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domingo, 10 de enero de 2010

LA CORBETA GLORIA SCOTT -- ARTHUR CONAN DOYLE

LA CORBETA GLORIA SCOTT

ARTHUR CONAN DOYLE

«A fe mia que dudo de que hubiera alguna vez un matadero como aquel barco.»

James Armitage

Tengo aquí unos papeles –me dijo mi amigo Sherlock Holmes, sentados una noche invernal al

lado del fuego– que creo de veras, Watson, que merecerían un vistazo suyo. Se trata de los

documentos acerca del extraordinario caso de la Gloria Scott, y éste es el mensaje que tanto

horrorizó al juez de paz Trevor cuando lo leyó.

Había sacado de un cajón un pequeño rollo de aspecto ajado y, desatando su cinta, me

entregó una breve nota garabateada en medio folio de papel gris pizarra. Decía:

«El suministro de caza para Londres aumenta sin cesar. Al guardabosque en jefe Hudson,

según creemos, se le ha pedido ahora que reciba todos los encargos de papel atrapamoscas

y que preserve la vida de vuestros faisanes hembra.»

Al levantar la vista, después de leer tan enigmático mensaje, vi que Holmes se reía de la

expresión que había en mi rostro.

–Parece un tanto desconcertado –me dijo.

–No comprendo que un mensaje como éste pueda inspirar horror. A mí me parece más

grotesco que cualquier otra cosa.

–Y no me extraña en absoluto. Sin embargo, persiste el hecho de que el lector, que era un

anciano robusto y bien conservado, se desplomó al leerlo, como si le hubieran asestado un

culatazo con una pistola.

–Excita mi curiosidad –dije–. ¿Por qué ha dicho hace un momento que habia razones muy

particulares por las que yo debería estudiar estos documentos?

–Porque fue el primer caso en el que yo intervine.

A menudo había tratado yo de saber de labios de mi compañero qué había orientado por

primera vez su mente en la dirección de la investigación criminal, pero hasta el momento

nunca le había sorprendido en una vena comunicativa. Ahora se inclinó adelante en su sillón y

extendió los documentos sobre sus rodillas. Después encendió su pipa y durante algún tiempo

permaneció sentado, fumando y hojeándolos.

–¿lNunca me ha oído hablar de Victor Trevor? –preguntó–. Fue el único amigo que tuve

durante los dos años que pasé en el colegio universitario. Yo nunca fui un individuo muy

sociable, Watson, y siempre preferí permanecer en mi habitación y desarrollar mis pequeños

métodos de pensamiento, de modo que nunca alterné mucho con los jóvenes de mi curso.

Excepto la esgrima y el boxeo, yo no tenía grandes aficiones atléticas y, además, mi línea de

estudios era muy distinta de la de los demás condiscípulos, de modo que no teníamos ningún

punto de contacto. Trevor era el único alumno al que yo conocía, y precisamente debido al

accidente ocasionado por su bull-terrier, que plantó sus dientes en mi tobillo una mañana,

cuando me dirigía a la capilla.

»Fue una manera prosaica de forjar una amistad, pero resultó efectiva. Tuve que permanecer

echado diez días, y Trevor solía venir a preguntar cómo estaba. Al principio sólo charlábamos

un par de minutos, pero sus visitas no tardaron en prolongarse y antes de que terminara el

curso éramos íntimos amigos. El era un muchacho cordial y saludable, lleno de ánimo y

energía, el extremo opuesto a mi en muchos aspectos, pero descubrimos que teníamos

algunos intereses en común, y se estableció un vinculo más cuando constaté que carecía de

amigos igual que yo. Finalmente me invitó a pasar una temporada en la casa de su padre en

Donnithorpe, Norfolk, y acepté su hospitalidad durante un mes de las vacaciones de verano.

»El viejo Trevor era, evidentemente, un hombre de buena posición y de cierta categoría, juez

de paz y terrateniente. Donnithorpe es un pequeño caserío al norte de Langmere, en la región

de los Broads. La casa era un amplio y antiguo edificio, con vigas de roble y obra de

mampostería, con una bonita avenida flanqueada por tilos que conducía hasta ella. Las

oportunidades de cazar patos silvestres en los pantanos eran excelentes, así como la pesca.

Tenía además una pequeña pero selecta biblioteca, procedente, según entendi, de un anterior

ocupante, y una cocina tolerable, de modo que muy remilgado había de ser el hombre que no

pudiera pasar allí un mes placentero.

»Trevor padre era viudo, y mi amigo era su único hijo. Oi decir que hubo una hija, pero que

murió de difteria en el curso de una visita a Birmingham. El padre me interesó

extraordinariamente. Era un hombre de poca cultura, pero con un vigor considerable tanto en

el aspecto físico como mental. Apenas había leído libro alguno, pero habla viajado

extensamente, había visto gran parte del mundo y había recordado todo lo que aprendió.

Como persona, era un hombre grueso y fornido, con una buena mata de cabellos grises, cara

morena, curtida por la intemperie, y unos ojos azules cuya agudeza lindaba en la ferocidad.

Sin embargo, gozaba de la reputtación de ser un hombre bondadoso y caritativo en toda la

comarca y era bien conocida la benignidad de sus sentencias como juez.

»Una tarde, poco después de mi llegada, saboreábamos un vasito de oporto como remate de

la cena, cuando el joven Trevor empezó a hablar acerca de aquellos hábitos de observación y

deducción que yo ya había convertido en un sistema, aunque todavía no había reconocido el

papel que habrían de desempeñar en mi vida. Evidentemente, el anciano creyó que su hijo

exageraba en su descripción de un par de hechos triviales que yo había protagonizado.

»–Vamos, señor Holmes –me dijo, riéndose con ganas–, yo soy un excelente sujeto, si es que

puede deducir algo de mí.

»–Temo que no haya gran cosa –contesté yo–. Pero podría sugerir que en los doce últimos

meses ha temido usted algún ataque personal.

»La risa desapareció de sus labios y me miró con viva sorpresa.

»–Pues es la pura verdad –dijo–. Tú ya sabes, Victor –añadió, volviéndose hacia su hijo–, que

cuando dispersamos aquella pandilla de cazadores furtivos, juraron apuñalarnos, y de hecho

sir Edward Hoby ha sido agredido. Desde entonces, yo siempre me he mantenido en guardia,

pero no tengo la menor idea de cómo puede usted saberlo.

»–Tiene un bastón muy elegante, señor Trevor –respondí–. Por la inscripción, he observado

que no hace más de un año que obra en su poder. Pero se ha tomado usted el trabajo de

agujerear su puño y verter plomo derretido en el orificio, a fin de convertirlo en un arma

formidable. He deducido que no tomaría tales precauciones si no temiera algún peligro.

»–¿Algo más? –preguntó, sonriendo.

»–En su juventud, usted practicó muchísimo el boxeo.

»–¡Ha acertado otra vez! ¿Y cómo lo ha sabido? ¿Acaso tengo la nariz algo desviada?

»–No –contesté–. Se trata de sus orejas. Presentan el aplastamiento y la hinchazón

peculiares que delatan al boxeador.

»–¿Algo más?

»–A juzgar por sus callosidades, se ha dedicado de firme a cavar.

»–Gané todo mi dinero en los campos auríferos. »–También ha estado en Nueva Zelanda.

»–De nuevo ha acertado.

»–Ha visitado Japón.

»–Cierto.

»–Y ha estado usted íntimamente asociado con alguien cuyas iniciales eran J.A., una persona

a la que después quiso olvidar por completo.

»El señor Trevor se levantó lentamente, clavó en mi sus grandes ojos azules con una mirada

extraña, desenfocada, y acto seguido se desplomó, víctima de un profundo desmayo,

sepultando la cara entre las cáscaras de nuez que cubrían el mantel.

»Puede imaginar, Watson, cuál fue la impresión que esto nos causó a su hijo y a mí. Sin

embargo, el ataque no duró mucho, y cuando le desabrochamos el cuello de la camisa y

rociamos su cara con el agua de un vaso, dio un par de boqueadas y se incorporó.

»–¡Ay, muchachos! –dijo, esforzándose en sonreír–. Espero no haberos dado un susto. Pese

a parecer tan fuerte, hay un punto débil en mi corazón y no se necesita gran cosa para

ponerme fuera de combate. No sé cómo se las arregla usted, señor Holmes, pero tengo la

impresión de que todos los detectives de la realidad y la ficción serían como chiquillos en sus

manos. Este es su camino en la vida, señor, y puede creer en las palabras de un hombre que

ha visto un poco el mundo.

»Y esta recomendación, junto con la exagerada estimación de mis facultades que la precedió,

fue, puede usted creerme, Watson, lo primero que me hizo pensar que cabía convertir en

profesión lo que hasta entonces había sido mera afición. En aquel momento, sin embargo, a

mí me preocupaba demasiado el súbito desvanecimiento de mi anfitrión para pensar en nada

mas.

»–Espero no haber dicho nada que le haya disgusado –murmure.

»–Desde luego, me ha tocado en un punto de lo más sensible. ¿Puedo preguntarle cómo lo

sabe y qué es lo que sabe?

»Hablaba en un tono como medio en broma, pero en el fondo de sus ojos todavía había una

expresión de terror.

»–No puede ser más sencillo –contesté–. Cuando se arremangó un brazo para meter aquel

pez en la barca, vi que le habían tatuado «J.A.» en el brazo. Las letras todavía eran legibles,

pero se veía bien a las claras, a juzgar por su apariencia borrosa y por el teñido de la piel a su

alrededor, que se hablan hecho esfuerzos conducentes a su desaparición. Era obvio, pues,

que en otro tiempo aquellas iniciales habían sido muy familiares y que, posteriormente, había

querido olvidarlas.

»–¡Qué vista tiene usted, señor Holmes! –exclamó con un suspiro de alivio–. Es tal como

usted dice, pero no hablaremos de ello. Entre todos los fantasmas, los de nuestros viejos

amores son los peores. Venga a la sala de billar y fume tranquilamente un cigarro.

»A partir de aquel día, y a pesar de toda su cordialidad, siempre hubo una nota de suspicacia

en la actitud del señor Trevor conmigo. Hasta su hijo se dio cuenta. «Le diste tal susto al jefe –

me dijo– que nunca más volverá a estar seguro de lo que sabes y de lo que no sabes.» Tengo

la certeza de que él se esforzaba en no manifestarlo, pero la sospecha estaba tan firmemente

arraigada en su mente que afloraba en cualquier ocasión. Finalmente, llegué a estar tan

convencido de que le causaba tal inquietud que di por concluida mi visita. Pero el mismo día

de mi partida, antes de marcharme, ocurrió un incidente que después demostraría tener su

importancia.

»Estábamos sentados los tres en sillas del jardín y sobre el césped, tomando el sol y

admirando la vista a través de los Broads, cuando salió la sirvienta para decir que ante la

puerta había un hombre que deseaba ver al señor Trevor.

»–¿Cuál es su nombre? –preguntó mi anfitrión.

»–No ha querido dar ninguno.

»–~Qué quiere, pues?

»–Dice que usted lo conoce y que sólo desea unos momentos de conversación.

»–Hazle pasar aquí.

»Un momento después apareció un hombrecillo apergaminado, con una actitud servil y unos

andares bamboleantes. Llevaba una chaqueta abierta, con una gran salpicadura de alquitrán

en la manga, una camisa a cuadros rojos y negros, pantalones de tela basta y unas recias

botas desgastadas. Tenía un rostro moreno, enjuto y sagaz, con una perpetua sonrisa que

mostraba una línea irregular de dientes amarillos, y sus manos arrugadas estaban cerradas a

medias, de un modo que es distintivo de los marineros. Al acercarse, encorvado, a través del

césped, oi que la garganta del señor Trevor producía un ruido semejante a un hipo y,

abandonando de un salto su silla, corrió precipitadamente hacia la casa. Volvió al cabo de

unos momentos y, al pasar junto a mi, mi olfato captó una intensa vaharada de brandy.

»–Y bien, buen hombre –dijo–, ¿qué puedo hacer por usted?

»El marinero le miraba con ojos entrecerrados y con la misma e incesante sonrisa en su faz.

¿me conoce? –le preguntó.

»–¡Vaya, hombre! ¡Pero si es Hudson! –exclamó el señor Trevor en un tono de sorpresa.

»–Y Hudson soy, señor –dijo el marinero–. Es que han pasado más de treinta años desde la

última vez que le vi. Y aquí está usted en su casa, y yo comiendo todavía mi tasajo sacado del

barril de a bordo.

»–Tranquilo, hombre, pues verás que no he olvidado tiempos ya lejanos – dijo el señor Trevor

y, avanzando hacia el marinero, le murmuró algo en voz baja. A continuación, y en voz alta

añadió–: Ve a la cocina, allí te darán comida y bebida. Y no me cabe duda de que te

encontraré un empleo.

»–Gracias, señor –repuso el marinero, llevándose la mano a la visera de la gorra–. Llevaba ya

dos años en un vapor de cabotaje que no pasaba de los ocho nudos, y además con poca

tripulación, y deseo tomarme un descanso. Pensé que lo conseguiría, ya fuera con el señor

Beddoes o con usted.

»–¡Ah! –gritó el señor Trevor–. ¿Sabes dónde está el señor Beddoes?

»–Por favor, señor, yo sé dónde están todos mis viejos amigos –dijo el hombre con una

sonrisa siniestra, y se deslizó tras la sirvienta en dirección a la cocina.

»El señor Trevor murmuró algo acerca de haber navegado junto con aquel hombre cuando

volvió de las minas. Después entró en la casa, dejándonos a los tres fuera. Al entrar nosotros

una hora más tarde, lo encontramos borracho perdido, echado en el sofá de la sala de estar.

Todo el incidente dejó en mi mente una impresión desagradable. Al día siguiente no me dolió

abandonar Donnithorpe, pues pensaba que mi presencia podía ser motivo de embarazo para

mi amigo.

»Esto ocurrió durante el primer mes de las vacaciones de verano. Yo volví a mis habitaciones

de Londres, donde pasé siete semanas dedicado a unos experimentos de química orgánica.

Un día, sin embargo, cuando el otoño ya estaba bastante avanzado y las vacaciones tocaban

a su fin, recibí un telegrama de mi amigo en el que me rogaba que volviera a Donnithorpe a fin

de recabar mi consejo y ayuda.

»Me recibió con el dog cart en la estación, y comprendí al primer vistazo que en los dos

últimos meses le hablan sometido a dura prueba. Había adelgazado y se notaba que le

agobiaba alguna inquietud, pues había perdido aquella actitud amable y jovial que tanto le

caracterizaba.

»–El jefe se está muriendo –fueron sus primeras palabras.

»–¡Imposible! –grité–. ¿Qué le ocurre?

»–Apoplejia. Un choque nervioso. Todo el día ha estado al borde del final. Dudo de que lo

encontremos con vida.

–Como puede imaginar, Watson, me sentí horrorizado por esta noticia inesperada.

»–¿Cuál ha sido la causa? –pregunté. »–Ah, ésta es la cuestión. Sube y podremos comentarlo

durante el trayecto. ¿Recuerdas aquel individuo que llegó la tarde anterior a tu partida?

»–Perfectamente.

»–¿Sabes a quién dejamos entrar en casa aquel día?

»–No tengo ni la menor idea.

»–¡Era el Diablo, Holmes! –exclamo.

»Lo miré estupefacto.

»- Si era el Diablo personificado. Desde entonces no hemos tenido ni una hora de paz, ni una

sola. Desde aquella tarde, el jefe ya no volvió a levantar cabeza, y ahora le ha sido arrebatada

la vida y se le ha partido el corazón, todo debido a ese maldito Hudson.

»–¿Qué poder tiene, pues?

»–¡Ah, esto es lo que yo desearla saber a cualquier precio! ¡El bueno del jefe, tan amable y

caritativo! ¿Cómo pudo caer en las manos de semejante rufián? Pero me alegra tanto que

hayas venido, Holmes... Confio muchísimo en tu buen juicio y en tu discreción, y sé que me

darás el mejor consejo.

»Avanzábamos a lo largo de la lisa y blanca carretera rural, y ante nosotros brillaba el largo

tramo de los Broads bajo la luz roja del sol poniente. En una arboleda a nuestra izquierda, ya

podía ver las altas chimeneas y el mástil de la bandera que señalaban la mansion del squire.

»–Mi padre nombró jardinero a aquel tipo –explicó mi compañero– y después, ya que esto no

le satisfizo, lo ascendió a mayordomo. Parecía como si la casa estuviera a su merced; la

recorría y hacia en ella cuanto se le antojaba. Las criadas se quejaron de su afición a la

bebida y de su lenguaje soez, y mi padre les aumentó el sueldo a todas para compensarles de

estas molestias. Aquel individuo utilizaba la barca y la mejor escopeta de mi padre, y se

regalaba con pequeñas cacerías. Y todo esto lo hacía con una cara tan insolente y burlona

que, si hubiera sido un hombre de mi edad, veinte veces le hubiera tumbado de un puñetazo.

Te aseguro, Holmes, que en todo momento me he sometido a un férreo control, pero ahora

me pregunto si no hubiera obrado mucho mejor abandonándome un poco más a mis impulsos.

»Pues bien, entre nosotros las cosas fueron de mal en peor, y ese animal de Hudson se

mostró cada vez más entrometido, hasta que un día, al contestar con insolencia a mi padre en

mi presencia, lo agarré por un hombro y lo expulsé de la habitación. Se retiró con un rostro

lívido y unos ojos ponzoñosos, que proferían más amenazas de las que hubiese podido

pronunciar su lengua. No sé qué ocurrió entre mi pobre padre y él después de esto, pero papá

me llamó el día siguiente y me preguntó si no podía yo ofrecer mis excusas a Hudson. Como

puedes imaginar, me negué y a la vez in-uirí cómo podía permitir mi padre que semejante

granuja se tomara tantas libertades con él y con el personal de la casa.

»–Ah, muchacho –me dijo–, hablar cuesta muy poco, pero tú no sabes cuál es mi situación.

Sin embargo, lo sabrás, Victor. Yo me ocuparé de que lo sepas, ocurra lo que ocurra. ¿Verdad

que no crees que tu pobre y viejo padre haya cometido nada malo?

»Estaba muy emocionado y se encerró todo el día en el estudio donde, como pude ver a

través de la ventana, escribía afanosamente.

«Aquella tarde se produjo lo que a mí me representó un gran alivio, pues Hudson nos anunció

que iba a dejarnos. Entró en el comedor, donde nosotros estábamos sentados después de

cenar, y manifestó su intención con la voz pastosa del hombre medio bebido.

»–Ya estoy harto de Norfolk –dijo–. Me iré a casa del señor Beddoes, en el Hampshire. Sé

que se alegrará tanto como usted cuando me vea.

«–Espero que no irás a marcharte enfadado, Hudson –dijo mi padre con una docilidad que

hizo hervir mi sangre en las venas.

»–No me han sido presentadas excusas –replicó él, ceñudo y mirando en mi dirección.

»–Victor, ¿no reconoces que has tratado con dureza a este buen hombre? – preguntó mi

padre, volviéndose hacia mi.

»–Muy al contrario, creo que los dos hemos mostrado con él una paciencia extraordinaria –

repuse.

» ¿Ah, sí, conque éstas tenemos? –gruñó Hudson–. Pues muy bien, hombre. ¡Ya nos

ocuparemos de esto!

«Salió del comedor con la cabeza gacha y media hora más tarde abandonó la casa, dejando a

mi padre en un estado de penoso nerviosismo. Noche tras noche, le oía pasear por su

habitación, y precisamente, cuando ya empezaba a recuperar la confianza en si mismo, cayó

por fin el golpe sobre él.

»–¿Y cómo fue? –inquirí con afán.

»–Del modo más extraordinario. Ayer por la tarde llegó una carta destinada a mi padre con el

matasellos de Fordingbridge. Mi padre la leyó, se llevó ambas manos a la cabeza y empezó a

caminar por la habitación, describiendo pequeños círculos, como el hombre que ha perdido

los sentidos. Cuando por fin le hice echarse en un sofá, su boca y sus párpados se habían

desviado a un lado y comprendí que había sufrido un ataque de apoplejía. El doctor Fordham

vino en seguida y acostamos a mi padre, pero hoy la parálisis ha aumentado y no da señales

de recuperar el conocimiento. Creo muy difícil que aún lo encontremos vivo.

»–¡Me horrorizas, Trevor! –exclamé–. ¿Qué podía haber leído en aquella carta, para que

causara un resultado tan espantoso?

»–Nada. Y esto es lo inexplicable del asunto. El mensaje era tan absurdo como trivial. ¡Ah,

Dios mío, como yo temía!

»Mientras hablaba enfilamos la curva de la avenida de entrada y, a la luz mortecina, vimos

que todas las persianas de la casa estaban echadas. Corrimos hacia la puerta, y el semblante

de mi amigo se convulsionó por el dolor al ver aparecer en el umbral un caballero vestido de

negro.

»–¿Cuándo ha ocurrido, doctor? –preguntó Trevor.

»–Casi inmediatamente después de marcharse usted.

»–¿Recobró el conocimiento?

»–Por unos momentos antes del final.

»–¿Algún mensaje para mí?

»–Sólo que los papeles están en el cajón posterior del armario japonés.

»Mi amigo subió con el doctor a la cámara mortuoria, mientras yo permanecía en el estudio,

dando al asunto vueltas y más vueltas en mi cabeza y sintiéndome más apenado que en

ningún otro instante de mi vida. ¿Cuál debía ser el pasado de Trevor, pugilista, viajero y

buscador de oro, que se había puesto en manos de aquel marinero de rostro patibulario? ¿Por

qué, asimismo, había de desmayarse ante una alusión a las iniciales medio borradas en su

brazo, y morirse de miedo al recibir una carta de Fordingbridge? Recordé entonces que

Fordingbridge estaba en el Hampshire, y que aquel señor Beddoes, al que había ido a visitar

el marinero, y presumiblemente a extorsionarle, también había sido mencionado como

residente en el Hampshire. Por consiguiente, la carta o bien podía proceder de Hudson, el

marinero, para anunciar que había traicionado el culpable secreto que parecía existir, o bien

haber sido escrita por Beddoes, a fin de advertir a un antiguo confederado sobre la inminencia

de esta delación. Hasta aquí la cosa parecía bastante clara. Pero en este caso, ¿cómo podía

el mensaje ser trivial y grotesco, tal como lo describía el hijo? Debía de haberlo interpretado

mal. Y si era así, bien podía tratarse de uno de aquellos códigos secretos que quieren decir

una cosa mientras aparentan decir otra. Yo tenía que leer esa carta. Si había en ella un

significado oculto, yo confiaba en poder desentrañarlo.

Durante una hora permanecí sentado, meditando al respecto en la semioscuridad, hasta que

finalmente una sirvienta llorosa trajo una lámpara. La seguía mi amigo Trevor, que entró

pálido pero sereno, con estos mismos papeles que ahora tengo sobre mis rodillas. Se sentó

ante mí, acercó la lámpara al borde de la mesa y me entregó una breve nota escrita, como ve

usted, en una sola cuartilla de color gris. Decía: «El suministro de caza para Londres aumenta

sin cesar. Al guardabosque en jefe Hudson, según creemos, se le ha pedido ahora que reciba

todos los encargos de papel atrapamoscas y que preserve la vida de vuestros faisanes

hembra.

»Le aseguro que en mi cara se reflejó el mismo asombro que en la suya cuando leí por

primera vez este mensaje. Acto seguido lo releí cuidadosamente. Era, evidentemente, lo que

había pensado yo, y una segunda versión había de ocultarse en esa extraña combinación de

palabras. ¿Y no podía ser que tuviera un significado ya previamente convenido en palabras

tales como «papel atrapamoscas’» y «faisanes hembra»? Este significado sería arbitrario y de

ningún modo se le podría deducir. Sin embargo, me sentía poco inclinado a creer que fuera

éste el caso, y la presencia del nombre «Hudson» parecía indicar que el tema del mensaje era

el que yo había sospechado, y que procedía de Beddoes más bien que del marinero. Probé la

lectura hacia atrás, pero los resultados nada tenían de alentadores. A continuación probé con

palabras alternativas, pero tampoco pareció que el sistema prometiera aportar alguna luz. Y a

continuación, en un instante, tuve en mis manos la clave del enigma, pues vi que cada tercera

palabra, comenzando por la primera, construía un mensaje que bien podía llevar al viejo

Trevor a la de-sesperación: «El juego ha terminado. Hudson lo ha contado todo. Huye para

salvar tu vida.»1

1. (N. del T.) El código es intraducible, pues para aplicar la clave habría que cambiar el

texto del mensaje, al cual se sigue haciendo referencia más adelante. Sin embargo, para

aquellos lectores aficionados a descifrar códigos secretos, creo conveniente transcribir

el mensaje completo en su versión original inglesa, así como el verdadero texto ya

descifrado: The supply of game lar London is going steadily op. Head-keeper Hudson,

we bel ieve, has been now told to rece ive al! orders lar lly-paper and lar preservation of

your hm pheasants li/e.

Y anotando cada tercera palabra, a partir de la primera, el resultado es el siguiente: The

garne is up. Hudson has told al!. Fly lar your life.»

»Victor Trevor hundió el rostro entre sus manos temblorosas.

»–Ha de ser esto, supongo –dijo–. Y esto es peor que la muerte, porque significa también el

deshonor. Pero, ¿cuál es el significado de ese «guardabosque» y esos «faisanes hembra»?

»–Nada significan para el mensaje, pero podrían representar mucho para nosotros si no

tuviéramos otros medios para descubrir al remitente. El ha empezado por escribir: «El...

juego... ha...», y así sucesivamente. Y después, para ajustarse al código acordado, ha tenido

que meter dos palabras en cada espacio vacío. Como es natural, utilizó las primeras palabras

que acudieron a su mente, y por haber entre ellas tantas que hacen referencia al deporte de la

caza, cabe tener la tolerable seguridad de que o bien es un apasionado de la caza o tiene

interés por la cría de animales. ¿Tú sabes algo de ese Beddoes?

»–Ahora que lo mencionas –me contestó–, recuerdo que mi pobre padre recibía cada otoño

una invitación suya para ir a cazar en su vedado.

»-Entonces es indudable que la nota procede de él –dije–. Sólo nos queda descubrir qué es

este secreto que el marinero blandía sobre las cabezas de estos dos hombres ricos y

respetados.

»–Por desgracia, Holmes, mucho me temo que sea un pecado vergonzoso –manifestó mi

amigo–. Mas para ti yo no tengo secretos. He aquí la declaración que escribió mi padre

cuando supo que el peligro por parte de Hudson se habla hecho inminente. La encontré en el

armario japonés, tal como se lo dijo él al doctor. Léemela tu mismo, pues yo no tengo fuerzas

ni valor para hacerlo.

–Estos son los mismos documentos, Watson, que él me entregó, y ahora se los leeré a usted

tal como aquella noche se los leí a él en el viejo estudio. Como ve, hay un título bastante

explícito: «Detalles del viaje de la corbeta Gloria Scott desde que zarpó de Falmouth el 8 de

octubre de 1855, hasta su destrucción en latitud Norte 150 20’, longitud Oeste 250 14’, el 6 de

noviembre.» Está presentado en forma de carta y dice lo siguiente:

«Mi querido, queridísimo hijo... Ahora, cuando una inminente desgracia empieza a oscurecer

los últimos años de mi vida, puedo escribir con toda veracidad y sinceridad que no es el temor

a la ley, ni la pérdida de mi posición en el condado, ni tampoco mi caída a los ojos de todos

aquellos que me han conocido lo que más destroza mi corazón, sino la idea de que tengas

que sonrojarte por mi culpa... tú, que me quieres y que rara vez, quiero esperarlo, has tenido

motivo para no respetarme. Pero si cae el golpe que desde siempre me está amenazando,

entonces desearía que leyeras esto para que sepas a través de mi hasta qué punto se me

puede culpar. Por otra parte, si todo va bien (¡Así quiera concederlo Dios Todopoderoso!) y si

por azar este papel todavía pudiera ser destruido y cayera en tus manos, por la memoria de tu

querida madre y por el amor que existe entre nosotros, arrójalo al fuego y nunca más vuelvas

a dedicarle un solo pensamiento.

En cambio, si tus ojos recorren estas líneas, ello querrá decir que habré sido denunciado y

arrebatado de mi casa, o bien, lo que será más probable, pues ya sabes que tengo un

corazón débil, que yaceré con mi lengua sellada para siempre por la muerte.

Mi nombre, querido hijo, no es Trevor. Yo era James Armitage en mis años mozos, y ahora

comprenderás la impresión que me causó hace unas semanas, que tu amigo del colegio me

dirigiera unas palabras que daban a entender que había penetrado en mi secreto. Como

Armitage entré a trabajar en un banco de Londres. También como Armitage fui acusado de

quebrantar las leyes de mi país y sentenciado a la deportación. No me juzgues con dureza,

hijo mío: me vi obligado a pagar lo que se llama una deuda de honor y, para hacerlo, empleé

dinero que no era mío, seguro de que podría devolverlo antes de que hubiera la posibilidad de

que lo echaran en falta. Pero me persiguió el más atroz de los infortunios, el dinero con el que

yo había contado nunca llegó a mis manos, y una prematura revisión de las cuentas bancarias

reveló mi desfalco. Mi caso hubiera podido ser juz-gado con benevolencia, pero hace treinta

años las leyes eran aplicadas con mayor dureza que ahora, y el día en que cumplía veintitrés

años me vi encadenado, como cualquier delincuente y junto con otros treinta y siete

presidiarios, en el entrepuente de la Gloria Scott, con destino a Australia.

Corría el año 1855. La guerra de Crimea estaba en su apogeo y los viejos barcos destinados

a los presidiarios eran utilizados en su mayor parte como transporte en el mar Negro. Por

consiguiente, el gobierno se veía obligado a emplear embarcaciones más pequeñas y menos

adecuadas para enviar a ultramar sus presidiarios. La Gloria Scott había transportado té de

China, pero era un buque anticuado, de proa roma y gran manga, y los nuevos clippers lo

habían arrinconado. Desplazaba 500 toneladas y, además de sus treinta y ocho presidiarios,

llevaba a bordo una tripulación de veintiséis hombres, dieciocho soldados, un capitán, tres

pilotos, un médico, un capellán y cuatro guardianes. En total, casi un centenar de almas

íbamos a bordo cuando zarpamos de Falmouth.

Los tabiques entre las celdas de los presidiarios, en vez de ser de grueso roble, como es

usual en los barcos que transportan presidiarios, eran bastante delgados y frágiles. El preso

contiguo, en dirección a popa, ya me había llamado la atención cuando recorrimos el muelle.

Era un hombre joven, de cara blanca e imberbe, nariz larga y delgada, y mandíbula bastante

poderosa. Mantenía la cabeza airosamente alta, caminaba con un cierto contoneo y

destacaba, sobre todo, por su extraordinaria altura. No creo que ninguno de nosotros le

llegara al hombro; estoy seguro de que no medía menos de seis pies y medio. Resultaba

extraño ver entre tantos rostros tristes y ajados una faz tan llena de energía y determinación.

Su visión fue para mí como la de una reconfortante hoguera en plena tormenta de nieve. Me

alegré al descubrir que era mi vecino, y todavía más cuando, en plena noche, oi un susurro

junto a mi oído y observé que se las había arreglado para abrir un orificio en la delgada tabla

que nos separaba.

–Hola, compañero –me dijo–. ¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás aquí?

Se lo dije y pregunté, a mi vez, con quién hablaba.

–Soy Jack Prendergast –me contestó–, y por todos los cielos te aseguro que aprenderás a

bendecir mi nombre antes de lo que tarda en cantar el gallo.

Yo recordaba haber oído hablar de su caso, pues había causado una sensación enorme en

todo el país, poco antes de mi propio arresto. Era hombre de buena familia y de una gran

capacidad, pero con hábitos torcidos e incurables, y que, mediante un ingenioso sistema de

fraude, habla obtenido sumas enormes de los principales comerciantes de Londres.

¡Ajá! ¿Conque recuerdas mi caso? –exclamó con orgullo.

Y muy bien, por cierto.

–Entonces tal vez recuerdes algo extraño en él.

–¿El qué?

Yo me había hecho casi con un cuarto de millón, ¿no es así?

–Así se dijo.

-Pero no se recuperó ni un céntimo, ¿verdad?

-No.

-Bien, ¿y dónde crees que está el botín? –inquirió.

-No tengo ni la menor idea.

-Pues aquí, entre mi pulgar y el índice –me aseguró-. Por Dios que tengo más libras a mi

nombre que tu pelos en la cabeza. Y si tienes dinero, hijo mío, y sabes cómo manejarlo y

hacerlo circular, ¡puedes lograr cualquier cosa! Y no irás a creer que un hombre que puede

hacer cualquier cosa se dispone a gastar el asiento de sus pantalones sentado en la apestosa

bodega de un mohoso carguero de las costas de China, infestado por las ratas y las

cucarachas, y semejante a un ataud viejo y putrefacto. No, señor, un hombre como yo cuidará

de sí mismo y cuidará de sus amigos. ¡Puedes estar seguro de ello! Tú confía en él, y tan

cierto como la Biblia que él te sacará adelante.

Tal era su manera de hablar y, al principio, creí que nada significaba, pero al cabo de un

tiempo, cuando me hubo puesto a prueba y juramentado con toda la solemnidad posible, me

dio a entender que habia realmente una conspiración para apoderarse del barco. Una docena

de presidiarios lo habían tramado antes de subir a bordo; Prendergast era el jefe, y su dinero

era el factor motivador.

–Yo tenía un asociado –me dijo–, un hombre de rara valía y tan leal como la culata de un fusil

al cañón del mismo. Se ordenó como sacerdote, ¿y dónde crees que se encuentra en este

momento? Pues bien, es el capellán de este barco... ¡Nada menos que el capellán! Subió a

bordo con un abrigo negro y sus papeles en orden, y en su caja lleva dinero suficiente para

comprar este trasto desde la quilla hasta lo alto del palo mayor. La tripulación es suya en

cuerpo y alma. Pudo comprarla a tanto la gruesa con descuento por pago al contado, y lo hizo

incluso antes de que firmaran el conocimiento de embarque. Cuenta con dos de los

guardianes y con Mercer, el segundo oficial, y conseguiría al propio capitán si creyese que

valía la pena.

–¿Qué hemos de hacer, pues? –pregunté.

–¿Qué te figuras? –repuso–. Vamos a hacer que las casacas de estos soldados se vuelvan

más rojas que cuando las cortó el sastre.

–Pero ellos están armados –alegué.

–Y también lo estaremos nosotros, muchacho. Hay un par de pistolas para cada hijo de madre

de los nuestros, y si no podemos apoderarnos de este barco con una tripulación que nos

respalde, valdrá más que nos manden a todos a un pensionado de señoritas. Habla esta

noche con tu vecino de la izquierda y entérate de si se puede confiar en él.

Así lo hice, y averigüé que era un joven en una situación muy semejante a la mía, cuyo delito

había sido el de falsificación. Se llamaba Evans, pero después cambió de nombre, igual que

yo, y hoy es un hombre rico y próspero en el sur de Inglaterra. Estaba más que dispuesto a

unirse a la conspiración, como único medio para salvarnos, y antes de haber cruzado el golfo

de Vizcaya sólo dos de los presidiarios no estaban enterados del secreto. Uno de ellos era un

débil mental en el que no nos atrevimos a confiar; el otro padecía una ictericia y no podía

sernos de ninguna utilidad.

En realidad, desde el primer momento no hubo nada que pudiera impedirnos tomar posesión

del navío. La tripulación la formaban un grupo de rufianes, especialmente elegidos para el

trabajo. El supuesto capellán entraba en nuestras celdas para exhortarnos, equipado con un

maletín negro en apariencia lleno de folletos religiosos, y tan a menudo nos visitaba que el

tercer día cada uno de nosotros ya había ocultado al pie del camastro una lima, un par de

pistolas, una libra de pólvora y veinte postas. Dos de los guardianes eran agentes de

Prendergast y el segundo oficial era su mano derecha. El capitán, los otros dos oficiales, el

doctor y el teniente Martin y sus dieciocho soldados, era a todo lo que deberíamos

enfrentarnos. No obstante, pese a esta providencia, decidimos no descuidar ninguna

precaución y efectuar nuestro ataque de repente y por la noche. Sin embargo, se produjo

antes de lo que esperábamos y del modo siguiente:

Una tarde, alrededor de la tercera semana después de nuestra partida, el doctor había bajado

para visitar a uno de los presidiarios que estaba enfermo y, al poner la mano en la parte

inferior del catre, palpó el perfil de las pistolas. Si hubiera guardado silencio, habría po-dido

enviarlo todo al traste, pero era un hombrecillo nervioso y lanzó una exclamación de sorpresa,

y se puso tan pálido que el otro supo al instante lo que ocurría y lo inmovilizó. Fue

amordazado antes de que pudiera dar la alarma y atado a la cama. Había dejado abierta la

puerta que conducía a cubierta y por ella salimos todos precipitadamente. Los dos centinelas

fueron abatidos a tiros y también un cabo que acudió corriendo para saber qué ocurría. Había

otros dos soldados ante la puerta del salón, mas al parecer sus mosquetes no estaban

cargados, ya que no llegaron a disparar contra nosotros, y ambos fueron acribillados a

balazos mientras trataban de calar sus bayonetas. Corrimos entonces hacia el camarote del

capitán, pero al abrir la puerta se oyó una detonación en el interior y lo encontramos con la

cabeza apoyada en el mapa de Atlántico, sujeto con chinchetas a la mesa, y con el capellán

junto a él, con una pistola humeante en su mano. Los dos oficiales habían sido hechos

prisioneros por la tripulación y la situación parecía totalmente dominada.

El salón era contiguo al camarote; entramos en él y nos acomodamos en sus bancos,

hablando todos a la vez, pues nos enloquecía la sensación de gozar nuevamente de libertad.

Había armarios a nuestro alrededor, y Wilson, el falso capellán, descerrajó uno de ellos y sacó

una docena de botellas de jerez. Rompimos sus golletes, vertimos el vino en vasos y los

estábamos apurando, cuando de pronto, sin la menor advertencia, llegó el rugido de los

mosquetes a nuestros oídos y el salón se llenó de humo, hasta el punto que no podíamos ver

a través de la mesa. Wilson y otros ocho hombres se retorcían en el suelo, unos sobre otros; y

la sangre y el jerez añejo sobre aquella mesa todavía me enferman cuando pienso en ello.

Tanto nos intimidó aquella visión, que creo que nos hubiéramos dado por vencidos de no

haber sido por Prendergast, que bramó como un toro y se precipitó hacia la puerta con todos

los supervivientes pisándole los talones. Nos habían disparado a través de las lumbreras

entreabiertas del salón. Salimos a cubierta y allí, a popa, se encontraban el teniente y diez de

sus hombres. Nos lanzamos sobre ellos antes de que consiguieran cargar de nuevo sus

mosquetes; se defendieron con coraje, pero pudimos con ellos y, cinco minutos después, todo

había terminado. A fe mía que dudo que hubiera un matadero como aquel barco. Prendergast

parecía un demonio enfurecido y agarró a los soldados como si fueran chiquillos y los arrojó

por la borda, vivos o muertos. Había un sargento con terribles heridas y, sin embargo, se

mantuvo a nado durante un tiempo sorprendente, hasta que alguien tuvo la misericordia de

volarle la tapa de los sesos. Cuando terminó la refriega, no quedaba con vida ninguno de

nuestros enemigos, excepto los guardianes, los oficiales y el doctor.

Precisamente por causa de ellos se produjo la gran disputa. Muchos de nosotros nos

dábamos por satisfechos con la recuperación de nuestra libertad y no deseábamos cargar con

asesinatos nuestras conciencias. Una cosa era tumbar a los soldados armados y otra

presenciar cómo se mataban hombres a sangre fría. Ocho de nosotros, cinco presidiarios y

tres marineros, dijimos que no queríamos presenciar semejante atrocidad, pero no hubo

manera de convencer a Prendergast y sus seguidores. Dijo que nuestra única probabilidad de

salvación radicaba en efectuar un trabajo a fondo, y que no dejaría una sola lengua capaz de

hablar más tarde en el estrado de los testigos. A punto estuvimos de correr la misma suerte

de los rehenes pero finalmente Prendergast dijo que, si queríamos, podíamos quedarnos con

un bote de salvamento y largarnos. Aceptamos en el acto, pues ya estábamos hartos de

tantos sucesos sangrientos y sabíamos que las cosas no harían sino empeorar. Nos

entregaron un traje de marinero a cada uno, dos barriles de agua y otros dos, uno de tasajo y

otro de galleta, y una brújula. Prendergast nos arrojó una carta de navegación, nos dijo que

éramos marineros cuyo buque había naufragado en los 50 lat. N y 250 long. O, y después

cortó la amarra y nos dejó marchar.

Y ahora, mi querido hijo, viene la parte más sorprendente de mi historia. Durante la rebelión,

los marineros, para inmovilizar el barco, habían puesto en facha la vela del trinquete, pero

ahora, mientras nos alejábamos de ellos, la izaron de nuevo y, puesto que soplaba un suave

viento del nordeste –los alisios–, la corbeta empezó a distanciarse lentamente de nosotros.

Nuestro bote subía y bajaba a merced del monótono oleaje, y Evans y yo, que éramos los

más cultos del grupo, estábamos sentados a popa calculando nuestra posición y planeando

hacia qué costa de Africa podíamos dirigirnos. Era una cuestión peliaguda, ya que cabo Verde

quedaba sólo a unas quinientas millas al noreste y Sierra Leona a unas setecientas al este.

En resumidas cuentas, visto que soplaban a favor los vientos alisios, pensamos que la mejor

opción sería Sierra Leona, y pusimos rumbo en esta dirección, cuando la corbeta casi

ocultaba ya su casco a estribor. De pronto, mientras la estábamos mirando, vimos que

brotaba de ella una densa columna de humo, que se cernió sobre el horizonte como un árbol

monstruoso. Unos segundos más tarde, una explosión retumbó como un trueno en nuestros

oídos y, cuando la humareda se disipó un poco, no vimos ni rastro de la Gloria Scott. Instantes

después, viramos en redondo y remamos con todas nuestras fuerzas hacia el lugar donde el

humo que aún flotaba sobre el agua marcaba la escena de la catástrofe.

Pasó una larga hora antes de que llegáramos a ella y al principio temimos que fuera

yademasiado tarde para salvar a alguien. Un bote hecho astillas y varias jaulas de embalaje y

restos de la arboladura, que se balanceaban sobre las olas, nos señalaron dónde se había ido

a pique la corbeta. Al no advertir indicios de vida perdimos toda esperanza, y ya nos

alejábamos cuando oímos un grito de auxilio y vimos a cierta distancia unos restos del

naufragio, con un hombre tendido sobre ellos. Cuando lo subimos a bordo de nuestro bote,

resultó ser un marinero llamado Hudson, tan exhausto y lleno de quemaduras que hasta la

mañana siguiente no pudo contarnos lo ocurrido.

Al parecer, después de marcharnos nosotros, Prendergast y su pandilla se habían dedicado a

dar muerte a los restantes rehenes: el tercer oficial y los dos guardianes fueron muertos a tiros

y arrojados por la borda. Seguidamente, Prendergast bajó al entre-puente y con sus propias

manos degolló al infortunado cirujano. Sólo quedaba el primer oficial, un hombre audaz y

decidido que, cuando vio al presidiario acercarse a él con el cuchillo ensangrentado en la

mano, se desprendió de sus ligaduras que de algún modo había conseguido aflojar y,

echando a correr por la cubierta, se precipitó hacia la bodega de popa.

Una docena de presidiarios que bajaron pistola en mano en pos de él, lo encontraron con una

caja de cerillas en la mano, sentado junto a un barril de pólvora abierto, uno del centenar que

había a bordo, y jurando que los haría volar a todos por los aires si se le molestaba. Un

instante después se produjo la explosión, aunque Hudson creía que fue causada por la bala

mal dirigida de uno de los presidiarios y no por la cerilla del oficial. Pero cualquiera que fuese

la causa, significó el fin de la Gloria Scott y de la chusma que se había apoderado de la

corbeta.

Tal es, mi querido hijo, la historia de ese terrible asunto en el que me vi envuelto. El día

siguiente nos recogió el bergantín Hodspur, con destino a Australia, cuyo capitán no tuvo

dificultad en creer que éramos los supervivientes de un barco de pasaje que se había ido a

pique. La Gloria Scott fue considerada por el Almirantazgo como perdida en alta mar, y ni una

sola palabra se ha sabido jamás acerca de su verdadero sino. Tras un viaje excelente, el

Hodspur nos desembarcó en Sidney, donde Evans y yo cambiamos nuestros nombres y nos

dirigimos a las excavaciones en busca de oro, donde, entre la multitud allí concentrada,

procedente de todas las naciones, no tuvimos la menor dificultad en perder nuestras

anteriores identidades.

No es necesario que relate el resto. Prosperamos, viajamos, volvimos a Inglaterra como ricos

colonos, y adquirimos propiedades rurales. Durante más de veinte años hemos llevado una

existencia pacífica y útil, y esperábamos que nuestro pasado estuviera enterrado para

siempre. Imagina, pues, mis sentimientos cuando en el marinero que nos vino a ver reconocí

al instante al hombre que habíamos salvado del naufragio. De alguna manera había

averiguado nuestro paradero y estaba dispuesto a vivir a expensas de nuestro miedo.

Comprenderás ahora por qué me esforcé en vivir en paz con él, y hasta cierto punto

compartirás conmigo los temores que me invaden, después de que se haya alejado de mí e

ido en busca de otra víctima con amenazas en su boca.

Debajo había escrito con una mano tan temblorosa que el texto apenas resultaba legible:

«Beddoes escribe en clave que H. lo ha contado todo. ¡Que el Señor se apiade de nuestras

almas!»

–Tal fue la narración que aquella noche le leí al joven Trevor, y yo creo, Watson, que, dadas

las circunstancias, era de lo más dramático. El buen muchacho se quedó con el corazón

destrozado a causa de ella y se marchó a las plantaciones de té de Terai, donde, según he

oído decir, se defiende bien. En cuanto al marinero y a Beddoes, nunca más se volvió a saber

de ellos desde el día en que fue escrita la carta de advertencia. Ambos desaparecieron

absolutamente. La policía no recibió ninguna denuncia, de modo que Beddoes juzgó como un

hecho lo que era tan sólo una amenaza. A Hudson se le había visto acechar furtivamente en

las cercanías, y la policía llegó a creer que había liquidado a Beddoes y a continuación había

huido. Por mi parte, creo que la verdad fue exactamente lo opuesto. Considero como lo más

probable que Beddoes, movido por la desesperación y creyéndose ya traicionado, se vengó

de Hudson y huyó del país con todo el dinero al que pudo echar mano. Tales son los hechos

del caso, doctor, y si resultan de alguna utilidad para su colección, le aseguro que los pongo

gustosamente a su disposición.

º