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martes, 7 de diciembre de 2010

FRUTO NEGRO Robert Bloch

FRUTO NEGRO

Robert Bloch

Aquella noche, todo estaba en perfecta calma antes de que se presentase aquel dichoso problema.
Ben Kerry estaba apoyado en la barandilla bajo el porche de su chalet, con los ojos desmesuradamente abiertos como una lechuza. Su mirada estaba fija en la vasta extensión de terreno situada frente a él, en el condado de Kettle Moraine. Luego se frotó las manos y murmuró:
-Hay oro en esas malditas colinas. Podía haberlo cogido directamente del mismo suelo con mis propias manos, pero no lo sabía entonces.
Ted Hibbard dirigió su mirada hacia él y le dijo:
-¿Acaso se refiere a aquella época en que el glaciar se deslizó por las colinas poniéndolo al descubierto? Vamos, Ben, no es tan viejo como para recordar aquel suceso.
Ben hizo un gesto afirmativo con la cabeza y a continuación enucudió su pipa. 
-Tiene razón, amigo mío. Yo no estaba aquí cuando el glaciar se deslizó por las colinas, ni cuando llegaron los indios. Estos solían utilizar las colinas para hacer señales y para sus ceremonias religiosas. No, no había ningún dinero que ganar, se lo aseguro.
-Ya lo sé -respondió Hibbard-. Leí su libro en el que hablaba de este asunto.
-No, no había ningún dinero que ganar en eso -insistió Kerry-. Si no fuese por las revistas científicas de las universidades, nosotros los antropólogos nos moriríamos de hambre esperando que un editor nos publicase nuestros trabajos. Y es que nunca vemos lo que hay debajo de nuestras propias narices.
Kerry volvió a dirigir su mirada hacia las colinas cuando el ocaso las iba ya envolviendo con su manto oscuro, y continuó:
-Desde luego, los granjeros tampoco se dieron cuenta cuando llegaron aquí. Prefirieron establecerse en las tierras llanas. Y sus hijos y nietos se decidieron a buscar mejores tierras, pero limitándose a acercarse adonde abundaba el agua. De modo que todas estas colinas rocosas, con sus afloramientos de filones, permanecieron desiertas hasta hace casi treinta años. Luego el automóvil trajo los primeros cazadores y pescadores de sus ciudades a este lugar. Montaron costosas tiendas de campaña sobre tan ricas tierras, pero no vieron el oro como tampoco lo vi yo cuando llegué aquí poco antes de empezar la guerra. Mi única intención al venir a este lugar era el hallar un lugar pacífico donde pasar el verano lejos del ruido y de la gente.
Ted Hibbard sonrió y le contestó:
-Jamás he oído una cosa tan divertida: un antropólogo que odia a la gente.
-Yo no he dicho que odio a la gente -le replicó Kerry-. Al menos no a toda. Incluso en la actualidad la mayoría de los habitantes de la Tierra son unos salvajes. Siempre me he llevado bien con ellos, con los salvajes; son los civilizados los que me asustan.
-¿Se refiere a sus alumnos actuales y a los antiguos? -dijo Hibbard, sonriendo-. Pues, francamente, pensé que iba a ser bien recibido por usted en este lugar.
-Y es así, puedes crerme. Pero es una cxcepción. Usted no es como los demás. Desde que llegó ha estado picando rocas para buscar minerales.
-¡Oh! -exclamó Hibbard-. ¿A eso se refería usted al hablar de oro?
-Desde luego. Lo que tiene ahora delante de sus ojos ya no es una colina de un campo bucólico y virgen sino propiedad privada. Apenas terminó la guerra, la gente de la ciudad acudió a este lugar. Pero no los cazadores y pescadores, sino los ex habitantes de las ciudades. Los opulentos ex habitantes de las ciudades que podían permitirse el lujo de alejarse cuarenta millas de las mismas en lugar de quince solamente. Y ahora nos encontramos con que han edificado hermosos ranchos de lujo con espaciosos y amplios garajes para guardar sus costosos coches con remolque.
-Pues, a pesar de todo -respondió Hibbard-, para mí esto sigue siendo una espantosa región solitaria. Demasiado solitaria; sobre todo después del atardecer.
-Los indios se asustaban cuando llegaba la noche -le explicó Kerry-. Solían encerrarse en sus tiendas de campaña situadas en círculo alrededor del fuego, del mismo modo que suelen hacer hoy los granjeros alrededor de su aparato de televisión, seguros y protegidos. 
-Supongo que tiene usted derecho a estar resentido -dijo Hibbard-, pues el valor de todas estas tierras y granjas cada día sube más y más. Si usted no hubiese anticipado en su libro la riqueza de esta región, habría sido el primero en escoger la mejor tierra y a estas alturas tendría ya una gran fortuna.
-No necesito ninguna fortuna -respondió Kerry, encogiéndose de hombros-, sino sólo el dinero necesario para vivir. Si quisiera, ahora podría tener un pequeño bungalow, situado en la inhóspita costa de Florida Keys, en un lugar que bauticé con el nombre de Key Pout.
Un rostro blanco apareció en ese instante detrás de la esquina del porche.
-Hola, papá. Dice mamá que ya es casi la hora de comer.
-De acuerdo, hijo -le contestó Hibbard-. Dile que pronto llegaré.
El rostro desapareció.
-Es un chico excelente su hijo -dijo Kerrv.
-Sí, tanto su madre como yo pensamos que Hank es muy bueno. Siempre está estudiando matemáticas o cualquier otra materia. Está loco porque llegue el otoño para volver a ir al colegio. Creo que entiende de más cosas de las que entendía yo cuando tenía su edad. Incluso más de las que conocen actualmente los otros chicos.
-Es por esto por lo que me agrada tanto su hijo -contestó Kerry, mientras apagaba su pipa-. Y ahora le voy a decir otra cosa. No soy un misántropo como la gente pretende. Mi aspecto de ermitaño es simplemente una «fachada», pero también es, al mismo tiempo, una defensa contra esa gentuza que se apodera de nuestras ciudades, de nuestra cultura. Hace ya más de quince años que vivo este problema. Por eso me vine aquí. Ya soporto bastante con estar casi todo el año en el pueblo, para enseñar en el colegio. Por eso, cuando llega la época de las vacaciones salgo corriendo y me traslado a mi bungalow. Pues bien, he aquí que incluso este pequeño dominio mío de soledad también se ve invadido por toda esa gentuza. Las tiendas de bocadillos calientes pronto invadirán Walden Pond; aunque esto es una suposición mía.
-Supongo -respondió Hibbard- que no estará resentido conmigo por haberme establecido en este lugar. 
-¡Santo cielo, claro que no! Cuando llegó el pasado mes, me a]egré muchísimo de ello, más de lo que usted se imagina. No olvide que sigo siendo un miembro de la raza humana, a pesar de que considero a la mayoría de los residentes en este lugar como verdaderos extranjeros, lo mismo que a esos trogloditas procedentes de las ciudades. Puede estar usted seguro que siempre será bienvenido aquí en esta tierra, en mi propio bungalow. Aprecio mucho a su esposa y a su hijo. Son auténticas personas.
-¿Es que quiere decirme que el resto no lo son?
-No me atormente, amigo mío -respondió Kerry-. Usted sabe perfectamente bien de lo que le estoy hablando, a lo que me estoy refiriendo. ¿No es verdad que fue precisamente por eso por lo que se estableció en este lugar?
Hibbard se dirigió hacia la esquina del porche.
-Sí, así es. Aunque en realidad vinimos a este lugar a causa de mi hijo Hank, ya que no le agradan los colegios de la ciudad, ni los otros chicos con los que jugaba en el pueblo. A mí tampoco me gustaban esos chicos, pues parecen..., no se..., diferentes. Bueno, me refiero a esos jóvenes delincuentes. Ya me entiende usted, ¿no es así?
-Claro que le entiendo, amigo mío, demasiado bien -respondió Kerry, moviendo la cabeza-. Precisamente me he pasado casi todo el verano tomando notas sobre este asunto para luego publicar una monografía. Nada pretensioso, compréndame, ya que la sociología no es mi fuerte, pero sí lo considero un estudio muy interesante. Por añadidura, esto resulta ser un campo ideal para investigaciones antropológicas; sí, este lugar. 
-¿Quiere usted decir que abundan aquí los delincuentes juveniles rurales? -le contestó asombrado Hibbard-. Precisamente al venir a este lugar confiaba en alejar a mi hijo de ese tipo de jóvenes, de ese ambiente.
-No se preocupe por ello -le tranquilizó Kerry-. Por lo que he podido ver, las granjas se mantienen inmunes al problema de la delincuencia juvenil. Desde luego, siempre hay un número reducido de sádicos, tunantes y tipos desequilibrados. Pero no tiene que preocuparse de que su hijo Hank corra ningún riesgo, ya que esos jóvenes delincuentes se encuentran en edad de ingresar en el servicio militar, si es que no han entrado ya. Yo he estado investigando sobre los jovencitos de la ciudad.
-¿Se refiere usted a chicos como el mío? ¿O acaso quiere insinuar que por los alrededores de este lugar hay un campamento de esa clase de chicos?
-Ni a lo uno ni a lo otro. Estoy hablándole de nuestros visitantes de fin de semana. No me diga que no los ha visto en el pueblo durante el verano.
-Pues no, no los he visto. Ultimamente he estado tan atareado arreglando nuestro bungalow que no he tenido tiempo siquiera de bajar al pueblo. Sólo una vez por semana, generalmente los miércoles, acostumbro a bajar al pueblo para comprar los alimentos y demás cosas que necesitamos. Pero he oído que los fines de semana el pueblo está abarrotado de esa clase de jóvenes delincuentes.
-Pues ha oído correctamente -contestó Kerry-. Pero quizá tenga usted interés en ver lo que le estoy contando. Pienso bajar al pueblo mañana por la mañana, alrededor de las nueve. De modo que si tiene interés en acompañarme, puede hacerlo. 
-Lo haré -dijo Hibbard, mientras se alejaba.
Kerry permaneció en el porche viendo alejarse a su visitante por el sendero de la colina, mientras su sombra se proyectaba en la pared del porche a la luz de los últimos rayos del sol.
Desde el lejano horizonte llegó un ruido retumbante, extraño, algo que en un principio le pareció como el estallido de un trueno distante.
Pero ninguno de los dos hombres sabía que aquel ruido tan raro era el heraldo de algo espantoso que pronto iba a suceder en aquel lugar.


Aquel extraño ruido se oyó durante toda la noche y aún continuaba al día siguiente, cuando alrededor de las diez, Ben Kerry y Hibbard se dirigían al pueblo en el viejo «Ford» del primero.
Su primer encuentro con aquel infernal sonido fue cuando ambos amigos se encontraban fuera de los límites del pueblo a la altura de una señal de carretera que rezaba: «Bienvenido a Hilltop», debajo de la cual había otra en la que se leía: «Velocidad máxima, 25 millas por hora».
Esta vez el ruido se presentó bajo forma de un fuerte rumor sordo, pero ambos amigos pudieron comprobar que se habían equivocado al pensar que se trataba de un trueno. La motocicleta rugía por la carretera detrás de ellos, e intentaba adelantarlos sin disminuir su endiablada velocidad. Cuando se cruzaban con ella, Hibbard alcanzó a ver que en el asiento de la misma iba sentado un chico envuelto en una zamarra de cuero negro, con un mono a su espalda. Sólo unos instantes después, cuando se disipó la polvareda que había levantado aquella máquina infernal, se dieron cuenta que no se trataba de un mono sino de una chica con los cabellos revueltos agarrada con ambas manos al conductor.
Una vez que la moto les hubo adelantado, Hibbard vio que la chica les saludaba, levantando la mano y haciéndoles una señal cariñosa con la misma. En el instante en que Hibbard apanaba la mirada de aquella escena, Kerry le dio con el codo en el costado mientras le gritaba:
-¡Cuidado, aparte la cabeza!
Segundos después, algo chocó contra el cristal anterior del coche, rebotó y cayó luego al suelo. Fue entonces cuando Hibbard comprendió que la chica no había hecho un gesto con su mano para saludarlos, sino para lanzarles una lata vacía de cerveza.
-¡Esta desvergonzada ha estado a punto de romper el parabrisas del coche! -exclamó Hibbard.
-Esto ocurre todos los días -contestó Kerry, mientras hacía un gesto afirmativo con la cabeza-. Cuando llegue la noche comprobará que ambos lados de la carretera están llenos de latas y vidrios rotos.
-Pero si ni siquiera parecían tener la edad que marca la ley para beber cerveza -respondió Hibbard-. ¿Acaso no existe esa ley en este estado?
-También dice la ley que no se puede ir a más de veinticinco millas por hora, y, sin embargo, ese par de jovencitos iban a más de cincuenta.
-Habla usted como si estuviera resignado a que sucedieran estas cosas -comentó Hibbard.
-Así es, mi querido amigo. Estas cosas suelen suceder todos los fines de semana durante el verano. Todo el mundo sabe por aquí a qué atenerse.
-¿Y nadie trata de impedirlo?
-Espere y lo verá -se limitó a contestar Kerry.
En aquel momcnto estaban entrando en el pueblo; pasaban frente a una hilera de moteles. Aunque era media mañana, había un gran número de coches aparcados delante de dichos moteles, como asimismo gran cantidad de motocicletas. Todos estos vehículos estaban pintados de una forma llamativa, con colores chillones y extraños accesorios complementarios.
-Ya veo que se ha dado cuenta de la clase de medios de transporte que utilizan nuestros visitantes de fines de semana -dijo Kerry-. Comprendo que ello le resulte violento, pero así son estas gentes. Como grupo, creo que no les gusta lo que yo acostumbro a lamar el «Hierro de Detroit». Por lo que puede usted deducir que esta gente utiliza sus motores como una señal de protesta. Como hago constar en las notas que estoy tomando, parece que estos jóvenes son unos automotivos dentro de su propia locura.
Kerry disminuyó la velocidad al entrar en la angosta y corta calle del pueblo considerada como la principal. En las aceras de la misma permanecían los grupos de jóvenes campesinos que, como todos los sábados, solían acudir al pueblo. Pero mezclados entre ellos, también estaban aquellos jovencitos que acudían todos los fines de semana.
No era muy dfícil diferenciarlos, ya que los jovencitos visitantes vestían la clásica zamarra de cuero con brillo metálico, botas altas y gorra con visera echada hacia atrás, aparte de los clásicos y ceñidos pantalones vaqueros, de color azul. Algunos de ellos tenían la cabeza rapada y parecían orgullosos de lucir un cráneo bien afeitado, pero la mayoría hacía gala de largas cabelleras, cortadas segúu un modo que ellos mismos habían llamado «Mohawk». Un jovencito que se hallaba algo apartado de los demás tenía un aspecto totalmente distinto; se distinguía por sus grasientos rizos y por las patillas exageradamente largas. Algunos otros portaban barbas puntiagudas, lo que les confería la apariencia de cabras montañesas. La semejanza con los sátiros quizá estaba realzada por la presencia de sus acomparlantes femeninos. En realidad, todas ellas eran parecidas a la chica que vieron sentada en el asiento posterior de la motocicleta con la que se cruzaron en la carretera: cabellos revueltos, rostros exageradamente pintarrajeados, jerseys muy ceñidos y pantalones muy ajustados.
La forma de hablar tan chillona de estas chicas resonaba y producía eco en aquel anfiteatro artificial formado por el inmenso círculo de jóvenes; a este espantoso ruido venía a añadirse el que producía una máquina de discos existente en un bar cercano.
Alrededor de esta máquina electrónica se hallaba un grupo de muchachos, y algunas parejas bailaban en las aceras de la calle, al son de aquel ruido infernal, indiferentes de aquellos que tenían que utilizarlas para entrar o salir de sus casas. Los rayos del sol se reflejaban en el cristal de las jarras de cerveza que sostenían mientras reían y gritaban alborozadamente. Todo ello daba la impresión de hallarse en medio de una gran orgía.
-Ahora ya me estoy dando cuenta de lo que usted me insinuó por el camino -dijo Hibbard, volviéndose hacia su compañero-. Creo haber leído algo sobre lo que acabamos de presenciar en un libro que compré hace unos dos años. ¿Acaso no hubo por esa época una convención de motociclistas en un pequeño pueblo de California? Hubo una reyerta entre miembros de diferentes bandas, que acabó en una espantosa revuelta en la que tuvo que intervenir la policía.
-Exactamente, así fue -respondió Kerry-. Y lo mismo ocurrió al año siguiente en un pueblo de otro estado. Luego volví a leer algo parecido este verano en un periódico que cayó por casualidad en mis manos. Si intentara usted estudiar estas cosas, comprobaría que este fenómeno presente en la juventud de nuestros días se ha extendido por todo el mundo.
-¿Y era esto lo que usted quería enseñarme? -preguntó Hibbard-. ¿Que comprobara con mis propios ojos cómo esos gamberros acuden al pueblo todos los fines de semana para aterrorizar a los pacíficos pueblerinos?
Kerry asintió con la cabeza.
-No sea usted melodramático -murmuró-. En primer lugar, esta gente no constituye una banda de gangsters motorizados; a lo sumo puede comparárseles a una reunión de jóvenes amantes de los deportes motorizados o a un grupo de jóvenes fanáticos de Elvis Presley. Estos jóvenes vienen de todas partes: de las grandes ciudades, de los barrios bajos o de las pequeñas comunidades industriales situados alrededor de las mismas. No hay ningún signo externo de que pertenezcan a algún gang, grupo, organización o club de siniestros fines. Aparentemente, sólo se puede decir que se reúnen simplemente para divertirse. Y si se fija usted más detenidamente, comprobará que no aterrorizan a ninguno de los ciudadanos de este pueblo, tal como me indicó anteriormente. En realidad, la mayoría de los comerciantes del pueblo se alegran de su presencia, ya que ganan lo suyo -al decir esto, Kerry indicó con su mano en dirección al bar-. Son unos excelentes clientes para ellos, pues cada fin de semana suelen dejar un buen puñado de dólares en sus cajas. El cielo es el límite.
-Pero usted mismo dijo que infringían la ley. Pueden producir alborotos, reñirse entre ellos mismos o llegar a causar daños irreparables.
-Supongo que pagan lo que hacen o destrozan.
-¿Y qué pasa con las autoridades locales? ¿Qué piensan de todo esto?
Kerry sonrió, y luego contestó a su acompañante:
-Se refiere usted al alcalde? Es el plomero del pueblo y le dan cien dólares al año para que ostente este título como un trabajo para pasar el tiempo. Por consiguiente, no se preocupa mucho por ello.
-Pero ¿y la policía...?
-Tenemos un sheriff local, pero nada más. Por añadidura, el pueblo es tan pequeño que ni siquiera tiene una prisión. Esta se encuentra en la capital del condado.
-Y los ciudadanos que no son comerciantes ¿no se quejan? ¿Es que les agrada el permanecer cruzados de brazos mientras esos gamberros alteran el orden y alborotan la vecindad con el ruido espantoso de sus endiabladas motocicletas?
-Sí, creo que se quejan. Pero al menos por lo que yo sé, me parece que nunca decidieron llevar a cabo ninguna acción en contra de estos delincuentes juveniles. Y por lo que a mí respecta, no temo nada de estos muchachos. Se quedaría usted pasmado de lo que he podido observar durante todo este verano. Ahora lo que pretendo es poder contemplar sus competiciones motociclistas.
-¿Carreras de motocicletas?
-Exactamente. Supongo que no habrá pensado que estos jóvenes vienen a nuestro pueblo para sentarse en las aceras y charlar entre ellos, ¿no es así? Los sábados o los domingos por la tarde, siempre los encontrará usted en las colinas, en esas carreteras de segundo orden, al borde de las principales del condado. Generalmente suelen alquilar un terreno de alguno de los granjeros de la comarca y hacen carreras de obstáculos, saltan y corren por esas colinas, y hacen todo género de piruetas con sus motocicletas. Creo que esta semana harán una de esas carreras en nuestra vecindad. Antes solían efectuar estas competiciones al oeste del pueblo, pero algo debió ocurrir porque ahora han escogido este lado. Creo que el viejo Lautenshlager les va a permitir utilizar la gran colina existente detrás de sus tierras. Espero que podamos ver la fogata esta noche.
-¿La fogata?
-Así es como suelen llamar a la competición motociclista estos jóvenes -afirmó Kerry-, aparte de que acostumbran encender fogatas para orientarse durante la misma.
-Pero, ¿es que creen que son indios? -dijo Hibbard, mientras observaba a un trío que se hallaba cerca de ellos; un joven muy delgado tocaba epilépticamente una guitarra, mientras una pareja bailaba, gesticulaba y se contorsionaba grotescamente como si hubiesen improvisado de repente una danza guerrera apache. Al final tuvo que reírse burlonamente de todo aquel extraño espectáculo. Sí, quizá, en el fondo son realmente unos indios. Ni unos salvajes harían tan espantosa gritería.
-Puro rock-and-roll, mi querido amigo; es la música de moda -comentó Kerry, sonriéndose.
De repente, la sonrisa burlona de Hibbard se le heló en los labios. Luego, dirigiéndose a su acompañante, le dijo:
-Mire usted eso -mientras indicaba hacia la parte alta de la calle.


Un coche descapotable avanzaba hacia ellos repleto de jóvenes, y los gritos que proferían apagaban el ruido ensordecedor del motor. Al ver avanzar al automóvil, un gato dio un salto que milagrosamente lo salvó de morir aplastado bajo sus ruedas. Bueno, esto sería lo que pensó el pobre animal, ya que los gamberros invadieron la acera con el coche y lograron matar al gato bajo los neumáticos. Esta feroz hazaña fue coreada con gritos de júbilo y aplausos seguidos de risas y alborozo por parte de todos los ocupantes del automóvil.
-¿Se ha fijado usted en lo que han hecho esos miserables? -dijo indignado Hibbard a su acompañante-. Se han subido expresamente a la acera con su coche para matar al pobre animal. Déjeme usted salir del coche, que voy a demostrarles a esos canallas...
-No, no se lo permitiré -le respondió Kerry, mientras apretaba con su pie el acelerador y ponía en marcha su viejo «Ford»-. El animal ya está muerto. No puede usted hacer nada. No tiene ningún sentido el meternos en líos con esos jóvenes carentes de escrúpulos.
-Pero ¿qué es lo que le pasa? -preguntó Hibbard, con voz ansiosa-. ¿Es que acaso va usted a permitir que estos bribones se salgan con la suya? Es triste y doloroso que una criatura de tierna edad torture a un pobre animal empujada por su infantil curiosidad, pero estos muchachos no son unas criaturas. Ya son lo suficientemente mayorcitos como para saber lo que hacen.
-Tiene usted razón -admitió Kerry-. Tal como dijo antes, son unos verdaderos salvajes. Pero acuérdese de las revueltas de las que hablamos antes: no hay nada que hacer.
Kerry siguió conduciendo el coche en silencio, y giró al llegar al final de la calle, luego atravesó un camino vecinal que circunvalaba al pueblo y se adentró en la carretera principal. Ya se habían alejado bastante, y, sin embargo, aún podían oír el griterío de los gamberros, la ruidosa música de la máquina eléctrica y el rugido espantoso de sus endiabladas motocicletas.
-Por lo visto, tienen que hacer ruido por doquiera que van -dijo Kerry al cabo de unos instantes-. Supongo que esto es lo que los psiquiatras suelen llamar «agresión oral».
Hibbard no respondió nada.
-El rock-and-roll también es otro signo de esta nueva generación -volvió a insistir Kerry-; pero tampoco debemos olvidar que cuando usted era joven existía el swing, y que cuando lo era yo existía el jazz. En realidad, existe un cierto paralelismo si nos fijamos detenidamente en todo esto. Ropas excéntricas, cabelleras largas, exceso en las bebidas, y por si fuera poco, rebelión contra la autoridad.
-Pero lo que no se puede permitir es esa crueldad sin motivos ni justificación -volvió a hablar Hibbard-. Admito que durante mi juventud acostumbrábamos a armar jaleo después de un partido de fútbol, e incluso, a veces, llegábamos a pelearnos. Pero todos estos gamberros se comportan como auténticos psicópatas. Así está la juventud de nuestros días.
-Pero su hijo no es como ésos -contestó Kerry-. Hay muchos chicos que son normales.
-Así es; pero es mayor el número de los que no son normales. Y cada año hay más de estos últimos. No me diga que no se ha dado cuenta de ello, pues no hace mucho me dijo que había estado estudiando a esta clase de chicos. Y hace un rato, cuando estábamos en el pueblo, me di cuenta de que usted estaba asustado.
-Sí, he estado estudiando a esta clase de muchachos -respondió Kerry-. Y tengo miedo. ¿Qué le parece si viene a mi casa y se queda a comer algo? Creo que debo enseñarle algo que le interesará.
Hibbard asintió con un gesto. El campo, a aquella hora de la tarde, estaba silencioso, o casi silencioso. Sólo aguzando el oído se podía oír levemente el ruido de las motocicletas en los caminos escarpados de las distantes colinas.


Después de la merienda, Kerry extendió sobre la mesa un montón de hojas mecanografiadas y dijo a su acompañante:
-Hace algún tiempo que empecé esto, y hace unos días escribí algo muy interesante.
Kerry empezó a buscar entre las hojas algo que quería mostrar a su amigo.
-Mire, aquí describo esas carreras de motocicletas de las que le hablé, como asimismo hago un apartado sobre las peleas que sostienen esos jóvenes delincuentes entre ellos. Esto es un informe del jefe de Policía de Nueva York sobre el aumento de la delincuencia juvenil. Aquí tiene una lista de las armas que les fueron confiscadas a unos estudiantes de Detroit: cuchillos afilados como bisturíes, navajas de afeitar, nudillos de bronce, dos pistolas y un hacha. Todas ellas fueron utilizadas en una pelea callejera. Aquí tenemos un capítulo sobre narcóticos, robo de armas y algunos casos de incendios provocados intencionadamente. Como observará, he eliminado todo aquello referente a casos que se dan muy poco entre los jóvenes delincuentes, tales oomo asesinatos, crímenes sexuales, violaciones y perversiones sádicas. A pesar de todo, ya ve que también se presentan con cierta frecuencia entre ellos. En este capítulo trato exclusivamente de delitos recientes de tortura. Le puedo asegurar que no es muy agradable su lectura; no, ni mucho menos.
No lo era. Mientras lo leía por encima, Hibbard sintió que se le secaba la garganta. Desde luego, había leído casos como aquellos descritos en el libro de Kerry en los periódicos, pero nunca se había fijado con cuánta frecuencia se presentaban. En el libro de Kerry vio, por primera vez, un gigantesco cúmulo de aquellos casos; tanto que le pareció una auténtica antología del terror.


Estuvo leyendo un caso sobre unos delincuentes juveniles de Chicago que raptaron a un niño y después de mutilarlo salvajemente lo mataron; luego, otro caso sobre un joven de un estado del Sur que descuartizó a su propia hermana, como asimismo el de un jovencito que le voló la cabeza a su madre con un disparo de escopeta. Casos y más casos de infanticidio, fratricidio, parricidio, y asesinatos sin motivo ni justificación alguna.
Kerry dirigió su mirada al rostro asombrado de Hibbard, y comprendiendo su estado de ánimo, le dijo: 
-Sí, amigo mío, la verdad es mucho más horripilante que la ficción, que lo imaginado por algún Allan Poe de nuestra época. Estaría usted muchas horas hojeando mi libro sin encontrar casos delictivos como esos de Penrod o Baxter. No, estimado señor Hibbard, éste ya no es un mundo de bondad, de ternura, de sacrificios por el prójimo. Investigaría en vano si tratase de encontrar un caso como el de ese pobre minero que el año pasado perdió su vida por salvar a su compañero.
-Estoy plenamente de acuerdo con usted -dijo Hibbard-. Pero no lo comprendo, no puedo comprenderlo. Desde luego, siempre han existido los delincuentes juveniles, pero me parecían simples víctimas desgraciadas fruto de la depresión, y, por supuesto, siempre los he considerado como unas excepciones. Y en cuanto a esos jóvenes que proliferan después de cada guerra, también lo considero como una cosa muy lógica, ya que la pérdida de los padres siempre es la causa primordial de su carencia de valores morales. Incluso he leído muchos casos de jóvenes de buena familia que, al morir los padres en la guerra, se convirtieron en unos malvados. Pero estos jovencitos que hemos visto hace unos instantes son muy diferentes de esos de que le hablo. ¿Qué ocurre con nuestra joven generación? ¿Qué es lo que les sucede, señor Kerry, a los chicos de nuestro tiempo?
-No lo sé; pero aún existen buenos chicos, serios, estudiosos, incapaces de hacer mal a nadie. Su hijo Hank es uno de ellos, señor Hibbard.
-Pero ¿qué es lo que influye en la mayoría? ¿Por qué ha habido un cambio tan radical en los últimos años? Esto es lo que no comprendo.
Kerry retiró la pipa de su boca y le contestó:
-Existen muchas explicaciones para todo lo que me ha expuesto. Por ejemplo, según el doctor Wertham, una de las causas de la delincuencia juvenil radica en la lectura de libros morbosos, de gangsters, de crímenes y otros por el estilo. Para algunos psicoterapeutas, el principal motivo es la televisión. Según algunos sociólogos, el origen del mal está en la guerra; los chicos viven a la sombra del servicio militar, y por eso luego se rebelan. Estos jóvenes han llegado a identificarse con los héroes de la gran pantalla, como James Dean, Marlon Brando, etcétera. Sí, amigo mío, existe toda una extensa literatura sobre este tema tan delicado y doloroso.
-Pues todas estas teorías no me explican nada -respondió Hibbard-. Puede que en una conferencia suene muy bonito, pero en la realidad, ¿cómo explicarían todas estas teorías el espantoso espectáculo de crueldad que acabamos de ver? Mire, aquí en sus anotaciones veo un caso que sucedió el mes anterior: Un chico de catorce años, residente en un pueblecito del Sur, se levanta de la cama a medianoche, coge una escopeta y mata a sus padres a sangre fría, mientras éstos dormían. El chico confiesa luego en la comisaría que no tenía ningún motivo para haberlo hecho, y los psiquiatras que después lo examinaron afirmaron que el jovencito estaba perfectamente bien desde el punto de vista de sus facultades mentales. Sin embargo, el muchacho confesó que se había despertado de un profundo sueño y que sintió una irresistible necesidad de matar. Y así lo hizo. Y si se piensa en todo esto, verá usted que la mayoría de los jóvenes delincuentes siempre vienen a decir lo mismo: que sienten un «impulso», que «algo les vino misteriosamente» a la cabeza, o bien que «querían ver lo que se sentía al matar a una persona». Y al día siguiente, he aquí a los agentes de policía tratando de localizar el paradero de una pobre niña desaparecida, o los trozos de un cuerpo mutilado de un recién nacido, y muchos otros hechos tan horripilantes como éstos. Créame, no tiene sentido.
Hibbard apartó aquel montón de papeles, y dirigiéndose a Kerry, le dijo:
-Ha tenido que trabajar mucho para recopilar estos casos. También me ha dicho que ha estado estudiando el caso de la delincuencia juvenil durante todo el verano. Por consiguiente, supongo, señor Kerry, que habrá llegado a alguna conclusión.
-Quizá -respondió Kerry, encogiéndose de hombros-. Pero en este momento no me encuentro en condiciones de asegurar nada con pruebas irrefutables. Necesito más datos para llegar a establecer mis teorías, mis puntos de vista.
Al pronunciar las últimas palabras, Kerry se detuvo, miró fijamente a su amigo, y continuó:
-Me consta que en su época de universitario era usted un excelente estudiante. Pues bien, me agradaría saber cuál es su opinión sobre el tema que estamos tratando.
-Pues verá usted... En primer lugar, pienso en esta insistencia, en estos casos, uno tras otro, día tras día; en ese impulso irresistible que dicen sentir los jóvenes de cometer un asesinato. Generalmente, en tales casos se trata de un chico que está solo, es decir, que no forma parte de una banda de jóvenes delincuentes. Asimismo, casi siempre se trata de un hijo único o de un muchacho que vive absolutamente solo. 
Kerry clavó su mirada en el rostro de Hibbard. Luego le dijo:
-Continúe usted, es muy interesante lo que dice.
-Por otro lado -continuó Hibbard-, tenemos el caso de los gangs, las bandas, cuyos miembros tienden a adoptar una conducta «oficial», con su uniforme, códigos secretos y reglamento propio. Dan la impresión de querer fundar asociaciones secretas, misteriosas, clandestinas. Utilizan un lenguaje que sólo ellos entienden, se ponen apodos terroríficos, y demás cosas por el estilo. Y por si fuera poco, dan la impresión de que antes de llevar a cabo una acción delictiva o un crimen lo meditan antes con todo detenimiento. Es decir, existen dos clases totairnente distintas de delincuentes juveniles. No, rectifico lo que acabo de decir: todos estos chicos tienen una cosa en común.
-¿Qué cosa? -dijo Kerry, inclinándose hacia él.
-No sienten nada: ninguna vergüenza, ninguna culpabilidad, ningún remordimiento, nada. Por otro lado, no sienten ningún odio hacia sus víctimas. La mayoría de ellos lo confiesan luego en la comisaría. Matan por matar, pero no por un motivo determinado. En otras palabras, esta clase de delincuentes juveniles son unos psicópatas.
-Maravilloso; ahora hemos llegado a un punto determinado, a un punto muy importante -respondió Kerry-. Según usted, son psicópatas. Pero dígame, míster Hibbard, ¿qué es un psicópata?
-Pues una persona que no posee sentimientos normales, que carece del sentido de la responsabilidad. Usted ha estudiado psicología y debe saberlo mejor que yo.
Kerry se levantó y se dingió a una estantería de libros situada encima de la chimenea. Cogió unos cuantos y volvió a sentarse junto a Hibbard.
-En esa estantería tengo toda una colección completa de libros sobre psicoterapia. Pues bien, le aseguro a usted que estaría horas y horas buscando inútilmente una definición clara y concisa de lo que suele llamarse una personalidad psicopática. Esta clase de enfermos no están considerados como psicópatas. No reaccionan ante ninguna clase de tratamiento. Actualmente no existe ninguna teoría psiquiátrica que exponga claramente cómo empieza y evoluciona; por el contrario, son muchas las autoridades médicas en esta especialidad que sostienen que se nace así.
-¿Y cree usted eso?
-Sí. Pero al revés de los psicoterapeutas ortodoxos, tengo un motivo para pensar así. Creo que sé lo que es un psicópata. Y...
-¡Papá!
Ambos volvieron el rostro al oír aquel horrible grito. 
El hijo de Hibbard estaba en la puerta, y los últimos rayos del sol se reflejaban en la sangre brillante que se deslizaba por un lado de su cara.
-¡Hank! ¿Qué te ha sucedido? ¿Tuviste un accidente? -preguntó Hibbard, mientras se dirigía hacia su hijo.
-No te preocupes, papá, me encuentro bien. Es que no quería ir a casa de esta manera y asustar a mama, pues seguramente se desmayaría al ver la sangre.
-Siéntate, joven valiente -le dijo Kerry, mientras lo conducía hacia una silla-. Y ahora déjame que te limpie la cara con agua caliente.
A continuación, Kerry se dirigió a la cocina y regresó instantes después con un trozo de tela limpio y una jofaina de agua caliente. Con sumo cuidado, eliminó todo vestigio de sangre, y dejó al descubierto la herida.
-No es muy profunda -dijo, dirigiéndose a Hibbad-. Bastará un poco de agua oxigenada y un buen vendaje. Vamos, Hank, no te muevas, que te hago la cura.
El chico dio un salto al sentir el ardor que le produjo el agua oxigenada, pero luego se sentó, y entonces pudo terminar el improvisado médico la desinfección y el vendaje.
-¿Te encuentras mejor?
-Me encuentro perfectamente bien -respondió Hank-. Lo único que me pasó fue que me hirieron con la cadena.
-¿Quién te hirió?
-No lo sé. Unos chicos. Resulta que esta tarde salí a dar un paseo y oí un ruido espantoso detrás de las tierras del viejo Lautenshlager; arriba en la colina, ya conocen ustedes a qué sitio me refiero. Entonces me acerqué y vi a un grupo numeroso de muchachos, bueno, y también a varias chicas. Estaban conduciendo sus motocicletas, subiendo y bajando por la colina, y armando un jaleo espantoso con sus máquinas. Luego quise acercarme más, para ver mejor lo que allí ocurría, sólo para eso, y entonces...
Los labios del chico comenzaron a temblar, y Hibbard le puso las manos sobre sus hombros para tranquilizarlo.
-Estoy seguro de ello y lo comprendo -le dijo su padre, tratando de sosegarle-. De modo que subiste. Bueno, ¿y qué ocurrió luego?
-Pues empecé a subir la colina. Pero antes de que pudiera alcanzar la cima, aqulos muchachos grandotes se echaron encima mío. Debían ser cinco o seis, y salieron de improviso de detrás de unos arbustos y me cogieron. Uno de ellos tenía un palo, y el otro una cadena; este último me pegó con ella en el rostro y me produjo esta herida. Entonces eché a correr y ellos me persiguieron, pero conseguí desorientarlos y me escondí en el bosquecillo de Lautenshlager; allí me perdieron de vista.
-¿Conseguiste verles el rostro a esos muchachos?
-Pues uno de ellos tenía barba. Todos llevaban una zamarra de cuero negro e iban calzados con botas altas y sucias.
-Ya entiendo; se trata de la banda de esos sinvergüenzas de delincuentes juveniles -respondió su padre-. Sí, nuestros amigos los psicópatas. Bueno, si puedes andar, levántate y sígueme.
-¿Adónde vamos a ir?
-A casa, naturalmente. Quiero que te acuestes inmediatamente, pues has recibido un buen porrazo y conviene que descanses. Luego cogeré el coche e iré a ver al sheriff, pues esto ya ha pasado de la raya y es imprescindible que intervenga la policía.
-¿Está usted seguro de que nos conviene armar ese jaleo y hacer intervenir a la policía? -preguntó Kerry, mientras dejaba su pipa sobre la mesa-. ¿No se imagina lo que puede ocurrir si va a informar a la policía? ¿No comprende que entonces sí que surgirán problemas?
-Acaba de producirse un hecho delictivo hace unos instantes -respondió Hibbard-, y mi deber es ir a avisar a la policía. En cuanto al jaleo, para mí ya se ha producido cuando esa banda de desalmados se echaron sobre mi hijo como perros sedientos de sangre y le hirieron en la cabeza. Vamos, hijo, vámonos para casa.
Hibbard se dirigió con su hijo hacia la puerta sin volver la mirada hacia Kerry, y emprendió luego el camino por la vereda existente frente al bungalow de este último.
Kerry hizo un gesto de desaprobación. Por un momento estuvo a punto de llamar a Hibbard, pero no lo hizo y cerró la puerta. Durante unos instantes permaneció de pie, inmóvil, con la mirada fija en la distante colina que se divisaba a través de la ventana junto a la chimenea. No se veía ninguna luz en aquella colina, pero sí se oía perfectamente el ruido producido por las motocicletas de aquellos jóvenes. Kerry estuvo escuchando durante largo tiempo. Luego, lentamente, se dirigió a la habitación que tenía frente a él. Minutos después salió y se sentó junto a la chimenea, para avivar el fuego de la misma. A continuación cogió una libreta y comenzó a escribir en ella, levantando de vez en cuando la cabeza como si esperara oír de un momento a otro un ruido inesperado. Su rostro tenía el aspecto de un hombre que había estado mucho tiempo esperando que se produjera un jaleo... y al final se había metido en él. Kerry se puso cómodo en su butacón y se concentró profundamente.
Seguramente había transcurrido más de una hora antes de que se produjera aquel ruido. Aunque Kerry lo esperaba, dio un salto cuando oyó aquellos pasos. Rápidamente se dirigió hacia la puerta, y llegó a ella justo en el momento en que Hibbard la franqueaba.
-¡Ah, es usted! -Su voz pareció sosegarse al ver a su amigo-. Está tan oscuro que al principio no le había reconocido. ¿Qué ha sucedido?
Hibbard no le contestó. Durante unos instantes permaneció mudo, clavado en el suelo como un poste, tratando de recuperar el aliento.
-He estado corriendo durante mucho tiempo y apenas tengo aire en los pulmones.
-¿Qué le ha sucedido? -preguntó Kerry-. ¿Acaso se trata de Hank?
-No, el chico está bien. Lo metí en la cama apenas llegué a casa, y su madre no sabe nada de lo que ha ocurrido. Se limitó a curarle, pues ya sabe usted que años atrás trabajó como enfermera en un hospital. Antes de ir a ver al sheriff, decidí comer un bocadillo. Teníamos la puerta cerrada, y quizá fue por eso por lo que no oí nada. Seguramente entraron y salieron rápidamente de mi jardín sin hacer el menor ruido. Mi esposa no los oyó.
-¿A quiénes?
-A nuestros amiguitos los gamberros. Me imagino que pensaron que Hank me lo habría contado todo y que yo iría a denunciarlos a la oficina del sheriff. Seguramente se fijaron en que yo no tenía teléfono en la casa para avisar al sheriff, por lo que decidieron destrozar los neumáticos de mi coche para evitar que yo fuera a denunciarlos. Pero ya les enseñaré yo a esos miserables delincuentes quien es Hibbard; ya lo verán.
-Vamos, amigo mío, tranquilícese.
-Pero si estoy tranquilo, muy tranquilo. Si estoy aquí es para pedirle que me preste su coche, solamente por eso, nada más.
-¿Aún insiste en denunciarlos a la policía?
-¿Qué quiere decirme con ese «aún»? Después de lo que ha sucedido nada podrá detenerme. Antes de salir de mi casa me aseguré bien de que todas las puertas y ventanas estaban perfectamente cerradas. Pero temo que sean capaces de prenderle fuego durante la noche.
-Pues yo creo -respondió Kerry- que si usted regresa a su casa y permanece en ella tranquilamente, no se atreverán a nada, se acabará todo este jaleo. Lo único que desean es que los dejen en paz.
-Bueno, entre lo que ellos pretenden y lo que van a recibir de mí hay una diferencia como un abismo. Voy a buscar a todo policía que haya en este territorio, a todo soldado que esté de servicio en este lugar. Y entre todos pondremos fin a esta situación. 
-No, no podrá acabar con este estado de cosas. Por lo menos, de esa forma.
-Escuche, no he venido a charlar con usted, sino a que me deje las llaves de su coche.
-No, no pienso dárselas hasta que haya escuchado lo que tengo que decirle.
-Ya le he oído bastante desde el día en que esos miserables mataron salvajemente a aquel pobre gato -respondió Hibbard, con voz ahogada por la rabia-. Bueno, de acuerdo, ¿qué es lo que quiere decirme?
Kerry avanzó unos pasos y se colocó junto a la estantería de libros cerca de la chimenea.
-Esta tarde, como usted recordará, estuvimos hablando sobre los psicópatas. Le dije que los psiquiatras no comprenden a fondo esta enfermedad, pero que yo, en cambio. sí. Y es que a veces sucede que un antropólogo comprende mejor estas cosas. Durante muchos años, y en mis horas libres, he estado estudiando el llamado «espíritu de banda de delincuentes» y las sociedades secretas de muchas culturas. Se encuentran en casi todos los sitios, y existen ciertas características que son comunes a todas. Por ejemplo, ¿sabía usted que en algunos sitios incluso las mujeres jóvenes tienen sus propios grupos o sociedades clandestinas? Pues bien, según afirma el doctor Lips en su libro...
-Perdone que le interrumpa -dijo Hibbard-, pero no me interesa lo que pueda decir ese doctor Lips.
-Le interesará si me deja hablar -insistió Kerry-. Lips asegura que sólo en Africa existen centenares de esas sociedades secretas. La sociedad secreta Bundu, en Nigeria, utiliza unas máscaras especiales como asimismo unas extrañas vestimentas durante sus ritos secretos. Si algún aventurero osa espiarlos durante sus ritos, es castigado cruelmente, o incluso asesinado.
-Oiga, amigo mío, una banda de delincuentes juveniles no es una sociedad secreta.
-Pues esta tarde, señor Hibbard, usted mismo pudo comprobar su similitud.
-Admito que algunos chicos se reúnen y forman una banda, pero otros no lo hacen. ¿Qué me dice usted de los «solitarios», esa clase de delincuentes que sienten un impulso incontenible de matar?
-Pues sencillamente que no saben lo que hacen ni lo que son -respondió Kerry-. En este aspecto, podemos estar satisfechos de que no sepan por qué se reúnen y cometen semejantes barbaridades. Lo único que ansío es que nunca sepan el motivo por el cual suelen reunirse en bandas.
-Yo conozco cuál es el motivo: todos son unos psicópatas.
-¿Y qué es un psicópata? -preguntó Kerry, con voz suave-. Un psicoterapeuta no se lo podría explicar, pero yo sí puedo. Y puedo hacerlo porque soy antropólogo. Escuche, un psicópata es un demonio.
-¡Cómo!
-Un demonio, un diablo. Una criatura admitida en todas las religiones, en todos los lugares, por todos los hombres. Es el fruto de la unión entre un demonio y una mujer mortal.
Al llegar a este punto, Kerry sonrió al ver el asombro reflejado en el rostro de su amigo. Luego, prosiguió:
-Sí, comprendo que se extrañe de esto que acabo de decirle, pero le agradeceré que lo piense por un momento. Piense en cuando empezó todo esto; esta ola de crímenes juveniles, de crueldad psicopática. ¿No fue acaso hace unos pocos años? Pues bien, comenzó exactamente cuando los bebés nacidos durante los primeros años de la guerra llegaron a la adolescencia, esa etapa de la vida comprendida entre los trece y los dieciocho años. Era la guerra, y los hombres estaban en el frente, fuera de sus hogares. Sus eposns empezaron a tener pesadillas; esa clase de pesadillas que todas las mujeres han tenido desde la más remota antigüedad. La pesadilla del íncubo, es decir, la unión del demonio con ellas cuando están durmiendo. Este fenómeno se presentó durante las Cruzadas. Y luego continuó con el apogeo de la brujería en toda Europa; los cultos demoníacos, llevados a cabo por brujos y brujas, y presididos por el diablo, de los que se esperaba el fruto de la unión de una mujer carnal con un demonio; un ser semihumano fruto de una unión maquiavélica, blasfema, horripilante. ¿Comprende usted ahora como todo esto encaja con lo que estamos presenciando hoy día? El insano deseo de crueldad; la repentina, apremiante y maníaca necesidad de torturar y destruir que se presenta durante el sueño; la repugnante incapacidad de poder reaccionar ante los sentimientos nobles y normales; la extraña sensación que sienten los jóvenes delincuentes juveniles de nuestros días de reunirse en bandas para llevar a cabo actos de violencia. Como le decía antes, no creo que ellos mismos sepan lo que les hace comportarse de esa forma: pero si algún día lograsen adivinarlo, entonces brotaría una oleada de satanismo y magia negra mucho peor que la existente durante la Edad Media. Incluso hoy día, se reúnen alrededor de una hoguera durante las noches de verano en las cavernas de las cimas de las colinas.
-¡Se ha vuelto loco! -exclamó Hibbard, furioso, mientras sacudía a Kerry por los hombros-. Estos jovencitos no son más que unos niños, unas criaturas, y lo único que necesitan es una buena azotaina, todos ellos, y quizá un par de años en un reformatorio.
-Está usted hablando como las autoridades; quiero decir como esos incompetentes policías, esos ignorantes jueces de los tribunales de menores, como los directores de esas escuelas de beneficencia donde pretenden redimir a los jóvenes descarriados a base de garrotazos y dura disciplina. ¿Es que acaso aún no se ha dado usted cuenta de que todos esos métodos de rehabilitación nunca han dado resultado desde hace muchos años hasta el día de hoy? ¿Acaso todo esto se puede resolver con simples medios psicoterapéuticos? Cuando se está continuamente en contacto con algo, al final se llega a no comprender la verdadera naturaleza del problema. Y usted y todos nosotros estamos en contacto con demonios, con verdaderos hijos del diablo. Lo que se necesita es exorcismo. Ya le he dicho todo lo que tenía que decirle. Y precisamente por esto es por lo que no le presto mi coche para que vaya esta noche a avisar a la policía. Si interviene la policía, habrá una oleada de violencia, de disturbios en todo el pueblo, y se cometerán crímenes y...
Hibbard le dio un puñetazo a Kerry y éste cayó al suelo. Al caer, se golpeó la cabeza con el borde inferior de la chimenea, y quedó inmóvil mientras un hilillo de sangre manaba de su sien derecha. Hibbard le tomó el pulso, y a continuación le registró los bolsillos hasta que localizó las llaves del coche de Kerry.
Luego se levantó, se dirigió a la puerta y huyó del bungalow de su amigo.
Cuando Kerry recuperó el conocimiento se sobresaltó. Sentía un intenso dolor de cabeza. Se apoyó en la mesa y a duras penas logró incorporarse. Entonces el dolor aumentó. Luego sintió algo así como un ruido continuo y agudo dentro de su cráneo. Pero no era sólo el efecto de su malestar, parte del mismo procedía de un sitio distante. Entonces comprendió que aquel ruido procedía de las colinas.
Se frotó la frente y se dirigió rápidamente hacia el porche. La oscuridad distante se hallaba disuelta por un resplandor rojizo que, como pudo luego comprobar, correspondía a las hogueras encendidas en la cima de la colina. Kerry se dirigió hacia la puerta mientras metía las manos en sus bolsillos; al llegar a ésta, titubeó, volvió a su bufete y se dirigió al escritorio. Abrió un cajón de éste y sacó un pequeño revólver. Lo introdujo en su bolsillo y de nuevo se dirigió hacia la puerta.
El sendero estaba oscuro, pero pudo caminar por él gracias al resplandor de las hogueras. Cuando llegó al fondo del valle que formaban las colinas, comprobó que su coche no estaba allí, pero pudo observar claramente las huellas de los neumáticos y dedujo la dirección que aquél había tomado. Hibbard había escogido la carretera secundaria que conducía más prontamente a la autopista para poder así llegar lo antes posible al pueblo. Kerry decidió entonces rodear la colina existente detrás de las tierras del viejo Lautenshlager pensando que éste sería el camino más corto, aunque luego consideró que quizá habría sido mejor dirigirse directamente a la autopista y así alcanzar a Hibbard antes de que éste llegase al puesto de policía. No había logrado nada tratando de convencer a Hibbard de que no acudiese a la policía, pero debía intentarlo de nuevo. La policía no podría solucionar aquella situación; lo único que haría sería agravarla más aún. Si al menos pudiese solucionar aquel problema a su manera, de poder hablar con aquellos que aún confiaban en los viejos remedios del exorcismo, de la expulsión de demonios...
Kerry aceleró el paso mientras una sonrisa amarga se dibujaba en su rostro. No podía censurar la reacción de Hibbard. La mayoría de los hombres pensaban como él. Los más civilizados, es decir, aquella pequeña minoría de nuestro mundo occidental que caminan con los ojos vendados, ignorando a aquel otro billón y medio que incluso hoy día admiten la existencia y el poder de las fuerzas oscuras, ocultas, misteriosas. Fuerzas no sólo poderosas, sino capaces de multiplicarse.
A lo mejor hacían bien en no creer en ellos. Había dicho la verdad a Hibbard; la única esperanza consistía en que no comprendiesen su propia naturaleza. Los demonios aquellos no sabían que lo eran; si llegasen a saberlo...
Kerry apartó inmediatamente este pensamiento de su mente mientras rodeaba la colina donde ardían las hogueras. Avanzó amparándose en las sombras de la noche, mientras los ruidos ensordecedores de las motocicletas le destrozaban los tímpanos. Al volver un recodo de la vereda vio un coche en la cuneta. Al acercarse a él, pudo comprobar que se trataba del suyo. ¿Acaso Hibbard había tenido un accidente? Entonces, Kerry empezó a repetir en voz baja:
-Hibbard, ¿dónde se encuentra usted? ¿Está usted por aquí, Hibbard?
Unas sombras emergieron de la oscuridad, detrás de un grupo de arbustos. Una de ellas le gritó, con voz preñada de ironía y sarcasmo:
-Ha hecho muy bien al no querer acompañar a su amigo.
Kerry sólo tuvo tiempo de oír aquella voz; sólo ese tiempo, y nada más. En efecto, en cuestión de segundos todas aquellas sombras le rodearon, y mientras unas le sujetaban, las demás empezaron a golpearle hasta que se desvaneció. 
Cuando recuperó el conocimiento, se encontró en la cima de la colina; sí, tenía que hallarse en aquel sitio ya que se encontraba al lado de una inmensa hoguera, mientras aquellas sombras rugían y brincaban alrededor de él. Aquella espantosa escena le recordó los grabados en madera en los que se representaba el Sabbat y la Adoración del Maestro. Sólo que no había ningún Maestro en el centro del fuego; lo que sí había era una extraña figura, una especie de espantapájaros atado a un poste ennegrecido y quemado por el fuego de la hoguera. Los jóvenes danzaban y daban saltos, mientras uno de ellos tocaba una guitarra con rabioso frenesí; simplemente un grupo de chicos tratando de divertirse. Algunos de ellos bebían cerveza, mientras otros se habían subido a sus motocicletas y empezaron a dar vueltas en círculos alrededor de las llamas.
No existía la menor duda de que habían conseguido producirle un espantoso pánico, aparte de que le habían pegado salvajemente, pero pensó que en el fondo no eran más que unos jóvenes delincuentes, y esta conducta era propia de esta clase de chicos. Kerry creyó que tenía que explicarles que su conducta era impropia, que no debían haber hecho aquello, pero no tuvo tiempo. En ese instante empezaron a empujarle hacia el centro del círculo. El más alto de ellos, un mocetón que llevaba una capa de cuyo borde pendían colas de castor, se puso frente a Kerry y le dijo con voz sarcástica:
-Encontramos al otro hombre, y le dimos lo que merecía antes de que se escapase.
-Fijaos, el hombre está temblando -dijo otro.
-Tenemos que darle un buen escarmiento -intervino otro de los muchachos-, pues iba camino del pueblo, seguramente a avisar a la policía. 
-Pues si lo hubiera conseguido nos habría proporcionado un gran problema, un buen lío -aseguró un tercero.
-Sí, nos habría creado un gran problema.
-¿Qué hacemos con él?
Kerry empezó a mirar a uno y otro lado, tratando de localizar el origen de aquellas voces. Sólo pudo ver, a la luz de las llamas de la hoguera, unos rostros en los que se reflejaban unas sonrisas burlonas, siniestras.
-¿Qué os parece, chicos, si hiciéramos el sacrificio? -propuso una de las muchachas que bailaba alrededor de la hoguera, en cuyos ojos se reflejaba una expresión salvaje.
-Sí, sí, el sacrificio; es una buena idea -empezaron todos a gritar a coro.
¿Sacrificio? ¿Hombre? ¿El «hombre negro» del Sabbat?
Kerry empezó a luchar contra estas ideas que le vinieron inmediatamente a la mente. No, no podía creer en eso; no podía admitirlo, sería espantoso. De repente todos empezaron a empujarle en dirección al fuego, y entonces Kerry pudo ver al ennegrecido espantapájaros que había visto al principio.
Cuando al final pudo reconocer al espantapájaros en llamas, ya no lo dudó más; pero era demasiado tarde. Aquellas manos le tenían sujeto, le apretaban, le empujaban hacia las llamas.
Se oyó un grito espantoso, y Kerry hizo un último esfuerzo para no desmayarse. ¡Si al menos pudiese entender lo que estaban gritando! Con ello conseguiría, por fin, conocer la verdad; comprobar la autenticidad de sus teorías. ¿Sabían o no sabían aquerlos jóvenes lo que realmente eran?
Pero no pudo; en aquel instante, Kerry cayó al suelo, se desvaneció mientras las motocicletas giraban alrededor de la hoguera haciendo un ruido infernal.
El rugido de aquellos motores ahogó todas las voces, por lo que Kerry murió sin haber logrado enterarse de lo que decían en sus cánticos rituales.


domingo, 5 de diciembre de 2010

HOMBRE CON MANÍAS -- Robert Bloch



HOMBRE CON MANÍAS

Robert Bloch

Serían mas o menos las diez cuando salí del hotel. La noche era cálida y necesitaba beber algo. Era insensato probar en el bar del hotel porque el lugar era como un manicomio. La Convención de jugadores de bolos también lo había invadido. 
Bajando por Euclid Avenue tuve la impresión de que todo Cleveland estaba lleno de jugadores de bolos. Y lo curioso es que la mayoría de ellos parecían ir en busca de algo que beber. Cada taberna que pase estaba abarrotada de hombres en mangas de camisa, con sus distintivos. Y no porque necesitaran identificación, la mayor parte llevaba en la mano la característica bolsa con la bola dentro. 
Cuando Washington Irving escribió sobre Rip van Winkle y los enanos, demostró que entendía perfectamente a los ju- gadores de bolos. Bueno, en esta Convención no había enanos..., solo bebedores de tamaño natural. Cualquier zumbido de truenos de las distantes montañas hubiera sido ahogado por los gritos y las carcajadas. 
Yo deseaba quedar al margen. Así que deje Euclid y seguí andando al azar, en busca de un lugar tranquilo. Mi propia bolsa empezaba a pesarme. En realidad, me proponía llevarla a la estación y dejarla en consigna hasta la hora del tren, pero antes necesitaba beber. 
Por fin encontré un lugar. Era un local oscuro, tétrico, pero también desierto. El encargado de la barra estaba completamente solo, en un extremo, escuchando un partido por radio. 
Me senté cerca de la puerta y deposite la bolsa sobre el taburete, a mi lado. Pedí una cerveza: 
-Traigame una botella - dije - , así no tendré que interrumpirle. 
Lo hacia solo por mostrarme amable, pero podía haberme evitado la molestia. Antes de tener la oportunidad de volver a su partido, entro otro cliente. 
-Whisky doble, olvidese del agua. 
Levanté la cabeza. 
Los jugadores de bolos habían ocupado efectivamente la ciudad. El cliente era un hombre grueso, de unos cuarenta anos, con arrugas que le Ilegaban casi arriba de la calva. Lle- vaba abrigo y la inevitable bolsa: negra, abultada, muy pa- recida a la mía. Mientras le miraba, la colocó cuidadosamente sobre el taburete contiguo y alcanzó su vaso. 
Echó la cabeza hacia atrás y tragó. Pude ver el movimiento de su cuello blancuzco. Luego empujó el vaso vacío: 
-Otro - dijo al de la barra- . Y baje la radio, ¿quiere, Mac? 
Sacó un puñado de billetes. Por un momento la expresión del de la barra dudo entre una mueca y una sonrisa. Pero al ver los billetes lloviendo sobre la barra, ganó la sonrisa. Se encogió de hombros, manipulo el control del volumen y redujo la voz del comentarista a un lejano zumbido. Yo sabia lo que estaba pensando: "Si me pidiera cerveza le mandaría al infierno, pero este tío esta pagando whisky". 
El segundo vaso bajo casi tan de prisa como el volumen de la radio. 
-Otro- ordenó el fornido. 
El de la barra volvió, le sirvió, cogió el dinero, lo metió en la caja registradora y marchó al extremo del mostrador. Allí se agachó sobre la radio, tratando de captar la voz del comentarista. 
Contemplé como desaparecía el tercer vaso. El cuello del desconocido era, ahora, de un rojo vivo. Tres vasos de whisky en dos minutos producen maravillas en la tez. También sueltan la lengua. 
-Juegos de pelota- masculló el desconocido .- No comprendo como alguien puede escuchar ese rollo... - Se secó la frente y me miró . -A veces, uno tiene la idea de que no hay nada mas en el mundo que aficionados al béisbol. Un puñado de locos desgañitandose por nada, durante todo el verano. Luego viene el otoño y empiezan los partidos de fútbol. Exactamente igual, solo que peor. Y tan pronto termina, empieza el baloncesto. ¡Santo Dios!, pero que ven en ello? 
-Todo el mundo tiene alguna manía - dije. 
-Sí. Pero, ¿qué clase de manía es esta? Quiero decir, ¿quién puede excitarse al ver a un grupo de monos peleando por agarrar una pelota? No me digan que les importa de verdad quien pierda o quien gane. Muchos van a un partido por diferentes razones. ¿Ha ido alguna vez a ver un partido, Mac? 
-Alguna que otra vez. 
-Entonces ya sabe de lo que estoy hablando. Les ha oído allí; les ha oído gritar. Esta es la razón por la que van..., por gritar. Y,¿ qué es lo que gritan? Se lo diré : ¡Matad al arbitro! Si, eso es lo que gritan: ¡Muerte al arbitro! 
Terminé rápidamente lo que me quedaba de cerveza y empecé a bajar del taburete. 
-Venga, una mas, Mac - me dijo . -Le invito. 
Sacudí la cabeza. 
-Lo siento, tengo que coger el tren a medianoche. 
Miró el reloj. 
-Tiene tiempo de sobra. 
Abrí la boca para protestar, pero el de la barra estaba ya abriendo una botella y sirviendo whisky al forastero. Este volvía a hablarme: 
-El fútbol es peor. Uno puede hacerse mucho daño jugando al fútbol, algunos se lastiman de verdad. Y esto es lo que la gente quiere ver. Y chico, cuando empiezan a gritar pidiendo sangre, se le revuelve a uno el estomago. 
-No sé. Después de todo, es una forma inocente de liberar las represiones. 
Puede que me entendiera, puede que no, pero asintió con la cabeza. 
-Libera algo, como usted dice, pero no estoy seguro de que sea tan inocente. Fijese en el boxeo y en la lucha libre. ¿Llama usted deporte a eso? ¿Le llamaria pasatiempo, manía...? 
-Bueno- ofrecí ,- a la gente le gusta ver c6mo se sacuden. 
-Claro, solo que no lo confiesan. -Su rostro ahora estaba completamente rojo; empezaba a sudar .- ¿Y qué me dice de la caza y la pesca? Si lo piensa bien, viene a ser lo mismo. Só1o que ahí es uno mismo el que mata. Coge un arma y dispara contra un pobre animal tonto. 0 corta un gusano vivo y lo mete en un anzuelo y el anzuelo corta la boca de un pez, y usted lo encuentra excitante, ¿no?, cuando entra el anzuelo y pincha y destroza... 
-Espere un momento. Puede que no este mal. ¿Que es un pez? Si asi se evita que la gente sea sadica... 
-Déjese de palabras rimbombantes - me interrumpió. Luego me guin6 el ojo .- Sabe que es cierto. Todo el mun-do siente esta necesidad, tarde o temprano. Ni los juegos ni el boxeo les satisfacen realmente. Asi que, de vez en cuando o con frecuencia, necesitamos tener una guerra. Entonces hay una buena excusa para matar de verdad. Millones. 
Nietzsche creia ser un filosofo lugubre. Tenfa que haber sabido lo de los whiskis dobles. 
-¿Que soluci6n encuentra? - Me esforce por eliminar el sarcasmo de mi voz . -¿Cree que se haria menos dano si se suprimieran las leyes contra el crimen? 
-Tal vez. - El calvo contempó su vaso vacio .- Depende de quien fuera asesinado. Supóngase que solo se asesinaran a vagos y vagabundos. 0 a las putas, quiza. Ya me entiende, alguien sin familia, sin parientes, sin nada. Alguien que no se echara en falta. Uno podria salirse sin que le cogieran. 
Me incline hacia delante, y mirandole fijamente le pregunté: 
-¿Cree que podria? 
No me miró. Contempó su bolsa antes de contestar. 
-Entiendame, Mac - dijo con una sonrisa forzada . Yo no soy un asesino. Pero estaba pensando en un tipo que solía hacerlo. Aquí, en esta ciudad, ademas. Pero de eso hará unos veinte años. 
-¿Le conoció? No, claro que no. Nadie le conocía, ahí esta lo bueno. Por eso se libraba siempre. Pero todo el mundo sabia de el. Lo único que había que hacer era leer los periódicos. - Terminó su vaso .- Le llamaban el Sajatorsos de Cleveland continuó- . En cuatro años cometió trece asesinatos, en Kingsbury y por los alrededores de Jackall Hill. La Policía se volvía loca tratando de encontrarle. Suponían que venía a la ciudad los fines de semana. Encontraba algún desgraciado o atraía a un vagabundo a un callejón o en los vertederos cerca de las vías. Les prometería darles una botella o algo. Y haría lo mismo con las mujeres. Después sacaba su navaja. 
-Quiere decir que no eran pasatiempos, que no se engañaba. Iba a matar. 
El hombre asintió. 
-En efecto. Verdaderas emociones y un autentico trofeo final. Vera, le gustaba cortarles sus... 
Me puse en pie y alargue la mano hacia la bolsa. El forastero se rió: 
-No tenga miedo, Mac. Ese tío abandonó la ciudad en 1938 o así. Quizá cuando empezó la guerra se fue a Europa y allí se alistó. Formara parte de algún comando y así siguió haciendo lo mismo..., solo que entonces era un héroe en lugar de un asesino. ¿Me comprende? 
-Tranquilo- le dije .- Le comprendo muy bien. Pero, no se lo tome así. La teoría es suya, no mía. 
Bajó la voz: 
-¿ Teoría? Puede que sí, Mac. Pero esta noche he tropezado con algo que le impresionaría de verdad. ¿Por que supone que he estado tragando todos esos vasos? 
-Todos los jugadores de bolos beben - le dije . -Pero si realmente piensa así de los deportes, ¿cómo se ha hecho jugador de bolos? 
El calvo se acercó a mi: 
-Un hombre tiene derecho a tener manías, Mac, o estallaría. ¿Entiende? 
Abrí la boca para contestarle, pero antes de poder hacerlo oí otro ruido. Ambos lo oímos a la vez..., el zumbido de una sirena en la calle. 
El de la barra levantó la cabeza y comentó: 
-Parece como si viniera hacia aquí, ¿verdad? 
EI calvo se puso de pie y se encaminó a la puerta. Corrí tras el: 
-Tome, no se olvide de la bolsa. 
Ni me miró. Murmuró: 
-Gracias. Gracias, Mac. 
Y se fue. No se quedó en la calle, sino que se perdió por un callejón entre dos edificios cercanos. En un momento desapareció. Me quedé en el umbral mientras la sirena atronaba la calle. Un coche patrulla paró frente a la taberna, pero no paró el motor. Un sargento de uniforme llegaba siguiéndole por la acera, corriendo, y se paró sin aliento. Miro la acera, miró el interior de la taberna, me miró a mi. 
-¿Ha visto a un hombre grueso, calvo, con una bolsa de jugador de bolos?- jadeó. 
Tuve que decirle la verdad. 
-Pues, si. Salió de aquí no hace ni un minuto... 
-¿En que dirección? 
Señalé entre los dos edificios y el gritó unas órdenes a los hombres del coche patrulla. El coche arrancó y el sargento se quedó atrás. 
-Cuenteme - me dijo, empujándome otra vez dentro. 
-Esta bien, pero, ¿de que se trata? 
-Asesinato. En el hotel de la Convención de jugadores de bolos. Hace cosa de una hora. El botones le vio salir de la habitación de una mujer, y sospechó que era un amigo del bien ajeno, porque le vio utilizar la escalera en lugar del ascensor. 
-¿Amigo de lo ajeno? 
-Ratero..., ¿sabe? Rondan las convenciones, se meten en las habitaciones y roban lo que pueden. En todo caso, este salió corriendo de la habitación. El botones se fijó bien en el y avisó al policía de la casa. El policía encontró a la mujer en la cama. Le había rebanado el cuello, y bien. Pero el tipo llevaba mucha ventaja. 
Respire profundamente: 
-El hombre que estaba aquí - dije .- Robusto, calvo... Estuvo hablandome de el Sajatorsos de Cleveland. Pero pensé que estaba borracho o que... 
-La descripción del botones concuerda con la que nos dio un vendedor de periódicos de esta calle. Le vio venir hacia aquí. Como usted dice, era un tío robusto y calvo. 
Se quedó mirando mi bolsa. 
-Se llevó la suya, ¿verdad? 
Afirme con la cabeza. 
-Esto fue lo que nos ayudo a seguirle hasta aquí. Su bolsa de jugador de bolos. 
-¿Alguien la vio?, ¿la describió? 
-No, no hacia falta describirla. ¿Se fijó en que vine corriendo por la acera? Estaba siguiendo el rastro. Y aquí mismo..., eche una mirada al suelo, debajo del taburete. Mire. Como puede observar no llevaba una bola en su bolsa. Las bolas no gotean. 
Me senté en mi taburete y la habitación pareció dar vueltas. No me había fijado en la sangre antes. Levante la cabeza. Un policía entró en el local. Había venido corriendo a juzgar por cómo resoplaba, pero su rostro no estaba sofocado. Tenia un color blanco verdoso. 
-¿Le alcanzaron?- preguntó el sargento. 
-Lo que quedó de el. - El policía apartó la mirada .- No quiso detenerse. Disparamos por encima de su cabeza, a lo mejor oyó usted el disparo. Saltó valla que hay detrás de esta manzana, corrió hacia la vía y lo arrolló un mercancías. 
-¿Esta muerto? 
El sargento soltó una palabrota entre dientes. 
-Entonces no podemos estar seguros - comentó . -Quiza, después de todo, no era mas que un ratero. 
-Ya lo vera - dijo el policía .- Hanson trae su bolsa. Cayó lejos de el cuando el tren le embistió. 
En aquel momento, otro policía entró con la bolsa. El sargento se la quitó de las manos y la puso sobre el mostrador. 
-¿Era esta la que llevaba? - me preguntó. 
-Si. 
La voz se me pego a la garganta. Me volví, no quería ver como el sargento abría la bolsa. Ni quería ver sus rostros cuando miraran dentro. Pero, naturalmente, les oí. Creo que Hanson se mareó. 
Di al sargento mi declaración oficial, tal como me pidió. Quería un nombre y una dirección y se los di. Hanson tomó nota de todo y me hizo firmar. 
Le conte la conversación con el desconocido, toda la teoria del asesinato como manía o pasatiempo, la idea de elegir a los desgraciados de este mundo como víctimas, porque nadie les echaría en falta. 
-Suena a loco, cuando se habla así, ¿verdad? Yo todo el tiempo creí que hacia comedia. 
El sargento miró la bolsa y luego me miró a mi: 
-No era comedia. Era, probablemente, la manera de funcionar de la mente de un asesino. Conozco bien su historia..., todos los de la Policía han estudiado los casos de el Sajatorsos, durante años. La historia concuerda. El asesino dejó la ciudad hace veinte anos, cuando la cosa se puso dificil . Probablemente se alistó en Europa y, tal vez, se quedó en los países ocupados cuando terminó la guerra. Después sintió la necesidad de volver a empezar de nuevo. 
-¿Por que? -pregunté. 
-¡Quien sabe! Puede que para el fuera un pasatiempo. Una especie de juego. Quizá le gustaba ganar trofeos. Pero imaginese el valor que tuvo, metiendose en plena Convención de jugadores de bolos y Ilevando a cabo semejante cosa. Con una bolsa para poder Ilevarse... 
Imagino que se fijó en mi expresión, porque apoyó su mano en mi hombro. 
-Perdóneme. Comprendo cómo se siente. Estuvo en gran peligro, hablando así con el. Probablemente el mas inteligente de los asesinos psicópatas que jamas hayan vivido. Considerase afortunado. 
Asentí y me dirigí a la puerta. Todavía podría alcanzar el tren de medianoche. Coincidía con el sargento sobre el riesgo corrido, y sobre el mas inteligente de los asesinos psicópatas del mundo. 
También estuve de acuerdo en lo afortunado que era. Quiero decir cuando, en el ultimo momento, el ratero salió huyendo de la taberna y yo le entregue la bolsa que goteaba. Fue una suerte para mi que jamas pudiera darse cuenta de que había cambiado mi bolsa por la suya. 

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Jack the Ripper --- Robert Bloch



ATENTAMENTE SUYO, JACK EL DESTRIPADOR

Robert Bloch


1

Miré al diplomático inglés. Él me miró a mí.
-¿Sir Guy Hollis? -pregunté.
-En efecto. ¿Tengo el placer de hablar con John Carmody, el psiquíatra?
Asentí. Mis ojos examinaron disimuladamente a mi distinguido visitante. Alto, delgado, con el pelo rojizo y el tradicional bigote. Y el traje de mezclilla. Sospeché la existencia de un monóculo en el bolsillo de pecho de la americana, y me pregunté si se habría dejado el paraguas en la oficina exterior.
Pero, más que eso, me pregunte qué diablos habría impulsado a Sir Guy Hollis, de la Embajada británica, a ponerse en contacto con un forastero aquí, en Chicago.
Sir Guy no me ayudó lo más mínimo mientras tomaba asiento. Se aclaró la garganta, miró nerviosameute a su alrededor y golpeó su pipa contra el borde del escritorio. Luego abrió la boca.
-Mr. Carmody -dijo-, ¿ha oído usted hablar de... Jack el Destripador?
-¿El asesino? -pregunté.
-Exactamente. El más monstruoso de todos. Peor que Landrú. Jack el Destripador. Jack el Rojo.
-He oído hablar de él -dije.
-¿Conoce usted su historia?
-Escuche, Sir Guy -murmuré-. No creo que nos sirva de nada desempolvar antiguos cuentos de viejas acerca de famosos criminales de la historia.
Sir Guy me miró fijamente.
-Esto no es ningún cuento de viejas. Es un asunto de vida o muerte.
Estaba tan obsesionado, que incluso hablaba en tono melodramático. Bueno, estaba dispuesto a escucharle. A los psiquíatras nos pagan para que escuchemos.
-Adelante -le dije-. Oigamos la historia.
Sir Guy encendió un cigarrillo y empezó a hablar.
-Londres, 1888 -empezó-. Finales de verano y comienzos de otoño. Ésa fue la época. Surgida de ninguna parte, apareció la sombría figura de Jack el Destripador... una sombra furtiva con un cuchillo, vagabundeando por el East End de Londres. Acechando a las escuálidas divas de Whitechapel. Nadie sabe de dónde llegó. Pero trajo la muerte. La muerte en un cuchillo.
»Aquel cuchillo descendió seis veces para hundirse en las gargantas y en los cuerpos de mujeres de Londres. Busconas. El 7 de agosto fue la fecha del primer asesinato. Encontraron el cadáver de la mujer con treinta y nueve cuchilladas. Un crimen horroroso. El 31 de agosto, otra víctima. La prensa empezó a interesarse por el asunto. Los habitantes de los suburbios se interesaron todavía más.
»¿Quién era aquel desconocido asesino que vagabundeaba por allí y mataba a capricho en las desiertas calles de sus barrios? Y, lo que era más importante: ¿cuándo entraría de nuevo en acción?
»La fecha fue el 8 de septiembre. Scotland Yard nombró comisionados especiales. Los rumores iban y venían. La espantosa nuraleza de los asesinatos era tema de las más descabelladas especulaciones.
»EI asesino utilizaba un cuchillo... con gran pericia. Seccionaba gargantas y cortaba... ciertas partes de los cadáveres después de la muerte. Escogía víctimas y lugares con diabólica premeditación. Nadie le vio ni le oyó. Pero los guardias, al hacer su ronda al amanecer, tropezaban con la desdichada víctima del Destripador.
»¿Quién era? ¿Qué era? ¿Un cirújano loco? ¿Un carnicero? ¿Un científico demente? ¿Un enfermo mental escapado de un manicomio? ¿Un noble psicopático? ¿Un miembro de la policía londinense?
»Luego apareció el poema en los periódicos. El poema anónimo, destinado a poner fin a las especulaciones... pero que sólo consiguió aumentar hasta el frenesí el interés público. Una burlona cuarteta:

No soy un carnicero, ni tampoco un mendigo,
ni un médico demente, ni un loco matador:
soy su sincero amigo,
atentamente suyo: Jack el Destripador.

»Y el 30 de septiembre, fueron cercenadas otras dos gargantas.
Interrumpí un momento a Sir Guy.
-Muy interesante -comenté. Temo que el tono de mi voz dejó traslucir cierto sarcasmo.
Sir Guy dio un respingo, pero no interrumpió su relato.
-A continuación, el silencio cayó sobre Londres durante una temporada. El silencio, y un indescriptible temor. ¿Cuándo atacaría de nuevo Jack el Rojo? Esperaron hasta octubre. Cada jirón de niebla ocultaba su fantasmal presencia. La ocultaba perfectamente, ya que no pudo averiguarse nada acerca de lá identidad del Destripador, ni acerca de sus propósitos. Las rameras de Londres se estremecían con cada ráfaga nocturna del viento de noviembre. Se estremecían, y saludaban agradecidas la aparición del sol, a la mañana siguiente.
»9 de noviembre. La encontraron en su cuarto. Estaba tendida sobre la cama, con los brazos y las piernas extendidos, sin el menor desorden. Y a su lado reposaban su cabeza y su corazón. Esta vez, el Destripador se había superado a sí mismo en la ejecución.
»Luego, pánico. Pero pánico inútil. Ya que a pesar de que la prensa, la policía y la población esperaban con mortal terror, Jack el Destripador no volvió a atacar.
»Transcurrieron los meses. Un año. El interés inmediato murió, pero no el recuerdo. Dijeron que Jack se había marchado a América. Que se había suicidado. Dijeron... y escribieron. Han estado escribiendo desde entonces. Teorías, hipótesis, argumentos, suposiciones. Pero, hasta la fecha, nadie sabe quién fue Jack el Destripador. Ni por qué asesinaba. Ni por qué dejó de matar.
Sir Guy se calló. Evidentemente, esperaba que yo hiciera algún comentario.
-Cuenta usted la historia muy bien -observé-. Aunque con una leve tendencia emotiva.
-He reunido todos los dócumentos -dijo Sir Guy Hollis-. Poseo una colección de los datos existentes, y los he estudiado a fondo.
Me puse en pie.
-Bien -bostecé-. Su relato me ha complacido muchísimo, Sir Guy. Ha sido muy amable al abandonar sus obligaciones en la Embajada británica para obsequiar a un pobre psiquíatra con sus anécdotas.
El tono sarcástico siempre producía el efecto deseado.
-Supongo que querrá saber por qué estoy interesado en esto -dijo Sir Guy.
-Sí. Eso es exactamente lo que me gustaría saber. ¿Por qué está usted interesado?
-Porque -dijo Sir Guy Hollis- en estos momentos estoy sobre la pista de Jack el Destripador. ¡Creo que está aquí... en Chicago!
Volví a sentarme. Me había quedado de una pieza.
-¡Re... repita eso! -tartamudeé.
-Jack el Destripador está vivo, en Chicago, y voy a localizarle.
-¡Un momento! -dije-. ¡Un momento!
Sir Guy no sonreía. No era una broma.
-Vamos a ver -dije-. ¿En qué fecha se cometieron aquellos asesinatos?
-De agosto a noviembre de 1888.
-¿1888? Pero, si Jack el Destripador era ya un hombre formado en 1888, lo más probable es que haya muerto... Suponiendo que hubiera nacido aquel mismo año, en la actualidad habría cumplido los cincuenta y siete.
-¿De veras? ¿Sería un hombre de cincuenta y siete años? -sonrió Sir Guy Hollis-. ¿O una mujer de cincuenta y siete años? Porque Jack el Destripador podía ser una mujer...
-Sir Guy -dije-. Cuando vino usted a verme, acudió a la persona más indicada. Porque es evidente que necesita usted los servicios de un psiquíatra.
-Quizá. Dígame, Mr. Carmody, ¿cree usted que estoy loco? 
Le miré y me encogí de hombros. Pero tenía que darle una respuesta sincera.
-Sinceramente..., no.
-Entonces, puede usted escuchar los motivos que tengo para creer que Jack el Destripador está vivo.
-Desde luego.
-He estudiado el caso durante más de treinta años. He visitado los lugares donde se produjeron los crímenes. He hablado con policías, y con amigos y conocidos de las desdichadas mujeres que fueron asesinadas. He interrogado a hombres y mujeres de la vecindad. He reunido toda una biblioteca de material relativo a Jack el Destripador. He analizado cuidadosamente todas las teorías, por descabelladas que fueran.
»He aprendido algo. No mucho, pero algo. No voy a importunarle con mis conclusiones. Pero existía otro campo de investigación que me dio mejores frutos. He estudiado los crímenes sin resolver. Asesinatos.
»Puedo enseñarle recortes de los periódicos de las grandes ciudades de todo el mundo. San Francisco, Shanghai, Calcuta, Omsk, París, Berlín, Pretoria, El Cairo, Milán, Adelaida...
»La pista está allí. Crímenes sin resolver. Mujeres con la garganta cercenada. Con las peculiares desfiguraciones y amputaciones. Sí, he seguido una pista de sangre. Desde Nueva York hacia el Oeste, a través de todo el continente. Luego hasta el Pacífico. Desde allí a Africa. Durante la Guerra Mundial de 1914-1918 fue Europa. Después, América del Sur. Y desde 1930, otra vez los Estados Unidos. Ochenta y siete asesinatos que llevaban la marca del Destripador.
»Recientemente, se produjeron los llamados descuartizamientos de Cleveland. ¿Los recuerda? Una impresionante serie. Y, finalmente, dos muertes recientes en Chicago. En los últimos seis meses. Una en Deaborn. Otra en Halsted. El mismo tipo de asesinato, la misma técnica. Le digo a usted que en todos esos casos hay la huella inequívoca de la mano de Jack el Destripador.
Sonreí.
-Una teoría muy arriesgada -dije-. Sin embargo, no voy a poner en duda sus deducciones. Usted es el criminólogo, y tengo que aceptar su autoridad en la materia. Pero me gustaría hacer una pequeña objeción.
-Adelante -dijo Sir Guy.
-Ésta: ¿cómo podría un hombre de... digamos ochenta y cinco años, cometer esos crímenes? Ya que si Jack el Destripador tenía alrededor de treinta años en 1888, en la actualidad tendría ochenta y cinco.
Sir Guy permaneció silencioso unos instantes. Acusó el impacto. Pero...
-Suponga que Jack el Destripador no ha envejecido -susurró.
-¿Qué?
-Suponga que Jack el Destripador no ha envejecido. Suponga que sigue siendo un hombre joven...
-De acuerdo -dije-. Lo supongo por un momento. Luego dejo de suponer, y llamo a mi enfermera para que le encierren.
-Estoy hablando en serio -dijo Sir Guy.
-Todos hablan en serio -repliqué-. Es lo más lamentable de todo, ¿verdad? Todos saben que oyen voces y que ven demonios. Pero eso no impide que les encerremos.
Era una crueldad, pero dio resultado. Sir Guy se puso en pie y se encaró conmigo.
-Es una teoría descabellada, de acuerdo -dijo-. Todas las teorías acerca del Destripador son descabelladas. La idea de que era un médico. O un maníaco. O una mujer. Los motivos en favor de tales hipótesis son bastante endebles. No resisten un análisis a fondo. ¿Por qué tendría que ser peor la mía?
-Porque la gente envejece -argüí-. Médicos, maniacos y mujeres.
-¿Y qué me dice de los... brujos?
-¿Brujos?
-Nigrománticos. Hechiceros. Practicantes de la Magia Negra.
-¿De qué está usted hablando?
-Lo he estudiado todo -dijo Sir Guy-. Incluso las fechas de los asesinatos. El ritmo que siguen esas fechas. El ritmo solar, lunar, estelar. El aspecto sideral. El significado astrológico.
Estaba loco. Pero seguí escuchando.
-Suponga que Jack el Destripador no mataba por el solo placer de matar. Suponga que deseara hacer un... sacrificio.
-¿Qué clase de sacrificio?
Sir Guy se encogió de hombros.
-Dicen que si se ofrece sangre a los dioses malignos, éstos conceden ciertas gracias. Sí, cuando el sacrificio se ofrece en la época apropiada... cuando la luna y las estrellas se encuentran en la posición correcta... y con el adecuado ceremonial... conceden ciertas gracias.
-¡Eso es absurdo!
-No. Eso es... Jack el Destripador.
Me puse en pie.
-Una teoría muy interesante -dije-. Pero, Sir Guy, hay otra cosa que me interesa más. ¿Por qué ha venido a contarme todo eso a mí? No soy una autoridad en hechicería. No soy criminólogo ni funcionario de la policía. Soy un simple psiquíatra. ¿Cuál es la relación?
-Entonces, ¿está usted interesado?
-Sí, lo estoy, lo reconozco.
-Bien. Antes de hablarle de mi plan, quería asegurarme de su interés.
-¿A qué plan se refiere?
Sir Guy me dirigió una prolongada mirada. Luego habló.
-John Carmody -dijo-, usted y yo vamos a capturar a Jack el Destripador.


2

Así fue como sucedió. He reproducido aquella primera entrevista en todo su prolijo y tal vez enojoso detalle, porque creo que es importante. Ayuda a proyectar cierta claridad sobre el carácter y la actitud de Sir Guy. Y en vista de lo que ocurrió después de aquello...
Pero no adelantemos los acontecimientos.
La idea de Sir Guy era sencilla. Ni siquiera era una idea. Un simple presentimiento.
-Usted conoce a la gente aquí -me dijo-. He investigado, y como resultado de mis investigaciones he llegado a la conclusión de que usted es el hombre ideal para lo que me propongo. Tiene usted relación con muchos escritores, pintores y poetas. Con los intelectuales, en una palabra. Con los bohemios.
»Por motivos que ahora no interesan, he deducido que Jack el Destripador pertenece a aquel grupo social. Y tengo la impiesión de que si usted me introduce en aquel medio, podré localizarle.
-Por mi parte no hay inconveniente -dije-. Pero ¿cómo espera localizarle? Como usted ha dicho, puede ser cualquiera, estar en cualquier parte. Y usted no tiene la menor idea de su aspecto. Puede ser joven o viejo. Rico, pobre, vagabundo, ladrón, médico, abogado... ¿Cómo podrá averiguarlo?
-Veremos -suspiró Sir Guy-. Pero tengo que encontrarle. En seguida.
-¿Por qué tanta prisa?
Sir Guy suspiró de nuevo.
-Porque dentro de dos días volverá a matar.
-¿Está usted seguro?
-Segurísimo. Fíjese en este mapa. Todos los asesinatos corresponden a un determinado ritmo astrológico. Si, como sospecho, ofrece un sacrificio de sangre para renovar su juventud, tiene que matar dentro de dos días. Fíjese en la pauta de sus primeros crímenes en Londres. 7 de agosto. 31 de agosto. 8 de septiembre. 30 de septiembre. 9 de noviembre. Intervalos de 24 días, 9 días, 22 días -en esta ocasión dos asesinatos-, y luego 40 días. Desde luego, hubo otros crímenes intercalados Pero no fueron descubiertos o no le fueron atribuidos.
»De todos modos, he trazado una pauta para él, basada en los datos que poseo. Y digo que dentro de dos días matará. De manera que debemos localizarle antes de que transcurran esos dos días.
-Continúo preguntándome qué es lo que desea que haga yo.
-Permitirme que le acompañe -dijo Sir Guy-. Presentarme a sus amigos. Llevarme a las reuniones. 
-Pero ¿por dónde vamos a empezar? Que yo sepa, mis amigos artistas, a pesar de sus excentricidades, son personas completamente normales.
-Lo mismo que el Destripador. Es completamente normal. Excepto en determinadas noches... Entonces se convierte en un monstruo implacable, obligado a matar.
-De acuerdo -dije-. De acuerdo. Le llevaré a las reuniones, Sir Guy.
Hicimos nuestros planes. Y aquella misma noche le llevé al estudio de Lester Baston.
Mientras subiamos al ático en el ascensor, aproveché la ocasión para advertir a Sir Guy.
-Baston es un hombre muy extravagante -le dije-. Lo mismo que sus huéspedes. Prepárese para lo mejor y para lo peor.
-Lo estoy.
Introdujo la mano en un bolsillo de sus pantalones y volvió a sacarla empuñando un revólver.
-¿Qué diablos...? -empecé.
-Si veo a Jack el Destripador, estaré preparado -dijo Sir Guy.
Hablaba completamente en serio.
-Pero no puede usted presentarse en una reunión con un revólver cargado en el bolsillo -protesté.
-No se preocupe, no cometeré ninguna imprudencia.
Desde luego, Sir Guy Hollis no era un hombre normal.
Salimos del ascensor y nos dirigimos a la puerta del apartamento de Baston.
-A propósito -murmuré-, ¿cómo quiere usted que le presente? ¿Diciéndoles quién es usted y a quién está buscando?
-Me tiene sin cuidado. Tal vez sea preferible decir la verdad.
-Pero ¿no cree que el Destripador -si por algún milagro está presente- se pondrá inmediatamente sobre aviso?
-Creo que la impresión de la noticia de que estoy buscando al Destripador provocará en él algún gesto comprometedor -dijo Sir Guy.
-Sería usted un buen psiquíatra -admití-. La teoría no es mala. Pero le advierto que va a enfrentarse usted con más dificultades de las que parece esperar.
Sir Guy sonrió.
-Estoy preparado -dijo-. He ideado un pequeño plan. No se sorprenda por nada de lo que haga.
Asentí y llamé a la puerta.
Acudió a abrir el propio Baston. Tenía los ojos enrojecidos. Se balanceó hacia adelante y hacia atrás, mientras nos contemplaba con expresión solemne. Bizqueó ante el bigote de Sir Guy y mi bombín.
-¡Ajá! -exclamó-. La morsa y el carpintero.
Le presenté a Sir Guy.
-Bienvenido -dijo Baston, invitándonos a entrar con exagerados ademanes de cortesía. Nos siguió, tambaleándose, hasta el llamado saloncito.
Contemplé el grupo que se movía incansablemente a través de la niebla que formaba el humo de los cigarrillos.
La reunión estaba en su apogeo. Cada mano sostenía un vaso. Todos los rostros mostraban un rumor alcohólico. En un rincón, el piano sonaba a toda presión, pero las notas marciales de la Marcha de El Amor de las Tres Naranjas no conseguía ahogar el ruido profano de los dados procedente del otro rincón.
Prokofieff no tenía ninguna posibilidad contra el inventor del «seven-sleven.
Sir Guy se quitó rápidamente el monóculo. Vio a LaVerne Gonnister, la poetisa, golpear a Himye Kralik en el ojo. Vio a Himye sentarse en el suelo, gritando, hasta que Dick Pool aterrizó accidentalmente sobre su estómago cuando se dirigía a la cocina en busca de más bebida.
Oyó a Nadia Vilinoff, la artista comercial, decirle a Johnny Odcutt que opinaba que su tatuaje era de un horroroso mal gusto, y vio a Barclay Melton arrastrarse bajo la mesa del comedor con la esposa de Johnny Odcutt.
Sus observaciones zoológicas podían haber continuado indefinidamente si Lester Baston no se hubiese parado en el centro de la habitación y reclamado silencio rompiendo un vaso contra el suelo.
-Esta noche, nuestra humilde reunión se ve honrada con la presencia de dos distinguidos visitantes -rugió Lester, extendiendo el brazo en nuestra dirección-. Nada menos que la Morsa y el Carpintero. La Morsa es Sir Guy Hollis, un no-sé-qué de la Embajada británica. El Carpintero, como todos ustedes saben, es nuestro propio John Carmody, el eminente dispensador de linimento para los cerebros.
Se volvió y agarró a Sir Guy por el brazo, arrastrándole hasta el centro de la alfombra. Por un instante creí que Hollis iba a protestar, pero un rápido guiño me tranquilizó. Sir Guy estaba preparado.
-Tenemos la costumbre, Sir Guy -dijo Baston en voz alta-, de someter a nuestros nuevos amigos a un pequeño examen. Un simple formulismo, desde luego. ¿Está usted preparado para contestar a mis preguntas?
Sir Guy asintió, sonriendo.
-Muy bien -murmuró Baston-. Amigos... acabo de recibir este paquete de Inglaterra. Voy a abrirlo en vuestra presencia, para ver lo que contiene.
Empezó el interrogatorio. Yo quería escuchar, pero en aquel momento Lydia Dare me vio y me arrastró al vestíbulo para una de aquellas rutinarias Querido-he-estado-esperando-todos-los-días-que-me-llamaras.
Cuando pude librarme de ella y regresar al salón, el examen de Sir Guy se encontraba en su punto culminante. A juzgar por la actitud de los presentes, deducí que Sir Guy no necesitaba abogados que le defendieran.
De pronto, Baston formuló una pregunta que me hizo contener la respiración.
-¿Puedo preguntarle qué le ha traído aquí esta noche? ¿Cuál es su misión, oh Morsa?
-Estoy buscando a Jack el Destripador.
Nadie rió.
Tal vez les sorprendió como me había sorprendido a mí. Miré a mis vecinos y empecé a hacerme preguntas.
LaVerne Gonnister. Hymie Kralik. Inofensivos. Dick Pool. Nadia Vilinoff. Johnny Odcutt y su esposa. Barclay Melton. Lydia Dare. Todos inofensivos.
Pero ¡qué sonrisa más forzada en el rostro de Dick Pool! ¡Y qué decir de la actitud huidiza de Barclay Melton!
¡Oh! Era absurdo, de acuerdo. Pero por primera vez vi a aquellas personas a una nueva luz. Me interrogué acerca de sus vidas... sus vidas secretas, más allá del escenario de las reuniones.
¿Cuántos de ellos estaban representando una comedia, ocultando algo?
¿Cuál de ellos podía adorar a los horribles dioses malignos y ofrecerle un sacrificio de sangre?
Incluso Lester Baston podía estar fingiendo.
Una rara inquietud planeó sobre todos nosotros, por unos instantes. Vi preguntas que revoloteaban por el círculo de ojos alrededor de la habitación.
Sir Guy estaba de pie en el centro de la estancia, y puedo jurar que tenía plena conciencia de la situación que había creado, y que gozaba con ella.
Me pregunté vagamente qué era lo que en él no funcionaba como era debido. Por qué tenía aquella extraña obsesión acerca de Jack el Destripador. Tal vez estaba ocultando, también, algún terrible secreto...
Baston, como de costumbre, disipó la inquietud. Tomó la cosa por el lado cómico.
-La Morsa no está bromeando, amigos -dijo. Palmeó la espalda de Sir Guy mientras hablaba-. Nuestro primo inglés se encuentra realmente sobre la pista del fabuloso Jack el Destripador. Supongo que todos ustedes recuerdan a Jack el Destripador. Fue un personaje que dejó huellas imborrables de su paso por la tierra.
»La Morsa tiene la idea de que el Destripador está vivo, probablemente aquí, en Chicago, y que se pasea por la ciudad con un cuchillo de explorador. En realidad... -Baston hizo una pausa melodramática-. En realidad, tiene motivos para creer que Jack el Destripador puede encontrarse esta noche aquí, entre nosotros.
Se produjo la esperada reacción de exclamaciones jocosas. Baston se dirigió a Lydia Dare en tono de reproche.
-El llevar faldas no las autoriza a reírse, muchachas. Jack el Destripador podía ser una mujer, también. Una especie de Jill la Destripadora.
-¿Quiere usted decir que sospecha realmente de uno de nosotros? -intervino LaVerne Gonnister, dirigiéndose a Sir Guy-. Jack el Destripador desapareció hace muchísimos años. En 1888...
-¡Ajá! -la interrumpió Baston-. ¿Cómo es que está tan enterada de los detalles, jovencita? ¡Resulta muy sospechoso! Mírela bien, Sir Guy... es posible que no sea tan joven como parece. Estas poetisas suelen tener pasados muy oscuros. 
La tensión había desaparecido, y todo el asunto se estaba convirtiendo en una vulgar broma de reunión. El hombre que había interpretado la Marcha estaba contemplando el piano con un brillo de Scherzo en sus ojos que no auguraba nada bueno para Prokofieff. Lydia Dare estaba mirando ansiosamente en dirección a la cocina, esperando que terminara aquello para ir en busca de otro trago.
En aquel momento, Baston lo cogió.
-¿A que no lo adivinan? -aulló-. La Morsa tiene un revólver.
Al abrazar a Sir Guy, su mano se había deslizado hacia abajo hasta tropezar con el revólver que se encontraba en el bolsillo de la americana de su huésped. Lo sacó antes de que Hollis pudiera evitarlo.
Me quedé mirando a Sir Guy, preguntándome si la cosa no estaría llegando demasiado lejos. Pero él me hizo un guiño tranquilizador, y recordé que me había dicho que no me alarmara por nada.
De modo que esperé, mientras a Baston se le ocurría una idea muy propia de él.
-Vamos a jugar limpio con nuestro amigo Morsa -gritó-. Ha viajado hasta aquí desde Inglaterra para cumplir una misión. Si ninguno de ustedes está dispuesto a confesar, sugiero que le concedamos la oportunidad de descubrirlo por sí mismo.
-¿Cómo? -preguntó Johnny Odcutt.
-Voy a apagar todas las luces durante un minuto. Sir Guy permanecerá aquí con su revólver. Si alguien de los que se encuentran en esta habitación es el Destripador, puede huir, o aprovechar la ocasión para..., bueno, para eliminar a su perseguidor. ¿Qué les parece?
Era completamente absurdo, pero cautivó a la imaginación popular. Las protestas de Sir Guy quedaron ahogadas en el mar de exclamaciones que levantó la propuesta de Baston. Éste se encontraba ya junto al interruptor de la luz.
-Que nadie se mueva -advirtió, con fingida solemnidad-. Por espacio de un minuto, permaneceremos a oscuras... quizás a merced de un asesino. Transcurrido ese tiempo, volveré a encender las luces y buscaremos los cadáveres. Escojan su pareja, damas y caballeros.
Las luces se apagaron.
Alguien se rió entre dientes.
Oí pasos en la oscuridad. Murmullos.
Una mano rozó mi rostro.
En mi muñeca, el reloj latió violentamente. Pero sus latidos quedaron ahogados por otros más violentos: los de mi corazón.
Absurdo. Permanecer a oscuras con un grupo de estúpidos bromistas. Y, sin embargo, la ola de terror, deslizándose a través de la aterciopelada oscuridad, era completamente real.
Jack el Destripador vagabundeaba en una oscuridad semejante a ésta. Y Jack el Destripador llevaba un cuchillo. Jack el Destripador tenía un cerebro desequilibrado y unos propósitos siniestros.
Pero Jack el Destripador estaba muerto, muerto y enterrado hacía muchos anos... según todas las leyes humanas. 
Sólo que no existen leyes humanas cuando se pcrmanece en la oscuridad, cuando la oscuridad oculta y protege, y la máscara exterior cae del rostro y se siente algo en lo más profundo del ser, un propósito sin forma definida que es hermano de las tinieblas.
Sir Guy Hollis lanzó un grito.
Se oyó el ruido de un cuerpo al caer.
Baston encendió las luces.
Todo el mundo empezó a chillar.
Sir Guy Hollis estaba tendido en el suelo, en el centro de la habitación. Continuaba empuñando el revólver.
Contemplé los rostros que me rodeaban, maravillándome de la variedad de expresiones que los seres humanos pueden adoptar cuando se enfrentan con el terror. 
Todos los rostros estaban presentes en el círculo. Nadie había huido. Y, sin embargo, Guy Hollis estaba tendido en el suelo...
LaVerne Gonnister sollozaba, cubriéndose el rostro con las manos.
-Perfectamente.
Sir Guy se puso en pie de un salto. Estaba sonriendo.
-Ha sido un simple experimento, ¿saben? Si Jack el Destripador hubiese estado entre ustedes, y a mí me hubieran asesinado, se habría traicionado a sí mismo de algún modo al encenderse las luces y verme tendido en el suelo.
»Estoy convencido de su inocencia, individual y colectiva. Todo ha sido una broma, amigos.
Hollis contempló al asombrado Baston y a sus compañeros, agrupados detrás de él.
-¿Nos vamos ya, John? -me dijo Sir Guy a continuación-. Creo que se está haciendo un poco tarde.
Dando media vuelta, se encaminó hacia la puerta. Le seguí. Nadie dijo una sola palabra.
Después de aquello, la reunión se convirtió en una especie de funeral.


3

Tal como habíamos convenido, a la noche siguiente me reuní con Sir Guy en la confluencia de las calles 29 y South Halsted.
Después de lo que había sucedido la noche anterior, yo estaba preparado para casi todo. Pero Sir Guy tenía un aspecto completamente vulgar mientras paseaba lentamente por la acera, esperando mi aparición.
-¡Bu! -exclamé, dando un repentino salto.
Sir Guy sonrió. Sólo el revelador gesto de su mano izquierda indicó que había buscado instintivamente su revólver cuando le sorprendí.
-¿Preparado para iniciar la caza? -pregunté.
-Sí -respondió-. Me alegro de que consintiera en acompañarme sin hacer preguntas. Ello demuestra que confía en mi criterio.
Me cogió del brazo y echamos a andar lentamente.
-Esta noche hay mucha niebla, John -dijo Sir Guy Hollis-. Como en Londres.
Asentí.
-Y hace frío, también, para esta época del año.
Asentí de nuevo.
-Es curioso -murmuró Sir Guy-. Niebla londinense y noviembre. El ambiente y la época de los asesinatos del Destripador.
Sonreí a través de la oscuridad.
-Permítame recordarle, Sir Guy, que esto no es Londres, sino Chicago. Y no estamos en noviembre de 1888. Han pasado más de cincuenta años.
Sir Guy me devolvió la sonrisa, aunque sin la menor alegría.
-Yo no estoy tan seguro -murmuró-. Mire a su alrededor. Parece que estemos en el East End. Y este barrio tiene más de cincuenta años de antigüedad.
-Estamos en el barrio negro -observé-. Y todavía no sé por qué me ha traído usted aquí.
-Es un presentimiento -admitió Sir Guy-. Sólo un presentimiento por mi parte, John. Quiero dar una vuelta por aquí. Estas calles tienen la misma configuración geográfica que las de los barrios donde el Destripador vagabundeó y asesinó. Aquí es donde le encontraremos, John. No entre las brillantes luces del barrio bohemio, sino aquí, en medio de la oscuridad. La oscuridad que le oculta y le protege. 
-¿Por eso se ha traído usted un revólver? -pregunté. Fui incapaz de evitar que mi voz revelara cierto sarcástico nerviosismo. Aquella conversación, la incesante obsesión de Jack el Destripador, estaban afectando a mis nervios más de lo que me atrevía a admitir.
-Puede hacernos falta -dijo Sir Guy en tono grave-. Después de todo, esta noche es la noche señalada.
Suspiré. Vagamos a través de las desiertas calles, invadidas por la niebla. Aquí y allá, ardía una luz mortecina encima de la puerta de una taberna. Aparte de aquellas luces ocasionales, todo era oscuridad y sombras. Nos deslizábamos a través de la niebla, solos y silenciosos, como dos diminutos gusanos arrastrándose dentro de una madriguera subterránea.
Cuando me asaltó esa idea, me estremecí. La atmósfera empezaba a actuar también sobre mí. Si no procuraba dominarme, acabaría tan chiflado como Sir Guy.
-¿No se da usted cuenta de que por estas calles no pasa un alma? -dije, tirando impacientemente de su americana.
-Tiene que acudir aquí -dijo Sir Guy-. Esto es lo que he estado buscando. Un genius loci. Un lugar diabólico que atrae al diablo. Cuando ha atacado, siempre lo ha hecho en los suburbios.
»Ésa es una de sus debilidades. Se siente fascinado por la inmundicia. Además, las mujeres que necesita para su sacrificio son más fáciles de encontrar en los barrios miserables de una gran ciudad.
Sonreí.
-Bueno, entremos en algún tugurio -sugerí-. Tengo frío. Necesito un trago. Esta maldita niebla se le mete a uno en los huesos. Ustedes, los ingleses, la resisten bien, pero yo prefiero el calor seco.
A través de las blancas nubes de niebla, distinguí una mortecina luz azulada, una bombilla colgada encima del letrero de una taberna.
-Vamos a probar -dije-. Estoy temblando.
-Como quiera -dijo Sir Guy.
Nos detuvimos ante la puerta de la taberna.
-¿Qué es lo que espera? -me preguntó Hollis.
-Estaba echando un vistazo -respondí-. Éste es un barrio poco recomendable, Sir Guy. Y en algunas de estas tabernas los clientes blancos no son bien recibidos.
-Buena idea, John.
Terminé mi inspección a través de la puerta encristalada.
-Parece vacía -murmuré-. Entremos.
La taberna estaba pésimamente iluminada. Una bombilla colgada encima del mostrador esparcía una débil claridad que no llegaba a la lóbrega trastienda.
Detrás del mostrador había un negro gigantesco, con una mandíbula de acusado prognatismo y un torso de gorila. Cuando entramos no se movió, pero sus ojos parpadearon rápidamente y me di cuenta de que había notado nuestra presencia y nos estaba juzgando.
-Buenas noches -dije.
El negro tardó unos instantes en contestar. No había terminado su evaluación. Finalmente, sonrió. 
-Buenos noches, amigos. ¿Qué van a tomar?
-Ginebra -dije-. Dos ginebras. La noche está fría.
-Desde luego.
Llenó nuestros vasos, pagué y no perdimos tiempo: nos bebimos la ginebra de un solo trago. El ardiente licor puso fuego en nuestras venas.
Me incliné sobre el mostrador y cogí la botella. Sir Guy y yo nos servimos otro vaso. El gigante negro no se movió, controlando con los ojos entreabiertos nuestros movimientos.
El reloj que había sobre la estantería dio las horas. En el exterior había empezado a soplar un fuerte viento, desgarrando la niebla en jirones. Sir Guy y yo saboreamos nuestra segunda ginebra.
Sir Guy empezó a hablar, y las sombras se espesaron a nuestro alrededor para escuchar.
Sir Guy divagaba incansablemente. Repitió todo lo que me había dicho cuando se presentó a mi consulta, como si yo no lo hubiese oído ya. Los que padecen una obsesión son así.
Escuché pacientemente. Le serví otra ginebra. Y otra.
Pero el licor no hizo más que aumentar su locuacidad. Habló de la Magia negra, de los sacrificios cruentos y de la prolongación de la vida por medios sobrenaturales. Y, desde luego, de su inquebrantable convicción de que el Destripador andaba suelto aquella noche.
Supongo que me hice culpable de aguijonearle.
-Perfectamente -dije, incapaz de disimular la impaciencia que me dominaba-. Vamos a aceptar que su teoría es correcta, aunque para ello tengamos que desestimar todas las leyes naturales y tragarnos un montón de supersticiones.
»Pero vamos a aceptar, por un momento, que está usted en lo cierto. Jack el Destripador era un hombre que descubrió el modo de prolongar su propia vida ofreciendo sacrificios humanos. Y ahora se encuentra aquí, en Chicago, planeando un nuevo asesinato. En otras palabras: supongamos que todo lo que usted imagina es absolutamente cierto. ¿Y qué?
-¿Qué significa ese «y qué»? -inquirió Sir Guy.
-Significa: ¿Y qué? -respondí-. Si todo eso es verdad, no comprendo qué es lo que estamos haciendo aquí. ¿Cree que Jack el Destripador va a entrar de un momento a otro en esta taberna, para que usted le mate o le entregue a la policía? Y, a propósito, todavía ignoro lo que piensa usted hacer con él si le encuentra.
Sir Guy apuró el contenido de su vaso.
-Capturaré al sanguinario asesino -dijo-. Le capturaré y le entregaré al gobierno, junto con todas las pruebas documentales que he reunido contra él durante todos estos años. ¡He gastado una fortuna investigando este asunto, una fortuna! Estoy convencido de que su captura significará la solución de centenares de crímenes impunes.
»¡Hay un asesino loco que anda suelto por nuestro mundo! ¡Un asesino sin edad, eterno, que ofrece sacrificios a los dioses malignos!
In vino veritas. ¿O se trataba simplemente de los efectos de un exceso de ginebra? Daba lo mismo. Sir Guy Hollis volvió a llenar su vaso. Me pregunté qué haría con él. Estaba encaminándose rápidamente a un clima de histérica embriaguez.
-Dígame una cosa -inquirí, más para evitar que la conversación fuera un interminable monólogo que con la esperanza de obtener información-. Todavía no me ha explicado usted en qué basa su seguridad de dar con el Destripador.
-Está por estos alrededores -dijo Sir Guy-. Tengo un sexto sentido. Lo sé.
Sir Guy no tenía un sexto sentido. Estaba chiflado. 
El asunto empezaba a fastidiarme. Llevábamos una hora sentados en la taberna, y durante todo ese tiempo me había visto obligado a hacer de niñera y a escuchar a un imbécil charlatán. Después de todo, Sir Guy no era paciente mío.
-Basta de ginebra -dije, agarrando la mano de Sir Guy cuando trataba de coger la botella medio vacia-. Ya ha bebido usted demasiado. Ahora, escúcheme. Voy a buscar un taxi y nos marcharemos de aquí. Se está haciendo tarde, y no parece que su amigo tenga muchos deseos de aparecer. En su lugar, yo esperaría a mañana y acudiría al F.B.I. con todos los documentos y pruebas que posee. Si está tan convencido de la veracidad de su descabellada teoría, el F.B.I. dispone de medios para efectuar una minuciosa investigación y localizar a su hombre.
-No -dijo Sir Guy, con la obstinación de la embriaguez-. Nada de taxis.
-Bueno, salgamos de aquí, por lo menos -dije, consultando mi reloj-. Son más de las doce.
Suspiró, se encogió de hombros y se levantó pesadamente. Mientras se dirigía hacia la puerta, sacó el revolver del bolsillo...
-¡Deme eso! -susurré-. No puede usted andar por la calle esgrimiendo un revólver.
Cogí el arma y la introduje en uno de mis bolsillos. Luego agarré a Sir Guy del brazo y le saque a la calle. El negro no alzó la mirada cuando nos marchamos.
Nos detuvimos en la acera, temblando. La niebla se había espesado. Desde el lugar donde nos encontrábamos no pude ver el extremo de la calle. Hacia frío. Humedad. Un ligero viento susurraba secretos a las sombras, a nuestras espaldas. 
El aire fresco tuvo sobre Sir Guy el efecto que yo había esperado. La niebla y los vapores de la ginebra no hacen buenas migas. Avanzó dando traspiés mientras yo le guiaba lentamente a través de la oscuridad.
Sir Guy, a pesar de su estado, continuaba dirigiendo aprensivas miradas a su alrededor, como si esperase ver acercarse a una figura.
No pude contenerme por más tiempo.
-¡Basta de chiquilladas! -exclamé-. ¡Jack el Destripador! La diversión ha llegado demasiado lejos.
-¿Diversión? -Sir Guy se encaró conmigo. A través de la niebla pude ver su contraído rostro-. ¿Se atreve usted a llamarlo una diversión?
-Bueno, ¿qué otro nombre puede dársele? -gruñí-. ¿Por qué habría usted de estar tan interesado en seguir el rastro a un asesino mítico?
Mi brazo no soltaba el suyo. Pero su mirada no me soltó a mí.
-En 1888... -susurró-, en Londres... una de aquellas busconas asesinadas por el Destripador... era mi madre.
-¿Qué?
-Más tarde fui reconocido por mi padre y legitimado. Juramos dedicar nuestras vidas a descubrir al Destripador. Mi padre fue el primero en encontrar el rastro. Murió en Hollywood en 1926. Dijeron que había sido apuñalado por un agresor desconocido en una riña. Pero yo sé quién fue el agresor.
»De modo que pasé a ocupar el puesto de mi padre. ¿Lo comprende ahora, John? Y no me daré por vencido hasta que le encuentre y le mate con mis propias manos.
»Él asesinó a mi madre y a centenares de personas para prolongar su propia existencia. Como un vampiro, se alimenta de sangre. Es astuto, diabólicamente astuto. ¡Pero no descansaré hasta encontrarle!
Entonces le creí. No estaba fanfarroneando. No era ya un borracho charlatán. Era un fanático implacable, tan fanático y tan implacable como el propio Destripador.
Mañana estaría sobrio. Continuaría sus investigaciones. Quizá se decidiera a seguir mi consejo y entregaría al F.B.I. los documentos y las pruebas que poseía. Más pronto o más tarde, con su implacable determinación -y con el motivo que le impulsaba- alcanzaría el éxito.
Desde el primer momento me había dado cuenta de que detrás de su actitud y de su obstinación, se ocultaba un poderoso motivo personal.
-Vámonos de aquí -dije, tirando de su brazo.
-Espere un momento -dijo Sir Guy Hollis-. Devuélvame mi revólver. -Se tambaleó ligeramente-. Me sentiré más tranquilo si llevo el revólver encima.
Me empujó hacia las oscuras sombras de un lóbrego soportal. Traté de disuadirle, pero no dio su brazo a torcer. 
-Devuélvame el revólver, John -repitió.
-De acuerdo -dije.
Introduje la mano en un bolsillo de mi americana, volví a sacarla.
Sir Guy Hollis clavó en mi rostro unos ojos abiertos por el asombro.
-Pero... eso no es un revólver -protestó-. Eso es un cuchillo.
-Lo sé.
Le cogí por las solapas de la americana y me incliné rápidamente sobre él.
-¡John! -gritó.
-Deje de llamarme John -susurré, alzando el cuchillo-. Llámeme... Jack.



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