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lunes, 14 de septiembre de 2009

¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO? - Agatha Christie


¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO?
Agatha Christie
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—Y sobre todo evite las preocupaciones y la excitación —dijo el doctor Meynell con el aire
profesional que emplean los médicos.
La señora Harter, como ocurre a menudo con las personas que escuchan inútiles palabras de
consuelo, parecía más indecisa que aliviada.
—Existe ciertamente una lesión cardíaca —continuó el doctor—, pero nada que deba alarmarla.
Puedo asegurárselo. De todas maneras —agregó—, sería conveniente que instalaran un ascensor. ¿Eh?
¿Qué le parece?
La señora Harter le miró preocupada.
El doctor Meynell, por el contrario, parecía muy satisfecho de sí mismo. Le gustaba atender a los
pacientes ricos más que a los pobres, porque así podía ejercitar su activa imaginación al recetar
remedios a sus dolencias.
—Sí; un ascensor —repitió el doctor Meynell, tratando de buscar algo más ostentoso incluso si
cabe—. Luego hemos de evitar todo esfuerzo innecesario. Hay que practicar ejercicio diariamente
siempre que haga buen tiempo, pero por terreno llano, nada de subir a las colinas. Y, sobre todo,
distraerse y no pensar continuamente en su salud.
Con el sobrino de la anciana, Carlos Ridgeway, el doctor fue algo más explícito.
—Quisiera que lo entendiese usted bien —le dijo—. Su tía puede vivir años... y, probablemente,
los vivirá. Pero al mismo tiempo un sobresalto o un esfuerzo excesivo pueden acabar con ella, ¡así! —
chasqueó los dedos—. Debe llevar una vida tranquila. Nada de esfuerzos. Nada de fatigarse. Pero, desde
luego, tampoco hay que dejar que se aburra. Hay que hacer que esté siempre alegre y distraída.
—Hay que distraerla —repuso Carlos Ridgeway, pensativo.
Carlos era un joven reflexivo a quien agradaba seguir sus inclinaciones siempre que fuera
posible.
Aquella noche sugirió la conveniencia de instalar un aparato de radio.
La señora Harter, que ya estaba seriamente preocupada por lo del ascensor, se mostró reacia y
contrariada, mas Carlos supo persuadirla.
—No me gustan esos modernismos —se lamentó la anciana—. Las ondas, ya sabes, las ondas
eléctricas... podrían afectarme.
Carlos, con aire de superioridad, le hizo ver la futilidad de su idea.
Y la señora Harter, cuyo conocimiento sobre el tema era muy ambiguo, pero que sabía defender
sus opiniones, permaneció en sus trece.
—Toda esa electricidad —murmuró con temor—, tú puedes decir lo que quieras, Carlos, pero a
algunas personas les afecta la electricidad. Siempre que va a haber tormenta me duele la cabeza. Tú lo
sabes. —Y asintió con aire triunfante.
Carlos era un joven paciente y también tenaz.
—Mi querida tía Mary —le dijo—, déjame que te lo explique.
Era casi una autoridad en la materia, y le dio toda una conferencia, hablándole entusiasmado de
los tubos emisores, de la alta y baja frecuencia, de amplificadores y condensadores.
La señora Harter, sumergida en aquel mar de palabras que no comprendía, se sometió.
—Claro que si tú crees... realmente... —murmuró.
—Mi querida tía Mary —replicó Carlos entusiasmado—, es lo que tú necesitas para dejar de
pensar en todo esto.
El ascensor recetado por el doctor Maynell instalóse poco después, y fue casi la muerte para la
señora Harter, ya que como otras ancianas sentía una profunda aversión a tener a hombres extraños en
la casa. Sospechaba que intentarían apoderarse de su plata antigua.
Después del ascensor, llegó el aparato de radio, y la señora Harter pudo contemplar el para ella
repelente objeto..., una caja grande de feo aspecto con varios mandos.
Carlos necesitó todo su entusiasmo para reconciliarla con él, mas el muchacho se encontraba en
su elemento haciendo girar los botones mientras discurseaba elocuentemente.
La señora Harter, sentada en su butaca de alto respaldo, paciente y cortés, seguía convencida de
que aquellos nuevos inventos no eran más que molestias disimuladas.
—Escucha, tía Mary, ahora oímos Berlín. ¿No es estupendo? ¿Oyes cómo habla el locutor?
—No oigo más que zumbidos y ruidos —replicó la señora Harter.
—Bruselas —anunció con entusiasmo.
—¿De veras? —dijo la señora Harter con muy poco interés.
Carlos continuó girando el dial y de pronto una especie de aullido encontró eco en la habitación.
—Ahora parece que estemos en la Casa del Perro —dijo la señora Harter, que era una anciana
de buen humor.
—¡Ja, ja, ja! —rió Carlos—. Siempre estás de broma, tía Mary. ¡Ha estado muy buena!
La señora Harter no pudo evitar el sonreírle. Quería mucho a Carlos. Durante algunos años había
vivido con ella su sobrina, Miriam Harter. Tenía intención de convertirla en su heredera, pero Miriam no
fue precisamente un éxito. Era impaciente y le molestaba la compañía de su tía. Siempre estaba fuera
«callejeando», como decía la señora Harter. Al final se había hecho novia de un joven al que su tía
desaprobaba del todo, y Miriam fue devuelta a su madre con el joven en cuestión y la señora Harter le
enviaba por Navidad una caja de pañuelos o un centro para la mesa. Nada más.
Habiendo sufrido tal decepción con su sobrina, la señora Harter dedicó su atención a los
sobrinos, y Carlos fue un éxito rotundo desde el principio. Siempre se mostraba amable y deferente con
su tía, escuchando con apariencia de gran interés los relatos de su pasada juventud. En esto era muy
distinto de Miriam, que siempre demostró su desagrado. Carlos nunca se disgustaba..., siempre estaba
de buen humor... y contento, y decía a su tía constantemente que era una anciana perfecta y
encantadora.
Altamente satisfecha de su nueva adquisición, la señora Harter había escrito a su abogado
dándole instrucciones para que redactara un nuevo testamento. Una vez éste se lo hubo enviado para
que lo aprobara, lo firmó satisfecha.
Y ahora, incluso en el asunto de la radio, Carlos no tardó en demostrar que había ganado nuevos
laureles.
La señora Harter, al principio tan contraria a la radio, se fue haciendo tolerante y luego una
entusiasta aficionada. Disfrutaba mucho más cuando Carlos estaba fuera. Lo malo de Carlos era que no
podía dejar tranquilo el aparato, y cuando él no estaba, podía sentarse cómodamente en su butaca y
escuchar un concierto sinfónico, o una conferencia sobre Lucrecia Borgia, feliz y en paz con todo el
mundo. Pero Carlos, no. y la armonía veíase interrumpida con chirridos discordantes mientras él con gran
entusiasmo trataba de encontrar emisoras extranjeras. Pero aquellas noches en que Carlos cenaba con
sus amigos, la señora Harter disfrutaba mucho con la radio escuchando los programas de noche desde
su butaca.
Fue cosa de unos tres meses después de que instalaran el aparato cuando tuvo el primer susto.
Carlos había ido a jugar una partida de bridge.
El programa de aquella noche era un concierto. Una soprano muy conocida estaba cantando
Annie Laurie, y en mitad de la canción ocurrió algo muy extraño. Hubo una interrupción, la música cesó,
continuando los zumbidos y los ruidos intermitentes, que luego también cesaron. Se hizo el silencio y al
fin se oyó un nuevo zumbido.
La señora Harter tuvo la impresión de que el aparato había captado un punto muy lejano y luego
se oyó claramente la voz de un hombre con ligero acento irlandés.
«Mary... ¿Me oyes, Mary? Te habla Patrick... pronto voy a ir a buscarte. Estarás preparada. ¿No
es verdad, Mary?»
Y luego, casi inmediatamente, volvieron a oírse las notas de Annie Laurie.
La señora Harter permaneció rígida en su sillón con las manos crispadas sobre los brazos del
mismo. ¿Había estado soñando? ¡Patrick! ¡La voz de Patrick! La voz de Patrick, en aquella misma
habitación, habiéndole... No, debía haber sido un sueño, tal vez una alucinación. Debió quedarse dormida
unos minutos. Era curioso lo que había soñado... que la voz de su esposo le hablaba a través del éter. Se
asustó un poco. ¿Qué era lo que le había dicho?
«Pronto voy a buscarte. Estarás preparada, ¿no es cierto, Mary?»
¿Sería un aviso? Insuficiencia cardíaca. Su corazón..., después de todo, había vivido muchos
años.
«Es un aviso..., eso es —díjose la señora Harter, levantándose trabajosamente de su butaca, y
agregó con su aire característico—: ¡ Y todo ese dinero desperdiciado en el ascensor!
Nada dijo de su experiencia, mas por espacio de unos días estuvo pensativa y un tanto
preocupada.
Y luego se repitió por segunda vez. También se encontraba sola en la habitación, escuchando
una selección orquestal que radiaba una emisora. La música cesó con la misma brusquedad que la
primera vez, y también se hizo el silencio; luego percibió la sensación de lejanía, y por fin la voz de
Patrick..., no como la que tuviera en vida..., sino una voz dilatada, lejana, como procedente de otro
mundo.
«Patrick te habla, Mary. Iré a buscarte pronto...»
Luego oyó un zumbido y la música volvió a llenar la habitación.
La señora Harter miró el reloj. No, esta vez no se había dormido. Había escuchado la voz de
Patrick despierta y en plena posesión de sus facultades. Y no era alucinación, estaba segura.
Y confundida trató de pensar en todo lo que Carlos le explicara sobre sus teorías de las ondas y
del éter.
¿Sería posible que Patrick le hubiera hablado realmente? ¿Y que su voz resultara distinta debido
a la distancia? Habían longitudes de ondas perdidas o algo por el estilo. Recordaba la conferencia de
Carlos. Quizá las ondas perdidas explicaran aquel fenómeno psíquico. No, no era del todo imposible.
Patrick le había hablado, utilizando la ciencia moderna, para prevenirla de lo que no iba a tardar en llegar.
La señora Harter hizo sonar el timbre para llamar a su doncella, Isabel.
Isabel era una mujer alta y delgada, de unos sesenta años, que bajo su exterior adusto ocultaba
una fuente de afecto y ternura hacia su ama.
—Isabel —dijo la señora Harter cuando hubo aparecido su fiel servidora—, ¿recuerdas lo que te
dije? El primer cajón de la izquierda de mi escritorio. Está cerrado... con la llave grande que tiene la
etiqueta blanca. Está todo preparado.
—¿Preparado, señora?
—Para mi entierro —gruñó la señora Harter—. Sabes perfectamente bien lo que quiero decir,
Isabel. Tú misma me ayudaste a guardarlo todo allí.
Isabel empezó a hacer pucheros.
—¡Oh, señora! —sollozó—, no diga esas cosas. Yo creí que estaba mucho mejor.
—Todos tenemos que morirnos un día u otro —dijo la señora Harter con aire práctico—. Ya paso
de los setenta, Isabel. Vamos, vamos, no te pongas así. Si has de llorar, vete a hacerlo a cualquier otro
sitio.
Isabel se retiró todavía sollozando.
La señora Harter la miraba marchar con afecto.
—Es una pobre tonta, pero fiel —se dijo—, muy fiel. Veamos, ¿son cien libras, o sólo cincuenta
las que le dejo en mi testamento? Tendrían que ser cien.
Aquello preocupó a la anciana, que a la mañana siguiente escribió a su abogado rogándole que
le enviara su testamento para revisarlo. Y aquel mismo día Carlos la sobresaltó, por lo que dijo durante la
comida.
—A propósito, tía Mary, ¿quién es ese extraño personaje del salón de estar? Me refiero a ese
cuadro que hay sobre la chimenea. El del sombrero de copa y las patillas...
La señora Harter le miró severamente.
—Ése es tu tío Patrick, cuando era joven —le dijo.
—Oh, perdona, tía Mary, lo siento. No era mi intención parecerte grosero.
La señora Harter aceptó su disculpa con una digna inclinación de cabeza.
Carlos continuó indeciso:
—Sólo me preguntaba... ¿Sabes?
Se detuvo y la señora Harter le preguntó intrigada:
—Bueno, ¿qué es lo que ibas a decir?
—Nada —se apresuró a responder Carlos-—. Quiero decir nada que tenga sentido.
De momento la anciana no dijo más, pero a última hora del día, cuando quedaron solos, volvió
sobre el mismo tema.
—Carlos, quisiera que me dijeras qué es lo que te hizo preguntar por el retrato de tu tío.
—Ya te lo dije, tía Mary. No fue más que una estúpida imaginación mía... completamente
absurda.
—Carlos —dijo la señora Harter en su tono más autoritario—, insisto en saberlo.
—Bueno, querida tía, si de verdad quieres saberlo, creí verle... me refiero al hombre del cuadro...
asomado a la ventana del extremo... anoche cuando caminaba por la avenida. Supongo que debió ser un
efecto de luz. Me pregunté quién diablos podía ser... aquella cara tan... victoriana... ya sabes a qué me
refiero. Y luego Isabel me dijo que no había ningún extraño ni ninguna visita en casa, y más tarde fui al
saloncito, y allí estaba el retrato sobre la chimenea. ¡El hombre que yo había visto! Supongo que la
explicación es bien sencilla. Un truco del subconsciente. Debí fijarme en el retrato antes sin darme
cuenta, y luego creí verle en la ventana.
—¿En la del extremo? —preguntó la señora Harter.
—Sí, ¿por qué?
—Por nada —replicó la señora Harter.
Pero de todas formas estaba asustada. Aquella habitación había sido el despacho de su marido.
Aquella misma noche, estando Carlos también ausente, la señora Harter se dispuso a escuchar
la radio con febril impaciencia. Si por tercera vez oía la voz misteriosa quedaría demostrado sin lugar a
dudas que realmente estaba en comunicación con el otro mundo.
Aunque el corazón le latía muy de prisa, no se sorprendió al oír de nuevo la interrupción y tras el
intervalo de silencio acostumbrado, la lejana voz de acento irlandés le habló una vez más.
«Mary... ahora ya estás preparada... El viernes iré a buscarte..., el viernes a las nueve y media...
No tengas miedo..., no sufrirás... Estáte preparada...»
Y luego, casi interrumpiendo la última palabra, volvi ó a sonar la música de la orquesta potente y
discordante.
La señora Harter permaneció inmóvil unos minutos, se había puesto muy pálida y tenía los labios
azulados.
Al fin se puso en pie para dirigirse a su escritorio, y con mano temblorosa escribió las siguientes
líneas:
Esta noche, a las nueve y cuarto, he oído claramente la voz de mi difunto esposo. Me anunció
que vendría a buscarme el viernes a las nueve y media de la noche. Si muriera en ese día y a esa hora
quisiera que esto se supiese para probar sin lugar a dudas que existe la posibilidad de comunicar con el
mundo de los espíritus...
Mary Harter.
La anciana volvió a leer lo escrito, y luego de meterlo en un sobre, puso unas palabras en éste.
Luego hizo sonar el timbre e Isabel acudió rápidamente. La señora Harter, levantándose del escritorio,
entregó a su doncella la nota que acababa de escribir.
—Isabel —le dijo—, si yo muriera el viernes por la noche, entrega esta nota al doctor Meynell.
No... —viendo que Isabel iba a protestar, agregó—: no me discutas. Muchas veces me has dicho que
crees en los presentimientos. Pues bien, ahora yo tengo éste. Nada más. En mi testamento te he dejado
cincuenta libras, pero quisiera que recibieras cien. Si no puedo ir yo misma al Banco, antes de morir, el
señorito Carlos se encargará de arreglarlo.
Y como en la otra ocasión, la señora Harter cortó las lágrimas de Isabel. Y la anciana señora
habló de esto con su sobrino a la mañana siguiente.
—Recuerda, Carlos, que si me ocurriera algo, Isabel tiene que recibir otras cincuenta libras.
—Estás muy pesimista estos días, tía Mary —le dijo Carlos en tono jovial—. ¿Qué es lo que
puede ocurrirte? Según el doctor Meynell, celebraremos tus cien años dentro de veintitantos.
La señora Harter le sonrió afectuosamente, pero nada contestó. Al cabo de unos instantes le dijo:
—¿Qué piensas hacer el viernes por la noche, Carlos?
Carlos pareció un tanto sorprendido.
—A decir verdad, los Edwing me han invitado a jugar al bridge, pero si tú prefieres que me quede
en casa...
—No —replicó la anciana con determinación—. Desde luego que no. De verdad, Carlos. Esta
noche precisamente prefiero estar sola.
El joven la miró con extrañeza, pero la señora Harter no quiso darle más información. Era una
anciana valerosa y resuelta y creía su deber afrontar aquella rara experiencia sin ayuda de nadie.
El viernes por la noche la casa estaba muy silenciosa y la señora Harter, sentada como de
costumbre en su butaca de alto respaldo junto a la chimenea. Todo estaba preparado. Aquella mañana
había ido al Banco para retirar cincuenta libras en billetes que entregó a Isabel a pesar de las protestas y
lágrimas de la pobre mujer. Ordenó y clasificó todas sus pertenencias personales y puso etiquetas en
algunas de sus joyas con los nombres de amigos y familiares. Había escrito también una lista de
instrucciones para Carlos. El juego de té de Worcester sería para la prima Emma, el jarrón de Sévres
para el joven Guillermo, etcétera.
Miró el sobre alargado que tenía en la mano y extrajo de su interior un documento doblado varias
veces, Era su testamento, que había sido enviado por el señor Hopkinson según sus instrucciones. Ya lo
había leído con sumo cuidado, mas ahora lo repasó una vez más para refrescar su memoria. Era un
documento breve y conciso. Un legado de cincuenta libras a Isabel Marshall en consideración a sus fieles
servicios; dos de quinientas para su hermano, y un primo hermano, y el resto para su querido sobrino
Carlos Ridgeway.
La señora Harter inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento. Carlos sería un hombre
muy rico cuando ella muriera. Bueno, había sido siempre cariñoso con ella... amable... y alegre... sin dejar
nunca de complacerla.
Miró el reloj. Faltaban tres minutos para la media. Bueno, estaba preparada. Y tranquila... muy
tranquila. Aunque se repitió esta última palabra varias veces, su corazón latía desacompasadamente.
Apenas se daba cuenta, pero estaba a punto de sobrepasar el límite de sus nervios.
Las nueve y media. La radio estaba conectada.
¿Qué es lo que oiría? ¿Una voz familiar dando el parte meteorológico, o aquella lejana,
perteneciente a un hombre que había muerto veinticinco años atrás?
Pero no oyó ninguna de las dos. En vez de eso llegó hasta ella un sonido familiar que conocía
muy bien, pero que aquella noche fue como si le pusieran una mano de hielo sobre el corazón... Una
llamada en la puerta principal.
Volvió a repetirse, y luego una ráfaga helada pareció cruzar la habitación. La señora Harter no
tenía la menor duda de cuáles eran sus sensaciones. Tenía miedo. Más que miedo... estaba
aterrorizada...
Y de pronto tuvo este presentimiento:
«Veinticinco años son muchos. Ahora Patrick será un desconocido para mí.»
¡Y el terror la fue invadiendo!
Se oyeron pasos ante la puerta... y luego ésta se abrió silenciosamente.
La señora Harter se puso en pie tambaleándose ligeramente y sin apartar los ojos de la puerta.
Algo resbaló de sus manos y cayó en el hogar.
Quiso lanzar un grito que se ahogó en su garganta. En la escasa luz de la entrada había
aparecido una figura familiar con barba, patillas y un abrigo anticuado.
¡Patrick había ido a buscarla!
El corazón le dio un vuelco terrible y quedó inmóvil para siempre, mientras caía al suelo hecha un
ovillo.
Y allí la encontró Isabel una hora más tarde.
Llamaron inmediatamente al doctor Maynell y Carlos Ridgeway regresó a toda prisa de su partida
de bridge, pero nada pudo hacerse. La señora Harter estaba ya lejos de toda ayuda humana.
Isabel no recordó hasta dos días más tarde que no había entregado la nota que le diera su ama.
El doctor Meynell la leyó con gran interés y luego se la enseñó a Carlos Ridgeway.
—Una coincidencia curiosa —dijo—. Parece que su tía había tenido ciertas alucinaciones
creyendo oír la voz de su esposo. Debió sugestionarse hasta el punto en que la excitación le resultó fatal,
y cuando llegó la hora, le sobrevino un colapso.
—¿Autosugestión —preguntó Carlos.
—Algo por el estilo. Le comunicaré el resultado de la autopsia lo más pronto posible, aunque no
tengo la menor duda. Dadas las circunstancias es necesario practicar la autopsia, pero sólo por pura
fórmula.
Carlos asintió comprensivamente.
La noche anterior, cuando todos dormían, había quitado cierto alambre que iba desde la parte
posterior del aparato de radio a su dormitorio del piso superior. Y también, como la noche había sido
fresca, pidió a Isabel que encendiera la chimenea de su habitación, y allí quemó una barba y unas patillas
postizas; y ciertas ropas de la época victoriana y que pertenecieron a su difunto tío fueron guardadas de
nuevo en el arcón con olor a alcanfor, que había en el ático.
Se encontraba completamente a cubierto. Su plan, que formó a partir del momento en que el
doctor Meynell le dijo que su tía aún podría vivir muchos años teniendo el debido cuidado, había sido un
éxito admirable. Un colapso repentino, había dicho el doctor Meynell. Y Carlos, aquel joven afectuoso,
preferido por las ancianas, sonrió para sus adentros.
Cuando el médico se hubo marchado, Carlos fue realizando mecánicamente sus deberes. Había
que disponer el entierro... avisar a los parientes que vivían lejos... proporcionarles el horario de trenes.
Algunos tendrían que pernoctar allí... Y Carlos fue haciéndolo todo con eficacia y método, mientras se
entregaba a sus propias meditaciones.
¡Qué mala racha en sus negocios! Eso era lo malo. Nadie, ni siquiera su difunta tía, había llegado
a conocer la difícil situación de Carlos. Sus actividades, que ocultó celosamente a todo el mundo, le
habían conducido hasta el borde del presidio.
No le esperaba otra cosa que el descrédito y la ruina si en unos pocos meses no tenía una fuerte
cantidad de dinero. Bueno... ahora todo iría bien. Carlos sonrió satisfecho. Gracias a... sí, podía llamarla
broma..., gracias a su broma, no hubo nada criminal en ella..., estaba salvado. Ahora era un hombre muy
rico. No tenía la menor preocupación a este respecto, ya que la señora Harter no ocultó nunca sus
intenciones.
Isabel vino a sacarle de sus pensamientos anunciándole que el señor Hopkinson estaba allí y
deseaba verle.
Qué oportuno, pensó Carlos, y conteniendo su impulso de ponerse a silbar, procuró que su rostro
adoptara una expresión grave y bajó a la biblioteca. Una vez allí se dispuso a saludar al anciano que por
espacio de un cuarto de siglo había sido el consejero legal de la difunta señora Harter.
El abogado tomó asiento tras la invitación de Carlos, y carraspeando ligeramente pasó a tratar de
negocios.
—No entiendo del todo la carta que me ha enviado usted, señor Ridgeway. Parece dar por hecho
que el testamento de la señora Harter, que en paz descanse, obra en nuestro poder.
Carlos le miró extrañado.
—Pues claro... se lo oí decir a mi tía.
—¡Oh! Claro, claro. Es que, efectivamente, lo teníamos nosotros.
—¿Que lo tenían?
—Eso es lo que he dicho. La señora Harter nos escribió el martes pasado diciéndonos que se lo
enviáramos.
Carlos sintió una vaga inquietud y al mismo tiempo el presentimiento de algo desagradable.
—Sin duda aparecerá entre sus papeles —continuó el abogado con acento tranquilizador.
Carlos nada dijo. No se atrevía a confiar en su lengua. Él ya había revisado todos los papeles de
la señora Harter a conciencia y estaba seguro de que el testamento no se encontraba entre ellos. Y así lo
dijo al cabo de unos instantes cuando se hubo recobrado lo suficiente. Su voz le sonaba extraña y sentía
la sensación de que arrojaban agua fría por su espalda.
—¿Ha tocado alguien sus cosas? —preguntó el abogado.
Carlos contestó que Isabel, la doncella, y el señor Hopkinson pidió que la mandaran llamar.
Acudió prontamente muy grave y erguida, dispuesta a contestar a todas las preguntas que le hicieran.
Había revisado todos los vestidos de su ama y efectos personales y estaba segura de que entre
ellos no vio ningún documento legal semejante a un testamento. Sabía bien lo que era un testamento...
su pobre ama lo tenía en la mano la misma mañana de su muerte.
—¿Está segura? —le preguntó el abogado.
—Sí, señor. Ella me lo dijo. Y me obligó a aceptar cincuenta libras en billetes. El testamento
estaba dentro de un sobre azul alargado.
—Es cierto —replicó el señor Hopkinson.
—Ahora que lo pienso —continuó Isabel—, ese mismo sobre estaba esta mañana sobre la
mesa... pero vacío. Lo dejé en el escritorio.
—Recuerdo haberlo visto allí —dijo Carlos.
Y levantándose fue hasta el escritorio, volviendo a los pocos minutos con un sobre en la mano,
que entregó al abogado. Éste lo examinó asintiendo con la cabeza.
—En este sobre introduje el testamento el martes pasado.
Los dos hombres miraron fijamente a Isabel.
—¿Desean alguna cosa más? —preguntó respetuosamente.
—De momento, no, gracias.
Isabel fue hacia la puerta.
—Un momento —dijo el abogado—. ¿Estaba encendida la chimenea aquella noche?
—Sí, señor, siempre estaba encendida.
—Gracias, eso es todo.
Isabel salió de la habitación, y Carlos inclinóse hacia delante, apoyando su mano temblorosa en
la mesa.
—¿Qué es lo que piensa? ¿A dónde quiere ir a parar?
El señor Hopkinson meneó la cabeza.
—Debemos esperar que todavía aparezca. De lo contrario...
—Bueno, ¿y si no aparece?
—Me temo que sólo habrá una conclusión posible. Que su tía pidió que se lo enviásemos para
destruirlo, y no queriendo que Isabel perdiera por ello, le dio la parte que le dejaba en herencia, en
efectivo.
—Pero, ¿por qué? —exclamó Carlos—. ¿Por qué?
El señor Hopkinson dejó oír una tosecilla seca.
—¿No tendría usted alguna... una... discusión con su tía, señor Ridgeway? —murmuró.
Carlos contuvo el aliento.
—Desde luego que no —exclamó con calor—. Estuvimos siempre en las mejores relaciones
hasta el final.
—¡Ah! —dijo el abogado sin mirarle.
Carlos vio con sobresalto que no le creía. ¿Quién sabía lo que pudo haber llegado hasta los
oídos del señor Hopkinson? Es posible que estuviera enterado de los rumores que circulaban acerca de
las hazañas de Carlos. Y nada más natural que suponer que esos mismos rumores habían llegado a
oídos de la señora Harter, y que tía y sobrino habrían tenido un altercado por tal motivo...
¡Pero no era así! Carlos conoció uno de los momentos más amargos de su carrera. Sus mentiras
fueron creídas y ahora que decía la verdad no querían creerle. ¡Qué ironía!
¡Claro que su tía no había quemado el testamento! Por supuesto que...
Sus pensamientos sufrieron un brusco sobresalto. ¿Qué imagen se presentaba ante sus ojos?
Una anciana llevándose la mano al corazón... mientras algo... un papel... caía sobre las brasas rojas...
Carlos se puso lívido y oyó una voz ronca... la suya... que preguntaba:
—¿Y si por alguna causa ese testamento no llegara a encontrarse nunca?
—Existe un testamento de la señora Harter anterior, fechado en septiembre de mil novecientos
veinte, y en él deja todos sus bienes a su sobrina, Miriam Harter, ahora Miriam Robinson.
¿Qué es lo que estaba diciendo aquel loco? ¿Miriam? Miriam, con aquel marido indescriptible y
sus cuatro hijos tan revoltosos. ¡Toda su astucia, para Miriam!
El teléfono sonó junto a su brazo y al cogerlo oyó la voz del médico, cálida y amable.
—¿Es usted, Ridgeway? Pensé que le agradaría saberlo. Hemos concluido la autopsia. La causa
de la muerte fue lo que yo supuse, pero a decir verdad la afección cardíaca era mucho más seria de lo
que yo sospechaba cuando su tía vivía. Con todos los cuidados del mundo no hubiera vivido más de dos
meses a lo sumo. Creí que le agradaría saberlo. Esto tal vez le sirva de consuelo en cierto modo.
—Perdone —dijo Carlos—, ¿le importaría repetirlo?
—No hubiera vivido más de dos meses —dijo el doctor en tono más alto—. Ya sabe, querido
amigo, que las cosas suceden siempre para bien...
Pero Carlos cortó la comunicación, y percibió la voz del abogado como si le llegara de muy lejos.
¡Malditos todos! El abogado de cara relamida, y aquel venenoso estúpido de Meynell. Ya no le
quedaba otra esperanza... que la cárcel.
Comprendió que alguien había estado jugando con él... jugando como el gato con el ratón y que
ahora se estaría riendo...

FIN

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