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domingo, 10 de octubre de 2010

El canto del cisne -- Agatha Christie




El canto 
del cisne 



Agatha Christie 





Eran las once de una mañana de mayo en Londres. El señor Cowan 
estaba mirando por la ventana, de espaldas a un magnífico salón de 
una suite del Hotel Ritz. La suite en cuestión había sido reservada 
para madame Paula Nazorkoff, la famosa cantante de ópera que 
acababa de llegar a Londres. El señor Cowan, que era el 
representante de madame, estaba esperando para entrevistarse con 
ella. Al abrirse la puerta, volvió rápidamente la cabeza, pero era sólo 
la señorita Read, la secretaria de madame Nazorkoff, una joven 
pálida pero muy eficiente, quien entraba. 

—¡Oh, es usted querida! —le dijo el señor Cowan—. ¿Madame no se 
ha levantado todavía? 

La señorita Read meneó la cabeza. 

—Me dijo que viniera a eso de las diez —dijo el señor Cowan—. Llevo 
esperando casi una hora. 

No demostró ni resentimiento ni sorpresa. El señor Cowan estaba 
acostumbrado a las extravagancias de un temperamento artístico. Era 
un hombre alto, bien afeitado, con un esqueleto demasiado bien 
cubierto y ropas impecables. Sus cabellos eran negros y brillantes y 
sus dientes de un blanco agresivo. Cuando hablaba tenía la 
costumbre de arrastrar las «eses», cosa que si no era precisamente 
un defecto, se acercaba mucho. En aquel momento se abrió una 
puerta al otro lado de la habitación y entró apresuradamente una 
joven francesa. 

—¿Se ha levantado ya madame? —le preguntó Cowan esperanzado— 
Dígame qué noticias hay, Elisa. 

Elisa se llevó ambas manos a la cabeza. 

—¡Esta mañana está como diecisiete demonios juntos, nada le 
complace! Las preciosas rosas amarillas que monsieur le envió 
anoche, dice que estaban bien para Nueva York, pero que es una 
imbecilidad enviárselas en Londres. Dice que aquí tienen que ser 
rojas, y acto seguido abre la puerta y arroja las rosas amarillas al 
pasillo en el momento en que pasaba un monsieur tres comme il faut, 
un militar, según creo, y el pobre está justamente indignado por el 
hecho. 

Cowan enarcó las cejas, pero no dio otras pruebas de emoción. 
Luego, sacando un librito de notas de su bolsillo escribió en él: «rosas 
rojas». 

Elisa volvió a salir por la otra puerta y Cowan regresó de nuevo junto 
a la ventana. Vera Read, sentándose ante el escritorio, empezó a 
abrir cartas y clasificarlas. Transcurrieron diez minutos en silencio y al 
fin abrióse la puerta del dormitorio y Paula Nazorkoff hizo aparición 
en el saloncito. El efecto inmediato fue que éste pareciera más 
reducido, Vera Read más pálida y que Cowan se convirtiera en una 
mera figura decorativa. 

—¡Aja! ¡Hijos míos! —dijo la prima donna—. ¿No soy puntual? 

Era una mujer de gran estatura y, para ser cantante, no demasiado 
gruesa. Sus brazos y piernas seguían siendo esbeltos y su cuello era 
una hermosa columna. Sus cabellos, que llevaba sujetos en un moño, 
tenían un color rojo oscuro brillante y si debían su color a la 
cosmética el resultado no era menos efectivo. Ya no era una mujer 
joven, por lo menos tendría cuarenta años, pero las líneas de su 
rostro no perdieron encanto, a pesar de las arrugas y bolsas que 
circundaban sus ojos, oscuros y llameantes. Tenía la risa de un niño, 
la digestión de un avestruz, el temperamento de una fiera, y se la 
conocía como la mejor soprano dramática de sus tiempos. Volvióse 
para dirigirse a Cowan. 

—¿Ha hecho lo que le pedí? ¿Se ha llevado ese abominable piano 
inglés para arrojarlo al Támesis? 

—Tengo otro para usted —dijo Cowan, indicando con un gesto el 
rincón donde estaba. 

La cantante corrió hacia él y alzó la tapa. 

—Un «Erard» —dijo— esto es otra cosa. Probemos. 

La hermosa voz de soprano desgranó un arpegio y luego subió y bajó 
toda la escala de voces, luego se elevó suavemente hasta alcanzar 
una nota alta, la sostuvo, aumentándola paulatinamente de volumen, 
luego volvió a suavizarla hasta que murió en la nada. 

—¡Ah! —dijo Paula Nazorkoff con ingenua satisfacción—. ¡Qué voz 
más hermosa tengo! Incluso en Londres mi voz es hermosa. 

—Cierto —convino Cowan de corazón—. Y apuesto a que Londres se 
rendirá a sus pies, igual que Nueva York. 

—¿Usted cree? —preguntó la cantante. 

Había una ligera sonrisa en sus labios y era evidente que su pregunta 
era un mero comentario. 

—Seguro —dijo Cowan. 

Paula Nazorkoff cerró el piano y dirigióse a la mesa con el andar 
ondulante que tanto resultaba en la escena. 

—Bien, bien —dijo—. Hablemos de negocios. ¿Lo tiene todo 
arreglado, amigo mío? 

Cowan sacó unos papeles de la cartera que dejara sobre una silla. 

—No se ha cambiado gran cosa —observó—. Cantará cinco veces en 
el Covent Garden, tres veces Tosca y dos Aida. 

—¡Aida! Bah —dijo la prima donna—; será un aburrimiento 
insoportable, Tosca es distinta. 

—Ah, sí —replicó Cowan—. Tosca es su papel. 

Paula Nazorkoff se irguió. 

—Soy la mejor Tosca del mundo —dijo sencillamente. 

—Eso es —convino Cowan—. Nadie puede igualarla. 

—Supongo que Roscari hará de «Scarpia»... 

Cowan asintió. 

—Y Emilio Lippi. 

—¿Qué? —gritó la cantante—. Lippi, esa rana asquerosa... croac... 
croac... croac. No cantaré con él, le morderé... le arañaré la cara. 

—Vamos, vamos —dijo Cowan, tranquilizándola. 

—Le digo que no sabe cantar, es un perro ladrando. 

—Bueno, veremos, veremos —dijo Cowan. Era demasiado inteligente 
para discutir con cantantes de temperamento. 

—¿Y Cavaradossi? —preguntó la cantante. 

—Hensdale, el tenor americano. 

Ella asintió. 

—Es un buen muchacho y canta muy bien. 

—Y creo que Barrere lo cantará muy bien. 

—Es un artista —replicó Paula generosamente—. ¡Pero dejar que esa 
rana croadora de Lippi cante el papel de Scarpia! Bah... yo no cantaré 
con él. 

—Déjeme a mí —dijo Cowan para tranquilizarla, y aclarando su 
garganta sacó otros papeles. 

—Estoy preparando un concierto especial en el Albert Hall. 

Paula hizo una mueca. 

—Lo sé, lo sé —dijo Cowan—; pero todo el mundo lo hace. 

—Estará bien —dijo la cantante—. Habrá un lleno hasta el techo y 
tendré mucho dinero. Ecco! 

Cowan revolvió de nuevo entre sus papeles. 

—Aquí hay una proposición completamente distinta —le dijo— de lady 
Rustonbury: quiere que vaya a su casa y cante. 

—¿Rustonbury? 

La cantante frunció el entrecejo como si se esforzara por recordar 
algo. 

—He leído ese nombre últimamente, sí, hace muy poco. Es una 
ciudad... o un pueblo, ¿verdad? 

—Eso es, un pueblo pequeño muy bonito, en Hertfordshire. Y en 
cuanto a la mansión de lord Rustonbury, el castillo de Rustonbury, es 
una auténtica fortaleza feudal, con fantasmas, retratos de 
antepasados, escaleras secretas y un teatro privado. Nadan en la 
abundancia y siempre celebran representaciones privadas. Ella 
sugiere que demos una obra completa, preferiblemente la Butterfly. 

—¿Butterfly? 

Cowan asintió. 

—Están dispuestos a pagar bien. Tendremos que dejar Covent 
Garden, naturalmente, pero a pesar de todo saldrá ganando 
económicamente. Hay que tener siempre presente a la nobleza. Será 
una magnífica propaganda. 

Madame alzó su hermosa barbilla. 

—¿Es que yo necesito propaganda? —preguntó con orgullo. 

—Nunca sobra —dijo Cowan sin acobardarse. 

—Rustonbury —murmuró la cantante—. ¿Dónde vi yo este nombre? 

Y levantándose de pronto, corrió hasta la mesa, y empezó a hojear 
una revista ilustrada que había encima. Al fin su mano se detuvo en 
una de sus páginas y luego de contemplarla regresó a su butaca con 
toda lentitud. Con uno de sus bruscos cambios de genio, ahora 
parecía una persona completamente distinta y sus ademanes eran 
muy reposados, casi austeros. 

—Dispóngalo todo para ir a Rustonbury. Me gustaría cantar allí, pero 
una condición... la ópera ha de ser Tosca. 

Cowan parecía indeciso. 

—Eso resultará bastante difícil... para una representación privada, 
compréndalo... decorados y demás. 

—Tosca, o nada. 

Cowan la miró de hito en hito y lo que vio le dejó convencido, pues 
haciendo una breve inclinación de cabeza en señal de asentimiento, 
se puso en pie. 

—Veré si puedo arreglarlo —dijo con calma. 

Paula Nazorkoff también se levantó y por una vez parecía deseosa de 
explicar su decisión. 

—Es mi mejor papel, Cowan. Puedo cantarlo como ninguna mujer lo 
ha cantado jamás. 

—Es una partitura muy bonita —le dijo Cowan—. Jeritza tuvo un gran 
éxito con ella el año pasado. 

—¿Jeritza? —exclamó la cantante enrojeciendo mientras expresaba la 
opinión que le merecía. 

Cowan, acostumbrado a oír la opinión que unas cantantes tienen de 
otras, distrajo su atención, hasta que Paula hubo terminado y 
entonces dijo, obstinado: 

—De todas maneras, canta «Vissi d'Arte» tendida sobre su estómago. 

—¿Y por qué no? —preguntó Paula Nazorkoff—. ¿Quién va a 
impedírselo? Yo lo cantaré tumbada de espaldas y haciendo la 
bicicleta con las piernas en el aire. 

Cowan meneó la cabeza con perfecta seriedad. 

—No creo que eso convenza a nadie —le dijo. 

—Nadie puede cantar «Vissi d'Arte» como yo —dijo Paula Nazorkoff 
en tono confidencial—. Yo lo canto con la voz del convento... como 
las buenas monjas me enseñaron a cantar años y años. Con la voz de 
un niño, o de un ángel, sin sentimientos, sin pasión. 

—Lo sé —le dijo Cowan de corazón—. La he oído a usted y es 
maravillosa. 

—Esto es arte —continuó la prima donna—, pagar el precio, sufrir, 
perseverar, y al final no sólo haberlo aprendido todo, sino tener 
también el poder de volver atrás, de tornar al principio y recuperar la 
belleza perdida, y el corazón de un niño. 

Cowan la miraba intrigado. Ella tenía los ojos fijos en el vacío con una 
extraña mirada ausente, que le produjo una sensación desagradable. 
Sus labios se entreabrieron y susurró unas palabras que él apenas 
pudo entender. 

—Al fin —murmuró—. Al fin... después de tantos años. 



II 



Lady Rustonbury era una mujer ambiciosa y a la vez amiga del arte, 
que compaginaba ambas cualidades con éxito completo. Tenía la 
suerte de que a su marido no le preocupasen ni la ambición ni el arte, 
y por lo tanto no la estorbaba en ningún sentido. El conde Rustonbury 
era un hombre corpulento, a quien sólo interesaban las carreras de 
caballos. Admiraba a su esposa, sentíase orgulloso de ella y se 
alegraba de que su inmensa fortuna le permitiera poner en práctica 
sus placeres. El teatro particular había sido construido hacía más de 
cien años, por su abuelo. Era el juguete preferido de lady 
Rustonbury... donde había ofrecido ya un drama de Ibsen y una obra 
de la escuela ultra-moderna, a base de divorcios y drogas, y también 
una fantasía poética con un decorado cubista. La próxima 
representación de Tosca había despertado gran interés. Lady 
Rustonbury tenía la casa llena de distinguidos invitados, y el «todo 
Londres» pensaba acudir en sus automóviles. 

Madame Nazorkoff y su acompañante habían llegado poco antes de la 
comida. El nuevo y joven tenor americano Hensdale, iba a cantar 
Cavaradossi, y Roscari, el famoso barítono italiano, haría el papel de 
Scarpia. Los gastos de la representación habían sido enormes pero a 
nadie le importaba. Paula Nazorkoff estaba del mejor humor y así 
resultaba encantadora, graciosa y cosmopolita. Cowan estaba 
agradablemente sorprendido y rezaba para que continuase aquel 
estado de cosas. 

Después de comer, la compañía fue al teatro para inspeccionar el 
escenario. La orquesta estaba bajo la dirección de Samuel Ridge, uno 
de los más famosos directores ingleses. Todo iba sobre ruedas y por 
extraño que parezca, aquello preocupó al señor Cowan. Se 
encontraba más a gusto en un ambiente turbulento y aquella paz 
desacostumbrada le inquietaba. 

—Todo va demasiado bien —murmuró el señor Cowan para sus 
adentros—. Madame está como un gato que se ha hartado de crema 
y eso es demasiado bueno para ser verdad. Algo tiene que ocurrir. 

Quizá debido a su largo contacto con el mundo de la ópera, el señor 
Cowan había desarrollado un sexto sentido y cierto que sus 
pronósticos eran justificados. Eran poco antes de las siete de aquella 
tarde cuando Elisa, la doncella francesa, fue a buscarle corriendo con 
aspecto preocupado. 

—Ah, señor Cowan, venga en seguida, le suplico que venga de prisa. 

—¿Qué ocurre? —preguntó con ansiedad—. Madame se ha disgustado 
por algo... ha armado un alboroto, ¿verdad? 

—No, no es madame, sino el signore Roscari, está enfermo... ¡se 
muere! 

—¿Que se muere? ¡Oh, vamos! 


Cowan corrió tras ella mientras le conducía al dormitorio del italiano. 
El pobre hombre estaba tendido en la cama, o mejor dicho, 
retorciéndose presa de convulsiones que hubieran resultado cómicas, 
de haber sido menos graves. Paula Nazorkoff hallábase inclinada 
sobre él y saludó a Cowan con ademán imperioso. 

—¡Ah! Ya está usted aquí. Nuestro pobre Roscari sufre horriblemente. 
Sin duda ha comido algo que le ha hecho daño. 

—Me muero —gimió el barítono—. El dolor... es terrible. ¡Oh! 

Y volvió a contorsionarse llevándose ambas manos al estómago, 
mientras rodaba por la cama. 

—Hay que avisar a un médico —dijo Cowan. 

Paula le detuvo cuando él se dirigía a la puerta. 

—El doctor ya está en camino y hará todo lo que esté en su mano por 
este pobre doliente, todo está ya preparado, pero nadie conseguirá 
que Roscari pueda cantar esta noche. 

—Nunca volveré a cantar, me estoy muriendo — gimió el italiano. 

—No, no se morirá usted —dijo Paula—. No es más que una 
indigestión, pero de todas formas es imposible que cante esta noche. 

—Me han envenenado. 

—Sí, es la ptomaína no cabe duda —dijo Paula—. Quédese con él, 
Elisa, hasta que llegue el médico. 

La cantante se llevó a Cowan fuera de la habitación. 

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó. 

Cowan meneó la cabeza desesperado. La hora era muy avanzada 
para que pudiera venir nadie de Londres a ocupar el puesto de 
Roscari. Lady Rustonbury, que acababa de ser informada de la 
enfermedad de su huésped, acudió corriendo por el pasillo para 
reunirse con ellos. Su principal preocupación, al igual que Paula 
Nazorkoff, era el éxito de Tosca. 

—Si hubiera otro cantante a mano —gemía la prima donna. 

—¡Ah! —lady Rustonbury lanzó un grito—. ¡Claro! Breón. 

—¿Breón? 

—Sí, Eduardo Breón, ya sabe, el famoso barítono francés. Vive cerca 
de aquí. Esta semana apareció publicada una fotografía de su casa en 
la revista semanal Casas de Campo. Es el hombre que necesitamos. 

—Es como una respuesta a nuestra plegaria —exclamó Paula 
Nazorkoff—. Breón como Scarpia... le recuerdo muy bien. Era uno de 
sus mejores papeles. Pero ahora está retirado, ¿verdad? 

—Yo lo traeré —dijo lady Rustonbury—. Déjenlo en mis manos. 

Y siendo una mujer decidida ordenó en el acto que le prepararan el 
«Hispano Suiza». Diez minutos más tarde, el retiro campestre de 
monsieur Eduardo Breón se vio invadido por una agitada condesa. 
Lady Rustonbury, una vez tomaba una decisión, era una mujer muy 
obstinada, y sin duda Breón comprendió que no le quedaba otra cosa 
que hacer sino someterse. Además, hay que confesarlo, sentía 
debilidad por las condesas. Era un hombre de origen humilde, que 
había alcanzado la cima gracias a su profesión, la cual le permitía 


codearse con duques y príncipes, cosa que siempre le satisfacía. No 
obstante, desde su retiro a aquel lugar olvidado del mundo, estaba 
descontento. Echaba de menos aquella vida de adulaciones y 
aplausos, y aquel condado inglés no le había reconocido con la 
prontitud que él hubiera esperado. Así que le halagó en extremo la 
petición de lady Rustonbury. 

—Haré todo lo que pueda —le dijo sonriente—. Como ya sabe, no he 
cantado en público desde hace mucho tiempo. Ni siquiera tengo 
discípulos, sólo uno o dos como un gran favor. Pero vaya... puesto 
que el signore Roscari se halla indispuesto... 

—Ha sido un golpe terrible —dijo lady Rustonbury. 

—No es que sea un verdadero cantante —comentó Breón. 

Y le explicó extensamente por qué no lo era. Al parecer no había 
habido ningún barítono que se distinguiese desde que se retiró 
Eduardo Breón. 

—Madame Nazorkoff hará la Tosca —dijo lady Rustonbury—. La 
conoce, ¿verdad? 

—Nunca me la han presentado —repuso Breón—. La oí cantar una vez 
en Nueva York. Una gran artista... tiene sentido del drama. 

Lady Rustonbury sintióse aliviada... nunca sabe uno a qué atenerse 
con estos cantantes... tienen tan extraños celos y antipatías. Unos 
veinte minutos más tarde volvía a entrar en el castillo con aire 
triunfal. 

—Le he traído —exclamó riendo—. El requerido señor Breón ha sido 
tan amable... nunca lo olvidaré. 







• • • 







Todos rodearon al francés y las frases de gratitud y aprecio fueron 
como incienso para él. Eduardo Breón, aunque estaba ya cerca de los 
sesenta, era todavía un hombre atractivo, alto y moreno, con una 
personalidad magnética. 

—Veamos —dijo lady Rustonbury—. ¿Dónde está madame...? ¡Oh, ahí 
está! 

Paula Nazorkoff no había tomado parte en la bienvenida general 
prodigada al artista francés. Y había permanecido sentada en una silla 
alta de roble junto a la sombra de la chimenea. Claro que no estaba 
el fuego encendido, puesto que la noche era calurosa y la cantante se 
abanicaba lentamente con un inmenso abanico hecho de palma. Tan 
ausente y apartada estaba, que lady Rustonbury temió que se 
hubiese ofendido. 

—Monsieur Breón —le condujo hasta la cantante—. Dice usted que 
nunca le han presentado a madame Nazorkoff. 


Con un último floreo del abanico que dejó a un lado, Paula Nazorkoff 
ofreció su mano al francés. Y al inclinarse éste sobre ella un ligero 
suspiro se escapó de labios de la prima donna. 

—Madame —dijo Breón—, nunca hemos cantado juntos. ¡Es uno de 
los castigos de mi edad! Pero el azar ha sido bueno conmigo y ha 
acudido en mi ayuda. 

Paula rió por lo bajo. 

—Es usted demasiado amable, monsieur Breón. Cuando era todavía 
una pobre cantante desconocida, estuve sentada a sus pies. Su 
«Rigoleto»... ¡Qué arte, qué perfección! Nadie podría igualarle. 

—¡Cielos! —exclamó Breón, simulando suspirar—. Mis días han 
terminado. Scarpia, Rigoleto, Radamés, Sharpless, cuántas veces los 
he representado, y ahora... nunca más. 

—Sí... esta noche. 

—Cierto, madame... Lo olvidaba. Esta noche. 

—Ha cantado usted muchas Toscas —le dijo la Nazorkoff con 
arrogancia—, ¡pero nunca conmigo! 

El francés se inclinó. 

—Será un honor —dijo en tono bajo—. Es un gran papel, madame. 

—Que requiere no sólo un cantante, sino una actriz —intervino lady 
Rustonbury. 

—Cierto —convino Breón—. Recuerdo que una vez en Italia, cuando 
era joven, solía ir a un teatro de Milán un poco apartado. La butaca 
me costaba sólo un par de liras, pero aquella noche oí a una cantante 
tan buena como pudiera oír en el Metropolitan Opera House de Nueva 
York. Una jovencita cantó Tosca, como un ángel. Nunca olvidaré su 
voz en «Vissi d'Arte», su claridad, su pureza. Pero carecía de fuerza 
dramática. 

Paula Nazorkoff asintió. 

—Eso se adquiere después —dijo sin alterarse. 

—Cierto. Esa joven se llamaba Bianca Capelli... y yo me interesé por 
su carrera. Gracias a mí tuvo oportunidad de mejores contratos, pero 
era tonta... lamentablemente tonta. 

Se alzó de hombros. 

—¿Por qué era tonta? 

Era Blanche Amery, la hija de veinticuatro años de lady Rustonbury 
quien había hablado. Una joven esbelta de grandes ojos azules. 

El francés volvióse cortésmente hacia ella. 

—¡Cielos! Mademoiselle se enamoró de un individuo de baja estofa, 
un rufián miembro de la Camorra. 

El se vio complicado con la policía y le condenaron a muerte; ella vino 
a suplicarme que hiciera algo por salvar a su amante. 

Blanche Amery le contemplaba interesada. 

—¿Y le ayudó usted? —preguntó sin aliento. 

—¿Qué podía hacer yo, mademoiselle? ¿Un extranjero en el país? 

—Podía tener influencias —sugirió la Nazorkoff con su voz profunda y 
vibrante. 


—De haberlas tenido, dudo que las emplease. Aquel hombre no lo 
merecía. Hice cuanto pude por la muchacha. 

Sonrió, y su sonrisa dio la impresión a la joven inglesa que ocultaba 
algo desagradable, y comprendió que en aquel momento sus palabras 
no reflejaban sus pensamientos. 

—Hizo lo que pudo por ella —dijo la Nazorkoff—. Fue muy 
amable y ella se lo agradecería, ¿verdad? 

El francés se alzó de hombros. 

—El hombre fue ejecutado —explicó—, y ella entró en un convento. 
¡Eh, voilá! El mundo ha perdido una cantante. 

Paula Nazorkoff rió por lo bajo. 

—Nosotros los rusos somos más mudables —dijo en tono ligero. 

Blanche Amery estaba mirando casualmente a Cowan cuando la 
cantante pronunció estas palabras y vio su gesto de asombro y cómo 
entreabría los labios para hablar, siendo acallado por una mirada de 
advertencia de Paula. 

El mayordomo apareció en la puerta. 

—Ya está la cena —dijo lady Rustonbury poniéndose en pie—. 
Pobrecitos, qué pena me dan ustedes, debe ser terrible pasar hambre 
antes de cantar. Pero luego se les dispondrá una espléndida cena. 

—Esperemos —dijo Paula Nazorkoff, riendo suavemente—. Hasta 
después. 








III 





En el interior del teatro, el primer acto de Tosca acababa de llegar a 
su fin. El público empezó a moverse haciendo comentarios. Sus 
majestades, encantadoras y graciosas, ocupaban tres butacas 
forradas de terciopelo de la primera fila. Todo el mundo hablaba en 
voz baja, pues la impresión general era que en el primer acto, Paula 
Nazorkoff apenas había estado a la altura de su gran fama. La 
mayoría no comprendían que en aquello la cantante demostraba su 
arte, ahorrando en el primer acto su voz y su persona. Hizo de la 
Tosca una figura frívola, ligera, jugando con el amor, coqueta, celosa 
y exigente. Breón, aunque la gloria de su voz había perdido vigor, 
todavía supo representar magníficamente al cínico Scarpia, sin que 
nada descubriera al decrépito libertino en la representación de su 
papel. Hizo de Scarpia una figura atrayente, casi benévola, dejando 
entrever ligeramente la sutil malevolencia que ocultaba su aspecto 
externo. En el último pasaje, con el órgano y la procesión, cuando 
Scarpia permanece absorto en sus pensamientos tramando un plan 
para conquistar a Tosca, Breón desplegó unas tablas maravillosas. 
Ahora el telón se alzó para dar paso al segundo acto. La escena 
ocurría en las habitaciones de Scarpia. 

Esta vez, al aparecer Tosca en escena, se hizo patente su arte 
dramático. Allí era una mujer presa de terror, y representó su papel 
con la seguridad de una actriz consumada. ¡Su saludo a Scarpia, su 
indiferencia, sus sonrisas al contestarle! En esta escena, Paula 
Nazorkoff actuaba con sus ojos, moviéndose con gran lentitud y 
dejando su rostro sonriente e impasible. Sólo sus ojos que no 
cesaban de dirigir terribles miradas a Scarpia traicionaban sus 
verdaderos sentimientos, y así fue continuando la historia, la escena 
de tortura, el derrumbamiento de la compostura de Tosca y su 
completo abandono al caer a los pies de Scarpia suplicando en vano 
su clemencia. Lord Leconmere, buen entendido en música, hizo un 
gesto de aprobación, y un embajador extranjero sentado a su lado 
murmuró: 

—Esta noche la Nazorkoff se supera a sí misma. No existe ninguna 
otra mujer que se abandone en la escena como ella. 

Leconmere asintió. 

Ahora Scarpia exige su precio y Tosca, horrorizada, corre hacia la 
ventana huyendo de él. Se oye el lejano batir de los tambores y 
Tosca se arroja desfallecida sobre el sofá. Scarpia, de pie junto a ella, 
relata cómo su gente es llevada al patíbulo... y luego silencio, y de 
nuevo el lejano batir de los tambores. La Nazorkoff continúa tendida 
en el sofá con la cabeza colgando hacia atrás, casi tocando el suelo y 
oculta por sus cabellos. Entonces, en exquisito contraste con la 
pasión violenta de los últimos veinte minutos, su voz vuelve a surgir, 


alta y pura, la voz, como dijera a Cowan, de un niño o de un ángel. 



Vissi d'arte, vissi d'amore, no feci mai male ad anima vival. 

Con man furtiva quante miseria conobbi, aiutai. 



Era la voz de un niño intrigado, o extasiado. Luego una vez más 
vuelve a arrodillarse implorante para suplicar, hasta el instante en 
que entra Spoletta. Tosca, agotada, accede, y Scarpia pronuncia las 
palabras fatales de doble sentido. Spoletta parte de nuevo, y 
entonces llega el momento dramático en que Tosca, alzando una 
copa de vino en su mano temblorosa, coge un cuchillo de encima de 
la mesa y lo oculta tras ella. 

Breón se levanta y va hacia Tosca inflamado de pasión. ¡Tosca 
finalmente mía! Los focos hicieron brillar el cuchillo mientras Tosca 
murmuraba su grito de venganza: 

—Questo e il baccio di Tosca! (Así es como besa Tosca.) 

Paula Nazorkoff nunca había representado con tal propiedad el acto 
de venganza de Tosca. El último susurro fiero Mouri dannato y luego 
con voz extraña que llenó el teatro dijo: 

—Or gli perdono! (Ahora te perdono.) 

La suave melodía fúnebre empieza a sonar mientras Tosca realiza el 
ceremonial, colocando un candelabro a cada lado de la cabeza de 
Scarpia y un crucifijo sobre su pecho, y luego se detiene largamente 
en la puerta mirando hacia atrás para contemplar su obra, mientras 
se vuelven a oír los tambores y cae el telón. 

Esta vez el público fue presa de verdadero entusiasmo, pero duró 
poco... Alguien salió de entre bastidores para hablar con lord 
Rustonbury. Este último se levantó, y después de un par de minutos 
de consulta, se volvió para llamar a sir Donald Clathorp, un médico 
eminente. Pronto circuló la verdad entre el público. Algo había 
ocurrido... un accidente... y alguien estaba gravemente herido. Uno 
de los cantantes apareció ante el telón, y explicó que el señor Breón 
había sufrido un accidente... y la ópera no podía continuar. Otra vez 
comenzaron los rumores. Breón había sido apuñalado, la Nazorkoff 
había perdido la cabeza, representando su papel tan a lo vivo que 
había apuñalado realmente al hombre que cantaba con ella. Lord 
Leconmere, mientras hablaba con su amigo el embajador, sintió que 
le tocaban en el brazo y al volverse pudo mirarse en los 
resplandecientes ojos de Blanche Amery. 

—No fue un accidente —dijo la joven—. Estoy segura de que no ha 
sido un accidente. ¿No oyó usted poco antes de cenar, esa historia 
que él contaba de una joven italiana? Esa joven era Paula Nazorkoff. 
Poco después, al decir ella que era rusa, vi que el señor Cowan se 
extrañaba. Tal vez haya adoptado un nombre ruso, pero él sabe 
perfectamente que es italiana. 

—Mi querida Blanche —dijo Leconmere. 

—Le digo que estoy segura. En su habitación tiene una revista abierta 


por la página donde aparece la fotografía de la casa de campo del 
señor Breón. Ella lo sabía antes de venir aquí. Y creo que le dio algo a 
ese pobre italiano para que se pusiera enfermo. 

—Pero, ¿por qué? —exclamó lord Leconmere—. ¿Por qué razón? 

—¿No lo comprende? Es la historia de Tosca que se repite. El quiso 
conquistarla en Italia, pero ella fue fiel a su amante, y acudió a él 
para que le salvara, y él simuló hacerlo, pero en vez de eso le dejó 
morir. Y ahora al fin ha conseguido vengarse. ¿No oyó usted cómo 
susurraba Yo soy Tosca? Y yo vi el rostro de Breón cuando ella lo dijo, 
y entonces... la reconoció. 

En su camerino, Paula Nazorkoff permanecía sentada e inmóvil, 
cubierta por una capa de armiño, cuando llamaron a la puerta. 

—Adelante —dijo la prima donna. 

Entró Elisa sollozando. 

—¡Madame, madame, está muerto! Y... 

—Sigue... 

—Madame, ¿cómo decírselo? Hay dos caballeros que son de la policía 
y quieren hablar con usted. 

Paula Nazorkoff se puso en pie irguiéndose en toda su estatura. 

—Yo iré a verles —dijo tranquila. 

Y quitándose el collar de perlas que rodeaba su cuello, lo puso en 
manos de la muchacha. 

—Esto es para ti, Elisa, has sido una buena chica. No voy a 
necesitarlas a donde me llevan ahora. ¿Comprendes, Elisa? No 
volveré a cantar Tosca. 

Se detuvo un momento junto a la puerta, mientras sus ojos recorrían 
el camerino, como si recordara sus treinta años de carrera artística. 

Luego entre dientes, y sin alzar la voz, pronunció la última frase de 
otra ópera: 



La comedia e finita! 

¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO? -- Agatha Christie






Agatha Christie


¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO?



—Y sobre todo evite las preocupaciones y la excitación —dijo el doctor Meynell con el aire profesional que emplean los médicos.
La señora Harter, como ocurre a menudo con las personas que escuchan inútiles palabras de consuelo, parecía más indecisa que aliviada.
—Existe ciertamente una lesión cardíaca —continuó el doctor—, pero nada que deba alarmarla. Puedo asegurárselo. De todas maneras —agregó—, sería conveniente que instalaran un ascensor. ¿Eh? ¿Qué le parece?
La señora Harter le miró preocupada.
El doctor Meynell, por el contrario, parecía muy satisfecho de sí mismo. Le gustaba atender a los pacientes ricos más que a los pobres, porque así podía ejercitar su activa imaginación al recetar remedios a sus dolencias.
—Sí; un ascensor —repitió el doctor Meynell, tratando de buscar algo más ostentoso incluso si cabe—. Luego hemos de evitar todo esfuerzo innecesario. Hay que practicar ejercicio diariamente siempre que haga buen tiempo, pero por terreno llano, nada de subir a las colinas. Y, sobre todo, distraerse y no pensar continuamente en su salud.
Con el sobrino de la anciana, Carlos Ridgeway, el doctor fue algo más explícito.
—Quisiera que lo entendiese usted bien —le dijo—. Su tía puede vivir años... y, probablemente, los vivirá. Pero al mismo tiempo un sobresalto o un esfuerzo excesivo pueden acabar con ella, ¡así! —chasqueó los dedos—. Debe llevar una vida tranquila. Nada de esfuerzos. Nada de fatigarse. Pero, desde luego, tampoco hay que dejar que se aburra. Hay que hacer que esté siempre alegre y distraída.
—Hay que distraerla —repuso Carlos Ridgeway, pensativo.
Carlos era un joven reflexivo a quien agradaba seguir sus inclinaciones siempre que fuera posible.
Aquella noche sugirió la conveniencia de instalar un aparato de radio.
La señora Harter, que ya estaba seriamente preocupada por lo del ascensor, se mostró reacia y contrariada, mas Carlos supo persuadirla.
—No me gustan esos modernismos —se lamentó la anciana—. Las ondas, ya sabes, las ondas eléctricas... podrían afectarme.
Carlos, con aire de superioridad, le hizo ver la futilidad de su idea.
Y la señora Harter, cuyo conocimiento sobre el tema era muy ambiguo, pero que sabía defender sus opiniones, permaneció en sus trece.
—Toda esa electricidad —murmuró con temor—, tú puedes decir lo que quieras, Carlos, pero a algunas personas les afecta la electricidad. Siempre que va a haber tormenta me duele la cabeza. Tú lo sabes. —Y asintió con aire triunfante.
Carlos era un joven paciente y también tenaz.
—Mi querida tía Mary —le dijo—, déjame que te lo explique.
Era casi una autoridad en la materia, y le dio toda una conferencia, hablándole entusiasmado de los tubos emisores, de la alta y baja frecuencia, de amplificadores y condensadores.
La señora Harter, sumergida en aquel mar de palabras que no comprendía, se sometió.
—Claro que si tú crees... realmente... —murmuró.
—Mi querida tía Mary —replicó Carlos entusiasmado—, es lo que tú necesitas para dejar de pensar en todo esto.
El ascensor recetado por el doctor Maynell instalóse poco después, y fue casi la muerte para la señora Harter, ya que como otras ancianas sentía una profunda aversión a tener a hombres extraños en la casa. Sospechaba que intentarían apoderarse de su plata antigua.
Después del ascensor, llegó el aparato de radio, y la señora Harter pudo contemplar el para ella repelente objeto..., una caja grande de feo aspecto con varios mandos.
Carlos necesitó todo su entusiasmo para reconciliarla con él, mas el muchacho se encontraba en su elemento haciendo girar los botones mientras discurseaba elocuentemente.
La señora Harter, sentada en su butaca de alto respaldo, paciente y cortés, seguía convencida de que aquellos nuevos inventos no eran más que molestias disimuladas.
—Escucha, tía Mary, ahora oímos Berlín. ¿No es estupendo? ¿Oyes cómo habla el locutor?
—No oigo más que zumbidos y ruidos —replicó la señora Harter.
—Bruselas —anunció con entusiasmo.
—¿De veras? —dijo la señora Harter con muy poco interés.
Carlos continuó girando el dial y de pronto una especie de aullido encontró eco en la habitación.
—Ahora parece que estemos en la Casa del Perro —dijo la señora Harter, que era una anciana de buen humor.
—¡Ja, ja, ja! —rió Carlos—. Siempre estás de broma, tía Mary. ¡Ha estado muy buena!
La señora Harter no pudo evitar el sonreírle. Quería mucho a Carlos. Durante algunos años había vivido con ella su sobrina, Miriam Harter. Tenía intención de convertirla en su heredera, pero Miriam no fue precisamente un éxito. Era impaciente y le molestaba la compañía de su tía. Siempre estaba fuera «callejeando», como decía la señora Harter. Al final se había hecho novia de un joven al que su tía desaprobaba del todo, y Miriam fue devuelta a su madre con el joven en cuestión y la señora Harter le enviaba por Navidad una caja de pañuelos o un centro para la mesa. Nada más.
Habiendo sufrido tal decepción con su sobrina, la señora Harter dedicó su atención a los sobrinos, y Carlos fue un éxito rotundo desde el principio. Siempre se mostraba amable y deferente con su tía, escuchando con apariencia de gran interés los relatos de su pasada juventud. En esto era muy distinto de Miriam, que siempre demostró su desagrado. Carlos nunca se disgustaba..., siempre estaba de buen humor... y contento, y decía a su tía constantemente que era una anciana perfecta y encantadora.
Altamente satisfecha de su nueva adquisición, la señora Harter había escrito a su abogado dándole instrucciones para que redactara un nuevo testamento. Una vez éste se lo hubo enviado para que lo aprobara, lo firmó satisfecha.
Y ahora, incluso en el asunto de la radio, Carlos no tardó en demostrar que había ganado nuevos laureles.
La señora Harter, al principio tan contraria a la radio, se fue haciendo tolerante y luego una entusiasta aficionada. Disfrutaba mucho más cuando Carlos estaba fuera. Lo malo de Carlos era que no podía dejar tranquilo el aparato, y cuando él no estaba, podía sentarse cómodamente en su butaca y escuchar un concierto sinfónico, o una conferencia sobre Lucrecia Borgia, feliz y en paz con todo el mundo. Pero Carlos, no. y la armonía veíase interrumpida con chirridos discordantes mientras él con gran entusiasmo trataba de encontrar emisoras extranjeras. Pero aquellas noches en que Carlos cenaba con sus amigos, la señora Harter disfrutaba mucho con la radio escuchando los programas de noche desde su butaca.
Fue cosa de unos tres meses después de que instalaran el aparato cuando tuvo el primer susto. Carlos había ido a jugar una partida de bridge.
El programa de aquella noche era un concierto. Una soprano muy conocida estaba cantando Annie Laurie, y en mitad de la canción ocurrió algo muy extraño. Hubo una interrupción, la música cesó, continuando los zumbidos y los ruidos intermitentes, que luego también cesaron. Se hizo el silencio y al fin se oyó un nuevo zumbido.
La señora Harter tuvo la impresión de que el aparato había captado un punto muy lejano y luego se oyó claramente la voz de un hombre con ligero acento irlandés.
«Mary... ¿Me oyes, Mary? Te habla Patrick... pronto voy a ir a buscarte. Estarás preparada. ¿No es verdad, Mary?»
Y luego, casi inmediatamente, volvieron a oírse las notas de Annie Laurie.
La señora Harter permaneció rígida en su sillón con las manos crispadas sobre los brazos del mismo. ¿Había estado soñando? ¡Patrick! ¡La voz de Patrick! La voz de Patrick, en aquella misma habitación, habiéndole... No, debía haber sido un sueño, tal vez una alucinación. Debió quedarse dormida unos minutos. Era curioso lo que había soñado... que la voz de su esposo le hablaba a través del éter. Se asustó un poco. ¿Qué era lo que le había dicho?
«Pronto voy a buscarte. Estarás preparada, ¿no es cierto, Mary?»
¿Sería un aviso? Insuficiencia cardíaca. Su corazón..., después de todo, había vivido muchos años.
«Es un aviso..., eso es —díjose la señora Harter, levantándose trabajosamente de su butaca, y agregó con su aire característico—: ¡ Y todo ese dinero desperdiciado en el ascensor!
Nada dijo de su experiencia, mas por espacio de unos días estuvo pensativa y un tanto preocupada.
Y luego se repitió por segunda vez. También se encontraba sola en la habitación, escuchando una selección orquestal que radiaba una emisora. La música cesó con la misma brusquedad que la primera vez, y también se hizo el silencio; luego percibió la sensación de lejanía, y por fin la voz de Patrick..., no como la que tuviera en vida..., sino una voz dilatada, lejana, como procedente de otro mundo.
«Patrick te habla, Mary. Iré a buscarte pronto...»
Luego oyó un zumbido y la música volvió a llenar la habitación.
La señora Harter miró el reloj. No, esta vez no se había dormido. Había escuchado la voz de Patrick despierta y en plena posesión de sus facultades. Y no era alucinación, estaba segura.
Y confundida trató de pensar en todo lo que Carlos le explicara sobre sus teorías de las ondas y del éter.
¿Sería posible que Patrick le hubiera hablado realmente? ¿Y que su voz resultara distinta debido a la distancia? Habían longitudes de ondas perdidas o algo por el estilo. Recordaba la conferencia de Carlos. Quizá las ondas perdidas explicaran aquel fenómeno psíquico. No, no era del todo imposible. Patrick le había hablado, utilizando la ciencia moderna, para prevenirla de lo que no iba a tardar en llegar.
La señora Harter hizo sonar el timbre para llamar a su doncella, Isabel.
Isabel era una mujer alta y delgada, de unos sesenta años, que bajo su exterior adusto ocultaba una fuente de afecto y ternura hacia su ama.
—Isabel —dijo la señora Harter cuando hubo aparecido su fiel servidora—, ¿recuerdas lo que te dije? El primer cajón de la izquierda de mi escritorio. Está cerrado... con la llave grande que tiene la etiqueta blanca. Está todo preparado.
—¿Preparado, señora?
—Para mi entierro —gruñó la señora Harter—. Sabes perfectamente bien lo que quiero decir, Isabel. Tú misma me ayudaste a guardarlo todo allí.
Isabel empezó a hacer pucheros.
—¡Oh, señora! —sollozó—, no diga esas cosas. Yo creí que estaba mucho mejor.
—Todos tenemos que morirnos un día u otro —dijo la señora Harter con aire práctico—. Ya paso de los setenta, Isabel. Vamos, vamos, no te pongas así. Si has de llorar, vete a hacerlo a cualquier otro sitio.
Isabel se retiró todavía sollozando.
La señora Harter la miraba marchar con afecto.
—Es una pobre tonta, pero fiel —se dijo—, muy fiel. Veamos, ¿son cien libras, o sólo cincuenta las que le dejo en mi testamento? Tendrían que ser cien.
Aquello preocupó a la anciana, que a la mañana siguiente escribió a su abogado rogándole que le enviara su testamento para revisarlo. Y aquel mismo día Carlos la sobresaltó, por lo que dijo durante la comida.
—A propósito, tía Mary, ¿quién es ese extraño personaje del salón de estar? Me refiero a ese cuadro que hay sobre la chimenea. El del sombrero de copa y las patillas...
La señora Harter le miró severamente.
—Ése es tu tío Patrick, cuando era joven —le dijo.
—Oh, perdona, tía Mary, lo siento. No era mi intención parecerte grosero.
La señora Harter aceptó su disculpa con una digna inclinación de cabeza.
Carlos continuó indeciso:
—Sólo me preguntaba... ¿Sabes?
Se detuvo y la señora Harter le preguntó intrigada:
—Bueno, ¿qué es lo que ibas a decir?
—Nada —se apresuró a responder Carlos-—. Quiero decir nada que tenga sentido.
De momento la anciana no dijo más, pero a última hora del día, cuando quedaron solos, volvió sobre el mismo tema.
—Carlos, quisiera que me dijeras qué es lo que te hizo preguntar por el retrato de tu tío.
—Ya te lo dije, tía Mary. No fue más que una estúpida imaginación mía... completamente absurda.
—Carlos —dijo la señora Harter en su tono más autoritario—, insisto en saberlo.
—Bueno, querida tía, si de verdad quieres saberlo, creí verle... me refiero al hombre del cuadro... asomado a la ventana del extremo... anoche cuando caminaba por la avenida. Supongo que debió ser un efecto de luz. Me pregunté quién diablos podía ser... aquella cara tan... victoriana... ya sabes a qué me refiero. Y luego Isabel me dijo que no había ningún extraño ni ninguna visita en casa, y más tarde fui al saloncito, y allí estaba el retrato sobre la chimenea. ¡El hombre que yo había visto! Supongo que la explicación es bien sencilla. Un truco del subconsciente. Debí fijarme en el retrato antes sin darme cuenta, y luego creí verle en la ventana.
—¿En la del extremo? —preguntó la señora Harter.
—Sí, ¿por qué?
—Por nada —replicó la señora Harter.
Pero de todas formas estaba asustada. Aquella habitación había sido el despacho de su marido.
Aquella misma noche, estando Carlos también ausente, la señora Harter se dispuso a escuchar la radio con febril impaciencia. Si por tercera vez oía la voz misteriosa quedaría demostrado sin lugar a dudas que realmente estaba en comunicación con el otro mundo.
Aunque el corazón le latía muy de prisa, no se sorprendió al oír de nuevo la interrupción y tras el intervalo de silencio acostumbrado, la lejana voz de acento irlandés le habló una vez más.
«Mary... ahora ya estás preparada... El viernes iré a buscarte..., el viernes a las nueve y media... No tengas miedo..., no sufrirás... Estáte preparada...»
Y luego, casi interrumpiendo la última palabra, volvió a sonar la música de la orquesta potente y discordante.
La señora Harter permaneció inmóvil unos minutos, se había puesto muy pálida y tenía los labios azulados.
Al fin se puso en pie para dirigirse a su escritorio, y con mano temblorosa escribió las siguientes líneas:
Esta noche, a las nueve y cuarto, he oído claramente la voz de mi difunto esposo. Me anunció que vendría a buscarme el viernes a las nueve y media de la noche. Si muriera en ese día y a esa hora quisiera que esto se supiese para probar sin lugar a dudas que existe la posibilidad de comunicar con el mundo de los espíritus...
Mary Harter.
La anciana volvió a leer lo escrito, y luego de meterlo en un sobre, puso unas palabras en éste. Luego hizo sonar el timbre e Isabel acudió rápidamente. La señora Harter, levantándose del escritorio, entregó a su doncella la nota que acababa de escribir.
—Isabel —le dijo—, si yo muriera el viernes por la noche, entrega esta nota al doctor Meynell. No... —viendo que Isabel iba a protestar, agregó—: no me discutas. Muchas veces me has dicho que crees en los presentimientos. Pues bien, ahora yo tengo éste. Nada más. En mi testamento te he dejado cincuenta libras, pero quisiera que recibieras cien. Si no puedo ir yo misma al Banco, antes de morir, el señorito Carlos se encargará de arreglarlo.
Y como en la otra ocasión, la señora Harter cortó las lágrimas de Isabel. Y la anciana señora habló de esto con su sobrino a la mañana siguiente.
—Recuerda, Carlos, que si me ocurriera algo, Isabel tiene que recibir otras cincuenta libras.
—Estás muy pesimista estos días, tía Mary —le dijo Carlos en tono jovial—. ¿Qué es lo que puede ocurrirte? Según el doctor Meynell, celebraremos tus cien años dentro de veintitantos.
La señora Harter le sonrió afectuosamente, pero nada contestó. Al cabo de unos instantes le dijo:
—¿Qué piensas hacer el viernes por la noche, Carlos?
Carlos pareció un tanto sorprendido.
—A decir verdad, los Edwing me han invitado a jugar al bridge, pero si tú prefieres que me quede en casa...
—No —replicó la anciana con determinación—. Desde luego que no. De verdad, Carlos. Esta noche precisamente prefiero estar sola.
El joven la miró con extrañeza, pero la señora Harter no quiso darle más información. Era una anciana valerosa y resuelta y creía su deber afrontar aquella rara experiencia sin ayuda de nadie.
El viernes por la noche la casa estaba muy silenciosa y la señora Harter, sentada como de costumbre en su butaca de alto respaldo junto a la chimenea. Todo estaba preparado. Aquella mañana había ido al Banco para retirar cincuenta libras en billetes que entregó a Isabel a pesar de las protestas y lágrimas de la pobre mujer. Ordenó y clasificó todas sus pertenencias personales y puso etiquetas en algunas de sus joyas con los nombres de amigos y familiares. Había escrito también una lista de instrucciones para Carlos. El juego de té de Worcester sería para la prima Emma, el jarrón de Sévres para el joven Guillermo, etcétera.
Miró el sobre alargado que tenía en la mano y extrajo de su interior un documento doblado varias veces, Era su testamento, que había sido enviado por el señor Hopkinson según sus instrucciones. Ya lo había leído con sumo cuidado, mas ahora lo repasó una vez más para refrescar su memoria. Era un documento breve y conciso. Un legado de cincuenta libras a Isabel Marshall en consideración a sus fieles servicios; dos de quinientas para su hermano, y un primo hermano, y el resto para su querido sobrino Carlos Ridgeway.
La señora Harter inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento. Carlos sería un hombre muy rico cuando ella muriera. Bueno, había sido siempre cariñoso con ella... amable... y alegre... sin dejar nunca de complacerla.
Miró el reloj. Faltaban tres minutos para la media. Bueno, estaba preparada. Y tranquila... muy tranquila. Aunque se repitió esta última palabra varias veces, su corazón latía desacompasadamente. Apenas se daba cuenta, pero estaba a punto de sobrepasar el límite de sus nervios.
Las nueve y media. La radio estaba conectada.
¿Qué es lo que oiría? ¿Una voz familiar dando el parte meteorológico, o aquella lejana, perteneciente a un hombre que había muerto veinticinco años atrás?
Pero no oyó ninguna de las dos. En vez de eso llegó hasta ella un sonido familiar que conocía muy bien, pero que aquella noche fue como si le pusieran una mano de hielo sobre el corazón... Una llamada en la puerta principal.
Volvió a repetirse, y luego una ráfaga helada pareció cruzar la habitación. La señora Harter no tenía la menor duda de cuáles eran sus sensaciones. Tenía miedo. Más que miedo... estaba aterrorizada...
Y de pronto tuvo este presentimiento:
«Veinticinco años son muchos. Ahora Patrick será un desconocido para mí.»
¡Y el terror la fue invadiendo!
Se oyeron pasos ante la puerta... y luego ésta se abrió silenciosamente.
La señora Harter se puso en pie tambaleándose ligeramente y sin apartar los ojos de la puerta. Algo resbaló de sus manos y cayó en el hogar.
Quiso lanzar un grito que se ahogó en su garganta. En la escasa luz de la entrada había aparecido una figura familiar con barba, patillas y un abrigo anticuado.
¡Patrick había ido a buscarla!
El corazón le dio un vuelco terrible y quedó inmóvil para siempre, mientras caía al suelo hecha un ovillo.
Y allí la encontró Isabel una hora más tarde.
Llamaron inmediatamente al doctor Maynell y Carlos Ridgeway regresó a toda prisa de su partida de bridge, pero nada pudo hacerse. La señora Harter estaba ya lejos de toda ayuda humana.
Isabel no recordó hasta dos días más tarde que no había entregado la nota que le diera su ama. El doctor Meynell la leyó con gran interés y luego se la enseñó a Carlos Ridgeway.
—Una coincidencia curiosa —dijo—. Parece que su tía había tenido ciertas alucinaciones creyendo oír la voz de su esposo. Debió sugestionarse hasta el punto en que la excitación le resultó fatal, y cuando llegó la hora, le sobrevino un colapso.
—¿Autosugestión —preguntó Carlos.
—Algo por el estilo. Le comunicaré el resultado de la autopsia lo más pronto posible, aunque no tengo la menor duda. Dadas las circunstancias es necesario practicar la autopsia, pero sólo por pura fórmula.
Carlos asintió comprensivamente.
La noche anterior, cuando todos dormían, había quitado cierto alambre que iba desde la parte posterior del aparato de radio a su dormitorio del piso superior. Y también, como la noche había sido fresca, pidió a Isabel que encendiera la chimenea de su habitación, y allí quemó una barba y unas patillas postizas; y ciertas ropas de la época victoriana y que pertenecieron a su difunto tío fueron guardadas de nuevo en el arcón con olor a alcanfor, que había en el ático.
Se encontraba completamente  a  cubierto. Su plan, que formó a partir del momento en que el doctor Meynell le dijo que su tía aún podría vivir muchos años teniendo el debido cuidado, había sido un éxito admirable. Un colapso repentino, había dicho el doctor Meynell. Y Carlos, aquel joven afectuoso, preferido por las ancianas, sonrió para sus adentros.
Cuando el médico se hubo marchado, Carlos fue realizando mecánicamente sus deberes. Había que disponer el entierro... avisar a los parientes que vivían lejos... proporcionarles el horario de trenes. Algunos tendrían que pernoctar allí... Y Carlos fue haciéndolo todo con eficacia y método, mientras se entregaba a sus propias meditaciones.
¡Qué mala racha en sus negocios! Eso era lo malo. Nadie, ni siquiera su difunta tía, había llegado a conocer la difícil situación de Carlos. Sus actividades, que ocultó celosamente a todo el mundo, le habían conducido hasta el borde del presidio.
No le esperaba otra cosa que el descrédito y la ruina si en unos pocos meses no tenía una fuerte cantidad de dinero. Bueno... ahora todo iría bien. Carlos sonrió satisfecho. Gracias a... sí, podía llamarla broma..., gracias a su broma, no hubo nada criminal en ella..., estaba salvado. Ahora era un hombre muy rico. No tenía la menor preocupación a este respecto, ya que la señora Harter no ocultó nunca sus intenciones.
Isabel vino a sacarle de sus pensamientos anunciándole que el señor Hopkinson estaba allí y deseaba verle.
Qué oportuno, pensó Carlos, y conteniendo su impulso de ponerse a silbar, procuró que su rostro adoptara una expresión grave y bajó a la biblioteca. Una vez allí se dispuso a saludar al anciano que por espacio de un cuarto de siglo había sido el consejero legal de la difunta señora Harter.
El abogado tomó asiento tras la invitación de Carlos, y carraspeando ligeramente pasó a tratar de negocios.
—No entiendo del todo la carta que me ha enviado usted, señor Ridgeway. Parece dar por hecho que el testamento de la señora Harter, que en paz descanse, obra en nuestro poder.
Carlos le miró extrañado.
—Pues claro... se lo oí decir a mi tía.
—¡Oh! Claro, claro. Es que, efectivamente, lo teníamos nosotros.
—¿Que lo tenían?
—Eso es lo que he dicho. La señora Harter nos escribió el martes pasado diciéndonos que se lo enviáramos.
Carlos sintió una vaga inquietud y al mismo tiempo el presentimiento de algo desagradable.
—Sin duda aparecerá entre sus papeles —continuó el abogado con acento tranquilizador.
Carlos nada dijo. No se atrevía a confiar en su lengua. Él ya había revisado todos los papeles de la señora Harter a conciencia y estaba seguro de que el testamento no se encontraba entre ellos. Y así lo dijo al cabo de unos instantes cuando se hubo recobrado lo suficiente. Su voz le sonaba extraña y sentía la sensación de que arrojaban agua fría por su espalda.
—¿Ha tocado alguien sus cosas? —preguntó el abogado.
Carlos contestó que Isabel, la doncella, y el señor Hopkinson pidió que la mandaran llamar. Acudió prontamente muy grave y erguida, dispuesta a contestar a todas las preguntas que le hicieran.
Había revisado todos los vestidos de su ama y efectos personales y estaba segura de que entre ellos no vio ningún documento legal semejante a un testamento. Sabía bien lo que era un testamento... su pobre ama lo tenía en la mano la misma mañana de su muerte.
—¿Está segura? —le preguntó el abogado.
—Sí, señor. Ella me lo dijo. Y me obligó a aceptar cincuenta libras en billetes. El testamento estaba dentro de un sobre azul alargado.
—Es cierto —replicó el señor Hopkinson.
—Ahora que lo pienso —continuó Isabel—, ese mismo sobre estaba esta mañana sobre la mesa... pero vacío. Lo dejé en el escritorio.
—Recuerdo haberlo visto allí —dijo Carlos.
Y levantándose fue hasta el escritorio, volviendo a los pocos minutos con un sobre en la mano, que entregó al abogado. Éste lo examinó asintiendo con la cabeza.
—En este sobre introduje el testamento el martes pasado.
Los dos hombres miraron fijamente a Isabel.
—¿Desean alguna cosa más? —preguntó respetuosamente.
—De momento, no, gracias.
Isabel fue hacia la puerta.
—Un momento —dijo el abogado—. ¿Estaba encendida la chimenea aquella noche?
—Sí, señor, siempre estaba encendida.
—Gracias, eso es todo.
Isabel salió de la habitación, y Carlos inclinóse hacia delante, apoyando su mano temblorosa en la mesa.
—¿Qué es lo que piensa? ¿A dónde quiere ir a parar?
El señor Hopkinson meneó la cabeza.
—Debemos esperar que todavía aparezca. De lo contrario...
—Bueno, ¿y si no aparece?
—Me temo que sólo habrá una conclusión posible. Que su tía pidió que se lo enviásemos para destruirlo, y no queriendo que Isabel perdiera por ello, le dio la parte que le dejaba en herencia, en efectivo.
—Pero, ¿por qué? —exclamó Carlos—. ¿Por qué?
El señor Hopkinson dejó oír una tosecilla seca.
—¿No tendría usted alguna... una... discusión con su tía, señor Ridgeway? —murmuró.
Carlos contuvo el aliento.
—Desde luego que no —exclamó con calor—. Estuvimos siempre en las mejores relaciones hasta el final.
—¡Ah! —dijo el abogado sin mirarle.
Carlos vio con sobresalto que no le creía. ¿Quién sabía lo que pudo haber llegado hasta los oídos del señor Hopkinson? Es posible que estuviera enterado de los rumores que circulaban acerca de las hazañas de Carlos. Y nada más natural que suponer que esos mismos rumores habían llegado a oídos de la señora Harter, y que tía y sobrino habrían tenido un altercado por tal motivo...
¡Pero no era así! Carlos conoció uno de los momentos más amargos de su carrera. Sus mentiras fueron creídas y ahora que decía la verdad no querían creerle. ¡Qué ironía!
¡Claro que su tía no había quemado el testamento! Por supuesto que...
Sus pensamientos sufrieron un brusco sobresalto. ¿Qué imagen se presentaba ante sus ojos? Una anciana llevándose la mano al corazón... mientras algo... un papel... caía sobre las brasas rojas...
Carlos se puso lívido y oyó una voz ronca... la suya... que preguntaba:
—¿Y si por alguna causa ese testamento no llegara a encontrarse nunca?
—Existe un testamento de la señora Harter anterior, fechado en septiembre de mil novecientos veinte, y en él deja todos sus bienes a su sobrina, Miriam Harter, ahora Miriam Robinson.
¿Qué es lo que estaba diciendo aquel loco? ¿Miriam? Miriam, con aquel marido indescriptible y sus cuatro hijos tan revoltosos. ¡Toda su astucia, para Miriam!
El teléfono sonó junto a su brazo y al cogerlo oyó la voz del médico, cálida y amable.
—¿Es usted, Ridgeway? Pensé que le agradaría saberlo. Hemos concluido la autopsia. La causa de la muerte fue lo que yo supuse, pero a decir verdad la afección cardíaca era mucho más seria de lo que yo sospechaba cuando su tía vivía. Con todos los cuidados del mundo no hubiera vivido más de dos meses a lo sumo. Creí que le agradaría saberlo. Esto tal vez le sirva de consuelo en cierto modo.
—Perdone —dijo Carlos—, ¿le importaría repetirlo?
—No hubiera vivido más de dos meses —dijo el doctor en tono más alto—. Ya sabe, querido amigo, que las cosas suceden siempre para bien...
Pero Carlos cortó la comunicación, y percibió la voz del abogado como si le llegara de muy lejos.
¡Malditos todos! El abogado de cara relamida, y aquel venenoso estúpido de Meynell. Ya no le quedaba otra esperanza... que la cárcel.
Comprendió que alguien había estado jugando con él... jugando como el gato con el ratón y que ahora se estaría riendo...

FIN

domingo, 3 de octubre de 2010

EL ROBO DE LOS 39 CINTURONES





EL ROBO DE LOS 39 CINTURONES
CLARK ASHTON SMITH

Quede dicho, a título de introducción para este relato, que nunca he robado a ningún hombre que no fuera a su vez un ladrón a costa de otros hombres. A lo largo de mi carrera, un tanto larga y penosa, yo, Satampra Zeiros, de Uzuldaroum, conocido en ocasiones como el maestro de los ladrones, he servido en más de una ocasión de mero agente en la redistribución de riquezas. La aventura que estoy a punto de relatar no constituye una excepción, si bien el resultado fue que mis beneficios pecuniarios fueron verdaderamente escasos, por no decir ridículos.
Actualmente los años me pesan, y mientras disfruto de la holgura conquistada con tanto esfuerzo, degusto vinos añejos. Mientras sorbo los caldos, vuelven a mí los recuerdos de botines espléndidos y empresas de renombrado valor. Veo brillar ante mí los sacos llenos de djals o pazoors, retirados hábilmente de los cofres de los mercaderes y de los prestamistas. Sueño con los rubíes, más rojos que la misma sangre cuyo derramamiento ellos mismos causaron; con los zafiros de un azul más intenso que el hielo de los glaciares, y con esmeraldas cuyo verde rivaliza con la jungla en su plenitud primaveral. Recuerdo la escalada de balconadas, terrazas y torres vigiladas por monstruos, y el saqueo de los altares bajo la mirada de ídolos malignos o serpientes centinelas.
Con harta frecuencia recuerdo a Vixeela, mi verdadero y único amor, así como la más hábil y audaz de las compañeras de robos. Hace mucho tiempo que consiguió el destino que aguarda a todos los buenos ladrones y camaradas, y durante todos estos años la he llorado sinceramente. Pero todavía recuerdo con ternura nuestras noches de pasión y aventuras, así como las numerosas hazañas que realizamos juntos. Sin duda alguna, la más singular y atrevida de las mencionadas hazañas fue la del robo de los treinta y nueve cinturones.
Se trataba de los cinturones de castidad, de oro y pedrería, utilizados por las vírgenes consagradas al dios luna Leniqua, cuyo templo se alzaba desde tiempos inmemoriales en los suburbios de Uzuldaroum, capital de Hyperbórea. El número de vírgenes siempre era de treinta y nueve, y eran escogidas por su juventud y belleza, retirándose del servicio a la edad de treinta y un años.
Los cinturones tenían unas cerraduras de durísimo bronce, y las llaves quedaban al cuidado del sumo sacerdote, quien algunas noches las alquilaba a precios elevados a los ricos donjuanes de la ciudad. Como puede comprobarse, la virginidad de las sacerdotisas quedaba en un plano nominal, y aunque parezca extraño, su venta frecuente y repetida era considerada como un acto meritorio de sacrificio para con el dios.
La propia Vixeela fue durante su primera juventud una de las vírgenes escogidas, pero huyó del templo y de Uzuldaroum varios años antes de que la edad reglamentaria la liberase de sus tareas sacerdotales. Raras veces me hablaba de su vida vestal, y yo deduje que su estancia en el templo no había sido agradable, especialmente a causa de la prostitución religiosa a la que estaba obligada. Después de su huida había atravesado por no pocas dificultades en las ciudades del sur. Pero tampoco me habló mucho de esta etapa de su vida, como si tuviera miedo de recordar vivencias dolorosas.
Regresó a Uzuldaroum varios meses antes de nuestro primer encuentro. Con unos cuantos años más, y después de teñirse el pelo rubio cobre de negro intenso, no creyó ser reconocida por los sacerdotes de Leniqua. Según su costumbre, éstos habían reemplazado a la vestal fugitiva por otra más joven, y naturalmente carecían de interés para con la otra.
Cuando nos conocimos, Vixeela ya tenía en su haber una serie de hurtos. Pero como le faltaba experiencia en este terreno, fracasaba siempre, excepto en las fechorías más simples y menos lucrativas; como consecuencia, el hambre la había dejado bastante delgada. A pesar de todo seguía siendo muy atractiva, y pronto me conquistó con su agudeza de ingenio así como su rapidez para captar cualquier cosa. Era pequeña y ágil, y podía trepar como un lemur. Su ayuda pronto me fue imprescindible, ya que le resultaba facilísimo penetrar por cualquier ventana o rendija, inasequibles para mí a causa de mi tamaño.
Habíamos realizado varios robos bastante lucrativos, cuando se me ocurrió la idea de penetrar en el templo de Leniqua y llevarnos los valiosos cinturones. A primera vista las dificultades y problemas que debíamos superar y solucionar eran poco menos que fantásticos. Pero ese tipo de obstáculos siempre ha acuciado mi intelecto y nunca me ha preocupado.
En primer lugar, nos enfrentábamos con el problema de poder entrar sin ser detectados y asaltados por los sacerdotes armados con hoces que custodiaban el santuario de Leniqua, con una vigilancia constante e incorruptible. Por fortuna, durante su servicio en el templo, Vixeela se había enterado de la existencia de una entrada subterránea, fuera de uso desde hacía tiempo, pero que según creía todavía era practicable. A dicha entrada se llegaba a través de un túnel que constituía la prolongación de una caverna natural situada en algún lugar del bosque, detrás de Uzuldaroum. En épocas anteriores la habían utilizado casi todos los visitantes de las vírgenes; pero ahora entraban sin ocultarse por las puertas principales del templo o por portillos más disimulados, actitud que podía interpretarse como la mayor intensidad del sentimiento religioso, o el desuso de la modestia.
Vixeela nunca había visto la caverna, pero conocía su localización aproximada. La entrada interior del templo sólo estaba cerrada por una losa de piedra, fácilmente movible desde arriba o desde abajo, y que además se hallaba detrás de la imagen de Leniqua en el interior de la gran nave.
En segundo término, era vital escoger un momento adecuado, cuando las vestales se hubieran despojado de los cinturones y éstos se encontrasen guardados. Una vez más la ayuda de Vixeela fue imprescindible, dado que conocía cuáles eran las noches en que había mayor demanda de llaves alquiladas. Dichas noches eran conocidas como noches de sacrificio, mayor o menor, ya que el sacrificio principal se realizaba en noches de plenilunio. En estas noches todas las mujeres prestaban sus servicios en repetidas ocasiones.
Pero existía un problema de difícil solución: en las noches de plenilunio el santuario estaba literalmente repleto de gente —las vírgenes, los sacerdotes y los clientes—, siendo prácticamente imposible salir con los cinturones en presencia de tanta gente. Confieso que este detalle me preocupaba.
En pocas palabras: teníamos que encontrar alguna manera de evacuar el templo, o de dejar inconscientes a sus ocupantes, o inhabilitados, durante el tiempo necesario para llevar a cabo nuestras operaciones.
Pensé en un determinado soporífero, de fácil y rápida vaporización, utilizado anteriormente por mí en numerosas ocasiones cuando deseaba dormir a los habitantes de una casa. Desgraciadamente, el alcance de la droga era limitado y no penetraría en todas las cámaras y alcobas de un edificio tan grande como el templo. Por otro lado, sería necesario aguardar media hora para entrar, dejando todas las puertas y ventanas abiertas, hasta que se disipasen los vapores, de lo contrario los ladrones caerían bajo los efectos de la droga al lado de sus víctimas.
Existía igualmente el polen de una lila salvaje poco frecuente, que si se frotaba contra el rostro de una persona ésta quedaba paralizada temporalmente. Pero también rechacé esta posibilidad por dos razones: el número de personas implicadas era elevado y sería difícil conseguir el polen suficiente.
Por último, decidí consultar al mago y alquimista Veezi Phenquor; dicho personaje me había ayudado en numerosas ocasiones a convertir la plata y oro robados en lingotes y otras formas poco sospechosas, con sus hornos y morteros. Aunque siempre sentí cierto escepticismo en cuanto a sus poderes como mago, no obstante nunca dudé de su gran pericia como farmacólogo y toxicólogo. Dado que siempre disponía de medicamentos extraños y mortales, era posible que pudiera ofrecerme algo que facilitase nuestro proyecto.
Encontramos a Veezi Phenquor escanciando una de sus fórmulas más ruidosas de un hirviente y humeante puchero a pomos de sólida arcilla cocida. Por el olor deduje que debía tratarse de algo muy potente; la transpiración de un gato polar no sería nada en comparación. Tan absorto estaba que no advirtió nuestra presencia hasta que todo el contenido del puchero pasó a los pomos de arcilla, cuyas bocas Phenquor taponó y selló con pez.
—Eso —observó con gran orgullo— es un filtro de amor que inflamaría las pasiones de un niño de pecho o resucitaría los poderes de un nonagenario moribundo. Es que vos...
—No —respondí rotundamente—. No es eso lo que necesitamos. Lo que deseamos por el momento es algo muy distinto —y en pocas palabras le expliqué el esquema del problema, añadiendo—: Si nos puedes ayudar, estoy seguro de que encontrarás en la fundición de los cinturones de oro una tarea sumamente agradable. Como de costumbre, recibirás un tercio de los beneficios.
Veezi Phenquor esbozó una sonrisa entre codiciosa y sarcástica, arrugando su barbudo rostro.
—La oferta se me antoja atractiva desde todos los puntos de vista. Aligeraremos a las vestales de algo incómodo y pesado, y dedicaremos las piedras y el metal precioso a un fin más digno: nuestro lucro personal —y como si acabase de recordarlo, añadió—: Se da la casualidad de que puedo proveeros de un preparado totalmente nuevo, y que os garantizo dejaría vacío el templo en muy poco tiempo.
Dirigiéndose a un rincón lleno de telarañas, tomó de un alto estante un panzudo frasco de vidrio descolorido y lleno de un fino polvillo gris, y lo acercó a la luz.
—Os explicaré ahora —dijo— las propiedades singulares de este polvillo, así como la manera adecuada de usarlo. Constituye un verdadero triunfo de la química, y sus efectos son más devastadores que los de una plaga.
Nos quedamos sobrecogidos por sus palabras, y luego comenzamos a reírnos.
—Esperemos —opiné— que no entre en juego ninguno de tus trucos o encantamientos.
Veezi Phenquor adoptó la expresión de quien se siente muy ofendido, y protestó:
—Os aseguro que aunque los efectos del polvo son extraordinarios, no se salen del ámbito natural.
Después de meditar durante un momento, continuó diciendo:
—Creo que puedo ampliar vuestros planes en ciertos aspectos. Después de robar los cinturones, surgirá el problema de transportar sin ser vistos una mercancía pesada a través de una ciudad que a las pocas horas puede estar enterada del horrible crimen, y pasada con un peine por la policía. Tengo un plan...
Aceptamos sin reservas el ingenioso esquema que nos propusiera Veezi Phenquor. Después de considerar y ultimar todos los detalles, el alquimista nos obsequió con ciertos licores bastante agradables al paladar que cualquiera de sus otros brebajes. Algo más tarde regresamos a nuestros alojamientos, llevando dentro de mi capa el frasco de polvo cuyo pago Veezi Phenquor se había negado a aceptar, dando así muestras de generosidad. Nuestro espíritu estaba pletórico de optimismo y éxito anticipado, así como una generosa ración de vino de palmera destilado.
Discretamente, nos abstuvimos de nuestras actividades acostumbradas durante las noches que precedieron a la primera luna llena. No nos alejamos de nuestras casas, con la esperanza de que la policía, que desde hacía tiempo sospechaba de nosotros como autores de no pocas infracciones, llegase a creer que, o bien habíamos abandonado la ciudad, o bien nos habíamos retirado del latrocinio.
En la noche de luna llena, un poco antes de las doce, Veezi Phenquor llamó discretamente a nuestra puerta, con tres golpes, según lo acordado. Al igual que nosotros, se cubría completamente con una pesada capa de labriego.
—He conseguido el carro de un vendedor de verduras procedente del campo —nos explicó—. Está cargado de productos del campo y tiran de él dos borriquillos. Lo tengo oculto en la arboleda, lo más cerca que he podido de la salida de la cueva del templo de Leniqua, a causa de la vegetación que cubre el camino. Por otro lado, he explorado la propia cueva.
—Nuestro éxito dependerá de la confusión tan absoluta que vamos a crear. Si nadie nos ve entrar o salir por la entrada posterior, es muy posible que nadie recuerde que existe. Los sacerdotes buscarán por otras partes.
—Cuando robemos los cinturones y los damos bajo nuestro cargamento de productos agrarios, esperaremos hasta una hora antes del amanecer para entrar en la ciudad con los demás vendedores de verduras y frutas.
Manteniéndonos lo más alejados posible de lugares públicos, donde la policía se concentraba alrededor de tabernas y lupanares de poca monta, hicimos un rodeo de Uzuldaroum y encontramos un camino hacia el campo, no lejos del templo de Leniqua. A medida que avanzábamos se espesaba la selva y disminuían las casas. Nadie nos vio cuando penetramos por un camino lateral abovedado por palmeras y oculto a la vista por un espeso matorral. Después de muchos vericuetos llegamos hasta el cerro, tan astutamente escondido que sólo pude detectar su presencia cuando sentí el aroma punzante de ciertas raíces comestibles. Los burros estaban muy bien entrenados, ya que no delataban su presencia con sus rebuznos.
Nos arrastramos entre la maleza y las raíces, de tal espesor que impedían el avance de una carreta. Era tal la exuberancia de la vegetación, que no hubiera distinguido la entrada a no ser por Veezi Phenquor, quien parándose se agazapó ante un pequeño montículo para separar una enredadera; al fondo pudimos distinguir la boca negra de la roca por la cual sólo podía entrar un hombre a gatas.
Encendimos las antorchas que habíamos traído y nos arrastramos dentro de la cueva, con Veezi a la cabeza. Por suerte, y a causa de encontrarnos en una estación seca, la cueva no estaba mojada, y nuestras ropas sólo se mancharon de tierra como las de cualquier labriego.
La cueva se estrechaba allí donde se amontonaban los restos del techo hundido. Personalmente, y dado mi tamaño y altura, tuve bastante dificultad al deslizarme por algunos sitios. Llevábamos andando un largo trecho cuando de repente Veezi se paró y se irguió ante una pared de ladrillos lisa, de donde arrancaba una escalera sombría.
Vixeela pasó delante y subió los escalones, mientras yo la seguía. Los dedos de su mano libre se deslizaban por una gran losa de piedra que ocupaba todo el descansillo final. La piedra comenzó a levantarse sin hacer el menor ruido. Vixeela apagó su antorcha y la depositó sobre el escalón superior mientras se hacía más grande el agujero, permitiendo que una luz tenue y fatua penetrase desde la profundidad. Se asomó cautelosamente por encima de la losa, completamente tiesa por el mecanismo oculto, y salió fuera indicándonos que la siguiéramos.
Nos encontramos a la sombra de una gran columna lateral en la parte posterior del templo de Leniqua. No había nadie a la vista, ni sacerdote, ni mujer, ni visitante, pero sí pudimos escuchar un murmullo confuso de voces. La imagen de Leniqua, cuyo reverendo trasero contemplábamos, estaba sentada en un alto estrado en el centro de la nave. Los fuegos del altar, dorados, azules y verdes, llameaban ante la diosa, haciendo que su sombra se retorciese sobre el suelo y contra la pared del fondo como si fuera un gigante interpretando una danza febril de copulación con una pareja invisible.
Vixeela encontró y manipuló el resorte que hizo que la losa de piedra recuperase su aspecto de suelo. Entonces, los tres avanzamos a la vez, manteniéndonos en la sombra de la diosa. La nave estaba aún vacía, pero el ruido se acercaba cada vez más por una de las puertas laterales hasta estallar en alegre griterío y risas histéricas.
—Ahora —murmuró Veezi Phenquor.
Saqué del bolsillo el frasco que nos diera y le quité el tapón de cera con un cuchillo afilado. El corcho, casi podrido por los años, salió sin dificultad. Derramé el contenido del frasco en el escalón inferior de la parte posterior del estrado de Leniqua, hasta formar un arroyo pálido que se retorcía y ondulaba con una vida y brillo desafiantes, a medida que caía sobre la sombra del dios. Cuando se vació el frasco, encendí el montoncito de polvo.
Prendió inmediatamente con una llama alta y límpida. De pronto, el aire se llenó de fantasmas, y una explosión silenciosa estalló sobre nosotros, infestándonos con hedores infernales que nos obligaron a retroceder casi ahogados. No obstante, no daba la sensación de impacto material por parte de las formas repugnantes que parecían derretirse en nosotros, corriendo en todas direcciones, como si cada átomo del polvo crease un fantasma distinto.
Sin perder un instante, cubrimos nuestra nariz con trozos de grueso paño que habíamos traído por indicación de Veezi. Recobramos algo de nuestro aplomo habitual y seguimos adelante. A nuestro alrededor se entrelazaban lascivos cadáveres azules. Híbridos de mujeres y tigres se lanzaban sobre nuestras cabezas. Monstruos de dos cabezas o tres colas, sátiros y vampiros se elevaban hasta el techo, o se derretían para convertirse en otras apariciones de más dudosa identidad. Seres verduzcos, que recordaban la unión de hombres ahogados y pulpos, se enroscaban y arrastraban sobre fango negro por el suelo.
Entonces oímos los gritos de terror proferidos por los habitantes y visitantes del templo, y comenzamos a cruzarnos con hombres y mujeres desnudos que corrían frenéticos por entre el ejército de fantasmas hacia la salida. Los que se encontraron con nosotros cara a cara, retrocedieron como si también fuésemos formas de intolerable horror.
Los hombres desnudos eran jóvenes en su mayoría. Después les seguían comerciantes y profesionales de mediana edad, calvos y barrigudos, algunos con la ropa interior puesta y otros cubiertos apresuradamente con capas que no les tapaban por debajo de las caderas. Mujeres delgadas y gordas se atropellaban gritando por alcanzar las puertas exteriores. Para nuestra satisfacción, comprobamos que ninguna llevaba puesto su cinturón de castidad.
Por último llegaron los sacerdotes, cuyas bocas parecían recuadros de terror, emitiendo agudos chillidos. Todos habían dejado caer sus hoces. Pasaron a nuestro lado sin vernos y corrieron detrás de los demás. La horda de monstruos y espectros surgidos del polvo pronto les empujó fuera del alcance de nuestra vista.
Asegurados de que el templo se hallaba vacío, nos dirigimos al primer pasillo. Las puertas de las distintas habitaciones estaban abiertas. Nos dividimos la tarea, y cada uno entraba en una habitación donde buscamos los abandonados cinturones de oro y piedras preciosas entre las ropas de la cama. Nos encontramos al final del pasillo, donde reunimos nuestro botín en un saco fino pero resistente que yo llevaba bajo mi capa. Aún quedaban algunos fantasmas adquiriendo fusiones a cada cual distintas y más desagradables, dejando caer en su desintegración sus miembros sobre nosotros.
Pronto terminamos nuestra búsqueda por las habitaciones asignadas a las mujeres. Mi saco estaba lleno, y al final del tercer pasillo había contado treinta y ocho cinturones. Faltaba uno, pero la aguda mirada de Vixeela advirtió el destello de una hebilla de esmeralda que salía de debajo de las piernas de un peludo sátiro, sobre un montón de ropas masculinas que se encontraba en una esquina. Recogió el cinturón y nos siguió con él en la mano.
Nos apresuramos a volver a la nave de Leniqua, seguros de que no habría nadie. Pero para nuestro gran desconcierto, el sumo sacerdote, cuyo nombre Vixeela nos dijo era Marquamos, estaba frente al altar golpeando con un largo emblema fálico de bronce, su insignia oficial, a ciertas apariciones que seguían flotando en el aire.
Cuando nos acercamos, Marquamos se abalanzó sobre nosotros profiriendo un grito ronco, e intentó descargar un golpe sobre Vixeela, que la hubiera descerebrado a no ser por un ágil salto de esta última. El sumo sacerdote se tambaleó, perdiendo casi el equilibrio. Antes de que volviese a la carga, Vixeela dejó caer sobre su cabeza tonsurada el pesado cinturón de castidad que llevaba en la mano derecha. Marquamos se derrumbó como un buey bajo el hacha del carnicero y cayó levemente retorcido. Surcos de sangre salían de la hendidura causada en el cráneo por las pesadas piedras. No nos detuvimos a asegurarnos sobre si estaba vivo o muerto.
Salimos del templo sin perder un instante. Después del susto que se habían llevado lo más probable era que no regresasen hasta pasadas varias horas. La piedra movediza recobró su aspecto original detrás nuestro. Recorrimos a toda prisa el largo pasadizo; yo llevaba el saco y Vixeela y Veezi iban delante, para ayudarme con el botín en los lugares más estrechos. Llegamos sin problemas hasta la entrada con enredaderas, parándonos un instante antes de salir al bosque bañado por la luna, para escuchar atentamente los gritos que se iban perdiendo en la lejanía. Al parecer, nadie había pensado en la salida posterior, y probablemente ni siquiera sospecharon que el móvil del robo fuese la causa de la invasión de los terroríficos espectros.
Seguros de no ser vistos, salimos de la cueva y nos dirigimos al carro escondido. Tiramos a los matorrales frutas y verduras para dejar un hueco donde depositar el saco del botín, que recubrimos de nuevo. Entonces, acomodándonos sobre la hierba, nos dispusimos a aguardar la hora antes del amanecer. Al cabo de un rato, comenzamos a oír a nuestro alrededor el deslizar furtivo de las alimañas que estaban devorando las frutas arrojadas a los matorrales.
Si alguno llegó a dormir, lo hizo con un ojo abierto y un oído alerta. Cuando en el horizonte se cruzaron los últimos rayos de la luna y las primeras luces crepusculares, nos levantamos para iniciar la última etapa.
Conduciendo nuestros borriquillos, nos acercamos al camino principal y aguardamos detrás de un seto a que pasase una carreta tempranera. Antes de que aparecieran otros carros salimos del bosque y emprendimos la vuelta a la ciudad.
Durante nuestro regreso por las calles periféricas nos cruzamos con muy pocos transeúntes, que ni siquiera se fijaron en nosotros. Al aproximarnos a la casa de Veezi Phenquor dejamos el carro bajo su custodia y nos detuvimos a ver cómo entraba en el patio sin ser visto ni molestado por nadie. Por un momento pensé que efectivamente estaba bien provisto de verduras y frutas.
Durante dos días no nos alejamos de nuestras viviendas. No nos parecía prudente recordar a la policía nuestra presencia en Uzuldaroum con una aparición en público. Nos quedamos sin comida la tarde del segundo día; decidimos disfrazarnos con nuestros trajes de aldeanos y nos encaminamos a un mercado cercano donde no nos conocían.
Al volver de nuestras compras encontramos una señal de que Veezi Phenquor nos había hecho una visita durante nuestra ausencia, a pesar de que todas las puertas y ventanas habían quedado, y aún lo estaban, completamente cerradas. Sobre la mesa había un pequeño cubo de oro, como pisapapeles de una nota, cuyo texto decía lo siguiente:
"Estimados amigos y compañeros: Después de desmontar las piedras preciosas he fundido todo el oro en lingotes, uno de los cuales os dejo como prueba de mi amistad. Desgraciadamente, me he enterado que la policía me vigila, y por lo tanto abandono Uzuldaroum con toda la rapidez y discreción posibles, llevándome todos los lingotes y piedras en la carreta de borriquillos, bien cubierto el botín con las verduras y frutas conservadas providencialmente, aunque ahora ya están un poco pasadas. Espero realizar un largo viaje, siguiendo una dirección que no puedo precisar; un viaje bien lejos de la jurisdicción de nuestra policía local, pero que espero no sigáis a vuestra vez. Necesitaré el resto del botín para cubrir gastos, etcétera. Buena suerte en vuestras futuras aventuras. Atentamente, Veezi Phenquor".
"POSTDATA: 

También os vigilan a vosotros, y por ello os recomiendo abandonar la ciudad lo antes posible. A pesar de la gran herida que le hiciera el golpe de Vixeela, Marquamos recuperó el conocimiento ayer por la tarde. Reconoció a Vixeela como una antigua vestal por la destreza de sus movimientos. No ha podido identificarla, pero se está llevando a cabo una investigación a fondo, y los sacerdotes de Leniqua ya han interrogado en el potro de tortura a otras vestales.
"Tú y yo, mi querido Satampra, estamos en la lista de sospechosos, si bien nadie nos ha identificado como posibles cómplices de la muchacha. Se está buscando a un hombre de tu talla y dimensiones. Se han analizado los restos de polvo de las apariciones fétidas, que quedaron en el estrado de Leniqua. Por desgracia, ya lo habíamos utilizado antes, tanto yo como otros alquimistas.
"Espero que escapéis... siguiendo otros caminos distintos al que yo acabo de iniciar."

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