.

.

lunes, 11 de julio de 2011

El caso de la doncella perfecta

El caso de la doncella perfecta

Agatha Christie
-Ah, por favor, señora, ¿podría hablar un momento con usted?
Podría pensarse que esta petición era un absurdo, puesto que Edna, la doncellita de la señorita Marple, estaba hablando con su ama en aquellos momentos.
Sin embargo, reconociendo la expresión, la solterona repuso con presteza:
-Desde luego, Edna, entra y cierra la puerta. ¿Qué te ocurre?
Tras cerrar la puerta obedientemente, Edna avanzó unos pasos retorciendo la punta de su delantal entre sus dedos y tragó saliva un par de veces.
-¿Y bien, Edna? -la animó la señorita Marple.
-Oh, señora, se trata de mi prima Gladdie.
-¡Cielos! -repuso la señorita Marple, pensando lo peor, que siempre suele resultar lo acertado-. No... ¿no estará en un apuro?
Edna se apresuró a tranquilizarla.
-Oh, no, señora, nada de eso. Gladdie no es de esa clase de chicas. Es por otra cosa por lo que está preocupada. Ha perdido su empleo.
-Lo siento. Estaba en Old Hall, ¿verdad?, con la señorita... o señoritas... Skinner.
-Sí, señora. Y Gladdie está muy disgustada... vaya si lo está.
-Gladdie ha cambiado muy a menudo de empleo desde hace algún tiempo, ¿no es así?
-¡Oh, sí, señora! Siempre está cambiando. Gladdie es así. Nunca parece estar instalada definitivamente, no sé si me comprende usted. Pero siempre había sido ella la que quiso marcharse.
-¿Y esta vez ha sido al contrario? -preguntó la señorita Marple con sequedad.
-Sí, señora. Y eso ha disgustado terriblemente a Gladdie.
La señorita Marple pareció algo sorprendida. La impresión que tenía de Gladdie, que alguna vez viera tomando el té en la cocina en sus «días libres», era la de una joven robusta y alegre, de temperamento despreocupado.
Edna proseguía:
-¿Sabe usted, señorita? Ocurrió por lo que insinuó la señorita Skinner.
-¿Qué es lo que insinuó la señorita Skinner? -preguntó la señorita Marple con paciencia.
Esta vez Edna la puso al corriente de todas las noticias.
-¡Oh, señora! Fue un golpe terrible para Gladdie. Desapareció uno de los broches de la señorita Emilia y, claro, a nadie le gusta que ocurra una cosa semejante; es muy desagradable, señora. Y Gladdie les ayudó a buscar por todas partes y la señorita Lavinia dijo que iba a llamar a la policía y entonces apareció caído en la parte de atrás de un cajón del tocador, y Gladdie se alegró mucho.
»Y al día siguiente, cuando Gladdie rompió un plato, la señorita Lavinia le dijo que estaba despedida y que le pagaría el sueldo de un mes. Y lo que Gladdie siente es que no pudo ser por haber roto el plato, sino que la señorita Lavinia lo tomó como pretexto para despedirla, cuando el verdadero motivo fue la desaparición del broche, ya que debió pensar que lo había devuelto al oír que iban a llamar a la policía, y eso no es posible, pues Gladdie nunca haría una cosa así. Y ahora circulará la noticia y eso es algo muy serio para una chica, como ya sabe la señora.
La señorita Marple asintió. A pesar de no sentir ninguna simpatía especial por la robusta Gladdie, estaba completamente segura de la honradez de la muchacha y de lo mucho que debía haberla trastornado aquel suceso.
-Señora -siguió Edna-, ¿no podría hacer algo por ella? Gladdie está en un momento difícil.
-Dígale que no sea tonta -repuso la señorita Marple-. Si ella no cogió el broche... de lo cual estoy segura.., no tiene motivos para inquietarse.
-Pero se sabrá por ahí -repuso Edna con desmayo.
-Yo... er..., arreglaré eso esta tarde -dijo la señorita Marple-. Iré a hablar con las señoritas Skinner.
-¡Oh, gracias, señora!


Old Hall era una antigua mansión victoriana rodeada de bosques y parques. Puesto que había resultado inalquilable e invendible, un especulador la había dividido en cuatro pisos instalando un sistema central de agua caliente, y el derecho a utilizar «los terrenos» debía repartirse entre los inquilinos. El experimento resultó un éxito. Una anciana rica y excéntrica ocupó uno de los pisos con su doncella. Aquella vieja señora tenía verdadera pasión por los pájaros y cada día alimentaba a verdaderas bandadas. Un juez indio retirado y su esposa alquilaron el segundo piso. Una pareja de recién casados, el tercero, y el cuarto fue tomado dos meses atrás por dos señoritas solteras, ya de edad, apellidadas Skinner. Los cuatro grupos de inquilinos vivían distantes unos de otros, puesto que ninguno de ellos tenía nada en común. El propietario parecía hallarse muy satisfecho con aquel estado de cosas. Lo que él temía era la amistad, que luego trae quejas y reclamaciones.
La señorita Marple conocía a todos los inquilinos, aunque a ninguno a fondo. La mayor de las dos hermanas Skinner, la señorita Lavinia, era lo que podría llamarse el miembro trabajador de la empresa. La más joven, la señorita Emilia, se pasaba la mayor parte del tiempo en la casa quejándose de varias dolencias que, según la opinión general de todo Saint Mary Mead, eran imaginarias. Sólo la señorita Lavinia creía sinceramente en el martirio de su hermana, y de buen grado iba una y otra vez al pueblo en busca de las cosas «que su hermana había deseado de pronto».
Según el punto de vista de Saint Mary Mead, si la señorita Emilia hubiera sufrido la mitad de lo que decía, ya hubiese enviado a buscar al doctor Haydock mucho tiempo atrás. Pero cuando se lo sugerían cerraba los ojos con aire de superioridad y murmuraba que su caso no era sencillo... que los mejores especialistas de Londres habían fracasado... y que un médico nuevo y maravilloso la tenía sometida a un tratamiento revolucionario con el cual esperaba que su salud mejorara. No era posible que un vulgar matasanos de pueblo entendiera su caso.
-Y yo opino -decía la franca señorita Hartnell- que hace muy bien en no llamarle. El querido doctor Haydock, con su campechanería, iba a decirle que no le pasa nada y que no tiene por qué armar tanto alboroto. ¡Y le haría mucho bien!
Sin embargo, la señorita Emilia, haciendo caso omiso de un tratamiento tan despótico, continuaba tendida en los divanes, rodeada de cajitas de píldoras extrañas, y rechazando casi todos los alimentos que le preparaban, y pidiendo siempre algo... por lo general difícil de encontrar.
Gladdie abrió la puerta a la señorita Marple con un aspecto mucho más deprimido de lo que ésta pudo imaginar. En la salita, una cuarta parte del antiguo salón, que había sido dividido para formar el comedor, la sala, un cuarto de baño y un cuartito de la doncella, la señorita Lavinia se levantó para saludar a la señorita Marple.
Lavinia Skinner era una mujer huesuda de unos cincuenta años, alta y enjuta, de voz áspera y ademanes bruscos.
-Celebro verla -le dijo a la solterona-. La pobre Emilia está echada... no se siente muy bien hoy. Espero que la reciba a usted, eso la animará, pero algunas veces no se siente con ánimos de ver a nadie. La pobrecilla es una enferma maravillosa.
La señorita Marple contestó con frases amables. El servicio era el tema principal de conversación en Saint Mary Mead, así que no tuvo dificultad en dirigirla en aquel sentido. ¿Era cierto lo que había oído decir, que Gladdie Holmes, aquella chica tan agradable y tan atractiva, se les marchaba? Miss Lavinia asintió.
-El viernes. La he despedido porque lo rompe todo. No hay quien la soporte.
La señorita Marple suspiró y dijo que hoy en día hay que aguantar tanto... que era difícil encontrar muchachas de servicio en el campo. ¿Estaba bien decidida a despedir a Gladdie?
-Sé que es difícil encontrar servicio -admitió la señorita Lavinia-. Los Devereux no han encontrado a nadie..., pero no me extraña... siempre están peleando, no paran de bailar jazz durante toda la noche... comen a cualquier hora.., y esa joven no sabe nada del gobierno de una casa. ¡Compadezco a su esposo! Luego los Larkin acaban de perder a su doncella. Claro que con el temperamento de ese juez indio que quiere el Chota Harzi como él dice, a las seis de la mañana, y el alboroto que arma la señora Larkin, tampoco me extraña. Juanita, la doncella de la señora Carmichael, es la única fija... aunque yo la encuentro muy poco agradable y creo que tiene dominada a la vieja señora.
-Entonces, ¿no piensa rectificar su decisión con respecto a Gladdie? Es una chica muy simpática. Conozco a toda la familia; son muy honrados.
-Tengo mis razones -dijo la señorita Lavinia dándose importancia.
-Tengo entendido que perdió usted un broche... -murmuró la señorita Marple.
-¿Por quién lo ha sabido? Supongo que habrá sido ella quien se lo ha dicho. Con franqueza, estoy casi segura que fue ella quien lo cogió. Y luego, asustada, lo devolvió; pero, claro, no puede decirse nada a menos de que se esté bien seguro -cambió de tema-. Venga usted a ver a Emilia, señorita Marple. Estoy segura de que le hará mucho bien un ratito de charla.
La señorita Marple la siguió obedientemente hasta una puerta a la cual llamó la señorita Lavinia, y una vez recibieron autorización para pasar, entraron en la mejor habitación del piso, cuyas persianas semiechadas apenas dejaban penetrar la luz. La señorita Emilia se hallaba en la cama, al parecer disfrutando de la penumbra y sus infinitos sufrimientos.
La escasa luz dejaba ver una criatura delgada, de aspecto impreciso, con una maraña de pelo gris amarillento rodeando su cabeza, dándole el aspecto de un nido de pájaros, del cual ningún ave se hubiera sentido orgullosa. Olía a agua de colonia, a bizcochos y alcanfor.
Con los ojos entornados y voz débil, Emilia Skinner explicó que aquél era uno de sus «días malos».
-Lo peor de estar enfermo -dijo Emilia en tono melancólico- es que uno se da cuenta de la carga que resulta para los demás.
La señorita Marple murmuró unas palabras de simpatía, y la enferma continuó:
-¡Lavinia es tan buena conmigo! Lavinia, querida, no quisiera darte este trabajo, pero si pudieras llenar mi botella de agua caliente como a mí me gusta... Demasiado llena me pesa... y si lo está a medias se enfría inmediatamente.
-Lo siento, querida. Dámela. Te la vaciaré un poco.
-Bueno, ya que vas a hacerlo, tal vez pudieras volver a calentar el agua. Supongo que no habrá galletas en casa... no, no, no importa. Puedo pasarme sin ellas. Con un poco de té y una rodajita de limón... ¿no hay limones? La verdad, no puedo tomar té sin limón. Me parece que la leche de esta mañana estaba un poco agria, y por eso no quiero ponerla en el té. No importa. Puedo pasarme sin té. Sólo que me siento tan débil... Dicen que las ostras son muy nutritivas. Tal vez pudiera tomar unas pocas... No... no... Es demasiado difícil conseguirlas siendo tan tarde. Puedo ayunar hasta mañana.
Lavinia abandonó la estancia murmurando incoherentemente que iría al pueblo en bicicleta.
La señorita Emilia sonrió débilmente a su visitante y volvió a recalcar que odiaba dar quehacer a los que la rodeaban.


Aquella noche la señorita Marple contó a Edna que su embajada no había tenido éxito.
Se disgustó bastante al descubrir que los rumores sobre la poca honradez de Gladdie se iban extendiendo por el pueblo. En la oficina de Correos, la señorita Ketherby le informó:
-Mi querida Juana, le han dado una recomendación escrita diciendo que es bien dispuesta, sensata y respetable, pero no hablan para nada de su honradez. ¡Eso me parece muy significativo! He oído decir que se perdió un broche. Yo creo que debe haber algo más, porque hoy día no se despide a una sirvienta a menos que sea por una causa grave. ¡Es tan difícil encontrar otra...! Las chicas no quieren ir a Old Hall. Tienen verdadera prisa por volver a sus casas en los días libres. Ya verá usted, las Skinner no encontrarán a nadie más, y tal vez entonces esa hipocondríaca tendrá que levantarse y hacer algo.
Grande fue el disgusto de todo el pueblo cuando se supo que las señoritas Skinner habían encontrado nueva doncella por medio de una agencia, y que por todos conceptos era un modelo de perfección.
-Tenemos bonísimas referencias de una casa en la que ha estado «tres años», prefiere el campo y pide menos que Gladdie. La verdad es que hemos sido muy afortunadas.
-Bueno, la verdad -repuso la señorita Marple, a quien miss Lavinia acababa de informar en la pescadería-. Parece demasiado bueno para ser verdad.
Y en Saint Mary Mead se fue formando la opinión de que el modelo se arrepentiría en el último momento y no llegaría.
Sin embargo, ninguno de esos pronósticos se cumplió, y todo el pueblo pudo contemplar a aquel tesoro doméstico llamado Mary Higgins, cuando pasó en el taxi de Red en dirección a Old Hall. Tuvieron que admitir que su aspecto era inmejorable... el de una mujer respetable, pulcramente vestida.
Cuando la señorita Marple volvió de visita a Old Hall con motivo de recolectar objetos para la tómbola del vicariato, le abrió la puerta Mary Higgins. Era, sin duda alguna, una doncella de muy buen aspecto. Representaba unos cuarenta años, tenía el cabello negro y cuidado, mejillas sonrosadas y una figura rechoncha discretamente vestida de negro, con delantal blanco y cofia... «el verdadero tipo de doncella antigua», como luego explicó la señorita Marple, y con una voz mesurada y respetuosa, tan distinta a la altisonante y exagerada de Gladdie.
La señorita Lavinia parecía menos cansada que de costumbre, aunque a pesar de ello se lamentó de no poder concurrir a la tómbola debido a la constante atención que requería su hermana; no obstante le ofreció su ayuda monetaria y prometió contribuir con varios limpiaplumas y zapatitos de niño.
La señorita Marple la felicitó por su magnífico aspecto.
-La verdad es que se lo debo principalmente a Mary. Estoy contenta de haber tomado la resolución de despedir a la otra chica. Mary es maravillosa. Guisa muy bien, sabe servir la mesa, y tiene el piso siempre limpio.., da la vuelta al colchón todos los días... y se porta estupendamente con Emilia.
La señorita Marple se apresuró a preguntar por la salud de Emilia.
-Oh, pobrecilla, últimamente ha sentido mucho el cambio de tiempo. Claro, no puede evitarlo, pero algunas veces nos hace las cosas algo difíciles. Quiere que se le preparen ciertas cosas, y cuando se las llevamos, dice que no puede comerlas... y luego las vuelve a pedir al cabo de media hora, cuando ya se han estropeado y hay que hacerlas de nuevo. Eso representa, naturalmente, mucho trabajo..., pero por suerte a Mary parece que no le molesta. Está acostumbrada a servir a inválidos y sabe comprenderlos. Es una gran ayuda.
-¡Cielos! -exclamó la señorita Marple-. ¡Vaya suerte!
-Sí, desde luego. Me parece que Mary nos ha sido enviada como la respuesta a una plegaria.
-Casi me parece demasiado buena para ser verdad -dijo la señorita Marple-. Yo de usted... bueno... yo en su lugar iría con cuidado.
Lavinia Skinner pareció no captar la intención de la frase.
-¡Oh! -exclamó-. Le aseguro que haré todo lo posible para que se encuentre a gusto. No sé lo que haría si se marchara.
-No creo que se marche hasta que se haya preparado bien -comentó la señorita Marple mirando fijamente a Lavinia.
-Cuando no se tienen preocupaciones domésticas, uno se quita un gran peso de encima, ¿verdad? ¿Qué tal se porta la pequeña Edna?
-Pues muy bien. Claro que no tiene nada de extraordinario. No es como esa Mary. Sin embargo, la conozco a fondo, puesto que es una muchacha del pueblo.
Al salir al recibidor se oyó la voz de la inválida que gritaba:
-Esas compresas se han secado del todo... y el doctor Allerton dijo que debían conservarse siempre húmedas. Vaya, déjelas. Quiero tomar una taza de té y un huevo pasado por agua... que sólo haya cocido tres minutos y medio, recuérdelo. Y vaya a decir a la señorita Lavinia que venga.
La eficiente Mary, saliendo del dormitorio, se dirigió hacia Lavinia.
-La señorita Emilia la llama, señora.
Y dicho esto abrió la puerta a la señorita Marple, ayudándola a ponerse el abrigo y tendiéndole el paraguas del modo más irreprochable.
La señorita Marple dejó caer el paraguas y al intentar recogerlo se le cayó el bolso desparramándose todo su contenido. Mary, toda amabilidad, la ayudó a recoger varios objetos... un pañuelo, un librito de notas, una bolsita de cuero anticuada, dos chelines, tres peniques y un pedazo de caramelo de menta.
La señorita Marple recibió este último con muestras de confusión.
-¡Oh, Dios mío!, debe haber sido el niño de la señora Clement. Recuerdo que lo estaba chupando y me cogió el bolso y estuvo jugando con él. Debió de meterlo dentro. ¡Qué pegajoso está!
-¿Quiere que lo tire, señora?
-¡Oh, si no le molesta...! ¡Muchas gracias...!
Mary se agachó para recoger por último un espejito, que hizo exclamar a la señorita Marple al recuperarlo:
-¡Qué suerte que no se haya roto!
Y abandonó la casa dejando a Mary de pie junto a la puerta con un pedazo de caramelo de menta en la mano y un rostro completamente inexpresivo.


Durante diez largos días todo Saint Mary Mead tuvo que soportar el oír pregonar las excelencias del tesoro de las señoritas Skinner.
Al undécimo, el pueblo se estremeció ante la gran noticia.
¡Mary, el modelo de sirvienta, había desaparecido! No había dormido en su cama y encontraron la puerta de la casa abierta de par en par. Se marchó tranquilamente, durante la noche.
¡Y no era sólo Mary lo que había desaparecido! Sino, además, los broches y cinco anillos de la señora Lavinia; y tres sortijas, un pendentif, una pulsera y cuatro prendedores de la señorita Emilia.
Era el primer capítulo de la catástrofe. La joven señora Devereux había perdido sus diamantes, que guardaba en un cajón sin llave, y también algunas pieles valiosas, regalo de bodas. El juez y su esposa notaron la desaparición de varias joyas y cierta cantidad de dinero. La señora Carmichael fue la más perjudicada. No sólo le faltaron algunas joyas de gran valor, sino que una considerable suma de dinero que guardaba en su piso había volado. Aquella noche, Juana había salido y su ama tenía la costumbre de pasear por los jardines al anochecer llamando a los pájaros y arrojándoles migas de pan. Era evidente que Mary, la doncella perfecta, había encontrado las llaves que abrían todos los pisos.
Hay que confesar que en Saint Mary Mead reinaba cierta malsana satisfacción. ¡La señorita Lavinia había alardeado tanto de su maravillosa Mary...!
-Y, total, ha resultado una vulgar ladrona.
A esto siguieron interesantes descubrimientos. Mary no sólo había desaparecido, sino que la agencia que la colocó pudo comprobar que la Mary Higgins que recurrió a ellos y cuyas referencias dieron por buenas, era una impostora. La verdadera Mary Higgins era una fiel sirvienta que vivía con la hermana de un virtuoso sacerdote en cierto lugar de Cornwall.
-Ha sido endiabladamente lista -tuvo que admitir el inspector Slack-. Y si quieren saber mi opinión, creo que esa mujer trabaja con una banda de ladrones. Hace un año hubo un caso parecido en Northumberland. No la cogieron ni pudo recuperarse lo robado. Sin embargo, nosotros lo haremos algo mejor.
El inspector Slack era un hombre de carácter muy optimista.
No obstante, iban transcurriendo las semanas y Mary Higgins continuaba triunfalmente en libertad. En vano el inspector Slack redoblaba la energía que le era característica.
La señora Lavinia permanecía llorosa, y la señorita Emilia estaba tan contraída e inquieta por su estado que envió a buscar al doctor Haydock.
El pueblo entero estaba ansioso por conocer lo que opinaba de la enfermedad de la señorita Emilia, pero, claro, no podían preguntárselo. Sin embargo, pudieron informarse gracias al señor Meek, el ayudante del farmacéutico, que salía con Clara, la doncella de la señora Price-Ridley. Entonces se supo que el doctor Haydock le había recetado una mezcla de asafétida y valeriana, que según el señor Meek, era lo que daban a los maulas del Ejército que se fingían enfermos.
Poco después supieron que la señorita Emilia, carente de la atención médica que precisaba, había declarado que en su estado de salud consideraba necesario permanecer cerca del especialista de Londres que comprendía su caso. Dijo que lo hacía sobre todo por Lavinia.
El piso quedó por alquilar.


Varios días después, la señorita Marple, bastante sofocada, llegó al puesto de la policía de Much Benham preguntando por el inspector Slack.
Al inspector Slack no le era simpática la señorita Marple, pero se daba cuenta de que el jefe de Policía, coronel Melchett, no compartía su opinión. Por lo tanto, aunque de mala gana, la recibió.
-Buenas tardes, señorita Marple. ¿En qué puedo servirla?
-¡Oh, Dios mío! -repuso la solterona-. Veo que tiene usted mucha prisa.
-Hay mucho trabajo -replicó el inspector Slack-; pero puedo dedicarle unos minutos.
-¡Oh, Dios mío! Espero saber exponer con claridad lo que vengo a decirle. Resulta tan difícil explicarse, ¿no lo cree usted así? No, tal vez usted no. Pero, compréndalo, no habiendo sido educada por el sistema moderno..., sólo tuve una institutriz que me enseñaba las fechas del reinado de los reyes de Inglaterra y cultura general... Doctor Brewer.., tres clases de enfermedades del trigo... pulgón... añublo... y, ¿cuál es la tercera?, ¿tizón?
-¿Ha venido a hablarme del tizón? -le preguntó el inspector, enrojeciendo acto seguido.
-¡Oh, no, no! -se apresuró a responder la señorita Marple-. Ha sido un ejemplo. Y qué superfluo es todo eso, ¿verdad..., pero no le enseñan a uno a no apartarse de la cuestión, que es lo que yo quiero. Se trata de Gladdie, ya sabe, la doncella de las señoritas Skinner.
-Mary Higgins -dijo el inspector Slack.
-¡Oh, sí! Ésa fue la segunda doncella; pero yo me refiero a Gladdie Holmes..., una muchacha bastante impertinente y demasiado satisfecha de sí misma, pero muy honrada, y por eso es muy importante que se la rehabilite.
-Que yo sepa no hay ningún cargo contra ella -repuso el inspector.
-No; ya sé que no se la acusa de nada..., pero eso aún resulta peor, porque ya sabe usted, la gente se imagina cosas. ¡Oh, Dios mío..., sé que me explico muy mal! Lo que quiero decir es que lo importante es encontrar a Mary Higgins.
-Desde luego -replicó el inspector-. ¿Tiene usted alguna idea?
-Pues a decir verdad, sí -respondió la señorita Marple-. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿No le sirven de nada las huellas dactilares
-¡Ah! -repuso el inspector Slack-. Ahí es donde fue más lista que nosotros. Hizo la mayor parte del trabajo con guantes de goma, según parece. Y ha sido muy precavida..., limpió todas las que podía haber en su habitación y en la fregadera. ¡No conseguimos dar con una sola huella en toda la casa!
-Y si las tuviera, ¿le servirían de algo?
-Es posible, señora. Pudiera ser que las conocieran en el Yard. ¡No sería éste su primer hallazgo!
La señorita Marple asintió muy contenta y abriendo su bolso sacó una caja de tarjetas; en su interior, envuelto en algodones, había un espejito.
-Es el de mi monedero -explicó-. En él están las huellas digitales de la doncella. Creo que están bien claras... puesto que antes tocó una sustancia muy pegajosa.
El inspector estaba sorprendido.
-¿Las consiguió a propósito?
-¡Naturalmente!
-¿Entonces, sospechaba ya de ella?
-Bueno, ¿sabe usted?, me pareció demasiado perfecta. Y así se lo dije a la señorita Lavinia, pero no supo comprender la indirecta. Inspector, yo no creo en las perfecciones. Todos nosotros tenemos nuestros defectos... y el servicio doméstico los saca a relucir bien pronto.
-Bien -repuso el inspector Slack, recobrando su aplomo-. Estoy seguro de que debo estarle muy agradecido. Enviaré el espejo al Yard y a ver qué dicen.
Se calló de pronto. La señorita Marple había ladeado ligeramente la cabeza y lo contempló con fijeza.
-¿Y por qué no mira algo más cerca, inspector?
-¿Qué quiere decir, señorita Marple?
-Es muy difícil de explicar, pero cuando uno se encuentra ante algo fuera de lo corriente, no deja de notarlo... A pesar de que a menudo pueden resultar simples naderías. Hace tiempo que me di cuenta, ¿sabe? Me refiero a Gladdie y al broche. Ella es una chica honrada; no lo cogió. Entonces, ¿por qué lo imaginó así la señorita Skinner? Miss Lavinia no es tonta..., muy al contrario. ¿Por qué tenía tantos deseos de despedir a una chica que era una buena sirvienta, cuando es tan difícil encontrar servicio? Eso me pareció algo fuera de lo corriente..., y empecé a pensar. Pensé mucho. ¡Y me di cuenta de otra cosa rara! La señorita Emilia es una hipocondríaca, pero es la primera hipocondríaca que no ha enviado a buscar en seguida a uno u otro médico. Los hipocondríacos adoran a los médicos. ¡Pero la señorita Emilia, no!
-¿Qué es lo que insinúa, señorita Marple?
-Pues que las señoritas Skinner son unas personas muy particulares. La señorita Emilia pasa la mayor parte del tiempo en una habitación a oscuras, y si eso que lleva no es una peluca... ¡me como mi moño postizo! Y lo que digo es esto: que es perfectamente posible que una mujer delgada, pálida y de cabellos grises sea la misma que la robusta, morena y sonrosada... puesto que nadie puede decir que haya visto alguna vez juntas a la señorita Emilia y a Mary Higgins. Necesitaron tiempo para sacar copias de todas las llaves, y para descubrir todo lo referente a la vida de los demás inquilinos, y luego... hubo que deshacerse de la muchacha del pueblo. La señorita Emilia sale una noche a dar un paseo por el campo y a la mañana siguiente llega a la estación convertida en Mary Higgins. Y luego, en el momento preciso, Mary Higgins desaparece y con ella la pista. Voy a decirle dónde puede encontrarla, inspector... ¡En el sofá de Emilia Skinner...! Mire si hay huellas dactilares, si no me cree, pero verá que tengo razón. Son un par de ladronas listas... esas Skinner... sin duda en combinación con un vendedor de objetos robados... o como se llame. ¡Pero esta vez no se escaparán! No voy a consentir que una de las muchachas de la localidad sea acusada de ladrona. Gladdie Holmes es tan honrada como la luz del día y va a saberlo todo el mundo. ¡Buenas tardes!
La señorita Marple salió del despacho antes de que el inspector Slack pudiera recobrarse.
-¡Cáspita! -murmuró-. ¿Tendrá razón, acaso?
No tardó en descubrir que la señorita Marple había acertado una vez más.
El coronel Melchett felicitó al inspector Slack por su eficacia y la señorita Marple invitó a Gladdie a tomar el té con Edna, para hablar seriamente de que procurara no dejar un buen empleo cuando lo encontrara.
FIN

miércoles, 22 de junio de 2011

Cuentos Para Tahúres







Rodolfo Walsh

Cuentos Para Tahúres











Salió no más el 10 ­un 4 y un 6­ cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya. Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de hombros.
­Lo que quieran...­dijo.
Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata.
­La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la mirada­. Habrá que irse a dormir.
Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido.
­Hay que saber perder ­dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín­: Total, venimos a divertirnos.
- ¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera.
Flores lo midió de arriba abajo.
­¡Vos, siempre rezando!­dijo con desprecio.
Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de Flores.
El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.
-El cuatro -cantó alguno.
En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que había echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.
El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y decía con voz pastosa:
­¡Voy diez a la contra! ­Después se volvía a quedar dormido.
Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos. Por fin alguien exclamó:
­ ¡El cuatro!
En aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo. Encima de la mesa había una lamparita eléctrica, con una pantalla verde. Yo no vi el brazo que la hizo añicos. El sótano quedó a oscuras. Después se oyó el balazo.
Yo me hice chiquito en mi rincón y pensé para mis adentros: "Pobre Flores, era demasiada suerte". Sentí que algo venía rodando y me tocaba en la mano. Era un dado. Tanteando en la oscuridad, encontré el compañero.
En medio del desbande, alguien se acordó de los tubos fluorescentes del techo. Pero cuando los encendieron, no era Flores el muerto. Renato Flores seguía parado con el cubilete en la mano, en la misma posición de antes. A su izquierda, doblado en su silla, Ismael Zúñiga tenía un balazo en el pecho.
"Le erraron a Flores", pensé en el primer momento, "y le pegaron al otro. No hay nada que hacerle, esta noche está de suerte."
Entre varios alzaron a Zúñiga y lo tendieron sobre tres sillas puestas en hilera. Jiménez (que había bajado con el café) no quiso que lo pusieran sobre la mesa de billar para que no le mancharan el paño. De todas maneras ya no había nada que hacer.
Me acerqué a la mesa y vi que los dados marcaban el 7. Entre ellos había un revólver 48.
Como quien no quiere la cosa, agarré para el lado de la puerta y subí despacio la escalera. Cuando salí a la calle había muchos curiosos y un milico que doblaba corriendo la esquina.

Aquella misma noche me acordé de los dados, que llevaba en el bolsillo­¡lo que es ser distraído!­, y me puse a jugar solo, por puro gusto. Estuve media hora sin sacar un 7. Los miré bien y vi que faltaban unos números y sobraban otros. Uno de los "chivos" tenia el 8, el 4 y el 5 repetidos en caras contrarias. El otro, el 5, el 6 y el 1. Con aquellos dados no se podía perder. No se podía perder en el primer tiro, porque no se podía formar el 2, el 3 y el 12, que en la primera mano son perdedores. Y no se podía perder en los demás porque no se podía sacar el 7, que es el número perdedor después de la primera mano. Recordé que Flores había echado siete pases seguidos, y casi todos con números difíciles: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y a lo último había sacado otra vez el 4. Ni una sola clavada. Ni una barraca. En cuarenta o cincuenta veces que habría tirado los dados no había sacado un solo 7, que es el número más salidor.
Y, sin embargo, cuando yo me fui, los dados de la mesa formaban el 7, en vez del 4, que era el último número que había sacado. Todavía lo estoy viendo, clarito: un 6 y un 1.
Al día siguiente extravié los dados y me establecí en otro barrio. Si me buscaron, no sé; por un tiempo no supe nada más del asunto. Una tarde me enteré por los diarios que Pereyra había confesado. Al parecer, se había dado cuenta de que Flores hacía trampa. Pereyra iba perdiendo mucho, porque acostumbraba jugar fuerte, y todo el mundo sabía que era mal perdedor. En aquella racha de Flores se le habían ido más de tres mil pesos. Apagó la luz de un manotazo. En la oscuridad erró el tiro, y en vez de matar a Flores mató a Zúñiga. Eso era lo que yo también había pensado en el primer momento.
Pero después tuvieron que soltarlo. Le dijo al juez que lo habían hecho confesar a la fuerza. Quedaban muchos puntos oscuros. Es fácil errar un tiro en la oscuridad, pero Flores estaba frente a él, mientras que Zúñiga estaba a un costado, y la distancia no habrá sido mayor de un metro. Un detalle lo favoreció: los vidrios rotos de la lamparita eléctrica del sótano estaban detrás de él. Si hubiera sido él quien dio el manotazo ­ dijeron­ los vidrios habrían caído del otro lado de la mesa de billar, donde estaban Flores y Zúñiga.
El asunto quedó sin aclarar. Nadie vio al que pegó el manotazo a la lámpara, porque estaban todos inclinados sobre los dados. Y si alguien lo vio, no dijo nada. Yo, que podía haberlo visto, en aquel momento agaché la cabeza para encender un cigarrillo, que no llegué a encender. No se encontraron huellas en el revólver, ni se pudo averiguar quién era el dueño. Cualquiera de los que estaban alrededor de la mesa­y eran ocho o nueve­pudo pegarle el tiro a Zúñiga.
Yo no sé quién habrá sido el que lo mató. Quien más quien menos tenía alguna cuenta que cobrarle. Pero si yo quisiera jugarle sucio a alguien en una mesa de pase inglés, me sentaría a su izquierda, y al perder yo, cambiaría los dados legítimos por un par de aquellos que encontré en el suelo, los metería en el cubilete y se los pasaría al candidato. El hombre ganaría una vez y se pondría contento. Ganaría dos veces, tres veces... y seguiría ganando. Por difícil que fuera el número que sacara de entrada, lo repetiría siempre antes de que saliera el 7. Si lo dejaran, ganaría toda la noche, porque con esos dados no se puede perder.
Claro que yo no esperaría a ver el resultado. Me iría a dormir, y al día siguiente me enteraría por los diarios. ¡Vaya usted a echar diez o quince pases en semejante compañía! Es bueno tener un poco de suerte; tener demasiada no conviene, y ayudar a la suerte es peligroso. . .
Sí, yo creo que fue Flores no más el que lo mató a Zúñiga. Y en cierto modo lo mató en defensa propia. Lo mató para que Pereyra o cualquiera de los otros no lo mataran a él. Zúñiga­por algún antiguo rencor, tal vez­le había puesto los dados falsos en el cubilete, lo había condenado a ganar toda la noche, a hacer trampa sin saberlo, lo había condenado a que lo mataran, o a dar una explicación humillante en la que nadie creería.
Flores tardó en darse cuenta; al principio creyó que era pura suerte; después se intranquilizó; y cuando comprendió la treta de Zúñiga, cuando vio que Pereyra se paraba y no le quitaba la vista de las manos, para ver si volvía a cambiar los dados, comprendió que no le quedaba más que un camino. Para sacarse a Jiménez de encima, le pidió que le trajera un café. Esperó el momento. El momento era cuando volviera a salir el 4, como fatalmente tenía que salir, y cuando todos se inclinaran instintivamente sobre los dados.
Entonces rompió la bombita eléctrica con un golpe del cubilete, sacó el revólver con aquel pañuelo a cuadros y le pegó el tiro a Zúñiga. Dejó el revólver en la mesa, recobró los "chivos" y los tiró al suelo. No había tiempo para más. No le convenía que se comprobara que había estado haciendo trampa, aunque fuera sin saberlo. Después metió la mano en el bolsillo de Zúñiga, le buscó los dados legítimos, que el otro había sacado del cubilete, y cuando ya empezaban a parpadear los tubos fluorescentes, los tiró sobre la mesa.
Y esta vez sí echó clavada, un 7 grande como una casa, que es el número más salidor...


miércoles, 15 de junio de 2011

El Gran Experimento de Keinplatz Arthur Conan Doyle.






El Gran Experimento de Keinplatz
Arthur Conan Doyle.


De todas las ciencias, una interesaba especialmente al erudito profesor Von Baumgarten. Era la que se conecta con la psicología y las relaciones entre mente y materia. El profesor era un famoso anatomista, gran químico y uno de los más renombrados fisiólogos de Europa. Pero se sentía aliviado alejándose de esos temas y dedicando sus grandes conocimientos al estudio del alma y las relaciones misteriosas de los espíritus. Era muy joven cuando empezó sus estudios sobre hipnotismo. En esa época, su mente parecía vagar por lugares extraños donde lo único que había era caos y oscuridad. Sólo muy pocas veces algún gran suceso inexplicable y desconectado aparecía aquí y allá.
Pero a medida que pasaban los años, aumentaba el valioso caudal de conocimientos del profesor. El conocimiento siempre da más conocimiento, del mismo modo que el dinero da más interés. Y el profesor comenzó a notar que lo que antes le había parecido asombroso o extraño, ahora podía ser interpretado de forma distinta. Empezó a familiarizarse con una nueva clase de razonamientos y pudo descubrir conexiones en cosas que antes le habían parecido incomprensibles y sorprendentes. A través de veinte años, realizó experimentos y recolectó muchos datos. Tenía la ambición de crear una nueva ciencia exacta que incluyera al hipnotismo, espiritismo y otros temas relacionados. Lo ayudó mucho su profundo conocimiento de las partes más complicadas de la fisiología animal, las que tratan de las corrientes nerviosas y de cómo trabaja el cerebro. Alexis von Baumgarten era profesor de Fisiología en la Universidad de Keinplatz y tenía a disposición de sus investigaciones todo el laboratorio de la universidad.
El profesor Von Baumgarten era alto y flaco, de rostro delgado y ojos color gris acerado, y una mirada especialmente brillante y profunda. Tenía arrugas en la frente de tanto pensar, y las espesas cejas contraídas. Parecía estar siempre frunciendo el ceño, lo que engañaba a la gente con respecto a su carácter, que era serio pero amable. Entre los estudiantes era muy popular. Acostumbraban a reunirse alrededor de él después de cada una de sus clases y lo escuchaban atentamente mientras exponía sus extrañas teorías. Muchas veces buscaba entre ellos voluntarios para realizar algún experimento. En conclusión: no había joven de su clase que no hubiera participado más de una vez en los trances hipnóticos que les había provocado su profesor.
Entre todos esos jóvenes tan apasionados de esa ciencia, no había ninguno tan entusiasta como Fritz von Hartmann. En más de una ocasión, algunos de sus compañeros de estudio se habían preguntado con extrañeza por qué el intrépido e impulsivo Fritz, uno de los más irreflexivos jóvenes de la universidad, dedicaba su tiempo y esfuerzo a estudiar temas tan complicados y a ayudar al profesor en sus particulares experimentos. En realidad, Fritz era un joven inteligente y muy hábil. Se había enamorado hacía muchos meses de Elisa, la hija del profesor, de ojos azules y cabello dorado. La joven le había hecho saber que él no le era indiferente, pero no se atrevía a aparecer frente a la familia como un pretendiente formal. Le hubiera sido muy difícil ver a la muchacha de no haberse hecho imprescindible para el profesor. Éste lo llamaba frecuentemente a su casa, y el joven iba y se sometía de buena gana a cualquier tipo de experimento con tal de recibir a cambio una mirada especialmente cálida de Elisa, o el roce de su pequeña mano.
Fritz von Hartmann era un joven bastante apuesto. Su familia poseía una buena cantidad de tierras que cuando su padre muriera, pasaría a él. Era para muchos lo que comúnmente se considera un buen partido. Pero no era bien visto por la esposa del profesor. La mujer ponía mala cara cada vez que lo encontraba en su casa y sermoneaba al profesor por permitir que un lobo de esa clase rondara cerca de su ovejita. La verdad es que Fritz tenía mala fama. No había duelo, desorden o alboroto de los que el joven no formara parte, y en el que no fuera uno de los cabecillas.
Nadie tenía peor lenguaje ni era más violento. Nadie bebía más, nadie jugaba a las cartas más frecuentemente. Y nadie era más haragán. Por eso era entendible ver que la buena señora Von Baumgarten protegiera a su hija bajo el ala y se quejara de las atenciones de un personaje de esa clase. Pero el profesor estaba demasiado enfrascado en sus extraños estudios como para reflexionar sobre el asunto y elaborar alguna opinión, favorable o desfavorable, sobre la cercanía del joven. Desde hacía varios años, al profesor lo obsesionaba un tema que se repetía constantemente en sus pensamientos.
Todos sus experimentos y teorías giraban sobre ese punto. Cien veces por día se preguntaba si sería factible que un espíritu humano existiese separado de su cuerpo durante un tiempo y que después volviese a él. La primera vez que se le ocurrió esta posibilidad, su mente científica la rechazó. Chocaba mucho con ideas anteriores y prejuicios científicos. Pero poco a poco empezó a avanzar más y más por el camino de la investigación, y su pensamiento rechazó todas las antiguas trabas. Era posible que la mente existiera lejos de la materia. Había muchas cosas que le hacían pensar así. Se le ocurrió que la cuestión podía resolver- se definitivamente mediante un experimento audaz y original. Sorprendió al mundo científico con un famoso artículo sobre las entidades invisibles.
En ese artículo decía: "En condiciones especiales, es evidente que el alma o mente se separa sola del cuerpo. Así sucede con las personas hipnotizadas: el cuerpo queda en estado cataléptico, pero el espíritu lo ha abandonado. Tal vez me contestarán que el alma se encuentra ahí, pero durmiendo. Responderé que no, si no ¿cómo explicaríamos la clarividencia? La clarividencia ha sido desacreditada por falsos y fraudulentos adivinos, pero su realidad puede ser demostrada con facilidad. Lo comprobé yo mismo, usando a una persona sensitiva.
Esa persona me dijo detalladamente lo que sucedía en una habitación de otra casa. ¿Cómo explicarán eso? Sólo se explica aceptando que el alma ha abandonado al cuerpo y está vagando por el espacio. No podemos ver esas idas y vueltas porque el espíritu es invisible. Pero podemos ver los efectos en el cuerpo del sujeto, tanto rígido e inanimado, como tratando de narrar sensaciones que nunca hubieran podido llegar a él por medios naturales. Sólo se me ocurre una forma de demostrar este hecho. Y es la siguiente: nosotros somos seres carnales, incapaces de ver espíritus, pero nuestros propios espíritus pueden ser separados de nuestro cuerpo y darse cuenta de la presencia de los otros. Mi intención es hipnotizar a uno de mis discípulos. Luego yo me hipnotizaré a mí mismo. Utilizaré un método que ya puse a prueba antes y que me resulta fácil. Si mi teoría es cierta, mi espíritu podrá encontrar el espíritu de mi alumno y comunicarse con él sin dificultad puesto que los dos estaremos separados de nuestros cuerpos. Trataré de comunicar el resultado de esta experiencia en el próximo número de éste periódico".
El profesor cumplió con su promesa y publicó un informe sobre lo que había ocurrido. La historia era tan extraordinaria que en general fue recibida con incredulidad. En algunos periódicos que comentaron este artículo el tono era tan ofensivo, que el profesor se enojó. Dijo que nunca más volvería a tocar ese tema y fue escrupulosamente fiel a su palabra. Pero este relato fue reunido aquí recurriendo a las más auténticas fuentes y los hechos citados son esencialmente ciertos.
Sucedió de esta manera. Fue poco tiempo después de que al profesor Von Baumgarten se le ocurriera la idea del experimento. Estaba caminando hacia su casa, abstraído en sus pensamientos después de un largo día de laboratorio. Fue cuando se cruzó con un nutrido grupo de estudiantes alborotadores que acaban de salir de un bar. El cabecilla, medio borracho y escandaloso, era Fritz von Hartmann. El profesor pasó junto a ellos y siguió de largo, pero el joven Fritz lo interceptó:
-¡Mi respetado maestro! -dijo tirándole de la manga y acercándolo a él-. Tengo que decirle algo y ahora es el mejor momento porque tengo una buena cerveza zumbando en mi cabeza.
-¿Qué desea, Fritz? -preguntó el profesor con sorpresa.
-Escuché decir que está a punto de realizar un nuevo experimento, un experimento prodigioso por el que retirará un alma del cuerpo y luego se la devolverá.
-Es cierto.
-¿Y quién querrá prestarse a ese experimento? ¿Y si el alma sale y después no quiere volver? Sería un gran problema. ¿Quién se animaría a correr semejante riesgo?
-Pero, Fritz -exclamó el sorprendido profesor-. Esperaba que colaborara usted conmigo. No me va a dejar solo en este intento. Piense en su gloria futura.
-¡De ninguna manera! -gritó enojado el estudiante-. ¡Siempre estuve dispuesto a realizar sus experimentos! ¿No estuve dos horas sobre un aislador de vidrio mientras usted descargaba electricidad en mi cuerpo? ¿No me estropeó la digestión con una corriente galvánica en el estómago mientras estimulaba mis nervios frénicos? ¿Cuántas veces me hipnotizó? ¿Y qué obtuve a cambio? Nada. Y ahora quiere sacarme el alma como si fuera el engranaje de un reloj. ¡Esto es demasiado!
-¡Oh querido muchacho! -dijo el profesor muy afligido-. Todo lo que ha dicho es cierto. Nunca me había detenido a pensarlo. ¿Puedo hacer algo para recompensarle? Lo que me pida; estoy dispuesto a ello.
Fritz, muy seriamente, contestó:
-Lo ayudaré si me promete que después de este experimento me dará la mano de su hija. Ésas son mis condiciones. Si no, no quiero saber nada de todo esto.
El profesor, asombrado, permaneció en silencio. Luego dijo:
-¿Y qué dirá mi hija sobre su petición?
-Elisa estará contenta. Hace tiempo que nos queremos.
-Entonces -dijo el profesor con convicción- le concederé su mano. Usted es un joven de buen corazón y uno de los mejores neuróticos que conocí en mi vida...cuando no está bajo la influencia del alcohol. Tengo programado mi experimento para el cuatro del mes próximo. Venga al laboratorio fisiológico a las doce en punto. Será un gran momento. Los científicos más importantes de Alemania vendrán a vernos.
-Seré puntual -contestó el estudiante.
Los dos hombres se fueron cada uno por su lado. El profesor caminó lentamente hacia su casa, pensando en el gran evento que pronto iba a protagonizar. El joven siguió la juerga con sus compañeros pensando en los ojos azules de Elisa y en el trato que había hecho con su padre.
No había exagerado el profesor al hablar del interés que había provocado su nuevo experimento. Una constelación de talentosos hombres de ciencia había llenado la habitación mucho antes de la hora anunciada. Habían venido grandes eminencias del espiritismo y un especialista muy famoso en centros cerebrales. Todos habían recorrido grandes distancias y estaban entusiasmados y atentos. Cuando aparecieron el profesor Von Baumgarten y su alumno sobre el estrado, sonaron enormes aplausos. El profesor explicó en pocas palabras en qué consistía la comprobación que iba a llevar a cabo y cuáles eran sus objetivos.
-Hipnotizaré al joven aquí presente -dijo el sabio- y luego yo mismo me pondré en trance. Aunque nuestros cuerpos estarán inmóviles, espero que nuestros espíritus puedan encontrarse. Al cabo de un tiempo, todo volverá a su curso normal. Nuestros espíritus regresarán a sus cuerpos y las cosas serán como siempre han sido. Con su permiso, procederemos a efectuar la prueba.
Se reanudaron los aplausos y el público buscó el mejor lugar para observar en respetuoso silencioso. El profesor hipnotizó al joven con apenas unos rápidos pases. El muchacho cayó inerte sobre su silla. Estaba rígido y pálido. Entonces, el profesor tomó una brillante bola de cristal del bolsillo y concentró la mirada en ella. Efectuó un esfuerzo mental y logró hipnotizarse a sí mismo. Se escuchó un extraño e impresionante suspiro en la audiencia que contemplaba al joven y al viejo en suspensión vital. ¿Dónde estarían ahora sus almas? ¿Dónde habrían ido? Ésas eran las preguntas que se hacían todos los espectadores.
Pasaron cinco minutos, luego diez, luego quince y luego otros quince. El profesor y su discípulo continuaban sentados, rígidos e inmóviles sobre el estrado. Durante ese tiempo no se oyó el mínimo sonido entre los sabios reunidos. Todas las miradas estaban clavadas en los dos rostros pálidos, buscando las primeras señales de conciencia. Tuvo que pasar una hora para que
la paciencia de los espectadores tuviera su recompensa. Se colorearon ligeramente las mejillas del profesor Von Baumgarten. El alma estaba regresando a su residencia terrenal. De pronto, como si estuviera despertando de un sueño, el profesor estiró sus brazos largos y delgados. Se frotó los ojos y levantándose de su silla miró hacia todos lados, como si le costara darse cuenta del lugar y la situación en que se encontraba. Con gran sorpresa y disgusto de la mayor parte del público, el profesor lanzó una terrible maldición. A continuación preguntó:
-¿Dónde demonios estoy? ¿Qué infiernos ocurrió? ¡Pero si ya recuerdo! Estoy en un absurdo experimento hipnótico. Pero puedo asegurarles que esta vez no tuvo éxito porque no recuerdo nada de nada desde que quedé inconsciente. Hicieron un largo viaje para nada mis distinguidos sabios amigos. Todo esto sólo ha sido una broma muy graciosa.
Mientras decía esto, el profesor reía a carcajadas y se golpeaba los muslos. El publico se sintió terriblemente agredido por este comportamiento increíble La cosa hubiera terminando muy mal si no hubiera intervenido el joven Fritz von Hartmann. Acababa de recobrar sus sentidos y se había puesto de pie. Avanzando hacia el público dijo:
-Tengo que pedir disculpas por la conducta de este hombre. Si bien pudo parecerles serio al principio del experimento, es un muchacho muy atolondrado. Todavía está bajo los efectos de la reacción hipnótica. No lo podemos culpar entonces, por sus pobres palabras. Ahora, si hablamos del experimento, yo no creo que haya fallado. Existe la posibilidad de que nuestros espíritus se hayan comunicado en el espacio. Lamentablemente, nuestra memoria corporal es burda, muy distinta de la de nuestro espíritu. Tal vez por eso no podamos recordar lo ocurrido. De ahora en más pondré todas mis energías en crear algún medio por el cual los espíritus puedan recordar lo que les ocurre cuando vuelan libremente. Cuando lo haya logrado, espero poder tener el honor de reunir a este respetable público de nuevo, otra vez en esta sala, y demostrarles el resultado.
Este comentario causó una gran sorpresa entre los asistentes. Especialmente por haberlo expresado un estudiante tan joven. Algunos sabios se sintieron ofendidos, pensaban que el joven se daba aires de importancia que en realidad no le correspondían.
Pero en su mayoría, el público lo consideró una futura promesa de la ciencia. Y no pudieron dejar de hacer comparaciones entre su conducta, tan digna, y la del profesor, que durante la explicación del joven no dejaba de reírse a carcajada limpia desde un rincón, sin preocuparse por el fracaso de su prueba.
A pesar de que todos aquellos hombres eminentes habían dejado la sala con la sensación de que no habían visto nada para tener en cuenta, había sucedido antes sus ojos uno de los hechos más maravillosos de toda la historia del mundo. La teoría del profesor Von Baumgarten de que su espíritu y el de su alumno se habían alejado de su cuerpo durante el experimento, era totalmente correcta. Pero una extraña e inesperada complicación se había producido. Al regresar, el espíritu de Fritz von Hartmann se había introducido en el cuerpo de Alexis von Baumgarten y el de Alexis von Baumgarten en el cuerpo de Fritz von Hartmann. Eso explicaba las palabras superficiales y torpes que había pronunciado el profesor, y las elogiables y serias frases que había dicho el atolondrado estudiante. Era un hecho sin precedentes, pero nadie se había dado cuenta, ni siquiera los propios involucrados.
El cuerpo del profesor sintió de repente que tenía la garganta seca. Todavía seguía riéndose del experimento cuando salió a la calle, porque el alma de Fritz se alegraba internamente de haber ganado a su novia sin ningún esfuerzo especial. Lo primero que pensó fue ir a verla, pero frenó su impulso. Pensó que debía darle tiempo al profesor Von Baumgarten de informarle a su esposa el trato que habían realizado. Así que se dirigió a la cervecería, uno de los lugares preferidos de los estudiantes. Mientras caminaba hacia el lugar donde esperaba apagar su sed, agitaba ruidosamente el bastón en el aire. Sin dudar un instante, buscó la salita reservada donde ya se habían acomodado más de media docena de sus compañeros más alegres.
-¡Sabía que los encontraría aquí! ¡Bravo! Terminen sus bebidas y pidan lo que quieran que hoy invito yo.
Los estudiantes no se hubieran sentido más sorprendidos si el hombrecito verde que estaba pintado en el cartel de la cervecería que colgaba sobre la puerta hubiera bajado repentinamente y entrado al salón exigiendo una botella de cerveza. No podían creer en la inesperada llegada del respetable profesor. Durante un minuto o dos, la sorpresa no les permitió reaccionar y se quedaron en silencio, sin ser capaces de responder a la invitación.
De pronto el profesor maldijo y resopló preguntando:
-¿Qué demonios les pasa? ¿Por qué se quedan mirándome como cerdos enamorados? ¿Sucede algo especial?
-Es que esta invitación es un honor... -pudo tartamudear uno de sus alumnos.
-¡Pero qué honor ni honor! -respondió enojado el profesor-. ¿Piensan que porque hice una exhibición de hipnotismo frente a un montón de fósiles me voy a sentir tan orgulloso? ¿Y que no voy a querer unirme a mis viejos y queridos amigos? ¿Por qué no me alcanzan una silla? Creo que ya es hora de que presida esta reunión. ¿Qué quieren tomar? Pidan lo que quieran y que lo anoten en mi cuenta.
No se recuerda en aquella cervecería ninguna otra tarde como aquélla. Alegremente iban de aquí para allá las espumosas jarras de cerveza y la verdes botellas de vino del Rin. Poco a poco los estudiantes perdieron la timidez que al principio les producía la presencia de su profesor. Especialmente al verlo cantar y regir. Y no fue lo único especial que hizo. También mantuvo en equilibrio sobre su nariz una pipa muy larga y apostó que ganaría en una carrera de cien metros contra cualquier miembro del grupo que se atreviera a correr junto a él. Del otro lado de la puerta, el propietario de la cervecería y la camarera murmuraban sorprendidos frente a la increíble conducta del ilustre profesor. Mucho más tuvieron para murmurar después, cuando el distinguido caballero le dio al propietario una palmada y besó a la camarera detrás de la puerta de la cocina.
-Caballeros -dijo el profesor mientras se ponía de pie, balanceándose ligeramente-. Creo que debo explicarles la causa de esta celebración.
-¡Que hable, que hable, que hable! -gritaron los estudiantes golpeando sus vasos contra la mesa.
-Amigos míos, debo comunicarles que voy a casarme muy pronto. Por lo menos, eso espero -dijo el profesor con los ojos brillándole a través de los lentes.
Un estudiante, un poco más atrevido que los demás, preguntó:
-¡Casarse! Pero, ¿falleció la señora?
-¿Qué señora?
-¿Y qué señora va a ser? La señora Von Baumgarten, por supuesto.

-Ah -dijo riendo el profesor. Veo que ya saben todo lo mío... No, no murió. Pero estoy seguro que no se opondrá a mi casamiento.
-¡Qué considerado de su parte! -dijo un joven.
-En realidad -dijo el profesor- espero que acepte esta situación y me ayude a congraciarme con mi futura esposa. Es cierto que la señora y yo nunca nos hemos llevado muy bien, pero ahora espero que todo eso haya pasado y que cuando me case venga a vivir con nosotros.
-¡Seguramente se convertirán en una familia muy feliz! - comentó alguien.
-Así lo espero. ¡Y me gustaría que todos ustedes asistieran a la boda! ¡No haré nombres pero pido ahora un brindis por mi futura esposa !
-¡A su salud! ¡Por la futura esposa! -clamaron los estudiantes con grandes carcajadas. Y así continuó la fiesta, alegre y tumultuosa, en la que todos seguían el ejemplo del profesor y bebían y brindaban por la mujer de su corazón.

Al mismo tiempo en que se realizaba esta festiva reunión, en otro lugar se sucedía una escena muy diferente. El joven Fritz von Hartmann, con una actitud solemne y reservada, revisó algunos instrumentos matemáticos y salió a la calle, caminando según su costumbre, lenta y pensativamente. Delante de él iba a paso vivo el profesor de anatomía, así que aceleró su marcha hasta alcanzarlo.
-Profesor -dijo dándole unas palmaditas en el brazo-. Recuerdo ahora que el otro día me preguntó acerca del revestimiento de las arterias cerebrales. Yo creo que...
-¡Pero quién se cree usted que es! ¿Qué demonios pretende? -dijo indignado el agrio profesor de anatomía-. ¡Tendré que informar de su comportamiento a la Junta Académica!
Y con esta amenaza, el antipático señor giró en redondo y se marchó rápidamente.
Von Hartmann se sintió muy sorprendido frente a esa reacción desproporcionada. -Debe ser a causa del fracaso de mi experimento -dijo para si y continuó malhumorado su camino. Le esperaban nuevas sorpresa. Se le acercaron de pronto dos jóvenes estudiantes. En lugar de saludarlo sacándose las gorras, o de mostrarle alguna señal de respeto, al verlo lanzaron un grito. Corrieron hacia él y lo tomaron cada uno de un brazo mientras lo arrastraban con ellos.
-¡Dios mío! ¿Qué pasa? ¿Dónde me llevan?
-A que te tragues una buena botella de cerveza con nosotros -contestaron los estudiantes con expresión divertida-. ¡Vamos! ¡Ésta es una invitación a la que nunca pudiste negarte!
-¡Jamás escuché una falta de respeto semejante! -gritó Von Hartmann-. iSuéltenme ya! ¡Los suspenderé! ¡Déjenme ahora mismo, he dicho!
-Así que estás de mal humor -le respondieron-. Que te vayas con viento fresco... La podemos pasar muy bien sin tu presencia.
-¡Sé quiénes son y haré que paguen por esto! -gritó furioso Von Hartmann. Y continuó su camino realmente enojado por estos dos penosos episodios. La señora Von Baumgarten se encontraba mirando por la ventana. Se preguntaba por qué su esposo se retrasaba para la cena. ¡Cómo no iba a sorprenderse al ver aproximarse al joven estudiante! No esperaba ver al muchacho, quien verdaderamente le inspiraba una enorme antipatía. Si había logrado entrar en su casa había sido sólo por el profesor y en contra de sus deseos. La sorpresa de la mujer iba aumentando al verlo pasar por la puerta del jardín y acercarse por el sendero con un aire de dueño del lugar. No podía creer lo que veía y se dirigió a la puerta en guardia, armada de sus más profundos instintos maternales. La hermosa Elisa también había visto desde la ventana del primer piso ese avanzar atrevido de su enamorado y su corazón latía rápidamente, mezclando sentimientos de asombro y orgullo.
-Buenos días, caballero -saludó la señora Von Baumgarten al intruso, al mismo tiempo que le bloqueaba con sequedad la puerta abierta.
-Sí, es un día espléndido, Martha -respondió el otro-. Pero por favor, no te quedes como una estatua y sírveme ya la cena. Vengo muerto de hambre.

-iPero cómo...! ¿Martha? ¿La cena... -dijo la señora mientras retrocedía sorprendida.
-¡Sí Martha, la cena! -gritó Von Hartmann que ya empezaba a enojarse-. ¿Qué tiene de extraño mi pedido? Sobre todo, considerando que estuve afuera todo el día. Esperaré en el comedor. Sírveme lo que quieras. Salchichas, ciruelas..., cualquier cosa. Lo que encuentres a mano. ¿Pero por qué te quedas parada mirándome? Mujer, ¿piensas mover tus piernas de una vez, o qué?
El tono indignado de este último comentario provocó que la buena señora Von Baumgarten corriera a la cocina, donde se encerró presa de un violento ataque de histeria. Von Baumgarten fue a la sala y se sentó en el sofá invadido del peor de los humores.
-¡Elisa! -gritó-. ¡Elisa! ¿Pero dónde diablos se ha metido esta chica?
La joven sintió el irritado llamado y bajó tímidamente la escalera. Al encontrarse frente a su amado dijo:
-¡Mi querido! ¿Hiciste todo esto por mí? ¿Fue un truco para poder verme?
La joven abrazó apretadamente al profesor provocándole un ataque de rabia. Durante unos minutos no pudo decir nada, se había quedado sin habla a causa de la indignación. Sólo podía lanzarle a la joven miradas llameantes de furia y apretar los puños, mientras trataba de desembarazarse de su abrazo. Cuando logró hablar, lo hizo de forma tan violenta que asustó a la muchacha quien se alejó unos pasos y quedó petrificada de miedo.
-¡Nunca en mi vida me pasaron tantas cosas malas como en este día! -estalló Von Hartmann mientras daba una patada al piso-. Mi experimento fracasó, el profesor de anatomía me insultó, dos de mis estudiantes me arrastraron por la calle. Luego mi esposa casi se desmaya porque le pido la cena y mi hija se tira sobre mí y me abraza como a un oso, sin dejarme ni respirar.
-¿Te sientes bien?- respondió la muchacha-. Te noto muy raro, parece que estuvieras desvariando y ni siquiera me has besado.
-No, y tampoco lo haré -dijo Von Hartmann-. ¿Qué modales son ésos7 ¡Deberías avergonzarte! ¿Por qué no vas a traerme mis zapatillas7 ¿Y por qué no ayudas también a tu madre a preparar la cena?
-¿Y para esto te amé apasionadamente durante más de diez meses? -gritó Elisa mientras lloraba histéricamente-. ¿Para eso desafié el enojo de mi madre? ¡Creo que rompiste mi corazón! ¡Estoy segura de que lo rompiste!

-¡No soporto más! -gritó furioso Von Hartmann-. ¿Qué diablos estás diciendo? ¿Qué hice yo hace diez meses que te inspirara tanto afecto hacia mí? Si realmente me quieres tanto, sería mejor que fueras a la cocina y me trajeras ya un poco de salchicha y otro poco de pan, en vez de decir tantas tonterías juntas.
-¡Mi querido! -dijo la joven mientras se arrojaba a los brazos de quien creía su amado-. Me doy cuenta de que estás bromeando. ¿Quieres asustar a tu pequeña Elisa?
En el momento del inesperado abrazo, Von Hartmann estaba reclinándose sobre un costado del sillón, que se encontraba bastante desvencijado. Al lado del sofá había un tanque lleno de agua. El profesor lo utilizaba para realizar experimentos con huevos de peces y debía mantenerlos en esa habitación con el fin de obtener la temperatura ideal. El peso de la joven sobre él, combinado con el empuje con que se arrojó a sus brazos lograron que el gastado sofá cediera hacia atrás. El cuerpo del pobre estudiante fue a parar al tanque, donde quedaron incrustados su cabeza y sus hombros. Mientras tanto, sus extremidades inferiores pateaban inútilmente el aire. Ese episodio rebalsó el vaso de la agotada paciencia del profesor. Con dificultad pudo liberarse de esa postura incómoda, y lanzando un grito de furia se lanzó fuera de la casa. En vano fueron las súplicas de Elisa. El profesor tomó su sombrero y despeinado y chorreando agua salió a buscar algún bar donde obtener la comida y la comodidad que le negaban en su casa.
El espíritu de Von Baumgarten iba metido adentro del cuerpo del joven Von Hartmann y recorría el camino que llevaba al centro de la ciudad. Seguía protestando a viva voz por la mala suerte de ese día cuando divisó a un hombre viejo muy alcoholizado. Von Hartmann se quedó esperando a un costado de la calle y observó al hombre tambalearse de un lado a otro mientras tarareaba una obscena canción de estudiantes. Al principio, lo único que le llamó la atención fue ver a un hombre de apariencia respetable en tan lamentable condición. A medida que este individuo se acercaba a él sintió que lo conocía, pero no podía recordar cuándo o dónde lo había visto antes. La impresión se hizo más fuerte al verlo más de cerca. Por las dudas, avanzó unos pasos y lo miró cuidadosamente.
-Hola- dijo el borracho mirándolo fijamente mientras trataba de mantener su equilibrio-. ¿De dónde demonios te conozco? Sé que te conozco tanto como de toda la vida, pero ahora no recuerdo bien de dónde... ¿Quién diablos eres?
-Soy el profesor Von Baumgarten -dijo el de cuerpo de estudiante-. ¿Me permite preguntarle quién es usted? Sus facciones me resultan extrañamente familiares.
-No mientas, amigo mío. Eso es muy feo -dijo el otro-.Yo sé que no eres el profesor porque él es un hombre viejo y horrible. En cambio tú eres un muchacho alto, agradable y de anchos hombros. Yo te diré quien soy yo: Fritz von Hartmann, a tus órdenes.
-Le aseguró que ése no es usted -exclamó el cuerpo de Von Hartmann-. En todo caso será su padre. Pero, dígame señor, ¿se dio cuenta de que lleva mis gemelos y la cadena de mi reloj?
-¡Maldición! -respondió el otro-. Si ésos no son los pantalones que mi sastre quiere que le pague, prometo no volver a beber cerveza en mi vida.
En ese momento, Von Hartman se pasó una mano por la frente. Estaba agobiado por todas las cosas insólitas que le habían ocurrido aquel día. Bajó la mirada y la casualidad hizo que se viera reflejado en un charco de lluvia que se encontraba en la mitad de la calle. Pudo entonces comprobar con gran asombro que su cara era la de un joven y su traje el de un estudiante, y su imagen se veía opuesta, en todo sentido, a la seria y responsable apariencia académica que debía corresponderle. En ese mismo momento, su rápida mente comprendió la secuencia de los últimos hechos ocurridos en su vida y sacó una certera conclusión. La impresión lo hizo tambalearse, también a él.
-¡Dios mío! -gritó desesperado y golpeándose el pecho-. Ahora comprendo qué pasó. Nuestras almas fueron a los cuerpos equivocados. Yo soy usted, usted es yo. He demostrado mi teoría... ¡pero con qué costo! ¿Deberá la mente más erudita de toda Europa tener que vivir dentro de una envoltura tan vacía? ¡Oh, el trabajo de toda una vida arruinado para siempre!
-Yo lo comprendo -dijo el verdadero Von Hartmann desde el cuerpo del profesor. Y puedo entender muy bien lo que siente. Pero no golpée así a mi pobrecito cuerpo. Estaba en excelentes condiciones cuando usted lo recibió. En cambio, ahora está totalmente mojado y mi camisa está arrugada y tiene un olor espantoso.
-¡Qué importancia tienen esos detalles si vamos a tener que quedarnos así para siempre! -contestó Von Baumgarten desde el cuerpo de Von Hartmann-. Pude probar mi teoría, pero de un modo terrible.
-Si yo pensara como usted -le contestó el espíritu del estudiante- sí que sería terrible. ¿Cómo podría ser mi vida de ahora en más metido en este cuerpo quebradizo y viejo? ¿Cómo haría para cortejar a Elisa y convencerla de que no soy su padre? Gracias a Dios que a pesar de la cerveza, que hoy me cayó peor que nunca porque su cuerpo no resiste lo que resiste el mío, se me ocurrió una salida para nuestros problemas.
-¿Cuál? -preguntó anhelante el profesor.
-Repetir el experimento. Creo que si otra vez dejamos a nuestras almas en libertad tendremos bastantes posibilidades de que encuentren un camino de regreso a sus respectivos cuerpos.
Como un ahogado se aferra a un madero, así se aferró el espíritu de Von Baumgarten a esta propuesta. Rápidamente arrastró a su propio cuerpo a un costado de la calle y lo puso en trance. Inmediatamente sacó la bola de cristal de su bolsillo y logró también él quedar en suspensión vital.
Durante la hora siguiente pasaron por allí muchos estudiantes. Algunos se detuvieron asombrados al ver al profesor de Fisiología y su estudiante preferido semidesvanecidos sobre un banco lleno de barro. Pronto se reunió alrededor de ellos una multitud que discutía la posibilidad de llamar a una ambulancia para llevarlos al hospital. Pero en ese momento, el sabio profesor abrió los ojos y miró con aire ausente a su alrededor. Parecía no saber cómo había llegado hasta allí. Y de pronto alzó sus brazos delgados sobre su cabeza y gritó con felicidad:
-¡Dios me proteja! ¡Soy yo! ¡Soy yo de nuevo! ¡Me doy cuenta!
La sorpresa de la multitud se hizo aún más grande cuando el estudiante saltó del banco gritando lo mismo y los dos se tomaban de los brazos haciendo unos pasos de baile muy extraños. Después de ese extraño episodio hubo muchas dudas sobre la sanidad mental de sus protagonistas. El profesor publicó sus experiencias en el periódico médico, pero sus colegas le aconsejaron vigilar su mente si no quería terminar en un manicomio. El estudiante también comprobó en carne propia que era mejor no hablar más sobre el tema.
Cuando el serio profesor volvió a su casa, no encontró el cálido recibimiento que podría desear después de tan singulares aventuras. Al contrario. Ambas mujeres le reprocharon su olor a alcohol y a tabaco y el haber estado ausente cuando un joven sinvergüenza se había introducido en la casa y le había faltado el respeto a sus ocupantes. Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que el clima familiar del hogar del profesor volviera a su tranquilidad habitual. Y todavía mucho más hasta que se viera entrar a esa casa al joven Von Hartmann. Pero la paciencia y la constancia dan sus frutos, y el estudiante logró finalmente tranquilizar a las enojadas damas y establecerse en el hogar. Y ya no debe preocuparse más por la antipatía de la esposa del profesor porque él se ha convertido en el capitán Von Hartmann, del ejército del emperador y su encantadora esposa Elisa ya le regaló dos pequeños futuros soldaditos, como claro y positivo símbolo de su amor.

º