en Odesa. Un artículo de fondo está consagrado por entero a la indudablemente aguda cuestión: “¿Deben casarse los dependientes del comercio?”


Me abstuve de interrumpirlo, para no aguijonear su mordacidad.


—¿Dónde está el crimen Watson? ¿Dónde esta la fantasía, dónde ese toque de lo outré* sin el cual un problema en sí es como arena y hierba seca? ¿Acaso los hemos perdido para siempre?


—¡Escuche! —dije de pronto—. ¿No ha sonado la campanilla?


—Y se trata de alguien que por cierto lleva prisa a juzgar por el clamor.


Al unísono nos dirigimos a la ventana y miramos a la Calle Baker. La niebla habíase levantado en parte. Junto a la cera de nuestra puerta, se hallaba parado un elegante carruaje. En aquel preciso instante, un cochero de sombrero de copa y librea, estaba cerrando la portezuela, en cuyo lustroso panel aparecía distintamente una “M” dorada. Desde abajo nos llegó el murmullo de voces, seguido por rápidos y ligeros pasos en la escalera interior, y la puerta de nuestra sala se abrió de par en par.

Creo que ambos nos sorprendimos al ver que nuestra visitante era una joven damita; digamos más bien una muchacha, pues apenas contaría unos dieciocho años; y raras veces había yo visto reunido en un rostro juvenil tanta hermosura y gentileza, así como sensibilidad. Su abundante cabello rojizo había sido confinado bajo un sombrerito, y sobre su vestido de viaje llevaba puesto un chaquetón granate, adornado con tiras de astracán. En una de sus enguantadas manos sostenía un maletín de viaje con las iniciales “C.F.”, en una especie de marbete. Su otra mano se hallaba posada sobre el pecho, como oprimiendo su corazón.


—¡Oh, por favor...! ¡Perdonen, por favor, esta intrusión!

—rogó con entrecortada aunque suave y melodiosa voz—. ¿Quién de ustedes, se lo ruego, es Mr. Sherlock Holmes?


Mi compañero inclinó la cabeza.


—Yo soy Mr. Holmes. Este es mi amigo y colega el doctor Watson.


—¡Gracias a Dios que lo he encontrado en casa! El objeto de mi visita...


Pero la recién llegada no pudo continuar. Balbució algo, un intenso rubor se extendió sobre su rostro, y bajó los ojos. Suavemente, Sherlock Holmes tomó el maletín de viajes de sus manos y empujó un sillón hacia la chimenea.


—Le ruego que tome asiento, señora y se sosiegue —dijo, dejando a un lado su pipa.


—Se lo agradezco, Mr. Holmes —respondió la joven, encogiéndose en el sillón y lanzándole a mi amigo una mirada de gratitud—. Se dice, señor, que puede usted leer en el corazón humano...


—¡Hum! Para el lirismo, temo que tenga usted que dirigirse a Watson.


—...Qué puede usted leer los secretos de sus clientes, y hasta lo que los trae donde usted, incluso antes de que aquellos, hayan dicho una sola palabra.


—Sobreestiman mis facultades —respondió Holmes—. Aparte de los hechos obvios de que usted es una dama de compañía, de que apenas ha viajado, aunque regresó recientemente de una estancia en Suiza y de que el asunto que aquí la trae concierne a un hombre que ha ganado su afecto, no puedo decir nada.


La joven damita se sobresaltó visiblemente, y yo mismo quedé desconcertado.


—¡Holmes! —no pude menos de exclamar—. ¡Esto es demasiado! ¿Cómo le ha sido posible saberlo?


—¡Sí! ¿De qué manera? —dijo como en un eco la damita desconocida.


—Lo he visto. Lo he observado. El maletín de viaje, aunque dista de ser nuevo, no aparece gastado ni estropeado por los viajes. Por lo demás, no necesita insultar su inteligencia, Watson, llamándole la atención sobre la etiqueta del “Hotel Splendide”, de Grindelwald, Suiza, pegada con goma en una de las esquinas del maletín.


—Pero, ¿y los otros detalles? —insistí.


—El atavío de la señorita, aunque de gusto impecable, no es ni nuevo ni suntuoso. Sin embargo, ha parado en el mejor hotel de Grindelwald y ha venido aquí en un coche de categoría. Puesto que sus propias iniciales “C.F.”, no concuerdan con la “M” inscrita en el carruaje, podemos suponerla desempeñando un puesto de confianza en casa de alguna familia acomodada. Su juventud hace desechar la suposición de que se trata de un ama de llaves, y así nos inclinamos por lo de señorita de compañía. Y en cuanto al hombre que se ha ganado su afecto, sus rubores y la expresión de sus ojos lo proclaman bien a las claras. ¡Absurdo! ¿No es así?


—¡Pero si todo esto es verdad, Mr. Holmes! —exclamó nuestra visitante apretándose las manos en evidente muestra de la más profunda agitación—. Me llamo Celia Forsythe, y por el espacio de más de un año he sido señorita de compañía de Lady Mayo, de Groxton Low Hall, en el condado de Surrey. Charles...


—¿Charles? ¿Ese es el nombre del caballero en cuestión?


Miss Forsythe asintió con un ademán de cabeza, pero sin alzar la vista.


—Si vacilaba en hablar de él –continuó—, fue porque temía que se rieran ustedes de mí. Lamentaría que me creyeran loca, o, aún peor, que pensaran que el pobre Charles lo está.


—¿Y por qué habíamos de creerlo así, Miss Forsythe?


—Mr. Holmes... ¡es que Charles no puede soportar la vista de un reloj!


—¿De un reloj?

—En la pasada quincena señor, y sin razón explicable, ha destruido siete relojes. ¡Dos de ellos en público y ante mis propios ojos!


Sherlock Holmes se restregó sus flacos dedos.


—Vamos —dijo—. Esto es muy satis... muy curioso. Continúe, por favor, su relato.


—Me desespera el hacerlo, Mr. Holmes, aunque voy a intentarlo. Durante el pasado año, fui muy feliz con mi empleo en casa de Lady Mayo. Debo decirle que mis padres fallecieron, pero que recibí una esmerada educación y las referencias que pude obtener para ocupar la plaza vacante, fueron afortunadamente satisfactorias. Lady Mayo, he de reconocerlo, es en cierto modo de apariencia repelente. Es de la vieja escuela, augusta y severa. Sin embargo, para mí ha sido la amabilidad personificada. Fue ella quien sugirió que tomásemos las vacaciones en Suiza, temiendo que el aislamiento de Groxton Low Hall pudiera deprimirme el ánimo.

En el tren, entre París y Grindelwald, conocimos... a Charles. Debiera decir Mr. Charles Hendon.

Holmes se había retrepado de nuevo en el sillón, juntando las yemas de sus dedos, según era su hábito cuando se hallaba de talante judicial.


—¿Fue esta la primera vez que encontró al caballero?


—¡Oh, sí!


—Ya veo. ¿Y cómo trabaron conocimiento?


—Pues de una manera trivial. Mr. Holmes. Estábamos los tres solos en un compartimiento de primera clase. Los modales de Charles eran tan correctos, su voz tan bella, su sonrisa tan cautivadora...


—No lo dudo pero le ruego que sea precisa en los detalles.


Miss Forsythe abrió de par en par sus grandes ojos azules.


—Creo que fue la ventanilla —dijo—. Charles (debo decirles a usted que tiene unos ojos notables y un poblado bigote color castaño), se inclinó y solicitó de Lady Mayo el permiso para bajar la ventanilla. Ella asintió, y a los pocos momentos nos hallábamos todos charlando como antiguos amigos.


—¡Hum! Ya veo.

—Lady Mayo, a su vez, me presentó a Charles. El viaje a Grindelwald transcurrió rápida y felizmente. Pero no bien hubimos traspasado el umbral del “Hotel Splendide”, cuando ocurrió el primero de los horribles sobresaltos que han hecho desgraciada mi vida desde entonces... A pesar de su nombre, el hotel es más bien pequeño y encantador. Al instante supe que Mr. Hendon era un hombre de alguna importancia, aunque él se había descrito modestamente como un simple caballero que viajaba con sólo un criado. El gerente del hotel, Mr. Branger, se aproximó y se inclinó profundamente ante Lady Mayo y también ante Mr. Hendon. Este cruzó algunas palabras en voz baja con Mr. Branger, quien volvió a repetir la profunda reverencia. Con lo cual Charles se volvió sonriente... y de súbito se alteró toda su compostura...

Aún lo estoy viendo allí de pie, con su larga casaca y su sombrero de copa, y con un grueso bastón de paseo bajo el brazo. Su espalda estaba vuelta un semicírculo ornamental de helechos y siemprevivas que encuadraban una chimenea de baja repisa y sobre la cual se hallaba un reloj suizo de exquisito diseño... Hasta aquel momento yo no había parado mientes en el reloj. Pero Charles, profiriendo un grito ahogado, se abalanzó hacia el hogar. Alzando el pesado bastón de paseo, lo abatió contra el reloj, asestándole golpe tras golpe hasta dar con él, hecho triza, en el suelo...

Luego, giró en redondo y regresó lentamente. Sin media una sola palabra de explicación sacó de su bolsillo la cartera y entregó a Mr. Branger un billete de una cuantía superior a diez veces el precio del reloj, comenzando luego a hablar volublemente de otros asuntos... Ya puede usted imaginarse, Mr. Holmes, que todos los presentes nos quedamos, como es fácil comprender, de una pieza.

Mi impresión era que Lady Mayo estaba asustada, a pesar de toda su aparente dignidad. Sin embargo, juraría que Charles no se había sentido asustado, sino simplemente, furioso y resuelto. En aquel momento me fijé en el criado de Charles, que se encontraba de pie al fondo, en medio del equipaje. Era un hombre pequeño y flaco, cuyo rostro estaba poblado con unas patillas desmesuradas; rostro que traducía tan sólo una expresión de embarazo y, aunque me duela pronunciar la palabra, de profunda vergüenza también... No se pronunció ni una sola palabra, y el incidente fue olvidado. Durante dos días, Charles estuvo tranquilo y sereno, pero a la tercera mañana, cuando nos encontrábamos para desayunar en el comedor, sucedió de nuevo. Las ventanas de la estancia tenían sus cortinones corridos casi por completo para preservarla de la reverberación del sol sobre las primeras nieves. El comedor estaba bastante lleno con otros huéspedes que ya se hallaban tomando su desayuno. Sólo entonces observé que Charles, quien acababa de regresar de un paseo matinal, llevaba todavía en la mano su pesado bastón.


—¡Respire este aire, señora! —estaba diciéndole alegremente a Lady Mayo—. ¡Lo hallará tan vigorizador como cualquier comida o bebida!


En esto hizo una pausa y lanzó su mirada hacia una de las ventanas. Abalanzándose hacia ella golpeó con fuerza en el cortinón y luego lo descorrió a un lado para dejar al de descubierto las ruinas de un gran reloj, cuyo diseño era el de un sonriente sol.

Creo que me hubiese caído desvanecida, de no haberme sostenido Lady Mayo por un brazo... —Miss Forsythe, que se había, despejado de sus guantes, se llevó ahora las manos a las mejillas, oprimiéndolas—. Pero Charles no solamente destrozaba los relojes, sino que los enterraba en la nieve, y hasta los ocultaba en el armario de su habitación.

Sherlock Holmes, que había permanecido todo el tiempo recostado en su sillón, con los ojos cerrados y la cabeza sumida en un cojín, abrió ahora los párpados.


—¿En el armario? —exclamó frunciendo el entrecejo— ¡Esto es aún más singular! ¿Cómo se dio cuenta de tal circunstancia?


—Para mi vergüenza, Mr. Holmes, me vi obliga a interrogar a su criado.


—¿Para su vergüenza?


—Es que no tenía el derecho de hacerlo. En mi humilde posición, Charles nunca hubiera... Quiero decir que yo no podía significar nada par él...¡Yo no tenía derecho!


—Usted tenía todo el derecho del mundo, Miss Forsythe — replicó amablemente Holmes —. Así pues usted interrogó al criado que ha descrito como pequeño, flaco y con patillas desmesuradas. ¿Cuál es su nombre?.


—Su nombre creo que es Trepley. En más de una ocasión oí a Charles dirigirse a él llamándolo “Trep”. Y juraría, Mr. Holmes, que es la criatura más fiel de toda la tierra. Incluso la vista de su tozudo rostro inglés, era un alivio para mí. Él sabía, adivinaba, mi am... mi interés, y por esto me contó que su amo llevaba ya enterrada o escondido, otros cinco relojes. Aunque rehusaba a confesarlo, puedo decir que el pobre hombre compartía mis temores. ¡Pero Charles no está loco! ¡No lo está! Usted mismo debe admitirlo así, a causa del incidente final.


—¿Sí?


—Sucedió solo hace cuatro días. Debe usted saber que el departamento de Lady Mayo en el hotel, incluía una salita con un piano. Yo soy apasionadamente aficionada a la música, y acostumbraba a tocar, después del té, para Lady Mayo y Charles. Había apenas comenzado a hacerlo en aquella ocasión, cuando entró su criado con una carta para Charles.


—¡Un momento! ¿Observó usted el sello?


—Sí; era extranjero. —Miss Forsythe pareció sorprendida—. Pero seguramente la cosa no tendría importancia, puesto que usted...


—¿Puesto que yo...qué?


Una repentina expresión de aturdimiento, se manifestó en el rostro de nuestra clienta, y luego, como para ahuyentar alguna perplejidad, se apresuró a continuar su relato.


—Charles abrió el sobre, leyó el contenido de la misiva y se puso mortalmente pálido. Con una exclamación incoherente, se lanzó fuera de la salita. Cuando nosotras descendimos media hora más tarde, sólo descubrimos que él y Trepley habían partido con su equipaje. No dejó mensaje ni recado alguno. No lo he vuelto a ver desde entonces.


Celia Forsythe inclinó su cabeza, y las lágrimas se deslizaron de sus párpados.


—Ahora Mr. Holmes, yo he sido sincera con usted y quiero que usted lo sea igualmente conmigo. ¿Qué le decía usted en aquella carta?


La pregunta era tan alarmante, que me eché hacia atrás en mi silla. El rostro de Sherlock Holmes no tenía expresión alguna. Sus largos y nerviosos dedos, se hundieron en una tabaquera persa, y comenzó a llenar una pipa de arcilla.


—En la carta, ha dicho usted... —, confirmó él más que preguntó.


—¡Sí! Usted escribió aquella carta. Vi su firma. Es por esta razón que estoy aquí.


—¡Válgame Dios! —observó Holmes. Permaneció silencioso durante unos minutos, envuelto en el humo azul de su pipa y con la mirada fija y como ausente, posada sobre el reloj de la repisa.


—Hay ocasiones, Miss Forsythe —dijo por fin—, en las que uno debe reservarse sus respuestas. Sólo tengo una pregunta más que hacerle.


—Diga, Mr. Holmes.


—A pesar de todo, ¿mantuvo Lady Mayo su amistad con Mr. Charles Hendon?


—¡Oh, sí! Incluso intimó mayormente con él. Más de una vez la oí que lo llamaba Alec... seguramente era un apelativo intimo... —Miss Forsythe hizo una pausa, con aire de duda y hasta de sospecha— ¿Qué es lo que ha querido usted dar a entender con esa pregunta?


Holmes se puso en pie.


—Tan sólo, señorita, que me agradará mucho intervenir, en este asunto por usted. Según tengo entendido, usted regresa a Groxton Low Hall esta noche...


—Sí. Pero seguramente usted tiene otras cosas que decirme además de esto... ¡Aún no ha contestado a ninguna de mis preguntas!


—¡Bien, bien...! Tengo mis métodos, conforme Watson puede decirle. Pero, ¿le parecería conveniente acudir aquí, pongamos por caso, dentro de una semana, a partir de hoy, a las nueve de la noche? Gracias. Espero tener entonces algunas noticias para usted.


Era claramente una despedida. Miss Forsythe se puso en pie y lo miró con tal aire de desamparo, que yo sentí la necesidad de prodigarle alguna palabra de consuelo.


—¡Cobre ánimo, señorita! —exclamé, tomando suavemente su mano entre las mías—. Debe usted depositar toda su confianza en mi amigo Mr. Holmes y, si puedo decir esto, también en mi.


Fui recompensado con una graciosa y agradable sonrisa. Cuando la puerta se cerró tras nuestra bella visitante, me volví hacia mi compañero y no pude menos de decirle con alguna aspereza:


—Me parece, Holmes, que debía haber tratado a esa joven dama con más simpatía.


—¡Hola! ¿Sopla el viento de ese lado?


—¡Holmes, qué vergüenza! —dije, dejándome caer en mi silla—. El asunto es trivial, no lo dudo. Pero lo que no llego a comprender es porqué le escribió usted una carta a ese loco romperrelojes.


Holmes se inclinó posando su largo y flaco dedo índice sobre mi rodilla.


—Watson, yo no escribí aquella carta.


—¿Qué? —exclamé.


—¡Tate, no es la primera vez que de mi nombre se han apropiado otros! Concurre en este caso una maquinación diabólica, Watson, o mucho me equivoco.


—¿Lo toma usted en serio, pues?


—Tan en serio, que esta misma noche parto para el Continente.


—¿Para el Continente? ¿Para Suiza, acaso?


—No, no ¿qué tenemos que hacer en Suiza? Nuestra pista está muy lejos de allí.


—¿Sin duda es eso evidente?


—¡Mi querido Holmes!...


—No obstante, casi todos los datos los tiene ante usted, y como ya informé a Miss Forsythe, usted conoce mis métodos. ¡Úselos pues Watson! ¡Úselos!


Los primeros reverberos titilaban ya a través de la niebla en la Calle Baker, cuando los sencillos preparativos de mi amigo quedaron ultimados. Alto y tocado con su gorro de orejeras y visera, echada sobre los hombros su amplia y larga capa, teniendo a sus pies su maletín de viaje, se detuvo en el pasillo que daba a la sala, mirándome con fijeza singular.


—Una última palabra, Watson, puesto que aún no parece ver usted claro. Le recuerdo que Mr. Charles Hendon no puede soportar el son...


—¡Pero si eso está claro suficientemente! ¡No puede soportar la vista de un reloj!


Holmes movió la cabeza denegando.


—No es precisamente esto —dijo—. Le llamo a usted la atención sobre los otros cinco relojes, según el relato de su criado.


—¡Mr. Charles Hendon no destrozó esos relojes!


—Precisamente es por esto que llamo su especial atención sobre ellos. ¡Hasta las nueve de la noche, dentro de una semana a partir de hoy, Watson!


Un momento después, me hallaba solo.

Durante la melancólica semana que siguió a aquellos acontecimientos, me distraje lo mejor que pude. Jugué al billar con Thurston. Fumé muchas pipas, y reflexioné sobre las notas que había tomado del caso Hendon. Uno no se asocia durante algunos años con Sherlock Holmes, sin llegar a ser más observador que la mayoría de las personas. Me parecía que algún oscuro y siniestro peligro se hallaba suspendido sobre aquella damita Miss Forsythe y no confiaba ni en el apuesto Charles Hendon, ni en la enigmática Lady Mayo.

El miércoles 23 de noviembre, regresó mi esposa con la grata noticia de que nuestros asuntos estaban en mejor orden y de que pronto podría yo hacerme con alguna clientela. Su vuelta al hogar fue alegre. Aquella noche, y mientras nos hallábamos sentados mano a mano ante la chimenea, y le conté algo del extraño problema que tenía ante mí. Le hablé de Miss Forsythe, recalcando el aprieto en que se hallaba, así como su juventud, belleza y distinción. Mi mujer no replicó pero quedó mirando pensativamente al fuego.

Fue el distante campaneo del Big Ben*, repicando las ocho y media, lo que me despabiló.


—¡Por Júpiter, Mary! —exclamé—. ¡Lo había olvidado todo!


—¿Olvidado? — repitió mi esposa con un ligero sobresalto.


—Prometí estar en la Calle Baker a las nueve de la noche de hoy. Miss Forsythe ha de acudir allí también.


Mi esposa retiró su mano de entre las mías.


—Entonces, lo mejor que puedes hacer es ir enseguida —dijo con una frialdad que me asombró—. ¡Tú siempre tan interesado en los casos de Sherlock Holmes!


Confuso y algo ofendido tomé mi sombrero y mi sobretodo. Hacía una noche de cortante frío, sin un girón de niebla, pero con las calles cubiertas de fango helado. Un cabriolé me condujo a la Calle Baker. Ante la puerta de la casa, observé con un escalofrío de excitación que Sherlock Holmes había regresado ya de su viaje. Las ventanas del piso superior aparecían iluminadas, y detrás de ellas vi pasar y repasar varias veces su flaca silueta.

Abrí el portal con un llavín y subí quedamente la escalera interior; luego franqueé la puerta de la sala. Saltaba a la vista que Holmes acababa de llegar, pues su gorra, su capa y maletín de viaje, se hallaban diseminados por la habitación, de acuerdo con su desorden acostumbrado.

Él estaba sentado ante su escritorio, vuelto de espaldas a mí; la verdiblanca luz de la lámpara lo inundaba en su tarea de abrir un pequeño montón de correspondencia. Al oír el chirrido de la puerta al abrirse, giró en redondo, pero su rostro expresó el desencanto.


—¡Ah, Watson, es usted! Esperaba ver a Miss Forsythe, pues ya se retrasa.


—¡En nombre del cielo, Holmes! ¡Si esos bribones se han atrevido a causarle algún daño, juro que tendrán que responder ante mí de ello!


—¿Bribones?


—Me refiero a Mr. Charles Hendon y, aunque lamento aplicarle tal palabra a una mujer, también incluso a Lady Mayo.


Los austeros y vehementes rasgos de su rostro se suavizaron un tanto.


—¡Vaya, viejo Watson! —dijo—. ¡Usted siempre tan afanoso en el rescate de la bella doncella cautiva! ¡Pero, a fe que esta vez se ha armado usted un lío!


—¿Entonces debo confiar —respondí con dignidad— que la misión que lo llevó a usted al Continente, ha sido un éxito?


—¡Sólo fue un tanteo Watson! Le ruego disculpe mi explosión de nervios. No, mi misión no fue un éxito. Me pareció tener una cita en determinada ciudad europea, cuyo nombre inferirá usted en breve. Fui pues allá, y he vuelto en un tiempo récord, según creo.


—¿Y...?


—Él... Mr. Hendon es un hombre que vive aterrorizado. Watson aunque no carece de juicio. Apenas hubo abandonado Suiza, debió adivinar ya que la falsa carta era un lazo que le habían tendido. Pero perdí la pista. ¿Dónde está ahora? Y le agradeceré a usted que me explique porqué le dio el apelativo de bribón.


—Quizá me excedí en el calor del momento. Aunque debo confesarle que no puedo soportar a ese individuo.


—¿Por qué?


—Pues... Desde luego que a una persona que disfruta de una indudable posición elevada, le son permisibles ciertos aparatosos modales... Pero Mr. Hendon se pasa de la medida. Hace escenas en público, emplea la costumbre de dirigirse a una dama inglesa con el vocablo “madame”, en vez del recatado “madam”. ¡Holmes, está fuera e toda duda que no se trata de un inglés!


Mi amigo me dirigió una mirada extraña como desconcertada, e iba a replicarme cuando llegó hasta nosotros el ruido inconfundible del rodar de un carruaje y de los cascos de un caballo, que se detenían ante la puerta de nuestra casa. Y en menos de un minuto, Celia Forsythe se hallaba en nuestra sala, seguida por un hombre de baja estatura y de expresión tozuda y hosca, tocado con un sombrero hongo. Por sus largas y pobladas patillas, deduje que era Trepley, el criado de Mr. Charles Hendon.

El rostro de Miss Forsythe estaba arrebolado por el frío. Llevaba un chaquetón de piel, tenía sus manos enfundadas en un manguito.


—¡Mr. Holmes! —prorrumpió, sin preámbulos—. ¡Charles está en Inglaterra!


—Ya me lo suponía. ¿Y en qué lugar se encuentra?


En Groxton Low Hall. Le hubiera debido enviado a usted un telegrama ayer, pero Lady Mayo me lo prohibió.


—¡Qué imbécil soy! —exclamó Holmes dando un puñetazo sobre el escritorio—. Creo que habló usted algo de lo aislado que está este lugar. Watson ¿quiere hacer el favor de alcanzarme ese plano de Surrey?...Gracias. —Su voz se tornó más áspera— ¿Qué es esto...qué es esto?


—Querido colega —lo reconvine—. ¿Es que puede usted leer la maldad en un mapa?


—¡Tierra rasa, Watson! Campos, Bosques. ¡La estación de ferrocarril más próxima está a tres millas largas de Groxton Low Hall! —Lanzó una especie de gemido—. ¡Miss Forsythe, Miss Forsythe, tiene usted mucho que responder por ello!


—¿Yo? ¿Qué yo tengo mucho que responder...? ¿Puede usted creerme, señor, si le digo que en un misterio tan prolongado no ha hecho otra cosa sino enloquecerme casi? Ni Charles ni Lady Mayo dirán una palabra.


—¿De explicación?


—¡Precisamente! —Hizo un ademán con la cabeza en dirección al criado—. Charles ha enviado a Londres a Trepley con una carta, para ser entregada en propias manos, y yo he teniendo la paciencia de aguantarme las ganas de conocer su contenido.


—Lo siento, señorita —dijo entonces el hombrecillo, algo ariscamente, pero con deferencia—. Son órdenes.


Por vez primera observé que Trepley, que iba uniformado más bien de cochero que de criado, oprimía entre sus manos un sobre en tal forma, cual si temiese que se lo arrebataran. Sus claros ojos enmarcados por las espesas patillas, giraban en sus órbitas observando la estancia. Sherlock Holmes avanzó hacia él.


—Buen hombre —dijo—. Haga el favor de enseñarme ese sobre.


A menudo he comprobado que una persona estúpida es la más lealmente terca. Los ojos de Trepley eran casi los de un fanático.


—Le pido perdón, señor, pero no quiero hacer lo que usted me dice. Por el contrario, haré lo que me han ordenado suceda lo que suceda.


—Le digo, buen hombre, que no es el momento de vacilar. No deseo leer la carta sino, simplemente, ver la dirección estampada en la parte anterior del sobre y el membrete de la parte posterior. ¡Vamos, aprisa! ¡Ello puede suponer la vida de su amo!


Trepley vaciló y se pasó la lengua por los labios. Sosteniendo cautelosamente el sobre por un borde, se lo mostró a Holmes, quien lanzó un silbido.


—¡Hola! —exclamó—. Está dirigida nada menos que a un personaje como Sir Charles Warren, el Comisario General de la Policía Metropolitana. ¿Y el membrete? ¡Ah! Justamente lo que yo me suponía... ¿Tiene usted que entregar esta carta enseguida?


—Sí, Mr. Holmes.


—Bien, pues váyase aprisa. Pero no tome el coche, pues lo necesitamos nosotros.


No volvió a hablar hasta que los pasos de Trepley se perdieron al final de las escaleras. Su anterior desasosiego se manifestó de nuevo en él, al decir:


—Y ahora, Watson, ¿quiere usted echar un vistazo a los trenes de Bradshaw? ¿Va usted armado?


—Con mi bastón...


—Temo que por una vez eso no sea eficiente. —Abrió el cajón izquierdo de su escritorio. Permítame que deslice esto en el bolsillo de su sobretodo... Es un Wembley 320, con cartuchos del 2...


Al reflejo de la luz que fulguró en el tambor del revólver, Celia Forsythe lanzó un ahogado grito y puso una mano sobre la repisa de la chimenea para sostenerse.


—¡Mr. Holmes! —exclamó. Luego pareció cambiar de idea y dijo: —Hay trenes con frecuencia para la estación de Groxton, la cual, como usted bien dijo, está a tres millas de Hall. Hay uno que sale dentro de veinte minutos...


—¡Excelente!


—Pero no debemos tomarlo...


—¿No debemos tomarlo, señorita?


—No he tenido tiempo de explicárselo, pero Lady Mayo en persona requiere su ayuda. Hasta esta tarde no logré persuadirla. Lady Mayo le ruega que tomemos los tres el tren de las 10 y 25, que es el último. Nos esperará con el coche en la estación de Groxton.


—Miss Forsythe se mordió el labio—. Lady Mayo, a pesar de su amabilidad, es muy... imperiosa... ¡No debemos perder ese último tren!


Y sin embargo, estuvimos a punto de perderlo. Habiendo olvidado que las calles estaban cubiertas de fango helado, y el apiñamiento de vehículos bajo el chisporroteo de los reverberos, llegamos a la estación de Waterloo sólo con el tiempo justo.

El tren se deslizaba ya por la campiña y nuestro compartimiento, sumido en la penumbra, parecía acentuar sus sombras a cada traqueteo. Holmes estaba silencioso, ligeramente inclinado hacia delante en su asiento. Yo observaba su perfil aguileño, recortado en el frío fulgor de luna llena. Eran cerca de las once y media cuando descendimos en el apeadero de un villorrio dormido que yacía en la oscuridad.

Nada se movía allí. Ni siquiera ladraba algún perro. Cerca del apeadero se hallaba estacionado un Landó abierto, sin que se oyera el tintinear de los arneses de los caballos. El cochero, rígidamente erecto, ocupaba su puesto en el pescante, tan inmóvil como la dama de edad madura que se sentaba en la parte trasera y que nos contempló con pétrea fijeza cuando nos acercamos.

Miss Forsythe comenzó a hablar anhelante, pero la dama, que iba envuelta en pieles y tenía una prominente nariz, alzó la mano para detenerla.


—¿Mr. Sherlock Holmes? —preguntó con voz extraordinariamente profunda y musical—. Y este otro caballero supongo que el doctor Watson. Yo soy Lady Mayo.


Durante un instante nos escrutó con un par de ojos singularmente agudos y penetrantes.


—Hagan el favor de subir al landó —continuó—, y abríguense lo más que puedan con las mantas. Deploro la necesidad de ofrecerles un coche abierto en noche tan fría; pero la afición de mi cochero a conducir velozmente —y señaló al auriga, quien encorvó la espalda—, ha contribuido a quebrar el eje del coche cerrado. ¡Al Hall, Billings! ¡Date prisa!


Restalló el látigo. Con un molesto bamboleo de las ruedas traseras, nuestro landó fue arrastrado, al vivo trote de sus caballos, a lo largo de una angosta senda bordeada de un puntiagudo vallado de setos y esqueléticos árboles.


—¡Santo Dios, Mr. Holmes! —exclamó Lady Mayo—. ¡No me acordaba de que ya soy muy vieja! Mi juventud fue la época de conducir velozmente, ay, y de vivir aprisa, también.


—¿Fue también la época de morir pronto? —preguntó mi amigo—. ¿De una muerte, por ejemplo, como la que puede sorprender a nuestro amigo Charles Hendon esta noche?


Los cascos de los caballos resonaban en el helado camino.


—Creo, Mr. Sherlock Holmes —dijo la dama sosegadamente—, que usted y yo nos comprendemos.


—Estoy seguro de ello, Lady Mayo. Pero no ha respondido usted a mi pregunta.


No tema, Mr. Sherlock Holmes. Ahora él está a salvo.


¿Está usted segura de esto?


—¡Le digo que está completamente a salvo! Hay ronda de vigilancia en el parque Groxton Low Hall, y la casa está custodiada. No pueden atacarla.


Aun hoy no sabría decir si mi un tanto explosiva intervención fue causada por el rápido deslizarse del landó, por el ímpetu del viento que nos azotaba las orejas, o por la enloquecedora naturaleza del problema en sí. Lo cierto es que dije:


—Perdone la brusquedad de un viejo veterano que no tiene adecuadas respuestas para nada. Pero, cuando menos, tenga compasión de la pobre damita que está a su lado. ¿Dónde está Mr. Hendon? ¿Por qué se dedica a destrozar relojes? ¿Por qué razón ha de estar en peligro su vida?


—¡Basta, Watson! —exclamó Holmes con una ligera aspereza en el tono de su voz—. Usted mismo me desconcertó enumerándome los motivos por los cuales Mr. Charles Hendon, inconfundiblemente, no es inglés.


—¿Y bien? ¿En qué puede ello ayudarnos?


—Pues porque el llamado “Charles Hendon” no es ciertamente inglés.


—¿Que no es inglés? —exclamó Celia Forsythe extendiendo su mano—. ¡Pero si habla perfectamente nuestro idioma! —La respiración se ahogó en su garganta—. ¡Demasiado perfectamente! —murmuró.


—Este joven —dije yo—, ¿no es acaso de elevada posición social?


—Al contrario, querido amigo. Su sagacidad nunca falla. En efecto, es de una posición muy elevada. Y ahora nómbreme usted la única Corte Imperial de Europa— ¡fíjese bien, Watson, Corte Imperial! — en la que el hablar inglés a superado a todos los idiomas, excepto a su propio idioma nativo.


—No puedo recordarla. No lo sé...


—Entonces, procure recordar lo que sabe. Pocos minutos antes de que Miss Forsythe viniera a vernos por vez primera, yo estaba leyendo en voz alta algunas noticias de la prensa diaria que, de momento, parecían aburridamente carentes de importancia. Una de ellas decía, por ejemplo, que los nihilistas, la peligrosa banda de anarquistas que intentan reducir a Rusia a la nada, eran sospechosos de maquinaciones contra la vida del Gran Duque Alexei, en Odesa. ¡El Gran Duque Alexei, ya lo oye! Ahora bien, el sobrenombre que en la intimidad daba Lady Mayo a “Mr. Charles Hendon” era...


—¡Alec! —exclamé.


—Podría haber sido tan sólo una simple coincidencia —observó Holmes encogiéndose de hombros—. Sin embargo, si reflexionamos sobre la Historia contemporánea, vemos que en un anterior atentado contra la vida del último Zar de todas las Rusias —que resultó hecho trizas el año 81 por la explosión de una bomba de dinamita—, el mecanismo del artefacto estaba conectado con las teclas de un piano. Las bombas de dinamita, Watson, son de dos clases. Unas, las de envoltura de hierro y muy ligeras, se encienden mediante una corta mecha que llevan adherida, y se arrojan luego. Las otras, también de hierro, estallan debido a un mecanismo de relojería, cuyo tic-tac es lo único que delata su presencia.


¡Crack!, hizo el látigo del cochero, y los setos parecieron tan irreales como en un sueño. Holmes y yo nos hallábamos sentados de espaldas al cochero y vis-a-vis de los rostros, bañados por la luz de la luna, de Lady mayo y Celia Forsythe.


—¡Holmes, todo se ha hecho claro como el cristal! ¿Es por ello por lo que el joven no puede soportar la vista de un reloj?


—¡No, Watson, no! ¡El sonido de un reloj!


—¿El sonido?


—Precisamente el sonido. Cuando traté decírselo a usted, su nativa impaciencia me cortó en seco a la primera sílaba. En las dos ocasiones que él destruyó un reloj en público, téngalo presente, de ninguna manera podía ver el reloj. Una de las veces, cual Miss Forsythe nos informó nos informó, el reloj estaba escondido entre un marco de verdor; la otra, detrás de la cortina. Con sólo oír aquel significativo tic-tac, los vapuleó antes de que tuviese siquiera tiempo de pensarlo. Su propósito, naturalmente, era hacerlos añicos, sacándole las tripas a lo creía ser una bomba.


—Pero seguramente —objeté—, aquellos bastonazos también pudieron haber hecho estallar la bomba.


De nuevo se encogió de hombros Holmes.


—De haberse tratado de una bomba verdadera, ¿quién puede decirlo? Aunque estando protegida por una envoltura de hierro, lo creo dudoso. En cualquier caso, nos hallamos ante un caballero muy valiente, obsesionado y también receloso, que se abalanza y golpea a ciegas. No es antinatural que el recuerdo de la muerte de su padre, y el saber que la misma organización sigue sus pasos con igual propósito, lo impelan a una acción rápida.


—¿Y en este caso...?


Sin embargo, Sherlock Holmes parecía más bien inquieto. Observé que con frecuencia, miraba en derredor, al solitario campo de gris tonalidad que se esfumaba al paso del carruaje.


—Bien —dijo—. Habiendo dejado ya establecidos tantos puntos en mi primera entrevista con Miss Forsythe, parecía claro que aquella carta apócrifa era un cebo para atraer al Gran Duque a Odesa, estimulando, por lo demás, en él, la resolución de encararse con sus propios enemigos. Pero, como ya le dije a usted, pronto debió sospechar la añagaza. Y entonces huyó... ¿a dónde?


—A Inglaterra —dije yo—. Mejor aún que eso. A Groxton Low Hall, con el aliciente por añadidura, de contar con la compañía de una atractiva damita, a quien le recomiendo que cese de llorar y enjugue sus lágrimas.


Holmes parecía exasperado.


—Por lo menos podría usted decir —replicó—, que la balanza de las probabilidades se inclina en esa dirección. Con toda seguridad era evidente, desde el principio, que una persona en la posición de Lady Mayo no había entrado tan casualmente en conversación de viaje en ferrocarril, con un joven desconocido, a menos que ya fueran, según frase inconsciente pero iluminadora de Miss Forsythe, “antiguos amigos”.


—Subestimé sus facultades, Mr. Sherlock Holmes —terció con aspereza Lady Mayo, quien hasta entonces había estado dando palmaditas en la mano a Celia—. Si, en efecto, conocí a Alexei cuando era un muchachito que iba vestido de marinero en San Petersburgo.


—Donde el esposo de usted, según descubrí, era Primer Secretario en la Embajada Británica. En Odesa supe de otro hecho también de gran interés.


—¿Eh? ¿Qué era ello?


—El nombre del principal agente de los nihilistas... un loco temerario y fanático que ha estado muy unido al Gran Duque por algún tiempo.


—¡Imposible!


—Pero verdad.


Durante un instante, Lady Mayo quedóse mirándolo fijamente, con una expresión menos pétrea, mientras el landó dio un bandazo al tropezar con un bache.


Escúcheme, Mr. Holmes. Mi estimado Alec se ha dirigido ya a la policía, en la persona de Sir Charles Warren, el Comisario.


—Gracias; he visto la carta. Y también el sello imperial.


—De todas maneras —prosiguió Lady Mayo imperturbable—, repito que hay patrullas por el parque, y la casa está custodiada.


—Sin embargo, un zorro puede escapar por un pelo a los sabuesos.


—¡No es sólo una mera cuestión de guardas y vigilancia! En este instante, Mr. Holmes, el pobre Alec se halla confinado en una antigua estancia de espesos muros, cuya puerta tiene atrancada. Los barrotes que cruzan sus ventanas son tan espesos, que no permiten introducir ni siquiera una mano al interior. La chimenea es antigua, acampanada, pero tan estrecha, que nadie sería capaz de deslizarse por ella... aparte de que está encendida. ¿Cómo podría, pues atacarlo un enemigo?


—¿Cómo? —murmuró Holmes, mordiéndose el labio y tamborileando con sus largos dedos sobre su huesuda rodilla—. Verdad es que puede estar a salvo por una noche, puesto que...


Lady Mayo hizo un leve gesto de triunfo.


—No se ha descuidado precaución alguna —dijo—. Incluso el tejado está defendido. El criado de Alec, Trepley, después de haber entregado su carta en Londres con suma diligencia, regresó en el tren anterior al que ustedes han tomado, y alquiló un caballo en la aldea. En este momento se halla sobre el tejado del Hall velando fielmente por la seguridad de su amo.


El efecto de esta especie de discurso, fue extraordinario. Sherlock Holmes se puso en pie de un brinco en el coche; y su capa desplegó una silueta negra y grotesca cuando se asió al pescante para sostenerse.


—¿En el tejado? —dijo como un eco—. ¿En el tejado?


Luego giró en redondo, asiendo al cochero por los hombros.


—¡Arrea a los caballos, gritó—. ¡Por el amor de Dios, ponlos a galope! ¡No tenemos un segundo que perder!


¡Crack! ¡Crack!, restalló el látigo por arriba de la cabeza del cochero. Los caballos, pifiando, se pusieron al galope y precipitándose hacia delante. En medio de la confusión en que todos estábamos sumidos, se alzó la voz de Lady Mayo que decía enojada:


—¡Mr. Holmes! ¿Es que ha perdido usted el juicio?


—¡Ya habrá de ver usted que aún lo conservo! Miss Forsythe, ¿oyó usted al Gran Duque dirigirse a ese hombre llamándole Trepley?


—Yo... pues no exactamente —balbució Celia Forsythe—. Como ya le informé a usted, Charl... ¡Oh, cielos ayudadme...! El Gran Duque le llamaba “Trep”. Yo supuse....


—¡Exacto! Usted supuso... Pero ha de saber que el verdadero nombre de ese hombre de ese hombre es Trepoff. De su primera descripción deduje que era un mentiroso y un traidor.


Los setos centelleaban al paso de nuestro carruaje; tintineaban los bocados de los frenos y los arneses; volábamos con el viento.


—¿Recuerda usted —prosiguió Holmes—, la consumada hipocresía de ese hombre cuando su amo destrozó el primer reloj? Dijo usted que la de él era una expresión de embarazo y vergüenza, ¿no es así? Pues lo que él se proponía era que usted creyera que Mr. Charles Hendon estaba loco. ¿Cómo llegó usted a tener conocimiento de los otros cinco relojes, los cuales eran puramente imaginarios? Pues porque Trepoff se lo dijo. El esconder un reloj o una bomba en un armario, eso sí que habría sido locura... en el caso de que el Gran Duque Alexei lo hubiera hecho.


—Pero, Holmes —objeté—. Puesto que Trepoff en su ayuda de cámara...


—¡Más aprisa, cochero! ¡Más aprisa! ¿Decía usted, Watson...?


—Pues que seguramente Trepoff debe haber tenido cientos de oportunidades para matar a su amo, por medio de cuchillo o veneno, sin necesidad de recurrir a este espectacular suplemento de una bomba...


—Este espectacular suplemento, como lo denomina usted, es el método inalienable de los revolucionarios. No quieren servirse de otro procedimiento. Su víctima debe ser precisamente aventada entre ruinas, sin lo cual el mundo no se percataría de ellos ni de su poder.


—Pero, ¿y la carta dirigida a Sir Charles Warren? —exclamó Lady Mayo.


—A buen seguro que fue arrojada a la primera alcantarilla que Trepoff halló a su paso. ¡Ah! Supongo que ese edificio que se alza ahí enfrente, debe ser ya Groxton Low Hall.


Los acontecimientos que aquella noche se sucedieron, hállanse algo confusos en mi mente. Recuerdo un edificio bajo y grande, del estilo jacobino, de ladrillo rojo, con numerosas ventanas y con un tejado plano que parecía como si fuera a precipitarse sobre nosotros ante el sendero de grava. Las mantas de viaje fueron apartadas a un lado. Lady Mayo, erguida e imperiosa, daba tajantes instrucciones a un grupo de nerviosos criados.

Holmes y yo echamos a correr tras Miss Forsythe, subiendo por una serie de escalones hasta llegar, desde el amplio y alfombrado umbral del vestíbulo, hasta unos estrechos peldaños que eran poco más que una escalera de mano, la cual conducía al tejado. Al pie de ella, Holmes se detuvo un instante, posando sus dedos sobre el brazo de Miss Forsythe.


—Usted se quedará aquí —dijo sosegadamente.


Oí un clic metálico cuando Holmes introdujo la mano en su bolsillo, y por primera vez supe que el también iba armado.


—Venga, Watson —dijo.


Lo seguí por la angosta escalerilla mientras él abría con sumo cuidado la trampa que daba al tejado.


—¡No haga el menor ruido, por su vida! —musitó—. Dispare si le echa la vista encima.


—Pero, ¿cómo lograremos dar con él?


El frío aire nos azotó de nuevo en el rostro. Gateamos cautelosamente por el tejado. En torno nuestro, todo eran fantasmales cañones de chimeneas y hacinamiento de potes de arcilla ennegrecidos por el humo, los cuales rodeaban una gran cúpula de plomo que, bajo los rayos de la luna, relucía como la mismísima plata. En un apartado extremo, una oscura silueta parecía agazapada bajo el tubo de una negra chimenea, bañada por la luz del astro de la noche.

Un fósforo encendió su llama azul, que luego se tornó amarilla, y un instante después provino el chisporroteo de una mecha seguido por un sonido como de tenue repiqueteo en la chimenea. Holmes corrió adelante en zig-zag, a través del laberinto de chimeneas y parapetos, siempre en dirección a la encorvada figura que ahora se zafaba presurosa.


—¡Haga fuego, Watson! ¡Haga fuego!


Nuestros revólveres dispararon al unísono. Vi el pálido rostro de Trepoff que giraba con una sacudida hacia nosotros, y luego en el mismo instante, la chimenea tras la cual él había estado agazapado, voló por el aire, como arrancada de cuajo, entre una columna de llamas. El tejado se alzó bajo mis pies y tuve la oscura sensación de rodar una y otra vez, mientras los cascotes de ladrillos rotos zumbaban sobre mi cabeza, o se abatían con estrépito contra el cimborrio metálico de la cúpula.

Holmes se puso torpemente en pie.


—¿Está usted herido, Watson? —dijo con voz entrecortada.


—Sólo recibí un ligero porrazo —repliqué—. Pero fue una suerte el que cayéramos de bruces. De no ser así... —Hice un ademán en dirección a las agrietadas y resquebrajadas chimeneas que se alzaban en derredor.

Habíamos avanzado sólo unos pocos metros a través de una nube de arsénico polvo, cuando dimos con el hombre que estábamos buscando.


—¡Ahora él tendrá que responder ante un Tribunal mas elevado! —dijo Holmes mirando a la espantosa masa humana tendida sobre las tejas—. Nuestros disparos lo hicieron vacilar durante un fatal segundo, que fue suficiente para que lo alcanzara de lleno la explosión de la bomba. — Mi amigo se volvió. —Vamos —dijo con una voz que encerraba un áspero reproche para sí mismo—. Hemos actuado con demasiada lentitud si pretendíamos salvar a nuestro cliente; y en cambio demasiado aprisa para vengarlo por medio de la justicia humana.


Súbitamente se alteró su expresión y me asió del brazo.


—¡Por Júpiter, Watson! ¡Un simple tubo de chimenea ha salvado nuestras vidas! —exclamó—. ¿Cuál es la palabra que empleó Lady Mayo? ¡Acampanada! ¡Esto es, una chimenea acampanada! ¡Pronto, no hay momento que perder!


Nos dirigimos velozmente a través de la trampa, y luego, por las escaleras, al piso principal. En un extremo, y a través de una niebla de humo ácido, pudimos discernir las ruinas de una puerta astillada. Un instante después, penetrábamos en el dormitorio del Gran Duque. Holmes lanzó una especie de mugido ante la escena con que tropezaron nuestros ojos.

Lo que había sido una soberbia chimenea, era ahora un enorme boquete, abierto como en un bostezo entre los restos de una pesada campana de piedra. El fuego del hogar se había desparramado por la estancia y el aire estaba enrarecido por el acre hedor de la alfombra ardiendo bajo los rescoldos de ceniza y brazas. Holmes se abalanzó a través del humo, y un instante más tarde lo vi detenerse ante los restos de lo que había sido un piano.


—¡Aprisa, Watson! —gritó—. ¡Aún está con vida! Yo no puedo hacer nada por él ahora; pero usted lo puede todo como médico.


Mas, para mí todo se limitó a tocarlo y dejarlo. Durante el resto de la noche, el joven Duque estuvo luchando entre la vida y la muerte, en el dormitorio al que lo transportamos. Pero cuando el sol del amanecer se filtró por entre los árboles del parque, noté con satisfacción que el coma producido por el choque se iba resolviendo en un sueño natural.


—Sus heridas son superficiales —expliqué—. Pero el choque por sí solo podía haberle sido fatal. Ahora que ha conseguido dormir, vivirá, y no dudo que la presencia de Miss Celia Forsythe, acelerará su restablecimiento.


—Debería usted registrar los hechos de este pequeño caso —observó Holmes pocos minutos más tarde, cuando vagábamos sobre la hierba cubierta de rocío del parque de caza, todo rutilante y centelleante en la fresca belleza del amanecer—. Aunque debe temer usted la honradez de poner las cosas en su punto, y dar la fama a quien es debido.


—Pero, ¿acaso no le corresponde a usted la fama de la resolución de este asunto?


—No, Watson. Que el resultado haya sido un éxito se debe por entero al hecho de que nuestros antecesores entendían el arte de la construcción. La fortaleza de una chimenea de doscientos años, impidió el que la cabeza del joven fuese segada de sus hombros. Es una suerte para el Gran Duque Alexei de Rusia, y también para la reputación de Mr. Sherlock Holmes, de la Calle Baker, el que en los días del joven Rey Jacobo los propietarios de casas nunca dejaran de prevenirse contra las violentas predilecciones de sus vecinos.


-


De cuando en cuando, yo oía alguna

vaga referencia de sus acciones: de cuando

fue requerido a ir a Odesa, en el caso

del atentado de Trepoff.


DE “UN ESCANDALO EN BOHEMIA”.

* Francés: exagerado.

* El reloj de la torre del Parlamento de Londres.

No hay comentarios:

º